domingo, 23 de enero de 2022

Luces, luz e iluminación en la antigua Roma

Lampadario, Museo de la Academia Etrusca, Cortona, Italia

Uno de los avances más significativos acontecidos en la historia de la Humanidad fue el control de la iluminación, lo que permitió, especialmente, poder ampliar la vida cotidiana más allá de las horas solares.

“Una gran multitud de ambos sexos llevaban lámparas, antorchas, cirios y toda clase de luces artificiales para atraerse las bendiciones de la madre de los astros que brillan en el cielo.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, XI, 9, 4)

Festival de la vendimia, pintura de Alma-Tadema

Uno de los principales medios de alumbrado para tener luz (lux) en la antigüedad fue la antorcha, que originalmente se elaboraba con un palo de madera en el que un extremo se empapaba con un material inflamable, aunque también podía consistir en un manojo de palos atados a los que se podía añadir ramitas de papiro o junco. Estas teas presentaban grandes inconvenientes como el humo, el mal olor y el riesgo de incendios.

“Los combustibles prenden más lentamente cuando el aire tiene partículas espesas y obstruye los poros. Por esto los que encienden las antorchas las frotan en ceniza, para eliminar cualquier resto de humedad y que el fuego prenda mejor la madera.” (Plutarco, Sobre los Pronósticos de Arato, 16)



Existían soportes para las antorchas con protectores para las manos que solían usarse para portar las antorchas en las carreras.



El material más común para elaborar la antorcha era el pino, pero hay referencias literarias al uso de otras maderas como, sarmiento, encina, hiedra y otras más.

“La antorcha es un palo de encina o roble común, que golpeada y partida, se prende fuego y se usa para dar luz a los viajeros.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, 15, 57)



Si la madera de la que se hacía la antorcha era de naturaleza resinosa, no había que añadir nada para que prendiese, pero si no lo era, había que utilizar algún material inflamable, como la brea y un material de combustión lenta como la yesca, lana o cualquier fibra vegetal o paño empapado en una sustancia inflamable. Las antorchas eran principalmente para uso en el exterior, para alumbrar el camino de los que volvían a casa y hacer las patrullas nocturnas.

“Y es que Galo, rodeado de unos pocos hombres que escondían sus armas, merodeaba al atardecer por tabernas y encrucijadas, preguntando en griego, lengua que conocía perfectamente, qué pensaba cada cual acerca del César. Y esto lo hacía audazmente en una ciudad en la que el resplandor de las antorchas de los trasnochadores suele igualar a la luz del día.” (Amiano, Historia, XIV, 1.9)

ArtStation. Foto Faraz Shanyar

Las antorchas se identificaban a menudo con los dioses, especialmente los que buscaban a sus familiares desaparecidos, como en el caso de Deméter buscando a su hija Perséfone, para la que la antorcha se convirtió en uno de sus atributos, siendo habitual que los adeptos a su culto las portasen.

“El alto Etna se levanta sobre la boca del descomunal Tifoeo, por cuya respiración de fuego arde la tierra. Allí encendió la diosa dos pinos que hiciesen la vez de antorcha; por esto es por lo que también ahora se ofrece una tea en la ceremonia de Ceres.” (Ovidio, Fastos, IV, 493)

Ceres, Casa de los Dioscuros, Pompeya

Era habitual que en las procesiones religiosas dedicadas a los dioses y celebradas periódicamente los participantes llevasen luces, especialmente antorchas encendidas.

“Ya era el día en que humea el boscaje de Aricia consagrado a Trivia, propicio a los reyes prófugos, y, cómplice de Hipólito, brilla el lago con el fuego de antorchas sin número; Diana en persona corona de flores sus mejores canes y pule sus flechas y consiente que marchen sin daño las fieras; y toda la tierra de Italia, en sus castos hogares, celebra los idus de Hécate.” (Estacio, Silvas, III, 1, 55)

Procesión en honor de Diana, Ostia. Museos Vaticanos

Era una creencia común que el fuego concedía la inmortalidad por lo que las antorchas estaban particularmente enraizadas en el culto imperial, especialmente en la ceremonia de deificación del emperador, la consecratio. En el relieve de la apoteosis de Sabina, la esposa de Adriano, la difunta emperatriz es retratada sobre la figura alada de Eternidad, que la lleva hacia el cielo, mientras sujeta una antorcha llameante.

