viernes, 28 de diciembre de 2018

Epula, banquetes públicos en la antigua Roma



La realización de banquetes fue una costumbre social muy extendida en la Antigüedad, con fuertes connotaciones religiosas y funerarias. En la Grecia Arcaica los banquetes adquieren gran importancia como actos de carácter religioso, donde se reúne y participa la comunidad cívica. El banquete es el lugar donde se reparte y consume en común la carne procedente de los sacrificios realizados en honor de los dioses. También grandes acontecimientos como victorias bélicas o triunfos en los juegos eran ocasión para celebrar multitudinarios banquetes.

"Hízose muy célebre por los caballos que mantenía y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos ni particular ni rey alguno presentó jamás siete, sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides, y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez y en gloria a lo que puede conseguirse en este género de ambición. Eurípides en su canto dice así: A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los griegos alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo alguno, pregonado vencedor por el heraldo.

A este brillante vencimiento lo hizo todavía más glorioso el empeño de los contendientes en honrarle, porque los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente, la capital de Quíos dio la provisión para los caballos y gran número de víctimas, y los de Lesbos el vino y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos convidados."
(Plutarco, Vidas Paralelas, Alcíbiades, XI-XII)




Detalle de cáliz con symposium, Berlín State Museum

Las ciudades griegas de época helenística continuaron realizando banquetes cívico-religiosos, pero cada vez fue más frecuente que miembros destacados de la comunidad realizasen banquetes de carácter funerario, o con el fin de festejar el acceso a una magistratura. El carácter colectivo de los banquetes los convirtió en uno de los medios más eficaces para mantener viva en la comunidad la memoria de los difuntos, así como, para marcar la preeminencia social de los evergetas (personas pertenecientes generalmente a la aristocracia local con suficientes recursos para realizar actos generosos con sus conciudadanos mejorando sus condiciones de vida).

La costumbre de celebrar epula, o banquetes públicos, con las connotaciones cívicas y sagradas que tenían en el mundo griego, se difundió por las ciudades del Occidente Romano, consiguiendo un fuerte arraigo en las provincias del Norte de Africa y en la Bética.



En Roma durante la época de la monarquía se celebraban banquetes comunales principalmente durante fiestas religiosas en las que se celebraban sacrificios para honrar a los dioses y parecen haber estado regulados desde muy antiguo.

“Tras establecer estas medidas acerca de los encargados de honrar a los dioses, (Rómulo) asignó a su vez, como dije, los sacrificios a las curias de la manera más adecuada, distribuyendo a cada una de ellas los dioses y genios que debían honrar siempre, y fijó los gastos para los sacrificios, que debían pagarse del fondo público. Los miembros de las curias concelebraban con los sacerdotes sus sacrificios correspondientes y en las fiestas comían juntos en las mesas curiales. Cada curia tenía construida una sala de banquetes y en ella estaba consagrada, como en los pritaneos griegos, una mesa común de los miembros de la curia. El nombre de estas salas era también curias, y hasta nuestros días se llaman así.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma, II, 23, 1)


Relieve con escena de banquete, Museos Vaticanos

Las fiestas públicas abundaban en la sociedad romana y eran ocasión para organizar banquetes comunales en los que participaban toda la población o parte de ella. Tenían lugar por diversos motivos: celebraciones sagradas, triunfos, aniversarios imperiales, toma de la toga virilis, etc. En época republicana tales ágapes estuvieron principalmente vinculados a fiestas religiosas, como las organizadas por algunos colegios (Pontífices, Lupercos, Arvales, Salios) en honor de los dioses o con motivo de elección de los nuevos oficiantes.

“Doy el relato de una comida pontifical, celebrada hace muchísimo tiempo, que se encuentra descrita en el cuarto registro de aquel Metelo que fue pontífice máximo, con estas palabras: «El día noveno antes de las calendas de septiembre, el día en que Léntulo fue consagrado flamen de Marte, la mansión fue engalanada, los salones se cubrieron de triclinios de marfil: en dos salones se acomodaron los pontífices Quinto Cátulo, Marco Emilio Lépido, Décimo Silano, Gayo César, rey de los sacrificios, Publio Escévola, Sexto [César flamen de Quirino], Quinto Cornelio, Publio Volumnio, Publio Albinovano y Lucio Julio César, augur que consagró a Léntulo; en el tercer salón, las vírgenes vestales Popilia, Perpennia, Licinia y Arrancia, y la esposa del nuevo flamen, Publicia, y Sempronia, suegra de Léntulo. He aquí el menú: como entrantes, erizos de mar, ostras crudas a voluntad, ostiones, cañadillas, tordo sobre fondo de espárragos, pollo cebado, pastel de ostiones, mejillones negros y blancos; de nuevo cañadillas, vieiras, ortiguillas de mar, becafigos, lomos de corzo y de jabalí, pollo cebado rebozado en harina, becafigos, múrices y pórfidos; como platos, ubres de cerda, sesos de jabalí, pastel de pescado, pastel de ubre de cerda, patos, cercetas hervidas, liebres, pollo asado, crema y pan del Piceno." (Macrobio, Saturnales)

Mosaico con banquete, Château de Boudry en Suiza

Los septemviri epulones formaban el último de los cuatro colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Los epulones fueron originalmente ciertos magistrados atenienses que en determinadas fiestas públicas daban a sus expensas unos grandes convites a todos los ciudadanos de sus tribus. En el momento de su fundación contaba únicamente con tres miembros y en tiempo de Lucio Cornelio Sila creció el número hasta siete, y Julio César aumentó su número hasta los diez, siendo él mismo epulón en el 46 a. C., aunque a su muerte se redujeron de nuevo a siete.

“Pues como (Cesar) debía favores a muchos, se los devolvía con esa clase de nombramientos y también con sacerdocios de modo que añadió un hombre a los quince y a los llamados siete otros tres.” (Dion Casio, Historia Romana, LIII, 51)

Dirigían los epula o convites, de carácter público y ritual, y a expensas del estado, que se hacían para honrar a Júpiter capitolino y otras divinidades y eran los encargados de anunciar las fechas de celebración, recoger donativos y legados de particulares, obligar a los herederos a satisfacer los legados testamentarios y proveer lo necesario para los banquetes. Tenían cuidado de advertir los defectos o faltas ceremoniales que se cometían en los sacrificios y gozaban de ciertos privilegios como estar exentos del servicio militar o que sus hijas no fueran elegibles para convertirse en vestales. En algunas ocasiones las comidas estaban presididos por las estatuas de las divinidades, a las que se ofrecían alimentos y bebidas (lectisternium).

“Por último, y ya en el mes de diciembre, se ofreció en Roma un sacrificio en el templo de Saturno y se celebró un lectisternio —cuyos lechos además habilitaron los senadores— y un banquete público, y a través de la ciudad se dieron día y noche los gritos saturnales, y se invitó al pueblo a tener y mantener como festivo para siempre aquel día.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXII, 1, 19)

Triada Capitolina, Museo de la Civilización Romana

Las grandes festividades de la religión oficial romana no fueron la única ocasión para que las ciudades organizaran epula y cenae a expensas públicas. Las ciudades organizaban frecuentemente banquetes comunales sufragados con la pecunia publica (a cargo del presupuesto municipal) con ocasión de fiestas (feriae publicae), o actos culminantes de la vida cívica con fechas fijas en el calendario, que solían coincidir con otras ceremonias colectivas como sacra (ceremonias sagradas) y ludi (juegos).

Esas celebraciones formaban parte del calendario festivo local, que los duunviros (magistrados locales) debían actualizar periódicamente en los primeros días tras tomar posesión de su cargo.

Las instituciones municipales eran dos: un órgano colectivo o senado que actuaba como consejo de gobierno, cuyos miembros, denominados decuriones, discutían y adoptaban las principales decisiones que afectaban al interés de la ciudad y eran elegidos por los miembros del ordo; y un equipo de magistrados, dos cuestores, dos ediles y dos duunviros, encargados de ejecutar tales resoluciones, todos los cuales solían proceder de la aristocracia. Los duunviros constituían la máxima autoridad municipal, el cargo más apreciado al que un notable podía aspirar junto a los principales sacerdocios. Al igual que los magistrados inferiores tenían unas competencias definidas en el estatuto municipal y permanecían un año en el cargo. Los magistrados eran elegidos en unos comicios abiertos donde participaban todos los habitantes de la ciudad que gozaban de la ciudadanía local, al margen de diferencias sociales, económicas, culturales o de otra índole.

“En el año en que haya en este municipio menos de 63 decuriones y conscriptos como había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley, si no se ha hecho ya en ese año la elección de decuriones y conscriptos titulares y, suplentes, los duunviros que presidan la jurisdicción ese año, uno de ellos o los dos, tan pronto consideren conveniente hacerlo, propongan a los decuriones y conscriptos, estando estos presentes no menos de las dos terceras partes, que decidan en ese día elegir como titulares o suplentes y sustituir aquellos con cuya agregación al número de decuriones y conscriptos haya los 63 que había por derecho y costumbre de este municipio antes de hacerse la presente ley.” (Ley Irnitana 31)

Decuriones, Landesmuseum Württemberg, Stuttgart

Los calendarios incluirían fiestas en honor de deidades especialmente arraigadas en el sentimiento cívico local, como el culto al genio de la ciudad, o la conmemoración de hechos históricos relevantes para la vida de la comunidad, por ejemplo, la visita de personajes importantes, o la dedicación de estatuas imperiales.

