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sábado, 16 de julio de 2022

Beatus Ille, vida campestre en la antigua Roma

Toledo Museum of Art, Estados Unidos


Febo, ayuda a estos intentos que no pretenden nada grande,
ni siquiera lo que de ti quiere sacar el vulgo malicioso.
Aleja las riquezas, que los cargos les caigan a esos otros
que los quieren, que a otros los ayude privanza grande;
que este haga de almirante en los navíos o alegre
mande en campamento ajeno con servicial esmero;
que una provincia tema los doce fasces de otro;
oiga el de más allá aplausos sin parar reiterados.
Que yo atienda a un campo de pobre suelo y a versos
despreocupados, y que no pase un día sin un hermano;
que a mi vida descansada le lleguen diversiones
limpias, que mi alma de nada se espante ni nada anhele;
que largo tiempo ignorado me acabe una vejez sin achaques
y mis dos hermanos recojan los huesos en mi sepelio.
 (Antología Latina, 804)

La ciudad en la antigua Roma, según algunos autores, era un espacio de corrupción moral, donde los excesos evitaban que sus habitantes pudieran llevar una vida adecuada y donde incluso los hombres buenos estaban siempre ocupados por las obligaciones profesionales o políticas. Por el contrario, en el campo se podía vivir feliz, despreocupado y dedicado a los placeres de la vida sencilla.

Los campesinos de los que hablan los literatos viven esa sencillez, contentos con sus recursos, aunque estos sean limitados, en un hogar apacible donde la familia juega un papel fundamental con ofrendas a los dioses, principalmente los relacionados con el entorno rústico, para atraer la prosperidad a sus hogares.

"Pero, ante todo, da culto a los dioses y cumple cada año el rito a la gran Ceres oficiando sobre la lozana hierba, cuando ha tocado a su fin el largo invierno, entrada ya la serena primavera. En esta época están gordos los corderos y los vinos entonces se enmollecen, entonces el sueño es dulce y en las montañas la sombra espesa. Que la campesina mocedad se te una a ti para adorar a Ceres, en cuyo honor exprime los panales de miel en leche y vino dulce y por tres veces que la víctima propicia vaya en procesión alrededor de las mieses nuevas, que la acompañen con regocijo la gente y el coro entero y con gritos llamen a Ceres a sus casas y que nadie meta la hoz en las espigas sazonadas, antes de que, en honor de Ceres ceñida la frente con corona de encina, dance en desordenados movimientos y pronuncie los himnos de ritual." (Virgilio, Geórgicas, I, 340)

Pintura de Alma-Tadema


La vida rural se desarrolla alrededor de la agricultura, que es la principal fuente de ingresos, y las necesidades de las cosechas y el ganado rigen la vida en base a las jornadas diarias y las estaciones del año.

La sociedad romana pre-imperial asociaba la pobreza con la virtud, ensalzando al virtuoso hombre pobre como alguien dedicado a su labor, ya fuera la agricultura o el ejército, que se conformaba con tener lo suficiente para subsistir.

"Si en algún tiempo la fría lluvia retiene en su casa al labrador, es ocasión de hacer holgadamente muchas cosas que tendrían luego que ser improvisadas bajo un cielo sereno. El labrador aguza la dura punta de la embotada reja, de troncos de árbol excava las barricas, o empega los ganados o numera sus montones. Otros afilan las estacas y las horcas de dos ganchos y preparan las ligaduras amerias para la flexible vid." (Virgilio, Geórgicas, I, 260)


La imagen tradicional del campesino feliz en la literatura Latina suele incluir a la familia como elemento relevante para conseguir una producción fructífera de la tierra o los animales. Tanto la esposa como los hijos ayudan en las labores del campo.

"¡Cuánto más digno de ser alabado es éste al que, dispuesta su descendencia, la perezosa vejez lo sorprende en su modesta casa! Él mismo sigue a sus ovejas, su hijo a los corderos y su mujer le prepara agua caliente cuando regresa cansado. Así sea yo, y me sea lícito blanquear mi cabeza con canas y, viejo, evocar los recuerdos de un tiempo pasado." (Tibulo, I, 10, 40)



Los intelectuales de la época veían la vida en el campo como un refugio donde olvidar las preocupaciones de la vida en la ciudad. Horacio describe su finca sabina, regalo de su patrono Mecenas, como un símbolo de la tranquilidad necesaria que el poeta necesita para componer su obra.

"En estas cosas pierdo el día de mala manera, no sin formular un deseo: «¡Oh campo!, ¿cuándo he de verte?; ¿cuándo me será permitido, ya con los libros de los antiguos, ya con el sueño y las horas de asueto, lograr el dulce olvido de esta vida agitada?" (Horacio, Sátiras, II, 6, 60)

En el campo la vida gira en torno a lo que realmente importa para llevar una vida sin complicaciones, sin dar importancia a banalidades y temas que solo interesan a los que quieren medrar en la vida social de la ciudad. Por eso el propietario que decide vivir en el campo se rodea de un círculo de amistades que comparte sus mismos intereses y que puede hablar de cualquier asunto con total libertad.

"¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los
míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en
casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! A l gusto de cada
cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas:
el que es un valiente las toma bien fuertes y otro gus-
ta más de remojarse con tragos ligeros. Y entonces empieza la
tertulia, no a cuento de las villas o casas ajenas, ni de si Lepor
sabe bailar o no sabe; sino que tratamos de lo que más nos interesa
a nosotros y es malo ignorar: de si los hombres son felices
por la riqueza o por la virtud; de qué nos arrastra hacia la amis-
tad: el interés o la honradez; y de cuál es la naturaleza del bien,
y cuál su máximo grado."
(Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Mosaico de El Bardo, Túnez

La idea general de los autores de la época es que la gente del campo lleva una vida más moderada y saludable que los que viven en la ciudad, más dependientes de caprichos extravagantes y distracciones mundanas que hacen más difícil su vida diaria.

