Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

domingo, 24 de abril de 2022

Dioniso/Baco, su mitología e iconografía en la antigua Roma

Museo Arqueológico Nacional, Sarsina, Italia


Para entender el éxito del culto a Dioniso/ Baco en la cultura grecorromana es imprescindible conocer algunos de los episodios mitológicos de su paso entre los humanos que se recogen en la literatura de la antigüedad con múltiples versiones sobre su origen y sus hechos con respecto a la introducción del vino en la sociedad, su elaboración y las fiestas relacionadas con el proceso, así como la aceptación y rechazo de su culto y sus misterios. Tanto los mitos como la iconografía del dios y su séquito de acompañantes sufrirá transformaciones y asimilaciones en la literatura y las representaciones artísticas a lo largo de los siglos, por lo que es difícil tener una versión  unitaria del dios y su entorno.

“Cantaré yo el parto de tu madre entre los rayos del Etna,
las armas de India puestas en fuga por los coros de Nisa,
y a Licurgo en vano enfurecido contra la nueva planta de la vid,
la muerte de Penteo grata a la triple grey de Bacantes,
y a los marinos tirrenos, cuerpos recurvos de delfines,
que saltaron a las aguas desde la nave adornada de pámpanos,
y los ríos perfumados que por ti corren a través de Naxos,
donde la muchedumbre de Naxos bebe tu vino.”
(Propercio, Elegías, III, 17)

Dioniso/Baco es un dios perturbador que no atiende a las leyes y costumbres establecidas. Considerado un dios de origen extranjero, su culto no siempre es bien acogido y, a veces, es reprimido. Sus seguidores se ven poseídos por éxtasis místicos y recorren lugares agrestes mientras danzan frenéticamente y consumen vino en exceso. En su iconografía mitológica se le representa de muy diversas maneras, acompañado de silenos, sátiros y ménades tocando instrumentos musicales, además de animales como leones y panteras.

Su descubrimiento del vino le lleva a ser un dios viajero que visita territorios donde enseñar su elaboración, animar a su consumo y propagar su culto como dios de la vegetación y naturaleza.

Casa de Dioniso, Paphos, Chipre


Dioniso nace de la relación de Zeus y Sémele, hija de Cadmo y Harmonía, reyes de Tebas en Grecia. La diosa Hera, enfurecida por la relación extramarital de su esposo Zeus, convence a Sémele, ya encinta, para que pida a su amante que se muestre se muestre en todo su esplendor, pero al ser incapaz de soportar el fulgor de los rayos de Zeus, muere calcinada, y el dios tiene el tiempo justo para arrancar al hijo que lleva en sus entrañas. Lo introduce en su muslo y permanece allí hasta el noveno mes, y Dioniso sale completamente formado. 

“Cadmo tuvo las siguientes hijas: Autónoe, Ino, Sémele y Agave, y un hiio, Polidoro. Con Ino casó Atamante con Autónoe Aristeo y con Ágave Equión. Pero de Sémele se enamoró Zeus y se unió a ella a escondidas de Hera. Pero engañada por Hera, como Zeus había consentido en hacer todo lo que le pidiera, le pidió que se presentase tal como iba cuando deseaba a Hera. Zeus, no pudiendo rehusar, se presentó en su habitación en un carro de relámpagos y truenos y lanzó un rayo; entonces Sémele murió de miedo y Zeus arrebató del fuego a la criatura de seis meses, que había sido abortada, y se la cosió en un muslo. Muerta Sémele, las restantes hijas de Cadmo difundieron el rumor de que Sémele se había unido a un mortal; y había acusado falsamente a Zeus y que por eso había sido fulminada. Cuando llegó el momento oportuno Zeus dio a luz a Dioniso y luego de desatar las costuras, se lo confió a Hermes.” (Biblioteca Mitológica, Apolodoro, III, 26-29)

Nacimiento de Dioniso. Vaso griego


Zeus para protegerlo convierte a Dionisio en cabrito y lo entrega a Hermes quien lo deja al cuidado de nodrizas divinas, las ninfas de la montaña Nisa. Ellas cuidaron a Dioniso en una cueva, lo mimaron y lo alimentaron con miel, servicio por el cual Zeus colocó luego sus imágenes entre las estrellas con los nombres de las Híades. Las ninfas lo criaron fielmente y se convirtieron en las compañeras y seguidoras del dios; posteriormente, Dionisio les recompensó sus desvelos renovándoles la juventud cuando envejecían.

“A Dioniso Zeus lo transformó en un cabrito y engañó así el mal humor de Hera; Hermes lo tomó y se lo llevó a las ninfas que habitan en Nisa, de Asia, a las que más tarde Zeus situó entre los astros y llamó Híades.” (Biblioteca Mitológica, Apolodoro, III, 26-29)

Baño de Dioniso, Casa de Aion, Paphos, Chipre


Pero la celosa Hera busca venganza y enloquece a las ninfas. Entonces, el niño es entregado a Hermes quien lo lleva con Ino, hermana de Sémele y Atamante. Ella y su criada Mistis —nombre que hace alusión a los Misterios que Mistis transmite a Dioniso— crían a Dioniso.

“Luego, entregó la criatura a Mistis, su joven sierva. Cadmo había criado, para la ayuda de cámara de su hija Ino, a esta Sidonia de hermosa cabellera cuando todavía era una muchacha. Ella apartó, entonces, a Baco de las divinas nutrientes de los pechos, y lo ocultó en una sombría morada, no expuesto a las miradas… Así, después del pecho de su ama, Mistis cuidaba al dios, sentada junto a Lieo con ojos insomnes. Esta sabia sierva lo instruyó en el arte que lleva su nombre, en los místicos ritos del nocturno Dioniso; y equipó a Lieo de sus celebraciones insomnes. Ella fue la primera en sacudir el báculo; y saludó ruidosamente a Baco, haciendo sonar los címbalos de doble bronce. Ella encendió por primera vez la llama que danza en la noche, y entonó el evohé para Dioniso que no duerme. Y fue la primera en arrancar la arqueada flor de los racimos, para coronarse la lacia cabellera con lazos de vid. Ella misma trenzó en una sola pieza el tirso con vinosa hiedra; y encastró en la punta de los racimos el hierro, cubierto de pétalos, para no lastimar a Dioniso; y colgó sobre el pecho desnudo páteras de bronce, y en el talle pieles de cervato. Mientras el niño Dioniso jugaba con la mística cesta, llena de instrumentos de culto, ella la primera, vistió su cuerpo con una túnica de enlazadas serpientes; y enroscó en torno se su bifronte mitra una espiralada víbora, cerrando los nudos con ofídico tiento.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, IX, 100)

Dioniso y las ninfas del Monte Nysa, Villa Farnesina,
Museo Arqueológico Nacional, Roma


Sin embargo, la cólera de Hera provoca que enloquezcan con lo cual Hermes debe encontrar un nuevo destino para Dioniso. En esta oportunidad es transportado a la morada de Rea, madre de su padre Zeus, con quien transcurrirá su última infancia.

"¡Muchas gracias al resentimiento de Hera! Pues no corresponde a un hijo del Crónida tener por nodriza a Ino. Que la progenitora de Zeus sea el aya de Dioniso, madre de Zeus y nodriza de su nieto…
Y la diosa tomó cuidado de él; cuando era aún un niño lo puso a conducir un carro de carnívoros leones. Los andariegos Coribantes, en las cercanías del palacio que albergaba al dios, rodeaban a Dioniso con su danza protectora; entrechocaban sus espadas y con movimientos alternantes golpeaban los escudos con revoltoso hierro, para ocultar la infancia y el crecimiento de Dioniso. Así, al son de la crianza de los escudos, creció, como su padre, bajo el cuidado de los Coribantes.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas, IX, 150- 160)

Dioniso niño


“Ni bien hubo pasado la primera niñez, Evio vistió su cuerpo con velludas túnicas, y se echó a los hombros la adornada piel de cervatillo, imitación de la jaspeada figura del estrellado éter; y condujo a los linces a sus guaridas bajo las planicies de Frigia; unció al carro moteadas panteras, a modo de imágenes que honraran las tierras paternas. A menudo conducía el carro de la inmortal Rea; y, mientras sostenía con pequeña y delicada mano las riendas del bocado, dominaba el brioso vehículo de presurosos leones. El coraje de Zeus, que mora en las alturas, crecía en su corazón.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas IX, 190)

Museo del El Djem, Túnez. Foto Paul Williams


Durante su estancia con Rea Dioniso juega y compite en destreza con sus compañeros. Entre ellos destaca Ámpelo, del que Dioniso se enamora y que acabará muerto por un toro. El desconsuelo de Dioniso es profundo y su llanto no cesa hasta que las Moiras le anuncian que su amado será transformado en vid como un don para la humanidad. Tras la metamorfosis del joven, el dios extrae el juego de la uva y descubre el vino, todos beben para celebrarlo y acaban embriagados. 

“Entonces, Dioniso triunfante cubrió su sien con la sombra de este querido follaje y adornó sus cabellos con las hojas de las puntas. Y se puso a recolectar el fruto de la vid, recién maduro, surgido del muchacho que creció como una planta.
El dios, autodidacta, sin trapiche ni cuba, apartó los racimos con poderosa palma y con entrelazadas manos asistió al parto de la embriaguez, hasta sacar el zumo que fluía por primera vez del purpúreo fruto. Así fue como descubrió la placentera bebida. Los blancos dedos de Dioniso, con sus empapadas manos, enrojecieron libando vino.”
(Nono de Panópolis, Dionisiacas, XII, 195)



Cuando Dioniso llegó a la edad viril, Hera lo reconoció nuevamente como hijo de Zeus, a pesar del afeminamiento a que lo había reducido su educación, y lo enloqueció. Fue a recorrer el mundo entero acompañado por su preceptor Sileno y un ejército salvaje de sátiros, ménades e, incluso, centauros, bailando y tocando instrumentos musicales, formando un séquito.


 “Yo he visto a Baco enseñando sus cantos en remotos riscos
—creedme, hombres de los tiempos venideros—, y a las ninfas
aprendiendo, y a los sátiros de caprinos pies con las orejas tiesas.
¡Évoe!, mi ánimo tiembla por el reciente susto, y dentro
de mi pecho, de Baco rebosante, siento un gozo turbulento.
¡Évoe!, ten piedad, oh Líber; ten piedad, tú que eres temible por
tu tremendo tirso.”
(Horacio, Odas, II, 19)

Pintura de la casa de Marco Lucrecio Fronto, Pompeya


Zeus encomienda a Dioniso la conquista de la India con el propósito de exterminar a un cierto tipo de hombres y preparar al mundo para un nuevo orden. Por lo tanto, la campaña de Dioniso en la India no es sólo militar, sino que se propone llevar el vino, la justicia y la religión por todo el Oriente con un efecto civilizador.

