DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

martes, 2 de agosto de 2022

Nymphaeum, fuentes y ninfeos públicos en la antigua Roma


Ninfeo Antonino, Sagalassos, Turquía

Desde el principio de la historia el hombre ha conseguido transformar el paisaje para su propio beneficio, incluyendo los cursos de agua, líquido al que consideraban símbolo de fuerza y vida.

“Todo lo que pueda ofrecer la tierra lo dominamos: nos aprovechamos de los campos, de los montes. Nuestros son los arroyos, los lagos. Nosotros plantamos cereales, árboles; hacemos las tierras fecundas gracias a la conducción de las aguas. Nosotros contenemos, dirigimos, desviamos el curso de los ríos. En una palabra, con nuestras propias manos nos atrevemos a construir en la naturaleza una especie de segunda naturaleza”. (Cicerón, De la naturaleza de los dioses, II, 152)


En las ciudades de la antigüedad aquellos menos pudientes que no podían permitirse la construcción de una cisterna para almacenar el agua o aquellos que, aun teniéndola, no les era suficiente para sus necesidades diarias, se veían obligados a recurrir a las fuentes públicas dispuestas por los distintos rincones y barrios de las ciudades. Es de suponer que sería tareas de esclavos y de mujeres ir a la fuente a por agua para el consumo diario, la cual se convertiría en un punto de encuentro social.

“Este, con tal de ganarse las risas, no tendrá compasión de ningún amigo; y no parará hasta que todas esas cosas con las que embadurna sus folios las sepan cuantos vuelven del horno o la fuente, incluyendo niños y viejas”. (Horacio, Sátiras, I, 4, 36)

Pintura de Ettore Forti

En la antigua Grecia las fuentes de distribución urbana de agua, las krenai, eran esencialmente construcciones de carácter práctico, aunque mostraban algunos elementos decorativos como columnas que soportaban un pórtico o surtidores con formas de cabezas de animales.

“Tras la batalla de Isos y la huida de Darío, Alejandro, que ya dominaba parte de Asia y el resto lo ambicionaba, como le parecía poco lo obtenido y tenía las miras puestas en los confines de la tierra, llegó a esta zona y, tras establecer su tienda cerca del venero que ahora, por obra suya, se encuentra adornado en forma de templete—por aquel entonces su encanto radicaba sólo en su agua—, y después que hubo solazado allí su cuerpo vencido por la fatiga, bebió de la fuente un agua fresca, cristalina y dulcísima. El placer de su bebida evocó a Alejandro el recuerdo del seno materno y reveló a sus compañeros que en el agua se encontraban cuantas cualidades había en la leche de su madre, por lo que le dio a la fuente el nombre de ella.” (Libanio, Discurso de Antioquía, 72-74)



Cuando una población era conquistada o creada se procedía a su urbanización como parte del proceso de romanización, lo que incluía el suministro de agua para consumo de la población y para apagar los incendios. La provisión de agua se hacía principalmente mediante la captación y
acondicionamiento in situ de brotes naturales, siempre que fuera posible.


“Ortigia, situada frente al continente, está unida por un puente y en ella se encuentra la fuente Aretusa, que vierte sus aguas en un río que llega enseguida al mar. Cuenta la leyenda que éste era el río Alfeo que, aunque nacía en el Peloponeso, llevaba su caudal bajo tierra, a través del mar, hasta la fuente Aretusa; luego, brotando allí de nuevo, desembocaba en el mar.” (Estrabón, Geografía, VI, 2, 3)

Fuente de Aretusa, Ortigia, Sicilia

En la ciudad de Roma se aprovecharon los manantiales para abastecer de agua a la población y, si la tradición aseguraba su carácter curativo, se consideraban sagrados por lo que eran destinados a la purificación en los sacrificios y eran objeto de peregrinación. Dentro del foro se dedicó una fuente a la ninfa Yuturna, diosa menor de los pozos, manantiales y fuentes, cuyo manantial original nacía en los Montes Albanos, pero fue dirigido hasta la ciudad por sus propiedades salutíferas y sus aguas empleadas en los ritos religiosos.

“Desde la Fundación de la ciudad durante 441 años los romanos se contentaron con el uso de aguas que sacaban, o del Tíber, o de pozos, o de manantiales. Los manantiales han tenido, hasta ahora, el nombre de objetos sagrados, y son venerados, manteniendo la reputación de sanar a los enfermos; como, por ejemplo, los manantiales de las ninfas proféticas (Camenas), de Apolo, y de Yuturna.” (Frontino, De los acueductos de Roma, I, 4)

Fuente de Yuturna, Roma

Las primeras fuentes romanas eran sencillas obras hidráulicas, sobrias y austeras, que recogían el agua procedente de los manantiales de montaña. Los ingenieros romanos preferían, si era posible, el suministro de agua de manantiales en vez del de ríos o embalses, no sólo porque en general ofrecen un mayor caudal durante las épocas de escasez de agua por la época del año o por la sequía, sino también por la calidad del agua, ya que el agua de manantial era menos turbia y variaba menos de temperatura. Estas construcciones menores eran en general menos costosas que las largas conducciones con acueductos y sifones, pero no eran por ello menos útiles.

“Justo debajo de la elevación (del Acrocorinto) está la fuente de Peirene que, aunque no tiene salida de agua, está siempre llena de agua transparente y potable. Dicen que por la presión desde aquí y otras conducciones subterráneas se alimenta la fuente de la base de la montaña que mana en la ciudad y la provee adecuadamente de agua” (Estrabón, Geografía, VIII, 6, 21)

Fuente de Pirene, Corinto, Grecia

Las fuentes, aparte de contribuir al abastecimiento de agua a poblaciones estables, también se ubicaban a lo largo de las calzadas romanas para el uso de aquellos que las recorrían. Para ello, junto a las vías romanas, sin separarse mucho de ellas, y si era posible, se buscaban y habilitaban fuentes de agua junto a las paradas técnicas que se realizaban a lo largo de los viajes por mercaderes, viajeros y ejércitos romanos.

“En esta fuente clara descansa un poco, viajero, y,
una vez repuesto, emprende de nuevo tu camino.”
(Antología Latina, 772b)

Fuente rural, Portugal. Foto de Samuel López

Las fuentes de tipo urbano que se encontraban en las calles, según las que se han encontrado en Pompeya y Herculano, consistían principalmente en cuatro lajas de piedras que formaban un rectángulo, con un bloque más pequeño, generalmente con una figura esculpida, colocada sobre una de las otras, por la que salía el agua, que caía en el labrum o pileta. Lacus fue la palabra que dio lugar a la denominación genérica de fuente pública. 

