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miércoles, 27 de diciembre de 2023

Iovis Pater, el culto a Júpiter en la antigua Roma

Júpiter, Casa de los Dioscuros, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. Foto Olivierw

El culto a Júpiter se implantó en Roma desde tiempos muy antiguos conformando junto a las diosas Juno Regina y Minerva la tríada capitolina, que recibió culto en la colina del Quirinal.

“La cuesta que sube muy cerca de Flora, tiene el nombre de Capitolium Vetus «Capitolio Viejo», porque allí hay una capilla de Júpiter, Juno y Minerva, y ésta es más antigua que el templo que fue construido en el Capitolio.” (Varrón, De la lengua latina, V, 158)

Tríada Capitolina. Museo Arqueológico de Palestrina, Italia. Foto Sailko

Júpiter fue el nombre latino que se dio al dios Zeus griego cuando este se asimiló a la religión romana. El nombre Iuppiter es contracción de Iovis Pater (Padre Jove); se nombraba como Iuppiter y como Iovis (Jove).

Desde muy antiguo se le veneró tanto en el pueblo latino, como entre muchas de las antiguas comunidades itálicas y se le consideró como la más potente divinidad del antiguo panteón romano.

En su iconografía se le representa habitualmente como un hombre barbado, de melena ondulada, vestido con un manto que no suele cubrir su torso, aunque a veces aparece totalmente desnudo. Suele presentarse acompañado de un cetro que le identifica como el rey de los dioses, un águila, un haz de rayos, y ocasionalmente con un globo terráqueo, este último como símbolo de su dominio sobre el mundo. El haz de rayos refleja su poder como dios de los fenómenos atmosféricos y su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza.

Símbolos de Júpiter. Casa del Efebo, Pompeya

Por último, el águila se consideró en la antigüedad un ave divina porque en su vuelo se acerca a los dioses que habitan en el cielo. Se la considera una mensajera de Júpiter y, como reina de las aves, representativa del don de la adivinación que se le atribuye al dios. Durante el imperio se creía que un águila era la encargada de transportar el alma del difunto emperador hasta su encuentro con los dioses. Todos los símbolos, tanto juntos como por separado, conllevaban la idea de la supremacía de Júpiter, sobre los demás dioses, sobre los hombres y sobre el universo.

“Tampoco creyeron que el Júpiter que adoramos en el Capitolio y en otros templos fuese el que lanza el rayo; sino que consideran a Júpiter como nosotros, guardador y moderador del universo, del que es alma y espíritu, señor y artífice de esta obra, y al que todos los nombres convienen. ¿Quieres llamarle Destino? no te equivocas; de él dependen todos los acontecimientos; en él están las causas de las causas. ¿Quieres llamarle Providencia? bien le llamas: su providencia vela por las necesidades del mundo, para que nada altere su marcha, y realice su ordenado fin. ¿Prefieres llamarle Naturaleza? no errarás: de él ha nacido todo; de su aliento vivimos. ¿Quieres llamarle Mundo? no te engañas: él es todo lo que ves, está todo entero en cada una de sus partes y se sostiene por su propio poder. De la misma manera que nosotros pensaron los Etruscos, y si dicen que el rayo procede de Júpiter, es porque nada se hace sin él.” (Séneca, Cuestiones Naturales, II, 45)

Júpiter con Cupido, Herculano. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto Luigi Spina

En un principio formó con Marte, dios de la guerra y Quirino, dios de la agricultura, la tríada arcaica o precapitolina, pero a finales del siglo VI a.C. Tarquinio el Soberbio terminó el templo dedicado a la tríada capitolina, que había iniciado Tarquinio Prisco, con el que se sentó las bases del culto que por siglos iba a ser tan relevante en la religión de Estado en Roma.

Moneda con el templo y la tríada capitolina.
Gabinete de monedas, Berlín

Sin embargo, el primer templo romano de Júpiter lo construyó Rómulo en el Capitolio con la advocación de Júpiter Feretrio, donde se consagraban los "spolia opima", es decir, las armas de cualquier jefe enemigo muerto en combate por el jefe romano.

“El espectáculo mayor, con mucho, del triunfo lo constituyó Coso portando los despojos opimos del rey muerto. Los soldados le cantaban versos libres comparándolo con Rómulo. Colgó los despojos como ofrenda, con una solemne dedicación, en el templo de Júpiter Feretrio al lado de los despojos de Rómulo, que fueron los primeros en recibir el nombre de opimos y eran los únicos hasta entonces.” (Tito Livio, IV, 20, 2)

Rómulo con los spolia de Acron, pintura de Jean Auguste Dominique Ingres.
Museo del Louvre. Foto Sailko

Este culto se remonta a los inicios de la historia romana y marca el paso de Roma desde una simple comunidad agrícola hacia una prominente comunidad entre los pueblos latinos. Dicho culto, desarrollado durante la época de animismo de la religión romana, retuvo su naturaleza animista, y la deidad nunca cambió del estado de numen al de dios, por lo que Júpiter Feretrius nunca se representó con forma humana.

Su aparición se produce tras la victoria de los romanos sobre los caeninenses, que habían llegado a vengar el rapto de las Sabinas, cuando Rómulo marcó en el Capitolio un espacio sagrado para un templo dedicado a Júpiter Feretrius y le dedicó las armas de Acron, el jefe enemigo al que había matado.

“Decretado por el Senado el triunfo solamente a Marcelo, apareció éste en la pompa, si se atiende a la brillantez, riqueza y copia de los despojos, y al número de los cautivos, magnífico y admirable como los que más; pero el espectáculo más agradable y nuevo era ver que él mismo conducía al templo de Júpiter la armadura del bárbaro, para lo cual había hecho cortar el tronco de una frondosa encina, y disponiéndolo como trofeo puso ligadas y pendientes de él todas las piezas, acomodándolas con cierto orden y gracia; y al marchar el acompañamiento púsose al hombro el tronco, subió a la carroza, y como estatua de sí mismo, adornada con el más vistoso de los trofeos, así atravesó la ciudad. Seguía el ejército con lucientes armas, entonando odas e himnos triunfales en loor del dios y del general. De esta manera continué la pompa, y, llegada al templo de Júpiter Feretrio, subió a él e hizo la consagración, siendo el tercero y el último hasta nuestra edad, porque Rómulo fue el primero que trajo iguales despojos, de Acrón, rey de los Ceninenses; el segundo Cornelio Coso, de Tolumio, Etrusco, y después de estos Marcelo, de Virdómaro, rey de los Galos, y después de Marcelo, nadie. Dase al dios a quien se hizo la ofrenda el nombre de Júpiter Feretrio, según unos, por habérsele llevado el trofeo en un féretro, como derivado de la lengua griega, muy mezclada entonces con la latina; según otros, ésta es denominación propia de Júpiter Fulminante, porque al herir o lisiar los Latinos le llaman ferire. Otros, finalmente, dicen que se tomó el nombre del mismo golpe o acto de herir en la guerra, porque en las batallas, cuando persiguen a los enemigos, repitiendo la palabra “hiere”, se excitan unos a otros.” (Plutarco, Marcelo, 8)

Denario de época de Trajano con el general Marcus Claudius Marcellus
y el templo de Júpiter Feretrius

Durante el reinado de Tarquinio el soberbio se instituyó la celebración de las Feriae Latinae en las que se debía ofrecer un sacrificio a Júpiter Latiaris. Según Dionisio de Halicarnaso, estas fiestas se celebraban aún en su época, siglo I a.C. y surgieron tras ganar a los Latinos y persuadirles de aceptar un acuerdo que reconocía la predominancia de Roma y celebrar un festival para conmemorar la paz entre los pueblos, al cual asistían muchos magistrados de Roma y delegados de las antiguas ciudades latinas que rodeaban Roma. El festival era dirigido por los cónsules y se sacrificaba un toro a Júpiter Latiaris y la carne se compartía entre los participantes de las ciudades que asistían al encuentro. La ceremonia estaba controlada por Roma como signo de su dominio sobre las demás ciudades. La documentación sobre el culto a Júpiter Latiaris parece indicar que existiría un templo o santuario dedicado a él en el monte Albano.

“Tarquinio, después de obtener la hegemonía sobre los latinos, envió embajadores a las naciones de los hérnicos y de los volscos, invitándolos también a un tratado de amistad. Los hérnicos votaron unánimamente a favor de la alianza, mientras que sólo dos poblaciones volscas, Ecetra y Ancio, aceptaron la propuesta. Con el propósito de que los tratados con las ciudades se mantuvieran perpetuamente, Tarquinio decidió establecer un templo común para los romanos, latinos, hémicos y para los volscos que habían entrado en la alianza, con el fin de que cada año se reunieran en el lugar fijado y allí celebraran una fiesta, comieran juntos y participaran en sacrificios comunitarios. Como todos aceptaron la resolución con satisfacción, fijó como lugar para celebrar la reunión un monte elevado situado aproximadamente en el centro de los pueblos, monte que se levanta sobre la ciudad de los albanos. Estableció por ley que allí, todos los años, se celebraran fiestas, hicieran una tregua, ofrecieran sacrificios comunitarios al llamado Júpiter Latiaris y celebraran banquetes en común. Fijó también lo que cada ciudad debía aportar para los sacrificios y la parte que cada una debería recibir. Las ciudades que tomaban parte en la fiesta y en los sacrificios eran cuarenta y siete. Los romanos han seguido celebrando estas fiestas y sacrificios hasta nuestros días con el nombre de Fiestas Latinas, y las ciudades participantes llevan, unas, corderos; otras, quesos; otras, una determinada cantidad de leche, y otras, alguna ofrenda del mismo tipo; y de un toro que todas sacrifican en común, cada ciudad toma la parte que le está fijada. Los sacrificios se realizan en nombre de todos, y son los romanos los que los dirigen.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, IV, 49)

Estatuilla en bronce de Júpiter. Colección privada

Para los primeros romanos, Júpiter era el dios del cielo y de los fenómenos atmosféricos, pero también era considerado un rey con poder para proteger y hacer prosperar a la comunidad romana y a la que representa en sus relaciones con los pueblos extranjeros. De su aspecto benefactor procede el epíteto de Optimus, así como el de Maximus corresponde al ser considerado el más importante de los dioses. El culto a Júpiter Optimus Maximus establecido en la monarquía de los Tarquinios y su posterior adopción por la república romana creó una imagen divina de poder que reflejaba el bienestar de la sociedad romana y la misión a cumplir entre los demás pueblos.