“Zeus Padre envió en aquel momento a Iris hacia el celestial palacio de Rea para anunciar a Dioniso, que preparaba ya la guerra, que debía expulsar del Asia la estirpe de los soberbios indios, que ignoraban la idea de la justicia, empuñando su tirso vengador y trabando batalla naval contra el astado hijo de un río, el rey Deriades, pues había de enseñar a todas las razas los sagrados misterios nocturnos y el fruto purpúreo de la vendimia.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XIII, 1) 

En la India después de encontrar mucha resistencia en el camino, conquistó todo el país, al que enseñó el arte de la vinicultura, dotándolo además de leyes y fundando grandes ciudades.

Dioniso luchando contra los indios, Museo Arqueológico Nacional, Roma.
Foto Samuel López


Tras la victoria del dios sobre los indios sus seguidores la celebran entre gritos y bailes iniciando la vuelta a casa.

“Los soldados de infantería de Bromio danzaron a la par con sus escudos, y empujaban tumultuosamente los círculos armados de la danza en redondo, imitando el paso de los Coribantes, portadores de escudos. Entre tanto, una división de caballería se puso a pie para el baile de movientes cimeras, celebrando la victoria todopoderosa de Dioniso. Nadie permanecía en silencio y con un griterío en común desde todas las gargantas ascendían los ecos del ¡evohé! hasta la bóveda celeste de siete zonas… Celebrando un cortejo en su recorrido de vuelta al hogar en honor del invencible Dioniso, todos bailaron extáticos tras abandonar de aquella guerra de enormes fatigas todo recuerdo, que se disipó como compañero de camino del viento del norte.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XL, 245-275)

Cortejo dionisiaco, Galería de arte de la universidad de Yale


Luego Dioniso volvió a Europa pasando por Frigia, donde su abuela Rea le purificó de los muchos asesinatos que había cometido durante su locura y le inició en sus misterios.

“Dioniso, el hijo de Zeus y Sémele, que se hallaba en Cibelos de Frigia purificándose con Rea, iniciándose en las ceremonias religiosas y aprendiendo de la diosa todo lo que se necesitaba para ellas, recorrió toda la tierra y, hallando coros y honras, guiaba a todos los hombres.” (Eumelo, Fragmentos, 10)

De regreso, entonces, el dios visita en compañía de Sátiros y Bacantes por segunda vez Arabia, donde enseña al pueblo sus Misterios. Después recorrerá Asiria y Fenicia, donde admirará la púrpura de Tiro.

“Baco marchó de nuevo sobre Arabia en compañía de sus Sátiros y Bacantes matadores de indios después de la contienda en el Cáucaso, junto al río amazonio. Y como se detuviera allí, enseñó al pueblo de los árabes, ignorantes de bacanales, a blandir la férula de los misterios; coronó con un ramo lleno de pámpanos las montañas de Nisa, de fecunda espesura.” (Nono de Panópolis, XL, 291)

Museo de El Djem, Túnez


De vuelta en Grecia, el dios va a encontrarse con la hostilidad de muchos reyes y sus familias que no desean participar de su culto, ya que este favorece el desenfreno, lo que hace difícil mantener la autoridad sobre ciudadanos que pierden la razón y el dominio de sí.

En Tebas el pueblo se entrega a la embriaguez propiciada por la participación en los misterios del culto a Dioniso, mientras su gobernante Penteo injuria al dios insolentemente. Dioniso invoca a la diosa lunar Selene para manifestar su indignación por la soberbia del rey y con su consentimiento, enloquece a Ágave y a su hermana Autónoe, que, transformadas en Ménades, se entregan al delirio báquico danzando entre las montañas. Intenta Penteo librar a las mujeres de su delirio, sin éxito, por lo que muere despedazado por ellas, dirigidas por su propia madre, Ágave, que lo confunde con un jabalí.

“Se presenta Líber, y los campos resuenan con aullidos de fiesta; una multitud acude corriendo, matronas y jóvenes casadas mezcladas con hombres, y el vulgo con la nobleza se dejan arrastrar a una celebración desconocida. “¿Qué locura, hijos de la serpiente, descendientes de marte, ha confundido vuestra razón?, dice Penteo.
El Equiónida insiste, y ya no ordena que vayan, va él mismo al Citerón, elegido para celebrar los misterios, que resonaba con los cánticos y el grito penetrante de las bacantes. Como piafa fogoso el caballo cuando el que toca la trompa de guerra da la señal con el bronce resonante, y se acrecientan sus ansias de luchar, de la misma forma el aire sacudido por prolongados aullidos conmueve a Penteo y su cólera se enciende de nuevo al oír el griterío. Aproximadamente en el centro de la montaña, rodeado de bosque por los extremos, hay un llano libre de árboles, que la vista abarca en toda su extensión; allí, mientras él observa el ritual con sus ojos profanadores, su madre es la primera en verlo, la primera en acudir en loca carrera, la primera en golpear a su Penteo, arrojándole el tirso, y en gritar: «¡Venid, mis dos hermanas! ¡A ese jabalí enorme que vaga por nuestros campos, hay que matar a ese jabalí!». Corren, todas contra uno, la furiosa muchedumbre; se juntan todas y persiguen con sus gritos a Penteo, que ya tiembla, ya profiere palabras menos violentas, ya se echa la culpa, ya confiesa haber cometido un error. Aun herido dijo: «¡Ayúdame, tía!; ¡que la sombra de Acteón conmueva el ánimo de Autónoe!». Ella ignora quién es Acteón, y arranca la mano del suplicante; la otra mano es destrozada a tirones por Ino. El desdichado no tiene brazos que tender a su madre, pero mostrando los muñones de sus miembros arrancados dice: «Mira, madre». Agave aulló al verlos, agitó el cuello, movió su cabellera por el aire y, agarrando con dedos ensangrentados la cabeza arrancada, grita: «¡Compañeras, esta victoria es obra mía!». No es más rápido el viento al arrancar las hojas dañadas por el frío otoñal, y que resisten a duras penas adheridas en lo alto de un árbol, que las manos nefastas al desgarrar los miembros de Penteo. Instruidas por tales ejemplos, las Isménides frecuentan los nuevos misterios, ofrecen incienso y cuidan de los altares sagrados.” (Ovidio, Metamorfosis, III, 700)

Penteo y las Bacantes, Casa de los Vetii, Pompeya. Foto Wolfgang Rieger


Otra muestra del poder vengativo y destructor del dios y de su cortejo junto con su relación con el cultivo de la vid es su enfrentamiento con Licurgo. Este era rey de Tracia y se había negado a dar hospitalidad al dios, que pasaba por la región con su alegre y bullicioso cortejo, porque se negaba a aceptar que se instituyese su culto en su reino. Había, incluso, tratado de capturar a Dioniso, que había tenido que refugiarse en el mar junto a Tetis. Atacó entonces Licurgo a las ménades, que acompañaban al dios, y una de ellas Ambrosía, ninfa que había sido su nodriza, intentó defenderse pidiendo ayuda a los dioses que hicieron que la tierra la tragase convirtiéndose en una planta de vid que envolvió y aprisionó al malvado rey.

“Y atando la cintura de Ambrosía con un lazo, intentó estrangular a la ninfa con sus propias manos. Quiso cargarla de grilletes y llevarla a su palacio como emigrante extranjera, presa en la guerra, para que aquella ninfa nodriza de Bromio le sirviera bajo los azotes de su vara de boyero.

Mas ella se puso en pie, y Licurgo no pudo apresarla, ni teñir con sangre recién derramada su cabeza herida. No, pues Ambrosía, la de túnica azafranada, logró escapar de aquel hombre impío gracias a las plegarias a su madre la Tierra, para que le librara de Licurgo. En efecto, la Tierra, dispensadora de frutos, se abrió en dos y se tragó viva a Ambrosía, sierva de Bromio, en su amoroso regazo. La ninfa se hizo así invisible, transformando su cuerpo en el de una planta, pues se convirtió en una cepa de vid. Aun así, seguía hiriendo a Licurgo al enroscarse a su cuello, apretando con un nudo asfixiante su garganta. De esta manera combatía con sus letales racimos, tras haber usado el tirso.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XXI)

Licurgo y Ambrosía, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles


En otras versiones del mito, Licurgo enloquece y muere, dándose la contradicción de que el rey que quería evitar al dios que consideraba loco, por la influencia que ejercía sobre el pueblo, acaba enloqueciendo él mismo, actuando con la violencia de la que acusaba a Dioniso.

“Licurgo, hijo de Driante, expulsó a Líber de su reino. Tras haber dicho que él no era un dios y después de haber bebido vino, estando ya ebrio, quiso violar a su propia madre. Entonces intentó arrancar las vides, porque decía que aquél era un brebaje nocivo que trastornaba las mentes. Él, víctima a su vez de un ataque de locura infundido por Líber, mató a su esposa y a su hijo. Al propio Licurgo Líber lo arrojó a unas panteras en Ródope, que es un monte de Tracia, tierra sobre la que reinaba. Dice la tradición que aquí Licurgo se amputó un pie en lugar de cortar las vides.” (Higinio, Fábulas, CXXXII)

Licurgo, Museo Galorromano, Saint Romain-en-Gal, Francia

Estos mitos pueden servir como explicación de que los gobernantes deben permitir que haya cierta relajación de las normas sociales y que los ciudadanos pierdan de vez en cuando el control, para que luego pueda reinstaurarse el orden enseguida. La celebración de las fiestas de Dioniso constituiría ese momento de desenfreno durante unos días, tras los cuales, la normalidad volvería a imponerse.

En Ática Dioniso es recibido en la casa de Icaro. Éste, como mensajero del dios, es el encargado de presentar el vino a sus conciudadanos, pero muere a manos de sus propios compañeros, quienes, al sentirse embriagados, lo asesinan por creer que han sido envenenados por el vino. Erígone, su hija, se entera de su desgracia en un sueño y tras encontrar su cadáver se ahorca. Zeus, compadecido, transforma a Ícaro, su hija y su perra en astros.

“Cuando Líber Pater se dirigió hacia los hombres para mostrarles la suavidad y dulzura de sus frutos, fue acogido en casa de Icario y Erígone con generosa hospitalidad. Les dio un odre lleno de vino como regalo, y mandó que lo difundieran por todas las regiones.
Cargado un carro, llegó Icario con su hija Erígone y la perra Mera a la tierra del Ática y mostró a unos pastores tal género de dulzura. Como los pastores bebieron sin ninguna moderación, cayeron embriagados. Pensando ellos que Icario les había propinado una pócima nociva, lo mataron a palos. La perra Mera, por su parte, mostró a Erígone con sus ladridos que Icario había sido asesinado y dónde yacía su padre insepulto. Cuando llegó allí, se ahorcó en un árbol sobre el cuerpo de su padre. Por este hecho Líber Pater, airado, afligió a las hijas de los atenienses con un castigo semejante. Solicitaron entonces de Apolo un oráculo sobre este hecho, y se les respondió que habían desdeñado la muerte de Icario y de Erígone. Una vez dada esta respuesta, castigaron a los pastores e instituyeron en honor de Erígone la Fiesta de los Columpios por motivo de la peste, y una libación con las primicias de los frutos durante la vendimia, en honor de Icario y de Erígone.

