miércoles, 24 de enero de 2024

Felix Dies Natalis, el cumpleaños en la antigua Roma

Detalle de pintura de larario con genio ofreciendo un sacrificio. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. Foto Samuel López

La sociedad romana de finales de la república celebraba dentro del ámbito privado los cumpleaños de los miembros de la familia y de los amigos con obsequios y banquetes. En cada celebración se realizaba el culto a la deidad personal de cada individuo con una ofrenda y votos de que la ofrenda se renovaría el año siguiente en caso de seguir contando con su protección. Existía la creencia de que cada persona tenía su propio espíritu divino que la acompañaba desde el momento de su nacimiento y la protegería durante toda su vida. Entre los romanos este guardián protector se llamaba genius y se le honraba principalmente con una libación de vino en el día del cumpleaños, además de ofrecer flores e incienso.

“El Genio es el dios bajo cuya tutela cada cual, según ha nacido, vive; él, bien porque cuida de que seamos engendrados, bien porque es engendrado a una con nosotros, bien, incluso, porque una vez engendrados nos levanta y nos guía como tutor, ciertamente se llama «Genio» a partir de «engendrar»….Al Genio, por tanto, principalmente a lo largo de toda la vida ofrecemos sacrificios cada año, aunque no sólo éste, sino que también existen además otros dioses en número considerable que apuntalan, cada cual en su propia porción, la vida de los hombres; a quien quiera conocerlos lo instruirán suficientemente los libros de los indigitamenta. Pero todos éstos hacen presente el efecto de sus poderes en cada hombre una única vez, razón por la cual no son requeridos con ritos anuales a lo largo de todo el espacio de la vida. El Genio, en cambio, hasta tal punto ha sido puesto a nuestro lado como observador asiduo, que ni siquiera un punto en el tiempo se aparta, sino que, desde el seno de nuestra madre, una vez acogidos, nos acompaña hasta el día extremo de la vida.” (Censorino, Sobre el día del nacimiento, 3)

Detalle de pintura del larario, thermopolium de Lucius Vetutius Placidus, Pompeya.
Foto Samuel López

El genius del pater familias era honrado en todas las casas, pero las mujeres podían hacer ofrendas a su Juno, que actuaba como el genio masculino.

“Juno natal, acepta los sagrados puñados de incienso, que te ofrece con tierna mano una joven diestra. Es toda tuya hoy, para ti se ha arreglado contentísima, para alzarse ante tu altar digna de verse.”
(Sulpicia, Elegias de Tibulo, III, 12)

Pintura de John William Waterhouse

Pasar por muchos cumpleaños era un motivo de orgullo y, por supuesto, de satisfacción porque era indicio de haber tenido una larga vida.

“Aquí estoy, en silencio, describiendo mi vida en verso. Gocé de una brillante reputación y de la mayor de las prosperidades. Yo, llamado Praecilio, natural de Cirta, fui un hábil banquero. Mi honradez fue maravillosa y siempre me atuve a la verdad; fui siempre educado con todos los hombres y ¿a qué afligido no socorrí? Siempre me mostré alegre y hospitalario con mis queridos amigos; mi vida sufrió un gran cambio con la muerte de la virtuosa Valeria. Durante todo el tiempo que me fue posible, disfruté de las mieles del sagrado matrimonio; celebré cien felices cumpleaños con virtud y felicidad; pero ha llegado el último día y el espíritu abandona mis agotados miembros. En vida me gané los títulos que estáis leyendo, pues la Fortuna así lo quiso. Nunca me abandonó. Seguidme de igual manera; ¡aquí os espero! Venid.” (CIL 87156, Constantina, Argelia)


Entre los romanos se daba la idea de que el cumpleaños de otros (familiares, amigos) podía tener tanta importancia como el de uno mismo o incluso más, expresando así los sentimientos que existían entre unos y otros.

“Si quieres creerme, Quinto Ovidio, porque te lo mereces, me gustan tus calendas natalicias de abril, como las mías de marzo. ¡Dichosos ambos días y fechas dignas de que yo las señale con piedrecillas más que buenas! El uno me dio la vida; el otro, un amigo. ¡Me dan más, Quinto, tus calendas! (Marcial, Epigramas, IX, 52)

Pintura de Alma-Tadema

Los familiares y amigos podían ser invitados a las celebraciones de cumpleaños incluso con invitación. Claudia Severa envió una invitación a la fiesta de su cumpleaños alrededor del año 100d.C. a Sulpicia Lepidina, esposa de Flavio Cerial, comandante de la Cohorte IX Batavorum milliaria en el castellum de Vindolanda.

“Claudia Severa envía saludos a su Lepidina.

Para el 11 de septiembre, hermana, el día que se celebra mi cumpleaños, te envío una cordial invitación para asegurarme de que vendrás con nosotros, para hacer más feliz el día con tu llegada, si vienes. Dale recuerdos a tu Cerial. Mi Elio y mi hijito te envían sus saludos.”
(Tablilla de Vindolanda, 291, Museo Británico)

Tablilla de Vindolanda, Museo Británico, Londres

Si un pariente o amigo no podía estar presente en la celebración de cumpleaños, se esperaba que honrara tal día de forma adecuada. Así lo desea el emperador Augusto con respecto a su nieto Cayo.

“Veintitrés de septiembre. Salud, mi querido Cayo, delicioso borriquito mío, a quien siempre echo de menos, ¡vive Dios!, cuando estás lejos de mí. Pero, especialmente en días como hoy, mis ojos buscan a mi querido Cayo, y espero que, dondequiera que hayas estado hoy, hayas celebrado contento y con buena salud mi sexagésimo cuarto cumpleaños. Porque, como ves, hemos pasado ya el año sexagésimo tercero, climaterio común de todos los ancianos. No obstante, ruego a los dioses que, todo el tiempo que me quede aún de vida, podamos disfrutarlo sanos y salvos en una república feliz, conduciéndonos como personas honradas y preparando mi sucesión”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XV, 7, 3)

Moneda con el rostro de Cayo César

La importancia que se daba a que los familiares y personas bajo su dependencia celebrasen el cumpleaños de uno se hace patente con la gran cantidad de inscripciones halladas en las que se establece un legado con el objeto de posibilitar que otros celebren el cumpleaños del benefactor.

Una inscripción de Ferentinum en el Lacio detalla la fundación establecida por un tal A. Quintilio Prisco, que había alcanzado un alto cargo municipal.

“… que en su cumpleaños a perpetuidad los ciudadanos, habitantes y mujeres casadas que estén presentes reciban una libra de pastas y una medida de vino mulso, y que a los decuriones de los triclinios se les de además diez sestercios, así como a los niños de status decurional, y que al consejo de Augustales y a los que cenan con ellos se les reparta pastas, mulso y ocho sestercios, y en mi comedor se le dará a cada persona un sestercio más… Los representantes municipales deberían ofrecer sin distinción entre libres y esclavos treinta modios de nueces y seis urnas de vino, como conviene a los jóvenes que están creciendo.” (CIL X 5853 = ILS 6271)

Hipogeo de los Aurelios, Roma. Foto David Macchi (Romapedia)

El natalicio era un día para recordar a los difuntos, por lo que los familiares solían visitar sus tumbas y dejar algunas ofrendas. También se establecían legados para hacer repartos de comida o dinero en el cumpleaños del difunto con el objeto de ser recordado en dicho día.

En el siglo II Fabio Hermógenes de Ostia, caballero público y sacerdote del divino Adriano, recibió a su muerte un funeral público y una estatua ecuestre en el foro. Su padre, reconfortado por los honores concedidos a su hijo, donó 50.000 sestercios a la ciudad. De los intereses de este regalo se debería repartir una sportula anual en el cumpleaños del difunto delante de su estatua a los que estuvieran presentes.

“La orden de los decuriones reunida en el templo de Roma y Augusto decidió, en presencia de su padre, añadir la promesa de que el dinero se distribuiría en el cumpleaños de Hermógenes, el hijo, en el foro, delante de su estatua, a los presentes.” (CIL XIV, 353)

Foro de Arlés, Francia.
Ilustración de Jean-Claude Golvin

Cuando uno celebraba su propio cumpleaños seguía un ritual que parece repetirse en cuanto a honrar al genio propio. Pronunciar votos por la salud y por la prosperidad del hogar, adornar con flores la figura del genio o el altar, ofrecer incienso, granos de trigo, libaciones de vino y derramar perfumes parecen haber formado parte de dicho ritual.

“Pronunciemos palabras de fiesta: el dios del cumpleaños
se acerca al altar. Todos los presentes, hombres y mujeres,
guarden silencio. Quémese piadoso incienso en la lumbre, quémense
los perfumes que el blando árabe envía de su rico país.
El propio Genio acuda a contemplar sus honras; flexibles guirnaldas
le adornen su sagrada cabellera. Sus sienes rezumen gotas
de nardo puro y quede saciado de torta y embriagado de
vino. Concédate, Cornuto, todo lo que pidas. Ea, ¿por qué vacilas?
Él lo consiente: pídele.

Desearás, me imagino, el amor fiel de tu esposa. Creo que
los propios dioses lo han decretado ya. Lo preferirás a todos
los campos que por el mundo entero un fuerte labrador pueda
arar con buey robusto y a todas las perlas que se crían en las
Indias felices, por donde enrojece la ola del mar de Oriente.
Tus deseos se cumplen. Ojalá vuele Amor con sus alas resonantes
y a vuestro matrimonio traiga cadenas de oro; cadenas
que duren siempre, hasta que la lenta vejez marque arrugas
y encanezca los cabellos. Que llegue ésta, dios del cumpleaños,
otórgueles a los abuelos nietos y juegue ante tus pies un
tropel de niños.”
(Tibulo, Elegías, II, 2)

Genio y Lar, villa de Terzigno, Italia. Museo Británico, Londres

Cuando los parientes, amigos o clientes celebraban el cumpleaños de un familiar o patrón, si eran realmente piadosos, seguían los mismos ritos que al celebrar el suyo propio.