"Mientras tú quizás andas de aquí para allá sin descanso, Juvenal, por la bulliciosa Subura o te pateas el monte de la soberana Diana; mientras de puerta en puerta de los poderosos te hace aire la toga que hace sudar y, en tu vagar, el Celio mayor y menor te fatigan, a mí, después de muchos diciembres reencontrada, me ha acogido y me ha hecho un campesino mi Bílbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí cultivo perezoso con un trabajo agradable el Boterdo y la Plátea —las tierras celtíberas tienen estos nombres demasiado rudos—, disfruto de un sueño profundo e interminable, que a menudo no lo rompe ni la hora tercia, y ahora me recupero de todo lo que había velado durante tres decenios. No sé nada de la toga, sino que, cuando lo pido, me dan de un sillón roto el vestido más a mano. Al levantarme, me recibe un hogar alimentado por un buen montón de leña del vecino carrascal y al que mi cortijera rodea de multitud de ollas. Detrás llega el cazador, pero uno que tú querrías tener en un rincón del bosque. A los esclavos les da sus raciones y les ruega que se corten sus largos cabellos el cortijero, sin un pelo. Así me gusta vivir, así morir." (Marcial, Epigramas, XII, 18)

Mientras que los ricos habitantes de la ciudad disfrutan de especialidades culinarias presentadas de forma espectacular y de procedencia exótica, sin preocuparse por su calidad como sustento, los residentes en el campo se conforman con una dieta sencilla que comparten con sus invitados y que proviene de sus propias tierras. Horacio se refiere a un conocido suyo, Ofelo, anterior pequeño propietario reconvertido en colono a sueldo:

"Yo nunca me he permitido comer en día que no fuera de fiesta más que verdura con una punta de ahumado pernil; y si tras mucho tiempo un huésped llegaba a mi casa, o bien, si no teniendo trabajo que hacer, en tiempo de lluvias, me acompañaba a la mesa un vecino estimado, nos arreglábamos bien; no con pescado traído de la ciudad, sino con pollo y cabrito. Luego, las uvas que tenía colgadas y las nueces nos proporcionaban el postre, junto con unos higos abiertos. Tras esto, el juego consistía en beber sin otro juez que la culpa; y el vino de las libaciones a Ceres, para que se alzara con una espiga bien alta, distendía las frentes que la inquietud arrugaba." (Horacio, Sátiras, II, 2, 115)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Plinio el joven describe su villa en el campo como el lugar más propicio donde la aristocracia podía combinar el otium y el negotium fácilmente. Sus tierras son extensas y productivas, con pastos y agua y accesible para el transporte de mercancías a la ciudad y así poder ser de provecho al Imperio.

"El paisaje es hermosísimo. Imagínate un anfiteatro inmenso, como solo la naturaleza puede crear. Una extensa y abierta llanura rodeada por montañas que tienen sus cimas cubiertas por antiguos bosques de altos árboles. Allí la caza resulta abundante y variada. Desde las cumbres bajan por sus laderas bosquecillos de árboles maderables, en medio de los cuales hay colinas fértiles y cubiertas de una abundante capa de humus (pues no es fácil encontrar roca alguna, aunque la busques) que no ceden en riqueza a los campos más llanos, y donde madura una excelente cosecha de cereales, más tardía es cierto, pero no de inferior calidad. Al pie de estos sembrados, por todos lados, se extienden unos viñedos, que, al entrelazarse entre sí, presentan en una ancha y larga superficie una panorámica uniforme, en cuyo límite nacen unos arbustos, que forman, por así decirlo, el reborde inferior de la colina. A continuación, vienen prados y tierras de labor, tierras que no pueden ser roturadas a no ser con enormes bueyes y pesadísimos arados: el suelo es tan compacto que cuando se le abre por primera vez se levanta en grandes terrones, de modo que solo a la novena arada se lo domeña. Los prados, floridos y brillantes coma tachonados de gemas, crían tréboles y otras delicadas hierbas siempre tiernas coma si fuesen nuevos brotes. En efecto, todos estos prados se alimentan de caudales inagotables, pero en las zonas donde más agua fluye no se forma ninguna zona pantanosa, pues la tierra, al estar en pendiente, vierte en el Tíber toda el agua que recibe y no puede absorber. El río, navegable, corre a través de los campos y transporta hasta la ciudad todos los productos de la tierra, pero solo en invierno y primavera; en verano baja de nivel y abandona el nombre de gran rio en su lecho arenoso, que recupera en otoño." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración Chris Mitchell

Al mismo tiempo proporciona caza para el divertimento de sus residentes y el propietario puede encontrar paz y tranquilidad para dedicarse a escribir y sentirse más sano y dispuesto a la actividad creativa.

"Allí el ocio es más profundo, más sosegado, y por ello más despreocupado: no hay necesidad alguna de ponerse la toga, nadie de la vecindad te molesta, todo es tranquilidad y descanso, circunstancias que añaden mucho a la salubridad de la región, tanto como un cielo sereno, como un aire puro. Es allí donde mi cuerpo, mi espíritu tienen más vigor. Pues ejercito mi espíritu con los estudios, mi cuerpo con las cacerías. Mis sirvientes están también aquí más sanos que en ninguna otra parte; hasta ahora ciertamente no he perdido a nadie de los que he traído aquí conmigo (que los dioses me perdonen por hablar así). ¡Qué los dioses me conserven en el futuro este gozo, y al lugar esta gloria! Adiós." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Escena de caza, Museo Romano de Mérida

Aparte de la caza otra actividad al aire libre que podían practicar los ociosos habitantes de las villas rústicas era la pesca con caña y anzuelo. Plutarco cita una anécdota sobre Marco Antonio y Cleopatra ocurrida mientras él pescaba con la caña:

“Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y haciendo conversación con sus amigos, les rogó que al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña, mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan grande como se puede pensar, “Deja – le dijo -, ¡Oh Emperador!, la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en Canopo; nuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias.” (Plutarco, Antonio, 29)

Mosaico con pescador, Kos, Grecia

En la Roma imperial de la época de Augusto la vida en la ciudad de Roma se había encarecido debido a los altos precios del mercado y a la escasez de algunos productos. Se necesitaban recursos para hacer frente al gasto de las necesidades básicas, como alimentos, o combustible para calentarse y para cumplir las demandas sociales a las que la pertenencia a la ciudadanía obligaba. Por tanto, muchos miraban en la ciudad miraban a sus lugares de origen enclavados en entornos rurales por la posibilidad de tener una mejor vida que en la ciudad, donde tenían que adular a los patronos que les ayudaban a sobrevivir.

