sábado, 17 de julio de 2021

Veneficium, crimen por veneno en la antigua Roma

La poción de amor, pintura de Evelyn Morgan

Para los romanos, veneficium era el crimen cometido al administrar venenum, que era cualquier sustancia capaz de alterar a personas o cosas con las que entrara en contacto. El acto de usar veneno con la intención de causar perjuicio se consideraba veneficium y estaba castigado por ley.

“Aquellos que administren un abortivo o un afrodisiaco, incluso si no lo hacen con mala intención, serán condenados a las minas, si son de clase inferior, o a una isla con la confiscación de parte de su propiedad, si son de clase superior, porque el acto siembra un mal ejemplo. Pero si por esa razón muriese un hombre o una mujer, serán castigados con una muerte horrible.” (Digesto, XLVIII, 19.38.5)

Sin embargo, existía una distinción, el venenum podía considerarse bonum (inofensivo) cuando se aplicaba con la intención de ayudar o sanar (medicamentum) o malum (perjudicial) cuando se administraba con la intención de hacer daño. Así, el mismo venenum dependiendo de la dosis o la forma de administrarlo, podía ser beneficioso o nocivo. Por ejemplo, la mandrágora se puede utilizar como ayuda para dormir, pero si se consume de forma abusiva puede tener consecuencias letales.

“Yo veía las ansias de ese malvado por conseguir un veneno fulminante; por otra parte, mis convicciones no me permitían ofrecer a nadie una substancia mortal; había aprendido que la medicina no tiene por objeto matar a los hombres, sino salvarles la vida. Temía no obstante que, en caso de cerrarme, una rotunda negativa de mi parte diera paso a un crimen, es decir, que ese hombre se fuera a otra parte a comprar su pócima de muerte o incluso llevara adelante su proyecto abominable recurriendo al puñal o a otra arma cualquiera. Le di, pues, una droga, pero era un soporífero, el famoso narcótico de la mandrágora, tan conocido por su virtud letárgica y por el sueño, muy parecido a la muerte, a que da lugar.” (Apuleyo, El asno de oro, X, 11, 2)


El primer caso conocido de crimen por envenenamiento múltiple en Roma fue en el año 331 a.C. cuando se produjo una alta mortalidad debido quizás a una plaga, pero que se achacó a la toma de  veneno. Después de que muchos ciudadanos principales murieran de la misma enfermedad, una esclava informó a los ediles curules que la causa de las muertes era que algunas matronas romanas preparaban y administraban venenos. Al investigarlo, encontraron a unas veinte matronas, incluyendo algunas patricias, preparando venenos, que ellas dijeron ser remedios curativos. Al ser obligadas a beber sus preparados para probar que los cargos eran falsos, ellas murieron. Además, ciento setenta más fueron declaradas culpables del mismo crimen.

“Sí desearía que fuese falsa la tradición —y no todos los escritores la avalan— según la cual murieron por envenenamiento todos aquellos cuya muerte hizo tristemente famoso al año por una epidemia; no obstante, hay que exponer la cosa tal como está en la tradición, para no negarle credibilidad a ninguno de los escritores. Cuando los ciudadanos principales se estaban muriendo de una enfermedad similar y todos casi con los mismos síntomas, una esclava le confesó al edil curul Quinto Fabio Máximo que ella desvelaría la causa de la calamidad pública si él le daba su palabra de que su delación no le iba a acarrear inconvenientes. Fabio somete inmediatamente el asunto a la consideración de los cónsules, éstos a la del senado, y con el acuerdo de todo este estamento se le dan garantías a la denunciante. Entonces quedó al descubierto que la población sufría por la maldad de las mujeres, que las matronas preparaban aquellos venenos y que, si querían seguirla en el acto, podían sorprenderlas con todas las evidencias. Siguieron a la denunciante y encontraron a algunas matronas cocinando los medicamentos, y descubrieron otros escondidos. Conducidas éstas al foro, el viator hizo comparecer a unas veinte matronas en cuyo poder habían sido aprehendidos; como dos de ellas, Cornelia y Sergia, de familia patricia ambas, pretendían que aquellos medicamentos eran saludables, la denunciante, rebatiéndolas, les pidió que bebieran para demostrar que ella había inventado una falsedad. Se tomaron un tiempo para cambiar impresiones; una vez retirado el público, expusieron la cosa a las demás, y como tampoco éstas rehusaron beber, apuraron el brebaje a la vista de todo el mundo y todas ellas perecieron en su propia trampa. Apresadas inmediatamente sus cómplices, denunciaron a un gran número de matronas, de las cuales fueron condenadas alrededor de ciento setenta. Antes de esa fecha no se habían dado en Roma procesos por envenenamiento.” (Tito Livio, Ab Urbe condita, VIII, 18)

El suicidio por envenenamiento se veía como una salida noble y digna frente a la posibilidad de ser tomado prisionero y ejecutado por los enemigos. Así sucedió durante la segunda guerra púnica, cuando la ciudad de Capua se rebeló contra Roma y Aníbal no fue en su ayuda. En el año 211 a.C. Capua fue asediada y su líder, Virrius, sabiendo que no encontraría el perdón en sus enemigos decidió suicidarse e intentó convencer a los miembros del senado para que hicieran lo mismo. Veintisiete lo siguieron, pero los restantes cincuenta y tres fueron ejecutados por los romanos.

