viernes, 6 de octubre de 2023

Caliga, el calzado en la antigua Roma

Calzado romano, Museos Capitolinos, foto Samuel López

“Sus pies resuenan con el purpúreo y brillante coturno; ató sus regias piernas con cintas escarlatas —obra del cuero persa, teñido con la púrpura campana— con las que suele el emperador romano en su victoria pisar a los tiranos sometidos y doblegar el cuello de los bárbaros. Eran apreciadas por su color rosado de sangre, alabadas por su tono púrpura y fueron escogidas por su tacto suavísimo para los sagrados pies. Sólo a los emperadores, bajo cuyas plantas hay sangre de reyes, es apropiado utilizar esta indumentaria.” (Coripo, Panegírico de Justino II, II, 100)

El calzado es una de las prendas de vestir que más ha variado desde que existe el hombre.  A pesar de ser un elemento funcional para proteger al pie, los artesanos zapateros han evidenciado, a lo largo de la historia, su destreza en la confección de artículos, no exentos de lujo y ornamento según los cambios en la moda.

“Porque el uso de zapatos es en parte para cubrir los pies, en parte como protección en caso de tropiezos, y para aislar la planta del pie de la dureza del camino.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)


Los romanos a diferencia de los griegos no encontraban agradable ir descalzos, ni siquiera en casa, a pesar de que en la época más antigua lo hicieron y posteriormente era símbolo de sencillez. 

“Es, realmente, un excelente ejercicio marchar con los pies descalzos, tanto para la salud, como para alcanzar un buen temple de alma y cuerpo, a excepción de cuando alguna necesidad lo impida.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Pescador, Museo Británico, Londres

Los ciudadanos pobres, esclavos, y los campesinos sí que solían  ir descalzos.  No hay prueba de si envolvían sus pies en paja u otras fibras para protegerlos del frío o del terreno. 

“El vehículo en el que me he acomodado es rústico; andando las mulas dan prueba de que viven; el mulero va descalzo, pero no a causa del calor”. (Séneca Epístolas, 87)

Esclavo de las termas, pintura de Alma-tadema


Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase. La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad.

“Sin embargo utilizó como pretexto el cuidado de la provincia; abriendo los silos alivió los precios del grano, y siguió una conducta muy del agrado del pueblo: iba sin escolta militar, calzado solamente con sandalias, y con un atuendo similar al de los griegos, imitando a Escipión, de quien se cuenta que hacía lo mismo en Sicilia en plena guerra púnica.” 

Sandalia y crépida griegas. Museo Británico, Londres

Pero ya durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas. Algunos de los patricios más elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias.

 “Llevaba gemas incluso en los zapatos, y además decoradas con grabados de artistas famosos,  lo que provocaba la hilaridad general.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 23, 4)

Relicario en forma de pie con sandalia de Jacques le Majeur,
Musée des Arts anciens du Namurois, Bélgica

Algunos autores criticaron el uso del excesivo lujo en la decoración de los zapatos y defendieron su uso únicamente como protección  para el pie:

 “Pero si no se está de viaje, y no se puede aguantar ir descalzo, se puede usar zapatillas o sandalias; pies polvorientos las llamaron los áticos, por acercar los pies al polvo, creo yo.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Iglesia de los santos Lot y Procopio, Kirbat al Mukhayya,
Jordania

Los artistas solían representar las clases altas en la escultura, y muchas imágenes muestran los pies descalzos para indicar divinidad, santidad religiosa,  piedad o la categoría de héroe.  Ir descalzo también indicaba prisa, pena, distracción de mente, o cualquier emoción violenta. A los funerales se asistía a veces con los pies descalzos, como describe Suetonio en el funeral de Augusto:

“Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas.” (Suetonio, Augusto, 100). 

Los adeptos a Isis y Cibeles asistían a los cultos también descalzos. En caso de sequía se celebraba una procesión, llamada Nudipedalia, en la que los participantes iban descalzos para pedir a los dioses.

Navigium Isidis, Ostia

Varias leyes suntuarias normalizaron el uso de determinados zapatos para diferentes ocasiones, según el rango, profesión e incluso edad de las personas. Se decía que un extranjero versado en la tradición romana podía averiguar el status social, económico y profesional de los ciudadanos por el calzado que llevaban. Los senadores, caballeros, sacerdotes, actores en escena, soldados, ciudadanos y no ciudadanos todos llevaban trajes y calzado distintivos, apropiados a sus papeles en la vida.

“Cota se queja de haber perdido dos veces las sandalias, por llevar a un esclavito “de pies” descuidado, el único que en su pobreza le asiste y le hace de acompañamiento. Ha tenido una idea, hombre sagaz y astuto, para que sea imposible causarle más veces semejante perjuicio: ha empezado a ir descalzo a las cenas.” (Marcial, Epigramas, XII, 87)

Ilustración de Sedeslav

La población civil dependía del cuero para el calzado, y el comercio de pieles era parte importante del comercio en la antigüedad. Las pieles de cabras, ovejas, vacas y bueyes se raspaban y curtían impregnándolas con un líquido hecho de corteza de árbol, agallas, sales minerales o alguna forma de tanino. La mayoría de la gente llevaba zapatos de color natural, pero los que podían permitírselo llevaban calzado hecho de caras pieles teñidas de negro, rojo u otros colores. El negro se producía usando atramentum sutorium, un tinte compuesto de sulfato de cobre.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo.” (Marcial, Epigramas, II, 29)



El emperador Aureliano que se vanagloriaba de modales austeros “prohibió a todos los hombres el uso de los calcei rojos, amarillos y blancos o de un verde color de hiedra, pero los toleró para las mujeres” (Historia Augusta, Aureliano 49, 7) 

Otros colores – blanco, oro y púrpura – aparecen en el Edicto de Precios de Diocleciano, a principios del siglo IV d. C.

