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lunes, 27 de mayo de 2024

Obstetrix, la comadrona en la antigua Roma

Relieve de la tumba de Scribonia Ática, Isola Sacra, Ostia, Italia

Los conocimientos griegos sobre el embarazo y el parto procedían de la medicina practicada en otras culturas como la egipcia, pero la medicina pre-hipocrática se basaba en parte en la magia y lo sobrenatural, así que hubo que esperar a que surgiese una medicina científica basada en la observación e interpretación de los hechos que daba explicación a la salud y enfermedad sin recurrir a la superstición.En la Grecia Clásica, las comadronas o “maiai” (parteras) disfrutaban de un gran reconocimiento social y sabían más sobre las mujeres y la reproducción que cualquier médico hipocrático, ya que los hombres seguían estando excluidos de la atención al parto, excepto en casos en que su intervención fuese necesaria por la dificultad del parto.

“1 A quienes al nacer no les sale primero la cabeza, sino los pies, parto que se considera muy difícil y problemático, se les dio el nombre de agrippas, palabra derivada de aegritudo (enfermedad) y de pedes (pies). 2 Afirma Varrón que en el útero los niños están con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, no como corresponde a la naturaleza del hombre, sino a la del árbol. 3 En efecto, llama pies y piernas a las ramas del árbol y cabeza a la raíz y al tronco. 4 “Así pues -dice-, cuando casualmente y de modo antinatural se dan la vuelta y ponen los pies para abajo, muchas veces con los brazos abiertos, suelen demorarse y entonces las mujeres tienen un parto muy difícil. Para conjurar este peligro se erigieron en Roma altares a las dos Carmentas, una de las cuales fue denominada Postverta y la otra Prorsa en virtud de la potestad que, respectivamente, tienen sobre el parto normal y el invertido”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XVI, 16, 1-4)


Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte,
Wellcome Images

Sin embargo, el estudio de la medicina estaba vedado a las mujeres que no podían convertirse en especialistas para curar enfermedades. En las fábulas de Higino se cuenta la historia de Agnódice, una muchacha que decidió hacerse pasar por un hombre para aprender el arte de la medicina y empezar a curar a mujeres que lo necesitaban. Incluso si su historia no es real, bien puede ilustrar el hecho de que las mujeres en Grecia acabaran siendo admitidas como profesionales de la medicina.

10. Los antiguos no tuvieron comadronas, por lo que las mujeres morían llevadas por el pudor. En efecto, los atenienses se habían precavido de que ningún esclavo ni mujer aprendiera el arte de la medicina. Cierta muchacha llamada Agnódice deseó aprender la medicina y tan vehemente fue su deseo que se cortó los cabellos al modo de los hombres, y se confió a ¡a enseñanza de un cierto Herófilo.

11. Después de aprender la medicina, al enterarse de que una mujer estaba sufriendo en su vientre, acudió a ella. Como ésta no quería confiarse a Agnódice por estimar que se trataba de un hombre, ésta se levantó la túnica y mostró que era una mujer; y así las iba curando.

12. Cuando los médicos vieron que ellos no eran admitidos en presencia de las mujeres, comenzaron a acusar a Agnódice, porque decían que se trataba de un hombre depilado y corruptor de mujeres, y que ellas se hacían pasar por enfermas.

13. Habiéndose reunido los areopagitas por este motivo, comenzaron a condenar a Agnódice. Ésta se levantó la túnica ante ellos y mostró que era mujer. En ese momento los médicos empezaron a acusarla con más fuerza. Por ello entonces las mujeres más distinguidas se presentaron en el juicio y dijeron: «Vosotros no sois esposos sino enemigos, porque condenáis a la que nos devuelve la salud». En ese momento los atenienses enmendaron la ley para que las mujeres libres pudieran aprender el arte de la medicina.(Higino, Fábulas, CCLXXIV, Qué inventó quién)


Estela funeria de una médica galorromana.
Museo de Cour d´Or, Metz, Francia

Los romanos favorecieron la entrada de la mujer en la medicina y la práctica de la ginecología y la obstetricia estuvo casi exclusivamente reservada a las mujeres, las cuales se encargaban de cuidar la salud de las embarazadas, de las parturientas y de cualquier mujer que sufriera una enfermedad sexual o ginecológica.

La obstetrix, partera, comadrona o matrona, se encargaba de atender a la parturienta en el momento del alumbramiento, ayudaba al bebé a nacer, cortaba el cordón umbilical, extraía la placenta, examinaba al recién nacido para comprobar sus posibilidades de vivir y ayudaba a limpiarlo y envolverlo en sus ropas.

El primer libro de texto escrito para comadronas que se conoce fue redactado por Sorano de Éfeso en el siglo II d.C., y en él aparecían además las cualidades que él consideraba importantes para ser una buena matrona, estas eran: tener buena memoria, ser paciente, saber inspirar confianza, poseer una constitución fuerte y una mente sana, transmitir confianza y seguridad en situaciones de peligro.

“Debe saber leer y escribir para poder comprender la teoría de su profesión. Debe tener sentido común para poder seguir fácilmente lo que se dice y lo que sucede. Debe tener buena memoria para retener las instrucciones impartidas (porque el conocimiento surge del recuerdo de lo que se ha aprendido). Debe tener vocación para perseverar a pesar de las dificultades (porque una mujer que desea adquirir tan vasto conocimiento necesita ser paciente). Debe ser respetable puesto que la gente tendrá que confiarle su hogar y los secretos de sus vidas y porque a las mujeres de mala conducta la instrucción médica es una cobertura para hacer el mal. Debe tener todos sus sentidos sin merma ya que hay cosas que debe ver, respuestas que debe oír al preguntar y objetos que debe reconocer al tacto. Debe tener brazos fuertes y ser robusta, porque tiene una doble tarea por la dureza de sus visitas profesionales. Dedos largos y finos y uñas cortas son necesarios para tocar una inflamación profunda sin causar mucho dolor. Esta habilidad, sin embargo, puede también adquirirse mediante el celo y la práctica en su trabajo.” (Sorano, Ginecología, I, 3)


Es destacable el intento de Sorano por favorecer la instrucción de las comadronas, incrementando de esta manera, en línea con los nuevos conocimientos adquiridos por la Medicina en este periodo, su preparación. Sus enseñanzas siguieron vigentes durante el milenio siguiente. Se dice que las obstetrices estudiaban medicina, bajo la tutela de una médica capacitada y que en la Roma helenizada había una clase de obstetrix de acuerdo con Sorano, que eran expertas en la teoría y en la práctica de su arte, iatromaia. También destaca en su obra la conveniencia de que la matrona tenga conocimientos de algunas ramas de la medicina como la farmacología, la quirúrgica y sobre plantas medicinales que ha de prescribir.

“En especial, llamamos comadrona perfecta a la que se ha ejercitado en todas las facetas de la terapia (pues algunos casos hay que tratarlos mediante el régimen, otros mediante la cirugía y otros hay que restablecerlos mediante la medicación) y a la que es capaz de dar instrucciones, de ver lo general y lo particular y, a partir de ello, elegir lo que conviene y no a partir de las causas teóricas, ni de la observación repetida de los síntomas generales o de uno de estos; además, entrando en más detalles, llamamos así a la que no cambia de método porque varíen los síntomas, da ánimos mientras acompaña el desarrollo de la enfermedad, no se perturba ni se asusta en los momentos difíciles, sabe justificar con solvencia los remedios empleados, consuela a las pacientes y se compadece sin haber dado necesariamente a luz con anterioridad, como sostienen algunos que opinan que para que se compadezca de las parturientas ha de tener conocimiento de los dolores del parto y que por eso es un trabajo más propio de una que ya ha dado a luz.” (Sorano, Ginecología, I, 4)

Alcmena dando a luz a Hércules, Wellcome Collection

En el libro también se recoge el equipo necesario para el buen transcurso del alumbramiento, citando las cosas que la partera va a necesitar y que debe procurar estén dispuestas y a mano.

