martes, 1 de junio de 2021

Gladiator (I), los gladiadores en la antigua Roma


Tumba de Vestorius Priscus, Pompeya. Foto de Samuel López

En Roma los ludi eran los juegos que se organizaban con motivo de las festividades religiosas oficiales (por ello, se ofrecían a los dioses en nombre de la comunidad), mientras que con la palabra munera se denominó a los juegos gladiatorios organizados para honrar públicamente la memoria de una persona ilustre.

El espectáculo consistente en ofrecer luchas de gladiadores se llamaba munus (‘deber’, ‘obligación’) porque originalmente esta práctica era una obligación fúnebre que se tenía con el difunto recién fallecido; los familiares más allegados tenían el deber (munus) de ofrecer en memoria del muerto un combate de gladiadores (munus gladiatorum), con la idea de que la sangre del gladiador vencido (en aquellos primeros tiempos sí moría siempre el vencido) favoreciese al espíritu del fallecido en la otra vida.

“Queda aún el examen de aquel distinguidísimo y amadísimo espectáculo. La obligación se llamó a partir del deber, puesto que el deber, en efecto, es el nombre de la obligación. Pues los antiguos consideraban un deber con sus muertos celebrar este espectáculo después de disponerlo con una dureza más humana. Pues en otro tiempo, puesto que se creía que se había de ofrecer un sacrificio a las almas de los muertos con sangre humana, los mercaderes inmolaban a cautivos o siervos de baja condición en los entierros. Luego agradó sombrear la impiedad con el placer. Y así habían dispuesto a éstos, hábiles con estas armas entonces como habían podido, lo suficiente para que aprendiesen a morir, y después de señalado el día de las exequias, pagaban junto a las tumbas. Y así mitigaban las muertes con los homicidios. Este es el origen del espectáculo público.” (Tertuliano, De los espectáculos, XII)

Relieve de gladiadores. Museo Arqueológico Lucus Feroniae, Roma. Foto Carole Raddato

Los primeros gladiadores conocidos eran esclavos entrenados para luchar y recibían el nombre de bustuarii, derivado de la palabra bustum, que era la hoguera en la que se incineraba el cadáver. Los bustuarii luchaban a muerte en los llamados “juegos funerarios” celebrados en honor a un ciudadano importante fallecido. Su oponente debía ser otro bustuarius. Su arma era el gladius de estilo griego  copiada de las que usaban los hoplitas griegos. No llevaban casco. Su única defensa era un escudo pequeño. Sus combates eran costeados por la familia del fallecido. Estos juegos se realizaban durante el funeral del difunto (donde estaba la pira, de ahí el nombre de bustuarius), para hacer una ofrenda de sangre a los dioses y que éstos acogieran el alma del fallecido en la otra vida. En los primeros tiempos de Roma los supervivientes eran sacrificados durante la ceremonia.

Bustuarii en la pira de Julio César

Los combates de gladiadores en Roma encargados y pagados por los familiares del difunto se comenzaron a documentar ya en el siglo III a.C.

“El primer espectáculo de gladiadores fue dado en Roma en el Foro Boario en el consulado de Apio Claudio y Quinto Fulvio. Lo patrocinaron Marco y Décimo, hijos de Bruto Pera, para honrar la memoria de su padre con un espectáculo fúnebre.” (Valerio Máximo, Hechos y Dichos Memorables, II, 4, 8)

Uno de los primeros combates con varias parejas de gladiadores es el que ofrecieron los hijos de Emilio Lépido en su honor en el año 216 a.C.

“En honor de Marco Emilio Lépido, que había sido cónsul dos veces y augur, sus tres hijos, Lucius, Marcus y Quintus, dieron juegos funerarios durante tres días y trajeron veintidós parejas de gladiadores al Foro Romano.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIII, 30, 15)

Museo Burdur, Turquía

Continuando con el carácter funerario de las luchas de gladiadores, Tito Livio relata los juegos ofrecidos por Titus Flaminius, acompañados de actividades para el pueblo, en el año 174 a.C.

“Muchos juegos gladiatorios se dieron ese año, algunos sin importancia; uno sobresalió por encima de los demás, el de Titus Flaminius, para conmemorar la muerte de su padre, que duró cuatro días y se acompañó de una distribución de carne, un banquete y representaciones teatrales. El punto culminante fue que en tres días lucharon setenta y cuatro gladiadores.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XLI, 28, 9)

Relieve con escena de gladiadores, Museo de Éfeso, Turquía. Foto Carole Raddato

Esta vinculación fúnebre inicial se perdió con el tiempo, pero el término munus se mantuvo durante toda la época romana para designar al espectáculo gladiatorio.

La cantera principal de gladiadores durante la república y principios del imperio fue la guerra. Los soldados enemigos derrotados y hechos prisioneros de guerra eran vendidos como esclavos. La experiencia militar que tenían les hacía adecuados para convertirse en gladiadores, por lo que eran comprados por los lanistae, propietarios de las escuelas de gladiadores (ludi).

Relieve de Esmirna, Turquía. Museo Ashmolean, Oxford

Los editores (organizadores) de los dos primeros munera de los que hay referencias en Roma –los Iunii y los Aemilii Lepidi– tenían a familiares entre los generales romanos, por lo que probablemente pudieron acceder fácilmente a prisioneros de guerra para su exhibición en los juegos.

Los prisioneros de guerra que llegaban a los mercados de esclavos de las ciudades del imperio presentaban en principio unas cualidades físicas peores que los que habían sido escogidos en los campamentos por los ojeadores imperiales y privados.

“Fronto mandó matar a los sediciosos y los maleantes, que se denunciaban entre ellos; seleccionó a los más altos y los más apuestos de los jóvenes y los reservó para el triunfo; del resto, los mayores de diecisiete fueron encadenados y enviados a trabajos forzados en Egipto, mientras que muchos fueron llevados a las provincias, para morir en la arena por la espada (como gladiadores) o por las bestias salvajes.” (Flavio Josefo, La guerra de los judíos, VI, 418:4)

Gladiador tracio. Ilustración Zygmunt Michalski

Otros muchos esclavos que no eran prisioneros de guerra también acababan en un ludus, porque sus amos, entre las muchas opciones que tenían para obtener beneficios de ellos, contaban con la de venderlos a un lanista.

“Después de semejantes principios, ejerció en gran parte el imperio según los consejos y el capricho de los más viles actores y aurigas, y en especial de su liberto, Asiático. Cuando este apenas era un adolescente, lo había corrompido manteniendo comercio carnal con él, hasta que el susodicho huyó, harto de estas relaciones; Vitelio le detuvo en Pozzuoli, vendiendo posca, y lo mandó a la cárcel, pero inmediatamente lo liberó y volvió a admitirle en su intimidad. Mas tarde, se enfadó otra vez con él a causa de su excesiva altanería y de su inclinación al robo, y lo vendió a un lanista ambulante; este lo reservó para el final del espectáculo, pero Vitelio entonces se lo llevó de repente.” (Suetonio, Vitelio, 12)

Cuando un criminal era juzgado por un delito una de las sentencias que podía recibir era la de ser enviado a un ludus para convertirse en gladiador, era la llamada damnatio ad ludum… condenado al ludus, es decir, a luchar en los juegos gladiatorios como gladiador. No obstante, esto no implicaba necesariamente la muerte, ya que se le abría la posibilidad de salvar su vida (si era lo suficientemente bueno como para que le concediesen la rudis (la espada con la que se concedía la libertad, la cual no le permitían obtener antes de tres años) o como para mantenerse vivo durante cinco años (si tras cinco años no había obtenido la rudis era puesto en libertad).

"Pero aquellos condenados a los juegos no son necesariamente eliminados; pueden, incluso, tras un tiempo, volver a la libertad, o ser liberados de la obligación de ser gladiador; ya que, después de cinco años, pueden recuperar su libertad, mientras que, al término de tres años, se les permite abandonar los juegos gladiatorios." (Collatio Mosaicorum et Romanarum Legum, 11.7) [ley del reinado de Adriano (117-138)].

Foto Noah Kaye

Un gran número de los que entraban en un ludus lo hacían como voluntarios (auctorati), movidos por el deseo de convertirse en gladiadores. Muchos lo hacían por necesidad, para poder subsistir; para aquellos que carecían de cualquier otro medio de vida el ludus ofrecía comida diaria y techo hasta el día del combate y, si luego seguían vivos, la comisión que les correspondiese por el combate más los premios, y comida de nuevo diaria hasta el nuevo combate… y así hasta que morían o conseguían dinero suficiente para vivir de otra manera. Para finales de la república los auctorati constituían más de la mitad de los gladiadores, siendo los esclavos quienes mayoritariamente constituían la otra mitad, con un menor porcentaje de condenados. La proporción de voluntarios se mantuvo alta hasta que se puso fin a los juegos gladiatorios, mientras que el menor número de guerras tras la instauración del imperio (pax romana) hizo disminuir mucho el número de prisioneros de guerra, convertidos en esclavos, lo que se compensó aumentando el número de delincuentes condenados que eran enviados al ludus.

“Plaucio, por su hábil y victoriosa dirección de la guerra en Britania, no solo fue felicitado por Claudio, sino que obtuvo también una ovación. Durante los juegos gladiatorios tomaron parte muchas personas, no solo libertos extranjeros, sino también cautivos britanos. Empleó más hombres que nunca en esta parte de los juegos y se glorió por ello.”
(Dión Casio, Historia Romana, LX, 30)



Los auctorati, generalmente atraídos por el deseo de ganancia, de gloria, de la necesidad de probarse a sí mismos con las armas, daban más espectáculo que el resto de gladiadores –porque al haber elegido ese deporte voluntariamente ponían más empeño en entrenar y en prepararse para ello que los gladiadores que luchaban a la fuerza (esclavos y criminales) y porque la mayoría de los que se convertían en auctorati eran antiguos gladiadores que tras recibir la rudis decidían volver a entrar en el oficio o porque eran los condenados ad ludum que –sin haber logrado la rudis– sí habían llegado a los cinco años de experiencia en la profesión (cumpliendo la condena), y al recuperar la libertad, podían decidir voluntariamente volver a entrar en el oficio para tener una fuente de ingresos.

