DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 17 de julio de 2021

Veneficium, crimen por veneno en la antigua Roma

La poción de amor, pintura de Evelyn Morgan

Para los romanos, veneficium era el crimen cometido al administrar venenum, que era cualquier sustancia capaz de alterar a personas o cosas con las que entrara en contacto. El acto de usar veneno con la intención de causar perjuicio se consideraba veneficium y estaba castigado por ley.

“Aquellos que administren un abortivo o un afrodisiaco, incluso si no lo hacen con mala intención, serán condenados a las minas, si son de clase inferior, o a una isla con la confiscación de parte de su propiedad, si son de clase superior, porque el acto siembra un mal ejemplo. Pero si por esa razón muriese un hombre o una mujer, serán castigados con una muerte horrible.” (Digesto, XLVIII, 19.38.5)

Sin embargo, existía una distinción, el venenum podía considerarse bonum (inofensivo) cuando se aplicaba con la intención de ayudar o sanar (medicamentum) o malum (perjudicial) cuando se administraba con la intención de hacer daño. Así, el mismo venenum dependiendo de la dosis o la forma de administrarlo, podía ser beneficioso o nocivo. Por ejemplo, la mandrágora se puede utilizar como ayuda para dormir, pero si se consume de forma abusiva puede tener consecuencias letales.

“Yo veía las ansias de ese malvado por conseguir un veneno fulminante; por otra parte, mis convicciones no me permitían ofrecer a nadie una substancia mortal; había aprendido que la medicina no tiene por objeto matar a los hombres, sino salvarles la vida. Temía no obstante que, en caso de cerrarme, una rotunda negativa de mi parte diera paso a un crimen, es decir, que ese hombre se fuera a otra parte a comprar su pócima de muerte o incluso llevara adelante su proyecto abominable recurriendo al puñal o a otra arma cualquiera. Le di, pues, una droga, pero era un soporífero, el famoso narcótico de la mandrágora, tan conocido por su virtud letárgica y por el sueño, muy parecido a la muerte, a que da lugar.” (Apuleyo, El asno de oro, X, 11, 2)


El primer caso conocido de crimen por envenenamiento múltiple en Roma fue en el año 331 a.C. cuando se produjo una alta mortalidad debido quizás a una plaga, pero que se achacó a la toma de  veneno. Después de que muchos ciudadanos principales murieran de la misma enfermedad, una esclava informó a los ediles curules que la causa de las muertes era que algunas matronas romanas preparaban y administraban venenos. Al investigarlo, encontraron a unas veinte matronas, incluyendo algunas patricias, preparando venenos, que ellas dijeron ser remedios curativos. Al ser obligadas a beber sus preparados para probar que los cargos eran falsos, ellas murieron. Además, ciento setenta más fueron declaradas culpables del mismo crimen.

“Sí desearía que fuese falsa la tradición —y no todos los escritores la avalan— según la cual murieron por envenenamiento todos aquellos cuya muerte hizo tristemente famoso al año por una epidemia; no obstante, hay que exponer la cosa tal como está en la tradición, para no negarle credibilidad a ninguno de los escritores. Cuando los ciudadanos principales se estaban muriendo de una enfermedad similar y todos casi con los mismos síntomas, una esclava le confesó al edil curul Quinto Fabio Máximo que ella desvelaría la causa de la calamidad pública si él le daba su palabra de que su delación no le iba a acarrear inconvenientes. Fabio somete inmediatamente el asunto a la consideración de los cónsules, éstos a la del senado, y con el acuerdo de todo este estamento se le dan garantías a la denunciante. Entonces quedó al descubierto que la población sufría por la maldad de las mujeres, que las matronas preparaban aquellos venenos y que, si querían seguirla en el acto, podían sorprenderlas con todas las evidencias. Siguieron a la denunciante y encontraron a algunas matronas cocinando los medicamentos, y descubrieron otros escondidos. Conducidas éstas al foro, el viator hizo comparecer a unas veinte matronas en cuyo poder habían sido aprehendidos; como dos de ellas, Cornelia y Sergia, de familia patricia ambas, pretendían que aquellos medicamentos eran saludables, la denunciante, rebatiéndolas, les pidió que bebieran para demostrar que ella había inventado una falsedad. Se tomaron un tiempo para cambiar impresiones; una vez retirado el público, expusieron la cosa a las demás, y como tampoco éstas rehusaron beber, apuraron el brebaje a la vista de todo el mundo y todas ellas perecieron en su propia trampa. Apresadas inmediatamente sus cómplices, denunciaron a un gran número de matronas, de las cuales fueron condenadas alrededor de ciento setenta. Antes de esa fecha no se habían dado en Roma procesos por envenenamiento.” (Tito Livio, Ab Urbe condita, VIII, 18)

El suicidio por envenenamiento se veía como una salida noble y digna frente a la posibilidad de ser tomado prisionero y ejecutado por los enemigos. Así sucedió durante la segunda guerra púnica, cuando la ciudad de Capua se rebeló contra Roma y Aníbal no fue en su ayuda. En el año 211 a.C. Capua fue asediada y su líder, Virrius, sabiendo que no encontraría el perdón en sus enemigos decidió suicidarse e intentó convencer a los miembros del senado para que hicieran lo mismo. Veintisiete lo siguieron, pero los restantes cincuenta y tres fueron ejecutados por los romanos.

“Yo no veré a Apio Claudio y Quinto Fulvio exultantes con su insolente victoria, ni me veré, cargado de cadenas, arrastrado por la ciudad de Roma dando vistosidad a su triunfo para después ser metido en una prisión o atado a un poste y doblegar el cuello ante un hacha romana, con la espalda destrozada por las varas; no veré cómo es incendiada y arrasada mi patria, y arrastradas para ser deshonradas las madres campanas y las doncellas y los muchachos libres. Arrasaron hasta los cimientos Alba, de donde ellos eran oriundos, para que no quedase memoria de su estirpe y sus orígenes; mucho menos voy a creer que perdonarán a Capua, a la que odian más que a Cartago. Conque aquellos de vosotros que quieran plegarse ante el destino antes de ver todos estos horrores tienen hoy preparado y dispuesto un convite en mi casa. Una vez saciados de vino y comida, irá pasando por turno la misma copa que me será presentada a mí; esa bebida librará el cuerpo de los suplicios, el espíritu de los ultrajes, los ojos y los oídos de ver y oír todas las atrocidades e ignominias que esperan a los vencidos. Habrá alguien preparado para arrojar nuestros cuerpos sin vida a una gran pira encendida en el patio de mi casa. Ésta es la única posibilidad de una muerte honorable y libre." (Tito Livio, Ab urbe condita, XXVI, 13, 17)


Muchas de las condenas por envenenamiento, sin suficientes pruebas de culpabilidad, y sin poder analizar químicamente las sustancias utilizadas, se producían en épocas de pestes, cuando la gente se encontraba en un estado de agitación mental que les disponía a atribuir las calamidades que sufrían a las malas artes de personas con perversas intenciones.

Especialmente proliferaron las acusaciones contra mujeres acusadas de envenenar a sus maridos, como en el siguiente caso ocurrido en el año 154 a.C.

“Hubo una investigación sobre envenenamientos. Las mujeres nobles Publilia y Licinia fueron acusadas de asesinar a sus maridos, antiguos cónsules; tras la audiencia, encomendaron sus haciendas al pretor como fianza, pero fueron ejecutadas por decisión de sus familiares.” (Floro, Periocas, 48, 6)

Como los casos que requerían una investigación pública, tales como traición, conspiración, asesinato y envenenamiento fueron en aumento, al final del siglo II a.C. se creó un tribunal para juzgarlos y en el año 81 a.C. el dictador Sila promulgó una ley contra crímenes en los que se incluía el uso de los venenos, Lex Cornelia de sicariis et veneficis. Esta ley incluía la persecución de los venefici, preparadores y administradores de los venenos, así como vendedores y compradores.

“Lo que ordena la ley en virtud de la cual se ha constituido este tribunal es que el presidente, es decir, Quinto Voconio, con los jueces que le han correspondido por suerte -a vosotros, jueces, se dirige la ley- abran información en los casos de envenenamiento. ¿Información contra quién? Se deja sin determinar. «Cualquiera que haya preparado, vendido, comprado, retenido, dado»”. (Cicerón, Pro Cluentio, 148)

Agripina Metella encadenada, pintura de Aurora Mira,
colección Banco de Chile

Los casos de envenenamiento proliferaban por lo que se juzgaban severamente, aunque no siempre era fácil encontrar un responsable o declarar la culpabilidad de un acusado.

“Una mujer de Esmirna fue conducida ante Cneo [Comelio] Dolabela, que ostentaba el mando proconsular en la provincia de Asia. Con venenos administrados solapadamente aquella mujer había asesinado a la vez al marido y a un hijo de éste y confesaba haberlo hecho, afirmando que había tenido un motivo para hacerlo, porque aquellos mismos marido e hijo habían dado muerte a otro hijo de la mujer habido de un matrimonio anterior, un joven excelente e intachable, sorprendiéndolo en una emboscada. Y no había duda alguna de que tal cosa había sucedido así. Dolabela trasladó el caso al Consejo. Ninguno de los consejeros se atrevía a emitir una sentencia en una causa tan delicada: por un lado, opinaban que no debía quedar impune un envenenamiento reconocido por el que se había dado muerte a un padre y a un hijo, y, por otro lado, creían que se había castigado con una pena adecuada a unos criminales. Dolabela trasladó el caso a los areopagitas de Atenas, como jueces más autorizados y experimentados. Una vez conocida la causa, los areopagitas ordenaron que el acusador de la mujer y la mujer misma, sujeto de la acusación, se presentaran al cabo de cien años. De este modo no absolvieron del envenenamiento a la mujer, algo que las leyes no permitían, ni condenaron ni castigaron a una inocente que merecía el perdón”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XII, 7, 1-8)

Entre las causas principales para utilizar veneno en las familias están la de librarse de una esposa o esposo para contraer nuevo matrimonio o quitarse a un pariente de en medio para acceder a una herencia.

