DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

viernes, 24 de agosto de 2018

Mons Vesuvius, la destrucción de Pompeya, Herculano, Estabia y Oplontis durante la antigua Roma



Destrucción de Pompeya y Herculano, pintura de John Martin

El día 24 de agosto del año 79 d.C. tuvo lugar la erupción más intensa del Vesubio causando la expulsión de una gran nube de gases, piedras, roca fundida y cenizas y alcanzando la lava una velocidad de unos 100 kilómetros por hora aproximadamente. Alrededor del volcán se asentaban varias poblaciones que aprovechaban la fertilidad del terreno y eran destino vacacional de muchos ciudadanos romanos, entre ellas, Pompeya, Herculano, Estabia y Oplontis. De la zona habló Estrabón indicando la riqueza de la tierra, excepto la cima del monte que daba muestras de anteriores erupciones.

“Pompeya sirve de puerto a Nola, Nuceria y Aquerras, localidad homónima de la que está cerca de Cremona, a través del río Sarno, por el que entran y salen las mercancías. Domina estos lugares el monte Vesubio que está colonizado en derredor por tierras de cultivo muy hermosas, salvo en su cima. Esta misma es plana en su mayor parte, pero totalmente improductiva, y por su aspecto parece ceniza y muestra unas grietas, que se abren como poros, de piedras ennegrecidas en su superficie, como si hubieran sido consumidas por el fuego. En cierta medida, se podría conjeturar que, en otro tiempo, este territorio fue pasto de las llamas, que albergaba cráteres de fuego y que éste acabó por extinguirse por falta de madera. Quizás ésta sea la causa de la fertilidad de su entorno.” (Estrabón, Geografía, V, 4, 8)


Vesuvius, ilustración de Jean-Claude Golvin

La erupción ocurrió en dos fases, en la primera el Vesubio expulsó una gigantesca columna de gas, ceniza y roca a la atmósfera. Piedra pómez cayó sobre las ciudades que rodeaban el volcán hiriendo a las personas que se encontraban en las calles y bloqueando puertas y caminos. Las rocas se amontonaron hasta llegar a una altura de dos metros y medio y su peso provocó el hundimiento de tejados atrapando a los habitantes en sus casas y negocios. Esta fase, llamada pliniana, duró un día entero.

La segunda fase, más destructiva incluso, se caracterizó por el flujo piroclástico, que consiste en una rapidísima corriente de gas y cenizas volcánicas avanzando por la ladera del volcán. Algunos gases que alcanzaron Pompeya y las otras poblaciones eran tóxicos y pudieron asfixiar a muchos residentes que no pudieron o no quisieron evacuar las ciudades durante la primera fase, aunque la mayoría probablemente murieron por las altas temperaturas alcanzadas. Las ciudades alrededor del volcán quedaron arrasadas y enterradas durante siglos.


"A mediados de agosto del año 79 d.C. se manifestaron los primeros indicios de una erupción del Vesubio, como ya había sucedido frecuentemente. En las primeras horas de la mañana del día 24, sin embargo, se vio claramente que se avecinaba una catástrofe jamás vivida.
Con un trueno terrible se desgarró la cima del monte. Una columna de humo, abriéndose como la copa de un gigantesco pino, se desplegó en la bóveda del cielo, y entre el fragor de truenos y relámpagos, cayó una lluvia de piedras y ceniza que oscureció la luz del sol. Los pájaros caían muertos del aire, las personas se refugiaban dando gritos, los animales se escondían. Las calles se veían inundadas por torrentes de agua, y no se sabía si tales cataratas caían del cielo o brotaban de la tierra.
Aquellas ciudades de reposo estival quedaron sepultadas en las primeras horas de actividad de un esplendoroso día de sol. De dos maneras les amenazaba el trágico final. Un alud de fango, mezcla de ceniza con lluvia y lava, caía sobre Herculano, inundaba sus calles y callejas, aumentaba, cubría los tejados, entraba por puertas y ventanas y anegaba la ciudad toda, como el agua empapa una esponja, envolviéndola con todo lo que en ella no se había puesto a salvo en huida rapidísima, casi milagrosa.
No sucedió así en Pompeya. Allí no cayó ese turbión de fango contra el cual no quedaba más salvación que la huida, sino que empezó el fenómeno con una fina lluvia de ceniza que uno podía sacudirse de encima, luego cayeron los lapilli, como si fuese pedrisco, y después cayeron trozos de piedra pómez de muchos kilogramos de peso. Lenta y fatalmente se manifestó la temible envergadura del peligro. Pero entonces era ya demasiado tarde. Pronto quedó la ciudad envuelta en vapores de azufre que penetraban por las rendijas y hendiduras y se filtraban por las telas que las personas, al respirar cada vez con más dificultad, se ponían para cubrirse el rostro. Y corriendo, huían al exterior para lograr así la libertad de respirar el aire; pero las piedras les daban con tanta frecuencia en la cabeza, que retrocedían, aterrorizados. 



Ilustración de Greg Ruhl

Apenas se habían refugiado de nuevo en sus casas, se derrumbaban los techos, dejándolos sepultados. Algunos, durante breve tiempo, conservaron la vida. Bajo los pilares de las escalinatas y las arcadas se quedaba acurrucados durante unos angustiosos minutos. Luego, volvían los vapores de azufre que los asfixiaban.
Al cabo de cuarenta y ocho horas el sol salió de nuevo. Pero ya Pompeya y Herculano habían dejado de existir. En un radio de dieciocho kilómetros, el paisaje quedó asolado. Y los campos antes fértiles, totalmente arrasados. Las partículas de ceniza se habían extendido hasta el norte de África, Siria y Egipto.
Del Vesubio sólo ascendía una débil columna de humo y de nuevo el cielo se tornaba azul."
(Dioses, tumbas y sabios, C. W. Ceram)


El único testimonio que se conserva del acontecimiento es de Plinio el Joven, quien vivió la tragedia en persona y describió en dos cartas al historiador Tácito la muerte de su tío, Plinio el Viejo, mientras observaba el acontecimiento, y su propia experiencia durante su estancia en Miseno.

Erupción del Vesubio y muerte de Plinio el Viejo.

