DOMVS ROMANA

Blog de la casa romana y su entorno doméstico.

domingo, 21 de agosto de 2016

Vinum amoris, vino y placer en la antigua Roma

Detalle de mosaico, villa romana de Carranque, Toledo

El vino se encuentra siempre asociado, entre los poetas latinos, a las celebraciones, la música, la buena comida, la inspiración poética y al amor.
Sin el néctar de Baco y Dionisos no es posible entender una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad: el symposium griego o convivium romano, es decir, el momento de beber juntos, pero de un modo civilizado.  
El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel, pero en el que los alimentos, las vajillas, los perfumes y las flores se sumaban al ambiente de lujo y placer que se creaba.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Los perfumes y las flores se utilizaban para disimular los olores y porque creían que retrasaban los efectos de la borrachera. Por ello no se ungían ni coronaban con flores hasta después de la cena.

“Que ahora invitados de blanco entren en un bosque tranquilo, rosas seductoras cuelguen de mi cuello,
se escancien vinos fermentados en las presas de Falerno, y el perfume azafranado de Ciiicia bañe mi cabello.” (Propercio, IV, 6)

Pintura de Alma Tadema

El convivium terminaba con la comissatio, sobremesa en la que se servía el vino para que todos bebieran por igual y momento en que empezaban los entretenimientos. Había que beber en compañía, nunca solo, pues de esta forma se estimulaba la conversación y las relaciones sociales.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)

Según los antiguos, el vino ayudaba  a recobrar la fuerza y el valor, hacía olvidar el hambre, la sed, las fatigas y las preocupaciones, devolvía  la alegría y soltaba la lengua, de modo que el que lo tomaba  no sería capaz de guardar ningún secreto. También traía el sueño y ayudaba al descanso.

Pero el  abuso del vino podía provocar un estado mental de pérdida del valor y del autocontrol llevando a los individuos a comportarse de una forma enloquecida e incivilizada rechazando las normas establecidas. Aunque se pensaba que beber vino no era malo en sí mismo, si lo era hacerlo de forma excesiva, provocando un comportamiento irracional y cruel, del que luego uno se podría arrepentir.

“Propio de tracios es en los festines
Luchar como enemigos y arrojarse
Copas que deben ser don de alegría.
Rechazad ese signo de barbarie,
Y no queráis que Baco se avergüence
De sangrientos combates.
Al claro resplandor de las antorchas
Y del zumo que tiñe los cristales,
¡qué mal parece, amigos,
El siniestro fulgor de los alfanjes!
Deponed vuestros gritos belicosos,
Y, reclinados, conversad afables.” (Odas, I, 27)

Ser abstemio tampoco constituía una buena opción en tanto que podía aislar al individuo, no solo de sus conciudadanos sino también de los dioses, haciéndoles enfadar negándoles las libaciones que les correspondían en las celebraciones y fiestas religiosas.

“Pero reclamad los dones de Baco. ¿A quién de vosotros le gustan las copas vacías? Hay acuerdo en plan de igualdad y Líber no mira mal a aquellos que lo adoran y junto con él al vino alegre. [No viene irritado en demasía ni en demasía severo]: quien teme el gran poder de un dios irritado, que beba. (Tibulo, III, 6)

Además, para evitar la ofensa al anfitrión de la cena y responder a su hospitalidad se debía beber con moderación y evitar cualquier exceso. La embriaguez solo, hasta el punto de aliviar las penas, era admisible.

Pintura de casa de los Castos Amantes, Pompeya

Pero, ¿cuál es la cantidad apropiada? ¿Cuándo hay que dejar de beber? Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de la cantidad aceptable de copas que podrían beberse para no llegar a la ebriedad:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio
a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para
aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera,
para el placer; la cuarta para la locura’.” (Florida, XX, 1)

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.
Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que deberían servir para no caer en ella.

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Séneca, Epis., X, 83)


Mosaico con Baco ebrio, Museo Romano-Germánico de Colonia

 Beber excesivamente traía consecuencias tales como sufrir accidentes por caídas tras abandonar el banquete:

“Volviendo el convidado Filóstrato de las aguas
de Sinuesa, empujado por la noche, a su
apartamento alquilado, por poco si se enfrenta a
un cruel destino imitando a Elpénor, al rodar
de punta cabeza por las escaleras de la primera a
la última. No hubiera sufrido, Ninfas, tan
grandes peligros, si hubiera bebido él, mejor,
vuestras aguas.” (Marcial, XI, 82)

La vinicultura era  sinónimo de civilización y los romanos creían que lo que los diferenciaba de los bárbaros era el modo de beber el  producto proporcionado por Baco. Así, mientras los romanos lo bebían mezclado con agua y especias (el vino puro sin mezcla, merum, estaba exclusivamente reservado para las libaciones religiosas), los bárbaros, los locos o los malvados lo bebían sin mezclar, es decir, puro. El tratamiento adecuado del vino consistía en añadirle agua, puesto que era necesario rebajar la alta concentración alcohólica que presentaba debido a las uvas maduras que utilizaban en su elaboración.

“Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes
veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.” (Marcial, I, 11)

En los espectáculos de gala se obsequiaba a los asistentes con diez bonos, para diez copas de vino, que se mezclaban con agua caliente, pero Sextiliano no quiere agua.

Pintura de Alma Tadema
Cuando los comensales tenían puestas sus coronas lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, quien decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas.

¿A quién elegirá Venus
rey del festín que te brindo? (Horacio, Odas, II, 8)


Las mezclas más normales eran tres partes de agua y dos de vino, o tres de agua y una de vino. El ritual de la mezcla garantizaba, por otra parte, una mayor duración del festejo y las proporciones variaban en función del momento del acto y de la importancia de los participantes. De no hacer esta mezcla, el vino llevaría rápidamente a la borrachera y a una conducta incivilizada. Beber vino sin diluir no se consideraba socialmente correcto y menos si se hacía abundantemente y estaba muy mal visto por los miembros de la sociedad que bebían con moderación. Para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

Estico.— .Prefieres tu ejercer el mando sobre el dios de las fontanas o sobre Baco?
Sa.— !Qué pregunta!, sobre Baco. Pero mientras que nuestra común amiga acaba de venir y mientras que se arregla, vamos a divertimos nosotros. Yo te nombro presidente de nuestro festin.
Est .— Me hace gracia pensar cuanto más nos va a la moda de los cínicos cuando tenemos que sentamos en los taburetes que no aquí en los divanes.
Sa.— Si, desde luego, aquí se está mucho más a gusto. Pero, a ver, tú, el presidente, ¿por qué no circula entre tanto la copa? Mira a ver cuántas copas bebemos.
Est .— Tantas cuantos dedos tienes en la mano, como dice la copla esa griega: bebe cinco o tres, pero no cuatro.
Sa.— (Echa vino en la copa.) A tu salud. Échale una décima parte de agua, si tienes cabeza. (A los espectadores)
¡A vuestra salud, a la nuestra, a la tuya, a la mía, y también a la de nuestro Estefanio!
Est .— !Venga, bebe ya, si es que vas a beber! (Plauto, Estico, V,4)

Debía decidir cuánto agua fría o caliente mezclar con el vino. Marcial se queja de que se hierva el agua que luego se deja enfriar para vinos flojos.

“Bebes vinos de Espoleto o los encubados en las
bodegas marsas. ¿Para qué quieres el noble frescor del agua hervida?” (Marcial, XIV, 116)

Vajilla para bebidas, tumba de Vestorius Priscus, Pompeya

El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, el número de cyathus (0,0456 litros) que había que escanciar en cada copa, que variaba de uno a once y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)




“Mezcla, Cesto, honor de la mesa, los vinos setinos: me parece a mí que hasta el niño, hasta el macho cabrío están sedientos. Que fijen el número de ciatos las letras de Instancio Rufo, pues él es quien me ha hecho regalo tan grande. Si viene Teletusa y me trae los goces prometidos, me reservaré para mi amada con tu triente, Rufo. Si anda con dudas, llegaré hasta siete. Si me deja plantado como amante, para ahogar mis penas, me beberé los dos nombres juntos.” (Marcial, Epig., VIII, 50)

El número de copas lo marca el nombre de Instancio Rufo; pero a Marcial se le presentan tres posibilidades: acogerse a las cuatro letras del cognomen, Rufo; a las siete del nombre, puesto en vocativo, I[n]stanti, y sin pronunciar “n” ante “s”; o sumar las once letras del nombre completo.

“Escancia, siervo, aprisa,
Que por la Luna nueva
Y por la media noche
Quiero beber, y por el gran Murena.
O tres o nueve veces,
Según lo pida el caso,
Has de llenar las copas, para los brindis hechas.
El que a las nueve Musas
Cantos de amor ofrenda,
Nueve veces el vino
Renovará, si ha de cumplir con ellas.
Mas las desnudas Gracias
Sólo quieren tres brindis
Temerosas de excesos y de bajas reyertas.” (Odas, III, 19)


Escena de esclavos escanciando vino, mosaico de Dougga, túnez, foto de Dennis Jarvis

El poeta amante de las Musas puede tomar una mayor proporción de vino, bebida relacionada en la antigüedad con la inspiración, mientras que las Gracias se identifican,  con la conversación agradable propia de quienes no poseen cualidades poéticas.
Los más privilegiados podrían mezclarlo con nieve o utilizar ésta para filtrarlo. El vino se echaba desde las ánforas a una gran crátera donde se añadía el agua. Después se trasvasaba a las jarras desde las que los esclavos llenaban las copas de los invitados. 

"Vino setino y nieves y tercios sin pausa
de mi dueña! ¿Cuándo podré beberos sin que
me lo prohíba el médico? ¡Tonto y desagradecido
e indigno de semejante regalo el que prefiere
ser heredero del rico Midas! Que posea los trigales
de Libia, el Hermo y el Tajo, y que beba agua
caliente, quien me envidie." (Marcial, VI, 86)

El filtrar el vino mediante una manga de lino era necesario porque nunca quedaba limpio del todo y, con el tiempo, criaba posos que lo enturbiaban al removerlo. En las ánforas el vino mermaba porque las vasijas de tierra cocida, por su porosidad, van perdiendo su contenido con el paso del tiempo. La porosidad de los recipientes de barro, a pesar de los intentos para disminuirla recubriéndolos con pez, favorecía la evaporación del agua y el aumento relativo del alcohol, de modo que el vino se convertía en un líquido pastoso y a veces amargo, no especialmente grato al paladar.

