sábado, 17 de junio de 2023

Columbarium, urnas en columbario en la antigua Roma


Tumba de Pomponio Hylas, Roma


“Y no tengo pudor en decir la verdad y en confesar los
tedios nacidos de mi vida, sufridora de tantos males. Pues
cuando vaya a convertirme en tenue sombra y la negra
pavesa cubra por encima mis blancos huesos, que Neera
venga ante mí mesados sus largos cabellos y llore, afligida,
ante mi pira. Pero que venga acompañada por el dolor de
su querida madre: que ésta lamente a su yerno, aquélla a
su marido. Invocando a mis Manes y pidiendo por mi
alma y mojando antes sus piadosas manos con un brebaje,
que, vestidas con una túnica negra, recojan mis blancos
huesos, única parte de mi cuerpo que sobrevivirá. Y,
primero, que rocíen lo cogido con añoso Lieo, luego
también dispongan rociarlos con nívea leche, y después
de esto quitarles la humedad con telas de lino y ponerlos,
ya secos, en una urna de mármol. Derrámense allí, sobre
el mismo sitio, los ungüentos que envían la rica Pancaya,
los árabes orientales y la rica Siria, y lágrimas que me
evoquen: así querría yo ser enterrado cuando me
convierta en huesos. Pero que una inscripción aclare la
triste circunstancia de mi muerte y deje ver este epitafio
en la solemne lápida: «Aquí yace Lígdamo: su dolor y su
desazón por Neera, esposa arrebatada, fueron la causa
de su muerte».”
(Tibulo, Elegías, III, 2)


En el ritual funerario del mundo romano, pervivieron dos formas de enterramiento: la incineración y la inhumación. En la Roma arcaica los enterramientos se realizaban por inhumación, sepultando el cuerpo para mantenerlo vinculado con la tierra, considerada la fuente original de vida. Por el contacto con el mundo etrusco, que desarrolló la cremación y el enterramiento en las urnas, Roma conoció la incineración y empezó a practicarla, aunque conviviendo con la inhumación, siendo esta la que habitualmente elegían las familias nobles que conservaban las costumbres con mayor rigor. A finales de la República la cremación acabó convirtiéndose en el ritual más usado.

Pira funeraria, ilustración de Jean-Claude Golvin

Como ejemplo puede escogerse el funeral del dictador Sila, que fue el primero de los Cornelios en ser incinerado.

"El hecho mismo de la incineración no es institución antigua entre los romanos: eran cubiertos con tierra; pero fue establecida en el momento en que se enteraron de que, en las guerras en lugares remotos, desenterraban a los que habían sido enterrados. Y, sin embargo, muchas familias conservaron los ritos antiguos, como la Cornelia, en la que se dice que nadie fue incinerado antes del dictador Sila, y que lo había querido temiendo el talión, cuando desenterraron el cadáver de Mario." (Plinio, Historia Natural, VII, 187)

Tácito, al contar el embalsamamiento e inhumación de Popea, la mujer de Nerón, habla de la cremación como el “romanus mos” (costumbre romana) y de la inhumación como la costumbre propia de reyes extranjeros:

“Su cuerpo no fue consumido por el fuego, como es la tradición romana, sino que, según la costumbre de los reyes extranjeros, fue embalsamado con perfumes y colocado en el túmulo de los Julios." (Tácito, Anales, XVI, 6, 2)

Cortejo fúnebre, Ilustración Jean-Claude Golvin

A partir del reinado de Adriano, la inhumación fue haciéndose cada vez más presente debido a la idea defendida por el cristianismo y otros cultos de que era necesario garantizar la integridad del cuerpo para una supuesta vida en el más allá o para la resurrección.

En cuanto a la cremación denominada bustum, el individuo se enterraba en el mismo lugar en el que se había incinerado; en estos casos se hacía una fosa en el suelo, se quemaba el cadáver y luego se cubría. El ustrinum era un tipo de cremación por el cual el cuerpo era incinerado en un lugar adecuado para tal uso y luego sus cenizas se trasladaban a su tumba, donde se disponían en una urna que posteriormente se depositaba en un lugar de enterramiento individual o colectivo donde se sepultaban los restos de toda una familia o un gremio profesional.

