DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

viernes, 18 de mayo de 2018

Negotium vinarium, transporte y comercio de vino en la antigua Roma

Detalle de mosaico, Villa de Seviac, Francia

Cuando los romanos iniciaron la conquista de nuevos territorios partir del siglo III a.C. los campesinos que debían servir en el ejército no podían atender sus tierras y las vendían, por lo que la mayor parte de propiedades agrícolas quedó en manos de unas pocas familias que se convirtieron en grandes terratenientes.

Aquellos latifundistas que podían, por las calidades del suelo y el clima, destinaban partes de sus tierras a la plantación de cepas y cultivo de la vid llegando a cubrir grandes extensiones de terreno. El trabajo en los viñedos movía una notable cantidad de mano de obra, asalariada o esclava por lo que casi siempre se asociaba a grandes familias terratenientes o a miembros de la familia imperial. Marcial cita la cosecha de vino de Domiciano procedente de su finca en Alba Longa.

“Esto te lo ha enviado de las bodegas del césar una dulce cosecha, que se complace a sí misma en el monte de Julo.” (Marcial, Epigramas, XIII, 109)


Mosaico de Tabarka, Museo del Bardo, Túnez


El comercio derivado del beneficio del fruto de la vid, el vino, supuso un gran movimiento comercial, terrestre, fluvial y marino, y un fortísimo aporte de ingresos al erario romano, a los latifundistas, a los negotiatores, y al pequeño comerciante. Dijo Columela: “No hay otro cultivo más rentable que la viña.”

Algunas grandes familias vinateras controlaban la producción y comercio de vino durante generaciones, como la de los Sestius, en la costa etrusca, que mandaban las ánforas con su sello al puerto de Roma y a todo el Mediterráneo occidental. Asimismo, la diversificación del negocio a partir del comercio del vino fue algo a tener en cuenta por muchas familias de vinateros, como la de los Caedicii, que llegaron a controlar la producción en fincas de la costa adriática, fabricar ánforas de vino y mantener en propiedad tabernas en la Vía Apia.



Hacia el año 50 d.C. el liberto Remio Palemón de Vicetia gastó 600.000 sestercios en una granja en la región de Nomento.

Ocho años más tarde vendió su cosecha de uvas por 400.000 sestercios mientras todavía colgaban en la viña; unos años más tarde vendió toda la granja al tutor de Nerón, Séneca, por nada menos que 2,4 millones de sestercios.

“Pero la fama mayor la alcanzó, con la ayuda del mismo Esténelo, Remio Palemón —célebre gramático, además—, quien compró hace veinte años unas tierras por seiscientos mil sestercios en el mismo territorio nomentano, a diez millas de Roma por un atajo. Es, por otro lado, conocido en todas partes el bajo precio de venta de las fincas del entorno de Roma, pero sobre todo allí, pues éste había adquirido unos predios que, por dejadez, habían quedado abandonados, y que ni siquiera eran los menos malos de todos. Empezó a cultivar con esmero estas tierras no por ser de espíritu emprendedor, sino, en un principio, por su vanidad, que era muy típica de él; habiendo cavado las viñas en su totalidad bajo el cuidado de Esténelo, por parecer agricultor, consiguió el milagro apenas creíble de que al octavo año, estando la vendimia aún pendiente, se le adjudicara la cosecha a un comprador por cuatrocientos mil sestercios. Todos corrieron para ver los montones de uvas en aquellas viñas y, frente a esto, sus perezosos vecinos se justificaban a sí mismos por los conocimientos tan elevados que aquél poseía. Hace muy poco tiempo Anneo Séneca, el primero entre los eruditos en ese momento y con un poder que, finalmente excesivo, se le vino encima, aun siendo por lo general muy poco admirador de cosas vanas, se prendó hasta tal punto de este predio, que no se avergonzó de concederle la palma de la victoria a un hombre, odioso en otras circunstancias y que se iba a vanagloriar de ello, cuando compró aquellas viñas, más o menos a los diez años de su cultivo, por el cuádruple de su valor.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 47)



Cuando en las colonias se desarrolló el gusto por el vino se empezó a producir de forma local y para proteger el valor de los productos exportados desde Italia el Senado romano, en el tercer cuarto del siglo II a.C. prohibió el cultivo de la vid más allá de los Alpes para favorecer a Italia, aunque Marsella, ciudad aliada, quedó excluida de la prohibición y, por lo tanto, resultó favorecida.

“Y nosotros, que nos tenemos por los más justos, no permitimos que los pueblos transalpinos planten olivos y cepas, para así dar más valor a nuestros olivares y viñedos lo que podemos decir que hacemos prudentemente, pero no con justicia, para que entendáis cómo la prudencia discrepa a veces de la justicia.” (Cicerón, Sobre la república, III, 16)

Sin embargo, acabó dándose un considerable incremento de la producción de vino en las colonias (Galia, Hispania y norte de África) con la consiguiente transformación de los campos de trigo en viñedos, por ser más rentable para los propietarios. 

Mausoleo de Santa Constanza, Roma, foto de Samuel lópez

La expansión de la viticultura por las provincias provocó una fuerte crisis económica hacia el año 90 d.C. que hizo caer los precios del vino e hizo temer una escasez de alimentos para el pueblo. El emperador Domiciano emitió entonces el edicto De excidendis vineis, en el año 92 d.C., ordenando arrancar la mitad de las vides de las provincias romanas y prohibiendo la plantación de nuevas viñas a los habitantes indígenas, con lo que pretendía evitar la falta de trigo.

“Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas vinas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas, pero abandonó la ejecución de este edicto.” (Suetonio, Domiciano, VII)

Otra explicación para el decreto podía ser que la expansión de viñedos en terrenos poco apropiados para su cultivo trajese la producción de vino de poca calidad, el cual no tuviese la calidad suficiente como para alcanzar un precio razonable en los mercados de destino y poder así compensar el coste de elaboración y transporte.

Ilustración de Jean-Claude Golvin


Los comerciantes de vino que viajaban desde Italia y la Galia central hasta las provincias de más al norte para proporcionar suministro a los campamentos militares allí asentados verían fácil la venta de otros productos demandados por los soldados como ropas, armas, alimentos, entre otras cosas, y, a su vez, aprovecharían a compras mercancías de los habitantes locales que traerían para vender a su vuelta. 

“Pero nada satisface al hombre; se me antojó comerciar y, como sabéis, hice construir cinco navíos que cargué de vino; era entonces la época del oro en barras; los envié a Roma; pero como si hubiese estado así decretado, todas las naves naufragaron. Son hechos, no cuentos; en un día Neptuno se engulló mis treinta millones de sestercios. ¿Creéis que me arredré? No, ¡por Hércules!, tal pérdida me enardeció para probar de nuevo fortuna, y a pesar del fracaso volví a negociar e hice otras expediciones mayores, mejores y más felices. Sabéis que cuanto mayores son las naves mayor resistencia tienen.” (Petronio, Satiricón, 76)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Plinio el joven escribe en una de sus cartas sobre el mal negocio que ha resultado ser la venta de su cosecha de uva a los negotiatores, al haberse visto obligado a compensarlos pactando un porcentaje a la baja del precio pagado. Esto se produce por la repentina caída de los precios del mercado como consecuencia de la superproducción del siglo II en Italia a pesar del edicto proteccionista de Domiciano. Los negotiatores se vieron especialmente perjudicados por esta coyuntura al tener que revender el producto en el mercado, cuando habían comprado la uva en la planta considerando el precio al que contaban venderlo. Plinio actúa con generosidad para permitir que los intermediarios pudieran liquidar sus deudas y volvieran a comprarle la uva en el futuro.

“Algunos visitan sus propiedades para regresar más ricos, yo para hacerlo más pobre. Había vendido la cosecha de mis viñedos a pie de finca cuando los comerciantes rivalizaban por comprar. Les atraía el precio, no solo el de entonces, sino el que parecía que tendría en el futuro. Sus esperanzas se frustraron. Hubiera sido cómodo, pero no igualmente justo, hacer el mismo descuento para todos.

De este modo, para que nadie se marchase «sin haber recibido de mí un regalo», les deduje la octava parte de la suma, que habían invertido; luego me ocupe en particular de los que habían invertido en la operación sumas especialmente grandes, puesto que, al prestarme un servicio mayor, habían sufrido también un perjuicio mayor. Además, como tuve en· cuenta que algunos me habían abonado una parte importante de su deuda, otros una cantidad pequeña, y otros nada, pensé que de ninguna manera era justo que fuesen igualados en la generosidad de la deducción, los que la rectitud en el pago de la deuda no había igualado. Encima, pues, a los que habían pagado su deuda les devolví la décima parte de la cantidad abonada. En efecto, me parecía que era el medio más adecuado, por una parte, para expresar mi agradecimiento a cada uno de acuerdo con sus respectivos merecimientos en el pasado, y por otra, para atraer a todos no solo a comprar sino también a pagarme sus deudas en el futuro.”
(Plinio, Epístolas, VIII, 2)



El edicto de Domiciano no parece haber tenido una gran implantación y en el año 212 d.C. el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, con derecho, por tanto, a plantar cepas. En el año 276 d.C. un edicto de Probo revoca el de Domiciano, y restablece los derechos de plantación y fomenta el establecimiento de nuevos viñedos en las provincias que conocen una nueva etapa de exportación de sus vinos a todo el imperio.

