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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Augurium, adivinación en la Roma antigua I



Ilustración de Bernhard Rode

La adivinación en la Antigüedad era parte integrante del mundo de la religión, existiendo dos maneras de aproximarse al futuro y comprender lo desconocido. Por una parte, se encontraba la llamada adivinación natural o inspirada, y, por la otra, la llamada inductiva o basada en señales. En el primer caso, el sacerdote recibía el influjo divino después de entrar en un estado favorable para ello, y, aunque, tal adivinación escapaba a la comprensión de la mayoría, logró imponerse en ciertas culturas como la judía o la griega.

"Es una vieja creencia, sostenida ya desde los tiempos de los héroes y ratificada, además, por el asentimiento del pueblo romano y de todas las gentes, la de que hay entre los seres humanos una especie de poder adivinatorio al que los griegos llaman mantiké, esto es, la capacidad de intuir y de llegar a saber lo que va a pasar. Se trata de una capacidad extraordinaria y salvadora, caso de existir, en virtud de la cual la naturaleza mortal podría acercarse en muy gran medida a la condición de los dioses ". (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 1)

El oráculo de Delfos, Grabado de Heinrich Leutemann

La segunda forma de adivinación, basada en la interpretación de señales, era propia de la civilización babilónica, de los etruscos y los romanos.

“Los dioses auguran cosas ciertas, las entrañas, examinadas por los varones etruscos, auguran certeros presagios de la suerte futura.” (Tibulo, Elegías, III, 4)

Los griegos tenían cierta reserva con respecto a la adivinación por señales, pero estuvieron conformes con la adivinación natural, sobre todo con la derivada de Apolo y Delfos, en la que el adivino parecía “ser preso del delirio al estar poseído por un dios”.

“Por tanto, es en el espíritu donde reside la capacidad de presagiar, la cual se infunde desde el exterior y se recibe por voluntad divina. Si esta capacidad llega a prender con mayor viveza, se llama ‘delirio’, cuando el espíritu, una vez desligado del cuerpo, cae en trance bajo la instigación divina.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 66)


Los romanos, por el contrario, desconfiaron de todos aquellos que pretendían entrar en contacto directo con la divinidad y decían que eran capaces de transmitir sus decisiones y desconfiaban de los oráculos y profecías. En cambio, el estudio de ciertas señales y la atenta observación de los fenómenos que la divinidad había producido para indicar el porvenir les permitió establecer un sistema de adivinación oficial basado en reglas claras y seguras.

“Ahora bien, los tipos de adivinación que se se explican mediante una interpretación, o bien mediante la constatación y anotación de aquello que sucede, no se llaman ‘naturales’, sino ‘artificiales’; dentro de este tipo se hallan incluidos los arúspices, los augures y los pronosticadores (coniectores, es decir, intérpretes de tablillas y de sueños) … Algunas de ellas se basan en testimonios y doctrinas — como manifiestan aquellos libros etruscos referentes a la observación de entrañas, a los rayos y a las ceremonias, así como vuestros libros augurales, pero otras se explican mediante una interpretación, realizada de manera inmediata y acorde con la situación.” (Cicerón, Sobre la adivinación, I, 72)

Ansiosos de conservar su antigua alianza con los dioses, la pax deorum, sin la cual la ciudad no podía seguir su destino, la adivinación en Roma, como el conjunto de su religión, siguió las huellas de un espíritu práctico, que garantizaba la vida del ciudadano y de la ciudad, intentando conservar el favor divino sin comprometer el desarrollo normal y necesario de toda actividad.

“Rómulo … aprobó una ley para que todos los sacerdotes y ministros de los dioses fueran elegidos por las curias y que su elección fuera confirmada por aquellos que interpretan la voluntad de los dioses por el arte de la adivinación.” (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, XXII)

Augur, grabado de Jacques Grasset de Saint-Sauveur

Los romanos eran muy sensibles a la gran cantidad de señales que los dioses les enviaban para manifestar su presencia y expresar su voluntad.

Auspicia eran las señales procedentes de la observación de las aves, su vuelo y sus gritos cuya interpretación no permitía, en verdad, adivinar el futuro, sino tan sólo dejar constancia del acuerdo o desacuerdo de la divinidad respecto al emprendimiento de una determinada acción y en un día determinado (a diferencia de los auguria, ejercidos tan sólo por los augures y cuya aplicación carecía de esa limitación temporal). Los auspicia se percibieron, generalmente, como privilegio de los patricios y una labor a cargo de los magistrados.

“Se os acusa de locuaces y los dioses opinan que vosotras descubrís sus intenciones. Esta acusación no es, sin embargo, falsa, pues, cuanto más cerca estáis de los dioses, más verídicos son los signos que proporcionáis, bien sea con el vuelo bien sea con el canto”. (Ovidio, Fastos, I, 458)

La adivinación hizo surgir un nutrido grupo de sacerdotes, los augures, encargados de plantear preguntas a los dioses para conocer si estaban de acuerdo o no con la actividad proyectada y con la ceremonia que iba a iniciarse. La pregunta adivinatoria se reducía al mínimo, a un sí o a un no. Entre los numerosos sacerdotes, el augur era, sin duda, el más notable y sagrado.

Pintura de Jean-Léon Gérôme


Los augures de Roma constituyeron un colegio que agrupaba a los expertos en la disciplina augural, que gobernaba la observación y aplicación de los auspicios en la vida pública romana. Emitían responsa, no vinculantes, sobre esa materia generalmente en respuesta a consultas de magistrados o del senado; a menudo las consultas estaban relacionadas con faltas rituales que podían paralizar la vida pública.
Se consideraba derecho de auspicium la capacidad jurídica de poder consultar las advertencias o signos celestiales que manifiestan la voluntad de los dioses. Este derecho se dividía en spectio que consistía en la contemplación de las aves, relámpagos, etc. y la valoración de los signos contemplados, para ver si impiden o no la realización del acto propuesto. La primera parte corresponde a los augures, la segunda a los magistrados. En la segunda parte del derecho se producía la nuntiatio por la que primero el augur comunicaba al magistrado lo que había visto; y segundo el magistrado, después de examinado el signo visto u observado, comunicaba que los dioses se oponían o no se oponían a que se celebrasen, por ejemplo, unos comicios, y se pudiesen realizar. En caso negativo se llamaba propiamente obnuntiatio.

Individualmente los augures romanos estaban capacitados para emitir responsa, celebrar diversos ritos conocidos como auguria, inaugurar y templos y asistir a los magistrados en la toma de auspicios. Igualmente tenían el derecho de anunciar, con carácter vinculante, la presencia de auspicios desfavorables, lo que automáticamente interrumpía un acto público.

En un principio los augures fueron tres (pues tres eran las tribus originarias y cada una debió tener su propio augur) y su número -siempre impar- fue creciendo hasta diecisiete en tiempos de César, y ya a partir de Augusto, el senado tuvo la facultad de nombrar tantos como creyera necesarios.

“Se cuenta que, en un principio, Rómulo, el padre de esta ciudad, no sólo la fundó contando con los auspicios, sino que incluso fue un excelente augur él mismo. Después, también los demás reyes se sirvieron de augures, y, tras la expulsión de los reyes, no se hacía nada de interés público sin contar con los auspicios, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.” (Cicerón, De Adivinación, I, 2) 


El colegio se reunía en las nonas de cada mes. El cargo era vitalicio y no era incompatible con las magistraturas. Sus insignias eran la trabea - toga blanca adornada con bandas horizontales de púrpura y azafrán- el lituo (lituus) o bastón corto y curvo con el cual se practicaba la captación de los auspicios y que se guardaba en palacio y el aguamanil o capis.

“Ese báculo vuestro, que es el distintivo más ilustre de la función augural, ¿de dónde lo sacasteis? Con él, como se sabe, delineó Romulo las regiones en el momento de fundar la ciudad. Ese báculo de Rómulo (esto es, el bastoncito curvo y ligeramente torcido por la parte superior, que recibió este nombre por su parecido con un clarín de marcha) es, por cierto, el que, hallándose depositado en la Curia de los Salios, que está en el Palatino, fue encontrado intacto tras incendiarse ésta.” (Cicerón, De adivinación, I, 30)



Los libros augurales agrupaban reglas, reglamentos, formularios y decisiones ya falladas. La captación de los auspicios constituía el más alto privilegio concedido a los magistrados romanos, quienes, según su dignidad y clase, disponían de los auspicia maiora (magistraturas más importantes) o minora (magistraturas de menor categoría).

Los auspicios mayores son los que disfrutan los magistrados revestidos de imperium, que son entre los magistrados ordinarios: los cónsules y los pretores; y entre los extraordinarios: los dictadores y los magistri equitum. Y los auspicios menores, los magistrados que tienen únicamente la potestas, como la edilidad curul y la cuestura. Los censores ocupan una categoría intermediaria.

“Por ello, voy a transcribir del citado libro las palabras textuales de Mésala: “Los auspicios de los patricios están divididos en dos categorías. Los mayores corresponden a cónsules, pretores y censores. Empero, los de todos ellos tampoco son iguales entre sí, ni de la misma categoría, precisamente porque los censores no son colegas de los cónsules ni de los pretores, mientras que los pretores sí lo son de los cónsules. Por esta razón, ni cónsules ni pretores interfieren ni dejan en suspenso los auspicios de los censores, ni los censores los de los cónsules o pretores. En cambio, los censores entre sí y, a su vez, los pretores y cónsules entre sí, pueden oponerse y dejar en suspenso los auspicios. Aunque es colega del cónsul, el pretor no puede, según la ley, solicitar la elección de un pretor o de un cónsul, … En los tiempos actuales, cuando un pretor designa otros pretores, estamos ateniéndonos a la antigua tradición, y en tales comicios no intervenimos en la toma de los auspicios. No puede solicitarse la elección de los censores con los mismos auspicios que para los cónsules y los pretores. Los auspicios de los restantes magistrados son auspicios menores.” (Aulo Gelo, Noches Áticas, XIII, 15)



La clasificación, de los auspicios era de suma importancia en la práctica, porque regulaban los derechos respectivos de los diversos magistrados, cuando surgían conflictos de prevalencia entre ellos. Los auspicios menores cedían a los mayores y quedaban sin eficacia, aunque se hubiesen tomado primero.


Cicerón acusando a Catilina, ilustración Hans W. Schmidt

Según las necesidades políticas, tantos los augures como los magistrados podían anunciar un resultado negativo, que bien podía significar aplazar el día destinado a los comicios, intentando aplazar lo más posible su celebración, o bien rechazar el nombramiento de un candidato no deseado. Por ejemplo, Cicerón cita la ocasión en que Marco Antonio se había opuesto a la elección consular de Dolabela, alegando auspicios contrarios y se negó a reconocerlo; pero, una vez muerto César, cambió de opinión y lo aceptó como colega.

"¡Qué discurso aquel sobre la concordia! ¡De qué gran miedo libraste al Senado y de cuánto sobresalto a la ciudad en aquel día, el primero en que quisiste, deponiendo toda enemistad y olvidando los auspicios que tú mismo como augur habías anunciado, que tu colega lo fuera realmente y además enviaste en rehenes y como prenda de paz a tu hijo menor al Capitolio!" (Cicerón, Filípicas, I, 31)

Por lo que respecta a los auspicia se distinguían dos tipos: los auspicia impetrativa (presagios solicitados) y los auspicia oblativa (presagios espontáneos). En cuanto a los segundos, el romano tomaba toda clase de precauciones para salvaguardar su libertad personal.

