Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

domingo, 23 de diciembre de 2012

Otium I. Ars venatoria, la caza en el mundo romano



El ocio, otium, romano se concebía como un tiempo disponible para el esparcimiento, como alternativa de la ocupación, negotium. Este tiempo se utilizaba de acuerdo con las posibilidades económicas, capacidades y aspiraciones de cada ciudadano.
Los ciudadanos romanos se dedicaban, cuando estaban en la ciudad, a los placeres y la ostentación. Entre las actividades de ocio se encontraban las actividades culturales y artísticas, los espectáculos de masas y los baños y banquetes. Pero durante sus estancias en el campo, su tiempo se repartía entre la supervisión de las tareas agrícolas, los juegos de azar y la caza.
Lo que cada uno hacía en su tiempo libre se consideraba reflejo de su carácter moral. Un ocio de calidad era el dedicado a la lectura, escritura, la filosofía y el debate, más propio de las clases elitistas. Las clases más populares pasaban el tiempo en tabernas y carreras de carros. Una visión negativa la proporcionaba el ocio dedicado al placer corporal, especialmente para los jóvenes.

"Pues son los placeres, sí los placeres, los que mejor ponen del manifiesto la gravedad, la rectitud, y la moderación en una persona. ¿Quién hay, en efecto, tan depravado que no muestre una cierta apariencia de seriedad en sus ocupaciones cotidianas? Somos traicionados por nuestro reposo. ¿o acaso la mayor parte de los Prícipes no consagraban este tiempo a jugar a los dados, a abandonarse a la lujuria y a cometer todo tipo de excesos, pasando, así, de la indolencia en el desempeño de las responsabilidades serias a un intenso esfuerzo en el disfrute de los peores vicios. " (Plinio, Panegírico de Trajano, 82)

Los recitales literarios, ya fueran programados por un autor para difundir su obra o los leídos en un ambiente relajado, como la sobremesa tras una sobria cena, conformaban el ideal de cómo ocupar las horas de ocio para los más elitistas.

La caza o ars venatoria era también una ocupación decente aunque no del gusto de todos. Sus raíces se remontan a los orígenes de la humanidad cuando la necesidad de supervivencia obligó a la obtención de alimentos en el entorno para acabar convirtiéndose en un pasatiempo de los ricos y poderosos en las sociedades antiguas. las actividades cinegéticas proporcionaban protección a los rebaños y ayudaban a fortalecer el carácter y el cuerpo en tiempos de paz.


Mosaico caza jabalí, Museo Arte Romano, Mérida

La práctica de la caza como actividad de placer para los reyes y aristócratas se desarrolló en las civilizaciones de Oriente Próximo y continuó en el periodo helenístico. En Roma es a partir de la dinastía Antonina cuando la caza se convierte en parte fundamental de la vida de una villa.
En una estela funeraria de la ciudad de Celti (actual Peñaflor) se describe como sería la vida de un joven propietario de una villa, y las distintas labores a la que se dedicaba, entre ellas, la caza y la pesca.

"A los Dioses Manes. Aquí yace Quintus Marius Optatus, natural de Celti y de edad de veinte años. ¡Ay, dolor! ¡Oh tú, caminante, que pasas por la acera de este camino!, entérate quién fue el joven, cuyos restos mortales se guardan dentro de esta tumba. Apiádate de él y ofrécele tu saludo. Era diestro en lanzar el arpón y el anzuelo al río, de donde sacaba abundante pesca; como buen cazador sabía clavar su jabalina en el corazón de las fieras bravas; sabía también apresar a las aves con varas untadas de liga. Además cuidaba del cultivo de los bosques sagrados, y a tí ¡ oh Diana!, nacida en Delos, casta, virgen y triforme luna, erigió un santuario tutelar en la sombreada floresta, cumpliendo lealmente el voto realizado. En el gran predio de su heredad dio feliz impulso a las tareas agrícolas, haciendo que con ellas se uniesen los extensos valles a los pintorescos paisajes y las ásperas cimas de la sierra, bien surcando los eriales con el arado, bien metiendo y protegiendo en hoyos hechos con cuidado, los tiernos sarmientos de la vid.