Llevar un buen calzado era al igual que lucir una toga impoluta un signo de distinción, pero dejarlo mal atado o flojo estaba mal visto.

"Es un hombre un tanto irritable, que no les cae bien a las agudas narices que tiene esta gente; podría mover a la risa porque se corta el pelo de modo un poco paleto, arrastra la toga, y su calzado (calceus) flojo se ajusta mal a su pie." (Horacio, Epístolas, I, 3, 30)


Exposición Lusitania, 2016, Madrid. Foto Samuel López

Un zapato roto o descosido indicaba pobreza o desaliño. Juvenal, por ejemplo, se refería en una sátira a cierto pobre hombre con sus atuendo desgastado:

“¿Qué decir  cuando este mismo a todos da motivo y temas para chistes si su túnica está sucia y rota, si su toga está asquerosilla y uno de sus zapatos se entreabre con el cuero rajado o en recosida llaga más de una cicatriz deja ver el lino entero y nuevo?” (Sátira, 3)

Zapato de niño, Dura-Europos, Siria, Yale University Art Gallery

Y Marcial dedica un epigrama a un caballero que de una posición de riqueza había caído en la pobreza:

"Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces." (Epigramas, I, 103)

Los griegos y romanos que llevaban zapatos, incluyendo generalmente a todas las personas, excepto jóvenes, esclavos y ascéticos tenían inclinación por seguir la moda del calzado. 

"del mismo modo que, si me trajeses unos zapatos de Sición no los usaría, por más que fuesen cómodos y se adaptasen a mi pie, pues no los considero propios de un hombre", del mismo modo le manifestó que aquel discurso le parecía hábil y propio de un orador, mas ni vigoroso ni propio de un hombre.” (Cicerón, Del Orador, I, 54, 231)

Pintura de Alma-Tadema

Hay multitud de zapatos, cuyo nombre proviene de las personas o los lugares que los pusieron de moda: zapatos de Alcibíades, de Persia, de Laconia, de Creta, Milesio y Ateniense.

“Hay que mandar a paseo, pues, los vanos artificios cargados de oro y de piedras preciosas de las sandalias, así como los zapatos de Atenas o de Sición y los coturnos de Persia o de Tiro, y, proponiéndonos, como es costumbre nuestra, una justa meta, debemos elegir lo que es conforme a la naturaleza.” (Clemente, El Pedagogo, II)

Sandalias, Museo de Antigüedades, Munich. Foto Samuel López


Babilonica hypodemata eran sandalias elegantes procedentes de Babilonia de piel de excelente calidad. Se consideraban un lujo y la llevaban tanto los hombres como las mujeres. Las baucides eran un  caro calzado de color azafrán, especialmente popular entre las cortesanas. Algunas llevaban suelo de corcho para aumentar la altura.

Sandalia hecha en la Galia por Lucius Aebutius Thales. Vindolanda, Reino Unido

El phaecasium se hacía de cuero blanco, cubría todo el pie y podía ser usado por hombres y mujeres. En Atenas solía ser llevado por sacerdotes y en Alejandría por los magistrados, a los que Marco Antonio imitó durante su estancia allí.

 “Él invernó allí sin las insignias de su cargo, con la apariencia y el régimen de vida de un privado, ya fuera porque se encontraba en una jurisdicción extranjera y en una ciudad gobernada por un poder real, o porque hizo de su invernada una ocasión para la fiesta; puesto que incluso prescindió de los cuidados y de la escolta de un general, y usaba el manto cuadrangular griego en lugar del de su propio país, y calzaba el zapato blanco de Atenas que gastan los sacerdotes atenienses y alejandrinos, al cual llaman phaecasium.” (Apiano, Guerras Civiles, V, 11)

Phaecasium. Estatua de musa.
Galería de los Uffizi, Florencia

La denominación de zapatero y zapatera en la antigua Roma era sutor y sutrix respectivamente, pero el llamado remendón dedicado a arreglar el calzado estropeado se llamaba sutor veteramentarius. Además, los trabajadores especializados en distintos tipos de zapato tenían su propio nombre: calceolarius, solearius, crepidarius, gallicarius, caligarius.

Los zapateros podían ser esclavos, libertos o ciudadanos libres. 

“Peregrinus yace aquí, esclavo de Quintus Asinus, zapatero de caligas (sutor caligarius), de la Dacia, de 20 años.” (Carnuntum, AE 1929)

Museo de Nabeul, Túnez


“Lucius Vergilius Hilarus, liberto de Lucius, zapatero, yace aquí. Su esposa y sus libertos le hicieron este monumento.” (Cartago Nova, CIL, II 5125)

Algún fabricante de calzado llegaría a tener cierta solvencia económica lo que le permitió erigirse una estela funeraria con su retrato y con relieves que indicaban su profesión señalando en su epitafio quién tenía derecho a ser enterrado en su tumba.

“Caius Julius Helius, zapatero en la puerta Fontinal, construyó este monumento, mientras vivía, para él, para su hija, Julia Flacilla, para Caius Julius Onesimus, liberto, sus libertos y sus descendientes.” (CIL VI 33914)



Las mujeres también participaban en el negocio del calzado, bien como propietarias o como trabajadoras en los talleres profesionales, como es el caso de la sutrix Septimia Stratonice que es representada en una estela funeraria dedicada por Marcus Acilius a su carissima amica por sus buenos servicios. La mujer aparece con un molde de zapato en su mano, alrededor del cual se envolvía una pieza de cuero mojado como inicio para hacer un zapato.

