miércoles, 15 de julio de 2020

Pro itu et reditu, viajeros en la antigua Roma


Pro itu et reditu (Por un viaje de ida y vuelta seguro)

Cisium, Termas de los cisiarii, Ostia antica, foto de Samuel López

Viajar es un rasgo de la vida humana de los más antiguos que se remonta a los tiempos míticos. Los pueblos de la antigüedad, egipcios, babilonios, fenicios, cretenses y griegos se centraron en su propio entorno y consideraban su propio estado como el centro del mundo, aunque posteriormente iniciaron viajes a otros países para intercambiar mercancías, compartir sus experiencias y conformar su vida espiritual.

“A visitar ostentosas obras muy alabadas y templos, levantados gracias al esfuerzo y a las riquezas de los hombres, o a recordar [sagradas] antigüedades corremos atravesando mares y tierras, cercanos a nuestro destino; ávidos arrancamos las mentiras de las antiguas leyendas, y nos gusta recorrer todos los pueblos.” (Etna, Apéndice Virgiliano)


Petra, Jordania. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los griegos fueron los primeros viajeros que no solo se desplazaron a otros países con fines comerciales, religiosos, de salud, o para asistir a acontecimientos deportivos o festivales, sino que lo hicieron por el placer de ampliar conocimientos y por el interés en la cultura y arte de dichos pueblos.
La mayor parte de los habitantes de los territorios conquistados por Roma admiraban el sistema político y la tradición cultural que los griegos habían instaurado y que se extendía por el mundo conocido. Los santuarios y templos como el de Delfos eran vistos como reliquias del pasado dignos de una visita turística.
Plutarco menciona un episodio en el que Cleombrotus, de Esparta, quien no viajaba con el propósito de rendir culto, ni por motivos profesionales, ni por servicios administrativos, sino porque le gustaba ver cosas y aprender, coincide en su visita a Delfos con Demetrius, que regresaba a Tarso, su hogar, desde Britania.

“Mas, poco antes de los juegos Píticos que tuvieron lugar bajo el arcontado de Calístrato, en nuestros días, dos hombres sagrados, partiendo de los confines opuestos del mundo, se encontraron casualmente en Delfos, Demetrio el gramático, que regresaba de Britania a Tarso, a su casa, y Cleómbroto de Lacedemonia, quien había andado vagando repetidas veces por Egipto y en torno a la región Troglodítica y había navegado mar Eritreo adentro no con fines comerciales, sino que, siendo hombre amigo de ver y conocer, con bienes suficientes y teniendo en no mucha estima el poseer más de lo suficiente, dedicaba su ocio a este tipo de actividades y andaba reuniendo información como material para una filosofía que tenía como fin la teología, como él mismo la llamaba.” (Plutarco, La desaparición de los oráculos, 410A)


Delfos, Grecia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

El descubrimiento de nuevos territorios y pueblos incitó a los romanos a desarrollar su curiosidad y su gusto por los viajes y, tras la conquista de Grecia, heredaron el interés que el mundo helenístico demostraba por lo exótico y pintoresco.
En la época del principado de Augusto el romano mostraba un profundo respeto por la dignidad y por el pasado y sus tradiciones, que no le impedía desarrollar una curiosidad que le podía llevar a indagar sobre su entorno e, incluso, traspasar las fronteras del Imperio para adentrarse en lo desconocido.

“Solemos emprender un viaje, cruzar el mar para conocer algunas cosas que, colocadas ante nuestros ojos despreciamos, ya sea porque la naturaleza ha dispuesto que persigamos cualquier objeto lejano mientras no prestamos atención alguna a los más cercanos, ya sea porque todo deseo languidece, cuando la ocasión de satisfacerlo es asequible, ya sea porque aplazamos, pensando que lo vamos a ver a menudo, la contemplación de lo que se te permite ver cuantas veces desees hacerlo. Cualquiera que sea la causa, existen muchísimas cosas en nuestra ciudad y en sus alrededores que nunca hemos visto, y de las que ni siquiera hemos oído hablar, que, si hubiesen estado en Acaya, Egipto, Asia o en cualquier otra tierra llena de maravillas y que haga propaganda de las mismas, habríamos oído hablar o habríamos leído sobre ellas, y las habríamos visitado.” (Plinio, Epístolas, VIII, 20)


Templo de Bel, Palmira, Siria, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los viajeros de esos tiempos no solían interesarse en demasía por los paisajes, especialmente los montañosos, a no ser que en las cercanías existiese un volcán, ya que este se asimilaba a la mitología, tema que sí les interesaba por sus connotaciones históricas sobre el pasado de Roma.

“Después (Adriano) navegó hasta Sicilia, donde subió al monte Etna, para contemplar la salida del sol que, según dicen allí, aparece con varios colores a modo de arco iris.” (Historia Augusta, Adriano, 13)

De todos los territorios que Roma tenía bajo su control, Egipto tenía la tradición histórica más antigua y ofrecía a los viajeros un paisaje exótico, una forma de vida diferente, monumentos atípicos y un viaje relativamente fácil. En la época en que el mar no estaba cerrado a la navegación, había un servicio constante desde Italia y Grecia hasta Egipto.


Pirámides de Egipto, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los romanos viajaban a Egipto para ver por sí mismos las extrañas costumbres y prácticas religiosas de las que habían leído en las obras de ficción además de para rastrear su herencia cultural. Para ello acudían ante sacerdotes y guías locales que contarían historias reales sobre Memnón, la Esfinge y las Pirámides. El Egipto romano inspiró un tipo de turismo espiritual e intelectual que llevaba a los viajeros a los centros de culto donde los sacerdotes se mostraban deseosos de apoyar el comercio turístico.
El itinerario solía comenzar en Alejandría siguiendo río arriba pasando por Heliópolis, las Pirámides y Menfis, además de El Fayum con sus laberintos y cocodrilos. Estrabón presenta una viva descripción de tal viaje haciendo hincapié en las variantes locales del culto egipcio a los animales. Viajó con Elio Galo, gobernador de Egipto, entre 29 y 26 a.C., navegando por el Nilo desde Alejandría hasta Filae.

“Navegando a lo largo de la costa durante unos doscientos estadios, se llega a Arsinoe, antes llamada Crocodilopolis. Y esto es debido a que en este nomo rendían culto con gran devoción al cocodrilo, y hay uno sagrado, criado en un lago aparte, y que es manso con los sacerdotes. Se llama Suco. Lo alimentan con grano, carne y vino, que le ofrecen los extranjeros que le visitan. Al menos, nuestro anfitrión, un hombre honorable, que nos estaba iniciando en los misterios, nos acompañó al lago, llevando de la cena una hogaza de pan, carne asada y una jarra de vino mezclado con miel. Encontramos al animal acostado a la orilla del lago. Acercándose los sacerdotes, mientras unos le abrían la boca, otro echaba dentro el pan, luego la carne y luego vertía el vino con miel. Al punto, el animal se precipitó al lago y cruzó a la otra orilla. Y al llegar otro extranjero portando igualmente una ofrenda, los sacerdotes tomándola rodearon el lago a la carrera, agarraron al animal y le entregaron la ofrenda de la misma manera.” (Estrabón, Geografía, XVII, 1, 38)


Filae, Egipto, ilustración de Jean-Claude Golvin

Entre los destinos más populares estaban el templo de Abidos, dedicado a Osiris, que contenía el oráculo del dios Bes. Muy visitado era también el coloso de Memnón, en Tebas, desde donde se trasladaban al cercano valle de los Reyes. Otro lugar muy visitado fue el templo de Isis en la isla de Filae.