“Dio permiso a todos los habitantes de la Galia, de Hispania y de Bretaña para que plantaran vides y elaboraran vino. Ordenó que los soldados cavaran hoyas en el monte Alma, situado en la Iliria, en los alrededores de Sirmio, y lo plantó después él mismo con vides escogidas.” (Historia Augusta, Probo, 18)

El transporte de vino se hacía en contenedores cerámicos cuyo uso se remonta a la edad de Bronce en Palestina y Siria desde donde se extendieron a otros lugares gracias a los fenicios hasta convertirse en el envase típico para transporte del vino en todo el Mediterráneo durante la época antigua.

“Unos soldados llevaban sobre un carro mular con hermosas ruedas los retoños de la nueva planta de Baco, y muchas hileras de muías marchaban acarreando sobre sus lomos ánforas con el néctar de la vid.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XIV)


Durante siglos las ánforas se hicieron en varias formas y tamaños, con bases cónicas o esféricas y dos asas en el cuello. Se diseñaron para cargar sobre el hombro y ser trasladadas sujetando con una mano un asa y con la otra la base. El peso no debía exceder lo que podía cargar un hombre y su capacidad era de unos 25 litros.




Los alfareros fabricaban los distintos recipientes para el vino y las salsas que lo contenían como ingrediente y que se usaban en las tabernas, en los hogares y en los cuarteles de los ejércitos. El emperador Augusto, molesto por la extensión del consumo de productos extranjeros, quiso estimular la producción interior y para ello se animó el desarrollo de los talleres cerámicos. La expansión de los hornos de Arretium, junto con la importación de alfareros cualificados procedentes de Asia menor mejoraron la calidad de los recipientes cerámicos. En unas cuantas décadas los talleres de la Galia, Hispania y África acabaron dominando la producción, y las necesidades del ejército provocaron el crecimiento de centros alfareros junto a la frontera del Rin. Cuando la población del Imperio se acercó a los 54 millones en el reinado de Trajano, los alfareros y los vidrieros conjuntamente producían al menos 100 millones de envases relacionados con el vino al año. 

“En seguida trajeron unas ánforas de cristal cuidadosamente lacradas, del cuello de cada uno de los cuales colgaba una etiqueta con esta inscripción: Falerno, opimiano de cien años” (Petronio, Satiricón, XXXIV)


Algunos propietarios compraban las ánforas y los otros envases necesarios para el almacenamiento y comercialización del vino, pero en los fundi de los grandes terratenientes se empezaron a establecer talleres cerámicos que fabricaban los recipientes que abastecían a la propia finca y a las poblaciones del entorno.


En un papiro egipcio de Oxirrinco se detalla la firma de un contrato de alquiler por parte de un alfarero de un taller cerámico en una finca para elaborar un cierto número de jarras de vino en un tiempo determinado.

“A Aurelia Leontarus y Aurelia Plousia y … de Aurelio Paesis, hijo de …, que vive en la villa de Senepta, un alfarero de jarras de vino, me comprometo a alquilar por dos años desde el presente mes … vuestro taller para hacer jarras de vino, en vuestra finca de Senepta, junto con sus almacenes, horno, torno y otros enseres, a condición de que anualmente haga con fuego y cubra con pez hasta un total de 1500 ánforas con capacidad de cuatro coés (12 litros aproximadamente), 150 ánforas (keramia) dobles (1 keramion= 25 litros aproximadamente), 150 ánforas con capacidad de dos coés, mientras que vosotras debéis proporcionar la arcilla, la arena y la tierra negra, combustible para el horno, agua para la cisterna y 26 talentos de pez …” (Papiro de Oxirrinco, 3595)

Las ánforas para el transporte marítimo se hacían de cerámica y posteriormente se cerraban con tapas de arcilla y se sellaban con brea y cemento. Una tablilla (pittacium) se unía al ánfora indicando su medida, el nombre del vino, año de la cosecha y el nombre del cónsul bajo cuyo mandato se había almacenado.

“Allí puedes ver las ánforas, talmente cartas de arcilla con sus inscripciones, selladas con pez: las letras tienen un codo de largo, no te digo la recluta de toneles que tenemos ahí dentro...” (Plauto, El Cartaginés, IV, 2)

Museo de Boscoreale; Italia


La distribución de vino a gran escala permitió la introducción de los barcos dolia (o cisterna), en los que grandes contenedores cerámicos se guardaban en la bodega. El contenido de un solo dolium variaba entre 1500 y 3000 litros, que equivalía a unas 100 ánforas. Se reducía así el coste del transporte y también el de otros procesos como el ganar tiempo por no tener que rellenar las ánforas una a una, cerrarlas, taponarlas y rellenar las etiquetas con la identificación. La desventaja, por otra parte, era que la inversión en un barco dolia solo sería rentable si había una gran demanda en el mercado de destino y, además, la carga de vuelta se vería limitada al no poder traer otros líquidos que contaminaran el sabor del vino en la siguiente carga. Aun así, su uso continuó en el Mediterráneo desde su introducción en el siglo II y durante el siglo III.



Aunque el vino de mejor calidad seguiría envasándose en ánforas, el uso de dolia estimularía el empleo de barriles de madera, por ejemplo, en la Galia, donde el vino debía descargarse de los barcos grandes a barcos más pequeños para navegar por el río y distribuirse a las provincias del norte en recipientes más baratos, para lo que los mercaderes galos preferían los toneles (cupae).

“Al faltar la madera y los pontones que necesitaba unir para salvar la corriente, algunos ingenieros le recordaron que en los campos desiertos había muchos toneles de vino vacíos, de tablas curvas, que los habitantes de la región destinaban al transporte, para que el vino llegara con seguridad a sus clientes Estos toneles eran curvos y huecos a modo de naves, y, si eran atados unos a otros, flotarían como barcas y no serían arrastrados por estar enlazados.” (Herodiano, Historia del Imperio Romano, VIII, 4)


Cuando el Imperio Romano conquistó la Galia, los romanos descubrieron que los galos utilizaban barricas de madera de roble para almacenar cerveza. Éstos habían aprendido a elaborarlas humidificando y calentando las tablas para darles la forma deseada.

Los romanos comprendieron que dichos barriles presentaban la posibilidad de transportar su vino de forma rápida y segura. La madera más común para fabricar las barricas era la del roble, por ser fácil de doblar, ser abundante en los bosques de Europa y, por último, ser impermeable por lo que el vino no se filtraba y permanecía intacto en su interior.

Su utilidad se manifestaba también en que no se rompían con tanta facilidad durante el transporte y, gracias a su forma circular, un solo hombre podía hacer rodar la barrica, sin necesidad de cargar con ella.

Tonel, Museo del Alentejo

Plinio nos dice que los toneles tenían variadísimas funciones de envase en el ámbito agrario y comercial y que se utilizaban para contener vino en áreas en las que el frío podía llegar a congelar el mosto. Por el contrario, en zonas mediterráneas o de clima templado fueron los envases cerámicos los preferidos. 

“En la zona de los Alpes, lo conservan en recipientes de madera que rodean con aros, y además evitan su congelación en los rigores del invierno mediante el fuego. Es poco comentado, pero se ve en alguna ocasión que, tras reventar las vasijas, el vino se mantiene en un bloque helado de modo prodigioso, puesto que el vino no se congela; en otras ocasiones, por el frío, solamente se espesa.” (Plinio, Historia Natural XIV, 132)

Para el comercio local se utilizarían envases de vidrio protegidos por cestos de mimbre, o el odre, uter o culleus, que presentaban, por sus características y capacidad, grandes ventajas para el transporte por tierra.

Los odres son recipientes ligeros y resistentes, de gran elasticidad – especialmente si son odres nuevos – fácilmente transportables y manejables. Son, además, utensilios impermeables, higiénicos y muy prácticos ya que, una vez vaciado su contenido, ocupan poco espacio pudiendo ser reexpedidos con un coste mínimo. Ello hace que los viajes puedan ser más rentables ya que el espacio de la carga puede ser aprovechado para el acarreo de otras mercancías. Los odres son envases retornables y reutilizables y los posibles desperfectos que pueden provocar una salida del líquido contenido se pueden reparar a partir de pequeños remiendos, incrementando su duración.




El envase, muy antiguo en su empleo y muy generalizado, lo fabricaban los odreros (¿utricularii?) con la piel completa y sin costuras de cabra o carnero. Se desollaba al animal por la boca tras haberlo inflado y atando o cosiendo los orificios naturales y de las cuatro patas del animal según describe Herodoto. En el cuello le ponían una boquilla de madera o de asta para que sirviese de boca y en todas las ataduras y costuras se le había embadurnado con pez para impermeabilizar y dar consistencia a la zona.

“Tenía la piel enrojecida, y todo su rostro, que asomaba entre ambos, irradiaba rayos purpúreos, como si fuera la imagen reflejada de la luna creciente. En la mano izquierda sostenía un odre recién lleno del acostumbrado vino, que llevaba atado al cuello por una correa.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XVIII)



La generalización en el uso de los pellejos u odres de carnero viene dada por la facilidad de conseguir este tipo de piel y, sobre todo, porque el tamaño de estos animales proporciona un odre más manejable cuando está lleno que los confeccionados con piel de animales más voluminosos como el buey o el camello. La palabra que designaba el odre más común, de cabra o cerdo, se llamaba uter, la piel de buey entera se llamaba culleus.

