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domingo, 29 de diciembre de 2024

Corona, diademas y coronas en la antigua Roma

Adriano con corona, Perge, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

En la antigüedad una corona era un ornamento circular de metal, hojas o flores, usado alrededor de la cabeza o el cuello, y utilizado como decoración festiva y funeraria, y como recompensa de talento artístico y deportivo, de destreza militar o naval, o del valor civil.

“A este punto el emperador ecuánime manda que a las
palmas de vencedor se añadan bandas de seda; a los collares de oro, coronas y que se recompense el mérito, ordenando que se adjudiquen a los vencidos, que ya han sido suficientemente avergonzados, alfombras de hilos multicolores.”
(Sidonio Apolinar, Poema 23)

Aurigas vencedores, Pinturas de Ostia Antica, Italia. Fotos Samuel López

Anteriormente a la corona se utilizaba la diadema, una cinta decorada que se ataba alrededor de la cabeza como símbolo de dignidad y poder real, que estaba presente en Grecia, Macedonia, Persia, Egipto y otros lugares.

“¿Desde que estáis empurpurados y envueltos en oro y con piedras preciosas de montes y mares extranjeros os coronáis, os calzáis, os revestís, os hacéis colgaduras, os abrocháis y tapizáis vuestros sitiales?” (Sinesio de Cirene, De la realeza, 15)

Detalle de relieve asirio, Nimrud, Museo Metropolitan, Nueva York.

En la antigua Grecia se otorgaba a los ganadores de los juegos una corona por su victoria. En cada uno de los juegos la corona era diferente. En los juegos de Olimpia se hacía de hojas de olivo, en los juegos Píticos de Delfos se utilizaba el laurel, en los de Nemea el apio, y en los de Isthmia originalmente las hojas de pino y luego el apio.

“ANACARSIS. ¿Y en qué consisten vuestros trofeos?
SOLÓN-. En los Juegos de Olimpia, una corona de olivo silvestre; en los Juegos de Corinto de pino; en Nemea, de apio; en Delfos, manzanas consagradas de Apolo, y entre nosotros en las Panateneas, el aceite que se extrae del olivo sagrado.”
(Luciano, Anacarsis, 9)


En época romana, en los juegos que se celebraban en Grecia tenían lugar competiciones artísticas y musicales en los que se incluía la concesión de coronas a los vencedores.

“Sin embargo, uno de los reyes de nuestros días (Nerón) deseaba ser sabio en esta clase de sabiduría, como si ya conociera la mayoría de las cosas. Pero no en las cosas que no suscitan admiración entre los hombres, sino en aquellas por las que es posible conseguir coronas, como actuar de heraldo, cantar a la cítara, recitar tragedias, practicar la lucha y el pancracio.” (Dión de Prusia, Sobre el filósofo, 9)

En la estela dedicada a L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos, por sus hijos aparecen grabadas las coronas que ganó con el nombre del lugar donde obtuvo la victoria.

"L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos pitio, periodonikes (ganador en los cuatro juegos panhelénicos), ganador del escudo de Argos con un nomos (melodía tradicional), mientras su oponente tocó dos. Sus hijos … se lo dedicaron." (SEG 29-340)

Museo Arqueológico de Isthmia, Grecia.
Foto Dan Diffendale 

Aunque la República romana rechazaba el uso de diademas y coronas por representar la etapa de monarquía a la que no deseaban volver, Julio César pretendió reintroducir el uso de la diadema como símbolo de su derecho a gobernar, pero debido a la reacción desfavorable del pueblo romano se conformó con la corona de laurel.

“Era César espectador de estos regocijos (fiestas de las Lupercales), sentado en la tribuna en silla de oro y adornado con ropas triunfales, y como a Antonio, por hallarse de cónsul, le tocaba ser uno de los que ejecutaban la carrera sagrada, cuando llegó a la plaza y la muchedumbre le abrió calle, llevando dispuesta una diadema enredada en una corona de laurel, la alargó a César, a lo que se siguió el aplauso de muy pocos, que se supo estaban preparados; mas,  cuando César la apartó de sí, aplaudió todo el pueblo. Vuelve a presentarla: aplauden pocos; la rechaza: otra vez todos. Desaprobada así esta tentativa, se levanta César, y manda que aquella corona la lleven al Capitolio.” (Plutarco, Julio César, 61)

Antonio ofreciendo la diadema a César.
Ilustración de Edward Frederick Brewtnall

En la Antigua Roma se hizo costumbre condecorar con coronas (coronas honorarias) a los vencedores de batallas y a los soldados que se hubieran destacado por su valor o hazañas. La composición de la corona variaba según el hecho que se quisiese premiar.

La más alta de todas las condecoraciones romanas, y al mismo tiempo también la más antigua y rara, pues se otorgó en contadas ocasiones, era la llamada corona gramínea (literalmente corona de hierba, también conocida como corona obsidionalis). Esta corona no se otorgaba por el Senado o los oficiales a la tropa, sino que lo hacían los soldados a los superiores que lo merecían cuando sus acciones tenían como resultado la salvación de todo un ejército o una legión, tras la ruptura de un cerco o un asedio.

“De todas las coronas con las que el pueblo recompensaba el valor de sus ciudadanos no había ninguna que tuviera mayor gloria que la corona gramínea (…) Nunca fue conferida sino en una crisis de extrema desesperación, nunca fue votada sino otorgada por aclamación de todo el ejército, y nunca a nadie más que a aquel que había sido su salvador (…) Otras coronas eran entregadas por los generales a los soldados, solo ésta por los soldados al general.” (Plinio, Historia Natural, XXII, 4)

Denario con corona de adormidera y espigas

El liberador podía ser el imperator que dirigía la campaña, o en su ausencia el legado que lideraba el ejército en la toma de la ciudad o el militar más destacado que hubiese impulsado la acción, como ocurre con el primipilo Lucio Siccio Dentato, por ejemplo.

“De L. Sicinio Dentato, tribuno de la plebe durante el consulado de Espurio Tarpeyo y A. Atemio, se ha escrito en los Anales que fue un soldado más valiente de lo que uno se imagina, que se ganó tal reputación por su gran fortaleza y que fue llamado el Aquiles romano. Se dice que combatió contra el enemigo en ciento veinte batallas, tenía cincuenta y cuatro cicatrices en la parte frontal del cuerpo y ninguna en la espalda, obtuvo ocho coronas de oro, una de asedio, tres murales, catorce cívicas, ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes, dieciocho lanzas; fue obsequiado con faleras veinticinco veces; 3 obtuvo numerosos botines militares, entre ellos muchos correspondientes a desafíos; celebró con sus generales nueve triunfos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 1-2)

Publio Decio Mus (cónsul en 340 a.C.) es el único que recibió dos coronas gramíneas. En el año 343 a.C. durante la guerra contra los samnitas logró romper el cerco manteniendo la posición en una altura elevada sobre un valle. Una de las coronas le fue concedida por sus propias tropas, y la otra por aquellas que logró rescatar del cerco.

Publio Decio Mus, pintura de Jacob Matthias Schmutzer

Cuando la ciudad liberada es la propia Urbs (Roma), son el Senado y el pueblo de Roma quienes decretan la concesión de esta corona para su liberador. Es el caso de la corona gramínea ofrecida a Quinto Fabio Máximo por la liberación de Roma durante la Segunda Guerra Púnica.

“La corona de asedio es la que los liberados de un asedio conceden al comandante de las tropas que los ha liberado. Es una corona de hierba y siempre se ha procurado hacerla con la nacida dentro de la plaza en la que estuvieron encerrados los asediados. Esta corona de hierba el Senado y el Pueblo Romano la concedieron a Q. Fabio Máximo durante la Segunda Guerra Púnica por haber liberado a la ciudad de Roma del asedio de los enemigos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 8-10)

El nombre de gramínea proviene por su elaboración con hierbas recogidas en el propio campo de batalla, siguiendo, posiblemente, una antigua costumbre en el que el equipo vencido en una competición de fuerza o agilidad arrancaba un puñado de hierba del prado donde la lucha tenía lugar, y se lo daba a su oponente como testimonio de su victoria.


La corona triunfal, sin embargo, es exclusiva de los imperatores, puesto que se concede como un honor más dentro de la celebración del triunfo y sólo el imperator bajo cuyos auspicia e imperium ha luchado el ejército romano puede recibir el triunfo. Al estar incluida entre los honores propios del triunfo, su concesión debería especificarse en la sentencia mediante la cual el Senado respondía al imperator a propósito de la concesión de esta celebración y sólo el Senado podía concederla. La corona era, en un principio de laurel –con el que se adornaba también la tienda del imperator e, incluso, sus armas– y cumplía una función purificadora. En la ceremonia del triunfo el general victorioso vestía una toga picta de oro y púrpura, y un esclavo que se erguía tras él en el carro y sostenía una corona de laurel sobre su cabeza le susurraba al oído: Mira hacia atrás. Recuerda que eres hombre.

“Precedían al general lictores con túnicas de color púrpura, y un coro de citaristas y flautistas, a imitación de una procesión etrusca, con cinturones y una corona de oro, marchaban al compás de la música y la danza. Los llaman lidios, porque, según creo, los etruscos fueron una corona lidia. Uno de ellos, en el centro, revestido de un manto color púrpura que le llegaba hasta los pies y con brazaletes y collares de oro, provocaba la hilaridad con gesticulaciones variadas, como si estuviera danzando en triunfo sobre sus enemigos. A continuación, marchaba un grupo de turiferarios (portadores de incienso)y, tras ellos, el general sobre un carro decorado con profusión llevaba una corona de oro y piedras preciosas, vestía una toga de púrpura, a la usanza patria, tachonada con estrellas de oro y portaba un cetro de marfil y una rama de laurel que es el símbolo romano de la victoria.” (Apiano, Historia romana, Sobre África, 66)

Triunfo de Tiberio, copa del tesoro de Boscoreale. Foto Gareth Harney, via Twitter

La corona triunfal podía ser fundida en oro como signo de mayor dignidad y durante la celebración del triunfo un esclavo público sujetaba la corona, que solía ser grande y pesada, por encima de la cabeza del imperator. El senado otorgaba el permiso para llevar la del laurel o de oro en según qué ocasión, como ocurrió con Pompeyo.

"En ausencia de Gneo Pompeyo, Tito Ampio y Tito Labieno, tribunos de la plebe, propusieron una ley para que en los juegos circenses éste llevara una corona de oro y el atuendo de triunfo, mientras que en el teatro, toga pretexta y corona de laurel. Él no se atrevió a llevarlo más que una vez –y esto ya fue demasiado–." (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 40, 4)

Julio César con corona de laurel. Pintura de Peter Paul Rubens

Sobre la concesión de la corona triunfal a Julio César, Suetonio escribe: "De todos los honores que le fueron decretados por el Senado y el pueblo, ninguno recibió o utilizó con más gusto que el derecho a llevar continuamente una corona de laurel.” (Suetonio, Julio César, 45)

Las coronas de oro que el imperator llevaba en el triunfo junto con el botín para ofrecer a Júpiter Capitolino eran las que previamente le habían concedido las ciudades liberadas y los aliados. Servían para sellar su pacto de amistad con Roma. Lo relevante en esta ofrenda coronaria era la cantidad que se pudiera aportar, que proporcionaba una imagen pública de la riqueza de las ciudades conquistadas o incorporadas a la esfera de acción política romana. Así, Emilio Paulo destacó por aportar en su triunfo unas cuatrocientas coronas de oro.