“El 24 de agosto, como a la séptima hora, mi madre le hace notar que ha aparecido en el cielo una nube extraña por su aspecto y tamaño. Él había tomado su acostumbrado baño de sol, había tomado luego un baño de agua marina, había comido algo tumbado y en aquellos momentos estaba estudiando; pide el calzado, sube a un lugar desde el que podía contemplarse mejor aquel prodigio. La nube surgía sin que los que miraban desde lejos no pudieran averiguar con seguridad de que monte (luego se supo que había sido el Vesubio), mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de esta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba…. Se dirige rápidamente al lugar del que todos los demás huyen despavoridos, mantiene el rumbo en línea recta, el timón directo hacia el peligro, hasta tal punto libre de temor que dictaba o él mismo anotaba todos los cambios, todas las formas de aquel desastre, tal como las había captado con los ojos. Ya las cenizas caían sobre los navíos, más compactas y ardientes, a medida que se acercaban; incluso ya caían piedra pómez y rocas ennegrecidas, quemadas y rotas por el fuego; ya un bajo fondo se había formado repentinamente y los desprendimientos de los montes dificultaban grandemente el acceso a la playa…. Luego se retiró a descansar y ciertamente durmió sin la menor sombra de duda, pues su respiración, que a causa de su corpulencia era más bien sonora y grave, podía ser escuchada por las personas que iban y venían delante de su puerta. Pero el patio desde el que se accedía a su habitación, repleto de cenizas y piedra pómez de tal manera había subido de nivel que, si hubiese permanecido más tiempo en el dormitorio, ya no habría podido salir…. Luego que fue despertado, salió fuera y se reúne con Pomponiano y los demás que habían pasado toda la noche en vela. Deliberan en común si deben permanecer bajo techo o salir al exterior, pues los frecuentes y fuertes temblores de tierra hacían temblar los edificios y, como si fuesen removidos de sus cimientos, parecía que se inclinaban ya hacia un lado, ya hacia el otro. Al aire libre, por el contrario, el temor era la caída de fragmentos de piedra pómez, aunque estos fuesen ligeros y porosos, pero la comparación de los peligros les llevó a elegir esta segunda posibilidad….

Ilustración de Peter V. Bianchi, National Geographic

Mi tío decidió bajar hasta la playa y ver sobre el lugar si era posible una salida por mar, pero este permanecía todavía violento y peligroso. Allí, recostándose sobre un lienzo extendido sobre el terreno, mi tío pidió repetidamente agua fría para beber. Luego, las llamas y el olor del azufre, anuncio de que el fuego se aproximaba, ponen en fuga a sus compañeros, a él en cambio le animan a seguir. Apoyándose en dos jóvenes esclavos pudo ponerse en pie, pero al punto se desplomó, porque, como yo supongo, la densa humareda le impidió respirar y le cerró la laringe, que tenía de nacimiento delicada y estrecha y que con frecuencia se le inflamaba. Cuando volvió el día (que era el tercero a contar desde el último que él había visto), su cuerpo fue encontrado intacto, en perfecto estado y cubierto con la vestimenta que llevaba: el aspecto de su cuerpo más parecía el de una persona descansando que el de un difunto.” (Plinio el Joven, Epístolas, VI, 16)




Plinio el Joven relata su vivencia durante la erupción del Vesuvio y su puesta a salvo.

“Había habido primero durante muchos días un temblor de tierra, que no causa un especial temor pues es frecuente en Campania; pero ciertamente aquella noche fue tan violento que se creería no que todo temblaba, sino que se daba la vuelta. Mi madre se precipitó en mi dormitorio, yo a mi vez ya me estaba levantando con la intención de despertarla, si estaba durmiendo. Nos sentamos en el patio de la casa, reducido espacio que separaba el mar de los edificios de la finca. Tengo dudas de si debo calificar mi comportamiento de firmeza de ánimo o de estupidez (iba a cumplir dieciocho años): pido un libro de Tito Livio, y me pongo a leerlo, como si no tuviese otra cosa mejor que hacer, e incluso continúo haciendo extractos, tal como había empezado. He aquí que llega a casa un amigo de mi tío materno que había venido hacia poco de Hispania para verle, y cuando nos ve a mi madre y a mi sentados, y a mí además leyendo un libro, nos reprende a ambos, a mí por mi indolencia y a ella por permitirla. 

Plinio el Joven y su madre en Miseno, pintura de Angelica Kauffman

No por ello sigo menos absorto en mi lectura. Ya había amanecido, pero la luz era todavía incierta y tenue. Ya los edificios de los alrededores amenazaban ruina y, aunque nos encontrábamos en un espacio abierto, pero estrecho, el miedo de un derrumbamiento era cierto y grande. Solo entonces nos pareció oportuno abandonar la ciudad; nos sigue una muchedumbre atemorizada, que, prefiriendo seguir el consejo ajeno que el propio (comportamiento que en el temor se asemeja a la prudencia), con su densa columna nos presiona y empuja en nuestra marcha.
Una vez que dejamos atrás nuestras casas, nos detuvimos. Entonces vivimos muchas experiencias extraordinarias, muchos temores. Pues los vehículos que habíamos mandado llevar con nosotros, aunque el campo era completamente llano, empezaron a moverse en direcciones opuestas, y ni siquiera calzados con piedras permanecían quietos sobre el mismo sitio. Además, veíamos que el mar se retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de la tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales marinos se encontraban varados sobre las arenas secas. Por el lado opuesto una nube negra y espantosa, desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes, se abría en largas lenguas de fuego, semejantes a los relámpagos, pero de mayor tamaño…. Entonces mi madre empezó a rogarme, a suplicarme, a ordenarme que huyese del modo que fuese; diciéndome que un hombre joven podía hacerlo, pero que ella, entorpecida por la edad y su exceso de peso, no podía, y que moriría en paz, si no había sido la causa de mi muerte. Y le respondí que no me pondría a salvo, a no ser con ella; después, asiéndola de la mano, la obligo a acelerar el paso. Me obedece con dificultad, y se reprocha ser la causa de mi demora. Ya caía ceniza, pero todavía escasa. Volví la vista atrás: una densa nube negra se cernía sobre nosotros por la espalda, y nos seguía a la manera de un torrente que se esparcía sobre la tierra. «Salgamos del camino», le dije, «mientras podamos ver, para no ser derribados al suelo y pisoteados en la oscuridad por la muchedumbre que nos sigue». Apenas nos habíamos sentado un poco para descansar, cuando se hizo de noche, pero no como una noche nublada y sin luna, sino como la de una habitación cerrada en la que se hubiese apagado la lámpara… De pronto se produjo una tenue claridad, que nos pareció no el anuncio de la llegada del día, sino de la aproximación del fuego. Pero las llamas se habían detenido algo más lejos; luego las tinieblas vinieron de nuevo, las cenizas cayeron de nuevo, esta vez abundantes y densas. Poniéndonos de pie repetidamente la sacudíamos de nuestra ropa; de otro modo hubiésemos quedado enterrados e incluso aplastados por el peso…. Finalmente, aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube; después se vio la luz del día, un día verdadero; el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses. Recorríamos con ojos todavía aterrorizados todos los objetos cambiados y sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve. Regresamos a Miseno y luego de haber recuperado nuestras fuerzas lo mejor que pudimos, pasamos la noche en tensión, suspensos entre el temor y la esperanza. Se imponía el temor, pues los temblores de tierra continuaban, y muchos, que habían perdido la razón, con sus tétricos vaticinios convertían en objeto de burla las desgracias ajenas y las suyas propias. Nosotros, sin embargo, ni siquiera entonces, aunque hubiésemos sufrido los peligros y todavía esperásemos otros, no teníamos la in
tención de partir, hasta que no tuviésemos noticias de mi tío.” (Plinio el Joven, Epístolas, VI, 20)

