Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 17 de abril de 2021

Consecratio, el culto imperial en la antigua Roma



Estatua sedente de Augusto

En los reinos helenísticos el soberano se consideraba como una reencarnación de las divinidades y estaba acostumbrado a recibir honores durante su vida terrenal. Los fundadores de las ciudades eran venerados una vez fallecidos, y después de Alejandro Magno también los nuevos jefes del mundo helenístico empezaron a recibir honores divinos.

A través de su política religiosa, Alejandro ponía de relieve el carácter universal de su monarquía y su deificación, por encima de su carácter espiritual, debe ser entendida como un elemento más dentro de la política de unificación de su imperio, que estaba compuesto por pueblos de culturas y religiones muy distintas. El general macedonio era muy consciente de la importancia que una legitimación divina podía suponer para la conquista, control e integración de territorios tan heterogéneos como los que conformaban su imperio. Se presentó como heredero de personajes míticos, por ejemplo, de Dioniso en la India; y rindió culto a dioses egipcios y asiáticos. Este respeto que el macedonio mostró hacia otras creencias fue uno de los motivos que propiciaron que fuera aceptado con tanta facilidad en los nuevos territorios anexionados a su imperio.

“En general, con los bárbaros se mostraba arrogante y como quien estaba muy persuadido de su generación y origen divino, pero con los griegos se iba con más tiento en divinizarse… Alejandro, dentro de sí mismo, no fue seducido ni se engrió con la idea de su origen divino, sino que solamente quiso subyugar con la opinión de él a los demás.” (Plutarco, Alejandro, XXVIII)

Estatua de Alejandro Magno

Después de su muerte, Alejandro, consiguió ascender definitivamente a la categoría de dios, difundiéndose su culto por todo el imperio. Los reyes helenísticos y los emperadores romanos deseaban imitar el gobierno que el rey macedonio había puesto en práctica a lo largo de su campaña. Alejandro era la muestra de que este tipo de políticas eran posibles, por lo que los gobernantes posteriores no dudarán en establecer el culto a sus personas y proclamarse a sí mismos dioses en vida como forma de legitimar su autoridad y sus decisiones

“Según una historia bien difundida que se había enterado de que los árabes veneraban a solamente dos dioses, Urano y Dioniso; al primero porque era visible y contenía dentro de sí mismo a las luminarias celestiales, sobre todo al sol, de donde emana el mayor y más apreciado beneficio para todas las cosas humanas, y al segundo debido a la fama que adquirió debido a su expedición a la India. Por lo tanto, no se creía indigno de que los árabes le consideraran un tercer dios, ya que él había realizado proezas en ningún modo inferiores a las de Dioniso. Si lograba conquistar a los árabes, tenía la intención de concederles el privilegio de continuarse gobernando a sí mismos de acuerdo con sus propias costumbres, como ya lo había hecho con los indios.” (Arriano, Anábasis de Alejandro Magno, VII, 20)

Cuando Octavio llegó al poder como prínceps, los griegos empezaron a adorarlo, por un lado, para demostrarle su lealtad y, por otro, para emprender una comunicación directa con el soberano que les permitía desarrollar un creciente sentido de pertenencia al imperio.

Estatua thoracata de Augusto

Augusto, después de la victoria de Actium y de convertirse en dueño absoluto del poder, asumió la idea de transformar la vieja República en una institución monárquica, pero tomó conciencia de que el control de la vida política, de los ejércitos y de la plebe no era suficiente para garantizar el establecimiento de un nuevo sistema de gobierno y, sobre todo, su permanencia, sino que era necesario contar también con la ayuda de ciertos elementos religiosos, que le sirviesen para reforzar su prestigio de cara a sus conciudadanos.

El 16 de enero del 27 a.C. le fue concedido al emperador por el Senado el cognomen Augustus, título que le acercaba, a los ojos de los hombres, aún más al rango divino, y Augusto, consciente de ello, lo convirtió en su nombre personal, y lo utilizó en todo tipo de documentos, inscripciones, monedas, nombres de ciudades, etc. Todos los emperadores que le siguieron, sabedores también de la veneración religiosa que merecía la persona que lo llevara, lo asumieron como propio por lo que llegó a ser sinónimo de emperador.


Se inició a partir de entonces una forma de devoción hacia Octaviano Augusto, estando él con vida, cuando en distintas ciudades de la parte oriental del imperio se empezaron a decretar honores a su persona: en particular, en el año 29 a. C., algunas delegaciones de griegos de las provincias de Asia y Bitinia pidieron a Augusto permiso para instituir un culto provincial a su persona.

“Octavio mientras tanto, además de organizar muchas cuestiones, ordenó que fuera erigido un templo en honor de Roma y de su padre César, al que denominó Héroe Julio, tanto en Éfeso como en Nicea, las dos ciudades más ilustres de Asia y Bitinia y ordenó a los ciudadanos romanos que habitaban allí a rendirle los honores debidos. Por otra parte, permitió a los extranjeros, llamados griegos, la erección de un templo en su honor: los asiáticos en Pérgamo y los bitinios en Nicomedia. Estos hechos, que comenzaron en este momento, se repitieron con otros emperadores, no sólo entre los griegos sino entre todas las poblaciones sometidas a Roma. [Sin embargo], ninguno de los emperadores que recibieron estos honores se atrevió a hacer una cosa parecida en Roma o en cualquier otra ciudad de Italia; a aquellos que habían gobernado bien se les tributo después de muertos honores divinos y fueron adorados en un templo como héroes.” (Dion Casio, Historia de Roma, LI, 20, 6-8).

Augusto como pontífice máximo, Museo Nacional, Roma

En poco tiempo en las distintas provincias orientales empezaron a aparecer templos destinados al culto del emperador y de su familia, alrededor de los cuales se iban reuniendo las asambleas federales que congregaban las ciudades de lengua griega y de las cuales eran la máxima expresión política.

En una inscripción del año 9 a. C., encontrada en Priene, una ciudad comercialmente muy activa en Asia Menor, se puede leer como se conceden honores al emperador, en este caso, la aprobación de que el año nuevo comience en la fecha que se conmemora el cumpleaños de Augusto:

“Puesto que la providencia, que ha ordenado divinamente nuestra existencia, ha aplicado su energía y celo y ha dado vida al bien más perfecto en Augusto, a quien colmó de virtudes para beneficio del género humano, otorgándonoslo a nosotros y a nuestros descendientes como salvador, [...] por esta razón, con buena fortuna y seguridad, los griegos de Asia han decidido que el año nuevo debe empezar en todas las ciudades el 23 de septiembre, el día del cumpleaños de Augusto”.

Augusto togado, Museo del Prado, Madrid

Rendir culto al emperador era para estos pueblos una forma de expresar la lealtad y agradecer los beneficios recibidos al soberano, quien justificaba así sus poderes extraordinarios y aprovechaba la tradición cultural propia de estos pueblos para poder consolidar la nueva forma de gobierno que quería establecer.

Cada una de las diferentes comunidades que conformaban el imperio romano podía venerar al emperador con las tradiciones que considerara más convenientes, por el hecho de que no existía una normativa de cómo realizar esta veneración por parte del poder central de Roma, para no contradecir el mos maiorum, es decir, las costumbres de los antepasados, cuya recuperación en la vida cotidiana había sido un elemento fundamental en la política de restauración de Augusto.

“Ya que la Providencia, que gobierna todas las cosas de nuestra vida de forma divina, ha otorgado con tremenda generosidad el más alto don al traer a Augusto, que llenó de virtud para hacer el bien a la raza humana, como nuestro salvador y el de nuestros descendientes, el hombre que acaba con la guerra y hace la paz; y ya que gracias a su aparición el emperador ha sobrepasado con crecer las esperanzas de cualquier tiempo anterior, no sólo porque se ha encumbrado por encima de todos los benefactores que vivieron antes que él, sino que ha privado a los futuros benefactores de hacer más de lo que él ha hecho; y ya que por último el cumpleaños del Dios significa para el mundo el comienzo del mensaje de paz [evangelio] del que él es autor [...] por lo tanto, la propuesta del procónsul, de que Augusto sea honrado de la manera antes acordada, se acepta.” (Decreto de la liga de Asia para celebrar el cumpleaños de Augusto)

Retrato en bronce de Augusto


Como la divinización del princeps en vida se relacionaba con el concepto de monarquía y tiranía, era combatida en la capital del imperio de manera contundente por los senadores. Por este motivo el primer emperador romano decidió mantener las apariencias y rechazó que se instituyera un culto a su persona: de esta forma se ganó el respeto de los senadores. Al mismo tiempo no podía (ni quería) ofender a los pueblos orientales, rechazando sus pretensiones, así que encontró un compromiso que le permitió mantener el consenso tanto de las instituciones romanas como de sus súbditos: accedió a la creación de templos y sacerdotes en su honor en asociación a otras divinidades (en muchas ocasiones la diosa Roma) y permitió la celebración de sacrificios sólo al espíritu vivo o divino del emperador (Genius, Numen Augusti).

“El pueblo [lo consagró] a la diosa Roma y a Augusto César, siendo estratego de los hoplitas y sacerdote de la diosa Roma y de Augusto Salvador en la Acrópolis Pamenes hijo de Zenón de Maratón. Era sacerdotisa de Atenea Polias Megista hija de Asclépides de Aleo y era arconte Ares hijo de Doriono de Peane”. (Inscriptiones Graecae, II2, 3173).

