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lunes, 27 de mayo de 2024

Obstetrix, la comadrona en la antigua Roma

Relieve de la tumba de Scribonia Ática, Isola Sacra, Ostia, Italia

Los conocimientos griegos sobre el embarazo y el parto procedían de la medicina practicada en otras culturas como la egipcia, pero la medicina pre-hipocrática se basaba en parte en la magia y lo sobrenatural, así que hubo que esperar a que surgiese una medicina científica basada en la observación e interpretación de los hechos que daba explicación a la salud y enfermedad sin recurrir a la superstición.En la Grecia Clásica, las comadronas o “maiai” (parteras) disfrutaban de un gran reconocimiento social y sabían más sobre las mujeres y la reproducción que cualquier médico hipocrático, ya que los hombres seguían estando excluidos de la atención al parto, excepto en casos en que su intervención fuese necesaria por la dificultad del parto.

“1 A quienes al nacer no les sale primero la cabeza, sino los pies, parto que se considera muy difícil y problemático, se les dio el nombre de agrippas, palabra derivada de aegritudo (enfermedad) y de pedes (pies). 2 Afirma Varrón que en el útero los niños están con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, no como corresponde a la naturaleza del hombre, sino a la del árbol. 3 En efecto, llama pies y piernas a las ramas del árbol y cabeza a la raíz y al tronco. 4 “Así pues -dice-, cuando casualmente y de modo antinatural se dan la vuelta y ponen los pies para abajo, muchas veces con los brazos abiertos, suelen demorarse y entonces las mujeres tienen un parto muy difícil. Para conjurar este peligro se erigieron en Roma altares a las dos Carmentas, una de las cuales fue denominada Postverta y la otra Prorsa en virtud de la potestad que, respectivamente, tienen sobre el parto normal y el invertido”. (Aulo Gelio, Noches Áticas, XVI, 16, 1-4)


Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte,
Wellcome Images

Sin embargo, el estudio de la medicina estaba vedado a las mujeres que no podían convertirse en especialistas para curar enfermedades. En las fábulas de Higino se cuenta la historia de Agnódice, una muchacha que decidió hacerse pasar por un hombre para aprender el arte de la medicina y empezar a curar a mujeres que lo necesitaban. Incluso si su historia no es real, bien puede ilustrar el hecho de que las mujeres en Grecia acabaran siendo admitidas como profesionales de la medicina.

10. Los antiguos no tuvieron comadronas, por lo que las mujeres morían llevadas por el pudor. En efecto, los atenienses se habían precavido de que ningún esclavo ni mujer aprendiera el arte de la medicina. Cierta muchacha llamada Agnódice deseó aprender la medicina y tan vehemente fue su deseo que se cortó los cabellos al modo de los hombres, y se confió a ¡a enseñanza de un cierto Herófilo.

11. Después de aprender la medicina, al enterarse de que una mujer estaba sufriendo en su vientre, acudió a ella. Como ésta no quería confiarse a Agnódice por estimar que se trataba de un hombre, ésta se levantó la túnica y mostró que era una mujer; y así las iba curando.

12. Cuando los médicos vieron que ellos no eran admitidos en presencia de las mujeres, comenzaron a acusar a Agnódice, porque decían que se trataba de un hombre depilado y corruptor de mujeres, y que ellas se hacían pasar por enfermas.

13. Habiéndose reunido los areopagitas por este motivo, comenzaron a condenar a Agnódice. Ésta se levantó la túnica ante ellos y mostró que era mujer. En ese momento los médicos empezaron a acusarla con más fuerza. Por ello entonces las mujeres más distinguidas se presentaron en el juicio y dijeron: «Vosotros no sois esposos sino enemigos, porque condenáis a la que nos devuelve la salud». En ese momento los atenienses enmendaron la ley para que las mujeres libres pudieran aprender el arte de la medicina.(Higino, Fábulas, CCLXXIV, Qué inventó quién)


Estela funeria de una médica galorromana.
Museo de Cour d´Or, Metz, Francia

Los romanos favorecieron la entrada de la mujer en la medicina y la práctica de la ginecología y la obstetricia estuvo casi exclusivamente reservada a las mujeres, las cuales se encargaban de cuidar la salud de las embarazadas, de las parturientas y de cualquier mujer que sufriera una enfermedad sexual o ginecológica.

La obstetrix, partera, comadrona o matrona, se encargaba de atender a la parturienta en el momento del alumbramiento, ayudaba al bebé a nacer, cortaba el cordón umbilical, extraía la placenta, examinaba al recién nacido para comprobar sus posibilidades de vivir y ayudaba a limpiarlo y envolverlo en sus ropas.

El primer libro de texto escrito para comadronas que se conoce fue redactado por Sorano de Éfeso en el siglo II d.C., y en él aparecían además las cualidades que él consideraba importantes para ser una buena matrona, estas eran: tener buena memoria, ser paciente, saber inspirar confianza, poseer una constitución fuerte y una mente sana, transmitir confianza y seguridad en situaciones de peligro.

“Debe saber leer y escribir para poder comprender la teoría de su profesión. Debe tener sentido común para poder seguir fácilmente lo que se dice y lo que sucede. Debe tener buena memoria para retener las instrucciones impartidas (porque el conocimiento surge del recuerdo de lo que se ha aprendido). Debe tener vocación para perseverar a pesar de las dificultades (porque una mujer que desea adquirir tan vasto conocimiento necesita ser paciente). Debe ser respetable puesto que la gente tendrá que confiarle su hogar y los secretos de sus vidas y porque a las mujeres de mala conducta la instrucción médica es una cobertura para hacer el mal. Debe tener todos sus sentidos sin merma ya que hay cosas que debe ver, respuestas que debe oír al preguntar y objetos que debe reconocer al tacto. Debe tener brazos fuertes y ser robusta, porque tiene una doble tarea por la dureza de sus visitas profesionales. Dedos largos y finos y uñas cortas son necesarios para tocar una inflamación profunda sin causar mucho dolor. Esta habilidad, sin embargo, puede también adquirirse mediante el celo y la práctica en su trabajo.” (Sorano, Ginecología, I, 3)


Es destacable el intento de Sorano por favorecer la instrucción de las comadronas, incrementando de esta manera, en línea con los nuevos conocimientos adquiridos por la Medicina en este periodo, su preparación. Sus enseñanzas siguieron vigentes durante el milenio siguiente. Se dice que las obstetrices estudiaban medicina, bajo la tutela de una médica capacitada y que en la Roma helenizada había una clase de obstetrix de acuerdo con Sorano, que eran expertas en la teoría y en la práctica de su arte, iatromaia. También destaca en su obra la conveniencia de que la matrona tenga conocimientos de algunas ramas de la medicina como la farmacología, la quirúrgica y sobre plantas medicinales que ha de prescribir.

“En especial, llamamos comadrona perfecta a la que se ha ejercitado en todas las facetas de la terapia (pues algunos casos hay que tratarlos mediante el régimen, otros mediante la cirugía y otros hay que restablecerlos mediante la medicación) y a la que es capaz de dar instrucciones, de ver lo general y lo particular y, a partir de ello, elegir lo que conviene y no a partir de las causas teóricas, ni de la observación repetida de los síntomas generales o de uno de estos; además, entrando en más detalles, llamamos así a la que no cambia de método porque varíen los síntomas, da ánimos mientras acompaña el desarrollo de la enfermedad, no se perturba ni se asusta en los momentos difíciles, sabe justificar con solvencia los remedios empleados, consuela a las pacientes y se compadece sin haber dado necesariamente a luz con anterioridad, como sostienen algunos que opinan que para que se compadezca de las parturientas ha de tener conocimiento de los dolores del parto y que por eso es un trabajo más propio de una que ya ha dado a luz.” (Sorano, Ginecología, I, 4)

Alcmena dando a luz a Hércules, Wellcome Collection

En el libro también se recoge el equipo necesario para el buen transcurso del alumbramiento, citando las cosas que la partera va a necesitar y que debe procurar estén dispuestas y a mano.

“Aceite para inyectar y lubricar; agua caliente para limpiar las partes afectadas; fomentos clientes para aliviar los dolores, esponjas marinas para limpiar; trozos de lana para cubrir a la mujer, vendas para envolver al recién nacido; una almohada para ponerlo hasta que se expulse la placenta; algunas cosas para dar a oler y reanimar a la parturienta (poleo, un terrón, granos de cebada, una manzana, un membrillo y si la estación lo permite, un limón, melón, pepino o algo similar).” (Sorano, Ginecología, II, 2)

El parto podía desarrollarse en un lecho o bien en una silla de parto que tenía un orificio en el asiento sobre el que se sentaba la parturienta y empujaba para expulsar al niño que la partera recogía entre sus manos.

