sábado, 17 de junio de 2023

Columbarium, urnas en columbario en la antigua Roma


Tumba de Pomponio Hylas, Roma


“Y no tengo pudor en decir la verdad y en confesar los
tedios nacidos de mi vida, sufridora de tantos males. Pues
cuando vaya a convertirme en tenue sombra y la negra
pavesa cubra por encima mis blancos huesos, que Neera
venga ante mí mesados sus largos cabellos y llore, afligida,
ante mi pira. Pero que venga acompañada por el dolor de
su querida madre: que ésta lamente a su yerno, aquélla a
su marido. Invocando a mis Manes y pidiendo por mi
alma y mojando antes sus piadosas manos con un brebaje,
que, vestidas con una túnica negra, recojan mis blancos
huesos, única parte de mi cuerpo que sobrevivirá. Y,
primero, que rocíen lo cogido con añoso Lieo, luego
también dispongan rociarlos con nívea leche, y después
de esto quitarles la humedad con telas de lino y ponerlos,
ya secos, en una urna de mármol. Derrámense allí, sobre
el mismo sitio, los ungüentos que envían la rica Pancaya,
los árabes orientales y la rica Siria, y lágrimas que me
evoquen: así querría yo ser enterrado cuando me
convierta en huesos. Pero que una inscripción aclare la
triste circunstancia de mi muerte y deje ver este epitafio
en la solemne lápida: «Aquí yace Lígdamo: su dolor y su
desazón por Neera, esposa arrebatada, fueron la causa
de su muerte».”
(Tibulo, Elegías, III, 2)


En el ritual funerario del mundo romano, pervivieron dos formas de enterramiento: la incineración y la inhumación. En la Roma arcaica los enterramientos se realizaban por inhumación, sepultando el cuerpo para mantenerlo vinculado con la tierra, considerada la fuente original de vida. Por el contacto con el mundo etrusco, que desarrolló la cremación y el enterramiento en las urnas, Roma conoció la incineración y empezó a practicarla, aunque conviviendo con la inhumación, siendo esta la que habitualmente elegían las familias nobles que conservaban las costumbres con mayor rigor. A finales de la República la cremación acabó convirtiéndose en el ritual más usado.

Pira funeraria, ilustración de Jean-Claude Golvin

Como ejemplo puede escogerse el funeral del dictador Sila, que fue el primero de los Cornelios en ser incinerado.

"El hecho mismo de la incineración no es institución antigua entre los romanos: eran cubiertos con tierra; pero fue establecida en el momento en que se enteraron de que, en las guerras en lugares remotos, desenterraban a los que habían sido enterrados. Y, sin embargo, muchas familias conservaron los ritos antiguos, como la Cornelia, en la que se dice que nadie fue incinerado antes del dictador Sila, y que lo había querido temiendo el talión, cuando desenterraron el cadáver de Mario." (Plinio, Historia Natural, VII, 187)

Tácito, al contar el embalsamamiento e inhumación de Popea, la mujer de Nerón, habla de la cremación como el “romanus mos” (costumbre romana) y de la inhumación como la costumbre propia de reyes extranjeros:

“Su cuerpo no fue consumido por el fuego, como es la tradición romana, sino que, según la costumbre de los reyes extranjeros, fue embalsamado con perfumes y colocado en el túmulo de los Julios." (Tácito, Anales, XVI, 6, 2)

Cortejo fúnebre, Ilustración Jean-Claude Golvin

A partir del reinado de Adriano, la inhumación fue haciéndose cada vez más presente debido a la idea defendida por el cristianismo y otros cultos de que era necesario garantizar la integridad del cuerpo para una supuesta vida en el más allá o para la resurrección.

En cuanto a la cremación denominada bustum, el individuo se enterraba en el mismo lugar en el que se había incinerado; en estos casos se hacía una fosa en el suelo, se quemaba el cadáver y luego se cubría. El ustrinum era un tipo de cremación por el cual el cuerpo era incinerado en un lugar adecuado para tal uso y luego sus cenizas se trasladaban a su tumba, donde se disponían en una urna que posteriormente se depositaba en un lugar de enterramiento individual o colectivo donde se sepultaban los restos de toda una familia o un gremio profesional.

“Riega mis cenizas con vino y perfume de nardo oloroso,
caminante, y échale bálsamos a las rosas de púrpura.
Una eterna primavera me procura esta urna jamás llorada
y he cambiado de vida, no he muerto. Para mí no se ha
acabado ninguna de las alegrías de la vida antigua y puedes
pensar que o bien las recuerdo todas o bien ninguna.”
(Ausonio, Epitafios, 31)

Columbarium de Scribonius Menophilus, Roma

El columbario se caracteriza por ser un monumento o tumba subterránea completamente o en parte, cuya cámara principal la constituye un espacio cubierto, grandes salas por lo general rectangulares, mitad subterránea, mitad elevadas por encima del suelo, en cuyos muros se han abierto numerosos nichos o loculi (semicirculares, rectangulares), dispuestos muy próximos los unos de los otros, regularmente separados y alineados en filas. Los nichos (loculi) en un columbario solían tener un hueco (olla ossuaria) donde se depositaban las cenizas. Era costumbre colocar una inscripción con el nombre y los títulos del difunto debajo del nicho o también tapar el nicho con una lápida inscrita.



En Roma, este modo de sepultura fue adoptado por las grandes familias, sobre todo por libertos y esclavos, para que sus restos pudieran colocarse lo más cerca posible de la tumba de los miembros de la gens a la cual pertenecían.

“La familia del pater T. Statilius Taurus dio como regalo la olla a la liberta Antonia Chryse, en honor de los Estatilios Storacis´.” (CIL VI 6213)

La gens Statilia era una importantísima familia aristocrática de rango senatorial cuyo miembro Tito Estatilio Tauro fue un alto cargo militar del círculo de Augusto.

Estos edificios empezaron a construirse, bien por especuladores que vendían espacios para los más humildes que deseaban tener su propia tumba, o bien por sociedades que se organizaban como los collegia profesionales para correr con los gastos de forma conjunta. Los asociados constituirían un fondo común y pagarían una contribución mensual para sumar los fondos con los que costear los futuros funerales y especialmente para el alto gasto que debía resultar la construcción del edificio.

Columbarium junto a la tumba de los Escipiones, Roma

La siguiente inscripción describe como el propietario de una tumba dona urnas en una tumba de su propiedad a la asociación de carpinteros

“L. Cincius Martialis, quinqueviro, propietario de la tumba por testamento donó A L. Mamilius Felicis de la decuria X de la asociación de carpinteros 32 ollae (urnas) en la pared a la derecha de la entrada para ellos, las cuales tienen inscripción debajo, una cada una.” (CIL VI 9405)

Dentro de este tipo de sociedades las plazas eran repartidas mediante sorteos, y por orden, primero las filas de los osarios se suceden de abajo hacia arriba, y después cada fila de manera horizontal, de manera que nadie pudiera quejarse del lugar que le había tocado.

"L. Abuccius Phileros para sí y para su liberta Heroini, y sus descendientes, desde la olla (urna) 6 debajo de la escalera en línea continua hasta la olla 16 arriba." (CIL VI 8123)

Ciertos nichos y especialmente los de las filas inferiores, se preferían especialmente al resto porque quedaban obviamente más a la vista, más accesibles, y sobre todo más cómodos para la celebración de las ceremonias de culto, relacionadas directamente con los habituales bancos donde se colocarían las ofrendas. Los lotes y las plazas asignadas a cada uno estaban marcados, según el azar en el sorteo, por una inscripción trazada sobre el muro o marcada sobre una tabilla, y que era remplazada más tarde por el epitafio definitivo.

Columbarium de Pomponio Hylas, Roma

Los nichos podían venderse, como evidencia el caso de la tumba 94 de Isola Sacra, donde una tal Valeria Trophima vende parte de la tumba a un cierto Euhodus, siervo del emperador, otra parte a otro siervo imperial, Trophimus, y otra parte a un tal C. Galgestius Helius, quien hace constar que ha comprado un locus purus, aún no ocupado por ningún enterramiento, condición jurídica necesaria para que se pudiese vender esta parte de la tumba.

“A los dioses Manes. Gaius Galgestius Helius, tras haber comprado una parte desocupada de la tumba de Valeria Trophima, construyó una edícula en el lado derecho de esta tumba para él y para los suyos en la que hay catorce nichos, con la excepción del nicho que Trophima le dio a Galgestius Vitalis. Él le dio un nicho a Pomponius Chrysopolis.” (Isola Sacra, tumba 94)

Tumba 94, Isola Sacra, Ostia, Italia


También existía la posibilidad de donar los huecos para las urnas cinerarias, posiblemente entre patronos y libertos.

Inscripción de dos libertos. Johns Hopkins Archaeological Museum, Baltimore, USA

"Dos ollae (huecos para urna). Flavia Salvia, liberta de Decimus. Decimus Flavius Barnaeus, liberto de Decimus, dona una olla y una inscripción a su patrón de su propio dinero."

Los primeros columbarios de la mitad del siglo I a.C. no destinaban ningún espacio a la decoración por necesitar todo el espacio para ocuparlo con filas de nichos por lo que es difícil encontrar frescos pintados o relieves, aunque si parece que en los nichos bien pudiera ponerse un busto o retrato del difunto, o una urna hecha según el gusto del difunto

“La tierra, más ligera que la propia tumba, también ligera para que no recaiga mucho peso sobre tus huesos, sostiene la otra tumba, colocada encima a la manera de los pobres. Junia, digna de ser recordada entre las jóvenes más hermosas, Junia, tú que eres un motivo de orgullo en este mundo entre las más virtuosas mujeres. Te has convertido en cenizas y estás encerrada en la tumba de la cigarra. Se dirá de ti que has sido la única esposa de tu marido.” (Pintada en el estuco de un columbario en la Puerta Esquilina, en Roma)

Columbario de Vigna Codini, Roma

Sin embargo, aunque en Roma el columbario aparece como un modo práctico de enterramiento, de aspecto austero y funcional, con el cambio de era, empezó a mostrar un gusto por una ornamentación sobrecargada, con pinturas en paredes, techos y en los espacios entre loculi, debido principalmente al poder económico de los difuntos que se refleja también en la excesiva y lujosa decoración de los nichos y de las urnas en que iban a ser depositados.

