DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

miércoles, 11 de julio de 2018

Veranum tempus, el verano entre los antiguos romanos


Representaciones del verano en mosaicos (De izquierda a derecha Casa de Baco, Complutum Alcalá de Henares, Palacio Imperial de Ostia, Villa Dac Bur Ammera, Libia)

Entre los romanos se consideraba que durante el año solo existían dos estaciones climatológicas. La primera muy larga abarcaba lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño, y la segunda, más breve, era el hibernum tempus, es decir, el invierno. La más prolongada se llamaba ver, palabra que dio lugar al verano actual, pero, cuando al comienzo de esta estación se le llamó primo vere 'primer verano' y más tarde, prima vera, surgió la primavera, mientras que la época en que más calor hacía tomó el nombre de veranum tempus (verano), aunque el nombre en latín era aestas (del que deriva estío). Al periodo final de éste, que coincidía con la época de las cosechas, se le llamó autumnus, que derivaba de auctus (crecimiento) y que en nuestra lengua se convirtió en otoño.

En la antigua Roma se consideraba el inicio del estío o de la época más calurosa del año cuando aparecía en el firmamento, antes de la salida del sol, la estrella Sirio, la más brillante de la constelación Canis Mayor, y por eso a los días más calurosos del año entre los meses de Julio y Agosto, se les llamaba canicula (canícula).



Alegoría del verano cosechando trigo. Antigua Uthina, Museo del Bardo, Túnez

El verano de Roma era especialmente insano por los rigores del calor y por el peligro de contraer enfermedades (como la fiebre palúdica) provocadas por la cercanía de terrenos pantanosos e insalubres, lo que provocaba la salida en época de verano de todos los ciudadanos romanos que podían permitirse residir en otros lugares más saludables y con un clima más benévolo.

“Tras prometerte que sólo cinco días estaría en el campo, quedo como un mentiroso y todo el mes de agosto se me echa de menos. Ahora bien, si quieres que esté sano y tenga la salud que conviene, la misma licencia que me das cuando estoy enfermo, has de dármela cuando temo enfermar, Mecenas; mientras los primeros higos y el calor le ponen al enterrador una escolta de enlutados lictores.” (Horacio, Epístolas, I, 7)


En Bayas, pintura de Frederick Pepys-Cockerell

Según Plinio el joven, algunos consideraban el clima de montaña, en su época, más beneficioso que el de la costa, por lo que los ciudadanos más adinerados disponían de residencias en distintas localizaciones geográficas para elegir estancia de acuerdo a la estación del año en la que se encontraban.

“Te agradezco sinceramente la preocupación e inquietud que me has demostrado, al intentar persuadirme de que no pase el verano en mi villa de la Toscana, cuando te enteraste de mi intención de hacerlo así, ya que piensas que el lugar es insalubre. En verdad que la zona de la costa toscana inmediata al litoral es pestilente y peligrosa para la salud, pero mis propiedades se encuentran lejos del mar, más aún incluso yacen al pie de los Apeninos, considerados los más saludables de los montes.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

La ciudad de Bayas, situada en la costa de Campania, convertida en lugar de recreo veraniego en la época imperial, tiene sus orígenes en el siglo III a. C., cuando era un lugar fundamentalmente religioso. En el siglo I a. C., Pompeyo limpió el litoral de piratas y los patricios romanos comenzaron a construir allí sus residencias de verano.

“Mientras tú, Cintia, veraneas en pleno centro de Bayas,
por donde pasa la vía de Hércules a lo largo del litoral,
y mientras admiras las aguas cercanas del famoso Miseno,
ha poco sometidas al reino de Tesproto, …”
(Propercio, Elegías, I, 11)



Villa de los Pisones, Bayas, ilustración de Jean-Claude Golvin

Sus aguas termales naturales ricas en azufre, un clima excelente y un paisaje atractivo acabaron por transformarla en el lugar predilecto de los futuros emperadores para tomar un respiro lejos de la política de Roma, desde Augusto hasta el excéntrico Calígula, pasando por Nerón o Adriano, que murió allí.

Los miembros de la élite romana hacían ostentación de sus posesiones en Bayas, la cual tenía dos complejos termales, sólo superados en tamaño y prestigio por las termas de Roma, acuarios, piscifactorías rudimentarias para asegurar el pescado y marisco fresco todos los días, villas y edificios opulentos decorados con mosaicos, frescos extraordinarios, mármoles y réplicas de esculturas griegas, un muelle privado, fastuosos jardines y la Piscina Mirabilis, con capacidad para cerca de 13.000 metros cúbicos que asegurasen el suministro de agua dulce. Era la cisterna más grande del Imperio, lo que da una idea de la importancia de este enclave.

Sin embargo, sus fiestas desenfrenadas y legendarias, donde corría el vino a raudales, sus numerosos burdeles, los banquetes opulentos con toda clase de vicios y sus largas veladas nocturnas entre excesos, ostentación, vanidad y hedonismo le valieron el epíteto de «ciudad del pecado» y conmovieron a historiadores, poetas y escritores, provocando sus críticas.


En el frigidarium, Pintura de Alessandro Pigna

Séneca, que le puso el sobrenombre de «pueblo del vicio», escribió que por el puerto de Bayas sólo se encontraba a borrachos que a duras penas se mantenían en pie, que había fiestas allá donde uno fuera, también en los barcos, y que la música sonaba por todas partes.

"Y tú abandona cuanto antes la corrompida Bayas:
esas playas ocasionarán la separación de muchos,
playas que han sido enemigas de las castas doncellas: 

¡ay, mueran las aguas de Bayas, ruina de Amor!" (Propercio, Elegías, I, 11)

Pero Bayas no siempre fue un lugar de reposo lejos del ajetreo de la capital. La política no descansaba ni en verano y la ciudad costera tenía su crónica de poder: allí la élite de Roma también iba a conspirar, como hizo el mismo Nerón, quien urdió, también al cobijo de Bayas, el asesinato de su propia madre.

"IV. Contentó la industria de Aniceto, ayudada también del tiempo con la ocasión de los quincuatruos, fiestas dedicadas a Minerva, que Nerón celebraba en Bayas; con que pudo sacar de Roma a su madre, usando de halagos y persuasiones, y diciendo que se habían de sufrir los enojos paternos, y que era justo hacer los hijos todo lo de su parte para aplacarles el ánimo; y él lo hacía porque, pasando voz de que madre e hijo se habían reconciliado, viniese ella a su poder con mayor confianza; cebándola también con aquellas fiestas y regocijos, cosa con que se engaña más fácilmente la natural credulidad de las mujeres. Sale tras esto a recibirla a la marina, porque ella venía de Ancio, y dándole la mano al saltar en tierra, y abrazándola, la lleva a Baulo -así se llamaba la casa de placer que, bañada del mar, se asienta en aquella ensenada, entre el cabo de Miseno y el lago de Bayas-. Estaba entre las galeras una la más adornada y compuesta, como si hasta esto hubiera hecho aparejar Nerón en honra de su madre, la cual solía gustar que la llevasen por aquellas costas en alguna galera, con la mejor gente de marina por remeros. Se le aparejó un banquete de cena para que la noche ayudase también a encubrir la maldad. Es cierto que Agripina fue advertida de la traición, y que, mientras estuvo dudosa en si le daría crédito, mostró aprecio de que la llevasen en silla a Bayas. Mas recibida aquella noche con mucho amor, y puesta por su hijo en el lugar más honrado de la mesa, las caricias y regalos grandes le aliviaron el miedo; porque discurriendo Nerón con su madre, unas veces familiarmente y entreteniéndola con conversaciones juveniles y otras componiendo el rostro con severidad, dando a entender que trataba con ella cosas muy graves, entretuvo la cena lo más que pudo; y acabada la acompañó hasta la mar, clavando a la despedida los ojos en ella, y abrazándola con mayor ternura de lo que acostumbraba, o por cumplir en todo con la disimulación, o porque aquella última despedida de su madre que iba a morir le enterneciese algún tanto el ánimo, aunque fiero y cruel." (Tácito, Anales, XIV, I, 4)


