Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 9 de marzo de 2020

Furor circensis, la pasión por los juegos circenses en la antigua Roma

Díptico de los Lampadios, Museo de Santa Giulia, Brescia, Italia. 
Foto Giovanni Dall'Orto

En Roma los juegos públicos eran presididos y organizados por los ediles y pretores anuales, aunque los gastos eran pagados por el tesoro público. Sin embargo, no muy tarde, los magistrados comenzaron a aportar fondos propios para engrandecer las fiestas. En los últimos siglos de la república se estableció que todo magistrado encargado de organizar ludi debía gastar sumas superiores a las entregadas por el tesoro público. Ediles y pretores buscaban ofrecer al pueblo espectáculos brillantes que les permitiesen destacar sobre sus predecesores y adversarios políticos y obtener popularidad entre los asistentes a los que veían como potenciales votantes. 

Por ejemplo, la Ley de Urso establecía que los duunviros y ediles debían aportar 2000 sestercios para la celebración de juegos. Con esta disposición la colonia se aseguraba la organización regular de espectáculos variados y de calidad. Los ludi así organizados no se consideraban actos evergéticos, sino obligaciones de los magistrados, aunque podían considerarse estos como evergetas, si ampliaban los gastos previstos en la ley o rechazaban la aportación económica de la ciudad.

“Todos los ediles durante su magistratura deben celebrar un espectáculo de gladiadores o espectáculos dramáticos a Júpiter, Juno y Minerva, o cualquier porción de dichos programas deberán ser posible, durante tres días, para la mayor parte de cada día, y en un día juegos en el circo o el foro de Venus, y en dichos espectáculos y dicho programa de cada una de dichas personas se gastarán de su propio dinero no inferior a 2.000 sestercios, y desde el fondo público que deberán ser legal para cada varios edil de gastar 1.000 sestercios, y un duunviro o un prefecto dispondrá que se le dará el dinero y se le asigna, y será legal para los ediles para recibir igual sin perjuicio de sí mismos.” (
Lex Ursonensis, LXX)

Desde finales del siglo I. d.C. fueron los decuriones los encargados de organizar y financiar los juegos oficiales. Los magistrados se limitarían a presentar los presupuestos y presidir los juegos el día de su celebración.


Circo de Arlés, Ilustración de Jean-Claude Golvin

En época imperial los espectáculos empezaron a ser organizados libremente por particulares con dinero, pues nada impedía a un evergeta ofrecer unos juegos públicos en su ciudad, con autorización de la curia y ateniéndose a las limitaciones impuestas por la legislación imperial. Estos individuos intentaban rentabilizar tales actos evergéticos política y socialmente.

Las razones más habituales por las que se pagaban unos juegos para la comunidad eran el agradecimiento a la curia y al pueblo por un nombramiento, la dedicación de una estatua a una divinidad, al emperador o un miembro de la comunidad., la inauguración de una obra pública financiada por el propio evergeta, el deseo de mantener en la memoria colectiva el recuerdo de personas difuntas o la manifestación de la devoción y agradecimiento hacia la familia imperial.

“Lucio Iunio Paulino, de la tribu Sergia, pontífice, flamen perpetuo y duunviro de los colonos de la Colonia Patricia, flamen de la provincia Bética, habiendo ofrecido juegos de gladiadores y dos representaciones teatrales por el honor del flaminado erigió estatuas por valor de 400.000 sestercios que había prometido si alcanzaba el honor y las dedicó patrocinando carreras de carros en el circo.” (Córdoba, CIL II 5523)



Relieve de un magistrado en el Circo Maximo, Ostia. Museos Vaticanos

Las mujeres también aparecen como benefactores de sus ciudades y habitantes aportando financiación para la construcción de obras públicas y para la celebración de juegos circenses en el momento de su dedicación.

“Voconia Avita, hija de Quinto, construyó para su ciudad Tagilitana unas termas en su terreno y con su dinero. Luego de publicar unos juegos circenses y ofrecer un banquete las dedicó. Para el cuidado del edificio y uso perpetuo de las termas, entregó a la ciudad Tagilitana la cantidad de dos mil quinientos denarios.” (Museo Arqueológico Provincial de Almería)

Es posible que en ciudades más pequeñas la celebración de los juegos dependiera de la aportación de animales u otros servicios desde ciudades más importantes para lo que debían contribuir con la entrega a su vez de algún producto requerido a las facciones participantes. Así puede verse en los edictos de algunos gobernantes.

“Los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio, Augustos, a Valeriano, prefecto de la ciudad.

El pueblo de Campania no obtendrá de ninguna manera caballos para los entretenimientos, a menos que haya contribuido con dos mil medidas de judías para cada una de las facciones (factiones stabulorum) en la venerable ciudad, según el antiguo, necesario y obligatorio pago. Aquileia, 22 de abril del 381 d.C. en el consulado de Syagrius y Eucherius.”
 (Código Teodosiano XV.10.29)



Caballos de San Marcos, Venecia. Foto Tteske

Los ciudadanos que contribuían económicamente a la celebración de los juegos hacían generosos donativos a las facciones, bien con dinero, bien proporcionando esclavos para facilitar el trabajo y asegurar el éxito del espectáculo. Símaco ofreció unos juegos para celebrar la cuestura de su hijo en la que dona esclavos a cada una de las facciones de la ciudad de Roma.

“Ávido por ello del reconocimiento de la ciudadanía, aspiro a añadir a los gastos de la cuestura de mi hijo una forma de generosidad diferente, incluyendo la donación de cinco esclavos a cada una de las cuadras de carros de la Ciudad Eterna. Y dado que es fácil encontrar esclavos a lo largo de la frontera y que el precio suele ser admisible, te ruego encarecidamente que ordenes por medio de hombres diligentes la adquisición de veinte jóvenes aptos para la tarea que he dicho antes.” (Símaco, Cartas, II, 78)


Los patrocinadores particulares de juegos podían recibir regalos de parte del emperador por su contribución al bienestar de la comunidad.

“En efecto, nuestro Argirio (pues el nieto lleva el mismo nombre que el abuelo) mima los cuerpos en los baños públicos y, como ahora va a deleitar a la ciudad con carreras de caballos, ha sido distinguido con un regalo imperial. Dicho regalo consiste en dos cuadrigas y los caballos son adiestrados en Bitinia.” (Libanio, Epístolas, 381)




Mosaico de Urfa, Turquía

También los emperadores podían obsequiar a los organizadores de los juegos con regalos para ser utilizados en su realización, entre los cuales, sin duda, los mejores serían caballos seleccionados de las caballerizas imperiales.

“Los emperadores Valentiniano, Valente y Graciano, Augustos, al Senado

Sancionamos que de nuestras manadas frigias sean entregadas dos veces cuatro caballos para que sean uncidos a las cuadrigas, es decir, ocho caballos a la vez, y estos caballeros les serán proporcionados a los dos pretores de la más importante exhibición de los juegos. En Antioquía, 13 de abril del 372 d.C. en el consulado de Modestus y Arintheus.”
(Código Teodosiano, VI.4.19)

En Roma las carreras de carros despertaron siempre un interés que rayaba en la locura entre la masa popular. Algunos criticaban el hecho de que la gente se volviese irracional y violenta hasta perder el control de sus emociones y mostrar más rabia que los propios jinetes. Su agresividad llegaba al insulto hacia los organizadores del evento por el sorteo hecho para asignar las pistas a cada carro o hacia los jinetes del equipo contrario.

“Igualmente, el sentido de los juegos circenses ¿qué otra cosa tiene sino ligereza, vanidad y locura? Efectivamente, los ánimos enloquecen con tanta fuerza como ímpetu se pone al correr por la arena, de forma que ofrecen más espectáculo quienes han venido de espectadores, desde el momento en que empiezan a dar voces, a salirse de sí y a dar saltos.” (Lactancio, Instituciones Divinas, VI, 20, 32)




Circo Máximo, Ilustración de Enrico Marini

La pasión por las carreras de caballos (furor circensis) afectaba a los romanos de cualquier edad, sexo y clase social. Incluso los niños participaban de esa locura por las carreras manifestándose partidarios de un determinado auriga, caballo o equipo.

“Desde la edad juvenil le apasionaron los ejercicios de caballos, y su conversación más frecuente versaba sobre las carreras en el Circo, pese a la prohibición que se le había impuesto. Cierto día que deploraba con sus condiscípulos la desgracia de un auriga a quien habían arrastrado sus caballos, reprendido por su maestro, le dijo que hablaba de Héctor. En los comienzos de su reinado se complugo en hacer rodar sobre una mesa de juego cuadrigas de marfil, y desde el fondo de su retiro acudía hasta a las menores solemnidades del Circo: primero en secreto, después públicamente, de manera que nadie dudaba que había de presentarse el día designado para los juegos.” (Suetonio, Nerón, XXII)

El entusiasmo por los colores de las facciones podía desembocar en conductas individuales que mostraban total irracionalidad, como la anécdota contada por Plinio sobre la inmolación de un seguidor del equipo rojo en la pira funeraria de un auriga fallecido.

“Se encuentra en las actas que cuando se le estaban haciendo las honras fúnebres a Félix, un auriga de la facción roja, uno de sus simpatizantes se arrojó a la pira, algo que no merecería la pena decir, pero, para que esto no redundara en gloria de su autor, sus adversarios le acusaron de que se había caído mareado por la abundancia de perfumes.” (Plinio, Historia Natural, VII, 53)







Pero el circo era también un escenario apropiado para los encuentros amorosos, charlas amistosas o la esperanza y emoción de encontrar prosperidad apostando por un equipo determinado como ganador, lo que podía provocar verdadera angustia o inquietud.