En una carta escrita entre los siglos I y II d.C.  un tal Nearchus escribe a su conocido Heliodorus sobre un viaje por el Nilo en el que se citan varios lugares turísticos.
“………………….
Navegué y levé el ancla
Pasé tiempo en Syene (Assuán) y
en el lugar desde el cual el Nilo fluye
y Libia (Oasis de Siwa) donde Amón emite sus oráculos para todos los hombres e investigué los cortes de las rocas e inscribí los nombres de mis seres queridos en los monumentos sagrados
como símbolo de adoración para ser recordado.”  


Templo del oráculo de Siwa, Egipto, Ilustración Jean-Claude Golvin

Un monumento que atraía especialmente a los viajeros era la estatua de Memnón, que supuestamente emitía un canto a cierta hora del día, lo cual se debía ciertamente a un ruido que se oía a veces por causa de su deterioro durante la guerra con Cambises y también por un terremoto. Los turistas dejaban escrito sobre la estatua si habían llegado a escuchar el fenómeno, que acabó desapareciendo por completo con la reparación que se hizo en tiempos de Septimio Severo.

“Quiso Germánico ver también las demás maravillas, de las cuales fueron las principales la estatua de piedra de Memnon, que, herida de los rayos del sol, resuena a semejanza de voz humana; las pirámides levantadas en forma de montes por la emulación de las riquezas de aquellos reyes, combatidas ahora del tiempo entre aquellas incultas y apenas practicables arenas; los lagos cavados para recibir las aguas que sobrasen de las corrientes del Nilo, y en otra parte las gargantas y aberturas impenetrables a quien se atreve a medirlas. De allí pasó a Elefantines y a Siene, término en otro tiempo del Imperio romano, el cual se extiende hoy hasta el mar Bermejo.” (Tácito, Anales, II, 61)


Colosos de Memnon, Tebas, Egipto. Acuarela de Oswald Walters Brierly. Royal Collection Trust

Julia Balbilla, dama noble que acompañaba al emperador Adriano y su esposa Sabina durante su viaje a Egipto dejó un poema escrito sobre su propia experiencia ante el monumento.


No oímos a Memnón el primer día…
¡Memnón!: ¿Silencio
ante la emperatriz?
¿Con qué propósito?
–¡Vuelve, bella Sabina!
…Pero que Adriano
contigo no se enfade,
Memnón, por tu deleite
en la belleza de Sabina,
 y… ¡Grita!
Por mucho tiempo
la retuviste sin temor
–¡tan noble ella!–.
Pero, ante Adriano,
el miedo, Memnón, te estremece
¡y, por fin, hablas!
¡Y Sabina se regocija! 
Qué divina la voz
de Memnón –¡o Phamenoth!–:
¡Balbila, yo, extrema,
te he escuchado, piedra!
…Con Sabina, reïna mía,
en la alborada fría…
De Adriano al año XV,
mes de Atir, día XXIV (21 noviembre 130 d.C)
(Fuente: Poemas en la pierna de la estatua cantante Francisco Agudo, Nayagua, revista de poesía, nº 30 Julio 2019)

La fascinación de los romanos por su pasado de origen griego puede verse como una aventura intelectual de descubrimiento y rastreo de las raíces, aunque no exenta de cierta piedad religiosa. Julio César, quien creía descender del linaje de Eneas, en su visita a Troya dedica un altar a sus ancestros.

“Sin darse cuenta, había atravesado un arroyuelo que
serpenteaba en el polvo seco: era el Janto. Sin
cuidarse de ello, tenía puestas sus plantas en
un rimero de césped: un frigio nativo le dice
que no pise los manes de Héctor. Había en el
suelo unas piedras desprendidas y que no
guardaban trazas de nada sagrado: «¿No
reparas —le dice el guía— en el altar de
Júpiter Herceo?»
Una vez que aquella venerable antigüedad
sació las miradas del caudillo, erigió deprisa
un altar con un amontonamiento de césped y
formuló, sobre el fuego donde ardía el
incienso, estos votos con intención de
cumplirlos: «Dioses de las cenizas,
cualesquiera que habitéis las ruinas frigias;
990 lares de mi antepasado Eneas, ahora
conservados por su ciudad de Lavinia y por
Alba, y en cuyas aras brilla aún el fuego
frigio; y tú, Palas, no accesible a la mirada
de ningún hombre, prenda de recordación en
las profundidades del templo: el más
esclarecido descendiente de la estirpe de Iulo
ofrece piadoso incienso en vuestros altares y
os invoca ritualmente en vuestra sede
primitiva. Concededme una ruta de éxitos en
lo que me resta por hacer, y yo os restituiré
vuestros pueblos; agradecidos, a su vez, los
ausónidas devolverán a los frigios sus murallas
y resurgirá una Pérgamo romana.” (Lucano, Farsalia, 960)


Excavaciones de Troya por Schliemann

Los visitantes de las ciudades de Grecia y de Asia menor que ya estaban derruidas solían conformarse con los relatos que se contaban sobre los sucesos heroicos en ellas acontecidos. Si todavía existían monumentos en pie, se podía disfrutar de las obras artísticas que contenían o de la belleza de su arquitectura, aunque a veces se veían acosados por habitantes locales dispuestos a ejercer de guías a cambio de unas monedas.

“Cuando después de atravesar la parte marítima de Cilicia ya habíamos alcanzado el Golfo de Panfilia, después de pasar con dificultad las Islas de las Golondrinas, límites felices de la antigua Grecia, visitamos cada una de las ciudades de Licia, donde disfrutamos muchísimo con los antiguos relatos, pues no se ven huellas claras de su antigua felicidad.


Xanthos, Licia, Turquía, Ilustración Jean-Claude Golvin

"Finalmente alcanzamos Rodas, la isla consagrada al Sol y decidimos tomar un pequeño descanso en nuestro ininterrumpido viaje.
En vista de ello, los remeros vararon la nave a tierra y acamparon cerca. A mí me habían dispuesto un alojamiento enfrente del templo de Dioniso y me dediqué a pasear tranquilamente, disfrutando de un placer extraordinario.
En realidad, la ciudad del Sol tiene una belleza adecuada a la divinidad. Recorriendo los pórticos del templo de Dioniso examiné cada una de las pinturas, disfrutando de su contemplación y rememorando los relatos heroicos. Enseguida dos o tres personas se me acercaron dispuestos a contarme la historia entera por una pequeña propina, aunque la mayor parte de lo que decían yo ya me lo había imaginado.” (Luciano, Amores, 7-8)

Los guías, aparentemente contratados, adornaban sus explicaciones con sucesos o anécdotas que podías ser reales o no, pero que la mayoría de los viajeros podían estar dispuestos a creer.

“La historia que contaba Aristarco, el guía de las cosas de Olimpia, no conviene que yo la pase por alto: dice que, en su tiempo, cuando los eleos estaban restaurando el techo del Hereo, que estaba en malas condiciones, encontraron el cadáver de un hoplita con heridas, entre el techo adornado y el que sostiene las tejas. Este hombre luchó en la batalla dentro del Altis entre lacedemonios y eleos. En efecto, los eleos para defenderse se subieron a los santuarios de los dioses y a todos los lugares igualmente elevados. Este hombre me parece que se deslizó allí después de perder el sentido a causa de las heridas. Cuando exhaló su alma, ni el calor sofocante del verano ni el frío del invierno habían de dañar el cadáver, puesto que yacía totalmente resguardado.” (Pausanias, Descripción de Grecia, V, 20, 4-5)


Olimpia, Grecia, Ilustración Jean-Claude Golvin

Los turistas a veces eran sorprendidos por ciertas actuaciones de los residentes que realizaban exhibiciones delante de ellos creando un espectáculo visual y dramático que resultaba creíble o no, pero, que, sin duda, atraía la atención de todos los que lo presenciaban.