En el año 7 a.C., puso su propia imagen entre los Lares Compitales, formándose los Lares Augusti, y añadió el calificativo augustus a abstracciones que estaban ligadas hacia su persona: Victoria Augusta, Pax Augusta, Concordia Augusta, etc. Es posible, además, que la adoración por el emperador al estar vinculada oficialmente con los Lares en el ámbito público, se estableciese también en el entorno doméstico.

Lares Augustales, Galeria de los Uffizi, Florencia. Foto de Sebastiá Giralt


El poeta Horacio, en relación a la organización de los Lares imperiales en el año 13 a.C., indica en una de sus odas que la imagen de Augusto fue añadida por los campesinos de Italia a las de sus dioses domésticos, dirigiéndole una oración en agradecimiento por poder vivir tranquilos en sus propias tierras cuidando de su hacienda e incluyéndole en sus brindis por los dioses lares y los héroes.

“Cada cual acaba el día en sus colinas y guía la vid hacia los árboles desnudos; alegre toma luego a disfrutar del vino, y en la sobremesa, como a un dios, a ti te invoca. Brinda por ti con muchas preces, con vino puro que de las páteras se vierte, uniendo tu divino poder al de los lares, como Grecia recuerda a Cástor y al gran Hércules.” (Horacio, Odas, IV, 5)

El culto de los emperadores vivos proporcionaba cohesión a las ciudades y fue más seguido cuanto más romanizada era la provincia. Desde el ámbito privado se utilizó para expresar sentimientos de lealtad y para intentar conseguir beneficios personales.

“Esta tierra hospitalaria ve que en mi casa hay un santuario dedicado al César. Están, asimismo, su piadoso hijo y su esposa, la sacerdotisa, divinidades no menos importantes que el ya reconocido como dios. Y para que no falte miembro alguno de esta casa, se encuentran ambos nietos, uno al lado de su abuela y el otro al lado de su padre. Yo les dirijo suplicantes palabras, junto con ofrendas de incienso, tantas veces cuantas el día nace por el Oriente. Si lo preguntas, toda la tierra del Ponto, testigo de mi piedad, te dirá que esto no es invención mía. Sabe la tierra del Ponto que yo celebro el natalicio del dios en este altar, con todo el festejo que puedo. Y no menos conocida es esta piedad por aquellos extranjeros si la larga Propóntide los envía a estas aguas… Apartado lejos de Roma, no ofrezco este espectáculo a vuestra vista, sino que me contento con una piedad silenciosa. Y, sin embargo, estas noticias llegarán alguna vez a los oídos del César: a él nada escapa de lo que ocurre en el mundo entero. Tú, César, llamado a estar entre los dioses, lo sabes, sin duda, y lo ves, porque la tierra está sometida a tus ojos. Tú, colocado entre los astros de la bóveda celeste, escuchas mis preces, que te hago con boca preocupada.”
¡Quizá lleguen también hasta ahí aquellos poemas que envié compuestos sobre tu nueva divinidad! Así vaticino que éstos cambiarán tu divina voluntad y que, no sin razón, ostentas el dulce nombre de Padre.”
(Ovidio,Pónticas, IV, 9)


Camafeo Blacas, gema sardónica con el rostro de Augusto,
Museo Británico


El mismo Augusto accedió a la difusión del culto y lo utilizó como instrumento político a su favor preparando el terreno para su consagración eterna, pues, a pesar de que mientras estuvo con vida, jamás fue calificado abiertamente como dios, todos sabían que después de su muerte sería objeto de un culto público como Divus Iulius.

Moneda con Augusto divinizado


Durante los últimos años de su vida Julio César ya recibió honores divinos decretados por el Senado, convirtiéndose en el primer gobernante romano vivo en gozar de tal privilegio. Poco después de su muerte, mientras su cuerpo se quemaba en el foro, el pueblo de Roma reclamó de manera espontánea la divinización de César, erigiéndose en su honor allí mismo un altar y una columna que lo designaba padre de la patria, además de numerosas columnas conmemorativas, una de las cuales se ubicó en el templo de Venus Geniatrix. Unos meses más tarde, Octavio celebró unos juegos funerarios en su memoria y se dedicó un templo a Divus Iulius donde se había levantado el altar en su honor. Octavio adoptó el título de divi filius y el culto a Divus Iulius se extendió por Italia y las provincias.

“Murió a los cincuenta y cinco años y fue incluido entre los dioses por voluntad expresa de los senadores, que contaron, además, con el convencimiento del pueblo. En efecto, durante los juegos que su heredero Augusto daba por primera vez en su honor después de haber sido divinizado, un cometa, apareciendo hacia la hora undécima, brilló durante siete días seguidos, y se creyó que era el alma de Cesar acogido en el cielo; por este motivo se le representa con una estrella encima de su cabeza.” (Suetonio, Julio César, 88)

Julio César fue por tanto el primer romano en ser reconocido como dios en un culto público, tras su muerte, y su deificación respondió a que el emperador Augusto necesitaba una legitimación, y convirtiendo a César en un dios, él mismo sería considerado por todos como divus filius, complaciendo, además, al menos a una parte considerable del pueblo, quien ya consideraba a su padre adoptivo como una divinidad.

Moneda con Julio César divinizado


Hasta ese momento para la mentalidad romana, inclinada a la religiosidad privada, más cercana a los dioses tutelares de la familia que a los dioses olímpicos, había sido complicado admitir la idea de que un mortal, el César, fuera divinizado.

En el año 14 d.C. el Senado romano decidió conceder honores divinos a Augusto, muerto hacía casi un mes en la ciudad campana de Nola. Este hecho trascendental tuvo como consecuencia decretar su consecratio/apotheosis (la consecratio era la consagración por la que el cuerpo se convertía en sagrado y la apoteosis se entendía como la ascensión al cielo del alma del emperador, transfigurada en águila o manteniendo su apariencia humana, pero con la ayuda de un genio alado, como aparece representado en monedas y relieves).

“Es costumbre entre los romanos deificar a los emperadores que han muerto dejando a sus hijos como sucesores. Esta ceremonia recibe el nombre de apotheosis.”

Augusto fue declarado oficialmente divus (pasando a denominarse desde entonces divus Augustus); esto es, se convirtió en una divinidad más del Estado a la que los ciudadanos romanos debían venerar con la dignidad merecida. Para atender en lo sucesivo dicho culto, se creó un sacerdocio específico (el flamen Augustalis) -cargo que recayó originalmente en su nieto Germánico- y se designó a Livia, su anciana viuda, sacerdotisa del divus Augustus. Por último, tanto Livia como el nuevo emperador, su hijo Tiberio, asumieron la construcción de un templo en honor de aquél en Roma.

“Al tiempo que se declaró inmortal a Augusto, se asignaron sacerdotes y ritos sagrados a su culto, y se nombró a Livia, a quien ya se llamaba Julia augusta, su sacerdotisa; también se le permitió emplear a un lictor cuando ejercía el oficio sagrado. Por su parte, ella concedió un millón de sestercios a un tal Numerius Atticus, senador y ex pretor, porque juró que había visto a Augusto ascender al cielo en la manera que la tradición dice que lo hicieron Proculus y Romulus. Un santuario votado por el senado y construido por Livia y Tiberio se erigió al difunto emperador en Roma, y otros se levantaron en otros lugares, algunas comunidades los construyeron voluntariamente y otras por obligación… además, Livia celebró un festival privado en su honor durante tres días en el palacio, y esta ceremonia se ha estado realizando hasta ahora por cualquiera de los emperadores que estuviese en el poder.” (Dión Casio, Historia romana, 56, 46)


Divus Augustus


El sacerdocio provincial fue un cargo religioso creado para supervisar el culto imperial en su ámbito provincial y para difundir por toda la provincia la imagen del emperador divinizado y reinante. El deseo de las provincias de contar con templos consagrados al culto imperial hacía necesario contar con un sacerdocio provincial. El título original del sacerdote provincial fue flamen Augustalis, con indicación del nombre de la provincia a continuación. A partir del principado de los Flavios, los flamines provinciales designados en Hispania, por ejemplo, estaban dedicados al culto a la diosa Roma, a los Augusti (emperadores vivos) y a los Divi (emperadores divinizados).

El flaminado podía ser provincial, local y conventual, según su ámbito de actuación fuera, respectivamente, la provincia, la ciudad, o la división administrativa denominada conventus

La organización provincial del culto imperial era la más relevante, por encima de los niveles conventual y municipal, siendo los flamines provinciales los encargados de las ceremonias anuales. El flaminado provincial era un cargo anual, que era posible repetir, y cuya elección dependía del consejo provincial, formado por representantes de todas las colonias y municipios de la provincia, independientemente de su tamaño. El conjunto de los delegados de las ciudades de la provincia se reunía una vez al año en Tarraco para participar en las ceremonias anuales del culto imperial y elegir al flamen provincial del año.

Sacerdote imperial, Museo de Antalya, Turquía


La obligación que tenía el flamen de organizar los rituales religiosos en la capital provincial conllevaba ciertos privilegios, de manera que en las reuniones de los decuriones o del Senado, tenía derecho expresar su opinión, participar en la votación y presentar propuestas, así como podía ocupar un sitio en la primera fila durante la celebración de los juegos. Era además el encargado de recibir al emperador o a sus legados en sus visitas a la provincia.

Mientras Roma utilizaba el sacerdocio provincial para evitar que conflictos religiosos llegaran a instancias mayores, las élites que lo ejercían se promocionaban socialmente dentro del sistema político-religioso romano.