Si un ciudadano (de la clase que fuese) decidía venderse como gladiador debía declararlo delante de un tribuno del pueblo, que levantaba acta dejando constancia del hecho. Si el voluntario iba a luchar para un lanista en particular, este estaba presente y debía dar su consentimiento de aceptar al voluntario durante la declaración ante el tribuno (y entonces el voluntario prestaba el juramento (auctoramentum), en presencia del lanista y del tribuno). Si el voluntario iba a servir de modo autónomo, sin lanista, en la declaración estaría el editor que iba a contratarlo (en lugar del lanista), y parece que no sería necesario jurar el auctoramentum. No obstante, en ambos casos, si el tribuno consideraba que el candidato era demasiado viejo o débil podía rechazarlo. Pero si todo iba bien, el tribuno levantaba el acta, en la que se registraba el nombre, edad y salario que iba a cobrar el voluntario (que no podía ser inferior a 2.000 HS)

“En el caso de aquel que voluntariamente en presencia de su excelencia, el tribuno de la plebe, anuncie su intención de luchar al precio legal de 2000 sestercios. Si este hombre, cuando ha obtenido su liberación, vuelve a dedicarse a esta peligrosa ocupación, su valor a partir de entonces no podrá exceder los 12000 sestercios.” (CIL 2.6278)

Pintura de M. Landucci

En el juramento se aceptaba ser quemado, ser encadenado, ser azotado, ser matado (“uri, vinciri, verberari ferroque necari”). Las tres primeras acciones eran afrentas graves contra la dignidad de un ciudadano, y la cuarta era un delito (homicidio), por lo que al realizar el voluntario el juramento el estado romano quedaba libre de toda responsabilidad referente a lo que le ocurriese durante su carrera gladiatoria (tanto en el ludus como en la arena), del mismo modo que también quedaba libre el lanista… toda la responsabilidad recaía en el gladiador, que era quien voluntariamente había aceptado tal cosa.

“Has prometido lograr tu máxima vinculación con la sabiduría, ser hombre de bien, y te has obligado a ello con juramento. Se burlará de ti quien te dijere que se trata de una milicia suave y llevadera; no quiero que te engañen. En los mismos términos se formula este muy honesto y aquel otro muy deshonroso compromiso: «afrontar el fuego, las cadenas y la muerte a cuchillo» De aquellos que trabajan a jornal para el circo, que comen y beben de la prestación que hacen a costa de su sangre, se exige la garantía de que, aun contra su voluntad, soporten estos riesgos; de ti que los soportes libre y gustosamente. A aquellos se les permite rendir las armas, recabar la misericordia del pueblo; tu ni te entregarás, ni suplicarás por tu vida; debes morir erguido e invicto.” (Séneca, Epístolas, 37, 1-2)

Detalle del mosaico del Gladiador, Galería Borghese, Roma

La primera referencia que parecer haber sobre casos de auctorati data del 206 a. C., cuando, según Tito Livio, lucharon hombres libres voluntariamente y por el deseo de competir.

“Escipión regresó a Cartagena para cumplir los votos hechos a los dioses y celebrar el espectáculo de gladiadores que había preparado en memoria de la muerte de su padre y de su tío. Los gladiadores que tomaron parte en el espectáculo no eran los que habitualmente presentan los lanistas, esclavos procedentes de la tarima de venta y libres que ponen precio a su sangre; la colaboración de los luchadores fue por entero voluntaria y gratuita.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXVIII, 21)



Villa Silin, Libia

Por ley, un gladiador era considerado un infamis, una categoría social deshonrosa que incluía también a actores y prostitutas, ocupaciones todas que implicaban la sumisión del cuerpo y la voluntad a los deseos de otros, para darles placer, lo cual era considerado como despreciable por los romanos y por ello rechazaban a quienes se dedicaban a esos oficios, e incluso en determinados cementerios se prohibía darles entierro. La falta de autoridad y de personalidad que conllevaba tal conducta de sumisión a otro indicaba a los romanos que los infames eran incapaces de controlarse, de usar la autoridad sobre el propio cuerpo de modo adecuado, por lo que se les negaba toda una serie de derechos que implicaban la posesión de autoridad y poder, tales como desempeñar un cargo público o votar. El testimonio de un infamis tampoco era válido en un juicio.

“Por esta razón, un hombre que se vende para luchar queda marcado por la infamia luche o no, porque si luchase, cuando no se vendió para hacerlo, no sería considerado infame. Por tanto, los antepasados sostienen que no son infames los que luchan por mostrar su valor y lo hacen sin compensación, a menos que sufran para ser honrados en la arena; porque pienso que, en este caso, no pueden evitar ser señalados con la infamia.” (Digesta de Justiniano 3.1.1.6)

Relieve de Hierapolis

El Digesta de Justiniano deja claro que se podía aparecer en la arena sin quedar manchado por el estigma de la infamia, siempre que se hiciese sin recibir dinero y para mostrar valor. Algunos nobles se lanzaban a luchar como gladiadores por satisfacción personal y por ofrecer espectáculo, ante el malestar de algunos de sus conciudadanos más moralistas. Si se luchaba para honrar a un líder (un general o emperador) o para cumplir una promesa hecha a un emperador tampoco había infamia en ello.

“Le acompañaba su hermano Lucio, ese gladiador asiático que combatía como mirmilón (murmillo) en Mylasis y que estaba sediento de nuestra sangre, habiendo prodigado tanto la suya en las luchas de gladiadores.” (Cicerón, Filípicas, 5, 20)

Gladiador murmillo

Pero, aunque uno no quedase manchado por la infamia, dar el paso de hacerse auctoratus era difícil. Muchos se sentían atraidos por ser gladiadores y voluntariamente entrenaban e incluso combatían entre ellos (en combates privados entre amigos), pero entrar al circuito profesional exigía enfrentarse a muchos prejuicios sociales, a la posibilidad de morir y, probablemente el obstáculo mayor que disuadía a la mayoría, al gran nivel técnico y, sobre todo, físico que se exigía para estar en la competición. Obviamente cualquiera (que no fuese rechazado por viejo o débil por el tribuno) podía meterse a gladiador voluntario, pero si no era bueno no iba a encontrar ningún editor que le contratase ni ningún lanista que le quisiese entrenar ni representar en serio, simplemente sería usado como relleno en los gregatim (combate sin emparejamiento, todos unos contra otros). Se necesitaba una gran técnica en el manejo de la espada y una excepcional forma física para convertirse en un triunfador en el circuito profesional.

Tracio victorioso. Ilustración de Zygmunt Michalski

Había algunas circunstancias por las cuales uno podía convertirse en gladiador y no incurrir en la infamia, como, por ejemplo, cumplir una obligación familiar (pagar el funeral del padre, madre, esposa o hijo, para lo cual el dinero obtenido en el combate sería aceptable), realizar una obligación social (salvar a un amigo de la pobreza dándole el dinero ganado, vengar a un amigo muerto en la arena por otro gladiador)

“Yo, Víctor, zurdo, yazgo aquí, pero mi tierra natal fue Tesalónica. El destino me mató, no el embustero Pinnas [plumas]. No le dejéis alardear más. Yo tenía un compañero gladiador, Polyneikes, quien mató a Pinnas y me vengó. Claudius Tallus levantó este monumento con lo que yo dejé atrás como legado [dinero]”.

Euprepes, provocator. Museo Arqueológico de Estambul, foto Samuel López

En las ciudades de las provincias la visión que se tenía de los gladiadores no estaba tan afectada por los prejuicios de la capital, y, con el tiempo, incluso en Roma se fue viendo a los gladiadores de forma más benévola, permitiéndose primero a sus hijos acceder a los círculos más altos de la sociedad y luego incluso a los gladiadores mismos. Así, por ejemplo, Q. Curtius Rufus, hijo de gladiador, llegó a cónsul en África en tiempos de Claudio (además de ser un notable historiador, autor de una biografía de Alejandro Magno). Durante la república habría sido inconcebible que el hijo de un gladiador llegase a cónsul.

“Del origen de Curcio Rufo, hijo, según han dicho algunos, de un gladiator, no querría referir mentira, puesto que me avergüenzo de decir verdad. En llegando a edad juvenil, siguió en África al cuestor a quien tocó aquella provincia; y hallándose en Adrumeto al mediodía, paseándose pensativo debajo de unos soportales, se le apareció una sombra en figura de mujer mayor que humana, de quien oía esta voz: Tú eres Rufo, aquel que vendrá a ser procónsul en esta provincia. Con este agüero, hinchiéndosele el corazón de grandes esperanzas, se volvió a Roma, donde con la liberalidad de sus amigos y con su ingenio levantado alcanzó el oficio de cuestor; y, después de esto, entre muchos nobles competidores, por voto del príncipe la pretura; cubriendo Tiberio la bajeza de su nacimiento con estas mismas palabras: A mí me parece que Curcio Rufo es hijo de sí mismo. Con esto y con vivir después muchos años siempre maligno adulador con los mayores, arrogante con los inferiores y con los iguales insufrible, alcanzó el imperio consular, las insignias triunfales y a lo último el gobierno de África, donde, muriendo, cumplió el pronóstico fatal.” (Tácito, Anales, XI, 21)

Ilustración Stefano Bianchetti

Los gladiadores eran despreciados (por ser infames), pero al mismo tiempo eran aclamados en el anfiteatro, como estrellas y admirados por su coraje, energía y cualidades físicas. Eran idolatrados por la misma gente que luego no los quería como vecinos, o en los cargos u oficios destacados de la sociedad. Esa doble moral en la actitud hacia los gladiadores se ve en el hecho de que, por ejemplo, Cicerón, Plinio y Quintiliano que alaban los valores que muestran los gladiadores los consideran a la vez hombres despreciables y bárbaros.

“¡Hay que ver qué golpes soportan los gladiadores, hombres degradados o extranjeros! ¡Mira cómo los que están bien adiestrados prefieren recibir un golpe que evitarlo con vergüenza! ¡Cuántas veces es evidente que ellos no desean otra cosa que satisfacer a su amo o al pueblo! Incluso agotados por las heridas, mandan a preguntar a sus amos qué es lo que desean: si ellos están satisfechos, lo que quieren es dejarse caer a tierra. ¿Qué gladiador mediocre ha dejado escapar un lamento, cuál ha mudado alguna vez su rostro? ¿Cuál se ha comportado ignominiosamente, no ya cuando resistía en pie, sino una vez caído a tierra? ¿Cuál, una vez caído a tierra, ha retirado su cuello ante la orden de recibir el golpe? Tal es la fuerza del entrenamiento, la preparación y la costumbre. ¿Será capaz de esto un Samnita, un hombre inmundo, digno de esa vida y condición mientras que un hombre nacido para la gloria tendrá una parte de su alma tan débil que no pueda endurecerla con la preparación y la razón? A algunos el espectáculo de los gladiadores les suele parecer cruel e inhumano y puede que, tal y como ahora se desarrolla, sea así, pero en aquellos días en los que quienes combatían a muerte eran los criminales, aunque para los oídos quizá hubiera otras muchas es evidente que para los ojos no podía haber una escuela más eficaz contra el dolor y la muerte.” (Cicerón, Tusculanas, 2, 41)

Ilustración de Amedee Forestier

Entre el público femenino los gladiadores despertaban auténticas pasiones según los testimonios de la época. Esta atracción se debía a diferentes motivos como su juventud, su belleza o el ideal de virilidad que representaban. Algunos grafitos pompeyanos muestran el éxito que éstos tuvieron entre las mujeres.