“El cumpleaños de mi esposa requiere el honor acostumbrado:
id, manos mías, a los piadosos ritos. Así, en otro
tiempo, el heroico hijo de Laertes celebraría con toda
probabilidad, en el extremo del mundo, el día festivo de su
esposa. Que mi lengua, olvidándose de mis desventuras,
guarde un respetuoso silencio, ella que, según creo, se
olvidó ya de pronunciar palabras de buen augurio. Debo
ponerme el vestido blanco, que me pongo una sola vez en
todo el año y cuyo color contrasta con mi destino; que
se levante un verde altar, construido de gramíneo césped,
y que una corona entretejida cubra el tibio hogar. Dame,
mancebo, el incienso que produce espesas llamas y el vino
que crepite al verterlo en el fuego sagrado.”
(Ovidio, Tristes, V, 5)

Detalle de la pintura del lararium, Casa de las paredes rojas, Pompeya

En la relación social entre patrones y clientes se puede ver la dependencia y gratitud de los últimos con respecto a los primeros y que se demuestra con la celebración del cumpleaños del patrón por parte de los que dependían de su generosidad. Así, el poeta Horacio celebra el aniversario de su patrón Mecenas, con una pequeña fiesta en la que se hace el sacrificio de un cordero. La oda está escrita en forma de invitación a una tal Filis, a la que confiesa que da más importancia al cumpleaños de su patrón que al suyo propio, con el objeto de que llegue a Mecenas la noticia de que su patrocinado le ha honrado en el día de su natalicio y de que este siga concediéndole su favor.

“Tengo un cántaro de vino albano lleno, de más de nueve
años; hay apio en mi huerto, Filis, para trenzar coronas y copiosa
hiedra, que te hace brillar cuando con ella te ciñes los cabellos.
La plata llena la casa de sonrisas y el ara, revestida de
verbenas castas, ansia que la sangre del cordero inmolado la
rocíe. No hay cosa en que la servidumbre no se afane: de aquí
para allá corren mezclados los mozos y las mozas; las llamas se
agitan volteando en su cresta el negro humo.

Mas, para que sepas a qué alegrías se te invita, has de celebrar
los idus que el mes de abril dividen, el que a la marina Venus
se consagra; fecha que con razón es para mí solemne y casi
más sagrada que mi propio natalicio, pues mi querido Mecenas
desde ese día cuenta los años que le van llegando.”
(Horacio, Odas, IV, 11)

Ilustración Sedeslav

De la importancia que se daba al día del cumpleaños hay muestra entre los políticos y generales que intentaban que acontecimientos importantes de su vida o carrera coincidiesen, como fue el caso de Pompeyo el Grande quien esperó siete meses para volver de su campaña en Oriente y poder celebrar su triunfo en el día de su cumpleaños.

“Con ocasión de su tercer triunfo, sobre los piratas y sobre los reyes y naciones de Asia y el Ponto que ya se han enumerado en el libro VII, siendo cónsules M. Piso y M. Messala, en el día anterior a las calendas de octubre, el aniversario de su nacimiento, mostró en público, con sus piezas, un tablero de juego, hecho de dos piedras preciosas…" (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 6)

Pintura El triunfo de Pompeyo, Gabriel Saint-Aubin

Hacer entrega de obsequios el día del natalicio era algo habitual, sobre todo, en el caso de que alguien tuviera algo que agradecer a otro, para lo que se elegía tal día para mostrar su aprecio con un regalo.

“¡Ea! Que la piadosa Roma sea consciente de las
calendas de octubre del elocuente Restituto;
felicitadle con todas vuestras lenguas y votos.
Celebramos su natalicio, ¡callad pleitos! Váyase
lejos el cirio del cliente esquilmado y las
inútiles tablillas de tres hojas y las pequeñas
servilletas que esperen a los festejos del gélido
diciembre. Que compitan en sus regalos los
más ricos: que el engreído tendero de Agripa
le lleve mantos compatriotas de Cadmo; que el
acusado de una noche de riñas y borrachera le
envíe al abogado túnicas especiales para la cena;
una joven difamada le ha ganado el pleito al
marido, que le traiga, pero ella en persona, unas
sardónicas auténticas; que el anciano admirador
de sus viejos antepasados le regale obras del
cincel de Fidias; que el cazador le lleve una
liebre, el colono un cabrito, el pescador sus
botines de los mares. Si cada uno envía lo que es
lo suyo, ¿qué piensas, Restituto, que ha de
enviarte un poeta?” (Marcial, Epigramas, X, 87)

Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto Samuel López

Los regalos podían ser muy variados y tener un valor sentimental o ser objetos muy preciados o necesarios. Los poetas enviaban sus poemas y, generalmente los obsequios podían ser objetos cotidianos.

"Esta recientemente pulida pluma de plata con forma de lanza, Proclo, dividida en dos puntas fáciles de separar y que se desliza veloz sobre el papel, te la envía Crinágoras en el día de tu cumpleaños, 
un regalo pequeño, pero de un gran corazón, para que sea compañera de fatigas de tus nuevos trabajos." (Antología Palatina, 312)

Stilus romano de plata

Las celebraciones de los natalicios podían ir desde una simple ofrenda al genio del pater familias hasta una fastuosa recepción con invitados y grandes gastos en viandas, vinos y mobiliario lujoso. Aunque lo más normal sería una celebración privada con algunos invitados y moderación en el gasto.

“Cuatro días antes de que la primera aurora del tórrido mes de agosto traiga al mundo su cabeza llena de espigas, se celebrará en mi casa un décimo sexto cumpleaños que exige ser feliz gracias a tu presencia. No se te presentarán las viandas en mesas adornadas de pedrería ni la púrpura de Asiría cubrirá tu sigma. Tampoco desenfundaré piezas de una plata ennegrecida sacándolas a través de múltiples cajones de un aparador resplandeciente; ni se te presentará aquí una copa cuyos lados cincelados estén recogidos por un retorcido fuste de oro rojizo. Mi vajilla es mediocre y no ha sido elaborada de manera que un grado sumo de arte pueda suplir la pobreza de la materia. La mesa rústica de tu amigo galo no acogerá los panes que suelen dorarse en la Sirte líbica. Mis vinos no son de Gaza, de Quío o de Falemo y no te daré a beber productos de la viña de Sarepta. Aquí no tengo los líquidos que ha hecho famosos el nombre que un triunviro en persona puso a una villa en nuestros campos. Te pido sin embargo que vengas; todo lo proveerá Cristo, que me ha proporcionado aquí una patria gracias a tu afecto.” (Sidonio Apolinar, Poemas 17)

Ilustración villa romana de Lullingston, Gran Bretaña

Como es la costumbre actualmente, se esperaba que la celebración del cumpleaños reuniese a los familiares más cercanos y se lamentaba que estos no pudieran estar presentes en la ocasión.

“Es verdad que el hombre no puede obtener a un tiempo por medio de la suerte todo lo que desea. ¡Cuánto más espléndidamente hubiera pasado el día de mi cumpleaños si hubierais estado presentes! Por lo menos en lo que respecta al futuro, la Suerte realizará mis deseos en una larga sucesión de años.” (Símaco, Epístolas, VI, 67)

Con el paso del tiempo parece que las celebraciones privadas de los cumpleaños perdieron su carácter piadoso de honrar al genio y los dioses y se convirtió en una mera celebración festiva.

“Si uno celebra su cumpleaños, prepara adecuadamente una cena y una comida invitando a sus amigos a una lujosa mesa; en cambio, en su fiesta anual nadie trajo al dios aceite para su lámpara, ni una víctima, ni incienso. Yo, desde luego, no sé cómo podría aceptar ver este comportamiento vuestro un hombre de bien, pero yo al menos pienso que no les agrada a los dioses.” (Juliano, Discurso de Antioquía, 363b)

Pintura de Roberto Bompiani

Los romanos de la antigüedad no solo celebraban los natalicios del ámbito privado, sino también los que surgían del ámbito público, como eran los aniversarios de las fundaciones de cultos, templos o ciudades.

“Hay, pues, que evitar todos los espectáculos, no sólo para que no anide ningún vicio en nuestros corazones, los cuales deben ser tranquilos y pacíficos, sino también para que las costumbres pecaminosas de otros no nos debiliten, ni nos aparten de Dios y de las buenas costumbres. y es que las celebraciones de los juegos coinciden con las fiestas de los dioses, ya que se establecieron con motivo de sus cumpleaños o de la dedicatoria de nuevos templos. En principio, las cacerías, llamadas ofrendas, están destinadas a Saturno; los juegos escénicos, a Líber; y los circenses, a Neptuno. De todas formas, este mismo honor empezó a ser dado poco a poco a los demás dioses y cada uno de los juegos fue consagrado en honor de ellos, tal como enseña Sinnio Capitón en su libro Sobre los espectáculos. Así pues, si alguien asiste a unos espectáculos que se celebran por motivos religiosos, se aparta del culto de Dios y se acerca a los dioses, al celebrar su nacimiento y festividad.” (Lactancio, Instituciones Divinas, VI, 20, 33)

Genio de Domiciano, Museos Capitolinos, Roma.
Foto Marie Lan Nguyen


En el año 121 d.C. bajo el gobierno de Adriano se instituyó el día del aniversario de la fundación de Roma (Natalis Urbis), que se hizo coincidir con el antiguo festival agrícola conocido como Parilia, y que celebró a partir de entonces con carreras de carros en el circo.

