domingo, 12 de noviembre de 2023

Matrimonium, el matrimonio en la antigua Roma

 

Hércules y Ónfale, Museo Nacional de Nápoles. Foto Stephano Bolognini

En la sociedad romana, el matrimonio era la unión de dos personas de distinto sexo, con la intención de ser marido y mujer, de procrear y educar a sus  hijos y mantener una vida en común. Para que el matrimonio existiese debía darse la convivencia del marido y la mujer y la intención de establecer una relación duradera ente ambos (lo que se denominaba affectio maritalis).

“Matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, que forman una asociación durante toda su vida y se implican en el común disfrute de privilegios humanos y divinos.” (Digesto, XXIII, 2, 1)

 

Estela funeraria de un matrimonio. Museo de la Romanidad, Nimes, Francia

El derecho romano exigía varios requisitos para que el matrimonio fuera válido. Para que la unión tuviera el carácter de matrimonium legitimum, se requería que los cónyuges gozaran del ius connubii o aptitud legal para unirse en matrimonio. En los primeros tiempos sólo eran titulares de tal derecho los ciudadanos romanos, por lo cual quedaban excluidos de las nupcias los peregrinos, los latinos y los esclavos. Con la concesión de la ciudadanía a todos los súbditos del Imperio, por la célebre constitución de Caracalla del año 212, el connubium se extendió a los extranjeros y latinos.

Otro presupuesto fundamental del matrimonio era haber alcanzado la aptitud sexual para poder procrear, que el derecho romano estimaba que para la mujer era a los doce años y para el hombre a los catorce.

“Con aquella condescendencia de Licurgo para con las doncellas, guardaba conformidad lo relativo a los esponsales, casándolas ya crecidas y robustas, para que de una parte la unión hecha, cuando ya la naturaleza la echaba menos, fuese principio de cariño y amor, y no de odio y de miedo que contra la naturaleza las violentase; y de otra los cuerpos tuviesen bastante vigor para llevar el preñado y los dolores; como que el matrimonio no tenía otro objeto que la procreación de los hijos; pero los Romanos las casaban a los doce años, e, incluso, más jóvenes, porque así el cuerpo y las costumbres iban más sin vicio y sin siniestro alguno al poder del marido. Déjase conocer, que lo primero miraba más a lo físico por la procreación de los hijos, y lo segundo a las costumbres por haber de vivir juntos.” (Plutarco, Comparación de Licurgo y Numa Pompilio, 4)


Ilustración de Angelo Todaro

El consentimiento de los contrayentes era para la ley romana un elemento vital del matrimonio. También se necesitaba el consentimiento del paterfamilias cuando alguno de los futuros cónyuges fuera alieni iuris (cualquier persona sometida a la autoridad del pater familias), y con respecto al varón, de todos aquellos, padre o abuelos que, no teniendo la cualidad de pater en el momento de las nupcias, pudieran eventualmente ejercer potestad sobre él. En el caso de la mujer el consentimiento no era requerido a su padre, porque los hijos que nacieran de la unión matrimonial no iban a formar parte de su familia, sino de la del marido. El consentimiento, ya fuera expreso o tácito, podía ser negado por el pater, hasta que la lex Iulia autorizó la intervención del magistrado cuando la negativa no estuviera justificada. Para las mujeres sui iuris (no sometidas a la autoridad del pater familias), menores de veinticinco años, el derecho imperial autorizó el consentimiento de la madre a falta del paterno, y hasta llegó a admitir el de los parientes próximos en caso necesario.

“Por todo lo cual, ¿qué matrimonio, oh presentes, puede haber más concorde que el de un sacerdote con una sacerdotisa?

Todos acogieron con vítores su discurso y le desearon los mejores auspicios para su boda. Entonces volvió a tomar la palabra y dijo:

—Os agradezco vuestro favor; pero también sería conveniente preguntar a la muchacha su opinión en este asunto. Si hiciera uso del derecho que me da mi autoridad, sería del todo suficiente el quererlo yo; porque a quien le es posible obligar, preguntar le resulta superfluo. Ahora bien, en una boda es necesario el consentimiento de ambos. — Y dirigiéndose a ella, le preguntó expresamente— : ¿Cuál es, pues, tu opinión acerca de nuestra boda? —al tiempo que le pedía explicaciones sobre su identidad y su familia.”
(Heliodoro, Etiópicas, I, 21)


Vista de un sarcófago con una escena entre Aquiles y Polixena. Museo del Prado, Madrid

Para que las nupcias fueran legítimas había que evitar ciertas situaciones que provocaban obstáculos legales y que tenían origen ético, social, político o religioso.
Según el derecho romano no podían contraer matrimonio los castrados y los esterilizados, aunque sí podían los nacidos impotentes. Tampoco podían casarse los que estuvieran ya casados anteriormente.

“Helvio Cinna, tribuno de la plebe, confesó a muchas personas haber tenido escrita y preparada una ley, que Cesar le había mandado presentar en su ausencia, por la que se le permitía, a fin de procurarse descendencia, desposar a su libre elección a cuantas mujeres quisiera.” (Suetonio, Julio César, 52, 3)


Estela funeraria de Viria Phoebe y C. Virius Alcimus. Museo Británico, Londres

Entre otros impedimentos tenía especial importancia el parentesco. En el antiguo derecho la prohibición en línea recta -natural o adoptiva- se extendía hasta el infinito, en tanto que en la colateral llegaba hasta el sexto grado. Justiniano prohibió el matrimonio de padrino y ahijada, en razón del vínculo espiritual que existía.

“Las personas relacionadas como ascendientes y descendientes no pueden casarse legalmente entre sí. Por ejemplo, padre e hija, abuelo y nieta, madre e hijo, abuela y nieto, y así hasta el infinito, y tal unión es criminal e incestuosa. Y la ley es tan absoluta que las personas relacionadas como ascendentes y descendentes por adopción tienen prohibido el matrimonio entre ellos de tal forma que la disolución de la adopción no evita la prohibición y una hija o nieta adoptiva no puede ser tomada como esposa tras la emancipación.
Las relaciones colaterales también están sujetas a prohibiciones similares, aunque no tan severas. Está prohibido casarse entre hermanos, incluso si solo comparten un progenitor, pero, aunque una hermana adoptiva no puede convertirse en la esposa de un hombre mientras se mantenga su adopción, no habrá impedimento para casarse si la adopción de ella se disuelve con su emancipación, o si el hombre está emancipado. Por tanto, si un hombre desease adoptar a su yerno, primero debería emancipar a su hija, y si desease adoptar a su nuera debería primero emancipar a su hijo.”
(Justiniano, Instituciones, I, 10, 1-13)

Pintura de Alma-Tadema

La diferencia de clases sociales excluía también la posibilidad de matrimonio. Se sabe que por el derecho antiguo estaban prohibidas las nupcias entre patricios y plebeyos, prohibición que fue ratificada por las XII Tablas y que más adelante desapareció por la lex Canuleia del año 445 a. C. También estuvo vedado el matrimonio entre ingenuos y libertinos hasta la sanción de la lex Iulia et Papia Poppaea del tiempo de Augusto. Había impedimento para que las personas de dignidad senatorial y sus hijos contrajeran nupcias con quienes ejercían profesiones u oficios deshonrosos, como los actores, histriones, gladiadores, dueños de casas de prostitución, etcétera. El emperador Justino abolió esta disposición para posibilitar el matrimonio de su sobrino Justiniano con Teodora, mujer que había habitado el Embolum, famoso pórtico de la prostitución, donde ella después hizo levantar el templo de San Pantaleón. Justiniano dispuso con esta reforma que independientemente de la dignidad que ostentara el marido podía casarse con una mujer de cualquier clase o profesión.

“La constitución de Leo, de bendita memoria, estará vigente en todos los casos no mencionado aquí. Sin embargo, no queremos mantener la ley de Constantino, de bendita memoria, escrita para Gregorio, y de la interpretación hecha de ella por Marciano, de bendita memoria, por la que los matrimonios de mujeres, a las que la ley Constantiniana llama abyectas, con hombres honrados con las mayores dignidades, están prohibidos, sino que damos el derecho a aquellos de los más notables que lo deseen de contraer matrimonio con dichas mujeres con firma de documentos matrimoniales. Otros no honrados con alguno de estos méritos tendrá derecho a contraer matrimonio con la firma de documentos o simplemente por el afecto conyugal, siempre que las mujeres sean libres y también aquellos con los que ellas pudieran contraer matrimonio.” (Código de Justiniano, 117, 6)


Pintura de Louis Hector Leroux

Una vez realizado el matrimonio la mujer debía habitar la casa del marido, que constituía su domicilio legal. Los cónyuges se prometían fidelidad, aunque la infidelidad de la esposa se trataba con más severidad, pues la mujer adúltera cometía un delito público que se castigaba con dureza; en cambio, el adulterio del marido, siempre que no tuviera lugar en la ciudad del domicilio conyugal, no era causa de divorcio.
La esposa, además, estaba obligada a seguir al esposo siempre, a menos que él se hubiese convertido en reo de algún delito. La esposa adquiría el nombre y la dignidad de su cónyuge, los que conservaba, aunque quedara viuda, mientras no se casase de nuevo.


Estela funeraria de L. Antistius Sarculo y Antistia Plutia. Museo Británico, Londres

 El marido tenía que ofrecer protección a su mujer y representarla ante la justicia. Un cónyuge no podía ejercer acción alguna que trajera aparejada una pena infamante contra otro. En materia civil, la condena que obtuviera uno de los esposos en un juicio entre ambos, estaba limitada por un beneficio que impedía que se privara al vencido de lo necesario para subsistir de acuerdo con su condición social. Los cónyuges debían proporcionarse alimentos el uno al otro, por lo cual, en caso de necesidad, estaban obligados a suministrarse comida, vestido, habitación, etcétera. La cantidad se determinaba según las posibilidades económicas del que los debía prestar y de las necesidades del esposo que iba a recibirlos.

