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sábado, 12 de enero de 2013

Pavimenta tessellata, lujo y funcionalidad de los mosaicos romanos


Pavimentum tessellatum es el nombre que se daba en la antigüedad a los suelos decorados con mosaicos.


Mosaico de Las Metamorfosis,  Villa de Carranque, Toledo

La decoración de pavimentos con mosaicos tiene su mayor apogeo en el mundo romano, pero empieza a desarrollarse anteriormente.

Los lithostrotos, o pavimentos de mosaicos en piedra, tuvieron sus primeros referentes en los suelos realizados con guijarros o cantos rodados que disfrutaron de una gran difusión en la cultura griega. En su máximo apogeo de riqueza plástica, la técnica musiva de pavimentos en Grecia alcanza un gran desarrollo en los ejemplos de Pella (s. V, a.C.), la antigua capital macedonia, donde se plasman espléndidas imágenes realizadas con cantos rodados de distintos colores y con las figuras contorneadas con delgadas láminas de plomo o terracota para evidenciar ciertos efectos más propios del arte pictórico. El lithostrothos más antiguo procede de Olinto y data del 348 a.C.
Generalmente se componen en base a un panel central, emblemata, que contiene la escena más importante, rodeado de paneles secundarios. El repertorio decorativo recurre a motivos no figurados (de carácter geométrico o vegetal) o a representaciones figurativas (combates de animales, escenas marinas, seres mitológicos y escenas de la vida cotidiana o de tipo histórico). 

“Los pavimentos son una invención de los griegos, que también practicaron el arte de pintarlos, hasta que fueron sustituidos por los mosaicos (lithostrota). Gran excelencia alcanzó Sosus, que creó el Asarotos oecos, en Pérgamo, en el que representó en pequeños cubos de colores, los restos de un banquete sobre el suelo, y otras cosas que normalmente se barren con la escoba, pareciendo que se han dejado ahí por accidente. Hay también una paloma, muy admirada, en el momento de beber, y con la sombra de su cabeza en el agua, mientras se ve a otras aves en el borde de una crátera.” (Plinio, XXXVI, 60)

A partir del siglo II a. C., los pequeños cantos rodados dejaron paso a las teselas,  pequeños cubos de piedra, lo que dio origen al opus tesselatum, (denominación actual que no se utilizó en el mundo antiguo)  por el que la aplicación de los materiales era más fácil y rápida y la gama de colores era más amplia. Un pulido más liso y uniforme hacía resaltar el colorido de los mármoles. Generalmente las teselas se cortaban en cubos de aproximadamente 1 cm, y podían ser de cerámica o vidrio. Dependiendo de la composición o riqueza del mosaico, los materiales podían conseguirse de canteras locales o podían ser importados, como algunos mármoles.

El mosaico de teselas más antiguo procede de Gela, Sicilia, aunque el origen de la técnica no se conoce con certeza.
Solo los más privilegiados podían permitirse la colocación de estos suelos decorados en sus casas. El mosaico es un reflejo de la posición social y de la fortuna económica del cliente. El mosaico constituía un signo de riqueza y era indispensable en la casa de cualquiera que quisiera hacer ostentación de su poder.

Opus signinum, Celsa, Zaragoza
El opus signinum, típico de la época republicana y frecuente hasta el siglo I d. C., se caracterizaba por el enriquecimiento del pavimento con pequeñas teselas en blanco y negro. Servía para diseños geométricos muy elementales o para escribir un texto.
Un revestimiento de lujo era la incrustación de lastras de mármol cortadas con diseños geométricos que constituía el opus sectile. En la época de Alejandro Severo la utilización de pórfido rojo y serpentino verde dio lugar al opus alexandrinum. El opus scutulatum consistía en insertar en el mortero pequeños fragmentos de piedra  o mármol.


Opus sectile, Villa de los Quintilios, Roma
Según Vitrubio el primer nivel de preparación para la fabricación del mosaico era el statumen, formado por un conglomerado de  piedras gruesas; seguía el rudus, con fragmentos más pequeños de piedras mezcladas con un mortero de cal y arena. El nucleus, la capa superior, se realizaba con un mortero de cal con productos muy finos, como ladrillo machacado o polvo de mármol. Sobre él se extendía una plantilla para hacer el dibujo y después se colocaban las teselas. Lo último del proceso era pulir la superficie con piedras areniscas. Los otros modelos de mosaico suponían una ejecución y proceso diferentes.

