jueves, 27 de julio de 2023

Flumen, los ríos en la antigua Roma

Fresco con el río Sarno y dos ninfas. Casa de las Vestales, Roma.
Museo del Louvre, Foto Carole Raddato


“Las fuentes de los grandes ríos las veneramos. A la súbita aparición de un inmenso caudal de las entrañas de la tierra se le dedican altares; se veneran los manantiales de aguas termales, y a ciertos estanques la obscuridad o inmensa profundidad de sus aguas los hizo sagrados.” (Séneca, Epístolas, 41, 3)

Entre los romanos el río (flumen) era fundamental para la economía, especialmente, la agricultura y ganadería. Además de proporcionar alimento (pesca) y surtir a a la industria y comercio con metales preciosos, servía como medio de transporte para personas y mercancías. Es por su utilidad y beneficio para el ser humano por lo que los ríos fueron divinizados en la antigüedad.

Dios-río Ana (Guadiana), Museo Nacional Romano, Mérida. Foto Samuel López

Fuentes, ríos y lagos recibieron culto en las antiguas civilizaciones porque sus aguas se consideraban sagradas. Debido a su dependencia del agua, los hombres otorgaron a sus manantiales y a sus cursos de agua un cierto grado de personificación hasta convertirlos en deidades proveedoras de fertilidad y prosperidad o causantes de perjuicio y destrucción. Los hombres veneraban las fuentes de agua por su fuerza y relevancia en la naturaleza y las consideraban además un medio para acceder al otro mundo, por lo que les hacían ofrendas y sacrificios.

“Los frigios que habitan en la región de Celenas honran a dos ríos, el Marsias y el Meandro. Yo he visto los ríos: manan de una sola fuente, la cual, tras avanzar monte abajo, desaparece a espaldas de la ciudad para reaparecer de nuevo al otro lado de ésta, dividiendo entre los ríos tanto el agua como los nombres. Uno, el Meandro, fluye por Lidia, mientras que el otro se agota allí mismo, en las llanuras. A los ríos ofrecen sacrificios los frigios -unos a los dos, otros al Meandro y otros al Marsias- arrojando los huesos de los muslos en las fuentes y pronunciando el nombre del río al que hayan tributado la ofrenda; de allí son arrastrados hacia el monte y se sumergen con las aguas, y no cabe que las ofrendas del Meandro vayan a parar al Marsias ni al Meandro las del Marsias; si es para ambos, dividen en dos el regalo.” (Máximo de Tiro, Disertaciones Filosóficas, II, 8)

Antioquía sobre el río Orontes, Siria. Ilustración Jean-Claude Golvin

Las ninfas se consideraban en el mundo griego como la personificación de las fuerzas naturales del crecimiento y la fecundidad del reino animal y vegetal. Sus santuarios se asociaban a fuentes de cristalinas aguas, a la vegetación más exuberante, y a los ambientes que resultaran más placenteros para los sentidos. 

Las náyades eran ninfas de agua dulce, dotadas de gran longevidad, pero mortales. La esencia de una náyade estaba vinculada a su masa de agua, de forma que, si ésta se secaba, ella moría. Todas las fuentes y manantiales célebres tenían su náyade o su grupo de náyades, llamadas habitualmente Creneas, normalmente consideradas hermanas, hijas del dios-rio de la región en la que habitaban, y con su leyenda propia.

“El espectáculo de esos lugares no sólo alegra a los hombres: no me cuesta creer que los Sátiros montaraces y las Náyades de ojos verdes, acuden aquí, a estas apartadas orillas, cuando la alegre audacia incita a los Panes de patas de cabra y saltan por los vados y asustan a sus miedosas hermanas en el río, golpeando el agua con movimientos desordenados. Además, con frecuencia, la fluvial Panope, que ha robado de la ladera de las colinas unas uvas, huye entre sus amigas, las Oréades, de los lascivos Faunos, divinidades campestres. Y se dice que, cuando el ardiente Sol se detiene en el centro de la bóveda celeste, los Sátiros y sus cristalinas hermanas celebran en las aguas comunes bailes fraternales, al tiempo que la calina ardorosa ha ofrecido unas horas de reposo, que no propician el encuentro de la gente: entonces, jugando entre burlas a lo largo de sus aguas, las Ninfas sumergen a los Sátiros en los vados y escapan a las manos de esos nadadores inexpertos que buscan, con engaño, sus escurridizos miembros y abrazan en vez de cuerpos las líquidas aguas.” (Ausonio, Mosela, 5)

Mosaico de Hilas y las ninfas, villa romana de Carranque, Toledo. Foto Samuel López

Las ninfas romanas surgieron por la asimilación de las ninfas griegas con todas las divinidades indígenas de la naturaleza y se asociaron con todas las deidades relacionadas con la vegetación, como Hércules, o asociadas a la agricultura, como Tellus, Ceres, o Flora.

“Perdonad, ninfas, que el chapoteo de las pezuñas haya ensuciado las aguas. Tú, diosa, propicia en nuestro nombre las fuentes y los dioses de las fuentes, propicia los dioses desperdigados por todo el bosque.” (Ovidio, Fastos, IV, 758)

Mosaico con ninfa del río Éufrates. Zeugma, Museo de Gaziantep, Turquía

Todos los cursos de agua eran susceptibles de originar prodigios ya fueran favorables o adversos para los que los observaban. Un prodigio considerado favorable podía dar lugar a la fundación de una ciudad.

La fundación de Marcianópolis en Bulgaria por Trajano tiene su origen en un prodigio ocurrido junto al río sobre el que se asienta la ciudad.

“Y puesto que hemos mencionado Marcianópolis, nos parece conveniente ofrecer algunos breves detalles de su situación. Según parece, esta ciudad la mandó construir el emperador Trajano, porque cuando su hermana Marcia, que era entonces una niña, se bañaba en un río de aguas muy cristalinas y de exquisito sabor que se llama Pótamo y que nace en el centro de la ciudad, queriendo sacar agua de este río, se dejó caer por casualidad un recipiente de oro que llevaba. Éste se hundió, impulsado por el peso del metal, en el fondo del río, pero surgió de nuevo de las profundidades mucho tiempo después. No era ciertamente nada habitual que un recipiente vacío se sumergiera así y menos que una vez hundido en las aguas emergiera de nuevo expulsado por la corriente. Así que cuando Trajano se enteró de lo sucedido, notablemente impresionado y creyendo que todo era obra de alguna divinidad que habitaba en esta fuente, llamó a la ciudad que había fundado Marcianópolis, por el nombre de su hermana.” (Jordanes, Historia de los godos, 93)

El Ródano a su paso por Arlés, Francia. Ilustración Jean-Claude Golvin

En la antigüedad las fuentes de agua, y, por tanto, los ríos, servían como oráculos para muchas civilizaciones, basándose en la claridad del agua, las corrientes o las crecidas. Así, por ejemplo, las mujeres germanas hacían predicciones observando los remolinos de las aguas de los ríos.