“Aceite para inyectar y lubricar; agua caliente para limpiar las partes afectadas; fomentos clientes para aliviar los dolores, esponjas marinas para limpiar; trozos de lana para cubrir a la mujer, vendas para envolver al recién nacido; una almohada para ponerlo hasta que se expulse la placenta; algunas cosas para dar a oler y reanimar a la parturienta (poleo, un terrón, granos de cebada, una manzana, un membrillo y si la estación lo permite, un limón, melón, pepino o algo similar).” (Sorano, Ginecología, II, 2)

El parto podía desarrollarse en un lecho o bien en una silla de parto que tenía un orificio en el asiento sobre el que se sentaba la parturienta y empujaba para expulsar al niño que la partera recogía entre sus manos.

“Naturalmente las comadronas no hacen levantar rápidamente a las parturientas ni las hacen sentar sobre la silla, sino que antes palpan, mientras se abre la boca del útero gradualmente, y primero dicen que se ha dilatado de modo que pasa el dedo meñique y después que ya es mayor, y poco a poco, al preguntarles, nos dicen que el tamaño de la dilatación va en aumento. Cuando es adecuada al paso del feto, las hacen levantar, sentarse en la silla y les mandan hacer esfuerzos para expulsar el niño.” (Galeno, Sobre las facultades naturales, III, 3, 152)



Sorano además advierte de que debía haber al menos tres mujeres ayudando a la comadrona en el alumbramiento. La más fuerte se pondría detrás de la parturienta para sujetarla durante el parto y las otras a los lados para ayudar a sostenerla y asistir a la comadrona.

“Debería haber tres mujeres para ayudar, dispuestas a aliviar la ansiedad de la parturienta, incluso si no han tenido experiencia con partos. Dos de ellas deberían situarse a los lados y una detrás sujetando a la parturienta para que no balancee durante los dolores. Pero si la silla de parto no está a mano, se pueden hacer los mismos preparativos si la parturienta se sienta sobre el regazo de una de las mujeres. Por ello la mujer que la sostiene debe ser robusta para poder soportar el peso de la parturienta y poder sujetarla con firmeza durante los dolores del parto. Además, la comadrona, después de ponerse un delantal, debería sentarse delante y más abajo que la mujer de parto, porque la extracción del bebé debe hacerse desde un plano más alto hacia uno más bajo.” (Sorano, Ginecología, II, 5) 



Sorano también describe los momentos preliminares al alumbramiento y cómo debe actuar la partera para comprobar si la parturienta está ya lista dará dar a luz.

“Se debe primero aliviar los dolores masajeando con manos calientes, y después empapar paños con aceite de oliva templado para ponerlos sobre el abdomen y los labios  y mantenerlos saturados con el aceite templado durante un rato, y deben ponerse vejigas llenas con aceite templado a los lados. Cuando el orificio del útero se abre, la comadrona, habiéndose frotado las manos con aceite templado, debería insertar el dedo índice de la mano izquierda, cuya uña debe estar corta, y entonces dilatar el orificio suavemente y gradualmente de forma que la parte accesible del corión se vega hacia delante, mientras que con la mano derecha, debería frotar la zona con aceite que no se haya utilizado para cocinar. Cuando la parte del corión tenga el tamaño de un huevo por debajo del orificio del útero, si la parturienta está débil y sin fuerza debe estar acostada ya que le será menos doloroso y le causará menos temor. Si, por el contrario, está fuerte, debe levantarse y ponerse en la silla de parto.” (Sorano, Ginecología, II, 4)

Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Para el momento en que el bebé nace la partera debe estar preparada para recogerlo y Sorano aconseja que ella debía forrarse las manos con algún material que impidiese que el recién nacido se deslizase entre ellas al recogerlo.

“La comadrona debe recoger al recién nacido, habiendo primero cubierto sus manos con paños o, como hacen en Egipto, con tiras de papiro, para que el niño ni se deslice de sus manos ni se quede estrujado, sino que su salida sea lo más suave posible.” (Sorano, Ginecología, II, 6)


Wellcome Collection Images

Sorano recomienda que, tras el parto, cuando la placenta está todavía unida al ombligo, la comadrona debería entregar al recién nacido, ya cubierto, a una ayudante y entonces meter su mano moviéndola a lo largo del cordón umbilical y tirar de la placenta con movimientos suaves al ritmo de las contracciones uterinas, sin brusquedad ni rasgándola. También aconsejaba cortar primero el cordón solo en caso de que tardase mucho en extraer la placenta. La habilidad de la comadrona permitiría una mayor facilidad en la expulsión y menor riesgo para la parturienta, quien debido a la posible incompetencia poder llegar a perder la vida.

“Si tras el parte todavía se mantiene la unión con el ombligo, se debería dejar al recién nacido con un paño debajo en manos de una ayudante y entonces se debería introducir la mano y guiándose con el cordón, al mismo tiempo de las contracciones, se debería extraer con suavidad la placenta sin rasgarla. En caso de que el proceso dure mucho tiempo se debería cortar el cordón antes.” (Soranus, Ginecología, IV, 16 (73)

Science Museum, Londres

En caso de complicación en el parto, principalmente por la posición del feto Sorano advierte que la comadrona debería introducir su mano izquierda untada de aceite y con las uñas cortas y al palpar la dilatación debería intentar agarrar el feto con firmeza y ponerlo de cara a la salida, lo que debería hacerse al mismo tiempo que la parturienta debería asumir la postura correcta para cada caso.

Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte.
Wellcome Images

En el caso de que la parturienta se desmayase, tuviese fiebre, temblase, o tuviese convulsiones que podían indicar una gran inflamación o infección, se debería recurrir a un médico supiese como intervenir. Si el parto no progresaba o se tenía el convencimiento de que el niño había muerto, se hacía necesario tomar otras como medidas, como realizar una embriotomía para poder salvar a la madre. Así, por ejemplo, para Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió en el siglo II d.C., tal acción, solo en caso de absoluta necesidad y lo justifica cundo la imposibilidad del parto amenaza la vida de la madre y para evitar el sufrimiento del niño en vida. Él mismo describe los aparatos utilizados para tal procedimiento, los cuales utilizaría un médico, pero no una comadrona.

“Tal aparato lo poseyeron Hipócrates, Asclepiades, Erasistratus y Herófilus, el diseccionador incluso de adultos y el más moderado Soranus, todos los cuales bien sabía que un ser vivo había sido concebido y se apiadaban del desgraciado infante, al que debían hacer morir para evitar ser torturado están aún con vida.” (Tertuliano, De Anima, XXV)


Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte.
Wellcome Images

Los médicos también utilizaban ciertos instrumentos, antecedentes de los actuales, para reconocer a las pacientes femeninas y averiguar el origen de sus dolencias o problemas ginecológicos.

“Sé que he mencionado muchas veces el órgano que los griegos llaman dioptra cuando miran la vagina de una mujer y como a menos que se haya inculcado entrenamiento en cuanto a esto se puede hacer. Las parteras no se atreverán a hacerlo cuando se presente la necesidad por lo cual nos agradó agregar esto también a la ginecológica, para que se vea que nada ha sido omitido de las cosas necesarias a este cuerpo.

La mujer se colocará echándola pues sobre su espalda que es visible. Tomas una venda larga y en medio de ella harás dos lazadas de modo que las lazadas queden separadas un codo. Luego atarás el resto de las vendas debajo de los ganchos a las manos de modo que los pies expuestos de su vientre queden conectados. Luego habiendo recibido el órgano y ungido el priapiscos que los griegos llaman dioptra un poco calentado, luego arrojar el priapismo sin sacudirlo y ordenarle al sirviente que también abra el órgano y comiencen a torcer el tornillo de modo que las partes se suspenden paulatinamente. Pero cuando después de haber visto el órgano queráis sacarlo, mandad al sirviente que vuelva a girar por eje por el que se puede cerrar el órgano para que se pueda sacar estando todavía algo abierto para que no se detenga todo el cierra sobre algo y comience a lastimarlo. (Muscio, Ginecología, (texto basado en la obra de Sorano)


Reproducción de espéculo vaginal, Pompeya. Wellcome Images

En la cultura romana el parto y los aspectos ginecológicos y reproductivos en general se adscribían al ámbito doméstico y privado y, por tanto, eran relativos al mundo femenino. Por lo tanto, el consejo de las mujeres consideradas expertas en el tema, como las obstetrices eran escuchadas, aunque también se tenía en cuenta la opinión de los médicos que se reconocían como profesionales en la materia.

