Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 27 de noviembre de 2017

Vestitus, ropa masculina en la antigua Roma




El arte de disponer de una forma típica las pocas prendas de ropa que se necesitaban en el clima sureño de Italia, o por sentimiento de decoro lo habían adoptado los romanos en un periodo muy antiguo de los griegos y de los etruscos añadiendo su propio sentido de lo práctico.

“Tarquino no fue menos diligente en la guerra que en la paz. Sujetó, después de continuas campañas, a doce pueblos de la Etruria. De su tiempo data el uso de los haces lictoriales, de la trabea, de las sillas curules, de los anillos, de los collares, de la clámide y de la pretexta; de entonces mismo provino que se hiciera el triunfo en dorada carroza arrastrada por cuatro caballos, y se vistiera la toga bordada y la túnica palmeada; en una palabra, cuantos ornamentos e insignias enaltecen la dignidad del poder.” (Floro, Gestas romanas, I, 5)

Los romanos distinguían dos tipos de atuendo, el que cubría el cuerpo y el que lo envolvía. Indumenta hace referencia a las prendas que se llevaban durante el día y la noche y amictus designa las prendas que sólo se usaban durante parte de la jornada, por lo que acabó designando cualquier tipo de manto o capa que solo se ponía uno al salir de casa.

“Muchacho, ea, levántate y dame
los zapatos y la ropa de lino
(lintea y sindon)
Dame cualquier manto (amictus) que hayas
preparado para que salga.” (Ausonio, Ephemeris, 2)



Pintura de Alma-Tadema


Entre las prendas llamadas indumenta y a diferencia de los griegos, encontramos que los hombres romanos llevaban un taparrabos, el subligaculum licium, la mayoría de las veces confeccionado de lino y siempre enrollado a la cintura. En tiempos antiguos fue la única prenda interior usada tanto por nobles como por plebeyos, que se ponían encima únicamente la toga y ya en el siglo II d. C. sólo los atletas se mostraban con el subligaculum en público.


Mosaico del balneum, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Del quitón dórico o túnica griega corta evolucionó la prenda llamada exomis, propia de obreros o esclavos que dejaba al descubierto el hombro derecho con todo el brazo.

Los romanos, al menos al principio, no usaron túnica, vistiendo sólo la toga; luego comenzaron a llevar una túnica ceñida y corta que dejaba la espalda al aire, del tipo que los griegos llaman exomis.” (Aulo Gelio, Noches Aticas, L. VI, 12)

Entre la gente humilde se ponía sobre el subligaculum la túnica, que se convirtió en el indumentum tradicional. Ésta era una especie de camisa, de lana o de lino, formada por dos paños cosidos. Se la metían por la cabeza y se la ceñían al cuerpo con un cinturón. Los hombres la llevaban hasta por debajo de las rodillas por la parte frontal y hasta la mitad de la pierna por detrás.

“Los tejidos paduanos de tres hebras consumen muchos vellones y sus gruesas túnicas puede cortarlas una sierra.” (Marcial, Epigramas, XIV, 143, Túnicas paduanas)


Pintura El poeta Gallus soñando, Alma-Tadema

Entre los esclavos que trabajaban en el campo, los campesinos, otros trabajadores dedicados a oficios muy humildes, y personas de costumbres muy austeras, era habitual vestir con poca ropa o vestidos muy simples.

“Tenía campos lindando a los de Catón; y enterado de la actividad doméstica de éste por medio de sus esclavos, los cuales le referían que de madrugada iba a la plaza, atendía a los que le pedían ayuda, y vuelto al campo, si era invierno, poniéndose una especie de túnica de trabajo en invierno y desnudo hasta la cintura, si era verano, trabajaba con sus esclavos, sentándose a comer con ellos del mismo pan, y bebiendo del mismo vino.” (Plutarco, Catón el viejo, III)

En los tiempos del imperio, la costumbre era que los romanos se pusieran una túnica sobre otra. La subucula era una túnica interior con la que los romanos incluso dormían. Al parecer algunos se cubrían con dos o más túnicas, entre ellos Augusto.

“En invierno se ponía cuatro túnicas debajo de la gruesa toga; añadía subucula y chaleco de lana (thorax), abrigándose también muslos y piernas.” (Suetonio, Augusto, 82)


Escultura de bronce, Museo Metropolitan, Nueva York


En los primeros tiempos las túnicas con mangas y hasta los talones se consideraba propio de extranjeros y mujeres y llevarlas sin cinturón o demasiado suelta suponía un signo de incorrección.

“En Roma y en todo el Lacio se consideró indecoroso que un hombre vistiera túnicas cuyas mangas cubrieran el antebrazo, el comienzo de las manos y casi los dedos. A estas túnicas nuestros compatriotas las llamaron, empleando un término griego, chirodytae (de mangas largas), y consideraron que un vestido largo y amplio sólo cuadraba bien a las mujeres, para proteger de miradas indiscretas sus brazos y sus piernas.” (Aulo Gelio, Noches Aticas, VI, 12)


En la Antigüedad Tardía, la tunica manicata y talaris se convierte en una prenda de uso normal entre las personas pudientes, y los adjetivos manicata y talaris pierden el carácter peyorativo que tenían.

“Permaneció de pie en la costa, calzado con sandalias, el pretor del pueblo romano, con un palio de púrpura y una túnica talar, apoyándose en una mujerzuela. Realmente con ese atuendo le vieron frecuentemente muchos sicilianos y ciudadanos romanos.” (Cicerón, Contra Verres, V, 33)


Detalle de mosaico, Museo del Bardo, Túnez


La tunica era la ropa informal que uno se ponía cuando estaba en casa y quería sentirse cómodo, porque no tenía ningún acto social que atender o al que acudir.

“¡Qué días, Faustino, qué días de Rávena te ha robado Roma! ¡Oh soles, oh descanso en túnica! ¡Oh bosques, oh fuentes y playa con un suelo firme de arena mojada y Ánxur resplandeciente por las aguas marinas y tumbona que no es espectadora de una única agua, que de un lado ve los barcos del río, del otro los del mar!” (Marcial, Epigramas, 51)

Los senadores llevaban una banda ancha, o dos, de color púrpura desde el pecho hasta la mitad de la túnica, llamada latus clavus. Los caballeros o equites llevaban una estrecha, angustus clavus. De ahí la denominación de los senadores como lati clavii y los caballeros como angusti clavii.




“Después se dirigió a Roma a causa de sus estudios, pidió al divino Marco el laticlavo, obteniéndolo gracias al apoyo que le prestó su pariente Septimio Severo, que había sido ya dos veces cónsul.” (Historia Augusta, (Septimio) Severo, 1)

Los generales durante el desfile de su triunfo vestían junto a la toga picta una túnica bordada, tunica palmata, con dibujos en forma de hoja de palma.

“Joyas de la India resaltaban tus vestiduras, filas de verde esmeraldas enriquecen las costuras, allí reluce la amatista y el brillo de oro hispano ensombrece el zafiro azul oscuro con sus ocultos fuegos. Ni en el tejido de tal prenda quedaba la belleza sin adorno; el trabajo de la aguja incrementa su valor, hilo de oro y plata resplandece; ágatas adornan las túnicas bordadas, y las perlas del Océano respiran en variado dibujo. ¿Qué audaz mano, qué rueca tuvo la habilidad suficiente para hacer así de flexible prieta? ¿Quién, explorando por los cálidos cielos orientales despojó el pecho de Tetis? ¿Quién se atrevió a buscar entre ardientes arenas los ricos corales? ¿Quién pudo bordar piedras preciosas en púrpura y así mezclar las brillantes glorias del Mar Rojo y de las aguas fenicias? Tiro prestó sus tintes, China sus sedas, Hydaspes sus joyas.” (Claudiano, En el cuarto consulado de Honorio)



Durante la República y los primeros siglos del Imperio la toga fue el manto tradicional de los romanos para salir de casa y lucir en las celebraciones oficiales, pero requería una cierta práctica en su colocación. 
Ver entrada Gens togata

 Con el tiempo la incomodidad de llevar la toga dio lugar a su sustitución por el pallium. El palio es la copia romana del himation griego, un manto rectangular llevado de varias formas, normalmente con la túnica debajo, al igual que la toga. Para los romanos era la quintaesencia del traje griego, por lo que su uso se consideraba inadecuado y propio de extranjeros, en contraposición a la toga, considerado como el traje nacional romano, sobre todo, en la república y a principios del imperio. Las dos prendas convivieron durante mucho tiempo, por lo que el palio nunca se llevaba cuando la toga era lo apropiado. 

“Cuando fue invitado a un banquete imperial, llegó vistiendo el palio cuando debería haber llevado la toga.” (Historia Augusta, Septimio Severo, 1)

Escipión el Africano fue criticado por llevar el palio con sandalias en el gimnasio en Sicilia; Adriano fue cuidadoso de llevarlo en los banquetes solo fuera de Italia.



Estatua del orador Aulo Metelo, Museo Arqueológico de Florencia


En el siglo II d. C. el palio se asociaba a actividades intelectuales en general y era llevado por filósofos, profesores, doctores, poetas y sofistas, por lo que se convirtió en el vestido apropiado para los cristianos en lugar de la toga.

“Con el palio se visten el primer profesor que enseña las letras, el primero en explicar sus sonidos, el primero en enseñar las bases de la aritmética, el gramático, el retórico, el sofista, el médico, el poeta, el músico, el astrólogo y el observador de pájaros. Todo el que es liberal en los estudios cubre con los cuatro ángulos.” Es verdad que todos tienen menos rango que los caballeros romanos, pero los entrenadores de los gladiadores y todos sus ignominiosos seguidores se presentan en la arena con la toga.” (Tertuliano, De Pallio, cap. 6)


Estatua de ¿Juliano?, Museo del Louvre


Tertuliano también hace una defensa del uso del palio por su facilidad al ponérselo y su comodidad al llevarlo puesto, en contraposición a la toga.