"Te admiras frecuentemente, Avito, de que yo hable demasiado de pueblos remotos, habiéndome hecho viejo en la capital del Lacio, y de que tenga sed del aurífero Tajo y de mi patrio Jalón y de que añore los campos descuidados de una pequeña torre bien abastada. Me gusta aquella tierra en la que una pequeña hacienda me hace feliz y unos pocos recursos me hacen nadar en la opulencia. Aquí se le da de comer al campo, allí da de comer; el hogar se templa aquí con un fuego maligno, allí luce con una lumbre enorme. Aquí es costosa el hambre y ruinoso el mercado; allí la mesa queda enterrada por las riquezas de su propio campo. Aquí se gastan en un verano cuatro togas o más, allí una sola toga me abriga durante cuatro otoños. Anda, hazles ahora los honores a los patronos, siendo así que todo lo que no te proporciona un amigo puede proporcionártelo, Avito, un lugar." (Marcial, Epigramas, X, 58)


Algunos ciudadanos buscaban el amparo de un patrono que ayudara a cubrir sus necesidades más básicas y algunos soñaban con una propiedad en el campo que les facilitara ser autosuficientes y no incurrir en los gastos habituales de vivir en la ciudad. El poeta satírico Marcial se muestra encantado con la finca que su patrona le regala.

"Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: Prefiero los míos."  (Marcial, Epigramas, XII, 31)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

En algunas obras la descripción idílica de la vida y paisaje campestres son una mera representación de la visión que los residentes en la urbe tienen de lo que debería ser la vida rural. Así es en el caso del personaje Alfio quien aparentemente lleva una plácida vida en el campo, pero que resulta ser una fantasía, porque finalmente se revela que vuelve a su negocio en la ciudad.

“Feliz aquel que, de negocios alejado, cual los mortales de
los viejos tiempos, trabaja los paternos campos con sus bueyes,
de toda usura libre. A él no lo despierta, como al soldado, la
trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas
altivas de los ciudadanos poderosos,
Y así, o bien casa los altos chopos con los crecidos sarmientos
de las vides, o bien, en un valle recoleto, contempla
las errantes manadas de mugientes reses; y cortando con la po-
dadera las ramas que no sirven, otras más fértiles injerta; o exprime
mieles que guarda en limpias ánforas, o esquila a las débiles
ovejas. Y cuando el otoño asoma por los campos su cabeza,
de dulces frutas ataviada, ¡cómo goza recogiendo las
peras que ha injertado y uvas que rivalizan con la púrpura, para
ofrecértelas a ti, Priapo, y a ti, padre Silvano, que guardas los
linderos…………………………………………………………………………….
Mas cuando la invernal estación de Júpiter tenante apresta las
lluvias y las nieves, o bien a los fieros jabalíes acosa de aquí y
de allá, con machos perros, hacia las redes que les cortan la escapada,
o con la percha pulida tiende ralas mallas para engañar
a los voraces tordos; y caza con el lazo la tímida liebre y la
emigrante grulla, trofeos placenteros. ¿Quién no se olvida, en
medio de todo esto, de las malas cuitas que provoca Roma?
…………………………………………………………………………………………..
Ni el ave africana ni el jonio francolín bajarán
más gratos a mi panza que la oliva elegida de las ramas más
pingües de los árboles, o la hierba de la acedera, amante de los
prados, o las malvas saludables para el cuerpo enfermo, o la
cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrebatado
al lobo.
Entre estos festines, ¡cómo agrada ver a las ovejas corriendo
a casa ya pacidas, ver a los cansados bueyes arrastrando el
arado vuelto sobre el cuello lánguido; y a los siervos nacidos
en la casa, enjambre de una finca acaudalada, sentados en torno
a los lares relucientes!
Una vez que dijo todo esto, el usurero Alfio, que estaba a
punto, a punto de hacerse campesino, reembolsó todos sus cuartos
el día de las idus,... y ya busca dónde colocarlos en las calendas.”
(Horacio, Épodos, II, 2)

Villa romana, Ilustración de Jane Brayne

La mayor parte de los autores de la época de Augusto deseaban que con su llegada al poder se volviese a una época de moralidad y simplicidad que acabase con el vicio y la decadencia que se habían implantado en la sociedad romana a partir de la expansión de Roma debida a las conquistas de nuevos territorios. Ansiaban el regreso a una Edad Dorada, un pasado lejano en el que los antepasados vivían una apacible vida campesina antes de que existiesen las ciudades, las armas y las guerras y que se impusiesen los lujos y los excesos como la gula y la impiedad.

iDichoso aquel que llegó a conocer las causas de las
cosas y puso bajo sus pies los temores todos, la creencia
en un destino inexorable y el estrepitoso ruido del Aqueronte
avaro! ¡Pero también dichoso el que supo de los
dioses de los campos, y de Pan y del viejo Silvano y
de las hermanas Ninfas! A ese tal, ni las fasces con-
cedidas por el pueblo, ni la púrpura de los reyes le hicieron
doblegarse, ni la discordia que subleva a los hermanos
sin fe; o el dacio, que desciende desde el Istro conjurado,
ni los negocios de Roma, ni los reinos destinados
a perecer; ése no se dolió, compasivo, del pobre, ni envidió
al que tiene. Los frutos que las ramas, los que los
mismos campos, sin cultivo, generosos produjeron, no tuvo
más que cogerlos; ni vio las leyes inflexibles, la locura
del foro, ni los archivos del pueblo."
 (Virgilio, Geórgicas, II, 490)


Para que un propietario pueda dedicarse al otium necesita disponer de alguien en quien confiar para dirigir su hacienda. Esta labor solía recaer en el villicus, capataz que se encargaba de repartir las tareas y vigilar a los esclavos. En el caso de la finca sabina de Horacio, el villicus, que antes desarrollaba sus tareas como esclavo en la ciudad parece echar de menos su vida en la ciudad con sus diversiones urbanas. Horacio, quien antes disfrutaba de su estancia en la urbe, pero que se ha acostumbrado a la vida sencilla del campo, le reprocha sus quejas y le recuerda que otros esclavos le tendrán envidia por las ventajas que le reporta su puesto actual. El poeta concluye que cada uno debe dedicarse a la labor a la que está destinado.