“Y entonces, ¿qué? ¿No era nada lo que te movía y te incitaba a dejar a tu hija? ¿Cómo sería posible? Esto sería como lo que movía a uno en Roma a cubrirse cuando corría un caballo que le interesaba y luego, una vez que ganaba inesperadamente, a necesitar de esponjas para recuperarse del desmayo.” (Epícteto, Disertaciones por Arriano, I, 11, 27)

En la época algunos se preguntaban por qué resultaban tan atrayentes las carreras de carros en el circo para la gente y criticaban que el lugar era incómodo, primero porque al estar al descubierto había que sufrir las inclemencias del tiempo, con sol y calor en verano. El ruido sería ensordecedor por el griterío de los asistentes y solo el sonar de trompetas y los contadores de vueltas permitirían estar al tanto de lo que iba a acontecer.

“Y, cuando, dada la señal, los cerrojos resonaron y, de entre todos los cascos, apenas se distinguió la primera pezuña, al cielo se elevó un clamor como un violento torbellino. Inclinados hacia adelante como los propios aurigas, todos siguen con la mirada su carro favorito y, a grandes voces, gritan a los caballos que volaban. Retumba el circo con la rivalidad entre los seguidores, el acaloramiento hace perder el juicio a todos. Con sus consignas apremian a los caballos, con sus clamores los gobiernan.” (Silio Itálico, Guerra Púnica)



Pintura de Alexander von Wagner, Manchester Art Gallery

Los asientos serían estrechos y poco confortables, lo que también sería aprovechado por algunos interesados, siguiendo el consejo de Ovidio, para intimar con sus amantes, gracias a que allí podían sentarse juntos hombres y mujeres.

“Y no pierdas de vista la carrera de caballos prestigiosos: el Circo, que da cabida a tanta gente, ofrece muchas ventajas. No hay necesidad de hacer signos con los dedos para transmitir recados ni tienes que mover la cabeza para dar a entender que has recibido un mensaje. Siéntate al lado de tu dueña, si nadie te lo impide; acerca tu costado al suyo todo lo que puedas, sin miedo, puesto que, aunque tú no quieras, la estrechez de los asientos obliga a juntarse y por imposición del lugar has de rozar a la joven. Entonces busca la ocasión para empezar una charla amistosa y sean palabras triviales las que den comienzo a la conversación. Trata de preguntarle con mucho interés de quién son los caballos que se acercan, e inmediatamente apoya al auriga que apoye ella, cualquiera que sea. Y cuando aparezca la nutrida procesión con las imágenes en marfil de los dioses celestiales, aplaude con mano calurosa a la soberana Venus.” (Ovidio, El Arte de Amar, I, 135-145)

En algunos espectáculos era habitual que los emperadores u organizadores del evento mandasen repartir obsequios mediante un lanzamiento de bolas donde estaban inscritos los premios que ganarían los espectadores que los recogieran.

“Distribuyó también regalos mediante pequeñas bolas que arrojaba por doquier, tanto en los teatros como en el Circo, y separadamente para hombres y mujeres.” (Dión Casio, Historia Romana, LXIX, 8, 2)




Circo Máximo, Viviano Codazzi y Domenico Gargiulo, Museo del Prado

El fervor por las carreras en el circo impregnó todos los ámbitos sociales y se mantenía como tema de conversación entre los miembros de la plebe y los nobles romanos. El interés por las facciones hacía que los niños vistieran los colores de los equipos, los difuntos tuvieran alusiones a las carreras de caballos en sus lápidas funerarias y el arte difundiera imágenes circenses en la decoración escultórica, pictórica, musivaria y mobiliaria de edificios públicos y privados por todas las provincias romanas. 

¿Quién labró de un solo bloque de mármol estas innumerables
figuras? El tiro se levanta hacia el auriga y concordes
son refrenados los caballos con los mismos frenos.
Sus figuras los han separado, pero un material común los
une sin distinción alguna. El auriga es de una pieza con
el carro; del eje salen los caballos; cada uno surge a partir
del otro. ¿Qué poder fue tan grande? Un solo bloque agrupa.
tantos cuerpos y obedeciendo al cincel el mármol se transforma,
modelado con arte, en variadas figuras.
(Claudio Claudiano, Sobre una cuádriga de mármol, 7)



Biga de Bronce, Museo de Laon, Francia. Foto Vassili


Algunos autores expresaban su asombro por el hecho de que un espectáculo al que tachan de fútil y aburrido tenga tantos seguidores, incluidos ciertos individuos considerados intelectuales sobresalientes, y, además, no encuentran explicación de por qué el mayor fanatismo se produce alrededor del color de una facción, en vez de por un jinete o un caballo. 

“He pasado todo este tiempo en medio de mis tablillas y opúsculos en la más deliciosa tranquilidad. Me dirás: «¡Cómo has podido hacerlo estando en Roma?». Se celebraban unos juegos de circo, un género de espectáculos que no me gustan lo más mínimo. Nada nuevo, nada diferente, nada que no sea suficiente haber visto una vez. Por todo ello, me resulta sorprendente que tantos miles de adultos deseen ver una y otra vez con una pasión tan infantil caballos corriendo y aurigas de pie sobre los carros. Si fuesen atraídos al espectáculo por la velocidad de los caballos o por la habilidad de los aurigas, habría al menos una cierta razón; pero es un color lo que ellos aplauden, es un color lo que ellos aman, y si en plena carrera y en medio de la competición se intercambiasen los colores, este para allí y aquel para aquí, el favor y el entusiasmo de la gente cambiaría igualmente, y abandonarían repentinamente a aquellos famosos aurigas, a aquellos famosos caballos, a los que reconocen a lo lejos, y cuyos nombres aclaman. Tal es el favor, tal es la importancia que conceden a una túnica miserable, no me refiero al populacho, más despreciable aún que la túnica, sino a algunos individuos de prestigio. Cuando recuerdo que se mantienen sentados sin cansarse para presenciar un espectáculo tan fútil, aburrido, monótono, siento cierta alegría por no verme cautivado por este tipo de espectáculos. Y durante estos días, que otros pierden en las más inútiles ocupaciones, dedico mi descanso con enorme placer a las letras. Adiós.” (Plinio, Epístolas, IX, 6)




Moneda de Trajano y circo Máximo

Sin embargo, ese apoyo popular a cada uno de los colores de las facciones y la rivalidad entre los equipos y los espectadores partidarios de cada uno tenía un origen muy antiguo y además se mantuvo hasta que la celebración de los juegos terminó en el Imperio Bizantino avanzada ya la Edad Media.

“El rey Rómulo fue el primero en diseñar la competición en Roma, en honor del Sol y los cuatro elementos relacionados con él. Lo celebró en la región de Occidente, es decir, Italia, con carros de cuatro caballos que correspondían a la tierra, el mar, el fuego y el aire. Rómulo dio nombres a esos elementos: el de la facción verde a la tierra por su verdor; el de la facción azul al mar, es decir, el agua, por su color azulado; la facción roja al fuego, por su color rojizo; la facción blanca al aire, por su blancura. Así es como las cuatro facciones se crearon en Roma……
Entonces los habitantes de Roma se dividieron en facciones y nunca más se pusieron de acuerdo entre ellos, porque desde ese momento desearon que la victoria estuviese de su lado y apoyaron su propia facción, como si fuera su religión. Había una gran división en Roma, y las facciones fueron muy hostiles los unos contra los otros desde el momento en que Rómulo creo el espectáculo de las carreras de carros para ellos. Cuando Rómulo vio a algunos miembros de las facciones apoyando al populacho o a senadores que eran desafectos y se oponían a él por la muerte de su hermano (Remo), o por cualquier otra razón, decidía apoyar a la otra facción y así se aseguraba su favor y su posición ante el objetivo de sus enemigos. Desde ese momento los gobernantes de Roma que le sucedieron siguieron el mismo principio.”
(Juan Malalas, Crónica, VII, 5)



Fresco de Lucania Museo Arqueológico de Paestum. Foro de Carole Raddato

Por supuesto la pasión demostrada por la plebe era compartida por los integrantes de las facciones y los propietarios de las cuadrigas, que no perdían tiempo a la hora de anunciar sus logros y celebrar las victorias.
“Cecina, un caballero de Volterra, propietario de cuadrigas, apresaba golondrinas, las traía a Roma y, dado que vuelven al mismo nido, las soltaba pintadas del color de la victoria para anunciársela a sus amigos.” (Plinio, Historia Natural, X, 71) 

Esa histeria común por una determinada facción llegaba a lo más extremo cuando eran los propios emperadores los que no controlaban sus emociones y cometían las peores tropelías por defender a su equipo. El emperador Vitelio mandó ejecutar a partidarios contrarios a su color por creer que criticaban su labor. 

“Hizo matar incluso a algunos individuos de la plebe por el único motivo de haber hablado mal abiertamente del equipo azul juzgando que se habían atrevido a ello llevados del desprecio que sentían por su persona y con la esperanza de que se produjera un cambio de gobierno.” (Suetonio, Vitelio, XIV, 3)


Carrera en el circo. Ilustración de Jean-Claude Golvin

La locura de algún emperador, unida a la histérica pasión por los colores del circo, también afectaba a los propios jinetes que parecían estar en contra de sus deseos. Así lo hizo Caracalla con respecto a un veterano auriga al que mandó matar. 