Pintura de József Molnar


La erupción descrita era la segunda catástrofe que afectaba a Pompeya en pocos años, ya que diecisiete antes había sufrido un fuerte terremoto que sacudió toda la bahía de Nápoles, causando graves desperfectos en la ciudad, muchos de los cuales estaban siendo todavía reparados cuando fue sepultada por la lava y cenizas expulsadas por el Vesubio. En sus cartas Plinio declaró que la tierra tembló en varias ocasiones justo antes de la erupción, pero, sin embargo, no se le dio mucha importancia debido a que los terremotos eran habituales en la zona. El sur de Italia es lugar de movimientos tectónicos que provocan frecuentes sismos debido a que coincide con la unión de las placas euroasiática y africana.

“Pompeya, célebre ciudad de la Campania, rodeada de un lado por las playas de Sorrento y Stabia, y de otro por la de Herculano, entre las que el mar se abrió ameno golfo, quedó sepultada, como sabemos, por un terremoto que devastó todas las comarcas inmediatas, y esto, óptimo Lucilio, en invierno, estación exenta de estos peligros, según decían nuestros mayores. Este terremoto ocurrió el día de las nonas de febrero, siendo cónsules Régulo y Virginio. La Campania, que nunca había estado segura de estas catástrofes, aunque no había pagado al azote otro tributo que el del miedo, quedó ahora terriblemente asolada. Además de Pompeya, Herculano fue destruido en parte, y lo que queda de él no está muy seguro. La colonia de Nuceria, más respetada, tiene también de qué quejarse. En Nápoles muchos edificios particulares, aunque ninguno público, quedaron destruidos, alcanzándole, si bien ligeramente, el espantoso desastre. De las quintas que cubren la montaña, algunas se estremecieron, sin experimentar otro daño.” (Séneca, Cuestiones Naturales, VI, 1)

Relieve con terremoto en Pompeya en el año 62 d.C.

El terrible suceso que destruyó Pompeya y las otras ciudades aconteció durante el mandato del emperador Tito que tomó medidas para paliar las consecuencias de la tragedia y socorrer a los supervivientes.

“Tristes e imprevistos acontecimientos perturbaron su reinado: la erupción del Vesubio, en la Campania; un incendio en Roma, que duró tres días y tres noches, y una peste, en fin, cuyos estragos fueron espantosos. En estas calamidades demostró la vigilancia de un príncipe y el afecto de un padre, consolando a los pueblos con sus edictos y socorriéndolos con sus dádivas. Varones consulares, designados por suerte, quedaron encargados de reparar los desastres de la Campania; se emplearon en la reconstrucción de los pueblos destruidos los bienes de los que habían perecido en la erupción del Vesubio sin dejar herederos.” (Suetonio, Tito, VIII)

Pintura de Pierre- Henri de Valenciennes

En la zona de Campania tuvo gran importancia el desarrollo de Pompeya como centro vinícola gracias a la fertilidad proporcionada por la tierra volcánica y al clima de la zona. La ciudad se convirtió en productora y exportadora de los vinos que se producían allí mismo o en las fincas del entorno. La erupción del Vesubio en el año 79 d.C. terminó con su pujanza, como deja patente Marcial en uno de sus epigramas, y desplazó el cultivo de las viñas a otras zonas limítrofes.

“Éste es el Vesubio, verde hasta hace poco con la sombra de sus pámpanos, aquí su famosa uva hacía rebosar los bullentes trujales. Éstas son las cumbres que Baco prefirió a las colinas de Nisa, por este monte desplegaban hace poco sus danzas los sátiros, ésta es la morada de Venus, más grata para ella que Lacedemonia, aquí había un sitio famoso por el nombre de Hércules. Todo está asolado por las llamas y sumergido en lúgubre ceniza y los dioses no querrían que esto se les hubiera permitido.” (Marcial, Epigramas, IV, 44)

Pintura mural de Pompeya con el Vesubio y el dios Baco

Bibliografía:

https://www.researchgate.net/publication/281359457_Los_Plinios_el_Vesubio_Pompeya_y_el_Imperio_Romano_de_la_segunda_mitad_del_siglo_ILos Plinios, el Vesubio, Pompeya y el Imperio Romano de la segunda mitad del siglo I; Gerardo J. Soto
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5191037.pdf; Los Plinios, la Campania romana y las erupciones plinianas; Gerardo J. Soto Bonilla
https://clasicos.hypotheses.org/646; Plinio el Joven y el Vesubio: la épica de la destrucción; Francisco García-Jurado
https://www.nationalgeographic.org/thisday/aug24/vesuvius-erupts/



martes, 21 de agosto de 2018

Oecus, exedra, diaeta, salones de recepción en la domus romana



Ulises devuelve Briseida a Aquiles, villa romana de Carranque, Toledo. Foto de Samuel López

Las dependencias de la domus romana que estaban pensadas para ensalzar el prestigio del dominus solían tener grandes proporciones, a veces terminadas en exedras semicirculares, rectangulares o pentagonales, y estaban lujosamente decoradas. En ellas se desarrollaban las ceremonias y actos sociales de los nobles y nuevos ricos romanos durante la época del Imperio, a los que los grandes potentados rurales de los siglos III-V imitaron en su forma de vida y en sus actos públicos trasladando el lujo y suntuosidad de las mansiones urbanas a las villas rústicas.

