DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Augurium, adivinación en la Roma antigua I




La adivinación en la Antigüedad era parte integrante del mundo de la religión, existiendo dos maneras de aproximarse al futuro y comprender lo desconocido. Por una parte, se encontraba la llamada adivinación natural o inspirada, y, por la otra, la llamada inductiva o basada en señales. En el primer caso, el sacerdote recibía el influjo divino después de entrar en un estado favorable para ello, y, aunque, tal adivinación escapaba a la comprensión de la mayoría, logró imponerse en ciertas culturas como la judía o la griega.

"Es una vieja creencia, sostenida ya desde los tiempos de los héroes y ratificada, además, por el asentimiento del pueblo romano y de todas las gentes, la de que hay entre los seres humanos una especie de poder adivinatorio al que los griegos llaman mantiké, esto es, la capacidad de intuir y de llegar a saber lo que va a pasar. Se trata de una capacidad extraordinaria y salvadora, caso de existir, en virtud de la cual la naturaleza mortal podría acercarse en muy gran medida a la condición de los dioses ". (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 1)



La segunda forma de adivinación, basada en la interpretación de señales, era propia de la civilización babilónica, de los etruscos y los romanos.

“Los dioses auguran cosas ciertas, las entrañas, examinadas por los varones etruscos, auguran certeros presagios de la suerte futura.” (Tibulo, Elegías, III, 4)

Los griegos tenían cierta reserva con respecto a la adivinación por señales, pero estuvieron conformes con la adivinación natural, sobre todo con la derivada de Apolo y Delfos, en la que el adivino parecía “ser preso del delirio al estar poseído por un dios”.

“Por tanto, es en el espíritu donde reside la capacidad de presagiar, la cual se infunde desde el exterior y se recibe por voluntad divina. Si esta capacidad llega a prender con mayor viveza, se llama ‘delirio’, cuando el espíritu, una vez desligado del cuerpo, cae en trance bajo la instigación divina.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 66)


Los romanos, por el contrario, desconfiaron de todos aquellos que pretendían entrar en contacto directo con la divinidad y decían que eran capaces de transmitir sus decisiones y desconfiaban de los oráculos y profecías. En cambio, el estudio de ciertas señales y la atenta observación de los fenómenos que la divinidad había producido para indicar el porvenir les permitió establecer un sistema de adivinación oficial basado en reglas claras y seguras.

“Ahora bien, los tipos de adivinación que se se explican mediante una interpretación, o bien mediante la constatación y anotación de aquello que sucede, no se llaman ‘naturales’, sino ‘artificiales’; dentro de este tipo se hallan incluidos los arúspices, los augures y los pronosticadores (coniectores, es decir, intérpretes de tablillas y de sueños) … Algunas de ellas se basan en testimonios y doctrinas — como manifiestan aquellos libros etruscos referentes a la observación de entrañas, a los rayos y a las ceremonias, así como vuestros libros augurales, pero otras se explican mediante una interpretación, realizada de manera inmediata y acorde con la situación.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 72)

Ansiosos de conservar su antigua alianza con los dioses, la pax deorum, sin la cual la ciudad no podía seguir su destino, la adivinación en Roma, como el conjunto de su religión, siguió las huellas de un espíritu práctico, que garantizaba la vida del ciudadano y de la ciudad, intentando conservar el favor divino sin comprometer el desarrollo normal y necesario de toda actividad.

“Rómulo … aprobó una ley para que todos los sacerdotes y ministros de los dioses fueran elegidos por las curias y que su elección fuera confirmada por aquellos que interpretan la voluntad de los dioses por el arte de la adivinación.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, XXII)



Los romanos eran muy sensibles a la gran cantidad de señales que los dioses les enviaban para manifestar su presencia y expresar su voluntad.

Auspicia eran las señales procedentes de la observación de las aves, su vuelo y sus gritos cuya interpretación no permitía, en verdad, adivinar el futuro, sino tan sólo dejar constancia del acuerdo o desacuerdo de la divinidad respecto al emprendimiento de una determinada acción y en un día determinado (a diferencia de los auguria, ejercidos tan sólo por los augures y cuya aplicación carecía de esa limitación temporal). Los auspicia se percibieron, generalmente, como privilegio de los patricios y una labor a cargo de los magistrados.

“Se os acusa de locuaces y los dioses opinan que vosotras descubrís sus intenciones. Esta acusación no es, sin embargo, falsa, pues, cuanto más cerca estáis de los dioses, más verídicos son los signos que proporcionáis, bien sea con el vuelo bien sea con el canto”. (Ovidio, Fastos, I, 458)

La adivinación hizo surgir un nutrido grupo de sacerdotes, los augures, encargados de plantear preguntas a los dioses para conocer si estaban de acuerdo o no con la actividad proyectada y con la ceremonia que iba a iniciarse. La pregunta adivinatoria se reducía al mínimo, a un sí o a un no. Entre los numerosos sacerdotes, el augur era, sin duda, el más notable y sagrado.




Los augures de Roma constituyeron un colegio que agrupaba a los expertos en la disciplina augural, que gobernaba la observación y aplicación de los auspicios en la vida pública romana. Emitían responsa, no vinculantes, sobre esa materia generalmente en respuesta a consultas de magistrados o del senado; a menudo las consultas estaban relacionadas con faltas rituales que podían paralizar la vida pública.

Se consideraba derecho de auspicium la capacidad jurídica de poder consultar las advertencias o signos celestiales que manifiestan la voluntad de los dioses. Este derecho se dividía en spectio que consistía en la contemplación de las aves, relámpagos, etc. y la valoración de los signos contemplados, para ver si impiden o no la realización del acto propuesto. La primera parte corresponde a los augures, la segunda a los magistrados. En la segunda parte del derecho se producía la nuntiatio por la que primero el augur comunicaba al magistrado lo que había visto; y segundo el magistrado, después de examinado el signo visto u observado, comunicaba que los dioses se oponían o no se oponían a que se celebrasen, por ejemplo, unos comicios, y se pudiesen realizar. En caso negativo se llamaba propiamente obnuntiatio.

Individualmente los augures romanos estaban capacitados para emitir responsa, celebrar diversos ritos conocidos como auguria, inaugurar y templos y asistir a los magistrados en la toma de auspicios. Igualmente tenían el derecho de anunciar, con carácter vinculante, la presencia de auspicios desfavorables, lo que automáticamente interrumpía un acto público.

En un principio los augures fueron tres (pues tres eran las tribus originarias y cada una debió tener su propio augur) y su número -siempre impar- fue creciendo hasta diecisiete en tiempos de César, y ya a partir de Augusto, el senado tuvo la facultad de nombrar tantos como creyera necesarios.

“Se cuenta que, en un principio, Rómulo, el padre de esta ciudad, no sólo la fundó contando con los auspicios, sino que incluso fue un excelente augur él mismo. Después, también los demás reyes se sirvieron de augures, y, tras la expulsión de los reyes, no se hacía nada de interés público sin contar con los auspicios, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.” (Cicerón, De Adivinación, I, 2) 


El colegio se reunía en las nonas de cada mes. El cargo era vitalicio y no era incompatible con las magistraturas. Sus insignias eran la trabea - toga blanca adornada con bandas horizontales de púrpura y azafrán- el lituo (lituus) o bastón corto y curvo con el cual se practicaba la captación de los auspicios y que se guardaba en palacio y el aguamanil o capis.

“Ese báculo vuestro, que es el distintivo más ilustre de la función augural, ¿de dónde lo sacasteis? Con él, como se sabe, delineó Romulo las regiones en el momento de fundar la ciudad. Ese báculo de Rómulo (esto es, el bastoncito curvo y ligeramente torcido por la parte superior, que recibió este nombre por su parecido con un clarín de marcha) es, por cierto, el que, hallándose depositado en la Curia de los Salios, que está en el Palatino, fue encontrado intacto tras incendiarse ésta.”



Los libros augurales agrupaban reglas, reglamentos, formularios y decisiones ya falladas. La captación de los auspicios constituía el más alto privilegio concedido a los magistrados romanos, quienes, según su dignidad y clase, disponían de los auspicia maiora (magistraturas más importantes) o minora (magistraturas de menor categoría).

Los auspicios mayores son los que disfrutan los magistrados revestidos de imperium, que son entre los magistrados ordinarios: los cónsules y los pretores; y entre los extraordinarios: los dictadores y los magistri equitum. Y los auspicios menores, los magistrados que tienen únicamente la potestas, como la edilidad curul y la cuestura. Los censores ocupan una categoría intermediaria.

“Por ello, voy a transcribir del citado libro las palabras textuales de Mésala: “Los auspicios de los patricios están divididos en dos categorías. Los mayores corresponden a cónsules, pretores y censores. Empero, los de todos ellos tampoco son iguales entre sí, ni de la misma categoría, precisamente porque los censores no son colegas de los cónsules ni de los pretores, mientras que los pretores sí lo son de los cónsules. Por esta razón, ni cónsules ni pretores interfieren ni dejan en suspenso los auspicios de los censores, ni los censores los de los cónsules o pretores. En cambio, los censores entre sí y, a su vez, los pretores y cónsules entre sí, pueden oponerse y dejar en suspenso los auspicios. Aunque es colega del cónsul, el pretor no puede, según la ley, solicitar la elección de un pretor o de un cónsul, … En los tiempos actuales, cuando un pretor designa otros pretores, estamos ateniéndonos a la antigua tradición, y en tales comicios no intervenimos en la toma de los auspicios. No puede solicitarse la elección de los censores con los mismos auspicios que para los cónsules y los pretores. Los auspicios de los restantes magistrados son auspicios menores.” (Aulo Gelo, Noches Áticas, XIII, 15)



La clasificación, de los auspicios era de suma importancia en la práctica, porque regulaban los derechos respectivos de los diversos magistrados, cuando surgían conflictos de prevalencia entre ellos. Los auspicios menores cedían a los mayores y quedaban sin eficacia, aunque se hubiesen tomado primero.



Según las necesidades políticas, tantos los augures como los magistrados podían anunciar un resultado negativo, que bien podía significar aplazar el día destinado a los comicios, intentando aplazar lo más posible su celebración, o bien rechazar el nombramiento de un candidato no deseado. Por ejemplo, Cicerón cita la ocasión en que Marco Antonio se había opuesto a la elección consular de Dolabela, alegando auspicios contrarios y se negó a reconocerlo; pero, una vez muerto César, cambió de opinión y lo aceptó como colega.