"Seguían inmediatamente cuatrocientas coronas de oro, que las ciudades habían enviado con embajadas a Emilio por prez de la victoria." (Plutarco, Emilio, 34)

Coronas helenísticas de oro con hojas de roble o encina

La costumbre de obsequiar coronas de oro por parte de las provincias a los generales victoriosos procedía de los griegos quienes agasajaron profusamente a Alejandro Magno por su triunfo sobre Darío.

Estas coronas que podían llamarse provinciales eran un obsequio en los inicios de la República, pero pasaron a ser exigidas como un tributo con el nombre de aurum coronarium, que solo se entregaban a quien se le había concedido un triunfo por decreto.

“Por razones de estado, a los ciudadanos se les conceden coronas de laurel, pero a los magistrados, además, coronas de oro, como en Atenas, y en Roma. Incluso a esas se prefieren las etruscas. Así se llaman las coronas, que, adornadas con joyas y hojas de roble de oro, se ponen, con mantos bordados con hojas de palma, para conducir los carros que contienen las imágenes de los dioses al circo. Hay también las llamadas coronas de oro provinciales, que necesitan las cabezas más grandes de las imágenes en vez de las de los hombres.” (Tertuliano, De Corona, 13)

Corona de oro etrusca, Vulci, Museo Vaticanos

Si, a pesar de la victoria, el triunfo no llegaba a celebrarse porque no se cumplían todas las condiciones necesarias para alcanzar este honor máximo (la guerra no se había declarado apropiadamente o se hacía contra una fuerza inferior, o contra enemigos que no tenían la consideración legal como tales, por ejemplo, esclavos o piratas, o bien la victoria se obtenía sin peligro, dificultad o derramamiento de sangre), el Senado distinguía al imperator a su ejército con la celebración de la ovación (ovatio), ceremonia triunfal de carácter menor, en la que el imperator portaba la corona trenzada con mirto, planta dedicada a Venus, que simbolizaría la paz y la unión.

“La corona oval es de mirto. La llevaban los generales que entraban en Roma en medio de ovaciones. La razón por la que se celebra una ovatio y no un triunfo es que, o bien la guerra no había sido declarada ateniéndose al ritual, o bien había sido llevada a cabo contra un enemigo injustamente calificado de tal, o la categoría del enemigo era humilde y sin relevancia, como esclavos o piratas, o su rendición fue inmediata y ‘sin polvo’, como suele decirse, y la victoria ha resultado incruenta. Para estas victorias fáciles consideraron que era adecuada la fronda del árbol de Venus, puesto que se trataba de una especie de triunfo de Venus y no de Marte.  Cuando M. Craso regresó aclamado tras concluir la guerra de los esclavos fugitivos, despreció orgullosamente la corona de mirto y procuró mediante influencias que se promulgara un senadoconsulto autorizando su coronación con laurel, en lugar de mirto.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 20-23)

Corona de oro con hojas y flores de mirto. Museo Nacional de Crotona, foto Rjdeadly

La corona cívica, segunda en honor e importancia, se otorgaba al soldado que había salvado la vida de un soldado romano en batalla. Se hacía con variedades del árbol Quercus o árboles de bellota, primero de encina, después de hojas de ésculo y finalmente del roble.

¿Por qué dan una corona de encina, a quien haya salvado a un ciudadano en la guerra? 'Acaso porque en campaña es fácil encontrar por todas partes abundantes encinas? ¿O porque la corona está consagrada a Júpiter y a Juno, a quienes consideran defensores de la ciudad?

'0 es una costumbre antigua de los arcadios para quienes existe una cierta relación con la encina? Pues tienen fama de haber sido los primeros hombres de la tierra, así como la encina fue el primer árbol. (Plutarco, Cuestiones Romanas, 92)

Emperador Claudio con corona cívica

Como la posesión de esta corona era un honor tan grande, su obtención se guiaba por severas reglas, por las que la concesión solo se permitía en determinadas situaciones: haber salvado la vida de un ciudadano romano en la batalla, haber matado al oponente, y haber ocupado el lugar en el que ocurrió la acción. No se admitía el testimonio de un tercero, sino que el propio rescatado debía exponer lo ocurrido, lo que dificultaba el logro, ya que el soldado romano se mostraba reticente a reconocer el valor de un camarada, y mostrar la deferencia que se debería obligado a prestar a su salvador si la reclamación se reconocía. En los inicios, por tanto, la corona cívica era entregada por el soldado rescatado, después de que la reclamación se había investigado por el tribuno que llamaba a una parte reticente a que presentase su propia evidencia, pero durante el imperio, cuando era el príncipe el que otorgaba todos los honores, la corona cívica ya no se recibía de las manos de la persona cuya salvación se recompensaba, sino del propio príncipe, o un delegado suyo. Proteger la vida de un aliado, incluso si era un rey, no confería ningún mérito para la corona cívica.

“La corona cívica fue primeramente de encina, después se prefirió la del ésculo, consagrado a Júpiter, y también se varió con el roble pedunculado y se utilizó el árbol que había en cualquier parte, preservándose solamente el honor de la bellota. Se añadieron condiciones estrictas y, por lo tanto, imponentes, y que gustaría comparar con aquella suprema corona de los griegos que se concede bajo la protección de Júpiter mismo y por la que la patria del vencedor, en su júbilo, hace una brecha en sus murallas: hay que salvar a un conciudadano, matar a un enemigo, y que el lugar donde ha ocurrido lo ocupe el enemigo el mismo día, que la persona salvada lo confiese —de lo contrario no sirven de nada los testigos—, y que haya sido un ciudadano. Prestar ayuda, aunque sea un rey el salvado no da derecho a esta distinción, y no aumenta el mismo honor si es salvado un general, porque sus creadores quisieron que fuese el honor más alto en cualquier ciudadano.” (Plinio, Historia Natural, XVI, 11-12)

Tiberio con corona cívica, Museos Vaticanos. Foto Sergey Sosnovskiy

Una vez se obtenía, se podía llevar siempre. El soldado que la conseguía tenía un lugar reservado en todos los espectáculos públicos cerca de los senadores quienes se levantaban cuando él entraba. Él, su padre y su abuelo paterno estaban liberados de las cargas públicas; además, la persona que le debía la vida estaba obligado a considerar a su salvador como un padre, y servirle como un hijo a su padre.

“Una vez recibida esta corona, se puede llevarla siempre. Cuando el galardonado se presenta en los juegos públicos, es costumbre, incluso por parte del senado, levantarse siempre ante él, que tiene derecho a sentarse cerca de los senadores; él mismo, su padre y su abuelo paterno gozan de la exención de todas las obligaciones. Sicio Dentado, como hemos relatado en el pasaje correspondiente, recibió catorce coronas cívicas, y seis Capitolino, en un caso por haber salvado a su jefe Servilio. Escipión Africano no quiso recibirla por salvar a su padre en el Trebia. ¡Oh, costumbres eternas que premiaron tan grandes hazañas sólo con el honor y que, mientras que las demás coronas eran más valiosas por su oro, no quisieron que la salvación de un ciudadano tuviese precio, manifestando claramente que no es lícito ni siquiera salvar a un hombre por amor al lucro!” (Plinio, Historia Natural, XVI, 14)


La corona oleagina o de olivo era también una corona honoraria que se concedía tanto a los soldados como a sus comandantes por cuya intervención se había obtenido una victoria, aunque ellos no estuvieran presentes en la acción.

“César, aparentando estar de acuerdo con ellos en que reclamaban cosas razonables y que sus peticiones estaban dentro de lo humano, licenció primero a los que habían combatido a su lado en Módena contra Antonio; y después, como también los demás seguían con sus demandas, licenció, de entre estos, a los que llevaban diez años en el ejército; y para contener a los demás, añadió que ya no volvería a emplear a ninguno de los soldados licenciados, aunque lo pidiera insistentemente. Cuando oyeron esto, no pronunciaron una palabra, sino que comenzaron a escuchar lo que decía con mucha atención, porque anunció que no a todos los licenciados les iba a dar todo cuanto les había prometido y a repartirles tierras, sino solo a los primeros y, de los restantes, únicamente a los que más méritos habían hecho; y porque a todos ellos les dio dos mil sestercios, y a los que habían combatido en la batalla naval les concedió además una corona de olivo.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

Corona de olivo hecha de oro

La corona navalis parece ser la que se concedía al soldado que saltaba primero armado en la nave enemiga, mientras que la llamada rostrata puede corresponder a la que se otorgaba al comandante que destruía una flota enemiga entera u obtenía una victoria naval muy señalada. Las dos se hacían de oro y la rostrata se decoraba con la proa de los barcos, como se puede ver en la moneda con el rostro de Agripa.

“A Agripa le regaló una corona de oro labrada con espolones de naves, algo que no se concedió nunca a nadie ni antes ni después. Y para que cada vez que Agripa, por celebrar un triunfo, llevara siempre en vez de la corona de laurel la corona de «vencedor en una batalla naval», sancionó más tarde la concesión con un decreto.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

As de Agripa con corona rostrata. Museo Británico, Londres

La corona mural (corona muralis) era la que se daba al soldado que escalaba primero el muro y entraba donde estaban los enemigos, y se decoraba con almenas. La corona vallar, valar o castrense (corona vallaris o castrensis), de oro, se concedía al que primero entraba en el campo enemigo, venciendo los obstáculos de fosos, trincheras y estacadas.

“La corona mural es aquella con la que un general condecora al primero que escala una muralla y a viva fuerza trepa por ella para penetrar en una ciudad enemiga; por eso está decorada con una especie de almenas de murallas. La corona castrense es aquella con la que un general condecora a quien, combatiendo, es el primero en penetrar en el campamento enemigo. Esta corona tiene como distintivo una empalizada.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 16-17)

Estela dedicada a  Quinto Sulpicio Celso con corona mural.
Galería Lapidaria, Museos Capitolinos, Roma 

Agripa aparece en algunas monedas llevando una combinación de la corona mural en reconocimiento por su victoria en la guerra Perusina en 40 a.C., y la corona rostral (adornada por espolones de nave) obtenida por sus victorias navales sobre Sexto Pompeyo en Miles y Naulos, frente a las costas sicilianas, en 36 a.C., y ampliamente revalidada en Actium frente a Marco Antonio cinco años más tarde. Es una distinción que sólo Agrippa recibió.

“Agripa se hizo merecedor de una corona de la armada que nunca había recibido ningún romano, por su singular valentía en combate.” (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 81, 3)

Áureo con Agripa con la corona mural y rostral juntas

La media corona llamada por su nombre griego, stephanos, era un privilegio de las diosas de época griega y helenística, y empezó a utilizarse en los retratos de las damas fallecidas de la familia imperial y en tiempos de Nerón aparece en las imágenes de damas aún vivas. Consistía generalmente en un arco metálico más elevado en la parte central que en los laterales.