Apoteosis de Sabina, Arco di Portogallo, Museos Capitolinos

También se creía que una antorcha se encendía en el momento del nacimiento y se extinguía con la muerte.

En las ceremonias nupciales la llama de una antorcha iluminaba el camino de una joven que dejaba a sus padres y entraba en una nueva vida.

“¡Ay, qué desgracia la mía! El cuerpo me arde de fiebre y los cobertores pesan más de lo que deben. Veo a mis padres llorar sobre mi rostro, y en vez de la antorcha de boda me acompaña la antorcha de la muerte.” (Ovidio, Heroidas, XXI, 170)

Ilustración Stefano Bianchetti

Los funerales de personajes de alto status el uso de diversas fuentes de iluminación simbolizaba la importancia del individuo fallecido. El cuerpo se velaba entre antorchas mientras se exhibía durante el duelo.

“Los soldados levantaron el cadáver y lo depositaron en una urna de oro, que recubrieron con la púrpura imperial, transportándolo a la ciudad que lleva el nombre del emperador; a continuación lo colocaron sobre un alto catafalco en la más principal de las salas imperiales, y como encendieron hachones sobre candelabros de oro en círculo, ofrecieron a los que lo contemplaban un espectáculo tan fascinante como nunca desde los primeros tiempos, ha sido visto por nadie sobre la tierra bajo los rayos del sol.” (Eusebio, Vida de Constantino, IV, 66)

Relieve de la tumba de los Haterii, Museos Vaticanos


También se empleaban durante los desfiles en los triunfos de los generales vencedores y en ceremonias religiosas como los funerales. En las pompas fúnebres las antorchas formaban parte, junto con los músicos y las plañideras del cortejo que acompañaba al difunto hasta su lugar de enterramiento.

Ilustración Jean-Claude Golvin

Las velas de sebo no parece que fueran utilizadas por los antiguos griegos, pero las de cera ya eran conocidas en el periodo minoico. En época de los romanos las velas hechas de cera o sebo se obtenían envolviendo en una capa de cera o de sebo un pabilo formado de plantas palustres, como el papiro, al que llamaban scirpus. Las fuentes clásicas explican que la cera debía estar reservada a las clases más acomodadas y los más humildes deberían conformarse con velas de sebo.

Las velas de cera eran un regalo frecuente durante las fiestas de las Saturnales.

“Otros piensan que las velas de cera se envían precisamente porque, bajo el reinado de este dios (Saturno), fuimos elevados, por así decirlo, de una vida grosera y tenebrosa a la luz y al conocimiento de las artes liberales. Descubro también en las fuentes escritas el caso siguiente: como muchos, por codicia, con ocasión de las Saturnales, exigieran con insistencia regalos a sus clientes y esta carga abrumara a los más pobres, el tribuno de la plebe Publicio propuso que a los ricos se les enviara sólo velas de cera.” (Macrobio, I, 7, 32-33)

Se retorcían varias de ellas con forma de una soga y se formaban gruesos cirios en que el fuego resistía todo viento, y se llamaban funalia cerei, o cerei simplemente. Estas luminarias eran llevadas por un esclavo que acompañaba al señor, cuando salía de noche.

“Este cirio te prestará fuegos nocturnos, pues le han sustraído la lámpara a tu mozo.” (Marcial, Epigramas, XIV, 42, cereus)

Tumba de Aelia Arisuth, Trípoli, Libia

Las lámparas prehistóricas más rudimentarias se hacían con piedras a las que se les practicaba una hendidura, donde se depositaba grasa de animales como combustible.

Lámparas prehistóricas

Las lámparas de aceite, hechas normalmente de cerámica, aunque también en metales como el bronce y la plata, desde época creto-micénica en el Egeo, probablemente importadas de Egipto, estaban destinadas a poder transportar la luz de unos lugares a otros, constituyendo un notable progreso tecnológico que permitía contar con múltiples puntos de luz en una estancia y desarrollar una vida nocturna.