"Pero al propio Júpiter, esto es, 'el padre que ayuda' -al que, en los casos oblicuos, llamamos Jove, de 'ayudar'- lo llaman los poetas 'padre de las deidades y de los hombres", mientras que nuestros mayores lo llaman 'Óptimo Máximo'. Y, desde luego, antes 'Óptimo' -esto es, sumo benefactor- que 'Máximo', ya que el hecho de aprovechar a todos resulta más grandioso y, a buen seguro, más de agradecer, que el de poseer grandes recursos." (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, II, 64)

Júpiter entronizado. Museo Británico, Londres

De vuelta al culto de Júpiter Capitolino, en su templo había dos capillas dedicadas a Juno Regina y Minerva, y los tres eran invocados en momentos solemnes nombrando primero a Júpiter, seguido por Juno y Minerva, indicando en su orden la jerarquía que el pueblo romano les otorgaba. Júpiter llegó a convertirse en el genio tutelar de la ciudad y del pueblo romano, bajo cuya protección se acogían la justicia, la razón, y el destino del Estado. Con el paso del tiempo esta protección se extendió a todos los lugares del Imperio, siendo muy bien acogido entre los pueblos conquistados.

"Hannón.— ¡Oh, Júpiter, que velas por el género humano y le das sustento, tú que eres el sostén de nuestras vidas y en cuyas manos tienen puestas sus esperanzas todos los mortales, yo te ruego que me concedas que sea hoy el día feliz que me traiga el logro de mis afanes y devuelve la libertad a mis hijas, de las que he tenido que verme privado tan largo tiempo, después que me fueron arrebatadas de la patria en tan tierna edad! Así sabré que hay una recompensa para un amor paternal que no se da por vencido." (Plauto, Pseudolus, V, 4)

Cistóforo de Vespasiano acuñado con motivo de la restauración del Capitolio. 

Según algunos autores los romanos agradecían a Júpiter Optimus Maximus por los dones que les concedía, riqueza, honor, seguridad, aunque no por ser virtuosos o justos, sin embargo, tampoco le culpaban por los males que les acontecían.

“Porque, si Júpiter Óptimo Máximo, cuya voluntad y cuyo albedrío gobiernan el cielo, la tierra y los mares, suele a menudo, con fuertes vientos o con tempestades desenfrenadas, con calor excesivo o con frío insoportable, dañar a los mortales, arrasar las ciudades y malograr las cosechas -si pensamos que nada de esto ha ocurrido para ruina nuestra por decisión divina sino que se ha producido por la violencia y el poderío de la misma naturaleza y si, al contrario, vemos que él nos concede y nos reparte los beneficios de los que nos servimos, como son la luz de que gozamos y el aire que respiramos.” (Cicerón, Pro Roscio, 131)

Estatuillas de Júpiter en un lararium de Boscoreale, Italia.
The Walters Art Museum, Baltimore, Maryland, EE.UU.

Los romanos atribuían la expansión y la extensión de su imperio a la piedad que sentían por sus dioses, sobre todo, a Júpiter. Esta idea se reforzaba mediante los ritos que se llevaban a cabo en el Capitolio. Desde el punto de vista romano, el sacrificio que los pueblos extranjeros hacían a Júpiter confirmaba la preeminente posición de Roma en el mundo, ya que los que hacían las ofrendas, reyes y élites de Grecia, Asia menor, África del Norte, y el Oriente próximo dependían del favor romano. La asociación de Júpiter Optimus Maximus con la protección del estado hizo que su culto tuviese un relevante carácter oficial en las provincias del Imperio.

"Pero, después de su derrota en el Lago Regilo, los latinos se indignaron tanto contra quienes abogaban por la reanudación de la guerra que no sólo rechazaron a los legados volscos, sino que los detuvieron y los condujeron a Roma. Allí fueron entregados a los cónsules y se aportaron pruebas que demostraban que volscos y hernicios se estaban preparando para la guerra con Roma. Cuando el asunto fue llevado ante el Senado, éste quedó tan complacido por la acción de los latinos que liberó a seis mil prisioneros de guerra y puso a la consideración de los nuevos magistrados el asunto de un tratado que hasta entonces se habían negado persistentemente a considerar. Los latinos se felicitaron por la actitud que habían adoptado y los autores de la paz recibieron grandes honores. Enviaron una corona de oro como regalo a Júpiter Capitolino." (Tito Livio, Ab Urbe condita, II, 22)

Júpiter Capitolino. Museo Metropolitan, Nueva York

Un importante aspecto del papel de Júpiter como protector del estado era ser testigo de los tratados y alianzas llevados a cabo por Roma. Con la hegemonía de Roma sobre el Mediterráneo, las ciudades estado y los reyes buscaban en el senado romano alianzas y garantías para su propia autonomía. Copias de los acuerdos entre estados se depositaban en el templo de Júpiter tras hacer un juramento y un sacrificio. El acto requería un permiso del senado, pero el sacrificio era voluntario. Cuando los aliados regresaban a su hogar, confirmaban los acuerdos ofreciendo sacrificios a sus propios dioses.

Que el sacrificio de extranjeros a Júpiter era voluntario se puede constatar en el siguiente decreto del Senado que recoge un tratado de alianza entre Roma y Atypalaia, una isla del Egeo, en el año 105 a.C.

“Con el pueblo de Astypalaia paz, amistad y alianza serán renovadas; como un buen hombre de un pueblo bueno y amistoso su enviado será tenido y se le dará un trato amistoso. Se decreta que Publius Rutilius, cónsul, se encargue de que una placa de bronce de esta alianza se clave en el Capitolio como le parezca que convenga al interés de la Republica y su buena fe. Se decreta que Publius Rutilius, cónsul, ordene al cuestor según el procedimiento oficial entregar al enviado regalos y que al enviado se le permita hacer un sacrificio en el Capitolio, si así lo desea, y que según las leyes Rubria y Acilia se exponga una copia de esta alianza en un lugar público y visible y por donde la mayoría de ciudadanos pasen, y que cada año en la asamblea de Astypalaia se pueda leer en voz alta.” (IG XII 3.173)

Estatuilla de bronce. Museum of Fine Arts, Boston, EE.UU.

El emperador Octavio Augusto, a pesar de favorecer a sus propios dioses protectores, Marte y Apolo, acomete la reconstrucción del templo de Júpiter Capitolino haciéndolo más majestuoso, manifestando así la idea de que el prínceps es el elegido por la divinidad para congraciarse con los hombres, ya que la destrucción del templo en varias ocasiones durante el siglo I a.C. se habría debido a la ira de Júpiter por las guerras civiles que habían asolado a Roma a lo largo de los años. Con el Imperio inaugurado por Augusto no solo se termina el periodo convulso de la República, sino que se inicia un periodo de prosperidad que complace a los dioses y especialmente al dios principal de la ciudad de Roma.

Recreación del Templo Capitolino de Roma. Pintura de C.R. Cockerel.
Royal Academy of Arts, Londres

Sin embargo, el deseo de Augusto de romper el vínculo con la república y poner el foco político en su propia persona hace que el culto de Júpiter Capitolino vaya perdiendo relevancia en la religión oficial del estado en favor de los dioses tutelares del emperador Apolo y Marte.

“Consagré ofrendas, procedentes de botines, en el Capitolio y en el templo del divino Julio y en el templo de Apolo y en el templo de Vesta y en el templo de Marte Vengador: todo ello me supuso cerca de cien millones de sestercios.” (Augusto, Res Gestae, 21, 2)

Su más importante función en la ideología religiosa del recién creado imperio fue como recipiente de los votos por el emperador debido, motivada por la creencia de que la seguridad de la comunidad dependía totalmente en el bienestar del gobernante. Mientras que para Cicerón Júpiter intervenía directamente para proteger el bien común, en el principado de Augusto este papel se reservaba al propio emperador. Por lo tanto, el que había sido dios supremo en la república romana, en la religión oficial del periodo de Augusto queda relegado a escuchar las oraciones del pueblo romano para que proteja a su salvador.

“Si uno habla de las campañas que has hecho por tierra y por mar, y con estas palabras halaga tus oídos atentos: «Si más quiere el pueblo que tú estés a salvo, o tú que a salvo esté el pueblo, déjelo en la incertidumbre el que cuida de ti y de la urbe: Júpiter»— serás capaz de reconocer el elogio de Augusto.” (Horacio, Epístolas, I, 16, 27)

Augusto representado como Júpiter.
Museo del Hermitage, San Petersburgo

Las fiestas del vino o Vinalia se celebraban en honor de Júpiter y Venus, para pedir protección sobre las huertas, las viñas y la vendimia, pues Júpiter era el mayor representante del vino en el mundo romano y patrocinaba la obtención del vino sacrificial, además de controlar el aspecto sagrado del ritual. La Vinalia priora o urbana se celebraba el 23 de abril, cuando se abrían los odres de vino del año anterior para bendecirlo y degustarlo y también para pedir buen tiempo hasta la siguiente cosecha. La fecha de la Vinalia rustica era el 19 de agosto, cuando se sacrificaba un cordero al dios Júpiter para pedir protección contra las tormentas de verano que podían dañar las uvas antes de la vendimia. El sacerdote (flamen dialis) arrancaba un racimo de uvas de la viña y hasta que la ceremonia no se llevaba a cabo no se podía traer mosto nuevo a la ciudad.

“Las Vinalia recibieron su fiesta por el vino, este día es de Júpiter, no de Venus. La atención prestada a este asunto no es poca en el Lacio, pues en algunos lugares la vendimia la llevaban a cabo inicialmente sacerdotes en nombre del Estado, como aún ahora en Roma, pues el flamen dialis consulta los auspicios para la vendimia y, cuando ha ordenado recoger la uva, sacrifica una cordera a Júpiter, y el flamen es el primero que, entre la sección y el ofrecimiento de las entrañas de aquélla, recoge la uva. En las puertas de Túsculo está escrito: Que no se transporte el vino nuevo dentro de la ciudad antes de ser proclamadas las Vinalias.” (Varrón, De la lengua latina, VI, 16)

Festival de la vendimia, pintura de Alma-Tadema, Galería Nacional de Victoria,
Melbourne, Australia

El 11 de octubre tenía lugar la Meditrinalia cuando se bebía el primer mosto de la reciente vendimia y se rogaba a Júpiter por la salud.

“En el mes de octubre, el día de las Meditrinales (Meditrinalia) recibió su denominación a partir de mederi «curar», porque Flaco, flamen de Marte, decía que este día se solían hacer libaciones de vino nuevo y de viejo y probar éstos como medicina; y esto suelen hacer aún ahora muchos, cuando dicen: Bebo el vino nuevo, el viejo: me curo la enfermedad nueva, la vieja.” (Varrón, De la lengua latina, VI, 21)

La dedicación a Júpiter podría haberse originado en tiempos de Eneas cuando Mecencio, rey etrusco que reinaba en Cere, fue llamado por Turno para que le ayudara en su lucha contra Eneas y Latino. Para convencerlo Turno le prometió la mitad de la cosecha del vino del campo latino y de su propio territorio, mientras que Eneas le ofreció esto mismo a Júpiter. Turno y Mecencio murieron y la promesa a Júpiter se cumplió, dando así origen a las fiestas de los Vinalia, en las que se ofrecían a Júpiter las primicias de la cosecha vinícola.

