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martes, 13 de septiembre de 2022

Cubiculum, dormitorio en la antigua Roma

Agripina con las cenizas de Germánico, pintura de Alma-Tadema

Cubiculum es la palabra más frecuentemente utilizada para denominar la habitación de una domus romana en la que sus moradores dormían. En un principio, por las características de su uso privado, no se consideraba una estancia importante de la casa, por lo que se ubicaba en un lugar apartado, sin apenas espacio, sin decoración, ni iluminación natural. Cuando las casas incorporaron el peristilo central, el cubiculum nocturno pasó a tener mayor importancia en la distribución espacial de la domus.

"Nació el tercer día antes de las calendas de enero del año que se hizo famoso por el asesinato de Gayo (Calígula), en una humilde morada cerca del Septizonio, en una habitación sumamente pequeña y oscura, pues todavía se conserva y se muestra al público." (Suetonio, Tito, 1)

Lecho del lupanar de Pompeya

Según la división que hace Vitruvio de las estancias de una casa, estas pertenecían a las zonas públicas, donde no se necesitaba permiso para entrar, como el vestibulum, el atrium y el peristylum, o a las privadas, donde no se permitía el acceso libre a cualquiera, como el balneum, el triclinium o el dicho cubiculum.

Las estancias para los esclavos, más humildes, parecen haberse denominado cellae.

"Rodeando los pórticos encontramos unos triclinios más corrientes, los dormitorios (cubicula) y las habitaciones de los esclavos (cellae familiaricae)." (Vitruvio, De Arquitectura, VI,7, 2)

Recreación de cubiculum, Expo 30 años de la villa de Carranque, Foto Samuel López

Para un término más amplio que cubiculum, se utilizaba la palabra conclave, como aposento en el que descansar tras un viaje, reposar de una enfermedad, o sala para alumbramientos.

"Pues ¿para qué voy yo a recordar al rey Deyótaro, nuestro huésped, un hombre sumamente ilustre y excelente, que nunca emprende cosa alguna sin contar con los auspicios? Una vez, advertido éste por el vuelo de un águila, suspendió un viaje que ya estaba previsto y dispuesto, y la habitación en la que precisamente se habría alojado, caso de proseguir su marcha, se derrumbó durante la noche siguiente." (Cicerón, De Adivinación, I, 15, 26)

Cubiculum, Arbeia Fort, South Shields, Inglaterra. Foto Paul Docherty

En ocasiones el ocupante del dormitorio recibía a personas ajenas a su casa en él, en vez de en el atrio u otra zona pública de la vivienda con el fin de tratar sobre algún negocio. No se veía bien si los negocios tenían carácter público, pero sí era bien visto si se trataba de asuntos privados.

"Su crueldad era no solo grande, sino también sutil e imprevista. La víspera del día en que crucificó a su tesorero, le hizo venir a su habitación, le obligó a sentarse en el lecho a su lado, y le despidió sin que el susodicho sintiera el menor recelo ni inquietud; incluso se dignó enviarle una parte de su cena." (Suetonio, Calígula, 11, 1)

Pintura de Alma-Tadema

El dormitorio romano estaba diseñado de forma que se pudiera disfrutar de tranquilidad y privacidad. El cubiculum en ocasiones se veía como un lugar en el que mantener el secretismo de una acción, para lo que se hacía imprescindible cerrar la puerta con llave.

"Ella recobró así su buen humor y dijo: «Por favor, ante todo, déjame cerrar bien la puerta de la habitación: si alguna de mis palabras filtrara al exterior, me sentiría culpable de una profanación y un gran escándalo». Al mismo tiempo echó el pestillo, enganchó sólidamente la barra y volvió a mi lado." (Apuleyo, Las Metamorfosis, III, 15, 1)

Pareja besándose, cubiculum, Palazzo Massimo, Roma

Las grandes villas donde la gran cantidad de esclavos hace suponer que habría gran alboroto a ciertas horas del día tendrían cubicula en áreas de las casas lo suficientemente apartadas para que las horas de descanso o trabajo de los dueños no se vieran perturbadas.

"Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas. La razón de este profundo y tranquilo retiro se debe a la existencia de un corredor que, situado entre la pared del gabinete y el muro del jardín, hace que todos los ruidos se pierdan en el espacio vacío." (Plinio, Epístolas, II, 17, 22)

Los cubicula serían habitaciones, que, en caso de las casas grandes, se ubicarían en lugares retirados de los espacios donde podía haber más ruido. Las actividades diarias podrían continuar sin temor a despertar a los que aún dormían.

"Cuando te arreglas tú también, pensemos los demás que estás durmiendo: más hermosa te veremos después del último retoque. ¿Por qué tengo yo que saber la causa de la blancura de tu cara? Cierra la puerta de la alcoba: ¿por qué exhibes una obra sin acabar? Bueno es que los hombres ignoren todo esto, pues una gran parte de ello desagradaría, si no se ocultara convenientemente." (Ovidio, Arte de Amar, III, 223)

Pintura de Alfonso Salvini

El cubiculum sería también el lugar donde vestirse y quitarse la ropa a la hora de dormir.

"No dejó nunca de tener preparados dentro de su habitación un traje de calle y unos zapatos para los casos imprevistos." (Suetonio, Augusto, 73)

En la privacidad del cubiculum, sería costumbre comportarse de manera relajada y alejada de los convencionalismos sociales, por lo que los ciudadanos que podían permitirse ocupar su propio cubículo en la casa vestirían ahí de manera informal.

"Por este motivo, apenas pasado un mes sin tener en cuenta el día ni la hora y ya al atardecer, los soldados le sacaron de improviso de su habitación tal como estaba, en ropa de andar por casa, le saludaron como emperador y lo pasearon por las calles más concurridas." (Suetonio, Vitelio, 8, 2)

El cubiculum aparece ligado al triclinium cuando alguien se quedaba dormido en el lecho triclinar por haber bebido en exceso habitualmente y debía ser llevado a su dormitorio.

"Ofrecía además con mucha frecuencia luchas de gladiadores durante los banquetes, prolongando las comidas hasta el anochecer y quedándose dormido en el diván donde había comido, hasta que se lo llevaban envuelto en los cobertores a su dormitorio." (Historia Augusta, Lucio Vero, 4, 8)

Escena pompeyana, pintura de Alma-Tadema

Sin embargo, esta no es la única actividad que se desarrollaba en tal habitáculo, porque allí tendrían lugar también las relaciones sexuales entre esposo y esposa o las relaciones sexuales extramatrimoniales. En la literatura se evidencia que la consumación del matrimonio no se completaba hasta que la esposa entraba en el dormitorio del esposo.


“Luego que, bajo los techos del tálamo, hechos de piedra pómez, entran, disfrutan por fin de lícita plática. Juntos unen sus diestras y se ponen en la cama. Mas Citerea a nuevas acciones y Juno, que preside los himeneos, incitan y aconsejan emprender desconocidos combates.
Él, entonces, con abrazo tierno la acaricia,
y de pronto recibe la llama natural y el lecho conyugal:
«Oh doncella, rostro nuevo para mí, gratísima esposa,
por fin llegaste, mi único y ya retardado placer.”
(Ausonio, Centón nupcial, 7)

Escena del cubiculum, Villa Farnesina, Museo Arqueológico Nacional, Roma

Los esposos que compartían un vínculo emocional compartirían el dormitorio, aunque entre las élites que disponían de grandes viviendas con muchas habitaciones se podía dar el caso de que cada uno de los esposos dispusiese de su propia estancia para descansar y dormir, a pesar de existir entre ellos un amor sincero.