Villa romana de la Olmeda, Palencia. Foto de Samuel López


La decoración de las salas dedicadas a actos o ceremonias de representación reflejaba el deseo de los propietarios de que todos los que posasen la vista en dichas estancias quedasen impresionados por el lujo y la vistosidad de las paredes, suelos y elementos arquitectónicos, además de por su conocimiento del mundo clásico o por las referencias a sus aficiones. De ahí que hayan quedado representaciones de escenas mitológicas y literarias relativas al mundo griego, de escenas cinegéticas o motivos paisajísticos.

“A ellos los deleitan los guijarros lisos de variado color, hallados en la playa, a nosotros, en cambio, ingentes columnas jaspeadas, traídas de las arenas de Egipto o de los desiertos de África, que sostienen un pórtico o un comedor capaz de contener una multitud de invitados.” (Séneca, Epístolas a Lucilio, 115)

Pintura mural de villa Poppea, Oplontis, Italia. Foto de Samuel López

La palabra oecus de origen griego designa un salón de grandes proporciones utilizado para recibir a invitados o visitantes importantes, pero es un vocablo que apenas aparece en la literatura latina, aunque sí lo cita Vitrubio.


“Los griegos llaman andronas a las salas (oeci) donde se celebran banquetes exclusivamente para hombres, pues las mujeres tienen prohibido su acceso.” (Vitruvio, De Arquitectura, VI, 7)

Vitrubio describe cuatro tipos de oecus, el cual se diferenciaba de otras salas por contener columnas. Solían construirse con vistas a los jardines, para poder deleitarse la vista desde los lechos.

“La longitud de los triclinios deberá ser el doble de su propia anchura. La altura de las habitaciones que sean alargadas guardará la siguiente proporción: sumaremos su longitud y su anchura; tomando la mitad de la suma total, se la daremos a su altura. Pero si se trata de exedras o bien de salas cuadradas de reuniones, su altura medirá lo mismo que su anchura más la mitad.” (Vitruvio, VI, 3, 8)

El oecus tetrástilo era una sala rectangular con una zona central que podía dedicarse a comedor, que se delimitaba por cuatro columnas, sobre un zócalo, y que sostenía una bóveda que se apoyaba sobre arquitrabes y cornisas, que podían ser de madera o yeso. Las columnas creaban un espacio entre las paredes laterales y la parte central, que podrían ser utilizados por los esclavos para atender tanto a sus amos mientras comían, como para presentar los platos que se iban a degustar.

Oecus tetrástilo, casa de las Bodas de Plata, Pompeya. Fotos pinterest

El oecus corintio era similar al tetrástilo, pero con la diferencia de que tres de los lados se delimitaban por una fila de columnas apoyadas en el suelo, aunque también se cubría con una bóveda rebajada.

“He aquí la diferencia entre las salas corintias y las salas egipcias: las corintias tienen una sola hilera de columnas, que se apoya en un podio, o bien directamente sobre el suelo; sobre las columnas, los arquitrabes y las cornisas de madera tallada o de estuco, y, encima de las cornisas, un artesonado abovedado semicircular (rebajado). En las salas egipcias, los arquitrabes están colocados sobre las columnas y desde los arquitrabes hasta las paredes, que rodean toda la sala, se tiende un entramado; sobre el entramado se coloca el pavimento al aire libre, ocupando todo su contorno. En perpendicular a las columnas inferiores y sobre el arquitrabe se levanta otra hilera de columnas, una cuarta parte más pequeñas. Encima de su arquitrabe y de los elementos ornamentales se tiende el artesonado y se dejan unas ventanas entre las columnas superiores; de esta forma, las salas egipcias se parecen más a las basílicas que a los triclinios corintios.” (Vitruvio, De arquitectura, VI, 3, 9)

Oeci corintios, Casa de Meleagro (izda), casa del Laberinto (drcha)

El oecus egipcio tenía la apariencia de una basílica. Las columnas sustentaban una galería con suelo pavimentado, que formaba un paseo alrededor de la sala; por encima había otra fila de columnas, de altura una cuarta parte menor que la inferior, que rodeaba el techo. En los espacios entre columnas se ubicaban las ventanas que dejaban pasar la luz.

Casa del mosaico en el atrio, Herculano

El oecus cyziceno, aunque poco utilizado en Italia, solían ser para el verano, por lo que miraba hacia el norte y se abría a los jardines con puertas plegables. El escritor Plinio tenía este tipo de sala en sus villas.

“También hay otro tipo de salas que no siguen el uso y la costumbre de Italia, que los griegos llaman cyzicenos. Estas salas están orientadas hacia el norte y, sobre todo, hacia zonas ajardinadas; en su parte central poseen unas puertas de dos hojas. Su longitud y su anchura deben permitir que se puedan ubicar dos triclinios, uno en frente de otro y un espacio suficientemente amplio a su alrededor; a derecha y a izquierda se abren unas ventanas de doble hoja, para poder contemplar los jardines desde los mismos lechos del triclinio. Su altura será equivalente a su propia anchura más la mitad.” (Vitruvio, De arquitectura, VI, 3, 10)

Casa del fauno, Pompeya, foto de Carole Raddato

En la casa griega y romana la exedra se define como una sala con asientos alrededor, que se destina a la conversación. Tenía una cuidada decoración y sus dimensiones variaban. La cultura, el arte y el ocio se unían en estas estancias aptas para la recepción de visitas. Se celebraban veladas de música o recitales de poesía. Cicerón hablaba de exedras (exedrae) destinadas al plácido reposo de la siesta, y sobre todo a la conversación. El mismo decoró una con cuadros.

“En los pórticos de mi casa de Túsculo me he construido unos rincones de lectura y quisiera adornarlos con pinturas: es más, si hay algo de este tipo de decoraciones que me guste es la pintura.” (Cicerón, Cartas a familiares, VII, 23)

Pintura de Edward John Poynter

Las exedrae, en plural, se identifican no con un gran salón pleno de exuberancia, sino con varios ámbitos más pequeños, salitas de estar que con frecuencia dan a dormitorios, creando a veces dentro de la casa pequeños departamentos en que sus moradores gozan de cierta independencia.