Por voluntad de los dioses, fueron inscritos en el número de los astros: Erígone es el signo de Virgo, a la que nosotros llamamos Justicia; Icario fue llamado Arturo entre las estrellas; y la perra Mera, Canícula.” (Higino, Fábulas, CXXX)

Dioniso e Icario, Casa de Dioniso, Paphos, Chipre


En Naxos tiene lugar el encuentro de Dioniso y Ariadna. Esta ha sido abandonada por el héroe Teseo, Dioniso llega con su cortejo y al contemplar la imagen de la joven dormida en la arena se enamora de ella. Ariadna despierta y se lamenta ante el dios de que Teseo la haya abandonado. Dioniso, inflamado por el deseo, le declara su amor y le promete una estrellada corona celestial.

“Entonces Dioniso, consolando a la llorosa Ariadna, despechada en su amor, le dijo estas palabras con voz que hechiza el corazón: Doncella, ¿por qué te afliges a causa del embaucador ateniense? Abandona el recuerdo de Teseo. Tienes como amante a Dioniso, un marido eterno en vez de otro que se marchitará. Si te agrada el cuerpo mortal de un joven de tu edad, ni siquiera Teseo puede rivalizar en belleza con Dioniso. Pero me replicarás: “Aquél enrojeció con sangre al habitante del laberinto excavado en el suelo, al hombre de doble naturaleza, semejante a un toro”. Tú sabes que tu hilo le salvó la vida, pues no se habría hallado triunfador el ateniense portando su maza de no haberle protegido una muchacha de piel rosada. Y no te pondré el ejemplo de la de Pafos, de Eros ni de la rueca de Ariadna. No me irás a decir que Atenea es más gloriosa que el propio cielo. No fue Minos, tu padre, en absoluto equiparable a Zeus, el que todo lo gobierna. Ni es Cnosos igual al Olimpo, ni en vano esa flota ha abandonado mi Naxos, no, sino que el Deseo te guardó para unas bodas de mayor dignidad. Eres afortunada, porque tras abandonar la cama inferior de Teseo contemplas el lecho del encantador Dioniso. ¿Qué mayor voto puedes desear? Pues tendrás dos moradas, y una de ellas celeste, ya que tu suegro es el Cronión. Ni siquiera Casiopea se te puede comparar, a causa del olímpico adorno de su hija, ya que incluso entre los astros ha ofrecido Perseo unas cadenas celestes a Andrómeda. Pero, ea, yo te haré una corona constelada para que seas llamada la reluciente amante de Dioniso, que adora las coronas.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XLVII, 425)

Dioniso encuentra a Ariadna dormida, Casa del poeta trágico, Pompeya.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles


El despertar de Ariadna simboliza el poder del dios para otorgar a los mortales una nueva vida, concediéndoles una experiencia extraordinaria, abriendo sus ojos a través de sus misterios. La unión del dios con una mortal le garantiza la inmortalidad, por lo que el tema de su unión se ve frecuentemente representado en el arte funerario antiguo. El difunto despertará de su sueño (la muerte) y su alma alcanzará la inmortalidad.

Las bodas de Ariadna y Dioniso, o el culto relacionado con su unión, se encuentran también vinculadas con los ritos báquicos donde los ritmos de la música, acompañados de la ingestión de vino, invitan al baile, al éxtasis y al contacto amoroso. Asimismo, la celebración del matrimonio era un tema buscado en la decoración de salas domésticas dedicadas a los banquetes, como reflejo de la felicidad y el amor que reinaba entre los divinos esposos.

“Y la cámara nupcial adornaba Eros para Baco; y el coro de la danza de la boda atronó con sus pasos; alrededor de la cámara todas las flores brotaron; y de brotes primaverales llenaron Naxo las Gracias, danzantes orcomenias. Y las bodas cantaba dulcemente una Hamadríade, y en torno a las fuentes una Náyade, una Ninfa sin velo y sin sandalias, alabóla unión de Ariadna al dios de los racimos. Ortigia gritaba de alegría, al hermano de Febo dueño de la ciudad, al Lieo, comenzó a cantarle un himno nupcial y saltó para unirse al coro, a pesar de su inmovilidad. Con purpúreas rosas enrollando la flor circularel brillante profeta Eros tejía una corona del mismo color que los astros, preanunciadora de la Corona celeste; alrededor de las ninfas de Naxo saltaba el rebaño de erotes nupcial. Y en las cámaras matrimoniales consumando su matrimonio el esposo, nacido del dorado Padre, sembró una descendencia numerosa.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, XLVII, 456-71)

Boda de Dioniso y Ariadna


Otro episodio tratado en la literatura es el que describe cómo Dionisio se alejó un tiempo de su cortejo y viajó solitario hasta Etruria. Al divisar el barco de unos piratas tirrenos, se les presentó bajo el aspecto de un hermoso joven, afeminado e indefenso, y se paró en un promontorio de la orilla del mar, cerca de la embarcación, desde la cual podían divisarlo. No obstante, los piratas se apoderaron de él y lo amarraron como si fuese un esclavo codiciable y así pudiera ser vendido en Asia. Cuando estuvo a bordo, inmediatamente cayeron las ataduras. Entonces el piloto advirtió a los piratas que se trataba de un dios a quien habían capturado; ellos no hicieron caso y continuaron su viaje, pero el barco comenzó a llenarse de vino, los remos y los cabos se transformaron en serpientes, una vid creció hasta lo alto del mástil, cubriéndolo todo como un emparrado. El mismo Dionisio se transformó en un león, el cual infundió tal terror en la tripulación, que todos se arrojaron al mar y fueron convertidos en delfines, menos el piloto, al que Dionisio perdonó. Por esto los delfines, que son aquellos piratas arrepentidos, siempre escoltan y asisten a los navegantes.

 “Los tirrenos, que más tarde fueron llamados etruscos, practicaban la piratería. Líber Pater, siendo un muchacho, se embarcó en una nave de ellos, y les rogó que lo llevaran a Naxos. Ellos lo tomaron y quisieron violarlo a causa de su belleza, pero el timonel Acetes se lo impidió y sufrió injurias de su parte.
Al ver Líber que ellos permanecían en su propósito, convirtió los remos en tirsos, las velas en pámpanos, las maromas en yedra; después surgieron leones y panteras.
Ellos, cuando lo vieron, aterrados, se precipitaron al mar, y todavía en el mar los transformó en otro prodigio, pues cada uno de los que se había arrojado al agua fue metamorfoseado en delfín, por lo que los delfines fueron llamados «tirrenos» y aquel mar es conocido como «Tirreno».”
(Higino, Fábulas, 134)

Dioniso y los piratas, Dougga, Museo del Bardo, Túnez


El culto de Dioniso, posiblemente ya desde su organización en Frigia y Tracia, tuvo un carácter orgiástico, que se caracterizaba por el enthousiasmós -introducción del dios en la mente de sus adeptos— y la manifestación de este fenómeno sobrenatural a través de bailes frenéticos, al son de una música ensordecedora y de un ritmo excitante (oreibasía); incluso se llegaba al descuartizamiento de animales (sparagmós) y al consumo de su carne cruda (omophagía): esta carne era vista como la del propio dios, que se incorporaba así al cuerpo mismo del creyente.

Eurípides transmitió este ritual dionisíaco en el monte, cuando entre danzas, el cortejo festivo exclamaba con entusiasmo el grito ritual báquico ¡Evohé!

"Dulce es él en los montes cuando
de la comitiva rápida
se arroja hacia el llano, de pellejo de corzo llevando
el sagrado vestido a cazar
la sangre del macho cabrío muerto, para devorarle crudo
con ansia en los montes de Frigia o de Lidia.
Y Bromio el guiador grita ¡evohé!,
y el suelo mana leche, mana vino, mana de abejas
néctar como humo de incienso de Siria.
Y Baco, llevando
la llama roja de la tea
en su vara, se lanza
a la carrera y con sus coros irrita a los viajeros
y los sacude con sus gritos,
suelta al viento su cabellera ornada.
Y con sus cantos hace tronar
esto: Id, bacantes,
id, bacantes,
y con la gala del Tmolo de doradas fuentes
adulad a Dioniso,
con los panderos de grave son,
al dios del ¡evohé! festejadle con ¡evohé!,
con voces y gritos frigios,
cuando la sagrada flauta de buen sonido,
canciones sagradas
haga sonar, invitando a las posesas
al monte, al monte. Y con placer,
como un potro que pace junto a su madre,
bacante, mueve tu pierna con rápido pie en las danzas."


Sparagmos, vaso griego


En el arte griego arcaico, Dioniso aparecía como un dios dignísimo con luenga barba, coronado de hiedra o de vid, a veces con una cinta en torno a su abundante cabellera, vestido con la túnica larga y el manto de los magnates de esa época, que en su caso era de color azafrán. Portaba en la mano derecha una copa de vino y, a veces, sostenía con la izquierda una gran rama de parra o de hiedra. Esta imagen, a la que se añadiría un moño en la nuca durante el siglo v a.C., se mantendría, siglo tras siglo, hasta época romana, como divinidad relacionada con la tragedia.

Cortejo de Dioniso, Vaso griego, Museo del Louvre. Foto de Marie Lan Nguyen


Sin embargo, Dioniso cambia radicalmente su imagen en el Clasicismo griego: en la segunda mitad del siglo v a.C., por obra de Fidias y de otros artistas de su generación, le vemos adquirir un aspecto juvenil, imberbe y distendido. Sobre esta base alcanzará, en el siglo IV a.C., su imagen definitiva: la de un joven bello, que ciñe su larga cabellera con una cinta o la cubre con una corona vegetal.

“Dicen que el Dioniso nacido de Sémele en tiempos más recientes era físicamente afeminado y de rasgos muy delicados, pero se distinguía mucho de los otros por su belleza y sintió inclinación por los placeres amorosos y en sus expediciones se rodeó de una multitud de mujeres armadas con lanzas en forma de tirso. Dicen asimismo que en sus viajes le acompañaban las Musas, muchachas que habían recibido una educación fuera de lo común; estas jóvenes deleitaban al dios con sus cantos y bailes y también con las demás habilidades que habían cultivado en el curso de su educación. Añaden que en sus expediciones le acompañaba un pedagogo y preceptor, Sileno, que era su consejero e instructor en las más hermosas actividades y contribuyó en gran manera a la excelencia y fama de Dioniso. Para las batallas, en tiempos de guerra, se revestía con armas de combate y con pieles de pantera, mientras que, para las grandes reuniones y festividades, en tiempos de paz, llevaba vestidos bordados y delicados en consonancia con su afeminamiento. Contra los dolores de cabeza causados por el abuso de vino, que afectan a quienes beben, se ciñó, dicen, la cabeza con una mitra, y por esta razón recibe también el nombre de Mitráforo.” (Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, IV, 25)

Triunfo de Dioniso, Zeugma, Turquía. Foto Dosseman


El tiasos dionisíaco muestra su desenfrenada animación desde principios del siglo VI a.C., en las representaciones artísticas. El tíasos es la asociación cúltica, el cortejo que, conducido por el dios, está conformado por un coro de danzantes que celebran a Dioniso en su estado entusiástico. Durante todo el Arcaísmo y principios del Clasicismo, se compone de la figura del barbado Dioniso, a veces acompañado por Ariadna, junto a los sátiros y a las ménades, es decir, a los genios campestres masculinos, y a las ninfas de Nisa, o a las mujeres presas de enajenación que las fueron sustituyendo a medida que el dios fue conquistando la tierra: ellos y ellas constituirán el núcleo central del cortejo hasta el final del arte antiguo.