“Celadus el tracio, por el que suspiran las chicas, tres combates, tres victorias.” (CIL 4.4342)

Mesalina en brazos del gladiador. Pintura de Joaquín Sorolla

En las fuentes literarias se encuentran ejemplos de mujeres de la élite social que mantienen relaciones con gladiadores. El poeta Juvenal presenta el ejemplo de Eppia que abandonó a su marido, miembro del orden senatorial, y a sus hijos para seguir a un gladiador llamado Sergiolus hasta la ciudad de Alejandría.

“Mas con todo, ¿qué belleza inflamó a Epia, qué juventud la cautivó? ¿Qué vio para aceptar que le dijeran gladiadora? Pues su Sergiolus había comenzado ya a rasurarse el mentón y a esperar la jubilación de su brazo mutilado.
Además, tenía muchas deformidades en la cara, como un lobanillo enorme en mitad de las narices, machacado por el casco, y la perversa secreción acre de su ojito siempre goteando.
Pero era gladiador. Esto los convierte a ellos en Jacintos, esto prefirió ella a sus hijos y a su patria, esto, a su hermana y a su marido. Es el hierro de lo que se enamoran. Este mismo Sergio después de recibir la espada de madera empezaría a parecerle Veyentón (el esposo). ¿Por qué te preocupas de lo que pasó en una casa particular, de lo que hizo Epia?”
(Juvenal, Sátiras, VI, 105)

Matrona y gladiador. Ilustración Sandra Delgado

Los gladiadores eran atractivos no solo para las mujeres, sino que muchos jóvenes de la alta sociedad también mostraban devoción por los juegos gladiatorios y sus protagonistas. Apuleyo cuenta que su hijastro ha abandonado sus estudios y se dedica a frecuentar tabernas, prostitutas y escuelas de gladiadores, en las que se relaciona con los gladiadores y recibe entrenamiento.

“Incluso se le ve con frecuencia en la escuela de gladiadores; conoce perfectamente los nombres de éstos, sus combates y sus heridas, ya que es el propio lanista quien lo alecciona como sí se tratase de un joven de buena familia.” (Apuleyo, Apología, 98, 7)



En el derecho romano se recoge la prohibición que tenían las hijas, nietas o biznietas de un senador de contraer nupcias legítimas tanto con un liberto como con alguien que hubiese ejercido una profesión de exhibirse públicamente, como los gladiadores. Sin embargo, en los epitafios de los gladiadores fallecidos queda patente que algunos estaban casados y mencionan a sus esposas e hijos.

“En cierta ocasión, y en medio de un gran aplauso general, le concedió el retiro a un esedario por el que intercedían sus cuatro hijos, hizo circular acto seguido una tablilla en la que recordaba al pueblo lo mucho que le convenía criar hijos, pues a la vista tenía la ayuda y el favor que podan dispensar incluso a un gladiador.” (Suetonio, Claudio, 21, 5)

El relieve de la tumba del gladiador Danaos, natural de Cyzicus muestra un retrato familiar en el que el padre y su hijo Asklepiades aparecen recostados sobre un triclinium, mientras que la esposa Eorta aparece sentada en una silla, como corresponde a una matrona respetable.

“Su esposa Eorta y su Asklepiades lo erigieron en memoria de Danaos, secundus palus, Tracio. Tras nueve combates partió hacia el Hades.”

Estela funeraria de Danaos. Museo de Historia del Arte de Viena

Muchos de los nombres de gladiadores se conocen a través de las inscripciones funerarias o de los grafitis, entre otras fuentes. En la mayoría de los casos, se menciona un nombre único, por lo que se podría suponer que se refiere a un esclavo, pero muchos de ellos no utilizaban su nombre original, sino que empleaban el nombre artístico o apodo que habían adoptado al entrar en este mundo. Entre los esclavos y libertos era más habitual ser conocido por tal apodo, que no solía elegirse al azar, sino que solía tener relación con las cualidades del propio gladiador (Aptus, Iuvenis, Victorinus), o referirse a personajes míticos (Glaucus, Orpheus), a animales (Pardus, Taurus), a metales o piedras preciosas (Beryllus, Margarites) o a su origen étnico (Troadensis).

Volumnia Sperata y su hijo Publius Volumnius Vitalis dedicaron una inscripción sepulcral al gladiador Probus (liberto), su marido y padre respectivamente.

“El murmillo, contrarretario, Probus, liberto de Publius Aurelius Vitalis, con 49 victorias, germano, yace aquí. Volumnia Sperata, en honor de su querido esposo, que bien lo merece, y Publius Volumnius Vitalis, para su afectuoso padre, hicieron el monumento. Que la tierra te sea leve.” (CIL II2/ 7, 363)

La esposa del gladiador. Edmund Blair Leighton

De algunos de ellos se sabe que no eran esclavos en el momento de su muerte ya que aparecen sus esclavos y libertos mencionados en la lápida funeraria. Además, hubo gladiadores que, posiblemente, serían libertos y manumitidos por los emperadores, como en el caso de Marcus Ulpius Felix.

“A los Dioses Manes, a Marcus Ulpius Felix, murmillo retirado, vivió 45 años, miembro de la nación de los tungri (Bélgica), el más amable y que bien lo merecía se lo dedicaron Ulpia Syntiche, liberta, y su hijo Iustus.” (CIL VI, 10177)

Estela funeraria de Lupercus. Museo Arqueológico Nacional de Tesalónica.
Foto Egisto Sani

Inscripción: Teodora en memoria de su esposo Lupercus (aparece también un posible ¿esclavo? Apolonio)

En caso de no tener familia propia los compañeros de la escuela gladiatoria (familia gladiatoria) podían hacerse cargo del entierro y la dedicación de la lápida del gladiador muerto. Entre los gladiadores el sentimiento de hermandad y compasión era habitualmente fuerte en lo que respecta a la muerte en la arena, ya que era un trance al que casi todos tendrían que enfrentarse antes o después, por lo que ningún gladiador permitiría que un colega suyo quedase sin enterrar (aunque fuese un desconocido o no le cayese bien en vida), puesto que esperaba que alguien hiciese lo mismo con él cuando finalmente cayese, pues dejar un cadáver sin enterrar conllevaba nefastas consecuencias para el alma del difunto.

“Ingenuus, essedarius, de la escuela gladiatoria de los Galos. Murió a los veinticinco años. Ganó doce palmas. De la nación de los Germanos. Toda la familia de los essedarios hizo a su costa este monumento. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.” (CIL II2/7, 362)

Estela funeraria de Ingeniuus. Museo arqueológico de Córdoba.

Como muchos otros colectivos en la sociedad romana, los gladiadores podían asociarse en collegia, que se encargaban de los gastos funerarios de los miembros y de organizar eventos sociales durante las festividades religiosas o preparar la cena libera que se llevaba a cabo antes del combate. Los collegia se distribuían en diversas decuriae (diez integrantes) y si eran muy grandes en centuriae (cien integrantes) y estaban presididas por los initiales (fundadores).

Una inscripción de Roma datada en el año 177 d.C. incluye la lista de integrantes formada por cuatro decurias del collegium Silvanus, en el que se incluye el cargo de cryptarius, encargado del lugar de enterramiento.

"Por el emperador César Lucio Aurelio Cómodo y Marco Plautio Quintilo cónsules, los initiales del collegium de Silvanus Aurelianus, curatores, Marcus Aurelius Hilarus, liberto del emperador, y Coelio Magno, cryptarius.
decuria I
Borysthenes, tracio veterano …
decuria II
Vitulus, murmillo veterano …
decuria III
Barosus, contraretiarius principiante…
decuria IIII
Zosimus, fabricante de armas de los tracios … " 
(CIL VI, 631)

Gladiadores antes de entrar en la arena. Pintura de Stefan Bakalowicz

Debido a las cualidades de potencia, fuerza y coraje que se atribuían a los gladiadores, algunos creían que la sangre de estos era un remedio para la esterilidad, la impotencia y la epilepsia, además de para otros muchos males.

"¿Y dónde están aquellos que bebieron con avidez, para curar la enfermedad comicial, la sangre reciente que manaba del cuello de los criminales degollados en la arena?" (Tertuliano, Apologética, 9, 11)

Detalle del mosaico del Gladiador, Gallería Borghese, Roma

Esto hizo del comercio de sangre de gladiador un negocio lucrativo al igual que se hizo muy rentable el comercio de aquellas armas que habían causado la muerte a un gladiador, pues, ya que estas se habían mojado en la sangre del gladiador (al matarlo), consideraban que eran excelentes para hacer objetos que usaban como amuleto. A parte de las armas que habían causado la muerte, en general, creían que toda prenda u objeto que hubiese usado un gladiador era un remedio eficaz contra la mala suerte, el mal de ojo, etc

“Un día en que una pareja de gladiadores se dieron muerte entre sí, ordenó fabricar de inmediato con las espadas de ambos unos cuchillos pequeños para su uso personal.” (Suetonio, Claudio, 34, 2)

Pintura de gladiadores. Regio V, Pompeya

Algunos gladiadores ante la posibilidad de una muerte segura se quitaban voluntariamente la vida al no poder soportar una existencia de sumisión o, también, por ser capaces de decidir el momento de su propia muerte como deja entrever Séneca:

“Hace poco, durante una lucha de gladiadores con las fieras, uno de los germanos que iba a participar en el espectáculo matinal se retiró al excusado para evacuar -a ningún otro lugar reservado se le permitía ir sin escolta-. Allí, el palo que, adherido a una esponja, se emplea para limpiar la impureza del cuerpo, lo embutió todo entero en la garganta, con lo que, obstruidas las fauces, se ahogó. Acto éste que supuso un escarnio para la muerte. Así, desde luego, poco limpiamente, poco decorosamente. ¿Hay algo más absurdo que morir con mucha finura?
iOh varón fuerte, digno de hacer la elección de su destino! ICon qué firmeza se hubiera servido de la espada!, ¡con cuánto arrojo se hubiera lanzado a la sima profunda del mar o a un precipicio escarpado! Desprovisto de todo recurso, aún halló la manera de tener que agradecer sólo a sí mismo la muerte y el arma mortal, a fin de que aprendamos que para morir no existe más obstáculo que nuestra voluntad. Juzgue cada cual, según su propio criterio, la acción de este hombre tan impetuoso, con tal que esté de acuerdo en que debemos preferir la muerte más inmunda a la más noble esclavitud.”
(Séneca, Epístolas, 70, 20-21)

Ilustración de Zygmunt Michalski

Solo los gladiadores considerados muy diestros eran capaces de ejercer su labor hasta edades avanzadas compitiendo en el circuito profesional… Una gran habilidad técnica y la experiencia podían contrarrestar la pérdida de aptitudes físicas como consecuencia de la edad, por lo tanto, era posible que veteranos ya entrados en años pudiesen vencer a gladiadores más jóvenes. Sin embargo, la superioridad técnica no siempre bastaba para imponerse a un oponente en su plenitud física.

“…(aquí descanso), el audaz Polyneikes, habiendo conseguido la gloria con mis armas, dominé invicto toda la provincia en el estadio, luchando veinte veces sin perder. Y no fui conquistado por maestría [superior], sino que un hombre joven superó a un cuerpo viejo”.
(SgO, 23.03)

Estela funeraria de Trypheros,
Museo Arqueológico de Patras

A pesar de la dura vida y el riesgo en los combates, algunos gladiadores disfrutaban de su oficio y anhelaban su participación activa.