"No podrías creer cuanto te echo de menos. El motivo es en primer lugar el amor que te tengo, y en segundo, que no tenemos costumbre de estar separados. Esta es la razón por la que paso en vela la mayor parte de las noches con tu imagen en mi mente; y por la que, en pleno día, en las horas que solía pasar a tu lado, mis pies me llevan ellos solitos (como se dice con gran verdad) a tus aposentos; y por la que, finalmente, me alejo triste y afligido, como el amante al que le han dado con la puerta en las narices." (Plinio, Epístolas, VII, 5, 1)

El pudor sexual en la alcoba matrimonial recaía siempre en la mujer a la que se le impedía tener la iniciativa en el acercamiento sexual, algo que se consideraba socialmente inadmisible y que es ampliamente criticado.

"Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos". (Marcial, Epigramas, I, 34)

Escena del cubiculum, Villa Farnesina, Museo Arqueológico Nacional, Roma

Los poetas a veces usaban la palabra griega thalamus para designar la alcoba matrimonial.

"A nuestras uniones les convienen las alcobas y una puerta, y nuestras partes vergonzosas se ocultan debajo del vestido que las cubre." (Ovidio, Arte de Amar, II, 617)

Los enfermos y personas convalecientes descansaban en los lechos de sus aposentos y era costumbre recibir a familiares, amigos, allegados que se acercaban a interesarse por su salud.

"Recuerdo que en cierta ocasión Celsino Julio el númida y yo fuimos a visitar a Cornelio Frontón, que padecía un doloroso ataque de gota. Y, nada más ser introducidos, lo encontramos recostado en una tumbona griega y a su alrededor, sentados, muchos hombres célebres por su sabiduría, por su linaje o por su fortuna." (Aulo Gelio, Noches Áticas, XIX, 10)

Severo y Caracalla,  pintura de Jean Baptiste Greuze

El cubiculum se convierte también en cámara fúnebre ya que el difunto moriría en su propio lecho o sería dispuesto en él tras su fallecimiento en otro lugar. Allí sería lavado y preparado el cuerpo para su entierro antes de ser posiblemente trasladado a otra estancia para ser velado por familiares y amigos.

Muerte de Lucano,  pintura de José Garnelo, Museo del Prado

Quintiliano recomienda el cubiculum como lugar en el que escribir durante la noche a la luz de una lámpara con vistas a lograr una mayor concentración en el trabajo. Dicha actividad, propia de individuos pertenecientes se denominaba lucubratio.

"Y por lo tanto los que trabajan por la noche han de estar como encubiertos con el silencio de ella, encerrados en una habitación y con una sola luz." (Quintiliano, Instituciones Oratorias, X, 3, 5)

La luz artificial de antorchas, velas y lámparas de aceite permitían prolongar actividades cotidianas hasta bien entrada la noche, por lo que se aprovechaba para leer y escribir.

"No en vano, si hubieran podido hablar las lámparas que permanecían encendidas durante la noche mientras trabajaba, hubieran demostrado que había una gran diferencia entre este príncipe y los demás, pues ellas sabían que Juliano no cedía ni siquiera ante las exigencias de las necesidades corporales." (Amiano Marcelino, Historia, 25.4.6)


El dormitorio era también el lugar donde se producirían los partos ya que era donde yacía la madre en su lecho esperando el momento.

"El día en que nació, su padre, que era entonces procurador del gran tesoro, inspeccionó unas ropas de púrpura y ordenó que llevaran las que consideró más brillantes a la habitación donde nació Diadumeno dos horas después." (Historia Augusta, Diadumeno)

La calidad del sueño podía verse afectada por el entorno el que se ubicaba el dormitorio, el clima, la luz y los ruidos. Como en las ciudades el ruido nocturno dificultaba el sueño, los ricos propietarios salían de la ciudad siempre que podían, mientras que los más humildes que habitaban pequeños apartamentos en edificios de varios pisos (insula) debían soportar los ruidos provenientes de sus vecinos o del bullicio callejero.

"En Roma mueren muchos, enfermos de pasar las noches en vela (aunque la indisposición misma la ha generado el alimento sin digerir, que se asienta en el estómago y da ardores). Pues, ¿qué apartamento alquilado permite el sueño? En la ciudad se duerme a costa de mucho dinero.
De ahí el origen del mal. El tráfico de carros por el trazado angosto de las calles y las maldiciones a la recua atascada quitarían el sueño a Claudio y a los novillos marinos."
(Juvenal, Sátiras, III, 232)



Aunque los dormitorios en la domus romana tendían a ser oscuros se orientaban de tal manera que se pudiera aprovechar la luz diurna, aunque muchos no tenían ni siquiera ventanas.

"Te obedezco, mi querido colega, y me ocupo de la debilidad de mis ojos, como me ordenas… He dejado en penumbra los aposentos, colocando cortinas en las ventanas, pero no a oscuras." (Plinio, Epístolas, VII, 21)

Cubiculum, Arbeia Fort, South Shields, Inglaterra. Foto de Paul Docherty

Los cambios de estación se tenían en cuenta a la hora del diseño de las villas por lo que sus residentes podían disponer de habitaciones para invierno, incluidos sistemas de calefacción, o de verano, donde la orientación permitiría que el dormitorio no recibiese tanto calor, aunque siempre quedaba el recurso de mantener abiertas las ventanas, dormir en otro lugar y ser abanicado por los esclavos.

“En verano dormía con las puertas de la alcoba abiertas y a menudo en el peristilo junto a un surtidor, e incluso haciéndose abanicar por alguien.” (Suetonio, Augusto, 82)

Catulo leyendo sus poemas, pintura de Alma-Tadema

El frío podía ser un elemento no deseado que evitaba la comodidad a la hora del descanso nocturno.

"¿Duermes, me preguntas, durante toda la noche, con lo larga que es? Realmente puedo hacerlo, porque soy de mucho dormir. Pero hace tanto frío en mi habitación que apenas puedo sacar la mano fuera." (Frontón, Epístolas, 14)

También podía darse el caso de que el ocupante del cubiculum para dormir estuviese tan acostumbrado que no se trasladase a otro con mejores condiciones al cambiar la estación, algo que no todos podían hacer, ya que los más humildes habitaban en viviendas con una sola estancia.

"Durante más de cuarenta años ocupó el mismo dormitorio tanto en invierno como en verano, aunque sabía por experiencia que Roma en invierno era poco recomendable para su salud y a pesar de que siempre pasaba en ella esta estación." (Suetonio, Augusto)

Cubiculum, Arbeia Fort, South Shields, Inglaterra, Foto Paul Docherty

En las casas donde había un gran número de esclavos el señor podía permitirse el lujo de tener a su servicio un cubicularius, siervo de confianza, al que se le permitía el acceso a la alcoba para realizar sus labores y que se convertía en depositario de todas las intimidades de su dueño. Entre sus tareas destaca ayudar a vestir y desvestir a su señor, preparar su lecho, disponer sus elementos de aseo, despertarle a la hora requerida y velar su sueño sin hacer ruido.

