DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

domingo, 7 de julio de 2019

Alea, los juegos de azar en la antigua Roma

Niña jugando a las tabas, Gliptoteca de Munich,
foto de Matthias Kabel


“Odio penetrar en tan pequeños detalles, pero quiero que mi alumna sepa echar los dados con soltura y calcular el impulso que debe darles al lanzarlos sobre la mesa, y que, o bien sepa sacar el número tres, o bien adivinar el lado que se ha de evitar, y el que se les demanda.” (Ovidio, Ars Amatoria, III, 355)

Todos los romanos coincidían en su pasión por el juego y en todas las épocas habían estado poseídos por ella. Entre los adultos, los juegos por excelencia eran los de azar, a los que prácticamente todos eran muy aficionados y cuyos peligros cantan numerosos poetas. Hasta tal punto eran considerados peligrosos, que la legislación protegía a aquellos que no eran dueños plenos de sus vidas, como los jóvenes que aún estaban bajo la autoridad del pater familias o los esclavos, y la ley no les obligaba a pagar las deudas contraídas en el juego; incluso llegaron a promulgarse leyes restrictivas en contra del juego (leges aleariae), prohibiendo las apuestas de dinero, tanto en época republicana como imperial.



“Y, además, para que no se salten la ley esa en contra del juego de las tabas, ya sabéis, les hacéis migas las propias y veréis como no vuelven a ponerse a la mesa con ellas.” (Plauto, Miles Gloriosus, II, 2)

Jugando a las tabas, Edward John Poynter

Exceptuando el periodo de las Saturnales, los juegos de azar estaban prohibidos en Roma bajo multa fijada en el cuádruple de la cantidad apostada.

Cicerón reprocha a Marco Antonio el haber liberado a un tal Licinio Denticula del castigo impuesto por una ley contra el juego de azar, para poder seguir jugando con él.

“Repatrió a Licinio Dentículo, condenado por tahúr y compañero suyo en el juego; no porque creyera ilícito jugar con un condenado, sino para resarcirse en el precio de este favor de lo que había perdido en el juego. ¿Qué motivo alegaste ante el pueblo romano para la conveniencia de levantar este destierro? ¿Dijiste, acaso, que fue acusado estando ausente, o que se le juzgó sin oírle, que no había tribunal legalmente establecido para juzgar los juegos de azar, o que se le oprimió con la fuerza de las armas, o que se le condenó, como se decía de tu tío, corrompiendo con dinero a sus jueces? Nada de esto, sino que era un hombre de bien, un digno ciudadano de la república. Razón inoportuna. Si fuera así te excusaría, puesto que para ti no tiene importancia alguna una condena. Pero quien repatrió a un hombre tan perverso que no se avergonzaba de jugar a los dados en el mismo foro y por cuyo delito había sido ya condenado, ¿no confesaba claramente su infame afición al juego?” (Cicerón, Filípicas, II, 23 [56])

Jugando a los dados, Museo del Bardo, Túnez

El jugador (aleator) era considerado socialmente como alguien deshonesto y la pasión por el juego se contemplaba como un defecto del carácter de una persona.

“No sabe el joven de linaje libre
montar sobre un corcel; la caza teme;
y en cambio juega bien al troco griego
o a los dados, proscritos por las leyes.”
(Horacio, Odas, III, 24)

Séneca en su obra Apocolocynthosis hace una crítica del emperador Claudio, que era un jugador empedernido, al que castiga a jugar en el infierno una partida de dados en el que el cubilete no tiene fondo, por lo que la partida es infinita.

“Pues siempre que iba a lanzarlos del sonoro cubilete,ambos dados escapaban por la base sin fondo. Y cuando osaba lanzar los dados ya recogidos,
siempre en trance de jugar y en trance siempre de coger, su ilusión se frustraba. Huye y entre sus dedos
se escurre el dado engañoso con la misma trampa.”

Pintura de la caupona de la vía de Mercurio, Pompeya

El emperador Augusto, a pesar de las leyes restrictivas sobre las apuestas, solía jugar frecuentemente y con dinero con su familia y amigos.


“En cuanto a su fama de jugador, no le preocupó en lo más mínimo, y jugó siempre sin recato, considerándolo un solaz, sobre todo en la vejez; jugaba, por esto, tanto en diciembre como en cualquier otro mes, fuese o no día festivo. De esto no puede caber duda, pues aunque se conserva de él una carta que reza así: He cenado, mi querido Tiberio, con los que sabes. Vinicio y Lilio, el padre, han venido a aumentar el número de convidados. Los viejos hemos jugado a los dados, durante la cena, ayer y hoy. As y seis perdían, y pasaban al juego un dinero por dado, pero Venus se lo llevaba todo. En otra carta dice: Mi querido Tiberio; hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba; pero, a fin de cuentas, sus pérdidas no han sido graves, y al fin cambió la suerte y se repuso de sus desastres. En cuanto a mí he perdido veinte mil sestercios, por culpa de mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de cincuenta mil.” (Suetonio, Octavio Augusto, LXXI)

Singular forma de dado romano. Museo Británico, Londres

Las mujeres también se dedicaban a pasar el rato con este tipo de juegos. Plinio el Joven cuenta en una de sus cartas cómo Ummidia Cuadratila, una matrona notable “acostumbraba a distraerse jugando al juego de los peones o viendo representar pantomimas” (Epístolas, VII, 24)

Terracota, siglo IV a.C. Museo Británico, Londres

Ovidio aconseja al hombre sobre lo que debe hacer cuando se dedica a los juegos de azar junto a la amada.


“O si juega y tira con su mano los dados de marfil, tira tú a perder y dáselos después de haberlos tirado mal. O si tiras las tabas, para que no tenga que sufrir el castigo por haber perdido, haz que te salgan más de una vez los ruinosos perros. O si el peón se mueve en el juego de los soldados, procura que tu soldado sea muerto por su enemigo de vidrio.” (Ovidio, Ars Amatoria, II, 205)

Pintura de Jean-Jacques-FranÇois Le Barbier

Plinio menciona a la diosa Fortuna como una de las veneradas por los romanos desde los primeros tiempos. Esta diosa fue en Roma la personificación del destino caprichoso e incierto. A veces funesta, a veces favorable, Fortuna gobernaba la vida de los hombres y las naciones, a los que concedía el éxito o condenaba al fracaso.

“La humanidad cree que la Fortuna, que es voluble, es ciega, inconstante e incierta, la protectora de lo injusto. Atribuimos todas nuestras pérdidas y todas nuestras ganancias a ella, porque ella sola lleva la responsabilidad de decidir sobre la adversidad y la prosperidad.” (Historia Natural, II, 6)

Diosa Fortuna, Museo Británico, Londres

Los primeros padres de la Iglesia condenaron las apuestas entre los cristianos. Dos de las leyes eclesiásticas más antiguas amenazaban con la excomunión a clérigos y laicos si apostaban. El Concilio de Elvira (306 d. C. aprox.) decretó que el excomulgado por apostar podía retornar al seno de la Iglesia después de un año. Clemente de Alejandría, Tertuliano y otros escritores cristianos condenaron la afición al juego y las apuestas por reflejar un interés en lo material en vez de perseguir la recompensa en una vida celestial. 

