domingo, 13 de enero de 2013

Otium II. Capita aut navim

Niña jugando a las tabas, Museo de Berlín


“Odio penetrar en tan pequeños detalles, pero quiero que mi alumna sepa echar los dados con soltura y calcular el impulso que debe darles al lanzarlos sobre la mesa, y que, o bien sepa sacar el número tres, o bien adivinar el lado que se ha de evitar, y el que se les demanda; que sea hábil y prudente en el juego del  latrunculi; un solo peón no puede combatir a dos enemigos…. Hay otro juego que divide un tablero en tantas casillas como meses tiene el año, la mesa se compone de tres piezas por cada lado; para ganar es preciso colocar las tres en la misma línea.”(Ovidio, Arte de Amar, III)

 Todos los romanos coincidían en su pasión por el juego y en todas las épocas habían estado poseídos por ella. Entre los adultos, los juegos por excelencia eran los de azar, a los que prácticamente todos eran muy aficionados y cuyos peligros cantan numerosos poetas. Hasta tal punto eran considerados peligrosos, que la legislación protegía a aquellos que no eran dueños plenos de sus vidas, como los jóvenes que aún estaban bajo la autoridad del pater familias o los esclavos, y la ley no les obligaba a pagar las deudas contraídas en el juego; incluso llegaron a promulgarse leyes restrictivas en contra del juego (leges aleariae), prohibiendo las apuestas de dinero, tanto en época republicana como imperial. Exceptuando el periodo de las Saturnales, los juegos de azar estaban prohibidos en Roma bajo multa fijada en el cuádruple de la cantidad apostada.

“No sabe el joven de linaje libre
Montar sobre un corcel; la caza teme;
Y en cambio juega bien al troco griego
O a los dados, proscritos por las leyes.”
(Hor., Odas, 3, 24)

 El jugador (aleator) era considerado como alguien deshonesto y la pasión por el juego se contemplaba como un defecto del carácter de una persona.
Séneca en su obra Apocolocynthosis hace una crítica del emperador Claudio, que era un jugador empedernido, al que castiga a jugar en el infierno una partida de dados en el que el cubilete no tiene fondo, por lo que la partida es infinita.
El emperador Augusto, a pesar de las leyes restrictivas sobre las apuestas, solía jugar frecuentemente y con dinero con su familia y amigos.
“En cuanto a su fama de jugador, no le preocupó  en lo más mínimo, y jugó siempre sin recato, considerándolo un solaz, sobre todo en la vejez, jugaba, por esto, tanto en diciembre como en cualquier otro mes, fuese o no día festivo.”
“Te he enviado 250 denarios; he dado otro tanto a cada convidado, para que jueguen a los dados o a pares y nones durante la cena.” (Augusto a su hija, Suet. 71)

Juego de tabas, terracota griega, s. IV a. C. Museo Británico
Las mujeres también se dedicaban a pasar el rato con este tipo de juegos. Plinio el Joven cuenta en una de sus cartas cómo Ummidia Cuadratila, una matrona notable “acostumbraba a distraerse jugando al juego de los peones o viendo representar pantomimas.” (VII,24)

Plinio menciona a la diosa Fortuna como una de las veneradas por los romanos desde los primeros tiempos:
“La humanidad cree que la Fortuna, que es voluble, es ciega, inconstante e incierta, la protectora de lo injusto. Atribuimos todas nuestras pérdidas y todas nuestras ganancias a ella, porque ella sola lleva la responsabilidad de decidir  sobre la adversidad y la prosperidad.”  (H.N., II, 6)

Los primeros padres de la Iglesia condenaron las apuestas entre los cristianos. Dos de las leyes eclesiásticas más antiguas amenazaban con la excomunión a clérigos y laicos si apostaban. El Concilio de Elvira (306 d. C. aprox.) decretó que el excomulgado por apostar podía retornar al seno de la Iglesia después de un año. Clemente de Alejandría, Tertuliano y otros condenaron las apuestas por reflejar un interés en lo material en vez de perseguir la recompensa en una vida celestial.
Sin embargo, esto no impidió que los romanos continuaran jugándose su patrimonio en partidas de capita aut navim (cara o cruz), tesserae ( dados) o tali (tabas). El juego “capita aut navim” provenía de echar a suertes una moneda de un as, en el que el anverso mostraba dos cabezas con la efigie de Jano, el dios de las dos caras, y en el reverso se veía la proa de una nave, la que supuestamente lo trajo a Italia.
“Mis dados no luchan a muerte con las tabas generosas ni un seis tumba mi marfil con un can. Este papel es para mí las nueces, este papel es para mí el cubilete: este juego no produce ni pérdidas ni ganancias.” (Marcial, Xenia,)
El emperador Claudio viajaba con un tablero (alveus) en su carruaje y llegó a escribir un libro ahora perdido sobre el juego de la tabula.
Tesserae de Boscoreale, Italia

Tanto en el juego de dados como en el de las tabas, se comparaban las combinaciones obtenidas de los diversos jugadores para comprobar el ganador. La mejor tirada era la de Venus (iactus Veneris) en la que cada uno de los dados mostraba una cara diferente. Con la tirada de Buitre todos los dados sacaban el mismo resultado, y si todos tenían unos se llamaba la tirada de Perro. En la tirada Senio, en un solo dado se obtenía un seis y cualquier otro resultado en los restantes.

Juego de dados, Mosaico romano de El Djem, s. III d. C.