“Turno se atrajo la ayuda de los etruscos. Mecencio era ilustre y, con las armas en las manos, feroz, y, si grande a caballo, a pie era más grande aun; Turno y los rútulos intentaron atraérselo a su partido. Frente a esos intentos, hablo de la siguiente manera el caudillo etrusco: «El valor que poseo me ha costado caro; pongo por testigos mis heridas y las armas que tantas veces manche con mi sangre. Tú, que pides mi auxilio, reparte conmigo una recompensa que no es grande: los próximos mostos de tus lagares. El asunto no requiere tardanza alguna: a vosotros os corresponde dar, a nosotros, vencer. jComo desearia Eneas que yo me hubiera negado a esto!». Los rútulos estuvieron de acuerdo. Mecencio se puso las armas; Eneas se las puso, y habló Júpiter: «El enemigo ha prometido su vendimia al rey tirreno; ¡Tú, Júpiter, te llevarás el mosto de la viña del Lacio! Prevalecieron los votos mejores. El soberbio Mecencio sucumbió y atronó la tierra con su pecho rabioso. Había llegado el otoño, manchado con las uvas prensadas: hicieron entrega del vino debido a Júpiter, su acreedor. Desde entonces el día se llamó de los Vinalia. Júpiter reclama ese día y disfruta participando en su fiesta.” (Ovidio, Fastos, IV)

Detalle de mosaico con la imagen de Júpiter de la casa del Planetario, Itálica, Sevilla, España

Catón recomendaba hacer un sacrificio anual a Júpiter para que bendijera a los bueyes en su tarea de arar los campos y procurar así una buena cosecha. El ritual descrito podía también realizarse a la hora de emprender una nueva empresa, como abrir un nuevo negocio o comprar una casa.

“Es necesario hacer el sacrificio sagrado de la siguiente manera: ofrécele a Júpiter Dapalis una copa de vino tan grande como quieras; ese día debe ser festivo para los bueyes, los boyeros y quienes participen del banquete sagrado. Cuando llegue el momento de presentar la ofrenda, lo harás de esta manera: «Júpiter Dapalis, puesto que se te debe ofrecer en mi casa ante mis esclavos un cáliz de vino para el banquete sacrificial, seas por ello glorificado con esta ofrenda sacrificial que se te va a presentar». Lávate entonces las manos, después coge el vino: «Júpiter Dapalis: te glorificamos con esta ofrenda sacrificial que se va a presentar, te glorificamos con el vino ofrecido». Si quieres, hazlo con Vesta. Banquete sacrificial a Júpiter: una pieza de carne y un ánfora de vino. Consagra la ofrenda a Júpiter estando puro mientras estés en contacto con ella: después, una vez hecho el banquete sacrificial, siembra mijo, panizo, ajo y lenteja.” (Catón, De Agricultura, 132)

Sacrificio a Júpiter. Pintura de Noël Coypel. Castillo de Versalles, Francia

Durante la celebración de los Ludi Romani (juegos romanos) en la noche del 13 de septiembre, día central de los ludi Romani y único antes de que se ampliasen hasta abarcar entre el 4 y el 19 de ese mismo mes, tenía lugar en el Capitolio un banquete, llamado epulum Iovis, en presencia de las estatuas de las tres divinidades que habitaban el gran santuario capitolino, Júpiter, Juno y Minerva. A Júpiter se le pintaba la cara de rojo y se le reclinaba en un lecho, y las diosas permanecían sentadas en una silla. El banquete lo organizaba el colegio de los epulones y asistían los senadores y posiblemente los magistrados. Se servía comida que se ofrecía incluso a los dioses como si estuvieran realmente presentes y se amenizaba con música y bailes. El epulum Iovis se celebraba también en los idus de noviembre, coincidiendo con los ludi plebeii.

“Las mujeres solían comer sentadas en compañía de los hombres, que lo hacían recostados. Esta costumbre del banquete de los hombres pasó también al de los dioses y así, en el banquete en honor de Júpiter, éste era invitado al festín en un lecho mientras que Juno y Minerva eran invitadas a sentarse en sillas. Nuestra época conserva esta rigurosa costumbre más cuidadosamente en el Capitolio que en las casas privadas, naturalmente, porque mantener las normas de conducta corresponde más a las diosas que a las mujeres.” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, II, 1, 2)

Estela con banquete de Hades y Perséfone. Museos Vaticanos. Foto Egisto Sani

El emperador Augusto parece haber sido bastante temeroso de las tormentas con rayos y truenos por lo que dedicó un templo a Júpiter Tonante con motivo de haber salvado su vida durante una tormenta durante su campaña en Hispania.

“Consagró un templo a Júpiter Tonante por haberle salvado del peligro cuando, durante una marcha nocturna en su expedición contra los cántabros, un rayo paso rozando su litera y mató al esclavo que le precedía para alumbrarle.” (Suetonio, Octavio, 29, 3)

Júpiter de Esmirna, Museo del Louvre, París

En el siglo I se vive otro momento de gran inestabilidad política y social que provoca un nuevo incendio del templo de Júpiter Óptimo Máximo durante las luchas entre los partidarios del emperador Vitelio y los Flavios. Los vitelianos atacan a los seguidores de Vespasiano y acaban incendiando el templo. El hijo de Vespasiano, Domiciano, se refugia en un aposento y huye disfrazado. La destrucción del templo aparece como signo de la ira de los dioses por el continuo ataque al trono imperial y se hace necesaria la presencia de un líder que traiga estabilidad y paz. El elegido será Vespasiano, quien se encargará de restaurar el mayor símbolo de la pax deorum, el templo de Júpiter Óptimo Máximo. Vespasiano también llevará a cabo una vinculación directa de la protección de su persona y la de la casa imperial con la figura de Júpiter a través de Iovis Custos (Júpiter Custodio)

Denario de plata con Vespasiano y Júpiter Custos

Construyó una capilla en el lugar donde su hijo Domiciano se había refugiado que sería posteriormente ampliado y convertido en templo bajo el reinado de este último.

“Domiciano, escondiéndose al primer ataque en el aposento de la guardia, vestido hábilmente por un liberto con una vestidura de lienzo, mezclado y pasando inadvertido entre la turba de los ayudantes de los sacrificios, se ocultó en casa de Cornelio Primo, cliente de su padre, situada junto al Velabro. Al hacerse cargo de los acontecimientos nuestro padre Vespasiano, derruido el aposento de la guardia del templo dedicó una capilla a Júpiter Conservador, en la que puso un altar y una lápida de mármol con la inscripción de sus avatares. Al alcanzar aquel después la dignidad imperial, edificó y consagró a Júpiter Custodio un grandioso templo, representándose a sí mismo en brazos del dios.” (Tácito, Historias, III, 74)

Marco Aurelio ofreciendo un sacrificio delante del templo de Júpiter Capitolino (izda)
y Júpiter Custos o Conservador (drcha). Foto Samuel López

La preferencia de Domiciano por esta divinidad, y por extensión por la familia imperial, se verá también reflejada en las monedas, siendo las acuñaciones de Iovis Custos una constante durante el periodo de reinado de la dinastía Flavia. La figura de Iovis Custos será primordial en la acuñación de moneda de Vespasiano, como protector, por un lado, de la figura imperial frente a los intentos de usurpación o magnicidio por parte de los oponentes políticos, y, en caso de Vespasiano, por la protección que dicha divinidad ejerció sobre su hijo Domiciano durante el ataque viteliano al Capitolio.

Júpiter también fue venerado por su capacidad sanadora y salvadora para lo que habría sido llamado Iuppiter Salutaris. Parece haber sido habitual solicitar a la divinidad principal del panteón romano su intervención para curar a alguien de una enfermedad.

‘Júpiter, tú que das y quitas los grandes dolores —dice la madre del niño que lleva ya cinco meses en cama—, si al niño se le va la fría cuartana, en la mañana del día en que tú prescribes ayunos se pondrá desnudo en el Tiber’. Pongamos que el azar o el médico salvan al enfermo del peligro de muerte: su delirante madre lo matará plantándolo en la gélida orilla y hará que le vuelva la fiebre. ¿De qué mal está aquejado su espíritu? Del miedo a los dioses." (Horacio, Sátiras, II, 3, 288 Júpiter Salutaris)

Júpiter sentado en su trono.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Foto Samuel López

Con esta misma advocación Salutaris se solicitaba la protección del estado tras largas series de catástrofes y se hacían sacrificios.

"Siendo cónsules Galieno y Fausiano, entre tantas calamidades bélicas, se produjo además un gravísimo terremoto y hubo oscuridad durante muchos días. Se escuchó también un trueno que provenía del retumbar de la tierra, y no del tronar de Júpiter. A consecuencia del terremoto muchas construcciones se derrumbaron cuando sus habitantes se encontraban en el interior y muchos hombres murieron de miedo. Este desastre fue más funesto en las ciudades de Asia, pero también Roma y Libia se vieron afectadas por él. La tierra se abrió en muchos lugares y por las hendiduras brotó agua salada. El mar inundó muchas ciudades. Entonces se buscó el favor de los dioses; consultados los libros Sibilinos y de acuerdo con lo prescrito por ellos, se hicieron sacrificios a Júpiter Salvador." (Historia Augusta, Los dos Galienos, 5, 2 (Iovis Salutaris)

Altar votivo. Museo de Aquincum, Budapest. 

"A Júpiter Optimus Maximus Salutaris. Lucius Serenius Bassus, centurión de la legión II Adiutrix, liberado de una grave enfermedad, cumplió su voto de buen grado." 

A Júpiter Óptimo Máximo como protector del bienestar general se le otorgaba el poder de deshacer los conjuros maléficos que buscaban efectos negativos en personas o comunidades, como en el ejemplo siguiente, donde se agradece a Júpiter que haya eliminado los nombres de unos decuriones que habían sido grabados en una tablilla de conjuro por un esclavo público, posiblemente por venganza.

“A Júpiter Óptimo Máximo, guardián y protector del bienestar de la colonia y del Consejo Decurional de Tuder, ya que Júpiter, con su inmenso poder, retiró los nombres del Consejo Decurional que habían sido fijados en una tumba por la acción criminal de un esclavo público y porque Júpiter evitó y libró a la colonia y a los ciudadanos de caer en el peligro. Lucio Cancrio Primigenio, liberto de Clemente, seviro augustal y primer flavial, gracias al consejo decurional, hizo cumplir este voto.” (CIL XI 4639)

Estatua de Júpiter. Museo del Prado, Madrid

En las provincias romanas se produjo un fenómeno de sincretismo por el que se identificó a Júpiter con divinidades indígenas locales con las que compartía ciertos atributos. La vinculación de Júpiter con diversos ámbitos de la vida social y económica, como la agricultura o los fenómenos naturales, ayudó a que los pueblos que iban siendo romanizados adoptasen el culto oficial romano a la par que mantenían la veneración por sus propios dioses locales. Así puede verse en el caso de Júpiter Taranis. Taranis era una deidad celta venerada en la Galia, Britania, y otras regiones europeas, considerado un dios supremo de las fuerzas naturales y cuyo principal símbolo era la rueda. Cuando las provincias en las que Taranis recibía culto fueron romanizadas, fue asimilado al dios oficial romano Júpiter, apareciendo en algunas inscripciones con el nombre oficial de Júpiter Optimus Maximus Taranis y siendo representado como un hombre con barba sujetando un haz de rayos y una rueda.