En el siglo II d.C. Apuleyo utiliza un episodio referido a una mujer aquejada de dolencias en la matriz, para lo cual las comadronas son consultadas junto a los médicos.

“Esta mujer de castidad probada había soportado los largos años de su viudedad intachable sin dar lugar a habladurías; pero, privada del uso habitual del matrimonio, debilitada por la prolongada abstinencia, que iba atrofiando sus órganos, aquejada de graves trastornos de matriz, se veía a menudo al borde de la muerte, a causa de las crisis dolorosas, que la dejaban completamente extenuada. Los médicos y las comadronas estaban de acuerdo en que esta dolencia se debía a la ausencia de vida conyugal; creían, pues, que su mal iba en aumento de día en día, que su enfermedad se agravaba y que, mientras aún le quedasen algunas posibilidades por su edad, se debía poner remedio a su salud mediante el matrimonio.” (Apuleyo, Apología, 69, 2-3)


Pintura de Frank Markham Skipworth, Museo de Arte de Nueva Orleans

Aunque la obstetrix o comadrona romana tenía como principal función ayudar a parir a las mujeres que atendía, también se ocupaba de administrar preparados para provocar abortos o lograr la fertilidad. Abortar no estaba prohibido, pero había leyes que regulaban la participación de una obstetrix en la administración de un abortivo y la pena impuesta en caso de que la mujer falleciese.

“En el caso de que una comadrona proporcione una droga a una mujer y esta muera, Labeo dice que si la comadrona se lo administró con sus propias manos será acusada de haberla matado, pero si lo dio para que la mujer lo tomara por sí misma, debería concederse una actio in factum (requerimiento de sanción por comportamiento doloso), y esto es correcto, porque ella proveyó la causa de la muerte, pero no mató a la mujer.” (Digesto, IX, 2, 9)


Pintura de John William Waterhouse

En muchos casos, los remedios que las parteras de esta época elaboraban y los procedimientos curativos que empleaban les hacían asemejarse más bien a curanderas con conocimientos médicos escasos que hacían uso de una medicina de tipo tradicional y folclórico, sin ningún rigor científico, que también defendían algunos autores que escribían sobre el tema, como es el caso de Plinio el Viejo.

“El útero se suaviza aplicando grasa de lobo, y los dolores con hígado de lobo, pero haber comido la carne de lobo es beneficioso para mujeres próximas a dar a luz, o al principio del paro la presencia cercana de alguien que lo haya comido, de forma que los encantamientos que se hayan hecho sobre la mujer sean contrarrestados… La liebre es también de gran uso para las mujeres. El útero se beneficia por beber el pulmón seco, y los flujos por beber el hígado con tierra Samia en agua, la expulsión de la placenta se facilita con el cuajo de la liebre – se debe evitar el baño el día de antes- con el cuajo aplicado también con azafrán y jugo de apio; un pesario de este cuajo en lana cruda ayuda a expulsar el feto muerto.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 77, 250)


Piedra mágica, hematita. Museo Británico, Londres

En época romana se consideraba el papel de la obstetrix como esencial para comprobar posibles embarazos engañosos, presentándola como una figura profesional a la que se recurría, en calidad de experta, en casos en los que el nacimiento de un niño pudiera tener consecuencias legales relacionadas con las herencias y el derecho de sucesión. Especialmente debían examinar a la mujer que negaba estar embarazada del hombre del que se había divorciado.

Los derechos del padre en la legislación romana se tenían de tal forma en cuenta que apareció una figura, la del custos ventris, dedicada a vigilar que los embarazos y partos problemáticos cumpliesen la legalidad. El Digesto indica la obligación de la mujer de anunciar al marido del que se hubiera divorciado un posible embarazo. Si bien no estaba obligada a ello si el hijo no fuera de su antiguo marido, este podía, en cualquier caso, mandar observadores. En caso de que la mujer se negara, y negara el embarazo, podía ocurrir que el padre se negara a reconocer al hijo sin ser penalizado. Si el marido insistía, podía llegar a obligar legalmente a que la mujer fuera examinada por tres comadronas (elegidas por el pretor y no por ninguna de las partes implicadas), aunque la ley advertía al marido que esto suponía poner en juego el honor familiar por ambas partes. Si, al menos, dos de las comadronas declaraban que estaba embarazada, se nombraba un guardián, el custos ventris, para evitar que la mujer abortase, se deshiciese del niño o lo cambiase en el parto. Si la mujer decía la verdad podía iniciar un proceso por calumnia contra el antiguo marido.

“En tiempos de los divinos hermanos un marido afirmó que su esposa estaba embarazada, pero ella lo negó, y los emperadores habiendo consultado sobre el tema, emitieron un rescripto a Valerio Prisciano, el pretor urbano, en los términos que siguen. “Rutilio Severo parece solicitar una vigilante para su esposa, que se ha divorciado de él, y que asegura que no está embarazada. Por tanto, nadie se sorprenderá si sugerimos un nuevo plan y solución. Si el marido persiste en su demanda, será más conveniente para la casa de una mujer respetable ser elegida como a la que Domicia puede ir, y que tres comadronas, experimentadas en su profesión y de confianza, y después de haber sido seleccionadas por ti, la examinarán. Y si todas ellas, o solo dos, anuncian que parece estar encinta, entonces la mujer debe ser persuadida para que reciba una vigilante, como si ella misma lo hubiera solicitado. Si ella no diera a luz un hijo, su marido sabrá que incurrirá en deshonor, y su reputación se verá comprometida, y será acusado de querer perjudicar a su esposa. Si, por el contrario, dichas mujeres, o la mayoría declaran que la mujer no está embarazada, no habrá razón para designar una vigilante.” (Digesto, XXV, 4, 1, prefacio)


Exvoto, Science Museum, Londres

Si la mujer embarazada quedaba viuda se hacía un proceso similar de vigilancia y confirmación del embarazo debido a los conflictos entre familiares por la legitimidad del recién nacido y las herencias.

Esta normativa establecida por los juristas, además de revelar como se solucionaban los asuntos concernientes a la legitimidad de los niños, proporcionaba una idea de la percepción negativa que había de las comadronas en la sociedad de las que se sospechaba que podían sustituir a los recién nacidos, para favorecer a la madre y engañar a los maridos o familiares, traer un recién nacido para simular un parto tras un falso embarazo, o deshacerse de un bebé por diversos motivos.

“Mientras tanto, Helena, hermana de Constancio y esposa del César Juliano, fue conducida a Roma por una llamada aparentemente amistosa, según un plan tramado por la emperatriz Eusebia, estéril durante toda su vida, que la convenció para que bebiera un veneno preparado con mala fe de manera que, cuando quedara embarazada, perdería el hijo que esperara.Ya anteriormente, en la Galia, después de llevar en su vientre a un varón, lo perdió también por una intriga, ya que la comadrona, a cambio de una recompensa, lo mató después de nacer, cortando el cordón umbilical más de lo conveniente. A tanto llegaban y tan concienzudos eran los esfuerzos que se realizaban para que este hombre de tamaño valor no tuviera descendencia.” (Amiano Marcelino, Historia, XVI, 10.18-19)

Exvoto galorromano, Museo Saint Remi, Reims, Francia.
Foto Vassil

Como la función primordial del matrimonio en Roma era procrear descendencia legítima que serían herederos de las propiedades de sus padres y continuadores del nombre familiar, la autoridad de las comadronas sobre la viabilidad de los recién nacidos era una preocupación genuina para las familias libres de Roma, ya que se sabía que estas mujeres podían ser sobornadas para despojar a algunos matrimonios de sus herederos, y ese temor de los padres contribuía a caracterizar a las comadronas como figuras deshonestas y avariciosas.

