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sábado, 2 de agosto de 2025

Aquae ductus, acueductos y agua pública en la antigua Roma (II)

Acueducto de Segovia. Foto Samuel López

La construcción de un acueducto y su conservación necesitaba más personal que el que el estado tenía a su servicio, por lo que era habitual recurrir a las empresas privadas que solían encargarse de las grandes obras públicas. Las grandes empresas especializadas en la construcción y conservación de acueductos (redemptores aquarum) firmaban entonces un contrato con el Estado, comprometiéndose a respetar ciertas obligaciones. Se les imponía, por ejemplo, tener permanentemente un número determinado de esclavos destinados a trabajar en las canalizaciones extraurbanas y otro número, también fijo, para el interior de la ciudad; el nombre de esos trabajadores debía figurar en un registro oficial donde se indicaba, igualmente, las obras que se les habían asignado y los barrios y distritos en que esas obras se encontraban.

“El mantenimiento de los acueductos, como pude averiguar, se dejaba a los contratistas, quienes debían emplear un número determinado de trabajadores en los acueductos de fuera de la ciudad, y otro número determinado para dentro de la ciudad; al hacerlo así tenían que introducir en los archivos públicos los nombres de aquellos a quienes tenían intención de emplear en el servicio de cada zona de la ciudad, y el deber de inspeccionar su trabajo correspondía a veces a los ediles y censores, y a veces a los cuestores, como puede verse del voto del Senado que se aprobó en el consulado de C. Licinius y Q. Fabius.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 96)

Acueducto de Saldae (Bèjaïa), Argelia. Ilustración Jean-Claude Golvin

A la hora de construir un acueducto se iniciaba un procedimiento en el que una comisión evaluaba en primer lugar el costo de los trabajos que iban a realizarse y los senadores fijaban el presupuesto. Los censores, o, excepcionalmente los cónsules o los pretores, anunciaban luego una licitación para adjudicar las obras a una empresa, la cual debía recibir el visto bueno de los censores tras una inspección, o bien de los ediles si los censores no seguían en sus cargos.

“En el consulado de M. Valerius maximus y P. Decius Mus, en el décimo tercer año tras el comienzo de la guerra Samnita, el agua del acueducto Apio fue traída a la ciudad por el censor Appius Claudius Crassus, quien luego llevó el sobrenombre del Ciego, quien también se encargó de la construcción de la via Apia, desde la Puerta Capena a la ciudad de Capua. Tuvo como colega a C. Plautius, quien recibió el sobrenombre de Venox (buscador de manantiales), por su búsqueda de las fuentes de esta agua; pero como Plautius dimitió como censor antes de expirar su mandato de dieciocho meses, pensando erróneamente que su colega haría lo mismo, solo Appius disfrutó del honor de dar al acueducto su nombre; y se dice que, por medio de artimañas se las arregló para extender su periodo como censor hasta que hubo completado no solo el acueducto, sino la calzada.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 5)

Construcción de un acueducto. Ilustración Peter Dennis

Durante la República, la gestión de la conducción, distribución y suministro del agua correspondía a los censores, quienes, sin embargo, al ser elegidos cada cinco años por un período de un año y medio, no podían garantizar un control regular del servicio de agua de Roma. En su ausencia, eran habitualmente los ediles quienes permitían la gestión del servicio de agua, incluyendo el mantenimiento de cientos de kilómetros de acueductos, las tuberías subterráneas de la ciudad, la concesión de agua hechas a los particulares, y supervisar las fuentes públicas.

La situación cambia a partir del reinado de Augusto, cuando Agripa acepta, tras el consulado, el cargo de edil; convirtiéndose en “el primer administrador vitalicio” de las construcciones hidráulicas, el primer curator aquarum. Para desarrollar esta actividad tuvo a sus órdenes a todo un cuerpo de trabajadores, los cuales dejó en herencia a Augusto, que se convirtieron en trabajadores estatales (familia publica), pagados por el tesoro público, administrado por el Senado.

“El primer curator aquarum permanente fue M. Agrippa. Él, se podría decir, fue curator principalmente de las obras que él mismo había promocionado. Esto fue después de terminar su cargo como edil; y antes de eso había sido cónsul. En la medida en que la cantidad de agua disponible lo permitía, él fijaba cuánta debería asignarse a las estructuras públicas, cuánta a las cisternas, y cuánta al uso particular. También tenía su cuadrilla privada de esclavos para el mantenimiento de los acueductos, depósitos de distribución y cisternas. Esta cuadrilla se la entregó en propiedad al Estado el emperador Augusto, quien la había recibido en herencia de Agripa.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 98)


En el año 52 d.C. Claudió estableció la familia aquaria Caesaris, cuyos empleados estaban bajo el mando y formación de un procurator, y cuyo gasto estaba a cargo del fiscus, que era el erario del emperador. Tanto los empleados de la familia publica como de la familia Caesaris realizaban las mismas tareas y constituían un cuantioso número de obreros no cualificados que prestaban sus servicios tanto en el interior como en el exterior de la ciudad.

“Antes de hablar del mantenimiento de las conducciones, se debería explicar algo sobre los grupos de esclavos empleados en ello. Hay dos, uno pertenece al Estado, el otro al César. El primero es el más antiguo, que fue, como se ha dicho, legado a Augusto por Agripa, que lo cedió al Estado. Suma hasta 240 hombres. El número del grupo del César es de 460 y fue instituido por Claudio cuando trajo su acueducto a la ciudad.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 116)

Construcción del acueducto de Tarragona. Ilustración de Hugo Prades

Al ser responsable del suministro de agua potable de la población romana, el papel del curator aquarum era vital para la supervivencia de los habitantes. Este era elegido por el emperador entre los cónsules que habían llegado al consulado unos años antes, y su función se consideraba prestigiosa y honorífica. El curator era nombrado por un período indefinido, que iba desde unos pocos meses hasta varios años. Una resolución del Senado especificaba que el administrador debía dedicar, a su misión, una cuarta parte de su tiempo del año.

“El curator aquarum por tanto debería no solo rodearse de asesores, sino obtener experiencia práctica por sí mismo. Debe consultar no solo a los constructores empleados en la obra, sino buscar ayuda de empleados externos con amplios conocimientos, para poder juzgar lo que debe hacerse antes y lo que puede posponerse, además de qué deben hacer los contratistas públicos y qué sus propios trabajadores.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 119)

Construcción de un acueducto. Ilustración de Dall-E

El curator del agua era responsable de supervisar toda la red de suministro de agua, desde la captura hasta la distribución. Su personal era responsable del mantenimiento de los acueductos y de todos los anexos colocados en sus rutas, como arcos de retención, tuberías de sifón y estanques de aguas residuales. También mantenían las torres de agua, cisternas, estanques, fuentes y desagües que les servían. El comisionado luchaba contra los residuos, busca de fugas, anticipación de accidentes de todo tipo, gestionaba los recursos hídricos y garantizaba la coordinación administrativa adecuada de los servicios. También se ocupaba de cuestiones legales relacionadas con el intercambio de agua, los conflictos entre particulares, el fraude y el tráfico ilegal.

“Yo no voy a establecer lo que el curator del agua debe tener en cuenta, ya que existen leyes y decretos del Senado que le sirven de guía. En lo que concierne a la retirada de agua por parte de consumidores particulares hay que saber que para extraer agua del suministro público es necesario un permiso del emperador, y nadie podrá extraer más de lo que se ha concedido. De esta manera, se propone que sea posible que la cantidad de agua que se recupera pueda distribuirse a nuevas fuentes y pueda usarse para nuevas concesiones del César. En cualquier caso, se debe aplicar gran celo para oponerse a las muchas formas de fraude. Los canales de los acueductos fuera de la ciudad deben inspeccionarse con cuidado, uno tras otro, para revisar las cantidades concedidas; lo mismo debe hacerse en caso de los tanques de distribución y fuentes, para que el agua pueda fluir sin interrupción, día y noche, lo cual se ha encargado al curator que lo controle por voto del Senado.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 103)

Ilustración de Midjourney

Originalmente, el curator podía delegar parte de sus responsabilidades en dos asistentes adjuntos, de rango senatorial como él. Estos últimos eran oficiales adscritos al departamento de acueductos y su función era asegurar que el agua se conducía regularmente desde el embalse (castellum) hasta las tuberías que la distribuían por toda la ciudad y a cada distrito de Roma la cantidad exacta que la ley le concedía.

“Los cónsules Q. Aelius Tubero y Paulus Fabius Maximus, habiendo hecho un informe sobre el número de fuentes establecidas por M. Agripa en la ciudad y alrededores, han solicitado al Senado que ordene sobre el tema, por lo que se ha decidido: que el número de fuente públicas que existen actualmente, según el informe de aquellos a los que se ordenó examinar los acueductos públicos y tomar nota del número de fuentes públicas, no será aumentado ni reducido. Además, que los curatores aquarum, que han sido nombrados por César Augusto, de acuerdo con el voto del Senado, se esforzarán en que las fuentes públicas puedan tanto como sea posible proporcionar agua para el uso de la gente día y noche. Hay que destacar la prohibición del Senado de incrementar o disminuir el número de fuentes públicas. Creo que esto se hizo porque la cantidad de agua, que en ese momento llegaba a la ciudad, antes de que lo hicieran los acueductos Anio Novus y Aqua Claudia, no parecía permitir una mayor distribución de agua.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 104)

Aqua Claudia, Roma. Foto Don Zaucker

Como los emperadores pagaban a la mitad del personal que se dedicaba a esas tareas, haciéndose cargo también de los gastos de buena parte de los materiales, que eran bastante costosos, prácticamente consiguieron un dominio absoluto sobre las aguas de Roma. Además, colocaron al lado del curator un procurator, de formación puramente técnica y especializado en hidráulica que, de hecho, no recibía más órdenes que las del emperador, quien logró aumentar su control sobre el servicio.

Tanto el curator como posteriormente el procurator tenían un cuerpo de asistentes técnicos y obreros encargados del buen funcionamiento de la red de conducción y suministro a la ciudad. Algunos parecen haber estado asignados a un espacio específico como puede apreciarse en ciertas inscripciones. En la inscripción siguiente Soter es un esclavo público que trabaja como castellarius (operario en un castellum aquae) en el acueducto Anio Vetus.

“A los dioses Manes. Soter, esclavo público, castellarius del acueducto Anio Vetus hizo este monumento para su esposa que lo merecía, junto a Lucius Calpurnius Flavianus, quien lo hizo para su madre que lo merecía. También lo hicieron para sí mismos y sus descendientes.” (CIL VI 2344)

Ponte della Mola, Acueducto Anio Vetus, Italia. Foto Motzuss

A comienzos del siglo IV, Diocleciano sustituyó al curator y al procurator por un consularis aquarum y un adjunto encargado de los acueductos que dependían directamente del prefecto de la ciudad, pero la importancia del cargo era la misma.

Todos los funcionarios encargados de las aguas recibieron siempre la misma misión: velar por la construcción de los acueductos, mantener en buen estado las canalizaciones y administrar las concesiones del agua.