Estela funeraria de Septimia Stratonice, Ostia, Italia


Los zapateros se agrupaban en corporaciones o collegia y en algunas ciudades tenían sus negocios juntos en el mismo barrio. Una referencia del siglo IV d. C. menciona un gremio de curtidores, un gremio de trescientos zapateros, y fabricantes de botas claveteadas (caligarii), además de fabricantes de crepidae (crepidarii).

“Una peluquera se sienta en la primera bocacalle de la Subura, por donde cuelgan los cruentos flagelos de los verdugos y numerosos remendones tienen sus puestos frente al Argileto.” (Marcial, Epigramas, II, 17)

Detalle del sarcófago de Titus Flavius Trophimas, Ostia. Termas de Diocleciano, Roma.
Foto de Carole Raddato

En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado: las sandalias, los zapatos y las botas. Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego. Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero. La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta. El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos. Las sandalias eran, sin duda, un calzado cómodo, pero informal, ideal para estar en casa y llevar más de puertas adentro, como demuestra la crítica de Cicerón a Verres:

“Ese gobernador romano permaneció allí en la playa, en sandalias (soleae), con un palio púrpura y una túnica hasta el tobillo, y apoyándose en su mujercita.”



Estaba mal visto llevar las sandalias en público y los romanos, celosos de las tradiciones nacionales, consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos. Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos.

“De ocho a nueve paseé muy a gusto, en sandalias, por delante de mi habitación. Después, ya calzado, y con mi manto puesto (pues se nos había indicado que nos presentásemos así), me fui a saludar a mi señor.”
(Frontón, Epístolas, 60)

Estatua de camillus, Museo Metropolitan, Nueva York


Cada civilización de la cuenca mediterránea hacía sandalias con los materiales que se encontraban localmente. Por ejemplo, en Egipto se hacían con hoja de palma o incluso papiro, especial. Los sacerdotes no podían llevar indumentaria hecha con animales sacrificados por lo que su calzado se confeccionaba con fibras vegetales. 

“Pronunciadas estas palabras, presenta públicamente a un joven vestido con túnica de lino, calzado con sandalias de fibra de palmera; su cabeza estaba afeitada al rape.” (Apuleyo, El asno de oro, II, 28, 2)

Sandalias, Fréjus, Francia

Pinturas, mosaicos y esculturas representan las variedades de sandalias comunes en Italia, en todos los periodos de la república e imperio romanos.

“O ¿sabes esto, pero consideras que sería mejor que la planta del pie estuviera recubierta de una piel de textura laxa, que se pudiera desprender fácilmente? Si vas a decir que una piel así es mejor, pienso que también elegirás una sandalia suelta y que se escapa por todas partes antes que una que te encaja exactamente y atada por todos lados, para así extender tu sabiduría por doquier y proclamar sin vacilar lo que todo el mundo con claridad conoce. O ¿evidentemente estás de acuerdo en que la sandalia artificial, externa, se debe ajustar al pie por todas partes si quiere cumplir bien su función, y, en cambio, no lo estás en que la sandalia natural tiene mayor necesidad de estar ajustada y sujeta firmemente, y perfectamente unida a las partes bajo las que ha sido situada?” (Galeno Del uso de las partes, III, 236)



Desde el siglo I al III d.C. hubo primero una suela de sandalia con forma natural para hombres, mujeres y niños. En el siglo II aparecieron estilos masculinos y femeninos divergentes, haciéndose la de mujer más estrecha y apuntada, y la de hombre más ancha y chata.

“Nuestra mirada no se detuvo tanto en los efebos – aunque merecían la pena – cuanto en el paterfamilias, que calzaba sandalias (soleatus) y practicaba el juego con pelotas verdes.” (Petronio, Satiricón, 27)

Sandalias de hombre, Museo Arqueológico de Estambul, Turquía. Fotos Samuel López

Algunas suelas llevaban el sello del fabricante o del curtidor, y se decoraba la parte interior. Muchas se claveteaban, dado que los romanos pensaban que lo que era bueno para los soldados a la hora de conservar el zapato del uso también era bueno para los civiles.

A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera; antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae para reclinarse en el lecho y las pedía al marcharse. Por esto, la expresión soleas poscere, «pedir las sandalias», con la que se anunciaba al anfitrión la intención de marchar y que acabó significando «prepararse para partir».

Izda, Mosaico de Madaba, Jordania. Drcha, mosaico de Agias, Trias, Chipre

La sandalia (solea) era calzado típicamente femenino. A las mujeres respetables apenas se las veía con los pies desnudos en público.

“Allí mi radiante diosa entró con delicado
pie y detuvo en el gastado umbral su brillante planta
apoyada en la crujiente sandalia.”
(Catulo, Poemas, 68)



La variedad de la sandalia femenina permitía añadir sujeción con tiras en el talón. Plinio cuenta que había una estatua de Cornelia, madre de los Gracos, que la mostraba con sandalias sin tiras en el talón, al modo en que se representaba a las diosas griegas, para indicar su ilustre linaje.

 “Hay una estatua de Cornelia, la madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, que la representa sentada y es notable porque no hay tiras hacia los talones." (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 31)

Pie con sandalia de Ariadna dormida, Museo del Prado, Madrid

Las sandalias femeninas podían tener una suela fina o gruesa con una plataforma hecha de un material como corcho o madera.