Fuente urbana, Pompeya. Foto Samuel López

El acceso al agua de ríos, manantiales y cisternas se realizaba por tuberías, mediante la gravedad. Si el agua se encontraba a un nivel por debajo de la fuente, se utilizaba una noria para elevarla hasta un tanque por encima de ella.
Los surtidores por donde salía el agua se llamaban salientes y podían estar adornados por relieves en bronce o piedra de figuras mitológicas, divinidades o cabezas de animales.

Museo Metropolitan de Nueva York

En Ostia se ha hallado un tipo de fuente distinta denominada `a bauletto´, que estaba cubierta en su totalidad para mantener el agua fresca y protegida. Estas fuentes se encontraban en calles secundarias y en los patios de las ínsulas.

Fuente urban tipo a bauletto, Ostia. Izda. Foto Samuel López. Drcha. Pinterest

Con la construcción de los primeros acueductos la distribución del agua llegó con más facilidad a las ciudades, donde, desde un depósito (castellum aquae), se repartía entre las fuentes públicas, las termas y algunas casas particulares.

“Cuando el agua llegue a los muros de la ciudad, se construirá un depósito y tres aljibes, unidos a él para recibir el agua; se adaptarán al depósito tres tuberías de igual tamaño que repartirán la misma cantidad de agua en los aljibes contiguos, de manera que cuando el agua rebase los dos aljibes laterales empiece a llenar el aljibe de en medio.
En el aljibe central se colocarán unas cañerías, que llevarán el agua hacia todos los estanques públicos y hacia todas las fuentes; desde el segundo aljibe se llevará el agua hacia los baños, que proporcionarán a la ciudad unos ingresos anuales; desde el tercero, se dirigirá el agua hacia las casas particulares, procurando que no falte agua para uso público.”
(Vitruvio, De arquitectura, VIII, 6, 1-2)

Castellum aquae, Pompeya. Foto Pompeii Sites via twitter


Los conductos se hacían de madera, piedra, mortero, arcilla y plomo, y los grifos y válvulas de aleaciones de bronce de alta calidad.

“La conducción del agua se puede hacer de tres maneras: por conductos mediante canales de albañilería, por medio de tuberías de plomo o bien por cañerías de barro.” (Vitruvio, De Arquitectura, VIII, 6, 1)

Aunque el conocimiento de la tecnología hidráulica era elemental, por el gran número de fuentes públicas con las que la ciudad de Roma contaba al principio del imperio, la organización y la gestión de la red de suministro debía ser bastante eficiente.

“Agripa, además, cuando era edil añadió el Aqua Virgo (acueducto), reparó los canales de los otros (acueductos) y los rehabilitó, y construyó 700 fuentes públicas, además de 500 surtidores y 130 depósitos, muchos de los cuales estaban elegantemente decorados. Erigió en estas obras 300 estatuas de mármol o bronce y 400 pilares de mármol, y todo ello en un año.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 121)

Ilustraciones de Luigi Bazzani

Desde la fundación de Roma todos sus gobernantes contribuyeron a aumentar el número de acueductos y de fuentes públicas. Con el progresivo desarrollo urbanístico y económico de las ciudades las fuentes pasaron a formar parte del programa propagandístico del poder ganando en grandiosidad y ornamentación a la par que cumplían su función de abastecimiento hídrico de la ciudad.

Con el emperador Nerva (96–98 d.C.) creció considerablemente la inversión pública en obras hidráulicas de abastecimiento y evacuación de aguas, así como de ornamentación en la ciudad de Roma.

“Esta Ciudad eterna, a la que nada puede acercarse ni comparársele, fue mucho más bella después de todo cuanto hizo Nerva para garantizar la salubridad, aumentando el número de castillos de agua, de fuentes, de aguas destinadas a uso público, a fuentes ornamentales y también a los ciudadanos que obtiene ventajas de tales obras, esparcidas por todas partes. Ya todos gozamos por la mayor limpieza, por el aire puro y han desaparecido los olores malsanos, que en el tiempo de nuestros padres, hacían irrespirable el aire de la Ciudad.” (Frontino, De los acueductos de Roma, 88)

En Sant' Egidio del Monte Albino, Salerno existe una fuente hecha de un bloque de mármol del siglo I d.C., en el que en cada uno de sus lados está representado el río Sarno.

Fuente de Helvius

El interés por el embellecimiento de las ciudades produjo un innumerable grupo de fuentes por todo el imperio, sin apenas características comunes más allá de las funcionales, con una gran libertad de diseño por parte de los arquitectos que inventaron un sinfín de formas arquitectónicas gracias a la libertad compositiva que permitía la tipología.

Las fuentes monumentales públicas, tanto en la vía urbana como en el interior de edificios públicos como las termas, que tenían grandes dimensiones y mostraban una cuidada ornamentación pasaron a denominarse ninfeos. Su origen se sitúa en Grecia, Asia Menor y Siria, lugares en los que alcanzó un extraordinario desarrollo.

Ilustración con reconstrucción del ninfeo de Mileto, Turquía


La primera vez que aparece la palabra nymphaeum (ninfeo) en una inscripción es en época de Trajano, entre el año 102 y el 117 d.C., en Soada Dionysiade, actual As Suwayda, Siria. La ciudad consagra el ninfeo y el acueducto a Trajano.

“Al emperador Nerva Trajano César, Augusto, hijo de Augusto, Germánico, Dácico, investido del poder tribunicio, por décima vez, bajo Aulus Cornelius Palma, legado imperial propretor, la ciudad ha consagrado la traída del agua y el ninfeo” (7 IGR III, 1273)

Ninfeo de Trajano, Éfeso, Turquía. Izda, foto de patano, via panoramio

Hasta finales del siglo I d. C. el significado ligado al término nymphaeum es el religioso, designando un santuario dedicado a las ninfas, pero a partir del siglo II d.C., el término se empieza a referir a fuentes monumentales, algunas con inscripciones de dedicación a las ninfas, pero sin aparente relación con su culto.

“Bryonianus Lollianus, ducenarius y primipilarius, pariente de procuradores y cónsules, fundador y amante de esta ciudad: el consejo de ancianos (gerousia) de Megalópolis [honra a Bryonianus]. Los líderes de las grandes puertas construyeron para ellos una estructura del templo de las ninfas, oh fundador, deleitando con las corrientes del rio y con el divino rugido del agua corriendo sin parar: para el eterno surco de estos manantiales tú lo construiste con generosidad. Suerte al fundador.” (Lanckoronski Vol. 1, Ins. No. 107, Side, Turquía, III d.C.)