“Una mujer acompañó al exilio a su marido, un proscrito. Un día lo sorprendió a solas con una copa en la mano y le preguntó qué contenía. Él le contestó que era veneno y que quería morir. Ella le suplicó que le dejara beber un poco, diciéndole que no quería vivir sin él. Él se tomó parte del brebaje y le dio el resto a su mujer, pero únicamente murió ella. En el testamento aparecía como heredero el marido. Al volver del exilio se lo acusa de envenenamiento.” (Séneca, Controversias, VI, 4 Un brebaje mortífero en parte)

Detalle mosaico del Museo del Bardo, Túnez

En uno de los famosos juicios de Cicerón se expone la defensa de Cluentio Avito acusado por el joven Opiánico, de intentar envenenarlo, cuyo padre, ya fallecido, ya había sido acusado a su vez de intentar envenenar al actualmente defendido, Cluencio. En su defensa Cicerón acusa al difunto Opiánico de envenenar a su esposa Cluencia, tía del joven Cluencio Avito, a su propio hermano y su cuñada embarazada.

“Vosotros, por favor, tened presente que no es mi propósito acusar a Opiánico -que ya está muerto- sino, queriéndoos convencer de que este hombre, mi defendido, no sobornó al tribunal, usar como principio y fundamento de mi defensa el hecho de que Opiánico, el mayor criminal y el mayor delincuente, fue condenado. Él alargó personalmente a su mujer Cluencia, que era tía de mi cliente Avito, una copa y súbitamente ella, a medio beberla, comenzó a gritar que se moría entre grandes dolores y no vivió más de lo que tardó en decirlo porque, con las palabras y el grito aún en la boca, murió. Confirmando esta muerte repentina y las palabras de la moribunda, se encontraron en el cuerpo de la difunta todos los síntomas que suelen ser indicios y vestigios de envenenamiento. Y también con el veneno mató a su hermano Gayo Opiánico.

Y no para ahí todo. Aunque en este fratricidio parece que no se omitió ninguna maldad, sin embargo, para llegar a esta acción infame, se preparó antes el camino con otros delitos. Así, hallándose embarazada Auria, la mujer de su hermano, y creyéndose que ya estaba próximo el alumbramiento, mató a la mujer envenenándola para que al mismo tiempo pereciera el fruto que había concebido de su hermano. Después se volvió contra su hermano, el cual tarde, cuando ya se había agotado la copa mortal, mientras lanzaba gritos por su asesinato y por el de su mujer y queriendo cambiar el testamento, murió en el mismo momento en que expresaba esta voluntad. Así mató a la mujer para no verse excluido, con el nacimiento de un hijo, de la herencia de su hermano y a los hijos de su hermano los privó de la vida antes de que ellos pudieran recibir de la naturaleza esta luz como suya.” (Cicerón, En defensa de Aulo Cluencio, 30-31)


Circe, pintura de John William Waterhouse

Todo aquel que tenía enemigos o pensaba que podía tenerlos desarrollaba gran temor a ser envenenado por lo que era habitual entre los ricos tener un probador para la comida, el praegustator. Sin embargo, no siempre era una solución para evitar el veneno, como se demuestra en muchas ocasiones en la historia.

“En la época en que se preparaba para la batalla que se luchó en Actium, Antonio desconfiaba de la reina hasta temer sus atenciones y no tocaba su comida a menos que otra persona la hubiese probado primero. Por ello se dice que la reina para burlarse de su miedo, hizo mojar las puntas de las flores de una corona en veneno, y luego se la puso en la cabeza. Tras un rato, cuando la alegría se había extendido, retó a Antonio a tragarse las flores mezcladas con el vino. ¿Quién en esas circunstancias se podía esperar traición? Entonces se arrancaron las flores de la corona y se echaron en la copa. Cuando Antonio estaba a punto de beber, ella le sujeto el brazo. Contempla, Marco Antonio, dijo, a la mujer por la que tomas tantas precauciones con tus probadores. Y si no pudiese vivir sin ti, no me faltaría ocasión. Tras decir esto, ordenó traer un hombre de la prisión y le hizo beber de la copa, al hacerlo cayó muerto ahí mismo.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 12)

Cleopatra probando veneno en condenados, pintura de Alexandre Cabanel

Los probadores de comidas de los gobernantes llegaban a tener cierta importancia en la corte imperial, siendo normalmente esclavos y posteriormente libertos; algunos se vieron implicados en conspiraciones para envenenar a sus propios amos.

“Al genio de Coetus Herodianus, praegustator del divino augusto, después vilicus en los jardines de Salustio, murió en el consulado de M. Cocceius Nerva y C. Vibius Rufinus. Julia Prima lo dedicó a su patrono.” (CIL, VI, 9005)

Coetus, por su agnomen Herodianus, pertenecería como esclavo a Herodes en un primer momento, y sería heredado por Augusto en virtud de un legado. Cuando fue liberado, se convirtió en un cuidador de los famosos jardines de Salustio siendo su propia liberta quien se encargó de su tumba.

Durante el imperio la dinastía Julio-Claudio consiguió una fama nefasta por los numerosos casos de envenenamiento ocurridos en la familia.

En el año 19 d.C. el sobrino del emperador Tiberio, Germánico, murió en extrañas circunstancias en Antioquía. Su esposa Agripina acusó al gobernador de Siria, Calpurnio Pisón, con quien el difunto había tenido grandes diferencias, y a su esposa Plancina de haberlo envenenado con la ayuda de una famosa hechicera siria, Martina.

“Éste, a instancia de Vitelio y de Veranio, que hacía el proceso contra los tenidos por culpados, envió a Roma una mujer llamada Martina, tenida por hechicera pública en aquella provincia, muy amada de Plancina.” (Tácito, Anales, II, 74)

Muerte de Germánico, pintura de Adolf Hiremy Hirschl

De camino a Roma para ser juzgada Martina murió y aunque no había pruebas de suicidio se encontró veneno escondido en su cuerpo.

“Ya se sabía que aquella Martina, famosa hechicera, enviada, como he dicho, por Cneo Sencio, había muerto súbitamente en Brindis, y que le habían hallado el veneno escondido en las trenzas de los cabellos, sin señal alguna en su cuerpo de haberse quitado ella misma la vida.” (Tácito, Anales, III, 7)

En el año 23 d.C. murió Druso, el hijo de Tiberio, por un veneno que le había sido administrado por Ligdo, un liberto suyo, instigado por Sejano, prefecto del pretorio, quien deseaba el poder y había cometido adulterio con la esposa del propio Druso. El veneno ingerido produjo en el afectado el efecto de una enfermedad degenerativa.

“Y así juzgando Sejano que le convenía solicitar, escogió un veneno de tal calidad que, penetrando poco a poco, hiciese su efecto semejante a las enfermedades casuales. Este veneno se dio a Druso por medio de Ligdo, eunuco, como se descubrió ocho años después.” (Tácito, Anales, IV, 8)


Druso minor, hijo de Tiberio.
Museo del Prado, Madrid

Dión Casio cuenta con respecto a la insania de Calígula que envenenó a gladiadores y aurigas para que sus favoritos pudieran vencer y él poder ganar más dinero.

“Al mismo tiempo que cometía estos crímenes con la excusa de que se encontraba falto de recursos económicos, ingenió este otro modo de sacar dinero. Vendía a los supervivientes de los combates gladiatorios, a un precio desorbitado, a los cónsules, pretores y otras personas. Se los vendía no sólo a los que deseaban comprarlos sino a los que él forzaba, en contra de su voluntad, a hacerlo durante las carreras del circo y, muy especialmente, a los que sorteaba para que fueran sus organizadores. De hecho, había ordenado que se designase a suertes dos pretores para aquellos combates, tal y como se había hecho en otras épocas. Mientras, él, que se sentaba en el banco del vendedor, hacía subir la puja. Muchas personas que venían de fuera aumentaban las pujas, especialmente porque así permitía, a los que quisieran, ofrecer un espectáculo con un número mayor de gladiadores del que la ley establecía y porque él los visitaba con cierta frecuencia. De esta forma, algunos porque necesitaban a aquellos hombres, otros porque creían que así se congraciaban con el emperador, y la mayoría, todos aquellos que tenían la reputación de ricos, porque querían gastar una parte de sus fortunas con aquel pretexto para que, disminuyendo sus riquezas, consiguieran salvar sus vidas, compraban a los gladiadores a precios muy altos. Pero después de haber hecho todo eso, mató a los mejores y más famosos de aquellos gladiadores con un veneno. Lo mismo hizo con los caballos y los aurigas del equipo contrario.” (Dión Casio, Historia romana, LIX, 14)



Se cree que el emperador Claudio murió envenenado por su cuarta esposa Agripina con un veneno proporcionado por la famosa Locusta para sustituirlo por su propio hijo Nerón. Claudio, gran aficionado a las setas, se sintió indispuesto tras comer un plato elaborado con ellas, pero no murió inmediatamente, sino que se dice que su médico, Jenofonte, le metió una pluma en la garganta para provocar el vómito, que estaría supuestamente envenenada lo que acabó por producir su muerte.

“Agripina, resuelta al crimen desde hacía tiempo, solícita para aprovechar la ocasión que se le había presentado y sin necesitar intermediarios, reflexionó mucho sobre la elección del tipo de veneno, temiendo que uno de efectos rápidos e inmediatos pusiera al descubierto su crimen, y que, si elegía uno lento y de efectos retardados, Claudio, al llegar a sus últimos momentos y comprender el engaño, retornara al amor de su hijo. Quería algo rebuscado, algo que perturbara la mente y aplazara la muerte. Entonces elige a una experta en tales artes llamada Locusta, condenada hacía poco por envenenamiento y mantenida desde tiempo atrás entre los instrumentos de su poder. Con el saber de esta mujer se preparó el veneno y se encargó de servirlo a Haloto, uno de los eunucos, que era quien solía llevarle las comidas a la mesa y probarlas.