“Nadie echa vino nuevo en odres viejos. Pues, de hacerlo así, el vino hará reventar los odres y se arruinarán tanto el vino como los odres. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos." (Marcos 2:18-20)

Una cabra de unos 20 kilos de peso ofrecía suficiente piel para confeccionar un odre cercano a los 100 litros, aunque la mayoría de odres oscilaban entre los 25 y 90 litros, aunque eran siempre preferibles unas capacidades reducidas ya que unas capacidades superiores podían dificultar su correcto acarreo y maniobrabilidad, teniendo en cuenta, además, que para una adaptabilidad mayor a la espalda de aquella persona que lo portaba era preferible que únicamente se llenaran hasta la mitad – o poco más – de su contenido total.

“En cuanto hubo pronunciado estas palabras, y al son de los instrumentos, cuatro esclavos se lanzan hacia la mesa y, bailando, arrebataron la parte superior del globo. Esto descubrió a nuestra vista un nuevo servicio espléndido: aves asadas, una teta de marrana, una liebre con alas en el lomo figurando el Pegaso, etc. Cuatro Marsias en las esquinas de aquel arcón tenían en las manos unos odres por cuyas bocas salía garo con pimienta sobre unos pescados que parecían nadar en un canal.” (Petronio, Satiricón, XXXVI)

Los odres se excluían de los legados testamentarios que iban directamente al heredero de un stock de vino, en base a que no se usaban para almacenar, sino para uso diario.



En la antigüedad clásica fue tal la generalización en su empleo y su popularidad que eran muy frecuentes las reproducciones en cerámica de estos envases de cuero de modo que el sustantivo askos fue el referido a envases cerámicas o de vidrio de tipo suntuario con forma de odre o de animal de forma ovoide.

En cuanto a la venta del vino ya elaborado se daba la posibilidad de que el productor se hiciese cargo de su cuidado hasta que un intermediario venía a comprarlo en las bodegas y luego lo retiraba tras las Vinalias de abril. El propio viticultor podía trasvasar el vino desde los dolia hasta las ánforas, odres o barriles, o hacerlo el negotiator mismo a los recipientes por él proporcionados.

“Del nomo de Oxirrinco a Anup, hijo de Víctor, comerciante de vino, saludos. Reconozco que he recibido de ti en el lugar el precio fijado y aceptado por mí, en su totalidad, de 246 sekomata, conteniendo cinco xestes cada una (1 xestes = 0´5 litros más o menos) de vino medido de acuerdo a la sekoma del hijo de Hellas, un total de 246 sekoma de vino. Deberé entregarte el vino en el lagar en mosto sin adulterar, teniendo tú que proporcionar las ánforas...”




Si el propietario decidía vender él mismo su propio vino haría uso de los recursos con los que contaba, sus recipientes y medios de transporte, como carros y animales, decidiendo hacerlo por vía terrestre o fluvial hasta los centros de distribución.

Tras el transporte terrestre, fluvial o marítimo del vino, éste llegaba a los centros de control y redistribución, en el forum vinarium, o almacenes destinados a tal fin, desde donde se vendía, mediante subasta probablemente, la mercancía al por mayor a los negotiatores vinarii, quienes se ocupaban del almacenamiento del producto y de la reventa a pequeños comerciantes. En la venta por subasta el vino no estaba presente, ni era entregado al comprador a su término, sino que había que proceder al acto de la degustatio (probar el vino) para comprobar su calidad. Posteriormente antes del 1 de enero se realizaba la medición del vino y se degustaba otra vez para verificar que no se había agriado o enmohecido.

“Nemesiano a Severo saludos. El probador de vino ha declarado que el vino de Eubea no es aceptable.” (Papiro Oxirrinco, 3517. Año 260 d.C.)

Para asegurar un buen producto el vendedor debía especificar un periodo de tiempo determinado para que el comprador probase la mercancía, tras el cual, si éste no lo había hecho, se consideraba que aprobaba la compra y no se podía considerar responsable al vendedor del potencial empeoramiento de la calidad del vino. Si se fijaba un tiempo para degustarlo, hasta que el comprador lo hacía, el riesgo de que el vino se agriase recaía en el vendedor.

Relieve romano, Museo de Liverpool

Plinio relata la historia de un liberto probador de vino en la casa imperial que estaba encargado de probar vinos destinados a un banquete para Augusto. Uno de los vinos lo describió como nuevo y no muy fino, pero dijo que César lo bebería. Con ello evidenciaba el gusto algo rústico de Augusto en cuanto al vino, ya que su favorito era de todas formas el no muy noble vino setino.

“El Divino Augusto antepuso el setino a todos los demás vinos y, lo mismo casi todos los emperadores siguientes, por la reconocida experiencia de que difícilmente se dan malas digestiones después de probarlo. Se produce más allá del Foro de Apio.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 6)

Los emperadores tenían sus propios procuratores vinorum, encargados de supervisar los viñedos propiedad de la casa imperial y de buscar y comprar el vino que debía abastecer la mesa sus señores y sus invitados en las cenas privadas u oficiales.

Un sarcófago datado en el año 217 d. C. está dedicado a Marco Aurelio Prosenes, un liberto que tuvo varios cargos en la casa imperial, desde procurator vinorum de Cómodo a camarero mayor con Caracalla.



Para atraer a los clientes los vendedores de vino podían utilizar varios trucos con los que disimular el verdadero sabor del vino, como poner el vino nuevo en un ánfora que hubiese contenido vino añejo y aromatizado, o dejar alimentos, como queso y nueces en la bodega, para que los probadores comiesen algo antes de gustar el vino y tuvieran el paladar embotado. Por eso hay recomendaciones sobre cuando degustar el vino como la ofrecida por Florentino y recogida en la obra Geopónica.

“Algunos prueban el vino cuando el viento está en el norte, porque entonces permanece inalterado. Los experimentados bebedores prefieren hacerlo cuando el viento viene del sur, porque así tiene más efecto en el vino y revela su naturaleza. No se debería probar cuando se tiene hambre, porque el sentido del gusto está embotado, y tampoco después de una copiosa comida o de haber bebido mucho. Tampoco tras haber consumido alimentos de fuerte sabor o salados, o de cualquiera que afecte al sentido del gusto. Por ello se debería comer ligero no tener indigestión.”
(Geopónica, Florentino, VII, 7)

Los negotiatores vinarii, se establecían en las principales ciudades, bien portuarias o bien del interior, aunque junto a las principales vías de navegación, fluviales o terrestres, proyectando sus negocios hacia gran parte del Imperio Romano y cobijados, a menudo, bajo la protección de determinados benefactores pertenecientes a altos cargos de la magistratura.

Mosiaco de Ostia, Italia

Cuando se vendía el vino en un almacén cerrado con un cerrojo el vendedor entregaba las llaves al comprador y éste quedaba ya como responsable del contenido. Alejandro Severo emitió un fallo en el año 223 d.C. a favor de un vendedor, porque había una venta a un precio fijo, no hubo medición del vino, aunque él no se opuso, y había entregado las llaves, por eso la venta era correcta y los cambios ocurridos al vino, por tanto, recaían en el comprador. 

“Si hay un acuerdo para vender las ánforas individualmente a un precio fijo, antes de que se entreguen, aunque incluso entonces la venta es imperfecta, el riesgo de cambio en el vino no es del comprador, no habiendo interpuesto una demora en la medición del vino, Pero dado que alegas que la totalidad de lo que estaba en el almacén se vendió sin medir y que las llaves se habían entregado al comprador, entonces la venta es perfecta, y cualquier pérdida ocurrida por cambio en el vino recae en el comprador.”

Los intermediarios intentaban integrarse en redes especializadas en la distribución de vino, que les garantizara mejor organización en los mercados locales o, incluso, en los más lejanos, lo que les hacía pertenecer a distintas asociaciones gremiales relacionadas con su negocio en diferentes ciudades del imperio. 

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Carullius Felicissimus fue miembro de los collegia de negotiatores vinarii de Ostia y Roma, lo que le permitiría encajar el suministro en Ostia con la demanda en Roma.

“D(is) M(anibus)
L(uci) Carulli Fe
licissimi bis(elliarii)
VI(viri) Aug(ustalis) idem
q(uin)q(uennalis) L(aurentis) L(avinatis) q(uin)q(uennalis) corp=For(is)
vin(ariorum) urb(anorum) e‹t=I› Os(t)i(ensium)
vix(it) a(nnos) LXXV L(ucius)
Carullius
Felicissimus
pat(er) b(ene) m(erenti) fec(it)”
(CIL XIV, 318)

El negotiator vinarius Tenatius Essimnus, originario de Trento, probablemente tenía su negocio allí como sugiere su monumento funerario, que, sin embargo, fue encontrado en Raetia, lo que sugiere que probablemente hiciera negocios con las provincias del norte, donde moriría.

D(is) M(anibus) / P(ublio) Tenatio Ess/imno negot/ianti vinar/iario domo / Iulia Triden/tum(!) (obito) anno(rum) LVII / P(ublius) Tenatius Pater/nus patri / pientissimo / fecit.