“Hubo ya en esta marcha una cosa que debilitó y quebrantó la osadía de Ariovisto: porque ir los romanos en busca de los germanos, que estaban en la inteligencia de que si ellos se presentasen ni siquiera aguardarían aquellos por lo inesperado, le hizo admirar la resolución de César, y vio a su ejército sobresaltado. Todavía los descontentaron más los vaticinios de sus mujeres, las cuales, mirando a los remolinos de los ríos, y formando conjeturas por las vueltas y ruido de los arroyos, predecían lo futuro; y éstas no los dejaban que dieran la batalla hasta que apareciera la Luna nueva.” (Plutarco, César, 19)

Sacerdotisas de la Galia. Mary Evans Picture Gallery

La transparencia y pureza de las aguas eran también motivo para considerar las aguas de los ríos sagradas.

¿Has visto alguna vez la fuente del Clitumno? Si no las has visto aún (y pienso que aún no, de otro modo me lo hubieses comentado), hazlo; yo las he visto hace muy poco, y lamento profundamente la tardanza.
Se levanta una pequeña colina, cubierta con un umbroso bosque de viejos cipreses. Al pie de ésta, brota una fuente que se expande en diversos brazos de diferente tamaño, y una vez superado el remolino que forma, se abre en un amplio estanque, tan transparente y cristalino, que podrías contar las monedas que han sido arrojadas y los cantos rodados que brillan en el fondo.
(Plinio, Epístolas, VIII, 7)

Fuentes del río Clitunno, Italia. Foto de Aracuano

En su forma humana los dioses-río en época romana se representan generalmente en posición recostada (o en sus variantes apoyada o sentada), ataviados con un manto que les cubre la cadera y las piernas dejando el torso al descubierto, y coronados normalmente con hojas lacustres y cañas. A su vez, estos pueden portar como atributos una cornucopia -símbolo de la abundancia-, o bien una rama de junco o un remo, alusión a su posible navegabilidad. Finalmente, suelen apoyar un brazo en un cántaro del que mana agua, reflejo de su caudal.

“El mismo padre Tíber se estremeció de espanto en sus rojizas ondas, y levantó en medio, de la corriente su cabeza que anublaba el dolor. Con vigorosa mano descubre el cerúleo rostro, recogiendo sus cabellos entrelazados de musgos, cañas y ramas de sauce, y desata tal torrente de lágrimas por sus ojos, que apenas el profundo cauce del río pudo contener las aguas que rebasaban las riberas…” (Consolación a Livia)

Mosaico con el río Éufrates, Zeugma. Museo de Gaziantep, Turquía

En la literatura clásica se reflejaba el enfrentamiento entre el hombre y el río convertido en un dios, que encolerizado, era capaz de influir en el proceso y resultado de una batalla. Silio Itálico en su obra sobre las guerras púnicas, muestra al cónsul Escipión encarado con el río Trebia por su disposición a ayudar a los cartagineses y amenazando al dios-río con variar su cauce en castigo por su ayuda al enemigo. El propio río Trebia responde acusando al romano de profanar sus aguas con la sangre de los muertos.

“El Trebia se desbordó y desde sus profundidades se elevó, proyectando con ímpetu las aguas de su cauce y liberando toda su fuerza. Las olas se enfurecieron en forma de sonoros torbellinos seguidos de un estrepitoso torrente nunca visto. Tan pronto como el jefe (Escipión) lo ve, su cólera se acrecienta con mayor violencia aún: «Un gran castigo -dice- has de sufrir, pérfido Trebia, y yo te lo haré pagar. Destrozaré tu corriente desperdigándola en pequeñas acequias por los campos galos; te arrebataré tu condición de río. Atajaré la fuente de la que naces, y no permitiré que toques tus márgenes ni que desemboques en el Po. Pero ¿qué locura es ésta, infeliz, que te ha convertido de repente en un río sidonio?».
Mientras esto decía, se elevó una masa de agua que lo empujó golpeándole los hombros con sus arqueadas olas. El jefe, erguido, plantó su descomunal corpulencia frente a las aguas que se le venían encima y, con su escudo, detuvo la acometida del río. Por detrás, sin embargo, la estridente tempestad de espumoso oleaje le salpicó mojando lo alto de su penacho. El río, retirando su fondo, le impidió vadearlo y clavar pie firme. De lejos se oyó el ronco sonido de las rocas golpeadas por la corriente. Las olas levantadas se unieron al combate de su padre, el río perdió sus orillas. En ese instante alzó su cabeza de mojadas crines coronadas de glaucas hojas y dijo: «¿Es que encima me amenazas con castigarme y destruir el buen nombre del Trebia, arrogante enemigo de mis dominios? ¡Cuántos cuerpos llevo, abatidos por tu propia mano! Los escudos y los cascos de los guerreros que has sacrificado han estrechado mi cauce y han hecho que pierda mi curso. Mis aguas, tú lo ves, están enrojecidas hasta el fondo con tantos muertos y retroceden. Modera tu brazo o dirígete a las llanuras próximas».”
(Silio Itálico, Púnica, IV, 640)

Ilustración Angus McBride

La simple construcción de un puente era considerada en el mundo antiguo clásico como un sacrilegio contra la sacralidad de las aguas. En Roma también la construcción de un puente sobre el río se consideró siempre una grave falta religiosa contra la divinidad fluvial. Un puente de madera que se sustentaba sobre pilares implicaba clavar estacas en el lecho del rio y afirmar el puente en ambas orillas, lo que significaba abrir una profunda herida en su cauce que lo exponía al contacto con el mundo subterráneo, y suponía una ofensa a la sacralidad de las aguas.