“Hasta tal punto se supieron después todos los detalles, que los historiadores de aquellos tiempos cuentan que el veneno se echó en un sabroso plato de setas, y que los efectos del tóxico no se notaron en un primer momento, ya fuera por la estupidez de Claudio, ya porque estuviera borracho. A la vez daba la impresión de que una descomposición del vientre había venido en su ayuda. Aterrada por ello Agripina y, pues se temía lo peor, haciendo caso omiso de los reproches de los presentes, emplea la complicidad de Jenofonte, el médico, a quien se había ganado previamente. Se cree que éste, aparentando ayudarle en sus intentos de devolver, hundió hasta su garganta una pluma untada en un rápido veneno, no ignorando que los mayores crímenes empiezan con peligro y terminan en recompensa.” (Tácito, Anales, XII, 66-67)


El motivo por el que Nerón pudo haber hecho envenenar a Británico, hijo de Claudio, no está totalmente claro, pues el joven no llegó a ser nombrado sucesor y su paternidad había quedado en entredicho al ser hijo de Mesalina. Agripina se había encargado de eliminar a todos sus partidarios, pero quizás hizo creer a Nerón que apoyaría a Británico si aquel no seguía sus consejos. Suetonio cree que le tenía envidia por su voz y por ser el hijo del recordado Claudio.

Para llevar a cabo su detestable propósito recurrió a la mencionada envenenadora de su tiempo, Locusta, que creó una poción especial para la ocasión.

“Envenenó a Británico tanto por envidia de su voz, que era muy agradable, como por temor de que algún día el recuerdo de su padre le hiciera prevalecer en el favor de los hombres. Le dio el veneno una tal Locusta, que había descubierto varios, pero como este obraba más lentamente de lo que esperaba y solo consiguió provocar a Británico una descomposición de vientre, mandó llamar a esta mujer y la golpeó con sus propias manos, acusándola de haberle dado una medicina en lugar de un veneno; al poner ella como excusa que le había dado menos cantidad para ocultar un crimen tan odioso, exclamó: “Pues sí que temo yo la ley Julia” y la obligó a cocinar ante su vista, en su habitación, el veneno más rápido y más activo que pudiera. Luego, lo experimentó con un cabrito que tardó cinco horas en morir, en vista de lo cual lo hizo recocer una y otra vez y se lo dio a comer a un cochinillo, que murió en el acto; entonces ordenó que lo llevaran al comedor y se lo sirvieran a Británico mientras comía con él. Nada más probarlo, aquel cayó, y Nerón fingió ante los convidados que había sufrido uno de sus habituales ataques de epilepsia; al día siguiente, lo enterró a toda prisa, sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial. En premio a sus servicios, concedió a Locusta la impunidad, extensas posesiones, e incluso discípulos.” (Suetonio, Nerón, 33)


Muerte de Británico, ilustración de Pierre Narcisse Guerin

Locusta había sido condenada por muchos crímenes durante el reinado de Claudio y permanecía en prisión cuando Agripina la hizo llamar para conseguir un veneno contra Claudio. Posteriormente Nerón la utilizó para librarse de Británico y tras la muerte de este, su sentencia de muerte fue suspendida y mantenida como consejera sobre venenos. Se le permitió enseñar a otros y también probar sus pócimas en animales y criminales convictos. Fue ejecutada cuando Galba accedió al poder tras la muerte de Nerón.

“En los casos, no obstante, de Helio, Narciso, Patrobio, Locusta, los hechiceros y el resto de escoria que había salido a la luz durante los días de Nerón, ordenó que les condujera encadenados por toda la Ciudad y que después se les ejecutara.” (Dión Casio, Historia romana, LXIV, 3, 4)


Locusta y Nerón probando un veneno, pintura de Xavier Sigalon,
Museo de Bellas Artes de Nimes, Francia

Ni siquiera los emperadores mejor considerados quedaban a salvo de ser acusados de envenenar a sus rivales políticos, como en el caso de Marco Aurelio, quien habría supuestamente envenenado a su coemperador Lucio Vero.

“No hay ningún príncipe que no se vea salpicado por la mala fama, de manera que también sobre él se difundió el rumor de que había dado muerte a Vero, bien mediante la aplicación de un veneno cortando una tetina de cerdo con un cuchillo por el lado que previamente había sido envenenado y dándole a comer la parte envenenada mientras que se reservaba para sí la parte inofensiva, bien mediante la utilización de los servicios del médico Posidipo que, según cuentan, le hizo una sangría antes de tiempo.” (Historia Augusta, Marco Aurelio, 15, 5)

El temor a ser envenenado era una constante entre los gobernantes de la antigüedad por lo que era habitual que tomasen medidas para paliar los efectos de una posible ingesta, por lo que de forma preventiva solían tomar ciertas dosis de varios venenos que servirían como antídoto en caso de necesidad.

“Decidieron, pues, dar a Cómodo un veneno, que Marcia se comprometió a administrárselo sin dificultad. Pues tenía la costumbre de mezclar ella misma el vino y de ofrecer al emperador la primera copa para que tuviera el placer de beberla de manos de su amada. Al volver Cómodo del baño Marcia puso el veneno en la copa, mezclándolo con un vino aromático y le ofreció la bebida. Él, como copa de amor que habitualmente le brindaba Marcia después de sus frecuentes baños y combates con los animales, sediento, la bebió sin darse cuenta. Al punto le sobrevino un sopor que le forzó a dormir y, pensando que esto le ocurría a causa del cansancio, se acostó. Eclecto y Marcia, con el pretexto de dejar descansar al emperador, ordenaron a todos que se retiraran y fueran a sus asuntos… Durante un rato permaneció tranquilo, pero cuando el veneno afectó al estómago e intestinos, se apoderó de él un mareo seguido de una vomitona, bien porque la comida y abundante bebida ingeridas antes rechazaban el veneno, bien por haber tomado previamente un antídoto, como suelen tomar los emperadores siempre antes de cada comida. Pero, ante aquella vomitona, Marcia y los otros, temiendo que arrojara todo el veneno y que se recuperara y fuera la ruina de todos, persuadieron con promesas de generosas recompensas a un tal Narciso, joven decidido y fuerte, para que se acercara a Cómodo y lo estrangulara. Él irrumpió en la habitación del emperador, que estaba abatido por el veneno y el vino, y le apretó el cuello hasta matarlo.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, I, 17, 8-11)

Narciso estrangulando a Cómodo, grabado de G. Mochetti

La rivalidad familiar provocaba que se buscase el envenenamiento como forma fácil de deshacerse de algún pariente molesto al que se consideraba un impedimento para el ascenso al trono, como sucedió en el caso de Claudio y su hijo Británico. Pero avanzado el imperio, la eliminación de rivales seguía sucediendo. La enemistad entre Caracalla y su hermano Geta se vio salpicada por el enfrentamiento y las sospechas, entre ellas las de posible envenenamiento, aunque finalmente el segundo acabó sucumbiendo a la violencia de su hermano mayor.

“En el libro anterior han quedado descritas las acciones de Severo en sus dieciocho años de emperador. Sus hijos, todavía unos jóvenes. junto con su madre regresaron apresuradamente a Roma, y ya manifestaron su desacuerdo durante el camino. Ni paraban en los mismos alojamientos, ni comían juntos; cada uno miraba con gran recelo todo lo que comía y bebía, no fuera que el otro se hubiera adelantado y a escondidas, o por medio de algún criado, le hubiera puesto un veneno.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV, 1)


Izda. Caracalla, Museo Palazzo Massimo, Roma. Drcha. Geta

Los efectos provocados tras la ingestión de veneno se describen de forma cruda y dramática en algunos textos haciendo patente el sufrimiento que producía en los afectados.

“Por otra parte, Licinio perseguía con su ejército al tirano, y éste, batiéndose en retirada, se dirigió de nuevo a los desfiladeros del Tauro. Aquí intentó el avance con la construcción de torres y fortificaciones, pero fue desalojado por los vencedores, que destruyeron todas las construcciones, y, finalmente, huyó a Tarso. Allí, al verse asediado por tierra y por mar y no esperar ya refugio alguno, angustiado y temeroso, recurrió a la muerte, como remedio a los males que Dios había acumulado sobre su cabeza. Pero previamente se sació de comida y se anegó en vino, tal como acostumbran a hacerlo quienes piensan que lo van a hacer por última vez. Tras ello ingirió veneno. Su efecto, al actuar sobre un estómago lleno, no pudo ser fulminante, sino que le produjo una debilidad maligna, similar a la que provoca la peste, por lo que su vida se prolongó algún tiempo entre dolores. Después comenzó a intensificarse el efecto del veneno, con lo que sus entrañas comenzaron a arder con un dolor tan insoportable que le llevó a la locura. Llegó a tal extremo, que, por espacio de cuatro días, preso de la locura, cogía con sus manos tierra seca y la devoraba como un hambriento. Seguidamente, después de innumerables y duros dolores, al golpear su cabeza contra las paredes, sus ojos se saltaron de sus órbitas. Por último, perdida ya la vista, tuvo una visión en la que Dios le juzgaba rodeado de servidores vestidos de blanco. Daba gritos de manera semejante a los que están sometidos a tortura y declaraba que no lo había hecho él, sino otros. Finalmente, como si hubiese cedido a los tormentos, comenzó a confesar a Cristo suplicándole e implorándole que se compadeciese de él. De este modo, exhalando gemidos como si le estuviesen quemando, entregó su espíritu pernicioso en medio de un género de muerte detestable.” (Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores, 49 – Muerte de Maximino Daya)


El suicidio por veneno era una salida fácil y rápida para quien se creía perseguido y no quería enfrentarse a una pena de prisión, una condena a muerte o un asesinato. Algunos iban siempre preparados con algún veneno eficaz encima para tener acceso a él en cualquier momento.