Los requisitos necesarios para acceder al flaminado provincial consistían en la acumulación de honores y cargos en el ámbito público local, junto a la posesión de una riqueza indispensable para recibirlos, ya que había que pagar una suma de dinero al ser elegido. Poseer la ciudadanía romana era otro de los requisitos ineludibles.

«A Lucio Pompeyo Faventino, hijo de Lucio, de la tribu Quirina, prefecto de la cohorte VI de los astures, tribuno militar de la legión VI Victrix, prefecto de caballería del ala II Flavia de los hispanos, condecorado con una corona de oro, una lanza pura y una insignia por parte del divino emperador Vespasiano, flamen de la provincia Hispania Citerior, sacerdote de la ciudad de Roma y de Augusto, su mujer Valeria Arábiga, hija de Cayo, lo erigió como recuerdo». (CIL II.2637)

Las flaminicas dirigían el culto colectivo a las Augustae y mujeres divinizadas pertenecientes a la casa imperial. La flaminica Fulvia Celera fue sacerdotisa perpetua de la Concordia Augusta, cuyo culto, iniciado por Livia, dedicado al divino Augusto, se encontraba incluido dentro del culto a la casa imperial, puesto que esta virtud familiar, la Concordia, fue una de las divinidades a las que se asociaron las emperatrices, por simbolizar la armonía de la familia imperial. Celera fue también honrada con el flaminado local perpetuo de la Colonia Tarraconense: “flamínica perpetua de la Colonia Tarraconense”, y posteriormente con el flaminado provincial, flaminica de la Provincia Hispania Citerior.

Sacerdote y sacerdotisa del culto imperial


En un nivel inferior estaba el flaminado o sacerdocio conventual. El culto imperial precisaba también de organización a nivel de los conventos y de ahí la necesidad de esta figura. La existencia del sacerdocio conventual muestra que las capitales conventuales actuaron en provincias como Hispania como focos de difusión del culto al emperador a un nivel regional.

El cuerpo sacerdotal se ocupó de custodiar las diversas expresiones que tuvo el culto imperial: adoración a la diosa Roma, a los emperadores vivos y divinizados, a los miembros de la casa imperial (domus Augusta), a las denominadas divinidades augustas, a las abstracciones de las personas divinizadas -como es el caso de las virtudes-, al espíritu protector del emperador (genius Augusti) y a los dioses custodios de su casa (Lares Augustorum).

Los rituales se desarrollaron de forma distinta en virtud del marco jurídico de la ciudad, si era una colonia romana o no. La iniciativa correspondía a los decuriones, principales interesados en promover un culto que constituía la base de su propio poder y promoción.

Sacerdote imperial de Afrodisias


Tiberio, durante su reinado, renunció a ser venerado de cualquier forma, pero su sucesor Calígula en su delirio permanente empezó a exigir ser adorado como un dios en vida.

“Desde ese momento, [Calígula] comenzó a atribuirse la majestad divina; dio, pues, el encargo de que fueran traídas de Grecia las estatuas divinas más veneradas y artísticas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, para quitarles la cabeza y ponerles la suya. Prolongó una parte de su palacio hasta el Foro y, tras haber transformado en vestíbulo el templo de Cástor y Pólux, se colocaba a menudo entre los divinos hermanos y se mostraba a los visitantes en el centro del grupo para que lo adoraran; algunos le saludaron incluso con el nombre de Júpiter Laciar. Creó asimismo un templo especial para su divinidad, y sacerdotes y víctimas rarísimas. En este templo se alzaba una imagen suya en oro, de tamaño natural, que cada día se cubría con una vestidura como la que él llevaba. Los ciudadanos más ricos se hacían sucesivamente con los cargos más altos de este sacerdocio mediante las mayores intrigas y las pujas más elevadas. Las víctimas eran flamencos, pavos reales, urogallos, pintadas y faisanes, que se inmolaban cada día por especies. Más aún, por la noche, cuando había luna llena y resplandeciente, la invitaba de continuo a venir a abrazarle y a compartir su lecho, y, durante el día, conversaba en secreto con Júpiter Capitolino.” (Suetonio, Vida de Calígula, 22, 2-4).

Estatua de Calígula, Museo del Louvre


Drusilla, hermana de Calígula, fue el primer caso femenino que se incluyó en el culto imperial. Falleció muy joven el 10 de junio del año 38 d.C., y fue declarada diva el 23 de septiembre del mismo año, ante el testimonio proporcionado por testigos de que había ascendido al cielo. Aunque la organización del culto se ajustó a las normas establecidas, no perduró tras la muerte de Calígula, quien no recibió la apoteosis por parte del Senado. Por lo tanto, el ejemplo de Drusilla como diva representa un episodio breve y sin apenas interés en la evolución general del culto imperial.

“Drusila, que estaba casada con Marco Lépido, amigo y al mismo tiempo amante del emperador, era a su vez concubina de Gayo [en ambos casos, el autor se refiere a Calígula que, por lo tanto, era amante de su hermana y de su cuñado]. Cuando murió, su marido pronunció un elogio fúnebre en su honor, mientras que su hermano [el emperador Calígula] la honró con un funeral público [...] además de serle concedidos todos los honores decretados a Livia, también se decretó que fuera deificada, que se alzara en el Senado su estatua realizada en oro, y que en el templo de Venus en el foro se le dedicara una estatua de la misma magnificencia que la de la diosa y que se la adorara con los mismos honores; además, se votó que se le construyese una tumba personal, que atenderían veinte sacerdotes, tanto hombres como mujeres [...] y finalmente, que en el día de su cumpleaños fueran celebradas fiestas similares a los Ludi Megalensi en los que el Senado y los caballeros participarían en un banquete. Desde ese momento recibió el nombre de Panthea y se la declaró digna de honores divinos en toda la ciudad.” (Dión Casio, Historia de Roma, LIX, 11).

Inscripción en honor de Drusilla: "A la diva Drusilla, hermana del Augusto Germánico"


Livia, esposa de Augusto, mostró habilidad en determinados asuntos como en la propagación y consolidación del culto imperial en torno al divus Augustus. Una serie de decisiones personales de Livia, acordadas con Tiberio y ratificadas por el Senado se vinculan con la deificación de Augusto una vez fallecido y tenían como finalidad reforzar el fundamento religioso que requería el nuevo régimen imperial para justificar y legitimar el poder de una dinastía que se hacía descender de un personaje divino, el divus Augustus.

En su testamento Augusto convirtió a Livia en Julia Augusta, nombre con que se la conocería posteriormente, y con el que entraría a formar parte de la familia Julia del fundador del Principado. Apartada por su hijo Tiberio de cualquier tarea política, Livia se volcó en las actividades relacionadas con el culto imperial destinado a su esposo como centro de la propaganda imperial.

Igual que con Augusto, en Roma Livia no fue equiparada a una diosa durante su vida , pero en las provincias orientales donde alcanzó cierta popularidad, sí llegó a ser honrada como una divinidad.

Cuando murió en el año 29 d.C., los senadores propusieron concederle la apoteosis, Tiberio lo prohibió, pretextando que éste no era el deseo de su madre, y luego procedió a anular su testamento. A pesar de la actitud del príncipe, el Senado decretó ciertos honores, como el luto por un año para todas las mujeres y un arco en su honor, distinción otorgada por primera vez a una mujer romana, y que jamás se llegó a construir, porque Tiberio prometió costearlo con su dinero, lo que nunca hizo.

Estatua de Livia


Claudio, el sucesor de Calígula, fue el que incluyó a Livia en el panteón romano, consiguiendo que los senadores decretasen su apoteosis. La nueva diosa recibió el nombre de diva Augusta y también de diva Julia Augusta. Su estatua se colocó en el templo del divino Augusto, situado en el foro; se ofrecieron juegos en su honor y su culto se adjudicó a las Vestales. Además, se le dedicaron monedas con su efigie como diva.

En Ramnunte, Ática le fue dedicado el templo de Némesis unos años después de su muerte y divinización.

“El pueblo a la diosa Livia. Siendo Demostratos, hijo de Dionisios de Pallene hoplita general y sacerdote de la diosa Roma y del César Augusto, y Antipatros el joven, hijo de Antipatros de Phlya arconte.” (IG II2 3242)

A partir de ese momento, la mayoría de las mujeres de la casa imperial adquirieron el rango de divas. La apoteosis era concedida por un decreto de los senadores, quienes valoraban los méritos de su conducta moral (pietas) y su fidelidad como esposas, en contraposición a la labor política considerada en los príncipes.

Moneda de la diva Julia, hija de Tito

En época de los Flavios, el emperador Domiciano se declaró representante de Júpiter en la tierra y por tanto superior al resto de los mortales. El emperador ejerce su autoridad porque el dios ha delegado su poder en él. Como gobernante intentará tener bajo su control la administración del Imperio en todas sus facetas, incluso en la religiosa, por lo que frente a la aparente libertad disfrutada en época Julio-Claudia respecto al desarrollo de sacerdocios y santuarios de culto imperial a escala local o provincial, Domiciano intentará centralizar los mismos bajo el control de la administración imperial con la redacción de leyes concretas para establecer los límites y regulaciones del culto.

