Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 28 de noviembre de 2022

Oleum, el uso del aceite en la antigua Roma

Fresco de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

“Dos son los líquidos más agradables para el cuerpo humano: por dentro el vino, por fuera el aceite, productos ambos muy importantes que proceden de los árboles, pero el imprescindible es el aceite; y la sociedad se dedicó a él sin pereza alguna.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 29)

El cultivo del olivo pudo haber empezado en la península itálica entre los siglos VIII y VII a. C. impulsado por los fenicios, aunque fueron los griegos quienes iniciaron su expansión, la cual contribuyó a que pocos siglos después el aceite y las aceitunas fueran parte fundamental de la dieta romana junto al pan y el vino.

"Es evidente que siempre la despensa del señor cuidadoso y previsor está llena de vino, aceite, de toda clase de provisiones, y toda su villa es rica: abundan en ella los cerdos, los cabritos, los corderos, las gallinas, la leche, el queso y la miel." (Cicerón, De la vejez, 56)

Botella de aceite y aceitunas, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

A partir del siglo I d.C., ante la crisis de la producción en Italia y las necesidades crecientes de aceite por parte de la población y del ejército del limes (frontera con los bárbaros, en el Norte de Europa), los emperadores inician una política oficial activa de incentivación de la plantación y el cultivo del olivo. Bajo el gobierno de Augusto se creó el servicio de la annona, administración que se encargaba de que los alimentos de primera necesidad llegasen regularmente y de forma gratuita a la urbe y al ejército. Los productos se captaban en las provincias romanas por diversas vías: como tributos en especies, por compra a cuenta del Estado o mediante ventas obligatorias (indictiones), o bien como rendimientos de los latifundios imperiales. La tarea estaba a cargo de la praefectura annonae. Desde sus inicios, se requirió de diversos funcionarios públicos o de agentes controlados por el Estado, para que trabajasen en el aprovisionamiento regular y sin interrupciones de los recursos alimentarios.

“A Sextus Julius Possessor, hijo de Sextus, de la tribu Quirina, prefecto de la tercera cohorte de los Galos, comandante de una tropa de arqueros sirios y de la primera ala de la Hispánica, magistrado de la ciudad de Romula Malva, tribuno militar de la duodécima legión Fulminata, magistrado de la colonia de Arca, elegido para la decuria por los grandes y óptimos emperadores Antonino y Vero, asistente de Ulpius Saturninus, prefecto de la Annona, a cargo del inventario del aceite hispano y africano, del transporte del excedente y de pagar por el flete a los naviculari (patrones de barco), procurador encargado por los dos emperadores de mantener las riberas del rio Betis, se lo dedicaron los barqueros (scapharii) de Hispalis (Sevilla), como recompensa por su excepcional integridad y justicia.” (CIL, II. 1180)

Reconstrucción de la prensa de Case Nuove, Ilustración Inklink

El aceite de la annona procedía durante el imperio de la Bética, o bien de África, donde muchos latifundios eran de propiedad imperial. El estado para maximizar el rendimiento de sus propiedades permitía a un conductor administrar el fundus para garantizar la llegada de los productos a Roma y otras ciudades. La distribución no se hacía siempre de forma regular, pero sí de forma ocasional.

Símaco ruega al emperador que estimule el suministro de aceite africano a Roma.

"A nuestros señores,

No hay duda de que vuestra Felicidad garantiza recursos inagotables al pueblo romano, señores emperadores, pero la previsión de los gobernantes no deja de hacer sugerencias para que esa diligencia asegure lo que promete una fortuna mejor. El servicio cotidiano de trigo no está en dificultades. El aceite es el único producto que perturba el sustento de la plebe porque ha sido transportado escasamente. El clarísimo prefecto de la anona, que ejecuta con diligencia su cometido, sostiene que ha notificado este hecho hace tiempo a la ilustrísima prefectura del pretorio, enviando según la costumbre unos breves para poner de manifiesto la escasez de las reservas. Pero como la carencia se agrava, no ha debido silenciarse ante vuestra Clemencia la preocupación de la patria, cuyas esperanzas y recursos se ven colmados por el favor de unos príncipes buenos.
Por ello todos os pedimos con súplicas —si es que esperáis por ruegos vosotros que os adelantáis con favores a los votos generales— que vuestras palabras divinas estimulen lo antes posible a los gobernantes de África en relación con el envío de este producto a los almacenes de Roma, pues hay que apresurarse antes de que el suministro diario acabe con lo que queda. En fin, añadid este don a los demás que estáis habituados a otorgar, para que fluyan con igual profusión todos los bienes de la época.”
(Símaco, Informes, 35)

Almazara, Ilustración Inklink

La calidad del aceite dependía de numerosas variantes: desde el nivel de maduración del fruto, pasando por los sistemas de recogida, transporte y almacenamiento, hasta el tipo de prensado o el grado de decantación y filtrado. De acuerdo con ello, se obtenían diversos tipos de aceite, que variaban en acidez y pureza, y que lógicamente alcanzaban niveles diferentes de cotización y precio, por cuanto los usos que permitían eran también diferentes. En cualquier caso, la masa se prensaba tres veces y el aceite extraído cada vez se recogía en recipientes distintos, ya que la calidad también era diferente, siendo el mejor el de la primera prensada y el peor el de la última.

Oleum omphacium era el mejor y se extraía de las aceitunas todavía verdes en septiembre, y se destinaba a usos religiosos (ofrendas a los dioses) y a la fabricación de perfumes y medicamentos. El que se obtenía de la aceituna blanca (que adoptaba el mismo color) era el mejor, mientras que el omphacium derivado de aceitunas no maduras para su consumo, pero sí en plena sazón tenía una calidad algo inferior y tomaba un color verde.

“Un aceite es también el onfacio. Se obtiene de dos clases de árboles y con sendos procedimientos: del olivo y de la vid. La aceituna se exprime cuando aún está blanca; de inferior calidad es el de drupa —así se llama la aceituna antes de que esté madura para su consumo, cuando, no obstante, ya va tomando color—; la diferencia consiste en que este último es verde, mientras que el primero es blanco.” (Plinio, Historia Natural, XII, 130)

Elaboración de aceite. Ilustración de H.M. Herguet

El aceite llamado "
oleum aceruum" o "aestiuum" es el que se obtiene de las aceitunas verdes, y aunque bueno, era poco abundante. La cosecha se realizaba en septiembre.

"El tiempo más proporcionado para la recolección de la aceituna es por lo común a principios del mes de diciembre. Pues antes de este tiempo se hace el aceite acerbo, que llaman de estío; cerca de este mes se saca el verde, y después el maduro."

El 
oleum viride (aceite verde) se preparaba en diciembre con las aceitunas de color cambiante (entre el verde y el negro), que daban más aceite, con un sabor más suave y afrutado.

“Nosotros residimos aquí en el campo, dedicados al ocio, y disfrutamos del otoño de muchas maneras. Así es: una vez que hemos confiado a los toneles el vino joven, que ha manado tras ser batido con los pies y exprimido con la prensa, se tritura en sus molinos el fruto de Sición, aunque la aceituna temprana se pasa suavemente para producir aceite verde.” (Símaco, Cartas, III, 23)



Para el 
oleum viride se hacía una clasificación dependiendo de cómo se había cogido la aceituna, del tiempo transcurrido hasta su procesado y del modo de prensarla.

“Pero no tiene cuenta al padre de familia sacar aceite acerbo, porque sale poco; a no ser que la aceituna se haya caído con las tempestades y sea preciso cogerla para que no se la coman los animales domésticos o los silvestres. Pero es de la mayor utilidad extraer el verde, como que no solo sale bastante, sino también con su valor casi duplica la renta del amo.” (Columella, De Re Rustica, XII, 52)

Ilustración Jean-Claude Golvin

De él se obtenía el 
oleum flos, aceite procedente de la primera y muy ligera presión, pero que, debido a su precio, se reservaba sólo para el aliño de las ensaladas o aderezar alimentos en crudo. El oleum sequens se lograba a partir de una segunda y más intensa presión, en la que se calentaba con agua la masa de aceitunas para extraer más fruto. El oleum cibarium, cuyo sabor era un tanto acre, procedía de la aceituna ya madura o caída del árbol y era obtenido de las siguientes prensadas, por lo que no podía conservarse más de un año. Se destinaba a la cocina de platos elaborados y fritos, y por su calidad inferior era cuatro veces más barato y, por tanto, de mayor consumo.

Más popularizado entre la población, por su bajo precio, se encontraba el “
oleum maturum” o aceite maduro, extraído, como su nombre indica, de aceitunas maduras o, incluso, pasadas. Era el que usaban las clases más bajas para cocinar, para conservar alimentos e, incluso, como combustible para lámparas.

“Cuando la aceituna está negra, recógela. Cuanto más amarga sea la aceituna con la que hagas el aceite, tanto mejor será el aceite: al amo le será especialmente ventajoso hacer el aceite de aceituna madura.” (Catón, De Agricultura, 65)



Plinio establece una jerarquía de cuáles son los aceites de mejor calidad en Italia y en todo el mundo: en el primer lugar sitúa al originario de la región de Venafro, cerca de Campania y el Lazio, dado su olor y gusto delicados; después iguala el aceite proveniente de la tierra de Istria, en el Adriático y el de la Bética, en el sur de Hispania; después de éstos, coloca a todos los demás.