El aristócrata y hombre de negocios de Ostia, Cneo Sentius Felix se convirtió en socio de los gremios de los comerciantes de vino locales, de los patrones de barco y además fue patrón de otras asociaciones profesionales como los subastadores, banqueros y comerciantes del aceite entre otras.

De la relación entre los subastadores y tratantes de vino da fe esta inscripción hallada en Ostia:

“Al genio del muy espléndido gremio de importadores y vendedores de vino Cayo Septimio Quieto, subastador de vino, ha dedicado esta estatua como obsequio.”

Otro medio para aumentar la eficacia y dominar los mercados locales era la creación de redes familiares entre hombres de negocios con intereses similares con el objetivo de conseguir mejores precios o rebajas en la compraventa de productos. El comerciante de vinos, Apronio Raptor estaba unido por vínculos matrimoniales a la familia de los Helvii, que también pertenecían a la misma asociación de patrones de barco que él. Las grandes familias introducían a sus esclavos o libertos en la gestión del comercio para alcanzar una mayor cuota de mercado y procurarse la continuidad del negocio.

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los negotiatores vinarii intentarían asimismo mejorar sus perspectivas de negocio estimulando la lealtad de sus clientes. En una placa de mármol encontrada en la orilla del Tíber, cerca de la villa Farnesina se puede leer la dedicatoria del dispensator (administrador) de Trajano, Cinnamus, agradeciendo la exención de cuota al collegium de comerciantes de vino que tenía un local alquilado en un almacén propiedad del emperador. El propósito de este generoso acto puede ser doble por parte de los socios, a saber, obtener una rebaja en el precio del alquiler y atraer a un servidor del emperador, encargado de la intendencia de la casa imperial como cliente prioritario demandando la mercancía que ellos venden. 

Collegio Liberi Patris et Mercuri | negotiantium cellarum vina|riarum Novae et Arrunti|anae Caesaris n(ostri) || Cinnamus Imp(eratoris) Nervae Caesaris | Traiani Aug(usti) Germ(anicus) servos ver|na dispensator ob immunitat(em)| d(ono) d(edit) cura(m) agentibus ann(o) prio(re) | Ti(berio) Claudio Zosimo et Sex(to) Caelio || Agathemero Licinio Sura II Serviano II co(n)s(ulibus). (CIL VI 8826 = ILS 7276 = ID# 24509, Fechada en 102 d.C.)


“Este es un regalo para la asociación (collegium) de negotiatores de las bodegas imperiales Nova y Arruntiana dedicado a Líber Pater y Mercurio. Cinnamus, esclavo nacido en casa del Emperador Nerva César Trajano Augusto Germánico, dispensator, por la exención, dio esto como regalo en el año quinto bajo el mandato de Tiberio Claudio Zósimo y Sexto Celio Agathemero, durante el consulado de Licinio Sura – cónsul por segunda vez – y Serviano – cónsul por segunda vez.”

El pago de los impuestos gravados al vino, que se calculaban según su calidad, se hacía en especie, lo que permitía a las autoridades romanas disponer de unas reservas para distribuir, y emplear, por ejemplo, bien para cimentar las alianzas ya existentes con otros pueblos, bien para pagar a los bárbaros y mantenerlos alejados de las fronteras imperiales.

El vino que se traía para pagar los impuestos se trasvasaba a los dolia almacenados en los almacenes destinados a ese propósito en el portus vinarius.



Hacia finales del imperio los propietarios de las fincas tenían la responsabilidad de entregar el vino que era parte del tributo en la capital, donde se descargaban los barriles en las orillas del Tíber, en el campo de Marte, desde donde se trasladaban a la escalinata del templo del Sol de Aureliano. En 365 d.C., el precio del vino que se distribuía allí era un 25% menor que la tarifa de mercado. Los beneficios de su venta iban al tesoro, al arca vinaria, que estaba también en el templo. Los réditos de la muy rentable venta del vino se dedicaban a proyectos de construcción de edificios públicos. El yerno de Símaco, Flaviano Nicómaco el joven, fue acusado de apropiarse indebidamente de los fondos del arca vinaria cuando ocupó el cargo de prefecto de la ciudad. El mismo emperador exigió una contabilidad completa junto a una rápida restitución del dinero y encargó su recaudación al comes sacrarum largitionum Flavio Macrobio Longiniano, quien impuso una multa a la oficina del prefecto de Roma. Símaco le pide que no demande el dinero con tanta contundencia a su yerno.

“En medio de esto, me extraña muchísimo que con respecto a mi señor e hijo el ilustre Flaviano no hayas pensado ni en el grado de su magistratura ni en el derecho de la amistad. Así es, al reclamar tu eminente autoridad las deudas en los asientos del vino, ha llegado hasta a condenar al negociado con una multa. Admite pacientemente que no ha debido oprimirse con tal afrenta ni a la prefectura ni a un varón que te estima muchísimo.” (Símaco, Cartas, VII, 96)


Las entregas llegaban en ánforas u odres que, una vez realizada la prueba del vino o degustatio y terminada la operación de trasvasado, quedaban vacíos y no se consideraban parte del pago de impuestos en especie, cuya propiedad mantenía el productor del vino, quien tenía la posibilidad de deshacerse de ellos a su conveniencia, de venderlos a un tercero para una eventual reutilización o llevárselos a su finca para rellenarlos de nuevo con vino. Existirían compradores de ánforas que las revenderían a quienes las necesitaran para llevarse el vino que acababan de comprar.



Fonteyo, gobernador de la Galia Narbonensis hacia el año 75 a.C., fue acusado ante el tribunal de extorsiones, de haberse enriquecido ilegalmente por haber exigido junto a sus recaudadores de impuestos (publicani) un impuesto al vino, cuatro denarios en Toulouse por cada ánfora, con el pretexto de arancel de aduanas, lo que enfureció a los comerciantes de vino de la Galia. El principal acusador Pletorius adujo que Fonteyo había planeado esta acción junto a sus agentes ya en Italia antes de ocupar su cargo. Cicerón se encarga de su defensa.

“Conoced ahora la acusación sobre el vino, la que ellos pretendieron que fuera la más odiosa y trascendente. El cargo ha sido formulado por Pletorio, jueces, en los términos siguientes: a Marco Fonteyo no le había venido a la mente por primera vez en la Galia establecer el portazgo del vino, sino que había salido de Roma con ese propósito ya madurado y decidido. En consecuencia, Titurio había exigido en Tolosa cuatro denarios por cada ánfora de vino en concepto de portazgo; en Croduno, Porcio y Munio tres y un victoriato; en Vulcalón, Serveo dos y un victoriato; y en esta zona se le había exigido el portazgo a cualquiera que se desviase a Cobiomago —pueblo este entre Tolosa y Narbona— y no quisiera ir a Tolosa; en Elesioduno, Gayo Anio había exigido seis denarios a aquellos que lo transportaran hasta el enemigo.” (Cicerón, En defensa de Marco Fonteyo, 9)

Relieve de Sentia Amarantia, Museo Romano de Mérida

Las casas de los ricos poseían su propia bodega para guardar el vino que se consumía en sus cenas y banquetes o al menos tendrían un lugar reservado en sus despensas para almacenar las ánforas que necesitarían, pero el ciudadano que quería beber vino o deseaba ofrecerlo a sus invitados y no tenía sitio en su casa para guardarlo o quería degustar un vino diferente al que consumía habitualmente lo compraba en los mercados o en una de las numerosas tabernas que existían en todas las ciudades.

“Tuvo también Marco Antonio el orador la suerte de tener un amigo honrado, y, sin embargo, fue desgraciado, porque siendo aquel un hombre pobre y plebeyo, que hospedaba en su casa al primero de los Romanos, quiso portarse como el caso lo exigía, y envió a un esclavo para traer vino a casa de uno de los taberneros que vivían cerca.
El esclavo lo tomó con cuidado y dijo que le diera de lo mejor, con lo que le preguntó el tabernero qué novedad había para no tomarlo de lo nuevo y común, como acostumbraba, sino de lo mejor y de más precio: y respondiéndole aquel con sencillez, como a un hombre conocido y familiar, que su amo tenía a comer a Marco Antonio, al que ocultaba en su casa.”
(Plutarco, Vida de Cayo Mario, XLIV)



En las tabernas se podía, además de comprar vino para llevar a casa o para tomar allí mismo, elegir un vino mediocre y barato o un vino de mejor calidad y más caro.

“Hedone proclama: Aquí se puede beber por un as, si pagas dos beberás un vino mejor, pero si das cuatro beberás falerno.” (Graffiti de Pompeya)

La caupona (taberna) de Euxinus, que exhibe sus buenos deseos para los clientes con una pintura donde se encuentran un fénix y dos pavos reales tenía en su jardín 32 vides plantadas en filas irregulares. Se han encontrado en las excavaciones dos dolia de cerámica, que podían contener cada una alrededor de 380 litros de vino, lo que parece indicar que se podría haber elaborado vino allí mismo para complementar la posible oferta de vinos de fuera para consumir.