“No hay una obligatoria pérdida de tiempo en vestirte, ya que su auténtico arte consiste en cubrirse holgadamente. Puede conseguirse con un gesto envolvente simple, que no es poco elegante: y así se cubre al hombre entero enseguida. Al hombro o lo expone o lo envuelve: en otros casos se adhiere al hombro; no tiene soporte que lo rodee ni atadura; no hay ansiedad por mantener la fidelidad a que los pliegues mantengan su lugar; se arregla y se rehace solo.” (Tertuliano, De Palio, cap. 5)


El palio se usaba directamente salido del telar sin elaborar por el sastre, aunque sí se podía adornar con bordados y llevar al batanero, una vez usado, para ser tratado y vuelto a utilizar.

Como otras vestimentas, distintos tejidos eran utilizados para su confección, por ejemplo, seda o lino. El que se hacía con lino procedente de Fenicia se llamaba sindon.


“Protegido con este regalo, te reirás de los vientos y de las lluvias y no te verás así de seguro ni con un manto (sindon) de Tiro”. (Marcial, Epigramas, IV, 19)

El palio, a diferencia de la toga, se disponía alrededor del cuerpo como protección contra el frío sin preocupación por su apariencia y caída. Primero se pasaba por el hombro izquierdo, hacia atrás por la espalda y por debajo del brazo derecho, dejándolo desnudo y después echado otra vez por el brazo izquierdo. Otra forma común era abrochar el palio con un broche en el hombro derecho.



Pintura de Charles Jalabert

La capa de lana se llamaba en latín laena y era muy gruesa para utilizarse encima de la toga o palio

"En época invernal no sirve de mucho la ropa ligera, mi felpa (de la laena) calienta nuestros palios.” (Marcial, Epigramas, XIV, 36)

La clámide o clamyx era una capa de origen griego, de forma rectangular y normalmente hecha de fina lana, que se abrochaba con una fíbula alrededor del cuello. Era un manto apropiado para los reyes cuando presentaba colores vivos y estaba bordada, pero también era de uso común para entre los militares o como protección para los viajeros cuando era más tosca y de colores oscuros.


“Durante dos días no hizo más que pasar y volver a pasar por aquel puente; el primero, en caballo magníficamente enjaezado, llevando una corona de encina en la cabeza, el escudo en una mano y la espada en la otra, y vistiendo una clámide bordada de oro; a la mañana siguiente, con traje de auriga, en un carro arrastrado por dos famosos caballos.” (Suetonio, Calígula, XIX)


Estatua de mármol de Antonino Pío, Museo Nacional Romano, Roma


En tiempos imperiales cuando la toga ya era solo indispensable en los tribunales, el teatro y el circo, empezaron a utilizarse otras capas más cálidas y cómodas. La paenula era una capa que llegaba hasta las rodillas, adoptada probablemente de los celtas. No tenía mangas y se ataba en la espalda, se dejaba una abertura redonda para sacar la cabeza por ella. Estaba abierta a ambos lados y tenía una costura en la parte delantera de al menos dos terceras partes de su longitud desde el cuello hacia abajo. Se ponía sobre la túnica o toga en los viajes y con mal tiempo. A veces tenía una capucha para tapar la cabeza.

“Aunque te pongas en camino bajo un cielo aparentemente sereno, nunca sobra esta prenda de cuero (paenula) para las lluvias repentinas.” (Marcial, Epigramas, XIV, 130)

Cuando se hacía con una gruesa capa de pelo o lana se llamaba gausapa, (suave en el interior, áspero en el exterior)

“Bácara deplora y se queja de que no tiene la suerte de que haga frío, porque tiene innumerables abrigos enguatados (gausapinas), y desea días nublados y vientos y nieves y detesta los días invernales, si es que se atemperan. ¿Qué mal te ha hecho a ti, cruel, mi capa (lacerna), que una ligera brisa podría quitarme de las espaldas? ¡Cuánto más simple, cuánto más humano sería esto otro: ponerse abrigos enguatados (gausapinas) hasta en el mes de agosto!" (Marcial, Epigramas, VI, 59)

Otra clase de capa, que también se llevaba sobre la toga o túnica, era la lacerna.

“A veces llevo una tosca lacerna para proteger mi toga – una burda y mal teñida prenda que ha sido mal confeccionada por un tejedor galo.” (Juvenal, Sátira IX)



Joven atleta, Museo Arqueológico de Estambul, Turquía


Por su corte se parecía a la clámide griega, una pieza de tela rectangular sujeta al hombro por una fíbula. Aunque posterior en el tiempo a la paenula, se convirtió en el traje común de tiempos imperiales, con el que aparecían los romanos incluso en ocasiones festivas. Suetonio escribe que Augusto tuvo la intención de restablecer el antiguo traje propio de los romanos, la toga y un día viendo en la asamblea del pueblo muchos mantos (lacernas) oscuros encargó a los ediles que velasen para que nadie, en lo sucesivo, se presentase en el foro o en el circo con manto (lacerna) y sin la toga romana.

“Tuvo también la intención de restablecer el antiguo traje propio de los romanos; viendo un día en una asamblea del pueblo gran número de mantos obscuros, exclamó indignado: He ahí, romanos, esos conquistadores del mundo y esos vencedores con toga, y encargó a los ediles que velasen para que nadie, en lo sucesivo, se presentase en el Foro ni en el circo con manto y sin la toga romana.” (Suetonio, Augusto, XL)


Al ser más ligera que la paenula, en la lacerna se podían colocar los pliegues de forma más artística. Se gastaban grandes sumas en lacernas bien hechas y especialmente bien teñidas:

“Baso ha comprado por 10.000 sestercios unas capas (lacernas) tirias del mejor color. Ha hecho un buen negocio. – “¿Tan bien ha comprado?”, dices. – Ya lo creo: no pagará.” (Marcial, Epigramas, VIII, 10)






En los espectáculos los asistentes llevaban lacernas blancas incluido el emperador.

“Contemplaba recientemente Horacio una lucha de gladiadores, solo entre todos con manto oscuro, mientras que la plebe, y el segundo y el primer rango de ciudadanos y nuestro venerado jefe llevaban manto blanco.” (Marcial, Epigramas, IV, 2)
 

En los banquetes de los más ricos los romanos dejaban la toga y se ponían la synthesis, prenda que llevaban continuamente durante las Saturnales. Debía ser una pieza de tela ligera y ceñida al cuerpo.

“En los idus y rara vez en las calendas has desempolvado la toga y un solo batín (synthesis) te ha durado diez veranos”. (Marcial, Epigramas, IV, 66)



Detalle de mosaico de Zippori (Sepphoris), Israel


El mismo Nerón acostumbraba a vestirla en diferentes ocasiones:

“Se presentó muchas veces en público con traje de festín (synthesis), un pañuelo en torno al cuello, sin cinturón y descalzo.” (Suetonio, Nerón, LI)


El manto llamado abolla era un manto de lana suelto, llevado a veces por soldados en contraposición a la toga. Se llevaba en la ciudad y era especialmente usada por los filósofos estoicos.

“Prohibió a los romanos más nobles las antiguas distinciones de sus familias: a Torcuato, el collar; a Cincinato, el pelo rizado; a Cn. Pompeyo, que pertenecía a esta antigua familia, el nombre de Grande. Había llamado a Roma al rey Ptolomeo, de quien antes hablé, y lo recibió con mucho agasajo; pero un día en que daba juegos le hizo matar de improviso, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, por el brillante color de púrpura de su manto (purpureae abollae)”. (Suetonio, Calígula, XXXV)




Estela funeraria de Damianus, Museo Cívico de Bolonia, Italia


El cilicium era una prenda hecha especialmente de pelo de las cabras que se criaban abundantemente en Cilicia. Su pelo era casi negro y se usaba principalmente para las ropas de marineros y pescadores que debían resistir la humedad.

La endromis era una prenda algo tosca que se utilizaba tras la realización de los ejercicios en la palestra para no quedarse frío, algo parecido al actual albornoz. Las mujeres solían utilizarlo también, aunque de una elaboración más refinada.

“Te envío esta endromis exótica, obra tupida de una tejedora secuana, prenda bárbara que tiene nombre lacedemonio, un obsequio grosero, pero no despreciable en los fríos de diciembre; ya frecuentes el gimnasio y el tibio trinquete, ya agarres con tu mano el pelotón lleno de polvo, ya calcules el peso pluma de un balón desinflado, o ya pretendas vencer en las carreras al ligero Atas, que el frío penetrante no se te meta en los miembros empapados en sudor o que Iris, cargada de agua, no te acogote por sorpresa.” (Marcial, Epigramas, IV, 19)



Mosaico del balneum, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia


El focale era una prenda para anudar al cuello, similar a la actual bufanda, usada por los enfermos o por los afeminados. Los soldados lo llevaban para protegerse la garganta que no quedaba resguardada por las ropas poco ceñidas y para evitar los roces de los trajes militares.

“Si para un recital mío te he dado una invitación toma este chal para resguardar tus orejas”. (Marcial, Epigramas, XIV, 137)



Sátiro con focale

Otro nombre para denominar el pañuelo era sudarium.

“Vestido con la túnica y los pies desnudos como se encontraba, montó a caballo; iba envuelto en un manto viejo y desteñido; llevaba la cabeza cubierta y un pañuelo delante del rostro.” (Suetonio, Nerón, 48)


El bardocucullus era una capa basta de origen galo que utilizaban muchos pueblos considerados bárbaros por los romanos.

“La Galia te viste con un capote con capucha de los santones. Hace poco era el capote de los cercopitecos”. (Marcial, Epigramas, XIV, 128)


Llevaba capucha para protegerse del mal tiempo por lo que se impermeabilizaba con grasa y daba lugar a que ésta estropeara el tejido de otras prendas:

“…Así un capote lingónico entrometido contamina con su grasiento tejido las ropas de color violeta propias de la ciudad…” (Marcial, Epigramas, I, 53)



Deidades con bardocucullus, England Housesteads Museum, Northumberland, Inglaterra

También se utilizaba cuando alguien quería pasar desapercibido o deseaba ocultarse ante las miradas de los demás.

La caracalla fue una prenda de vestir usada por los galos y cuyo uso fue introducido en Roma por Basiano, el hijo de Septimio Severo, que por este hecho tomó el sobrenombre de Caracalla.


