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domingo, 1 de junio de 2025

Succinum, el ámbar en la antigua Roma

Ámbar del Báltico. Colección privada

 “Se sabe que el ámbar es un producto de las islas del Mar del Norte, que es conocido por los Germanos como glaesum y que, por tanto, una de esas islas, cuyo nombre nativo es Austeravia, fue llamada por nuestras tropas Glaesaria, o isla del Ámbar, cuando César Germánico dirigía operaciones allí con su flota {16 d.C.}.

El ámbar fluye de una especie de pino, como sale la resina del pino y del cerezo la goma. Se rompe por la abundancia del humor, y a continuación se espesa y endurece, por congelación o frío o calor, o por la acción del mar, cuando las grandes mareas baten estas islas, son despedidos: a la costa, las olas lo mueven ya que parece estar suspendido, sin llegar al fondo.  Nuestros ancianos, que pensaron que era el jugo de un árbol, lo llamaron succinum.” (Plinio Historia Natural, XXXVII, 42)

El ámbar es una resina fósil procedente de la solidificación de la sustancia protectora segregada por las coníferas extintas hace millones de años y que, expuesta al oxígeno, sufre un proceso químico por el que pierde los líquidos volátiles como aceites, ácidos y alcoholes y entonces se endurece hasta quedarse como una piedra que se ha utilizado para crear pequeños objetos artísticos o protectores durante siglos.

Amuletos de ámbar. Museo Nacional de Dinamarca, Copenhague

Cuando los árboles caían, los troncos cubiertos de resina eran transportados por las corrientes de los ríos hasta las regiones costeras, donde quedaban enterrados en depósitos sedimentarios durante miles de años. Las condiciones geológicas y geotérmicas marcan la composición final del ámbar.

La inicial morfología líquida y pegajosa de la resina permitió que en ella quedaran preservados pequeñas criaturas del ecosistema forestal de aquel momento, como insectos, arácnidos, cangrejos, reptiles, plantas, hongos, y algún que otro microorganismo.

“Reptando una víbora por las ramas llorosas de las Helíades, una gota de ámbar se escurrió sobre la bicha completamente de frente. Ella, mientras se admira de verse detenida por el viscoso rocío, quedó rígida aprisionada de pronto por un hielo macizo. No te enorgullezcas, Cleopatra, por tu regio sepulcro, si una víbora yace en un túmulo más noble.” (Marcial, Epigramas, IV, 59)

Izda. Ámbar con lagarto, Galería y Museo del ámbar, Vilnius, Lituania.
Drcha. cangrejo en ámbar, foto Lida Xing, National Geographic

El complejo proceso que resulta en la formación del ámbar dio lugar a la especulación sobre su naturaleza y origen. Los intentos por explicar cómo se formaba se extendieron desde los antiguos poetas griegos a los autores de la antigüedad tardía que dieron respuestas desde el ámbito científico, geográfico o mitológico.

Plinio enumera muchas de las teorías que los antiguos dieron para explicar su formación dándolas por falsas.

“Nicias insiste en explicar que él ámbar es una humedad procedente de los rayos del sol, pues mantiene que, puesto que el sol se pone por el oeste sus rayos caen con más fuerza sobre la tierra y dejan allí una gruesa exudación, que es posteriormente arrojada en las costas de Germania por las mareas del océano.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 36)

Ámbar en una playa del Báltico. Foto mihail39

El relato mitológico sobre el origen del ámbar más repetido es la historia de Faetón, un ejemplo clásico de arrogancia seguida de venganza, que primero recogió Hesíodo y luego dramatizó Eurípides, seguidos por numerosos autores, siendo la del poeta Ovidio una de las más conocidas.

Según él, Faetón, hijo del dios Helios, pide a su padre conducir el carro del sol por el cielo durante un día, pero lo hace de forma tan negligente que Zeus se ve obligado a matarlo con un rayo para salvar al mundo de la destrucción. El cuerpo del joven cae al legendario rio Eridanus, y sus hermanas, las Heliades, que esperan en la orilla lloran desconsoladamente mientras se convierten en álamos. Sus lágrimas se transforman al caer en el precioso ámbar que arrastrado por las aguas acabarán como ornamento de las mujeres romanas.

“Y no lloran menos las Helíades y ofrecen lágrimas, regalo inútil para la muerte, y, golpeando los pechos con sus manos, de noche y de día llaman a Faetón, que no ha de oír sus desgraciadas quejas, y se postran junto a su sepulcro. Cuatro veces había llenado la luna su disco juntando sus cuernos: aquéllas, según su costumbre (pues el uso se había convertido en costumbre), habían emitido sus quejas: de éstas Faetusa, la mayor de las hermanas, al querer recostarse en tierra, se quejó de que sus pies se ponían rígidos; la brillante Lampetie, que intentaba llegar junto a ella, fue retenida por una repentina raíz; la tercera, cuando se disponía a desgarrar sus cabellos con las manos, arrancó hojas; ésta se duele de que sus piernas están retenidas en un tronco, aquélla de que sus brazos se han convertido en largas ramas; y, mientras admiran estas cosas, una corteza rodea las ingles y poco a poco abarca el vientre y el pecho y los hombros y las manos, y tan sólo restaban sus bocas llamando a su madre. ¿Qué puede hacer su madre a no ser ir acá o allá a donde la lleva su impulso y, mientras puede, dar besos? No es suficiente: intenta arrancar sus cuerpos de los troncos y con sus manos quiebra tiernas ramas; y de ellas manan gotas de sangre como de una herida. «Estáte quieta, madre, te lo ruego», grita cada una de las que están heridas, «estáte quieta, nuestro cuerpo se desgarra en el árbol. Y ya adiós» —la corteza llegó a sus últimas palabras. De allí fluyen las lágrimas y, goteando de las ramas recién surgidas, se endurece al sol el ámbar que acoge el transparente río y lo envía a las jóvenes latinas para que se adornen.” (Ovidio, Metamorfosis, II, 340)

Grabado de las Metamorfosis de Ovidio, The National Gallery of Art, Washington D.C.

Aunque pueden hallarse depósitos de ámbar en distintos lugares del mundo, el que se utilizó en época romana para la mayoría de objetos procedía sin duda de la zona del mar Báltico y parte norte de Alemania. Los pueblos que habitaban la zona no encontraban utilidad alguna en dicha piedra, pero lo recogían para comerciar con ello, ya que los romanos lo tenían en gran aprecio.

“Y bien, la costa derecha del mar suevo baña a los pueblos estíos, que tienen los ritos y costumbres de los suevos; su lengua está más próxima a la británica. Veneran a la madre de los dioses. Como distintivo de su religión, portan amuletos en forma de jabalíes. Esto asume el papel de las armas y de la protección de los hombres, y proporciona seguridad al devoto de la diosa, aun en medio de los enemigos. Es raro el uso del hierro, frecuente el de palos. Cultivan el trigo y otros productos con una paciencia inhabitual en la desidia característica de los germanos.

Pero exploran también el mar y son los únicos que buscan el ámbar, al que llaman gleso y que recogen en las zonas de bajura y en la misma orilla.  Pero no han investigado ni averiguado, como bárbaros que son, cuál es su naturaleza y su proceso de formación; es más, durante largo tiempo yacía entre los demás residuos arrojados por el mar, hasta que nuestra afición al lujo le dio fama. Ellos no lo utilizan para nada: se recoge en bruto, se transporta sin refinar y se extrañan cuando reciben dinero a cambio.” (Tácito, Germania, 45, 2)

Amuletos de ámbar, Museo de Ciencia, Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología

Los griegos llamaron al ámbar elektron, palabra cuyo origen es incierto, pero que podría hacer referencia a las propiedades magnéticas de esta brillante resina. Cuando se le aplica fricción, el ámbar se carga negativamente y atrae partículas ligeras como la paja, la pelusa o las hojas secas. Su capacidad de producir electricidad estática ha fascinado a muchos desde tiempos muy antiguos.