“De los dos Anios, uno, el Anio Vetus, discurre por un canal inferior a la mayoría de los otros, y mantiene su turbidez para sí. Pero el Anio Novus estropeó todos los otros, porque al venir de una posición mas alta y fluir más abundantemente, se utilizó para compensar el suministro de los otros; pero la ineptitud de los trabajadores, que lo dejaron fluir en otros conductos con más frecuencia de lo necesario, estropeó también las aguas de aquellos acueductos que tenían un suministro abundante, especialmente el Claudia, el cual, al fluir dentro de la ciudad en su propio conducto durante una larga distancia, finalmente perdió sus propias cualidades, como consecuencia de su mezcla con el Anio, al menos lo hizo hasta hace poco. Y hasta ahora las aguas suplementarias no han podido hacer ningún bien al ser traídas imprudentemente por aquellos a cargo de la distribución que no tuvieron un cuidado adecuado.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 91)


Las sociedades de redemptores que trabajaron bajo contrato durante la República siguieron existiendo durante el Imperio, pero cada vez eran más costosas para el Estado, por lo que, a partir, sobre todo, del siglo II, y especialmente en las provincias, el Estado recurrió más asiduamente al ejército.

Recurrir al ejército para la construcción y reparación de obras a gran escala suponía una gran ventaja, ya que aportaba experiencia, mano de obra cualificada y organizada y el acceso a herramientas y materiales específicos. Requeridas por la autoridad civil, las legiones, desplegadas en todas las provincias del Imperio, tendrían la oportunidad de emplear, en las traídas de agua, la competencia de leñadores, carpinteros, herreros, albañiles que servían en sus filas. Se recurrió a ese ejército, bien entrenado y dotado de técnicos especializados en gestión, economía y construcción, para enviar destacamentos de las legiones con el fin de intervenir en las construcciones y reparaciones civiles de las ciudades que solicitaban su ayuda por falta de recursos propios.



Un destacamento de la legión Décima Fretensis participó en la ampliación del acueducto de Herodes en Cesarea, Israel, durante el reinado de Adriano alrededor del año 130 d.C.

“El emperador César Trajano Adriano Augusto lo levantó con un destacamento de la legión X Fretensis.” (PL. XLI)

El papel desempeñado por la tropa en la construcción y reparación de acueductos fue, sin duda, destacado, como muestra el ejemplo del orador y retórico Eumenes, quien en el año 298 agradeció en un discurso al emperador Constantino el despliegue del ejército para reparar el acueducto en Autun (Galia).

“Nos envían las legiones más generosas, sin recurrir a su invencible fuerza (…), queriendo en reconocimiento por nuestra acogida, emplearlas en nuestro beneficio para hacer que vuelva a correr el agua, cuyo suministro se había interrumpido, y que nuevas fuentes viertan agua sobre las estructuras vitales casi secas de nuestra exhausta ciudad.” (Eumenius, Oratio pro instaurandis scholis, oratio 4)

Inscripción dedicada a Adriano y emblema de la legión X Fretensis. Caesarea Maritima, Israel.
Foto Carole Raddato

Según se desprende de la Lex Ursonensis, de la Colonia Genetiua Iulia Ursonensis (Osuna), ordenada por César y llevada a cabo en el 43 a.C., y de la Lex Irnitana, ley del municipio Flavii Irnitani sancionada en el 91 d.C., los encargados de controlar la construcción o reparación de un acueducto en municipios que sí poseían recursos suficientes para acometer sus propias obras públicas eran los magistrados locales o duunviri, a quienes correspondía únicamente la labor ejecutiva, pues la propuesta acerca del trayecto del mismo y de las tierras a expropiar debía ser elevada previamente al ordo decurionum, estando presentes dos tercios de sus miembros. Sería también la curia local la encargada de aprobar el presupuesto, como ocurría en cualquier obra pública.

Acueducto Aqua Virgo. Ilustración de Midjourney

Por lo general, era la propia administración municipal la encargada de adquirir los terrenos por los que pasaba el acueducto, aunque en ocasiones eran los propietarios de los mismos quienes los donaban de forma gratuita. Aunque Frontino especificaba que en lo posible la delimitación del trazado del acueducto debía hacerse sin perjudicar a terceros, el capítulo XCIX de la Lex Ursonensis preveía la posibilidad del embargo forzoso, vinculado seguramente al principio que establecía que todo el suelo provincial era propiedad del pueblo romano.

“Con respecto a cualquier conducción pública de agua que llegue a la colonia Genetiva: los duunviros en cargo harán una propuesta a los decuriones, cuando dos tercios de los mismos estén presentes, sobre las tierras por las que se puede llevar la conducción legalmente. Será legal y de derecho traer un conducto de agua por las tierras que los decuriones determinen, siempre que no se traiga agua por una construcción que no se haya hecho con tal propósito, y nadie podrá hacer nada para evitar que una conducción se haga.” (Ley de Urso, 99)


Cuando los acueductos y otras construcciones con similar finalidad eran sufragadas por la iniciativa privada, el ordo examinaba la propuesta y la encauzaba mediante el correspondiente decreto. Y si se trataba de trabajos públicos, debían ser igualmente ordenados por un decreto del senado local. Los magistrados, en estas gestiones, según nos da a conocer el Edictum Augusti de aquaeductu Venafrano, anterior al año 11 a.C., actuaban sólo como mero poder ejecutivo, pues tanto para la distribución, como para la venta de agua, así como para la erección de acueductos, debían contar con la previa decisión decurional, aprobada por la mayoría de los miembros del ordo, estando al menos dos tercios presentes.

“Con respecto al agua que fluye o se lleva a la colonia de Venafro: se ordena que se confiará la autoridad y el poder de adjudicar y distribuir dicha agua por venta, o imponer y determinar la tarifa, al duunviro o duunviros a cargo de esta tarea por un decreto de la mayoría de los decuriones de la colonia, siempre que no haya menos de dos tercios de los decuriones presentes cuando dicho decreto se apruebe; y por el decreto de los decuriones, que se haya aprobado como se ha descrito, él tendrá el derecho y la autoridad para establecer una regulación correspondiente.”

Acueducto de Antioquia de Psidia, Turquía. Foto de Feridun F. Alkaya

Las leyes eran estrictas acerca del uso del agua por parte de los particulares, el derecho de conducción de las aguas (ius ducendae aquae). Las antiguas leyes romanas prohibían el encauzamiento por personas privadas de todas aquellas aguas que rebosasen de los depósitos, la denominada aqua caduca. Generalmente solo los baños y las lavanderías contaban con este tipo de concesiones para usar el agua caduca, y, de acuerdo a la ley Ursonensis para que un particular obtuviese una licencia de uso y conducción del aqua caduca debía presentar su solicitud ante el duumviro, que a su vez la elevaría a los decuriones, cuando estuviesen reunidos al menos cuarenta de ellos; la decisión debía ser aprobada por mayoría.

“En el caso de un colono que desee conducir el aqua caduca a su propiedad privada y se presente ante un duunviro y demande que el asunto se lleve ante los decuriones: entonces dicho duunviro ante el que se presenta la demanda expondrá el asunto ante los decuriones estando al menos cuarenta presentes. Si una mayoría de los decuriones presentes resuelven que el aqua caduca se conduzca a la propiedad privada, su propietario tendrá el derecho y la capacidad para usar dicha agua de tal forma, siempre que no se perjudique a individuos particulares.” (Ley de Urso, 100)

Acueducto de Sette Bassi, Roma. Parque Arqueológico de la Via Appia Antica

Estas concesiones que podían cederse a cambio del pago de unas tasas, o venderse, eran llevadas a cabo en época republicana en la ciudad de Roma por los censores o, en su defecto, por los ediles. Por ejemplo, Catón, junto con Valerio Flaco prohibieron que el agua pública se utilizase en casas y fundos privativos.

“Los censores quitaron todos los suministros públicos de agua desde los acueductos hasta las casas o tierras particulares, donde los propietarios privados habían construido apoyándose en edificios o sobre suelo público, se obligó a demoler las construcciones en un plazo de treinta días.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXXIX, 44)

Imagen creada con Fotor

Aunque los suministros desde las conducciones públicas podían suponer un alto coste, existía la posibilidad de conceder permisos de utilización gratuita a un ciudadano, pues son relativamente frecuentes las inscripciones en las que se hace especial hincapié en el agradecimiento por el acceso gratuito a la misma, como la de C. Annio Praesio de Ipolcobulcula (Carcabuey, Córdoba) que agradece el honor del sevirato y el uso gratuito del agua erigiendo una estatua a Antonino Pio.

“Estatuas sagradas del Emperador Cesar Tito Aelio Adriano Antonino Augusto Pio y del César Marco Aurelio Vero y Lucio Aurelio Cómodo, hijos del Augusto, nietos de Augusto.

Cayo Annio Prasio, ipolcobulculense, residente en Apuaclea, por el honor del sevirato y por haber restituido el uso gratuito de agua, que muchas veces perdimos…”. (CIL II, 1643)

Acueducto de Baelo Claudia, Playa de Bolonia, Cádiz. Foto Samuel López

En la etapa imperial se produjo un cambio en el procedimiento, pasando a ser el emperador quien decidía acerca de la concesión.

“Quien desee extraer agua para uso privado debe buscar una concesión y traer al curator un escrito del soberano; el curator debe entonces ejecutar la concesión del César, y nombrar a uno de los libertos de César como su curator ayudante. Tiberio Claudio parece haber sido el primer hombre en nombrar uno, después de haber construido el aqua Claudia y el Anio Novus.”  (Frontino, Los Acueductos de Roma, II, 105)

Acueductos Aqua Claudia y Anius Novus, Roma. Foto Nicolas Janberg

A esto se une la resolución del Senado por la que se estableció que aquellos que contasen con una concesión imperial para desviar agua, debían hacerlo directamente desde los castella y no desde los conductos públicos. Para ello se establecía que el delegado nombrado por el curator aquarum debía encargarse de que los libratores supervisasen que la desviación de esa agua se hiciese mediante el calibre autorizado, además de prohibirse el empleo de tubos de una anchura mayor de la permitida.

“Los cónsules, Q. Aelius Tubero y Paulus Fabius Maximus habiendo hecho un informe sobre que algunos particulares y entidades privadas toman agua directamente de los conductos públicos, han pedido al Senado que ordene sobre el tema; y así se ha ordenado: No se permitirá a nadie privado extraer agua de los conductos públicos; y a los que se les ha concedido el derecho de extracción, la sacarán de los tanques de distribución, siendo los curatores aquarum los que indicarán en que puntos, dentro y fuera de la ciudad, los particulares pueden construir tanques de distribución para sacar agua, bajo concesión; y nadie a quien el derecho de extraer agua le haya sido concedido, tendrá derecho a usar una tubería más grande de una quinaria para un espacio de quince pies desde el tanque del que se extraerá el agua.” (Frontino, Los Acueductos de Roma, II, 106)

Acueducto de Valente, Estambul, Turquía. Foto Pedro Jiménez

Las concesiones imperiales eran derechos personales, otorgadas a individuos, no a las tierras y duraba solo el tiempo que el concesionario estuviera en posesión de la propiedad que recibía el agua concedida. Por lo tanto, el derecho de agua no era heredable ni podía ser transmitido al comprador o nuevo propietario de la finca. Durante el reinado de Augusto, el Senado aprobó leyes que sancionaban con multas dinerarias los daños causados a los acueductos.

“El derecho de concesión del agua no pasa a los herederos, ni al comprador, ni a ningún nuevo ocupante de la tierra. Los baños públicos tenían desde los tiempos antiguos el privilegio de que el agua una vez concedida debería ser suya para siempre. Sabemos esto por los viejos votos del Senado, de los cuales yo doy uno abajo. Actualmente cada concesión de agua se renueva para cada nuevo propietario.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 107)

Los propietarios de las casas que podían permitirse disponer de agua corriente contrataban un servicio por una cierta cantidad, que venía asegurada por el mayor o menor diámetro de la tubería de acceso. Esto también daba lugar a intentos de fraude cambiando el calibre de la canalización. Para evitarlos se ideó el "calix", una tubería unida a una carátula que se empotraba en la pared y tenía una decoración, para evitar su falsificación o manipulación.

