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domingo, 29 de diciembre de 2024

Corona, diademas y coronas en la antigua Roma

Adriano con corona, Perge, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

En la antigüedad una corona era un ornamento circular de metal, hojas o flores, usado alrededor de la cabeza o el cuello, y utilizado como decoración festiva y funeraria, y como recompensa de talento artístico y deportivo, de destreza militar o naval, o del valor civil.

“A este punto el emperador ecuánime manda que a las
palmas de vencedor se añadan bandas de seda; a los collares de oro, coronas y que se recompense el mérito, ordenando que se adjudiquen a los vencidos, que ya han sido suficientemente avergonzados, alfombras de hilos multicolores.”
(Sidonio Apolinar, Poema 23)

Aurigas vencedores, Pinturas de Ostia Antica, Italia. Fotos Samuel López

Anteriormente a la corona se utilizaba la diadema, una cinta decorada que se ataba alrededor de la cabeza como símbolo de dignidad y poder real, que estaba presente en Grecia, Macedonia, Persia, Egipto y otros lugares.

“¿Desde que estáis empurpurados y envueltos en oro y con piedras preciosas de montes y mares extranjeros os coronáis, os calzáis, os revestís, os hacéis colgaduras, os abrocháis y tapizáis vuestros sitiales?” (Sinesio de Cirene, De la realeza, 15)

Detalle de relieve asirio, Nimrud, Museo Metropolitan, Nueva York.

En la antigua Grecia se otorgaba a los ganadores de los juegos una corona por su victoria. En cada uno de los juegos la corona era diferente. En los juegos de Olimpia se hacía de hojas de olivo, en los juegos Píticos de Delfos se utilizaba el laurel, en los de Nemea el apio, y en los de Isthmia originalmente las hojas de pino y luego el apio.

“ANACARSIS. ¿Y en qué consisten vuestros trofeos?
SOLÓN-. En los Juegos de Olimpia, una corona de olivo silvestre; en los Juegos de Corinto de pino; en Nemea, de apio; en Delfos, manzanas consagradas de Apolo, y entre nosotros en las Panateneas, el aceite que se extrae del olivo sagrado.”
(Luciano, Anacarsis, 9)


En época romana, en los juegos que se celebraban en Grecia tenían lugar competiciones artísticas y musicales en los que se incluía la concesión de coronas a los vencedores.

“Sin embargo, uno de los reyes de nuestros días (Nerón) deseaba ser sabio en esta clase de sabiduría, como si ya conociera la mayoría de las cosas. Pero no en las cosas que no suscitan admiración entre los hombres, sino en aquellas por las que es posible conseguir coronas, como actuar de heraldo, cantar a la cítara, recitar tragedias, practicar la lucha y el pancracio.” (Dión de Prusia, Sobre el filósofo, 9)

En la estela dedicada a L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos, por sus hijos aparecen grabadas las coronas que ganó con el nombre del lugar donde obtuvo la victoria.

"L. Kornelios Korinthos, flautista de aulos pitio, periodonikes (ganador en los cuatro juegos panhelénicos), ganador del escudo de Argos con un nomos (melodía tradicional), mientras su oponente tocó dos. Sus hijos … se lo dedicaron." (SEG 29-340)

Museo Arqueológico de Isthmia, Grecia.
Foto Dan Diffendale 

Aunque la República romana rechazaba el uso de diademas y coronas por representar la etapa de monarquía a la que no deseaban volver, Julio César pretendió reintroducir el uso de la diadema como símbolo de su derecho a gobernar, pero debido a la reacción desfavorable del pueblo romano se conformó con la corona de laurel.

“Era César espectador de estos regocijos (fiestas de las Lupercales), sentado en la tribuna en silla de oro y adornado con ropas triunfales, y como a Antonio, por hallarse de cónsul, le tocaba ser uno de los que ejecutaban la carrera sagrada, cuando llegó a la plaza y la muchedumbre le abrió calle, llevando dispuesta una diadema enredada en una corona de laurel, la alargó a César, a lo que se siguió el aplauso de muy pocos, que se supo estaban preparados; mas,  cuando César la apartó de sí, aplaudió todo el pueblo. Vuelve a presentarla: aplauden pocos; la rechaza: otra vez todos. Desaprobada así esta tentativa, se levanta César, y manda que aquella corona la lleven al Capitolio.” (Plutarco, Julio César, 61)

Antonio ofreciendo la diadema a César.
Ilustración de Edward Frederick Brewtnall

En la Antigua Roma se hizo costumbre condecorar con coronas (coronas honorarias) a los vencedores de batallas y a los soldados que se hubieran destacado por su valor o hazañas. La composición de la corona variaba según el hecho que se quisiese premiar.

La más alta de todas las condecoraciones romanas, y al mismo tiempo también la más antigua y rara, pues se otorgó en contadas ocasiones, era la llamada corona gramínea (literalmente corona de hierba, también conocida como corona obsidionalis). Esta corona no se otorgaba por el Senado o los oficiales a la tropa, sino que lo hacían los soldados a los superiores que lo merecían cuando sus acciones tenían como resultado la salvación de todo un ejército o una legión, tras la ruptura de un cerco o un asedio.

“De todas las coronas con las que el pueblo recompensaba el valor de sus ciudadanos no había ninguna que tuviera mayor gloria que la corona gramínea (…) Nunca fue conferida sino en una crisis de extrema desesperación, nunca fue votada sino otorgada por aclamación de todo el ejército, y nunca a nadie más que a aquel que había sido su salvador (…) Otras coronas eran entregadas por los generales a los soldados, solo ésta por los soldados al general.” (Plinio, Historia Natural, XXII, 4)

Denario con corona de adormidera y espigas

El liberador podía ser el imperator que dirigía la campaña, o en su ausencia el legado que lideraba el ejército en la toma de la ciudad o el militar más destacado que hubiese impulsado la acción, como ocurre con el primipilo Lucio Siccio Dentato, por ejemplo.

“De L. Sicinio Dentato, tribuno de la plebe durante el consulado de Espurio Tarpeyo y A. Atemio, se ha escrito en los Anales que fue un soldado más valiente de lo que uno se imagina, que se ganó tal reputación por su gran fortaleza y que fue llamado el Aquiles romano. Se dice que combatió contra el enemigo en ciento veinte batallas, tenía cincuenta y cuatro cicatrices en la parte frontal del cuerpo y ninguna en la espalda, obtuvo ocho coronas de oro, una de asedio, tres murales, catorce cívicas, ochenta y tres collares, más de ciento sesenta brazaletes, dieciocho lanzas; fue obsequiado con faleras veinticinco veces; 3 obtuvo numerosos botines militares, entre ellos muchos correspondientes a desafíos; celebró con sus generales nueve triunfos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 1-2)

Publio Decio Mus (cónsul en 340 a.C.) es el único que recibió dos coronas gramíneas. En el año 343 a.C. durante la guerra contra los samnitas logró romper el cerco manteniendo la posición en una altura elevada sobre un valle. Una de las coronas le fue concedida por sus propias tropas, y la otra por aquellas que logró rescatar del cerco.

Publio Decio Mus, pintura de Jacob Matthias Schmutzer

Cuando la ciudad liberada es la propia Urbs (Roma), son el Senado y el pueblo de Roma quienes decretan la concesión de esta corona para su liberador. Es el caso de la corona gramínea ofrecida a Quinto Fabio Máximo por la liberación de Roma durante la Segunda Guerra Púnica.

“La corona de asedio es la que los liberados de un asedio conceden al comandante de las tropas que los ha liberado. Es una corona de hierba y siempre se ha procurado hacerla con la nacida dentro de la plaza en la que estuvieron encerrados los asediados. Esta corona de hierba el Senado y el Pueblo Romano la concedieron a Q. Fabio Máximo durante la Segunda Guerra Púnica por haber liberado a la ciudad de Roma del asedio de los enemigos.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 8-10)

El nombre de gramínea proviene por su elaboración con hierbas recogidas en el propio campo de batalla, siguiendo, posiblemente, una antigua costumbre en el que el equipo vencido en una competición de fuerza o agilidad arrancaba un puñado de hierba del prado donde la lucha tenía lugar, y se lo daba a su oponente como testimonio de su victoria.


La corona triunfal, sin embargo, es exclusiva de los imperatores, puesto que se concede como un honor más dentro de la celebración del triunfo y sólo el imperator bajo cuyos auspicia e imperium ha luchado el ejército romano puede recibir el triunfo. Al estar incluida entre los honores propios del triunfo, su concesión debería especificarse en la sentencia mediante la cual el Senado respondía al imperator a propósito de la concesión de esta celebración y sólo el Senado podía concederla. La corona era, en un principio de laurel –con el que se adornaba también la tienda del imperator e, incluso, sus armas– y cumplía una función purificadora. En la ceremonia del triunfo el general victorioso vestía una toga picta de oro y púrpura, y un esclavo que se erguía tras él en el carro y sostenía una corona de laurel sobre su cabeza le susurraba al oído: Mira hacia atrás. Recuerda que eres hombre.

“Precedían al general lictores con túnicas de color púrpura, y un coro de citaristas y flautistas, a imitación de una procesión etrusca, con cinturones y una corona de oro, marchaban al compás de la música y la danza. Los llaman lidios, porque, según creo, los etruscos fueron una corona lidia. Uno de ellos, en el centro, revestido de un manto color púrpura que le llegaba hasta los pies y con brazaletes y collares de oro, provocaba la hilaridad con gesticulaciones variadas, como si estuviera danzando en triunfo sobre sus enemigos. A continuación, marchaba un grupo de turiferarios (portadores de incienso)y, tras ellos, el general sobre un carro decorado con profusión llevaba una corona de oro y piedras preciosas, vestía una toga de púrpura, a la usanza patria, tachonada con estrellas de oro y portaba un cetro de marfil y una rama de laurel que es el símbolo romano de la victoria.” (Apiano, Historia romana, Sobre África, 66)

Triunfo de Tiberio, copa del tesoro de Boscoreale. Foto Gareth Harney, via Twitter

La corona triunfal podía ser fundida en oro como signo de mayor dignidad y durante la celebración del triunfo un esclavo público sujetaba la corona, que solía ser grande y pesada, por encima de la cabeza del imperator. El senado otorgaba el permiso para llevar la del laurel o de oro en según qué ocasión, como ocurrió con Pompeyo.