“Atribuyen a los dioses sensaciones, no divinas, sino más bien humanas y, por ello, piensan que los dioses necesitan y gustan las mismas cosas que nosotros, que, cuando tenemos hambre, necesitamos comida; cuando tenemos sed, bebida; cuando tenemos frío, vestidos; cuando el sol se pone, luz para ver.” (Lactancio, Instituciones Divinas, VI, 5)

Lámpara de época minoica

Los fenicios fueron los primeros en explotar la producción y comercialización de lucernas desde comienzos del primer milenio. En esos momentos eran poco más que una simple cazoleta abierta y aplastada en uno de sus extremos, en la cual se colocaba el combustible –aceite o grasa- con la mecha en su parte central.

Lámpara fenicia

Los primeros ejemplares encontrados en el Ática son de comienzos del siglo VII, probablemente importaciones fenicias. Pronto se vio la necesidad de dotarlas de un pico lateral para garantizar la estabilidad del pábilo; y posteriormente se colocó un asa en la parte opuesta al orificio de luz, para permitir al usuario el transporte del objeto sin quemarse; para evitar que se derramase el combustible por el transporte y para garantizar la estabilidad del punto de luz las paredes del recipiente fueron elevándose y curvándose para al final prácticamente cerrarse.

“La vieja madre me plasmó nuevecita de su germen y formada en ninguno tomo la figura de mi padre. Los ojos no me pueden mostrar la luz, pero por ancha boca saco llamas chispeantes. No quiero que la lluvia me toque ni soplos de viento. Soy amiga de la luz, me recreo en la oscuridad en casa.” (Antología Latina, La lucerna)

Lámpara helenística

A través de los Etruscos y de las producciones griegas del sur de Italia los romanos conocieron su existencia y su uso entre ellos está determinado por la existencia de una materia prima fundamental: el aceite. La producción de esta sustancia en grandes cantidades gracias a la expansión del cultivo del olivo abrió la puerta a la fabricación artesanal de lucernas a gran escala. El aceite de menor calidad se empleaba para la iluminación.

“Ya entrada la tarde, con mis criados a mi disposición, después de bañarme allí mismo bajo la luz de las lámparas y tras una corta cena, nos acostamos a descansar.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 28)

Ilustración del stibadium de la villa de Lullingston, Inglaterra

Aunque el combustible prioritario para la iluminación artificial en la época grecorromana fue el aceite de oliva, otros aceites vegetales, como el de ricino o de colza, junto a grasas animales se emplearon como aditivos o principal fuente de combustible. Las lámparas de aceite consumían grandes cantidades de aceite y producían mucho humo, (debido al bajo nivel de aporte de oxígeno), para producir poca cantidad de luz. Herodoto cuenta que se añadía sal para reducir el parpadeo de la llama.

“Cuando se reúnen en la ciudad de Sais para las celebraciones, en una noche determinada todos encienden al raso muchas lámparas dispuestas en círculo alrededor de sus casas. Esas lámparas son unas páteras llenas de sal y aceite y en su superficie emerge la mecha propiamente dicha, que arde durante toda la noche. Esta festividad recibe el nombre de «Fiesta de las Luminarias». Por su parte, los egipcios que no acuden a esa celebración religiosa también observan la noche del sacrificio encendiendo, asimismo, todos ellos sus lámparas; así que no sólo se encienden en Sais, sino en todo Egipto.” (Herodoto, Historias, II, 62)

Pintura de Gabriel Cornelius von Max

A pesar de que los objetos utilizados en la iluminación no eran muy caros, la provisión de aceite de oliva en las provincias alejadas de grandes centros de producción requería una fuerte inversión económica, aun cuando el aceite utilizado era el de peor calidad. Por lo tanto, solo la élite tendría acceso a un combustible que permitía extender las actividades comerciales y de ocio hasta después de haberse puesto el sol.

“Es una buena señal soñar que se tiene una lámpara encendida durante la noche, sobre todo para los jóvenes: en la mayoría de los casos pronostica placenteras relaciones amorosas y anuncia también negocios por el hecho de poder ver lo que uno tiene delante.” (Artemidoro, Interpretación de los sueños, II, 9)

La antigua lucerna romana consistía en un depósito (infundibulum) destinado a contener el aceite empleado como combustible, con una base plana o anular, y una boquilla o (rostrum) prolongación del depósito de aceite en el que se acomodaba la mecha, y que era utilizado también para introducirla cuando la lucerna aún no había sido recargada con aceite. Las mechas se hacían comúnmente de lino, linaza o papiro.