“Los guerreros se lanzan animosos a un río que difícilmente tolera los puentes. Algunos protegen sus armas colocándolas en lo alto de su cabeza y su nuca, otros intentan luchar contra la corriente con sus poderosos brazos. Los caballos, atados, pasaron el río en balsas, y el temor de las bestias libias no demoró el cruce del río: determinaron cubrir- el agua con maderos atados sobre los que echaron una capa de tierra para luego conducir a los elefantes hasta la mitad del río, soltando poco a poco las cuerdas situadas en el dique de la orilla. Pero el Ródano, sobresaltado ante la irrupción entre bramidos de la manada y temiendo su imponente volumen, lanzó gritos amenazadores removiendo sus aguas desde las arenosas profundidades.” (Silio Itálico, Púnica, IV, 455)

Arco del Ródano, Arlés, Francia. Ilustración Jean-Claude Golvin

Sin embargo, los gobernantes y los militares emprendieron la tarea de construir puentes como medio para avanzar en sus conquistas o mejorar las comunicaciones. Julio César, por ejemplo, prefirió cruzar los ríos mediante puentes de barca o puentes de obra, pues tanto unos como otros se levantaban con frecuencia según las necesidades del ejército. En general, todos los dirigentes buscaban ante todo la seguridad de sus tropas y que corrieran los menores riesgos posibles, por lo que favorecían el paso de los ríos mediante puentes, especialmente si la corriente era violenta, evitando que se hiciera a pie, a caballo o en pequeñas embarcaciones.

Con este tipo de construcciones se pretendía además destacar la dignidad del ejército y el pueblo romanos tratando de impresionar a los bárbaros y a la misma Roma. Construir un puente sobre un río de gran envergadura, como el Rin, se convertía en un objetivo con motivos políticos.

“César, por los motivos que dejo expuestos, había determinado pasar el Rin; pero atravesarlo en naves ni le parecía bastante seguro, ni lo juzgaba propio de su dignidad ni de la del pueblo romano. Así, pues, aunque la construcción de un puente ofrecía grandísima dificultad a causa de la anchura, rapidez y profundidad del río, creía, sin embargo, que debía cometer esta empresa o, de otro modo, no pasar el ejército.” (Julio César, La guerra de las Galias, IV 17, 1)

Puente de César sobre el Rin, Ilustración John Soane

Estacio provee de personalidad propia al río Volturno, el cual agradece a Domiciano que lo haya encauzado para permitir una navegación segura por sus aguas (era navegable hasta Capua) y para no seguir inundando y echando a perder las tierras de su ribera. El Volturno también agradece que se haya construido sobre él un puente de obra, por el que pasan los viandantes, y no un puente flotante de madera. El río afirma que el nombre del emperador será conocido para siempre como vencedor de sus orillas y árbitro supremo, gracias a la inscripción grabada en piedra que será visible en el puente que lo atraviesa, y que mostrará la construcción de esa obra pública como mérito del emperador.

“Amable bienhechor de mis campiñas, que, cuando discurría por valles descarriados sin saber habitar en mis orillas, me sujetaste al orden de un lecho regular, y ahora yo, antaño turbulento y peligroso, aquel que a duras penas soportaba las barreras inseguras, aguanto un puente ya y me dejo pisar de orilla a orilla; yo que solía arrebatar las tierras y hacer rodar los bosques ―me avergüenzo por ello― he comenzado a ser una corriente mansa; pero te doy las gracias y merece la pena mi esclavitud, porque es bajo tu mando y obediente a tus órdenes como he cedido; porque tu nombre se leerá por siempre como árbitro supremo y como vencedor de mis orillas.” (Estacio, Silvas, IV, 3, 71)

Puente sobre el río Charente, Saintes, Francia. Ilustración Jean-Claude Golvin

La construcción de canales para desviar cursos de agua o rebajar su caudal, derivando sus aguas para un uso no religioso, se consideraba en el mundo griego clásico como un grave acto de impiedad. Las supersticiones y creencias locales fueron comúnmente impedimentos para el desarrollo de las obras hidráulicas y la administración romana se vio a veces obligada a abandonar la construcción de canales especialmente en cursos de agua divinizados, con el fin de no enfrentarse a las poblaciones indígenas que, con el apoyo de los sacerdotes locales, seguían rindiendo culto a las divinidades acuáticas. Sin embargo, algunos emperadores romanos, desafiando los riesgos técnicos y, sobre todo, las consecuencias en el ámbito religioso, emprendieron obras para desviar los ríos, unir unos a otros o evitar los tramos más peligrosos.

En la primavera del año 98 d. C., Trajano realizó una visita de inspección en la frontera danubiana, donde a partir del 101 d. C. se produciría la primera guerra contra los dacios y mandó construir un canal para rodear las llamadas Puertas de Hierro del Danubio, según consta en una lápida de mármol, datada en el año 101 d. C., en la que puede leerse:

"El emperador César Nerva Trajano Augusto Germánico, hijo del divino Nerva, pontífice máximo, investido con la potestad tribunicia por quinta vez, padre de la patria, cónsul por cuarta vez, habiendo desviado el curso del río a causa del peligro de las cascadas, hizo segura la navegación del Danubio." (AE 1973, 475)

Ejército romano y el dios-río Danubio, Columna Trajana, Roma

El río, en este caso el Danubio, era un excelente motor de la vida económica de las provincias, y facilitaba las comunicaciones civiles y militares de la frontera. Por ello era necesario que el emperador tomase las medidas necesarias para garantizar en todo momento la navegabilidad del río.

Los romanos, como la mayor parte de los pueblos antiguos, recurrieron a los ríos para situar sus fronteras, principalmente debido a su mejor visibilidad y a que, al separar el cauce las dos orillas, ofrecían mayor neutralidad, lo que era una ventaja para reunirse entre enemigos y negociar o establecer acuerdos.

“Ante esto, Perseo dejó Dión y volvió al interior de Macedonia, animado por un soplo de esperanza al haber oído que Marcio había dicho que había aceptado la embajada por consideración a él. Se encontraron en el lugar señalado pocos días después. El rey acudió acompañado por un gran séquito compuesto por sus amigos personales y sus escoltas; los romanos comparecieron con una escolta no menos numerosa, a la que seguían muchas personas de Larisa y delegaciones de varias ciudades, que deseaban tener información fidedigna de lo que oyeran. Las gentes, naturalmente, sentían la curiosidad propia de todos los mortales por presenciar la entrevista entre un famoso monarca y los representantes del principal pueblo del mundo. Cuando se detuvieron, a la vista unos de otros, separados por el río, hubo un momento de indecisión mientras se intercambiaban mensajes sobre quiénes pasaban al otro lado. Estimaban unos que se debía cierta consideración a la majestad del rey y los otros al nombre del pueblo romano, sobre todo si se tenía en cuenta que la entrevista la había solicitado Perseo.” (Tito Livio, Historia de Roma, XLII 39, 4)

Puente sobre el Danubio. Ilustración de Radu Oltean

Para los romanos, no solo los ríos de Italia constituían límites, sino también todos los que encontraban en el transcurso de sus conquistas. Durante el imperio, los ríos de la parte occidental dejaron de establecerse como frontera, pues todo el territorio estaba ya dividido en provincias romanas, pero los situados al norte y el este de su territorio, como el Rin y el Danubio, el Tigris y el Éufrates, no solo eran grandes ríos, sino también los límites naturales de la expansión romana.