"¡Qué discurso aquel sobre la concordia! ¡De qué gran miedo libraste al Senado y de cuánto sobresalto a la ciudad en aquel día, el primero en que quisiste, deponiendo toda enemistad y olvidando los auspicios que tú mismo como augur habías anunciado, que tu colega lo fuera realmente y además enviaste en rehenes y como prenda de paz a tu hijo menor al Capitolio!" (Cicerón, Filípicas, I, 31)

Por lo que respecta a los auspicia se distinguían dos tipos: los auspicia impetrativa (presagios solicitados) y los auspicia oblativa (presagios espontáneos). En cuanto a los segundos, el romano tomaba toda clase de precauciones para salvaguardar su libertad personal.

Tanto unos como otros podían ser de varias especies: signa ex caelo: el rayo o el trueno; signa ex avibus: comportamientos de distintos tipos de aves, signa ex tripudiis: forma de alimentación de los pollos sagrados, signa ex diris: presagios amenazadores, fortuitos y desfavorables, signa ex quadrupedibus: de diversos animales como el perro, el lobo, el caballo o el zorro.

En la época más antigua mayoritariamente se recurrió a los signa ex avibus, y los augures disponían de un catálogo de aves sobre las que observar los signos a tener en cuenta. Si solo se observaba el vuelo, las especies se llamaban alites y entre otras eran el buitre, el águila y el halcón. Si se atendía únicamente al canto, las especies se denominaban oscines y contaban entre ellas el cuervo y el búho. En caso de tener en cuenta el vuelo y el canto a la vez se observaba, por ejemplo, la oropéndola.



Si se trataba de alites, el augur debía prestar atención a la mayor o menor altura del vuelo, la dirección del vuelo y el lugar del cielo por donde aparecían.

En cuanto a las oscines, el augur atendía al tono de la voz, a la frecuencia del canto, a la mayor o menor intensidad o a la dirección (pues para que un canto fuera interpretado como un signo favorable debía venir de derecha a izquierda, aunque podía haber excepciones.

En los presagios deducidos del modo de comer de los pollos sagrados (que estaban bajo el cuidado especial de un pullarius en una jaula especial), se utilizaba al principio cualquier ave, pero con el paso del tiempo se limitó a la observación de estos pollos, traídos de Eubea, a los que daba para comer una torta especial (offa) y se observaba el apetito de los pollos y el sonido de los restos de comida al caer en el suelo. Si las aves se negaban a comer se consideraba nefasto, aunque por lo demás, cualquier animal con apetito era considerado, entre los romanos, signo de buen augurio.

“Porque es cosa necesaria que, cuando se le ofrece pienso a un pollo, se le caigan del pico unas miguitas al comer; sin embargo, decís que también es un tripudio pleno el que — según tenéis escrito — se produce cuando parte del bocado cae a tierra.”




La consulta se tenía en cuenta, pero si el resultado era negativo, la autoridad que había propiciado el auspicio podía decidir no aceptarlo y actuar en contra de lo aconsejado.

“Cuando Publio Claudio se disponía a emprender un combate naval durante las Guerras Púnicas, consultó los auspicios según la costumbre de sus mayores y, cuando el augur le anunció que los pollos no salían de su jaula, ordenó que fueran arrojados al mar diciendo: Puesto que no quieren comer, que beban.” (Valerio Máximo, Dichos y hechos memorables, Epítome, de Julio Paris, I, 4, 3)


Las acusaciones de engaño por parte de los augures venían por su capacidad de tener hambrientos o hartos a los pollos según el resultado perseguido.


"Durante el tercer relevo de la guardia, Papirio, recibida ya la carta de su colega, se levanta en silencio y manda al pulario a consultar los auspicios. No había en el campamento nadie, fuera quien fuese, a quien no embargase el afán de pelear; los más altos mandos y los soldados rasos estaban igualmente tensos; el jefe era testigo de la fiebre de los soldados, y éstos de la del jefe. Este enardecimiento general afectó también a los que asistían a la toma de los auspicios, pues como los pollos no comían, el pulario tuvo la osadía de falsear el auspicio y comunicar al cónsul un augurio de lo más favorable. El cónsul lleno de alegría hace saber a todos que el auspicio es excelente y que entrarán en acción con la aprobación de los dioses, y ordena que se dé la señal de combate. Casualmente, cuando salía ya al campo de batalla, un desertor le da la noticia de que veinte cohortes de los samnitas —eran alrededor de cuarenta— habían salido para Cominio. Con el fin de que su colega no desconociese este hecho envía al instante un mensajero y da orden de acelerar la marcha. A las tropas auxiliares les había asignado sus puestos y sus prefectos; puso al mando del ala derecha a Lucio Volumnio, al de la izquierda a Lucio Escipión, y al de la caballería a otros legados: Gayo Cedicio y Tito Trebonio; a Espurio Naucio le ordena que lleve los mulos, una vez quitadas las albardas, con tres cohortes auxiliares bordeando una elevación del terreno que estaba al alcance de la vista, y que desde allí aparezca en pleno combate levantando la mayor polvareda que le sea posible. Mientras el general se ocupaba de estas instrucciones, surgió un altercado entre los pularios a propósito del auspicio de aquel día y fue oído por unos jinetes romanos; éstos, persuadidos de que se trataba de algo que no debía ser tomado a la ligera, comunicaron al hijo de un hermano del cónsul que había dudas acerca de los auspicios. El joven, nacido antes de que se enseñara el menosprecio de los dioses, comprobó el hecho para no dar una información no contrastada y dio parte al cónsul.



Éste le replicó: «¡Muy bien, francamente, por tu valor y escrupulosidad! Ahora bien, el que asiste a una toma de auspicios atrae sobre sí el sacrilegio si informa en falso; a mí, la verdad, se me anunció el tripudium el auspicio más favorable para el pueblo romano y para el ejército.» Ordenó luego a los centuriones que colocasen a los pularios en primera línea. También los samnitas hacen avanzar a su vanguardia; detrás vienen las formaciones con sus armas decoradas, de suerte que el espectáculo es magnífico incluso para los enemigos. Antes de que se lanzara el grito de guerra y se produjera el choque, el pulario, alcanzado por una jabalina lanzada al azar, cayó delante de las enseñas. El cónsul, cuando se le informó de ello, dijo: «Los dioses asisten al combate; el culpable tiene su merecido.» Mientras el cónsul pronunciaba estas palabras, delante de él graznó con toda claridad un cuervo; el cónsul, satisfecho con este augurio, asegurando que nunca los dioses habían estado más presentes en una empresa humana, ordenó dar la señal de ataque y lanzar el grito de guerra". (Tito Livio, Ab urbe condita, X, 40)




El procedimiento habitual seguido por el augur para consultar los auspicios estaba establecido con unas normas en la que el oficiante se subía, si estaba dentro de la ciudad, a uno de los auguráculos que estaban en la parte más alta y desde allí sentado, con la cabeza cubierta y el lituo o bastón curvo sin nudos en su mano derecha, miraba hacia el sur; allí invocaba a los dioses y mentalmente trazaba una región de cielo en la que iba a hacer la observación (templum). Primero el augur dibujaba sobre el suelo un diagrama con su bastón curvo delimitando así las regiones y nombrando los hitos que la circundaban, tales como los árboles. Después la mirada del augur seguía la dirección que marcaban sus propios gestos abarcando con un golpe de vista la ciudad y el territorio situado más allá, lo contemplaba todo y de este modo unía los cuatro templa distintos en un gran templo único mediante la mirada y el gesto, que posteriormente encerraba en un cuadrado en el que señalaba un punto de referencia (la idea era siempre subdividir en dos el espacio que se tenía que escudriñar, cosa que se podía hacer hasta el infinito). Entonces pronunciaba la norma que anunciaba el asunto sobre el que se disponía a decidir e indicaba los incidentes que deberían interpretarse como prodigios. Por último, valoraba la aparición de signos conforme a las reglas de su ciencia: pedía a la divinidad que ofreciera claramente señales precisas dentro de los límites que había trazado para seguidamente enumerar los auspicios que se querían obtener.


Se consideraba de buen agüero que las aves aparecieran por la izquierda y todo lo contrario si aparecían por la derecha. Según Dionisio de Halicarnaso esto se debe sencillamente a un factor de comodidad, pues es más útil para los que están sentados mirar al este, que es por donde se produce la salida del sol, la luna, las estrellas y los demás planetas, y cuya izquierda es la parte que mira al norte.




El augurium salutis consistía en una ceremonia en la que se preguntaba a la divinidad si permitía que se rogase por la salud del pueblo romano. Constaba de dos partes: el augurium, propiamente dicho, que tenía por objeto conocer si los dioses autorizaban a que se pidiera por la salud del pueblo romano y la precatio o plegaria por la salud del pueblo romano.

“Es una forma de adivinación con la cual se busca si Dios quiere que se pregunte por la salud del pueblo, como si fuese una impiedad dirigir tal plegaria sin haber tenido antes el permiso”. (Dión Casio, Historia romana, XXXVII, 24, 1).

El augurium salutis se podía cumplir sólo si no existían en curso guerras, ni civiles ni internas.

“El augurium salutis no se celebraba: en efecto, aparte del hecho de que era muy difícil para ellos fijar con precisión un día exento de peligros de todo tipo, hubiese sido absurdo, expuestos a procurarse en las guerras civiles enormes daños y destinados, sea como victoriosos o como derrotados, a sufrir, que hiciesen al dios una petición de bienestar.” (Dión Casio, Historia romana, XXXVII 24, 2-3).

La celebración del augurium fue haciéndose cada vez más rara dado que a las guerras externas afrontadas por Roma se sumaron desde el inicio del siglo I a.C. a las guerras civiles. En el año 63 a.C., meses antes de que la célebre conjura de Catilina fuera descubierta (siendo Cicerón cónsul, pero no todavía augur), el augurium salutis tuvo un sentido desfavorable —y probablemente la plegaria no llegó a pronunciarse — como testimonia el texto de Dión Casio:



"En aquel tiempo los romanos tuvieron, en aquella parte del año, una pausa en las guerras, tanto que pudieron celebrar el llamado augurio de la salud abandonado durante largo tiempo... Ellos, de todas formas, pudieron celebrar aquella fiesta del augurio: no fue, sin embargo, regular, porque volaron ciertas aves infaustas. Por este motivo la repitieron. Y fueron observados otros infaustos presagios: cayeron del cielo sereno muchos rayos, la tierra tembló fuertemente. Aparecieron en muchos lugares espectros de hombres y antorchas de fuego se elevaron hacia el cielo desde el Occidente, de forma que cualquiera, incluso un profano, habría podido entender con anticipación qué tipos de acontecimientos anunciaban estos signos." (Historia romana XXXVII, 24, 1-25, 2).

Los auspicia salutis se celebran repetidamente sólo bajo el principado de Augusto (y de su sucesor Tiberio), cuando la celebración de este particular rito augural (rescatándola del olvido) formaba parte de la propaganda oficial de la célebre pax augustea.