“Entre las maravillas de este río, se ha citado la increíble audacia de sus moradores. Montan dos en barquillas, uno para guiarla y el otro para arrojar el agua, y después de marchar agitados por la furiosa rapidez del Nilo y de sus reflujos, llegan al fin a los estrechos canales, entre peñascos cercanos que consiguen evitar; deslízanse llevados por el río entero, dirigiendo la barquilla en la caída, y con profundo terror de los espectadores caen de cabeza, creyéndose que han perecido, que quedan sepultados bajo la espantosa masa de las aguas, cuando reaparecen muy lejos de la catarata cortando las olas como saeta lanzada por máquina de guerra. La catarata no les ahoga, no haciendo, otra cosa que llevarlos a corriente más llana.” (Séneca, Cuestiones Naturales, IV, 2)


Primera catarata del rio Nilo. Ilustración de John H. Allan. http://eng.travelogues.gr/

La visita a los lugares turísticos y también de culto incluía en ocasiones la venta de estatuillas que reproducían la estatua principal de la deidad venerada en ellos o figurillas que remedaban los templos visitables. En el siglo I d.C.  Pablo de Tarso en su visita a Éfeso durante sus viajes para propagar el cristianismo se encuentra con una protesta de los comerciantes atemorizados de perder su negocio de venta de estatuillas del templo de Artemisa.

“Cierto platero, llamado Demetrio, proporcionaba a los orfebres ganancias no pequeñas labrando en plata templetes de Artemisa. Reuniendo a estos y a los demás obreros del ramo, les dijo: «Compañeros, sabéis por experiencia que nuestro bienestar depende de este trabajo, pero estáis viendo y oyendo que no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo ha seducido a mucha gente con sus persuasiones, diciéndoles que no son dioses los que se fabrican con las manos. Y no solo se corre el peligro de que caiga en descrédito este ramo de la industria, en perjuicio nuestro, sino también de que sea tenido en nada el templo de la gran diosa Artemisa y llegue a derrumbarse la majestad de aquella a quien da culto toda Asia y todo el mundo». (Hechos de los Apóstoles, 19, 21-41)


Templo de Artemisa, Éfeso, Turquía. ilustración Jean-Claude Golvin

Roma aceptó desde un principio la superioridad cultural de Grecia, y apreciaba el prestigio de su historia y el peso de su civilización, de su tradición y de sus instituciones, siendo el griego la segunda lengua oficial del Imperio. Muchas familias patricias romanas mantenían vínculos con ciudades griegas, a la vez que miembros de familias nobles greco-orientales llegaron a acceder al rango senatorial. Además, gran número de actos de la familia imperial iban encaminados a demostrar su admiración por la cultura helena. De todos los emperadores Julio-Claudios, fue Nerón el que se mostró más particularmente inclinado hacia lo griego. Su pasión por la música, la literatura, el teatro y los juegos atléticos contribuyeron quizás a su interés por las ciudades griegas, que celebraban festivales y juegos desde época ancestral.

Nerón partió hacia la provincia griega de Acaya donde permaneció durante catorce meses. La actividad más señalada durante su estancia en Grecia fue sin duda su participación en los principales juegos griegos, iniciada en el mes de octubre del año 66, participando en los juegos Píticos, Ístmicos, Nemeos y Olímpicos, siendo declarado vencedor en todos ellos, además de realizar representaciones en las ciudades de Argos y Lerna.

“Y no contento con haber demostrado en Roma su pericia en estas artes, se dirigió a Acaya, como ya hemos dicho, movido, sobre todo, por la siguiente razón. Las ciudades de esta provincia, que suelen celebrar certámenes musicales habían decidido enviarle todas las coronas que se otorgan a los citaredos. Nerón las aceptaba encantado, llegando a recibir antes a los legados encargados de traérselas que a nadie más, y a introducirlos incluso en sus comidas intimas. Algunos de ellos le pidieron en cierta ocasión que cantara durante la cena, deshaciéndose luego en elogios, ante lo cual declaró que solo los griegos sabían escuchar y solo ellos eran dignos de él y de sus esfuerzos. Partió, pues, sin dilación, y, tan pronto como arribó a Casiope, ofreció las primicias de su arte ante el altar de Júpiter Casio, presentándose acto seguido a todos los concursos.” (Suetonio, Nerón, XXIII)


Nerón en Grecia, pintura de Margaret Dovaston

Durante la época de Augusto surgió un itinerario que recorría los sitios considerados dignos de visitarse por su interés histórico, artístico y religioso. Empezaba en Roma, desde donde se viajaba a Grecia, pasando por Sicilia, y se llegaba a Asia menor tras recorrer algunas islas del mar Egeo, después Egipto y vuelta a Roma. 

El momento álgido de lo que se puede llamar “turismo romano” se produjo en el siglo II, durante la Pax Romana, que proporcionaba las condiciones políticas más estables para viajar, y unas infraestructuras adecuadas, siendo ese el momento en el que los visitantes aprovechaban a viajar, especialmente, a Grecia, en busca de su mitología, monumentos y sus festivales artísticos y deportivos.

“Y en efecto, lo que todos dicen, que la tierra es la madre y la patria común de todos, vosotros lo habéis demostrado de la mejor manera. En efecto, ahora es posible tanto a un griego como a un bárbaro, llevando sus posesiones o sin sus bienes, viajar a donde quiera con facilidad, como quien pasa sin más desde su patria a su patria. Y ni las Puertas Cilicias causan miedo, ni los desfiladeros y caminos arenosos que, atravesando Arabia, se dirigen a Egipto, ni las montañas inaccesibles, ni la infinita grandeza de los ríos, ni las insondables tribus bárbaras, sino que para gozar de seguridad basta con ser romano, o mejor, uno de los que están bajo vuestra autoridad. Y tras haber medido toda la ecúmene, ponteado los ríos con viaductos de todas las clases, devastado las montañas para que fuesen aptas para el paso de los carruajes, cubiertos los desiertos con postas, y tras haber civilizado toda la tierra con vuestra manera de vivir y vuestro orden, vosotros habéis convertido en realidad lo que Homero dijo: la tierra común para todos.” (Elio Arístides, Discurso a Roma, 100)

Fuente: culturaclasica.com

Adriano fue uno de los emperadores más viajeros y su filohelenismo le llevó principalmente a Grecia, donde se dedicó a restaurar y engrandecer la “Atenas de Teseo”, embelleciéndola con edificios nuevos y deslumbrantes. Un arco de triunfo en su honor exhibía una inscripción señalando su labor. Visitó además muchas otras ciudades en la Hélade. Durante sus estancias en diferentes años. Desde Atenas, especialmente durante el primero de sus viajes, recorrió buena parte del Peloponeso y Grecia central, visitando no sólo Esparta y Delfos, sino otros lugares como Epidauro, Argos, Olimpia, Corinto, y quizás otras muchas villas y templos. Era la primera vez tras Nerón que un emperador visitaba la Hélade, deteniéndose en tantos lugares, prestándoles atención, concediéndoles inesperados dones y convirtiéndolas por algunos días en sede de la corte imperial.

