Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

jueves, 2 de septiembre de 2021

Litterarius, escribir y editar libros en la antigua Roma

Menandro, Casa de Menandro, Pompeya. Wolgang Rieger

En los primeros tiempos de la república romana la dedicación a la literatura no gozaba de prestigio. En el siglo II a. C. el interés por la cultura griega trajo un mayor respeto por la producción literaria.

“Habiéndome liberado por fin, si no por completo, al menos en gran parte, de las fatigas de la abogacía y de mis deberes de senador, he regresado, Bruto, atendiendo a tus insistentes exhortaciones, a esos estudios que, postergados por las circunstancias, pero siempre presentes en mi ánimo, he vuelto a reemprender ahora, después de haberlos interrumpido durante un largo período de tiempo, y, puesto que el sistema y la enseñanza de todas las disciplinas que atañen al camino recto del vivir forman parte del estudio de la sabiduría que se denomina filosofía, he pensado que yo debía arrojar luz sobre esta cuestión en lengua latina, no porque piense que la filosofía no pueda aprenderse en lengua griega y con maestros griegos, sino porque yo siempre he tenido la convicción de que nuestros conciudadanos, o se han mostrado en sus creaciones origínales más sabios que los griegos, o han mejorado cuanto han recibido de ellos, me refiero naturalmente a aquellos campos que han considerado dignos de dedicarles sus esfuerzos.” (Cicerón, Disputaciones Tusculanas, I, 1)

En la antigua Grecia de Homero y Hesíodo, las creaciones poéticas se consideraban regalos de los dioses, en particular, regalos de las Musas, bajo la guía de Apolo. Las Musas además de personificaciones de las artes condicionaban la memoria para preservar el pasado, el presente y el futuro. Instruían al poeta indicando el camino que debería seguir.

Desde sus comienzos la poesía latina adoptó la práctica griega de invocar a las Musas al comenzar sus obras.
 
“¡Vamos!: baja del cielo y entona con la flauta un largo canto,
reina Calíope; o, si es lo que ahora quieres, con tu aguda
voz o con las cuerdas de la cítara de Febo.”
(Horacio, Odas, III, 4)

Museo de Historia y Arte de Luxemburgo, foto Carole Raddato

En la época del Principado de Augusto surgieron nuevos sistemas de relaciones sociales que implicaban más atención a la experiencia personal y una nueva concepción de la naturaleza, lo que proporcionó un mayor prestigio a la poesía, que pasó de ser prácticamente oral a ser escrita para mayor comprensión de su significado.

Los poetas se convirtieron en defensores de la política seguida por Augusto y pasaron a ser figuras públicas y portadores de cierta autoridad moral. Este es el caso del poeta Horacio, admirado por Augusto y favorecido por él y su círculo de amistades.

“Le gustaban tanto los escritos de Horacio, y estaba tan seguro de
que serían eternos, que no sólo le encargó la composición del
Carmen Secular, sino también las odas que celebran la victoria
de Tiberio y Druso, hijastros suyos, sobre los vindélicos.”
(Suetonio, Vida de Horacio, 8)

Horacio. Pintura de Giacomo de Chirico

Los autores pasaron por tanto a depender de los deseos de los poderosos que les favorecían y perder su afecto podía tener consecuencias nefastas, como le ocurrió al poeta Ovidio, que fue desterrado a Tomi (Rumanía), por el propio Augusto.

“¿Qué puedo yo hacer con vosotros, libritos, afición funesta,
yo que, ¡desgraciado de mí!, perecí víctima de mi
propia inspiración? ¿Por qué vuelvo a las Musas poco ha
condenadas, objeto de mis delitos? ¿Acaso es poco haber
merecido ya una vez el castigo? Mis poemas han hecho 5
que mujeres y hombres quisieran conocerme por mi infausta
estrella; mis poemas hicieron que el César condenara
mi persona y mis costumbres a causa de mi Arte 2, cuya
desaparición ha sido ya ordenada. Quítame esta pasión y
suprimirás también los delitos de mi vida. Reconozco que 10
soy culpable a causa de mis versos: éste es el precio recibido
por mi afición y laboriosas vigilias; el castigo ha sido
fruto de mi inspiración poética.”
(Ovidio, Tristes, II)

Los escritores que manifestaban cualquier oposición a los gobiernos tiránicos de algunos emperadores, como Nerón o Domiciano debían estar muy atentos a que sus obras no levantaran ninguna sospecha.

Durante este periodo de tiempo la literatura se integró en la vida cotidiana de los romanos y pasó a tener un papel fundamental en la vida social de la época. La producción literaria se convirtió en una alternativa a la carrera política que había perdido importancia y reducido la posibilidad de promoción social.

Catulo en casa de Lesbia. Pintura de Alma-Tadema

Las convenciones sociales institucionalizaron la dedicación de los textos literarios a individuos importantes y ricos estableciendo las bases del patronazgo (patrocinium) que permaneció durante siglos en la sociedad romana.

“Que Plocio y Vario, Mecenas y Virgilio, Valgio y el excelente Octavio y Fusco aprueben estos escritos, y ojalá los alaben el uno y el otro Visco. Dejando de lado la adulación, puedo nombrarte a ti, Polión, a ti, Mésala, y también a tu hermano, y al tiempo a vosotros, Bíbulo y Servio; junto con éstos a ti, buen Furnio, y a varios otros hombres doctos y amigos míos a los que omito a propósito. A todos ellos quisiera que esto que escribo —tenga el valor que tenga— les haga gracia, y me dolerá si les gusta menos de lo que yo espero.” (Horacio, Sátiras, I, 10, 80)

Horacio leyendo sus sátiras ante Mecenas, pintura de Fedor A. Bronninkov

Los patronos apoyaban a los poetas no solo con ayuda económica, sino que les ayudaban a integrarse en los círculos sociales de individuos con influencia política. Por ejemplo, Horacio fue recomendado a Mecenas por Virgilio y Vario, luego fue invitado a participar en reuniones en su casa y convertirse en un amicus.

Aunque los autores eran ciudadanos libres sin vínculos con los patronos, necesitaban su apoyo y amistad, porque les ofrecían bibliotecas donde podían trabajar, copistas expertos a su disposición y dinero para publicar sus trabajos. A su vez, un patrono esperaba que el autor le dedicara sus obras.

El poeta Estacio dedica algunas de sus composiciones a personajes ricos a los que ensalza y magnifica buscando, sin duda, la gratificación por sus alabanzas.

“Estacio saluda a su amigo Estela.

He vacilado larga y seriamente, Estela, joven excelente y eminentísimo en esa parcela que has escogido dentro de nuestro quehacer poético, antes de coleccionar y editar estas obritas que, frutos de un ardor repentino y de un cierto placer por la improvisación, <brotaron> una a una de mi seno. En efecto, ¿qué <necesidad había de> cargarme asimismo con la responsabilidad de la publicación, si aún temo por la Tebaida, que sigue siendo mía a pesar de haberme dejado? Sin embargo, también leemos el Cúlex, e incluso admitimos la Batracomaquia y no hay ningún poeta ilustre que no haya hecho preceder sus obras por algún escrito de estilo más relajado. Por otra parte, era tarde para retener mis poemas, puesto que, de hecho, ya los teníais en vuestro poder aquellos en cuyo honor han sido escritos. Para los demás lectores, sin embargo, es inevitable que pierdan mucho de su justificación, ya que no conservan el único encanto que tenían, el de la frescura, porque en ninguno de ellos he trabajado más de dos días, y algunos nacieron en uno solo.”
(Estacio, Silvas, I, dedicatoria)

Stepan Bakalovich, Galería Tretiakov, Moscú

Los emperadores buscaban que los poetas escribieran sus obras con el fin propagandístico de alabar sus hazañas. Así, Augusto había expresado una admiración especial por el Tiestes de Vario, en el que honró el triunfo militar de Augusto en el año 29 a. C. y resaltó el heroísmo del propio emperador y de Agripa. Al autor se le concedió un obsequio de un millón de sestercios.

Horacio habla de la admiración de Augusto por Virgilio y Varo en la epístola que le dedica.

“No desmerecen de tu estima por ellos ni de los obsequios que de ti recibieron —con grandes elogios a quien se los daba—, Virgilio ni Vario, poetas que tú tanto quieres; y es que no se muestra más claramente el rostro de los varones ilustres en las estatuas de bronce, que sus virtudes y su alma en la obra del vate.” (Horacio, Epístolas, II, 1, 245)

Recitatio de Horacio, Pintura de Adalbert von Rössler

El autor podía entregar un ejemplar original de su obra a un librero y editor (bibliopola), para que éste en su taller (taberna libraria) dispusiera la copia múltiple del libro por parte de copistas, que normalmente eran esclavos (servi librarii). Estos editores pagaban una pequeña cantidad a los escritores, pero estos no poseían derechos de autor.

“Frente al foro de César hay una librería con sus jambas totalmente escritas de punta a cabo para que pueda uno leer [los nombres de] todos los poetas. Pídeme allí. No tienes más que preguntar a Atrecto –así se llama el dueño de la librería– y, del primer o segundo estante, por cinco denarios, te entregará un Marcial pulido con piedra pómez y forrado con púrpura.” (Marcial, Epigramas, I, 117)

Librería romana. Mary Evans picture library

El librero Trifón, posiblemente un liberto de origen griego, fue reconocido como editor tanto de marcial como de Quintiliano, el cual ensalzó la calidad de su trabajo.

“Me andabas importunando todos los días, para que diese principio a la publicación de mis libros sobre la instrucción del orador, que había dirigido a mi amigo Marcelo. Por lo que a mí toca, no pensaba estar la obra en sazón, habiendo empleado en trabajarla como eres buen testigo, poco más de dos años, pero embarazado en varias ocupaciones; tiempo que por la mayor parte he gastado en discurrir sobre esta materia casi infinita, y en la lectura de innumerables autores, más que en escribir. Siguiendo por otra parte el precepto de Horacio en su Arte Poética, que aconseja no apresuremos la publicación de nuestro trabajo, sino que le tengamos reservado por el discurso de nueve años, dejaba descansar la obra, para que, calmando aquel amor que tenemos a lo que es parte de nuestro entendimiento, la pudiese yo examinar con menos pasión, leyéndola como si no fuese cosa mía. Pero si es tan deseada su publicación como me aseguras, salga enhorabuena al público, y deseemos que tenga buena ventura, pues confío que por tu cuidado y diligencia llegue a sus manos muy enmendada.” (Quintiliano, Instituciones Oratorias, Prefacio)

Horacio recitando. Vincenzo Morani

Un cierto librero llamado Doro es recordado por haber comprado una copia maestra, y, quizás el texto original, de Cicerón, y por publicar y vender la obra histórica de Livio.

“Llamamos libros de Cicerón los mismos que Doro, librero, llama suyos, y lo uno y lo otro es verdad; porque el uno los llama suyos por ser autor de ellos, el otro porque los compró, y así justamente se dice que son de entrambos, porque en esto lo son, aunque no por el mismo modo, y en este mismo sentido puede Tito Livio recibir o comprar de Doro sus propios libros.” (Séneca, De los beneficios, 7, 6, 1)

Sin embargo, el gremio de los libreros tampoco se libraba de las críticas por carecer de la cultura suficiente para discernir un libro bueno de uno malo.