Este emperador hizo esta prenda obligatoria entre los soldados y ordenó que no se presentaran sin ella en sus recepciones los hombres del pueblo. En Roma cambió de forma esta prenda y se hizo más larga (caracalla antonina, o sea, la impuesta por el emperador) sin dejar de llevarse la corta, propia del estilo galo como se entiende en el edicto de Diocleciano, que habla de la caracalla mayor y de la menor. La primera de estas descendía hasta los talones y la otra hasta las ingles. 

Con esta prenda coinciden los monumentos figurados en que se representan a dioses o personajes de las Galias (principalmente a un dios nacional, Sucellus, asimilado a Júpiter, a Plutón o a Silvano). Cumplía entre los galos el oficio de la túnica romana que se llevaba debajo del manto, y según Dión no se hacía de un solo trozo de tejido, como solía ocurrir con las túnicas, sino de varias piezas cosidas. Se abría por delante y se ajustaba a la cintura. Los viajeros, cazadores y en general los que debían exponerse a la intemperie, le agregaban un capuchón (cucullus).

“Inventó además un traje propio, que estaba compuesto según una especie de moda extranjera, a base de pequeñas piezas de tela cosidas juntas en forma de manto; y no solo él la llevaba la mayor parte del tiempo (a causa de lo cual se le dio el apodo de Caracalla, sino que también la prescribió como vestuario habitual para los soldados.” (Dion Casio, Historia Romana, LXXIX)


Dios Sucellus con caracalla

Una vestimenta como esta debía ser objeto de deseo para los ladrones que merodeaban por las termas en busca de objetos descuidados por sus dueños. En una tablilla de defixión encontrada en Bath se puede leer la maldición que un individuo lanza dedicada al que se ha llevado su capa.

“Dociliano (hijo) de Brucero a la santísima diosa Sulis. Maldigo a quien ha robado mi caracalla con capucha, sea hombre o mujer, sea esclavo o libre, que … la diosa Sulis le inflija la muerte… y no le permita el sueño ni hijos ahora o en el futuro, hasta que traiga mi capa al templo de su divinidad.”

El paludamentum era una capa propia de los militares de alto rango y de sus ayudantes y era costumbre de los magistrados romanos después de recibir el imperium y ofrecer sus votos en el Capitolio marchar fuera de la ciudad vestido con el paludamentum, seguido por los lictores con atuendo similar, no podía volver a entrar por las puertas hasta que se hubiera desvestido de los emblemas del poder militar, una ceremonia tan solemne e indispensable que los mismos emperadores realizaban.

“Entró al fin en Roma, al sonido de las trompetas, vestido con el manto de general, ceñida la espada y en medio de las águilas y los estandartes.” (Suetonio, Vitelio, XI)



Julio César con paludamentum


El paludamentum, que caía por detrás hasta las rodillas o por debajo, colgaba suelta desde los hombros y cruzaba el pecho hasta abrocharse en el hombro derecho o izquierdo con una fíbula o broche. Era de gran amplitud, elaborado de tejidos finos y en diversos colores, como banco, escarlata o púrpura.

El sagum era una capa o manto de origen celta, de lana gruesa y de forma cuadrada, que se plegaba en dos y se sujetaba con una fíbula o un simple nudo. Se usaba especialmente como vestido militar por los oficiales de rango menor, soldados y ciudadanos que la vestían en casos de tumultos o de desórdenes interiores.

“A su llegada a Italia por Brindisi, se vistió la toga y dio la orden a sus soldados de que también ellos utilizaran esta prenda, de modo que durante su reinado ya nunca vistieron el sayo (sagum)”. (Historia Augusta, Marco Antonino, XXVII)




Estela funeraria de Dasius


El subarmale es un tipo de vestido cuya naturaleza no está bien determinada. Bien podía ser similar a una exomis griega, que dejaba la parte de la espalda y el brazo derechos libres., o bien se llamaba así porque se llevaba sobre la armadura.

“Valeriano Augusto dijo: «la república te da gracias, Aureliano Augusto, por haberla liberado del poder de los godos. Por ti somos ricos en botín, por ti somos ricos en gloria y en todos aquellos bienes con los que aumenta la felicidad del pueblo romano. Recibe, pues, a cambio, de las acciones que has realizado, cuatro coronas murales, cinco coronas vallares, dos coronas navales, dos coronas cívicas, diez lanzas sin hierro, cuatro banderas de dos colores, cuatro tú- nicas rojas de general, dos mantos proconsulares, una toga pretexta, una túnica adornada con palmas, una toga pintada, un amplio subarmal y una silla de marfil.” (Historia Augusta, Aureliano, 13)




Estatuilla de germano con braccae, Baden-Württembergisches
 Landesmuseum, Stuttgart, Alemania, foto de Bullenwächter

Braccae eran los pantalones que los romanos acabaron adoptando de los bárbaros. No conocidos, aparentemente, por los griegos, en Roma no estaban bien vistos en los primeros tiempos, e incluso durante el primer siglo de nuestra era.

“En cuanto a Cecina, como si al trasponer los Alpes hubiera dejado al otro lado su crueldad y altanería, atravesó Italia con un ejército en actitud pacífica. Sin embargo, los municipios y poblados tomaban como muestra de altanería su indumentaria, porque solía dirigirse a las autoridades con un sayo multicolor y unos calzones al estilo bárbaro.” (Tácito, Historias, II, 20)

Se confeccionaban en diversos materiales lana, lino o cuero y tenían diversa longitud, aunque parece que se impuso la costumbre de llevarlos largos, ajustados a los tobillos. También mostraban diferentes diseños y adornos.


“Y Claudio rechazó a los enemigos que habían atravesado el Rin
y trajo el escudo belga del gigante jefe Virdomaro:
éste se jactaba de su raza, que procedía del mismo Rin,
ágil en disparar lanzas desde el carro que él mismo conducía.
Cuando él, de calzones a rayas, blandía su lanza delante de las filas,
su curvo collar cayó de su garganta degollada.”
(Propercio, Elegías, IV, 10)






En época tardorromana los pantalones eran ya habituales entre los soldados, ya que era más cómodo luchar en combate con ellos que las túnicas y además protegían mejor del frío en las batallas sostenidas fuera de Italia. También se impusieron, incluso, como parte de las vestiduras imperiales.

“Entre ellos desfiló Tétrico vestido con la clámide de púrpura, la túnica de color verde y las bragas galas, y a su lado su hijo, al que había nombrado emperador de la Galia.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)

Sin embargo, en el siglo IV la costumbre extendida de vestir pantalones, que podía hacer confundir a la población civil con la militar, llevó a los emperadores Honorio y Arcadio a emitir una prohibición sobre su uso en el año 397, que es citada en el código Teodosiano.

“En el interior de la venerable ciudad, no le está permitido a nadie apropiarse del uso de botas o pantalones. Pero, si alguien contraviniese esta prohibición, ordenamos que, de acuerdo con la sentencia del Ilustre Prefecto, el ofensor será despojado de sus bienes y enviado al exilio perpetuo.”



Detalle de mosaico, Museo Nacional de Trípoli, Libia


Para llevar protegida la cabeza a causa de las inclemencias del tiempo los romanos utilizaban un sombrero de fieltro, llamado petasus, que era típico de cazadores y caminantes entre los griegos, principalmente los de Tesalia, que también podía ser de cuero o paja, con un ala ancha y que cuando no se llevaba puesto se colgaba con un cordón y caía por la espalda. 

“Fue en esta época cuando los senadores empezaron a sentarse sobre cojines en vez de sobre tableros y a llevar sombrero (petasus) típico de Tesalia, al teatro para evitar la incomodidad de los rayos solares.” (Dión Casio, Historia romana, LIX, 7)

Los griegos usaban también un sombrero sin ala, en forma de cono truncado, que se llamaba pileus. Se hacía de fieltro y solía ser de color blanco. En Roma se les ponía a los esclavos cuando recibían la libertad y lo llevaban los esclavos durante las Saturnales, días en los que los esclavos intercambiaban papeles con sus dueños, y entonces los colores de estos sombreros podían ser más coloridos.

“En los días larderos del viejo que lleva la hoz, en los que manda como soberano el cubilete de los dados, tú, Roma, llevando el píleo, permites, pienso yo, divertirse con versos que no den trabajo.” (Marcial, Epigramas, XI, 6)



Esclavos manumitidos con pileo, Musée Royal de Mariemont, Bélgica


El gorro frigio, tradicional de los pueblos de Asia menor, fue característico de algunas divinidades orientales con cultos mistéricos, como el dios Mitra.

Los oficiantes de ceremonias sagradas también solían cubrir su cabeza como el sacerdote del culto oficial de Júpiter, el flamen, o los arúspices, intérpretes de las señales encontradas en las vísceras de los animales sacrificados.

Durante el Bajo Imperio los soldados que no estaban en el frente y algunos funcionarios civiles llevaban un gorro redondo, sin alas, que se encajaba en la cabeza y se hacía de fieltro o piel, llamado pileo panonio, por proceder de los soldados de infantería de la región de Panonia. Fue utilizado a partir de la época de los emperadores Ilirios, en la segunda mitad del siglo III. Aparte de la protección contra el mal tiempo y algunos golpes, acostumbraba a los soldados a llevar un peso en la cabeza, de modo que luego no se sentían incómodos con los yelmos de cuero o metal.

“Los gorros panónicos de piel que llevan nuestros soldados, fueron inicialmente introducidos con un diseño distinto. Los antiguos obligaban a los hombres a llevarlos siempre para que estuvieran constantemente acostumbrados a llevar la cabeza cubierta y que fueran menos sensibles al peso del casco.” (Vegecio, I, 20)



Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia


No estaba bien visto llevar un cinturón o faja sobre una túnica senatorial y se consideraba signos de afeminamiento dejar caer la túnica demasiado larga, llevar bandas hasta las mangas o llevar flojo el cinturón.

“Era también cuidadoso de su traje; usaba lacticlavia guarnecida de franjas que le llegaban hasta las manos, poniéndose siempre sobre esta prenda un cinturón muy flojo. Esta costumbre hacia exclamar frecuentemente a Sila, dirigiéndose a los nobles: Desconfiad de ese joven tan mal ceñido.” (Suetonio, Julio César, XLV)

Los varones de la clase alta no aparecían sin cinturón nada más que en ciertas ocasiones, como funerales, las fiestas de Saturnalia, o ante una corte judicial.