“Vibulio Agripa, un caballero, se mató en la propia curia bebiendo el veneno que llevaba oculto en uno de sus anillos.” (Dión Casio, Historia Romana, LVIII, 18, 4)

No siempre el efecto buscado a la hora de administrar un veneno era la muerte, sino provocar una enfermedad o la interrupción de un embarazo.

“Mientras tanto, Helena, hermana de Constancio y esposa del César Juliano, fue conducida a Roma por una llamada aparentemente amistosa, según un plan tramado por la emperatriz Eusebia, estéril durante toda su vida, que la convenció para que bebiera un veneno preparado con mala fe de manera que, cuando quedara embarazada, perdería el hijo que esperara.” (Amiano Marcelino, Historia, 16.10.18)

El uso inadecuado del veneno podía implicar que el resultado no fuera el esperado, como en el caso de mezclar sustancias que podían interferir unas contra las otras y acabar evitando un desenlace fatal en vez de provocarlo.

“Una esposa adúltera dio venenos a su celoso marido y creyó que no le había dado suficiente para matarlo. Añadió proporciones mortales de mercurio para que esa fuerza duplicada le provocase una rápida muerte. Si se aíslan los ingredientes, son, por separado, veneno; toma un antídoto quien juntos los bebe. Así, mientras luchan entre sí esos nocivos brebajes, el daño mortal se trueca en bien salutífero.

Y buscaron sin detenerse los vacíos recovecos del vientre, siguiendo el camino resbaladizo y conocido de los alimentos desechados. ¡Qué justa providencia la de los dioses! La esposa más cruel puede favorecer y, cuando los hados quieren, dos venenos benefician.” (Ausonio, Epigramas, 3)



Los antiguos romanos diferenciaban entre tres clases de venenos, los que matan con rapidez, los que causan deterioro físico y los que provocan perturbación mental. En estos últimos se pueden incluir los filtros amorosos que muchos clientes encargaban a hechiceras para someter la voluntad de los afectados.

“No por la fuerza de pócimas sabidas, ¡oh Varo, hombre destinado a tantos llantos!, has de acudir a mí de nuevo, ni a mí volverá tu pensamiento llamado por invocaciones marsas. Voy a preparar algo más grande, una poción más potente le voy a administrar a tus desdenes; y el cielo quedará debajo de los mares, y por encima se extenderá la tierra, si no ardes tú en mi amor, como arde el betún en negros fuego.” (Horacio, Épodos, V)


En la antigüedad se conocieron una gran variedad de sustancias con propiedades venenosas provenientes del mundo animal, vegetal y mineral. Del primero había gran interés por el estudio de las mordeduras de animales como las serpientes, escorpiones o las liebres marinas.

“Voy a hablar del escorpión, armado con un potente aguijón., y de su desagradable progenie. La especie blanca no causa daño. Pero la roja causa una fiebre rápida y calenturienta en las bocas de los hombres, y las víctimas luchan de forma convulsiva como si se hubieran prendido fuego, y les provoca una sed constante. La especie negra por otro lado, cuando muerde, causa una agitación temible y las victimas se asustan y ríen sin ninguna razón.” (Nicandro de Colofón, Theriaca)


También se sabían las propiedades nocivas de algunos minerales como el arsénico, el plomo o el albayalde. Pero, sobre todo, los efectos más estudiados son los procedentes de las hierbas y plantas. Entre las plantas más conocidas destacan, por ejemplo, el acónito, cuya raíz era uno de los venenos más enérgicos del reino vegetal, pues con poca cantidad se lograba un efecto letal tras un colapso cardiovascular y una parálisis respiratoria. Entre sus síntomas se encontraban los dolores musculares, debilitamiento general, ritmo cardiaco irregular y baja presión sanguínea.


Izda. Acónito. Centro, cicuta. Drcha. Eléboro

La cicuta se usaba ya en el siglo V a.C. en los tribunales de Atenas como método de ejecución. El filósofo Sócrates puso fin a su vida bebiendo cicuta en el año 399 a.C. Produce náusea, salivación, vómitos, dolor abdominal y de cabeza. Provoca una paralización de los órganos respiratorios hasta llegar a la asfixia. Se dice que su resultado es una muerte fácil e indolora. Séneca tras la condena impuesta por Nerón intentó quitarse la vida abriéndose las venas, pero al no llegar la muerte, tomó cicuta para acelerar el proceso, pero al no conseguir morir tampoco, fue llevado a una bañera para que los vapores del agua caliente le produjeran la asfixia.

“Séneca, entretanto, al prolongarse su agonía, rogó a Estacio Anneo, en quien tenía experimentada gran amistad y no menor ciencia en la medicina, que le trajese el veneno ya de antes preparado, que era el que solían dar por público juicio los atenienses a sus condenados; y habiéndoselo traído, lo tomó, aunque sin ningún efecto, por habérsele ya enfriado los miembros y cerrado las vías por donde pudiese penetrar el veneno.” (Tácito, Anales, XV, 64)

La muerte de Séneca. Pintura de Manuel Domínguez Sánchez, Museo del Prado.

El eléboro podía utilizarse como purgante y como remedio para tratar enfermedades mentales como la epilepsia. El opio se empleaba para calmar el dolor, pero en grandes cantidades causaba la muerte por lo que se tomaba en casos de suicidios.

La forma más fácil de administrar los venenos era mezclarlos con vino o ponerlos en la comida.

“A vosotros os aviso, huérfanos que gozáis de buena situación económica, cuidad de vuestra existencia y no fiaros de mesa alguna, que los pasteles amoratados fermentan con el veneno de la madre,
Que alguien dé antes un mordisco a cuantos te alargue aquélla que te ha parido, que pruebe antes precavidamente la copa tu preceptor.”
(Juvenal, Sátiras, VI, 630)

Pintura de Alma-Tadema

El cuerpo de una persona envenenada podía oscurecerse tras su muerte y Dión Casio cuenta la historia de Nerón que hizo que embadurnaran el cuerpo de Germánico con yeso para enblanquecerlo, ya que se había puesto negro por el veneno que le habían suministrado, pero cuando le llevaban por el Foro empezó a llover torrencialmente e hizo que el yeso se diluyera, por lo que el crimen quedó al descubierto.

 “Nerón entonces asesinó a traición a Británico envenenándole y después, como la piel se le tornara lívida por culpa del veneno, hizo untar el cuerpo con yeso. Pero al ser llevado a través del Foro, una fuerte lluvia que cayó mientras el yeso estaba todavía fresco lo lavó y lo quitó, de modo que el crimen fue conocido no solo por lo que el pueblo oyó, sino también por lo que vio.” (Dión Casio, Historia romana, LXI, 7, 4)


Británico (probable), Pompeya,
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto M0tty


Bibliografía


https://www.researchgate.net/publication/280210350_POISONS_POISONING_AND_THE_DRUG_TRADE_IN_ANCIENT_ROME; POISONS, POISONING AND THE DRUG TRADE IN ANCIENT ROME; L Cilliers & F P Retief
https://www.mcgill.ca/classics/files/classics/2007-8-03.pdf; Snow White’s Apple And 
Claudius’ Mushrooms: A Look at the Use of Poison in the Early Roman Empire; Connie Galatas
https://www.academia.edu/13316961/Poisoning_in_Ancient_Rome_The_Legal_Framework_The_Nature_of_Poisons_and_Gender_Stereotypes; Poisoning in Ancient Rome: The Legal Framework, The Nature of Poisons, and Gender Stereotypes; Evelyn Höbenreich and Giunio Rizzelli
https://www.proquest.com/openview/bacd0135baf4df8eaaecd7553c937ede/1?pq-origsite=gscholar&cbl=18750&diss=y; THE ROLE OF POISON IN ROMAN SOCIETY; Cheryl L. Golden
https://www.jstor.org/stable/265324?origin=JSTOR-pdf; Poisons and Poisoning among the Romans; David B. Kaufman
https://www.researchgate.net/publication/288204969_Poisons_Poisoners_and_Poisoning_in_Ancient_Rome; Poisons, Poisoners, and Poisoning in Ancient Rome; Louise Cilliers
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3070687; Maleficio y veneno en la muerte del Germánico; Manuel García Teijeiro

martes, 1 de junio de 2021

Gladiator (I), los gladiadores en la antigua Roma


Tumba de Vestorius Priscus, Pompeya. Foto de Samuel López

En Roma los ludi eran los juegos que se organizaban con motivo de las festividades religiosas oficiales (por ello, se ofrecían a los dioses en nombre de la comunidad), mientras que con la palabra munera se denominó a los juegos gladiatorios organizados para honrar públicamente la memoria de una persona ilustre.

El espectáculo consistente en ofrecer luchas de gladiadores se llamaba munus (‘deber’, ‘obligación’) porque originalmente esta práctica era una obligación fúnebre que se tenía con el difunto recién fallecido; los familiares más allegados tenían el deber (munus) de ofrecer en memoria del muerto un combate de gladiadores (munus gladiatorum), con la idea de que la sangre del gladiador vencido (en aquellos primeros tiempos sí moría siempre el vencido) favoreciese al espíritu del fallecido en la otra vida.