“Riega mis cenizas con vino y perfume de nardo oloroso,
caminante, y échale bálsamos a las rosas de púrpura.
Una eterna primavera me procura esta urna jamás llorada
y he cambiado de vida, no he muerto. Para mí no se ha
acabado ninguna de las alegrías de la vida antigua y puedes
pensar que o bien las recuerdo todas o bien ninguna.”
(Ausonio, Epitafios, 31)

Columbarium de Scribonius Menophilus, Roma

El columbario se caracteriza por ser un monumento o tumba subterránea completamente o en parte, cuya cámara principal la constituye un espacio cubierto, grandes salas por lo general rectangulares, mitad subterránea, mitad elevadas por encima del suelo, en cuyos muros se han abierto numerosos nichos o loculi (semicirculares, rectangulares), dispuestos muy próximos los unos de los otros, regularmente separados y alineados en filas. Los nichos (loculi) en un columbario solían tener un hueco (olla ossuaria) donde se depositaban las cenizas. Era costumbre colocar una inscripción con el nombre y los títulos del difunto debajo del nicho o también tapar el nicho con una lápida inscrita.



En Roma, este modo de sepultura fue adoptado por las grandes familias, sobre todo por libertos y esclavos, para que sus restos pudieran colocarse lo más cerca posible de la tumba de los miembros de la gens a la cual pertenecían.

“La familia del pater T. Statilius Taurus dio como regalo la olla a la liberta Antonia Chryse, en honor de los Estatilios Storacis´.” (CIL VI 6213)

La gens Statilia era una importantísima familia aristocrática de rango senatorial cuyo miembro Tito Estatilio Tauro fue un alto cargo militar del círculo de Augusto.

Estos edificios empezaron a construirse, bien por especuladores que vendían espacios para los más humildes que deseaban tener su propia tumba, o bien por sociedades que se organizaban como los collegia profesionales para correr con los gastos de forma conjunta. Los asociados constituirían un fondo común y pagarían una contribución mensual para sumar los fondos con los que costear los futuros funerales y especialmente para el alto gasto que debía resultar la construcción del edificio.

Columbarium junto a la tumba de los Escipiones, Roma

La siguiente inscripción describe como el propietario de una tumba dona urnas en una tumba de su propiedad a la asociación de carpinteros

“L. Cincius Martialis, quinqueviro, propietario de la tumba por testamento donó A L. Mamilius Felicis de la decuria X de la asociación de carpinteros 32 ollae (urnas) en la pared a la derecha de la entrada para ellos, las cuales tienen inscripción debajo, una cada una.” (CIL VI 9405)

Dentro de este tipo de sociedades las plazas eran repartidas mediante sorteos, y por orden, primero las filas de los osarios se suceden de abajo hacia arriba, y después cada fila de manera horizontal, de manera que nadie pudiera quejarse del lugar que le había tocado.

"L. Abuccius Phileros para sí y para su liberta Heroini, y sus descendientes, desde la olla (urna) 6 debajo de la escalera en línea continua hasta la olla 16 arriba." (CIL VI 8123)

Ciertos nichos y especialmente los de las filas inferiores, se preferían especialmente al resto porque quedaban obviamente más a la vista, más accesibles, y sobre todo más cómodos para la celebración de las ceremonias de culto, relacionadas directamente con los habituales bancos donde se colocarían las ofrendas. Los lotes y las plazas asignadas a cada uno estaban marcados, según el azar en el sorteo, por una inscripción trazada sobre el muro o marcada sobre una tabilla, y que era remplazada más tarde por el epitafio definitivo.

Columbarium de Pomponio Hylas, Roma

Los nichos podían venderse, como evidencia el caso de la tumba 94 de Isola Sacra, donde una tal Valeria Trophima vende parte de la tumba a un cierto Euhodus, siervo del emperador, otra parte a otro siervo imperial, Trophimus, y otra parte a un tal C. Galgestius Helius, quien hace constar que ha comprado un locus purus, aún no ocupado por ningún enterramiento, condición jurídica necesaria para que se pudiese vender esta parte de la tumba.