“Entre los gladiadores del César, los hay que se enfadan porque nadie los hace avanzar ni los empareja y ruegan a la divinidad y se acercan a los encargados para pedirles combatir; y entre vosotros, ¿ninguno se mostrará como ellos?” (Epícteto, Disertaciones, I, 29, 37)

Los que lograban llegar vivos hasta una edad oportuna para retirarse (evidentemente habiendo recibido la rudis varias veces antes) podían optar por entrar en los ludi como magistri (entrenadores) pudiendo llegar después a árbitros; primero como seconda rudis y luego, si era bueno arbitrando, podía promocionar hasta convertirse en summa rudis (árbitro principal). Al ser nombrado summa rudis entraba a formar parte del colegio de summae rudes de la ciudad en la que ejerciese como árbitro.

“A los dioses. Aelia a Publius Aelius, el ilustre summa rudis de Pérgamo, miembro del collegium de los summae rudes en Roma, a mi esposo, con el que estuve felizmente unida, que vivió 37 años, Aelia lo erigió en su memoria.”

Mosaico de gladiadores. Museo Arqueológico de Verona. Foto de Steve Richards

Los que se enriquecían por haber invertido sus ganancias convenientemente podían llegar a ser lanistae y convertirse en propietarios de sus propios ludi (escuelas). Marcial ensalza la figura de un gladiador llamado Hermes, quien parece ser propietario y entrenador de su propia escuela.

“Hermes, delicia marcial del siglo;
Hermes, instruido en todas las armas;
Hermes, gladiador y maestro de gladiadores;
Hermes, confusión y terror de su propia escuela;
Hermes, el único al que teme Helios;
Hermes, el único ante el que sucumbe Advolante;
Hermes, que sabe vencer sin herir;
Hermes, sustituto de sí mismo;
Hermes, riqueza de los que alquilan sus localidades;
Hermes, preocupación y cuidado de las esposas de los gladiadores;
Hermes, soberbio por su lanza guerrera;
Hermes, amenazador con el tridente marino;
Hermes, temible con su casco de penacho lánguido;
Hermes, gloria de Marte universal;
Hermes, que lo es todo solo y tres veces único.”
(Marcial, Epigramas, V, 24)

Estela funeraria de Satornilos, Esmirna, Turquía. Foto Ipernity

No obstante, muchos de los que sobrevivían a su ejercicio profesional, sufrían de varios males y no llegaban a vivir mucho tras retirarse. También tenían un difícil futuro los que se retiraban y no lograban entrar en un ludus y, sobre todo, los que antes de haber podido ahorrar dinero quedaban heridos o mutilados de modo que jamás podían volver a luchar en competición (o no podían siquiera valerse por sí mismos). Los que eran incapaces de desempeñar ninguna tarea útil no tenían otra opción que la mendicidad y el pedir refugio a los sacerdotes de los templos.

El mayor ejemplo del prestigio que llegó a obtener el munus gladiatorium y de la atracción que ejercía sobre la población romana, es que muchos emperadores lo practicaron. Que el propio emperador llegase a ejercer como gladiador delante de los asistentes a los juegos era prueba de la gran popularidad que habían logrado desde su origen.

Según Dión Casio, en público Cómodo solo combatía en la parte del munus llamada prolusio (el calentamiento), con espada de madera, nunca de acero, y se abstuvo de matar a nadie, por miedo a las críticas del pueblo (aunque sí mató en privado, donde luchaba con armas de verdad). Sin embargo, no todos los testimonios confirman esta versión y critican el comportamiento del emperador al actuar como un verdadero gladiador.

“Hasta entonces, aunque su actuación, a excepción de su valor y puntería, era impropia de un emperador, todavía gozaba de cierto carisma entre el pueblo. Pero cuando entró en el anfiteatro desnudo y, blandiendo sus armas, se puso a luchar como un gladiador, entonces el pueblo contempló un triste espectáculo: el muy noble emperador de Roma, después de tantas victorias conseguidas por su padre y sus antepasados, no tomaba sus armas de soldado contra los bárbaros en una acción digna del imperio romano, sino que ultrajaba su propia dignidad con una imagen vergonzosa en extremo y deshonrosa. En sus combates de gladiador vencía sin dificultad a sus oponentes y sólo llegaba a herirles al dejarse ganar todos por ver en él no a un gladiador sino al emperador. A tal grado de locura llegó que ya ni quería habitar el palacio imperial, sino que quiso trasladarse a la escuela de gladiadores. Y ordenó que ya no se dirigieran a él con el nombre de Hércules sino con el nombre de un famoso gladiador que había muerto. De la enorme estatua del Coloso que veneran los romanos y que representa la imagen del sol hizo cortar la cabeza y mandó poner la suya, ordenando que inscribieran en su base los habituales títulos imperiales y de su familia, pero en lugar del calificativo de Germánico puso el de Vencedor de Mil Gladiadores.” (Herodiano, I, 15, 7-8)

Cómodo abandonando la arena. Pintura de Edwin Howard Bashfield

Entre las divinidades asociadas a los juegos gladiatorios destacan Hércules y Marte, mientras que, en ciertas comunidades provinciales, durante los siglos II y III d.C. se confió la tarea de defender la vida a la diosa Némesis, a la que creían capaz de controlar el destino de los humanos, por lo que soldados y gladiadores desarrollaron devoción por ella, y muestra de ello es que en un epitafio un gladiador pide no confiar en la protección de la diosa ya que esta permitió su muerte.

“A los dioses Manes. Glauco, un nativo de Mutina, luchó en siete combates y pereció en el octavo. Vivió veintitrés años y cinco días. Aurelia y sus amigos lo pagaron para su esposo que lo merecía. Yo (Glauco) te aconsejo encontrar tu propia estrella: no confíes en Némesis, así es como fui engañado. Saludos y adiós.” (CIL 5.3466)

Relieve de la diosa Némesis

Las estelas funerarias y epitafios dedicados a los gladiadores fallecidos suelen mostrar al difunto con su equipación y armas, señalando el tipo de gladiatura al que pertenecían, su categoría, si eran principiantes o veteranos, su edad y origen, sus victorias, las veces que fueron perdonados, y los familiares o amigos encargados de su enterramiento, además de algún mensaje admonitorio (como el de no dejar vivo al oponente vencido).

“A los dioses Manes. Para Urbicus, secutor, primus palus (categoría más alta entre los veteranos), florentino de nacimiento, que luchó en trece ocasiones y vivió veintidós años. Olympias, su hija de cinco años, Fortunensis, esclava de su hija, y Lauricia, su esposa, lo mandaron erigir para un esposo con el que ella vivió durante siete años, que bien lo merecía. ¡Te lo advierto! ¡Mata al oponente que vences, sea quien sea! ¡Sus seguidores aclamarán su espíritu!” (CIL V 5933 = ILS 5115)

Estela funeraria del gladiador Urbicus. Antiquarium de Milán.
Foto de Giovanni Dall´Orto



Bibliografía

https://digibug.ugr.es/handle/10481/20304; MUNERA GLADIATORIA: ORIGEN DEL DEPORTE ESPECTÁCULO DE MASAS; ALFONSO MAÑAS BASTIDAS
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7616986; EL AUCTORATUS: CONTROVERSIA ENTRE LIBERTAD E INFAMIA; Francisco Javier CASTILLO SANZ
https://institucional.us.es/revistas/habis/50/08_miguel_martinez_sanchez.pdf; CÓNYUGES, FAMILIARES Y COMPAÑEROS: APROXIMACIÓN A LA TIPOLOGÍA DE LOS DEDICANTES EN LA EPIGRAFÍA GLADIATORIA ROMANA
https://www.jstor.org/stable/30038038?seq=1; Gladiatorial Combat: The Rules of Engagement; M. J. Carter
The Roman Games, Alison Futrell, Blackwell Publishing
Gladiators: Fighting to the Death in Ancient Rome, M. C. Bishop, Casemate Publishers
Gladiators: Violence and Spectacle in Ancient Rome, Roger Dunkle, Routledge



sábado, 17 de abril de 2021

Consecratio, el culto imperial en la antigua Roma



Estatua sedente de Augusto

En los reinos helenísticos el soberano se consideraba como una reencarnación de las divinidades y estaba acostumbrado a recibir honores durante su vida terrenal. Los fundadores de las ciudades eran venerados una vez fallecidos, y después de Alejandro Magno también los nuevos jefes del mundo helenístico empezaron a recibir honores divinos.

A través de su política religiosa, Alejandro ponía de relieve el carácter universal de su monarquía y su deificación, por encima de su carácter espiritual, debe ser entendida como un elemento más dentro de la política de unificación de su imperio, que estaba compuesto por pueblos de culturas y religiones muy distintas. El general macedonio era muy consciente de la importancia que una legitimación divina podía suponer para la conquista, control e integración de territorios tan heterogéneos como los que conformaban su imperio. Se presentó como heredero de personajes míticos, por ejemplo, de Dioniso en la India; y rindió culto a dioses egipcios y asiáticos. Este respeto que el macedonio mostró hacia otras creencias fue uno de los motivos que propiciaron que fuera aceptado con tanta facilidad en los nuevos territorios anexionados a su imperio.

“En general, con los bárbaros se mostraba arrogante y como quien estaba muy persuadido de su generación y origen divino, pero con los griegos se iba con más tiento en divinizarse… Alejandro, dentro de sí mismo, no fue seducido ni se engrió con la idea de su origen divino, sino que solamente quiso subyugar con la opinión de él a los demás.” (Plutarco, Alejandro, XXVIII)

Estatua de Alejandro Magno

Después de su muerte, Alejandro, consiguió ascender definitivamente a la categoría de dios, difundiéndose su culto por todo el imperio. Los reyes helenísticos y los emperadores romanos deseaban imitar el gobierno que el rey macedonio había puesto en práctica a lo largo de su campaña. Alejandro era la muestra de que este tipo de políticas eran posibles, por lo que los gobernantes posteriores no dudarán en establecer el culto a sus personas y proclamarse a sí mismos dioses en vida como forma de legitimar su autoridad y sus decisiones

“Según una historia bien difundida que se había enterado de que los árabes veneraban a solamente dos dioses, Urano y Dioniso; al primero porque era visible y contenía dentro de sí mismo a las luminarias celestiales, sobre todo al sol, de donde emana el mayor y más apreciado beneficio para todas las cosas humanas, y al segundo debido a la fama que adquirió debido a su expedición a la India. Por lo tanto, no se creía indigno de que los árabes le consideraran un tercer dios, ya que él había realizado proezas en ningún modo inferiores a las de Dioniso. Si lograba conquistar a los árabes, tenía la intención de concederles el privilegio de continuarse gobernando a sí mismos de acuerdo con sus propias costumbres, como ya lo había hecho con los indios.” (Arriano, Anábasis de Alejandro Magno, VII, 20)

Cuando Octavio llegó al poder como prínceps, los griegos empezaron a adorarlo, por un lado, para demostrarle su lealtad y, por otro, para emprender una comunicación directa con el soberano que les permitía desarrollar un creciente sentido de pertenencia al imperio.