Detalles de estatuas, Casa de Pilatos, Sevilla. Fotos Samuel López

Clemente de Alejandría (s. II d.C.) al recomendar a las cristianas que huyan del calzado decorado, critica a las mujeres que usan sandalias lujosas o adornadas:

“Son verdaderamente vergonzosas «las sandalias en las que hay flores doradas», pero también las mujeres insisten en adherirse a su suela unos clavos formando espirales; son muchas las que aplican sellos con motivos eróticos, para que, al andar, quede impreso sobre la tierra el signo de sus sentimientos de hetera”. (Clemente de Alejandría, Paedagogus, 2, 12)

Museo de Vindolanda, Reino Unido

Algunos modelos de calzado grababan mensajes en las suelas dirigidos a sus dueños con dibujos incluidos. En la sandalia mostrada abajo se puede leer:

“Disfrútalo con salud, señora. Llévalo con belleza y felicidad.”

Portus Theodosiacus, Estambul

En Roma las sandalias con un complicado entramado de tiras superiores, cubriendo a veces los dedos y otras dejándolos al aire, se conocieron como crepidae, también de origen griego. El entramado consistía de tiras que formaban un calado, no entretejido, con diferentes diseños. A menudo cubrían el pie hasta el tobillo, o lo incluían, y, a veces cubrían los dedos. Se representan ya en las pinturas de las tumbas de Tarquinia del siglo V a. C. y en los frescos de Pompeya del siglo I. d.C.

“Estas y otras cosas por el estilo relativas a la austeridad romana son las que dijo Tito Castricio en mi presencia. Muchos de sus oyentes preguntaban por qué había dicho que iban en sandalias (soleati), si llevaban gálicos (gallicae), no sandalias (soleae). Pero Castricio se había expresado con verdadera sapiencia y corrección. En efecto, por lo general a todo tipo de calzado que protege únicamente las plantas de los pies, mientras el resto del pie, sujeto con correas redondeadas, queda casi desnudo, lo llamaron sandalias (soleae) y, a veces, con un término griego, crepidulae. Por lo que se refiere a las gallicae, creo que es una palabra nueva que empezó a ser usada no mucho antes de la época de M. [Tulio] Cicerón, y éste mismo lo utilizó en la Segunda Filípica contra Antonio: “Echaste a correr con gallicae y lacerna”. Esta palabra no la he visto con este significado en ningún otro escritor cuya autoridad tenga algún peso; pero, como he dicho, llamaban crepidae o crepidulae -abreviando la primera sílaba- al tipo de calzado que los griegos denominan κρηττιδαί, y ‘crepidarios’ a los zapateros que las fabrican.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, XIII, 22)

Detalles de pinturas, Pompeya

Se llevaban con el palio, pero no con la toga y eran características de los griegos. Los romanos las adoptaron, como describe Suetonio con respecto a Tiberio: “abandonó el traje romano y adoptó el palio y las crepidae griegas.” A Escipión el Africano se le criticó por vestirse con el manto griego (pallium) y calzar crepidae.

“… se discutía también el estilo de vida del propio general, impropio no ya de un romano sino incluso de un militar: que se pasease por el gimnasio con manto y sandalias griegas, que se dedicase a la lectura y los ejercicios atléticos, que todo su séquito disfrutase de los placeres siracusanos con igual abandono y molicie…” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIX, 19, 12-13)

Crepidae, Museo de Estambul, Turquía. Foto Samuel López

Se hacían para ambos pies indiferentemente y las llevaban tantos los hombres como las mujeres.

“La planta de su pie calza una sandalia de una sola pieza, pero la parte superior se acaba en la parte inferior de los dedos, desde donde el pulgar, después de anudada la base, envía en ambas direcciones a dos presillas en el empeine, sendas cintas que sujetan la crépida y, entrelazando sus cabos, tejen una sinuosa cadena en tomo a las piernas.” (Sidonio Apolinar, Panegírico de Antemio)

Crépida, Villa de los Quintilios, Roma. Foto de Samuel López

Las trochades son similares a las crepidae y encima del empeine llevan una lengüeta de doble capa, además de amplias tiras de cuero que cubren lateralmente el pie y el y talón y dejan los dedos descubiertos. Tienen su origen en el mundo griego, pero los romanos añadieron recubrimiento para el pie y diseños más complejos. La doble lengüeta también es una innovación romana. La tela lateral tiene unas aberturas horizontales por la parte superior por los que se introducen los lazos para cruzarlos tres veces antes de meterlos por los agujeros del tobillo. Después se atan con una lazada por arriba.

Trochades. Izda. Estatua de Adriano, Museo de Estambul, Turquía. Drcha. Estatua de Marcelo, Museos Capitolinos, Roma, foto de Samuel López

Las sculponae eran sandalias cuya técnica de fabricación era sencilla: una suela de madera que presentaba un tacón y una banda en relieve a nivel de planta del pie, sobre la que se clavaba una cincha de cuero. Los tacones podían ser rectangulares o triangulares. La alta suela de madera protegía el pie de la humedad, por lo que solían llevarse en las termas, ya que no se desgastaba tan rápidamente como la de cuero. También los campesinos las empleaban en sus desplazamientos por terrenos embarrados.