Calix romano. Museo de Burdeos

No muchas de las concesiones privadas abastecían a propiedades fuera de la ciudad donde la tierra debía cultivarse, y el número de estas concesiones no se incrementó mucho hasta el siglo II d.C. El limitado número de concesiones imperiales y el persistente problema de las tomas ilegales en los acueductos de la ciudad demuestran que la demanda de agua en las áreas cerca de la ciudad era superior al suministro. Por esta razón, el control de los recursos de agua en tierras particulares fue crítico con los propietarios de terrenos rurales a finales de la república y principios de la época imperial. La falta de un adecuado suministro público de agua intensificó la competencia por el agua en áreas fuera de la ciudad. Algunos dueños de propiedades rurales suplementaron su suministro con agua de uno de los acueductos de la ciudad, ya fuera legalmente o no. Esta agua se usaba tanto para baños y fuentes como para riego.

“Si cualquiera en el futuro con la audacia de locura prohibida desease perjudicar los intereses de esta ciudad desviando agua de un acueducto público hacia su propia finca, que sepa que dicha finca será señalada por el fisco para la proscripción y será añadida a Nuestro tesoro privado.” (Constantinopla, año 389, Código Teodosiano, XIV, 381-382)

Acueducto romano de Almuñécar, Granada

Las quejas por el uso del agua con finalidad recreativa se hicieron pronto evidentes, y ya en el siglo I d.C. las tomas hechas en el entorno rural detraían agua de la ciudad. Según Plinio, los propietarios de villas y fincas suburbanas cogían agua de los acueductos urbanos motivados por la ostentación y la avaricia.

“El agua del acueducto Marcia es muy superior en sabor mientras que el del acueducto Virgen es frío al tacto, aunque Roma ha perdido desde hace tiempo estas cualidades, porque el deseo de ostentación y la avaricia han desviado estos medios de salud pública a fincas suburbanas y rurales.” (Plinio, Historia natural, XXXI, 25 {42})

Acueducto en el terreno de la villa de los Quintilios, Roma. Foto Carole Raddato

Desde los tiempos más antiguos en Roma la propiedad privada de los ciudadanos era inviolable y no era habitual la expropiación forzosa por causa de utilidad pública. Por ello, cuando la construcción del acueducto requería su paso por terrenos de los particulares, respetando la propiedad privada, se optó, en ocasiones, por comprar todo el terreno al particular y revendérselo después, guardando solo la parte prevista para la construcción y mantenimiento del acueducto, reduciendo así los gastos.

“Porque nuestros antepasados, con equidad digna de admiración, ni siquiera expropiaban a los particulares de los terrenos afectados por el interés común: por el contrario, cuando ellos construían los acueductos, si un propietario se resistía a vender una parcela, le pagaban la totalidad del campo, y después de haber delimitado el terreno necesario, se lo revendían a fin de que, en la medida de lo posible, dominio público y dominio privado tuvieren cada uno sus plenos derechos.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 245)

Sin embargo, en la época de mayor expansión del Imperio y debido a la falta de suelo pudo haberse recurrido a la expropiación forzosa de terrenos para la construcción de obras públicas.

Acueducto de Zaghouan, Túnez

Por otra parte, los propietarios de los terrenos por donde pasaba un acueducto debían aceptar las servidumbres ligadas a la utilización del agua impuestas en provecho de la colectividad (utilitas publica), que en su caso eran los derechos de abrevadero, de toma de agua y de conducción de agua. Además debían respetarse un derecho de paso para el mantenimiento y reparación de los acueductos, así un senadoconsulto del año 11 a.C. lo recordaba e insistía en que ejercer tal derecho no debía causar daño a la propiedad.

“Durante las reparaciones de conductos, canales y arcos (…) será posible, en las fincas privadas, recoger, tomar, extraer o transportar, conforme a una estimación honrada, tierra, arcilla, piedras, ladrillos, arena, madera, y todo cuanto fuere necesario para las obras, siempre que cada uno de esos materiales, en la cantidad requerida para las reparaciones y sin perjuicio de los particulares, pueda tomarse, extraerse o llevarse; asimismo, para el transporte de dichos materiales y para las reparaciones, se concederá a hombres y vehículos, cada vez que haga falta, el libre derecho de paso por las propiedades particulares sin ocasionar a éstas perjuicio alguno.”

Acueducto Cornelio de Termini Imerese, Sicilia. Foto Rideadly

Más adelante se estableció una franja de seguridad a cada lado de los acueductos (de 15 pies fuera de la ciudad y de 5 dentro de ella), en la que se prohibía construir edificios o monumentos funerarios y plantar árboles, ya que sus raices constituían una seria amenaza para estas costosas obras de ingeniería.

“Los hombres a través de cuyas fincas pasan los acueductos deben saber que pueden tener árboles a la derecha  y a la izquierda de los acueductos a partir de una distancia de quince pies. El personal de tu departamento implementará la regulación por si estos árboles crecen se forma exuberante en cualquier momento, serán cortados, para que sus raices no puedan dañar la estructura del acueducto.” (Código Teodosiano, 15, 2, 1)

Acueducto de Caesarea, Cherchell, Argelia. Ilustración Jean-Claude Golvin

El aqua profluens, una vez recogida en el curso público a través de acequias o canales, se convertía en privata pero, aunque teóricamente el derecho de propiedad sobre ella correspondía tan sólo al dominus del fundo en que la derivación se iniciaba, esta situación podía ser modificada mediante la constitución de una servidumbre de acueducto en favor de otro u otros. Las características de la conducción determinaban, como es natural, quiénes y con qué intensidad podían servirse de ella. Ahora bien, quien adquiría el derecho a llevar agua a su fundo, sólo podía hacerlo en favor de aquellas tierras para las que se hubiese acordado. Este derecho de servidumbre podía comprarse al propietario y persistía, aunque la propiedad cambiase de dueño, lo cual podía considerarse una afrenta a sus derechos de propiedad.

“Mummius Niger Valerius Vegetus, un hombre de estatus consular construyó su propio acueducto (Aqua Vegetiana), para canalizar el agua que venía de la finca Antonina más grande de Publius Tullius Varro. Después de haber comprado y transmitido el lugar donde el arroyo nacía, construyó (el acueducto) atravesando 5,95 millas hasta su propia villa Calvisia, que está cerca del acueducto Aqua Passerianae, después de que las tierras y derechos de acceso fueran comprados y transmitidos a él por los propietarios, cada uno de su propia finca, a través de los cuales el acueducto arriba descrito se construyó, a través de una franja de tierra de diez pies de ancho para los arcos y seis pies de ancho para las tuberías. Se construyó a través de las fincas Antoninas más grandes y más pequeñas de Publius Terentius Varro y las fincas Baebia y Philinia de Herennius Polybius, la finca Fundania de Caetennus, la finca Cuttolonia de Cornelius Latinus, la finca Serrana de Quintinus Verecundus, la finca Capitonia de Pistranus Celsus, el lado izquierdo de la via pública, la via Ferentiensis y la finca Scirpia de Pistrania Lepida y la via Cassia  hasta su propia villa Calvisia, y además a través de caminos y derechos públicos de paso por los campos por una concesión según un decreto del Senado.” (CIL XI, 3003)

Acueducto de Mylasa, Turquía

La inscripción aporta datos interesantes no solo sobre las características de la conducción, también sobre la compra de los terrenos en los que se ubicaba la fuente y la de aquellos por los que tendría que pasar la canalización, o la satisfacción de los necesarios derechos de paso, enumerando las diferentes propiedades y vías públicas que el canal atravesaba. Además, recuerda que Mummius Niger Valerius Vegetus, el propietario de la villa Calvisiana, compró la tierra que rodeaba a un arroyo y un corredor de tierra, que atravesaba nueve fincas, indicando los nombres de sus propietarios, para facilitar la construcción de un acueducto con la intención de regar su finca. Vegetus puede haber optado por comprar el arroyo y la tierra sobre la que se construiría el acueducto tierra y el arroyo, en vez de establecer un derecho de servidumbre, porque su posesión le aseguraba un monopolio sobre dicha fuente de agua. La inscripción da a conocer su derecho de propiedad y su poder legar para hacer cumplir esos derechos.

Restos de las termas del Bacucco, alimentadas con el agua del acueducto de Vegetius,
Viterbo, Italia

Las relaciones sociales eran un importante medio para regular el suministro local de agua haciendo que los vecinos llegasen a acuerdos satisfactorios. Cuando no ocurría así se podía recurrir a medios legales. Existió un caso sobre un litigio relativo a una servidumbre que implicaba a T. Statilius Taurus, un eminente miembro de la sociedad, bien relacionado con el emperador, y los vecinos de su propiedad en Sutrium, en el sur de Etruria. Los vecinos de Taurus habían estado canalizando agua desde un manantial de su propiedad, pero este se había secado y no se podía seguir utilizando. Cuando el agua volvió a fluir, volvieron a canalizarla, pero Taurus puso objeciones, debido a que él probablemente tomó posesión de la propiedad después de secarse el manantial y no conocía las costumbres y usos locales, por lo que los vecinos solicitaron la intervención del emperador, quien decidió en su favor.

“Atilicinus dice que el emperador respondió a Statilius Taurus con estas palabras: <Aquellos hombres, quienes por costumbre canalizaban el agua desde la granja en Sutrium, se dirigieron a mí y me explicaron que no pudieron usar el agua que habían usado durante años procedente de un manantial en la granja de Sutrium, porque el manantial se había secado, y que después, el agua empezó a fluir de nuevo de este manantial. Me pidieron restaurarles el derecho, porque no habían perdido su derecho por falta de uso o por causa suya, sino porque no había podido canalizarla. Dado que su petición me pareció justa, pensé que debería ayudarles. Por lo tanto, decidí que el derecho que tenían cuando el agua dejó de fluir debería ser restaurado.” (Digesto, VIII.3.35)

Taurus parece haber reclamado que sus vecinos no tenían derecho de servidumbre y por tanto que no tenían derecho a canalizar el agua. A su vez, los vecinos intentaron demostrar que tenían derecho en base a una práctica extendida en el tiempo, para lo cual debían probar que tenían derecho legal al agua o que la habían usado durante un largo tiempo de buena fe, es decir, no a la fuerza, con fraude o en secreto, por lo que creían que tenían derecho a hacerlo. Según el informe del caso los vecinos consiguieron probar su caso y el emperador dictó sentencia a su favor dando reconocimiento legal a una práctica informal basada en el uso de una servidumbre, que, aunque en desuso por un tiempo, había anteriormente sido reconocida por largo tiempo.

Acueducto de Gier, Lyon, Francia

Una servidumbre podía causar resentimiento porque el derecho se conservaba incluso después de que la propiedad se vendiese, como parece ser que ocurrió en el litigio contra Taurus.

Podían existir leyes autóctonas relativas al regadío y la gestión del agua en ciertas regiones antes de que la influencia de Roma se extendiera por ellas, como puede verse en la comunicación de los emperadores romanos Arcadio y Honorio a Asterius, gobernador de Oriente, animando a que los ciudadanos autóctonos conservaran sus antiguos derechos sobre el agua, sin ser perturbados por cualquier innovación o cambio.

