DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 4 de mayo de 2020

Miles gregarius, el legionario en la antigua Roma

Bajorrelieve con legionarios de Glanum (Saint-Rèmy-de-Provence),
 museo Fourvière Galo-romano, Lyon, Francia. Foto de Rama

El ejército de la época de la república romana, que fue tremendamente agresivo, coincidió con la etapa de mayor expansión territorial, mientras que el de la etapa imperial, muy profesional y permanente, tenía una naturaleza básicamente defensiva y pretendía mantener asegurados los límites de unas fronteras trazadas hacía tiempo. 

Desde sus orígenes republicanos en la composición del ejército se daba la existencia de soldados-ciudadanos que integraban las legiones romanas a las que se añadían, como apoyo y complemento, especialmente en caballería –equites–, los aliados (socii). Así, romanos e itálicos combatieron fuera de sus lugares de origen y sentaron las bases de un extenso imperio, ya en etapa republicana, en torno a aquellas tierras que bordeaban el mar Mediterráneo. Durante la época imperial los aliados, una vez integrados dentro de las estructuras políticas y ciudadanas de la Urbs, fueron sustituidos por tropas auxiliares que se reclutaron en los recién incorporados territorios fronterizos del Imperio. 

“Esto es lo que mejor explica por qué (Adriano) vivió la mayor parte en paz con las naciones extranjeras; pues como veían su estado de preparación y ellas mismas no solo estaban libres de agresiones, sino que recibían además dinero, no hicieron ningún levantamiento. En verdad, tan excelentemente estaban entrenados sus soldados, que la caballería de los bátavos, como se les llamaba, cruzaba nadando el Danubio con sus armas.” (Dión Casio, Historia romana, LXIX, 9)



Legionarios, Museo estatal de Maguncia, Alemania. Foto de Robert Clark

Los romanos nunca confiaron el grueso de sus tropas a mercenarios a sueldo, pues su ejército, de base censitaria y movilizado sistemáticamente todos los años –básicamente, dos legiones para cada cónsul–, respondió a un sentido cívico, patriótico y pragmático, cuya disciplina en el aprendizaje le dio una enorme cohesión moral.

“Había en esta legión dos centuriones muy valerosos, Tito Pullo y Lucio Voreno, a punto de ser promovidos al primer grado. Andaban éstos en continuas competencias sobre quién debía ser preferido, y cada año, con la mayor emulación, se disputaban la precedencia. Pullo, uno de los dos, en el mayor ardor del combate al borde de las trincheras: «¿En qué piensas, dice, oh Voreno?, ¿o a cuándo aguardas a mostrar tu valentía? Este día decidirá nuestras competencias.» En diciendo esto, salta las barreras y embiste al enemigo por la parte más fuerte. No se queda atrás Voreno, sino que, temiendo la censura de todos, síguele a corta distancia. Dispara Pullo contra los enemigos su lanza, y pasa de parte a parte a uno que se adelantó de los enemigos; el cual herido y muerto, es amparado con los escudos de los suyos, y todos revuelven contra Pullo cerrándole el paso. Atraviésanle la rodela, y queda clavado el estoque en el tahalí. Esta desgracia le paró de suerte la vaina que, por mucho que forcejaba, no podía sacar la espada, y en esta maniobra le cercan los enemigos. Acude a su defensa el competidor Voreno, y socórrele en el peligro, punto vuelve contra este otro el escuadrón sus tiros, dando a Pullo por muerto de la estocada. Aquí Voreno, espada en mano, arrójase a ellos, bátese cuerpo a cuerpo, y matando a uno, hace retroceder a los demás. Yendo tras ellos con demasiado coraje, resbala cuesta abajo, y da consigo en tierra. Pullo que lo vio rodeado de enemigos, corre a librarle, y al fin ambos, sanos y salvos, después de haber muerto a muchos, se restituyen a los reales cubiertos de gloría. Así la fortuna en la emulación y en la contienda guío a entrambos, defendiendo el un émulo la vida del otro, sin que pudiera decirse cuál de los dos mereciese en el valor la primacía.” (Julio César, La guerra de las Galias, V, 44)



Ilustración de Peter Dennis

De todos los ejércitos de la Antigüedad, el romano fue el más sofisticado y, en suma, el que alcanzó mayor nivel de profesionalización tanto desde el punto de vista de la estructura de mandos como en los aspectos derivados de su logística o del propio armamento, evolucionando notablemente de etapa republicana a la imperial y, dentro de ésta última, entre el alto y el bajo imperio, con un número de integrantes no demasiado alto, y basando su actividad mucho más en la eficacia y en la calidad de sus integrantes que en su número.

“Algunos centuriones que del grado inferior de otras legiones por sus méritos habían sido promovidos al superior de ésta, por no mancillar el honor antes ganado en la milicia, murieron peleando valerosamente.” (Julio César, La Guerra de las Galias, VI, 40)

Así pues, las legiones y los cuerpos auxiliares constituyen el núcleo de un ejército profesional que basó su eficacia en el duro entrenamiento ya desde los inicios de la leva y en la práctica continuada del ejército en marcha, de la organización de los campamentos, y de una logística y unos medios de abastecimiento potenciados, a todas luces, por el trazado sistemático de una red viaria que permitía el transporte de alimentos y armas. Algo que fue posible debido a la acción de todo un cuerpo de oficiales y suboficiales, no formados en academia alguna, con función logística y administrativa.





Roma no estuvo a merced de tropas mercenarias donde el retraso en las pagas, la carencia de botín o cualquier otro inconveniente podían echar por tierra una operación militar. El botín estaba perfectamente reglado bajo la autoridad del magistrado encargado de ello por lo que, desde ese punto de vista, cabe pensar que la normativa y la disciplina funcionaban adecuadamente en la mayoría de los casos. De hecho, la disciplina, en algunos casos incluso brutal, marcaba los límites de una libertad estrechamente definida, algo que los soldados romanos sabían desde el momento de su juramento, pues el comandante de cada unidad tenía derecho sobre sus vidas en caso de flagrante indisciplina, traición o cobardía. A ello podían sumarse castigos corporales o la expulsión fuera del campamento (castra).

“La victoria en la guerra no depende únicamente del número de soldados o del mero coraje; sólo la habilidad y la disciplina la aseguran. Los romanos debían la conquista del mundo a no otra causa que el continuo entrenamiento militar, la exacta observación de la disciplina en sus filas y el cultivo de todas las demás artes de la guerra. Sin todo esto, ¿qué posibilidad tenían los poco considerables números de las tropas romanas contra las multitudes de los galos? ¿O con qué éxito se habría enfrentado su escasa estatura contra la prodigiosa de los germanos? Los hispanos nos sobrepasaban no sólo en número sino también en fortaleza física. Fuimos siempre inferiores a los africanos en riqueza e inferiores a ellos en estratagema y capacidad de engaño. Y los griegos, sin lugar a dudas, fueron muy superiores a nosotros en el dominio de las artes y todos los tipos de conocimiento.” (Vegecio, Compendio de técnica militar, I)



Infantería romana. Karwansary Publishers. Ancient Warfare Magazine. Artista Jason Juta

Desde Cayo Mario, el ejército se convirtió en un medio de vida y de promoción social, un puesto de trabajo con una paga segura para ciudadanos de condición social humilde. Lo mismo cabría decir para los extranjeros que formaban parte de los cuerpos auxiliares (auxilia), algo que nos impide olvidar su enorme función social.

El hecho de combatir por un salario, signo de que el ejército romano se había profesionalizado, no estaba en absoluto reñido con la fidelidad al emperador, principal representante del estado imperial. La lealtad a los emblemas militares era una obligación asi como el orgullo de pertenencia a una centuria, cohorte o legión, o a un determinado cuerpo auxiliar. El emperador era, a partir de Augusto, jefe supremo del ejército y a él se tributaba lealtad máxima mediante el juramento a su persona. Los mandos militares (legati Augusti) dependían de él y los triunfos eran utilizados políticamente y como propaganda por el emperador, en vez de recaer en sucesivos cónsules como ocurrió durante la etapa republicana.


“Por dos veces gané triunfos con ovación, y otra tres conseguí triunfos curules, y fui aclamado general en jefe en 21 ocasiones, el Senado me otorgó más triunfos, a todos los cuales renuncié. Los laureles los pasé de mis fasces al Capitolio, cumpliendo los votos que había pronunciado solemnemente en tiempos de guerra. Con motivo de las campañas acabadas felizmente por mi o por lugartenientes míos, en tierra y mar, el Senado decretó 55 acciones de gracias a los dioses inmortales.” (Augustus, Res Gestae, 4.2)


Augusto de Prima Porta. Museos Vaticanos

La República había entrado en crisis en el siglo I a. C., cuando la extrema corrupción había marcado profundamente la estructura política que tuvo su reflejo en violentas luchas de facciones. No obstante, a partir de aquel panorama de inestabilidad Augusto había conseguido afianzar una república basada en la concentración de poder en manos de su primer ciudadano, el emperador dando paso al Principado. Por su parte un ejército con menos efectivos, pero más profesionalizado que el de la etapa de las guerras civiles iba a proporcionar estabilidad a unas fronteras cuyos límites estaban cada vez más definidos.

Los ciudadanos romanos de condición humilde, desde la época de Mario, comenzaron a entrar en masa en los cuadros del ejército romano, encontrando en la milicia un modo de vida que les aseguraba una paga estable; incluso los auxiliares no ciudadanos se beneficiaban, aunque de una paga menor, de un empleo estable y de la posibilidad, en el momento de su licenciamiento, de acceder a la condición de ciudadano de segundo grado.

“Para subvencionar la paga de los militares y la instalación de los veteranos, Augusto constituyó un tesoro militar con la obtención de nuevos impuestos.” (Dión Casio, Historia romana, LV, 24, 9).



Auxiliares romanos. Ilustración de Giuseppe Rava

Para alistarse en las legiones se requería de unas condiciones mínimas, entre otras estar en posesión de la ciudadanía romana, aunque les estaba prohibido incorporarse al ejército a los hombres condenados a ser arrojados a las fieras, deportados a una isla, exiliados durante un periodo aún inconcluso, los que se habían alistado para evitar ser perseguidos y los convictos de los crímenes más serios. En caso de ser descubiertos serían inmediatamente expulsados.

“Titus Flavius Longus, optio de la legión III Cirenaica, en la centuria de Arellius, hizo una declaración y presentó como garantes a Fronto, en la centuria de Pompeius Reg[ _ _ _, y Lucius Longinus] Celer en la centuria de Cre[ _ _ _], and Lucius Herennius Fuscus, veterano, y prestó juramento de que era libre de nacimiento y ciudadano romano y tenía derecho a servir en la legión. Sus garantes juraron por Júpiter Maximus y el espíritu del emperador César Domiciano Augusto, conquistador de los germanos que el dicho Titus Flavius Longus era libre de nacimiento y tenía derecho a servir en la legión. Tramitado en el campamento Augusto de invierno de la legión III.” (CPL 102, papiro Fayum)


Tampoco los extranjeros ni los esclavos (mucho menos estos últimos), salvo contadas excepciones (como en caso de una guerra o de unas condiciones de extrema necesidad de reclutamiento) podían formar parte de las legiones.

“Cuando Sextus murió, Bassus tomó posesión de todo su ejército excepto unos pocos; porque los soldados que habían estado acampando en invierno en Apamea se retiraron a Cilicia antes de que él llegara, y, aunque los persiguió, no consiguió atraerlos. De regreso a Siria, tomó el título de pretor y fortificó Apamea, para tenerla como base de guerra. Y procedió a reclutar a hombres de edad militar, no solo libres, sino esclavos, además de reunir dinero, y preparar armas.” (Dión Casio, Historia romana, XLVII, 27)



Nuevos reclutas. Ilustración Adam Hook

En época de Trajano existían tres procedimientos distintos de reclutamiento: el obligatorio o forzoso (reclutas denominados lecti), el de aquellos a los que han convencido y pagado para ocupar el lugar de un obligado al servicio militar (vicarii) y los que realmente quieren alistarse en el ejército (voluntarii) que eran la mayoría.

“Se realizan reclutamientos; se les lleva a los cuarteles de invierno. Esas cosas que incluso cuando son hechas por gentes de bien, y en una guerra justa, y con moderación, resultan, no obstante, desagradables por sí mismas, ¿cuán amargas crees que resultan ahora, cuando son realizadas por rufianes, en una abominable guerra civil y con la mayor petulancia?” (Cicerón, Cartas a Ático, IX, 19, 1)

De los tres sistemas el mejor y más deseable era el último. En el caso de los forzosos, se encargarían de llevar a cabo tal sistema de reclutamiento oficiales romanos, autoridades locales, o bien destacamentos que se encargarían de la leva.

“Sempronio Celiano, joven distinguido, me ha enviado dos esclavos que habían sido encontrados entre los reclutas, cuyo castigo he aplazado para poder consultarte a ti, fundador y sostén de la disciplina militar, sobre la naturaleza de su pena. Mi duda se basa sobre todo en el hecho de que, si bien ya habían prestado juramento militar, no obstante, no habían sido asignados a ninguna unidad.
Por ello, te ruego, señor, que me indiques qué regla debo seguir, sobre todo porque se trata de establecer un precedente.” (Plinio, Epístolas, X, 29)

La respuesta de Trajano es la siguiente.

“Sempronio Celiano ha actuado conforme a mis instrucciones al enviarte a ti los individuos sobre los que era necesario decidir en un procedimiento judicial si parecía que habían merecido la pena capital. Pero es importante saber si se han presentado como voluntarios, si han sido reclutados o incluso si han sido ofrecidos como sustitutos. Si han sido reclutados, el error está en el reclutamiento; si han sido ofrecidos como sustitutos, son culpables quienes los han ofrecido; si se han presentado por propia iniciativa, puesto que tenían conocimiento pleno de su condición, habrán de ser ejecutados. No importa mucho, en efecto, que aún no hayan sido asignados a unidades, pues el día en el que fueron aceptados por primera vez debieron hacer una declaración veraz sobre su origen.” (Plinio, Epístolas, X, 30)





Los individuos que habían prestado juramento, pero no habían sido enrolados en ninguna unidad tenían un estatuto legal cuestionable, lo que explica que Plinio se pregunte si estos esclavos habían cometido un delito, si aún no eran legalmente soldados.