“Los más distinguidos del orden ecuestre, con túnica sin cinturón y descalzos, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; que, rodeado de bosque, quedó desde aquella época convertido en paseo público.” (Suetonio, Augusto, C)

Los ciudadanos civiles solían llevar una faja de tela o un cordón trenzado o sin trenzar alrededor de la cintura.

Detalle mosaico Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

El cingulum militare (cinturón militar) era el que utilizaban los soldados del ejército romano para ceñir su túnica y colgar sus armas y se convirtió en su signo distintivo. Lo lucían con orgullo y como indicativo de su condición, portasen armas o no, y frecuentemente aparece en los monumentos funerarios de los soldados romanos, indicando su condición militar. 

“Y Casio no traicionó la opinión que se habían forjado sobre él. Efectivamente, enseguida ordenó que se convocara una asamblea y fijó sobre los muros unos edictos en los que anunciaba que, si encontraba en Dafne algún soldado ceñido con el cinturón, posiblemente volvería sin él.” (Historia Augusta, Avidio Casio, 6)

Despojar del cinturón a un soldado suponía una degradación y un castigo, aunque en este caso el castigo se imponía por ir ceñido con él en lugares impropios de la ciudad. 

Estaba confeccionado en cuero, adornado con protecciones y decorado con distintos tipos de hebillas y plaquitas metálicas, normalmente de bronce o hierro. El aumento del lujo en la vestimenta, tanto civil como militar, llevó a utilizar el oro y las piedras preciosas para su adorno.


“En cierta ocasión en que la mayoría de los soldados, que habían acudido a un banquete, se despojaron de sus armas en el momento en que éste daba comienzo, se cuenta que el niño Salonino —o Galieno— les arrebató sus cinturones, adornados de oro y piedras preciosas, y, como era difícil hacer una reclamación en Palacio por algo que se había perdido, los hombres soportaron su pérdida en silencio, pero a partir de entonces, cuando fueron invitados al banquete, se sentaron siempre con las armas, que llevaban ceñidas.” (Historia Augusta, Salonino Galieno, XX)

Hebilla de cinturón con escenas dionisíacas

Entre los griegos y romanos la tela más usada para confeccionar la ropa era la lana, en su estado natural, con lo que los colores eran blanco y tonos marrones o grises, aunque los más elegantes tintes se aplicaban para conseguir diferentes colores.

“Aquel amante de capas oscuras, que viste lana bética y ropa gris, que piensa que los que visten escarlata no son hombres, y que llama vestidos de mujeres a la ropa de color violeta, aunque alaba los colores naturales y no lleva más que colores oscuros, tiene una moralidad verde claro.” (Marcial, Epigramas, I, 96)

También se decoraba con franjas o cuadros, o diseños floreados. El máximo lujo se conseguía tejiendo la tela con hilos de oro y cubriéndola de joyas.

“Utilizaba una túnica toda de oro, pero también utilizaba otra de púrpura y otra Pérsica, recamada de piedras preciosas, diciendo que se sentía agobiado por el peso del placer.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 23)



Los favoritos de Honorio, John William Webster

Los vestidos podían ser conocidos con el nombre que se daba a los distintos adornos usados para hacerlos más lujosos y vistosos. En una carta de Galieno se detallan los regalos que envía a Claudio, el Gótico, para aliviar su enfado. Entre ellos una túnica llamada como la franja bordada que la decoraba y que solía colocarse en el borde inferior de las túnicas bizantinas o en los bordes de las mangas de los ropajes de los nobles proporcionando gran rigidez, la paragauda ...

“dos clámides bordadas con púrpura de auténtico brillo, dieciséis vestidos diferentes, un alba de seda mezclada, una túnica con bordados de tres onzas de peso, tres pares de sandalias párticas de mi propio suministro, diez túnicas (singilones) de Dalmacia, una clámide dardánica, una paenula iliricana, un bardocucullum, dos capuchas recubiertas de pelo y cuatro pañuelos (oraria) de Sarepta” (Historia Augusta, Divino Claudio, 17, 6-7)



La conversión de Paula por San Jerónimo, Alma-Tadema


También se aprecia el distinto origen de las prendas, procedentes de diversas partes del imperio, y los diferentes nombres utilizados para designar la misma pieza de ropa: singilones (túnicas) de Dalmacia, clámide de Dardania, paenula de Iliria y oraria (pañuelos) de Sarepta (Fenicia)
Entre los emperadores era habitual la riqueza y variedad de las vestimentas, aunque algunos se decantaron por la austeridad o al menos la falta de ostentación.

Con la salida a subasta de los ropajes de Cómodo, es evidente cómo este emperador eligió poseer ropas de distintas calidades y procedencias.


“Ciertamente, la subasta de las propiedades de Cómodo fue muy célebre por los siguientes artículos: un vestido singular tejido de seda y bordado con hilos de oro, además de túnicas normales, paenulas, lacernas, chiridotas al estilo dálmata, sayones militares bordados con franjas y clámides de púrpura a la griega y al estilo castrense, y capuchones como los que llevan los bardos, capotes militares y armas de gladiadores recamadas de oro y de piedras preciosas.” (Historia Augusta, Pertinax, 8)


Túnica bizantina, Museo Albert and Victoria, Londres

En cambio, existen testimonios de que el emperador Septimio Severo practicó la moderación al vestir.

“Severo usó vestidos tan baratos que su túnica apenas tenía retazos de púrpura y cubría sus espaldas con una tosca clámide.” (Historia Augusta, Severo, 19)


Las vestimentas que los emperadores empleaban en las celebraciones oficiales que se realizaban debido al cargo que ostentaban eran guardadas para ser reutilizadas por los sucesores.

“Sólo utilizó la toga pretexta y la toga bordada durante el tiempo que ejerció el consulado, y precisamente aquélla que vestían también otros magistrados, como los cónsules o los pretores después de haberla tomado del templo de Júpiter. Utilizó también la pretexta cuando hacía sacrificios, pero si actuaba como Pontífice Máximo, no como emperador. Era partidario del buen lienzo, y sin duda, del puro, por lo que decía: «¿Si los vestidos se hacen de lino para que no tengan aspereza, qué necesidad hay de que el lino tenga púrpura?» Consideraba también una locura recamar los vestidos con oro, porque entonces a la aspereza se sumaba la rigidez.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 40)


El emperador Honorio, Jean Paul Laurens

Los más altos dignatarios se hacían retratar con distintos atuendos civiles, militares o religiosos para destacar los cargos que ostentaban y su relevancia social.


“Tácito apenas dio un congiario al pueblo en el período de seis meses. Su retrato está expuesto en la casa de los Quintilios en un cuadro quíntuple, en el que en un panel está pintado con toga, en otro con clámide, en el siguiente armado, en otro con palio y en el último con atuendo de cazador.” (Historia Augusta, Tácito, 16)


Los emperadores concedían el derecho a llevar mantos de púrpura o escarlata a los que asumían cargos importantes y representativos.

"En una ocasión en que Cómodo quería nombrar un candidato para que sucediera a Albino, le remitió a este mismo una carta en la que le ordenaba que asumiera la dignidad de César:

Y para que tú ostentes además algún símbolo de la majestad imperial, dispondrás de la inmediata facultad de utilizar el manto (palio) de escarlata, tanto cuando te halles lejos de mí como en mi presencia, para después vestir también la púrpura, pero sin oro, porque también mi abuelo Vero recibió esta distinción de Adriano que le adoptó.”
(Historia Augusta, Clodio Albino, II)


Nerón en Baia, Jan Styka, foto de M0tty

Las apariencias también se llevaban a la forma de vestir. En el alto Imperio el color púrpura y escarlata estaban destinados a los miembros de las clases sociales altas como los caballeros y los senadores. A ambos se les había otorgado el derecho en el año 67 a. C. por la ley Roscia a sentarse en las primeras filas del teatro. Quedó en desuso y en época de Domiciano se volvió a renovar, de forma que el epigramista Marcial utiliza tal hecho para satirizar a un individuo que pretender hacerse pasar por un caballero tintando sus capas de púrpura, lo cual. advierte el escritor, nadie va a creer.

“Te habías vestido, Baso, con colores de hierbas (tintes de pobres) mientras estaba muda la ley de la ordenación de los lugares del teatro. Después que volvió a ponerla en vigor la preocupación de un censor amante del orden y los caballeros oyen más seguros a Océano (el acomodador del teatro), tú no resplandeces más que con vestidos empapados de escarlata o teñidos de múrice y, con ello, piensas que das el pego. No hay ninguna lacerna de cuatrocientos mil sestercios, Baso, o mi amigo Cordo sería el primero en recibir el caballo (convertirse en un caballero).” (Marcial, Epigramas, V, 23)


Fresco de Pompeya

Cuando los generales celebraban un triunfo asemejaban ser como el dios Júpiter por lo que llevaban consigo un cetro y una corona, se pintaban de rojo la cara, porque la estatua de Júpiter en el Capitolio estaba pintada de ese color y vestían un manto de color púrpura que se custodiaba en el templo del dios.