“Decretamos que los antiguos derechos del agua que se han obtenido por propiedad extendida en el tiempo permanecerán en posesión de los ciudadanos propietarios y no serán molestados por ninguna innovación. De esta forma cada uno obtendrá la cantidad que ha recibido por derecho de antigüedad y por la costumbre que se extiende hasta la actualidad.” (Código de Justianiano, XV, 2, 7)

Acueducto de Nicópolis, Grecia. Foto Pericles Merakos

En época tardía, con los cambios del mundo urbano, y, sobre todo, a raíz de la transformación de la administración municipal tras Diocleciano y Constantino, las curias municipales dejaron de tener suficientes recursos como para mantener los acueductos y demás monumentos públicos y, como recogen los códigos de Teodosio y Justiniano, los acueductos se mantuvieron en parte gracias a la beneficencia imperial y en parte a la semi-privatización del suministro.

Para ayudar a sufragar los gastos de mantenimiento de los acueductos, a partir del siglo V los cónsules al inicio de su cargo debía contribuir con 100 libras de oro y la legislación mantenía que esta ayuda consular al suministro público de agua era una forma más efectiva de ganar el favor popular que la práctica de arrojar monedas a la gente.

“Nuestros señores el emperador Constantino el grande, piadoso, exitoso y victorioso y Flavio Julio Crispo y Flavio Claudio Constantino, los más nobles césares, han ordenado que el acueducto de la fuente Augustea que se había deteriorado por el largo abandono y el paso del tiempo sea restaurado a su costa por su habitual grandeza y generosidad, y le han devuelto su uso a las siguientes ciudades (Puteoli, Nápoles, Nola, Tella, Cumas, Acerra, Baia y Miseno). Inaugurado por Ceionius Julianus, el más noble señor, gobernador de Campania. Hecho por Pontianus, el más excelente señor y curator del dicho acueducto.” (CIL, X, 1805)

Acueducto de Minturno, Italia. Foto Carole Raddato

Hasta el Bajo Imperio, el propietario de una conducción (tanto pública como privada) era responsable de su mantenimiento. Sin embargo, debido a la falta de presupuesto municipal, durante la Antigüedad Tardía fue necesario modificar estas leyes.

“Deseamos que los terratenientes por cuyas tierras transcurra el curso de los acueductos estén exentos de tasas extraordinarias para que, a cambio, mantengan los acueductos limpios de mugre, ni habrá para con estos dueños ningún otro requerimiento, no sea que estando ocupados en otras cosas dejen de limpiar el acueducto”. (Código Teodosiano, XV, 2. 1)

Las modificaciones de la administración urbana en el siglo IV causaron muchas de las transformaciones que se advierten en el siglo V, entre ellas la escasa inversión en mantenimiento de acueductos. La falta de fondos municipales y de incentivos políticos a finales de los siglos IV y V son, quizás, la principal causa del mal estado de los acueductos.



Acueducto de Caesarea Maritima, Israel. Foto Carole Raddato

Bajo el reinado de Teodorico (rey de Italia 493-526) el estado trató de mantener la administración de las aguas creando la comitiva formarum Urbis, que se encargaba de mantener los acueductos en buen estado, así como de asegurar que no había irregularidades en la distribución, ni robos de aguas, que se basa en las leyes del bajo imperio y responde al periodo de descuido en la red de aguas, que desde tiempos de Honorio y Estilicón no había sido reparada a gran escala. Las funciones explícitas de la comitiva eran las siguientes: mantenimiento de los canales (sin reparar en gastos), del suministro a los baños, de la pureza de las aguas, del suministro doméstico y eliminar los árboles a 10 pasos de un acueducto.

“Por lo cual, tras una meditada consideración, te confiamos para este periodo con la Comitiva Formarum, para que con celo te esfuerces en lograr lo que el mantenimiento de tan nobles estructuras requiere. Especialmente en cuanto a los dañinos árboles que estropean los edificios, [introduciendo sus raíces entre las piedras y] abatiéndolos con la fuerza de un carnero: queremos que sean arrancados de raíz, dado que no sirve de nada tratar un mal de este tipo sino desde su origen. Si una parte se está derrumbando por el tiempo, que se repare en seguida: el gasto es lo de menos. La rehabilitación de los acueductos constituirá tu mejor baza para nuestro favor, y será el medio más seguro de determinar tu fortuna. Actúa con habilidad y honestidad, y evita prácticas corruptas con respecto a la distribución del agua. (Casiodoro, Variae VII, 6)

Imagen creada con Fotor

Como en los siglos IV y V únicamente se llevaron a cabo el mantenimiento y limpieza básicos de los acueductos, y eso en el mejor de los casos, es posible que la demanda de ingenieros especializados y capacitados se fuese reduciendo, y, a consecuencia de ello, cuando comenzó el periodo de renovación urbana de finales del siglo VI no quedaban ya ingenieros que pudieran reparar daños importantes en los acueductos. Esto significó que estas estructuras, que tenían en su mayoría más de cuatrocientos años, eran ya imposibles de rehabilitar.

“La famosa ciudad de Heraclea, que está situada en la costa próxima, la que se llamó Perinto (antaño la consideraron la primera ciudad de Europa, y ahora le otorgan el segundo lugar después de Constantinopla), padecía, hasta hace poco, escasez de agua y una pertinaz sequía, y no porque en su entorno no había agua, ni tampoco porque los que construyeron la ciudad en tiempos pasados se habían desentendido de este problema (porque Europa abundaba en manantiales y los hombres de pasadas épocas se habían preocupado de construir acueductos), pero el tiempo, que impone su rutina, había destruido el acueducto de la ciudad, bien porque menospreciaba una edificación anticuada, bien porque, dado el desinterés de los heraclitanos por aquél, los inducía a su destrucción. A causa de esto faltó poco para que Heraclea se despoblara. Y el tiempo tuvo esta misma consecuencia respecto al palacio del lugar, que era una construcción digna de consideración. Pero cuando el emperador Justiniano contempló la ciudad, no a la ligera, sino más bien del modo que corresponde a un emperador, la dotó en abundancia de agua potable cristalina, y de ningún modo permitió que la ciudad desdijera de la dignidad del palacio, emprendiendo su reconstrucción total.” (Procopio, Los Edificios, IV, 9)

Acueducto de Side, Turquía. Foto Ali Çilesizoglu

Este abandono de la infraestructura de suministro de agua no implica, sin embargo, que las ciudades se quedaran sin agua. Algunas áreas de las ciudades se quedaron sin agua corriente, pero esta estaba aún disponible (como lo había estado en los periodos anteriores) a través de pozos y cisternas.

“Con pozos oportunamente preparados a través del territorio llamado «falto de agua», que mantienen ocultos a los otros pueblos, huyen sin peligro a ese territorio. Ellos, como conocen las aguas escondidas y las descubren, disponen de abundante bebida; pero los otros pueblos que los persiguen, escasos de agua por el desconocimiento de los pozos, los unos perecen por la falta de agua y los otros, se ponen a salvo en casa con dificultad, después de mucho sufrimiento.” (Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, II, 48, 2)

Cisterna en Humeima, Jordania


Bibliografía



Los acueductos de Hispania: construcción y abandono, Elena Sánchez López y Javier Martínez Jiménez
Aqua publica y política municipal romana, Juan Francisco Rodríguez Neila
Algunas implicaciones jurídicas de la conducción del agua a la Roma Antigua, María de las Mercedes García Quintas
La administración del agua en la Hispania romana, José María Blázquez Martínez
El regadío en la Hispania romana. Estado de la cuestión, Francisco Beltrán Lloris y Anna Willi
Gardens and neighbors: Private Water Rights in Roman Italy, Cynthia Jordan Bannon y otros
Ownership and Exploitation of Land and Natural Resources in the Roman World, Paul Erdkamp, Könraad Verboven y Arjan Zuiderhoek
Fresh Water in Roman Law: Rights and Policy, Cynthia Bannon
Irrigation Communities in the Roman World Through Epigraphic Sources and Justinian’s Digest, Lauretta Maganzani
A Short Introduction to Roman Water Law, Cynthia J. Bannon
Roman Law and Archaeological Evidence on Water Management, Sufyan Al Karaimeh
Pooling Resources - The Use of Water for Social Control in the Roman Empire, S. Ellis

 

martes, 25 de febrero de 2025

Moneta (II), tipos de moneda en la antigua Roma. Hasta la reforma de Caracalla

Museo Nacional de Antigüedades de Leiden, Paises Bajos

Las primeras monedas emitidas por los romanos fueron piezas fundidas de bronce con plomo o aes grave (bronce pesado). El as fue el primer medio de pago romano que tuvo forma circular y también estaba hecho de bronce (aes) fundido, lo que podría haber dado lugar a su nombre. Su peso era de una libra, unos 327 gramos, por lo que también se conoció como aes libralis con fracciones en onzas de 27 gramos (unciae), a razón de 12 onzas por libra.

“Sin embargo, los que lo condenaron no lo condenaron a muerte, sino a una pena que, en relación con los recursos de ahora, parecería ridícula, pero que, para los hombres de entonces, que cultivaban sus propios campos y que vivían estrictamente con lo necesario, y especialmente para aquel hombre, que no había heredado de su padre más que pobreza, era desmesurada y agobiante: la cantidad de dos mil ases. Y entonces un as era una moneda de bronce que pesaba una libra, de modo que el total de la pena fue el equivalente al peso de sesenta talentos de bronce.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, IX, 27, 3)

Aes grave

El as representaba la unidad del sistema y presentaba habitualmente a Jano bifronte en el anverso y la proa de un barco en el reverso. Los romanos tenían por costumbre exhibir en el foro de la ciudad las proas de los barcos enemigos vencidos. Esta puede ser una referencia a sus victorias y la forma de demostrar su poderío naval, sobre todo a partir del año 338 a.C. cuando tomaron Anzio. Como marca de valor se inscribía una I. En la época imperial en el anverso se representaba la efigie del emperador o un miembro destacado de su entorno.

“En una nave llegó a las aguas del Tusco el dios portador de la hoz tras haber errado antes por el orbe». Y éste, en su destierro e indigencia, fue recibido por Jano; este hecho es el que explican las viejas monedas, en las que, en una cara, aparece Jano con doble frente y en la otra una nave, según dice el mismo poeta (Ovidio) a continuación: `La posteridad, agradecida, grabará en el bronce una nave, dando testimonio de la llegada de un dios como huésped´.” (Lactancio, Instituciones divinas, I, 13, 6)

As. Anverso cabeza del dios Janus. Reverso proa de barco

La primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) y la Segunda (218-201 a.C.), junto a una inflación generalizada provocó que el peso del aes grave fuese cayendo a lo largo del tiempo. Así en el año 270 a.C. se produjo el primer recorte pasando del peso original a 274 gramos, en el 217 a 137 gr, en el 211 a 54 gr, hasta llegar al año 91 a.C. cuando el peso se fijó en 13,5 gr (1/2 onza), pasando por otras disminuciones entre unas y otras.  A medida que su peso disminuyó, dejó de fundirse en bronce para ser acuñado, y durante ciertos periodos de tiempo no tuvo producción alguna. Con la reforma monetaria de Augusto en el año 23 a.C., el as se acuñó en cobre puro rojizo, en vez de bronce.

As de cobre. Anverso Cabeza de Augusto. Reverso SC (senatus consultum)

El as continuó su producción hasta el siglo III d.C. y se convirtió en la moneda de menor valor que se emitió con más regularidad en el Imperio.

Junto al as aparecieron sus múltiplos y sus divisores que sufrieron los mismos cambios de peso de la unidad de referencia en los años sucesivos.

Entre los múltiplos, el dupondio representaba el busto de Roma en el anverso y una rueda de seis radios en el reverso, su valor era dos ases. El dupondius (plural dupondii) se introdujo en la economía romana durante la república romana alrededor del año 230 a.C. y los primeros dupondios, acuñados en bronce, eran enormes, pesaban más de 600 gramos y medían más de 80 mm de diámetro.