"En ausencia de Gneo Pompeyo, Tito Ampio y Tito Labieno, tribunos de la plebe, propusieron una ley para que en los juegos circenses éste llevara una corona de oro y el atuendo de triunfo, mientras que en el teatro, toga pretexta y corona de laurel. Él no se atrevió a llevarlo más que una vez –y esto ya fue demasiado–." (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 40, 4)

Julio César con corona de laurel. Pintura de Peter Paul Rubens

Sobre la concesión de la corona triunfal a Julio César, Suetonio escribe: "De todos los honores que le fueron decretados por el Senado y el pueblo, ninguno recibió o utilizó con más gusto que el derecho a llevar continuamente una corona de laurel.” (Suetonio, Julio César, 45)

Las coronas de oro que el imperator llevaba en el triunfo junto con el botín para ofrecer a Júpiter Capitolino eran las que previamente le habían concedido las ciudades liberadas y los aliados. Servían para sellar su pacto de amistad con Roma. Lo relevante en esta ofrenda coronaria era la cantidad que se pudiera aportar, que proporcionaba una imagen pública de la riqueza de las ciudades conquistadas o incorporadas a la esfera de acción política romana. Así, Emilio Paulo destacó por aportar en su triunfo unas cuatrocientas coronas de oro.

"Seguían inmediatamente cuatrocientas coronas de oro, que las ciudades habían enviado con embajadas a Emilio por prez de la victoria." (Plutarco, Emilio, 34)

Coronas helenísticas de oro con hojas de roble o encina

La costumbre de obsequiar coronas de oro por parte de las provincias a los generales victoriosos procedía de los griegos quienes agasajaron profusamente a Alejandro Magno por su triunfo sobre Darío.

Estas coronas que podían llamarse provinciales eran un obsequio en los inicios de la República, pero pasaron a ser exigidas como un tributo con el nombre de aurum coronarium, que solo se entregaban a quien se le había concedido un triunfo por decreto.

“Por razones de estado, a los ciudadanos se les conceden coronas de laurel, pero a los magistrados, además, coronas de oro, como en Atenas, y en Roma. Incluso a esas se prefieren las etruscas. Así se llaman las coronas, que, adornadas con joyas y hojas de roble de oro, se ponen, con mantos bordados con hojas de palma, para conducir los carros que contienen las imágenes de los dioses al circo. Hay también las llamadas coronas de oro provinciales, que necesitan las cabezas más grandes de las imágenes en vez de las de los hombres.” (Tertuliano, De Corona, 13)

Corona de oro etrusca, Vulci, Museo Vaticanos

Si, a pesar de la victoria, el triunfo no llegaba a celebrarse porque no se cumplían todas las condiciones necesarias para alcanzar este honor máximo (la guerra no se había declarado apropiadamente o se hacía contra una fuerza inferior, o contra enemigos que no tenían la consideración legal como tales, por ejemplo, esclavos o piratas, o bien la victoria se obtenía sin peligro, dificultad o derramamiento de sangre), el Senado distinguía al imperator a su ejército con la celebración de la ovación (ovatio), ceremonia triunfal de carácter menor, en la que el imperator portaba la corona trenzada con mirto, planta dedicada a Venus, que simbolizaría la paz y la unión.

“La corona oval es de mirto. La llevaban los generales que entraban en Roma en medio de ovaciones. La razón por la que se celebra una ovatio y no un triunfo es que, o bien la guerra no había sido declarada ateniéndose al ritual, o bien había sido llevada a cabo contra un enemigo injustamente calificado de tal, o la categoría del enemigo era humilde y sin relevancia, como esclavos o piratas, o su rendición fue inmediata y ‘sin polvo’, como suele decirse, y la victoria ha resultado incruenta. Para estas victorias fáciles consideraron que era adecuada la fronda del árbol de Venus, puesto que se trataba de una especie de triunfo de Venus y no de Marte.  Cuando M. Craso regresó aclamado tras concluir la guerra de los esclavos fugitivos, despreció orgullosamente la corona de mirto y procuró mediante influencias que se promulgara un senadoconsulto autorizando su coronación con laurel, en lugar de mirto.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 20-23)

Corona de oro con hojas y flores de mirto. Museo Nacional de Crotona, foto Rjdeadly

La corona cívica, segunda en honor e importancia, se otorgaba al soldado que había salvado la vida de un soldado romano en batalla. Se hacía con variedades del árbol Quercus o árboles de bellota, primero de encina, después de hojas de ésculo y finalmente del roble.

¿Por qué dan una corona de encina, a quien haya salvado a un ciudadano en la guerra? 'Acaso porque en campaña es fácil encontrar por todas partes abundantes encinas? ¿O porque la corona está consagrada a Júpiter y a Juno, a quienes consideran defensores de la ciudad?

'0 es una costumbre antigua de los arcadios para quienes existe una cierta relación con la encina? Pues tienen fama de haber sido los primeros hombres de la tierra, así como la encina fue el primer árbol. (Plutarco, Cuestiones Romanas, 92)

Emperador Claudio con corona cívica

Como la posesión de esta corona era un honor tan grande, su obtención se guiaba por severas reglas, por las que la concesión solo se permitía en determinadas situaciones: haber salvado la vida de un ciudadano romano en la batalla, haber matado al oponente, y haber ocupado el lugar en el que ocurrió la acción. No se admitía el testimonio de un tercero, sino que el propio rescatado debía exponer lo ocurrido, lo que dificultaba el logro, ya que el soldado romano se mostraba reticente a reconocer el valor de un camarada, y mostrar la deferencia que se debería obligado a prestar a su salvador si la reclamación se reconocía. En los inicios, por tanto, la corona cívica era entregada por el soldado rescatado, después de que la reclamación se había investigado por el tribuno que llamaba a una parte reticente a que presentase su propia evidencia, pero durante el imperio, cuando era el príncipe el que otorgaba todos los honores, la corona cívica ya no se recibía de las manos de la persona cuya salvación se recompensaba, sino del propio príncipe, o un delegado suyo. Proteger la vida de un aliado, incluso si era un rey, no confería ningún mérito para la corona cívica.

“La corona cívica fue primeramente de encina, después se prefirió la del ésculo, consagrado a Júpiter, y también se varió con el roble pedunculado y se utilizó el árbol que había en cualquier parte, preservándose solamente el honor de la bellota. Se añadieron condiciones estrictas y, por lo tanto, imponentes, y que gustaría comparar con aquella suprema corona de los griegos que se concede bajo la protección de Júpiter mismo y por la que la patria del vencedor, en su júbilo, hace una brecha en sus murallas: hay que salvar a un conciudadano, matar a un enemigo, y que el lugar donde ha ocurrido lo ocupe el enemigo el mismo día, que la persona salvada lo confiese —de lo contrario no sirven de nada los testigos—, y que haya sido un ciudadano. Prestar ayuda, aunque sea un rey el salvado no da derecho a esta distinción, y no aumenta el mismo honor si es salvado un general, porque sus creadores quisieron que fuese el honor más alto en cualquier ciudadano.” (Plinio, Historia Natural, XVI, 11-12)

Tiberio con corona cívica, Museos Vaticanos. Foto Sergey Sosnovskiy

Una vez se obtenía, se podía llevar siempre. El soldado que la conseguía tenía un lugar reservado en todos los espectáculos públicos cerca de los senadores quienes se levantaban cuando él entraba. Él, su padre y su abuelo paterno estaban liberados de las cargas públicas; además, la persona que le debía la vida estaba obligado a considerar a su salvador como un padre, y servirle como un hijo a su padre.

“Una vez recibida esta corona, se puede llevarla siempre. Cuando el galardonado se presenta en los juegos públicos, es costumbre, incluso por parte del senado, levantarse siempre ante él, que tiene derecho a sentarse cerca de los senadores; él mismo, su padre y su abuelo paterno gozan de la exención de todas las obligaciones. Sicio Dentado, como hemos relatado en el pasaje correspondiente, recibió catorce coronas cívicas, y seis Capitolino, en un caso por haber salvado a su jefe Servilio. Escipión Africano no quiso recibirla por salvar a su padre en el Trebia. ¡Oh, costumbres eternas que premiaron tan grandes hazañas sólo con el honor y que, mientras que las demás coronas eran más valiosas por su oro, no quisieron que la salvación de un ciudadano tuviese precio, manifestando claramente que no es lícito ni siquiera salvar a un hombre por amor al lucro!” (Plinio, Historia Natural, XVI, 14)


La corona oleagina o de olivo era también una corona honoraria que se concedía tanto a los soldados como a sus comandantes por cuya intervención se había obtenido una victoria, aunque ellos no estuvieran presentes en la acción.

“César, aparentando estar de acuerdo con ellos en que reclamaban cosas razonables y que sus peticiones estaban dentro de lo humano, licenció primero a los que habían combatido a su lado en Módena contra Antonio; y después, como también los demás seguían con sus demandas, licenció, de entre estos, a los que llevaban diez años en el ejército; y para contener a los demás, añadió que ya no volvería a emplear a ninguno de los soldados licenciados, aunque lo pidiera insistentemente. Cuando oyeron esto, no pronunciaron una palabra, sino que comenzaron a escuchar lo que decía con mucha atención, porque anunció que no a todos los licenciados les iba a dar todo cuanto les había prometido y a repartirles tierras, sino solo a los primeros y, de los restantes, únicamente a los que más méritos habían hecho; y porque a todos ellos les dio dos mil sestercios, y a los que habían combatido en la batalla naval les concedió además una corona de olivo.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

Corona de olivo hecha de oro

La corona navalis parece ser la que se concedía al soldado que saltaba primero armado en la nave enemiga, mientras que la llamada rostrata puede corresponder a la que se otorgaba al comandante que destruía una flota enemiga entera u obtenía una victoria naval muy señalada. Las dos se hacían de oro y la rostrata se decoraba con la proa de los barcos, como se puede ver en la moneda con el rostro de Agripa.

“A Agripa le regaló una corona de oro labrada con espolones de naves, algo que no se concedió nunca a nadie ni antes ni después. Y para que cada vez que Agripa, por celebrar un triunfo, llevara siempre en vez de la corona de laurel la corona de «vencedor en una batalla naval», sancionó más tarde la concesión con un decreto.” (Dión Casio, Historia romana, XLIX, 14)

As de Agripa con corona rostrata. Museo Británico, Londres

La corona mural (corona muralis) era la que se daba al soldado que escalaba primero el muro y entraba donde estaban los enemigos, y se decoraba con almenas. La corona vallar, valar o castrense (corona vallaris o castrensis), de oro, se concedía al que primero entraba en el campo enemigo, venciendo los obstáculos de fosos, trincheras y estacadas.

