DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

domingo, 25 de octubre de 2020

Pater familias, el padre de familia en la antigua Roma


Familia romana. Pintura de Alma Tadema
Pintura de Alma Tadema

La familia era la base de la sociedad romana y al frente estaba el pater familias, bajo cuya autoridad y protección se hallaban, generalmente, la esposa, los hijos, los esclavos de su propiedad y los clientes, en caso de que la familia tuviera la relevancia necesaria como para tenerlos. Por tanto, todos los miembros de la unidad familiar estaban sometidos al poder absoluto e ilimitado (potestas) del pater familias.

“Apio, anciano y además ciego, con cuatro hijos y cinco hijas, gobernaba tanto su casa como su hacienda. Mantenía su espíritu siempre tenso igual que un arco, y, ni siquiera, ya cansado por la edad, sucumbía. Mantenía su autoridad, el mando sobre los suyos. Le temían sus siervos, le respetaban sus hijos, pero todos le querían. En su casa estaban vigentes las costumbres patrias y la disciplina.” (Cicerón, De la vejez, XI)

En el caso del matrimonio cum manu, la esposa, uxor in manu, entraba a formar parte jurídicamente de la familia del marido, tanto en el aspecto personal como patrimonial, y se sometía al control disciplinario del esposo y sus parientes. Este poder permitía al esposo castigar y repudiar a la esposa, aunque en época de la República si tomaba tal decisión debía someterla al censor y ya durante el Principado, al ser poco frecuente el matrimonio cum manu, ese derecho marital se fue perdiendo. 

El médico Claudius Agathemerus y su esposa, Museo Ashmolean, Oxford


El ius necandi era el derecho que autorizaba al marido a dar muerte a la mujer en casos de ingesta de vino y de adulterio. Si el caso era descubierto in fraganti, podía el marido ejercerlo en el acto, puesto que los hechos estaban suficientemente acreditados, y tal prerrogativa estaría dictada por la costumbre y recogida en las llamadas leyes romuleas o sacra coniugalia, que facultaban al marido, en su calidad de tal, para ejercer el ius necandi sobre la mujer.

“Si la demostración de severidad en el caso anterior tuvo como motivo castigar un crimen terrible, la de Egnacio Mecenio tuvo una causa mucho más leve, ya que mató a palos a su mujer por haber bebido vino.
Además, este castigo no sólo no provocó una acusación, sino ni siquiera un reproche, porque todos pensaban que ella había pagado de un modo ejemplar la violación de la sobriedad.”
(Valerio Máximo, hechos y dichos memorables, VI, 9, 2)

El procedimiento de divorcio al igual que el adulterio no flagrante requería la citación de un consejo (consilium), cuya finalidad era eminentemente social e impedía tanto las críticas de la familia de la mujer, puesto que ellos decidían el destino del matrimonio conjuntamente con el marido, como cualquier posible sanción de parte de los censores.

Pintura de Alma Tadema


Bajo el poder del pater familias se hallaban inicialmente los hijos legítimos concebidos en un matrimonium iustum; pero junto a los hijos biológicos era posible que personas ajenas se incorporaran de forma voluntaria a la familia y, por tanto, acataran el poder del pater bien por adoptio, bien por adrogatio.

La adopción estaba sujeta a ciertas formalidades según la época. En la arcaica y clásica se efectuaba una triple venta ficticia del hijo por parte del paterfamilias originario al pater adoptante. Este último, en las dos primeras ventas lo remitía in mancipatio (emancipado) a su padre natural, pero a la tercera vez, en lugar de que el padre originario volviese a vender una vez más a su hijo (evitando la emancipación del mismo conforme a la ley de las XII Tablas) el adoptante reclamaba, de forma simulada, la patria potestad sobre el adoptado como si le perteneciese de antemano, así, el padre natural callaba y la adopción se consumaba. Este sistema se aplicaba sólo cuando el hijo era varón, ya que en los casos de mujer o nieto bastaba solo con la emancipación del pater originario sin la posterior manumisión del adoptante, seguida del acto de adopción. En la etapa de Justiniano el trámite se simplificó, ya que bastaba con que acudieran ante el magistrado todos los interesados, o sea, padre biológico, padre adoptante y adoptado, suprimiéndose así el paso previo de la triple venta.

“Adoptó a Gayo y a Lucio, después de habérselos comprado a su padre Agripa en su casa mediante el as y la balanza, y los promovió, aun jóvenes, a la administración del Estado, enviándolos también, una vez que fueron designados cónsules, a recorrer las provincias y los ejércitos.” (Suetonio, Augusto, 64)


Cayo y Lucio, nietos e hijos adoptados de Augusto


Cuando la adopción se realizaba estando el adoptado todavía bajo la autoridad paterna, se celebraba antes la ceremonia de la mancipatio, o compra simbólica, en casa del padre. La persona que quería adoptar al niño pronunciaba unas palabras rituales y mientras tocaba una balanza con una moneda. El proceso tenía que repetirse tres veces en presencia del pretor.

En cuanto a los requisitos para dar paso a la adopción, en el período antiguo y clásico sólo se necesitaba el consentimiento de los pater familias del adoptado y del adoptante, más no el del adoptado, posteriormente fue suficiente con que no se opusiese.

“Así, tomando Galba a Pisón de la mano, se dice que habló en estos términos: «Si te hubiera adoptado como ciudadano particular en presencia de los pontífices, según la Ley Curia, hubiese redundado en mi gloria incorporar a mi familia a un descendiente de Cneo Pompeyo y Marco Craso, y hubiera añadido el insigne abolengo de los Sulpicios y Lutacios al tuyo propio. Ahora, llamado como he sido por voluntad de los dioses y de los hombres a la dignidad imperial, tu noble naturaleza y el amor a la patria me han impulsado a ofrecerte, sin que ello suponga esfuerzo alguno por tu parte, el principado por el que luchaban nuestros mayores con las armas y que yo mismo alcancé por la guerra, a ejemplo del divino Augusto que colocó junto a sí en la cumbre de la gloria a Marcelo, hijo de su hermana, después a su yerno Agripa, a continuación a sus sobrinos y, por último, a su hijastro Tiberio Nerón.” (Tácito, Historias, I, 15)

La fórmula para la adrogatio fue cambiando dependiendo de la situación histórica. En una primera etapa el colegio de pontífices tenía un papel fundamental ya que corroboraba que se cumplieren los requisitos de edad, que no se tratara de una especulación dineraria y si era necesario el proceso para perpetuar una familia, y para ello se efectuaban tres preguntas o rogationes, al adrogante si deseaba tener al adrogado por iustus filius, al adrogado si deseaba que el adrogante adquiriera sobre él la patria potestas, y finalmente al pueblo representado por los comicios por curias se le inquiría para que consagrara la voluntad de los intervinientes en el acto. En una segunda época la voluntad de los pontífices se tornó decisiva y aquel que los presidía decidía por sí sólo la adrogación. Ya en la etapa del principado, se impuso la voluntad del príncipe efectuándose la adrogación por medio de un rescripto imperial. 

Sarcófago de los hermanos, Museo Arqueológico de Nápoles,
foto de Marie Lan Nguyen


La consecuencia de esta modalidad de adopción era que el adrogante asumía la potestas del adrogado como si fuera un descendiente nacido en justas nupcias, por lo cual este perdía los derechos de agnación propios de su familia, tomando el nombre de la gens y de la familia del adrogante, incluyendo el culto o sacra familiae, además de ceder todos sus bienes materiales e inmateriales.

"La aceptación de extraños para que se integren en una familia ajena en calidad de hijos puede hacerse ante el pretor o ante el pueblo. Cuando se realiza ante el pretor se denomina adopción; cuando se hace ante el pueblo se llama arrogación. Son adoptados <los hijos> cuando el padre, bajo cuya potestad están, los cede legalmente después de una tercera venta y cuando son reclamados por aquél que los adopta en presencia de quien ostenta la autoridad jurídica; en cambio, son arrogados aquellos que, teniendo por sí mismos plena autonomía jurídica, se ponen bajo la potestad de otro, siendo ellos mismos responsables de tal hecho. Ahora bien, las arrogaciones no se realizan a la ligera y sin un estudio previo. En efecto; a instancias de los pontífices se convocan los comicios llamados ‘curiados’ y se estudia si la edad de quien quiere efectuar la arrogación no es más bien idónea para engendrar hijos, o si se persigue de modo fraudulento la fortuna de quien es arrogado. Se dice que la fórmula del juramento que se presta en la arrogación fue redactada por el Pontífice Máximo Q. Mucio [Escévola]. Pero no puede ser arrogado quien no haya alcanzado la pubertad. Por otro lado, se denomina arrogación [adrogatio], porque esta forma de incorporación a una familia ajena se produce mediante proposición [rogatio] al pueblo. La fórmula de esta proposición es la siguiente: “Quered y ordenad que L. Valerio sea para L. Ticio jurídica y legalmente hijo, como si hubiera nacido de ese padre y de la madre de esa familia, y que tenga sobre él potestad de vida y muerte como un padre sobre su hijo. En los términos en que lo he expuesto os lo propongo a vosotros, Quirites”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 19)

Altar de la adopción (Adriano adoptó a Antonino Pío, quien adoptó a Lucio Vero Y Marco Aurelio), Éfeso, Museo de Historia del Arte de Viena. Foto Carole Raddato


Entre los derechos que la patria potestad otorgaba al pater familias sobre los demás miembros de la familia estaban el poder dar muerte o castigo a los hijos; venderlos como esclavos, abandonarlos tras su nacimiento, vetar sus matrimonios u obligarlos a divorciarse; cederlos a otra persona para que se aprovechara de sus servicios o prestarlos como garantía a un acreedor.