“Naturalmente las comadronas no hacen levantar rápidamente a las parturientas ni las hacen sentar sobre la silla, sino que antes palpan, mientras se abre la boca del útero gradualmente, y primero dicen que se ha dilatado de modo que pasa el dedo meñique y después que ya es mayor, y poco a poco, al preguntarles, nos dicen que el tamaño de la dilatación va en aumento. Cuando es adecuada al paso del feto, las hacen levantar, sentarse en la silla y les mandan hacer esfuerzos para expulsar el niño.” (Galeno, Sobre las facultades naturales, III, 3, 152)



Sorano además advierte de que debía haber al menos tres mujeres ayudando a la comadrona en el alumbramiento. La más fuerte se pondría detrás de la parturienta para sujetarla durante el parto y las otras a los lados para ayudar a sostenerla y asistir a la comadrona.

“Debería haber tres mujeres para ayudar, dispuestas a aliviar la ansiedad de la parturienta, incluso si no han tenido experiencia con partos. Dos de ellas deberían situarse a los lados y una detrás sujetando a la parturienta para que no balancee durante los dolores. Pero si la silla de parto no está a mano, se pueden hacer los mismos preparativos si la parturienta se sienta sobre el regazo de una de las mujeres. Por ello la mujer que la sostiene debe ser robusta para poder soportar el peso de la parturienta y poder sujetarla con firmeza durante los dolores del parto. Además, la comadrona, después de ponerse un delantal, debería sentarse delante y más abajo que la mujer de parto, porque la extracción del bebé debe hacerse desde un plano más alto hacia uno más bajo.” (Sorano, Ginecología, II, 5) 



Sorano también describe los momentos preliminares al alumbramiento y cómo debe actuar la partera para comprobar si la parturienta está ya lista dará dar a luz.

“Se debe primero aliviar los dolores masajeando con manos calientes, y después empapar paños con aceite de oliva templado para ponerlos sobre el abdomen y los labios  y mantenerlos saturados con el aceite templado durante un rato, y deben ponerse vejigas llenas con aceite templado a los lados. Cuando el orificio del útero se abre, la comadrona, habiéndose frotado las manos con aceite templado, debería insertar el dedo índice de la mano izquierda, cuya uña debe estar corta, y entonces dilatar el orificio suavemente y gradualmente de forma que la parte accesible del corión se vega hacia delante, mientras que con la mano derecha, debería frotar la zona con aceite que no se haya utilizado para cocinar. Cuando la parte del corión tenga el tamaño de un huevo por debajo del orificio del útero, si la parturienta está débil y sin fuerza debe estar acostada ya que le será menos doloroso y le causará menos temor. Si, por el contrario, está fuerte, debe levantarse y ponerse en la silla de parto.” (Sorano, Ginecología, II, 4)

Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Para el momento en que el bebé nace la partera debe estar preparada para recogerlo y Sorano aconseja que ella debía forrarse las manos con algún material que impidiese que el recién nacido se deslizase entre ellas al recogerlo.

“La comadrona debe recoger al recién nacido, habiendo primero cubierto sus manos con paños o, como hacen en Egipto, con tiras de papiro, para que el niño ni se deslice de sus manos ni se quede estrujado, sino que su salida sea lo más suave posible.” (Sorano, Ginecología, II, 6)


Wellcome Collection Images

Sorano recomienda que, tras el parto, cuando la placenta está todavía unida al ombligo, la comadrona debería entregar al recién nacido, ya cubierto, a una ayudante y entonces meter su mano moviéndola a lo largo del cordón umbilical y tirar de la placenta con movimientos suaves al ritmo de las contracciones uterinas, sin brusquedad ni rasgándola. También aconsejaba cortar primero el cordón solo en caso de que tardase mucho en extraer la placenta. La habilidad de la comadrona permitiría una mayor facilidad en la expulsión y menor riesgo para la parturienta, quien debido a la posible incompetencia poder llegar a perder la vida.

“Si tras el parte todavía se mantiene la unión con el ombligo, se debería dejar al recién nacido con un paño debajo en manos de una ayudante y entonces se debería introducir la mano y guiándose con el cordón, al mismo tiempo de las contracciones, se debería extraer con suavidad la placenta sin rasgarla. En caso de que el proceso dure mucho tiempo se debería cortar el cordón antes.” (Soranus, Ginecología, IV, 16 (73)

Science Museum, Londres

En caso de complicación en el parto, principalmente por la posición del feto Sorano advierte que la comadrona debería introducir su mano izquierda untada de aceite y con las uñas cortas y al palpar la dilatación debería intentar agarrar el feto con firmeza y ponerlo de cara a la salida, lo que debería hacerse al mismo tiempo que la parturienta debería asumir la postura correcta para cada caso.

Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte.
Wellcome Images

En el caso de que la parturienta se desmayase, tuviese fiebre, temblase, o tuviese convulsiones que podían indicar una gran inflamación o infección, se debería recurrir a un médico supiese como intervenir. Si el parto no progresaba o se tenía el convencimiento de que el niño había muerto, se hacía necesario tomar otras como medidas, como realizar una embriotomía para poder salvar a la madre. Así, por ejemplo, para Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió en el siglo II d.C., tal acción, solo en caso de absoluta necesidad y lo justifica cundo la imposibilidad del parto amenaza la vida de la madre y para evitar el sufrimiento del niño en vida. Él mismo describe los aparatos utilizados para tal procedimiento, los cuales utilizaría un médico, pero no una comadrona.

“Tal aparato lo poseyeron Hipócrates, Asclepiades, Erasistratus y Herófilus, el diseccionador incluso de adultos y el más moderado Soranus, todos los cuales bien sabía que un ser vivo había sido concebido y se apiadaban del desgraciado infante, al que debían hacer morir para evitar ser torturado están aún con vida.” (Tertuliano, De Anima, XXV)


Ilustración del libro de Justine Siegemund, La partera de la corte.
Wellcome Images

Los médicos también utilizaban ciertos instrumentos, antecedentes de los actuales, para reconocer a las pacientes femeninas y averiguar el origen de sus dolencias o problemas ginecológicos.

“Sé que he mencionado muchas veces el órgano que los griegos llaman dioptra cuando miran la vagina de una mujer y como a menos que se haya inculcado entrenamiento en cuanto a esto se puede hacer. Las parteras no se atreverán a hacerlo cuando se presente la necesidad por lo cual nos agradó agregar esto también a la ginecológica, para que se vea que nada ha sido omitido de las cosas necesarias a este cuerpo.

La mujer se colocará echándola pues sobre su espalda que es visible. Tomas una venda larga y en medio de ella harás dos lazadas de modo que las lazadas queden separadas un codo. Luego atarás el resto de las vendas debajo de los ganchos a las manos de modo que los pies expuestos de su vientre queden conectados. Luego habiendo recibido el órgano y ungido el priapiscos que los griegos llaman dioptra un poco calentado, luego arrojar el priapismo sin sacudirlo y ordenarle al sirviente que también abra el órgano y comiencen a torcer el tornillo de modo que las partes se suspenden paulatinamente. Pero cuando después de haber visto el órgano queráis sacarlo, mandad al sirviente que vuelva a girar por eje por el que se puede cerrar el órgano para que se pueda sacar estando todavía algo abierto para que no se detenga todo el cierra sobre algo y comience a lastimarlo. (Muscio, Ginecología, (texto basado en la obra de Sorano)


Reproducción de espéculo vaginal, Pompeya. Wellcome Images

En la cultura romana el parto y los aspectos ginecológicos y reproductivos en general se adscribían al ámbito doméstico y privado y, por tanto, eran relativos al mundo femenino. Por lo tanto, el consejo de las mujeres consideradas expertas en el tema, como las obstetrices eran escuchadas, aunque también se tenía en cuenta la opinión de los médicos que se reconocían como profesionales en la materia.

En el siglo II d.C. Apuleyo utiliza un episodio referido a una mujer aquejada de dolencias en la matriz, para lo cual las comadronas son consultadas junto a los médicos.