“El primer puesto en el mundo entero, también en este producto, lo ha obtenido Italia, sobre todo por el territorio de Venafro, concretamente en la zona que da el aceite licinio, por lo que también se concede el máximo galardón a la aceituna licinia: le otorgaron esta palma los perfumes, porque su olor era muy apropiado para ellos y se la otorgó también el paladar con su juicio aún más fino; además, ningún pájaro pica las aceitunas licinias.
Hay, después, una disputa muy reñida entre la tierra de Istria y la Bética. Por lo demás, en las provincias se dan unas calidades bastante similares, excepto en el suelo de África, productor de cereales: la naturaleza se lo concedió por entero a Ceres, no le negó algo de aceite y de vino, pero le otorgó suficiente gloria por sus cereales.”
(Plinio, Historia Natural, XV, 8)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Desde muy pronto las obras literarias testimonian diferentes usos para el aceite, desde el cuidado de cuerpo y cabello, hasta el uso culinario.

Balión.— Y tú, Xitilis, atiéndeme bien: tus amantes, ésos nadan en aceite de oliva; si no se me pone aquí rápido a odres plenos, te meteré mañana a ti en uno de los tales y te haré llevar a la pérgola; allí se te dará un lecho, pero no para que cojas el sueño, sino para que hasta que ya no puedas con más... ya sabes a lo que me refiero. ¡Qué, víbora!, tú que tienes tantos amigos tan bien forrados de aceite ¿acaso has movido un dedo para que ninguno de tus consiervos tenga un tanto así más de brillo en la cabeza?, ¿o es que ni yo mismo puedo hacerme preparar la carne con un poco más de grasa? Pero eso ya me lo sé yo: es que a ti el aceite no te dice mucho, es con el vino con lo que te unges; deja, que yo te lo haré pagar todo de un solo golpe.” (Plauto, Pseudolo, I, 2)

Los romanos cocinaban inicialmente con manteca de cerdo, pero con la difusión del olivo se impuso el aceite de oliva (al menos, en los países mediterráneos), que se convierte en el ingrediente fundamental de su cocina.

“Toda entera tengo nombre griego, pero no soy toda entera latina; para los pobres (pues siempre me sirven en las tienduchas) vengo a nacer en la tierra, con agua me lavan, con aceite me untan.” (Antología Latina, XLII, La acelga)



Con aceite se aliñaban las verduras y hortalizas, y era ingrediente principal en la preparación de salsas para acompañar carnes y pescados.

“Vale la pena conocer bien la composición de la salsa doble. La simple consta de aceite dulce, que convendrá mezclar con un vino puro de mucho cuerpo y salmuera, pero sólo de la que haya dado su olor a un tonel de salazón de Bizancio. Una vez que todo ha hervido revuelto con hierbas picadas, y espolvoreado
con azafrán de Córico ha reposado, le echarás encima el jugo del fruto molido del olivar de Venafro.”
(Horacio, Sátiras, II, 4)


El aceite formaba parte de la elaboración de platos que eran consumidos por la población más humilde y campesina, como el moretum, que hecho con los ingredientes más básicos como queso y aceite constituía parte de la dieta del campesino Símilo.

“Avanzaba su obra: y no ya desigual, como antes, sino más pesada marchaba la mano del mortero en lentos giros. Vierte gota a gota el aceite de Palas, un chorro de fuerte vinagre y, de nuevo, mezcla la pasta y remueve lo mezclado. Luego, al fin, rebaña con dos dedos todo el mortero y recoge lo esparcido en una bola para que tome la forma y el nombre de un perfecto almodrote.” (Apéndice Virgiliano, Moretum, 110)

Mortero romano


En Roma, el aceite de peor calidad se utilizaba para la iluminación, aunque algunos autores antiguos se quejan de que los más avaros de entre los tenderos lo usaban para condimentar las comidas que vendían a los pobres de necesidad. Juvenal compara el aceite del Venafro destinado a los ricos con el importado de África, que según Plinio era de peor calidad, y se empleaba en iluminación.

“El amo rocía su pescado con aceite del Venafro. Por el contrario, la col descolorida que te traen a ti, desgraciado, olerá a candil. Porque en vuestros platos se pone el aceite que han transportado con proa aguda los barcos de los Micipsas*.” (Juvenal, Sátiras, V, 86)

* Micipsa fue rey de Numidia


Relieve de sarcófago, catacumba de Praextatus, Roma

El aceite de oliva fue el combustible más utilizado para la iluminación artificial en época grecorromana, aunque otros aceites vegetales, junto a grasas animales también se emplearon como aditivos o principal fuente de combustible.

La provisión de aceite de oliva en las provincias alejadas de grandes centros de producción requería una fuerte inversión económica, aun cuando el aceite utilizado era el de peor calidad. Por lo que solo la élite podía acceder a un combustible que permitía alargar las actividades laborales, comerciales y de ocio hasta después de haberse puesto el sol. Por ejemplo, en época imperial, cuando el uso del aceite en las termas estaba muy extendido, era frecuente que se distribuyese el aceite gratuitamente por parte de las autoridades. Alejandro Severo repartió aceite para las lámparas de las termas y que estas se mantuviesen abiertas más tiempo.

“Hizo además una donación de aceite para iluminar las termas, siendo así que hasta entonces no se abrían antes de la aurora y se cerraban antes de la puesta del sol.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 24)

Baños de Caracalla, Pintura de Alma-Tadema

El empleo de las lámparas de aceite permitió la realización de labores cotidianas en horas en las que el sol ya se había ocultado o tareas llevadas a cabo en lugares sin luz natural ni siquiera durante el día, como minas o catacumbas.

“Y las doncellas, aun en la noche, hilando su tarea, no desconocieron la proximidad del mal tiempo, cuando veían chisporrotear el aceite en la encendida lámpara de arcilla y que sobre la pavesa se formaba un hongo blando.” (Virgilio, Geórgicas, I, 390)

Penélope deshaciendo su labor, Dora Wheeler, Museo Metropolitan, Nueva York

La iluminación de áreas públicas, tales como calles urbanas, espacios públicos y edificios, era una fuente de orgullo cívico para aquellas ciudades donde la había, lo que ocurría en ciudades de provincias, como Antioquía y Constantinopla. La capacidad de la administración de extender el día con luz artificial ayudaba a incrementar el intercambio social y comercial y proporcionaba mayor seguridad a los residentes y visitantes de la ciudad.

“De móviles sogas cuelgan luces que relumbran sujetas en los artesonados y, alimentada por el suave flotar del aceite, la llama arroja su luz por el brillante cristal.” (Prudencio, Himnos cotidianos, V)

Museo del Vidrio, Corning, Nueva York

El aceite como fuente de iluminación era un elemento simbólico que formaba parte de rituales religiosos y funerarios. En forma de ungüentos, era parte fundamental en los ritos de preparación y exposición del cadáver, contribuyendo a su conservación; en la cremación, disimulando el olor de la carne quemada. 

“Lo que te voy a contar sucedió cuando yo ya era viejo. En Tebas, una picara vieja fue entenada de esta manera, en virtud de su testamento: el cadáver, generosamente untado de aceite, lo llevó el heredero en sus hombros desnudos, sin duda para ver si después de muerta lograba escaparse; y es que creo que en vida la había acosado en exceso.” (Horacio, Epístolas, II, 5)

En el culto a los Manes, espíritus de los difuntos, se depositaban en las tumbas alimentos, bebidas y lámparas de aceite, cuya luz debía guiar al difunto en su camino hacia el más allá. Algunas lámparas se llenaban con aceite perfumado y podían considerarse un regalo para el fallecido o una ofrenda conmemorativa que se depositaba en los aniversarios o fiestas de los difuntos.

“Adiós Septimia, que la tierra te sea leve. A quienquiera que deje una lámpara encendida ante su tumba, cubra la tierra dorada sus cenizas.” (CIL X 633)

Pintura de Wilhelm Kotarbinski

El aceite se utilizaba como ofrenda a los dioses, tanto en el culto oficial como en el culto privado, especialmente como libación en los altares.

“Después, prepara en honor del rey estigio nocturnas aras y pon sobre las llamas las entrañas enteras de los toros y derrama pingüe aceite sobre las vísceras ardientes” (Virgilio, Eneida, 6, 252-254.


La gente exhibía su piedad hacia los dioses ungiendo las estatuas que los representaban, aunque también mostraban su fervor hacia los héroes de la misma manera.

“En cuanto a la historia por la que el gran Aquiles, colocado frente a Héctor, ha ocupado todo el espacio al aire libre, puedes escuchársela a los guías. Yo, al darme cuenta de que todavía estaban iluminados, casi tendría que decir resplandecientes, los altares y de que la estatua de Héctor frotada con aceite estaba brillante, mirando a Pegaso dije: «¿Qué es esto, los de Ilión sacrifican?», intentando suavemente averiguar qué opinión tenía.” (Juliano, Cartas escritas en Asia menor, 79)

Pintura de Henry Ryland

El aceite se utiliza en las termas para la limpieza del cuerpo y los masajes y se consumía en gran cantidad por lo que había que procurar su abastecimiento y recurrir a la donación pública por parte de los propios Emperadores o los evergetas, prohombres locales de gran poder adquisitivo que con la intención última de ser elegidos para determinados cargos públicos revertían parte de sus riquezas en actos de evergesía, como el reparto gratuito de aceite para las termas.