“A los dioses Manes. Gaius Galgestius Helius, tras haber comprado una parte desocupada de la tumba de Valeria Trophima, construyó una edícula en el lado derecho de esta tumba para él y para los suyos en la que hay catorce nichos, con la excepción del nicho que Trophima le dio a Galgestius Vitalis. Él le dio un nicho a Pomponius Chrysopolis.” (Isola Sacra, tumba 94)

Tumba 94, Isola Sacra, Ostia, Italia


También existía la posibilidad de donar los huecos para las urnas cinerarias, posiblemente entre patronos y libertos.

Inscripción de dos libertos. Johns Hopkins Archaeological Museum, Baltimore, USA

"Dos ollae (huecos para urna). Flavia Salvia, liberta de Decimus. Decimus Flavius Barnaeus, liberto de Decimus, dona una olla y una inscripción a su patrón de su propio dinero."

Los primeros columbarios de la mitad del siglo I a.C. no destinaban ningún espacio a la decoración por necesitar todo el espacio para ocuparlo con filas de nichos por lo que es difícil encontrar frescos pintados o relieves, aunque si parece que en los nichos bien pudiera ponerse un busto o retrato del difunto, o una urna hecha según el gusto del difunto

“La tierra, más ligera que la propia tumba, también ligera para que no recaiga mucho peso sobre tus huesos, sostiene la otra tumba, colocada encima a la manera de los pobres. Junia, digna de ser recordada entre las jóvenes más hermosas, Junia, tú que eres un motivo de orgullo en este mundo entre las más virtuosas mujeres. Te has convertido en cenizas y estás encerrada en la tumba de la cigarra. Se dirá de ti que has sido la única esposa de tu marido.” (Pintada en el estuco de un columbario en la Puerta Esquilina, en Roma)

Columbario de Vigna Codini, Roma

Sin embargo, aunque en Roma el columbario aparece como un modo práctico de enterramiento, de aspecto austero y funcional, con el cambio de era, empezó a mostrar un gusto por una ornamentación sobrecargada, con pinturas en paredes, techos y en los espacios entre loculi, debido principalmente al poder económico de los difuntos que se refleja también en la excesiva y lujosa decoración de los nichos y de las urnas en que iban a ser depositados.

“Vive, piadoso, morirás; frecuenta devoto los altares, la muerte implacable te arrancará del templo para hundirte en la tumba. Confía en tus excelentes versos; mirad cómo yace Tibulo: de su grandeza apenas, quedan los restos que caben en la urna cineraria.” (Ovidio, Amores, IX)

Tumba comunal de la via Portuense, Museo Nacional Romano, Termas de Diocleciano, Roma

La ubicación de las cenizas en un área más visible, en un nicho más bellamente decorado o exhibir un retrato se debería seguramente a tener un mayor status social y mayor riqueza. Es posible que las asociaciones pudieran usar los columbaria para defender su identidad como colectividad negociando los puestos a ocupar según la jerarquía social.

“Epaphroditos, hijo de Hapalos, hijo de Perigones, ha construido para la asociación de trabajadores del lino una bóveda en el lado derecho según se llega a la tumba. Todo el que haya sido aceptado en cualquier momento será ubicado ahí por la asociación.” (CIL VI 9405)

Algunos tipos de enterramientos unifamiliares se semejaban en cierto modo a los columbarios por la inclusión de nichos, algo más grandes de lo habitual, en los que se depositaba las urnas generalmente con una cuidada decoración, que se convertían en el contenedor de las cenizas de los más importantes miembros de la familia propietaria, cuyos bustos también se colocaban en la tumba conjunta.

Tumba familiar con el retrato de Minatia Pola. Palacio Massimo alle Terme, Roma

En otras tumbas familiares se podía llegar a fusionar el rito de la incineración con el de la inhumación al exhibir tanto urnas como sarcófagos, seguramente por la convivencia de los dos rituales durante cierto tiempo.