-"Chico, ven recoge todas estas cosas y ponlas en su sitio.
-Haz la cama con cuidado.
-Ya la hemos hecho.
-Y, ¿por eso está tan dura?
-La sacudimos bien y arreglamos la almohada.
-Pero, dado que lo hicisteis de forma indolente, que nadie pase la noche fuera o haga el tonto. Si oigo la voz de alguien no le perdonaré. Id a acostaros, dormid, y despertadme con el canto del gallo para que pueda salir corriendo."
(Colloquia Monacensia-Einsidlensia, 12)


Ilustración de cubiculum

Lo más probable es que tal esclavo durmiese junto a la puerta de acceso al dormitorio del amo, y, quizás en algún caso, dentro del propio cubiculum.

"Hay alguna evidencia de que el cubicularius dormía en el mismo cubiculum que el señor, por lo que era responsable de lo que ocurriera a su amo durante la noche. El oficial, Trebius Germanus, ordenó que se infligiera un castigo a un esclavo que no había llegado a la pubertad, porque el chico casi había alcanzado tal edad; y no le faltaba razón, porque además estaba durmiendo a los pies de su dueño cuando mataron a este, y no dijo que había sido asesinado después." (Digesto, XXIX, 5, 6, 14)

La posibilidad de los esclavos a la hora de tener un lugar propio para dormir en la casa se veía condicionada por el número de ellos o por la afabilidad del dueño hacia la servidumbre. Algunos debían buscar un sitio sobre el suelo en la cocina o compartir un dormitorio, o incluso cama, con otros.

“Tengo un liberto que es hombre de cierta cultura. Cuando reposaba con su hermano menor en el mismo lecho, le pareció ver a alguien sentado en su lecho y que acercaba unas tijeras a su cabeza, y que incluso le cortaba algunos cabellos de la parte alta del cráneo. Cuando llegó el día, se encontró con la coronilla rapada y sus cabellos esparcidos por el suelo. Poco tiempo después otro hecho semejante confirmo el primero. Un joven esclavo estaba durmiendo junto con otros en el dormitorio a ellos reservado. Entraron por la ventana (así lo cuenta) vestidos con unas túnicas blancas dos hombres y cortaron los cabellos al muchacho mientras dormía, y se marcharon por donde habían venido.” (Plinio, Epístolas, VII, 27, 13)

Cubiculum, Arbeia Fort, South Shields, Inglaterra. Foto de Paul Docherty

Los niños, mientras eran pequeños, dormirían en cunas junto a sus padres o nodrizas, en casos de familias ricas o acomodadas, pero, es posible que solo los niños más crecidos o los jóvenes pertenecientes a las élites disfrutasen de un dormitorio propio.

"Había encargado después que se hicieran dos estatuas de la Fortuna real que suele acompañar a los emperadores y que suele colocarse en las estancias de éstos, con el fin de dejar a cada uno de sus hijos la imagen de una divinidad tan venerable; pero, viendo que le apremiaba la hora de la muerte, ordenó, según dicen, que colocaran dicha Fortuna en la habitación de los dos emperadores en días alternos." (Historia Augusta, Severo, 23, 5)

Pintura de Guglielmo Zocchi

En las casas grandes se podían alojar a invitados que tenían un espacio reservado (hospitium). Familiares y amigos disponían de sus propios dormitorios cuando llegaban a la domus buscando protección o cuando se trasladaban en viajes.

"Por la protección de Mercurio, he hecho edificar este palacio. Antes, como sabéis, no era más que una choza y ahora es un templo: tiene cuatro comedores, veinte dormitorios, dos pórticos de mármol; y en el piso superior otro departamento, la cámara en que yo duermo, la de esta serpiente, y además una bonita habitación para el conserje y cien dormitorios para los amigos." (Petronio, Satiricón, LXXVII)

Por el carácter supersticioso del pueblo romano el momento del sueño nocturno provocaba temor lo que llevaba a recurrir a la protección de dioses guardianes (lares cubiculares) que eran venerados en los lararios particulares, algunos ubicados en el dormitorio mismo.

"El niño que se hallaba, como de costumbre, al cuidado de los Lares de su habitación fue testigo del asesinato; y contaba que Domiciano, nada más recibir la primera herida, le ordenó alcanzarle el puñal que tenía escondido bajo la almohada y llamar a sus sirvientes." (Suetonio, Domiciano, 17, 2)



Al igual que en el resto de la casa el mobiliario de un cubiculum nocturno era escaso, un lecho, un arcón para la ropa, una mesita, una lámpara, un brasero, una silla y posiblemente un orinal.

"De tu gozoso lecho lámpara confidente, aunque hagas todo lo que te apetezca, callaré." (Marcial, Epigramas, XIV, 39)

Los adornos y las obras de arte no solían decorar los dormitorios y cuando lo hacían parece ser que era una costumbre criticada y poco apreciada.

"Colocó las coronas sagradas en sus habitaciones, en torno a los lechos, al igual que unas estatuas que lo representaban vestido de citaredo, e hizo incluso batir una moneda con este cuño." (Suetonio, Nerón, 25)

Con el tiempo el lujo se extendió y las estancias tanto públicas como privadas se fueron llenando con pinturas con diversas escenas en las paredes y con mosaicos en blanco y negro o de colores como pavimento. 

Imagen computerizada del cubiculum, Villa de Publius Fannius Synistor,
Museo Metropolitan de Nueva York

Entre las élites y los nuevos ricos se fue imponiendo la moda de decorar los dormitorios con frescos y mosaicos con temas relativos a la mitología y a veces con iconografía abiertamente erótica.

"Por este motivo, cuando le legaron un cuadro de Parrasio en el que se veía a Atalanta complaciendo con la boca a Meleagro, dándole opción a recibir en su lugar un millón de sestercios si el tema le disgustaba, no solo prefirió el cuadro, sino que lo hizo incluso colgar en su alcoba." (Suetonio, Tiberio, 44, 2)

Mosaico de las Metamorfosis del cubiculum de la villa de Materno, Carranque, Toledo

Sin embargo, es posible que en la decoración se incluyese retratos de seres queridos o vinculados al ocupante del cubiculum nocturno.

“Germánico tuvo por esposa a Agripina, hija de Marco Agripa y de Julia, que le dio nueve hijos; dos de ellos murieron en su más tierna infancia, y un tercero cuando se estaba ya convirtiendo en un niño de notable encanto. Livia consagró una imagen suya, en la que aparecía caracterizado de Cupido, en el templo de Venus Capitolina, y Augusto colocó otra en su dormitorio, que besaba cada vez que entraba en él”. (Suetonio, Calígula, 7)



A pesar de que los ciudadanos romanos procuraban mantener la seguridad de sus viviendas y en particular la de sus habitaciones privadas, las intrusiones e, incluso, los asesinatos tenían lugar en las estancias particulares bien durante la noche o a plena luz del día. También los suicidios tenían lugar en la privacidad de los aposentos privados.