“Con la misma arrogancia, al dictar una circular en nombre de sus procuradores, la comenzó con estas palabras: `Nuestro señor y dios ordena que se haga lo siguiente´. De ahí que quedara establecido a partir de entonces que nadie lo llamara de otra manera ni por escrito ni en sus conversaciones. No permitió que se le erigieran estatuas en el Capitolio, a no ser de oro o de plata y de un peso determinado.” (Suetonio, Domiciano, 13, 2)

Domiciano como genio, Museo Capitolinos


Plinio aprovecha el panegírico sobre Trajano para alabar los motivos por los que el emperador divinizó a su antecesor Nerva, exponiendo las razones por las que anteriores gobernantes habían hecho divi a los que los habían antecedido.

“[A la muerte de Nerva] Tú [Trajano] le honraste primero con tus lágrimas, como cumple a un hijo, y luego con la erección de templos, pero no imitando a aquellos que hicieron lo mismo, aunque con otra intención. Tiberio divinizó a Augusto, pero para hacer acusaciones de lesa majestad; Nerón a Claudio, por burla; Tito a Vespasiano, Domiciano a Tito, pero aquél para parecer el hijo de un dios y éste el hermano. Tú, en cambio, llevaste a tu padre hasta las estrellas, no para aterrar a los ciudadanos, no para escarnio de las deidades, no para tu propia honra, sino porque estimas que es un dios [...] Tú, por más que le rindas culto con aras y tronos y un propio sacerdote, con nada le haces y demuestras que es dios que con ser como eres. Porque cuando un príncipe sucumbe al destino una vez asignado su sucesor, no hay más que una prueba absolutamente cierta de su divinidad: un sucesor virtuoso.” (Plinio el Joven, Panegírico a Trajano, 11 1-3).

En el siglo II la importancia dinástica de las mujeres de la casa Ulpia y Antonina se pone de manifiesto en su deificación una vez muertas, y tendrá una proyección por todo el Imperio a través de las diversas emisiones monetales. Se les dedicaron numerosos honores y estatuas en vida y sobre todo una vez fallecidas, expresando la importancia de su estatus en el estado. Los elogios fúnebres y las consagraciones concedidas por el Senado que las convertían en divae, formaban parte del culto imperial.

Al morir Marciana, la hermana de Trajano fue nombrada diva, la primera de la dinastía a la que se le rindió culto y existe evidencia de que el ejército romano lo seguía haciendo, ofreciéndole sacrificios un siglo después de su fallecimiento. Los emperadores de esta época ascendían al trono por adopción y honrar a sus antecesores con la consagración legitimaba sus derechos sucesorios. Por ejemplo, Adriano emitió unas monedas en las que en el anverso figuraba él mismo y en el reverso aparecía el retrato de sus padres (adoptivos) Trajano y Plotina que habían sido deificados.



La posición de la emperatriz Sabina en la corte llegó a ser muy relevante ya que su filiación dentro de la gens Ulpia a través de su madre, su abuela y su tío abuelo Trajano otorgaba al Imperium de su esposo una legitimidad dinástica que él no tenía por linaje, a pesar de haber sido adoptado por Trajano.

Sabina, una vez muerta, recibió la consagración del Senado en el año 138 d.C. y, de forma inmediata, Adriano hizo acuñar monedas con la leyenda Diva Augusta Sabina. Fue la primera Augusta representada como diva y conducida al cielo por un águila.

Apoteosis de Sabina, Museos Capitolinos. Foto de Carole Raddato


La esposa de Antonino Pío, Faustina la mayor, murió en el 141 y fue inmediatamente consagrada y se le asignó un sacerdocio para la celebración de su culto, así como un templo y un altar. Su marido estableció en su honor una fundación alimenticia para chicas pobres. Se acuñó gran número de monedas con el nombre de Diva Faustina, que circularon a lo largo de todo el reinado de Antonino Pío e incluso posteriormente, en las que la emperatriz está representada como diosa y como personificación de virtudes.

Moneda de la diva Faustina


Cuando Faustina la menor murió en el año 175 d.C. su esposo marco Aurelio pidió al Senado que decretase honores divinos. Fue divinizada por medio de la apoteosis, cuya representación iconográfica fue utilizada además como propaganda imperial a favor de la armonía de la familia imperial, y le dedicó en Ostia el templo de Venus y en Roma un altar donde los recién casados ofrecerían sacrificios la noche de bodas, quedando así el matrimonio bajo la tutela de la diva Augusta. En Ostia un decreto de los decuriones obligaba a los jóvenes recién casados a realizar actos de culto a los representantes de la concordia, Antonino y Diva Faustina.

“Se decretó por el Senado que se erigieran estatuas de plata de Marco y Faustina en el templo de Venus y Roma, y que se erigiera un altar donde todas las doncellas casaderas de la Ciudad y sus prometidos ofrecieran un sacrificio; además, que se llevase siempre al teatro, en una silla, una estatua de oro de Faustina, en cada ocasión que el emperador asistiese como espectador, y que se situara en el lugar especial donde ella había estado situada, en vida, para ver los juegos, y que se sentasen a su alrededor las mujeres más influyentes.” (Dión Casio, Historia romana, LXXII, 72. 31. 1)

Decreto de los decuriones de Ostia


Durante la etapa de gobierno de los Severos siguió la tradición de la divinización de los emperadores difuntos. Herodiano describe el funeral y apoteosis de Septimio Severo que había muerto en Britania.

“Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las máscaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV)


Moneda de la consagración de Septimio Severo


En el siglo III la monarquía de corte helenístico que había intentado Cesar se vio concretada con el dominado de Diocleciano quien reforzó la autoridad imperial a imitación de las monarquías absolutas de derecho divino de Oriente. En el año 287 Diocleciano se proclamó “hijo de Júpiter” y a su colega Maximiano “hijo de Hércules” en un intento de fundamentar la autoridad imperial en un origen divino. A partir de entonces el título oficial del emperador era Dominus noster y todo lo que lo rodeaba se convirtió en sagrado: su cámara, su palacio, su vestimenta, los símbolos de poder... Sus súbditos le debían sumisión y veneración.

“La gloria de estos triunfos inspiró tal vanidad a Diocleciano, que no contentándose con que le saludasen los senadores conforme a la antigua costumbre, quiso que le adorasen. Enriqueció con oro y pedrerías sus trajes y calzado, haciendo los ornamentos imperiales mucho más preciosos que lo habían sido antes; porque es cosa cierta que los emperadores anteriores no recibían otros homenajes que los que se tributaban a los cónsules, ni tenían otro distintivo de su dignidad que el manto de púrpura”. (Juan Zonaras, Escritores de la historia Augusta, Diocleciano)

Retrato de Diocleciano


El culto imperial se ideó como el camino más apropiado para asegurar una pax deorum duradera, y ya en fechas muy tempranas llegó a convertirse en una especie de religión de Estado, imponiéndose al politeísmo tradicional y acercándose, especialmente a partir del siglo III, a las concepciones filosóficas y religiosas próximas al monoteísmo.

El fomento del culto imperial mediante leyes que reconocían la condición divina de los príncipes, coincidió con el proceso de cristianización de las instituciones romanas. En un principio los cristianos rehusaron a participar de forma activa en el culto imperial como consecuencia lógica de sus convicciones religiosas. Aun cuando viesen en el emperador romano a la más importante figura de autoridad política y al representante de Dios, no se mostraron convencidos de que los césares poseyeran una naturaleza divina y, como consecuencia, no se sentían obligados a rendirles ningún tipo de culto o veneración. Por negarse a participar en el culto al emperador, se les imputó el delito de lesa majestad.

“Por lo demás, nosotros también juramos, aunque no por los genios de los Césares, sí por su salud, que es más venerable que todos los genios. ¿No sabéis que los genios se llaman daemones y de ahí, en forma diminutiva, daemonia? Nosotros respetamos el plan de Dios sobre los emperadores: Él los puso al frente de los pueblos. Sabemos que en ellos hay algo que Dios ha querido, y por tanto queremos que esté a salvo lo que Dios ha querido, y a esto nos comprometemos como a cumplir un solemne juramento. Por lo demás, a los demonios —es decir a los genios— solemos conjurarlos para hacerlos salir de los hombres; no jurar por ellos, como si les reconociéramos el honor propio de la divinidad.” (Tertuliano, Apologética, 32, 2)

Moneda del divo Antonino Pío


Para los cristianos el emperador era el soberano de las comunidades cristianas y su autoridad procedía de Dios, por lo que adorar al emperador sería cometer impiedad contra Dios, así como contra los dioses del panteón grecorromano. Para Tertuliano ni los dioses ni el emperador podrían conseguir para las comunidades cristianas la salvación eterna y, por lo tanto, no habría motivo alguno por el que ambos tuvieran que ser adorados o venerados, sino que debían ser los emperadores los que tendrían que adorar a aquel del que reciben la salvación. El emperador sería en definitiva un hombre y, al serle concedido el título de Dios, dejaría de ser emperador porque para serlo debe ser un hombre.

“No voy a llamar «dios» al emperador, porque no sé mentir, ni me atrevo a burlarme de él, y ni él mismo quiere que se le llame dios. Damos por supuesto que es un hombre; y al hombre le interesa someterse a Dios. Bastante tiene con que se le llame imperator: grande es este nombre que Dios da. Niega que sea emperador el que lo llama dios: porque, si no fuera hombre, no sería emperador. Incluso en el triunfo, cuando está en lo alto de su carro, se le recuerda que es un hombre, puesto que se le aconseja desde detrás: «¡Mira detrás de ti, acuérdate de que eres hombre!” (Tertuliano, Apologética, 33, 3)

Los emperadores siguieron recibiendo honores divinos hasta el final del período teodosiano. De hecho, se puede afirmar que la condición divina del emperador era uno de los fundamentos del principado y lo siguió siendo con la cristianización del Imperio. Las leyes sancionaban el carácter institucional del culto imperial para conformar un ideario político en una época de profundos cambios administrativos, sociales y religiosos.