Pintura de la caupona de Euxinus, Pompeya



Bibliografía:


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martes, 10 de abril de 2018

Purpura, el color del lujo en la antigua Roma

Pintura de Pompeya, Casa de Lucrecio Marco Frontón

El tinte púrpura constituyó para los antiguos una de las formas de dar color a sus telas y vestimentas más estimadas. Desde época creto-micénica los griegos utilizaron el jugo de gasterópodos marinos con esos fines. Pero el gran auge de la industria de la púrpura llegó de la mano de los fenicios en el oriente mediterráneo, aunque su producción, comercialización y consumo adquiere mayor vitalidad e importancia en el mundo grecorromano. Podrían haberlo traído comerciantes griegos desde el Mediterráneo oriental o de los mercados establecidos en las costas del Mediterráneo occidental, como Marsella.

“En cuanto al vestido, su tinte de púrpura no era de cualquier clase, sino como el que, según la leyenda que cuentan los tirios, descubrió el perro del pastor y con el que hasta hoy tiñen el vestido de Afrodita:
Hubo un tiempo en que a los hombres les estaba vedado adornarse con la púrpura, pues una pequeña concha la ocultaba en su recóndita cavidad. Un pescador la captura. Esperaba un pez, y al ver la áspera concha echó pestes de su presa y la tiró como un desecho del mar. Pero un perro da con tal hallazgo, lo quiebra con sus dientes y la sangre de la púrpura chorrea por su hocico, tiñe su quijada y teje sobre sus labios una capa de púrpura. El pastor ve el hocico del perro ensangrentado y, creyendo que la tintura es una herida, fue a lavarlo en el mar, pero la sangre tomó un color rojo aún más brillante. Y cuando lo tocó con sus manos, sus manos se pusieron purpúreas.
Y fue así como el pastor comprendió la naturaleza de la concha: que contenía un producto de belleza. Tomó un copo de lana y metió la lana en la cavidad de la concha, tratando de descubrir su secreto. La lana tomó color de sangre, como el hocico del perro. Y entonces aprendió cuál es la esencia de la púrpura. Toma unas piedras, quiebra la pared que encierra el producto, abre el santuario de la púrpura y encuentra un tesoro de tintura.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II, 11)


Mosaico con múrex


La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura, sobre todo) llegó a ser tan elevada que su uso adquirió amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la militar. El aumento de la riqueza entre senadores y caballeros y su acceso a la púrpura en Grecia y Oriente llevó a una gran demanda de este color, especialmente en el siglo II a.C. Una familia noble, los Furii Purpureones tenían un cognomen que indicaba que al menos una parte de su riqueza se debía al negocio de la púrpura.

Las telas purpúreas comienzan a hacerse más visibles en Roma a partir del siglo III a.C., aunque sus primeros usos se conocen desde época monárquica, cuando unas supuestas disposiciones hacen mención al momento en el que los monarcas romanos adoptaron de los soberanos etruscos los vestidos de color púrpura y la toga romana.

“Con estas respuestas los embajadores se marcharon y a los pocos días estaban allí de nuevo trayendo las insignias del poder no simples palabras, sino además portando las insignias de la soberanía con las que ellos ornaban a sus propios reyes: una corona de oro, un trono de marfil, un cetro, un águila en su cabeza, una túnica de púrpura con botón de oro y un manto de púrpura bordado, como llevaban los reyes de Lidia y Persia excepto que no era cuadrado en su forma como aquéllos, sino semicircular.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, III, 61, 1)


Placa etrusca de Boccanera, Italia


Esta noticia la recoge Dionisio de Halicarnaso quien describe como tras la victoria romana sobre los tirrenos a principios del siglo VI a.C., Tarquinio Prisco adoptó las insignias tirrenas del poder:

“Estos honores Tarquinio no los utilizó inmediatamente, como la mayoría de los cronistas romanos dicen, sino que confió al Senado y al pueblo la decisión de si debía aceptarlos, y puesto que todos quisieron entonces los recibió y durante todo el tiempo desde aquel momento hasta su muerte llevó una corona de oro, vistió un traje de púrpura bordado, portaba un cetro de marfil y se sentaba sobre un trono de marfil, y los doces lictores con hachas y varas se colocaban junto a él mientras juzgaba y lo precedían cuando caminaba.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, III, 62, 1)

Mucho antes de la monarquía de linaje etrusco se había identificado al propio Rómulo luciendo un vestido de color púrpura, identificado como símbolo de su realeza.

“Rómulo marchaba al final de la comitiva llevando un vestido de púrpura, una corona de laurel sobre sus cabellos y, para mantener la dignidad real, iba montado en un carro conducido por cuatro caballos.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, II, 34, 2)

La belleza, pero principalmente el elevado precio del producto final y la consiguiente exclusividad de los vestidos así tratados explica su alta valoración. Muchos literatos criticaron su uso por parte sobre todo por parte de las mujeres, por su afán de lujo y provocación.

“No es razonable, pues, que una mujer lleve un gran velo de púrpura deseando ser centro de atracción de las miradas. ¡Ojalá se pudiera arrancar de los vestidos la púrpura, evitando con ello que los mirones se giraran para observar a las que la usan! Sin embargo, éstas que tejen poco su vestido y lo hacen todo de púrpura, inflaman los deseos fáciles; y de ellas, ciertamente, que se inquietan por esta púrpura estúpida y delicada…” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)


Dolce far niente, Pintura de John William Godward


La púrpura es una materia colorante de color rojizo vivo. Se extrae de una serie de moluscos gasterópodos que segregan un jugo que es la base para la elaboración del tinte obtenida posteriormente por síntesis. El grupo de moluscos utilizados comprende a especies de los géneros púrpura y murex: Thais haemastoma, Murex trunculus, y Murex brandaris.

Plinio lista dos clases de moluscos que producen el color púrpura; los elementos de ambos son los mismos, solo difieren las combinaciones, el más pequeño es el llamado bucino (purpura o thais  haemastoma), por su parecido a la concha con la que se produce el sonido de la trompeta. El otro se conoce como púrpura, que también tiene otro nombre, el de pelagia (murex brandaris). En la confección del tinte se empleaban mayoritariamente estas dos especies junto con el murex trunculus.

“Existen dos clases de conchas para los tintes de púrpura y conchil — la materia ciertamente es la misma, pero difieren en la proporción— el bucino, la concha más pequeña, parecida a la concha que emite el sonido de la bocina —razón por la que precisamente se le dio el nombre—, con la boca redonda en una hendidura lateral, y la otra, que se llama púrpura, con un pico acanalado prominente y con el borde del canal en forma de tubo replegado hacia dentro, por donde echa la lengua.” (Plinio, Historia Natural)


Múrex, foto de  G & Ph. Poppe Conchology Inc www.conchology.be


El murex trunculus es un molusco con una concha provista de gruesas espinas que pueden taladrar las conchas de bivalvos que son su fuente de alimento. La secreción blanquecina de este molusco se vuelve rojo púrpura en contacto con el aire.

Según Plinio el primer paso para la obtención del tinte era la extracción de la glándula hipobranquial, la cual segrega un mucus con pigmentos que sirven para su actividad celular y como mecanismo de defensa frente a otros organismos. Esta sustancia, de color blanquecino, al contacto con el aire se vuelve amarilla para cambiar después a verde, luego a azul y finalmente al tono rojo-violáceo que se conoce como púrpura, que fue apreciado por su solidez, sus tonos brillantes y la luz que reflejaban los tejidos teñidos con este tinte, por lo que su uso se convirtió en símbolo de lujo y estatus.


Adriano en una alfarería (arriba), Agripina (debajo),
Pinturas de Alma- Tadema


Para que el color púrpura se activara debía tener lugar una serie de reacciones químicas que requerían un tiempo y unas condiciones muy controladas. En el proceso de fabricación de este tipo de tinte, el líquido debía exponerse al sol y su grado de exposición podía influir en las variaciones del color resultante. La masa viscosa resultante del prensado del órgano purpúreo se mezclaba con sal y se dejaba reposar aproximadamente durante tres días, para luego calentarlo a fuego lento durante unos días más, generalmente en vasijas de plomo, para clarificarlo y utilizarlo para teñir. El líquido debía limpiarse de impurezas, y al décimo día se filtraba, tras lo cual se probaba introduciendo un poco de fibra de lana en él. Antes de proceder al tintado se recalentaba el preparado.

“Se les extrae a continuación la vena que dijimos, a la que es imprescindible que se añada sal, aproximadamente un sextario por cada cien libras. Lo correcto es dejarlo en maceración durante tres días —pues precisamente tiene más fuerza cuanto más fresco es, ponerlo a hervir en un depósito de plomo, echar la proporción de quinientas libras de la tintura por cada cien ánforas de agua y dejarlo evaporar a fuego lento —y, a tal fin, mediante un tubo alejado del horno—. De esta manera, después de sacar con la espumadera varias veces los trozos de carne, que inevitablemente habían quedado pegados a las venas, a eso de los diez días después de haber colado el caldero, se echa a remojo, de prueba, un vellón limpio, y se calienta el líquido hasta que aquél se vuelva conforme se esperaba. El color rojo vivo es peor que el que tira a negro. En cinco horas se empapa la lana y se vuelve a remojar otra vez, después de cardarla, hasta que embeba todo el tinte.” (Plinio, Historia Natural, IX, 36)


Casandra busca la protección de Atenea, Casa de Menandro, Pompeya


Había distintos tonos de color púrpura según la especie y la cantidad de tinte utilizados. La púrpura roja oscura (blatta) se obtenía mezclando el murex brandaris (pelagium o purpura) que daría un rojo casi negro con el Thais haemastoma o el Murex trunculus, que aportaban un color rojo escarlata. Plinio describe que los Tirios primero teñían su lana con el líquido de la púrpura (Murex brandaris), y después el del bucino (Thais haemastoma), que resultaba en la Tyria dibapha, (teñida dos veces).