Tradicionalmente se había otorgado al pater la prerrogativa de actuar como un juez, que, tras consultar un consejo familiar, decidía la suerte del hijo que había cometido alguna falta grave, ateniéndose a los mores (costumbres) específicos de la familia.

El ius vitae necisque (derecho de vida y muerte) constituía el reconocimiento máximo del poder paterno; con base en él, el padre podía poner fin a la vida de sus hijos si lo consideraba necesario. Inicialmente, los límites los establecían el sentimiento religioso y la conciencia social, pero, durante la época republicana, el abuso podía dar lugar a la intervención del censor y a lo largo del Principado los emperadores, en caso de no haber causa justificada, llegaron a imponer la deportación con embargo del patrimonio incluido. Ya en el Bajo Imperio, el emperador Constantino sancionó por primera vez como homicidio la muerte de un hijo de familia.

“La legislación romana había dado completo poder al padre sobre su hijo y durante toda su vida, ya quisiera encerrarlo, azotarlo, mantenerlo encadenado dedicado a los trabajos del campo, o matarlo, incluso aunque el hijo estuviese ya empleado en asuntos públicos, admitido en los más altos cargos o elogiado por su entrega a la comunidad. Y en efecto, por esta ley hombres ilustres que estaban frente a los rostra lanzando al senado discursos gratos a los plebeyos, por los que conseguían gran renombre, fueron bajados de la tribuna y arrastrados por sus padres para sufrir el castigo que ellos decidieran. Y mientras eran conducidos por mitad del Foro, ninguno de los presentes tenía capacidad para liberarlos, ni cónsul, ni tribuno, ni siquiera el populacho adulado por ellos, que consideraba todo poder inferior al suyo propio. Omito decir a cuántos hombres valiosos mataron sus padres por haber llevado a cabo, guiados por su valor y celo, algún hecho noble que ellos no les habían ordenado, como se cuenta de Manlio Torcuato y de muchos otros, sobre quienes hablaré en el momento apropiado.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, II, 26)

Mosaico de Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia


En el mundo antiguo los amos tenían el poder de dar muerte a sus esclavos, pero el pueblo romano lo mantuvo también para el padre sobre su descendencia, aunque, es verdad, que el pater familias tenía la facultad de aplicar castigos más suaves.

“Por esta misma época Quinto Fabio Máximo asesinó, teniendo como ayudantes en el parricidio a dos siervos, a un hijo suyo todavía adolescente, que se había retirado al campo; e inmediatamente manumitió a los esclavos como pago por su criminal acción. Llamado a juicio fue condenado bajo la acusación de Gneo Pompeyo.” (Orosio, Historias contra los paganos, V, 16)

Según la narración anterior parece que ya hacia finales del siglo II a. C., la patria potestas no podía ser ejercida arbitrariamente, no siendo aceptable que un pater condenase sin más a muerte a su hijo.

En el siguiente caso el hijo de Tarius fue sorprendido planeando el homicidio de su propio padre, por lo que este convocó a una multitud de importantes personalidades a su consejo, incluido el mismo César Augusto (quien por estar dotado de la tribunicia potestas tenía la facultad para sancionarlo), para que le ayudaran a juzgar la causa. El resultado de tal investigación fue la culpabilidad del hijo, quien en lugar de ser condenado a la pena capital fue únicamente desterrado por orden del pater a Marsella.

“A Tario, que condenó a su hijo al sorprenderlo mientras tramaba su muerte, después de celebrado el juicio todo el mundo lo admiró porque se contentó con exiliarlo, retuvo al parricida en el maravilloso exilio de Marsella y le proporcionó una renta anual, la misma que solía, pasarle cuando era inocente. Esta generosidad consiguió que, en una ciudad donde nunca falta un defensor a las peores gentes, nadie pusiera en duda que el reo había sido condenado con razón, porque lo había condenado un padre que no podía odiarlo.” (Séneca, Sobre la Clemencia, XV, 2)

Esta historia muestra que a menos que la culpa estuviese bien acreditada y la sanción bien establecida por la costumbre, era razonable que, para evitar la reprobación pública y un proceso abierto por su actuación, especialmente por parte de los tribunos, había que contar con un amplio respaldo moral al aplicar un castigo grave.

La norma jurídica obligaba al pater a ejercer su necis potestas sólo en los casos en que mediase una causa justa, como podía ser la comisión de un delito por parte del afectado o la defensa del honor familiar. Si la causa es de carácter delictivo, el pater podía proceder actuando como un tribunal, es decir, escuchando los testimonios de los afectados y la defensa que su hijo pudiera llevar a cabo. Si el asunto es muy delicado, era conveniente que invitase a esta deliberación a otras personas que podrían sentirse afectadas por la decisión que tomase, como los parientes de su mujer. También podría hacer partícipes a vecinos, o en general, a personas que podrían garantizarle buenos consejos, debido a su autoridad, como algunos miembros del Senado o al mismo César Augusto, como se ha visto. 




El rol social del consilium servía al pater para justificar la extrema medida que había tomado o moderar la que pudiera llevar a cabo en el futuro. Si no lo convocaba o no se comportaba a la manera de un tribunal, podía eventualmente ser sancionado, no tanto por el hecho de omitirlo, sino más bien por no tener una justa causa para dar muerte a su hijo o pariente. Incluso en el caso de comportarse casi como un juez o contar con el asesoramiento del consilium podía verse puesto en entredicho, aunque entonces podría aducir que su investigación había sido rigurosa y había recurrido a la autoridad de sus amigos con lo que probablemente evitaría la condena.

También en el caso que no haber convocado el consejo o no actuar como lo haría un juez podía verse libre de acusaciones si la causa era justa y aprobada por la tradición.

“Y Pomponia Grecina, matrona ilustre, mujer de Plaucio, el que volviendo de Britania entró en Roma con el triunfo de ovación, acusada de religión extranjera, fue remitida al juicio de su propio marido; el cual, vista la causa, conforme al uso antiguo en presencia de sus parientes, y examinada la honra y la vida de su mujer, la dio por inocente.” (Tácito, Anales, XIII, 32)

En el Bajo Imperio, por una influencia notable del cristianismo sobre las instituciones civiles romanas, el ius vitae et necis deja de ser una facultad ligada a la patria potestad y comienza a ser considerado como un crimen público: parricidio. Tradicionalmente el parricidio era la muerte de un padre a manos de su hijo, pero las leyes fueron cambiando hasta llegar a considerar parricidio cualquier muerte dentro de la familia. La pena impuesta por el emperador al parricida eras la poena cullei, en la que el parricida era metido en un saco o con serpientes o con un perro, un gallo, una víbora y una mona, y echado a un mar o río, según la época y las circunstancias de cada región. 

Poena cullei, martirio de san Julián. Foto Granger


Por su parte, Valentiniano, Teodosio y Arcadio (335 d. C.) negaron la posibilidad del indulto a los parricidas y dejaron ver que la influencia cristiana afectaba a la elaboración en sus constituciones.

El ius exponendi (derecho de exposición) era la facultad reconocida al padre de familia de exponer en un lugar público a los hijos recién nacidos, abandonándolos a su destino, derecho que también se recogía en el derecho provincial de Egipto, pero no se practicaba en el cristianismo primitivo.

“Hilarión a su hermana Alis, muchos saludos. También a mi señora Berous y a Apollonarion. Sabed que seguimos estando en Alejandría. No os preocupéis. Voy a permanecer en Alejandría. Te pido y te ruego que cuides de nuestro pequeño, y en cuanto recibamos la paga, tengo intención de enviártela. Si, entre todo lo que puede suceder, tienes un hijo y es varón, tenlo, pero si es hembra, abandónala. Le has dicho a Afrodiaias: «no me olvides», pero ¿cómo podría olvidarte? Así que te pido que no te preocupes. Año 20. Pauni 23.” (Papiro de Oxirrinco, 744)

Si el padre no reconocía al niño, bien por su origen bastardo, por deformidad, por tener un número excesivo de hijas, o por carecer de medios para su sustento, se abandonaba en un basurero para dejarlo morir de hambre o para que fuera recogido por alguien que quisiese hacerse cargo de él o criarlo como esclavo.

“Destruimos los fetos monstruosos, también a nuestros hijos, si nacen enfermos o malformados, los ahogamos; pero no es la ira, sino la razón, la que separa a los inútiles de los elementos sanos.” (Seneca, De Ira I, XV, 2) 




En el Bajo Imperio, si bien el derecho de abandono de los hijos nacidos no se suprimió, probablemente, por razones económicas y de subsistencia de la familia, sí se limitó legalmente, bien con la creación de un derecho de acogida y custodia permanente en favor de los terceros que acogían y criaban a los niños, bien con la concesión del derecho de la patria potestad

“Si alguien recoge un niño o una niña que ha sido expulsado de su hogar con el conocimiento y consentimiento de sus padre o amo, y lo cría y mantiene, tendrá derecho a quedarse con dicho niño/a con el mismo status que tenía cuando se hizo cargo, es decir, como su hijo/a o esclavo/a, lo que prefiera. Cualquier proceso para la recuperación por parte de aquellos que a sabiendas y voluntariamente abandonaron a los recién nacidos, ya sean esclavos o libres, será desestimado.” (Del emperador Constantino a Ablavius, Prefecto del Pretorio, año 331. Código Teodosiano, V, 9, 1)

El pater familias tenía también reconocido el ius vendendi o facultad de enajenar a los hijos, inicialmente para emanciparlos y, a partir de la crisis económica del siglo IV, como venta real del recién nacido para evitar la exposición de los hijos; fue tolerada por Constantino (que reconoció al padre el derecho de rescatar al hijo mediante el pago del precio recibido por la venta o la entrega de otro esclavo) y confirmada por Justiniano que limitó la venta a casos de extrema pobreza.