“Y yo sé de otra que estuvo diciendo diez días que tenía dolores de parto...hasta que compró un bebé. El marido venga a correr de un lado a otro comprando remedios para acelerar el parto: y entre tanto lo metió en la casa una vieja, dentro de una olla, al bebé, con la boca taponada con cera, para que no llorara. En cuanto la vieja le hizo una señal, grita enseguida la mujer: “Sal fuera, sal fuera, marido mío, creo que voy a parir”. Es que el niño había dado una patadita en el vientre...de la olla. Él salió todo alegre, la otra quitó la cera de la boca del niño, este rompió a llorar. Y la maldita vieja, la que había traído el bebé, corre toda sonrisas al marido y le dice: “Un león, un león te ha nacido, un vivo retrato tuyo: todo lo demás y también el pito, igualito que el tuyo, redondito como una piña.” (Aristófanes, Tesmoforias, 500)


Placa relieve de Ostia, Science Museum, Londres. Wellcome Collection

Desde la época de la Roma arcaica existía la idea de que los que se ocupaban de la medicina no eran gente de fiar y, especialmente, las comadronas a las que solía acusarse de incompetencia, de superchería, de administrar sustancias abortivas prohibidas, de traficar con niños, etc.

Las obstetrices ocupaban un espacio social bajo desde el punto de vista económico, y según se deduce de las inscripciones, la gran mayoría de las obstetrices eran esclavas o libertas y estaban al servicio de alguna familia, y muy pocas veces ejercían su profesión como mujeres libres. Su situación económica era muy precaria, suposición que se confirma cuando se observa la pobreza de sus monumentos funerarios. El siguiente epitafio en una placa de mármol en el columbario de los Statilios conmemora a una partera esclava de Statilia Maior, que probablemente atendería a otros miembros de la familia y compañeras esclavas.

“Secunda, comadrona (obstetrix) de Statilia Maior”


Epitafio de Salustia Imerita, comadrona. Museo Británico, Londres

En Roma era el senado quien dictaminaba quienes debían de ser parteras, “parteras aprobadas en su oficio”, donde además de la ley de la costumbre que asociaba el arte de atender partos a las mujeres, estas debían tener una formación específica.

Sin embargo, lo más frecuente sería, sobre todo entre gente más humilde, recurrir a las mujeres de su entorno con mayor experiencia, las cuales posiblemente no se dedicarían a atender los partos de forma profesional cobrando una tarifa, sino que se dedicaría a otros oficios o labores y ayudarían en los partos para los que fuesen requeridas, probablemente sin cobrar.

“Un egipcio de los que se dedican a la astrología, que estaba de visita en la ciudad (Roma), (y cuando están de viaje los egipcios son capaces de comportarse en público con tal falta de decoro que probablemente son entrenados en casa para ello); se encaminó a una de las tabernas más caras y dijo que estaba sediento tras el largo viaje y que se ahogaría por la sed, por lo que pidió vino dulce especiado, y saco su dinero. La tabernera, viendo su beneficio delante de sus ojos, se dispuso a servirle y empezó a prepararlo. Pero resultó que también era partera y cuando ya había puesto la copa delante del egipcio e iba a echar el vino que había preparado, uno de los vecinos entró corriendo y le susurró: `tu amiga y pariente está en peligro mortal por parto, a no ser que vengas rápidamente.´ Cuando lo oyó, dejó al egipcio con la boca abierta, y no quedó para echar el agua caliente. Cuando terminó de atender el parto y de hacer lo que es habitual en un alumbramiento, se lavó las manos y regresó junto a su cliente, al que encontró encendido de ira y al que explicó la razón de su demora.” (Eunapio, Vidas, 463)


Wellcome Images

Las obstetrices también comprobaban que las esclavas jóvenes recién compradas fueran vírgenes, y posteriormente, tras el triunfo del cristianismo, harán lo mismo con ciertas religiosas a las que se exigía demostrar que no habían mantenido relaciones sexuales.

“Una partera examinando con la mano la virginidad de una doncella, ya fuese por odio o por ignorancia en su profesión, o por casualidad, se la hizo perder; no creo por eso que haya alguno tan necio que presuma que perdió la doncella por esta acción la santidad de su cuerpo, aunque perdiese la integridad de la parte lacerada.” (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XVIII)

Con el paso del tiempo, la visión tan negativa que la sociedad tenia de las comadronas fue suavizándose, debido a una revalorización de la medicina y de los profesionales dedicados a ella, que provocó que al final de la Antigüedad los médicos dejaran de ser subestimados, y fueran considerados ciudadanos de pleno derecho, gozando de gran consideración social. En el caso de las obstetrices acabó ocurriendo lo mismo ya que se empezó a ver a la comadrona como una profesional que se ocupaba del embarazo de la mujer, el parto y los primeros cuidados del recién nacido y de la parturienta tras el alumbramiento teniendo en cuenta el bienestar de ambos.

“A los dioses Manes

Yo, Julia Primigeneia, que salvé a muchas mujeres como partera (maia), no pude escapar de los Hados. Tras una buena vida partí hacia la casa de la muerte, donde se ha reservado un lugar entre los píos para mí. Su amante esposo Tiberius Julius Hierax hizo que se inscribiera para su esposa con grato recuerdo.” (IGUR III 1240)

Estela funeraria de Phanostrate, Museo Nacional de Atenas

“Phanostrate, comadrona y médica, yace aquí. No causó dolor a nadiey tras su muerte todos la echan de menos.” (CEG 2, 569)




Bibliografía



The ‘cursus laborum’ of Roman Women, Social and Medical Aspects of the Transition from Puberty to Motherhood, Anna Tatarkiewicz
Gynecology, Soranus
Childbirth in ancient Rome: From traditional folklore to obstetrics, Donald Todman
Pregnancy Through Childbirth: A Midwife's Perspective of Gynecological Practices in 2nd Century AD Greco-Roman Society, Rachael Janoso
Fixing Ethical Rules for Midwives in the Early Roman Imperial Period: Soranus, 'Gynaecia' I 3–4, Giulia Ecca
Pregnancy, Childbirth, and Primary Care-givers in Ancient Rome, Barbara Nancy Scarfo
Soranus and the Pompeii Speculum: the sociology of gynaecology and Roman perceptions of the female body, Patricia Baker
The image and role of the midwife in the ancient Greek and Byzantine art, Maria Athanasekou
El parto en época romana y sus representaciones gráficas, Amparo Moreno Valero
Agnódice, la primera mujer griega médica, María Victoria Suárez y Alfredo E. Buzzi
El espacio de la mujer en la medicina romana, José Pablo Barragán Nieto
El vientre controlado: anticoncepción y aborto en la sociedad romana, Patricia de los Ángeles González Gutiérrez
Medicae y obstetrices en la epigrafía latina del imperio romano. Apuntes en torno a un análisis comparativo, Mª Ángeles Alonso Alonso
Los textos ginecológicos en la antigüedad tardía: el catecismo de las parteras de mustio, Mercedes López Pérez
Mujer y medicina en la antigüedad clásica: la figura de la partera y los inicios de la ginecología occidental, María de la Sierra Moral Lozano

 


lunes, 28 de noviembre de 2022

Oleum, el uso del aceite en la antigua Roma

Fresco de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

“Dos son los líquidos más agradables para el cuerpo humano: por dentro el vino, por fuera el aceite, productos ambos muy importantes que proceden de los árboles, pero el imprescindible es el aceite; y la sociedad se dedicó a él sin pereza alguna.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 29)

El cultivo del olivo pudo haber empezado en la península itálica entre los siglos VIII y VII a. C. impulsado por los fenicios, aunque fueron los griegos quienes iniciaron su expansión, la cual contribuyó a que pocos siglos después el aceite y las aceitunas fueran parte fundamental de la dieta romana junto al pan y el vino.