"(Símilo) la cabeza agacha, coge la lámpara, saca con una aguja la mecha reseca y con mil soplidos aviva la tenue llama." (Apéndice Virgiliano, Moretum)



Para apagar la mecha y sacarla se utilizaban unas pinzas o agujas y para rellenar la lámpara con aceite se utilizaban unos recipientes que facilitaban la operación sin tener que derramar aceite o mancharse.



El rostrum o pico cuenta con el orificio de luz u oculus. Los picos podían ser más de uno, con lo que se incluían más mechas y la posibilidad de obtener una mayor iluminación.

“Aunque doy luz a convites enteros con mis llamas y teniendo tantas mechas, me llaman una sola lámpara.” (Marcial Epigramas, Lucerna Polymixos, XIV, 41)



Uno de las características particulares de la lucerna romana es la presencia de una cubierta superior plana o cóncava tapando el depósito, denominada disco (discus), con un orificio central, denominado orificio de alimentación, para llenar el depósito con aceite.



A veces puede aparecer un pequeño agujero entre el disco y el pico, denominado orificio de aireación, destinado a dejar pasar el aire durante el proceso de llenado del depósito y evitar el efecto de vacío y que desbordara el aceite.



El disco podía estar rodeado de varias molduras y una banda u orla exterior (margo). Los ejemplares pueden presentar asimismo un asa (ansa), una cinta de arcilla adherida en la parte trasera del depósito, aunque a veces alcanzan una gran envergadura, actuando como contrapeso al rostrum.



Las lucernas griegas y helenísticas se fabricaron a torno, pero durante el primer cuarto del siglo III a.C. se introduce la técnica del molde, que se hizo inmensamente popular, ya que podía usarse para elaborar un gran número de lámparas que podían ser fácilmente reproducidas. Este método también aseguraba que la fabricación podía ser muy eficiente, organizada y lucrativa, puesto que permitía multiplicar rápidamente el número de piezas fabricado en cada taller, convirtiendo las lucernas en objetos baratos y cotidianos, con una demanda siempre creciente.

Praxágora: Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla, que desde esta altura atraes todas las miradas; ¡tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las diferentes posiciones del amor, sola nos asistes y nadie te rechaza por testigo de sus voluptuosos movimientos.” (Aristófanes, Asamblea de las mujeres, I)

Pintura de la Villa Farnesina, Museo Nacional, Roma

La adopción de la técnica del moldeado desembocó en el desarrollo de un concepto de lucerna genuinamente romano, que se aparta cada vez más de las formas helenísticas, y cuyas primeras manifestaciones son las variantes conocidas como tardorrepublicanas, cuyas innovaciones más revolucionarias son el cierre del disco casi por completo y la posibilidad de introducir decoraciones más o menos complejas sobre el mismo.



Los moldes se hacían de arcilla o escayola. Los fabricantes romanos preferían el uso de escayola, pero tanto unos como otros tenían ventajas y desventajas. El de arcilla requería ser cocido al fuego mientras que el de escayola podía dejarse secar al aire. Sin embargo, los moldes de escayola se gastaban rápidamente, pues la superficie se deterioraba por el repetido uso.

Algunas lámparas muestran inscripciones sobre sus bases, grabadas en relieve, indicando el nombre del alfarero, el taller, el propietario o el reinado del emperador. A veces se pueden hallar también marcas comerciales.



Si bien la mayor parte de las lucernas se fabricaban con arcilla, se utilizaron otros materiales, principalmente bronce, pero también plomo, oro y cristal.



Las lámparas de aceite o lucernas podían denominarse cubiculares (para los dormitorios), balneares (para los baños), triclinares (para los salones y comedores), sepulcrales (para las tumbas), por lo tanto, recibían el nombre por la función que tenían, sin importar su forma, tamaño, o material de fabricación. Las lucernae cubiculares podían quedar encendidas toda la noche en los dormitorios.

“De tu gozoso lecho lámpara confidente, aunque hagas todo lo que te apetezca, callaré.” (Marcial, Epigramas, XIV, 39 Lucerna cubicularis)

Al comprar una lámpara de aceite, muchos clientes elegirían representaciones de escenas sexuales antes que otros motivos decorativos porque para los romanos, de las élites, sobre todo, que vivían rodeados de objetos que mostraban imágenes eróticas en pinturas, esculturas y menaje doméstico, estas escenas evocaban placer y no culpa, pecado o vergüenza. El acto sexual representado se consideraba un regalo de la diosa Venus. Este motivo iconográfico fue ampliamente difundido por todo el imperio.