“Pues bien, justo cuando se estaban comentando muchas cosas de este estilo, se dejó oír por toda la ciudad un estruendo de flautas, sonido de timbales y estrépito de tambores, surgidos junto con un canto. Resultó que se celebraba el festival de las antaño llamadas Parilias, y actualmente Romalias, desde que fue erigido un templo en honor a la Fortuna de la ciudad por obra del óptimo y cultísimo emperador Adriano. Ese día lo celebran cada año como una fecha señalada todos los habitantes de Roma, así como los extranjeros establecidos en la ciudad.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, VIII, 361F)

Moneda de Adriano conmemorando la fundación de Roma. Museo Británico, Londres

Además de todas estas celebraciones, desde los tiempos del Principado, los romanos celebraban anualmente los cumpleaños de las emperadores actuales y anteriores y de los miembros de la familia imperial, e, incluso los aniversarios de los días que subieron al trono.

“Día aniversario del nacimiento de César más
sagrado que aquél en que Ida sabedora vio nacer a
Júpiter Dicteo, ven, te ruego, muchas veces, tantas
que superes la vida del pilio, presentándote
siempre con este aspecto, y si es posible más
brillante todavía. Pueda éste honrar frecuentemente
a la diosa del lago Tritón, con las hojas de oro de
Alba, y que por estas manos tan poderosas pasen
muchas coronas de encina. Celebre nuestro
emperador el retorno de los tiempos en un lustro
inmenso y las ceremonias del Tarento de
Rómulo. Muy grande es lo que pedimos, dioses
inmortales, pero debido a nuestra tierra: ¿qué
optaciones pueden ser excesivas en favor de un
dios tan grande?" 
(Marcial, Epigramas, IV, 1)

Desde que Augusto llegó al poder, fue consciente de la necesidad de otorgar un carácter público a su natalicio e implicar a toda la sociedad en su celebración. Para resaltar la importancia de ese día y regular su celebración permitió que los juegos circenses que se hacían por su cumpleaños entrasen en el calendario oficial como un festival permanente.

“El populacho, sin embargo, encontrando fácil escapar a la detección en las carreras y sintiéndose envalentonado por su número, elevó un gran griterío en las carreras con ocasión del cumpleaños de Diadumeniano, que caía el catorce de septiembre.” (Dion Casio, Historia Romana, LXXVIII, 20)

Pintura de Ettore Forti

En línea con la tradición de ofrecer al propio genio vino sin mezclar, flores e incienso, en un decreto del año 30 a.C. se sugería que todos los romanos deberían hacer una libación por el genio de Augusto en cada banquete público y privado. Sin embargo, con el desarrollo del culto imperial este ritual resultaba demasiado simple para un emperador que aspiraba a la divinidad, con lo que en muchas asociaciones religiosas y el ejército se empezó a sacrificar animales.

Escena de sacrificio, Templo de Vespasiano, Pompeya

En el documento hallado en la ciudad siria de Dura-Europos, se evidencia parte de lo que pudo ser un calendario con diferentes festividades que debían ser festejadas y que estaban relacionadas con la familia imperial, especialmente de la dinastía reinante en ese momento, la de los Severos. Otras fiestas guardaban relación con la religión tradicional romana o con festividades militares.

La estructura del documento se presenta en listas en las que primero se menciona una fecha, luego el motivo de la celebración, a continuación, los dioses que debían ser honrados y finalmente el ritual que debía realizarse.

“El día antes de las nonas de abril (4 de abril), con motivo del natalicio del divino Antonino Magno (Caracalla), al divino Antonino, un buey.” (Feriale Duranum)

Pintura con sacrificio de Julio Terencio, Dura-Europos, Siria

Los sacrificios, festejos y competiciones que se llevaban a cabo por el natalicio del emperador permitían reflejar la lealtad de los súbditos al emperador, además de que la intervención de ciertas autoridades civiles y religiosas en las ceremonias realizadas en las provincias jugaba un papel fundamental a la hora de cimentar las relaciones con la ciudad de Roma. En el año 9 a.C. se inauguró una nueva era en el calendario local de las ciudades de Asia menor, empezando en el cumpleaños de Augusto en el 23 de septiembre. La razón para esta reforma fue que el dies natalis del princeps, que era alabado como salvador y otorgador de paz y orden, marcó el principio de una nueva vida para todo el mundo. El dies natalis (nacimiento) y el dies imperii (día de ascensión al trono) del príncipe como parte integral del culto imperial tenían todos los elementos rituales necesarios, sacrificios, fiestas públicas, juegos, panegíricos, observancia de vacaciones, iguales a los de los festivales dedicados a los dioses. Como se creía que la prosperidad y seguridad del imperio dependía de la correcta realización de las ceremonias tradicionales, los cumpleaños imperiales se siguieron celebrando con gran fervor hasta finales del Imperio.

“En cambio, bajo el gobierno de Severo, una vez que Pertinax recibió la aprobación del pleno del senado, se organizó en su honor un funeral sin la presencia del difunto y similar al que se concede a los censores, y Severo le honró pronunciando su elogio fúnebre. Por su parte, el propio Severo aceptó del senado el nombre de Pértinax por amor a un buen príncipe. El hijo de Pértinax fue nombrado flamen de su padre. Los cofrades Marcianos que estaban encargados del culto de Marco Aurelio fueron llamados Helvianos, en honor de Helvio Pértinax. Se celebraron además unos juegos circenses festejando también el aniversario del día que asumió el poder, festejos que suprimió más tarde Severo, y otros juegos para celebrar el aniversario de su nacimiento, que aún subsisten.” (Historia Augusta, Pertinax, 15, 5)

Aureus del emperador Pertinax


Cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del estado algunas cosas cambiaron se prohibieron los sacrificios con sangre y a partir del año 323 d.C. los cristianos estuvieron exentos de participar en los actos de celebración del cumpleaños del emperador. Sin embargo, los juegos y espectáculos teatrales en honor del natalicio del emperador (ludi circenses ob natales imperatorum) siguieron representándose hasta el final de la antigüedad, ya que eran los acontecimientos favoritos para todos los ciudadanos independientemente de su fe y su capacidad de reunir a la gente alrededor de la figura del emperador era vital para la vida pública de finales del Imperio.


“De los Emperadores Valentiniano, Teodosio y Arcadio Augustos a Albinus, prefecto de la ciudad

Es necesario que nuestros aniversarios reciban igual reverencia, es decir, tanto el día que produjo el auspicioso comienzo de nuestra vida como el día que produjo el inicio de nuestro poder imperial.” (7 de agosto de 389, Código Teodosiano, II, 8, 19)

“Los emperadores León y Antemio a Armasius, prefecto del pretorio

No permitimos que nadie que esté ocioso durante este día sagrado (domingo) se dedique a placeres obscenos; y nadie podrá asistir a exhibiciones teatrales, carreras de carros o espectáculos de fieras salvajes, y cuando nuestro cumpleaños caiga en domingo, se pospondrá su celebración.” (Constantinopla, 469, Código de Justiniano, III, 12,10)

Díptico del cónsul Aerobindo,
Museo de Cluny, París


El natalicio es un tema que aparece en la poesía lírica romana de finales de la república y principios del imperio. Propercio lo emplea como momento en torno al cual se puede desarrollar la relación amorosa con su amada.

“Me preguntaba por qué las Musas me habrían visitado de mañana
de pie frente a mi lecho cuando el sol enrojecía.
Me dieron la señal de que era el cumpleaños de mi amada
y por tres veces aplaudieron con sonidos favorables.
…………………………………………………………………………………………………..
Luego, cuando hayas purificado con incienso los altares adornados
y llamas favorables hayan brillado en toda la casa,
prepárese la mesa, transcurra la noche entre copas
y un ónice de mirra perfume el olfato del olor del azafrán.
Ríndase la ronca flauta a las danzas nocturnas
y que no se ponga freno a tus palabras licenciosas.
La dulzura del banquete nos prive del sueño molesto 
y resuene el aire cercano de la vía pública.
Echemos a suertes tirando los dados para averiguar
a quién castiga más con sus alas aquel niño.
Cuando las horas hayan pasado entre multitud de copas
y Venus asista para iniciar los ritos de la noche, 
cumplamos en nuestro tálamo o sus fiestas anuales
y acabemos así el día de tu cumpleaños.”
(Propercio, Elegías, III, 10)

Pintura de John William Waterhouse

Por otra parte, el día del cumpleaños podía tornarse un tema doloroso, como en el caso del poeta Ovidio que se lamenta de que el que debía ser un día de alegre celebración se convierta en un triste momento al estar en el destierro y no poder disfrutarlo como le hubiera gustado.