Constantino y el Papa

Los cultos tradicionales durante el siglo IV se transformaron en una religión centrada en el culto del emperador. No perdieron su naturaleza politeísta, pero sus manifestaciones fueron revisadas para fortalecer la autoridad de los príncipes.

Vegecio especifica que los soldados debían prestar su devoción al emperador como representante de Dios en la tierra.

“Juran por Dios, por Cristo y por el Espíritu Santo; y por Su Majestad el Emperador quien, tras Dios, ha de ser principal objeto del amor y veneración de la Humanidad. Pues cuando él ha recibido el título de Augusto, sus súbditos están obligados a prestarle su más sincera devoción y homenaje, como representante de Dios en la tierra. Y todo hombre, tanto en un puesto civil como militar, sirve a Dios sirviéndole a él [al Emperador] con fidelidad, pues reina por Su Autoridad (la de Dios).” (Vegecio, De re militari, II, V)

Libanio, sobre Juliano afirmaba que después de su deificación sus imágenes fueron colocadas junto a las de los dioses principales al parecer, por iniciativa de los ciudadanos que deseaban continuar con los ritos tradicionales.

“Y ya que hice mención de imágenes, numerosas ciudades le han situado a él en las moradas de los dioses y como a un dios lo veneran. Ya hay quien le pidió con súplicas algún beneficio y no dejó de lograr su objetivo. Con tanta naturalidad ha ascendido para reunirse con aquéllos y compartido, junto a los propios dioses, su poder divino.” (Libanio, Discurso, XVIII, 304)

Desde el período constantiniano hasta época teodosiana, el Senado romano decretaba la deificación de los príncipes mediante una resolución conocida como probatio. Los textos normativos aplicaban el título de divus a un emperador porque jurídicamente debía ser recordado así. El protocolo seguido por el Senado para decretar una divinización imperial constaba de dos actos: la probatio, que reconocía las virtudes del príncipe fallecido y su condición de divus, y la consecratio, que instituía su culto. A partir de Juliano en adelante, el senado se limitó a decretar la divinización del emperador tan solo con la probatio, que reconocía las virtudes del príncipe y su condición divina, divus.


Estatua de Valentiniano


El culto que correspondía al emperador fue también regulado desde el principado de Constantino hasta el de Valentiniano III. Se trataba de una normativa que regulaba sus manifestaciones, entre las que estaban además de las prohibiciones de ciertos ritos, la regulación de los juegos celebrados en honor de los príncipes, el calendario de las festividades imperiales y el protocolo a seguir en la llamada adoratio purpurae (ceremonia ante el emperador romano, postrándose ante él y besando su túnica). Los ludi fueron, no obstante, la forma más incentivada de culto tributado al emperador, porque participaba toda la comunidad civil y también porque asociaba el principado a la fiesta y el entretenimiento.

Para revestir al príncipe de rango divino, se le rodeó de un halo sagrado. Por ello, el contacto directo con su persona fue restringido progresivamente a lo largo del siglo IV a los altos cargos militares y civiles de palacio. Presentarse ante el emperador exigía cumplir con la prokýnesis o adoratio (postrarse y arrodillarse). En el caso de los príncipes, pues eran divinos, sus efigies eran objeto de culto. Solían ser exhibidas en las fiestas imperiales, con ocasión de la celebración de juegos.

“Es obligatoria la adoración ante ellos (los emperadores) para realzar su sacralidad, y no sólo ante su persona, sino también ante sus retratos esculpidos o pintados para que el honor que se les rinde sea perfecto y acorde con su dignidad” (Gregorio Naciancieno, Discursos, IV, 80)

Corte de Justiniano, Pintura de Hermann-Joseph-Wilhelm-Knackfu.


Desde Constantino hasta Valentiniano III, excepto Juliano, todos los emperadores profesaron la nueva religión, pero continuaron recibiendo culto público por la mayor parte de los ciudadanos, independiente de su creencia, pues estos no tenían mayores problemas en rendirles honores divinos. Ello se debía a que durante el s. IV los emperadores cristianos hicieron muchos esfuerzos para aglutinar a toda la población en los rituales del culto, y para ello se apartaron de los símbolos que pudieran molestar a los cristianos. Tanto Constantino como su rival Licinio hicieron que las oraciones a favor del emperador recitadas por los soldados se realizaran en terreno abierto, no frente a las imágenes de los emperadores divinizados y el resto de dioses. Además, se eliminaron los sacrificios tradicionales, ofreciendo la posibilidad de integrarse en el culto a los soldados cristianos. Finalmente, los rituales paganos tradicionales se fueron diluyendo hasta integrarse en las festividades cristianas.

“Del Augusto Teodosio y el césar Valentiniano a Asclepiodotus, prefecto del Pretorio

En las siguientes ocasiones todos los entretenimientos de los teatros y circos se negarán a los habitantes de todas las ciudades, y las mentes de los cristianos y de los creyentes estarán ocupadas en el culto de Dios: a saber, en el día del Señor, que es el primero de la semana, en el natalicio y Epifanía de Cristo, y en el día de Pascua y el de Pentecostés,… y para que nadie piense que está obligado por el honor debido a nuestra persona,… o que a menos que intentase celebrar los juegos despreciando la prohibición religiosa, pudiera ofender nuestra serenidad al mostrar menor devoción hacia nosotros, que no dude nadie que nuestra clemencia se reverencia grandemente por la humanidad cuando se rinde culto al poder y bondad de Dios.” (Código Teodosiano, XV, 5, 5)

Detalle del Disco de Teodosio, Real Academia de la Historia, Madrid


La difusión del culto imperial por todo el Imperio ayudó a la cohesión social política de todos los territorios que lo conformaban. Para expresar la romanidad se producían manifestaciones religiosas cuyo parte central era un sacrificio en honor del emperador. Este sacrificio es el que los gobernadores provinciales exigen a los cristianos, como demuestra la carta de Plinio, siendo gobernador de Bitinia, que informa a Trajano sobre grupos de cristianos en su región y su actuación hacia ellos.

“Me fue presentado un panfleto anónimo conteniendo los nombres de muchas personas. Los que decían que no eran ni habían sido cristianos decidí que fuesen puestos en libertad, después que hubiese invocado a los dioses, indicándoles yo lo que habían de decir, y hubiesen hecho sacrificios con vino e incienso a una imagen tuya, que yo había hecho colocar con este propósito junto a las estatuas de los dioses, y además hubiesen blasfemado contra Cristo, ninguno de cuyos actos se dice que se puede obligar a realizar a los que son verdaderos cristianos.” (Plinio, Epístolas, X, 96)

También, por ejemplo, en el ejército romano, se reservaba un lugar principal al emperador que era adorado en la capilla que presidía todos los campamentos legionarios junto con las águilas y otros símbolos militares. Los soldados romanos estaban obligados a prestar culto a las divinidades oficiales romanas. Como una forma de asegurarse la fidelidad de las tropas se cumplía con el ritual dedicado a los emperadores con un calendario lleno de festividades y sacrificios dedicados a ellos. En el Feriale Duranum, calendario de festividades de carácter militar o relativo a la colonia fundada en Dura Europus (Siria), se mencionan dos tipos de actos religiosos, la supplicatio, que consiste en la libación de vino y la combustión de incienso, y la immolatio, durante la que se sacrifica animales, generalmente, vacas, toros y bueyes.

El día antes de las nonas de abril (4 de abril), con motivo del natalicio del divino Antonino Magno, al divino Antonino, un buey.

Julius Terentius haciendo un sacrificio, pintura de Dura-Europos, Siria.
Yale University Art Gallery

La divinización de los emperadores no era bien vista por todos y encontraba detractores en diferentes ámbitos de la sociedad, como ya se ha visto con respecto a los cristianos. Pero también los senadores, opuestos al culto al emperador desde Augusto, que eran los encargados de aprobar la concesión de la consagración del difunto emperador, generalmente se siguieron oponiendo a ello, independientemente de las virtudes y defectos del gobernante en cuestión. Así sucedió en el caso de algunos emperadores como Adriano.