“Para obtener el tinte Tirio la lana se empapa en el jugo de la pelagia mientras la mezcla está sin cocción; después de lo cual su tinte cambia sumergiéndolo en el jugo del bucino. En cambio, en el tirio primero se baña el vellón con el jugo de la pelagia en un caldero sin cocer y semicrudo, y después se cambia al del bucino. Su alta estima radica en su color de sangre cuajada, oscura a primera vista, pero, mirándola de abajo a arriba, brillante, por lo que incluso Homero denomina purpúrea a la sangre.” (Plinio, Historia natural, IX, 60)


Túnica copta

El escarlata del Thais haemastoma era rico en tono, pero se desteñía fácilmente, por lo que siempre se mezclaba con algún tipo de múrice. El color púrpura de tono violeta, similar a la amatista, se obtenía mezclando el bucino (Thais haemastoma) y la pelagia (Murex brandaris)

“El bucino por sí solo es desechable, ya que destiñe el rojo. Se combina en determinadas proporciones con el pelágico y le da al color excesivamente negruzco de éste, esa intensidad y ese brillo de la grana, que se pretende. De este modo, combinado sus efectos se avivan o se apagan el uno al otro. El total de ingredientes para 50 libras de vellón es doscientas de bucino y ciento once de pelágico. Así se logra el color de la amatista, tan excepcional.” (Plinio, Historia natural, IX, 60)

Las tonalidades del color púrpura variaban en función de las sustancias tintóreas utilizadas, obteniéndose colores de una gama entre los rojos, violáceos y azules, todos ellos de gran intensidad, muy saturados y de gran brillo, lo que hizo que fuesen apreciados por las clases privilegiadas tanto por su cromatismo como por la exclusividad del tinte con que se obtenían, lo que elevaba su coste.


Casa de los castos amantes, Pompeya

Plinio cita los colores tyrianthinus, violeta semejante al de la amatista, bañado después en púrpura tiria y el hysginum, obtenido del color rojo bañado también posteriormente en púrpura tiria.

“No es suficiente haberle arrebatado el nombre de amatista a una gema: se emborracha totalmente oirá vez en tinte tirio para que el nombre sea desmesurado por su doble procedencia y, al mismo tiempo, el lujo doble. Incluso cuando ya han acabado de elaborar los tintes de conchil, consideran que es mejor pasar al tirio. El arrepentimiento debe de haber sido el que halló este primer invento, desde el momento en que un artesano cambió algún aspecto que no le gustaba. De ahí surgió la fórmula: mentes imaginativas lograron sus objetivos partiendo de lo que estaba defectuoso, y se mostró que la senda del lujo era doble, hasta el punto de que un color se cubría con otro y así se decía que se volvía más fino y suave; y todavía se mezclaban motas de tierra, y lo que se había teñido de grana se reteñía con tinte tirio para hacer el hisgino.” (Plinio, Historia Natural, IX, 62)

El coccinus era el tinte de brillante escarlata obtenido de un parásito, el quermes, una especie de cochinilla que vive en unos árboles de la familia del roble; la coscoja mediterránea o Quercus coccifera. La picadura de la hembra produce un engrosamiento de color rojo vivo y del tamaño de un guisante en las hojas de estos arbustos, donde se encuentra el colorante. Convertido en tinte de lujo tuvo tanta demanda que, además de la producción asiática, se desarrolló una gran industria con quermes procedente de las encinas de Emérita en Lusitania, muy apreciado por su color y cuya recolección sirvió como salario extra para los campesinos pobres, además durante el Imperio romano Hispania pagaba una cantidad importante de sus tributos anuales con el tinte grana. Su alto precio se constata en la tarifa de Diocleciano publicada hacia 300 d.C. Marcial cita el coccus (rojo grana) junto al color púrpura para hablar del adorno de uno de sus libros.

“Librito mío, … ¿Te marchas al seno de Faustino? Sabes lo que haces. Ahora puedes echarte a andar ungido con aceite de cedro y, hermoseado por la doble ornamentación de tu frente, regodearte en tus dos cilindros pintados, y que la púrpura delicada te cubra y que el título se enorgullezca con el rojo de la grana. Si él te protege, no temas ni a Probo.” (Marcial, Epigramas, III, 2)


Catacumbas de Priscilla, Roma


La industria de la púrpura se desarrolló en diferentes talleres a lo largo de diferentes puntos del Mediterráneo y del Atlántico. Las más célebres industrias se ubicaban en el Levante Mediterráneo, en Fenicia, especialmente en Tiro. Había muchísimos múrices en las aguas de la zona, lo que facilitaba el desarrollo de la actividad del tinte que requería enormes cantidades del molusco. Además, Tiro tenía buenas relaciones con Galilea y Judea, que producían lino y lana respectivamente, dos tejidos de calidad para ser teñidos.

La expansión de las colonias fenicias por el Mediterráneo occidental conllevó el desarrollo de la actividad industrial en las factorías costeras de la región cartaginesa. Otra de las regiones más destacadas fue Mauritania en su vertiente Atlántica, con la producción de púrpura de Getulia, conociéndose como gétula. Todo parece indicar que los primeros artesanos dedicados a la producción de púrpura en la región obtuvieron sus conocimientos de los fenicios o cartagineses que visitaron la región allá en los siglos VII–VI a.C., verdaderos transmisores de la producción de la púrpura en el Mediterráneo.

Plinio hace una enumeración de los lugares productores de púrpura según su importancia.

“En Tiro (Líbano) se halla la mejor púrpura de Asia, en Meninge (Túnez) y en la costa del océano de Getulia (Mauritania), la de África, y en Laconia (Grecia), la de Europa.”


Otros centros de producción se hallaban en Corinto (Grecia), Tarento (Italia) y las islas Canarias (España).

“La ciudad, que recibe su nombre de un pequeño arroyo,
está rodeada por un hondo golfo marino de dos bocas.
La enriquece el mar, la enriquece la tierra, pero de diverso modo:
el agua le paga con la pesca y el suelo halagüeño con el grano.
Vides, olivos, sembrados se alzan en su heredad fecunda
y el mar se enrojece suntuoso con el múrice y la púrpura.” (Antología Latina, La ciudad de Tarento, 873a)

Vitruvio escribe sobre los lugares donde se obtenía la púrpura y los distintos tonos conseguidos según su procedencia.

“Voy a tratar ahora sobre el púrpura, que posee, por encima de los colores citados, una categoría superior, una extraordinaria distinción y una exquisita suavidad para la vista. Se obtiene a partir de unas conchas marinas que proporcionan este color; para los estudiosos de la naturaleza ofrece una especial fascinación que supera otras muchas sustancias naturales, pues no posee un solo y exclusivo color en los distintos parajes donde se crían las conchas, sino que presenta diversos matices de modo natural, como consecuencia del curso del sol. La púrpura que se obtiene en el Ponto y en la Galia tiene un color negro, ya que son regiones situadas cerca del septentrión; si seguimos avanzando entre el septentrión y el occidente, encontraremos una púrpura de color cárdeno; la púrpura que se recoge en las proximidades del equinoccio oriental y occidental presenta un color violeta y la que se halla en regiones meridionales tiene un tono rojizo; idéntico color rojo tiene la púrpura que encontramos en la isla de Rodas y en otras regiones cercanas al curso del sol. Cuando se recogen estas conchas, las abren en todo su contorno con instrumentos de hierro; de las hendiduras, como si fueran lágrimas, fluye un líquido que se recoge y se tritura en el mortero; se llama «ostro» precisamente porque se extrae de fragmentos de las conchas marinas. Por causa del salitre, se seca muy rápidamente salvo que se mezcle con miel.” (Vitruvio, De Arquitectura, VII, 13)

Tejido púrpura de tono violáceo, Museo del Louvre, París
La evolución del precio de la púrpura muestra que su precio se duplicó durante el Imperio Romano por dos veces debido al constante incremento de la demanda, agotamiento de las zonas de pesca tradicional y su consolidación como símbolo del poder imperial absoluto.

En la época de Augusto, a comienzos del siglo I d.C., una libra de púrpura de alta calidad valía 324 gr. de oro), en la época del Edictum de pretiis maximis del emperador Diocleciano en el 301 su precio se había duplicado, a 675 gr. de oro por libra de púrpura, y se valoraba la seda púrpura en 150.000 denarios, mientras la libra de lana teñida con este tinte se valoraba en 50.000 denarios, el valor de la libra de oro eran 16.000 denarios. En la época de Justiniano,  se volvió a duplicar pasando a valer la libra de púrpura 1 Kg y 310 gr de oro.