“Adriano completó el Olimpeo en Atenas [templo dedicado a Zeus Olímpico], en el que también erigió una estatua suya, y dedicó allí una serpiente que había sido traída desde la India. Presidió también los Dionisíacos, asumiendo inicialmente el más elevado cargo de arconte entre los atenienses y, ataviado con la vestidura local, lo desempeñó brillantemente. Permitió que los griegos construyeron en su honor el templo que fue llamado el Panhelénico e instituyó una serie de juegos relacionados con él; donó grandes sumas de dinero a los atenienses, un subsidio anual de grano y toda la Cefalonia.” (Dión Casio, Historia Romana, LXIX, 16)


Acrópolis de Atenas, Grecia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Viajar en el mundo romano suponía emprender un camino lleno de riesgos y dificultades, por lo que era necesario celebrar unos ritos que ayudasen al viajero a tener un buen retorno a su hogar. El momento de la partida podía convertirse en el momento elegido para formular unos votos antes los dioses que garantizasen un buen viaje de ida y vuelta seguro.

“Dioses que gustáis de proteger las audaces naves y de suavizar los riesgos crueles del ponto embravecido por los vientos: tended el piélago en calma, tornad vuestra asamblea propicia a mis votos y que las olas, amansadas, no acallen con su fragor mis ruegos. Grande y extraordinario es, Neptuno, el depósito que confiamos a tus profundidades: al azaroso abismo se arriesga el joven Mecio, y se dispone a llevar sobre tus planicies más de la mitad de mi alma. Mostrad vuestros astros benignos, hermanos Ebalios, y venid a sentaros sobre uno y otro extremo de la entena; que por vosotros brillen mar y cielo; ahuyentad, os ruego, el fulgor tormentoso de vuestra hermana de Ilión y alejadlo del firmamento todo él.” (Estacio, Silvas, III)


Mosaico de Neptuno, Museo de Susa, Túnez

El viajero que atravesaba distintos territorios podía sentir cierto desasosiego por no conocer los dioses locales que en ellos se veneraban y atraerse su ira por no rendirles el culto apropiado, por lo que se vería obligado a hacer paradas en los santuarios ubicados junto a las vías de comunicación, bien en parajes aislados, o en poblaciones que encontraba a su paso para cumplir con el rito apropiado
El siguiente epígrafe indica que el suplicante, Flavo, hizo sus votos cuando se dirigía a Roma y  aunque en el momento de la partida hubiera formulado ya, como era habitual, promesas por su regreso, lo más seguro es que a éstas se sumaron otras realizadas en el camino, probablemente esta al dios Júpiter Apenino, el cual tenía un santuario en la vía Flaminia que cruza los Apeninos, al cual acudirían los viajeros que debían cruzar los pasos de montaña para solicitar un viaje seguro.


“Los votos que, suplicante y con ánimo inquieto, te había hecho cuando me dirigía hacia las altas colinas de Roma, aquí los tienes ahora: yo, Flavo, magistrado, victorioso y contento te los dedico a ti, Apenino, protector de mi incolumidad. Tú solamente acepta con ánimo propicio, te lo ruego, lo que te dedico: el ara, la palma y la víctima.” (Arellano, Museo de Navarra)

Cuando el viajero finalmente regresaba sano y salvo se celebraban nuevos ritos, que se añadían a los actos sociales de realizar un banquete o distribuir regalos, pues había que dar cumplimiento (solutio) a los votos prometidos, que podía consistir en erigir altares o placas, que se acompañaban de ofrendas y sacrificios.




Poenino/pro itu et reditu/C(aius) Iulius Primus/ v(otum) s(olvit) l(ibens) m(erito).

“A Penino, por un viaje de ida y vuelta seguros, Cayo Julio Primo voluntariamente cumplió con este voto por mérito.”

En Roma se encontró una dedicatoria a la diosa Celeste en un relieve con cuatro huellas de pie y una paloma en el centro agradeciendo haber completado el viaje de ida y vuelta sin incidentes:

“A la triunfante Celeste, Jovinus dona esto en cumplimiento de su voto”


Museos Capitolinos, Roma

El viaje se realizaba en carruaje para desplazamientos de familias y de personas que podían permitírselo o en carros de mercancías aprovechando su desplazamiento, otros lo harían en caballo, mula, burro y también a pie.

“Las críticas que sufría de todo el mundo porque, cuando viajaba, le seguían una numerosa recua de acémilas, muchos caballos, muchos esclavos, muchas razas de perros, cada una para un tipo de caza, en tanto que él mismo viajaba en un carruaje con frenos de plata de Frigia o de la Galia, eso, precisamente, conseguía celebridad para Esmirna, pues a una ciudad le prestan brillantez su ágora y la suntuosidad de los edificios, pero también se la presta una familia próspera porque no sólo una ciudad da fama a un hombre sino que también la recibe de él.” (Filostrato, Vida de los Sofistas, Polemón, 532)


Museo Carnuntium, Austria, Foto de Wolfgang Sauber

La red de carreteras romanas permitía la comunicación entre territorios, pero no en todas partes el desplazamiento se podía hacer en carruajes, debido a las dificultades del terreno y el estado de los caminos, por los que solo pequeños carros o animales de carga podían pasar. Es por ello que a veces era aconsejable utilizar la navegación fluvial, como en Egipto, donde los viajes más largos se hacían aprovechando los canales que unían el río Nilo con otros lugares del valle, especialmente en el delta. 

“Saludos, mi señora Serenia, de Petosiris. Haz todo lo que puedas, señora, para venir el día 20 por el cumpleaños del dios, y hazme saber si vas a venir en barco o en burro, para que pueda enviar a por ti. Procura que no se te olvide. Rezo para que te encuentre bien y sigas así mucho tiempo.” (Papiro, Oxirrinco, I, 112)


Termas de los cisiarii, Ostia antica, Italia

Para emprender un viaje había que tener en cuenta la existencia de una infraestructura que facilitara la conexión entre el lugar de origen y destino, con lugares donde alojarse y abastecerse, además de procurarse una seguridad ante los peligros que acechaban al viajero, especialmente los salteadores de caminos.

 "La tierna edad de Lusius se hallaba adornada en su incipiente juventud de fuerzas vigorosas. Añorando los abrazos de su querida hermana pretendió cubrir muchas millas de camino, pero fue asesinado por el inesperado y malhadado tropiezo con unos bandoleros. Así se llevó su cuerpo una desgracia cruel. Yo creo que al extinguirse tan pre­maturamente su tierna edad, si bien le privó del recuerdo de ratos felices, también le evitó el tener que memorar los amargos". (Cartagena, CIL II, 3479)

Existían establecimientos situados en los caminos donde los viajeros podían cambiar los animales (mutatio) o posadas donde se podía comer y pasar la noche (mansio). La mayoría pertenecían al estado que las había instalado para facilitar el viaje a los mensajeros que portaban el correo oficial y a los delegados y emisarios civiles o militares que viajaban con encargos imperiales. Aunque también había casas de hospedaje (diversorium) como negocios particulares. Estos lugares no tenían muy buena reputación, pues había suciedad, mala comida y robos a los alojados, además de no disponer siempre de plazas libres.

“Al entrar en la habitación pude disfrutar, y de muy buena gana, pues no traía nada conmigo, de un catre y sábanas limpias. Tal y como estaba, sediento y lleno de polvo, y con la ropa con que venía en el carruaje, pasé la mayor parte de la noche sentado sobre el catre.” (Elio Arístides, Discurso sagrado V, 15)


Mansio o diversorium. Museo de la civilización romana, Roma

En el destino final los viajeros podían acomodarse también en este tipo de alojamientos, de mejor o peor calidad, que se ubicaban en las ciudades, en las cercanías de los puertos y en el entorno de los templos y santuarios.