Este derecho nació con el fin de permitir a los padres el poder renunciar al ejercicio de la patria potestad. La emancipación fue un derecho en beneficio del pater familias, pero no de los hijos. No existía ningún impedimento legal al ejercicio de este derecho. Como consecuencia los emancipados sufrían un cambio de status y se convertían en extraños para la familia. Además, el padre de familia podía emancipar a los hijos en cualquier edad.

Los hijos vendidos ocupaban una posición equivalente a la de los esclavos, con lo que no podían heredar ni ser legatarios, salvo que fueran manumitidos en el mismo testamento. A diferencia de los esclavos, no podían ser maltratados de ninguna manera, y podían obligar a su adquirente a ser manumitidos.

“No se detuvo aquí el legislador de Roma en el poder dado al padre, sino que incluso se le permitió vender a su hijo, sin pararse a pensar si alguien consideraría esta concesión como cruel y más dura que lo que sería adecuado al cariño natural. Y una cosa que especialmente extrañaría a alguien educado en las liberales costumbres griegas, considerándola rígida y tiránica: permitió al padre negociar hasta tres veces con la venta de su hijo, dando más poder al padre sobre su hijo que al dueño sobre sus esclavos. Ya que el esclavo que es vendido una vez y luego obtiene la libertad es ya en adelante dueño de sí mismo, pero un hijo vendido por su padre, si quedaba libre, pasaba de nuevo a la tutela de aquél; y vendido y liberado por segunda vez era esclavo, como al principio, de su padre. Tras la tercera venta quedaba libre de su progenitor." (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, II, 27)




Al rey Numa se atribuía la prohibición de vender al hijo que había sido comprometido en matrimonio.

“Si un padre permite a su hijo tomar mujer que será partícipe, según las leyes, de sus ritos y bienes, ya no tendrá el padre poder de vender al hijo.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, II, 27)

El ius noxae dandi era el poder que ejercía el pater, como jefe de la familia, para evadir la responsabilidad de un delito cometido por alguna de las personas que se encontraban bajo su potestas a través de la entrega del responsable a su víctima.

En cuanto al matrimonio, aparte del consentimiento de los cónyuges, en la época arcaica debía contarse con el consentimiento del pater familias de cada uno de los contrayentes, si estos estaban sometidos a su patria potestad. Más adelante solo era necesario que los pater familias no se opusieran. En la época alto-imperial se pusieron límites al poder paterno obligando al jefe de la familia a prestar su consentimiento, aunque voluntariamente no quisiera hacerlo. Cuando el que estaba revestido de la potestad no podía expresar su consentimiento por estar ausente o prisionero de guerra, podía prescindirse de este requisito después de los tres años de ausencia o cautiverio, e incluso antes, si se consideraba probable que no se opondría a la celebración del matrimonio. En caso de no poder prestar consentimiento por demencia, incapacidad mental o negarse sin motivo suficiente, habría que recurrir al magistrado y tener en cuenta a los miembros más relevantes de la familia. Por último, necesitaban también el consentimiento paterno las emancipadas menores de edad.

“Y tú no te resistas a esposo semejante, novia. No conviene resistirse a quien tu propio padre te entregó, tu propio padre y tu madre a quienes debes obedecer. Tu virginidad no toda es tuya, también es de tus padres. Un tercio es de tu padre, otro tercio ha sido confiado a tu madre; solo el último es tuyo." (Catulo, Poemas, LXII, 60)

Ilustración de Angelo Todaro


Durante el Bajo Imperio Honorio y Teodosio ordenaron que se debía atender a la voluntad del padre, para el casamiento de las hijas que se encontraban bajo patria potestad. Si la hija estuviera emancipada, pero fuera menor de veinticinco años, se debería recurrir al asentimiento. Si estuviera privada del padre se pediría el parecer de la madre, de sus parientes y de ella misma.

Otros derechos de los que disfrutaba el pater familias eran el poder nombrar tutores para su mujer e hijos para después de su muerte, nombrar un heredero, y un heredero para su heredero después de morir este, recuperar un hijo o nieto detenido por deuda, demandar o cobrar por la agresión o daños sufridos por algún miembro de la familia y recibir todos los bienes o créditos generados por los negocios de sus hijos.

Los hijos de familia sólo podían disponer de los derechos patrimoniales cuando fueran sui iuris (emancipados), en caso contrario todo lo que adquirieran revertía en el patrimonio paterno. Sin embargo, con el tiempo se acabó por reconocer una capacidad limitada patrimonial a los hijos a los que el pater entregaba un conjunto de bienes en concepto de peculium, que, si bien eran todavía propiedad del pater, podía administrar el hijo.

"¿Qué ocurre si un tercero traspasa una propiedad a un niño o promete pagarle dinero como regalo o a cambio de un servicio? La respuesta corta es que el pater familias recibe todo. Pero también significa que puede usar sus hijos, además de sus esclavos, como extensiones de sí mismo para amasar una fortuna para su patrimonio." (Digesto, XLI, 1, 63, prefacio)


Relieve de Viminacium, Museo Nacional de Belgrado, Serbia


A partir del fin de las Guerras Púnicas, Roma experimentó profundos cambios sociales por los que la sociedad de agricultores austeros y ejércitos de ciudadanos lentamente fue siendo desplazada por un sentimiento nuevo de urbanidad, comercio y cultura que resultaba incompatible con los antiguos valores familiares. La tendencia era que, aunque el padre conservaba la patria potestas para obligar a los hijos a cumplir sus deseos, un buen pater no imponía su voluntad, sino que atendía y tenía en consideración los deseos de sus descendientes.

“A mi juicio por lo menos, se equivoca de pe a pa quien cree que es más firme y estable la autoridad que se ejerce con la represión que aquella que se gana con la amistad. Este es mi sistema; esta es mi convicción. El que cumple su deber obligado por las amenazas, está en guardia mientras tema que sus faltas se llegarán a saber; si espera que permanecerán ocultas, vuelve a las andadas. Viceversa, aquel a quien ganas con tus beneficios, obra de buen grado, se esfuerza por corresponder, será idéntico en tu presencia que en tu ausencia. Esto es propio de un padre, es decir acostumbrar al hijo a portarse bien espontáneamente más que por miedo a otro; en esto se diferencian padre y amo; el que no sabe eso, confiese que no sabe gobernar hijos.” (Terencio, Los hermanos, I, 1)

Familia romana. Museos Vaticanos. Foto de Agnete


Las comedias de la época representaban a una sociedad romana de la época que no se encontraba ya dispuesta a aceptar que se usaran las facultades emanadas de la patria potestas de forma arbitraria. Mostraban a padres liberales que razonaban con sus hijos, o incluso aceptaban sus caprichos, antes que a padres severos que los castigaban.

Deméneto. — De hacerme a mí caso los otros padres, Líbano, serían tolerantes con sus hijos: ésa es la única forma de granjearse su afecto y su simpatía. Por lo que a mí toca, pongo todo mi empeño en hacerlo así: yo quiero ser amado de los míos; yo quiero tomar ejemplo de mi padre, que, por mor mío, fue y se disfrazó de marinero y engañó al rufián para llevarse a la joven de la que yo estaba enamorado. A su edad, no se avergonzó de una tal impostura, granjeándose así con sus bondades el afecto de su hijo. Yo estoy decidido a seguir su conducta. Es que mi hijo, Argiripo, me ha pedido hoy dinero para sus amores; y yo quiero de todos modos condescender a su ruego. [Yo quiero favorecer sus amores, quiero que sienta afecto por su padre.] Aunque su madre le tiene atado corto, cosa que por lo general son los padres los que lo suelen hacer. A mí, desde so luego, no se me pasa por las mientes cosa semejante; sobre todo, una vez que él me ha hecho digno de su confianza, no estaría ni medio bien que yo no fuera a hacer honor a su buen natural; él ha acudido a mí, como debe hacer un hijo respetuoso con su padre y por eso es mi deseo que disponga de dinero para su amiga. (Plauto, Asinaria, I, 1)




Por ejemplo, en la comedia de Plauto llamada Stichus el pater desea divorciar a sus hijas de sus maridos ausentes desde hace tres años. La cuestión es difícil, no sólo por la importancia de la decisión, sino también por la probable oposición de sus hijas, con las cuales el padre no desea enemistarse. Al tratar el asunto, les dice que ha consultado con sus amigos y junto con ellos ha decidido que deben divorciarse, ellas se oponen y refutan los argumentos del padre, el cual finalmente se rinde y decide volver a revisar la cuestión con sus amigos,

Antifón.— A fe mía que os he sometido a un buen examen a vosotras y a vuestra manera de pensar. Pero el motivo por el que vengo y por el que quería veros a las dos es el siguiente: mis amigos me aconsejan que os saque de aquí y os lleve a casa.
Pánfila.— Pero nosotras, que somos las interesadas, somos de otra opinión, porque, o no debías de habernos dado por esposas a nuestros maridos, si es que no estabas de acuerdo con ellos, o no está bien el llevamos de aquí ahora durante su ausencia.
Antifón.— ¿Es que voy yo a consentir que, estando yo en vida, estéis casadas con unos mendigos?
Pánfila.— 
A mí me gusta mi mendigo, lo mismo que a una reina le gusta su rey. A mí me animan los mismos sentimientos ahora en la escasez que antes en medio de las riquezas.
Antifón.— 
¿En tanto aprecio tenéis a unos aventureros y unos pobretones?
Pánfila.— 
En mi opinión, no fue al dinero al que me entregaste tú por esposa, sino a mi marido.
Antifón.— ¿Por qué os empeñáis en esperarlos, cuando hace y a tres años que salieron de aquí? ¿Por qué no queréis volver a vuestra situación anterior, estando ahora en la peor de las condiciones?
Pánfila.— Padre, es una necedad el obligar a los perros a la caza: una mujer que en contra de su voluntad es dada en matrimonio a un hombre, no es para él sino un enemigo.
Antifón.— ¿Estáis las dos decididas a no obedecer las órdenes de vuestro padre?
Panegiris.— Las obedecemos, porque no queremos abandonar a quienes tú nos diste en matrimonio.
Antifón.— 
Que lo paséis bien. Me marcho y les expondré a mis amigos vuestra resolución.
Panegiris.— Yo creo que nos tendrán por mujeres honradas si se lo expones a personas que lo son.
Antifón.— Ocupaos lo mejor que podáis de vuestra hacienda. (Plauto, Estico, I, 2)


Boda romana. Pintura de Emilio Vasarri


El pater familias era también fundamental en la educación de sus hijos como responsable de enseñarles los valores tradicionales romanos de pietas, firmitas y diligentia y la historia de Roma, además de formarles en su propio negocio u oficio.