“Vitelio, al huir Artábano e inclinarse los ánimos del pueblo en favor de un nuevo rey, invita a Tiridates a hacerse cargo de la situación y conduce a lo más selecto de las legiones y de las tropas aliadas hasta la orilla del Éufrates. Cuando estaban haciendo sacrificios (el uno realizaba una suovetarilia - sacrificio de un toro, un cordero y un cerdo- a la manera romana, y el otro ofrecía un caballo para aplacar al río), los habitantes del lugar les anunciaron que el Éufrates, sin haber habido lluvias, había crecido de manera espontánea y desorbitada, al tiempo que de sus blancas espumas se habían formado círculos a modo de una diadema, como auspicio de una travesía favorable. Algunos más perspicaces lo interpretaban diciendo que los comienzos del proyecto serían favorables, pero poco duraderos, ya que, según ellos, era más segura la garantía de los prodigios que proceden de la tierra o del cielo, mientras que la naturaleza inestable de los ríos tan pronto presentaba presagios como los hacía desaparecer.” (Tácito, Anales, VI, 37)

Mosaico con el dios-río Éufrates. Colección particular

En 374, el emperador Valente fue obligado a negociar la paz con el rey de los alamanes sobre un barco en medio del río (compromiso simbólico entre dos potencias que hacían frecuentes reivindicaciones territoriales). El emperador fue convencido por su corte de que firmara un tratado de paz con Macriano, rey de los alamanes con un solemne ritual.

“Se detuvo en la orilla del Rin, con la cabeza muy erguida, mientras a su alrededor resonaba el sonido de los escudos de sus hombres. Por su parte, el Augusto subió a unas barcas del río y, rodeado también por una muchedumbre de soldados, avanzó muy seguro hasta la orilla, deslumbrante por el brillo de las insignias. Una vez que disminuyeron los gestos desmedidos y los gritos bárbaros, después de un largo intercambio de palabras, se confirma el tratado de amistad con un juramento sagrado.” (Amiano Marcelino, Historia Romana, XXX, 3, 4-5)

Encuentro de Valente y Atanarico. Ilustración Eduard Bendemann

Estos acuerdos pactados por Roma con el enemigo a orilla de los ríos requerían reconocer la neutralidad no solo del río como accidente geográfico, sino como divinidad y Roma optó mucho más frecuentemente por reconocerlos bien como enemigos, bien como aliados. No obstante, este reconocimiento de la divinidad fluvial como testigo y garante de los pactos, acuerdos o tratados –común a todos los pueblos antiguos– debió de facilitar extraordinariamente el entendimiento e incluso el acercamiento y la paz entre los pueblos, hasta el punto de negociarlos a sus orillas.

Como además de su función geográfica y política los ríos fueron considerados siempre como divinidades, los emperadores romanos se mostraron interesados públicamente por las divinidades fluviales como demuestran los arcos, columnas, monedas o panegíricos presentes por todo el imperio, que explican la dependencia que el Imperio tenía del caudal de los ríos, no solo para favorecer la riqueza agrícola o proteger la salud de los habitantes, sino para permitir el transporte de mercancías y el aprovisionamiento de las tropas. Por ejemplo, un descenso del caudal del Rin, en periodo de sequía, hacía difícil el transporte provocando el descontento de los soldados inclinados siempre a rebelarse.

“Pero muchas circunstancias adversas contribuían a revolucionar los ánimos: las pocas pagas y la escasez de alimentos, el negarse las Galias a hacer nuevas levas y cobrar nuevos tributos; el que, debido a una pertinaz sequía desconocida en aquellas latitudes, el Riin apenas podía mantener a flote las naves; la menor frecuencia de transportes de vituallas, los destacamentos dispuestos a lo largo de toda la ribera para impedir el paso a los germanos por los vados; todo lo cual tenía por resultado la menor cantidad de ración de grano y el mayor número de bocas que llenar. La escasez de agua era considerada por los ignorantes como un signo de mal agüero como si los propios ríos que antiguamente hacían de baluarte del imperio, nos hubieran abandonado. Lo que en tiempo de paz se hubiera considerado como un hecho fortuito, o se hubiera atribuido a la naturaleza, en aquellas circunstancias se veía como un triste sino, o como muestra de la ira de los dioses.” (Tácito, Historias, IV, 26, 1)

El Rin a su paso por Colonia, Alemania. Ilustración Jean-Claude Golvin

Entre los pueblos de Italia se extendió muy pronto la idea de que los ríos podían actuar como protectores y, en cierta forma, como aliados frente a los enemigos. En la historia de Roma pueden encontrarse multitud de episodios en los que los ríos parecen intervenir —y a veces de forma decisiva— en auxilio del pueblo romano.

En el 193 d.C. el ejército de Severo, después de atravesar Bitinia y Galacia, entró en Capadocia y, ocupando las posiciones, inició el asedio de la fortificación de Níger en los desfiladeros del Tauro, empresa difícil debido a lo estrecho del camino que, por un lado, estaba protegido por una elevada montaña y, por otro, por un profundo barranco, el cual servía de cauce de las aguas que fluían desde los montes. Con la fortificación, Níger había obstruido este camino por completo para evitar que el ejército de Severo pudiera pasar de ninguna manera. Cuando los soldados de Septimio Severo ya habían perdido toda esperanza porque la defensa del enemigo parecía inexpugnable y estaba bien protegida, un hecho inesperado cambió la situación de repente.