“Cornelio Nepote, que murió en el principado del divino Augusto, dice: «cuando yo era joven predominaba la púrpura violeta y una libra de ella se vendía a cien denarios; no mucho después, la púrpura roja de Tarento. A ésta le siguió la de Tiro, teñida dos veces, que no se lograba comprar ni a mil denarios la libra. Los precios de la tintura son, por supuesto, más baratos en proporción a la riqueza de las costas. Sin embargo, sepan quienes compran estos productos por una inmensidad que las cien libras de pelágico no sobrepasan nunca los cincuenta sestercios ni las de buccino los cien.” (Plinio, Historia natural, IX, 64)

Los tejidos de color púrpura eran muy caros por la enorme cantidad de moluscos necesitados para obtener el tinte, a lo que había que sumar el coste del transporte. Hay que tener en cuenta que solo se pueden extraer de una a tres gotas de cada molusco y que, para obtener un gramo de tinte seco, que permite teñir unos 100 gramos de lana, se necesitan más de 10.000 especímenes. Su cotización llegó a igualar o superar a la del oro por la laboriosidad de su extracción.

La clientela de los purpuraii sería muy restringida debido a su precio, tratándose de gentes pertenecientes a las oligarquías locales y demás altos estamentos, para quienes el color púrpura fue símbolo de estatus en la antigüedad, estando regulado su uso por ley.

Pero poseer una prenda de este color se convirtió en una obsesión, por lo que se generó un mercado de falsificaciones e imitaciones con tintes vegetales que pudieron confundirse por su similitud a las mejores púrpuras. Se desarrollaron numerosas prácticas de tintado que imitaban la púrpura de murex con materias colorantes vegetales tales como el fucus, la rocella, la rubia, el índigo o la anchusa.


Ilustración planta de índigo


Plinio destaca que algunas plantas concedían a las telas unos colores admirables y que los galos transalpinos reproducían con hierbas la púrpura tiria, la conchyliana y todas las demás. En algunos casos se trataba del glastum , mezclado con algunas especies de rubiáceas locales, o también de púrpura obtenida con bayas de mirtilo común. En algunos restos de tejido de época romana se encontró rastro de púrpuras vegetales.

Receta 118 del Papiro Holm: “Coger la lana, sumergir en jugo de beleño y de lupino desabrido hervido en agua. Este es el mordiente preliminar. A continuación, coger las bayas de espino cerval (o aladierna), meter agua en un caldero, hacer hervir, sumergir la lana y surgirá un bello color púrpura. Sacar, escurrir con agua ferruginosa, secar al sol y será de primera calidad.”

Este producto se impuso entre las clases populares frente a la verdadera púrpura, por su menor precio, a la vez que, por su mayor resistencia al desgaste, a los sucesivos lavados de la prenda y al retintado de la misma.

El fucus de Aquino (villa del Lacio meridional), sacado de un alga, era un sucedáneo barato de la misma.

“Quien no sabe comparar- con discernimiento la púrpura de Sidón con los vellones coloreados con tinte de Aquino, no sufrirá un daño más cierto ni que más le llegue a los meollos que quien no sabe distinguir lo verdadero y lo falso.” (Horacio, Epístolas, I, 10)


Pinturas de Casa de los castos amantes, Pompeya


En los procedimientos de tinción la púrpura podía teñir la lana antes de ser hilada, generalmente se teñía después de hilarse por las pérdidas de materia que se producían durante el proceso; y para tejer, la urdimbre podía teñirse con otros colorantes reservándose esta preciada tintura para las tramas visibles.

Desde mediados del primer milenio hasta el reinado de Augusto, y en particular a partir del s. III a.C., tres fueron las leges sumptuariae que intentaron poner límites a la penetración y ostentación pública de productos suntuarios.

La primera de las leyes suntuarias se encuentra dentro de la ley de las XII Tablas. Su objetivo principal fue el de limitar a la ostentación pública generada en algunos funerales. Es en la Tabla X de esta ley decemviral de mediados del s. V a.C. donde se hace mención a estas restricciones, prohibiendo el uso excesivo de la púrpura.

La segunda de las leyes, la lex Oppia, fue promulgada en el 215 a.C. Actuó contra el exceso del uso de objetos suntuarios como el oro o los vestidos teñidos de púrpura, pues su empleo se había hecho ya algo cotidiano. 
Se conoce una tercera ley suntuaria de finales del periodo republicano, bajo el gobierno de César. La publicación de la norma recuerda en muchas de sus restricciones a las promulgadas 150 años antes. De nuevo, el colectivo formado por las mujeres de Roma resultó ser el más afectado. Primero, se vieron perjudicadas por el incremento de los impuestos sobre la importación de mercancías extranjeras, y segundo, se les prohibió el uso público de literas, vestidos de púrpura y perlas.


Fresco de Pompeya


Durante el segundo triunvirato, durante el año 36 a.C., Octavio restringió el uso de las telas purpúreas, a excepción de los senadores y los magistrados de moralidad dudosa. Con esta argucia Octavio se reservó la capacidad de uso de la púrpura a su propia persona y a quienes él decidiese. Como demostrase a lo largo de su vida, Octavio supo de la enorme importancia de mantener bajo su control el mayor número de símbolos de poder, siendo la púrpura uno de ellos. Pero, una vez asegurado su poder, derogó en el año de su sexto consulado (28 a.C.), algunas de las disposiciones que había instaurado durante el triunvirato, entre las que se encontraría la presente ley contra el uso de telas purpúreas. De esta forma quedó reinstaurado el privilegio de portar telas teñidas a senadores, caballeros y otros personajes notorios.

“Un día que se quejó del poco brillo de un tejido teñido de púrpura tiria que había ordenado comprar, el vendedor le dijo: «Levántalo en alto y míralo de abajo arriba». Augusto replicó con esta ocurrencia: «¿Cómo? ¿Para que el pueblo romano pueda decir que voy bien vestido, tengo que pasear por el solario?” (Macrobio, Saturnales, II, 4,14)

(El solario era una zona del foro donde había un cuadrante solar o reloj de sol, punto de encuentro para los romanos y lugar, sin duda, soleado donde brillaría la púrpura de Augusto.)



Hércules estrangulando a las serpientes, Casa de los Vetii, Pompeya


Pasados algunos años, se conocen de otras tentativas por parte de Calígula y Nerón por delimitar el uso de telas purpúreas. Por lo que respecta a Calígula intentó restringir de nuevo el uso de la púrpura como un símbolo propio de la corte imperial. Bajo esta excusa mandó asesinar al rey Ptolomeo de Mauritania, quien había contradicho la norma al vestir un manto teñido de púrpura.

“Había llamado a Roma al rey Ptolomeo, de quien antes hablé, y lo recibió con mucho agasajo; pero un día en que daba juegos le hizo matar de improviso, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, por el brillante color de púrpura de su manto.” (Suetonio, Calígula, 35)

Por Suetonio sabemos que Nerón prohibió el uso de tinturas de color de amatista y púrpura y que clausuró las tiendas de los comerciantes dedicados a su comercialización.

“Había prohibido el uso de los colores púrpura y violeta, y un día de mercado mandó bajo mano a un mercader a que vendiese algunas onzas, con objeto de coger al punto a los demás en falta. Habiendo visto en el espectáculo y mientras cantaba, a una matrona adornada con la púrpura prohibida, se la mostró a sus agentes, y habiendo hecho sacarla en el acto, le confiscó el traje y los bienes.” (Suetonio, Nerón, 32)

Los tonos del color púrpura aumentaron durante el primer siglo d.C. ya que para mantener su estatus la gente buscaba nuevos tonos para sustituir los antiguos que habían pasado de moda.

El llamado puniceus era un escarlata brillante derivado del bucino que se criaba en la costa fenicia. Equivalente pero más barato era el ferrugineus, color púrpura del jacinto. Los ricos más vulgares favorecieron tonos de colores chillones, como el cerasinus, rojo brillante de color cereza.


“Por fin se presentó Fortunata, su vestido adornado con una franja amarilla, para mostrar una túnica de color cereza debajo…" (Petronio, Satiricón, cap. 67)


Pintura de John William Godward

El control del uso del color púrpura llegó a convertirse en casi una obsesión de forma que en época bajo-imperial la producción de lo que se conoce como púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial controlaba su producción y no permitía el empleo de ciertos tonos a nadie que no perteneciera a la familia.

“El día en que nació, su padre, que era entonces procurador del gran tesoro, inspeccionó unas ropas de púrpura y ordenó que llevaran las que consideró más brillantes a la habitación donde nació Diadumeno dos horas después.” (Historia Augusta, Antonino Diadumeno, IV)

Algunos emperadores desde el siglo III hasta el fin del Imperio vistieron ropas teñidas de púrpura y bordadas en oro y a veces adornadas con piedras preciosas de forma mucho más habitual de lo que se había hecho con anterioridad lo que provocó el rechazo y la crítica de autores cristianos que proclamaban austeridad en todos los aspectos de la vida.

“Basiano era sacerdote de este dios, pues, por ser el mayor de los dos, se le había encomendado el culto. Solía salir en público vestido al modo bárbaro con túnicas talares oro y púrpura de manga larga. Sus piernas también estaban completamente cubiertas, desde las puntas de los pies hasta la cintura, con prendas igualmente bordadas en oro y púrpura.” (Herodiano, Caracalla, V, 3, 6)


Caracalla, Pintura de Alma-Tadema

En un momento convulso de la historia del Imperio, Graciano (el joven), junto a su hermano Valentiniano II (en Occidente) y Teodosio (en Oriente) promulgaron leyes que impedían a la población la compra de púrpura blatta y hyacinthina para su tintura en seda o lana.