“Cuando el Senado objetó el conceder honores divinos a Adriano tras su muerte, basándose en ciertos asesinatos de hombres eminentes, Antonino les dirigió muchas palabras con llantos y lamentos, y dijo finalmente: "Pues bien, no os gobernaré, si a vuestros ojos se ha convertido en objeto de odio y enemigo público. Ya que, en tal caso, por supuesto que tendréis que anular todos sus actos, uno de los cuales fue mi adopción ". Al escuchar esto el Senado, tanto por respeto al hombre como por cierto temor de los soldados, concedieron los honores a Adriano.” (Dión Casio, Historia romana, LXX, 1, 2-3)

Estatua de Adriano


Bibliografía


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https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1425022; Imago imperatoris, Ad Sidera!; El funeral de los emperadores romanos, la apoteosis y el “cuerpo doble”; Sabino Perea Yébenes
http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/view/19811; EL CULTO IMPERIAL Y LA DIVINIDAD DEL EMPERADOR EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA, DOS CONCEPTOS A DEBATE; Alejandro Cadenas González
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2053500; DIOCLECIANO Y LA TEOLOGÍA TETRÁRQUICA; MARÍA POLLITZER
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https://e-revistas.uc3m.es/index.php/ARYS/article/view/2923; La divinidad y el culto imperiales en la legislación romana desde el período constantiniano hasta época teodosiana (312-455; Esteban Moreno Resano
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https://revistas.uva.es/index.php/hispaanti/article/view/4857; Culto imperial y promoción social: los flamines provinciae procedentes de Segobriga (Hispania citerior); NOELIA CASES MORA
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=106449, PLOTINA, SABINA Y LAS DOS FAUSTINAS: LA FUNCIÓN DE LAS AUGUSTAS EN LA POLÍTICA IMPERIAL; María José HIDALGO DE LA VEGA
https://e-revistas.uc3m.es/index.php/ARYS/article/view/2918/1626; El culto a los emperadores en el ejército romano: el caso del Feriale Duranum; Fernando Lozano Gómez
https://e-revistas.uc3m.es/index.php/ARYS/article/view/5590; Humillados y ofendidos. Cris tianos, judíos y otros contestatarios al culto imperial; Fernando Lozano
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5013364, AUGUSTUS AND THE CULT OF THE EMPEROR; Duncan FISHWICK





domingo, 21 de marzo de 2021

Insula, vivir en un piso en la antigua Roma

 


La insula es el edificio de varias plantas que alberga viviendas para alquilar y que surge en Roma como consecuencia del aumento de población y escasez de terreno para construir. Su nombre proviene de cuando las antiguas chozas estaban separadas de las contiguas por un espacio, dedicado generalmente a huerto, que las dejaba aisladas unas de otras. Al aparecer los edificios de varios pisos estos mantuvieron el nombre de insulae e inicialmente estas construcciones debían de constar de dos plantas: la parte inferior estaría dedicada a la explotación del negocio familiar, y la superior, a la vivienda.

“Todo el terreno que tenían algunos particulares, si lo habían adquirido de forma justa, que lo siguieran conservando sus dueños; pero el que habían edificado algunos después de haberlo tomado por la fuerza o por robo, debían entregarlo al pueblo una vez que los nuevos dueños pagaran los costes que los árbitros decidiesen, y todo el terreno restante, que era público, el pueblo debía recibirlo sin pago y repartírselo. Explicaba también que esta medida resultaría ventajosa para la ciudad por muchas cosas, pero, sobre todo, porque los pobres ya no se sublevarían por el terreno público que poseían los patricios, pues ellos se contentarían con recibir una parte de la ciudad, ya que de la tierra no era posible porque los que se habían apropiado de ella eran muchos y poderosos. Cuando hubo expuesto tales argumentos, Cayo Claudio fue el único que se opuso mientras que la mayoría dio su consentimiento, y se decidió entregar ese lugar al pueblo. A continuación, en la asamblea por centurias convocada por los cónsules, estando presentes los pontífices, los augures y dos intendentes de sacrificios, hicieron los votos e imprecaciones habituales y la ley fue ratificada. Dicha ley está grabada en una estela de bronce que colocaron en el Aventino después de haberla llevado al templo de Diana. Cuando entró en vigor la ley, se reunieron los plebeyos, sortearon los terrenos y empezaron a construir, cada uno tomando una parcela tan grande como pudo. A veces, se reunían de dos en dos, de tres en tres e incluso más para construir una sola casa, y a unos les tocaba en suerte la parte de abajo y a otros, la de arriba. Así pues, aquel año se empleó en la construcción de casas.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma, X, 32, 2)


Via de la Abundancia, Pompeya. Ilustración Jean-Claude Golvin

Desde el siglo III a.C. la ciudad empezó a crecer de forma desmesurada como consecuencia del abandono de tierras y escasez de alimentos provocados por las guerras que demandaban continuamente más hombres para combatir. Los campesinos emigraron a la ciudad buscando trabajo, pero allí no había suficiente terreno para proporcionar vivienda a todos los recién llegados, por lo que se empezaron a levantar edificios de varias plantas.

“En una ciudad tan grande y con tal multitud de ciudadanos fue preciso ofrecer innumerables viviendas, y como el suelo urbano es incapaz de acoger una muchedumbre tan numerosa, que pueda vivir en la ciudad, tal circunstancia obliga a dar una solución mediante edificios que se levanten en varios pisos. Así, con pilares de piedra y con estructura de mampostería se levantan varios pisos con numerosos entramados, que logran como resultado unas viviendas altas, de enorme utilidad. Por tanto, el pueblo romano adquiere viviendas magníficas sin ningún obstáculo, a partir de superponer unos pisos sobre otros.” (Vitrubio, De Arquitectura, II, 8, 17)

Debido al creciente aumento de población la altura de estos bloques de viviendas se elevó hasta llegar, en los últimos años de la República, a tener seis o siete plantas.

“César Augusto se preocupó, sin duda, de semejantes limitaciones de la ciudad, contra los incendios, organizando una milicia de libertos que debía prestar socorro y, contra las demoliciones, disminuyendo la altura de las nuevas construcciones mediante la prohibición de que ninguna edificación se elevara sobre la vía pública por encima de los setenta pies”. (20 metros). (Estrabón, Geografía, V, 3, 7)


Horrea Epagathania, Ostia. Ilustración Jean-Claude Golvin

Las insulae solían conocerse por el nombre de su propietario y en los sótanos o debajo de la escalera se excavaba una especie de cueva que se utilizaba como almacén o bodega. La planta inferior con acceso desde la calle estaba ocupada por las tiendas (tabernae) y cada vivienda dentro de la insula era un cenaculum.

“En este edificio deseo que la insula Sertoriana sea para mi hija. (Hay) seis cenacula, diez tabernae, y un almacén debajo de las escaleras. Que lo disfrute.(CIL 6.2979114)


Inscripción de la insula Sertoriana

Los apartamentos o cenacula que se ubicaban en los pisos más bajos eran normalmente más espaciosos y caros, pudiendo contener varias estancias, cocina y letrina, e incluso agua corriente. Los situados en los pisos más altos, además de tener la incomodidad de más tramo de escalera, carecían habitualmente de estas comodidades.

“Siempre que te encuentras conmigo, Luperco, me dices al punto: “¿Quieres que te envíe un propio, para que le entregues tu libro de epigramas, que te devolveré una vez leído?”. No es necesario que molestes a un esclavo. Está lejos, si quiere venir hasta El Peral, y además vivo en una tercera planta, pero alta.” (Marcial, Epigramas, I, 117)

 En muchos casos se habilitaba una sola habitación (cella) que podía ocupar el espacio destinado a una taberna que no se había alquilado como tal o una pequeña estancia justo debajo del tejado, la cual tenía apenas las condiciones mínimas de habitabilidad y en la que además el calor sería sofocante en verano, por lo que el precio estaría conforme con lo que muchos podrían permitirse.

“Dime, Gargiliano, ¿qué haces en Roma? ¿De dónde tienes tu modesta toga y el alquiler de tu oscuro cuchitril?” (Marcial, Epigramas, III, 30)


Cuarto militar, Arbeia, Reino Unido

Los apartamentos o cenacula se diseñaban en forma alargada siguiendo la línea de la fachada que obtenía la luz solar. Las estancias se desplegaban a lo largo de esta aprovechando la luz que entraba por las ventanas. En los extremos se ubicaban las estancias más grandes con sus propias ventanas, mientras que en la parte central se encontraría un corredor desde el que se accedería a las otras habitaciones más pequeñas y sin luz directa. En alguno de los pisos podía encontrarse un acceso desde este corredor a un balcón. 

“La gente del pueblo, debido a que en los combates cuerpo a cuerpo llevaban la peor parte, subieron apresuradamente a los pisos de arriba desde donde causaron problemas a los soldados disparándoles tejas, piedras y otros cacharros. Los soldados no se atrevieron a subir contra ellos por su desconocimiento de las casas, estando cerradas además las puertas de casas y talleres. Entonces prendieron fuego a todos los balcones de madera que encontraron, y había un buen número de ellos en la ciudad. Al estar los edificios muy apretados y por la gran cantidad de madera en contacto, el fuego se extendió fácilmente por la mayor parte de la ciudad, de suerte que muchos pasaron de ricos a pobres al perder grandes y hermosas propiedades, valiosas unas como fuente de beneficios, y otras por su artística construcción.” (Herodiano, Historia del Imperio Romano, VII, 12, 5)


Ilustración de Ítalo Gismondi


En la parte baja y común algunos edificios contaban con un jardín y patio con pozo. En caso de no haber un pozo los inquilinos deberían acudir a los pozos o fuentes repartidos por las calles para proveerse de agua.


Pintura de Ettore Forti

En Roma no todas las casas de alquiler estaban destinadas a la plebe urbana que vivía en condiciones miserables, también había una clase media de comerciantes y miembros del rango ecuestre, que no se podían permitir el lujo de poseer una casa (domus) propia, pero si ansiaba vivir con un mínimo confort, por lo que se empezaron a construir insulae más suntuosas, en las que a veces se pagaban unas rentas desorbitadas, como se ve en el caso de Sila, quien siendo joven, había residido en un cenáculo por el que pagaba 3000 sestercios.