“Esta mujer de castidad probada había soportado los largos años de su viudedad intachable sin dar lugar a habladurías; pero, privada del uso habitual del matrimonio, debilitada por la prolongada abstinencia, que iba atrofiando sus órganos, aquejada de graves trastornos de matriz, se veía a menudo al borde de la muerte, a causa de las crisis dolorosas, que la dejaban completamente extenuada. Los médicos y las comadronas estaban de acuerdo en que esta dolencia se debía a la ausencia de vida conyugal; creían, pues, que su mal iba en aumento de día en día, que su enfermedad se agravaba y que, mientras aún le quedasen algunas posibilidades por su edad, se debía poner remedio a su salud mediante el matrimonio.” (Apuleyo, Apología, 69, 2-3)


Pintura de Frank Markham Skipworth, Museo de Arte de Nueva Orleans

Aunque la obstetrix o comadrona romana tenía como principal función ayudar a parir a las mujeres que atendía, también se ocupaba de administrar preparados para provocar abortos o lograr la fertilidad. Abortar no estaba prohibido, pero había leyes que regulaban la participación de una obstetrix en la administración de un abortivo y la pena impuesta en caso de que la mujer falleciese.

“En el caso de que una comadrona proporcione una droga a una mujer y esta muera, Labeo dice que si la comadrona se lo administró con sus propias manos será acusada de haberla matado, pero si lo dio para que la mujer lo tomara por sí misma, debería concederse una actio in factum (requerimiento de sanción por comportamiento doloso), y esto es correcto, porque ella proveyó la causa de la muerte, pero no mató a la mujer.” (Digesto, IX, 2, 9)


Pintura de John William Waterhouse

En muchos casos, los remedios que las parteras de esta época elaboraban y los procedimientos curativos que empleaban les hacían asemejarse más bien a curanderas con conocimientos médicos escasos que hacían uso de una medicina de tipo tradicional y folclórico, sin ningún rigor científico, que también defendían algunos autores que escribían sobre el tema, como es el caso de Plinio el Viejo.

“El útero se suaviza aplicando grasa de lobo, y los dolores con hígado de lobo, pero haber comido la carne de lobo es beneficioso para mujeres próximas a dar a luz, o al principio del paro la presencia cercana de alguien que lo haya comido, de forma que los encantamientos que se hayan hecho sobre la mujer sean contrarrestados… La liebre es también de gran uso para las mujeres. El útero se beneficia por beber el pulmón seco, y los flujos por beber el hígado con tierra Samia en agua, la expulsión de la placenta se facilita con el cuajo de la liebre – se debe evitar el baño el día de antes- con el cuajo aplicado también con azafrán y jugo de apio; un pesario de este cuajo en lana cruda ayuda a expulsar el feto muerto.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 77, 250)


Piedra mágica, hematita. Museo Británico, Londres

En época romana se consideraba el papel de la obstetrix como esencial para comprobar posibles embarazos engañosos, presentándola como una figura profesional a la que se recurría, en calidad de experta, en casos en los que el nacimiento de un niño pudiera tener consecuencias legales relacionadas con las herencias y el derecho de sucesión. Especialmente debían examinar a la mujer que negaba estar embarazada del hombre del que se había divorciado.

Los derechos del padre en la legislación romana se tenían de tal forma en cuenta que apareció una figura, la del custos ventris, dedicada a vigilar que los embarazos y partos problemáticos cumpliesen la legalidad. El Digesto indica la obligación de la mujer de anunciar al marido del que se hubiera divorciado un posible embarazo. Si bien no estaba obligada a ello si el hijo no fuera de su antiguo marido, este podía, en cualquier caso, mandar observadores. En caso de que la mujer se negara, y negara el embarazo, podía ocurrir que el padre se negara a reconocer al hijo sin ser penalizado. Si el marido insistía, podía llegar a obligar legalmente a que la mujer fuera examinada por tres comadronas (elegidas por el pretor y no por ninguna de las partes implicadas), aunque la ley advertía al marido que esto suponía poner en juego el honor familiar por ambas partes. Si, al menos, dos de las comadronas declaraban que estaba embarazada, se nombraba un guardián, el custos ventris, para evitar que la mujer abortase, se deshiciese del niño o lo cambiase en el parto. Si la mujer decía la verdad podía iniciar un proceso por calumnia contra el antiguo marido.

“En tiempos de los divinos hermanos un marido afirmó que su esposa estaba embarazada, pero ella lo negó, y los emperadores habiendo consultado sobre el tema, emitieron un rescripto a Valerio Prisciano, el pretor urbano, en los términos que siguen. “Rutilio Severo parece solicitar una vigilante para su esposa, que se ha divorciado de él, y que asegura que no está embarazada. Por tanto, nadie se sorprenderá si sugerimos un nuevo plan y solución. Si el marido persiste en su demanda, será más conveniente para la casa de una mujer respetable ser elegida como a la que Domicia puede ir, y que tres comadronas, experimentadas en su profesión y de confianza, y después de haber sido seleccionadas por ti, la examinarán. Y si todas ellas, o solo dos, anuncian que parece estar encinta, entonces la mujer debe ser persuadida para que reciba una vigilante, como si ella misma lo hubiera solicitado. Si ella no diera a luz un hijo, su marido sabrá que incurrirá en deshonor, y su reputación se verá comprometida, y será acusado de querer perjudicar a su esposa. Si, por el contrario, dichas mujeres, o la mayoría declaran que la mujer no está embarazada, no habrá razón para designar una vigilante.” (Digesto, XXV, 4, 1, prefacio)


Exvoto, Science Museum, Londres

Si la mujer embarazada quedaba viuda se hacía un proceso similar de vigilancia y confirmación del embarazo debido a los conflictos entre familiares por la legitimidad del recién nacido y las herencias.

Esta normativa establecida por los juristas, además de revelar como se solucionaban los asuntos concernientes a la legitimidad de los niños, proporcionaba una idea de la percepción negativa que había de las comadronas en la sociedad de las que se sospechaba que podían sustituir a los recién nacidos, para favorecer a la madre y engañar a los maridos o familiares, traer un recién nacido para simular un parto tras un falso embarazo, o deshacerse de un bebé por diversos motivos.

“Mientras tanto, Helena, hermana de Constancio y esposa del César Juliano, fue conducida a Roma por una llamada aparentemente amistosa, según un plan tramado por la emperatriz Eusebia, estéril durante toda su vida, que la convenció para que bebiera un veneno preparado con mala fe de manera que, cuando quedara embarazada, perdería el hijo que esperara.Ya anteriormente, en la Galia, después de llevar en su vientre a un varón, lo perdió también por una intriga, ya que la comadrona, a cambio de una recompensa, lo mató después de nacer, cortando el cordón umbilical más de lo conveniente. A tanto llegaban y tan concienzudos eran los esfuerzos que se realizaban para que este hombre de tamaño valor no tuviera descendencia.” (Amiano Marcelino, Historia, XVI, 10.18-19)

Exvoto galorromano, Museo Saint Remi, Reims, Francia.
Foto Vassil

Como la función primordial del matrimonio en Roma era procrear descendencia legítima que serían herederos de las propiedades de sus padres y continuadores del nombre familiar, la autoridad de las comadronas sobre la viabilidad de los recién nacidos era una preocupación genuina para las familias libres de Roma, ya que se sabía que estas mujeres podían ser sobornadas para despojar a algunos matrimonios de sus herederos, y ese temor de los padres contribuía a caracterizar a las comadronas como figuras deshonestas y avariciosas.

“Y yo sé de otra que estuvo diciendo diez días que tenía dolores de parto...hasta que compró un bebé. El marido venga a correr de un lado a otro comprando remedios para acelerar el parto: y entre tanto lo metió en la casa una vieja, dentro de una olla, al bebé, con la boca taponada con cera, para que no llorara. En cuanto la vieja le hizo una señal, grita enseguida la mujer: “Sal fuera, sal fuera, marido mío, creo que voy a parir”. Es que el niño había dado una patadita en el vientre...de la olla. Él salió todo alegre, la otra quitó la cera de la boca del niño, este rompió a llorar. Y la maldita vieja, la que había traído el bebé, corre toda sonrisas al marido y le dice: “Un león, un león te ha nacido, un vivo retrato tuyo: todo lo demás y también el pito, igualito que el tuyo, redondito como una piña.” (Aristófanes, Tesmoforias, 500)


Placa relieve de Ostia, Science Museum, Londres. Wellcome Collection

Desde la época de la Roma arcaica existía la idea de que los que se ocupaban de la medicina no eran gente de fiar y, especialmente, las comadronas a las que solía acusarse de incompetencia, de superchería, de administrar sustancias abortivas prohibidas, de traficar con niños, etc.