“Cualquiera puede prestar el juramento, desde el mismo día en que entra en el servicio, pero no antes, por ello los que no están todavía enrolados, aunque puedan haber sido reclutados y viajar a cargo del estado, no se consideran soldados todavía, ya que para ser tales deben ser incluidos en las unidades.” (Digesto, XXIX, 1, 42)

La resistencia al reclutamiento y el alistamiento de esclavos eran los dos delitos cometidos por los reclutas que merecían la pena de muerte. Celiano es un oficial de rango ecuestre, comisionado por Trajano para realizar reclutamientos en Bitinia tan pronto como esta había sido transformada en una provincia imperial, que envía a Plinio para su juicio a estos dos esclavos expuestos a una pena de muerte, ya que en las provincias solo los gobernadores gozaban de la capacidad de imponerla.


Guerreros de Estepa, Museo Arqueológico de Sevilla,
Foto Oronoz

Parece ser que el gobernador de la provincia supervisaba las partidas de reclutamiento. La primera etapa, o probatio, consistía en una inspección de los potenciales reclutas. Se supone que en este momento quedaba claro el estatuto legal de cada hombre: una vez reconocido como apto (probatus), se convertía en recluta (tiro), siéndolo durante los cuatro meses de instrucción. 

Los soldados debían superar un examen previo de buena salud e integridad física (no podían estar impedidos por falta del dedo índice o pulgar, por ejemplo). Además, tenían que tener una altura determinada, en torno a 1,70-1,77 metros.

“Aquellos que se dedican a supervisar las nuevas levas deberían ser particularmente cuidadosos en examinar sus caras, sus ojos y la constitución de sus miembros, para poder hacerse un juicio veraz y elegir a los más a propósito para ser buenos soldados. La experiencia nos demuestra que hay en los hombres, como en los perros y los caballos, signos evidentes por los que descubrir sus virtudes. Los soldados jóvenes, así pues, deben tener una mirada despierta, llevar la cabeza erguida, su pecho debe ser ancho, sus hombros musculosos y fuertes, sus dedos largos, sus brazos fuertes, su cintura pequeña, sus piernas y pies tan nervudos como flexibles. Cuando tales señas se encuentran en un recluta, una estatura pequeña puede dispensarse, pues resulta mucho más importante que un soldado sea fuerte antes que alto.” (Vegecio, Compendio de técnica militar, I, 6)



Probatio. Ilustración Yvon Le Gall

No tener una buena visión era motivo para ser dispensado del servicio en el ejército.

“Eximido del ejército por Cneo Vergilio Capito, prefecto del alto y Bajo Egypto: Trifón, hijo de Dionisio, tejedor de la metrópolis de Oxirrinco, por sufrir de cataratas y dificultad de visión. Examinado en Alejandría. Certificado fechado el decimosegundo año del reinado de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, el día 29 del mes de Pharmouthi.” (Papiro Oxirrinco, 39)

Los nuevos reclutas recibían el signaculum, una tablilla de plomo escrita que llevaban alrededor del cuello, en un saquito de cuero, en la que figuraban detalles físicos personales (cicatrices, verrugas, por ejemplo, en suma, rasgos físicos muy personales que identificaban al individuo en cuestión). A finales del Imperio cuando la voluntad de unirse al ejército decreció, se procedió a marcar a los soldados con estigmas o tatuajes identificativos que hiciesen más fácil su reconocimiento en caso de deserción. Estas marcas en la época de la república y del principado habrían supuesto una afrenta para cualquier ciudadano romano.

“El 12 de marzo en Tebessa durante el consulado de Tuscus y Anullinus, Fabius Victor fue traído al foro junto con Maximilianus; Pompeianus tuvo permiso para ser su abogado.
Él dijo: Fabius Victor, agente responsable del impuesto de reclutamiento está presente con Valerianus Quintianus, oficial imperial, y el hijo de Victor, Maximilianus, un excelente recluta.
Dado que tiene las cualidades necesarias, pido que le midan.
Dión el procónsul dijo: ¿Cómo te llamas?
Maximilianus contestó: ¿Por qué quieres saber mi nombre? No se me permite servir en el ejército porque soy cristiano.
Dión el procónsul dijo: Prepárenlo.
Mientras le estaban preparando Maximilianus contestó: No puedo servir en el ejército; no puedo hacer ningún mal; soy cristiano.
Dión el procónsul dijo: Que lo midan.
Cuando le habían medido, un subalterno dijo: cinco pies diez pulgadas de alto.
Dión dijo a su personal: Que le den un sello militar.
Maximilianus, que continuaba resistiéndose, replicó: No voy a hacerlo; no puedo servir como soldado.”
(Actas de Maximilianus 1. 1–5 AD 295)



Dos legionarios. Landesmuseum, Maguncia, Alemania

El encargado de los pagos distribuía el viaticum para costear los gastos del viaje de los soldados hasta su destino, la unidad a la que habían sido asignados y, donde, además, debían realizar el juramento militar (sacramentum) en el que cada uno de ellos repetía una fórmula general (“idem in me”/”lo mismo digo”). El juramento comportaba, ante los dioses, que el nuevo soldado iba a servir fielmente a su emperador a costa de su propia vida, y en caso de cobardía o traición el comandante al que debía obedecer en todo momento podía castigarle con castigos físicos o, incluso, la muerte. Debía mostrar lealtad y fidelidad a los símbolos y estandartes militares (signa) y, de ese modo, su disciplina y respeto a la jerarquía de mandos harían del mismo el modelo de legionario que el imperio y el emperador precisaban. Por tanto, era una fórmula religiosa que ligaba las obligaciones del soldado a la autoridad del emperador y a la defensa del Imperio, comprometiéndose por sí y por su honor a cumplir lealmente con sus obligaciones para con el César y con Roma, y también con sus dioses, hasta el punto que la religión personal de cada soldado se empapaba de tal forma de la religión oficial del ejército que, para la mayoría de los casos, casi no existía otra.

“Tanto Druso como Germánico, durante las revueltas de las guarniciones de las provincias danubianas y renanas, que se produjeron a la muerte de Augusto y el ascenso de Tiberio, en el año 14, recordaron a los soldados que estaban ligados al nuevo emperador por el sacramentum: Druso les recordó a quién estaban ligados los soldados del Illyricum por este juramento y aprovechó el pánico que provocó en ellos un eclipse lunar para recordarles que el juramento era sagrado y querido por los dioses.” (Tácito, Anales, I, 28)

Con la adopción del cristianismo como religión oficial, el sacramentum militiae se transformó tanto en su formulación como en su concepción pues, a partir de Constantino, se prestaba juramento en nombre de la Trinidad cristiana.

“La marca militar, que es indeleble, se imprime primero en las manos de los nuevos reclutas y cuando sus nombres son consignados en el libro de las legiones pronuncian el juramento habitual, llamado el juramento militar. Juran por Dios, por Cristo y por el Espíritu Santo; y por Su Majestad el Emperador quien, tras Dios, ha de ser principal objeto del amor y veneración de la Humanidad. Pues cuando él ha recibido el título de Augusto, sus súbditos están obligados a prestarle su más sincera devoción y homenaje, como representante de Dios en la tierra. Y todo hombre, tanto en un puesto civil como militar, sirve a Dios sirviéndole a él [al Emperador. N. del T.] con fidelidad, pues reina por Su Autoridad [la de Dios. N. del T.]. Los soldados, así pues, juran que obedecerán deseosos al Emperador y todas sus órdenes, que nunca desertarán y estarán siempre prestos a sacrificar sus vidas por el imperio romano.” (Vegecio, Compendio de técnica militar, II, V)



Alocución del emperador. Arco de Constantino. Foto de Sergey Sosnovskiy

Una vez llegado a su unidad de destino el recluta empezaría su entrenamiento que consistiría en marchas, carreras, saltos, natación y traslado de paquetes pesados. Esa práctica permitía soportar mejor el dolor y presentaba la ventaja de que si los soldados eran capaces de ejecutar sus maniobras correctamente en presencia del enemigo, este último podía llegar a desanimarse y huir. La instrucción se hallaba vinculada directamente a la disciplina ya que era importante aprender a ejecutar una orden y respetar a los superiores, de forma que el soldado que sabía lo que debía hacer, porque lo había muchas veces en el campo de maniobras, lograba adquirir confianza en sí mismo y en sus jefes.

“Cuando el ejército romano se desmoralizó ante Numancia por la flojedad de sus anteriores comandantes, Publio Escipión lo reformó despidiendo a un enorme número de seguidores del campamento y por guiar a los soldados a un sentido de responsabilidad a través de la rutina cotidiana regular. Con motivo de las frecuentes marchas que les impuso, ordenó que llevaran raciones para varios días, bajo tales condiciones que se acostumbraron al frío y lluvia duraderos, y a vadear corrientes. A menudo el general les reprochaba con timidez e indolencia; a menudo rompía utensilios que servían sólo al objetivo de la autoindulgencia y que eran completamente innecesarios para hacer una campaña.” (Frontino, Estratagemas, IV, 1)



Ilustración Seán ÓBrógáin

Las armas utilizadas en el entrenamiento, espada y lanza, eran de mayor peso que las del servicio real, para fortalecer los brazos. También se habituaban a disparar flechas y arrojar piedras con hondas. La mayoría de reclutas, no solo los destinados a caballería, aprenderían a montar y desenvolverse sobre el caballo. El objetivo fundamental de la instrucción consistía en que los soldados aprendieran a maniobrar en formación y supieran cuál era su lugar a la hora del combate o cuándo y cómo debían moverse sin perjudicar la cohesión de su centuria. Los oficiales obligaban a ejecutar simulacros de batallas, infantes contra infantes, o contra jinetes.

Las tropas harían de vez en cuando exhibiciones de su disciplina delante de los generales o incluso los emperadores quienes alabarían o criticarían su actuación.

“Hicisteis todo correctamente. Llenasteis la llanura con vuestros ejercicios, arrojasteis las lanzas con cierto grado de estilo, aunque eran más bien cortas y rígidas; algunos las lanzasteis con igual habilidad. Habéis montado los caballos con agilidad y ayer lo hicisteis con rapidez. Si hubiera faltado algo en vuestra actuación lo habría notado, si algo hubiera ido mal lo habría mencionado, pero toda la maniobra me ha satisfecho. Catullinus, mi legado, hombre distinguido, muestra igual preocupación por todas las unidades a las que está en mando. [---] vuestro prefecto aparentemente cuida de vosotros conscientemente. Os concedo un donativo …” (Alocución de Adriano al ala de los panonios, ILS 2487; 9135, Lambaesis, Africa)



Alocución del emperador. Columna de Trajano, Roma. Foto Roger Ulrich

En época de paz los legionarios se ocupaban de múltiples tareas que iban desde las guardias obligatorias hasta las más simples labores como mantener limpio el campamento. Algunas tareas eran externas, como vigilar instalaciones estatales o escoltar transportes u oficiales. Algunos servían de guías, o controlaban las fronteras y cruces de caminos. Otros trabajaban en canteras, limpieza de bosques, fabricación de tejas o trabajos administrativos y construcción de carreteras y puentes. Con su dedicación a las obras públicas los legionarios proporcionaban al emperador una mano de obra cualificada y a bajo costo. Por encima de todo, el mando les exigía que pusiesen en marcha todos los elementos de sus diferentes sistemas defensivos. Algunas de esas tareas tenían implicaciones económicas muy favorables: era preciso trazar carreteras, colocar mojones de delimitación entre tribus y efectuar operaciones de catastro o de centuriación. Estas labores contaban con facilitar los movimientos de tropas y la vigilancia del enemigo potencial, además formaban parte integral de la instrucción y su correcta ejecución mostraba que se poseía disciplina.



Columna de Trajano. Roma

También realizaban trabajos especializados como mediciones de tierras y planificación de infraestructuras, como canales, acueductos, etc. En zonas fronterizas, a falta de instituciones civiles, los oficiales desempeñaban las funciones de autoridades estatales.


“Durante el gobierno del emperador César Augusto, hijo de un dios, la legión X Fretensis bajo el mando de Lucius Tarius Rufus, legado con poder propretor, construyó el puente.” (EJ 268, Inscripción del valle del rio Strymon, Macedonia. Siglo I a.C.)


Construcción del puente de Apolodoro sobre el Danubio

Munifex es el recluta recién llegado sin graduación ni privilegio. Los munifices son los encargados de ir a por leña y de acarrear agua; limpiar las letrinas o mantener los establos y alimentar a los animales, etc.

“Las tropas regulares estaban obligadas a llevar su madera, heno, agua y paja al campamento, por tal clase de servicio a sí mismos se les llamaba munifices.” (Vegecio, Compendio de técnica militar, II, 19)



Legionarios en el campamento. Ilustración de Ron Embleton

Su primer objetivo tras firmar y completar la instrucción es convertirse en immunis, el cual seguía siendo un miles gregarius, un soldado raso, sin más autoridad que otros, pero exentos de los trabajos más pesados y desagradables, para desempeñar labores especializadas. El legionario que aspiraba a convertirse en immunis debía demostrar habilidades técnicas como la carpintería, o saber leer y escribir, lo que les daría una ventaja inestimable, porque las legiones siempre necesitan secretarios para mantener la correspondencia y manejar los archivos. Un immunis no recibiría una paga mayor, pero su vida es en general más cómoda, aunque su rango puede serle retirado por mala conducta.