Ninfeo de Side, Turquía

Los antiguos santuarios dedicados a las ninfas se situaban en grutas naturales donde manaba agua a las que acudían agricultores y pastores para saciar la sed de humanos y animales. Algunos se convirtieron en lugares de peregrinación donde se depositaban ofrendas junto a las figuras talladas de ninfas u otros dioses.

Palas: Me han contado la historia de una fuente que Pegaso con su dura pata hizo salir de esta montaña. Las maravillas que de ella me han contado me han hecho venir hasta aquí. Como yo estaba presente cuando Pegaso nació de la sangre de Medusa, ahora quiero ver si es cierto el prodigio de la admirable fuente.
Musas: Cualquiera que sea el motivo de tu llegada, ¡oh diosa!, nos sentimos venturosas de tu presencia. Es cierto que fue Pegaso quien ha hecho brotar estas aguas de que hablas.
Condujo una de las Musas a la diosa hacia la fuente, quedándose por largo tiempo admirada. Visitó los antros y las cuevas, viéndose por todas partes gran cantidad de flores mezcladas con la hierba del prado.”
(Ovidio, Metamorfosis, V, 2)

Mosaico de la villa romana de Almenara-Puras; Valladolid

Cuando el culto a las ninfas ya había perdido cierta vigencia, algunas fuentes públicas todavía se dedicaron a ellas reconociendo su influencia como proveedoras de agua.

“Al numen del Aqua Alexandrina. Yo, Laetus, he erigido este altar a las ninfas, cuando ostentaba el poder de las fasces de la patria por aclamación popular por segunda vez: este honor no fue nunca mayor porque en ese mismo año, por el sagrado numen, la abundante ninfa inundó Lambaesis con un gran río.” (Dedicatoria en una fuente, CIL 8.2662, Lambaesis, Numidia, África, 226 CE)

Ninfeo de Zaghouan, África. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Algunos de los primeros ninfeos, intentando quizás imitar las grutas en las que se veneraba a las ninfas, se decoraron con piedra pómez y conchas marinas, ornamentación que luego se empleó en las fuentes y ninfeos de casas y villas particulares. En un ninfeo del siglo II a.C. se ha encontrado también la firma del constructor: Quintus Mutius.

Ninfeo de Quintus Mutius, Segni, Italia

Los ninfeos o nymphaea formaban parte de la propaganda política de los emperadores que ponían gran empeño en que los ciudadanos los considerasen como verdaderos padres y protectores de la patria que proveían por sus necesidades físicas y satisfacían sus inquietudes sociales y culturales.

“El (Adriano) también construyó en Antioquía la Grande unas termas públicas y un acueducto con su nombre. Y también construyó el Teatro de las Fuentes de Dafne, y desvió las aguas que fluían hacia los barrancos conocidos como los Agriai.” (Juan Malalas, Cronografía, 278)

Este Teatro de las fuentes de Dafne (Antioquía), construido por Adriano, era una gran cisterna contenida en una construcción en forma de teatro, dotada de una fachada ricamente decorada, donde confluía el caudal de diversas fuentes y torrentes, y el agua era transportada hasta la ciudad por una serie de conductos de diferentes tamaños que daban a un acueducto, de modo que la cantidad de agua que bajaba a la ciudad podía ser regulada.

Ninfeo de Gerasa, Jordania

En las provincias romanas donde el agua era especialmente escasa, como en África y Asia Menor, los planificadores urbanos de las ciudades pequeñas solían incluir un ninfeo monumental, que se consideraba un símbolo de status, y que frecuentemente se dedicaba a la figura de un emperador como signo de la romanización de la ciudad. Este status permitía a las ciudades, a su vez, rivalizar en la edificación de mejores y más grandes construcciones relativas al agua.

“La ciudad habiendo provisto un acueducto, dedicó un santuario y un ninfeo al emperador Nerva Trajano César, hijo de Augusto, Augusto Germánico Dácico, durante la magistratura de A. Cornelius Palma, procónsul del emperador, bajo la supervisión de la tribu de los Somaithenoi.” (IGRR 3.1273, Soada, Siria, 104-105 CE)

Ninfeo de Adriano, Perge, Turquía. Foto Bernard Gagnon

Durante la Roma Imperial la construcción de ninfeos se convierte en uno de los símbolos de la urbanística romana por todo el ámbito territorial. Mientras que los romanos dependían del agua para su supervivencia, los enormes recursos del estado permitían la exhibición de los aspectos más placenteros y lujosos del uso del agua. Al mismo tiempo que las construcciones relativas al suministro de agua mantenía su propósito funcional, un deseo colectivo de experimentar los placeres sensoriales del agua dio lugar a la proliferación de acueductos, fuentes y ninfeos por todo el Mediterráneo durante el Alto Imperio.

“Pero la principal de las bellezas de Dafne y, en mi opinión, del mundo entero son sus fuentes. Porque en ningún otro sitio la tierra ha producido semejante clase de manantiales, ni por su aspecto ni por su utilidad. Éstos son el reino de ciertas ninfas y el don de éstas es el más limpio y puro que hay. Se podría afirmar que estas diosas están satisfechas del lugar no menos que Zeus de Pisa, Poseidón del Istmo, Apolo de Delfos y Hefesto de Lemnos. Por tanto, si hay que creer que las ninfas tienen en el agua su morada, me parece a mí que también frecuentan las demás fuentes, como para ejercer su vigilancia sobre ellas, pero que, como los reyes, se han servido de este lugar como si fuera su acrópolis. Además, tengo el pleno convencimiento de que las tres diosas, cuando sostenían contienda por su belleza, acudieron al juicio tras haberse lavado aquí y no en el lugar que se cuenta.
¿Quién, tras llegar y contemplar cómo mana el agua de sus nacimientos y cómo transcurre a ambos lados del templo, no se admiraría de la cantidad de fuentes, no se sentiría impresionado por su belleza, ni las veneraría como algo divino? ¿Quién no sentiría placer al poner su mano en ellas, no desearía bañarse con mayor gusto y no consideraría lo más dulce del mundo beber de ellas? Pues sus aguas son, a la vez, frescas y cristalinas, muy buenas para beber, ungidas de encantos y reconfortantes para aplicarlas al cuerpo.”
(Libanio, Discursos, 11, 240)

Ninfeo de Aspendos, Turquía. Foto de Anton Skrobotov


Los romanos tuvieron gran éxito en demostrar su poder sobre la naturaleza, mientras proporcionaban un elemento vital y placentero para los ciudadanos. En la construcción de grandes fuentes monumentales se tenía en cuenta no solo la arquitectura como elemento de decoración visual, sino el efecto que el agua podía producir en los sentidos por lo que se cuidaba el reflejo en la superficie, el rugido o murmullo del agua según el caudal al salir de los surtidores, el frescor que empapaba la vegetación circundante y el olor que emanaba de esta una vez mojada o cuando se producía la evaporación.