"¿Quién podría rivalizar acerca de su nivel cultural con comerciantes y libreros, que tienen y venden tantísimos libros? Pues, si quieres corroborar esta opinión, verás que, en lo que a nivel cultural se refiere, no son ellos mucho mejores que tu; antes bien hablan con tosquedad como tú, cerrados de entendederas, como es lógico que sean, gentes que no han podido distinguir lo exquisito de lo vulgar." (Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros, 4)


Los libros antiguos o manuscritos originales podían alcanzar altos precios en el mercado.

“Me mostró un ejemplar muy antiguo del libro II de la Eneida, comprado en el mercado de los Sigillaria por veinte áureos, del que se creía que había pertenecido al propio Virgilio.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 3, 5)

Por ese interés de muchos lectores en los libros antiguos, algunos libreros sin escrúpulos pretendían conseguir mayores ganancias haciendo pasar por antiguos libros que no lo eran utilizando diversos trucos.

“Pero, ¿tú te das cuenta de lo que hacen algunos libreros?
INT. - ¿Y por qué me lo preguntas?
DIÓN-. Porque, como saben que la gente se interesa más por los libros antiguos en la idea de que están mejor escritos y en mejores materiales, entierran en trigo los libros más vulgares de los autores modernos para que acaben pareciendo antiguos por el color. Y luego, después de estropearlos bastante, los venden como si fueran antiguos." 
(Dión Crisóstomo, Discursos, XXI, 12)

Para producir libros a gran escala, los editores contrataban los servicios de esclavos y ya en el Imperio, incluso los ciudadanos romanos trabajaban como copistas (librarii), los cuales preparaban sus ediciones al dictado, sobre todo cuando el objetivo era la velocidad y la cantidad, lo que daba lugar a errores. También solían disponer de una copia maestra. En el siglo I d.C. se les pagaba una tarifa fija standard por línea.

Escribas copiando al dictado

Ático, hombre de vasta cultura y grandes recursos económicos, fue editor y amigo de Cicerón, y tenía en su casa esclavos que copiaban las obras del célebre orador. Los especializados en lectura se llamaban anagnostae y los expertos en escritura eran los librarii.

“Si se consideran sus servicios, contó con una servidumbre excelente; pero si es por la apariencia, se diría que era prácticamente normal. La integraban jovencitos muy instruidos, extraordinarios lectores y en su mayoría copistas, de suerte que no había ni siquiera un lacayo que no fuera capaz de realizar de manera aceptable alguna de estas dos tareas. De los que exige la organización doméstica, los demás eran también especialistas, y de los buenos. Sin embargo, entre ellos no tuvo ninguno que no hubiese nacido y se hubiese formado en su casa." (Cornelio Nepote, Vida de Ático, XIII, 3)

César dictando sus Comentarios. Pintura de Pelagio Palagi

Cicerón pide a su amigo Ático que le envíe unos copistas para ayudar en la catalogación de su biblioteca y luego en otra carta le agradece el trabajo realizado por esos esclavos y le expresa su satisfacción por el resultado de su labor.

“Encontrarás un prodigioso catálogo de mis libros, obra de Tiranión; lo que queda de ellos es mucho mejor de lo que había creído. Mándame, por favor, un par de tus copistas, que Tiranión pueda utilizar como encuadernadores y auxiliares para el resto, y ordénales que tomen un poco de pergamino con que hacer los títulos, a los que vosotros, los griegos, según creo, les llamáis sittúbas.” (Cicerón, Cartas a Ático, IV, 4a)

“Por cierto, después de haberme organizado los libros Tiranión, parece que a mi casa se le ha añadido inteligencia. En esta tarea sin duda ha sido maravillosa la contribución de tu Dionisio y tu Menófilo. No hay cosa más atractiva que aquellos estantes tuyos después de que dieron lustre a mis libros con sus títulos.” (Cicerón, Cartas a Ático, IV, 8)


Los correctores (anagnostae) hacían marcas en los manuscritos para certificar que habían sido copiados y comprobados en base a una copia de confianza. Si el corrector era un experto la copia se consideraba de gran valor y se vendía a un alto precio en las librerías.

Como los libreros atendían especialmente a la rapidez en las copias, la habilidad de los correctores añadía prestigio al editor. Aulo Gelio recoge una anécdota de cómo una copia de una obra en venta en una librería se anunciaba como hecha sin un solo error, pero un gramático encuentra uno solo.

“El poeta Julio Paulo, hombre que recordamos como muy sabio, y yo nos hallábamos sentados casualmente en una librería en el barrio de los Sigillaria. Estaban allí expuestos los Anales de Fabio, libros de auténtica y probada antigüedad, de los que el vendedor aseguraba que carecían de erratas. Sin embargo, uno de los gramáticos más conocidos, contratado por el comprador para examinar los libros, decía haber encontrado una errata en un libro; por su parte, el librero apostaba lo que quisiera a que no había error ni en una sola letra. El gramático mostraba que en el libro IV aparecía escrito lo siguiente17: “Por eso entonces por vez primera uno de los cónsules fue elegido de entre la plebe el año vigésimo segundo [duovicesimus] después de que los galos tomaron Roma”18. “No debió -dice el gramático- escribir duovicesimus, sino duo et vicesimus.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 4, 1-5)



Las quejas sobre la mala ejecución de los copistas (librarii) a la hora de trasladar el escrito original a las copias que debían ser distribuidas para su venta, eran frecuentes, y los errores graves enojaban a los autores originales.

“Si algo te parece en estas páginas, lector, o muy oscuro o poco latino, el error no es mío; lo ha tergiversado el copista con las prisas por cargar versos a tu cuenta. Pero si crees que no es él, sino yo, quien ha caído en falta, entonces yo creeré que tú no tienes ni pizca de inteligencia.
—“Pero esos versos son malos”. —¡Como si yo negara lo evidente! Estos son malos, pero tú no los haces mejores.”
(Marcial, Epigramas, II, 8)

Si un autor no deseaba confiar a un editor la publicación de su obra por considerar que no le iba a prestar la atención necesaria, podía recurrir a una revisión y edición hecha por él mismo, que podía ocasionalmente ir acompañada de un sello con el nombre del autor y ciertos datos autobiográficos. Estas copias se vendían a muy alto precio debido a su alta fiabilidad por lo que algunos editores animarían a los autores a hacer sus propias copias con las cuales obtendrían mayores beneficios.

“Biblioteca de una finca deliciosa, desde donde el lector ve próxima la ciudad, si entre tus más sacrosantos poemas hubiera algún sitio para mi juguetona Talía, puedes colocar, aunque sea en el estante más bajo estos siete libros que te he enviado corregidos por la pluma de su propio autor. Estas tachaduras aumentan su precio. Pero tú, delicada, que por mi pequeño regalo serás celebrada, famosa en el mundo entero, guarda esta prenda de mi corazón, ¡oh biblioteca de Julio Marcial!” (Marcial, Epigramas, VII, 17)



Incluso las ediciones revisadas por eruditos o gramáticos (a quienes editores concienzudos empleaban para hacer copias de autores ya fallecidos) servían al público como garantía de calidad y fidelidad textual por las cuales los lectores pagaban grandes sumas.

“¿Con qué palabras podría expresar yo mi alegría por haberme enviado ese discurso mío copiado por tu puño y letra?... ¿Qué cosa parecida le aconteció a Marco Porcio, a Quinto Enio, a Gayo Graco, a Ticio el poeta, a Escipión, a Numidico, a Marco Tulio? Sus obras se consideran más valiosas y consiguen la máxima gloria si las copias de las mismas han sido escritas por mano de Lampadio o Estaberio, de Plaucio o de Décimo Aurelio, de Autricón o de Elio, o si son corregidas por Tirón, o copiadas por Domicio Balbo, o por Ático, o Nepote.” (Frontón, Epístolas, I, 7, 3-4)

Los lectores de obras literarias provenían principalmente de las cultas clases altas y de las ciudades, cuyos miembros tenían a esclavos que leían a invitados o a sus propios señores. Plinio el joven describe uno de los actos cotidianos de su tío Plinio el viejo.

“A menudo, después de tomar algún alimento, que durante el día era ligero y simple según una antigua costumbre, en verano, si tenía algún tiempo libre, se tumbaba al sol y se hacía leer un libro, mientras tomaba notas y copiaba algún pasaje." (Plinio, Epístolas, III, 5, 10)

Pintura de Alma-Tadema

Cuando un autor consideraba terminada su obra literaria, solía darla a conocer en una lectura pública, recitatio, de tal forma que los escritores con cierta posición disponían en su casa de una estancia en su casa habilitada para ello, el auditorium. En esta sala se instalaba una tarima para que el autor, el dueño de la casa o un invitado, con un cuidado aspecto, intentara desde allí convencer con su actuación y prestancia al público asistente.

“Al igual que en la vida, en la literatura creo que lo más hermoso y más adecuado a la condición humana es mezclar la severidad y la amabilidad, para que la primera no se convierta en antipatía, y la segunda en ligereza. Inducido por este principio, intercalo en las obras más serias juegos y pasatiempos. Para dar a conocer estos elegí el momento y el lugar más oportunos, y para que se acostumbrasen ya desde ahora a ser oídos también por personas desocupadas y en los comedores, coloqué a mis amigos en el mes de julio, en el que suelen ser más infrecuentes los litigios judiciales, en sillas situadas delante de los lechos.” (Plinio, Epístolas, VIII, 21)

Pintura de Alma-Tadema

En la época de Plinio el joven las lecturas privadas destinadas a una limitada audiencia se hacían casi a diario.

El método de lectura pública servía al escritor para corregir sus propios escritos y tener en cuenta la valoración que sus oyentes hacían de ellos con el fin de asegurarse que serían del gusto general antes de publicarlos.

“Yo no busco los elogios por mi discurso cuando lo leo públicamente, sino cuando soy leído, y consecuentemente empleo todos los métodos posibles de corrección. En primer lugar, examino a fondo conmigo mismo lo escrito; luego, se lo leo a dos o tres amigos; después, se lo envío a otros para que hagan los comentarios que crean convenientes, y sus comentarios, sí tengo dudas sobre ellos, los sopeso de nuevo con uno o dos amigos, y, por último, hago una lectura ante más gente, y este es el momento, créeme, en el que hago las correcciones más profundas; pues mi diligencia aumenta en razón directa de mis angustias.” (Plinio, Epístolas, VII, 17)

Catulo recitando. Foto Science source

Cuando la lectura se llevaba a cabo antes de la edición y venta de ejemplares, los comentarios de los asistentes sí eran decisivos a la hora de animar a los editores a invertir o no en la publicación, por lo que el que no podía permitirse alquilar un lugar donde desarrollar su recitatio, buscaba cualquier lugar, en el que hubiera gente reunida, como el foro, las termas o bajo los pórticos. La mayoría de escritores debían recurrir a mecenas que les cedían su auditorium para la lectura:

"Ofrece su propia casa a los que desean celebrar lecturas de sus obras, pero, además, como hombre extraordinariamente afable que es, frecuenta las salas públicas de recitaciones, pues no sólo gusta de asistir a éstas en su casa." (Plinio, Epístolas, VIII, 12)

Virgilio y Vario en casa de Mecenas, Pintura de Charles Francois Jalabert

Las mujeres asistían a estas lecturas, sobre todo, si se hacían en sus residencias.