"Desde las riberas del Etna se me devuelve, Flaco, a Terencio Prisco: que una perla blanca como la leche señale este día, que se escancie y que se aclare con el lino flexible un ánfora turbia, disminuida por cien consulados. ¿Cuándo le tocará a mi mesa una noche tan feliz? ¿Cuándo se me concederá entonarme con un vino tan merecido? Cuando la citerea Chipre me devuelva tu persona, Flaco, habrá un motivo tan bueno para mi regalo." (Marcial, VIII, 45)

Jarra cincelada, Museo Getty

Algunos anfitriones pretendían servir vinos selectos en sus cenas, pero en verdad los vinos eran de peor calidad, por lo que los comensales se quejaban.

“Tú, desde luego, siempre sirves vinos setinos o
másicos, Pápilo, pero corre el rumor de que tus
vinos no son tan buenos. Se dice de ti que con esta
garrafa te has quedado viudo cuatro veces. Ni lo
pienso ni lo creo, Pápilo, ni tengo sed.” (Marcial, IV, 69)

Plinio el viejo critica a aquellos de sus coetáneos que sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres. Plinio el joven censura a algunas de sus amistades porque en las cenae que ofrecen, queriendo para sí los mejores manjares y dejando para los demás las pobres pitanzas, guardan el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacan unos u otros según la dignidad de los invitados.

“Había distribuido el vino dentro de pequeñas vasijas en tres categorías, no para que hubiera la posibilidad de elegir, sino para que no existiese la oportunidad de rechazar lo que se ofrecía: una, para él y nosotros, otra, para los amigos inferiores (pues tiene a los amigos clasificados por grados), y otras, para sus libertos y los nuestros.” (Plinio, Epístolas, II, 6)


Leyendo a Homero, pintura de Alma Tadema

Algunos poetas alabaron los efectos del vino  por ser una fuente de inspiración que favorecía la expresión de hermosos  versos. Horacio era un claro defensor de beber para escribir, pues según él  el vino ayudaba a canalizar las emociones, alegraba o entristecía según la disposición del ánimo  o invitaba al sueño:

“Ánfora, cual yo nacida
en tiempo del cónsul Manlio;
ya nos reserves pesares
o regocijos o llanto,
ya pendencias enojosas
y amores desatinados,
o ya, benigna, prefieras
un fácil sueño prestarnos…” (Odas, III, 21)

Según Horacio solo el poeta ebrio era capaz de componer versos que gustasen porque solo ellos estaban inspirados por las Musas y recomendaba a los que solo bebían agua abstenerse de escribir poesía.

“Si das crédito, docto Mecenas, al viejo Cratino,
No pueden gustar ni durar mucho los poemas que escriben los bebedores de agua. Desde que a los insensatos poetas encuadró Líber en su equipo de sátiros y faunos, a vino huelen a menudo de mañana las dulces Camenas.
Por sus loas al vino se supone borracho a Homero.
El propio padrecito Ennio nunca se lanzó a cantar combates sino bebido. “Hago saber: ocúpense de la Bolsa y el Foro los abstemios. Deje de cantar la gente seria.” Desde que publiqué este edicto, los poetas no han dejado de empinar a porfía por la noche ni de apestar por el día… (Horacio, Epis. I, 19)


Escena griega de banquete

Ya en Grecia se creía que algunos poetas solo eran capaces de hacer hermosas composiciones cuando habían bebido, como se refleja en la Antología Palatina.

"Desde el alba a la noche: y de nuevo otra vez hasta el alba bebe Socles en tinas de cuatro coes, pero
luego de pronto se va; sin embargo, beodo compone cosas mucho más dulces que Sicélidas y es también escritor de más peso; y tan grande es tu gracia, amigo, que te ruego que escribas mientras bebes."

El poeta Socles es un bebedor irregular: en ciertas ocasiones toma grandes cantidades, pero de pronto suele retirarse del vicio. Ahora bien, cuando realmente resulta buen escritor es cuando esta beodo: el poeta le aconseja, pues, que no abandone los festines.

Horacio se deja llevar por el dios del vino Baco y emplea diferentes vinos para diferentes ocasiones, uno griego de Lesbos para disfrutar de la Naturaleza y del amor, sin peleas.

“Escanciando de Lesbos
aquí a la sombra el inocente vino,
riñas no has de temer de Baco y Marte…” (Odas, I, 17)

Pero para celebrar la derrota de la reina Cleopatra elige un Cécubo:

“Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.” (Odas, I, 37)

El Falerno le lleva a disfrutar de la vida ya ofrezca alegrías o adversidades:

“Sé igual si la desgracia te persigue
que si del prado en el confín, tendido,
en tus felices ocios saboreas
claro Falerno, en tu bodega antiguo.” (Odas, II, 3)

Copa Barber, Museo Británico

En primavera invita a Virgilio a apagar su sed con el vino de Cales y a dejarse llevar porque la vida es breve:

“Viento primaveral, a cuyo soplo
el mar queda tranquilo, empuja ya las velas.
El tiempo trae la sed. Mas, si calmarla
te apetece, Virgilio,
con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
por nardos del Oriente
has de cambiar mi vino…
Evita dilaciones
y no temas el gasto a que te invito.
Piensa que al fin la pira nos aguarda.
Y ahora, que nos es lícito,
locura breve a la razón mezclemos:
es dulce alguna vez perder el juicio.” (Odas, IV, 12)

Para concluir, Horacio aconseja el vino para olvidar las penas, enfrentarse a la vida con valentía y disfrutar del amor:

“Nada en Tíbur y en torno del fundo de Catilo
plantes, oh Varo, antes que la cepa sagrada.
Da un dios a los abstemios los más atroces males, y sólo el vino libra de las cuitas amargas.
¿Quién, habiendo bebido, teme pobreza o guerra?
¿Quién a ti, padre Baco, o a ti, Venus, no canta?...” (Odas, I, 18)

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que pierden la compostura y se ponen en ridículo.

“... consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (El Pedagogo, II)


Pintura de la casa de los Castos Amantes, Pompeya

Desde siempre el vino se ha relacionado con una larga y buena vida, con el trabajo duro, con los climas severos. Pero por el vino se pierde la belleza, por el vino se consume la juventud, y a menudo por el vino la amada no conoce a su compañero.

“¡Ay, maldito quien descubrió el vino puro
y el primero que contaminó el agua clara con néctar.
Con el vino se aja la belleza, con el vino se marchita la juventud, con el vino a menudo la amante no reconoce a su amado.” (Propercio, II, 33)

Sin embargo, Séneca recurre a la embriaguez como una especie de remedio purificador, y sólo por este motivo es aconsejable caer en ella. Pero hasta en el exceso, voluntario y buscado, hay que conducirse con moderación:

“No pocas veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no como para ahogarnos, sino para apaciguarnos; pues borra las preocupaciones y remueve a fondo el espíritu y remedia la tristeza, así como algunas enfermedades, y Líber se llama así no por la licenciosidad de la lengua, sino porque libera el espíritu de la esclavitud de las preocupaciones y lo sostiene y reanima y lo hace más atrevido para cualquier empresa. Pero lo mismo en el vino que en la libertad es saludable la moderación.” (De la tranquilidad del ánimo, 8-9)

Pintura de Alma Tadema

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que por sí solos desaconsejan hartarse de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Epis. X, 83)

Según los poetas latinos, el vino, a la vez que las preocupaciones, se lleva consigo los convencionalismos y artificios sociales, las reglas de urbanidad, y nos deja a cambio la naturalidad y la espontaneidad, favoreciendo las relaciones amorosas y convirtiéndose en el mejor aliado o el peor enemigo para los amantes.

¿Me preguntas qué consejo te doy sobre el don de Baco?, contarás con mis consejos en menos tiempo de lo que esperas. El vino predispone el espíritu para Venus, siempre que no lo tomes en gran cantidad, de forma que te deje atontado el cerebro, ahogado por el mucho alcohol. El fuego se aviva con el viento y con el viento se apaga; una ligera brisa alimenta las llamas, otra un poco más fuerte acaba con ellas. O ninguna embriaguez, o que sea tanta que te libre de preocupaciones: si está en medio de ambos extremos, es perjudicial. (Ovidio, Remedios de amor, 803)

Y si al amor y al vino le añadimos la noche, tendremos el trío idóneo para el goce total, para la pérdida absoluta de la razón. Este trío noche, vino y amor lo encontramos ya en Plauto:

“Nada puede haber más cautivador para un joven que la noche, la mujer y el vino”. (Báquides, 87-88)


Pintura de Alma Tadema

Pero la espontaneidad proporcionada por el vino permite expresar los sentimientos de forma tan intensa que puede llegar a la agresividad, e, incluso, a la pelea entre los amantes.

"Cuando presa de furor por el vino empujas la mesa y con mano furiosa arrojas contra mí copas llenas, sin duda se me dan avisos de un fuego verdadero: pues ninguna mujer sufre si el amor no es intenso." (Propercio, III, 8)

También cuando la relación amorosa se rompe y llega la tristeza, el vino puede ser un buen remedio para aliviar el dolor:

“Ahora, Baco, nos arrodillamos humildes ante tus altares: concédeme, ya sereno, propicias velas. Tú puedes reprimir el orgullo de la insensata Venus, pues con tu vino se obtiene remedio para las desventuras.” (Propercio, III, 17)

Otro de los efectos del vino en la relación erótica, es cuando, aún sin ser consumido, puede ser de gran ayuda para los amantes. Por un lado, induciendo el sueño en el marido, y proporcionando así la oportunidad deseada al poeta amante:

“Pídele a tu marido continuamente que beba, pero no acompañes con besos tus súplicas, y mientras bebe, a escondidas, añádele vino puro si puedes. Cuando, bien cargado de sueño y de alcohol, se quede dormido, el momento y el lugar nos dirán qué debemos hacer.” (Ovidio, Amores, I, 4)

Por otro, favoreciendo la promiscuidad y facilitando las relaciones sexuales al eliminar las inhibiciones y los prejuicios.

“Hay un a tal Fílide, vecina de Diana Aventina:
 sobria es poco agradable, bebida todo le sienta bien;
hay otra, Teya, en los bosques de Tarpeya, hermosa, pero, si bebe, no tendrá bastante con uno.
Decidí llamarlas para pasar bien la noche y renovar amores furtivos en placeres desconocidos.
 Sólo había un pequeño lecho para los tres en un rincón apartado del jardín; ¿preguntas por mi puesto? Me puse entre las dos. Lígdamo se encargó de las copas, vajilla de verano de vidrio y aromático vino griego de Metimna.” (Propercio, IV, 8)


Pintura etrusca de Tarquinia

Por eso Ovidio, el mejor praeceptor amoris de la literatura latina, recomienda no beber en demasía si en el banquete te han puesto al lado una mujer hermosa.

"Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica al padre Nictelio y a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza." (Ovidio, Arte de Amar, I)

 El culto a Baco se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas. Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas. Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y solo se permitió el culto a Baco cuando se decidiese que ayudaba a la prosperidad de Roma, que debía demostrarse ante el pretor urbano y con su celebración autorizada por el Senado.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXXIX, 8)


Culto a Baco,pintura de Alma Tadema

Bibliografía:

https://mospace.umsystem.edu/xmlui/bitstream/handle/10355/8100/research.pdf?sequence=3, WHEN TO SAY WHEN: WINE AND DRUNKENNESS IN ROMAN SOCIETY, Damien Martin
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748; Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana; Cristina MARTÍN PUENTE
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58880, Vino y amor en la literatura latina, Mª Luisa L. Harto Trujillo
www.elcantodelamusa.com/docs/2012/agosto/doc2_elvino.pdf, El vino: un legado romano, Pedro S. Hernández Santos
www.academia.edu/.../Eros_y_Dioniso_sexo_y_vino_en_la_elegía_latin..., Eros y Dioniso: sexo y vino en la elegía latina, Carlos Cabanillas
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3028557.pdf, EMBRIAGUEZ Y MODERACIÓN EN EL CONSUMO DE VINO EN LA ANTIGÜEDAD, Carmen Amat Flórez
La vida en la antigua Roma, Harold W. Johnston, Alianza editorial

martes, 28 de junio de 2016

Medicus romanus, los médicos en época romana

Visita al Templo de Esculapio, John William Webster

En Grecia el culto a Asclepio, dios de la medicina y la curación, implicó la construcción de un gran número de santuarios que, a su vez, eran hospitales y escuelas de medicina, durante mucho tiempo. Entre los más conocidos están los de Epidauro, Cos, Atenas y Delfos en Grecia, Cirene (Libia), y Pérgamo (Turquía).
Los enfermos eran examinados en la Gran Puerta y, si no tenían posibilidad de curarse, no se les permitía el acceso. Los enfermos graves eran sacados del Asclepion y las mujeres embarazadas no podían dar a luz en el hospital. La idea era que nadie muriera dentro de ese recinto consagrado a la curación del cuerpo y el alma bajo la advocación de Asclepio. Tenemos conocimiento de esta norma asclepiana gracias al gran viajero de la antigüedad, el griego Pausanias.

"El bosque sagrado de Asclepio está rodeado por todas partes de mojones limítrofes, y en este foro no muere o enferman hombres, ni las mujeres dan a luz, ni tampoco en la isla de Delos. Todo lo que sacrifica a los dioses deben ser consumidos en este foro, ya sean Epidaurios o extranjeros, están sujetos a esta ley, y sé que esto también ocurre en Titane." (Descripción de Grecia, II, 27, 1)

 Ahora, las obras, del ilustre senador Antonino (Sextus Iulios Maior Antoninus Pythodorus) han enriquecido recientemente este lugar aquí: en primer lugar, los baños son los llamados baños de Asclepio, en segundo lugar, un templo dedicado a los dioses que nosotros llamamos Epidotas y en tercer lugar, otro templo dedicado a la diosa Higiea (de la Salud), Asclepio y Apolo llamado egipcio… Además, como las personas que viven en el interior del bosque de Asclepio habían sufrido mucho por no poder las mujeres dar a luz, ni ningún paciente a morir a cubierto, Antonino ha subsanado estos inconvenientes mediante la construcción de una casa para la vejez y los demás, de modo que ahora los pacientes tienen la libertad de morir en este lugar, y las mujeres dar a luz. (Descripción de Grecia, II, 27, 6)

Los tratamientos que se administraban en este santuario-hospital incluían dosis de agua de la fuente sagrada, ayuno, abluciones, baños de barro, terapia de interpretación de los sueños, masajes, ungüentos, hierbas, música, danza, plegarias y paseos por los jardines.  Se inducía el sueño para que el dios, Asclepio, indicara al enfermo la causa y el remedio para su enfermedad y como los pacientes no eran capaces de interpretar el sueño acudían a los médicos-sacerdotes para su interpretación, de ahí que el diagnóstico se hiciera a través del análisis de los sueños. Las curas de sueño mediante la sugestión permitían a algunos enfermos tener “visiones nocturnas” en las que el dios Asclepio aparecía y los curaba o les indicaba el remedio para su curación. Esta terapia se denomina la incubatio y constituye la técnica más usual de curación de la medicina griega y romana entre el siglo V a. C. y el siglo II d. C.


Relieve con escena de incubatio 

En las Colecciones medicas de Oribasio de Pérgamo se conserva parte de un tratado del Médico Rufo de Éfeso (siglo II) en el que se relata una curación milagrosa (sanatio) que tiene lugar en el santuario de Asclepio en Pérgamo, ocurrida a un tal Teucro de Cízico, aquejado de epilepsia.

“Merece la pena contar las cosas que le ocurrieron a Teucro de Cízico: habiendo sido sorprendido por la epilepsia, Teucro viajó a Pérgamo para consultar a Asclepio, preguntándole cómo podía librarse de su enfermedad; el dios, apareciéndosele, se digna a decirle que esto no era precisamente lo que deseaba con más ardor, sino que esperaba la palabra, y le pregunta si estaría dispuesto a cambiar sus molestias actuales por otras. Teucro respondió que esto no era precisamente lo que deseaba con más ardor, sino que esperaba ser curado de todos sus males; sin embargo, si no había otra solución, dijo que le gustaría saber si las incomodidades futuras no iban a ser peores que las actuales. El dios le respondió que serían más ligeras, y que finalmente le curarían más eficazmente que cualquier otro remedio. Con estas condiciones, Teucro aceptó la [nueva] enfermedad; le asaltó una fiebre cuartana, y pasado un tiempo quedó curado de la epilepsia.”

El proceso de la sanación consiste en la presentación o identificación del suplicante con su nombre y su lugar de origen o de residencia; después la exposición breve de los síntomas de la enfermedad y la descripción del problema. A continuación viene la presencia del dios y su voz y la intervención de los médicos para conseguir siempre un feliz resultado.
De Epidauro, que seguía activo en el siglo II d.C., nos ha llegado el relato de la curación milagrosa del ciudadano Marco Julio Apellas, de Hidria, que, hace un voto por su curación por indicación del sacerdote Publio Aelio Antíoco.

“Fui enviado por el dios (a Epidauro), mientras iba de mal en peor, sufriendo especialmente de dispepsia. Durante la travesía, en Egina, el dios me ordenó que no me dejase llevar tantas veces por la cólera. Cuando llegué al hierón, me ordenó que llevase la cabeza cubierta con un velo durante dos días, en los cuales quiso que me contentase con pan y queso, perejil, lechuga salvaje, que me bañase solo sin ayuda de un muchacho, que me ejercitara desnudo en la carrera, que luego masticara corteza de limón rayado con agua, que me frotara contra la pared en la sala de baños junto a las fuentes, que diera un paseo por la galería de la terraza, acompañado de movimientos oscilatorios, que me ungiera de barro, que caminase desnudo, que me ungiera de vino todo el cuerpo antes de tomar un baño caliente, que me bañase solo y diera una dracma ática al muchacho del baño, que sacrificara en común a Asclepio, a Epioné, a las dos diosas de Eleusis, que bebiera leche mezclada con miel. El primer día, mientras bebía leche pura, sin miel, me dijo: Pon miel en la leche; el efecto será seguro. Como pidiera al dios que me devolviera rápidamente la libertad, se me apareció en sueños para decirme que me ungiera todo el cuerpo de mostaza y sal; luego, al salir del ábaton, que me dirigiera a las Termas, precedido de un esclavo llevando un incensario humeante; entonces oiría gritar al sacerdote: Estás curado; paga los honorarios.
Hice lo que me ordenaba el sueño, me ungí de sal y de mostaza líquida, lo cual me hizo sufrir, pero después del baño ya no sufrí. Habían pasado nueve días desde que llegué. El dios me tocó la mano derecha y el seno. Al día siguiente, mientras sacrificaba, me saltó una chispa a la mano, que se cubrió de ampollas; sin embargo, poco después quedó sana. Como prolongase mi estancia, el dios me dijo que probase una mezcla de eneldo y de aceite contra la jaqueca; yo no sufría de la cabeza, pero ocurrió que, durante un trabajo literario, la sangre se me subió al cerebro; utilicé entonces esa mezcla y se me quitó la jaqueca. También me recomendó gargarismos de agua fría contra los tumores de garganta pues también le consulté sobre aquel mal y la inflamación de las amígdalas. Me ordenó finalmente que hiciera grabar todas estas prescripciones. Entonces quedé curado y, agradecido, dejé el lugar.

En el proceso el dios Asclepio acude a la sala de curas sólo para imponer la mano y con este acto provocar los cambios sintomáticos que llevan a la curación, pero el ejemplo muestra que el mérito de la curación corresponde más al pronóstico médico y a la terapéutica (de los sacerdotes médicos que trabajaban en el templo) que a la intervención del dios.


Interior de Asclepeion, ilustración de Robert Thom

En el Asclepion de Cos se desarrolla el mimiabo de Herondas “Las mujeres que hacen ofrendas y sacrificios en el templo de Asclepio” donde se describe la ofrenda de un gallo por una curación.

File y Cino, con sus esclavas, llegan al santuario.

CINO.- ¡Salve, soberano Peán (epíteto para Apolo y Asclepio), que reinas en Trica y que tienes tu morada en la dulce Cos y en Epidauro! Salud, también, contigo A Corónide que te dio el ser, y a Apolo, y a aquellas a quien tocas con la mano derecha, Higieía; salud a Panacea, Epio, Yesó, que tienen aquí sus altares venerados; salud a Podalirio y Macaón, que expugnaron la mansión y muros de Laomedonte, sanadores de salvajes enfermedades; salud también a cuantos dioses y diosas habitan tu hogar, padre Peán; venid propicios y aceptad como postre este gallo, mensajero de los muros de la casa, que os inmolo. Porque la fuente de recursos de que disponemos ni es abundante ni la tenemos siempre al alcance de la mano, ya que, si no, ofrendaríamos un buey o una gorrina bien rellena de tocino, y no un gallo, en agradecimiento por la curación de las enfermedades que tú, señor, borraste con una simple imposición de tus suavizadoras manos.

En todos los santuarios-hospitales dedicados a Asclepio la asistencia era gratuita, pero, en señal de agradecimiento por su curación, los enfermos realizaban ofrendas en metálico, según sus posibilidades y los más pudientes, además de las ofrendas en moneda, mandaban realizar exvotos con la representación de la parte curada (orejas, manos, ojos, corazón, extremidades, etc.), que ofrecían también a los dioses como prueba de su agradecimiento.