“Recordáis que hubo en el templo de Júpiter Óptimo Máximo un manto (pallium) pequeño de lana de color púrpura junto al que los vestidos de púrpura de las matronas y del propio Aureliano parecían que cambiaban su color por el color de ceniza, si los acercaban, al contraste con el brillo divino que aquél poseía.” (Historia Augusta, Aureliano, XXIX)



Júpiter, fresco de Pompeya


BIBLIOGRAFÍA:


www.yorku.ca/.../cv/.../ch%201%20Edmondson.pdf, Public Dress and Social Control in Late Republican and Early Imperial Rome, Jonathan Edmondson.
dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/95275., APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DE LAS ESCULTURAS DE TOGADOS EN HISPANIA. Luis Baena Alcázar.
museosorolla.mcu.es/pdf/piezames_junio2011.pdf, El togado romano del segundo jardín, Andrea López Azcona
https://www.jstor.org/stable/282999; The Synthesis of the Romans; Ethel Hampson Brewster
https://www.academia.edu/3209826/SAGUM_HISPANUM._MORFOLOGIA_DE_UNA_PRENDA_IBERICA; SAGUM HISPANUM. MORFOLOGÍA DE UNA PRENDA IBÉRICA; Carmen ALFARO GINER
https://www.researchgate.net/publication/313227931_Weaving_the_Threads_methodologies_in_textile_and_dress_research_for_the_Greek_and_Roman_World__the_state_of_the_art_and_the_case_for_cross-disciplinarity; Weaving the Threads: methodologies in textile and dress research for the Greek and Roman world – the state of the art and the case for cross-disciplinarity; Mary Harlow and Marie-Louise Nosch
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Jerome Carcopino
The world of Roman costume, Judith Lynn Sebesta y Larissa Bonfante, Google Books
Roman Clothing and Fashion; Alexandra Croom; Google Books
Masculinity and Dress in Roman Antiquity; Kelly Olson; Google Books

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Augurium, adivinación en la Roma antigua I




La adivinación en la Antigüedad era parte integrante del mundo de la religión, existiendo dos maneras de aproximarse al futuro y comprender lo desconocido. Por una parte, se encontraba la llamada adivinación natural o inspirada, y, por la otra, la llamada inductiva o basada en señales. En el primer caso, el sacerdote recibía el influjo divino después de entrar en un estado favorable para ello, y, aunque, tal adivinación escapaba a la comprensión de la mayoría, logró imponerse en ciertas culturas como la judía o la griega.

"Es una vieja creencia, sostenida ya desde los tiempos de los héroes y ratificada, además, por el asentimiento del pueblo romano y de todas las gentes, la de que hay entre los seres humanos una especie de poder adivinatorio al que los griegos llaman mantiké, esto es, la capacidad de intuir y de llegar a saber lo que va a pasar. Se trata de una capacidad extraordinaria y salvadora, caso de existir, en virtud de la cual la naturaleza mortal podría acercarse en muy gran medida a la condición de los dioses ". (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 1)



La segunda forma de adivinación, basada en la interpretación de señales, era propia de la civilización babilónica, de los etruscos y los romanos.

“Los dioses auguran cosas ciertas, las entrañas, examinadas por los varones etruscos, auguran certeros presagios de la suerte futura.” (Tibulo, Elegías, III, 4)

Los griegos tenían cierta reserva con respecto a la adivinación por señales, pero estuvieron conformes con la adivinación natural, sobre todo con la derivada de Apolo y Delfos, en la que el adivino parecía “ser preso del delirio al estar poseído por un dios”.

“Por tanto, es en el espíritu donde reside la capacidad de presagiar, la cual se infunde desde el exterior y se recibe por voluntad divina. Si esta capacidad llega a prender con mayor viveza, se llama ‘delirio’, cuando el espíritu, una vez desligado del cuerpo, cae en trance bajo la instigación divina.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 66)


Los romanos, por el contrario, desconfiaron de todos aquellos que pretendían entrar en contacto directo con la divinidad y decían que eran capaces de transmitir sus decisiones y desconfiaban de los oráculos y profecías. En cambio, el estudio de ciertas señales y la atenta observación de los fenómenos que la divinidad había producido para indicar el porvenir les permitió establecer un sistema de adivinación oficial basado en reglas claras y seguras.

“Ahora bien, los tipos de adivinación que se se explican mediante una interpretación, o bien mediante la constatación y anotación de aquello que sucede, no se llaman ‘naturales’, sino ‘artificiales’; dentro de este tipo se hallan incluidos los arúspices, los augures y los pronosticadores (coniectores, es decir, intérpretes de tablillas y de sueños) … Algunas de ellas se basan en testimonios y doctrinas — como manifiestan aquellos libros etruscos referentes a la observación de entrañas, a los rayos y a las ceremonias, así como vuestros libros augurales, pero otras se explican mediante una interpretación, realizada de manera inmediata y acorde con la situación.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 72)

Ansiosos de conservar su antigua alianza con los dioses, la pax deorum, sin la cual la ciudad no podía seguir su destino, la adivinación en Roma, como el conjunto de su religión, siguió las huellas de un espíritu práctico, que garantizaba la vida del ciudadano y de la ciudad, intentando conservar el favor divino sin comprometer el desarrollo normal y necesario de toda actividad.

“Rómulo … aprobó una ley para que todos los sacerdotes y ministros de los dioses fueran elegidos por las curias y que su elección fuera confirmada por aquellos que interpretan la voluntad de los dioses por el arte de la adivinación.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, XXII)



Los romanos eran muy sensibles a la gran cantidad de señales que los dioses les enviaban para manifestar su presencia y expresar su voluntad.

Auspicia eran las señales procedentes de la observación de las aves, su vuelo y sus gritos cuya interpretación no permitía, en verdad, adivinar el futuro, sino tan sólo dejar constancia del acuerdo o desacuerdo de la divinidad respecto al emprendimiento de una determinada acción y en un día determinado (a diferencia de los auguria, ejercidos tan sólo por los augures y cuya aplicación carecía de esa limitación temporal). Los auspicia se percibieron, generalmente, como privilegio de los patricios y una labor a cargo de los magistrados.

“Se os acusa de locuaces y los dioses opinan que vosotras descubrís sus intenciones. Esta acusación no es, sin embargo, falsa, pues, cuanto más cerca estáis de los dioses, más verídicos son los signos que proporcionáis, bien sea con el vuelo bien sea con el canto”. (Ovidio, Fastos, I, 458)

La adivinación hizo surgir un nutrido grupo de sacerdotes, los augures, encargados de plantear preguntas a los dioses para conocer si estaban de acuerdo o no con la actividad proyectada y con la ceremonia que iba a iniciarse. La pregunta adivinatoria se reducía al mínimo, a un sí o a un no. Entre los numerosos sacerdotes, el augur era, sin duda, el más notable y sagrado.




Los augures de Roma constituyeron un colegio que agrupaba a los expertos en la disciplina augural, que gobernaba la observación y aplicación de los auspicios en la vida pública romana. Emitían responsa, no vinculantes, sobre esa materia generalmente en respuesta a consultas de magistrados o del senado; a menudo las consultas estaban relacionadas con faltas rituales que podían paralizar la vida pública.

Se consideraba derecho de auspicium la capacidad jurídica de poder consultar las advertencias o signos celestiales que manifiestan la voluntad de los dioses. Este derecho se dividía en spectio que consistía en la contemplación de las aves, relámpagos, etc. y la valoración de los signos contemplados, para ver si impiden o no la realización del acto propuesto. La primera parte corresponde a los augures, la segunda a los magistrados. En la segunda parte del derecho se producía la nuntiatio por la que primero el augur comunicaba al magistrado lo que había visto; y segundo el magistrado, después de examinado el signo visto u observado, comunicaba que los dioses se oponían o no se oponían a que se celebrasen, por ejemplo, unos comicios, y se pudiesen realizar. En caso negativo se llamaba propiamente obnuntiatio.

Individualmente los augures romanos estaban capacitados para emitir responsa, celebrar diversos ritos conocidos como auguria, inaugurar y templos y asistir a los magistrados en la toma de auspicios. Igualmente tenían el derecho de anunciar, con carácter vinculante, la presencia de auspicios desfavorables, lo que automáticamente interrumpía un acto público.

En un principio los augures fueron tres (pues tres eran las tribus originarias y cada una debió tener su propio augur) y su número -siempre impar- fue creciendo hasta diecisiete en tiempos de César, y ya a partir de Augusto, el senado tuvo la facultad de nombrar tantos como creyera necesarios.

“Se cuenta que, en un principio, Rómulo, el padre de esta ciudad, no sólo la fundó contando con los auspicios, sino que incluso fue un excelente augur él mismo. Después, también los demás reyes se sirvieron de augures, y, tras la expulsión de los reyes, no se hacía nada de interés público sin contar con los auspicios, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.” (Cicerón, De Adivinación, I, 2) 


El colegio se reunía en las nonas de cada mes. El cargo era vitalicio y no era incompatible con las magistraturas. Sus insignias eran la trabea - toga blanca adornada con bandas horizontales de púrpura y azafrán- el lituo (lituus) o bastón corto y curvo con el cual se practicaba la captación de los auspicios y que se guardaba en palacio y el aguamanil o capis.

“Ese báculo vuestro, que es el distintivo más ilustre de la función augural, ¿de dónde lo sacasteis? Con él, como se sabe, delineó Romulo las regiones en el momento de fundar la ciudad. Ese báculo de Rómulo (esto es, el bastoncito curvo y ligeramente torcido por la parte superior, que recibió este nombre por su parecido con un clarín de marcha) es, por cierto, el que, hallándose depositado en la Curia de los Salios, que está en el Palatino, fue encontrado intacto tras incendiarse ésta.”



Los libros augurales agrupaban reglas, reglamentos, formularios y decisiones ya falladas. La captación de los auspicios constituía el más alto privilegio concedido a los magistrados romanos, quienes, según su dignidad y clase, disponían de los auspicia maiora (magistraturas más importantes) o minora (magistraturas de menor categoría).

Los auspicios mayores son los que disfrutan los magistrados revestidos de imperium, que son entre los magistrados ordinarios: los cónsules y los pretores; y entre los extraordinarios: los dictadores y los magistri equitum. Y los auspicios menores, los magistrados que tienen únicamente la potestas, como la edilidad curul y la cuestura. Los censores ocupan una categoría intermediaria.