“Queda aún el examen de aquel distinguidísimo y amadísimo espectáculo. La obligación se llamó a partir del deber, puesto que el deber, en efecto, es el nombre de la obligación. Pues los antiguos consideraban un deber con sus muertos celebrar este espectáculo después de disponerlo con una dureza más humana. Pues en otro tiempo, puesto que se creía que se había de ofrecer un sacrificio a las almas de los muertos con sangre humana, los mercaderes inmolaban a cautivos o siervos de baja condición en los entierros. Luego agradó sombrear la impiedad con el placer. Y así habían dispuesto a éstos, hábiles con estas armas entonces como habían podido, lo suficiente para que aprendiesen a morir, y después de señalado el día de las exequias, pagaban junto a las tumbas. Y así mitigaban las muertes con los homicidios. Este es el origen del espectáculo público.” (Tertuliano, De los espectáculos, XII)

Los primeros gladiadores conocidos eran esclavos entrenados para luchar y recibían el nombre de bustuarii, derivado de la palabra bustum, que era la hoguera en la que se incineraba el cadáver. Los bustuarii luchaban a muerte en los llamados “juegos funerarios” celebrados en honor a un ciudadano importante fallecido. Su oponente debía ser otro bustuarius. Su arma era el gladius de estilo griego  copiada de las que usaban los hoplitas griegos. No llevaban casco. Su única defensa era un escudo pequeño. Sus combates eran costeados por la familia del fallecido. Estos juegos se realizaban durante el funeral del difunto (donde estaba la pira, de ahí el nombre de bustuarius), para hacer una ofrenda de sangre a los dioses y que éstos acogieran el alma del fallecido en la otra vida. En los primeros tiempos de Roma los supervivientes eran sacrificados durante la ceremonia.

Bustuarii en la pira de Julio César

Los combates de gladiadores en Roma encargados y pagados por los familiares del difunto se comenzaron a documentar ya en el siglo III a.C.

“El primer espectáculo de gladiadores fue dado en Roma en el Foro Boario en el consulado de Apio Claudio y Quinto Fulvio. Lo patrocinaron Marco y Décimo, hijos de Bruto Pera, para honrar la memoria de su padre con un espectáculo fúnebre.” (Valerio Máximo, Hechos y Dichos Memorables, II, 4, 8)

Uno de los primeros combates con varias parejas de gladiadores es el que ofrecieron los hijos de Emilio Lépido en su honor en el año 216 a.C.

“En honor de Marco Emilio Lépido, que había sido cónsul dos veces y augur, sus tres hijos, Lucius, Marcus y Quintus, dieron juegos funerarios durante tres días y trajeron veintidós parejas de gladiadores al Foro Romano.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXIII, 30, 15)



Continuando con el carácter funerario de las luchas de gladiadores, Tito Livio relata los juegos ofrecidos por Titus Flaminius, acompañados de actividades para el pueblo, en el año 174 a.C.

“Muchos juegos gladiatorios se dieron ese año, algunos sin importancia; uno sobresalió por encima de los demás, el de Titus Flaminius, para conmemorar la muerte de su padre, que duró cuatro días y se acompañó de una distribución de carne, un banquete y representaciones teatrales. El punto culminante fue que en tres días lucharon setenta y cuatro gladiadores.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XLI, 28, 9)

Esta vinculación fúnebre inicial se perdió con el tiempo, pero el término munus se mantuvo durante toda la época romana para designar al espectáculo gladiatorio.

La cantera principal de gladiadores durante la república y principios del imperio fue la guerra. Los soldados enemigos derrotados y hechos prisioneros de guerra eran vendidos como esclavos. La experiencia militar que tenían les hacía adecuados para convertirse en gladiadores, por lo que eran comprados por los lanistae, propietarios de las escuelas de gladiadores (ludi).

Relieve de Esmirna, Turquía. Museo Ashmolean, Oxford

Los editores (organizadores) de los dos primeros munera de los que hay referencias en Roma –los Iunii y los Aemilii Lepidi– tenían a familiares entre los generales romanos, por lo que probablemente pudieron acceder fácilmente a prisioneros de guerra para su exhibición en los juegos.

Los prisioneros de guerra que llegaban a los mercados de esclavos de las ciudades del imperio presentaban en principio unas cualidades físicas peores que los que habían sido escogidos en los campamentos por los ojeadores imperiales y privados.

“Fronto mandó matar a los sediciosos y los maleantes, que se denunciaban entre ellos; seleccionó a los más altos y los más apuestos de los jóvenes y los reservó para el triunfo; del resto, los mayores de diecisiete fueron encadenados y enviados a trabajos forzados en Egipto, mientras que muchos fueron llevados a las provincias, para morir en la arena por la espada (como gladiadores) o por las bestias salvajes.” (Flavio Josefo, La guerra de los judíos, VI, 418:4)

Gladiador tracio. Ilustración Zygmunt Michalski

Otros muchos esclavos que no eran prisioneros de guerra también acababan en un ludus, porque sus amos, entre las muchas opciones que tenían para obtener beneficios de ellos, contaban con la de venderlos a un lanista.

“Después de semejantes principios, ejerció en gran parte el imperio según los consejos y el capricho de los más viles actores y aurigas, y en especial de su liberto, Asiático. Cuando este apenas era un adolescente, lo había corrompido manteniendo comercio carnal con él, hasta que el susodicho huyó, harto de estas relaciones; Vitelio le detuvo en Pozzuoli, vendiendo posca, y lo mandó a la cárcel, pero inmediatamente lo liberó y volvió a admitirle en su intimidad. Mas tarde, se enfadó otra vez con él a causa de su excesiva altanería y de su inclinación al robo, y lo vendió a un lanista ambulante; este lo reservó para el final del espectáculo, pero Vitelio entonces se lo llevó de repente.” (Suetonio, Vitelio, 12)

Cuando un criminal era juzgado por un delito una de las sentencias que podía recibir era la de ser enviado a un ludus para convertirse en gladiador, era la llamada damnatio ad ludum… condenado al ludus, es decir, a luchar en los juegos gladiatorios como gladiador. No obstante, esto no implicaba necesariamente la muerte, ya que se le abría la posibilidad de salvar su vida (si era lo suficientemente bueno como para que le concediesen la rudis (la espada con la que se concedía la libertad, la cual no le permitían obtener antes de tres años) o como para mantenerse vivo durante cinco años (si tras cinco años no había obtenido la rudis era puesto en libertad).

"Pero aquellos condenados a los juegos no son necesariamente eliminados; pueden, incluso, tras un tiempo, volver a la libertad, o ser liberados de la obligación de ser gladiador; ya que, después de cinco años, pueden recuperar su libertad, mientras que, al término de tres años, se les permite abandonar los juegos gladiatorios." (Collatio Mosaicorum et Romanarum Legum, 11.7) [ley del reinado de Adriano (117-138)].

Foto Noah Kaye

Un gran número de los que entraban en un ludus lo hacían como voluntarios (auctorati), movidos por el deseo de convertirse en gladiadores. Muchos lo hacían por necesidad, para poder subsistir; para aquellos que carecían de cualquier otro medio de vida el ludus ofrecía comida diaria y techo hasta el día del combate y, si luego seguían vivos, la comisión que les correspondiese por el combate más los premios, y comida de nuevo diaria hasta el nuevo combate… y así hasta que morían o conseguían dinero suficiente para vivir de otra manera. Para finales de la república los auctorati constituían más de la mitad de los gladiadores, siendo los esclavos quienes mayoritariamente constituían la otra mitad, con un menor porcentaje de condenados. La proporción de voluntarios se mantuvo alta hasta que se puso fin a los juegos gladiatorios, mientras que el menor número de guerras tras la instauración del imperio (pax romana) hizo disminuir mucho el número de prisioneros de guerra, convertidos en esclavos, lo que se compensó aumentando el número de delincuentes condenados que eran enviados al ludus.

“Plaucio, por su hábil y victoriosa dirección de la guerra en Britania, no solo fue felicitado por Claudio, sino que obtuvo también una ovación. Durante los juegos gladiatorios tomaron parte muchas personas, no solo libertos extranjeros, sino también cautivos britanos. Empleó más hombres que nunca en esta parte de los juegos y se glorió por ello.”
(Dión Casio, Historia Romana, LX, 30)



Los auctorati, generalmente atraídos por el deseo de ganancia, de gloria, de la necesidad de probarse a sí mismos con las armas, daban más espectáculo que el resto de gladiadores –porque al haber elegido ese deporte voluntariamente ponían más empeño en entrenar y en prepararse para ello que los gladiadores que luchaban a la fuerza (esclavos y criminales) y porque la mayoría de los que se convertían en auctorati eran antiguos gladiadores que tras recibir la rudis decidían volver a entrar en el oficio o porque eran los condenados ad ludum que –sin haber logrado la rudis– sí habían llegado a los cinco años de experiencia en la profesión (cumpliendo la condena), y al recuperar la libertad, podían decidir voluntariamente volver a entrar en el oficio para tener una fuente de ingresos.

Si un ciudadano (de la clase que fuese) decidía venderse como gladiador debía declararlo delante de un tribuno del pueblo, que levantaba acta dejando constancia del hecho. Si el voluntario iba a luchar para un lanista en particular, este estaba presente y debía dar su consentimiento de aceptar al voluntario durante la declaración ante el tribuno (y entonces el voluntario prestaba el juramento (auctoramentum), en presencia del lanista y del tribuno). Si el voluntario iba a servir de modo autónomo, sin lanista, en la declaración estaría el editor que iba a contratarlo (en lugar del lanista), y parece que no sería necesario jurar el auctoramentum. No obstante, en ambos casos, si el tribuno consideraba que el candidato era demasiado viejo o débil podía rechazarlo. Pero si todo iba bien, el tribuno levantaba el acta, en la que se registraba el nombre, edad y salario que iba a cobrar el voluntario (que no podía ser inferior a 2.000 HS)

“En el caso de aquel que voluntariamente en presencia de su excelencia, el tribuno de la plebe, anuncie su intención de luchar al precio legal de 2000 sestercios. Si este hombre, cuando ha obtenido su liberación, vuelve a dedicarse a esta peligrosa ocupación, su valor a partir de entonces no podrá exceder los 12000 sestercios.” (CIL 2.6278)

Pintura de M. Landucci

En el juramento se aceptaba ser quemado, ser encadenado, ser azotado, ser matado (“uri, vinciri, verberari ferroque necari”). Las tres primeras acciones eran afrentas graves contra la dignidad de un ciudadano, y la cuarta era un delito (homicidio), por lo que al realizar el voluntario el juramento el estado romano quedaba libre de toda responsabilidad referente a lo que le ocurriese durante su carrera gladiatoria (tanto en el ludus como en la arena), del mismo modo que también quedaba libre el lanista… toda la responsabilidad recaía en el gladiador, que era quien voluntariamente había aceptado tal cosa.