“He aquí que en vano (pues ¿de qué me ha servido el
haber nacido?) se acerca la fecha de mi cumpleaños. Cruel,
¿por qué venías a añadirte a los desgraciados años de un
exiliado? Deberías haberles puesto término.
Ni mi situación, ni mis circunstancias son tales como
para que pueda alegrarme de tu llegada. Lo que me conviene
es un altar funerario ceñido por fúnebre ciprés y la
llama preparada para piras ya levantadas. Ni me agrada
ofrecer incienso que en nada aplaca a los dioses, ni en medio
de tantas desgracias se me ocurren palabras agradables.
Con todo, si algo he de pedir en este día, te ruego que
no vuelvas nunca más a estos lugares, mientras me retenga
la región casi más remota de la tierra, el Ponto, mal llamado Euxino.”
(Ovidio, Tristes, III, 13)

Ovidio en el exilio. Pintura de Ion Theodorescu-Sion



Bibliografía

Birthday Rituals: Friends and Patrons in Roman Poetry and Cult, Kathryn Argetsinger
The Birthday Present: Censorinus’ De die natali, Anna Bonnell Freidin
Remembering Anniversaries at Roman Ostia: The dies natalis of Antinous, Hero and Divine Being, Christer Bruun
a. d. VIIII Kalendas Octobres, dies natalis Augusti. Some Considerations on the Astronomical Orientation of Roman Cologne and the Imperial Cult, David Espinosa Espinosa y A. César González García
Martial's Kalendae Nataliciae, Hans Lucas
El culto a los emperadores en el ejército romano: el caso del Feriale Duranum, Fernando Lozano Gómez
Mito y religión en el de die Natali de Censorino, María del Carmen Hoces Sánchez
El dies imperii: la “revolución” de Tito Flavio Vespasiano, Giuditta Cavalletti
Imperial Birthday Rituals in Late Antiquity, Maria Kantirea. Court Ceremonies and Rituals of Power in Byzantium and the Medieval Mediterranean, Brill

 


miércoles, 27 de diciembre de 2023

Iovis Pater, el culto a Júpiter en la antigua Roma

Júpiter, Casa de los Dioscuros, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. Foto Olivierw

El culto a Júpiter se implantó en Roma desde tiempos muy antiguos conformando junto a las diosas Juno Regina y Minerva la tríada capitolina, que recibió culto en la colina del Quirinal.

“La cuesta que sube muy cerca de Flora, tiene el nombre de Capitolium Vetus «Capitolio Viejo», porque allí hay una capilla de Júpiter, Juno y Minerva, y ésta es más antigua que el templo que fue construido en el Capitolio.” (Varrón, De la lengua latina, V, 158)

Tríada Capitolina. Museo Arqueológico de Palestrina, Italia. Foto Sailko

Júpiter fue el nombre latino que se dio al dios Zeus griego cuando este se asimiló a la religión romana. El nombre Iuppiter es contracción de Iovis Pater (Padre Jove); se nombraba como Iuppiter y como Iovis (Jove).

Desde muy antiguo se le veneró tanto en el pueblo latino, como entre muchas de las antiguas comunidades itálicas y se le consideró como la más potente divinidad del antiguo panteón romano.

En su iconografía se le representa habitualmente como un hombre barbado, de melena ondulada, vestido con un manto que no suele cubrir su torso, aunque a veces aparece totalmente desnudo. Suele presentarse acompañado de un cetro que le identifica como el rey de los dioses, un águila, un haz de rayos, y ocasionalmente con un globo terráqueo, este último como símbolo de su dominio sobre el mundo. El haz de rayos refleja su poder como dios de los fenómenos atmosféricos y su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza.

Símbolos de Júpiter. Casa del Efebo, Pompeya

Por último, el águila se consideró en la antigüedad un ave divina porque en su vuelo se acerca a los dioses que habitan en el cielo. Se la considera una mensajera de Júpiter y, como reina de las aves, representativa del don de la adivinación que se le atribuye al dios. Durante el imperio se creía que un águila era la encargada de transportar el alma del difunto emperador hasta su encuentro con los dioses. Todos los símbolos, tanto juntos como por separado, conllevaban la idea de la supremacía de Júpiter, sobre los demás dioses, sobre los hombres y sobre el universo.

“Tampoco creyeron que el Júpiter que adoramos en el Capitolio y en otros templos fuese el que lanza el rayo; sino que consideran a Júpiter como nosotros, guardador y moderador del universo, del que es alma y espíritu, señor y artífice de esta obra, y al que todos los nombres convienen. ¿Quieres llamarle Destino? no te equivocas; de él dependen todos los acontecimientos; en él están las causas de las causas. ¿Quieres llamarle Providencia? bien le llamas: su providencia vela por las necesidades del mundo, para que nada altere su marcha, y realice su ordenado fin. ¿Prefieres llamarle Naturaleza? no errarás: de él ha nacido todo; de su aliento vivimos. ¿Quieres llamarle Mundo? no te engañas: él es todo lo que ves, está todo entero en cada una de sus partes y se sostiene por su propio poder. De la misma manera que nosotros pensaron los Etruscos, y si dicen que el rayo procede de Júpiter, es porque nada se hace sin él.” (Séneca, Cuestiones Naturales, II, 45)

Júpiter con Cupido, Herculano. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto Luigi Spina

En un principio formó con Marte, dios de la guerra y Quirino, dios de la agricultura, la tríada arcaica o precapitolina, pero a finales del siglo VI a.C. Tarquinio el Soberbio terminó el templo dedicado a la tríada capitolina, que había iniciado Tarquinio Prisco, con el que se sentó las bases del culto que por siglos iba a ser tan relevante en la religión de Estado en Roma.

Moneda con el templo y la tríada capitolina.
Gabinete de monedas, Berlín

Sin embargo, el primer templo romano de Júpiter lo construyó Rómulo en el Capitolio con la advocación de Júpiter Feretrio, donde se consagraban los "spolia opima", es decir, las armas de cualquier jefe enemigo muerto en combate por el jefe romano.

“El espectáculo mayor, con mucho, del triunfo lo constituyó Coso portando los despojos opimos del rey muerto. Los soldados le cantaban versos libres comparándolo con Rómulo. Colgó los despojos como ofrenda, con una solemne dedicación, en el templo de Júpiter Feretrio al lado de los despojos de Rómulo, que fueron los primeros en recibir el nombre de opimos y eran los únicos hasta entonces.” (Tito Livio, IV, 20, 2)

Rómulo con los spolia de Acron, pintura de Jean Auguste Dominique Ingres.
Museo del Louvre. Foto Sailko

Este culto se remonta a los inicios de la historia romana y marca el paso de Roma desde una simple comunidad agrícola hacia una prominente comunidad entre los pueblos latinos. Dicho culto, desarrollado durante la época de animismo de la religión romana, retuvo su naturaleza animista, y la deidad nunca cambió del estado de numen al de dios, por lo que Júpiter Feretrius nunca se representó con forma humana.

Su aparición se produce tras la victoria de los romanos sobre los caeninenses, que habían llegado a vengar el rapto de las Sabinas, cuando Rómulo marcó en el Capitolio un espacio sagrado para un templo dedicado a Júpiter Feretrius y le dedicó las armas de Acron, el jefe enemigo al que había matado.

“Decretado por el Senado el triunfo solamente a Marcelo, apareció éste en la pompa, si se atiende a la brillantez, riqueza y copia de los despojos, y al número de los cautivos, magnífico y admirable como los que más; pero el espectáculo más agradable y nuevo era ver que él mismo conducía al templo de Júpiter la armadura del bárbaro, para lo cual había hecho cortar el tronco de una frondosa encina, y disponiéndolo como trofeo puso ligadas y pendientes de él todas las piezas, acomodándolas con cierto orden y gracia; y al marchar el acompañamiento púsose al hombro el tronco, subió a la carroza, y como estatua de sí mismo, adornada con el más vistoso de los trofeos, así atravesó la ciudad. Seguía el ejército con lucientes armas, entonando odas e himnos triunfales en loor del dios y del general. De esta manera continué la pompa, y, llegada al templo de Júpiter Feretrio, subió a él e hizo la consagración, siendo el tercero y el último hasta nuestra edad, porque Rómulo fue el primero que trajo iguales despojos, de Acrón, rey de los Ceninenses; el segundo Cornelio Coso, de Tolumio, Etrusco, y después de estos Marcelo, de Virdómaro, rey de los Galos, y después de Marcelo, nadie. Dase al dios a quien se hizo la ofrenda el nombre de Júpiter Feretrio, según unos, por habérsele llevado el trofeo en un féretro, como derivado de la lengua griega, muy mezclada entonces con la latina; según otros, ésta es denominación propia de Júpiter Fulminante, porque al herir o lisiar los Latinos le llaman ferire. Otros, finalmente, dicen que se tomó el nombre del mismo golpe o acto de herir en la guerra, porque en las batallas, cuando persiguen a los enemigos, repitiendo la palabra “hiere”, se excitan unos a otros.” (Plutarco, Marcelo, 8)

Denario de época de Trajano con el general Marcus Claudius Marcellus
y el templo de Júpiter Feretrius

Durante el reinado de Tarquinio el soberbio se instituyó la celebración de las Feriae Latinae en las que se debía ofrecer un sacrificio a Júpiter Latiaris. Según Dionisio de Halicarnaso, estas fiestas se celebraban aún en su época, siglo I a.C. y surgieron tras ganar a los Latinos y persuadirles de aceptar un acuerdo que reconocía la predominancia de Roma y celebrar un festival para conmemorar la paz entre los pueblos, al cual asistían muchos magistrados de Roma y delegados de las antiguas ciudades latinas que rodeaban Roma. El festival era dirigido por los cónsules y se sacrificaba un toro a Júpiter Latiaris y la carne se compartía entre los participantes de las ciudades que asistían al encuentro. La ceremonia estaba controlada por Roma como signo de su dominio sobre las demás ciudades. La documentación sobre el culto a Júpiter Latiaris parece indicar que existiría un templo o santuario dedicado a él en el monte Albano.