“También debe prohibirse el juego de dados y el afán de ganar con los astrágalos, juego que les gusta practicar. Tal es el pago que la falta de control cobra a quienes pueden malgastar su tiempo en el libertinaje.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III, 75, 2)

Detalle del museo de los caballos, Cartago, Túnez

Sin embargo, esto no impidió que los romanos continuaran jugándose su patrimonio en partidas de capita aut navim (cara o cruz), tesserae (dados) o tali (tabas). El juego “capita aut navim” provenía de echar a suertes una moneda de un as, en el que el anverso mostraba dos cabezas con la efigie de Jano, el dios de las dos caras, y en el reverso se veía la proa de una nave, supuestamente la que lo trajo a Italia. 

Moneda con el dios Jano y nave

Un juego más inocente era el de las nueces, apropiado para niños, pero al que los adultos dedicaban tiempo, sobre todo, durante las fiestas de las Saturnales.

"Nunca has preferido los dados a las simples
tabas, sino que tus únicos juegos de azar han sido
unas sobrias nueces."
(Marcial, Epigramas, IV, 66)

El emperador Claudio viajaba con un tablero (alveus) en su carruaje y llegó a escribir un libro ahora perdido sobre el juego de la tabula.

“Fue muy aficionado al juego, escribiendo incluso un libro sobre este arte; jugaba hasta en viaje, pues había hecho construir los carruajes y mesas de manera que el movimiento no pudiese interrumpir el juego.” (Suetonio, Claudio, 33)

Tablero de juego, Corbridge collection

Tanto en el juego de dados como en el de las tabas, se comparaban las combinaciones obtenidas de los diversos jugadores para comprobar el ganador. La mejor tirada era la de Venus (iactus Veneris) en la que cada uno de los dados mostraba una cara diferente. Con la tirada de Buitre todos los dados sacaban el mismo resultado, y si todos tenían unos se llamaba la tirada de Perro. En la tirada Senio, en un solo dado se obtenía un seis y cualquier otro resultado en los restantes. 

“Mis dados no luchan a muerte con las tabas generosas ni un seis tumba mi marfil con un can. Este papel es para mí las nueces, este papel es para mí el cubilete: este juego no produce ni pérdidas ni ganancias.” (Marcial, Xenia,)

Tabas, Tracia, siglo III a.C

Los juegos de dados (alea) estaban permitidos solamente cuando no se apostaba dinero. Pero algunos, a pesar de la prohibición, gastaban verdaderas fortunas en las apuestas. 

“Mi querido Tiberio: hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba; pero, a fin de cuentas, sus pérdidas no han sido graves, y al fin cambió la suerte y se repuso de sus desastres. En cuanto a mí, he perdido 20.000 sestercios, por culpa de mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de 50.000. Más prefiero esto, porque mi bondad me valdrá eterna gloria.” (Suetonio, Augusto, 71)

El emperador Nerón también apostaba grandes cantidades de dinero en el juego de los dados: 


“Jugaba a los dados a cuatrocientos sestercios dobles el punto” (Suetonio, Nerón, XXX)

Dados romanos de hueso. Foto de ancientresource.

En cualquiera de los juegos, a pesar de la prohibición, los participantes hacían apuestas, bien de dinero, bien de efectos personales.

“Luego que cenamos y bebimos, va y pide las tabas y me propone que echemos una partida; yo me juego mi capa, él, su sello; él invoca a Planesio. 
Fédromo.— ¿A mi amor? 
Gorgojo.— Calla un momento. Tira, y le salen los cuatro buitres. Cojo yo las tabas, invoco a mi bendita nodriza Hércules y me sale la jugada real (equivale aquí a la tirada de Venus): entonces le ofrezco un vaso al militar, se lo echa al coleto, deja caer la cabeza y se queda dormido.
Yo le cojo el anillo, me echo abajo del diván con mucho cuidado para que el otro no lo note. Me preguntan los esclavos que adonde voy; les digo que a donde se suele ir cuando se está harto. Veo la puerta, cojo y sin perder un momento, salgo pitando de allí.” 
(Plauto, Curculio, 354)

Entre los juegos de estrategia se pueden citar los siguientes:

Esta es una descripción de un juego, que posiblemente es el ludus latrunculorum, que aparece en el Laus Pisonis.

“Tu línea de batalla lucha de diferentes formas: este huye de un agresor que él sin embargo roba; este otro, que estaba alerta, regresa en lucha y engaña al enemigo que avanza con esperanza de botín; éste está en una posición peligrosa y mientras parece como si estuviera bloqueado, realmente bloquea a dos enemigos. ¿Tiene éste objetivos mayores, rápidamente romper por el campo, avanzar a través de las líneas enemigas y destruir los muros ahora sin defensa?

Mientras, con ardientes batallas todavía en marcha, los soldados se dispersan, pero tu falange está todavía completa o quizás uno o dos de tus guerreros faltan aún; tú ganas y tus dos manos sujetan el grupo capturado.”

Tablero romano de juego. Museo do Castro de Viladonga

Roma, en un principio, era conocido como el juego de los soldados puesto que los términos latro o latrunculi se utilizaban en el latín antiguo para designar a los milites mercenarios. Sin embargo, ya en época de Cicerón pasaron a denominar a los vagabundos y ladrones, puesto que los soldados mercenarios no eran considerados como los individuos más honestos de la sociedad romana. Entonces los peones empezaron a ser llamados milites o bellatores, términos más amables.

Este juego de estrategia tenía lugar sobre una tabula lusoria rectangular o cuadrada (compartimentada mediante una trama ajedrezada —tabula latruncularia—) que simbolizaba un campo de batalla en el cual se enfrentaban dos contendientes. El tablero se divide en 8 líneas formadas por 8 casillas, cuadradas o rectangulares, de tal manera que configuran un diseño de 64 casillas en total por las que se movían los 16 peones de cada contrincante.

“… que juegue con precaución y talento al juego de los soldados, un peón cae vencido al encontrarse con dos enemigos; el rey, cogido por sorpresa, pelea sin su compañera, y tratando de mantenerse, desanda muchas veces el camino emprendido. Deposítense también en una retícula extendida las bolitas, no debiendo moverse ninguna de ellas sino la que retiras.” (Ovidio, Ars Amatoria, III, 355)

Tablero de juego romano

El equipo o acies de cada uno de los dos contendientes está formado por dos tipos de piezas: calculi ordinarii, pedones o pedites, que serían los equivalentes a los peones y, por tanto, tendrían un único movimiento, en línea recta; y calculi vagi, formados por dos centuriones, dos elefantes, dos caballeros y dos satélites, que se moverían en todas las direcciones. La diferencia entre los calculi ordinarii y los vagi se apreciaba en el mayor tamaño de los últimos frente a los primeros.

La partida comenzaba con los calculi vagi de cada contrincante alineados en las hileras de las casillas exteriores y, junto a ellos, en la línea inmediatamente más próxima se disponían los ordinarii. La estrategia consistía en avanzar con las fichas hacia el campo contrario, comiendo o expulsando todas las fichas del contrario que se pusieran en su camino, siempre y cuando hubiera una casilla libre tras ella. De esta manera, mediante los diversos movimientos se lograba expulsar fichas del rival —calculi capti—, apresarlas —calculi ligari— o inmovilizarlas —calculi inciti—. La victoria era para el contendiente que lograse dejar en alguna de las situaciones mencionadas todas las piezas del adversario, tras lo cual era proclamado imperator.