“Yo no veré a Apio Claudio y Quinto Fulvio exultantes con su insolente victoria, ni me veré, cargado de cadenas, arrastrado por la ciudad de Roma dando vistosidad a su triunfo para después ser metido en una prisión o atado a un poste y doblegar el cuello ante un hacha romana, con la espalda destrozada por las varas; no veré cómo es incendiada y arrasada mi patria, y arrastradas para ser deshonradas las madres campanas y las doncellas y los muchachos libres. Arrasaron hasta los cimientos Alba, de donde ellos eran oriundos, para que no quedase memoria de su estirpe y sus orígenes; mucho menos voy a creer que perdonarán a Capua, a la que odian más que a Cartago. Conque aquellos de vosotros que quieran plegarse ante el destino antes de ver todos estos horrores tienen hoy preparado y dispuesto un convite en mi casa. Una vez saciados de vino y comida, irá pasando por turno la misma copa que me será presentada a mí; esa bebida librará el cuerpo de los suplicios, el espíritu de los ultrajes, los ojos y los oídos de ver y oír todas las atrocidades e ignominias que esperan a los vencidos. Habrá alguien preparado para arrojar nuestros cuerpos sin vida a una gran pira encendida en el patio de mi casa. Ésta es la única posibilidad de una muerte honorable y libre." (Tito Livio, Ab urbe condita, XXVI, 13, 17)


Muchas de las condenas por envenenamiento, sin suficientes pruebas de culpabilidad, y sin poder analizar químicamente las sustancias utilizadas, se producían en épocas de pestes, cuando la gente se encontraba en un estado de agitación mental que les disponía a atribuir las calamidades que sufrían a las malas artes de personas con perversas intenciones.

Especialmente proliferaron las acusaciones contra mujeres acusadas de envenenar a sus maridos, como en el siguiente caso ocurrido en el año 154 a.C.

“Hubo una investigación sobre envenenamientos. Las mujeres nobles Publilia y Licinia fueron acusadas de asesinar a sus maridos, antiguos cónsules; tras la audiencia, encomendaron sus haciendas al pretor como fianza, pero fueron ejecutadas por decisión de sus familiares.” (Floro, Periocas, 48, 6)

Como los casos que requerían una investigación pública, tales como traición, conspiración, asesinato y envenenamiento fueron en aumento, al final del siglo II a.C. se creó un tribunal para juzgarlos y en el año 81 a.C. el dictador Sila promulgó una ley contra crímenes en los que se incluía el uso de los venenos, Lex Cornelia de sicariis et veneficis. Esta ley incluía la persecución de los venefici, preparadores y administradores de los venenos, así como vendedores y compradores.

“Lo que ordena la ley en virtud de la cual se ha constituido este tribunal es que el presidente, es decir, Quinto Voconio, con los jueces que le han correspondido por suerte -a vosotros, jueces, se dirige la ley- abran información en los casos de envenenamiento. ¿Información contra quién? Se deja sin determinar. «Cualquiera que haya preparado, vendido, comprado, retenido, dado»”. (Cicerón, Pro Cluentio, 148)

Agripina Metella encadenada, pintura de Aurora Mira,
colección Banco de Chile

Los casos de envenenamiento proliferaban por lo que se juzgaban severamente, aunque no siempre era fácil encontrar un responsable o declarar la culpabilidad de un acusado.

“Una mujer de Esmirna fue conducida ante Cneo [Comelio] Dolabela, que ostentaba el mando proconsular en la provincia de Asia. Con venenos administrados solapadamente aquella mujer había asesinado a la vez al marido y a un hijo de éste y confesaba haberlo hecho, afirmando que había tenido un motivo para hacerlo, porque aquellos mismos marido e hijo habían dado muerte a otro hijo de la mujer habido de un matrimonio anterior, un joven excelente e intachable, sorprendiéndolo en una emboscada. Y no había duda alguna de que tal cosa había sucedido así. Dolabela trasladó el caso al Consejo. Ninguno de los consejeros se atrevía a emitir una sentencia en una causa tan delicada: por un lado, opinaban que no debía quedar impune un envenenamiento reconocido por el que se había dado muerte a un padre y a un hijo, y, por otro lado, creían que se había castigado con una pena adecuada a unos criminales. Dolabela trasladó el caso a los areopagitas de Atenas, como jueces más autorizados y experimentados. Una vez conocida la causa, los areopagitas ordenaron que el acusador de la mujer y la mujer misma, sujeto de la acusación, se presentaran al cabo de cien años. De este modo no absolvieron del envenenamiento a la mujer, algo que las leyes no permitían, ni condenaron ni castigaron a una inocente que merecía el perdón”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XII, 7, 1-8)