“Cuando las tropas de Severo ya estaban agotadas y sus enemigos pensaban que no tenían que preocuparse por la defensa de su posición, de noche, súbitamente, cayeron violentos aguaceros acompañados de una intensa nevada […] Un torrente caudaloso e impetuoso bajó precipitadamente y, al encontrar obstruido su cauce natural por cerrar la fortificación el paso de la enorme y violenta torrentada, la naturaleza venció a la técnica; la muralla no pudo resistir la fuerza de la corriente y, poco a poco, la acción del agua desunió sus junturas; los cimientos, por haber sido construidos con precipitación y sin demasiado cuidado, cedieron a la corriente; todo quedó al descubierto y el torrente desobstruyó el lugar y abrió el camino.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, III 3, 7)

La cascada, pintura de Edmund Marriner

Cuando las tropas que defendían la fortificación vieron esto, abandonaron su puesto y huyeron por temor a quedar cercados por los enemigos, y, aunque, el suceso podía explicarse como resultado de la providencia, los soldados de Severo bien pudieron pensar que se debía a la intervención de la divinidad fluvial.

Muchos de los ríos de territorios conquistados, como el Nilo, el Rin, el Danubio, el Tigris y el Éufrates, fueron considerados, al menos en los primeros siglos del Imperio, como enemigos de Roma dada la resistencia que sus aguas opusieron durante las operaciones militares a la incursión del ejército romano en el territorio enemigo y, en definitiva, a la ampliación de las fronteras romanas. Se trataba de enemigos, pero también de divinidades, en una idea compartida, por ejemplo, por los germanos que también creían en la naturaleza sagrada de sus ríos.

Para animar a sus soldados al combate, el jefe bátavo Civilis les recuerda que están —entre otras divinidades tutelares— bajo la protección del Rin, divinizado:

"El Rin y los dioses de Germania estaban ante sus ojos; con su ayuda debían iniciar el combate, acordándose de sus esposas, padres y de su patria." (Tácito, Historias, V, 17, 2)


Mosaico con el dios-río Tigris, Antioquía. Detroit Institute of Arts, EEUU

A esos ríos enemigos se oponían, naturalmente, los ríos nacionales. El primer enfrentamiento claro entre dos ríos, en representación de dos pueblos o dos civilizaciones, aparece en la poesía de la época de Augusto. Con motivo de la batalla de Actium que en el año 31 a.C. enfrentó a Augusto con Marco Antonio, ayudado por la flota de la reina Cleopatra, el poeta Propercio escribe:

“Sabido es que la reina del incestuoso Canopo, la más marcada a fuego en la estirpe de Filipo, se atrevió a enfrentar a nuestro Júpiter con los ladridos de Anubis, y a obligar al Tíber a soportar las amenazas del Nilo.” (Propercio, Elegías, III, 11, 39-42)

Izda. Río Nilo, Museos Vaticanos. Drcha. Río Tíber, Museo del Louvre

Marcial, el poeta de Bílbilis, menciona el paso de los carros de los guerreros germanos que atraviesan el Rin helado durante el invierno y pide el regreso a Roma de Trajano que lucha a orillas del río. También introduce la sumisión del Rin, río germano, al Tíber, río romano.

“Rin, padre de las ninfas y de todos los ríos que beben las escarchas de Odrisia, ojalá disfrutes siempre de límpidas aguas y no te machaque, hollándote, la rueda bárbara de un conductor de bueyes insolente; ojalá después de haber recuperado tus cuernos de oro, fluyas romano en una y otra orilla. El Tíber, tu dueño, te ruega que, a cambio, devuelvas a Trajano a sus pueblos y a su ciudad.” (Marcial, Epigramas, X, 7)

Río Tíber. Colección particular

La exhibición de imágenes de los ríos en el triunfo romano pudo haber comenzado hacia el siglo II a.C. al producirse la expansión de Roma por nuevos territorios durante la República, aunque se incrementaría a partir de las conquistas de Julio César. Diversas fuentes recuerdan el cuádruple triunfo del año 46 a.C. de César por las victorias que había alcanzado en la Galia, Egipto, el reino del Ponto en el Mar Negro y África.

“César entró en su patria vencedor, celebrando primero el triunfo sobre la Galia: éste incluía el Rin y el Ródano y el Océano, representado como cautivo de oro; su segundo laurel fue el egipcio: en esa ocasión desfilaba el Nilo en una litera, Arsinoe y Faro que ardía en un simulacro de sus llamas.” (Floro, Epítome, II, 13)

Río Nilo, Museos Vaticanos

Mostrando el sometimiento de los ríos al poder de Roma, sus gobernantes pretendían que los ciudadanos asistentes al desfile triunfal conocieran los límites del Imperio, además de mostrar el poder del triunfador sobre las aguas, a la hora de vadear un rio o construir un puente para cruzarlo; así como la victoria sobre las divinidades protectoras de dichos ríos, vencidas y sujetas ahora al dominio de Roma.

Ovidio alude a un imaginado, aunque previsible triunfo que obtendrá Cayo César, nieto de Augusto, tras su campaña sobre los partos en el año 1 a.C. La ocasión recomienda que sea aprovechada por los jóvenes para acercarse y mantener conversación con las muchachas. El pasaje ilustra el hecho de que las imágenes y las estatuas iban especialmente dirigidas al público asistente.

“De modo que llegará el día en que tú, el más hermoso del mundo, irás vestido de oro en un carro tirado por cuatro caballos blancos como la nieve. Irán delante de ti los reyezuelos llevando en su cuello el peso de las cadenas para que no puedan ya, como antes, ponerse a salvo con la huida. Contemplarán con alegría el desfile los jóvenes y, uniéndose a ellos, las muchachas, y ese día les ensanchará el espíritu a todos. Y si alguna de ellas pregunta el nombre de los reyes, qué lugares, qué montes o qué ríos se ofrecen a la vista, respóndele a todo; e incluso aunque no te lo pregunte, y lo que no sepas, explícaselo como si lo conocieras con todo detalle. Ése es el Éufrates con la frente adornada de cañas; aquel al que le cuelgue una azulada cabellera, será el Tigris; dirás que ésos son los armenios, que ésa es Persia, la danaea; tal otra fue una ciudad que existió en los valles aquemenios…” (Ovidio, Arte de Amar, I, 215-228)

Izda. Río Éufrates. Drcha. Río Tigris. Mosaicos de Qsar, Libia

Las imágenes de los ríos —encadenados, abatidos, con los cuernos rotos— en el triunfo romano dejaron de exhibirse a medida que la ceremonia, monopolizada por el emperador, declina a lo largo del Alto Imperio, y Roma llega ya a los límites orientales y septentrionales y los tiene bajo control. 