Tanto unos como otros podían ser de varias especies: signa ex caelo: el rayo o el trueno; signa ex avibus: comportamientos de distintos tipos de aves, signa ex tripudiis: forma de alimentación de los pollos sagrados, signa ex diris: presagios amenazadores, fortuitos y desfavorables, signa ex quadrupedibus: de diversos animales como el perro, el lobo, el caballo o el zorro.

En la época más antigua mayoritariamente se recurrió a los signa ex avibus, y los augures disponían de un catálogo de aves sobre las que observar los signos a tener en cuenta. Si solo se observaba el vuelo, las especies se llamaban alites y entre otras eran el buitre, el águila y el halcón. Si se atendía únicamente al canto, las especies se denominaban oscines y contaban entre ellas el cuervo y el búho. En caso de tener en cuenta el vuelo y el canto a la vez se observaba, por ejemplo, la oropéndola.



Si se trataba de alites, el augur debía prestar atención a la mayor o menor altura del vuelo, la dirección del vuelo y el lugar del cielo por donde aparecían.
En cuanto a las oscines, el augur atendía al tono de la voz, a la frecuencia del canto, a la mayor o menor intensidad o a la dirección (pues para que un canto fuera interpretado como un signo favorable debía venir de derecha a izquierda, aunque podía haber excepciones.

"Esa misma mente divina es la que actúa sobre las aves, 
de manera que los seres de alas proféticas unas veces vuelan
hacia aquí y otras hacia allí, unas veces se ocultan por esta
parte y otras por aquélla; las aves agoreras cantan unas veces
por el lado derecho y otras por el izquierdo." (Cicerón, De la adivinación, I, 120)  

En los presagios deducidos del modo de comer de los pollos sagrados (que estaban bajo el cuidado especial de un pullarius en una jaula especial), se utilizaba al principio cualquier ave, pero con el paso del tiempo se limitó a la observación de estos pollos, traídos de Eubea, a los que daba para comer una torta especial (offa) y se observaba el apetito de los pollos y el sonido de los restos de comida al caer en el suelo. Si las aves se negaban a comer se consideraba nefasto, aunque por lo demás, cualquier animal con apetito era considerado, entre los romanos, signo de buen augurio.

“Porque es cosa necesaria que, cuando se le ofrece pienso a un pollo, se le caigan del pico unas miguitas al comer; sin embargo, decís que también es un tripudio pleno el que — según tenéis escrito — se produce cuando parte del bocado cae a tierra.” (Cicerón, De la adivinación, I, 27)


La consulta se tenía en cuenta, pero si el resultado era negativo, la autoridad que había propiciado el auspicio podía decidir no aceptarlo y actuar en contra de lo aconsejado.

“Cuando Publio Claudio se disponía a emprender un combate naval durante las Guerras Púnicas, consultó los auspicios según la costumbre de sus mayores y, cuando el augur le anunció que los pollos no salían de su jaula, ordenó que fueran arrojados al mar diciendo: Puesto que no quieren comer, que beban.” (Valerio Máximo, Dichos y hechos memorables, Epítome, de Julio Paris, I, 4, 3)


Las acusaciones de engaño por parte de los augures venían por su capacidad de tener hambrientos o hartos a los pollos según el resultado perseguido.

"Durante el tercer relevo de la guardia, Papirio, recibida ya la carta de su colega, se levanta en silencio y manda al pulario a consultar los auspicios. No había en el campamento nadie, fuera quien fuese, a quien no embargase el afán de pelear; los más altos mandos y los soldados rasos estaban igualmente tensos; el jefe era testigo de la fiebre de los soldados, y éstos de la del jefe. Este enardecimiento general afectó también a los que asistían a la toma de los auspicios, pues como los pollos no comían, el pulario tuvo la osadía de falsear el auspicio y comunicar al cónsul un augurio de lo más favorable. El cónsul lleno de alegría hace saber a todos que el auspicio es excelente y que entrarán en acción con la aprobación de los dioses, y ordena que se dé la señal de combate. Casualmente, cuando salía ya al campo de batalla, un desertor le da la noticia de que veinte cohortes de los samnitas —eran alrededor de cuarenta— habían salido para Cominio. Con el fin de que su colega no desconociese este hecho envía al instante un mensajero y da orden de acelerar la marcha. A las tropas auxiliares les había asignado sus puestos y sus prefectos; puso al mando del ala derecha a Lucio Volumnio, al de la izquierda a Lucio Escipión, y al de la caballería a otros legados: Gayo Cedicio y Tito Trebonio; a Espurio Naucio le ordena que lleve los mulos, una vez quitadas las albardas, con tres cohortes auxiliares bordeando una elevación del terreno que estaba al alcance de la vista, y que desde allí aparezca en pleno combate levantando la mayor polvareda que le sea posible. Mientras el general se ocupaba de estas instrucciones, surgió un altercado entre los pularios a propósito del auspicio de aquel día y fue oído por unos jinetes romanos; éstos, persuadidos de que se trataba de algo que no debía ser tomado a la ligera, comunicaron al hijo de un hermano del cónsul que había dudas acerca de los auspicios. El joven, nacido antes de que se enseñara el menosprecio de los dioses, comprobó el hecho para no dar una información no contrastada y dio parte al cónsul.



Éste le replicó: «¡Muy bien, francamente, por tu valor y escrupulosidad! Ahora bien, el que asiste a una toma de auspicios atrae sobre sí el sacrilegio si informa en falso; a mí, la verdad, se me anunció el tripudium el auspicio más favorable para el pueblo romano y para el ejército.» Ordenó luego a los centuriones que colocasen a los pularios en primera línea. También los samnitas hacen avanzar a su vanguardia; detrás vienen las formaciones con sus armas decoradas, de suerte que el espectáculo es magnífico incluso para los enemigos. Antes de que se lanzara el grito de guerra y se produjera el choque, el pulario, alcanzado por una jabalina lanzada al azar, cayó delante de las enseñas. El cónsul, cuando se le informó de ello, dijo: «Los dioses asisten al combate; el culpable tiene su merecido.» Mientras el cónsul pronunciaba estas palabras, delante de él graznó con toda claridad un cuervo; el cónsul, satisfecho con este augurio, asegurando que nunca los dioses habían estado más presentes en una empresa humana, ordenó dar la señal de ataque y lanzar el grito de guerra". (Tito Livio, Ab urbe condita, X, 40)



El procedimiento habitual seguido por el augur para consultar los auspicios estaba establecido con unas normas en la que el oficiante se subía, si estaba dentro de la ciudad, a uno de los auguráculos que estaban en la parte más alta y desde allí sentado, con la cabeza cubierta y el lituo o bastón curvo sin nudos en su mano derecha, miraba hacia el sur; allí invocaba a los dioses y mentalmente trazaba una región de cielo en la que iba a hacer la observación (templum). Primero el augur dibujaba sobre el suelo un diagrama con su bastón curvo delimitando así las regiones y nombrando los hitos que la circundaban, tales como los árboles. Después la mirada del augur seguía la dirección que marcaban sus propios gestos abarcando con un golpe de vista la ciudad y el territorio situado más allá, lo contemplaba todo y de este modo unía los cuatro templa distintos en un gran templo único mediante la mirada y el gesto, que posteriormente encerraba en un cuadrado en el que señalaba un punto de referencia (la idea era siempre subdividir en dos el espacio que se tenía que escudriñar, cosa que se podía hacer hasta el infinito). Entonces pronunciaba la norma que anunciaba el asunto sobre el que se disponía a decidir e indicaba los incidentes que deberían interpretarse como prodigios. Por último, valoraba la aparición de signos conforme a las reglas de su ciencia: pedía a la divinidad que ofreciera claramente señales precisas dentro de los límites que había trazado para seguidamente enumerar los auspicios que se querían obtener.

Se consideraba de buen agüero que las aves aparecieran por la izquierda y todo lo contrario si aparecían por la derecha. Según Dionisio de Halicarnaso esto se debe sencillamente a un factor de comodidad, pues es más útil para los que están sentados mirar al este, que es por donde se produce la salida del sol, la luna, las estrellas y los demás planetas, y cuya izquierda es la parte que mira al norte.


Ilustración de Giovanni Battista Fontana

El augurium salutis consistía en una ceremonia en la que se preguntaba a la divinidad si permitía que se rogase por la salud del pueblo romano. Constaba de dos partes: el augurium, propiamente dicho, que tenía por objeto conocer si los dioses autorizaban a que se pidiera por la salud del pueblo romano y la precatio o plegaria por la salud del pueblo romano.

“Es una forma de adivinación con la cual se busca si Dios quiere que se pregunte por la salud del pueblo, como si fuese una impiedad dirigir tal plegaria sin haber tenido antes el permiso”. (Dión Casio, Historia romana, XXXVII, 24, 1).

El augurium salutis se podía cumplir sólo si no existían en curso guerras, ni civiles ni internas.

“El augurium salutis no se celebraba: en efecto, aparte del hecho de que era muy difícil para ellos fijar con precisión un día exento de peligros de todo tipo, hubiese sido absurdo, expuestos a procurarse en las guerras civiles enormes daños y destinados, sea como victoriosos o como derrotados, a sufrir, que hiciesen al dios una petición de bienestar.” (Dión Casio, Historia romana, XXXVII 24, 2-3).

La celebración del augurium fue haciéndose cada vez más rara dado que a las guerras externas afrontadas por Roma se sumaron desde el inicio del siglo I a.C. a las guerras civiles. En el año 63 a.C., meses antes de que la célebre conjura de Catilina fuera descubierta (siendo Cicerón cónsul, pero no todavía augur), el augurium salutis tuvo un sentido desfavorable —y probablemente la plegaria no llegó a pronunciarse — como testimonia el texto de Dión Casio:


"En aquel tiempo los romanos tuvieron, en aquella parte del año, una pausa en las guerras, tanto que pudieron celebrar el llamado augurio de la salud abandonado durante largo tiempo... Ellos, de todas formas, pudieron celebrar aquella fiesta del augurio: no fue, sin embargo, regular, porque volaron ciertas aves infaustas. Por este motivo la repitieron. Y fueron observados otros infaustos presagios: cayeron del cielo sereno muchos rayos, la tierra tembló fuertemente. Aparecieron en muchos lugares espectros de hombres y antorchas de fuego se elevaron hacia el cielo desde el Occidente, de forma que cualquiera, incluso un profano, habría podido entender con anticipación qué tipos de acontecimientos anunciaban estos signos." (Historia romana XXXVII, 24, 1-25, 2).

Los auspicia salutis se celebran repetidamente sólo bajo el principado de Augusto (y de su sucesor Tiberio), cuando la celebración de este particular rito augural (rescatándola del olvido) formaba parte de la propaganda oficial de la célebre pax augustea.

Tiberio como pontífice máximo, Museo Nacional de Nápoles

El silencio impuesto en la toma de auspicios, es decir, durante la observación del vuelo de las aves del que se desprendían la voluntad de Júpiter se conocía como el silencio augural. Se trataba de un estado de absoluta e impeturbada tranquilidad, necesaria para el cumplimiento del acto y constituía una condición indispensable para la validez de la observación de los signos. Es, pues, un silentium absoluto, un verdadero silencio.