Los hombres (latrones) eran piezas (calculi) de cristal, marfil o metal.

“Si juegas a la guerra de los ladrones emboscados, estas fichas de piedras preciosas serán tus soldados y tus enemigos.” (Marcial, Epigramas, XIV, 18)

El ludus duodecim scriptorum se jugaba sobre un tablero dividido en veinticuatro partes por medio de doce líneas paralelas y una línea transversal. Cada movimiento de los quince hombres, de color negro y blanco, se determinaba por una tirada previa de dados.

“Escévola en el juego de las doce líneas, habiendo él primero movido la pieza y perdido el juego, recorriendo en la memoria todo el orden con que había jugado mientras iba a la aldea, acordándose de la jugada que había errado, volvió a aquél con quien había jugado y declaró que así había sucedido.” (Quintiliano, Instituciones Oratorias, XI)

Tablero de duodecim scripta del Museo Británico, Londres


El juego del duodecim scripta estaba prohibido porque el movimiento de las fichas (calculi) dependía de los números que salieran en los dados y las tablas.

El latrunculi estaba permitido, ya que el movimiento de sus peones sólo dependía de la capacidad de observación y habilidad de cada jugador.

Terni lapilli era el antecedente de las tres en raya, que se jugaba en cualquier sitio en el que se pudiera dibujar un tablero. Este se dividía en nueve casillas y se jugaba con 6 fichas en grupos de tres, que debían diferenciarse claramente. El jugador capaz de colocar sus tres fichas en línea era el ganador. Se intentaba bloquear las fichas del contrario para que no pudiera conseguir la formación de una línea.

“Hay otro tipo de juego: una estrecha línea lo divide en tantas casillas como meses tiene el año fugaz; en un pequeño tablero se colocan tres fichas por cada una de ambas partes y la victoria consiste en poner en línea las fichas propias.” (Ovidio, Ars Amatoria, III, 360)


Juego y fichas. Museo de Zamora, foto de Samuel López

Duplum molendinum: este juego consistía en alinear cuatro fichas seguidas por parte del ganador. Un objetivo era dejar al adversario con menos de tres fichas. Se jugaba con veinticuatro fichas, doce de cada color. 

La micatio se podía jugar a plena luz en la Roma de los Antoninos, y se hizo tan popular que no se pudo erradicar del foro hasta el siglo IV d.C. Dos jugadores levantan al mismo tiempo la mano derecha y muestran un número de dedos, mientras dicen al mismo tiempo una cifra en voz alta, hasta que uno acierta con el número exacto de dedos que han enseñado entre los dos. 

El juego de par impar es el de pares y nones, que se juega entre dos personas. Por turnos, en cada partida, un jugador elige bien par, bien impar y la dice en alto, mientras que al otro jugador se le deja la opción no elegida por el primero. Después se inicia el juego enseñando cada uno de los jugadores, al mismo tiempo, el número de dedos que desee. Gana el jugador cuya opción, pares o nones, coincida con la paridad de la suma de los dedos.

“Te he enviado 250 denarios; he dado otro tanto a cada convidado, para que jueguen a los dados o a pares y nones (par impar) durante la cena.” (Suetonio, Augusto a su hija, LXXI)

Las fichas de juego se hacían de distintos materiales, desde piedra y arcilla hasta cristal y piedras preciosas.

Tabas de cristal, Museo Metropolitan, Nueva York

La lápida de Lucilio Vitorino, (CIL VI, 9927), fabricante de fichas de juego (artifex artis tessalariae lusorie), hace pensar en la importancia que tenía el negocio del juego.

“Trimalción: Me permitiréis, sin embargo, que termine mi partida.

Le seguía un esclavo con un tablero de madera de terebinto y dados de cristal. Y advertí un detalle que rayaba en el colmo del refinamiento; denarios de oro y plata hacían las veces de peones blancos y negros.”
(Petronio, Satiricón, 33)

El cubilete (fritillus, pyrgus, turricula) servía para echar los dados y las tabas y tenía en su interior una grada que hacía sonar los dados al sacudirlos.

“La mano tramposa que sabe arrojar las tabas amañadas, si las tira conmigo, se quedará solo con las ganas.” (Marcial, Epigramas, XIV, 16)

Cubilete Vettweiss-Froitzheim, Landesmuseum, Bonn

Se han encontrado tableros (tabulae lusoriae) de piedra u otros materiales, como la arcilla, en los que las dos caras del mismo tablero (tabula) servían respectivamente para cada uno de los dos juegos, aunque muchos restos encontrados son de dibujos improvisados en los suelos de lugares públicos donde se concentraba la gente.

“Por esta cara, los dados se me cuentan con una puntuación de doble seis; por la otra, la ficha de distinto color se la come una pareja enemiga.” (Marcial, Epigramas, XIV, 17)

Tablero de Latrunclui, Basilica Julia, Foro romano,
foto Eric-Livak-Dahl 

Ovidio en su obra Tristias describe varios de estos juegos al mismo tiempo que los critica como una pérdida de tiempo.

“Algunos escribieron libros sobre los juegos de azar, que no fue vicio menor de nuestros antepasados – como echar las tabas, qué tirada saca la mejor puntuación, y como evitar el funesto Perro; qué número señalan los dados y cómo arrojarlos para obtener los números deseados; cómo atacan las piezas multicolor en línea recta, y por qué se pierde una pieza entre dos enemigas, cómo mover una ficha y proteger su retirada siempre acompañada. En un reducido tablero se disponen dos líneas de piedrecitas. (Tristias, 475) 


Relieve sirio, Museo Fine Arts, Boston

El propio Ovidio recuerda que el juego puede exacerbar los ánimos y hacer que la excitación y la tensión por ganar desate la cólera del perdedor y se inicien riñas o peleas.

“Pero es poco esfuerzo aprender a tirar los dados como es debido; lo verdaderamente difícil es contener los propios ímpetus. En esos momentos nos despreocupamos; en el mismo apasionamiento manifestamos cómo somos y nuestro carácter aparece desnudo a través del juego. Surge la ira, vicio horrible, el deseo de ganar, las disputas, las peleas y la angustiosa inquietud. Se lanzan acusaciones, resuena el aire con las voces y cada uno invoca en su favor la ira de los dioses. Ante la mesa de juego no hay que fiarse de nadie.” (Ovidio, Ars Amatoria, 370)

Las partidas en las tabernas debieron ser habituales, así como los enfrentamientos entre jugadores e, incluso, el robo entre ellos, acto que era perseguido por ley. Los propietarios de las casas de juego (susceptores) no gozaban de tutela procesal, de tal modo que no podían hacer nada frente a aquellos que causaran, durante las partidas, destrozos en sus bienes, daños físicos e incluso, aunque hubiesen sido robados por terceros no jugadores. Esto explica las escenas de los frescos hallados en la caupona de Salvius (Pompeya), donde se representa una riña ente jugadores y los rótulos de lo que dicen. En la primera imagen aparecen dos jugadores sosteniendo un tablero portátil con las rodillas; uno dice, Exsi (“¡Sale!” – dando a entender que el dado marca el número que necesitaba para ganar), mientras que el otro le contesta Non tria, duas est (“No es un tres, sino un dos”). En la siguiente imagen, aunque muy deteriorada, aparecen de pie y en posición aparentemente violenta. El perdedor grita Noxsi a me tria eco fui (“¡Tramposo! ¡He sacado un tres! ¡He ganado yo!”), mientras que el otro hombre se defiende Or(o) te fellator eco fui (“¡Mamón! ¡He ganado yo!”) y el tabernero, que no desea peleas en su local, grita mientras les empuja: Itis foras rixsatis (“¡Id fuera a reñir!”). [CIL IV, 3494e-i].