“Hay quienes lo conocen con el nombre de harpaga porque, cuando se lo frota con los dedos y se calienta, atrae hojas, pajas y el borde de los vestidos, como el imán hace con el hierro.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVI, 8, 7)

En la antigüedad antes de que se desarrollase el vidrio incoloro, algunas piedras preciosas, el cristal de roca e incluso el ámbar podían ser utilizados como materiales transparentes. El ámbar más claro y transparente al que se le daba una superficie curva y se le pulía en profundidad podía llegar a ser utilizado como lupa.

Cabeza femenina en ámbar,
Museo Arqueológico Nacional de Ferrara, Italia

Una vez que al ámbar se le quitan las capas exteriores y se le expone al aire, su color, grado de transparencia y textura superficial pueden cambiar. El ámbar se oscurece por el efecto del oxígeno sobre la materia orgánica. Una pieza casi transparente se volverá amarilla, una de color miel se verá roja, anaranjada o marrón y su superficie se hará cada vez más opaca.

“Existen varios tipos de ámbar. De ellos el más pálido tiene el mejor olor, pero ni este ni el ámbar de color de cera tienen valor. El de color rojizo es más apreciado, sobre todo cuando es transparente, aunque, no debe ser demasiado brillante, sino que brille parecido al fuego. El ámbar más buscado es el de Falerno, llamado así porque recuerda al color de este vino y es transparente y resplandece suavemente como para alcanzar un suave tono de miel cocida.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 47)

Objeto de tocador en ámbar. Museo Británico, Londres

En las gemas antiguas era deseable que existiese una correspondencia entre el color y el tema escogido para representar. El brillo y el color del ámbar se asociaban al resplandor que emanaba de los dioses y héroes desde la época de Homero, que evocaba vitalidad y energía. 

“Marchaba en el desfile procesional sin casco, con la cabeza descubierta, vestido con una clámide teñida de púrpura en la que se representaba con bordados de oro el combate de los Lapitas contra los centauros. La hebilla tenía engastada una Atenea de ámbar que sostenía ante su coraza, a modo de escudo, una cabeza de Gorgona.” (Heliodoro, Las Etiópicas, III, 3, 5)

Anillo en ámbar, Carlisle, Tullie House Museum & Art Gallery Trust,
Inglaterra

El papel del ámbar en el duelo, que se evidencia en su uso funerario, se enfatiza de forma constante en la mitología. En el funeral de Ayax los dolientes amontonan gotas de ámbar en su cuerpo.

“Por todas partes se afanaron alrededor del cadáver; en tomo a él colocaron muchos troncos, y muchas ovejas, mantos de hermosa labor, bueyes de muy gloriosa raza y sus propios caballos, orgullosos de sus velocísimas patas, resplandeciente oro e incontables armas de hombres, cuantas antaño les arrebató a sus víctimas aquel ilustre guerrero; y además, ámbar transparente, que, según cuentan, no son sino las lágrimas de las hijas de Helio, el supremo adivino las que éstas derramaron junto a la corriente del gran Erídano cuando lloraron la muerte de Faetonte, y que Helio, para rendir imperecedero homenaje a su hijo, convirtió en ámbar, un gran tesoro para los hombres; éste lo arrojaron entonces los argivos sobre la pira de extensa superficie, para así glorificar a Ayante, ese ínclito guerrero ya fallecido; en torno a él colocaron también, en medio de grandes gemidos, valioso marfil y plata de color brumoso, e igualmente ánforas de ungüento, y todo lo demás, cuanto acrecienta una gloriosa y espléndida opulencia.” (Quinto de Esmirna, Posthoméricas, V, 620)

Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

El ámbar puede arder debido a su composición orgánica y lo hace con una llama brillante que emite un humo negro y difunde un agradable olor que recuerda a la resina de pino. Era frecuente en la sociedad romana que las mujeres tuvieran una bola de ámbar entre sus manos, la cual con la fricción desprendería un atrayente aroma, además de una sensación fresca si hacía calor y una caliente si el ambiente era frio.

“Un nombre como para que lo señalen unas letras formadas con piedras eritreas, como para que lo señale una gema de las Helíades desgastada por el pulgar; como para que las grullas lo eleven hasta las estrellas escribiéndolo con sus alas; que es digno de resonar únicamente en la casa del César.” (Marcial, Epigramas, IX, 12)

Ámbar ardiendo

El ámbar en la antigüedad, por su color y traslucidez, no se veía solo como un objeto de adorno, sino que se le concedía poder curativo.

“La relación de la historia con el rio Po es muy clara, porque incluso hoy las aldeanas de la Galia Traspadana llevan piezas de ámbar como collares, principalmente como adorno, pero también por sus propiedades medicinales. El ámbar se supone que es un profiláctico contra la tonsilitis y otras afecciones de la faringe, porque el agua de los Alpes tiene propiedades que dañan la garganta humana de varias formas.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 44)

Collares de ámbar, Nuseo Nacional de Dinamarca, Copenhague

En las civilizaciones antiguas los objetos considerados como joyas entre los que se incluían los de ámbar podían tener un efecto protector para el que los llevase y pasar así a ser considerados amuletos. En vida, los amuletos se llevaban como objetos que podían atraer buena suerte, salud, amor, evitar peligros o curar enfermedades.

Algunos amuletos podían ser para uso permanente como los que protegían del mal de ojo, por ejemplo, la cabeza de Medusa.

“Os aconsejo destruir todos los templos que encontréis. No hagáis votos a los árboles o recéis a las fuentes. Evitad a los encantadores como si fueran veneno del diablo. No os colguéis ni a vuestra familia relicarios diabólicos, palabras mágicas, amuletos de ámbar o hierbas. Quien lo haga que no dude que ha cometido un sacrilegio.” (Cesáreo de Arles, Sermones, 14, 4)

Cabezas de Medusa en ámbar, izda. Museo Getty, Los Ángeles. Drcha. Colección particular

Pero otros podían ser de carácter temporal, como en el caso de las mujeres, que los utilizaban para controlar o aumentar la fertilidad, proteger a los recién nacidos y a todos sus hijos, o asegurar un buen parto.

“El ámbar tiene uso en farmacia, aunque no es por esto por lo que les gusta a las mujeres, sino para proteger a los recién nacidos cuando se les pone como amuleto.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 50)

El amuleto infantil más característico en Roma es la bulla, conocida como Etruscum aurum que en las familias más acomodadas se hacía generalmente de oro, bronce u otros materiales brillantes, como el ámbar, y que, por su forma y color similares al sol en su brillo, se convertía en objeto protector y mágico. 

Bulla romana en ámbar. Museo Británico, Londres

Esta resina tan apreciada a lo largo de los siglos siempre ha sido objeto de un intenso negocio, lo que implica la necesidad de su transporte a largas distancias. En un principio existían dos yacimientos principales, el del Báltico y uno de menor productividad en el mar del Norte. La zona principal de explotación se situaba, como en la actualidad, en los alrededores de Kaliningrado, y su distribución salía hacía el puerto de Marsella, cruzando la región del Elba, del Rin inferior y al llegar al Ródano, seguía rio abajo hasta llegar a Marsella.

“Nos satisface saber que habéis oído de nuestra fama, y habéis enviado embajadores que han recorrido tantas naciones extranjeras para buscar nuestra amistad.

Hemos recibido el ámbar que nos habéis enviado. Sabéis que recogéis esta sustancia tan ligera de las costas del océano, pero no sabéis cómo llega hasta ahí. Pero, como un autor llamado Cornelius [Tácito] nos informa, se recoge en las islas más interiores del océano, y se forma originalmente del jugo de un árbol (de ahí su nombre succinum), y poco a poco se endurece con el calor del sol.

Se convierte así en un metal exudado, una blandura transparente, a veces brillando con el color del azafrán, a veces resplandenciendo con la claridad de una llama. Después se desliza hasta la orilla del mar, y entonces se purifica con el ir y venir de las mareas, y llega hasta vuestras costas para ser allí depositado. Hemos pensado que sería mejor decirlo, por si creíais que vuestros supuestos secretos habían escapado a nuestro conocimiento.