“La corona mural es aquella con la que un general condecora al primero que escala una muralla y a viva fuerza trepa por ella para penetrar en una ciudad enemiga; por eso está decorada con una especie de almenas de murallas. La corona castrense es aquella con la que un general condecora a quien, combatiendo, es el primero en penetrar en el campamento enemigo. Esta corona tiene como distintivo una empalizada.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 11, 16-17)

Estela dedicada a  Quinto Sulpicio Celso con corona mural.
Galería Lapidaria, Museos Capitolinos, Roma 

Agripa aparece en algunas monedas llevando una combinación de la corona mural en reconocimiento por su victoria en la guerra Perusina en 40 a.C., y la corona rostral (adornada por espolones de nave) obtenida por sus victorias navales sobre Sexto Pompeyo en Miles y Naulos, frente a las costas sicilianas, en 36 a.C., y ampliamente revalidada en Actium frente a Marco Antonio cinco años más tarde. Es una distinción que sólo Agrippa recibió.

“Agripa se hizo merecedor de una corona de la armada que nunca había recibido ningún romano, por su singular valentía en combate.” (Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 81, 3)

Áureo con Agripa con la corona mural y rostral juntas

La media corona llamada por su nombre griego, stephanos, era un privilegio de las diosas de época griega y helenística, y empezó a utilizarse en los retratos de las damas fallecidas de la familia imperial y en tiempos de Nerón aparece en las imágenes de damas aún vivas. Consistía generalmente en un arco metálico más elevado en la parte central que en los laterales.

A finales del siglo I d.C. se incorpora a las representaciones de mujeres que no pertenecen a la casa imperial y, con frecuencia, dentro del entorno funerario. Si bien en el caso de las emperatrices y princesas el uso de la diadema podía significar autoridad y privilegio, después al ser su uso más amplio entre la población femenina, habría perdido tales connotaciones para mostrar un aire de respetabilidad y piedad.

Agripina la menor con diadema. Museo de la ciudad de Barcelona.
Foto de Samuel López

En el siglo IV se produjo una evolución desde la diadema original, una sencilla cinta, a una diadema adornada con joyas, símbolo de dignidad imperial, con la que los emperadores de esa época aparecen en sus retratos.

“Y, si quieres conocer el milagro en su integridad y cuidadosamente, no te quedes en las simples palabras, sino pesa en tu interior el acompañamiento de guardias, los soldados de escudo, los tribunos, los jefes que son alimentados en el palacio, los que están al frente de las ciudades, el fausto de los que van delante del rey, la multitud de los que le siguen y de los que van abriendo paso, y finalmente todo el conjunto de siervos. Y luego, en medio de todos, considera al emperador que va entrando con inmensa pompa y que por sus vestiduras parece aún más digno de honra, lo mismo que por la púrpura y las piedras preciosas de que lleva salpicada la diestra hasta el arranque del manto, y finalmente, por la diadema en donde ellas resplandecen también desde su cabeza.” (Juan Crisóstomo, Discurso acerca del bienaventurado Babilas)

Cabeza de Justiniano con diadema en pórfido rojo, Venecia

Los emperadores que más exaltaron su vanidad adoptaron, siguiendo la moda oriental, el uso de coronas de oro u piedras preciosas en cualquier tipo de ceremonia, religiosa o social, e incluso en el ámbito privado.

 “Después de salir de Siria, Antonino llegó a Nicomedia, donde se dispuso a pasar el invierno ya que así lo exigía la estación. Y al punto cayó en éxtasis y empezó a ejecutar las desenfrenadas danzas rituales del dios de Emesa, a cuyo culto había sido consagrado. Se vestía con los más costosos modelos tejidos en púrpura y oro y se adornaba con collares y brazaletes; en su cabeza llevaba una corona en forma de tiara cubierta de oro y piedras preciosas. Su atuendo estaba entre las vestiduras de los sacerdotes fenicios y la lujosa indumentaria de los medos. Detestaba los vestidos romanos y griegos porque, decía, estaban hechos de lana, una pobre materia prima. Sólo le gustaban los tejidos de seda Aparecía en público al son de flautas y tambores, sin duda en honor de su dios.” (Herodiano, Historia del imperio romano después de Marco Aurelio, V, 5, 3)

Detalle del retrato de Septimio Severo, Altes Museum, Berlín

Los emperadores a partir de Constantino introdujeron el uso de la diadema oriental adornada con piedras preciosas y perlas. Estas últimas, que representaban riqueza, lujo y rareza, se habían hecho muy populares en la sociedad romana. Todos los emperadores a partir del siglo IV aparecieron retratados con diademas o coronas de pelas y gemas.

 “Fue el primero en contemplar el espectáculo allí, y llevó por primera vez en su cabeza una diadema con perlas y piedras preciosas, ya que deseaba cumplir las palabras proféticas que decían: Tú pusiste en su cabeza una corona de piedras preciosas (Salmo 20.4); ninguno de los emperadores anteriores había llevado una así.” (Juan Malalas, Crónica, XIII, 8, Constantino)


Emperador Arcadio con diadema perlada.
Museo Arqueológico de Estambul, Turquía

La diadema perlada no fue una insignia de autoridad en las emperatrices romanas, pero sí un distintivo de su elevada situación social y un “signo de poder”. Se desarrolló a partir de modelos helenísticos, combinados con elementos de adorno personal como la sarta de perlas, empleadas por las mujeres distinguidas desde época tardorrepublicana, en principio, para mostrar su condición de matronas. En parte era una exhibición de lujo, pero, ante todo, las perlas manifestaban la perfección moral de sus portadoras. Como consortes, al igual que las reinas helenísticas, eran perpetuadoras de la continuidad del principado, pero también eficaces intermediarias entre los ciudadanos y los príncipes.

Es sobre todo a partir del siglo IV cuando las emperatrices hacen mayor uso de las diademas enjoyadas sobre sus tocados.

“Cimótoe traía un ceñidor, Gálatea un extraordinario collar y Espátale una diadema engastada con pesadas perlas que ella misma había cogido en las rojas profundidades. Doto se sumerge repentinamente y arranca corales: era una rama flexible mientras asciende por el agua. Había salido de las olas: fue piedra preciosa. Esta desnuda multitud rodeó a Venus y aplaudiendo la siguen al mismo tiempo con tales palabras: «Te suplicamos que tú, nuestra reina, le lleves estos adornos, estos regalos nuestros a la emperatriz María.” (Claudio Claudiano, Epitalamio de Honorio y María, 160-175)

Emperatriz con diadema. Museo Cívico Paolo Giovio, Como, Italia

La corona radiata fue la que se entregaba a los dioses y héroes deificados. Era de uso emblemático y no honorario, por lo menos para la persona que las usaba, y su adopción no estaba regulada por la ley, sino por la costumbre.

La corona radiada es uno de los atributos propios de Sol Invictus, deidad solar, de gran influencia oriental. Desde época de Augusto los emperadores asumieron su uso, no tanto por deferencia al dios solar, sino como representación de su autoridad espiritual y, quizás de perfección corporal, ya que Apolo se asimilaba al Sol.

Dupondio de Trajano con corona radiata

No fue hasta el siglo III cuando se hizo habitual que los emperadores usasen la corona radiata en sus imágenes de representación, como es el caso de Aureliano, devoto del Sol Invictus, cuyo culto fue declarado oficial en Roma en el año 274 d.C.

“Rociaba con polvo de oro sus propios cabellos. A menudo se paseaba con la corona radiada.” (Historia Augusta, Los dos Galienos, 16)

Antoniniano de Aureliano con corona radiata y el dios Sol

El emperador Constantino presentaba en sus imágenes los atributos que lo mostraban ante sus súbditos como la manifestación visible del Sol (Febo o Apolo), su dios tutelar, apareciendo el monarca como una entidad luminosa y benefactora con sus súbditos.

“Porque tú viste, creo, Constantino, tu propio Apolo acompañado de Victoria, ofreciéndote coronas de laurel, cada una de las cuales te traen un presagio de treinta años.” (Panegíricos Latinos, VII, 21, 4)

Follis de Constantino y el dios Sol con corona radiata

Entre las coronas no honorarias destacan las sacerdotales. La corona spicea, compuesta de espigas de trigo, la llevaban los miembros de los Frates Arvales, hermandad de doce sacerdotes, cuyo origen se remonta a la fundación de la ciudad de Roma, dedicados al culto de la diosa Dea Dia, diosa arcaica protectora de la agricultura y las cosechas, que posteriormente se asimiló a la diosa Ceres. Los sacerdotes hacían sacrificios durante el festival de Ambarvalia para asegurar una buena cosecha.

“En el libro I de sus Memoriales, Masurio Sabino, siguiendo a algunos historiadores, dice que Acca Larentia fue la nodriza de Rómulo: “A esta mujer -dice- se le murió uno de sus doce hijos varones. Y Rómulo se ofreció a Acca Larentia como hijo para ocupar el lugar de aquél, llamándose a sí mismo y a los otros hijos de ella ‘hermanos arvales’. Desde entonces perduró el colegio de los Hermanos Arvales, cuyo número es doce, siendo el emblema de este sacerdocio una corona de espigas y cintas blancas”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, VII, 7, 8)

Antonino Pio como arval. Museo del Louvre, París

Durante la República el culto decayó, pero con la llegada del Imperio, Augusto reorganizó la hermandad aumentando el número de sus miembros y convirtiéndose él mismo en uno de sus miembros. En el quinto miliario de la via Campana o Via Salaria, antes de hacer la ofrenda, los sacerdotes rodeaban tres veces el campo donde un grupo de campesinos y pastores danzaban y rezaban en honor de la diosa Ceres. La corona spicea era característica de dicha Diosa, y con la misma aparece representada Livia, la esposa de Augusto.

“Rubia Ceres, sea para ti de mis tierras una corona de espigas que cuelgue ante las puertas de tu templo, y un rojo Príapo en mis huertos frutales eríjase en guardián, para que con su terrible hoz asuste a los pájaros.” (Tibulo, Elegías, I, 1)

Augusto y Livia con coronas de espigas. Izda, Museo Pio Clementino, Vaticano.
Drcha, Museo del Hermitage, San Petersburgo

Cuando el general griego Ptolomeo se convirtió en el rey de Egipto tras la muerte de Alejandro Magno, quiso unificar a los nativos egipcios y a la creciente población griega, creando un nuevo dios que fuera atrayente tanto para unos como otros. Así surgió el culto a Serapis, deidad que combinaba elementos griegos y egipcios. Cuando los romanos se apoderaron de Egipto en el año 31 a.C., Serapis ya era un dios popular con un culto creciente.