“Tú, eterno niño, tú, el más hermoso que se puede ver en el alto cielo; cuando te alzas sin cuernos, tienes una cabeza virginal; por ti el Oriente ha sido vencido hasta donde la India de color oscuro ve sus aguas teñidas por el Ganges en su desembocadura; tú sacrificas, venerable, a los sacrílegos Penteo y Licurgo, el de la doble hacha, y arrojas al mar los cuerpos tirrenos; tú aplastas los cuellos adornados por riendas de colores de los dos linces uncidos al yugo; te siguen las bacantes y los sátiros y el viejo borracho que apuntala con un bastón sus temblorosos miembros y apenas puede sostenerse sobre el corvo lomo de un asno.” (Ovidio, Metamorfosis, IV, 20)

Museo de El Djem, Túnez. Foto h_savill


La figura del sátiro original es la de un hombre desnudo, con larga barba y generalmente despeinado, aunque a menudo coronado por una guirnalda, con orejas alargadas, nariz respingona y aplastada, un falo muy evidente y cola de caballo. Raramente pueden ser sustituidos sus pies por pezuñas, o aparecer con las piernas enteras de caballo o de cabra. Este esquema, al que se añadirá, desde fines del siglo vi a.C., una creciente calvicie, será su imagen hasta bien avanzado el clasicismo.

“¡Qué encantador es el ímpetu de los Sátiros cuando bailan, qué encantadora su sonrisa burlona! Son nobles criaturas hechas para el amor que someten a las mujeres lidias adulándolas como ellos saben. Hay otra cosa que es típica de ellos: los artistas suelen pintarlos robustos y de sangre pura, con orejas puntiagudas y curvos lomos, de cuerpo arrogante y con rabo de caballo.” (Filostrato, Descripciones de cuadros, I, 22)

Sátiros danzando, vaso griego


La tradición clásica indicaba que las compañeras más idóneas para los sátiros, desde las épocas más remotas del Arcaísmo griego, eran las ménades [mujeres posesas] o bacantes, conocidas también como lenas o, en Roma, como bacchae. Eran éstas las mujeres que acompañaban a Baco dominadas por la manía o pasión dionisíaca y que se agrupaban, por lo general en campos y bosques, para celebrar su culto orgiástico. Entraban en trance a través de la borrachera, la música y la danza, y, en tal estado, podían mezclarse sin temor con animales salvajes, o incluso destrozarlos con sus manos y comérselos crudos:

“¡Vestida con la moteada piel del corzo, cíñete las cuerdas trenzadas en lana de blanco vellón! ¡Consagra la vara de tu terrible tirso! Pronto danzará la comarca entera cuando Baco conduzca sus cortejos al monte, donde aguarda el femenino tropel aguijoneado por su furor” (Eurípides, Bacantes, 111-117).

Ménade, Museo Estatal de Antigüedades, Munich, Alemania


Las ménades constituyen el elemento femenino del tíasos dionisíaco desde sus primeras representaciones, allá en el siglo vi a.C., y suelen aparecer con el siguiente aspecto: visten túnica larga, a veces completada con un manto o con una piel de cervatillo o de pantera sobre el torso; sin embargo, es común que estas prendas, agitadas por el viento y las danzas empiecen a desaparecer desde el siglo IV a.C., dejando al descubierto su cuerpo.



Por lo demás, sus cabelleras alborotadas se cubren en ocasiones con coronas de hiedra o de pámpanos. En sus manos pueden llevar, además del consabido tirso, los instrumentos musicales báquicos, vasijas para vino, una antorcha si el festejo es nocturno y un gran cuchillo para despiezar a sus víctimas. En cuanto a sus animales preferidos, son muy variados: a menudo matan jabalíes, cabras, cervatillos o lobeznos; a veces agarran con sus manos serpientes y, muy a menudo, junto a ellas danza una pantera. Su frenesí es agotador: recorren los campos para cazar y para buscar agua de las fuentes creyendo que es leche o miel; por tanto, es lógico que caigan rendidas y se duerman entre las rocas.

“Pero en otro recuadro de la colcha, Yaco, en la flor de su juventud, corría veloz con su cortejo de sátiros y de silenos de Nisa, buscándote, Ariadna, y enardecido por tu amor*** Éstas, entonces, alegres por doquier, con su mente borracha se enfurecían; evoé, gritaban las bacantes, evoé, sacudiendo sus cabezas. Unas agitaban sus tirsos de punta cubierta de hojas; otras arrojaban los miembros de un ternero descuartizado; otras se ceñían de serpientes enroscadas; otras veneraban sagrados objetos en cestos profundos, objetos que en vano desean conocer los profanos; otras con las palmas abiertas batían los tímpanos o sacaban del bronce redondeado agudos chirridos; muchas soplaban cuernos que producían roncos zumbidos y la bárbara flauta resonaba con terrible canto.” (Catulo, Poemas, 64, 251)

Dioniso y bacantes, vaso griego


A mediados del siglo V a.C., coincidiendo con las primeras apariciones del Dioniso imberbe, se independiza la figura de Sileno, que aparece como un sátiro viejo y más gordo que los demás, y se incorpora la figura de Pan, fácil de reconocer, en principio, por sus cuernos y pezuñas de cabra. Este dios campestre, señor de los pastores y sus rebaños, hijo de Hermes y de una ninfa local es conocido a partir de principios del siglo VI a.C. Era un dios temible: espiaba a las ninfas y podía irritarse si se le despertaba de su siesta. En tal caso, reaccionaba en ocasiones provocando el pánico, miedo irracional que afectaba a personas aisladas e incluso a ejércitos enteros.

“Ven, bienaventurado, saltarín, corredor, que compartes el trono con las Horas, de miembros de cabra, báquico, amante de la inspiración, que vives al aire libre, que celebras la armonía del cosmos con tu canto amigo de juegos, que acudes en las visiones, causa del terror en los mortales.” (Himno órfico a Pan)

Museo Romano-Germánico de Colonia, Alemania


“Sileno, ya poseído del dios que fue su alumno, enseña a cantar a basáridas, sátiros, panes y faunos; sin embargo, mantiene la cabeza adornada, pues, con su cráneo desnudo, intenta compensar con guirnaldas la pérdida de los cabellos.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 22)

Además, empiezan a multiplicarse los animales, imponiéndose sobre todo el chivo, y se introducen los primeros Erotes, que suelen propiciar el amor de Dioniso y Ariadna.

La siguiente etapa, que podemos situar entre el 400 a.C. y el Helenismo Pleno se incorporan los animales exóticos (la pantera, el tigre), los genios báquicos evolucionan. Sileno estabiliza sus formas gruesas de genio borracho, cobra una personalidad marcada y se apropia de un asno; en cambio, los demás sátiros se diversifican: se extiende una oleada de jóvenes imberbes al lado de los maduros. Por lo demás, pasan a animar el tíaso otros representantes de la naturaleza salvaje, como los centauros que tenían la cabeza y el torso de hombre y el resto del cuerpo de caballo.

“Y entonces, por vez primera, el viejo Sileno tazas llenas de rosado mosto sin proporción a sus fuerzas ávidamente las apuró. Desde entonces, hinchadas las venas de dulce néctar y cargado del Jaco de la víspera, es siempre objeto de irrisión.” (Nemesiano, Bucólicas III)

Sileno ebrio, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles


Entre los atributos más comunes de estos personajes se encuentran los tirsos y las coronas de hiedra, pámpanos o pino, pero, sobre todo, los instrumentos musicales, los cuales suelen ser de viento, como los auloi [dobles flautas] y siringas [flautas de Pan]— y, sobre todo, de percusión, pues son los más apropiados para provocar el éxtasis, como los címbalos [pequeños platillos], los crótalos [castañuelas] y los sonoros tímpanos [panderos].

“Allá en las cuevas, los Coribantes de triple penacho (seguidores de Cibeles) inventaron el tímpano redondo de piel tensada, y en báquica exaltación lo combinaron con el melodioso silbido de las flautas frigias para acompañar los cánticos de las ménades. Cuando los delirantes sátiros recibieron estos instrumentos, enseguida los introdujeron en los bailes que regocijan a Dioniso” (Eurípides, Bacantes, 120-134).

Relieve romano, Museo Nacional del Prado, Madrid


La representación del tíasos dionisíaco aún tenía que alcanzar su máxima expresión y diversidad en Roma. Se exhibían procesiones báquicas en las que podía aparecer la figura del dios o no, donde los distintos personajes bailaban y tocaban instrumentos en un auténtico frenesí. Por otra parte, tomó su forma más reconocida el desfile llamado el Triunfo de Baco, símbolo de la conquista del orbe. Aunque ya se había visto a Dioniso y Ariadna en un carro tirado por leones y ciervos a fines del Arcaísmo; la contemplación de los triunfos militares que atravesaban el Foro llevaría a su asimilación con las cabalgatas llenas de animación y júbilo que acompañaban como séquito al dios, y que sería motivo principal en sarcófagos y mosaicos.

Triunfo de Dioniso, Museo de Sétif, Argelia


Por lo demás, cabe señalar desde el principio que la desenfrenada vitalidad del culto dionisíaco tiene una proyección funeraria muy profunda: Dioniso, como todas las deidades de la naturaleza, está íntimamente vinculado a los ciclos de muerte y resurrección, y por tanto fue consustancial a su culto la práctica de unos misterios, también orgiásticos, que aseguraban una existencia feliz en el Más Allá.