“Sin duda el Pórtico de Pompeyo, famoso por los tapices del palacio de Átalo, parece aburrido con sus sombrías columnas, y la fila poblada de plátanos que se levantan por igual, y las corrientes de agua que caen del dormido Marón, y Tritón que de pronto esconde en su boca el agua, mientras sus Ninfas murmuran suavemente sobre todo el estanque.” (Propercio, Elegías, II, 32)

Ninfeo de Cesarea, Israel. Foto Mboesch

Si bien es cierto que el agua puede ser estéticamente agradable de forma natural, cuando se somete al control de formas arquitectónicas, puede adquirir nuevos significados, de forma que, por ejemplo, los arcos utilizados en acueductos y ninfeos proporcionaban la idea al que lo contemplaba de que emplear este elemento arquitectónico resultaba, a la vez que muy práctico y funcional, agradable de ver, y esto era compartido a lo largo y ancho del territorio perteneciente a Roma.

“Tal vez en medio de este espectáculo te estés preguntando ansioso de dónde se alimenta esta plaza enriquecida con tantas fuentes, dado que la ciudad está lejos y un acueducto casi inexistente manda hasta aquí un mínimo goteo a través de un estrecho canal. Pues te contestaré que nada fiamos a nuestra diestra, ni confiamos nada en los recursos terrenales, todo lo hemos encomendado al poder de Dios, y del cielo suponemos las fuentes. En fin, hemos construido unas cisternas en todas las partes de las casas para acoger los ríos que Dios derrame desde las nubes y de donde chorreen por igual los cóncavos mármoles llenos hasta los bordes. Pero si alguna vez se presentara una escasez de agua la plaza, adornada por variadas figuras en una distribución intencionada y resplandeciente por la forma de las piletas y las fontanas pintadas, seguirá siendo digna de verse aun con las fuentes secas.” (Paulino de Nola, Poemas, 27, 460)

Reconstrucción virtual de Villa San Marco, Stabia, Italia


Parte de la experiencia sensorial obtenida de estas construcciones se debía a sus programas decorativos. Se importaban materiales lujosos de todas partes lo que acentuaba la propaganda imperial de que el poder de Roma era omnipresente y llegaba a donde quería.

“Además añadió: M. Caecilius, hijo de Marcius, de la tribu Julia, Rufus Concordia, centurión de la legión tercera Cirenaica, , anteriormente oficial jefe de Aelius Julianus, prefecto de los guardias, honró a nuestro emperador L. Aurelius Cómodo Antonino Pio Félix Augusto y dedicó un ninfeo tetrástilo, una crátera con una columna pequeña y un altar con una columna pequeña de mármol y otra columna pequeña, e igualmente decoró con un orbiculum con una columna pequeña y otros objetos, como regalo a Júpiter Dolichenus. Lo dedicó a través de Clodius Catullus, prefecto de los guardias, con Orbius Laetianus, subprefecto, y Castricius Honoratus, tribuno de la segunda cohorte de los guardias, el día antes de las calendas de agosto, cuando Apronianus y Bradua eran cónsules; Herculanius Liberale, el asistente de la enfermería se encargó de que se hiciese.” (CIL 6.414b, ILS 2.1.4315b; Santuario de Júpiter Doliqueno, Roma, 191 d.C.)

Reconstrucción virtual de ninfeo

La decoración de fuentes y ninfeos, además de embellecer la estructura edificada, podía hacer referencia a la historia, los mitos y la religión.

Por ejemplo, como ornamentación se podía usar las figuras de divinidades fluviales y de las ninfas como símbolos del agua, y las estatuas de los emperadores reinantes, de miembros de la familia imperial o de ciudadanos ilustre y benefactores de la ciudad.

“Allí se extiende el excelso Templo de las Ninfas, que atrae todas las miradas por el brillo de sus mármoles, sus abigarradas columnas, sus radiantes pinturas y el caudal de sus fuentes.” (Libanio, Discursos, 11, 202)


En el siglo III d.C. en Perge, actual Turquía, Aurelia Paulina, sacerdotisa de Artemis, puso su dinero para erigir una fuente monumental para abastecer de agua a la ciudad, dedicado a la diosa Artemis Pergaia, patrona de la ciudad, y a la familia imperial. Aurelia, de origen sirio, se trasladó a Perge y allí, una vez viuda, llevó a cabo su acto evergético, manteniendo la tradición de la ciudad al dedicar la fuente a Artemis y manifestando su compromiso con la cultura romana al dedicar también la obra a la familia imperial y erigir sus estatuas que formaban parte de la decoración.

“Aurelia Paulina, sacerdotisa perpetua de la patrona Artemis Pergaia, hija de Apellas, hijo de Dionisos, y de Aelia Tertulla, anteriormente sacerdotisa del culto imperial en la ciudad de Sillyum junto a su difunto marido Aquilius, hijo de Kidramuas, a quien le ha sido concedida la ciudadanía romana por el emperador Cómodo. Construyó e inauguró el hydreion (fuente monumental) y toda su decoración con su propio dinero.”

Ninfeo de Leptis Magna, Libia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los santuarios surgidos en el entorno de un manantial eran lugares religiosos muy populares, que permitían la veneración del agua en su origen, ya que se consideraba al agua un elemento vivificador que era un regalo de los dioses para el bienestar de los humanos.

"¿Has visto alguna vez la fuente del Clitumno? Si no las has visto aún (y pienso que aún no, de otro modo me lo hubieses comentado), hazlo; yo las he visto hace muy poco, y lamento profundamente la tardanza. Se levanta una pequeña colina, cubierta con un umbroso bosque de viejos cipreses. Al pie de esta brota una fuente que se expande en diversos brazos de diferente tamaño, y una vez superado el remolino que forma, se abre en un amplio estanque, tan transparente y cristalino, que podrías contar las monedas que han sido arrojadas y los cantos rodados que brillan en el fondo… Cerca se encuentra un templo antiguo y venerado. Hay una imagen del propio dios Clitumno de pie, vestido y adornado con una toga pretexta. Las tablillas prueban la presencia del dios y sus poderes proféticos. Alrededor se encuentran numerosas capillas, tantas como dioses. Cada una tiene su propio culto, su nombre, algunas también sus propias fuentes, pues además de aquella corriente que es, por así decirlo la madre de todas, hay otras de menor caudal que tienen orígenes diferentes, pero que se mezclan con la corriente principal en un lugar donde hay un puente.” (Plinio, Epístolas, VIII, 8)

Ninfeo dórico, Villa de Domiciano. Ilustración de Carlo Labruzzi

Los ninfeos formaban parte del paisaje urbano y agradaban a los ciudadanos por lo que los miembros de la sociedad que querían asegurar su status social y deseaban ser recordados por sus actos benéficos costeaban su construcción.