La fundación de una urbe, por ejemplo, era una fecha histórica digna de ser celebrada, como se hacía en Roma con ocasión de las Parilia el 21 de abril.

«Mañana es día grande para esta ciudad, el aniversario ininterrumpidamente celebrado de su fundación. En este día, es típico y exclusivo de nuestro pueblo el invocar al augusto dios de la Risa con un ritual alegre y divertido.” (Apuleyo, Metamorfosis, II, 31)

La fecha elegida para la dedicación de una estatua se tenía muy en cuenta por los donantes y podía aprovechar varios acontecimientos que celebrar al mismo tiempo, como se puede ver en la inscripción de Eutychion al dedicar una estatuilla el día 4 de abril en la que coincidía el cumpleaños del emperador Caracalla con el inicio de los Ludi Megalenses que conmemoraban a la diosa Cibeles de la que el propio Eutychion era devoto.

“Al emperador M. Aurelio Antonino Pío Félix Augusto, hijo de Severo, C. Cesio Eutychion, immune (exento de pago) de los canóforos (portadores de cañas) de Ostia dio como regalo (una estatuilla) de una libra y ocho scripula de plata. Por la dedicación de este regalo repartió pan, vino y un denario. Dedicado el 4 de abril del año de los cónsules Aspri (212 d.C). (CIL XIV 119)

En los estatutos municipales se establecían partidas de gastos públicos destinados a la organización de sacra, ludi y cenae. Los duunviros debían presentar anualmente a los decuriones una propuesta sobre la cantidad de dinero a gastar en ceremonias religiosas, juegos y banquetes.

“Los duunviros que presidan la jurisdicción en ese municipio harán tan pronto sea posible, una propuesta a los decuriones y conscriptos sobre cuánto hay que destinar a los gastos de ceremonias religiosas, cuánto a las cenas que se den a munícipes y decuriones y conscriptos del municipio, y, lo que la mayoría de ellos hubieran decidido, tanto gasten ellos como consideren justo hacerlo.” (Ley Irnitana 77)

Magistrados togados, J. Paul Getty Museum, Los Ángeles

La organización de banquetes cívicos y la asignación de dinero de los fondos públicos para costearlos, eran competencia de los decuriones, que debían aprobar tales asuntos por decreto, evaluando con anterioridad las características de tales banquetes, como son la cantidad de invitados, calidad de los alimentos a consumir, mobiliario y ajuar necesarios, etc.

Una vez decidida por los decuriones la celebración de un epulum o cena a expensas públicas, su organización práctica pasaba a ser responsabilidad de los duunviros.

La cena era un banquete que solía estar restringido a los decuriones, aunque en determinadas ocasiones podían participar los Augustales.

“A la Loba Romana. Marco Valerio Febo, seviro augustal, a quien el ordo del municipio eporense concedió por sus méritos estar entre los decuriones en las cenas públicas y además decretó otros honores…”. (CIL II, 2156 = ILS 6913)

Que los decuriones pudieran celebrar cenae sufragadas con fondos comunales, y, exclusivamente, reservadas a ellos, no sería raro teniendo en cuenta cómo funcionaba la vida municipal romana. Durante la cena se podían tratar las cuestiones políticas o administrativas de forma más relajada que en las sesiones del senado municipal, contribuyendo además dichas reuniones a consolidar su espíritu corporativo y realzar su status. Reunirse periódicamente en tales cenae publicae sería uno de los privilegios de que disfrutaban.

Mosaico de Cartago, Museo del Bardo, Túnez, Photo by DeAgostini/Getty Images

En el capítulo 79 de la Ley irnitana, reservado a los gastos públicos del municipio, se recogen también como un concepto específico las cenae a las que debían ser convidados los decuriones o los munícipes.

“Sobre las cantidades que se deban gastar en ceremonial religiosas, fiestas y cenas en las que se diviertan los decuriones y conscriptos, así como los munícipes, sobre sueldos de los subalternos, embajadas, construcción y reparación de obras del municipio, vigilancia de los templos y sepulturas, alimentos y vestido de los esclavos (públicos), compra de los que han de servir a los munícipes, así como, sobre aquellas cosas que deben concederse a los duunviros, ediles y cuestores, en nombre de los munícipes, para la atención de las ceremonias religiosas, y también de los deberes que deben cumplirse, en razón del cargo que alguien hubiera recibido, o deben darse a causa de esa atención, sobre todo esto, si se hace propuesta a los decuriones y conscriptos, con tal de que no se haga la propuesta solo una minoría esté presente, pueden los decuriones y conscriptos gestionar esas cantidades en tales cosas, conforme a la presente ley, después de haberse dado esta, aunque lo hubieran decidido sin previo juramento y sin votación por tablilla.”

Otros convites públicos fueron los epula y cenae ofrecidos a sus expensas por los evergetas a los grupos sociales más destacados de la comunidad, como los decuriones y los seviros augustales, a quienes gozaban de la ciudadanía local (cives) o a toda la población. Los miembros de las aristocracias municipales costearon banquetes para realzar la inauguración de estatuas o construcciones que ellos mismos sufragaban, a fin de atraer más público a tales actos; para conmemorar festividades imperiales; o para que se les recordara en su dies natalis (cumpleaños), dejando legados para tal fin.

“Muy cerca de mi propiedad hay un pueblo cuyo nombre es Tifernio Tiberino, que me nombro patrono suyo cuando yo era poco más que un niño pequeño, con un afecto tanto mayor cuanto menor era la reflexión. La población celebra mis llegadas, se entristece con mis partidas, y se regocija con los honores que recibo. Por ello, al objeto de mostrarles mi agradecimiento (pues resulta muy torpe ser vencido en el afecto), he levantado a mis expensas un templo, cuya dedicación seria sacrílego demorar más tiempo, puesto que su construcción está ya terminada. Así, pues, permaneceremos alIí el día de la dedicación, que he decidido festejar con un banquete público.” (Plinio, Epístolas, IV, 1)



Quienes más sobresalieron a la hora de correr con los gastos de edificar construcciones para el beneficio de la comunidad, repartir cantidades de dinero y proporcionar un banquete fueron los decuriones, los magistrados municipales, los seviros augustales y los sacerdotes y sacerdotisas de los diferentes cultos extendidos por el imperio.

“Lucio Emilio Dafno, seviro, dio enteramente a su costa a los munícipes de Murgi unas termas y en el día de la inauguración donó sendos denarios a los ciudadanos y habitantes, obsequiándoles con un espléndido banquete; les prometió que mientras él viviese había de darles igual cantidad el mismo día y que para el cuidado o conservación de las propias termas donaría, también de por vida, ciento cincuenta denarios anuales.” (CIL 11, 5489, siglo I)

Personaje togado, Museo de Liverpool

Obsequiando así a la población los evergetas liberaban de ciertos gastos al presupuesto municipal, brindaban a sus conciudadanos ocasiones de disfrute, y a los menos pudientes un extra alimentario.

Los grandes convivia y cenae publicae de César, preludio de los fastuosos y multitudinarios que hubo durante el Principado, dejaron un memorable recuerdo en la sociedad romana.

“Prometió al pueblo espectáculos y un festín (epulum) en memoria de su hija, un hecho sin precedentes, y para crear mayor expectación, utilizó a sus esclavos domésticos en los preparativos de aquel banquete, aunque se lo había encomendado a los carniceros.” (Suetonio, César, 26)

“¿Y qué? El dictador César, ¿no repartió también en el banquete de su triunfo ánforas de vino de Falerno y cados de Quíos? Igualmente, por su triunfo de Hispania ofreció Quíos y Falerno, y en calidad de epulón, en su tercer consulado, Falerno, Quíos, Lesbos y Mamertino, momento en que consta que por primera vez se sirvieron cuatro variedades de vino.” (Plinio, Historia natural, XIV, 97)

La organización de epula permitía a los evergetas obtener de un modo rápido gran popularidad y por el gran efecto propagandístico que podían producir sobre la masa de ciudadanos con derecho a voto, se decidió por parte de algunas ciudades que los estatutos prohibiesen celebrar banquetes a aquellas personas que pensasen presentarse a una magistratura.


“De fecha posterior, la ley Antia, además de fijar la cantidad de dinero, prescribió que quien fuera magistrado, o candidato a una magistratura, no asistiese a banquete alguno, salvo en casa de determinadas personas.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 13)



La sportula parece estar vinculada en sus orígenes a los epula publica organizados por particulares en la Roma republicana. La dificultad de organizar tales banquetes pudo llegar a imponer en determinadas ocasiones una simplificación de las costumbres, pasando a distribuir la comida en cestitas que se llevarían los invitados. Posteriormente, los alimentos fueron reemplazados por la distribución de una suma de dinero que permitiese a cada beneficiario comprarse su propia comida.