"Es evidente que siempre la despensa del señor cuidadoso y previsor está llena de vino, aceite, de toda clase de provisiones, y toda su villa es rica: abundan en ella los cerdos, los cabritos, los corderos, las gallinas, la leche, el queso y la miel." (Cicerón, De la vejez, 56)

Botella de aceite y aceitunas, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

A partir del siglo I d.C., ante la crisis de la producción en Italia y las necesidades crecientes de aceite por parte de la población y del ejército del limes (frontera con los bárbaros, en el Norte de Europa), los emperadores inician una política oficial activa de incentivación de la plantación y el cultivo del olivo. Bajo el gobierno de Augusto se creó el servicio de la annona, administración que se encargaba de que los alimentos de primera necesidad llegasen regularmente y de forma gratuita a la urbe y al ejército. Los productos se captaban en las provincias romanas por diversas vías: como tributos en especies, por compra a cuenta del Estado o mediante ventas obligatorias (indictiones), o bien como rendimientos de los latifundios imperiales. La tarea estaba a cargo de la praefectura annonae. Desde sus inicios, se requirió de diversos funcionarios públicos o de agentes controlados por el Estado, para que trabajasen en el aprovisionamiento regular y sin interrupciones de los recursos alimentarios.

“A Sextus Julius Possessor, hijo de Sextus, de la tribu Quirina, prefecto de la tercera cohorte de los Galos, comandante de una tropa de arqueros sirios y de la primera ala de la Hispánica, magistrado de la ciudad de Romula Malva, tribuno militar de la duodécima legión Fulminata, magistrado de la colonia de Arca, elegido para la decuria por los grandes y óptimos emperadores Antonino y Vero, asistente de Ulpius Saturninus, prefecto de la Annona, a cargo del inventario del aceite hispano y africano, del transporte del excedente y de pagar por el flete a los naviculari (patrones de barco), procurador encargado por los dos emperadores de mantener las riberas del rio Betis, se lo dedicaron los barqueros (scapharii) de Hispalis (Sevilla), como recompensa por su excepcional integridad y justicia.” (CIL, II. 1180)

Reconstrucción de la prensa de Case Nuove, Ilustración Inklink

El aceite de la annona procedía durante el imperio de la Bética, o bien de África, donde muchos latifundios eran de propiedad imperial. El estado para maximizar el rendimiento de sus propiedades permitía a un conductor administrar el fundus para garantizar la llegada de los productos a Roma y otras ciudades. La distribución no se hacía siempre de forma regular, pero sí de forma ocasional.

Símaco ruega al emperador que estimule el suministro de aceite africano a Roma.

"A nuestros señores,

No hay duda de que vuestra Felicidad garantiza recursos inagotables al pueblo romano, señores emperadores, pero la previsión de los gobernantes no deja de hacer sugerencias para que esa diligencia asegure lo que promete una fortuna mejor. El servicio cotidiano de trigo no está en dificultades. El aceite es el único producto que perturba el sustento de la plebe porque ha sido transportado escasamente. El clarísimo prefecto de la anona, que ejecuta con diligencia su cometido, sostiene que ha notificado este hecho hace tiempo a la ilustrísima prefectura del pretorio, enviando según la costumbre unos breves para poner de manifiesto la escasez de las reservas. Pero como la carencia se agrava, no ha debido silenciarse ante vuestra Clemencia la preocupación de la patria, cuyas esperanzas y recursos se ven colmados por el favor de unos príncipes buenos.
Por ello todos os pedimos con súplicas —si es que esperáis por ruegos vosotros que os adelantáis con favores a los votos generales— que vuestras palabras divinas estimulen lo antes posible a los gobernantes de África en relación con el envío de este producto a los almacenes de Roma, pues hay que apresurarse antes de que el suministro diario acabe con lo que queda. En fin, añadid este don a los demás que estáis habituados a otorgar, para que fluyan con igual profusión todos los bienes de la época.”
(Símaco, Informes, 35)

Almazara, Ilustración Inklink

La calidad del aceite dependía de numerosas variantes: desde el nivel de maduración del fruto, pasando por los sistemas de recogida, transporte y almacenamiento, hasta el tipo de prensado o el grado de decantación y filtrado. De acuerdo con ello, se obtenían diversos tipos de aceite, que variaban en acidez y pureza, y que lógicamente alcanzaban niveles diferentes de cotización y precio, por cuanto los usos que permitían eran también diferentes. En cualquier caso, la masa se prensaba tres veces y el aceite extraído cada vez se recogía en recipientes distintos, ya que la calidad también era diferente, siendo el mejor el de la primera prensada y el peor el de la última.

Oleum omphacium era el mejor y se extraía de las aceitunas todavía verdes en septiembre, y se destinaba a usos religiosos (ofrendas a los dioses) y a la fabricación de perfumes y medicamentos. El que se obtenía de la aceituna blanca (que adoptaba el mismo color) era el mejor, mientras que el omphacium derivado de aceitunas no maduras para su consumo, pero sí en plena sazón tenía una calidad algo inferior y tomaba un color verde.

“Un aceite es también el onfacio. Se obtiene de dos clases de árboles y con sendos procedimientos: del olivo y de la vid. La aceituna se exprime cuando aún está blanca; de inferior calidad es el de drupa —así se llama la aceituna antes de que esté madura para su consumo, cuando, no obstante, ya va tomando color—; la diferencia consiste en que este último es verde, mientras que el primero es blanco.” (Plinio, Historia Natural, XII, 130)

Elaboración de aceite. Ilustración de H.M. Herguet

El aceite llamado "
oleum aceruum" o "aestiuum" es el que se obtiene de las aceitunas verdes, y aunque bueno, era poco abundante. La cosecha se realizaba en septiembre.

"El tiempo más proporcionado para la recolección de la aceituna es por lo común a principios del mes de diciembre. Pues antes de este tiempo se hace el aceite acerbo, que llaman de estío; cerca de este mes se saca el verde, y después el maduro."

El 
oleum viride (aceite verde) se preparaba en diciembre con las aceitunas de color cambiante (entre el verde y el negro), que daban más aceite, con un sabor más suave y afrutado.

“Nosotros residimos aquí en el campo, dedicados al ocio, y disfrutamos del otoño de muchas maneras. Así es: una vez que hemos confiado a los toneles el vino joven, que ha manado tras ser batido con los pies y exprimido con la prensa, se tritura en sus molinos el fruto de Sición, aunque la aceituna temprana se pasa suavemente para producir aceite verde.” (Símaco, Cartas, III, 23)



Para el 
oleum viride se hacía una clasificación dependiendo de cómo se había cogido la aceituna, del tiempo transcurrido hasta su procesado y del modo de prensarla.

“Pero no tiene cuenta al padre de familia sacar aceite acerbo, porque sale poco; a no ser que la aceituna se haya caído con las tempestades y sea preciso cogerla para que no se la coman los animales domésticos o los silvestres. Pero es de la mayor utilidad extraer el verde, como que no solo sale bastante, sino también con su valor casi duplica la renta del amo.” (Columella, De Re Rustica, XII, 52)

Ilustración Jean-Claude Golvin

De él se obtenía el 
oleum flos, aceite procedente de la primera y muy ligera presión, pero que, debido a su precio, se reservaba sólo para el aliño de las ensaladas o aderezar alimentos en crudo. El oleum sequens se lograba a partir de una segunda y más intensa presión, en la que se calentaba con agua la masa de aceitunas para extraer más fruto. El oleum cibarium, cuyo sabor era un tanto acre, procedía de la aceituna ya madura o caída del árbol y era obtenido de las siguientes prensadas, por lo que no podía conservarse más de un año. Se destinaba a la cocina de platos elaborados y fritos, y por su calidad inferior era cuatro veces más barato y, por tanto, de mayor consumo.

Más popularizado entre la población, por su bajo precio, se encontraba el “
oleum maturum” o aceite maduro, extraído, como su nombre indica, de aceitunas maduras o, incluso, pasadas. Era el que usaban las clases más bajas para cocinar, para conservar alimentos e, incluso, como combustible para lámparas.