“A Protarchus de Thermion, hija de Apion, con su tutor Apollonius, hijo de Chaereas, y de Apollonius, hijo de Ptolemaus. Thermion y Apollonius, hijo de Ptolemaus afirman que han decidido compartir una vida en común, y el dicho Apollonius, hijo de Ptolemaus reconoce que ha recibido de Thermion en mano una dote de un par de pendientes de oro que pesan 3 cuartos y (…) dracmas de plata; y desde ahora Apollonius, hijo de Ptolemaus proporcionará a Thermion, como esposa suya, todo lo necesario y ropa en proporción a sus medios y no la maltratará o la echará, ni la insultará ni traerá otra esposa, o de lo contrario devolverá la dote incrementada en la mitad, y Thermion cumplirá sus deberes con su esposo y su vida en común y no se ausentará de la casa por una noche o un día sin el consentimiento de Apollonius, hijo de Ptolomeus, ni le deshonrará, ni dañará su casa común, ni se juntará con otro hombre, pues si es hallada culpable de alguna de estas acciones tras un juicio, se le despojará de la dote, y además a la parte transgresora se le impondrá la sanción correspondiente.” (Contrato matrimonial, BGU 1052 13 a.C.)

Museo Nacional Romano, Termas de Diocleciano

Desde el antiguo derecho de Roma las mujeres casadas solían entrar a formar parte de la familia del marido, colocándose bajo su potestad y dejando de estar bajo la autoridad del pater familias de su propia familia. Esto se producía mediante la fórmula del matrimonio cum manu.

Para que el marido adquiriera tal potestad se requería un acto legal que podía desarrollarse de tres formas:

“Antiguamente hubo tres formas de matrimonio cum manu.” (Gayo, Instituciones, I, 110)

La confarreatio era una solemne ceremonia religiosa en la que los desposados hacían unos votos ante diez ciudadanos romanos que actuaban como testigos y ante el gran pontífice y el flamen dialis (sacerdote de Júpiter). Los novios ofrecían un sacrificio y compartían un pan de trigo (panis farreus). La mujer desde entonces era admitida en la comunidad familiar del pater de su esposo, bajo la potestad del cual quedaba.


Ilustración de Angelo Todaro

Este rito era propio de los ciudadanos de la clase aristocrática de la sociedad romana y a partir de la promulgación de la ley Canuleya del año 445 a.C., que autorizaba matrimonios entre patricios y plebeyos, la confarreatio fue casi excepcional, y se reservó para los miembros de la clase senatorial.

Se exigía todavía a fines de la República para que los hijos del matrimonio pudieran ser sacerdotes mayores, hasta que el emperador Tiberio abolió los efectos civiles de la confarreatio.

“La confarreatio, otro modo en que se origina la manus, es un sacrificio ofrecido a Júpiter Farreus, en el que se usa una torta de trigo, de la cual se deriva el nombre de la ceremonia, y se hacen otros actos solemnizados con fórmulas orales, en presencia de diez testigos y esta ley está todavía en uso, porque las funciones de los sacerdotes mayores, es decir, los flamines de Júpiter, de Marte, de Quirinus, y los deberes del rey ritual, solo pueden ser realizados por personas nacidas de matrimonios con el rito de confarreatio. Tampoco puede ninguna persona ostentar un cargo sacerdotal si no está casada por confarreatio.” (Gayo, Instituciones, I, 112)


Ilustración de North Wind Picture Archives

La coemptio era una forma de adquirir la conventio in manum que recuerda a las más antiguas costumbres de la humanidad cuando el matrimonio se realizaba mediante una compra. En Roma consistía en una venta ficticia de la mujer al esposo, o a quien ejercía la potestad sobre él. Esta venta la realizaba el padre, o quien tuviera potestad sobre ella, si era alieni iuris; o la mujer misma, si era sui iuris, con la autorización de su tutor, de modo que por tal venta la mujer pasaba a ser propiedad del marido o de aquel bajo cuya potestad este viviera.

“Con la coemptio el derecho de la manus sobre una mujer corresponde a una persona a quien es llevada mediante una venta imaginaria. Porque el esposo compra a la esposa que queda bajo su poder en presencia de al menos cinco testigos, ciudadanos romanos por encima de la edad de la pubertad, además de un encargado de la balanza.” (Gayo, Instituciones, I, 113)

Tal venta se realizaba en presencia de cinco testigos por lo menos, ciudadanos púberes, y de otro ciudadano de la misma condición, encargado de pesar el metal con que se pagaba la compra. La coemptio va también haciéndose infrecuente ya en la época de Cicerón como consecuencia de la aversión que sienten las mujeres hacia el matrimonio cum manu.


Belerofonte y princesa Filonoe. Ilustración de suburbanbeatnik, DeviantArt

Cuando el matrimonio se celebraba sin las formalidades de la confarreatio o de la coemptio, el marido podía adquirir la manu por el usus, es decir, con la convivencia ininterrumpida de la pareja durante un año entero, con el consentimiento del padre o tutor de la mujer. Al cabo de ese tiempo el hombre adquiría el derecho de propiedad sobre la mujer, como si ésta fuera un objeto. La mujer, según la ley de las III Tablas, podía interrumpir esta propiedad ausentándose del hogar común todos los años, durante tres días con sus noches (trinoctium). Este modo arcaico de adquirir la potestad marital no sobrevivió al fin de la época republicana y fue el emperador Augusto quien lo abolió totalmente.

“El marido podía adquirir la manu por el usus tras un año entero de cohabitación ininterrumpida. Tal posesión anual implicaba un tipo de usucapión (derecho de adquisición por posesión temporal), e introducía a la mujer en la familia del marido, en la cual se le daba el estatus de una hija. Asimismo, la ley de las XII tablas decretaba que una esposa que deseaba evitar estar sujeta a la manus del esposo debería ausentarse tres noches al año de su casa para evitar la usucapión anual: pero el total de esta ley ha sido parcialmente abolida por estatuto, o parcialmente eliminada por falta de uso.” (Gayo, Instituciones, I, 111)


Pintura de Pompeya. Museo Británico, Londres

Los romanos conocieron junto al matrimonio cum manu, las iustae nuptiae sine manu, que fueron un medio para que el pater familias se procurase los hijos que deseara sin agregar a su familia la mujer que se prestaba a dárselos. Tras la decadencia de la manu maritalis, se hace frecuente la práctica del matrimonio sine manu, en el que, al no tener el marido poder alguno sobre la mujer, ésta quedaba en la misma situación familiar y patrimonial que tenía antes de las nupcias. En consecuencia, si era alieni iuris al tiempo de contraer matrimonio, continuaba sometida a la potestad de su padre, en tanto que, si tenía calidad de sui iuris, debía nombrársele un tutor. Su marido no era su tutor legítimo, y tampoco podía nombrar al tutor de la propia mujer.

La mujer casada podía tener patrimonio propio en función del tipo de matrimonio escogido. Si una mujer alieni iuris contraía matrimonio cum manu, ella no poseía ningún patrimonio, pero si lo contraía sine manu, el patrimonio adquirido tras el matrimonio revertía al de su padre por no haberse alterado la relación jurídica. Pero si la mujer era sui iuris, en un matrimonio cum manu sus bienes eran absorbidos, al pasar todo lo que tenía con anterioridad al matrimonio y lo que adquiriese en un futuro al marido o al padre de este. Por lo tanto, en este caso no tendría un patrimonio propio, sino que se produciría la constitución de una comunidad de bienes con su marido. Si el matrimonio era sine manu, la mujer conservaba todos sus bienes anteriores y posteriores al matrimonio, sin que el marido tuviese poder sobre su patrimonio.

“Pero, por otra parte, existe la grave injusticia cometida contra Andrón Sextilio y que es intolerable. Habiendo muerto su mujer Valeria sin testamento, Flaco se ocupó de todo, como si la herencia le perteneciera a él en persona. Me gustaría saber qué mal hay en eso. ¿Es que pretendía algo sin razón? ¿Cómo lo pruebas? «Era mujer», dice, «de condición libre». iVaya hombre entendido en derecho! ¿Qué? ¿No se pueden recibir legalmente herencias de mujeres de condición libre? (Había pasado a depender legalmente de su marido», responde él. Ahora comprendo; pero pregunto: ¿fue por cohabitación o por contrato? Por cohabitación no puede ser, porque nada se puede sustraer de la tutela legal sin el consentimiento de todos los tutores. ¿Por contrato? Luego con la aprobación de todos los tutores; entre los cuales, ciertamente, no dirás que se hallaba Flaco.” (Cicerón, En defensa de L. Flaco, 84)


Estela funeraria,Ostia, Italia

La regla básica del matrimonio romano consistía en que el marido (o, eventualmente su paterfamilias) tenía la obligación de encargarse en solitario de los gastos derivados del mantenimiento de la casa y los miembros de su familia directa con todo su patrimonio con independencia de que la esposa hubiera entrado en el seno de su familia mediante conventio in manum o no. No obstante, con la finalidad de que el cumplimiento de tal deber no resultase tan costoso, la costumbre imponía que la mujer (o una tercera persona en su nombre, que solía ser el paterfamilias) realizase aportaciones patrimoniales al marido (o a su paterfamilias) para fortalecer y mejorar la situación económica de la comunidad conyugal, así como colaborar a su sostenimiento.

“Aunque tú seas un hombre muy moderado en tus dispendios, y hayas educado a tu hija como convenía a una hija tuya, nieta de Tutilio, dado que se va a casar con una persona muy distinguida, Nonio Celere, a quien el desempeño de sus deberes públicos le impone una cierta necesidad de brillo personal, ella debe ser dotada de la ropa y la servidumbre adecuadas a la posición social de su esposo, cosas que, aunque ciertamente no aumenten la dignidad, sin embargo, la adornan y la completan. Se que eres una persona muy rica en bienes del espíritu, pero de recursos económicos limitados. Por ello, reclamo para mí una parte de tu carga, y como un segundo padre de nuestra muchacha le asigno una cantidad de cincuenta mil sestercios; y le asignaría una cantidad mayor, si no estuviese seguro de que solo con la modestia de mi pequeño regalo se puede conseguir de tu dignidad que no lo rechaces. Adiós.”
(Plinio, Epístolas, VI, 32)

Pintura de Alma-Tadema

La costumbre de la dote es probable que naciese con la formalización del matrimonio cum manu, para compensar a la mujer por la pérdida de derechos sucesorios que sufría (como consecuencia de la conventio in manum) al romper el vínculo agnaticio (relación familiar por línea paterna) con su familia de origen. Más tarde, al generalizarse el matrimonio sine manu (o matrimonio libre), la dote se extiende a este, teniendo como objetivo ayudar a sostener las cargas matrimoniales, o en contribuir a los gastos del hogar doméstico.