“Pudentila había gastado de su hacienda cincuenta mil sestercios en distribuciones al pueblo, el día que se casó Ponciano y este muchachito vistió por vez primera la toga viril.” (Apuleyo, Apología, 87, 10)

Las sportulae o distribuciones de dinero realizadas por particulares responden a las mismas motivaciones que los epula. Plinio el Joven señala que en Bitinia las distribuciones de dinero (uno o dos denarios), a los miembros de la curia y a buena parte de los ciudadanos, eran hechas regularmente en las bodas, al tomar la toga viril, al acceder a una magistratura y en la inauguración de edificios públicos.

“Los que toman la toga viril o se casan o toman posesión de una magistratura o dedican una obra pública tienen la costumbre de invitar a toda la curia e incluso a veces a un número no pequeño de personas de la plebe y de regalarles dos o un denario a cada uno. Te ruego que me indiques si piensas que estas invitaciones deben celebrarse y con qué límite.” (Plinio, Epístolas, X, 116)

Foro, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Las distribuciones se efectuaban en momentos concretos del día y sólo los presentes tenían derecho a ellas, lo cual no se hacía realmente para limitar el gasto, sino para que la población acudiese a ceremonias donde el donante y su familia adquirían prestigio (inauguraciones), o en las que se recordaba a miembros destacados de la comunidad. Banquetes y sportulae servían para destacar la posición social que ocupaban los evergetas y legitimar el orden social existente, permitiendo constituir un recuerdo colectivo en la comunidad que revertía política o socialmente en la familia del evergeta y contribuía a perpetuarla en el poder.

“Conviene anteponer los intereses públicos a los privados, las acciones inmortales a las perecederas, y tener más consideración del beneficio que uno pretende que de los propios bienes.” (Plinio, Epístolas, VII, 18)

En el siglo II Fabio Hermógenes de Ostia, caballero público y sacerdote del divino Adriano, recibió a su muerte un funeral público y una estatua ecuestre en el foro. Su padre, reconfortado por los honores concedidos a su hijo, donó 50.000 sestercios a la ciudad. De los intereses de este regalo se debería repartir una sportula anual en el cumpleaños del difunto delante de su estatua a los que estuvieran presentes.

“La orden de los decuriones reunida en el templo de Roma y Augusto decidió, en presencia de su padre, añadir la promesa de que el dinero se distribuiría en el cumpleaños de Hermógenes, el hijo, en el foro, delante de su estatua, a los presentes.” (CIL XIV, 353)

Magistrado joven, Central Montemartini, Roma

Los miembros del ordo decurionum aparecen recibiendo las cantidades de dinero más altas y participando en la mayoría de las sportulae. Los Augustales son el segundo grupo social más beneficiado en los repartos. Tras los decuriones ellos recibían cantidades superiores a las del resto de la población.

“Manius Megonius Leo, hijo de Manius, nieto de Manius y bisnieto de Manius de la tribu Cornelia, edil, cuatorviro de la ley Cornelia, cuestor de los fondos públicos, patrón de la municipalidad, cuatorviro quinquenal. Los decuriones, augustales y el pueblo erigieron esta estatua de bronce por sus méritos.” (Inscripción de estatua)

De su testamento: “Si una estatua mía de pie con cimiento de piedra y base de mármol, como la que los augustales me dedicaron, cerca de la que dedicaron mis conciudadanos, es erigida en el foro superior prometo dar 100.000 sestercios al municipio. A condición de que el interés se use como se indica abajo. Cada año en la fecha de mi cumpleaños, el 23 de marzo, se distribuirá 300 denarios para un banquete de los decuriones, lo que reste se dividirá entre los que estén presentes. En las mismas condiciones en la misma fecha cada año deseo dar 150 denarios a los augustales y un denario a los ciudadanos, …” (ILS 6468)

Relieve con banquete, Museos Vaticanos

Además de la participación en cenas oficiales, considerada un privilegio reservado a los miembros del orden decurional, los decuriones y algunas otras autoridades tenían como prerrogativa la comodidad de comer reclinados en los triclinia, mientras que otros ciudadanos debían contentarse con hacerlo sentados o de pie.

“… en el triclinio a cada decurión le será entregado vino mulso, bollos y 10 sestercios. Igualmente, a aquellos jóvenes que participarán en la curia y a los seviros augustales se les dará bollos, mulso y 8 sestercios y en mi triclinio además un sestercio a cada hombre…” (inscripción en la estatua pública de Aulo Quintilio Prisco CIL X 5853)


Los grupos que se marginaban de las sportulae variaban según los deseos e intereses de los evergetas. A veces se incluía tanto a los cives (ciudadanos romanos) como a los incolae (residentes sin ciudadanía local, pero con cargas cívicas), aunque estos no siempre eran invitados a las distribuciones.


“Lucio Elio Eliano, de la tribu Quirina, duunviro del municipio flavio nevense, junto con su esposa Egnacia Lupercilla, hija de Marco, lo concedió (al municipio) como un don, una vez añadidos specularis y toldos y después de dar un banquete a los munícipes e incolae de uno y otro sexo con motivo de la dedicación de todas las estatuas que fueron dadas por ellos en estos pórticos y colocadas al lado de la inscripción (que los homenajeaba) a ellos." (CILA-02-1, 0271 = AE 1958. 0039).


La carencia de derechos políticos de las mujeres no les impidió realizar actos evergéticos que mantuviesen y acrecentasen el status de sus familias, pues tales actos serían usufructuados en política por sus hijos, esposos o descendientes. Cualquiera que fuese su condición social las mujeres pagaban banquetes por la misma razón que los hombres, ayudar a sus conciudadanos, pero sobre todo destacar su rango entre ellos y mantener una exposición social, como resultado de su magnanimidad, que de otra forma no tendrían. El ascenso a un sacerdocio o la dedicación de una estatua o edificio serían motivos que llevarían a las mujeres a destinar un legado perpetuo para beneficio de su comunidad.

“Junia Rustica, hija de Decio, sacerdotisa vitalicia y la primera (en ser designada como tal) en la ciudad de Cartima, rehabilitó los pórticos públicos deteriorados por el tiempo, regaló una parcela de terreno para los baños, pagó los impuestos públicos de la ciudad, erigió una estatua de Marte en el foro, costeó los pórticos en los baños de su propiedad pagando un estanque de peces y una estatua de Cupido y corrió con los gastos de un festín público y juegos. Después de remitir su coste, también dedicó las estatuas que habían sido decretados por el consejo local para ella y su hijo C. Fabio Juniano, e hizo lo mismo con la estatua de su marido, C. Fabio Fabiano.” (CIL II 1956 = ILS 5512)



Banquete de vestales, Central Montemartini, Roma

En la época del Alto imperio la presencia femenina en los banquetes tanto públicos como privados era algo normal en Roma y en las ciudades italianas, bien compartiendo mesa con los varones o en comidas exclusivamente dedicadas a ellas.

“Las más devotas hermanas de Cesia Sabina, hija de Cn. Cesio Athicto, erigieron esta estatua. Ella sola dio un banquete a las madres de los centunviros y a sus hermanas e hijas y a las mujeres del municipio sin distinción de rango. Y en los días de los juegos y de la fiesta de su propio marido, ofreció un baño con aceite gratis.” (CIL XI 381)

La visceratio era simplemente una distribución pública de carne, que en Roma tenía lugar en diferentes ocasiones sociales, por ejemplo, funerales de personajes importantes o triunfos. Su origen puede encontrarse en el reparto de la carne de las víctimas inmoladas en los sacrificios rituales del que se beneficiaría parte de la población.

La primera distribución de carne de la que hay noticia data del 328 a. C, cuando M. Flavius distribuyó una ración de carne (visceratio) a todos aquellos que asistieron a la procesión del funeral de su madre. Tito Livio dice que este reparto de comida fue lo que hizo a Flavius ganar las elecciones para tribuno de la plebe.

“Vino a continuación un año no señalado por ningún acontecimiento en el exterior ni en el interior, …. si exceptuamos el reparto de carne al pueblo efectuado por Marco Flavio en los funerales de su madre. Había quien interpretaba que, con el pretexto de honrar a su madre, pagaba al pueblo una recompensa que se había ganado porque lo había absuelto del delito de violación de una madre de familia por el que los ediles habían presentado demanda contra él. La distribución de carne concedida como agradecimiento por el pasado favor del juicio fue incluso motivo de honor para él, y en las siguientes elecciones al tribunado de la plebe, aun estando ausente, fue preferido a los candidatos presentados.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, VIII, 22, 2-4)



Gran triclinio de Domiciano, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los emperadores ofrecieron banquetes en diversos espacios públicos o en sus palacios, invitando a senadores y caballeros, incluso con sus esposas e hijos, y también a la plebe, convirtiéndose en los mayores evergetas de sus reinados.