“Incluso en la misma Roma, quitó de en medio a un hombre famoso únicamente por su profesión, en la que se había distinguido: me refiero a Euprepes, el auriga. Lo hizo matar porque era de la facción opuesta a la que él mismo favorecía. Y así fue muerto Euprepes en su ancianidad, tras haber sido coronado en un gran número de carreras de caballos; pues había logrado setecientas ochenta y dos coronas, un récord nunca igualado por nadie.” (Dión Casio, Historia Romana, LXX, II, 1, 2)

La sociedad romana se agrupaba en torno a las facciones dependiendo de su clase social. Desde el siglo I d.C. las clases populares apoyaban a los Verdes, mientras que la senatorial favorecía a los Azules. Como los emperadores también participaron de esta afición, los que se distinguían por una política populista y antisenatorial eran partidarios incondicionales de los verdes.

“Era tan adicto al partido de los Verdes que comía con frecuencia con ellos en su caballeriza y dormía allí.” (Suetonio, Calígula, 60)


Detalle de pintura de tumba 19 de Isola Sacra, Ostia, Italia. Foto de Caroline Lawrence

Otros emperadores mostraban el fervor por su equipo de forma excesiva y, aunque de forma privada, dejaban patente su insólita extravagancia. Dión Casio relata que Cómodo hubiera deseado convertirse en auriga, pero se avergonzaba. 

“Nunca conducía carros en público, excepto en algunas ocasiones durante noches con luna nueva; pues, aunque ansiaba actuar públicamente como auriga, también se sentía avergonzado de hacerlo; sin embargo, lo practicaba constantemente en privado, vistiendo el uniforme de los Verdes.” (Dión Casio, Historia romana, LXXII, 17, Cómodo)

También el excéntrico Heliogábalo mostró una conducta similar a la de su antecesor Cómodo.

“Acostumbraba también a conducir un carro, vistiendo el uniforme de los Verdes, privadamente y en casa -si es que uno puede llamar casa a aquel lugar donde los promotores eran los hombres más notables de su séquito, tanto caballeros como libertos imperiales y los mismos prefectos, junto a su abuela, su madre y las mujeres, así como varios miembros del Senado, incluyendo a León, el prefecto de la Ciudad-, y donde lo contemplaban hacer de auriga y solicitar monedas de oro como cualquier concursante vulgar, y saludar a los presidentes de los juegos y miembros de su facción.” (Dion Casio, Historia romana, LXXX, 14, 2)

Los asistentes a los espectáculos aprovechaban a hacer peticiones al emperador, de forma particular o colectiva, pensando que su presencia ante el numeroso público le predispondría a mostrarse favorable.

“Por esta época se celebraban los juegos circenses, a los cuales los romanos son muy aficionados. Se reúnen apasionadamente en el circo; y, una vez congregados, dan a comprender al emperador cuáles son sus deseos; éste algunas veces accede a sus pedidos, cuando considera que no es conveniente oponerse. En aquella oportunidad insistieron ante Cayo para que les rebajara los tributos, pues eran sumamente gravosos. Pero Cayo no accedió y como insistieran en sus clamores, ordenó que detuvieran a los que gritaban y sin vacilación dispuso que fueran inmediatamente ejecutados.” (Flavio Josefo, Antigüedades Judías, XIX. 1. 4)


Mosaico de Gafsa, Museo del Bardo, Túnez

Surgían revueltas por las protestas de los espectadores que se debían a motivos de índole política, económica, e incluso religiosa. Podían ser extremadamente violentas, si no se accedía a sus peticiones, hasta el punto de que la masa popular atacaba a los destinatarios de sus quejas y de producirse víctimas mortales.

“Y, entre otras muestras públicas que hicieron a favor de Sexto, fue que en las carreras de carros honraban con grandes aplausos a una estatua de Neptuno que era llevada en procesión, y sentían un gran placer con ello. Pero como algunos días la estatua no fue llevada al circo, echaron a pedradas del foro a los magistrados, derribaron las estatuas de César y Antonio y, finalmente, puesto que no conseguían nada, se lanzaron impetuosamente sobre ambos con la intención de matarlos. César, aunque sus guardaespaldas habían sido heridos, se rasgó las vestiduras y se volvió para suplicarles calma; pero Antonio los trató de forma más violenta. La gente estaba muy enfadada con ellos por estos hechos y parecía decidida a hacer algo terrible en respuesta, por lo que Antonio y César, en contra de su voluntad, se vieron forzados a abrir negociaciones de paz con Sexto.” (Dión Casio, Historia romana, XLVIII, 31, 5)

Durante el reinado de Cómodo hubo una hambruna que mantenía enfadada a la plebe, la cual aprovechó unos juegos del circo para protestar contra Cleandro y hacerle perder el favor del emperador.

“Hubo una hambruna, bastante grave por sí misma, pero cuya gravedad se incrementó notablemente por culpa de Papirio Dionisio, el prefecto de la anonna, con el fin de que Cleandro, cuyos robos parecían los principales responsables de ella, incurriera en el odio de los romanos y fuese destruido por ellos. Y así llegó a suceder. Se celebraba una carrera de caballos, y cuando estaba a punto de celebrarse la séptima carrera, una multitud de niños entraron corriendo en el Circo, llevados por una joven alta de aspecto sombrío que, debido a lo que más tarde ocurrió, se pensó que debía ser una diosa. Los niños gritaron al unísono múltiples palabras de queja, que el pueblo recibió primero y luego empezó a gritar cualquier insulto concebible; y, finalmente, la multitud se levantó y se puso a buscar a Cómodo (que se encontraba en aquel momento en el suburbio Quintiliano), profiriendo muchas bendiciones sobre él y muchas maldiciones sobre Cleandro.”
(Dión Casio, Historia Romana, Epítome Libro LXXIII, 13)



Cuadrigas entrando al circo Máximo, pintura de Ettore Forti

En Bizancio las facciones verde y azul, que dirigían los gritos de ánimo de la multitud a los participantes, llegaron a comportarse como verdaderos partidos con ideas políticas. La aristocracia latifundista y los campesinos apoyaban a los azules, los comerciantes y los artesanos a los verdes. Además, cada una representaba a una religión, los azules eran ortodoxos y los verdes monofisitas, aunque todo lo fundamentaban en la rivalidad deportiva y gozaban de una disciplina casi militar. Las autoridades toleraban sus actuaciones que a veces podían ser realmente violentas e incluso criminales. 

“Así pues, como Justiniano incitase a los Azules y alentase abiertamente sus acciones, todo el poder de los romanos se vio sacudido de uno a otro extremo como si hubiera sobrevenido un seísmo o un diluvio o todas y cada una de sus ciudades hubieran sido tomadas por el enemigo, pues todo se removió desde sus cimientos y nada quedó ya en su sitio, sino que las leyes y el orden del estado, en medio de la confusión que se produjo, se trastocaron por completo.”
(Procopio, Historia Secreta, VII, 6)



Mosaico del auriga vencedor, Dougga, museo del Bardo, Túnez. Foto de Pascal Radigue

Cada facción compartía códigos de conducta, una ordenada jerarquía y el sentimiento de pertenencia a un grupo que no admitía las barreras establecidas en el mundo antiguo. Se componían generalmente de jóvenes de distintas clases sociales y se distinguían por sus peinados, barbas y vestidos. 

“En primer lugar, los miembros de las facciones cambiaron su corte de pelo y adoptaron una moda nueva, pues no se lo cortaban de la misma manera que los demás romanos. No se tocaban en efecto el bigote ni la barba, sino que querían dejárselo crecer lo más posible, tal como desde siempre han hecho los persas. De los pelos de la cabeza se afeitaban los de delante hasta las sienes, dejando que los de detrás les cayesen largos y en desorden, al igual que los maságetas". Por eso llamaban huna a esta moda. A continuación, en cuanto a las ropas que llevaban, todos ellos querían ir vestidos como príncipes, y se ponían ropajes excesivamente pretenciosos, por encima de la posición social de cada uno de ellos, pues les era posible adquirir tales vestidos por medios ilícitos. La parte de su túnica que cubría sus brazos era muy estrecha en donde se juntaba con la muñeca, pero desde allí a los dos hombros se holgaba hasta alcanzar una anchura extraordinaria. Cuantas veces agitaban los brazos para aclamar en los teatros e hipódromos, o bien para dar ánimos tal como se acostumbra a hacer, esta parte de sus túnicas se alzaba por sí sola para arriba, dando la sensación a los inadvertidos de que su cuerpo era tan fornido y bien formado que precisaban cubrirlo de tales ropajes. No se daban cuenta de que era justamente la fragilidad de su constitución lo que más bien revelaban sus vaporosos y huecos vestidos. Distinguieron sus capas, pantalones y por lo general también su calzado con nombres y formas propias de los hunos.” (Procopio, Historia Secreta, VII, 8)



Carreras de carros, pintura de Ulpiano Checa

Además, llevaban armas, a pesar de estar prohibidas, actuaban siempre en grupo y, sobre todo, por la noche, debido a la inacción de las autoridades. Bajo el gobierno de Justiniano partidario de los azules, estos se sentían tan confiados que atacaban a sus rivales, o incluso cualquier otra persona, a la luz del día.

“Al principio casi todos llevaban sus armas abiertamente de noche, mientras que de día ocultaban bajo el manto pequeñas dagas de doble filo que llevaban junto al muslo. Cuando oscurecía se reunían en bandas para despojar a los ciudadanos más pudientes tanto en plena plaza como en los callejones, quitando a sus víctimas sus ropas, cinturones, broches de oro y todo aquello que tuviesen en sus manos. A algunos de ellos, además de atracarles, decidieron matarlos para que no denunciaran ante nadie lo que les había sucedido. Todo el mundo desde luego se sentía muy afectado por estas acciones, y especialmente aquellos de entre los Azules que no eran facciosos, puesto que ni siquiera ellos quedaron a salvo.” (Procopio, Historia Secreta, VII, 15)

Durante el reinado de Justiniano se produjo una violenta revuelta entre las facciones de los verdes y los azules que hizo tambalear el poder del emperador, pues hubo un intento de proclamar emperador a un usurpador.