“Y así todo esto lo ordenan de este modo: el primer pensamiento o pasaje del discurso lo destinan en cierto modo a la entrada de la casa, el segundo al portal de ella, después dan vuelta a los patios, y no sólo ponen señales a todos los aposentos por su orden o salas llenas de sillas, sino también a los estrados y cosas semejantes.” (Quintiliano, XI, 2)

La diaeta parece que podía referirse a un pabellón pequeño, formado comúnmente por sala y dormitorio, accesible desde los pasillos o los deambulatorios de un patio.

"Al final de la terraza, después de la galería y del jardín, hay un pabellón que es mi favorito, verdaderamente mi favorito: yo mismo lo he construido; en él hay una habitación soleada que mira por un lado a la terraza, por otro al mar, y por ambos al sol; hay también un dormitorio que se asoma a la galería por una doble puerta, y al mar por una ventana. Hacia la mitad de la pared posterior hay un gabinete elegantemente diseñado, que se puede incluir en la habitación, si se abren sus puertas de cristales y sus cortinas, o independizarlo, si se cierran.
Caben en su interior un lecho y dos sillones; tiene el mar a sus pies, las villas próximas a su espalda, los bosques en frente; se pueden contemplar gran número de vistas panorámicas separada o simultáneamente por otras tantas ventanas. Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas." (Plinio, Epístolas, II, 17)



Las diaetae amoenae estaban dotadas de baños y eran unos pabellones atractivos que incitaban al deleite, por su elegancia y armonía constructiva, en muchos casos con ornamentación ostentosa, y, sobre todo, por el entorno ajardinado en el que solían ubicarse.

“Pero hay, sin embargo, una estancia, una que sobrepasa con mucho a todas las demás y que, en línea recta sobre el mar, te trae la vista de Parténope; en ella, los mármoles escogidos de lo hondo de las canteras griegas, la piedra que alumbran los filones de la oriental Siene, la que los picos frigios han arrancado de la afligida Sínada en los campos de Cíbele doliente, mármol coloreado en que brillan los círculos púrpureos  sobre su fondo cándido; aquí también el que ha sido cortado de la montaña del amicleo Licurgo, que verdea imitando las hierbas que se doblan sobre las rocas, y aquí brillan los amarillos mármoles de Numidia con los de Tasos, Quíos y Caristo, que al contemplar las olas se recrean; todos ellos, vueltos hacia las torres de Calcis, envían su saludo.” (Estacio, Silvas, II, 2)

Tenía la función de uso personal de un miembro de la familia para apartarse del bullicio generado por la actividad cotidiana en la casa; para recibir una visita de forma más privada o íntima, o para alojar invitados. En el Digesto se encuentra el caso de una novia que reside en casa de su prometido en un apartamento separado (diaeta).

“Una muchacha fue llevada a la hacienda de su prometido tres días antes de que tuviese lugar la ceremonia del matrimonio, residiendo en un apartamento separado de las habitaciones de su futuro esposo hasta el día en que ella pasase a depender de él, y antes de que fuese recibida con el rito del agua y el fuego, es decir, antes de que se celebrasen las nupcias…” (Digesto, XXIV, 1, 66)

Pintura de AlmaTadema

Al final del imperio la sala llamada diaeta podía destinarse a sala de estar o pequeño comedor, posiblemente un lugar más íntimo y privado para acoger visitantes y amigos más cercanos.

“Desde este comedor (triclinium) se pasa a un cuarto de estar o pequeño comedor (diaeta), que tiene una amplia vista al lago. En esta sala hay un lecho semi-circular (stibadium) y un reluciente aparador a los que se asciende desde el pórtico por unos escalones que ni son bajos ni estrechos. Reclinado en este lugar, te ves envuelto por el placer de la vista cuando no estás ocupado con la comida.” (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)

La adopción de estos nuevos espacios de recepción, oeci, exedrae y diaetae acabarán relegando al tradicional atrium y tablinum a un segundo plano a finales del siglo II a. C. El atrio quedará convertido en un simple vestíbulo, donde recibir a los clientes, y terminará por casi desaparecer cuando el peristilo se imponga como centro de la casa romana y el tablinum perderá su función de recepción para los amigos y relaciones de negocio para acabar dando paso al oecus como sala principal donde el señor recibiría la salutatio matutina de los clientes más señalados y acogería a sus visitas más notables.  Algunos autores criticaron la ostentación y el lujo de las mansiones que algunos se construían para manifestar su poder económico y social en detrimento de la comodidad y habitabilidad de la vivienda para la familia y las visitas.

“Plantaciones de laureles, platanares, pinares que llegan al cielo y baños para más de uno los tienes tú solo, y para ti se alza un elevado pórtico de cien columnas, y pisado por tus pies reluce el ónice, y tu hipódromo polvoriento cascos veloces lo hacen resonar, y el flujo del agua al pasar canta por doquier; tus atrios se extienden a lo lejos. Pero ni para cenar ni para dormir hay sitio por ningún lado. ¡Qué bien malvives!” (Marcial, Epigramas, XII, 50)

Arriba: Pintura de atrio romano de Gustave Boulanger
Abajo: pintura con sala abierta al peristilo de Ettore Forti

Bibliografía:

La casa romana, Pedro Ángel Fernández Vega, Ed. Akal
Arte romano, Susan Walker, E. Akal

miércoles, 11 de julio de 2018

Veranum tempus, el verano entre los antiguos romanos


Representaciones del verano en mosaicos (De izquierda a derecha Casa de Baco, Complutum Alcalá de Henares, Palacio Imperial de Ostia, Villa Dac Bur Ammera, Libia)

Entre los romanos se consideraba que durante el año solo existían dos estaciones climatológicas. La primera muy larga abarcaba lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño, y la segunda, más breve, era el hibernum tempus, es decir, el invierno. La más prolongada se llamaba ver, palabra que dio lugar al verano actual, pero, cuando al comienzo de esta estación se le llamó primo vere 'primer verano' y más tarde, prima vera, surgió la primavera, mientras que la época en que más calor hacía tomó el nombre de veranum tempus (verano), aunque el nombre en latín era aestas (del que deriva estío). Al periodo final de éste, que coincidía con la época de las cosechas, se le llamó autumnus, que derivaba de auctus (crecimiento) y que en nuestra lengua se convirtió en otoño.