“En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.” (Suetonio, Domiciano, 4)

Durante los grandes juegos de la época imperial también se daban, como parte del espectáculo, grandes raciones de dulces, fruta y bebida. El poeta Estacio descubre la impresión causada por el reparto de golosinas durante una serie de juegos ofrecidos en el anfiteatro Flavio y presididos por Domiciano durante las Saturnalia:

"Apenas estaba rompiendo el nuevo día, cuando ya llovían los dulces, tal era el rocío que esparcía el viento del este. Cae con generosa profusión la famosa fruta de la nuez de los bosques del Ponto o de las fértiles laderas de Idume, todo lo que la devota Damasco cría en sus ramas o el sediento Catmus [tipo de viento] hace madurar. Desde invisibles palmeras llovían galletas y pastas dulces, fruta ameria en su punto, pasteles de fábula y dátiles rellenos.

El tormentoso Hyades no inunda la tierra con tales torrentes ni las pléyades con tales lluvias, como el granizo que desde un cielo soleado azota a la gente en los asientos de los espectáculos latinos ... contempla otra multitud, bien parecidos y bien vestidos, se abren camino entre las filas. Algunos llevan cestas de pan y servilletas blancas y comida más lujosa; otros sirven vino lánguido en abundante medida. Podría creerse que son otros tantos coperos del Ida. Vosotros saciáis por igual al círculo de los nobles y austeros, así como al pueblo que viste la toga y, desde que tú, ¡oh generoso señor!, alimentas a tantas multitudes, la alta Annona no sabe nada de este festival... una misma mesa sirve a todas las clases por igual: niños, mujeres, pueblo, equites y senadores; la libertad ha aflojado las ataduras de la separación reverencial. E incluso tú también viniste y participaste de nuestro banquete, ¿Qué dios podría ofrecer tanto lujo o prometer tanto? Y ahora cada cual, sea rico o pobre, se jacta de ser el invitado del emperador" ...

Después del banquete siguió un espectáculo que incluyó mujeres gladiadoras y que continuó hasta casi el anochecer, cuando tuvo lugar una segunda sparsio [lanzamiento de regalos]; de pronto, comenzaron a caer sobre las masas de espectadores densas nubes de flamencos, faisanes, pavos, que revoloteaban lentamente en su caída hasta llegar a las manos de la gente ... exultante por haber atrapado este botín". (Estacio, Silvas, I, 6)



Caracalla y Geta, Pintura de Alma-Tadema

La ubicación de las distintas capas sociales en las caveae (gradas) marcaba claramente las diferencias de estatus, aunque los manjares parecen ser los mismos para todos.

Dar comida mediante sparsiones era una manifestación muy antigua de la idea profundamente arraigada que tenían los romanos de en qué debía consistir la generosidad del líder del pueblo. El Emperador asumía el papel de padre, cuyo deber es alimentar a sus hijos.

Los miembros pertenecientes a las capas sociales urbanas con menos recursos tenían la posibilidad de organizarse en collegia o agrupaciones de diferente carácter que, controladas por el Estado o por la administración local, permitían a sus integrantes cumplir una serie de funciones o disfrutar de ciertos beneficios. Estas asociaciones, puestas bajo la advocación de una divinidad protectora, se regían por un estatuto o lex collegii establecido por sus miembros reunidos en asamblea plenaria teniendo siempre como punto de referencia las leyes vigentes que no podían ser contravenidas. 



Catacumbas de San Calixto

El colegio constituía para los asociados una gran familia o una especie de “familia de sustitución” que se reunía de forma periódica para rendir culto a sus divinidades tutelares, celebrar asambleas y disfrutar de banquetes. Algunos colegios contaban con sede propia (schola) donde desarrollar sus actividades.

En las normas del collegium de Diana y Antinoo en Lanuvium se especifica lo que cada asociado debe traer al entrar como miembro:

“Todo el que quiera entrar en este colegio proveerá 100 sestercios y un ánfora de buen vino, además de 5 ases por mes.
Cada esclavo liberado de este colegio deberá aportar un ánfora de buen vino.
Los maestros de ceremonias de las comidas deberán suministrar un ánfora de buen vino cada uno, y pan con valor de dos ases para cada miembro del colegio, cuatro sardinas, la preparación de los lechos, además de agua caliente y el servicio de mesa.”
(CIL XIV 2112)



Pan y pez eucarísticos, catacumbas de San Calixto

En una inscripción hallada en el colegio de Esculapio e Higia fundado en el 153 d.C. en Roma por Salvia Marcelina en memoria de su esposo y su patrono se detallan las distribuciones de comida, monetarias y los banquetes que han de celebrarse con los fondos, cuánto le corresponde a cada uno de los beneficiarios y las fechas en que deben realizarse.

“… se distribuirá el 19 de septiembre, el sagrado cumpleaños de nuestro santo Antonino Pío, padre de nuestro país en el templo de los divinos (emperadores) en el santuario del divino Tito, 12 sestercios para Cayo Ofilio Hermes, presidente del colegio, o para quien ostente el cargo en su momento, 12 sestercios para Elio Zeno, patrón del colegio (hermano del difunto esposo de Salvia Marcelina), 12 sestercios para Salvia Marceliana, patrona del colegio; ocho sestercios para los immunes (exentos de tasas), ocho sestercios para cada guardián, cuatro sestercios para cada miembro regular. Se decreta que el ocho de noviembre, fecha de la fundación del colegio se distribuya a los presentes del interés anteriormente mencionado en la colina de marte en nuestra sede 24 sestercios para el presidente, 24 para el patrón, 24 para la patrona, 16 para cada uno de los immunes, 16 para cada uno de los guardianes y bollos (crustulum) por valor de tres ases; nueve medidas de vino para el presidente, seis para los immunes… También se distribuirá el 9 de enero un aguinaldo como lo descrito para el 19 de septiembre. También el 22 de febrero, día de la Cara Cognatio, en la colina de Marte en el mismo lugar se distribuirá pan y vino como descrito para el 8 de noviembre. También el 14 de marzo en el mismo lugar una cena, que Ofilio Hermes, el presidente prometió que se daría cada año a los presentes, o una sportula, como él estaba acostumbrado a repartir. (Para el día de las Violaria y Rosalia se especifica una sportula de pan y vino)” (CIL VI 10214)

Los miembros adinerados de los collegia o sus patronos regalaban a las asociaciones objetos para embellecer sus sedes (scholae) o para disfrutar de los banquetes más cómodamente o, incluso, pagaban la construcción de templos, sedes y edificaciones anexas.



Colegio de los Augustales, Herculano, Foto de Peter and Michael Clements, Creative Commons

Salvia Marcelina donó "una capilla con pérgola y una estatua de mármol de Esculapio y una terraza cubierta anexa en la cual los miembros de la asociación puedan reunirse para comer en la vía Apia cerca del templo de Marte..." (CIL VI 10234 = ILS 7213)

Petronia Pelagia regaló una mesa redonda de mármol a los decuriones y miembros de la plebe de una asociación (desconocida). [CIL VI 10353]



Mesa de mármol, Museos Vaticanos

Cuando se trataba de grandes comidas públicas ofrecidas no sólo a los miembros de las élites, sino a la plebe romana en general, era preciso acondicionar amplios espacios al aire libre, donde poder acomodar una multitudinaria asistencia, por ejemplo, los foros, las vías y jardines públicos. El más grande banquete público nunca visto en Roma fue ofrecido por César con ocasión de los triunfos celebrados en septiembre del 46 a.C. En él se dispusieron 22 000 triclinia de tres lechos cada uno, para acoger un total de 198.000 personas.

“Él (Nerón), pues, para ganar crédito de que en ninguna parte estaba tan alegre y con tanto gusto como en Roma, hacía banquetes en los lugares públicos, y se servía de toda la ciudad como de su propia casa. Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una balsa con gran capacidad de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas.” (Tácito, Anales, XXXVII)



Villa de los Pisones, ilustración de Jean-Claude Golvin

La desaparición de los actos evergéticos en el siglo III debido a los cambios de mentalidad que experimentaron las élites municipales desde finales del siglo II, así como la decadencia de la autonomía municipal en favor del Estado, pudieron suponer un endurecimiento de las condiciones de vida de la plebe urbana, que perdió una serie de ayudas o subvenciones para la alimentación y la higiene. El evergetismo no sólo financió buena parte de los costes de la vida municipal, sino que también se preocupó de hacer más agradable la vida en la ciudad organizando espectáculos, banquetes, repartos de dinero, comida y aceite, etc.

“Q. Avelius Priscus Severius Severus Annanus Rufus, hijo de Quintus, de la tribu Sergia, sacerdote del divino Augusto, patrón de la ciudad, primer cuestor de Corfinium, edil cuatorviro, cuatorviro para la administración de justicia, cuatorviro censor, pontífice de Laurentum y Lavinium. Al acceder al quinquenalato dedicó juegos gladiatorios y al ser nombrado cuatorviro dedicó juegos escénicos y al convertirse en edil dio juegos para la diosa Vetidina y para subvencionar el reparto de grano entregó 50.000 sestercios a la ciudad de Corfinium. También dio 30.000 sestercios para las termas Avelianas de mujeres. Corrió frecuentemente con los gastos de banquetes públicos y repartió sportulae monetarias a todos los ciudadanos de Corfinium, y ayudó con frecuencia a los gastos públicos con donaciones. El pueblo de Corfinium (erigió este monumento) con fondos públicos por su destacado afecto a la ciudad. Avelius Priscus, durante su cargo, remitió el coste (de este monumento).” (AE 1961.109)

Cuando las manifestaciones evergéticas decayeron, el municipio fue incapaz de mantener el sistema de bienestar, que anteriormente habían desarrollado los notables locales, y los estratos sociales inferiores fueron los más perjudicados, aunque la finalidad de las sportulae nunca fue mejorar las condiciones alimenticias de los más pobres, pues eran los grupos sociales inferiores los que recibían las menores cantidades de dinero.