La gente bien situada económica y socialmente mantenía una red de contactos y amistades (hospitium) en diferentes lugares del territorio controlado por Roma que les permitía alojarse en las casas de cada uno de ellos sin tener que recurrir a los incómodos y poco saludables albergues u hospederías.  

“Atentos exploradores se posicionaron para vigilar nuestro regreso; y no solo los caminos fueron patrullados por hombres de cada finca, sino los sinuosos atajos y las cañadas se pusieron bajo observación, lo que hizo imposible que pudiéramos eludir su amable emboscada. Caímos en ella, prisioneros voluntarios; y nuestros captores nos hicieron jurar en ese instante que abandonábamos la idea de continuar nuestro viaje hasta que hubiera pasado una semana. Y así cada mañana empezaba con una halagadora rivalidad entre los dos anfitriones, para ver cuál de sus cocinas debería humear primero con la comida de huéspedes.” (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 9)


Villa romana de Lullingston, Kent, Inglaterra, ilustración Peter Dunn

Los viajes por mar causaban incluso mayor preocupación a los viajeros, pues además del hecho de que el desplazamiento suponía generalmente una larga distancia entre el origen y el destino, y de que se podía sentir malestar físico, existía la posibilidad de encontrarse con tempestades, naufragios y ataques piratas.

¿De qué no se me podrá convencer, cuando se me ha convencido para que viaje por mar? Zarpé con mar bonancible. Es cierto que el cielo estaba preñado de oscuros nubarrones que se resuelven casi siempre en agua o en viento; no obstante, pensé que podría devorar las pocas millas que separan tu querida Parténope de Putéolos, aunque en medio de un cielo inseguro y amenazador. Así, para evitar el riesgo con mayor rapidez, dirigí inmediatamente el rumbo por alta mar hacia Néside, con el fin de atajar, alejado de todas las ensenadas.
Cuando ya había recorrido tanto trecho que lo mismo me importaba proseguir que regresar, se desvaneció de pronto aquella calma que me había seducido. No era todavía la tempestad, pero sí la marejada y el oleaje cada vez más grueso. Me puse a rogar al timonel que me desembarcase en cualquier punto de la costa. Él me respondía que era aquel un litoral escarpado e inabordable, y que en el fragor de la tempestad nada temía tanto como la tierra. Pero me angustiaba demasiado como para preocuparme del peligro: me aquejaba esa especie de náusea lenta, sin vómito, que revuelve la bilis sin expulsarla. Por ello insistí al timonel y le obligué, quieras que no, a buscar la orilla. (Séneca, Epístolas, 53)


Los viajes de Alix. Ilustración Jacques Martin


Bibliografía

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Tourism in Augustan Society, LOYKIE LOMINE; Histories of Tourism: Representation, Identity and Conflict; editado por John K. Walton
http://revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/view/4305; Los «beneficia» concedidos a las ciudades de Acaya en el año 66 d.C.; Pilar Fernández Uriel
https://www.researchgate.net/publication/264825324_SPECIAL-PURPOSE_TRAVEL_IN_ANCIENT_TIMES_TOURISM_BEFORE_TOURISM
https://www.researchgate.net/publication/264825324_SPECIALPURPOSE_TRAVEL_IN_ANCIENT_TIMES_TOURISM_BEFORE_TOURISM; SPECIAL-PURPOSE TRAVEL IN ANCIENT TIMES: "TOURISM" BEFORE TOURISM?; Branislav Rabotić
https://www.academia.edu/3319881/Un_factor_de_romanización_viajar_en_la_Hispania_romana; Un factor de romanización: viajar en la Hispania romana; Enrique Gozalbes Cravioto e Iván González Ballesteros
Travel and pilgrimage, Ian C. Rutherford; The Oxford Handbook of Roman Egypt, Edited by Christina Riggs
TRAVEL AND GEOGRAPHY IN THE ROMAN EMPIRE; Edited by Colin Adams and Ray Laurence; Routledge


lunes, 8 de junio de 2020

Villa maritima, villas junto al mar en la antigua Roma

Despedida al señor de la villa, pintura de Ettore Forti

El siglo I a. C. fue una época turbulenta de la historia de Roma debido a las guerras civiles que dividieron a la sociedad al defender un bando las leyes y tradiciones de la república y el otro apoyaba conseguir un poder absoluto. Durante esta época muchos nobles amasaron grandes fortunas tras sus triunfos en distintos territorios y después se dedicaron a la compra de objetos lujosos y a la ostentación de su riqueza dejando a un lado la austeridad que había sido un valor tradicional romano. Este deseo de exhibir riqueza tenía su reflejo en la edificación de villas dedicadas al ocio cada vez más suntuosas, especialmente aquellas situadas junto al mar. 

“Más provechosa”, dice Fundanio, “es ciertamente la finca a causa de los edificios, si dispones la edificación más con el espíritu de economía de los antiguos que con el lujo de los de ahora, pues aquellos operaban en proporción al beneficio, estos lo hacen por indómitos deseos. Por eso, las casas rústicas de aquellos costaban más que las de recreo y ahora en la mayoría de los casos ocurre al contrario…. Ahora, por el contrario, ponen interés en tener la casa de recreo lo mayor y más elegante posible y compiten con las villas de Metelo y de Lúculo edificadas en detrimento del Estado." (Varrón, De Agricultura, I, 13, 6-7)


Pintura de Henryk_Siemiradzki_


La construcción de villas marítimas en la costa desde Roma hasta Nápoles se había ya intensificado a finales del siglo II a. C. y en el siglo posterior era bien visible el aspecto que presentaba la costa con la visión de tales mansiones a lo largo del litoral, como recoge Estrabón en su Geografía.

“Aquí se encuentra el final del golfo que recibe el nombre de Cráter, delimitado por dos cabos que miran hacia el sur, el Miseno y el de Atenea. Toda su extensión está edificada, en parte, con las ciudades que hemos mencionado, en parte, con residencias y plantaciones que se suceden una tras otra, ofreciendo la apariencia de una sola ciudad.” (Estrabón, Geografía, V, 4, 8)

Pintura de la casa de Marco Lucrecio Fronto, Pompeya 

Con el fin de las guerras civiles durante la segunda mitad del siglo I a.C. surgió la moda de las villas con fachadas hacia el mar que salpicaban los litorales mediterráneos, en contraste con las villas que se habían construido hasta entonces situadas sobre promontorios y acantilados en lugares más fáciles de defender y que se parecían a fortalezas militares.

“Aquellos famosos a quienes la fortuna del pueblo romano transfirió el poder como Gayo Mario, Gneo Pompeyo y Gayo César, construyeron, es cierto, sus quintas en la región de Bayas, pero las situaron en las cimas de los montes más elevados. Les parecía éste un gesto más militar: vigilar desde una atalaya los valles que se extendían a lo largo y a lo ancho. Contempla la posición que eligieron, el lugar en que levantaron sus edificios y la calidad de éstos; reconocerás que no eran quintas, sino campamentos.” (Seneca, Epístolas, 51, 11)

Villa Jovis, Capri, Italia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Este afán defensivo y protector de los bienes domésticos se debía también a la amenaza de los piratas se solían atacar las costas durante siglos hasta que el triunfo de Pompeyo sobre ellos trajo cierto alivio durante años a las ciudades, pueblos y mansiones de las costas mediterráneas.