En las épocas antigua y clásica no había una obligación jurídica de constituir la dote, ya que el hecho de dotar era considerado como un deber moral y social, sobre todo para el padre de la mujer, hasta el punto de que no se concebía un matrimonio sin dote. De hecho, durante todo el periodo clásico no hubo obligación legal por parte de la mujer de constituir la dote, ni para el padre de la mujer, ni para la mujer misma si era sui iuris, ni para sus parientes más cercanos, pero, sin embargo, todos ellos estaban obligados por un compromiso moral y social.


Pintura de Giovanni Muzzioli

Es con una constitución de Caracalla y Septimio Severo cuando la dote pasa a ser una obligación jurídica para el padre de la mujer (ya que hasta entonces simplemente había sido una obligación moral), consistente en realizar una aportación patrimonial. Esta obligación jurídica acabó alcanzando a otras personas, como a la propia mujer, la madre o el hermano consanguíneo.

“A la buena Fortuna. Aurelia Thaesis, hija de Eudaemon y de Herais, de Oxirrinco, junto a Aurelius Theon también llamado Nepotianusy tal como se ha estipulado, ha dado su hija Aurelia Tausiris en matrimonio a Aurelius Arsinous, hijo de Tryphon y Demetria, de dicha ciudad, a quien se le entrega como dote de la novia, en oro común según la norma de Oxirrinco un collar del tipo maniaces con una piedra, que pesa sin la piedra trece cuartos, un broche con cinco piedras engastadas en oro, que pesa sin las piedras cuatro cuartos, un par de pendientes con diez perlas, que pesan sin las perlas tres cuartos, un anillo pequeño de medio cuarto, y de ropa, una capa dalmática plateada con un valor de 260 dracmas, una túnica blanca con rayas y borlas, con un valor de 160 dracmas, otra capa dalmática, blanca con borde púrpura, con un valor de 100 dracmas,…el novio Aurelius Arsinous reconoció que había recibido de Aurelia Thaesis, todo lo anteriormente mencionado en su justo peso y valor. Por tanto, que los esposos vivan juntos sin culpa, cumpliendo los deberes del matrimonio, y que el esposo provea a la esposa con todo lo necesario según sus posibilidades. Año 7 de los Emperadores Valeriano y Galieno.” (Papiro Oxirrinco 1273)

Detalle de mosaico de la villa de Noheda, Cuenca, España

En la época arcaica y en el periodo preclásico, la propiedad de la dote correspondía al marido, tanto en el matrimonio cum manu como en el sine manu, por su carácter funcional de ayudar a sostener las cargas del matrimonio. En el caso de que la mujer fuera sui iuris y el matrimonio cum manu, sus bienes pasaban de forma automática al patrimonio del marido, puesto que la mujer carecía de capacidad patrimonial. Si la mujer era alieni iuris, o el matrimonio era sine manu, era necesario un acto de entrega al marido de los bienes destinados a contribuir las cargas del matrimonio.

A finales de la época republicana la dote se considera un conjunto de bienes propio de la mujer, a la cual se tendrá que restituir en el caso de que se disuelva el matrimonio. Con la legislación de Justiniano se establecen claramente los derechos de la mujer y de su familia sobre la dote, tanto durante el matrimonio como en el caso de que se tenga que devolver por disolución del vínculo conyugal.

“Pero si, Dios no lo quiera, debido a desavenencias tiene lugar la separación del matrimonio, el esposo restituirá al que entregó a la novia, si todavía vive, o, si no, a la esposa, la mencionada dote íntegra en 60 días desde la fecha de la demanda, los objetos de oro de acuerdo a sus pesos, de la ropa se podrá elegir entre aceptar recuperarlas con la valoración que se haga entonces y recibir lo que reste en plata o aceptar la cantidad de la mencionada valoración, y el desgaste de estos objetos será adeudado al esposo. Si en el momento de la separación la esposa está embarazada, el esposo pagará por los gastos del parto 40 dracmas. Al exigir la devolución de la mencionada dote los representantes de la esposa tendrán el derecho de ejecución sobre el esposo y sobre su propiedad…” (Papiro Oxirrinco, 1273)


Pintura de Alma-Tadema

Con la llegada del cristianismo la Iglesia propuso un matrimonio que se fundaba en la igualdad de los cónyuges, de los que se requería a ambos su consentimiento, excluyendo el de los familiares, a la vez que fomentaba la familia matrimonial en vez de la patriarcal, basada en los antiguos lazos de parentesco. Otro pilar fundamental del matrimonio cristiano era su indisolubilidad; el vínculo matrimonial solo finalizaba con la muerte y el divorcio solo se daba en determinadas circunstancias.

Un nuevo matrimonio formaba parte de la comunidad cristiana a la que los cónyuges pertenecían y su unión respondía al cumplimiento de la voluntad de Dios. Por tanto, la validez de un matrimonio residía en la celebración de un acto jurídico, que solía ser la inscripción en unas tablas nupciales, y un acto religioso en la que un sacerdote bendecía la unión.

¿Por consiguiente debemos encontrar las palabras para expresar la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia cimenta, y la ofrenda confirma, y la bendición firma y sella; de la que los ángeles llevan noticias al cielo, que el Padre da por ratificada? (Tertuliano, A su esposa, II, 8)


Estela funeraria de Nammonius Mussa y Kalandina, Graz, Austria

Sin embargo, aunque la Iglesia predicaba la igualdad de sexos ante el matrimonio, la realidad era que la sociedad y la cúpula eclesial consideraban a la mujer inferior al hombre y demandaban el sometimiento de la esposa a su marido.

“Debéis compartir todo, alegrías y penas por igual. El santo sacramento del matrimonio ha hecho que todo os pertenezca a partes iguales. Esto es especialmente importante en cuanto a los deberes y obligaciones en el hogar; solo así se construirá vuestro matrimonio sobre una sólida base. Dejad ambos que se sepan vuestros puntos de vista y opiniones, pero, al final, que tu marido tenga la última palabra.” (San Gregorio Nacianceno, Carta a su hija espiritual Olympiatha con ocasión de su matrimonio con Nevrithios, 384 d. C.)


Relieve con una escena de la boda entre Tetis y Peleo, Museo del Louvre

El matrimonio en Roma solía ir precedido de una promesa formal de celebrarlo, realizada por los futuros cónyuges o sus respectivos paterfamilias, que se llamaba esponsales (sponsalia), nombre que deriva de sponsio, contrato verbal y solemne que se usaba para completar la promesa. En un fragmento del Digesto se define a los esponsales como: "mención y promesa mutua de futuras nupcias" (Digesto, XXIII, 1, 1).

“iOh, que trágico y prematuro funeral! iOh, ese instante de la muerte más cruel que la propia muerte! Ya había sido prometida a un distinguido joven de buena familia, ya había sido señalado el día de los esponsales, y nosotros ya habíamos recibido las invitaciones para el acto.” (Plinio, Epístolas, V, 16)


Pintura de Alma-Tadema

En las primeras épocas el incumplimiento de los esponsales daba lugar a una acción de daños y perjuicios que se traducía en el pago de una suma de dinero, aunque su aceptación no duró mucho tiempo, ya que el incumplimiento de los esponsales era incompatible con la idea romana del matrimonio y cualquier convención en la que se prometiera una suma de dinero como pena resultaría ineficaz.

“En su libro titulado Las dotes, Servio Sulpicio escribió que en la región de Italia denominada Lacio los esponsales solían hacerse con arreglo a la siguiente costumbre y norma jurídica: “Quien iba a tomar esposa recibía, por parte de la familia de la que debía llevársela, garantías de que le sería entregada en matrimonio. A su vez, quien iba a llevársela formulaba también su compromiso [spondebat]. Este contrato de garantías [stipulatio] y promesas [spomio] se llamaba sponsalia [esponsales]. Entonces, la prometida se llamaba sponsa [esposa], y quien había prometido llevársela, sponsus [esposo]. Ahora bien, si después de tales garantías la sponsa no era entregada o el sponsus no quería casarse con ella, el firmante del contrato emprendía una acción legal en virtud de la promesa hecha [ex sponsu]. Los jueces intervenían. El juez preguntaba por qué motivo no había sido entregada o aceptada la sponsa. Si no apreciaba una causa justificada, calculaba una suma de dinero como fianza y, según los intereses afectados de quien debía entregar o recibir a aquella mujer, condenaba a pagar a quien había formulado la promesa de sponsio [spoponderat] o a quien había dado las garantías [,stipulatus erat]". Según Servio, esta ley de los esponsales fue observada hasta que fue concedida la ciudadanía a todo el Lacio en virtud de la ley Julia Esto mismo es lo que escribió Neracio en su libro Las nupcias.” (Aulo Gellio, Noches Áticas, IV, 4)

Pintura de Alma-Tadema

En el derecho clásico los esponsales tuvieron un carácter más ético-social que legal, especialmente por la imposibilidad de exigir su cumplimiento, aunque la promesa tenía efectos jurídicos, relacionados con la capacidad de los interesados para contraer esponsales y en el reconocimiento de relaciones personales entre las partes contrayentes.

En cuanto a la capacidad de los prometidos, se aplicaban los mismos requisitos e impedimentos que para el matrimonio, sin embargo, se permitió la celebración de esponsales antes de alcanzar la pubertad, aunque era necesario haber cumplido siete años. Se autorizó también que las viudas prometiesen nupcias antes de que hubiera transcurrido el año de luto.