Cámara funeraria romana, Colonia, Alemania

La urna es un tipo de contenedor funerario en el que se recogen las cenizas del difunto al finalizar la cremación. En época romana, las urnas tienen diversas formas y se realizan con diferentes materiales, destacando la cerámica, el mármol y el vidrio, aunque también se pueden encontrar de plomo o bronce, o metales preciosos, ya que dependían de los recursos económicos del fallecido y sus allegados.

“Además, hizo que le trajeran a Heleno, el hijo de Pirro, a quien tenían como prisionero, y ordenó que le dieran el trato propio de un rey, le entregó una urna de oro con los restos de su padre para que los llevara al Epiro, su patria, junto a su hermano Alejandro.” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, V, 4)

Las primeras urnas serían los recipientes de arcilla que podían encontrarse en cualquier hogar, pero con el tiempo el fácil acceso y el abaratamiento del vidrio permitió la difusión de su uso como urna cineraria, incluso entre los más humildes.

Las urnas cinerarias de vidrio solían colocarse dentro de un recipiente de plomo, adaptado a su forma con el fin de proteger tan delicado material.

Urna de vidrio con funda de plomo

Como las familias se reunirían en los columbaria para celebrar fiestas conmemorativas, a sus miembros les interesaría que las urnas fueran lo más vistosas y suntuosas para poder exhibirse delante de los familiares y conocidos asistentes como reflejo de la riqueza y status de los parientes vivos.

“Él, por su parte, procuraba también granjearse las simpatías de la gente haciendo cuanto podía por agradarla. Después de haber pronunciado ante la asamblea el elogio fúnebre de Tiberio vertiendo abundantes lágrimas y de haberle hecho unos funerales magníficos, se dirigió a toda prisa a Pandataria y a las Poncias para traer las cenizas de su madre y de su hermano; a pesar de que hacía muy mal tiempo, para que su piedad filial quedara más de manifiesto; se acercó a ellas con el máximo respeto y las guardó en unas urnas con sus propias manos.” (Suetonio, Calígula, 15)

Urna de Telegenius Azmenus

Es muy posible que los individuos que adquirían las urnas no encargasen ningún modelo en particular, sino que, a la hora de acomodar los restos de sus difuntos, comprarían los modelos ofrecidos por los talleres que tenían sus propios repertorios de imágenes y motivos diversos.

“Fue deificado y tuvo el privilegio de ser el único de todos los emperadores sepultado dentro de la ciudad. Sus huesos, guardados en una urna de oro en el foro que él construyó, fueron colocados bajo una columna de ciento cuarenta y cuatro pies de altura.” (Eutropio, Breviario, VIII, 5)

La elección de una urna con determinados motivos (animales, vegetales, mitológicos) y retratos sugiere que el propio difunto cuando aún vivía o sus familiares ponían especial interés, bien en demostrar un elevado nivel social, o bien en obtener un monumento funerario acorde a sus gustos.

Las formas de las urnas en piedra o mármol iban desde las cuadradas, rectangulares, redondas y semi-circulares, con formas adaptadas a la amplitud y capacidad del lugar en el que se iban a ubicar. Algunas podían tener un doble contenedor cinerario.

Urna cineraria. Museo del Prado, Madrid

La urna de tipo arquitectónico imitaba las características de un templo con el propósito de transmitir las antiguas ideas romanas que pensaban en el sepulcro como el nuevo hogar del difunto que al morir se convertía en un dios al que había que rendir culto en su tumba, convertida en un lugar sagrado. Los elementos decorativos incluían arcos, columnas u otros elementos que hacían asimilar la urna a un templo o una casa, como hermas y oscilla, adornos propios de los jardines romanos.