Dupondio. Anverso busto de Roma. Reverso rueda de seis radios

Bajo las reformas de Augusto se introdujo un nuevo dupondio, esta vez de oricalco (una aleación de zinc y cobre), pero también valorado en 2 ases, aunque algunos se realizaron en cobre rojizo. Como bajo el gobierno de Nerón algunos ases se hicieron también de oricalco y cobre había que diferenciar el dupondio del as por el peso, pero en el año 66 d.C. se decidió añadir una corona radiada al retrato del emperador en el dupondio, porque al no llevar marca de valor no se podía distinguir entre una moneda y otra. La corona radiada pasó a simbolizar una denominación de doble peso, utilizada posteriormente en el antoninianus (2 denarios), el binio (dos aurei) y el sestercio doble.

Dupondio de Nerón. Oricalco

As de Nerón

El tressis es una moneda de bronce romana y tiene tres veces el valor de un as. Esta moneda solo fue acuñada dos veces durante la época de la República romana, la primera vez en el año 260 a. C. y la segunda vez en el año 215 a. C. Ambas acuñaciones se realizaron en Roma. El sello de esta moneda son tres líneas verticales, cada una de las cuales representa el valor de un as. En el anverso hay una cabeza de la diosa Roma mirando a la derecha y el sello de valor. En el reverso se puede ver una rueda con seis radios en la primera emisión y una proa de barco en la segunda. Después de la introducción de los denarios, esta moneda fue retirada de la circulación debido a su tamaño.

Tressis. Anverso busto de Roma. Reverso proa de barco

El decussis, con un valor de diez ases, es la moneda más grande jamás emitida por el Estado romano en toda su larga historia, con 1075 gr. de peso. En su anverso representa la cabeza de Roma hacia la derecha con un yelmo frigio y la marca de valor X detrás tal como la encontraremos después en los primeros denarios. En el reverso, por su parte, vemos la típica proa de las monedas fundidas de bronce romanas, en este caso hacia la izquierda.

Decussis. Anverso busto de Roma. Reverso proa de barco

Al igual que el tressis y el quincussis (con un valor de cinco ases y marca V) desapareció con la emisión del denario.

“Los nombres del dinero acuñado de bronce y de plata son los siguientes. El as (as) tiene su denominación por el bronce (aes); el dupondio (dupondius), por sus pesos (dúo pondera), porque un solo peso recibía la denominación de assipondium, y esto por el hecho de que un as (as), en peso (pondo), era una libra. A partir de aquí, el resto hasta el centusis (centussis «cien ases») recibió su denominación por un número, como el as (as) debido a su número de una unidad, el tresis (tressis) por sus tres ases (tres asses), y así, según una relación proporcional, hasta el nonusis (nonussis «nueve ases». En el número diez esto cambia, porque primero hay decussis a partir de decem asses «diez ases», y en segundo lugar vicessis a partir de duo decusses «dos decusis», porque se acostumbró a decir bicessis a partir de dúo «dos». Los restantes casos están conformes con el sistema, porque ocurre que tricessis «treinta ases» llega, según una relación proporcional, hasta centussis «cien ases».” (Varrón. La lengua latina, V, 169)

Quincussis. Anverso cabeza de Janus. Reverso proa de barco

El semis (plural semisses) estaba valorado en medio as (semi-as). Durante los primeros tiempos de la República Romana, el semis era una moneda de gran tamaño que pesaba unos 160 gramos y se hacía por fundición. Justo antes de la segunda guerra púnica empezó su acuñación. Tras la reforma monetaria de Augusto pasó a ser la moneda de menor valor en oricalco y valía como medio as de cobre.

Semis. Anverso cabeza de Saturno (o Júpiter). Reverso proa de barco

Las emisiones más conocidas presentaban a Saturno o Júpiter en el anverso y una proa en el reverso con la marca de valor S. Tras una pausa de muchos años, Augusto emitió un semis a finales de su reinado, seguido de emisiones de Tiberio, Nerón, Vespasiano y Trajano, y durante el reinado de Adriano dejó de emitirse, aunque durante el gobierno de Trajano Decio se produjo un breve resurgimiento.

Semis de bronce. Trajano Decio

Un triens (plural, trientes), también denominado triente, fue una moneda de bronce de la Antigua Roma emitida durante la República y valorada en un tercio de un as (que equivale a 4 unciae). El diseño más común para los trientes presentaba el busto de Minerva y cuatro puntos o bolitas (que indican las cuatro uncias) en el anverso y la proa de un barco en el reverso. Su última acuñación parece haber sido en el año 89 a.C.

Triens, época republicana. Anverso busto de Minerva. Reverso proa de barco

El cuadrans o cuadrante era una moneda fundida en bronce con valor de ¼ de as o tres unciae las cuales aparecían representadas como tres bolitas en las monedas. El anverso, tras unos diseños variables, solía presentar el busto de Hércules y en el reverso la proa de un barco. Con la reducción de peso monetal del año 90 a.C., el cuadrans se convirtió en la moneda de menor valor en producción, la cual se mantuvo de forma esporádica hasta el reinado de Antonino Pio.

“Los filósofos ponen un límite incluso a las cosas honrosas: pues la que desea parecer demasiado culta y bienhablada debe arremangarse la túnica hasta las pantorrillas, sacrificar un cerdo a Silvano, ir a bañarse por un cuadrante.” (Juvenal, Sátira VI, 445)

Cuadrans. Anverso Hércules. Reverso proa de barco

Teruncius era otra denominación del cuadrans que tenía el mismo valor y que se usaba para designar algo insignificante.

“Las cuentas de mi cuestor, ni está justificado que te las envíe, ni, pese a todo, están cerradas. Pensaba depositarlas en Apamea. En cuanto al botín de guerra que conseguí, salvo los cuestores urbanos, es decir, salvo el pueblo de Roma, nadie ha tocado ni tocará un céntimo (teruncio).” (Cicerón, Cartas a los familiares, II, 17)

El sextans valía 1/6 de as y mostraba la cabeza de Mercurio en el anverso y la proa de un barco en el reverso, y como marca de valor dos bolitas.

“En el mismo año murió Menenio Agripa, un hombre que durante toda su vida fue igualmente apreciado por los patricios y los plebeyos, y se hizo aún más querido de los plebeyos después de su secesión. Sin embargo, el negociador y árbitro de la reconciliación, el que actuó como el embajador de los patricios ante la plebe y devolvió a la Ciudad, no disponía de suficiente dinero para sufragar los gastos de su funeral. Fue enterrado por los plebeyos, cada uno aportando un sextante.” (Tito Livio, Ab Urbe condita, II, 33)

Sextans. Anverso cabeza de Mercurio. Reverso proa de barco

La uncia con un valor de 1/12 de as reproducía la cabeza de Roma en el anverso y la proa de un barco en el reverso, con una bolita como marca de valor.

Uncia. Anverso busto de Roma. Reverso proa de barco

La semuncia valía 1/24 de as o ½ uncia; el tipo más común de su anverso era la cabeza de Mercurio o una bellota y los reversos presentan una proa o caduceo. Se emitió hasta el año 210 a.C., aproximadamente, cuando empezó la emisión del denario. La cuartuncia valía 1/48 de as o ¼ uncia; el quincux valía 5/12 de as o cinco unciae; el biunx tenía un valor de dos unciae; el bes equivalía a 2/3 de as u ocho unciae; el valor del dodrans era ¾ de as o nueve onzas.

“La semionza (semuncia) tiene su denominación porque es la media parte de una onza: se- tiene el valor de dimidium «mitad», como en selibra «media libra» y semodius «medio modio». La onza (uncia) tiene la suya a partir de unus <uno». El sextante (sextans) la suya por el hecho de que es la sexta (sexta) parte del as, como el cuadrante (quadrans) la suya porque es la cuarta (quarta) parte, y el triente (triens) la suya porque es la tercera (tertia). El senas-(semis) tiene la suya porque es un semiás (semias), esto es, la mitad de un as, como más arriba se ha dicho. Septunx «siete onzas» es la contracción de septem «siete» y uncia «onza». Los restantes términos son más oscuros, porque proceden por sustracción y los que son sustraídos se comportan de manera que mantienen sus últimas sílabas, como son los casos siguientes: quitada una onza (uncía), se tiene el deúnce ('deunx); quitado un sextante (sextans), el dextante (dextans); quitado un cuadrante (quadrans), el dodrante (dodrans); quitado un triente (triens), el bes (bes) (el des -des-, como se decía en otro tiempo). (Varrón. La lengua latina, V, 169-174)

Semuncia. Anverso cabeza de Mercurio. Reverso proa de barco

Debido a la inestabilidad social y económica causada por la segunda guerra Púnica el senado romano decidió establecer como unidad monetaria el denario de plata, intentando unificar los diversos tipos de moneda en circulación.

El denario equivalía en valor a diez ases de bronce y fue la primera moneda basada en un sistema decimal. El primer denario se acuñó en plata casi pura y pesaba aproximadamente 4.55 gramos, aunque alrededor del 206 a.C. se redujo su peso a 3.9 gramos, aunque la calidad de la plata no cambió.

“La plata se acuñó por primera vez en el año 485 de la ciudad, durante el consulado de Quintus Ogulnius y Gaius Fabius (año 269 a.C), cinco años antes de la Primera guerra púnica. Se decidió que el valor de un denario debería ser diez libras de bronce, el de medio denario cinco libras, el del sestercio dos libras y media. El peso de una libra standard de bronce, sin embargo, se redujo durante la Prinera guerra púnica, cuando el estado no podía hacer frente a sus gastos, y se decretó que el as debería acuñarse con un peso de dos onzas. Esto resultó en un ahorro de 5/6, y la deuda nacional se liquidó.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 44)

Roma confió la acuñación del denario a los mencionados tresviri monetales quienes eligieron como figuras representadas a la diosa Roma con casco en el anverso y a los Dioscuros a caballo en el reverso, diseño compartido con el sestercio y el quinario. Como marca de valor se escogió una X, que unas veces se ponía detrás del busto de la diosa y otras bajo su barbilla; en el exergo se inscribía la palabra ROMA.

Denario. Anverso busto de Roma. Reverso dioscuros

A partir del año 206 a.C. empiezan a aparecer diferentes motivos en el reverso, alternando los Dioscuros, y Luna conduciendo una biga, y se comienza a inscribir los nombres de las familias monetarias encargadas de la acuñación. Más tarde en el año 157 a.C. se puede ver a Victoria conduciendo la biga también.

“Los diseños en plata eran de una biga y una cuadriga, y por tanto las monedas se llamaron bigatus y quadrigatus. Después según la ley Papiria (del año 89 a.C.), se acuñaron los ases pesando media libra. Livius Drusus cuando era tribuno de la plebe mandó mezclar la plata con una octava parte de bronce. La moneda llamada victoriatus se acuñó bajo la ley de Clodius; previamente una moneda de este nombre se importó de Iliria y se veía como una mercancía. El diseño muestra una figura de la Victoria, que le da su nombre.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 46)

Denario. Anverso busto de Roma. Reverso Victoria conduciendo una biga

En el año 141 a.C el peso del denario se redujo de nuevo y su valor pasó a ser de 16 ases de bronce y la marca de valor se inscribió como XVI, pero volvió a cambiarse varias veces.

En el año 137 BCE, el monetario Tiberius Veturius autorizó un denario con el retrato del dios Marte en el anverso y una escena de juramento en el reverso, siendo el primero que no mostraba a la diosa Roma, ni a los Dioscuros, Luna o Victoria.