Os enviamos algunos obsequios con nuestros embajadores, y nos alegrará recibir más visitas vuestras por la ruta que habéis abierto, y mostraros futuros favores.” (Casiodoro, Cartas, V, 3, De teodorico a los Aesti)

Hojas de laurel en ámbar con la inscripción An(num) N(ovum) F(austum) F(elicem)
[Feliz y Próspero Año Nuevo], Museo Arqueológico Nacional de Aquileia

Otra vía salvaba el rio Vístula y atravesaba la región de Kiev hacia el mar Negro hata llegar a la ciudad comercial griega de Olbia, donde esta ruta oriental enlazaba con las antiguas vias interurbanas que unían el cercano Oriente con Asia central, lejano Oriente y la India. Pero entre estas rutas la que más destaca es la que salía del mar del Norte o del Báltico, atravesaba el Vístula, llegaba a las orillas del Danubio en Carnuntum, rodeaba los Alpes orientales y llegaba a la ciudad de Aquilea, que era un relevante centro comercial en la parte norte del Adriático.

El ámbar podía viajar por vias marítimas saliendo del norte de Europa con destino a los centros comerciales de la cuenca mediterránea o del cercano Oriente.

Embarcación en ámbar, Museo Getty, Los Ángeles

El ámbar era un material apreciado por su color y brillo, pero además era caro porque acceder a él implicaba contar con las legiones que debían proteger su transporte por tierras a veces hostiles.

Roma tenía presencia militar constante en Germania y las legiones jugaban una parte importante en la economía de la región. Plinio cuenta la historia de un caballero romano enviado a Germania para traer ámbar para los juegos de gladiadores de Nerón consiguiendo tanto material que se pudo decorar todo el espectáculo con el ámbar.

“La distancia desde Carnuntum en Panonia hasta las costas de Germania desde las que nos llega el ámbar es de unas 600 millas, un dato que se ha confirmado hace poco. Todavía vive un caballero romano al que Julianus, el editor de los juegos gladiatorios de Nerón, encargó traer ámbar. Este cabllero viajó por la ruta comercial y las costas y trajo tanta cantidad que las redes que se usaron para alejar a las fieras del parapeto del anfiteatro estaban anudadas con piezas de ámbar. Además, muchos de los elementos usados en un día, cuya exposición se variaba cada día, tenía guarniciones de ámbar.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 45)

Colgante con casco de gladiador en ámbar.
Museo de Arqueología de Londres

La Ruta de Ámbar se asentó definitivamente en época flavio-trajanea y se mantuvo sin variación hasta el siglo III d.C. cuando la presión que los pueblos germanos no podía ser contenida por Roma. A partir de ese momento, la ciudad de Aquileia en Italia se convirtió en el lugar donde el ámbar en bruto se transformaba y se distribuía como producto elaborado.

“Aquileya, al ser una importantísima ciudad, ha contado de antiguo con una numerosa población del país. Como puerto comercial de Italia adonde concurren todos los pueblos ilirios, suministra al comercio marítimo mercancías traídas del interior por tierra y por los ríos, y expide a los pueblos del interior los artículos traídos por mar que les son necesarios y que los territorios ilirios no producen debido a sus fríos inviernos.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, VIII, 2, 3)

Anillo, cabeza dionisiaca y dado en ámbar. Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

Los artesanos que trabajaban el ámbar no tendrían que hacerlo en exclusiva sino que con toda probabilidad serían expertos en tallar otros materiales orgánicos como la madera, el marfil o el cuerno, incluso los talladores de gemas podrían haberse dedicado a ello también. La fragancia que emana del ámbar haría más agradable su manipulación.

“Hermosa figura -con una mente a la antigua- que yaces aquí enterrada, motivo por ello de llanto, tú que con perfume de nardo y ámbar proferías con palabra diligente los dogmas a la manera de los filósofos. Destacabas entre todos por la propia gracia del diaconado tú, retoño tan admirable procedente de la espléndida descendencia del ínclito origen romúleo, por parte de cualquiera de tus padres. Con estas cualidades, él prefirió morir antes que vivir de manera hipócrita y eligió y grabó en su mente todos sus propósitos.” (Poesía epigráfica latina, 796)

Si se trabajaba el material en bruto habría que quitar cualquier materia orgánica o no que se hubiera quedado adherida sobre la superficie mediante algún objeto afilado, polvos abrasivos y agua. El agua actúa como refrigerante y lubricante al modelar la resina que puede reblandecerse o derretirse al aplicar mucha fricción.

Entalle con figura en ámbar

Las piezas de ámbar pueden además haber sido raspadas, talladas, e incluso grabadas, hasta lograr el objeto deseado. El pulido final con aceites, un abrasivo o un mismo paño, liberaría su perfume natural, que podría haber sido reforzado untando aceites perfumados.

Izda. Jarra en ámbar Museo Metropolitan, Nueva York. Drcha. Perfumero en ámbar,
Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

Los griegos también llamaron elektron a una aleación natural compuesta de unas cuatro partes de oro y una de plata con trazas de otros metales como platino o cobre. Este metal se utilizó en la antigüedad con asiduidad y los griegos lo denominaban oro blanco porque su brillo no era tan intenso como el del oro.

“Menos reluce el auténtico ámbar que su amarillo metal y su feliz aleación de plata supera al níveo marfil.” (Marcial, Epigramas, VIII, 50)

Anillo en electrum (aleación) con figura de Paris. Colección particular

El ámbar como los metales preciosos y algunas especias era reconocido en todas las civilizaciones como un objeto prestigioso y lujoso, apropiado para intercambio, obsequio o exhibición de estatus. Por su valor sería depositado en ajuares funerarios y legado como herencia familiar.

“¡Qué desgraciada es la custodia de un gran capital! Lícino, el multimillonario, ordena a su cuadrilla de esclavos vigilar toda la noche con una batería de cubos contra el fuego, obnubilado con la protección del ámbar, las estatuas y las columnas frigias, el marfil y la enorme concha de carey: la tinaja del Cínico no arde.” (Juvenal, Sátiras, XIV, 305)

Izda. horquillas para pelo, Autun, Francia. Centro, Jarrón con tema báquico, Museo Británico, Londres. Drcha. Muñeca articulada de ámbar, Museo de Albacete, España

Los artesanos vidrieros romanos consiguieron dar a algunas de sus trabajos un color parecido al del ámbar antes de su oxidación, lo que permitiría tener objetos similares a los realizados en la resina fósil pero mucho más baratos.

“Había allí numerosos invitados y, como es de suponer, con la aristocrática señora estaba la flor y nata de la ciudad. Mesas lujosas en que resplandece el alerce y el marfil, lechos cubiertos con tejidos de oro; grandes copas de un arte tan variado en su elegancia como único en calidad. Aquí, un vidrio artísticamente tallado; allí, una cristalería sin el menor defecto; más allá, la plata reluciente y el oro deslumbrante, el ámbar maravillosamente vaciado y hasta piedras, para beber: todo lo más inverosímil está allí reunido.” (Apuleyo, Metamorfosis, II, 19)

Izda. Taza de ámbar de Hove. Museums of Brighton & Hove, Inglaterra. 


Bibliografía


Ancient Carved Ambers in the J. Paul Getty Museum, Faya CauseyFrom Aqvileia to Carnvntvm: Geographical Mobility along the Amber Road, Felix Teichner
La ruta del ámbar, Walter Raunig
The gold of the north: Amber in the Roman Empire in the first two centuries AD, Olle Lundgren
The Magic of Amber, Aleksandar Palavestra y Vera Krstić
Objetos de ámbar del ‘ajuar de La Antigua’ (Mérida, España)

domingo, 6 de abril de 2025

Canes, los perros en la antigua Roma

Detalle del mosaico de la Biblioteca de Alejandría, Museo Grecorromano de Alejandría, Egipto

 “¿Qué hombre anuncia la presencia de una fiera o de un ladrón con más distinción o con un grito tan alto, como lo hace este animal con su ladrido? ¿Qué siervo hay más amante de su amo? ¿Qué compañero más fiel? ¿Qué guarda más incorruptible? ¿Qué centinela más vigilante se puede encontrar? Finalmente, ¿qué vengador o defensor con más constancia?” (Columela, De Agricultura, VII, 12, 1)

Desde tiempos muy antiguos el perro ha acompañado al ser humano cuando salía a cazar, cuando pastoreaba el ganado, y, además, protegía su hogar y sus posesiones, proporcionando también compañía.