Urna doble con hermae y oscilla

Las urnas con forma de altar o ara recuerdan a los altares funerarios, que conmemoran al difunto. En las provincias, el altar, ya sea votivo o funerario, se consideraba un símbolo de romanidad. Por ello, ante la tumba se solía situar un altar donde ofrecer sacrificios o bien la propia tumba adquiría esta forma, lo que quizás podría explicar la aparición de estas urnas que  recuerdan a los lugares de culto. Dentro de este tipo de urnas, se repiten mucho los motivos de la puerta cerrada del Hades, la dextrarum iunctio, y las escenas que representan banquetes y al difunto dormido.

“Encárgate, sin embargo, de que mis huesos sean recogidos en una pequeña urna: de esta manera, una vez muerto, no seguiré siendo un desterrado. Esto no lo prohíbe nadie: una hermana tebana, a pesar de la prohibición del rey, dio sepultura a su hermano muerto. Mezcla mis huesos con hojas y con polvo de amomo y entiérralos a las puertas de Roma y haz grabar con grandes caracteres sobre el mármol del epitafio unos versos que pueda leer el caminante con un rápido golpe de vista: «Aquí yazgo yo, el poeta Nasón, cantor de tiernos amores, que sucumbí a causa de mi propio talento poético. Por tu parte, a ti, caminante, quienquiera que seas, si estuviste enamorado, que no te resulte molesto decir: ‘¡que los huesos de Nasón reposen apaciblemente!’». En el epitafio con esto basta, pues mis libritos son mi mayor y más duradero monumento, y yo confío en que ellos, a pesar de que le han perjudicado, proporcionarán a su autor renombre e inmortalidad.” (Ovidio, Tristes, III, 3)

El motivo que representa una puerta cerrada es uno de los símbolos funerarios más usado en el Mediterráneo. Además de ser un elemento decorativo puede tener un significado simbólico como interpretación de las puertas del Hades, puertas cerradas que suponen la separación del mundo de los vivos del de los muertos. Con ello, además, se quiere recordar que la urna debe interpretarse como el templo o el santuario donde reside el difunto deificado, quedando separado de los vivos gracias a la puerta que se mantiene cerrada.

Izda, urna de Hostilius Nestor, Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia. 

La dextrarum iunctio es parte de una ceremonia nupcial consistente en un acto donde los contrayentes se entrelazan las manos derechas. Es una decoración común en muchas urnas cinerarias donde se interpreta como la unión de quienes están realizando dicho gesto y como símbolo de que la fidelidad y armonía de la pareja puede continuar después de la muerte.



(Izquierda)“Vitalis, liberto y secretario privado del emperador dedicó este monumento a Vernasia Cyclas, la más excelente esposa, que vivió veintisiete años. A su más fiel, amante y dedicada mujer.” (Museo Británico, Londres)

(Derecha)"Para Helius Afinianus, esclavo público de los augures. Sextia Psyche a su esposo que lo merecía. (Museo Arqueológico de Berlín)

En el mundo romano la escena del banquete funerario tiene su origen en las antiguas culturas del Mediterráneo, como la etrusca y la griega. En el mundo griego, el symposion (banquete) es un tema muy repetido dentro del contexto funerario, que representa, de forma simbólica, la unión entre el mundo cotidiano de los vivos con el banquete funerario del Hades, el cual expresa la hospitalidad de los dioses del mundo inferior. Su representación también permite recordar que el banquete llegó a suponer una actividad social preponderante en la vida cotidiana de los ciudadanos romanos más notables. Por último, la imagen del banquete puede evocar el silicernium o banquete funerario con el que culminaba la conmemoración del difunto y que aseguraba la prosperidad de este en su vida tras la muerte. Al difunto se le puede encontrar recostado en un lecho, rodeado de elementos relativos a una comida ceremonial, participando en un último banquete con los vivos mediante su imagen en la urna.

Urna de Domitius Primigenius, Museo Metropolitan, Nueva York

La idea de considerar la muerte como un sueño eterno puede haber llevado a algunos difuntos a querer ser representados en su monumento funerario recostados en un lecho y durmiendo el sueño del que no se despertarán.