“C. Titius Antonius Peculiaris, decurión de la colonia de Aquincum, decurión del municipio de Singidunum, duoviro, flamen, sacerdote de nuestro Augusto de la provincia de Panonia inferior, edificó este ninfeo con su propio dinero y proveyó el agua." (CIL III. 10496=ILS 7124, Aquincum, Panonia inferior, III d.C.)


En algunos casos pagaban por su rehabilitación, ya que muchos se deterioraban por el paso del tiempo y por el uso.

“Flavio Filipo varón preclaro Prefecto de la ciudad, el ninfeo sucio de roña contaminado y el mármol desnudo deformado reparó para devolverlo a su estado original”. (CIL 6, 1728ª)

Ninfeo de Butrinto, Albania. Foto de Piotrus

En los últimos tiempos del Imperio toda la infraestructura de la red hídrica estaba bajo el poder del emperador y su corte, ya que el agua se había convertido en un recurso clave para la exhibición de poder, que se reflejaba en la provisión de fuentes de agua corriendo para consumo de la población, para los baños públicos y los ninfeos.

“Pero también Constantina padecía desde antaño, de una manera insoportable, por el aprovisionamiento de agua. Pues en el exterior, a una distancia de una milla, hay fuentes de agua potable y, a continuación, surge en abundancia una gran arboleda con ejemplares que llegan hasta el cielo. Sin embargo, en el interior, donde resulta que las calles no están en llano sino en pendiente, la ciudad estaba desde antiguo sin agua, padecía sed y sus moradores se encontraban de siempre con esa gran carencia. Pero el emperador Justiniano hizo pasar la corriente de agua al interior del muro por medio de una conducción y adornó la ciudad con fuentes que manaban sin cesar, razón por la que se le puede llamar con justicia fundador de la ciudad. Así, pues, los hechos referentes a estas ciudades se llevaron a cabo de ese modo por el emperador Justiniano.” (Procopio, Edificios, II, 6)

Fuente de Ein Hanniya, Israel. Foto de Assaf Peretz

El dios romano de las fuentes, cascadas y pozos era Fontus, cuyo festival, Fontinalia, se celebraba el 13 de octubre en Roma. Ese día se arrojaban flores a las fuentes y se adornaban los brocales de pozos con guirnaldas.

“Las Fontanales (Fontanalia) recibieron su denominación por Fons, porque este día es su fiesta. Por esto entonces lanzan coronas al interior de las fuentes y también ponen coronas a los pozos.” (Varrón, Lengua Latina, VI, 22)

Fontinales, pintura de Emilio Vasarri


Bibliografía

 

El ninfeo romano. Tipologías y características. Aplicación de un método de análisis procedente de la conservación; Lucía Gómez Robles
Descripción de algunas fuentes romanas de la vía de Numancia a Augustóbriga; Clemente Sáenz Ridruejo, Eugenio Sanz Pérez, Laura Catalá Ribero
El agua en la literatura grecolatina; Ramón Teja Casuso
Water Culture in Roman Society; Dylan Kelby Rogers
Terminal Display Fountains ("Mostre") and the Aqueducts of Ancient Rome; Peter J. Aicher
Fountains and the Ancient City. Social Interactions, Practical Uses, and Pleasant Sights; Nicolas Lamare
Water-Display and Meaning in the High Roman Empire; Dylan Kelby Rogers
Fountains and nymphaea; Franz Glaser





sábado, 16 de julio de 2022

Beatus Ille, vida campestre en la antigua Roma

Toledo Museum of Art, Estados Unidos


Febo, ayuda a estos intentos que no pretenden nada grande,
ni siquiera lo que de ti quiere sacar el vulgo malicioso.
Aleja las riquezas, que los cargos les caigan a esos otros
que los quieren, que a otros los ayude privanza grande;
que este haga de almirante en los navíos o alegre
mande en campamento ajeno con servicial esmero;
que una provincia tema los doce fasces de otro;
oiga el de más allá aplausos sin parar reiterados.
Que yo atienda a un campo de pobre suelo y a versos
despreocupados, y que no pase un día sin un hermano;
que a mi vida descansada le lleguen diversiones
limpias, que mi alma de nada se espante ni nada anhele;
que largo tiempo ignorado me acabe una vejez sin achaques
y mis dos hermanos recojan los huesos en mi sepelio.
 (Antología Latina, 804)

La ciudad en la antigua Roma, según algunos autores, era un espacio de corrupción moral, donde los excesos evitaban que sus habitantes pudieran llevar una vida adecuada y donde incluso los hombres buenos estaban siempre ocupados por las obligaciones profesionales o políticas. Por el contrario, en el campo se podía vivir feliz, despreocupado y dedicado a los placeres de la vida sencilla.

Los campesinos de los que hablan los literatos viven esa sencillez, contentos con sus recursos, aunque estos sean limitados, en un hogar apacible donde la familia juega un papel fundamental con ofrendas a los dioses, principalmente los relacionados con el entorno rústico, para atraer la prosperidad a sus hogares.

"Pero, ante todo, da culto a los dioses y cumple cada año el rito a la gran Ceres oficiando sobre la lozana hierba, cuando ha tocado a su fin el largo invierno, entrada ya la serena primavera. En esta época están gordos los corderos y los vinos entonces se enmollecen, entonces el sueño es dulce y en las montañas la sombra espesa. Que la campesina mocedad se te una a ti para adorar a Ceres, en cuyo honor exprime los panales de miel en leche y vino dulce y por tres veces que la víctima propicia vaya en procesión alrededor de las mieses nuevas, que la acompañen con regocijo la gente y el coro entero y con gritos llamen a Ceres a sus casas y que nadie meta la hoz en las espigas sazonadas, antes de que, en honor de Ceres ceñida la frente con corona de encina, dance en desordenados movimientos y pronuncie los himnos de ritual." (Virgilio, Geórgicas, I, 340)

Pintura de Alma-Tadema


La vida rural se desarrolla alrededor de la agricultura, que es la principal fuente de ingresos, y las necesidades de las cosechas y el ganado rigen la vida en base a las jornadas diarias y las estaciones del año.

La sociedad romana pre-imperial asociaba la pobreza con la virtud, ensalzando al virtuoso hombre pobre como alguien dedicado a su labor, ya fuera la agricultura o el ejército, que se conformaba con tener lo suficiente para subsistir.