"Y Augusto —pues casualmente estaba lejos de Roma por la campaña de Cantabria—, le pidió en cartas suplicantes y también, en broma, amenazadoras que "de la 'Eneida' le fuera enviado", según sus palabras, "o el primer esbozo del poema, o la parte que quisiera". Sin embargo, mucho después, cuando finalmente había preparado la materia, Virgilio le recitó únicamente tres libros, el segundo, el cuarto y el sexto, pero éste con gran impresión en Octavia, de la que se cuenta que, estando presente en la recitación, desfalleció ante aquellos versos acerca de su hijo: "tú serás Marcelo", y fue reconfortada con dificultad. También recitó a muchos otros, pero no frecuentemente y casi sólo esas cosas acerca de las cuales dudaba, para conocer más la opinión de los hombres." (Suetonio, Vida de Virgilio, 31-33)

Virgilio leyendo la Eneida, pintura de Vncenzo Camuccini

Era costumbre entre los escritores romanos gestionar la copia privada de unos cuantos ejemplares de su libro recientemente terminado. Para distribuir entre amistades y patronos y obtener su opinión, no siendo raro que los autores cambiaran sus textos tras haberlos entregado a un editor.

“No tengo la menor duda de que deseas, dado tu habitual afecto por mi persona, leer este libro lo antes posible, todavía fresco. Lo leerás, pero después de la revisión, que fue precisamente la causa de su lectura pública. Sin embargo, ya conoces algunos pasajes de él. Tendrás conocimiento de estos pasajes, corregidos después, lo que suele ocurrir por una demora larga, empeorados como si se tratase de partes nuevas o rehechas. Pues, cuando se cambian muchas partes de una obra, parece que también se han cambiado las partes que se han conservado.” (Plinio, Epístolas, VIII, 21)
Pintura de Alma-Tadema

Debido a lo extendida que estaba esa costumbre algunas amistades se quejarían por no haber recibido el último ejemplar de manos del propio autor, como recuerda Símaco en una epístola destinada a Ausonio.

“Y no es extraño que se haya debilitado la vena de mi elocuencia, pues hace tiempo que no la alientas con la lectura de algún poema o libro en prosa tuyo. En consecuencia, ¿con qué fundamento me reclamas con una usura enorme mis escritos cuando no me has prestado nada de tu capital literario? Tu Mosela, que has inmortalizado con versos divinos, anda volando por las manos y los pliegues de la toga de muchos, pero ha pasado sólo rozando mi boca. Dime por favor por qué has querido privarme de esa obrita.” (Símaco, Epístolas, I, 14)

Como norma general, en la antigua Roma el editor de una obra necesitaba el permiso del autor para publicarla, aunque no era estrictamente necesario, pero se enfrentaba a consecuencias económicas, si el autor, que era el encargado de darle su forma final, decidía no ponerla en circulación.

Con respecto a la escena teatral una copia de la obra quedaba en manos de los ediles que eran los encargados de que la obra se representase públicamente.

Pintura de Camillo Miola

Cuando el autor y el editor tenían relaciones de amistad, el primero enviaba al segundo una versión provisional de su obra, no para su inmediata publicación, sino para hacerse con una crítica constructiva de un respetado lector. Por una carta de Cicerón a Ático sabemos que a Cicerón no le gustó que su editor y amigo publicara una obra suya sin su aprobación. Ático permitió que Balbo copiara el quinto tomo de la obra De Finibus de Cicerón, antes de que este indicara que ya estaba listo. Cicerón le echa en cara que la obra llegara a manos de Balbo, antes que a las de Bruto, a quien estaba dedicada. Además, Cicerón entretanto había alterado, y, quizás, mejorado, el trabajo, y, por tanto, el texto que había obtenido Balbo no estaba completo.

“Dime, en primer lugar, ¿te parece bien publicar sin orden mía? Ni siquiera lo hacía Hermodoro, aquel que solía difundir los libros de Platón, de donde

'Hermodoro con los diálogos...'.

Pues, ¿qué?, ¿consideras correcto darlo a cualquiera antes que a Bruto, a quien 'se lo dedico' a instancias tuyas? Pues Balbo me ha escrito que había hecho copiar el quinto libro de un De Finibus procedente de ti; en el cual no he cambiado ciertamente muchas cosas, pero sí algunas. Tú obrarías adecuadamente si guardas los demás para que Balbo no tenga un texto 'sin corregir' y Bruto 'anticuado'."
(Cicerón, Epístolas, XIII, 21)


Sin embargo, a pesar de la crítica, Cicerón no menciona que se haya quebrantado ninguna ley, solo la confianza, y además no hay beneficio económico, porque solo se había cedido el manuscrito para hacer una copia, no para su edición final.

Virgilio murió sin terminar su obra La Eneida, por lo que anteriormente había pedido a sus amigos Vario y Tucca que el manuscrito no fuese publicado tras su muerte. Ello puede mostrar que existía conciencia social de que el autor poseía derechos sobre su obra incluso tras su muerte. Aunque en un principio, sus amigos respetaron sus deseos, Augusto mandó que lo publicaran, anteponiendo la divulgación de la obra al deseo del propio autor. Vario y Tucca tuvieron que ceder, pero se negaron a revisar o completar el manuscrito como reconocimiento a la autoría de virgilio.

“El Divino Augusto prohibió que quemaran los poemas de Virgilio en contra de la modestia del testamento de éste; así le cupo al poeta una prueba de reconocimiento mayor que si él mismo hubiera aprobado su propia obra.” (Plinio, Historia Natural, VII, 114)

Virgilio con las musas Clío y Melpómene, Museo del Bardo, Túnez

Entre autor y editor existiría una relación contractual para la publicación del manuscrito y su distribución, aunque eso no suponía que el autor no pudiera decidir sustituir al editor por otro que le conviniese más. Proporcionar una edición cuidada ayudaría a conservar a los autores que buscaban la buena fama de sus obras.

“Tú, que deseas que mis libritos estén contigo en todas partes, y buscas tenerlos como compañeros de un largo viaje, compra los que en pequeñas páginas oprime el pergamino. Reserva las estanterías para las grandes obras; yo quepo en una sola mano. Pero para que no ignores dónde estoy a la venta y no vayas errando sin rumbo por toda la ciudad, siendo yo tu guía no tendrás duda. Pregunta por Segundo, el liberto del docto Lucense, detrás del templo de la Paz y del Foro de Palas.” (Marcial, Epigramas, I, 2)

Escriba con tablilla de cera y stilus, Museo Arqueológico de Trier, Alemania

Como normal general los escritores estaban muy mal pagados y eran habituales sus quejas ante los beneficios obtenidos por los editores de sus obras y el poco dinero que ellos mismos recibían por su trabajo.

“Todo el tropel de Xenias en este delgado librito te costará al comprarlo cuatro sestercios. ¿Qué cuatro es demasiado? Podría costarte dos, y aún haría negocio el librero Trifón. Estos dísticos puedes enviárselos a tus huéspedes en vez de un regalo, si tan escasos son para ti las perras como para mí. Mediante unos títulos tendrás los nombres añadidos a los contenidos.” (Marcial, Epigramas, XIII, 3)

Las dedicatorias a personajes notables podían sustituir a salarios a veces inexistentes pues los individuos a los que se dedicaba el libro se ocupaban de que las ediciones de los libros fueran cuidadas y costosas lo que elevaba su notoriedad.

“Librito mío, ¿a quién quieres obsequiar? Búscate en seguida un protector, no sea que, llevado al punto a la cocina ahumada, tu papel aún húmedo se destine a envolver atunes frescos o sirvas de cucurucho del incienso y la pimienta. ¿Te marchas al seno de Faustino? Sabes lo que haces. Ahora puedes echarte a andar ungido con aceite de cedro y, hermoseado por la doble ornamentación de tu frente, regodearte en tus dos cilindros pintados, y que la púrpura delicada te cubra y que el título se enorgullezca con el rojo de la grana. Si él te protege, no temas ni a Probo.” (Marcial, Epigramas, III, 2)

Fresco de Pompeya

En el caso de que los textos no estuvieran ya en posesión de su autor, como sucede con las cartas, no hay evidencia de que el remitente mantuviera derecho sobre su publicación, pero sí que podía existir un código ético de respeto por la amistad y por el honor personal.

"A menudo me has animado a reunir y a publicar aquellas cartas mías que hubiese escrito con mayor esmero. Las he reunido sin conservar un orden cronológico, ya que no escribía una historia, sino según iban llegando a mis manos. Ahora solo falta que tú no te arrepientas de tu consejo, ni yo de haberte hecho caso. Pues entonces ocurrirá que me pondré a buscar todas las que hasta ese momento yazgan olvidadas, y no suprimiré ninguna que haya podido escribir con posterioridad. Adiós.” (Plinio, Epístolas, I, 1)



Si un amigo del autor consideraba digna de divulgación alguna de sus obras la exponía al público para dar a conocer el buen hacer del escritor, aunque esto no agradara del todo al autor por haberse hecho sin su permiso. Se consideraba que una vez compuesta no se debía retener.

“Me pareces demasiado pudoroso al acusarme de haber divulgado tu opúsculo, pues es más fácil mantener en la boca unos rescoldos ardientes que guardar el secreto de una obra brillante. En cuanto tu poema partió de tu lado, perdiste todo derecho. Un discurso hecho público es un bien común… sé indulgente con tu estilo, para que te des a conocer a menudo. Dedícanos por lo menos algún poema didáctico o exhortatorio. Pon a prueba mi silencio, que por más que deseo atestiguártelo, no me atrevo sin embargo a garantizar. Yo conozco el prurito de comentar una obra que se ha examinado, pues de algún modo alcanza una participación en el encomio el primero que divulga una obra ajena bien escrita.”
(Símaco, Epístolas, I, 31)

Algunos autores tenían que enfrentarse a que otros con menos talento intentasen apropiarse de su producción y la hiciesen pasar como si fuera propia. Había casos de citas y préstamos sin indicar su procedencia o de trabajos que sin alterar o parcialmente alterados se atribuían a otros.

Profeta leyendo un papiro, Sinagoga de Dura Europos.
Gillman slide collection

Así en los Epigramas de Marcial se encuentran varias acusaciones contra individuos que plagian sus obras.

“Corre el rumor de que tú, Fidentino, lees mis versos al público como si fueran tuyos. Si quieres que se diga que son míos, te enviaré gratis los poemas; si quieres que se diga que son tuyos, compra esto: que no son míos.” (Marcial, Epigramas, I, 29)

Ante la posibilidad de ver sus obras robadas, algunos autores podían sellar sus escritos con un sello que indicaba la atribución de la obra a su verdadero autor.