“Las más devotas hermanas de Cesia Sabina, hija de Cn. Cesio Athicto, erigieron esta estatua. Ella sola dio un banquete a las madres de los centunviros y a sus hermanas e hijas y a las mujeres del municipio sin distinción de rango. Y en los días de los juegos y de la fiesta de su propio marido, ofreció un baño con aceite gratis.” (CIL XI 381)



El aceite acompañaba siempre en la competición y el ejercicio físico. Ya desde época griega, los atletas se embadurnaban el cuerpo de aceite antes de la lucha o la carrera, protegiéndose así del sol y asegurando su correcta hidratación. Terminado el baño, retiraban la mezcla de aceite y sudor con el estrígilo (strigilis), lavaban su cuerpo con agua, esponja y algún producto abrasivo (ceniza, sosa, potasio, salitre).

“Allí, en Olimpia, el gimnasta lleva un estrígilo, tal vez por esta razón: el atleta, en la palestra, no puede evitar cubrirse de polvo y barro. Además, está expuesto al sol; con el fin de que no se estropee el estado de su piel, el estrígilo recuerda al atleta no sólo que debe usar aceite sino untárselo tan copiosamente que haga falta rascarlo con el estrígilo después de la unción.” (Filóstrato, Gimnástico, 18)

Museo Británico, Londres

Por sus propiedades antisépticas y tranquilizantes, contrastadas sin duda mediante observación y experimentación a lo largo de siglos de uso, el aceite fue un ingrediente fundamental en las prácticas medicinales de los pueblos mediterráneos desde que empieza a cultivarse el olivo y producirse el jugo de él obtenido.

“Nada más se puso a brillar la estación, me atacó a los riñones un fuerte dolor que me obligaba a buscar una cuerda. Luego, tras un mes de tregua, se abatió sobre mí con más intensidad y se hizo necesario recurrir a un procedimiento que me empeñaba en aplazar lo más posible. Pues mientras los demás eran partidarios de adormecer los dolores con aceite, Panolbio decide hacerme una sangría. De inmediato me puse mejor, pero no puedo tener confianza en que siempre será así.” (Libanio, Cartas, 393, 3)

Skyphos de plata, Tesoro de Boscoreale, Museo del Louvre, foto Hervé Lewandowski

Las medicinas eran el resultado de una mezcla de numerosos ingredientes minerales, animales o vegetales, entre los cuales estaba el aceite, que por sí solo tiene propiedades antisépticas, antiinflamatorias, anticoagulantes y cicatrizantes, y puede mejorar la respuesta del sistema inmune.

“La verdad es que soy un hombre un tanto propenso a los catarros, pero hoy creo que estoy mucho más constipado. Así· pues, me untaré la cabeza con aceite e intentaré dormir, pues no pienso añadir hoy a mi lámpara ni una gota de aceite, hasta tal punto me he fatigado por haber montado a caballo y por estornudar.” (Frontón, Epístolas, 60)



Los galenos recomendaban utilizar el oleum omphacium para la preparación de remedios medicinales. Entre las recetas médicas se contemplaba tanto la aplicación o ingestión del aceite, como la inmersión del enfermo en el propio aceite.

“Aplicar cataplasmas calientes que se irán cambiando de lugar frecuentemente, desde el pecho hasta la ingle y la espina dorsal; frotar los brazos y las rodillas e introducir todo el cuerpo en aceite caliente; si el dolor no remite, aplicar tres o cuatro cazos de aceite caliente sobre la parte inferior del vientre”

Los directores de los gimnasios recogían el aceite con el que los atletas limpiaban su cuerpo y luego echaban por tierra, para venderlo con uso medicinal y como emplasto para aliviar diversos males, incluidos los articulares y, calentado, contra la ciática.

“Las raspaduras obtenidas de las termas son más eficaces para estos propósitos, y por ello se incluyen como ingrediente de algunos remedios. Estas raspaduras están impregnadas con el aceite de los atletas, que, usado con el polvo de la tierra, tienen un efecto calmante sobre las articulaciones, y son particularmente beneficiosas con efecto calórico.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 13)

Placa campana, Gliptoteca Carlsberg, Copenhagen. Foto Sergey Sosnovskiy

El masaje se recomendaba para calmar la piel tras el ejercicio físico y el ciclo de las termas, así como para aliviar ciertas dolencias.

“Primero debería sudar durante un rato en el tepidarium, bien tapado, y después ungirse con aceite allí mismo; tras ello debería pasar al caldarium y tras sudar un rato no sumergirse en el baño caliente, sino echarse desde la cabeza hasta los pies, primero agua caliente, luego templada, después fría, y más por la cabeza que por ninguna otra parte, tras lo cual debería recibir un masaje, secarse y untarse con aceite.” (Celso, De Materia Medica, I, 4, 2)

Ilustración Parque Arqueológico de Xanten, Alemania

El aceite fue, desde casi la Prehistoria y en todo el Mediterráneo, la base de multitud de ungüentos y perfumes, que se utilizaron originalmente en la Antigüedad para conservar la salud y la elasticidad de la piel, pero posteriormente se emplearon como artículos de lujo para proporcionar al cuerpo la mejor de las fragancias, no solo después del baño, sino en cualquier ocasión, pues oler bien era supuestamente signo de buena salud.

“El simple aceite sirve para engrasar la piel, relajar los nervios y eliminar del cuerpo el olor desagradable, si realmente necesitáramos para ello el aceite.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 67)

Ungüentarios romanos de vidrio

La elaboración artesanal consistía en macerar flores, hierbas o especias, machacadas en un mortero, en aceite y en frio, sobre todo, el que se obtenía de las olivas verdes durante la primera prensada, el denominado omphacium, que se empleaba como vehículo fijador o disolvente de las esencias aromáticas. Para conseguir un buen perfume era necesario utilizar un aceite puro que no alterara el aroma final.

“Cuando te dispones a preparar el suave perfume de la mejorana o de la mirra o de la flor del nardo que exhala a nuestro olfato fragancia de néctar, es conveniente antes de nada que busques y, en la medida de lo posible, logres encontrar un aceite de condición inodora que no exhale al olfato efluvio alguno, a fin de que deteriore lo menos posible, alterándolos con su aspereza, los perfumes mezclados con su substancia y fundidos con ella en la cocción.” (Lucrecio, La naturaleza, II, 845)

Pintura de la Villa Farnesina, Museo Palazzo Massimo, Roma

En caliente se servían de pequeños hornos cuyas llamas no debían estar en contacto con el caldero para evitar que el perfume oliera a quemado, hasta que el aceite se saturaba. A la mezcla se añadía un estabilizante hecho de alguna resina, especialmente de coníferas o de alguna especie más exótica como la mirra. Otros aditivos eran el vino perfumado, agua o miel.

“Los componentes básicos para la elaboración de un perfume son dos: el líquido (sucus) y la parte sólida (corpus): al primero pertenecen diferentes tipos de aceite, (stymmata) y al segundo, las esencias (hedysmata). Entre estos dos componentes existe un tercero, despreciado por muchos, que es el colorante. Para dar color se emplean el cinabrio y la ancusa. La sal añadida mantiene las propiedades del aceite. Pero cuando se añade ancusa, no se añade sal. La resina o las gomorresinas se añaden para mantener el aroma en el cuerpo; pues éste se evapora rápidamente y desaparece, si no están presentes estos conservantes.” (Plinio, Historia Natural, XIII, 2, 7)

Putti perfumistas, Casa de los Vettii, Pompeya

Las frutas también proporcionaban ingredientes que añadidos al aceite proporcionaban perfumes de gratos aromas.

“El aceite de membrillo se prepara de esta forma: mezcla seis sextarios de aceite con diez sextarios de agua, añade tres onzas de romaza triturada y una onza de esquemanto, déjalo durante un día y cuécelo. Luego, tras colar el aceite, échalo en una vasija de boca ancha, coloca encima zarzos de caña o una esterilla antigua y sobre ellos los membrillos. Envuélvelo todo con paños y déjalo reposar suficientes días, hasta que el aceite atraiga la virtud de los frutos." (Receta de Dioscórides)

Villa de Popea, Oplontis, Italia

Al médico Galeno se le atribuye la receta de una crema de belleza (ceratum) a base de cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas.

Los aceites perfumados eran usados para necesidades del culto, y los ungüentos para masajes y fricciones después del baño, y antes de tenderse para comer.

“Ella entonces se despoja de todas sus vestiduras e incluso del sostén que sujetaba su hermoso busto femenino; y, de pie junto al foco de luz, saca de un frasco metálico un aceite perfumado con el que se frota bien.” (Apuleyo, Metamorfosis, X, 21, 1)

Pintura de John William Godward

Además de las habituales, el aceite tenía entre los romanos otras muchas aplicaciones: como lubricante de los utensilios de trabajo, como impermeabilizante para algunos tejidos, como purificador de ciertos metales, como suavizante del cuero y muchos más.

“Y si pensamos que el cuero suavizado por el aceite se hace más difícil de romper y más duradero, siendo como es algo muerto, sería absurdo que no pensáramos que un cuerpo, que tiene aún una vitalidad, no puede ponerse en mejor forma por acción del aceite.” (Luciano, Anacarsis,o sobre la gimnasia, 23)

El aceite se aplicaba a la elaboración de armas y herramientas por su efecto sobre los metales.