“Cuando ya empezaba a comprender, él mismo (Catón) se encargó de enseñarle las primeras letras, aunque tenía un esclavo llamado Quilón, bien educado y que enseñaba a muchos niños; porque no quería que, a su hijo, como escribe él mismo, le reprendiese o le tirase de las orejas un esclavo, si era lento en aprender, ni tampoco quería agradecer a un esclavo tal enseñanza. Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo, sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra las corrientes y los remolinos de los ríos. Dice, además, que le escribió la historia de su propia mano, y con letras grandes, para que el hijo pudiera aprovecharse de los medios de su casa para el uso de la vida, de los hechos de la antigüedad y de los de su patria.” (Plutarco, Vida de Catón, III, 20)


Sarcófago de Marco Cornelio Estatio. Museo del Louvre


El pater familias era también el jefe espiritual de la familia que dirigía los sacrificios y las oraciones ante el altar doméstico de los lares y quien tenía la obligación de realizar los cultos familiares y como uno más de sus deberes debía propiciar y ahuyentar a los espíritus de la casa para proteger a los suyos.

“Era el mes de mayo, denominado así por el nombre de los ancestros (maiores), que aún hoy conserva parte de la costumbre antigua. Al mediarse la noche y brindar silencio el sueño, y callados ya los perros y los diferentes pájaros, el oferente, que recuerda el viejo rito y es respetuoso con los dioses, se levanta (sus pies no llevan atadura alguna) y hace una señal con el dedo pulgar en medio de los dedos cerrados, para que en su silencio no le salga al encuentro una sombra ligera y cuando ha lavado sus manos con agua de la fuente, se da la vuelta, y antes coge habas negras y las arroja de espaldas diciendo: “Yo arrojo estas habas, con ellas me salvo yo y los míos”. Esto lo dice nueve veces y no vuelve la vista, se estima que la sombra las recoge y está a nuestra espalda sin que la vean. De nuevo toca el agua y hace sonar bronces temescos y ruega que salga la sombra de su casa, al decir nueve veces “Salid, Manes de mis padres,” vuelve la vista y entiende que ha realizado el ceremonial con pureza.” (Ovidio, Fastos, V)

Pater familias en los Lemuria



Bibliografía

http://rehj.cl/index.php/rehj/article/viewArticle/462; el origen de los poderes del “paterfamilias”, ii: el “paterfamilias” y la “manus”; Carlos Felipe Amunátegui Perelló
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7209641; La patria potestad en el derecho romano y en el derecho altomedieval visigodo; Guillermo Suárez Blázquez
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2201637; CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LOS CONCEPTOS DE PATRIA POTESTAS, FILIUS–, PATER–, Y MATERFAMILIAS: UNA APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DE LA FAMILIA ROMANA; Mª Luisa LÓPEZ HUGUET
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4966626; Nota mínima sobre algunos modelos familiares en los tres primeros siglos del Imperio Romano; Rosa MENTXAKA ELEXPE
https://www.tdx.cat/handle/10803/403848#page=1; DERECHO, MUERTE Y MATRIMONIO: LA FAMILIA MATRIMONIAL EN EL MEDITERRÁNEO CRISTIANO, DESDE LA ANTIGÜEDAD AL FINAL DE LA EDAD MEDIA; Manuel Vial Dumas
EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO FAMILIA Y SU RECEPCIÓN EN EL ORDENAMIENTO JURÍDICO; Gabriel Muñoz Bonacic
http://docshare03.docshare.tips/files/13833/138334418.pdf; A Casebook on Roman Family Law; Bruce W. Frier y Thomas A.J. McGinn

martes, 11 de agosto de 2020

In vino sano, el vino medicinal en la antigua Roma




“Primero me vino a la mente lo que hacen los médicos; en efecto, a los que están desfallecidos y precisan algún tónico por debilidad del estómago no les suministran nada caliente, sino que dándoles vino los alivian.” (Plutarco, Moralia, III, 652C)

Desde antes de los tiempos de Homero en la sociedad griega antigua se tenía al vino por un alimento beneficioso que proporcionaba fuerza y vigor al cuerpo y que tenía poderes curativos. También se consideraba su valor terapéutico para la salud del alma porque hacía olvidar las preocupaciones y aliviaba las penas. Pero todo ello ocurría solo si se tomaba en las cantidades adecuadas y se administraba con las debidas precauciones, como manifestaron la gran mayoría de las fuentes médicas antiguas, pues en caso contrario podía ser causa de problemas y enfermedades.

“En Atenas ofrendan el vino nuevo el once del mes Antesterión, por lo que llaman a ese día Pitegia. Y antiguamente, incluso, según parece, suplicaban, haciendo una libación con el vino antes de beberlo, que el uso del «fármaco» les fuera inofensivo y saludable.” (Plutarco, Moralia, III, 655E)


Fresco de Pompeya con Dioniso


Mnesiteo de Atenas, advertía de que, si bien el vino podía ser el mayor bien para los hombres, también podía convertirse en el peor si se cometían excesos.

Mnesiteo afirma que los dioses dieron a conocer el vino a los mortales como el mayor bien para quienes lo toman con sensatez, y para los que lo hacen desordenadamente, lo contrario.

En efecto, a quienes lo consumen les proporciona alimento,
y vigor a sus almas y sus cuerpos.
Asi mismo, como cosa utilísima en medicina,
pues se mezcla con los fármacos bebibles,
y proporciona socorro a los heridos;
en las reuniones de todos los días,
a quienes lo beben con moderación y mezclado,
buen humor; en cambio, si te excedes, insolencia.
Si te lo tomas mitad y mitad, provoca delirio;
si puro, parálisis de los cuerpos.
Por eso también se llama a Dioniso por doquier (Médico).
(Banquete de los eruditos, II, 36 A-B)

En su doble acción como fármaco y veneno el vino era tanto apreciado como odiado, y por ello su descubridor, Dioniso (o Baco), también. La embriaguez se consideraba una enfermedad, pero no una lacra social, por lo que el dios era principalmente venerado como benefactor y como “doctor” que proporcionaba alivio a los males del cuerpo y del espíritu.

“Y Dioniso no sólo por haber inventado el vino, fármaco muy eficaz y agradable, fue considerado un médico excelente, sino también por haber elevado a lugar de honor la yedra, lo más contrapuesto en su acción al vino, y por haber enseñado a quienes le festejan a coronarse con ella, para que sean molestados menos por el vino, ya que la yedra con su frescura apaga la borrachera.” (Plutarco, Moralia, III, 647 A)


Pintura de Dioniso, Museo Arqueológico de Nápoles

Médicos griegos de todas las épocas compartieron por lo general esa opinión sobre las bondades (y perjuicios) del vino y lo consideraron como un auténtico fármaco tanto por su efecto beneficioso como perjudicial. Ellos conocían bien tanto las virtudes terapéuticas del vino como los daños que podía causar bebido en exceso y lo usaron ampliamente en medicina para prevenir o curar gran número de enfermedades.

Hipócrates (siglo V a.C.) afirmó que el vino era, además de un alimento, un excelente tratamiento para el alma y el cuerpo, tanto en el interior al tomarlo, como en el exterior al aplicarlo con otros ingredientes. Basándose en la teoría de los humores, consideraba al vino caliente y seco, en comparación al agua que era fría y húmeda. Además, hizo hincapié en que se debía tener en cuenta la calidad, características y cantidad del vino para prescribir un tratamiento en razón además de la enfermedad, temperamento, constitución y hábitos alimenticios del paciente.

“El beber, sin tener costumbre y de repente, vino rebajado va a causar en la región intestinal superior un estado de humedad, y en la región inferior, flato. Y el beber vino puro, palpitaciones en las venas, dolor de cabeza y sed. El vino blanco y el tinto, aun siendo fuertes los dos, producen a los que alteran su uso habitual muchos trastornos en el cuerpo, de manera que uno diría que es menos extraño que el vino dulce y el fuerte, si se cambian de repente, no causen el mismo efecto.” (Hipócrates, Sobre la dieta en las enfermedades agudas, 37)



Según un catálogo de vinos contenido en los tratados médicos de la escuela hipocrática se puede hablar de una diferenciación basada en el color (blanco, claro, tinto, pajizo, ambarino), en la consistencia al degustarlo (ligero, concentrado, suave o intenso), en su sabor (dulce, seco, ácido) en el olor (oloroso, con olor a miel, sin aroma), en la edad (joven o añejo). Los médicos de la época asociaron vinos específicos con diferentes procedimientos terapéuticos.