“Para Aurelia María, una virgen, la más inocente y pura, que murió en paz con los justos y los elegidos, que vivió 16 años, 5 meses y 19 días; que había estado prometida con Aurelius Damatius por 25 días, Aurelius Ienisireus, un veterano y Sextilia , sus muy desgraciados padres hicieron esto para la hija más dulce y amada y en contra de sus oraciones sufrirán la pena más grande mientras vivan; santos mártires, cuidad de María.” (CIL 05, 01636)

En la tumba de Crepereia Tryphaena descubierta en Roma se encontró el cuerpo de una adolescente con su ajuar funerario que incluía un anillo de oro con una piedra en la que se puede leer el nombre de Filetus, muy probablemente su prometido, lo que indica que se habrían celebrado sus esponsales y el hallazgo de otro anillo con iconografía relativa al matrimonio y la aparición de una corona de mirto sobre su cabeza hace suponer que su casamiento estaría cercano.

Anillos de Creperia Tryphaena, Centrale Montemartini, Roma

En lo que respecta a las relaciones personales que los esponsales creaban entre los prometidos, el derecho romano otorgó consecuencias jurídicas que, en alguna medida, eran semejantes a las que se derivaban del matrimonio. De esta forma, los esponsales crearon un vínculo entre los parientes de los prometidos que constituyó un impedimento matrimonial; se prohibió realizar otra promesa de matrimonio, antes de disolver la anterior, bajo pena de infamia; se autorizó al prometido a perseguir por injurias a quien ofendiera a su futura esposa y se consideró adúltera a la prometida que no mantenía sus deberes de fidelidad.

En la época cristiana se impuso la costumbre de garantizar el cumplimiento de los esponsales, ya que el relajamiento de las costumbres hacía que los casos de ruptura injustificada de la promesa de matrimonio fueran muy frecuentes. A partir de entonces el ofrecimiento matrimonial se acompañaba con arras, que eran perdidas por la parte que las había entregado y no cumplía los esponsales, en tanto que la parte que las había recibido e incumplía el compromiso tenía que devolver, al principio el cuádruple y en el derecho de Justiniano la cantidad percibida, más otro tanto.

“Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron éstas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales.” (Historia Augusta, Los dos Maximinos, 27, 6)


Detalle del mosaico de Cresis, Antioquía. Museo de Hatay,
Antakya, Turquía

Si las nupcias no se contraían las arras podían ser recuperadas, salvo que el prometido que había hecho los presentes hubiera roto el compromiso por su culpa. Cuando el matrimonio no se celebraba por muerte de uno de los contrayentes, debía restituirse la donación por entero al sobreviviente o sus herederos, a menos que hubiese mediado el beso esponsalicio (beso que el esposo da a la esposa en la confirmación de los esponsales que han contraído), en cuyo caso se recobraba la mitad.

En los tiempos más antiguos era costumbre por parte del novio prometido entregar al padre de la novia una joya, que podía ser un anillo, como promesa del futuro matrimonio. Ya en la república, se hizo costumbre entregarlo a la novia. El nombre dado a dicho anillo era annulus pronobus, el cual solía ser de hierro, que simbolizaba fuerza y duración. La aceptación de este anillo suponía el sometimiento de la futura esposa al esposo.

“Aquellos además que habían recibido anillos de oro porque iban en una embajada solo los llevaban en público, pero en sus casas los llevaban de hierro; esta es la razón por la que incluso ahora un anillo de hierro sin ninguna piedra se envía como regalo cuando se compromete.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 4)

Es posible que ese anillo de hierro del que hablaba Plinio evolucionara con el
tiempo y fuera cada vez más elaborado, incluyendo metales como oro y plata, gemas y grabados.





Con el tiempo, las familias más pudientes entregaban anillos de oro como símbolo de su riqueza y estatus, aunque parece ser que solo se lucía en ocasiones especiales, cuando era preciso mostrarlo como símbolo de ostentación.

“Entre las mujeres incluso ha desaparecido aquella costumbre de nuestros antepasados que protegía la modestia y la sobriedad; cuando ninguna conocía el oro excepto en uno sólo de sus dedos, el que su esposo había ligado con el anillo nupcial.” (Tertuliano, Apologética, 6, 4)

En la propia ceremonia matrimonial era también posible hacer entrega de un anillo nupcial que podía llevar diversos símbolos relativos al matrimonio, como los rostros de los esposos, o bien unas manos derechas entrelazadas, e, incluso, mensajes deseando felicidad o salud o con los nombres de los contrayentes escritos.


Anillo de oro, siglo V,  Museo Británico, Londres

La representación de las manos derechas entrelazadas era considerada desde muy antiguo un símbolo de pacto y fidelidad y desde época de los Antoninos se tuvo como símbolo de la armonía conyugal.

“Querido Pánfilo, bien ves su hermosura y sus pocos años; y no ignoras que al presente ambas cualidades le resultan nocivas para custodiar su castidad y su fortuna. Debido a eso, yo, por esa tu diestra y por tu Genio, por tu fidelidad y por la soledad en que se va a encontrar esta, te conjuro que no la apartes de ti ni la abandones. Si yo te he amado como a un verdadero hermano, si esta siempre te ha apreciado como al que más y siempre se ha mostrado complaciente contigo en todas las cosas, yo te doy a ella como esposo, amigo, tutor y padre. Te lego los bienes que poseemos y los confío a tu lealtad”. Pone en la mía la mano de la muchacha; y expira en el acto. He recibido, pues, a Glicera como una prenda; y como la he recibido, así la guardaré.” (Terencio, Andria, I, 5)


Anillo de oro, siglo III

En referencia a esta armonía surgieron en la parte oriental del imperio unos anillos que llevaban inscrita la palabra omonoia, concordia en griego, acompañada habitualmente de otros motivos iconográficos relativos al cristianismo que imperaba en todo el territorio. Todo ello hacía referencia al hecho de que el matrimonio se realizaba por voluntad de Dios y debía seguir las directrices dadas por Cristo.


Anillo de matrimonio, siglo V-VI, foto Phoenix Ancient Art


Bibliografía

El matrimonio como estrategia en la carrera política durante el último tramo de la república, Santiago Castán Pérez-Gómez
Naturaleza jurídica del matrimonio: matrimonium y contractum como sinónimos durante siglos, Elisa Muñoz Catalán
Aspectos relativos al matrimonio en derecho romano y en derecho civil, Pablo Morales Solá
La dote en Roma, Miriam Sánchez Serrador
Análisis de la evolución del matrimonio a través del tiempo, Luis Pablo Angulo Vivanco y Anny Karina Carvajal Vivanco
La dextrarum iunctio y su evolución a los anillos de fede. Algunos ejemplos en gemas del Museo Arqueológico Nacional (Madrid), Elena Almirall Arnal
«His and Hers»: what degree of financial responsibility did husband and wife have for the matrimonial home and their life in common, in a Roman marriage?, John A. Crook
Roman Dowry and the Devolution of Property in the Principate, Richard P. Saller
The marriage alliance in the roman elite, Suzanne Dixon
To Have and to Hold: Marrying and Its Documentation in Western Christendom, 400–1600, Edited by Philip L. Reynolds and John Witte, Jr.

 



viernes, 6 de octubre de 2023

Caliga, el calzado en la antigua Roma

Calzado romano, Museos Capitolinos, foto Samuel López

“Sus pies resuenan con el purpúreo y brillante coturno; ató sus regias piernas con cintas escarlatas —obra del cuero persa, teñido con la púrpura campana— con las que suele el emperador romano en su victoria pisar a los tiranos sometidos y doblegar el cuello de los bárbaros. Eran apreciadas por su color rosado de sangre, alabadas por su tono púrpura y fueron escogidas por su tacto suavísimo para los sagrados pies. Sólo a los emperadores, bajo cuyas plantas hay sangre de reyes, es apropiado utilizar esta indumentaria.” (Coripo, Panegírico de Justino II, II, 100)

El calzado es una de las prendas de vestir que más ha variado desde que existe el hombre.  A pesar de ser un elemento funcional para proteger al pie, los artesanos zapateros han evidenciado, a lo largo de la historia, su destreza en la confección de artículos, no exentos de lujo y ornamento según los cambios en la moda.

“Porque el uso de zapatos es en parte para cubrir los pies, en parte como protección en caso de tropiezos, y para aislar la planta del pie de la dureza del camino.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)


Los romanos a diferencia de los griegos no encontraban agradable ir descalzos, ni siquiera en casa, a pesar de que en la época más antigua lo hicieron y posteriormente era símbolo de sencillez. 

“Es, realmente, un excelente ejercicio marchar con los pies descalzos, tanto para la salud, como para alcanzar un buen temple de alma y cuerpo, a excepción de cuando alguna necesidad lo impida.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Pescador, Museo Británico, Londres

Los ciudadanos pobres, esclavos, y los campesinos sí que solían  ir descalzos.  No hay prueba de si envolvían sus pies en paja u otras fibras para protegerlos del frío o del terreno. 

“El vehículo en el que me he acomodado es rústico; andando las mulas dan prueba de que viven; el mulero va descalzo, pero no a causa del calor”. (Séneca Epístolas, 87)

Esclavo de las termas, pintura de Alma-tadema


Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase. La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad.

“Sin embargo utilizó como pretexto el cuidado de la provincia; abriendo los silos alivió los precios del grano, y siguió una conducta muy del agrado del pueblo: iba sin escolta militar, calzado solamente con sandalias, y con un atuendo similar al de los griegos, imitando a Escipión, de quien se cuenta que hacía lo mismo en Sicilia en plena guerra púnica.” 

Sandalia y crépida griegas. Museo Británico, Londres

Pero ya durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas. Algunos de los patricios más elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias.

 “Llevaba gemas incluso en los zapatos, y además decoradas con grabados de artistas famosos,  lo que provocaba la hilaridad general.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 23, 4)

Relicario en forma de pie con sandalia de Jacques le Majeur,
Musée des Arts anciens du Namurois, Bélgica

Algunos autores criticaron el uso del excesivo lujo en la decoración de los zapatos y defendieron su uso únicamente como protección  para el pie:

 “Pero si no se está de viaje, y no se puede aguantar ir descalzo, se puede usar zapatillas o sandalias; pies polvorientos las llamaron los áticos, por acercar los pies al polvo, creo yo.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Iglesia de los santos Lot y Procopio, Kirbat al Mukhayya,
Jordania

Los artistas solían representar las clases altas en la escultura, y muchas imágenes muestran los pies descalzos para indicar divinidad, santidad religiosa,  piedad o la categoría de héroe.  Ir descalzo también indicaba prisa, pena, distracción de mente, o cualquier emoción violenta. A los funerales se asistía a veces con los pies descalzos, como describe Suetonio en el funeral de Augusto:

“Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas.” (Suetonio, Augusto, 100). 