Ya en época del Bajo Imperio los cristianos siguieron la costumbre de reunirse en un banquete con carácter fraternal (ágape) para compartir una cena frugal y adorar a Dios todos juntos cumpliendo ciertos ritos como leer las sagradas escrituras y cantar himnos religiosos. En principio las diferencias sociales y económicas se dejaban aparte y todos tenían los mismos derechos y obligaciones. 

"Nuestra cena da razón de sí por su nombre: se llama lo mismo que el amor entre los griegos. Sea cual fuere el gasto que produce, es una ganancia hacer un gasto por motivos de piedad, ya que los pobres y los que se benefician de este refrigerio no se asemejan a los parásitos de vuestra sociedad, que aspiran a la gloria de esclavizar su libertad a instancias del vientre, en medio de gracias groseras, sino porque ante Dios tiene más valor la consideración de los que tienen pocos medios. Si es honroso el motivo del banquete, valorad, ateniéndoos a la causa, el modo en que se desarrolla: lo que se hace por obligación religiosa no admite ni vileza ni inmoderación. No se sientan a la mesa antes de gustar previamente la oración a Dios; se come lo que toman los que tienen hambre; se bebe en la medida en que es beneficioso a los de buenas costumbres. Se sacian como quienes tienen presente que también a lo largo de la noche deben adorar a Dios; charlan como quienes saben que Dios oye. Después de lavarse las manos y encender las velas, cada cual según sus posibilidades, tomando inspiración en la Sagrada Escritura o en su propio talento, se pone en medio para cantar a Dios: de ahí puede deducirse de qué modo había bebido. Igualmente, la oración pone fin al banquete. Entonces se marchan agrupados, no en catervas de malhechores, ni en pandillas de libertinos, sino con tenor modesto e intachable, como es propio no de quienes han tomado un banquete, sino una enseñanza." (Tertuliano, Apologético, 39, 16)



Refrigerium, Honolulu Academy of Art

Las normas para integrarse en estas comunidades fraternales no seguían los modelos de los collegia o asociaciones profesionales del mundo romano pagano. No había cuotas obligatorias y los fondos se dedicaban prioritariamente a actos caritativos hacia los perseguidos por profesar su religión. Por esa persecución las reuniones y comidas se realizaban en la casa particular de un anfitrión con espacio suficiente y los participantes en algunos casos serían los proveedores de los alimentos y bebidas según sus recursos.

“Presiden ancianos que gozan de consideración, y que han conseguido ese honor no por dinero sino por su ejemplo, porque las cosas de Dios no tienen precio. E incluso si existe una especie de caja común, no se reúne ese dinero mediante el pago de una suma honoraria, como si la religión se comprara. Cada uno aporta una contribución en la medida de sus posibilidades: un día al mes, o cuando quiere, si es que quiere y si es que puede; porque a nadie se obliga, sino que se entrega voluntariamente. Estas cajas son como depósitos de misericordia, puesto que no se gasta en banquetes, ni en bebidas, ni en inútiles tabernas, sino en alimentar y enterrar a los necesitados, y ayudar a los niños y niñas huérfanos y sin hacienda, y también a los sirvientes ancianos, e igualmente a los náufragos, y a los que son maltratados en las minas, en las islas o en prisión, con tal de que eso ocurra por causa del seguimiento de Dios; se convierten en protegidos de la religión que confiesan.” (Tertuliano, Apologético, 39, 5)



Pintura de Constanza, Rumanía



Bibliografía:

http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/viewFile/1771/1650; El ágape y los banquetes rituales en el cristianismo antiguo; RAÚL GONZÁLEZ SALINERO
https://www.academia.edu/1195899/Epigrafía_y_labor_colegial_de_la_Augustalidad_en_la_Peninsula_Ibérica; EPIGRAFÍA Y LABOR COLEGIAL DE LA AUGUSTALIDAD EN LA PENÍNSULA IBÉRICAÁngel A. Jordán
https://repositorio.unican.es/xmlui/handle/10902/1444; El sevirato augustal en la Bética romana: selección y estudio preliminar de las fuentes epigráficas; Alberto Barrón Ruiz de la Cuesta
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/134461.pdf; LA LEY FLAVIA MUNICIPAL;  A.O. Pérez-Peix
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=302879; SECTORES POPULARES Y VIDA MUNICIPAL EN LAS CIUDADES DE HISPANIA ROMANA; Juan Francisco Rodríguez Neila
https://www.persee.fr/doc/ccgg_1016-9008_2006_num_17_1_904; Epula y cenae públicos financiados por las ciudades romanas; Juan Francisco Rodríguez Neila
http://revistaseug.ugr.es/index.php/florentia/article/viewFile/4556/4448; Evergetismo y distribuciones en la Hispania romana; Enrique Melchor Gil
https://www.academia.edu/9928870/In_publicum_vescere._El_banquete_municipal_romano; IN PUBLICUM VESCERE. EL BANQUETE MUNICIPAL ROMANO; JUAN FRANCISCO RODRIGUEZ NEILA
http://sites.middlebury.edu/feastsandfestivals/files/2015/09/roman-public-feasting.pdf; TOWARD A TYPOLOGY OF ROMAN PUBLIC FEASTING; JOHN F. DONAHUE
https://www.academia.edu/8449979/_Un_aspecto_socioeconómico_de_la_Bética_los_epula; Un aspecto socioeconómico de la Bética: los epula; Javier del Hoyo
https://www.academia.edu/245390/_The_Economy_of_Endowments_the_case_of_Roman_associations_Studia_Hellenistica_44_2008; The Economy of Endowments: The case of the Roman collegia; Jinyu Liu
Food and Drink in Antiquity: A Sourcebook: Readings from the Graeco-Roman World; John F. Donahue; Google Books
Roman Portraits in Context; Jane Fejfer; Google Books
Illustrated Introduction to Latin Epigraphy; Arthur Ernest Gordon; Google Books
The Greco-Roman World of the New Testament Era: Exploring the Background of Early Christianity; James S,. Jeffers; Google Books

jueves, 22 de noviembre de 2018

Fascinum, amuletos contra el mal de ojo en la antigua Roma

Relieve de Leptis Magan, Libia, foto Association for Roman Archaeology on Twitter

Existía entre los romanos la superstición suscitada por el temor al mal de ojo que consistía en el funesto poder, que se atribuía a ciertas personas, de provocar daño a otros por medio de su mirada. El bien ajeno hacía surgir en algunos individuos, posiblemente ruines y desgraciados, un estado anímico que los llevaba a envidiar el destino, que ellos consideraban más favorable, de aquellos sobre los que ejercerían su propio fascinum o aojamiento.

“Habiendo recaído la conversación durante la cena sobre los que se dice que aojan y tienen una mirada que produce mal del ojo, los demás menospreciaban el hecho y se burlaban de él por completo, pero Mestrio Floro, que nos agasajaba, dijo que los hechos apoyaban admirablemente esta creencia y que, por la dificultad de encontrar su causa, se desconfiaba sin razón de estas historias, cuando de miles que tienen una entidad evidente la explicación de su causa se nos escapa.”
(Plutarco, Moralia, 680 C)

Cabeza de Medusa, ámbar, Museo Getty

Como se pensaba que la capacidad para desencadenar el mal de ojo la poseían además de seres míticos y animales, las propias personas, había la creencia de que familias completas nacían con esta aptitud, que se transmitía por herencia

“Asimismo, en África, según Isígono y Ninfodoro, hay algunas familias de hechiceros por cuyos elogios perece el ganado, se secan los árboles y mueren los niños. Añade Isígono que hay gente de la misma clase entre los tribalos y los ilirios, que hacen hechizos incluso con la mirada y matan a aquellos a los que contemplan largo tiempo, especialmente con los ojos encolerizados; su maleficio se deja sentir con más facilidad en los adultos, y lo más notable es que tienen dos pupilas en cada ojo.” (Plinio, Historia Natural, VII, 2, 16)

Es por ello que las desgracias podían atribuirse por ciertas personas al mal de ojo o mirada envidiosa de alguien que les deseaba el mal por no poseer lo que ellos sí tenían. Una de sus características principales es precisamente que podía producirse de manera involuntaria e inconsciente, y, aunque se considere una manifestación sobrenatural, ésta se produce sin intervención de los dioses y sin necesidad de recurrir a agentes externos para la invocación.