“Mientras, lleno de actividad, trabajo el agro en la campiña, veo un Triptolemo con sculponeae seguir una yunta con dos bestias cornudas.” (Varrón, Saturae Menipaeae)




La gallica era un zapato copiado de los galos, hecho de piel basta con una suela gruesa de madera, que, a partir del siglo II a. C., se llevaba en el campo, especialmente en clima lluvioso. Siglos después vemos que la gallica queda como el calzado de los pastores, los campesinos, los viajeros y los correos; y, como el báculo, es uno de los atributos ordinarios de los primeros monjes, un indicio de su vida sencilla y rústica. Sin embargo, se había relajado mucho de la severidad de los primeros tiempos, y poco a poco era habitual ver a los ciudadanos romanos llevar la gallica en lugar del calceus, aunque Cicerón critica que Marco Antonio las llevase en público.

“De cuantas maldades pueden cometerse, no oí ni vi ninguna más deshonrosa que la de que, siendo tú, general de la caballería, recorrieses con galochas y túnica gala las colonias y los municipios de esa misma Galia…” (Cicerón, Filípicas, II, 76)

Par de sandalias de tipo ¿gallica? Detalle de estatuilla de actor,
Museo Metropolitan, Nueva York

Entraba dentro de la categoría de las sandalias, y consecuentemente, dejaba al descubierto, como mínimo en gran parte, la parte superior del pie; se fijaba con cordones o con correas de cuero delgadas y redondas. La semejanza entre estos dos calzados era tal que las mismas dos palabras se consideraban como sinónimos y se usaban indistintamente la una por la otra.

La baxa era una sandalia hecha de fibras vegetales, hojas o cortezas. Los egipcios las hacían de hoja de palma y papiro. 

“Sus divinos pies llevaban como calzado unas sandalias confeccionadas con hojas de palmera, el árbol de la victoria.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 4)

Sandalias de palma, Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

 Era un calzado ligero, tosco, económico, propio de los pobres y campesinos. Los filósofos la llevaban en tiempos de Tertuliano y Apuleyo, probablemente por simplicidad y economía.

“Si un filósofo se viste de púrpura, ¿por qué no en sandalias de fibras (baxae) también? Para un tirio calzarse en algo que no sea de oro, no está de ningún modo en consonancia con el estilo griego.” (Tertuliano, De Palio, 4)


Aunque los romanos no usaban habitualmente calcetines ni medias, las gentes humildes seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana, especialmente en territorios de clima adverso.

“No las ha formado la lana, sino la barba de un macho mal oliente: la planta de tus pies podrá cobijarse en un seno del Cínife.” (Marcial, Epigramas, XIV, 140 Udones cilicii)

Calcetín infantil. Egipto. Museo Británico, Londres

El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei). Los griegos utilizaban más las sandalias y las botas. Parecido a un moderno mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero que se enrollaban alrededor del tobillo y la pierna y se ataba con uno o dos nudos al frente.

Calcei romanos, Museo de Afrodisias, Turquía, foto de Samuel López

Los calcei eran un calzado no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que salía al exterior, mientras que las sandalias se llevaban en casa con la túnica; en cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.

“Siempre tenía preparados en el dormitorio el traje de calle (vestis forensia) y los zapatos (calcei) para casos imprevistos e inesperados.” (Suetonio, Augusto)

Se hacían modelos según el nivel social, y se distinguían por el material empleado, el trabajo artesano, el color y su coste.

Calcei patricii, estatua de Tiberio, Herculano, Museo Arqueológico de Nápoles.
Foto de Ilya Shurygin

Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color.

Las personas que tenían derecho a llevar el calceus patricius eran los nacidos patricios y los plebeyos que hubiesen ganado un cargo curul, como premio por sus logros o para celebrar un triunfo. Este calzado estaba formado por un doble par de correas de cuero que, insertándose en la suela, se cruzaban en el empeine subían entre lazadas hasta la media pierna, donde remataban en dos nudos de los que colgaban los extremos. 

Calcei patricii, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

Algunos llevan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula (lunita); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo. 

La recuperación de esta insignia arcaica y casi legendaria del viejo patriciado no fue, tal vez, en un primer momento un asunto de orgullo personal, sino más bien una moda generalmente impuesta por la etiqueta oficial.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo leerás.” (Marcial, Epigramas, II, 29)

El calceus senatorius era similar pero solo hacía una lazada con un nudo.

Calceus senatorius

El calceus equester era utilizado por los miembros de la clase de los caballeros (equites) y se diferenciaba de los anteriores porque la lazada se ocultaba con una pieza que sobresalía del calzado y se plegaba sobre el mismo.

Calceus equester, Museo de Perigord, Perigueux, Francia. Foto de Samuel López

El calceus se trataba con alumbre para suavizar la piel. Marcial critica a un cónsul por preocuparse más de su calzado que de su vestimenta.

“Llevando tú una toga más sucia que el estiércol y, en cambio, llevando tú un calzado más blanco, Cinna, que la nieve recién caída, ¿por qué, inepto, tapas completamente tus pies dejando caer el manto? Recógete, Cinna, la toga: mira, se te echa a perder el calzado.” (Marcial, Epigramas, VII, 33)

Se distinguían por su color rojo, los llamados mullei, por su parecido a las escamas del salmonete, y eran particularmente admirados. 

Zapatos decorados. Museo Bizantino, Atenas, Grecia

Pudo existir cierta confusión sobre el rojo como color del calceus patricio o senatorial por el hecho de que la mayoría de los senadores eran originalmente patricios con derecho a llevar botas rojas. Cuando muchos caballeros (equites que llevaban calceus negro) fueron hechos senadores, los patricios conservarían el color rojo como símbolo de distinción ante los nuevos senadores, considerados de rango inferior, que debían llevarlo de color negro.