Los adeptos a Isis y Cibeles asistían a los cultos también descalzos. En caso de sequía se celebraba una procesión, llamada Nudipedalia, en la que los participantes iban descalzos para pedir a los dioses.

Navigium Isidis, Ostia

Varias leyes suntuarias normalizaron el uso de determinados zapatos para diferentes ocasiones, según el rango, profesión e incluso edad de las personas. Se decía que un extranjero versado en la tradición romana podía averiguar el status social, económico y profesional de los ciudadanos por el calzado que llevaban. Los senadores, caballeros, sacerdotes, actores en escena, soldados, ciudadanos y no ciudadanos todos llevaban trajes y calzado distintivos, apropiados a sus papeles en la vida.

“Cota se queja de haber perdido dos veces las sandalias, por llevar a un esclavito “de pies” descuidado, el único que en su pobreza le asiste y le hace de acompañamiento. Ha tenido una idea, hombre sagaz y astuto, para que sea imposible causarle más veces semejante perjuicio: ha empezado a ir descalzo a las cenas.” (Marcial, Epigramas, XII, 87)

Ilustración de Sedeslav

La población civil dependía del cuero para el calzado, y el comercio de pieles era parte importante del comercio en la antigüedad. Las pieles de cabras, ovejas, vacas y bueyes se raspaban y curtían impregnándolas con un líquido hecho de corteza de árbol, agallas, sales minerales o alguna forma de tanino. La mayoría de la gente llevaba zapatos de color natural, pero los que podían permitírselo llevaban calzado hecho de caras pieles teñidas de negro, rojo u otros colores. El negro se producía usando atramentum sutorium, un tinte compuesto de sulfato de cobre.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo.” (Marcial, Epigramas, II, 29)



El emperador Aureliano que se vanagloriaba de modales austeros “prohibió a todos los hombres el uso de los calcei rojos, amarillos y blancos o de un verde color de hiedra, pero los toleró para las mujeres” (Historia Augusta, Aureliano 49, 7) 

Otros colores – blanco, oro y púrpura – aparecen en el Edicto de Precios de Diocleciano, a principios del siglo IV d. C.

Llevar un buen calzado era al igual que lucir una toga impoluta un signo de distinción, pero dejarlo mal atado o flojo estaba mal visto.

"Es un hombre un tanto irritable, que no les cae bien a las agudas narices que tiene esta gente; podría mover a la risa porque se corta el pelo de modo un poco paleto, arrastra la toga, y su calzado (calceus) flojo se ajusta mal a su pie." (Horacio, Epístolas, I, 3, 30)


Exposición Lusitania, 2016, Madrid. Foto Samuel López

Un zapato roto o descosido indicaba pobreza o desaliño. Juvenal, por ejemplo, se refería en una sátira a cierto pobre hombre con su atuendo desgastado:

“¿Qué decir  cuando este mismo a todos da motivo y temas para chistes si su túnica está sucia y rota, si su toga está asquerosilla y uno de sus zapatos se entreabre con el cuero rajado o en recosida llaga más de una cicatriz deja ver el lino entero y nuevo?” (Sátira, 3)

Zapato de niño, Dura-Europos, Siria, Yale University Art Gallery

Y Marcial dedica un epigrama a un caballero que de una posición de riqueza había caído en la pobreza:

"Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces." (Epigramas, I, 103)

Los griegos y romanos que llevaban zapatos, incluyendo generalmente a todas las personas, excepto jóvenes, esclavos y ascéticos tenían inclinación por seguir la moda del calzado. 

"del mismo modo que, si me trajeses unos zapatos de Sición no los usaría, por más que fuesen cómodos y se adaptasen a mi pie, pues no los considero propios de un hombre", del mismo modo le manifestó que aquel discurso le parecía hábil y propio de un orador, mas ni vigoroso ni propio de un hombre.” (Cicerón, Del Orador, I, 54, 231)

Pintura de Alma-Tadema

Hay multitud de zapatos, cuyo nombre proviene de las personas o los lugares que los pusieron de moda: zapatos de Alcibíades, de Persia, de Laconia, de Creta, Milesio y Ateniense.

“Hay que mandar a paseo, pues, los vanos artificios cargados de oro y de piedras preciosas de las sandalias, así como los zapatos de Atenas o de Sición y los coturnos de Persia o de Tiro, y, proponiéndonos, como es costumbre nuestra, una justa meta, debemos elegir lo que es conforme a la naturaleza.” (Clemente, El Pedagogo, II)

Sandalias, Museo de Antigüedades, Munich. Foto Samuel López


Babilonica hypodemata eran sandalias elegantes procedentes de Babilonia de piel de excelente calidad. Se consideraban un lujo y la llevaban tanto los hombres como las mujeres. Las baucides eran un  caro calzado de color azafrán, especialmente popular entre las cortesanas. Algunas llevaban suelo de corcho para aumentar la altura.

Sandalia hecha en la Galia por Lucius Aebutius Thales. Vindolanda, Reino Unido

El phaecasium se hacía de cuero blanco, cubría todo el pie y podía ser usado por hombres y mujeres. En Atenas solía ser llevado por sacerdotes y en Alejandría por los magistrados, a los que Marco Antonio imitó durante su estancia allí.

 “Él invernó allí sin las insignias de su cargo, con la apariencia y el régimen de vida de un privado, ya fuera porque se encontraba en una jurisdicción extranjera y en una ciudad gobernada por un poder real, o porque hizo de su invernada una ocasión para la fiesta; puesto que incluso prescindió de los cuidados y de la escolta de un general, y usaba el manto cuadrangular griego en lugar del de su propio país, y calzaba el zapato blanco de Atenas que gastan los sacerdotes atenienses y alejandrinos, al cual llaman phaecasium.” (Apiano, Guerras Civiles, V, 11)

Phaecasium. Estatua de musa.
Galería de los Uffizi, Florencia

La denominación de zapatero y zapatera en la antigua Roma era sutor y sutrix respectivamente, pero el llamado remendón dedicado a arreglar el calzado estropeado se llamaba sutor veteramentarius. Además, los trabajadores especializados en distintos tipos de zapato tenían su propio nombre: calceolarius, solearius, crepidarius, gallicarius, caligarius.

Los zapateros podían ser esclavos, libertos o ciudadanos libres. 

“Peregrinus yace aquí, esclavo de Quintus Asinus, zapatero de caligas (sutor caligarius), de la Dacia, de 20 años.” (Carnuntum, AE 1929)

Museo de Nabeul, Túnez


“Lucius Vergilius Hilarus, liberto de Lucius, zapatero, yace aquí. Su esposa y sus libertos le hicieron este monumento.” (Cartago Nova, CIL, II 5125)

Algún fabricante de calzado llegaría a tener cierta solvencia económica lo que le permitió erigirse una estela funeraria con su retrato y con relieves que indicaban su profesión señalando en su epitafio quién tenía derecho a ser enterrado en su tumba.

“Caius Julius Helius, zapatero en la puerta Fontinal, construyó este monumento, mientras vivía, para él, para su hija, Julia Flacilla, para Caius Julius Onesimus, liberto, sus libertos y sus descendientes.” (CIL VI 33914)



Las mujeres también participaban en el negocio del calzado, bien como propietarias o como trabajadoras en los talleres profesionales, como es el caso de la sutrix Septimia Stratonice que es representada en una estela funeraria dedicada por Marcus Acilius a su carissima amica por sus buenos servicios. La mujer aparece con un molde de zapato en su mano, alrededor del cual se envolvía una pieza de cuero mojado como inicio para hacer un zapato.

Estela funeraria de Septimia Stratonice, Ostia, Italia


Los zapateros se agrupaban en corporaciones o collegia y en algunas ciudades tenían sus negocios juntos en el mismo barrio. Una referencia del siglo IV d. C. menciona un gremio de curtidores, un gremio de trescientos zapateros, y fabricantes de botas claveteadas (caligarii), además de fabricantes de crepidae (crepidarii).

“Una peluquera se sienta en la primera bocacalle de la Subura, por donde cuelgan los cruentos flagelos de los verdugos y numerosos remendones tienen sus puestos frente al Argileto.” (Marcial, Epigramas, II, 17)

Detalle del sarcófago de Titus Flavius Trophimas, Ostia. Termas de Diocleciano, Roma.
Foto de Carole Raddato

En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado: las sandalias, los zapatos y las botas. Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego. Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero. La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta. El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos. Las sandalias eran, sin duda, un calzado cómodo, pero informal, ideal para estar en casa y llevar más de puertas adentro, como demuestra la crítica de Cicerón a Verres:

“Ese gobernador romano permaneció allí en la playa, en sandalias (soleae), con un palio púrpura y una túnica hasta el tobillo, y apoyándose en su mujercita.”



Estaba mal visto llevar las sandalias en público y los romanos, celosos de las tradiciones nacionales, consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos. Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos.

“De ocho a nueve paseé muy a gusto, en sandalias, por delante de mi habitación. Después, ya calzado, y con mi manto puesto (pues se nos había indicado que nos presentásemos así), me fui a saludar a mi señor.”
(Frontón, Epístolas, 60)

Estatua de camillus, Museo Metropolitan, Nueva York


Cada civilización de la cuenca mediterránea hacía sandalias con los materiales que se encontraban localmente. Por ejemplo, en Egipto se hacían con hoja de palma o incluso papiro, especial. Los sacerdotes no podían llevar indumentaria hecha con animales sacrificados por lo que su calzado se confeccionaba con fibras vegetales. 