El naufragio de Agripina, Gustav Wertheimer

Como no todos tenían los medios para escaparse a un lugar de vacaciones donde evitar el calor, existía la posibilidad de darse un baño en cualquiera de los ríos que se hallaban por todo el imperio romano. Esta circunstancia dio pie a algunos autores a ensalzar el encanto y la ventaja del mundo rural o de zonas alejadas de la ciudad de Roma, donde se podía disfrutar de lo mejor de ella, pero sin caer en el exceso y la desvergüenza que se podía encontrar en la urbe o en las ciudades de recreo vacacional.

"Vi yo mismo cómo gentes cansadas
de los muchos sudores del baño, desdeñaban los estanques
y los fríos de las piscinas para disfrutar de las
aguas vivas; luego, reanimados por la corriente, golpeaban
el helado río con su ruidoso nadar. Porque si llegase
aquí un forastero desde las costas de Cumas, creería
que la euboica Bayas había regalado copias pobres a estos
lugares: tanto refinamiento y tanta elegancia seducen,
mas el deleite no se excede en lujo ninguno."
(Ausonio, El Mosela, 8)


A la hora de construir las casas se tenía en cuenta la climatología para ubicar y disponer las habitaciones de forma que quedasen resguardadas del intenso calor del sol en verano y al mismo tiempo permitiesen, con el uso de ventanas, las corrientes de aire que refrescasen el ambiente.

“Su encanto es grande en invierno, mayor aún en verano. Pues antes del mediodía refresca la terraza con su sombra, después del mediodía la parte más próxima del paseo y del jardín, la cual, según que el día avance o decline, cae por un lado o por otro, ya más pequeña, ya más grande. La misma galería cubierta está por completo libre de los rayos del sol, cuando el astro en todo su ardor cae a plomo sobre su tejado. Además, por sus ventanas abiertas deja entrar y hace circular el céfiro, y nunca la atmósfera llegar a ser pesada y agobiante.” (Plinio, Epístolas, II, 17)


Peristilo y pórtico en la casa de Menandro, Pompeya, foto de Carole Raddato

En las casas o villas más grandes se podían encontrar triclinios de verano o invierno, emplazados en distintos lugares según la orientación de la casa. El arquitecto Vitruvio da consejos sobre la ubicación de estas habitaciones:

“Los triclinios de primavera y de otoño se orientarán hacia el este, pues, al estar expuestos directamente hacia la luz del sol que inicia su periplo hacia occidente, se consigue que mantengan una temperatura agradable, durante el tiempo cuya utilización es imprescindible. Hacia el norte se orientarán los triclinios de verano, pues tal orientación no resulta tan calurosa como las otras durante el solsticio, al estar en el punto puesto al curso del sol; por ello permanecen muy frescas, lo que proporciona un agradable bienestar”. (De Arquitectura, VI, 4)

Los triclinios de verano que se situaban en los jardines se rodeaban de vegetación exuberante y de fuentes de agua que proporcionaban un entorno ameno y un ambiente más fresco para disfrutar de las cenas con invitados.



Triclinio de verano, Casa del Efebo, Pompeya

En verano los niños no asistían a clase, pues éstas se llevaban a cabo en las calles con frecuencia por lo que cuando el calor apretaba los niños no atenderían a las lecciones de los maestros con demasiada atención. Se iniciaban unas vacaciones que se prolongaban desde julio hasta primeros de octubre. 

“Maestro de escuela, deja descansar a tu inocente
cuadrilla. Ojalá que, a cambio, numerosos
melenudos oigan tus lecciones y se encariñen
de ti los que hacen coro a tu delicada mesa y que
ningún contable ni un rápido escribiente se vean
rodeados por un corro mayor. Los días luminosos
se abrasan con los fuegos del León y el
ardiente julio cuece las mieses ya tostadas. El
cuero escítico, erizado de horribles correas, con el
que fue azotado Marsias de Celenas, y las
tristes palmetas, cetro de los pedagogos, que
descansen y duerman hasta los idus de octubre: en
el verano, los niños, si están sanos, bastante aprenden.”
(Marcial, Epigramas, X, 62)


Para hacer más llevaderas las calurosas tardes era habitual el descanso y la siesta.

“Me leían en mi villa Laurentina unos libros de Asinio Galo en los que se realizaba una comparación entre su padre y Cicerón. Apareció un epigrama de Cicerón sobre su querido Tirón. Luego, habiéndome retirado a mediodía a dormir la siesta (pues era verano), y no pudiendo conciliar el sueño, empecé a reflexionar que los más grandes oradores no solo se habían deleitado con este tipo de escritura, sino que incluso habían sido elogiados por ello.” (Plinio, Epístolas, VII, 4)

La siesta, pintura de Alma-Tadema

Los romanos hacían que esclavas o esclavos, durante sus momentos de descanso o en sus convites, colocados detrás de los comensales, estuviesen agitando constantemente el aire con los abanicos, que solían ser de plumas, para producir una brisa refrescante y librarlos de la incomodidad de los insectos en los días de calor.

“En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle.” (Suetonio, Augusto, 82)

El abanico rígido fue conocido por los latinos, que lo llamaban flabelo (flabellum). Las matronas romanas lo tenían en gran estima. Las esclavas que lo manejaban eran llamadas flabelíferas. Los abanicos construidos con delgadas tablillas de maderas olorosas tuvieron gran aceptación. Abanicos más ligeros, conocidos con el nombre de muscaria, se usaban en Roma para espantar las moscas y ahuyentarlas de las personas, o bien de los alimentos y de las ofrendas de los sacrificios.



La protección del sol era habitual en las calles de la antigua Roma, y especialmente para las matronas que no deseaban perder su habitual palidez y querían evitar la sequedad de la piel. Acostumbraban a llevar en sus salidas una sombrilla (umbracula), a semejanza de los paraguas actuales, que permitía mantener el rostro cubierto. Algunos personajes principales se acompañaban, en sus desplazamientos, de esclavos que sostenían un parasol más amplio que les proporcionaba sombra.


El cambio de indumentaria al pasar de una estación a otra también sería frecuente. Tejidos gruesos y capas se apartarían y aparecerían telas más ligeras y fáciles de limpiar. Era costumbre que los nobles caballeros romanos cambiasen incluso de anillos y luciesen durante el periodo estival uno de oro menos pesado y sin piedras preciosas (aurum aestivum).