Museo Arqueológico de Nápoles



Bibliografía

Dioniso. Mito y culto, Walter F. Otto, Ediciones Siruela
Arte y mito. Manual de iconografía clásica, Miguel Ángel Elvira Barba, Ed. Sílex
SECUENCIAS ICONOGRÁFICAS DE UNA INICIACIÓN DIONISÍACA: LA VILLA DE LOS MISTERIOS DE POMPEYA. Pilar González Serrano, XIV Seminario de Iconografía Clásica
LA TRADICIÓN ÓRFICA EN LA LITERATURA APOLOGÉTICA CRISTIANA, Miguel Herrero Jaúregui, UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Brill’s Companion to Nonnus of Panopolis, editado por Domenico Accorinti, Brill
THE GOD WHO COMES. Dionysian Mysteries Revisited, Rosemarie Taylor-Perry, Algora Publishing
Masks of Dionysus, editado por THOMAS H. CARPENTER y CHRISTOPHER A. FARAONE, Cornell University Press
The Art and Artifacts Associated with the Cult of Dionysus, Alana Koontz



lunes, 7 de marzo de 2022

Illustres feminae, mujeres benefactoras en la antigua Roma




En la antigua Roma, hasta el Edicto de Caracalla del año 212 d. C, la ciudadanía era un honor reservado a un grupo limitado de personas, y disfrutarla suponía un motivo de orgullo, tanto para los varones como para las mujeres, pero los derechos y deberes no eran los mismos para los primeros y las segundas. Las ciudadanas no podían ejercer los virilia officia, es decir, las ocupaciones relacionadas con la política y la guerra, labores consideradas tradicionalmente masculinas. La educación femenina estaba destinada a la vigilancia de su pudicitia y al cumplimiento de la labor matronalis. El modelo para las ciudadanas era el de la mater familias, o matrona, que consistía en contribuir al beneficio del Estado convirtiéndose en madre de numerosos hijos e hijas a quienes educaría en los valores patrióticos.

“Quédate un momento y detén tu paso, tú que vas caminando, y lee la adversa fortuna de este que se lamenta, para que puedas conocer los versos que salen de mi corazón y que yo, su esposo Trebio Basileo, lleno de dolor, he grabado. Ella estuvo adornada de toda clase de bondades para los suyos, honrada, sencilla, sin dejarse tentar por el engaño; vivió veintiún años y siete meses y engendró conmigo tres hijos, a los que dejó pequeños, y murió con el cuarto en el vientre, en su octavo mes; lee ahora atentamente los comienzos de cada uno de los versos, y te ruego que leas, por favor, el epitafio de quien tanto lo merece: conocerás así el nombre de mi esposa Grata”. (Epitafio de Veturia Grata, CIL VI, 28753 = CLE 108)


Museo del Prado, Madrid

Hacia el final de la República y en los primeros siglos del Imperio se produjeron cambios de naturaleza económica y jurídica que provocaron el enriquecimiento de las mujeres en la sociedad romana.

Gracias al la aplicación del ius liberorum, decretado por Augusto para fomentar la natalidad, las mujeres con tres hijos o cuatro en el caso de las libertas, accedieron a la posesión de bienes y a la capacidad de administrarlos de forma autónoma, estando únicamente sujetas al consentimiento de un tutor para determinadas operaciones, algo que en la mayoría de los casos era un mero formalismo.

De esta forma muchas mujeres se convirtieron en grandes propietarias de tierra, de negocios comerciales y artesanales, de esclavas y esclavos, y ampliaron su capacidad para heredar y hacer testamento. Muchas recibían grandes beneficios a través de la gestión y explotación de sus terrenos, viviendo de la riqueza que les proporcionaban sus tierras o de las rentas obtenidas con sus negocios.

“Le aconsejé que les diera, además, de su propio patrimonio, unos campos muy fértiles, una vasta casa. provista de todo en abundancia, y una gran cantidad de trigo, de cebada, de vino, de aceite de oliva y de los demás productos agrícolas, no menos de cuatrocientos esclavos y, además, numerosos rebaños de no desdeñable precio.” (Apuleyo, Apología, 93, 4)


Estatua de Minia Procula,
Bulla Regia, Túnez

Las mujeres de la época helenística fueron promotoras de obras arquitectónicas, que ponían de manifiesto la riqueza de su patrimonio, así como su capacidad de actuación en los espacios públicos y de negociar y construir su propia memoria.

A finales del siglo V a.C., Jenocratea, ciudadana ateniense, erigió un santuario al dios-río Cefiso, en el que estaba permitido hacer sacrificios a todo el que lo desease “por el cumplimiento de cosas buenas”, que en su propio caso era la crianza y la educación. Jenocratea se identifica a sí misma como hija y madre de un Jeniades, y en el relieve votivo que acompaña la inscripción aparecen representadas, además de varias divinidades, una mujer mortal y un niño –seguramente ella y su hijo–, por lo que la educación aludida podría ser la de éste, aunque es probable que también se refiriera a la que ella recibió de su padre.

“Jenocratea fundó el santuario de Cefiso y dedicó a los dioses que comparten su altar este regalo por la educación.
Hija y madre de Jeniades de Cholleidai; para quien desee sacrificar por el logro de cosas buenas.”
(IG I3 987; IG II2 4548)


Relieve de Jenocratea, Museo Arqueológico Nacional de Atenas

Los actos evergéticos de Arquipa, hija de Diceogenes, fueron considerables, destacando los de carácter arquitectónico. Por un lado, se encargó de la construcción del bouleuterion (sede del Consejo) en el ágora, cuya cubierta restauró años más tarde. También en el ágora, se debe a ella un complejo que incluía un templo y un altar de Homonoia (Concordia), varios monumentos votivos y stoas con tiendas, que marcaban el ágora como corazón económico de la ciudad. Homonoia era una virtud necesaria para la cohesión y la armonía en la comunidad ciudadana, cuyo culto adquirió una gran relevancia en época helenística, unido generalmente a reconciliaciones tras graves crisis políticas.

“Se propuso por el consejo, como recomendaron los generales y los filarcas y los consejeros: dado que Arquipa, hija de Diceogenes tiene intención de reparar el entramado del tejado de la casa consistorial, y reemplazar las tejas, que ella considera que servirá para la seguridad y facilidad de uso, y ella ha informado a los ciudadanos de esto mediante los magistrados; y los arquitectos han hecho una propuesta tras llevar a cabo una encuesta , y como el gasto es bastante grande, lo ha asumido también, siempre considerando lo que es ventajoso para su ciudad natal; y como está dispuesta a realizar el trabajo de construcción, ella ha solicitado que el lugar le sea entregado; por lo tanto el pueblo resuelve alabar a Arquipa por su noble conducta y por el celo que siempre ha demostrado por lo que beneficia a su tierra, porque sus acciones son dignas de la gloria de sus ancestros, y por mantener su virtuosa munificiencia; y se le dará un lugar para la mencionada obra, para que pueda completar cada tarea de acuerdo a su propia fe e inclinación; en cuanto a la recogida de piedras y madera y otros materiales que se necesitan , podrá utilizar una tierra pública sin que moleste a nadie; y se le permitirá a Arquipa, si así lo desea, grabar algunos de los decretos concedidos a ella en las superficies de mármol del edificio del consejo. Este decreto se considerará como beneficio para la ciudad; dado en el año de Sopatros, en el mes de Maimakter.” (IKyme_13, G)


Estatua femenina, Magnesia, Grecia

A mediados del siglo II a.C., las ciudades helenísticas se hallaban en medio del proceso de incorporación al Estado romano y de una grave crisis económica, por lo que los actos evergéticos en estos años fueron quizás más excepcionales. Megaclea, sacerdotisa de Afrodita, construyó el muro perimetral del santuario de la diosa, y además proporcionó un lugar (una hospedería o sala de banquetes) para los invitados públicos. Megaclea se identifica como nieta del célebre general de la Liga Aquea Filopemen (253-184 a.C.). En un epigrama dedicado a ella resume uno de los motivos principales para implicarse en el evergetismo, dejar huella para que la fama perdure, como es un edificio en este caso, igual que había hecho su abuelo a través de sus actos políticos y militares, llegando incluso a alcanzar la categoría inmortal de héroe. Megaclea muestra su orgullo por pertenecer a una estirpe gloriosa y por poder seguir transmitiendo esa fama a sus descendientes. La intervención de las mujeres en el evergetismo podía considerarse como una tarea para favorecer a su familia, generalmente para garantizar el poder político de sus parientes varones, pero, puesto que una mujer tenía menos oportunidades de mostrar poder público, del tipo que fuese, y de alcanzar la gloria a través de actos heroicos, llevar a cabo obras fundamentales para la comunidad podía ser lo más parecido.

"De Megaclea, forastero, la que en tercer lugar obtuvo la sangre del bien armado Filopemen, alaba la hospitalidad, aquella a la que su madre engendró del lecho nupcial de Damócrates, sagrada sacerdotisa de la diosa chipriota protectora de los extranjeros, que hizo construir un recinto bien vallado alrededor del templo en honor de la divinidad y también estancias para los participantes en los banquetes comunitarios. Si esa mujer cambió su riqueza por una buena fama, no es sorprendente: la virtud de los antepasados perdura en los hijos." (IG V 2, 461)


Estatua de la sacerdotisa de Némesis, Aristonoe,
Museo Arqueológico Nacional de Atenas

La época de mayor profusión de obras benéficas y patronazgo por parte de mujeres se produjo en Italia entre el siglo I a.C. y el II d.C. La deificación de mujeres de la casa imperial abrió el camino para que las mujeres contribuyesen a la vida pública como sacerdotisas. Estos sacerdocios oficiales imitaban aspectos de las magistraturas locales en cuanto que se necesitaba una aportación inicial para empezar a ejercer el cargo, había que hacer contribuciones económicas a la comunidad, y, a cambio, se recibía honores públicos, como dedicación de estatuas o funerales públicos.

“Para Laberia Galla, hija de Lucius, sacerdotisa del culto imperial (flaminica) de Ébora y sacerdotisa provincial de Lusitania. Por decreto de los decuriones de Collipo (Leiria, Portugal), le fueron concedidos los costes del funeral, un lugar de enterramiento y una estatua….” (CIL II, 339)

Para las mujeres de las oligarquías locales y provinciales, el ejercicio del sacerdocio significó una posibilidad de participar en la vida política de sus ciudades, y gracias a este cargo fueron reconocidas por las instituciones cívicas. Llegada la hora de elegir a una sacerdotisa se tendría en cuenta la riqueza de la que disponía pues, cuando accedían al cargo, igual que los varones, solían mostrar su generosidad a través de actos evergéticos que beneficiaban a la ciudad. Por tanto, el sacerdocio llegó a ser una forma de participación pública de las mujeres en la vida social de su comunidad que sí estuvo permitida en la antigua Roma.


En Interamnia Praetuttiorum (Teramo, Italia) en la segunda mitad del siglo II d. C., una inscripción en honor de Numisia Secunda Sabina fue grabada en una placa de mármol pegada a la base de su estatua. Según la inscripción, ella fue la primera mujer de su ciudad en recibir una estatua pública, que fue financiada por el pueblo mediante una colecta. Ella los recompensó con 4 sestercios a cada uno en el momento de la dedicación. Sus méritos como sacerdotisa y benefactora quedaron inmortalizados, al igual que la posición de la ciudad como municipio y colonia.