En la antigua Roma se consideraba el inicio del estío o de la época más calurosa del año cuando aparecía en el firmamento, antes de la salida del sol, la estrella Sirio, la más brillante de la constelación Canis Mayor, y por eso a los días más calurosos del año entre los meses de Julio y Agosto, se les llamaba canicula (canícula).



Alegoría del verano cosechando trigo. Antigua Uthina, Museo del Bardo, Túnez

El verano de Roma era especialmente insano por los rigores del calor y por el peligro de contraer enfermedades (como la fiebre palúdica) provocadas por la cercanía de terrenos pantanosos e insalubres, lo que provocaba la salida en época de verano de todos los ciudadanos romanos que podían permitirse residir en otros lugares más saludables y con un clima más benévolo.

“Tras prometerte que sólo cinco días estaría en el campo, quedo como un mentiroso y todo el mes de agosto se me echa de menos. Ahora bien, si quieres que esté sano y tenga la salud que conviene, la misma licencia que me das cuando estoy enfermo, has de dármela cuando temo enfermar, Mecenas; mientras los primeros higos y el calor le ponen al enterrador una escolta de enlutados lictores.” (Horacio, Epístolas, I, 7)


En Bayas, pintura de Frederick Pepys-Cockerell

Según Plinio el joven, algunos consideraban el clima de montaña, en su época, más beneficioso que el de la costa, por lo que los ciudadanos más adinerados disponían de residencias en distintas localizaciones geográficas para elegir estancia de acuerdo a la estación del año en la que se encontraban.

“Te agradezco sinceramente la preocupación e inquietud que me has demostrado, al intentar persuadirme de que no pase el verano en mi villa de la Toscana, cuando te enteraste de mi intención de hacerlo así, ya que piensas que el lugar es insalubre. En verdad que la zona de la costa toscana inmediata al litoral es pestilente y peligrosa para la salud, pero mis propiedades se encuentran lejos del mar, más aún incluso yacen al pie de los Apeninos, considerados los más saludables de los montes.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

La ciudad de Bayas, situada en la costa de Campania, convertida en lugar de recreo veraniego en la época imperial, tiene sus orígenes en el siglo III a. C., cuando era un lugar fundamentalmente religioso. En el siglo I a. C., Pompeyo limpió el litoral de piratas y los patricios romanos comenzaron a construir allí sus residencias de verano.

“Mientras tú, Cintia, veraneas en pleno centro de Bayas,
por donde pasa la vía de Hércules a lo largo del litoral,
y mientras admiras las aguas cercanas del famoso Miseno,
ha poco sometidas al reino de Tesproto, …”
(Propercio, Elegías, I, 11)



Villa de los Pisones, Bayas, ilustración de Jean-Claude Golvin

Sus aguas termales naturales ricas en azufre, un clima excelente y un paisaje atractivo acabaron por transformarla en el lugar predilecto de los futuros emperadores para tomar un respiro lejos de la política de Roma, desde Augusto hasta el excéntrico Calígula, pasando por Nerón o Adriano, que murió allí.

Los miembros de la élite romana hacían ostentación de sus posesiones en Bayas, la cual tenía dos complejos termales, sólo superados en tamaño y prestigio por las termas de Roma, acuarios, piscifactorías rudimentarias para asegurar el pescado y marisco fresco todos los días, villas y edificios opulentos decorados con mosaicos, frescos extraordinarios, mármoles y réplicas de esculturas griegas, un muelle privado, fastuosos jardines y la Piscina Mirabilis, con capacidad para cerca de 13.000 metros cúbicos que asegurasen el suministro de agua dulce. Era la cisterna más grande del Imperio, lo que da una idea de la importancia de este enclave.

Sin embargo, sus fiestas desenfrenadas y legendarias, donde corría el vino a raudales, sus numerosos burdeles, los banquetes opulentos con toda clase de vicios y sus largas veladas nocturnas entre excesos, ostentación, vanidad y hedonismo le valieron el epíteto de «ciudad del pecado» y conmovieron a historiadores, poetas y escritores, provocando sus críticas.


En el frigidarium, Pintura de Alessandro Pigna

Séneca, que le puso el sobrenombre de «pueblo del vicio», escribió que por el puerto de Bayas sólo se encontraba a borrachos que a duras penas se mantenían en pie, que había fiestas allá donde uno fuera, también en los barcos, y que la música sonaba por todas partes.

"Y tú abandona cuanto antes la corrompida Bayas:
esas playas ocasionarán la separación de muchos,
playas que han sido enemigas de las castas doncellas: 

¡ay, mueran las aguas de Bayas, ruina de Amor!" (Propercio, Elegías, I, 11)

Pero Bayas no siempre fue un lugar de reposo lejos del ajetreo de la capital. La política no descansaba ni en verano y la ciudad costera tenía su crónica de poder: allí la élite de Roma también iba a conspirar, como hizo el mismo Nerón, quien urdió, también al cobijo de Bayas, el asesinato de su propia madre.

"IV. Contentó la industria de Aniceto, ayudada también del tiempo con la ocasión de los quincuatruos, fiestas dedicadas a Minerva, que Nerón celebraba en Bayas; con que pudo sacar de Roma a su madre, usando de halagos y persuasiones, y diciendo que se habían de sufrir los enojos paternos, y que era justo hacer los hijos todo lo de su parte para aplacarles el ánimo; y él lo hacía porque, pasando voz de que madre e hijo se habían reconciliado, viniese ella a su poder con mayor confianza; cebándola también con aquellas fiestas y regocijos, cosa con que se engaña más fácilmente la natural credulidad de las mujeres. Sale tras esto a recibirla a la marina, porque ella venía de Ancio, y dándole la mano al saltar en tierra, y abrazándola, la lleva a Baulo -así se llamaba la casa de placer que, bañada del mar, se asienta en aquella ensenada, entre el cabo de Miseno y el lago de Bayas-. Estaba entre las galeras una la más adornada y compuesta, como si hasta esto hubiera hecho aparejar Nerón en honra de su madre, la cual solía gustar que la llevasen por aquellas costas en alguna galera, con la mejor gente de marina por remeros. Se le aparejó un banquete de cena para que la noche ayudase también a encubrir la maldad. Es cierto que Agripina fue advertida de la traición, y que, mientras estuvo dudosa en si le daría crédito, mostró aprecio de que la llevasen en silla a Bayas. Mas recibida aquella noche con mucho amor, y puesta por su hijo en el lugar más honrado de la mesa, las caricias y regalos grandes le aliviaron el miedo; porque discurriendo Nerón con su madre, unas veces familiarmente y entreteniéndola con conversaciones juveniles y otras componiendo el rostro con severidad, dando a entender que trataba con ella cosas muy graves, entretuvo la cena lo más que pudo; y acabada la acompañó hasta la mar, clavando a la despedida los ojos en ella, y abrazándola con mayor ternura de lo que acostumbraba, o por cumplir en todo con la disimulación, o porque aquella última despedida de su madre que iba a morir le enterneciese algún tanto el ánimo, aunque fiero y cruel." (Tácito, Anales, XIV, I, 4)