“Mientras el mismo Africano se hallaba en su casa de campo en Literno, un nutrido grupo de jefes piratas se acercó al mismo tiempo para hacerle una visita. Al creer él que venían con intenciones hostiles, dispuso como defensa en el tejado de la casa un grupo de servidores domésticos que tenían la intención y los medios suficientes para repeler a los agresores. Cuando los piratas advirtieron esto, dejando atrás a los soldados que les daban escolta y soltando las armas, se acercaron a la puerta y a voz en grito anunciaron a Escipión que venían, no para atentar contra su vida, sino como admiradores de su virtud, pidiendo encarecidamente verlo y estar con un hombre tan ilustre, un auténtico favor divino para ellos; por consiguiente, que no tuviese a mal dejarse ver por ellos y no se preocupara de nada. Cuando la servidumbre comunicó esto a Escipión, ordenó éste que abrieran las puertas y los dejaran pasar. Entonces ellos, tras venerar respetuosamente las jambas de la puerta, cual si de un venerabilísimo altar y templo sagrado se tratara, estrecharon la mano de Escipión y la besaron un buen rato. Dejando después ante el vestíbulo los regalos que suelen concederse a una divinidad, regresaron a sus casas felices porque habían tenido la suerte de ver a Escipión de cerca.” (Valerio Máximo, II, 10, 2)

Casa romana de Nora, Cerdeña, foto de Samuel López 

Estas villas tuvieron en un principio la particularidad de ser los lugares donde las élites romanas se relajaban e intentaban mejorar su salud, por lo que se buscaba un lugar alejado de la urbe para olvidarse de los negocios y el ajetreo de las calles abarrotadas de gente, y también con un clima benévolo lo más cercano al mar donde el aire marino proporcionaba una temperatura agradable. Las villas, durante el Imperio romano, eran los lugares ideales para relajarse y mejorar la salud. Era preciso ubicar la villa en una zona provista de un clima suave y alejada de cualquier urbe para conseguir ese bienestar. 

¡Oh dulce litoral de la templada Formias! A ti, cuando huye de la ciudad del severo Marte y, cansado, se despoja de las preocupaciones que le inquietan, Apolinar te prefiere a todos los lugares. Ni el dulce Tíbur de su casta esposa, ni los retiros de Túsculo o del Álgido, ni Preneste y Ancio los admira él así. A la seductora Circe o a la dárdana Gaeta no las echa en falta, ni a Marica, ni al Liris ni a Salmacis, bañada en el venero Lucrino. Aquí lo más alto de Tetis lo riza un viento ligero; y no está el mar como sin fuerzas, sino que la calma viva del ponto mueve el pintado bajel con la ayuda de la brisa, lo mismo que, con el abaniqueo de la púrpura de una joven a la que no le gusta el calor, llega un fresco saludable. Y el sedal no busca su presa en un mar lejano, sino que la caña echada desde la alcoba y desde la cama la engancha un pez al que se ha visto desde lo alto. Si alguna vez Nereo siente la tiranía de Eolo, la mesa, segura con lo suyo, se ríe de las tempestades: una piscina cría los rodaballos y las lubinas en la propia casa, la delicada morena acude nadando hasta su cuidador, el nomenclátor cita a un mújol conocido y, a la orden de que se acerquen, acuden los viejos salmonetes. Pero, ¿cuándo permites, Roma, disfrutar de eso? ¿Cuántos días formianos le concede el año a quien está enganchado al ajetreo de los asuntos de la ciudad? ¡Felices, oh, los porteros y los cortijeros! Eso se dispone para los señores; está a vuestro servicio.” (Marcial Epigramas, X, 30)

Pintura de la villa de San Marco, Stabia, Italia

Plinio el joven describe en una de sus cartas su villa del Laurentinum, situada a pie de playa cerca de Ostia, que parece seguir meticulosamente los consejos sobre ubicación y orientación que los escritores agrónomos daban para la situación de las villae.

Primeramente, la casa se levanta en un lugar con un clima templado, soleado y seco, con corrientes de aire saludables, como puede verse en su descripción del criptopórtico. 

“A partir de aquí se extiende una galería abovedada que parece casi una obra pública. Por ambos lados hay ventanas, más numerosas sobre el mar, menos frecuentes sobre el jardín, una en cada entrepaño, pero colocadas alternativamente. Cuando el día está sereno y tranquilo se abren todas las ventanas, cuando el tiempo está revuelto por los vientos, que soplan por un lado o por otro, se abren sin sufrir daño por el lado donde los vientos están calmados.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Villa de Minori, Positano, Italia, foto de Samuel López

La casa se distribuye en dos espacios principales, el primero conformado por las estancias dedicadas a la representación, como el vestíbulo, atrio, baños y comedor, además de la parte dedicada al uso del servicio.

“La villa proporciona suficiente comodidad, su mantenimiento no es costoso. En la entrada hay un vestíbulo, sencillo, pero no despreciable; a continuación, un pórtico redondo en forma de letra D, que rodea un patio pequeño, pero agradable, que proporciona un magnífico abrigo contra el mal tiempo, pues está protegido por cristales y mucho más por techos voladizos. Hacia la mitad de él hay un agradable patio interior, luego un comedor bastante hermoso, que avanza hacia la costa y cuando el mar es impulsado por el viento ábrego es bañado suavemente por unas olas ya gastadas y moribundas. Tiene por todas partes puertas y ventanas tan grandes como las puertas, de modo que por el frente y por los costados parece que contemplas tres mares; por la espalda tiene una vista del patio interior, del pórtico de nuevo, luego el vestíbulo, los bosques y los montes lejanos.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura de Frederick Pepys Cockerell

El segundo, destinado al descanso del dueño, que en el caso de Plinio se dedica al estudio, y donde puede evadirse del ruido que se produce con las tareas cotidianas. Este espacio se rodea de jardines.

"Al final de la terraza, después de la galería y del jardín, hay un pabellón que es mi favorito, verdaderamente mi favorito: yo mismo lo he construido; en él hay una habitación soleada que mira por un lado a la terraza, por otro al mar, y por ambos al sol; hay también un dormitorio que se asoma a la galería por una doble puerta, y al mar por una ventana. Hacia la mitad de la pared posterior hay un gabinete elegantemente diseñado, que se puede incluir en la habitación, si se abren sus puertas de cristales y de cortinas, o independizarlo, si se cierran. Caben en su interior un lecho y dos sillones; tiene el mar a sus pies, las villas próximas a su espalda, los bosques en frente; se puede contemplar gran número de vistas panorámicas separada o simultáneamente por otras tantas ventanas. Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas." (Plinio, Epístolas, II, 17)

La elección de la ubicación también cumple la norma de acceso a agua potable y cercanía a ciudades grandes con facilidad de comunicación. 

En verdad que es una sorprendente característica de este litoral que en cualquier parte que muevas el suelo, al momento brota un agua pura y sin la menor huella de contaminación a pesar de la proximidad del mar. 

"Los bosques vecinos proporcionan leña en abundancia, la colonia de Ostia nos abastece de todo lo demás." (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Otro rasgo predominante para la situación de estas villas era el paisaje. Era importante encontrar un promontorio desde el cual se pudiera obtener buenas vistas y que permitiese que la villa edificada fuese contemplada y admirada por los visitantes que se aproximaban, especialmente por el mar.