“Silentio surgere, dice [Verrio Flaco], se usa hablando de un hombre que, después de medianoche, se ha levantado silenciosamente del lecho para tomar los auspicios y, abandonando el lecho, se ha puesto y está sentado sobre una silla maciza, cuidando bien (?) hasta que haya regresado al lecho, de no arruinar nada durante todo este tiempo: porque silentium es la ausencia de todo aquello que pueda viciarlos.” (Fest. 438 L)

En caso de que el silencio no hubiera sido observado, como prescribía la doctrina augural, se incurría en un vitium y, como cualquier otra transgresión de una norma ritual, en un pésimo presagio que los dioses no dejaban de advertir mediante graves prodigios. Se debía, pues, constatar el silentium prestando atención a todo hecho imprevisto que anulara la observación augural.

Los actos de la vida pública romana no podían considerarse legítimos si antes de su realización no se habían consultado los auspicios. El imperator buscaba el beneplácito de los dioses, también fuera de los límites sagrados del pomerium, donde se hallaba en posesión del imperium militiae, inseparable del derecho de auspicios, por el que tenía capacidad para solicitar que se interpretase la voluntad de los dioses.


“¿Qué puede haber más profético que aquel auspicio que se encuentra en tu Mario (por servirme preferentemente de tu autoridad)?
Entonces, de pronto, la alada compañera de Júpiter altisonante,
lastimada por la mordedura de una serpiente, se yergue
sobre el tronco del árbol y atraviesa con fieras garras a la culebra,
que, casi exánime, cimbrea poderosamente su cuello multicolor,
desgarrándola, mientras se retuerce, y haciendo brotarla sangre con su pico;
ya saciado su espíritu y habiendo ya vengado el duro dolor,
arroja a la exhalante culebra, deja caer sus trozos sobre el agua,
y toma, desde donde el sol se pone, hasta el brillante orto.
Cuando a ésta, que con raudas alas se deslizaba volando,
divisó Mario, augur del divino numen,
y hubo advertido éste los faustos signos de su ensalzamiento y regreso,
el propio padre del cielo resonó por el lado izquierdo.

Así es como Júpiter refrendó el ilustre presagio del águila.” (Cicerón, De Adivinación, I, 46)

Augur, Museo Británico, Londres

Las practicas adivinatorias tenían una estrecha relación en la antigua Roma con la vida y las decisiones políticas en las que el derecho augural cumplía un papel fundamental en la constitución de las leyes y las funciones del gobernante. Antes de las Guerras Civiles, las leyes se ajustaban a la vida religiosa de la ciudad y eran respetadas por tradición.

“Al oír el nombre de Numa, los senadores romanos, a pesar de estimar que el poder basculaba hacia los sabinos si el rey era elegido de entre ellos, no se atrevieron, sin embargo, a anteponerse a sí mismos ni a otro de su partido ni a nadie, en fin, de los senadores o de los ciudadanos a un hombre semejante; todos unánimemente deciden que la monarquía debe recaer en Numa Pompilio. Reclamada su presencia, lo mismo que Rómulo, se hizo cargo del poder previa toma de los augurios para fundar la ciudad, y dispuso que, también, acerca de su persona, se consultara a los dioses. A continuación, conducido a la ciudadela por un augur, cargo que, en adelante, tuvo oficialmente de modo permanente esta función honorífica—, se sentó en una piedra de cara al mediodía. Tomó asiento a su izquierda el augur con la cabeza cubierta, sosteniendo con la mano derecha un bastón curvo sin nudos al que llamaron lituus. Acto seguido, después de abarcar con la mirada la ciudad y el campo y de invocar a los dioses, trazó mentalmente una línea que separaba el espacio de Oriente a Occidente y declaró que la parte de la derecha correspondía al Sur y la parte de la izquierda al Norte; enfrente, todo lo lejos que podía alcanzar la vista, fijó mentalmente un punto de referencia. Entonces, cambiando el lituus a la mano izquierda e imponiendo la derecha sobre la cabeza de Numa, hizo esta súplica: «Padre Júpiter, si las leyes divinas permiten que Numa Pompilio, aquí presente, cuya cabeza yo estoy tocando, sea rey de Roma, danos claramente señalo les precisas dentro de los límites que he trazado.» Seguidamente enumeró los auspicios que quería obtener. Conseguidos éstos, Numa fue declarado rey y descendió del recinto augural.” (Tito Livio, Ab urbe condita, I, 18)




La adivinación estuvo presente en Roma desde su fundación por Rómulo, quien también era un excelente augur, siéndolo también sus sucesores, aun expulsados los reyes. Se consideraba un arte enseñado por sabios, transmitido para la posterioridad y fundamental para el bienestar de la ciudad, y no se emprendía negocio público relativo a la paz o a la guerra sin observar los auspicios.

Los augures del Estado interpretaban los designios de Júpiter Optimo Máximo, observando sus anuncios en el cielo y en la tierra. Igualmente se interpretaban los acontecimientos que habían de suceder por medio de presagios y auspicios, ligados a las consultas de carácter agrario (plantación y viñedos en favor del pueblo), político (decisiones de Estado), bélico (acciones de guerra), entre otras.

“Los augures del Estado, intérpretes de Júpiter Optimo Máximo, que vean los acontecimientos que han de suceder en los presagios y en los auspicios; ellos deben conservar la disciplina tradicional, que los sacerdotes observen los augurios en relación a los viñedos y las plantaciones de mimbre para el bien del pueblo. Que los que vayan a emprender acciones de guerra o asuntos de Estado sean informados previamente por los auspicios, y a ellos obedezcan. Que prevean el enojo de los dioses y obedezcan sus deseos, que distingan en qué parte del cielo ha estallado el rayo. Que la ciudad, los campos y los pueblos mantengan libres y consagrados. Y que todo lo que el augur declare injusto, nefasto, defectuoso y abominable sea nulo y como no sucedido, y quien no obedezca a los augures sea culpado de delito capital.” (Cicerón, De las leyes, 2, 21)


Augur etrusco. Museos Capitolinos, Roma

En el periodo Augustal como veremos a continuación se consolidó la tendencia que en el siglo I a.C. había comenzado con Mario de resaltar los prodigios individuales, que estaban asociados al culto a la personalidad y al caudillismo que intentaron imponer quienes detentaron el poder, encontrando con Augusto la máxima expresión de síntesis entre propaganda que legitimaba y revitalizaba las e tradiciones republicanas casi perdidas, ya que Augusto buscaba ser considerado un restaurador y un refundador de la propia Roma.


“Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontó el vuelo hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo”. (Suetonio, Augusto, XCIV)

Este prodigio contado por Suetonio y datado hacia el año 55 a.C., en el que un águila toma y después devuelve un trozo de pan de la mano del joven Octavio, simboliza la representación de Augusto, como un soberano que sustenta a su pueblo.

Fragmento de camafeo en sardónice con Júpiter montado en el águila.
Museo Metropolitan de Nueva York

En la ciudad, eran pocas las acciones y hazañas emprendidas sin antes consultar a los augures, aun cuando su utilización se fue perdiendo con el tiempo, consultándose las entrañas o el vuelo de aves, siendo incluso llevadas a cabo entre los antiguos por quienes ejercían negocios públicos, llegando a ser durante el periodo republicano, desempeñado por sus gobernantes:

“Generalmente, los mismos que ostentaban el poder entre los antiguos ejercían los augurios, pues, del mismo modo que consideraban la sabiduría como algo propio de reyes, así también el poder de adivinar. Da testimonio de ello nuestra ciudad, en la que los reyes fueron augures, y en la que, después, particulares revestidos de esa misma función sacerdotal dirigieron el Estado, gracias a la autoridad que les confería la religión.” (Cicerón, I, 40)

Plinio recuerda el respeto de Trajano hacia la forma más importante de adivinación oficial: los auspicia. Plinio dice que, cuando salía de su palacio no le obstaculizaba el paso el aparato que rodea a un príncipe ni el alboroto de guardias personales, “tan sólo se detenía en la puerta para consultar los auspicios de las aves y respetar las advertencias de los númenes”. (Panegírico, 76, 7)

Trajano, a pesar de su carácter y pensamiento estoico, se vio obligado a cumplir con los viejos ritos etruscos y latinos dado, sobre todo, que quienes los practicaban públicamente trataban de que el emperador quedara sometido al mos maiorum.

Columna de Trajano

 El nombramiento de Plinio el joven como augur demuestra que Trajano primaba la lealtad en un nuevo augur, sobre todo teniendo en cuenta que dicho sacerdocio debía determinar si existían las condiciones necesarias para el ejercicio de los asuntos públicos, pues un augur podía llegar a paralizar la justicia, los negocios públicos o la acción política. 

El príncipe no otorgaba directamente ni las magistraturas ni los sacerdocios, sino que proponía al Senado y a los colegios sacerdotales a los candidatos que consideraba más dignos de ser elegidos. Ello no aseguraba el nombramiento, pero los elogios dedicados por el príncipe a cada uno de los candidatos permitían conocer cuál era su preferido.

“Me has felicitado por haber recibido el honor del augurado; con razón me has felicitado, en primer lugar, porque es hermoso merecer la opinión favorable de un príncipe tan digno incluso en los temas más insignificantes; en segundo, porque el propio sacerdocio no solo es antiguo y venerable, sino el más sagrado y distinguido, porque se conserva durante toda la vida.” (Plinio, Epístolas, IV, 8)



Se consideraba que las mujeres no eran capaces de interpretar los presagios por lo que no se les permitía acceder al colegio de augures, ni tener parte en la toma de auspicios. Sin embargo, en el caso de la emperatriz Livia, se le dejó hacer la interpretación de un augurium.

“En Nerón se extinguió la dinastía de los césares; este acontecimiento lo habían anunciado varios presagios, y especialmente dos, con mucha más evidencia que los otros. En efecto, poco después de su boda con Augusto iba Livia a su casa de Veyes, cuando un águila, que volaba por encima de ella, dejó caer sobre sus rodillas una gallina blanca que acababa de apresar, la cual tenía todavía en su pico una rama de laurel. Dio esta gallina tantos pollos, que la casa recibió el nombre, que conserva aún, de las gallinas, y la planta se desarrolló tan prósperamente que en lo sucesivo cogieron de ella los césares los laureles para sus triunfos, aunque cuidando siempre, una vez terminada la ceremonia, de volver a plantarlos en el mismo sitio.

Poco antes de la muerte de cada emperador, el arbusto plantado por él se marchitaba y durante el último año del reinado de Nerón la planta se secó hasta las raíces y perecieron todas las gallinas. Poco después cayó un rayo sobre el palacio de los césares, cayeron a la vez las cabezas de todas las estatuas y a la de Augusto le fue arrancado el cetro de los romanos.” (Suetonio, Galba, I)

Livia Drusilla como sacerdotisa.
Museo Nacional de Nápoles

Del texto de Suetonio se desprende que Livia interpretó el signo favorablemente, por lo cual ordenó criar la gallina y cultivar el laurel. Según Dión Casio, Livia estaba destinada a tener en su regazo el poder de César y a dominarlo todo. El incidente debería ser, entonces, considerado como un augurium, es decir, una manifestación de la voluntad divina, esta vez a través de las aves.

Sin embargo, no fue Livia la primera mujer en Roma que interpretó una señal de los dioses tan venturosa. En el caso del rey Tarquinio Prisco es su esposa, de origen etrusco, la encargada de pronosticar el futuro de su esposo. La historia de este rey comienza previamente a su acceso al trono. Hijo de un exiliado griego, Tarquinio se sintió despreciado por sus conciudadanos, por lo que abandonó su patria etrusca y se dirigió a Roma llevando consigo familia y riquezas. Cuando ya tenía la ciudad a la vista, en el monte Janículo, un águila descendió sobre su cabeza y le arrebató el sombrero, y tras revolotear por encima emitiendo gritos, lo devolvió a su lugar. Su esposa, Tanaquil, experta en cuestiones de adivinación, interpretó tan extraño suceso como un presagio de realeza en el que Tarquinio estaba destinado por los dioses al cumplimiento de grandes empresas. Al ser la divinidad la que envía las señales, el hombre no puede eludir su designio, es decir, la voluntad divina justifica la entronización posterior de Tarquinio.