“Adiós por última vez, anciano, el más dulce de los padres, por última vez adiós a ti, que nunca, mientras tu hijo viva, sufrirás el lúgubre infierno o el olvido de un triste sepulcro. Siempre tu altar exhalará perfume de flores, siempre también tu feliz urna se embeberá de esencias asirias y de lágrimas, que es un honor mayor. Este hijo tuyo hará sacrificios a tus Manes y aligerará el peso del túmulo que se alza sobre terreno propio. También mi canto, que ha merecido por su actitud ejemplar, te lo dedica, contento por ofrendar también este monumento sepulcral a tu ceniza.” (Estacio, Silvas, III, 3)

Izda, urna de Lorania Cypare, museo del Louvre. Drcha, urna de Titus Titulenius,
Museo Británico, Londres

Algunas de las urnas con morfología de ara o altar presentan un doble contenedor para guardar las cenizas de dos personas y los retratos de los difuntos que suelen a veces ser un matrimonio.

Chicago Art Institute, Chicago, Estados Unidos

Las urnas con formas circulares pueden derivar de las formas redondeadas de las cerámicas y muchas recuerdan a los objetos de tocador u objetos relativos a las labores femeninas, como las labores de hilado y costura. Así, por ejemplo, muchas urnas femeninas se asemejan a cajas de cosméticos (píxides) o cestos de mimbre, aunque algunas se destinaban a contener las cenizas de difuntos varones.

Izda, Urna de Bovia Procula, Museo Británico, Londres. Drcha, urna en forma de cesta,
Museo Metropolitan, Nueva York

Las urnas tipo vaso se parecen a las cráteras y cántaros de origen griego y se caracterizan por una recargada decoración de tipo vegetal y floral.

Urna en forma de vaso griego

Las urnas rectangulares son parecidas a las de ara, aunque difieren en que su forma no es por tanto cuadrada y sí más parecida a la de los posteriores sarcófagos.

Urna de Plautia Hesperis, Instituto de Arte de Chicago

En el ámbito funerario romano el interés de ciertos grupos sociales por mostrar visibilidad y mantener su recuerdo en la memoria de los demás se hace muy evidente, por lo que el uso de materiales caros, lujosos y exóticos se impuso como medio de exhibir riqueza y estatus.

A partir de la época de Augusto se incrementó el uso del mármol y otras piedras para fabricar los lujosos contenedores funerarios que permitían a los ricos y poderosos ciudadanos romanos demostrar su poder y prestigio porque tenían los medios para adquirir los materiales y pagar a los artesanos que participarían en su elaboración.

“Entonces se recogen las cenizas de los sagrados cuerpos y los huesos, rociados con vino puro, reliquias que a porfía cada cual reclamaba para sí: tan grande era el deseo de sus hermanos de llevarse a casa los dones consagrados de sus santas cenizas o portarlos en su regazo como prenda de fe. Mas con el fin de que su emplazamiento en distintas urnas no disperse los restos que han de resucitar y estar luego juntos al lado del Señor, se dejan ver tocados de níveas estolas; encargan que el polvo sagrado sea devuelto y guardado todo junto en hueca urna de mármol.” (Prudencio, Libro de las Coronas, 130)


Urna de mármol de Caesennia Grapte

Materiales como el pórfido rojo o el alabastro podían evocar lugares exóticos accesibles para los mas acaudalados y ser elegidos para contener sus restos como muestra de su riqueza y poder. Algunas de estas piedras también eran consideradas beneficiosas por sus propiedades mágicas y curativas, aunque la elección de dichos materiales dependería en última instancia del poder adquisitivo y de las preferencias del comitente, de la disponibilidad de estos y de los talleres profesionales accesibles que pudieran encargarse de la obra.