“La naturaleza ofrece el escenario: hay una sola playa que interrumpe el roquedo y da entrada a los campos al pie de las escarpas. Un primer atractivo del paraje. Humean unos baños con dos bóvedas y el agua dulce fluye desde la tierra al encuentro de la mar amarga… la bonanza del piélago es una maravilla: allí las aguas, fatigadas, deponen su cólera y el Austro violento sopla con más dulzura, allí el rigor de la borrasca se torna más sumiso, y la apacible rada descansa sin procelas, imitando el talante de su dueño.
Desde allí trepa un pórtico por las pinas alturas, obra comparable a toda una ciudad, que con su extenso dorso domina las roqueñas asperezas. Por allí, donde antaño, en medio de una oscura polvareda y la fiereza adversa del camino todo era sol, es ahora un placer adentrarse.”
(Estacio, Silvas, II, 2)

Reconstrucción de la villa de Pollio Félix

La extensión de las villas marítimas por la costa puede verse como un símbolo del dominio humano sobre la naturaleza y de la civilización sobre el paisaje.

“Aquí Naturaleza se ha mostrado pródiga; allá, vencida, se ha doblegado ante quien la habita y, dócil, se ha sometido a usos ignorados: donde hubo un monte, ves ahora un llano; fueron cubiles las estancias en que hoy te adentras; donde ves hoy escarpas de arboledas, ni siquiera hubo tierra. El dueño se ha hecho dueño: el suelo, domeñado, se goza con aquel que da forma y somete a los roquedos. Contempla ahora los riscos obedientes al yugo y cómo la montaña penetra en la morada y se retira, sometida al mandato.” (Estacio, Silvas, II, 2, La villa de Pollio Félix en Sorrento)

La edificación de estas villas convertía a sus propietarios en auténticos domadores del terreno que debían empezar por ganar espacio al mar construyendo puertos donde recalar los barcos de forma segura y pontones para llegar hasta plataformas situadas justo sobre el agua. 

“Lo que sigue es una demostración de la riqueza de Damiano. En primer lugar, toda la tierra que poseía estaba plantada de árboles, frutales y de sombra; en sus propiedades de la orilla del mar había construido islas artificiales y, en los puertos, muelles que ofrecían fondeadero seguro a los barcos de carga que llegaban o partían.” (Filostrato, Vida de los sofistas, II, 23, 606)

Villa de Domiciano en Monte Circeo, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Además, debían controlar el curso de los ríos para crear canales con los que regar los jardines y cascadas para la decoración. También era necesario crear alturas artificiales con las que constituir una villa con fachada al mar apilando material suelto para hacer orillas artificiales, horadar las laderas para adaptarse a los deseos de los propietarios y crear terrazas a distintos niveles por medio de estructuras de obra. 

“Sienten los peces que las aguas se reducen por las moles arrojadas al fondo de los mares: a él se afana en echar piedra molida el contratista con sus siervos y el propietario hastiado de la tierra.” (Horacio, Odas, III, 1) 

Las imponentes villas llegaban a asemejarse a ciudades en sí mismas cuando se las veía desde el mar, no solo en un intento de demostrar la riqueza y poder de los dueños de cada una, sino como la victoria de la civilización sobre la naturaleza salvaje.

“Embellecen el litoral de una manera muy agradable una gran cantidad de mansiones, bien seguidas, bien separadas, que vistas desde el mar o desde el propio litoral dan la impresión de tratarse de una serie de ciudades.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura del puerto de Stabia, Italia

El equipamiento y ornamentación de las villas eran elementos a tener en cuenta a la hora de especular en su compra-venta. Una decoración lujosa no solo era un placer para el propietario, además de un asunto de autorrepresentación en sociedad, sino que podía incrementar el valor de mercado de la propiedad. En especial las esculturas y obras de arte antiguas y originales se consideraban relevantes con respecto a la idea que el nuevo propietario deseaba transmitir sobre sí mismo a los demás.

“Pero hay, sin embargo, una estancia, una que sobrepasa con mucho a todas las demás y que, en línea recta sobre el mar, te trae la vista de Parténope, en ella, los mármoles escogidos de lo hondo de las canteras griegas, la piedra que alumbra los filones de la oriental Siene, la que los picos frigios han arrancado de la afligida Sínada en los campos de Cíbele doliente, mármol coloreado en que brillan los círculos purpúreos sobre su fondo cándido; aquí también el que ha sido cortado de la montaña del amicleo Licurgo, que verdea imitando las hierbas que se doblan sobre las rocas; y aquí brillan amarillos mármoles de Numidia con los de Tasos, Quíos y Caristo, que al contemplar las olas se recrean; todos ellos, vueltos hacia las torres de Calcis, envían su saludo. Te felicito por tu amor a lo griego y por frecuentar las tierras griegas.” (Estacio, Silvas, II, 2)

Recreación de la villa de Verige, Croacia

A pesar de que la villa maritima, como el resto de las suburbanas, surgió como un lugar de retiro en el que el propietario y su familia podían disfrutar de la tranquilidad alejados del bullicio de la ciudad, esta se acabó convirtiendo en una recreación de la vida de la ciudad al continuar los rituales de patronazgo y los entretenimientos para invitados que eran propios de la ciudad y permitían al dominus mantener su status.

En algunas villas se han encontrado restos de edificaciones destinadas al entretenimiento, como teatros, odeones, que por sus dimensiones no solo serían para el disfrute del dueño de la finca y su familia, sino que albergaría a numerosos invitados e incluso habitantes de los alrededores. 

Villa de Posillipo, Nápoles. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Cicerón se queja de la imposibilidad de escribir obras durante la estancia en su finca de Formias por la falta de tiempo ante las visitas que tiene que recibir.

“Respecto a la composición de obras que con frecuencia me aconsejas, nada puede hacerse. Tengo una basílica, no una finca, según es la afluencia de formianos, pero, ¡qué clase de basílica!, ¡la tribu Emilia! Mas dejo a un lado a la plebe; a partir de la hora cuarta los demás no molestan: mi vecino más próximo, o, mejor dicho, mi comensal ya inseparable es Gayo Arrio, quien incluso afirma que no va a Roma para filosofar aquí conmigo todo el día. Y por la otra parte tenemos a Seboso, aquel íntimo de Catulo. ¿A dónde me escapo? Por Hércules que me iría enseguida a Arpino si no me pareciera que es mucho más cómodo aguardarte en la finca de Formias, pero con tal de que sea hasta el 6 de mayo: pues ves a qué individuos tengo condenados mis oídos. ¡Maravillosa ocasión para comprarme mi propiedad de Formias, si alguien quisiera hacerlo, mientras éstos están a mi lado!” (Cicerón, Cartas a Ático, II, 14)

Pintura de Stephan Bakalowiczj

Los miembros de la élite mantenían vínculos sociales con sus pares y clientes que continuaban en su traslado a las villas marítimas. Invitaciones a cenas, reuniones políticas y estancias vacacionales se sucedían dependiendo de las posibilidades de la villa y de la cercanía a ciudades u otras villas. Los viajeros podían contar con la hospitalidad de sus amistades para encontrar donde pasar la noche en el transcurso de sus desplazamientos. 

“Yo, dadas las circunstancias, a la finca de Túsculo, nada de nada (está a contramano 'para los que me buscan' y tiene otros 'inconvenientes'), sino de la de Formias a Terracina el 29 de diciembre; de ahí a las alturas de Pomptino; de ahí a la mansión albana de Pompeyo; de modo que a las puertas de la Urbe el 3 de enero, día de mi cumpleaños.” (Cicerón, Cartas a Ático, VII, 5, 3)

Pintura de Alma-Tadema

Las oportunidades económicas que ofrecían las villae maritimae no quedaban, a veces, por debajo de las de las villae rusticae, ya que abarcaban desde la piscicultura y la extracción de sal hasta la viticultura. Por tanto, estas propiedades no solo tendrían valor por su uso recreativo, sino por la posibilidad de sacar un rendimiento económico.