"Yo, el Danubio, dueño de las aguas ilíricas, inferior sólo a ti, Nilo, saco mi alegre cabeza fuera de mi fuente.
Mando saludar a los Augustos, hijo y padre, a quienes crié entre los belicosos panonios. Ahora ya quiero correr, mensajero, al Ponto Euxino, a que Valente, mi preocupación segunda, conozca las hazañas de aguas arriba: los suevos han caído, derribados por la matanza, la huida, las llamas, y el Rin no es ya la frontera de las Galias. Y si, por ley del mar, mi corriente pudiera regresar a sus fuentes, aquí podría anunciar que los godos han sido vencidos."
 (Ausonio, Epigramas, 28)

Dios-río Danubio. Museo Carnuntinum, Austria

Pero el poder romano recurre a otro método propagandístico para mostrar el dominio de Roma sobre los ríos. Desde comienzos del siglo II d.C. comienzan a emitirse monedas en cuyos reversos aparecen, por ejemplo, las figuras del Éufrates y del Tigris —a veces a los pies del emperador o de Tyche (diosa griega de la fortuna) — coincidiendo con campañas militares victoriosas.

Moneda de Augusto y Tyche con su pie sobre el río

No obstante, el recuerdo de aquellas exhibiciones triunfales nunca llegó a extinguirse. Todavía a finales del siglo IV el poeta Claudiano escribe un panegírico para celebrar el consulado de Estilicón (400 d.C.) en el que trata de mostrar, siguiendo la tradición, las hazañas de su héroe y la cantidad de pueblos que ha sometido; es decir, imagina la entrada triunfal de Estilicón en Roma a la vuelta de sus campañas:

“Él mismo sería llevado por un tiro de caballos blancos y el ejército, siguiendo su carro adornado de laurel, resonaría con sus festivos cantos. Unos arrastrarían a los reyes cautivos, otros llevarían labrada en bronce la imagen de las ciudades o los montes o los ríos conquistados. Por un lado, llorarían los ríos de Libia con sus cuernos destrozados, por otro, gemiría Germania con el Rin encadenado.” (Consulado de Estilicón III, 20-26)

Río Arno, Museos Vaticanos

Los ríos proporcionaban agua para beber y para mantener unas medidas higiénicas con las que conservar la salud. Los baños en los ríos eran aconsejados por los médicos para aliviar ciertas dolencias, pero también aportaban placer al disfrutar del baño en las aguas frescas durante los meses calurosos.

“Nadarás en las tranquilas badinas del tibio Congedo y en las agradables balsas de las ninfas, y tu cuerpo, relajado en ellas, lo vigorizarás en el escaso caudal del Jalón, que templa el hierro. Allí cerca, la propia Voberca pondrá a tu disposición su salvajina para que caces y comas. Los veranos sin nubes los suavizarás en el aurífero Tajo tupido por la sombra de los árboles; tu sed ardiente la aplacará la helada agua del Dercenna y del Nuta, más fría que la nieve.” (Marcial, Epigramas, I, 49)

Río Jalón bajo la ciudad de Bílbilis (Calatayud), Zaragoza. Ilustración Jean-Claude Golvin

Los agricultores tenían derecho a usar las riberas de los ríos públicos, siendo preciso garantizarles dicha utilización contra todo tipo de abusos. Por ejemplo, en la ley de Urso (Osuna) estaba claramente expresada la prohibición de tapar o atascar las zanjas situadas entre los fundos, bajo multa de 1000 sestercios.

Las actividades ganaderas también necesitaban la provisión de agua abundante. Los animales se conducían a los ríos o arroyos para abrevar y para bañarlos.

"Luego, cuando la hora cuarta del día haga ganas de beber y las chicharras quejumbrosas revienten con su cantinela los matorrales, ordenaré que los rebaños beban el agua que corre por canales de madera de encina junto a pozos y albercas." (Virgilio, Geórgicas, III, 327)

Pintura de Henryk Siemiradzki

La fertilidad de las tierras dependía de las lluvias y del caudal de agua de los ríos y manantiales, por lo que tanto las sequías prolongadas, y las crecidas extraordinarias de los ríos podían perjudicar las vidas de los habitantes de las riberas y las cosechas que resultaban improductivas o dañadas.

En su panegírico a Trajano; Plinio relata como una inesperada sequía deja a los habitantes de las orillas del río Nilo esperando inútilmente la ansiada crecida que hacía fértiles sus campos, por lo que tienen que recurrir al emperador Trajano para que les ayude.

“Mucho se había preciado Egipto de hacer crecer y prosperar las semillas, llegando incluso a decir que nada debía ni a las lluvias ni al cielo. En efecto, regado permanentemente por su propio río y acostumbrado a no ser fecundado por ningún otro género de aguas más que las que él mismo había vertido sobre sí, se veía cubierto por tantas cosechas que rivalizaba con las tierras más feraces como si nunca hubiese de ceder en fertilidad ante ellas. Pero de repente, por una inesperada sequía tanto se resecó que su suelo se volvió estéril, pues el perezoso Nilo había salido de su lecho con cierta indecisión y desgana. Sin duda, incluso entonces era digno de ser comparado con los ríos más caudalosos, no obstante, no era ya más que un río que podía ser comparado con otros. Como consecuencia de ello, la mayor parte de las tierras de esa región, acostumbradas a verse inundadas y vivificadas por el río, ardían bajo una espesa capa de polvo.” (30, 1-3)

Mosaico del dios-río Nilo, Qsar, Libia

Los pueblos de la antigüedad, y entre ellos los romanos, consideraban que los ríos obedecían a la naturaleza y que su fluir era tranquilo, si ningún elemento externo lo alteraba, pero creían que la intervención humana podía influir de forma negativa y hacer que el río pudiera convertirse en un perjuicio, en vez de un beneficio para los que habitaban en sus alrededores.

“Mientras que tranquilamente lleva sus aguas cuando nada obstruye su cauce. Pero si la mano del hombre o el acaso ha arrojado a su paso peñascos que lo estrechan, retrasa su curso para lanzarse con más violencia, y cuanto mayores son los obstáculos que se le oponen, más fuerza despliega para destruirlos. En efecto, todas aquellas aguas que llegan por detrás y que se aglomeran sobre sí mismas, ceden al fin a su propio peso, convirtiéndose en masa destructora que se precipita arrastrando lo que se le oponía.” (Séneca, Cuestiones Naturales, VI, 17)

Las lluvias torrenciales podían provocar tales crecidas de los ríos que al desbordarse causaban grandes catástrofes, como la que relata el propio Plinio en una carta a Macrino, en la que cuenta las consecuencias de la inundación del río Tíber en los primeros años del siglo II.