"Yo llamo feliz al que vive en el campo, y tu al que
en la urbe. El que gusta de la suerte de otro, no es de extrañar
que aborrezca la suya. Igual de necios el uno y el otro, echan
la culpa al lugar, sin razón ni justicia: la culpa es del alma, que
nunca logra escapar de sí misma.
Tú, cuando eras un criado cualquiera, en tus calladas plegarias
ansiabas el campo; ahora que eres capataz añoras la urbe,
sus juegos y baños. Sabes que yo soy consecuente, y que a disgusto
me voy cada vez que los odiosos negocios a Roma me
llevan a rastras. No nos gustan las mismas cosas, y por eso no
estamos de acuerdo.
………………………………………………………………………………………
Vamos, pues, y escucha ahora qué es lo que impide que nos
entendamos. A aquel al que tan bien le caían las togas finas y
los cabellos brillantes; el que tú sabes que, sin dar nada a
cambio, gozó del favor de Cinara la avariciosa, y desde el
mediodía andaba bebido de claro falemo, le gustan las cenas
ligeras y la siesta a la orilla del río, sobre la hierba; y no se avergüenza
de cuanto se ha divertido, mas sí lo haría de no poner un
final a la juerga. Ahí nadie amarga mi bienestar con aviesa mirada,
no lo envenena con el oscuro mordisco del resentimiento;
eso sí, los vecinos se ríen al verme voltear terrones y piedras.
Tú prefieres roer con los siervos la diaria ración de la urbe, y
en tus deseos corres a convertirte en uno de ellos; mas el mozo
de cuadra, que es tan charlatán, te envidia el que puedas disfrutar
de la leña, el ganado y el huerto. El perezoso buey querría
gualdrapas, y arar querría el caballo; mi parecer será que el
uno y el otro hagan a gusto el oficio que saben."
 (Horacio, Epístolas, I, 14)

Museo Nacional Palazzo Massimo, Roma

El clima era un motivo importante para el retiro en el campo. Huir del calor sofocante del verano en la ciudad anima a los ricos hacendados romanos a trasladarse hasta sus villas rurales, donde el ambiente normalmente más fresco y la tranquilidad permite disfrutar del ocio y las actividades propias del campo.

"Te metes conmigo por quedarme en el campo, yo podría con más razón quejarme de que tú permanezcas en la ciudad. La primavera a deja paso al Verano; el sol ha completado su trayecto hasta el trópico de Cáncer y ahora avanza en su viaje hacia el polo. ¿Por qué debería desperdiciar palabras sobre el clima que tenemos aquí? El creador nos ha situado de tal forma que estamos expuestos a los calores vespertinos. Es decir, todo resplandece; la nieve se está derritiendo en los Alpes; la tierra está cosida a grietas. Los vados no son sino grava seca, las orillas duro barro, los llanos polvo; los arroyos languidecen y apenas pueden correr; en cuanto al agua, caliente no es la palabra; hierve. Todos sudamos en sedas ligeras y linos; pero allí estás en Ameria todo envuelto en tu amplia toga, hundido en un sillón, y diciendo entre bostezos: Mi madre era una Samia a alumnos más pálidos por el calor que por temor a ti. Puesto que amas tu salud, aléjate en seguida de tus sofocantes callejones, únete a nuestro hogar como el más bienvenido de todos los huéspedes, y en este, el más atemperado de los retiros evita al intemperado Sirio." (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)



Bibliografía

Rasgos de la vida hispanorromana en la Celtiberia, Miguel Dolç
Gaudia Verae Vitae y carpe diem en los Epigramas de Marcial, Aurelio González Ovies
All Country Roads Lead to Rome: Idealization of the Countryside in Augustan Poetry and American Country Music; Alice Lyons
Aristocracy and Agriculture: How Vergil’s "Georgics" Inspired a Wave of Agrarianism and Imperialism; Isabel M. Lickey
The Foliate Lyre: The Use of the Countryside In Horace's Odes; Andrew Michael Goldstei
Horace, Martial, and Rome: two Poetic Outsiders read the Ancient City; Stephen L. Dyson and Richard E. Prior
Otium as Luxuria: Economy of Status in the Younger Pliny´s Letters; Eleanor Winsor Leach
The Simple Life in Vergil's "Bucolics" and Minor Poems; Elizabeth F. Smiley
The Cambridge Companion to Horace, Town and country; Stephen Harrison

lunes, 8 de junio de 2020

Villa maritima, villas junto al mar en la antigua Roma

Despedida al señor de la villa, pintura de Ettore Forti

El siglo I a. C. fue una época turbulenta de la historia de Roma debido a las guerras civiles que dividieron a la sociedad al defender un bando las leyes y tradiciones de la república y el otro apoyaba conseguir un poder absoluto. Durante esta época muchos nobles amasaron grandes fortunas tras sus triunfos en distintos territorios y después se dedicaron a la compra de objetos lujosos y a la ostentación de su riqueza dejando a un lado la austeridad que había sido un valor tradicional romano. Este deseo de exhibir riqueza tenía su reflejo en la edificación de villas dedicadas al ocio cada vez más suntuosas, especialmente aquellas situadas junto al mar. 

“Más provechosa”, dice Fundanio, “es ciertamente la finca a causa de los edificios, si dispones la edificación más con el espíritu de economía de los antiguos que con el lujo de los de ahora, pues aquellos operaban en proporción al beneficio, estos lo hacen por indómitos deseos. Por eso, las casas rústicas de aquellos costaban más que las de recreo y ahora en la mayoría de los casos ocurre al contrario…. Ahora, por el contrario, ponen interés en tener la casa de recreo lo mayor y más elegante posible y compiten con las villas de Metelo y de Lúculo edificadas en detrimento del Estado." (Varrón, De Agricultura, I, 13, 6-7)


Pintura de Henryk_Siemiradzki_


La construcción de villas marítimas en la costa desde Roma hasta Nápoles se había ya intensificado a finales del siglo II a. C. y en el siglo posterior era bien visible el aspecto que presentaba la costa con la visión de tales mansiones a lo largo del litoral, como recoge Estrabón en su Geografía.

“Aquí se encuentra el final del golfo que recibe el nombre de Cráter, delimitado por dos cabos que miran hacia el sur, el Miseno y el de Atenea. Toda su extensión está edificada, en parte, con las ciudades que hemos mencionado, en parte, con residencias y plantaciones que se suceden una tras otra, ofreciendo la apariencia de una sola ciudad.” (Estrabón, Geografía, V, 4, 8)

Pintura de la casa de Marco Lucrecio Fronto, Pompeya 

Con el fin de las guerras civiles durante la segunda mitad del siglo I a.C. surgió la moda de las villas con fachadas hacia el mar que salpicaban los litorales mediterráneos, en contraste con las villas que se habían construido hasta entonces situadas sobre promontorios y acantilados en lugares más fáciles de defender y que se parecían a fortalezas militares.