Los donaria o ex votos anatómicos de eran fabricados en hornos o talleres cercanos o anexos al propio templo. Son de factura tosca y la representación de los órganos es elemental, pues el artesano no es un médico profesional (ni un anatomista). Son dones a la divinidad por una curación que se desea (pro salute) o que ya se ha recibido (post salutem). Según la mentalidad antigua la divinidad da la vida y la quita, da la enfermedad y proporciona la curación. Por lo tanto hay que mantener contentos a los dioses. Desde el punto de vista religioso, se creía que el objeto ofrecido actuaba como receptor de una “transferencia” de la enfermedad al objeto, del que el enfermo se desprende como en una especie de sustitución. Cambia la representación del órgano enfermo (que deja en el santuario) por la parte sanada (con la que la persona vuelve a su casa).


Exvotos ofrecidos al dios Asclepios

Entre las partes del cuerpo más representadas están las extremidades (brazos, piernas), cabezas, enteras o medias, y órganos sexuales.
 Unas veces se depositaba una reproducción del miembro curado, o algo más sofisticado, como una tablilla de madera pintada (pinax), o se encargaba un relieve en piedra con la escena de la curación, representando al dios y al paciente en el momento preciso de la incubatio, el nombre del dedicante y la fórmula de consagración.
Si la curación había sido especialmente prodigiosa o espectacular, los propios sacerdotes-médicos realizaban una inscripción en las “columnas de milagros”, situadas dentro del recinto del templo, que cualquier visitante recién llegado podía leer, contribuyendo así a la fama del dios y a al aumento de la fe en sus poderes.


Mosaico con la llegada de Asclepio a Cos, Museo Arqueológico de Cos, Grecia

En el año 293 a.C. una terrible plaga asoló Roma y los ancianos, alarmados por su gravedad y no sabiendo qué hacer, consultaron los libros sibilinos. La respuesta fue que buscaran la ayuda del dios griego Asclepios, en Epidauro. La leyenda dice que se envió un navío especial, que el dios aceptó la solicitud y viajó a Roma en forma de serpiente, que cuando llegó se instaló en la isla Tiberina, y que la plaga terminó. Los romanos agradecidos le construyeron un templo al dios que pasó a conocerse con el nombre de Esculapio. 
Allí se conserva una estela, con el relato de cuatro sanationes de Esculapio, redactadas en griego, de época imperial. En una de ellas, de época de Caracalla, (inicios del siglo III d.C.) se relata una curación prodigiosa similar a las de Asclepio en Epidauro.

“En aquellos días (el dios) a un tal Gayo, ciego, le ordenó mediante un oráculo que se acercara hasta el sagrado podio y le rindiera homenaje, y que, tras moverse de derecha a izquierda, pusiera los cinco dedos sobre el podio, que levantase la mano y la pusiera sobre sus ojos. Y logró ver bien. Las personas que estaba presentes lo festejaron con él, porque se habían manifestado vivas las fuerzas divinas, en tiempos de nuestro Augusto Antonino”.


Esculapio, Museo de Ampurias

En la mitología griega, Higia, hija de Asclepio, fue la diosa de la salud, limpieza e higiene. Se le asoció con la prevención de la enfermedad y la continuación de la buena salud. Su nombre dio origen a la palabra “higiene” y se asimiló a la religión romana con el nombre de Salus, diosa del bienestar público de los romanos. Panacea, también hija de Asclepio, fue la personificación de la curación; después su sentido se transformó para ser el medicamento capaz de curar todas las enfermedades y la solución de todos los problemas.
Los dioses nativos de la medicina romana o los transferidos por los griegos se multiplicaron en la colina del Dios Jano de Roma. Además de Asclepio (Esculapio en latín) otros dioses tenían allí su lugar habitual de culto, como Febris, diosa de la Malaria de los pantanos de Roma, Scabies, diosa de la Sarna, Angura de los dolores de garganta, Mefitis, diosa de la fetidez, Mena, diosa de la menstruación, Partula, ligada al cordón umbilical, Uterina, que cuidaba de la ginecología, Lucina, encargada de los partos, Fessonia, señora de la debilidad y de la astenia y  Salus diosa general de la salud y muchos otros dioses que fueron progresivamente olvidados por influencias de la razón de los médicos griegos, que desde 219 años a.C. llegan a Roma.


Diosa Hygeia, Museo del Hermitage

El primer médico griego que llegó a Roma en el año 219 a.C. se llamaba Archagathus y al principio tuvo mucho éxito, pero como tendía a abusar del bisturí y de la cauterización, su popularidad decreció. Casi un siglo más tarde otro médico griego, Asclepíades de Prusa conquistó a la sociedad romana con una terapéutica mucho menos agresiva que la de los otros médicos griegos, naturalista pero activa (alimentación vegetariana, equitación e hidroterapia) frente a la de Hipócrates, también naturalista pero excesivamente pasiva y confiada en la acción curativa de la naturaleza. Las dietas aconsejadas siempre coincidían con los gustos de los pacientes, evitaba purgantes y eméticos, recomendaba reposo y masajes, recetaba vino y música para la fiebre. 

“Sin embargo, la fama más grande la tiene Asclepiades de Prusa por la fundación de una nueva escuela, después de rechazar a los embajadores y las ofertas del rey Mitridates, por haber descubierto un método con el que el vino cura a los enfermos, por haber devuelto a un hombre de la muerte y haberlo mantenido vivo, pero especialmente, por haber apostado con la fortuna que no se le creyera médico si él mismo alguna vez hubiera estado enfermo de alguna manera. Y ganó, perdiendo la vida muy avanzada su vejez, al caerse por unas escaleras.”      (Plinio, Historia Natural, VII, 67)


Detalle de aríbalo griego con escena de curación, Museo del Louvre

Los romanos anteriores a nuestra era fueron contrarios a los médicos científicos, pues se practicaba una “medicina doméstica”, por la que estaba encomendada la salud de la casa y de la familia al “pater familias”, aunque no podía ejercer la medicina fuera de su casa, debido a que las familias romanas distinguidas sentían cierto rechazo al ejercicio de la medicina por parte de un hombre ilustrado. El servus medicus era el encargado de aplicar los remedios, normalmente caseros, basando su conocimiento en la medicina de origen oriental y etrusca que empleaba el conocimiento de las hierbas, el uso del vino como medio terapéutico y practicaban fórmulas y exorcismos, empleaban amuletos, usaban de las predicciones por augurios, y se ponían en mano de los dioses.

“También a esta gente la pone Crisipo en la casta feraz de Menenio: ‘Júpiter, tú que das y quitas los grandes dolores —dice la madre del niño que lleva ya cinco meses en cama—,  si al niño se le va la fría cuartana, en la mañana del día en que tú prescribes ayunos se pondrá desnudo en el Tiber. Pongamos
que el azar o el médico salvan al enfermo del peligro de muerte: su delirante madre lo matará plantándolo en la gélida  orilla y hará que le vuelva la fiebre. ¿De qué mal está aquejado su espíritu? Del miedo a los dioses.” ( Horacio, Sátiras, II, 3)

En un epigrama de la Antología Latina se recomendaba el uso de la medicina siguiendo distintas teorías de la ciencia griega, al mismo tiempo que se aplican fórmulas de curación basadas en la herboristería y la magia. Por lo que se puede entender que durante mucho tiempo convivieron las técnicas tradicionales con los métodos más modernos que utilizaban algunos médicos.

Para un libro de medicina
Lo que al hijo enseñó Febo, lo que Quirón a Aquiles,
lo que aprendieron en tiempos Podalirio y Macaón
de su padre (que convertido en serpiente antaño
se introdujo en los templos elevados de la Roma palatina), lo que enseñó la vieja Cos y lo que aconsejó Abdera, lo que proclama el logos o el método o el sencillo empirismo: eso encierra este libro, tomado de doctrinas diferentes.
Y es que sus páginas exponen por orden remedios saludables.
Aquí hallarás medicinas distribuidas según sus nombres y especies, y los pesos correspondientes a cada dosis, qué tú, prudente, utilizarás con medida segura.
Procura no equivocarte y que un tratamiento médico torpe no convierta en dañoso lo que se inventó para la salud.
Escoge, pues, médicos preparados con mucho estudio según el momento, la tarea y la edad que alcancen, ya prefieras prestar al enfermo remedio mediante hierbas o mejor con ensalmos: porque es cosa segura para la salud un ensalmo que con palabras secretas hace maravillas. (Antología Latina, 719)

Los romanos tradicionalistas, Catón el viejo, por ejemplo, mantenían una actitud conservadora y anti-griega con todo, y también con los terapeutas griegos, que se desplazaban a la capital del Imperio. La desconfianza ante éstos venía por la utilización de la terminología griega para designar las enfermedades y los tratamientos, que la mayoría no entendía y por la continua itinerancia de los médicos que se desplazaban continuamente en busca de nuevos pacientes y conocimientos. 


Curando a Eneas, Casa del Citarista, Pompeya, Museo Arqueológico, Nápoles

Plinio en el siglo I todavía acusa a los médicos de ser unos charlatanes, farsantes e ineptos, porque a veces había que buscar segundas opiniones y les recrimina basar su prestigio en el uso de una jerga incomprensible para el vulgo y de petulancia profesional que proviene del orgullo de clase de los médicos. Plinio presenta como costumbre funeraria la de hacer constar en la lápida sepulcral haber sido víctima de los cuidados de múltiples médicos.  Las críticas más severas de Plinio recaen sobre la irresponsabilidad penal del médico considerando la ineptitud y la ignorancia, la negligencia, el mal uso de la medicación y la interrupción del tratamiento como motivo de culpa.
Un ejemplo de la desconfianza hacia los médicos se puede encontrar en la obra de Plauto, Los dos Menecmos, en la que una escena muestra la palabrería e ignorancia de un médico al tratar a uno de los protagonistas.