“Dejando la puerta de su habitación abierta hasta una hora avanzada, permitió que pasaran a verle todos aquellos que quisieran. Luego, tras haber calmado su sed con unos tragos de agua helada, cogió dos puñales y, después de haber comprobado su punta, escondió uno de ellos bajo su almohada, cerró las puertas y durmió con un sueño muy profundo. Cuando al fin se despertó hacia el amanecer, se atravesó el pecho de una sola puñalada por debajo de la tetilla izquierda, y, ora ocultando, ora descubriendo su herida a las personas que irrumpieron en el dormitorio a su primer gemido, expiró a los treinta y ocho años de edad y en el nonagésimo quinto día de su imperio, siendo enterrado rápidamente, pues así lo había dispuesto.” (Suetonio, Otón, 11, 2)

Ilustración Livia y Augusto

En los dormitorios más comunes se han encontrado lechos empotrados en hornacinas de las paredes, que podían cerrarse con cortinas o tabiques plegables. El aislamiento de la habitación se conseguía con cortinas o puertas de madera.

Cubiculum, ilustración Peter Conelly



Bibliografía

A Bedroom of One’s Own; Laura Nissinen
Cubicula diurna, nocturna – revisiting Roman cubicula and sleeping arrangements; Laura Nissinen
Nocturnal Writers in Imperial Rome: The Culture of Lucubratio, James Ker
“Public” and “private” in Roman culture: the case of the cubiculum, Andrew M. Riggsby
Sleeping Culture in Roman Literary Sources, Laura Nissin
Roman Sleep: Sleeping areas and sleeping arrangements in the Roman house, Laura Nissin
La casa romana, Pedro Ángel Fernández Vega






miércoles, 15 de julio de 2020

Pro itu et reditu, viajeros en la antigua Roma


Pro itu et reditu (Por un viaje de ida y vuelta seguro)

Cisium, Termas de los cisiarii, Ostia antica, foto de Samuel López

Viajar es un rasgo de la vida humana de los más antiguos que se remonta a los tiempos míticos. Los pueblos de la antigüedad, egipcios, babilonios, fenicios, cretenses y griegos se centraron en su propio entorno y consideraban su propio estado como el centro del mundo, aunque posteriormente iniciaron viajes a otros países para intercambiar mercancías, compartir sus experiencias y conformar su vida espiritual.

“A visitar ostentosas obras muy alabadas y templos, levantados gracias al esfuerzo y a las riquezas de los hombres, o a recordar [sagradas] antigüedades corremos atravesando mares y tierras, cercanos a nuestro destino; ávidos arrancamos las mentiras de las antiguas leyendas, y nos gusta recorrer todos los pueblos.” (Etna, Apéndice Virgiliano)


Petra, Jordania. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los griegos fueron los primeros viajeros que no solo se desplazaron a otros países con fines comerciales, religiosos, de salud, o para asistir a acontecimientos deportivos o festivales, sino que lo hicieron por el placer de ampliar conocimientos y por el interés en la cultura y arte de dichos pueblos.
La mayor parte de los habitantes de los territorios conquistados por Roma admiraban el sistema político y la tradición cultural que los griegos habían instaurado y que se extendía por el mundo conocido. Los santuarios y templos como el de Delfos eran vistos como reliquias del pasado dignos de una visita turística.
Plutarco menciona un episodio en el que Cleombrotus, de Esparta, quien no viajaba con el propósito de rendir culto, ni por motivos profesionales, ni por servicios administrativos, sino porque le gustaba ver cosas y aprender, coincide en su visita a Delfos con Demetrius, que regresaba a Tarso, su hogar, desde Britania.

“Mas, poco antes de los juegos Píticos que tuvieron lugar bajo el arcontado de Calístrato, en nuestros días, dos hombres sagrados, partiendo de los confines opuestos del mundo, se encontraron casualmente en Delfos, Demetrio el gramático, que regresaba de Britania a Tarso, a su casa, y Cleómbroto de Lacedemonia, quien había andado vagando repetidas veces por Egipto y en torno a la región Troglodítica y había navegado mar Eritreo adentro no con fines comerciales, sino que, siendo hombre amigo de ver y conocer, con bienes suficientes y teniendo en no mucha estima el poseer más de lo suficiente, dedicaba su ocio a este tipo de actividades y andaba reuniendo información como material para una filosofía que tenía como fin la teología, como él mismo la llamaba.” (Plutarco, La desaparición de los oráculos, 410A)


Delfos, Grecia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

El descubrimiento de nuevos territorios y pueblos incitó a los romanos a desarrollar su curiosidad y su gusto por los viajes y, tras la conquista de Grecia, heredaron el interés que el mundo helenístico demostraba por lo exótico y pintoresco.
En la época del principado de Augusto el romano mostraba un profundo respeto por la dignidad y por el pasado y sus tradiciones, que no le impedía desarrollar una curiosidad que le podía llevar a indagar sobre su entorno e, incluso, traspasar las fronteras del Imperio para adentrarse en lo desconocido.

“Solemos emprender un viaje, cruzar el mar para conocer algunas cosas que, colocadas ante nuestros ojos despreciamos, ya sea porque la naturaleza ha dispuesto que persigamos cualquier objeto lejano mientras no prestamos atención alguna a los más cercanos, ya sea porque todo deseo languidece, cuando la ocasión de satisfacerlo es asequible, ya sea porque aplazamos, pensando que lo vamos a ver a menudo, la contemplación de lo que se te permite ver cuantas veces desees hacerlo. Cualquiera que sea la causa, existen muchísimas cosas en nuestra ciudad y en sus alrededores que nunca hemos visto, y de las que ni siquiera hemos oído hablar, que, si hubiesen estado en Acaya, Egipto, Asia o en cualquier otra tierra llena de maravillas y que haga propaganda de las mismas, habríamos oído hablar o habríamos leído sobre ellas, y las habríamos visitado.” (Plinio, Epístolas, VIII, 20)


Templo de Bel, Palmira, Siria, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los viajeros de esos tiempos no solían interesarse en demasía por los paisajes, especialmente los montañosos, a no ser que en las cercanías existiese un volcán, ya que este se asimilaba a la mitología, tema que sí les interesaba por sus connotaciones históricas sobre el pasado de Roma.

“Después (Adriano) navegó hasta Sicilia, donde subió al monte Etna, para contemplar la salida del sol que, según dicen allí, aparece con varios colores a modo de arco iris.” (Historia Augusta, Adriano, 13)

De todos los territorios que Roma tenía bajo su control, Egipto tenía la tradición histórica más antigua y ofrecía a los viajeros un paisaje exótico, una forma de vida diferente, monumentos atípicos y un viaje relativamente fácil. En la época en que el mar no estaba cerrado a la navegación, había un servicio constante desde Italia y Grecia hasta Egipto.