“Usaba para mostrar a todos los hombres su soberbia, con ropa desatada y el calzado que usaría más tarde, a veces alto y de color rojo, después al estilo de los reyes que habían reinado en Alba, como había pedido que se hiciera Julo.” (Dión Casio, Historia de Roma, XLIII, 43, 2)

Es posible que en ciertas ocasiones se utilizara el color púrpura, como en ceremonias triunfales y el emperador podría haber recompensado los servicios de alguna persona concediéndole el privilegio de llevarlo.

Detalle de los tetrarcas en pórfido rojo. Plaza de San Marcos,  Venecia

También en ciertos actos sociales se llevaban los calcei, como en banquetes, aunque era más común llevar las sandalias.

¡Piensa cuántos hay que, cuando es introducido en el comedor un lector, un tañedor de lira o un cómico, piden que les traigan sus calceos o permanecen reclinados con un fastidio…! (Plinio, Epístolas, IX, 17)


Los calcei repandi son zapatos apuntados curvados hacia arriba en la parte que cubría los dedos, y que llevaban los etruscos en el siglo VI a. C.  

“Y bien, por tanto, ¿estimas que Apis, aquel buey sagrado de los egipcios, les parece a ellos un dios, o no? Tanto, por Hércules, como a ti aquella Sóspita vuestra, a la que tú nunca ves -ni siquiera en sueños- salvo con su piel de cabra, su lanza, su escudito y sus zapatitos en curva.” (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, I, 82)

Estatua de Juno Sospita, Museos Vaticanos


El calceus parece siempre designar un modelo de calidad que se opone a los calzados de cueros bastos y los calceoli eran zapatos como media bota, para mujer.



La carbatina era un zapato hecho de un solo trozo de cuero del que se recortaban a la vez la suela y las tiras que la sujetaban envolviendo la parte superior del pie. Un cordón se enlazaba por los agujeros juntando los bordes. La carbatina protegía el talón y los dedos con tiras que se sujetaban en torno al tobillo. No tenía suela, pero en caso de añadir clavos, se le podía introducir una suela interior para proteger al pie de los clavos.

Detalle de estatua, Museos Capitolinos, Roma

Se podía hacer de cuero fresco de manera que el mayor o menor grado de humedad afectaba al material del que estaban hechas. En Germania y Britania la carbatina parece haber sido un popular tipo de zapato permitiendo gran variedad decorativa con la lazada. Se hacían para los niños, pues se podía ajustar según el crecimiento del pie.

El soccus o socculus era un zapato bajo, que se ajustaba al pie, y no se abrochaba con nudos y lo llevaban tanto los hombres como las mujeres en público, no en casa.

“Menedemo. — Al informarme de sus confidentes, vuelvo a casa triste, con el ánimo casi perturbado y perplejo ante el disgusto. Me siento; acuden mis esclavos, me quitan los zapatos (socci).” (Terencio, Heautontimorumenos, I, 1, v. 122)

Zapatos de Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

 El soccus era un calzado no tan formal como el calceus y se llevaba en situaciones que no requerían tanta etiqueta social. Así, por ejemplo, Cicerón cuenta que P. Rutilius Rufus, un cargo consular, calzaba socci con un manto (pallium) durante su exilio en Grecia (92 a.C.) para demostrar que ahora gozaba de una vida privada.

“Ese famoso P. Rutilius, que era un ejemplo de virtud, sabiduría y prudencia para nuestra gente, llevaba socci y pallium cuando era consular, y nadie pensó en reprochárselo, pues todos lo atribuían a la situación.” (Cicerón, En defensa de Rabirio, 27)

Para especificar si eran femeninos se añadía el adjetivo muliebris (soccus muliebris), y solían ser de un material más delicado o de distintos colores.  Suetonio menciona el hecho de que Calígula utilizaba distintos tipos de calzado, entre ellos los socci de mujer: 

“Por calzado usaba unas veces sandalias (crepidae) o coturno, y otras, caligas militares; algunas veces zueco de mujer.” (Calígula, 52)



Los de los hombres también se adornaban según el gusto del que lo llevaba. Calígula los adornaba con oro y piedras preciosas. C

"Caligula dio la vida a Pompeyo Peno, si darla es no quitarla. Al darle las gracias el absueltö, el emperador le alargó el pie izquierdo para que se lo besara. Los que excusan este acto y niegan que lo hiciera por insolencia, dicen que le quiso enseñar el zueco dorado, o mejor de oro bordado de perlas." (Séneca, De los Beneficios, II, 12) d

El soccus lo llevaban los actores cómicos en contraposición al cothurnus que llevaban los actores trágicos:

“Si, pertrechado de la sirma y el coturno, hubiera entrado
una vez en el teatro de Atenas, Sófocles y Eurípides le
hubieran cedido el puesto o si hubiera querido como comediante
hacer resonar el estrado con el zueco (soccus), tú, Menandro,
le habrías dado la palma levantando el dedo.”
(Sidonio, Poemas, A Consencio 125)

Actor, Myrina. Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia.
Foto de Marie Lan Nguyen

El coturno (cothurnus) era una especie de bota cuya distinción especial era su altura; llegaba hasta por encima de la mitad de la pierna, para rodear la pantorrilla, y a veces alcanzaba hasta las rodillas. La llevaban principalmente los jinetes, cazadores y personas con cierto rango y autoridad. Las esculturas antiguas muestran que se adornaba con gusto y artísticamente.