“De los vinos, los tintos y ásperos son más secos, y no son ni laxantes ni diuréticos ni expectorantes. Resecan por su calor, al consumir la humedad del cuerpo. Los tintos suaves son más húmedos, y producen gases y son más laxantes. Los tintos dulces son más húmedos y más débiles, y producen gases al introducir humedad. Los blancos ásperos calientan, pero no resecan, y son más diuréticos que laxantes. Los vinos jóvenes son más laxantes que los otros, por estar más cerca del mosto y son más nutritivos, y también los aromáticos más que los que no tienen aroma, por ser más maduros, y más los gruesos que los ligeros. Los ligeros son más diuréticos. Y los blancos y los ligeros dulces son más diuréticos que laxantes, y refrescan, adelgazan y humedecen el cuerpo, y debilitan la sangre, desarrollando en el cuerpo el principio rival a la sangre.”
(Hipócrates, Sobre la dieta, 52)

De acuerdo con la tradición las propiedades terapéuticas y farmacológicas del vino se podían resumir en que el vino tinto se consideraba, en general, fuerte y difícil de digerir, malo para el estómago, flatulento, que perturbaba el intestino y que emborrachaba y engendraba carnes, sobre todo el espeso o denso, aunque, en cualquier caso, el vino tinto se consideraba muy alimenticio, reconstituyente y calorífico, cualidades que destacaban la casi totalidad de los médicos, pues, como decía Galeno, estando próximo a los alimentos sólidos por su consistencia, poseía de forma natural las dos cualidades elementales para ser un buen alimento (humedad y calor). Se le veía también como el más adecuado para la generación de sangre, sobre todo el rojo, dulce y espeso, asimismo se le tenía por un buen generador de bilis negra y en consecuencia del humor melancólico por lo que no era conveniente para los pacientes que sufrían de melancolía. 

Detalle de mosaico de Lillebonne, Museo de Antigüedades de Rouen, Francia. foto de Gerard

El vino blanco se consideraba, en general, débil, ligero por naturaleza y de consistencia similar al agua. Y, quizá por eso (y sobre todo el seco), se creía que era un buen diurético, mejor que el tinto, y capaz, por lo tanto, de limpiar la sangre a través de la orina, aunque tendía a subirse a la cabeza. Dioscórides lo consideraba un buen digestivo. Pero, por el contrario, se le tenía como el menos alimenticio de los vinos y desde luego menos que el tinto. La variedad dulce sería, en todo caso, la más nutritiva. En cualquier caso, era un vino muy recomendado por los médicos en general, tanto del Corpus Hippocraticum como de los posteriores, y tanto para las dietas como para la vida cotidiana. Dioscórides afirmaba que el vino blanco, seco y sin agua de mar era el preferente para cualquier persona en la salud y en la enfermedad. 


Además el blanco es sutil, se asimila bien y sienta bien al estómago. El negro es grueso y difícil de digerir y provoca embriaguez y aumento de carnes. El rojizo, al ser intermedio, tiene virtud intermedia con relación a cada uno de los otros. No obstante, debe elegirse el blanco tanto en caso de salud como de enfermedad.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 2)

El pajizo se consideraba intermedio entre el tinto y el blanco en cuanto a propiedades y efectos sobre la salud, era alimenticio y moderador de los humores y los más ligeros y secos eran buenos diuréticos, mientras que los dulces y espesos eran más nutritivos que los ligeros y eran buenos generadores de sangre. Los médicos, generalmente, lo consideraban más calorífico que el tinto, por lo que producía más dolores de cabeza y alteraba la razón.

“De los vinos, uno es blanco, otro pajizo, otro tinto. El blanco es por naturaleza más ligero, diurético y cálido, y aunque es digestivo, hace arder la cabeza, pues es un vino que tiende a subir. En cuanto al tinto, el que no es dulce es muy nutritivo y astringente. En cambio, de los blancos y los pajizos la variedad dulce es la más nutritiva. En efecto, suaviza a su paso, y al espesar mucho los humores, afecta menos a la cabeza.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 32, D)

En cuanto al aroma, se consideraba que tenía cierta influencia en la salud y solía recomendarse el empleo de sustancias aromáticas y perfumes en diversos tratamientos terapéuticos. El aroma de un vino podía depender no solo de la uva y el envejecimiento sino también de las varias sustancias aromáticas que se le solían añadir en el momento de la elaboración.

“Hay un tipo de aderezo y preparación de vinos salutíferos que curan diversas enfermedades y que muchos de los autores antiguos elogian por su experiencia. La preparación no lleva ninguna droga, sino que es sumamente simple, por ejemplo, con ajenjo, rosas, eneldo, poleo y sustancias de este tipo.” (Geopónica, VIII)

Pintura de Alma Tadema

Existía la creencia común de que los vinos dulces eran poco olorosos y menos aromáticos que los secos. Los médicos solían recomendar vino de buen olor en numerosas recetas (seco y/o añejo, habitualmente), y en muchas de ellas se añadían distintos ingredientes aromáticos, quizá por la necesidad de contrarrestar el mal olor de algún alimento o el que podía producirse en la boca o porque necesitaban prescribir fármacos que contenían componentes de olor fuerte o desagradable, y el vino, que podía emplearse como excipiente, servía entonces para neutralizar ese olor.

Así, por ejemplo, Columela explica la elaboración del vino de romero, que preparaba metiendo ramos de romero seco, atados con una cuerda de lino, en ánforas llenas del mosto obtenido tras los últimos prensados. Debían mantenerse así durante siete días de fermentación y retirarlos después. Después debía trasvasarse el vino a vasijas nuevas y tratarlo posteriormente con yeso. Se podía tomar al cabo de dos meses. Los autores antiguos decían que el romero tenía virtud calorífica y estimulante y se añadía a los fármacos que se utilizaban para evitar el cansancio. También se usaba para tratar los problemas de oídos y oculares, además de los cólicos y las diarreas.

“El mosto de recorte es el que se exprime del pie cortado en redondo después del primer estrujón. Este mosto lo echarás en un ánfora nueva, y la llenarás hasta lo alto; después echarás unas ramillas de romero seco liadas con hilo, y se dejarán hervir con el vino siete días: enseguida sacarás el manojo de ramillas, y lodarás exactamente el ánfora en que está el vino después de clarificado. Pero será bastante echar libra y media de romero en dos urnas de mosto. Se podrá emplear este vino como remedio al cabo de dos meses.” (Columela, De Agricultura, II, 36)

Fresco de Pompeya

En el Corpus Hippocraticum se dice que el vino dulce es más laxante y más expectorante que el seco y también que provocaba hinchazón del bazo y del hígado. Se consideraba, además, espeso y medianamente calorífico, no conveniente para bajar la fiebre. Se mezclaba con algunos fármacos para hacerlos más agradables de beber. El seco, en cambio, se tenía por más digestivo y diurético que el dulce, y más conveniente para la salud, sobre todo si era ligero y blanco o pajizo, aunque se creía que afectaba más a la cabeza.

“Es preciso establecer cómo hay que usar en las enfermedades agudas el vino dulce y el seco, el tinto y el blanco, la hidromiel, el agua y la oximiel, señalando lo siguiente: el vino dulce es menos pesado y se sube menos a la cabeza que el seco, es más laxante para el intestino que el otro, y provoca hinchazón del bazo e hígado. No es recomendable más que para los que sufren de bilis amarga, pues les da sed. Produce también flato en el intestino superior, aunque desde luego al inferior no le perjudica en proporción a los gases. Sin embargo, el flato que produce el vino dulce no tiene casi tendencia a salir, sino que se queda detenido alrededor del hipocondrio. Este vino dulce es también, por lo general, menos diurético que el blanco seco, pero, en cambio, favorece más que el otro la salida de esputos. Cuando da sed al beberlo, su acción expectorante es de mayor eficacia que la del blanco seco, y si no da sed, mayor.” (Tratados Hipocráticos, Sobre la dieta en las enfermedades agudas, 50)


Dioscórides, Wellcome Images

Los vinos más densos, en general dulces, y la mayoría de ellos tal vez tintos, se consideraban, por lo general, como muy nutritivos, y medianamente o muy caloríficos, pero también de digestión lenta, lo que podía provocar trastornos en el estómago e intestinos. Los médicos los introducían en sus recetas de diversos fármacos para usar tanto en el interior como en el exterior del cuerpo.

Los vinos más flojos y sin apenas consistencia alguna se consideraban muy poco alimenticios, nada caloríficos, los más diuréticos y los más indicados para los que tuvieran fiebre. Ayudaban, según Galeno a limpiar los pulmones, nunca producían dolores de cabeza y eliminaban las molestias producidas por los humores en el estómago.

"{4} El vino dulce que se hace de uva secada al sol, o tostada en los sarmientos y luego exprimida, se llama ‘crético’ (Krētikós) o ‘sin pisar’ (prótropos) o ‘pramnio’ (Prámneios) o ‘cocido’ (síraios), por obtenerse a base de mosto cocido, o se llama ‘cocción’ hépsēma. El negro, llamado melampsíthios, es grueso y muy alimenticio, mientras que el blanco es más delgado y el de color intermedio tiene también la virtud intermedia. Cualquiera de ellos es astringente, hace recuperar el pulso, es eficaz contra todos aquellos venenos mortales que aniquilan por ulceración, si se bebe mezclado con aceite y luego se vomita; también para el envenenamiento por meconio, por pharikón, por veneno de flechas, cicuta y la leche coagulada; también lo es para la vejiga y para los riñones afectados de mordicación y úlceras. {5} Pero son los más flatulentos y sientan mal al estómago. El melampsíthios, particularmente, es apropiado para los flujos del vientre. El blanco es más molificativo del vientre que los demás. El que contiene yeso es dañino para los nervios, produce pesadez de cabeza, es ardiente, inadecuado para la vejiga, pero es más apto que los demás contra los venenos mortales. Los que contienen pez o resina de pino son caloríferos y digestivos, pero inapropiados con eméticos." (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 4-5)



Los médicos, en general, pensaban que el vino, con el paso del tiempo, iba ganando en fuerza y calor. Ateneo, por su parte, decía que el vino añejo ponía la sangre roja y fluida, que infundía vigor a los cuerpos, que era ligero y digestivo y, por lo tanto, que ayudaba a asimilar mejor los alimentos, y que se volvía más calorífico a la vez que envejecía.