Izda. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, foto Samuel López. Drcha.
Museos Capitolinos, Roma

Ya en tiempos de la antigua Grecia se tenía la idea del perro como un leal compañero del hombre como aparece en mitos e historias, como la de Argo, el perro de Odiseo (Ulises), él único que reconoce a su amo cuando este regresa a su hogar tras muchos años, vestido como un mendigo.

“Tal hablaban los dos entre sí cuando vieron un perro
que se hallaba allí echado e irguió su cabeza y orejas:
era Argo, aquel perro de Ulises paciente que él mismo
allá en tiempos crio sin lograr disfrutarlo, pues tuvo
que partir para Troya sagrada. Los jóvenes luego
lo llevaban a cazas de cabras, cervatos y liebres,
mas ya entonces, ausente su dueño, yacía despreciado
sobre un cerro de estiércol de mulas y bueyes que había derramado ante el porche hasta tanto viniesen los siervos y abonasen con ello el extenso jardín. En tal guisa de miseria cuajado se hallaba el can Argo; con todo, bien a Ulises notó que hacia él se acercaba y, al punto, coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo
fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo. Éste al verlo
desvió su mirada, se enjugó una lágrima, hurtando
prestamente su rostro al porquero…”
(Homero, Odisea, XVIII, 290)

Ilustración de Chatterbox

Tanto en Grecia como en Roma se admiraba la capacidad de los perros para aprender, progresar, y reaccionar ante diferentes situaciones con obediencia y disciplina.

 “Y es que incluso en las grandes mansiones de los grandes señores, aunque haya muchos animales de distinta especie, aptos todos para el mantenimiento de la hacienda, una de las principales preocupaciones es, sin embargo, siempre por los perros; sólo en estos hay una especie de disposición natural para hacer con facilidad aquello para lo que son adiestrados y para, por medio de una cierta norma congénita de obediencia, quedarse quietos, disciplinados con la sola amenaza del castigo, hasta que con un movimiento de la cabeza o cualquier otra señal se les da a entender que tienen libertad para actuar.” (Paulo Orosio, Historias contra los paganos, I, prólogo)


Mosaico del Museo de Susa, Túnez. Foto Ad Meskens

Para los romanos el perro era un animal apreciado en el que se podía confiar y al que concedían virtudes consideradas exclusivamente humanas, como el espíritu de sacrificio, la generosidad y la capacidad de amar, en su caso, a su dueño de forma desmedida.

 “Tienen, en efecto, los perros facultades especiales, tan alejadas de los brutos como cercanas a los hombres; es decir, saben discernir, amar y servir. Y es que, dado que distinguen claramente a su dueño de las personas extrañas, atacan a éstas, no porque las odien, sino porque se preocupan de aquellos a quienes aman, y, porque aman, cuidan de su dueño y de su casa no por impulsos naturales de un cuerpo apto para ello, sino que se consagran a esta vigilancia por un sentimiento de solícito amor.” (Paulo Orosio, Historias contra los paganos, I, prólogo)


Thermopolium, Regio V, Pompeya

Algunos documentos reflejan episodios de fidelidad de los perros hacia sus amos de tal intensidad que están por encima del comportamiento humano y que sirven como ejemplos de virtud moral y modelos a seguir. Algunos muestran la lealtad a sus amos hasta después de su muerte.

 “En una de las guerras civiles de Roma, cuando el romano Galba fue asesinado, ninguno de sus enemigos fue capaz de cortar su cabeza, aunque eran muchísimos los que se disputaban este trofeo, hasta que (y éste era el pretexto de su inhibición) no mataran al perro que permanecía a su lado, que había sido criado por él, y que continuaba demostrándole la lealtad y el afecto más grandes, y que luchaba en apoyo del muerto como si fuera su camarada en la guerra, partícipe de su misma tienda y amigo hasta el último momento.” (Claudio Eliano, Historia de los Animales, VII, 10)


Perro de Volubilis, Museo Arqueológico de Rabat, Marruecos

Los amos de los perros que mostraban tal fidelidad procuraban asegurar su bienestar y tenían la convicción de que los animales tenían el derecho moral a ser bien tratados durante su vida y ser cuidados en su vejez, cuando, en su caso, ya no podían trabajar; ser elogiados por el valor que ponían al llevar a cabo sus obligaciones y concederles el derecho a morir en paz y disponer de sus restos con dignidad.

 “Criada entre los entrenadores del anfiteatro, cazadora, intratable en el bosque, cariñosa en casa, me llamaba Lidia, fidelísima a mi dueño, Dextro, que no hubiera preferido tener la perra de Erígone, ni el de raza cretense que, siguiendo a Céfalo, llegó con él hasta la estrella de la diosa que trae la luz. No se me llevó una larga sucesión de días, ni la edad inútil, como fue el destino del perro de Duliquio. Me mató el fulminante colmillo de un jabalí con espumarajos tan grande como el tuyo, Calidón, o el tuyo, Erimanto. Y no me quejo, aunque fui enviada prematuramente a las sombras infernales no pude morir con una muerte más noble.” (Marcial, Epigramas, XI, 69)


Detalle de mosaico, Casa del jabalí salvaje, Pompeya.Foto Aude Durand

Desde el siglo I d.C., las clases más acomodadas comenzaron a tener en sus casas y villas perros que no sólo guardaban el hogar, sino que propiamente cumplían el papel de compañero. Eran animales pequeños, de suave pelaje, con cualidades y habilidades que sus amos apreciaban y agradecían,  porque gracias a ellas les servían de compañía y entretenimiento.


“La talla de mi perrita es pequeña, pero asequible por eso, que podría sostenerla toda entera el hueco de la mano. A una voz del amo corre servicial y parlanchina,
saltando con ademanes que parecen humanos. Y su cuerpo lindo no tiene nada de monstruoso: a todos gusta cuando la ven con su cuerpo chiquito. Blanda es su comida y en blando colchón duerme; es enemiga muy enconada de ratones y de gatos. Supera sus miembros chiquitos con ladrido muy fiero, si la  naturaleza lo permitiera, se le podría enseñar a hablar.”
(Antología Latina, 358)

Terracota de perro meliteo, Esmirna, Turquía.
Museo Británico, Londres

Se supone que la interacción con animales promueve el respeto, la autoestima y la compasión por los animales y la naturaleza en general y proporciona apoyo y seguridad. Por lo que cuando el perro dejó de considerarse solo un animal que servía como ayuda en la caza, guardián de rebaños y protector de personas, a las que incluso servía como alimento en caso de necesidad, y se convirtió más bien en compañero del humano, los niños fueron receptores de cachorros como regalo, para su entretenimiento y para ser motivo de responsabilidad y aprendizaje sobre el desarrollo de la vida hasta la edad adulta.

“[Régulo] ahora llora al hijo perdido de una forma insensata. El muchacho poseía muchos ponis de silla y de enganches, tenía también perros de todos los tamaños, tenía ruiseñores, papagayos y mirlos; a todos los sacrificó Régulo delante de la pira funeraria.” (Plinio, Epístolas, IV, 2, 3)


Niña con cachorro. Museo Metropolitan, Nueva York

El cariño desmedido que algunos amos demostraban por sus perros de compañía es criticado por algunos autores que ven en el exceso de mimo una demostración de la degradación moral en la que la sociedad romana de la época iba cayendo.