"A Júpiter Óptimo Máximo Tanarus. Titus Elupius Praesens, de la tribu Galeria de Clunia, príncipe de la XX legión Valeria Victrix, en el consulado de Cómodo y Laterano, cumplió su voto por su propia voluntad y de buen grado."

Júpiter Taranis. Museo Arqueológico Nacional de Saint Germain en Laye, Francia

Así, por ejemplo, en Egipto, Júpiter, que era también el dios relacionado con la adivinación, fue asociado al dios egipcio Ammón, con el que compartía rasgos similares. Ammón, el dios carnero, fue el oráculo más famoso en la antigüedad, y alcanzó gran renombre en Egipto. Entre los romanos Júpiter Ammón inspiraba el Oráculo manifestándose a través de sus sacerdotes. La efigie de Júpiter Ammón responde al arquetipo fijado en época de Augusto: una máscara con abundante cabellera de pelo rizado en la que sobresalen dos cuernos de macho cabrío, que son los atributos de la divinidad.

Herma con la imagen de Júpiter Amón,
Museo del Prado, Madrid

El culto a Júpiter Optimus Maximus Dolichenus se originó en Comagene, cerca de Doliche, en Asia menor. Esta deidad era en realidad el dios local Baal, que había surgido del sincretismo de varios dioses de procedencia aramea, acadia y hurrita. El culto se hizo muy popular entre los soldados porque se creía que Júpiter Doliqueno era el protector de los campos de batalla, el hierro y las armas hechas con él. Era principalmente una deidad suprema del cielo. No obstante, tuvo muchos seguidores entre la población civil, comerciantes, artesanos y más. Tras la conquista romana de Siria en el año 64 a.C. y la anexión de Comagene en el 71 d.C., Doliqueno se hizo presente como deidad venerada en el Imperio, asimilado a Júpiter Optimus Maximus. Su iconografía mostraba un hombre barbado que llevaba un gorro frigio en su cabeza, de pie sobre un toro, con un hacha en su mano derecha, un haz de truenos en la izquierda, y una espada enfundada al hombro, todo como símbolo de su poder sobre la naturaleza y los hombres.

Estatuilla de Júpiter Doliqueno dedicada por Marrius Ursinus.
Museo de Arte de Viena, Austria

En la ciudad de Roma su culto tuvo un gran seguimiento y se ha encontrado testimonio de ello en el Monte Aventino. En las inscripciones realizadas en monumentos conmemorativos aparece Júpiter Doliqueno como la deidad que manda erigirlos y se puede observar que los fieles al culto se clasificaban en una ordenada jerarquía en la que sus miembros parecen ser todos varones.

"A la Buena Fortuna

Por orden de Júpiter Óptimo Máximo Doliqueno, el eterno custodio de todo el cielo y la superior deidad, conservada e invicta, L. Tettius Hermes, caballero romano y candidato y patrono de este lugar, ha donado para su propia bienaventuranza y de la de Aurelia Restituta, su esposa, y de la de Tettia Pannuchia, su hija y de los suyos y de Aurelius Lampadus, su hermano queridísimo, y para la bienaventuranza del sacerdote y candidato venerador de este lugar, una placa de mármol con podio y columnas. A estos ha elegido Júpiter Optimo Máximo Doliqueno para servirle: M. Aurelius Oenopio Onesimus, con el prenombre de Acacius, el notaro, y Septimius Antonius, con el prenombre Olympius, el padre de los candidatos, los patronos, queridísimos hermanos y los honorabilísimos colegas Aurelius Magnesius, Aurelius Serapiacus, Antonius Marianus, Marcus Iulius Florentinus, Erster de este lugar, y Aurelius Severus, el veterano y responsable del templo y Aurelius Antiochus, el sacerdote. Geminius Félix y Vibius Eutychianus los portadores del dios, Cornelius Crescentianus….."

Estela con Júpiter Doliqueno entre otras divinidades orientales. Museos Capitolinos, Roma

En Siria se inició un culto en la ciudad de Heliópolis a un dios que los romanos llamaron Júpiter Heliopolitano, al que parece que asimilaron al sol y que pudo proceder de Egipto.

"De donde resulta evidente que ambos dioses han de ser considerados una sola divinidad. Asimismo, los asirios, en la ciudad que llaman Heliópolis, adoran con grandiosos ceremoniales al sol, bajo el nombre de Júpiter, al que califican como Zeus Heliopolitano. La estatua de este dios fue adquirida de la ciudad egipcia llamada igualmente Heliópolis, cuando Senemur —o tal vez se llamaba Senepo— reinaba en Egipto." (Macrobio, Saturnales, 23, 10)

Júpiter Heliopolitanus.
Museo Metropolitan, Nueva York


Esta deidad posiblemente asociada a la agricultura se representaba sin barba, con una ajustada túnica en la que aparecían las imágenes posiblemente de otros dioses, una especie de sombrero semejante a un cesto o un modio (medida de capacidad), con un látigo en la mano derecha (según Macrobio) y un haz de trigo en la izquierda; se acompaña de un toro a cada lado. Su imagen se sacaría en procesión al igual que se hacía con la de muchos dioses en el ámbito mediterráneo. El Júpiter Heliopolitano parece haber sido venerado desde los tiempos de Augusto cuando se instalaron en Heliópolis (actual Baalbek, Líbano) algunos veteranos y pudo haber sido asimilado a un antiguo dios sirio.

"Ahora bien, apreciamos que Júpiter y el sol son uno mismo no sólo a partir del propio ritual de las ceremonias, sino también a partir de la representación del dios. En efecto, la estatua de este dios, de oro, le representa de pie e imberbe, la diestra alzada con un látigo a la manera de un auriga, la izquierda empuñando rayo y espigas, atributos todos estos que muestran el poder compartido de Júpiter y del sol. Además, el culto de este templo destaca por la adivinación, que se asocia a la esfera de poder de Apolo, dios que se identifica con el sol. De hecho, en Heliópolis, su estatua se lleva sobre unas andas, tal como se llevan las estatuas de los dioses en la procesión de los juegos del circo; y los porteadores son generalmente notables de la provincia, con la cabeza rasurada, purificados por una larga continencia, y son guiados por el espíritu del dios, portando la estatua no adonde ellos quieren, sino adonde les empuja el dios, como vemos que en Ancio las estatuas de las Fortunas se mueven para dar las respuestas oraculares." (Macrobio, Saturnales, I, 23, 12)

Júpiter Heliopolitano,
Museo del Louvre, París

Júpiter Serapis fue una divinidad nacida de la asimilación de Júpiter, dios supremo de la religión romana (el Zeus de los griegos), a Serapis, de origen greco-egipcio, el cual también fue considerado como dios supremo del Estado y una divinidad cósmica. Se acudía a él para conocer su oráculo y se le hacía invocaciones para pedir la sanación. El culto de Serapis, dios nacido del sincretismo entre Osiris y Apis, se inició bajo Ptolomeo I Soter tras consolidar su poder sobre tierras egipcias, pues la nueva capital, Alejandría, necesitaba una divinidad tutelar que aunara de igual manera elementos de la tradición egipcia y caracteres griegos aceptables para los habitantes helenos.

Júpiter Serapis. Foto Casa Christie´s

Siguiendo a Elio Arístides, quien dedicó un discurso a Zeus y otro a Serapis en el siglo II d.C. Zeus es el dios creador del Universo y responsable de su buen funcionamiento. Como dios omnipotente ejerce su poder sobre los demás dioses y los hombres a los que concede el don de la civilización y se presenta como un dios benévolo, sabio y justo.

"Zeus es el padre de todo, tanto del cielo como de la tierra, de los dioses y los hombres, de los animales y plantas. Gracias a él vemos y tenemos todo lo que tenemos. Él es el benefactor, el patrono y el supervisor de todo. Él es el presidente, el conductor y el administrador de todo lo que existe y de todo lo que está por existir. Él es el dispensador de todo. Él es su autor. Puesto que él es quien concede la victoria en las asambleas y los tribunales se le invoca como «Zeus del Agora». Porque la concede en las batallas, como «Dispensador de la Victoria». Puesto que presta auxilio en las enfermedades y en todas las circunstancias, «Salvador». Él es Libertador. Él atiende a quienes les invocan — naturalmente, puesto que es padre— . Él es Rey, Protector de la Ciudad, Accesible, Dios de la Lluvia, Celeste, Corifeo y todas las otras advocaciones que él nos descubrió, y que son grandes nombres y adecuados a su ser. Él es quien posee el principio, el fin, la medida y la oportunidad de todo. En todas partes él es igualmente poderoso sobre todos. Él es el único que podría decir lo que se debe sobre él, porque es el dios que ha recibido la mayor parte." (Elio Arístides, Discurso XLIII, 29)

Zeus o Júpiter Serapis.
Museo Metropolitan, Nueva York

En lo que respecta a Serapis, este dios tiene en su poder el cuidado del alma y el cuerpo de los hombres, así como de todo lo que rodea su vida, y comparte con Zeus la sabiduría, la justicia y la benevolencia, junto con la capacidad de traer la armonía al mundo. Es un dios poderoso, pero creado por Zeus y por tanto inferior a él. Sus seguidores participarían de unos ritos mistéricos, los cuales no se daban en el culto a Zeus o Júpiter.

"Además, también Serapis es el único que sin guerras, luchas ni peligros otorga la posesión de riquezas que, junto con la salud, es lo más importante para los hombres. Así pues, él se muestra propicio a lo largo de toda nuestra vida y ninguna parcela se descuida por este dios *** Él mismo todo lo examina e interviene en todos los asuntos, empezando por el alma y terminando por los bienes materiales. Él ha hecho de nuestra vida una suerte de armonía y la ha compuesto con sus dones, haciendo que se ame la sabiduría gracias a la salud, convirtiendo a la salud en un bien aún más agradable gracias a los bienes materiales, y uniendo y consolidando los extremos de la vida con un elemento central, como si fuera una traviesa, al sumar a los bienes del alma la salud y la posesión de riqueza. ¿Cómo no debemos invocarlo en los grandes festivales y durante todos los días como protector, salvador de todos los hombres y dios autosuficiente?" (Elio Arístides, Discurso XLV, 19)

Júpiter Serapis. Museo del Bardo, Túnez

El culto a Serapis se propagó por todo el Mediterráneo gracias al comercio y la navegación entre territorios. En Roma estaba ya instalado en la época de la república, aunque sufrió algunas persecuciones, lo mismo que durante los primeros años del imperio. Fue Calígula el emperador que permitió que los cultos egipcios recuperasen su lugar en Roma. El mayor apogeo del culto a Serapis fue durante los siglos II y III d.C. cuando los emperadores emitieron monedas con sus efigies y la figura de Serapis como dios protector, la cual había adoptado ya la iconografía del Zeus griego y el Júpiter romano, aunque añadiendo un rasgo característico suyo, el calathus o modio en la cabeza como símbolo de fertilidad.