“El vino añejo no sólo es más apropiado para la degustación, sino también para la salud, pues ayuda a asimilar mejor los alimentos y, al ser más ligero, es digestivo; infunde vigor a los cuerpos, pone la sangre roja y fluida, y procura sueños tranquilos.”
(Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 26 A)

Sin embargo, advertía de que algunos vinos, pasados los años de maduración, producían dolor de cabeza y atacaban el sistema nervioso.

“Sobre los vinos itálicos dice el Galeno de la obra de nuestro erudito: El vino de Falemo está listo para beber pasados diez años, y (en su plenitud) desde los quince hasta los veinte; el que sobrepasa este tiempo produce dolor de cabeza y ataca el sistema nervioso." (Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 26 C)



Los vinos nuevos eran flatulentos e indigestos, aunque diuréticos, por lo que los médicos solían preferir vinos de una edad intermedia. Dioscórides, por ejemplo, decía que el vino de tiempo medio (de unos siete años más o menos) era el que escapaba a las desventajas de unos y otros y el que había que elegir en la salud y en la enfermedad.

“El vino nuevo es flatulento, indigesto, provocador de malos sueños, diurético. El vino de edad mediana ha escapado a las desventajas de los otros dos, por lo que se ha de elegir en los casos de empleo tanto en estado de salud como en la enfermedad.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 6, 1)

A los vinos tratados con abundante agua de mar, como el de Cos, solía atribuírseles efectos laxantes. Dioscórides decía de ellos que, además de ser laxantes y producir sed, eran perjudiciales para la salud, sobre todo para el estómago y los nervios. Ateneo, en cambio, opinaba que, si estaban adecuadamente tratados con agua de mar, ni emborrachaban ni provocaban resaca, además ayudaban a asimilar la comida y estimulaban el estómago, aunque soltaban los intestinos.

“Los vinos mezclados muy cuidadosamente con agua de mar no producen resaca, aflojan los intestinos, estimulan el estómago, provocan flatulencias y ayudan a la asimilación de la comida.”
(Ateneo, Banquete de los eruditos, I, 32 E)



Los vinos tratados con yeso, decía Ateneo que producían dolor de cabeza, y Dioscórides que eran astringentes, nocivos para los nervios, producían pesadez de cabeza, sofocación y ahogo y dañaban la vejiga, aunque eran muy aptos contra los venenos mortales. Ocurría algo similar con los vinos tratados con cal o con mármol, sustitutos a veces del yeso en el tratamiento de los mostos. Los vinos que se trataban con resina podían producir vértigo y dolor de cabeza, pero eran buenos diuréticos y estomacales, muy adecuados para los que sufrían catarros y tos de forma habitual. Y los tratados con pez se tenían por caloríficos y purgantes, útiles para el hígado y el bazo, contra la tos, las digestiones pesadas, las flatulencias y el asma, entre otras cosas, aunque no era conveniente para los que tuvieran fiebre.

También se especifican las cualidades de los vinos según su procedencia geográfica. Ateneo describe las propiedades de vinos de la época.

De Italia

“El de Calesia es ligero, más digestivo que el de Falerno. De buena crianza es también el cécubo, fuerte, recio, envejece al cabo de bastantes años. El vino de Fundi es recio, muy sustancioso, ataca a la cabeza y al estómago, por eso no se bebe mucho en los banquetes.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 27 A)

De Grecia

“El de Cnido es generador de sangre, nutritivo, y suelta el intestino. Pero bebido en exceso descompone el estómago. El de Lesbos tiene menor astringencia y se orina mejor. Riquísimo es el vino Quíos y, dentro del de Quíos, el llamado ariusio. Sus variedades son tres: uno es seco, otro, dulzón, y el intermedio entre ellos en sabor se llama autókratos (mezclado de por sí). Pues bien, el seco es agradable al paladar, nutritivo, y diurético; el dulzón es nutritivo, produce saciedad, ablanda el intestino; y el mezclado de por sí es intermedio en cuanto a su efecto. En general, el vino de Quíos es digestivo, nutritivo, generador de sangre buena, agradabilísimo, y produce saciedad por ser fuerte de graduación.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 32 F-33 A)

De Egipto

“El vino de la Tebaida, y sobre todo el de la ciudad de Copto, es tan suave, tan fácil de asimilar y tan digestivo, que incluso si se les da a los enfermos con fiebre no les hace daño.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, I, 33 F)


Ánforas de distintas procedencias

Los médicos de finales del imperio y bizantinos recomendaban los vinos cuyo origen estaba en Fenicia y Palestina.

“Se pueden recomendar (a la hora de los postres) los vinos de Tiro y Ascalon, especialmente si están envejecidos porque estimulan la orina.” (Alejandro de Tralles)

No solo los médicos, sino también los agrónomos recomendaban el vino como ingrediente en los remedios utilizados para aliviar dolencias.

“Para los retortijones, para el vientre que no deja de fluir y para las tenias y lombrices que resulten molestas, coge treinta granadas en agraz, machácalas, échalas en una orza, y tres congios de vino tinto áspero. Tapa con pez el recipiente: ábrelo al cabo de treinta días y haz uso de él: bebe una hemina en ayunas.” (Catón, De Agricultura, 126)

Los médicos que apoyaban los principios griegos de terapia y recomendaban el vino para sanar eran conocidos como physikos oinodotes (filósofos naturales que recomendaban el vino como curación). 

En el siguiente epitafio se menciona a un médico, Menecrates, al que se denomina de tal manera.

“Menecrates, hijo de Demetrius, nacido en Tralles, cuyo nombre romano era Lucius Manneius, hijo de Quintus, fue médico y curaba con vino. Hizo su propio sepulcro. A Máxima Sadria, hija de Spurius, una esposa virtuosa y de principios.” (Museo Arqueológico Nacional de Volcei, Buccino, Salerno, Italia 130 b.C.)

Estela con epitafio. Museo Arqueológico de Volcei, Buccino, Salerno. Italia

Asclepíades de Prusia, nacido el año 124 a. C., y que ejerció la medicina en Roma y fue amigo de Cicerón, fue también considerado como tal por recomendar el uso terapéutico del vino.

“El famoso Asclepíades, el más importante -si se exceptúa a Hipócrates-, entre los médicos de primera fila, fue también el primero que descubrió que el vino constituye un eficaz remedio para los enfermos, pero que hay que administrarlo, desde luego, con prudencia y en el momento oportuno. Era un consumado experto en este tema, gracias a su agudo espíritu de observación, ya que había notado, con celo minucioso, el ritmo irregular o demasiado rápido de las pulsaciones de las venas.” (Apuleyo, Florida, 19)

Celso (siglo I a.C-I d.C.) escribió sobre los usos terapéuticos del vino, discutiendo los valores medicinales de los vinos de diferentes regiones, y para que enfermedades deberían recetarse. Para indigestión recomendaba:

“Aquellos que tienen una digestión lenta y por ello tienen un abdomen distendido, o a causa de alguna clase de fiebre sienten sed por la noche, deberían, antes de acostarse, beber tres o cuatro copas de vino con una pajita.” (De Medicina, I, 8, 36)




Dióscórides (siglo I d.C.) para quien en general el vino calienta el cuerpo, es digestivo, aumenta el apetito, ayuda a dormir y tiene propiedades vivificantes, dejó innumerables recetas para diversas afecciones entre cuyos ingredientes estaba el vino.

“Se prepara un vino contra el catarro, contra toses, indigestiones, flatulencias, exceso de humores de estómago: 2 dracmas de mirra, 1 dracma de pimienta blanca, 6 dracmas de lirio, 3 dracmas de eneldo, todo majado, átalo dentro de un lienzo a modo de envoltorio, échalo en 6 sextarios de vino. Después de tres días, cuélalo, almacénalo en una botella y haz que se beba después de un paseo, adminístralo puro y en cantidad de 1 ciato.” (Dioscórides, De Materia Medica, V, 55)

Rufus de Éfeso (I d.C.-II d.C.) escribió sobre el efecto del vino en los melancólicos.

“Rufo dijo al final de su libro: un melancólico que fue invitado a una boda bebió mucho vino, pero poco a poco. Cuando el vino se había extendido por todo el cuerpo, animó su espíritu y curó sus sentimientos de tristeza sobre lo que le había pasado. Cuando vio la alegría que este tipo de vino provocaba, lo empezó a usar cuando la enfermedad le llegaba, hasta que se curó completamente.” (Constantino el Africano, Sobre la melancolía, F.65)


La Convaleciente, pintura de Alma Tadema

Sorano de Éfeso (II d.C.) aconsejaba al hombre y la mujer evitar la borrachera de cara a la concepción y durante los primeros días de embarazo en los que aconsejaba no tomar nada de vino para evitar un posible aborto, pero pasados unos días podía empezar ya a beberlo según su costumbre, para que su dieta no se viera debilitada.

“Una vez que el esperma se ha asentado ha de alimentarse y se nutre a partir de las sustancias que contienen sangre y hálito vital, pero durante la ebriedad y la indigestión todo el vapor se echa a perder y el hálito vital se enturbia. Existe, por lo tanto, el riesgo de que el esperma se estropee a causa de las materias nocivas que le son suministradas. Además, el exceso de sangre provocado por la ebriedad supone un obstáculo para la fijación del esperma en el útero.” (Ginecología, I, 38)

También hace recomendaciones sobre la dieta y el consumo de vino que debe seguir una nodriza amamantando un recién nacido. Debería beber vino de forma progresiva para ir pasando al bebé las cualidades nutritivas del vino, pero evitando el riesgo de sufrir, por ejemplo, ataques epilépticos.