Denario. Anverso busto de marte

Hacia el 126 aC. Numerius Fabius Pictor retrató a su abuelo Quintus Fabius Pictor en el reverso de un denario, ya fallecido, siendo la primera vez que se mostró a una persona real (estaba prohibido hacerlo de una persona viva)

Denario. Anverso busto de Roma. Reverso Q. Fabius Pictor

En el año 54 a.C. el monetario Quintus Pompeius Rufus acuñó un denario que honraba a los dos cónsules del año 88 aC. Lucius Cornelius Sulla y Quintus Pompeius Rufus, ya que él mismo era nieto de ambos, por lo que declarar su orgullo familiar para promocionar su propia carrera política puede estar entre las razones de su decisión.

Denario con los retratos de Lucio Cornelio Sila y Quinto Pompeyo Rufo

Antes del año 44 a.C. los retratos de las monedas romanas se dedicaban a dioses y figuras históricas de relevancia, a veces antepasados de los monetarios nombrados cada año encargados de la acuñación. Las monedas que presentaban a romanos vivos eran algunas que circulaban fuera de Italia. Pero a principios de ese año el senado concedió a Julio César, que había sido elegido dictador por cuarta vez, el honor de tener su retrato en las monedas acuñadas en Roma.

Pero antes, tras la conquista de la Galia, para poder pagar a las legiones y saldar sus deudas tomó del tesoro de Roma la plata acumulada y emitió millones de denarios, aún sin su rostro, pero con su nombre y los símbolos de su cargo como Pontífice Máximo.

Denario de Julio César con los símbolos de Pontífice Máximo en el reverso 

Durante las guerras civiles César se hizo acompañar de una ceca militar móvil con la cual se dedicó a emitir denarios que hiciesen referencia a su vínculo con la diosa Venus, de la cual decía proceder su familia. En Hispania se acuñó una moneda en la que en el anverso se ve el rostro de la diosa Venus y en el reverso unos prisioneros galos y un trofeo con armas capturadas con el nombre de Caesar debajo.

Denario de Julio César acuñado en Hispania

A principios del año 44 a.C., el Senado romano comenzó a colmar de honores a César, quien, para entonces, había vencido a todos sus enemigos políticos, convirtiéndose en el amo supremo del Estado romano. Una de las innovaciones más radicales fue la colocación de su retrato en la moneda romana, al estilo de los reyes helenísticos, la primera vez que un romano vivo lo hacía en la propia Roma. Aunque no sabemos con exactitud cómo reaccionaron sus contemporáneos ante este descarado acto, sin duda contribuyó a la radicalización de ciertos segmentos de la élite dirigente tradicionalista que pretendían apartar a César del poder.

“Además de estos señalados privilegios le llamaron “Padre de la Patria” y lo grabaron en las monedas. Votaron además que se celebraran sacrificios públicos el día de su nacimiento y ordenaron que hubiera una estatua suya en todas las ciudades y templos de Roma y levantaron dos junto a la tribuna de oradores, una como protector de la ciudad y la otra como si la liberase de un asedio, con las coronas que se suelen llevaren estos casos.” (Dión Casio, Historia romana, XLIV, 4, 4)

Denario con el rostro de César

Esta moneda pertenece a la primera emisión de denarios con retrato de César, que presenta una imagen muy realista, con el cuello lleno de arrugas, y la corona puesta para cubrir su creciente calvicie. Esta corona es la corona aurea, símbolo del triunfador, y detrás de su cuello aparece un lituus, el bastón de un augur, que recuerda que César estaba autorizado para leer los presagios y predecir el futuro.

La leyenda del anverso hace referencia a la cuarta dictadura de César, lo que indica que esta emisión es anterior a las monedas de César con el título DICT(ator) PERPETVO. El reverso muestra a Juno Sospita ("la Salvadora") especialmente venerada en Lanuvium, patria ancestral de la gens Mettia, emisora de la moneda. Sin embargo, pronto sería sustituida por Venus Victrix, un primer indicio de que las necesidades del imperator llegarían a eclipsar las del monetario, hasta que este último desaparecería por completo bajo el Imperio.

“Con todo, cediendo ya a la fortuna de este hombre y recibiendo el freno, como tuviesen el mando de uno solo por alivio y descanso de los males de la guerra civil, le declararon dictador por toda su vida, lo que era una no encubierta tiranía, pues que a lo suelto y libre del mando de uno solo se juntaba la perpetuidad. Cicerón, en el Senado, hizo la primera propuesta acerca de los honores que se le dispensarían, y éstos eran tales que no excedían la condición humana; pero añadiendo los demás exceso sobre exceso, por querer competir unos con otros, hicieron que el objeto de tales honores se hiciera odioso e intolerable, aun a los más sufridos, por la extrañeza y vanidad de los honores decretados; en la cual contienda no anduvieron más escasos que los aduladores de César los que le aborrecían, para tener después más pretextos contra él y a fin de que pareciese que por mayores cargos se movían a perseguirle; sin embargo de que en lo demás, después de haber puesto fin a las guerras civiles, se mostró irreprensible; y así parece que no fue sin razón el haber decretado en su honor el templo de la Clemencia, como prueba de gratitud por su bondad.” (Plutarco, César, 57)

Denario con leyenda de César dictador perpetuo. Reverso Venus sosteniendo a Victoria

Tras la muerte de Julio César se formó el segundo triunvirato con Octavio, Marco Antonio y Lépido en el año 43 a. C., para perseguir a los asesinos del dictador y tras derrotarlos, el territorio se dividió en tres partes que cada uno gobernaría. En el 33 a.C. terminó el triunvirato y Octavio se enfrentó a Marco Antonio a causa del reino de Egipto. En el 31 Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados, dejando el camino libre a Octavio para hacerse con el poder. En el año 27 Roma dejó de ser una república y se convirtió en un principado, con el senado reconociendo el liderazgo de Octavio como indispensable para la estabilidad de Roma y dedicándole un gran número de honores incluyendo el nuevo nombre “Imperator Caesar Divi Filius Augustus”. Octavio renunció a su nombre, que se asociaba a su poder militar, y empezó a usar el de Augustus, que le relacionaba con el gobierno junto al senado.

El nombre de Augustus (Augusto) fue asumido por todos sus sucesores como indicación de rango imperial.

“La asamblea respondió que había encomendado al centurión Clemente la exposición de sus reclamaciones. Éste comienza a hablar de la licencia a los dieciséis años, de las recompensas al acabar el servicio militar, de que la paga fuera de un denario al día y de que los veteranos no fuesen retenidos bajo el estandarte.” (Tácito, Anales, I, 26 Augusto)

Denario de Augusto

A partir de esta época el anverso de las monedas llevaría (casi) siempre el retrato del emperador en vez de una divinidad u otro personaje mítico o heroico. En algunos casos el retrato del gobernante se asociaba a uno de los dioses oficiales. En el caso de Augusto su dios protector era Apolo, el cual es representado en sus emisiones monetarias.

Denario de Augusto. Reverso Apolo

Heredero de la moneda de plata que Roma introdujo en el propio sistema monetario en edad republicana, el denario imperial fue acuñado reproduciendo al derecho el retrato del emperador, acompañado de una leyenda que contiene los nombres y los varios títulos y cargos desempeñados por el augusto, así que generalmente es posible fecharlo con exactitud o con una aproximación de algunos años.

Esta moneda fue eje fundamental de la economía romana desde su introducción hasta que dejó de ser acuñada en los mediados del siglo III después de Cristo. Su pureza y su peso fueron disminuyendo gradualmente debido a la falta de metales preciosos y la mala gestión de las finanzas del estado.

“Repartió al pueblo un congiario distribuyendo setecientos veinticinco denarios por cabeza. Fue muy tacaño con todos los demás, porque había disminuido el erario por los costes de su vida licenciosa.” (Historia Augusta, Cómodo, 16, 8)

Denario de Cómodo

El denario, en la época de su introducción en el período republicano, contenía plata casi pura con un peso de aproximadamente unos 4,5 gramos. Estos valores quedaron bastante estables durante toda la república, a excepción de los períodos bélicos, como en los períodos de las guerras civiles. Fue importante para la larga vida de esta moneda la reforma monetaria de Augusto, la primera del período imperial, que le asignó al emperador el control de la acuñación de las monedas de oro y plata, mientras al senado quedó la acuñación de los valores menores. El denario quedó relativamente estable hasta que la reforma de Nerón en el 65 d.C. rebajó su peso a 3,41 gr., procurando un alivio a la arruinada economía romana.

Al final de la dinastía Flavia (Vespasiano, Tito, Domiciano), Domiciano llevó las monedas a los valores de la reforma de Augusto, mientras que Trajano volvió a los valores de la reforma de Nerón.

“La ley Pompeya, señor, que observan los habitantes de Bitinia y el Ponto, no ordena que los ciudadanos que son elegidos por los censores para formar parte de la curia paguen a la comunidad ningún dinero; pero los ciudadanos que tu indulgencia permitió incluir en algunas ciudades por encima del número legal, han pagado unos mil y otros dos mil denarios.” (Plinio, Epístolas, X, 112, 1)

Denario de Trajano

Con la reforma en 215 del emperador Caracalla, el denario continuó su devaluación reduciendo su cantidad de plata al 50%, hasta que a finales del imperio el denario solo tenía un baño de plata. El denario de época imperial puede que fuese la moneda más común en el mundo antiguo. Desde la Europa no romana hasta África, desde el Lejano Oriente hasta y más allá del Mar Negro, el denario llevó la imagen del emperador romano más allá de las fronteras y se reconocía y apreciaba en poblaciones no romanas que la imitaban en sus propias acuñaciones locales.

“En plata tenemos las monedas llamadas nummi (este término procede de los sículos). Los denarios (denarii) tienen su denominación porque valían diez ases de bronce (deni aeris); los quinarios (quinarii), porque valían cinco (quini). El sestercio (sestertius) la tiene porque es un tercer medio as (semis tertius) En efecto, el sestercio antiguo era un dupondio y un semis: corresponde también a una antigua costumbre hablar en moneda de bronce al revés, de manera que se expresaban diciendo semis tertius «el tercer medio as», semis quartus «el cuarto medio as», semis quintus «el quinto medio as». A partir de semis tertius recibió la denominación de sestertius. La décima parte de la moneda de plata de diez ases (nummus denarius) es la libela (libella), que tiene su denominación porque el as equivalía en peso a una libra (libra) y aquélla era una pequeña libra de plata. La simbela (simbella) tiene la suya porque es la mitad de una libela (libella), lo que es el semis (semis) referido al as. El teruncio (terruncius) tiene la suya por sus tres onzas (tres unciae), porque, de la misma manera que aquél es la cuarta parte de la líbela, así el cuadrante lo es del as.” (Varrón. La lengua latina, V, 169-174)

Denario de Galba acuñado en Hispania

Frecuentemente la plata era extraída raspando con cuidado los bordes de las monedas oficiales, presunta razón por la cual se comenzaron a emitir por el Estado ejemplares dentados, con los bordes de sierra.

Denario dentado

El victoriatus (plural victoriati), llamado así porque en el reverso siempre aparece la Victoria coronando un trofeo, fue una moneda de corta vida, acuñada aproximadamente entre 211 y 170 a.C. Inicialmente, el victoriatus pesaba alrededor de 3,2 gramos, aproximadamente ¾ del peso del denario. El victoriatus circuló principalmente en el sur de Italia y la Galia, junto con las emisiones locales de dracmas, pero cuando el denario sustituyó a las anteriores denominaciones griegas, el victoriatus se hizo innecesario y se dejó de acuñar.