A finales del siglo I d.C. se incorpora a las representaciones de mujeres que no pertenecen a la casa imperial y, con frecuencia, dentro del entorno funerario. Si bien en el caso de las emperatrices y princesas el uso de la diadema podía significar autoridad y privilegio, después al ser su uso más amplio entre la población femenina, habría perdido tales connotaciones para mostrar un aire de respetabilidad y piedad.

Agripina la menor con diadema. Museo de la ciudad de Barcelona.
Foto de Samuel López

En el siglo IV se produjo una evolución desde la diadema original, una sencilla cinta, a una diadema adornada con joyas, símbolo de dignidad imperial, con la que los emperadores de esa época aparecen en sus retratos.

“Y, si quieres conocer el milagro en su integridad y cuidadosamente, no te quedes en las simples palabras, sino pesa en tu interior el acompañamiento de guardias, los soldados de escudo, los tribunos, los jefes que son alimentados en el palacio, los que están al frente de las ciudades, el fausto de los que van delante del rey, la multitud de los que le siguen y de los que van abriendo paso, y finalmente todo el conjunto de siervos. Y luego, en medio de todos, considera al emperador que va entrando con inmensa pompa y que por sus vestiduras parece aún más digno de honra, lo mismo que por la púrpura y las piedras preciosas de que lleva salpicada la diestra hasta el arranque del manto, y finalmente, por la diadema en donde ellas resplandecen también desde su cabeza.” (Juan Crisóstomo, Discurso acerca del bienaventurado Babilas)

Cabeza de Justiniano con diadema en pórfido rojo, Venecia

Los emperadores que más exaltaron su vanidad adoptaron, siguiendo la moda oriental, el uso de coronas de oro u piedras preciosas en cualquier tipo de ceremonia, religiosa o social, e incluso en el ámbito privado.

 “Después de salir de Siria, Antonino llegó a Nicomedia, donde se dispuso a pasar el invierno ya que así lo exigía la estación. Y al punto cayó en éxtasis y empezó a ejecutar las desenfrenadas danzas rituales del dios de Emesa, a cuyo culto había sido consagrado. Se vestía con los más costosos modelos tejidos en púrpura y oro y se adornaba con collares y brazaletes; en su cabeza llevaba una corona en forma de tiara cubierta de oro y piedras preciosas. Su atuendo estaba entre las vestiduras de los sacerdotes fenicios y la lujosa indumentaria de los medos. Detestaba los vestidos romanos y griegos porque, decía, estaban hechos de lana, una pobre materia prima. Sólo le gustaban los tejidos de seda Aparecía en público al son de flautas y tambores, sin duda en honor de su dios.” (Herodiano, Historia del imperio romano después de Marco Aurelio, V, 5, 3)

Detalle del retrato de Septimio Severo, Altes Museum, Berlín

Los emperadores a partir de Constantino introdujeron el uso de la diadema oriental adornada con piedras preciosas y perlas. Estas últimas, que representaban riqueza, lujo y rareza, se habían hecho muy populares en la sociedad romana. Todos los emperadores a partir del siglo IV aparecieron retratados con diademas o coronas de pelas y gemas.

 “Fue el primero en contemplar el espectáculo allí, y llevó por primera vez en su cabeza una diadema con perlas y piedras preciosas, ya que deseaba cumplir las palabras proféticas que decían: Tú pusiste en su cabeza una corona de piedras preciosas (Salmo 20.4); ninguno de los emperadores anteriores había llevado una así.” (Juan Malalas, Crónica, XIII, 8, Constantino)


Emperador Arcadio con diadema perlada.
Museo Arqueológico de Estambul, Turquía

La diadema perlada no fue una insignia de autoridad en las emperatrices romanas, pero sí un distintivo de su elevada situación social y un “signo de poder”. Se desarrolló a partir de modelos helenísticos, combinados con elementos de adorno personal como la sarta de perlas, empleadas por las mujeres distinguidas desde época tardorrepublicana, en principio, para mostrar su condición de matronas. En parte era una exhibición de lujo, pero, ante todo, las perlas manifestaban la perfección moral de sus portadoras. Como consortes, al igual que las reinas helenísticas, eran perpetuadoras de la continuidad del principado, pero también eficaces intermediarias entre los ciudadanos y los príncipes.

Es sobre todo a partir del siglo IV cuando las emperatrices hacen mayor uso de las diademas enjoyadas sobre sus tocados.

“Cimótoe traía un ceñidor, Gálatea un extraordinario collar y Espátale una diadema engastada con pesadas perlas que ella misma había cogido en las rojas profundidades. Doto se sumerge repentinamente y arranca corales: era una rama flexible mientras asciende por el agua. Había salido de las olas: fue piedra preciosa. Esta desnuda multitud rodeó a Venus y aplaudiendo la siguen al mismo tiempo con tales palabras: «Te suplicamos que tú, nuestra reina, le lleves estos adornos, estos regalos nuestros a la emperatriz María.” (Claudio Claudiano, Epitalamio de Honorio y María, 160-175)

Emperatriz con diadema. Museo Cívico Paolo Giovio, Como, Italia

La corona radiata fue la que se entregaba a los dioses y héroes deificados. Era de uso emblemático y no honorario, por lo menos para la persona que las usaba, y su adopción no estaba regulada por la ley, sino por la costumbre.

La corona radiada es uno de los atributos propios de Sol Invictus, deidad solar, de gran influencia oriental. Desde época de Augusto los emperadores asumieron su uso, no tanto por deferencia al dios solar, sino como representación de su autoridad espiritual y, quizás de perfección corporal, ya que Apolo se asimilaba al Sol.

Dupondio de Trajano con corona radiata

No fue hasta el siglo III cuando se hizo habitual que los emperadores usasen la corona radiata en sus imágenes de representación, como es el caso de Aureliano, devoto del Sol Invictus, cuyo culto fue declarado oficial en Roma en el año 274 d.C.

“Rociaba con polvo de oro sus propios cabellos. A menudo se paseaba con la corona radiada.” (Historia Augusta, Los dos Galienos, 16)

Antoniniano de Aureliano con corona radiata y el dios Sol

El emperador Constantino presentaba en sus imágenes los atributos que lo mostraban ante sus súbditos como la manifestación visible del Sol (Febo o Apolo), su dios tutelar, apareciendo el monarca como una entidad luminosa y benefactora con sus súbditos.

“Porque tú viste, creo, Constantino, tu propio Apolo acompañado de Victoria, ofreciéndote coronas de laurel, cada una de las cuales te traen un presagio de treinta años.” (Panegíricos Latinos, VII, 21, 4)

Follis de Constantino y el dios Sol con corona radiata

Entre las coronas no honorarias destacan las sacerdotales. La corona spicea, compuesta de espigas de trigo, la llevaban los miembros de los Frates Arvales, hermandad de doce sacerdotes, cuyo origen se remonta a la fundación de la ciudad de Roma, dedicados al culto de la diosa Dea Dia, diosa arcaica protectora de la agricultura y las cosechas, que posteriormente se asimiló a la diosa Ceres. Los sacerdotes hacían sacrificios durante el festival de Ambarvalia para asegurar una buena cosecha.

“En el libro I de sus Memoriales, Masurio Sabino, siguiendo a algunos historiadores, dice que Acca Larentia fue la nodriza de Rómulo: “A esta mujer -dice- se le murió uno de sus doce hijos varones. Y Rómulo se ofreció a Acca Larentia como hijo para ocupar el lugar de aquél, llamándose a sí mismo y a los otros hijos de ella ‘hermanos arvales’. Desde entonces perduró el colegio de los Hermanos Arvales, cuyo número es doce, siendo el emblema de este sacerdocio una corona de espigas y cintas blancas”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, VII, 7, 8)

Antonino Pio como arval. Museo del Louvre, París

Durante la República el culto decayó, pero con la llegada del Imperio, Augusto reorganizó la hermandad aumentando el número de sus miembros y convirtiéndose él mismo en uno de sus miembros. En el quinto miliario de la via Campana o Via Salaria, antes de hacer la ofrenda, los sacerdotes rodeaban tres veces el campo donde un grupo de campesinos y pastores danzaban y rezaban en honor de la diosa Ceres. La corona spicea era característica de dicha Diosa, y con la misma aparece representada Livia, la esposa de Augusto.

“Rubia Ceres, sea para ti de mis tierras una corona de espigas que cuelgue ante las puertas de tu templo, y un rojo Príapo en mis huertos frutales eríjase en guardián, para que con su terrible hoz asuste a los pájaros.” (Tibulo, Elegías, I, 1)

Augusto y Livia con coronas de espigas. Izda, Museo Pio Clementino, Vaticano.
Drcha, Museo del Hermitage, San Petersburgo

Cuando el general griego Ptolomeo se convirtió en el rey de Egipto tras la muerte de Alejandro Magno, quiso unificar a los nativos egipcios y a la creciente población griega, creando un nuevo dios que fuera atrayente tanto para unos como otros. Así surgió el culto a Serapis, deidad que combinaba elementos griegos y egipcios. Cuando los romanos se apoderaron de Egipto en el año 31 a.C., Serapis ya era un dios popular con un culto creciente.

Sus sacerdotes aparecen frecuentemente representados con una diadema en la que destaca en su parte central una estrella de siete puntas.

“Dikaios de Ionidai, hijo de Dikaios, sacerdote de Serapis, consagró este lugar en nombre del pueblo de Atenas y el pueblo de Roma y el rey Mitrídates Eupator Dionysus y de su propio padre Dikaios, hijo de [ …] del demos de Ionidai y de su madre […], en honor de Serapis, Isis, Anubis, Harpócrates,….” (ID 2039)

Posibles sacerdotes del culto a Serapis. Izda Museo Getty, Los Ángeles. Drcha, Retrato funerario del Fayum, Museo Británico, Londres

Los romanos copiaron de los griegos la idea de coronar a los difuntos con guirnaldas de flores y según la ley de las Doce Tablas, cualquier persona que hubiera obtenido el derecho a llevar una corona, podía tenerla puesta en su cortejo funerario.

“Hay aquella señal de que pertenecen a los muertos los ornamentos de la gloria, porque manda la ley que la corona ganada por la virtud sea impuesta sin fraude, tanto a aquel que la hubiera ganado, como al padre de él.” (Cicerón, Las Leyes, II, 24)

Retratos funerario del Fayum. Izda, Art Institute de Chicago.
Drcha, Museo Metropolitan de Nueva York

La corona nupcial (corona nuptialis) tenía origen griego y se hacía con flores recogidas por la propia novia, y no debían ser compradas porque era signo de mal augurio. Entre los romanos, una corona de flores de mejorana y verbena trenzadas adornaba la cabeza bajo el velo nupcial en época de César y Augusto; posteriormente se utilizarían mirto y flores de azahar.