Pirámides de Egipto, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los romanos viajaban a Egipto para ver por sí mismos las extrañas costumbres y prácticas religiosas de las que habían leído en las obras de ficción además de para rastrear su herencia cultural. Para ello acudían ante sacerdotes y guías locales que contarían historias reales sobre Memnón, la Esfinge y las Pirámides. El Egipto romano inspiró un tipo de turismo espiritual e intelectual que llevaba a los viajeros a los centros de culto donde los sacerdotes se mostraban deseosos de apoyar el comercio turístico.
El itinerario solía comenzar en Alejandría siguiendo río arriba pasando por Heliópolis, las Pirámides y Menfis, además de El Fayum con sus laberintos y cocodrilos. Estrabón presenta una viva descripción de tal viaje haciendo hincapié en las variantes locales del culto egipcio a los animales. Viajó con Elio Galo, gobernador de Egipto, entre 29 y 26 a.C., navegando por el Nilo desde Alejandría hasta Filae.

“Navegando a lo largo de la costa durante unos doscientos estadios, se llega a Arsinoe, antes llamada Crocodilopolis. Y esto es debido a que en este nomo rendían culto con gran devoción al cocodrilo, y hay uno sagrado, criado en un lago aparte, y que es manso con los sacerdotes. Se llama Suco. Lo alimentan con grano, carne y vino, que le ofrecen los extranjeros que le visitan. Al menos, nuestro anfitrión, un hombre honorable, que nos estaba iniciando en los misterios, nos acompañó al lago, llevando de la cena una hogaza de pan, carne asada y una jarra de vino mezclado con miel. Encontramos al animal acostado a la orilla del lago. Acercándose los sacerdotes, mientras unos le abrían la boca, otro echaba dentro el pan, luego la carne y luego vertía el vino con miel. Al punto, el animal se precipitó al lago y cruzó a la otra orilla. Y al llegar otro extranjero portando igualmente una ofrenda, los sacerdotes tomándola rodearon el lago a la carrera, agarraron al animal y le entregaron la ofrenda de la misma manera.” (Estrabón, Geografía, XVII, 1, 38)


Filae, Egipto, ilustración de Jean-Claude Golvin

Entre los destinos más populares estaban el templo de Abidos, dedicado a Osiris, que contenía el oráculo del dios Bes. Muy visitado era también el coloso de Memnón, en Tebas, desde donde se trasladaban al cercano valle de los Reyes. Otro lugar muy visitado fue el templo de Isis en la isla de Filae.

En una carta escrita entre los siglos I y II d.C.  un tal Nearchus escribe a su conocido Heliodorus sobre un viaje por el Nilo en el que se citan varios lugares turísticos.
“………………….
Navegué y levé el ancla
Pasé tiempo en Syene (Assuán) y
en el lugar desde el cual el Nilo fluye
y Libia (Oasis de Siwa) donde Amón emite sus oráculos para todos los hombres e investigué los cortes de las rocas e inscribí los nombres de mis seres queridos en los monumentos sagrados
como símbolo de adoración para ser recordado.”  


Templo del oráculo de Siwa, Egipto, Ilustración Jean-Claude Golvin

Un monumento que atraía especialmente a los viajeros era la estatua de Memnón, que supuestamente emitía un canto a cierta hora del día, lo cual se debía ciertamente a un ruido que se oía a veces por causa de su deterioro durante la guerra con Cambises y también por un terremoto. Los turistas dejaban escrito sobre la estatua si habían llegado a escuchar el fenómeno, que acabó desapareciendo por completo con la reparación que se hizo en tiempos de Septimio Severo.

“Quiso Germánico ver también las demás maravillas, de las cuales fueron las principales la estatua de piedra de Memnon, que, herida de los rayos del sol, resuena a semejanza de voz humana; las pirámides levantadas en forma de montes por la emulación de las riquezas de aquellos reyes, combatidas ahora del tiempo entre aquellas incultas y apenas practicables arenas; los lagos cavados para recibir las aguas que sobrasen de las corrientes del Nilo, y en otra parte las gargantas y aberturas impenetrables a quien se atreve a medirlas. De allí pasó a Elefantines y a Siene, término en otro tiempo del Imperio romano, el cual se extiende hoy hasta el mar Bermejo.” (Tácito, Anales, II, 61)


Colosos de Memnon, Tebas, Egipto. Acuarela de Oswald Walters Brierly. Royal Collection Trust

Julia Balbilla, dama noble que acompañaba al emperador Adriano y su esposa Sabina durante su viaje a Egipto dejó un poema escrito sobre su propia experiencia ante el monumento.


No oímos a Memnón el primer día…
¡Memnón!: ¿Silencio
ante la emperatriz?
¿Con qué propósito?
–¡Vuelve, bella Sabina!
…Pero que Adriano
contigo no se enfade,
Memnón, por tu deleite
en la belleza de Sabina,
 y… ¡Grita!
Por mucho tiempo
la retuviste sin temor
–¡tan noble ella!–.
Pero, ante Adriano,
el miedo, Memnón, te estremece
¡y, por fin, hablas!
¡Y Sabina se regocija! 
Qué divina la voz
de Memnón –¡o Phamenoth!–:
¡Balbila, yo, extrema,
te he escuchado, piedra!
…Con Sabina, reïna mía,
en la alborada fría…
De Adriano al año XV,
mes de Atir, día XXIV (21 noviembre 130 d.C)
(Fuente: Poemas en la pierna de la estatua cantante Francisco Agudo, Nayagua, revista de poesía, nº 30 Julio 2019)

La fascinación de los romanos por su pasado de origen griego puede verse como una aventura intelectual de descubrimiento y rastreo de las raíces, aunque no exenta de cierta piedad religiosa. Julio César, quien creía descender del linaje de Eneas, en su visita a Troya dedica un altar a sus ancestros.

“Sin darse cuenta, había atravesado un arroyuelo que
serpenteaba en el polvo seco: era el Janto. Sin
cuidarse de ello, tenía puestas sus plantas en
un rimero de césped: un frigio nativo le dice
que no pise los manes de Héctor. Había en el
suelo unas piedras desprendidas y que no
guardaban trazas de nada sagrado: «¿No
reparas —le dice el guía— en el altar de
Júpiter Herceo?»
Una vez que aquella venerable antigüedad
sació las miradas del caudillo, erigió deprisa
un altar con un amontonamiento de césped y
formuló, sobre el fuego donde ardía el
incienso, estos votos con intención de
cumplirlos: «Dioses de las cenizas,
cualesquiera que habitéis las ruinas frigias;
990 lares de mi antepasado Eneas, ahora
conservados por su ciudad de Lavinia y por
Alba, y en cuyas aras brilla aún el fuego
frigio; y tú, Palas, no accesible a la mirada
de ningún hombre, prenda de recordación en
las profundidades del templo: el más
esclarecido descendiente de la estirpe de Iulo
ofrece piadoso incienso en vuestros altares y
os invoca ritualmente en vuestra sede
primitiva. Concededme una ruta de éxitos en
lo que me resta por hacer, y yo os restituiré
vuestros pueblos; agradecidos, a su vez, los
ausónidas devolverán a los frigios sus murallas
y resurgirá una Pérgamo romana.” (Lucano, Farsalia, 960)


Excavaciones de Troya por Schliemann

Los visitantes de las ciudades de Grecia y de Asia menor que ya estaban derruidas solían conformarse con los relatos que se contaban sobre los sucesos heroicos en ellas acontecidos. Si todavía existían monumentos en pie, se podía disfrutar de las obras artísticas que contenían o de la belleza de su arquitectura, aunque a veces se veían acosados por habitantes locales dispuestos a ejercer de guías a cambio de unas monedas.