“C. Furio Crésimo, un liberto, era envidiado y había quien creía que se apropiaba de las cosechas de otros mediante magia, ya que en un terreno muy pequeño él obtenía mucha más producción que sus vecinos con mayores terrenos. Por ello fue acusado por el edil curul Sp. Albino. Temiendo una condena cuando se requirió la presencia de las tribus para votar, él hizo traer al foro todos sus enseres domésticos, junto a sus esclavos- que estaban, según dice Pisón, bien atendidos y vestidos- y sus herramientas de hierro, sus azadones y arados y sus grandes bueyes. Entonces dijo: Estos son mis mágicos hechizos, conciudadanos, pero no puedo mostraros o traeros al foro, mis tareas nocturnas, mis horas sin dormir, o mi sudor.” Fue absuelto por voto unánime.” (Plinio, Historia Natural, XVIII, 41)

En este caso el éxito que provoca la envidia era público pues todos podían ver que sus cosechas eran mejores, así como sus herramientas y esclavos. Crésimo fue acusado por usar magia, pero quienes provocaron la acusación actuaron movidos por la envidia. 

Cualquier ciudadano, con independencia de su status o condición social podía ser afectado por el mal de ojo, aunque los más vulnerables eran los recién nacidos, las madres recién paridas, los niños, y las personas dotadas de belleza o con el éxito. Este mal (oculus malignus, inuidus, fascinatio) podía ser provocado con el simple deseo, manifestado a través de la mirada y se rehuía especialmente a los que sufrían alguna deformidad física, los aquejados de problemas en la vista, los extranjeros y los pervertidos. 


Casa del Mal de ojo, Museo de Hatay, Antioquía, Turquía

En 197 d.C. un ciudadano romano de Antinopolis llamado Gemelo Horion, un propietario de tierras de Karanis, envió varias peticiones al estratego solicitando que se hiciera un informe oficial de un incidente que tenía que ver con la envidia y el mal de ojo para poder presentarlo en una audiencia con el epistratego. Según él sus vecinos Julio y Sotas habían llegado a su propiedad con la intención de tomar posesión de ella, ya que “ellos le despreciaban por su débil vista”. En respuesta a esta conducta Gemelo envió una petición al prefecto, Quinto Emilio Saturnino, quien autorizó a Gemelo a verse con el epistratego. Entretanto, Sotas murió, y Julio, junto a su esposa y un hombre llamado Zenas, vino a su tierra con un feto, para poder “rodear a su arrendatario con envidia maliciosa (phthonos)”. Después de atemorizar al arrendatario de Gemelo robaron las cosechas que había estado recogiendo. Cuando Gemelo y dos oficiales del pueblo inquirieron a Julio sobre el incidente, Julio arrojó el feto a Gemelo en presencia de los oficiales, dado que, según Gemelo, querían también rodearle con phthonos. Julio recuperó el feto y se llevó el resto de las cosechas.


Dios griego de la envidia, Phthonos, Chipre, Museo Británico

La consecuencia que se puede sacar es que Sotas y Julio creían que Gemelo podría provocar el mal de ojo debido a su defecto en la vista y que habría traído la desgracia a su comunidad, por lo que para contrarrestar su efecto adverso llevaban el feto cuando fueron a quedarse con sus tierras en compensación.

En Grecia la envidia tenía una divinidad propia el dios Phthonos que simbolizaba los celos y la envidia por la buena fortuna de los demás. Solía representarse como un hombre delgado de aspecto algo grotesco.

“La dirige un hombre pálido y feo, de mirada penetrante y aspecto análogo al de quienes consume una grave enfermedad: podría suponerse que es la Envidia.” (Luciano, De Calumnia, 5)

Además en la iconografía aparece agarrándose la garganta para estrangularse debido al insoportable dolor que siente por su envidia hacia lo que poseen los otros.

¡Qué ingente caterva de monstruos se aloja por estas salas y monta guardia, aterrando a los manes con sus gritos confusos! El Duelo voraz y la Delgadez compañera de las enfermedades malignas, la Tristeza que se alimenta del llanto, la exangüe Palidez, las Preocupaciones y las Insidias; de un lado la quejumbrosa Vejez, del otro la Envidia que se estrangula a sí misma con ambas manos; la Pobreza, abominable mal que empuja al crimen, el Error con su paso inseguro y la Discordia que disfruta enredando el mar y el cielo…” (Silio Itálico, La Guerra Púnica, XIII, 579)

En un mosaico en Cefalonia, Grecia aparece la figura de un envidioso (que podría ser el propio dios Phthonos) estrangulándose a sí mismo de la envidia que tiene al contemplar la hermosa domus que le rodea, pues no la puede soportar, y siendo atacado por leones. Es un aviso a los visitantes para que no traigan su envidia al interior describiendo lo que puede pasarles si no lo hacen. 



Mosaico de Cefalonia, Grecia, foto de Luz Neira

Todas las civilizaciones antiguas imaginaron todas las medidas posibles para librarse del mal de ojo, con el objetivo de obligar a la mirada fascinadora a desviarse, entre las que se encuentran los gestos o la utilización de objetos.

“Tenemos la costumbre de escupir, por ejemplo, para evitar la epilepsia, o en otras palabras, repeler el contagio, también así repelemos la fascinación y los malos presagios al encontrar una persona coja de la pierna derecha.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 7)

El método más común de defenderse contra este mal fue, también en el mundo romano, el uso de amuletos, a los que se atribuían valores propiciatorios y apotropaicos.

“Por ello también creen que los llamados amuletos los ayudan contra la envidia, ya que por su rareza es atraída la vista, de suerte que se clava menos en los que la sufren.” (Plutarco, Moralia, 682)



Amuleto contra el mal de ojo,
Museo John Hopkins University

Entre los siglos II a.C y II d.C. se empleó la imagen del miembro viril en el mundo romano como elemento protector contra el mal de ojo (fascinum), bien porque al ser un símbolo de fertilidad contrarrestaba sus efectos nocivos, bien porque su representación grotesca e, incluso, obscena obligaría al aojador a apartar su mirada.

La veneración del falo fue algo común en toda la antigüedad, en Egipto, India, Asia Menor y Grecia, desde donde pasó a Roma. El falo, como símbolo fértil de la naturaleza creadora, protegía a quien lo llevase y lo defendía del atacante, por lo que era un símbolo sagrado y venerado. Se asimilaba al dios Fascinus. Su representación en lugares públicos era algo normal en la vida cotidiana romana y no se lo consideraba una imagen obscena, sino mágica que alejaba a los malos espíritus del lugar. Adquirió un valor erótico con la llegada del cristianismo, que convirtió al falo en símbolo de placer. Aparecía a modo de relieve y pintura en las fachadas de los edificios, en las esquinas de las calles, en las tiendas, en las termas, en los puentes y en las señales de los caminos con la intención de ser visto por todos.

“¿Debemos creer nosotros que es correcto que se haga a la llegada de un extraño o que, si mira a un bebé dormido, la nodriza escupa sobre él tres veces? Aunque a éstos los cuida Fascino, protector también de los generales, no sólo de los niños, divinidad cuyo culto entre los ritos religiosos romanos es atendido por las Vestales y que, médico del mal de ojo, ampara los carros de los triunfadores colgado debajo de éstos y, como remedio similar a una voz, les ordena mirar atrás para conseguir a su espalda la benevolencia de la Fortuna, verdugo de la gloria.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 39)





Como la envidia era un poder maléfico que cualquiera podía sentir y realizar provocando la ruina de un hogar o una cosecha era habitual en la sociedad romana colocar en las entradas de las viviendas y de muchos edificios públicos mosaicos con escenas e inscripciones que pretendían evitar la entrada de la envidia en su interior y contrarrestar el efecto del mal de ojo.

En un mosaico de Beirut, Líbano se halla un mosaico con un inscripción que pretende evitar el mal de ojo a los habitantes de la casa:

"La envidia es un mal, sin embargo tiene algo de belleza, se come los ojos y el corazón de los envidiosos."


Mosaico con inscripción, Museo de Beirut, Líbano, foto de Emna Mizouni (retocada)

En un mosaico en Antioquía, por ejemplo, los animales que se lanzan contra el ojo son dos perros, una serpiente, un escorpión y un ciempiés. El ojo también está siendo amenazado por el miembro de un personaje itifálico y ha sido ya atravesado por un tridente y una espada. La inscripción KAICY sígnifica “y tú también” ( en griego) y responde a la idea de que el que entra en la casa obtenga lo mismo que él desea, ya sea algo bueno o malo. 


Casa del mal de ojo, Antioquía, Turquía

En un mosaico de Themetra (Túnez) fechado a finales del siglo II d.C., se aprecia un falo en el centro de la imagen apuntando hacia un ojo abierto; en los laterales del mosaico se puede leer INVIDIOSIBVS QVOD VIDETIS B(ONIS) B(ENE) M(ALIS) M(ALE) –“para los envidiosos lo que ves. El bien para los buenos. El mal para los malos”–, por lo que, sin duda alguna, se trata de un mosaico apotropaico.