Las obstetrices ocupaban un espacio social bajo desde el punto de vista económico, y según se deduce de las inscripciones, la gran mayoría de las obstetrices eran esclavas o libertas y estaban al servicio de alguna familia, y muy pocas veces ejercían su profesión como mujeres libres. Su situación económica era muy precaria, suposición que se confirma cuando se observa la pobreza de sus monumentos funerarios. El siguiente epitafio en una placa de mármol en el columbario de los Statilios conmemora a una partera esclava de Statilia Maior, que probablemente atendería a otros miembros de la familia y compañeras esclavas.

“Secunda, comadrona (obstetrix) de Statilia Maior”


Epitafio de Salustia Imerita, comadrona. Museo Británico, Londres

En Roma era el senado quien dictaminaba quienes debían de ser parteras, “parteras aprobadas en su oficio”, donde además de la ley de la costumbre que asociaba el arte de atender partos a las mujeres, estas debían tener una formación específica.

Sin embargo, lo más frecuente sería, sobre todo entre gente más humilde, recurrir a las mujeres de su entorno con mayor experiencia, las cuales posiblemente no se dedicarían a atender los partos de forma profesional cobrando una tarifa, sino que se dedicaría a otros oficios o labores y ayudarían en los partos para los que fuesen requeridas, probablemente sin cobrar.

“Un egipcio de los que se dedican a la astrología, que estaba de visita en la ciudad (Roma), (y cuando están de viaje los egipcios son capaces de comportarse en público con tal falta de decoro que probablemente son entrenados en casa para ello); se encaminó a una de las tabernas más caras y dijo que estaba sediento tras el largo viaje y que se ahogaría por la sed, por lo que pidió vino dulce especiado, y saco su dinero. La tabernera, viendo su beneficio delante de sus ojos, se dispuso a servirle y empezó a prepararlo. Pero resultó que también era partera y cuando ya había puesto la copa delante del egipcio e iba a echar el vino que había preparado, uno de los vecinos entró corriendo y le susurró: `tu amiga y pariente está en peligro mortal por parto, a no ser que vengas rápidamente.´ Cuando lo oyó, dejó al egipcio con la boca abierta, y no quedó para echar el agua caliente. Cuando terminó de atender el parto y de hacer lo que es habitual en un alumbramiento, se lavó las manos y regresó junto a su cliente, al que encontró encendido de ira y al que explicó la razón de su demora.” (Eunapio, Vidas, 463)


Wellcome Images

Las obstetrices también comprobaban que las esclavas jóvenes recién compradas fueran vírgenes, y posteriormente, tras el triunfo del cristianismo, harán lo mismo con ciertas religiosas a las que se exigía demostrar que no habían mantenido relaciones sexuales.

“Una partera examinando con la mano la virginidad de una doncella, ya fuese por odio o por ignorancia en su profesión, o por casualidad, se la hizo perder; no creo por eso que haya alguno tan necio que presuma que perdió la doncella por esta acción la santidad de su cuerpo, aunque perdiese la integridad de la parte lacerada.” (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XVIII)

Con el paso del tiempo, la visión tan negativa que la sociedad tenia de las comadronas fue suavizándose, debido a una revalorización de la medicina y de los profesionales dedicados a ella, que provocó que al final de la Antigüedad los médicos dejaran de ser subestimados, y fueran considerados ciudadanos de pleno derecho, gozando de gran consideración social. En el caso de las obstetrices acabó ocurriendo lo mismo ya que se empezó a ver a la comadrona como una profesional que se ocupaba del embarazo de la mujer, el parto y los primeros cuidados del recién nacido y de la parturienta tras el alumbramiento teniendo en cuenta el bienestar de ambos.

“A los dioses Manes

Yo, Julia Primigeneia, que salvé a muchas mujeres como partera (maia), no pude escapar de los Hados. Tras una buena vida partí hacia la casa de la muerte, donde se ha reservado un lugar entre los píos para mí. Su amante esposo Tiberius Julius Hierax hizo que se inscribiera para su esposa con grato recuerdo.” (IGUR III 1240)

Estela funeraria de Phanostrate, Museo Nacional de Atenas

“Phanostrate, comadrona y médica, yace aquí. No causó dolor a nadiey tras su muerte todos la echan de menos.” (CEG 2, 569)




Bibliografía



The ‘cursus laborum’ of Roman Women, Social and Medical Aspects of the Transition from Puberty to Motherhood, Anna Tatarkiewicz
Gynecology, Soranus
Childbirth in ancient Rome: From traditional folklore to obstetrics, Donald Todman
Pregnancy Through Childbirth: A Midwife's Perspective of Gynecological Practices in 2nd Century AD Greco-Roman Society, Rachael Janoso
Fixing Ethical Rules for Midwives in the Early Roman Imperial Period: Soranus, 'Gynaecia' I 3–4, Giulia Ecca
Pregnancy, Childbirth, and Primary Care-givers in Ancient Rome, Barbara Nancy Scarfo
Soranus and the Pompeii Speculum: the sociology of gynaecology and Roman perceptions of the female body, Patricia Baker
The image and role of the midwife in the ancient Greek and Byzantine art, Maria Athanasekou
El parto en época romana y sus representaciones gráficas, Amparo Moreno Valero
Agnódice, la primera mujer griega médica, María Victoria Suárez y Alfredo E. Buzzi
El espacio de la mujer en la medicina romana, José Pablo Barragán Nieto
El vientre controlado: anticoncepción y aborto en la sociedad romana, Patricia de los Ángeles González Gutiérrez
Medicae y obstetrices en la epigrafía latina del imperio romano. Apuntes en torno a un análisis comparativo, Mª Ángeles Alonso Alonso
Los textos ginecológicos en la antigüedad tardía: el catecismo de las parteras de mustio, Mercedes López Pérez
Mujer y medicina en la antigüedad clásica: la figura de la partera y los inicios de la ginecología occidental, María de la Sierra Moral Lozano

 


martes, 7 de marzo de 2023

Negotium feminae, mujeres trabajadoras en la antigua Roma

Posible diosa Meditrina, Museo de Arte Antiguo y Contemporáneo, 
 Epinal, Francia

En la sociedad romana la tradición había impuesto el modelo de mujer virtuosa, sumisa, dedicada a las labores del hogar y a hilar la lana.

"Aquí reposa Amymone, esposa de Marco, ejemplar y bellísima mujer, que hilaba la lana, pía, púdica, honesta, casta, dedicada al cuidado de su hogar." (CIL VI, 11602)

Pintura de Frederick Leighton

Pero no todas las mujeres se dedicaron únicamente a hilar y atender su casa, sino que ejercieron diversas profesiones, llevadas por su situación personal, sus necesidades económicas o, incluso, por su talento o aptitud para realizar ciertas actividades.

"Viajero, contempla las cenizas de la lectora (lectrix) Sulpicia, quien se llamó Petale como esclava. Vivió treinta y cuatro años, y en vida tuvo un hijo, Aglaon. Tenía todas las buenas cualidades de la naturaleza: floreció en su arte, brilló por su belleza y sobresalió en talento. El celoso Hado no quiso que viviera largo tiempo." (AE 1928, 73, Roma)

A partir de las guerras púnicas muchas mujeres tuvieron que hacerse cargo de sus hogares y de los asuntos familiares debido a la marcha de los hombres al combate. También se recurrió a ellas como mano de obra productiva para cubrir las necesidades de la sociedad durante el conflicto.

Escena de mercado, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Como consecuencia del alto número de varones muertos durante las guerras, las mujeres empiezan a dirigir negocios y a heredar propiedades y terrenos, algo que no ocurría con anterioridad.

Julia Felix, una liberta de nacimiento ilegítimo, era la propietaria de una gran propiedad cerca del anfiteatro, que alquilaba para sacar un beneficio. El lujoso complejo ocupaba una manzana entera y consistía en unos elegantes baños, adecuados para las élites, jardines, tiendas y apartamentos. El periodo de alquiler era por cinco años desde el 13 de agosto de ese año en adelante. Después de ese tiempo el contrato finalizaba, pero podía continuar si ambas partes lo acordaban.

“Para alquilar, en la propiedad de Julia Félix, hija de Spurius, por un periodo ininterrumpido de cinco años, desde el 13 de agosto hasta los idus de Agosto (cinco años después): los baños de Venus, adecuados para los más refinados, tiendas y apartamentos en el primer piso. Cuando pasen los cinco años, el alquiler será según se acuerde.” (CIL 4, 1136 = ILS 5723)

Casa de Julia Félix, Pompeya. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Por lo tanto, ya en época republicana se inicia un reconocimiento de ciertos derechos a las mujeres como, por ejemplo, gestionar su propio patrimonio, aunque siempre sometida a un marido o a un tutor. Augusto liberó de dicha tutela a las mujeres ingenuas (nacidas libres) que hubieran tenido tres hijos, y a las libertas con cuatro hijos. El sistema de tutela sobre la mujer se fue modificando con el tiempo y perdiendo su carácter restrictivo inicial, permitiendo a la mujer heredar, testar y administrar su patrimonio como ella quisiese, aunque limitando las ventas y compras de propiedades si el tutor consideraba que podía haber riesgo o perjuicio para su fortuna.