La caza formaba parte de la vida de los altos mandos militares que estaban destinados en tierras fronterizas y que con esta actividad deportiva se mantenían en forma ejercitándose en las armas en tiempo de paz, a la vez que imitaban a la nobleza romana en sus momentos de ocio.


Detalle mosaico de la caza menor, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

La diosa protectora de los bosques y los seres vivos que los habitan era Diana, a la que los cazadores solicitaban les protegiera del peligro. Le prometían ofrecerle las piezas de la caza para ganarse su favor.
El legado de Augusto Quinto Tulio Máximo, de la legión VII, Gémina Félix consagró un ara a Diana con unos versos a ella dedicados. 

"Acotó la planicie de un campo y se la consagró a los dioses; y a tí, Virgen Delia Triforme, te erigió un templo Tulio, natural de Libia, legado de la legión ibera, para poder atravesar a las corzas veloces, y a los ciervos, para cazar a los jabalíes de cerdas puntiagudas, y atrapar los caballos criados en los bosques; para poder competir a la carrera o con un arma de hierro, ya sea yendo a pie, o lanzando la jabalina desde un caballo ibero." 


Ofrenda a Diana, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

En los costados del ara se encuentran los textos con la consagración de las ofrendas conseguidas, colmillos de jabalí y cuernos de ciervos.

"Buscamos por los claros, los verdes terrenos, los llanos abiertos, corriendo con rapidez de aquí allá y por todos los campos, ansiosos por conseguir varias presas con dóciles perros. Disfrutamos traspasando la liebre nerviosa, la cierva que no se resiste, el lobo atrevido o capturando el astuto zorro; nuestro deseo es recorrer las riberas sombreadas, cazando la mangosta en las tranquilas orillas entre las espadañas, con la lanza para agujerear al amenazante turón en un tronco y traer a casa el puerco espín enrollado en su propio cuerpo de pinchos..."

El ritual de la caza empezaría muy probablemente con la ofrenda a Diana cazadora, protectora de los bosques y de los montes:

"Solo tú, Diana, gran gloria de Latona, que recorres los pacíficos claros y bosques, ven rápido, asume tu traje, arco en mano, y cuelga la aljaba coloreada de tu hombro; sean de oro tus armas y tus flechas; y deja que tus relucientes pies calcen botas púrpuras; deja que tu manto sea ricamente tejido con hilo de oro, y un cinturón con hebilla enjoyada ciña tu plegada túnica, sujeta tus trenzas enroscadas con una banda... Diosa, levanta, dirige a tu poeta por el bosque sin pisotear, a tí seguimos, muéstranos las guaridas de las bestias. Ven conmigo, que estoy aquejado de amor a la caza." (Nemesiano, Cynegetica,  s. III)


Mosaico con comida durante la caza, Tellaro, Sicilia

Los criados portarían estacas, redes y demás aparejos. Después seguiría la caza propiamente dicha. Luego el descanso con la comida, reclinados los amos en lechos mientras los esclavos servían.

 La jornada terminaría con la vuelta a casa de los cazadores  y los esclavos cargando con las piezas conseguidas.


Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

La cacería a caballo de venados y jabalíes se realizaba haciendo huir a la pieza conduciéndola hacia la fornido, una cuerda con hojas para engañar a los animales y llevarlos hasta la red, donde quedaban atrapados.

" Algunos cazadores encuentran en las plumas arrancadas del sucio buitre un elemento de ayuda. A intervalos debe añadirse el plumón del blanco cisne, y eso es eficaz, pues las blancas plumas brillan a la luz del sol, con formidable apariencia para el gamo, mientras que el horrendo olor del negro buitre molesta a las criaturas del bosque... Esta forma de terror tiene más uso contra los ciervos; pero cuando las plumas se tiñen del rojo africano y la cuerda de lino reluce , es raro que escape ninguna bestia de estos horrores simulados." (Gratio, Cynegetica, s. I.)