“Vive, piadoso, morirás; frecuenta devoto los altares, la muerte implacable te arrancará del templo para hundirte en la tumba. Confía en tus excelentes versos; mirad cómo yace Tibulo: de su grandeza apenas, quedan los restos que caben en la urna cineraria.” (Ovidio, Amores, IX)

Tumba comunal de la via Portuense, Museo Nacional Romano, Termas de Diocleciano, Roma

La ubicación de las cenizas en un área más visible, en un nicho más bellamente decorado o exhibir un retrato se debería seguramente a tener un mayor status social y mayor riqueza. Es posible que las asociaciones pudieran usar los columbaria para defender su identidad como colectividad negociando los puestos a ocupar según la jerarquía social.

“Epaphroditos, hijo de Hapalos, hijo de Perigones, ha construido para la asociación de trabajadores del lino una bóveda en el lado derecho según se llega a la tumba. Todo el que haya sido aceptado en cualquier momento será ubicado ahí por la asociación.” (CIL VI 9405)

Algunos tipos de enterramientos unifamiliares se semejaban en cierto modo a los columbarios por la inclusión de nichos, algo más grandes de lo habitual, en los que se depositaba las urnas generalmente con una cuidada decoración, que se convertían en el contenedor de las cenizas de los más importantes miembros de la familia propietaria, cuyos bustos también se colocaban en la tumba conjunta.

Tumba familiar con el retrato de Minatia Pola. Palacio Massimo alle Terme, Roma

En otras tumbas familiares se podía llegar a fusionar el rito de la incineración con el de la inhumación al exhibir tanto urnas como sarcófagos, seguramente por la convivencia de los dos rituales durante cierto tiempo.


Cámara funeraria romana, Colonia, Alemania

La urna es un tipo de contenedor funerario en el que se recogen las cenizas del difunto al finalizar la cremación. En época romana, las urnas tienen diversas formas y se realizan con diferentes materiales, destacando la cerámica, el mármol y el vidrio, aunque también se pueden encontrar de plomo o bronce, o metales preciosos, ya que dependían de los recursos económicos del fallecido y sus allegados.

“Además, hizo que le trajeran a Heleno, el hijo de Pirro, a quien tenían como prisionero, y ordenó que le dieran el trato propio de un rey, le entregó una urna de oro con los restos de su padre para que los llevara al Epiro, su patria, junto a su hermano Alejandro.” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, V, 4)

Las primeras urnas serían los recipientes de arcilla que podían encontrarse en cualquier hogar, pero con el tiempo el fácil acceso y el abaratamiento del vidrio permitió la difusión de su uso como urna cineraria, incluso entre los más humildes.

Las urnas cinerarias de vidrio solían colocarse dentro de un recipiente de plomo, adaptado a su forma con el fin de proteger tan delicado material.

Urna de vidrio con funda de plomo

Como las familias se reunirían en los columbaria para celebrar fiestas conmemorativas, a sus miembros les interesaría que las urnas fueran lo más vistosas y suntuosas para poder exhibirse delante de los familiares y conocidos asistentes como reflejo de la riqueza y status de los parientes vivos.

“Él, por su parte, procuraba también granjearse las simpatías de la gente haciendo cuanto podía por agradarla. Después de haber pronunciado ante la asamblea el elogio fúnebre de Tiberio vertiendo abundantes lágrimas y de haberle hecho unos funerales magníficos, se dirigió a toda prisa a Pandataria y a las Poncias para traer las cenizas de su madre y de su hermano; a pesar de que hacía muy mal tiempo, para que su piedad filial quedara más de manifiesto; se acercó a ellas con el máximo respeto y las guardó en unas urnas con sus propias manos.” (Suetonio, Calígula, 15)

Urna de Telegenius Azmenus

Es muy posible que los individuos que adquirían las urnas no encargasen ningún modelo en particular, sino que, a la hora de acomodar los restos de sus difuntos, comprarían los modelos ofrecidos por los talleres que tenían sus propios repertorios de imágenes y motivos diversos.

“Fue deificado y tuvo el privilegio de ser el único de todos los emperadores sepultado dentro de la ciudad. Sus huesos, guardados en una urna de oro en el foro que él construyó, fueron colocados bajo una columna de ciento cuarenta y cuatro pies de altura.” (Eutropio, Breviario, VIII, 5)

La elección de una urna con determinados motivos (animales, vegetales, mitológicos) y retratos sugiere que el propio difunto cuando aún vivía o sus familiares ponían especial interés, bien en demostrar un elevado nivel social, o bien en obtener un monumento funerario acorde a sus gustos.

Las formas de las urnas en piedra o mármol iban desde las cuadradas, rectangulares, redondas y semi-circulares, con formas adaptadas a la amplitud y capacidad del lugar en el que se iban a ubicar. Algunas podían tener un doble contenedor cinerario.

Urna cineraria. Museo del Prado, Madrid

La urna de tipo arquitectónico imitaba las características de un templo con el propósito de transmitir las antiguas ideas romanas que pensaban en el sepulcro como el nuevo hogar del difunto que al morir se convertía en un dios al que había que rendir culto en su tumba, convertida en un lugar sagrado. Los elementos decorativos incluían arcos, columnas u otros elementos que hacían asimilar la urna a un templo o una casa, como hermas y oscilla, adornos propios de los jardines romanos.

Urna doble con hermae y oscilla

Las urnas con forma de altar o ara recuerdan a los altares funerarios, que conmemoran al difunto. En las provincias, el altar, ya sea votivo o funerario, se consideraba un símbolo de romanidad. Por ello, ante la tumba se solía situar un altar donde ofrecer sacrificios o bien la propia tumba adquiría esta forma, lo que quizás podría explicar la aparición de estas urnas que  recuerdan a los lugares de culto. Dentro de este tipo de urnas, se repiten mucho los motivos de la puerta cerrada del Hades, la dextrarum iunctio, y las escenas que representan banquetes y al difunto dormido.

“Encárgate, sin embargo, de que mis huesos sean recogidos en una pequeña urna: de esta manera, una vez muerto, no seguiré siendo un desterrado. Esto no lo prohíbe nadie: una hermana tebana, a pesar de la prohibición del rey, dio sepultura a su hermano muerto. Mezcla mis huesos con hojas y con polvo de amomo y entiérralos a las puertas de Roma y haz grabar con grandes caracteres sobre el mármol del epitafio unos versos que pueda leer el caminante con un rápido golpe de vista: «Aquí yazgo yo, el poeta Nasón, cantor de tiernos amores, que sucumbí a causa de mi propio talento poético. Por tu parte, a ti, caminante, quienquiera que seas, si estuviste enamorado, que no te resulte molesto decir: ‘¡que los huesos de Nasón reposen apaciblemente!’». En el epitafio con esto basta, pues mis libritos son mi mayor y más duradero monumento, y yo confío en que ellos, a pesar de que le han perjudicado, proporcionarán a su autor renombre e inmortalidad.” (Ovidio, Tristes, III, 3)

El motivo que representa una puerta cerrada es uno de los símbolos funerarios más usado en el Mediterráneo. Además de ser un elemento decorativo puede tener un significado simbólico como interpretación de las puertas del Hades, puertas cerradas que suponen la separación del mundo de los vivos del de los muertos. Con ello, además, se quiere recordar que la urna debe interpretarse como el templo o el santuario donde reside el difunto deificado, quedando separado de los vivos gracias a la puerta que se mantiene cerrada.

Izda, urna de Hostilius Nestor, Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia. 

La dextrarum iunctio es parte de una ceremonia nupcial consistente en un acto donde los contrayentes se entrelazan las manos derechas. Es una decoración común en muchas urnas cinerarias donde se interpreta como la unión de quienes están realizando dicho gesto y como símbolo de que la fidelidad y armonía de la pareja puede continuar después de la muerte.



(Izquierda)“Vitalis, liberto y secretario privado del emperador dedicó este monumento a Vernasia Cyclas, la más excelente esposa, que vivió veintisiete años. A su más fiel, amante y dedicada mujer.” (Museo Británico, Londres)

(Derecha)"Para Helius Afinianus, esclavo público de los augures. Sextia Psyche a su esposo que lo merecía. (Museo Arqueológico de Berlín)

En el mundo romano la escena del banquete funerario tiene su origen en las antiguas culturas del Mediterráneo, como la etrusca y la griega. En el mundo griego, el symposion (banquete) es un tema muy repetido dentro del contexto funerario, que representa, de forma simbólica, la unión entre el mundo cotidiano de los vivos con el banquete funerario del Hades, el cual expresa la hospitalidad de los dioses del mundo inferior. Su representación también permite recordar que el banquete llegó a suponer una actividad social preponderante en la vida cotidiana de los ciudadanos romanos más notables. Por último, la imagen del banquete puede evocar el silicernium o banquete funerario con el que culminaba la conmemoración del difunto y que aseguraba la prosperidad de este en su vida tras la muerte. Al difunto se le puede encontrar recostado en un lecho, rodeado de elementos relativos a una comida ceremonial, participando en un último banquete con los vivos mediante su imagen en la urna.

Urna de Domitius Primigenius, Museo Metropolitan, Nueva York

La idea de considerar la muerte como un sueño eterno puede haber llevado a algunos difuntos a querer ser representados en su monumento funerario recostados en un lecho y durmiendo el sueño del que no se despertarán.

“Adiós por última vez, anciano, el más dulce de los padres, por última vez adiós a ti, que nunca, mientras tu hijo viva, sufrirás el lúgubre infierno o el olvido de un triste sepulcro. Siempre tu altar exhalará perfume de flores, siempre también tu feliz urna se embeberá de esencias asirias y de lágrimas, que es un honor mayor. Este hijo tuyo hará sacrificios a tus Manes y aligerará el peso del túmulo que se alza sobre terreno propio. También mi canto, que ha merecido por su actitud ejemplar, te lo dedica, contento por ofrendar también este monumento sepulcral a tu ceniza.” (Estacio, Silvas, III, 3)

Izda, urna de Lorania Cypare, museo del Louvre. Drcha, urna de Titus Titulenius,
Museo Británico, Londres

Algunas de las urnas con morfología de ara o altar presentan un doble contenedor para guardar las cenizas de dos personas y los retratos de los difuntos que suelen a veces ser un matrimonio.