“Aquí, las tormentas son continuas y las inundaciones frecuentes. El Tíber se ha salido de su cauce y se extiende por las tierras más bajas de su ribera, donde sus aguas alcanzan una gran profundidad… Además, saliendo, por así decirlo, al paso de aquellos otros río cuyas aguas acostumbra a recibir y a llevar mezcladas con las suyas, obliga a éstos a retirarse en sentido contrario, y de ese modo inunda con las aguas de otros ríos las tierras que él mismo no baña… Aquellos que se encontraban en terrenos más elevados cuando sobrevino la catástrofe han podido ver flotando al azar sobre una gran extensión de las tierras inundadas en algunos sitios los muebles y la lujosa vajilla de los ricos habitantes del lugar, en otros, todo tipo de instrumentos agrícolas, aquí bueyes, arados y los campesinos que los guiaban, allí rebaños dispersados y abandonados a su suerte, y en medio de todo ello, troncos de árboles y vigas de las villas.” (Epístolas, VIII, 17)

Río Tíber. Ilustración Jean-Claude Golvin

Tanto los griegos como los romanos representaron a las divinidades fluviales con forma de toro y forma humana. El toro se asimilaba al río en cuanto que compartía con las corrientes de agua las características de fuerza y fertilidad.

“Nosotros comprendemos la naturaleza de los ríos y de sus corrientes. No obstante, de quienes los veneran y les hacen estatuas, unos las levantan con forma de hombre, mientras que otros les atribuyen el aspecto de bueyes. Con forma de buey representan los habitantes de Estínfalo al Erasino y al Metope; los lacedemonios, al Eurotas; los habitantes de Sición y Fliunte, al Asopo, y los argivos, al Cefiso. Bajo el aspecto de hombre representan los habitantes de Psófide al Erimanto; los hereos, al Alfeo, río que los habitantes del Quersoneso de Cnido representan de la misma manera. Los atenienses representan al Cefiso como un busto humano provisto de cuernos.” (Claudio Eliano, Historias Curiosas, II, 33)

Izda. Río Rin, Landesmuseum Bonn, Alemania. Foto de JürgenVogel. Drcha. Río Alfeo, Museo Arqueológico de Hatay, Antakya, Turquía

Las antiguas poblaciones humanas buscaron asentarse junto a los ríos que eran su fuente más directa para conseguir agua, no solo para beber, sino también para cultivar sus campos, para fundar industrias, como las cerámicas, y como medio de comunicación y transporte de sus mercancías. La navegabilidad de los ríos fue una parte fundamental del desarrollo de las ciudades establecidas en sus orillas y los gobernantes romanos legislaron para procurar tramos navegables y proteger las riberas de los ríos más importantes del vasto territorio del imperio romano.

No todas las naves podían navegar por los ríos que permitían la navegación, por los que existieron embarcaciones diseñadas especialmente para el transporte de personas y mercancías en los ríos.

“El Betis, a lo largo de sus orillas, está densamente poblado y es navegable corriente arriba casi mil doscientos estadios desde el mar hasta Corduba y lugares situados un poco más al interior y la verdad es que están cultivados con esmero tanto la zona ribereña como los islotes del río. Además ofrecen una agradable vista, porque sus tierras están hermoseadas con bosques y otros cultivos. Así pues, hasta Hispalis la navegación se efectúa en embarcaciones de tamaño considerable, a lo largo de un trecho no muy inferior a quinientos estadios; hasta las ciudades de más arriba hasta Ilipa en barcos más pequeños, y hasta Corduba en lanchas fluviales hechas hoy día con maderos ensamblados, pero que antiguamente se confeccionaban a partir de un solo tronco.” (Estrabón, Geografía, III, 2, 3)

Puerto de Vulci. Ilustración Inklink

En algunos tramos de los ríos solo las embarcaciones a remo podían navegar y cuando las barcas no podían avanzar por sí mismas en el cauce del río había que recurrir a su arrastre desde los caminos de sirga, desde los cuales animales u hombres tiraban de las barcas con una cuerda desde la orilla.

“Canta también, apoyándose en la limosa arena y con el cuerpo inclinado hacia adelante, aquel que arrastra contra corriente la lenta balsa; y aquel que lleva y trae al pecho los flexibles remos, a la vez que los demás remeros, bate el agua con el impulso rítmico de sus brazos.” (Ovidio, Tristes, IV, 1, 5)

Camino de sirga, Arlés. Ilustración Jean-Claude Golvin

Para cruzar los ríos a falta de puentes su utilizarían las pequeñas barcas (lintres) o bien un servicio de ferry para ir de una orilla a otra, que cargaría una tarifa por su uso.

“¡Que la suerte sea propicia! Se ha decretado por el consejo municipal y la gente, a propuesta de los magistrados que a causa de no poder obtener una oferta aceptable para los derechos del ferry en el rio Limyra los ingresos han disminuido, nadie más puede encargarse del transporte en ferry bien desde el Thicket, o bien de la boca del puerto o desde Andriace, o tendrá que pagar al municipio 1,300 denarios por cada viaje, y el concesionario del ferry tendrá el derecho de una reclamación contra el barco y su equipamiento. Solo los barcos registrados y aquellos a los que el concesionario otorgue permiso cruzarán el rio, y este recibirá un cuarto de cada tarifa y carga.” (Concesión para ferry, Myra, Lycia siglo II ó III)

Mosaico de Pompeya. Museo Nacional de Gales, Reino Unido

Los ríos, junto a una climatología favorable, proporcionaban tierras productivas que permitían a los habitantes de sus riberas cultivarlas, comerciar con los productos obtenidos y prosperar en sus negocios. El poeta galorromano Ausonio ensalza el río Mosela por las viñas que crecen en sus orillas, la pesca que proporciona y las nobles villas que pueden apreciarse en su recorrido, surgidas por la riqueza que el río proporciona.