“Cuando después de atravesar la parte marítima de Cilicia ya habíamos alcanzado el Golfo de Panfilia, después de pasar con dificultad las Islas de las Golondrinas, límites felices de la antigua Grecia, visitamos cada una de las ciudades de Licia, donde disfrutamos muchísimo con los antiguos relatos, pues no se ven huellas claras de su antigua felicidad.


Xanthos, Licia, Turquía, Ilustración Jean-Claude Golvin

"Finalmente alcanzamos Rodas, la isla consagrada al Sol y decidimos tomar un pequeño descanso en nuestro ininterrumpido viaje.
En vista de ello, los remeros vararon la nave a tierra y acamparon cerca. A mí me habían dispuesto un alojamiento enfrente del templo de Dioniso y me dediqué a pasear tranquilamente, disfrutando de un placer extraordinario.
En realidad, la ciudad del Sol tiene una belleza adecuada a la divinidad. Recorriendo los pórticos del templo de Dioniso examiné cada una de las pinturas, disfrutando de su contemplación y rememorando los relatos heroicos. Enseguida dos o tres personas se me acercaron dispuestos a contarme la historia entera por una pequeña propina, aunque la mayor parte de lo que decían yo ya me lo había imaginado.” (Luciano, Amores, 7-8)

Los guías, aparentemente contratados, adornaban sus explicaciones con sucesos o anécdotas que podías ser reales o no, pero que la mayoría de los viajeros podían estar dispuestos a creer.

“La historia que contaba Aristarco, el guía de las cosas de Olimpia, no conviene que yo la pase por alto: dice que, en su tiempo, cuando los eleos estaban restaurando el techo del Hereo, que estaba en malas condiciones, encontraron el cadáver de un hoplita con heridas, entre el techo adornado y el que sostiene las tejas. Este hombre luchó en la batalla dentro del Altis entre lacedemonios y eleos. En efecto, los eleos para defenderse se subieron a los santuarios de los dioses y a todos los lugares igualmente elevados. Este hombre me parece que se deslizó allí después de perder el sentido a causa de las heridas. Cuando exhaló su alma, ni el calor sofocante del verano ni el frío del invierno habían de dañar el cadáver, puesto que yacía totalmente resguardado.” (Pausanias, Descripción de Grecia, V, 20, 4-5)


Olimpia, Grecia, Ilustración Jean-Claude Golvin

Los turistas a veces eran sorprendidos por ciertas actuaciones de los residentes que realizaban exhibiciones delante de ellos creando un espectáculo visual y dramático que resultaba creíble o no, pero, que, sin duda, atraía la atención de todos los que lo presenciaban.

“Entre las maravillas de este río, se ha citado la increíble audacia de sus moradores. Montan dos en barquillas, uno para guiarla y el otro para arrojar el agua, y después de marchar agitados por la furiosa rapidez del Nilo y de sus reflujos, llegan al fin a los estrechos canales, entre peñascos cercanos que consiguen evitar; deslízanse llevados por el río entero, dirigiendo la barquilla en la caída, y con profundo terror de los espectadores caen de cabeza, creyéndose que han perecido, que quedan sepultados bajo la espantosa masa de las aguas, cuando reaparecen muy lejos de la catarata cortando las olas como saeta lanzada por máquina de guerra. La catarata no les ahoga, no haciendo, otra cosa que llevarlos a corriente más llana.” (Séneca, Cuestiones Naturales, IV, 2)


Primera catarata del rio Nilo. Ilustración de John H. Allan. http://eng.travelogues.gr/

La visita a los lugares turísticos y también de culto incluía en ocasiones la venta de estatuillas que reproducían la estatua principal de la deidad venerada en ellos o figurillas que remedaban los templos visitables. En el siglo I d.C.  Pablo de Tarso en su visita a Éfeso durante sus viajes para propagar el cristianismo se encuentra con una protesta de los comerciantes atemorizados de perder su negocio de venta de estatuillas del templo de Artemisa.

“Cierto platero, llamado Demetrio, proporcionaba a los orfebres ganancias no pequeñas labrando en plata templetes de Artemisa. Reuniendo a estos y a los demás obreros del ramo, les dijo: «Compañeros, sabéis por experiencia que nuestro bienestar depende de este trabajo, pero estáis viendo y oyendo que no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo ha seducido a mucha gente con sus persuasiones, diciéndoles que no son dioses los que se fabrican con las manos. Y no solo se corre el peligro de que caiga en descrédito este ramo de la industria, en perjuicio nuestro, sino también de que sea tenido en nada el templo de la gran diosa Artemisa y llegue a derrumbarse la majestad de aquella a quien da culto toda Asia y todo el mundo». (Hechos de los Apóstoles, 19, 21-41)


Templo de Artemisa, Éfeso, Turquía. ilustración Jean-Claude Golvin

Roma aceptó desde un principio la superioridad cultural de Grecia, y apreciaba el prestigio de su historia y el peso de su civilización, de su tradición y de sus instituciones, siendo el griego la segunda lengua oficial del Imperio. Muchas familias patricias romanas mantenían vínculos con ciudades griegas, a la vez que miembros de familias nobles greco-orientales llegaron a acceder al rango senatorial. Además, gran número de actos de la familia imperial iban encaminados a demostrar su admiración por la cultura helena. De todos los emperadores Julio-Claudios, fue Nerón el que se mostró más particularmente inclinado hacia lo griego. Su pasión por la música, la literatura, el teatro y los juegos atléticos contribuyeron quizás a su interés por las ciudades griegas, que celebraban festivales y juegos desde época ancestral.

Nerón partió hacia la provincia griega de Acaya donde permaneció durante catorce meses. La actividad más señalada durante su estancia en Grecia fue sin duda su participación en los principales juegos griegos, iniciada en el mes de octubre del año 66, participando en los juegos Píticos, Ístmicos, Nemeos y Olímpicos, siendo declarado vencedor en todos ellos, además de realizar representaciones en las ciudades de Argos y Lerna.

“Y no contento con haber demostrado en Roma su pericia en estas artes, se dirigió a Acaya, como ya hemos dicho, movido, sobre todo, por la siguiente razón. Las ciudades de esta provincia, que suelen celebrar certámenes musicales habían decidido enviarle todas las coronas que se otorgan a los citaredos. Nerón las aceptaba encantado, llegando a recibir antes a los legados encargados de traérselas que a nadie más, y a introducirlos incluso en sus comidas intimas. Algunos de ellos le pidieron en cierta ocasión que cantara durante la cena, deshaciéndose luego en elogios, ante lo cual declaró que solo los griegos sabían escuchar y solo ellos eran dignos de él y de sus esfuerzos. Partió, pues, sin dilación, y, tan pronto como arribó a Casiope, ofreció las primicias de su arte ante el altar de Júpiter Casio, presentándose acto seguido a todos los concursos.” (Suetonio, Nerón, XXIII)


Nerón en Grecia, pintura de Margaret Dovaston

Durante la época de Augusto surgió un itinerario que recorría los sitios considerados dignos de visitarse por su interés histórico, artístico y religioso. Empezaba en Roma, desde donde se viajaba a Grecia, pasando por Sicilia, y se llegaba a Asia menor tras recorrer algunas islas del mar Egeo, después Egipto y vuelta a Roma. 