 “Trimalción, después de imitar a los cornetas, se volvió hacia un joven -su ojito derecho- a quien él llamaba Creso. Era un muchacho legañoso, de inmunda dentadura; estaba arropando con un chal verde a una perrita negra y escandalosamente gorda, a la que él servía sobre un almohadón medio pan, pretendiendo hacérselo engullir a pesar de la repugnancia y náuseas del animal.” (Petronio, Satiricón, 64, 5)


Chesters Roman Fort. English Heritage

El perro de compañía más apreciado en Roma, que ya lo había sido en el mundo griego, es el meliteo, de incierta procedencia, aunque se le supone de origen en Malta. Tenía pelo largo, cola tupida, orejas triangulares y puntiagudas, era de color blanco o claro y con un hocico similar al de los zorros. Servían como compañeros principalmente de niños y mujeres, pero también los hombres disfrutaban de su compañía. Era un perro al que se acostumbraba a dormir en el regazo de sus amos y solo los ricos podían permitirse tener uno.

 “Se le ordenó, entonces, lo siguiente. La mujer llamándolo, le dice: Tesmópilis, por favor, concédeme el favor no pequeño que voy a pedirte sin rechistar y sin que tengas que esperar a que te lo pida otra vez.» Él, como era lógico, prometió que haría todo. Ella dijo: «Como veo que eres bueno y atento y cariñoso, te lo pido, coge a la perra Mirrina, a la que ya conoces, llévala al carro vigilándola y preocúpate de que no le falte nada; la pobrecilla tiene el vientre pesado y está ya a punto de parir. Esos malditos y desobedientes criados no se toman mucho interés en los viajes no ya por ella, sino ni siquiera por mí. Así que no creas que me haces pequeño favor preocupándote de poner a buen recaudo a mi diligentísima y simpática perrita.»

Tesmópolis le prometió que lo haría; se lo pedía con mucho interés y casi lloraba. La situación era ridícula a más no poder; una perrita asomando un poquito por el manto, justo a la altura de la barba, meándolo con frecuencia y -aun cuando Tesmópolis no hubiera añadido este detalle ladrando con voz aguda -así son los perros meliteos y lamiendo la barba del filósofo, sobre todo si entre los pelos le habían quedado algunos residuos de sopa del día anterior.” (Luciano, Sobre los que están a sueldo, 34)


Perros meliteos. Izda, Museo Británico, Londres. Drcha. Museo Arqueólogico, Johns Hopkins University, Baltimore

Los perros de compañía, utilizados como mascotas, eran los canes catelli (catella, perrita y catellus, perrito) y algunos amos eligieron a estos perros como compañeros y amigos, y parece que los quisieron de tal forma que les daban de comer de su propio plato, se echaban a dormir junto a ellos para que les dieran calor, y sintieron tan profundamente su muerte que les dedicaron lápidas funerarias, construyeron tumbas con la esperanza que pudieran acogerlos a ambos cuando cada uno de ellos muriera, y encargaron que se escribieran bellos epitafios que mostraran su afecto, describieran sus cualidades y mostraran su tristeza por la pérdida.

 “Te he portado en mis brazos con lágrimas, nuestra perrita, como en circunstancias más felices te llevé desde hace quince años. Pero ahora, Patrice, ya no me darás mil besos, ni serás capaz de echarte afectuosamente alrededor de mi cuello. Con enorme pena he puesto para ti que lo merecías esta tumba de mármol, y te uniré para siempre a mí mismo cuando muera. Te acostumbraste fácilmente a un humano con tus hábitos inteligentes. ¡Ay, qué animal doméstico hemos perdido! Tú, dulce Patrice, tenías la costumbre de unirte a la mesa y pedirnos dulcemente comida en nuestro regazo, estabas acostumbrado a lamer con tu lengua la copa que mis manos sostenían para ti y a acoger con regularidad a tu cansado amo con meneos de cola…” (CIL X 659)


Tumba del perro Stephanos, Museo de Antalya, Turquía. Foto Samuel López

Epitafio de Stephanos

"Los que jugaban con él lo llamaban Stephanos. [Esta tumba] guarda al que la muerte se llevó de repente. Es la tumba del perro Stephanos que se fue y desapareció, Rhodope lloró por él y lo enterró como a un humano. Soy el perro Stephanos, y Rhodope me hizo esta tumba."

Muchos ciudadanos privados mandaban hacer retratos de sus animales de compañía a pintores y escultores o encargaban a poetas famosos escribir versos elogiando sus cualidades, como ya se ha visto, como último tributo. Aunque algunos autores criticaron esta práctica como un medio de alardear de su riqueza o status social por parte de los dedicantes, no hay duda que en la mayoría de casos un sincero afecto sería el verdadero motivo.


"Isa es más traviesa que el pájaro de Catulo,
Isa es más pura que el beso de una paloma,
Isa es más coqueta que cualquier muchacha,
Isa es más valiosa que las piedras de India,
Isa es la perrita, delicia de Publio.
Esta, cuando se queja, pensarás que habla;
puede sentir tristeza y alegría.
Se acuesta apoyada sobre su cuello y coge el sueño
sin que se note suspiro alguno;
y obligada por la necesidad del vientre,
nunca manchó la colcha con gota alguna,
sino que con su pata zalamera le despierta
y le avisa que la baje de la cama y le pide que la suba.
En la casta perrita hay un pudor tan grande
que no conoce a Venus; y no hemos encontrado
a un macho digno de una hembra tan tierna.
Para que la última luz no se la arrebate del todo,
Publio la tiene reproducida en un cuadro,
en el que verás a una Isa tan parecida,
que ni ella misma se parece tanto a sí misma.
Pon para terminar a Isa junto al cuadro:
o creerás que las dos son reales
o creerás que las dos son pintura."
(Marcial, Epigramas, I, 109)

Relieve con perro junto a su dueña en el lecho. Museo de Arte e Historia de Ginebra, Suiza

Sin embargo, como en todas las épocas en Roma los perros podían ser afortunados, cuidados y bien alimentados por sus dueños, algunos mimados hasta la exageración, o bien podían ser tan desgraciados como sus amos y alimentarse de las sobras y desperdicios que les dejaban o tener que buscarse la vida y el sustento. Muchos de los perros que deambulaban por las calles eran los compañeros de los vagabundos.

.“A los perros flojos, pelados por una sarna ancestral,
que se ponen a lamer el pico de un candil seco, se les dará el nombre de leopardo, tigre o león, o cualquier otra cosa que ruja más violentamente en la faz de la tierra.”
(Juvenal, Sátiras, VIII, 35)


Detalle de una copa ática del pintor Euergides,
Museo Ashmolean, Oxford

Los canes villatici eran los perros destinados a la custodia de casas, villas o talleres avisando si aparecían extraños. En las casas de los ricos romanos era habitual la presencia de un perro guardián atado con una cadena que ayudaba con su aspecto y ladridos a proteger el hogar de ladrones o merodeadores.

El escritor agrícola Columela destaca las características que debe tener un perro guardián de una casa o una villa y describe cómo ha de ser su constitución y su temperamento.

“El de la casería que se opone a los ataques de los hombres, si el ladrón viene de día claro, siendo negro, es más terrible a la vista: y si viene de noche, por la semejanza que tiene este color con la oscuridad, ni aun siquiera se ve, por lo cual cubierto como está con las tinieblas puede llegar con más seguridad al que está acechando. Es mejor un perro cuadrado que uno largo o corto, y que tenga la cabeza tan grande que parezca la parte mayor de su cuerpo, las orejas caídas y colgando, los ojos negros o zarcos que centelleen con una luz viva, el pecho ancho y bien poblado de pelo, las espaldas espaciosas, las piernas gruesas y peludas, la cola corta, los dedos y uñas de los pies muy grandes, […] Esta es la figura más recomendable en el perro de la casa. Pero su natural no debe ser ni muy sosegado, ni por el contrario feroz y cruel: porque en el primer caso gustaría al ladrón, y en el segundo podría atacar hasta a las gentes de la casa. Basta que sean severos y no cariñosos, de forma que alguna vez miren con ceño a los que conviven con ellos, y siempre se irriten con los de fuera.” (Columela, De Agricultura, VII, 12)


Detalle de mosaico de una "mansio" en Fidenae, Roma

El visitante de la casa podía encontrar a su llegada un mosaico con un perro y un letrero “Cave Canem” (Cuidado con el perro) para alertar de la presencia de un perro, que podía ser muy agresivo, encargado de vigilar la casa. Esta advertencia también serviría para tener alejados los malos espíritus, pues como en otras culturas los romanos también creían que el perro podía llegar a proteger de la muerte.