“Como los etruscos despreciaban a Lucumón por ser hijo de un exiliado, de un forastero, ella no pudo soportar la humillación y, dando de lado a la innata querencia a la patria con tal de ver a su marido cubierto de honores, tomó la determinación de emigrar de Tarquinios. Roma le pareció lo más indicado para su objetivo: «en un pueblo nuevo donde toda la nobleza es reciente y, por méritos, habrá un sitio para un hombre de arrestos y de empuje; fue rey Tacio, un sabino; a Numa se le hizo venir de Cures para hacerlo rey, y Anco es hijo de madre sabina y no posee más nobleza que la imagen de Numa». Convence fácilmente a aquél, ambicioso y para el que Tarquinios era sólo la patria de su madre, y tomando sus bártulos emigran a Roma. Casualmente, al llegar al Janículo, un águila desciende suavemente planeando con las alas extendidas y le quita el gorro a Lucumón, que iba sentado en el carro al lado de su esposa, y, revoloteando por encima del carro con agudos chillidos, lo vuelve a colocar como es debido en su cabeza, como si cumpliese una misión divina; después se perdió en las alturas. Dicen que Tánaquil recibió el presagio con alegría, por ser mujer entendida en agüeros celestes, como lo son en general los etruscos. Abrazando a su marido, lo anima a concebir grandes y profundas esperanzas, basándose en la clase de ave que ha venido, en la región del cielo y en el dios del que es mensajera; en que ha hecho el presagio sobre la parte más elevada del cuerpo; en que ha tomado en vilo el adorno de la cabeza de un hombre, para volvérselo a colocar por mandato divino. Abrigando tales esperanzas y pensamientos entraron en Roma, adquirieron una vivienda y dieron como nombre de Lucumón el de Lucio Tarquinio el Antiguo”. (Tito Livio, Ab urbe condita I, 34)

Tumba de los escudos, Necrópolis etrusca de Monterozzi, Tarquinia, Italia

Los propietarios romanos intentaron mantener a sus esclavos alejados de la adivinación para que no alimentasen vanas esperanzas en cuanto a su posibilidad de libertad. Catón prohibió al vilicus o capataz de su hacienda consultar a los arúspices, augures, y astrólogos. Y Columela advierte que el esclavo no debería hacer sacrificios sin orden del amo, quizás para apartarle de las prácticas adivinatorias.

Los dueños de esclavos nunca aprobaron las dotes adivinatorias de sus esclavos, a las que se consideraban defectos del espíritu, sin duda por considerarlas peligrosas. Los esclavos vivieron al margen de la adivinación que podríamos llamar “oficial”, es decir, de la de augures, decenviros y arúspices. En cambio, en los estamentos sociales más altos, incluido el emperador, las artes adivinatorias formaban parte del bagaje cultural del hombre de la época.

Algunos autores afirmaban que la participación de esclavos en ciertos ritos constituía un escándalo que era necesario expiar y la única relación que había de los siervos públicos con los augures era su presencia como auxiliares.

Escena de sacrificio. Museum of Fine Arts, Boston, EEUU. Foto Roger B. Ulrich

Un texto de Suetonio manifiesta que el emperador Claudio, restableciendo una práctica caída en desuso, decretó que si se veía en el Capitolio un ave de mal augurio se efectuase una obsecratio cuyo texto sería leído por él mismo (como pontífice máximo) no sin antes haber ordenado que se alejasen todos los trabajadores y esclavos.

“En Roma y fuera de ella, reformó Claudio, o restableció o instituyó, muchos usos relativos a las ceremonias religiosas, a las costumbres civiles o militares, a los derechos de los diferentes órdenes del Estado; nunca añadió un miembro nuevo al Colegio de los pontificios sin prestar al mismo el juramento acostumbrado. Cuando ocurría en Roma algún terremoto, se preocupaba siempre de hacer anunciar por el pretor, a la multitud reunida, fiestas expiatorias: si aparecía en la ciudad o en el Capitolio un ave de mal agüero, ordenaba preces públicas, como pontífice máximo, desde lo alto de los Rostros y en presencia de todo el pueblo convocado, después de haber hecho alejar a los esclavos y operarios, pronunciaba él la primera fórmula.” (Suetonio, Claudio, XXII)


En tiempo de Catón el Censor se recurría a los auspicios en las casas particulares. Y en Ia época imperial existían aún los nuptiarum auspices, que intervenían con sus presagios en las bodas. Los textos en general no dicen de qué clase de signos se trataba. Entre estos signos se encontraba la observación de las aves, mencionada por Cicerón, que conoce la antigua costumbre de recurrir a las aves.

"Antaño, casi ningún asunto importante se emprendía sin contar con los auspicios, ni aunque fuera de carácter privado, como incluso hoy reflejan los augures en las bodas, quienes, una vez perdida ya su función, se limitan a conservar su nombre. Pues, así como hoy suele impetrarse por los asuntos importantes mediante las entrañas (aunque también esto bastante menos que en otros tiempos), así solía hacerse por entonces a través de las aves. Y, de esta manera, al no buscar aquello que nos es favorable, vamos incurriendo en lo malo e infausto." (Cicerón, De Adivinación, I, 6)

Ara de los Lares de Augusto, Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

En la época de Plauto los prodigios y augurios parecen haber formado parte de la vida cotidiana y tenido gran influencia al ser tenidos en cuenta a la hora de emprender un negocio o participar en cualquier actividad, incluso si esta consistía en un engaño o en un delito con un escarmiento para los implicados.

Líbano — ¡Caray!, de verdad, Líbano, ahora es mejor despabilarse e inventar alguna estratagema para hacerse con el dinero. Ya hace mucho que dejaste al amo y te fuiste a la plaza, para urdir algún engaño para encontrar el dinero. Allí te has pasado todo el rato hasta ahora dormitando sin dar golpe; venga, sacude esa indolencia, fuera con esa dejadez, vuelve otra vez a tu ladina condición de siempre; ayuda a tu amo, no hagas como suelen la mayoría de los esclavos, que no son listos más que para engañarle. Pero, ¿de dónde lo voy a sacar?, ¿a quién birlárselo?, ¿a dónde dirigir mi embarcación! (Mirando al cielo.) Ya tengo los augurios y los presagios: las aves permiten cualquier dirección: el pájaro carpintero y la corneja por la izquierda, el cuervo y el quebrantahuesos por la derecha me alientan de consuno; desde luego que estoy dispuesto a haceros caso. Pero, ¿qué significa eso de que el picoverde golpea el olmo? Seguro que no es una casualidad. Por lo menos, según lo que yo deduzco del augurio del picoverde, hay vergajos preparados o para mí o para Sáurea, el mayordomo. Pero, ¿por qué vendrá ahí Leónidas corre que corre jadeando de esa forma? Eso me inquieta, viene por la izquierda, mal agüero para mis proyectos de engaño". (Plauto, Asinaria, II, 1)



Bibliografía

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https://revistas.ucm.es/index.php/ILUR/article/download/ILUR0101440047A/26506; El Augurium Salutis o la paz imposible; Santiago Montero
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https://dspace.uah.es/dspace/handle/10017/9402; LA ADIVI ACIÓ E ROMA: ORÍGE ES, FU DAME TACIÓ y CRÍTICA ESPECULATIVA DE SU PRÁCTICA; David Espinosa Espinosa
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Mitología universal: historia y explicación de las ideas religiosas y teológicas; Gaspar y Roig, ed. Google Books
https://www.jstor.org/stable/310484; Omens and Augury in Plautus; Charles Burton Gulick
http://scholarcommons.usf.edu/etd/537/; Electoral abuse in the late Roman Republic; Howard Troxler

jueves, 25 de febrero de 2016

Magicae I, magos y hechiceras en la antigua Roma

Altar con doce dioses, museo del Louvre, foto de Jastrow

La superstición que imperaba en las antiguas civilizaciones era la explicación que encontraban los individuos a determinados acontecimientos naturales cuando no podían explicar de una forma lógica lo que ocurría en su vida y entorno.

La tradición religiosa romana incluyó a la superstición dentro de sus elementos del culto, basándose en la herencia de los pueblos itálicos, como los sabinos y los etruscos. La religión oficial exigía una atención a los dioses que provocaba temor hacia ellos, por lo que recurrir a prácticas rituales prohibidas por el Estado se convirtió en algo más habitual. 


“La suerte ablandó aquella noche amenazadora capaz de producir alguna gran maldad con un caso fortuito. Porque, sin embargo, de que el cielo estaba casi claro, pareció que la luz de la luna vino a fallecer y eclipsarse; los soldados, que ignoraban la causa, lo tomaron como por presagio de las cosas presentes, y, comparando a sus trabajos el defecto de aquel planeta, se persuadieron a que les sucedería todo prósperamente si la luna volvía luego a cobrar su acostumbrado resplandor. Con esto comienzan a hacer gran estruendo con todo género de instrumentos militares, alegrándose o entristeciéndose conforme se iba aclarando u obscureciendo la luna; mas después que algunas nubes que se levantaron la acabaron de cubrir del todo teniéndola ya por sepultada en tinieblas, como suelen darse fácilmente a la superstición los ánimos turbados y temerosos, se pronostican eternos trabajos, doliéndose de que sus maldades tuviesen tan ofendidos a los dioses”. (Tácito, I, I, 28)

Durante el Alto Imperio coexistieron los cultos a divinidades orientales y africanas con los rituales practicados por magos, adivinos y hechiceros que, gracias a sus conocimientos de hierbas y plantas, la astrología y las artes ocultas ejercían un oficio aprovechando la necesidad que algunos tenían de satisfacer ciertas necesidades de una manera que no estaba amparada por la ley. Cicerón denunció la introducción de creencias bárbaras en la religión romana, la relajación de las costumbres y la práctica de actividades viciosas alejadas de la religión oficial por parte del pueblo.


"Por tanto, ¿veis cómo, a partir de unos hechos científicos descubiertos de una manera correcta y provechosa, nuestra razón se ha ido desviando hacia unos dioses imaginarios y ficticios? Esta circunstancia engendró creencias falsas, confusa desorientación y una superstición propia casi de ancianas." (Cicerón, De los Dioses, L. II)

Libro mágico, Termas de Diocleciano, foto de Marie Lan Nguyen

Tanto la magia como la religión compartían la creencia en fuerzas o seres superiores que podían actuar en sentido favorable o contrario a las propias intenciones. La religión trataba de atraerse el favor de los dioses o de evitar su castigo mediante la plegaria, el sacrificio y todas las manifestaciones del culto divino. La magia, en cambio, pretendía someter la voluntad de las potencias superiores utilizando la coacción de sus fórmulas y actos. La primera se preocupaba mayormente de la sociedad y sus ceremonias eran públicas, mientras la segunda se centraba más en el individuo y sus ritos eran privados.

Todos los hombres y mujeres de la Antigüedad Tardía creían en el poder de los magos, brujos, adivinos y en la omnipresencia del diablo y de otros seres y poderes no humanos que influían de una forma permanente en la vida de las personas, de los animales e incluso de las plantas.