Caupona de Salvius, Pompeya

(Esta entrada actualiza y reemplaza la anterior de Otium II. Capita aut navim, juegos de azar en Roma)



Bibliografía:

www.rcumariacristina.net › Inicio › No 42 (2009) › Quintana Orive, D. 11.5 (De aleatoribus) y C. 3.43 (De aleae lusu et aleatoribus): Precedentes romanos del contrato de juego1, Elena Quintana Orive
https://www.ucm.es/data/cont/docs/106-2016-03-17-11.Jim%C3%A9nez.pdf; ESTUDIO PELIMINAR SOBRE LOS JUEGOS DE MESA EN HISPANIA; Cristina JIMÉNEZ CANO
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=67618; EL LUDUS LATRUNCULORUM, UN JUEGO DE ESTRATEGIA PRACTICADO POR LOS EQUITES DEL ALA II FLAVIA; SANTIAGO CARRETERO VAQUERO
https://idus.us.es/xmlui/handle/11441/72811; Tabulae lusoriae en Hispalis; Fernando Amores Carredano y Cristina Jiménez Cano
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Jerome Carcopino, Temas de Hoy

lunes, 3 de junio de 2019

Macellum, el mercado en la antigua Roma

Reconstrucción idealizada del mercado de Pompeya, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Durante la época republicana en Roma, el foro se convirtió en el lugar donde se llevaban a cabo todas las actividades políticas, jurídicas, administrativas, financieras y religiosas de la ciudad. Allí también se hacía la compra y la venta de mercancías. Sin embargo, en el siglo III a.C. se produjo una especialización importante de las actividades públicas que implicó la necesidad de contar con un edificio específico para la venta de alimentos que estuviera situado fuera del foro. Los diferentes mercados que habían ido surgiendo por toda la ciudad, como el forum suarium, en el Quirinal, o el forum vinarium, al pie del Aventino, fueron reemplazados por un gran mercado de alimentación, o macellum, que sería habitual en las ciudades de Italia y las provincias.

"Después que todo esto que correspondía a la alimentación, fue reunido en un único lugar y fue edificado un lugar para ello, éste se denominó Macellum «Mercado»: según escriben ciertos autores, porque allí hubo un jardín; según otros, porque allí estuvo la casa de un ladrón, que tuvo por sobrenombre Macellus «Macelo», casa que fue allí demolida por orden del Estado y a partir de la que se edificó esto que por aquél se llama Macellum." (Varrón, De Lingua Latina, V, 147)

Moneda con Macellum Magnum, construido en Roma por orden de Nerón

El macellum romano era por tanto un edificio independiente, que pertenecía a la ciudad y estaba destinado, fundamentalmente, a la venta de productos alimenticios, principalmente carne, aves de corral, caza, pescado y productos hortifrutícolas. En algún caso, se han documentado tiendas en las que no se vendían productos alimenticios como en el mercado de Viroconium Cornoviorum (Wroxeter, Gran Bretaña) donde hubo un vendedor de cerámica.

EUCLIÓN: Quise darme un empujoncillo hoy al fin para regalarme un poco por las bodas de mi hija: voy al mercado, pregunto por el pescado: está caro; caro el borrego, cara la vaca, la ternera, el atún, el cerdo: todo caro; caro, sobre todo, por falta de pasta, así que me marcho de mal humor, porque no puedo comprar nada; con tres palmos de narices les he dejado a todos esos sinvergüenzas. (Plauto, Aulularia, 374)

Pintura de Enrico Salfi, Galería de Arte Moderno, Milán


El aumento del lujo en la sociedad romano conllevó la diversificación de los productos que se podían encontrar en los mercados. Ya en época imperial se demandaban productos alimenticios exóticos o costosos, objetos decorativos procedentes de lugares lejanos y adornos o esencias para deleite personal por los que se llegarían a pagar precios desorbitados.

"Después de un largo y prolongado paseo al azar por los Saepta, aquí donde la Roma de oro malgasta sus riquezas, Mamurra examinó unos apetecibles esclavos y los devoró con los ojos; no esos que se prostituyen a la entrada de los tugurios, sino los que guardan los tablados de un escondido expositor y a los que nunca ve el pueblo ni la gente de mi condición. Después, una vez harto, hizo que le sacaran las mesas y los veladores que no estaban a la vista y pidió ver el rico marfil expuesto en lo alto y, después de haber medido cuatro veces un lecho de seis plazas de concha de tortuga, se lamentó de que no fuera lo bastante grande para su mesa de cidro. Consultó con sus narices si los bronces olían a Corinto y encontró defectuosas las estatuas, hasta las tuyas, Policleto, y, después de quejarse de que las copas de cristal estaban estropeadas por pequeñas motas del vidrio, señaló diez copas de murrina y las apartó. Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo. (Marcial, Epigramas, IX, 59)

Pintura de Vitorio Capobianchi

Los decuriones eran los cargos municipales que tomaban la decisión sobre la construcción de un nuevo mercado, pues el Senado local debía decidir sobre la construcción, mantenimiento o demolición de cualquier edificio. El suelo sobre el que se ubicaría el mercado podía ser público, así como el dinero destinado a su construcción, pero el suelo podía ser donado por el municipio para que un mecenas con deseos de hacer carrera política o ser reconocido socialmente, aportara la financiación necesaria. También podía darse el caso de que el evergeta donase el terreno y las arcas municipales aportaran la cantidad necesaria para construir el edificio.


Quintius Hispanus, evergeta de Castulo y magistrado municipal que desempeñó cargos ecuestres de importancia, pagó la construcción de tiendas y de un almacén de grano en suelo público municipal.


[Quintiu]s(?) Q(uinti) f(ilius) Q(uinti) n(epos) Q(uinti) pron(epos) Q(uinti) abn(epos) Gal(eria) Hispan[us / - - -]tus aedil(is) flamen IIvir pontif(ex) municipi P[ontif(iciensis) / - - -]curator Baetis praef(ectus) cohortis PI[- - - / - - -]rum equitatae comes et adsessor legati ad / [- - -]s et adsessor proco(n)s(ulis) provinciae Galliae / [Narbon(ensis)] compluribus immunitatibus et beneficiis INTER DIFFVSE / [- - - p]rincipib(us) honoratus tabernas / [- - -] et post horreum solo empto ab re publica d(e) s(ua) p(ecunia) d(ono) d(edit). (CIL. II, 2129, Porcuna, Jaén)

Estela del mercado de Sertius (Marcus Plotius Faustus), 
quien construyó un nuevo mercado para agradecer la fortuna que había conseguido en la ciudad. 
Timgad, Argelia 

Las razones que impulsaban al evergeta a realizar donaciones en dinero y en especie eran muy variadas y, generalmente, se entremezclaban: su orgullo por la ciudad de su nacimiento, deseo de honores y prestigio social; por querer ser recordado la muerte; para promocionarse políticamente, mediante el desempeño de magistraturas y sacerdocios municipales; o para agradecer los favores otorgados por una comunidad. Los donantes podían aducir cualquiera de estas razones a la hora de pagar con su dinero la construcción de un macellum, su restauración o la compra de equipamiento.