Mosaico de caza, Museo del bardo, Túnez

Para abatir los animales se usaban lanzas y flechas. En el equipo de los cazadores no podían faltar las redes, lanzas, ganchos. El poeta Nemesianus  del siglo III d. C., describe así las armas que se utilizaban:

"Y estas son las armas de la caza gloriosa que los robustos cazadores deberían llevar a los montes y bosques, redes, cestos de mimbre, lanzas, estacas y rápidas flechas aladas, espadas y hachas, tridentes para herir liebres, garfios y ganchos, cuerda de retorcida retama y trampas bien tejidas." (Nemesiano, Cynegetica)

"Un cuidado diligente de tus perros debe empezar al inicio del año, cuando Jano, abre la marcha del tiempo con la ronda de los doce meses. En ese momento debes elegir una perra obediente al correr y al andar a la zaga, que sea nativa de la tierra de los espartanos o de los molosos, y con buen pedigree." (Nemesiano, Cynegetica)



Grupo jabalí con perros en bronce de la Casa del Citarista en Pompeya



Los perros formaban parte de la persecución de los animales grandes o pequeños y eran muy apreciados por sus dueños, que ponían sus nombres en los mosaicos de sus residencias: 

"No para sí, sino para su amo caza el fogoso lebrel, que te traerá la liebre ilesa entre sus dientes." (Marcial, XIV, 200)

El fabulista Fedro recogió en su obra cómo empezó el hombre a utilizar el caballo salvaje para convertirlo en un animal manso que pudiese ayudarlo en distintas actividades, como el transporte, la guerra y la caza:

"Todos los días el caballo salvaje saciaba su sed en un río poco profundo. Allí también acudía un jabalí, que, al remover el barro del fondo con la trompa y las patas, enturbiaba el agua. El caballo le pidió que tuviera más cuidado, pero el jabalí se ofendió y lo trató de loco. Terminaron mirándose con odio, como los peores enemigos.


Mosaico Caza, Villa Tellaro, Piazza Armerina

Entonces el caballo salvaje, lleno de ira, fue a buscar al hombre y le pidió ayuda.
- Yo enfrentaré a esa bestia - dijo el hombre - pero debes permitirme montar sobre tu lomo.
El caballo estuvo de acuerdo y allá fueron, en busca del enemigo. Lo encontraron cerca del bosque y, antes de que pudiera ocultarse en la espesura, el hombre lanzó su jabalina y le dio muerte. Libre ya del jabalí, el caballo enfiló hacia el río para beber en sus aguas claras, seguro de que no volvería a ser molestado. Pero el hombre no pensaba desmontar.
- Me alegro de haberte ayudado - le dijo -. No solo maté a esa bestia, sino que capturé a un espléndido caballo. Y, aunque, el animal se resistió, lo obligó a hacer su voluntad y le puso rienda y montura. El, que siempre había sido libre como el viento, por primera vez en su vida tuvo que obedecer a un amo. Aunque su suerte estaba echada, desde entonces se lamentó noche y día.
- ¡ Tonto de mí! ¡ Las molestias que me causaba el jabalí no eran nada comparadas con esto! ¡ por magnificar un asunto sin importancia, terminé siendo esclavo!

Los caballos eran altamente considerados y unas razas eran más apreciadas que otras y por eso algunos autores lo trataban en sus obras sobre la caza: 

"La moteada raza de caballos árabes es la mejor de todas para carreras largas y gran esfuerzo. Y cerca están los caballos libios, incluso los que habitan la empedrada Cyrene... Los caballos toscanos y los inmensos caballos cretenses son rápidos en la carrera y largos de cuerpo. Los sicilianos son más rápidos que los árabes, mientras que los partos son más rápidos que los sicilianos... (Cynegetica, Opiano de Apamea, s. III)

Del aprecio que los ricos señores tenían a sus caballos hay muestras en el arte, en mosaicos y relieves, pero hay un ejemplo evidente en el epitafio que el emperador Adriano escribió sobre su caballo Borysthenes:

"Borysthenes el Alano,
de Cesar
podía volar
por llanuras y montes etruscos
cazando jabalíes de Panonia".