Estatua thoracata de Augusto

Augusto, después de la victoria de Actium y de convertirse en dueño absoluto del poder, asumió la idea de transformar la vieja República en una institución monárquica, pero tomó conciencia de que el control de la vida política, de los ejércitos y de la plebe no era suficiente para garantizar el establecimiento de un nuevo sistema de gobierno y, sobre todo, su permanencia, sino que era necesario contar también con la ayuda de ciertos elementos religiosos, que le sirviesen para reforzar su prestigio de cara a sus conciudadanos.

El 16 de enero del 27 a.C. le fue concedido al emperador por el Senado el cognomen Augustus, título que le acercaba, a los ojos de los hombres, aún más al rango divino, y Augusto, consciente de ello, lo convirtió en su nombre personal, y lo utilizó en todo tipo de documentos, inscripciones, monedas, nombres de ciudades, etc. Todos los emperadores que le siguieron, sabedores también de la veneración religiosa que merecía la persona que lo llevara, lo asumieron como propio por lo que llegó a ser sinónimo de emperador.


Se inició a partir de entonces una forma de devoción hacia Octaviano Augusto, estando él con vida, cuando en distintas ciudades de la parte oriental del imperio se empezaron a decretar honores a su persona: en particular, en el año 29 a. C., algunas delegaciones de griegos de las provincias de Asia y Bitinia pidieron a Augusto permiso para instituir un culto provincial a su persona.

“Octavio mientras tanto, además de organizar muchas cuestiones, ordenó que fuera erigido un templo en honor de Roma y de su padre César, al que denominó Héroe Julio, tanto en Éfeso como en Nicea, las dos ciudades más ilustres de Asia y Bitinia y ordenó a los ciudadanos romanos que habitaban allí a rendirle los honores debidos. Por otra parte, permitió a los extranjeros, llamados griegos, la erección de un templo en su honor: los asiáticos en Pérgamo y los bitinios en Nicomedia. Estos hechos, que comenzaron en este momento, se repitieron con otros emperadores, no sólo entre los griegos sino entre todas las poblaciones sometidas a Roma. [Sin embargo], ninguno de los emperadores que recibieron estos honores se atrevió a hacer una cosa parecida en Roma o en cualquier otra ciudad de Italia; a aquellos que habían gobernado bien se les tributo después de muertos honores divinos y fueron adorados en un templo como héroes.” (Dion Casio, Historia de Roma, LI, 20, 6-8).

Augusto como pontífice máximo, Museo Nacional, Roma

En poco tiempo en las distintas provincias orientales empezaron a aparecer templos destinados al culto del emperador y de su familia, alrededor de los cuales se iban reuniendo las asambleas federales que congregaban las ciudades de lengua griega y de las cuales eran la máxima expresión política.

En una inscripción del año 9 a. C., encontrada en Priene, una ciudad comercialmente muy activa en Asia Menor, se puede leer como se conceden honores al emperador, en este caso, la aprobación de que el año nuevo comience en la fecha que se conmemora el cumpleaños de Augusto:

“Puesto que la providencia, que ha ordenado divinamente nuestra existencia, ha aplicado su energía y celo y ha dado vida al bien más perfecto en Augusto, a quien colmó de virtudes para beneficio del género humano, otorgándonoslo a nosotros y a nuestros descendientes como salvador, [...] por esta razón, con buena fortuna y seguridad, los griegos de Asia han decidido que el año nuevo debe empezar en todas las ciudades el 23 de septiembre, el día del cumpleaños de Augusto”.

Augusto togado, Museo del Prado, Madrid

Rendir culto al emperador era para estos pueblos una forma de expresar la lealtad y agradecer los beneficios recibidos al soberano, quien justificaba así sus poderes extraordinarios y aprovechaba la tradición cultural propia de estos pueblos para poder consolidar la nueva forma de gobierno que quería establecer.

Cada una de las diferentes comunidades que conformaban el imperio romano podía venerar al emperador con las tradiciones que considerara más convenientes, por el hecho de que no existía una normativa de cómo realizar esta veneración por parte del poder central de Roma, para no contradecir el mos maiorum, es decir, las costumbres de los antepasados, cuya recuperación en la vida cotidiana había sido un elemento fundamental en la política de restauración de Augusto.

“Ya que la Providencia, que gobierna todas las cosas de nuestra vida de forma divina, ha otorgado con tremenda generosidad el más alto don al traer a Augusto, que llenó de virtud para hacer el bien a la raza humana, como nuestro salvador y el de nuestros descendientes, el hombre que acaba con la guerra y hace la paz; y ya que gracias a su aparición el emperador ha sobrepasado con crecer las esperanzas de cualquier tiempo anterior, no sólo porque se ha encumbrado por encima de todos los benefactores que vivieron antes que él, sino que ha privado a los futuros benefactores de hacer más de lo que él ha hecho; y ya que por último el cumpleaños del Dios significa para el mundo el comienzo del mensaje de paz [evangelio] del que él es autor [...] por lo tanto, la propuesta del procónsul, de que Augusto sea honrado de la manera antes acordada, se acepta.” (Decreto de la liga de Asia para celebrar el cumpleaños de Augusto)

Retrato en bronce de Augusto


Como la divinización del princeps en vida se relacionaba con el concepto de monarquía y tiranía, era combatida en la capital del imperio de manera contundente por los senadores. Por este motivo el primer emperador romano decidió mantener las apariencias y rechazó que se instituyera un culto a su persona: de esta forma se ganó el respeto de los senadores. Al mismo tiempo no podía (ni quería) ofender a los pueblos orientales, rechazando sus pretensiones, así que encontró un compromiso que le permitió mantener el consenso tanto de las instituciones romanas como de sus súbditos: accedió a la creación de templos y sacerdotes en su honor en asociación a otras divinidades (en muchas ocasiones la diosa Roma) y permitió la celebración de sacrificios sólo al espíritu vivo o divino del emperador (Genius, Numen Augusti).

“El pueblo [lo consagró] a la diosa Roma y a Augusto César, siendo estratego de los hoplitas y sacerdote de la diosa Roma y de Augusto Salvador en la Acrópolis Pamenes hijo de Zenón de Maratón. Era sacerdotisa de Atenea Polias Megista hija de Asclépides de Aleo y era arconte Ares hijo de Doriono de Peane”. (Inscriptiones Graecae, II2, 3173).

En el año 7 a.C., puso su propia imagen entre los Lares Compitales, formándose los Lares Augusti, y añadió el calificativo augustus a abstracciones que estaban ligadas hacia su persona: Victoria Augusta, Pax Augusta, Concordia Augusta, etc. Es posible, además, que la adoración por el emperador al estar vinculada oficialmente con los Lares en el ámbito público, se estableciese también en el entorno doméstico.

Lares Augustales, Galeria de los Uffizi, Florencia. Foto de Sebastiá Giralt


El poeta Horacio, en relación a la organización de los Lares imperiales en el año 13 a.C., indica en una de sus odas que la imagen de Augusto fue añadida por los campesinos de Italia a las de sus dioses domésticos, dirigiéndole una oración en agradecimiento por poder vivir tranquilos en sus propias tierras cuidando de su hacienda e incluyéndole en sus brindis por los dioses lares y los héroes.

“Cada cual acaba el día en sus colinas y guía la vid hacia los árboles desnudos; alegre toma luego a disfrutar del vino, y en la sobremesa, como a un dios, a ti te invoca. Brinda por ti con muchas preces, con vino puro que de las páteras se vierte, uniendo tu divino poder al de los lares, como Grecia recuerda a Cástor y al gran Hércules.” (Horacio, Odas, IV, 5)

El culto de los emperadores vivos proporcionaba cohesión a las ciudades y fue más seguido cuanto más romanizada era la provincia. Desde el ámbito privado se utilizó para expresar sentimientos de lealtad y para intentar conseguir beneficios personales.

“Esta tierra hospitalaria ve que en mi casa hay un santuario dedicado al César. Están, asimismo, su piadoso hijo y su esposa, la sacerdotisa, divinidades no menos importantes que el ya reconocido como dios. Y para que no falte miembro alguno de esta casa, se encuentran ambos nietos, uno al lado de su abuela y el otro al lado de su padre. Yo les dirijo suplicantes palabras, junto con ofrendas de incienso, tantas veces cuantas el día nace por el Oriente. Si lo preguntas, toda la tierra del Ponto, testigo de mi piedad, te dirá que esto no es invención mía. Sabe la tierra del Ponto que yo celebro el natalicio del dios en este altar, con todo el festejo que puedo. Y no menos conocida es esta piedad por aquellos extranjeros si la larga Propóntide los envía a estas aguas… Apartado lejos de Roma, no ofrezco este espectáculo a vuestra vista, sino que me contento con una piedad silenciosa. Y, sin embargo, estas noticias llegarán alguna vez a los oídos del César: a él nada escapa de lo que ocurre en el mundo entero. Tú, César, llamado a estar entre los dioses, lo sabes, sin duda, y lo ves, porque la tierra está sometida a tus ojos. Tú, colocado entre los astros de la bóveda celeste, escuchas mis preces, que te hago con boca preocupada.”
¡Quizá lleguen también hasta ahí aquellos poemas que envié compuestos sobre tu nueva divinidad! Así vaticino que éstos cambiarán tu divina voluntad y que, no sin razón, ostentas el dulce nombre de Padre.”
(Ovidio,Pónticas, IV, 9)


Camafeo Blacas, gema sardónica con el rostro de Augusto,
Museo Británico


El mismo Augusto accedió a la difusión del culto y lo utilizó como instrumento político a su favor preparando el terreno para su consagración eterna, pues, a pesar de que mientras estuvo con vida, jamás fue calificado abiertamente como dios, todos sabían que después de su muerte sería objeto de un culto público como Divus Iulius.

Moneda con Augusto divinizado


Durante los últimos años de su vida Julio César ya recibió honores divinos decretados por el Senado, convirtiéndose en el primer gobernante romano vivo en gozar de tal privilegio. Poco después de su muerte, mientras su cuerpo se quemaba en el foro, el pueblo de Roma reclamó de manera espontánea la divinización de César, erigiéndose en su honor allí mismo un altar y una columna que lo designaba padre de la patria, además de numerosas columnas conmemorativas, una de las cuales se ubicó en el templo de Venus Geniatrix. Unos meses más tarde, Octavio celebró unos juegos funerarios en su memoria y se dedicó un templo a Divus Iulius donde se había levantado el altar en su honor. Octavio adoptó el título de divi filius y el culto a Divus Iulius se extendió por Italia y las provincias.