“Cuando se trata de vaciar el hierro, el empleo del aceite proporciona un filo más acabado; de ahí la costumbre de dar una mano de aceite a las herramientas más delicadas, para que no se endurezcan con el agua haciéndose con ello quebradizas.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVI, 21, 4)


Un uso frecuente y documentado era el de repelente de insectos o insecticida.

“A las polillas se las destruye por la noche, colocando delante de las colmenas una potente luz y recipientes llenos de aceite debajo de la luz. Las polillas vuelan hacia el resplandor, caen en el aceite y mueren. De otra manera no es fácil apresarlas.” (Claudiano Eliano, Historia de los animales, I, 58)

Intaglio, Yale University Art Gallery

Aceites procedentes de otras plantas también se empleaban comúnmente en la sociedad romana, bien por ser más baratos, por su accesibilidad o porque sus propiedades les hacían adecuados para el uso al que estaban destinados, entre ellos el aceite de almendra, sésamo o nuez.

“El de almendra, que otros llaman neopo, se extrae de almendras amargas secas, machacándolas hasta hacer una pasta que se rocía con agua y se vuelve a machacar.” (Plinio, Historia Natural, XV, 7)

El aceite de cedro se usaba como conservante para los rollos de papiro y éstos se guardaban en cajas de madera de ciprés, dura y resistente. El cedro y el ciprés son ambos árboles de madera noble y aromática.

“Librito mío, ¿a quién quieres obsequiar? Búscate en seguida un protector, no sea que, llevado al punto a la cocina ahumada, tu papel aún húmedo se destine a envolver atunes frescos o sirvas de cucurucho del incienso y la pimienta. ¿Te marchas al seno de Faustino? Sabes lo que haces. Ahora puedes echarte a andar ungido con aceite de cedro y, hermoseado por la doble ornamentación de tu frente, regodearte en tus dos cilindros pintados, y que la púrpura delicada te cubra y que el título se enorgullezca con el rojo de la grana. Si él te protege, no temas ni a Probo.” (Marcial, Epigramas, III, 2)

Un escriba romano, Pintura de Alma-Tadema

El aceite por su alto coste era un producto elegido como obsequio para regalar a familiares y amigos en celebraciones o efemérides.

“¡Qué bien tan grande me ha proporcionado mi queja, no formulada sino supuesta por ti, Paulino, hijo mío! Temiendo que me hubiera desagradado el aceite que me habías enviado, repetiste tu regalo y lo hiciste aún mayor al añadir el condimento de la salmuera de Barcelona.” (Ausonio, Epístolas, 21)

El aceite, junto al vino y el trigo, era un producto que servía para el pago de trabajadores o de artistas contratados para los espectáculos, así como también era una recompensa para atletas ganadores y para vencedores de competiciones deportivas y artísticas.

“Hay que preocuparse, como de ninguna otra cosa, de la música sagrada. Escoge, pues, del pueblo de Alejandría a cien muchachos de buen linaje y manda proveer para cada uno de ellos dos artabas de trigo al mes y, además, aceite y vino; los encargados del tesoro les proporcionarán vestidos. Que ahora sean escogidos por su voz, pero si algunos pueden participar también en lo más elevado de esta ciencia, que sepan que ponemos a su disposición enormes recompensas a su esfuerzo. Pero, antes que de las nuestras, ellos mismos se beneficiarán al purificar sus almas con la música divina, pues hay que creer a los que anteriormente opinaron con rectitud sobre estas materias.” (Juliano, Cartas escritas en Antioquía, 109 -Carta de Juliano al prefecto de Egipto, Ecdicio)

Ánforas olearias



Bibliografía

De especie silvestre (kótinos) a olivo sagrado (élaios). Notas sobre el cultivo del olivar, la producción, la comercialización y el consumo de aceite de oliva en el Mediterráneo antiguo; Desiderio Vaquerizo Gil
Sextus lulius Possessor en la Bética; José Remesal Rodríguez
Olivo y aceite en los autores latinos; Joaquín Mellado Rodríguez
La captación del aceite annonario en Bética y África, un análisis comparativo; Lluís Pons Pujol, Eduard Garrote Sayó, Xavier Soria Rincón
Agua, sal, pan, vino y aceite en Roma; Guillermo Fatás Cabeza
Inscripciones de olearii en Hispalis; José María Blázquez
El aceite en la antigüedad: luminoso triunfo de la paz; Amalia Lejavitzer
Oil for Rome During the Second and Third Century AD: A Confrontation of Archaeological Records and the "Historia Augusta"; Wim Broekaert










martes, 15 de noviembre de 2022

Marmora, mármoles y piedras ornamentales en la antigua Roma

Ninfeo antonino, Sagalassos, Turquía, foto Samuel López

El término marmor o en plural marmora, alude a cualquier tipo de piedra que puede ser pulimentada y utilizada para la elaboración escultórica, arquitectónica o epigráfica. Los romanos denominaban generalmente a sus piedras ornamentales según su lugar de procedencia.

“El elevado trono está hecho de piedras que se extraen de la montaña roja de Etiopía, donde el sol cercano ha impregnado las rocas calcinadas con su color natural. Se le ha añadido por un lado mármol de la Sínada y por el otro, piedra de Numidia, que imita el marfil antiguo. Por detrás verdea tímidamente un revestimiento de mármol de Laconia con sus reflejos de color hierba.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 5)

Opus sectile, Curia, Foro romano. Foto Samuel López

Piedras calizas, granitos, pórfidos y mármoles se emplearon en Roma como ornamentación en edificios públicos y privados, en un principio de procedencia local o cercana, pero con la expansión del imperio la importación de estos materiales creció y sirvió a los ciudadanos más ricos y notables para demostrar su riqueza y posición social. Así, por ejemplo, el marmor claudianum, llamado de esta forma por los romanos ya que su uso se generalizó en tiempos del emperador Claudio, provenía de las canteras de Egipto, cerca del mar Rojo, conocidas como Mons Claudianus. Esta piedra ornamental también es conocida como el granito del Foro, por su utilización en el Foro de Trajano en Roma. Del Mons Claudianus proceden las columnas del pórtico del Panteón de Agripa en Roma.

“Gordiano añadió magníficos adornos al palacio de sus padres, que existe todavía hoy, así como también a su casa de campo, situada en la vía Prenestina, y en la que se ve un tetrástilo de doscientas columnas, siendo cincuenta de ellas de mármol de Caristos, cincuenta del tipo claudiano, cincuenta del mármol de Sínada y cincuenta de mármol de Numidia, todas de igual altura.” (Historia Augusta, Los tres Gordianos, 32, 2)

Panteón, Roma

El uso del mármol en arquitectura y escultura es un hecho que tiene una larga tradición en las culturas del Mediterráneo. En el siglo V a. C, ya estaban en explotación canteras en todo el ámbito del Egeo y Asia Menor.

“Pixodaro era un pastor que vivía en la región de Éfeso. Cuando sus habitantes decidieron construir el templo de mármol en honor a Diana, y meditaban sobre qué mármol debían de traer, si de Paros, de Proconeso, de Heraclea o de Taso, Pixodaro había sacado a pastar su rebaño, y allí dos cabras se enzarzaron en una pelea. Una de ellas, empujada, fue a dar con los cuernos en una roca, de la que se desgranó un trozo de mármol de un blanco esplendoroso. Pixodaro entonces, se cuenta, corrió a Éfeso a enseñar aquel mármol.” (Vitrubio, De arquitectura, X, 11, 15)

Tetrapylon, Afrodisias, Turquía. Foto Samuel López

Tras la conquista de la Magna Grecia y de Sicilia, en el siglo III a. C., y de Grecia, en el II a. C., los romanos entraron en contacto directo con la civilización helénica. En la parte oriental del Mediterráneo los mármoles, sobre todo los blancos, habían sido abundantemente explotados en Grecia continental, en las islas del Egeo y en la zona occidental de Asia Menor durante las épocas arcaica, clásica y helenística. Además, en Egipto ya se utilizaban los pórfidos, granitos, dioritas, etc. Los romanos tomaron gran interés por imitar los modelos de los palacios orientales, ornamentados en muchos casos con mármoles de colores, de ahí que los materiales más valiosos fueran mayoritariamente los extraídos de Oriente.

“Y todo el interior, hasta los mosaicos de encima, está recubierto de suntuosos mármoles, y no sólo los revestimientos de paredes, sino igualmente todo el pavimento. Algunos de los mármoles son de cantera espartana semejantes a la esmeralda y otros simulan la llama del fuego. El aspecto de la mayoría de ellos es blanco, pero no el ordinario, sino uno que saca un veteado de color azulado.” (Procopio, Edificios, X)

San Apolinar in Classe, Ravenna, Italia

En el siglo II a. C., Roma empezó a realizar obras arquitectónicas en travertino local, que luego se estucaban para aparentar ser obras realizadas en estos preciados materiales. La realización de estas piezas estucadas era mucho más común que la utilización de los marmora de colores por el elevado coste que estos tenían, lo que hacía inviable la importación a gran escala de estos productos, ya que ni el erario ni la aristocracia romana podían permitírselo en estos momentos de la República. Pero en el 189 a.C. se produjo la batalla de Magnesia, por la cual Roma abre las puertas de Oriente y las canteras pasan a estar en el ámbito de influencia romano. En el norte de África, la caída de Cartago, hizo que Roma se hiciese rápidamente con la cantera de Chemtou, Túnez. Tras la conquista de Grecia, Roma se hizo con Grecia y con ello con el control del codiciado mármol Pentélico, el mármol de Paros y el mármol de Tasos.