Chicago Art Institute, Chicago, Estados Unidos

Las urnas con formas circulares pueden derivar de las formas redondeadas de las cerámicas y muchas recuerdan a los objetos de tocador u objetos relativos a las labores femeninas, como las labores de hilado y costura. Así, por ejemplo, muchas urnas femeninas se asemejan a cajas de cosméticos (píxides) o cestos de mimbre, aunque algunas se destinaban a contener las cenizas de difuntos varones.

Izda, Urna de Bovia Procula, Museo Británico, Londres. Drcha, urna en forma de cesta,
Museo Metropolitan, Nueva York

Las urnas tipo vaso se parecen a las cráteras y cántaros de origen griego y se caracterizan por una recargada decoración de tipo vegetal y floral.

Urna en forma de vaso griego

Las urnas rectangulares son parecidas a las de ara, aunque difieren en que su forma no es por tanto cuadrada y sí más parecida a la de los posteriores sarcófagos.

Urna de Plautia Hesperis, Instituto de Arte de Chicago

En el ámbito funerario romano el interés de ciertos grupos sociales por mostrar visibilidad y mantener su recuerdo en la memoria de los demás se hace muy evidente, por lo que el uso de materiales caros, lujosos y exóticos se impuso como medio de exhibir riqueza y estatus.

A partir de la época de Augusto se incrementó el uso del mármol y otras piedras para fabricar los lujosos contenedores funerarios que permitían a los ricos y poderosos ciudadanos romanos demostrar su poder y prestigio porque tenían los medios para adquirir los materiales y pagar a los artesanos que participarían en su elaboración.

“Entonces se recogen las cenizas de los sagrados cuerpos y los huesos, rociados con vino puro, reliquias que a porfía cada cual reclamaba para sí: tan grande era el deseo de sus hermanos de llevarse a casa los dones consagrados de sus santas cenizas o portarlos en su regazo como prenda de fe. Mas con el fin de que su emplazamiento en distintas urnas no disperse los restos que han de resucitar y estar luego juntos al lado del Señor, se dejan ver tocados de níveas estolas; encargan que el polvo sagrado sea devuelto y guardado todo junto en hueca urna de mármol.” (Prudencio, Libro de las Coronas, 130)


Urna de mármol de Caesennia Grapte

Materiales como el pórfido rojo o el alabastro podían evocar lugares exóticos accesibles para los mas acaudalados y ser elegidos para contener sus restos como muestra de su riqueza y poder. Algunas de estas piedras también eran consideradas beneficiosas por sus propiedades mágicas y curativas, aunque la elección de dichos materiales dependería en última instancia del poder adquisitivo y de las preferencias del comitente, de la disponibilidad de estos y de los talleres profesionales accesibles que pudieran encargarse de la obra.

“Más tarde, sus huesos se colocaron en una urna de piedra púrpura, fueron llevados a Roma y depositados en la tumba de los Antoninos [el Mausoleo de Adriano]. Se dice que Severo mandó buscar la urna poco antes de su muerte, y tras tocarla con la mano, dijo: "Habrás de contener a un hombre que toda la Tierra no bastó a contener" (Dión Casio, LXXVII, 15, 4)

Urna de pórfido rojo, Museo Metropolitan, Nueva York

Las modas también tenían su lugar en la elección de la urna funerario y la fascinación de las clases sociales más altas de la Roma de Augusto por Egipto se puede apreciar en la urna del cuestor, pretor y augur Publius Claudius Pulcher, cuyos restos parecen haber sido depositados en una vasija egipcia de alabastro del siglo VIII a.C. en la que se puede leer en jeroglífico el nombre de un sacerdote del reino del faraón Osorkon III. Su reutilización se remonta al final del siglo I a.C. cuando el arte y culto egipcios se hicieron muy populares entre la nobleza romana.

Urna de Publius Claudius Pulcher, Museo del Louvre

La elección de ciertos materiales que fueron elegidos por algunos miembros de las élites romanas pudo deberse a los cambios sociales que se dieron a raíz de las guerras civiles y la posterior llegada al poder de Augusto, que pudo provocar el deseo de algunos de diferenciarse de sus iguales o inferiores, incluso en la hora de la muerte. El mármol fue el material que empezaron a utilizar los libertos enriquecidos para elaborar los monumentos funerarios que contendrían sus restos para toda la eternidad, por lo que algunos privilegiados ciudadanos romanos elegirían materiales como el alabastro, ya citado, para sus urnas funerarias en las que el material, exótico y caro, era más importante que la decoración.

“La hoguera que consumió tus restos cuando nos fuiste arrebatado
no fue la propia de un esclavo: las llamas abrasaron perfumes de
Saba, especias de Cilicia, canela hurtada al pájaro de Faros
Y los jugos que manan de las plantas asirías y las lágrimas de
Tu dueño: sólo aquellas lágrimas bebieron tus cenizas
Y consumió tu pira hasta agotarlas; ni el vino de Secia que
Extinguió tus blancas cenizas ni el ónice bruñido que
encerró tus huesos en su seno fueron más gratos a tu pobre
sombra que aquellas lágrimas.”
(Estacio, Silvas, II, 6)

Izda, urna de mármol, Museo Nacional Romano, Roma. Drcha, urna de alabastro egypcio.

Los motivos temáticos que aparecen en las urnas funerarias son de lo más variado y se abren a muy diversas interpretaciones. Existen algunos temas que se repiten asiduamente, pero es difícil su interpretación y la razón por la que eran frecuentemente utilizados.

Los elementos vegetales como guirnaldas y coronas funerarias pueden estar relacionadas con las ofrendas que se hacían a los difuntos para honrar su memoria, así como con la decoración de los monumentos funerarios. La continua regeneración de la vida vegetal podría indicar la esperanza en la inmortalidad del alma. Las plantas y flores tenían a su vez el propósito de enmascarar el olor de la descomposición del cuerpo y por ello se hallaban siempre en el entorno funerario.

“¡Tú, por tu parte, ofrece siempre al difunto presentes fúnebres y guirnaldas humedecidas con tus lágrimas. Aunque el fuego haya convertido mi cuerpo en cenizas, mis tristes restos serán sensibles a tu piadoso servicio.” (Ovidio, Tristes, III, 3)

Izda. Urna de Sextus Lollius Albanus, John Hopkins Archeological Museum, Baltimore, USA. Drcha, urna de Memno, Museo Británico, Londres

Otro tema decorativo y simbólico es la cabeza de carnero que podía representar la ayuda del dios Mercurio, uno de cuyos símbolos es el carnero, como acompañante del alma del difunto en su viaje hacia el mundo de ultratumba, o bien podía ser un ejemplo de sincretismo religioso, al representar al dios Júpiter Amón, unión de los dioses Júpiter y Amón, divinidades superiores en la religión romana el primero y en la egipcia el segundo.



El águila, animal representativo de Júpiter, refleja la apoteosis del difunto, su momento de unión con los dioses en el momento de la incineración, a la manera de la consecratio (consagración) de algunos emperadores que fueron divinizados, por lo que su imagen fue asimilada por la tradición popular y aparece en numerosos monumentos funerarios. Otro animal, en este caso mitológico, el grifo, mantenía el carácter de psicopompo, o conductor de almas entre los etruscos y en Roma, además de ser emblema del dios Apolo, simbolizaba la inmortalidad. Solía aparecer en contextos funerarios en la figura de dos grifos, cada uno al lado de un edificio o retrato, como recuerdo de la idea etrusca de protección del alma en su viaje al Más Allá.

Izda, urna de Vipsania Thalassa, Museo Británico. Drcha, Urna de Marcus Antonius Gemellus

En el mundo griego, la cabeza de Medusa en el escudo de Atenea servía como protección frente a los enemigos, y en el mundo funerario romano parece tener la doble función de proteger el alma del difunto y alejar a los que intentan disturbar su descanso, además de convertirse en un guardián de la tumba.

“Nenia, atenta siempre a las lamentaciones de los funerales, no olvides con tu silencio el regalo anual que Numa ofrece solemnemente a las sombras de los parientes, al tiempo que pide una aproximación entre los difuntos y su estirpe. Esto es suficiente para las tumbas y también para los que carecen de tierra: evocar con la voz de sus almas a modo de homenaje fúnebre. Las cenizas, ya tranquilas, se alegran al oír sus nombres; eso es lo que ruegan las lápidas con sus frentes escritas. Incluso aquel a quien le faltó la urna de un triste sepulcro, casi estará sepultado con que su nombre se diga tres veces.” (Ausonio, Parentalia, Prefacio en verso)

Izda, urna de Decimus Aemilius Chius y Hortensia Phoebe, Minneapolis Institute of Art.
Drcha, urna de Gellia Aphia. 

El deseo de trascender animaba a incluir los retratos de los difuntos en las urnas cinerarias. La visión del retrato haría recordar su paso por la vida terrenal y mantener su memoria. 

Izda, urna de Tiberio Claudio Victor, Biblioteca Nacional de Francia, París. Drcha, urna de Pilia Philtata, Museo Británico, Londres

En las distintas provincias del imperio las tumbas comunes mantendrían sus propias características, como se puede ver en la antigua ciudad de Palmira, donde los nichos se cierran con relieves en los que se esculpen los rostros de los difuntos junto a sus adornos personales.