“Durante el verano agita un anillo de oro en sus dedos sudorosos, sin poder soportar el peso de una piedra preciosa mayor.” (Juvenal, Sátiras, I)

El fuerte calor del verano no impedía la asistencia de los ciudadanos a los espectáculos públicos que se celebraban durante las numerosas fiestas del calendario romano. En los anfiteatros se instalaba un toldo (velum) que podía ser desplegado a discreción dependiendo de cómo fuera la climatología, días de mucho calor o lluvia.

“Durante los juegos, cuando el sol era más ardiente, mandaba descorrer de pronto el toldo que preservaba a los espectadores y prohibía que saliese nadie del anfiteatro.” (Suetonio, Caligula, 26)





Algunas casas disponían de una piscina (natatio) en los jardines donde la familia e invitados podrían refrescarse durante los días más calurosos dándose un "chapuzón". Incluso alguno recurría a la extravagancia de hacer que se refrescase el agua del aseo diario con nieve.

“Prolongaba sus comidas desde el mediodía a medianoche, y de cuando en cuando tomaba baños calientes, o bien durante el verano baños refrescados con nieve.” (Suetonio, Nerón, 27)


Piscina de la villa de Minori, Italia

Refrescar las bebidas con agua a la que se añadía nieve o hielo era algo frecuente entre los antiguos romanos. Aunque ciertos personajes no estaban de acuerdo con esta práctica a la que consideraban una sofisticación innecesaria y dañina, como Séneca:

“Esos helados del verano ¿piensas que no producen callosidades en el hígado?” (Séneca, Epístolas, XV, 95)

Sí era habitual desde muy antiguo la costumbre de construir neveros o pozos de nieve en ciertos lugares, dentro de las ciudades, donde se almacenaba la nieve traída de las montañas que permitía la conservación de alimentos durante las estaciones del año más cálidas.

“La mala fama de Chipre
por su excesivo calor, tenla en cuenta —te lo
aviso y te lo ruego, Flaco— cuando la era trilla
las mieses crujientes y se ensaña abrasadora la
melena del león.
Semo de Delos, en el libro segundo de su Historia de la
Isla, cuenta que en la isla de Cimolos se preparan en verano
unas neveras excavadas, donde, habiendo depositado
unos cacharros llenos de agua tibia, la sacan en nada distinta
de la nieve.”
(Ateneo. Banquete de los Eruditos, libro III)





Esa misma nieve serviría a muchos para enfriar el agua y las bebidas que se consumían en los días veraniegos, sobre todo, durante los largos banquetes de los más ricos ciudadanos de Roma.

“Calisto, échame dos dobles de falerno y tú, Alcimo, derrite sobre ellos las nieves veraniegas.” (Marcial, Epigramas, V, 64)

Había un recipiente de origen griego y de nombre psykter (psictero) diseñado para mantener el vino fresco. Se echaba el vino en un vaso de cerámica o metal que a su vez se introducía en la crátera llena de hielo o agua fría.

“Bebía siempre agua fría pura y, en el verano, vino aromatizado con rosas.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 37)


Psykter, Museo Metropolitan, Nueva York

Otros muchos ciudadanos se conformarían, para aliviarse del calor, con buscar la sombra de los árboles y beber el agua que se conserva fría de forma natural por venir directamente de las montañas, como la de los ríos o manantiales.

“Los veranos sin nubes los suavizarás en el aurífero Tajo, tupido por la sombra de los árboles; tu sed ardiente la aplacará la helada agua del Dercenna y del Nuta, más fría que la nieve.” (Marcial, Epigramas, I, 49)

El recurso que tenían los ciudadanos menos favorecidos era intentar refrescarse en los baños públicos o ir a nadar a los ríos cercanos, y beber el agua que podían obtener en las numerosas fuentes públicas distribuidas por la ciudad.



Escena callejera, pintura de Ettore Forti

El verano era una época peligrosa para la salud en la antigua Roma. El calor ayudaba a la propagación de epidemias y debilitaba el cuerpo de niños y ancianos. A veces se recomendaban ciertos alimentos que podían ayudar a pasar el riguroso calor del verano sin contratiempos para la salud, y, aunque algunos tenían cierta base científica, los más se basaban en la tradición cultural y la superstición.

“Pasará con buena salud los veranos el que ponga fin a su almuerzo con moras negras, cogidas del árbol antes de que el sol apriete.” (Horacio, Sátiras, II, 4)

No faltaban en la literatura los consejos para pasar el calor del verano de la manera más placentera posible, animando al mismo tiempo al placer sensual y carnal.


“¿De qué sirve agotado del polvo estival alejarse, en lugar de
estar echado en el lecho rociado de vino? Aquí hay jardines
y cabañas, cestillos, rosas, flautas, liras y cenadores
frescos por la sombra de las cañas.
………………………………………………………………………
Ahora con su repetido canto las cigarras rompen los matorrales,
ahora en su frío agujero se esconde el abigarrado
lagarto. Si eres discreto, recostado, remójate [ahora] con
el vidrio veraniego ' o, si, más bien, quieres hacer uso
de nuevas copas de cristal. Ea, repara aquí tu cansancio
bajo la sombra de pámpanos y ciñe tu cabeza pesada con
una guirnalda de rosas, [graciosamente] gustando los besos
de una tierna doncella.”
(Apéndice Virgiliano, La Tabernera)   



En casa de Luculo, pintura de Gustav Boulanger


Bibliografía

Bayas, la ciudad del vicio de los romanos; Lorena Pacho, El Mundo (Arqueología), 20 agosto, 2017
La casa romana, Pedro A. Fernández de la Vega, Ed. Akal
Enciclopedia Británica
http://etimologias.dechile.net

viernes, 18 de mayo de 2018

Negotium vinarium, transporte y comercio de vino en la antigua Roma

Detalle de mosaico, Villa de Seviac, Francia

Cuando los romanos iniciaron la conquista de nuevos territorios partir del siglo III a.C. los campesinos que debían servir en el ejército no podían atender sus tierras y las vendían, por lo que la mayor parte de propiedades agrícolas quedó en manos de unas pocas familias que se convirtieron en grandes terratenientes.

Aquellos latifundistas que podían, por las calidades del suelo y el clima, destinaban partes de sus tierras a la plantación de cepas y cultivo de la vid llegando a cubrir grandes extensiones de terreno. El trabajo en los viñedos movía una notable cantidad de mano de obra, asalariada o esclava por lo que casi siempre se asociaba a grandes familias terratenientes o a miembros de la familia imperial. Marcial cita la cosecha de vino de Domiciano procedente de su finca en Alba Longa.

“Esto te lo ha enviado de las bodegas del césar una dulce cosecha, que se complace a sí misma en el monte de Julo.” (Marcial, Epigramas, XIII, 109)


Mosaico de Tabarka, Museo del Bardo, Túnez


El comercio derivado del beneficio del fruto de la vid, el vino, supuso un gran movimiento comercial, terrestre, fluvial y marino, y un fortísimo aporte de ingresos al erario romano, a los latifundistas, a los negotiatores, y al pequeño comerciante. Dijo Columela: “No hay otro cultivo más rentable que la viña.”