“Murió a los cincuenta y cinco años y fue incluido entre los dioses por voluntad expresa de los senadores, que contaron, además, con el convencimiento del pueblo. En efecto, durante los juegos que su heredero Augusto daba por primera vez en su honor después de haber sido divinizado, un cometa, apareciendo hacia la hora undécima, brilló durante siete días seguidos, y se creyó que era el alma de Cesar acogido en el cielo; por este motivo se le representa con una estrella encima de su cabeza.” (Suetonio, Julio César, 88)

Julio César fue por tanto el primer romano en ser reconocido como dios en un culto público, tras su muerte, y su deificación respondió a que el emperador Augusto necesitaba una legitimación, y convirtiendo a César en un dios, él mismo sería considerado por todos como divus filius, complaciendo, además, al menos a una parte considerable del pueblo, quien ya consideraba a su padre adoptivo como una divinidad.

Moneda con Julio César divinizado


Hasta ese momento para la mentalidad romana, inclinada a la religiosidad privada, más cercana a los dioses tutelares de la familia que a los dioses olímpicos, había sido complicado admitir la idea de que un mortal, el César, fuera divinizado.

En el año 14 d.C. el Senado romano decidió conceder honores divinos a Augusto, muerto hacía casi un mes en la ciudad campana de Nola. Este hecho trascendental tuvo como consecuencia decretar su consecratio/apotheosis (la consecratio era la consagración por la que el cuerpo se convertía en sagrado y la apoteosis se entendía como la ascensión al cielo del alma del emperador, transfigurada en águila o manteniendo su apariencia humana, pero con la ayuda de un genio alado, como aparece representado en monedas y relieves).

“Es costumbre entre los romanos deificar a los emperadores que han muerto dejando a sus hijos como sucesores. Esta ceremonia recibe el nombre de apotheosis.”

Augusto fue declarado oficialmente divus (pasando a denominarse desde entonces divus Augustus); esto es, se convirtió en una divinidad más del Estado a la que los ciudadanos romanos debían venerar con la dignidad merecida. Para atender en lo sucesivo dicho culto, se creó un sacerdocio específico (el flamen Augustalis) -cargo que recayó originalmente en su nieto Germánico- y se designó a Livia, su anciana viuda, sacerdotisa del divus Augustus. Por último, tanto Livia como el nuevo emperador, su hijo Tiberio, asumieron la construcción de un templo en honor de aquél en Roma.

“Al tiempo que se declaró inmortal a Augusto, se asignaron sacerdotes y ritos sagrados a su culto, y se nombró a Livia, a quien ya se llamaba Julia augusta, su sacerdotisa; también se le permitió emplear a un lictor cuando ejercía el oficio sagrado. Por su parte, ella concedió un millón de sestercios a un tal Numerius Atticus, senador y ex pretor, porque juró que había visto a Augusto ascender al cielo en la manera que la tradición dice que lo hicieron Proculus y Romulus. Un santuario votado por el senado y construido por Livia y Tiberio se erigió al difunto emperador en Roma, y otros se levantaron en otros lugares, algunas comunidades los construyeron voluntariamente y otras por obligación… además, Livia celebró un festival privado en su honor durante tres días en el palacio, y esta ceremonia se ha estado realizando hasta ahora por cualquiera de los emperadores que estuviese en el poder.” (Dión Casio, Historia romana, 56, 46)


Divus Augustus


El sacerdocio provincial fue un cargo religioso creado para supervisar el culto imperial en su ámbito provincial y para difundir por toda la provincia la imagen del emperador divinizado y reinante. El deseo de las provincias de contar con templos consagrados al culto imperial hacía necesario contar con un sacerdocio provincial. El título original del sacerdote provincial fue flamen Augustalis, con indicación del nombre de la provincia a continuación. A partir del principado de los Flavios, los flamines provinciales designados en Hispania, por ejemplo, estaban dedicados al culto a la diosa Roma, a los Augusti (emperadores vivos) y a los Divi (emperadores divinizados).

El flaminado podía ser provincial, local y conventual, según su ámbito de actuación fuera, respectivamente, la provincia, la ciudad, o la división administrativa denominada conventus

La organización provincial del culto imperial era la más relevante, por encima de los niveles conventual y municipal, siendo los flamines provinciales los encargados de las ceremonias anuales. El flaminado provincial era un cargo anual, que era posible repetir, y cuya elección dependía del consejo provincial, formado por representantes de todas las colonias y municipios de la provincia, independientemente de su tamaño. El conjunto de los delegados de las ciudades de la provincia se reunía una vez al año en Tarraco para participar en las ceremonias anuales del culto imperial y elegir al flamen provincial del año.

Sacerdote imperial, Museo de Antalya, Turquía


La obligación que tenía el flamen de organizar los rituales religiosos en la capital provincial conllevaba ciertos privilegios, de manera que en las reuniones de los decuriones o del Senado, tenía derecho expresar su opinión, participar en la votación y presentar propuestas, así como podía ocupar un sitio en la primera fila durante la celebración de los juegos. Era además el encargado de recibir al emperador o a sus legados en sus visitas a la provincia.

Mientras Roma utilizaba el sacerdocio provincial para evitar que conflictos religiosos llegaran a instancias mayores, las élites que lo ejercían se promocionaban socialmente dentro del sistema político-religioso romano.

Los requisitos necesarios para acceder al flaminado provincial consistían en la acumulación de honores y cargos en el ámbito público local, junto a la posesión de una riqueza indispensable para recibirlos, ya que había que pagar una suma de dinero al ser elegido. Poseer la ciudadanía romana era otro de los requisitos ineludibles.

«A Lucio Pompeyo Faventino, hijo de Lucio, de la tribu Quirina, prefecto de la cohorte VI de los astures, tribuno militar de la legión VI Victrix, prefecto de caballería del ala II Flavia de los hispanos, condecorado con una corona de oro, una lanza pura y una insignia por parte del divino emperador Vespasiano, flamen de la provincia Hispania Citerior, sacerdote de la ciudad de Roma y de Augusto, su mujer Valeria Arábiga, hija de Cayo, lo erigió como recuerdo». (CIL II.2637)

Las flaminicas dirigían el culto colectivo a las Augustae y mujeres divinizadas pertenecientes a la casa imperial. La flaminica Fulvia Celera fue sacerdotisa perpetua de la Concordia Augusta, cuyo culto, iniciado por Livia, dedicado al divino Augusto, se encontraba incluido dentro del culto a la casa imperial, puesto que esta virtud familiar, la Concordia, fue una de las divinidades a las que se asociaron las emperatrices, por simbolizar la armonía de la familia imperial. Celera fue también honrada con el flaminado local perpetuo de la Colonia Tarraconense: “flamínica perpetua de la Colonia Tarraconense”, y posteriormente con el flaminado provincial, flaminica de la Provincia Hispania Citerior.

Sacerdote y sacerdotisa del culto imperial


En un nivel inferior estaba el flaminado o sacerdocio conventual. El culto imperial precisaba también de organización a nivel de los conventos y de ahí la necesidad de esta figura. La existencia del sacerdocio conventual muestra que las capitales conventuales actuaron en provincias como Hispania como focos de difusión del culto al emperador a un nivel regional.

El cuerpo sacerdotal se ocupó de custodiar las diversas expresiones que tuvo el culto imperial: adoración a la diosa Roma, a los emperadores vivos y divinizados, a los miembros de la casa imperial (domus Augusta), a las denominadas divinidades augustas, a las abstracciones de las personas divinizadas -como es el caso de las virtudes-, al espíritu protector del emperador (genius Augusti) y a los dioses custodios de su casa (Lares Augustorum).

Los rituales se desarrollaron de forma distinta en virtud del marco jurídico de la ciudad, si era una colonia romana o no. La iniciativa correspondía a los decuriones, principales interesados en promover un culto que constituía la base de su propio poder y promoción.

Sacerdote imperial de Afrodisias


Tiberio, durante su reinado, renunció a ser venerado de cualquier forma, pero su sucesor Calígula en su delirio permanente empezó a exigir ser adorado como un dios en vida.

“Desde ese momento, [Calígula] comenzó a atribuirse la majestad divina; dio, pues, el encargo de que fueran traídas de Grecia las estatuas divinas más veneradas y artísticas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, para quitarles la cabeza y ponerles la suya. Prolongó una parte de su palacio hasta el Foro y, tras haber transformado en vestíbulo el templo de Cástor y Pólux, se colocaba a menudo entre los divinos hermanos y se mostraba a los visitantes en el centro del grupo para que lo adoraran; algunos le saludaron incluso con el nombre de Júpiter Laciar. Creó asimismo un templo especial para su divinidad, y sacerdotes y víctimas rarísimas. En este templo se alzaba una imagen suya en oro, de tamaño natural, que cada día se cubría con una vestidura como la que él llevaba. Los ciudadanos más ricos se hacían sucesivamente con los cargos más altos de este sacerdocio mediante las mayores intrigas y las pujas más elevadas. Las víctimas eran flamencos, pavos reales, urogallos, pintadas y faisanes, que se inmolaban cada día por especies. Más aún, por la noche, cuando había luna llena y resplandeciente, la invitaba de continuo a venir a abrazarle y a compartir su lecho, y, durante el día, conversaba en secreto con Júpiter Capitolino.” (Suetonio, Vida de Calígula, 22, 2-4).

Estatua de Calígula, Museo del Louvre


Drusilla, hermana de Calígula, fue el primer caso femenino que se incluyó en el culto imperial. Falleció muy joven el 10 de junio del año 38 d.C., y fue declarada diva el 23 de septiembre del mismo año, ante el testimonio proporcionado por testigos de que había ascendido al cielo. Aunque la organización del culto se ajustó a las normas establecidas, no perduró tras la muerte de Calígula, quien no recibió la apoteosis por parte del Senado. Por lo tanto, el ejemplo de Drusilla como diva representa un episodio breve y sin apenas interés en la evolución general del culto imperial.

“Drusila, que estaba casada con Marco Lépido, amigo y al mismo tiempo amante del emperador, era a su vez concubina de Gayo [en ambos casos, el autor se refiere a Calígula que, por lo tanto, era amante de su hermana y de su cuñado]. Cuando murió, su marido pronunció un elogio fúnebre en su honor, mientras que su hermano [el emperador Calígula] la honró con un funeral público [...] además de serle concedidos todos los honores decretados a Livia, también se decretó que fuera deificada, que se alzara en el Senado su estatua realizada en oro, y que en el templo de Venus en el foro se le dedicara una estatua de la misma magnificencia que la de la diosa y que se la adorara con los mismos honores; además, se votó que se le construyese una tumba personal, que atenderían veinte sacerdotes, tanto hombres como mujeres [...] y finalmente, que en el día de su cumpleaños fueran celebradas fiestas similares a los Ludi Megalensi en los que el Senado y los caballeros participarían en un banquete. Desde ese momento recibió el nombre de Panthea y se la declaró digna de honores divinos en toda la ciudad.” (Dión Casio, Historia de Roma, LIX, 11).