“Aquellos famosos a quienes la fortuna del pueblo romano transfirió el poder como Gayo Mario, Gneo Pompeyo y Gayo César, construyeron, es cierto, sus quintas en la región de Bayas, pero las situaron en las cimas de los montes más elevados. Les parecía éste un gesto más militar: vigilar desde una atalaya los valles que se extendían a lo largo y a lo ancho. Contempla la posición que eligieron, el lugar en que levantaron sus edificios y la calidad de éstos; reconocerás que no eran quintas, sino campamentos.” (Seneca, Epístolas, 51, 11)

Villa Jovis, Capri, Italia, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Este afán defensivo y protector de los bienes domésticos se debía también a la amenaza de los piratas se solían atacar las costas durante siglos hasta que el triunfo de Pompeyo sobre ellos trajo cierto alivio durante años a las ciudades, pueblos y mansiones de las costas mediterráneas.

“Mientras el mismo Africano se hallaba en su casa de campo en Literno, un nutrido grupo de jefes piratas se acercó al mismo tiempo para hacerle una visita. Al creer él que venían con intenciones hostiles, dispuso como defensa en el tejado de la casa un grupo de servidores domésticos que tenían la intención y los medios suficientes para repeler a los agresores. Cuando los piratas advirtieron esto, dejando atrás a los soldados que les daban escolta y soltando las armas, se acercaron a la puerta y a voz en grito anunciaron a Escipión que venían, no para atentar contra su vida, sino como admiradores de su virtud, pidiendo encarecidamente verlo y estar con un hombre tan ilustre, un auténtico favor divino para ellos; por consiguiente, que no tuviese a mal dejarse ver por ellos y no se preocupara de nada. Cuando la servidumbre comunicó esto a Escipión, ordenó éste que abrieran las puertas y los dejaran pasar. Entonces ellos, tras venerar respetuosamente las jambas de la puerta, cual si de un venerabilísimo altar y templo sagrado se tratara, estrecharon la mano de Escipión y la besaron un buen rato. Dejando después ante el vestíbulo los regalos que suelen concederse a una divinidad, regresaron a sus casas felices porque habían tenido la suerte de ver a Escipión de cerca.” (Valerio Máximo, II, 10, 2)

Casa romana de Nora, Cerdeña, foto de Samuel López 

Estas villas tuvieron en un principio la particularidad de ser los lugares donde las élites romanas se relajaban e intentaban mejorar su salud, por lo que se buscaba un lugar alejado de la urbe para olvidarse de los negocios y el ajetreo de las calles abarrotadas de gente, y también con un clima benévolo lo más cercano al mar donde el aire marino proporcionaba una temperatura agradable. Las villas, durante el Imperio romano, eran los lugares ideales para relajarse y mejorar la salud. Era preciso ubicar la villa en una zona provista de un clima suave y alejada de cualquier urbe para conseguir ese bienestar. 

¡Oh dulce litoral de la templada Formias! A ti, cuando huye de la ciudad del severo Marte y, cansado, se despoja de las preocupaciones que le inquietan, Apolinar te prefiere a todos los lugares. Ni el dulce Tíbur de su casta esposa, ni los retiros de Túsculo o del Álgido, ni Preneste y Ancio los admira él así. A la seductora Circe o a la dárdana Gaeta no las echa en falta, ni a Marica, ni al Liris ni a Salmacis, bañada en el venero Lucrino. Aquí lo más alto de Tetis lo riza un viento ligero; y no está el mar como sin fuerzas, sino que la calma viva del ponto mueve el pintado bajel con la ayuda de la brisa, lo mismo que, con el abaniqueo de la púrpura de una joven a la que no le gusta el calor, llega un fresco saludable. Y el sedal no busca su presa en un mar lejano, sino que la caña echada desde la alcoba y desde la cama la engancha un pez al que se ha visto desde lo alto. Si alguna vez Nereo siente la tiranía de Eolo, la mesa, segura con lo suyo, se ríe de las tempestades: una piscina cría los rodaballos y las lubinas en la propia casa, la delicada morena acude nadando hasta su cuidador, el nomenclátor cita a un mújol conocido y, a la orden de que se acerquen, acuden los viejos salmonetes. Pero, ¿cuándo permites, Roma, disfrutar de eso? ¿Cuántos días formianos le concede el año a quien está enganchado al ajetreo de los asuntos de la ciudad? ¡Felices, oh, los porteros y los cortijeros! Eso se dispone para los señores; está a vuestro servicio.” (Marcial Epigramas, X, 30)

Pintura de la villa de San Marco, Stabia, Italia

Plinio el joven describe en una de sus cartas su villa del Laurentinum, situada a pie de playa cerca de Ostia, que parece seguir meticulosamente los consejos sobre ubicación y orientación que los escritores agrónomos daban para la situación de las villae.

Primeramente, la casa se levanta en un lugar con un clima templado, soleado y seco, con corrientes de aire saludables, como puede verse en su descripción del criptopórtico. 

“A partir de aquí se extiende una galería abovedada que parece casi una obra pública. Por ambos lados hay ventanas, más numerosas sobre el mar, menos frecuentes sobre el jardín, una en cada entrepaño, pero colocadas alternativamente. Cuando el día está sereno y tranquilo se abren todas las ventanas, cuando el tiempo está revuelto por los vientos, que soplan por un lado o por otro, se abren sin sufrir daño por el lado donde los vientos están calmados.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Villa de Minori, Positano, Italia, foto de Samuel López

La casa se distribuye en dos espacios principales, el primero conformado por las estancias dedicadas a la representación, como el vestíbulo, atrio, baños y comedor, además de la parte dedicada al uso del servicio.

“La villa proporciona suficiente comodidad, su mantenimiento no es costoso. En la entrada hay un vestíbulo, sencillo, pero no despreciable; a continuación, un pórtico redondo en forma de letra D, que rodea un patio pequeño, pero agradable, que proporciona un magnífico abrigo contra el mal tiempo, pues está protegido por cristales y mucho más por techos voladizos. Hacia la mitad de él hay un agradable patio interior, luego un comedor bastante hermoso, que avanza hacia la costa y cuando el mar es impulsado por el viento ábrego es bañado suavemente por unas olas ya gastadas y moribundas. Tiene por todas partes puertas y ventanas tan grandes como las puertas, de modo que por el frente y por los costados parece que contemplas tres mares; por la espalda tiene una vista del patio interior, del pórtico de nuevo, luego el vestíbulo, los bosques y los montes lejanos.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura de Frederick Pepys Cockerell

El segundo, destinado al descanso del dueño, que en el caso de Plinio se dedica al estudio, y donde puede evadirse del ruido que se produce con las tareas cotidianas. Este espacio se rodea de jardines.