Busto de Júpiter Serapis en alabastro.
Museo Arqueologico de Florencia, Italia




Bibliografía

Los Ludi en la Roma arcaica, Jorge Martínez.Pinna
Júpiter Óptimo Máximo en la propaganda de Augusto y Vespasiano: Justificación religiosa de dos fundadores dinásticos, Diego M. Escámez de Vera
Serapis: el dios sincrético, Verónica Reyes Barrios
Culto al servicio del poder: Serapis, dios sincrético del Mediterráneo, Sergio López Calero
La construcción del Dios Único: Zeus y Serapis a través de los Discursos de Elio Aristides, Elena Cerón Fernández
Optimus Maximus en la literatura latina antigua, Beatriz Antón y Cristina de la Rosa
Tito Flavio Vespasiano y Júpiter Óptimo Máximo: la justificación propagandístico-religiosa de una nueva dinastía imperial en Roma, Diego M. Escámez de Vera
The Cult and Temple of Jupiter Feretrius, Lawrence A. Springer
Capitoline Jupiter and the historiography of roman world rule, Alexander Thein
Ex Asia et Syria: Oriental Religions Oriental in the Roman Central Balkans, Nadežda Gavrilović Vitas
The Cult of Jupiter and Roman Imperial Ideology, J. Rufus Fears
The Same, but different: the temple of Jupiter Optimus Maximus through time, Ellen Perry
Jupiter Dolichenus, Charles S. Sanders
Jupiter Optimus Maximus Dolichenus and the Re-Imagination of the Empire: Religious Dynamics, Social Integration, and Imperial Narratives, Lorand Deszpa
Rome, Diplomacy, and the Rituals of Empire: Foreign Sacrifice to Jupiter Capitolinus, Larisa Masri
Jupiter, Venus and Mercury of Heliopolis (Baalbek): The images of the “triad” and its alleged syncretisms, Andreas J. M. Kropp
Jupiter's Legacy: The Symbol of the Eagle and Thunderbolt in Antiquity and Their Appropriation by Revolutionary America and Nazi Germany, Justin S. Hayes



miércoles, 14 de diciembre de 2016

De Iside, culto a la diosa Isis en la antigua Roma




Isis, Museo Villa Getty

Los ritos procedentes de Oriente tenían como protagonistas, a diferencia de la religión grecorromana tradicional, a dioses que sufrían padecimientos, como Osiris, Atis o Dionisos, por lo que ofrecían a sus seguidores una emotividad de la que carecían los cultos latinos, que eran oficiados por un magistrado en una ceremonia más fría. La pertenencia a estas religiones  no implicaba solo un modo de participación e integración en la vida ciudadana a través de los ritos y costumbres, sino que provocaba una estrecha relación entre el individuo y la divinidad.

“En medio de estas alegres mascaradas que infestaban las calles, la pompa especial de la diosa protectora se puso en movimiento. Mujeres vestidas con lienzos blancos, coronadas de guirnaldas primaverales y llevando satisfechas distintos atributos, esparcían flores por el camino que debía seguir el sagrado cortejo. Otras llevaban en la espalda pulidos espejos, para que la diosa, al avanzar, pudiese contemplar ante sí la solicitud de la muchedumbre que seguía. Algunas llevaban peines de marfil, y moviendo cuidadosamente brazos y manos, hacían ademán de peinar a su reina. Finalmente, otras regaban abundantemente las calles, dejando chorrear gota a gota bálsamos y perfumes exquisitos. Además, una numerosa muchedumbre de ambos sexos, llevaba faroles, antorchas, cirios y otras suertes de iluminaciones a fin de lograrse el favor de la diosa de los astros que brillan en el firmamento con estos luminosos emblemas. Seguían luego deliciosas sinfonías; los caramillos y las flautas producían los más dulces acuerdos. Luego venía un coro de jóvenes aristócratas, vestidos con trajes blancos de gran valor, que repetían alternativamente un cántico escrito por un hábil poeta, bajo la inspiración propicia de las musas. En este cántico, se reproducían, a intervalos, preludios de los más solemnes votos.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 9)

Ceremonia del culto, Templo de Isis, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Frente a la sencillez de la religión oficial romana, los cultos orientales eran más complejos y hacían, además, participar a los asistentes en sus ritos, más atractivos por lo que tenían de exotismo. Además, los cultos orientales ofrecían a sus devotos una esperanza de salvación en otra vida mejor tras la muerte, lo que añadía más sentido a su vida presente.

“… vivirás feliz y lleno de gloria bajo mi protección, y cuando cumplido el tiempo de tu destino desciendas a la sombría morada, igualmente allí, en aquel subterráneo hemisferio, me verás brillar en mitad de las tinieblas de Aqueronte, soberana de la estigia morada; y llegado a los Campos Elíseos debes seguir ofreciendo tus asiduos homenajes a tu protectora. Que si por tu piadoso culto, por tu devoción ejemplar y por tu castidad inviolable te muestras digno, antes de llegar a esta ocasión, de mi gracia omnipotente, sabrás también que sólo yo tengo derecho a prolongar tus días más allá del término señalado por el Destino.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 6)

Las religiones orientales son parecidas entre sí con tendencia al monoteísmo e interesadas en la astrología, con dioses que mueren, sufren y resucitan que piden a sus seguidores una iniciación en sus ritos y voluntad de renuncia. A sus practicantes se les iban desvelando por medio de determinados rituales y ceremoniales los grandes secretos de la divinidad, sus grandes misterios.
La práctica de esos ritos iniciáticos suponía formar parte de pequeñas familias de privilegiados, en las que era común denominarse "hermanos" entre los iniciados, que llamaban "padre" al sacerdote que actuaba como guía espiritual de todos ellos. La iniciación suponía, también, una relación, casi personal, con el propio dios que garantizaba, a su vez, la protección tanto en esta vida, como tras la muerte.

Sacerdote de Isis, Templo de Isis, Pomepya,
Museo Arqueológico de Nápoles

Los romanos criticaron estas religiones ya que muchos observaron que sus seguidores eran en ocasiones meros charlatanes y estafadores que explotaban la credulidad de sus iniciados y cultivaban con gusto excesivo ceremonias de mal gusto.

La crisis que sufrió Roma a partir del siglo II a.C.  en la que se vio acosada por Aníbal y las guerras civiles acrecentaron la gravedad de una situación decepcionante y propiciaron el hecho de que el pueblo buscase otras religiones que ofrecían un mayor apoyo espiritual y de que de la mano de los propios líderes romanos penetraran en Roma nuevas divinidades.
La expansión de los cultos mistéricos en las provincias romanas se debe, en general, al movimiento de los ejércitos, que llegaban a todos los rincones del imperio y que se hallaban integrados por soldados de origen oriental, que practicaban estas religiones y ayudaban a implantarlas allá donde iban. Sin embargo, el culto a Isis se expandió principalmente gracias a los comerciantes que se establecían por todo el Mediterráneo y que provenían de los lugares donde ya existían seguidores y a las mujeres que se convertían con facilidad a esta nueva religión e influían en los hogares.

El ciclo de Isis y Osiris reflejaba la vivencia personal de los dioses mistéricos, caracterizados por la experiencia de una pasión que conduce a la muerte y a la posterior resurrección.
La historia es la de dos parejas divinas, una formada por Osiris y su esposa y hermana Isis, que representan el bien, la otra formada por Seth y Neftis, hermanos y esposos, y también hermanos de los anteriores. Seth, movido por los celos hacia su hermano le tiende una trampa y se deshace de su cadáver arrojándolo al Nilo.

Isis recoge el ataud de Osiris. Templo de Isis; Pompeya, Foto de Carole  Raddato

 Isis busca con desesperación a su esposo y, gracias a sus artes de adivinación lo encuentra, pero Seth consigue arrebatárselo y despedaza el cuerpo en catorce partes para que no pueda ser encontrado. Isis recupera todos los miembros del cuerpo, excepto su falo, y lo recompone, pero Osiris no puede recuperar su esencia vital, por lo que permanecerá como divinidad del inframundo, protector de los muertos. El hijo que ambos habían tenido, Horus, tomará la misión de vengar a su padre y los griegos lo convertirán en Harpócrates.

“Isis halló todos los pedazos de Osiris, mas no así el miembro viril, pues fue arrojado al río por Tifón, donde se lo comieron el lepidoto, el pagro y el oxirrinco; aquí se observa por qué no son apreciados estos peces. Hizo Isis una copia de dicho falo, y lo consagró, y es ésta una fiesta que aún hoy celebran los egipcios.” (Plutarco, De Isis y Osiris, XVIII)

El origen del culto a Isis se fecha en la Dinastía V de Egipto (en torno a los años 2500 - 2350 a. C.), aunque pudo haberse producido mucho antes. El papel secundario, casi insignificante, que se le otorgó en este período, redujo su culto a un ámbito muy reducido, en clara consonancia con lo que representaba la mujer como concepto abstracto en el Antiguo Egipto. Más adelante Isis se asoció a la figura del Faraón, al ser a la vez la madre protectora del máximo gobernante de la nación (Horus en la tierra) y el trono sobre el que se asienta el monarca.

El culto isíaco estaba ya asentado desde el siglo V a. C. en todo el Ática, y en otros lugares fue acogido con especial entusiasmo, aunque fue la isla de Delos, por su importancia comercial, una de las principales vías posibles para la penetración del culto a Isis en la Península Itálica.

Sacerdote de Isis, Templo de Isis de Pompeya,
Museo Arqueológico de Napóles

La zona de Campania fue una de las primeras en aceptar los cultos orientales y, a pesar de las represiones posteriores que tuvieron lugar, sobre todo, en la propia Roma más que en otras regiones, el desarrollo del culto evolucionó rápidamente, por lo que, en el año 79, cuando Pompeya y Herculano fueron destruidas a causa de la erupción del Vesubio, el culto isiaco era ya uno de los más importantes.
 En la propia capital del Imperio romano, el culto isíaco fue adquiriendo notoriedad en tiempos de Sila, sobre todo entre las capas más bajas de la sociedad, cuando se fundan los primeros collegia de pastóforos, en un proceso de penetración sin obstáculos y sin ninguna promoción oficial. Los fieles isíacos se reclutaban, no sólo ente los esclavos y libertos orientales, sino de manera significativa entre los dirigentes de las aristocracias municipales de la Magna Grecia.