El silencio impuesto en la toma de auspicios, es decir, durante la observación del vuelo de las aves del que se desprendían la voluntad de Júpiter se conocía como el silencio augural. Se trataba de un estado de absoluta e impeturbada tranquilidad, necesaria para el cumplimiento del acto y constituía una condición indispensable para la validez de la observación de los signos. Es, pues, un silentium absoluto, un verdadero silencio.

Silentio surgere, dice [Verrio Flaco], se usa hablando de un hombre que, después de medianoche, se ha levantado silenciosamente del lecho para tomar los auspicios y, abandonando el lecho, se ha puesto y está sentado sobre una silla maciza, cuidando bien (?) hasta que haya regresado al lecho, de no arruinar nada durante todo este tiempo: porque silentium es la ausencia de todo aquello que pueda viciarlos.” (Fest. 438 L)

En caso de que el silencio no hubiera sido observado, como prescribía la doctrina augural, se incurría en un vitium y, como cualquier otra transgresión de una norma ritual, en un pésimo presagio que los dioses no dejaban de advertir mediante graves prodigios. Se debía, pues, constatar el silentium prestando atención a todo hecho imprevisto que anulara la observación augural.

Los actos de la vida pública romana no podían considerarse legítimos si antes de su realización no se habían consultado los auspicios. El imperator buscaba el beneplácito de los dioses, también fuera de los límites sagrados del pomerium, donde se hallaba en posesión del imperium militiae, inseparable del derecho de auspicios, por el que tenía capacidad para solicitar que se interpretase la voluntad de los dioses.


“¿Qué puede haber más profético que aquel auspicio que se encuentra en tu Mario (por servirme preferentemente de tu autoridad)?
Entonces, de pronto, la alada compañera de Júpiter altisonante,
lastimada por la mordedura de una serpiente, se yergue
sobre el tronco del árbol y atraviesa con fieras garras a la culebra,
que, casi exánime, cimbrea poderosamente su cuello multicolor,
desgarrándola, mientras se retuerce, y haciendo brotarla sangre con su pico;
ya saciado su espíritu y habiendo ya vengado el duro dolor,
arroja a la exhalante culebra, deja caer sus trozos sobre el agua,
y toma, desde donde el sol se pone, hasta el brillante orto.
Cuando a ésta, que con raudas alas se deslizaba volando,
divisó Mario, augur del divino numen,
y hubo advertido éste los faustos signos de su ensalzamiento y regreso,
el propio padre del cielo resonó por el lado izquierdo.

Así es como Júpiter refrendó el ilustre presagio del águila.” (Cicerón, De Adivinación, I, 46)


Las practicas adivinatorias tenían una estrecha relación en la antigua Roma con la vida y las decisiones políticas en las que el derecho augural cumplía un papel fundamental en la constitución de las leyes y las funciones del gobernante. Antes de las Guerras Civiles, las leyes se ajustaban a la vida religiosa de la ciudad y eran respetadas por tradición.

“Al oír el nombre de Numa, los senadores romanos, a pesar de estimar que el poder basculaba hacia los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, no se atrevieron, sin embargo, a anteponerse a sí mismos ni a otro de su partido ni a nadie, en fin, de los senadores o de los ciudadanos a un hombre semejante; todos unánimemente deciden que la monarquía debe recaer en Numa Pompilio. Reclamada su presencia, lo mismo que Rómulo, se hizo cargo del poder previa toma de los augurios para fundar la ciudad, y dispuso que, también, acerca de su persona, se consultara a los dioses. A continuación, conducido a la ciudadela por un augur, cargo que, en adelante, tuvo oficialmente de modo permanente esta función honorífica—, se sentó en una piedra de cara al mediodía. Tomó asiento a su izquierda el augur con la cabeza cubierta, sosteniendo con la mano derecha un bastón curvo sin nudos al que llamaron lituus. Acto seguido, después de abarcar con la mirada la ciudad y el campo y de invocar a los dioses, trazó mentalmente una línea que separaba el espacio de Oriente a Occidente y declaró que la parte de la derecha correspondía al Sur y la parte de la izquierda al Norte; enfrente, todo lo lejos que podía alcanzar la vista, fijó mentalmente un punto de referencia. Entonces, cambiando el lituus a la mano izquierda e imponiendo la derecha sobre la cabeza de Numa, hizo esta súplica: «Padre Júpiter, si las leyes divinas permiten que Numa Pompilio, aquí presente, cuya cabeza yo estoy tocando, sea rey de Roma, danos claramente señalo les precisas dentro de los límites que he trazado.» Seguidamente enumeró los auspicios que quería obtener. Conseguidos éstos, Numa fue declarado rey y descendió del recinto augural.” (Tito Livio, Ab urbe condita, I, 18)




La adivinación estuvo presente en Roma desde su fundación por Rómulo, quien también era un excelente augur, siéndolo también sus sucesores, aun expulsados los reyes. Se consideraba un arte enseñado por sabios, transmitido para la posterioridad y fundamental para el bienestar de la ciudad, y no se emprendía negocio público relativo a la paz o a la guerra sin observar los auspicios.

Los augures del Estado interpretaban los designios de Júpiter Optimo Máximo, observando sus anuncios en el cielo y en la tierra. Igualmente se interpretaban los acontecimientos que habían de suceder por medio de presagios y auspicios, ligados a las consultas de carácter agrario (plantación y viñedos en favor del pueblo), político (decisiones de Estado), bélico (acciones de guerra), entre otras.

“Los augures del Estado, intérpretes de Júpiter Optimo Máximo, que vean los acontecimientos que han de suceder en los presagios y en los auspicios; ellos deben conservar la disciplina tradicional, que los sacerdotes observen los augurios en relación a los viñedos y las plantaciones de mimbre para el bien del pueblo. Que los que vayan a emprender acciones de guerra o asuntos de Estado sean informados previamente por los auspicios, y a ellos obedezcan. Que prevean el enojo de los dioses y obedezcan sus deseos, que distingan en qué parte del cielo ha estallado el rayo. Que la ciudad, los campos y los pueblos mantengan libres y consagrados. Y que todo lo que el augur declare injusto, nefasto, defectuoso y abominable sea nulo y como no sucedido, y quien no obedezca a los augures sea culpado de delito capital.” (Cicerón, De las leyes, 2, 21)



En el periodo Augustal como veremos a continuación se consolidó la tendencia que en el siglo I a.C. había comenzado con Mario de resaltar los prodigios individuales, que estaban asociados al culto a la personalidad y al caudillismo que intentaron imponer quienes detentaron el poder, encontrando con Augusto la máxima expresión de síntesis entre propaganda que legitimaba y revitalizaba las e tradiciones republicanas casi perdidas, ya que Augusto buscaba ser considerado un restaurador y un refundador de la propia Roma.


“Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontó el vuelo hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo”. (Suetonio, Augusto, XCIV)

Este prodigio contado por Suetonio y datado hacia el año 55 a.C., en el que un águila toma y después devuelve un trozo de pan de la mano del joven Octavio, simboliza la representación de Augusto, como un soberano que sustenta a su pueblo.



En la ciudad, eran pocas las acciones y hazañas emprendidas sin antes consultar a los augures, aun cuando su utilización se fue perdiendo con el tiempo, consultándose las entrañas o el vuelo de aves, siendo incluso llevadas a cabo entre los antiguos por quienes ejercían negocios públicos, llegando a ser durante el periodo republicano, desempeñado por sus gobernantes:

“Generalmente, los mismos que ostentaban el poder entre los antiguos ejercían los augurios, pues, del mismo modo que consideraban la sabiduría como algo propio de reyes, así también el poder de adivinar. Da testimonio de ello nuestra ciudad, en la que los reyes fueron augures, y en la que, después, particulares revestidos de esa misma función sacerdotal dirigieron el Estado, gracias a la autoridad que les confería la religión.” (Cicerón, I, 40)

Plinio recuerda el respeto de Trajano hacia la forma más importante de adivinación oficial: los auspicia. Plinio dice que, cuando salía de su palacio no le obstaculizaba el paso el aparato que rodea a un príncipe ni el alboroto de guardias personales, “tan sólo se detenía en la puerta para consultar los auspicios de las aves y respetar las advertencias de los númenes”. (Panegírico, 76, 7)

Trajano, a pesar de su carácter y pensamiento estoico, se vio obligado a cumplir con los viejos ritos etruscos y latinos dado, sobre todo, que quienes los practicaban públicamente trataban de que el emperador quedara sometido al mos maiorum.

Columna de Trajano

 El nombramiento de Plinio el joven como augur demuestra que Trajano primaba la lealtad en un nuevo augur, sobre todo teniendo en cuenta que dicho sacerdocio debía determinar si existían las condiciones necesarias para el ejercicio de los asuntos públicos, pues un augur podía llegar a paralizar la justicia, los negocios públicos o la acción política. 

El príncipe no otorgaba directamente ni las magistraturas ni los sacerdocios, sino que proponía al Senado y a los colegios sacerdotales a los candidatos que consideraba más dignos de ser elegidos. Ello no aseguraba el nombramiento, pero los elogios dedicados por el príncipe a cada uno de los candidatos permitían conocer cuál era su preferido.

“Me has felicitado por haber recibido el honor del augurado; con razón me has felicitado, en primer lugar, porque es hermoso merecer la opinión favorable de un príncipe tan digno incluso en los temas más insignificantes; en segundo, porque el propio sacerdocio no solo es antiguo y venerable, sino el más sagrado y distinguido, porque se conserva durante toda la vida.” (Plinio, Epístolas, IV, 8)



Se consideraba que las mujeres no eran capaces de interpretar los presagios por lo que no se les permitía acceder al colegio de augures, ni tener parte en la toma de auspicios. Sin embargo, en el caso de la emperatriz Livia, se le dejó hacer la interpretación de un augurium.

“En Nerón se extinguió la dinastía de los césares; este acontecimiento lo habían anunciado varios presagios, y especialmente dos, con mucha más evidencia que los otros. En efecto, poco después de su boda con Augusto iba Livia a su casa de Veyes, cuando un águila, que volaba por encima de ella, dejó caer sobre sus rodillas una gallina blanca que acababa de apresar, la cual tenía todavía en su pico una rama de laurel. Dio esta gallina tantos pollos, que la casa recibió el nombre, que conserva aún, de las gallinas, y la planta se desarrolló tan prósperamente que en lo sucesivo cogieron de ella los césares los laureles para sus triunfos, aunque cuidando siempre, una vez terminada la ceremonia, de volver a plantarlos en el mismo sitio.