Sus sacerdotes aparecen frecuentemente representados con una diadema en la que destaca en su parte central una estrella de siete puntas.

“Dikaios de Ionidai, hijo de Dikaios, sacerdote de Serapis, consagró este lugar en nombre del pueblo de Atenas y el pueblo de Roma y el rey Mitrídates Eupator Dionysus y de su propio padre Dikaios, hijo de [ …] del demos de Ionidai y de su madre […], en honor de Serapis, Isis, Anubis, Harpócrates,….” (ID 2039)

Posibles sacerdotes del culto a Serapis. Izda Museo Getty, Los Ángeles. Drcha, Retrato funerario del Fayum, Museo Británico, Londres

Los romanos copiaron de los griegos la idea de coronar a los difuntos con guirnaldas de flores y según la ley de las Doce Tablas, cualquier persona que hubiera obtenido el derecho a llevar una corona, podía tenerla puesta en su cortejo funerario.

“Hay aquella señal de que pertenecen a los muertos los ornamentos de la gloria, porque manda la ley que la corona ganada por la virtud sea impuesta sin fraude, tanto a aquel que la hubiera ganado, como al padre de él.” (Cicerón, Las Leyes, II, 24)

Retratos funerario del Fayum. Izda, Art Institute de Chicago.
Drcha, Museo Metropolitan de Nueva York

La corona nupcial (corona nuptialis) tenía origen griego y se hacía con flores recogidas por la propia novia, y no debían ser compradas porque era signo de mal augurio. Entre los romanos, una corona de flores de mejorana y verbena trenzadas adornaba la cabeza bajo el velo nupcial en época de César y Augusto; posteriormente se utilizarían mirto y flores de azahar.

“Tú que habitas en el monte Helicón, hijo de Urania,
Tú que arrebatas a la tierna doncella
Para su esposo, ¡oh Himen Himeneo,
Oh Himen Himeneo!,
Ciñe tus sienes con la flor
De la fragante mejorana
Toma el velo nupcial, ven
Aquí, alegre, calzado tu pie de nieve
Con sandalia de jalde,
Y, exultante en este gozoso día,
Canta con clara voz esta
Canción nupcial, golpea
La tierra con los pies y agita
En tu mano la tea de pino.”

(Canción de boda en honor de Manlio y Junia, Catulo, 61)

Boda de Belerofonte y Filónoe, Museo de Nabeul, Túnez

La corona convivial (corona convivialis), era la corona que se utilizaba en las reuniones festivas y surgió en Grecia por la práctica de atar una cinta de lana alrededor de la cabeza para mitigar los efectos de la embriaguez. Posteriormente se empezó a utilizar flores y plantas, que se suponía, podían evitan la borrachera, como las rosas, la más empleada, violetas, mirto, hiedra y otras. Las coronas conviviales no se podían llevar en público y hacerlo se castigaba con prisión.

“Ea, descansa aquí tu cansancio bajo la sombra de los pámpanos y anuda tu pesada cabeza a una corona de rosas mientras tomas los labios hermosos de una tierna joven. ¡Ah, muera quien tenga la severidad de antaño! ¿Por qué guardas las guirnaldas bienolientes para una ceniza ingrata? ¿O acaso quieres que una lápida coronada cubra tus huesos? Ponte vino y dados; muera quien se preocupe del mañana, pues la Muerte, tirándonos de la oreja, dice: "Vivid, que llego.” (Apéndice Virgiliano, Copa)

Las rosas de Heliogábalo, Pintura de Alma-Tadema, Colección de Pérez Simón

En el arte griego arcaico, Dioniso aparecía como un dios de larga barba, coronado de hiedra o de vid, a veces con una cinta en torno a su abundante cabellera, vestido con la túnica larga y el manto de los gobernantes de esa época, que en su caso era de color azafrán. En el siglo IV a.C., adquiere su imagen definitiva: la de un joven bello, que ciñe su larga cabellera con una cinta o la cubre con una corona vegetal.

Con él se relacionan los símbolos vegetales como la vid, bien como planta, racimo, corona o guirnalda de pámpanos; el mirto, especialmente vinculado al Dioniso funerario, y, sobre todo, la hiedra, que, según Ovidio, resulta muy agradable a Baco por el siguiente motivo:

“¿Por qué se ciñe de hiedra? La hiedra es lo más agradable a Baco; decir también por qué es esto así no lleva ningún tiempo. Cuentan que las ninfas de Nisa, en ocasión en que la madrastra (Hera) buscaba al niño, pusieron delante de la cuna ramas de hiedra.” (Ovidio, Fastos, III)


Dioniso coronado de hiedra

La hiedra está estrechamente asociada con Dioniso, dios griego del vino, fertilidad, y éxtasis religioso, entre otras cosas, quien aparece frecuentemente coronado con ella, en el arte y la literatura. La hiedra es una planta de hoja perenne y símbolo de inmortalidad; pero en el culto a Dioniso (o al Baco romano), mientras que el vino inspiraba pasiones ardientes, los poderes refrescantes de la hiedra, una planta de invierno, invitaba al razonamiento en vez de a los impulsos fugaces. El dios utilizaba la hiedra para hacer caer a las mujeres en un fervor místico y un delirio que las atraía a su culto y a unirse a su cortejo de ménades y sátiros.

“Los del cortejo de Baco no celebraban los misterios orgiásticos sin coronas, sino que, apenas se ceñían en sus sienes las flores, se sentían encendidos para la iniciación religiosa.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 73)

Bacanal, pintura de Henryk Siemiradzki

La hiedra también aparece de forma figurada coronando a los poetas porque les aporta un estado de éxtasis y entusiasmo necesario para la inspiración y composición.

“A mí las hiedras, premio de las frentes doctas, me mezclan con los dioses del cielo; a mí el fresco bosque y los coros ligeros de ninfas y sátiros me separan del vulgo, si Euterpe no hace que callen sus flautas, ni Polimnia se niega a templar la cítara lesbia. Y si me cuentas entre los líricos vates, en las alturas tocaré con mi cabeza los astros.” (Horacio, Odas, I, 1)

El poeta Horacio, pintura de Giacomo di Chirico

La corona de pámpanos estaba dedicada a Dioniso y Baco y se consideraba un símbolo de madurez próximo a la decadencia y se relacionaba con los efectos embriagantes del vino.

“¡Oh Leneo!: dulce peligro es seguir al dios que se ciñe las sienes con el verde pámpano.” (Horacio, Odas, III, 25, 20)


Las coronas de flores se utilizaron en Roma en festividades religiosas, en las ofrendas a los lares, en competiciones deportivas, en sacrificios públicos y privados y en actos sociales, como banquetes públicos o de particulares. Cuando no era posible hacer uso de las flores, se empleaban coronas hechas de láminas metálicas o de materiales pintados de colores.

“Las coronas fueron siempre muy apreciadas, incluso las que se ganaron en los juegos públicos. Era costumbre de los ciudadanos participar en las competiciones del circo, y enviar a sus esclavos y caballos también. Por eso se dice en la ley de las Doce Tablas: Si alguien ha ganado una corona por sí mismo, o debido a su dinero, que se le de como recompensa a su valor. No hay duda que la ley se refiere a la corona ganada por sus esclavos o caballos.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 5)



Bibliografía

*Ritual, espectáculo y poder: las procesiones en la antigua Roma, Francisco Marco Simón
*Constantino y las acuñaciones del Sol Invicto, Iván Muñoz Muñoz
*Horacio y la coronación del poeta, María Delia Buisel
*Corona gramínea, la máxima y más rara condecoración militar romana, Guillermo Carvajal
*La «corona radiata» de Helios-Sol como símbolo de poder en la cultura visual romana, Jorge Tomás García
*Isis (y Serapis), dioses de la navegación y del comercio marítimo. Vida cotidiana en un santuario egipcio, Joaquín Ruiz de Arbulo
*La evolución de la diadema perlada como ornamento distintivo de las augustas (305-360 d. c.), Esteban Moreno Resano
*Adorned in Divinity, Claire Smith, Rhodes College
*Crowns. Understanding crowns in Roman culture, Brent MacDonald
*Corona, A Dictionary of Greek and Roman Antiquities, John Murray, London, 1875.
*Symbol or jewellery? The stephane and its wearer in the Roman world (1st-3rd centuries AD), Anique Hamelink
*Pro-Mithridatic and Pro-Roman Tendencies in Delos in the Early First Century BC: the case of Dikaios of Ionidai (ID 2039 and 2040), Javier Verdejo Manchado y Borja Antela-Bernárdez
*Wreath - Its Use and Meaning in Ancient Visual Culture, Dragana Rogić, Jelena Anđelković Grašar, Emilija Nikolić


viernes, 6 de octubre de 2023

Caliga, el calzado en la antigua Roma

Calzado romano, Museos Capitolinos, foto Samuel López

“Sus pies resuenan con el purpúreo y brillante coturno; ató sus regias piernas con cintas escarlatas —obra del cuero persa, teñido con la púrpura campana— con las que suele el emperador romano en su victoria pisar a los tiranos sometidos y doblegar el cuello de los bárbaros. Eran apreciadas por su color rosado de sangre, alabadas por su tono púrpura y fueron escogidas por su tacto suavísimo para los sagrados pies. Sólo a los emperadores, bajo cuyas plantas hay sangre de reyes, es apropiado utilizar esta indumentaria.” (Coripo, Panegírico de Justino II, II, 100)

El calzado es una de las prendas de vestir que más ha variado desde que existe el hombre.  A pesar de ser un elemento funcional para proteger al pie, los artesanos zapateros han evidenciado, a lo largo de la historia, su destreza en la confección de artículos, no exentos de lujo y ornamento según los cambios en la moda.

“Porque el uso de zapatos es en parte para cubrir los pies, en parte como protección en caso de tropiezos, y para aislar la planta del pie de la dureza del camino.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)


Los romanos a diferencia de los griegos no encontraban agradable ir descalzos, ni siquiera en casa, a pesar de que en la época más antigua lo hicieron y posteriormente era símbolo de sencillez. 

“Es, realmente, un excelente ejercicio marchar con los pies descalzos, tanto para la salud, como para alcanzar un buen temple de alma y cuerpo, a excepción de cuando alguna necesidad lo impida.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Pescador, Museo Británico, Londres

Los ciudadanos pobres, esclavos, y los campesinos sí que solían  ir descalzos.  No hay prueba de si envolvían sus pies en paja u otras fibras para protegerlos del frío o del terreno. 