“Por aquel mismo tiempo en Bizancio se produjo de forma inesperada una sedición popular, que vino a ser, contra lo que cabía pensar, la mayor de todas y acabó en un gran desastre para el pueblo y el Senado; y fue como sigue. La población de cada ciudad, desde muy antiguo, estaba dividida entre «azules» y «verdes», pero no hace ya mucho tiempo que, por estos colores y por las gradas en que están sentados para contemplar el espectáculo, gastan su dinero, exponen sus cuerpos a los más amargos tormentos y no renuncian a morir de la muerte más vergonzosa…

Y no hay nada humano ni divino que les importe, comparado con que venza el suyo. Aun en el caso de que alguien cometa un pecado de sacrilegio contra Dios, o la constitución y el estado sufran violencia por parte de los propios ciudadanos o de enemigos externos, o incluso si ellos mismos se ven quizá privados de cosas de primera necesidad, o su patria es víctima de las circunstancias más nefastas, ellos no hacen nada, si no le va a suponer un beneficio a su bando: que así es como llaman al conjunto de sus partidarios…



Justiniano y Teodora después de la revuelta. Ilustración Georgio Albertini

Por entonces, la autoridad pública constituida en Bizancio apresó a algunos sediciosos y los condenó a muerte. Pero los de una y otra parcialidad, tras concertarse y pactar una tregua entre ellos, se apoderan de los encarcelados y, entrando de inmediato en la cárcel, liberan a todos los reclusos arrestados por sedición o por cualquier otra fechoría. A los guardias que sirven a las órdenes de la autoridad ciudadana, se pusieron a matarlos sin ninguna consideración mientras que los pocos ciudadanos honrados que quedaban se dieron a la huida a la tierra firme de enfrente; y la ciudad fue entregada a las llamas, lo mismo que si lo hubiera sido por enemigos… 

La contraseña que se daban las facciones era «nika», y ése es el nombre que hasta el día de hoy ha recibido aquel suceso…

Los del círculo del emperador estaban indecisos entre dos pareceres: si sería mejor para ellos permanecer allí o darse a la fuga en sus naves… Y se expusieron muchos argumentos en favor de uno y otro. Y Teodora, la emperatriz, dijo lo siguiente: Yo al menos opino que la huida es ahora, más que nunca, inconveniente, aunque nos reporte la salvación. Pues lo mismo que al hombre que ha llegado a la luz de la vida le es imposible no morir, también al que ha sido emperador le es insoportable convertirse en un prófugo…

Aquel día murieron más de treinta mil faccionarios y el emperador ordenó poner a aquellos dos (los usurpadores) bajo severa custodia… los soldados mataron a los dos al día siguiente y arrojaron sus cadáveres al mar. Con esto acabó la sedición de Bizancio.”
(Procopio, Las Guerras Persas, 24)




Circo de Constantinopla, ilustración de Onofrio Panuvio. Foto de Paul K

Los emperadores cuidaban mucho de la actitud que mantenían en el circo pues concedían gran importancia a la opinión que el pueblo tenía de su imagen pública. Augusto contemplaba los juegos acompañado siempre de su familia y manteniendo una actitud decorosa. El emperador Marco Aurelio, aunque no disfrutaba de los espectáculos en el circo, creía que debían celebrarse para tener satisfecha a la plebe y por lo tanto asistía a ellos, pero con indiferencia.

“Marco Antonino tenía la costumbre de leer, de escuchar informes y de sellar documentos durante los juegos del circo. Por ello, según dicen, fue frecuentemente zaherido por chanzas populares.” (Historia Augusta, Marco Aurelio, XV, 1)

El emperador Juliano se aburría en los juegos e iba a verlos por su obligación de presidirlos, pero solo en las fiestas religiosas, ya que, por ser pagano, pensaba que su presencia incrementaría el prestigio de los juegos celebrados en honor de los dioses paganos. Sin embargo, no se quedaba hasta el final y cuando se marchaba lo hacía contento.

“Odio las carreras de caballos tanto como los hombres que deben dinero odian la plaza del mercado. Por tanto, rara vez acudo a verlas, solo durante las fiestas de los dioses; y no me quedo todo el día como mi primo (Constancio) solía hacer, y mi tío, el conde Juliano, y mi hermano Galo. Solo me quedo a ver seis carreras, y no con el gesto del que disfruta del deporte, ni siquiera con el gesto de uno que no lo odia y lo aborrece, y me alegro de irme.” (Juliano, Misopogon, 340)

Tertuliano fue el primer autor cristiano en contra de las competiciones deportivas por provocar el descontrol de las masas. Consideraba que el circo era un lugar donde los fieles cristianos podían caer en la locura e intentaba convencerles para que no asistieran a los juegos, afirmando que eran un ejemplo de idolatría, pues por su origen griego se realizaban en honor de los dioses paganos.

“En cuanto a los juegos del circo, la habilidad ecuestre era una cosa en el pasado, solo montar a caballo; no había nada malo en el uso ordinario del caballo. Pero cuando el caballo se introdujo en los juegos, pasó de ser un regalo de Dios a ser un siervo del demonio. Así este tipo de exhibición está dedicado a Cástor y Pólux, los gemelos a los que, según Estesícoro, Mercurio asignó los caballos. También Neptuno tiene que ver con los caballos; se llama Hippios entre los griegos. Cuando les ponen los arneses, el carro de cuatro caballos está consagrado al Sol, el de dos a la Luna.” (Tertuliano, De los Espectáculos, IX)




Detalle del llamado Sudario de Carlomagno con cuadriga,
Tesoro de la catedral de Aquisgrán, Alemania

Tres siglos más tarde, en época del gobierno de los ostrogodos, Casiodoro, que fue Prefecto del pretorio, entre otros cargos, y religioso durante los últimos treinta años de su vida, tras convertirse al cristianismo, escribió mientras era cuestor del rey Teodorico, una descripción del espectáculo circense, no sin crítica, pues contra toda razón, reconocía la necesidad de continuar la tradición y sufragar los gastos que conllevaba por la necesidad de mantener a la plebe contenta.

“Contemplar una carrera de carros expulsa la moralidad e invita a poca contención; está vacía de conducta honorable y es un continuo torrente de riñas: algo que en la antigüedad comenzó como un asunto de religión, que una tumultuosa posteridad ha convertido en deporte……
No me sorprende que la falta de toda disposición sensata se atribuya a un origen supersticioso. Estamos obligados a financiar esta institución por la necesidad de contentar a la mayoría de la gente, por la que sienten gran pasión; porque siempre son pocos los que se rigen por la razón, y muchos los que piden emoción y olvidarse de las preocupaciones. Por tanto, como también debemos a veces compartir la locura de nuestro pueblo, correremos con los gastos del circo, a pesar de lo poco, que nuestro juicio aprueba esta institución.” (Casiodoro, Variae, III, 51)

A pesar de las críticas de numerosos autores cristianos que tildaban los juegos de ejemplos de superstición e idolatría, los emperadores cristianos se negaron a renunciar a ellos, pues consideraban que se los debían al pueblo. Su celebración suponía que al encontrarse con la gente podían pulsar su grado de aceptación o animadversión, además de proporcionar un escenario crucial en el que exponer su imagen pública y poder engrandecerla. Lo que sí hicieron fue transformar la pagana pompa circense en un desfile presidido por el propio emperador como praesens ludorum quien sería el encargado de arrojar la mappa para que diese comienzo el espectáculo ante miles de asistentes expectantes. Sabían que el pueblo seguía reclamando las carreras en el circo y lo único que hicieron, para así calmar los ánimos de los recalcitrantes defensores de su prohibición, fue transformarlos en entretenimientos libre de referencias a religiones paganas.



Reconstrucción de Constantinopla

Constancio y Constante, Augustos, a Catullinus, prefecto de la ciudad 

“Aunque toda superstición debe ser erradicada por completo, es nuestro deseo, sin embargo, que los edificios de los templos situados fuera de las murallas permanezcan sin tocar ni dañar. Porque dado que el origen de ciertas obras o espectáculos del circo o competiciones derivan de algunos de estos templos, tales estructuras no serán demolidas, puesto que desde ellas se proporciona la representación regular de entretenimientos muy antiguos al pueblo romano. En el cuarto consulado de Constancio y tercer consulado de Constante, 1 de noviembre de 342.” (Código Teodosiano, XVI, 10.3)

Por tanto, los juegos no sólo no sufrieron restricciones, sino que además fueron sometidos a una estricta regulación que mostraba que los ritos tradicionales se habían convertido en vestigios de un pasado glorioso y se conservarían, aunque recortados en su imagen institucional. Se dictaron nuevas disposiciones para Oriente confirmando la voluntad imperial de conseguir que las ediciones lúdicas que los senadores ofrecían pasaran a ser un acto de exaltación de la autoridad imperial.

“Constante, Augusto, a Meclius Hilarianus, Prefecto del pretorio

Todos los hombres del rango senatorial que residen por toda la diócesis estarán obligados por la autoridad de nuestro mandato a venir a la ciudad de Roma con los fondos que se demandan para la producción de representaciones teatrales, juegos de circo, o informes de sus servicios públicos obligatorios.”
(339 d.C. Código Teodosiano, VI.4.4)



Base del obelisco de Tutmosis III, en Constantinopla, Estambul. Foto Gryffindor


La regulación llegaba a los días prohibidos para la celebración de ludi, que eran los especialmente importantes para la liturgia cristiana.