Algunas grandes familias vinateras controlaban la producción y comercio de vino durante generaciones, como la de los Sestius, en la costa etrusca, que mandaban las ánforas con su sello al puerto de Roma y a todo el Mediterráneo occidental. Asimismo, la diversificación del negocio a partir del comercio del vino fue algo a tener en cuenta por muchas familias de vinateros, como la de los Caedicii, que llegaron a controlar la producción en fincas de la costa adriática, fabricar ánforas de vino y mantener en propiedad tabernas en la Vía Apia.



Hacia el año 50 d.C. el liberto Remio Palemón de Vicetia gastó 600.000 sestercios en una granja en la región de Nomento.

Ocho años más tarde vendió su cosecha de uvas por 400.000 sestercios mientras todavía colgaban en la viña; unos años más tarde vendió toda la granja al tutor de Nerón, Séneca, por nada menos que 2,4 millones de sestercios.

“Pero la fama mayor la alcanzó, con la ayuda del mismo Esténelo, Remio Palemón —célebre gramático, además—, quien compró hace veinte años unas tierras por seiscientos mil sestercios en el mismo territorio nomentano, a diez millas de Roma por un atajo. Es, por otro lado, conocido en todas partes el bajo precio de venta de las fincas del entorno de Roma, pero sobre todo allí, pues éste había adquirido unos predios que, por dejadez, habían quedado abandonados, y que ni siquiera eran los menos malos de todos. Empezó a cultivar con esmero estas tierras no por ser de espíritu emprendedor, sino, en un principio, por su vanidad, que era muy típica de él; habiendo cavado las viñas en su totalidad bajo el cuidado de Esténelo, por parecer agricultor, consiguió el milagro apenas creíble de que al octavo año, estando la vendimia aún pendiente, se le adjudicara la cosecha a un comprador por cuatrocientos mil sestercios. Todos corrieron para ver los montones de uvas en aquellas viñas y, frente a esto, sus perezosos vecinos se justificaban a sí mismos por los conocimientos tan elevados que aquél poseía. Hace muy poco tiempo Anneo Séneca, el primero entre los eruditos en ese momento y con un poder que, finalmente excesivo, se le vino encima, aun siendo por lo general muy poco admirador de cosas vanas, se prendó hasta tal punto de este predio, que no se avergonzó de concederle la palma de la victoria a un hombre, odioso en otras circunstancias y que se iba a vanagloriar de ello, cuando compró aquellas viñas, más o menos a los diez años de su cultivo, por el cuádruple de su valor.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 47)



Cuando en las colonias se desarrolló el gusto por el vino se empezó a producir de forma local y para proteger el valor de los productos exportados desde Italia el Senado romano, en el tercer cuarto del siglo II a.C. prohibió el cultivo de la vid más allá de los Alpes para favorecer a Italia, aunque Marsella, ciudad aliada, quedó excluida de la prohibición y, por lo tanto, resultó favorecida.

“Y nosotros, que nos tenemos por los más justos, no permitimos que los pueblos transalpinos planten olivos y cepas, para así dar más valor a nuestros olivares y viñedos lo que podemos decir que hacemos prudentemente, pero no con justicia, para que entendáis cómo la prudencia discrepa a veces de la justicia.” (Cicerón, Sobre la república, III, 16)

Sin embargo, acabó dándose un considerable incremento de la producción de vino en las colonias (Galia, Hispania y norte de África) con la consiguiente transformación de los campos de trigo en viñedos, por ser más rentable para los propietarios. 

Mausoleo de Santa Constanza, Roma, foto de Samuel lópez

La expansión de la viticultura por las provincias provocó una fuerte crisis económica hacia el año 90 d.C. que hizo caer los precios del vino e hizo temer una escasez de alimentos para el pueblo. El emperador Domiciano emitió entonces el edicto De excidendis vineis, en el año 92 d.C., ordenando arrancar la mitad de las vides de las provincias romanas y prohibiendo la plantación de nuevas viñas a los habitantes indígenas, con lo que pretendía evitar la falta de trigo.

“Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas vinas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas, pero abandonó la ejecución de este edicto.” (Suetonio, Domiciano, VII)

Otra explicación para el decreto podía ser que la expansión de viñedos en terrenos poco apropiados para su cultivo trajese la producción de vino de poca calidad, el cual no tuviese la calidad suficiente como para alcanzar un precio razonable en los mercados de destino y poder así compensar el coste de elaboración y transporte.

Ilustración de Jean-Claude Golvin


Los comerciantes de vino que viajaban desde Italia y la Galia central hasta las provincias de más al norte para proporcionar suministro a los campamentos militares allí asentados verían fácil la venta de otros productos demandados por los soldados como ropas, armas, alimentos, entre otras cosas, y, a su vez, aprovecharían a compras mercancías de los habitantes locales que traerían para vender a su vuelta. 

“Pero nada satisface al hombre; se me antojó comerciar y, como sabéis, hice construir cinco navíos que cargué de vino; era entonces la época del oro en barras; los envié a Roma; pero como si hubiese estado así decretado, todas las naves naufragaron. Son hechos, no cuentos; en un día Neptuno se engulló mis treinta millones de sestercios. ¿Creéis que me arredré? No, ¡por Hércules!, tal pérdida me enardeció para probar de nuevo fortuna, y a pesar del fracaso volví a negociar e hice otras expediciones mayores, mejores y más felices. Sabéis que cuanto mayores son las naves mayor resistencia tienen.” (Petronio, Satiricón, 76)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Plinio el joven escribe en una de sus cartas sobre el mal negocio que ha resultado ser la venta de su cosecha de uva a los negotiatores, al haberse visto obligado a compensarlos pactando un porcentaje a la baja del precio pagado. Esto se produce por la repentina caída de los precios del mercado como consecuencia de la superproducción del siglo II en Italia a pesar del edicto proteccionista de Domiciano. Los negotiatores se vieron especialmente perjudicados por esta coyuntura al tener que revender el producto en el mercado, cuando habían comprado la uva en la planta considerando el precio al que contaban venderlo. Plinio actúa con generosidad para permitir que los intermediarios pudieran liquidar sus deudas y volvieran a comprarle la uva en el futuro.

“Algunos visitan sus propiedades para regresar más ricos, yo para hacerlo más pobre. Había vendido la cosecha de mis viñedos a pie de finca cuando los comerciantes rivalizaban por comprar. Les atraía el precio, no solo el de entonces, sino el que parecía que tendría en el futuro. Sus esperanzas se frustraron. Hubiera sido cómodo, pero no igualmente justo, hacer el mismo descuento para todos.