“Antistio Rústico ha muerto en las crueles tierras de los capadocios. ¡Oh tierra culpable de un crimen detestable! Nigrina ha repatriado en su regazo las cenizas de su amado y se ha quejado de que los caminos no hayan sido lo bastante largos, y mientras depositaba la urna sagrada en la tumba —de la que siente envidia—, tras haberle arrebatado a su marido, le parece que ha enviudado dos veces.” (Marcial, Epigramas, IX, 30)

Tumba comunal de Palmira, Museo Arqueológico de Estambul, Foto de Giovanni Dall´Orto



Bibliografía

Las urnas cinerarias romanas: aproximación iconográfica a su estudio en la ciudad de Roma y en Hispania, Lucía Avial Chicharro
Contenedores funerarios. La concepción de la muerte en la Hispania romana. Laura Blanco-Torrejón y Lucía Avial-Chicharro
Columbaria: el MNAR como paradigma de un problema conceptual y museográfico, Rafael Sabio González
The colours of death. Roman cinerary urns in coloured stone, Simona Perna
The Social Value of Funerary Art: Burial Practices and Tomb Owners in the Provinces of the Roman Empire, Simona Perna
The Aesthetics of Assimilation: Non-Elite Roman Funerary Monuments, 100 B.C.E. –200 C.E., Devon A. Stewart
‘Vox tua nempe mea est’: Dialogues with the dead in Roman funerary commemoration, Maureen Carroll
Reviving Tradition in Hadrianic Rome: From Incineration to Inhumation; Roman Tombs and the Art of Commemoration; Barbara E. Borg
Roman Cemeteries and Tombs, Barbara E. Borg
From Columbaria to Catacombs: Collective Burial in Pagan and Christian Rome, Commemorating the Dead: Text and Artifacts in Context; John Bodel







lunes, 15 de mayo de 2023

Philòkaloi, coleccionismo en la antigua Roma

Un amante del arte romano. Pintura de Alma-Tadema

El coleccionismo de obras de arte y otros objetos valiosos traídos de fuera fue un importante elemento de elitismo cultural a finales de la República y durante el período imperial, cuando aumentó la demanda de piezas artísticas por parte de personas de alto poder adquisitivo que acumulaban lujosas obras de arte y objetos valiosos procedentes sobre todo de Grecia con las que adornaban sus casas y villas. Juvenal describe cómo se podían ver estas piezas artísticas en casas y villas de los ricos.

“Entonces, todas las casas estaban hasta arriba y había un enorme montón de monedas, clámides espartanas, vestidos de púrpura de Cos, y amén de las pinturas de Parrasio y las estatuas de Mirón, el marfil de Fidias cobraba vida, así como también en todas partes había trabajos abundantes de Policleto, y rara era la mesa sin una obra de Méntor.” (Juvenal, Sátiras, VIII, 100)

El malabarista egipcio. Pintura de Alma-Tadema

Para una parte de los ricos ciudadanos romano, el arte era una mera forma de presumir de riqueza. El personaje de Trimalción, que Petronio inmortaliza en su relato Satiricón, retrata a la perfección el comportamiento de aquellos nuevos ricos romanos, que se rodeaban de objetos lujosos por pura vanidad en su afán de imitar la vida y conducta de la tradicional nobleza romana.

“Siento verdadera pasión por la plata. Andan por el centenar las copas que tengo de ese metal con una urna de cabida ...
En ellas se ve cómo Casandra mató a sus hijos; los tiernos cadáveres yacen por el suelo como palpitantes todavía de vida. Tengo un jarro con asas que me dejó uno de mis patronos; en él aparece Dédalo encerrando a Níobe en el caballo de Troya. En unas copas tengo grabados los combates entre Hermerote y Petraites. Todo ello en plata maciza. Mi conocimiento en esas materias no lo vendería por toda la plata del mundo.”
(Petronio, Satiricón, 52, 1-3)

Tesoro de Berthouville, Gabinete de Medallas y Antiguedades, Biblioteca Nacional de Francia

Otros, en cambio, eran coleccionistas cultos, capaces de valorar las obras por su belleza estética o perfección técnica. Eran los llamados philókaloi, «amantes de lo bello», hombres que llegaban a invertir grandes sumas de dinero en todo tipo de objetos artísticos.

“Era un 'amante de la belleza', hasta el punto de ser criticado por su manía de comprar. En los mismos lugares poseía varias villas, pero una vez que se encaprichaba con las nuevas, se despreocupaba de las antiguas. En todas tenía muchos libros, muchas estatuas, muchos bustos, y no se limitaba a tenerlos, sino que los veneraba, sobre todo el de Virgilio, cuyo cumpleaños celebraba con mayor devoción incluso que el suyo propio, especialmente en Nápoles, donde solía visitar su tumba como si fuese un templo.” (Plinio, Epístolas, III, 7, 8 Silio Itálico)

Una galería de pintura. Pintura de Alma-Tadema

Algunos ricos propietarios combinaban su amor por las obras artísticas con su dedicación a la literatura o filosofía con la instalación de bustos en mármol o bronce de sus autores favoritos en sus bibliotecas privadas.

“Hay una nueva tendencia también, que no debemos olvidar. No solo consagramos en nuestras bibliotecas, en oro o plata, o en cualquier caso en bronce, a aquellos cuyos espíritus inmortales conversan con nosotros en esos lugares, sino que incluso vamos tan lejos como reproducir sus rasgos ideales, aunque su recuerdo se haya extinguido, y nuestro lamento da existencia a parecidos que no se nos han transmitido, como en el caso de Homero.” (Plinio, Historia Natural, XXXV, 2, 9)

Busto de Homero. Museo Británico, Londres

No solo era posible encontrar piezas escultóricas en las bibliotecas, sino también pinturas hechas en tablas por encargo a pintores locales o renombrados en distintas partes del Imperio.

“Herenio Severo, hombre muy erudito, tiene grandes deseos de colgar en su biblioteca unos retratos de tus conciudadanos Cornelio Nepote y Tito Cacio y me ha pedido que, si hay alguno ahí en vuestra localidad, como es muy probable, que le encargue copias pintadas. Te transmito esta petición antes que a ningún otro, en primer lugar, porque has atendido siempre todos mis deseos con la mayor deferencia; luego, porque sientes una grandísima admiración por la literatura, y un profundo respeto por sus estudiosos, y por último, porque veneras y estimas en gran medida a tu patria, y a todos los que han contribuido a acrecentar su renombre, como a la propia patria. Te pido, pues, que encuentres un pintor lo mejor posible. Pues, si es muy difícil lograr del modelo una semejanza ideal, aún resulta mucho más penoso hacer un retrato de otro retrato. Te ruego que no permitas al artista que hayas seleccionado que se aparte del original, ni siquiera para embellecerlo. Adiós.” (Plinio, Epístolas, IV, 28)

Un artista romano. Pintura de Alma-Tadema

El coleccionista en la antigua Roma interesado en la escultura creaba su colección de acuerdo a su educación cultural, su forma de ser y su riqueza. El concepto griego de paideia, como transmisión de conocimientos y valores jugó un papel importante a la hora de apreciar todo lo antiguo como parte de la educación de las élites romanas, las cuales tendían a ganar prestigio, reconocimiento y poder de cualquier manera posible. Coleccionar obras antiguas suponía un nexo de unión entre miembros de las clases sociales más adineradas y cultas que podía interrelacionarse con otros semejantes a ellos en cualquier parte del imperio, independientemente de su situación geográfica, sus tradiciones o su religión.

“Aquí tienes todos los chismorreos de la ciudad, pues Tulo es el centro de todos los chismorreos. Se espera con gran expectación la venta pública de sus bienes, pues fue tan rico que había adornado unos jardines enormes el mismo día en el que los había comprado con innumerables estatuas antiquísimas; tan gran cantidad de obras de artes bellísimas tenía guardadas en sus almacenes que yacían olvidadas.” (Plinio, Epístolas, VIII, 18)

Jardines romanos. Pintura de Alma-Tadema


El coleccionista elegía un tema para su colección escultórica dependiendo de sus gustos culturales y por la rareza, ejecución o valor económico de las obras. Con su elección el propietario mostraba su erudición, su riqueza y su prestigio social ante los demás. Cuanto más difícil era obtener una pieza más aumentaba la valoración social del coleccionista.

Existió la tradición de reutilizar esculturas antiguas tanto en el entorno público como privado, quizás porque otorgaba más prestigio y para los particulares podía indicar que la familia era importante y adinerada desde hacía mucho tiempo.

“La naturaleza ambiciona poco, la opinión no tiene medida. Acumúlese en ti cuanto muchos ricos hayan poseído, elévete la fortuna a una riqueza que supere la medida concedida a un particular, cúbrate de oro, revístate de púrpura, condúzcate a tal suerte de delicias y opulencia que cubras la tierra con el mármol, séate concedido no sólo poseer, sino hollar las riquezas; añádanse estatuas y pinturas y cuanto las diversas artes produjeron al servicio del lujo; no aprenderás sino a codiciar bienes mayores que éstos.” (Séneca, Epístolas a Lucilio, 16)

Los romanos de la decadencia. Thomas Couture. Museo d´Orsay, París.

Cabe la posibilidad de que las esculturas reutilizadas a finales del Imperio fueran una forma barata para los coleccionistas de hacerse con piezas deseadas, pudiendo aprovecharse de la abundancia de esculturas disponibles al clausurarse templos o al caer en desuso edificios e incluso cementerios de donde se podían extraer las obras antiguas, algunas de las cuales simplemente yacían tiradas por el suelo.

La reutilización de las obras escultóricas podía también responder a una moda estética de mezclar piezas que eran muy diferentes en material, color o estilo y exhibirlas todas juntas, creando una sensación distinta tanto en el coleccionista como en el observador.

“De allí teníamos el gusto de ir a los baños, no a los de Nerón ni a los que regaló Agripa o aquel cuya estatua ven en Salona de Dalmacia (Diocleciano), sino a termas bien provistas para el pudor personal.
Después de lo cual, tus copas y un lecho en medio de tus musas nos acogían, así como estatuas y cuadros como no produjeron ni Mentor, Praxiteles, o Escopas con el bronce, el mármol o los colores, ni esculpió el mismo Policleto, ni es capaz de dibujar el pincel de Fidias.”
(Sidonio Apolinar, Poemas, 23, 495)

Después del baño. Pintura de Alma-Tadema

Conservar las estatuas antiguas en zonas públicas podía ayudar a preservar la historia pasada con sus recuerdos y tradiciones referentes a sucesos victoriosos y personajes gloriosos e indicaba continuidad. Para el coleccionista privado reutilizar esculturas antiguas en vez de adquirir unas nuevas era mantener un signo de romanitas y un vínculo con el pasado que le permitía formar parte de la grandiosa historia de Roma. Para algunos la excesiva exhibición de bustos en las casas era un signo de alarde intelectual que no se correspondía con la realidad.