En el vestíbulo de la actual basílica Hilariana (Roma), que en el siglo II d.C. era un santuario dedicado a Cibeles y Atis, se encontró un mosaico en blanco y negro en el que un ojo atravesado por una lanza es rodeado y atacado además por un conjunto de animales que simbolizan distintas divinidades del panteón romano: una serpiente (Saturno), un ciervo (Diana), un león (Cibeles), un toro (Neptuno), un escorpión (Mercurio), un lobo (Marte), una cabra (Júpiter), un cuervo (Apolo) y una paloma (Venus). Sobre el ojo se sostiene un ave que podía ser una lechuza, animal simbólico de la diosa Atenea o Minerva, muy relacionada en Roma con la magia y brujería y considerada ave de mal agüero, que por su capacidad para aojar ella misma podía atacar al propio ojo maligno para desviar su poder. En la inscripción se puede leer la dedicatoria con el deseo de que los dioses sean propicios a los que allí entran.



Basílica Hilariana, Roma

Similar al de Themetra es el mosaico que apareció en una villa romana en Mokhnine (Túnez), en donde se representa a un ojo sobre el que se abalanzan dos serpientes y un miembro viril.





El uso de colgantes con amuletos fálicos fue generalizado entre los romanos, y se llevaban colgados, normalmente, del cuello. Todos los medios para alejar el mal de ojo se inspiraban en la idea de obligar a cambiar la mirada a quien quería hacer el mal por lo que se hacían gestos profilácticos como cerrar la mano derecha colocando el pulgar entre los dedos índice y medio y extenderla hacia la persona que amenazaba, en un gesto que simulaba la unión de los órganos genitales de los dos sexos, los cuales se consideraban como portadores de una gran energía y por ello dotados de un alto valor apotropaico. La representación figurativa de ese gesto se llamaba mano impúdica o higa (mano fica). La unión del falo y la higa ayudaría a repeler con más fuerza a la mirada fascinadora.


Mano fica

Los tintinnabula eran campanillas de bronce que servían de adorno o de ayuda en algunos rituales religiosos romanos, ya fuesen realizados en templos o en las propias casas. En muchos casos su motivo principal era la representación de un falo, simple o múltiple, del que cuelgan una serie de campanillas. Se creía que servían de hechizo contra los demonios. Parece que el sonido metálico era especialmente efectivo para ahuyentar embrujos y toda clase de efectos perniciosos sobre el animal que los portaba o la estancia de la que pendían. Estos amuletos solían estar situados a la entrada de una tienda o de una casa o en los pórticos. En el primer caso, el sonido que producían al ser golpeadas por la puerta le indicaba al dueño, situado en la trastienda, la presencia de un nuevo cliente. Pendientes del techo y siempre junto a la puerta, intentaban alejar los malos espíritus y atraer la buena suerte gracias al sonido de las campanillas, símbolo del poder creador, sobre todo si eran de bronce.


Tintinnabula de bronce

La figura del dios Mercurio se podía representar con una bolsa de dinero para atraer la prosperidad a la tienda o a la casa, y al mismo tiempo se le representa con un enorme miembro viril para protegerlas de cualquier amenaza sobrenatural.



Representaciones itifálicas de Mercurio

Otro tipo de amuleto romano que se llevaba al cuello era la bulla, un colgante que podía adquirir diferentes formas y ser fabricado en distintos materiales como oro, bronce, hueso o cuero. 




La más representativa, similar a las encontradas en la cultura etrusca, consistía en la unión de dos placas metálicas, oro o bronce, de forma convexa, que se unían a punta de martillo o con una cadena o cordel y que en su interior contenía un amuleto que podía ser un manojito de hierbas, piedras mágicas, o escritos con conjuros para protección contra el mal de ojo. Se desprendían de ella cuando llegaban a la edad viril y la ofrecían a los dioses Lares o Hércules, mientras que las niñas lo hacían a la diosa Juno. Solo los hijos de ciudadanos romanos podían llevarla y únicamente los hijos de senadores y caballeros tenían el privilegio de la bulla de oro, mientras que los más humildes la llevaban de cuero.



Los niños, que eran los más vulnerables a ser afectados por el mal de ojo, llevaban desde su nacimiento anillos y bullae con todo tipo de sortilegios y materiales para su autoprotección, aunque los adultos no escapaban a esta tradicional superstición.

“Así; conocemos, en efecto, a personas que por mirar a los niños les causan muchísimo daño, al ser desviada y movida por ellos a lo peor su constitución a causa de su humedad y debilidad, en tanto que los caracteres firmes y ya compactos padecen esto menos.” (Plutarco, Moralia, 680D)





Las niñas y algunas mujeres cambiaban la bulla tradicional por una lúnula, colgante en forma de luna creciente

"Pero luego, Tarquinio Prisco, hijo del exiliado corintio Demarato, llamado también Lucumón, según algunos, tercer rey a partir de Hostilio, quinto a partir de Rómulo, celebra un triunfo sobre los sabinos. En esta guerra, elogió ante la asamblea a un hijo suyo, de catorce años de edad, porque había dado muerte con sus propias manos a un enemigo, y le recompensó con la bulla de oro y la pretexta, distinguiendo a un niño con un valor superior a sus años con galardones propios de la edad viril y de las magistraturas. En efecto, igual que la pretexta era la vestimenta de los magistrados, la bulla era el atributo de los triunfadores, quienes la portaban sobre el pecho, tras haber encerrado allí dentro los amuletos que creían más eficaces contra la envidia. De aquí se ha derivado la costumbre de que la pretexta y la bulla fueran empleadas por los niños nobles, a modo de presagio y deseo de llegar a adquirir un valor semejante al de aquel crío al que, en sus primeros años, correspondieron tales recompensas." (Macrobio, Saturnales, I, 6, 8-9)





Además de en la bulla las piedras y fórmulas mágicas escritas se guardaban en pequeños recipientes que a menudo se fabricaban como verdaderas joyas (colgantes, anillos, brazaletes) y que también, según creían sus poseedores, proporcionaban protección contra los diversos males que les podían perjudicar.

Algunos amuletos utilizaban como protección figuras de seres mitológicos de formas irreales y monstruosas, demonios, figuras grotescas u obscenas e incluso animales malignos, como la serpiente o el escorpión, en la creencia de que asustarían a los malos espíritus, protegiendo con ellos a las personas y las propiedades.




Uno de los numerosos seres míticos que se emplearon a menudo en la Antigüedad para proteger a los hombres con su figura, cuyos efectos benéficos contrastan evidentemente con la sensación que causa la visión directa de su figura monstruosa, es la Gorgona Medusa, cuya efigie (gorgoneion) se mantuvo con el mismo significado al menos desde la Grecia arcaica hasta el Bajo Imperio romano. Los antiguos, particularmente los militares, y sobre todo los emperadores romanos y sus soldados, estaban convencidos de que alejaba los peligros, por lo que sus representaciones formaban parte de los adornos habituales en las prendas militares.

Al parecer se creía que cuanto más terrible fuese la expresión de la máscara representada, más grande era la energía protectora que de ella derivaba. Se la puede encontrar pintada, dibujada, esculpida o cincelada en toda clase de objetos: rostros exentos para colocar en los edificios, tumbas, sarcófagos, vestidos, armas, vasos, copas, monedas, paramentos, placas. También se llevaba colgada al cuello como joya o amuleto y, aunque en las piezas griegas y etruscas se buscaba más la fealdad y el horror de la mueca, en las romanas se acentuaba más el patetismo de su destino que el valor apotropaico de la máscara horrorosa y fiera del monstruo mitológico.





La máscara de Gorgona era un signo mágico «triple» que unía tres elementos poderosos que se juntaban para formar una figura horrible que fascinaba con la mirada y dejaba petrificados a quienes la miraban de frente, pero que a la vez protegía por el poder de la magia de las serpientes que componían su cabellera y por el poder mágico del nudo que formaban los cabellos recogidos bajo su barbilla. La serpiente es, sobre todo, un ser benéfico, benévolo y protector, adorado por multitud de pueblos en todo el mundo. Los nudos simbolizaban un poder letal que encadenaba a las criaturas mortales y a los dioses, interfiriendo su voluntad e imponiendo sus deseos. El triple poder de la Gorgona Medusa dejaba a cualquier mortal petrificado por su mirada que fascina, espantado por las serpientes y atado o ligado por los nudos mágicos, impidiéndole influir a los demás cuando lanzaba su mal de ojo. 

"Cuenta la leyenda que, cuando Perseo se llevó la cabeza cortada de la Gorgona, su repugnante sangre cayó sobre Libia, y es por ello que la tierra se inundó de serpientes como las de Medusa." (Silio Itálico, la guerra púnica, III, 310)



Los amuletos se realizaban sobre diferentes soportes y muy especialmente las piedras semi-preciosas y otros materiales que por sus características se consideraban mágicos, como el coral que se petrifica al contacto con el aire.

“La apresadora de botín (Atenea) le otorgó fuerza ilimitada para proteger a los pueblos cuando van al combate que hiela el corazón, o si alguien emprende un largo camino llevándolo consigo, o surca el divino mar en una nave de sólido puente. Pues, escapar de la rápida lanza del belicoso Enialio (Ares), de la emboscada que tiende los piratas homicidas, y del blanco Nereo turbulento, son los preciosos beneficios que ofrece a los mortales la fuerza del coral.” (Lapidario Órfico, 578-584).




Así por ejemplo se han hallado falos tallados en coral, cabezas de medusa en azabache y ámbar, etc. Se creía que dichos materiales aparte de su poder apotropaico tenían la capacidad de curar o aliviar enfermedades, y de proporcionar el éxito en acciones emprendidas.