“El vehículo en el que me he acomodado es rústico; andando las mulas dan prueba de que viven; el mulero va descalzo, pero no a causa del calor”. (Séneca Epístolas, 87)

Esclavo de las termas, pintura de Alma-tadema


Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase. La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad.

“Sin embargo utilizó como pretexto el cuidado de la provincia; abriendo los silos alivió los precios del grano, y siguió una conducta muy del agrado del pueblo: iba sin escolta militar, calzado solamente con sandalias, y con un atuendo similar al de los griegos, imitando a Escipión, de quien se cuenta que hacía lo mismo en Sicilia en plena guerra púnica.” 

Sandalia y crépida griegas. Museo Británico, Londres

Pero ya durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas. Algunos de los patricios más elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias.

 “Llevaba gemas incluso en los zapatos, y además decoradas con grabados de artistas famosos,  lo que provocaba la hilaridad general.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 23, 4)

Relicario en forma de pie con sandalia de Jacques le Majeur,
Musée des Arts anciens du Namurois, Bélgica

Algunos autores criticaron el uso del excesivo lujo en la decoración de los zapatos y defendieron su uso únicamente como protección  para el pie:

 “Pero si no se está de viaje, y no se puede aguantar ir descalzo, se puede usar zapatillas o sandalias; pies polvorientos las llamaron los áticos, por acercar los pies al polvo, creo yo.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Iglesia de los santos Lot y Procopio, Kirbat al Mukhayya,
Jordania

Los artistas solían representar las clases altas en la escultura, y muchas imágenes muestran los pies descalzos para indicar divinidad, santidad religiosa,  piedad o la categoría de héroe.  Ir descalzo también indicaba prisa, pena, distracción de mente, o cualquier emoción violenta. A los funerales se asistía a veces con los pies descalzos, como describe Suetonio en el funeral de Augusto:

“Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas.” (Suetonio, Augusto, 100). 

Los adeptos a Isis y Cibeles asistían a los cultos también descalzos. En caso de sequía se celebraba una procesión, llamada Nudipedalia, en la que los participantes iban descalzos para pedir a los dioses.

Navigium Isidis, Ostia

Varias leyes suntuarias normalizaron el uso de determinados zapatos para diferentes ocasiones, según el rango, profesión e incluso edad de las personas. Se decía que un extranjero versado en la tradición romana podía averiguar el status social, económico y profesional de los ciudadanos por el calzado que llevaban. Los senadores, caballeros, sacerdotes, actores en escena, soldados, ciudadanos y no ciudadanos todos llevaban trajes y calzado distintivos, apropiados a sus papeles en la vida.

“Cota se queja de haber perdido dos veces las sandalias, por llevar a un esclavito “de pies” descuidado, el único que en su pobreza le asiste y le hace de acompañamiento. Ha tenido una idea, hombre sagaz y astuto, para que sea imposible causarle más veces semejante perjuicio: ha empezado a ir descalzo a las cenas.” (Marcial, Epigramas, XII, 87)

Ilustración de Sedeslav

La población civil dependía del cuero para el calzado, y el comercio de pieles era parte importante del comercio en la antigüedad. Las pieles de cabras, ovejas, vacas y bueyes se raspaban y curtían impregnándolas con un líquido hecho de corteza de árbol, agallas, sales minerales o alguna forma de tanino. La mayoría de la gente llevaba zapatos de color natural, pero los que podían permitírselo llevaban calzado hecho de caras pieles teñidas de negro, rojo u otros colores. El negro se producía usando atramentum sutorium, un tinte compuesto de sulfato de cobre.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo.” (Marcial, Epigramas, II, 29)



El emperador Aureliano que se vanagloriaba de modales austeros “prohibió a todos los hombres el uso de los calcei rojos, amarillos y blancos o de un verde color de hiedra, pero los toleró para las mujeres” (Historia Augusta, Aureliano 49, 7) 

Otros colores – blanco, oro y púrpura – aparecen en el Edicto de Precios de Diocleciano, a principios del siglo IV d. C.

Llevar un buen calzado era al igual que lucir una toga impoluta un signo de distinción, pero dejarlo mal atado o flojo estaba mal visto.

"Es un hombre un tanto irritable, que no les cae bien a las agudas narices que tiene esta gente; podría mover a la risa porque se corta el pelo de modo un poco paleto, arrastra la toga, y su calzado (calceus) flojo se ajusta mal a su pie." (Horacio, Epístolas, I, 3, 30)


Exposición Lusitania, 2016, Madrid. Foto Samuel López

Un zapato roto o descosido indicaba pobreza o desaliño. Juvenal, por ejemplo, se refería en una sátira a cierto pobre hombre con su atuendo desgastado:

“¿Qué decir  cuando este mismo a todos da motivo y temas para chistes si su túnica está sucia y rota, si su toga está asquerosilla y uno de sus zapatos se entreabre con el cuero rajado o en recosida llaga más de una cicatriz deja ver el lino entero y nuevo?” (Sátira, 3)

Zapato de niño, Dura-Europos, Siria, Yale University Art Gallery

Y Marcial dedica un epigrama a un caballero que de una posición de riqueza había caído en la pobreza:

"Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces." (Epigramas, I, 103)

Los griegos y romanos que llevaban zapatos, incluyendo generalmente a todas las personas, excepto jóvenes, esclavos y ascéticos tenían inclinación por seguir la moda del calzado. 

"del mismo modo que, si me trajeses unos zapatos de Sición no los usaría, por más que fuesen cómodos y se adaptasen a mi pie, pues no los considero propios de un hombre", del mismo modo le manifestó que aquel discurso le parecía hábil y propio de un orador, mas ni vigoroso ni propio de un hombre.” (Cicerón, Del Orador, I, 54, 231)

Pintura de Alma-Tadema

Hay multitud de zapatos, cuyo nombre proviene de las personas o los lugares que los pusieron de moda: zapatos de Alcibíades, de Persia, de Laconia, de Creta, Milesio y Ateniense.

“Hay que mandar a paseo, pues, los vanos artificios cargados de oro y de piedras preciosas de las sandalias, así como los zapatos de Atenas o de Sición y los coturnos de Persia o de Tiro, y, proponiéndonos, como es costumbre nuestra, una justa meta, debemos elegir lo que es conforme a la naturaleza.” (Clemente, El Pedagogo, II)

Sandalias, Museo de Antigüedades, Munich. Foto Samuel López


Babilonica hypodemata eran sandalias elegantes procedentes de Babilonia de piel de excelente calidad. Se consideraban un lujo y la llevaban tanto los hombres como las mujeres. Las baucides eran un  caro calzado de color azafrán, especialmente popular entre las cortesanas. Algunas llevaban suelo de corcho para aumentar la altura.

Sandalia hecha en la Galia por Lucius Aebutius Thales. Vindolanda, Reino Unido

El phaecasium se hacía de cuero blanco, cubría todo el pie y podía ser usado por hombres y mujeres. En Atenas solía ser llevado por sacerdotes y en Alejandría por los magistrados, a los que Marco Antonio imitó durante su estancia allí.

 “Él invernó allí sin las insignias de su cargo, con la apariencia y el régimen de vida de un privado, ya fuera porque se encontraba en una jurisdicción extranjera y en una ciudad gobernada por un poder real, o porque hizo de su invernada una ocasión para la fiesta; puesto que incluso prescindió de los cuidados y de la escolta de un general, y usaba el manto cuadrangular griego en lugar del de su propio país, y calzaba el zapato blanco de Atenas que gastan los sacerdotes atenienses y alejandrinos, al cual llaman phaecasium.” (Apiano, Guerras Civiles, V, 11)

Phaecasium. Estatua de musa.
Galería de los Uffizi, Florencia

La denominación de zapatero y zapatera en la antigua Roma era sutor y sutrix respectivamente, pero el llamado remendón dedicado a arreglar el calzado estropeado se llamaba sutor veteramentarius. Además, los trabajadores especializados en distintos tipos de zapato tenían su propio nombre: calceolarius, solearius, crepidarius, gallicarius, caligarius.

Los zapateros podían ser esclavos, libertos o ciudadanos libres. 

“Peregrinus yace aquí, esclavo de Quintus Asinus, zapatero de caligas (sutor caligarius), de la Dacia, de 20 años.” (Carnuntum, AE 1929)

Museo de Nabeul, Túnez


“Lucius Vergilius Hilarus, liberto de Lucius, zapatero, yace aquí. Su esposa y sus libertos le hicieron este monumento.” (Cartago Nova, CIL, II 5125)

Algún fabricante de calzado llegaría a tener cierta solvencia económica lo que le permitió erigirse una estela funeraria con su retrato y con relieves que indicaban su profesión señalando en su epitafio quién tenía derecho a ser enterrado en su tumba.

“Caius Julius Helius, zapatero en la puerta Fontinal, construyó este monumento, mientras vivía, para él, para su hija, Julia Flacilla, para Caius Julius Onesimus, liberto, sus libertos y sus descendientes.” (CIL VI 33914)



Las mujeres también participaban en el negocio del calzado, bien como propietarias o como trabajadoras en los talleres profesionales, como es el caso de la sutrix Septimia Stratonice que es representada en una estela funeraria dedicada por Marcus Acilius a su carissima amica por sus buenos servicios. La mujer aparece con un molde de zapato en su mano, alrededor del cual se envolvía una pieza de cuero mojado como inicio para hacer un zapato.

Estela funeraria de Septimia Stratonice, Ostia, Italia


Los zapateros se agrupaban en corporaciones o collegia y en algunas ciudades tenían sus negocios juntos en el mismo barrio. Una referencia del siglo IV d. C. menciona un gremio de curtidores, un gremio de trescientos zapateros, y fabricantes de botas claveteadas (caligarii), además de fabricantes de crepidae (crepidarii).

“Una peluquera se sienta en la primera bocacalle de la Subura, por donde cuelgan los cruentos flagelos de los verdugos y numerosos remendones tienen sus puestos frente al Argileto.” (Marcial, Epigramas, II, 17)

Detalle del sarcófago de Titus Flavius Trophimas, Ostia. Termas de Diocleciano, Roma.
Foto de Carole Raddato

En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado: las sandalias, los zapatos y las botas. Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego. Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero. La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta. El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos. Las sandalias eran, sin duda, un calzado cómodo, pero informal, ideal para estar en casa y llevar más de puertas adentro, como demuestra la crítica de Cicerón a Verres:

“Ese gobernador romano permaneció allí en la playa, en sandalias (soleae), con un palio púrpura y una túnica hasta el tobillo, y apoyándose en su mujercita.”