“Valentiniano, Teodosio y Arcadio a Proculus Prefecto de la ciudad.

“Las competiciones en los circos se prohibirán en los días festivos del Sol (domingos), excepto en los cumpleaños de nuestra Clemencia, para que la asistencia de gente a los espectáculos no pueda apartar a los hombres de los reverendos misterios de la ley cristiana. En el segundo consulado de Arcadio y el consulado de Rufinus.
(392 d.C. Código Teodosiano, II.8.20)

Teodosio, augusto, y Valentiniano, César a Asclepiodotus, prefecto del Pretorio

En las siguientes fechas se negarán a la gente en todas las ciudades todos los entretenimientos de los teatros y los circos, y las mentes de los cristianos y los fieles se ocuparán totalmente en la adoración de Dios: esto es, en el día del señor, que es el primer día de toda la semana, en la Navidad y Epifanía de Cristo, y en el día de Pascua y de Pentecostés. En Constantinopla, en el décimo primer consulado de Teodosio y el primer consulado de Valentiniano.”
(425 d.C. Código Teodosiano, XV.5.5)



Circo de Majencio, ilustración de Jean-Claude Golvin

La continuidad de los juegos en el bajo Imperio se vio también alentada con la restauración de los edificios dedicados a los juegos del circo que se habían visto deteriorados por los efectos de fenómenos naturales o por incendios, o simplemente por el paso del tiempo.

“Arcadio y Probo, Augustos a Aemilianus, prefecto de la ciudad

Todos los tableros que están entre los intercolumnios, además de los que dividen los pórticos superiores se quitarán y la apariencia de la ciudad se restaurará a su prístina belleza. Los tramos de escaleras, que llevan a los pórticos superiores se harán más espaciosos, y se construirán escaleras de piedra en lugar de las de madera. Porque así los peligros del fuego estarán ausentes, y si la adversa fortuna lo requiriera, la gente encontrará fácilmente una salida y una oportunidad para salvarse en caso de incendio, cuando se hayan eliminado los espacios estrechos.”
(En Constantinopla, en el sexto consulado de Arcadio y el consulado de Probo. Octubre del 406)

Muchos circos de las ciudades provinciales también sufrían el deterioro del tiempo por lo que las autoridades competentes ordenaban su reconstrucción o renovación con vistas a que los habitantes siguiesen disfrutando de los esperados espectáculos.

“En este tan floreciente y bienaventurado siglo, con el favor dichoso de la época de nuestros señores y emperadores Flavio Claudio Constantino, pío, feliz y máximo vencedor, Flavio Julio Constancio y Flavio Julio Constante, vencedores y augustos siempre poderosísimos, Tiberio Flavio Leto, ilustrísimo varón y conde, ordenó que el circo, derruido por la vejez, fuera reconstruido con nuevas columnas, rodeados de construcciones ornamentales y anegado con agua y así, continuando Julio Saturnino, perfectísimo varón y gobernador de la provincia de Lusitania, su aspecto reconstruido con acierto proporcionó a la ilustre Colonia de los emeritenses la mayor dicha que pensarse puede.” (Lápida conmemorativa de la restauración del circo y su habilitación para espectáculos acuáticos en tiempos de Constantino el Grande por Tiberio Flavio Leto y Julio Saturnino)



Circo de Mérida, Ilustración de Jean-Claude Golvin



Bibliografía

https://es.scribd.com/document/369551601/Dialnet-LosDeportesYEspectaculosDelImperioRomanoVistosPorL-2906973-pdf; LOS DEPORTES Y ESPECTÁCULOS DEL IMPERIO ROMANO VISTOS POR LA LITERATURA CRISTIANA; Pablo Arredondo López
https://ebuah.uah.es/dspace/handle/10017/5642; EL EMPERADOR JULIANO Y SU RELACIÓN CON LOS JUEGOS ROMANOS; Juan Antonio Jiménez Sánchez
https://www.researchgate.net/publication/285597785_Representing_Ritual_Christianizing_the_pompa_circensis_Imperial_Spectacle_at_Rome_in_a_Christianizing_Empire; “Representing Ritual, Christianizing the pompa circensis: Imperial Spectacle at Rome in a Christianizing Empire"; Jacob Latham
https://www.ucm.es/data/cont/docs/106-2016-03-16-Antesteria%201,%202012ISSN_077.pdf; LOS LVDI EN LA POLÍTICA RELIGIOSA DE CONSTANCIO II Y CONSTANTE; Esteban MORENO RESANO
https://www.researchgate.net/publication/283052583_Roman_Chariot-Racing_Charioteers_Factions_Spectators; Roman Chariot-Racing: Charioteers, Factions, Spectators; Sinclair Bell
https://pdfs.semanticscholar.org/4c97/0848e94ece5a279d0c14338367ae8d789b79.pdf; Sports of the Byzantine Empire; Barbara Schrodt
https://www.academia.edu/1862987/The_Emperor_the_Church_and_Chariot_Races_The_Imperial_Struggles_with_Christianity_and_Entertainment_in_Late_Antique_Constantinople; The Imperial Struggles with Christianity and Entertainment in Late Antique Constantinople; Jeffrey Larson
https://www.academia.edu/9441586/The_fanatic_is_a_fan_in_a_madhouse_urban_piracy_and_the_Roman_Circus_updated_with_bibliography_; THE FANATIC IS A FAN IN A MADHOUSE: URBAN PIRACY AND THE ROMAN CIRCUS, DAVID ÁLVAREZ JIMÉNEZ
https://www.academia.edu/14152201/Venues_for_Spectacle_and_Sport_other_than_Amphitheaters_in_the_Roman_World; Venues for Spectacle and Sport (other than Amphitheaters) in the Roman World; Hazel Dodge
https://pdfs.semanticscholar.org/ffb5/3b028cd3924b2f38d2a012ae77fdcef6fd44.pdf; A Contemporary View of Ancient Factions: A Reappraisal; Anthony Lawrence Villa Bryk
Sport in the Greek and Roman Worlds: Greek athletic identities and Roman Sport and Spectacle, Volume II, edited by Thomas F. Scanlon, Google Books

miércoles, 12 de febrero de 2020

Bellum ad piratas, piratería en la antigua Roma II

Continuación de Bellum ad piratas, la guerra contra los piratas en la antigua Roma I


Relieve de la tumba de Pompilio Cuadricula, Ostia, foto de Roger Ulrich


El problema de Roma con los piratas no se limitaba a su lucha contra ellos, sino que a veces algunos romanos eran acusados de colaboración con estos grupos de bandidos. Por ejemplo, Cicerón, en su alegato contra Verres, acusó al ex-pretor de haber colaborado con los piratas en Sicilia y de haber aceptado sobornos por parte de su líder. Dicha imputación, ya de por sí bastante grave, tenía gran relevancia porque las comunicaciones marítimas se estaban viendo continuamente afectadas por los ataques de los piratas.

“Que recuerde que, en el debate anterior, excitado por el griterío del pueblo romano, hostil y adverso, confesó que no había mandado ejecutar con el hacha a los jefes de los piratas; que ya entonces sintió temor de que le supusiera un motivo de acusación el haberlos soltado por dinero; que confiese lo que no se puede negar: que, como particular, retuvo a los jefes de los piratas, vivos e incólumes, en su propia casa después que regresó a Roma.” (Cicerón, Verrinas II, 1, 2)

Aunque la finalidad primordial de las campañas militares contra los piratas estaba en proteger las rutas comerciales, esenciales para la propia supervivencia del Estado, más adelante con la política de Augusto, tuvieron un claros elementos de propaganda e ideología.

“Ved, pues, que nos parece que el César nos proporciona una gran paz porque ya no hay guerras ni batallas ni mucho bandidaje ni piratería, sino que en cualquier época se puede viajar, navegar de Oriente a Poniente.”
(Epicteto, Disertaciones sobre Arriano, III, 13, 9)


Mosaico del Museo Cívico Luigi Tonini, Rímini, foto de Ilya Shurygin

A pesar de que Augusto en su obra Res Gestae anuncia que ha eliminado cualquier amenaza para la seguridad del territorio bajo su gobierno, en realidad la piratería continúo siendo una amenaza para el tráfico marítimo durante el Alto Imperio.

Es verdad que la paz se mantuvo por el uso de fuerzas armadas y por el hecho de que los habitantes de la región tenían ahora mejores oportunidades para prosperar mediante actividades pacíficas gracias al dominio romano. Sin embargo, los que no podían acceder a los beneficios del gobierno romano podían todavía encontrar atractivo el recurso a la piratería. 


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Una inscripción encontrada en Ilión para honrar a un procurador muestra que bajo el reinado de Tiberio se seguía luchando contra los piratas que operaban en el Helesponto.

El consejo y el pueblo (de Ilión) honraron a Tito Valerio Proclo, el procurador de Druso César por destruir los grupos piratas en el Helesponto y proteger la ciudad de todas las maneras sin impuestos. (Columna del templo de Apolo Thymbraeus)

A finales del siglo I d.C. se documenta la existencia de praefecti orae maritimae, magistrados, que, aun siendo de rango menor, tenían como misión la defensa del litoral en zonas de sensible riesgo pirático, como eran las provincias de Tarraconense, Bética, Mauritania y Bitinia. Estos prefectos eran asistidos en su cometido de vigilancia de puertos y accesos por cohortes y flotillas provinciales. Sin embargo, su aparición debió producirse ya a finales de la república y tuvo continuidad en al menos el siglo I d.C., como atestigua la inscripción del cursus honorum de Quintus Pomponius Rufus que fue prefectus orae maritimae de la Hispania Citerior y la Galia Narbonense durante el gobierno de Galba.

prae(fectus) orae marit(imae) Hisp(aniae) citer(ioris) Gallia[e] N[a]rbon(ensis) bello qu[od] imp(erator) G[a]lba pro re p(ublica) gessit

(praefectus orae maritimae de la Hipania citerior y de la Galia Narbonense en la guerra en la que el emperador luchó por la república)

Pintura mural de la casa de los Vettii en Pompeya.