“A lo último, cuando, apoderado ya de la república, quitaba a muchos la vida, un hombre de condición libertina, que se creía ocultaba a uno de los proscriptos, y que, por tanto, había de ser precipitado, insultó a Sila, diciéndole que por largo tiempo habían habitado en la misma casa en cuartos arrendados, llevando él mismo el de arriba en dos mil sestercios, y Sila el de abajo en tres mil; de manera que la diferencia de fortunas entre uno y otro era la que correspondía a mil sestercios, que venían a hacer doscientas cincuenta dracmas áticas. Estas son las noticias que nos han quedado de su primera fortuna.” (Plutarco, Vidas paralelas, Sila, 1)


Insula, Ilustración de Andrei Koribanics

Los residentes de estas insulae debían aguantar las incomodidades de vivir en una comunidad de vecinos con negocios en los bajos, además de soportar los ruidos habituales de una ciudad en movimiento. Así describe Séneca las molestias a las que se enfrenta en su residencia de Bayas:

“Vivo precisamente arriba de unos baños. Imagínate ahora toda clase de sonidos capaces de provocar la irritación en los oídos. Cuando los más fornidos atletas se ejercitan moviendo las manos con pesas de plomo, cuando se fatigan, o dan la impresión de fatigarse, escucho sus gemidos; cuantas veces exhalan el aliento contenido, oigo sus chiflidos y sus jadeantes respiraciones… Luego al vendedor de bebidas con sus matizados sones, al salchichero, al pastelero y a todos los vendedores ambulantes que en las tabernas pregonan su mercancía con una peculiar y característica modulación… Entre los ruidos que suenan en derredor mío, sin distraerme, cuento el de los carros que cruzan veloces por la calle, el de mi inquilino carpintero, el de mi vecino aserrador, o el de aquel que junto a la Meta Sudante ensaya sus trompetillas y sus flautas, y no canta, sino que grita. Me resulta aún más molesto el ruido que se interrumpe, de cuando en cuando, que el otro continuado.” (Séneca, Epístolas, 56)




Los edificios solían estar construidos de forma muy endeble con materiales muy baratos, aprovechando el espacio al máximo, sin tener apenas ninguna medida de seguridad.

“Quisiera que nunca se hubieran inventado las paredes de zarzos, pues cuantas más ventajas ofrecen por su rapidez y por permitir espacios más anchos, tanto más frecuentes y mayores son los problemas que plantean, pues son fácilmente inflamables, como teas de fuego. Parece más acertado gastarse un poco más y usar barro cocido, que estar en un peligro continuo, por el ahorro que suponen las paredes de zarzos.” (Vitrubio, De Arquitectura, II, 8, 20)

El paso del tiempo, la falta de mantenimiento y los malos materiales empleados ponían a las insulae en constante riesgo de derrumbamiento, que los propietarios y los intermediarios con los inquilinos intentaban arreglar con apuntalamientos o reparaciones imperfectas que ponían en peligro la vida de los arrendatarios.

“Nosotros habitamos una ciudad que se apoya en buena medida en frágiles pilares, pues con un pilar detiene el casero el derrumbamiento, y así que ha tapado la abertura de viejas rendijas nos invita a dormir despreocupados con la ruina encima.” (Juvenal, Sátiras, III, 195)

Ilustración Peter Connolly

Cuando en la casa se detectaban grietas se recurría a estas soluciones transitorias, pero fáciles y baratas que evitaba al propietario un enorme gasto al propietario, quien, no obstante, debía haberse ocupado más diligentemente del mantenimiento y reparación de su propiedad.

 “Grande cosa nos da el que apuntala nuestra casa cuando amenaza ruina, y el que repara con maravillosa arte el cenaculo que tenía arruinados los cimientos; y con todo eso se conciertan estos reparos por un sabido y ligero precio.” (Seneca, De los beneficios, 6, 15)

Existían normativas que limitaban el grosor de los muros con la idea de que los edificios no tuvieran una altura demasiado elevada, lo que, por otra parte, incrementaba el riesgo de derrumbe.

“El derecho público no permite construir paredes exteriores con un grosor que supere pie y medio. Las restantes paredes, con el fin de no acotar un espacio ya excesivamente estrecho, se levantarán con el mismo grosor. Pero las paredes de adobe, a no ser que tengan dos o tres hileras de adobe, con un ancho de pie y medio únicamente pueden soportar encima un piso.” (Vitrubio, De Arquitectura, II, 8, 17)


Ilustración Italo Gismondi


Otro peligro al que se enfrentaban los moradores de una insula era el de los incendios, muy frecuentes en este tipo de vivienda por el uso de braseros y hornillos portátiles, la falta de chimeneas que expulsaran el humo, el hacinamiento y los materiales empleados en la construcción que incluía el empleo de la tierra, adobe y tapial con gran cantidad de madera en su estructura.

 “Hay que vivir allí donde no hay incendio alguno, ni temor alguno durante la noche. Ya pide agua, ya traslada sus cachivaches Ucalegón, ya tienes el tercer piso echando humo.

 Tú ni te enteras, pues si el alboroto empieza en las escaleras de abajo, el último en arder será el que sólo las tejas resguardan de la lluvia, donde las tiernas palomas ponen sus huevos.” (Juvenal, Sátiras, III, 195-200)




Como estos incendios tenían consecuencias devastadoras ya que se destruían barrios enteros algunos emperadores tomaron medidas para atajarlos en el futuro y para paliar las consecuencias de los ya sufridos, que incluían los materiales a utilizar en las reconstrucciones, las restricciones en los números de pisos a levantar y precauciones en cuanto a la seguridad.

Tras el incendio del año 64 d.C. Nerón promovió la reconstrucción de la ciudad de Roma teniendo en cuenta no solo la reedificación de las casas, sino la reestructuración de calles y barrios.

 “Pero las casas abrasadas del fuego no se reedificaron sin distinción y acaso, como se hizo después del incendio de los galos; antes se midieron y partieron por nivel las calles, dejándolas anchas y desavahadas, tasando la altura que habían de tener los edificios, ensanchando el circuito de los barrios y añadiéndoles galerías o soportales que guardasen el frente de los aislados. Estas galerías los solares limpios y desembarazados, y, señaló premios, conforme a la calidad y hacienda, de los que edificaban, con tal que se acabasen las casas y los aislados dentro del término establecido por él. Mandó que las calcinadas y los despojos de aquellas ruinas se echasen en los estaños de Ostia, y que lo cargasen y llevasen allá los navíos que habían subido por el Tíber cargados de trigo. Ordenó también que en ciertas partes se hiciesen los edificios sin trabazón de vigas y otros enmaderamientos, rematándolos con bóvedas hechas de piedra de Gabi y de Alba, las cuales resisten valerosamente al fuego. Y para que el agua de las fuentes, mucha parte de la cual hasta allí se divertía en uso de particulares, pudiese abundar más en beneficio público, puso guardias para que pudiesen todos tener más a la mano la ocasión de reprimir el fuego en semejantes desgracias. Mandó también que cada casa se fabricase con paredes distintas y propias, y no en común con las del vecino. Todas estas cosas, hechas por el útil, ocasionaron también grande hermosura a la nueva ciudad; aunque creyeron muchos que la forma antigua era más sana, respecto a que la estructura de las calles y altura de los tejados servía de defensa contra los rayos del sol; donde ahora, el ser las calles tan anchas y descubiertas, y a esta causa privadas de sombra, ocasiona más ardientes calores.” (Tácito, Anales, XV, 43)




Los peligros no solo acuciaban a los alojados en los cenacula, sino también a los viandantes que pasaban por las estrechas calles y que se arriesgaban a ser golpeados por los objetos que caían, sobre todo, desde los pisos más altos por el fuerte impacto que podían tener sobre sus cabezas. Así, Juvenal se queja de ello, no sin congratularse por el hecho de que uno podría contentarse de que solo le cayese encima el agua sucia de una palangana o el contenido de un orinal.


“Considera ahora otros diferentes peligros de la noche:
la altura que alcanzan las elevadas casas, de donde un recipiente
te hiere en la cabeza cuantas veces caen de las ventanas jarrones
desconchados y partidos, y el enorme peso con que marcan
y hacen mella en el pavimento. Se te podría tener por negligente
y poco previsor de accidentes repentinos, si asistes a una cena
sin hacer testamento: los riesgos son tantos exactamente como
ventanas abiertas y en vela esa noche, cuando tú pasas bajo ellas.
Así que debes anhelar y llevar contigo el deseo miserable
de que se contenten con verter palanganas bien anchas.”
(Juvenal, Sátiras, III, 268)




A pesar de los riesgos la inversión en el mercado inmobiliario se consideraba lucrativa y muchos romanos con dinero veían las rentas provenientes de los alquileres como un negocio provechoso del cual se podía obtener grandes beneficios y vivir bien de ello.

 “Sus conocidos lo acompañábamos a casa agrupados a su alrededor, cuando, al subir el monte Cispio, vemos ardiendo una casa de alquiler de muchos pisos de altura y a punto ya de ser devorada por el vasto incendio. Entonces, uno de los acompañantes de Juliano comentó: “Son grandes las rentas que se obtienen de las fincas urbanas, pero los riesgos son, con mucho, mayores. Si existiera algún remedio para que las casas no ardieran con tanta frecuencia en Roma, ¡por Hércules! que vendería las fincas rústicas y compraría fincas urbanas”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XV, 1, 2-3)


Domus urbana y al fondo insulae. Ilustración María Espejo

Un reducido grupo de aristócratas romanos se vieron convertidos en prósperos hombres de negocios y supieron ver que la inversión en casas de alquiler podía ser una manera rápida de obtener ganancias y constituir un medio de subsistencia seguro para su vejez. Cuando un propietario decidía construir un edificio de viviendas invertía en él un capital importante con la intención de obtener beneficios e intentaba sacar el máximo rendimiento posible. Por ejemplo, Cicerón contaba con las rentas de unos arrendamientos para financiar la estancia de unos ciudadanos en Atenas.