“No se permita a ninguna persona, cualquiera sea su sexo, rango, ocupación y lugar, la posesión de ropas expresamente reservadas al emperador y su familia, y no se permita tejer o producir ni capas ni túnicas de seda en su propia casa. Cualquier cosa teñida con la púrpura imperial, sin mezclar con otro color, será retirada del lugar donde se hizo, y todas las ropas teñidas con la púrpura imperial serán entregadas. No se podrán tejer telas con hilos teñidos con el color de la púrpura imperial y todas las prendas hechas enteramente de seda serán entregadas a nuestro Tesoro y no se podrá exigir pago por las mismas, ya que la impunidad por la violación de la ley será suficiente compensación… dado en Constantinopla, durante el consulado de Víctor, 424. Del emperador Teodosio a Maximino, comes sacrarum largitionum (Secretario del Tesoro)” (Código de Justiniano, XI, 8, 4)



Sin embargo, el empleo de la púrpura para cualquier acontecimiento de la vida cotidiana de los romanos no pudo ser desterrado por completo y los más adinerados no solo vestían de púrpura o colores semejantes siempre que podían, sino que pagaban cantidades astronómicas por gozar de tales colores en el mobiliario de sus salones y en sus enseres domésticos con los que deslumbrar a sus conocidos o a los invitados de sus banquetes que reposaban sobre divanes cubiertos de telas purpuradas.

“Los lechos con pies de plata y con incrustaciones de marfil; los pies de los lechos tachonados con clavos de oro y adornados con caparazones de tortuga; las colchas teñidas de púrpura y de otros colores difíciles de conseguir, artículos todos que denotan un lujo de mal gusto; preponderancia que conlleva envidia y molicie.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 35)


El color púrpura se destinaba a los dioses, a la realeza y a quienes ostentaban un cargo político o religioso y lucían sus mejores galas en actos oficiales o fechas señaladas en el calendario romano. Por ejemplo, los senadores vestían la túnica laticlavia con una banda roja vertical y los caballeros una angusticlavia con dos bandas mas estrechas. La toga praetexta de los cónsules tenía el borde ribeteado de una franja púrpura. En el primero de enero se elegían los nuevos cónsules que vestían togas púrpuras y se sentaban en sillas curules de marfil.

“Van con las ropas intactas al alcázar de Tarpeya y el pueblo lleva el mismo color que el color de su fiesta; ya marchan delante los nuevos mandos, nueva purpura refulge y el marfil llamativo siente pesos nuevos.” (Ovidio, Fastos, I, 79)


Procesión del triunfo, Pintura de Andrew Carrick-Gow


En la celebración de los Juegos Megalenses en honor de Cibeles el pretor que los inauguraba en el mes de abril vestía de púrpura.

“A primeros del mes de Jano abandonas, Proculeya, a tu viejo marido y le ordenas que se guarde sus bienes para él. ¿Qué, pregunto, qué ha sucedido? ¿Cuál ha sido el motivo de este repentino dolor? ¿No me respondes nada? Te lo diré yo: era pretor. La ropa de púrpura para los juegos Megalenses le había de costar cien mil sextercios (el coste se refiere a la presidencia de los juegos).” (Marcial, Epigramas, X, 45)

Diocleciano instituyó en el siglo IV la ceremonia de la adoratio purpurae, que se llevaba a cabo con gran solemnidad en las audiencias imperiales. En el Imperio del siglo IV, la adoratio se imponía a todo oficial o dignatario de cierto rango y consistía en arrodillarse delante del emperador o delante de su efigie, y besar un extremo de la tela de su vestido de púrpura. En el momento en que fue instituida por Diocleciano y Maximiano se trataba de un acto religioso, pues los dos emperadores se consideraban la encarnación de Júpiter y de Hércules y se rendía culto a sus imágenes, ya que el régimen que habían organizado pretendía ser una teocracia.


Dios Zeus (o Júpiter) Pompeya


Se aplicó el término de divina purpura a la indumentaria imperial, convertida en emblema de poder absoluto. El emperador era purpuratus –revestido de púrpura–, y tomar la púrpura significaba alcanzar el poder supremo y el aniversario de la investidura imperial se celebraba con gran boato.

Durante el Bajo Imperio, el poder central romano llegó a crear en Baleares un baphium, es decir, un área productora de púrpura, que contó con un procurator propio, encargado de controlar la producción destinada a los negocios del emperador y que cuidaba de recaudar los impuestos procedentes del negocio y vigilaba que no se hicieran tintes reservados a las factorías imperiales. Informa sobre ello un documento del siglo IV d.C., la Notitia Dignitatum, que, en la parte correspondiente al Occidente del Imperio, menciona a un procurator baphii insularum balearum en Hispania.


Mosaico de la emperatriz Teodora y su séquito, San Vitale, Ravenna, Italia


Las instalaciones en las que realizaba todo el proceso para la obtención del tinte púrpura se ubicaban cerca del lugar donde se encontraba la materia prima, los múrices, en la costa para evitar la descomposición de las sustancias necesarias para la fabricación del preciado producto, o bien fuera de las ciudades para que el mal olor de los animales muertos no llegase a la población.

“Tiro también fue desafortunada al ser tomada por Alejandro en un asedio, pero soportó estas desgracias y se recuperó gracias a su vocación marinera (en lo que los fenicios en general han sido superiores a todos los pueblos de todos los tiempos), y a sus teñidos de color púrpura, pues el púrpura tirio se ha considerado con mucho el más hermoso de todos. Además, el marisco está cercano a la costa y el resto de los ingredientes necesarios para teñir se obtienen con facilidad. Y aunque la gran cantidad de casas de tinte hace la ciudad poco agradable para vivir, también la hace más rica gracias a esta habilidad de sus habitantes.” (Estrabón, Geografía, XVI, 2, 23)

El fuerte olor del tinte una vez fabricado impregnaba las ropas, lo que no siempre era aceptado gratamente, a pesar del hermoso color del que se disfrutaba.

¿Qué haría el colchón del Nilo, qué el teñido por Sidón con su fuerte olor? (Marcial, II, 16)

Participantes en el proceso de producción del tinte eran los pescadores de púrpura, los trabajadores de las factorías y los comerciantes. Un esclavo diestro en aplicar el tinte púrpura al tejido era considerado de gran valor.

“El primer puesto fue para Burno, el cual clavó su pica en la meta. Como galardón se llevó una esclava experta en teñir de púrpura gétula la blanca lana.” (Silio Itálico, Púnica, XVI, 568)


Fullonica de Visanius, Pompeya


El afán por la púrpura llegó en Roma al arte y la decoración de forma que se impuso la utilización de pigmentos pictoricos y materiales arquitectónicos que se asemejaran a dicho color.

“Asistió ordinariamente también él a los banquetes que daban sus amigos. Entre otras muestras de cortesía que pudieran citarse, una es la siguiente: en una ocasión visitaba la casa de Hómulo y, asombrado al contemplar unas columnas de púrpura, le preguntó dónde las había comprado, tolerando pacientemente la respuesta que éste le dio: «Cuando vayas a una casa ajena, mantente mudo y sordo».” (Historia Augusta, Antonino Pío, 11)

Estos materiales ornamentaban no solo los edificios públicos en los que ciudadanos particulares, en calidad de evergetas, gastaban sumas copiosas para ascender socialmente y dejar su nombre para la posterioridad, sino que estos mismos personajes decoraban sus lujosas mansiones con dichos materiales para deslumbrar a sus conciudadanos.

“Aquí no ha tenido cabida el mármol de Tasos ni el de Caristo, que imita el oleaje; el ónice languidece en la lejanía y la serpentina se lamenta de haber sido excluida: sólo brillan los mármoles cortados en las rubias canteras de los númidas; sólo los que en la gruta profunda de la frigia Sínada salpicó el propio Atis con manchas relucientes de su sangre y las piedras níveas que engalana a la púrpura de Tiro y de Sidón.” (Estacio, Silvas, I, 5)


Templo de Rómulo, Foro romano, Roma

El pórfido se empleó en la escultura y arquitectura porque su color se asociaba como el de los tejidos púrpura con la realeza. Esta piedra solo se encontraba en los remotos desiertos orientales de Egipto. Esta roca magmática, que se extraía en la antigüedad de las canteras (que eran monopolio imperial) del Mons Porphyrites en el desierto oriental de Egipto, se reservó por sus cualidades –color purpúreo y resistencia– al uso imperial para la realización de retratos, columnas monumentales y sarcófagos desde la época de la Tetrarquía.

Su dureza hacía difícil su extracción, lo que, sumado a la necesidad de transportarla a largas distancias, la convertía en un material lujoso y muy costoso, solo destinado a gente de gran riqueza.

"En cuanto a los baños mismos, ¡con cuántas y qué bellas columnas están adornados! Son de menor valor las preciosas manchas en la cantera púrpurea de Sínada y la colina de los númidas que produce piedras del color del marfil y los mármoles que se adornan con vetas verdes como la primavera; no quiero tampoco el brillante de Paros o el de Caristo; es menos rica a mis ojos la púrpura que impregna las rocas de pórfido.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 22)


Pie de mesa en pórfido, Museo Metropolitan de Nueva York


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