“Conque en casa de los más perezosos verás todo lo que existe de oratoria e historia, lejas levantadas hasta el techo; pues ya además de los baños y las termas también se decoran una biblioteca, como adorno imprescindible de su casa. Yo los disculparía del todo, si su extravío fuera por culpa de un deseo excesivo de erudición: en realidad, esas obras acaparadas de venerables talentos, clasificadas con sus bustos, se disponen para embellecimiento y adorno de las paredes.” (Séneca el joven, Sobre la tranquilidad del espíritu, 9, 6)

Pintura de Guglielmo Zocchi

Ni siquiera la llegada del cristianismo como religión oficial del imperio terminó con la idea de mantener las obras escultóricas de temática pagana en lugares públicos y privados como símbolo de la educación y tradición romanas. Todas las ciudades y residencias privadas de la parte oriental del imperio fueron embellecidas con estatuas de la época clásica a partir de la época de Constantino. Solo las esculturas dedicadas al culto de dioses paganos fueron consideradas demonios que debían ser sometidas a procesos de purificación, lo que llevó a muchos fanáticos cristianos a unirse para encontrar las obras malditas en posesión de los idólatras y destruirlas.

“Después se inició la búsqueda por las casas también (pues había muchos ídolos en la mayoría de los patios), y de los que se encontraron algunos fueron quemados y otros arrojados a las letrinas.” (Vida de Porfirio, Marco el Diácono, 71)

Cornelio, el centurión. Menologion de Basilio II. Biblioteca Vaticana

Una de las colecciones más importantes que se podían encontrar en una domus o villa romana era la de retratos de hombres ilustres, como filósofos, literatos o militares, que podían inspirar a los coleccionistas o sus visitantes por sus obras y su grandeza.

“Llamaba a Virgilio el Platón de los poetas y tenía su busto junto con el de Cicerón en su segundo larario, donde tenía también los bustos de Aquiles y de otros ilustres personajes. En cambio, deificó a Alejandro colocándole en un larario mayor entre los más eximios y los «divinos».” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 31)


Los retratos de emperadores o miembros de la familia imperial abundaban en la mayoría de las residencias de los ciudadanos ricos romanos, bien por demostrar su lealtad política a la casa imperial actual o por mantener el recuerdo de los ya difuntos para testimoniar la importancia política de la familia a lo largo de los años o siglos.

Además, la utilización de los retratos imperiales antiguos, algunos de los cuales podían reconvertirse en emperadores más actuales, podía servir para indicar la dignidad imperial y la grandeza de Roma que motivaba al coleccionista a sentirse orgulloso de su pertenencia a la sociedad tradicional que representaban.

En algunas residencias particulares se podían encontrar retratos de personajes y emperadores que abarcaban varios siglos, lo que permitía exhibir al propietario, ya fuera verdad o no, el favor otorgado por la casa imperial a la familia durante generaciones y la lealtad de la misma hacia la institución por el mismo periodo de tiempo.

Bustos de emperadores de la villa de Chiragan. Arriba: izda Octavio Augusto, centro Trajano, drcha Antonino Pio. Abajo: izda Cómodo, centro Septimio Severo, drcha Maximino Hercúleo. Museo Saint Raymond, Toulouse, Francia

En Roma todos los interesados en el arte conocían los nombres de los artistas considerados maestros, tanto los antiguos como los contemporáneos y los viajeros que visitaban otras ciudades buscaban las atracciones artísticas que podían verse en ellas. Cada ciudad consideraba sus obras artísticas como auténticos tesoros y todos sus habitantes se deleitaban en su contemplación, independientemente de su capacidad de interpretar su significado o simbología. Muchos miembros de la élite romana desarrollaron tal conocimiento artístico que llegó a convertirse en parte de su ocio y tema de conversación. Incluso se esperaba que los más famosos oradores fueran entendidos en el arte de la escultura y pintura y supieran el nombre de los más famosos artistas.

“¿Quién no conoce que las estatuas de Canaco son demasiado rígidas, y no imitan con verdad? Las de Calamis son todavía duras, pero menos que las de Canaco: las de Miron se acercan más a la verdad, y casi pueden llamarse bellas: las de Polícleto son todavía más hermosas y casi pueden decirse perfectas. Lo mismo sucede en la pintura, donde aplaudimos las formas y las líneas de Ceusis, de Polígnoto, de Timantes y de todos los demás que sólo usaron cuatro colores. Pero en Aecio, Nicómaco, Protógenes y Apeles, es ya todo perfecto.” (Cicerón, Bruto, 70)

Pintura de Alma-Tadema

El aparente conocimiento que algunos ciudadanos tenían sobre las obras de arte que les pertenecían o incluso de las de otros y sobre las que daban su parecer y hacían girar algunos de sus comentarios en las cenas con sus invitados podía dar lugar al respeto por su erudición cultural o a la crítica más cruda por su alarde de sabiduría o por su reconocida ignorancia.

“Cuando te quedas absorto ante un cuadrito de Pausias, ¿hasta qué punto yerras menos que yo, cuando de puntillas admiro los combates de Fulvio, de Rútuba o de Pacideyano, pintados con minio y carbón (carteles de gladiadores de la época), y tal como si aquellos hombres lucharan de veras, y dieran tajos y los esquivaran blandiendo sus armas? Davo (el esclavo que habla) es un sinvergüenza y un vago; en cambio tú eres tenido por juez agudo y sutil en materia de antigüedades.” (Horacio, Sátiras, II, 7, 95)

Pintura de Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles

Aunque el interés de la sociedad romana por el arte había surgido en un principio con respecto a la exposición pública de las obras, con el tiempo fueron varios los romanos ilustres que intentaron concebir una colección artística como un bien del patrimonio cultural público defendiendo la idea de que las obras artísticas debían ser expuestas en público y no ubicarlas en las casas y villas privadas para el recreo de la vista solo de sus dueños.

En el caso de Plinio el joven, que se declara poco conocedor del arte, su intención al comprar una valiosa pieza es la de exponerla en un lugar público, como un templo, buscando quizás el reconocimiento de la gente por su contribución a la decoración de dicho lugar y su generosidad.

“Con el dinero que he recibido de una herencia, me acabo de comprar una estatua de bronce corintio, pequeña, pero encantadora y bien terminada, al menos según puedo juzgar yo, que tengo en todas las materias en general, y en ésta en particular un conocimiento limitado. Sin embargo, esta estatua creo que puedo apreciarla. Se trata de una figura desnuda, que no puede ocultar sus defectos, si es que hay algunos, ni disimular sus virtudes. Representa un anciano de pie, sus huesos, tendones, nervios, venas, arrugas se ven como si se tratase de un ser vivo; los cabellos escasos y en retirada, la frente ancha, el rostro anguloso, el cuello delgado; los músculos flácidos, el pecho caído, el vientre hundido; por la espalda, según se puede deducir, aparenta la misma edad. El bronce en sí, según revela su genuino color, es viejo y antiguo; en definitiva, todas estas características, del mismo modo que pueden atraer la atención de los artistas, pueden deleitar a los profanos. Esto fue lo que me convenció para comprarla, aunque sea un novato. Pero no la compré para tenerla en casa (pues no tengo todavía ningún bronce corintio en casa), sino para colocarla en un lugar concurrido en mi ciudad natal, probablemente en el templo de Júpiter; me parece que es un regalo digno de un templo y de un dios. Así, pues, cumple este encargo, como sueles realizar todas las tareas relacionadas conmigo, y ordena ya en este momento que se haga un pedestal, del tipo de mármol que quieras, que lleve mi nombre y mis títulos, si piensas que deben añadirse.” (Plinio, Epístolas, III, 6)

Estatua de un artisano.
Museo Metropolitan, Nueva York

El comercio artístico privado siguió floreciendo y para atender la demanda de obras de arte solicitada por los más ilustres miembros de la sociedad romana surgieron comerciantes especializados o marchantes, expertos en arte griego, que ejercían de intermediarios en las transacciones. Se encargaban de buscar las piezas, hacer tratos con los comerciantes, pagar las piezas y mandarlas a su lugar de destino. Así ocurre en el caso de Cicerón, quien llegó a contraer grandes deudas debido a la gran inversión que hizo en estatuaria griega para decorar sus distintas villas y jardines, con su amigo Ático que vive en Grecia, al que escribe numerosas cartas en relación a la compra de estatuas y otros detalles decorativos.

“He pagado a Lucio Cincio, de acuerdo con tu carta, los veinte mil cuatrocientos sestercios por las estatuas de Mégara. Tus Hermes pentélicos con cabezas de bronce, acerca de los cuales me hablas en la carta, me agradan plenamente ya desde ahora; por eso quisiera que los mandes junto con las estatuas y demás objetos que te parezcan apropiados a ese lugar, a mis preferencias y a tu buen gusto, en la mayor cantidad y con la mayor rapidez posible; pero sobre todo los que te parezcan apropiados para el gimnasio y el pórtico: pues tengo tanto interés en esta cuestión que he de recibir tu ayuda, aun cuando también poco menos que la censura de otros. Si no está el barco de Léntulo, flétamelas donde te parezca.” (Cicerón, Cartas a Ático, I, 8)

Herma de Dionisos,
Museo Getty, Los Ángeles

A menudo había familias con miembros destacados en los lugares donde el mercado era más floreciente, o con libertos repartidos por Atenas y el Egeo encargados de comprar obras. Es el caso de la que quizá sea la familia que más se enriqueció con el negocio del arte: los Cossutii, cuyos libertos dejaron su firma en varias esculturas, réplicas de originales, halladas en distintos puntos de Italia. Estos comerciantes, o sus legados en Grecia, enviaban las obras a Italia por mar y disponían de almacenes en los puertos de origen para depositarlas hasta el viaje.

Estatua de un sátiro firmada por Cossutii,
Museo Británico, Londres

Durante el siglo I a.C., las antigüedades se coleccionaban más que nunca por su valor económico. En estas fechas comerciantes de todo el imperio se reunían en Roma y los marchantes ocupaban manzanas enteras de la ciudad. Se agrupaban a lo largo de la Via Sacra y en la Saepta Julia donde se podían encontrar tiendas de todo tipo bajo los soportales.