La práctica de la magia era habitualmente castigada, hasta con la muerte. Las leyes prohibían ciertos comportamientos, como la ley de las XII Tablas, la ley Cornelia de sicariis et veneficiis y la ley Iulia maiestatis que condenaban los crimina magiae (delitos de magia).



La Lex Cornelia de sicariis et veneficis (Ley Cornelia sobre sicarios y envenenadores) fue promulgada el año 81 a.C. en la reforma jurídica propuesta por Sila. Establecía la pena de muerte como sanción a quien practicara envenenamientos y apuñalamientos con pérdida de la vida de quien las sufría. La ley también sentenciaba la muerte a quién preparara, vendiera o confeccionase los venenos o proporcionara medios para consumar el atentado, o instigase a alguien a que lo hiciera. La ley Iulia castigaba los crímenes mágicos que afectaban a la familia imperial u obedecían a razones políticas.

Varios emperadores decretaron la expulsión de magos, charlatanes y astrólogos de Roma.


En el mundo romano un clima de tensión política y social a veces traía generaba una gran paranoia y traía como resultado un inusual número de acusaciones contra cualquiera de practicar magia.  En un inestable momento político algunos se sentían excesivamente tentados a acusar a cualquiera de practicar la magia, al estar perseguido por la ley. Mayormente cuando se podía conseguir una ganancia personal, económica o política. Tácito sugiere que algunos periodos del imperio fueron peligrosos para las clases altas que tenían alguna relación con la magia.


“La suerte propicia salvó a otros pocos, amparando la manifestación de su inocencia. Pero las prevenciones se multiplicaron hasta lo infinito, y pronto envolvieron en sus inextricables redes innumerables víctimas que perecieron desgarrados sus miembros en los tormentos o sufrieron la sentencia capital con pérdida de cuanto poseían, siendo Paulo el eje de todas aquellas iniquidades. Su espíritu, fecundo en medios de dañar, era arsenal de toda clase de calumnias, pudiéndose decir que de una señal suya dependía la suerte de los acusados. Había llevado uno al cuello un amuleto como protección contra la fiebre cuartana o de otra enfermedad cualquiera, o bien se le había visto pasar de noche junto a una tumba; esto era bastante para que fuese denunciado y condenado a muerte, como confeccionador de venenos o como violador de sepulcros, que turbaba el reposo de los manes para componer maleficios, siguiendo la ejecución inmediatamente a la sentencia.” (Amiano Marcelino, Historia del Imperio Romano, XIX, 12)

Amuleto, Museo Kelsey
En su obra Apologia pro se de Magia, Apuleyo nos dejó noticia de que en Sabrata, cerca de la ciudad de Oea, aproximadamente en el año 158 d. C., se enfrentó a un juicio por una acusación de magia. 

Pudentila era una viuda, de 40 años de edad, madre de dos hijos, y Sicinio Emiliano, hermano del esposo ya fallecido de Pudentila atacó a Apuleyo, con sus abogados; primero con palabras, o sea, difamándolo, incurriendo en el delito de injuria; después lo acusó, también de palabra, de “maleficios mágicos”, “de magia” y de que mediante encantamientos y brebajes había enamorado a Pudentila. Esta era una mujer rica, su fortuna consistía en 4 millones de sestercios, además de, entre otras propiedades, granjas, rebaños, predios, campos, una casa muy grande y opulenta. Ella le prometió a Apuleyo, su segundo esposo, la cantidad de 300 mil sestercios por concepto de dote. La razón de la acusación de magia era, a los ojos de Apuleyo, muy clara: en realidad Emiliano quería que la fortuna quedara en sus manos y no en las de un extraño a la familia.

Apuleyo, al abordar el tema sobre la magia, distingue dos tipos: la magia buena, la que podríamos llamar blanca; y la mala, la que hace daño, o sea, la llamada comúnmente negra. La magia blanca, primeramente, la relacionan a lo que pensaban y consideraban los persas: la que radica en el conocimiento, la que todo filósofo o científico tiene necesidad de conocer, la que es propia de los sacerdotes. La magia mala, la dañina, es la que se castiga con las leyes y se refiere a ella de la siguiente manera: es oculta, no menos que repugnante y horrible, y por lo común se practica en las noches, se esconde en las tinieblas, huye de testigos y murmura conjuros; a ella se admiten pocos individuos no sólo de entre esclavos sino también de entre libres.


Pintura de Alma Tadema
Apuleyo, hábil orador, se defiende de una manera magistral, anulando prácticamente todas las acusaciones que sus adversarios interpusieron contra él, dejándolos en ridículo, como charlatanes e ignorantes. Se muestra ante el procónsul Claudio Máximo y ante todo el público que asistió al juicio, no como un mago, sino como un hombre culto, estudioso, interesado en la religión, en la filosofía y en la ciencia.

“Voy a referirme ahora a la raíz misma, a la causa real de la acusación de maleficio. Respondan Emiliano y Rufino a esta pregunta: ¿por qué iba a interesarme a mí el seducir a Pudentila, mediante encantamientos y bebedizos, para casarme con ella, aunque yo fuera el más grande de todos los magos?” (Apuleyo, Apología)

Los romanos diferenciaban entre dos tipos de magia, la blanca o buena, más cercana a la sabiduría y relacionada con los dioses y el ámbito celestial, capaz de interpretar los signos astrales y adivinar el futuro, que busca el bien del hombre y que está en manos de los varones. La magia negra es más terrenal, adora a los ídolos, utiliza hierbas y plantas, conjura a los seres del inframundo, se aparta de la ley, se practica en secreto y se vale de los espíritus de los muertos para lograr un fin que no conduce a ningún bien, y sus resultados son normalmente perjudiciales. La practican seres marginales y principalmente mujeres, retratadas como figuras horrorosas e infames.



Retrato de anciana, Museo Británico, foto de Jastrow
La magia llevaba a cabo rituales que cubrían ciertas necesidades de protección sobrenatural a la cual el pueblo llano no tenía acceso. Pero aun así la literatura latina proporciona datos sobre los temores a los encantamientos y hechicerías. Venenos, hierbas y pócimas se administraban para lograr un éxito personal o para hacer fracasar a otros.

¿Entorpece mi cuerpo por ventura un veneno de Tesalia, o los ensalmos y las maléficas hierbas han hecho mi desgracia? Tal vez alguna hechicera escribió contra mí nombres siniestros en la cera de Fenicia, y me clavó en el mismo hígado sus agujas sutiles. Los dones de Ceres, sometidos al influjo de un encantamiento, se convierten en hierbas estériles, y con el poder de los ensalmos se agotan los raudales de una fuente, la bellota asimismo se desprende de la encina, las uvas caen de las cepas y los frutos del árbol, sin que nadie sacuda sus ramas. ¿Quién, pues, impedirá que las artes mágicas paralicen mis nervios? (Ovidio, Amores, I, 8)



Medea y Jasón, Pintura de John William Waterhouse
Se creía que la magia buscaba dominar la naturaleza invocando las fuerzas sobrenaturales y según las creencias más antiguas de los pueblos orientales, los magos conocían el mundo invisible de los espíritus y desempeñaban un papel preponderante en la comunidad.

En Grecia y Roma los adivinos y magos no tenían ya nada en común con los sacerdotes, aunque eran solicitados por los poderes de los que se creía estaban dotados. Los magos, normalmente extranjeros, egipcios, tesalios, o persas, no estaban muy bien vistos por ser expertos en unas artes desconocidas para los demás que les llevaba a actuar contra la naturaleza y los dioses en unas prácticas secretas y nocturnas. Sin embargo, algunos magos gozaron de cierto prestigio, como Apolonio de Tiana, de quien Filostrato dice que hacía resucitar a una muerta, podía expulsar démones de los cuerpos, sanar enfermos, apartar la peste, o invocar a los muertos.

Apuleyo relata el caso del mago Zatclas, dedicado especialmente a la necromancia:

“Pues bien, replicó el viejo, encarguemos a la divina Providencia el cuidado de esclarecer la verdad. Hay aquí un egipcio, llamado Zaclas, profeta de primera categoría, que mediante una fuerte suma convino tiempo atrás conmigo en traerme, para breves instantes, un alma del infierno y reanimar un cuerpo después de muerto. Diciendo esto hizo avanzar por entre la muchedumbre a un joven vestido con tela de lino, calzado con hojas de palmera y la cabeza completamente afeitada. Después de besarle largo rato las manos y abrazarle las rodillas, dijo:—¡Tened piedad de nosotros, divino pontífice, tened piedad de nosotros! Os conjuro por los astros del cielo, por los dioses infernales, por los elementos que componen el universo, por el silencio de la noche, por el trabajo que secretamente llevan a cabo las golondrinas cerca de Coptos, por las avenidas del Nilo, por los misterios de Memfis y por los sistros de Pharos, a que derraméis un poco de luz sobre estos ojos, cerrados para siempre; dejadles gozar un instante la luz del sol. No nos resistimos, no disputamos su presa a la madre tierra, sólo por la consoladora esperanza de vengarle pedimos unos momentos de vida para este cadáver.” El profeta, en virtud de esta invocación, aplicó por tres veces, sobre la boca del cadáver una hierba, luego otra sobre el pecho; luego, puesto de cara a Oriente dirigió, en voz baja, una oración al sol cuyo carro augusto recorría la bóveda celeste. Esta imponente escena impresionó a todos los espectadores, que pusieron viva atención en el milagro que iba a operarse.” (Apuleyo, El Asno de oro, II, 28)






Dión Casio en su Historia De Roma relata el caso acontecido en el ejército, que estando aislado en las montañas de Panonia, cercado por los peligrosos cuados, un calor sofocante y la falta de agua hacían presagiar una masacre, y, entonces, Arnufis, recurrió a sus artes ocultas, invocando la intervención de Hermes Aérios (dios de la magia correspondiente al egipcio Thot) y una fuerte tormenta, acompañada de abundantes lluvias consiguió que el ejército romano se repusiese y pudiese rechazar a los bárbaros.

Sin embargo, la visión más negativa se otorgaba a las magas o hechiceras (sagae). Se pensaba que si una mujer se dedicaba a la magia era solo para provocar el mal. Se podría interpretar que los hombres temían que las mujeres asumieran tal poder y se las veía como seres que se dejaban llevar por los más bajo instintos, como la violencia, la venganza, el desenfreno sexual o la ebriedad.

“Oiga el que desee conocer a cierta meretriz: es una vieja llamada Dipsa; el nombre le viene del oficio: Jamás la sorprendió en ayunas la madre del negro Memnón desde su carro ornado de rosas. Ella conoce las artes de la magia, las canciones de Colcos y los conjuros que obligan a retroceder las rápidas aguas hacia su fuente. Sabe muy bien las virtudes de las plantas, del lino arrollado en el rombo y del virus que destilan las yeguas en celo. Si quiere amontona las nubes en el vasto cielo, y si quiere brilla la luz del día en la atmósfera azulada. ¿Lo creerás? Yo he visto a los astros destilar gotas de sangre, y he visto asimismo ensangrentado el purpúreo cerco de la luna. Me sospecho que en vida revolotea entre las sombras de la noche con el cuerpo cubierto de plumas; lo sospecho, y es rumor acreditado que en sus ojos brilla una doble pupila y de las dos, lanza rayos de fuego. Evoca de los antiguos sepulcros a sus remotos ascendientes y con sus cánticos hiende la sólida corteza de la tierra”. (Ovidio, Amores, I, 8)



Las hechiceras más solicitadas eran las que procedían de Tesalia según se deduce de los testimonios literarios. Casi todas las cualidades que poseen las hechiceras se derivarán de las originarias de Tesalia. De acuerdo a las obras literarias estas magas podían transformarse en diversos animales; empleaban, además de hierbas y piedras, ingredientes repugnantes para sus pócimas, como las entrañas de cadáveres. Dominaban los fenómenos atmosféricos, los astros, los espíritus y dioses y las bestias. Podían manipular a los más obstinados obligándolos a amar u odiar.