El naufragio de Agripina, Gustav Wertheimer

Como no todos tenían los medios para escaparse a un lugar de vacaciones donde evitar el calor, existía la posibilidad de darse un baño en cualquiera de los ríos que se hallaban por todo el imperio romano. Esta circunstancia dio pie a algunos autores a ensalzar el encanto y la ventaja del mundo rural o de zonas alejadas de la ciudad de Roma, donde se podía disfrutar de lo mejor de ella, pero sin caer en el exceso y la desvergüenza que se podía encontrar en la urbe o en las ciudades de recreo vacacional.

"Vi yo mismo cómo gentes cansadas
de los muchos sudores del baño, desdeñaban los estanques
y los fríos de las piscinas para disfrutar de las
aguas vivas; luego, reanimados por la corriente, golpeaban
el helado río con su ruidoso nadar. Porque si llegase
aquí un forastero desde las costas de Cumas, creería
que la euboica Bayas había regalado copias pobres a estos
lugares: tanto refinamiento y tanta elegancia seducen,
mas el deleite no se excede en lujo ninguno."
(Ausonio, El Mosela, 8)


A la hora de construir las casas se tenía en cuenta la climatología para ubicar y disponer las habitaciones de forma que quedasen resguardadas del intenso calor del sol en verano y al mismo tiempo permitiesen, con el uso de ventanas, las corrientes de aire que refrescasen el ambiente.

“Su encanto es grande en invierno, mayor aún en verano. Pues antes del mediodía refresca la terraza con su sombra, después del mediodía la parte más próxima del paseo y del jardín, la cual, según que el día avance o decline, cae por un lado o por otro, ya más pequeña, ya más grande. La misma galería cubierta está por completo libre de los rayos del sol, cuando el astro en todo su ardor cae a plomo sobre su tejado. Además, por sus ventanas abiertas deja entrar y hace circular el céfiro, y nunca la atmósfera llegar a ser pesada y agobiante.” (Plinio, Epístolas, II, 17)


Peristilo y pórtico en la casa de Menandro, Pompeya, foto de Carole Raddato

En las casas o villas más grandes se podían encontrar triclinios de verano o invierno, emplazados en distintos lugares según la orientación de la casa. El arquitecto Vitruvio da consejos sobre la ubicación de estas habitaciones:

“Los triclinios de primavera y de otoño se orientarán hacia el este, pues, al estar expuestos directamente hacia la luz del sol que inicia su periplo hacia occidente, se consigue que mantengan una temperatura agradable, durante el tiempo cuya utilización es imprescindible. Hacia el norte se orientarán los triclinios de verano, pues tal orientación no resulta tan calurosa como las otras durante el solsticio, al estar en el punto puesto al curso del sol; por ello permanecen muy frescas, lo que proporciona un agradable bienestar”. (De Arquitectura, VI, 4)

Los triclinios de verano que se situaban en los jardines se rodeaban de vegetación exuberante y de fuentes de agua que proporcionaban un entorno ameno y un ambiente más fresco para disfrutar de las cenas con invitados.



Triclinio de verano, Casa del Efebo, Pompeya

En verano los niños no asistían a clase, pues éstas se llevaban a cabo en las calles con frecuencia por lo que cuando el calor apretaba los niños no atenderían a las lecciones de los maestros con demasiada atención. Se iniciaban unas vacaciones que se prolongaban desde julio hasta primeros de octubre. 

“Maestro de escuela, deja descansar a tu inocente
cuadrilla. Ojalá que, a cambio, numerosos
melenudos oigan tus lecciones y se encariñen
de ti los que hacen coro a tu delicada mesa y que
ningún contable ni un rápido escribiente se vean
rodeados por un corro mayor. Los días luminosos
se abrasan con los fuegos del León y el
ardiente julio cuece las mieses ya tostadas. El
cuero escítico, erizado de horribles correas, con el
que fue azotado Marsias de Celenas, y las
tristes palmetas, cetro de los pedagogos, que
descansen y duerman hasta los idus de octubre: en
el verano, los niños, si están sanos, bastante aprenden.”
(Marcial, Epigramas, X, 62)


Para hacer más llevaderas las calurosas tardes era habitual el descanso y la siesta.

“Me leían en mi villa Laurentina unos libros de Asinio Galo en los que se realizaba una comparación entre su padre y Cicerón. Apareció un epigrama de Cicerón sobre su querido Tirón. Luego, habiéndome retirado a mediodía a dormir la siesta (pues era verano), y no pudiendo conciliar el sueño, empecé a reflexionar que los más grandes oradores no solo se habían deleitado con este tipo de escritura, sino que incluso habían sido elogiados por ello.” (Plinio, Epístolas, VII, 4)

La siesta, pintura de Alma-Tadema

Los romanos hacían que esclavas o esclavos, durante sus momentos de descanso o en sus convites, colocados detrás de los comensales, estuviesen agitando constantemente el aire con los abanicos, que solían ser de plumas, para producir una brisa refrescante y librarlos de la incomodidad de los insectos en los días de calor.

“En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle.” (Suetonio, Augusto, 82)

El abanico rígido fue conocido por los latinos, que lo llamaban flabelo (flabellum). Las matronas romanas lo tenían en gran estima. Las esclavas que lo manejaban eran llamadas flabelíferas. Los abanicos construidos con delgadas tablillas de maderas olorosas tuvieron gran aceptación. Abanicos más ligeros, conocidos con el nombre de muscaria, se usaban en Roma para espantar las moscas y ahuyentarlas de las personas, o bien de los alimentos y de las ofrendas de los sacrificios.