“Después de un largo y prolongado paseo al azar por los Saepta, aquí donde la Roma de oro malgasta sus riquezas, Mamurra examinó unos apetecibles esclavos y los devoró con los ojos; no esos que se prostituyen a la entrada de los tugurios, sino los que guardan los tablados de un escondido expositor y a los que nunca ve el pueblo ni la gente de mi condición. Después, una vez harto, hizo que le sacaran las mesas y los veladores que no estaban a la vista y pidió ver el rico marfil expuesto en lo alto y, después de haber medido cuatro veces un lecho de seis plazas de concha de tortuga, se lamentó de que no fuera lo bastante grande para su mesa de cidro. Consultó con sus narices si los bronces olían a Corinto y encontró defectuosas las estatuas, hasta las tuyas, Policleto, y, después de quejarse de que las copas de cristal estaban estropeadas por pequeñas motas del vidrio, señaló diez copas de múrrina y las apartó. Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.” (Marcial, Epigramas, IX, 59)

En el anticuario, Pintura de Ettore Forti

En Grecia y Asia no solo se compraban y enviaban a Roma estatuas y vasijas, sino columnas enteras. Algunas colecciones de arte podían contener objetos naturales curiosos, como los que cita Suetonio que tenía Augusto en una villa donde se retiraba a descansar, huesos de animales enormes.

“Detestaba las casas de campo grandes y suntuosas, e incluso hizo demoler hasta los cimientos las que su nieta Julia había levantado con grandes gastos; en cuanto a las suyas, aunque modestas, las embelleció no tanto adornándolas con estatuas y cuadros como dotándolas de paseos y de bosques, así como de objetos notables por su antigüedad o por su rareza, como los restos colosales de enormes monstruos y animales salvajes que se conservan en Capri y que se conocen con el nombre de huesos de los gigantes y armas de los héroes.” (Suetonio, Augusto, 72, 3)

El deseo de poseer obras artísticas de prestigio permitió que se desarrollase un importante comercio de obras de arte, por el cual muchos artistas griegos llegaron a tierras itálicas con el fin de ofrecer sus servicios a los adinerados coleccionistas.

“Damophilus y Gorgasus fueron escultores muy alabados, además de pintores; habían decorado el santuario de Ceres en el Circo Máximo en Roma con esculturas y pinturas, y hay una inscripción en el edificio en versos griegos en los que se indicaban que las decoraciones de la derecha las había realizado Damophilus y las de la izquierda eran de Gorgasus.” (Plinio, Historia Natural, XXXV, 154)

Cornalina. Museo Metropolitan, Nueva York

Algunos artistas podían estar al servicio de un rico patrono y trabajar solo para él, o bien aceptar trabajos encargados por otros por los cuales cobraban un alto precio, sobre todo, si estaban bien considerados y sobresalían por su labor y por su fama.

"Este artista (Arquesilao) hizo la estatua de Venus Genetrix en el foro de César, que fue erigida antes de su finalización porque había gran prisa para dedicarla; y ese mismo artista había sido contratado por Lúculo para hacer la estatua de Felicidad por 1.000.000 de sestercios, lo cual no se llevó a cabo por la muerte de ambas partes." (Plinio, Historia Natural, XXXV, 156)

Estatua de Venus Genetrix,
Museo del Louvre, París

Cuando a finales de la república fue reduciéndose la llegada de obras de arte, sobre todo de Grecia, a Roma en la misma medida que iba creciendo la demanda de piezas hechas por artistas griegos de renombre comenzó el comercio de copias que imitaban dichas obras famosas. Muchos clientes pertenecían a una clase social adinerada, que podía viajar y entrar en contacto con otras culturas y, por lo tanto, tener cierto conocimiento del mercado del arte.

“Allí conocí entonces mil figuras de bronce y de marfil vetusto y cuadros que, con su mentido cuerpo, parecían a punto de hablar. Pues, ¿quién en parte alguna podría competir con la visión de Vindex para reconocer los rasgos venerables de los artífices y a las obras sin firma devolverles su autor? Él te mostrará qué bronces se deben a los largos insomnios del maestro Mirón, qué mármoles viven gracias al cincel laborioso de Praxíteles, qué marfil ha pulido el pulgar del escultor de Pisa, qué obra ha cobrado vida en la fundición de Policleto, qué rasgo revela desde lejos al viejo Apeles; porque siempre que deja reposar su lira, es esto lo que sirve a su descanso, y este el amor que bebe de las grutas de Aonia.” (Estacio, Silvas, IV, 6)

El vendedor de estatuas, pintura de Ettore Forti

Algunos falsos eruditos intelectuales se hacían los entendidos en arte, pero otros no tendrían un conocimiento tan profundo y se harían con piezas que pasaban por ser famosas y que ellos enseñarían con el mayor orgullo de poseerlas, a pesar de ser meras imitaciones.

“¿Qué historia es esa de la estatua, dije yo?
-¿No has visto -dijo-, al entrar, una estatua preciosa levantada en el patio, obra de Demetrio el realizador de retratos?
¿Te refieres, dije yo, al lanzador de disco, el que está ligeramente inclinado en posición de lanzamiento, vuelto hacia la parte en que lleva el disco, mientras se apoya suavemente en la otra, con aspecto de pegar un salto y salir él también hacia adelante en el momento del lanzamiento?
No es eso, replicó; esa de que hablas es una de las obras de Mirón, el discóbolo, precisamente. Tampoco me refiero a la que está al lado, el que se está ciñendo la cabeza con una cinta, hermoso él, obra de Policleto. Deja de lado a los que se hallan a la derecha, según se entra, entre los que están los tiranicidas ", obra de Critias y Nesio. A ver si ves cerca de la fuente la figura de un hombre, con una cierta barriga, calvo, con el vestido cubriéndole medio cuerpo, con algunos pelos de su barba movidos por el viento, las venas bien señaladas, que parece un hombre de carne y hueso, a esa estatua me refiero. Parece que es Pelico el general corintio.”
(Luciano, El aficionado a la mentira, 18)

Estatuas del Discóbolo y del Diadumeno, Museo Británico, Londres

Otros muchos clientes se conformaban con las piezas que sabían eran imitaciones, bien por la imposibilidad de conseguir los originales por su alto precio, por haber desaparecido o estar en otras manos, o bien porque les bastaba la belleza y el verismo de las copias para satisfacer su deseo de poseer obras artísticas valiosas.

“Cuando él (Zenodorus) estaba esculpiendo la estatua para los Arverni, siendo gobernador de la provincia Dubius avitus, hizo copias de dos copas cinceladas, obra manufactura de Calamis, que Germánico César había apreciado y regalado a su tutor Cassius Salanus, el tío de Avitus, las copias estaban hechas con tanta habilidad que apenas había diferencia en maestría entre estas y las originales. Cuanta mayor era la eminencia de Zenodorus, más nos damos cuenta de como se ha deteriorado el arte de trabajar el bronce.” (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 47)

Dos skyphos de plata. Museo Metropolitan de Nueva York

Otra razón para el incremento de copias de figuras escultóricas fue que debido a la expansión de la civilización romana surgió la tradición durante el Principado de decorar con estatuas y relieves edificios públicos como termas, teatros y anfiteatros en todas las provincias. Además de que la ideología imperial creó una amplia demanda de retratos del emperador y su familia.

Era habitual que las obras con las que se comerciaba fueran réplicas realizadas expresamente para la clientela romana. Diferentes talleres, instalados no sólo en Grecia, sino en la propia Italia, se especializaron en la realización de copias de la más famosa estatuaria griega. Para ello, las tiendas-talleres contaban con moldes de las piezas originales, a partir de los cuales se hacían réplicas a diferentes tamaños. Éstas constituían un variado catálogo que se ofrecía a los clientes para que eligieran las más apropiadas. Algunos moldes de arcilla o escayola llegaron a ser tan valiosos como las propias obras terminadas en bronce o mármol.

“Varrón habla muy bien de Arquesilao, quien se llevaba bien con Lucio Lúculo, y dice que sus modelos en arcilla solían venderse más, incluso entre los artistas, que las obras terminadas de otros." (Plinio, Historia Natural, XXXV, 155)

Pintura de Jean-Leon Jerome

Las piezas hechas en bronce y mármol podían dañarse fácilmente por lo que era probable que para el proceso de copia se utilizara un molde de escayola.

El uso de escayola como material para modelar tenía varias ventajas, como el hecho de que los moldes se podían dividir en piezas y eran más fácil de transportar a los talleres, lo que era especialmente útil para satisfacer la demanda de copias que se necesitaban en las más remotas partes del Imperio, como, por ejemplo, las destinadas al culto del emperador.

Una galería de escultura. Pintura de Alma-Tadema

Bustos de escayola adornados con pintura que representaban a dioses, emperadores, filósofos y otros personajes eran sustituciones baratas para aquellos que no podían permitirse estatuas en bronce o mármol. Algunos coleccionistas sin recursos coleccionarían estos bustos y los emplearían como decoración en sus casas.

“Los que viven en Creusis no tienen ningún monumento público, pero en casa de un particular hay una imagen de Dioniso hecha de yeso y adornada con pintura.” (Pausanias, Descripción de Grecia, IX, 32, 1)



Al mismo tiempo surgió un mercado paralelo de falsificaciones, gracias a las cuales muchos se enriquecieron. La práctica de firmar las obras entre los griegos solo se dio entre algunos artistas como muestra de su orgullo personal y deseo de reconocimiento por sus trabajos. Era sabido que muchos artistas de segunda fila firmaban sus obras con los nombres de celebrados escultores, pintores, grabadores u orfebres, para obtener un precio más elevado por las piezas que realizaban. Por ejemplo, unas cuantas gemas de época helenística y romana llevan los nombres de artistas que es sabido que nunca las trabajaron, como Fidias, Escopas o Policleto. Otras llevan el nombre de un conocido cortador de gemas, como en el caso de Apolónides, inscrito en latín, por lo que no podía ser un trabajo hecho por un artista del siglo IV a.C.

“Ciertos artistas actualmente obtienen mayores precios por sus producciones si han inscrito el nombre de Praxíteles en sus mármoles, Mys en su plata pulida, y Zeuxis en sus pinturas. Tanto mayor es el favor que la envidia otorga a las antigüedades falsas que a las auténticas obras nuevas.” (Fedro, Fábulas, V, prefacio)

Pintura de Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles

El nombre del más afamado falsificador de época romana, Damasippus, aparece también vinculado a la de la especulación de obras de arte y a lucrativas transacciones inmobiliarias. Su talento parecer ser que consistía en hacer pasar obras de arte modernas por verdaderas antigüedades y en inventar una historia sobre el origen de las piezas para que el coleccionista estuviese más interesado en ella y pagase un precio más alto. Según Horacio, Damasippus desarrolló una habilidad especial para revalorizar el precio de una obra de arte, atribuyéndole una falsa procedencia mítica.