“Cirno, para mí que soy un artista instruido un sello quede
impuesto sobre estos versos: si son robados, nunca pasarán
inadvertidos, y nadie estropeará lo que de bueno hay en ellos.
Todo el mundo dirá así: "Son versos de Teognis de Mégara":
célebre entre todos los hombres.”
(Teognis de Mégara, vv 19-23)


Sello de biblioteca en terracota

Los romanos eran conscientes de que la lectura de obras de otros autores podía influir en la propia. Ovidio, exiliado en Tomi, se quejaba amargamente de que sin sus libros le faltaba inspiración y el material necesario para producir sus propios escritos.

“Justo será con mis poemas cuando conozca que han sido escritos en tiempo de destierro y en un lugar de barbarie, y se admirará de que en medio de tantas adversidades haya podido componer poema alguno con mi triste mano. Las desgracias han sofocado mi ingenio, cuya fuente ya antes era infecunda y su vena pequeña. Pero la que había se retiró por falta de ejercicio y, desecada por el largo abandono, ha desaparecido. No hay aquí abundancia de libros que me estimule y alimente: en lugar de libros, resuenan los arcos y las armas.” (Ovidio, Tristes, III, 14, 30)

Ovidio en el exilio. Ion Theodorescu Sion

Los poetas podían emplear motivos ya utilizados por otros poetas de forma que se viera como un cumplido hacia su obra. Además, una excesiva originalidad temática no estaba bien vista en una sociedad tan conservadora con respecto a la literatura como la romana. Macrobio elogió a Virgilio por haber mantenido vivo para la posteridad el espíritu de los poetas antiguos en sus propias obras.

“Si a todos los poetas y escritores se les permitió practicar entre sí tal asociación y comunidad de bienes, ¿quién podría achacar a Virgilio un delito, si para perfeccionarse tomó algo prestado de los autores antiguos? Además, hay que darle las gracias por ello, porque al transferir algunas cosas de las obras de aquéllos a la suya propia, que está destinada a perdurar eternamente, impidió que se perdiera del todo la memoria de los antiguos.” (Macrobio, Saturnales, VI, 1, 5)

Mosaico del Museo Arqueológico de Trier, Alemania, foto Carole Raddato

El deseo de fama inmortal y reconocimiento por sus obras guiaba a la mayoría de los autores de la antigüedad, por lo que muchos de ellos indicaban en alguna parte de los textos que escribían una mención a su nombre, origen, ancestros, inspiración y logros, con los que aspiraban al reconocimiento social por su creación. También era una defensa de la autoría de la obra que trataba de evitar que otros se atribuyeran el mérito.

En los versos siguientes Horacio reivindica ser el primero en la composición de metros líricos eolios en latín. Además, brinda su gloria a la musa que lo ha inspirado y reclamar el premio que cree merecer.

“He dado cima a un monumento más perenne que el bronce
y más alto que el regio sepulcro de las Pirámides; tal que ni
la lluvia voraz ni el aquilón desatado podrán derribarlo; ni la
incontable sucesión de los años, ni el veloz correr de los tiempos.
No moriré yo del todo y gran parte de mí escapará a Libitina.
Sin cesar creceré renovado por la celebridad que me espera,
mientras al Capitolio suba el pontífice con la callada virgen
De mí se dirá —allá por donde violento el Áufido retumba
y Dauno, escaso de agua, reinó sobre pueblos montaraces—
que, poderoso a pesar de mi origen humilde, fui el
primero en llevar el canto eolio a las cadencias itálicas.
Acepta este orgullo debido a tus méritos, y con el laurel
de Delfos, Melpómene, cíñeme de buen grado los cabellos.”
(Horacio, Odas, 3, 30)

Musa Melpómene, Museo Arqueológico de Trier

Los libros eran regalos disponibles para intercambiar en las Saturnales, y de su calidad en la presentación dependía su precio y el agradecimiento del obsequiado.

“Eso de enviarme, Gripo, un libro a cambio de otro libro, ha sido, sin duda, por gastarme una broma. Y podría parecer gracioso, si después me mandases otro obsequio; porque si continúas con tales bromas, ya no lo serán más. Pero bueno hagamos cuentas, el mío, en estuche de púrpura, con su papiro nuevo, adornado con dos cilindros, me costó, además de mi esfuerzo, una moneda de diez ases. El tuyo, comido por la polilla y desmoronándose como los que están empapados de aceitunas Líbicas, o los que envuelven incienso o pimienta del Nilo, o cultivan el atún de Bizancio; …. lo compraste en el puesto de un pobre librero, más o menos por un as de Calígula, tal es tu regalo.” (Estacio, Silvas, IV, 9)

Sin embargo, los autores con cierto prestigio se vanagloriaban de ver que sus obras tenían buena acogida en el mercado editorial y eran vendidas y apreciadas por distintas partes del imperio romano.

“No creía que en Lugdunum (Lyon) hubiera librerías, y he recibido tanto más placer al saber por tu carta que mis opúsculos se venden en ellas. Estoy encantado de que ellos conserven fuera de Roma la popularidad que han ganado en ella. Empiezo, pues, a pensar que son bastante perfectas unas obras, sobre las que coinciden las opiniones públicas en regiones tan separadas las una de las otras.” (Plinio, Epístolas, IX, 11, 2)



Para hacer más atractivos los manuscritos en ocasiones se decoraban con ilustraciones relativas al contenido del texto. Los escritos de los últimos siglos del Imperio con temática religiosa parece que incluyeron dibujos que ayudarían a entender mejor el mensaje destinado a las comunidades cristianas. Aunque es más difícil encontrarlos en papiro por su fragilidad, los códices de pergamino si empezaron a constituir un soporte adecuado que se siguió empleando a lo largo de la Edad Media.

Papiro Goleniscev, Museo Pushkin, Moscú

En Roma, la mujer aristócrata llegó a tener un cierto status de privilegio y un poco de educación que le permitía aprender y conocer la tradición literaria, y también desenvolverse socialmente.

Hacia finales de la República e inicios del Imperio el hábito de la lectura se convirtió en una ocupación más cotidiana incluso para las mujeres, que siempre habían aparecido en la literatura como modelos de virtud cuya principal dedicación eran la casa y los hijos.

Los poetas elegíacos romanos muestran su admiración por la docta puella, una mujer liberada y culta, que atraen a sus admiradores por su belleza y su capacidad intelectual, en vez de por su linaje o virtudes tradicionales.

Catulo leyendo sus poemas. Pintura de Alma-Tadema

Propercio describe que fue lo que le atrajo de su amada Cintia:

"No me ha cautivado tanto su rostro, aunque es espléndido
(los lirios no son más blancos que mi dueña:
es como la nieve meótica si rivalizara con el bermellón íbero,
y como los pétalos de la rosa nadan en pura leche),
ni su cabello, que cae ordenadamente por su cuello suave,
ni sus ojos, dos antorchas que son mis estrellas, ni es como
cuando una joven luce con un vestido de seda de Arabia
(no soy yo un amante que se enamora por nada):
me ha cautivado su elegancia en el baile, servido ya el vino,
como cuando Ariadna dirigía las danzas de las Ménades;
y me ha cautivado cuando tantea versos en ritmo eolio,
tan experta en tañer la lira como Aganipe,
y cuando compara sus escritos con la antigua Corina,
cuyos versos piensa q u e ninguna otra puede igualar a los suyos."
(Propercio, Elegía, II, 3)

Pintura de Alma-Tadema, Museo Nacional de Gales

Se conocen muy pocas escritoras y de algunas de ellas solo se conservan sus nombres y en otros casos, fragmentos de su creación literaria. La ausencia de textos escritos por mujeres, probablemente se debió al temor de que la mujer dejara el ámbito privado para introducirse en el ámbito masculino y público, y obtuviese el poder de equipararse al hombre, pues dar a conocer los escritos convertía al autor en un ser público, conocido por la sociedad a la que pertenecía, considerado por siglos el derecho social propio del varón.

Ovidio alaba el talento creativo de su hijastra Perila, joven educada y de buenas costumbres, animada a componer poesía por el propio escritor, quien se lamenta de que ahora, quizás debido al destierro que él sufre, haya abandonado la creación literaria.

“Y dime, ¿acaso tú también te aplicas a nuestros estudios
comunes y compones doctos poemas en un metro no
patrio? Pues la naturaleza, de acuerdo con el destino,
te ha dotado de púdicas costumbres, de cualidades excepcionales
y de talento. Ese talento tuyo fui el primero en
conducirlo a las ondas de Pegaso, a fin de que no se
agotase de mala manera tu vena de agua fecunda. Fui el
primero que lo descubrió en tus tiernos años de jovencita
y, como un padre para su hija, fui tu guía y compañero.
Así pues, si permanece aún ese mismo fuego en tu pecho,
únicamente la poetisa de Lesbos superará tu obra.
Pero me temo que mi fortuna en este momento te esté
deteniendo y que tras mi desgracia tu pecho haya quedado
sin inspiración. Mientras pudo ser, con frecuencia tú me
leías tus poemas y yo te leía los míos; unas veces era tu
juez, otras tu maestro: unas veces prestaba oídos a tus
versos recién compuestos, otras, cuando interrumpías tu
labor, yo era el motivo de tu rubor. Tal vez, debido a
mi ejemplo, por el hecho de que mis libritos me perjudica-
ron, has seguido también tú el destino de mi castigo. Depon,
Perila, tu miedo; cuida sólo de que ni hembra alguna
ni varón aprenda a amar empujado por tus escritos.”
(Ovidio, Tristes, III, 7)

La edición de lujo, Pintura de John William Godward

Las únicas escritoras que podían participar de los círculos literarios reconocidos eran las que pertenecían al mismo ámbito social, generalmente de clase aristocrática y debían rodearse de patrones influyentes, al igual que hacían los escritores varones de la época.

Tal es el caso de la conocida poetisa Sulpicia que escribió poemas amorosos y tenía como protector a su tío Marcus Valerius Messala Corvinus, político, gran orador y patrón de la literatura de su época, conocido mecenas de los poetas del círculo de Tibulo y de Ovidio; y tutor, además, de su sobrina.

“Se presenta un odioso cumpleaños que habrá de transcurrir triste en el tedioso campo y sin Cerinto. ¿Qué hay más agradable que la ciudad? ¿Pueden ser adecuados a una joven una casa
de campo y un río helado en la llanura aretina?
Ya, Mésala, en exceso preocupado por mí, tranquilízate;
tus viajes con frecuencia son inoportunos, pariente mío. Apartada
aquí dejo mi alma y mis sentidos, en tanto que no [permites]
que esté a mi gusto.”
(Ciclo de Sulpicia, III, 14)

Fresco de Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles

Sulpicia es una joven de buena estirpe que desafía las habladurías de los de su clase y las preocupaciones de su familia por su virtud. Con sus poemas, logra el amor de Cerinto de igual forma que los poetas elegiacos cautivaban a la persona amada con sus versos.