Padre.— Traigo los riñones molidos de tanto estar sentado, los ojos me duelen a fuerza de tanto mirar esperando al médico a que vuelva de su visita. Al fin ha venido el muy cargante a trancas y barrancas de su visita a los enfermos. Pues no dice que le ha entablillado una pierna a Esculapio, que se le había partido, y a Apolo un brazo; o sea que me pregunto yo sí puedo decir que he llamado a un médico o a un restaurador. Pero mira, ahí viene. ¡A ver si aligeramos un poco esos pasitos de hormiga! (Los dos Menecmos, Act IV, III)

Médico.— ¿Qué es lo que decías que tenía? A ver, cuéntame, ¿está poseso o embrujado?; infórmame, ¿padece de letargos o de hidropesía?
Pa.— Pues precisamente para eso te he llamado, para que me lo digas tú y le cures.
Méd.— Nada más fácil, quedará curado, te doy palabra de ello.
 Pa.— Quiero que se le cure con toda clase de cuidados.
Méd.— ¿Qué? ¡Mil suspiros voy a dar al día a fuerza de los cuidados con los que te lo voy a curar!
Pa.— (Viendo venir a Menecmo I.) Ah, mira, ahí está el enfermo; vamos a observar qué es lo que hace. (Act IV, IV)

Méd.— Se te saluda, Menecmo. Oye ¿por qué llevas el brazo ahí al aire?, ¿es que no sabes que eso es muy malo para tu enfermedad?
Menecmo.— ¿Por qué no vas  y te cuelgas ?
Pa.— (Al médico.) ¿Te das cuenta?
Méd.— ¿Cómo no voy a darme cuenta? Esta enfermedad no se hice uno con ella ni con una tonelada de eléboro. ¡A ver, Menecmo! '
Men.— ¿Qué hay?
 Méd.— Contéstame a lo que te pregunto, ¿bebes vino blanco o tinto?
Men.— Vete al cuerno.
Méd.— Huy, ya le va viniendo el ataque.
Men.— ¿Por qué no me preguntas si como pan colorado o morado o amarillo, o si como aves con escamas o pescados con plumas?
 Pa.— ¡Cielos! ¿No oyes los desvaríos que habla? ¿A qué esperas para darle alguna pócima antes de que se apodere de él la locura?
Méd.— Espera un momento, que le voy a hacer todavía otras preguntas.
Men.— Me matas con tu parlanchinería.
Méd.— Contéstame: ¿no tienes a veces la impresión como si se te endurecieran los ojos?
Men.— ¿Cómo, imbécil, más que imbécil, es que te crees que soy una langosta?
 Méd.— Dime, ¿no notas así a veces que te suenan los intestinos?
Men.— Cuando estoy harto, no me suenan; si tengo hambre, sí que lo hacen.
Méd.— Caray, esta contestación no es, desde luego, la de una persona loca. ¿Duermes de un tirón toda la noche hasta la mañana? ¿Coges pronto el sueño cuando te acuestas?
 Men.— Duermo de un tirón si he pagado mis deudas.  ¡Júpiter y los dioses todos te confundan, preguntón! (Act IV, V)

 En caso de que tanto el médico como el enfermo fueran libres, podía hacerse una reclamación por daños y perjuicios. La responsabilidad penal del médico que intervenía en un envenenamiento la fijaban la Lex Cornelia de sicariis et ueneficiis y la Lex Pompeia de parricidiis.
Al envenenamiento se asimilaban la administración equivocada o masiva de un medicamento, o la de un abortivo o una pócima de amor. La pena a que se exponía el médico en la mayoría de los casos era la muerte. Igualmente estaba prevista una actio iniuriarum contra el médico causante de la locura de un paciente por un tratamiento medicamentoso equivocado.
Plinio denunciaba que cuando muere alguien a causa de un tratamiento, los médicos responsabilizaban a sus víctimas por no haber seguido el tratamiento, ya que resultaba muy difícil averiguar la responsabilidad penal del médico, a causa de su superioridad de conocimientos técnicos, lo que le proporcionaba contundentes argumentos para defenderse.


Códice con médicos griegos, Biblioteca Nacional Austriaca, Graz

 Aunque durante los primeros tiempos de la historia de Roma el médico fue un personaje poco respetado, se le colmó de honores y privilegios en los últimos años de la república y durante en Imperio. 

Por ejemplo, Julio César "concedió el derecho de ciudadanía a cuantos practicaban la medicina en Roma o cultivaban las artes liberales, con la intención de fijarlos de este modo en la ciudad y atraer los que estaban fuera.” (Suetonio, Julio César, 42)

 Aun tuvo la profesión médica mayores beneficios bajo el emperador Augusto, quien se vio obligado a expulsar a muchos habitantes extranjeros de Roma, exceptuando a los médicos y profesores.

“Una extraordinaria escasez le obligó, en cierta época, a echar de roma a todos los esclavos en venta, a todos los gladiadores, a todos los extranjeros, excepto a los médicos y los profesores, y hasta una parte de los esclavos en servicio.” (Suetonio, Augusto, 42)

El agradecimiento a los médicos que lograban una curación solía ser gratificado, sobre todo, si el paciente era rico e importante. Augusto sufría de una tormentosa dolencia y cuando todo parecía dispuesto para su fin, el griego Antonio Musa, médico de Tarraco, modificó su tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. Augusto le recompensó con una gran suma de dinero y el Senado concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Esculapio, el dios de la curación. Las muestras de agradecimiento se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.
 El prestigio de Musa, y el agradecimiento imperial, permitió la promoción social a los médicos por la alta consideración de la medicina como una de las artes, además de resaltar la importancia de la curación a partir del uso de las aguas.
El reconocimiento a los médicos que hacían sanar a sus pacientes se siguió produciendo durante todo el Imperio. En las cartas de Plinio, éste le pide a Trajano que conceda a sus médicos la ciudadanía romana.

“Mi señor, no puedo expresar suficientemente con palabras que feliz me ha hecho la carta en la que dices que también has otorgado la ciudadanía alejandrina a mi fisioterapeuta Harpócrates, a pesar de que te has fijado como norma no conceder a la ligera este privilegio...”  (Plinio, Epis., X, 10)


Pintura de George Schmitdz

“Mi señor, mi reciente enfermedad me ha llevado a estar en deuda con el médico Postumio Marino. Puedo corresponderle como se merece con un beneficio que depende de ti, si, tal y como acostumbras a hacer en tu infinita bondad, tienes a bien atender mis súplicas. Así pues, te suplico que concedas el derecho de ciudadanía a varios de sus parientes.” (Plinio, Epis., X, 11)

El médico debía ser alguien que practicaba el arte de preservar o restablecer la salud y por tanto debía ser una persona compasiva. Al médico le debía mover el amor a los demás, pero la mayoría iba tras el dinero, el honor o la gloria. El dominio de la profesión, no la motivación individual para la práctica, era lo que determinaba si uno era o no médico, ya que éste estaba para ayudar o, al menos, no causar daño. Un médico que utilizara su relación con el paciente para matarlo —por razones políticas, económicas o por otros motivos interesados o malvados— habría sido considerado responsable de mala práctica profesional y culpable de homicidio.

“Pero el joven sintió tanto dolor e indignación por el fin trágico de su hermana, que no pudo soportarlo: se apoderó de él una profunda pena, se inflamó su bilis y cayó en un profundo delirio seguido de ardiente calentura, de modo que necesitó los cuidados de un enfermo de gravedad. Su mujer, que había ya perdido su título de esposa, como antes perdió su fidelidad, fue en busca de un médico de notoria perfidia, famoso ya por sus maldades y los nobles trofeos de sus asesinas manos. Le prometió ella cincuenta mil sestercios si le procuraba un sutil veneno con que dar muerte a su marido. Cerrado el trato, fingieron tener necesidad, para refrescar las entrañas del enfermo y purgar su bilis, de esta pócima por excelencia que los profesionales llaman poción sagrada. Pero en vez de ella prepararon otra que sólo es sagrada para mayor honra y gloria de Proserpina. En presencia de la familia y de algunos amigos, el médico presentó al enfermo el brebaje honradamente preparado por la misma mano.
[26] Pero la audaz mujer, queriendo desembarazarse a la vez del cómplice de su crimen y rescatar la suma prometida, tomó la copa delante de todo el mundo y dijo: «No, ilustre médico; no quiero que deis a beber esta pócima a mi querido esposo, sin que antes la probéis vos mismo. ¿Qué seguridad tengo yo de que no contiene algún fatal veneno? Y además esta precaución no puede ofender a un personaje tan prudente y sabio como vos ¿No es natural que una amante esposa se interese por la salud de su marido, rodeándolo de todos los cuidados posibles?» La extraña y desesperada proposición de la mujer puso al médico fuera de sí. Perdió su sangre fría y sin el tiempo necesario para reflexionar, en tan apurada ocasión, antes que la turbación o la inquietud de la abominable mujer diese origen a sospechas de su culpabilidad, bebió una porción del brebaje. El enfermo, con esta seguridad, bebió el restante.
Consumado en esta forma el atentado intentó el médico regresar rápidamente a su casa para neutralizar con un antídoto los temibles efectos del veneno que se había administrado, pero fiel al malvado plan que empezaba a desarrollarse, no permitió la horrible mujer que se separase de ella un solo paso. «Esperemos, decía, a que el brebaje se haya esparcido por todo el cuerpo y permita reconocer con evidencia los saludables resultados de esta medicina.» Tras de grandes esfuerzos y fatigada por fin de las reiteradas súplicas del médico, le permitió irse. Pero el veneno había ya obrado sordamente en las entrañas del infeliz y había atacado ya sus principios vitales. Gravemente enfermo y sumido en mortal sopor se arrastró hasta su casa con penosa dificultad. Apenas llegó a tiempo para explicar lo ocurrido a su mujer y recomendarle que, por lo menos, reclamase la recompensa prometida; en seguida, herido por la violencia del mal, exhaló su último suspiro el virtuoso discípulo de Esculapio.
[27] El enfermo no le sobrevivió y, en medio de las hipócritas lágrimas de su mujer, sucumbió trágicamente.


Relieve de doctor y paciente, foto British.org

El médico brindaba sus servicios según su criterio a aquéllos que lo solicitaban y que pagaban por recibir un tratamiento. Luciano subrayaba que el médico debía sentirse completamente libre de tratar o negarse a hacerlo. En uno de sus tratados aparece la afirmación de un médico que dice:

“En el caso de la profesión médica, cuanto más distinguida sea y más servicio proporcione al mundo, tanto más libre de restricciones debe estar para aquéllos que la practican. Tan solo se trata de que... no deben plantearse obligaciones ni exigencias a una llamada sagrada, revelada por los dioses y ejercida por hombres instruidos; y no se la debe someter a la esclavitud permanente de la ley... El médico debiera ser persuadido, no recibir órdenes; debiera estar dispuesto, no temeroso; no debiera ser llamado a la cabecera del enfermo, sino resultarle placentero acudir espontáneamente”.

Si el médico basaba la decisión de aceptar o no un caso en el hecho de que el tratamiento que pudiera proporcionar, solo alargaría la vida de un paciente sin existir esperanza de su recuperación, era entonces completamente libre de negarse. Ninguna coacción legal o incluso ética, podría obligarlo a emprender el tratamiento.  Solo dependería de su decisión; y según su decisión, recibiría la aprobación de algunos colegas y personas ajenas a la profesión, y la condena de otras.
Ganarse una buena reputación y conservarla no era una empresa fácil. Los charlatanes eran criticados por evitar los casos difíciles y por exagerar la gravedad de las dolencias que cedían fácilmente al tratamiento. Por tanto, aunque el médico sensato podía rehusar los casos perdidos, en la literatura médica se le incitaba a aceptar los casos difíciles o inciertos.