"Al final de la terraza, después de la galería y del jardín, hay un pabellón que es mi favorito, verdaderamente mi favorito: yo mismo lo he construido; en él hay una habitación soleada que mira por un lado a la terraza, por otro al mar, y por ambos al sol; hay también un dormitorio que se asoma a la galería por una doble puerta, y al mar por una ventana. Hacia la mitad de la pared posterior hay un gabinete elegantemente diseñado, que se puede incluir en la habitación, si se abren sus puertas de cristales y de cortinas, o independizarlo, si se cierran. Caben en su interior un lecho y dos sillones; tiene el mar a sus pies, las villas próximas a su espalda, los bosques en frente; se puede contemplar gran número de vistas panorámicas separada o simultáneamente por otras tantas ventanas. Unido a este gabinete hay un dormitorio para el descanso nocturno, que ni las voces de mis esclavos, ni el murmullo del mar, ni el estruendo de las tormentas ni el fulgor de los relámpagos, ni siquiera la luz del día, pueden penetrar, a no ser que las ventanas estén abiertas." (Plinio, Epístolas, II, 17)

La elección de la ubicación también cumple la norma de acceso a agua potable y cercanía a ciudades grandes con facilidad de comunicación. 

En verdad que es una sorprendente característica de este litoral que en cualquier parte que muevas el suelo, al momento brota un agua pura y sin la menor huella de contaminación a pesar de la proximidad del mar. 

"Los bosques vecinos proporcionan leña en abundancia, la colonia de Ostia nos abastece de todo lo demás." (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Otro rasgo predominante para la situación de estas villas era el paisaje. Era importante encontrar un promontorio desde el cual se pudiera obtener buenas vistas y que permitiese que la villa edificada fuese contemplada y admirada por los visitantes que se aproximaban, especialmente por el mar.

“La naturaleza ofrece el escenario: hay una sola playa que interrumpe el roquedo y da entrada a los campos al pie de las escarpas. Un primer atractivo del paraje. Humean unos baños con dos bóvedas y el agua dulce fluye desde la tierra al encuentro de la mar amarga… la bonanza del piélago es una maravilla: allí las aguas, fatigadas, deponen su cólera y el Austro violento sopla con más dulzura, allí el rigor de la borrasca se torna más sumiso, y la apacible rada descansa sin procelas, imitando el talante de su dueño.
Desde allí trepa un pórtico por las pinas alturas, obra comparable a toda una ciudad, que con su extenso dorso domina las roqueñas asperezas. Por allí, donde antaño, en medio de una oscura polvareda y la fiereza adversa del camino todo era sol, es ahora un placer adentrarse.”
(Estacio, Silvas, II, 2)

Reconstrucción de la villa de Pollio Félix

La extensión de las villas marítimas por la costa puede verse como un símbolo del dominio humano sobre la naturaleza y de la civilización sobre el paisaje.

“Aquí Naturaleza se ha mostrado pródiga; allá, vencida, se ha doblegado ante quien la habita y, dócil, se ha sometido a usos ignorados: donde hubo un monte, ves ahora un llano; fueron cubiles las estancias en que hoy te adentras; donde ves hoy escarpas de arboledas, ni siquiera hubo tierra. El dueño se ha hecho dueño: el suelo, domeñado, se goza con aquel que da forma y somete a los roquedos. Contempla ahora los riscos obedientes al yugo y cómo la montaña penetra en la morada y se retira, sometida al mandato.” (Estacio, Silvas, II, 2, La villa de Pollio Félix en Sorrento)

La edificación de estas villas convertía a sus propietarios en auténticos domadores del terreno que debían empezar por ganar espacio al mar construyendo puertos donde recalar los barcos de forma segura y pontones para llegar hasta plataformas situadas justo sobre el agua. 

“Lo que sigue es una demostración de la riqueza de Damiano. En primer lugar, toda la tierra que poseía estaba plantada de árboles, frutales y de sombra; en sus propiedades de la orilla del mar había construido islas artificiales y, en los puertos, muelles que ofrecían fondeadero seguro a los barcos de carga que llegaban o partían.” (Filostrato, Vida de los sofistas, II, 23, 606)

Villa de Domiciano en Monte Circeo, Ilustración de Jean-Claude Golvin

Además, debían controlar el curso de los ríos para crear canales con los que regar los jardines y cascadas para la decoración. También era necesario crear alturas artificiales con las que constituir una villa con fachada al mar apilando material suelto para hacer orillas artificiales, horadar las laderas para adaptarse a los deseos de los propietarios y crear terrazas a distintos niveles por medio de estructuras de obra. 

“Sienten los peces que las aguas se reducen por las moles arrojadas al fondo de los mares: a él se afana en echar piedra molida el contratista con sus siervos y el propietario hastiado de la tierra.” (Horacio, Odas, III, 1) 

Las imponentes villas llegaban a asemejarse a ciudades en sí mismas cuando se las veía desde el mar, no solo en un intento de demostrar la riqueza y poder de los dueños de cada una, sino como la victoria de la civilización sobre la naturaleza salvaje.

“Embellecen el litoral de una manera muy agradable una gran cantidad de mansiones, bien seguidas, bien separadas, que vistas desde el mar o desde el propio litoral dan la impresión de tratarse de una serie de ciudades.” (Plinio, Epístolas, II, 17)

Pintura del puerto de Stabia, Italia

El equipamiento y ornamentación de las villas eran elementos a tener en cuenta a la hora de especular en su compra-venta. Una decoración lujosa no solo era un placer para el propietario, además de un asunto de autorrepresentación en sociedad, sino que podía incrementar el valor de mercado de la propiedad. En especial las esculturas y obras de arte antiguas y originales se consideraban relevantes con respecto a la idea que el nuevo propietario deseaba transmitir sobre sí mismo a los demás.