Los materiales con los que se hacían las teselas eran variados: desde mármoles de diferentes colores (basalto, granito, pórfido, serpentina) y piedras semipreciosas (malaquita, lapislázuli, cornalina) hasta pasta de vidrio, esmalte o cerámica; y, a veces, iban recubiertas de un baño de oro. Una vez talladas, se pulían con polvos de mármol, arena o cal para hacerlas más lisas, compactas y brillantes.

La colocación de las teselas implicaba la preparación de un diseño previo (en griego, paradeigma)   que se realizaba a tamaño natural sobre un cartoncillo y se pintaba con los colores que se iban a usar. Luego se procedía a insertar las teselas. Una vez puestas, a veces, el espacio entre ellas se rellenaba con mortero y se pulía con arena. En los mosaicos bizantinos (siglos V al IX) las teselas se incrustaban en un fondo brillante de oro.

La construcción del emblema era la que recibía mayor atención. La técnica, heredada del mundo helenístico, consistía en poner la argamasa sobre una placa de mármol o sobre una teja plana y colocar encima las teselas. Una vez acabada la composición, el panel se insertaría en el lugar que se le había reservado en el mosaico.
Los talleres musivarios se componían por trabajadores especializados que se desplazaban a los lugares donde se les encargaba el trabajo. Algún maestro se afincaría en una ciudad lejana a su lugar de nacimiento y montaría su propia escuela o taller. Por el edicto de Diocleciano sabemos los oficios relacionados con los talleres.  El pictor imaginarius era el creador de la composición decorativa; el musivarius organizaba el trabajo y se responsabilizaba de los aspectos cotidianos de la obra (mosaicos murales); el tessellarius se encargaba de la colocación de las teselas (mosaicos de pavimentos); el calcis coctor preparaba la cal para la realización de los morteros, el lapidarius structor cortaba las teselas y los caementarius y tirocinum (albañiles y aprendices) preparaban el suelo.

El precio del mosaico dependía de la complicación del diseño, de los materiales utilizados (piedras locales o mármoles de importación), y de la policromía.
El mosaico de teselas regulares tuvo una notable expansión en el mundo helenístico, especialmente, en la Grecia continental, en Asia Menor y en Egipto. En Occidente se difundió ampliamente. El arte del mosaico se mantuvo sin interrupción en el mundo romano hasta su término. Con la cristianización del Imperio, las representaciones paganas se irán viendo sustituidas por temas cristianos.

A medida que se produce la romanización de las nuevas provincias conquistadas, se extiende el uso del mosaico y surgen talleres especializados en un estilo propio. En Occidente destacan las escuelas italiana y la africana. La primera con motivos en blanco y negro y desarrollada del siglo I al III d. C. con Ostia, como lugar representativo. La africana con más policromía y con motivos vegetales y figurativos, con escenas de caza y de anfiteatro preferentemente. La escuela oriental, con foco principal en Siria, destacaba por composiciones en color de tradición helenista y con temas mitológicos o dibujos figurativos y geométricos.  Los talleres exportaban sus diseños a todo el Imperio, por lo que es habitual encontrar paralelismos en los mosaicos de diferentes regiones del imperio.

Opus vermiculatum, Museo Vaticano
La época de esplendor del mosaico sirio data del siglo III d. C. La colección más importante es la procedente de Antioquía. La aparición del mosaico en Siria se remonta a la época helenística.

 A finales del siglo I. d.C. los artesanos empezaron a copiar en las paredes las representaciones pictóricas, utilizando el opus vermiculatum,  cuya utilización de diminutas teselas (de 1 a 4 mm) permitía una gran precisión en el dibujo.  Alcanzó gran difusión en Oriente. En el siglo IV d.C. los mosaicos murales sirvieron para decorar los palacios imperiales y las iglesias.
El mosaico de pared o mural es una contribución original de los romanos. Sus orígenes pueden hallarse en el deseo de adornar las grutas con fuentes o estanques de las villas romanas. Aunque originalmente la decoración se hacía con conchas marinas, con el tiempo se hizo más elaborada usando teselas de vidrio de variados colores. Los motivos decorativos suelen ser marinos y vegetales.