"Si en algún tiempo la fría lluvia retiene en su casa al labrador, es ocasión de hacer holgadamente muchas cosas que tendrían luego que ser improvisadas bajo un cielo sereno. El labrador aguza la dura punta de la embotada reja, de troncos de árbol excava las barricas, o empega los ganados o numera sus montones. Otros afilan las estacas y las horcas de dos ganchos y preparan las ligaduras amerias para la flexible vid." (Virgilio, Geórgicas, I, 260)


La imagen tradicional del campesino feliz en la literatura Latina suele incluir a la familia como elemento relevante para conseguir una producción fructífera de la tierra o los animales. Tanto la esposa como los hijos ayudan en las labores del campo.

"¡Cuánto más digno de ser alabado es éste al que, dispuesta su descendencia, la perezosa vejez lo sorprende en su modesta casa! Él mismo sigue a sus ovejas, su hijo a los corderos y su mujer le prepara agua caliente cuando regresa cansado. Así sea yo, y me sea lícito blanquear mi cabeza con canas y, viejo, evocar los recuerdos de un tiempo pasado." (Tibulo, I, 10, 40)



Los intelectuales de la época veían la vida en el campo como un refugio donde olvidar las preocupaciones de la vida en la ciudad. Horacio describe su finca sabina, regalo de su patrono Mecenas, como un símbolo de la tranquilidad necesaria que el poeta necesita para componer su obra.

"En estas cosas pierdo el día de mala manera, no sin formular un deseo: «¡Oh campo!, ¿cuándo he de verte?; ¿cuándo me será permitido, ya con los libros de los antiguos, ya con el sueño y las horas de asueto, lograr el dulce olvido de esta vida agitada?" (Horacio, Sátiras, II, 6, 60)

En el campo la vida gira en torno a lo que realmente importa para llevar una vida sin complicaciones, sin dar importancia a banalidades y temas que solo interesan a los que quieren medrar en la vida social de la ciudad. Por eso el propietario que decide vivir en el campo se rodea de un círculo de amistades que comparte sus mismos intereses y que puede hablar de cualquier asunto con total libertad.

"¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los
míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en
casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! A l gusto de cada
cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas:
el que es un valiente las toma bien fuertes y otro gus-
ta más de remojarse con tragos ligeros. Y entonces empieza la
tertulia, no a cuento de las villas o casas ajenas, ni de si Lepor
sabe bailar o no sabe; sino que tratamos de lo que más nos interesa
a nosotros y es malo ignorar: de si los hombres son felices
por la riqueza o por la virtud; de qué nos arrastra hacia la amis-
tad: el interés o la honradez; y de cuál es la naturaleza del bien,
y cuál su máximo grado."
(Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Mosaico de El Bardo, Túnez

La idea general de los autores de la época es que la gente del campo lleva una vida más moderada y saludable que los que viven en la ciudad, más dependientes de caprichos extravagantes y distracciones mundanas que hacen más difícil su vida diaria.

"Mientras tú quizás andas de aquí para allá sin descanso, Juvenal, por la bulliciosa Subura o te pateas el monte de la soberana Diana; mientras de puerta en puerta de los poderosos te hace aire la toga que hace sudar y, en tu vagar, el Celio mayor y menor te fatigan, a mí, después de muchos diciembres reencontrada, me ha acogido y me ha hecho un campesino mi Bílbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí cultivo perezoso con un trabajo agradable el Boterdo y la Plátea —las tierras celtíberas tienen estos nombres demasiado rudos—, disfruto de un sueño profundo e interminable, que a menudo no lo rompe ni la hora tercia, y ahora me recupero de todo lo que había velado durante tres decenios. No sé nada de la toga, sino que, cuando lo pido, me dan de un sillón roto el vestido más a mano. Al levantarme, me recibe un hogar alimentado por un buen montón de leña del vecino carrascal y al que mi cortijera rodea de multitud de ollas. Detrás llega el cazador, pero uno que tú querrías tener en un rincón del bosque. A los esclavos les da sus raciones y les ruega que se corten sus largos cabellos el cortijero, sin un pelo. Así me gusta vivir, así morir." (Marcial, Epigramas, XII, 18)

Mientras que los ricos habitantes de la ciudad disfrutan de especialidades culinarias presentadas de forma espectacular y de procedencia exótica, sin preocuparse por su calidad como sustento, los residentes en el campo se conforman con una dieta sencilla que comparten con sus invitados y que proviene de sus propias tierras. Horacio se refiere a un conocido suyo, Ofelo, anterior pequeño propietario reconvertido en colono a sueldo:

"Yo nunca me he permitido comer en día que no fuera de fiesta más que verdura con una punta de ahumado pernil; y si tras mucho tiempo un huésped llegaba a mi casa, o bien, si no teniendo trabajo que hacer, en tiempo de lluvias, me acompañaba a la mesa un vecino estimado, nos arreglábamos bien; no con pescado traído de la ciudad, sino con pollo y cabrito. Luego, las uvas que tenía colgadas y las nueces nos proporcionaban el postre, junto con unos higos abiertos. Tras esto, el juego consistía en beber sin otro juez que la culpa; y el vino de las libaciones a Ceres, para que se alzara con una espiga bien alta, distendía las frentes que la inquietud arrugaba." (Horacio, Sátiras, II, 2, 115)

Ilustración de Jean-Claude Golvin


Plinio el joven describe su villa en el campo como el lugar más propicio donde la aristocracia podía combinar el otium y el negotium fácilmente. Sus tierras son extensas y productivas, con pastos y agua y accesible para el transporte de mercancías a la ciudad y así poder ser de provecho al Imperio.

"El paisaje es hermosísimo. Imagínate un anfiteatro inmenso, como solo la naturaleza puede crear. Una extensa y abierta llanura rodeada por montañas que tienen sus cimas cubiertas por antiguos bosques de altos árboles. Allí la caza resulta abundante y variada. Desde las cumbres bajan por sus laderas bosquecillos de árboles maderables, en medio de los cuales hay colinas fértiles y cubiertas de una abundante capa de humus (pues no es fácil encontrar roca alguna, aunque la busques) que no ceden en riqueza a los campos más llanos, y donde madura una excelente cosecha de cereales, más tardía es cierto, pero no de inferior calidad. Al pie de estos sembrados, por todos lados, se extienden unos viñedos, que, al entrelazarse entre sí, presentan en una ancha y larga superficie una panorámica uniforme, en cuyo límite nacen unos arbustos, que forman, por así decirlo, el reborde inferior de la colina. A continuación, vienen prados y tierras de labor, tierras que no pueden ser roturadas a no ser con enormes bueyes y pesadísimos arados: el suelo es tan compacto que cuando se le abre por primera vez se levanta en grandes terrones, de modo que solo a la novena arada se lo domeña. Los prados, floridos y brillantes coma tachonados de gemas, crían tréboles y otras delicadas hierbas siempre tiernas coma si fuesen nuevos brotes. En efecto, todos estos prados se alimentan de caudales inagotables, pero en las zonas donde más agua fluye no se forma ninguna zona pantanosa, pues la tierra, al estar en pendiente, vierte en el Tíber toda el agua que recibe y no puede absorber. El río, navegable, corre a través de los campos y transporta hasta la ciudad todos los productos de la tierra, pero solo en invierno y primavera; en verano baja de nivel y abandona el nombre de gran rio en su lecho arenoso, que recupera en otoño." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración Chris Mitchell

Al mismo tiempo proporciona caza para el divertimento de sus residentes y el propietario puede encontrar paz y tranquilidad para dedicarse a escribir y sentirse más sano y dispuesto a la actividad creativa.