Entre las causas principales para utilizar veneno en las familias están la de librarse de una esposa o esposo para contraer nuevo matrimonio o quitarse a un pariente de en medio para acceder a una herencia.

“Una mujer acompañó al exilio a su marido, un proscrito. Un día lo sorprendió a solas con una copa en la mano y le preguntó qué contenía. Él le contestó que era veneno y que quería morir. Ella le suplicó que le dejara beber un poco, diciéndole que no quería vivir sin él. Él se tomó parte del brebaje y le dio el resto a su mujer, pero únicamente murió ella. En el testamento aparecía como heredero el marido. Al volver del exilio se lo acusa de envenenamiento.” (Séneca, Controversias, VI, 4 Un brebaje mortífero en parte)

Detalle mosaico del Museo del Bardo, Túnez

En uno de los famosos juicios de Cicerón se expone la defensa de Cluentio Avito acusado por el joven Opiánico, de intentar envenenarlo, cuyo padre, ya fallecido, ya había sido acusado a su vez de intentar envenenar al actualmente defendido, Cluencio. En su defensa Cicerón acusa al difunto Opiánico de envenenar a su esposa Cluencia, tía del joven Cluencio Avito, a su propio hermano y su cuñada embarazada.

“Vosotros, por favor, tened presente que no es mi propósito acusar a Opiánico -que ya está muerto- sino, queriéndoos convencer de que este hombre, mi defendido, no sobornó al tribunal, usar como principio y fundamento de mi defensa el hecho de que Opiánico, el mayor criminal y el mayor delincuente, fue condenado. Él alargó personalmente a su mujer Cluencia, que era tía de mi cliente Avito, una copa y súbitamente ella, a medio beberla, comenzó a gritar que se moría entre grandes dolores y no vivió más de lo que tardó en decirlo porque, con las palabras y el grito aún en la boca, murió. Confirmando esta muerte repentina y las palabras de la moribunda, se encontraron en el cuerpo de la difunta todos los síntomas que suelen ser indicios y vestigios de envenenamiento. Y también con el veneno mató a su hermano Gayo Opiánico.

Y no para ahí todo. Aunque en este fratricidio parece que no se omitió ninguna maldad, sin embargo, para llegar a esta acción infame, se preparó antes el camino con otros delitos. Así, hallándose embarazada Auria, la mujer de su hermano, y creyéndose que ya estaba próximo el alumbramiento, mató a la mujer envenenándola para que al mismo tiempo pereciera el fruto que había concebido de su hermano. Después se volvió contra su hermano, el cual tarde, cuando ya se había agotado la copa mortal, mientras lanzaba gritos por su asesinato y por el de su mujer y queriendo cambiar el testamento, murió en el mismo momento en que expresaba esta voluntad. Así mató a la mujer para no verse excluido, con el nacimiento de un hijo, de la herencia de su hermano y a los hijos de su hermano los privó de la vida antes de que ellos pudieran recibir de la naturaleza esta luz como suya.” (Cicerón, En defensa de Aulo Cluencio, 30-31)


Circe, pintura de John William Waterhouse

Todo aquel que tenía enemigos o pensaba que podía tenerlos desarrollaba gran temor a ser envenenado por lo que era habitual entre los ricos tener un probador para la comida, el praegustator. Sin embargo, no siempre era una solución para evitar el veneno, como se demuestra en muchas ocasiones en la historia.

“En la época en que se preparaba para la batalla que se luchó en Actium, Antonio desconfiaba de la reina hasta temer sus atenciones y no tocaba su comida a menos que otra persona la hubiese probado primero. Por ello se dice que la reina para burlarse de su miedo, hizo mojar las puntas de las flores de una corona en veneno, y luego se la puso en la cabeza. Tras un rato, cuando la alegría se había extendido, retó a Antonio a tragarse las flores mezcladas con el vino. ¿Quién en esas circunstancias se podía esperar traición? Entonces se arrancaron las flores de la corona y se echaron en la copa. Cuando Antonio estaba a punto de beber, ella le sujeto el brazo. Contempla, Marco Antonio, dijo, a la mujer por la que tomas tantas precauciones con tus probadores. Y si no pudiese vivir sin ti, no me faltaría ocasión. Tras decir esto, ordenó traer un hombre de la prisión y le hizo beber de la copa, al hacerlo cayó muerto ahí mismo.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 12)

Cleopatra probando veneno en condenados, pintura de Alexandre Cabanel

Los probadores de comidas de los gobernantes llegaban a tener cierta importancia en la corte imperial, siendo normalmente esclavos y posteriormente libertos; algunos se vieron implicados en conspiraciones para envenenar a sus propios amos.