“Caius Comatius Flavinus inmune de la cera de la legión XIV Gemina Antoniniana lo erigió por orden de la diosa en el consulado de nuestro señor el emperador Antonino Augusto y de Balbino.” (CIL III 14358) 





Los immunes tendrían la opción de convertirse en oficiales subordinados (principales) que en el antiguo ejército republicano eran el optio, signifer y tesserarius. El cornicularius era un suboficial al frente de las tareas administrativas, contables y archivo de documentos de los legionarios, auxilia, guardia pretoriana o marina militar romana. Formaba a su vez parte de la categoría de los principales y oficiaba como asistente bajo la autoridad de un oficial superior (un centurión o un oficial de mayor rango). El propio corniculario tenía varios asistentes responsables de pequeñas tareas, suboficiales pertenecientes al grupo de los duplicarii, que él debía supervisar dentro de su officium.

“Las cosas me van bien. Después de que Sarapis me trajo hasta aquí seguro, mientras otros … estaban cortando piedras todo el día y haciendo otras cosas, hasta hoy no he sufrido ninguna de estas penalidades; pero pedí a Claudius Severus, el consular, que me hiciera secretario de su personal y me dijo: No hay ninguna vacante, pero mientras te haré secretario de la legión con esperanza de promoción. Con esta tarea, por tanto, fui desde el consular de la legión al cornicularius.” (Papiro Michigan 4566)



Museo Galileo, Florencia

Los principales que recibían una paga y media se denominaban sesquiplicarii y los que recibían doble eran los duplicarii. Estos suboficiales podían obtener promoción y convertirse en oficiales, como centurión.

“A Júpiter Maximus Dolichenus, por la seguridad del emperador César Cayo Julio Vero Maximino Pío Afortunado Invencible Augusto---Ulpius Amandianus, soldado de la legión XIV Gemina, oficial de la unidad citada, armero, portaestandarte, ordenanza del segundo centurión en la octava cohorte y candidato (para ascender a centurión), dedicó esto a la deidad junto a Ulpius Amandus, veterano de dicha legión.” (CIL III. 11135, Carnuntum, Panonia Superior)

A partir de Augusto, los soldados romanos no podían constituir un matrimonium iustum, y si ya estaban casados cuando se unían al ejército, su matrimonio era automáticamente declarado nulo. El estado presentía que los ejércitos tendrían mayor efectividad si los soldados se desembarazaban de sus familias y, además, era totalmente reacio a aceptar responsabilidad alguna hacia esas familias, como entidades dependientes de los soldados. La prohibición se mantuvo durante más de dos siglos, hasta que fue abolida por Septimio Severo en el año 197 d.C.

Sin embargo, este veto no les impidió establecer unos vínculos conyugales con mujeres de su mismo lugar de origen, de la propia comunidad militar o de las proximidades de la zona donde servían, pues la prohibición de establecer un matrimonio legítimo no cohibía el deseo de la pareja de permanecer unidos –affectio maritalis–, de establecer un vínculo conyugal, expresándose así en la epigrafía. Sin embargo, estas uniones eran consideradas como matrimonia iniusta, debido a que carecían de legitimidad dentro del marco legal romano, por lo que los hijos habidos durante la relación se consideraban ilegítimos y no podían ser herederos. Las mujeres tampoco podían reclamar la dote en caso de separación. 



Ilustración Angus McBride

Pero los soldados tomaban esposas y formaban familias durante su vida militar. A partir del siglo I estas mujeres eran nativas de las provincias y muchas eran esclavas liberadas.

“(Consagrado) a los dioses manes. A Annetia Festiva, de más o menos 30 años. Aquí está enterrada. Cayo Ennio Felix, veterano de la legión VII Gemina pía feliz, a su muy dulce esposa (lo erigió)”. (CIL II 2690)

La prohibición de matrimonio no se aplicaba a los oficiales mayores, procedentes de las clases senatorial y ecuestre, ni a los centuriones legionarios. Probablemente tampoco a los centuriones auxiliares, y quizá ni siquiera a los decuriones. El único impedimento con el que contaban estos oficiales era establecer un matrimonium iustum con una mujer oriunda de la provincia donde desempeñasen su función.



Ilustración de Peter Jackson

Comprendiendo el deseo de los soldados de legar herencia a sus familias, los emperadores sucesivos fueron concediendo ciertas mercedes, por ejemplo, la redacción de testamentos. Adriano confirmó ese derecho al testamento, permitiendo que los soldados dejasen legado a individuos no ciudadanos e, incluso, permitiendo que sus hijos reclamasen las propiedades paternas cuando éstos morían antes de la redacción de la escritura.

“Se, mi querido Rammius, que los niños a los que sus padres aceptaron como hijos durante su servicio militar, han tenido impedimentos para acceder a las propiedades de sus padres, y que esto no se consideraba mal porque habían actuado contra la disciplina militar. Personalmente me siento feliz de establecer los principios por los que puedo interpretar con más benevolencia las leyes que los emperadores que me precedieron. Por tanto, a pesar de que esos niños que fueron reconocidos durante el servicio militar no son los legítimos herederos de sus padres, yo decido que pueden reclamar la posesión de la propiedad de acuerdo con la parte del edicto que permite una reclamación a los parientes por nacimiento. Es tu obligación que este acto mío de benevolencia lo conozcan mis soldados y veteranos, no para que me puedan ensalzar, sino para que puedan usarlo si no saben de ello.” (BGU 140, Papiro de Egipto)



Estela funeria de Vibianus, Atezissa y Valentinus,
Gorsium, Hungría.  Foto de M. Carroll

La carta de Adriano parece referirse a los hijos de todos los soldados, no solo los que eran ciudadanos romanos. Sin embargo, había una limitación legal por la existencia de un edicto referente a las reclamaciones de los parientes consanguíneos; por lo tanto, las reclamaciones de los hijos ilegítimos se verían condicionadas por las los hijos legítimos y agnados (por ejemplo, los parientes por línea masculina, un hermano o padre). Aun así, su carta era un paso adelante hacia el reconocimiento de los matrimonios militares, y su tono enfatiza su responsabilidad personal y buena voluntad hacia sus soldados.

En el caso de los legionarios que ya eran ciudadanos romanos y se unían a mujeres con ciudadanía romana, los hijos eran ilegítimos, aunque si pudiesen tener derecho a la ciudadanía romana. 



Estela funeraria de Caeserius, veterano de la VI legión  y Flavia Agustina.
Yorkshire Museum. Foto York Museums Trust Collections
En un papiro egipcio se indica que un ciudadano romano que servía en una cohorte auxiliar y había estado viviendo con una mujer, también ciudadana, pretendió obtener la ciudadanía para los dos hijos que tenía con ella. El prefecto se la concedió, pero manteniendo su estatuto de hijos ilegítimos.

“Longinus Hy[---] declaró que él, un ciudadano romano, había servido en la primera cohorte de tebanos bajo Severo, y durante el servicio militar había vivido con una mujer romana con la que había tenido a Longinus Apollinarius y Longinus Pomponius, y pidió que estos fueran registrados (como ciudadanos romanos). Lupus, habiendo consultado con sus consejeros legales, decidió:

Los niños serán registrados puesto que han nacido de una mujer romana. También deseas que los inscriba como [legítimos], pero no puedo hacerte su padre legal.” [FIRA 3, 19]



Estela funeraria de Mira y  Marcus Attius Rufus, veterano de la II legión,
Ulcisia Castra, Hungría. Foto de M. Carroll

Según lo expuesto los hijos de Longinus recibieron la ciudadanía romana siguiendo la norma de conceder a los hijos ilegítimos el estatus legal de la madre, pero no se puede reconocer la paternidad por la ausencia legal de matrimonio y como consecuencia sus hijos pierden también cualquier derecho a su herencia. Los hijos ilegítimos ciudadano romanos (spurii) no eran denigrados socialmente, pero tenían un estatus legal diferente debido a la ausencia de un pater familias. Desde un punto de vista legal un hijo ilegítimo tenía algunas desventajas como no poder ser incluidos en el registro de nacimientos establecido por Augusto, si podían acceder a cargos públicos, aunque dando preeminencia a veces a los hijos legítimos.

El documento también muestra que el concubinato estaba aceptado en el ejército, incluso entre los extranjeros y que las relaciones no oficiales se toleraban y se incluían en los documentos legales.

Los soldados que quedaban inútiles por causa de enfermedades o heridas eran relevados del servicio (missio causaria, licenciamiento por enfermedad). Suetonio nos habla del padre de Vespasiano, llamado Sabino:

“Ajeno a la milicia, aunque algunos afirman que llegó a primus pilus y otros que, cuando aún estaba en activo en el mando de una cohorte, fue licenciado por motivos de salud.”
(Suetonio, Vespasiano, 1)

El licenciamiento con deshonor (missio ignominiosa) implicaba ser expulsado por falta de disciplina. Era el castigo de los soldados que cometieran un delito de cierta gravedad y se les prohibía vivir en Roma o entrar en cualquier tipo de servicio imperial.

“A la décima legión, que se mostraba demasiado díscola, la licenció toda entera con ignominia, y a otras legiones, que solicitaban el licenciamiento con exigencias, las licenció suprimiéndoles las recompensas ganadas con sus servicios anteriores.” (Suetonio, Augusto, 24)



Julio Terencio haciendo un sacrificio. Dura Europus, Siria. Foto Yale University Art Gallery

La honesta missio (licenciamiento con honor) era otorgada a los soldados que habían servido el tiempo previsto con una carrera satisfactoria. En este caso se podían recibir también recompensas en forma de dinero (missio nummaria) o tierras (missio agraria).

El final de la vida en armas suponía para el veterano la pérdida de su condición de militar sometido a las normas castrenses y, a priori, una libertad de movimiento que le permitía empezar una nueva vida allí donde lo considerase más oportuno. Junto a su nueva condición obtenía también una serie de beneficios y compensaciones materiales que tenían por objetivo asegurarle su retiro y reinsertarlo en la sociedad civil. Esas recompensas y privilegios variaban dependiendo del período, del tipo de tropa en el que hubiera servido el soldado y del grado alcanzado durante sus años de servicio. Por lo que respecta a los legionarios de época imperial, las gratificaciones materiales —los praemia militiae— fueron fundamentalmente de dos tipos: la concesión de tierras (missio agraria) o una cantidad en metálico (missio nummaria).

“Caius Cornelius Verus, hijo de Caius, de la tribu Pomptina, natural de Dertona, veterano de la legión II Adiutrix, establecido en la colonia Ulpia Traiana Poetovio con doble asignación de tierras al licenciarse, sirvió como suboficial de vigilancia del gobernador, de cincuenta años, aquí yace. Ordenó en su testamento que se erigiese este monumento. Su heredero, Caius Billienus Vitalis se encargó de hacerlo.” (CIL III. 4057 Poetovio, Upper Pannonia, (Eslovenia)

La primera era en parte continuadora de una práctica desarrollada en la fase final del período republicano, consistente en recompensar con tierras a los soldados al final de sus campañas. Durante el período imperial, y de forma general, los repartos de tierra a los veteranos se mantuvieron, aunque ya desde época de Augusto perdieron peso en beneficio de las gratificaciones en metálico.

“También fijó los años de servicio militar de los ciudadanos, así como el dinero que habrían de recibir cuando terminasen en la milicia, en lugar de la tierra que siempre solicitaban.” (Dión Casio, Historia romana, LIV, 25, 5)



Fuerte romano de Birdoswald, Cumbria, muro de Adriano. Ilustración Philip Corke

El tipo de recompensa recibida era a priori un elemento que podía condicionar la elección del lugar de retiro, pues mientras la missio nummaria permitía al antiguo soldado instalarse allí donde quisiera, el reparto de tierras condicionaba el lugar de estacionamiento allí donde hubiese lotes disponibles.

De hecho, una de las razones de la aparición y afianzamiento de la misio nummaria —junto a la dificultad para encontrar tierras por parte del Estado romano— sería el paulatino rechazo de los soldados a abandonar sus antiguas bases. Con la recompensa en metálico los emperadores lograban un doble objetivo: no tenían que preocuparse por obtener unas tierras que escaseaban cada vez más y al mismo tiempo atendían las peticiones de unos soldados que preferían permanecer en sus lugares de servicio.

“El emperador Constantino a todos los veteranos. De acuerdo a nuestras instrucciones, los veteranos van a recibir tierras desocupadas que estarán libres de impuestos a perpetuidad. También van a recibir veinticinco folles en monedas para comprar lo necesario para la vida rural, y además un par de bueyes y cien modios de semillas variadas. Concedemos a cualquier veterano que desee emprender un negocio la suma de cien folles libres de impuestos.” (Código de Teodosio 7. 20. 3)

Sin embargo, algunos soldados preferirían retornar a sus lugares de origen debido a las dificultades de integración que tendrían en determinadas provincias fronterizas —especialmente las más septentrionales—, al clima extremo, las costumbres de la población nativa y las escasas posibilidades de aprovechamiento de las tierras otorgadas.