Detalle de estatua, Diana/Artemisa. Villa Getty, Malibú, EEUU


Su suela tenía un grosor normal, pero a veces se incrementaba añadiendo capas de corcho, con lo que aumentaba la altura de mujeres que querían parecer más altas:

“Ya me dirás tú si le han caído en suerte pocos centímetros de estatura y parece más chica que una muchacha pigmea, a no ser que se ayude de zapatos de tacones, y se levanta ligera sobre la punta de los píes para que la besen” (Horacio, Sátiras, VI) y de actores de la tragedia ateniense que deseaban magnificar su apariencia: “… que no tenía ocasión para llevar la máscara, o los coturnos trágicos” (Horacio, Sátiras, I)

Actor de drama. Petit Palais, París,
 foto de Bibi Saint Pol

Los campesinos tenían un zapato o bota de cuero de color natural, que parece originalmente haberse llamado pero. Virgilio se refiere a él como el zapato rústico de los rudos hombres que vinieron a luchar con Eneas con un pie descalzo y el otro calzado en piel sin curtir.

Estatua de Antinoo, Museo del Louvre, París. Foto de Carole Raddato

Juvenal dice que los montañeses cuentan a sus hijos que un hombre auténtico no desdeña llevar “botas hasta la rodilla” cuando hace frío:

 “No querrá ser responsable de nada prohibido quien no tiene reparos en calzarse altas botas en medio de los hielos” (Sátira, 14).



Es difícil saber cómo eran realmente, dado que parece haber muchas formas del pero, representado por escultores y pintores. Durante la República el pero se reforzó con suela y se extendió su uso entre todos los ciudadanos.

Su uso puede proceder del tipo de bota griega conocida como endromis, característica de cazadores, guerreros y divinidades, que a su vez era propia de otros pueblos, como los tracios. 

Detalle de la figura de Paris, Crátera del Museo del Louvre

Un modelo mucho más elaborado, similar al campagus romano, pero con todo el pie cubierto se puede ver en las representaciones de altos cargos militares o dioses. 

Museo Arqueológico Nacional, Nápoles, foto Ilya Shurygin

Las caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati. Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei, todos los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos.


Cortada de una sola pieza de cuero, la parte de arriba consistía en un entramado de cuero calado o estrechas tiras de cuero entrelazadas, que cubrían el empeine y el tobillo, pero dejando los dedos al aire; se cosía por atrás y se hacía una lazada por encima o alrededor del tobillo.

Caligas militares, Museos Capitolinos, foto Carole Raddato

A menudo eran empleadas con calcetines, prenda que aseguraba una adecuada protección térmica, habiéndose señalado, no obstante, que el uso con los pies descalzos, favorecía su ventilación durante las largas marchas legionarias.

Para proporcionar a este tipo de calzado una mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre, llamadas clavi caligarii.



Su número y distribución tenían que ver en primer lugar con la técnica del zapatero y con el tipo de piel empleado. La cantidad, en principio dependía del tamaño de la cabeza de las tachuelas, pero también dependía del dibujo de los clavos que se diseñaba para distribuir apoyo donde se necesitaba, y una suela interior protegía al portador del roce de los clavos. De gran agarre, les permitían marchar en extenuantes jornadas. Experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha. Con ellas a la vez que se protegía la suela de cuero del desgaste, se mejoraba el agarre al terreno, siempre que no fuese una superficie muy lisa, en la que el calzado resbalaba. Esto fue lo que le pasó a un centurión llamado Juliano, en el sitio de Jerusalén, que patinó sobre el suelo pulido del templo y cayó con gran estrépito, siendo rematado allí mismo por sus enemigos.

“Sin embargo, fue perseguido por el destino, del que al no ser nada más que un mortal, no pudo escapar; porque como llevaba caligas llenas de gruesos y afilados clavos como los demás soldados, cuando corrió por el pavimento del templo, resbaló y cayó de espaldas con gran estruendo causado por su equipamiento.” (Flavio Josefo, Guerra de los Judíos, VI, 1, 8)

Estela funeraria de Lucio Sertorio Firmo

Las caligae eran pieza fundamental del equipamiento de los legionarios romanos que les permitía mantenerse firmes en las tremendas batallas sobre terrenos resbaladizos de sangre y vísceras, e incluso se usaban como armas: las suelas claveteadas posibilitaban pisotear hasta la muerte a los enemigos caídos y pegar peligrosísimas patadas que dejaban marcas de por vida. Por esta misma razón, llevar este tipo de botas por la ciudad podía dar lugar a incidentes desagradables.

“Mis pies se hunden en el lodo, de pronto enormes zapatos me pisan por todas partes y la tachuela de un soldado se me clava en un dedo.” (Juvenal, Satira, 3, 239-248)

Caliga romana, Grand Palais, París

Un ejército de soldados marchando con tales zapatos claveteados hacía un ruido atronador que podía amedrentar al enemigo. Suetonio, por su parte, explica que la guardia pretoriana de los emperadores utilizó una modalidad de bota sin clavos en la suela, las caligae speculatores, mucho más cómodas y silenciosas.