De este modo, para que nadie se marchase «sin haber recibido de mí un regalo», les deduje la octava parte de la suma, que habían invertido; luego me ocupe en particular de los que habían invertido en la operación sumas especialmente grandes, puesto que, al prestarme un servicio mayor, habían sufrido también un perjuicio mayor. Además, como tuve en· cuenta que algunos me habían abonado una parte importante de su deuda, otros una cantidad pequeña, y otros nada, pensé que de ninguna manera era justo que fuesen igualados en la generosidad de la deducción, los que la rectitud en el pago de la deuda no había igualado. Encima, pues, a los que habían pagado su deuda les devolví la décima parte de la cantidad abonada. En efecto, me parecía que era el medio más adecuado, por una parte, para expresar mi agradecimiento a cada uno de acuerdo con sus respectivos merecimientos en el pasado, y por otra, para atraer a todos no solo a comprar sino también a pagarme sus deudas en el futuro.”
(Plinio, Epístolas, VIII, 2)



El edicto de Domiciano no parece haber tenido una gran implantación y en el año 212 d.C. el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, con derecho, por tanto, a plantar cepas. En el año 276 d.C. un edicto de Probo revoca el de Domiciano, y restablece los derechos de plantación y fomenta el establecimiento de nuevos viñedos en las provincias que conocen una nueva etapa de exportación de sus vinos a todo el imperio.

“Dio permiso a todos los habitantes de la Galia, de Hispania y de Bretaña para que plantaran vides y elaboraran vino. Ordenó que los soldados cavaran hoyas en el monte Alma, situado en la Iliria, en los alrededores de Sirmio, y lo plantó después él mismo con vides escogidas.” (Historia Augusta, Probo, 18)

El transporte de vino se hacía en contenedores cerámicos cuyo uso se remonta a la edad de Bronce en Palestina y Siria desde donde se extendieron a otros lugares gracias a los fenicios hasta convertirse en el envase típico para transporte del vino en todo el Mediterráneo durante la época antigua.

“Unos soldados llevaban sobre un carro mular con hermosas ruedas los retoños de la nueva planta de Baco, y muchas hileras de muías marchaban acarreando sobre sus lomos ánforas con el néctar de la vid.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XIV)


Durante siglos las ánforas se hicieron en varias formas y tamaños, con bases cónicas o esféricas y dos asas en el cuello. Se diseñaron para cargar sobre el hombro y ser trasladadas sujetando con una mano un asa y con la otra la base. El peso no debía exceder lo que podía cargar un hombre y su capacidad era de unos 25 litros.




Los alfareros fabricaban los distintos recipientes para el vino y las salsas que lo contenían como ingrediente y que se usaban en las tabernas, en los hogares y en los cuarteles de los ejércitos. El emperador Augusto, molesto por la extensión del consumo de productos extranjeros, quiso estimular la producción interior y para ello se animó el desarrollo de los talleres cerámicos. La expansión de los hornos de Arretium, junto con la importación de alfareros cualificados procedentes de Asia menor mejoraron la calidad de los recipientes cerámicos. En unas cuantas décadas los talleres de la Galia, Hispania y África acabaron dominando la producción, y las necesidades del ejército provocaron el crecimiento de centros alfareros junto a la frontera del Rin. Cuando la población del Imperio se acercó a los 54 millones en el reinado de Trajano, los alfareros y los vidrieros conjuntamente producían al menos 100 millones de envases relacionados con el vino al año. 

“En seguida trajeron unas ánforas de cristal cuidadosamente lacradas, del cuello de cada uno de los cuales colgaba una etiqueta con esta inscripción: Falerno, opimiano de cien años” (Petronio, Satiricón, XXXIV)


Algunos propietarios compraban las ánforas y los otros envases necesarios para el almacenamiento y comercialización del vino, pero en los fundi de los grandes terratenientes se empezaron a establecer talleres cerámicos que fabricaban los recipientes que abastecían a la propia finca y a las poblaciones del entorno.


En un papiro egipcio de Oxirrinco se detalla la firma de un contrato de alquiler por parte de un alfarero de un taller cerámico en una finca para elaborar un cierto número de jarras de vino en un tiempo determinado.

“A Aurelia Leontarus y Aurelia Plousia y … de Aurelio Paesis, hijo de …, que vive en la villa de Senepta, un alfarero de jarras de vino, me comprometo a alquilar por dos años desde el presente mes … vuestro taller para hacer jarras de vino, en vuestra finca de Senepta, junto con sus almacenes, horno, torno y otros enseres, a condición de que anualmente haga con fuego y cubra con pez hasta un total de 1500 ánforas con capacidad de cuatro coés (12 litros aproximadamente), 150 ánforas (keramia) dobles (1 keramion= 25 litros aproximadamente), 150 ánforas con capacidad de dos coés, mientras que vosotras debéis proporcionar la arcilla, la arena y la tierra negra, combustible para el horno, agua para la cisterna y 26 talentos de pez …” (Papiro de Oxirrinco, 3595)

Las ánforas para el transporte marítimo se hacían de cerámica y posteriormente se cerraban con tapas de arcilla y se sellaban con brea y cemento. Una tablilla (pittacium) se unía al ánfora indicando su medida, el nombre del vino, año de la cosecha y el nombre del cónsul bajo cuyo mandato se había almacenado.

“Allí puedes ver las ánforas, talmente cartas de arcilla con sus inscripciones, selladas con pez: las letras tienen un codo de largo, no te digo la recluta de toneles que tenemos ahí dentro...” (Plauto, El Cartaginés, IV, 2)

Museo de Boscoreale; Italia


La distribución de vino a gran escala permitió la introducción de los barcos dolia (o cisterna), en los que grandes contenedores cerámicos se guardaban en la bodega. El contenido de un solo dolium variaba entre 1500 y 3000 litros, que equivalía a unas 100 ánforas. Se reducía así el coste del transporte y también el de otros procesos como el ganar tiempo por no tener que rellenar las ánforas una a una, cerrarlas, taponarlas y rellenar las etiquetas con la identificación. La desventaja, por otra parte, era que la inversión en un barco dolia solo sería rentable si había una gran demanda en el mercado de destino y, además, la carga de vuelta se vería limitada al no poder traer otros líquidos que contaminaran el sabor del vino en la siguiente carga. Aun así, su uso continuó en el Mediterráneo desde su introducción en el siglo II y durante el siglo III.



Aunque el vino de mejor calidad seguiría envasándose en ánforas, el uso de dolia estimularía el empleo de barriles de madera, por ejemplo, en la Galia, donde el vino debía descargarse de los barcos grandes a barcos más pequeños para navegar por el río y distribuirse a las provincias del norte en recipientes más baratos, para lo que los mercaderes galos preferían los toneles (cupae).

“Al faltar la madera y los pontones que necesitaba unir para salvar la corriente, algunos ingenieros le recordaron que en los campos desiertos había muchos toneles de vino vacíos, de tablas curvas, que los habitantes de la región destinaban al transporte, para que el vino llegara con seguridad a sus clientes Estos toneles eran curvos y huecos a modo de naves, y, si eran atados unos a otros, flotarían como barcas y no serían arrastrados por estar enlazados.” (Herodiano, Historia del Imperio Romano, VIII, 4)


Cuando el Imperio Romano conquistó la Galia, los romanos descubrieron que los galos utilizaban barricas de madera de roble para almacenar cerveza. Éstos habían aprendido a elaborarlas humidificando y calentando las tablas para darles la forma deseada.