"La nodriza beberá agua los cuarenta primeros días al menos, después cierta cantidad de agua mielada durante dos o tres días. Cuando el niño se haya fortalecido y un régimen alimenticio le haya dado buenos colores, la nodriza beberá un poco de vino claro, no mezclado con agua de mar, muy poco áspero y de cierta solera. Aumentará la cantidad del vino progresivamente. De esta forma, el niño se encontrará nutrido con una leche que ha tomado las propiedades del vino, mientras que antes no está preparado para soportar impunemente una sustancia de esta categoría." (Ginecología, II, 26)



Galeno (II d.C.), uno de los médicos más reconocidos tras Hipócrates, y seguidor de este en muchos casos, menciona la función generadora de sangre del vino. Los vinos tintos y espesos son los más apropiados para la formación de sangre. La dosis de vino prescrito depende del estado del paciente, de su edad, sus hábitos, la estación del año actual y el lugar de residencia. Había que mantener un equilibrio entre la cualidad calorífica del vino y la cualidad fría de la constitución del paciente (especialmente en los mayores) y el ambiente.

“Dado que Galeno desea sanar a los enfermos, dado que su constitución es débil, él piensa del vino que puede transformarse en un humor en el estómago y transformarse rápidamente en sangre en el hígado y nutrir todo el cuerpo. Para la dosificación, hay que tener en cuenta los elementos constitutivos, especialmente los dinámicos, si es débil, le damos menos vino, si es fuerte, le damos más, la cantidad que pueda digerir; pero hay que tener en cuenta también la edad, si el viejo, necesita más vino, si concierne a la constitución de una persona con la fuerza de la edad, necesita menos vino; también hay que considerar el hábito; si concierne a alguien que bebe vino cuando está sano, le daremos más vino; si no le daremos menos; y menos en verano, más en invierno, e incluso más en Escitia, menos en Etiopía y así sucesivamente.” (Estéfano, Comentario sobre Terapéutica para Glaucón de Galeno)

Galeno, quien no identificaba ancianidad con enfermedad y afirmaba que la vejez era la constitución seca y fría del cuerpo, resultado de una larga vida, recomendaba el consumo del vino a los más mayores porque proporcionaba calor, razón, asimismo, por la que no deberían beberlo los más jóvenes, al ser el temperamento de éstos ya de por si caliente.

“La naturaleza de los jóvenes es pasional y la de los ancianos áspera, descorazonada y dura, que no se debe a los años sino al temperamento del cuerpo propio de cada edad. En efecto, el temperamento de los jóvenes es caliente y sanguíneo; el de los ancianos, poco sanguíneo y frío. Ésta es la causa por la que el consumo de vino es provechoso para los ancianos, pues conduce el frío, característico de la edad, a la buena proporción de calor, mientras que es muy perjudicial para los que están en época de crecimiento.” (Galeno, De los temperamentos, 10, 810)



También recomendó que tipo de vino era el más adecuado en cada momento del día, como, por ejemplo, después del baño, o cual, según la dolencia padecida. 

“Yo no siquiera les prohíbo que usen los vinos que se preparan con miel, y sobre todo a aquellos ancianos de los cuales hay alguna sospecha de formación de piedras en los riñones, o que padecen alguna podagra o artritis. El mejor vino dotado de una composición tal es el sabino. A este se le echa perejil, y este solo es suficiente para los artríticos. Pero en los que padecen cálculos se le mezcla algo de hierba betónica y de cestrum que se cría entre los celtas… Y si hubiera comido algo antes de bañarse y su estómago no tuviera necesidad de ninguna ayuda, que beba de los vinos blancos y que contienen poca agua también después del baño. Pero conviene evitar los espesos, dulces y negros, puesto que tales vinos obstruyen las vísceras.”

Aecio de Amida, el primer médico cristiano conocido, aconsejaba vinos tintos algo astringentes para personas con buena salud y para los convalecientes de enfermedades y para las náuseas en mujeres embarazadas. Para las úlceras e inflamaciones de la vejiga, recomendaba un fármaco preparado a base de almidón, bayas de mirto negro maduras, semillas de adormidera y vino dulce protropos.

Detalle de mosaico. Museo Arqueológico de Madrid

El llamado vino protropos se consideraba bueno para el intestino y un buen estomacal. Y era recomendado como aperitivo antes de las comidas y los médicos lo incluían en numerosas recetas y fármacos, sobre todo para los que padecían del estómago.

“Debe también beberla (el agua) en proporción con la cantidad (de los alimentos) para que se absorba antes en el organismo, y así el efecto del vino no se distribuya sin mezcla, ni corroa las extremidades de las venas al llegar a ellas. Pero si alguno de nosotros lo hace a desgana, que tome antes de las comidas algo de vino dulce caliente diluido, preferentemente del denominado «prematuro» (protropos), que es bueno para el estómago.” (Ateneo, Banquete de los Eruditos, II, 45 E)

El empleo más usual del vino solo, por vía externa, quizá fuese como remedio antiséptico, antiinflamatorio y cicatrizante para tratar y curar heridas, llagas, úlceras y otras lesiones externas o para detener hemorragias, igualmente externas, empapando en todos estos casos algún lienzo o lana y aplicándolo sobre cualquier herida o contusión o sobre la inflamación ocasionada por estas.

“Por tanto, siempre que se vende, debería lavarse la cavidad del absceso con vino mezclado con agua de lluvia o con una decocción de lentejas, cuando haya que contener la supuración; con vino mielado cuando haya que limpiarla; tras lo cual se vendará como antes. Cuando la supuración parezca contenida, y la cavidad limpia, entonces es el momento de ayudar al crecimiento de carne, ya sea irrigando con vino y miel a partes iguales, como aplicando una esponja empapada en vino y aceite de rosas.” (Celso, De Medicina, VII, 3, 3)

Fresco de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Galeno favoreció el uso del vino para prevenir infecciones, llegando incluso al extremo de empapar las vísceras intestinales en vino antes de meterlas de nuevo en la cavidad abdominal en caso de evisceración. Insistió en que cualquier herida infectada debería lavarse con vino o aplicar una esponja o un trozo de tela empapados en vino a la herida. 

“Yo curaba a los heridos más graves cubriendo las heridas con un paño mojado en un vino astringente que se mantenía húmedo día y noche pasando una esponja por encima.”

Aríbalos, Museo del Louvre, Foto Marie Lan Nguyen

Desde comienzos de nuestra era la triaca fue el antídoto de mayor difusión contra los venenos. Su fórmula, alterada según las épocas, fue adquiriendo progresiva complejidad al entrar en su composición mayor número de ingredientes, incluido el vino, al que se suponía un potente antídoto. 

“Se preparará una vid triacal, pues su eficacia es tal que el vino, vinagre, uva o la ceniza de sus sarmientos servirá de triacal antídoto contra las mordeduras de todos los animales.” (Paladio, De agricultura, III, 28)

Pero el vino, además, podía ser utilizado en farmacopea para conseguir efectos en el organismo humano distintos a la curación de enfermedades corporales, tanto internas como externas, ayudando, por ejemplo, a disminuir la sensación de cansancio o a incrementar la sensación de placer. Solía utilizarse en estos casos en combinación con otros ingredientes, generalmente obtenidos de las plantas, o haciendo de excipiente, aunque también podía utilizarse solo.

“Durante el presente mes se hace el vino de cebolla albarrana de la manera que sigue: se pone a secar cebolla albarrana de lugares montañosos o marítimos, lejos del sol, hacia la salida de la canícula. En un ánfora de vino se echa una libra de ésta, pero cortando previamente las hojas sobrantes y malas que rodean su punta. Hay personas que cuelgan estas mismas hojas trenzadas con un hilo, de modo que queden en infusión y al cabo de cuarenta días sacan las ristras que están colgadas sin que se hayan mezclado con la borra. Este tipo de vino combatirá la tos, purgará el vientre, hará desaparecer la mucosidad, convendrá a los enfermos de bazo, dará agudeza visual y coadyuvará la digestión.” (Paladio, De Agricultura, VIII, 6)

Los vinos artificiales o vina ficticia se obtenían por maceración de un producto, generalmente, en el mosto. En términos generales se preparaban machacando la planta o plantas (raíz, hojas, tallo, ramos y/o frutos), troceando la fruta o triturando la resina (si era seca) y macerando estos productos en vino ya hecho o en mosto que luego se reducía por cocción o se dejaba fermentar de forma usual exponiéndolo al sol. Estos “vinos” eran recomendados y utilizados por los médicos para tratar diversas dolencias, pero ya Dioscórides advertía de que todos los vinos “preparados” recibían la virtud de los elementos mezclados y que, por eso, para los que conocían la naturaleza de aquellos era fácil conjeturar las virtudes de los vinos. Dioscórides indicó también que “los vinos preparados son inadecuados para las personas sanas y todos ellos son caloríficos, diuréticos y un tanto astringentes, estando recomendado su uso solo para los que no tienen fiebre”. Las fórmulas para su elaboración variaban entre los autores y solo se producirían en cada casa y se guardarían en la bodega familiar los más usuales y aconsejados por la experiencia o los que resultaran más cómodos y sencillos de elaborar según la facilidad de acceso que se tuviese a las plantas, resinas o frutas con las que se preparaban. Eran productos reconfortantes y sus virtudes terapéuticas aliviaban las afecciones digestivas.

Fresco de Casa de Julia Félix, Pompeya

Los vinos frutales se obtenían con alcohol de las frutas cuyo jugo era posible fermentar y se preparaban, sobre todo, en las regiones donde el cultivo de la vid era difícil, eran apropiados para su consumo en el campo y tenían aplicaciones medicinales.