Ricos aristócratas mantenían en sus posesiones parques donde se criaban animales en libertad. La finalidad real de los propietarios de conservar estos animales en sus propiedades no está del todo clara, posiblemente fuera para recrearse dándoles alimentos y, quizás, servir ellos mismos de alimentos en los banquetes. No se sabe con seguridad si se practicaba allí dentro la caza. Varrón escribe : 

"Yo sí que vi cómo se hacía, allí más bien al estilo tracio, dice aquel, "cuando estuve en casa de Quinto Hortensio en la región de Laurentum, pues había un bosque, como él decía, de más de 50 yugadas con cercado de piedra, al que llamaba reserva de caza (therotrophium). Había allí un lugar elevado, donde, puesta la mesa, cenábamos, adonde mandó llamar a Orfeo. 
Este, que había venido con estola y cítara, habiéndole pedido que cantara, tocó la trompeta, y tan grande cantidad de ciervos, jabalíes y otros cuadrúpedos nos rodeó que el espectáculo no me pareció menos hermoso que el de los ediles en el Circo Máximo cuando se hacen cacerías sin animales africanos. (De Agricultura, III)



Mosaico de caza Túnez

La caza de animales salvajes tan representada en los mosaicos romanos, estaba destinada a los grandes propietarios de tierras en lugares como el norte de África y Oriente o a los altos cargos militares que administraban las provincias de esos territorios. Hay datos que señalan cómo se cazaban, leones, panteras, elefantes, avestruces e incluso jirafas, destinados en muchas ocasiones a los juegos celebrados en el anfiteatro, con lo cual se atrapaban vivos. La intención que tenían los patrocinadores de estos juegos al traer estos animales exóticos para los romanos era constatar el poder de Roma sobre otros países mostrando la superioridad romana al abatir las bestias que los representaban. Cuantos más animales eran sacrificados, más celebridad conseguían los promotores, pretendiendo ser más populares que sus predecesores. Por supuesto el gasto de la captura, transporte y mantenimiento de los animales era cuantioso y conllevaba una organización de la caza de animales, que sería muy posiblemente llevada a cabo por nativos del lugar donde se encontraban por su conocimiento de la zona y de la fauna existente. Es posible que soldados y residentes romanos participaran en su captura. Las partidas de caza se organizarían con profesionales locales que se encargarían de preparar los aparejos, dirigir las operaciones, encerrar a los animales y transportarlos hasta su destino. Muchos morían en los largos viajes hasta los puertos de salida y durante las travesías marítimas.


Mosaico, Museo de Trípoli

El cazador era propietario de los animales cazados por él, en su propio terreno o ajeno. Sin embargo las cacerías de elefantes sólo se podían organizar con autorización del emperador. La posesión de esta fiera era un privilegio exclusivo del emperador. Este también se reservaba el privilegio de cazar leones o de autorizar su captura. El poeta alejandrino Pancrates escribió unos versos dedicados a Adriano y su favorito Antinoo durante la caza de un león: 

"Y más rápido que el caballo de Adrastus, que una vez salvó al rey huyendo de la batalla, tal era el corcel en el que Antinoo esperaba al letal león,sosteniendo en su mano izquierda las riendas y en su derecha una lanza revestida de diamantes. Primero Adriano hirió a la bestia con su lanza de bronce, pero no le mató, porque falló adrede, deseando probar la puntería de su hermoso Antinoo, hijo del asesino de Argo. Golpeado, la bestia estaba más enfadada, y rasgó en su ira el áspero suelo con sus garras, levantando una nube de polvo que oscureció la luz del sol...." (siglo II)



El emperador Adriano fue un gran aficionado de las cacerías, que compartía con sus amigos, y parece ser que llegó a romperse la clavícula y una costilla con esta actividad.