Estaba mal visto llevar las sandalias en público y los romanos, celosos de las tradiciones nacionales, consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos. Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos.

“De ocho a nueve paseé muy a gusto, en sandalias, por delante de mi habitación. Después, ya calzado, y con mi manto puesto (pues se nos había indicado que nos presentásemos así), me fui a saludar a mi señor.”
(Frontón, Epístolas, 60)

Estatua de camillus, Museo Metropolitan, Nueva York


Cada civilización de la cuenca mediterránea hacía sandalias con los materiales que se encontraban localmente. Por ejemplo, en Egipto se hacían con hoja de palma o incluso papiro, especial. Los sacerdotes no podían llevar indumentaria hecha con animales sacrificados por lo que su calzado se confeccionaba con fibras vegetales. 

“Pronunciadas estas palabras, presenta públicamente a un joven vestido con túnica de lino, calzado con sandalias de fibra de palmera; su cabeza estaba afeitada al rape.” (Apuleyo, El asno de oro, II, 28, 2)

Sandalias, Fréjus, Francia

Pinturas, mosaicos y esculturas representan las variedades de sandalias comunes en Italia, en todos los periodos de la república e imperio romanos.

“O ¿sabes esto, pero consideras que sería mejor que la planta del pie estuviera recubierta de una piel de textura laxa, que se pudiera desprender fácilmente? Si vas a decir que una piel así es mejor, pienso que también elegirás una sandalia suelta y que se escapa por todas partes antes que una que te encaja exactamente y atada por todos lados, para así extender tu sabiduría por doquier y proclamar sin vacilar lo que todo el mundo con claridad conoce. O ¿evidentemente estás de acuerdo en que la sandalia artificial, externa, se debe ajustar al pie por todas partes si quiere cumplir bien su función, y, en cambio, no lo estás en que la sandalia natural tiene mayor necesidad de estar ajustada y sujeta firmemente, y perfectamente unida a las partes bajo las que ha sido situada?” (Galeno Del uso de las partes, III, 236)



Desde el siglo I al III d.C. hubo primero una suela de sandalia con forma natural para hombres, mujeres y niños. En el siglo II aparecieron estilos masculinos y femeninos divergentes, haciéndose la de mujer más estrecha y apuntada, y la de hombre más ancha y chata.

“Nuestra mirada no se detuvo tanto en los efebos – aunque merecían la pena – cuanto en el paterfamilias, que calzaba sandalias (soleatus) y practicaba el juego con pelotas verdes.” (Petronio, Satiricón, 27)

Sandalias de hombre, Museo Arqueológico de Estambul, Turquía. Fotos Samuel López

Algunas suelas llevaban el sello del fabricante o del curtidor, y se decoraba la parte interior. Muchas se claveteaban, dado que los romanos pensaban que lo que era bueno para los soldados a la hora de conservar el zapato del uso también era bueno para los civiles.

A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera; antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae para reclinarse en el lecho y las pedía al marcharse. Por esto, la expresión soleas poscere, «pedir las sandalias», con la que se anunciaba al anfitrión la intención de marchar y que acabó significando «prepararse para partir».

Izda, Mosaico de Madaba, Jordania. Drcha, mosaico de Agias, Trias, Chipre

La sandalia (solea) era calzado típicamente femenino. A las mujeres respetables apenas se las veía con los pies desnudos en público.

“Allí mi radiante diosa entró con delicado
pie y detuvo en el gastado umbral su brillante planta
apoyada en la crujiente sandalia.”
(Catulo, Poemas, 68)



La variedad de la sandalia femenina permitía añadir sujeción con tiras en el talón. Plinio cuenta que había una estatua de Cornelia, madre de los Gracos, que la mostraba con sandalias sin tiras en el talón, al modo en que se representaba a las diosas griegas, para indicar su ilustre linaje.

 “Hay una estatua de Cornelia, la madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, que la representa sentada y es notable porque no hay tiras hacia los talones." (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 31)

Pie con sandalia de Ariadna dormida, Museo del Prado, Madrid

Las sandalias femeninas podían tener una suela fina o gruesa con una plataforma hecha de un material como corcho o madera.

Detalles de estatuas, Casa de Pilatos, Sevilla. Fotos Samuel López

Clemente de Alejandría (s. II d.C.) al recomendar a las cristianas que huyan del calzado decorado, critica a las mujeres que usan sandalias lujosas o adornadas:

“Son verdaderamente vergonzosas «las sandalias en las que hay flores doradas», pero también las mujeres insisten en adherirse a su suela unos clavos formando espirales; son muchas las que aplican sellos con motivos eróticos, para que, al andar, quede impreso sobre la tierra el signo de sus sentimientos de hetera”. (Clemente de Alejandría, Paedagogus, 2, 12)

Museo de Vindolanda, Reino Unido

Algunos modelos de calzado grababan mensajes en las suelas dirigidos a sus dueños con dibujos incluidos. En la sandalia mostrada abajo se puede leer:

“Disfrútalo con salud, señora. Llévalo con belleza y felicidad.”

Portus Theodosiacus, Estambul

En Roma las sandalias con un complicado entramado de tiras superiores, cubriendo a veces los dedos y otras dejándolos al aire, se conocieron como crepidae, también de origen griego. El entramado consistía de tiras que formaban un calado, no entretejido, con diferentes diseños. A menudo cubrían el pie hasta el tobillo, o lo incluían, y, a veces cubrían los dedos. Se representan ya en las pinturas de las tumbas de Tarquinia del siglo V a. C. y en los frescos de Pompeya del siglo I. d.C.

“Estas y otras cosas por el estilo relativas a la austeridad romana son las que dijo Tito Castricio en mi presencia. Muchos de sus oyentes preguntaban por qué había dicho que iban en sandalias (soleati), si llevaban gálicos (gallicae), no sandalias (soleae). Pero Castricio se había expresado con verdadera sapiencia y corrección. En efecto, por lo general a todo tipo de calzado que protege únicamente las plantas de los pies, mientras el resto del pie, sujeto con correas redondeadas, queda casi desnudo, lo llamaron sandalias (soleae) y, a veces, con un término griego, crepidulae. Por lo que se refiere a las gallicae, creo que es una palabra nueva que empezó a ser usada no mucho antes de la época de M. [Tulio] Cicerón, y éste mismo lo utilizó en la Segunda Filípica contra Antonio: “Echaste a correr con gallicae y lacerna”. Esta palabra no la he visto con este significado en ningún otro escritor cuya autoridad tenga algún peso; pero, como he dicho, llamaban crepidae o crepidulae -abreviando la primera sílaba- al tipo de calzado que los griegos denominan κρηττιδαί, y ‘crepidarios’ a los zapateros que las fabrican.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, XIII, 22)

Detalles de pinturas, Pompeya

Se llevaban con el palio, pero no con la toga y eran características de los griegos. Los romanos las adoptaron, como describe Suetonio con respecto a Tiberio: “abandonó el traje romano y adoptó el palio y las crepidae griegas.” A Escipión el Africano se le criticó por vestirse con el manto griego (pallium) y calzar crepidae.

“… se discutía también el estilo de vida del propio general, impropio no ya de un romano sino incluso de un militar: que se pasease por el gimnasio con manto y sandalias griegas, que se dedicase a la lectura y los ejercicios atléticos, que todo su séquito disfrutase de los placeres siracusanos con igual abandono y molicie…” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIX, 19, 12-13)

Crepidae, Museo de Estambul, Turquía. Foto Samuel López

Se hacían para ambos pies indiferentemente y las llevaban tantos los hombres como las mujeres.

“La planta de su pie calza una sandalia de una sola pieza, pero la parte superior se acaba en la parte inferior de los dedos, desde donde el pulgar, después de anudada la base, envía en ambas direcciones a dos presillas en el empeine, sendas cintas que sujetan la crépida y, entrelazando sus cabos, tejen una sinuosa cadena en tomo a las piernas.” (Sidonio Apolinar, Panegírico de Antemio)

Crépida, Villa de los Quintilios, Roma. Foto de Samuel López

Las trochades son similares a las crepidae y encima del empeine llevan una lengüeta de doble capa, además de amplias tiras de cuero que cubren lateralmente el pie y el y talón y dejan los dedos descubiertos. Tienen su origen en el mundo griego, pero los romanos añadieron recubrimiento para el pie y diseños más complejos. La doble lengüeta también es una innovación romana. La tela lateral tiene unas aberturas horizontales por la parte superior por los que se introducen los lazos para cruzarlos tres veces antes de meterlos por los agujeros del tobillo. Después se atan con una lazada por arriba.

Trochades. Izda. Estatua de Adriano, Museo de Estambul, Turquía. Drcha. Estatua de Marcelo, Museos Capitolinos, Roma, foto de Samuel López

Las sculponae eran sandalias cuya técnica de fabricación era sencilla: una suela de madera que presentaba un tacón y una banda en relieve a nivel de planta del pie, sobre la que se clavaba una cincha de cuero. Los tacones podían ser rectangulares o triangulares. La alta suela de madera protegía el pie de la humedad, por lo que solían llevarse en las termas, ya que no se desgastaba tan rápidamente como la de cuero. También los campesinos las empleaban en sus desplazamientos por terrenos embarrados.

“Mientras, lleno de actividad, trabajo el agro en la campiña, veo un Triptolemo con sculponeae seguir una yunta con dos bestias cornudas.” (Varrón, Saturae Menipaeae)




La gallica era un zapato copiado de los galos, hecho de piel basta con una suela gruesa de madera, que, a partir del siglo II a. C., se llevaba en el campo, especialmente en clima lluvioso. Siglos después vemos que la gallica queda como el calzado de los pastores, los campesinos, los viajeros y los correos; y, como el báculo, es uno de los atributos ordinarios de los primeros monjes, un indicio de su vida sencilla y rústica. Sin embargo, se había relajado mucho de la severidad de los primeros tiempos, y poco a poco era habitual ver a los ciudadanos romanos llevar la gallica en lugar del calceus, aunque Cicerón critica que Marco Antonio las llevase en público.