“¡Salve, río, renombrado por tus campos, renombrado por tus habitantes, a quien deben los belgas que sus murallas sean dignas del Imperio; río de vinosas colinas sembradas de Baco perfumado, de riberas herbosas sembradas, verdegueante río! Navegable como el mar, cual caudal de ondas que van descendiendo, semejante a un lago de profundo cristal, puedes igualarte a los arroyos con tu curso alegre, e incluso superar las fuentes heladas con tu líquida bebida: eres, tú sólo, fuente y arroyo y río y lago y mar que refluye en vaivén incesante… Ve ahora y une pulidos suelos de incrustaciones frigias, levantando un campo de mármol en los atrios artesonados: yo, por mi parte, desprecio lo que bienes y riquezas regalaron y admiro la obra de la naturaleza, donde la preocupación de los herederos y la pobreza bien llevada no se excede en despilfarros… No de otro modo, en los alegres vados del tranquilo Mosela, la hierba de variados colores descubre las piedrecillas mezcladas. Sin embargo, los peces juguetones, cual escurridizo enjambre, cansan con su incesante movimiento los ojos que les miran. Mas no han permitido conocer tantas clases de peces y su deslizar de costado (todos esos ejércitos remontan el río contra corriente), sus nombres, ni los vástagos todos del múltiple linaje, ni la ley divina ni aquel a quien tocaron en suerte el cuidado del lote segundo y la custodia del tridente marino.” (Ausonio, Mosela)

Río Mosela en Metz. Ilustración Jean-Claude Golvin

Cruzar el río podía ser una acción peligrosa que pusiese en riesgo la vida de los que se atrevían a hacerlo, especialmente cuando el río era excesivamente caudaloso, por causa de deshielos o tormentas imprevistas.

“Julia, hija de César [Augusto] y esposa de Agripa había llegado a Ilión de noche, en un momento en que el río Escamandro, se había desbordado por violentas tormentas; ella estuvo a punto de morir al tratar de cruzarlo con su séquito, pero los habitantes de Ilión no tuvieron noticia de esto. Agripa, furioso de ver que los habitantes de Ilión no se habían preocupado de salvarla, les impuso una multa de cien mil dracmas de plata. Ellos no sabían qué hacer, pues no habían previsto ni la tormenta ni la llegada de la hija de Augusto. Al no saber en qué términos hablarle a Agripa, se dirigieron a Nicolás, que se encontraba allí, rogándole que pidiera a Herodes que actuara como su defensor y protector. Nicolás demostró que era un hombre de gran corazón, y por el bien de esta gloriosa ciudad, presentó la petición al rey exponiéndole el caso de la siguiente manera: la cólera de Agripa contra los habitantes de Ilión no estaba justificada, ya que, por su lado, no se les había avisado de la llegada de su esposa a su ciudad y, por otro lado, de ningún modo podían haber visto su llegada por causa de la oscuridad de la noche. Por acabar: Herodes aceptó ser su protector, consiguió que se quitara la multa, indicándolo mediante una carta. Como entretanto los habitantes de Ilión estaban temerosos entre ellos y desesperados por que la causa se resolviera a su favor, Herodes confió la carta a Nicolás, que tomó un barco rumbo a Quíos y a Rodas, donde se encontraban sus hijos [de Herodes], pendiente de que, a su lado, acompañara a Agripa a Paflagonia. Nicolás hizo la travesía desde Amisos a Bizancio, desde donde alcanzó Ilión pasando por la Tróade, y transmitió la carta que perdonaba la deuda a los habitantes de Ilión; éstos le rindieron, a él mismo y todavía más al rey, los honores más altos.” (Autobiografía de Nicolás de Damasco, Jacoby §90 Fragmento 134)

Moisés salvado de las aguas, Pintura de Alma-Tadema

En la batalla del puente Milvio, por la que Constantino consiguió el poder para convertirse en emperador de Occidente, murió el emperador Majencio, posiblemente ahogado en el río Tíber, cuando el puente colapsó al no soportar el peso de los que huían a caballo.

“Constantino, al ver aquello, ordenó a los suyos que formasen. Cuando ambos ejércitos estuvieron uno frente a otro, flanco contra flanco, Constantino lanzó su caballería, que atacó imponiéndose a la caballería enemiga. Dada seguidamente la señal a la infantería, esta avanzó también en orden contra el enemigo. Se trabó enconada batalla en la que los mismos habitantes de Roma y los aliados de Italia, deseosos de hallar escapatoria a una amarga tiranía, vacilaron en exponerse, mientras que de los demás soldados un incontable número caía, pateados por los jinetes y liquidados por la infantería. En tanto que resistió la caballería, pudo subsistir alguna esperanza para Majencio. Pero cuando los jinetes cedieron, se dio a la fuga con los que quedaron, precipitándose por el puente tendido sobre el río hacia la ciudad. Y como las maderas no pudieron soportar el peso y se quebraron, el mismo Majencio fue arrastrado por el río junto a muchos otros.” (Zósimo, Nueva Historia, II, 16)

Batalla sobre un puente. Ilustración Peter Conelly

Algunos pueblos de la antigüedad mantuvieron la costumbre de enterrar a su rey de forma ritual en el lecho del río junto a su tesoro, como debió ocurrir en el caso del visigodo Alarico.

“Es [Alarico] muy llorado por los suyos que le tributan un gran afecto. Desvían el curso del río Busento, junto a la ciudad de Cosenza (pues este río corre desde el pie del monte hasta la ciudad con sus saludables aguas) y reúnen un grupo de prisioneros para que caven una tumba en medio del cauce del río. En el interior de este hoyo entierran a Alarico con muchas riquezas, vuelven a conducir de nuevo las aguas a su cauce y matan a todos los enterradores para que nadie pueda encontrar nunca el lugar.” (Jordanes, Gestas de los godos, 158)

Entierro de Alarico, Ilustración de Heinrich Leutemann



Bibliografía

El viaje de Julia Augusta a Ilión el año 14 a. C., según la Autobiografía de Nicolás de Damasco (Jacoby §90 fr 134), Sabino Perea Yébenes
Augusto y los puentes: Ingeniería y Religión, Santiago Montero Herrero
César y la sacralidad de las aguas, Santiago Montero Herrero
El encuentro en el río: religión y diplomacia en Roma, Santiago Montero Herrero
Ingeniería hidráulica y religión en el Imperio Romano: Trajano y la construcción de canales, Santiago Montero Herrero
La exhibición de los ríos en la ceremonia del triunfo romano, Santiago Montero Herrero
El tráfico en el Guadalquivir y el transporte de las ánforas, Genaro Chic García
Iconografía de las personificaciones fluviales en la musivaria romana: el caso del Eurotas, Andrea Gómez Mayordomo
Los dioses soberanos y los ríos en la religión indígena de la Hispania indoeuropea, Juan Carlos Olivares Pedreño
River battles in Greek and Roman epic, Thomas Biggs
Fluid Identities: Poetry and the Navigation of Mixed Ethnicities in Late Antique Gaul, Ellen F. Arnold
A Roman River and a Roman poet, A. Tattersall
Rivers and the geography of power, Nicholas Purcell