“El médico igualmente pretende la cura del enfermo, pero si no logra el fin, o porque prevaleció la enfermedad, o por culpa del enfermo, o por otro accidente, como él no haya omitido cuanto prescribe el arte, ya cumplió con el fin de la medicina. (Quintiliano, Institución Oratoria, L III, 17)


Ilustración de Robert Thom

Si el médico decidía hacerse cargo de un caso comprometido, antes de comenzar el tratamiento podía declarar que veía pocas perspectivas de curación, y así evitaba la responsabilidad por un resultado desfavorable.  Algunos aconsejaban al médico retirarse de un caso, si no iba a resultar de gran ayuda, o si la continuación del tratamiento podía acelerar la muerte del paciente.
Sin embargo, se admitía la necesidad de atender a los enfermos incurables con el fin de aprender cómo evitar que los que podían curarse se convirtiesen en incurables. Una atención médica de este tipo, quizá, estaba más encaminada al avance del conocimiento médico que a buscar el bien de un paciente en concreto.
 La que parece haber sido la corriente principal del pensamiento médico sobre el tratamiento de casos arriesgados, viene recogida en la siguiente cita de Celso:

“Porque forma parte de un hombre prudente, en primer lugar, no tener contacto con un caso que no puede salvar, y no arriesgarse a que parezca que ha matado a alguien cuyo destino no era otro que morir; además, cuando exista un importante temor, aunque no desesperación absoluta, hay que apuntar a los familiares del paciente que la esperanza está rodeada de dificultades, porque si el arte es superado por la enfermedad, el médico no puede aparecer como ignorante o equivocado”.


Ilustración de Robert Thom

Algunos médicos no tenían objeciones en proporcionar sustancias venenosas a los pacientes que deseaban suicidarse y tener una muerte tranquila. El hecho de suicidarse o no era un asunto que incumbía al individuo; mientras que el de ayudar o no en el acto suicida, si se requerían sus servicios, atañía al médico. La literatura contiene referencias sobre médicos que seccionaban las venas de pacientes, sanos o enfermos, porque así se lo solicitaban. El empleo de veneno era incluso más habitual, y varios venenos fueron desarrollados por médicos orgullosos de utilizar su conocimiento toxicológico en la producción de fármacos que provocaban una muerte placentera e indolora. La ayuda al suicidio fue una práctica relativamente corriente para los médicos grecorromanos.
Los médicos inexpertos y mal documentados, no tuvieron más remedio que rebajar sus tarifas con respecto a los médicos reconocidos, y servirse, a menudo, de métodos ilícitos. Los médicos más modestos debían asistir principalmente a personas necesitadas y, por tanto, ellos mismos siguieron siendo pobres. No pocos médicos se vieron obligados a dedicarse a otra profesión mejor remunerada, como gladiador o sepulturero.

“Ahora eres gladiador, antes habías sido oculista. Hiciste de médico lo que estás haciendo de gladiador.” (Marcial, Epig. VIII, 74)


A pesar de los consejos médicos, algunos pacientes no hacían caso de ellos y terminaban en peores condiciones que antes de acudir al profesional.

"Bebedor notorio, Frige era, Aulo, tuerto de un ojo y legañoso del otro. A éste el médico Heras le tenía dicho: “Cuidado con beber; como bebas vino, no verás nada”. Entre risas, dijo Frige a su ojo: 
“¡Cuídate!”. Y sin pérdida de tiempo se hace preparar unos cuartillos, pero bien seguidos. ¿Preguntas por el resultado? Frige bebió vino; el ojo, veneno." (Marcial, Epig., VI, 78)

Marcial se burla, de forma inmisericorde, del falso enfermo que, debido a los medios que emplea para fingir que padece gota, al final acaba sufriendo realmente la enfermedad.

«Celio, que fingía tener gota.
Al decir que ya no aguantaba y soportaba
los diversos recorridos, el paseo de la mañana, [...]
Elio empezó a fingir que tenía gota.
 Al querer hacerla demasiado verdadera,
untándose y vendándose sus pies sanos
y caminando con paso trabajoso,
—¡cuánto puede la solicitud y el arte del dolor!—
Celio dejó de fingir que tenía gota». (Epig. VII, 40)




Ante la falta de establecimientos hospitalarios, los enfermos debían recibir cuidados en las casas particulares, siendo los familiares o esclavos los encargados de atenderles y proporcionar los medicamentos recetados de forma adecuada.

"Pues yo tengo que aguantar a un marido todo arrugado y jorobado por efectos de reuma articular; la consecuencia de su enfermedad es que muy rara vez se fija en mis encantos. Paso casi todo mi tiempo en dar masajes a sus dedos deformados y duros como piedras; me quemo mis preciosas manos a fuerza de aplicarle compresas malolientes, paños sucios y repugnantes cataplasmas; hago el penoso papel de una enfermera más bien que el de una hacendosa ama de casa." (Apuleyo, El asno de oro, 10.2).

Los avances médicos en la sociedad romana se basaron en la construcción de hospitales militares, en la mejora de la canalización del agua y en la regulación de la profesión médica.
Los valetudinaria (hospitales de campaña) de los campamentos militares aparecen por primera vez en tiempos de Augusto, como respuesta a una necesidad impuesta por el crecimiento progresivo de la República y del Imperio. Anteriormente, cuando las batallas se libraban en las cercanías de Roma, los enfermos y heridos se transportaban a las ciudades amigas y ahí eran atendidos en las casas particulares. Cuando los campos de batalla empezaron a alejarse, sobre todo cuando la expansión territorial llevó a las legiones romanas fuera de Italia, el problema de la atención a los heridos se resolvió creando un espacio dedicado a ellos dentro del campo militar.  La gran importancia que, desde Augusto, se concedía a la recuperación de enfermos y heridos queda patente en la monumentalidad y eficiencia de sus valetudinaria situados siempre dentro de los grandes campamentos, que defendían el Imperio del enemigo.

 “Durante todo el tiempo de la guerra germánica y panónica no hubo entre los de nuestro rango, al igual que los superiores y de los inferiores nadie que sufriera enfermedad, cuya salud y estado físico no fuera objeto de cuidado por parte de César, como si exento del enorme peso de tantas obligaciones dedicara toda su atención sólo a esto. Para los que lo precisaban había siempre un transporte previsto, sus literas eran de uso público y como yo, otros las aprovecharon. Ni los médicos ni el cuidado en la alimentación, ni el material de baño que se llevaba para eso solo, faltaron a ninguno en la enfermedad.” (Veleyo Paterculo, Historia de Roma, II, 144)


Ilustración de Angus McBride

La ausencia de hospitales civiles es uno de los rasgos más característicos de la medicina de la Antigüedad clásica. La griega y la romana son sociedades en las que el sufrimiento ajeno no suele despertar la compasión. Hacia el final de la Antigüedad, con la expansión del cristianismo, comenzarán a crearse instituciones hospitalarias, aunque sus objetivos no fueran tanto médicos como caritativos. Con seguridad existieron valetudinaria en las explotaciones agrícolas, según refiere Columela, y para púgiles y gladiadores en las palestras.

El saneamiento ambiental se desarrolló muy pronto en Roma, gracias a las obras de la Cloaca Máxima, un sistema de drenaje que se vaciaba en el río Tíber y que data del siglo VI a.C. En la Ley de las Doce Tablas (450 a.C.) se prohíben los entierros dentro de los límites de la ciudad, se recuerda a los ediles su responsabilidad en la limpieza de las calles y en la distribución del agua. El aporte de agua se hacía por medio de 14 grandes acueductos que proporcionaban más de 1 000 millones de litros de agua al día, y la distribución a fuentes, cisternas y a casas particulares era excelente, pero en los barrios menos opulentos no tan buena. El agua se usaba para beber, y para llenar los baños de las termas. También se recogía agua de lluvia, que se usaba para preparar medicinas. En general, las condiciones de higiene ambiental en Roma eran tan buenas como podía esperarse de un pueblo que desconocía por completo la existencia de los microbios.

“Aquí yo, a causa del agua, que era pésima, declaro a mi estómago la guerra, mientras espero de mala gana a mis compañeros que cenaban.” (Horacio, Sátiras, I, 5)

En la antigua Roma se podía ejercer la medicina bien de modo libre, o integrándose en el ejército, o prestando un servicio a cuenta del Estado o los municipios. Roma no sólo organizó su propio servicio médico oficial, a imitación de los de las ciudades griegas, sino que fue el ejemplo tomado por muchas urbes del Imperio, para establecer un sistema similar.
La palabra archiatrus, que comenzó a introducirse en las colonias romanas respecto a los médicos de mayor consideración, parece que designa a un proto-médico, cirujano mayor o primer médico. Este título no proporcionaba entonces al que lo obtenía nada más que una distinción honrosa entre sus colegas; pero el ser el primero en su profesión incluía la idea de superioridad y mando, o tener alguna influencia sobre el ejercicio general de la profesión, y cierta preferencia y autoridad en las discusiones habidas entre los facultativos.

Había diferencias entre los arquiatros, pero los más principales eran los arquiatros populares y los arquiatros palatinos. Los primeros parecen haberse establecido poco tiempo después del advenimiento de Andrómaco, médico de Nerón, conocido por sus escritos sobre remedios medicinales, a esta dignidad.  El gobierno romano se convenció de las ventajas que vendrían de tener una inspección superior que vigilase sobre tantos médicos, y de que no era suficiente un solo arquiatro para todo el imperio, por lo que dio una ley Antonio Pio, hacia la mitad del siglo II, en que se señala el número de ellos que debía haber en la capital, y en todas las demás ciudades y pueblos.