Poco antes de la muerte de cada emperador, el arbusto plantado por él se marchitaba y durante el último año del reinado de Nerón la planta se secó hasta las raíces y perecieron todas las gallinas. Poco después cayó un rayo sobre el palacio de los césares, cayeron a la vez las cabezas de todas las estatuas y a la de Augusto le fue arrancado el cetro de los romanos.” (Suetonio, Galba, I)



Del texto de Suetonio se desprende que Livia interpretó el signo favorablemente, por lo cual ordenó criar la gallina y cultivar el laurel. Según Dión Casio, Livia estaba destinada a tener en su regazo el poder de César y a dominarlo todo. El incidente debería ser, entonces, considerado como un augurium, es decir, una manifestación de la voluntad divina, esta vez a través de las aves.

Sin embargo, no fue Livia la primera mujer en Roma que interpretó una señal de los dioses tan venturosa. En el caso del rey Tarquinio Prisco es su esposa, de origen etrusco, la encargada de pronosticar el futuro de su esposo. 

La historia de este rey comienza previamente a su acceso al trono. Hijo de un exiliado griego, Tarquinio se sintió despreciado por sus conciudadanos, por lo que abandonó su patria etrusca y se dirigió a Roma llevando consigo familia y riquezas. Cuando ya tenía la ciudad a la vista, en el monte Janículo, un águila descendió sobre su cabeza y le arrebató el sombrero, y tras revolotear por encima emitiendo gritos, lo devolvió a su lugar. Su esposa, Tanaquil, experta en cuestiones de adivinación, interpretó tan extraño suceso como un presagio de realeza en el que Tarquinio estaba destinado por los dioses al cumplimiento de grandes empresas. Al ser la divinidad la que envía las señales, el hombre no puede eludir su designio, es decir, la voluntad divina justifica la entronización posterior de Tarquinio.

“Como los etruscos despreciaban a Lucumón por ser hijo de un exiliado, de un forastero, ella no pudo soportar la humillación y, dando de lado a la innata querencia a la patria con tal de ver a su marido cubierto de honores, tomó la determinación de emigrar de Tarquinios. Roma le pareció lo más indicado para su objetivo: «en un pueblo nuevo donde toda la nobleza es reciente y, por méritos, habrá un sitio para un hombre de arrestos y de empuje; fue rey Tacio, un sabino; a Numa se le hizo venir de Cures para hacerlo rey, y Anco es hijo de madre sabina y no posee más nobleza que la imagen de Numa». Convence fácilmente a aquél, ambicioso y para el que Tarquinios era sólo la patria de su madre, y tomando sus bártulos emigran a Roma. Casualmente, al llegar al Janículo, un águila desciende suavemente planeando con las alas extendidas y le quita el gorro a Lucumón, que iba sentado en el carro al lado de su esposa, y, revoloteando por encima del carro con agudos chillidos, lo vuelve a colocar como es debido en su cabeza, como si cumpliese una misión divina; después se perdió en las alturas. Dicen que Tánaquil recibió el presagio con alegría, por ser mujer entendida en agüeros celestes, como lo son en general los etruscos. Abrazando a su marido, lo anima a concebir grandes y profundas esperanzas, basándose en la clase de ave que ha venido, en la región del cielo y en el dios del que es mensajera; en que ha hecho el presagio sobre la parte más elevada del cuerpo; en que ha tomado en vilo el adorno de la cabeza de un hombre, para volvérselo a colocar por mandato divino. Abrigando tales esperanzas y pensamientos entraron en Roma, adquirieron una vivienda y dieron como nombre de Lucumón el de Lucio Tarquinio el Antiguo”. (Tito Livio, Ab urbe condita I, 34)



Los propietarios romanos intentaron mantener a sus esclavos alejados de la adivinación para que no alimentasen vanas esperanzas en cuanto a su posibilidad de libertad. Catón prohibió al vilicus o capataz de su hacienda consultar a los arúspices, augures, y astrólogos. Y Columela advierte que el esclavo no debería hacer sacrificios sin orden del amo, quizás para apartarle de las prácticas adivinatorias.

Los dueños de esclavos nunca aprobaron las dotes adivinatorias de sus esclavos, a las que se consideraban defectos del espíritu, sin duda por considerarlas peligrosas. Los esclavos vivieron al margen de la adivinación que podríamos llamar “oficial”, es decir, de la de augures, decenviros y arúspices. En cambio, en los estamentos sociales más altos, incluido el emperador, las artes adivinatorias formaban parte del bagaje cultural del hombre de la época.

Algunos autores afirmaban que la participación de esclavos en ciertos ritos constituía un escándalo que era necesario expiar y la única relación que había de los siervos públicos con los augures era su presencia como auxiliares.



Un texto de Suetonio manifiesta que el emperador Claudio, restableciendo una práctica caída en desuso, decretó que si se veía en el Capitolio un ave de mal augurio se efectuase una obsecratio cuyo texto sería leído por él mismo (como pontífice máximo) no sin antes haber ordenado que se alejasen todos los trabajadores y esclavos.

“En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.” (Suetonio, Claudio, XXII)


En tiempo de Catón el Censor se recurría a los auspicios en las casas particulares. Y en Ia época imperial existían aún los nuptiarum auspices, que intervenían con sus presagios en las bodas. Los textos en general no dicen de qué clase de signos se trataba. Entre estos signos se encontraba la observación de las aves, mencionada por Cicerón, que conoce la antigua costumbre de recurrir a las aves.
"Antaño, casi ningún asunto importante se emprendía sin contar con los auspicios, ni aunque fuera de carácter privado, como incluso hoy reflejan los augures en las bodas, quienes, una vez perdida ya su función, se limitan a conservar su nombre. Pues, así como hoy suele impetrarse por los asuntos importantes mediante las entrañas (aunque también esto bastante menos que en otros tiempos), así solía hacerse por entonces a través de las aves. Y, de esta manera, al no buscar aquello que nos es favorable, vamos incurriendo en lo malo e infausto." (Cicerón, De Adivinación, I, 6)



En la época de Plauto los prodigios y augurios parecen haber formado parte de la vida cotidiana y tenido gran influencia al ser tenidos en cuenta a la hora de emprender un negocio o participar en cualquier actividad, incluso si esta consistía en un engaño o en un delito con un escarmiento para los implicados.

Líbano ¡Caray!, de verdad, Líbano, ahora es mejor despabilarse e inventar alguna estratagema para hacerse con el dinero. Ya hace mucho que dejaste al amo y te fuiste a la plaza, para urdir algún engaño para encontrar el dinero. Allí te has pasado todo el rato hasta ahora dormitando sin dar golpe; venga, sacude esa indolencia, fuera con esa dejadez, vuelve otra vez a tu ladina condición de siempre; ayuda a tu amo, no hagas como suelen la mayoría de los esclavos, que no son listos más que para engañarle. Pero, ¿de dónde lo voy a sacar?, ¿a quién birlárselo?, ¿a dónde dirigir mi embarcación! (Mirando al cielo.) Ya tengo los augurios y los presagios: las aves permiten cualquier dirección: el pájaro carpintero y la corneja por la izquierda, el cuervo y el quebrantahuesos por la derecha me alientan de consuno; desde luego que estoy dispuesto a haceros caso. Pero, ¿qué significa eso de que el picoverde golpea el olmo? Seguro que no es una casualidad. Por lo menos, según lo que yo deduzco del augurio del picoverde, hay vergajos preparados o para mí o para Sáurea, el mayordomo. Pero, ¿por qué vendrá ahí Leónidas corre que corre jadeando de esa forma? Eso me inquieta, viene por la izquierda, mal agüero para mis proyectos de engaño". (Plauto, Asinaria, II, 1)



Bibliografía

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https://revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/download/GERI0000110025A/14365; II. TRAJANO Y LA ADIVINACIÓN TRADICIONAL; Santiago Montero
https://revistas.ucm.es/index.php/ILUR/article/download/ILUR0101440047A/26506; El Augurium Salutis o la paz imposible; Santiago Montero
revistas.ubiobio.cl/index.php/TYE/article/view/2197; AUGUSTO & LA ADIVINACIÓN. LOS PRODIGIOS DE SU NACIMIENTO, VIDA Y MUERTE; Nicolás Eduardo Penna Órdenes
https://dspace.uah.es/dspace/handle/10017/9402; LA ADIVI ACIÓ E ROMA: ORÍGE ES, FU DAME TACIÓ y CRÍTICA ESPECULATIVA DE SU PRÁCTICA; David Espinosa Espinosa
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Mitología universal: historia y explicación de las ideas religiosas y teológicas; Gaspar y Roig, ed. Google Books
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http://scholarcommons.usf.edu/etd/537/; Electoral abuse in the late Roman Republic; Howard Troxler

jueves, 28 de septiembre de 2017

Vinalia, vendimia y fiestas del vino en Roma




"Septiembre cerca contra enemigos a las uvas maduras.
Va sacando Octubre con pisadas los vinos más suaves." (Antología Latina)


El cultivo del sarmiento salvaje (vitis silvestris) se conocía desde la Prehistoria en Europa y Asia Menor y el de la vid (vitis vinifera) empezó a darse hacia el tercer milenio en el Cáucaso o en el este de Asia menor. La civilización sumeria conocía ya el vino y en el código de Hammurabi (1750 a.C.) se detallan disposiciones sobre los viñedos y los fraudes en el comercio del vino. Las viñas eran propiedad del rey, los sacerdotes y aristócratas y las vides crecían en huertos anexos a las casas o en viñedos. 

Un rey egipcio, llamado Escorpión, fue enterrado en el año 3150 a.C. con 700 ánforas de vino importado, y en Egipto la vid fue introducida por Osiris y desde el año 3000 a.C. comerciaban el vino en ánforas con etiquetas que indicaban su contenido, lugar y fecha de producción, el propietario del viñedo y la calidad del vino. Las pinturas y esculturas testimonian el uso del vino con fines medicinales y religiosos, en las ofrendas a los dioses.

“La hermana pasa el día debajo de mis ramas,
junto al hermano,
ebria de vino de uva y granada,
por la fragancia de la resina, bañada.”
 (Canción egipcia antigua)


Pintura egipcia, Tumba de Nakht


En Creta se consumía vino importado de Siria o Egipto y hacia el año 1000 a.C. se exportaba vino desde Fenicia a Egipto. Desde la fundación de Cartago en 814 a.C. la viticultura se extendió por todo el Mediterráneo.

Los etruscos de la Toscana ya producían vino desde el siglo VIII a.C. por su contacto con los fenicios procedentes del Mediterráneo oriental y hacia el año 625 a. C. lo exportaban a los puertos de la costa mediterránea francesa (zona de la actual Montpellier). En el siglo VII a. C. los griegos de Focea, en Asia menor, fundaron el puerto de Massalia (Marsella) y establecieron un comercio de vino entre sus asentamientos en el Mediterráneo. Ello implicó la competencia con el vino de los etruscos, cuyo comercio declinó, aunque no llegó a desaparecer.