“Tú que habitas en el monte Helicón, hijo de Urania,
Tú que arrebatas a la tierna doncella
Para su esposo, ¡oh Himen Himeneo,
Oh Himen Himeneo!,
Ciñe tus sienes con la flor
De la fragante mejorana
Toma el velo nupcial, ven
Aquí, alegre, calzado tu pie de nieve
Con sandalia de jalde,
Y, exultante en este gozoso día,
Canta con clara voz esta
Canción nupcial, golpea
La tierra con los pies y agita
En tu mano la tea de pino.”

(Canción de boda en honor de Manlio y Junia, Catulo, 61)

Boda de Belerofonte y Filónoe, Museo de Nabeul, Túnez

La corona convivial (corona convivialis), era la corona que se utilizaba en las reuniones festivas y surgió en Grecia por la práctica de atar una cinta de lana alrededor de la cabeza para mitigar los efectos de la embriaguez. Posteriormente se empezó a utilizar flores y plantas, que se suponía, podían evitan la borrachera, como las rosas, la más empleada, violetas, mirto, hiedra y otras. Las coronas conviviales no se podían llevar en público y hacerlo se castigaba con prisión.

“Ea, descansa aquí tu cansancio bajo la sombra de los pámpanos y anuda tu pesada cabeza a una corona de rosas mientras tomas los labios hermosos de una tierna joven. ¡Ah, muera quien tenga la severidad de antaño! ¿Por qué guardas las guirnaldas bienolientes para una ceniza ingrata? ¿O acaso quieres que una lápida coronada cubra tus huesos? Ponte vino y dados; muera quien se preocupe del mañana, pues la Muerte, tirándonos de la oreja, dice: "Vivid, que llego.” (Apéndice Virgiliano, Copa)

Las rosas de Heliogábalo, Pintura de Alma-Tadema, Colección de Pérez Simón

En el arte griego arcaico, Dioniso aparecía como un dios de larga barba, coronado de hiedra o de vid, a veces con una cinta en torno a su abundante cabellera, vestido con la túnica larga y el manto de los gobernantes de esa época, que en su caso era de color azafrán. En el siglo IV a.C., adquiere su imagen definitiva: la de un joven bello, que ciñe su larga cabellera con una cinta o la cubre con una corona vegetal.

Con él se relacionan los símbolos vegetales como la vid, bien como planta, racimo, corona o guirnalda de pámpanos; el mirto, especialmente vinculado al Dioniso funerario, y, sobre todo, la hiedra, que, según Ovidio, resulta muy agradable a Baco por el siguiente motivo:

“¿Por qué se ciñe de hiedra? La hiedra es lo más agradable a Baco; decir también por qué es esto así no lleva ningún tiempo. Cuentan que las ninfas de Nisa, en ocasión en que la madrastra (Hera) buscaba al niño, pusieron delante de la cuna ramas de hiedra.” (Ovidio, Fastos, III)


Dioniso coronado de hiedra

La hiedra está estrechamente asociada con Dioniso, dios griego del vino, fertilidad, y éxtasis religioso, entre otras cosas, quien aparece frecuentemente coronado con ella, en el arte y la literatura. La hiedra es una planta de hoja perenne y símbolo de inmortalidad; pero en el culto a Dioniso (o al Baco romano), mientras que el vino inspiraba pasiones ardientes, los poderes refrescantes de la hiedra, una planta de invierno, invitaba al razonamiento en vez de a los impulsos fugaces. El dios utilizaba la hiedra para hacer caer a las mujeres en un fervor místico y un delirio que las atraía a su culto y a unirse a su cortejo de ménades y sátiros.

“Los del cortejo de Baco no celebraban los misterios orgiásticos sin coronas, sino que, apenas se ceñían en sus sienes las flores, se sentían encendidos para la iniciación religiosa.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 73)

Bacanal, pintura de Henryk Siemiradzki

La hiedra también aparece de forma figurada coronando a los poetas porque les aporta un estado de éxtasis y entusiasmo necesario para la inspiración y composición.

“A mí las hiedras, premio de las frentes doctas, me mezclan con los dioses del cielo; a mí el fresco bosque y los coros ligeros de ninfas y sátiros me separan del vulgo, si Euterpe no hace que callen sus flautas, ni Polimnia se niega a templar la cítara lesbia. Y si me cuentas entre los líricos vates, en las alturas tocaré con mi cabeza los astros.” (Horacio, Odas, I, 1)

El poeta Horacio, pintura de Giacomo di Chirico

La corona de pámpanos estaba dedicada a Dioniso y Baco y se consideraba un símbolo de madurez próximo a la decadencia y se relacionaba con los efectos embriagantes del vino.

“¡Oh Leneo!: dulce peligro es seguir al dios que se ciñe las sienes con el verde pámpano.” (Horacio, Odas, III, 25, 20)


Las coronas de flores se utilizaron en Roma en festividades religiosas, en las ofrendas a los lares, en competiciones deportivas, en sacrificios públicos y privados y en actos sociales, como banquetes públicos o de particulares. Cuando no era posible hacer uso de las flores, se empleaban coronas hechas de láminas metálicas o de materiales pintados de colores.

“Las coronas fueron siempre muy apreciadas, incluso las que se ganaron en los juegos públicos. Era costumbre de los ciudadanos participar en las competiciones del circo, y enviar a sus esclavos y caballos también. Por eso se dice en la ley de las Doce Tablas: Si alguien ha ganado una corona por sí mismo, o debido a su dinero, que se le de como recompensa a su valor. No hay duda que la ley se refiere a la corona ganada por sus esclavos o caballos.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 5)



Bibliografía

*Ritual, espectáculo y poder: las procesiones en la antigua Roma, Francisco Marco Simón
*Constantino y las acuñaciones del Sol Invicto, Iván Muñoz Muñoz
*Horacio y la coronación del poeta, María Delia Buisel
*Corona gramínea, la máxima y más rara condecoración militar romana, Guillermo Carvajal
*La «corona radiata» de Helios-Sol como símbolo de poder en la cultura visual romana, Jorge Tomás García
*Isis (y Serapis), dioses de la navegación y del comercio marítimo. Vida cotidiana en un santuario egipcio, Joaquín Ruiz de Arbulo
*La evolución de la diadema perlada como ornamento distintivo de las augustas (305-360 d. c.), Esteban Moreno Resano
*Adorned in Divinity, Claire Smith, Rhodes College
*Crowns. Understanding crowns in Roman culture, Brent MacDonald
*Corona, A Dictionary of Greek and Roman Antiquities, John Murray, London, 1875.
*Symbol or jewellery? The stephane and its wearer in the Roman world (1st-3rd centuries AD), Anique Hamelink
*Pro-Mithridatic and Pro-Roman Tendencies in Delos in the Early First Century BC: the case of Dikaios of Ionidai (ID 2039 and 2040), Javier Verdejo Manchado y Borja Antela-Bernárdez
*Wreath - Its Use and Meaning in Ancient Visual Culture, Dragana Rogić, Jelena Anđelković Grašar, Emilija Nikolić


domingo, 16 de junio de 2024

Festa, festivales religiosos en la antigua Roma


Festival de Primavera, Pintura de Alma-Tadema

El día 15 de febrero, justo cuando debían sembrarse las semillas y estaba próximo el comienzo de la primavera, se celebraba en Roma el festival de la Lupercalia (Lupercales), con el objeto de purificar y expiar cualquier ofensa hecha sin intención hacia los dioses. Este festival de origen pastoril pudo haberse iniciado para honrar al dios de la fertilidad Luperco.

“Al pie del monte (Evandro) levantó un templo a Liceo, al que los griegos llaman Pan y los romanos Luperco; la estatua de este mismo dios está desnuda y cubierta con una piel de cabra, indumentaria con la que ahora en Roma bajan corriendo de allí durante las Lupercales.” (Justino, Epítome, 43, 1, 7)

Lupercales, Pintura de Andrea Camassei, Museo Nacional del Prado, Madrid

Sin embargo, otra teoría explica que el festival se hacía en honor de Lupa, la loba que amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. Su celebración tenía lugar cerca de la cueva Lupercal en el monte Palatino, donde se cree que fue fundada Roma.

Los ritos eran dirigidos por los Lupercos, los «hermanos del lobo”, una congregación de sacerdotes que adoraban a Fauno, vestidos sólo con una piel de cabra, quienes sacrificaban dos machos cabríos y un perro, bajo la supervisión del flamen dialis, el sacerdote supremo del culto a Júpiter. Se hacía además una ofrenda de mola salsa, tortas de harina saladas, hechas por las Vestales. Tras el sacrificio, dos Lupercos se acercaban al altar, donde se les untaba en la frente con sangre del cuchillo utilizado en el sacrificio y se les limpiaba con lana empapada en leche tras lo cual se esperaba que soltaran una carcajada. Después, los Lupercos cortaban las pieles de los animales sacrificados y se vestían con ellas y hacían unas tiras (februa) con las que corrían alrededor de los muros de la ciudad antigua golpeando a las personas que estaban próximas constituyendo así un acto de purificación denominado februatio.

“Las Lupercales, por el tiempo en que caen, podrían reputarse purificatorias, porque se celebran en los días nefastos del mes de febrero, que puede muy bien interpretarse purificativo; y aun al día mismo los antiguos le decían februato. El nombre de la fiesta para los griegos alude a cosa de lobos, y podría parecer que era antigua de los Árcades que vinieron con Evandro; pero por el nombre puede ser de unos y otros, pudiendo éste haber dimanado de la loba: puesto que vemos que los Lupercos toman el principio de sus carreras desde el mismo sitio en que se dice que Rómulo fue expuesto. Las ceremonias son las que hacen muy difícil de adivinar el motivo de la institución. Se empieza por matar algunas cabras; después a dos jovencitos ingenuos, que se les ponen delante, unos les manchan la frente con el cuchillo ensangrentado, y otros los limpian al instante, para lo que llevan lana empapada en leche; y los jovencitos, luego que los limpian, deben echarse a reír. Hecho esto, cortan correas de las pieles de las cabras, y, ciñéndose con ellas, se ponen a correr desnudos, golpeando a cuantos encuentran; y las mujeres casadas no evitan que las hieran, creyendo que esto les ayuda a concebir y parir felizmente.” (Plutarco, Rómulo, 21)

Lupercales, pintura de Domenico di Pace Beccafumi

Las mujeres recién casadas salían a su paso para ser golpeadas buscando la fertilidad y las embarazadas buscando aliviar los dolores de parto.

“¿A qué esperas, desposada? No serás tú, madre, por el poder de las hierbas ni por las plegarias ni por encantamientos mágicos. Recibe pacientemente los latigazos de la diestra fecundadora y el suegro tendrá entonces el ansiado nombre del abuelo. Pues hubo un día en que las esposas echaban con parsimonia las prendas de su vientre por mor de una dura suerte.” (Ovidio, Fastos, II.425–427)

Grabado de Louis de Châtillon, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

La fiesta de las Matronalia, el 1 de marzo, se convirtió en una celebración femenina popular que integraba elementos profanos y religiosos. Los primeros se desarrollaban en la domus, mientras los segundos lo hacían en el templo de la diosa, es decir en un lugar público.