“Más aún, la tierra de Tesalia produce habitualmente en sus rocas tanto yerbas venenosas como piedras capaces de comprender a los magos cuando entonan arcanos funestos. Brotan allí numerosos productos capaces de hacer violencia a los dioses, e incluso la extranjera de Cólquida recogió en tierras hemonias yerbas que no había traído consigo. Los impíos encantamientos de esta siniestra casta atraen hacia sí los oídos de los celícolas, sordos a tantos pueblos, a tantas gentes. Sólo esta famosa voz se adentra por las profundidades del éter y hace llegar hasta la divinidad palabras que vencen su resistencia, sin que jamás logren sustraerla a ellas ni el cuidado del eje ni el de las revoluciones del cielo. Cuando su sacrílega melopea ha alcanzado los astros, entonces, que la persa Babilonia y la misteriosa Menfis abran, si quieren, de par en par todos los santuarios de sus viejos magos: la tesalia se llevará de los altares extranjeros a los dioses celestes. Por obra del encantamiento de las tesálidas se ha infiltrado en corazones insensibles un amor no inducido por los hados, y austeros ancianos se han abrasado en llamas ilícitas. Y no solo les son de utilidad los nocivos bebedizos o el sustraer a la yegua recién parida la bolsa hinchada de líquido de la frente del potro, prenda del amor de su madre: la mente, aun sin estar inficionada por la ingestión de ningún veneno, sucumbe ante el simple encantamiento. A quienes no encadena ningún vínculo de lecho conyugal ni la pujanza de una belleza seductora, les han atraído ellas con el mágico girar del hilo retorcido." (Lucano, La Farsalia, VI)



Círculo Mágico, pintura de John William Waterhouse

Este mismo autor hace una descripción exhaustiva del perverso ritual que una hechicera tesalia, Ericto, realiza siguiendo unas prácticas incluso más macabras, como la necromancia y la profanación de tumbas.

"Estos ritos alevosos, estos crímenes de una siniestra ralea, la feroz Ericto los había condenado como excesivamente piadosos y había derivado sus inmundas prácticas hacia nuevos ritos. Para ella, en efecto, es un sacrilegio poner su fúnebre cabeza bajo techado de una ciudad o en un ambiente hogareño, habita las tumbas abandonadas y, gracias a los dioses del Erebo, ocupa los túmulos tras la expulsión de sus sombras…. Ni dirige ruegos a los celestes, ni llama en su auxilio a la divinidad entonando súplicas, ni conoce las fibras propiciatorias: se goza en colocar sobre los altares llamas funerarias y los granos de incienso que ha robado a los fuegos de la pira.... Humeantes cenizas y huesos calcinados de jóvenes roba ella del centro de la pira, e incluso la antorcha que sostenían sus padres, y recoge pedazos del lecho fúnebre que vuelan en negra humareda, vestidos que caen hechos cenizas y pavesas todavía con olor a carne muerta. En cambio, cuando los cadáveres quedan guardados en los sarcófagos, donde se desprende el humor interior, y, eliminada la corrupción de la médula, se endurecen, entonces ella se ensaña ávidamente contra todos los miembros, hunde sus manos en los ojos, se goza en extraer los globos helados y roe las lívidas excrecencias de la mano desecada. …Además, siempre que algún cadáver yace en la tierra desnuda, allí está ella antes que las fieras y las aves; y no quiere despedazar los miembros con el hierro y con sus propias manos, antes espera a que lo muerdan los lobos, pronta a quitarles las tajadas de sus fauces resecas. Y no se abstienen sus manos del asesinato, si hay necesidad de sangre viva, la primera que salta de la garganta abierta, [ni rehúye el asesinato si sus ritos exigen sangre viva] y si las mesas fúnebres reclaman entrañas palpitantes." (Lucano, La Farsalia, VI)

Hécate Triforme, Gliptoteca,
Munich, foto de Bibi Saint-Pol
Las hechiceras invocaban a varias divinidades como la diosa Hécate cuyo culto parece haberse desarrollado en Caria (Asia menor) y Tesalia; y que fue introducido en Atenas durante el siglo VI a. C. Como diosa de la noche enviaba a los humanos los terrores nocturnos, y como diosa de los muertos presidía las apariciones de fantasmas y sortilegios, y era protectora de las hechiceras y maestra de los encantamientos pues poseía poderes temibles durante la oscuridad nocturna. También se asociaba su poder al Hades por su relación con Perséfone (Core). Asimismo, se asimilaba su culto a Selene, la diosa lunar. Se hacía una invocación a su triple forma y así se la representaba en el arte, con frecuencia tres figuras femeninas alrededor de una columna.

Los ritos mágicos se hacían en la clandestinidad y por tanto la oscuridad protegía a quienes los practicaban. La luz del día era además perjudicial incluso para los filtros, pero se requería alguna luz y ésta era proporcionada por la luna y el fuego de las antorchas, que utilizaban las hechiceras en los ritos de purificación. Es por ello que Hécate se representaba con antorchas, y junto a Platón, rey del Hades, era la divinidad más frecuentemente invocada durante el ceremonial mágico. 


Perséfone y Hades (Plutón), Museo de Heraklion, Creta
Entre las atribuciones de las magas estaban la de provocar movimientos de la luna y así causar los eclipses. Plutarco cita a una hechicera tesalia histórica, del siglo II d.C., llamada Aglaonicé, famosa por sus conocimientos astrológicos. Aparentemente era experta en predecir eclipses de luna llena y que conocía de antemano el tiempo en que la luna es oscurecida por la sombra de la Tierra. Engañaba así a las mujeres, a las que convencía durante los eclipses de luna de que era capaz de embrujarla y “hacerla bajar”, una creencia muy extendida en la Antigüedad.



Altar con Selena (Luna), Museo del Louvre, foto de Jastrow

"¡Oh Noche – fiel confidente de los más profundos secretos! ¡astros y luna que con nuestra luz suplís la luz del día! ¡Y vos, oh triple Hécate, a quien yo confío todos mis proyectos y de quien siempre he recibido protección! ¡Encantos, artes mágicas, hierbas y plantas cuya virtud es tan poderosa, aire, vientos, montañas, ríos, lagos, dioses de los prados, dioses de la noche, acudid todos en mi ayuda! Vosotros, que forzando el curso de los ríos los contenéis haciéndoles volver a su cauce primitivo; vosotros que dais a mis encantamientos la virtud de calmar la mar agitada, provocan las tempestades, disipan las nubes y volverlas a juntar, detener la violencia impetuosa de los vientos, quebrar las gargantas a las serpientes, arrancar de cuajo árboles y rocas, las montañas, hacer temblar la tierra, obligando a salir de sus tumbas las almas que ellas encierran. Yo te obligo, poderosa luna, a bajar del Cielo para evitar que seas eclipsada." (Ovidio, Metamorfosis, VII, 3)


Circe envidiosa,
John William Waterhouse
Las hechiceras eran reclamadas por hombres y mujeres para lograr ser correspondidos en sus amores. Hacían uso, para lograr sus propósitos, de los más diversos métodos para satisfacer tal deseo: invocar dioses infernales, manejar a su antojo los elementos de la naturaleza, liberar los espíritus de los muertos, y utilizar pociones mágicas. 
El riesgo de recurrir al poder de la magia para obligar a amar u odiar era que el resultado del conjuro podía ser adverso y en vez de conseguir que el amor fuera correspondido podía perderse totalmente. Desear el mal a quien provoca el fracaso del amor citando las maneras más siniestras de las prácticas mágicas no está lejos de los deseos de los poetas defraudados.

 “Esto es la fuente de mis males: que tiene un amante rico y una astuta alcahueta llegó para mi perdición. Que coma ella sanguinolientas comidas y con su boca manchada de sangre beba amargos brebajes con mucha hiel. A su alrededor pululen las ánimas lamentando su suerte y desde los tejados grazne sin cesar un búho siniestro. Que enloquecida por acuciante hambre busque hierbas en los sepulcros y huesos abandonados por crueles lobos; que corra con las ingles desnudas y ulule por la ciudad; después, que una rabiosa jauría de perros la expulse de los caminos.” (Tibulo, I, 5, 48)

Apuleyo nos presenta a una mujer que contrata a una consumada hechicera para que o calme a su marido y reconcilie el matrimonio o, en caso de no tener éxito, que una divinidad infernal pusiera violentamente fin a sus días. Tras el fracaso la hechicera intenta con los medios que puede acabar con la vida del marido.

“Pero ella, cuya innata picardía fue excitada y exasperada con tan merecida afrenta, recurrió a su refinada astucia y a los ardides propios de su sexo. A fuerza de pesquisas dio con una hechicera que gozaba fama de disfrutar, por medio de sus oraciones y maleficios, un poder ilimitado. Logró de ella la promesa de que se realizaría uno de sus deseos, después de insistentes ruegos y numerosos regalos. Le aseguró que apaciguaría a su marido y les reconciliaría, y que, si esto no era posible, se valdría de un espectro o de una maléfica deidad para torturarle hasta causarle la muerte.
Y la hechicera, cuyo poder se extendía hasta los dioses, puso en juego los primeros recursos de su abominable industria. Intentó dominar el corazón del ultrajado esposo y despertar en él nuevo amor; pero salieron fallidas sus esperanzas. Indignada contra sus divinidades y estimulada por el fracaso, que no respondió a su salario, comenzó a amenazar la cabeza del desgraciado, suscitando contra ella la sombra de una mujer que murió de muerte violenta.” (Apuleyo, Met. IX, 29)



Pintura de la Casa de los Dioscuros, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles
El tópico de solicitar los servicios de las hechiceras para ser correspondido en el amor se repite en la literatura clásica, aunque a veces es en tono de crítica, avisando a los jóvenes de que no se dejen engañar por los trucos de embaucadores que pretenden aprovecharse de su ansiedad para llevarse algún dinero.

“Pero hace presa especialmente este arte en los enamorados, pues, enfermos como están de una enfermedad tan crédula que incluso hablan de ella con viejucas, no hacen nada admirable, creo, si van con estos hábiles individuos y les oyen cosas de este estilo. Ellos les dan, para que los lleven, un cinturón y piedras, procedentes unas de los lugares recónditos de la tierra, otras de la luna y los astros, así como cuantas especias produce la India, y por esas cosas consiguen espléndidos beneficios, pero no les ayudan en nada. Pues si alguno de los amados experimenta cierto afecto por los amantes, se celebra este arte como válido para todo, pero si tiene poco éxito el intento, la culpa es de algún fallo, pues no quemaron o no sacrificaron o no fundieron tal cosa, y eso era de gran importancia e indispensable. Las formas por las que fabrican señales del cielo y obran otros prodigios mayores, han sido incluso descritas en libros por algunos que se han carcajeado a gusto de este arte. Así que a mi básteme con denunciarlo, para que los jóvenes no los frecuenten y que no se habitúen, ni por jugar, a tales prácticas.” (Filóstrato, Apolonio de Tiana, VII, 39)

Del fracaso del encantamiento también se hacen eco los poetas latinos, frustrados por no ver cumplidos sus deseos.