“Pero hay, sin embargo, una estancia, una que sobrepasa con mucho a todas las demás y que, en línea recta sobre el mar, te trae la vista de Parténope, en ella, los mármoles escogidos de lo hondo de las canteras griegas, la piedra que alumbra los filones de la oriental Siene, la que los picos frigios han arrancado de la afligida Sínada en los campos de Cíbele doliente, mármol coloreado en que brillan los círculos purpúreos sobre su fondo cándido; aquí también el que ha sido cortado de la montaña del amicleo Licurgo, que verdea imitando las hierbas que se doblan sobre las rocas; y aquí brillan amarillos mármoles de Numidia con los de Tasos, Quíos y Caristo, que al contemplar las olas se recrean; todos ellos, vueltos hacia las torres de Calcis, envían su saludo. Te felicito por tu amor a lo griego y por frecuentar las tierras griegas.” (Estacio, Silvas, II, 2)

Recreación de la villa de Verige, Croacia

A pesar de que la villa maritima, como el resto de las suburbanas, surgió como un lugar de retiro en el que el propietario y su familia podían disfrutar de la tranquilidad alejados del bullicio de la ciudad, esta se acabó convirtiendo en una recreación de la vida de la ciudad al continuar los rituales de patronazgo y los entretenimientos para invitados que eran propios de la ciudad y permitían al dominus mantener su status.

En algunas villas se han encontrado restos de edificaciones destinadas al entretenimiento, como teatros, odeones, que por sus dimensiones no solo serían para el disfrute del dueño de la finca y su familia, sino que albergaría a numerosos invitados e incluso habitantes de los alrededores. 

Villa de Posillipo, Nápoles. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Cicerón se queja de la imposibilidad de escribir obras durante la estancia en su finca de Formias por la falta de tiempo ante las visitas que tiene que recibir.

“Respecto a la composición de obras que con frecuencia me aconsejas, nada puede hacerse. Tengo una basílica, no una finca, según es la afluencia de formianos, pero, ¡qué clase de basílica!, ¡la tribu Emilia! Mas dejo a un lado a la plebe; a partir de la hora cuarta los demás no molestan: mi vecino más próximo, o, mejor dicho, mi comensal ya inseparable es Gayo Arrio, quien incluso afirma que no va a Roma para filosofar aquí conmigo todo el día. Y por la otra parte tenemos a Seboso, aquel íntimo de Catulo. ¿A dónde me escapo? Por Hércules que me iría enseguida a Arpino si no me pareciera que es mucho más cómodo aguardarte en la finca de Formias, pero con tal de que sea hasta el 6 de mayo: pues ves a qué individuos tengo condenados mis oídos. ¡Maravillosa ocasión para comprarme mi propiedad de Formias, si alguien quisiera hacerlo, mientras éstos están a mi lado!” (Cicerón, Cartas a Ático, II, 14)

Pintura de Stephan Bakalowiczj

Los miembros de la élite mantenían vínculos sociales con sus pares y clientes que continuaban en su traslado a las villas marítimas. Invitaciones a cenas, reuniones políticas y estancias vacacionales se sucedían dependiendo de las posibilidades de la villa y de la cercanía a ciudades u otras villas. Los viajeros podían contar con la hospitalidad de sus amistades para encontrar donde pasar la noche en el transcurso de sus desplazamientos. 

“Yo, dadas las circunstancias, a la finca de Túsculo, nada de nada (está a contramano 'para los que me buscan' y tiene otros 'inconvenientes'), sino de la de Formias a Terracina el 29 de diciembre; de ahí a las alturas de Pomptino; de ahí a la mansión albana de Pompeyo; de modo que a las puertas de la Urbe el 3 de enero, día de mi cumpleaños.” (Cicerón, Cartas a Ático, VII, 5, 3)

Pintura de Alma-Tadema

Las oportunidades económicas que ofrecían las villae maritimae no quedaban, a veces, por debajo de las de las villae rusticae, ya que abarcaban desde la piscicultura y la extracción de sal hasta la viticultura. Por tanto, estas propiedades no solo tendrían valor por su uso recreativo, sino por la posibilidad de sacar un rendimiento económico.

La construcción inicial de villas costeras en el área de Fundi pudo deberse a la intensificación de la viticultura y la comercialización del vino fundano y otros como el cécubo por parte de propietarios locales.

“La llanura Cécuba es limítrofe al golfo de Cayatas y, a continuación de ésta, Fundos, ciudad que está situada en la Vía Apia. Todos estos lugares son productores de un vino excelente: los de Cécuba, Fundania y Setinia están entre los renombrados, exactamente igual que el Falemo, el Albano y el Estatano.” (Estrabón, Geografía, V, 3, 6) 


Mapa de la bahía de Nápoles, Campania, Italia

Un elemento arquitectónico que suele repetirse en las villas marítimas es la presencia de una piscina o estanque para criar peces. Generalmente había tres tipos, los que contenían agua dulce, los que se llenaban con agua de mar, o los que sus aguas eran salobres por estar en lagunas costeras. Sus tamaños variaban, pero en muchos casos constituían una inversión económica rentable porque se podía obtener un beneficio de la venta de pescado fresco para el que existía gran demanda y era un producto de lujo, o bien podía abastecer la propia demanda interna de la villa y quizás la de los mercados locales.


Piscina, Villa de Arianna, Stabia, Italia

Columela describe la piscicultura como una ocupación rentable, sobre todo para las villas construidas en islas o áreas costeras donde el terreno no permite buenos cultivos. Además, también se podía obtener rendimientos de otros productos marinos muy demandados como ostras y múrices para los tintes.

“El que hubiere comprado islas o haciendas marítimas, y no pudiere sacar frutos de la tierra por la esterilidad del suelo que se advierte comúnmente en la orilla del mar, constituirá un fondo de rentas sobre sus aguas. Pero es como el principio de esta empresa examinar la naturaleza del lugar donde se hubiere determinado hacer las piscinas, pues no se pueden tener todas las especies de pescados en todas las costas.” (Columela, De Agricultura, VIII, 16)


Villa de Sperlonga, Latina, Italia. Ilustración de Jean-Claude Golvin

En las villas más suntuosas y elegantes al aspecto práctico de disponer de un suministro de pescado fresco para consumo o venta se unía el deseo de disfrutar de una cena en medio del estanque para amenizar las noches de verano con la brisa marina y los peces nadando bajo el agua. Tiberio tuvo un serio percance mientras cenaba en una gruta natural habilitada como cenador en la actual Sperlonga.