La fiesta comenzaba con un acto social y familiar en la propia vivienda, en la que la dueña era honrada por su esposo, con lo que se pretendía una exaltación del matrimonio; la matrona también dirigía a su marido palabras de agradecimiento. Como mater familias recibía regalos de sus parientes y amigos, convirtiéndose en la protagonista de la jornada en el seno de su hogar.  La actividad continuaba con un banquete, en el que se modificaba el orden social, ya que la matrona servía la comida a sus esclavos y esclavas, al igual que el pater lo hacía durante las Saturnalia.

Este acto privado se acompañaba de una celebración pública, consistente en visitas al templo de la diosa Juno Lucina a quien se realizaban ofrendas, que consistían en guirnaldas de flores, leche y miel. A la diosa se le pedía protección en el parto y se invocaban virtudes tales como el pudor y la castidad.

“Traed flores a la diosa; con plantas floridas se regocija esta diosa; ceñid vuestra cabeza con flores tiernas. Decid: “Tú, Lucina, nos diste la luz.” Decid: “Atiende tú las plegarias de la parturienta.” Y toda la que se halle embarazada, suéltese el pelo y rece para que ella resuelva su parto sin dolor.” (Ovidio, Fastos, III)

Rogando a Juno Lucina, pintura de Louis Hector Leroux

El día 5 de marzo, en medio de una fiesta primaveral, se echaba al mar un navío —el Navigium Isidis— simbolizando la apertura de la temporada de navegación. Por una parte, se rememoraba el viaje emprendido por Isis para recuperar los restos de su difunto esposo. Por otra, como Isis, en su acepción de Fortuna, garantizaba el éxito de las navegaciones, se hacía acreedora de las plegarias destinadas a obtener el favor de la divinidad que domina el mar. Así pues, Isis se convierte en la divina protectora de los navegantes y destinataria del festival que celebra la inauguración de la temporada náutica.

Procesión del Navigium Isidis, Ostia, Museos Vaticanos

En la fiesta en honor de la Diosa, los Sacerdotes y fieles se dirigían en procesión al puerto, en medio de músicas y cánticos, llevando las exóticas imágenes de los dioses egipcios y una urna con agua del Nilo. Se bota al mar un navío lleno de objetos preciosos, tras rociarlo con leche lo abandonan a merced de las olas.

"Avanzamos lentamente, hasta llegar a la orilla del mar, en el mismo sitio donde mi cuerpo de asno había pasado la noche anterior. Colocadas las imágenes de los dioses según establecen los rituales, se acercó el pontífice a un navío, muy artísticamente construido y decorados sus costados por maravillosas pinturas egipcias. Lo purificó lo más devotamente posible con una antorcha encendida, con un huevo y azufre, y en solemne oración le designó nombre y lo dedicó a la diosa. Sobre el feliz navío flotaba una vela blanca con una inscripción del voto que se ofrecía a la diosa para la prosperidad de la nueva campaña marítima. Poco después se elevó el mástil, que era un pino entero perfectamente torneado, no menos brillante que alto y con la cofa notablemente hermosa; en la popa brillaba un cisne de oro, de ondulado cuello, y, toda la carena, hecha de limonero hermosamente tallado, causaba suspensión y encanto. Pronto todos los concurrentes, los iniciados como los profanos, presentaron a porfía esencias aromáticas y otras piadosas ofrendas. Hicieron también libaciones, en el mar, de leche, hasta [que] el momento en que el navío, abarrotado con toda la gente y con innumerables objetos de devoción, levó anclas y con viento suave y propicio se lanzó en plena mar. Cuando desapareció en el espacio como un punto apenas perceptible, los portadores de las sagradas reliquias cargaron de nuevo con los emblemas que antes llevaron y emprendieron, con el mismo ceremonial, el regreso al templo." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 16)

Pintura de Arthur Frederick Bridgman

Una vez en el templo, se hacían imprecaciones en favor del emperador, del senado, del orden ecuestre y de la totalidad del pueblo romano, de los marineros y de sus naves y se daba lectura a la fórmula por la que se declaraba abierta la temporada náutica. Los asistentes ofrecían entonces ramas, coronas y otros exvotos, besaban la estatua de plata de la diosa y regresaban a sus casas concluida la ceremonia.

Procesión de la diosa Isis, Escuela Inglesa

Hasta mediados del siglo II a.C. el mes de marzo había sido el primero del año romano, y durante los idus de dicho mes, (el día 15), coincidiendo con la primera luna llena del año se celebraba la fiesta popular de Anna Perenna, junto al primer miliario de la via Flaminia, a las orillas del Tíber. Por tanto, es probable que su celebración coincidiese con la de la bienvenida al nuevo año y la petición de que proporcionase prosperidad.

“Es igualmente el mes en que los romanos ofrecen sacrificios públicos, y privados a Anna Perenna, para poder pasar el año (annare) y vivir mucho tiempo (perennare) sin dificultades.” (Macrobio, Saturnales, I, 12, 6)

Moneda con la efigie de Anna Perenna

En tal lugar se veneraba a la diosa Anna Perenna, diosa arcaica probablemente relacionada con las aguas y la fertilidad, por lo que los romanos allí reunidos se desperdigaban sobre la hierba, plantaban tiendas de campaña o construían cabañas improvisadas, cantaban, bailaban y bebían vino mientras rogaban a los dioses que les concediesen tantos años como copas apuraban. Había también representaciones de mimos y se podía ver a las mujeres bailar con el cabello suelto. Era una festividad de carácter licencioso y desinhibido.

“El día de las Idus (15 de marzo) es el festival del genio de Ana Perenna, no lejos de tus riberas, Tíber, advenedizo. Se reúne la plebe, y echándose por doquier en la hierba verde, se pone a beber, y cada cual se recuesta con su pareja. Algunos aguantan a cielo raso; unos pocos ponen tiendas; otros levantan una chabola de hojas y ramas; otra parte, así que han levantado canas a manera de rígidas columnas, colocan encima las togas extendidas. Sin embargo, entran en calor con el sol y el vino, y se desean tantos años como copas toman, y beben contándolas. Allí podrías encontrar al que se bebe los años de Néstor y la que se convierte en la Sibila que se toma. Allí también cantan lo que aprenden en el teatro y baten hábilmente las palmas siguiendo la letra.” (Ovidio, Fastos, III, 525)

Horae Serenae, pintura de John Edward Poynter

La fiesta de carácter agrario y popular de Anna Perenna viene seguida por otra fiesta muy próxima en el calendario, el 17 de marzo, las Liberalia. Estas fiestas se celebraban inicialmente en honor del dios Líber y posiblemente de la diosa Libera que parecen haber sido divinidades itálicas campestres vinculadas a la vegetación. El dios Liber, de origen plebeyo, presidía unas fiestas con un carácter arcaizante y claramente ligado a la fertilidad y productividad de la tierra, por lo que los campesinos llevaban en procesión representaciones fálicas, pues el falo se consideraba símbolo del poder fecundante de la Naturaleza, ocupando un destacado lugar en las creencias primitivas de muchos pueblos, y se entregaban, para asegurar la fertilidad de los campos, a ceremonias violentas y orgiásticas. Era frecuente que se le ofreciera exvotos de reproducciones de órganos sexuales.

“Vergüenza siento tener que tratar del culto de Líbero y la desmesurada torpeza que ese culto alcanzó, ya que le hicieron presidir las simientes líquidas; no sólo las de los frutos, cuya primacía, en cierto modo, se lleva el vino, sino también las de los animales. Y siento vergüenza precisamente por la prolijidad del discurso, no por la arrogante estupidez de ese culto. Sólo citaré algún detalle de los muchos que tengo que pasar en silencio.

En las encrucijadas de Italia -dice Varrón- se celebraban las ceremonias de Líbero con tan licenciosa torpeza, que en su honor se rendía culto a las partes vergonzosas del hombre, no con cierto recato secreto, sino con la exaltación de la maldad en la publicidad. Durante las fiestas de Líbero era colocado con gran honor en carrozas este vergonzoso miembro, y llevado primero por las plazas de la campiña y luego hasta la misma ciudad. En la villa de Lavinio se dedicaba todo un mes a solo Líbero; y en esos días habían de usar todas las palabras más desvergonzadas, hasta ser llevado por la plaza pública y colocado en su propio lugar. Aún más, era de rúbrica que una de las más honestas matronas coronara en público a este vergonzoso miembro. Para aplacar al dios Líbero en pro de la fertilidad de las semillas, y para alejar de los campos el hechizo, se hacía preciso que una matrona hiciera en público lo que no debió permitirse realizar a una meretriz en las tablas en presencia de las matronas.” (Agustín, La ciudad de Dios, VII, 21)

Pintura de Giovanni Muzzuoli

Líber presentaba unos atributos que hicieron muy fácil asimilarlo al dios griego Dioniso y con el paso del tiempo esta divinidad agraria fue viendo reducirse poco a poco sus amplias funciones agrícolas hasta el punto de terminar siendo en esta faceta sólo dios de la viticultura y sería venerado por los vendimiadores y taberneros y comerciantes que le rogaban protección para sus negocios.  

“Antes de tu nacimiento, Líber, los altares estaban sin honores y se encontraba hierba en los fuegos fríos. Cuentan que tú apartaste las primicias para el gran Júpiter, una vez sometido el Ganges y todo el Oriente. Tú fuiste el primero en ofrecerle cínamo e incienso que habías confiscado las entrañas braseadas de un buey paseado en triunfo.” (Ovidio, Fastos, III)

Pintura de Edwin H. Blashfield

En el último siglo de la República Liber comenzó a cobrar una enorme importancia política al ser considerado dios de la Libertad.

“Ahora que estoy bien repleta y me he llenado hasta la saciedad de la flor de Liber, me apetece dar libertad a mi lengua.” (Plauto, Cistellaria, 126-128)

En la antigua Roma durante la fiesta de Liberalia solía tener lugar en muchos hogares romanos una celebración trascendente para la familia, los jóvenes que habían llegado a la adolescencia vestían por primera vez la toga libera (también denominada toga virilis y toga pura), lo que simbolizaba el paso de un hijo varón de niño a adolescente, y la adquisición de ciertos derechos y una libertad de la que anteriormente no gozaba.

“Me resta descubrir por qué se da a los niños la toga de la libertad en tu día, Baco refulgente. Será, bien porque tu pareces siempre un niño o un joven, y tu edad es intermedia entre el uno y el otro, o bien porque tú eres padre y los padres encomiendan a sus hijos, sus prendas queridas, a tu cuidado y protección. O bien porque eres Liber se echa mano también en tu nombre de un vestido de libertad y se emprende el camino de una vida más libre. iO será porque, cuando los primitivos cultivaban los campos con mucho empeño, y el senador realizaba su trabajo en el campo paterno, y el cónsul tomaba las insignias nada más abandonar el corvo arado, y no era baldón tener las manos endurecidas, el pueblo campesino venía a la ciudad al festival (pero aquel honor se concedía a los dioses, no al favor popular): en su día celebraba el descubridor juegos de la uva, que ahora comparte con la diosa que lleva la antorcha con el objeto de que la multitud pudiese festejar al bisoño, pareció que ese día no era inapropiado para dar la toga? ¡Padre, dirige aquí tu amable cabeza y tus cuernos aplacados, y despliega favorablemente las velas de mi inspiración!” (Ovidio, Fastos, 770)

Ese día los jóvenes que tomaban la toga viril (llamada también toga pura y toga libera) iban en procesión hacia el Capitolio con sus ofrendas (liba).