El momento álgido de lo que se puede llamar “turismo romano” se produjo en el siglo II, durante la Pax Romana, que proporcionaba las condiciones políticas más estables para viajar, y unas infraestructuras adecuadas, siendo ese el momento en el que los visitantes aprovechaban a viajar, especialmente, a Grecia, en busca de su mitología, monumentos y sus festivales artísticos y deportivos.

“Y en efecto, lo que todos dicen, que la tierra es la madre y la patria común de todos, vosotros lo habéis demostrado de la mejor manera. En efecto, ahora es posible tanto a un griego como a un bárbaro, llevando sus posesiones o sin sus bienes, viajar a donde quiera con facilidad, como quien pasa sin más desde su patria a su patria. Y ni las Puertas Cilicias causan miedo, ni los desfiladeros y caminos arenosos que, atravesando Arabia, se dirigen a Egipto, ni las montañas inaccesibles, ni la infinita grandeza de los ríos, ni las insondables tribus bárbaras, sino que para gozar de seguridad basta con ser romano, o mejor, uno de los que están bajo vuestra autoridad. Y tras haber medido toda la ecúmene, ponteado los ríos con viaductos de todas las clases, devastado las montañas para que fuesen aptas para el paso de los carruajes, cubiertos los desiertos con postas, y tras haber civilizado toda la tierra con vuestra manera de vivir y vuestro orden, vosotros habéis convertido en realidad lo que Homero dijo: la tierra común para todos.” (Elio Arístides, Discurso a Roma, 100)

Fuente: culturaclasica.com

Adriano fue uno de los emperadores más viajeros y su filohelenismo le llevó principalmente a Grecia, donde se dedicó a restaurar y engrandecer la “Atenas de Teseo”, embelleciéndola con edificios nuevos y deslumbrantes. Un arco de triunfo en su honor exhibía una inscripción señalando su labor. Visitó además muchas otras ciudades en la Hélade. Durante sus estancias en diferentes años. Desde Atenas, especialmente durante el primero de sus viajes, recorrió buena parte del Peloponeso y Grecia central, visitando no sólo Esparta y Delfos, sino otros lugares como Epidauro, Argos, Olimpia, Corinto, y quizás otras muchas villas y templos. Era la primera vez tras Nerón que un emperador visitaba la Hélade, deteniéndose en tantos lugares, prestándoles atención, concediéndoles inesperados dones y convirtiéndolas por algunos días en sede de la corte imperial.

“Adriano completó el Olimpeo en Atenas [templo dedicado a Zeus Olímpico], en el que también erigió una estatua suya, y dedicó allí una serpiente que había sido traída desde la India. Presidió también los Dionisíacos, asumiendo inicialmente el más elevado cargo de arconte entre los atenienses y, ataviado con la vestidura local, lo desempeñó brillantemente. Permitió que los griegos construyeron en su honor el templo que fue llamado el Panhelénico e instituyó una serie de juegos relacionados con él; donó grandes sumas de dinero a los atenienses, un subsidio anual de grano y toda la Cefalonia.” (Dión Casio, Historia Romana, LXIX, 16)


Acrópolis de Atenas, Grecia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Viajar en el mundo romano suponía emprender un camino lleno de riesgos y dificultades, por lo que era necesario celebrar unos ritos que ayudasen al viajero a tener un buen retorno a su hogar. El momento de la partida podía convertirse en el momento elegido para formular unos votos antes los dioses que garantizasen un buen viaje de ida y vuelta seguro.

“Dioses que gustáis de proteger las audaces naves y de suavizar los riesgos crueles del ponto embravecido por los vientos: tended el piélago en calma, tornad vuestra asamblea propicia a mis votos y que las olas, amansadas, no acallen con su fragor mis ruegos. Grande y extraordinario es, Neptuno, el depósito que confiamos a tus profundidades: al azaroso abismo se arriesga el joven Mecio, y se dispone a llevar sobre tus planicies más de la mitad de mi alma. Mostrad vuestros astros benignos, hermanos Ebalios, y venid a sentaros sobre uno y otro extremo de la entena; que por vosotros brillen mar y cielo; ahuyentad, os ruego, el fulgor tormentoso de vuestra hermana de Ilión y alejadlo del firmamento todo él.” (Estacio, Silvas, III)


Mosaico de Neptuno, Museo de Susa, Túnez

El viajero que atravesaba distintos territorios podía sentir cierto desasosiego por no conocer los dioses locales que en ellos se veneraban y atraerse su ira por no rendirles el culto apropiado, por lo que se vería obligado a hacer paradas en los santuarios ubicados junto a las vías de comunicación, bien en parajes aislados, o en poblaciones que encontraba a su paso para cumplir con el rito apropiado
El siguiente epígrafe indica que el suplicante, Flavo, hizo sus votos cuando se dirigía a Roma y  aunque en el momento de la partida hubiera formulado ya, como era habitual, promesas por su regreso, lo más seguro es que a éstas se sumaron otras realizadas en el camino, probablemente esta al dios Júpiter Apenino, el cual tenía un santuario en la vía Flaminia que cruza los Apeninos, al cual acudirían los viajeros que debían cruzar los pasos de montaña para solicitar un viaje seguro.


“Los votos que, suplicante y con ánimo inquieto, te había hecho cuando me dirigía hacia las altas colinas de Roma, aquí los tienes ahora: yo, Flavo, magistrado, victorioso y contento te los dedico a ti, Apenino, protector de mi incolumidad. Tú solamente acepta con ánimo propicio, te lo ruego, lo que te dedico: el ara, la palma y la víctima.” (Arellano, Museo de Navarra)

Cuando el viajero finalmente regresaba sano y salvo se celebraban nuevos ritos, que se añadían a los actos sociales de realizar un banquete o distribuir regalos, pues había que dar cumplimiento (solutio) a los votos prometidos, que podía consistir en erigir altares o placas, que se acompañaban de ofrendas y sacrificios.




Poenino/pro itu et reditu/C(aius) Iulius Primus/ v(otum) s(olvit) l(ibens) m(erito).

“A Penino, por un viaje de ida y vuelta seguros, Cayo Julio Primo voluntariamente cumplió con este voto por mérito.”

En Roma se encontró una dedicatoria a la diosa Celeste en un relieve con cuatro huellas de pie y una paloma en el centro agradeciendo haber completado el viaje de ida y vuelta sin incidentes:

“A la triunfante Celeste, Jovinus dona esto en cumplimiento de su voto”


Museos Capitolinos, Roma

El viaje se realizaba en carruaje para desplazamientos de familias y de personas que podían permitírselo o en carros de mercancías aprovechando su desplazamiento, otros lo harían en caballo, mula, burro y también a pie.