Dos inscripciones de época de Antonino Pío fueron dedicadas a Lucius Cosinius Primus, edil, cuestor, duoviro quincenal, pontífice, flamen perpetuo y prefecto del emperador, tras donar 30.000 sestercios por su flaminado perpetuo para erigir el macellum de Cuicul (actual Djemila, Argelia), con columnata, estatuas, oficina pública de pesas y medidas y tholos, siendo inaugurado por él y los trabajos supervisados por su hermano Gaius Cosinius Maximus:

"L(ucius) [Cosinius L(uci) f(ilius) Arn(ensi) Primus aed(ilis) q(uaestor) IIvir] quinq(ennalis) [pon]t(ifex) f[l(amen) p(er)p(etuus) mac]ellum cum columnis et statuis et ponderario et thol[o] quod pro honore fl(amonii) p(er)p(etui) e[x] HS XXX m(ilibus) n(ummum) taxaverat multiplicata p[ecu]nia a fundamentis fecit idemq(ue) dedica[vit curante C(aio) Cosinio Ma]ximo fratr[e]" (AE 1916, 0036)


Tholos y mesa ponderaria, mercado de Cosinius, Cuicul (Djemila, Argelia), foto de Yelles

La construcción de un mercado en ciudades con poca población y pocos recursos económicos dependía en muchos casos de la generosidad de las élites que eran los principales clientes ya que podían permitirse los alimentos exóticos y objetos lujosos que allí solían venderse.

En cuanto a su estructura, el macellum era un edificio independiente con un patio central al aire libre (area) rodeado de pórticos, y en el que se repartían las tiendas, o tabernae. El mercado se distribuía en una o varias plantas y exhibía por lo general una fachada monumental, cuya decoración era muy elaborada, así como la del interior que podía mostrar esculturas, pinturas y mosaicos. 



Puerta del mercado de Mileto, Museo de Pérgamo, Berlín

En una parte principal de la instalación se podía encontrar una estancia, que podía ser en forma de exedra, que se destinaría al culto de algunas divinidades protectoras o al culto del emperador o de la Familia o Casa Imperial.

“… sabes que,en todas las mesas de banqueros, en las galerías, en las tiendas, en los techos, vestíbulos, ventanas, por todas partes y en cualquier lugar, sea donde sea, está expuesto públicamente tu retrato, la verdad es que mal pintado y, la mayor parte de ellos, modelados y esculpidos con un estilo tosco. A pesar de ello, nunca tu imagen se me ha presentado al pasar tan distinta que mi boca no haya lanzado un ligero beso." (Frontón, Epistolario 5, Ad M. Caesare, IV, 12, 4)

Mercado de Pompeya, foto de Mentnafunangann

En el centro del patio se hallaba la tholos con forma habitualmente circular, cuya función era sobre todo decorativa, albergando una fuente o escultura, aunque podía ser también religiosa en ciertos casos, por ejemplo, cuando contenía la estatua del genius macelli, protector del mercado.

Genio / macelli / Flavius / Urbicio / ex voto / posuit / sacrum (C.I.L. II, 2413)

En la tholos se encontraría un podium en el cual los vendedores subirían para llamar la atención de los compradores sobre sus mercancías y, con total seguridad, serviría a los subastadores que desde allí ofrecerían sus productos en voz alta.

Tholos, mercado de Leptis Magna, Libia. Foto de Adrian Lazar

Los pórticos protegerían a los clientes del sol y de la lluvia y cuando no los había el patio recibiría la sombra de los pisos superiores si los había.

Tiendas bajo pórtico. Ilustración Jean-Claude Golvin

El pavimento del patio o area solía ser impermeable, dado que, al estar al aire libre, entraba el agua de lluvia y sobre él, además, se derramarían accidentalmente diversos líquidos, como vino, aceite o el agua de la fuente o pozo que en ocasiones se encuentra en su centro. Igualmente, los restos de carne o pescado que quedaban tras su preparación sobre los mostradores o el pavimento se eliminarían por los desagües al verte agua por ellos. Una red de canales se encargaría de recoger el agua de lluvia y facilitar su evacuación hacia las alcantarillas de la ciudad.

Alrededor del patio se disponían las tiendas, tabernae, o tabernulae, cuya extensión dependía del tamaño del edificio. Su superficie estaba ocupada en gran parte por una actividad artesanal y contaban normalmente con un mostrador para enseñar la mercancía, que podía ser de madera, ladrillo o, incluso, mármol.

Taberna de los pescaderos, Ostia, Italia. Foto de Samuel López

Los vendedores alquilaban o compraban un puesto en el mercado, aunque cuando el espacio era público, no podía venderse, sino sólo el derecho a su explotación por parte de individuos privados.

"Cuando alguien vende una tienda que se emplea para asuntos bancarios, las que están en suelo público, no vende el terreno, solo el derecho; porque al ser tiendas públicas, solo su uso pertenece a individuos privados." (Ulpiano, Digesto, XVIII, I, 32)

Tabernae, Mercado de Timgad, Batna, Argelia, foto de LBM 148

Los pequeños comerciantes del macellum y de las tabernae de las ciudades pagaban un vectigal o impuesto ciudadano en concepto de arrendamiento de su puesto. En Pompeya se ha encontrado una tablilla en la que se puede leer que, alrededor del año 57 d.C., Caecilius Jucundus (prestamista) paga 2.520 sestercios en nombre de M. Fabius Agathimus, adjudicatario de la tasa del mercado, a Privatus, esclavo de la colonia y trabajador de las arcas municipales.

[L.C. ...] o [11i. C[laudio]
[V]ero [d.]i.d.
[III (¿) idus lanu]ari[as]
[Privatus] colon[iae] Pompeian (orum)
s[er(vus)] scripsi me accepisse
ah [L. Cae]cilio lucundo
sestertia duo millia
quingentos viginti numm(os)
nomine M. Fabi Agathini
mancipis merca[t]uus.
Act(um) Pom(peis)
P. Mario P.f L. Afinio co[s.]
(Tablilla quirógrafo CLI)


Mercado de Lugdunum, Ilustración de Jean-Claude Golvin


En el macellum existirían estancias destinadas a depósito o almacén, a letrinas, y estanques o piscinae en las que el pescado pudiera conservarse vivo para su venta, ya que, en las ciudades, el pescado se vendía exclusivamente en el macellum. Podía contener también un horologium o reloj de sol, que indicaría a vendedores y clientes que vivían alejados la hora de volver a casa.

En el macellum no podían faltar las dependencias en las que se guardasen las básculas públicas (staterae), los pesos oficiales, las medidas de capacidad, incluso para líquidos, y las de longitud, denominada sala de la mensa ponderaria, que parece poder diferenciarse del ponderarium, estancia en la que se guardaba el equipo para la comprobación de los pesos y medidas líquidas. La mesa ponderaria era un bloque de piedra o mármol rectangular, con varias cavidades en forma de semiesfera, donde se encajaban contenedores metálicos, en los que se vertían los productos cuya capacidad necesitaba ser medida. A veces se situaba en el borde una regleta para tomar medidas de longitud. En la mesa ponderaria de Cuicul se indicaba mediante inscripciones el uso de cada una de las oquedades: la primera para los líquidos (vino o aceite), la segunda para la cebada y la tercera para el trigo.