Relieve con escena de curación

Las villas pequeñas podían tener hasta cinco, las grandes siete, las mayores diez, y en Roma, sin contar los de los barrios (regiones), había catorce, cinco para las vestales, y uno para asistir y curar las heridas de los gimnasios, llamados todos arquiatros populares.
Respecto al sistema de elección de los médicos públicos municipales, había que seguir ciertas normas. Una constitución de Valente y Valentiniano, promulgada en el 370 d. C., nos da a conocer el modo de elección de los archiatri, tal como se hacía en Roma.
Los elegían los ciudadanos que tenían derecho de votar, y debían someterse al examen de sus colegas y recibir un mínimo de siete votos. Si conseguía superar la prueba era el último, como recién llegado, en un escalafón no sólo de dignidades, sino también de salarios, distribuidos por el prefecto de la ciudad, que debía comunicar al emperador el nombre del nuevo médico.
Se concedió a los arquiatros unos privilegios mucho más extensos y útiles que los anteriores, y fue la exención de impuestos y de las cargas públicas; pero tenían sus restricciones para que no fuesen muy gravosas al estado, pues necesitaban la confirmación de los emperadores que llegaban al trono. Así fue que Vespasiano y Adriano tuvieron que confirmar las concesiones, mayormente en lo que concernía á eximirlos de alojamiento de tropas, de todo servicio oneroso, y en particular de servir en la guerra contra su voluntad. Antonio Pio aseguró para lo sucesivo a los arquiatros las más extensas prerrogativas, habiendo sido las leyes romanas desde aquel tiempo muy liberales con toda especie de médicos y botánicos, no habiéndoles jamás obligado en lo sucesivo a prestar oficios considerados viles. Antonio y Lucio Vero extendieron los privilegios de los arquiatros a todos los demás médicos que ejercían en el imperio. En una ley promulgada por el emperador Antonino Pío no se califica de archiatri a los médicos municipales, pero como tal denominación aparece con frecuencia en las inscripciones, se supone que el término pasaría con el tiempo de un uso práctico a legal.
Parece que todos los médicos tenían muchas prerrogativas y particularmente la de evitar la jurisdicción extraordinaria, que se extendía a las comadronas, dentistas y especialistas del oído; pero exceptuaba a los charlatanes y exorcistas. Había penas contra los que ofendían a las personas de los arquiatros, y estos no podían ser encarcelados ni obligados a comparecer ante la justicia.

Sus viudas e hijos gozaban de la exención de alojamientos de tropas; y sus bienes no sufrían impuesto alguno mientras permanecían en su poder. Podían negarse a servir los cargos municipales; no pagaban gastos ni derechos cuando eran ascendidos a dignidades superiores. Sus hijos estaban exentos del servicio militar; y, en una palabra, las leyes romanas concedían a todos los médicos, y en especial a los arquiatros, todas las exenciones de las clases más privilegiadas.

 Una vez que cesaban en el cargo, conservaban el título de modo honorífico (ex archiatrus) con los privilegios inherentes a aquel, que incluían la exención de varias cargas públicas, como el servicio en el ejército, y determinados impuestos.
Como contrapartida a estos privilegios, estos médicos debían asistir gratis a los pobres, y enseñar la medicina a la juventud; les estaban prohibidas las transacciones con los enfermos durante la enfermedad, y no podían heredarlos. Solo había en todo el imperio romano una escuela de medicina, la de Alejandría en Egipto, y los que no podían ir a estudiar a África, se instruían con los arquiatros como discípulos. Según la Lex de decretis ab ordini faciendi, no se permitía el ejercicio de la medicina al que no hubiera sido aprobado por el colegio de los arquiatros, y la ley 6 del mismo título condenaba a una multa de 2,000 dracmas a los que faltaban a esta ley.
Existían los arquiatros palatinos, que habitaban en la corte en donde formaban un colegio y estaban al servicio del emperador, con la expectativa de ciertos títulos honoríficos, de los que gozaban igualmente después de retirados. Participaban también de ellos, sus hijos y nietos. Entre los siete médicos de cámara (archiatri palatini), sólo uno, el verdadero médico de cabecera, recibía un estipendio en metálico; a los demás se les pagaba en cereales y aceite.


Pintura de Alexander-Charles Guillemont

La saturación del estamento médico como consecuencia de las ventajas ofrecidas con tanta generosidad y el descontento del ciudadano medio, sobre cuyas espaldas recaía la carga de los médicos exonerados provocó una serie de medidas imperiales a través de los gobernadores provinciales, adecuando el número de médicos oficiales urbanos a la categoría municipal. El decreto fundamental es el ya citado de Antonino Pío, que dice lo siguiente:

"Las ciudades menores pueden tener cinco médicos que gocen de inmunidad, tres sofistas y los mismos gramáticos; las ciudades más importantes pueden tener siete médicos y cuatro profesores de una y otra ciencia; en fin, las más grandes ciudades pueden tener diez médicos, cinco retores y otros tantos gramáticos. Por encima de este número, incluso las grandes ciudades no pueden conferir la inmunidad. Conviene colocar en la primera clase las capitales de provincia, en la segunda las ciudades que tienen tribunal, el resto en la tercera."

 Para impedir la excesiva emigración de médicos a las grandes urbes se decretó que perdieran la inmunidad tan pronto como abandonaran su residencia habitual. Pero los médicos afamados conservarían su inmunidad, aunque se establecieran en localidades.
Del mismo modo, y como también había ocurrido antes en Grecia, la curia local dotaba a los médicos públicos municipales de un local, generalmente de grandes dimensiones, puesto que solía albergar no sólo la vivienda del médico, sino también un laboratorio farmacéutico, salas de operaciones, de consulta, de recepción e incluso hospitalización. Se les proporcionaba también instrumentos para que atendieran de forma gratuita a cualquier persona que solicitara su ayuda. Desde luego no podía exigir honorarios a los pobres ni aceptar obsequios de ellos. Sin embargo, se le permitía mantener su “consultorio privado”. El gobierno los animaba a tomar estudiantes, por lo que podían recibir ingresos adicionales.

“Estaba flojo y tú, Símaco, has venido a visitarme acompañado de cien discípulos. Me han palpado cien manos heladas por el cierzo: no tenía fiebre, Símaco, pero ahora tengo.” (Marcial, Epig., V, 9)

Bajo el reinado del emperador Alejandro Severo (siglo III) se reguló la preparación del médico. Hasta entonces la enseñanza había sido exclusivamente un asunto privado. Fue Alejandro Severo quien ordeno construir las primeras aulas oficiales, asignar sueldo a los profesores de medicina y proteger a los estudiantes pobres.

“Durante su gobierno, uno sólo de los médicos de palacio recibió salario, mientras que los restantes, que llegaron a ser seis, recibían dos o tres raciones de alimentos, pero lograron que una de ellas fuera de alimentos de primera calidad y las otras de otra clase.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 42)

La práctica de la Medicina en la Antigüedad clásica era un derecho, no un privilegio, y no existía ningún sistema de licenciatura médica y cualquiera que lo desease podía establecerse como práctico en el arte de curar.

“Y no te das cuenta de que también los médicos peor preparados hacen lo mismo que tú cuando se hacen fabricar varitas de marfil, cortafríos de plata y cuchillas con estampados de oro. Y, cuando tienen que usarlos ellos, no tienen ni idea de por dónde meterles mano. En cambio, si alguno de los médicos bien preparados irrumpe en medio con un bisturí bien afilado, por muy lleno de herrumbre que esté, libera al enfermo del dolor.”  (Luciano, Contra un ignorante).


Instrumentos médicos de Filípolis, Museo Arqueológico de Plovdiv, Bulgaria

No existían estándares profesionales que tuvieran que ser cumplidos por ley o por ser miembro de las organizaciones médicas. Si bien algunas de éstas establecían patrones de conducta para sus integrantes, en ningún momento se exigió juramento ni aceptación de un código de ética formal o informal por parte del que quisiera considerarse a sí mismo como médico y tratar pacientes.
En uno de los papiros de Oxirrinco se describe el caso de un médico local, Psasnis, en el año 142 d.C. que se presentó en Alejandría ante el gobernador de Egipto, Valerio Eudaemon. Para denunciar que sus convecinos le habían obligado, en contra de su voluntad, a realizar tareas de las que estaba exento por su profesión. Valerio le respondió que quizás ellos no estaban contentos con su trabajo, pero que igualmente debería él presentarse ante el magistrado local para declarar que era un médico de verdad y así confirmar su inmunidad. Es decir, era suficiente proclamarse uno mismo como médico para conseguir la inmunidad fiscal, a pesar de que podía haber quejas de los pacientes y de que la localidad y el estado perdían contribuyentes al pago de impuestos.
No existía tampoco la especialización de los médicos, aunque es posible que alguno tuviera mayor crédito en la aplicación de ciertos tratamientos terapéuticos o quirúrgicos y fuera reconocido por ello. Marcial describe lo que mejor se les da a hacer a ciertos médicos de su tiempo, pero no consigue encontrar al que remedia el cansancio.

"Me ordenas, Galo, que esté a tu servicio los días enteros y que me cruce tres o cuatro veces tu Aventino. Saca o repara Cascelio un diente enfermo; quemas, Higino, los orzuelos dañinos para los ojos; no saja, pero quita Fanio un divieso que supura; los estigmas vergonzosos de los esclavos los borra Eros; el Podalirio de las hernias cuentan que es Hermes. Para curar a los derrengados, dime, Galo, ¿quién hay?" (Epig. X, 56)

El declive de la cultura romana y el miedo a la muerte causada por las epidemias, contra las que no había tratamiento efectivo alguno, produjeron una desmoralización generalizada. En tales condiciones creció la desconfianza en los médicos y la gente se volcó con devoción a ritos mágicos y creencias sobrenaturales, recurriendo a una medicina natural, sin base científica en la mayoría de los casos.
Muchos autores tras la época de Galeno escribieron obras en las que se animaba a rechazar la opinión de los médicos, a los que muchos acusaban de charlatanes e ineficaces, con la idea de que para curarse era suficiente echar mano a las hierbas y plantas recogidas en el jardín de casa. Teodoro Prisciano, que vivió alrededor del año 400 d. C. escribió en su obra Euporiston que la Naturaleza proporciona remedios maravillosos para la vida y la salud de todas las criaturas.

"Me gustaría saber, de hecho, cómo es posible que puesto que un remedio dado es el adecuado o no lo es y es bueno para la salud o no lo es, los muchos profesores de este arte siempre discutan (y finalmente mantengan su opinión individual). El paciente es arrojado a la tormenta de la enfermedad, y cuando el rebaño de nuestros colegas llega, no es la piedad por los moribundos lo que nos inspira, ni la condición humana que compartimos, sino que, como en una competición olímpica, uno se complace en la elocuencia, uno discute, el otro aporta nuevos puntos, éste los destruye, todos buscan una gloria insustancial. Entretanto, mientras ellos se pelean y el paciente sufre, que pena, no crees que la propia Naturaleza dice: “Desagradecidos mortales, no es que los pacientes mueran, son asesinados, y a mí se me acusa de su fragilidad. Las enfermedades son malas, pero yo he hecho que los remedios estén disponibles. Algunas plantas, es verdad, contienen venenos, pero la mayoría contienen medicinas. Parad estas discusiones confusas y este amor por la palabrería. No produje esto para la salud de los mortales, sino las grandes virtudes de los cereales, frutas, hierbas y todo lo que es bueno para el hombre.”