“Cuando la aceituna está negra, recógela. Cuanto más amarga sea la aceituna con la que hagas el aceite, tanto mejor será el aceite: al amo le será especialmente ventajoso hacer el aceite de aceituna madura.” (Catón, De Agricultura, 65)



Plinio establece una jerarquía de cuáles son los aceites de mejor calidad en Italia y en todo el mundo: en el primer lugar sitúa al originario de la región de Venafro, cerca de Campania y el Lazio, dado su olor y gusto delicados; después iguala el aceite proveniente de la tierra de Istria, en el Adriático y el de la Bética, en el sur de Hispania; después de éstos, coloca a todos los demás.

“El primer puesto en el mundo entero, también en este producto, lo ha obtenido Italia, sobre todo por el territorio de Venafro, concretamente en la zona que da el aceite licinio, por lo que también se concede el máximo galardón a la aceituna licinia: le otorgaron esta palma los perfumes, porque su olor era muy apropiado para ellos y se la otorgó también el paladar con su juicio aún más fino; además, ningún pájaro pica las aceitunas licinias.
Hay, después, una disputa muy reñida entre la tierra de Istria y la Bética. Por lo demás, en las provincias se dan unas calidades bastante similares, excepto en el suelo de África, productor de cereales: la naturaleza se lo concedió por entero a Ceres, no le negó algo de aceite y de vino, pero le otorgó suficiente gloria por sus cereales.”
(Plinio, Historia Natural, XV, 8)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Desde muy pronto las obras literarias testimonian diferentes usos para el aceite, desde el cuidado de cuerpo y cabello, hasta el uso culinario.

Balión.— Y tú, Xitilis, atiéndeme bien: tus amantes, ésos nadan en aceite de oliva; si no se me pone aquí rápido a odres plenos, te meteré mañana a ti en uno de los tales y te haré llevar a la pérgola; allí se te dará un lecho, pero no para que cojas el sueño, sino para que hasta que ya no puedas con más... ya sabes a lo que me refiero. ¡Qué, víbora!, tú que tienes tantos amigos tan bien forrados de aceite ¿acaso has movido un dedo para que ninguno de tus consiervos tenga un tanto así más de brillo en la cabeza?, ¿o es que ni yo mismo puedo hacerme preparar la carne con un poco más de grasa? Pero eso ya me lo sé yo: es que a ti el aceite no te dice mucho, es con el vino con lo que te unges; deja, que yo te lo haré pagar todo de un solo golpe.” (Plauto, Pseudolo, I, 2)

Los romanos cocinaban inicialmente con manteca de cerdo, pero con la difusión del olivo se impuso el aceite de oliva (al menos, en los países mediterráneos), que se convierte en el ingrediente fundamental de su cocina.

“Toda entera tengo nombre griego, pero no soy toda entera latina; para los pobres (pues siempre me sirven en las tienduchas) vengo a nacer en la tierra, con agua me lavan, con aceite me untan.” (Antología Latina, XLII, La acelga)



Con aceite se aliñaban las verduras y hortalizas, y era ingrediente principal en la preparación de salsas para acompañar carnes y pescados.

“Vale la pena conocer bien la composición de la salsa doble. La simple consta de aceite dulce, que convendrá mezclar con un vino puro de mucho cuerpo y salmuera, pero sólo de la que haya dado su olor a un tonel de salazón de Bizancio. Una vez que todo ha hervido revuelto con hierbas picadas, y espolvoreado
con azafrán de Córico ha reposado, le echarás encima el jugo del fruto molido del olivar de Venafro.”
(Horacio, Sátiras, II, 4)


El aceite formaba parte de la elaboración de platos que eran consumidos por la población más humilde y campesina, como el moretum, que hecho con los ingredientes más básicos como queso y aceite constituía parte de la dieta del campesino Símilo.

“Avanzaba su obra: y no ya desigual, como antes, sino más pesada marchaba la mano del mortero en lentos giros. Vierte gota a gota el aceite de Palas, un chorro de fuerte vinagre y, de nuevo, mezcla la pasta y remueve lo mezclado. Luego, al fin, rebaña con dos dedos todo el mortero y recoge lo esparcido en una bola para que tome la forma y el nombre de un perfecto almodrote.” (Apéndice Virgiliano, Moretum, 110)

Mortero romano


En Roma, el aceite de peor calidad se utilizaba para la iluminación, aunque algunos autores antiguos se quejan de que los más avaros de entre los tenderos lo usaban para condimentar las comidas que vendían a los pobres de necesidad. Juvenal compara el aceite del Venafro destinado a los ricos con el importado de África, que según Plinio era de peor calidad, y se empleaba en iluminación.

“El amo rocía su pescado con aceite del Venafro. Por el contrario, la col descolorida que te traen a ti, desgraciado, olerá a candil. Porque en vuestros platos se pone el aceite que han transportado con proa aguda los barcos de los Micipsas*.” (Juvenal, Sátiras, V, 86)

* Micipsa fue rey de Numidia


Relieve de sarcófago, catacumba de Praextatus, Roma

El aceite de oliva fue el combustible más utilizado para la iluminación artificial en época grecorromana, aunque otros aceites vegetales, junto a grasas animales también se emplearon como aditivos o principal fuente de combustible.

La provisión de aceite de oliva en las provincias alejadas de grandes centros de producción requería una fuerte inversión económica, aun cuando el aceite utilizado era el de peor calidad. Por lo que solo la élite podía acceder a un combustible que permitía alargar las actividades laborales, comerciales y de ocio hasta después de haberse puesto el sol. Por ejemplo, en época imperial, cuando el uso del aceite en las termas estaba muy extendido, era frecuente que se distribuyese el aceite gratuitamente por parte de las autoridades. Alejandro Severo repartió aceite para las lámparas de las termas y que estas se mantuviesen abiertas más tiempo.

“Hizo además una donación de aceite para iluminar las termas, siendo así que hasta entonces no se abrían antes de la aurora y se cerraban antes de la puesta del sol.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 24)

Baños de Caracalla, Pintura de Alma-Tadema

El empleo de las lámparas de aceite permitió la realización de labores cotidianas en horas en las que el sol ya se había ocultado o tareas llevadas a cabo en lugares sin luz natural ni siquiera durante el día, como minas o catacumbas.

“Y las doncellas, aun en la noche, hilando su tarea, no desconocieron la proximidad del mal tiempo, cuando veían chisporrotear el aceite en la encendida lámpara de arcilla y que sobre la pavesa se formaba un hongo blando.” (Virgilio, Geórgicas, I, 390)

Penélope deshaciendo su labor, Dora Wheeler, Museo Metropolitan, Nueva York

La iluminación de áreas públicas, tales como calles urbanas, espacios públicos y edificios, era una fuente de orgullo cívico para aquellas ciudades donde la había, lo que ocurría en ciudades de provincias, como Antioquía y Constantinopla. La capacidad de la administración de extender el día con luz artificial ayudaba a incrementar el intercambio social y comercial y proporcionaba mayor seguridad a los residentes y visitantes de la ciudad.

“De móviles sogas cuelgan luces que relumbran sujetas en los artesonados y, alimentada por el suave flotar del aceite, la llama arroja su luz por el brillante cristal.” (Prudencio, Himnos cotidianos, V)

Museo del Vidrio, Corning, Nueva York

El aceite como fuente de iluminación era un elemento simbólico que formaba parte de rituales religiosos y funerarios. En forma de ungüentos, era parte fundamental en los ritos de preparación y exposición del cadáver, contribuyendo a su conservación; en la cremación, disimulando el olor de la carne quemada. 