"Allí el ocio es más profundo, más sosegado, y por ello más despreocupado: no hay necesidad alguna de ponerse la toga, nadie de la vecindad te molesta, todo es tranquilidad y descanso, circunstancias que añaden mucho a la salubridad de la región, tanto como un cielo sereno, como un aire puro. Es allí donde mi cuerpo, mi espíritu tienen más vigor. Pues ejercito mi espíritu con los estudios, mi cuerpo con las cacerías. Mis sirvientes están también aquí más sanos que en ninguna otra parte; hasta ahora ciertamente no he perdido a nadie de los que he traído aquí conmigo (que los dioses me perdonen por hablar así). ¡Qué los dioses me conserven en el futuro este gozo, y al lugar esta gloria! Adiós." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Escena de caza, Museo Romano de Mérida

Aparte de la caza otra actividad al aire libre que podían practicar los ociosos habitantes de las villas rústicas era la pesca con caña y anzuelo. Plutarco cita una anécdota sobre Marco Antonio y Cleopatra ocurrida mientras él pescaba con la caña:

“Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y haciendo conversación con sus amigos, les rogó que al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña, mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan grande como se puede pensar, “Deja – le dijo -, ¡Oh Emperador!, la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en Canopo; nuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias.” (Plutarco, Antonio, 29)



En la Roma imperial de la época de Augusto la vida en la ciudad de Roma se había encarecido debido a los altos precios del mercado y a la escasez de algunos productos. Se necesitaban recursos para hacer frente al gasto de las necesidades básicas, como alimentos, o combustible para calentarse y para cumplir las demandas sociales a las que la pertenencia a la ciudadanía obligaba. Por tanto, muchos miraban en la ciudad miraban a sus lugares de origen enclavados en entornos rurales por la posibilidad de tener una mejor vida que en la ciudad, donde tenían que adular a los patronos que les ayudaban a sobrevivir.

"Te admiras frecuentemente, Avito, de que yo hable demasiado de pueblos remotos, habiéndome hecho viejo en la capital del Lacio, y de que tenga sed del aurífero Tajo y de mi patrio Jalón y de que añore los campos descuidados de una pequeña torre bien abastada. Me gusta aquella tierra en la que una pequeña hacienda me hace feliz y unos pocos recursos me hacen nadar en la opulencia. Aquí se le da de comer al campo, allí da de comer; el hogar se templa aquí con un fuego maligno, allí luce con una lumbre enorme. Aquí es costosa el hambre y ruinoso el mercado; allí la mesa queda enterrada por las riquezas de su propio campo. Aquí se gastan en un verano cuatro togas o más, allí una sola toga me abriga durante cuatro otoños. Anda, hazles ahora los honores a los patronos, siendo así que todo lo que no te proporciona un amigo puede proporcionártelo, Avito, un lugar." (Marcial, Epigramas, X, 58)


Algunos ciudadanos buscaban el amparo de un patrono que ayudara a cubrir sus necesidades más básicas y algunos soñaban con una propiedad en el campo que les facilitara ser autosuficientes y no incurrir en los gastos habituales de vivir en la ciudad. El poeta satírico Marcial se muestra encantado con la finca que su patrona le regala.

"Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: Prefiero los míos."  (Marcial, Epigramas, XII, 31)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

En algunas obras la descripción idílica de la vida y paisaje campestres son una mera representación de la visión que los residentes en la urbe tienen de lo que debería ser la vida rural. Así es en el caso del personaje Alfio quien aparentemente lleva una plácida vida en el campo, pero que resulta ser una fantasía, porque finalmente se revela que vuelve a su negocio en la ciudad.

“Feliz aquel que, de negocios alejado, cual los mortales de
los viejos tiempos, trabaja los paternos campos con sus bueyes,
de toda usura libre. A él no lo despierta, como al soldado, la
trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas
altivas de los ciudadanos poderosos,
Y así, o bien casa los altos chopos con los crecidos sarmientos
de las vides, o bien, en un valle recoleto, contempla
las errantes manadas de mugientes reses; y cortando con la po-
dadera las ramas que no sirven, otras más fértiles injerta; o exprime
mieles que guarda en limpias ánforas, o esquila a las débiles
ovejas. Y cuando el otoño asoma por los campos su cabeza,
de dulces frutas ataviada, ¡cómo goza recogiendo las
peras que ha injertado y uvas que rivalizan con la púrpura, para
ofrecértelas a ti, Priapo, y a ti, padre Silvano, que guardas los
linderos…………………………………………………………………………….
Mas cuando la invernal estación de Júpiter tenante apresta las
lluvias y las nieves, o bien a los fieros jabalíes acosa de aquí y
de allá, con machos perros, hacia las redes que les cortan la escapada,
o con la percha pulida tiende ralas mallas para engañar
a los voraces tordos; y caza con el lazo la tímida liebre y la
emigrante grulla, trofeos placenteros. ¿Quién no se olvida, en
medio de todo esto, de las malas cuitas que provoca Roma?
…………………………………………………………………………………………..
Ni el ave africana ni el jonio francolín bajarán
más gratos a mi panza que la oliva elegida de las ramas más
pingües de los árboles, o la hierba de la acedera, amante de los
prados, o las malvas saludables para el cuerpo enfermo, o la
cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrebatado
al lobo.
Entre estos festines, ¡cómo agrada ver a las ovejas corriendo
a casa ya pacidas, ver a los cansados bueyes arrastrando el
arado vuelto sobre el cuello lánguido; y a los siervos nacidos
en la casa, enjambre de una finca acaudalada, sentados en torno
a los lares relucientes!
Una vez que dijo todo esto, el usurero Alfio, que estaba a
punto, a punto de hacerse campesino, reembolsó todos sus cuartos
el día de las idus,... y ya busca dónde colocarlos en las calendas.”
(Horacio, Épodos, II, 2)