“Por fin llegó el amor, el que se me reprocha haber ocultado
a mi pudor tanto como no habérselo desvelado a nadie.
Convencida por mis Camenas, Citerea me trajo a aquél
y lo dejó caer en mi pecho: Venus cumplió sus promesas:
que narre mis goces si alguien dice no haber tenido los
suyos. No quisiera yo enviar nada en tablillas selladas para
que nadie lo lea antes que el mío, pero me agrada haber
pecado, me molesta fingir un rostro de cara a la galería: que
de mí se diga que he sido digna de un digno.”
(Ciclo de Sulpicia, III, 13)

Horacio y Lidia, Pintura de John Collier

Plinio el joven equipara a su esposa Calpurnia a una docta puella que lee sus obras, canta sus versos y asiste a sus recitaciones, aunque conservando la virtud de la castidad, de la cual carecían las famosas Lesbia de Catulo o Delia de Tibulo.

"Es extraordinariamente inteligente y frugal; me ama, lo que indica su virtud. Añade a esto el interés por los estudios literarios, que le ha inspirado el amor que siente por mí. Guarda copias de mis obras, que lee una y otra vez, e incluso las aprende de memoria… Ella misma, cuando hago una lectura pública, se sienta en un lugar próximo, oculta por una cortina, y escucha atentamente los elogios que recibo. Ella incluso ha puesto música a mis poemas y los canta con su cítara, que no le ha enseñado a tocar ningún artista, sino el amor que es el mejor de los maestros.” (Plinio, Epístolas, IV, 19)

Pintura de Stepan Bakalovich

Ya a finales del Imperio una mujer perteneciente a una clase social elevada, Egeria, escribió en prosa un diario sobre los viajes que realizó en peregrinación a Tierra Santa describiendo además la comunidad cristiana que allí vivía. Su status social queda patente en el hecho de que es recibida por las autoridades religiosas locales, que le proporcionan guías y escoltas y su riqueza en que tiene capacidad para cubrir los gastos de su itinerario por sí misma. Su independencia demuestra que no estaba casada al menos durante la época descrita. Es un trabajo personal, sin intención de ser publicado, destinado a ser leído por sus compañeros de religión, pero que instruye sobre la educación y erudición que algunas mujeres privilegiadas tenían en ese momento histórico.

“Luego, siguiendo la marcha, llegamos a un lugar dónde aquellos montes entre los cuales íbamos se abrían, formando un valle amplísimo, muy llano y muy hermoso, y al fondo de él se veía el santo monte de Dios, el Sinaí…” (Itinerario de Egeria, 1, 2)

Museo Metropolitan, Nueva York

En los últimos siglos del Imperio el sistema de edición y publicación de obras literarias no cambió demasiado. Los escritores seguían escribiendo sus obras que eran copiadas por copistas y enviadas a los lectores que las solicitaban.

“¡Con qué interés solicitó mis propias obras, hasta el punto de enviar seis copistas —pues en esta tierra hay penuria de escribanos que conozcan la lengua latina— con el encargo de copiar para él todo lo que he dictado desde mi juventud hasta el día de hoy!” (Jerónimo, Epístolas, 75, 4)

Foto Granger

Estos mismos enviaban sus propios copistas a cualquier parte del Imperio movidos por su interés en hacerse con los escritos de autores reconocidos. El miedo de estos seguía siendo que las copias tuvieran errores que dificultaran la lectura o comprensión de los textos.

“Respecto de mis obras, que, no por su propio valor sino por tu benevolencia, deseas tener, según me dices, ya se las di a tus hombres para que las trasladaran, y las he visto ya copiadas en los códices de pergamino; no me he cansado de advertirles que las cotejaran con todo cuidado y las corrigieran. Yo no he podido releer personalmente tantos volúmenes, dada la aglomeración de pasajeros y muchedumbre de peregrinos. Además, como ellos pudieron comprobar con sus propios ojos, he estado impedido por una larga indisposición y justo por los días de cuaresma, cuando ellos partían, he empezado a respirar. Así pues, si encuentras erratas o se ha omitido algo que impida al lector la inteligencia, no deberás achacármelo a mí, sino a los tuyos y a la ignorancia, que copian no lo que tienen delante, sino lo que entienden, y mientras pretenden corregir errores ajenos, ponen de manifiesto los propios.” (Jerónimo, Epístolas, 71, 5)



Tras la terminación de sus composiciones los autores las divulgaban en las recitaciones que seguían como una fiel tradición. Libanio felicita a un tal Marcelino por el éxito de sus audiciones en Roma que ha llegado hasta sus oídos en Antioquía.

"Habría sido algo grande que pasaras tu estancia en Roma en silencio escuchando las recitaciones de los demás; muchos son los oradores a quienes Roma nutre y que siguen los pasos de sus padres. Pero el hecho es que uno escucha a aquellos que vienen de Roma que tú ya has dado algunas lecturas públicas y darás más, ya que tu obra se ha dividido en muchas partes y cada una, habiendo sido alabada, da lugar a otra más. Oigo que Roma te ha coronado por tu labor artística y ha proclamado que has superado a algunos y que los otros no te han superado a ti.” (Libanio, Cartas, 1063)

Prosa, Pintura de Alma-Tadema


Bibliografía

A History of Reading; Steven R. Fischer; Reaktion Books
https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=966192; 
THE ORIGINS OF THE PROTECTION OF LITERARY AUTHORSHIP IN ANCIENT ROME; Katharina de la Durantaye
https://www.jstor.org/stable/4302429; The Book Trade at the Time of the Roman Empire; Felix Reichmann
https://www.jstor.org/stable/639358; The Circulation of Literary Texts in the Roman World; Raymond J. Starr
https://revistas.um.es/myrtia/article/view/159381; Libros, libreros y librerías en la Roma antigua; José Luis Vidal
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3761481; El libro en Roma; Ibor Blázquez Robledo1
https://www.academia.edu/37894454/The_Audience_of_Ammianus_Marcellinus_and_the_Circulation_of_Books_in_the_Late_Roman_World; The Audience of Ammianus Marcellinus and the Circulation of Books in the Late Roman World; Darío N. Sánchez Vendramini
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1393861; MATRONA AUT DOCTA PUELLAt ¿DOS UNIVERSOS IRRECONCILIABLES; Cristina DE LA ROSA CUBO
https://www.redalyc.org/pdf/442/44249252004.pdf; UNA APROXIMACIÓN A LOS IDEALES EDUCATIVOS FEMENINOS EN ROMA: MATRONA DOCTA/PUELLA DOCTA, Nazira Álvarez Espinoza
https://archive.org/details/publiclibraries00boydgoog/page/n9; PUBLIC LIBRARIES AND LITERARY CULTURE IN ANCIENT ROME; CLARENCE EUGENE BOYD
https://www.academia.edu/36012703/Written_Media_in_Antiquity; Written Media in Antiquity; Charles W. Hedrick
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio; Jerôme Carcopino; ed. Temas de Hoy

sábado, 17 de julio de 2021

Veneficium, crimen por veneno en la antigua Roma

La poción de amor, pintura de Evelyn Morgan

Para los romanos, veneficium era el crimen cometido al administrar venenum, que era cualquier sustancia capaz de alterar a personas o cosas con las que entrara en contacto. El acto de usar veneno con la intención de causar perjuicio se consideraba veneficium y estaba castigado por ley.

“Aquellos que administren un abortivo o un afrodisiaco, incluso si no lo hacen con mala intención, serán condenados a las minas, si son de clase inferior, o a una isla con la confiscación de parte de su propiedad, si son de clase superior, porque el acto siembra un mal ejemplo. Pero si por esa razón muriese un hombre o una mujer, serán castigados con una muerte horrible.” (Digesto, XLVIII, 19.38.5)

Sin embargo, existía una distinción, el venenum podía considerarse bonum (inofensivo) cuando se aplicaba con la intención de ayudar o sanar (medicamentum) o malum (perjudicial) cuando se administraba con la intención de hacer daño. Así, el mismo venenum dependiendo de la dosis o la forma de administrarlo, podía ser beneficioso o nocivo. Por ejemplo, la mandrágora se puede utilizar como ayuda para dormir, pero si se consume de forma abusiva puede tener consecuencias letales.

“Yo veía las ansias de ese malvado por conseguir un veneno fulminante; por otra parte, mis convicciones no me permitían ofrecer a nadie una substancia mortal; había aprendido que la medicina no tiene por objeto matar a los hombres, sino salvarles la vida. Temía no obstante que, en caso de cerrarme, una rotunda negativa de mi parte diera paso a un crimen, es decir, que ese hombre se fuera a otra parte a comprar su pócima de muerte o incluso llevara adelante su proyecto abominable recurriendo al puñal o a otra arma cualquiera. Le di, pues, una droga, pero era un soporífero, el famoso narcótico de la mandrágora, tan conocido por su virtud letárgica y por el sueño, muy parecido a la muerte, a que da lugar.” (Apuleyo, El asno de oro, X, 11, 2)


El primer caso conocido de crimen por envenenamiento múltiple en Roma fue en el año 331 a.C. cuando se produjo una alta mortalidad debido quizás a una plaga, pero que se achacó a la toma de  veneno. Después de que muchos ciudadanos principales murieran de la misma enfermedad, una esclava informó a los ediles curules que la causa de las muertes era que algunas matronas romanas preparaban y administraban venenos. Al investigarlo, encontraron a unas veinte matronas, incluyendo algunas patricias, preparando venenos, que ellas dijeron ser remedios curativos. Al ser obligadas a beber sus preparados para probar que los cargos eran falsos, ellas murieron. Además, ciento setenta más fueron declaradas culpables del mismo crimen.

“Sí desearía que fuese falsa la tradición —y no todos los escritores la avalan— según la cual murieron por envenenamiento todos aquellos cuya muerte hizo tristemente famoso al año por una epidemia; no obstante, hay que exponer la cosa tal como está en la tradición, para no negarle credibilidad a ninguno de los escritores. Cuando los ciudadanos principales se estaban muriendo de una enfermedad similar y todos casi con los mismos síntomas, una esclava le confesó al edil curul Quinto Fabio Máximo que ella desvelaría la causa de la calamidad pública si él le daba su palabra de que su delación no le iba a acarrear inconvenientes. Fabio somete inmediatamente el asunto a la consideración de los cónsules, éstos a la del senado, y con el acuerdo de todo este estamento se le dan garantías a la denunciante. Entonces quedó al descubierto que la población sufría por la maldad de las mujeres, que las matronas preparaban aquellos venenos y que, si querían seguirla en el acto, podían sorprenderlas con todas las evidencias. Siguieron a la denunciante y encontraron a algunas matronas cocinando los medicamentos, y descubrieron otros escondidos. Conducidas éstas al foro, el viator hizo comparecer a unas veinte matronas en cuyo poder habían sido aprehendidos; como dos de ellas, Cornelia y Sergia, de familia patricia ambas, pretendían que aquellos medicamentos eran saludables, la denunciante, rebatiéndolas, les pidió que bebieran para demostrar que ella había inventado una falsedad. Se tomaron un tiempo para cambiar impresiones; una vez retirado el público, expusieron la cosa a las demás, y como tampoco éstas rehusaron beber, apuraron el brebaje a la vista de todo el mundo y todas ellas perecieron en su propia trampa. Apresadas inmediatamente sus cómplices, denunciaron a un gran número de matronas, de las cuales fueron condenadas alrededor de ciento setenta. Antes de esa fecha no se habían dado en Roma procesos por envenenamiento.” (Tito Livio, Ab Urbe condita, VIII, 18)

El suicidio por envenenamiento se veía como una salida noble y digna frente a la posibilidad de ser tomado prisionero y ejecutado por los enemigos. Así sucedió durante la segunda guerra púnica, cuando la ciudad de Capua se rebeló contra Roma y Aníbal no fue en su ayuda. En el año 211 a.C. Capua fue asediada y su líder, Virrius, sabiendo que no encontraría el perdón en sus enemigos decidió suicidarse e intentó convencer a los miembros del senado para que hicieran lo mismo. Veintisiete lo siguieron, pero los restantes cincuenta y tres fueron ejecutados por los romanos.