La protección del sol era habitual en las calles de la antigua Roma, y especialmente para las matronas que no deseaban perder su habitual palidez y querían evitar la sequedad de la piel. Acostumbraban a llevar en sus salidas una sombrilla (umbracula), a semejanza de los paraguas actuales, que permitía mantener el rostro cubierto. Algunos personajes principales se acompañaban, en sus desplazamientos, de esclavos que sostenían un parasol más amplio que les proporcionaba sombra.


El cambio de indumentaria al pasar de una estación a otra también sería frecuente. Tejidos gruesos y capas se apartarían y aparecerían telas más ligeras y fáciles de limpiar. Era costumbre que los nobles caballeros romanos cambiasen incluso de anillos y luciesen durante el periodo estival uno de oro menos pesado y sin piedras preciosas (aurum aestivum).

“Durante el verano agita un anillo de oro en sus dedos sudorosos, sin poder soportar el peso de una piedra preciosa mayor.” (Juvenal, Sátiras, I)

El fuerte calor del verano no impedía la asistencia de los ciudadanos a los espectáculos públicos que se celebraban durante las numerosas fiestas del calendario romano. En los anfiteatros se instalaba un toldo (velum) que podía ser desplegado a discreción dependiendo de cómo fuera la climatología, días de mucho calor o lluvia.

“Durante los juegos, cuando el sol era más ardiente, mandaba descorrer de pronto el toldo que preservaba a los espectadores y prohibía que saliese nadie del anfiteatro.” (Suetonio, Caligula, 26)





Algunas casas disponían de una piscina (natatio) en los jardines donde la familia e invitados podrían refrescarse durante los días más calurosos dándose un "chapuzón". Incluso alguno recurría a la extravagancia de hacer que se refrescase el agua del aseo diario con nieve.

“Prolongaba sus comidas desde el mediodía a medianoche, y de cuando en cuando tomaba baños calientes, o bien durante el verano baños refrescados con nieve.” (Suetonio, Nerón, 27)


Piscina de la villa de Minori, Italia

Refrescar las bebidas con agua a la que se añadía nieve o hielo era algo frecuente entre los antiguos romanos. Aunque ciertos personajes no estaban de acuerdo con esta práctica a la que consideraban una sofisticación innecesaria y dañina, como Séneca:

“Esos helados del verano ¿piensas que no producen callosidades en el hígado?” (Séneca, Epístolas, XV, 95)

Sí era habitual desde muy antiguo la costumbre de construir neveros o pozos de nieve en ciertos lugares, dentro de las ciudades, donde se almacenaba la nieve traída de las montañas que permitía la conservación de alimentos durante las estaciones del año más cálidas.

“La mala fama de Chipre
por su excesivo calor, tenla en cuenta —te lo
aviso y te lo ruego, Flaco— cuando la era trilla
las mieses crujientes y se ensaña abrasadora la
melena del león.
Semo de Delos, en el libro segundo de su Historia de la
Isla, cuenta que en la isla de Cimolos se preparan en verano
unas neveras excavadas, donde, habiendo depositado
unos cacharros llenos de agua tibia, la sacan en nada distinta
de la nieve.”
(Ateneo. Banquete de los Eruditos, libro III)





Esa misma nieve serviría a muchos para enfriar el agua y las bebidas que se consumían en los días veraniegos, sobre todo, durante los largos banquetes de los más ricos ciudadanos de Roma.

“Calisto, échame dos dobles de falerno y tú, Alcimo, derrite sobre ellos las nieves veraniegas.” (Marcial, Epigramas, V, 64)

Había un recipiente de origen griego y de nombre psykter (psictero) diseñado para mantener el vino fresco. Se echaba el vino en un vaso de cerámica o metal que a su vez se introducía en la crátera llena de hielo o agua fría.

“Bebía siempre agua fría pura y, en el verano, vino aromatizado con rosas.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 37)


Psykter, Museo Metropolitan, Nueva York

Otros muchos ciudadanos se conformarían, para aliviarse del calor, con buscar la sombra de los árboles y beber el agua que se conserva fría de forma natural por venir directamente de las montañas, como la de los ríos o manantiales.

“Los veranos sin nubes los suavizarás en el aurífero Tajo, tupido por la sombra de los árboles; tu sed ardiente la aplacará la helada agua del Dercenna y del Nuta, más fría que la nieve.” (Marcial, Epigramas, I, 49)

El recurso que tenían los ciudadanos menos favorecidos era intentar refrescarse en los baños públicos o ir a nadar a los ríos cercanos, y beber el agua que podían obtener en las numerosas fuentes públicas distribuidas por la ciudad.



Escena callejera, pintura de Ettore Forti

El verano era una época peligrosa para la salud en la antigua Roma. El calor ayudaba a la propagación de epidemias y debilitaba el cuerpo de niños y ancianos. A veces se recomendaban ciertos alimentos que podían ayudar a pasar el riguroso calor del verano sin contratiempos para la salud, y, aunque algunos tenían cierta base científica, los más se basaban en la tradición cultural y la superstición.

“Pasará con buena salud los veranos el que ponga fin a su almuerzo con moras negras, cogidas del árbol antes de que el sol apriete.” (Horacio, Sátiras, II, 4)

No faltaban en la literatura los consejos para pasar el calor del verano de la manera más placentera posible, animando al mismo tiempo al placer sensual y carnal.


“¿De qué sirve agotado del polvo estival alejarse, en lugar de
estar echado en el lecho rociado de vino? Aquí hay jardines
y cabañas, cestillos, rosas, flautas, liras y cenadores
frescos por la sombra de las cañas.
………………………………………………………………………
Ahora con su repetido canto las cigarras rompen los matorrales,
ahora en su frío agujero se esconde el abigarrado
lagarto. Si eres discreto, recostado, remójate [ahora] con
el vidrio veraniego ' o, si, más bien, quieres hacer uso
de nuevas copas de cristal. Ea, repara aquí tu cansancio
bajo la sombra de pámpanos y ciñe tu cabeza pesada con
una guirnalda de rosas, [graciosamente] gustando los besos
de una tierna doncella.”
(Apéndice Virgiliano, La Tabernera)   



En casa de Luculo, pintura de Gustav Boulanger


Bibliografía

Bayas, la ciudad del vicio de los romanos; Lorena Pacho, El Mundo (Arqueología), 20 agosto, 2017
La casa romana, Pedro A. Fernández de la Vega, Ed. Akal
Enciclopedia Británica
http://etimologias.dechile.net