“Tarquinio, después de obtener la hegemonía sobre los latinos, envió embajadores a las naciones de los hérnicos y de los volscos, invitándolos también a un tratado de amistad. Los hérnicos votaron unánimamente a favor de la alianza, mientras que sólo dos poblaciones volscas, Ecetra y Ancio, aceptaron la propuesta. Con el propósito de que los tratados con las ciudades se mantuvieran perpetuamente, Tarquinio decidió establecer un templo común para los romanos, latinos, hémicos y para los volscos que habían entrado en la alianza, con el fin de que cada año se reunieran en el lugar fijado y allí celebraran una fiesta, comieran juntos y participaran en sacrificios comunitarios. Como todos aceptaron la resolución con satisfacción, fijó como lugar para celebrar la reunión un monte elevado situado aproximadamente en el centro de los pueblos, monte que se levanta sobre la ciudad de los albanos. Estableció por ley que allí, todos los años, se celebraran fiestas, hicieran una tregua, ofrecieran sacrificios comunitarios al llamado Júpiter Latiaris y celebraran banquetes en común. Fijó también lo que cada ciudad debía aportar para los sacrificios y la parte que cada una debería recibir. Las ciudades que tomaban parte en la fiesta y en los sacrificios eran cuarenta y siete. Los romanos han seguido celebrando estas fiestas y sacrificios hasta nuestros días con el nombre de Fiestas Latinas, y las ciudades participantes llevan, unas, corderos; otras, quesos; otras, una determinada cantidad de leche, y otras, alguna ofrenda del mismo tipo; y de un toro que todas sacrifican en común, cada ciudad toma la parte que le está fijada. Los sacrificios se realizan en nombre de todos, y son los romanos los que los dirigen.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, IV, 49)

Estatuilla en bronce de Júpiter. Colección privada

Para los primeros romanos, Júpiter era el dios del cielo y de los fenómenos atmosféricos, pero también era considerado un rey con poder para proteger y hacer prosperar a la comunidad romana y a la que representa en sus relaciones con los pueblos extranjeros. De su aspecto benefactor procede el epíteto de Optimus, así como el de Maximus corresponde al ser considerado el más importante de los dioses. El culto a Júpiter Optimus Maximus establecido en la monarquía de los Tarquinios y su posterior adopción por la república romana creó una imagen divina de poder que reflejaba el bienestar de la sociedad romana y la misión a cumplir entre los demás pueblos.

"Pero al propio Júpiter, esto es, 'el padre que ayuda' -al que, en los casos oblicuos, llamamos Jove, de 'ayudar'- lo llaman los poetas 'padre de las deidades y de los hombres", mientras que nuestros mayores lo llaman 'Óptimo Máximo'. Y, desde luego, antes 'Óptimo' -esto es, sumo benefactor- que 'Máximo', ya que el hecho de aprovechar a todos resulta más grandioso y, a buen seguro, más de agradecer, que el de poseer grandes recursos." (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, II, 64)

Júpiter entronizado. Museo Británico, Londres

De vuelta al culto de Júpiter Capitolino, en su templo había dos capillas dedicadas a Juno Regina y Minerva, y los tres eran invocados en momentos solemnes nombrando primero a Júpiter, seguido por Juno y Minerva, indicando en su orden la jerarquía que el pueblo romano les otorgaba. Júpiter llegó a convertirse en el genio tutelar de la ciudad y del pueblo romano, bajo cuya protección se acogían la justicia, la razón, y el destino del Estado. Con el paso del tiempo esta protección se extendió a todos los lugares del Imperio, siendo muy bien acogido entre los pueblos conquistados.

"Hannón.— ¡Oh, Júpiter, que velas por el género humano y le das sustento, tú que eres el sostén de nuestras vidas y en cuyas manos tienen puestas sus esperanzas todos los mortales, yo te ruego que me concedas que sea hoy el día feliz que me traiga el logro de mis afanes y devuelve la libertad a mis hijas, de las que he tenido que verme privado tan largo tiempo, después que me fueron arrebatadas de la patria en tan tierna edad! Así sabré que hay una recompensa para un amor paternal que no se da por vencido." (Plauto, Pseudolus, V, 4)

Cistóforo de Vespasiano acuñado con motivo de la restauración del Capitolio. 

Según algunos autores los romanos agradecían a Júpiter Optimus Maximus por los dones que les concedía, riqueza, honor, seguridad, aunque no por ser virtuosos o justos, sin embargo, tampoco le culpaban por los males que les acontecían.

“Porque, si Júpiter Óptimo Máximo, cuya voluntad y cuyo albedrío gobiernan el cielo, la tierra y los mares, suele a menudo, con fuertes vientos o con tempestades desenfrenadas, con calor excesivo o con frío insoportable, dañar a los mortales, arrasar las ciudades y malograr las cosechas -si pensamos que nada de esto ha ocurrido para ruina nuestra por decisión divina sino que se ha producido por la violencia y el poderío de la misma naturaleza y si, al contrario, vemos que él nos concede y nos reparte los beneficios de los que nos servimos, como son la luz de que gozamos y el aire que respiramos.” (Cicerón, Pro Roscio, 131)

Estatuillas de Júpiter en un lararium de Boscoreale, Italia.
The Walters Art Museum, Baltimore, Maryland, EE.UU.

Los romanos atribuían la expansión y la extensión de su imperio a la piedad que sentían por sus dioses, sobre todo, a Júpiter. Esta idea se reforzaba mediante los ritos que se llevaban a cabo en el Capitolio. Desde el punto de vista romano, el sacrificio que los pueblos extranjeros hacían a Júpiter confirmaba la preeminente posición de Roma en el mundo, ya que los que hacían las ofrendas, reyes y élites de Grecia, Asia menor, África del Norte, y el Oriente próximo dependían del favor romano. La asociación de Júpiter Optimus Maximus con la protección del estado hizo que su culto tuviese un relevante carácter oficial en las provincias del Imperio.

"Pero, después de su derrota en el Lago Regilo, los latinos se indignaron tanto contra quienes abogaban por la reanudación de la guerra que no sólo rechazaron a los legados volscos, sino que los detuvieron y los condujeron a Roma. Allí fueron entregados a los cónsules y se aportaron pruebas que demostraban que volscos y hernicios se estaban preparando para la guerra con Roma. Cuando el asunto fue llevado ante el Senado, éste quedó tan complacido por la acción de los latinos que liberó a seis mil prisioneros de guerra y puso a la consideración de los nuevos magistrados el asunto de un tratado que hasta entonces se habían negado persistentemente a considerar. Los latinos se felicitaron por la actitud que habían adoptado y los autores de la paz recibieron grandes honores. Enviaron una corona de oro como regalo a Júpiter Capitolino." (Tito Livio, Ab Urbe condita, II, 22)

Júpiter Capitolino. Museo Metropolitan, Nueva York

Un importante aspecto del papel de Júpiter como protector del estado era ser testigo de los tratados y alianzas llevados a cabo por Roma. Con la hegemonía de Roma sobre el Mediterráneo, las ciudades estado y los reyes buscaban en el senado romano alianzas y garantías para su propia autonomía. Copias de los acuerdos entre estados se depositaban en el templo de Júpiter tras hacer un juramento y un sacrificio. El acto requería un permiso del senado, pero el sacrificio era voluntario. Cuando los aliados regresaban a su hogar, confirmaban los acuerdos ofreciendo sacrificios a sus propios dioses.

Que el sacrificio de extranjeros a Júpiter era voluntario se puede constatar en el siguiente decreto del Senado que recoge un tratado de alianza entre Roma y Atypalaia, una isla del Egeo, en el año 105 a.C.

“Con el pueblo de Astypalaia paz, amistad y alianza serán renovadas; como un buen hombre de un pueblo bueno y amistoso su enviado será tenido y se le dará un trato amistoso. Se decreta que Publius Rutilius, cónsul, se encargue de que una placa de bronce de esta alianza se clave en el Capitolio como le parezca que convenga al interés de la Republica y su buena fe. Se decreta que Publius Rutilius, cónsul, ordene al cuestor según el procedimiento oficial entregar al enviado regalos y que al enviado se le permita hacer un sacrificio en el Capitolio, si así lo desea, y que según las leyes Rubria y Acilia se exponga una copia de esta alianza en un lugar público y visible y por donde la mayoría de ciudadanos pasen, y que cada año en la asamblea de Astypalaia se pueda leer en voz alta.” (IG XII 3.173)

Estatuilla de bronce. Museum of Fine Arts, Boston, EE.UU.

El emperador Octavio Augusto, a pesar de favorecer a sus propios dioses protectores, Marte y Apolo, acomete la reconstrucción del templo de Júpiter Capitolino haciéndolo más majestuoso, manifestando así la idea de que el prínceps es el elegido por la divinidad para congraciarse con los hombres, ya que la destrucción del templo en varias ocasiones durante el siglo I a.C. se habría debido a la ira de Júpiter por las guerras civiles que habían asolado a Roma a lo largo de los años. Con el Imperio inaugurado por Augusto no solo se termina el periodo convulso de la República, sino que se inicia un periodo de prosperidad que complace a los dioses y especialmente al dios principal de la ciudad de Roma.

Recreación del Templo Capitolino de Roma. Pintura de C.R. Cockerel.
Royal Academy of Arts, Londres

Sin embargo, el deseo de Augusto de romper el vínculo con la república y poner el foco político en su propia persona hace que el culto de Júpiter Capitolino vaya perdiendo relevancia en la religión oficial del estado en favor de los dioses tutelares del emperador Apolo y Marte.