“Se considera uno pobre y despreciable si las paredes no resplandecen con grandes y valiosos espejos redondos, si a los mármoles de Alejandría no los abrillantan las incrustaciones numídicas, ni los cubre por todas partes el barnizado laborioso y matizado imitando la pintura; si a la bóveda no la reviste el vidrio; si el mármol de Tasos, otrora curiosidad rara en algún templo, no rodea nuestras piscinas, donde sumergimos el cuerpo macerado por la abundante transpiración; si no son de plata los grifos que vierten el agua.” (Séneca, Epístolas, 86, 6)

Domus, Éfeso, Turquía. Foto Samuel López

En el 133 a.C., el reino helenístico de Pérgamo fue anexionado por Roma ya que el rey Átalo III se lo dejó al pueblo romano, por lo que Roma se hizo con los mármoles de Asia Menor como el Sinádico (también llamado Frigio o Docimeo), de Turquía. Cuando Augusto conquistó Egipto, las canteras de los granitos, alabastros y las valiosísimas rocas ornamentales egipcias pasaron a ser dirigidas por el emperador, con lo que se concluyó el proceso de control de las canteras de las regiones del este del Mediterráneo.

“Cleopatra, con aparatosa ostentación, desplegó unos lujos exclusivos suyos, aún no exportados a la sociedad romana. La propia sala era parecida a un templo que una época más corrompida a duras penas podría construir; los techos artesonados acumulaban riquezas y una espesa lámina de oro ocultaba las vigas. La estancia brillaba revestida de mármoles, pero no con unas meras placas superficiales; el ágata y el pórfido formaban columnas enterizas, no eran un simple adorno; se pisaba el ónice, extendido profusamente por todo el recinto.” (Lucano, La Farsalia, X, 110)

Domus del opus sectile, Porta Marina, Ostia. Museo dell´Alto Medievo, Roma.
Foto Andrea Carloni 

Tras la conquista de Grecia, mármoles blancos y de color griegos fueron usados en la arquitectura pública romana; a mediados del siglo II a.C., Quinto Cecilio Metelo Macedónico mandó construir, cerca del circo Flaminio, el templo de Júpiter Stator en mármol griego ático.

“Este mismo fue el primero de todos en Roma en hacer construir un templo de mármol entre esos mismos monumentos y el que dio comienzo a la magnificencia, o bien al lujo.” (Veleyo Patérculo, Historia Romana, I, 11, 5)

Templo de Hércules Víctor, Roma. Foto Samuel López

A partir de esta época el mármol, material exótico y de prestigio, simbolizó la ambición personal de ricos ciudadanos romanos compitiendo por obtener altos cargos y por expresar poder, ideología y superioridad. El mármol denotaba el prestigio de los que poseían los medios para adquirirlo y exhibirlo de forma pública y privada.

“Es una sede digna de una diosa y que no desmerece de los astros radiantes: allí el mármol de Libia y el de Frigia, allí verdean las duras piedras de Lacedemonia, allí refulgen el ónice variante y la piedra color del mar profundo y la que envidiar suelen la púrpura de Esparta y el tintorero experto con los calderos tirios.” (Estacio, Silvas, I, 2)

Domus, Útica, Túnez

Siguiendo el ejemplo del emperador e inspirada por la publica magnificentia, la élite aristocrática de Roma y los nuevos ricos empezaron a usar el mármol importado para promocionarse socialmente y competir en la posesión de los objetos más lujosos.

“Entre estos personajes, Escauro, en mi opinión, fue el primero en construir un teatro con muros de mármol: pero si solo estaban revestidos con placas de mármol o estaban hechos de bloques sólidos muy pulidos, como los que vemos en el templo de Júpiter Tonante en el Capitolio, no puedo decirlo con exactitud, porque hasta el momento no he podido encontrar ningún vestigio del uso de placas de mármol en Italia.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 8)

El mármol se convirtió en un signo de prestigio político y social y, por consiguiente, de riqueza. Era una materia prima cara, importada, en su mayor parte, y según muchas voces críticas, innecesaria, ya que Italia poseía rocas de construcción, que ya se habían utilizado con anterioridad, las cuales no eran tan caras, por su cercanía.

“Si te dieran una casa resplandeciente por el mármol, su techo pintado de colores y dorados, no dirías que es un beneficio pequeño. Dios te ha construido una gran mansión que no teme ni al fuego ni a la ruina, en la que no ves revestimientos endebles, más finos que la sierra con la que se cortaron, sino grandes losas de la piedra más preciada, todas compuestas de las más diversas sustancias cuyos fragmentos más insignificantes tanto admiras; él ha construido un tejado que brilla de una manera por el día y de otra por la noche; ¿y todavía dices que no has recibido ningún beneficio?” (Séneca, Beneficios, IV, 6)

Domus de la roca, Al-Quds, Palestina

Los romanos empezaron a dar más importancia al hecho de que el mármol fuese importado y que viniese desde tierras lejanas que al hecho de que el mármol resaltase por su color o a la facilidad para ser trabajado.

“Los mármoles jaspeados, en mi opinión se descubrieron en las canteras de Quios, cuando sus habitantes estaban construyendo las murallas de la ciudad; una circunstancia que dio lugar a una respuesta chistosa por parte de Cicerón, quien siendo costumbre mostrar estas murallas a todo el mundo, como algo magnífico, dijo: `las admiraría mucho más, si las hubierais construido de travertino´.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 5)

Mármol de Quios, Marmor Chium


Algunos importantes personajes del siglo I a. C. ya estuvieron vinculados al empleo del mármol en el ámbito privado según las fuentes, lo que llevaba a la crítica.

“La primera persona en Roma que cubrió todas las paredes de su casa con mármol, según Cornelo Nepote, fue Mamurra, que vivía en el monte Celio, miembro del orden ecuestre y nativo de Formia, que había sido prefecto de los ingenieros con César en la Galia… Nepote añade que fue el primero en tener todas las columnas de su casa hechas íntegramente de mármol, y, además, mármol de Caristos o de Luna.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 7)

Pintura de Alma-Tadema

Durante la época imperial ricos ciudadanos se convirtieron en evergetas que costeaban obras públicas en sus ciudades para demostrar su status social y económico. Liberaban así al estado y a las administraciones públicas del coste de construir o reparar edificios para el disfrute de los habitantes de la ciudad, mientras ellos recibían promoción social y prestigio.

“Así, pues, me parece que realizaría un acto de generosidad y al mismo tiempo de piedad si construyese un templo lo más hermoso posible y añadiese al templo un pórtico, el primero para el culto de la diosa, el segundo para beneficio de los hombres. Me gustaría, pues, que comprases cuatro columnas de mármol, de la clase que te parezca mejor, y mármol para decorar el suelo y las paredes interiores.” (Plinio, Epístolas, IX, 39)

Teatro de Sabratha, Libia

En muchas ocasiones estos evergetas para hacer pública ostentación de su riqueza pagaban por los materiales más caros y exóticos como el mármol, sobre todo, si procedía de tierras lejanas.

“Damiano tuvo muy ilustres antepasados, que gozaban en Éfeso de la más alta consideración, y también preclaros descendientes, pues todos merecieron el honor de figurar en el Senado, admirados por su celebridad y el escaso apego a las riquezas. En cuanto a él, rico hasta la opulencia en bienes de todo género, socorría a los efesios necesitados, mas, sobre todo, ayudaba al Estado aportando dinero y reconstruyendo edificios públicos que amenazaban ruina. Puso en comunicación el templo con Éfeso, prolongando hasta aquél la vía que baja por las puertas de Magnesia. La nueva vía es un pórtico, todo él de mármol, de un estadio de longitud; la finalidad de la construcción, que no falten los devotos en el templo cuando llueva. Mandó poner en la inscripción dedicatoria de esta obra, concluida con enormes gastos, el nombre de su mujer, en tanto que ofrendó, en el suyo propio, el comedor del albergue del templo y lo alzó de tamaño superior a todos los de otros lugares juntos, dotándolo de una ornamentación indeciblemente hermosa, pues está embellecido con un mármol frigio tal como jamás se había tallado.” (Filóstrato, Sofistas, II, 23 (605)

Biblioteca de Celso, columnas de mármol pavonazetto, Éfeso, Turquía. Foto Samuel López

Los mármoles y piedras ornamentales procedentes de Grecia, África y Asia menor ofrecían, gracias a sus variados colores un impacto visual aprovechado por edificios públicos y privados donde los contrastes de materiales y color animaban al disfrute y hacían admirar el poder económico del patrocinador o propietario del lugar. Entornos íntimos, de esparcimiento, de relajación o de representación se decoraban con mármoles de color creando espectaculares juegos cromáticos que ayudaban al descanso de los sentidos después de las labores cotidianas.

“Reflejan allí sus tonos verdes las serpentinas del Taigeto y rivalizan en su variada hermosura las piedras que los frigios y los libios han cortado a más profundidad. Los opacos ónices despiden un calor seco y las ofitas se calientan con una ligera llama.” (Marcial, Epigramas, VI, 42)

Opus sectile, Villa de los Quintilios, Roma. Foto Samuel López

El mármol de la isla griega de Tasos (marmor Thassium) es uno de los más blancos y de grano muy fino. Se utilizó en época arcaica para edificios públicos y se exportó desde el siglo VI a.C, a otras regiones, siendo utilizado por los romanos, especialmente durante los siglos I y II d.C. para la realización de estatuas y sarcófagos.