“Al genio de Coetus Herodianus, praegustator del divino augusto, después vilicus en los jardines de Salustio, murió en el consulado de M. Cocceius Nerva y C. Vibius Rufinus. Julia Prima lo dedicó a su patrono.” (CIL, VI, 9005)

Coetus, por su agnomen Herodianus, pertenecería como esclavo a Herodes en un primer momento, y sería heredado por Augusto en virtud de un legado. Cuando fue liberado, se convirtió en un cuidador de los famosos jardines de Salustio siendo su propia liberta quien se encargó de su tumba.

Durante el imperio la dinastía Julio-Claudio consiguió una fama nefasta por los numerosos casos de envenenamiento ocurridos en la familia.

En el año 19 d.C. el sobrino del emperador Tiberio, Germánico, murió en extrañas circunstancias en Antioquía. Su esposa Agripina acusó al gobernador de Siria, Calpurnio Pisón, con quien el difunto había tenido grandes diferencias, y a su esposa Plancina de haberlo envenenado con la ayuda de una famosa hechicera siria, Martina.

“Éste, a instancia de Vitelio y de Veranio, que hacía el proceso contra los tenidos por culpados, envió a Roma una mujer llamada Martina, tenida por hechicera pública en aquella provincia, muy amada de Plancina.” (Tácito, Anales, II, 74)

Muerte de Germánico, pintura de Adolf Hiremy Hirschl

De camino a Roma para ser juzgada Martina murió y aunque no había pruebas de suicidio se encontró veneno escondido en su cuerpo.

“Ya se sabía que aquella Martina, famosa hechicera, enviada, como he dicho, por Cneo Sencio, había muerto súbitamente en Brindis, y que le habían hallado el veneno escondido en las trenzas de los cabellos, sin señal alguna en su cuerpo de haberse quitado ella misma la vida.” (Tácito, Anales, III, 7)

En el año 23 d.C. murió Druso, el hijo de Tiberio, por un veneno que le había sido administrado por Ligdo, un liberto suyo, instigado por Sejano, prefecto del pretorio, quien deseaba el poder y había cometido adulterio con la esposa del propio Druso. El veneno ingerido produjo en el afectado el efecto de una enfermedad degenerativa.

“Y así juzgando Sejano que le convenía solicitar, escogió un veneno de tal calidad que, penetrando poco a poco, hiciese su efecto semejante a las enfermedades casuales. Este veneno se dio a Druso por medio de Ligdo, eunuco, como se descubrió ocho años después.” (Tácito, Anales, IV, 8)


Druso minor, hijo de Tiberio.
Museo del Prado, Madrid

Dión Casio cuenta con respecto a la insania de Calígula que envenenó a gladiadores y aurigas para que sus favoritos pudieran vencer y él poder ganar más dinero.

“Al mismo tiempo que cometía estos crímenes con la excusa de que se encontraba falto de recursos económicos, ingenió este otro modo de sacar dinero. Vendía a los supervivientes de los combates gladiatorios, a un precio desorbitado, a los cónsules, pretores y otras personas. Se los vendía no sólo a los que deseaban comprarlos sino a los que él forzaba, en contra de su voluntad, a hacerlo durante las carreras del circo y, muy especialmente, a los que sorteaba para que fueran sus organizadores. De hecho, había ordenado que se designase a suertes dos pretores para aquellos combates, tal y como se había hecho en otras épocas. Mientras, él, que se sentaba en el banco del vendedor, hacía subir la puja. Muchas personas que venían de fuera aumentaban las pujas, especialmente porque así permitía, a los que quisieran, ofrecer un espectáculo con un número mayor de gladiadores del que la ley establecía y porque él los visitaba con cierta frecuencia. De esta forma, algunos porque necesitaban a aquellos hombres, otros porque creían que así se congraciaban con el emperador, y la mayoría, todos aquellos que tenían la reputación de ricos, porque querían gastar una parte de sus fortunas con aquel pretexto para que, disminuyendo sus riquezas, consiguieran salvar sus vidas, compraban a los gladiadores a precios muy altos. Pero después de haber hecho todo eso, mató a los mejores y más famosos de aquellos gladiadores con un veneno. Lo mismo hizo con los caballos y los aurigas del equipo contrario.” (Dión Casio, Historia romana, LIX, 14)



Se cree que el emperador Claudio murió envenenado por su cuarta esposa Agripina con un veneno proporcionado por la famosa Locusta para sustituirlo por su propio hijo Nerón. Claudio, gran aficionado a las setas, se sintió indispuesto tras comer un plato elaborado con ellas, pero no murió inmediatamente, sino que se dice que su médico, Jenofonte, le metió una pluma en la garganta para provocar el vómito, que estaría supuestamente envenenada lo que acabó por producir su muerte.