Frente a la miseria y a las catástrofes, la religión cristiana se presentaba como una oportunidad de salvación para los humildes y los más desesperados, ya que Cristo aparecía como médico de cuerpos y almas. La Biblia contiene numerosos relatos de curaciones milagrosas realizadas por Jesús y algunos santos. El cristianismo incluye los conceptos de caridad y amor al prójimo, por lo que espera de todos los fieles los mayores esfuerzos para aliviar el sufrimiento de otros. Esto se hizo aparente en las epidemias que asolaron al Imperio en esos tiempos, porque los cristianos atendían y cuidaban a los enfermos a pesar del grave peligro que había de contagio. Además, la religión cristiana combatía las otras formas de medicina que se ejercían entonces, porque se basaban en prácticas paganas. De esa manera surgió la medicina religiosa cristiana, en la que el rezo, la unción con aceite sagrado y la curación por el toque de la mano de un santo eran los principales recursos terapéuticos.


El decreto de Constantino de 335 d.C. acabó con el culto a Esculapio y estimuló la construcción de hospitales cristianos, que, durante los siglos IV y V alcanzaron el punto más alto de su desarrollo. Muchos fueron erigidos por las normas del período o por romanos ricos convertidos al cristianismo. Por ejemplo, Fabiola, en el siglo IV, convertida al cristianismo a los veinte años de edad fue una de las quince seguidoras de San Jerónimo que practicaban la medicina con los pobres. Tanto ella como Santa Nicerata son representantes de las mujeres que en los primeros siglos del cristianismo practicaron la medicina con fines caritativos. Fabiola creó un hospital para tratar a aquellos que eran abandonados por sufrir enfermedades que provocaban fuerte rechazo social. San Jerónimo nos brinda los nombres de otras quince mujeres de su época que habían estudiado medicina y se dedicaban al cuidado de los enfermos sin recibir remuneración alguna. Entre los grandes hospitales del siglo IV debemos citar el fundado en Cesarea por San Basilio de Capadocia y su hermana Macrina, quienes habían estudiado medicina en Atenas. Alrededor del año 500, la mayoría de las grandes ciudades en el imperio Romano tenían levantados tales edificios.


Contrarios a los supuestos intereses mercenarios de Esculapio, los cristianos, cuyo culto reemplazó al de las divinidades paganas curadoras, llamaron a sus médicos o sanadores anargyroi, no cobradores, ya que no ejercían la práctica médica a cambio de dinero.


San Cosme y San Damián, pintura de Anton Favray, foto Wellcome Images

El culto de los santos formó parte importante de la medicina religiosa cristiana. Entre los primeros médicos cristianos que fueron beatificados se encuentran los hermanos gemelos Cosme y Damián, originarios de Siria, que curaban por medio de la fe y que fueron perseguidos y decapitados por Diocleciano, con lo que se transformaron en patrones de los médicos.

“Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, espantaban las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones […]. Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer, y luego que lo ejecutan, se encuentran curados.” (San Gregorio de Tours, De gloria martyrium)

El hecho de atribuir la categoría profesional de médicos a los aliptes, quiromasajistas, es que la curación se practique por medio físico, y no por la palabra o por encantamientos, pues no son éstas formas propias de la medicina. El aliptes conoce bien la estructura de la musculatura humana, y sabe aliviar su fatiga, o sus daños, de ahí que la alipteia pueda ser una "medicina del masaje", una especie de terapéutica. Se supone que el masajista debía tener, no sólo pericia en la aplicación de las manos sobre el cuerpo, sino, además, tener conocimientos de anatomía y medicina.

La relación de los aliptes -es decir, los que dan masajes con ungüentos, con la técnica médica queda confirmada por un importante texto epigráfico fechado en el año 74, en el reinado de Vespasiano. Se trata de una constitución mediante la cual el emperador otorga privilegios a los médicos y médicos-masajistas de Pérgamo, para que ejerzan su profesión libremente sin ser molestados.

[- - - - de los médicos y de los médicos-masajistas; ya que el cuidado de nuestros cuerpos ha sido [confiado a los Asclepíadas] exclusivamente [porque] fueron proclamados santos y similares a los dioses, para que [ellos] no sufran presión de nadie ni se les grave con tributos extraordinarios. Que nadie [en todo el] territorio del Imperio [tenga la audacia] de maltratar, de coartar la libertad, de detener [o encarcelar a cualquier] médico, instructor, o médico- masajista, y quien los ofenda debe pagar (como multa) a Júpiter Capitalino 10,000 denarios. Quien no tenga esta suma, venderá sus bienes para satisfacer la multa que, sea quien sea el prefecto designado, [podrá fijar para estas cuestiones], y tendrá que ser [entregada] al [dios] inmediatamente. Igualmente, si ellos [son apresados] deben ser conducidos ante el tribunal que ellos elijan sin [ser obstaculizados] por nadie.

Aunque las mujeres no tenían la misma consideración social que los hombres, sí que hubo algunas dedicadas a la medicina, siguiendo el ejemplo de Grecia, donde se encuentran médicas ejerciendo ciertas labores relativas a los embarazos y partos o relacionadas con las enfermedades típicas femeninas.


Estela funeraria de una médica galorromana,
Museo de Cour d´Or, Metz, Francia

En Roma las medicae y las obstetrices fueron mujeres dedicadas principalmente a atender las enfermedades típicas de las mujeres y los embarazos y partos. Las primeras ocupan un espacio social más elevado que el de las segundas, y no demasiado diferente del que ocupaban los médicos varones. Las médicas no solo se dedicaron a las dolencias femeninas, sino que también trataron afecciones oculares y de otro tipo.
La gran mayoría de las obstetrices eran esclavas o libertas y estaban al servicio de alguna familia, y muy pocas veces ejercían su profesión como mujeres libres.
 La proporción de esclavas es menor entre las medicae que entre las obstetrices, y no sólo existieron mujeres libres que ejercieron como medicae, sino que incluso existen testimonios de la existencia de algunas que, al igual que ciertos médicos, hicieron fortuna precisamente gracias a esa dedicación. Es el caso de la médica Metilia Donata, cuyo rico monumento funerario se conserva en el museo arqueológico de Lyon.  Aunque algunos suponen que solo se trataba de una mujer de alto rango con interés por la medicina en su tiempo de ocio. Sin embargo, no puede descartarse la posibilidad de que una médica de corte pudiera enriquecerse tratando a las mujeres de la casa imperial.

Epitafio de Metila Donata, Museo Galorromano de Lyon

Algunas mujeres, aún sin ejercer de forma profesional, dedicaban su tiempo a la curación. Si estas mujeres pertenecían a la clase alta aportarían sus conocimientos asimilados en sus estudios y la experiencia adquirida en el uso de remedios caseros y tradicionales, basados en las hierbas y plantas medicinales.

“Y tú, tía materna en la línea de parentesco, pero digna de ser recordada en el lugar de una madre por el piadoso cariño de un hijo, Emilia, recibiste ya en la cuna el apellido de Hilaria, pues alegre y dulce te mostrabas en tu rostro infantil; sin embargo, te volvías como un muchacho bien a las claras, al practicar las artes de la medicina siguiendo la costumbre de los hombres.” (Ausonio, Parentalia, 6)


A finales de la Antigüedad, el Codex de Justiniano equipara implícitamente a las medicae con los médicos varones.

Del siglo I d. C. existe una lápida dedicada por Restituta a su patrón y maestro, Tiberio Claudio Alcimo.
“Para Tiberio Claudio alcimo. Doctor del César. Hecha por Restituta, para su patrón y profesor, bueno y digno, que vivió 82 años.”

Ello prueba que había mujeres a las que se educaba en los estudios médicos por parte de renombrados médicos que traspasaban a sus pupilos, ya fueran hombres o mujeres, su saber.

En muchos casos estas mujeres tenían una relación de parentesco con los médicos que les prestaban enseñanzas. Por ejemplo, Antioquis de Tlos, hija de Diodoto, es reconocida por su ciudad por su experiencia en la curación.

El hecho de que algunas mujeres ejercieran la medicina implicaba cierto prestigio social y un logro importante por parte de la mujer, al tiempo que un orgullo para los conciudadanos, que con placer aceptaron que se erigiera una estatua en su honor, en cuya base una inscripción decía: “Antioquis, hija de Diadoto, de Tlos, reconocida por el consejo y por el pueblo por su experiencia en el arte médico, erigió una estatua de ella misma”.

En la estela que recuerda a Panthia, su esposo Glicón honra sus virtudes y reconoce su fama junto a la de él en el arte de curar. La mención de que su capacidad como médicos son iguales a pesar de que Panthia sea mujer indica que no era habitual que una mujer destacara en el arte de la medicina.

“Adiós, Panthia, de tu esposo. Tras tu muerte, me queda la pena por tu cruel muerte. Hera, la diosa del matrimonio, nunca conoció una esposa igual: tu belleza, tu sabiduría, tu castidad. Tú me diste hijos completamente iguales a mí; tú cuidaste de tu esposo y de tus hijos; tú guiaste recto el timón de nuestro hogar y elevaste nuestra fama común en la curación – aunque eras mujer no ibas detrás de mí en habilidad. En reconocimiento tu esposo Glicón erigió esta tumba para ti. También enterré aquí el cuerpo de [mi padre] el inmortal Filadelfo, y yo mismo yaceré aquí cuando muera, dado que solo contigo compartí mi lecho cuando estaba vivo, así pueda yo cubrirme en la tierra que compartimos.”


Estela funeraria del médico  Claudio Agathomero y su esposa,
Museo Ahmolean, Oxford, foto Carole Raddato

Muchos médicos debieron sentirse orgullosos de la profesión que desempeñaron, a la vista que a la hora de su muerte dejaron en sus tumbas un epitafio en el que queda patente su profesión, aunque, por supuesto, llegado el momento de la muerte, no pudieron evitar esta, a pesar de su ciencia.

"Compadécete al pasar, viajero, de la suerte de los hombres y mira de mi vida y destino ante ti qué es lo que queda. He aquí que la tierra me ofrece casa y morada el sepulcro, y el gusano minúsculo devora mi cuerpo perecedero.
Cuando el creador todopoderoso mandó que en el paraíso hubiera un colono, la culpa maldita ocasionó este revés.
De nombre Félix me llamaron en tiempos mis padres,
dediqué mí vida aquí, mi profesión fue la medicina.
Pude aliviar las dolorosas enfermedades de mucha gente,  pero no pude con la profesión vencer mi dolencia." (Antología Latina, 662)


Estela funeraria de un médico oculista

Bibliografía



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