“Los funerales de Nerón costaron doscientos mil sestercios; emplearon en ellos tapices blancos bordados de oro, de que se había servido el día de las calendas de enero. Sus nodrizas Eclogea y Alejandra, con su concubina Actea, depositaron sus restos en la tumba de Domicio, que se ve en el campo de Marte, sobre la colina de los jardines. El monumento es de pórfido, y está coronado por un altar de mármol de Luna y lo circunda una balaustrada de mármol de Tasos.” (Suetonio, Nerón, L)

Sarcófago de las musas. Mármol de Tasos. Ostia. Foto Szilas

El mármol de Himeto (marmor Immitos) era de grano fino, de estructura muy compacta y cristalina y de color blanco ceniza. Se empleó ampliamente en la Grecia Clásica con fines arquitectónicos y ya desde el siglo I a.C. comenzó su importación a Roma. En el año 92 a. C. Lucio Craso utilizó este mármol en la decoración de su casa.

“Ya había recibido Lucio Craso, el orador, quien fue el primero en poseer columnas de mármol extranjero en este mismo palacio, con motivo de una disputa, el sobrenombre de Venus Palatina, de parte de Marco Bruto, por su afición a esta clase de lujo. El material, debo señalar, era mármol del Himeto, y las columnas eran seis, no más altas de doce pies de altura.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 3)

Venus de Arles. Mármol de Himeto

El mármol de la isla de Paros era uno de los más antiguos y prestigiosos de la época arcaica y clásica, muy apreciado por su blancura y brillo, por lo que fue utilizado por los poetas como referente para ilustrar la pureza de la naturaleza simbólica del arte de la época de Augusto. Fue el material principal utilizado en las estatuas de la época imperial. El Augusto de Prima Porta fue esculpido en mármol de Paros.

“La tumba del emperador romano Adriano está en la parte de fuera de la puerta Aurelia, aproximadamente a un tiro de piedra de las fortificaciones, y constituye un espectáculo muy digno de mención, pues está hecha de mármol de Paros y las piedras están ajustadas estrechamente las unas a las otras sin que tengan entre ellas ningún otro material.” (Procopio, Las Guerras, V, 22)

Augusto de Prima Porta, Mármol de Paros. Museos Vaticanos

A finales de la república las canteras de mármol de Luna (marmor lunense) en el norte de Italia pasaron a ser propiedad del pueblo romano, siendo este material el que se empleó mayoritariamente en la construcción de templos, pórticos y pavimentos en época de Augusto, así como en la mayoría de los ciclos escultóricos de carácter oficial de la época. Rivalizaba con el de Paros en blancura y por su proximidad podía transportarse a la capital sin tanto esfuerzo y gasto.

“Deslizándonos rápidamente, llegamos a unas murallas radiantes de blancura. Autora de su nombre es la que brilla gracias a su hermano el Sol. La piedra de los bloques que allí se dan aventaja a los lirios reidores y reverbera adornada de tenue resplandor: tierra rica en mármoles que con su esplendoroso colorido desafía orgullosa la pureza impoluta de las nieves.” (Rutilio Namaciano, El Retorno, II, 65)

Sátiro en reposo. Mármol de Carrara.
Museo del Prado, Madrid

Cuando los arquitectos imperiales empezaron a competir para sobresalir por encima de los demás en gasto y esplendor, el mármol lunense comenzó a perder prestigio y, a mediados del siglo II d.C. los gustos arquitectónicos se dirigieron hacia materiales innovadores procedentes de zonas más lejanas, siendo reemplazado por mármoles blancos del Mediterráneo oriental, especialmente de las canteras de Proconeso, (marmor proconnesium), que mantuvieron su actividad al menos desde el siglo VI a.C. hasta bien avanzado el periodo bizantino. Aunque su calidad no se podía equiparar a la los mármoles de Paros y Luna, tuvo una amplia distribución por ser las canteras fácilmente accesibles por mar. En el periodo romano se usó especialmente para elementos arquitectónicos y sarcófagos. En Roma se conservan restos en el Hadrianeum, construido por Antonino Pio en honor de Adriano.

Hadrianeum, mármol proconesio, Roma. Foto Carole Raddato

El mármol pentélico (marmor pentelikon) de las canteras del norte de Atenas es de grano muy fino y de color blanco puro, con tonalidades amarillentas claras a veces. Se utilizó ampliamente desde ya el siglo V a.C. y hasta, al menos, el siglo IV d.C., y fue el primer mármol blanco que se utilizó en grandes cantidades en Roma en el siglo II a. C., principalmente en elementos arquitectónicos, estatuas y sarcófagos. Con este mármol se construyeron los edificios más emblemáticos de la Atenas Clásica, como el Partenón, así como otros monumentos importantes como el templo de Zeus en Olimpia o el Arco de Tito en Roma.

Arco de Tito, Foro de Roma. Mármol pentélico. 

La geografía era una característica definitoria de los primeros mármoles imperiales, y un atributo fundamental para clasificar y evaluar tanto lo mármoles blancos como los de color. También su color podía ser significativo para producir asociaciones que enriqueciesen el asunto tratado o su contexto.

“Este lugar favoreció el trabajo porque allí el dios de Lemnos se complació en la construcción de una especie de templo a Venus y el negro Piracmón, abandonando el rayo, emitió con frecuencia su humo. Aquí está representado el mármol de cinco regiones que tiene cinco colores: el etíope, el frigio, el de Paros, el cartaginés y el lacedemónico; purpúreo, verde, manchado, marfileño, blanco.” [el orden debiera ser: purpúreo, manchado, blanco, marfileño, verde](Sidonio Apolinar, Epitalamio)

Pintura de Alma-Tadema, Kelvingrove Art Gallery and Museum,
Glasgow

Estrabón al resaltar la importancia de la isla de Esciros por el mármol (marmor Scyrium) de sus canteras sugirió que el color por sí mismo podía ser una marca de prestigio.

“Las historias antiguas son, pues, la principal causa del renombre de Esciros, pero hay otras razones que hacen que se hable de ella, como, por ejemplo, la excelencia de las cabras escirias, y las canteras del mármol veteado escirio, que es comparable al caristio, al docimeo o sinádico, y al hierapolitano. En Roma pueden verse columnas monolíticas y grandes placas de mármol veteado; y con este mármol la ciudad está siendo embellecida, tanto a expensas públicas como privadas; y esto ha ocasionado que el mármol blanco no sea de mucho valor.” (Estrabón, Geografía, IX, 5, 16)

Mármol de Esciros, Museum of Fine Arts,
Boston

El uso de mármoles de color invitaba a los ciudadanos a celebrar y a los visitantes de las ciudades a testimoniar la riqueza del estado y el poder y el alcance del Imperio que tenía acceso a todas las canteras del mundo conocido.

“Pero hay, sin embargo, una estancia, una que sobrepasa con mucho a todas las demás y que, en línea recta sobre el mar, te trae la vista de Parténope; en ella, los mármoles escogidos de lo hondo de las canteras griegas, la piedra que alumbran los filones de la oriental Siene, la que los picos frigios han arrancado de la afligida Sínada en los campos de Cíbele doliente, mármol coloreado en que brillan los círculos purpúreos sobre su fondo cándido; aquí también el que ha sido cortado de la montaña del amicleo Licurgo, que verde imitando las hierbas que se doblan sobre las rocas, y aquí brillan los amarillos mármoles de Numidia con los de Tasos, Quíos y Caristo, que al contemplar las olas se recrean; todos ellos, vueltos hacia las torres de Calcis, envían su saludo.” (Estacio, Silvas, II, 2)

Los romanos estaban particularmente interesados en los colores y propiedades de las piedras decorativas. Algunos pensaban, como en otras muchas culturas, entre ellas, los egipcios, que el color jugaba un papel importante en la experiencia y percepciones sensoriales de los objetos de piedras de color.

“A ellos los deleitan los guijarros lisos de variado color, hallados en la playa, a nosotros, en cambio, ingentes columnas jaspeadas, traídas de las arenas de Egipto o de los desiertos de África, que sostienen un pórtico o un comedor capaz de contener una multitud de invitados.” (Séneca, Epístolas, 115, 8)

San Vitale, Ravenna, Italia

Cuando Estacio describe los mármoles del baño de Claudio Etrusco excluye los blancos, quizás como signo de la creciente preferencia entre la élite educada por los materiales de color, además de su deseo de imitar la política imperial de adquisición de los materiales más caros y que venían de más lejos. Los mármoles que hasta ese momento habían sido más utilizados eran baratos, locales y además blancos y por ello se habían devaluado.

“Solo brillan los mármoles cortados en las rubias canteras de los númidas; solo los que en la gruta profunda de la frigia Sínada salpicó el propio Atis con manchas relucientes de su sangre y las piedras níveas que engalanan a la púrpura de Tiro y de Sidón.” (Estacio, Silvas, I, 5)

Hylas y las ninfas, Basílica de Junio Basso, Museo romano Palazzo Massimo, Roma.
Foto Samuel López

La distinción entre mármoles blancos y de color era funcional además de estética. Los de color contienen impurezas orgánicas que pueden reducir la durabilidad y resistencia de la piedra, por lo que los blancos eran más fáciles de esculpir y refinar y podía extraerse en grandes bloques, mientras que los de color comportaban un reto para la escultura, y eran inadecuados para trabajos de gran envergadura. El blanco era más fuerte y también el preferido para realizar elementos de soporte estructural.