 “Quisiera que le propongas a Marco, aunque sólo si no te parece injusto, que acomode los gastos de esta estancia fuera a las rentas del Argileto y el Aventino, con las cuales se habría contentado fácilmente si permaneciera en Roma y tuviera una casa alquilada, como pensaba hacer; una vez se lo hayas propuesto, quisiera que tú personalmente organizaras el resto, es decir, el modo de que le proporcionemos cuanto necesite a partir de estas rentas. Yo responderé de que ni Bíbulo, ni Acidino, ni Mesala , que, según oigo, estarán en Atenas, hagan gastos superiores a lo que se reciba de estas rentas. Así pues, quisiera que veas primero quiénes son los arrendatarios y a cuánto; después que sean de los que paguen puntualmente; y también la cantidad suficiente de dinero para el traslado y para el equipaje.” (Cicerón, Cartas a Ático, XII, 32, 2)




Según el derecho civil romano no se podía separar la propiedad de lo edificado de la propiedad del suelo, por lo que no se podía vender cada cenaculum por separado, sino que debía venderse el edificio entero y el solar sobre el que se había construido.

 “Un edificio levantado en mi terreno, aunque el constructor lo haya hecho por su cuenta, me pertenece por ley natural; porque la propiedad de una estructura corresponde a la propiedad del terreno.” (Gayo, Instituciones, II, 73)

 Esto mismo dio lugar a una fuerte especulación, producida por la creciente necesidad de vivienda y el consiguiente aumento del precio de los alquileres, que no se veía frenada por la legislación existente y que provocó el enriquecimiento de algunos ciudadanos romanos notables. Por ejemplo, Cicerón apenas se entristece cuando dos tabernae de su propiedad se derrumban, porque ve que tras su reconstrucción podrá pedir una renta más alta.

“Y respecto a tu pregunta de por qué he hecho venir a Crisipo (arquitecto), se me han derrumbado dos tiendas y las demás tienen grietas; de forma que no sólo los arrendatarios sino incluso los ratones han emigrado. Los demás llaman a esto desastre; yo ni siquiera incomodidad. iOh Sócrates y seguidores de Sócrates, jamás os lo agradeceré lo suficiente! ¡Dioses inmortales, qué insignificantes me resultan esas cosas! Pero, no obstante, se ha iniciado, siguiendo por cierto el consejo y la iniciativa de Vestorio, un plan de reconstrucción tal que este daño resultará ventajoso.” (Cicerón, Cartas a Ático, XIV, 9)


Algunos lograron hacerse muy ricos con la especulación, como es el caso de Marco Licinio Craso quien supo aprovecharse de la desgracia de los que sufrían el incendio de sus viviendas, al hacer a los propietarios ofertas de comprar el edificio a un precio muy bajo para así poder construir sobre los restos un nuevo edificio empleando a sus propios esclavos. Un cuerpo de bomberos creado por él no actuaba hasta que la venta no se había cerrado. La rehabilitación del edificio siniestrado le permitía incrementar el precio del alquiler a los nuevos arrendatarios.

“Teniéndose por continuas y connaturales pestes de Roma los incendios y hundimientos por el peso y el apiñamiento de los edificios, compró esclavos arquitectos y maestros de obras, y luego que los tuvo, habiendo llegado a ser hasta quinientos, procuró hacerse con los edificios quemados y los contiguos a ellos, dándoselos los dueños, por el miedo y la incertidumbre de las cosas, en muy poco dinero, por cuyo medio la mayor parte de Roma vino a ser suya.” (Plutarco, Vidas paralelas, Craso, 2)


Negociando para apagar el fuego

Los precios solían subir en las calendas de Julio, fecha en la que empezaba la vigencia de los contratos de arrendamiento y aumentaba la demanda de vivienda. Sin embargo, la cotización de las viviendas que no se habían alquilado bajaba pasados esos días. Los inquilinos que no podían hacer frente a los pagos debían abandonar la casa y podían ver embargados sus bienes. Marcial se burla de un tal Vacerra que deja su casa con sus únicos y miserables propiedades tras ser embargado por no pagar el alquiler y al que aconseja buscarse un puente bajo el que alojarse.

“¡Oh vergüenza de las calendas de Julio! He visto, Vacerra, tus trastos, los he visto. Los que han quedado sin embargar por el alquiler de dos años los llevaba a cuestas tu mujer, una pelirroja con siete crenchas, y tu encanecida madre con la gorda de tu hermana… Creería uno que se mudaba la cuesta de Aricia. Iba un camastro de tres patas, una mesa de dos y, junto con una lucerna y una cratera de cornejo, un orinal roto goteaba por el lado recortado. A un brasero con cardenillo lo sostenía el cuello de un ánfora; que había tenido arenques o menas incomibles lo manifestaba el olor hediondo de una orza, como difícilmente llega a ser el tufo de una piscifactoría marina… ¿Por qué buscas casas de lujo y te ríes de los caseros, pudiendo, oh Vacerra, alojarte de balde? Esta pompa de tus trastos es la que corresponde a un puente.” (Marcial, Epigramas, XII, 32)


Londiniun. Ilustración Alan Sorrell

Los inquilinos que soportaban rentas abusivas por viviendas de tan mala calidad comenzaron a manifestar su descontento hacia los propietarios en la época de Cicerón lo que desembocó en la primera intervención estatal con respecto a los precios de los alquileres. El pretor Celio Rufo presentó un proyecto de ley que condonaba las deudas y eximía a los inquilinos del pago de sus alquileres, que logró aprobar. Pero el Senado, integrado por muchos propietarios envió al cónsul Servilio Isaúrico a restablecer el orden. Este propuso la destitución de Celio y lo expulsó del Senado. Al año siguiente, el tribuno Cornelio Dolabela hizo la misma propuesta provocando más disturbios. César retomó los proyectos de Celio y Dolabela introduciendo una modificación: la condonación de la deuda por alquileres se reducía a la renta de un año, pero únicamente se aplicaba a las viviendas cuya renta anual no superase los dos mil sestercios, en la ciudad de Roma, y los quinientos en el resto de Italia. Como la medida no fue satisfactoria para los inquilinos, las revueltas se reanudaron en el año 41 a. C.

“Oponiéndose a la ley el cónsul Servilio con los demás magistrados, y pudiendo él (Celio) conseguir menos de lo que pensaba, con el fin de ganar a la gente, suspendida la primera ley, promulgó otras dos: una, en que a los inquilinos se eximía de pagar los alquileres anuales de las casas; otra de rebaja de deudas nuevamente escrituradas; y acometiendo contra Cayo Trebonio con una pandilla de descontentos, después de haber herido a algunos, lo derribó a él del tribunal. Se quejó de este atentado el cónsul Servilio al Senado y el Senado privó a Celio de sus empleos por sentencia. En virtud de ella le prohibió el cónsul la entrada en el Senado, y queriendo él arengar al pueblo, le hizo bajar del tribunal.” (Julio César, Comentarios de la guerra civil, III, 21)




 Los propietarios también se sentían defraudados con esta ley porque veían sus ganancias reducidas y aducían que cobrar rentas era un negocio del que obtener el máximo beneficio, y que era lícito cobrar un precio abusivo, si se cumplía con la obligación de hacer las reparaciones necesarias en el edificio.

Y ¿Qué hay de habitar de balde en casa ajena? ¿Cómo es esto? Que yo compre, que edifique, que guarde, que guarde, que gaste mis caudales y que venga otro a disfrutarlo contra mi voluntad. ¿Qué diferencia hay entre quitar a uno lo que es suyo y dar a otro lo ajeno? ¿Y qué otro fin es el de estas nuevas leyes, sino que uno compre heredades con mi dinero, que las posea, y que yo me esté sin ello? (Cicerón, De los oficios, II, 23)


Insula. Ostia. Foto Samuel López


Bibliografía:


La casa romana, Pedro Ángel Fernández Vega; Ed. Akal
http://www.rehj.cl/index.php/rehj/article/viewArticle/361; EL NEGOCIO DE LAS RENTAS INMOBILIARIAS EN ROMA: LA EXPLOTACIÓN DE LA INSULA; ANA BELÉN ZAERA GARCÍA
Rome: A Sourcebook on the Ancient City; Fanny Dolansky and Stacie Raucci; Bloomsbury Academic
https://www.jstor.org/stable/299916?seq=1; The Rental Market in Early Imperial Rome; Bruce Woodward Frier
https://prism.ucalgary.ca/handle/11023/3680; Rental housing and urban property: The archaeological and social analysis of insulae in Roman Ostia from the 1st to the mid-4th century CE; Katherine Tipton
http://local.droit.ulg.ac.be/sa/rida/file/2003/van_den_berg.pdf; The plight of the poor urban tenant; Rena VAN DEN BERGH
https://nanopdf.com/download/marco-licinio-craso-y-la-necesidad-de-politicos-honrados_pdf; Marco Licinio Craso y la necesidad de políticos honrados; Javier Fernández Aguado