 Los juegos de dados (alea) estaban permitidos solamente cuando no se apostaba dinero. Pero algunos, a pesar de la prohibición, gastaban verdaderas fortunas en las apuestas.
“Mi querido Tiberio: hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba; pero, a fin de cuentas, sus pérdidas no han sido graves, y al fin cambió la suerte y se repuso de sus desastres. En cuanto a mí, he perdido 20.000 sestercios, por culpa de mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de 50.000. Prefiero esto, porque mi bondad me valdrá eterna gloria.” (Suet. Aug. 71)


Juegos de estrategia:
“Tu línea de batalla lucha de diferentes formas: este huye de un agresor que él sin embargo roba; este otro, que estaba alerta, regresa en lucha y engaña al enemigo que avanza con esperanza de botín; éste está en una posición peligrosa y mientras parece como si estuviera bloqueado, realmente bloquea a dos enemigos. ¿Tiene éste objetivos mayores: rápidamente romper por el campo, avanzar a través de las líneas enemigas y destruir los muros ahora sin defensa?
Mientras, con ardientes batallas todavía en marcha, los soldados se dispersan, pero tu falange está todavía completa o quizás uno o dos de tus guerreros faltan aún; tú ganas y tus dos manos sujetan el grupo capturado.”
Esta es una descripción de un juego, que posiblemente es el ludus latrunculorum, que aparece en el Laus Pisonis.
Ludus latrunculorum es un juego en el que se empleaban dos grupos de 16 piezas colocadas sobre un tablero.  Cada equipo era de un color, las fichas poseían una nomenclatura militar y la finalidad última del juego era reproducir una batalla. El propósito era echar o bloquear a los hombres del adversario para vencerle. Los hombres (latrones) eran piezas (calculi) de cristal, marfil o metal.
Ludus duodecim scriptorum, se jugaba sobre un tablero dividido en veinticuatro partes por medio de doce líneas paralelas y una línea transversal. Cada movimiento de los quince hombres, de color negro y blanco, se determinaba por una tirada previa de dados.  
El juego del duodecim scripta estaba prohibido porque el movimiento de las fichas (calculi) dependía de los números que salieran en los dados y las tablas, sin embargo, el latrunculi estaba permitido, ya que el movimiento de sus peones sólo dependía de la capacidad de observación y habilidad de cada jugador.
Terni lapilli era el antecedente de Las tres en raya, que se jugaba en cualquier sitio en el que se pudiera dibujar un tablero. Este se dividía en nueve casillas y se jugaba con 6 fichas en grupos de tres, que debían diferenciarse claramente. El jugador capaz de colocar sus tres fichas en línea  era el ganador. Se intentaba bloquear las fichas del contrario para que no pudiera conseguir la formación de una línea.
Duplum molendinum: este juego consistía en alinear cuatro fichas seguidas por parte del ganador. Un objetivo era dejar al adversario con menos de tres fichas. Se jugaba con veinticuatro fichas, doce de cada color.
La micatio se podía jugar a plena luz en la Roma de los Antoninos, y se hizo tan popular que no se pudo erradicar del foro hasta el siglo IV. Dos jugadores levantan al mismo tiempo la mano derecha y muestran un número de dedos, mientras dicen al mismo tiempo una cifra en voz alta, hasta que uno acierta con el número exacto de dedos que han enseñado entre los dos.

Tablero y fichas de juego (calculi), Museo de Zamora

“Trimalción: Me permitiréis, sin embargo, que termine mi partida.
Le seguía un esclavo con un tablero de madera de terebinto y dados de cristal. Y advertí un detalle que rayaba en el colmo del refinamiento; denarios de oro y plata hacían las veces de peones blancos y negros.” (Pet. Sat. 33)
Las fichas de juego se hacían de distintos materiales, desde piedra y arcilla hasta cristal y piedras preciosas. “Si juegas a la guerra de los ladrones emboscados, estas fichas de piedras preciosas serán tus soldados y tus enemigos.” (Marcial, Ep. XIV, 18)
La lápida de Lucilio Vitorino, (CIL VI, 9927), fabricante de fichas de juego (artifex artis tessalariae lusorie), hace pensar en la importancia que tenía el negocio del juego.
El cubilete (fritillus, pyrgus, turricula) servía para echar los dados y las tabas y tenía en su interior una grada que hacía sonar los dados al sacudirlos.
“La mano tramposa que sabe arrojar las tabas amañadas, si las tira conmigo, se quedará solo con las ganas. (Marcial, XIV; 16)
Se han encontrado tableros (tabulae lusoriae) de piedra u otros materiales, como la arcilla, aunque muchos restos son dibujos improvisados en suelos.
“Por esta cara, los dados se me cuentan con una puntuación de doble seis; por la otra, la ficha de distinto color se la come una pareja enemiga.” (Marcial, XIV, 17)

Jugando a los dados,  Taberna de la vía de Mercurio, Pompeya


Ovidio en su obra Tristias describe varios de estos juegos al mismo tiempo que los critica como una pérdida de tiempo.
 “Algunos escribieron libros sobre los juegos de azar, que no fue vicio menor de nuestro antepasados – como echar las tabas, qué tirada saca la mejor puntuación, y como evitar el funesto Perro; qué número señalan los dados y cómo arrojarlos para obtener los números deseados; cómo atacan las piezas multicolor en línea recta, y por qué se pierde una pieza entre dos enemigas, cómo mover una ficha y proteger su retirada siempre acompañada. En un reducido tablero se disponen dos líneas de piedrecitas. Hay otros juegos, que no describiré, con que se pierde nuestro precioso tiempo.” (Tristias, 475)   

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