Los mármoles de colores, más caros, exóticos y frágiles tendían a corresponder a tipos de escultura, como, por ejemplo, el mármol rojo del Ténaro o marmor taenarium, cuyos tonos van desde el rosa fino hasta el rojo púrpura y, que, por su parecido al color de la sangre y el vino, se empleó en arquitectura con fines decorativos y en escultura, sobre todo para bustos y para estatuas y objetos relacionados con el culto al dios Dioniso.

Fauno en mármol rosso antico, Museos Capitolinos,
Roma

Sus canteras se encontraban en el cabo Tainaron de Peloponeso (Grecia) y fueron explotadas desde la Antigüedad hasta la época bizantina (al menos hasta la época de Justiniano). De aquella zona también se extraía un mármol gris o negro muy apreciado para esculturas. 

“Es verdad que mi casa no se apoya en columnas del Ténaro, ni tiene artesonados de marfil entre vigas doradas, ni mis frutales igualan los bosques de Feacia, ni el agua Marcia riega cuevas artificiales.” (Propercio, Elegías, III, 2)

Jabalí en mármol negro del Ténaro, Grecia

En uno de sus epigramas Marcial celebra los espectáculos del recién inaugurado Coliseo con una comparación entre el color del león y el mármol numídico, traído desde Numidia. El marmor Numidicum se extraía de las canteras de Chemtou, Túnez y su color era amarillo.

“Un rugido tan grande como se oye por los descampados masilios, siempre que el bosque enloquece por sus innumerables leones cuando el pastor, pálido [de miedo], encorrala en sus majadas cartaginesas a los toros asustados y al ganado fuera de sí, otro tanto terror ha bramado hace poco en la arena ausonia. ¿Quién no pensaría que era una manada? Era uno solo, pero cuya soberanía temerían hasta los mismos leones, a quien la Numidia de pintados mármoles concedería la corona. ¡Qué hermosura, qué honor esparcía por su cuello la sombra dorada de la melena arqueada, cuando plantó cara!” (Marcial, Epigramas, VIII, 53)

León en mármol giallo antico, Porta Marina, Ostia, Museo dell´Alto Medioevo, Roma.
Foto Fabio Barry

En el año 79 a.C. Marco Lépido utiliza el mármol numídico en la decoración de su casa.

“M. Lépido, que fue cónsul con Q. Catulo, fue el primero en tener los dinteles de su casa hechos de mármol numídico, por lo que fue ampliamente censurado. Fue cónsul de Roma en el año 676. Este es el primer ejemplo del que tengo conocimiento de la introducción de mármol de Numidia; no como columnas, ni como láminas, como en el caso ya mencionado del mármol de Caristo, sino en bloques, y, además, para el innoble propósito de hacer umbrales para las puertas.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 8)

El mármol de Caristo (marmor Carystium) solo se podía obtener en la isla de Eubea. Es de color verdiblanco, con gruesas vetas verdes ondulantes. Fue ampliamente utilizado en Roma a partir del siglo I a.C., lo que provocó que las canteras se convirtiesen en propiedad imperial. Estacio lo compara a las olas del mar al describir los baños de Claudio Etrusco. Sus canteras se explotaron hasta bien entrado el siglo V d.C.

“Aquí no ha tenido cabida el mármol de Tasos, ni el de Caristo, que imita el oleaje.” (Estacio, Silvas, I, 5, 33)

Columnas de mármol cipollino, Templo de Antonino Pio y Faustina, Roma

El marmor phrygium o synnadicum es de color blanco con vetas violetas o azuladas y se utilizó en Roma desde época republicana, pero será en los siglos III-IV d.C. cuando tenga mayor actividad y volumen de exportaciones. Fue considerado el mármol más caro en el Edicto de Precios promulgado por Diocleciano. 

“Y de las alturas de Frigia el artífice cantero 
ha cortado también estas piedras.
Si mantienes aquí ojos que atienden los detalles,
aquí, vieras una bella piedra que serpentinos surcos
va trazando en derredor, que sobre su sinuosa marcha
ondulan suavemente; y asociando a la vez
rojo y blanco y un color intermedio entrambos, 
una espiral a borbotones relevándose
envuelve su curvada rosca por un serpeante camino.”
(Pablo el Silenciario, El ambón de Hagia Sofía, v. 264)

Mármol pavonazetto, Museo Isabella Stewart Gardner, Boston

Los romanos lo emplearon con profusión, tanto para elementos arquitectónicos y de revestimiento como para piezas escultóricas, y algunos emperadores, como Heraclio, incluso se hicieron enterrar en sarcófagos labrados en este mármol frigio.

“Pero si, por otra parte, hubiera utilidad en mármoles multicolores y variados, pasaría lo mismo con las ciudades de Teos y Caristos y con algunas de Egipto y Frigia, junto a las cuales las montañas son de mármoles variados. Yo, por mi parte, oigo decir que los más antiguos de los sarcófagos son de esta misma piedra.” (Dión Crisóstomo. Discursos, 79, 2)

Por su colorismo los antiguos romanos lo utilizaron para representar las vestimentas de bárbaros orientales capturados o animales exóticos. Durante el periodo imperial romano, los mármoles multicolores se utilizaron para indicar raza, estatus, y riqueza y por ello los escultores en Roma combinaron mármoles de distintos colores para enfatizar la extranjería de los bárbaros conquistados y de otros no romanos. La variedad de colores permitía imaginar a los romanos como podía ser la gente procedente de un territorio, Oriente, que ellos no conocían.

Dacios, izda en mármol pavonazetto, Museo Arqueológico de Nápoles, foto de Marie Lan Nguyen.
Drcha en mármol giallo antico, Palacio Altemps, Roma

El marmor luculleum (mármol africano) se extraía de las canteras de la localidad de Teos (Turquía) y fue muy empleado en la arquitectura grecolatina con fines decorativos. Fue uno de los mármoles de color más prestigiosos en la arquitectura romana, debido su acentuado contraste cromático, negro con manchas de otros colores, rojo, gris, etc. Se empleó mucho entre los siglos I-III d.C. y sus canteras formaban parte de las propiedades personales del emperador romano.

“¿Por qué las leyes mantuvieron silencio cuando las más grandes de estas columnas, pilares de mármol Luculleum, de hasta 83 pies de altura, se erigieron en el atrio de Escauro? Una cosa, también, que no se hizo de forma privada o en secreto, porque el contratista de las alcantarillas públicas le exigió garantizar la seguridad por el posible daño que podía hacerse al llevarlas al palacio.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 5)

Columna en mármol africano.
Foto Peter Stewart

En el mundo mediterráneo y desde antiguo, el color púrpura ha sido identificado con las más altas jerarquías del poder, alcanzando la cima de su importancia en el Imperio Romano. El descubrimiento del origen de una piedra con tan apreciado color en Egipto (lapis Porphyrites) tuvo una influencia decisiva en la historia del arte escultórico occidental. El color de la roca, pórfido, dio nombre al lugar de donde se extraía, al que a partir del siglo I d.C. se llamó Mons Porphyrites.

En el año 18 d.C. reinando Tiberio, Caius Cominius Leugas descubrió el lugar del cual se extraería durante siglos el pórfido rojo. Dejó ese hecho descrito en una estela dedicada al dios del desierto Pan-Min:

“Caius Cominius Leugas, que descubrió las canteras de pórfido rojo, el knekites y el pórfido negro y (también) encontró piedras de muchos colores, dedicó un santuario a Pan y Serapis, grandes dioses, por la salud de sus hijos.”

Pórfido rojo

En un principio su uso no parece haber gozado del favor de los más acaudalados ciudadanos para la elaboración de obras artísticas.

“El pórfido, que es otro producto de Egipto, es de color rojo; el que está moteado con puntos blancos se conoce como `leptospsephos´. Las canteras allí pueden proporcionar bloques de cualquier tamaño, por grandes que sean. Vitrasius Pollio, que fue embajador en Egipto para el emperador Claudio, trajo a Roma algunas estatuas hechas de esta piedra, una novedad que no gozó de mucha aprobación, ya que nadie ha seguido su ejemplo desde entonces.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 11)

Apolo con cítara en pórfido rojo.
Museo Arqueológico de Nápoles. Foto Jebulon

Sin embargo, sus extraordinarias cualidades de color y dureza acabaron imponiendo su uso entre las más ricas y poderosas familias romanas y se convirtió en algo tan apreciado que en el siglo IV el emperador Diocleciano lo declaró de uso exclusivo del emperador y su familia y, en un edicto especial que se publicó con el propósito de asignar precios máximos a los bienes de consumo y combatir la inflación, el pórfido rojo de Egipto y el verde de Grecia son los materiales pétreos de mayor precio. 