“Las Liberalia recibieron su denominación porque, este día, a lo largo de toda la ciudad permanecen sentadas como sacerdotisas de Líber ancianas coronadas de hiedra, acompañadas de tortas sagradas (liba) y un brasero, que hacen sacrificios a favor del que los compre.” (Varrón, De Lengua Latina, VI, 14)

Del 4 al 10 de abril se celebraba la fiesta y los juegos Megalenses, festival muy bullicioso y colorista, dedicado a la diosa Cibeles, Gran Madre de los dioses de origen frigio. El primer día los sacerdotes de la diosa, los galos, llevaban su imagen en procesión por las calles de Roma, sentada en un carro tirado por leones, al son de címbalos, flautas y tambores, acompañada por las danzas de los coribantes y en medio de estridentes alaridos de los sacerdotes. Típicas de estas fiestas eran las representaciones teatrales. Se celebraban banquetes en los que patricios y plebeyos se cursaban invitaciones recíprocas.

“Deja que el cielo de tres vueltas sobre su eje incesante, deja que Titan unza tres veces y tres veces desunza los caballos: al instante sonará la flauta berecintia de tubos retorcidos y será el Festival de la Madre del Ida. Se echarán a caminar unos afeminados y golpearán los huecos tambores, y los bronces, golpeados por bronces, emitirán su timbre. La diosa será llevada a horcajadas sobre el blando cuello de la comitiva por las calles del centro de la ciudad, recibiendo hurras. Resuena la escena y los juegos nos llaman.” (Ovidio, Fastos, IV, 180)

Procesión de la diosa Cibeles, Escuela Francesa

Durante el festival se celebraba un lectisternio, banquete sagrado, y ludi, juegos, que fueron haciéndose más complicados hasta adquirir la forma de representaciones escénicas, conocidas como ludi Megalenses, incluidos, a partir de la consagración del templo en 191, en el calendario oficial del estado romano. Durante la etapa republicana había una representación teatral de los acontecimientos del año 204, y la inauguración consistía en una ofrenda publica -recuerdo agradecido por los favores obtenidos de la diosa- realizada por el praetor urbanus en representación del Estado.

"Le ofrecen sacrificios y juegos anualmente los pretores según las tradiciones romanas, pero un hombre y una mujer frigios son sus sacerdotes y recorren la ciudad en procesión pidiendo limosna, según su costumbre, con figuras rodeando sus pechos, tocando con la flauta, junto a sus seguidores, los cantos en honor de la Diosa Madre y golpeando sus tambores." (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, 2, 19, 4)

Relieve de la diosa Cibeles con coribantes bailando

Los juegos propiamente dichos se celebraban el tercer día y el 10 de abril terminaban las fiestas de Cibeles y Atis con carreras de caballos, cuya vistosidad acrecentaba el máximo apoyo popular, y con una procesión alrededor del Circo Máximo en la que iban las imágenes de la diosa y del dios, precedidas por la Victoria con las alas abiertas.

"Cuando la próxima aurora vislumbre a Roma victoriosa, y huyan las estrellas cediendo su lugar al sol, se verá concurrido el Circo con una procesión y buen número de dioses, y los caballos, rápidos como el viento, competirán por la primera palma." (Ovidio, Fastos, 389)

Parte de las festividades se asemejaban a las celebraciones hechas en honor de Baco o Dioniso, quien estaba vinculado a la diosa, porque según la mitología ésta le había introducido en los misterios durante su estancia en Frigia, tras curarle de la locura que la diosa Hera le había provocado.

“Resuenan tirantes panderos a las palmadas y rotundos platillos en derredor, amenaza el corno con su ronca melodía y la hueca flauta excita los ánimos con sus compases frigios, blanden como insignias de su violento arrebato armas capaces acaso de aterrorizar a las almas desconsideradas y a los corazones irreligiosos con el miedo ante el poder sagrado de la diosa." (Lucrecio, De la Naturaleza de las cosas)

Procesión de la diosa Cibeles, Casa de los cuatro dioses, Antiquarium de Pompeya.
Foto de Samuel López

La Vinalia priora o urbana se celebraba el 23 de abril, cuando se abrían los odres de vino del año anterior para bendecirlo y se ofrecía a Júpiter mediante una libación, aunque la fiesta en origen estaba dedicada a Venus.

“Así pues, ¿me preguntáis por que llaman al festival de Venus los Vinalia y por qué motivo pertenece este día a Júpiter?” (Ovidio, Fastos, IV)

A partir de los Vinalia Priora el vino se convertía, a efectos religiosos, en apto para consumo. También se rogaba al dios supremo para que velara porque las lluvias fueran propicias, para que no hubiera tormentas cuando ya estaban granados los racimos.

“Las Vinales (Vinalia) recibieron la suya por el vino (vinum); este día es de Júpiter, no de Venus. La atención prestada a este asunto no es poca en el Lacio, pues en algunos lugares la vendimia la llevaban a cabo inicialmente sacerdotes en nombre del Estado, como aún ahora en Roma, pues el flamen Dial consulta los auspicios para la vendimia y, cuando ha ordenado recoger la uva, sacrifica una cordera a Júpiter, y el flamen es el primero que, entre la sección y el ofrecimiento de las entrañas de aquélla, recoge la uva. En las puertas de Túsculo está escrito:

Que no se transporte el vino nuevo dentro de la ciudad antes de ser proclamadas las Vinales.” (Varrón, La lengua latina, VI)

Festival en honor de Baco, pintura de Alma-Tadema

Los Floralia, fiestas en honor de diosa Flora, diosa antigua y primaveral de las flores y del trigo, se celebraban entre el 28 de abril y el 3 de mayo con danzas ligeras, juegos rústicos y gran licenciosidad.

“Cuando la Titonia, una vez abandonado el hermano del frigio Asaraco, ha alzado su resplandor por tres veces en el Universo inmenso, llega la diosa enlazada con mil variadas coronas de flores: la escena disfruta del hábito de un licencioso retozo. La consagración de Flora se extiende hasta las calendas de mayo.” (Ovidio, Fastos, IV, 945)

Floralia, pintura de Hobbe Smith

La gente vestía ropas multicolores, con las que imitaban la policromía de las flores del campo. Por la noche se iluminaban las calles para prolongar la diversión.

“Pero, ¿cómo es que, si en el festival de Ceres se regalan vestidos blancos, Flora se arregla con atavíos multicolores? ¿Es por qué la mies se pone blanca cuando maduran las espigas, y en cambio las flores acaparan todos los colores y vistosidades? Dijo que sí, y agitando el pelo cayeron flores, como caen las rosas que se han colocado en las mesas.” (Ovidio, Fastos, V, 355)

Festival en Roma, pintura de Pablo Salinas

Los ludi Florales se instituyeron en el año 238 a.C. y según una leyenda Flora fue una prostituta que se enriqueció con su trabajo y dio su dinero al pueblo con el encargo de que cada año se celebrasen los Floralia, con juegos escénicos, cuyas piezas principales era un desfile de prostitutas y la representación de una pantomima.

“Flora, tras haber conseguido gran cantidad de riquezas en su profesión de meretriz, nombró como heredero suyo al pueblo y le dejó una cantidad de dinero: los intereses anuales de este dinero son destinados a la celebración de su cumpleaños en unos juegos que reciben el nombre de «FloraIia». El senado, al que esto le parecía vergonzoso, decidió tomar como excusa el propio nombre de la diosa para dar cierta dignidad a una tradición tan indecente: inventaron que se trataba de la diosa que protegía las flores y que convenía tenerla contenta para que los frutos, árboles y vides florecieran abundante y prósperamente. El poeta, al hilo de esta figura, cuenta en los Fastos que al principio era una ninfa llamada Cloris, la cual, cazada por Zéfiro, recibió de su marido a modo de dote la potestad sobre las plantas. En verdad que estas cosas que se dicen son decentes, pero son creídas indecente y torpemente; apariencias de este tipo no deben engañarnos cuando buscamos la verdad. Lo que se celebra son juegos con toda lascivia, convenientemente adaptados al recuerdo de una meretriz: efectivamente, además del libertinaje en las palabras, con las que se desparrama todo tipo de obscenidades, las meretrices, a petición del pueblo, se desnudan; entonces, éstas se dedican a hacer mímica y se detienen con movimientos vergonzosos ante los ojos del pueblo hasta saciar la vista de los impúdicos.” (Lactancio, Instituciones Divinas, I, 20, 6)

Floralia, pintura de Prosper Piatti

Según algunos testimonios también se repartían obsequios y alimentos entre los asistentes a la fiesta.

“Espabílate y arroja pródigamente garbanzos al pueblo que se pelea, para que los ancianos, amigos del sol, puedan acordarse de nuestras fiestas de Flora.” (Persio, Sátiras, V, 175)

Bona Dea era una antigua divinidad romana asociada con la castidad, la fertilidad, la sanación y la protección del estado y el pueblo de Roma. Su culto parece proceder de la Magna Grecia y en Roma se celebraban sus ritos en la colina del Aventino.

“Mientras tanto, hay que cantar a la Bona Dea. Existe un peñasco en su sitio originario, que dio nombre al lugar. Lo llaman la Roca; abarca buena parte del monte. En esta roca se había instalado en vano Remo el día que los pájaros del Palatino dieron las primeras señales a su hermano, Los padres levantaron allí en una calva de suave ladera un templo que aborrece la mirada de los varones.” (Ovidio, Fastos, V, 148)

Estatua de Bona Dea y epígrafe con dedicatoria

La diosa, a la que se representaba sentada con una cornucopia y una serpiente, tenía dos fiestas anuales, una el día 1 de mayo, celebrada en el templo del Aventino en beneficio del pueblo romano y otra en diciembre que tenía lugar en casa de un magistrado, cuya esposa presidía los ritos y estaba restringida a un grupo de matronas de la élite romana.

Durante la fiesta de la Bona Dea se permitía a las mujeres beber vino puro, lo que estaba estrictamente prohibido en otros momentos, aunque se hacía pasar por leche y se guardaba en un recipiente para miel, además podían hacer sacrificios con derramamiento de sangre y se les prohibía a los hombres participar en casi todos los ritos. Solo algunos iniciados escogidos conocían el verdadero nombre de la diosa, sobre la que había numerosas especulaciones en cuanto a su verdadera identidad. Con frecuencia se la identificaba con la esposa de Fauno, la diosa de la fertilidad en la naturaleza Fauna.