“Pronunciadas estas palabras, presenta públicamente a un joven vestido con túnica de lino, calzado con sandalias de fibra de palmera; su cabeza estaba afeitada al rape.” (Apuleyo, El asno de oro, II, 28, 2)

Sandalias, Fréjus, Francia

Pinturas, mosaicos y esculturas representan las variedades de sandalias comunes en Italia, en todos los periodos de la república e imperio romanos.

“O ¿sabes esto, pero consideras que sería mejor que la planta del pie estuviera recubierta de una piel de textura laxa, que se pudiera desprender fácilmente? Si vas a decir que una piel así es mejor, pienso que también elegirás una sandalia suelta y que se escapa por todas partes antes que una que te encaja exactamente y atada por todos lados, para así extender tu sabiduría por doquier y proclamar sin vacilar lo que todo el mundo con claridad conoce. O ¿evidentemente estás de acuerdo en que la sandalia artificial, externa, se debe ajustar al pie por todas partes si quiere cumplir bien su función, y, en cambio, no lo estás en que la sandalia natural tiene mayor necesidad de estar ajustada y sujeta firmemente, y perfectamente unida a las partes bajo las que ha sido situada?” (Galeno Del uso de las partes, III, 236)



Desde el siglo I al III d.C. hubo primero una suela de sandalia con forma natural para hombres, mujeres y niños. En el siglo II aparecieron estilos masculinos y femeninos divergentes, haciéndose la de mujer más estrecha y apuntada, y la de hombre más ancha y chata.

“Nuestra mirada no se detuvo tanto en los efebos – aunque merecían la pena – cuanto en el paterfamilias, que calzaba sandalias (soleatus) y practicaba el juego con pelotas verdes.” (Petronio, Satiricón, 27)

Sandalias de hombre, Museo Arqueológico de Estambul, Turquía. Fotos Samuel López

Algunas suelas llevaban el sello del fabricante o del curtidor, y se decoraba la parte interior. Muchas se claveteaban, dado que los romanos pensaban que lo que era bueno para los soldados a la hora de conservar el zapato del uso también era bueno para los civiles.

A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera; antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae para reclinarse en el lecho y las pedía al marcharse. Por esto, la expresión soleas poscere, «pedir las sandalias», con la que se anunciaba al anfitrión la intención de marchar y que acabó significando «prepararse para partir».

Izda, Mosaico de Madaba, Jordania. Drcha, mosaico de Agias, Trias, Chipre

La sandalia (solea) era calzado típicamente femenino. A las mujeres respetables apenas se las veía con los pies desnudos en público.

“Allí mi radiante diosa entró con delicado
pie y detuvo en el gastado umbral su brillante planta
apoyada en la crujiente sandalia.”
(Catulo, Poemas, 68)



La variedad de la sandalia femenina permitía añadir sujeción con tiras en el talón. Plinio cuenta que había una estatua de Cornelia, madre de los Gracos, que la mostraba con sandalias sin tiras en el talón, al modo en que se representaba a las diosas griegas, para indicar su ilustre linaje.

 “Hay una estatua de Cornelia, la madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, que la representa sentada y es notable porque no hay tiras hacia los talones." (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 31)

Pie con sandalia de Ariadna dormida, Museo del Prado, Madrid

Las sandalias femeninas podían tener una suela fina o gruesa con una plataforma hecha de un material como corcho o madera.

Detalles de estatuas, Casa de Pilatos, Sevilla. Fotos Samuel López

Clemente de Alejandría (s. II d.C.) al recomendar a las cristianas que huyan del calzado decorado, critica a las mujeres que usan sandalias lujosas o adornadas:

“Son verdaderamente vergonzosas «las sandalias en las que hay flores doradas», pero también las mujeres insisten en adherirse a su suela unos clavos formando espirales; son muchas las que aplican sellos con motivos eróticos, para que, al andar, quede impreso sobre la tierra el signo de sus sentimientos de hetera”. (Clemente de Alejandría, Paedagogus, 2, 12)

Museo de Vindolanda, Reino Unido

Algunos modelos de calzado grababan mensajes en las suelas dirigidos a sus dueños con dibujos incluidos. En la sandalia mostrada abajo se puede leer:

“Disfrútalo con salud, señora. Llévalo con belleza y felicidad.”

Portus Theodosiacus, Estambul

En Roma las sandalias con un complicado entramado de tiras superiores, cubriendo a veces los dedos y otras dejándolos al aire, se conocieron como crepidae, también de origen griego. El entramado consistía de tiras que formaban un calado, no entretejido, con diferentes diseños. A menudo cubrían el pie hasta el tobillo, o lo incluían, y, a veces cubrían los dedos. Se representan ya en las pinturas de las tumbas de Tarquinia del siglo V a. C. y en los frescos de Pompeya del siglo I. d.C.

“Estas y otras cosas por el estilo relativas a la austeridad romana son las que dijo Tito Castricio en mi presencia. Muchos de sus oyentes preguntaban por qué había dicho que iban en sandalias (soleati), si llevaban gálicos (gallicae), no sandalias (soleae). Pero Castricio se había expresado con verdadera sapiencia y corrección. En efecto, por lo general a todo tipo de calzado que protege únicamente las plantas de los pies, mientras el resto del pie, sujeto con correas redondeadas, queda casi desnudo, lo llamaron sandalias (soleae) y, a veces, con un término griego, crepidulae. Por lo que se refiere a las gallicae, creo que es una palabra nueva que empezó a ser usada no mucho antes de la época de M. [Tulio] Cicerón, y éste mismo lo utilizó en la Segunda Filípica contra Antonio: “Echaste a correr con gallicae y lacerna”. Esta palabra no la he visto con este significado en ningún otro escritor cuya autoridad tenga algún peso; pero, como he dicho, llamaban crepidae o crepidulae -abreviando la primera sílaba- al tipo de calzado que los griegos denominan κρηττιδαί, y ‘crepidarios’ a los zapateros que las fabrican.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, XIII, 22)

Detalles de pinturas, Pompeya

Se llevaban con el palio, pero no con la toga y eran características de los griegos. Los romanos las adoptaron, como describe Suetonio con respecto a Tiberio: “abandonó el traje romano y adoptó el palio y las crepidae griegas.” A Escipión el Africano se le criticó por vestirse con el manto griego (pallium) y calzar crepidae.

“… se discutía también el estilo de vida del propio general, impropio no ya de un romano sino incluso de un militar: que se pasease por el gimnasio con manto y sandalias griegas, que se dedicase a la lectura y los ejercicios atléticos, que todo su séquito disfrutase de los placeres siracusanos con igual abandono y molicie…” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIX, 19, 12-13)

Crepidae, Museo de Estambul, Turquía. Foto Samuel López

Se hacían para ambos pies indiferentemente y las llevaban tantos los hombres como las mujeres.

“La planta de su pie calza una sandalia de una sola pieza, pero la parte superior se acaba en la parte inferior de los dedos, desde donde el pulgar, después de anudada la base, envía en ambas direcciones a dos presillas en el empeine, sendas cintas que sujetan la crépida y, entrelazando sus cabos, tejen una sinuosa cadena en tomo a las piernas.” (Sidonio Apolinar, Panegírico de Antemio)

Crépida, Villa de los Quintilios, Roma. Foto de Samuel López

Las trochades son similares a las crepidae y encima del empeine llevan una lengüeta de doble capa, además de amplias tiras de cuero que cubren lateralmente el pie y el y talón y dejan los dedos descubiertos. Tienen su origen en el mundo griego, pero los romanos añadieron recubrimiento para el pie y diseños más complejos. La doble lengüeta también es una innovación romana. La tela lateral tiene unas aberturas horizontales por la parte superior por los que se introducen los lazos para cruzarlos tres veces antes de meterlos por los agujeros del tobillo. Después se atan con una lazada por arriba.

Trochades. Izda. Estatua de Adriano, Museo de Estambul, Turquía. Drcha. Estatua de Marcelo, Museos Capitolinos, Roma, foto de Samuel López

Las sculponae eran sandalias cuya técnica de fabricación era sencilla: una suela de madera que presentaba un tacón y una banda en relieve a nivel de planta del pie, sobre la que se clavaba una cincha de cuero. Los tacones podían ser rectangulares o triangulares. La alta suela de madera protegía el pie de la humedad, por lo que solían llevarse en las termas, ya que no se desgastaba tan rápidamente como la de cuero. También los campesinos las empleaban en sus desplazamientos por terrenos embarrados.

“Mientras, lleno de actividad, trabajo el agro en la campiña, veo un Triptolemo con sculponeae seguir una yunta con dos bestias cornudas.” (Varrón, Saturae Menipaeae)




La gallica era un zapato copiado de los galos, hecho de piel basta con una suela gruesa de madera, que, a partir del siglo II a. C., se llevaba en el campo, especialmente en clima lluvioso. Siglos después vemos que la gallica queda como el calzado de los pastores, los campesinos, los viajeros y los correos; y, como el báculo, es uno de los atributos ordinarios de los primeros monjes, un indicio de su vida sencilla y rústica. Sin embargo, se había relajado mucho de la severidad de los primeros tiempos, y poco a poco era habitual ver a los ciudadanos romanos llevar la gallica en lugar del calceus, aunque Cicerón critica que Marco Antonio las llevase en público.

“De cuantas maldades pueden cometerse, no oí ni vi ninguna más deshonrosa que la de que, siendo tú, general de la caballería, recorrieses con galochas y túnica gala las colonias y los municipios de esa misma Galia…” (Cicerón, Filípicas, II, 76)

Par de sandalias de tipo ¿gallica? Detalle de estatuilla de actor,
Museo Metropolitan, Nueva York

Entraba dentro de la categoría de las sandalias, y consecuentemente, dejaba al descubierto, como mínimo en gran parte, la parte superior del pie; se fijaba con cordones o con correas de cuero delgadas y redondas. La semejanza entre estos dos calzados era tal que las mismas dos palabras se consideraban como sinónimos y se usaban indistintamente la una por la otra.

La baxa era una sandalia hecha de fibras vegetales, hojas o cortezas. Los egipcios las hacían de hoja de palma y papiro. 