“En cuanto a los baños mismos, ¡con cuántas y qué bellas columnas están adornados! Son de menor valor las preciosas manchas en la cantera púrpurea de Sínada y la colina de los númidas que produce piedras del color del marfil y los mármoles que se adornan con vetas verdes como la primavera; no quiero tampoco el brillante de Paros o el de Caristo; es menos rica a mis ojos la púrpura que impregna las rocas de pórfido.” (Sidonio, El Burgo de Poncio Leoncio)

Templo de Venus y Roma, columnas en pórfido rojo. Foto @Electa-ph-Stefano-Castellani

El pórfido se consideró una piedra especialmente asociada al emperador a causa de su color púrpura y por el gran coste de su extracción, transporte y tallado. El pórfido imperial se utilizó para la producción de elementos arquitectónicos y obras de arte, exclusivamente reservado para la corte imperial del Imperio Romano. Su estimación se debía a su característico color púrpura, considerado tradicionalmente como un símbolo imperial. Un cuidado pulido de la roca lograba un acabado con reflejos y una apariencia brillante. Las variedades brechadas de pórfido imperial se tenían como las más atractiva y se empleaban para las obras artísticas más delicadas. Con Trajano y Adriano la moda de los pórfidos alcanzó su punto más álgido, y también lo hizo bajo los reinados de Diocleciano, Constantino y sus sucesores durante el imperio bizantino.


Sarcófago en pórfido rojo. Museo Arqueológico de Estambul. Foto Samuel López

Las esculturas en pórfido proporcionaban la mejor posibilidad de visualizar la fuerza, dignidad y poder divino de los emperadores, los cuales durante las ceremonias oficiales de la corte vestían ropas color púrpura.

Tetrarcas en pórfido rojo, Basílica de San Marco, Venecia

Objetos de uso cotidiano se hicieron en pórfido rojo a lo largo del imperio para satisfacer los caprichos de los miembros de la corte imperial, como, por ejemplo, las bañeras, muchas de las cuales se reutilizaron posteriormente como sarcófagos en los primeros tiempos del cristianismo oficial.

Bañera romana en pórfido rojo. Museo Metropolitan, Nueva York

Croceae era un pueblo de la antigua Laconia en Grecia célebre por sus canteras de mármol (
lapis lacedaemonius). Pausanias describe este mármol de tonos verdes como difícil de trabajar, aunque sus hermosas decoraciones eran favoritas para decorar templos, baños y fuentes. El más célebre de los baños de Corinto estaba adornado con mármol de las canteras de Croceae.

“Los corintios tienen baños en muchas partes, unos construidos a cargo del Estado y otros por el emperador Adriano, el más famoso de los cuales está cerca del Posidón. Éste lo hizo Euricles, un espartano, que lo adornó con diversas clases de piedra, entre otras con la que extraen en Cróceas en el país de Laconia.” (Pausanias, Corinto, II, 3, 5).

Capitel en pórfido verde, Basílica de San Saba, Roma


Durante el periodo bizantino se extendió más ampliamente el gusto por las piedras decorativas de colores, lo que, junto a la necesidad de pilares para soporte y decoración de grandes e importantes edificios, llevó a la búsqueda de piedras vistosas y resistentes que cumplieran tal objetivo. Uno de esos materiales fue el mármol verde de Tesalia, 
marmor Thessalicum, en la Grecia central. Una de las razones para su fama fue la facilidad de su transporte y su cercanía a la costa. Parte de las columnas de Santa Sofia de Constantinopla se construyeron en dicho material y fueron traídas desde el puerto y acabadas en la iglesia, donde se les dio el pulido final después de haberlas levantado.

“Con verdeante piedra tesalia, a uno y otro lado
vallaron el camino todo; amplia pradera de mármoles
ofrece a los ojos una gracia placentera.”
(Paulo el Silenciario, El ambón de Hagia Sofía, 255)

Columnas en mármol verde antico

Las esculturas de mármol negro (mármoles 
bigio antico y bigio morato fundamentalmente) en Roma siguen una tradición que se remonta a Egipto y Grecia oriental y se deben a una moda que se inició en época de Augusto, siguió en época Flavia y tuvo su máxima expresión durante el gobierno de Adriano y los Antoninos, cayendo en desuso a finales del siglo II y todo el siglo III d.C., cuando los objetos esculpidos en mármol bigio se producían especialmente en las provincias. Destinado a elementos decorativos, los temas tratados eran frecuentemente dioses y figuras mitológicas, y las esculturas solían embellecer termas y residencias imperiales o de la élite. Los objetos escultóricos de color gris oscuro y negro eran admirados por su interés decorativo y por su semejanza a las esculturas de bronce o con pátina de bronce. El bigio morato parece proceder de las canteras de Göktepe y el bigio antico de Éfeso, ambos en Turquía.

Izda. Ménade en bigio antico, Museo Arqueológico Regional de Palermo, foto 
Giovanni Dall´Orto. Drcha. Isis, en bigio morato, Fundación Torlonia, Roma

A partir de Augusto se produjo un aumento de la monumentalización de las ciudades que iban consiguiendo el estatuto de colonia o municipio para expresar su relevancia y su nuevo status, lo que implicó una creciente demanda de materiales de construcción, especialmente de mármol y que llevó a recurrir a mármoles o piedras locales, que sustituyesen a los preciados mármoles de importación, pero que no tuvieran un coste tan alto. Como ejemplos, se pueden citar los casos del mármol de Buixcarró en España, el mármol de Estremoz en Portugal y el de Saint-Beat en Francia.

El 
marmor saetabitanum (de Buixcarró) se utilizó en los foros de Ilici (Elche), Saguntum y Saetabis (Játiva) para homenajear a la familia imperial en época de Augusto y formó parte de una red comercial que distribuyó sus productos por varias ciudades hispanas, como Segóbriga, que lo utilizaban en la ornamentación de sus espacios públicos.

El mármol de Saetabis es una caliza con cierta semejanza al mármol y de tono rosado, amarillo o blanquecino. Su facilidad para la talla y el pulido, su parecido al mármol y la proximidad del lugar de extracción hicieron que los talleres lapidarios de la zona de Valencia lo emplearan para todos los tipos de soportes epigráficos, honoríficos, religiosos y funerarios.

“Rodine, liberta de Publio Cornelio Juniano, de 26 años, está aquí sepultada. Que la tierra te sea leve.”

Altar funerario de Rhodine en mármol de Buixcarró,
Museo de Prehistoria de Valencia

A pesar de su importante uso epigráfico en las ciudades valencianas, el 
marmor de Saetabis alcanzó su mayor difusión en Hispania como material de revestimiento arquitectónico. En la construcción de edificios públicos y privados se usó con frecuencia en el revestimiento de suelos y paredes, en forma de placas, pequeñas molduras e incluso relieves escultóricos. Al mismo tiempo, se empleó también en la elaboración de una amplia variedad de elementos arquitectónicos.

Herma de Baco en mármol de Buixcarró,
foto J. Bagot Arqueología

La provincia de Lusitania presentaba la dificultad del transporte para importar mármoles de procedencia lejana y en el área de Mérida, debido a la imposibilidad de la navegación fluvial durante la mayor parte del año, se empleó el mármol de Estremoz en el teatro y en la construcción de sarcófagos especialmente a finales del imperio. Piezas escultóricas se trasladaron a otras provincias hispanas en carretas tiradas por bueyes por las calzadas romanas.

Tapa de sarcófago, mármol de Estremoz, Villa romana de Carranque, Museo de los Concilios, Toledo. Foto Samuel López

Las canteras de Saint-Beat, en el Alto Garona, proporcionan un mármol blanco y gris que se utilizaba ya en época Julio-Claudia y que se llegó a utilizar ampliamente de forma local, extendiéndose su uso a Hispania.

Dama en mármol de Saint-Beat, Museo Saint Raymond, 
Toulouse. Foto Samuel López

Tabla de nombres de los mármoles en Roma y su equivalente actual

Marmor Luculleum

Mármol africano

Marmor Lunense

Mármol de Carrara

Marmor Carystium

Mármol cipollino

Marmor Numidicum

Mármol giallo antico

Marmor Phrygium o Synnadicum

Mármol pavonazetto

Lapis Prophyrites

Pórfido rojo

Mármor Thessalium

Mármol verde antico

Marmor Taenarium (rojo)

Mármol rosso antico

Mármor Chium

Mármol portasanta

Lapis Lacedaemonius

Mármol serpentino o pórfido verde

 


Bibliografía

El fenómeno del marmor en el mundo romano y su repercusión en la provincia de la Baetica; Daniel Becerra Fernández
Mámoles de importación y mármoles de sustitución: su utilización en algunas ciudades hispanas; Miguel Cisneros Cunchillos
Mármoles de Lusitania; Arianna Fusco e Irene Mañas Romero
Cupiditas marmorum; M. Meyer
Trajano y las canteras de granito del Mons Claudianus en Egipto: el transporte y puesta en obra de los grandes fustes monolíticos del Foro de Trajano; Patrizio Pensabene
Saetabis y el comercio del Buixcarró; Rosario Cebrián Fernández
Algunas notas sobre canteras y mármoles en los siglos III-V; Aurelio Padilla
La ornamentación marmórea de la natatio de las termas centrales de Caesaraugusta y su procedencia; Carmen Aguarod Otal y María Pilar Lapuente Mercadal
Variedades de mármol escultórico de Villa Adriana. Un ejemplo de estudio arqueométrico; Mª Pilar Lapuente; Pilar León, Trinidad Nogales
Colour and Marble in early Imperial Rome; Mark Bradley
Marble Wall Revetment in Central Italy during the First Century A.D.: Aesthetics and Decorative Effects; Simon Barker
Use, Aesthetics and Semantics of Coloured Marble Columns in the Western Mediterranean during the Late Republic and Early Roman Empire; Dennis Beck
The importance of “Pavonazzetto marble” (Docimium‑Phrygia/ Iscehisar‑Turkey) since ancient times and its properties as a global heritage stone resource; Mustafa Yavuz Çelik and Murat Sert