“Me animó a dedicarme al foro con ardor, lo más pronto posible, a la gloriosa profesión de abogado y a no temer las calumnias que los envidiosos derramarían sobre mí, excitados por mi sabiduría, fruto de tan laboriosas velas. Luego, para que yo no practicase su culto como un adorador cualquiera, me admitió en el colegio de los Pastóforos y, más tarde, entre los decuriones quinquenales. Así, pues, a partir de este momento, me hice afeitar la cabeza para llenar mi ministerio en esta antigua corporación, fundada en los remotos tiempos de Sylla, y lejos de intentar cubrir ni disimular mi pelada cabeza, me presentaba, por el contrario, a todas partes con un cierto orgullo”. (Apuleyo, El asno de oro, XI, 30)

Los primeros testimonios contra el culto isíaco son decretos senatoriales y actuaciones de cónsules, con la prohibición de erigir altares en honor a la diosa. En dos pasajes de Tertuliano  se describe la actuación de los cónsules Gabinio y Pisón, a inicios del año 58 a.C. El primero de ellos relata cómo el cónsul Gabinio ejecuta un decreto senatorial impidiendo la erección de altares isíacos, en contra de las peticiones que un grupo de devotos isíacos le hace durante la celebración de un sacrificio oficial. El segundo pone de manifiesto la motivación que lleva, tanto a Gabinio como a su colega Pisón, a no sólo derribar los altares, sino también expulsar de la ciudad a los dioses nilóticos. Frenar la difusión de una superstitio era atribución propia de una magistratura como el consulado.

"A Sérapis y a Isis y a Harpocrates con su Cinoscéfalo, excluidos del Capitolio, es decir, expulsados de la asamblea de los dioses, los cónsules Pisón y Gabinio —no precisamente cristianos— después de derribar sus altares, los expulsaron en un intento de coartar los desórdenes de estas vergonzosas y vanas supersticiones." (Tertuliano, Apologética, VI, 8)

Isis, Serapis y Harpócrates, Coliseo de Roma, Foto de Szilas

“Además, Varrón dice que a Sérapis, Isis, Harpocrates y Anubis se les excluyó del Capitolio, y que sus (altares), derribados por el senado, fueron restablecidos sólo por la violenta intervención del pueblo. Y, por contra, el cónsul Gabinio, el día 1 de enero, cuando apenas intentaba examinar unas víctimas ante el pueblo amotinado porque no había establecido ningún honor a Sérapis y a Isis, tuvo más en cuenta la decisión del senado que la violencia del pueblo e impidió que se levantaran altares.” (Tertuliano, A los gentiles, I, 10, 18)

 Los integrantes del Segundo Triunvirato (Octavio Augusto, Marco Antonio y Emilio Lépido) mandaron erigir en el 43 a. C. un santuario en honor de Isis y Serapis. Sin embargo, después de que Octavio aplastase en la batalla de Accio tanto a su antiguo colega Marco Antonio como a la amante de este, la reina egipcia Cleopatra VII, que se había definido a sí misma como la nueva Isis, optó por declarar ilegales a los cultos no oficiales de la ciudad, siendo el de Isis condenado a permanecer durante algunos años en el ámbito privado y familiar.

Augusto promocionó las instituciones religiosas puramente latinas, colegios y cofradías, y, a partir del año 28, inició la reconstrucción de los templos e, incluso, revitalizó el significado religioso de los juegos de anfiteatro o de circo, buscando fortalecer las costumbres tradicionales, y su política fue contraria a los cultos orientales, defendiendo la "religio" en contra de la "superstitio".

Sin embargo, los cultos orientales resultaron mucho más atractivos que la religiosidad tradicional y la postura oficial del poder imperial con respecto a los cultos orientales acabó mostrándose favorable o adversa en función de quien ocupara trono en cada momento. Calígula levantó la proscripción sobre el culto isíaco y mandó construir un templo dedicado a ella en el Campo de Marte. Este emperador era devoto de estas religiones mistéricas y llegaba a vestirse como sus seguidores. Adriano erigió un Serapeum en Ostia pues su inclinación por los cultos egipcios se incrementó tras su viaje y estancia en Egipto. Aun así, la diosa, Isis, nunca llegó a ser adoptada como representante de la religión estatal, a diferencia de otras divinidades como el Sol invictus.

Las últimas fiestas públicas en honor de Isis tuvieron lugar en Roma en el 394, cuando el Edicto de Tesalónica llevaba más de una década vigente y Teodosio se había mostrado ya decidido a arrasar con todos los cultos paganos para favorecer al cristianismo. A pesar de que Teodosio había llevado a cabo una clausura masiva de santuarios en Alejandría entre los años 386 y 388, y que en el 391 fue derribado por orden expresa suya el templo de Serapis de la ciudad, los cultos egipcios, entre los que destaca el culto a Isis, continuaron siendo venerados clandestinamente en muchas localidades de Egipto.

Sacerdotisa de Isis, Museo Nacional de Atenas

El emperador bizantino Justiniano mandó clausurar el último templo de la religión isíaca en el 535, en la localidad egipcia de Filé. Los sacerdotes de la diosa fueron detenidos y enviados junto con las reliquias del templo a la capital imperial, Constantinopla, mientras que el iseo era convertido en una iglesia cristiana. Sin embargo, la devoción a la diosa del Nilo siguió en el ámbito privado al menos hasta el siglo VII, aunque no es posible precisar cuándo se extinguió para siempre una creencia que por entonces debía ser ya minoritaria.

Con el triunfo del cristianismo a partir del siglo IV los intelectuales de la Iglesia se dedicaron a atacar tanto a la deidad nilótica como a todos aquellos ídolos o falsos dioses que, bajo la denominación de paganos, serían criticados y ridiculizados con una ferocidad que ya habían mostrado antes con los propios cristianos los más célebres pensadores del paganismo.
Isis no es solo una divinidad maternal y protectora que procura el bienestar de sus fieles, sino que saca a relucir su ira cuando se siente ultrajada, algo que caracteriza a algunas deidades femeninas del mundo antiguo. Juvenal cita su capacidad para provocar ceguera a los que desatan su ira, solo que aquí aparece bajo su particular sentido del humor, ácido e hiriente,

“Que Isis resuelva lo que le venga en gana respecto de mi cuerpo, y hiera mis ojos con su sistro airado, con tal de poseer, incluso ciego, los dineros que digo no tener.” (Juvenal, Sátiras, XIII)

Estela funeraria de Sosibia, Museo de Bellas Artes de Boston

El poeta lírico Tíbulo en sus Elegías, se dirige a su amante, Delia, probable devota del culto, y le reprocha la inutilidad de sus creencias y las prácticas religiosas que lleva a cabo, preguntándose a sí mismo de qué le sirve a él tanto la propia Isis como el acto fútil de agitar los sistros en honor de la diosa.

¿De qué me sirve ahora, Delia, tu Isis? ¿De qué aquellos sistros tañidos tantas veces por tu mano? ¿O de qué, mientras cumpliste los ritos sagrados con piedad, lavarte en agua pura y —aún lo recuerdo— acostarte en casto lecho? Ahora, diosa, ahora acude en mi ayuda —pues que puedes curar está claro por los muchos frescos pintados en tus templos—, de forma que mi Delia, cumpliendo sus votivas plegarias, se siente ante las puertas sagradas cubierta de lino y dos veces al día con los cabellos sueltos deba entonarte alabanzas, resplandeciente entre la multitud de Faros. Pero que a mí me sea dado rendir honor a los Penates patrios y entregar el incienso de cada mes al antiguo Lar. (Tibulo, Elegías, I, 3)

La difusión del culto isiaco por todo el territorio del imperio Romano supuso su asimilación e identificación con múltiples divinidades que Apuleyo, por boca de la propia Isis, resume del siguiente modo haciendo referencia, en última instancia, al origen ancestral de la diosa, la monarquía divinizada:

 “Soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres. Los frigios, primeros habitantes del orbe, me llaman diosa de Pessimonte y madre de los dioses; soy Minerva Cecropia para los atenienses autóctonos; Venus Pafia para los isleños de Chipre; Diana Dictymna para los saeteros de Creta; Proserpina Estigia para los sicilianos trilingües; Ceres Actea para la antigua Eleusis; para unos soy Juno, para otros Bellona, para los de más allá Rhamnusia; los pueblos del Sol naciente y los que reciben sus últimos rayos de poniente, las dos Etiopías y los egipcios poderosos por su antigua sabiduría me honran con un culto propio y me conocen por mi verdadero nombre: soy la reina Isis." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 5).

Estatua de Isis encontrada en su templo de Pompeya, 
Museo Arqueológico de Nápoles

 Apuleyo, en el libro XI de Las Metamorfosis o El Asno de Oro, da a conocer por boca de su protagonista Lucio la iniciación en el culto de la diosa. Esta iniciación se lleva a cabo mediante ritos de purificación por inmersiones y aspersiones de agua, seguidas de un riguroso ayuno. El agua es un agente protector contra encantamientos, símbolo de la renovación de la vida, germen creador y forma parte de la iniciación de los ritos mistéricos. El bautismo o inmersión en agua representa que el neófito ha podido vencer a la muerte y renace con vida nueva, abriendo una puerta hacia la inmortalidad.

Los sacerdotes de Osiris, no sólo consideran como emanación de dicho dios al Nilo, sino también todo aquello cuanto posee una naturaleza húmeda, por cuanto sus procesiones siempre van encabezadas por un cubo de agua. La imagen de un junco les representa tanto la figura del rey como la región meridional, y dicen que simboliza la irrigación y la gestación universal, y en su naturaleza semeja al miembro generador. (Plutarco, De Isis y Osiris, XXXVI)


Purgatorio, Templo de Isis, Pompeya

En el Iseo de Pompeya hay un pequeño edificio con una cisterna subterránea que contenía agua sagrada del Nilo. Se le conoce como Purgatorio, lugar donde se celebraban ritos de purificación. En la fachada hay un friso con dos procesiones de sacerdotes que convergen en el centro. En las paredes exteriores aparecen dos parejas Marte con Venus y Perseo con Andrómeda.
Algunos devotos romanos llevaban su fanatismo por la religión egipcia hasta el extremo de ir a buscar hasta el propio Nilo el agua que utilizaban en los ritos. Se han encontrado ánforas llenas del agua del Nilo entre los restos de algunas casas con las que se harían los ritos necesarios delante de los lararios domésticos.