“Sus divinos pies llevaban como calzado unas sandalias confeccionadas con hojas de palmera, el árbol de la victoria.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 4)

Sandalias de palma, Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

 Era un calzado ligero, tosco, económico, propio de los pobres y campesinos. Los filósofos la llevaban en tiempos de Tertuliano y Apuleyo, probablemente por simplicidad y economía.

“Si un filósofo se viste de púrpura, ¿por qué no en sandalias de fibras (baxae) también? Para un tirio calzarse en algo que no sea de oro, no está de ningún modo en consonancia con el estilo griego.” (Tertuliano, De Palio, 4)


Aunque los romanos no usaban habitualmente calcetines ni medias, las gentes humildes seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana, especialmente en territorios de clima adverso.

“No las ha formado la lana, sino la barba de un macho mal oliente: la planta de tus pies podrá cobijarse en un seno del Cínife.” (Marcial, Epigramas, XIV, 140 Udones cilicii)

Calcetín infantil. Egipto. Museo Británico, Londres

El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei). Los griegos utilizaban más las sandalias y las botas. Parecido a un moderno mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero que se enrollaban alrededor del tobillo y la pierna y se ataba con uno o dos nudos al frente.

Calcei romanos, Museo de Afrodisias, Turquía, foto de Samuel López

Los calcei eran un calzado no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que salía al exterior, mientras que las sandalias se llevaban en casa con la túnica; en cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.

“Siempre tenía preparados en el dormitorio el traje de calle (vestis forensia) y los zapatos (calcei) para casos imprevistos e inesperados.” (Suetonio, Augusto)

Se hacían modelos según el nivel social, y se distinguían por el material empleado, el trabajo artesano, el color y su coste.

Calcei patricii, estatua de Tiberio, Herculano, Museo Arqueológico de Nápoles.
Foto de Ilya Shurygin

Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color.

Las personas que tenían derecho a llevar el calceus patricius eran los nacidos patricios y los plebeyos que hubiesen ganado un cargo curul, como premio por sus logros o para celebrar un triunfo. Este calzado estaba formado por un doble par de correas de cuero que, insertándose en la suela, se cruzaban en el empeine subían entre lazadas hasta la media pierna, donde remataban en dos nudos de los que colgaban los extremos. 

Calcei patricii, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

Algunos llevan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula (lunita); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo. 

La recuperación de esta insignia arcaica y casi legendaria del viejo patriciado no fue, tal vez, en un primer momento un asunto de orgullo personal, sino más bien una moda generalmente impuesta por la etiqueta oficial.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo leerás.” (Marcial, Epigramas, II, 29)

El calceus senatorius era similar pero solo hacía una lazada con un nudo.

Calceus senatorius

El calceus equester era utilizado por los miembros de la clase de los caballeros (equites) y se diferenciaba de los anteriores porque la lazada se ocultaba con una pieza que sobresalía del calzado y se plegaba sobre el mismo.

Calceus equester, Museo de Perigord, Perigueux, Francia. Foto de Samuel López

El calceus se trataba con alumbre para suavizar la piel. Marcial critica a un cónsul por preocuparse más de su calzado que de su vestimenta.

“Llevando tú una toga más sucia que el estiércol y, en cambio, llevando tú un calzado más blanco, Cinna, que la nieve recién caída, ¿por qué, inepto, tapas completamente tus pies dejando caer el manto? Recógete, Cinna, la toga: mira, se te echa a perder el calzado.” (Marcial, Epigramas, VII, 33)

Se distinguían por su color rojo, los llamados mullei, por su parecido a las escamas del salmonete, y eran particularmente admirados. 

Zapatos decorados. Museo Bizantino, Atenas, Grecia

Pudo existir cierta confusión sobre el rojo como color del calceus patricio o senatorial por el hecho de que la mayoría de los senadores eran originalmente patricios con derecho a llevar botas rojas. Cuando muchos caballeros (equites que llevaban calceus negro) fueron hechos senadores, los patricios conservarían el color rojo como símbolo de distinción ante los nuevos senadores, considerados de rango inferior, que debían llevarlo de color negro.

“Usaba para mostrar a todos los hombres su soberbia, con ropa desatada y el calzado que usaría más tarde, a veces alto y de color rojo, después al estilo de los reyes que habían reinado en Alba, como había pedido que se hiciera Julo.” (Dión Casio, Historia de Roma, XLIII, 43, 2)

Es posible que en ciertas ocasiones se utilizara el color púrpura, como en ceremonias triunfales y el emperador podría haber recompensado los servicios de alguna persona concediéndole el privilegio de llevarlo.

Detalle de los tetrarcas en pórfido rojo. Plaza de San Marcos,  Venecia

También en ciertos actos sociales se llevaban los calcei, como en banquetes, aunque era más común llevar las sandalias.

¡Piensa cuántos hay que, cuando es introducido en el comedor un lector, un tañedor de lira o un cómico, piden que les traigan sus calceos o permanecen reclinados con un fastidio…! (Plinio, Epístolas, IX, 17)


Los calcei repandi son zapatos apuntados curvados hacia arriba en la parte que cubría los dedos, y que llevaban los etruscos en el siglo VI a. C.  

“Y bien, por tanto, ¿estimas que Apis, aquel buey sagrado de los egipcios, les parece a ellos un dios, o no? Tanto, por Hércules, como a ti aquella Sóspita vuestra, a la que tú nunca ves -ni siquiera en sueños- salvo con su piel de cabra, su lanza, su escudito y sus zapatitos en curva.” (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, I, 82)

Estatua de Juno Sospita, Museos Vaticanos


El calceus parece siempre designar un modelo de calidad que se opone a los calzados de cueros bastos y los calceoli eran zapatos como media bota, para mujer.



La carbatina era un zapato hecho de un solo trozo de cuero del que se recortaban a la vez la suela y las tiras que la sujetaban envolviendo la parte superior del pie. Un cordón se enlazaba por los agujeros juntando los bordes. La carbatina protegía el talón y los dedos con tiras que se sujetaban en torno al tobillo. No tenía suela, pero en caso de añadir clavos, se le podía introducir una suela interior para proteger al pie de los clavos.

Detalle de estatua, Museos Capitolinos, Roma

Se podía hacer de cuero fresco de manera que el mayor o menor grado de humedad afectaba al material del que estaban hechas. En Germania y Britania la carbatina parece haber sido un popular tipo de zapato permitiendo gran variedad decorativa con la lazada. Se hacían para los niños, pues se podía ajustar según el crecimiento del pie.

El soccus o socculus era un zapato bajo, que se ajustaba al pie, y no se abrochaba con nudos y lo llevaban tanto los hombres como las mujeres en público, no en casa.

“Menedemo. — Al informarme de sus confidentes, vuelvo a casa triste, con el ánimo casi perturbado y perplejo ante el disgusto. Me siento; acuden mis esclavos, me quitan los zapatos (socci).” (Terencio, Heautontimorumenos, I, 1, v. 122)

Zapatos de Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

El soccus era un calzado no tan formal como el calceus y se llevaba en situaciones que no requerían tanta etiqueta social. Así, por ejemplo, Cicerón cuenta que P. Rutilius Rufus, un cargo consular, calzaba socci con un manto (pallium) durante su exilio en Grecia (92 a.C.) para demostrar que ahora gozaba de una vida privada.

“Ese famoso P. Rutilius, que era un ejemplo de virtud, sabiduría y prudencia para nuestra gente, llevaba socci y pallium cuando era consular, y nadie pensó en reprochárselo, pues todos lo atribuían a la situación.” (Cicerón, En defensa de Rabirio, 27)

Para especificar si eran femeninos se añadía el adjetivo muliebris (soccus muliebris), y solían ser de un material más delicado o de distintos colores.  Suetonio menciona el hecho de que Calígula utilizaba distintos tipos de calzado, entre ellos los socci de mujer: 

“Por calzado usaba unas veces sandalias (crepidae) o coturno, y otras, caligas militares; algunas veces zueco de mujer.” (Calígula, 52)



Los de los hombres también se adornaban según el gusto del que lo llevaba. Calígula los adornaba con oro y piedras preciosas. C

"Caligula dio la vida a Pompeyo Peno, si darla es no quitarla. Al darle las gracias el absueltö, el emperador le alargó el pie izquierdo para que se lo besara. Los que excusan este acto y niegan que lo hiciera por insolencia, dicen que le quiso enseñar el zueco dorado, o mejor de oro bordado de perlas." (Séneca, De los Beneficios, II, 12) d

El soccus lo llevaban los actores cómicos en contraposición al cothurnus que llevaban los actores trágicos:

“Si, pertrechado de la sirma y el coturno, hubiera entrado
una vez en el teatro de Atenas, Sófocles y Eurípides le
hubieran cedido el puesto o si hubiera querido como comediante
hacer resonar el estrado con el zueco (soccus), tú, Menandro,
le habrías dado la palma levantando el dedo.”
(Sidonio, Poemas, A Consencio 125)

Actor, Myrina. Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia.
Foto de Marie Lan Nguyen

El coturno (cothurnus) era una especie de bota cuya distinción especial era su altura; llegaba hasta por encima de la mitad de la pierna, para rodear la pantorrilla, y a veces alcanzaba hasta las rodillas. La llevaban principalmente los jinetes, cazadores y personas con cierto rango y autoridad. Las esculturas antiguas muestran que se adornaba con gusto y artísticamente.

Detalle de estatua, Diana/Artemisa. Villa Getty, Malibú, EEUU


Su suela tenía un grosor normal, pero a veces se incrementaba añadiendo capas de corcho, con lo que aumentaba la altura de mujeres que querían parecer más altas:

“Ya me dirás tú si le han caído en suerte pocos centímetros de estatura y parece más chica que una muchacha pigmea, a no ser que se ayude de zapatos de tacones, y se levanta ligera sobre la punta de los píes para que la besen” (Horacio, Sátiras, VI) y de actores de la tragedia ateniense que deseaban magnificar su apariencia: “… que no tenía ocasión para llevar la máscara, o los coturnos trágicos” (Horacio, Sátiras, I)

Actor de drama. Petit Palais, París,
 foto de Bibi Saint Pol

Los campesinos tenían un zapato o bota de cuero de color natural, que parece originalmente haberse llamado pero. Virgilio se refiere a él como el zapato rústico de los rudos hombres que vinieron a luchar con Eneas con un pie descalzo y el otro calzado en piel sin curtir.