“Yo no veré a Apio Claudio y Quinto Fulvio exultantes con su insolente victoria, ni me veré, cargado de cadenas, arrastrado por la ciudad de Roma dando vistosidad a su triunfo para después ser metido en una prisión o atado a un poste y doblegar el cuello ante un hacha romana, con la espalda destrozada por las varas; no veré cómo es incendiada y arrasada mi patria, y arrastradas para ser deshonradas las madres campanas y las doncellas y los muchachos libres. Arrasaron hasta los cimientos Alba, de donde ellos eran oriundos, para que no quedase memoria de su estirpe y sus orígenes; mucho menos voy a creer que perdonarán a Capua, a la que odian más que a Cartago. Conque aquellos de vosotros que quieran plegarse ante el destino antes de ver todos estos horrores tienen hoy preparado y dispuesto un convite en mi casa. Una vez saciados de vino y comida, irá pasando por turno la misma copa que me será presentada a mí; esa bebida librará el cuerpo de los suplicios, el espíritu de los ultrajes, los ojos y los oídos de ver y oír todas las atrocidades e ignominias que esperan a los vencidos. Habrá alguien preparado para arrojar nuestros cuerpos sin vida a una gran pira encendida en el patio de mi casa. Ésta es la única posibilidad de una muerte honorable y libre." (Tito Livio, Ab urbe condita, XXVI, 13, 17)


Muchas de las condenas por envenenamiento, sin suficientes pruebas de culpabilidad, y sin poder analizar químicamente las sustancias utilizadas, se producían en épocas de pestes, cuando la gente se encontraba en un estado de agitación mental que les disponía a atribuir las calamidades que sufrían a las malas artes de personas con perversas intenciones.

Especialmente proliferaron las acusaciones contra mujeres acusadas de envenenar a sus maridos, como en el siguiente caso ocurrido en el año 154 a.C.

“Hubo una investigación sobre envenenamientos. Las mujeres nobles Publilia y Licinia fueron acusadas de asesinar a sus maridos, antiguos cónsules; tras la audiencia, encomendaron sus haciendas al pretor como fianza, pero fueron ejecutadas por decisión de sus familiares.” (Floro, Periocas, 48, 6)

Como los casos que requerían una investigación pública, tales como traición, conspiración, asesinato y envenenamiento fueron en aumento, al final del siglo II a.C. se creó un tribunal para juzgarlos y en el año 81 a.C. el dictador Sila promulgó una ley contra crímenes en los que se incluía el uso de los venenos, Lex Cornelia de sicariis et veneficis. Esta ley incluía la persecución de los venefici, preparadores y administradores de los venenos, así como vendedores y compradores.

“Lo que ordena la ley en virtud de la cual se ha constituido este tribunal es que el presidente, es decir, Quinto Voconio, con los jueces que le han correspondido por suerte -a vosotros, jueces, se dirige la ley- abran información en los casos de envenenamiento. ¿Información contra quién? Se deja sin determinar. «Cualquiera que haya preparado, vendido, comprado, retenido, dado»”. (Cicerón, Pro Cluentio, 148)

Agripina Metella encadenada, pintura de Aurora Mira,
colección Banco de Chile

Los casos de envenenamiento proliferaban por lo que se juzgaban severamente, aunque no siempre era fácil encontrar un responsable o declarar la culpabilidad de un acusado.

“Una mujer de Esmirna fue conducida ante Cneo [Comelio] Dolabela, que ostentaba el mando proconsular en la provincia de Asia. Con venenos administrados solapadamente aquella mujer había asesinado a la vez al marido y a un hijo de éste y confesaba haberlo hecho, afirmando que había tenido un motivo para hacerlo, porque aquellos mismos marido e hijo habían dado muerte a otro hijo de la mujer habido de un matrimonio anterior, un joven excelente e intachable, sorprendiéndolo en una emboscada. Y no había duda alguna de que tal cosa había sucedido así. Dolabela trasladó el caso al Consejo. Ninguno de los consejeros se atrevía a emitir una sentencia en una causa tan delicada: por un lado, opinaban que no debía quedar impune un envenenamiento reconocido por el que se había dado muerte a un padre y a un hijo, y, por otro lado, creían que se había castigado con una pena adecuada a unos criminales. Dolabela trasladó el caso a los areopagitas de Atenas, como jueces más autorizados y experimentados. Una vez conocida la causa, los areopagitas ordenaron que el acusador de la mujer y la mujer misma, sujeto de la acusación, se presentaran al cabo de cien años. De este modo no absolvieron del envenenamiento a la mujer, algo que las leyes no permitían, ni condenaron ni castigaron a una inocente que merecía el perdón”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XII, 7, 1-8)

Entre las causas principales para utilizar veneno en las familias están la de librarse de una esposa o esposo para contraer nuevo matrimonio o quitarse a un pariente de en medio para acceder a una herencia.

“Una mujer acompañó al exilio a su marido, un proscrito. Un día lo sorprendió a solas con una copa en la mano y le preguntó qué contenía. Él le contestó que era veneno y que quería morir. Ella le suplicó que le dejara beber un poco, diciéndole que no quería vivir sin él. Él se tomó parte del brebaje y le dio el resto a su mujer, pero únicamente murió ella. En el testamento aparecía como heredero el marido. Al volver del exilio se lo acusa de envenenamiento.” (Séneca, Controversias, VI, 4 Un brebaje mortífero en parte)

Detalle mosaico del Museo del Bardo, Túnez

En uno de los famosos juicios de Cicerón se expone la defensa de Cluentio Avito acusado por el joven Opiánico, de intentar envenenarlo, cuyo padre, ya fallecido, ya había sido acusado a su vez de intentar envenenar al actualmente defendido, Cluencio. En su defensa Cicerón acusa al difunto Opiánico de envenenar a su esposa Cluencia, tía del joven Cluencio Avito, a su propio hermano y su cuñada embarazada.

“Vosotros, por favor, tened presente que no es mi propósito acusar a Opiánico -que ya está muerto- sino, queriéndoos convencer de que este hombre, mi defendido, no sobornó al tribunal, usar como principio y fundamento de mi defensa el hecho de que Opiánico, el mayor criminal y el mayor delincuente, fue condenado. Él alargó personalmente a su mujer Cluencia, que era tía de mi cliente Avito, una copa y súbitamente ella, a medio beberla, comenzó a gritar que se moría entre grandes dolores y no vivió más de lo que tardó en decirlo porque, con las palabras y el grito aún en la boca, murió. Confirmando esta muerte repentina y las palabras de la moribunda, se encontraron en el cuerpo de la difunta todos los síntomas que suelen ser indicios y vestigios de envenenamiento. Y también con el veneno mató a su hermano Gayo Opiánico.

Y no para ahí todo. Aunque en este fratricidio parece que no se omitió ninguna maldad, sin embargo, para llegar a esta acción infame, se preparó antes el camino con otros delitos. Así, hallándose embarazada Auria, la mujer de su hermano, y creyéndose que ya estaba próximo el alumbramiento, mató a la mujer envenenándola para que al mismo tiempo pereciera el fruto que había concebido de su hermano. Después se volvió contra su hermano, el cual tarde, cuando ya se había agotado la copa mortal, mientras lanzaba gritos por su asesinato y por el de su mujer y queriendo cambiar el testamento, murió en el mismo momento en que expresaba esta voluntad. Así mató a la mujer para no verse excluido, con el nacimiento de un hijo, de la herencia de su hermano y a los hijos de su hermano los privó de la vida antes de que ellos pudieran recibir de la naturaleza esta luz como suya.” (Cicerón, En defensa de Aulo Cluencio, 30-31)


Circe, pintura de John William Waterhouse

Todo aquel que tenía enemigos o pensaba que podía tenerlos desarrollaba gran temor a ser envenenado por lo que era habitual entre los ricos tener un probador para la comida, el praegustator. Sin embargo, no siempre era una solución para evitar el veneno, como se demuestra en muchas ocasiones en la historia.

“En la época en que se preparaba para la batalla que se luchó en Actium, Antonio desconfiaba de la reina hasta temer sus atenciones y no tocaba su comida a menos que otra persona la hubiese probado primero. Por ello se dice que la reina para burlarse de su miedo, hizo mojar las puntas de las flores de una corona en veneno, y luego se la puso en la cabeza. Tras un rato, cuando la alegría se había extendido, retó a Antonio a tragarse las flores mezcladas con el vino. ¿Quién en esas circunstancias se podía esperar traición? Entonces se arrancaron las flores de la corona y se echaron en la copa. Cuando Antonio estaba a punto de beber, ella le sujeto el brazo. Contempla, Marco Antonio, dijo, a la mujer por la que tomas tantas precauciones con tus probadores. Y si no pudiese vivir sin ti, no me faltaría ocasión. Tras decir esto, ordenó traer un hombre de la prisión y le hizo beber de la copa, al hacerlo cayó muerto ahí mismo.” (Plinio, Historia Natural, XXI, 12)

Cleopatra probando veneno en condenados, pintura de Alexandre Cabanel

Los probadores de comidas de los gobernantes llegaban a tener cierta importancia en la corte imperial, siendo normalmente esclavos y posteriormente libertos; algunos se vieron implicados en conspiraciones para envenenar a sus propios amos.

“Al genio de Coetus Herodianus, praegustator del divino augusto, después vilicus en los jardines de Salustio, murió en el consulado de M. Cocceius Nerva y C. Vibius Rufinus. Julia Prima lo dedicó a su patrono.” (CIL, VI, 9005)

Coetus, por su agnomen Herodianus, pertenecería como esclavo a Herodes en un primer momento, y sería heredado por Augusto en virtud de un legado. Cuando fue liberado, se convirtió en un cuidador de los famosos jardines de Salustio siendo su propia liberta quien se encargó de su tumba.

Durante el imperio la dinastía Julio-Claudio consiguió una fama nefasta por los numerosos casos de envenenamiento ocurridos en la familia.

En el año 19 d.C. el sobrino del emperador Tiberio, Germánico, murió en extrañas circunstancias en Antioquía. Su esposa Agripina acusó al gobernador de Siria, Calpurnio Pisón, con quien el difunto había tenido grandes diferencias, y a su esposa Plancina de haberlo envenenado con la ayuda de una famosa hechicera siria, Martina.