 “Esta operación inspiró a Trimalción la idea de llamar a Escílax, al guardián (según decía) de la casa y de sus moradores., Sin demora, traen un perro enorme atado a una cadena; a una señal dada por el portero con el pie para hacerlo acostarse, el perro se tiende ante la mesa. Trimalción entonces, echándole un pedazo de pan blanco, dice: Nadie en mi casa me quiere más que él.” (Petronio, Satiricón, 64)


Mosaico de la entrada de la casa de Paquio Proculo, Pompeya. Foto Samuel López

Los perros actuaban como guardianes de los templos consagrados a los dioses.

 “Tampoco tengo reparos en contar algo que han escrito los mismos autores antes citados. Según ellos, este Escipión Africano solía ir al Capitolio al terminar la noche, antes del amanecer, mandaba abrir la capilla de Júpiter y permanecía allí largo rato a solas, como si estuviera tratando con Júpiter cuestiones de Estado. Los guardianes del templo manifestaron a menudo su asombro, porque los perros, agresivos siempre con los demás, únicamente en el momento en que él entraba ni le ladraban ni lo atacaban.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, VI, I, 6)

 También ayudaban en la defensa de los campamentos y en los recintos fortificados alertando con sus ladridos de cualquier acercamiento de los enemigos.

 “El mejor plan, en tales noches, es atar perros fuera de la muralla hasta que se haga de día; los animales descubrirán, desde una distancia mayor, al espía de los enemigos, al desertor que se aproxima sigilosamente a la ciudad o al que, en alguna parte, se dispone a desertar. Al mismo tiempo, despertarán con sus ladridos al guardia que haya podido dormirse.” (Eneas el Táctico, Poliorcética, XXII, 14)


Mosaico en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto Samuel López

Entre los perros más apreciados por su ferocidad y mejor considerados por su capacidad para vigilar y mantener alejados a los extraños estaban los perros molosos, grandes y fuertes y de fiero aspecto.

“El más vehemente de los perros es el moloso, porque también los hombres de Molosia son de espíritu fogoso.” (Claudio Eliano, Historia de los animales, III, 2)


Perro moloso. Museo Británico, Londres

Los canes pastorales eran los perros que se destinaban al cuidado y transporte de los ganados. Los defendían de los depredadores que acechaban por los caminos, campos y bosques.


“Sobre los cuadrúpedos, dice Ático, queda lo que atañe a los perros, cosa que nos concierne sobre todo a los que criamos ganado lanar, pues el perro es el guardián del ganado y de quien, siendo su compañero, lo necesita perros para defenderse. En esa clase están sobre todo las ovejas, después las cabras, pues suele cogerlas el lobo, al que e oponemos canes defensores.” (Varrón, De Agricultura, II, 9, 1)


Estatuilla de bronce. Museo Metropolitan, Nueva York

Columela nuevamente destaca las cualidades que debería cumplir un perro para ser un buen vigilante y defensor del ganado que está bajo su protección y que un pastor debería tener en cuenta a la hora de dedicarlo a tal trabajo. Según él, el perro que guardaba el ganado no debía ser tan ligero como los que perseguían a los gamos o a los ciervos, ni tan pesado como los que vigilaban la casa y los establos, pero lo suficiente para que pudieran pelear contra los lobos, y ligero para seguirlos cuando huían, hacerles soltar la presa y devolverla.

 “Este perro no debe ser tan flaco ni tan ligero como los que persiguen a los gamos, a los ciervos y a los animales más veloces; ni tan grueso ni pesado como el que guarda la casa y los establos: pero sin embargo ha de ser en algún tanto pronto y ágil: porque nos hacemos con él para que riña y pelee, y no menos para que corra: pues debe rechazar las asechanzas del lobo, seguir a este ladrón fiero cuando huye, hacerle que suelte la presa, y traérsela; por lo cual si su cuerpo es largo, es más a propósito para estas ocurrencias que si es corto o cuadrado: porqué (como he dicho) algunas veces exige la necesidad que se persiga ágilmente la ligereza de la fiera: los demás miembros se aprueban si son semejantes a los del perro de la casería.” (Columella, De Agricultura, VII, 12)


Mosaico de Siria, Teece Museum of Classical Antiquites, Christchurch, Nueva Zelanda

Varrón recomienda que haya un perro por cada pastor y la cantidad total debería depender de si en la región había muchas alimañas o del tamaño del ganado. También escribe que se les colocaba unos collares alrededor del cuello, unas correas de cuero duro forradas con pieles blandas para no dañar el cuello, pero que llevaban unos clavos para protección contra las fieras.


“Para que no sean heridos por las fieras, se les colocan esos collares que se llaman carlancas, esto es, una correa que rodea el cuello de cuero duro con clavos cabezudos que, con las cabezas hacia dentro, se forra con pieles blandas para que no se dañe el cuello con la dureza del hierro; porque si el lobo u otra alimaña resulta herido por estos clavos, se consigue también que estén a salvo los demás perros que no los llevan.” (Varrón, De Agricultura, II, 9, 15)

Relieve romano. Walters Art Museum, Baltimore

Los canes venatici eran para los romanos los perros de caza y los dividían según la clase de cacería para la que estaban destinados. Los canes sagaces eran los que se usaban para seguir los rastros de las presas (sabuesos). Entre ellos estaban los perros umbros, carios y cretenses. Opiano describe un tipo de perro, el agaseo, de origen británico, como de tamaño pequeño, pero fuerte y muy afamado por su capacidad olfativa para encontrar la presa siguiendo el rastro por el olor dejado en tierra y en el aire.

 “Hay una valiente raza de perros rastreadores, pequeña en verdad, pero digna de ser tema de un gran canto; los que crían las tribus salvajes de los tatuados britanos. Y reciben el nombre de agaseos. Su tamaño es semejante al de los débiles y glotones domésticos perros de mesa redondeado, flaco, peludo, de mirada opaca, tiene sus pies provistos de atroces uñas y su boca afilada con apretados colmillos venenosos. En especial por sus narices el más destacado es el perro agaseo y el mejor de todos para rastrear, pues que es muy sagaz para encontrar el rastro de los que andan por la tierra, pero muy hábil también para- advertir el olor del aire.” (Opiano, Cinegética, I, 470)


Perro de bronce, St James´s Ancient Art

Los perros que se dedicaban a la persecución de las presas debían ser veloces y eran los canes celeres, que se corresponden a los actuales lebreles, los cuales destacan por su excepcional capacidad de persecución y velocidad, generalmente siendo más altos que largos y exhibiendo una delgadez nervuda. Además, poseen una agudeza visual que supera la de la mayoría de las razas caninas, gracias a sus cráneos ovalados y cabezas alargadas.

 “Las razas de perros son innumerables, pero sus formas y prototipos serían aproximadamente éstos: el cuerpo debe ser largo, fuerte y suficiente, la cabeza ligera y con buenos ojos; éstos de oscuro brillo; la boca debe ser amplia, de dientes aguzados; orejas pequeñas con finas membranas deben coronar su cabeza; el cuello largo, y en la parte inferior el pecho fuerte y ancho; las patas delanteras deben ser más cortas que las traseras; las tibias rectas, delgadas y largas, los omóplatos amplios; dio las hileras de las costillas inclinadas oblicuamente, las caderas de carnes apretadas, no gordas, y detrás la cola de larga sombra debe ser tiesa y saliente.