Estatua de Antinoo, Museo del Louvre, París. Foto de Carole Raddato

Juvenal dice que los montañeses cuentan a sus hijos que un hombre auténtico no desdeña llevar “botas hasta la rodilla” cuando hace frío:

 “No querrá ser responsable de nada prohibido quien no tiene reparos en calzarse altas botas en medio de los hielos” (Sátira, 14).



Es difícil saber cómo eran realmente, dado que parece haber muchas formas del pero, representado por escultores y pintores. Durante la República el pero se reforzó con suela y se extendió su uso entre todos los ciudadanos.

Su uso puede proceder del tipo de bota griega conocida como endromis, característica de cazadores, guerreros y divinidades, que a su vez era propia de otros pueblos, como los tracios. 

Detalle de la figura de Paris, Crátera del Museo del Louvre

Un modelo mucho más elaborado, similar al campagus romano, pero con todo el pie cubierto se puede ver en las representaciones de altos cargos militares o dioses. 

Museo Arqueológico Nacional, Nápoles, foto Ilya Shurygin

Las caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati. Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei, todos los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos.


Cortada de una sola pieza de cuero, la parte de arriba consistía en un entramado de cuero calado o estrechas tiras de cuero entrelazadas, que cubrían el empeine y el tobillo, pero dejando los dedos al aire; se cosía por atrás y se hacía una lazada por encima o alrededor del tobillo.

Caligas militares, Museos Capitolinos, foto Carole Raddato

A menudo eran empleadas con calcetines, prenda que aseguraba una adecuada protección térmica, habiéndose señalado, no obstante, que el uso con los pies descalzos, favorecía su ventilación durante las largas marchas legionarias.

Para proporcionar a este tipo de calzado una mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre, llamadas clavi caligarii.



Su número y distribución tenían que ver en primer lugar con la técnica del zapatero y con el tipo de piel empleado. La cantidad, en principio dependía del tamaño de la cabeza de las tachuelas, pero también dependía del dibujo de los clavos que se diseñaba para distribuir apoyo donde se necesitaba, y una suela interior protegía al portador del roce de los clavos. De gran agarre, les permitían marchar en extenuantes jornadas. Experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha. Con ellas a la vez que se protegía la suela de cuero del desgaste, se mejoraba el agarre al terreno, siempre que no fuese una superficie muy lisa, en la que el calzado resbalaba. Esto fue lo que le pasó a un centurión llamado Juliano, en el sitio de Jerusalén, que patinó sobre el suelo pulido del templo y cayó con gran estrépito, siendo rematado allí mismo por sus enemigos.

“Sin embargo, fue perseguido por el destino, del que al no ser nada más que un mortal, no pudo escapar; porque como llevaba caligas llenas de gruesos y afilados clavos como los demás soldados, cuando corrió por el pavimento del templo, resbaló y cayó de espaldas con gran estruendo causado por su equipamiento.” (Flavio Josefo, Guerra de los Judíos, VI, 1, 8)

Estela funeraria de Lucio Sertorio Firmo

Las caligae eran pieza fundamental del equipamiento de los legionarios romanos que les permitía mantenerse firmes en las tremendas batallas sobre terrenos resbaladizos de sangre y vísceras, e incluso se usaban como armas: las suelas claveteadas posibilitaban pisotear hasta la muerte a los enemigos caídos y pegar peligrosísimas patadas que dejaban marcas de por vida. Por esta misma razón, llevar este tipo de botas por la ciudad podía dar lugar a incidentes desagradables.

“Mis pies se hunden en el lodo, de pronto enormes zapatos me pisan por todas partes y la tachuela de un soldado se me clava en un dedo.” (Juvenal, Satira, 3, 239-248)

Caliga romana, Grand Palais, París

Un ejército de soldados marchando con tales zapatos claveteados hacía un ruido atronador que podía amedrentar al enemigo. Suetonio, por su parte, explica que la guardia pretoriana de los emperadores utilizó una modalidad de bota sin clavos en la suela, las caligae speculatores, mucho más cómodas y silenciosas.

Caliga romana, Museo de Mainz, Alemania

Los soldados recibían regularmente, como parte de su equipamiento, un cierto número de tachuelas para sus caligae. Tácito incluso nos habla de un donativo, el clavarium, que se daba a las tropas en campaña, cuyo nombre debe de derivar en origen de la necesidad de reponer las tachuelas que se perdían durante las incesantes marchas:

"Hallándose éstos (los generales) en una región gastada por la guerra y la carestía, les aterraban las voces sediciosas de los soldados, que exigían el clavarium (éste es el nombre de un donativo), sin haber hecho provisión de trigo ni de dinero, estorbándoles la impaciencia y la codicia de los que saqueaban lo que podrían haber recibido." (Tácito, Historiae, 3, 50)

Caliga también designa el servicio en el ejército como soldado. Así, de Mario se dijo que había llegado al consulado a caliga, es decir, habiendo sido en sus inicios soldado raso. Otro ejemplo es el de Publio Ventidio que, aunque llegó a ser cónsul y a celebrar un triunfo, «según Cicerón fue mulero de los panaderos castrenses y según la mayoría de los escritores pasó su juventud en la mayor pobreza y calzó las cáligas militares».

Estatua de Marco Aurelio, Museo de Estambul, Turquía. Foto de Samuel López

El emperador Calígula recibió ese apodo porque, cuando era un niño, su padre Germánico le vestía de soldadito para complacer a la tropa:

"…el niño, nacido en el ejército, criado entre las legiones, a quien llamaban Calígula (botitas) con vocablo militar, a causa de que muchas veces, por ganarse las simpatías del pueblo, le ponían ese calzado." (Tacito, Annales, 1, 41)

Detalle de la columna de Trajano, Roma

En la colección de cien adivinanzas del siglo IV o V d.C., Symphosii Scholastici Ænigmata, de las que se empleaban para hacer regalos divertidos en las Saturnalia, en donde el obsequio envuelto iba acompañado por un acertijo, hay una sobre el clavo de la caliga.

"Tachuela de cáliga (Clavus caligaris)

Marcho cabeza abajo, porque voy colgado de un solo pie;
con mi coronilla toco el suelo, dejo la huella de mi testa;
pero muchos camaradas pasan los mismos sufrimientos."



Clemente de Alejandría apunta que el calzado provisto de clavi caligarii se utilizaba para hacer viajes a pie:

"A las mujeres se les puede permitir llevar un zapato blanco, excepto cuando vayan de viaje, que debe usarse un zapato engrasado. Cuando vayan de viaje, necesitan zapatos claveteados."  (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 12)

Vindolanda, Reino Unido

Es probable que también la población civil: agricultores, carreteros, muleros, mineros etc. usaran, si no las propias cáligas militares, sí un calzado cuya suela estuviera equipada con clavos, en función de las actividades que fuesen a desempeñar.

“Acudiré con mis caligas a esos fríos campos para oír tus Sátiras, si ellos de mí no se avergüenzan.” (Juvenal, Sátiras, III)

Caligas. Diosa Artemisa. Museo Metropolitan, Nueva York

Un esclavo capadocio de Trimalción, Massa, divierte a la audiencia imitando la vida de un mulero, y es recompensado con unas caligas. Los que desempeñaban los trabajos más humildes, sobre todo, en el campo solían ir descalzos.

“Poniéndose un capote y con un látigo en la mano, parodió la vida del mulero, hasta que Habinas lo llamó a su lado, le dio un beso y lo invitó a beber diciéndole: «Has estado como nunca, Massa; te regalo unas cáligas." (Petronio, Satyricon, 69, 4)



El campagus era un tipo de calzado utilizado por los patricios que iba sujeto en el talón y entre los dedos, pero dejaba los dedos al descubierto. En el empeine se insertaban dos correas de cuero que se cruzaban y ajustaban a media pierna mediante una lazada. Varías piezas se ensamblaban de forma esmerada y podría envolver al pie más confortablemente. Las correas del campagus podían formar una red que se adornaba con pedrería.

“Usaba un tahalí con brillantes y se ataba con correas, adornadas de gemas, unos zapatos a los que llamaba reticulados (campagus reticulatus)” (Historia Augusta, Galieno, 16)

Museos Capitolinos, Roma. Foto de Samuel López

En el Edicto de Precios de Diocleciano se menciona un zapato militar, el campagus (campagi militares) que costaba 75 denarios.

El emperador y los oficiales de alto rango también llevaban el campagus, una bota elegante con los dedos descubiertos, con la lazada en la parte anterior. Con frecuencia, la parte superior se decoraba con la cabeza o garras de un animal pequeño, bien de un animal real o modelada en oro o marfil. El campagus del emperador se teñía de púrpura y se adornaba con oro y joyas.

Museos Vaticanos, foto de Samuel López



Esta entrada sustituye y actualiza la entrada anterior Calceus, andar cómodamente y con estilo en la antigua Roma del año 2015







Bibliografía:

https://es.scribd.com/doc/141930088/Trabajo-Calceus El calzado y la representación del status en la sociedad romana. Joan Ribes Gallén
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/que-calzaban-los-romanos-de-la-bota-a-la-sandalia_6230/4
http://www.academia.edu/3727374/LOS_CLAVI_CALIGARII_O_TACHUELAS_DE_CÁLIGA. ELEMENTOS_IDENTIFICADORES_DE_LAS_CALZADAS_ROMANAS.   Los clavi caligarii o tachuelas de cáliga. Elementos identificadores de las calzadas romanas. Jesús Rodríguez Morales, José Luis Fernández Montoro, Jesús Sánchez Sánchez, Luis Benítez de Lugo Enrich.
 The Mode in Footwear: A Historical Survey with 53 Plates, R. Turner Wilcox
The World of Roman Costume, editado por Judith Lynn Sebesta y Larissa Bonfante
Roman Women´s dress, Jan Radicke
Vindolanda and the Dating of Roman Footwear, Carol van Driel-MurraySource