“Para Numisia Secunda Sabina, esposa de Claudius Liberalis, sacerdotisa de la emperatriz, madre del municipio y colonia de Interammia Praetuttiorum. Por su munificencia, la plebe de la ciudad, habiendo hecho una colecta para recaudar el dinero, le erigió una estatua, siendo la primera mujer en ser honrada de tal manera. Con motivo de su dedicación, ella les dio 4 sestercios a cada uno. El lugar para su colocación fue concedido por el consejo local.” (AE 1998, 416)


El evergetismo fue una práctica directamente relacionada con la vida ciudadana, pues gracias a las liberalidades de hombres y mujeres de la élite, se llevaron a cabo importantes obras cívicas en todo el territorio romano. A través de estas acciones las oligarquías urbanas se hacían cargo de unos gastos que el Estado no podía asumir y, al mismo tiempo, asentaban su status social, al convertirse en los principales benefactores de la ciudad.

Las mujeres durante la etapa republicana contribuyeron a la construcción de algunos edificios, pero siempre de carácter religioso. Ansia Rufa financió un vallado para un bosque sagrado en su ciudad natal, que fue autorizado por el consejo local y y formaba parte probablemente de un santuario.

“Ansia Rufa, hija de Tarvus, por decreto del consejo local, construyó un vallado alrededor de un bosque sagrado, un muro y un pórtico con su propio dinero.” (CIL 10, 292)

Ya en época imperial la participación de las mujeres en la promoción de obra pública en las provincias del occidente romano pudo estar relacionado, en gran medida, al auge de la vida urbana y al proceso de renovación urbanística de las ciudades debido a los cambios políticos, religiosos y culturales que se fueron produciendo desde la época de Augusto hasta bien entrado el siglo III d.C.

Estatua femenina, Instituto de Arte de Minneapolis

La renovación urbanística llevada a cabo en la ciudad de Roma en época de Augusto representó un cambio en la visión de las ciudades de las provincias por parte de las élites que entendieron que el hecho de que sus ciudades dispusieran de costosos y bien ornamentados edificios, era señal de que habían asimilado la cultura romana, lo que proporcionaba prestigio a las ciudades y sus habitantes.

Muchas de estas construcciones que formaron parte de los programas urbanísticos que convenían a las ciudades para imitar el modelo de Roma fueron comisionadas por mujeres.

Fue en las ciudades de las provincias donde las mujeres del ordo senatorial pudieron incorporarse a un sistema que les permitía protagonismo y honores cívicos, dado que en la ciudad de Roma, donde pasaban parte de su tiempo, sólo se proyectaba la acción de las mujeres de la casa imperial. Algunos senadores y sus familias se implicaron en embellecer las ciudades de las que procedían o en ayudar a los más necesitados de sus habitantes en busca de un reconocimiento social que confirmase su pertenencia a un grupo privilegiado. Cuanto mayor era su contribución a la comunidad, mayor era también su poder y su reconocimiento.


Museos Capitolinos, Roma. Foto Samuel López

En Paestum, alrededor del 15 a.C., Mineia pagó por la reconstrucción de la basílica, donde mandó situar una serie de estatuas para conmemorar a miembros de su familia: sus hermanos, hijo, nieto y esposo. También una dedicada a ella misma. El proyecto también incluía el traslado del santuario de Mater Matuta.

Lo más sobresaliente es que la ciudad acuñase una moneda de bronce de poco valor (un semis o medio as) para conmemorar su obra. Por un lado se puede leer Mineia, hija de Marcus y ver el retrato de una mujer por el otro un edificio de dos o tres pisos, que podía ser la propia basílica con la leyenda: semis de Paestum, por decreto del senado (de Paestum).

Semis acuñado en Paestum, Italia para honrar a Mineia

En Italia, Eumachia y Mamia dejaron su recuerdo en Pompeya con dos edificios cuya amplitud y ubicación dentro de la ciudad hacen destacar su importante papel cívico, pues los dos se encuentran en el foro de Augusto y, por tanto, requirieron el beneplácito del senado de la ciudad para ser construidos. Ambas matronas, sacerdotisas de Venus (patrona de la ciudad) poseían una gran riqueza y tuvieron una notable influencia en la decisión política de reconstruir Pompeya y se comprometieron firmemente en el programa de arquitectura monumental cívica que se realizó en los primeros tiempos del Imperio, en época de Augusto y Tiberio, siguiendo el ejemplo de la ciudad de Roma y el programa arquitectónico, artístico e ideológico del periodo augusteo.


Eumaquia, Pompeya. 

El edificio de Eumachia fue el mayor complejo del foro y al estar dedicado a la Concordia, pudo ser similar al Pórtico de Livia, construido en la última década del siglo I a.C. La afirmación personal de Eumachia en la inscripción donde se dedica el edificio resalta la importancia de su influencia y poder:

“Eumaquia, hija de Lucio, sacerdotisa pública, en su propio nombre y el de su hijo, Marcus Numistrius Frontón, construyó y dedicó a sus expensas la galería columnada, la cripta y el pórtico en honor de la Concordia y la Piedad augustas.” (CIL X, 810-811)

La lápida señala la naturaleza del edificio con la galería de columnas, la cripta y el pórtico. La parte central de la cripta es probable que estuviese presidida por la estatua de Eumachia, dedicada por los fullones de Pompeia, de los que se considera que fue patrona.

“A Eumaquia, hija de Lucius, sacerdotisa pública, los fullones.” (CIL X, 813)


Edificio de Eumaquia, Foto Peter Kwok

El templo de Mamia era un edificio mucho más pequeño, aunque goza del valor de ser el primer templo dedicado al culto al emperador en Pompeya. La dedicante subraya su nombre y posición económica en la inscripción. A ella le fue concedido un lugar de enterramiento, donde se construyó una tumba en forma de exedra con asientos, que todavía puede verse en la ciudad.

“Mamia, hija de Publio, sacerdotisa pública, mandó construirlo para el Genio de Augusto en su suelo y con su dinero.” (CIL X, 958)


Tumba en exedra de Memia. Drcha, Pintura de Alma-Tadema

En Perge, Turquía, Plaucia Magna es conmemorada por haber embellecido la ciudad al haber mandado reparar las puertas de acceso a la ciudad, de época helenística. Plaucia descendía de ciudadanos romanos que emigraron y se asentaron en Perge, por lo que los actos evergéticos que ella promovió respondían tanto a mantener la herencia y tradición romanas como el arraigo en la ciudad que acogió a su familia, en la que era sacerdotisa de cultos orientales.

“Plancia Magna, hija de Marcus Plancius Varus y de la ciudad, sacerdotisa de Artemis y démiourgos (benefactor cívico), sacerdotisa perpetua de la madre de los dioses (Cibeles), primera y única en piedad y amor por su ciudad.”


Izda, Estatua de Plancia Magna de Perge, Turquía. Drcha, Puertas helenísticas de Perge

Un siglo más tarde Aurelia Paulina, también sacerdotisa de Artemis, puso su dinero para erigir una fuente monumental para abastecer de agua a la ciudad, dedicado a la diosa Artemis Pergaia, patrona de la ciudad, y a la familia imperial. Aurelia, de origen sirio, se trasladó a Perge y allí, una vez viuda, llevó a cabo su acto evergético, manteniendo la tradición de la ciudad al dedicar la fuente a Artemis y manifestando su compromiso con la cultura romana al dedicar también la obra a la familia imperial y erigir sus estatuas que formaban parte de la decoración. La estatua que se conserva de ella la muestra vestida con atuendo sirio, lo que indica el orgullo por su lugar de procedencia.

“Aurelia Paulina, sacerdotisa perpetua de la patrona Artemis Pergaia, hija de Apellas, hijo de Dionisos, y de Aelia Tertulla, anteriormente sacerdotisa del culto imperial en la ciudad de Sillyum junto a su difunto marido Aquilius, hijo de Kidramuas, a quien le ha sido concedida la ciudadanía romana por el emperador Cómodo. Construyó e inauguró el hydreion (fuente monumental) y toda su decoración con su propio dinero.”

Aurelia Paulina, Perge, Turquía

En la ciudad de Thibaris (Henshir Hamamet, Túnez) se erigió una estatua pública en memoria de Seia Potitia Consortiana, una mujer de rango senatorial en África Proconsularis. En gratitud por sus actos benéficos y por su patronazgo, la ciudad le dedicó una estatua póstuma, mencionando su prestigiosa relación con esta noble dama.

“Para Seia Potitia Consortiana, en recuerdo de esta dama senatorial, madre de Roscius Potitius Memmianus, de rango senatorial, patrona por decreto del consejo local, por sus innumerables y extraordinarios actos de generosidad, con los cuales mejoró al consejo local y a su ciudad natal. La ciudad de Thibaris lo erigió con dinero público.” (ILAfr 511 = AE 1913, 13, 190–200 d.C.)



En la antigua Cartima (Cartama, Málaga) una de sus más ilustres ciudadanas, Junia Rustica, hizo una importante donación, quizás con motivo de la concesión de los derechos de ciudadanía a la ciudad, sufragando la reconstrucción de los antiguos pórticos públicos y aportando un terreno propio para la edificación de unas termas, a lo que añadió una estatua de Cupido. También levantó una estatua dedicada a marte en el foro, y pagó por las estatuas dedicadas a ella y a su hijo, propuestas por el Senado de la ciudad, y por una dedicada a su marido por su propia iniciativa. Además asumió el pago de los impuestos que se debía a Roma, los vectigalia publica, lo que es muestra de su extrema riqueza. Para celebrar el acontecimiento, pagó un banquete y espectáculos públicos.

“Junia Rustica, hija de Décimo, sacerdotisa perpetua y primera del municipio cartimitano, reconstruyó los pórticos públicos deteriorados por el tiempo, dio terreno para los baños, reivindicó los vectigales públicos; puso en el foro una estatua de bronce de Marte y donó los pórticos para los baños, un estanque y una imagen de Cupido, dio un banquete y ofreció espectáculos públicos. Pagó una estatua para ella y otra a su hijo, C. Fabio Juniano, que fueron decretadas por el ordo de Cartima, así como otra en honor de su esposo, C. Fabio Fabiano.” (CIL. II 1956)

Museo de la Romanidad, Nimes. Foto Herbert Frank


Hubo mujeres que se ocuparon de que sus conciudadanos disfrutasen de hermosos y amplios teatros y lugares para espectáculos públicos donando cuantiosas sumas para su construcción.

“Ummidia Quadratilla, hija de Cayo, construyó el anfiteatro y el templo para los ciudadanos de Casinum (Cassino) con su dinero.”

“Ummidia Quadratilla, hija de Cayo, con su propio dinero restauró para los ciudadanos de Casinum (Cassino) el teatro, que su padre había embellecido a su costa, y se había derrumbado por el paso del tiempo. Para celebrar la dedicación dio un banquete a los decuriones, el pueblo y las mujeres.” (CIL 10, 5183 = ILS 5628 y AE 1946, 174 = AE 1992, 244 Cassino, Italia, 90–100 d.C.)