“Las críticas que sufría de todo el mundo porque, cuando viajaba, le seguían una numerosa recua de acémilas, muchos caballos, muchos esclavos, muchas razas de perros, cada una para un tipo de caza, en tanto que él mismo viajaba en un carruaje con frenos de plata de Frigia o de la Galia, eso, precisamente, conseguía celebridad para Esmirna, pues a una ciudad le prestan brillantez su ágora y la suntuosidad de los edificios, pero también se la presta una familia próspera porque no sólo una ciudad da fama a un hombre sino que también la recibe de él.” (Filostrato, Vida de los Sofistas, Polemón, 532)


Museo Carnuntium, Austria, Foto de Wolfgang Sauber

La red de carreteras romanas permitía la comunicación entre territorios, pero no en todas partes el desplazamiento se podía hacer en carruajes, debido a las dificultades del terreno y el estado de los caminos, por los que solo pequeños carros o animales de carga podían pasar. Es por ello que a veces era aconsejable utilizar la navegación fluvial, como en Egipto, donde los viajes más largos se hacían aprovechando los canales que unían el río Nilo con otros lugares del valle, especialmente en el delta. 

“Saludos, mi señora Serenia, de Petosiris. Haz todo lo que puedas, señora, para venir el día 20 por el cumpleaños del dios, y hazme saber si vas a venir en barco o en burro, para que pueda enviar a por ti. Procura que no se te olvide. Rezo para que te encuentre bien y sigas así mucho tiempo.” (Papiro, Oxirrinco, I, 112)


Termas de los cisiarii, Ostia antica, Italia

Para emprender un viaje había que tener en cuenta la existencia de una infraestructura que facilitara la conexión entre el lugar de origen y destino, con lugares donde alojarse y abastecerse, además de procurarse una seguridad ante los peligros que acechaban al viajero, especialmente los salteadores de caminos.

 "La tierna edad de Lusius se hallaba adornada en su incipiente juventud de fuerzas vigorosas. Añorando los abrazos de su querida hermana pretendió cubrir muchas millas de camino, pero fue asesinado por el inesperado y malhadado tropiezo con unos bandoleros. Así se llevó su cuerpo una desgracia cruel. Yo creo que al extinguirse tan pre­maturamente su tierna edad, si bien le privó del recuerdo de ratos felices, también le evitó el tener que memorar los amargos". (Cartagena, CIL II, 3479)

Existían establecimientos situados en los caminos donde los viajeros podían cambiar los animales (mutatio) o posadas donde se podía comer y pasar la noche (mansio). La mayoría pertenecían al estado que las había instalado para facilitar el viaje a los mensajeros que portaban el correo oficial y a los delegados y emisarios civiles o militares que viajaban con encargos imperiales. Aunque también había casas de hospedaje (diversorium) como negocios particulares. Estos lugares no tenían muy buena reputación, pues había suciedad, mala comida y robos a los alojados, además de no disponer siempre de plazas libres.

“Al entrar en la habitación pude disfrutar, y de muy buena gana, pues no traía nada conmigo, de un catre y sábanas limpias. Tal y como estaba, sediento y lleno de polvo, y con la ropa con que venía en el carruaje, pasé la mayor parte de la noche sentado sobre el catre.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 15)


Mansio o diversorium. Museo de la civilización romana, Roma

En el destino final los viajeros podían acomodarse también en este tipo de alojamientos, de mejor o peor calidad, que se ubicaban en las ciudades, en las cercanías de los puertos y en el entorno de los templos y santuarios.

La gente bien situada económica y socialmente mantenía una red de contactos y amistades (hospitium) en diferentes lugares del territorio controlado por Roma que les permitía alojarse en las casas de cada uno de ellos sin tener que recurrir a los incómodos y poco saludables albergues u hospederías.  

“Atentos exploradores se posicionaron para vigilar nuestro regreso; y no solo los caminos fueron patrullados por hombres de cada finca, sino los sinuosos atajos y las cañadas se pusieron bajo observación, lo que hizo imposible que pudiéramos eludir su amable emboscada. Caímos en ella, prisioneros voluntarios; y nuestros captores nos hicieron jurar en ese instante que abandonábamos la idea de continuar nuestro viaje hasta que hubiera pasado una semana. Y así cada mañana empezaba con una halagadora rivalidad entre los dos anfitriones, para ver cuál de sus cocinas debería humear primero con la comida de huéspedes.” (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 9)


Villa romana de Lullingston, Kent, Inglaterra, ilustración Peter Dunn

Los viajes por mar causaban incluso mayor preocupación a los viajeros, pues además del hecho de que el desplazamiento suponía generalmente una larga distancia entre el origen y el destino, y de que se podía sentir malestar físico, existía la posibilidad de encontrarse con tempestades, naufragios y ataques piratas.

¿De qué no se me podrá convencer, cuando se me ha convencido para que viaje por mar? Zarpé con mar bonancible. Es cierto que el cielo estaba preñado de oscuros nubarrones que se resuelven casi siempre en agua o en viento; no obstante, pensé que podría devorar las pocas millas que separan tu querida Parténope de Putéolos, aunque en medio de un cielo inseguro y amenazador. Así, para evitar el riesgo con mayor rapidez, dirigí inmediatamente el rumbo por alta mar hacia Néside, con el fin de atajar, alejado de todas las ensenadas.
Cuando ya había recorrido tanto trecho que lo mismo me importaba proseguir que regresar, se desvaneció de pronto aquella calma que me había seducido. No era todavía la tempestad, pero sí la marejada y el oleaje cada vez más grueso. Me puse a rogar al timonel que me desembarcase en cualquier punto de la costa. Él me respondía que era aquel un litoral escarpado e inabordable, y que en el fragor de la tempestad nada temía tanto como la tierra. Pero me angustiaba demasiado como para preocuparme del peligro: me aquejaba esa especie de náusea lenta, sin vómito, que revuelve la bilis sin expulsarla. Por ello insistí al timonel y le obligué, quieras que no, a buscar la orilla. (Séneca, Epístolas, 53)


Los viajes de Alix. Ilustración Jacques Martin


Bibliografía

https://www.academia.edu/10888865/Adriano_y_Grecia; Adriano y Grecia; Juan Manuel Cortés Copete
Tourism in Augustan Society, LOYKIE LOMINE; Histories of Tourism: Representation, Identity and Conflict; editado por John K. Walton
http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/view/4305; Los «beneficia» concedidos a las ciudades de Acaya en el año 66 d.C.; Pilar Fernández Uriel
https://www.researchgate.net/publication/264825324_SPECIAL-PURPOSE_TRAVEL_IN_ANCIENT_TIMES_TOURISM_BEFORE_TOURISM
https://www.researchgate.net/publication/264825324_SPECIALPURPOSE_TRAVEL_IN_ANCIENT_TIMES_TOURISM_BEFORE_TOURISM; SPECIAL-PURPOSE TRAVEL IN ANCIENT TIMES: "TOURISM" BEFORE TOURISM?; Branislav Rabotić
https://www.academia.edu/3319881/Un_factor_de_romanización_viajar_en_la_Hispania_romana; Un factor de romanización: viajar en la Hispania romana; Enrique Gozalbes Cravioto e Iván González Ballesteros
Travel and pilgrimage, Ian C. Rutherford; The Oxford Handbook of Roman Egypt, Edited by Christina Riggs
TRAVEL AND GEOGRAPHY IN THE ROMAN EMPIRE; Edited by Colin Adams and Ray Laurence; Routledge