Símbolos de Isis, Casa de los Amorcillos dorados, Pompeya

En el culto latino a la diosa su imagen se presentaba de pie, ataviada con un amplio manto anudado en el pecho. El nudo era un atributo arcaico de la divinidad egipcia vinculado a sus poderes mágicos y simbolizaba el poder de Isis como Gran Maga, a la que se consideraba capaz de múltiples hechizos. En ocasiones, el atuendo se complementaba con un paño con flecos sobre los hombros. El tocado isiaco es representado a veces con el disco solar y elementos vegetales o flores que aluden a su identificación como diosa madre. Sus atributos hacen referencia al culto latino: el sistro, originario del sincretismo con Hathor, y el canopo contenedor del agua del Nilo. En ocasiones, el sistro podía ser sustituido por elementos vegetales que hacían referencia a su relación con Demeter.

"Procuraré reproduciros tan admirable visión si me es posible encontrar en la pobreza del lenguaje humano palabras adecuadas o si la misma divinidad me inspira fácil y abundante elocuencia. Estaba dotada, en primer término, de una tupida y larga cabellera cuyos graciosos bucles, dispersados al azar, flotaban sobre su divina nuca con muelle abandono. En lo alto de la cabeza, una corona de varias flores delicadamente enlazadas. Sobre la frente llevaba una placa circular en forma de espejo que reflejaba una luz blanca, indicando ser la luna. A cada lado de la cabeza sostenían este adorno dos astutas serpientes de erguida cabeza, y también con espigas de trigo que le caían oscilantes sobre la frente. Su vestido, tejido del más delicado lino, era tornasolado, presentando en sus cambiantes la blancura del lirio, el oro del azafrán y el encarnado de la rosa. Pero lo que atrajo más vivamente mis miradas fue su manto de un negro tan intenso que deslumbraba. Caíale este manto atravesado descendiendo en elegante espiral desde el hombro derecho a la cadera izquierda. Una de las puntas colgaba con mil pliegues artísticamente dispuestos y terminaba en unos nudos listados que flotaban graciosamente.


Isis como Deméter, Museo del Louvre, Foto de Sailko

 El fondo estaba cuajado de innumerables estrellas en medio de las cuales destacaba la luna llena su radiante y vivísima luz. A lo largo de este manto sin igual una no interrumpida guirnalda representaba toda suerte de flores y frutos. Llevaba además la diosa varios atributos muy distintos unos de otros; en la mano derecha sostenía un sistro de cobre cuya sutil y curvada lámina en forma de tahalí estaba atravesada por tres pequeñas varillas que, al agitarlas, producían un agudo sonido. De su mano izquierda pendía un vaso de oro en forma de góndola, que, en la parte más saliente del asa remataba en un áspid de erguida cabeza y abultado cuello. Cubrían sus divinos pies sandalias tejidas con, hojas de palma, el árbol de la victoria."

Isis, Museo Histórico de Arte de Viena

Otro ejemplo iconográfico es el de Isis Lactans, en el que la diosa es representada amamantando a un niño, el dios Harpócrates, versión griega del dios egipcio Horus. Suele ser representado como un niño con el dedo en la boca, por lo que se interpretó que era dios del silencio.

Pintura de Isis con Harpócrates, Karanis, Egipto

Sumamente importante es el sincretismo de Fortuna con Isis, la cual, después de introducirse los cultos mistéricos en el Imperio, llega a fundirse con Fortuna convirtiéndose en Isis-Fortuna. Los caracteres de ambas divinidades son compatibles, ya que Fortuna desde su origen latino tiene un fuerte carácter oracular como cualidad principal e Isis es la Señora de la Magia. Además de esta propiedad Isis-Fortuna se constituirá como Señora protectora de los navegantes y Dueña del Destino. La protección de la navegación resulta del viaje realizado por Isis en busca del cuerpo de su esposo-hermano Osiris esparcido por el mar por su hermano Seth y del poder otorgado a Fortuna para controlar todos los movimientos y acontecimientos naturales y humanos.

Isis-Fortuna, Museo Británico

Dentro de los numerosos atributos que Isis lega a Fortuna podemos destacar su vestimenta completada con el chal de flecos anudado ya mencionado.  En las representaciones de Fortuna su mano derecha suele sujetar un timón de embarcación. El timón, la proa de barco o la rueda, los tres atributos con la misma simbología, son de origen romano, y mediante estos atributos la diosa rige los destinos humanos, divinos y naturales, así como la dirección de los Estados o el destino de la historia. Y este timón lo maneja según su voluntad. Además de protectora del Destino, se convierte en diosa del mar y sus navegantes.
La popularidad del culto desembocó en una devoción doméstica que condujo a la colocación en el lararium de la domus, junto a las figuras de otros dioses, de las denominadas pantheas, efigies que aunaban en una sola los atributos iconográficos de varias entidades divinas. Alguna de estas imágenes pantheas aunaban no sólo las características iconográficas de Isis y de Fortuna, sino que, además, y dada la desnudez de la figura, hacían también referencia a Afrodita-Venus, divinidad asimilada igualmente con Isis.

La identificación con Afrodita vinculaba a Isis, de nuevo, con Hathor quien, en el Egipto dinástico, estuvo relacionada con “el amor, la alegría, la música, el sexo y la embriaguez; en sus fiestas se permitían los placeres sensuales y corría el alcohol. Hombres y mujeres acudían a la diosa para que ésta les otorgara fertilidad, remediara sus problemas de impotencia y les concediera una deseada descendencia”.  Se la representaba desnuda y con un tocado alto y estilizado de plumas.

Isis-Afrodita, Museo Metropolitan, Nueva York

Isis también se fusionó con Artemisa, la diosa griega de la Luna. Y como ella, Isis fue adorada como diosa de la magia y los sueños y como patrona de la fertilidad y maternidad. En su representación iconográfica aparece a menudo con cuernos de vaca, que recuerdan a las fases creciente y menguante y su influencia en las crecidas del Nilo y las cosechas.
La caracterización de la diosa como madre fue también propiciada por la pronta asimilación de Isis a la diosa egipcia Hathor, la diosa vaca nutricia, de cuyos símbolos Isis se apropió, incluidos los cuernos.

“Le iba a la zaga una vaca levantada en ancas; esa vaca, símbolo de la fecundidad, encarnaba a la diosa como madre universal; iba apoyada a la espalda de un santo sacerdote que la sostenía sin perder su hierática compostura”. (Apuleyo, El asno de oro, XI, 11)



Larario con figura de Isis como Luna y Harpócrates a caballo, Pompeya.

 Se celebraban dos grandes festivales dedicados a la diosa al año. El navigium Isidis tenía lugar el 5 de marzo y con él se festejaba la apertura del ciclo anual de la navegación. Por una parte, rememoraba el viaje emprendido por Isis para recuperar los restos de su difunto esposo. Por otra, como Isis, en su acepción de fortuna, garantiza el éxito de las navegaciones, se hace acreedora de las plegarias destinadas a obtener el favor de la divinidad que domina el mar. Así pues, Isis se convierte en la divina protectora de los navegantes y destinataria del festival que celebra la inauguración de la temporada náutica.

"Avanzamos lentamente, hasta llegar a la orilla del mar, en el mismo sitio donde mi cuerpo de asno había pasado la noche anterior. Colocadas las imágenes de los dioses según establecen los rituales, se acercó el pontífice a un navío, muy artísticamente construido y decorados sus costados por maravillosas pinturas egipcias. Lo purificó lo más devotamente posible con una antorcha encendida, con un huevo y azufre, y en solemne oración le designó nombre y lo dedicó a la diosa. Sobre el feliz navío flotaba una vela blanca con una inscripción del voto que se ofrecía a la diosa para la prosperidad de la nueva campaña marítima. Poco después se elevó el mástil, que era un pino entero perfectamente torneado, no menos brillante que alto y con la cofa notablemente hermosa; en la popa brillaba un cisne de oro, de ondulado cuello, y, toda la carena, hecha de limonero hermosamente tallado, causaba suspensión y encanto. Pronto todos los concurrentes, los iniciados como los profanos, presentaron a porfía esencias aromáticas y otras piadosas ofrendas. Hicieron también libaciones, en el mar, de leche, hasta [que] el momento en que el navío, abarrotado con toda la gente y con innumerables objetos de devoción, levó anclas y con viento suave y propicio se lanzó en plena mar. Cuando desapareció en el espacio como un punto apenas perceptible, los portadores de las sagradas reliquias cargaron de nuevo con los emblemas que antes llevaron y emprendieron, con el mismo ceremonial, el regreso al templo." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 16)



Una vez en el templo, se hacían imprecaciones en favor del emperador, del senado, del orden ecuestre y de la totalidad del pueblo romano, de los marineros y de sus naves y se daba lectura a la fórmula por la que se declaraba abierta la temporada náutica. Los asistentes ofrecían entonces ramas, coronas y otros exvotos, besaban la estatua de plata de la diosa y regresaban a sus casas concluida la ceremonia.
El otro festival isíaco tenía lugar entre el 26 de octubre y el 3 de noviembre y recibía el nombre de Isia. Consistía en una representación dramática del mito de Osiris, en el cual Isis buscaba de forma angustiosa a su esposo.

El culto a la diosa comenzaba al amanecer cuando se realizaba las funciones de aseo de su estatua a la que se lavaba, perfumaba, vestía y se le daba de comer con los alimentos dejados por sus seguidores, aunque estos serían aprovechados por los propios sacerdotes. Apuleyo describe el primer momento del día en el templo, que permanecía abierto hasta las primeras horas de la tarde y alrededor del cual había siempre una multitud de vendedores ofreciendo sus productos, comida, amuletos y objetos de artesanía.

"y [con] la dulce inquietud que produce la esperanza de un dichoso amanecer esperé, según costumbre, que abrieran el templo. Separados los blancos velos que cubrían la imagen augusta de la diosa, nos prosternamos ante ella para hacer las oraciones. El pontífice recorrió los diferentes altares, preparó el servicio divino con las oraciones de rúbrica y derramó con un vaso sagrado el agua que escanció de una fuente secreta. Terminadas estas ceremonias, empezaron las oraciones; los sacerdotes anunciaron el alba y la saludaron con devociones matutinas." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 20)


Figurilla de sacerdote de Isis, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles,
foto de Dan Diffendale

En el interior del santuario había espacio para hospedar a los devotos que pasaban un tiempo esperando una señal divina. Durante las fiestas algunas devotas se encerraban allí para seguir los votos de guardar castidad, lo que provocaba la queja de sus amantes, reflejada en la literatura lírica, como en las Elegías de Propercio, donde Cintia, su amante, ha consagrado a la deidad diez noches sin contacto carnal alguno, lo que enfurecía al autor hasta el extremo de desear que perezcan los cultos nilóticos, un anhelo que el lector puede captar en la obra sin dificultades.