“Éste, a instancia de Vitelio y de Veranio, que hacía el proceso contra los tenidos por culpados, envió a Roma una mujer llamada Martina, tenida por hechicera pública en aquella provincia, muy amada de Plancina.” (Tácito, Anales, II, 74)

Muerte de Germánico, pintura de Adolf Hiremy Hirschl

De camino a Roma para ser juzgada Martina murió y aunque no había pruebas de suicidio se encontró veneno escondido en su cuerpo.

“Ya se sabía que aquella Martina, famosa hechicera, enviada, como he dicho, por Cneo Sencio, había muerto súbitamente en Brindis, y que le habían hallado el veneno escondido en las trenzas de los cabellos, sin señal alguna en su cuerpo de haberse quitado ella misma la vida.” (Tácito, Anales, III, 7)

En el año 23 d.C. murió Druso, el hijo de Tiberio, por un veneno que le había sido administrado por Ligdo, un liberto suyo, instigado por Sejano, prefecto del pretorio, quien deseaba el poder y había cometido adulterio con la esposa del propio Druso. El veneno ingerido produjo en el afectado el efecto de una enfermedad degenerativa.

“Y así juzgando Sejano que le convenía solicitar, escogió un veneno de tal calidad que, penetrando poco a poco, hiciese su efecto semejante a las enfermedades casuales. Este veneno se dio a Druso por medio de Ligdo, eunuco, como se descubrió ocho años después.” (Tácito, Anales, IV, 8)


Druso minor, hijo de Tiberio.
Museo del Prado, Madrid

Dión Casio cuenta con respecto a la insania de Calígula que envenenó a gladiadores y aurigas para que sus favoritos pudieran vencer y él poder ganar más dinero.

“Al mismo tiempo que cometía estos crímenes con la excusa de que se encontraba falto de recursos económicos, ingenió este otro modo de sacar dinero. Vendía a los supervivientes de los combates gladiatorios, a un precio desorbitado, a los cónsules, pretores y otras personas. Se los vendía no sólo a los que deseaban comprarlos sino a los que él forzaba, en contra de su voluntad, a hacerlo durante las carreras del circo y, muy especialmente, a los que sorteaba para que fueran sus organizadores. De hecho, había ordenado que se designase a suertes dos pretores para aquellos combates, tal y como se había hecho en otras épocas. Mientras, él, que se sentaba en el banco del vendedor, hacía subir la puja. Muchas personas que venían de fuera aumentaban las pujas, especialmente porque así permitía, a los que quisieran, ofrecer un espectáculo con un número mayor de gladiadores del que la ley establecía y porque él los visitaba con cierta frecuencia. De esta forma, algunos porque necesitaban a aquellos hombres, otros porque creían que así se congraciaban con el emperador, y la mayoría, todos aquellos que tenían la reputación de ricos, porque querían gastar una parte de sus fortunas con aquel pretexto para que, disminuyendo sus riquezas, consiguieran salvar sus vidas, compraban a los gladiadores a precios muy altos. Pero después de haber hecho todo eso, mató a los mejores y más famosos de aquellos gladiadores con un veneno. Lo mismo hizo con los caballos y los aurigas del equipo contrario.” (Dión Casio, Historia romana, LIX, 14)



Se cree que el emperador Claudio murió envenenado por su cuarta esposa Agripina con un veneno proporcionado por la famosa Locusta para sustituirlo por su propio hijo Nerón. Claudio, gran aficionado a las setas, se sintió indispuesto tras comer un plato elaborado con ellas, pero no murió inmediatamente, sino que se dice que su médico, Jenofonte, le metió una pluma en la garganta para provocar el vómito, que estaría supuestamente envenenada lo que acabó por producir su muerte.

“Agripina, resuelta al crimen desde hacía tiempo, solícita para aprovechar la ocasión que se le había presentado y sin necesitar intermediarios, reflexionó mucho sobre la elección del tipo de veneno, temiendo que uno de efectos rápidos e inmediatos pusiera al descubierto su crimen, y que, si elegía uno lento y de efectos retardados, Claudio, al llegar a sus últimos momentos y comprender el engaño, retornara al amor de su hijo. Quería algo rebuscado, algo que perturbara la mente y aplazara la muerte. Entonces elige a una experta en tales artes llamada Locusta, condenada hacía poco por envenenamiento y mantenida desde tiempo atrás entre los instrumentos de su poder. Con el saber de esta mujer se preparó el veneno y se encargó de servirlo a Haloto, uno de los eunucos, que era quien solía llevarle las comidas a la mesa y probarlas.

“Hasta tal punto se supieron después todos los detalles, que los historiadores de aquellos tiempos cuentan que el veneno se echó en un sabroso plato de setas, y que los efectos del tóxico no se notaron en un primer momento, ya fuera por la estupidez de Claudio, ya porque estuviera borracho. A la vez daba la impresión de que una descomposición del vientre había venido en su ayuda. Aterrada por ello Agripina y, pues se temía lo peor, haciendo caso omiso de los reproches de los presentes, emplea la complicidad de Jenofonte, el médico, a quien se había ganado previamente. Se cree que éste, aparentando ayudarle en sus intentos de devolver, hundió hasta su garganta una pluma untada en un rápido veneno, no ignorando que los mayores crímenes empiezan con peligro y terminan en recompensa.” (Tácito, Anales, XII, 66-67)


El motivo por el que Nerón pudo haber hecho envenenar a Británico, hijo de Claudio, no está totalmente claro, pues el joven no llegó a ser nombrado sucesor y su paternidad había quedado en entredicho al ser hijo de Mesalina. Agripina se había encargado de eliminar a todos sus partidarios, pero quizás hizo creer a Nerón que apoyaría a Británico si aquel no seguía sus consejos. Suetonio cree que le tenía envidia por su voz y por ser el hijo del recordado Claudio.

Para llevar a cabo su detestable propósito recurrió a la mencionada envenenadora de su tiempo, Locusta, que creó una poción especial para la ocasión.

“Envenenó a Británico tanto por envidia de su voz, que era muy agradable, como por temor de que algún día el recuerdo de su padre le hiciera prevalecer en el favor de los hombres. Le dio el veneno una tal Locusta, que había descubierto varios, pero como este obraba más lentamente de lo que esperaba y solo consiguió provocar a Británico una descomposición de vientre, mandó llamar a esta mujer y la golpeó con sus propias manos, acusándola de haberle dado una medicina en lugar de un veneno; al poner ella como excusa que le había dado menos cantidad para ocultar un crimen tan odioso, exclamó: “Pues sí que temo yo la ley Julia” y la obligó a cocinar ante su vista, en su habitación, el veneno más rápido y más activo que pudiera. Luego, lo experimentó con un cabrito que tardó cinco horas en morir, en vista de lo cual lo hizo recocer una y otra vez y se lo dio a comer a un cochinillo, que murió en el acto; entonces ordenó que lo llevaran al comedor y se lo sirvieran a Británico mientras comía con él. Nada más probarlo, aquel cayó, y Nerón fingió ante los convidados que había sufrido uno de sus habituales ataques de epilepsia; al día siguiente, lo enterró a toda prisa, sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial. En premio a sus servicios, concedió a Locusta la impunidad, extensas posesiones, e incluso discípulos.” (Suetonio, Nerón, 33)


Muerte de Británico, ilustración de Pierre Narcisse Guerin

Locusta había sido condenada por muchos crímenes durante el reinado de Claudio y permanecía en prisión cuando Agripina la hizo llamar para conseguir un veneno contra Claudio. Posteriormente Nerón la utilizó para librarse de Británico y tras la muerte de este, su sentencia de muerte fue suspendida y mantenida como consejera sobre venenos. Se le permitió enseñar a otros y también probar sus pócimas en animales y criminales convictos. Fue ejecutada cuando Galba accedió al poder tras la muerte de Nerón.

“En los casos, no obstante, de Helio, Narciso, Patrobio, Locusta, los hechiceros y el resto de escoria que había salido a la luz durante los días de Nerón, ordenó que les condujera encadenados por toda la Ciudad y que después se les ejecutara.” (Dión Casio, Historia romana, LXIV, 3, 4)


Locusta y Nerón probando un veneno, pintura de Xavier Sigalon,
Museo de Bellas Artes de Nimes, Francia

Ni siquiera los emperadores mejor considerados quedaban a salvo de ser acusados de envenenar a sus rivales políticos, como en el caso de Marco Aurelio, quien habría supuestamente envenenado a su coemperador Lucio Vero.

“No hay ningún príncipe que no se vea salpicado por la mala fama, de manera que también sobre él se difundió el rumor de que había dado muerte a Vero, bien mediante la aplicación de un veneno cortando una tetina de cerdo con un cuchillo por el lado que previamente había sido envenenado y dándole a comer la parte envenenada mientras que se reservaba para sí la parte inofensiva, bien mediante la utilización de los servicios del médico Posidipo que, según cuentan, le hizo una sangría antes de tiempo.” (Historia Augusta, Marco Aurelio, 15, 5)

El temor a ser envenenado era una constante entre los gobernantes de la antigüedad por lo que era habitual que tomasen medidas para paliar los efectos de una posible ingesta, por lo que de forma preventiva solían tomar ciertas dosis de varios venenos que servirían como antídoto en caso de necesidad.

“Decidieron, pues, dar a Cómodo un veneno, que Marcia se comprometió a administrárselo sin dificultad. Pues tenía la costumbre de mezclar ella misma el vino y de ofrecer al emperador la primera copa para que tuviera el placer de beberla de manos de su amada. Al volver Cómodo del baño Marcia puso el veneno en la copa, mezclándolo con un vino aromático y le ofreció la bebida. Él, como copa de amor que habitualmente le brindaba Marcia después de sus frecuentes baños y combates con los animales, sediento, la bebió sin darse cuenta. Al punto le sobrevino un sopor que le forzó a dormir y, pensando que esto le ocurría a causa del cansancio, se acostó. Eclecto y Marcia, con el pretexto de dejar descansar al emperador, ordenaron a todos que se retiraran y fueran a sus asuntos… Durante un rato permaneció tranquilo, pero cuando el veneno afectó al estómago e intestinos, se apoderó de él un mareo seguido de una vomitona, bien porque la comida y abundante bebida ingeridas antes rechazaban el veneno, bien por haber tomado previamente un antídoto, como suelen tomar los emperadores siempre antes de cada comida. Pero, ante aquella vomitona, Marcia y los otros, temiendo que arrojara todo el veneno y que se recuperara y fuera la ruina de todos, persuadieron con promesas de generosas recompensas a un tal Narciso, joven decidido y fuerte, para que se acercara a Cómodo y lo estrangulara. Él irrumpió en la habitación del emperador, que estaba abatido por el veneno y el vino, y le apretó el cuello hasta matarlo.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, I, 17, 8-11)

Narciso estrangulando a Cómodo, grabado de G. Mochetti

La rivalidad familiar provocaba que se buscase el envenenamiento como forma fácil de deshacerse de algún pariente molesto al que se consideraba un impedimento para el ascenso al trono, como sucedió en el caso de Claudio y su hijo Británico. Pero avanzado el imperio, la eliminación de rivales seguía sucediendo. La enemistad entre Caracalla y su hermano Geta se vio salpicada por el enfrentamiento y las sospechas, entre ellas las de posible envenenamiento, aunque finalmente el segundo acabó sucumbiendo a la violencia de su hermano mayor.