“Más tarde, sus huesos se colocaron en una urna de piedra púrpura, fueron llevados a Roma y depositados en la tumba de los Antoninos [el Mausoleo de Adriano]. Se dice que Severo mandó buscar la urna poco antes de su muerte, y tras tocarla con la mano, dijo: "Habrás de contener a un hombre que toda la Tierra no bastó a contener" (Dión Casio, LXXVII, 15, 4)

Urna de pórfido rojo, Museo Metropolitan, Nueva York

Las modas también tenían su lugar en la elección de la urna funerario y la fascinación de las clases sociales más altas de la Roma de Augusto por Egipto se puede apreciar en la urna del cuestor, pretor y augur Publius Claudius Pulcher, cuyos restos parecen haber sido depositados en una vasija egipcia de alabastro del siglo VIII a.C. en la que se puede leer en jeroglífico el nombre de un sacerdote del reino del faraón Osorkon III. Su reutilización se remonta al final del siglo I a.C. cuando el arte y culto egipcios se hicieron muy populares entre la nobleza romana.

Urna de Publius Claudius Pulcher, Museo del Louvre

La elección de ciertos materiales que fueron elegidos por algunos miembros de las élites romanas pudo deberse a los cambios sociales que se dieron a raíz de las guerras civiles y la posterior llegada al poder de Augusto, que pudo provocar el deseo de algunos de diferenciarse de sus iguales o inferiores, incluso en la hora de la muerte. El mármol fue el material que empezaron a utilizar los libertos enriquecidos para elaborar los monumentos funerarios que contendrían sus restos para toda la eternidad, por lo que algunos privilegiados ciudadanos romanos elegirían materiales como el alabastro, ya citado, para sus urnas funerarias en las que el material, exótico y caro, era más importante que la decoración.

“La hoguera que consumió tus restos cuando nos fuiste arrebatado
no fue la propia de un esclavo: las llamas abrasaron perfumes de
Saba, especias de Cilicia, canela hurtada al pájaro de Faros
Y los jugos que manan de las plantas asirías y las lágrimas de
Tu dueño: sólo aquellas lágrimas bebieron tus cenizas
Y consumió tu pira hasta agotarlas; ni el vino de Secia que
Extinguió tus blancas cenizas ni el ónice bruñido que
encerró tus huesos en su seno fueron más gratos a tu pobre
sombra que aquellas lágrimas.”
(Estacio, Silvas, II, 6)

Izda, urna de mármol, Museo Nacional Romano, Roma. Drcha, urna de alabastro egypcio.

Los motivos temáticos que aparecen en las urnas funerarias son de lo más variado y se abren a muy diversas interpretaciones. Existen algunos temas que se repiten asiduamente, pero es difícil su interpretación y la razón por la que eran frecuentemente utilizados.

Los elementos vegetales como guirnaldas y coronas funerarias pueden estar relacionadas con las ofrendas que se hacían a los difuntos para honrar su memoria, así como con la decoración de los monumentos funerarios. La continua regeneración de la vida vegetal podría indicar la esperanza en la inmortalidad del alma. Las plantas y flores tenían a su vez el propósito de enmascarar el olor de la descomposición del cuerpo y por ello se hallaban siempre en el entorno funerario.

“¡Tú, por tu parte, ofrece siempre al difunto presentes fúnebres y guirnaldas humedecidas con tus lágrimas. Aunque el fuego haya convertido mi cuerpo en cenizas, mis tristes restos serán sensibles a tu piadoso servicio.” (Ovidio, Tristes, III, 3)

Izda. Urna de Sextus Lollius Albanus, John Hopkins Archeological Museum, Baltimore, USA. Drcha, urna de Memno, Museo Británico, Londres

Otro tema decorativo y simbólico es la cabeza de carnero que podía representar la ayuda del dios Mercurio, uno de cuyos símbolos es el carnero, como acompañante del alma del difunto en su viaje hacia el mundo de ultratumba, o bien podía ser un ejemplo de sincretismo religioso, al representar al dios Júpiter Amón, unión de los dioses Júpiter y Amón, divinidades superiores en la religión romana el primero y en la egipcia el segundo.