"Ya vuelven de nuevo las fiestas de Isis, tristes para nosotros: ya Cintia le ha consagrado diez noches.
¡Ojalá perezcan los ritos que desde el tibio Nilo
envió la hija de Ínaco a las mujeres de Roma!
 La diosa que tantas veces separó a enamorados tan apasionados, fuese cual fuese su advocación, fue siempre cruel." (Propercio, II, 33a)


Isis, Museo Británico, Londres

 Ovidio habla de Isis, en Amores, como excusa que dan las mujeres a sus amantes para mantenerles a raya, negándoles el placer. Esta imposición debió resultar muy molesta a todos aquellos que veían frustradas sus expectativas amatorias, sobre todo si el que se veía afectado por el precepto de marras no era devoto de la diosa. Sin embargo, este hecho contrasta con las acusaciones de adulterio, alcahuetería y prostitución que también pesaban sobre las sacerdotisas y fieles de Isis.

"La imprudente Corina ha puesto en peligro su vida, destruyendo con un abortivo el peso que abrumaba su vientre. En verdad que merece mi cólera por exponerse a tanto riesgo sin mi conocimiento; mas la cólera cede ante el temor. Sin duda, o habría concebido de mí, o al menos así lo creo; acostumbro a dar por cierto aquello que es posible.
Isis, que habitas Paretonio y las feraces tierras de Canopo, con Menfis y Faros ceñida de palmeras, y las llanuras en que el rápido Nilo abandona su vasto lecho y por siete bocas tributa sus aguas al mar, te ruego por tu sistro y por la veneranda cabeza de Anubis, y así el pío Osiris acepte siempre gozoso tus sacrificios, la serpiente aletargada se deslice con lentitud en torno de las ofrendas, y Apis, con sus cuernos de oro, acompañe tu pompa, que vuelvas a esta parte tus miradas, y con la salvación de Corina salves a dos, pues tú darás a ella la vida y ella a mí.
Con frecuencia la viste celebrar sentada tus sacros festejos a la hora en que los sacerdotes Galos se ceñían de laureles. Tú, que tanto compadeces en los difíciles meses de la gestación a las madres que retardan el paso con el fruto de sus entrañas; compasiva Ilitia, ven y oye favorable mis preces; es digna de contarse entre tus protegidas. Yo mismo, vestido de blanco, quemaré el incienso en tus aras humeantes y depositaré a tus pies las prometidas ofrendas, grabando estas palabras: «Ovidio Nasón, por la salud de Corina.» Diosa inclínate a merecer tal inscripción y tales ofrendas. Y tú, amada mía, si me es lícito aconsejarte, viéndote sobresaltada de tanto temor, guárdate de repetir nuevamente lo que acabaste de hacer." (Ovidio, Amores, I, 13)


Estela de Amarilis, Museo Arqueológico de Atenas, Foto de Giovanni Dall´Orto

En el seno de las comunidades isíacas las mujeres podían desenvolverse con un mayor grado de libertad que en la religión oficial, y disponían además de la posibilidad de ocupar cargos de responsabilidad, algo que les estaba prácticamente vetado en la vida pública, por lo que pudo haber sido este un aliciente para la iniciación de las devotas, aunque, en ningún momento, se puede hablar del culto a Isis como una religión matriarcal o eminentemente femenina.
Hay una inscripción hecha por decreto municipal en Queronea dedicada por Gnaeus Curtius Dexippos, archisacerdote de los Augustales y curator civitatis, a la memoria y, según su testamento, de Flavia Lanica, archisacerdotisa de Atenea Itonia y piadosa hierófora de Isis Taposeiris (advocación asimilada a Deméter, la que siente pena por un ser querido). Los hieróforos eran funcionarios de los templos encargados de servicios a los dioses. Está fechada en la primera mitad del siglo III d. C.

Sacerdotisa de Isis, Museo del Louvre, París

En una inscripción latina se puede leer la dedicatoria de un hombre a su esposa y aunque no se menciona nada sobre el culto a Isis en su estela funeraria se representan un sistro, un jarrón, y a los dioses Osiris y Anubis-Hermes que identifican a la difunta como devota de la diosa Isis.

A los espíritus de los difuntos. Lucius Plutius Hermes a Fabia Estratonice, hija de Quintus, la mejor y más piadosa esposa. (AE 1988.368)

Estela funeraria de Flavia Estratonice

Las placas de dedicantes nos permiten conocer de primera mano cómo el fiel se dirigía a la divinidad, bien dándole las gracias por algún favor concedido por la misma como suplicando a esta que le favorezca en una causa determinada, algo que no deja de destacar el carácter eminentemente pragmático que tenían las religiones en general (no solo la isíaca) en el mundo romano. Se le regalaban joyas con las que adornar las estatuas.

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros) Pedestal de la estatua de Isis, Guadix


Templo de Isis, Pompeya

Muchos dedicaban parte de su fortuna a su culto o como en el caso siguiente a reparar su templo tras ser destruido para tratar de ganarse su favor.
Numerius Popidius Ampliatus era un liberto de Pompeya que restauró a sus expensas el templo de Isis después de ser destruido por el terremoto del año 62 d. C. Lo hizo en nombre de su hijo de seis años, Celsinus. Por este acto su hijo fue elegido para el orden de los decuriones del municipio, a pesar de no tener derecho por ser liberto. Pertenecer a este orden era muy meritorio y se esperaba que sus miembros mostrasen su generosidad.

Numerius Popidius Celsinus, hijo de Numerius, reconstruyó a sus expensas el Templo de Isis desde sus cimientos, que se había derruido por un terremoto. Por su generosidad, a pesar de su edad, seis años, los decuriones le nominaron para el orden sin ningún cargo. (CIL X 846 = ILS 6367)

Sacerdotisa de Isis,
Museo Arqueológico de Palermo

En cuanto a la iniciación en los misterios del culto a la diosa, estos no eran conocidos ni divulgados, pero mantenían en común con otras religiones orientales la renuncia a ciertas cosas, como es el caso de practicar la castidad para algunos seguidores, las mutilaciones y la promesa de guardar el secreto de los ritos de iniciación. Apuleyo cuenta hasta donde puede como se realiza este proceso.

“Oh, mi estimado Lucio, qué felicidad, qué inefable dicha es la vuestra! La voluntad de nuestra augusta diosa os es propicia, os ha juzgado digno de tan elevado ministerio. ¿Podéis permanecer, ahora, inactivo y sin prisa alguna? Sí, he aquí el día tan solicitado por vuestros votos, el día en que por orden soberana de la diosa, mis manos van a daros entrada en las más sagradas profundidades del culto.» Y poniendo su diestra sobre mí, el venerable anciano me condujo cuidadosamente a la puerta del vasto templo. Con el ritual acostumbrado, abrió las puertas y llevó a cabo el sacrificio matutino. Sacó luego del fondo del santuario unos libros escritos en caracteres desconocidos, que contenían la fórmula de la consagración. Aquí estaba lleno de imágenes, de animales de toda especie; allí abreviaturas formadas con dibujos entrelazados, unos semejando una rueda, otros un nudo y otros sarmientos de vid. La curiosidad de los profanos no podía alcanzar su significado. Me leyó de estos libros los preparativos que yo debía hacer para mi consagración.
Estad seguros que no tardamos, entre yo y mis amigos, mucho rato, en proveernos de todo lo necesario, sin regatear nada. Llegado el momento que el pontífice creyó favorable, me condujo en compañía de todo el santo cortejo a los baños inmediatos al templo, y una vez sumergido, como de costumbre, me purificó echando sobre mí agua clara y pura, e implorando la protección divina. Estábamos ya a media tarde, cuando me condujo al templo, a los mismos pies de la diosa. Me dio secretamente ciertas instrucciones que no puedo revelar, y en seguida me recomendó en alta voz frente a los congregados, que me abstuviera durante diez días consecutivos, a partir de aquel instante, de todo alimento profano y de toda sensación sexual. Me prohibió beber vino. Cumplí respetuosamente estas indicaciones con escrupulosa exactitud. Llegó por fin el día de la divina promesa. Apuntaba ya el sol en Oriente trayendo consigo el nuevo día, cuando, afluyendo de todas partes una numerosa muchedumbre, vinieron todos, según antigua costumbre religiosa, a rendirme homenaje. El pontífice mandó luego que se retirasen los profanos, y me llevó de la mano al mismo santuario del templo. Yo vestía traje de lino... Tal vez, lector curioso, vas a preguntarme ansioso lo que allí se dijo y lo que allí pasó. Lo diría si posible fuese; lo sabríais si os fuera permitido escucharlo.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 22-23)

Fresco del templo de Isis de Pompeya, Foto de Carole Raddato

El culto a Serapis nace en Alejandría con la dinastía de los Ptolomeos, que quieren otorgar a su reinado un nuevo dios que participe de las creencias helenas, pero sin perjudicar los sentimientos egipcios. Se produce entonces un proceso de sincretismo entre el dios egipcio Osiris con el dios griego Hades, ambos dioses de ultratumba, pero que en su personificación alejandrina gozará también de un carácter sanador como dios de la medicina.  Se asimila también al todopoderoso Zeus. Como dios tutelar de Alejandría adquiere la cualidad de un demon benéfico que será a menudo representado con forma de serpiente. Acompaña con frecuencia a Isis en la devoción por el culto egipcio.

Las ceremonias del culto a Osiris son descritas por Plutarco como semejantes a las del dios griego Dionisos, el Baco romano, por lo que Serapis en su asimilación al dios egipcio recibe la misma dedicación haciendo uso de la misma parafernalia durante la celebración de las procesiones.

"¿Quién puede conocer, ¡oh Clea!, mejor que tú, que Osiris no es otro más que Dioniso, siendo tú la más eminente entre las Tíades de Delfos? ¡Tú, que fuiste por tu padre y tu madre consagrada a los Misterios de Osiris! Si se nos demandan pruebas, dejemos a un lado los misterios herméticos, y vayamos a las ceremonias que los sacerdotes practican abiertamente, el entierro del buey Apis, el traslado de su cuerpo sobre una almadía, no difieren en absoluto de las procesiones báquicas… De igual forma, se revisten con pieles de corzo, portan tirsos, profieren gritos, y se mueven y agitan como aquellos que están poseídos por Dioniso en sus orgías… De igual manera, todo aquello que se narra sobre los Titanes, las conmemoraciones nocturnas de las fiestas báquicas, es equivalente a lo que se narra de Osiris, su desmembramiento, su vuelta a la vida, y su renacer." (Plutarco, De Isis y Osiris, XXXV)



En la siguiente transcripción de una estela funeraria de una sacerdotisa se hace patente que estaba dedicada al servicio tanto de Serapis (Osiris) asimilado al dios Baco como de la diosa Isis.

“Aquí yace la reconocida sacerdotisa del dios Baco Ogygio y protectora del santuario de la diosa del Nilo, la modesta Alexandria, quien (conservaba todavía) la flor de la juventud; la envidiosa marca de las Parcas la llevó a Plutón.”





Bibliografía:

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