“Agripina, resuelta al crimen desde hacía tiempo, solícita para aprovechar la ocasión que se le había presentado y sin necesitar intermediarios, reflexionó mucho sobre la elección del tipo de veneno, temiendo que uno de efectos rápidos e inmediatos pusiera al descubierto su crimen, y que, si elegía uno lento y de efectos retardados, Claudio, al llegar a sus últimos momentos y comprender el engaño, retornara al amor de su hijo. Quería algo rebuscado, algo que perturbara la mente y aplazara la muerte. Entonces elige a una experta en tales artes llamada Locusta, condenada hacía poco por envenenamiento y mantenida desde tiempo atrás entre los instrumentos de su poder. Con el saber de esta mujer se preparó el veneno y se encargó de servirlo a Haloto, uno de los eunucos, que era quien solía llevarle las comidas a la mesa y probarlas.

“Hasta tal punto se supieron después todos los detalles, que los historiadores de aquellos tiempos cuentan que el veneno se echó en un sabroso plato de setas, y que los efectos del tóxico no se notaron en un primer momento, ya fuera por la estupidez de Claudio, ya porque estuviera borracho. A la vez daba la impresión de que una descomposición del vientre había venido en su ayuda. Aterrada por ello Agripina y, pues se temía lo peor, haciendo caso omiso de los reproches de los presentes, emplea la complicidad de Jenofonte, el médico, a quien se había ganado previamente. Se cree que éste, aparentando ayudarle en sus intentos de devolver, hundió hasta su garganta una pluma untada en un rápido veneno, no ignorando que los mayores crímenes empiezan con peligro y terminan en recompensa.” (Tácito, Anales, XII, 66-67)


El motivo por el que Nerón pudo haber hecho envenenar a Británico, hijo de Claudio, no está totalmente claro, pues el joven no llegó a ser nombrado sucesor y su paternidad había quedado en entredicho al ser hijo de Mesalina. Agripina se había encargado de eliminar a todos sus partidarios, pero quizás hizo creer a Nerón que apoyaría a Británico si aquel no seguía sus consejos. Suetonio cree que le tenía envidia por su voz y por ser el hijo del recordado Claudio.

Para llevar a cabo su detestable propósito recurrió a la mencionada envenenadora de su tiempo, Locusta, que creó una poción especial para la ocasión.

“Envenenó a Británico tanto por envidia de su voz, que era muy agradable, como por temor de que algún día el recuerdo de su padre le hiciera prevalecer en el favor de los hombres. Le dio el veneno una tal Locusta, que había descubierto varios, pero como este obraba más lentamente de lo que esperaba y solo consiguió provocar a Británico una descomposición de vientre, mandó llamar a esta mujer y la golpeó con sus propias manos, acusándola de haberle dado una medicina en lugar de un veneno; al poner ella como excusa que le había dado menos cantidad para ocultar un crimen tan odioso, exclamó: “Pues sí que temo yo la ley Julia” y la obligó a cocinar ante su vista, en su habitación, el veneno más rápido y más activo que pudiera. Luego, lo experimentó con un cabrito que tardó cinco horas en morir, en vista de lo cual lo hizo recocer una y otra vez y se lo dio a comer a un cochinillo, que murió en el acto; entonces ordenó que lo llevaran al comedor y se lo sirvieran a Británico mientras comía con él. Nada más probarlo, aquel cayó, y Nerón fingió ante los convidados que había sufrido uno de sus habituales ataques de epilepsia; al día siguiente, lo enterró a toda prisa, sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial. En premio a sus servicios, concedió a Locusta la impunidad, extensas posesiones, e incluso discípulos.” (Suetonio, Nerón, 33)


Muerte de Británico, ilustración de Pierre Narcisse Guerin

Locusta había sido condenada por muchos crímenes durante el reinado de Claudio y permanecía en prisión cuando Agripina la hizo llamar para conseguir un veneno contra Claudio. Posteriormente Nerón la utilizó para librarse de Británico y tras la muerte de este, su sentencia de muerte fue suspendida y mantenida como consejera sobre venenos. Se le permitió enseñar a otros y también probar sus pócimas en animales y criminales convictos. Fue ejecutada cuando Galba accedió al poder tras la muerte de Nerón.