“Has prometido lograr tu máxima vinculación con la sabiduría, ser hombre de bien, y te has obligado a ello con juramento. Se burlará de ti quien te dijere que se trata de una milicia suave y llevadera; no quiero que te engañen. En los mismos términos se formula este muy honesto y aquel otro muy deshonroso compromiso: «afrontar el fuego, las cadenas y la muerte a cuchillo» De aquellos que trabajan a jornal para el circo, que comen y beben de la prestación que hacen a costa de su sangre, se exige la garantía de que, aun contra su voluntad, soporten estos riesgos; de ti que los soportes libre y gustosamente. A aquellos se les permite rendir las armas, recabar la misericordia del pueblo; tu ni te entregarás, ni suplicarás por tu vida; debes morir erguido e invicto.” (Séneca, Epístolas, 37, 1-2)

La primera referencia que parecer haber sobre casos de auctorati data del 206 a. C., cuando, según Tito Livio, lucharon hombres libres voluntariamente y por el deseo de competir.

“Escipión regresó a Cartagena para cumplir los votos hechos a los dioses y celebrar el espectáculo de gladiadores que había preparado en memoria de la muerte de su padre y de su tío. Los gladiadores que tomaron parte en el espectáculo no eran los que habitualmente presentan los lanistas, esclavos procedentes de la tarima de venta y libres que ponen precio a su sangre; la colaboración de los luchadores fue por entero voluntaria y gratuita.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXVIII, 21)



Por ley, un gladiador era considerado un infamis, una categoría social deshonrosa que incluía también a actores y prostitutas, ocupaciones todas que implicaban la sumisión del cuerpo y la voluntad a los deseos de otros, para darles placer, lo cual era considerado como despreciable por los romanos y por ello rechazaban a quienes se dedicaban a esos oficios, e incluso en determinados cementerios se prohibía darles entierro. La falta de autoridad y de personalidad que conllevaba tal conducta de sumisión a otro indicaba a los romanos que los infames eran incapaces de controlarse, de usar la autoridad sobre el propio cuerpo de modo adecuado, por lo que se les negaba toda una serie de derechos que implicaban la posesión de autoridad y poder, tales como desempeñar un cargo público o votar. El testimonio de un infamis tampoco era válido en un juicio.

“Por esta razón, un hombre que se vende para luchar queda marcado por la infamia luche o no, porque si luchase, cuando no se vendió para hacerlo, no sería considerado infame. Por tanto, los antepasados sostienen que no son infames los que luchan por mostrar su valor y lo hacen sin compensación, a menos que sufran para ser honrados en la arena; porque pienso que, en este caso, no pueden evitar ser señalados con la infamia.” (Digesta de Justiniano 3.1.1.6)

Relieve de Hierapolis

El Digesta de Justiniano deja claro que se podía aparecer en la arena sin quedar manchado por el estigma de la infamia, siempre que se hiciese sin recibir dinero y para mostrar valor. Algunos nobles se lanzaban a luchar como gladiadores por satisfacción personal y por ofrecer espectáculo, ante el malestar de algunos de sus conciudadanos más moralistas. Si se luchaba para honrar a un líder (un general o emperador) o para cumplir una promesa hecha a un emperador tampoco había infamia en ello.

“Le acompañaba su hermano Lucio, ese gladiador asiático que combatía como mirmilón (murmillo) en Mylasis y que estaba sediento de nuestra sangre, habiendo prodigado tanto la suya en las luchas de gladiadores.” (Cicerón, Filípicas, 5, 20)

Pero, aunque uno no quedase manchado por la infamia, dar el paso de hacerse auctoratus era difícil. Muchos se sentían atraidos por ser gladiadores y voluntariamente entrenaban e incluso combatían entre ellos (en combates privados entre amigos), pero entrar al circuito profesional exigía enfrentarse a muchos prejuicios sociales, a la posibilidad de morir y, probablemente el obstáculo mayor que disuadía a la mayoría, al gran nivel técnico y, sobre todo, físico que se exigía para estar en la competición. Obviamente cualquiera (que no fuese rechazado por viejo o débil por el tribuno) podía meterse a gladiador voluntario, pero si no era bueno no iba a encontrar ningún editor que le contratase ni ningún lanista que le quisiese entrenar ni representar en serio, simplemente sería usado como relleno en los gregatim (combate sin emparejamiento, todos unos contra otros). Se necesitaba una gran técnica en el manejo de la espada y una excepcional forma física para convertirse en un triunfador en el circuito profesional.

Tracio victorioso. Ilustración de Zygmunt Michalski

Había algunas circunstancias por las cuales uno podía convertirse en gladiador y no incurrir en la infamia, como, por ejemplo, cumplir una obligación familiar (pagar el funeral del padre, madre, esposa o hijo, para lo cual el dinero obtenido en el combate sería aceptable), realizar una obligación social (salvar a un amigo de la pobreza dándole el dinero ganado, vengar a un amigo muerto en la arena por otro gladiador)

“Yo, Víctor, zurdo, yazgo aquí, pero mi tierra natal fue Tesalónica. El destino me mató, no el embustero Pinnas [plumas]. No le dejéis alardear más. Yo tenía un compañero gladiador, Polyneikes, quien mató a Pinnas y me vengó. Claudius Tallus levantó este monumento con lo que yo dejé atrás como legado [dinero]”.

En las ciudades de las provincias la visión que se tenía de los gladiadores no estaba tan afectada por los prejuicios de la capital, y, con el tiempo, incluso en Roma se fue viendo a los gladiadores de forma más benévola, permitiéndose primero a sus hijos acceder a los círculos más altos de la sociedad y luego incluso a los gladiadores mismos. Así, por ejemplo, Q. Curtius Rufus, hijo de gladiador, llegó a cónsul en África en tiempos de Claudio (además de ser un notable historiador, autor de una biografía de Alejandro Magno). Durante la república habría sido inconcebible que el hijo de un gladiador llegase a cónsul.

“Del origen de Curcio Rufo, hijo, según han dicho algunos, de un gladiator, no querría referir mentira, puesto que me avergüenzo de decir verdad. En llegando a edad juvenil, siguió en África al cuestor a quien tocó aquella provincia; y hallándose en Adrumeto al mediodía, paseándose pensativo debajo de unos soportales, se le apareció una sombra en figura de mujer mayor que humana, de quien oía esta voz: Tú eres Rufo, aquel que vendrá a ser procónsul en esta provincia. Con este agüero, hinchiéndosele el corazón de grandes esperanzas, se volvió a Roma, donde con la liberalidad de sus amigos y con su ingenio levantado alcanzó el oficio de cuestor; y, después de esto, entre muchos nobles competidores, por voto del príncipe la pretura; cubriendo Tiberio la bajeza de su nacimiento con estas mismas palabras: A mí me parece que Curcio Rufo es hijo de sí mismo. Con esto y con vivir después muchos años siempre maligno adulador con los mayores, arrogante con los inferiores y con los iguales insufrible, alcanzó el imperio consular, las insignias triunfales y a lo último el gobierno de África, donde, muriendo, cumplió el pronóstico fatal.” (Tácito, Anales, XI, 21)



Los gladiadores eran despreciados (por ser infames), pero al mismo tiempo eran aclamados en el anfiteatro, como estrellas y admirados por su coraje, energía y cualidades físicas. Eran idolatrados por la misma gente que luego no los quería como vecinos, o en los cargos u oficios destacados de la sociedad. Esa doble moral en la actitud hacia los gladiadores se ve en el hecho de que, por ejemplo, Cicerón, Plinio y Quintiliano que alaban los valores que muestran los gladiadores los consideran a la vez hombres despreciables y bárbaros.

“¡Hay que ver qué golpes soportan los gladiadores, hombres degradados o extranjeros! ¡Mira cómo los que están bien adiestrados prefieren recibir un golpe que evitarlo con vergüenza! ¡Cuántas veces es evidente que ellos no desean otra cosa que satisfacer a su amo o al pueblo! Incluso agotados por las heridas, mandan a preguntar a sus amos qué es lo que desean: si ellos están satisfechos, lo que quieren es dejarse caer a tierra. ¿Qué gladiador mediocre ha dejado escapar un lamento, cuál ha mudado alguna vez su rostro? ¿Cuál se ha comportado ignominiosamente, no ya cuando resistía en pie, sino una vez caído a tierra? ¿Cuál, una vez caído a tierra, ha retirado su cuello ante la orden de recibir el golpe? Tal es la fuerza del entrenamiento, la preparación y la costumbre. ¿Será capaz de esto un Samnita, un hombre inmundo, digno de esa vida y condición mientras que un hombre nacido para la gloria tendrá una parte de su alma tan débil que no pueda endurecerla con la preparación y la razón? A algunos el espectáculo de los gladiadores les suele parecer cruel e inhumano y puede que, tal y como ahora se desarrolla, sea así, pero en aquellos días en los que quienes combatían a muerte eran los criminales, aunque para los oídos quizá hubiera otras muchas es evidente que para los ojos no podía haber una escuela más eficaz contra el dolor y la muerte.” (Cicerón, Tusculanas, 2, 41)

Entre el público femenino los gladiadores despertaban auténticas pasiones según los testimonios de la época. Esta atracción se debía a diferentes motivos como su juventud, su belleza o el ideal de virilidad que representaban. Algunos grafitos pompeyanos muestran el éxito que éstos tuvieron entre las mujeres.