“Comiendo en la Espelunca, quinta así llamada entre el mar de Amicla y los montes de Fundi, dentro de una caverna natural, despegándose de improviso las piedras que formaban la boca o entrada, cogieron debajo algunos miembros del banquete y espantaron a todos, poniendo en huida la mayor parte de los convidados.” (Tácito, Anales, IV, 59)


Cenatio de la gruta de Sperlonga, Latina, Italia. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Otra actividad propia de las villas costeras era la producción de sal, dejando evaporar el agua de sal en hondos estanques. La sal era una materia prima muy apreciada que hacía posible la conservación y almacenaje de comida. Estas salinas podían estar relacionadas con el procesamiento de productos derivados del pescado. 

En época romana, numerosas zonas del litoral italiano estaban ocupadas por marismas salobres, donde la sal se acumulaba naturalmente con la evaporación del agua durante los meses de verano.

“Me entretengo en observar unas salinas situadas al pie de la finca (de Albino), pues con este nombre se designa una laguna salada en la que entra el mar por unos canales en pendiente cavados en la tierra y en que una fosa pequeña reparte el agua a unas albercas de muchas secciones. Pero cuando aplica Sirio su fuego ardiente, cuando palidece la hierba, cuando está sediento el campo todo, entonces se cierra el paso al mar con las compuertas de las represas para que, abrasada, la tierra endurezca las aguas allí retenidas. La masa coagulada que surge de forma natural recibe la fuerza punzante de Febo y con el calor del verano se cuaja una pesada costra, de un modo que no difiere en absoluto de cuando el hórrido Histro queda endurecido por el hielo y permite, al solidificarse, el arrastre de carros enormes.” (Rutilio Namaciano, El Retorno, I, 475)


Estanques de sal por evaporación, Gozo, Malta

Algunas zonas costeras entre Roma y Nápoles gozaban el privilegio de poseer aguas termales, consideradas medicinales o terapéuticas, por lo que surgieron ciudades convertidas pronto en destinos vacacionales de los nobles y nuevos ricos romanos que construían sus villas en sus alrededores. Este es el caso de la ciudad de Bayas, que acabó siendo famosa tanto por la calidad de sus aguas como por el desenfreno de su vida social. 

“Nada más doblar el cabo Miseno, al pie mismo del promontorio, hay un puerto y, a continuación, la costa forma un golfo de una profundidad casi interminable, en el cual se encuentra la ciudad de Bayas y sus aguas termales, que son apropiadas tanto para una vida de lujo como para la curación de enfermedades.” (Estrabón, Geografía, V, 4, 5)


El Juicio de Paris, pintura de Henryk Siemiradzki


Las villas marítimas, especialmente las situadas en islas, eran lugares elegidos para los destierros y los exilios. Varios miembros de la dinastía Julio-claudia fueron confinados en islas tras ser desterrados de la corte. Algunos fueron asesinados en sus villas por orden de otros miembros de la familia, como es el caso de Agripa Póstumo. El emperador Tiberio se autoexilió a la isla de Capri durante los últimos años de su vida, donde habitó en una villa ubicada en lo alto de un promontorio y llamada Villa Jovis, dentro de un complejo que albergaba varias villas, termas y jardines, y que gozaba de una espléndida vista del mar y de la costa peninsular, además de ser un lugar de difícil acceso.

“Mas César, habiendo dedicado sus templos por la provincia de Campania, aunque mandase por edicto público que ninguno se atreviese a interrumpirle su quietud, y pusiese soldados para impedir el concurso de los naturales del país, cansado con todo eso de los municipios, de las colonias y de todos los lugares situados en tierra firme, se escondió en la isla de Capri, apartada del promontorio de Sorrento espacio de tres millas de mar; agradándole aquel puesto, a lo que creo por la soledad, porque el mar entorno, privado de puerto, no recibe sino bajeles pequeños, ni era posible arrimarse alguno sin ser descubierto por las guardias. Gozaba de un cielo templado y agradable en el invierno a causa de tener los montes opuestos al ímpetu del viento, y en el verano el estar vuelta aquella isla al Favonio, con el mar libre y abierto por todas partes, y el gozar de la vista de aquel agradable seno, antes que el monte Vesubio con sus cenizas mudase la forma de aquellos lugares, la hacían extremadamente apacible y amena.” (Tácito, Anales, IV, 67)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Los ricos propietarios no solo apreciaban las villas junto al mar, sino que también tenían en gran consideración las que se hallaban junto a los lagos. Plinio iguala la construcción de sus villas en el lago Como con las villas marítimas de su amigo Romano.

“Me escribes que estas construyendo una casa. ¡Bien!, ya he encontrado un apoyo para hacerlo yo, y ya puedo calcular el costo de la construcción, puesto que lo hacemos a la par. Pues, tampoco es diferente que tú construyas junto al mar, yo junto al lago Lario. En su orilla ya tengo varias mansiones, pero dos de ellas, al mismo tiempo que me proporcionan un gran placer, me mantienen en constante inquietud. Una de ellas, construida sobre unas rocas a la manera de Bayas, tiene unas vistas magnificas sobre el lago, la otra, también construida a la manera de Bayas, bordea el lago.” (Plinio, Epístolas, IX, 7)

Pintura de una villa, Pompeya


Bibliografía

Roman Villas in Central Italy. A Social and Economic History; Annalisa Marzano; Brill https://www.academia.edu/3408034/Keeping_up_with_the_Joneses_Competitive_Display_within_the_Roman_Villa_Landscape_100BC-AD200; Keeping up with the Joneses: Competitive Display within the Roman Villa Landscape, 100 BC- AD 200; Hannah Platts https://intranet.royalholloway.ac.uk/classics/research/laurentine-shore-project/documents/pdf/litus-laurentinum-english-version.pdf; Discovering a Roman Resort-Coast: The Litus Laurentinum and The Archaeology of Otium; Nicholas Purcell
http://oa.upm.es/39225/; La arquitectura de la Villa Laurentina; Ignacio Villafruela García https://www.researchgate.net/publication/262554871_Las_Epistolas_de_Plinio_el_Joven_como_fuente_para_el_estudio_de_las_uillae_romanas; Las Epístolas de Plinio el Joven como fuente para el estudio de las uillae romanas; Alejandro Fornell-Muñoz