“Por ello, voy a transcribir del citado libro las palabras textuales de Mésala: “Los auspicios de los patricios están divididos en dos categorías. Los mayores corresponden a cónsules, pretores y censores. Empero, los de todos ellos tampoco son iguales entre sí, ni de la misma categoría, precisamente porque los censores no son colegas de los cónsules ni de los pretores, mientras que los pretores sí lo son de los cónsules. Por esta razón, ni cónsules ni pretores interfieren ni dejan en suspenso los auspicios de los censores, ni los censores los de los cónsules o pretores. En cambio, los censores entre sí y, a su vez, los pretores y cónsules entre sí, pueden oponerse y dejar en suspenso los auspicios. Aunque es colega del cónsul, el pretor no puede, según la ley, solicitar la elección de un pretor o de un cónsul, … En los tiempos actuales, cuando un pretor designa otros pretores, estamos ateniéndonos a la antigua tradición, y en tales comicios no intervenimos en la toma de los auspicios. No puede solicitarse la elección de los censores con los mismos auspicios que para los cónsules y los pretores. Los auspicios de los restantes magistrados son auspicios menores.” (Aulo Gelo, Noches Áticas, XIII, 15)



La clasificación, de los auspicios era de suma importancia en la práctica, porque regulaban los derechos respectivos de los diversos magistrados, cuando surgían conflictos de prevalencia entre ellos. Los auspicios menores cedían a los mayores y quedaban sin eficacia, aunque se hubiesen tomado primero.



Según las necesidades políticas, tantos los augures como los magistrados podían anunciar un resultado negativo, que bien podía significar aplazar el día destinado a los comicios, intentando aplazar lo más posible su celebración, o bien rechazar el nombramiento de un candidato no deseado. Por ejemplo, Cicerón cita la ocasión en que Marco Antonio se había opuesto a la elección consular de Dolabela, alegando auspicios contrarios y se negó a reconocerlo; pero, una vez muerto César, cambió de opinión y lo aceptó como colega.

"¡Qué discurso aquel sobre la concordia! ¡De qué gran miedo libraste al Senado y de cuánto sobresalto a la ciudad en aquel día, el primero en que quisiste, deponiendo toda enemistad y olvidando los auspicios que tú mismo como augur habías anunciado, que tu colega lo fuera realmente y además enviaste en rehenes y como prenda de paz a tu hijo menor al Capitolio!" (Cicerón, Filípicas, I, 31)

Por lo que respecta a los auspicia se distinguían dos tipos: los auspicia impetrativa (presagios solicitados) y los auspicia oblativa (presagios espontáneos). En cuanto a los segundos, el romano tomaba toda clase de precauciones para salvaguardar su libertad personal.

Tanto unos como otros podían ser de varias especies: signa ex caelo: el rayo o el trueno; signa ex avibus: comportamientos de distintos tipos de aves, signa ex tripudiis: forma de alimentación de los pollos sagrados, signa ex diris: presagios amenazadores, fortuitos y desfavorables, signa ex quadrupedibus: de diversos animales como el perro, el lobo, el caballo o el zorro.

En la época más antigua mayoritariamente se recurrió a los signa ex avibus, y los augures disponían de un catálogo de aves sobre las que observar los signos a tener en cuenta. Si solo se observaba el vuelo, las especies se llamaban alites y entre otras eran el buitre, el águila y el halcón. Si se atendía únicamente al canto, las especies se denominaban oscines y contaban entre ellas el cuervo y el búho. En caso de tener en cuenta el vuelo y el canto a la vez se observaba, por ejemplo, la oropéndola.



Si se trataba de alites, el augur debía prestar atención a la mayor o menor altura del vuelo, la dirección del vuelo y el lugar del cielo por donde aparecían.

En cuanto a las oscines, el augur atendía al tono de la voz, a la frecuencia del canto, a la mayor o menor intensidad o a la dirección (pues para que un canto fuera interpretado como un signo favorable debía venir de derecha a izquierda, aunque podía haber excepciones.

En los presagios deducidos del modo de comer de los pollos sagrados (que estaban bajo el cuidado especial de un pullarius en una jaula especial), se utilizaba al principio cualquier ave, pero con el paso del tiempo se limitó a la observación de estos pollos, traídos de Eubea, a los que daba para comer una torta especial (offa) y se observaba el apetito de los pollos y el sonido de los restos de comida al caer en el suelo. Si las aves se negaban a comer se consideraba nefasto, aunque por lo demás, cualquier animal con apetito era considerado, entre los romanos, signo de buen augurio.

“Porque es cosa necesaria que, cuando se le ofrece pienso a un pollo, se le caigan del pico unas miguitas al comer; sin embargo, decís que también es un tripudio pleno el que — según tenéis escrito — se produce cuando parte del bocado cae a tierra.”




La consulta se tenía en cuenta, pero si el resultado era negativo, la autoridad que había propiciado el auspicio podía decidir no aceptarlo y actuar en contra de lo aconsejado.

“Cuando Publio Claudio se disponía a emprender un combate naval durante las Guerras Púnicas, consultó los auspicios según la costumbre de sus mayores y, cuando el augur le anunció que los pollos no salían de su jaula, ordenó que fueran arrojados al mar diciendo: Puesto que no quieren comer, que beban.” (Valerio Máximo, Dichos y hechos memorables, Epítome, de Julio Paris, I, 4, 3)


Las acusaciones de engaño por parte de los augures venían por su capacidad de tener hambrientos o hartos a los pollos según el resultado perseguido.


"Durante el tercer relevo de la guardia, Papirio, recibida ya la carta de su colega, se levanta en silencio y manda al pulario a consultar los auspicios. No había en el campamento nadie, fuera quien fuese, a quien no embargase el afán de pelear; los más altos mandos y los soldados rasos estaban igualmente tensos; el jefe era testigo de la fiebre de los soldados, y éstos de la del jefe. Este enardecimiento general afectó también a los que asistían a la toma de los auspicios, pues como los pollos no comían, el pulario tuvo la osadía de falsear el auspicio y comunicar al cónsul un augurio de lo más favorable. El cónsul lleno de alegría hace saber a todos que el auspicio es excelente y que entrarán en acción con la aprobación de los dioses, y ordena que se dé la señal de combate. Casualmente, cuando salía ya al campo de batalla, un desertor le da la noticia de que veinte cohortes de los samnitas —eran alrededor de cuarenta— habían salido para Cominio. Con el fin de que su colega no desconociese este hecho envía al instante un mensajero y da orden de acelerar la marcha. A las tropas auxiliares les había asignado sus puestos y sus prefectos; puso al mando del ala derecha a Lucio Volumnio, al de la izquierda a Lucio Escipión, y al de la caballería a otros legados: Gayo Cedicio y Tito Trebonio; a Espurio Naucio le ordena que lleve los mulos, una vez quitadas las albardas, con tres cohortes auxiliares bordeando una elevación del terreno que estaba al alcance de la vista, y que desde allí aparezca en pleno combate levantando la mayor polvareda que le sea posible. Mientras el general se ocupaba de estas instrucciones, surgió un altercado entre los pularios a propósito del auspicio de aquel día y fue oído por unos jinetes romanos; éstos, persuadidos de que se trataba de algo que no debía ser tomado a la ligera, comunicaron al hijo de un hermano del cónsul que había dudas acerca de los auspicios. El joven, nacido antes de que se enseñara el menosprecio de los dioses, comprobó el hecho para no dar una información no contrastada y dio parte al cónsul.



Éste le replicó: «¡Muy bien, francamente, por tu valor y escrupulosidad! Ahora bien, el que asiste a una toma de auspicios atrae sobre sí el sacrilegio si informa en falso; a mí, la verdad, se me anunció el tripudium el auspicio más favorable para el pueblo romano y para el ejército.» Ordenó luego a los centuriones que colocasen a los pularios en primera línea. También los samnitas hacen avanzar a su vanguardia; detrás vienen las formaciones con sus armas decoradas, de suerte que el espectáculo es magnífico incluso para los enemigos. Antes de que se lanzara el grito de guerra y se produjera el choque, el pulario, alcanzado por una jabalina lanzada al azar, cayó delante de las enseñas. El cónsul, cuando se le informó de ello, dijo: «Los dioses asisten al combate; el culpable tiene su merecido.» Mientras el cónsul pronunciaba estas palabras, delante de él graznó con toda claridad un cuervo; el cónsul, satisfecho con este augurio, asegurando que nunca los dioses habían estado más presentes en una empresa humana, ordenó dar la señal de ataque y lanzar el grito de guerra". (Tito Livio, Ab urbe condita, X, 40)




El procedimiento habitual seguido por el augur para consultar los auspicios estaba establecido con unas normas en la que el oficiante se subía, si estaba dentro de la ciudad, a uno de los auguráculos que estaban en la parte más alta y desde allí sentado, con la cabeza cubierta y el lituo o bastón curvo sin nudos en su mano derecha, miraba hacia el sur; allí invocaba a los dioses y mentalmente trazaba una región de cielo en la que iba a hacer la observación (templum). Primero el augur dibujaba sobre el suelo un diagrama con su bastón curvo delimitando así las regiones y nombrando los hitos que la circundaban, tales como los árboles. Después la mirada del augur seguía la dirección que marcaban sus propios gestos abarcando con un golpe de vista la ciudad y el territorio situado más allá, lo contemplaba todo y de este modo unía los cuatro templa distintos en un gran templo único mediante la mirada y el gesto, que posteriormente encerraba en un cuadrado en el que señalaba un punto de referencia (la idea era siempre subdividir en dos el espacio que se tenía que escudriñar, cosa que se podía hacer hasta el infinito). Entonces pronunciaba la norma que anunciaba el asunto sobre el que se disponía a decidir e indicaba los incidentes que deberían interpretarse como prodigios. Por último, valoraba la aparición de signos conforme a las reglas de su ciencia: pedía a la divinidad que ofreciera claramente señales precisas dentro de los límites que había trazado para seguidamente enumerar los auspicios que se querían obtener.


Se consideraba de buen agüero que las aves aparecieran por la izquierda y todo lo contrario si aparecían por la derecha. Según Dionisio de Halicarnaso esto se debe sencillamente a un factor de comodidad, pues es más útil para los que están sentados mirar al este, que es por donde se produce la salida del sol, la luna, las estrellas y los demás planetas, y cuya izquierda es la parte que mira al norte.




El augurium salutis consistía en una ceremonia en la que se preguntaba a la divinidad si permitía que se rogase por la salud del pueblo romano. Constaba de dos partes: el augurium, propiamente dicho, que tenía por objeto conocer si los dioses autorizaban a que se pidiera por la salud del pueblo romano y la precatio o plegaria por la salud del pueblo romano.

“Es una forma de adivinación con la cual se busca si Dios quiere que se pregunte por la salud del pueblo, como si fuese una impiedad dirigir tal plegaria sin haber tenido antes el permiso”. (Dión Casio, Historia romana, XXXVII, 24, 1).