La construcción inicial de villas costeras en el área de Fundi pudo deberse a la intensificación de la viticultura y la comercialización del vino fundano y otros como el cécubo por parte de propietarios locales.

“La llanura Cécuba es limítrofe al golfo de Cayatas y, a continuación de ésta, Fundos, ciudad que está situada en la Vía Apia. Todos estos lugares son productores de un vino excelente: los de Cécuba, Fundania y Setinia están entre los renombrados, exactamente igual que el Falemo, el Albano y el Estatano.” (Estrabón, Geografía, V, 3, 6) 


Mapa de la bahía de Nápoles, Campania, Italia

Un elemento arquitectónico que suele repetirse en las villas marítimas es la presencia de una piscina o estanque para criar peces. Generalmente había tres tipos, los que contenían agua dulce, los que se llenaban con agua de mar, o los que sus aguas eran salobres por estar en lagunas costeras. Sus tamaños variaban, pero en muchos casos constituían una inversión económica rentable porque se podía obtener un beneficio de la venta de pescado fresco para el que existía gran demanda y era un producto de lujo, o bien podía abastecer la propia demanda interna de la villa y quizás la de los mercados locales.


Piscina, Villa de Arianna, Stabia, Italia

Columela describe la piscicultura como una ocupación rentable, sobre todo para las villas construidas en islas o áreas costeras donde el terreno no permite buenos cultivos. Además, también se podía obtener rendimientos de otros productos marinos muy demandados como ostras y múrices para los tintes.

“El que hubiere comprado islas o haciendas marítimas, y no pudiere sacar frutos de la tierra por la esterilidad del suelo que se advierte comúnmente en la orilla del mar, constituirá un fondo de rentas sobre sus aguas. Pero es como el principio de esta empresa examinar la naturaleza del lugar donde se hubiere determinado hacer las piscinas, pues no se pueden tener todas las especies de pescados en todas las costas.” (Columela, De Agricultura, VIII, 16)


Villa de Sperlonga, Latina, Italia. Ilustración de Jean-Claude Golvin

En las villas más suntuosas y elegantes al aspecto práctico de disponer de un suministro de pescado fresco para consumo o venta se unía el deseo de disfrutar de una cena en medio del estanque para amenizar las noches de verano con la brisa marina y los peces nadando bajo el agua. Tiberio tuvo un serio percance mientras cenaba en una gruta natural habilitada como cenador en la actual Sperlonga.

“Comiendo en la Espelunca, quinta así llamada entre el mar de Amicla y los montes de Fundi, dentro de una caverna natural, despegándose de improviso las piedras que formaban la boca o entrada, cogieron debajo algunos miembros del banquete y espantaron a todos, poniendo en huida la mayor parte de los convidados.” (Tácito, Anales, IV, 59)


Cenatio de la gruta de Sperlonga, Latina, Italia. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Otra actividad propia de las villas costeras era la producción de sal, dejando evaporar el agua de sal en hondos estanques. La sal era una materia prima muy apreciada que hacía posible la conservación y almacenaje de comida. Estas salinas podían estar relacionadas con el procesamiento de productos derivados del pescado. 

En época romana, numerosas zonas del litoral italiano estaban ocupadas por marismas salobres, donde la sal se acumulaba naturalmente con la evaporación del agua durante los meses de verano.

“Me entretengo en observar unas salinas situadas al pie de la finca (de Albino), pues con este nombre se designa una laguna salada en la que entra el mar por unos canales en pendiente cavados en la tierra y en que una fosa pequeña reparte el agua a unas albercas de muchas secciones. Pero cuando aplica Sirio su fuego ardiente, cuando palidece la hierba, cuando está sediento el campo todo, entonces se cierra el paso al mar con las compuertas de las represas para que, abrasada, la tierra endurezca las aguas allí retenidas. La masa coagulada que surge de forma natural recibe la fuerza punzante de Febo y con el calor del verano se cuaja una pesada costra, de un modo que no difiere en absoluto de cuando el hórrido Histro queda endurecido por el hielo y permite, al solidificarse, el arrastre de carros enormes.” (Rutilio Namaciano, El Retorno, I, 475)


Estanques de sal por evaporación, Gozo, Malta

Algunas zonas costeras entre Roma y Nápoles gozaban el privilegio de poseer aguas termales, consideradas medicinales o terapéuticas, por lo que surgieron ciudades convertidas pronto en destinos vacacionales de los nobles y nuevos ricos romanos que construían sus villas en sus alrededores. Este es el caso de la ciudad de Bayas, que acabó siendo famosa tanto por la calidad de sus aguas como por el desenfreno de su vida social. 

“Nada más doblar el cabo Miseno, al pie mismo del promontorio, hay un puerto y, a continuación, la costa forma un golfo de una profundidad casi interminable, en el cual se encuentra la ciudad de Bayas y sus aguas termales, que son apropiadas tanto para una vida de lujo como para la curación de enfermedades.” (Estrabón, Geografía, V, 4, 5)


El Juicio de Paris, pintura de Henryk Siemiradzki


Las villas marítimas, especialmente las situadas en islas, eran lugares elegidos para los destierros y los exilios. Varios miembros de la dinastía Julio-claudia fueron confinados en islas tras ser desterrados de la corte. Algunos fueron asesinados en sus villas por orden de otros miembros de la familia, como es el caso de Agripa Póstumo. El emperador Tiberio se autoexilió a la isla de Capri durante los últimos años de su vida, donde habitó en una villa ubicada en lo alto de un promontorio y llamada Villa Jovis, dentro de un complejo que albergaba varias villas, termas y jardines, y que gozaba de una espléndida vista del mar y de la costa peninsular, además de ser un lugar de difícil acceso.

“Mas César, habiendo dedicado sus templos por la provincia de Campania, aunque mandase por edicto público que ninguno se atreviese a interrumpirle su quietud, y pusiese soldados para impedir el concurso de los naturales del país, cansado con todo eso de los municipios, de las colonias y de todos los lugares situados en tierra firme, se escondió en la isla de Capri, apartada del promontorio de Sorrento espacio de tres millas de mar; agradándole aquel puesto, a lo que creo por la soledad, porque el mar entorno, privado de puerto, no recibe sino bajeles pequeños, ni era posible arrimarse alguno sin ser descubierto por las guardias. Gozaba de un cielo templado y agradable en el invierno a causa de tener los montes opuestos al ímpetu del viento, y en el verano el estar vuelta aquella isla al Favonio, con el mar libre y abierto por todas partes, y el gozar de la vista de aquel agradable seno, antes que el monte Vesubio con sus cenizas mudase la forma de aquellos lugares, la hacían extremadamente apacible y amena.” (Tácito, Anales, IV, 67)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Los ricos propietarios no solo apreciaban las villas junto al mar, sino que también tenían en gran consideración las que se hallaban junto a los lagos. Plinio iguala la construcción de sus villas en el lago Como con las villas marítimas de su amigo Romano.

“Me escribes que estas construyendo una casa. ¡Bien!, ya he encontrado un apoyo para hacerlo yo, y ya puedo calcular el costo de la construcción, puesto que lo hacemos a la par. Pues, tampoco es diferente que tú construyas junto al mar, yo junto al lago Lario. En su orilla ya tengo varias mansiones, pero dos de ellas, al mismo tiempo que me proporcionan un gran placer, me mantienen en constante inquietud. Una de ellas, construida sobre unas rocas a la manera de Bayas, tiene unas vistas magnificas sobre el lago, la otra, también construida a la manera de Bayas, bordea el lago.” (Plinio, Epístolas, IX, 7)

Pintura de una villa, Pompeya


Bibliografía

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