“El vino de membrillo, al que algunos llaman mēlítēs, se prepara así: saca la simiente de los membrillos y córtalos en rodajas, echa 12 minas de ellos en una metreta de mosto durante 30 días; luego, cuélalo y almacénalo. Se prepara también de otra manera: tras majar y exprimir los membrillos, hay que mezclar 10 sextarios de su jugo con uno de miel y almacenarlo así. Es astringente, estomacal, conveniente para las disenterías, para los que padecen del hígado, del riñón y de dificultades urinarias.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 20)

El vinum conditum era cocido y especiado, tenía un gusto dulce y resinoso e incluía en su composición resinas (mirra), especias (pimienta, azafrán), flores (mirto, violetas), y otras plantas aromáticas, además de miel. Se tomaban como aperitivo, por ejemplo, el rosatum, con miel y pétalos de rosa.

Estos vinos, muy dulces por la gran cantidad de miel que llevaban, servían como bebidas “energéticas”, que eran tomadas por los soldados, campesinos y viajeros. Se les suponía un efecto reconfortante, y según Apicio se llevaban en los viajes por su buena conservación. 

VINO AROMATICO CON MIEL PARA EL VIAJE, que se conserva siempre y pueden llevarse los que se van de viaje.

“Echar dentro de un barril pequeño pimienta molida con miel espumada en lugar del vino aromático, y cuando se quiera beber, mezclar miel y vino según la cantidad a tomar. Si en lugar de un barril fuese un recipiente de cuello estrecho, añadir al vino con miel un poco más de vino, para facilitar la salida de la miel." (Apicio, De Re Coquinaria, I, 1.2)


Cantimplora de peregrino

Galeno recomienda a Marco Aurelio beber vinum piperatum (vino especiado con pimienta) para aliviar su dolencia, lo que el emperador acabará haciendo.

“Yo le respondí lo que sabía y le dije que, si alguien se encontraba en estas condiciones, yo le daría de beber vino con pimienta esparcida encima, según era mi costumbre. Pero que, en el caso de los emperadores, como los médicos acostumbraban a utilizar los remedios más seguros, bastaba con poner en la boca del estómago un mechón de lana humedecido con un ungüento de nardo caliente. Él replicó que siempre que tenía molestias en el estómago tenía por costumbre aplicarse el ungüento de nardo caliente envuelto con lana con púrpura y dio órdenes a Pitolao de hacerlo y de despedirme. Cuando le fue aplicado el ungüento y sus pies entraron en calor gracias a los masajes que le dieron con manos calientes, pidió vino Sabino y le echó pimienta.” (Galeno, Sobre el pronóstico, 11)

Esta receta con vino y sustancias olorosas se destinaba a eliminar los restos que quedaban dentro del cuerpo tras los partos y abortos. Además de contener eléboro, altamente purgante, entre sus ingredientes se encuentran sustancias muy aromáticas que lo hacían más apetecibles al gusto sobre todo de las mujeres.

“Toma de mosto una metreta [la metreta son 10 congios] sacado de uvas secadas al sol sobre zarzos y echa al vino 20 dracmas de yeso y déjalo durante dos días; échale un atado que contenga 30 dracmas de eléboro negro, 30 dracmas de esquenanto y 30 dracmas de cálamo aromático, medio quénice y un cuarto de bayas de enebro, de mirra y de azafrán una dracma de cada uno, y, una vez envuelto en un paño cuélgalo dentro del mosto durante 40 días. Después cuélalo y administra dos o tres ciatos mezclados con agua. Purga después de los partos y de los abortos. Destruye también los fetos y es eficaz contra los sofocos de la matriz.” (Dioscórides, De Materia Médica, V, 72, 19)


Pintura de Stabia, Museo Británico, Londres

El cálamo y el azafrán estaban indicados para tratar enfermedades específicas de las mujeres, pero este último tenía un precio desorbitado, pues, aunque podía encontrarse en la zona mediterránea, el coste de su producción era muy elevado por la dificultad en su cosecha. La mirra, en cambio, tenía su producción limitada a la zona de Arabia, Etiopía y Somalia, muy lejos del ámbito territorial de la civilización grecorromana, con lo que su transporte elevaba su precio, a pesar de que conservaba su fragante aroma y brillo desde su cosecha hasta su venta.

Por tanto, este tipo de medicamento estaría reservado especialmente a las mujeres de las élites griegas y romanas que podían permitirse pagar un medicamento con un aroma atrayente y que, si se hacía con vinum passum (de pasas) de buena calidad, mantenía su sabor dulce, tras los cuarenta días de reposo. Tanto si se utilizaba como remedio tras un parto o aborto natural, como para finalizar un embarazo no deseado, se buscaba un resultado efectivo que no conllevara un efecto desagradable al tomarlo.

Mirra

El vino en Roma tenía una alta concentración de acetato de plomo, un potente fungicida que en pequeñas dosis diarias puede ser mortal. Los antiguos romanos cuando tenían que cocer el vino preferían utilizar una olla de plomo, o una recubierta de este metal, pues decían que en las de cobre cogía mal sabor. El vino cocinado en estas ollas adquiría un sabor más dulce debido al “azúcar de plomo”, es decir, el acetato de plomo. Algunos expertos cocineros romanos consiguieron elaborar la forma cristalina de este azúcar para utilizarlo como edulcorante artificial. 

“Algunas personas cuecen el mosto que han echado en vasijas de plomo, hasta que disminuya la cuarta parte; otros hasta que disminuya la tercera; y no hay duda que si alguno lo cociere hasta que quede en la mitad hará una sapa mejor, y por lo mismo más útil para los usos que se destina, de tal suerte que aún puede servir en lugar de arrope al mosto de las viñas viejas."
(Columella, De Agricultura, XII, 19)

El efecto de ingerir una gran cantidad de plomo podía provocar deterioro mental, falta de memoria, agresividad, fallos renales y, sobre todo, gota, sin olvidar un fatal desenlace. Marcial, Juvenal u Ovidio hacen mención de esta enfermedad que se daba principalmente en las clases altas y que en ocasiones se trataba como una epidemia. 

La enfermedad era llamada saturnismo por la demencia que el dios Saturno demostró al devorar a sus hijos.

Relieve de Cronos (Saturno) dispuesto a devorar a su hijo

Debido a que la salubridad del agua en la época no ofrecía garantías, era costumbre social prescindir totalmente de ella, o mezclarla con el vino, cuya graduación alcohólica servía como antiséptico. 

“Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo soporté bebiendo sólo agua, pero sí que lo hice complacido y cómodo, aunque antes siempre había sentido aversión por el agua y me había dado náuseas. Cuando cumplí con este mandato me liberó de beber sólo agua y me fijó la medida de vino; la expresión con la que lo hizo fue hemina real. Era evidente que me estaba indicando medio cotilo. Me limité a beber esta cantidad y me bastaba como antes no lo habría hecho el doble. Había veces, incluso, que me sobraba porque escatimaba el vino no fuera a ser que me causara algún mal.”
(Elio Arístides, Discurso Sagrado III) 

Museo del Bardo, Túnez

Aunque los médicos de la antigüedad recetaban habitualmente el vino como un remedio saludable, también había recomendaciones para no tomar vino en casos contraindicados, aunque algunos pacientes no hicieran caso de las advertencias.

“Bebedor notorio, Frige era, Aulo, tuerto de un ojo y legañoso del otro. A éste el médico Heras le tenía dicho: “Cuidado con beber; como bebas vino, no verás nada”. Entre risas, dijo Frige a su ojo: “¡Cuídate!”. Y sin pérdida de tiempo se hace preparar unos cuartillos, pero bien seguidos. ¿Preguntas por el resultado? Frige bebió vino; el ojo, veneno.” (Marcial, Epigramas, VI, 78)

Antioquía, Turquía


Bibliografía 

https://eprints.ucm.es/46855/1/T39705.pdf; Vides y vinos de la antigua Grecia; Salustiano Morala Fernández
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=163846; El vino como alimento y medicina en la sociedad romana; Carolina Real Torres
http://journals.mu-varna.bg/index.php/ssp/article/view/5610; WINE AS A MEDICINE IN ANCIENT TIMES; Piareta Nikolova, Zlatislav Stoyanov, Dobrinka Doncheva, Svetla Trendafilova
http://www.aascit.org/journal/health; Wine in Graeco-Roman Antiquity with Emphasis on Its Effect on Health; Francois P. Retief, Louise Cilliers
https://brill.com/view/title/20068; Greek Medicine from Hippocrates to Galen; Jacques Jouanna
https://www.researchgate.net/publication/16449292_Lead_and_wine_Eberhard_Gockel_and_the_Colica_Pictonum; LEAD AND WINE EBERHARD GOCKEL AND THE COLICA PICTONUM; JOSEF EISINGER
https://www.researchgate.net/publication/316427609_The_Influence_of_Ancient_Rome_on_Wine_History_Research_Paper; The Influence of Ancient Rome on Wine History; Yipaer Aierken
https://www.academia.edu/9302503/The_Roman_Vina_Condita_The_Origins_of_Absinthe_and_others_liquors; The Roman Vina Condita: The Origins of Absinthe and Other Liquors; Amalia Lejavitzer Lapoujade
The Alphabet of Galen, Pharmacy from Antiquity to the Middle Ages, Nicholas Everett (Critical Edition)
https://www.researchgate.net/publication/340393740_Wine_and_Myrrh_as_Medicaments_or_a_Commentary_on_Some_Aspects_of_Ancient_and_Byzantine_Mediterranean_Society; Wine and Myrrh as Medicaments or a Commentary on Some Aspects of Ancient and Byzantine Mediterranean Society; Zofia Rzeźnicka, Maciej Kokoszko
https://www.jstor.org/stable/27926305?seq=1; The Use of Ascalon Wine in the Medical Writers of the Fourth to the Seventh Centuries; Philip Mayerson