Estos prefectos pudieron haber estado encargados de evitar la acción de aquellos que provocaban con engaños naufragios de navíos para asaltarlos y saquear sus cargas. Esta piratería no tan intensa originó un corpus legal destinado a evitar sus consecuencias y a perseguir a quienes la practicaban. Se prohibía terminantemente robar los restos de un naufragio, incluso llevarse aquellos bienes que hubiesen quedado extraviados como consecuencia de esos desastres. Esta normativa ofrecía garantías jurídicas a los dueños de los bienes afectados que podían litigar con quienes se hubieran apropiado indebidamente de esas propiedades. Las penas para los ladrones capturados era similar a la que se aplicaba a los bandidos y piratas.

"El divino Antonino estableció lo que sigue en un rescripto haciendo referencia a aquellos que son culpables de pillaje durante un naufragio: Lo que me escribiste concerniente al naufragio de un navío o un barco se hizo con el propósito de asegurar qué pena pienso se debería imponer a aquellos que han robado algo de un navío. Pienso que se puede determinar fácilmente, porque hay gran diferencia donde las personas toman la propiedad que está a punto de perderse, y donde de forma criminal cogen lo que puede salvarse. Por tanto, si un considerable botín parece haberse obtenido por la fuerza, deberás tras una sentencia, desterrar a los hombres libres por tres años, después de hacerlos azotar, o, si son de rango inferior, los condenará a trabajos públicos por el mismo tiempo; y condenarás a los esclavos a las minas después de azotarlos. Cuando la propiedad no sea de gran valor, puedes liberar a los hombres libres, después de azotarles con varas; y a los esclavos después de azotarlos." (Digesto, 47, 9, 4, 1)

Soldados romanos en birreme

Cuando en los últimos años del imperio también se hizo necesaria la persecución de los piratas, estos magistrados u otros similares estarían a cargo de la protección de las poblaciones costeras desde tierra adentro, debido a la escasez de barcos en las flotas romanas.

En época de los flavios en el Mediterráneo oriental algunos de los supervivientes de la primera guerra judaica se lanzaron a la piratería desde la ciudad de Joppa, atacando las costas de Siria y Fenicia hasta Egipto. Vespasiano entró en la ciudad con sus tropas en el año 67 d.C. y se encontró que los habitantes se habían ido al mar en sus barcas, aunque a causa de una tormenta, la mayoría naufragó. Miles murieron y Vespasiano destruyó la ciudad y dejó un contingente de caballería e infantería para evitar el regreso de los piratas.

“Estando en este estado las cosas, se juntó mucha gente de los que habían huido de las ciudades destruidas, y de los que habían también huido de los romanos, por discordias y sediciones; reconstruyeron Jope, destruida antes por Cestio, y se asentaron allí. Por estar apretados en aquella tierra que había sido antes tan destruida, decidieron echarse a la mar; y haciendo naos y galeras de piratas, pasaban a Siria, Fenicia y a Egipto, y hacían allí grandes latrocinios de tal manera que no había ya quien osase salir contra ellos, ni aun navegar por la mar de aquellas partes.” (Flavio Josefo, La Guerra de los Judios, III, 15)

Puerto de Cesárea Marítima, ilustración de Vincent Henin

El siglo III fue un período de especial debilidad en cuanto a la historia del Imperio romano se refiere. Fue una época de crisis económica y militar durante el cual los bárbaros de más allá de las fronteras aumentaron su nivel de amenaza y su audacia en sus ataques mediante su propia reorganización y fortalecimiento de su habilidad guerrera.

"Cuando me la han presentado, me he lanzado con mano resuelta y ávida sobre tu carta, como quien ha de enterarse de noticias prósperas, pero al recorrer en mi lectura la enumeración de tus pérdidas, el desagrado ha sucedido al placer.

Y lo cierto es que como es habitual en la naturaleza humana, los reveses que has soportado junto con un gran número de gentes encuentran algún alivio en la compañía; por el contrario, pienso que te ha afectado más profundamente este golpe depredador de los piratas, que ha echado específicamente sobre ti una dura suerte, porque no cuenta con otro partícipe y ha duplicado el dolor.” (Símaco, Epístolas, VIII, 27)

Una inscripción de Rodas, que data de la época de los severos, quizás del 220 d.C., honra a Aelius Alexander, un magistrado local, que fue encargado de suprimir la piratería en esos años.

“El pueblo de los Rodios y el consejo… Aelius alexander… pritano habiendo sido estratego en la ciudad justamente y con integridad, habiendo sido inspector portuario honorablemente, llevando a cabo las tareas de tesorero… habiendo sido frecuentemente inspector de obras públicas con fidelidad, y en todo siendo alabado por el consejo… y en su periodo como estratego actuando con justicia e integridad también en el Querosoneso, durante el cual él proporcionó seguridad para los marineros, capturando y entregando las bandas piráticas activas en el mar. En agradecimiento por ello el pueblo y el consejo, a causa de su buena voluntad hacia este hombre (dedicaron esto) a los dioses.” 

Puerto de Rodas, Serie Les voyages d´Alix

Las piraterías de los godos plantearon el principal desafío marítimo al que se había enfrentado Roma desde el período tardorrepublicano tanto en esta zona como en el conjunto del Imperio. Durante décadas, el mar Negro y el Mediterráneo oriental se vieron sacudidos por una serie de oleadas protagonizadas esencialmente por parte de godos, aunque con la participación de otros pueblos que vivían en las orillas del Ponto. Estas incursiones, aunque puedan parecer auténticas invasiones por el enorme despliegue de godos, boranos y hérulos que cruzaron el mar Negro, se han de considerar ataques de piratas debido a las técnicas empleadas y al objetivo de los mismos.

Ciertamente, estos pueblos no pretendían ni asentarse ni establecer un nuevo status quo con el Imperio, simplemente aspiraban a un botín y retornar posteriormente a sus hogares a través del saqueo de campos, villas y ciudades.

“Es de recordar la increíble audacia e inmerecida buena fortuna de unos cuantos cautivos Francos en época del divinizado Probo (276-282 d.C.), quien, tomando algunos barcos, saquearon desde el mar Negro hasta Grecia y Asia, y, expulsados no sin haber causado daño de muchas partes de la costa de Libia, finalmente conquistaron Siracusa, que anteriormente fue famosa por sus victorias navales, y, tras un largo viaje entraron en el océano donde empiezan las tierras, y mostraron por el resultado de su audacia que nada está vedado a la desesperación de un pirata donde hay una vía abierta a la navegación.” (Anónimo, Panegírico de Constancio, 18, 3)

Asedio de los godos a Ostia, ilustración Giuseppe Rava

No siempre el peligro venía de los pueblos más lejanos. El caso de Carausio es singular ya que una vez que había conseguido vencer a los piratas, se convirtió él mismo en un rebelde contra Roma.

Carausio había servido con honor en el ejército contra los bagaudas bajo el emperador Maximiano Hercúleo. Por sus antecedentes navales fue encargado por el emperador para que formase una flota y limpiase los mares de piratas sajones y francos en el otoño de 286 d.C., operando desde Bononia (Boulogne-sur-Mer, Francia). Concibió el Litus Saxonicum, un extraordinario sistema defensivo, con el objetivo de ofrecer una respuesta coordinada contra la piratería procedente desde el otro lado del Rin. 

Romanos en Britania, Ilustración de Harry Payne

Aunque realizó su tarea con rapidez, parece ser que no entregó al tesoro imperial la parte de botín que le correspondía, por lo que Hercúleo ordenó su arresto y ejecución (es posible que Carausio llegase a un acuerdo con los piratas por el que ofrecería su protección a cambio de una parte de lo obtenido por su pillaje). Carausio huyó con su flota (y posiblemente unos cuantos piratas) a Britania y se declaró emperador. Hasta el 290 d.C. no pudo Constancio Cloro, nombrado césar de Hercúleo, vencer a Carausio, aunque éste fue asesinado por su administrador Alecto, quién escapó a Britania y no pudo ser perseguido por Constancio por falta de barcos.

“En esta guerra Carausio, ciudadano de la Menapia, destacó por sus brillantes acciones; por esto y porque era un buen conocedor del arte de navegar (había trabajado en este oficio en su juventud) se le encomendó preparar una armada y rechazar a los germanos, que infestaban los mares. Muy enorgullecido por esto, como hubiera vencido a muchos bárbaros y no hubiera devuelto todo el botín al erario público, por miedo a Herculio, quien, según sabía, había dado orden de matarlo, se encaminó a Britania después de hacerse con el poder.” (Aurelio Víctor, Césares, 39, 20)

Los piratas no moraban en lugares recónditos y temidos por el viajero, sino que actuaban incluso en el corazón del Mare Nostrum, en la península Itálica y cerca de las principales ciudades del Imperio. Estos llamados “bárbaros” amenazaban los corredores de la ruta comercial más importante de la cuenca occidental, la que conducía desde la fértil África a la Roma eterna.