“De cuantas maldades pueden cometerse, no oí ni vi ninguna más deshonrosa que la de que, siendo tú, general de la caballería, recorrieses con galochas y túnica gala las colonias y los municipios de esa misma Galia…” (Cicerón, Filípicas, II, 76)

Par de sandalias de tipo ¿gallica? Detalle de estatuilla de actor,
Museo Metropolitan, Nueva York

Entraba dentro de la categoría de las sandalias, y consecuentemente, dejaba al descubierto, como mínimo en gran parte, la parte superior del pie; se fijaba con cordones o con correas de cuero delgadas y redondas. La semejanza entre estos dos calzados era tal que las mismas dos palabras se consideraban como sinónimos y se usaban indistintamente la una por la otra.

La baxa era una sandalia hecha de fibras vegetales, hojas o cortezas. Los egipcios las hacían de hoja de palma y papiro. 

“Sus divinos pies llevaban como calzado unas sandalias confeccionadas con hojas de palmera, el árbol de la victoria.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 4)

Sandalias de palma, Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

 Era un calzado ligero, tosco, económico, propio de los pobres y campesinos. Los filósofos la llevaban en tiempos de Tertuliano y Apuleyo, probablemente por simplicidad y economía.

“Si un filósofo se viste de púrpura, ¿por qué no en sandalias de fibras (baxae) también? Para un tirio calzarse en algo que no sea de oro, no está de ningún modo en consonancia con el estilo griego.” (Tertuliano, De Palio, 4)


Aunque los romanos no usaban habitualmente calcetines ni medias, las gentes humildes seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana, especialmente en territorios de clima adverso.

“No las ha formado la lana, sino la barba de un macho mal oliente: la planta de tus pies podrá cobijarse en un seno del Cínife.” (Marcial, Epigramas, XIV, 140 Udones cilicii)

Calcetín infantil. Egipto. Museo Británico, Londres

El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei). Los griegos utilizaban más las sandalias y las botas. Parecido a un moderno mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero que se enrollaban alrededor del tobillo y la pierna y se ataba con uno o dos nudos al frente.

Calcei romanos, Museo de Afrodisias, Turquía, foto de Samuel López

Los calcei eran un calzado no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que salía al exterior, mientras que las sandalias se llevaban en casa con la túnica; en cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.

“Siempre tenía preparados en el dormitorio el traje de calle (vestis forensia) y los zapatos (calcei) para casos imprevistos e inesperados.” (Suetonio, Augusto)

Se hacían modelos según el nivel social, y se distinguían por el material empleado, el trabajo artesano, el color y su coste.

Calcei patricii, estatua de Tiberio, Herculano, Museo Arqueológico de Nápoles.
Foto de Ilya Shurygin

Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color.

Las personas que tenían derecho a llevar el calceus patricius eran los nacidos patricios y los plebeyos que hubiesen ganado un cargo curul, como premio por sus logros o para celebrar un triunfo. Este calzado estaba formado por un doble par de correas de cuero que, insertándose en la suela, se cruzaban en el empeine subían entre lazadas hasta la media pierna, donde remataban en dos nudos de los que colgaban los extremos. 

Calcei patricii, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

Algunos llevan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula (lunita); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo. 

La recuperación de esta insignia arcaica y casi legendaria del viejo patriciado no fue, tal vez, en un primer momento un asunto de orgullo personal, sino más bien una moda generalmente impuesta por la etiqueta oficial.

“Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo leerás.” (Marcial, Epigramas, II, 29)

El calceus senatorius era similar pero solo hacía una lazada con un nudo.

Calceus senatorius

El calceus equester era utilizado por los miembros de la clase de los caballeros (equites) y se diferenciaba de los anteriores porque la lazada se ocultaba con una pieza que sobresalía del calzado y se plegaba sobre el mismo.

Calceus equester, Museo de Perigord, Perigueux, Francia. Foto de Samuel López

El calceus se trataba con alumbre para suavizar la piel. Marcial critica a un cónsul por preocuparse más de su calzado que de su vestimenta.

“Llevando tú una toga más sucia que el estiércol y, en cambio, llevando tú un calzado más blanco, Cinna, que la nieve recién caída, ¿por qué, inepto, tapas completamente tus pies dejando caer el manto? Recógete, Cinna, la toga: mira, se te echa a perder el calzado.” (Marcial, Epigramas, VII, 33)

Se distinguían por su color rojo, los llamados mullei, por su parecido a las escamas del salmonete, y eran particularmente admirados. 

Zapatos decorados. Museo Bizantino, Atenas, Grecia

Pudo existir cierta confusión sobre el rojo como color del calceus patricio o senatorial por el hecho de que la mayoría de los senadores eran originalmente patricios con derecho a llevar botas rojas. Cuando muchos caballeros (equites que llevaban calceus negro) fueron hechos senadores, los patricios conservarían el color rojo como símbolo de distinción ante los nuevos senadores, considerados de rango inferior, que debían llevarlo de color negro.

“Usaba para mostrar a todos los hombres su soberbia, con ropa desatada y el calzado que usaría más tarde, a veces alto y de color rojo, después al estilo de los reyes que habían reinado en Alba, como había pedido que se hiciera Julo.” (Dión Casio, Historia de Roma, XLIII, 43, 2)

Es posible que en ciertas ocasiones se utilizara el color púrpura, como en ceremonias triunfales y el emperador podría haber recompensado los servicios de alguna persona concediéndole el privilegio de llevarlo.

Detalle de los tetrarcas en pórfido rojo. Plaza de San Marcos,  Venecia

También en ciertos actos sociales se llevaban los calcei, como en banquetes, aunque era más común llevar las sandalias.

¡Piensa cuántos hay que, cuando es introducido en el comedor un lector, un tañedor de lira o un cómico, piden que les traigan sus calceos o permanecen reclinados con un fastidio…! (Plinio, Epístolas, IX, 17)


Los calcei repandi son zapatos apuntados curvados hacia arriba en la parte que cubría los dedos, y que llevaban los etruscos en el siglo VI a. C.  

“Y bien, por tanto, ¿estimas que Apis, aquel buey sagrado de los egipcios, les parece a ellos un dios, o no? Tanto, por Hércules, como a ti aquella Sóspita vuestra, a la que tú nunca ves -ni siquiera en sueños- salvo con su piel de cabra, su lanza, su escudito y sus zapatitos en curva.” (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, I, 82)

Estatua de Juno Sospita, Museos Vaticanos


El calceus parece siempre designar un modelo de calidad que se opone a los calzados de cueros bastos y los calceoli eran zapatos como media bota, para mujer.



La carbatina era un zapato hecho de un solo trozo de cuero del que se recortaban a la vez la suela y las tiras que la sujetaban envolviendo la parte superior del pie. Un cordón se enlazaba por los agujeros juntando los bordes. La carbatina protegía el talón y los dedos con tiras que se sujetaban en torno al tobillo. No tenía suela, pero en caso de añadir clavos, se le podía introducir una suela interior para proteger al pie de los clavos.

Detalle de estatua, Museos Capitolinos, Roma

Se podía hacer de cuero fresco de manera que el mayor o menor grado de humedad afectaba al material del que estaban hechas. En Germania y Britania la carbatina parece haber sido un popular tipo de zapato permitiendo gran variedad decorativa con la lazada. Se hacían para los niños, pues se podía ajustar según el crecimiento del pie.

El soccus o socculus era un zapato bajo, que se ajustaba al pie, y no se abrochaba con nudos y lo llevaban tanto los hombres como las mujeres en público, no en casa.

“Menedemo. — Al informarme de sus confidentes, vuelvo a casa triste, con el ánimo casi perturbado y perplejo ante el disgusto. Me siento; acuden mis esclavos, me quitan los zapatos (socci).” (Terencio, Heautontimorumenos, I, 1, v. 122)

Zapatos de Egipto. Museo Metropolitan, Nueva York

El soccus era un calzado no tan formal como el calceus y se llevaba en situaciones que no requerían tanta etiqueta social. Así, por ejemplo, Cicerón cuenta que P. Rutilius Rufus, un cargo consular, calzaba socci con un manto (pallium) durante su exilio en Grecia (92 a.C.) para demostrar que ahora gozaba de una vida privada.

“Ese famoso P. Rutilius, que era un ejemplo de virtud, sabiduría y prudencia para nuestra gente, llevaba socci y pallium cuando era consular, y nadie pensó en reprochárselo, pues todos lo atribuían a la situación.” (Cicerón, En defensa de Rabirio, 27)

Para especificar si eran femeninos se añadía el adjetivo muliebris (soccus muliebris), y solían ser de un material más delicado o de distintos colores.  Suetonio menciona el hecho de que Calígula utilizaba distintos tipos de calzado, entre ellos los socci de mujer: 

“Por calzado usaba unas veces sandalias (crepidae) o coturno, y otras, caligas militares; algunas veces zueco de mujer.” (Calígula, 52)



Los de los hombres también se adornaban según el gusto del que lo llevaba. Calígula los adornaba con oro y piedras preciosas. C

"Caligula dio la vida a Pompeyo Peno, si darla es no quitarla. Al darle las gracias el absueltö, el emperador le alargó el pie izquierdo para que se lo besara. Los que excusan este acto y niegan que lo hiciera por insolencia, dicen que le quiso enseñar el zueco dorado, o mejor de oro bordado de perlas." (Séneca, De los Beneficios, II, 12) d

El soccus lo llevaban los actores cómicos en contraposición al cothurnus que llevaban los actores trágicos:

“Si, pertrechado de la sirma y el coturno, hubiera entrado
una vez en el teatro de Atenas, Sófocles y Eurípides le
hubieran cedido el puesto o si hubiera querido como comediante
hacer resonar el estrado con el zueco (soccus), tú, Menandro,
le habrías dado la palma levantando el dedo.”
(Sidonio, Poemas, A Consencio 125)

Actor, Myrina. Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia.
Foto de Marie Lan Nguyen

El coturno (cothurnus) era una especie de bota cuya distinción especial era su altura; llegaba hasta por encima de la mitad de la pierna, para rodear la pantorrilla, y a veces alcanzaba hasta las rodillas. La llevaban principalmente los jinetes, cazadores y personas con cierto rango y autoridad. Las esculturas antiguas muestran que se adornaba con gusto y artísticamente.