“Caen los rombos que giran al son de un canto mágico y el laurel está quemado en el fuego ya apagado.
Y ya la Luna se niega a descender del cielo tantas veces y negra ave presagia funesto augurio”.
(Propercio, II, 28, 35)


No siempre era necesario recurrir a una hechicera para conseguir un conjuro mágico y atraer al amante. Virgilio describe el ritual que una pastora realiza para hacer volver a su amado utilizando los materiales propios de las magas.

“Trae agua y ciñe estas aras con flexibles vendas; quema pingües verbenas e inciensos machos; que quiero ver sanar con mágicos conjuros la locura de mi amante. Dispuesto está todo, y solo falta el ensalmo.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Poderosos son los conjuros para atraer del cielo la luna; con ellos transformó Circe a los compañeros de Ulises; con ellos se parte en los prados la fría culebra.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Ciño lo primero tu imagen con tres lienzos de tres colores, dándoles tres vueltas, y tres veces la llevo en torno de los altares; el número impar es grato al numen.
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Ata, Amarilis, con tres nudos estos lienzos de tres colores; átalos pronto, Amarilis, y di: "Atando estoy los lazos de Venus."
Traed de la ciudad a casa, conjuros míos, traed a Dafnis.
Blanco con Selene, rojo con Artemis, negro con Hécate.”
(Virgilio, Egloga VIII)



Pintura de Frederick Leighton

Los hilos de colores aparecen frecuentemente en ritos mágicos con un uso profiláctico; pero entrelazados jugaban también un gran papel en la magia erótica para así encadenar al amante.

Los colores habituales en los sortilegios son el blanco de la luz lunar, de ahí la palidez de las hechiceras y su vinculación a la Luna, cuya luz era necesaria para llevar a cabo los ritos nocturnos. El rojo simboliza la sangre y la fuerza. Los sacrificios con sangre aplacan a las divinidades infernales para tener éxito en el ritual. El negro se refiere a la noche y la oscuridad cuando se ejercen las prácticas mágicas. El sacrifico de víctimas negras favorecía la atracción de los dioses del inframundo.

“Yo mismo vi merodear con su negro manto subido a Canidia, los pies descalzos y el pelo revuelto,
aullando con Sagana la Mayor. La palidez a ambas
les daba un aspecto horrendo. Se pusieron a escarbar
con las uñas y a despedazar a mordiscos una oveja
negra. Dejaron chorrear su sangre en la fosa, para
seducir a almas de difuntos y obtener sus respuestas.”
(Horacio, Sátiras, I, 8)



Pintura La Joven Hechicera de Antoine Wiertz

Los oficiantes de la magia también se servían de un instrumento, una especie de rueda a la que tensando y relajando las cuerdas que pasan por dos agujeros se hacía girar con rapidez en direcciones opuestas, de forma alternativa, con el objeto de captar voluntades.

En el epigrama 726 de la Antología Palatina una hechicera ofrenda a la diosa Afrodita un lujoso instrumento mágico en forma de rueda.

“La rueda de Nico, que sabe traer por los mares
a un hombre y sacar de su alcoba a las niñas,
ofrendada a ti, Cipris, está, su precioso instrumento
incrustado en traslúcidas amatistas, ornado
con oro, ligado por suave, purpúrea lana,
regalo que te hace la maga larisea.”


Las magas podían valerse de sus conocimientos para satisfacer sus propios deseos amatorios o sexuales. Apuleyo cuenta el relato que la criada de una hechicera, Pánfila, hace a Lucio, el protagonista de la obra, en el que describe cómo su ama le encarga que busque algo para realizar un encantamiento con el que atraer el amor de un joven beocio.

“Ahora mismo está chiflada por un muchacho beocio de extraordinaria belleza y pone en juego, con increíble ardor, todos los artificios, todos los resortes de la magia. Ayer, al anochecer, oí, con mis propias orejas, cómo amenazaba al sol, diciendo: -Si no te dejas caer inmediatamente desde lo alto del firmamento, y no dejas paso a las tinieblas para dar lugar a mis hechizos, cubriré tu frente con espesas nubes y te condenaré a obscuridad perpetua. Para cautivar al muchacho, me obligó ayer a que buscara los cabellos que acababan de cortarle en una barbería, donde le vio al volver del baño.” (El Asno de Oro, L.III) 

El oficio de mago y hechicera no estaba siempre bien pagado, por lo que el recurso a ejercer la mendicidad o la delincuencia era parte de la vida cotidiana de estos personajes. Rebuscar en los cementerios para proveerse de material necesario era tarea rutinaria para ellos si no disponían de medios para pagar ingredientes exóticos y escasos que se compraban en los mercados de productos de Oriente y África.

“Como no tienes ni el pan de cada día,
llevas a cabo, sin saber, artes de magia:
vacilando en tu ruin corazón intentas
caminar entre las ánimas y los sepulcros,
pero los Manes no aceptan tus conjuros.
Mientras que empujado por el hambre
alteras con tu ensalmo todo el Tártaro,
¿crees que Plutón puede darles algo
a los vivos y a los pobres? Sin duda hará que
más pobre seas para todo el mundo siempre,
mago, si andas detrás de cuerpos muertos.”
(Antología Latina, 299)


En algunos casos era posible disponer de un lugar bien provisto de todos los componentes para hacer un ritual mágico completo, en el que no faltaban perfumes, líquidos para abluciones, restos humanos y cualquier cosa que los hechiceros considerasen necesarios para sus prácticas, como el que describe la criada de Pánfila en El Asno de Oro de Apuleyo:

“Lo primero que hizo una vez allí fue preparar su aciago laboratorio con el instrumental acostumbrado: aromas de toda clase, láminas grabadas con signos indescifrables, restos de naufragios, innumerables miembros de cadáveres hasta hace poco llorados y enterrados ya: narices, dedos, trozos de carne clavados en la pared, sangre de asesinados, mutiladas calaveras arrancadas de las fauces de las fieras… Se puso luego a salmodiar sobre entrañas aún palpitantes, y comenzó el sacrificio derramando líquidos varios. Primero hizo abluciones de agua de la fuente, luego de leche de vaca, después de miel, y por fin de hidromiel. Inmediatamente ofrendó los pelos aquellos bien trenzados en inextricables anudamientos, los perfumó con variados aromas, y los puso sobre ascuas vivas para que se quemaron. Por el poder propio de la ciencia imparable de la magia, y por la fuerza ciega de los dioses invocados, aquellos pellejos cuyos pelos chisporroteaban echando densa humareda, adquirieron sensibilidad humana: sienten, oyen, caminan dirigidos por el olor de sus propios despojos, y se lanzan a golpes sobre las puertas del joven beocio.” (Apuleyo, III) 



Circe, Pintura de John William Waterhouse
El precio de los sortilegios en los que los magos empleaban gran cantidad de elementos necesarios para sus rituales (filtros, sacrificios, purificaciones) era alto, sobre todo, si conllevaba riesgo por la clandestinidad de sus prácticas. Las tarifas más elevadas corresponderían a las prácticas más duramente perseguidos, como la necromancia o los maleficios.

Luciano narra el caso de un mago contratado por el maestro del joven Glaucias para que atraiga el amor de Chrysis, mujer de Demeas. El mago cobra una suma importante por el servicio: cuatro minas por los materiales y dieciséis más por el ritual, una cantidad, que debía estar lejos de los honorarios de las mejores sagae latinas.

"Yo, como era natural, pues era su profesor, lo llevo a casa del famoso mago hiperbóreo, pagando cuatro minas a tocateja -era necesario pagar por anticipado el precio de las víctimas- y dieciséis si conseguía hacerse con Crisis…. Y aún más atónito me quedo ante el mago, pues siendo capaz de conseguir el amor de las mujeres más acaudaladas y de cobrarles todos los talentos del mundo, va y se dedica a hacer amante a Glaucias, un tacaño, por cuatro minas.” (Luciano, El Aficionado a la mentira)




La mayoría de hechiceras ejercían la práctica de la magia con la de la alcahuetería. Si lograban atraer para una joven a un amante rico, sus servicios prestados serían mejor recompensados económicamente que si quedaba emparejada con un hombre sin recursos.

“Por casualidad fui una vez testigo de sus discursos, oyéndola, detrás de la puerta que me ocultaba, dar tales consejos: «Luz de mi vida, sabes que ayer cautivaste a un joven opulento, que se detuvo y quedó largo rato suspenso contemplando tu linda cara. ¿A quién no cautivarás? A ninguna cedes en belleza; pero, ¡qué desgracia!, el atavío de tu cuerpo no responde a tus hechizos. Quisiera que fueses tan feliz como hermosa, y yo no sería pobre viviendo tú en la abundancia.” (Ovidio, Amores, I, 8)



Luciano describe en su Diálogo de Cortesanas como una le pide a la otra que busque una hechicera que le ayude a recuperar a su amante. La segunda le explica lo que tiene que pagar y cómo se va a desarrollar el encantamiento.

“No se puede decir que pida un gran sueldo, solo una dracma y un pan. Pero tienes que proveerte, además, de granos de sal, de siete óbolos de azufre y de una antorcha. Estos son los requisitos de la vieja, también es preciso llenar una crátera de vino mezclado con agua y que ella sola se la beba. Necesitarás, además, algo que sea propiedad personal de este hombre un vestido, unas botas, un mechón de sus cabellos.

Cuelga las botas de un clavo y las fumiga con azufre mientras esparce la sal sobre el fuego. Luego murmura ambos nombres, el suyo y el tuyo. A continuación, extrae de su seno una rueda, la hace girar mientras recita con rapidez un ensalmo compuesto de palabras bárbaras y escalofriantes. Apenas había terminado cuando llegó Fanias; Febis, la chica con la que estaba, le había suplicado que no se fuese, pero el hechizo fue muy fuerte. Y me enseñó un encantamiento contra Febis. Tenía que marcar sus huellas, y borrar las últimas, poniendo mi pie derecho sobre su huella izquierda y mi pie izquierdo en su huella derecha y debía decir: Mi pie en tu pie; te pisoteo, y yo hice lo que me dijo.” (Luciano, Diálogo de Heteras, IV)



Mosaico de la Villa de Cicerón, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

El mago al ser un mortal no puede transformar la naturaleza a su antojo como hacen los dioses, por lo tanto, recurre a la práctica de unas operaciones con elementos que se consideran mágicos y también a la elaboración de mezclas con diversos productos dotados con poderes. El mago ha de ser lo suficientemente hábil como para hallar los ingredientes que le ayudarán a cambiar el destino de los afectados por sus hechizos.

Las hierbas y plantas, cuyas propiedades eran conocidas a todos, integraban una parte de los elementos que los hechiceros empleaban en sus fórmulas mágicas. Pero la manera en las que ellos las recogían y utilizaban era lo que las hacían efectivas.