Mosaico de caza Túnez

En cuanto a las técnicas usadas en la caza se emplearían las mismas que para los animales como ciervos, jabalíes y otros que vivían en Europa. Opiano describe la utilización de un animal como cebo en un pozo.
Un cordero o cabrito se pondría en el centro de un profundo pozo que estaría rodeado por una valla. La idea era que al oir al animalito balar, el león saltaría por encima de la valla y caería en el pozo, donde los cazadores bajarían una jaula en la por medio de un sabroso bocado harían que entrara el león. También menciona que por la zona del Eúfrates, los jinetes perseguirían a los leones con antorchas encendidas y haciendo sonar sus escudos, con la esperanza de que el león asustado por el fuego y el ruido correría voluntariamente en las anteriormente preparadas redes curvas.


Durante el Bajo Imperio se elaboraron ricos mosaicos y otras piezas artísticas con motivos de caza. Con ello el propietario de la villa deseaba mostrar el triunfo del Bien sobre el Mal, (la victoria del hombre sobre la bestia) y al mismo tiempo expresar su status social, pues solo los ricos podían dedicarse a esta actividad.



Mosaico Villa de las Tiendas, Museo Nacional Romano, Mérida

La aparición de animales salvajes en algunos mosaicos en lugares donde era imposible encontrarlos, puede significar que se copiaban los motivos de mosaicos africanos y asiáticos, además de la influencia de las venationes celebradas en los anfiteatros. La inclusión de la figura del propietario vestido de la época cazando  un león o una pantera con una lanza emulando a personajes míticos, en una villa situada en una zona donde esos animales no se encuentran podría deberse a la intención de identificarse con el emperador, pues solo los emperadores o altos cargos podrían tener la opción de cazar estos animales.


Mosaico de Adonis, Villa de Carranque, Toledo

La fusión entre el mito y lo cotidiano tiene un auténtico ejemplo en el mosaico de Adonis de la villa de Carranque, donde aparece el personaje intentando dar muerte al jabalí que luego lo mata a él, mientras Venus, su amante, asiste a la escena con Ares, que celoso de su relación con el joven podría haber sido el verdadero causante del final de su vida. En el mismo mosaico aparecen ejemplares de la fauna autóctona, como la liebre y la perdiz, junto a los perros del dueño de la villa, Leander y Titurus.



Sarcófago con la caza del jabalí de Calidón, Museos Capitolinos, Roma

El hecho de que las escenas de caza sean tan populares a partir del siglo III d.C., quizás se deba al deseo de los propietarios de reflejar en diversos ámbitos sus actividades favoritas, como la caza. Por ello también se reflejan estas escenas mitológicas de caza en las estelas funerarias y sarcófagos, donde los héroes vencen a las bestias simbolizando la victoria de los poderosos sobre la muerte. En un sarcófago romano actualmente en los Museos Capitolinos, se describe la escena en la que Meleagro abate al jabalí que tenía atemorizada a la región de Calidonia, después de que Atalanta lo hubiese herido.



Bibliografía:
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/1425085.pdf; La inscripción del praefectus equitum Arrius Constans Speratianus, de Petavonium, y otros testimonios del culto profesado a Diana por militares; Sabino Perea Yebenes
revistas.um.es › Inicio › Vol. 15 (2000) › Martínez; Los cynegetica fragmentarios y el fracaso del cazador; Sebastián Martínez
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=83861; Consideraciones sobre el animal en la Historia de los Animales de Claudio Eliano; Louis Medina Mínguez
https://digital.csic.es/handle/10261/16509; La caza en el mosaico romano. Iconografía y simbolismo; Guadalupe López Monteagudo
ABC-02.11.1955-página 017; Antonio García Bellido