Algunos aristócratas romanos tenían vínculos estrechos con el mundo del espectáculo. En el caso de Ummidia, según Plinio el joven, ésta tenía a su servicio una compañía de pantomimos, la cual, además de proporcionarle entretenimiento, podía darle cuantiosos beneficios en caso de que fueran contratados para actuar en otros teatros.

“Cuadratila tenia su propia compañía de pantomimos, a los que favorecía con una indulgencia mayor de la que convenía a una dama de alcurnia.” (Plinio, Epístolas, VII, 24)

Anfiteatro y teatro de Cassino, Italia

La cultura del agua era un elemento primordial en las ciudades romanas. Disponer de ella en abundancia suponía un esfuerzo económico y técnico que sólo podían realizar la propia ciudad y quienes poseían una riqueza notable. Por ello quienes acometieron a su costa la traída de agua y su distribución en la ciudad hicieron ostentación de riqueza y poder, pero también de consideración hacia sus conciudadanos. Muchas fuentes, termas, baños, acueductos y cisternas, imprescindibles para la vida de la ciudad, desde el punto de vista económico, doméstico, de higiene y de relaciones sociales, se debieron a la intervención de otras tantas mujeres.

Si la traída de aguas y su distribución era una necesidad vital de las ciudades, disponer de termas era esencial en cualquier ciudad romana, como representación del grado de asimilación de las formas de vida y la cultura romanas, al igual que los edificios del foro. La mención sobre construcción, restauración, y ornamentación de termas por parte de las mujeres de las élites se da en todas las provincias y épocas, ya sea en ciudades grandes y pequeñas.


Termas de Caracalla, Pintura de Alma-Tadema

Voconia Avita mandó construir unas termas en su ciudad, Tagili, en Almería, y además de sufragarlas, cedió terreno particular para su construcción. Para celebrar este acto de liberalidad, promovió unos juegos circenses y costeó un banquete público, dando muestra de su generosidad con la ciudad; y para exhibir su elevada capacidad económica, donó, a título exclusivamente personal, dos mil quinientos denarios para el cuidado y mantenimiento del edificio.

“Voconia Avita, hija de Quinto, construyó para su república tagilitana unas termas en su terreno, y con su dinero organizó unos juegos circenses, y dio una comida. Para la conservación y uso perpetuo de las termas dio a la república tagilitana dos mil quinientos denarios.” (IRAl 48)

En Bulla Regia, África, existen todavía los Baños de Julia Memmia, construidos en el siglo III con su contribución económica. Esta dama era hija de un hombre de rango consular, patrón y nativo de la ciudad.

“A Julia Memmia Prisca Rufa Emiliana Fidiana, una mujer de rango senatorial, hija de C. Memmius [Fidus] Julius Albius, un hombre de rango consular y patrón y nativo de la ciudad, por la sobresaliente magnificencia de su labor, los baños, con los que ella embelleció su ciudad natal además de cuidar de la salud de sus ciudadanos.” (AE 1921.45= ILAfr 454ª)


Termas de Memmia, Bulla Regia, Túnez. Fotos Noomen9

Puesto que los baños públicos eran utilizados tanto por mujeres como hombres, se puede entrever una consideración singular de algunas mujeres benefactoras hacia sus conciudadanas al construir baños específicos para ellas, para no tener que compartir el edificio a horas diferentes. Así lo hizo Alfia Quarta en Marruvium (Italia) que llegó a especificar los elementos que lo componían, como el baño de bronce.

“Alfia Quarta, hija de Publius, construyó el balneum de mujeres desde los cimientos. También lo decoró con piedras de varios colores y lo equipó con una bañera de bronce con estufa y bancos con su propio dinero.” (CIL 9, 3677 = ILS 5684, Marruvium, L´Aquila, Italia, Siglo I d.C.)

La preeminencia social de las mujeres de las élites, fundamentalmente senatoriales, y sus conexiones familiares y políticas fueron causa importante para su nombramiento como patronas de las ciudades en provincias, lo que les reportaba un prestigio social, y un protagonismo en la vida institucional de las ciudades, que era algo imposible en la ciudad de Roma.

Estatua de mujer con vestimenta siria

El patronazgo era una institución social para la que no existían leyes formales con respecto a las responsabilidades y requisitos para ser nombrado patrón. Estaba sujeto a un reglamento formal de cooptación por los senados locales mediante un decreto de los decuriones. Los patronos debían cuidar de la ciudad cliente económicamente y sirviendo como mediadores con el gobierno de Roma gracias a sus vínculos familiares o políticos.

Un decreto del consejo municipal de la pequeña ciudad de Peltuinum Vestinum (L´Aquila) confirmó la co-optación de Nummia Varia como patrona de la ciudad. Su pertenencia a una familia de rango consular se refleja en la deferencia mostrada en el decreto, que expresa la esperanza de que ella pueda proteger a la ciudad intercediendo ante el gobierno imperial. El decreto también describe la relación patronal con tal afecto, que podría indicar el deseo de agradecer beneficios económicos ya pasados o futuros.

(Tiempo y lugar de la reunión y nombres de los magistrados principales) “Dado que todos estuvieron de acuerdo que Nummia Varia, de rango senatorial, sacerdotisa de Venus Felix, ha actuado con tanto afecto y buena voluntad hacia nosotros de acuerdo a su benevolencia, así como hicieron sus padres, que ella debería ser elegida patrona de nuestra ciudad, en la esperanza de que ofreciendo este honor, que es el más importante en nuestra comunidad, a su ilustre excelencia, podamos ser más y más reconocidos por la distinción de su benignidad y en todos los respectos estar seguros y protegidos. Cuando se les preguntó su opinión sobre este tema decidieron así: todos los miembros del consejo han decidido otorgar a Nummia Varia, una dama de rango senatorial, sacerdotisa de Venus Felix, de acuerdo al esplendor de su dignidad, el patronazgo de nuestra ciudad, y pedir de su excelencia y extraordinaria benignidad, que se digne considerar este honor que ofrecemos de forma favorable y voluntaria y aceptarnos individualmente y a nuestra ciudad bajo el patronazgo de su casa. Y en cualquier caso que se requiera pueda ella intervenir con la autoridad de su dignidad y nos mantenga a salvo y protegidos. Y decidieron que una placa de bronce con el texto del decreto le sea entregada por los magistrados principales Avidiaccus Restitutus y Blaesius Natalis, y por Numisenus Crescens y Flavius Priscus, los hombres más destacados de nuestro orden.” (CIL 9, 3429 = ILS 6110, Peltuinum Vestinum, L´Aquila, Italia, 242 d.C.)


Museo de la Romanidad, Nimes

Las mujeres de las élites provinciales, a través de los actos benéficos, imitaban en sus ciudades la conducta de la familia imperial. Si el emperador se comportaba de forma generosa con el pueblo, las mujeres de su familia hacían lo mismo, aunque ellas tampoco podían participar en la vida política. De este modo, las élites urbanas realizaron la misma función en las ciudades, ocupándose de las poblaciones más cercanas, sobre las que ejercieron un patronazgo comparable al del emperador o las emperatrices, quienes solían actuar en la capital imperial o en comunidades cercanas. La propia emperatriz Livia llevó a cabo prácticas similares, promoviendo la imagen de mujer evergeta y dispensadora de bienes.

“Augusta Julia, hija de Drusus, (viuda) del divino Augustus, proveyó agua para los habitantes de Vicus Matrini con su dinero.” (CIL II, 3322, Sutrium, Italia, 14-29 d.C.)

En época antonina, Matidia la menor, dama de la familia imperial, fue una rica propietaria que dedicó su dinero a la construcción de edificios que embellecieran las ciudades del territorio itálico. En Suessa Aurunca, entre los años 139 y 150 d.C. encargó la reconstrucción del teatro de época Augusta, destruido por un terremoto.

“Matidia, hija de la divina Matidia Augusta, nieta de la divina Marciana Augusta, hermana de la divina Sabina Augusta, tía del emperador Antonino Pio, padre de la Patria, reconstruyó con su dinero el teatro y el pórtico adyacente dañados por un terremoto.”


Matidia la menor. Teatro de Suess Aurunca

El interés en la renovación del teatro estaba ciertamente motivado por un sentido de deber y piedad cívicos, pero, como los miles de ciudadanos que practicaron la beneficiencia cívica, Matidia se vería animada a mostrar las imágenes públicas de su familia y de ella misma en el entorno competitivo de la sociedad romana. En el frente de la escena del teatro de Suessa se dispuso varios nichos donde situar las estatuas conmemorativas, con un lugar especial reservado para la propia Matidia.

Algunas mujeres aparecen mostrando el mismo interés que los hombres por obtener de los magistrados locales la concesión de un locus statuae donde poder erigir una estatua que las inmortalizase y les permitiese pervivir en la memoria colectiva de sus ciudades. En ocasiones, llegaron a establecer legados testamentarios en los que ofrecían determinadas donaciones a los municipios a cambio de que los decuriones les concediesen un espacio público de la ciudad para erigir una estatua que las representase. En ocasiones, las mujeres, tras recibir por parte de los decuriones un decreto concediendo una estatua, respondieron con rapidez al honor asumiendo los costes generados por su realización, mostrando así su agradecimiento y poniendo de manifiesto el especial interés que tenían por perpetuar su imagen y memoria en un espacio publico de sus respectivas ciudades.

“Para Agusia Priscila, hija de Titus, sacerdotisa de Spes y Salus Augusta. Por decreto de los decuriones, los ciudadanos de Gabii (Lazio) decidieron que su estatua fuese erigida de forma pública dado que, después de haber incurrido en gastos por su sacerdocio siguiendo el ejemplo de ilustres mujeres, ella ha prometido también restaurará con su dinero el pórtico de Spes que se ha deteriorado con el tiempo, y dado que ha contentado a todo el mundo financiando juegos por la salud del emperador Antonino Pio, padre de la Patria, y sus hijos y donando prendas para los ritos religiosos. Satisfecha con el honor de su estatua, ella reembolsó los gastos al pueblo. El lugar de la estatua fue concedido por decreto de los decuriones.” (CIL 14, 2804 = ILS 6218, Gabii, Lacio, Italia, 138–40 d.C.)


Museos Capitolinos, Roma. Foto Egisto Sani


Aunque los méritos personales de las honradas y los beneficios que concedieron a sus ciudades debieron ser tenidos en cuenta por las ciudades en el momento de decretarles honores municipales, la pertenencia a una prestigiosa gens decurional o a familias ecuestres y senatoriales que mantuvieran vínculos con sus comunidades cívicas de origen, debió ser el principal factor tenido en cuenta por los decuriones a la hora de otorgar cualquier honor municipal.

Las mujeres intentaban obtener homenajes estatuarios para ellas, para sus esposos y descendientes, asumiendo de esta forma la tarea de acrecentar su prestigio personal y familiar. El interés por mantener la proyección pública de su gens en su municipium permite comprender el deseo mostrado por algunas damas pertenecientes a las aristocracias locales por dedicar estatuas a sus familiares en espacios públicos de las ciudades, o por obtener honores estatuarios para éstos y para sí mismas. Este interés les pudo llevar también a prometer donaciones a las ciudades, que sólo serían realizadas en caso de que los magistrados locales decretasen los honores solicitados para determinados miembros de su gens.