“El día había comenzado a sonreír hacía poco, y el sol aún iluminaba sólo las cumbres. Unos hombres armados como piratas se asomaron por encima del monte que se levanta a lo largo de la desembocadura del Nilo, en la boca que se llama Heracleótica, se detuvieron un momento y comenzaron a recorrer con la vista el mar que se extendía a sus pies. Echaron primero una ojeada hacia alta mar, pero como no se divisaba ningún barco que pudiera prometer botín para los piratas, volvieron su mirada a la ribera cercana.” (Heliodoro, Etiópicas, I, 1)

Nave romana de carga siglo I a.C. http://www.loicderrien-illustration.com/

La piratería pervivió en estos corredores marítimos durante toda la historia imperial, y cuando el poderío naval de Roma, que una vez fue poderoso, parecía haberse desvanecido, la presencia de los piratas se hizo más aparente y audaz llegando a la captura de una isla entera y la consecución de un botín inmenso como se describe en la siguiente historia.

En la Vida de Melania la Joven (383- 439 d.C.) se cuenta un suceso de piratería en el Mediterráneo central que podría considerarse característico de estos tiempos. Según el relato, Melania la Joven, después de dejar Roma y visitar a Paulino de Nola, decidió embarcar hacia África con la intención de seguir con la liquidación de sus propiedades para proseguir una vida piadosa de acuerdo a sus sentimientos cristianos. Sin embargo, este viaje en el que iba acompañada por su marido Pipiano y un enorme séquito de seguidores, fue truncado por una tempestad que les obligó a arribar a una isla cercana a Sicilia. Allí, Melania encontró una isla cautiva por una facción de piratas a los que denominaban bárbaros. Éstos capturaron a los notables de la isla junto a niños y mujeres y pedían a cambio de su liberación y de no destruir la ciudad, gran cantidad de oro. Estas gentes habían conseguido buena parte del rescate excepto 2500 monedas de oro que les fueron donadas por Melania y, de este modo, consiguieron recuperar su libertad tanto los habitantes de la isla como una dama distinguida, que presumiblemente había sido capturada en otro ataque, a cambio de otras 500 monedas adicionales. Además, Melania les entregó a estas víctimas otras 500 monedas para evitar que cayeran en la miseria.

En el siglo V d.C. no solo el Mediterráneo seguía viéndose afectado por los ataques de los piratas, sino también la costa atlántica, especialmente la de Francia.

“Así también el territorio armórico (Bretaña y Normandia) estaba amenazado por el pirata sajón para quien es un juego surcar con su barca de piel el mar bretón y hendir con un esquife cosido el verde mar. El franco abatía la primera Germania y la Bélgica segunda y tú, feroz alamán, bebías desde el campamento romano el agua del Rin, arrogante a ambas orillas: en la una te sentías en casa, vencedor en la otra.” (Sidonio Apolinar, Poemas, VII, 369)

Romanos contra sajones. Ilustración Fall3NAiRBoRnE

Los visigodos, instalados durante este siglo cerca del rio Garona se vieron afectados por los piratas, aunque no existen muchos testimonios de las medidas que tomaron para atajar sus ataques. Sidonio Apolinar escribe a Namatius, un comandante naval galorromano durante el reinado de Eurico (466-84), una carta que atestigua la existencia de piratas en esa época.

“Bromas aparte, hazme saber lo que tú y tu familia vais a hacer al final. Pero, ¡mira! Justo cuando solo quiero terminar esta carta que se ha alargado demasiado, de repente viene un mensajero de Saintes. Durante una larga conversación con él sobre ti, obtuve su repetida afirmación de que habías tocado la trompeta de guerra para la flota, y, encarnando tanto al soldado y al marinero, que navegaste por las sinuosas costas del océano contra las galeras de los sajones, que hacen a uno pensar que por cada remero que ves puedes contar un archipirata: todos ellos dan órdenes, dando y recibiendo instrucciones en piratería. Hay desde luego una buena razón para advertirte de que tengas mucho cuidado. Esos enemigos son los peores. Atacan sin avisar y desaparecen tan pronto como son vistos. Evitan a los que se les oponen directamente y golpean a los que pillan desprevenidos. Si persiguen los atrapan, si huyen escapan. No temen al naufragio, es algo que explotan, estando acostumbrados a los peligros del mar. Dado que una tormenta, siempre que llega, hace que sus víctimas no sean conscientes de su presencia, y esconde su aproximación, ellos disfrutan con los peligros de las olas y las escarpadas rocas, arriesgando todo a la esperanza de un ataque sorpresa.” (Sidonio Apolinar, Epístolas, VIII, 6)

Los vándalos de Genserico rumbo a Roma. Ilustración de Radu Oltean,  Ancient Warfare Magazine

Durante el siglo V d.C. ya no hubo intentos de realizar expediciones punitivas contra los piratas en sus bases, debido al pobre estado de la flota romana y la escasez de barcos para ello.

Una actividad muy lucrativa para los piratas era la del secuestro y posterior petición de rescate de personajes notables, lo que se produjo abundantemente por todo el Mediterráneo. El más famoso caso fue el secuestro de Julio César, quien mostró un carácter orgulloso y desafiante al sentirse ofendido por el bajo rescate que los piratas pidieron por él.

“Se dirigió a la Bitinia, cerca del rey Nicodemes, a cuyo lado se mantuvo largo tiempo, y cuando regresaba fue apresado junto a la isla Farmacusa por los piratas, que ya entonces infestaban el mar con grandes escuadras e inmenso número de buques.
Lo primero que en este incidente hubo de notable fue que, pidiéndole los piratas veinte talentos por su rescate, se echó a reír, como que no sabían quién era el cautivo, y voluntariamente se obligó a darles cincuenta. Después, habiendo enviado a todos los demás de su comitiva, unos a una parte y otros a otra, para recoger el dinero, llegó a quedarse entre unos pérfidos piratas de Cilicia con un solo amigo y dos criados, y, sin embargo, les trataba con tal desdén, que cuando se iba a recoger les mandaba a decir que no hicieran ruido. Treinta y ocho días fueron los que estuvo más bien guardado que preso por ellos, en los cuales se entretuvo y ejercitó con la mayor serenidad, y, dedicado a componer algunos discursos, teníalos por oyentes, tratándolos de ignorantes y bárbaros cuando no aplaudían, y muchas veces les amenazó, entre burlas y veras, con que los había de colgar, de lo que se reían, teniendo a sencillez y muchachada aquella franqueza. Luego que de Mileto le trajeron el rescate y por su entrega fue puesto en libertad, equipó al punto algunas embarcaciones en el puerto de los Milesios, se dirigió contra los piratas, los sorprendió anclados todavía en la isla y se apoderó de la mayor parte de ellos.”
(Plutarco, Julio César, I-II)

Julio César prisionero de los piratas. Foto Pinterest

César prometió a los piratas que los perseguiría y los crucificaría y, tras ser liberado, una vez pagado el rescate, los apresó y acudió al gobernador de Asia, Marco Junio Junco para solicitar que los castigase, pero ante su falta de acción, los mandó crucificar él mismo.

“Como era también por naturaleza muy benévolo a la hora de tomar venganza, cuando tuvo en su poder a los piratas que le habían capturado puesto que con anterioridad había jurado que los haría colgar de una cruz, mandó crucificarlos, pero ordenando que los degollaran antes.” (Suetonio, Julio César, LXXIV)


César amenazando a los piratas. Ilustración de  Edward Mortelmans

Aunque la historia de la captura de César es la más conocida, no es la única, y la arrogancia de los romanos capturados, como la demostrada por César se refleja en otros testimonios, así como las burlas de las que eran objeto por su actitud también por parte de los captores.

“Pero su acto más cruel (el de los piratas) era el siguiente: cuando uno de sus prisioneros gritaba que era romano y decía su nombre, fingían sentir terror y miedo, se golpeaban los muslos y se arrodillaban ante él suplicándole que los perdonase; este, al verlos afligidos y en actitud de súplica, quedaba convencido. A continuación, unos le ponían sus zapatos y otros lo vestían con una toga para que en otra ocasión no se lo dejase de reconocer. Tras burlarse de él de este modo y divertirse durante mucho tiempo, al final arrojaban una escalera de mano en medio del mar y le ordenaban que bajara y se marchara contento, y si se negaba ellos mismos lo empujaban al mar y lo ahogaban.” (Plutarco, Pompeyo, XXIV, 7)

César y los piratas,"La marine antique"  Serie Les voyages d´Alix  

Todo el que se embarcaba era consciente del riesgo que corría debido a los peligros del mar, las inclemencias del tiempo y los ataques de piratas.

“Cármides. - En medio de terribles riesgos he navegado por la inmensidad de los mares, he salido con vida de peligros mortales por parte de piratas sin número, he vuelto sano y salvo a la patria, donde encuentro ahora mi perdición, desgraciado de mí, por culpa de aquellos a causa de los cuales pasé tales trabajos a mi edad. Me muero de pena, Estásimo, sostenme.” (Plauto, Tres monedas, 1090)

Ilustración Daryl Joyce

Las naves comerciales llevaban guardianes armados contratados por los comerciantes que además de impedir el robo de la carga en los puertos donde atracaban se encargaban de las cuestiones internas de orden que surgieran durante la travesía, y de defender la nave de peligros externos como los ataques de los piratas. 

Marco Antonio Herreno dedicó una inscripción a Hércules en el Foro Boario de Roma en la que daba gracias porque se había salvado del ataque de los piratas contra sus navíos después de una fuerte lucha.