El águila, animal representativo de Júpiter, refleja la apoteosis del difunto, su momento de unión con los dioses en el momento de la incineración, a la manera de la consecratio (consagración) de algunos emperadores que fueron divinizados, por lo que su imagen fue asimilada por la tradición popular y aparece en numerosos monumentos funerarios. Otro animal, en este caso mitológico, el grifo, mantenía el carácter de psicopompo, o conductor de almas entre los etruscos y en Roma, además de ser emblema del dios Apolo, simbolizaba la inmortalidad. Solía aparecer en contextos funerarios en la figura de dos grifos, cada uno al lado de un edificio o retrato, como recuerdo de la idea etrusca de protección del alma en su viaje al Más Allá.

Izda, urna de Vipsania Thalassa, Museo Británico. Drcha, Urna de Marcus Antonius Gemellus

En el mundo griego, la cabeza de Medusa en el escudo de Atenea servía como protección frente a los enemigos, y en el mundo funerario romano parece tener la doble función de proteger el alma del difunto y alejar a los que intentan disturbar su descanso, además de convertirse en un guardián de la tumba.

“Nenia, atenta siempre a las lamentaciones de los funerales, no olvides con tu silencio el regalo anual que Numa ofrece solemnemente a las sombras de los parientes, al tiempo que pide una aproximación entre los difuntos y su estirpe. Esto es suficiente para las tumbas y también para los que carecen de tierra: evocar con la voz de sus almas a modo de homenaje fúnebre. Las cenizas, ya tranquilas, se alegran al oír sus nombres; eso es lo que ruegan las lápidas con sus frentes escritas. Incluso aquel a quien le faltó la urna de un triste sepulcro, casi estará sepultado con que su nombre se diga tres veces.” (Ausonio, Parentalia, Prefacio en verso)

Izda, urna de Decimus Aemilius Chius y Hortensia Phoebe, Minneapolis Institute of Art.
Drcha, urna de Gellia Aphia. 

El deseo de trascender animaba a incluir los retratos de los difuntos en las urnas cinerarias. La visión del retrato haría recordar su paso por la vida terrenal y mantener su memoria. 

Izda, urna de Tiberio Claudio Victor, Biblioteca Nacional de Francia, París. Drcha, urna de Pilia Philtata, Museo Británico, Londres

En las distintas provincias del imperio las tumbas comunes mantendrían sus propias características, como se puede ver en la antigua ciudad de Palmira, donde los nichos se cierran con relieves en los que se esculpen los rostros de los difuntos junto a sus adornos personales.

“Antistio Rústico ha muerto en las crueles tierras de los capadocios. ¡Oh tierra culpable de un crimen detestable! Nigrina ha repatriado en su regazo las cenizas de su amado y se ha quejado de que los caminos no hayan sido lo bastante largos, y mientras depositaba la urna sagrada en la tumba —de la que siente envidia—, tras haberle arrebatado a su marido, le parece que ha enviudado dos veces.” (Marcial, Epigramas, IX, 30)

Tumba comunal de Palmira, Museo Arqueológico de Estambul, Foto de Giovanni Dall´Orto



Bibliografía

Las urnas cinerarias romanas: aproximación iconográfica a su estudio en la ciudad de Roma y en Hispania, Lucía Avial Chicharro
Contenedores funerarios. La concepción de la muerte en la Hispania romana. Laura Blanco-Torrejón y Lucía Avial-Chicharro
Columbaria: el MNAR como paradigma de un problema conceptual y museográfico, Rafael Sabio González
The colours of death. Roman cinerary urns in coloured stone, Simona Perna
The Social Value of Funerary Art: Burial Practices and Tomb Owners in the Provinces of the Roman Empire, Simona Perna
The Aesthetics of Assimilation: Non-Elite Roman Funerary Monuments, 100 B.C.E. –200 C.E., Devon A. Stewart
‘Vox tua nempe mea est’: Dialogues with the dead in Roman funerary commemoration, Maureen Carroll
Reviving Tradition in Hadrianic Rome: From Incineration to Inhumation; Roman Tombs and the Art of Commemoration; Barbara E. Borg
Roman Cemeteries and Tombs, Barbara E. Borg
From Columbaria to Catacombs: Collective Burial in Pagan and Christian Rome, Commemorating the Dead: Text and Artifacts in Context; John Bodel