“En los casos, no obstante, de Helio, Narciso, Patrobio, Locusta, los hechiceros y el resto de escoria que había salido a la luz durante los días de Nerón, ordenó que les condujera encadenados por toda la Ciudad y que después se les ejecutara.” (Dión Casio, Historia romana, LXIV, 3, 4)


Locusta y Nerón probando un veneno, pintura de Xavier Sigalon,
Museo de Bellas Artes de Nimes, Francia

Ni siquiera los emperadores mejor considerados quedaban a salvo de ser acusados de envenenar a sus rivales políticos, como en el caso de Marco Aurelio, quien habría supuestamente envenenado a su coemperador Lucio Vero.

“No hay ningún príncipe que no se vea salpicado por la mala fama, de manera que también sobre él se difundió el rumor de que había dado muerte a Vero, bien mediante la aplicación de un veneno cortando una tetina de cerdo con un cuchillo por el lado que previamente había sido envenenado y dándole a comer la parte envenenada mientras que se reservaba para sí la parte inofensiva, bien mediante la utilización de los servicios del médico Posidipo que, según cuentan, le hizo una sangría antes de tiempo.” (Historia Augusta, Marco Aurelio, 15, 5)

El temor a ser envenenado era una constante entre los gobernantes de la antigüedad por lo que era habitual que tomasen medidas para paliar los efectos de una posible ingesta, por lo que de forma preventiva solían tomar ciertas dosis de varios venenos que servirían como antídoto en caso de necesidad.

“Decidieron, pues, dar a Cómodo un veneno, que Marcia se comprometió a administrárselo sin dificultad. Pues tenía la costumbre de mezclar ella misma el vino y de ofrecer al emperador la primera copa para que tuviera el placer de beberla de manos de su amada. Al volver Cómodo del baño Marcia puso el veneno en la copa, mezclándolo con un vino aromático y le ofreció la bebida. Él, como copa de amor que habitualmente le brindaba Marcia después de sus frecuentes baños y combates con los animales, sediento, la bebió sin darse cuenta. Al punto le sobrevino un sopor que le forzó a dormir y, pensando que esto le ocurría a causa del cansancio, se acostó. Eclecto y Marcia, con el pretexto de dejar descansar al emperador, ordenaron a todos que se retiraran y fueran a sus asuntos… Durante un rato permaneció tranquilo, pero cuando el veneno afectó al estómago e intestinos, se apoderó de él un mareo seguido de una vomitona, bien porque la comida y abundante bebida ingeridas antes rechazaban el veneno, bien por haber tomado previamente un antídoto, como suelen tomar los emperadores siempre antes de cada comida. Pero, ante aquella vomitona, Marcia y los otros, temiendo que arrojara todo el veneno y que se recuperara y fuera la ruina de todos, persuadieron con promesas de generosas recompensas a un tal Narciso, joven decidido y fuerte, para que se acercara a Cómodo y lo estrangulara. Él irrumpió en la habitación del emperador, que estaba abatido por el veneno y el vino, y le apretó el cuello hasta matarlo.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, I, 17, 8-11)

Narciso estrangulando a Cómodo, grabado de G. Mochetti

La rivalidad familiar provocaba que se buscase el envenenamiento como forma fácil de deshacerse de algún pariente molesto al que se consideraba un impedimento para el ascenso al trono, como sucedió en el caso de Claudio y su hijo Británico. Pero avanzado el imperio, la eliminación de rivales seguía sucediendo. La enemistad entre Caracalla y su hermano Geta se vio salpicada por el enfrentamiento y las sospechas, entre ellas las de posible envenenamiento, aunque finalmente el segundo acabó sucumbiendo a la violencia de su hermano mayor.

“En el libro anterior han quedado descritas las acciones de Severo en sus dieciocho años de emperador. Sus hijos, todavía unos jóvenes. junto con su madre regresaron apresuradamente a Roma, y ya manifestaron su desacuerdo durante el camino. Ni paraban en los mismos alojamientos, ni comían juntos; cada uno miraba con gran recelo todo lo que comía y bebía, no fuera que el otro se hubiera adelantado y a escondidas, o por medio de algún criado, le hubiera puesto un veneno.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV, 1)


Izda. Caracalla, Museo Palazzo Massimo, Roma. Drcha. Geta

Los efectos provocados tras la ingestión de veneno se describen de forma cruda y dramática en algunos textos haciendo patente el sufrimiento que producía en los afectados.