Mesa ponderaria. Pompeya. Foto de Samuel López. Inscripción: Aulus Clodius Flaccus,
hijo de Aulus, Numerius Arcaeus Arelianus, hijo de Numerius,
duoviros con mando de ley, lo entregaron por decreto de los decuriones para igualar las medidas.

Las mercancías perecederas serían posiblemente llevadas desde su llegada a las puertas de la ciudad o los puestos de la costa directamente a los puestos de los mercados, pero las mercancías imperecederas o que podían ser almacenadas hasta su venta se trasladarían hasta los almacenes (horrea) que podían ser privados o públicos donde los tenderos o propietarios de cauponae o thermopolia podrían aprovisionarse de productos que ellos venderían al por menor como aceite o vino.

 Horrea Epagathiana et Epaphroditiana, Ostia, Italia. Izda: Foto de Samuel López.
Drcha: Ilustración de Jean-Claude Golvin


Los ediles eran los magistrados encargados de tipificar los pesos en Roma. Las muestras originales se custodiaban seguramente en el Capitolio en Roma, y debían servir como modelo para todo el Imperio romano, bien de manera directa o a través de copias custodiadas en otras comunidades provinciales a las que las instalaciones más pequeñas podían acceder más fácilmente sin necesidad de trasladarse a la gran urbe. La falsificación de los pesos y medidas oficiales en el mundo romano impulsaba continuos intentos por parte de la administración central de mantener un sistema estandarizado y vigilar el uso de sistemas de medición de acuerdo a lo que marcaba la ley.

Amiano Marcelino señala que en el año 367 o 368 d.C. el praefectus urbi Vettius Agorius Praetextatus restableció los pesos y medidas existentes en Roma.


"Por ejemplo, entre otras, podemos mencionar que eliminó todas las construcciones maenianas, prohibidas ya en Roma por las antiguas leyes, y separó de los edificios sagrados las casas de los particulares, considerando que no era apropiado que estuvieran unidas. Además, ajustó las balanzas de cada una de las zonas de la ciudad, porque de otro modo no podía atajarse la ambición de muchos que utilizaban las medidas a su antojo." (Amiano Marcelino, 27, 9, 10)

Statera (balanza romana). Foto de christies.com


La libra (dos platillos) y la statera (la balanza que denominamos hoy en día como “romana”) fueron las dos formas comunes del sistema de pesos que empleó el mercado romano. Se fabricaban en bronce. La segunda era más fácil de manejar y más práctica, aunque menos precisa que la libra, pero era la favorita de los comerciantes, pues empleaba un solo platillo y era fácil de transportar.



Relieves romanos. Izda pesando con statera. Drcha pesando con libra

Hasta el siglo II d.C. el término macellarius designaba cualquier vendedor del mercado, pero a partir de entonces, comenzó a utilizarse con el significado específico de “carnicero” en lugar de la palabra lanius. Los vendedores se distinguían según la mercancía que ofrecían en el mercado, por ejemplo, los piscatores eran los pescaderos, el butularius era el salchichero y el pullarius vendía aves.


Relieve romano, Museo de Ostia

El mercator era definido en época romana como un comerciante, que se dedicaba a la compra-venta de mercancías, no para su uso personal sino para la obtención de beneficios. Durante la República, se consideraba el oficio de mercator como de baja extracción social, desempeñado habitualmente por un ciudadano romano de origen itálico, aunque no se descartaba a extranjeros, el cual movería cantidades reducidas de mercancías, siendo por consiguiente asimilado tanto con el comerciante que recorría distancias más o menos cortas, por tierra y por mar, transportando pequeñas cantidades de determinados productos, como con el simple tendero urbano.

“Asimismo se ha de tener por oficio bajo el comercio de los que compran a otros para volver a vender; pues no pueden tener algún lucro sin mentir mucho, y no hay vicio más feo que la mentira… Tampoco son de nuestra aprobación aquellos oficios que suministran los deleites, los pescaderos, carniceros, cocineros, mondongueros, como dice Terencio… El comercio, si es corto, se ha de reputar por oficio ruin; y si es mucho y rico, que conduce mercadurías de todas partes, y las distribuye sin engañar a nadie, no se ha de condenar enteramente". (Cicerón, De los Oficios, I, 42)


Relieve de Tiberius Julius Vitalis. Colección Villa Albani

En época imperial su importancia económica parece haber aumentado, y se incluye como mercator, tanto al propietario de una tienda, que probablemente sería designado con el nombre de la mercancía con la que trataría [L(ucius) Au]relius L(uci) l(ibertus) / [H]ermia / [la]nius de colle / Viminale (Lucius Aurelius Hermia, liberto de Lucius, carnicero de la colina Viminal) (CIL_1.1221), como al comerciante que se dedicaba a la importación y exportación a gran escala de todo tipo de artículos incluyendo a los territorios de ultramar: L. Marius Phoebus, mercator olearius ex Baetica (CIL VI. 1935)

Al mercator durante la República y los primeros siglos del Imperio se le tenía como un individuo turbio, plagado de todos los defectos y bajos instintos imaginables; un personaje deshonesto que se valía del engaño y la mentira para aprovecharse de la gente. Movido por su avaricia y ambición su única prioridad era el dinero.

“Véndeme uno cantidad de trigo, sin el cual no pudiera yo vivir; no por eso le soy deudor de la vida, ni hago aprecio de la necesidad que tuve del trigo sin el cual no pudiera vivir; sólo miro en que no se me dio de balde, pues no lo hubiera conseguido si no lo hubiera comprado, y el mercader cuando lo vendió no puso el pensamiento en el socorro que me había de hacer, sino en la ganancia que había de conseguir, y así no le soy deudor de aquello que me costó mi dinero.” (Séneca, De los Beneficios, VI, 14)

Escenas de venta callejera. Pintura de la casa de Julia Felix, Pompeya

Sus viajes de un lado a otro con las mercancías lo convierten en un ser errante y desarraigado, desconectado de la sociedad, a la que corrompe importando productos y costumbres que destruyen las conductas tradicionales y, ademas, su falta de dedicación a la república le inhabilitaba para desempeñar un cargo público. Esta visión tan negativa venía del hecho de que la actividad comercial era una ocupación muy competitiva en la que los beneficios en cierta manera dependían de anticiparse al resto de comerciantes a la hora de aprovechar las oportunidades, siendo necesario tejer una compleja red de colaboradores, situados en posiciones estratégicas que les permitiera estar permanentemente informados de la mejor situación comercial en los posibles lugares de venta. Además, la estrategia de retener el producto en los almacenes permitía a los comerciantes manipular los precios del mercado haciéndolos subir de forma fraudulenta, para así obtener mayores ganancias.