“Ganando después compañeros y ministros, no menos inclinados a la sedición, preguntaba, como si predicara en junta de gente, la causa ¿por qué a manera de esclavos obedecían a poco número de centuriones y menos de tribunos, y que hasta cuándo dilatarían el atreverse a pedir remedio, si entonces, que era el príncipe nuevo y acabado apenas de establecer en el Estado, no le representaban sus pretensiones o se las hacían saber con las armas? Que habían pecado hartos años de bajeza de ánimo, sufriendo treinta y cuarenta de milicia, viejos ya y acribillados de heridas; que hasta los que llegaban a ser jubilados no conseguían el fin de sus trabajos, pues arrimados a las mismas banderas se les hacía padecer de la misma forma, aunque con nombres diferentes; y si sucedía el alcanzar algunos tan larga vida que pudiesen ver el fin de tantas miserias, el pago era ser llevados a tierras extrañas, donde, so color de repartimientos, les hacían cultivar tierras pantanosas o montañas estériles con nombre de heredades.” (Tácito, Anales, I, 17)



Ilustración de Luis y Marta Montanya, Science Photo Library

Aunque es cierto que la mayoría de los veteranos soñaba con la posesión de tierras —ya fuese para cultivar o para arrendar— como medio de subsistencia, otros prefirieron dedicarse a otro tipo de actividades, aprovechando que durante el servicio habían desarrollado un alto grado de especialización en determinadas tareas, por lo que la elección de su lugar de retiro tenía que ver, haciendo uso de los contactos y su experiencia, con sus perspectivas de negocio y el desempeño de determinados tipos de actividades. Así, por ejemplo, un veterano de la legión XXII, una vez licenciado del ejército, se dedicó al negocio de espadas en Maguncia, que no debió ir mal pues en su testamento instituyó un legado de 8.000 sestercios para erigir un monumento a la Fortuna Redux (del retorno) a la salud del emperador Cómodo.

“Por la salud del emperador Marco Aurelio Cómodo Antonino Pío Félix, Caius Gentilius Victor, veterano de la legión XXII Primigenia Pía Fidelis, licenciado con honor, comerciante de espadas, en su testamento, mandó erigir un monumento a la Fortuna Redux de la legión XXII por valor de 8000 sestercios.” (CIL, XIII, 6677) 



Armas de hierro

Todos los veteranos podían disfrutar de un status relativamente privilegiado en comparación con el resto de las clases sociales inferiores, ya que quedaban exentos de ciertos impuestos (como el impuesto de capitación y el de propiedades), de aranceles de aduana y realizar servicios públicos. No podían ser condenados tampoco a trabajar en las minas o en las obras públicas, a luchar contra las fieras en el anfiteatro o ser azotados. 

“Los veteranos en asamblea gritaron: Constantino Augusto, ¿por qué nos ha hecho veteranos, si no tenemos ningún privilegio?
Constantino Augusto respondió: yo debería aumentar cada vez más y no disminuir la felicidad de mis compañeros veteranos.
Victorinus, un veterano, dijo: No permitas que estemos sujetos a servicios públicos obligatorios y cargas por todas partes.
Constantino Augusto dijo: Dime con claridad, ¿cuáles son las cargas más serias que os oprimen más persistentemente?
Todos los veteranos dijeron: Seguramente tú lo sabes.
Constantino Augusto dijo: Dejemos absolutamente claro que por mi benevolencia a todos los veteranos les ha sido concedido el derecho a que ninguno pueda ser acosado por ningún servicio público obligatorio, ni por ningún trabajo público, ni por ninguna exigencia fiscal, ni por los magistrados, ni por los impuestos. En cualquier mercado que hagan negocio, no tendrán que pagar ningún impuesto por ventas. Además, los recaudadores de impuestos, que normalmente hacen cobros extensivos a los que comercian, deben mantenerse alejados de esos veteranos. Deben disfrutar de reposo después de sus esfuerzos para siempre.”
(Código de Teodosio, 7. 20. 2)



Discurso de Constantino a los ciudadanos en el Foro de Roma.
Arco de Constantino. Foto  Ilya Shurygin

Los diplomas militares eran un conjunto de bronces epigráficos mediante los cuales los emperadores concedían privilegios a los soldados auxiliares ―peregrini de origen― que se licenciaban tras servir 25 o más años en los ejércitos de Roma por los que se garantizaba la ciudadanía romana al soldado, pero también a su mujer e hijos, o si aún estaba soltero en su licenciamiento, a su futura mujer (solo una). Desde la época de Claudio, se instauró un sistema «automático» de concesión del connubium (derecho al matrimonio) a los marinos y a los auxiliares que acabasen «con honor» (honesta missio) su periodo de servicio militar en un ala o una cohorte. Y se creó un procedimiento jurídico para sustanciar esos privilegios: dar a cada soldado que se licenciaba una copia de la constitución imperial mediante la cual el propio emperador otorgaba, a título singular y nominal, a ese soldado, los privilegios del «matrimonio justo» y el reconocimiento de derechos plenos para él mismo, para su esposa, para sus hijos y sus descendientes. Los diplomas se expedían a soldados de todas las unidades romanas, desde las legiones, a las tropas étnicas y a la guardia imperial montada. El documento original emitido por Claudio y sus sucesivas renovaciones por los emperadores que fueron ocupando el trono debían estar clavadas, en exposición pública, en edificios civiles o religiosos de Roma y otras ciudades del imperio.

“El emperador César, hijo del deificado Antonino Magno Pío (Heliogábalo), nieto del deificado Severo, Pío Félix Augusto, pontífice máximo, con poder tribunicio por décimo año, cónsul tres veces, padre de su país, ha adjuntado los nombres de los soldados que han servido en las diez cohortes pretorianas de Alejandría, leales protectores, quienes han completado su servicio con lealtad y valentía, y ha concedido el derecho a matrimonio legal con la primera mujer (solo con una) para que incluso si se han casado con mujeres de status peregrinus (extranjeras) puedan criar a sus hijos como si hubiesen nacido ciudadanos romanos. A 7 de enero del año 231 d.C. cuando L. Tiberius Claudius Pompeianus y Titus Flavius Sallustius Peilignianus eran cónsules. La octava cohorte pretoriana, leales protectores, a Marcus Aurelius Posidonius, hijo de Marcus, de la Augusta Traiana. Copiado y comprobado de la tabla de bronce, que está fijada a la pared en Roma detrás del templo del divino Augusto, cerca del santuario de Minerva.” (Diploma militar en placa de bronce para Marcus Aurelius Posidonius) 



Diploma militar de Marcus Aurelius Posidonius

Los diplomas también eran entregados a los pretorianos, los 
urbaniciani (la policía militar de Roma), los marinos y los equites singulares Augusti. Realmente los únicos soldados que no recibían diplomas eran los legionarios, aunque estos últimos recibían otros documentos oficiales que certificaban el hecho de haber concluido su servicio militar con honor.

“Copia certificada del libellus expuesto, junto a otros, en el pórtico de la basílica Junia sobre el cual aparece escrito lo que sigue: A Vibio Cado, legado de Augusto propretor, veintidós veteranos, nombrados más abajo, que comenzaron su servicio bajo el consulado de Glabrión y de Torcuato y bajo el de Paulino y de Aquilino. Señor, hemos servido en la flota de Miseno; favorecidos enseguida por el divino Adriano, servimos en la legión X Fretensis, durante más de 20 años; nos hemos comportado en todas las cosas como buenos soldados, y henos aquí, en esta época de paz venturosa, liberados de nuestro servicio, y a punto de marchar a nuestra patria Alejandría de Egipto. Por esta razón os pedimos y os rogamos expidáis un certificado indicando que en tu nombre somos enviados al retiro, indicando en tu certificación que fuimos licenciados en la mencionada legión, y no en la flota; y que la suscriptio nos sirva como documento legal siempre que lo necesitemos.
Por todo ello te estaremos eternamente reconocidos por tu generosidad. Lucio Petronio Saturnino ha hecho esta declaración en nombre propio y en nombre de sus compañeros de armas.
(Se dan los nombres de los veteranos implicados). Pomponio lo ha escrito.
[Respuesta:] No existe la costumbre de dar a los legionarios estos documentos legales. Ahora vosotros deseáis informar al prefecto de Egipto que habéis sido liberados de vuestro servicio por mí con la orden de nuestro Emperador. Yo [os] daré una gratificación y un documento (diploma).
Hecho en la Primera Colonia Flavia Augusta de Cesarea, el 22 de enero, en el consulado de Squila Gallicano y de Carminio Veto”. (El documento está certificado, como en los diplomas, por siete ciudadanos, legionarios de la legión VI Ferrata con guarnición en Palestina). Año 150 d.C. (PSI IX 1026) Documento librado en la basílica Junia de Cesarea de Palestina



Diploma militar de Papirius. Museo Británico, Londres

Existen otros documentos parecidos a los diplomas que se expiden a favor de legionarios que no son ciudadanos y que no están expedidos en nombre del emperador, o basándose en una constitución imperial, sino que son copias escritas en las que la oficina del gobernador provincial certifica su condición de veterano honorable.

“En el consulado de M. Acilius Aviola y de Pansa, la noche antes de las nonas de enero [el 4 de enero de 122], T. Haterius Nepote, prefecto de Egipto, ha acordado la concesión de la licencia honorable a L. Valerius Noster, jinete del ala de los Voconis, del grupo de Gavius, que ha finalizado su servicio (emeritus)”. (CIL, XVI, 647)

El soldado 
evocatus era el que una vez cumplido el tiempo de servicio en el ejército podía ser reclamado por un oficial de rango superior y ser llamado a filas, es decir era un veterano, que una vez licenciado se reenganchaba. Los evocati solían ser soldados valientes con gran dominio de la instrucción, que gozaban de gran prestigio.

“Ya Suetonio, entre la legión décimocuarta, los jubilados de la vigésima y los socorros de los lugares vecinos, tenía juntos al pie de diez mil soldados, cuando se resolvió no diferir más el dar la batalla, habiendo escogido un puesto con la entrada estrecha y cerrado por los costados de bosque, seguro de que el enemigo no le podía acometer sino por la frente y que la campaña rasa quitaba toda sospecha de emboscadas.” (Tácito, Anales, XIV, 34)



Veteranos en Colchester contra Boudicca. Ilustración de Peter Dennis

Aunque la 
evocatio era generalmente una acción individual, existían unidades enteras formadas de evocati, aunque no llegaban a ser parte integral del ejército. A partir de Augusto surgieron los evocati Augusti que procedían de los pretorianos, de los soldados urbanos, los legionarios de la II Pártica y marineros de la flota del Miseno. Estaban a las órdenes del prefecto del pretorio con guarnición en Roma, aunque no ostentaban ningún distintivo. Durante el principado podían llegar al grado de centurión y promocionar de cohorte en cohorte. Como los evocati no eran estrictamente militares regulares no cobraban el sueldo del ejército (stipendium), sino una paga (salarium).

“Caius Vedennius Moderatus, hijo de Caius, de la tribu Quirina, de Anzio, soldado de la legión XVI Gallica durante diez años, transferido a la novena cohorte pretoriana, en la que sirvió ocho año, licenciado con honor, reclamado por el emperador y designado reservista imperial (evocatus Augusti), empleado del arsenal imperial, reservista durante veintitrés años, condecorado en dos ocasiones, por el divino Vespasiano, y por el emperador Domiciano Augusto, conquistador de los germanos...” (CIL VI. 2725)



Bibliografía

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A Companion to the Roman Army; Edited by Paul Erdkamp; Blackwell
Legionario El manual del soldado romano; Philip Matyszak; Akal
The Roman Army, 31 BC–AD 337 A Sourcebook; Brian Campbell; Routledge
https://www.researchgate.net/publication/284273541_Commemorating_Military_and_Civilian_Families_on_the_Danube_Limes_in_L_Vagalinski_and_N_Sharankov_eds_Limes_XXII_Proceedings_of_the_XXIInd_International_Congress_of_Roman_Frontier_Studies_held_in_Ruse_; Commemorating Military and Civilian Families on the Danube Limes; Maureen Carroll
https://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/133339/css1de1.pdf;sequence=1; EL CEREMONIAL MILITAR ROMANO: LITURGIAS, RITUALES Y PROTOCOLOS EN LOS ACTOS SOLEMNES RELATIVOS A LA VIDA Y LA MUERTE EN EL EJÉRCITO ROMANO DEL ALTO IMPERIO; Chantal Subirats Sorrosal
http://repositori.uji.es/xmlui/handle/10234/172078; Los soldados del ejército romano durante la etapa del Alto Imperio. Sus componentes más básicos: el ciudadano-soldado (legionario) y el soldado auxiliar. Eduardo Pitillas Salañer
https://www.academia.edu/856161/Women_in_Roman_forts_Residents_visitors_or_barred_from_entry; Women in Roman forts: Residents, visitors or barred from entry?; Duncan B Campbell
https://www.academia.edu/38025429/The_Roman_Army_in_Detail_The_Evocati a_special_corps_of_trusted_men; The Roman Army in Detail: The Evocati - a special corps of trusted men; Duncan B Campbell
https://www.academia.edu/33001064/The_Roman_Army_in_Detail_Clerks_artisans_and_specialists_-_the_immunes_of_the_legion; The Roman Army in Detail: Clerks, artisans, and specialists - the immunes of the legion; Duncan B Campbell
https://www.ehu.eus/ojs/index.php/Veleia/article/view/11218/11959; LA MOVILIDAD DE LOS VETERANOS LEGIONARIOS DURANTE EL ALTO IMPERIO; JUAN JOSÉ PALAO VICENTE
https://ca.ucpress.edu/content/ucpcsca/3/45; Septimius Severus and the Marriage of Soldiers; Peter Garnsey
http://www.imperium-romana.org/uploads/5/9/3/3/5933147/ch10.pdf; Soldiers’ Families in the Early Roman Empire; Penellope Allison
https://openaccess.leidenuniv.nl/bitstream/handle/1887/63854/Gianluca_Ghio_Final_Dissertation.pdf?sequence=1; ROMAN SOLDIERS ON THE SPOT: INTEGRATION AND ISSUES; Gianluca Ghio
The Marriage of Roman Soldiers (13 B.C.-A.D. 235): Law and Family in the Imperial Army; Sara Elise Phang; Google Books



martes, 14 de abril de 2020

Qualis dominus, talis et servus, maltrato a los esclavos en la antigua Roma


Pintura de Henryk Siemiradzki

“Por encargo de Zeus una vez señaló Prometeo a los hombres dos caminos: uno, el de la libertad, y otro, el de la esclavitud. Y el camino de la libertad lo hizo en sus comienzos escarpado, de difícil salida, abrupto y seco, lleno de obstáculos, todo él peligrosísimo, pero al final tenía una llanura lisa, con paseos, llena de frutos en el bosque, con agua, para que se llegara al descanso de las fatigas con el final. En cambio, el camino de la esclavitud lo hizo al principio liso, cubierto de flores, con una perspectiva agradable y mucha suavidad, pero su final era de difícil salida, todo seco y escarpado.” (Vida de Esopo, 94) 

La esclavitud fue un rasgo fundamental de la vida en el Mediterráneo durante la antigüedad. Aunque asociada a la necesidad de mano de obra y la realización de trabajos indignos para un ciudadano romano, la esclavitud en aquella época supuso en un primer momento un estado de impotencia impuesto por los fuertes sobre los débiles, en el que los esclavizados, como extraños en las comunidades en las que se integraban (al ser normalmente cautivos de las conquistas), eran despojados de su libertad y derechos. Se iniciaba con la violencia y se mantenía con la coerción y era el resultado de la innata propensión de algunos a dominar a los otros. De esta forma, a los esclavos se les consideraba a veces la expresión simbólica del poder de su amo en sociedades que eran muy competitivas, cuyos miembros gustaban exhibir su autoridad y status.