"Si graba un flamenco en la piedra llamada hefaistita, también llamada pirita, y bajo sus patas un escorpión, y si pone una raíz de una planta pequeña bajo la piedra, obtendrá buena protección contra todos los animales venenosos. También le guardará de todas las apariciones nocturnas. Es también eficaz para los que sufren el mal de la piedra. Aparta toda influencia maligna." (Kyranides, I. 7, 17-21)

Los soldados, los aurigas o gladiadores portaban durante sus actividades distintos tipos de amuletos para protegerse del mal de ojo, de lesiones o incluso de la muerte.

"Arabia obtiene también malaquita, de un verde más denso que la esmeralda. capaz de contrarrestar con su poder innato los peligros de la infancia." (Solino, Colección de hechos memorables, XXXIII, 20)



Casco de gladiador en ámbar,
encontrado en Inglaterra

Los caballos, cuya finalidad primordial en el mundo antiguo era la carrera o la guerra, tenían una fuerte vinculación con las divinidades y sus carreras en el circo se dedicaban a los cultos de diferentes dioses por lo que eran objeto de protección contra el mal de ojo, ya que se veían también expuestos a la envidia por sus triunfos y acostumbraban a llevar entre sus herrajes y adornos amuletos que les protegieran sobre los conjuros que se grababan en las tablas de execración y que pedían su fracaso e incluso su muerte, además de servir como talismán para su éxito.

"Te conjuro, demon, quienquiera que seas, tortura y mata, desde esta hora, este día y este momento, a los caballos de los equipos verde y blanco; mata y destroza a sus aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano. No dejes aliento en ellos. Te conjuro por el que te ha entregado, en cierto momento, el Dios del mar y el aire: láo, Iasdao...a e ¡a."



Adorno con lunula para caballerías

En el mundo antiguo tenía gran importancia la imagen del dios de tal forma que llevar un amuleto con un dios grabado potenciaba la eficacia de la piedra utilizada como soporte ya que la divinidad representada le transfería su poder. 

“Coge dicha piedra (el topacio) y graba en ella a Poseidón con un carro, con las bridas en la mano izquierda y unas espigas de trigo en la derecha. Que esté también Anfítrite sobre el carro. Consagrada y llevada como amuleto, da a su poseedor mucho amor y numerosos bienes. Preserva a aquel que la lleva de los peligros del mar y le asegura ganancias considerables en el comercio”. (Kerygma, 8)





Para reforzar el poder que tenían las piedras mágicas para rechazar el mal de ojo se añadían inscripciones con palabras dirigidas contra la envidia y los aojadores. En una gema con la imagen de una lechuza de Hadria (Túnez), se puede leer una advertencia contra la envidia

“Envidia envidiosa, no hay nada que puedas hacer contra un alma que es pura e inmaculada.”





En el ámbito doméstico aparecen varios elementos apotropaicos. En fachadas y dinteles se pueden encontrar relieves con falos exentos, en atrios y otras estancias, mosaicos con la cabeza de Medusa, acompañada a veces con una inscripción advirtiendo contra la envidia, y pinturas con la imagen de Príapo con un miembro viril enorme y entre los enseres domésticos se encuentran las representaciones del falo, la cabeza de medusa, el ojo maligno siendo atacado, las serpientes, en lucernas, figurillas y otros objetos.




La implantación del cristianismo por todo el imperio romano trajo la condena de los hombres de la Iglesia a la envidia y un aviso de sus consecuencias a los fieles. Basilio de Cesarea en el siglo IV d.C. enumera los perniciosos aspectos de la envidia y del mal de ojo.

“Ningún sentimiento más dañino está implantado en el alma humana que la envidia… Como el óxido estropea el hierro, la envidia corroe el alma que habita. Incluso, consume el alma que la alumbra, como las víboras que dicen nacen comiendo el vientre que las concibió. Ahora bien, la envidia es el dolor causado por la prosperidad del vecino. Una persona con el poder de aojar siempre tiene causa para la pena y el abatimiento. Si la tienda de su vecino es fértil, si la casa de su vecino tiene abundancia de todos los productos de esta vida, si, él, su señor, disfruta de una continua amabilidad de corazón- todas estas cosas agravan la debilidad y se añaden al dolor de aojador… ¿Qué podía ser más fatal que esta enfermedad? Esto arruina nuestra vida, pervierte nuestra naturaleza, levanta el odio por el bien concedido por Dios, y nos sitúa en una relación hostil con él.” (Basilio de Cesarea, Homilía contra la Envidia)

Los pensadores y predicadores cristianos en la Antigüedad Tardía tuvieron una postura inicial de condena radical de la costumbre pagana del uso de los amuletos o talismanes (llamados phylakteria) argumentando que los amuletos, por tratarse de objetos de naturaleza demoniaca que no podían ser eficaces para alcanzar los objetivos deseados y, que, por el contrario, dañaban tanto al cuerpo como al alma. Sin embargo, la Iglesia siguió la política de sustituir o combinar los signos o textos de origen pagano que, a veces, acompañaban los amuletos, por otros textos o signos de carácter cristiano, llegando a aceptar y recomendar su uso a los fieles bajo una forma que podría denominarse cristiana, lo que implicó que el término “filacteria” terminase por designar los objetos que contenían las reliquias de santos, los relicarios, desde los años finales del siglo IV d.C.

“¿No ves a las mujeres y a los niños pequeños colgar en su cuello libritos conteniendo los evangelios como protección poderosa y llevarlos allí donde van?” (Juan Crisóstomo, Homilías, 19, 4, Sobre las estatuas) 





El problema principal para combatir estas creencias radicaba en que eran compartidas por paganos, judíos y cristianos por lo que pronto se planteó la cuestión de cómo distinguir entre los amuletos cristianos o cristianizados y los de otro origen. Como las creencias en que se sustentaba el uso de amuletos estaban muy arraigadas, se optó por la sustitución de otros amuletos que pudiesen ser asumidos o interpretados como cristianos, como la cruz, el pez o el crismón.






El primero y el más utilizado fue la cruz. Fue Constantino el primero que dio una especie de carácter oficial a la cruz como amuleto o talismán al convertirla en el símbolo protector de todo el Imperio.

Es muy significativo de las transformaciones que se produjeron en la mente de algunos pensadores cristianos en lo referente a los amuletos, el caso de Juan Crisóstomo, pues, aunque condenaba el uso de textos evangélicos como phylakteria, defendió el uso de la cruz con tal fin, y dejó un antiguo testimonio de la rápida difusión de la costumbre de llevar colgados al cuello fragmentos de la Vera Cruz como reliquias protectoras:

“Después de recibir una astilla de este leño, tantas personas, tantos hombres y mujeres la encastran en oro y la cuelgan al cuello como ornamento” (Juan Crisóstomo, Contra los judíos, 9-10)





Otro testimonio del uso de la cruz como phylacterion es el proporcionado por Gregorio de Nisa hacia el año 380 en el elogio de su hermana Macrina. Cuando el obispo capadocio se dispuso a preparar el cuerpo de su hermana para la sepultura con la ayuda de su compañera Veciana, ésta le mostró una cruz de hierro y un anillo del mismo metal con una cruz grabada que Macrina había llevado siempre colgados de un cordón junto a su pecho como phylakteria. Ambos objetos llevados bajo la ropa suponen elementos de piedad y superstición al mismo tiempo. La mejor forma de protegerse contra el mal sería adoptar un objeto significativo de la religión practicada como amuleto.

“Veciana, arreglaba aquella santa cabeza con sus propias manos. Cuando pasó su mano por el cuello, dijo mirándome: `He aquí el adorno que pende en torno al cuello de la santa´. Y mientras decía esto, desatando el lazo por detrás, extendió la mano y me mostró una cruz de hierro y un anillo de la misma materia. Ambos, colgados de un ligero cordón, estaban siempre sobre el corazón.

Yo dije: `Que este bien nos sea común Coge tú la protección de la cruz; a mí me bastará el haber recibido en suerte el anillo´. También sobre el anillo estaba grabada una cruz. La mujer lo observó y me dijo de nuevo: `Has hecho la elección de este bien con buen sentido. El anillo está hueco en su engarce, y dentro está escondido un fragmento del árbol de la vida. Lo que está grabado en el exterior, con la propia figura, manifiesta lo que hay en el interior´.”
(Gregorio de Nisa, Vida de Macrina, 30, 1-2)






Bibliografía

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http://rabida.uhu.es/dspace/handle/10272/6727; Envidia y fascinación: el mal de ojo en el Occidente romano; Antón Alvar Nuño
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http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:ETFSerie2-DBE3633E-E32C-71D5-7FED-636EF8B372DC&dsID=Documento.pdf; Clasificación funcional y formal de amuletos fálicos en Hispania; Javier del Hoyo y Ana María Vázquez Hoys
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https://clbsj.org/resources/elliott-evil-eye.pdf; The Evil Eye, John H. Elliott
Beware the Evil Eye: The Evil Eye in the Bible and the Ancient World, Volumen 2 Greece and Rome, John H. Elliott, Google Books