Los griegos de Massalia no solo importaban el vino que consumían en sus celebraciones y festividades, sino que empezaron a plantar sus propias viñas y fabricar sus propias ánforas, lo que indica una producción local.



Los navegantes griegos que desembarcaron en la península itálica, principalmente en la época de la gran colonización griega del Mediterráneo, siglos VIII-VI a.C., debido a la crisis generalizada en su territorio, buscaban nuevos mercados donde exportar sus productos (en especial aceites y vinos) y contribuyeron a la extensión de la vid. Esta se cultivó esplendorosamente en las montañas del sur de Italia y el devenir del tiempo supo reconocer la importancia de su cultivo, y su evolución tuvo un papel fundamental en la economía romana desde la época republicana. 

“… tampoco hay duda de que las vides del campo másico, del sorrentino, del albano y del cécubo son, por la excelencia de su vino, las mejores de todas las que la tierra produce.” (Columela, III, 8)



Mosaico Museo del Bardo, Túnez


En Hispania los comerciantes fenicios durante los siglos IX y VIII a.C. introdujeron el vino y el cultivo de la vid. En un principio el vino se importaba para el propio consumo de la colonia fenicia y de las clases dirigentes locales. Al norte del delta del Ebro existía presencia griega desde finales del siglo VII a.C. y allí habían encontrado una producción de vino y ánforas, establecida por los fenicios. A finales del siglo VII a.C. empezó a llegar vino griego procedente de Quíos y desde el siglo VI de Mileto y Corinto.

“La insigne Tiricas (Tortosa); nombre antiguo el de esta ciudadela y enormemente famosas fueron las riquezas que sus habitantes por las costas del mundo, pues, además de la fertilidad de sus campos, merced a la cual la tierra cría ganados, viñas y los dones de la rubia Ceres, se transportan mercancías foráneas por el río Ebro.” (Avieno, Ora marítima)




La conquista romana de La Galia e Hispania supuso primero una continuidad en la producción de vino, en las zonas costeras del mar Mediterráneo y en segundo lugar, una extensión de los viñedos al resto del interior del territorio, así como a Britania y el noroeste de África. 

¡Salve, río, renombrado por tus campos, renombrado por tus habitantes, a quien deben los belgas que sus murallas sean dignas del Imperio, río de viñosas colinas sembradas de Baco perfumado, de riberas de hierba sembradas, verdegueante río! (Ausonio, El Mosela*) 

*El río Mosela nace en el macizo de los Vosgos (Francia) y desemboca en el río Rin en Coblenza (Alemania).

Para proteger el valor de los productos exportados desde Italia el Senado romano, en el tercer cuarto del siglo II a.C. prohibió el cultivo de la vid más allá de los Alpes para favorecer a Italia, aunque Marsella, ciudad aliada, quedó excluida de la prohibición y, por lo tanto, resultó favorecida. 

“y nosotros, que nos tenemos por los más justos, no permitimos que los pueblos transalpinos planten olivos y cepas, para así dar más valor a nuestros olivares y viñedos lo que podemos decir que hacemos prudentemente, pero no con justicia, para que entendáis cómo la prudencia discrepa a veces de la justicia.” (Cicerón, Sobre la república, III, 16)





Pero el considerable incremento de la producción de vino en las colonias (Galia, Hispania y norte de África) y la progresiva transformación de los campos de trigo en viñedos, por ser más rentable para los propietarios, provocaron una fuerte crisis económica hacia el año 90 d.C. que hizo caer los precios del vino e hizo temer una escasez de alimentos para el pueblo. El emperador Domiciano emitió el edicto De excidendis vineis, en el año 92 d.C. ordenando arrancar la mitad de las vides de las provincias romanas y prohibiendo la plantación de nuevas viñas a los habitantes indígenas, con lo que pretendía evitar la falta de trigo.

“Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas vinas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas, pero abandonó la ejecución de esté edicto.” (Suetonio, Domiciano, VII)




Con esta medida también protegía a los productores de vino romanos de la competencia de los viticultores de las colonias, por ejemplo, de la Galia, donde a finales del siglo I d.C. se habían plantado viñas en regiones del norte, donde no se esperaba que pudiera cultivarse por el clima, pero donde se había importado una variedad de vid procedente del norte hispano, más resistente al frio de la tierra gala, que se implantó en la zona alrededor de Burdigala (Burdeos), donde surgió una potente industria vinícola.

“Burdeos es mi tierra natal; allí, la benignidad de un cielo suave y la extensa generosidad de una tierra regada, una larga primavera y unas brumas invernales tibias acompañadas de un sol renovado, y unas corrientes espumosas, cuyas ondas se apresuran bajo colinas llenas de viñedos, imitando las olas marinas.” (Ausonio, XX, Burdeos)

Otra explicación para el decreto podía ser que la expansión de viñedos en terrenos poco apropiados para su cultivo trajese la producción de vino de poca calidad que no tuviese la calidad suficiente para alcanzar un precio razonable en los mercados de destino para poder compensar el coste de elaboración y transporte.




Mosaico vendimia, Iglesia de Lot y Procopio, Monte Nebo, Jordania


El edicto de Domiciano no parece haber tenido una gran implantación y en el año 212 d.C. el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, con derecho, por tanto, a plantar cepas. En el año 276 d.C. un edicto de Probo revoca el de Domiciano, y restablece los derechos de plantación y fomenta el establecimiento de nuevos viñedos en las provincias que conocen una nueva etapa de exportación de sus vinos a todo el imperio.

Una plaga en el siglo II y las invasiones de los bárbaros del siglo III dejaron las viñas arrasadas o desatendidas por miedo y la producción de vino desorganizada, y en el siglo IV, cuando se recuperó la frontera del Rin las tierras estaban devastadas y las carreteras tan deterioradas que los vinateros del valle del Ródano no pudieron reanudar el negocio de abastecimiento de vino con la zona de Galia y Germania. Los comerciantes de Medio Oriente se encargaron entonces de distribuir el vino procedente de lugares como Gaza, Antioquía y Sardis hacia Occidente y el norte de África, pues los vándalos germánicos se habían asentado en Cartago y constituido un floreciente puerto al que también llegaba vino desde Egipto, cuyos vinos también satisfacían las necesidades de la populosa Alejandría.


Durante el Bajo Imperio se distribuían por muchas provincias los vinos procedentes de Fenicia, Palestina y África que llegaban a los puertos del Mediterráneo occidental. Eran ya muy apreciados en Hispania y Egipto.

“Mis vinos no son de Gaza (Palestina), de Quíos o de Falerno y no te daré a beber productos de la viña de Sarepta (Fenicia). Aquí no tengo los líquidos que ha hecho famosos el nombre que un triunviro (Marco Emilio Lépido) en persona puso a una villa (Vienne) en nuestros campos.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 17)





Hispania, gracias a los cartagineses, ya poseía una productiva industria viticultora, de forma que durante el hundimiento de la producción ocurrida en Italia en el siglo II d.C., los vinos de la península ibérica suplieron la escasez.

“Los viñedos lacetanos de las Hispanias son famosos a causa de la gran abundancia de vino que producen, pero los tarraconenses y lauronenses lo son por su finura, así como los baleáricos pueden ser comparados con los mejores de Italia.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 6)

Aquellos latifundistas que podían, por las calidades del suelo y el clima, destinaban partes de sus tierras a la plantación de cepas y cultivo de la vid llegando a cubrir grandes extensiones de terreno. El trabajo en los viñedos movía una notable cantidad de mano de obra, asalariada o esclava. El comercio derivado del beneficio del fruto de la vid, el vino, supuso un gran movimiento comercial, terrestre, fluvial y marino, y un fortísimo aporte de ingresos al erario romano, a los latifundistas, a los negotiatores, y al pequeño comerciante. Dijo Columela: “No hay otro cultivo más rentable que la viña.”


Museo del Bardo, Túnez



Como su cultivo exige una capacidad económica fuera del alcance de un campesinado de escasos recursos, casi siempre se asociaba a grandes terratenientes o a miembros de la familia imperial, algunos de los cuales participaban activamente en la vendimia, como cuenta Marco Aurelio en una carta a su maestro Frontón.

“Luego, nos dedicamos a recoger uvas; sudamos y disfrutamos y, como dice el poeta, «dejamos algunos racimos de la vendimia». Después del mediodía volvimos a casa. Estudié un poco, pero en balde. Después charlé mucho con mi querida madre, sentada en su diván… Sonó el gong, es decir, se anunciaba que mi padre (Antonino Pío) se dirigía al baño. Así pues, una vez lavados en el lagar, cenamos: no quiero decir «lavados en el lagar», sino «una vez lavados», nos pusimos a cenar. Y con gusto escuchamos a la gente del campo gastar bromas.” (Frontón, Epistolario, 61)






Hacia el año 50 d.C. el liberto Remio Palemón de Vicetia gastó 600.000 sestercios en una granja en la región de Nomento.

Ocho años más tarde vendió su cosecha de uvas por 400.000 sestercios mientras todavía colgaban en la viña; unos años más tarde vendió toda la granja al tutor de Nerón, Séneca, por nada menos que 2,4 millones de sestercios.

“Pero la fama mayor la alcanzó, con la ayuda del mismo Esténelo, Remio Palemón —célebre gramático, además—, quien compró hace veinte años unas tierras por seiscientos mil sestercios en el mismo territorio nomentano, a diez millas de Roma por un atajo. Es, por otro lado, conocido en todas partes el bajo precio de venta de las fincas del entorno de Roma, pero sobre todo allí, pues éste había adquirido unos predios que, por dejadez, habían quedado abandonados, y que ni siquiera eran los menos malos de todos. Empezó a cultivar con esmero estas tierras no por ser de espíritu emprendedor, sino, en un principio, por su vanidad, que era muy típica de él; habiendo cavado las viñas en su totalidad bajo el cuidado de Esténelo, por parecer agricultor, consiguió el milagro apenas creíble de que al octavo año, estando la vendimia aún pendiente, se le adjudicara la cosecha a un comprador por cuatrocientos mil sestercios. Todos corrieron para ver los montones de uvas en aquellas viñas y, frente a esto, sus perezosos vecinos se justificaban a sí mismos por los conocimientos tan elevados que aquél poseía. Hace muy poco tiempo Anneo Séneca, el primero entre los eruditos en ese momento y con un poder que, finalmente excesivo, se le vino encima, aun siendo por lo general muy poco admirador de cosas vanas, se prendó hasta tal punto de este predio, que no se avergonzó de concederle la palma de la victoria a un hombre, odioso en otras circunstancias y que se iba a vanagloriar de ello, cuando compró aquellas viñas, más o menos a los diez años de su cultivo, por el cuádruple de su valor.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 47)



Mosaico calendario agrícola, Saint Romain en Gal, Francia


Con el tiempo las fincas vinícolas se expandieron de tal manera que la producción de cereal casi llegó a su fin en la península italiana. Cuando en las colonias se desarrolló el gusto por el vino se empezó a producir de forma local. Aunque el cultivo de la vid estaba prohibido más allá de los Alpes (para favorecer la exportación desde Roma), la viticultura local (que hasta el siglo III d.C. estaba restringida a los ciudadanos romanos) fue estableciéndose en áreas del norte de Europa, especialmente en Francia y Alemania.