Detalle de estatua, Diana/Artemisa. Villa Getty, Malibú, EEUU


Su suela tenía un grosor normal, pero a veces se incrementaba añadiendo capas de corcho, con lo que aumentaba la altura de mujeres que querían parecer más altas:

“Ya me dirás tú si le han caído en suerte pocos centímetros de estatura y parece más chica que una muchacha pigmea, a no ser que se ayude de zapatos de tacones, y se levanta ligera sobre la punta de los píes para que la besen” (Horacio, Sátiras, VI) y de actores de la tragedia ateniense que deseaban magnificar su apariencia: “… que no tenía ocasión para llevar la máscara, o los coturnos trágicos” (Horacio, Sátiras, I)

Actor de drama. Petit Palais, París,
 foto de Bibi Saint Pol

Los campesinos tenían un zapato o bota de cuero de color natural, que parece originalmente haberse llamado pero. Virgilio se refiere a él como el zapato rústico de los rudos hombres que vinieron a luchar con Eneas con un pie descalzo y el otro calzado en piel sin curtir.

Estatua de Antinoo, Museo del Louvre, París. Foto de Carole Raddato

Juvenal dice que los montañeses cuentan a sus hijos que un hombre auténtico no desdeña llevar “botas hasta la rodilla” cuando hace frío:

 “No querrá ser responsable de nada prohibido quien no tiene reparos en calzarse altas botas en medio de los hielos” (Sátira, 14).



Es difícil saber cómo eran realmente, dado que parece haber muchas formas del pero, representado por escultores y pintores. Durante la República el pero se reforzó con suela y se extendió su uso entre todos los ciudadanos.

Su uso puede proceder del tipo de bota griega conocida como endromis, característica de cazadores, guerreros y divinidades, que a su vez era propia de otros pueblos, como los tracios. 

Detalle de la figura de Paris, Crátera del Museo del Louvre

Un modelo mucho más elaborado, similar al campagus romano, pero con todo el pie cubierto se puede ver en las representaciones de altos cargos militares o dioses. 

Museo Arqueológico Nacional, Nápoles, foto Ilya Shurygin

Las caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati. Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei, todos los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos.


Cortada de una sola pieza de cuero, la parte de arriba consistía en un entramado de cuero calado o estrechas tiras de cuero entrelazadas, que cubrían el empeine y el tobillo, pero dejando los dedos al aire; se cosía por atrás y se hacía una lazada por encima o alrededor del tobillo.

Caligas militares, Museos Capitolinos, foto Carole Raddato

A menudo eran empleadas con calcetines, prenda que aseguraba una adecuada protección térmica, habiéndose señalado, no obstante, que el uso con los pies descalzos, favorecía su ventilación durante las largas marchas legionarias.

Para proporcionar a este tipo de calzado una mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre, llamadas clavi caligarii.



Su número y distribución tenían que ver en primer lugar con la técnica del zapatero y con el tipo de piel empleado. La cantidad, en principio dependía del tamaño de la cabeza de las tachuelas, pero también dependía del dibujo de los clavos que se diseñaba para distribuir apoyo donde se necesitaba, y una suela interior protegía al portador del roce de los clavos. De gran agarre, les permitían marchar en extenuantes jornadas. Experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha. Con ellas a la vez que se protegía la suela de cuero del desgaste, se mejoraba el agarre al terreno, siempre que no fuese una superficie muy lisa, en la que el calzado resbalaba. Esto fue lo que le pasó a un centurión llamado Juliano, en el sitio de Jerusalén, que patinó sobre el suelo pulido del templo y cayó con gran estrépito, siendo rematado allí mismo por sus enemigos.

“Sin embargo, fue perseguido por el destino, del que al no ser nada más que un mortal, no pudo escapar; porque como llevaba caligas llenas de gruesos y afilados clavos como los demás soldados, cuando corrió por el pavimento del templo, resbaló y cayó de espaldas con gran estruendo causado por su equipamiento.” (Flavio Josefo, Guerra de los Judíos, VI, 1, 8)

Estela funeraria de Lucio Sertorio Firmo

Las caligae eran pieza fundamental del equipamiento de los legionarios romanos que les permitía mantenerse firmes en las tremendas batallas sobre terrenos resbaladizos de sangre y vísceras, e incluso se usaban como armas: las suelas claveteadas posibilitaban pisotear hasta la muerte a los enemigos caídos y pegar peligrosísimas patadas que dejaban marcas de por vida. Por esta misma razón, llevar este tipo de botas por la ciudad podía dar lugar a incidentes desagradables.

“Mis pies se hunden en el lodo, de pronto enormes zapatos me pisan por todas partes y la tachuela de un soldado se me clava en un dedo.” (Juvenal, Satira, 3, 239-248)

Caliga romana, Grand Palais, París

Un ejército de soldados marchando con tales zapatos claveteados hacía un ruido atronador que podía amedrentar al enemigo. Suetonio, por su parte, explica que la guardia pretoriana de los emperadores utilizó una modalidad de bota sin clavos en la suela, las caligae speculatores, mucho más cómodas y silenciosas.

Caliga romana, Museo de Mainz, Alemania

Los soldados recibían regularmente, como parte de su equipamiento, un cierto número de tachuelas para sus caligae. Tácito incluso nos habla de un donativo, el clavarium, que se daba a las tropas en campaña, cuyo nombre debe de derivar en origen de la necesidad de reponer las tachuelas que se perdían durante las incesantes marchas:

"Hallándose éstos (los generales) en una región gastada por la guerra y la carestía, les aterraban las voces sediciosas de los soldados, que exigían el clavarium (éste es el nombre de un donativo), sin haber hecho provisión de trigo ni de dinero, estorbándoles la impaciencia y la codicia de los que saqueaban lo que podrían haber recibido." (Tácito, Historiae, 3, 50)

Caliga también designa el servicio en el ejército como soldado. Así, de Mario se dijo que había llegado al consulado a caliga, es decir, habiendo sido en sus inicios soldado raso. Otro ejemplo es el de Publio Ventidio que, aunque llegó a ser cónsul y a celebrar un triunfo, «según Cicerón fue mulero de los panaderos castrenses y según la mayoría de los escritores pasó su juventud en la mayor pobreza y calzó las cáligas militares».

Estatua de Marco Aurelio, Museo de Estambul, Turquía. Foto de Samuel López

El emperador Calígula recibió ese apodo porque, cuando era un niño, su padre Germánico le vestía de soldadito para complacer a la tropa:

"…el niño, nacido en el ejército, criado entre las legiones, a quien llamaban Calígula (botitas) con vocablo militar, a causa de que muchas veces, por ganarse las simpatías del pueblo, le ponían ese calzado." (Tacito, Annales, 1, 41)

Detalle de la columna de Trajano, Roma

En la colección de cien adivinanzas del siglo IV o V d.C., Symphosii Scholastici Ænigmata, de las que se empleaban para hacer regalos divertidos en las Saturnalia, en donde el obsequio envuelto iba acompañado por un acertijo, hay una sobre el clavo de la caliga.

"Tachuela de cáliga (Clavus caligaris)

Marcho cabeza abajo, porque voy colgado de un solo pie;
con mi coronilla toco el suelo, dejo la huella de mi testa;
pero muchos camaradas pasan los mismos sufrimientos."



Clemente de Alejandría apunta que el calzado provisto de clavi caligarii se utilizaba para hacer viajes a pie:

"A las mujeres se les puede permitir llevar un zapato blanco, excepto cuando vayan de viaje, que debe usarse un zapato engrasado. Cuando vayan de viaje, necesitan zapatos claveteados."  (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 12)

Vindolanda, Reino Unido

Es probable que también la población civil: agricultores, carreteros, muleros, mineros etc. usaran, si no las propias cáligas militares, sí un calzado cuya suela estuviera equipada con clavos, en función de las actividades que fuesen a desempeñar.

“Acudiré con mis caligas a esos fríos campos para oír tus Sátiras, si ellos de mí no se avergüenzan.” (Juvenal, Sátiras, III)

Caligas. Diosa Artemisa. Museo Metropolitan, Nueva York

Un esclavo capadocio de Trimalción, Massa, divierte a la audiencia imitando la vida de un mulero, y es recompensado con unas caligas. Los que desempeñaban los trabajos más humildes, sobre todo, en el campo solían ir descalzos.

“Poniéndose un capote y con un látigo en la mano, parodió la vida del mulero, hasta que Habinas lo llamó a su lado, le dio un beso y lo invitó a beber diciéndole: «Has estado como nunca, Massa; te regalo unas cáligas." (Petronio, Satyricon, 69, 4)



El campagus era un tipo de calzado utilizado por los patricios que iba sujeto en el talón y entre los dedos, pero dejaba los dedos al descubierto. En el empeine se insertaban dos correas de cuero que se cruzaban y ajustaban a media pierna mediante una lazada. Varías piezas se ensamblaban de forma esmerada y podría envolver al pie más confortablemente. Las correas del campagus podían formar una red que se adornaba con pedrería.

“Usaba un tahalí con brillantes y se ataba con correas, adornadas de gemas, unos zapatos a los que llamaba reticulados (campagus reticulatus)” (Historia Augusta, Galieno, 16)

Museos Capitolinos, Roma. Foto de Samuel López

En el Edicto de Precios de Diocleciano se menciona un zapato militar, el campagus (campagi militares) que costaba 75 denarios.

El emperador y los oficiales de alto rango también llevaban el campagus, una bota elegante con los dedos descubiertos, con la lazada en la parte anterior. Con frecuencia, la parte superior se decoraba con la cabeza o garras de un animal pequeño, bien de un animal real o modelada en oro o marfil. El campagus del emperador se teñía de púrpura y se adornaba con oro y joyas.

Museos Vaticanos, foto de Samuel López



Esta entrada sustituye y actualiza la entrada anterior Calceus, andar cómodamente y con estilo en la antigua Roma del año 2015







Bibliografía:

https://es.scribd.com/doc/141930088/Trabajo-Calceus El calzado y la representación del status en la sociedad romana. Joan Ribes Gallén
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/que-calzaban-los-romanos-de-la-bota-a-la-sandalia_6230/4
http://www.academia.edu/3727374/LOS_CLAVI_CALIGARII_O_TACHUELAS_DE_CÁLIGA. ELEMENTOS_IDENTIFICADORES_DE_LAS_CALZADAS_ROMANAS.   Los clavi caligarii o tachuelas de cáliga. Elementos identificadores de las calzadas romanas. Jesús Rodríguez Morales, José Luis Fernández Montoro, Jesús Sánchez Sánchez, Luis Benítez de Lugo Enrich.
 The Mode in Footwear: A Historical Survey with 53 Plates, R. Turner Wilcox
The World of Roman Costume, editado por Judith Lynn Sebesta y Larissa Bonfante
Roman Women´s dress, Jan Radicke
Vindolanda and the Dating of Roman Footwear, Carol van Driel-MurraySource