El culto a la diosa Bona Dea recuerda al de varias diosas de la fertilidad y la tierra del mundo grecorromano, como el festival griego de las Tesmoforias, dedicado a Deméter, que incluía ritos nocturnos dirigidos por mujeres iniciadas y sacerdotisas, en el que había música, baile, vino y el sacrificio de una cerda. Los participantes eran miembros de todas las clases sociales, incluidos los esclavos.

“Cornelio Labeón atestigua que en las calendas de mayo fue dedicado un templo a esta Maya, es decir, a la tierra bajo la advocación de Bona Dea, y asegura que el rito tan secreto de su culto puede ser una prueba de la identidad de la Bona Dea y la tierra; esta misma divinidad, añade, es invocada en los libros de los pontífices como Bona, Fauna, Ops y Fatua: Bona, porque genera todo aquello que es bueno para nuestra alimentación; Fauna, porque favorece (favet) todo lo que es útil para los seres vivos; Ops («Ayuda»), porque la vida existe gracias a su auxilio; Fatua, derivado de fari («hablar»), porque, como ya hemos dicho, los recién nacidos no emiten su voz hasta que no han tocado la tierra. Hay quienes afirman que esta diosa tiene el poder de Juno y que por ello se le añadió un cetro real en la mano izquierda. Otros creen que ella es Prosérpina, y que se le inmola una puerca, porque es el animal que devoró la cosecha que Ceres ofrendó a los mortales. Otros creen que es Chthonía Hekâtë («Hécate de los Infiernos»); los beocios, Sámele. Asimismo, hay quienes dicen que es hija de Fauno, y que se resistió a los deseos de su padre, enamorado de ella, hasta el punto de que el padre la azotó con una vara de mirto, por no haber cedido a su capricho ni siquiera atiborrada de vino. Se cree, no obstante, que el padre se metamorfoseó en serpiente y copuló con su hija. De todos estos hechos, se aportan los indicios siguientes: es sacrilegio llevar una vara de mirto en su templo; sobre su cabeza se extiende una parra, el instrumento principal con el que su padre intentó seducirla; al vino que se lleva a su templo normalmente no se le llama vino, sino que al vaso en el que sirve el vino se le llama vaso de miel, y al vino, leche; las serpientes que hay en su templo se muestran indiferentes, ni infunden miedo ni sienten temor. Algunos opinan que es Medea, porque en su templo hay toda clase de hierbas, con las cuales los sacerdotes suelen elaborar medicamentos, y porque en su templo no les está permitido entrar a los hombres, a causa del ultraje que ella sufrió por culpa de su ingrato esposo Jasón. Los griegos la llaman theos gynaikeía, «diosa de las mujeres», y Varrón cuenta que la hija de Fauno era tan pudorosa que jamás salió fuera del gineceo y su nombre nunca fue oído en público, y jamás vio ella a un hombre y ningún hombre la vio jamás a ella; por estas razones, los hombres no entran en su templo.” (Macrobio, Saturnales, I, 12, 20)


Procesión de las Tesmoforias griegas, pintura de Francis David Millet

Para la fiesta de invierno de diciembre celebrada en casa de un magistrado la casa se purificaba y la esposa del magistrado o su madre con sus asistentes entretejían hojas de parra y decoraban los salones con plantas y flores, excepto el mirto, que estaba prohibido. Se preparaba una mesa con un lecho para la diosa y la imagen de una serpiente. Las Vestales traían la imagen de la diosa desde el templo y la dejaban encima del lecho, como si fuera una invitada de honor. La comida consistía en las entrañas de una cerda sacrificada a la diosa en favor del pueblo romano y una libación de vino sacrificial. El festival continuaba durante la noche, con un banquete acompañado de mujeres tocando instrumentos, juegos y vino.

Fragmento de un fresco del Teatro de Herculano, foto Carole Raddato

Los ritos de la Bona Dea destacaban la eliminación temporal de las restricciones habituales impuestas a las mujeres romanas de todas las clases sociales por la tradición, y resaltaba la potencia sexual pura y legítima de las vírgenes y matronas en un contexto que priorizaba la lujuria femenina, en vez de la masculina.

“¿Por qué las mujeres, cuando adornan en sus casas el lugar sagrado de la diosa de las mujeres, que llaman “Buena” no le llevan mirto, a pesar de su preocupación por hacer uso de todo tipo de plantas que broten y florezcan?

¿Acaso esta diosa, según cuentan los mitógrafos, era la mujer del adivino Fauno, que se servía vino ocultamente y varas de mirto, razón por la que no le llevan mirto y cuando le hacen libaciones de vino, las llaman de leche?

¿O celebran aquel sagrado rito, puras de muchas cosas y especialmente de los placeres de Venus? Pues cuando llevan a cabo los ritos acostumbrados en honor de la diosa, no sólo sacan de casa a sus maridos, sino que también expulsan de la casa a todo ser masculino y evitan por razones religiosas el mirto ya que está consagrado a Venus. Y a la que ahora llaman Venus Murcia, la llamaban antiguamente, al parecer, Mirtia.” (Plutarco, Cuestiones romanas, 20)


Safo, pintura de Louis Hector Leroux

Entre los días 7 y 15 de junio tenía lugar un festival religioso, la Vestalia, en honor de la diosa Vesta, diosa del fuego del hogar y de la conservación del fuego sagrado de Roma. En el primer día de las festividades se abría el penus Vestae, espacio sagrado del templo de Vesta que se mantenía habitualmente cerrado con una cortina, para que las mujeres ofrecieran sacrificios. Mientras la cortina permanecía abierta, las matronas podían entrar, descalzas, para dejar sus ofrendas a la diosa y pedir la bendición para ellas y sus familias.

Vestal, pintura de Carl Friedrich Deckler

El animal consagrado a Vesta, el asno, se coronaba con guirnaldas de flores y panecillos el 9 de junio para recordar, según Ovidio, que un asno había impedido que Príapo violase a Vesta mientras dormía, aunque también dice que los asnos eran honrados el 9 de junio por los servicios prestados a las panaderías.

“Mas el rojizo guardián de los jardines requebraba a diosas y a ninfas, y de un lado a otro llevaba sus pies vagabundos. Vio también a Vesta; es dudoso si se creyó que era una ninfa o sabía que era Vesta, pero él desde luego afirmó que no lo sabía. Concibió una sucia esperanza y probó a acercársele furtivamente, e iba con cautelosos pasos y el corazón brincándole. Por casualidad el viejo Sileno había dejado el borriquillo en que había hecho el viaje a orillas de un rio de suave murmullo. Iba a lanzarse el dios del largo Helesponto, cuando el asno rebuznó con intempestivo ruido. La diosa se levantó, asustada por la ronca voz; todo el grupo acudió volando; él escapó de las manos hostiles. Lampsaco acostumbraba a sacrificar este animal a Príapo, diciendo: «Entrego a las llamas las entrañas del asno delator». Dicho animal lo adornas tú, diosa, con hogazas de pan a manera de collares en el cuello, en recuerdo del suceso. El trabajo termina; las muelas están vacías y sin ruido.” (Ovidio, Fastos, VI, 335)

Vestal, pintura de Wenzel Tornoe

El día 15 cuando acababa la festividad se cerraba el penus Vestae de forma solemne, la flaminica dialis, esposa del sacerdote principal de Júpiter, se ponía de luto y el templo se purificaba y la suciedad barrida se llevaba por el clivus Capitolinus y se arrojaba al rio.

“Este es el día en que tú, Tíber, envías al mar a través de las aguas etruscas la purificación de Vesta.” (Ovidio, Fastos, VI, 710)

El festival de la Vinalia Rustica se llevaban a cabo el 19 de agosto, aunque el arranque aproximado de la vendimia, dependiendo del clima de las diferentes regiones podía comenzar más tarde, nunca antes. Estaba dedicado a Júpiter, el dios supremo del panteón romano, en este caso como dios del vino y de sus virtudes mágicas. Oficiaba la ceremonia el flamen dialis que consultaba los auspicia, y solicitaba permiso a la divinidad para iniciar la vendimia, mediante determinadas plegarias, sacrificando una cordera y exprimiendo ante el altar las uvas de un racimo.  Se pedía protección contra las tormentas de verano que podían dañar las uvas antes de la vendimia. Habiendo obtenido, con satisfacción, la señal del dios, los vendimiadores empezaban su tarea. Hasta que la ceremonia no se llevaba a cabo no se podía traer mosto nuevo a la ciudad.

Festival de la vendimia, pintura de Alma-Tadema

Mesalina, la esposa del emperador Claudio, tras su ilegal boda con Silio, estando aún casada con Claudio, celebra en su mansión una fiesta de la vendimia, junto a su nuevo esposo, y otros amigos, lo que indica la relevancia que estas festividades tenían en la sociedad y entre los aristócratas.

“Mas Mesalina, nunca tan desenfrenada como entonces en sus deleites y desórdenes, estando ya el otoño muy adelante, celebraba en su casa la fiesta de las vendimias. Unos pisaban las uvas, otros daban vueltas al husillo y hacían correr el mosto a las cubas por sus canales; y las mujeres, vestidas de pellejos, andaban por todo dando grandes saltos, como las que suelen celebrar los sacrificios a Baco, hasta que en ellos dan muestras de enloquecer del todo. Ella, con los cabellos sueltos por la espalda, blandiendo el tirso tenía a su lado a Silio, vestido de hiedra, calzado con una cierta forma de borceguíes, llamados coturnos, y dejando caer la cabeza a una parte y a otra, mientras en torno de ellos discurría bailando y dando voces un desvergonzado y disoluto coro de mujeres.” (Tácito, Anales, XI, 31)

Las orgías de Mesalina, pintura de Fererico Faruffini

Las Meditrinalia en origen fueron dedicadas a Júpiter, al que se rogaba por la salud, aunque en tiempos posteriores se instituyó a una diosa desconocida, Meditrina, como patrona de las fiestas. Tenían lugar el 11 de octubre y el oficiante era el flamen Martialis, quien, entre otros actos, hacía una libación con el primer mosto de la reciente vendimia.

Las Meditrinalia tenían lugar después de la vendimia, cuando los campesinos romanos trataban el líquido no fermentado obtenido por el prensado de la uva, llamado mustum, "mosto", añadiendo vino del año anterior. Esta mezcla impedía que el vino se agriase. Se procedían a realizar las libaciones, vertiendo el vino a la tierra como ofrenda y bebiendo la mezcla para conservar la salud.

“En el mes de octubre, el día de las Meditrinales (Meditrinalia) recibió su denominación a partir de mederi (curar,) porque Flaco, flamen de Marte, decía que este día se solían hacer libaciones de vino nuevo y de viejo y probar éstos como medicina; y esto suelen hacer aún ahora muchos, cuando dicen: Bebo vino antiguo y nuevo; me curo de las enfermedades antiguas y nuevas". (Varrón, De la Lengua latina, VI, 21)

La veneración de las fuentes fue uno de los cultos más importantes de toda la mitología romana. Fons, Fontus o Fontanus representaban el genium o numen aquae, o sea el espíritu divino que residía en los manantiales de agua potable. Las fuentes eran celebradas anualmente en Roma en las ceremonias religiosas llamadas Fontanalia, el día 13 de octubre, durante las cuales los pozos públicos se adornaban con guirnaldas y se les echaban flores, y lo mismo se hacía con las fuentes a las que se arrojaban coronas, monedas pequeñas, imágenes y objetos que representaban las partes del cuerpo curadas por la acción de las aguas.