“Por otra parte, Licinio perseguía con su ejército al tirano, y éste, batiéndose en retirada, se dirigió de nuevo a los desfiladeros del Tauro. Aquí intentó el avance con la construcción de torres y fortificaciones, pero fue desalojado por los vencedores, que destruyeron todas las construcciones, y, finalmente, huyó a Tarso. Allí, al verse asediado por tierra y por mar y no esperar ya refugio alguno, angustiado y temeroso, recurrió a la muerte, como remedio a los males que Dios había acumulado sobre su cabeza. Pero previamente se sació de comida y se anegó en vino, tal como acostumbran a hacerlo quienes piensan que lo van a hacer por última vez. Tras ello ingirió veneno. Su efecto, al actuar sobre un estómago lleno, no pudo ser fulminante, sino que le produjo una debilidad maligna, similar a la que provoca la peste, por lo que su vida se prolongó algún tiempo entre dolores. Después comenzó a intensificarse el efecto del veneno, con lo que sus entrañas comenzaron a arder con un dolor tan insoportable que le llevó a la locura. Llegó a tal extremo, que, por espacio de cuatro días, preso de la locura, cogía con sus manos tierra seca y la devoraba como un hambriento. Seguidamente, después de innumerables y duros dolores, al golpear su cabeza contra las paredes, sus ojos se saltaron de sus órbitas. Por último, perdida ya la vista, tuvo una visión en la que Dios le juzgaba rodeado de servidores vestidos de blanco. Daba gritos de manera semejante a los que están sometidos a tortura y declaraba que no lo había hecho él, sino otros. Finalmente, como si hubiese cedido a los tormentos, comenzó a confesar a Cristo suplicándole e implorándole que se compadeciese de él. De este modo, exhalando gemidos como si le estuviesen quemando, entregó su espíritu pernicioso en medio de un género de muerte detestable.” (Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores, 49 – Muerte de Maximino Daya)


El suicidio por veneno era una salida fácil y rápida para quien se creía perseguido y no quería enfrentarse a una pena de prisión, una condena a muerte o un asesinato. Algunos iban siempre preparados con algún veneno eficaz encima para tener acceso a él en cualquier momento.

“Vibulio Agripa, un caballero, se mató en la propia curia bebiendo el veneno que llevaba oculto en uno de sus anillos.” (Dión Casio, Historia Romana, LVIII, 18, 4)

No siempre el efecto buscado a la hora de administrar un veneno era la muerte, sino provocar una enfermedad o la interrupción de un embarazo.

“Mientras tanto, Helena, hermana de Constancio y esposa del César Juliano, fue conducida a Roma por una llamada aparentemente amistosa, según un plan tramado por la emperatriz Eusebia, estéril durante toda su vida, que la convenció para que bebiera un veneno preparado con mala fe de manera que, cuando quedara embarazada, perdería el hijo que esperara.” (Amiano Marcelino, Historia, 16.10.18)

El uso inadecuado del veneno podía implicar que el resultado no fuera el esperado, como en el caso de mezclar sustancias que podían interferir unas contra las otras y acabar evitando un desenlace fatal en vez de provocarlo.

“Una esposa adúltera dio venenos a su celoso marido y creyó que no le había dado suficiente para matarlo. Añadió proporciones mortales de mercurio para que esa fuerza duplicada le provocase una rápida muerte. Si se aíslan los ingredientes, son, por separado, veneno; toma un antídoto quien juntos los bebe. Así, mientras luchan entre sí esos nocivos brebajes, el daño mortal se trueca en bien salutífero.

Y buscaron sin detenerse los vacíos recovecos del vientre, siguiendo el camino resbaladizo y conocido de los alimentos desechados. ¡Qué justa providencia la de los dioses! La esposa más cruel puede favorecer y, cuando los hados quieren, dos venenos benefician.” (Ausonio, Epigramas, 3)



Los antiguos romanos diferenciaban entre tres clases de venenos, los que matan con rapidez, los que causan deterioro físico y los que provocan perturbación mental. En estos últimos se pueden incluir los filtros amorosos que muchos clientes encargaban a hechiceras para someter la voluntad de los afectados.

“No por la fuerza de pócimas sabidas, ¡oh Varo, hombre destinado a tantos llantos!, has de acudir a mí de nuevo, ni a mí volverá tu pensamiento llamado por invocaciones marsas. Voy a preparar algo más grande, una poción más potente le voy a administrar a tus desdenes; y el cielo quedará debajo de los mares, y por encima se extenderá la tierra, si no ardes tú en mi amor, como arde el betún en negros fuego.” (Horacio, Épodos, V)


En la antigüedad se conocieron una gran variedad de sustancias con propiedades venenosas provenientes del mundo animal, vegetal y mineral. Del primero había gran interés por el estudio de las mordeduras de animales como las serpientes, escorpiones o las liebres marinas.