Algunos artesanos dieron formas muy diversas a las lámparas que elaboraron buscando una creación más artística y sofisticada que fuera atrayente para sus clientes, usando tanto arcilla como bronce.




Entre otros motivos preferidos para la decoración figuran los temas mitológicos, los espectáculos, animales y ya en plena propagación del cristianismo, símbolos religiosos.



Las lámparas de mecha flotante o kandelai fueron usadas en Grecia y se impusieron a finales del Imperio, ya con el cristianismo ampliamente extendido, para iluminar y adornar las iglesias. Las lamparillas, hechas a veces de vidrio, se colgaban de soportes colgados de cadenas.

“En la parte central colgaban incluso, sujetas a los altos artesonados por cadenas de bronce, cóncavas lámparas que, a la manera de los árboles, como si fueran vides de flexibles ramas, mueven sus brazos. En lo alto de su cima las varas llevan copitas de cristal como si fueran su fruto y cual si estuvieran en primavera dan la impresión de que empiezan a florecer cuando encienden su luz, al tiempo que imitan las apretadas estrellas merced a su espesa cabellera de llamas. Con sus numerosas luces apartan las pesadas tinieblas y pintan una delicada atmósfera de llamitas en floración, y en su temblor hacen destellar su transparente cabellera; con las llamas siempre encendidas en la difusa neblina de la noche dan un aire ambiguo entre luz y sombra, y con sus reflejos temblorosos turban ese inestable ambiente.” (Paulino de Nola, Poemas, 19, 411)

Lámpara colgante, Corning Museum


El uso de luz artificial era una parte integrante de las ceremonias rituales, junto a quemar incienso y la música. Los santuarios domésticos y públicos solían mantener lámparas encendidas como un elemento de iluminación y como ofrenda a los dioses. Los participantes de las procesiones religiosas podían llevar lámparas encendidas o antorchas como ya se ha visto.

"Cuando llegamos al lugar donde se encuentran las imágenes de la Buena Fortuna y del Buen Genio, nos detuvimos mientras continuábamos nuestra conversación. Y al ver a uno de los asistentes del templo le pregunté dónde estaba el sacerdote. Éste contestó: «detrás del templo». En efecto se ocupaba del encendido de las lámparas sagradas y el sacristán estaba recogiendo las llaves.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 11)

Pintura del Templo de Isis, Pompeya. Museo Arqueológico
de Nápoles. Foto Carlo Raso

Los desfiles organizados con ocasión de conmemoraciones, festivales civiles o juegos deportivos también incluían la iluminación con antorchas o lámparas. Así ocurría, por ejemplo, en los juegos decenales, cuya organización se remontaba a Augusto, quien los celebraba cada vez que se producía la prórroga de sus poderes por diez años. Los decennalia a los que se refiere el siguiente texto parecen haber tenido lugar en el 262, diez años después de que Galieno y Valeriano fueran nombrados emperadores. 

“Tras masacrar a los soldados de Bizancio, Galieno, como si hubiese realizado algo grande, voló a Roma en rápida carrera y, después de convocar al senado, celebró las decennalia , con nuevos tipos de espectáculos, con un esplendor inusitado y con una muestra escogida de toda clase de diversiones: Tan pronto como llegó, marchó hacia el Capitolio entre los senadores, vestidos con la toga, los miembros del orden ecuestre, y los oficiales vestidos de blanco; precediéndoles avanza todo el pueblo, y abren la marcha casi todos los siervos y las mujeres con lámparas y antorchas de cera.” (Historia Augusta, Los dos Galienos, 8)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Italia

La gran cantidad de lámparas de aceite encontradas en las tumbas romanas indica la importancia que tenían en los entierros y funerales. Por la creencia de que la tumba iba a ser la eterna morada del difunto, las lámparas podían ser depositadas allí para guiarlo en su vida eterna, aunque también se puede sugerir que habían servido para la vigilia del cuerpo entre el momento de la muerte y el entierro. En algunos epitafios se pide encender una lámpara en honor del difunto.