“En cambio, cada romano perfectamente, noble Masurio, posee el mayor número de sirvientes que puede. En efecto, hay muchísimos que tienen diez mil, veinte mil, y aún más, y no para obtener renta de ellos, como Nicias, el millonario heleno, sino que la mayoría de los romanos utiliza el grueso de los mismos como séquito.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, 272E)

Pintura de Juan Giménez Martín. Congreso de los Diputados de Madrid

Los esclavos requerían supervisión y regulación porque su cooperación no estaba realmente garantizada, y, aunque se reconocía que tenían sentimientos humanos, a pesar de ser considerados como propiedades, solo se tenía en cuenta su carácter humano en la medida que comportaba una ventaja para el amo. 

“Incluso los esclavos han tenido siempre la libertad de temer, alegrarse, dolerse llevados antes por su criterio que por el de cualquier otro.” (Cicerón, Epístolas a familiares, XI, 28, 3)

Para obtener su obediencia se procedía a conceder ciertas gratificaciones como algunos permisos ocasionales, distribuir más comida y ropa, la posesión de su propio peculium (dinero y algunas propiedades), atender sus necesidades sexuales proporcionando parejas a los más favorecidos y aliviar de trabajo a las mujeres fértiles. Pero, sobre todo, se manipulaban sus sentimientos con la promesa de una futura liberación. En caso de que nada de esto funcionase se recurría al castigo físico.

“Se los hace más aplicados en el trabajo con un trato más liberal ya sea con más generosidad en la comida o en el vestido, con la remisión de trabajos o con concesiones como permitir que pastoree en la finca con su peculio, y del mismo modo otras cosas, para que, a los que se haya ordenado o advertido algo con mucho rigor, consolándolos se restituya la voluntad y bienquerencia en el dueño.” (Varrón, De Agricultura, I, 17.1)

Pintura de Angelo Zoffoli

Se pensaba que recurrir al castigo físico era un medio efectivo de mejorar la productividad entre los esclavos que se ocupaban de las tareas en la agricultura, minería y construcción, donde principalmente se requería fuerza antes que conocimiento técnico. Sin embargo, ni la proximidad o intimidad que se daban en el servicio doméstico entre amos y esclavos, ni las cualidades o habilidades de los siervos proporcionaban mayor protección.

“Un solo ricito se había desprendido de toda la corona de tu cabellera, al no haber quedado bien sujeto con una aguja insegura. Lálage vengó este crimen con el espejo en el que lo había visto, y Plecusa cayó herida por culpa de la cruel cabellera.” (Marcial, Epigramas, II, 66)

Relieve romano, Museo de Trier, Alemania. Foto de Samuel López

El poeta Juvenal destacó en una de sus sátiras cómo un padre daba mal ejemplo a su hijo por complacerse al causar dolor indiscriminadamente a sus esclavos, marcando con estigmas, por ejemplo, incluso por nimiedades como haberse apropiado de dos toallas.

¿Un espíritu noble y costumbres comprensivas con las faltas veniales recomienda Rútilo, considerando que las almas de los esclavos y nuestros cuerpos están formados por idéntica materia y elementos, o enseña a ser cruel, él, que disfruta con el cruel ruido de los golpes y no comparar con los latigazos a ninguna Sirena, Antífates y Polifemo de un hogar tembloroso, feliz únicamente cuando llama al torturador y abrasa a alguien con hierro candente por un par de toallas? ¿Qué recomienda a un joven alguien que se alegra del chirrido de una cadena, a quien causan maravillosa impresión, los estigmas, los trabajos forzados y las cárceles? (Juvenal, Sátiras, XIV, 15)

Los sentimientos de los esclavos apenas contaban en la sociedad romana y estos sufrieron los castigos en sus cuerpos independientemente de su posición en la jerarquía servil. Las palizas, azotes y encadenamiento eran elementos comunes de su vida cotidiana en un mundo donde reinaba la violencia.

“Me sentía muy afectada por lo sucedido; y, pensando en el humor de mi señora, que suele enfurecerse bastante por semejantes contratiempos y desahogarse sobre mis espaldas con soberbias palizas, yo me disponía ya a emprender la fuga, pero, acordándome de ti, deseché al instante el proyecto.” (Apuleyo, Metamorfosis, III, 16)


Aunque Plinio el viejo se declaró en contra del uso de esclavos encadenados en la agricultura, esta práctica continuaba en el siglo I d.C. Sin embargo, el joven Plinio escribió que él no hacía uso de ellos en sus propiedades. 

“Habrá, pues, que enseñarles, lo que aumentará más el desembolso, a ser buenos esclavos, pues no tengo esclavos encadenados en ninguna propiedad y no tendré, tampoco ninguno allí.” (Plinio, Epístolas, III, 19)

Sin embargo, los esclavos de la panadería que describe Apuleyo muestran en su aspecto las consecuencias del peor de los tratos, las marcas, las cadenas, la falta de ropa, las malas condiciones de trabajo…

“¡Oh dioses! ¡Qué criaturas más desgraciadas y dignas de compasión! Todo su cuerpo era un mar de moratones inflamados; sus lastimosas ropas, más que cubrir, apenas rozaban sus espaldas marcadas por la vara, algunos sólo cubrían sus partes pudendas con un pequeño trozo de tela; vestían unas túnicas tan harapientas que su cuerpo se podía ver a través de los jirones, llevaban la cabeza medio rapada, letras marcadas en la frente y grilletes en los pies; sus pestañas estaban quemadas a causa del humo y el polvo que flotaba en la oscuridad y estaban medio ciegos, feos y amarillentos. Como luchadores cubiertos de tierra, aquellos hombres estaban cubiertos de la ceniza sucia de la harina.” (Apuleyo, El asno de oro, IX, 12)



Molino y panadería romana. Foto Garnger

A los esclavos que se distinguían por alguna fechoría especial, como los ladrones, o fugitivos, o calumniadores se les marcaba en la frente con anagramas especiales para que todo el mundo los conociera: FVR (ladrón), FVG (fugitivo), KAL (calumniador). 

La brutalidad de algunos propietarios de esclavos era bien visible y los propietarios romanos de esclavos tenían el derecho absoluto de castigar y torturar a sus esclavos, cuando sospechaban que eran culpables de delitos contra ellos dentro de sus propiedades. Este derecho no fue abolido en la ley romana hasta el 240 d. de C., por el emperador Gordiano.

La ira y el odio de un señor enojado inventaban en cada momento los tormentos más refinados y sádicos.

“El amo, vivamente afectado con esta muerte, cogió al esclavo cuya incontinencia había motivado tamaño delito y, después de untarlo con miel de pies a cabeza, lo amarró a una higuera en cuyo tronco carcomido anidaba un hirviente hormiguero. Nutridas oleadas de insectos surcaban su tronco en todos los 7 sentidos. Cuando olfatearon aquel cuerpo endulzado con miel, se cebaron a pequeños pero innumerables e ininterrumpidos mordiscos hasta consumir en lenta tortura todas sus carnes y sus mismas entrañas; dejaron el cadáver totalmente descarnado, y lo que seguía pegado al árbol de muerte era un limpio y puro esqueleto de sorprendente blancura.” (Apuleyo, Metamorfosis, VIII, 22, 5)

Estudio académico al natural, Joaquín Sorolla.
Museo de Bellas Artes de Valencia.

Los antiguos romanos creían que mostrar temor a los esclavos era una conducta equivocada para el dueño porque indicaría debilidad, por lo que se requería que ejercieran su dominio sobre los esclavos mediante el terror para mantenerlos en un estado de temor. Plinio reconoce que los esclavos de los amos que se portan bien con ellos acaban por perder el miedo hacia ellos.

“Pues los esclavos, a causa de la propia familiaridad, pierden el temor a los amos considerados, pero se estimulan con las nuevas caras Y se esfuerzan en congraciarse con sus amos por medio de otras personas antes que por ellos mismos.” (Plinio, Epístolas, I, 4, 4)

Si, contrariamente a lo que se esperaba, los esclavos conseguían intimidar a sus señores, quedaba patente que la aparente superioridad del amo era socialmente cuestionable.

“Recuerda los ejemplos de quienes perecieron por insidias de la familia, o por violencia o por dolo: descubrirás que la ira de los siervos no abatió menos gente que la ira de los reyes.” (Séneca, Epístolas, I, 4, 8)

Pese a que en la mayoría de ocasiones la esclavitud implicó unas condiciones de vida caracterizadas por su extrema dureza debido a las labores desempeñadas y a los posibles malos tratos por parte de los amos, con el paso del tiempo se llegaría a conseguir cierta mejora debido a algunos cambios legislativos y a la propia evolución de la mentalidad romana.

Mosaico de Kahramanmaraş Archaeological Museum (antigua Germanicia), Turquía

Se llegó a considerar que los esclavos eran depositarios de una serie de derechos pese a su condición dependiente, ya que se trataba de seres humanos, y como tales, eran capaces de tener y cumplir con una serie de normas morales. Gracias a corrientes de pensamiento como el estoicismo y sobre todo con la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio, esa progresiva “suavización” de la esclavitud se hará más patente, aunque la mayor parte de los esclavos siguieron soportando numerosas privaciones de todo tipo y sometidos a los caprichos y órdenes de sus amos.

“No quiero adentrarme en un tema tan vasto y discutir acerca del trato de los esclavos, con los cuales nos comportamos de forma tan soberbia, cruel e injusta. Ésta es, no obstante, la esencia de mi norma: vive con el inferior del modo como quieres que el superior viva contigo. Siempre que recuerdes la gran cantidad de derechos que tienes respecto de tu esclavo, recuerda que otros tantos tiene tu dueño respecto de ti.” (Séneca, Epístolas, 47, 11)


Colección privada

Algunos pensadores como Séneca o Plinio el Joven, abogaron por un tratamiento más igualitario y, en definitiva, más humano. El hecho de convertirse en esclavo era considerado como una fatalidad que podía llegar a afectar hasta a los más poderosos (en el caso de secuestro o cautividad). Para Séneca, la esclavitud existía porque Roma lo permitía, pero eso no debería constituir un impedimento para que se mostrase mayor comprensión y sensibilidad hacia los esclavos. Asimismo, y según Séneca, pese a su desafortunada situación los esclavos poseían ciertos derechos al tratarse de seres humanos. Cierto es, que a pesar de su apoyo en favor de los esclavos y al reconocimiento de sus derechos, Séneca nunca llegó a manumitir a ninguno de los suyos.

“Así, pues, considero que obras muy rectamente al procurar que tus esclavos no tengan miedo de ti y al no emplear más que reprensiones verbales; con azotes se castiga a las bestias.” (Séneca, Epístolas, 47, 19)



Torturar a los esclavos para investigar casos criminales se convirtió en una rutina tanto en Grecia como Roma, a pesar de que las autoridades eran conscientes de su poca fiabilidad. El emperador Augusto, por ejemplo, al investigar un caso en Cnidos en el que una pareja había ordenado a un esclavo arrojar el contenido de un orinal sobre un intruso, que resultó muerto, no vaciló en ordenar la tortura de los esclavos para determinar si la muerte se debió a un accidente o un asesinato.

“El emperador César Augusto, hijo de los dioses, pontífice máximo, cónsul designado por duodécima vez, con poder tribunicio por decimoctava vez, a los magistrados, el Senado, el pueblo de Cnidos, saludos.
Vuestros enviados Dionisio y Dionsio II, hijo de Dionisio, se han presentado ante mí en Roma y, habiéndome entregado vuestro decreto, han acusado a Eubulus, hijo de Anaxandrides, ahora difunto, y su esposa Tryphera, todavía viva, del asesinato de Eubulus, hijo de Chrysippus.
Cuando ordené a mi amigo Asinio Galo de mi comitiva a interrogar por tortura a sus esclavos, que fueron acusados del cargo, supe que Philinus, hijo de Chrysippus, había ido por tres noches consecutivas a la casa de Eubulus, hijo de Anaxandrides, y Tryphera, gritando insultos y amenazando con entrar a la fuerza. En la tercera noche a Philinus se le unió en el ataque su hermano Eubulus, hijo de Chrysippus. Eubulus y Tryphera, los propietarios de la casa, viendo que ellos no tenían ninguna disputa con Philinus ni podían estar seguros en su propia casa, sin embargo, se protegieron contra sus ataques, dieron órdenes a uno de sus esclavos, no de cometer un asesinato, como uno podía desear con justificada ira, sino de rechazarlos arrojando el contenido de los orinales por sus cabezas. Pero el esclavo, accidentalmente o intencionadamente, ya que persistió en su negativa, dejó caer el orinal con su contenido y Eubulus murió, aunque habría sido más justo que hubiera muerto su hermano.
Os envío su testimonio. Puedo expresar mi sorpresa por qué los acusados temían tanto el interrogatorio de sus esclavos en vuestros juzgados, a no ser que parecierais demasiado severos hacia ellos, teniéndoles por criminales, aunque hayan sufrido una desgracia, cuando intentaron protegerse, y no han cometido ningún crimen en absoluto, en vez de ser severos con sus oponentes, que merecen todo castigo, quienes por tres noches han atacado su hogar privado usando la fuerza, y con su enfado buscan destruir la seguridad común de todos vosotros. Por tanto, actuareis correctamente según mi juicio si tenéis en cuenta mi opinión en este asunto y si aceptáis mi carta en vuestros archivos públicos. Adiós.”
(Carta de Augusto sobre una demanda desde Cnidos en el año 6 a.C.)