El augurium salutis se podía cumplir sólo si no existían en curso guerras, ni civiles ni internas.

“El augurium salutis no se celebraba: en efecto, aparte del hecho de que era muy difícil para ellos fijar con precisión un día exento de peligros de todo tipo, hubiese sido absurdo, expuestos a procurarse en las guerras civiles enormes daños y destinados, sea como victoriosos o como derrotados, a sufrir, que hiciesen al dios una petición de bienestar.” (Dión Casio, Historia romana, XXXVII 24, 2-3).

La celebración del augurium fue haciéndose cada vez más rara dado que a las guerras externas afrontadas por Roma se sumaron desde el inicio del siglo I a.C. a las guerras civiles. En el año 63 a.C., meses antes de que la célebre conjura de Catilina fuera descubierta (siendo Cicerón cónsul, pero no todavía augur), el augurium salutis tuvo un sentido desfavorable —y probablemente la plegaria no llegó a pronunciarse — como testimonia el texto de Dión Casio:



"En aquel tiempo los romanos tuvieron, en aquella parte del año, una pausa en las guerras, tanto que pudieron celebrar el llamado augurio de la salud abandonado durante largo tiempo... Ellos, de todas formas, pudieron celebrar aquella fiesta del augurio: no fue, sin embargo, regular, porque volaron ciertas aves infaustas. Por este motivo la repitieron. Y fueron observados otros infaustos presagios: cayeron del cielo sereno muchos rayos, la tierra tembló fuertemente. Aparecieron en muchos lugares espectros de hombres y antorchas de fuego se elevaron hacia el cielo desde el Occidente, de forma que cualquiera, incluso un profano, habría podido entender con anticipación qué tipos de acontecimientos anunciaban estos signos." (Historia romana XXXVII, 24, 1-25, 2).

Los auspicia salutis se celebran repetidamente sólo bajo el principado de Augusto (y de su sucesor Tiberio), cuando la celebración de este particular rito augural (rescatándola del olvido) formaba parte de la propaganda oficial de la célebre pax augustea.



El silencio impuesto en la toma de auspicios, es decir, durante la observación del vuelo de las aves del que se desprendían la voluntad de Júpiter se conocía como el silencio augural. Se trataba de un estado de absoluta e impeturbada tranquilidad, necesaria para el cumplimiento del acto y constituía una condición indispensable para la validez de la observación de los signos. Es, pues, un silentium absoluto, un verdadero silencio.

Silentio surgere, dice [Verrio Flaco], se usa hablando de un hombre que, después de medianoche, se ha levantado silenciosamente del lecho para tomar los auspicios y, abandonando el lecho, se ha puesto y está sentado sobre una silla maciza, cuidando bien (?) hasta que haya regresado al lecho, de no arruinar nada durante todo este tiempo: porque silentium es la ausencia de todo aquello que pueda viciarlos.” (Fest. 438 L)

En caso de que el silencio no hubiera sido observado, como prescribía la doctrina augural, se incurría en un vitium y, como cualquier otra transgresión de una norma ritual, en un pésimo presagio que los dioses no dejaban de advertir mediante graves prodigios. Se debía, pues, constatar el silentium prestando atención a todo hecho imprevisto que anulara la observación augural.

Los actos de la vida pública romana no podían considerarse legítimos si antes de su realización no se habían consultado los auspicios. El imperator buscaba el beneplácito de los dioses, también fuera de los límites sagrados del pomerium, donde se hallaba en posesión del imperium militiae, inseparable del derecho de auspicios, por el que tenía capacidad para solicitar que se interpretase la voluntad de los dioses.


“¿Qué puede haber más profético que aquel auspicio que se encuentra en tu Mario (por servirme preferentemente de tu autoridad)?
Entonces, de pronto, la alada compañera de Júpiter altisonante,
lastimada por la mordedura de una serpiente, se yergue
sobre el tronco del árbol y atraviesa con fieras garras a la culebra,
que, casi exánime, cimbrea poderosamente su cuello multicolor,
desgarrándola, mientras se retuerce, y haciendo brotarla sangre con su pico;
ya saciado su espíritu y habiendo ya vengado el duro dolor,
arroja a la exhalante culebra, deja caer sus trozos sobre el agua,
y toma, desde donde el sol se pone, hasta el brillante orto.
Cuando a ésta, que con raudas alas se deslizaba volando,
divisó Mario, augur del divino numen,
y hubo advertido éste los faustos signos de su ensalzamiento y regreso,
el propio padre del cielo resonó por el lado izquierdo.

Así es como Júpiter refrendó el ilustre presagio del águila.” (Cicerón, De Adivinación, I, 46)


Las practicas adivinatorias tenían una estrecha relación en la antigua Roma con la vida y las decisiones políticas en las que el derecho augural cumplía un papel fundamental en la constitución de las leyes y las funciones del gobernante. Antes de las Guerras Civiles, las leyes se ajustaban a la vida religiosa de la ciudad y eran respetadas por tradición.

“Al oír el nombre de Numa, los senadores romanos, a pesar de estimar que el poder basculaba hacia los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, no se atrevieron, sin embargo, a anteponerse a sí mismos ni a otro de su partido ni a nadie, en fin, de los senadores o de los ciudadanos a un hombre semejante; todos unánimemente deciden que la monarquía debe recaer en Numa Pompilio. Reclamada su presencia, lo mismo que Rómulo, se hizo cargo del poder previa toma de los augurios para fundar la ciudad, y dispuso que, también, acerca de su persona, se consultara a los dioses. A continuación, conducido a la ciudadela por un augur, cargo que, en adelante, tuvo oficialmente de modo permanente esta función honorífica—, se sentó en una piedra de cara al mediodía. Tomó asiento a su izquierda el augur con la cabeza cubierta, sosteniendo con la mano derecha un bastón curvo sin nudos al que llamaron lituus. Acto seguido, después de abarcar con la mirada la ciudad y el campo y de invocar a los dioses, trazó mentalmente una línea que separaba el espacio de Oriente a Occidente y declaró que la parte de la derecha correspondía al Sur y la parte de la izquierda al Norte; enfrente, todo lo lejos que podía alcanzar la vista, fijó mentalmente un punto de referencia. Entonces, cambiando el lituus a la mano izquierda e imponiendo la derecha sobre la cabeza de Numa, hizo esta súplica: «Padre Júpiter, si las leyes divinas permiten que Numa Pompilio, aquí presente, cuya cabeza yo estoy tocando, sea rey de Roma, danos claramente señalo les precisas dentro de los límites que he trazado.» Seguidamente enumeró los auspicios que quería obtener. Conseguidos éstos, Numa fue declarado rey y descendió del recinto augural.” (Tito Livio, Ab urbe condita, I, 18)




La adivinación estuvo presente en Roma desde su fundación por Rómulo, quien también era un excelente augur, siéndolo también sus sucesores, aun expulsados los reyes. Se consideraba un arte enseñado por sabios, transmitido para la posterioridad y fundamental para el bienestar de la ciudad, y no se emprendía negocio público relativo a la paz o a la guerra sin observar los auspicios.

Los augures del Estado interpretaban los designios de Júpiter Optimo Máximo, observando sus anuncios en el cielo y en la tierra. Igualmente se interpretaban los acontecimientos que habían de suceder por medio de presagios y auspicios, ligados a las consultas de carácter agrario (plantación y viñedos en favor del pueblo), político (decisiones de Estado), bélico (acciones de guerra), entre otras.

“Los augures del Estado, intérpretes de Júpiter Optimo Máximo, que vean los acontecimientos que han de suceder en los presagios y en los auspicios; ellos deben conservar la disciplina tradicional, que los sacerdotes observen los augurios en relación a los viñedos y las plantaciones de mimbre para el bien del pueblo. Que los que vayan a emprender acciones de guerra o asuntos de Estado sean informados previamente por los auspicios, y a ellos obedezcan. Que prevean el enojo de los dioses y obedezcan sus deseos, que distingan en qué parte del cielo ha estallado el rayo. Que la ciudad, los campos y los pueblos mantengan libres y consagrados. Y que todo lo que el augur declare injusto, nefasto, defectuoso y abominable sea nulo y como no sucedido, y quien no obedezca a los augures sea culpado de delito capital.” (Cicerón, De las leyes, 2, 21)



En el periodo Augustal como veremos a continuación se consolidó la tendencia que en el siglo I a.C. había comenzado con Mario de resaltar los prodigios individuales, que estaban asociados al culto a la personalidad y al caudillismo que intentaron imponer quienes detentaron el poder, encontrando con Augusto la máxima expresión de síntesis entre propaganda que legitimaba y revitalizaba las e tradiciones republicanas casi perdidas, ya que Augusto buscaba ser considerado un restaurador y un refundador de la propia Roma.


“Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontó el vuelo hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo”. (Suetonio, Augusto, XCIV)

Este prodigio contado por Suetonio y datado hacia el año 55 a.C., en el que un águila toma y después devuelve un trozo de pan de la mano del joven Octavio, simboliza la representación de Augusto, como un soberano que sustenta a su pueblo.



En la ciudad, eran pocas las acciones y hazañas emprendidas sin antes consultar a los augures, aun cuando su utilización se fue perdiendo con el tiempo, consultándose las entrañas o el vuelo de aves, siendo incluso llevadas a cabo entre los antiguos por quienes ejercían negocios públicos, llegando a ser durante el periodo republicano, desempeñado por sus gobernantes:

“Generalmente, los mismos que ostentaban el poder entre los antiguos ejercían los augurios, pues, del mismo modo que consideraban la sabiduría como algo propio de reyes, así también el poder de adivinar. Da testimonio de ello nuestra ciudad, en la que los reyes fueron augures, y en la que, después, particulares revestidos de esa misma función sacerdotal dirigieron el Estado, gracias a la autoridad que les confería la religión.” (Cicerón, I, 40)

Plinio recuerda el respeto de Trajano hacia la forma más importante de adivinación oficial: los auspicia. Plinio dice que, cuando salía de su palacio no le obstaculizaba el paso el aparato que rodea a un príncipe ni el alboroto de guardias personales, “tan sólo se detenía en la puerta para consultar los auspicios de las aves y respetar las advertencias de los númenes”. (Panegírico, 76, 7)

Trajano, a pesar de su carácter y pensamiento estoico, se vio obligado a cumplir con los viejos ritos etruscos y latinos dado, sobre todo, que quienes los practicaban públicamente trataban de que el emperador quedara sometido al mos maiorum.