“Consagré ofrendas, procedentes de botines, en el Capitolio y en el templo del divino Julio y en el templo de Apolo y en el templo de Vesta y en el templo de Marte Vengador: todo ello me supuso cerca de cien millones de sestercios.” (Augusto, Res Gestae, 21, 2)

Su más importante función en la ideología religiosa del recién creado imperio fue como recipiente de los votos por el emperador debido, motivada por la creencia de que la seguridad de la comunidad dependía totalmente en el bienestar del gobernante. Mientras que para Cicerón Júpiter intervenía directamente para proteger el bien común, en el principado de Augusto este papel se reservaba al propio emperador. Por lo tanto, el que había sido dios supremo en la república romana, en la religión oficial del periodo de Augusto queda relegado a escuchar las oraciones del pueblo romano para que proteja a su salvador.

“Si uno habla de las campañas que has hecho por tierra y por mar, y con estas palabras halaga tus oídos atentos: «Si más quiere el pueblo que tú estés a salvo, o tú que a salvo esté el pueblo, déjelo en la incertidumbre el que cuida de ti y de la urbe: Júpiter»— serás capaz de reconocer el elogio de Augusto.” (Horacio, Epístolas, I, 16, 27)

Augusto representado como Júpiter.
Museo del Hermitage, San Petersburgo

Las fiestas del vino o Vinalia se celebraban en honor de Júpiter y Venus, para pedir protección sobre las huertas, las viñas y la vendimia, pues Júpiter era el mayor representante del vino en el mundo romano y patrocinaba la obtención del vino sacrificial, además de controlar el aspecto sagrado del ritual. La Vinalia priora o urbana se celebraba el 23 de abril, cuando se abrían los odres de vino del año anterior para bendecirlo y degustarlo y también para pedir buen tiempo hasta la siguiente cosecha. La fecha de la Vinalia rustica era el 19 de agosto, cuando se sacrificaba un cordero al dios Júpiter para pedir protección contra las tormentas de verano que podían dañar las uvas antes de la vendimia. El sacerdote (flamen dialis) arrancaba un racimo de uvas de la viña y hasta que la ceremonia no se llevaba a cabo no se podía traer mosto nuevo a la ciudad.

“Las Vinalia recibieron su fiesta por el vino, este día es de Júpiter, no de Venus. La atención prestada a este asunto no es poca en el Lacio, pues en algunos lugares la vendimia la llevaban a cabo inicialmente sacerdotes en nombre del Estado, como aún ahora en Roma, pues el flamen dialis consulta los auspicios para la vendimia y, cuando ha ordenado recoger la uva, sacrifica una cordera a Júpiter, y el flamen es el primero que, entre la sección y el ofrecimiento de las entrañas de aquélla, recoge la uva. En las puertas de Túsculo está escrito: Que no se transporte el vino nuevo dentro de la ciudad antes de ser proclamadas las Vinalias.” (Varrón, De la lengua latina, VI, 16)

Festival de la vendimia, pintura de Alma-Tadema, Galería Nacional de Victoria,
Melbourne, Australia

El 11 de octubre tenía lugar la Meditrinalia cuando se bebía el primer mosto de la reciente vendimia y se rogaba a Júpiter por la salud.

“En el mes de octubre, el día de las Meditrinales (Meditrinalia) recibió su denominación a partir de mederi «curar», porque Flaco, flamen de Marte, decía que este día se solían hacer libaciones de vino nuevo y de viejo y probar éstos como medicina; y esto suelen hacer aún ahora muchos, cuando dicen: Bebo el vino nuevo, el viejo: me curo la enfermedad nueva, la vieja.” (Varrón, De la lengua latina, VI, 21)

La dedicación a Júpiter podría haberse originado en tiempos de Eneas cuando Mecencio, rey etrusco que reinaba en Cere, fue llamado por Turno para que le ayudara en su lucha contra Eneas y Latino. Para convencerlo Turno le prometió la mitad de la cosecha del vino del campo latino y de su propio territorio, mientras que Eneas le ofreció esto mismo a Júpiter. Turno y Mecencio murieron y la promesa a Júpiter se cumplió, dando así origen a las fiestas de los Vinalia, en las que se ofrecían a Júpiter las primicias de la cosecha vinícola.

“Turno se atrajo la ayuda de los etruscos. Mecencio era ilustre y, con las armas en las manos, feroz, y, si grande a caballo, a pie era más grande aun; Turno y los rútulos intentaron atraérselo a su partido. Frente a esos intentos, hablo de la siguiente manera el caudillo etrusco: «El valor que poseo me ha costado caro; pongo por testigos mis heridas y las armas que tantas veces manche con mi sangre. Tú, que pides mi auxilio, reparte conmigo una recompensa que no es grande: los próximos mostos de tus lagares. El asunto no requiere tardanza alguna: a vosotros os corresponde dar, a nosotros, vencer. jComo desearia Eneas que yo me hubiera negado a esto!». Los rútulos estuvieron de acuerdo. Mecencio se puso las armas; Eneas se las puso, y habló Júpiter: «El enemigo ha prometido su vendimia al rey tirreno; ¡Tú, Júpiter, te llevarás el mosto de la viña del Lacio! Prevalecieron los votos mejores. El soberbio Mecencio sucumbió y atronó la tierra con su pecho rabioso. Había llegado el otoño, manchado con las uvas prensadas: hicieron entrega del vino debido a Júpiter, su acreedor. Desde entonces el día se llamó de los Vinalia. Júpiter reclama ese día y disfruta participando en su fiesta.” (Ovidio, Fastos, IV)

Detalle de mosaico con la imagen de Júpiter de la casa del Planetario, Itálica, Sevilla, España

Catón recomendaba hacer un sacrificio anual a Júpiter para que bendijera a los bueyes en su tarea de arar los campos y procurar así una buena cosecha. El ritual descrito podía también realizarse a la hora de emprender una nueva empresa, como abrir un nuevo negocio o comprar una casa.

“Es necesario hacer el sacrificio sagrado de la siguiente manera: ofrécele a Júpiter Dapalis una copa de vino tan grande como quieras; ese día debe ser festivo para los bueyes, los boyeros y quienes participen del banquete sagrado. Cuando llegue el momento de presentar la ofrenda, lo harás de esta manera: «Júpiter Dapalis, puesto que se te debe ofrecer en mi casa ante mis esclavos un cáliz de vino para el banquete sacrificial, seas por ello glorificado con esta ofrenda sacrificial que se te va a presentar». Lávate entonces las manos, después coge el vino: «Júpiter Dapalis: te glorificamos con esta ofrenda sacrificial que se va a presentar, te glorificamos con el vino ofrecido». Si quieres, hazlo con Vesta. Banquete sacrificial a Júpiter: una pieza de carne y un ánfora de vino. Consagra la ofrenda a Júpiter estando puro mientras estés en contacto con ella: después, una vez hecho el banquete sacrificial, siembra mijo, panizo, ajo y lenteja.” (Catón, De Agricultura, 132)

Sacrificio a Júpiter. Pintura de Noël Coypel. Castillo de Versalles, Francia

Durante la celebración de los Ludi Romani (juegos romanos) en la noche del 13 de septiembre, día central de los ludi Romani y único antes de que se ampliasen hasta abarcar entre el 4 y el 19 de ese mismo mes, tenía lugar en el Capitolio un banquete, llamado epulum Iovis, en presencia de las estatuas de las tres divinidades que habitaban el gran santuario capitolino, Júpiter, Juno y Minerva. A Júpiter se le pintaba la cara de rojo y se le reclinaba en un lecho, y las diosas permanecían sentadas en una silla. El banquete lo organizaba el colegio de los epulones y asistían los senadores y posiblemente los magistrados. Se servía comida que se ofrecía incluso a los dioses como si estuvieran realmente presentes y se amenizaba con música y bailes. El epulum Iovis se celebraba también en los idus de noviembre, coincidiendo con los ludi plebeii.

“Las mujeres solían comer sentadas en compañía de los hombres, que lo hacían recostados. Esta costumbre del banquete de los hombres pasó también al de los dioses y así, en el banquete en honor de Júpiter, éste era invitado al festín en un lecho mientras que Juno y Minerva eran invitadas a sentarse en sillas. Nuestra época conserva esta rigurosa costumbre más cuidadosamente en el Capitolio que en las casas privadas, naturalmente, porque mantener las normas de conducta corresponde más a las diosas que a las mujeres.” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, II, 1, 2)

Estela con banquete de Hades y Perséfone. Museos Vaticanos. Foto Egisto Sani

El emperador Augusto parece haber sido bastante temeroso de las tormentas con rayos y truenos por lo que dedicó un templo a Júpiter Tonante con motivo de haber salvado su vida durante una tormenta durante su campaña en Hispania.

“Consagró un templo a Júpiter Tonante por haberle salvado del peligro cuando, durante una marcha nocturna en su expedición contra los cántabros, un rayo paso rozando su litera y mató al esclavo que le precedía para alumbrarle.” (Suetonio, Octavio, 29, 3)

Júpiter de Esmirna, Museo del Louvre, París

En el siglo I se vive otro momento de gran inestabilidad política y social que provoca un nuevo incendio del templo de Júpiter Óptimo Máximo durante las luchas entre los partidarios del emperador Vitelio y los Flavios. Los vitelianos atacan a los seguidores de Vespasiano y acaban incendiando el templo. El hijo de Vespasiano, Domiciano, se refugia en un aposento y huye disfrazado. La destrucción del templo aparece como signo de la ira de los dioses por el continuo ataque al trono imperial y se hace necesaria la presencia de un líder que traiga estabilidad y paz. El elegido será Vespasiano, quien se encargará de restaurar el mayor símbolo de la pax deorum, el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Vespasiano también llevará a cabo una vinculación directa de la protección de su persona y la de la casa imperial con la figura de Júpiter a través de Iovis Custos (Júpiter Custodio)

Denario de plata con Vespasiano y Júpiter Custos

Construyó una capilla en el lugar donde su hijo Domiciano se había refugiado que sería posteriormente ampliado y convertido en templo bajo el reinado de este último.