La legislación romana contempló la tortura de los esclavos para que estos confesaran las faltas o delitos de sus amos. Los poderes públicos sólo intervenían cuando el esclavo podía dar información relevante, bajo tortura, sobre terceras personas, en calidad de testigo o de cómplice en el delito.

“Es cierto que se encontró al esclavo de Lucio en la misma casa en que se hospedaba; se esperaba de él una información sobre los crímenes y proyectos de su amo; por orden de los magistrados se le arrestó y encerró en la cárcel de la ciudad; al día siguiente sufrió toda clase de torturas, se desgarraron sus carnes hasta dejarlo casi muerto: no se consiguió de él la menor declaración sobre el asunto.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, VII, 2, 2) 



En un rescripto de Antonino Pío se prohibía la tortura de los menores de catorce años.

“El divino Pío emitió un rescripto a Mseclius para que no se sometiera a tortura a un menor de catorce años para obtener pruebas contra otro, especialmente cuando la acusación no podía justificarse con ninguna otra prueba, porque no podía creerse al menor, ni siquiera al aplicarse tortura; esa edad, que parece proteger a las personas contra la dureza de la tortura, les hace más sospechosos de falsedad.” (Digesto, XXLVIII. 18.15.1)

Los esclavos no siempre necesitaban ser torturados para denunciar los delitos cometidos por sus amos. El criado Sapaudulus denunció que su ama escondía a su amante porque esta había azotado a su esposa. La venganza es un signo de emoción que permitía reconocer que los esclavos eran seres humanos con emociones humanas y que dañar sus sentimientos podía llevar a la violencia contra sus amos.

“A estas calamidades se añadió otra no menor. Y es que Eumenio y Abieno, ambos de la clase senatorial, fueron acusados durante el mandato de Maximino de haber tenido relaciones deshonestas con Fausiana, una mujer noble. Ellos, después de enterarse de la muerte de Victorino, que les había protegido mientras vivió, aterrados ante la llegada de Simplicio, que planeaba crueles castigos, se marcharon a un lugar secreto.
Pero una vez que condenaron a Fausiana y que ellos mismos fueron citados entre los culpables y convocados mediante edictos, se escondieron con mayor empeño aún. Abieno siguió oculto en el hogar de Anepsia, pero como con frecuencia se producen hechos inesperados que agravan aún más una situación ya calamitosa, un tal Sapaudulo, esclavo de Anepsia, consternado al ver que su esposa había sido golpeada, acudió por la noche a Simplicio y se lo contó todo. Simplicio envió entonces a unos sirvientes que sacaron de su escondite a los acusados.” (Amiano Marcelino, Historias, XXVIII, 1, 48-49)

Museo Estatal de Berlín

El senadoconsulto Silaniano establecía en caso de muerte violenta de un ciudadano la tortura y la condena a muerte de todos sus esclavos, que eran considerados como cómplices del homicida o, en todo caso, encubridores del asesinato.

En el año 61 a.C. un esclavo mató al praefectus urbs Pedanio Secundo, bien, según cuenta Tácito, por una rivalidad amorosa o por la negativa a conceder la libertad ya pactada.

Surgió un encendido debate en el Senado, ocasionado por una revuelta de la plebe que se oponía a la aplicación de la severa medida que comportaría la muerte de muchos inocentes que se encontraban bajo el mismo techo, en el momento del delito, alrededor de cuatrocientos esclavos.

“No mucho después de este caso, Pedanio Secundo, prefecto de Roma, fue muerto por uno de sus esclavos, o por haberle negado la libertad después de avenidos en el precio, o por celos de cierto mozo, no pudiendo sufrir a su amo por competidor; y porque, según la costumbre antigua, era menester hacer morir a todos los esclavos del señor que al tiempo de su muerte se hallasen debajo del techo de la misma casa, concurriendo el pueblo a la protección de tantos inocentes, faltó poco que no llegase la cosa a general tumulto y sedición.” (Tácito, Anales, XIV, 42)

Mosaico con escena de banquete, Dougga, Túnez, Foto Dennis Jarvis

El senador C. Casio Longino defendió la ejecución en masa de los esclavos y sostuvo con ardor la necesidad de que los esclavos comprendieran que era su obligación auxiliar y defender a su dominus, pues, en caso contrario, nadie podría ya vivir seguro en su propia casa.

“No juzgaba por acertado destruir y arruinar nuestra autoridad, tal cual es, con perpetuas contradicciones, procurando guardarla entera para cuando lo necesitase el servicio público en los casos semejantes al que hoy ha sucedido, habiendo sido muerto un ciudadano consular en su propia casa, por traición de sus esclavos, sin que ninguno le haya defendido ni revelado el delito estando todavía fresca la tinta con que se escribió el decreto del Senado que amenaza a toda la familia en este caso con pena de muerte. Decretad ahora, por Hércules, que no se castigue este delito, veremos a quién defiende su dignidad; si no le ha sido de provecho a Pedanio el ser prefecto de Roma, ¿a quién el número de esclavos, si cuatrocientos que tenía el prefecto no han sido bastantes para defenderle? ¿A quién dará ayuda su propia familia, pues ni aún por su mismo temor se mueve a reparar nuestros peligros? Supongamos, como no se avergüenzan de decir algunos, que el homicida ha querido vengar su agravio, por haber comprado su libertad con dineros de su patrimonio, o porque se le quería quitar por fuerza un esclavo heredado de sus abuelos. Concedamos, finalmente, que Pedanio ha sido muerto con razón.

Por último, con posteriores consideraciones sobre la sospecha de que otros esclavos de la casa estuviesen al corriente del proyecto del homicida y sobre la necesidad de mantenerlos sometidos con el miedo, Caso concluye que, al igual que sucede con el diezmado en el ejército, aunque mueran inocentes, el castigo ejemplar se hace indispensable, ya que, aun siendo en perjuicio del individuo, lo es en beneficio de la utilitas publica.”
(Tácito, Anales, XIV, 43)

Reproducción escena de tortura, Columna de Trajano 

¿Os parece acaso posible que un esclavo se resuelva en matar a su señor, sin que primero se le escape alguna amenaza, ni sin que se le oiga alguna palabra desconsiderada? Sea sí que haya podido tener encubierta su traición y preparar el cuchillo escondidamente; mas pasar entre las guardias, abrir las puertas de los aposentos, llevar la luz y cometer el homicidio, ¿puede haberse hecho con ignorancia de todos los demás? Suelen antever los esclavos muchos indicios de la maldad que se quiere cometer; los cuales, si una vez nos los advierten, podremos vivir solos entre muchos, seguros entre los malintencionados; y cuando no lo hagan y sea necesario morir, nos servirá de consuelo el saber que ha de ser también vengada nuestra muerte. Nuestros antepasados tuvieron siempre por sospechosos el ingenio y natural de los esclavos, aunque fuesen nacidos en sus propias casas y heredades, por más que se pudiese esperar de ellos que en naciendo habían de recibir y alimentar en sí el amor y la afición para con sus señores. Pero ahora que recibimos en nuestras casas naciones enteras, y tenemos por esclavos gentes de diversas costumbres, de extrañas religiones, y por ventura de ninguna, ¿con qué podremos refrenar mejor las insolencias de esta canalla que con tenerlos en perpetuo temor? Me dirán que forzosamente habían de morir muchos inocentes; pregunto, cuando se diezma un ejército en castigo de haber mostrado vileza y cobardía, ¿no suele tocar también la suerte a los valerosos? Todo gran ejemplo trae consigo su porción de injusticia en particular, que al fin se recompensa con el provecho público.” (Tácito, Anales, XIV, 44)




La plebe se opuso a la excesiva severidad de la medida que afectaba a una mayoría de inocentes, llegando hasta la sedición y a cercar el Senado; cuando, tras el discurso de Casio Longino, la asamblea senatorial se pronunció en favor de la tortura y ejecución de todos los esclavos del praefectus urbi, se juntó una gran multitud amenazadora provista de piedras y antorchas hasta el punto de que Nerón, increpando con una proclama al pueblo, mandó que el ejército escoltase todo el recorrido por el que la familia de esclavos debía ser conducida al suplicio.

“Al parecer de Casio, así como no se atrevió a contradecir ninguno a solas, así también en general se respondían las voces discordantes y confusas de los que tenían compasión al número, a la edad, al sexo y a la inocencia indubitada de muchos. Prevaleció con todo eso la parte que votaba la sentencia de muerte contra todos; aunque no se podía obedecer el mandamiento del Senado, a causa de haberse amontonado gran muchedumbre de pueblo en su defensa, los cuales amenazaban con piedras y con fuego. Entonces, César reprendió al pueblo con públicos pregones, e hizo guarnecer de gente de guerra todas las calles por donde habían de pasar los sentenciados.” (Tácito, Anales, XIV, 45)



A los servi que denunciaban a los asesinos del dominus sin tener que ser sometidos a tortura se les podía considerar dignos de la libertad.

“¿Pero se aplica solo a un esclavo que parece haber indicado o probado quien cometió el crimen, si lo hizo voluntariamente?; ¿o será también incluido el que cuando fue acusado, cargó la responsabilidad del crimen a otro? La mejor opinión es que tiene derecho a la recompensa aquel que vino con la acusación voluntariamente.
Los esclavos también, que no podrían de otro modo obtener su libertad, por ejemplo, los que hayan sido vendidos con la condición de que nunca serán manumitidos, pueden ser liberados por un acto similar, porque conduce al bienestar público.”
(Digesto. XXIX. 5.3.14-15)

El conocido jurista latino Ulpiano estableció un procedimiento legal para que los tribunales de justicia pudiesen llevar a cabo los interrogatorios de esclavos con mayor efectividad. Para ello, se debería interrogar a aquel esclavo que mostrase mayor predisposición a revelar la verdad en primer lugar para, de ese modo, infligirle la menor tortura posible.


El temor que reiteradamente acompañaba a los ricos propietarios de esclavos era el de una conspiración entre sus esclavos para perpetrar un asesinato, pues según el modo de pensar de los romanos, había solo dos tipos de esclavos, los buenos que defendían a sus amos incluso con su vida o los malos que no lo hacían. Entre estos últimos no diferenciaban entre los que mataban a sus amos y los que no se habían sacrificado por ellosPor ello la ley respondía a esta amenaza obligando a los esclavos a una completa colaboración con su dueño.

“Existía un tal Hostio Cuadra, hombre de obscenidad tal "que mereció ser llevada a la escena. Rico, avaro, esclavo de sus millones, cuando fue asesinado por sus esclavos, el divino Augusto juzgó indigno tomar represalias, y se limitó a no declarar públicamente que su muerte era justa.” (Séneca, Cuestiones naturales, I, 16, 1)


Pintura de William Etty

En un rescripto de Adriano se desprende que los esclavos debían auxiliar a su amo de todas las maneras posibles, aunque solo fuera gritando para llamar la atención. También contempla que la esclava que se encuentra en la misma habitación que el ama pueda auxiliar, si no físicamente, por lo menos, con la voz, de tal manera, que los demás esclavos o incluso los vecinos puedan oírla.

“Siempre que los esclavos puedan permitirse ayudar a su señor, no deberían preferir su propia seguridad a la de él. Además, una esclava que está en la misma habitación que su dueña puede darle asistencia, si no con su cuerpo, si con sus gritos, para que aquellos que están en la casa o los vecinos puedan oírla; incluso si alegase que el asesino la amenazó con la muerte si gritaba. Debería, por tanto, sufrir la pena capital, para evitar que otros esclavos piensen que pueden tener en cuenta su propia seguridad cuando su amo está en peligro.” (Digesto. XXIX.5.1.28)



Los romanos amedrentaron frecuentemente a los esclavos con la posibilidad de someterles a crueles castigos, que eran habitualmente utilizados para mantener el control sobre la gran masa esclava de Roma, cuyo número era ciertamente mayor que el  de ciudadanos libres.

Ser condenado al anfiteatro, ser quemado vivo o crucificado eran formas de ejecución para esclavos aplicadas por la ley romana. En el siglo II a.C. los ciudadanos de Amyzon en Caria crucificaron y dejaron como carroña para las aves de presa a un esclavo que había asesinado a su dueño y aparentemente había intentado ocultar su crimen quemando la casa de su amo con el cuerpo dentro. El propio asesinado lo cuenta en su epitafio.

“Demetrios, hijo de Pankrates
Demetrios, llorado por todos, al que un dulce sueño y el néctar de Bromios aguardan. Muerto a manos de un esclavo y quemado con la casa en un gran incendio.
Llegué al Hades mientras mi padre, parientes y anciana madre recibieron mis huesos y cenizas,
pero al que me causó todo este mal mis conciudadanos lo crucificaron vivo y dejaron para las bestias salvajes y las aves carroñeras.”