Tales son los perros que deberían adiestrarse para las largas carreras de las gacelas, de los ciervos, y de la liebre veloz como el huracán.” (Opiano, De la caza, I, 400)


Detalle de mosaico, Villa romana del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

El más famoso perro de este tipo entre los romanos era el canis vertragus, de origen celta, que se destinaba a la caza menor, donde no se necesitaba ni fiereza ni corpulencia. Este perro se consideraba un símbolo de status social, ya que debía importarse desde tribus celtas, tan lejanas a veces como Irlanda, y por tanto solo los ricos podían poseer uno.

El perro Vertragus revolucionó la caza. Cazaba con la vista, en vez del olfato, y con él el cazador podía seguir la caza a caballo, en vez de correr a pie. Era tan rápido que se empleaba en la caza deportiva, deporte de origen celta para perseguir a la liebre sin matarla.

 “No caza para sí, sino para su amo, el bravo lebrero, que te llevará entre sus dientes la liebre sin dañarla.” (Marcial, Epigramas, XIV, 200)


Mosaico con escena de caza. Museo del Bardo, Túnez

Arriano aconseja cómo comportarse con los perros una vez terminada la actividad cinegética para recompensarles por el trabajo bien hecho, llamándolos por su nombre y acariciándolos.

“Cuando el galgo ha atrapado la liebre, o ha vencido en la carrera, deberías desmontar de tu caballo, y acariciar a tu perro y felicitarle, besando su cabeza y rascando sus orejas, y llamándole por su nombre: “Bien hecho, Cirras”, “Bien hecho, Bonnas”, “Bravo, mi Horme”, citando cada perro por su nombre, porque al igual que a los hombres de espíritu generoso, les gusta ser alabados, y si el perro no está demasiado cansado, vendrá alegremente a agasajarte.” (Arriano, De la caza, XVIII)


Mosaico de lebreles, colección particular

Los asirios y otros pueblos criaban perros de gran envergadura y fuerza para utilizarlos tanto en las batallas como en la caza de leones y de otras fieras. Eran perros con hocico fuerte y corto, cabeza inmensa, patas musculosas, cuerpo grande y pesado. También se utilizaban para proteger al ganado de los depredadores de gran tamaño y cuidar las propiedades. 

 “Aliates, como los cimerios, que tenían cuerpos descomunales y fieros, hiciesen una campaña contra él, llevó al combate, junto con el resto de su fuerza, también a los perros más fuertes, que, haciendo presa en los bárbaros como si fuesen fieras, mataron a muchos de ellos y a los restantes los obligaron a huir vergonzosamente.” (Polieno, Estratagemas, VII, 2)


Detalle del mosaico de caza de la villa romana del Salar, Granada

No hay evidencia exacta de que los romanos utilizaran los perros en los ataques durante sus batallas, aunque si parecen haber ayudado en labores de vigilancia como se ha visto anteriormente.

En Roma los canes pugnaces eran los perros que por su gran tamaño se utilizaban durante las partidas de caza mayor para enfrentarse con animales feroces como el jabalí, y entre ellos estarían los citados molosos, naturales de Épiro, que se extendieron por todo el Mediterráneo y zonas de Europa occidental gracias a los fenicios.

 “Mientras reposan tus redes y tus ladradores molosos y el bosque está en calma al no haberse descubierto ningún jabalí, podrás, Prisco, dedicar tus ocios a mi breve librito. Ni la hora es estival ni la perderás entera.” (Marcial, Epigramas, XII, 1)


Mosaico de caza. Museo del Bardo, Túnez

Algunas fuentes citan a perros considerados pugnaces procedentes de las Islas Británicas.

 “La mayor parte de la isla es llana y boscosa, con muchas regiones formadas por colinas suaves. Produce trigo, ganado, oro, plata, hierro, que exportan junto con pieles, esclavos y perros excelentes para la caza, que los celtas utilizan también para la guerra, igual que hacen con las razas indígenas.” (Estrabón, Geografía, IV, 5, 2)


Relieve con enfrentamiento de perro y jabalí. Museo Romano-Germánico de Colonia, Alemania

Algunos perros corrían en la arena del anfiteatro persiguiendo a las presas durante las sesiones que remedaban cacerías durante los juegos (venationes). Las fuentes parecen referirse, en general, más bien a la persecución de animales herbívoros, como ciervos o gamos.

 “Huyendo rápido un gamo de unos veloces molosos y usando de mil estrategias para retardar su captura, se detuvo a los pies de César, suplicante y en actitud del que ruega, y los perros no tocaron su presa... Este favor lo obtuvo por reconocer al emperador. César es dios, sagrado es su poder, creedlo, sagrado: las fieras no saben mentir.” (Marcial, Libro de los Espectáculos, XXX)


Mosaico de caza. Museo Condé,
Castillo de Chantilly, Francia

La civilización romana consagraba en los altares gran número de animales, de los cuales algunos eran perros. El perro fue utilizado como víctima propiciatoria en sacrificios dedicados a los dioses para pedir protección para las cosechas y en ritos para ayudar a la fertilidad.

 “Cuando queden a abril seis días, la estación de la primavera se hallará a mitad de su curso, y en vano buscaras el carnero de Hele, la de Atamante; las lluvias harán su aparición y saldrá la constelación del Perro´.

Día 25 El Carnero. Sirio.

“Ese día, volviendo yo de Nomento a Roma, me encontré con una multitud vestida de blanco en medio del camino. Un flamen iba hacia el bosque del viejo Tizón (Robigo) para ofrecer a las llamas las entrañas de un perro y las entrañas de una oveja […] ¿Preguntas por qué se ofrece una víctima desacostumbrada en esta ceremonia? (yo se lo había preguntado). Escucha la razón —dijo el flamen—. Hay un perro, que llaman Icario, y cuando esta constelación se levanta, la tierra se abrasa y se seca, y la mies madura más pronto. En lugar del perro estelar, ponemos en el altar este perro, y nada excepto el nombre es la razón de su muerte.” (Ovidio, Fastos, IV, 900-945)


Camafeo con rostro del perro Sirio,
Museo Metropolitan de Nueva York

La constelación del Can Mayor, cuyo nombre fue dado por los griegos, se conoce fundamentalmente porque contiene la estrella Sirio, que es la estrella más brillante del cielo nocturno. En la mitología griega hay varias interpretaciones con explicación del origen de esta constelación. Una de ellas la relaciona con uno de los perros de caza de Orión y en otra con el perro Lélape, que, según el mito, fue un regalo de Zeus a Europa y siempre atrapaba a sus presas. Posteriormente el perro pasó a manos de Céfalo y este le ordenó cazar a la zorra teumesia, que era una zorra mitológica que no podía ser cazada. Esto dio lugar a una paradoja que fue resuelta por Zeus, quien decidió convertir a los dos animales en constelación.

 “Anfitrión, que necesitaba un perro, llegó a casa de Céfalo a pedirle que le ayudara con su perro a cazar la zorra, y prometió darle la parte del botín que él cogiera de los teléboas. En efecto, en ese tiempo había aparecido en el país de los cadmeos una zorra, un animal extraordinario que hacía continuas incursiones desde Teumeso y, con harta frecuencia, apresaba a los cadmeos; cada treinta días le ofrecían, además, una criatura, que la zorra cogía y devoraba. Anfitrión fue seguidamente a pedir a Creonte y a los cadmeos que combatieran a su lado contra los teléboas, mas ellos respondieron que no irían, a menos que él les ayudara a exterminar a la zorra. Anfitrión se mostró conforme y concluyó este acuerdo con los cadmeos. Fue a buscar a Céfalo, le informó de este convenio, y trató de persuadirle para marchar a Tebas con su perro. Céfalo aceptó; llegó a aquellos lugares, y dio caza a la zorra. Pero no era posible —así lo había establecido la divinidad— capturar a la zorra, por mucho que se la persiguiera, del mismo modo que nadie que fuera perseguido por el perro podía huir de él. Cuando estuvieron en la llanura de Tebas, Zeus los vio y los petrificó a ambos.” (Antonino Liberal, Metamorfosis, XLI) 


Constelaciones. Foto Stellarium

La canícula (palabra en latín que significa perrita) estaba relacionada con la estrella Sirio, la más brillante en la noche, cuya salida por el horizonte coincidía antiguamente con la época más calurosa y seca en el hemisferio norte, ha quedado actualmente como referencia de los días más calurosos del año, que suelen darse en julio y agosto.