La producción de vino y los viñedos exigían una preparación minuciosa que empezaba por analizar las circunstancias económicas hasta terminar en la vinificación, pasando por el conocimiento del clima, del suelo y de las técnicas de cultivo, eligiendo las variedades adecuadas para realizar la vendimia correcta y elaborar los vinos adecuados a la uva producida. 


El viticultor debía tener en cuenta el lugar en el que plantar su viñedo y según Columela, sopesar las condiciones climáticas para evitar el frío y el calor excesivos e, incluso, la orientación de la plantación en consonancia con los diferentes tipos de suelo. Para elaborar vino la bodega debía hallarse cerca de una ciudad bien comunicada y al lado de una vía terrestre o fluvial para realizar el transporte más fácilmente. 


La variedad de cepa a cultivar era una cuestión que preocupaba a los agrónomos romanos pues, como señala Columela, la misma variedad en circunstancias distintas, podía presentar resultados también diferentes en su producción. Las sucesivas conquistas romanas, posibilitaron la importación y exportación de variedades.

“Se ha encontrado recientemente un tipo de vid que, de suyo, da vino con sabor a pez, y que da fama al territorio de Vienne (Galia Narbonense, junto al Ródano) con las variedades del Taburno, de Sotano y de Helvia; ésta es célebre desde hace poco tiempo y desconocido en la época del poeta Virgilio, desde cuya muerte han transcurrido noventa años.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 18)




El robo de cepas o uvas preocupaba a los propietarios de los viñedos que tenían que poner a un guarda a vigilar los campos, sobre todo, en la época en que las uvas estaban en sazón justo antes de la recogida.

En un papiro encontrado en Egipto se puede ver un texto incompleto que trata sobre el acuerdo llegado entre un guarda y el propietario para que el primero se haga cargo del cuidado de la viña del segundo.

“Confirmo que he firmado un contrato contigo para guardar tu propiedad, un viñedo cerca de Panoouei, desde este día hasta la vendimia y el transporte, para que no se cometa ninguna negligencia, y a condición de recibir como pago por todo el tiempo ya mencionado ...” 

Numerosos escritores escribieron sobre el cultivo de las viñas, las variedades de las uvas y las formas y procesos de elaboración del vino: “Ahora bien, la vid se planta o para uva de mesa o para prensarla.” (Columela, De Agricultura, L, III).



Mosaico de Cherchell, Argelia

El momento de iniciar la vendimia dependía del grado de maduración de la uva. Plinio recomendaba alargar la vendimia en torno a cuarenta días a partir de mediados de septiembre y aconsejaba, para mejorar la calidad del vino, retrasar la recolección para que la uva tuviera mayor contenido de azúcar.

“En los viñedos, cuando madure la uva, conviene hacer la vendimia de tal forma que tengas en cuenta en qué variedad de uva y en qué lugar del viñedo debes comenzar a recoger, pues tanto la precoz como la mezcla que llaman “tinta”, maduran pronto, por lo que han de ser cosechadas antes, como la parte más soleada de la plantación y de la viña debe descender de la vid en primer lugar.” (Varrón, De Re Rustica, 1. 54. 1)





Agrónomos como Columela y Paladio aconsejaban, como medio más eficaz para comprobar el grado de maduración de la uva, probarla y vendimiar si el fruto estaba dulce, si, por el contrario, estaba ácido se debía esperar.

Antes de llegar a los campos para vendimiar había que preparar bien los cestos para la recogida de la uva y los recipientes para envasar el vino.

“Se acerca la fecha de la vendimia y tengo necesidad de cestos. Préstame, pues, los que te sobren: te los devolveré en un plazo no muy largo. Yo, en cambio, poseo numerosos recipientes de vino. Si tienes necesidad, cógelos de buen grado. El dicho que reza: «las cosas de los amigos son comunes», debe tener vigencia particularmente en el campo.” (Alcifrón, Cartas de campesinos, 12)


Mosaico vendimia, Iglesia de Lot y Procopio, Monte Nebo, Jordania

Los propietarios de las viñas podían dedicar el producto de la vendimia a elaborar vino para su propio consumo, si la cosecha no era suficiente o de calidad inadecuada para la venta. El emperador Juliano relata en una de sus cartas que su inexperiencia como viticultor no le impide deleitarse en la degustación de su propio vino.

“Hay también allí un pequeño recuerdo de mi trabajo de agricultor, una pequeña viña que produce un vino oloroso y dulce, y Dioniso no necesita esperar que Crono le preste sus gracias. La uva, en la viña o exprimida en el lagar, despide un olor a rosas, y el jugo ya en los toneles es esencia de néctar, … ¿Por qué no hay muchas de tales viñas? Quizá porque tampoco yo he resultado un agricultor animoso, pero como mi crátera de Dioniso es moderada y está muy necesitada de las Ninfas (de añadir agua), dispuse aquella cantidad suficiente para mí y mis amigos, y esta especie de hombres es corta.” (Juliano, carta IV, A Evagrio)



Detalle de mosaico Tellaro, Sicilia

Los dueños de una viña podían optar por arrendarla si no pensaban que ellos mismos pudieran hacerse cargo de su explotación u obtener rendimiento de ella. 

“Voluntariamente nos comprometemos a alquilar por un año desde … todos los trabajos de la viña de tu propiedad en el área de la villa de Tanais y de la plantación de junco adyacente … consistiendo en el arranque de juncos, recogerlos y transportarlos, corte de madera, y su empaquetado, corte de las hojas, su transporte y echarlas por encima de los muros de adobe, plantación de cepas, cavar y rodearlas de zanjas, … probaremos las ánforas para el vino, y una vez llenas de vino, las pondremos a la sombra al aire libre, las engrasaremos, moveremos, y trasvasaremos el vino de unas a otras, … el pago por las dichas operaciones será de 4.500 dracmas de plata, 10 artabas de trigo y 4 ánforas de vino, que recibiremos a plazos según progresen las operaciones… Año sexto del emperador Caesar Marcus Aurelius Probus Persicus Maximus Gothicus Maximus Pius Felix Augustus.

En la preparación de las bodegas, previa a la vendimia, los agrónomos insisten -especialmente- en la limpieza de los edificios y aparatos de manera que lagares, prensas y vasijas estén perfectamente limpios, algo que es determinante para evitar fermentaciones inadecuadas. Se untaban con pez, unos cuarenta días antes de vendimiar. Además de lavado y limpio, debía quedar todo bien seco y sin humedad.

Mosaico calendario agrícola, Saint Romain en Gal, Francia

Columela aconseja, si se puede, utilizar para la limpieza agua de mar y en todo caso secar bien, ventilar y quemar perfumes agradables para evitar malos olores.

“Pero antes de empezar a coger la uva deberá tener preparadas si puede ser, desde el mes anterior todas las cosas que son menester; y si no, al menos tendrá quince días antes parte de las tinajas untadas de pez, y otra parte fregadas y lavadas con agua del mar, o agua con sal y bien enjutas. Lo mismo hará con las tapaderas, los coladeros y las demás cosas, sin las cuales no se puede sacar bien el mosto. Pero las prensas y los lagares los tendrá bien limpios y lavados, y si el caso lo exige cubiertos con pez, y asimismo leña prevenida para cocer el mosto y hacer arrope: como también tendrá mucho antes sal de prevención, y los perfumes con que se haya acostumbrado a dar gusto al vino.” (Columela, XI)

Mosaico, mausoleo de Santa Constanza, Roma

Una vez llegado el día propicio para iniciar la recogida de la uva se realizaba una celebración religiosa en la que se invocaba a los dioses para pedir su protección sobre la recolección de la próxima cosecha, acompañada de sacrificios y que daba paso al acto de la vendimia, en el que hombres, mujeres y niños en las fincas rústicas comenzarían a cortar los colmados racimos de las cepas más generosas. 

“Como ya se estaba en pleno otoño y se echaba encima la vendimia, todos andaban en el campo atareados. Éste el lagar dejaba a punto, limpiaba aquel las cubas y aquel otro tejía cestos. Se ocupaban uno de una pequeña podadera para cortar racimos, otro de una piedra con que poder exprimirles todo el jugo y algún otro del mimbre seco y a golpes ya pelado, para poder disponer de luz cuando de noche trasegaran el mosto.

Dejaban entonces Dafnis y Cloe sus rebaños de cabras y de ovejas, a fin de prestarse ayuda mutuamente. Él cargaba con cestos llenos de racimos, echándolos en los lagares los pisaba y acarreaba el vino hasta las cubas. A los vendimiadores, Cloe les preparaba el yantar y les servía vino añejo de beber, y hasta recogía uvas de las vides más rastreras…”
(Longo, Dafnis y Cloe, II, 1)





Los propietarios de los viñedos estarían presentes durante la recolección de las uvas, aunque la supervisión de la actividad quedaría en manos del capataz o villicus de la hacienda, o de algún otro servidor encargado por el dueño.

“En cuanto a mí, en este mismo momento estoy recogiendo la vendimia, en verdad mediocre, aunque mejor de lo que yo había esperado, si se puede llamar 'recoger' a arrancar de vez en cuando un racimo, ir a visitar la prensa, probar el mosto del lagar, sorprender a mis esclavos de la ciudad, que ahora están supervisando a los campesinos y me han dejado con mis secretarios y lectores.” (Plinio, Epístolas, IX, 20)

Muchos miembros de las aristocracias locales, que eran a su vez propietarios agrícolas, tenían que repartir su tiempo entre la urbs, donde desarrollaron su vida pública, y sus fundi, donde obtenían los recursos económicos que les permitían sostener su status como miembros de las clases privilegiadas y de los cargos municipales. Esta forma de vida queda perfectamente reflejada en el capítulo XLIX de la lex Irnitana donde se indica que, a propuesta de los duunviros, se podían suspender hasta treinta días al año las reuniones del senado y la actividad judicial, en tiempos de vendimia y recolección, para que de esta forma los miembros del ordo decurionum pudiesen atender sus posesiones en los periodos de máxima actividad agrícola.




La vendimia era posiblemente un acto que conllevaba cierto carácter festivo en el que participaban hombres y mujeres que vivían y trabajaban en los fundi y su entorno y que para que transcurriera de forma más amena sería acompañado quizás de cantos y música que sonaban para honrar la jornada.