“Y, para no omitir nada, quiero, antes de poner fin a mi discurso, refutar una acusación infundada. Habéis dicho que yo he comprado a nombre mío, mediante una fuerte suma de dinero perteneciente a mi mujer, una hermosísima finca. Declaro que solo se trata de una pequeña heredad, valorada en sesenta mil sestercios; que no he sido yo quien la ha comprado, sino Pudentila y a nombre suyo; que es el nombre de Pudentila el que figura en el contrato de compraventa y que a nombre de Pudentila se paga la contribución que gravita sobre ese pequeño campo. Aquí está presente el cuestor público, a quien se ha pagado este impuesto, el honorable Corvino Céler; aquí está también el tutor de Pudentila, que ha autorizado tal compra, hombre de seriedad y rectitud intachables, cuyo nombre pronuncio con la mayor estima, Casio Longino.” (Apuleyo, Apología, 101, 4)

Detalle de mosaico, Tabarca, Túnez

Desde un principio, las mujeres tanto libres como esclavas habían trabajado la tierra junto a sus familias, realizando distintas tareas agrícolas que requerían mayor o menor esfuerzo.

“En esta llanura –dijo (y señalaba la llanura)– una campesina ahorrativa tenía un pequeño terreno junto a su duro marido. Él sacaba adelante su tierra, tanto si había que echar mano del arado, como de la hoz corva, como del escardillo. Ella ora barría la granja, sostenida con puntales, ora ponía los huevos a las gallinas para que los empollasen sus alas. O bien recogía malvas verdes o setas blancas, o calentaba el humilde hogar con grato fuego. Y, sin embargo, ejercitaba sus brazos frecuentemente en el telar y se armaba contra las amenazas del frío.” (Ovidio, Fastos, 490)

Detalle de mosaico, Museo Cívico Arqueológico Eno Bellis, Oderzo, Italia

Las mujeres en el campo sabrían aprovechar y rentabilizar los recursos que tenían para alimentar a sus familias y sacar un beneficio extra.

“Pero lejos de la ciudad, adonde me había llevado aquel escudero, no me esperaba el menor deleite, ni siquiera una sombra de libertad. Para empezar, su mujer, avara y pérfida criatura, me enganchó al yugo del molino y, arreándome sin parar con una recia vara, molía a expensas de mi cuero su pan y el de toda la familia. Y sin darse todavía por satisfecha con que mis fatigas la hicieran subsistir, aún alquilaba mis servicios de circunvalación para moler el trigo de los vecinos. Para colmo de desgracia, a cambio de tantos trabajos, ni siquiera me suministraba la ración estipulada. Pues la cebada que me correspondía, tostada y molida por la propia muela que yo arrastraba, la vendía a los colonos de la vecindad; y a mí, en cambio, después de penar todo el día uncido a la pesada máquina, sólo a última hora de la tarde me echaba unos puñados de salvado, sin cribar, sucio y lleno de ásperas arenillas.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, VII, 15)

Museo Arqueológico Nacional, Saint Germain-en-Laye, Francia.
Foto Michel Urtado

La villica era la mujer del villicus, capataz encargado de las labores a realizar en una finca y de organizar el trabajo de los esclavos. Según las fuentes había villicae, que sin depender de un villicus realizaban el trabajo por sí mismas. Algunos autores recogen las cualidades que debía tener una villica y las tareas que debían llevar a cabo.

“Sea limpia: tenga la alquería barrida y limpia; tenga el fuego del hogar limpio barriéndolo en derredor a diario antes de irse a acostar. En las calendas, los idus y las nonas, cuando sea día festivo, eche al fuego una corona y durante esos mismos días haga una ofrenda al lar familiar de acuerdo con sus recursos. Cuide de tener guisado el alimento para ti y para los esclavos. Tenga muchas gallinas y huevos. Tenga peras secas, serbas, higos, uvas pasas, serbas en arrope, y peras y uvas en toneles, membrillos, uvas en orujo y en orza metidas en tierra, y nueces de Preneste frescas en orza metidas en tierra; manzanas de Escantio en toneles, y otras que suelen guardarse en conserva, y las silvestres: tenga cuidadosamente reserva de todo ello cada año. Sepa hacer una buena harina y un farro fino.” (Catón, De Agricultura, 143)

Detalle de mosaico, Basílica de Aquileia, Italia

Muchas mujeres que estaban abocadas a la pobreza por su falta de preparación, educación, o de ayuda familiar o social terminarían ejerciendo la prostitución y con el tiempo algunas se convertirían en dueñas de burdeles (lenae) dando trabajo a otras mujeres que pasaban por la misma situación que ellas ya habían vivido. Algunas acababan prostituyendo a sus propias hijas.

“LA LENA: Por Pólux, las personas de nuestra clase, Selenia mía, debemos querernos bien las unas a las otras y ser buenas amigas. ¿No ves a esas damas de la nobleza, a esas nobles matronas, cómo cultivan la amistad y qué estrechamente unidas están entre sí? Pero nosotras, aun haciendo lo mismo, aun imitando su ejemplo, aun así, trabajo nos cuesta ir tirando y para eso odiadas por todo el mundo...En público son muy amables con las de nuestra clase, pero, si nadie las ve, a la primera ocasión, nos arrojan a traición un jarro de agua fría. Pregonan a los cuatro vientos que tenemos trato con sus maridos, que somos concubinas, tratan de hundirnos. Y es que tanto yo como tu madre, como somos unas libertas, las dos acabamos siendo cortesanas. Ella te educó a ti como yo la he educado a ella, dado que erais hijas de padres desconocidos. Y si yo la he empujado al oficio de cortesana, no ha sido por soberbia, sino por morirme de hambre”. (Plauto, Cistellaria, 24, 42)

Fresco en la taberna de Salvius, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Uno de los trabajos femeninos peor considerados, aparte del de prostituta, era el de tabernera o empleada en una casa de comidas y de hospedaje. Habitualmente las mujeres que se encontraban allí ejercían también la prostitución, de ahí la mala fama que tenían. Mayormente eran esclavas y muchas de origen extranjero.

“La tabernera siria, ceñida su cabeza de una pequeña mitra griega, experta en mover sus flexibles caderas al ritmo de las castañuelas, ebria en la humosa taberna baila lasciva, en el codo sacudiendo los roncos palillos.” (Apéndice Virgiliano, Copa, 1)

Fresco de la taberna de Salvius, Pompeya, Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

Sin embargo, en algunos casos las taberneras podían ser ciudadanas libres o libertas que eran propietarias de sus negocios y los regentaban, o bien podían ser co-propietarias con sus maridos o trabajadoras trabajadoras de sus antiguos amos.

“A los dioses Manes. Sentius Víctor lo hizo para su querida esposa Sentia Amarantis de cuarenta y cinco años con la cual vivió diecisiete años.”

Placa funeraria de Sentia, Museo Nacional de Arte Romano, Mérida

Los oficios que generalmente se relacionaban mayormente con el entorno doméstico eran los de hilandera, tejedora y costurera. El oficio de hilandera, se reservaba para esclavas o para mujeres de muy poca capacidad económica, que intentaba aumentar sus ingresos familiares con su trabajo.

“A mí me toca dislocarme los dedos hilando lana noche y día para que al menos no falte en la habitación la luz de una simple candela.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, IX, 5, 5)


Cuando las mujeres por su nuevo status social dejaron de dedicarse a labores textiles en su casa, fueron sustituidas por esclavas domésticas.

“Toma parte de las deliberaciones una vieja esclava promovida al cargo de la lana y ya jubilada de la aguja.” (Juvenal, Sátiras, VI, 495)

Cuando era necesario, se recurría a trabajadores especializados, que o bien realizaban sus labores en su propio hogar o ejercían su oficio en negocios que se dedicaban a la confección de prendas textiles. Las mujeres participaban en estas tareas por las que se solía pagar muy poco dinero, aunque ello servía para mejorar la economía familiar.

Mujeres tejiendo. Ilustración de Peter Connolly

Algunas mujeres dirigían estos negocios o al menos contrataban a otras mujeres para cumplir con los encargos que les habían encomendado.