“En el libro anterior han quedado descritas las acciones de Severo en sus dieciocho años de emperador. Sus hijos, todavía unos jóvenes. junto con su madre regresaron apresuradamente a Roma, y ya manifestaron su desacuerdo durante el camino. Ni paraban en los mismos alojamientos, ni comían juntos; cada uno miraba con gran recelo todo lo que comía y bebía, no fuera que el otro se hubiera adelantado y a escondidas, o por medio de algún criado, le hubiera puesto un veneno.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV, 1)


Izda. Caracalla, Museo Palazzo Massimo, Roma. Drcha. Geta

Los efectos provocados tras la ingestión de veneno se describen de forma cruda y dramática en algunos textos haciendo patente el sufrimiento que producía en los afectados.

“Por otra parte, Licinio perseguía con su ejército al tirano, y éste, batiéndose en retirada, se dirigió de nuevo a los desfiladeros del Tauro. Aquí intentó el avance con la construcción de torres y fortificaciones, pero fue desalojado por los vencedores, que destruyeron todas las construcciones, y, finalmente, huyó a Tarso. Allí, al verse asediado por tierra y por mar y no esperar ya refugio alguno, angustiado y temeroso, recurrió a la muerte, como remedio a los males que Dios había acumulado sobre su cabeza. Pero previamente se sació de comida y se anegó en vino, tal como acostumbran a hacerlo quienes piensan que lo van a hacer por última vez. Tras ello ingirió veneno. Su efecto, al actuar sobre un estómago lleno, no pudo ser fulminante, sino que le produjo una debilidad maligna, similar a la que provoca la peste, por lo que su vida se prolongó algún tiempo entre dolores. Después comenzó a intensificarse el efecto del veneno, con lo que sus entrañas comenzaron a arder con un dolor tan insoportable que le llevó a la locura. Llegó a tal extremo, que, por espacio de cuatro días, preso de la locura, cogía con sus manos tierra seca y la devoraba como un hambriento. Seguidamente, después de innumerables y duros dolores, al golpear su cabeza contra las paredes, sus ojos se saltaron de sus órbitas. Por último, perdida ya la vista, tuvo una visión en la que Dios le juzgaba rodeado de servidores vestidos de blanco. Daba gritos de manera semejante a los que están sometidos a tortura y declaraba que no lo había hecho él, sino otros. Finalmente, como si hubiese cedido a los tormentos, comenzó a confesar a Cristo suplicándole e implorándole que se compadeciese de él. De este modo, exhalando gemidos como si le estuviesen quemando, entregó su espíritu pernicioso en medio de un género de muerte detestable.” (Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores, 49 – Muerte de Maximino Daya)


El suicidio por veneno era una salida fácil y rápida para quien se creía perseguido y no quería enfrentarse a una pena de prisión, una condena a muerte o un asesinato. Algunos iban siempre preparados con algún veneno eficaz encima para tener acceso a él en cualquier momento.

“Vibulio Agripa, un caballero, se mató en la propia curia bebiendo el veneno que llevaba oculto en uno de sus anillos.” (Dión Casio, Historia Romana, LVIII, 18, 4)

No siempre el efecto buscado a la hora de administrar un veneno era la muerte, sino provocar una enfermedad o la interrupción de un embarazo.

“Mientras tanto, Helena, hermana de Constancio y esposa del César Juliano, fue conducida a Roma por una llamada aparentemente amistosa, según un plan tramado por la emperatriz Eusebia, estéril durante toda su vida, que la convenció para que bebiera un veneno preparado con mala fe de manera que, cuando quedara embarazada, perdería el hijo que esperara.” (Amiano Marcelino, Historia, 16.10.18)

El uso inadecuado del veneno podía implicar que el resultado no fuera el esperado, como en el caso de mezclar sustancias que podían interferir unas contra las otras y acabar evitando un desenlace fatal en vez de provocarlo.

“Una esposa adúltera dio venenos a su celoso marido y creyó que no le había dado suficiente para matarlo. Añadió proporciones mortales de mercurio para que esa fuerza duplicada le provocase una rápida muerte. Si se aíslan los ingredientes, son, por separado, veneno; toma un antídoto quien juntos los bebe. Así, mientras luchan entre sí esos nocivos brebajes, el daño mortal se trueca en bien salutífero.

Y buscaron sin detenerse los vacíos recovecos del vientre, siguiendo el camino resbaladizo y conocido de los alimentos desechados. ¡Qué justa providencia la de los dioses! La esposa más cruel puede favorecer y, cuando los hados quieren, dos venenos benefician.” (Ausonio, Epigramas, 3)



Los antiguos romanos diferenciaban entre tres clases de venenos, los que matan con rapidez, los que causan deterioro físico y los que provocan perturbación mental. En estos últimos se pueden incluir los filtros amorosos que muchos clientes encargaban a hechiceras para someter la voluntad de los afectados.

“No por la fuerza de pócimas sabidas, ¡oh Varo, hombre destinado a tantos llantos!, has de acudir a mí de nuevo, ni a mí volverá tu pensamiento llamado por invocaciones marsas. Voy a preparar algo más grande, una poción más potente le voy a administrar a tus desdenes; y el cielo quedará debajo de los mares, y por encima se extenderá la tierra, si no ardes tú en mi amor, como arde el betún en negros fuego.” (Horacio, Épodos, V)


En la antigüedad se conocieron una gran variedad de sustancias con propiedades venenosas provenientes del mundo animal, vegetal y mineral. Del primero había gran interés por el estudio de las mordeduras de animales como las serpientes, escorpiones o las liebres marinas.

“Voy a hablar del escorpión, armado con un potente aguijón., y de su desagradable progenie. La especie blanca no causa daño. Pero la roja causa una fiebre rápida y calenturienta en las bocas de los hombres, y las víctimas luchan de forma convulsiva como si se hubieran prendido fuego, y les provoca una sed constante. La especie negra por otro lado, cuando muerde, causa una agitación temible y las victimas se asustan y ríen sin ninguna razón.” (Nicandro de Colofón, Theriaca)


También se sabían las propiedades nocivas de algunos minerales como el arsénico, el plomo o el albayalde. Pero, sobre todo, los efectos más estudiados son los procedentes de las hierbas y plantas. Entre las plantas más conocidas destacan, por ejemplo, el acónito, cuya raíz era uno de los venenos más enérgicos del reino vegetal, pues con poca cantidad se lograba un efecto letal tras un colapso cardiovascular y una parálisis respiratoria. Entre sus síntomas se encontraban los dolores musculares, debilitamiento general, ritmo cardiaco irregular y baja presión sanguínea.


Izda. Acónito. Centro, cicuta. Drcha. Eléboro

La cicuta se usaba ya en el siglo V a.C. en los tribunales de Atenas como método de ejecución. El filósofo Sócrates puso fin a su vida bebiendo cicuta en el año 399 a.C. Produce náusea, salivación, vómitos, dolor abdominal y de cabeza. Provoca una paralización de los órganos respiratorios hasta llegar a la asfixia. Se dice que su resultado es una muerte fácil e indolora. Séneca tras la condena impuesta por Nerón intentó quitarse la vida abriéndose las venas, pero al no llegar la muerte, tomó cicuta para acelerar el proceso, pero al no conseguir morir tampoco, fue llevado a una bañera para que los vapores del agua caliente le produjeran la asfixia.

“Séneca, entretanto, al prolongarse su agonía, rogó a Estacio Anneo, en quien tenía experimentada gran amistad y no menor ciencia en la medicina, que le trajese el veneno ya de antes preparado, que era el que solían dar por público juicio los atenienses a sus condenados; y habiéndoselo traído, lo tomó, aunque sin ningún efecto, por habérsele ya enfriado los miembros y cerrado las vías por donde pudiese penetrar el veneno.” (Tácito, Anales, XV, 64)

La muerte de Séneca. Pintura de Manuel Domínguez Sánchez, Museo del Prado.

El eléboro podía utilizarse como purgante y como remedio para tratar enfermedades mentales como la epilepsia. El opio se empleaba para calmar el dolor, pero en grandes cantidades causaba la muerte por lo que se tomaba en casos de suicidios.

La forma más fácil de administrar los venenos era mezclarlos con vino o ponerlos en la comida.

“A vosotros os aviso, huérfanos que gozáis de buena situación económica, cuidad de vuestra existencia y no fiaros de mesa alguna, que los pasteles amoratados fermentan con el veneno de la madre,
Que alguien dé antes un mordisco a cuantos te alargue aquélla que te ha parido, que pruebe antes precavidamente la copa tu preceptor.”
(Juvenal, Sátiras, VI, 630)

Pintura de Alma-Tadema

El cuerpo de una persona envenenada podía oscurecerse tras su muerte y Dión Casio cuenta la historia de Nerón que hizo que embadurnaran el cuerpo de Germánico con yeso para enblanquecerlo, ya que se había puesto negro por el veneno que le habían suministrado, pero cuando le llevaban por el Foro empezó a llover torrencialmente e hizo que el yeso se diluyera, por lo que el crimen quedó al descubierto.

 “Nerón entonces asesinó a traición a Británico envenenándole y después, como la piel se le tornara lívida por culpa del veneno, hizo untar el cuerpo con yeso. Pero al ser llevado a través del Foro, una fuerte lluvia que cayó mientras el yeso estaba todavía fresco lo lavó y lo quitó, de modo que el crimen fue conocido no solo por lo que el pueblo oyó, sino también por lo que vio.” (Dión Casio, Historia romana, LXI, 7, 4)


Británico (probable), Pompeya,
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto M0tty


Bibliografía


https://www.researchgate.net/publication/280210350_POISONS_POISONING_AND_THE_DRUG_TRADE_IN_ANCIENT_ROME; POISONS, POISONING AND THE DRUG TRADE IN ANCIENT ROME; L Cilliers & F P Retief
https://www.mcgill.ca/classics/files/classics/2007-8-03.pdf; Snow White’s Apple And 
Claudius’ Mushrooms: A Look at the Use of Poison in the Early Roman Empire; Connie Galatas
https://www.academia.edu/13316961/Poisoning_in_Ancient_Rome_The_Legal_Framework_The_Nature_of_Poisons_and_Gender_Stereotypes; Poisoning in Ancient Rome: The Legal Framework, The Nature of Poisons, and Gender Stereotypes; Evelyn Höbenreich and Giunio Rizzelli
https://www.proquest.com/openview/bacd0135baf4df8eaaecd7553c937ede/1?pq-origsite=gscholar&cbl=18750&diss=y; THE ROLE OF POISON IN ROMAN SOCIETY; Cheryl L. Golden
https://www.jstor.org/stable/265324?origin=JSTOR-pdf; Poisons and Poisoning among the Romans; David B. Kaufman
https://www.researchgate.net/publication/288204969_Poisons_Poisoners_and_Poisoning_in_Ancient_Rome; Poisons, Poisoners, and Poisoning in Ancient Rome; Louise Cilliers
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3070687; Maleficio y veneno en la muerte del Germánico; Manuel García Teijeiro