El arte del mosaico se mantendrá a lo largo del Imperio, pero a partir del siglo IV d. C. empezará a decaer al haber escasez de materias primas. La simplificación de formas y la reducción de la policromía se irán imponiendo, hasta que el alto coste hizo imposible mantener su realización en el ámbito privado y su uso se restringió a los edificios públicos y religiosos. Con el reconocimiento del Cristianismo comienza el apogeo de los mosaicos en pasta vítrea y el abandono de la decoración de suelos y  su traslado a muros, bóvedas, arcos y cúpulas y el comienzo del arte bizantino.

En Hispania la ejecución de los mosaicos era confiada  a artesanos locales o de origen itálico que, al igual que los pictores y otros operarios, trabajaban asociados formando talleres regionales, fijos o itinerantes. En general todos estos artesanos se limitaban a reproducir modelos, adaptándolos a los espacios decorados, a las modas vigentes y a los deseos del cliente, no haciendo de su trabajo una labor de creación artística. En ellos es también patente el influjo de los gustos imperantes en Italia, seguramente introducidos por artesanos itálicos, y la utilización de repertorios iconográficos comunes, que estos equipos ofrecían a los posibles clientes para que seleccionaran ejecutores e ilustraciones.

Mosaico de Materno, Villa de Carranque, Toledo

En las inscripciones musivarias aparecen algunas referencias de carácter laboral, por ejemplo los nombres de diversos artesanos, a menudo trabajando en equipo, o el del propietario del taller al que pertenecen, lo que era una forma de hacerse publicidad profesional, sobre todo si los mosaicos estaban ubicados en espacios públicos.

En un mosaico de Carranque podemos identificar quién encargó el trabajo, qué taller lo ejecutó y el dibujante que adaptó el cartón o modelo al lugar escogido para su emplazamiento. "EX OFFICINA MAS... NI PINCIT HIRINIUS UTERE FELIX MATERNE HUNC CUBICULUM) (Del taller de Mas....ni , lo pintó Hirinio, usa felizmente Materno este cubículo).

En la península Ibérica los materiales utilizados fueron, fundamentalmente, las cuarcitas, mármoles y piedras semipreciosas, entre los elementos naturales; y las terracotas y las pastas de vidrio, entre los elaborados artesanalmente.

Las teselas de piedra eran normalmente fabricadas de materias primas locales, extraídas en la zona cercana al lugar en que se iba a desarrollar la obra musiva. Determinados colores eran difíciles conseguir en algunos lugares y, por tal motivo, o bien se traían de fuera, o bien se conseguía un sustituto. El color rojo, por ser escaso y para abaratar los costes finales era sustituido en muchas ocasiones por barro cocido, que permitía un cierto juego cromático dependiente de la calidad de los barros existentes en la zona, y lógicamente del grado de cocción. Se hacían teselas rojas de cerámicas rotas. Otros colores como amarillo, marrón u ocre se conseguían mediante distintos procesos de cocción a partir del barro.
Los instrumentos utilizados por los artesanos del mosaico eran el yunque donde se golpeaban las piedras para convertirlas en teselas, piquetas, escalpelo; clavos y cuerdas para delimitar los espacios; reglas, compás y plantillas en madera de formas o motivos geométricos para hacer los dibujos; brochas y pinceles; martillo de madera y un raspador.

Mosaico polícromo, Villa de Carranque, Toledo

La elección de los motivos es un reflejo indudable de las propias concepciones personales del promotor; el mosaico de la estancia estaba destinado a mostrar la calidad y lujo de la casa, del rango y de la ideología personal de su dominus, quién, por supuesto, aparte de demostrar su propia formación, tradición y cultura – también se dejaría influir por las corrientes estéticas y las modas reinantes.

Existirían cartones o catálogos de motivos y temas sobre los que los artistas habrían trabajado, no siempre copiándolos de manera directa, sino también creando a partir de ellos nuevas composiciones con base en la propia inspiración o bien en los encargos recibidos.

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