“Lo que te voy a contar sucedió cuando yo ya era viejo. En Tebas, una picara vieja fue entenada de esta manera, en virtud de su testamento: el cadáver, generosamente untado de aceite, lo llevó el heredero en sus hombros desnudos, sin duda para ver si después de muerta lograba escaparse; y es que creo que en vida la había acosado en exceso.” (Horacio, Epístolas, II, 5)

En el culto a los Manes, espíritus de los difuntos, se depositaban en las tumbas alimentos, bebidas y lámparas de aceite, cuya luz debía guiar al difunto en su camino hacia el más allá. Algunas lámparas se llenaban con aceite perfumado y podían considerarse un regalo para el fallecido o una ofrenda conmemorativa que se depositaba en los aniversarios o fiestas de los difuntos.

“Adiós Septimia, que la tierra te sea leve. A quienquiera que deje una lámpara encendida ante su tumba, cubra la tierra dorada sus cenizas.” (CIL X 633)

Pintura de Wilhelm Kotarbinski

El aceite se utilizaba como ofrenda a los dioses, tanto en el culto oficial como en el culto privado, especialmente como libación en los altares.

“Después, prepara en honor del rey estigio nocturnas aras y pon sobre las llamas las entrañas enteras de los toros y derrama pingüe aceite sobre las vísceras ardientes” (Virgilio, Eneida, 6, 252-254.


La gente exhibía su piedad hacia los dioses ungiendo las estatuas que los representaban, aunque también mostraban su fervor hacia los héroes de la misma manera.

“En cuanto a la historia por la que el gran Aquiles, colocado frente a Héctor, ha ocupado todo el espacio al aire libre, puedes escuchársela a los guías. Yo, al darme cuenta de que todavía estaban iluminados, casi tendría que decir resplandecientes, los altares y de que la estatua de Héctor frotada con aceite estaba brillante, mirando a Pegaso dije: «¿Qué es esto, los de Ilión sacrifican?», intentando suavemente averiguar qué opinión tenía.” (Juliano, Cartas escritas en Asia menor, 79)

Pintura de Henry Ryland

El aceite se utiliza en las termas para la limpieza del cuerpo y los masajes y se consumía en gran cantidad por lo que había que procurar su abastecimiento y recurrir a la donación pública por parte de los propios Emperadores o los evergetas, prohombres locales de gran poder adquisitivo que con la intención última de ser elegidos para determinados cargos públicos revertían parte de sus riquezas en actos de evergesía, como el reparto gratuito de aceite para las termas.

“Las más devotas hermanas de Cesia Sabina, hija de Cn. Cesio Athicto, erigieron esta estatua. Ella sola dio un banquete a las madres de los centunviros y a sus hermanas e hijas y a las mujeres del municipio sin distinción de rango. Y en los días de los juegos y de la fiesta de su propio marido, ofreció un baño con aceite gratis.” (CIL XI 381)



El aceite acompañaba siempre en la competición y el ejercicio físico. Ya desde época griega, los atletas se embadurnaban el cuerpo de aceite antes de la lucha o la carrera, protegiéndose así del sol y asegurando su correcta hidratación. Terminado el baño, retiraban la mezcla de aceite y sudor con el estrígilo (strigilis), lavaban su cuerpo con agua, esponja y algún producto abrasivo (ceniza, sosa, potasio, salitre).

“Allí, en Olimpia, el gimnasta lleva un estrígilo, tal vez por esta razón: el atleta, en la palestra, no puede evitar cubrirse de polvo y barro. Además, está expuesto al sol; con el fin de que no se estropee el estado de su piel, el estrígilo recuerda al atleta no sólo que debe usar aceite sino untárselo tan copiosamente que haga falta rascarlo con el estrígilo después de la unción.” (Filóstrato, Gimnástico, 18)

Museo Británico, Londres

Por sus propiedades antisépticas y tranquilizantes, contrastadas sin duda mediante observación y experimentación a lo largo de siglos de uso, el aceite fue un ingrediente fundamental en las prácticas medicinales de los pueblos mediterráneos desde que empieza a cultivarse el olivo y producirse el jugo de él obtenido.

“Nada más se puso a brillar la estación, me atacó a los riñones un fuerte dolor que me obligaba a buscar una cuerda. Luego, tras un mes de tregua, se abatió sobre mí con más intensidad y se hizo necesario recurrir a un procedimiento que me empeñaba en aplazar lo más posible. Pues mientras los demás eran partidarios de adormecer los dolores con aceite, Panolbio decide hacerme una sangría. De inmediato me puse mejor, pero no puedo tener confianza en que siempre será así.” (Libanio, Cartas, 393, 3)

Skyphos de plata, Tesoro de Boscoreale, Museo del Louvre, foto Hervé Lewandowski

Las medicinas eran el resultado de una mezcla de numerosos ingredientes minerales, animales o vegetales, entre los cuales estaba el aceite, que por sí solo tiene propiedades antisépticas, antiinflamatorias, anticoagulantes y cicatrizantes, y puede mejorar la respuesta del sistema inmune.

“La verdad es que soy un hombre un tanto propenso a los catarros, pero hoy creo que estoy mucho más constipado. Así· pues, me untaré la cabeza con aceite e intentaré dormir, pues no pienso añadir hoy a mi lámpara ni una gota de aceite, hasta tal punto me he fatigado por haber montado a caballo y por estornudar.” (Frontón, Epístolas, 60)



Los galenos recomendaban utilizar el oleum omphacium para la preparación de remedios medicinales. Entre las recetas médicas se contemplaba tanto la aplicación o ingestión del aceite, como la inmersión del enfermo en el propio aceite.

“Aplicar cataplasmas calientes que se irán cambiando de lugar frecuentemente, desde el pecho hasta la ingle y la espina dorsal; frotar los brazos y las rodillas e introducir todo el cuerpo en aceite caliente; si el dolor no remite, aplicar tres o cuatro cazos de aceite caliente sobre la parte inferior del vientre”

Los directores de los gimnasios recogían el aceite con el que los atletas limpiaban su cuerpo y luego echaban por tierra, para venderlo con uso medicinal y como emplasto para aliviar diversos males, incluidos los articulares y, calentado, contra la ciática.

“Las raspaduras obtenidas de las termas son más eficaces para estos propósitos, y por ello se incluyen como ingrediente de algunos remedios. Estas raspaduras están impregnadas con el aceite de los atletas, que, usado con el polvo de la tierra, tienen un efecto calmante sobre las articulaciones, y son particularmente beneficiosas con efecto calórico.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 13)

Placa campana, Gliptoteca Carlsberg, Copenhagen. Foto Sergey Sosnovskiy

El masaje se recomendaba para calmar la piel tras el ejercicio físico y el ciclo de las termas, así como para aliviar ciertas dolencias.

“Primero debería sudar durante un rato en el tepidarium, bien tapado, y después ungirse con aceite allí mismo; tras ello debería pasar al caldarium y tras sudar un rato no sumergirse en el baño caliente, sino echarse desde la cabeza hasta los pies, primero agua caliente, luego templada, después fría, y más por la cabeza que por ninguna otra parte, tras lo cual debería recibir un masaje, secarse y untarse con aceite.” (Celso, De Materia Medica, I, 4, 2)

Ilustración Parque Arqueológico de Xanten, Alemania

El aceite fue, desde casi la Prehistoria y en todo el Mediterráneo, la base de multitud de ungüentos y perfumes, que se utilizaron originalmente en la Antigüedad para conservar la salud y la elasticidad de la piel, pero posteriormente se emplearon como artículos de lujo para proporcionar al cuerpo la mejor de las fragancias, no solo después del baño, sino en cualquier ocasión, pues oler bien era supuestamente signo de buena salud.

“El simple aceite sirve para engrasar la piel, relajar los nervios y eliminar del cuerpo el olor desagradable, si realmente necesitáramos para ello el aceite.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 67)

Ungüentarios romanos de vidrio

La elaboración artesanal consistía en macerar flores, hierbas o especias, machacadas en un mortero, en aceite y en frio, sobre todo, el que se obtenía de las olivas verdes durante la primera prensada, el denominado omphacium, que se empleaba como vehículo fijador o disolvente de las esencias aromáticas. Para conseguir un buen perfume era necesario utilizar un aceite puro que no alterara el aroma final.