“Adiós Septimia, que la tierra te sea leve. A quienquiera que deje una lámpara encendida ante su tumba, cubra la tierra dorada sus cenizas.” (CIL X 633)



Algunas lámparas se llenaban con aceite perfumado y podían considerarse un regalo para el fallecido o una ofrenda conmemorativa que se depositaba en los aniversarios o fiestas de los difuntos.

“…y, aunque excelente en su belleza ella cautivó a muchos, unida a su amante esposo permaneció casta, una lealtad rara entre parejas casadas. Su esposo ahora por sus buenas acciones con devoción honra el cuerpo de la benefactora como una divinidad, ese cuerpo que él fue capaz de negar a las llamas y llenar con ungüentos y perfumes y pétalos de rosa. Mantén vivo, te ruego, a tu esposo, para que durante años pueda ofrecerte las guirnaldas y ofrendas que él ha prometido, y para que la lámpara pueda mantenerse encendida con el nardo.” (CLE 01508)

Por el carácter supersticioso del pueblo romano las lámparas pudieron haberse depositado en las tumbas con la intención de alejar a los malos espíritus y proteger a los difuntos del mal de ojo, para lo cual se representaban motivos iconográficos destinados a tal fin, como la cabeza de Medusa.



Los santuarios domésticos o lararia acogerían lamparillas como ofrendas a los dioses protectores del hogar y algunos ciudadanos particulares hacían donaciones o dejaban legados para sufragar los gastos de mantener encendida una lámpara con la que honrar a su deidad favorita.

“Ahora bien, vamos primero a encender el candil y a hacer la última libación —la de la hora de acostarse— en honor de los dioses de la noche.” (Heliodoro, Etiópicas, III, 4, 11)



En Montalcino, Italia, una inscripción recuerda a un veterano, L. Granius Pudens, quien deja un legado de 8.000 denarios con el objeto de que se repusiese aceite a una lámpara que había dedicado a Mitra, cada año en conmemoración de un día, probablemente su dies natalis (o del de Mitra).

L(ucius) Granius Pudens, veter(anus) / ex coh(orte) VII pr(aetoria), d(at) ((denarios)) VIII (milia) d(e) p(roprio), / ut gens eos ((denarios)) in usu/ris dent et die n(atali) festo / sollemne oleum in / lucerna, quem dedi / d(e) p(roprio) ex usuris praes/tetur d(eo) I(nvicto) M(ithrae) (CIL XI 2596; ILS 8368)

Pintura de Wladyslaw Bakalowicz

La iluminación de áreas públicas, tales como calles urbanas, espacios públicos y edificios, era una fuente de orgullo cívico para aquellas ciudades donde la había, lo que ocurría en ciudades de provincias, como Antioquía y Constantinopla. La capacidad de la administración de extender el día con luz artificial ayudaba a incrementar el intercambio social y comercial y proporcionaba mayor seguridad a los residentes y visitantes de la ciudad.

“Los revoltosos estaban más interesados en causar destrozos que en asesinar al gobernador. Primero se dedicaron a cortar las cuerdas que sostenían las lámparas de aceite de los baños públicos de las cercanías.” (Libanio, Discursos sobre las revueltas)

El empleo de las lámparas de aceite permitió la realización de tareas llevadas a cabo en lugares sin luz natural ni siquiera durante el día, como minas o catacumbas.

“La tercera forma de obtener oro sobrepasa los trabajos de los Gigantes incluso. Con ayuda de galerías que cubren largas distancias, se excavan montañas a la luz de las lucernas, cuya duración establece los turnos de trabajo, sin que los obreros vean la luz del día durante meses.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 21)

Catacumba de Pedro y Marcelino, Roma

La linterna (laterna) utilizaba materiales transparentes como el cuerno, lona impregnada de aceite o vejigas de animal para proteger la lamparita en su interior. Posteriormente se fabricarían de metal y cristal o de cerámica. Se colgaba de una cadena y se utilizaba para alumbrarse en los desplazamientos.

“Como linterna guía del camino me llevan, dorada por las llamas que encierro, y segura está en mi seno la pequeña lámpara.” (Marcial Epigramas, XIV, 61, Laterna cornea)

Tumba de Silistra, Bulgaria

Los candelabros surgieron como soportes de pie para sujetar las velas (candelae). Se colocaban los candelabros en puntos estratégicos de la casa, donde pudiera soplar el aire, cuando se la quería tener bien alumbrada.