Los romanos comprendieron que dichos barriles presentaban la posibilidad de transportar su vino de forma rápida y segura. La madera más común para fabricar las barricas era la del roble, por ser fácil de doblar, ser abundante en los bosques de Europa y, por último, ser impermeable por lo que el vino no se filtraba y permanecía intacto en su interior.

Su utilidad se manifestaba también en que no se rompían con tanta facilidad durante el transporte y, gracias a su forma circular, un solo hombre podía hacer rodar la barrica, sin necesidad de cargar con ella.

Tonel, Museo del Alentejo

Plinio nos dice que los toneles tenían variadísimas funciones de envase en el ámbito agrario y comercial y que se utilizaban para contener vino en áreas en las que el frío podía llegar a congelar el mosto. Por el contrario, en zonas mediterráneas o de clima templado fueron los envases cerámicos los preferidos. 

“En la zona de los Alpes, lo conservan en recipientes de madera que rodean con aros, y además evitan su congelación en los rigores del invierno mediante el fuego. Es poco comentado, pero se ve en alguna ocasión que, tras reventar las vasijas, el vino se mantiene en un bloque helado de modo prodigioso, puesto que el vino no se congela; en otras ocasiones, por el frío, solamente se espesa.” (Plinio, Historia Natural XIV, 132)

Para el comercio local se utilizarían envases de vidrio protegidos por cestos de mimbre, o el odre, uter o culleus, que presentaban, por sus características y capacidad, grandes ventajas para el transporte por tierra.

Los odres son recipientes ligeros y resistentes, de gran elasticidad – especialmente si son odres nuevos – fácilmente transportables y manejables. Son, además, utensilios impermeables, higiénicos y muy prácticos ya que, una vez vaciado su contenido, ocupan poco espacio pudiendo ser reexpedidos con un coste mínimo. Ello hace que los viajes puedan ser más rentables ya que el espacio de la carga puede ser aprovechado para el acarreo de otras mercancías. Los odres son envases retornables y reutilizables y los posibles desperfectos que pueden provocar una salida del líquido contenido se pueden reparar a partir de pequeños remiendos, incrementando su duración.




El envase, muy antiguo en su empleo y muy generalizado, lo fabricaban los odreros (¿utricularii?) con la piel completa y sin costuras de cabra o carnero. Se desollaba al animal por la boca tras haberlo inflado y atando o cosiendo los orificios naturales y de las cuatro patas del animal según describe Herodoto. En el cuello le ponían una boquilla de madera o de asta para que sirviese de boca y en todas las ataduras y costuras se le había embadurnado con pez para impermeabilizar y dar consistencia a la zona.

“Tenía la piel enrojecida, y todo su rostro, que asomaba entre ambos, irradiaba rayos purpúreos, como si fuera la imagen reflejada de la luna creciente. En la mano izquierda sostenía un odre recién lleno del acostumbrado vino, que llevaba atado al cuello por una correa.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XVIII)



La generalización en el uso de los pellejos u odres de carnero viene dada por la facilidad de conseguir este tipo de piel y, sobre todo, porque el tamaño de estos animales proporciona un odre más manejable cuando está lleno que los confeccionados con piel de animales más voluminosos como el buey o el camello. La palabra que designaba el odre más común, de cabra o cerdo, se llamaba uter, la piel de buey entera se llamaba culleus.

“Nadie echa vino nuevo en odres viejos. Pues, de hacerlo así, el vino hará reventar los odres y se arruinarán tanto el vino como los odres. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos." (Marcos 2:18-20)

Una cabra de unos 20 kilos de peso ofrecía suficiente piel para confeccionar un odre cercano a los 100 litros, aunque la mayoría de odres oscilaban entre los 25 y 90 litros, aunque eran siempre preferibles unas capacidades reducidas ya que unas capacidades superiores podían dificultar su correcto acarreo y maniobrabilidad, teniendo en cuenta, además, que para una adaptabilidad mayor a la espalda de aquella persona que lo portaba era preferible que únicamente se llenaran hasta la mitad – o poco más – de su contenido total.

“En cuanto hubo pronunciado estas palabras, y al son de los instrumentos, cuatro esclavos se lanzan hacia la mesa y, bailando, arrebataron la parte superior del globo. Esto descubrió a nuestra vista un nuevo servicio espléndido: aves asadas, una teta de marrana, una liebre con alas en el lomo figurando el Pegaso, etc. Cuatro Marsias en las esquinas de aquel arcón tenían en las manos unos odres por cuyas bocas salía garo con pimienta sobre unos pescados que parecían nadar en un canal.” (Petronio, Satiricón, XXXVI)

Los odres se excluían de los legados testamentarios que iban directamente al heredero de un stock de vino, en base a que no se usaban para almacenar, sino para uso diario.



En la antigüedad clásica fue tal la generalización en su empleo y su popularidad que eran muy frecuentes las reproducciones en cerámica de estos envases de cuero de modo que el sustantivo askos fue el referido a envases cerámicas o de vidrio de tipo suntuario con forma de odre o de animal de forma ovoide.

En cuanto a la venta del vino ya elaborado se daba la posibilidad de que el productor se hiciese cargo de su cuidado hasta que un intermediario venía a comprarlo en las bodegas y luego lo retiraba tras las Vinalias de abril. El propio viticultor podía trasvasar el vino desde los dolia hasta las ánforas, odres o barriles, o hacerlo el negotiator mismo a los recipientes por él proporcionados.

“Del nomo de Oxirrinco a Anup, hijo de Víctor, comerciante de vino, saludos. Reconozco que he recibido de ti en el lugar el precio fijado y aceptado por mí, en su totalidad, de 246 sekomata, conteniendo cinco xestes cada una (1 xestes = 0´5 litros más o menos) de vino medido de acuerdo a la sekoma del hijo de Hellas, un total de 246 sekoma de vino. Deberé entregarte el vino en el lagar en mosto sin adulterar, teniendo tú que proporcionar las ánforas...”




Si el propietario decidía vender él mismo su propio vino haría uso de los recursos con los que contaba, sus recipientes y medios de transporte, como carros y animales, decidiendo hacerlo por vía terrestre o fluvial hasta los centros de distribución.

Tras el transporte terrestre, fluvial o marítimo del vino, éste llegaba a los centros de control y redistribución, en el forum vinarium, o almacenes destinados a tal fin, desde donde se vendía, mediante subasta probablemente, la mercancía al por mayor a los negotiatores vinarii, quienes se ocupaban del almacenamiento del producto y de la reventa a pequeños comerciantes. En la venta por subasta el vino no estaba presente, ni era entregado al comprador a su término, sino que había que proceder al acto de la degustatio (probar el vino) para comprobar su calidad. Posteriormente antes del 1 de enero se realizaba la medición del vino y se degustaba otra vez para verificar que no se había agriado o enmohecido.

“Nemesiano a Severo saludos. El probador de vino ha declarado que el vino de Eubea no es aceptable.” (Papiro Oxirrinco, 3517. Año 260 d.C.)

Para asegurar un buen producto el vendedor debía especificar un periodo de tiempo determinado para que el comprador probase la mercancía, tras el cual, si éste no lo había hecho, se consideraba que aprobaba la compra y no se podía considerar responsable al vendedor del potencial empeoramiento de la calidad del vino. Si se fijaba un tiempo para degustarlo, hasta que el comprador lo hacía, el riesgo de que el vino se agriase recaía en el vendedor.