Esclavos crucificados. Pintura de Fedor Andreevich Bronnikov. Tretyakov Gallery, Moscú


La conocida como Lex Libitinaria, hallada en una inscripción en mármol procedente de la ciudad italiana de Pozzuoli, contiene las condiciones en las que la colonia arrendaba los servicios funerarios. Para la ejecución de los esclavos y criminales se contrataba a un verdugo local, quien a su vez a menudo subcontrataba otros servicios. Según la ley el adjudicatario se obliga a hacerse cargo no solo de sepultar a los muertos, sino también de ejecutar el castigo de los condenados, pero el ciudadano que encargaba el suplicio debía pagar los costes.

“El que de forma privada encargue el suplicio de un esclavo o de una esclava lo hará de esta forma: si quiere llevar al esclavo a la cruz con un patíbulo, el contratista deberá suministrar tablones, cadenas, cuerdas para los azotes y a los azotadores, y quien encargue el suplicio deberá dar 4 sestercios por los operarios que lleven el patíbulo y al verdugo.”

Llegó un momento en que el Estado creyó necesario intervenir en la arbitrariedad individual de estos castigos, no sólo por humanidad, sino por el enorme peligro que constituía el que los siervos pudieran amotinarse o rebelarse contra todo, como había sucedido en tiempos anteriores.

El cambio gradual que empezó a notarse en la conciencia social hacia los esclavos está representado en una serie de decretos imperiales que se aprobaron en los tres primeros siglos de nuestra era que intentaron mejorar el status social y legal de los esclavos.


Ilustración de W. Friedrich

Por la ley Petronia de servis del año 19 d.C. el antiguo derecho que el dueño de esclavos tenía sobre sus vidas se restringió al decretarse que el uso de esclavos en combates mortales con fieras solo se permitiría con la aprobación de los magistrados. Asimismo, en el año 20 d.C. por un senadoconsulto se estableció que debía seguirse el mismo procedimiento para el juicio de un criminal esclavo que para un hombre libre.

“Desde la aprobación de la ley Petronia y los decretos del senado haciendo referencia a ello, los amos fueron despojados de su facultad de entregar sus esclavos, siempre que quisiesen, con el propósito de luchar contra las fieras salvajes. Un amo, sin embargo, puede llevar a su esclavo a juicio, y si su queja está bien fundada, el esclavo puede ser condenado a tal castigo.” (Digesto, XLVIII. 8.11.2)

Por un decreto de Claudio se aprobó que matar a un esclavo enfermo o tullido se consideraba asesinato y que, si los esclavos enfermos eran abandonados por sus amos en el templo de Esculapio para evitarse la responsabilidad de su cuidado médico, estos serían libres en caso de sanar. Posteriormente bajo Domiciano se prohibió la castración de esclavos para ser vendidos como eunucos.

Gracias a las leyes aprobadas bajo Adriano, las ergastula (celdas para el confinamiento de esclavos) se abolieron. El procedimiento de tomar testimonio a los esclavos de un amo asesinado mediante tortura se modificó de manera que solo aquellos esclavos que estaban lo suficientemente próximos para haberse enterado del crimen deberían ser interrogados. 
Asimismo, prohibió que los amos mataran a sus esclavos y ordenó que fueran los jueces quienes los condenaran, si así lo merecían. A los mercaderes y maestros de gladiadores les prohibió la venta de esclavos o esclavas, si no había razón para ello. Además, impuso severas penas a los dueños que maltrataran a sus esclavos sin motivo. 

“El divino Adriano también desterró durante cinco años a una cierta matrona llamada Umbricia, porque había tratado a sus esclavas con una crueldad desmedida por razones muy triviales.” (Digesto, I. 6. 2)

Ergastulum para esclavos

Antonino Pío llegó a considerar la muerte injustificada de un esclavo ajeno como si se hubiese realizado contra uno de su propiedad. El derecho a la vida y la muerte otorgado al dominus por el ius Gentium (derecho de gentes) lo justificaba el jurista Gayo en base al espíritu de la época por el que no se justificaba la crueldad contra los esclavos sin un motivo fundado.
Un esclavo que reclamaba haber sufrido una injusticia a manos de su señor podía encontrar refugio en un templo o en una estatua del emperador. Este alivio temporal debía ser seguido por una queja dirigida al prefecto de la ciudad. Ordenó a los gobernadores provinciales que, si se demostraban estas acusaciones, forzasen la venta del esclavo a un nuevo propietario.

“Así pues los esclavos están bajo la potestad de sus dueños. Sin duda esta potestad es propia del derecho de gentes pues podemos advertir en todos los pueblos por igual que los dueños tienen derecho de vida y muerte sobre los esclavos: y todo lo que es adquirido por el esclavo se adquiere por el dueño. Pero, actualmente, no le está permitida ni a los ciudadanos romanos ni a los demás hombres que viven bajo el imperio del pueblo romano maltratar a sus esclavos sin medida y sin motivo: pues según una constitución del sacratísimo emperador Antonino, se dispone que el que matare a su esclavo sin motivo no es menos culpable que el que matase a un esclavo ajeno. También la excesiva dureza de los dueños se reprimió mediante una constitución de este príncipe, pues consultado por algunos gobernadores acerca de los esclavos que buscaron asilo en los templos de los dioses o junto a las estatuas de los príncipes, estipuló que, si parecía intolerable la sevicia de los dueños, se les obligara a vender a sus esclavos. La norma se estableció correctamente en ambos casos, pues no debemos usar mal de nuestro derecho” (Gayo, Instituciones, I, 52-53)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Finalmente, y especialmente durante el reinado de los distintos emperadores romanos cristianos, se llegará a establecer que todo aquel esclavo que hubiese sido abandonado a su suerte por su amo, tendría la consideración de hombre libre.

Se puede ver una prueba de que ya en época de Séneca se había asimilado la idea de que los esclavos eran seres humanos por el comentario de Trimalción, el liberto advenedizo del Satiricón, al afirmar que los esclavos son también hombres que se han alimentado de la misma leche que los libres y que solo se diferencian en el destino fatal que les acosa.

“Amigos, los esclavos son hombres y han libado también la leche maternal, como nosotros, aunque el hado los haya tratado con mayor rigor que a nosotros; por mi salvación os digo que deseo que gusten todos ellos, en vida mía, el agua de los hombres libres.” (Petronio, Satiricón, LXXI)

Plinio el joven procuraba atender las necesidades de sus esclavos y preocuparse de su bienestar por lo que se ocupó de tratar los testamentos de sus esclavos como válidos y los legados hechos por ellos como obligaciones, cuyo cumplimiento recaía en él, siempre que los beneficiarios fueran miembros de la familia. La restricción a su propia familia la justificaba Plinio con el convencimiento de que en el caso de los esclavos la casa del amo era un espacio de bienestar para todos.

“Las enfermedades entre mis criados, y también la muerte, incluso de algunos jóvenes, me han afectado muchísimo. Tengo dos consuelos, aunque de ningún modo iguales a un dolor tan grande, pero consuelos a la postre: uno, mi predisposición a manumitirlos (me parece, en efecto, que no los he perdido tan prematuramente si los he perdido siendo ya hombres libres); otro, que permito a mis esclavos hacer testamento, por así decirlo, testamentos que cumplo como si fuesen legales. Recomiendan y hacen mandas coma les parece, yo obedezco coma si estuviese a sus órdenes. Reparten sus bienes, hacen donaciones y legados, siempre dentro de la casa; pues para los esclavos su casa es, por así decirlo, su patria y una suerte de ciudadanía.” (Plinio, Epístolas, VIII, 16)

Detalle de mosaico, Museo de Estambul, Turquía

El amo ideal era el que supuestamente evitaba la crueldad a la hora de disciplinar a sus esclavos, y existía cierta presión social o legal que podía aplicarse contra los propietarios que se consideraban excesivamente brutales. Sin embargo, había pocos límites efectivos a su autoridad, y castigar a un esclavo, incluso con la crucifixión, mostraba una conducta tan individualista y controvertida como podía ser la decisión de liberarlo. No es de sorprender, entonces, que Plutarco indicase que lo primero que un esclavo recién comprado estaba interesado en saber era si su nuevo dueño tenía mal carácter.

“Una conducta alegre hacia los asuntos cotidianos hace a un amo alegre y amable con sus esclavos también; y si es así con los esclavos, lo será también con sus amigos además de con aquellos que están sometidos a su dominio. Y de hecho observamos que los esclavos comprados recientemente preguntan sobre su nuevo amo, no si es supersticioso o envidioso, sino si tiene mal carácter.” (Plutarco, Moralia, 462 a)

Que los esclavos se preocuparan por el temperamento de su amo corresponde a la realidad que se vivía como demuestra la anécdota recogida por Séneca y Plinio el viejo con respecto a Vedio Polión, caballero romano, originario de Bitinia y liberto de procedencia, quien, a pesar de ser amigo de Augusto, a quien legó parte de su fortuna, vio como su comportamiento era reprendido por el emperador a cuenta de un esclavo. Vedio Polión, que era un hombre muy rico, poseía un vivero de morenas, y en una ocasión, estando presente Augusto, uno de los esclavos rompió una copa de cristal y, ante la pretensión de su amo de arrojarlo al estanque, pidió auxilio a Augusto.

“Como hizo el divino Augusto la noche en que cenaba en casa de Vedio Polión. Rompió un esclavo un vaso de cristal; Vedio mandó que lo cogiesen y le diesen una muerte poco común en verdad; quería que lo arrojasen a las enormes lampreas que llenaban su vivero. ¿Quién no hubiese creído que las alimentaba por lujo? Era por crueldad. El esclavo se escapó, se refugió a los pies de César y pidió por toda gracia morir de otra forma y no alimentar a los peces. Conmovido César ante aquella cruel novedad, mandó liberar al esclavo, romper ante sus ojos toda la cristalería y rellenar el vivero.” (Séneca, De la ira, III, 40) 

Ilustración de Louis Figuier

Por otra parte, y en general, los esclavos consideraban a sus dueños como sus mortales enemigos, contra quienes ideaban con frecuencia las más terribles tramas de venganza e incluso de asesinato. Aunque el asesinato de un amo era probablemente un hecho excepcional, los miembros de la élite eran siempre objetivo potencial de violencia extrema y, de hecho, había muchos que tenían siempre en mente la posible de ser atacado en su propia casa.

Plinio el Joven, aunque era una persona apacible, consideraba como el mayor peligro para el dueño ser asesinado por sus propios esclavos. El señor, cuyos esclavos estaban enterados de una acción ilícita llevada a cabo por su amo, se consideraba como el más desgraciado de todos los hombres, y sentía que los verdaderos amos eran sus esclavos, por sentirse seguros de su impunidad y de la posibilidad de obtener la libertad, si la deseaban.

“Ha ocurrido un hecho atroz y merecedor de algo más de una carta: Larcio Macedón, senador de rango pretorio ha sufrido un ataque de sus propios esclavos; era por otra parte un amo soberbio y brutal, que se negaba a recordar que su padre había sido un esclavo, o tal vez lo recordaba demasiado. Tomaba un baño en su villa en Formias cuando repentinamente los esclavos le rodean, uno de ellos le agarra por la garganta, otro le golpea en la cara, otro en el pecho y el vientre, y también (horrible de contar) en sus partes íntimas; y cuando pensaban que estaba muerto, lo arrojan sobre el ardiente pavimento, para comprobar si aún vivía. El, o bien porque había perdido el conocimiento, o bien porque fingía que lo había perdido, permaneció inmóvil y tendido en el suelo, dándoles la seguridad de que su muerte era cierta… Habiéndose recuperado con dificultad, pocos días después murió con el consuelo del castigo de los culpables: así fue vengado en vida como otros suelen serlo después de muertos. Ves a que peligros, a que ultrajes, a que burlas estamos expuestos; y no hay razón para que nadie piense que puede estar seguro, porque sea considerado y amable, pues los amos son asesinados no por reflexión, sino por brutalidad.” (Plinio, Epístolas, III, 14)



Los esclavos a veces mostraban su rebeldía y su oposición a la autoridad de sus amos mediante el robo o sabotaje contra sus propiedades, aunque la consecuencia final de semejante delito fuera un castigo ejemplar o una muerte cruel.

“Por este mismo tiempo poco más o menos Estratón, el médico de quien he hablado, cometió en casa de ella el robo y asesinato siguientes. Había en la casa un armario en el cual sabía que se guardaba una cantidad de monedas y oro. Una noche mató a dos esclavos, compañeros suyos, cuando dormían y los arrojó a un estanque, él personalmente aserró el fondo del armario y robó una suma de [...] sestercios y cinco libras de oro con la complicidad de uno de sus esclavos, un muchacho de poca edad… Porque debéis saber, jueces, que Estratón fue crucificado habiéndole cortado antes la lengua.” (Cicerón, En defensa de Aulo Cluencio, 179-187)

La esclavitud, entendida como estatus social y jurídico, se admitió como algo natural, indiscutible e incuestionable entre los miembros de la aristocracia, los cuales sentían un profundo desdén y desconfianza hacia cualquiera de los otros colectivos de condición social inferior. Acusaban a los esclavos de no haber cumplido con sus cometidos o haber cuestionado el dominio de su propietario, quien, por su parte, veía en dichos comportamientos actos de deslealtad y desobediencia hacia su poder absoluto. Por el contrario del buen esclavo, que no se planteaba su sometimiento, ni presentaba formas de resistencia a su situación, no se llegaba a hacer ningún juicio de valor.

“Pero vuestro sirviente, sin habernos consultado y sin que lo supiéramos, se ha marchado de la Urbe, de acuerdo con la desfachatez habitual en los esclavos. Es asunto vuestro tolerar que esta acción quede impune.” (Símaco, Epístolas, VI, 8)

Los propietarios de esclavos griegos y romanos se quejaban continuamente de que sus siervos eran problemáticos, perezosos y dignos de poca o ninguna confianza, pues además de fugarse, robaban comida y ropa, malversaban dinero, descuidaban o herían a los animales a su cargo, pretendían estar enfermos para evitar trabajar, mentían al asegurar que habían hecho su trabajo, arruinaban la cosecha, prendían fuego a los edificios… siempre eran culpables, no importaban el puesto que tuvieran o el trabajo que realizaran.