“En consecuencia, Titurio había exigido en Tolosa cuatro denarios por cada ánfora de vino en concepto de portazgo; en Croduno, Porcio y Munio tres y un victoriato; en Vulcalón, Serveo dos y un victoriato; y en esta zona se le había exigido el portazgo a cualquiera que se desviase a Cobiomago —pueblo este entre Tolosa y Narbona— y no quisiera ir a Tolosa; en Elesioduno, Gayo Anio había exigido seis denarios a aquellos que lo transportaran hasta el enemigo.” (Cicerón, En defensa de Marco Fonteyo, 9)

Victoriato con  Victoria coronando un trofeo 

El quinario es una moneda romana de plata creada en el año 211 a. C., a la vez que el denario y el sestercio. Su valor es de medio denario, es decir, 5 ases y su marca de valor es V o Q. Su acuñación fue muy esporádica durante la República romana (años 101 a. C., 99-97 a. C., 43-42 a. C., 39 a. C. y 29 a. C.) y el imperio. El quinario forma parte del nuevo sistema monetario que sustituyó al cobre como patrón monetario basado en el as.

Los primeros quinarios anónimos (sin nombre de los monetarios) se emitieron solo durante unos años antes de acabar su producción en el 206 a.C. Pero la ceca de Roma volvió a acuñar el quinario de plata hacia el año 101 a.C., variando su peso entre 1,8 y 2,2 gramos y siendo la pureza de la plata del 95% aproximadamente. Había gran variedad de diseños, con alguna divinidad en el anverso y el nombre del monetario bien patente en el reverso.

Quinario con nombre del monetario en el reverso

Los quinarios de oro equivalían a medio áureo con un peso de apenas 4 gramos, mientras que los de plata pesaban alrededor de 1,8 gramos. Un quinario de Augusto emitido hacia el año 29 o 28 a.C. celebra la reconquista de la provincia de Asia que estaba bajo el gobierno de Marco Antonio y Cleopatra. La inscripción Asia Recepta rodea una imagen de la Victoria alada sobre una cista mística flanqueada por dos serpientes, diseño que recuerda a los cistóforos que circularon por las provincias orientales.  

Quinario con rostro de César y leyenda de Asia recepta (conquistada)

De Trajano a Cómodo la producción del quinarios de plata y oro se mantuvo limitada y durante la dinastía severa la emisión del quinario fue escasa.

Quinario de oro de Cómodo

El quinarius se usó tradicionalmente como una moneda representativa con ocasión de celebraciones públicas y se siguió emitiendo en la última parte del siglo III d.C., aunque ya se la consideraba anacrónica en el contexto de los nuevos sistemas monetarios. Acuñada en un metal devaluado todavía recordaba en apariencia al prototipo en plata y continuó con su valor ceremonial hasta que fue abandonada en tiempos de la tetrarquía.

Quinario de oro de Diocleciano

Junto al denario apareció el sestercio que valía dos ases y medio o un cuarto de denario. En las monedas la marca de valor era IIS. Cuando el denario se revaluó en 16 ases en vez de 10, el sestercio pasó a tener un valor de cuatro ases, que sería el que conservaría hasta su final. Tuvo además periodos en que dejó de emitirse, aunque luego volvía a estar en circulación.

Sestercio. Anverso busto de Roma. Reverso dioscuros

Tras el reparto de los territorios de Roma entre Octavio y Marco Antonio en el año 40 a.C., este último, a cargo de la parte oriental del Imperio, introdujo unas cuantas monedas de bronce, incluido el sestercio, para ser usadas como cambio en los territorios que él gobernaba, y que fueron acuñadas por sus comandantes navales, cuyos nombres aparecen en el reverso. Así el sestercio se transformó de una moneda pequeña de plata en una grande de bronce.

Sestercio de bronce de Marco Antonio (con Octavia)

Alrededor del 18 a.C. Augusto hizo emitir un nuevo sestercio de oricalco. Mezcla de 80% de cobre y 20% de zinc, el oricalco daba a la moneda un brillo similar al oro cuando estaba recién acuñada. Hacia la mitad del siglo I d.C. el sestercio se convirtió en una de las monedas hechas con más belleza gracias a su tamaño que permitía a los grabadores desarrollar su pericia.

“Ejerció cuatro consulados, el primero a partir de las calendas de julio, por espacio de dos meses; el segundo, desde las calendas de enero durante treinta días; el tercero, hasta los idus de enero, y el cuarto, hasta el séptimo día antes de los idus de este mismo mes. Los dos últimos fueron consecutivos. Asumió el tercero él solo, en Lyon, no, como creen algunos, por soberbia o negligencia, sino porque, al encontrarse ausente, no había podido enterarse de la muerte de su colega hacia el día de las calendas. Hizo dos veces al pueblo un reparto extraordinario de trescientos sestercios por cabeza y ofreció dos opíparos banquetes al Senado y al orden ecuestre, incluidos sus mujeres e hijos.” (Suetonio, Calígula, 17, 1-2)

Sestercio de Nerón. En el reverso puerto de Ostia

La palabra sestertium, a diferencia de sestertius, no era una moneda, sino una forma de reconocer y designar sumas grandes de sestercios, así, por ejemplo, el dicho sestertium significaba mil sestercios, y en plural sestertia con un número significaba tanto miles de sestercios como contenía el número, de forma que decem sestertia equivalía a diez mil sestercios. Si la palabra sestertium iba acompañada de los adverbios numerales, como decies (diez veces), vicies (veinte veces), centies (cien veces), millies (mil veces), etc., se sobreentendía que indicaba centies millies, es decir, cien mil, de tal manera que decies sestertium equivalía a decies centies millies sestertiorum, diez veces cien mil, en definitiva, un millón de sestercios.

“En ese mismo año doce populosas ciudades de Asia fueron asoladas por un terremoto nocturno, por lo que la calamidad resultó más inesperada y más grave. Y no les servía de escapatoria precipitarse a los descampados, algo usual en tales circunstancias, porque eran tragados por las tierras que se abrían. Cuentan que inmensos montes se aplanaron, que terrenos llanos se convirtieron en montañosos, y que entre las ruinas brillaban los incendios. La más dura calamidad se abatió sobre los de Sardes y suscitó hacia ellos una compasión mayor; efectivamente, el César les prometió diez millones de sestercios (centies sestertium) y los eximió durante cinco años de todo cuanto pagaban al erario y al fisco.” (Tácito, Anales, II, 47)

Sestercio de Tiberio. Harvard Art Museum

Durante el siglo II d.C. el peso y el tamaño del sestercio se estabilizó en 34mm y 25 gr, pero en el siglo III se reduciría a 20 gr y 25-30mm en tiempos de Alejandro Severo. La cantidad de cobre caería hasta el 5%, como resultado de fundir sestercios viejos para hacer nuevos, ya que el zinc se iría con la cocción y debía ser sustituido por plomo o latón, lo que daría un tono mucho más oscuro.

En el año 249 Trajano Decio introdujo el sestercio doble, con aproximadamente dos veces el peso de un sestercio standard (39 gr versus 18 gr), que se diferenciaba no solo por su peso, sino también por su tipo y tamaño. Su diámetro era de 30-35 mm en oposición a los 2-30 mm del standard, y el busto de Decio aparece con la corona radiada. El sestercio desapareció con la llegada del antoniniano, moneda de bronce con un baño de plata, en tiempos de Galieno.

Sestercio doble de Trajano Decio. Oricalco

Durante la República, las emisiones de monedas de oro se llevaron a cabo solamente en momentos de necesidad, como fueron las guerras de Aníbal o la guerra civil de Sila.

El áureo o aureus fue la moneda romana más valiosa que circuló durante el Imperio Romano y su nombre hace referencia justamente al metal con el cual estaba fabricada. Su existencia proviene de finales de la República romana, cuando fue introducido por primera vez por Sila alrededor del 82 a.C., en su tercer consulado durante la caótica época de cruentas luchas políticas que marcaron el último siglo de la república romana. En la foto debajo se puede ver en el anverso el tradicional busto de Roma. En el reverso, se representa la estatua de Sila que estaba situada cerca de la Rostra en el Foro Romano, y que fue dedicada por el rey Boco I de Mauretania para conmemorar el papel de Sila en la captura de Yugurta. Esta moneda corresponde al final de la dictadura de Sila y exalta su figura como dictador.

Áureo de Sila. Anverso busto de Roma. Reverso Sila como dictador

Tras la primera acuñación del aureus hubo un paréntesis de unos 40 años en los que no fue acuñado, y volvió a serlo regularmente desde principios del período imperial hasta el reinado de Constantino I, que sustituyó el aureus con una nueva denominación, el solidus. Parece que el áureo se creó con la finalidad de sustituir a las estateras griegas de Filipo II de Macedonia, que circulaban en grandes cantidades por Roma, por una moneda romana que guardase además una relación sencilla con las de plata. El aureus, cuyo valor original era de 25 denarios, 100 sestercios y 400 ases, pesaba unos 7,8 gramos y estaba acuñado en oro casi puro.

Áureo de Antonino Pio. Reverso Pietas

El aureus era una moneda muy apreciada, reservada a las grandes transacciones y a la generosidad imperial y representa la riqueza y el poder del imperio romano, aunque sufrió varias reducciones de peso y finura a lo largo de los años.

“Septicia prometió una cierta suma de dinero a su ciudad natal para la celebración de juegos públicos, a condición de que el capital principal permaneciese en su poder, y que ella misma diese la mitad del interés como recompensa a los participantes, en los términos siguientes: `doy y dejo aparte treinta mil áureos como capital principal para que se dedique a los juegos cada cuatro años, reteniendo yo misma dicha cantidad, y dando seguridad a los decuriones de pagar el interés, al porcentaje ordinario, de los dichos treinta mil áureos; con la condición de que los juegos sean presididos por mi futuro marido y los hijos que me puedan nacer. Dicho interés será gastado en premios para otorgar a los competidores que los jueces decidan que han sobresalido en cada competición´” (Digesto, L, 12, 10)

Al principio de su reinado, Augusto utilizó el enorme botín obtenido de las campañas en Sicilia, Grecia y Egipto para acuñar áureos y denarios a gran escala y así poder financiar construcciones, ceremonias y, sobre todo, hacer frente a la paga y licenciamiento del enorme ejército de las guerras civiles.

“Añadió (Domiciano) además una cuarta paga a los soldados por valor de tres áureos.” (Suetonio, Domiciano, 7, 2)

Áureo de Augusto

En los años siguientes no fue necesaria tanta producción de monedas porque el número de tropas se redujo y por la gran disponibilidad de monedas de oro y plata debida a las acuñaciones anteriores.

El valor del áureo se mantuvo relativamente estable a lo largo de los siguientes doscientos años, aunque en el reinado de Nerón hacia el año 63, el áureo bajó su peso a 7,3 gr.

“La primera moneda de oro se acuñó 51 años después de las de plata, con un valor del escrúpulo de oro de veinte sestercios; se hacía a cuatrocientos por libra de plata, al valor del sestercio de entonces. Se decidió después acuñar denarios a cuarenta por libra de oro, y y los emperadores redujeron gradualmente el peso del denario de oro, y más recientemente Nerón lo bajó a cuarenta y cinco denarios por libra.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 47)

Áureo de Domiciano

La producción del áureo continuó durante el siglo I y II d.C. con pocos cambios aparte de una ligera reducción en el peso. Con la reforma de Caracalla se redujo el peso del aureus a 6.54 gramos y su valor a 20 denarios y se ordenó la acuñación, aunque en cantidades muy reducidas, del doble áureo llamado binión. Con el reinado de Treboniano Galo las monedas de oro modificaron cada vez más el peso y la denominación, incrementándose la acuñación del binión, el cual pesaba 1  veces más que el áureo.