“El candelabro (candelabrum) tiene su denominación por la candela (candela): en efecto, en éstos se fijaban hachas ardiendo.” (Varrón, De la lengua latina, V, 119)

Los etruscos, que eran productores de cera, utilizaban candelabros de bronce con forma de trípode y con varias púas en las cuales se clavaban las velas.

Banquete de Hades y Perséfone. Tumba Golini, Orvieto, Italia

Cuando el uso de las lucernas se extendió los soportes en los que se depositaban o colgaban las lamparillas pasaron a llamarse igualmente candelabros. Aunque algunos estaban hechos de madera, los que han llegado hasta nuestros días son mayoritariamente de bronce. Llegaron a hacerse de materiales preciosos y adornarse de gemas, como el que el rey Antíoco intento regalar a Júpiter Capitolino.

“El príncipe, ante una gran afluencia, en el foro de Siracusa (para que nadie piense quizá que estoy actuando en una acusación oscura y que imagino algo basado en las sospechas de la gente), en el foro de Siracusa, insisto, llorando y poniendo por testigos a los dioses y a los hombres, comenzó a gritar que el candelabro, hecho de piedras preciosas, que iba a enviar al Capitolio, que había querido que figurara en el templo más excelso como testimonio para el pueblo romano de su alianza y amistad, se lo había quitado Gayo Verres; que no sufría por las demás alhajas de oro y pedrería que, siendo suyas, estaban en poder de aquél; que era una desgracia y una indignidad que le arrebatase tal objeto; que, aunque ya antes estaba consagrado en su mente y pensamiento y en los de su hermano, aun así él, en aquella reunión de ciudadanos romanos, lo entregaba, regalaba, dedicaba, consagraba a Júpiter Óptimo Máximo y ponía al mismo Júpiter como testigo de su voluntad y de su voto.” (Cicerón, Verrinas, IV, 29, 67)

En los templos de los dioses y en los palacios había frecuentemente grandes candelabros hechos de mármol.

Candelabros de mármol

La forma más común del candelabro consistía en un pie o base, un tronco y una parte superior o bandeja donde apoyar la lámpara o con un hueco para introducir una vela. La base podía tener forma de garra animal, el tronco podía ser liso, aflautado o figurativo.

“Las candelas me dieron mi nombre antiguo. La lámpara de aceite no había conocido a nuestros ahorrativos antepasados.” (Marcial, Epigramas, XIV, 43 Candelabro corintio)



Se hacían candelabros de menor tamaño para poner encima de una mesa o mueble que constaban de un soporte más o menos decorado o con una figura que llevaba una bandeja donde dejar la lucerna, que también parecen haberse conocido con el nombre de lampadaria.



Para colgar varias lámparas a la vez se utilizaban candelabros con forma de árbol o con una figura humana (efebo) al que se hacía llevar un soporte del que se colgaban las lámparas con una cadena.

“La naturaleza como tal protesta, si por las estancias no hay doradas estatuas de gente joven sosteniendo lámparas flamígeras en sus diestras para servir de alumbrado en banquetes nocturnos.” (Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, II, 20)



También existe evidencia de que se hacían candelabros en los que su altura se podía ajustar.



En época paleocristiana el uso de luces artificiales en relación a la muerte ya no se corresponde con el culto a los difuntos, sino que las fuentes de iluminación que los acompañan, velas, antorchas o lámparas, simbolizan la luz del Paraíso, la lux perpetua de la liturgia católica. Los primeros escritores cristianos criticaron el uso de las luces en el culto por recordar la tradición pagana, pero al no poder la Iglesia erradicar su uso por completo, se reservó para la veneración de Dios y los santos.

“Los cristianos que profesaban la fe ortodoxa, tras llegar al templo de Cipriano, encendieron todas las lámparas y celebraron la solemnidad religiosa tal como precisamente acostumbran ellos a prestar estos servicios.” (Procopio de Cesarea, Historia de las guerras, III, 21, 25)

En muchas representaciones iconográficas de sepulcros y tumbas cristianas aparecen candelabros con velas enmarcando una figura en actitud de orante ensalzando la gloria de Dios, que simboliza el alma del difunto asistida por las velas que representan la luz y la gloria del Paraíso.


Catacumba de San Gennaro, Nápoles



Bibliografía

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