Inscripción en honor de Drusilla: "A la diva Drusilla, hermana del Augusto Germánico"


Livia, esposa de Augusto, mostró habilidad en determinados asuntos como en la propagación y consolidación del culto imperial en torno al divus Augustus. Una serie de decisiones personales de Livia, acordadas con Tiberio y ratificadas por el Senado se vinculan con la deificación de Augusto una vez fallecido y tenían como finalidad reforzar el fundamento religioso que requería el nuevo régimen imperial para justificar y legitimar el poder de una dinastía que se hacía descender de un personaje divino, el divus Augustus.

En su testamento Augusto convirtió a Livia en Julia Augusta, nombre con que se la conocería posteriormente, y con el que entraría a formar parte de la familia Julia del fundador del Principado. Apartada por su hijo Tiberio de cualquier tarea política, Livia se volcó en las actividades relacionadas con el culto imperial destinado a su esposo como centro de la propaganda imperial.

Igual que con Augusto, en Roma Livia no fue equiparada a una diosa durante su vida , pero en las provincias orientales donde alcanzó cierta popularidad, sí llegó a ser honrada como una divinidad.

Cuando murió en el año 29 d.C., los senadores propusieron concederle la apoteosis, Tiberio lo prohibió, pretextando que éste no era el deseo de su madre, y luego procedió a anular su testamento. A pesar de la actitud del príncipe, el Senado decretó ciertos honores, como el luto por un año para todas las mujeres y un arco en su honor, distinción otorgada por primera vez a una mujer romana, y que jamás se llegó a construir, porque Tiberio prometió costearlo con su dinero, lo que nunca hizo.

Estatua de Livia


Claudio, el sucesor de Calígula, fue el que incluyó a Livia en el panteón romano, consiguiendo que los senadores decretasen su apoteosis. La nueva diosa recibió el nombre de diva Augusta y también de diva Julia Augusta. Su estatua se colocó en el templo del divino Augusto, situado en el foro; se ofrecieron juegos en su honor y su culto se adjudicó a las Vestales. Además, se le dedicaron monedas con su efigie como diva.

En Ramnunte, Ática le fue dedicado el templo de Némesis unos años después de su muerte y divinización.

“El pueblo a la diosa Livia. Siendo Demostratos, hijo de Dionisios de Pallene hoplita general y sacerdote de la diosa Roma y del César Augusto, y Antipatros el joven, hijo de Antipatros de Phlya arconte.” (IG II2 3242)

A partir de ese momento, la mayoría de las mujeres de la casa imperial adquirieron el rango de divas. La apoteosis era concedida por un decreto de los senadores, quienes valoraban los méritos de su conducta moral (pietas) y su fidelidad como esposas, en contraposición a la labor política considerada en los príncipes.

Moneda de la diva Julia, hija de Tito

En época de los Flavios, el emperador Domiciano se declaró representante de Júpiter en la tierra y por tanto superior al resto de los mortales. El emperador ejerce su autoridad porque el dios ha delegado su poder en él. Como gobernante intentará tener bajo su control la administración del Imperio en todas sus facetas, incluso en la religiosa, por lo que frente a la aparente libertad disfrutada en época Julio-Claudia respecto al desarrollo de sacerdocios y santuarios de culto imperial a escala local o provincial, Domiciano intentará centralizar los mismos bajo el control de la administración imperial con la redacción de leyes concretas para establecer los límites y regulaciones del culto.

“Con la misma arrogancia, al dictar una circular en nombre de sus procuradores, la comenzó con estas palabras: `Nuestro señor y dios ordena que se haga lo siguiente´. De ahí que quedara establecido a partir de entonces que nadie lo llamara de otra manera ni por escrito ni en sus conversaciones. No permitió que se le erigieran estatuas en el Capitolio, a no ser de oro o de plata y de un peso determinado.” (Suetonio, Domiciano, 13, 2)

Domiciano como genio, Museo Capitolinos


Plinio aprovecha el panegírico sobre Trajano para alabar los motivos por los que el emperador divinizó a su antecesor Nerva, exponiendo las razones por las que anteriores gobernantes habían hecho divi a los que los habían antecedido.

“[A la muerte de Nerva] Tú [Trajano] le honraste primero con tus lágrimas, como cumple a un hijo, y luego con la erección de templos, pero no imitando a aquellos que hicieron lo mismo, aunque con otra intención. Tiberio divinizó a Augusto, pero para hacer acusaciones de lesa majestad; Nerón a Claudio, por burla; Tito a Vespasiano, Domiciano a Tito, pero aquél para parecer el hijo de un dios y éste el hermano. Tú, en cambio, llevaste a tu padre hasta las estrellas, no para aterrar a los ciudadanos, no para escarnio de las deidades, no para tu propia honra, sino porque estimas que es un dios [...] Tú, por más que le rindas culto con aras y tronos y un propio sacerdote, con nada le haces y demuestras que es dios que con ser como eres. Porque cuando un príncipe sucumbe al destino una vez asignado su sucesor, no hay más que una prueba absolutamente cierta de su divinidad: un sucesor virtuoso.” (Plinio el Joven, Panegírico a Trajano, 11 1-3).

En el siglo II la importancia dinástica de las mujeres de la casa Ulpia y Antonina se pone de manifiesto en su deificación una vez muertas, y tendrá una proyección por todo el Imperio a través de las diversas emisiones monetales. Se les dedicaron numerosos honores y estatuas en vida y sobre todo una vez fallecidas, expresando la importancia de su estatus en el estado. Los elogios fúnebres y las consagraciones concedidas por el Senado que las convertían en divae, formaban parte del culto imperial.

Al morir Marciana, la hermana de Trajano fue nombrada diva, la primera de la dinastía a la que se le rindió culto y existe evidencia de que el ejército romano lo seguía haciendo, ofreciéndole sacrificios un siglo después de su fallecimiento. Los emperadores de esta época ascendían al trono por adopción y honrar a sus antecesores con la consagración legitimaba sus derechos sucesorios. Por ejemplo, Adriano emitió unas monedas en las que en el anverso figuraba él mismo y en el reverso aparecía el retrato de sus padres (adoptivos) Trajano y Plotina que habían sido deificados.



La posición de la emperatriz Sabina en la corte llegó a ser muy relevante ya que su filiación dentro de la gens Ulpia a través de su madre, su abuela y su tío abuelo Trajano otorgaba al Imperium de su esposo una legitimidad dinástica que él no tenía por linaje, a pesar de haber sido adoptado por Trajano.

Sabina, una vez muerta, recibió la consagración del Senado en el año 138 d.C. y, de forma inmediata, Adriano hizo acuñar monedas con la leyenda Diva Augusta Sabina. Fue la primera Augusta representada como diva y conducida al cielo por un águila.

Apoteosis de Sabina, Museos Capitolinos. Foto de Carole Raddato


La esposa de Antonino Pío, Faustina la mayor, murió en el 141 y fue inmediatamente consagrada y se le asignó un sacerdocio para la celebración de su culto, así como un templo y un altar. Su marido estableció en su honor una fundación alimenticia para chicas pobres. Se acuñó gran número de monedas con el nombre de Diva Faustina, que circularon a lo largo de todo el reinado de Antonino Pío e incluso posteriormente, en las que la emperatriz está representada como diosa y como personificación de virtudes.

Moneda de la diva Faustina


Cuando Faustina la menor murió en el año 175 d.C. su esposo marco Aurelio pidió al Senado que decretase honores divinos. Fue divinizada por medio de la apoteosis, cuya representación iconográfica fue utilizada además como propaganda imperial a favor de la armonía de la familia imperial, y le dedicó en Ostia el templo de Venus y en Roma un altar donde los recién casados ofrecerían sacrificios la noche de bodas, quedando así el matrimonio bajo la tutela de la diva Augusta. En Ostia un decreto de los decuriones obligaba a los jóvenes recién casados a realizar actos de culto a los representantes de la concordia, Antonino y Diva Faustina.

“Se decretó por el Senado que se erigieran estatuas de plata de Marco y Faustina en el templo de Venus y Roma, y que se erigiera un altar donde todas las doncellas casaderas de la Ciudad y sus prometidos ofrecieran un sacrificio; además, que se llevase siempre al teatro, en una silla, una estatua de oro de Faustina, en cada ocasión que el emperador asistiese como espectador, y que se situara en el lugar especial donde ella había estado situada, en vida, para ver los juegos, y que se sentasen a su alrededor las mujeres más influyentes.” (Dión Casio, Historia romana, LXXII, 72. 31. 1)

Decreto de los decuriones de Ostia


Durante la etapa de gobierno de los Severos siguió la tradición de la divinización de los emperadores difuntos. Herodiano describe el funeral y apoteosis de Septimio Severo que había muerto en Britania.

“Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las máscaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV)


Moneda de la consagración de Septimio Severo


En el siglo III la monarquía de corte helenístico que había intentado Cesar se vio concretada con el dominado de Diocleciano quien reforzó la autoridad imperial a imitación de las monarquías absolutas de derecho divino de Oriente. En el año 287 Diocleciano se proclamó “hijo de Júpiter” y a su colega Maximiano “hijo de Hércules” en un intento de fundamentar la autoridad imperial en un origen divino. A partir de entonces el título oficial del emperador era Dominus noster y todo lo que lo rodeaba se convirtió en sagrado: su cámara, su palacio, su vestimenta, los símbolos de poder... Sus súbditos le debían sumisión y veneración.

“La gloria de estos triunfos inspiró tal vanidad a Diocleciano, que no contentándose con que le saludasen los senadores conforme a la antigua costumbre, quiso que le adorasen. Enriqueció con oro y pedrerías sus trajes y calzado, haciendo los ornamentos imperiales mucho más preciosos que lo habían sido antes; porque es cosa cierta que los emperadores anteriores no recibían otros homenajes que los que se tributaban a los cónsules, ni tenían otro distintivo de su dignidad que el manto de púrpura”. (Juan Zonaras, Escritores de la historia Augusta, Diocleciano)

Retrato de Diocleciano


El culto imperial se ideó como el camino más apropiado para asegurar una pax deorum duradera, y ya en fechas muy tempranas llegó a convertirse en una especie de religión de Estado, imponiéndose al politeísmo tradicional y acercándose, especialmente a partir del siglo III, a las concepciones filosóficas y religiosas próximas al monoteísmo.

El fomento del culto imperial mediante leyes que reconocían la condición divina de los príncipes, coincidió con el proceso de cristianización de las instituciones romanas. En un principio los cristianos rehusaron a participar de forma activa en el culto imperial como consecuencia lógica de sus convicciones religiosas. Aun cuando viesen en el emperador romano a la más importante figura de autoridad política y al representante de Dios, no se mostraron convencidos de que los césares poseyeran una naturaleza divina y, como consecuencia, no se sentían obligados a rendirles ningún tipo de culto o veneración. Por negarse a participar en el culto al emperador, se les imputó el delito de lesa majestad.