“Marco Octavio Herreno, flautista en su tierna juventud, perdida luego la esperanza en su oficio, se dedicó al comercio, tuvo éxito en los negocios y consagró a Hércules la décima parte de sus ganancias. Luego, cuando mercadeaba por mar, cercado por los piratas, opuso tenaz resistencia y se marchó victorioso. Hércules se le apareció en sueños y le hizo saber que se había salvado gracias a su intervención. Entonces, Octavio obtuvo de los magistrados un terreno y consagró al dios un templo y una estatua, y en la inscripción lo llamo Hércules Víctor.” (Macrobio, Saturnales, III, 6)


Barco de Tarsus, Museo Nacional de Beirut, Líbano. http://www.lebanoninapicture.com/

La derrota de los piratas tiene su reflejo en el aspecto que podía presentar su nave tras la lucha con los vencedores romanos.

“Como una nave de piratas que, funesta por todo el mar, cargada con los despojos de sus crímenes y después de haber saqueado durante largo tiempo numerosos navíos, fue a dar con una poderosa trirreme de guerra mientras intenta conseguir una presa según su costumbre. Desprovista de sus remeros abatidos, debilitada por las rasgaduras de las alas de sus velas, privada de su timón, maltrecha por habérsele quebrado sus vergas, juguete del piélago la zarandean el viento y las olas hasta pagar al fin el castigo en el mar que ella había asolado.” (Claudiano, VI Consulado de Honorio, 130)

Cuando los vencidos eran los piratas su situación podía depender de la ley vigente o del general o magistrado que, en situaciones de guerra abierta, los haría prisioneros y los encadenaría, e incluso exhibiría como muestra de su victoria y para regocijo de la población. Así lo recuerda Cicerón en un pasaje referente a la actuación de P. Servilio Vatia (Isáurico) en Cilicia:

“Publio Servilio ha capturado vivos él solo a más jefes de piratas que todos con anterioridad. ¿Cuándo negó a nadie la satisfacción de que se le permitiera contemplar a un pirata prisionero? Pero, por el contrario, por dondequiera que pasaba, ofrecía a todos ese agradabilísimo espectáculo de enemigos atados y prisioneros y así se producían tales afluencias desde todos los puntos que acudían para verlos, no únicamente de las ciudades por las que eran llevados, sino incluso de las vecinas.” (Cicerón, II Verrinas, 5.66) 

Relieve del templo de Apollo in circo, Central Montemartini, Roma. Foto de Rober B. Ulrich

Como los piratas no se consideraban prisioneros de guerra, sino meramente bandidos o ladrones, a los generales que los vencían, supuestamente no se les debía otorgar el honor de celebrar un triunfo, aunque sí parece que tenían derecho a una ovatio (entrada en la ciudad de Roma entre ovaciones).

“La corona oval es de mirto. La llevaban los generales que entraban en Roma en medio de ovaciones. La razón por la que se celebra una ovatio y no un triunfo es que, o bien la guerra no había sido declarada ateniéndose al ritual, o bien había sido llevada a cabo contra un enemigo injustamente calificado de tal, o la categoría del enemigo era humilde y sin relevancia, como esclavos o piratas, o su rendición fue inmediata y ‘sin polvo’, como suele decirse, y la victoria ha resultado incruenta.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 6, 20)

Sin embargo, en ocasiones, los piratas cautivos sí podían ser objeto de exhibición en determinados desfiles triunfales, como se ve en la sarcástica pregunta de Cicerón en su discurso sobre la actuación de Verres en Sicilia.

“Tú mantenías vivo al jefe de los piratas. ¿Para qué? Supongo que, para llevarlo delante de tu carro durante el desfile, pues no faltaba más que, tras perder una excelente flota del pueblo romano y destrozar la provincia, se te otorgase el triunfo naval."  (Cicerón, II Verrinas, 5, 67)

Tras la captura podía llegar su condena a muerte o la aplicación de duros castigos físicos. La decisión de preservar la vida de los piratas corresponde al general, quien legítimamente puede aplicar la pena de muerte a los cautivos reducidos mediante uso de la fuerza, como, al parecer, hizo Metelo en Creta.

“Metelo había capturado a numerosos piratas y los había matado y aniquilado a todos” (Plutarco, Pompeyo, XXIX, 2)

Batalla naval de Milas, ilustración de Severino Baraldi

La decapitación por hacha o espada era habitual y los esclavos solían ser crucificados, aunque otra forma de castigo característica era la mutilación de los piratas capturados, sobre todo, a través de la amputación de las manos, que además de una represalia que sustituía a la pena capital en razón del status social del prisionero, era una acción iniciativa que impedía la participación de la víctima para la guerra y que conllevaba también una carga infamante en diversas sociedades antiguas. Algunos de estos castigos son citados por Apiano con referencia al enfrentamiento entre Brutio Sura, el prefecto de Macedonia y Metrófanes, enviado por Mitrídates:

“Brutio, avanzando desde Macedonia con un pequeño ejército, sostuvo con él un combate naval y, tras hundirle una nave pequeña y una hemiolia, mató a todos los que había en ellas ante la mirada de Metrófanes. Éste huyó aterrado y, como le acompañó un viento favorable, Brutio no pudo darle alcance, sino que se apoderó de Escíatos, que servía de almacén a los bárbaros para el botín de sus depredaciones. Crucificó a algunos esclavos de entre la población y cortó las manos a los hombres libres.” (Apiano, Historia de Roma I, Mitrídates, 29) 

Esclavos crucificados. Pintura de Fedor Andreevich Bronnikov, Tretyakov Gallery, Moscú

Entre los piratas, parece haberse producido manifestaciones religiosas que los relacionaban con dioses guerreros como Ares (o Marte), pero también con Hermes, dios del comercio, pues se veían como abastecedores y distribuidores de algunas de las mercancías más importantes para el desarrollo del mercado, sobre todo de esclavos, en el Mediterráneo. Existían varios pequeños templos consagrados a Hermes en la Cilicia Occidental. Muchos de estos santuarios estaban localizados en cuevas en el litoral, que podrían haber servido de refugios para piratas.

Sin embargo, Hermes, al ser protector de los comerciantes, sería venerado por los auténticos comerciantes, no dedicados a la delincuencia, que sí eran atacados por los piratas en las poblaciones del litoral mediterráneo. Por ello se veían en la necesidad de recurrir a los dioses por el temor a los piratas como se puede ver en la ocasión en que los ciudadanos de Sidra (en la actual Turquía), en Asia Menor consultaron el oráculo de Apolo en Claros en el siglo I d.C. cuando los piratas se convirtieron en una plaga.

El dios les aconsejó erigir una estatua de Ares, la deidad tradicional de la guerra, en el centro de la ciudad, flanqueado por Hermes y Dike (La justicia). La estatua debería ser encadenada por Hermes y golpeada con tirsos. El dios interpreta el ritual: `Así conseguiréis que Ares se muestre pacífico con vosotros.´ También les advierte que deben organizar la resistencia y castigar a los piratas con severidad. 


Moneda de Sidra. Galieno en el anverso y las figuras de Dike y Hermes
con Ares en el centro en el reverso

Estos piratas practicaban una serie de rituales y sacrificios totalmente ajenos a las costumbres griegas como los dedicados al dios Mitra, quien se ajustaba perfectamente a las creencias de unas comunidades que habían hecho del robo su principal modo de vida y actividad económica, pues Mitra era tanto el dios que roba a sus vecinos el ganado, como el héroe que devuelve a los establos lo que antes ha sido robado, convirtiéndose el dios en un guardián que devolvía a su comunidad lo que los romanos les había arrebatado.

“Hacían también sacrificios traídos de fuera, como los de Olimpia, y celebraban ciertos misterios indivulgables, de los cuales todavía se conservan hoy el de Mitra, enseñado primero por aquellos.” (Plutarco, Pompeyo, XXIV)

Mitra tauróctono, Museo Arqueológico de Córdoba

El carácter ascético de esta religión, que llevaba a sus iniciados hasta niveles extremos de autodisciplina y solidaridad, era muy eficaz para conseguir una estrecha cohesión de grupo. Los iniciados en el culto a Mitra se consideraban a sí mismos y a sus hermanos de fe como hijos de un mismo padre, lo que podría haber servido para fomentar la cohesión de las bandas piratas, junto a la celebración de un rito de iniciación mediante un sacrificio que en los primeros tiempos sería humano, sustituido después por un animal, para ser finalmente un mero acto simbólico.

“Lo persuadí con mis palabras y la Fortuna estuvo de nuestra parte. Yo me dediqué a preparar el equipo para la estratagema. Y justo cuando iba Menelao a hablarles a los piratas del sacrificio, el cabecilla se le anticipó por voluntad de algún dios diciéndole:
—Tenemos como norma que los neófitos se hagan cargo del sacrificio, sobre todo cuando hay que inmolar a un ser humano. Te corresponde, por tanto, prepararte para el sacrificio de mañana. También tu sirviente habrá de iniciarse a la vez que tú.”
(Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, III, 22, 3-4)

El culto a Mitra pudo haber sido practicado por Cenicetes jefe de la piratería en Asia menor entre el 84 y 77 a. C., quien lo habría usado para cohesionar a una masa de gentes de muy distinta procedencia y dirigirla hacia unos objetivos comunes. Este pirata prefirió inmolarse en las llamas antes que ser hecho prisionero de los romanos.

“En las cimas del Tauro está el Olimpo, tanto el monte como la fortaleza homónima, que es la base de piratería de Cenicetes desde donde se divisa toda Licia, Panfilia, Pisidia y Milíade; pero cuando el monte fue tomado por Isáurico, Cenicetes se prendió fuego junto con toda su casa. A éste pertenecían también Córico, Fasélide y todos los territorios de Panfilia, y todo fue tomado por Isáurico.” (Estrabón, Geografía,
 XIV, 5, 8)

Columna de Trajano, foto de Paolo Ziti


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