“Como era de esperar en la fiesta de Dioniso y en el nacimiento de sus caldos, las mujeres, a las que de los campos del contorno se llamaba para que echaran una mano con el vino, ponían sobre Dafnis sus miradas y elogiaban su belleza por comparable a la del dios. De entre las de más desenvoltura hubo una que llegó a besarlo, con lo que excitó a Dafnis y dio aflicción a Cloe. Y los de los lagares le lanzaban a Cloe gritos de todos los colores, igual que sátiros a por una Bacante daban saltos de locos y suplicaban volverse ovejas y que ella los llevara al pasto.” (Longo, Dafnis y Cloe, II, 2)




Entre los papiros egipcios se ha encontrado uno con el compromiso de un flautista para tocar en una vendimia.

“A Aurelio Eugenio, gimnasiarca y senador de Hermópolis, de Aurelio Psenumis, hijo de Colluthus y Melitina, flautista, de Hermópolis, saludis. Reconozco que he contratado y acordado contigo presentarme en la villa de ---- en la vendimia de los viñedos que están allí junto a los vendimiadores y sin falta asistirles a ellos y otros trabajadores con mi flauta y no dejarles hasta que terminen…; y por tocar y por el entretenimiento recibiré la tarifa prescrita…” (Papiro CPR 17A 19)


Mosaico vendimia, Iglesia de Lot y Procopio, Monte Nebo, Jordania

A pesar de las imágenes idealizadas de representaciones artísticas en las que aparecen los vendimiadores arrancando las uvas con las manos, en verdad se utilizaba una herramienta, falx vinatoria, que tiene actualmente varios nombres (hocino, corquete, etc.) y que se asemeja a una pequeña hoz, con mango de madera y cuchilla curva de hierro, que había que emplear con cuidado para no dañar el fruto.

“Clavada en mi sitio ofrezco sustento a gente lejana.
El hocino me troncha la cabeza y los brazos.
Llena de lágrimas me atan con muchas cadenas,
mientras procreo hijos condenados a igual muerte.
Pero los hijos difuntos suelen vengar a su madre,
cuando con su sangre vertida tumban pasos vacilantes.”
(La vid, Antología Latina)


Mosaico vendimia, Iglesia de Lot y Procopio, Monte Nebo, Jordania

La uva recolectada se colocaba en unas cestas (colum) que según Columela había que fabricar a lo largo del año y que una vez llenas se trasladaban en los carros al lagar, que debía encontrarse en las proximidades de la vivienda para que la cosecha no se malograra durante el transporte. 

"En la vendimia, la uva no sólo se recoge, sino que también se escoge por los diligentes: se recoge para beber, se elige para comer. De esta forma, la recogida se lleva a la sala de prensado y de ahí a la tinaja vacía; la escogida, en cesta separada, de donde se pone en ollas y se la mete en tinajas llenas de orujo de uva, una parte se pone en el fondo de la cisterna en ánfora empegada, otra se cuelga al aire en la despensa. De las uvas que se hayan pisado, los escobajos y los hollejos han de ponerse bajo la prensa para que, si le queda algo de mosto, se exprima en el mismo lagar." (Varrón, De Agricultura, I.54.2)




Las cestas cargadas se apilaban en compartimentos llamados tabulata y el jugo que exudaban las uvas bajo la presión de su propio peso se empleaba para elaborar un vino dulce y fuerte que se vendía como producto de gran calidad y se llamaba mustum lixivum o protropum. 

“Entre las variedades dulces está también el melitites, se diferencia del mulso en que se hace de mosto, haciendo hervir ligeramente un congio de miel y un ciato de sal con cinco congios de mosto seco. Es seco, pero debe contarse entre estas variedades también el prótropo: éste es el nombre que le dan algunos al mosto que fluye espontáneamente antes de que se pisen las uvas. Se vierte enseguida en sus propias garrafas dejándolo que termine de fermentar, y después se deja cocer al sol durante cuarenta días del verano siguiente, justo a la salida de la Canícula.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 85)



Tras este proceso los cestos eran vaciados en la zona donde se iba a producir la primera transformación, la cuba de pisado (forum vinarium o calcatorium), una plataforma elevada por encima del nivel del suelo para facilitar el evacuado del líquido resultante por medio de unos canalillos al lacus (lagar)

“La bodega del vino debemos tenerla orientada al norte, fría y casi oscura, lejos de los baños, establos, horno, estercoleros, cisternas, aguas de albañal y demás sitios de mal olor, provista de lo necesario para no verse sobrepasada por la cosecha; distribuida, por otra parte, de modo que tenga construido en un sitio un poco más elevado, como el estrado de una basílica, el lagar, al que se suba más o menos por tres o cuatro escalones en medio de dos depósitos, excavados por uno y otro lado para recoger el vino, desde estos depósitos, saldrán cañerías de albañilería o tuberías de barro rodeando los muros hasta el otro extremo y verterán el vino que mana por salidas próximas en las tinajas adjuntas a cada lado.” (Paladio, I, 18)

Mosaico de Mérida, España


Para que los trabajadores no resbalasen durante el pisado se sujetaban a travesaños, a anillas pendientes o, bien, se ponían por parejas, cogidos de la mano. 


"Se venga la uva de los trabajos que sobre sí aguantó, que, si los pies la pisan, a los pies ella zancadillea." (Antología Latina, 31)

Mosaico calendario agrícola, Soussa, Túnez

Antes de iniciar el pisado de la uva se hacía una ofrenda a los dioses para obtener un buen vino.

“Entra tú en persona, soberano, en las cubas para prensar con rápida pisada las uvas y dirige las nocturnas tareas.
Descalza tu orgulloso pie, da fuerzas al servidor de tu coro, ciñéndote por encima de las ágiles rodillas, y canaliza el vino que libera la lengua, bienaventurado, hacia las vacías ánforas a cambio de tortas y una lanuda cabrita.” 
(Antología Palatina, Epigrama 568)


Como el pisado de la uva no producía un exprimido total de los frutos, la masa de orujo se recogía y colocaba en cestos de junco o esparto y, en un espacio justo al lado del lagar (torcularium), se iniciaba su prensado por medio de una larga palanca -prelum- que la presionaba y la exprimía sobre un receptáculo de piedra (forum) cuyo pavimento estaba ligeramente inclinado para permitir el deslizamiento del mosto a través de canales hasta los depósitos de fermentación. El mosto obtenido de los distintos prensados daba como resultado vinos de diferente calidad, siendo los del último prensado los peores.

Prensa de vino, ilustración de Jean Claude Golvin

Cuando se había obtenido el mosto, se podía cocer en ollas para aumentar la concentración de azúcares y, por tanto, de alcohol. Se hacía para mejorar el vino poco azucarado (austerus), prolongar su conservación y quitarle aspereza.

“El mosto que se guarda en tinaja para hacer vino no ha de sacarse mientras hierve, ni tampoco cuando el proceso sigue hasta que el vino se ha hecho. Si lo quieres beber añejo, como no se hace antes de que haya pasado un año, se saca de un año. Pero si es de esa clase de uva que se agria pronto, conviene que se consuma o venda antes de la vendimia. Hay clases de vino, entre ellos el de Falerno, que cuantos más años se tengan guardados, más beneficio producirán cuando se saquen.” (Varrón, De Re Rustica, I, I, 65)

Algunos productores se jactaban de no añadir ningún ingrediente al vino como conservante, sin embargo, era necesario casi siempre añadir aditivos, dada la inestabilidad química del vino y del dominio insuficiente del proceso de vinificación que existía en la época.



Dolia,tinajas de vino enterradas, Ostia, Italia


Los romanos guardaban su vino a granel en enormes tinajas de barro, llamadas dolia, en las que quedaba el vino hasta que era envasado para su venta o su transporte en ánforas. En las tinas se dejaba fermentar el vino durante un año, pero había que destaparlas de vez en cuando para remover y evitar que se hiciera un poso espeso que se fuera al fondo. Las tinajas o dolia se semienterraban (dolia defossa) en el suelo o se guardaban en estancias con condiciones climáticas adecuadas, llamadas cella vinaria. 

“En los climas más benignos conservan el vino en tinajas, y las entierran por completo o en parte según la región. Así las protegen del clima, en cambio en otros lugares las guardan bajo techado.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 133)






Como conservante se utilizaba, como hacían los griegos, agua marina, depurada durante varios años y reducida luego, para permitir su estabilización durante el transporte.

“¿Por qué no me meto aquí en el templo de Venus a dormir esta borrachera cogida tan a desgana? Neptuno nos ha tomado por vinos griegos: echándonos agua de mar, ha querido purgamos con sus bebidas saladas.” (Plauto, La Maroma, 585)

La acidez se intentaba rebajar añadiéndole, durante la fermentación mármol pulverizado, yeso, cal o vino viejo o vinagre.

“África mitiga la aspereza del vino con yeso, e incluso en algunos lugares con cal. Grecia combate la suavidad de sus vinos con arcilla, mármol, sal o agua de mar; una parte de Italia lo hace con pez crapulana; y es usual, allí y en las provincias limítrofes, tratar el mosto con resina. En algunas partes lo aderezan con la hez de un vino anterior o con vinagre.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 120)



Mosaico calendario agrícola, Saint Romain en Gal, Francia


El vino, a su tiempo, se bebía o se vertía en ánforas, que después de haber sido embreadas y limpiadas con agua salada, se frotaban con cenizas de vid y se ahumaban con mirra. Untar las ánforas de pez respondía tanto a la necesidad de impermeabilizar estos recipientes cerámicos como al poder antiséptico de esta resina. 

“En Italia se aprecia, sobre todo, la pez del Brutio para empegar las vasijas destinadas al vino. Se obtiene de la resina de la pícea; en Hispania, en cambio, se saca una muy poco apreciada del pino silvestre, pues su resina es amarga, seca y de olor muy fuerte.” (Plinio, Historia Natural, XIV, 127)

Dioniso fue en Grecia el dios del vino, de la vegetación y del delirio místico, compartido por su cortejo (thiasos) de ménades (mujeres poseídas) y sátiros. Las primeras personificaban los espíritus orgiásticos de la naturaleza, y los segundos las fuerzas fecundantes de la misma. De acuerdo con la tradición, Dionisio moría cada invierno y renacía en la primavera y para sus seguidores, este renacimiento cíclico, acompañado de la renovación estacional de los frutos de la tierra, encarnaba la promesa de la resurrección de los muertos.





Era una divinidad muy cercana a los hombres, bueno y amable con quienes lo honraban, pero destruía y enloquecía a quienes lo despreciaban a él o a los rituales orgiásticos de su culto. Enseñó a los humanos el cultivo de la vid haciéndoles conocer las excelencias y peligros del preciado zumo que se extraía de su fruto, las uvas, que podía alterar los estados de conciencia y la conducta humana si se abusa de su consumo, de forma irracional.