“Cuando te dispones a preparar el suave perfume de la mejorana o de la mirra o de la flor del nardo que exhala a nuestro olfato fragancia de néctar, es conveniente antes de nada que busques y, en la medida de lo posible, logres encontrar un aceite de condición inodora que no exhale al olfato efluvio alguno, a fin de que deteriore lo menos posible, alterándolos con su aspereza, los perfumes mezclados con su substancia y fundidos con ella en la cocción.” (Lucrecio, La naturaleza, II, 845)

Pintura de la Villa Farnesina, Museo Palazzo Massimo, Roma

En caliente se servían de pequeños hornos cuyas llamas no debían estar en contacto con el caldero para evitar que el perfume oliera a quemado, hasta que el aceite se saturaba. A la mezcla se añadía un estabilizante hecho de alguna resina, especialmente de coníferas o de alguna especie más exótica como la mirra. Otros aditivos eran el vino perfumado, agua o miel.

“Los componentes básicos para la elaboración de un perfume son dos: el líquido (sucus) y la parte sólida (corpus): al primero pertenecen diferentes tipos de aceite, (stymmata) y al segundo, las esencias (hedysmata). Entre estos dos componentes existe un tercero, despreciado por muchos, que es el colorante. Para dar color se emplean el cinabrio y la ancusa. La sal añadida mantiene las propiedades del aceite. Pero cuando se añade ancusa, no se añade sal. La resina o las gomorresinas se añaden para mantener el aroma en el cuerpo; pues éste se evapora rápidamente y desaparece, si no están presentes estos conservantes.” (Plinio, Historia Natural, XIII, 2, 7)

Putti perfumistas, Casa de los Vettii, Pompeya

Las frutas también proporcionaban ingredientes que añadidos al aceite proporcionaban perfumes de gratos aromas.

“El aceite de membrillo se prepara de esta forma: mezcla seis sextarios de aceite con diez sextarios de agua, añade tres onzas de romaza triturada y una onza de esquemanto, déjalo durante un día y cuécelo. Luego, tras colar el aceite, échalo en una vasija de boca ancha, coloca encima zarzos de caña o una esterilla antigua y sobre ellos los membrillos. Envuélvelo todo con paños y déjalo reposar suficientes días, hasta que el aceite atraiga la virtud de los frutos." (Receta de Dioscórides)

Villa de Popea, Oplontis, Italia

Al médico Galeno se le atribuye la receta de una crema de belleza (ceratum) a base de cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas.

Los aceites perfumados eran usados para necesidades del culto, y los ungüentos para masajes y fricciones después del baño, y antes de tenderse para comer.

“Ella entonces se despoja de todas sus vestiduras e incluso del sostén que sujetaba su hermoso busto femenino; y, de pie junto al foco de luz, saca de un frasco metálico un aceite perfumado con el que se frota bien.” (Apuleyo, Metamorfosis, X, 21, 1)

Pintura de John William Godward

Además de las habituales, el aceite tenía entre los romanos otras muchas aplicaciones: como lubricante de los utensilios de trabajo, como impermeabilizante para algunos tejidos, como purificador de ciertos metales, como suavizante del cuero y muchos más.

“Y si pensamos que el cuero suavizado por el aceite se hace más difícil de romper y más duradero, siendo como es algo muerto, sería absurdo que no pensáramos que un cuerpo, que tiene aún una vitalidad, no puede ponerse en mejor forma por acción del aceite.” (Luciano, Anacarsis,o sobre la gimnasia, 23)

El aceite se aplicaba a la elaboración de armas y herramientas por su efecto sobre los metales.

“Cuando se trata de vaciar el hierro, el empleo del aceite proporciona un filo más acabado; de ahí la costumbre de dar una mano de aceite a las herramientas más delicadas, para que no se endurezcan con el agua haciéndose con ello quebradizas.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVI, 21, 4)


Un uso frecuente y documentado era el de repelente de insectos o insecticida.

“A las polillas se las destruye por la noche, colocando delante de las colmenas una potente luz y recipientes llenos de aceite debajo de la luz. Las polillas vuelan hacia el resplandor, caen en el aceite y mueren. De otra manera no es fácil apresarlas.” (Claudiano Eliano, Historia de los animales, I, 58)

Intaglio, Yale University Art Gallery

Aceites procedentes de otras plantas también se empleaban comúnmente en la sociedad romana, bien por ser más baratos, por su accesibilidad o porque sus propiedades les hacían adecuados para el uso al que estaban destinados, entre ellos el aceite de almendra, sésamo o nuez.

“El de almendra, que otros llaman neopo, se extrae de almendras amargas secas, machacándolas hasta hacer una pasta que se rocía con agua y se vuelve a machacar.” (Plinio, Historia Natural, XV, 7)

El aceite de cedro se usaba como conservante para los rollos de papiro y éstos se guardaban en cajas de madera de ciprés, dura y resistente. El cedro y el ciprés son ambos árboles de madera noble y aromática.

“Librito mío, ¿a quién quieres obsequiar? Búscate en seguida un protector, no sea que, llevado al punto a la cocina ahumada, tu papel aún húmedo se destine a envolver atunes frescos o sirvas de cucurucho del incienso y la pimienta. ¿Te marchas al seno de Faustino? Sabes lo que haces. Ahora puedes echarte a andar ungido con aceite de cedro y, hermoseado por la doble ornamentación de tu frente, regodearte en tus dos cilindros pintados, y que la púrpura delicada te cubra y que el título se enorgullezca con el rojo de la grana. Si él te protege, no temas ni a Probo.” (Marcial, Epigramas, III, 2)

Un escriba romano, Pintura de Alma-Tadema

El aceite por su alto coste era un producto elegido como obsequio para regalar a familiares y amigos en celebraciones o efemérides.

“¡Qué bien tan grande me ha proporcionado mi queja, no formulada sino supuesta por ti, Paulino, hijo mío! Temiendo que me hubiera desagradado el aceite que me habías enviado, repetiste tu regalo y lo hiciste aún mayor al añadir el condimento de la salmuera de Barcelona.” (Ausonio, Epístolas, 21)

El aceite, junto al vino y el trigo, era un producto que servía para el pago de trabajadores o de artistas contratados para los espectáculos, así como también era una recompensa para atletas ganadores y para vencedores de competiciones deportivas y artísticas.

“Hay que preocuparse, como de ninguna otra cosa, de la música sagrada. Escoge, pues, del pueblo de Alejandría a cien muchachos de buen linaje y manda proveer para cada uno de ellos dos artabas de trigo al mes y, además, aceite y vino; los encargados del tesoro les proporcionarán vestidos. Que ahora sean escogidos por su voz, pero si algunos pueden participar también en lo más elevado de esta ciencia, que sepan que ponemos a su disposición enormes recompensas a su esfuerzo. Pero, antes que de las nuestras, ellos mismos se beneficiarán al purificar sus almas con la música divina, pues hay que creer a los que anteriormente opinaron con rectitud sobre estas materias.” (Juliano, Cartas escritas en Antioquía, 109 -Carta de Juliano al prefecto de Egipto, Ecdicio)

Ánforas olearias



Bibliografía

De especie silvestre (kótinos) a olivo sagrado (élaios). Notas sobre el cultivo del olivar, la producción, la comercialización y el consumo de aceite de oliva en el Mediterráneo antiguo; Desiderio Vaquerizo Gil
Sextus lulius Possessor en la Bética; José Remesal Rodríguez
Olivo y aceite en los autores latinos; Joaquín Mellado Rodríguez
La captación del aceite annonario en Bética y África, un análisis comparativo; Lluís Pons Pujol, Eduard Garrote Sayó, Xavier Soria Rincón
Agua, sal, pan, vino y aceite en Roma; Guillermo Fatás Cabeza
Inscripciones de olearii en Hispalis; José María Blázquez
El aceite en la antigüedad: luminoso triunfo de la paz; Amalia Lejavitzer
Oil for Rome During the Second and Third Century AD: A Confrontation of Archaeological Records and the "Historia Augusta"; Wim Broekaert