“Domiciano, escondiéndose al primer ataque en el aposento de la guardia, vestido hábilmente por un liberto con una vestidura de lienzo, mezclado y pasando inadvertido entre la turba de los ayudantes de los sacrificios, se ocultó en casa de Cornelio Primo, cliente de su padre, situada junto al Velabro. Al hacerse cargo de los acontecimientos nuestro padre Vespasiano, derruido el aposento de la guardia del templo dedicó una capilla a Júpiter Conservador, en la que puso un altar y una lápida de mármol con la inscripción de sus avatares. Al alcanzar aquel después la dignidad imperial, edificó y consagró a Júpiter Custodio un grandioso templo, representándose a sí mismo en brazos del dios.” (Tácito, Historias, III, 74)

Marco Aurelio ofreciendo un sacrificio delante del templo de Júpiter Capitolino (izda)
y Júpiter Custos o Conservador (drcha). Foto Samuel López

La preferencia de Domiciano por esta divinidad, y por extensión por la familia imperial, se verá también reflejada en las monedas, siendo las acuñaciones de Iovis Custos una constante durante el periodo de reinado de la dinastía Flavia. La figura de Iovis Custos será primordial en la acuñación de moneda de Vespasiano, como protector, por un lado, de la figura imperial frente a los intentos de usurpación o magnicidio por parte de los oponentes políticos, y, en caso de Vespasiano, por la protección que dicha divinidad ejerció sobre su hijo Domiciano durante el ataque viteliano al Capitolio.

Júpiter también fue venerado por su capacidad sanadora y salvadora para lo que habría sido llamado Iuppiter Salutaris. Parece haber sido habitual solicitar a la divinidad principal del panteón romano su intervención para curar a alguien de una enfermedad.

‘Júpiter, tú que das y quitas los grandes dolores —dice la madre del niño que lleva ya cinco meses en cama—, si al niño se le va la fría cuartana, en la mañana del día en que tú prescribes ayunos se pondrá desnudo en el Tiber’. Pongamos que el azar o el médico salvan al enfermo del peligro de muerte: su delirante madre lo matará plantándolo en la gélida orilla y hará que le vuelva la fiebre. ¿De qué mal está aquejado su espíritu? Del miedo a los dioses." (Horacio, Sátiras, II, 3, 288 Júpiter Salutaris)

Júpiter sentado en su trono.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Foto Samuel López

Con esta misma advocación Salutaris se solicitaba la protección del estado tras largas series de catástrofes y se hacían sacrificios.

"Siendo cónsules Galieno y Fausiano, entre tantas calamidades bélicas, se produjo además un gravísimo terremoto y hubo oscuridad durante muchos días. Se escuchó también un trueno que provenía del retumbar de la tierra, y no del tronar de Júpiter. A consecuencia del terremoto muchas construcciones se derrumbaron cuando sus habitantes se encontraban en el interior y muchos hombres murieron de miedo. Este desastre fue más funesto en las ciudades de Asia, pero también Roma y Libia se vieron afectadas por él. La tierra se abrió en muchos lugares y por las hendiduras brotó agua salada. El mar inundó muchas ciudades. Entonces se buscó el favor de los dioses; consultados los libros Sibilinos y de acuerdo con lo prescrito por ellos, se hicieron sacrificios a Júpiter Salvador." (Historia Augusta, Los dos Galienos, 5, 2 (Iovis Salutaris)

Altar votivo. Museo de Aquincum, Budapest. 

"A Júpiter Optimus Maximus Salutaris. Lucius Serenius Bassus, centurión de la legión II Adiutrix, liberado de una grave enfermedad, cumplió su voto de buen grado." 

A Júpiter Óptimo Máximo como protector del bienestar general se le otorgaba el poder de deshacer los conjuros maléficos que buscaban efectos negativos en personas o comunidades, como en el ejemplo siguiente, donde se agradece a Júpiter que haya eliminado los nombres de unos decuriones que habían sido grabados en una tablilla de conjuro por un esclavo público, posiblemente por venganza.

“A Júpiter Óptimo Máximo, guardián y protector del bienestar de la colonia y del Consejo Decurional de Tuder, ya que Júpiter, con su inmenso poder, retiró los nombres del Consejo Decurional que habían sido fijados en una tumba por la acción criminal de un esclavo público y porque Júpiter evitó y libró a la colonia y a los ciudadanos de caer en el peligro. Lucio Cancrio Primigenio, liberto de Clemente, seviro augustal y primer flavial, gracias al consejo decurional, hizo cumplir este voto.” (CIL XI 4639)

Estatua de Júpiter. Museo del Prado, Madrid

En las provincias romanas se produjo un fenómeno de sincretismo por el que se identificó a Júpiter con divinidades indígenas locales con las que compartía ciertos atributos. La vinculación de Júpiter con diversos ámbitos de la vida social y económica, como la agricultura o los fenómenos naturales, ayudó a que los pueblos que iban siendo romanizados adoptasen el culto oficial romano a la par que mantenían la veneración por sus propios dioses locales. Así puede verse en el caso de Júpiter Taranis. Taranis era una deidad celta venerada en la Galia, Britania, y otras regiones europeas, considerado un dios supremo de las fuerzas naturales y cuyo principal símbolo era la rueda. Cuando las provincias en las que Taranis recibía culto fueron romanizadas, fue asimilado al dios oficial romano Júpiter, apareciendo en algunas inscripciones con el nombre oficial de Júpiter Optimus Maximus Taranis y siendo representado como un hombre con barba sujetando un haz de rayos y una rueda.

"A Júpiter Óptimo Máximo Tanarus. Titus Elupius Praesens, de la tribu Galeria de Clunia, príncipe de la XX legión Valeria Victrix, en el consulado de Cómodo y Laterano, cumplió su voto por su propia voluntad y de buen grado."

Júpiter Taranis. Museo Arqueológico Nacional de Saint Germain en Laye, Francia

Así, por ejemplo, en Egipto, Júpiter, que era también el dios relacionado con la adivinación, fue asociado al dios egipcio Ammón, con el que compartía rasgos similares. Ammón, el dios carnero, fue el oráculo más famoso en la antigüedad, y alcanzó gran renombre en Egipto. Entre los romanos Júpiter Ammón inspiraba el Oráculo manifestándose a través de sus sacerdotes. La efigie de Júpiter Ammón responde al arquetipo fijado en época de Augusto: una máscara con abundante cabellera de pelo rizado en la que sobresalen dos cuernos de macho cabrío, que son los atributos de la divinidad.

Herma con la imagen de Júpiter Amón,
Museo del Prado, Madrid

El culto a Júpiter Optimus Maximus Dolichenus se originó en Comagene, cerca de Doliche, en Asia menor. Esta deidad era en realidad el dios local Baal, que había surgido del sincretismo de varios dioses de procedencia aramea, acadia y hurrita. El culto se hizo muy popular entre los soldados porque se creía que Júpiter Doliqueno era el protector de los campos de batalla, el hierro y las armas hechas con él. Era principalmente una deidad suprema del cielo. No obstante, tuvo muchos seguidores entre la población civil, comerciantes, artesanos y más. Tras la conquista romana de Siria en el año 64 a.C. y la anexión de Comagene en el 71 d.C., Doliqueno se hizo presente como deidad venerada en el Imperio, asimilado a Júpiter Optimus Maximus. Su iconografía mostraba un hombre barbado que llevaba un gorro frigio en su cabeza, de pie sobre un toro, con un hacha en su mano derecha, un haz de truenos en la izquierda, y una espada enfundada al hombro, todo como símbolo de su poder sobre la naturaleza y los hombres.

Estatuilla de Júpiter Doliqueno dedicada por Marrius Ursinus.
Museo de Arte de Viena, Austria

En la ciudad de Roma su culto tuvo un gran seguimiento y se ha encontrado testimonio de ello en el Monte Aventino. En las inscripciones realizadas en monumentos conmemorativos aparece Júpiter Doliqueno como la deidad que manda erigirlos y se puede observar que los fieles al culto se clasificaban en una ordenada jerarquía en la que sus miembros parecen ser todos varones.

"A la Buena Fortuna

Por orden de Júpiter Óptimo Máximo Doliqueno, el eterno custodio de todo el cielo y la superior deidad, conservada e invicta, L. Tettius Hermes, caballero romano y candidato y patrono de este lugar, ha donado para su propia bienaventuranza y de la de Aurelia Restituta, su esposa, y de la de Tettia Pannuchia, su hija y de los suyos y de Aurelius Lampadus, su hermano queridísimo, y para la bienaventuranza del sacerdote y candidato venerador de este lugar, una placa de mármol con podio y columnas. A estos ha elegido Júpiter Optimo Máximo Doliqueno para servirle: M. Aurelius Oenopio Onesimus, con el prenombre de Acacius, el notaro, y Septimius Antonius, con el prenombre Olympius, el padre de los candidatos, los patronos, queridísimos hermanos y los honorabilísimos colegas Aurelius Magnesius, Aurelius Serapiacus, Antonius Marianus, Marcus Iulius Florentinus, Erster de este lugar, y Aurelius Severus, el veterano y responsable del templo y Aurelius Antiochus, el sacerdote. Geminius Félix y Vibius Eutychianus los portadores del dios, Cornelius Crescentianus….."