Relieve romano, Museo de Liverpool

Plinio relata la historia de un liberto probador de vino en la casa imperial que estaba encargado de probar vinos destinados a un banquete para Augusto. Uno de los vinos lo describió como nuevo y no muy fino, pero dijo que César lo bebería. Con ello evidenciaba el gusto algo rústico de Augusto en cuanto al vino, ya que su favorito era de todas formas el no muy noble vino setino.

“El Divino Augusto antepuso el setino a todos los demás vinos y, lo mismo casi todos los emperadores siguientes, por la reconocida experiencia de que difícilmente se dan malas digestiones después de probarlo. Se produce más allá del Foro de Apio.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 6)

Los emperadores tenían sus propios procuratores vinorum, encargados de supervisar los viñedos propiedad de la casa imperial y de buscar y comprar el vino que debía abastecer la mesa sus señores y sus invitados en las cenas privadas u oficiales.

Un sarcófago datado en el año 217 d. C. está dedicado a Marco Aurelio Prosenes, un liberto que tuvo varios cargos en la casa imperial, desde procurator vinorum de Cómodo a camarero mayor con Caracalla.



Para atraer a los clientes los vendedores de vino podían utilizar varios trucos con los que disimular el verdadero sabor del vino, como poner el vino nuevo en un ánfora que hubiese contenido vino añejo y aromatizado, o dejar alimentos, como queso y nueces en la bodega, para que los probadores comiesen algo antes de gustar el vino y tuvieran el paladar embotado. Por eso hay recomendaciones sobre cuando degustar el vino como la ofrecida por Florentino y recogida en la obra Geopónica.

“Algunos prueban el vino cuando el viento está en el norte, porque entonces permanece inalterado. Los experimentados bebedores prefieren hacerlo cuando el viento viene del sur, porque así tiene más efecto en el vino y revela su naturaleza. No se debería probar cuando se tiene hambre, porque el sentido del gusto está embotado, y tampoco después de una copiosa comida o de haber bebido mucho. Tampoco tras haber consumido alimentos de fuerte sabor o salados, o de cualquiera que afecte al sentido del gusto. Por ello se debería comer ligero no tener indigestión.”
(Geopónica, Florentino, VII, 7)

Los negotiatores vinarii, se establecían en las principales ciudades, bien portuarias o bien del interior, aunque junto a las principales vías de navegación, fluviales o terrestres, proyectando sus negocios hacia gran parte del Imperio Romano y cobijados, a menudo, bajo la protección de determinados benefactores pertenecientes a altos cargos de la magistratura.

Mosiaco de Ostia, Italia

Cuando se vendía el vino en un almacén cerrado con un cerrojo el vendedor entregaba las llaves al comprador y éste quedaba ya como responsable del contenido. Alejandro Severo emitió un fallo en el año 223 d.C. a favor de un vendedor, porque había una venta a un precio fijo, no hubo medición del vino, aunque él no se opuso, y había entregado las llaves, por eso la venta era correcta y los cambios ocurridos al vino, por tanto, recaían en el comprador. 

“Si hay un acuerdo para vender las ánforas individualmente a un precio fijo, antes de que se entreguen, aunque incluso entonces la venta es imperfecta, el riesgo de cambio en el vino no es del comprador, no habiendo interpuesto una demora en la medición del vino, Pero dado que alegas que la totalidad de lo que estaba en el almacén se vendió sin medir y que las llaves se habían entregado al comprador, entonces la venta es perfecta, y cualquier pérdida ocurrida por cambio en el vino recae en el comprador.”

Los intermediarios intentaban integrarse en redes especializadas en la distribución de vino, que les garantizara mejor organización en los mercados locales o, incluso, en los más lejanos, lo que les hacía pertenecer a distintas asociaciones gremiales relacionadas con su negocio en diferentes ciudades del imperio. 

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Carullius Felicissimus fue miembro de los collegia de negotiatores vinarii de Ostia y Roma, lo que le permitiría encajar el suministro en Ostia con la demanda en Roma.

“D(is) M(anibus)
L(uci) Carulli Fe
licissimi bis(elliarii)
VI(viri) Aug(ustalis) idem
q(uin)q(uennalis) L(aurentis) L(avinatis) q(uin)q(uennalis) corp=For(is)
vin(ariorum) urb(anorum) e‹t=I› Os(t)i(ensium)
vix(it) a(nnos) LXXV L(ucius)
Carullius
Felicissimus
pat(er) b(ene) m(erenti) fec(it)”
(CIL XIV, 318)

El negotiator vinarius Tenatius Essimnus, originario de Trento, probablemente tenía su negocio allí como sugiere su monumento funerario, que, sin embargo, fue encontrado en Raetia, lo que sugiere que probablemente hiciera negocios con las provincias del norte, donde moriría.

D(is) M(anibus) / P(ublio) Tenatio Ess/imno negot/ianti vinar/iario domo / Iulia Triden/tum(!) (obito) anno(rum) LVII / P(ublius) Tenatius Pater/nus patri / pientissimo / fecit.


El aristócrata y hombre de negocios de Ostia, Cneo Sentius Felix se convirtió en socio de los gremios de los comerciantes de vino locales, de los patrones de barco y además fue patrón de otras asociaciones profesionales como los subastadores, banqueros y comerciantes del aceite entre otras.

De la relación entre los subastadores y tratantes de vino da fe esta inscripción hallada en Ostia:

“Al genio del muy espléndido gremio de importadores y vendedores de vino Cayo Septimio Quieto, subastador de vino, ha dedicado esta estatua como obsequio.”

Otro medio para aumentar la eficacia y dominar los mercados locales era la creación de redes familiares entre hombres de negocios con intereses similares con el objetivo de conseguir mejores precios o rebajas en la compraventa de productos. El comerciante de vinos, Apronio Raptor estaba unido por vínculos matrimoniales a la familia de los Helvii, que también pertenecían a la misma asociación de patrones de barco que él. Las grandes familias introducían a sus esclavos o libertos en la gestión del comercio para alcanzar una mayor cuota de mercado y procurarse la continuidad del negocio.

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los negotiatores vinarii intentarían asimismo mejorar sus perspectivas de negocio estimulando la lealtad de sus clientes. En una placa de mármol encontrada en la orilla del Tíber, cerca de la villa Farnesina se puede leer la dedicatoria del dispensator (administrador) de Trajano, Cinnamus, agradeciendo la exención de cuota al collegium de comerciantes de vino que tenía un local alquilado en un almacén propiedad del emperador. El propósito de este generoso acto puede ser doble por parte de los socios, a saber, obtener una rebaja en el precio del alquiler y atraer a un servidor del emperador, encargado de la intendencia de la casa imperial como cliente prioritario demandando la mercancía que ellos venden. 