"Damasippus.—- Desde que toda mi hacienda quebró en mitad del pasaje de Jano, excluido de los negocios propios me ocupo de los ajenos. Pues antes gustaba de averiguar en qué bronce se había lavado los pies, aquel astuto de Sísifo, cuál estaba esculpido con poco arte y cuál fundido con demasiada dureza. Como un experto, tasaba en cien mil tal o cual escultura, sabía comerciar como nadie con jardines y casas egregias sacando buenas ganancias; de ahí que en los mentideros de las esquinas me pusieran «Mercurial» por apodo." (Horacio, Sátiras, II, 3, 20)

Pintura de Alma-Tadema

La imposición de las modas ejerció también una importante influencia en el desarrollo y evolución del comercio artístico. Caso paradigmático, según señalan algunas fuentes de época romana, es el de los bronces de Corinto, arrebatados a la ciudad griega con motivo de su incendio y saqueo en el 146 a.C. Se subastaron por un precio desorbitado debido quizás al efecto que tuvo sobre los romanos el haber conquistado Grecia.

“Corinto permaneció desierta durante mucho tiempo, hasta que fue reconstruida de nuevo por el divino César, que, en atención a las excelentes condiciones naturales del lugar, decidió el envío de colonos, en su mayor parte libertos. Éstos, removiendo los restos y excavando las tumbas, encontraron una gran cantidad de relieves de terracota y muchos vasos de bronce. Maravillados por estas obras de arte, no dejaron ninguna tumba sin examinar, de modo que hicieron buen acopio de estos objetos y los vendieron a alto precio; llenaron Roma de nekrokorínthia; así se llamaba a los objetos sacados de las tumbas, y especialmente a las terracotas. Al principio estas terracotas tenían un precio muy alto, semejante al de los bronces de fabricación corintia; después cesó el interés, dado que empezaron a faltar y fueron en su mayor parte de una calidad inferior.” (Estrabón, Geografía, VIII, 6, 23)

Cerámica de Corinto

El afamado bronce corintio (aes Corinthium) es una aleación especial de cobre, enriquecida con oro, plata o arsénico en una determinada proporción, que, tras un complejo tratamiento con soluciones de sales de cobre, adquiere una pátina de color violeta intenso a casi negro. Los objetos solían refinarse mediante la antigua técnica de decoración metal sobre metal de incrustación con oro y plata. Ya en la antigüedad, la gente estaba fascinada por este material, que era más precioso que la plata y casi más valioso que el oro. En Grecia y Roma, por tanto, sólo se fabricaban artículos de lujo con este misterioso material. En el Antiguo Egipto, el material ya se conocía en el tercer milenio a.C. y se denominaba "cobre negro", que sólo se utilizaba para la producción de preciosos objetos de culto y figuras de los dioses.

"¿Llamas tú desocupado al que restaura con ansiosa delicadeza bronces de Corinto, vueltos valiosos por la locura de unos pocos, y gasta la mayor parte de sus jornadas entre chapas enmohecidas?" (Séneca, De la brevedad de la vida, XII, 2)

Bronce corintio con motivos egipcios. Museo Nacional de Hungría

Algunos objetos de arte eran más apreciados por el valor histórico que tenían que incluso por su valor material. Las evidencias literarias muestran cómo una pieza podía ser valorada por la relevancia que habían tenido sus anteriores dueños. Así sucede en el caso citado por Marcial y Estacio de la figura en bronce de Hércules epitrapezios (Hércules sentado en una roca con una copa en una mano y una maza en la otra), obra original de Lisipo (siglo IV a. C.) para Alejandro Magno, quien contaba a Heracles como uno de sus antepasados. La pieza estuvo luego en manos de Aníbal y del dictador Sila, para terminar en la colección de Novius Vindex, donde ambos escritores la vieron. La pieza era de pequeño tamaño para ser expuesta en un mueble y ser transportada con facilidad.

“Éste que, sentado, ablanda la dureza de las rocas tendiendo una piel de león —un dios grande en un diminuto bronce— y que, echando su cabeza hacia atrás, mira las estrellas que sostuvo, cuya izquierda se entretiene con una clava de encina y la derecha con una copa de vino puro, no es una fama ni una gloria reciente de nuestros cinceles; estás viendo un noble obsequio y una obra de Lisipo. A esta divinidad la tuvo la mesa del monarca peleo, que, victorioso sobre el mundo tan rápidamente subyugado, está muerto. Por éste había jurado Aníbal, siendo un niño, ante los altares líbicos; éste había ordenado al feroz Sila que depusiera su tiranía. Ofendido por los terrores inflados de orgullo de las cortes inconstantes, ahora se goza en habitar en un hogar privado y, como antaño fue convidado del tranquilo Molorco, así ha querido ser el dios del docto Víndice.” (Marcial, Epigramas, IX, 43)

Hércules epitrapezios,
Fuji Art Museum, Tokio

Entre los objetos domésticos que eran más apreciados entre las clases nobles y los nuevos ricos estaban las vajillas de plata cincelada o con incrustaciones. Estas se exponían a la vista de todos en mesas o armarios diseñados para tal uso y eran un signo de riqueza y prestigio para su propietario quien se sentiría orgulloso de poseer piezas tan lujosas y dignas de admiración. Aparte de por su decoración artística y su valor material, una vajilla de plata se valoraría al utilizarse para agasajar a invitados ilustres.

“Al caballero romano Gneo Calidio le fue permitido durante la pretura de todos los demás poseer servicios de plata bien trabajados, se le permitió adornar y disponer un banquete con todos los recursos de su casa cada vez que invitaba a un magistrado o a alguna autoridad. Muchos que ostentaban la suprema autoridad civil y militar estuvieron en casa de Gneo Calidio; no se ha encontrado a nadie tan demente que le quitase aquella plata tan excelente y tan famosa; nadie tan audaz que se la pidiese; nadie tan descarado que le solicitase que se la vendiera.” (Cicerón, Contra Verres, II, IV, 20, 44)

Tesoro de Sveso, Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría

Las piedras preciosas llegaron a Roma con las conquistas de Asia Menor, Grecia y Egipto y fueron símbolos de la prosperidad y lujo de la sociedad romana. Las familias más nobles y ricas se vanagloriaban de poseer gemas de bellos colores y excelente elaboración. Su funcionalidad se debía a que su posesión indicaba la riqueza y status social de su propietario. En ellas se grababan muy diversos motivos según la idea que se quería transmitir. Para los emperadores grabar su efigie en valiosas gemas era un elemento más de la propaganda política que se hacía sobre sus personas. Las piedras podían distribuirse entre servidores leales o militares como agradecimiento a su servicio. En algunos casos ciertas representaciones servían para vincular al retratado con un hecho victorioso o con un linaje glorioso. Julio César tuvo un anillo de sello grabado con Venus Genetrix, supuestamente antecesora de su familia.

“Se consagraba en todo por completo al culto de Afrodita y quería convencer a todo el mundo de que había recibido de ella una flor de juventud; por eso llevaba una imagen de Afrodita armada en el anillo y en los mayores peligros puso su nombre como contraseña.” (Dión Casio, Historia romana, XLIII, 43)

Venus Genetrix, Museo de Historia del Arte,
Viena, Austria

Los retratos de emperadores y miembros de la familia imperial permitían mostrar la adhesión del poseedor al régimen establecido, su vinculación política y su fidelidad al retratado o su familia. Si las figuras grabadas eran las de los dioses, su propietario exponía su relación personal con el culto a la deidad mostrada, bien como agradecimiento por deseos concedidos o como súplica por su favor. Algunas piedras estaban grabadas con figuras relacionadas con la protección de la salud o contra el mal de ojo.

Gemas encontradas en el muro de Adriano, Reino Unido. Foto National Geographic

Las piedras preciosas se engastaban en joyas como anillos, brazaletes, collares o broches que se convertían en las más apreciadas posesiones de sus dueños. En los anillos masculinos las gemas podían servir como sellos para firmar documentos o proteger objetos como cajas de caudales.

“Para sellar los certificados, los escritos de petición y su propia correspondencia, utilizó primero la figura de una esfinge, luego la efigie (de Alejandro Magno y, por último, la suya propia, grabada por Dioscúrides, con la que continuaron también firmando los emperadores siguientes.” (Suetonio, Augusto, 50)

Anillos con efigies: izda esfinge, centro Alejandro Magno, drcha Augusto

Los principales artistas que trabajaban las piedras preciosas eran de origen griego y algunos firmaron sus propias obras. Muchos de ellos eran esclavos o ciudadanos que estaban al servicio de un patrón que encargaba la elaboración de una pieza según sus propios gustos, por lo que los cortadores de gemas se adaptaban a los deseos y necesidades de los ricos clientes a los que servían. El tallador de gemas griego Solón (70-20 a.C.) trabajó en círculos imperiales romanos, modelando retratos idealizados del emperador Augusto y su hermana, junto a imágenes de figuras mitológicas. Dioscúrides (65-30 a.C.) fue un maestro tallador de Aigeai en Asia Menor y es uno de los pocos tallistas mencionados en la literatura.

“Próximos a él en fama fueron Apolónides, Cronius y el hombre que talló la excelente imagen del divino Augusto que sus sucesores han usado como sello, es decir Dioscúrides.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 8)

Gemas talladas por Dioscúrides

Surgió en Roma también el interés por coleccionar libros o bibliofilia. Se produjo un aumento de nuevos propietarios de bibliotecas y buscadores de volúmenes nuevos, especialmente entre las clases no tan acomodadas. Se acusaba a los nuevos ricos de acumular, simulando cierta intelectualidad, libros de los que se desconocía la temática y contenido, en un intento de contrarrestar la idea de falta de cultura que acompañaba tradicionalmente a las clases adineradas. Algunos autores se lamentaban de que el libro se hubiera convertido en un preciado bien susceptible de ser vendido en subastas, lo que podía privar a los pobres de dinero y ricos en inquietudes culturales del acceso a los libros.