Estela con Júpiter Doliqueno entre otras divinidades orientales. Museos Capitolinos, Roma

En Siria se inició un culto en la ciudad de Heliópolis a un dios que los romanos llamaron Júpiter Heliopolitano, al que parece que asimilaron al sol y que pudo proceder de Egipto.

"De donde resulta evidente que ambos dioses han de ser considerados una sola divinidad. Asimismo, los asirios, en la ciudad que llaman Heliópolis, adoran con grandiosos ceremoniales al sol, bajo el nombre de Júpiter, al que califican como Zeus Heliopolitano. La estatua de este dios fue adquirida de la ciudad egipcia llamada igualmente Heliópolis, cuando Senemur —o tal vez se llamaba Senepo— reinaba en Egipto." (Macrobio, Saturnales, 23, 10)

Júpiter Heliopolitanus.
Museo Metropolitan, Nueva York


Esta deidad posiblemente asociada a la agricultura se representaba sin barba, con una ajustada túnica en la que aparecían las imágenes posiblemente de otros dioses, una especie de sombrero semejante a un cesto o un modio (medida de capacidad), con un látigo en la mano derecha (según Macrobio) y un haz de trigo en la izquierda; se acompaña de un toro a cada lado. Su imagen se sacaría en procesión al igual que se hacía con la de muchos dioses en el ámbito mediterráneo. El Júpiter Heliopolitano parece haber sido venerado desde los tiempos de Augusto cuando se instalaron en Heliópolis (actual Baalbek, Líbano) algunos veteranos y pudo haber sido asimilado a un antiguo dios sirio.

"Ahora bien, apreciamos que Júpiter y el sol son uno mismo no sólo a partir del propio ritual de las ceremonias, sino también a partir de la representación del dios. En efecto, la estatua de este dios, de oro, le representa de pie e imberbe, la diestra alzada con un látigo a la manera de un auriga, la izquierda empuñando rayo y espigas, atributos todos estos que muestran el poder compartido de Júpiter y del sol. Además, el culto de este templo destaca por la adivinación, que se asocia a la esfera de poder de Apolo, dios que se identifica con el sol. De hecho, en Heliópolis, su estatua se lleva sobre unas andas, tal como se llevan las estatuas de los dioses en la procesión de los juegos del circo; y los porteadores son generalmente notables de la provincia, con la cabeza rasurada, purificados por una larga continencia, y son guiados por el espíritu del dios, portando la estatua no adonde ellos quieren, sino adonde les empuja el dios, como vemos que en Ancio las estatuas de las Fortunas se mueven para dar las respuestas oraculares." (Macrobio, Saturnales, I, 23, 12)

Júpiter Heliopolitano,
Museo del Louvre, París

Júpiter Serapis fue una divinidad nacida de la asimilación de Júpiter, dios supremo de la religión romana (el Zeus de los griegos), a Serapis, de origen greco-egipcio, el cual también fue considerado como dios supremo del Estado y una divinidad cósmica. Se acudía a él para conocer su oráculo y se le hacía invocaciones para pedir la sanación. El culto de Serapis, dios nacido del sincretismo entre Osiris y Apis, se inició bajo Ptolomeo I Soter tras consolidar su poder sobre tierras egipcias, pues la nueva capital, Alejandría, necesitaba una divinidad tutelar que aunara de igual manera elementos de la tradición egipcia y caracteres griegos aceptables para los habitantes helenos.

Júpiter Serapis. Foto Casa Christie´s

Siguiendo a Elio Arístides, quien dedicó un discurso a Zeus y otro a Serapis en el siglo II d.C. Zeus es el dios creador del Universo y responsable de su buen funcionamiento. Como dios omnipotente ejerce su poder sobre los demás dioses y los hombres a los que concede el don de la civilización y se presenta como un dios benévolo, sabio y justo.

"Zeus es el padre de todo, tanto del cielo como de la tierra, de los dioses y los hombres, de los animales y plantas. Gracias a él vemos y tenemos todo lo que tenemos. Él es el benefactor, el patrono y el supervisor de todo. Él es el presidente, el conductor y el administrador de todo lo que existe y de todo lo que está por existir. Él es el dispensador de todo. Él es su autor. Puesto que él es quien concede la victoria en las asambleas y los tribunales se le invoca como «Zeus del Agora». Porque la concede en las batallas, como «Dispensador de la Victoria». Puesto que presta auxilio en las enfermedades y en todas las circunstancias, «Salvador». Él es Libertador. Él atiende a quienes les invocan — naturalmente, puesto que es padre— . Él es Rey, Protector de la Ciudad, Accesible, Dios de la Lluvia, Celeste, Corifeo y todas las otras advocaciones que él nos descubrió, y que son grandes nombres y adecuados a su ser. Él es quien posee el principio, el fin, la medida y la oportunidad de todo. En todas partes él es igualmente poderoso sobre todos. Él es el único que podría decir lo que se debe sobre él, porque es el dios que ha recibido la mayor parte." (Elio Arístides, Discurso XLIII, 29)

Zeus o Júpiter Serapis.
Museo Metropolitan, Nueva York

En lo que respecta a Serapis, este dios tiene en su poder el cuidado del alma y el cuerpo de los hombres, así como de todo lo que rodea su vida, y comparte con Zeus la sabiduría, la justicia y la benevolencia, junto con la capacidad de traer la armonía al mundo. Es un dios poderoso, pero creado por Zeus y por tanto inferior a él. Sus seguidores participarían de unos ritos mistéricos, los cuales no se daban en el culto a Zeus o Júpiter.

"Además, también Serapis es el único que sin guerras, luchas ni peligros otorga la posesión de riquezas que, junto con la salud, es lo más importante para los hombres. Así pues, él se muestra propicio a lo largo de toda nuestra vida y ninguna parcela se descuida por este dios *** Él mismo todo lo examina e interviene en todos los asuntos, empezando por el alma y terminando por los bienes materiales. Él ha hecho de nuestra vida una suerte de armonía y la ha compuesto con sus dones, haciendo que se ame la sabiduría gracias a la salud, convirtiendo a la salud en un bien aún más agradable gracias a los bienes materiales, y uniendo y consolidando los extremos de la vida con un elemento central, como si fuera una traviesa, al sumar a los bienes del alma la salud y la posesión de riqueza. ¿Cómo no debemos invocarlo en los grandes festivales y durante todos los días como protector, salvador de todos los hombres y dios autosuficiente?" (Elio Arístides, Discurso XLV, 19)

Júpiter Serapis. Museo del Bardo, Túnez

El culto a Serapis se propagó por todo el Mediterráneo gracias al comercio y la navegación entre territorios. En Roma estaba ya instalado en la época de la república, aunque sufrió algunas persecuciones, lo mismo que durante los primeros años del imperio. Fue Calígula el emperador que permitió que los cultos egipcios recuperasen su lugar en Roma. El mayor apogeo del culto a Serapis fue durante los siglos II y III d.C. cuando los emperadores emitieron monedas con sus efigies y la figura de Serapis como dios protector, la cual había adoptado ya la iconografía del Zeus griego y el Júpiter romano, aunque añadiendo un rasgo característico suyo, el calathus o modio en la cabeza como símbolo de fertilidad.


Busto de Júpiter Serapis en alabastro.
Museo Arqueologico de Florencia, Italia




Bibliografía

Los Ludi en la Roma arcaica, Jorge Martínez.Pinna
Júpiter Óptimo Máximo en la propaganda de Augusto y Vespasiano: Justificación religiosa de dos fundadores dinásticos, Diego M. Escámez de Vera
Serapis: el dios sincrético, Verónica Reyes Barrios
Culto al servicio del poder: Serapis, dios sincrético del Mediterráneo, Sergio López Calero
La construcción del Dios Único: Zeus y Serapis a través de los Discursos de Elio Aristides, Elena Cerón Fernández
Optimus Maximus en la literatura latina antigua, Beatriz Antón y Cristina de la Rosa
Tito Flavio Vespasiano y Júpiter Óptimo Máximo: la justificación propagandístico-religiosa de una nueva dinastía imperial en Roma, Diego M. Escámez de Vera
The Cult and Temple of Jupiter Feretrius, Lawrence A. Springer
Capitoline Jupiter and the historiography of roman world rule, Alexander Thein
Ex Asia et Syria: Oriental Religions Oriental in the Roman Central Balkans, Nadežda Gavrilović Vitas
The Cult of Jupiter and Roman Imperial Ideology, J. Rufus Fears
The Same, but different: the temple of Jupiter Optimus Maximus through time, Ellen Perry
Jupiter Dolichenus, Charles S. Sanders
Jupiter Optimus Maximus Dolichenus and the Re-Imagination of the Empire: Religious Dynamics, Social Integration, and Imperial Narratives, Lorand Deszpa
Rome, Diplomacy, and the Rituals of Empire: Foreign Sacrifice to Jupiter Capitolinus, Larisa Masri
Jupiter, Venus and Mercury of Heliopolis (Baalbek): The images of the “triad” and its alleged syncretisms, Andreas J. M. Kropp
Jupiter's Legacy: The Symbol of the Eagle and Thunderbolt in Antiquity and Their Appropriation by Revolutionary America and Nazi Germany, Justin S. Hayes