“Con dificultad he recibido el material del tintorero el 10 de julio. Estoy trabajando con tus esclavas lo mejor que puedo. No puedo encontrar mujeres que trabajen con nosotras, porque están todas trabajando con sus amas. Nuestra gente ha estado recorriendo toda la metrópolis ofreciendo salarios más altos.” (Carta de Eudaimonis a Aline. Papyrus Bremen 63, Hermópolis, 16 julio 116 d.C.)

Pintura de Alexandre Evariste Fragonard

La fabricación de calzado también era una ocupación de tipo artesanal que podía emplear a mujeres que trabajaban por su cuenta o conjuntamente con sus maridos.

“Marcus Acilius Is […] obsequió este monumento funerario a Septimia Stratonice, zapatera (sutrix), su querida amiga, por sus buenas acciones hacia él. La otra (mitad) es para su hijo Acilius Fortunatianus.” (CIL 14, 4698, Ostia, s. II d.C.)

Relieve de Septimia Stratonice, Ostia, Italia

Algunas actrices, bailarinas y cantantes obtuvieron importantes éxitos junto con el reconocimiento del público, a pesar de que eran consideradas infames. La actuación ante un público era considerada una humillación tanto moral como social. Muchos espectáculos mezclaban bailes eróticos con el uso de instrumentos musicales, lo cual hacía que esta profesión no tuviera una buena reputación a los ojos de la moral romana.

Entre las artistas que se contoneaban al son de ritmos extranjeros con sedas y transparencias se encontraban las famosas puellae gaditanae, que alcanzaron un enorme éxito en los banquetes del s. I d. C. Estas jóvenes, originalmente procedentes de Gades (Cádiz) proporcionaban al público un espectáculo sensual y sugerente que parecía resaltar la importancia de interactuar con los espectadores.

“Experta en adoptar posturas lascivas al son de las castañuelas béticas y en danzar según los ritmos de Gades, capaz de devolver el vigor a los miembros del viejo Pelias, y de abrasar al marido de Hécuba junto a la mismísima pira funeraria de Héctor. Teletusa consume y tortura a su antiguo dueño. La vendió como sirvienta y ahora la ha comprado para concubina.” (Marcial, Epigramas, VI, 71)

Mosaico del Aventino, Museos Vaticanos

Muchas actuaban en las tabernas, pero otras eran contratadas para actuar en festivales o en fiestas privadas para amenizar las veladas de la aristocracia.

“A Isidora, bailarina con castañuelas, de Artemisia, de la villa de Philadelphia. Deseo contratarte con otras dos bailarinas con castañuelas para actuar en mi casa durante seis días desde el día 24 del mes Pauni, recibiendo como salario 26 dracmas por día y por los seis 4 artabas de cebada y veinte pares de hogazas, y cualquier prenda o adorno de oro que traigáis las guardaremos, y proporcionaremos dos asnos para que vengáis y también para que volváis.” (Papiro Cornell, 9)

Pieza textil copta. Kallos Gallery

Las mujeres que se dedicaban a la escena tampoco gozaban de buena consideración social, y solo consiguieron cierta fama algunas, ya que la mayoría desempeñaba su oficio con bastante precariedad y con salarios muy bajos.

“Para ella quien una vez ganó una fama extraordinaria en el escenario entre muchas gentes y ciudades por sus múltiples talentos en los mimos y también en los coros de bailarinas y cantantes, la actriz mima Bassilla, la décima musa, quien a menudo murió en el escenario, pero nunca de este modo, el actor y experto recitador, Heracleides, erigió esta estela. Es verdad que en la muerte ella recibió igual honor que en vida, ya que su cuerpo descansa en suelo consagrado a las Musas. Esto es lo que tenía que decir. Tus compañeros dicen: Ten valor, Bassilla, nadie es inmortal.” (IG 14, 2342, Aquilea, Italia)

Figura de Tanagra

Las mujeres dedicadas a la escena solían tener orígenes muy humildes, siendo esclavas, libertas o extranjeras en su mayor parte. Con frecuencia, los amos invertían su dinero en la formación artística de sus siervas con el fin de obtener beneficios económicos gracias a su trabajo a largo plazo, pues estas empezaban su formación y su oficio a muy temprana edad.

“Éucaris, liberta de Licinia, docta doncella, instruida en todas las artes, vivió 14 años. Detén tu paso, tú que con mirada errante observas las mansiones de la muerte, y lee entero mi epitafio, que el afecto de un padre dedicó a su hija, para que se depositaran allí los restos de su cuerpo. Cuando aquí mi juventud florecía abundantemente con las artes y, con el paso del tiempo, ascendía hacia la gloria, la triste hora de mi destino llegó hasta mí e impidió que el aliento de la vida avanzase más allá. Culta, educada casi por la mano de las musas, yo que hasta hace poco adorné con mi baile los espectáculos de los nobles y aparecí como la más distinguida ante el público en la escena griega, he aquí que las hostiles Parcas han depositado mis cenizas en este túmulo con un poema. La dedicación, cuidado y amor de mi patrona, mis glorias y mi éxito se desvanecen, incinerado mi cuerpo, y guardan silencio en la muerte. He dejado lágrimas para mi padre, a quien he precedido en la muerte, a pesar de haber nacido después. Ahora mis catorce años están retenidos conmigo en la oscuridad eterna de la morada de Dis.” (CIL VI.1214)

Figura de Tanagra. Museo Metropolitan,
 Nueva York

Algunas artistas y actrices parecen haberse mantenido en la profesión durante largo tiempo llegando incluso a estar activas en su ancianidad.

"Durante el consulado de Cayo Popeo y Quinto Sulpicio, en los juegos votivos por la salud del divino Augusto, la actriz de intermedios (emboliaria) Galería Copiola fue llevada de nuevo a la escena cuando tenía ciento cuatro años; había sido presentada como principiante por el edil de la plebe Marco Pomponio noventa y un años antes, durante el consulado de Cayo Mario y Cneo Carbón; fue llevada de nuevo por Pompeyo Magno en la dedicación del gran teatro, siendo ya anciana, como algo extraordinario." (Plinio, Historia Natural, VII, 158)

Figura de Tanagra. Walters Art Museum,
Baltimore, Estados, Unidos

Algunas mujeres se especializaron en tocar instrumentos musicales y actuaban tanto en celebraciones privadas, como en eventos sociales, por ejemplo, pompas triunfales, juegos y espectáculos.

“Enterrada en piedra yace mi fiel y querida esposa, Sabina. Erudita en todas las artes, ella sola sobrepasó a su esposo. Su voz era agradable, punteaba las cuerdas con su pulgar, pero arrebatada repentinamente, ahora permanece en silencio. Vivió veinticinco años, tres meses y catorce días. Mientras vivió, actuó como organista favorita, respetada por la gente. Quienquiera que seas y leas esto, se feliz. Que los dioses te protejan y canten con voz suave: Adiós, Aelia Sabina. Titus Aelius Justus, organista asalariado de la legión II Adiutrix, lo encargó para su esposa.” (CIL 3, 10501, Aquincum, Panonia Inferior)

Mosaico de Maryamin, Museo de Hama, Siria

La mujer podía dedicarse al comercio de productos alimentarios y ser propietaria de negocios comerciales a gran o mediana escala destinados bien a la venta, producción, fabricación o transporte de los productos. El término negotiatrix parece indicar tanto a la propietaria como a la encargada del negocio.

En los mercados muchos puestos de artículos de alimentación estuvieron regentados por mujeres.

“A los dioses Manes de Abudia Megiste, la muy leal liberta de Marcus. Marcus Abudius Luminaris, su patrón y también marido lo erigió para su esposa que bien lo merecía, comerciante de grano y verduras en la Escala Mediana, y para él, sus libertos y libertas y sus descendientes. También para Marcus Abudius Saturninus, su hijo, de la tribu Esquilina, que vivió ocho años.” (CIL 6, 9683 = ILS 7488, Rome)

Relieve de Ostia

La venta ambulante de comida, especialmente frutas y verduras, era una forma atractiva para las mujeres de generar unos ingresos con los que poder mantener a su familia, sin requerir una gran inversión de capital, puesto que los productos perecederos podían comprarse para su venta según las necesidades diarias y además el desempeño del oficio no exigía ningún entrenamiento práctico, ni conocimiento técnico. Las horas flexibles de tal trabajo permitirían a muchas mujeres poder cuidar de sus hijos sin depender de nadie más.