Columna de Trajano

 El nombramiento de Plinio el joven como augur demuestra que Trajano primaba la lealtad en un nuevo augur, sobre todo teniendo en cuenta que dicho sacerdocio debía determinar si existían las condiciones necesarias para el ejercicio de los asuntos públicos, pues un augur podía llegar a paralizar la justicia, los negocios públicos o la acción política. 

El príncipe no otorgaba directamente ni las magistraturas ni los sacerdocios, sino que proponía al Senado y a los colegios sacerdotales a los candidatos que consideraba más dignos de ser elegidos. Ello no aseguraba el nombramiento, pero los elogios dedicados por el príncipe a cada uno de los candidatos permitían conocer cuál era su preferido.

“Me has felicitado por haber recibido el honor del augurado; con razón me has felicitado, en primer lugar, porque es hermoso merecer la opinión favorable de un príncipe tan digno incluso en los temas más insignificantes; en segundo, porque el propio sacerdocio no solo es antiguo y venerable, sino el más sagrado y distinguido, porque se conserva durante toda la vida.” (Plinio, Epístolas, IV, 8)



Se consideraba que las mujeres no eran capaces de interpretar los presagios por lo que no se les permitía acceder al colegio de augures, ni tener parte en la toma de auspicios. Sin embargo, en el caso de la emperatriz Livia, se le dejó hacer la interpretación de un augurium.

“En Nerón se extinguió la dinastía de los césares; este acontecimiento lo habían anunciado varios presagios, y especialmente dos, con mucha más evidencia que los otros. En efecto, poco después de su boda con Augusto iba Livia a su casa de Veyes, cuando un águila, que volaba por encima de ella, dejó caer sobre sus rodillas una gallina blanca que acababa de apresar, la cual tenía todavía en su pico una rama de laurel. Dio esta gallina tantos pollos, que la casa recibió el nombre, que conserva aún, de las gallinas, y la planta se desarrolló tan prósperamente que en lo sucesivo cogieron de ella los césares los laureles para sus triunfos, aunque cuidando siempre, una vez terminada la ceremonia, de volver a plantarlos en el mismo sitio.

Poco antes de la muerte de cada emperador, el arbusto plantado por él se marchitaba y durante el último año del reinado de Nerón la planta se secó hasta las raíces y perecieron todas las gallinas. Poco después cayó un rayo sobre el palacio de los césares, cayeron a la vez las cabezas de todas las estatuas y a la de Augusto le fue arrancado el cetro de los romanos.” (Suetonio, Galba, I)



Del texto de Suetonio se desprende que Livia interpretó el signo favorablemente, por lo cual ordenó criar la gallina y cultivar el laurel. Según Dión Casio, Livia estaba destinada a tener en su regazo el poder de César y a dominarlo todo. El incidente debería ser, entonces, considerado como un augurium, es decir, una manifestación de la voluntad divina, esta vez a través de las aves.

Sin embargo, no fue Livia la primera mujer en Roma que interpretó una señal de los dioses tan venturosa. En el caso del rey Tarquinio Prisco es su esposa, de origen etrusco, la encargada de pronosticar el futuro de su esposo. 

La historia de este rey comienza previamente a su acceso al trono. Hijo de un exiliado griego, Tarquinio se sintió despreciado por sus conciudadanos, por lo que abandonó su patria etrusca y se dirigió a Roma llevando consigo familia y riquezas. Cuando ya tenía la ciudad a la vista, en el monte Janículo, un águila descendió sobre su cabeza y le arrebató el sombrero, y tras revolotear por encima emitiendo gritos, lo devolvió a su lugar. Su esposa, Tanaquil, experta en cuestiones de adivinación, interpretó tan extraño suceso como un presagio de realeza en el que Tarquinio estaba destinado por los dioses al cumplimiento de grandes empresas. Al ser la divinidad la que envía las señales, el hombre no puede eludir su designio, es decir, la voluntad divina justifica la entronización posterior de Tarquinio.

“Como los etruscos despreciaban a Lucumón por ser hijo de un exiliado, de un forastero, ella no pudo soportar la humillación y, dando de lado a la innata querencia a la patria con tal de ver a su marido cubierto de honores, tomó la determinación de emigrar de Tarquinios. Roma le pareció lo más indicado para su objetivo: «en un pueblo nuevo donde toda la nobleza es reciente y, por méritos, habrá un sitio para un hombre de arrestos y de empuje; fue rey Tacio, un sabino; a Numa se le hizo venir de Cures para hacerlo rey, y Anco es hijo de madre sabina y no posee más nobleza que la imagen de Numa». Convence fácilmente a aquél, ambicioso y para el que Tarquinios era sólo la patria de su madre, y tomando sus bártulos emigran a Roma. Casualmente, al llegar al Janículo, un águila desciende suavemente planeando con las alas extendidas y le quita el gorro a Lucumón, que iba sentado en el carro al lado de su esposa, y, revoloteando por encima del carro con agudos chillidos, lo vuelve a colocar como es debido en su cabeza, como si cumpliese una misión divina; después se perdió en las alturas. Dicen que Tánaquil recibió el presagio con alegría, por ser mujer entendida en agüeros celestes, como lo son en general los etruscos. Abrazando a su marido, lo anima a concebir grandes y profundas esperanzas, basándose en la clase de ave que ha venido, en la región del cielo y en el dios del que es mensajera; en que ha hecho el presagio sobre la parte más elevada del cuerpo; en que ha tomado en vilo el adorno de la cabeza de un hombre, para volvérselo a colocar por mandato divino. Abrigando tales esperanzas y pensamientos entraron en Roma, adquirieron una vivienda y dieron como nombre de Lucumón el de Lucio Tarquinio el Antiguo”. (Tito Livio, Ab urbe condita I, 34)



Los propietarios romanos intentaron mantener a sus esclavos alejados de la adivinación para que no alimentasen vanas esperanzas en cuanto a su posibilidad de libertad. Catón prohibió al vilicus o capataz de su hacienda consultar a los arúspices, augures, y astrólogos. Y Columela advierte que el esclavo no debería hacer sacrificios sin orden del amo, quizás para apartarle de las prácticas adivinatorias.

Los dueños de esclavos nunca aprobaron las dotes adivinatorias de sus esclavos, a las que se consideraban defectos del espíritu, sin duda por considerarlas peligrosas. Los esclavos vivieron al margen de la adivinación que podríamos llamar “oficial”, es decir, de la de augures, decenviros y arúspices. En cambio, en los estamentos sociales más altos, incluido el emperador, las artes adivinatorias formaban parte del bagaje cultural del hombre de la época.

Algunos autores afirmaban que la participación de esclavos en ciertos ritos constituía un escándalo que era necesario expiar y la única relación que había de los siervos públicos con los augures era su presencia como auxiliares.



Un texto de Suetonio manifiesta que el emperador Claudio, restableciendo una práctica caída en desuso, decretó que si se veía en el Capitolio un ave de mal augurio se efectuase una obsecratio cuyo texto sería leído por él mismo (como pontífice máximo) no sin antes haber ordenado que se alejasen todos los trabajadores y esclavos.

“En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.” (Suetonio, Claudio, XXII)


En tiempo de Catón el Censor se recurría a los auspicios en las casas particulares. Y en Ia época imperial existían aún los nuptiarum auspices, que intervenían con sus presagios en las bodas. Los textos en general no dicen de qué clase de signos se trataba. Entre estos signos se encontraba la observación de las aves, mencionada por Cicerón, que conoce la antigua costumbre de recurrir a las aves.
"Antaño, casi ningún asunto importante se emprendía sin contar con los auspicios, ni aunque fuera de carácter privado, como incluso hoy reflejan los augures en las bodas, quienes, una vez perdida ya su función, se limitan a conservar su nombre. Pues, así como hoy suele impetrarse por los asuntos importantes mediante las entrañas (aunque también esto bastante menos que en otros tiempos), así solía hacerse por entonces a través de las aves. Y, de esta manera, al no buscar aquello que nos es favorable, vamos incurriendo en lo malo e infausto." (Cicerón, De Adivinación, I, 6)



En la época de Plauto los prodigios y augurios parecen haber formado parte de la vida cotidiana y tenido gran influencia al ser tenidos en cuenta a la hora de emprender un negocio o participar en cualquier actividad, incluso si esta consistía en un engaño o en un delito con un escarmiento para los implicados.

Líbano ¡Caray!, de verdad, Líbano, ahora es mejor despabilarse e inventar alguna estratagema para hacerse con el dinero. Ya hace mucho que dejaste al amo y te fuiste a la plaza, para urdir algún engaño para encontrar el dinero. Allí te has pasado todo el rato hasta ahora dormitando sin dar golpe; venga, sacude esa indolencia, fuera con esa dejadez, vuelve otra vez a tu ladina condición de siempre; ayuda a tu amo, no hagas como suelen la mayoría de los esclavos, que no son listos más que para engañarle. Pero, ¿de dónde lo voy a sacar?, ¿a quién birlárselo?, ¿a dónde dirigir mi embarcación! (Mirando al cielo.) Ya tengo los augurios y los presagios: las aves permiten cualquier dirección: el pájaro carpintero y la corneja por la izquierda, el cuervo y el quebrantahuesos por la derecha me alientan de consuno; desde luego que estoy dispuesto a haceros caso. Pero, ¿qué significa eso de que el picoverde golpea el olmo? Seguro que no es una casualidad. Por lo menos, según lo que yo deduzco del augurio del picoverde, hay vergajos preparados o para mí o para Sáurea, el mayordomo. Pero, ¿por qué vendrá ahí Leónidas corre que corre jadeando de esa forma? Eso me inquieta, viene por la izquierda, mal agüero para mis proyectos de engaño". (Plauto, Asinaria, II, 1)



Bibliografía

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