“Celadus el tracio, por el que suspiran las chicas, tres combates, tres victorias.” (CIL 4.4342)

Mesalina en brazos del gladiador. Pintura de Joaquín Sorolla

En las fuentes literarias se encuentran ejemplos de mujeres de la élite social que mantienen relaciones con gladiadores. El poeta Juvenal presenta el ejemplo de Eppia que abandonó a su marido, miembro del orden senatorial, y a sus hijos para seguir a un gladiador llamado Sergiolus hasta la ciudad de Alejandría.

“Mas con todo, ¿qué belleza inflamó a Epia, qué juventud la cautivó? ¿Qué vio para aceptar que le dijeran gladiadora? Pues su Sergiolus había comenzado ya a rasurarse el mentón y a esperar la jubilación de su brazo mutilado.
Además, tenía muchas deformidades en la cara, como un lobanillo enorme en mitad de las narices, machacado por el casco, y la perversa secreción acre de su ojito siempre goteando.
Pero era gladiador. Esto los convierte a ellos en Jacintos, esto prefirió ella a sus hijos y a su patria, esto, a su hermana y a su marido. Es el hierro de lo que se enamoran. Este mismo Sergio después de recibir la espada de madera empezaría a parecerle Veyentón (el esposo). ¿Por qué te preocupas de lo que pasó en una casa particular, de lo que hizo Epia?”
(Juvenal, Sátiras, VI, 105)

Los gladiadores eran atractivos no solo para las mujeres, sino que muchos jóvenes de la alta sociedad también mostraban devoción por los juegos gladiatorios y sus protagonistas. Apuleyo cuenta que su hijastro ha abandonado sus estudios y se dedica a frecuentar tabernas, prostitutas y escuelas de gladiadores, en las que se relaciona con los gladiadores y recibe entrenamiento.

“Incluso se le ve con frecuencia en la escuela de gladiadores; conoce perfectamente los nombres de éstos, sus combates y sus heridas, ya que es el propio lanista quien lo alecciona como sí se tratase de un joven de buena familia.” (Apuleyo, Apología, 98, 7)



En el derecho romano se recoge la prohibición que tenían las hijas, nietas o biznietas de un senador de contraer nupcias legítimas tanto con un liberto como con alguien que hubiese ejercido una profesión de exhibirse públicamente, como los gladiadores. Sin embargo, en los epitafios de los gladiadores fallecidos queda patente que algunos estaban casados y mencionan a sus esposas e hijos.

“En cierta ocasión, y en medio de un gran aplauso general, le concedió el retiro a un esedario por el que intercedían sus cuatro hijos, hizo circular acto seguido una tablilla en la que recordaba al pueblo lo mucho que le convenía criar hijos, pues a la vista tenía la ayuda y el favor que podan dispensar incluso a un gladiador.” (Suetonio, Claudio, 21, 5)

El relieve de la tumba del gladiador Danaos, natural de Cyzicus muestra un retrato familiar en el que el padre y su hijo Asklepiades aparecen recostados sobre un triclinium, mientras que la esposa Eorta aparece sentada en una silla, como corresponde a una matrona respetable.

“Su esposa Eorta y su Asklepiades lo erigieron en memoria de Danaos, secundus palus, Tracio. Tras nueve combates partió hacia el Hades.”

Estela funeraria de Danaos. Museo de Historia del Arte de Viena

Muchos de los nombres de gladiadores se conocen a través de las inscripciones funerarias o de los grafitis, entre otras fuentes. En la mayoría de los casos, se menciona un nombre único, por lo que se podría suponer que se refiere a un esclavo, pero muchos de ellos no utilizaban su nombre original, sino que empleaban el nombre artístico o apodo que habían adoptado al entrar en este mundo. Entre los esclavos y libertos era más habitual ser conocido por tal apodo, que no solía elegirse al azar, sino que solía tener relación con las cualidades del propio gladiador (Aptus, Iuvenis, Victorinus), o referirse a personajes míticos (Glaucus, Orpheus), a animales (Pardus, Taurus), a metales o piedras preciosas (Beryllus, Margarites) o a su origen étnico (Troadensis).

Volumnia Sperata y su hijo Publius Volumnius Vitalis dedicaron una inscripción sepulcral al gladiador Probus (liberto), su marido y padre respectivamente.

“El murmillo, contrarretario, Probus, liberto de Publius Aurelius Vitalis, con 49 victorias, germano, yace aquí. Volumnia Sperata, en honor de su querido esposo, que bien lo merece, y Publius Volumnius Vitalis, para su afectuoso padre, hicieron el monumento. Que la tierra te sea leve.” (CIL II2/ 7, 363)

De algunos de ellos se sabe que no eran esclavos en el momento de su muerte ya que aparecen sus esclavos y libertos mencionados en la lápida funeraria. Además, hubo gladiadores que, posiblemente, serían libertos y manumitidos por los emperadores, como en el caso de Marcus Ulpius Felix.

“A los Dioses Manes, a Marcus Ulpius Felix, murmillo retirado, vivió 45 años, miembro de la nación de los tungri (Bélgica), el más amable y que bien lo merecía se lo dedicaron Ulpia Syntiche, liberta, y su hijo Iustus.” (CIL VI, 10177)

Estela funeraria de Lupercus. Museo Arqueológico Nacional de Tesalónica.
Foto Egisto Sani

Inscripción: Teodora en memoria de su esposo Lupercus (aparece también un posible ¿esclavo? Apolonio)

En caso de no tener familia propia los compañeros de la escuela gladiatoria (familia gladiatoria) podían hacerse cargo del entierro y la dedicación de la lápida del gladiador muerto. Entre los gladiadores el sentimiento de hermandad y compasión era habitualmente fuerte en lo que respecta a la muerte en la arena, ya que era un trance al que casi todos tendrían que enfrentarse antes o después, por lo que ningún gladiador permitiría que un colega suyo quedase sin enterrar (aunque fuese un desconocido o no le cayese bien en vida), puesto que esperaba que alguien hiciese lo mismo con él cuando finalmente cayese, pues dejar un cadáver sin enterrar conllevaba nefastas consecuencias para el alma del difunto.

“Ingenuus, essedarius, de la escuela gladiatoria de los Galos. Murió a los veinticinco años. Ganó doce palmas. De la nación de los Germanos. Toda la familia de los essedarios hizo a su costa este monumento. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.” (CIL II2/7, 362)

Como muchos otros colectivos en la sociedad romana, los gladiadores podían asociarse en collegia, que se encargaban de los gastos funerarios de los miembros y de organizar eventos sociales durante las festividades religiosas o preparar la cena libera que se llevaba a cabo antes del combate. Los collegia se distribuían en diversas decuriae (diez integrantes) y si eran muy grandes en centuriae (cien integrantes) y estaban presididas por los initiales (fundadores).

Una inscripción de Roma datada en el año 177 d.C. incluye la lista de integrantes formada por cuatro decurias del collegium Silvanus, en el que se incluye el cargo de cryptarius, encargado del lugar de enterramiento.

"Por el emperador César Lucio Aurelio Cómodo y Marco Plautio Quintilo cónsules, los initiales del collegium de Silvanus Aurelianus, curatores, Marcus Aurelius Hilarus, liberto del emperador, y Coelio Magno, cryptarius.
decuria I
Borysthenes, tracio veterano …
decuria II
Vitulus, murmillo veterano …
decuria III
Barosus, contraretiarius principiante…
decuria IIII
Zosimus, fabricante de armas de los tracios … " 
(CIL VI, 631)

Gladiadores antes de entrar en la arena. Pintura de Stefan Bakalowicz

Debido a las cualidades de potencia, fuerza y coraje que se atribuían a los gladiadores, algunos creían que la sangre de estos era un remedio para la esterilidad, la impotencia y la epilepsia, además de para otros muchos males.

"¿Y dónde están aquellos que bebieron con avidez, para curar la enfermedad comicial, la sangre reciente que manaba del cuello de los criminales degollados en la arena?" (Tertuliano, Apologética, 9, 11)

Esto hizo del comercio de sangre de gladiador un negocio lucrativo al igual que se hizo muy rentable el comercio de aquellas armas que habían causado la muerte a un gladiador, pues, ya que estas se habían mojado en la sangre del gladiador (al matarlo), consideraban que eran excelentes para hacer objetos que usaban como amuleto. A parte de las armas que habían causado la muerte, en general, creían que toda prenda u objeto que hubiese usado un gladiador era un remedio eficaz contra la mala suerte, el mal de ojo, etc

“Un día en que una pareja de gladiadores se dieron muerte entre sí, ordenó fabricar de inmediato con las espadas de ambos unos cuchillos pequeños para su uso personal.” (Suetonio, Claudio, 34, 2)

Pintura de gladiadores. Regio V, Pompeya

Algunos gladiadores ante la posibilidad de una muerte segura se quitaban voluntariamente la vida al no poder soportar una existencia de sumisión o, también, por ser capaces de decidir el momento de su propia muerte como deja entrever Séneca:

“Hace poco, durante una lucha de gladiadores con las fieras, uno de los germanos que iba a participar en el espectáculo matinal se retiró al excusado para evacuar -a ningún otro lugar reservado se le permitía ir sin escolta-. Allí, el palo que, adherido a una esponja, se emplea para limpiar la impureza del cuerpo, lo embutió todo entero en la garganta, con lo que, obstruidas las fauces, se ahogó. Acto éste que supuso un escarnio para la muerte. Así, desde luego, poco limpiamente, poco decorosamente. ¿Hay algo más absurdo que morir con mucha finura?
iOh varón fuerte, digno de hacer la elección de su destino! ICon qué firmeza se hubiera servido de la espada!, ¡con cuánto arrojo se hubiera lanzado a la sima profunda del mar o a un precipicio escarpado! Desprovisto de todo recurso, aún halló la manera de tener que agradecer sólo a sí mismo la muerte y el arma mortal, a fin de que aprendamos que para morir no existe más obstáculo que nuestra voluntad. Juzgue cada cual, según su propio criterio, la acción de este hombre tan impetuoso, con tal que esté de acuerdo en que debemos preferir la muerte más inmunda a la más noble esclavitud.”
(Séneca, Epístolas, 70, 20-21)

Ilustración de Zygmunt Michalski

Solo los gladiadores considerados muy diestros eran capaces de ejercer su labor hasta edades avanzadas compitiendo en el circuito profesional… Una gran habilidad técnica y la experiencia podían contrarrestar la pérdida de aptitudes físicas como consecuencia de la edad, por lo tanto, era posible que veteranos ya entrados en años pudiesen vencer a gladiadores más jóvenes. Sin embargo, la superioridad técnica no siempre bastaba para imponerse a un oponente en su plenitud física.