“Los esclavos lo administran muy mal, pues alquilan los bueyes, dan mal de comer a estos y a los demás ganados, no labran la tierra bien, ponen en la cuenta mucha más simiente de la que han echado en la siembra, no ayudan a esta para que produzca bien, cuando llevan la mies a la era para trillarla, mientras esta dura disminuyen diariamente el grano por fraude o por negligencia, pues no solo lo roban ellos, sino que no lo guardan de otros ladrones; y después de puesto en el granero, no lo sientan fielmente en sus cuentas.” (Columela, De Agricultura, I, 7)



Según los juristas romanos todos los esclavos podían ser corrompidos, capaces de ser persuadidos para emprender actos criminales o comportarse de forma inmoral. Cualquier esclavo podía estar dispuesto a robar, dañar las propiedades, falsificar cuentas, huir, perder tiempo en los espectáculos públicos, provocar sedición, tener una conducta promiscua, ser insolente con su amo y corromper a otros esclavos.

“Hace un esclavo peor el que lo convence a hacer daño o cometer un robo, o lo induce a fugarse, o el que instiga al esclavo de otro a hacerlo, o ser el amante de una mujer, el que vaga por ahí, el que practica magia, el que asiste con demasiada frecuencia a los juegos, el que organiza motines, el que persuade a un esclavo judicial con palabras o sobornos para que altere o falsifique las cuentas de su dueño, o el que muestre una cuenta que es ininteligible.” (Digesto, XI.3.1.5)

Los juristas creían que apostar, emborracharse, holgazanear o ser aficionado a los juegos eran vicios del espíritu en los esclavos y que su mala conducta se podía atribuir a la astucia y al descaro. El esclavo ladrón y fugitivo acabó convirtiéndose en un estereotipo retratado de la literatura de toda la época romana.

“¿Qué hacer si mi barbero, blandiendo la navaja desnuda, me exige entonces su libertad y una fortuna? Aceptaría el trato, pues en ese momento no es un barbero quien exige, sino un ladrón: razón muy poderosa es el temor. Pero cuando la navaja se haya guardado en su curvo estuche, le romperé al barbero piernas y manos a la vez.” (Marcial, Epigramas, XI, 58)

Estatuilla griega de barbero. Museum of Fine Arts, Boston

La insolencia de los esclavos se achacaba a veces a la falta de rigor de los amos o al hecho de que los siervos imitaban los comportamientos de sus amos. No se veía bien que faltase la disciplina entre los esclavos porque sus dueños no hacían nada para evitar sus faltas y se pensaba que el castigo y la ira harían que el esclavo aprendiese el lugar que le correspondía por su condición servil. De ahí la frase: "De tal amo, tal criado" (Qualis dominus, talis et servus)

"¿Y tú también te ríes, bribonzuelo? ¡Oh, las Saturnales! ¿Acaso, dime, estamos en diciembre?
¿Cuándo has pagado el impuesto del vigésimo para ser libre? ¿Para cuándo son las cruces y cuándo se
da su pasto a los cuervos? Ya Júpiter se indigna contigo y con tu señor, que no te ordena callar. Así
pierda el gusto del pan como te habría dado tu merecido, a no ser por el respeto que me inspira nuestro huésped, mi antiguo compañero; sin su presencia, ya te hubiese castigado severamente. Estamos bien aquí; menos el sinvergüenza de tu amo, que ni sabe hacerte callar. Con razón se dice: «A tal amo, tal criado». A duras penas me contengo, pues soy arrebatado por naturaleza, y cuando me ciego, ni a mi misma madre reconozco." (Petronio, Satiricón, LVIII)

Desde el siglo I el vendedor de esclavos debía notificar a los posibles compradores si el esclavo en venta había cometido un crimen capital, había sido condenado a luchar en la arena o había intentado suicidarse, al considerarse que así mostraban su carácter peligroso. Si un esclavo había intentado suicidarse, podía también intentar matar a su dueño o a otros miembros de la casa al no poder controlar su frustración y acabar exteriorizando su espíritu violento.

“Dasius Breucus compró y recibió por mancipatio al niño Apalaustus, o de cualquier otro nombre, de origen griego por el precio de dos libras 600 denarios, de Bellicus, hijo de Alexandros, de buena fe a petición de Marcus Vibius Longus (garante legal). Dasius Breucus ha pedido de buena fe, y Bellicus, hijo de Alexandros, ha prometido de buena fe garantizar que este niño ha sido entregado con buena salud, libre de cargo por robo y daños, no siendo ni holgazán, ni fugitivo ni epiléctico…)" (FIR, 130)

Museo Metropolitan de Nueva York

Los ediles impusieron la obligación de revelar los intentos de suicidio y los castigos severos que habían sido ordenados por un dueño anterior. Si el vendedor no cumplía con este deber, el comprador tenía derecho a una reducción del precio o a la rescisión del contrato de compra.

“Si un esclavo ha intentado poner fin a su propia vida, debe mencionarse también. Se considera un mal esclavo al que ha cometido algún acto con el propósito de terminar con su existencia; como, por ejemplo, el que ha hecho un lazo con una cuerda, o ha tomado veneno, o se ha tirado de un lugar alto, o hace cualquier cosa con la que espera causar su muerte; pues será uno que probablemente intentará hacer con otro lo que probado consigo mismo.” (Digesto, XXI, 1, 23, 3)

Serie Les Voyages dÁlix

La desesperación de los esclavos ante el castigo que podían recibir por una falta cometida puede haber hecho pensar a más de uno en quitarse la vida. Apuleyo relata una historia sobre un esclavo cocinero que al darse cuenta de que un perro se ha comido la pierna de ciervo que iba a cenar su amo sólo piensa en ahorcarse antes de que éste se entere, para evitar su cólera.

“Un colono del mencionado personaje había enviado como regalo a su señor la parte que le había correspondido en una cacería: era una pierna gordísima de un ciervo gigantesco. Como, por descuido la habían colgado a muy poca altura tras la puerta de la cocina, un buen perro de caza se apoderó de ella en secreto y al instante escapó, feliz con su presa, sin llamar la atención de los vigilantes. Cuando el cocinero la echó de menos, se puso a maldecir su negligencia y a lamentarse hasta acabar entre lágrimas que de nada servían. Entretanto, el amo reclamaba la comida: el otro, preocupado y por supuesto seriamente asustado, ya se había despedido de su hijito y, con una soga en la mano, se disponía a morir ahorcándose.” (Apuleyo, Metamorfosis, VIII, 31, 1-2)

Una inscripción de Mainz cuenta la historia de un esclavo que mató a su amo y luego se suicidó arrojándose al río, donde se ahogó. Quizás se dio cuenta de su indefensión por ser un esclavo y pensó que el suicidio era su único recurso.

“Aquí yace Jucundo, liberto de Marco Terencio, ganadero. Transeúnte, quienquiera que seas, detente y lee. Mira cómo me quejo en vano, apartado de la vida inmerecidamente. No pude vivir más de 30 años. Un esclavo me arrebató la vida y luego se tiró de cabeza al agua. El río Meno le quitó a ese hombre lo que él le había quitado a su amo. El patrón de Jucundo levantó este monumento.” (CIL 13 7070 = ILS 8511, Mainz, Alemania)

Seneca reconoció que un temor excesivo podía llevar a los esclavos a quitarse la vida antes de sufrir la ira del amo o de ser capturado tras su huida, aunque consideraba estos motivos tan frívolos como el suicidio por amor.

¿Acaso no ves por qué motivos tan fútiles se la desprecia (la vida)? Uno se ahorca ante la puerta de su amante, otro se arroja desde el tejado para no sufrir por más tiempo la cólera de su dueño, otro hunde un puñal en las entrañas para no verse apresado de nuevo mientras huía: ¿no crees que el mismo objetivo que consiguió un temor excesivo lo puede alcanzar la virtud?
(Séneca, Epístolas, IV, 4)



En un principio los padres de la iglesia aprobaron el castigo de los esclavos. La mayoría de los primeros autores cristianos creían que la esclavitud era consecuencia del pecado. El castigo a los esclavos se justificaba con el principio teológico del castigo divino. Los propietarios de esclavos imitaban a Dios al castigar a sus esclavos por su desobediencia, ya que esta era la base del pecado y los desobedientes eran incapaces de gobernarse a sí mismos, por lo que necesitaban a un amo que los guiase.

“Pero ninguno en aquella naturaleza en que primero crio Dios al hombre es siervo del hombre o del pecado. Y aun la servidumbre penal que introdujo el pecado está trazada y ordenada con tal ley, que manda que se conserve el orden natural y prohíbe que se perturbe, porque si no se hubiera traspasado aquella ley no habría que reprimir y refrenar con la servidumbre penal. Por lo que el Apóstol aconseja a los siervos y esclavos que estén obedientes y sujetos a sus señores y los sirvan de corazón con buena voluntad, para que, si no pudieren hacerlos libres los señores, ellos en algún modo hagan libre su servidumbre, sirviendo, no con temor cauteloso, sino con amor fiel, «hasta que pase esta iniquidad y calamidad y se reforme y deshaga todo el mando y potestad de los hombres, viniendo a ser Dios todo en todas las cosas.” (Agustín, La ciudad de Dios, XIX, 15)

La razón más importante de los padres de la Iglesia para castigar a los esclavos era la de enseñarles cómo comportarse de forma virtuosa y adecuada, a pesar del punto de vista romano de que los esclavos no tenían ni modestia ni honra sexual. Por ello, y de acuerdo con el pensamiento romano de que los esclavos debían ser controlados por el miedo, consideraban este como el elemento más importante a la hora de castigar a los esclavos. El temor de otros esclavos al ver el castigo aplicado aseguraba una buena conducta entre ellos. El miedo al dolor motivaba a los esclavos a comportarse correctamente y esforzarse más en su trabajo.

“Si un amo tiene en su casa un esclavo bueno y uno malo, es evidente que no odia a los dos, ni les concede a ambos beneficios y honores; porque si lo hiciera, sería tanto injusto como necio. Pero se dirige al bueno con palabras amables, le honra y le pone a cargo de los asuntos domésticos; pero castiga al malo con reproches, con azotes, con desnudez, con hambre y sed y con grilletes: para que sea un ejemplo para los otros y se abstengan de pecar; y al primero para apaciguarlos; de forma que el miedo frene a unos y el honor pueda animar a los otros.” (Lactancio, De la ira de Dios, 5, 12)

Pintura de Keeley Hallswelle

Aunque la mayoría de los padres de la Iglesia pensaban que los latigazos eran aceptables bajo algunas circunstancias, manifestaban cierta aversión a una excesiva violencia. Creían que un amo nunca debería mostrar su ira al castigar a un esclavo, ni tampoco mostrar su perdón o indulgencia demasiado pronto. Comparaban a Dios con el dueño de esclavos que sabe contener su enfado y dispensa el castigo con justicia y sin violencia desmedida.

“Las mujeres, siempre que se enfadan con sus esclavas, llenan las casas con sus lamentos. Si la casa está en una calle estrecha, los que pasan oyen al ama regañando y a la doncella llorando. ¿Qué puede haber más desafortunado que estos lloros? ¿Qué es lo que ha pasado aquí? Las mujeres se asoman y una dice: Esa está pegando a su esclava. ¿Qué puede haber más vergonzoso? Entonces, ¿no debería golpearla? No, no digo que no (porque debe hacerse), pero ni con frecuencia, ni de forma exagerada, ni por tus errores, como digo constantemente, ni por fallos en su servicio, solo si está haciendo daño a su alma. Si la sancionas por una falta de este tipo, todos te aplaudirán y nadie te reprenderá; pero si lo haces por razón de tu voluntad, todos te condenarán por tu crueldad y dureza. Y lo que es peor es que hay algunas tan salvajes como para azotar en tal medida que las marcas no desaparecen en un día.” (Juan Crisóstomo, Homilía sobre los efesios, 15)



Juan Crisóstomo, de acuerdo a sus homilías, aceptaba que la violencia física era parte inevitable de la vida, pero insistía que debía ser una práctica hecha con moderación. También defendía que, si el cristianismo podía volver a los esclavos dóciles por el miedo al infierno y el juicio final, esto constituiría una demostración extraordinaria de su poder. Esperaba cristianizar la esclavitud estimulando la obediencia a través del temor a la condenación. La iglesia de finales del imperio romano mostraba así una posición más cercana a adaptarse a la esclavitud que a abolirla.


Bibliografía

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https://www.researchgate.net/publication/327837822_ALGUNAS_CONSIDERACIONES_SOBRE_LA_ESCLAVITUD_EN_ROMA_LOS_ESCLAVOS_Y_SUS_DERECHOS; ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA ESCLAVITUD EN ROMA: LOS ESCLAVOS Y SUS DERECHOS; Mario Martín Merino
https://www.persee.fr/doc/dha_0755-7256_2015_num_41_1_4133; The Bitter Chain of Slavery; Keith R. Bradley
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https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5411089; Manumisión y control de esclavos en la antigua Roma; Pedro López Barja de Quiroga
https://revistas.usal.es/index.php/0213-2052/article/view/1188; VIOLENCIA SERVIL EN LAS METAMORFOSIS DE APULEYO; Pedro LÓPEZ BARJA DE QUIROGA
https://www.ajol.info/index.php/actat/article/view/146051; THE PUNISHMENT OF SLAVES IN EARLY CHRISTIANITY: THE VIEWS OF SOME SELECTED CHURCH FATHERS; Chris l. de Wet
The Roman Law of Slavery: The Condition of the Slave in Private Law from Augustus to Justinian; W. W. Buckland; Google Books
Ancient Greek and Roman Slavery; Peter Hunt; Google Books
Policing the Roman Empire: Soldiers, Administration, and Public Order; Christopher J. Fuhrmann