Collegio Liberi Patris et Mercuri | negotiantium cellarum vina|riarum Novae et Arrunti|anae Caesaris n(ostri) || Cinnamus Imp(eratoris) Nervae Caesaris | Traiani Aug(usti) Germ(anicus) servos ver|na dispensator ob immunitat(em)| d(ono) d(edit) cura(m) agentibus ann(o) prio(re) | Ti(berio) Claudio Zosimo et Sex(to) Caelio || Agathemero Licinio Sura II Serviano II co(n)s(ulibus). (CIL VI 8826 = ILS 7276 = ID# 24509, Fechada en 102 d.C.)


“Este es un regalo para la asociación (collegium) de negotiatores de las bodegas imperiales Nova y Arruntiana dedicado a Líber Pater y Mercurio. Cinnamus, esclavo nacido en casa del Emperador Nerva César Trajano Augusto Germánico, dispensator, por la exención, dio esto como regalo en el año quinto bajo el mandato de Tiberio Claudio Zósimo y Sexto Celio Agathemero, durante el consulado de Licinio Sura – cónsul por segunda vez – y Serviano – cónsul por segunda vez.”

El pago de los impuestos gravados al vino, que se calculaban según su calidad, se hacía en especie, lo que permitía a las autoridades romanas disponer de unas reservas para distribuir, y emplear, por ejemplo, bien para cimentar las alianzas ya existentes con otros pueblos, bien para pagar a los bárbaros y mantenerlos alejados de las fronteras imperiales.

El vino que se traía para pagar los impuestos se trasvasaba a los dolia almacenados en los almacenes destinados a ese propósito en el portus vinarius.



Hacia finales del imperio los propietarios de las fincas tenían la responsabilidad de entregar el vino que era parte del tributo en la capital, donde se descargaban los barriles en las orillas del Tíber, en el campo de Marte, desde donde se trasladaban a la escalinata del templo del Sol de Aureliano. En 365 d.C., el precio del vino que se distribuía allí era un 25% menor que la tarifa de mercado. Los beneficios de su venta iban al tesoro, al arca vinaria, que estaba también en el templo. Los réditos de la muy rentable venta del vino se dedicaban a proyectos de construcción de edificios públicos. El yerno de Símaco, Flaviano Nicómaco el joven, fue acusado de apropiarse indebidamente de los fondos del arca vinaria cuando ocupó el cargo de prefecto de la ciudad. El mismo emperador exigió una contabilidad completa junto a una rápida restitución del dinero y encargó su recaudación al comes sacrarum largitionum Flavio Macrobio Longiniano, quien impuso una multa a la oficina del prefecto de Roma. Símaco le pide que no demande el dinero con tanta contundencia a su yerno.

“En medio de esto, me extraña muchísimo que con respecto a mi señor e hijo el ilustre Flaviano no hayas pensado ni en el grado de su magistratura ni en el derecho de la amistad. Así es, al reclamar tu eminente autoridad las deudas en los asientos del vino, ha llegado hasta a condenar al negociado con una multa. Admite pacientemente que no ha debido oprimirse con tal afrenta ni a la prefectura ni a un varón que te estima muchísimo.” (Símaco, Cartas, VII, 96)


Las entregas llegaban en ánforas u odres que, una vez realizada la prueba del vino o degustatio y terminada la operación de trasvasado, quedaban vacíos y no se consideraban parte del pago de impuestos en especie, cuya propiedad mantenía el productor del vino, quien tenía la posibilidad de deshacerse de ellos a su conveniencia, de venderlos a un tercero para una eventual reutilización o llevárselos a su finca para rellenarlos de nuevo con vino. Existirían compradores de ánforas que las revenderían a quienes las necesitaran para llevarse el vino que acababan de comprar.



Fonteyo, gobernador de la Galia Narbonensis hacia el año 75 a.C., fue acusado ante el tribunal de extorsiones, de haberse enriquecido ilegalmente por haber exigido junto a sus recaudadores de impuestos (publicani) un impuesto al vino, cuatro denarios en Toulouse por cada ánfora, con el pretexto de arancel de aduanas, lo que enfureció a los comerciantes de vino de la Galia. El principal acusador Pletorius adujo que Fonteyo había planeado esta acción junto a sus agentes ya en Italia antes de ocupar su cargo. Cicerón se encarga de su defensa.

“Conoced ahora la acusación sobre el vino, la que ellos pretendieron que fuera la más odiosa y trascendente. El cargo ha sido formulado por Pletorio, jueces, en los términos siguientes: a Marco Fonteyo no le había venido a la mente por primera vez en la Galia establecer el portazgo del vino, sino que había salido de Roma con ese propósito ya madurado y decidido. En consecuencia, Titurio había exigido en Tolosa cuatro denarios por cada ánfora de vino en concepto de portazgo; en Croduno, Porcio y Munio tres y un victoriato; en Vulcalón, Serveo dos y un victoriato; y en esta zona se le había exigido el portazgo a cualquiera que se desviase a Cobiomago —pueblo este entre Tolosa y Narbona— y no quisiera ir a Tolosa; en Elesioduno, Gayo Anio había exigido seis denarios a aquellos que lo transportaran hasta el enemigo.” (Cicerón, En defensa de Marco Fonteyo, 9)

Relieve de Sentia Amarantia, Museo Romano de Mérida

Las casas de los ricos poseían su propia bodega para guardar el vino que se consumía en sus cenas y banquetes o al menos tendrían un lugar reservado en sus despensas para almacenar las ánforas que necesitarían, pero el ciudadano que quería beber vino o deseaba ofrecerlo a sus invitados y no tenía sitio en su casa para guardarlo o quería degustar un vino diferente al que consumía habitualmente lo compraba en los mercados o en una de las numerosas tabernas que existían en todas las ciudades.

“Tuvo también Marco Antonio el orador la suerte de tener un amigo honrado, y, sin embargo, fue desgraciado, porque siendo aquel un hombre pobre y plebeyo, que hospedaba en su casa al primero de los Romanos, quiso portarse como el caso lo exigía, y envió a un esclavo para traer vino a casa de uno de los taberneros que vivían cerca.
El esclavo lo tomó con cuidado y dijo que le diera de lo mejor, con lo que le preguntó el tabernero qué novedad había para no tomarlo de lo nuevo y común, como acostumbraba, sino de lo mejor y de más precio: y respondiéndole aquel con sencillez, como a un hombre conocido y familiar, que su amo tenía a comer a Marco Antonio, al que ocultaba en su casa.”
(Plutarco, Vida de Cayo Mario, XLIV)



En las tabernas se podía, además de comprar vino para llevar a casa o para tomar allí mismo, elegir un vino mediocre y barato o un vino de mejor calidad y más caro.

“Hedone proclama: Aquí se puede beber por un as, si pagas dos beberás un vino mejor, pero si das cuatro beberás falerno.” (Graffiti de Pompeya)

La caupona (taberna) de Euxinus, que exhibe sus buenos deseos para los clientes con una pintura donde se encuentran un fénix y dos pavos reales tenía en su jardín 32 vides plantadas en filas irregulares. Se han encontrado en las excavaciones dos dolia de cerámica, que podían contener cada una alrededor de 380 litros de vino, lo que parece indicar que se podría haber elaborado vino allí mismo para complementar la posible oferta de vinos de fuera para consumir.

Pintura de la caupona de Euxinus, Pompeya



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