“Voy a hablar del escorpión, armado con un potente aguijón., y de su desagradable progenie. La especie blanca no causa daño. Pero la roja causa una fiebre rápida y calenturienta en las bocas de los hombres, y las víctimas luchan de forma convulsiva como si se hubieran prendido fuego, y les provoca una sed constante. La especie negra por otro lado, cuando muerde, causa una agitación temible y las victimas se asustan y ríen sin ninguna razón.” (Nicandro de Colofón, Theriaca)


También se sabían las propiedades nocivas de algunos minerales como el arsénico, el plomo o el albayalde. Pero, sobre todo, los efectos más estudiados son los procedentes de las hierbas y plantas. Entre las plantas más conocidas destacan, por ejemplo, el acónito, cuya raíz era uno de los venenos más enérgicos del reino vegetal, pues con poca cantidad se lograba un efecto letal tras un colapso cardiovascular y una parálisis respiratoria. Entre sus síntomas se encontraban los dolores musculares, debilitamiento general, ritmo cardiaco irregular y baja presión sanguínea.


Izda. Acónito. Centro, cicuta. Drcha. Eléboro

La cicuta se usaba ya en el siglo V a.C. en los tribunales de Atenas como método de ejecución. El filósofo Sócrates puso fin a su vida bebiendo cicuta en el año 399 a.C. Produce náusea, salivación, vómitos, dolor abdominal y de cabeza. Provoca una paralización de los órganos respiratorios hasta llegar a la asfixia. Se dice que su resultado es una muerte fácil e indolora. Séneca tras la condena impuesta por Nerón intentó quitarse la vida abriéndose las venas, pero al no llegar la muerte, tomó cicuta para acelerar el proceso, pero al no conseguir morir tampoco, fue llevado a una bañera para que los vapores del agua caliente le produjeran la asfixia.

“Séneca, entretanto, al prolongarse su agonía, rogó a Estacio Anneo, en quien tenía experimentada gran amistad y no menor ciencia en la medicina, que le trajese el veneno ya de antes preparado, que era el que solían dar por público juicio los atenienses a sus condenados; y habiéndoselo traído, lo tomó, aunque sin ningún efecto, por habérsele ya enfriado los miembros y cerrado las vías por donde pudiese penetrar el veneno.” (Tácito, Anales, XV, 64)

La muerte de Séneca. Pintura de Manuel Domínguez Sánchez, Museo del Prado.

El eléboro podía utilizarse como purgante y como remedio para tratar enfermedades mentales como la epilepsia. El opio se empleaba para calmar el dolor, pero en grandes cantidades causaba la muerte por lo que se tomaba en casos de suicidios.

La forma más fácil de administrar los venenos era mezclarlos con vino o ponerlos en la comida.

“A vosotros os aviso, huérfanos que gozáis de buena situación económica, cuidad de vuestra existencia y no fiaros de mesa alguna, que los pasteles amoratados fermentan con el veneno de la madre,
Que alguien dé antes un mordisco a cuantos te alargue aquélla que te ha parido, que pruebe antes precavidamente la copa tu preceptor.”
(Juvenal, Sátiras, VI, 630)

Pintura de Alma-Tadema

El cuerpo de una persona envenenada podía oscurecerse tras su muerte y Dión Casio cuenta la historia de Nerón que hizo que embadurnaran el cuerpo de Germánico con yeso para enblanquecerlo, ya que se había puesto negro por el veneno que le habían suministrado, pero cuando le llevaban por el Foro empezó a llover torrencialmente e hizo que el yeso se diluyera, por lo que el crimen quedó al descubierto.

 “Nerón entonces asesinó a traición a Británico envenenándole y después, como la piel se le tornara lívida por culpa del veneno, hizo untar el cuerpo con yeso. Pero al ser llevado a través del Foro, una fuerte lluvia que cayó mientras el yeso estaba todavía fresco lo lavó y lo quitó, de modo que el crimen fue conocido no solo por lo que el pueblo oyó, sino también por lo que vio.” (Dión Casio, Historia romana, LXI, 7, 4)


Británico (probable), Pompeya,
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto M0tty


Bibliografía


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https://www.mcgill.ca/classics/files/classics/2007-8-03.pdf; Snow White’s Apple And 
Claudius’ Mushrooms: A Look at the Use of Poison in the Early Roman Empire; Connie Galatas
https://www.academia.edu/13316961/Poisoning_in_Ancient_Rome_The_Legal_Framework_The_Nature_of_Poisons_and_Gender_Stereotypes; Poisoning in Ancient Rome: The Legal Framework, The Nature of Poisons, and Gender Stereotypes; Evelyn Höbenreich and Giunio Rizzelli
https://www.proquest.com/openview/bacd0135baf4df8eaaecd7553c937ede/1?pq-origsite=gscholar&cbl=18750&diss=y; THE ROLE OF POISON IN ROMAN SOCIETY; Cheryl L. Golden
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https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3070687; Maleficio y veneno en la muerte del Germánico; Manuel García Teijeiro