“A Lucio Cornelio Marulo, puesto que el ordo de los castulonenses, por la liberalidad de su madre, Cornelia Marulina, que había honrado a la ciudad de los castulonenses con estatuas de plata, un banquete y juegos circenses, había decretado que se erigiera una estatua para ella y para su hijo, Cornelia Marulina, aceptando el honor, de su dinero mandó poner este monumento donado, Cayo Cornelio Bélico, su heredero, dando juegos circenses, lo dio y dedicó.” (CILA III, 101, Cástulo, Jaén)


Dedicatoria L.C. Marulo

Las libertas romanas en su afán de promocionarse socialmente y tener visibilidad pública, al no poder acceder a ciertas posiciones que les estaban negadas por su origen, utilizaron el dinero que habían obtenido de sus negocios o por matrimonio para contribuir al embellecimiento y mejora de la ciudad en que vivían.

“Lucceia Auxesis, liberta de Cayo, en su testamento encargó que se construyera un pórtico por valor de 4000 sestercios con su dinero. Por decreto de los decuriones, Gaius Lucceius Moderatus se responsabilizó de que se hiciese.”
(CIL 10, 1136, Abellinum, Italia, Principios de la primera mitad del siglo I d.C.)




Tras la implantación del cristianismo en el Imperio, los actos de evergetismo dedicados a la construcción de obra cívica recayeron principalmente en la casa imperial, ya que el emperador concentraba el máximo poder y fundaba edificios como propaganda política. Se hicieron trabajos de rehabilitación de edificios que habían quedado deteriorados por el tiempo, a los que se daban nuevos nombres relacionados con la casa imperial.

Como las mujeres siguieron estando relegadas al espacio doméstico, en mayor medida, si cabe, que en los siglos precedentes, sus labores benéficas se vieron reducidas a la construcción de edificios relacionados con la religión o cuidado y hospedaje de las personas, como iglesias, monasterios, hospitales…Incluso debido a la influencia de los escritores cristianos, guiados generalmente por una misoginia radical, algunas damas acaudaladas fueron empujadas a dedicar su dinero a las buenas obras y no utilizar su patrimonio en la construcción de suntuosas edificaciones por las que fueran reconocidas y perpetuadas en la memoria.

“Desde el momento en que te has consagrado a la virginidad perpetua, tus bienes ya no son tuyos o, más propiamente, son verdaderamente tuyos, porque han pasado a ser de Cristo; aunque, mientras viva tu abuela o tu madre, deben ser administrados a su voluntad. Pero cuando hayan muerto y duerman con el sueño de los santos, y sé que ellas desean que tú las sobrevivas, cuando tu edad sea más madura, tu voluntad firme y tu parecer más estable, podrás hacer lo que te parezca, o, mejor dicho, lo que mande el Señor, sabiendo que no debes tener nada, fuera de lo que vayas a dedicar a buenas obras. Que otros construyan iglesias, revistan sus paredes con incrustaciones de mármoles, transporten columnas macizas y recubran de oro sus capiteles insensibles a tan precioso ornamento; realcen las puertas con marfil y plata, y los dorados altares con piedras preciosas. No lo censuro, no me opongo a ello.” (Jerónimo, Epístolas, A Demetrias, 130, 14 , Siglos IV/V d.C.)




Con el patronazgo ligado prácticamente a la casa imperial, las emperatrices y damas de la familia reinante emplearon su dinero en la fundación de iglesias con las que querían agradecer a Dios su alta posición, expresando su virtud piadosa, además de donar a la comunidad un obsequio por el que ser conmemoradas. Helena, la madre del emperador Constantino, fue la primera dama imperial en combinar la religiosidad y la política en su patronazgo agradeciendo a Dios con cada una de sus fundaciones su status imperial.

“Inmediatamente hizo consagrar dos templos al Dios ante quien se había prosternado, uno junto a la cueva del Nacimiento, el otro sobre el monte de la Ascensión. Efectivamente, el Dios que está con nosotros, por nosotros sobrellevó el someterse al nacimiento, y el lugar de nacimiento en carne mortal recibía el nombre entre los hebreos de Belén. Por esta razón, la piísima emperatriz embelleció con admirables monumentos el lugar donde dio a luz la madre de Dios, engalanando con todos los medios a su alcance la sagrada cueva que allí había.” (Eusebio, Vida de Constantino, III, 43)

Helena, madre de Constantino. Galería de los Uffizzi, Florencia

La hija del mismo Constantino, Constantina, consagró el templo de Santa Agnes en Roma y dejó constancia en un breve poema allí grabado de su magnificencia y su piedad cristiana.

“Yo, Constantina, venerando a Dios y dedicada a Cristo, habiendo proporcionado los fondos con mente devota, por orden divina y con la gran ayuda de Cristo, consagró este templo de Agnes, virgen victoriosa, porque ella ha prevalecido sobre los templos de todas las obras terrenales, [aquí] donde los techos más altos brillan con el oro.” (Santa Agnes, Siglo IV)


Mausoleo de Santa Constanza, Roma. Foto Samuel López


La refundición de una iglesia ofrecía al patrón la posibilidad de ser asociado al patrón del edificio original, heredando su fama o sobrepasándola, como en el caso de Anicia Juliana, una de las mujeres más ricas de su época, que patrocinó la refundación de la iglesia dedicada al mártir San Polieucto, construida por la emperatriz Eudocia. La lujosa y costosa decoración de la iglesia demostró a sus contemporáneos los recursos que tenía a su disposición que le permitieron costear una remodelación de la iglesia que cambió su apariencia casi en su totalidad.

Esta dama dedicó su patrimonio a la fundación de numerosas iglesias como manifestación de su filantropía y piedad que la acercaba a las virtudes reconocidas como imperiales, en clara referencia a las aspiraciones que ella tenía para que su propia familia accediera a la púrpura imperial.

“¿Qué manuscrito es suficiente para alabar las obras de Juliana, quien después de Constantino, que embelleció su Roma, y después de la sagrada luz dorada de Teodosio, y tras muchos antepasados reales, en unos pocos años logró un trabajo digno de su rango, sí, más que digno? Ella sola domó al tiempo y sobrepasó la sabiduría del renombrado Salomón levantando un templo a Dios, cuyo resplandor y elaborada belleza los tiempos no pueden celebrar. ¡Cómo se eleva desde sus cimientos, desde el suelo hasta las estrellas del cielo, y cómo desde este a oeste se extiende resplandeciente con inexplicable brillo a la luz del sol por ambos lados! A ambos lados de su pasillo de entrada se elevan firmes columnas que sustentan los rayos de la cúpula dorada, mientras que a cada lado las hornacinas de la cúpula reproducen la evolvente luz de la luna. Los muros se visten de innumerables vetas metálicas, como prados floreados que la naturaleza hizo florecer en la roca profunda, y escondieron su gloria, guardándola para la casa de Dios, para ser el regalo de Juliana, para que ella produjese una obra divina, siguiendo en su empeño los dictados de su corazón.” (Antología Griega, I, 10)


Anicia Juliana como donante entre Magnanimidad y Prudencia, Códice de Dioscórides, Viena

La fundación de monasterios se debió fundamentalmente a la acción de mujeres devotas de Cristo, pero que contaban con un rico patrimonio propio, que decidían vivir una vida célibe, tras su viudedad o por renuncia al matrimonio, dedicadas a la adoración de Dios y a veces a ayudar a los más necesitados. Muchas tenían cargos en la jerarquía eclesiástica y se relacionaban con otras mujeres y con hombres, también dedicados al ascetismo, y acogían en sus recintos a viajeros que visitaban lugares sagrados o que se dedicaban a predicar en las comunidades donde vivían.

“Entonces por la voluntad divina fue ordenada diácono de la sagrada y gran iglesia de Dios y construyó un monasterio en su esquina sur. Todas las casas situadas cerca de la santa iglesia y todos los negocios de esa esquina fueron derribados para hacerlo. Construyó un pasadizo desde el monasterio hasta el nártex de la iglesia. En la primera sección alojó a sus doncellas, cincuenta de ellas, para vivir en pureza y celibato.” (Anónimo, Vida de Olimpias, 6)

Imagen de Cerula, Catacumbas de San Genaro, Nápoles


En cuanto a la arquitectura cívica de la época, existen algunos datos sobre mujeres que invirtieron su dinero en reconstruir edificaciones destruidas o deterioradas. En Éfeso, una dama cristiana del siglo IV d.C. restauró los baños destruidos por un terremoto, que se habían inaugurado, probablemente, en la primera mitad del siglo II d.C. por el ciudadano de Éfeso Publius Quintilius Valens Varius y su esposa. Partes de edificios caídos se utilizaron para su restauración. Una estatua de la benefactora, Escolástica, se ubicó en un nicho del apodyterium (vestuario), en la que se grabó una inscripción que elogiaba no solo la piedad y sabiduría de Escolástica, sino también su generosidad al aportar el dinero para la restauración del edificio que había colapsado parcialmente.


Baños y estatua de Escolástica, Éfeso


Bibliografía



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Matronazgo y arquitectura. De la Antigüedad a la Edad Moderna; Cándida Martínez López y
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Female Founders in Byzantium and beyond; Edited by Lioba Theis , Margaret Mullett and Michael Grünbart with Galina Fingarova and Matthew Savage; Böhlau
Amantissima civium suorum: Matronazgo cívico en el Occidente romano; Cándida Martínez López
Arqueologías del género y la memoria: Acción y conmemoración de las mujeres en la arquitectura helenística; María Dolores Mirón Pérez
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Sacred Founders; Diliana N. Angelova
Homenajes estatuarios e integración de la mujer en la vida pública municipal de las ciudades de la Bética; Enrique Melchor Gil
Agencia femenina y patrimonio propio en la arquitectura cívica. Su expresión epigráfica en Hispania y el África romana; Henar Gallego Franco
Riqueza, poder y memoria: Mujeres promotoras de arquitectura en Grecia helenística; Mª Dolores Mirón Pérez
El rol femenino en la economía y el evergetismo en época altoimperial; María Jesús Acedo Panal
Ummidia Quadratilla: Cagey Businesswoman or Lazy Pantomime Watcher?; David H. Sick
An Athenian woman’s competence: the case of Xenokrateia; Josine Blok
City Patronesses in the Roman Empire; Emily A. Hemelrijk
The Gate Complex of Plancia Magna in Perge: a Case Study in Reading Bilingual Space; Andrea F. Gatzke
Matidia Minor and the Rebuilding of Suessa Aurunca; Margaret L. Woodhull
Ob Merita :The Epigraphic Rise and Fall of the Civic Patrona in Roman North Africa; Sarah Emily Bond