“Pero no recordaba exactamente el camino ni sabía dónde estaba nuestra hospedería. En consecuencia, no hacía más que ir y venir sobre mis propios pasos hasta que, harto de correr y bañado de sudor, me dirijo a cierta anciana que vendía legumbres silvestres y le pregunto: «Por favor, abuela, ¿sabrías acaso decirme dónde está mi casa?” (Petronio, Satiricón, 6-7)

Pintura de John William Godward

El transporte de mercancías podía incluir a las mujeres, incluso como propietarias de animales de carga para trasladar cualquier producto de un lugar a otro.

“A los encargados de los pagos de la división de Themistos, de Taouetis, hija de Totes, camellera, de la villa de Soknopaiou Nesos en la división de Herakleides, con Tesenouphis, hijo de Tesenouphis, como mi tutor. Afirmo que he recibido del granero de la villa de Dionysias, y que han sido medidas, las artabas de trigo que Dion, estratego de mi propia división informó que su predecesor como estratego había dejado escrito que se me debían como salario por el transporte del grano público que yo llevé desde los graneros de la división de Themistos…” (Papiro Aberdeen, Soknopaiou Nesos, c. 139 d.C.)

Museo de Israel, Jerusalem

No solo en el campo de la alimentación pueden encontrarse ejemplos de mujeres propietarias de negocios que alcanzaron una cierta prosperidad económica. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se cita a una purpuraria (vendedora de púrpura) que ofrece su casa a Pablo y sus seguidores como hospedaje.

“Nos hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días. El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo. Se bautizó con toda su familia y nos invitó: «Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa». Y nos obligó a aceptar.” (Hechos de los Apóstoles, 16, 14)

Pintura de John William Waterhouse

Las ciudades romanas tenían numerosas tiendas y talleres donde artesanos y artesanas fabricaban y vendían sus productos. La mayoría de negocios los atendían familias en las que todos sus miembros trabajaban en ellos, a veces con sus esclavos.

Algunas inscripciones funerarias mencionan a mujeres que trabajaban solas o junto a sus maridos para realizar diversos objetos cotidianos o de lujo que eran demandados por la sociedad. La mención de su oficio destaca el orgullo por su desempeño y el estatus social que les otorgaba.

“Cornelia Venusta, liberta de Lucius, una fabricante de clavos (clavaria), lo hizo mientras vivía para ella y su esposo Publius Aebutius, hijo de Marcus, de la tribu Stellantina, fabricante de clavos y Augustal, y para la liberta Crescens y para Muro, su delicia.” (CIL 5, 7023 = ILS 7636)

Relieve romano. Virginia Fine Arts Museum, Estados Unidos

Existen documentos y textos legales que muestran a mujeres como propietarias de negocios con potestad de legar sus propiedades, los bienes muebles y las herramientas con las se trabaja en ellos.

Una mujer de Oxirrinco dona su negocio de lavandería (fullonica) a sus hijos a partes iguales en vida a condición de seguir al frente de ello hasta su muerte cuando pasará a manos de ambos.

“Aurelia Ammonia también conocida como Zois, hija de Hermon, de la muy gloriosa ciudad de Oxirrinco, actuando en virtud del derecho de los hijos, saludo a mis hijos Aurelius Paulus y Dionysios, hijos ambos de mi fallecido marido Aurelius Her[ ].
Dado que tú, Dionysios, desde la muerte de tu padre has permanecido a mi lado, tu madre, y has trabajado en la fullonica y no me has abandonado, sino que has tratado a tu madre con amabilidad, reconozco que he cedido a mis dos hijos a partes iguales, todo el negocio de la lavandería y sus instalaciones, que yo he levantado y cuidado con mi trabajo, y todo lo demás concerniente a dicho negocio a condición de que yo lo dirija hasta el momento de mi muerte, cuando vosotros dos, Paulos y Dionysios, tomareis posesión de ello con vuestros hijos y descendientes, y que yo tendré el poder de usarlo, controlarlo y administrarlo sin ningún impedimento.”
(Papiro Coll. Youtie II 83. Oxirrinco)

Fullonica de Veranius Hypsaeus, Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles.
Foto Wolfgang Rieger

Los propietarios de tierras con depósitos de arcilla o de alfarerías atendían a la fabricación de piezas cerámicas y eran dueños de los productos elaborados, como ladrillos, tejas y vasijas cerámicas. A raíz del incremento de la construcción, las áreas cercanas a Roma que eran ricas en arcilla para producir ladrillos se convirtieron en posesiones muy rentables para sus propietarios. El trabajo se realizaba en talleres dirigidos por gerentes, tanto hombres como mujeres (officinatores y officinatrices) que se encargaban de controlar y organizar la producción. Podían ser esclavos, libertos o libres, pero se incluía su nombre, junto con el de los propietarios en los sellos con los que se marcaban los ladrillos.

Reconstrucción de los alfares y talleres de Walbrook, Londres.
Foto London Museum of Archaeology

Se han encontrado varios ladrillos que se identifican como provenientes de los terrenos de arcilla propiedad de Emilia Severa y que apuntan a dos mujeres Junia Antonia y Junia Sabina como encargadas de la gestión del negocio cerámico.

“Ladrillo de los depósitos de arcilla Publilianos de la hacienda de Emilia Severa. Bajo la dirección de Junia Sabina." (CIL 15, 431. Roma, siglo II d.C.)

Sello de Emilia Severa.
Museo Británico, Londres

En los sellos que cerraban las ánforas que contenían aceite, vino o garum hay pruebas de que los propietarios y comerciantes de tales productos eran tanto hombres como mujeres.

“Coelia Mascellina hizo esta tumba para sus padres, para su madre […], una mujer de incomparable castidad, una comerciante de aceite y vino de la provincia de la Bética y para su muy devoto padre, Cneo Coelio Masculus.” (AE 1973, 71)

Bodega vinaria, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Un entorno laboral en el que las mujeres tuvieron alguna opción de entrar fue el de la salud y cuidados de los demás. En Roma las medicae y las obstetrices fueron mujeres dedicadas principalmente a atender las enfermedades típicas de las mujeres y los embarazos y partos. Las primeras ocupaban un espacio social más elevado que el de las segundas, y no demasiado diferente del que ocupaban los médicos varones. Las médicas no solo se dedicaron a las dolencias femeninas, sino que también trataron afecciones oculares y de otro tipo.

“Consagrado a los dioses Manes. Para Julia Saturnina, de cuarenta y cinco años, una esposa incomparable, médica excelente y mujer muy venerable. Cassius Philippus, su esposo, lo erigió por sus méritos. Aquí yace. Que la tierra te sea leve.” (CIL II, 497 = ILS 7802, Mérida, España)

Estela funeraria de Julia Saturnina, Mérida

Las medicae en general, podían ejercer su oficio solas o en compañía de su marido, o junto a su patrón en caso de las libertas. La posibilidad de aprender el oficio se daba yendo a una academia de medicina o como acompañante y aprendiz de un médico en ejercicio. En el primer caso, solo una mujer con dinero y de una familia pudiente podría haber asistido, pero dichas mujeres no formaban parte del mundo laboral habitual por las costumbres y moralidad de la época. En el segundo caso, lo más probable es que una medica acabase aprendiendo su oficio al ejercer junto a su patrón o su marido.

El médico Glicón recuerda a su esposa Panthia en una estela que honra sus virtudes y reconoce su fama junto a la de él en el arte de curar. La mención de que su capacidad como médicos son iguales a pesar de que Panthia sea mujer indica que no era habitual que una mujer destacara en el arte de la medicina.

“Adiós, Panthia, de tu esposo. Tras tu muerte, me queda la pena por tu cruel muerte. Hera, la diosa del matrimonio, nunca conoció una esposa igual: tu belleza, tu sabiduría, tu castidad. Tú me diste hijos completamente iguales a mí; tú cuidaste de tu esposo y de tus hijos; tú guiaste recto el timón de nuestro hogar y elevaste nuestra fama común en la curación – aunque eras mujer no ibas detrás de mí en habilidad. En reconocimiento tu esposo Glicón erigió esta tumba para ti. También enterré aquí el cuerpo de [mi padre] el inmortal Filadelfo, y yo mismo yaceré aquí cuando muera, dado que solo contigo compartí mi lecho cuando estaba vivo, así pueda yo cubrirme en la tierra que compartimos.” (Pérgamo, s. II d.C. IGRRIV.507)

Estela funeraria de una médica galorromana.
Museo de Cour d´Or, Metz, Francia

Del siglo I d. C. existe una lápida dedicada por Restituta a su patrón y maestro, Tiberio Claudio Alcimo, médico de la casa imperial de Claudio.