“Después de morir Galieno se produjo una gran rebelión de los soldados, movidos por la esperanza de botines y de expolio público, decían para provocar el odio, que les había sido arrebatado un emperador útil e indispensable para ellos, y al mismo tiempo poderoso y competente. Por esta causa, se llevó a cabo una reunión de los principales jefes, para que calmasen a los soldados de Galieno de aquella manera con la que suelen ser aplacados. Entonces, después de que Marciano les prometiera y ellos aceptaran veinte áureos para cada uno (pues tenía a su disposición abundancia de tesoros), los soldados, por propia iniciativa, hicieron que Galieno apareciera en los fastos como un usurpador.” (Los dos Galienos, 15, 1)

Binión de Aureliano

En el Bajo Imperio fue costumbre llamar a los áureos y otras monedas de oro filipeos, evocando a la moneda de la antigua Grecia que tenía un valor de un estatero y que fue acuñada en Macedonia por el rey Filipo II en el siglo IV a.C.

“Una carta de Valeriano a Zosimión, procurador de Siria: «Hemos entregado al tribuno Claudio un hombre de origen ilirio, nuestra valiente y fidelísima quinta legión Marcia, pues él está por encima de los más valientes y leales veteranos. A éste le darás de nuestro tesoro particular las siguientes provisiones: … cincuenta libras en objetos de plata y ciento cincuenta Filipeos con mi efigie; en las fiestas, como regalo, cuarenta y siete Filipeos y ciento sesenta monedas de un tercio de Filipeo.” (Historia Augusta, El divino Claudio, XIV, 2-3)

Áureo de Valeriano. Reverso Restitutor Orbis

La dracma fue una unidad monetaria de plata que circuló por todo el territorio griego desde el periodo arcaico y que tenía un peso diferente según la polis en la que se acuñaba. Su uso se extendió por todo el ámbito mediterráneo, desde Hispania hasta Asia menor, llegando incluso hasta la India. En tiempos del imperio romano circuló especialmente por las provincias orientales y se acuñó con diseños muy variados, pero con leyendas en griego y su valor era equivalente a un denario.

“Sila entonces multó a Asia en general en cien mil talentos; y luego en particular vino a arruinar las casas con la insolencia y las vejaciones de los alojados; porque mandó que el huésped diera al soldado raso cuatro tetradracmas al día, y además de comer a él y a cuantos amigos convidase; que el Tribuno percibiría al día cincuenta dracmas y una ropa para casa y otra para salir a la calle.” (Plutarco, Sila, 25)

Dracma de Emporion (Ampurias)

En el siglo III a.C., los cada vez más estrechos contactos de Roma con las ciudades de Italia meridional habitadas por los griegos que habían conquistado el territorio tras la derrota del rey Pirro, llevaron a la producción de monedas romanas con características griegas para facilitar el intercambio comercial con ellas. La dracma era la unidad monetaria básica del mundo helenístico y los romanos adoptaron esta moneda con el valor de dos dracmas para sus primeras acuñaciones en plata. Su introducción pudo deberse a la necesidad de Roma de utilizar plata en vez de bronce como patrón moneda. Estas acuñaciones respondían probablemente también a la necesidad de Roma de mantener y abastecer importantes contingentes de tropas en los territorios griegos del sur de Italia, especialmente durante la primera guerra Púnica.

Las didracmas son acuñaciones en plata del tipo de las realizadas comúnmente por las ciudades griegas del sur de Italia y su nivel artesanal es muy elevado. Los motivos elegidos combinan temas romanos y helenísticos, demostrando la cercanía cultural entre griegos y romanos, pero mostrando Roma con estas piezas de plata su riqueza y poder.

Didracma de plata acuñada en Roma

Las primeras didracmas llevaban en su diseño la cabeza de Marte en el anverso y la de un caballo con la inscripción “ROMANO” en el reverso, pero ese diseño cambió poco antes de la segunda guerra púnica a la cabeza de un joven dios Jano (o los Dioscuros) en el anverso y una cuadriga conducida por Victoria en el reverso, por lo que pasó a llamarse quadrigatus.

Quadrigatus acuñado en Roma

La didracma desapareció hacia el 211 a.C. cuando se empezó a emitir el denario, pero durante la época imperial se reintrodujo bajo el reinado de Calígula, pero acuñado en la Capadocia en la ceca de Cesarea. Durante su reinado y los de Claudio y Nerón tenían leyendas en latín, pero los emitidos en años posteriores las llevan escritas en griego.

Didracma de Cómodo acuñada en Capadocia. Reverso Monte Argaeus

Las tetradracmas de Cleopatra VII constituyeron la mayor parte de la moneda circulante en Egipto durante los años precedentes e inmediatamente posteriores a la conquista romana tanto en bronce como, sobre todo, en plata, hasta ser posiblemente retirada de la circulación por las copiosas emisiones de Nerón. Alejandría fue una ciudad muy próspera bajo dominio romano y allí se acuñó únicamente en dos metales, plata y bronce, aunque, esta plata debe ser llamada con mayor propiedad vellón, ya que los mencionados tetradracmas de Cleopatra contenían únicamente un 45% de plata. Las emisiones de bronce fueron siempre esporádicas, y son suprimidas tras Aureliano.

Tetradracma de Cleopatra con rostro de Ptolomeo XII, acuñada en Alejandría

En Alejandría. la moneda de bronce romana nunca circuló en Egipto, ni la egipcia fuera del país. Asimismo, los denarios nunca circularon en Egipto y sólo fueron allí acuñados, igual que las tetradracmas de Alejandro Severo fueron acuñadas en Roma y trasladadas a Egipto para ser puestas en circulación. Parece que la producción de monedas del taller de Alejandría se realizaba a medida que hacía falta circulante, teniendo en cuenta tanto la situación política como económica.

Al igual que en la moneda de Roma, el tipo de anverso de las monedas alejandrinas es el retrato del emperador o, en algunos casos, el de un miembro de su familia. En cambio, los tipos de reverso ofrecen una enorme variedad: Tipos imperiales, Dioses grecorromanos, Dioses egipcios, Personificaciones, Animales, Animales mitológicos, Edificios, objetos varios.

Las acuñaciones greco-imperiales de Alejandría abarcan desde Augusto (c. 30 a.C.) hasta la reforma de Diocleciano en el 296 d.C. En prácticamente todas las monedas aparece el año del reinado del emperador bajo el cual fueron acuñadas, precedido del signo demótico L que significa año. La numeración se expresa en griego: por ejemplo, el año 4 de un reinado aparece como L Δ.

Tetradracma de Diocleciano, Alejandría. Hecha de potín (aleación de estaño, plomo y cobre)

Augusto acuñó únicamente bronce, que en su mayoría no presenta ningún tipo de fecha. El comienzo de las emisiones en plata se produce con Tiberio, el cual, junto con Nerón, se convierte en el mayor emisor de tetradracmas egipcios.

“El cuestor Gayo Casio saluda a Marco Cicerón

Al igual que los habitantes de Tarso, los peores aliados, también los de Laodicea, mucho más insensatos, han llamado por su cuenta a Dolabela. Éste ha organizado con gentes de estas dos ciudades algo parecido a un ejército, con gran cantidad de soldados griegos. Ocupa un campamento instalado ante la ciudadela de Laodicea, ha demolido una parte de la muralla y ha unido el campamento con la ciudad. Nuestro amigo Casio, junto con diez legiones, veinte cohortes auxiliares y 4.000 jinetes ha ocupado un campamento a 20.000 pasos instalado en Paltos y piensa que sin combate puede vencer. En efecto, el trigo se paga a tres tetradracmas donde se encuentra Dolabela. Es inevitable que muera de hambre en breve tiempo a no ser que haya mandado traer víveres con las naves de los laodiceos; le harán frente fácilmente la gran flota de Casio comandada por Sextilio Rufo y las tres que llevamos Turulio, Patisco y yo mismo.” (Cicerón, Cartas a familiares, XII, 13)

Tetradracma de Tiberio. Anverso Tiberio. Reverso Augusto

Los cistóforos, son monedas de plata, cuya denominación más exacta es tetradracmas cistóforos, fueron el numerario propio del reino atálida de Pérgamo desde aproximadamente el año 188 a.C., fecha del Tratado de Apamea, por el cual el monarca Eumenes II (197-159 a.C.) se anexionó parte de los territorios seléucidas, por haber apoyado a Roma contra el rey Antíoco III (223-187 a.C.). El cistóforo, por tanto, pudo nacer como un símbolo de unidad geográfica y cultural para crear un monopolio monetario y reforzar el poder político del rey Eumenes.

El nombre de cistóforo viene del motivo representado en las primeras monedas, la cista (contenedor cilíndrico para objetos religiosos o rituales) báquica. En su iconografía presenta a una serpiente saliendo de la cista, una imagen que remite al culto a Dioniso, todo enmarcado en una guirnalda de hojas de hiedra.

Cistóforo acuñado en Pérgamo

Como en el sistema ptolemaico, en el antiguo reino atálida de Pérgamo los comerciantes extranjeros se vieron obligados a cambiar sus tetradracmas de peso ático por los cistóforos, los cuales tenían un valor aproximado de tres denarios, con un tipo de cambio que suponía una gran ganancia para el Estado. El cistóforo era una moneda oficial romana, pero solo se utilizaba en la provincia de Asia.

Cuando Roma se anexionó el reino de Pérgamo (134 aC) y la mayor parte de su territorio se convirtió en la provincia de Asia, los cistóforos, aunque eran acuñaciones cívicas de las cecas provinciales, sirvieron como nueva moneda para toda la provincia, donde no circulaba ninguna moneda con denominación republicana.

En los cistóforos de época romana empiezan a aparecer nombres que podían ser de los procónsules bajo cuyo gobierno se emitían las monedas, como es el caso de la siguiente pieza que muestra el nombre de Cicerón, que fue gobernador de Cilicia en el 51 a. C., donde se acuñaron cistóforos a su nombre en Apamea.

“Tengo en Asia, en cistóforos, unos dos millones doscientos mil sestercios. Con una letra de cambio por este dinero protegerás sin dificultad mi crédito: si yo no hubiese creído que lo dejaba disponible, confiando en la persona en la que ya hace tiempo, tú lo sabes, confié demasiado, me habría demorado un poco y no habría dejado los asuntos privados en dificultades.” (Cartas a Ático, XI, 1, 2)

Cistóforo emitido por Cicerón

Los cistóforos acuñado bajo el mandato de Augusto presentan varios cambios, entre los cuales se halla la sustitución de la corona de hiedra dionisiaca por la corona de laurel, símbolo de Apolo, dios protector de Augusto, además de la introducción de los temas relativos a su propaganda imperial.

Cistóforo de plata de Augusto, acuñado en Éfeso. 

Las emisiones de los sucesivos emperadores se hacen en distintas cecas de la provincia, y los temas elegidos muestran culto a Roma, Augusto o divinidades provinciales, como la Artemisa o Diana de Éfeso.

Tetradracma cistofórico de Claudio y Agripina. Reverso Diana de Éfeso


Bibliografía

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British Coins and Artefacts: A resource for collectors, metal-detectorists and students
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La moneda greco-imperial de Alejandría en el Museo Arqueológico Nacional, Isabel Rodríguez Casanova
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Política monetaria en el Imperio Romano Tardío (284-711), Alberto González García