"Finalmente, cuando Baco observó los racimos encintos de rojo jugo, comprendió los antiguos oráculos de la profética Rea. Entonces, excavó la roca hasta hacer un hoyo en el fondo de la piedra mediante la filosa punta de un pico que hiende la tierra. Pulió las paredes de la profunda cavidad y construyó un foso con la forma de una cuba; luego convirtió su tirso en una hoz de borde ganchudo, con la que cosechó los recién florecidos racimos.

Entonces Baco colocó una cantidad del fruto en el cóncavo hueco, amontonando las uvas en el medio del agujero. Cubrió el agujero en toda su extensión con los ensortijados racimos dispuestos en capas, hasta llenar por completo de vid la cavidad pétrea. Entonces, comenzó a pisotear la uva con el metatarso de su pie bailarín, mientras los Sátiros sacudían en plena bacanal sus cabelleras al viento en la manera en que habían aprendido de Dioniso. Ellos apretaron en sus hombros la moteada piel de ciervo y, mientras entonaban al unísono el cántico de báquico son, apretaban el fruto con enormes saltos de sus pies. Al sonar del evohé, el hueco repleto de uvas se enrojecía y el vino borboteaba; apretado por los pies, el fruto largaba blanca espuma mezclada con el rojo jugo.” (Nono de Panópolis, Canto XII)






La denominación de Dioniso como Baco empezó a usarse en la antigua Grecia durante el siglo V a. C. y la penetración de su culto en la cultura romana ocurrió a principios del siglo III a.C., cuando Roma conquistó las zonas del sur de Italia que habían sido colonizadas por campesinos griegos unos tres siglos antes.


Dioniso con escenas de vendimia, Atenas clásica

El culto a Baco, dios de la fertilidad y del desenfreno en la bebida, en las Bacanales se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas, iniciándose la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba que durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza”. (Tito Livio, Historia de Roma, XXXVI-XL)



Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y sólo se permitió el culto a Baco cuando fuese declarado necesario para la prosperidad de Roma, lo que había que demostrar ante el Pretor urbano. Posteriormente, la celebración debía ser autorizada por el Senado, estando presentes no menos de cien senadores, siempre que no tomasen parte en ellos más de cinco personas, que no tuviesen fondo común, ni maestro de ceremonias ni sacerdote.

Ovidio escribe una elegía para invocar a Baco con motivo de la festividad de los Liberalia, y que era especialmente celebrada por el colegio de los poetas, que se hallaban bajo la protección de este dios. En ella aprovecha Ovidio la ocasión para pedirle su intercesión ante el Emperador y que le ayude a aliviar su pena en el destierro que sufre.

“¡Ayúdame, buen Líber! ¡Ojalá una segunda vid cargue el olmo y la uva esté llena del vino encerrado dentro de ella! ¡Que te corteje la activa juventud de los Sátiros junto con las Bacantes y no dejes de ser nombrado en sus gritos delirantes! ¡Que los huesos de Licurgo, el de la doble hacha, se hallen oprimidos de mala manera y que la sombra impía de Penteo no cese de penar! ¡Que brille eternamente en el cielo la deslumbrante Corona de tu esposa y eclipse los astros cercanos!
¡Ven acá, hermosísimo, y alivia mis desgracias, acordándote de que soy uno de los tuyos! Los dioses tienen relaciones entre ellos: intenta, oh Baco, ablandar con tu influencia divina la divina voluntad del César.”






El dios Líber era una antigua divinidad itálica relacionada con los ritos de carácter productivo y reproductivo. Se le consideraba protector de la viña y de los frutos húmedos. Era frecuente que se le ofreciera exvotos de reproducciones de órganos sexuales además de celebrarse un ritual que comportaba el culto al falo como propiciador de la fecundidad de la siembra. Líber acabaría asimilándose a Baco como dios del vino, aunque en su faceta campesina principalmente y sería venerado por los vendimiadores y taberneros y comerciantes que le rogaban protección para sus negocios. Su fiesta se celebraba el día 17 de marzo en la Liberalia.

“Me tambaleo borracho de vino puro. Mas ¿quién me salvará si es Bromio el que sacude mis rodillas?
He descubierto cuán injusto dios eres, puesto que yo te llevo a ti, Baco, y tú me correspondes haciendo que yo vaya dando tumbos.”
(Antología Palatina, Epigrama, 253)



Mosaico de Baco, Complutum, Museo arqueológico Regional, Alcalá de Henares


El nuevo Baco-Líber Pater estará también presente en las fiestas del vino o Vinalia, que se celebraban en honor de Júpiter y Venus, para pedir protección sobre las huertas, las viñas y la vendimia. pero desempeñará un papel totalmente secundario, pues su función se reducía a presidir acciones impuras, en contraste con las puras, consagradas a Júpiter, divinidad que estaba al frente de las fiestas. Mientras que Júpiter era el mayor representante del vino en el mundo romano y patrocinaba la obtención del vino sacrificial, Líber lo hacía sobre la del vino profano, no apto para las libaciones, limitando su patrocinio al momento del prensado, porque el mosto, cuyas primicias recibía, se consideraba un líquido impuro. Era siempre Líber-Baco quien protagonizaba la iconografía sobre el vino. Júpiter controlaba el ritual, su aspecto sagrado, siendo Baco el que asumía el lado profano de su consumo.




La dedicación a Júpiter podría haberse originado en tiempos de Eneas cuando Mecencio, rey etrusco que reinaba en Cere, fue llamado por Turno para que le ayudara en su lucha contra Eneas y Latino. Para convencerlo Turno le prometió la mitad de la cosecha del vino del campo latino y de su propio territorio, mientras que Eneas le ofreció esto mismo a Júpiter. Turno y Mecencio murieron y la promesa a Júpiter se cumplió, dando así origen a las fiestas de los Vinalia, en las que se ofrecían a Júpiter las primicias de la cosecha vinícola.

“Turno se atrajo la ayuda de los etruscos. Mecencio era ilustre y, con las armas en las manos, feroz, y, si grande a caballo, a pie era más grande aun; Turno y los rútulos intentaron atraérselo a su partido. Frente a esos intentos, hablo de la siguiente manera el caudillo etrusco: «El valor que poseo me ha costado caro; pongo por testigos mis heridas y las armas que tantas veces manche con mi sangre. Tú, que pides mi auxilio, reparte conmigo una recompensa que no es grande: los próximos mostos de tus lagares. El asunto no requiere tardanza alguna: a vosotros os corresponde dar, a nosotros, vencer. jComo desearia Eneas que yo me hubiera negado a esto!». Los rútulos estuvieron de acuerdo. Mecencio se puso las armas; Eneas se las puso, y habló Júpiter: «El enemigo ha prometido su vendimia al rey tirreno; ¡Tú, Júpiter, te llevarás el mosto de la viña del Lacio! Prevalecieron los votos mejores. El soberbio Mecencio sucumbió y atronó la tierra con su pecho rabioso. Había llegado el otoño, manchado con las uvas prensadas: hicieron entrega del vino debido a Júpiter, su acreedor. Desde entonces el día se llamó de los Vinalia. Júpiter reclama ese día y disfruta participando en su fiesta.” (Ovidio, Fastos, IV)



Festival de la vendimia, Pintura de Alma-Tadema


La Vinalia priora o urbana se celebraba el 23 de abril, cuando se abrían los odres de vino del año anterior para bendecirlo y degustarlo y también para pedir buen tiempo hasta la siguiente cosecha. La fecha de la Vinalia rustica era el 19 de agosto, cuando se sacrificaba un cordero al dios Júpiter para pedir protección contra las tormentas de verano que podían dañar las uvas antes de la vendimia. El sacerdote (flamen dialis) arrancaba un racimo de uvas de la viña y hasta que la ceremonia no se llevaba a cabo no se podía traer mosto nuevo a la ciudad. 

El 11 de octubre tenía lugar la Meditrinalia cuando se bebía el primer mosto de la reciente vendimia y se rogaba a Júpiter por la salud.



Zeus, Casa de los Dioscuros, Pompeya


Durante las fiestas atenienses en honor de Baco, se realizaba un acto lúdico que consistía en saltar con un solo pie sobre un pellejo de cabra hinchado y untado con aceite. La caída de los participantes provocaba la risa de los asistentes. Se inmolaba una cabra al dios, ya que este animal se comía las cepas. Los romanos solían recompensar a los que salían victoriosos en esta clase de combates, después de los cuales la multitud, disfrazada y con el rostro embadurnado, invocaba a Baco en versos obscenos y llevaba su estatua a los viñedos. 

“Del mismo modo, los colonos Ausonios, linaje de Troya, se divierten en improvisar versos sin medida, soltando carcajadas, y se ponen horribles caretas, hechas de cortezas labradas, invocándote, ¡oh Baco!, en sus alegres cantares y suspendiendo en tu honor de los altos pinos figurillas que representan tu imagen. De aquí proviene que todo el viñedo se llene de abundante fruto, y lo mismo los huecos valles y los profundos bosques y todos los sitios adonde vuelve el dios su hermosa cabeza. Cantemos, pues, según la antigua usanza, los loores de Baco en versos patrios, y tributémosle ofrendas y sacrificios; llevemos arrastrado por los cuernos a sus aras un cabrón sagrado y tostemos sus pingües entrañas en asadores de avellano.” (Virgilio, Geórgicas, II)



Templo de Baco, pintura de Giovanni Muzzioli


Los primeros autores cristianos no se oponen a beber vino, pero si rechazan el hacerlo de forma desmesurada y los efectos negativos que conlleva, a saber, conducta inmoral y burla de los demás. 

“… consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)



Dedicación a Baco, Pintura de Alma Tadema

El cristianismo y el culto báquico se asemejaban en el tema del perdón y la resurrección tras la muerte, por lo que no fue difícil su asimilación. Y al igual que los paganos se habían esforzado por detener el crecimiento del cristianismo, las autoridades cristianas intentaron por todos los medios debilitar el culto a Baco. Todavía en el 692 d.C. cuando el imperio bizantino era totalmente cristiano se emitió un edicto prohibiendo todas las manifestaciones propias del culto al dios del vino, como cantar, bailar y sus misterios, tachándolas como la raíz de todos los males. Se amenazó con la excomunión a todos los vinateros que permitiesen invocar el nombre de Baco en la pisa de la uva o en la preparación del vino.

“Baco, descubridor de la vid, hazte presente en estas vides cargadas; que derrames desde ellas dulce licor comparable a néctar, y haz viejo el vino embodegado sin que por culpa de remesas malas saque un sabor áspero y tenga que servir para otros usos.” (Antología Latina, Epigrama de Floro, 245)



Baco en el trono, Casa del Naviglio, Pompeya



Bibliografía:

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