“Por lo demás, nosotros también juramos, aunque no por los genios de los Césares, sí por su salud, que es más venerable que todos los genios. ¿No sabéis que los genios se llaman daemones y de ahí, en forma diminutiva, daemonia? Nosotros respetamos el plan de Dios sobre los emperadores: Él los puso al frente de los pueblos. Sabemos que en ellos hay algo que Dios ha querido, y por tanto queremos que esté a salvo lo que Dios ha querido, y a esto nos comprometemos como a cumplir un solemne juramento. Por lo demás, a los demonios —es decir a los genios— solemos conjurarlos para hacerlos salir de los hombres; no jurar por ellos, como si les reconociéramos el honor propio de la divinidad.” (Tertuliano, Apologética, 32, 2)

Moneda del divo Antonino Pío


Para los cristianos el emperador era el soberano de las comunidades cristianas y su autoridad procedía de Dios, por lo que adorar al emperador sería cometer impiedad contra Dios, así como contra los dioses del panteón grecorromano. Para Tertuliano ni los dioses ni el emperador podrían conseguir para las comunidades cristianas la salvación eterna y, por lo tanto, no habría motivo alguno por el que ambos tuvieran que ser adorados o venerados, sino que debían ser los emperadores los que tendrían que adorar a aquel del que reciben la salvación. El emperador sería en definitiva un hombre y, al serle concedido el título de Dios, dejaría de ser emperador porque para serlo debe ser un hombre.

“No voy a llamar «dios» al emperador, porque no sé mentir, ni me atrevo a burlarme de él, y ni él mismo quiere que se le llame dios. Damos por supuesto que es un hombre; y al hombre le interesa someterse a Dios. Bastante tiene con que se le llame imperator: grande es este nombre que Dios da. Niega que sea emperador el que lo llama dios: porque, si no fuera hombre, no sería emperador. Incluso en el triunfo, cuando está en lo alto de su carro, se le recuerda que es un hombre, puesto que se le aconseja desde detrás: «¡Mira detrás de ti, acuérdate de que eres hombre!” (Tertuliano, Apologética, 33, 3)

Los emperadores siguieron recibiendo honores divinos hasta el final del período teodosiano. De hecho, se puede afirmar que la condición divina del emperador era uno de los fundamentos del principado y lo siguió siendo con la cristianización del Imperio. Las leyes sancionaban el carácter institucional del culto imperial para conformar un ideario político en una época de profundos cambios administrativos, sociales y religiosos.

Constantino y el Papa

Los cultos tradicionales durante el siglo IV se transformaron en una religión centrada en el culto del emperador. No perdieron su naturaleza politeísta, pero sus manifestaciones fueron revisadas para fortalecer la autoridad de los príncipes.

Vegecio especifica que los soldados debían prestar su devoción al emperador como representante de Dios en la tierra.

“Juran por Dios, por Cristo y por el Espíritu Santo; y por Su Majestad el Emperador quien, tras Dios, ha de ser principal objeto del amor y veneración de la Humanidad. Pues cuando él ha recibido el título de Augusto, sus súbditos están obligados a prestarle su más sincera devoción y homenaje, como representante de Dios en la tierra. Y todo hombre, tanto en un puesto civil como militar, sirve a Dios sirviéndole a él [al Emperador] con fidelidad, pues reina por Su Autoridad (la de Dios).” (Vegecio, De re militari, II, V)

Libanio, sobre Juliano afirmaba que después de su deificación sus imágenes fueron colocadas junto a las de los dioses principales al parecer, por iniciativa de los ciudadanos que deseaban continuar con los ritos tradicionales.

“Y ya que hice mención de imágenes, numerosas ciudades le han situado a él en las moradas de los dioses y como a un dios lo veneran. Ya hay quien le pidió con súplicas algún beneficio y no dejó de lograr su objetivo. Con tanta naturalidad ha ascendido para reunirse con aquéllos y compartido, junto a los propios dioses, su poder divino.” (Libanio, Discurso, XVIII, 304)

Desde el período constantiniano hasta época teodosiana, el Senado romano decretaba la deificación de los príncipes mediante una resolución conocida como probatio. Los textos normativos aplicaban el título de divus a un emperador porque jurídicamente debía ser recordado así. El protocolo seguido por el Senado para decretar una divinización imperial constaba de dos actos: la probatio, que reconocía las virtudes del príncipe fallecido y su condición de divus, y la consecratio, que instituía su culto. A partir de Juliano en adelante, el senado se limitó a decretar la divinización del emperador tan solo con la probatio, que reconocía las virtudes del príncipe y su condición divina, divus.


Estatua de Valentiniano


El culto que correspondía al emperador fue también regulado desde el principado de Constantino hasta el de Valentiniano III. Se trataba de una normativa que regulaba sus manifestaciones, entre las que estaban además de las prohibiciones de ciertos ritos, la regulación de los juegos celebrados en honor de los príncipes, el calendario de las festividades imperiales y el protocolo a seguir en la llamada adoratio purpurae (ceremonia ante el emperador romano, postrándose ante él y besando su túnica). Los ludi fueron, no obstante, la forma más incentivada de culto tributado al emperador, porque participaba toda la comunidad civil y también porque asociaba el principado a la fiesta y el entretenimiento.

Para revestir al príncipe de rango divino, se le rodeó de un halo sagrado. Por ello, el contacto directo con su persona fue restringido progresivamente a lo largo del siglo IV a los altos cargos militares y civiles de palacio. Presentarse ante el emperador exigía cumplir con la prokýnesis o adoratio (postrarse y arrodillarse). En el caso de los príncipes, pues eran divinos, sus efigies eran objeto de culto. Solían ser exhibidas en las fiestas imperiales, con ocasión de la celebración de juegos.

“Es obligatoria la adoración ante ellos (los emperadores) para realzar su sacralidad, y no sólo ante su persona, sino también ante sus retratos esculpidos o pintados para que el honor que se les rinde sea perfecto y acorde con su dignidad” (Gregorio Naciancieno, Discursos, IV, 80)

Corte de Justiniano, Pintura de Hermann-Joseph-Wilhelm-Knackfu.


Desde Constantino hasta Valentiniano III, excepto Juliano, todos los emperadores profesaron la nueva religión, pero continuaron recibiendo culto público por la mayor parte de los ciudadanos, independiente de su creencia, pues estos no tenían mayores problemas en rendirles honores divinos. Ello se debía a que durante el s. IV los emperadores cristianos hicieron muchos esfuerzos para aglutinar a toda la población en los rituales del culto, y para ello se apartaron de los símbolos que pudieran molestar a los cristianos. Tanto Constantino como su rival Licinio hicieron que las oraciones a favor del emperador recitadas por los soldados se realizaran en terreno abierto, no frente a las imágenes de los emperadores divinizados y el resto de dioses. Además, se eliminaron los sacrificios tradicionales, ofreciendo la posibilidad de integrarse en el culto a los soldados cristianos. Finalmente, los rituales paganos tradicionales se fueron diluyendo hasta integrarse en las festividades cristianas.

“Del Augusto Teodosio y el césar Valentiniano a Asclepiodotus, prefecto del Pretorio

En las siguientes ocasiones todos los entretenimientos de los teatros y circos se negarán a los habitantes de todas las ciudades, y las mentes de los cristianos y de los creyentes estarán ocupadas en el culto de Dios: a saber, en el día del Señor, que es el primero de la semana, en el natalicio y Epifanía de Cristo, y en el día de Pascua y el de Pentecostés,… y para que nadie piense que está obligado por el honor debido a nuestra persona,… o que a menos que intentase celebrar los juegos despreciando la prohibición religiosa, pudiera ofender nuestra serenidad al mostrar menor devoción hacia nosotros, que no dude nadie que nuestra clemencia se reverencia grandemente por la humanidad cuando se rinde culto al poder y bondad de Dios.” (Código Teodosiano, XV, 5, 5)

Detalle del Disco de Teodosio, Real Academia de la Historia, Madrid


La difusión del culto imperial por todo el Imperio ayudó a la cohesión social política de todos los territorios que lo conformaban. Para expresar la romanidad se producían manifestaciones religiosas cuyo parte central era un sacrificio en honor del emperador. Este sacrificio es el que los gobernadores provinciales exigen a los cristianos, como demuestra la carta de Plinio, siendo gobernador de Bitinia, que informa a Trajano sobre grupos de cristianos en su región y su actuación hacia ellos.

“Me fue presentado un panfleto anónimo conteniendo los nombres de muchas personas. Los que decían que no eran ni habían sido cristianos decidí que fuesen puestos en libertad, después que hubiese invocado a los dioses, indicándoles yo lo que habían de decir, y hubiesen hecho sacrificios con vino e incienso a una imagen tuya, que yo había hecho colocar con este propósito junto a las estatuas de los dioses, y además hubiesen blasfemado contra Cristo, ninguno de cuyos actos se dice que se puede obligar a realizar a los que son verdaderos cristianos.” (Plinio, Epístolas, X, 96)

También, por ejemplo, en el ejército romano, se reservaba un lugar principal al emperador que era adorado en la capilla que presidía todos los campamentos legionarios junto con las águilas y otros símbolos militares. Los soldados romanos estaban obligados a prestar culto a las divinidades oficiales romanas. Como una forma de asegurarse la fidelidad de las tropas se cumplía con el ritual dedicado a los emperadores con un calendario lleno de festividades y sacrificios dedicados a ellos. En el Feriale Duranum, calendario de festividades de carácter militar o relativo a la colonia fundada en Dura Europus (Siria), se mencionan dos tipos de actos religiosos, la supplicatio, que consiste en la libación de vino y la combustión de incienso, y la immolatio, durante la que se sacrifica animales, generalmente, vacas, toros y bueyes.

El día antes de las nonas de abril (4 de abril), con motivo del natalicio del divino Antonino Magno, al divino Antonino, un buey.

Julius Terentius haciendo un sacrificio, pintura de Dura-Europos, Siria.
Yale University Art Gallery

La divinización de los emperadores no era bien vista por todos y encontraba detractores en diferentes ámbitos de la sociedad, como ya se ha visto con respecto a los cristianos. Pero también los senadores, opuestos al culto al emperador desde Augusto, que eran los encargados de aprobar la concesión de la consagración del difunto emperador, generalmente se siguieron oponiendo a ello, independientemente de las virtudes y defectos del gobernante en cuestión. Así sucedió en el caso de algunos emperadores como Adriano.

“Cuando el Senado objetó el conceder honores divinos a Adriano tras su muerte, basándose en ciertos asesinatos de hombres eminentes, Antonino les dirigió muchas palabras con llantos y lamentos, y dijo finalmente: "Pues bien, no os gobernaré, si a vuestros ojos se ha convertido en objeto de odio y enemigo público. Ya que, en tal caso, por supuesto que tendréis que anular todos sus actos, uno de los cuales fue mi adopción ". Al escuchar esto el Senado, tanto por respeto al hombre como por cierto temor de los soldados, concedieron los honores a Adriano.” (Dión Casio, Historia romana, LXX, 1, 2-3)

Estatua de Adriano


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