Caliga romana, Museo de Mainz, Alemania

Los soldados recibían regularmente, como parte de su equipamiento, un cierto número de tachuelas para sus caligae. Tácito incluso nos habla de un donativo, el clavarium, que se daba a las tropas en campaña, cuyo nombre debe de derivar en origen de la necesidad de reponer las tachuelas que se perdían durante las incesantes marchas:

"Hallándose éstos (los generales) en una región gastada por la guerra y la carestía, les aterraban las voces sediciosas de los soldados, que exigían el clavarium (éste es el nombre de un donativo), sin haber hecho provisión de trigo ni de dinero, estorbándoles la impaciencia y la codicia de los que saqueaban lo que podrían haber recibido." (Tácito, Historiae, 3, 50)

Caliga también designa el servicio en el ejército como soldado. Así, de Mario se dijo que había llegado al consulado a caliga, es decir, habiendo sido en sus inicios soldado raso. Otro ejemplo es el de Publio Ventidio que, aunque llegó a ser cónsul y a celebrar un triunfo, «según Cicerón fue mulero de los panaderos castrenses y según la mayoría de los escritores pasó su juventud en la mayor pobreza y calzó las cáligas militares».

Estatua de Marco Aurelio, Museo de Estambul, Turquía. Foto de Samuel López

El emperador Calígula recibió ese apodo porque, cuando era un niño, su padre Germánico le vestía de soldadito para complacer a la tropa:

"…el niño, nacido en el ejército, criado entre las legiones, a quien llamaban Calígula (botitas) con vocablo militar, a causa de que muchas veces, por ganarse las simpatías del pueblo, le ponían ese calzado." (Tacito, Annales, 1, 41)

Detalle de la columna de Trajano, Roma

En la colección de cien adivinanzas del siglo IV o V d.C., Symphosii Scholastici Ænigmata, de las que se empleaban para hacer regalos divertidos en las Saturnalia, en donde el obsequio envuelto iba acompañado por un acertijo, hay una sobre el clavo de la caliga.

"Tachuela de cáliga (Clavus caligaris)

Marcho cabeza abajo, porque voy colgado de un solo pie;
con mi coronilla toco el suelo, dejo la huella de mi testa;
pero muchos camaradas pasan los mismos sufrimientos."



Clemente de Alejandría apunta que el calzado provisto de clavi caligarii se utilizaba para hacer viajes a pie:

"A las mujeres se les puede permitir llevar un zapato blanco, excepto cuando vayan de viaje, que debe usarse un zapato engrasado. Cuando vayan de viaje, necesitan zapatos claveteados."  (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 12)

Vindolanda, Reino Unido

Es probable que también la población civil: agricultores, carreteros, muleros, mineros etc. usaran, si no las propias cáligas militares, sí un calzado cuya suela estuviera equipada con clavos, en función de las actividades que fuesen a desempeñar.

“Acudiré con mis caligas a esos fríos campos para oír tus Sátiras, si ellos de mí no se avergüenzan.” (Juvenal, Sátiras, III)

Caligas. Diosa Artemisa. Museo Metropolitan, Nueva York

Un esclavo capadocio de Trimalción, Massa, divierte a la audiencia imitando la vida de un mulero, y es recompensado con unas caligas. Los que desempeñaban los trabajos más humildes, sobre todo, en el campo solían ir descalzos.

“Poniéndose un capote y con un látigo en la mano, parodió la vida del mulero, hasta que Habinas lo llamó a su lado, le dio un beso y lo invitó a beber diciéndole: «Has estado como nunca, Massa; te regalo unas cáligas." (Petronio, Satyricon, 69, 4)



El campagus era un tipo de calzado utilizado por los patricios que iba sujeto en el talón y entre los dedos, pero dejaba los dedos al descubierto. En el empeine se insertaban dos correas de cuero que se cruzaban y ajustaban a media pierna mediante una lazada. Varías piezas se ensamblaban de forma esmerada y podría envolver al pie más confortablemente. Las correas del campagus podían formar una red que se adornaba con pedrería.

“Usaba un tahalí con brillantes y se ataba con correas, adornadas de gemas, unos zapatos a los que llamaba reticulados (campagus reticulatus)” (Historia Augusta, Galieno, 16)

Museos Capitolinos, Roma. Foto de Samuel López

En el Edicto de Precios de Diocleciano se menciona un zapato militar, el campagus (campagi militares) que costaba 75 denarios.

El emperador y los oficiales de alto rango también llevaban el campagus, una bota elegante con los dedos descubiertos, con la lazada en la parte anterior. Con frecuencia, la parte superior se decoraba con la cabeza o garras de un animal pequeño, bien de un animal real o modelada en oro o marfil. El campagus del emperador se teñía de púrpura y se adornaba con oro y joyas.

Museos Vaticanos, foto de Samuel López



Esta entrada sustituye y actualiza la entrada anterior Calceus, andar cómodamente y con estilo en la antigua Roma del año 2015







Bibliografía:

https://es.scribd.com/doc/141930088/Trabajo-Calceus El calzado y la representación del status en la sociedad romana. Joan Ribes Gallén
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/que-calzaban-los-romanos-de-la-bota-a-la-sandalia_6230/4
http://www.academia.edu/3727374/LOS_CLAVI_CALIGARII_O_TACHUELAS_DE_CÁLIGA. ELEMENTOS_IDENTIFICADORES_DE_LAS_CALZADAS_ROMANAS.   Los clavi caligarii o tachuelas de cáliga. Elementos identificadores de las calzadas romanas. Jesús Rodríguez Morales, José Luis Fernández Montoro, Jesús Sánchez Sánchez, Luis Benítez de Lugo Enrich.
 The Mode in Footwear: A Historical Survey with 53 Plates, R. Turner Wilcox
The World of Roman Costume, editado por Judith Lynn Sebesta y Larissa Bonfante
Roman Women´s dress, Jan Radicke
Vindolanda and the Dating of Roman Footwear, Carol van Driel-MurraySource