"Los que acostumbran a aprovechar cualquier oportunidad para aumentar el precio de los alimentos se llaman dardanarii, y se han tomado medidas por medio de decretos imperiales para reprimir su avaricia: Se debe vigilar que no haya dardanarii con respecto a ningún producto, y que no tomen medidas para almacenar y retener mercancías que hayan comprado; o, que los más ricos no quieran disponer de sus productos a precios razonables con la expectativa de una temporada improductiva, para que el precio de los alimentos no se incrementen. Los castigos impuestos a tales personas, sin embargo, varían enormemente, porque generalmente, si son mercatores, solo se les prohíbe implicarse en el comercio, y a veces son deportados, pero aquellos que son de baja extracción son condenados a trabajos públicos." (Digesto, XLVII, 11, 6)

Horrea en la Galia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Desde el gobierno de los severos los comerciantes dejaron de ser despreciados para ocupar un puesto en los consejos, debido quizás a que la falta de individuos con aptitudes para ejercer el cargo de decurión tras las cruentas guerras que habían asolado el Imperio y la crítica situación económica implicarían la aceptación para los cargos municipales a todo aquél que tuviese la cantidad mínima de fortuna exigida, independientemente de cuál fuera su ocupación profesional.

El término negotiator, y el de negotians, se referían, entre los romanos, al que se dedicaba, no sólo a actividades comerciales por lo general marítimas y a gran escala, aunque sin descartar operaciones de menor tamaño, como la explotación de tabernae mediante el uso de terceros; sino también a las finanzas, a la gestión de empresas de transportes, tanto terrestres como marítimos, a la industria, a la construcción y negocios inmobiliarios, a la explotación agrícola, o a unas cuantas ocupaciones más, o incluso a varias de ellas de forma simultánea, pero siempre teniendo en cuenta que todas estas operaciones serían, por lo general, de gran envergadura. Sería principalmente un inversor. A principios del siglo II d.C., se estableció en Ostia un 
forum vinarium que sirvió como sede para dos corporaciones de comerciantes de vino el de los negotiatores fori vinarii y el corpus splendidissimum importantium et negotiantium vinariorum.

Relieve romano en World Museum de Liverpool

Durante la República se recalcaba más su faceta financiera, en cambio, durante el Imperio, el vocablo negotiator englobaría todo tipo de prácticas económicas, desde las finanzas al comercio, en especial el marítimo a gran escala. Como las élites sociales consideraban un desprestigio dedicarse al comercio, encargaban la dirección de sus negocios a personajes socialmente inferiores, incluso libertos o esclavos.

"Eran muchas las minas de plata que tenía, posesiones de gran precio en sí y por las muchas manos que las cultivaban; a pesar de eso, todo era nada en comparación del valor de sus esclavos: ¡tantos y tales eran los que tenía! Lectores, amanuenses, plateros, administradores y mayordomos, y él era como el ayo de los que algo aprendían, cuidando de ellos y enseñándoles, porque llevaba la regla de que al amo era a quien le estaba mejor la vigilancia sobre los esclavos, como órganos animados del gobierno de la casa. Excelente pensamiento, si Craso juzgaba, como lo decía, que las demás cosas debían administrarse por los esclavos, y él gobernar a éstos; porque vemos que la economía en las cosas inanimadas no pasa de lucrosa y en los hombres tiene que participar de la política." (Plutarco, Vidas Paralelas, Craso, II)

Relieve romano. Galería de los Uffizi, Florencia

Con la instauración del Principado de Augusto se produjo una vuelta a los valores tradicionales que obligó a los miembros de las clases elevadas a distanciarse de cualquier manifestación pública que los relacionase directamente con el mundo de los negocios, llegando incluso el término negotiator a adquirir cierta connotación negativa, mientras que el de mercator lograría una imagen más positiva. 

Puede ser que el mercator solucionara su habitual falta de capital por medio de préstamos y asociaciones con miembros de las clases elevadas, lo que le obligaría a dedicarse de forma exclusiva a esta ocupación, condicionando además el volumen de mercancías que podría mover, siempre más reducido que el de los negotiatores. Sin embargo, no siempre existiría desigualdad económica entre el mercator y el negotiator y ambas funciones terminarían en muchos casos siendo asumidas por el mismo comerciante, como es el caso de Herunnuleius Cestus (
CIL IX, 4680), que aparece en una misma inscripción, como negotiator vinarius, negociante en vinos, y como mercator omnis generis mercium transmarinarum, mercader de todo tipo de géneros ultramarinos. 

Ilustración de Jean-Claude Golvin

El magistrado responsable del mercado, o inspector, era un edil denominado procurator macelli, entre cuyas funciones estaba vigilar el correcto abastecimiento de productos primera necesidad, la frescura de los alimentos, los precios y la adecuación de los pesos y medidas oficiales, para lo cual contaba con la mensa ponderaria.

¿No veis la forma en que los buenos inspectores de los mercados tasan las mercancías?: a las buenas les ponen el precio por el que merecen ser vendidas con arreglo a su calidad, y asimismo tasan las malas de forma que causen pérdidas a los que las ofrecen. (El militar fanfarrón, 725)

Si había irregularidades o se cometían abusos se ponían las correspondientes multas, los pesos y medidas equivocados se cambiaban por otros correctos o se confiscaban aquellos productos con precios desorbitados.


"Si un vendedor o un comprador cambian las medidas usadas para el vino, grano, o cualquier producto similar que hayan sido públicamente aprobadas, o, con mala intención, comete algún acto fraudulento, será condenado a pagar el doble del valor de la propiedad; y el decreto del divino Adriano señala que aquellos que usasen falsos pesos o medidas deberían ser enviados a una isla." (Digesto, XLVIII, 10, 32, 1)

Mesa Ponderaria, Museum of Fine Arts, Boston, 

Dichos magistrados contaban con personal subalterno para administrar determinadas competencias relacionadas con los mercados, como por ejemplo guardias que confiscaban los alimentos cuya venta estaba prohibida por las leyes suntuarias.

"Cuidó principalmente de la observación de las leyes suntuarias; mandaba a los mercados guardias que confiscaban los artículos prohibidos y los trasladaban a su casa, y algunas veces, lictores y soldados iban a recoger en los comedores lo que había escapado a la vigilancia de los guardias." (Suetonio, Julio César, 43).

Los obsonatores eran los encargados de realizar las compras en el macellum. Eran generalmente los hombres, incluidos los dueños de casas donde se ofrecieran banquetes. El hombre prefería acudir él mismo al macellum a elegir los productos, sobre todo si había de invertir bastante dinero para una comida y no deseaba entregar esta suma a ninguna otra persona de su servicio.

"Quiero acoger a lo grande hoy en mi casa a personas de mucho rango, para que tengan la impresión de que nado en la abundancia. Entrad y daos prisa, que no haya que andar esperando cuando llegue el cocinero; yo me voy ahora al mercado, para comprar todo el pescado que haya al precio que sea." (Plauto, Pseudolus, 169)

Foto izda: Metropolitan Museum, Nueva York. Foto drcha: Museo del Louvre, Paris

El paseo por el mercado podía servirle para relacionarse con sus conocidos o establecer nuevas amistades. Las mujeres de clases altas no acudirían normalmente a los mercados y enviarían a sus esclavos. En ocasiones era el propio tendero el que acudía a la casa de sus mejores clientes para recibir sus encargos o realizar entregas.

"Uno, nada más recibir una herencia de mil talentos, dio anuncio público para que el pescadero, el frutero, el pajarero, el perfumero y la turba impía del barrio toscano, el charcutero con todo el Velabro y los gorrones fueran a su casa por la mañana. (Horacio, Sátiras, II, 3)



Pintura de Ettore Forti

En las ciudades romanas existían vendedores ambulantes, que ofrecían bebidas, dulces, galletas y salchichas en las calles y en las termas, lo que permitía alimentarse a muchos habitantes de las ciudades que no tenían la posibilidad de prepararse ellos mismos la comida.