“…(aquí descanso), el audaz Polyneikes, habiendo conseguido la gloria con mis armas, dominé invicto toda la provincia en el estadio, luchando veinte veces sin perder. Y no fui conquistado por maestría [superior], sino que un hombre joven superó a un cuerpo viejo”.
(SgO, 23.03)

A pesar de la dura vida y el riesgo en los combates, algunos gladiadores disfrutaban de su oficio y anhelaban su participación activa.

“Entre los gladiadores del César, los hay que se enfadan porque nadie los hace avanzar ni los empareja y ruegan a la divinidad y se acercan a los encargados para pedirles combatir; y entre vosotros, ¿ninguno se mostrará como ellos?” (Epícteto, Disertaciones, I, 29, 37)

Los que lograban llegar vivos hasta una edad oportuna para retirarse (evidentemente habiendo recibido la rudis varias veces antes) podían optar por entrar en los ludi como magistri (entrenadores) pudiendo llegar después a árbitros; primero como seconda rudis y luego, si era bueno arbitrando, podía promocionar hasta convertirse en summa rudis (árbitro principal). Al ser nombrado summa rudis entraba a formar parte del colegio de summae rudes de la ciudad en la que ejerciese como árbitro.

“A los dioses. Aelia a Publius Aelius, el ilustre summa rudis de Pérgamo, miembro del collegium de los summae rudes en Roma, a mi esposo, con el que estuve felizmente unida, que vivió 37 años, Aelia lo erigió en su memoria.”

Mosaico de gladiadores. Museo Arqueológico de Verona. Foto de Steve Richards

Los que se enriquecían por haber invertido sus ganancias convenientemente podían llegar a ser lanistae y convertirse en propietarios de sus propios ludi (escuelas). Marcial ensalza la figura de un gladiador llamado Hermes, quien parece ser propietario y entrenador de su propia escuela.

“Hermes, delicia marcial del siglo;
Hermes, instruido en todas las armas;
Hermes, gladiador y maestro de gladiadores;
Hermes, confusión y terror de su propia escuela;
Hermes, el único al que teme Helios;
Hermes, el único ante el que sucumbe Advolante;
Hermes, que sabe vencer sin herir;
Hermes, sustituto de sí mismo;
Hermes, riqueza de los que alquilan sus localidades;
Hermes, preocupación y cuidado de las esposas de los gladiadores;
Hermes, soberbio por su lanza guerrera;
Hermes, amenazador con el tridente marino;
Hermes, temible con su casco de penacho lánguido;
Hermes, gloria de Marte universal;
Hermes, que lo es todo solo y tres veces único.”
(Marcial, Epigramas, V, 24)

Estela funeraria de Satornilos, Esmirna, Turquía. Foto Ipernity


No obstante, muchos de los que sobrevivían a su ejercicio profesional, sufrían de varios males y no llegaban a vivir mucho tras retirarse. También tenían un difícil futuro los que se retiraban y no lograban entrar en un ludus y, sobre todo, los que antes de haber podido ahorrar dinero quedaban heridos o mutilados de modo que jamás podían volver a luchar en competición (o no podían siquiera valerse por sí mismos). Los que eran incapaces de desempeñar ninguna tarea útil no tenían otra opción que la mendicidad y el pedir refugio a los sacerdotes de los templos.

El mayor ejemplo del prestigio que llegó a obtener el munus gladiatorium y de la atracción que ejercía sobre la población romana, es que muchos emperadores lo practicaron. Que el propio emperador llegase a ejercer como gladiador delante de los asistentes a los juegos era prueba de la gran popularidad que habían logrado desde su origen.

Según Dión Casio, en público Cómodo solo combatía en la parte del munus llamada prolusio (el calentamiento), con espada de madera, nunca de acero, y se abstuvo de matar a nadie, por miedo a las críticas del pueblo (aunque sí mató en privado, donde luchaba con armas de verdad). Sin embargo, no todos los testimonios confirman esta versión y critican el comportamiento del emperador al actuar como un verdadero gladiador.

“Hasta entonces, aunque su actuación, a excepción de su valor y puntería, era impropia de un emperador, todavía gozaba de cierto carisma entre el pueblo. Pero cuando entró en el anfiteatro desnudo y, blandiendo sus armas, se puso a luchar como un gladiador, entonces el pueblo contempló un triste espectáculo: el muy noble emperador de Roma, después de tantas victorias conseguidas por su padre y sus antepasados, no tomaba sus armas de soldado contra los bárbaros en una acción digna del imperio romano, sino que ultrajaba su propia dignidad con una imagen vergonzosa en extremo y deshonrosa. En sus combates de gladiador vencía sin dificultad a sus oponentes y sólo llegaba a herirles al dejarse ganar todos por ver en él no a un gladiador sino al emperador. A tal grado de locura llegó que ya ni quería habitar el palacio imperial, sino que quiso trasladarse a la escuela de gladiadores. Y ordenó que ya no se dirigieran a él con el nombre de Hércules sino con el nombre de un famoso gladiador que había muerto. De la enorme estatua del Coloso que veneran los romanos y que representa la imagen del sol hizo cortar la cabeza y mandó poner la suya, ordenando que inscribieran en su base los habituales títulos imperiales y de su familia, pero en lugar del calificativo de Germánico puso el de Vencedor de Mil Gladiadores.” (Herodiano, I, 15, 7-8)

Cómodo abandonando la arena. Pintura de Edwin Howard Bashfield

Entre las divinidades asociadas a los juegos gladiatorios destacan Hércules y Marte, mientras que, en ciertas comunidades provinciales, durante los siglos II y III d.C. se confió la tarea de defender la vida a la diosa Némesis, a la que creían capaz de controlar el destino de los humanos, por lo que soldados y gladiadores desarrollaron devoción por ella, y muestra de ello es que en un epitafio un gladiador pide no confiar en la protección de la diosa ya que esta permitió su muerte.

“A los dioses Manes. Glauco, un nativo de Mutina, luchó en siete combates y pereció en el octavo. Vivió veintitrés años y cinco días. Aurelia y sus amigos lo pagaron para su esposo que lo merecía. Yo (Glauco) te aconsejo encontrar tu propia estrella: no confíes en Némesis, así es como fui engañado. Saludos y adiós.” (CIL 5.3466)

Relieve de la diosa Némesis

Las estelas funerarias y epitafios dedicados a los gladiadores fallecidos suelen mostrar al difunto con su equipación y armas, señalando el tipo de gladiatura al que pertenecían, su categoría, si eran principiantes o veteranos, su edad y origen, sus victorias, las veces que fueron perdonados, y los familiares o amigos encargados de su enterramiento, además de algún mensaje admonitorio (como el de no dejar vivo al oponente vencido).

“A los dioses Manes. Para Urbicus, secutor, primus palus (categoría más alta entre los veteranos), florentino de nacimiento, que luchó en trece ocasiones y vivió veintidós años. Olympias, su hija de cinco años, Fortunensis, esclava de su hija, y Lauricia, su esposa, lo mandaron erigir para un esposo con el que ella vivió durante siete años, que bien lo merecía. ¡Te lo advierto! ¡Mata al oponente que vences, sea quien sea! ¡Sus seguidores aclamarán su espíritu!” (CIL V 5933 = ILS 5115)

Estela funeraria del gladiador Urbicus. Antiquarium de Milán.
Foto de Giovanni Dall´Orto




Bibliografía

https://digibug.ugr.es/handle/10481/20304; MUNERA GLADIATORIA: ORIGEN DEL DEPORTE ESPECTÁCULO DE MASAS; ALFONSO MAÑAS BASTIDAS
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7616986; EL AUCTORATUS: CONTROVERSIA ENTRE LIBERTAD E INFAMIA; Francisco Javier CASTILLO SANZ
https://institucional.us.es/revistas/habis/50/08_miguel_martinez_sanchez.pdf; CÓNYUGES, FAMILIARES Y COMPAÑEROS: APROXIMACIÓN A LA TIPOLOGÍA DE LOS DEDICANTES EN LA EPIGRAFÍA GLADIATORIA ROMANA
https://www.jstor.org/stable/30038038?seq=1; Gladiatorial Combat: The Rules of Engagement; M. J. Carter
The Roman Games, Alison Futrell, Blackwell Publishing
Gladiators: Fighting to the Death in Ancient Rome, M. C. Bishop, Casemate Publishers
Gladiators: Violence and Spectacle in Ancient Rome, Roger Dunkle, Routledge