 “¿Quién ignora, pues, que la salida de la Canícula enciende los calores del sol? Los efectos de esta constelación se notan en la tierra con gran intensidad: cuando sale los mares se agitan, el vino da la vuelta en las bodegas y las aguas estancadas se mueven.” (Plinio, Historia Natural, II, 107)

 En el antiguo Egipto, la estrella Sirio era conocida como Sothis (nombre griego de la diosa egipcia Sopdet) y estaba estrechamente vinculada al río Nilo y sus ciclos de inundación. La aparición de Sirio justo antes del amanecer anunciaba la llegada de las inundaciones del Nilo, un evento crucial para la agricultura egipcia. Unas terracotas comunes entre los siglos I y III d.C. muestran unos perros, que suelen llevar un colgante o bulla, que se relacionan con el culto a Isis, diosa a la que se asimiló Sothis.


Perro sótico o de Sothis. Museo Británico, Londres

La figura de la diosa Hécate se acompañaba de perros que eran las almas de los muertos sin descanso y se creía que cuando era invocada, los ladridos o aullifos de los perros anunciaban su llegada.


“De repente, al filo del primer albor del sol, comienza a rebramar bajo sus pies la tierra y a remecer la cumbre de los montes su arboleda cimera. Y les parece avistar a las perras ululando a través de las sombras a medida que se acerca la diosa.” (Virgilio, La Eneida, VI, 255)

Existía la creencia entre los romanos que los aullidos de los perros podía ser el augurio de una muerte próxima, como sucedió en el caso de la muerte del emperador Maximino.

 “En la siguiente parada unos perros, más de doce, aullaron alrededor de su tienda de campaña y, después de sollozar durante toda la noche, se los encontró muertos al amanecer.” (Historia Augusta, Los dos Maximinos, XXXI, 2)


Perros aullando. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Foto Samuel López

El supplicia canum era una procesión que se celebraba anualmente en Roma para recordar que los perros guardianes del Capitolio habían fracasado en su labor de dar la alarma con sus ladridos ante el ataque que los galos llevaron a cabo hacia el año 390 a.C. Se llevaban perros sujetos a unas horcas como castigo, mientras que los gansos, que fueron los que con sus gritos alertaron del ataque eran honrados. El propósito era evitar que pudiera pasar lo mismo de nuevo.

“Los perros son menos útiles que los gansos para ejercer la vigilancia, y esto lo descubrieron los romanos. En efecto, los celtas estaban en guerra con ellos, les hicieron retroceder con suma energía y estaban ya en la misma ciudad. Ya había caído en su poder toda Roma, excepto la colina del Capitolio, porque no les resultaba fácil escalarla, ya que todos los lugares que parecían accesibles a los atacantes mediante estratagema estaban preparados para la defensa.

Era el tiempo en que el cónsul Marco Manlio custodiaba la antedicha colina que se le había confiado […] Cuando los celtas se apercibieron de que la colina era inaccesible por todas partes, decidieron esperar a las altas horas de la noche y caer sobre los sitiados cuando estuvieran profundamente dormidos. Confiaban en que la colina les sería escalable por el lugar no vigilado y carente de protección, ya que los romanos suponían que los galos no atacarían por allí […] Los perros, ante la comida que les echaron, se callaron, pero los gansos —es propio de ellos gritar y hacer algarabía cuando se les echa algo para que coman—, con su clamor, hicieron levantar a Manlio y a la guardia que dormía con él. Por esto, los perros hoy en día siguen sufriendo la pena de muerte todos los años entre los romanos, en memoria de su antigua traición; en cambio, en días determinados, un ganso es honrado llevándolo con gran pompa en una litera.” (Claudio Eliano, Historia de los animales, XII, 33)


Museos Vaticanos

Entre las creencias que se daban entre los romanos sobre las prácticas para curar enfermedades estaban las de recurrir a animales, en este caso los perros, especialmente los cachorros, que eran frotados por el cuerpo del enfermo para que la enfermedad pasase al animal, con el resultado del animal enfermando y probablemente muriendo.

 “Los perros que llamamos meliteos, aplicados al estómago de vez en cuando, aliviando los dolores en esa zona. La enfermedad se supone que pasa al cuerpo del animal, ya que poco a poco pierde su salud y con probabilidad muere.” (Plinio, Historia natural, XXX, 14)

Cachorros mamando. Colección particular

En el arte romano la figura del perro se convirtió en un motivo recurrente y se representó de muy diversas maneras en distintas obras artísticas, lo que indica la importancia de su participación en la vida y cultura de la sociedad romana. Aparece en joyas, cerámicas, pinturas, mosaicos y esculturas.



Broche romano con perro atacando a un jabalí. Museo Metropolitan, Nueva YorK

En pinturas y mosaicos suelen representarse los perros en su función protectores del ganado y cazadores. A veces su imagen tiene un valor simbólico, como en el caso de su aparición junto al príncipe troyano Paris, quien fue criado entre pastores, al ser rechazado por su familia real debido a una profecía. El perro significa que su dueño era pastor.


Paris y Helena. Casa con escenas de Troya, Regio IX, Pompeya

El perro como motivo iconográfico se encontraba en esculturas que decoraban peristilos y villas lujosas e incluso edificios públicos. El perro que parece ser el más representado, por los hallazgos encontrados, es el galgo (canis gallicus) por su estilizada figura y bondadosa apariencia, que aportaría una idea de serenidad y belleza a los lugares en el que la pieza se emplazaba. Es posible que la vinculación de estos canes con la actividad cinegética hiciera referencia a la afición a la caza de los dueños de las residencias en las que se encontraban.


Pareja de galgos de una villa de Laurentum, Italia, que se cree pudo pertenecer a Antonino Pio

El tema del perro lamiendo sus heridas se representa con frecuencia en este tipo de representación escultórica y una famosa obra descrita por Plinio y realizada por Lisipo en bronce dio origen a la repetición de dicho motivo, con diferentes posturas del animal, en copias romanas en mármol.

 “El arte se elevó hasta lo más grande en cuanto a la audacia en el diseño. Para probar su éxito mostraré un ejemplo, y no es una representación de un dios o un hombre: nuestra propia generación vio en el Capitolio, hasta de que fuera incendiado por los partidarios de Vitelio, en el santuario de Juno, una figura de un sabueso lamiendo su herida, su perfección artística y su realismo, no solo se ve en el hecho de su dedicación en ese lugar, sino también en la forma de protegerla, porque, aunque no se podía poner una suma a su valor, el gobierno decretó que sus guardianes responderían de su seguridad con sus vidas.” (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 17 [38])


Copia romana de un original en broce de Lisipo. Museo de escultura antigua Giovanni Barracco


Bibliografía

 

Representaciones e imaginarios perrunos: desde Grecia hasta la Conquista de América, Megumi Andrade Kobayashi
Homines et canes: el vínculo entre el ser humano y el perro en la obra de Marcial y Juvenal, Cayetana Paso Rodríguez
Imaginarios animales. Perros y gatos en las sociedades antiguas de Occidente, Lidia Graciela Girola
Perros y collares en la antigua Roma, World History Encyclopedia
Dogs and Humans in Ancient Greece and Rome: Towards a Definition of Extended Appropriate Interaction, Cristiana Franco
Greek and Roman Household Pets, Francis D. Lazenby
The Place of the Dog in Superstition as Revealed in Latin Literature, Eli Edward Burriss
The Sentimental Education of the Roman Child: the Role of Pet-Keeping, Keith Bradley
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Dogs in Ancient Warfare, E.S. Forster
Sculptures of dogs licking their wounds in Roman period. A proposal for interpretation, Ana Portillo
The Maltese Dog, J. Busuttil
Greek and Roman Household Pets, Francis D. Lazenby
The Dog in Roman Peasant Life, Kyle deSandes-Moyer
Supplicia canum, Wikipedia