“Las Fontanales (Fontanalia) recibieron la suya por Fons (Fons), porque este día es su fiesta. Por esto entonces lanzan coronas al interior de las fuentes y también ponen coronas a los pozos.” (Varrón, De la Lengua Latina, VI, 22)

Pintura de Emilio Vasari

En el mes de diciembre se celebraba con velas y antorchas el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo periodo de luz, coincidiendo con el solsticio de invierno.

Entre el 17 y 23 de diciembre se celebraban las Saturnales que estaban consagradas al dios Saturno, que había enseñado a los hombres a trabajar la tierra. En sus más remotos orígenes, estas fiestas hacían referencia a la finalización de los trabajos del campo, una vez concluida la siembra efectuada durante el invierno, cuando toda la familia campesina, incluidos los esclavos domésticos, tenían ya tiempo para el descanso y el ocio.

Las fiestas comenzaban con un sacrificio en el templo de Saturno, que se hallaba situado a los pies de la colina del Capitolio, la zona más sagrada de Roma; después del sacrificio, seguía un banquete público, al que todo el mundo estaba invitado. Durante los días siguientes, la gente se entregaba a bulliciosas diversiones, celebraba banquetes y se intercambiaban regalos.

“Por último, y ya en el mes de diciembre, se ofreció en Roma un sacrificio en el templo de Saturno y se celebró un lectisternio -cuyos lechos además habilitaron los senadores- y un banquete público, y a través de la ciudad se dieron día y noche los gritos saturnales, y se invitó al pueblo a tener como festivo para siempre aquel día.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXII, 1, 2)

Pintura de Alma-Tadema

Era deseo divino extender la alegría a todo el mundo durante los días festivos en los que las actividades públicas quedaban abolidas, los esclavos eran agasajados por sus amos con un banquete, se vestían con sus ropas, se ponían máscaras y podían decir a sus amos todas aquellas cosas que quisieran, sin necesidad de reprimirse. Además, se pedía disfrutar de los placeres. 

“Que nadie tenga actividades públicas ni privadas durante las fiestas, salvo lo que se refiere a los juegos, las diversiones y el placer. Sólo los cocineros y los pasteleros pueden trabajar. Que todos tengan igualdad de derechos, los esclavos y los libres, los pobres y los ricos. No se permite a nadie enfadarse, estar de mal humor o hacer amenazas. No se permiten las auditorías de cuentas. A nadie se le permite inspeccionar o registrar la ropa durante los días de fiestas, ni practicar deportes, ni preparar discursos, ni hacer lecturas públicas, excepto si son chistosos y graciosos, que producen bromas y entretenimientos.” (Luciano, Saturnales, 13)

Saturnales, J.R. Weguelin

Las licencias festivas y trasgresoras tenían un límite temporal, al cabo del cual la situación volvía a la normalidad. Todos sabían que los excesos que se podían cometer, y las transgresiones que podían tener lugar ese día, se iban a llevar a cabo en un tiempo muy limitado.

[Cronos] Yo he heredado el poder con condiciones: todo mi reinado dura siete días y cuando haya terminado ese plazo al punto me convertiré en un particular y de alguna manera en uno del montón. Además, en esos siete días no se me ha permitido gestionar nada importante ni de tipo público, pero puedo beber y estar bebido, gritar, jugar, echar los dados, nombrar encargados de la juerga, dar banquetes a los criados, cantar desnudo, aplaudir con emoción, de vez en cuando incluso tirarme al agua fría de cabeza con la cara tiznada de hollín, todo eso es lo que yo puedo hacer, pero la riqueza y el oro, se las reparte Zeus a quienes quiere. (Luciano, Saturnales, 2)

Horacio en la villa, pintura de Camilo Miola

Séneca relaciona las fechas de la fiesta con los excesos sexuales, y critica de forma velada a la sociedad romana, que en su opinión pecaba de ser excesivamente liberal durante esta celebración:

“Diciembre es el mes; más que nunca el sudor invade la ciudad. El derecho al libertinaje ha sido otorgado oficialmente. Con los inmensos preparativos todo se anima, como si mediara alguna diferencia entre las Saturnales y los días de trabajo; pero hasta tal punto no existe diferencia, que me parece no haberse equivocado quien dijo que diciembre antes fue un mes, ahora es el año entero.” (Séneca, Epístolas, XVIII, 1)

El culto a Baco, dios de la fertilidad y del desenfreno en la bebida, en las Bacanales se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza”. (Tito Livio, Historia de Roma, XXXVI-XL)

En el templo de Baco, pintura de Giovanni Muzzuoli

Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba que durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas.

“Inicialmente, se trataba de un santuario reservado a las mujeres, donde era costumbre no admitir a ningún hombre; había tres días al año en los que, durante el día, se iniciaba en los misterios de Baco, se solía elegir por turno a matronas como sacerdotisas. Paculla Annia, una sacerdotisa de la Campania, había efectuado cambios radicales, como por inspiración divina, pues fue la primera en admitir hombres e inició a sus propios hijos, Minio y Herenio Cerrinio. Al mismo tiempo, hizo que el rito fuera nocturno y que en vez de tres días al año se celebrara cinco veces al mes. Una vez los misterios hubieron asumido aquel carácter promiscuo, con los hombres mezclados con las mujeres en licenciosas orgías nocturnas, no quedó ningún crimen y ninguna acción vergonzosa por perpetrarse allí. Se producían más prácticas vergonzantes entre hombres que entre hombres y mujeres. Quien no se sometiera al ultraje o se mostrara remiso a los malos actos, era sacrificado como víctima. No considerar nada como impío o criminal era la misma cúspide de su religión. Los hombres, como posesos, gritaban profecías entre las frenéticas contorsiones de sus cuerpos; las matronas, vestidas como bacantes, con los cabellos en desorden, se precipitaban hacia el Tíber con antorchas encendidas, las metían en las aguas y las sacaban aún encendidas, pues contenían azufre vivo y cal. Los hombres ataban a algunas personas a máquinas y las echaban en cuevas ocultas, y se decía por ello que habían sido arrebatadas; se trataba de quienes se habían negado a unirse a su conspiración, tomar parte en sus crímenes o someterse a los ultrajes sexuales. Era una inmensa multitud, casi una segunda población, y entre ellos se encontraban algunos hombres y mujeres de familias nobles. Se ha convertido en costumbre, durante los dos últimos años, que nadie de más de veinte años fuera iniciado; solo captaban a los de edad más susceptible de engaño y corrupción.” (Tito Livio, Ab Urbe condita, XXXIX, 13)

Bacanal, pintura de Henryk Siemiradzki

Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y sólo se permitió el culto a Baco cuando fuese declarado necesario para la prosperidad de Roma, lo que había que demostrar ante el Pretor urbano. Posteriormente, la celebración debía ser autorizada por el Senado, estando presentes no menos de cien senadores, siempre que no tomasen parte en ellos más de cinco personas, que no tuviesen fondo común, ni maestro de ceremonias ni sacerdote.

“Sobre las Bacanales de aquellos que fuesen federados, así se votó determinar:

Nadie de ellos puede celebrar Bacanales. Si hubiese algunos que dijesen que les era necesario celebrar estas fiestas Bacanales, que vengan ellos a Roma ante el pretor urbano, y que nuestro senado decida sobre ello una vez que haya escuchado sus palabras, y siempre que no menos de cien senadores estén presentes cuando este asunto sea discutido. Ningún hombre sea bacante, ni un ciudadano romano, ni ninguno de los de nombre latino, ni ninguno de los otros aliados, sin que haya venido antes ante el pretor urbano y éste de acuerdo a la sentencia del senado lo haya concedido, una vez haya sido discutido ese asunto y siempre que no haya menos de cien senadores presentes en este acto. Se vota.

Que nadie ejerza la función de sacerdote; que nadie ya sea hombre o ya sea mujer, sea maestro de ceremonias. Que nadie recaude dinero común; que nadie, ya sea hombre, ya sea mujer, sea magistrado o haga de magistrado; que nadie conspire, que nadie se reúna, ni se comprometa, ni haga pactos; que nadie celebre ritos en oculto. Ni en lugar público ni en privado, ni siquiera fuera de la ciudad, podrá llevarse a cabo rito alguno, a no ser que previamente se hayan personado ante el pretor urbano que junto al Senado podrá dictaminar sobre ello, y siempre que estuvieran presentes no menos de cien senadores cuando este asunto sea tratado. Se vota.

Nadie en grupos de más de cinco personas juntas, hombres y mujeres, puede celebrar ritos, ni puede haber entre ellos más de dos hombres y más de tres mujeres, excepto con la sanción del pretor urbano y del senado, como se ha escrito antes.

Esto se proclama en asamblea y es sancionado por el Senado, que en no menos de tres nundinas, para los que fueran conocedores, la condena sea así: “Si hay alguien que actúa de manera contraria a lo que está escrito arriba, será condenados a la pena capital”; y además el Senado decreta que esto sea inciso en una tabla de bronce y ordena que sea fijada esta tabla donde se pueda conocer más fácilmente. Se falla que hagáis que las cofradías de la Bacanales, si las hay, excepto en lo que haya de sagrado, tal como está escrito anteriormente, se disuelvan en diez días desde que esta tabla sea entregada. En el campo Teurano.”

Bacanal de Primavera, pintura de Konstantin Makovsky


Bibliografía



Anna Perenna: Religión y ejemplaridad mítica, Sabino Perea
Plauto y el dios de la libertad y del vino: Líber-Dioniso-Baco, Manuel Antonio Marcos Casquero
Imágenes y prácticas religiosas de la sumisión femenina en la antigua Roma. el culto de «Juno Lucina» y la fiesta de Matronalia, Rosa María Cid López
Las Saturnales romanas y su carácter de festividad agrícola, Amalia Lejavitzer
Fera sodalitas. Los Lupercalia, de Evandro a Augusto, Alessio Quaglia
La participación de los esclavos en las fiestas del calendario romano, Juan Ignacio Garay Toboso
El culto a Bona Dea. Identidad, ritualidad y polivalencia de una diosa romana, Federica Gatto
Isis, diosa del Nilo, y el mar, Elena Muñiz Grijalvo
The Politics of Ecstasy: The Case of the Bacchanalia Affair in Ancient Rome, Chiara Baldini
Poetic Artistry and Dynastic Politics: Ovid at the Ludi Megalenses (Fasti 4. 179-372), R.J. Littlewood
Mars and Anna Perenna: March Gods and the Etruscan New Year in Archaic Rome, John Franklin Marshall
Characteristics of Roman Female Deities, Idaliana Kaczor
Liberalia in Ovid: Liber in the Roman Religion, Dóra Kovács
Roman Festivals and their Significance, Robert Schilling
Wikipedia