La mayor parte de los autores de la época de Augusto deseaban que con su llegada al poder se volviese a una época de moralidad y simplicidad que acabase con el vicio y la decadencia que se habían implantado en la sociedad romana a partir de la expansión de Roma debida a las conquistas de nuevos territorios. Ansiaban el regreso a una Edad Dorada, un pasado lejano en el que los antepasados vivían una apacible vida campesina antes de que existiesen las ciudades, las armas y las guerras y que se impusiesen los lujos y los excesos como la gula y la impiedad.

iDichoso aquel que llegó a conocer las causas de las
cosas y puso bajo sus pies los temores todos, la creencia
en un destino inexorable y el estrepitoso ruido del Aqueronte
avaro! ¡Pero también dichoso el que supo de los
dioses de los campos, y de Pan y del viejo Silvano y
de las hermanas Ninfas! A ese tal, ni las fasces con-
cedidas por el pueblo, ni la púrpura de los reyes le hicieron
doblegarse, ni la discordia que subleva a los hermanos
sin fe; o el dacio, que desciende desde el Istro conjurado,
ni los negocios de Roma, ni los reinos destinados
a perecer; ése no se dolió, compasivo, del pobre, ni envidió
al que tiene. Los frutos que las ramas, los que los
mismos campos, sin cultivo, generosos produjeron, no tuvo
más que cogerlos; ni vio las leyes inflexibles, la locura
del foro, ni los archivos del pueblo."
 (Virgilio, Geórgicas, II, 490)


Para que un propietario pueda dedicarse al otium necesita disponer de alguien en quien confiar para dirigir su hacienda. Esta labor solía recaer en el villicus, capataz que se encargaba de repartir las tareas y vigilar a los esclavos. En el caso de la finca sabina de Horacio, el villicus, que antes desarrollaba sus tareas como esclavo en la ciudad parece echar de menos su vida en la ciudad con sus diversiones urbanas. Horacio, quien antes disfrutaba de su estancia en la urbe, pero que se ha acostumbrado a la vida sencilla del campo, le reprocha sus quejas y le recuerda que otros esclavos le tendrán envidia por las ventajas que le reporta su puesto actual. El poeta concluye que cada uno debe dedicarse a la labor a la que está destinado.


"Yo llamo feliz al que vive en el campo, y tu al que
en la urbe. El que gusta de la suerte de otro, no es de extrañar
que aborrezca la suya. Igual de necios el uno y el otro, echan
la culpa al lugar, sin razón ni justicia: la culpa es del alma, que
nunca logra escapar de sí misma.
Tú, cuando eras un criado cualquiera, en tus calladas plegarias
ansiabas el campo; ahora que eres capataz añoras la urbe,
sus juegos y baños. Sabes que yo soy consecuente, y que a disgusto
me voy cada vez que los odiosos negocios a Roma me
llevan a rastras. No nos gustan las mismas cosas, y por eso no
estamos de acuerdo.
………………………………………………………………………………………
Vamos, pues, y escucha ahora qué es lo que impide que nos
entendamos. A aquel al que tan bien le caían las togas finas y
los cabellos brillantes; el que tú sabes que, sin dar nada a
cambio, gozó del favor de Cinara la avariciosa, y desde el
mediodía andaba bebido de claro falemo, le gustan las cenas
ligeras y la siesta a la orilla del río, sobre la hierba; y no se avergüenza
de cuanto se ha divertido, mas sí lo haría de no poner un
final a la juerga. Ahí nadie amarga mi bienestar con aviesa mirada,
no lo envenena con el oscuro mordisco del resentimiento;
eso sí, los vecinos se ríen al verme voltear terrones y piedras.
Tú prefieres roer con los siervos la diaria ración de la urbe, y
en tus deseos corres a convertirte en uno de ellos; mas el mozo
de cuadra, que es tan charlatán, te envidia el que puedas disfrutar
de la leña, el ganado y el huerto. El perezoso buey querría
gualdrapas, y arar querría el caballo; mi parecer será que el
uno y el otro hagan a gusto el oficio que saben."
 (Horacio, Epístolas, I, 14)

Museo Nacional Palazzo Massimo, Roma

El clima era un motivo importante para el retiro en el campo. Huir del calor sofocante del verano en la ciudad anima a los ricos hacendados romanos a trasladarse hasta sus villas rurales, donde el ambiente normalmente más fresco y la tranquilidad permite disfrutar del ocio y las actividades propias del campo.

"Te metes conmigo por quedarme en el campo, yo podría con más razón quejarme de que tú permanezcas en la ciudad. La primavera a deja paso al Verano; el sol ha completado su trayecto hasta el trópico de Cáncer y ahora avanza en su viaje hacia el polo. ¿Por qué debería desperdiciar palabras sobre el clima que tenemos aquí? El creador nos ha situado de tal forma que estamos expuestos a los calores vespertinos. Es decir, todo resplandece; la nieve se está derritiendo en los Alpes; la tierra está cosida a grietas. Los vados no son sino grava seca, las orillas duro barro, los llanos polvo; los arroyos languidecen y apenas pueden correr; en cuanto al agua, caliente no es la palabra; hierve. Todos sudamos en sedas ligeras y linos; pero allí estás en Ameria todo envuelto en tu amplia toga, hundido en un sillón, y diciendo entre bostezos: Mi madre era una Samia a alumnos más pálidos por el calor que por temor a ti. Puesto que amas tu salud, aléjate en seguida de tus sofocantes callejones, únete a nuestro hogar como el más bienvenido de todos los huéspedes, y en este, el más atemperado de los retiros evita al intemperado Sirio." (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)



Bibliografía

Rasgos de la vida hispanorromana en la Celtiberia, Miguel Dolç
Gaudia Verae Vitae y carpe diem en los Epigramas de Marcial, Aurelio González Ovies
All Country Roads Lead to Rome: Idealization of the Countryside in Augustan Poetry and American Country Music; Alice Lyons
Aristocracy and Agriculture: How Vergil’s "Georgics" Inspired a Wave of Agrarianism and Imperialism; Isabel M. Lickey
The Foliate Lyre: The Use of the Countryside In Horace's Odes; Andrew Michael Goldstei
Horace, Martial, and Rome: two Poetic Outsiders read the Ancient City; Stephen L. Dyson and Richard E. Prior
Otium as Luxuria: Economy of Status in the Younger Pliny´s Letters; Eleanor Winsor Leach
The Simple Life in Vergil's "Bucolics" and Minor Poems; Elizabeth F. Smiley
The Cambridge Companion to Horace, Town and country; Stephen Harrison