“Para Tiberio Claudio Alcimo. Doctor del César. Hecha por Restituta, para su patrón y profesor, bueno y digno, que vivió 82 años.” (IG XIV.1751 Roma)


Ello prueba que había mujeres a las que se educaba en los estudios médicos por parte de renombrados médicos que traspasaban a sus pupilos, ya fueran hombres o mujeres, su saber.

Las comadronas (obstetrices) asistían a las mujeres en los partos, cuidaban de los recién nacidos y trataban a las pacientes femeninas de sus enfermedades ginecológicas. La mayoría de ellas eran esclavas o libertas que habían aprendido en las casas de las familias de las élites, pero había algunas que eran nacidas libres.

“Poblicia Aphe, liberta de una mujer, comadrona (obstetrix). Que tus huesos descansen en paz. Vivió veintiun años. (CIL 6, 9723 Rome)

Relieve con parto y obstetrix, Ostia, Italia

La iatromea (de la palabra griega iatros, médico, y de maia, comadrona) podía definir a la mujer que ejercía tanto como médica como comadrona y por tanto ayudaba en partos y trataba afecciones ginecológicas y otras más generales.

“A los dioses Manes. Yo, Julia Primigenia, comadrona (maia) que salvé a muchas mujeres, no escapé al destino. Después de una buena vida, partí a la casa de los difuntos, donde había un lugar reservado para mí entre los piadosos. Su amante esposo Tiberius Julius Hierax lo mandó inscribir para su esposa como grato recuerdo.” (IGUR 1240, Roma)

“A los dioses Manes de Valia Callista, médica y comadrona (iatromea). Caecilius Lysimachus lo hizo para su esposa.” (CIL VI, 9478, Roma)

Relieve de Scribonia Attice, Museo Ostiense, Ostia, Italia

Aunque la tradición romana favorecía la lactancia materna, la utilización de una nodriza para alimentar a los recién nacidos empieza a ser común en Roma a finales de la República y en tiempos del Imperio, cuando se comienza a contratar a un ama de leche (nutrix) que amamante a los hijos de las familias nobles, e incluso, a los hijos de esclavos a los que sus propias madres no pueden alimentar.

“A Protarchus, de Isidora, hija de …, teniendo como guardián a su hermano Eutychides, hijo de … y de Ddyma, hija de Apollonius, persa, teniendo como guardián a su hermano Ischyrion, hijo de Apollonius, persa, Didyma accede a amamantar, en su casa, con su propia leche pura, por un periodo de 16 meses desde Phamouthi del año actual, al bebé eslavo llamado … que Isidora le ha entregado, recibiendo de esta, como salario por la leche y cuidados diez dracmas y dos cotylas de aceite cada mes, siempre que se le pague, ella cuidará tanto de ella como del niño, sin estropear su leche, ni acostarse con ningún hombre, ni quedando embarazada, ni amamantando otro niño, y cualquier cosa de la criatura la guardará y la devolverá cuando se le requiera o compensará su valor excepto en caso de manifiesta pérdida. Diduyma ha recibido el aceite de Isidora por los tres primeros meses. Ella no dejará de amamantar antes de ese tiempo, y si rompe el acuerdo tendrá que devolver lo cobrado, incrementado en una mitad, con daños y perjuicios, y pagará además 500 dracmas y la multa establecida, … Didyma visitará Isidora cada mes en cuatro días separados con el niño para que Isidora pueda examinarlo.” (BGU 1107)


Las razones para confiar un niño a una nodriza podían deberse al fallecimiento de la madre o a que esta se encontrase enferma o muy débil para cuidarlo. Otras razones habría que buscarlas en que el ideal de belleza de la época era incompatible con amamantar un bebé; en que se consideraba poco aristocrático realizar cualquier ejercicio físico y que encomendar el cuidado del hijo a una nodriza evitaba el sentimiento de proximidad y cariño ante la alta probabilidad de muerte del recién nacido en la época.

“Las nodrizas son las primeras personas a las que oirá el niño, a ellas tratará de imitar en sus palabras y no hay que olvidar que somos muy tenaces por naturaleza en retener lo que recibimos en los primeros años, como las vasijas conservan el sabor del primer líquido que reciben.” (Quintiliano, Institución Oratoria, I, 1, 4-5)

Dea Matrona. Museo Arqueológico Nacional,
Saint Germain-en-Laye, Francia. Foto PHGCOM
 
En algunos casos a la nodriza se le atribuía la misma autoridad moral que al pater familias por lo que se le encargaba la misión de criar a los hijos de la familia durante su infancia. Ser la nodriza de los hijos de una familia importante suponía, en cierta medida, un reconocimiento social.

“Consagrado a los dioses Manes. Para Crispina, esposa divina, nodriza (nutrix) de dos senadores. Albus, su esposo con el que vivió diecisiete años, lo mandó hacer para su esposa que lo merecía. Vivió treinta años y dos meses. (CIL 6, 16592 = ILS 8531 Roma)

Wellcome Collection, Science Museum,
Londres

Algunas nutrices llevadas por el cariño a sus lactantes dedicaron epitafios a los niños que habían amamantado y criado durante años.

“A los dioses Manes. Flavia Euphrosyne, nodriza y niñera lo hizo para Publius Flavius Crescens, hijo de Publius Flavius Amarantus, que vivió siete años, un día y diez horas.” (CIL 6, 18032 Roma)

Figura de Tanagra, Museo de Antigüedades, Munich

Muchas nodrizas se hacían acreedoras del cariño de sus antiguos lactantes que las recordaban durante su vida y las recompensaban con la libertad, o con bienes materiales, como en el caso de Plinio el joven que regaló un terreno a su nodriza.

“Te doy las gracias por haberte encargado de cultivar el pequeño campo que había regalado a mi nodriza. Valía, cuando se lo regalé, 100.000 sestercios; después, al disminuir su rentabilidad, bajó también su precio, que ahora con tu cuidado se recuperará. Recuerda solo que te encomendé no ya los árboles y la tierra, aunque estos también, sino un pequeño presente mío, que, a mi nodriza, que lo ha recibido, no le interesa que dé el mayor fruto posible más que a mí, que lo hice. Adiós.” (Plinio, Epístolas, VI, 3)

Figura de Tanagra, Museo Británico, Londres

También las conmemoraban en su muerte erigiendo una tumba y una lápida funeraria en la que se inscribía el nombre de ambos.

“A los dioses Manes de Servia Cornelia Sabina, liberta de Servio. Servio Cornelio Dolabella Metiliano (cónsul en el año 113 d.C.) lo hizo para su nodriza y niñera que bien lo merecía.” (CIL 6, 16450 = ILS 8532, Roma)

Estela de la nutrix Severina. Museo Romano-Germánico,
Colonia, Alemania. Foto Pilar Torres

Entre los oficios desempeñados por mujeres se encuentran los relativos al cuidado del cuerpo y la belleza, como peluqueras (ornatrices), depiladoras (resinarias), maquilladoras (cosmetae), masajistas o las perfumistas y vendedoras de ungüentos.

“A los dioses Manes de Licinia Primigenia, ungüentaria. Licinius Amomus lo hizo para su madre que lo merecía. Vivió setenta y un años.” (CIL 10, 1965)

Fresco de la Villa Farnesina, Museo Nacional Palazzo Massimo,
Roma


Bibliografía



La mujer y el trabajo en la Hispania prerromana y romana: Actividades domésticas y profesionales; Carmen Alfaro Giner
Feminae frente al negotium: mujer y comercio en la Roma altoimperial; Sonia Pardo Torrentes
Obreras y empresarias en el Periodo Romano Alto Imperial; Pilar Fernández Uriel 
Mujeres y economía en la Hispania romana. Oficios, riqueza y promoción social. Silvia Medina Quintana
Mujer, comercio y empresa en algunas fuentes jurídicas, literarias y epigráficas; Carmen Lázaro Guillamón
Mujeres infames en la sociedad romana del alto imperio; Francisco Cidoncha Redondo
Extranjeras en Roma y en cualquier lugar: mujeres mimas y pantomimas, el teatro en la calle y la fiesta de Flora, Sabino Perea Yébenes
Mujeres en la escena romana a través de la epigrafía, Helena Lorenzo Ferragut
Wet-nursing in the Roman Empire: Indifference, efficiency and affection; Anna Sparreboom
Lower Class Women in the Roman Economy; Susan Treggiari
Women and Society in Greek and Roman World: a Sourcebook, (ed.) Jane Rowlandson
Women-and-society-in-the-roman-world-a-sourcebook-of-inscriptions-from-the-roman-west; Emily A. Hemelrijk
Women´s Letters from Ancient Egypt, 300 BC- 800 AD; Roger S. Bagnall and Raffaella Cribiore