“Y, desde luego, lo que estás haciendo ahora es lo contrario de lo que tú deseas hacer. Crees que vas a parecer ser alguien en el mundo de la cultura, porque te afanas en comprarte los mejores libros. Los tiros, sin embargo, van por otro lado, y eso, en cierto modo, es una prueba de tu incultura. Y, sobre todo, no compras los mejores, sino que te fías del primero que te los pondera y eres toda una presa fácil de quienes andan soltando mentiras en asuntos de libros, y un tesoro bien a punto para sus vendedores.” (Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros, 31)

Biblioteca de la Antigüedad

Las obras de arte importadas de Egipto hallaban una nueva ubicación en los hogares romanos, y los artistas y arquitectos que trabajaban para una gran variedad de patrones producían arte y edificios en Roma que se parecían o recordaban la cultura visual de esta tierra. Sin embargo, las obras artísticas conservarían los rasgos típicos del conservador arte egipcio, sin adquirir las características propias del arte romano.

Los viajes a Egipto propiciaron el conocimiento de su religión, paisajes, arquitectura, obras de arte lo que animó a muchos romanos a adornar las estancias y jardines de sus casas con elementos decorativos o pinturas que recordaban figuras míticas o animales que vivían en el Nilo como las esfinges o los cocodrilos o elementos de culto a los dioses de procedencia egipcia.

“Después de esto se dirigió a Alejandría tras haber distribuido entre los soldados un sueldo muy sustancioso. El propio Severo indicó siempre posteriormente que este viaje le había resultado agradable por las ceremonias del culto del dios Serapis, por el conocimiento que había adquirido de los monumentos de la antigüedad y por la novedad de los animales y de los paisajes que había visto; porque visitó con mucha atención la ciudad de Menfis, la estatua de Memnón, las pirámides y el laberinto.” (Historia Augusta, Severo, 16-17)

Esfinge de la csa de Octavio Quartio, Pompeya

La posesión y exhibición de colecciones artísticas proporcionaría, sin duda, grandes alegrías a los dichosos propietarios que habían invertido grandes sumas en su adquisición, pero, al mismo tiempo, supondría un motivo de preocupación por el temor de que sus queridas propiedades pudieran ser robadas o dañadas en incendios o catástrofes naturales, por lo que se echaría mano de los esclavos de confianza para su cuidado y vigilancia. En el caso de las colecciones de perlas, por ejemplo, estas se ponían bajo la atención de unos esclavos a los que se designaba con el cargo de “ad margarita” que eran responsable de su protección.

“Lo que se consigue a costa de tan grandes males se conserva con cuitas y temores mayores.
¡Qué desgraciada es la custodia de un gran capital! Lícino, el multimillonario, ordena a su cuadrilla de esclavos vigilar toda la noche con una batería de cubos contra el fuego, obnubilado con la protección del ámbar, las estatuas y las columnas frigias, el marfil y la enorme concha de carey.”
(Juvenal, Sátiras, XIV, 303)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Las críticas a coleccionar pinturas, esculturas y otros objetos de lujo se dieron entre algunos autores cristianos que acusaban a algunos de sentir adoración por el realismo de sus colecciones, como si fueran un verdadero dios.

“La actividad de los artistas no descansa, pero no es capaz de engañar al hombre «lógico» ni a los que han vivido según el Logos: pues los pichones volaron hasta los cuadros por la semejanza que había con la paloma pintada y los caballos relincharon a los caballos artísticamente pintados.
Dicen que una mujer se enamoró de un cuadro y un hermoso joven de la estatua de Cnido, pero los ojos de los espectadores fueron engañados por el arte.
Pues ningún hombre sensato se unió a una diosa, ni se enterró con una muerta, ni se enamoró de un demonio o de una piedra. En cambio, a vosotros os engaña el arte con otro encantamiento, conduciéndoos, aunque no sea a enamoraros, sí a honrar y a adorar las estatuas y pinturas.”
(Clemente de Alejandría, Protréptico, IV, 57, 5)

Estudio de pintor, Pintura de Alma-Tadema

A finales del Imperio la influencia de la religión cristiana hizo que las tendencias del coleccionismo se inclinaran por atesorar piezas relativas al culto como forma de acercamiento a Dios y a la jerarquía eclesiástica, tan unida al poder político. Desde los inicios del cristianismo se dio a las imágenes y los iconos un sentido didáctico, con el objetivo de hacer entender a los fieles el significado de la doctrina cristiana. Todos los elementos litúrgicos, presentes durante la celebración de los ritos, tenían un alto valor simbólico para entender el culto eucarístico; y eran verdaderos tesoros de la Iglesia.

“Seguro que algunos habréis estado en esta ciudad el día que tuvo lugar lo del ladrón que, con su corazón acosado por ilícitos aguijones, puso sus avarientas manos sobre los dones sagrados y, desvergonzado y loco, de entre todas las insignias de la venerable iglesia, eligió para su rapiña una sola representación de la cruz, sin saber que iba a servir para su acusación, en vez de para su ganancia, aquella cruz que él tragó como un pez voraz traga el anzuelo para ser apresado por el cebo apresado… Había en aquel lugar, como sabéis, otros muchos adornos que arrebatar y así perdonar el oro de la cruz; de hecho, estaban guardados allí dentro los vasos del culto, esos que se emplean para acoger los sacramentos. Además, en el espacio de la propia iglesia se habían colocado, como era costumbre, las insignes ofrendas de variadas formas que contempláis allí todos los días, dispuestas al alcance de la mano o bien suspendidas simétricamente en círculo por todas las columnas como si fueran candelabros 
que llevan cirios de colores en su elevada cúspide para que sus papiros interiores devuelvan perfumadas luces… Así pues, aunque el ladrón vio que esto estaba claramente a su disposición y sin ningún riesgo para robarlo, como era menos delito y de menos valor robar una lámpara que colgaba bastante lejos de la zona del altar y era además de liviano peso por ser de plata, por eso precisamente el ladrón desgraciado, ambicioso y arrogante en el mismo robo, la hizo muy de menos, como si fuera un sacrilegio insignificante robar algo de plata y echó su osada mano sobre el oro que había visto lucir en el arte de su talla, adornado de infinitas piedras que le habían encendido el corazón de un ansia enorme por gozar por igual de aquel caudal de oro y de pedrería.”
(Paulino de Nola, Poemas, 19, 390)

Cruz de Justino II, Basílica de San Pedro, Vaticano

Se inició un nuevo tipo de colección, la posesión de reliquias relacionadas con la muerte de Cristo o con la vida y muerte de los primeros santos de la Iglesia. Una vez que los ricos coleccionistas entraban en posesión de las reliquias, para las que había un importante mercado de compra-venta, ya fueran verdaderas o falsas, las guardaban en valiosos y elaborados relicarios, recipientes hechos a menudo con maderas exóticas, metales preciosos y adornados con gemas de variados colores o con decoración en relieve. Según creían muchos las reliquias podían traer fortuna o salud a los que entraban en contacto con ellas.

“Pero dado que hice mención de esta iglesia de Irene, no estará fuera de lugar que yo deje escrito, en este punto, lo que aconteció allí. Aquí estaban enterrados desde hacía tiempo restos de santos varones en un número no inferior a cuarenta. Se daba la circunstancia de que eran soldados romanos pertenecientes a la legión duodécima, que antaño había estado de guarnición en la ciudad de Melitene, en Armenia. Pues bien, cuando los operarios estaban excavando, donde hace poco mencioné, encontraron un cofre que indicaba, por medio de una inscripción, que contenía precisamente los restos de aquellos hombres. Y Dios lo sacó a la luz, siendo así que hasta entonces había permanecido oculto adrede, por asegurar a todos, por un lado, que había aceptado los regalos del emperador con mucha satisfacción y, por otro, por pretender compensar la buena acción de un humano con un agradecimiento mucho mayor. Porque daba la casualidad de que el emperador Justiniano sufría una grave dolencia física, ya que una fuerte afección de reuma, que le había afectado a la rodilla, motivaba que se resintiera de dolores… En efecto, los sacerdotes colocaron el relicario sobre la rodilla del emperador e inmediatamente el dolor desapareció, obligado por los cuerpos de los hombres que habían servido a Dios. Y Éste no admitiendo que aquello fuera un hecho sujeto a disputa, dejaba como muestra una gran prueba de lo realizado. Pues el aceite que repentinamente manaba de aquellos restos sagrados, rebosó el cofre y se derramó sobre los pies y por todo el vestido del emperador, que era de púrpura.” (Procopio, Los Edificios, VII)

Relicario de Brescia, Museo de Santa Giulia, Brescia, Italia


Bibliografía

 

Roman Collecting, Decorating, and Eclectic Practice in the Textual Sources; Francesca C. Tronchin
Carpe Spolia: the Reuse of Public Sculpture in the Late Roman Collection; Christina Videbech
"Aes Corinthium": Fact, Fiction, and Fake; D. Emanuele
The Impact of Greek Art on Rome; Jerome J. Pollitt
Religious Conflict in Late Antique Alexandria: Christian Responses to “Pagan” Statues in the Fourth and Fifth Centuries CE, Troels Myrup Kristensen
Moulding and Casting Techniques in Classical Antiquity; F.T.J. Godin
Hellenism and the Roman Taste for Greek Art: Changing art concepts; F.T.J. Godin
Were the ancient Romans art forgers?; William Casement
"Ut Sculptura Poesis:" Statius, Martial, and the Hercules "Epitrapezios" of Novius Vindex; Charles McNelis
Architecture and Sculpture: The Activities of the Cossutii; Elizabeth Rawson
Aegyptiaca in Rome: Adventus and Romanitas; Penelope J.E. Davies
Cicero's Appreciation of Greek Art; Grant Showerman
Collecting and the Creation of History; Sarah Bassett
El coleccionismo desde la Prehistoria hasta el siglo XVI: Entre la motivación religiosa, el deleite artístico, los códigos de exhibición y el negocio; Daniel Casado Rigalt
Engraved Gems and Propaganda in the Roman Republic and under Augustus; Paweł Gołyźniak
Gems in Ancient Rome: Pliny's Vision; Jordi Pérez González