Por ejemplo, Plinio decía que los supersticiosos creían que el muérdago era más eficaz si se cogía en luna nueva, sin utilizar hierro, ni dejar que tocara el suelo; pero también decía que los amuletos de muérdago elaborados así ayudaban a concebir. Plinio reconocía que, a pesar del contenido mágico de algunos rituales de magos o druidas, éstos eran útiles siempre que se hiciese con conocimiento de la naturaleza. La verbena, planta ya utilizada por los griegos para purificar los altares, es descrita así por Plinio:



Planta de Verbena
“Ambas clases de verbena son usadas por los galos para predecir el futuro y hacer profecías, pero los magos en especial hacen las más necias declaraciones sobre la planta: la gente que se frota con ella logran sus deseos, hace desaparecer la fiebre, ganar amigos, y curar todas las enfermedades… Dicen que si un lecho es rociado con agua en la que se ha sumergido la planta el entretenimiento será más alegre.” (Plinio, Historia Natural, XXV, 105)

Los griegos consideraban la ruda no sólo útil contra las enfermedades, sino también para proteger contra lo sobrenatural, evitando inclusive los malos negocios. Las matronas romanas andaban siempre con un ramo de ruda en la mano, como defensa contra molestias contagiosas y también como propiciatoria de la realización de sus deseos. Es una planta considerada sagrada. Protege contra la magia negra o espíritus desencarnados que no consiguen elevarse.

Plinio consideró a la ruda uno de los más importantes medicamentos, siendo un antídoto poderoso contra las picadas de escorpiones, arañas, insectos venenosos y también contra las mordeduras de perros rabiosos y serpientes. Decía que la acción sólo era eficaz cuando el jugo de las hojas eran mezcladas con vinos en dosis pequeñas. Recomendaba su uso para la resaca alcohólica.


Los animales que formaban parte del recetario mágico son los que por alguna razón estaban más próximos a los dioses, como las aves que se elevaban hasta el cielo, las especies venenosas, como serpientes, arañas o escorpiones que podían conllevar la muerte o los reptiles y mamíferos que moraban en el interior de la tierra y por tanto eran más cercanos a las divinidades infernales. Los productos derivados de los seres vivos como la leche, miel o vino también cumplían su función en los encantamientos.

“Toma las mortíferas hierbas y exprime la ponzoña
de las serpientes y les mezcla también aves siniestras y el corazón de un lúgubre búho y vísceras de ronca lechuza, extraídas aún viva.
Todas estas cosas la urdidora de crímenes las va
poniendo cada una en su sitio: unas poseen la arrebatadora violencia de las llamas, otras la helada rigidez de un frío entorpecedor.
Añade a los venenos fórmulas no menos temibles
que ellos.
Escuchad, se la oye con paso enloquecido y recitando fórmulas mágicas.
El universo se estremece en cuanto empieza a hablar.”
(Séneca, Medea, Acto IV)



Brazalete amuleto con serpiente y Selene, Pompeya
Desde el siglo I d. C. fue difícil separar una medicina oficial y científica, fundada sobre la observación y el razonamiento de una medicina mágica llena de elementos supersticiosos. Encontrar la sanación de alguna enfermedad llevaba a muchos individuos a buscar remedio en la magia, en la que confiaban más que en la medicina tradicional. La magia sanadora no era de carácter general, sino que había una práctica concreta para cada dolor: de pies, de cabeza, tos, hemorragias, quemaduras, etc. También servía para aliviar la impotencia, desarrollar la capacidad sexual y promover la concepción. Eran también abundantes los remedios contra picaduras de animales venenosos. Se realizaba a base de recetas que aconsejaban mezclar dos o tres ingredientes que se podían ingerir o aplicar en el cuerpo junto a una corta invocación a espíritus o dioses.

“Contra la fiebre con escalofríos. Toma aceite en tus manos y di siete veces: «Sabaot», dos veces lo que deseas, y úngelo desde el hueco sacro hasta los pies.” (Papiros Mágicos)

Si alguien pretendía que su persona amada sanase o se recuperara de un mal podía querer participar en persona en la ceremonia mágica que le llevaría a conseguir su propósito.

“Yo soy aquél de quien se dice que, como yacieras consumida por cruel enfermedad, te salvaste gracias a mis súplicas. Yo mismo, al haberlo predicho una vieja con su mágico ensalmo, purifiqué en derredor tuyo con azufre puro; yo mismo tuve el cuidado de que no pudieran dañarte las crueles pesadillas conjurándolas tres veces con harina sagrada; yo mismo, con un tocado de hilo y con la túnica suelta, hice los nueve votos de Trivia en el silencio de la noche. Todo lo cumplí: ahora otro goza de tu amor y, afortunado, saca él provecho de mis plegarias.” (Tibulo, I, 5, 9)



Pápiro griego de magia
En este caso, descrito por el poeta Tibulo, éste participa en unos ritos que incluyen la invocación a la triple forma de la diosa Hécate (Trivia), consiguiendo salvar a su amada, para luego ver que ella lo abandona por otro.

Plinio daba en su obra una serie de remedios «mágicos» para determinadas enfermedades, además de discutir los poderes de la palabra humana, de las supersticiones y de ciertas formas de la magia. El escritor naturalista intentaba parecer profundamente racionalista, pero parecía estar convencido de que existían unos poderes invisibles y sobrenaturales que dirigían los asuntos humanos. No era capaz de desacreditar los conjuros o los poderes mágicos inherentes a ciertas substancias, preguntándose:

“A propósito de los remedios utilizados por el hombre, existe una cuestión aún pendiente y de enorme gravedad: ¿Las fórmulas mágicas y los encantamientos tienen algún poder?” (Plinio, Historia Natural)




Los más exóticos y extravagantes, ingredientes naturales o no, se empleaban para curar los males físicos o espirituales que aquejaban a los hombres. Existía un bebedizo, el hipomanes, que se preparaba para activar el deseo sexual y que se realizaba con una sustancia extraída de la frente de los potros. Juvenal lo cita en una de sus sátiras:

"Un tipo suministra salmodias mágicas, otro vende filtros tesalios con los que la mujer puede desquiciar la mente del marido y sacudirle en el culo con la alpargata. La razón de que no estés en tí las tinieblas de tu espíritu, de ahí provienen, como el morrocotudo olvido de lo que acabas de hacer.
Mas con todo, esto es pasable si no comienzas a 
desvariar como aquel tío materno de Nerón,
a quien Cesonia le hizo ingerir la excrescencia entera
de la frente de un potro aun tembloroso..." (Sátira VI)


La magia dedicada a la agricultura estaba permitida más que otras, quizá porque se consideraba que tenía mayor contenido religioso. El código Teodosiano del siglo IV d.C. dice:

"No se imputará ningún crimen a los remedios para el cuerpo humano, o aquellos usados en áreas rurales para que las gentes no teman a las tormentas que pudieran caer en las uvas maduras, si éstas se emplean inocentemente; porque no se daña ni la salud ni la reputación, sino que aseguran que los dones de Dios y las tareas de los hombres no se vean perjudicados."



Medea, Birmingham Museum and Gallery, Anthony Frederick Sandys

Los autores latinos incluyen a las famosas magas griegas Circe y Medea en sus obras, donde se reflejan como mujeres que se dejan llevar por sus pasiones, el amor, los celos, la venganza y que hacen uso de sus conocimientos de las artes ocultas para lograr sus propósitos. Los recursos que utilizan son los que se atribuían a los magos y hechiceras, a los que los supersticiosos acudían para encontrar satisfacción a sus desgracias o anhelos.

Medea posee una sabiduría que le hace conocer la magia blanca y la negra. Tiene buena reputación por sus remedios, basados en el conocimiento de las hierbas, pero a su vez es motivo de temor, debido a los hechos monstruosos con los que ha ayudado a Jasón. Por otra parte, domina el arte de la palabra, elemento fundamental en acciones mágicas. Medea invoca a la Luna y a Hécate, clama a los materiales que utiliza y a los dioses para que la asistan. Es capaz de dominar los elementos de la naturaleza y los fenómenos atmosféricos, aunque estos poderes no le sirven de nada cuando se trata de conservar el amor de Jasón.

“Yo os conjuro, tropel de sombras silenciosas
y también a vosotros, dioses funerarios, y al ciego Caos y a la mansión oscura del tenebroso Dite
las cuevas de la muerte espeluznante
cercadas por los límites del Tártaro:
descansad de suplicios almas, y corred
a una boda inaudita.
Deténgase la rueda que retuerce sus miembros
y toque Ixión el suelo que 
Tántalo 
a sus anchas pueda beber las aguas de Pirene
que sólo para el suegro de mi esposo
se mantenga y se agrave la condena:
que la resbaladiza piedra haga rodar
a Sisifo hacia atrás por los peñascos.
Y vosotras, Danaides, a quienes burla la frustrante tarea de unas vasijas agujereadas,
acudid todas juntas,
este día requiere vuestras manos.
Acude ya, invocada
por mis conjuros, astro de las noches,
revestida del más terrible aspecto,
amenazando con tu múltiple frente.”
(Séneca, Medea, acto IV)



Circe ofreciendo la copa a Ulises, John William Waterhouse

La hechicera Circe tiene a su servicio esclavas que clasifican y distribuyen hierbas que sólo ella sabe utilizar, puede oscurecer el sol, enturbiar con niebla el espacio en el que va a hacer uso de sus hechizos, pronunciar palabras mágicas y conjuros, tiene poder no sólo sobre los animales, también sobre la naturaleza, logrando su manipulación. 

La Circe que presenta Ovidio es una seductora que habita suntuosas estancias, se adorna con joyas y luce lujosos vestidos. Se comporta como una mujer celosa y vengativa; es representación del lado de la pasión femenina malvado y salvajemente destructivo. Está dominada por fuertes pasiones, venganza, celos odio, y cuando no consigue lo que quiere castiga.

“Rápidamente sus hierbas de mala fama con jugos horribles tritura y mezcla las cosas trituradas con ensalmos de Hécate y se pone vestidos azules y a través del rebaño de fieras que le mueven la cola sale del interior del palacio y dirigiéndose a Regio, frente a los escollos de Zancle entra en las olas que hierven por el oleaje, sobre las que pone sus huellas como en la tierra firme y recorre la superficie del agua con los pies secos.
La diosa la infecta de antemano y la corrompe
Con monstruosos venenos, aquí los líquidos exprimidos de una raíz dañina esparce y un ensalmo oscuro por el misterio de unas palabras inauditas
veintisiete veces murmura con su boca mágica.”
(Metamorfosis, XIV, 43)



Bibliografía:

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http://www.ledonline.it/rivistadirittoromano/allegati/dirittoromano05rodriguez.pdf; «Superstitio» y «magia»: atentados a la observancia religiosa de la «res publica» ( * ); Rosalia Rodríguez López.
fundacionarthis.org/ediciones/ojs/index.php/hdigital/issue/.../nº3.../13; Theurgía y Goeteia: la magia en el mundo clásico; Jaime Resino Toribio
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http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C17- 9_Nicanor%20G%C3%B3mez%20.pdf; LA REPRESIÓN DE LA MAGIA EN EL IMPERIO ROMANO; Nicanor Gómez Villegas
TEXTOS DE MAGIA EN PAPIROS GRIEGOS; INTRODUCCIÓN. TRADUCCIÓN Y NOTAS DE JOSÉ LUIS CALVO MARTINEZ Y Mª' DOLORES SANCHEZ ROMERO; EDITORIAL GREDOS
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1973642; El pensamiento antiguo y la magia en el mundo romano: El ritual de necromancia en la Farsalia de Lucano; Bernabé Ramírez López
EL mago y la hechicera: poder y marginación en el Imperio romano. Santiago Montero Herrero; Religions del Mon Antic, La Mágia; María Luisa Sánchez León, ed., Google Libros
http://eprints.ucm.es/28358/1/Eprints_TFM_Celia_Molina.pdf; Hécate: paradigma de la relación entre la mujer, la luna y la magia; Celia Molina Martín