"Luego al vendedor de bebidas con sus matizados sones, al salchichero, al pastelero y a todos los vendedores ambulantes que en las tabernas pregonan su mercancía con una peculiar y característica modulación." (Séneca, Epístolas, VI, 56, 2)

La vendedora de flores,
pintura de John William Godward

Los mercados temporales o las ferias periódicas tenían lugar frecuentemente en época romana. El término habitual para designar este tipo de actividad comercial, independientemente de si se realizaba en un emplazamiento urbano o rural, era nundinae. Se celebraban cada ocho o nueve días y se evitaba que coincidieran las jornadas de mercado de localidades vecinas. Se facilitaban así los desplazamientos tanto de los comerciantes itinerantes, como de los habitantes residentes en el entorno rural que durante esos días paraban sus faenas en el campo para asistir a esos mercados y realizar sus ventas o compras.


"Es también contante que se solían tener las asambleas en los días de mercado, para no ocuparse de los negocios de la ciudad mas que un día de cada nueve, y destinar los demás a los del campo: pues allí vivían entonces, como hemos dicho, los primeros hombres de la ciudad; y cuando se necesitaba tener consejo para los negocios públicos, se les hacía venir de las casas de campo, para reunirse en el senado." (Columela, De Re Rustica, Prefacio)

Mosaico del Líbano con escena de mercado. Foto de Phoenix Ancient Art

En estos mercados temporales se vendían todo tipo de productos, como animales, tejidos, esclavos, etc. y solían ubicarse en el centro de regiones prósperas, y a ser posible con una fuente de agua en las proximidades.

"Esta feria, que de acuerdo a la antigua superstición se llamó Leucotea (por la ninfa), debido a la extrema pureza de la fuente junto a la que se celebra, es la más grande de los alrededores. Todo lo que la laboriosa Campania, o los opulentos Brucios, o la Calabria ganadera, o la fuerte Apulia produce, está allí para que se encuentre allí expuesto a la venta, en términos tan razonables que ningún comprador se va insatisfecho. Es encantador ver los extensos llanos repletos de casas recién hechas de ramas con hojas entrelazadas: toda la belleza de la ciudad construida más ociosamente, sin ver ni siquiera un muro… ¿Qué puedo decir de las ropas de variados y brillantes colores? ¿Qué decir del ganado pulcro y bien alimentado que se ofrece a tal precio que puede tentar a cualquier comprador?" (Casiodoro, Varia, VIII, 33)


La periodicidad con la que se llevaban a cabo estos mercados variaba desde una semana hasta un año y su duración iba desde un día a varios días.

"La ciudad de Batne, fundada en Antemusia por los macedonios hace mucho tiempo y a escasa distancia del río Eufrates, rebosa siempre de ricos mercaderes, y todos los años, hacia el inicio de septiembre, acude a ella una gran multitud de gentes de diversa fortuna para la celebración de una feria, en la que se ponen a la venta mercancías enviadas por los indos y los chinos, así como otros muchos productos que suelen transportarse por tierra y por mar." (Amiano Marcelino, Historia, XIV, 3, 3)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los propietarios de los fundi podían ceder sus tierras para que allí tuviera lugar un mercado con el aliciente quizás de conseguir beneficios de las actividades comerciales y dar salida a los excedentes de sus cosechas, además de proveerse de las mercancías que no podían encontrarse en el entorno rural o de los lujosos objetos procedentes de lugares remotos con los que decorarían sus fastuosas villas.

"Las que tienen en su vecindad medios de transporte apropiados que permitan vender en otro lugar lo que se genera e importar de allí las cosas convenientes para lo que se necesita en la finca, por todo ello son provechosas. Pues muchos tienen predios a los que hay que traer cereal o vino o cualquier otra cosa que les falte; en contraposición, de no pocas hay algo que exportar.
Y así, alrededor de la ciudad es provechoso cultivar huertos en gran escala, por ejemplo, con violetas o rosaledas, y asimismo muchas otras cosas que la ciudad demanda; no aprovechará cultivar esas mismas cosas en un predio lejano en el que no haya donde se puedan llevar en venta. Del mismo modo, si hay en las cercanías ciudades o aldeas o incluso fincas y alquerías bien provistas de bienes en donde puedas comprar a buen precio lo necesario para la finca y en donde pueda venderse lo sobrante, como algunos rodrigones, pértigas o cañas, la finca será más provechosa que si hay que traerlo de lejos e incluso a veces pudiéndolo producir cultivándolo en tu finca." (Varrón, De Rerum Rusticarum, I, 6, 2-3)

Pintura de Ettore Forti

Para ello debían ofrecer una buena ubicación y cercanía a vías de comunicación terrestres o fluviales para el transporte de las mercancías y accesos adecuados para los pobladores del entorno. Además, se debía pedir un permiso a las autoridades competentes que podían acceder o denegar la solicitud.

"Solerte (Lucio Belicio Solerte, natural de Verona), un senador de rango pretorio, solicitó del senado que le permitiesen crear un mercado en sus tierras. Los legados de la ciudad de Vicencia se opusieron; habló en su favor Tuscilio Nominato." (Plinio, Epístolas, V, 4)

Los campesinos acudían a tales mercados o ferias con la intención de obtener enseres para sus tareas o para vender los productos conseguidos de su trabajo, como las verduras cultivadas en sus huertos, o para aprovisionarse de alimentos que supusieran una variedad a su limitada alimentación.

"Pero no del dueño (¿pues quién más parco que él?), sino del pueblo era esta cosecha y cada nueve días llevaba al hombro hasta la ciudad manojos para vender, de allí volvía a casa ligero de cuello, pesado de monedas, casi nunca acompañado de compra del mercado de la ciudad. Una rojiza cebolla y el puerro que se arranca de su plantación sacian el hambre, y lo mismo, el mastuerzo que hace contraer el rostro al morderlo, la endibia y la oruga que reanima a Venus Perezosa." (Apéndice Virgiliano, Moretum)



Ilustración de Jean-Claude Golvin

El periodo de gran estabilidad y prosperidad para el imperio romano que supuso el gobierno de Trajano impulsó la construcción de grandes obras civiles  como la de los llamados Foros Imperiales en Roma a cargo del arquitecto Apolodoro de Damasco entre los años 107 y 110 d.C.. Para aprovechar el desmonte realizado en el monte Quirinal con su construcción, se edificó lo que actualmente conocemos como Mercado de Trajano, un complejo comercial y administrativo, que albergaría en sus pisos inferiores tiendas y en los superiores oficinas públicas y dependencias civiles. 


Mercado de Trajano. Roma. Fotos de Samuel Lopez

La construcción de mercados en diferentes ciudades del territorio romano puede considerarse una muestra de su romanización al imitar el modelo de ciudad diseñado por el estado romano, a la vez que expresa la consecución de una cohesión social que, adoptando el bagaje cultural e ideológico de la gran urbe, les permite demostrar su autonomía y vitalidad económica.

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Shopping in Ancient Rome: The Retail Trade in the Late Republic and the Principate; Claire Holleran, Google Books