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domingo, 1 de junio de 2025

Succinum, el ámbar en la antigua Roma

Ámbar del Báltico. Colección privada

 “Se sabe que el ámbar es un producto de las islas del Mar del Norte, que es conocido por los Germanos como glaesum y que, por tanto, una de esas islas, cuyo nombre nativo es Austeravia, fue llamada por nuestras tropas Glaesaria, o isla del Ámbar, cuando César Germánico dirigía operaciones allí con su flota {16 d.C.}.

El ámbar fluye de una especie de pino, como sale la resina del pino y del cerezo la goma. Se rompe por la abundancia del humor, y a continuación se espesa y endurece, por congelación o frío o calor, o por la acción del mar, cuando las grandes mareas baten estas islas, son despedidos: a la costa, las olas lo mueven ya que parece estar suspendido, sin llegar al fondo.  Nuestros ancianos, que pensaron que era el jugo de un árbol, lo llamaron succinum.” (Plinio Historia Natural, XXXVII, 42)

El ámbar es una resina fósil procedente de la solidificación de la sustancia protectora segregada por las coníferas extintas hace millones de años y que, expuesta al oxígeno, sufre un proceso químico por el que pierde los líquidos volátiles como aceites, ácidos y alcoholes y entonces se endurece hasta quedarse como una piedra que se ha utilizado para crear pequeños objetos artísticos o protectores durante siglos.

Amuletos de ámbar. Museo Nacional de Dinamarca, Copenhague

Cuando los árboles caían, los troncos cubiertos de resina eran transportados por las corrientes de los ríos hasta las regiones costeras, donde quedaban enterrados en depósitos sedimentarios durante miles de años. Las condiciones geológicas y geotérmicas marcan la composición final del ámbar.

La inicial morfología líquida y pegajosa de la resina permitió que en ella quedaran preservados pequeñas criaturas del ecosistema forestal de aquel momento, como insectos, arácnidos, cangrejos, reptiles, plantas, hongos, y algún que otro microorganismo.

“Reptando una víbora por las ramas llorosas de las Helíades, una gota de ámbar se escurrió sobre la bicha completamente de frente. Ella, mientras se admira de verse detenida por el viscoso rocío, quedó rígida aprisionada de pronto por un hielo macizo. No te enorgullezcas, Cleopatra, por tu regio sepulcro, si una víbora yace en un túmulo más noble.” (Marcial, Epigramas, IV, 59)

Izda. Ámbar con lagarto, Galería y Museo del ámbar, Vilnius, Lituania.
Drcha. cangrejo en ámbar, foto Lida Xing, National Geographic

El complejo proceso que resulta en la formación del ámbar dio lugar a la especulación sobre su naturaleza y origen. Los intentos por explicar cómo se formaba se extendieron desde los antiguos poetas griegos a los autores de la antigüedad tardía que dieron respuestas desde el ámbito científico, geográfico o mitológico.

Plinio enumera muchas de las teorías que los antiguos dieron para explicar su formación dándolas por falsas.

“Nicias insiste en explicar que él ámbar es una humedad procedente de los rayos del sol, pues mantiene que, puesto que el sol se pone por el oeste sus rayos caen con más fuerza sobre la tierra y dejan allí una gruesa exudación, que es posteriormente arrojada en las costas de Germania por las mareas del océano.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 36)

Ámbar en una playa del Báltico. Foto mihail39

El relato mitológico sobre el origen del ámbar más repetido es la historia de Faetón, un ejemplo clásico de arrogancia seguida de venganza, que primero recogió Hesíodo y luego dramatizó Eurípides, seguidos por numerosos autores, siendo la del poeta Ovidio una de las más conocidas.

Según él, Faetón, hijo del dios Helios, pide a su padre conducir el carro del sol por el cielo durante un día, pero lo hace de forma tan negligente que Zeus se ve obligado a matarlo con un rayo para salvar al mundo de la destrucción. El cuerpo del joven cae al legendario rio Eridanus, y sus hermanas, las Heliades, que esperan en la orilla lloran desconsoladamente mientras se convierten en álamos. Sus lágrimas se transforman al caer en el precioso ámbar que arrastrado por las aguas acabarán como ornamento de las mujeres romanas.

“Y no lloran menos las Helíades y ofrecen lágrimas, regalo inútil para la muerte, y, golpeando los pechos con sus manos, de noche y de día llaman a Faetón, que no ha de oír sus desgraciadas quejas, y se postran junto a su sepulcro. Cuatro veces había llenado la luna su disco juntando sus cuernos: aquéllas, según su costumbre (pues el uso se había convertido en costumbre), habían emitido sus quejas: de éstas Faetusa, la mayor de las hermanas, al querer recostarse en tierra, se quejó de que sus pies se ponían rígidos; la brillante Lampetie, que intentaba llegar junto a ella, fue retenida por una repentina raíz; la tercera, cuando se disponía a desgarrar sus cabellos con las manos, arrancó hojas; ésta se duele de que sus piernas están retenidas en un tronco, aquélla de que sus brazos se han convertido en largas ramas; y, mientras admiran estas cosas, una corteza rodea las ingles y poco a poco abarca el vientre y el pecho y los hombros y las manos, y tan sólo restaban sus bocas llamando a su madre. ¿Qué puede hacer su madre a no ser ir acá o allá a donde la lleva su impulso y, mientras puede, dar besos? No es suficiente: intenta arrancar sus cuerpos de los troncos y con sus manos quiebra tiernas ramas; y de ellas manan gotas de sangre como de una herida. «Estáte quieta, madre, te lo ruego», grita cada una de las que están heridas, «estáte quieta, nuestro cuerpo se desgarra en el árbol. Y ya adiós» —la corteza llegó a sus últimas palabras. De allí fluyen las lágrimas y, goteando de las ramas recién surgidas, se endurece al sol el ámbar que acoge el transparente río y lo envía a las jóvenes latinas para que se adornen.” (Ovidio, Metamorfosis, II, 340)

Grabado de las Metamorfosis de Ovidio, The National Gallery of Art, Washington D.C.

Aunque pueden hallarse depósitos de ámbar en distintos lugares del mundo, el que se utilizó en época romana para la mayoría de objetos procedía sin duda de la zona del mar Báltico y parte norte de Alemania. Los pueblos que habitaban la zona no encontraban utilidad alguna en dicha piedra, pero lo recogían para comerciar con ello, ya que los romanos lo tenían en gran aprecio.

“Y bien, la costa derecha del mar suevo baña a los pueblos estíos, que tienen los ritos y costumbres de los suevos; su lengua está más próxima a la británica. Veneran a la madre de los dioses. Como distintivo de su religión, portan amuletos en forma de jabalíes. Esto asume el papel de las armas y de la protección de los hombres, y proporciona seguridad al devoto de la diosa, aun en medio de los enemigos. Es raro el uso del hierro, frecuente el de palos. Cultivan el trigo y otros productos con una paciencia inhabitual en la desidia característica de los germanos.

Pero exploran también el mar y son los únicos que buscan el ámbar, al que llaman gleso y que recogen en las zonas de bajura y en la misma orilla.  Pero no han investigado ni averiguado, como bárbaros que son, cuál es su naturaleza y su proceso de formación; es más, durante largo tiempo yacía entre los demás residuos arrojados por el mar, hasta que nuestra afición al lujo le dio fama. Ellos no lo utilizan para nada: se recoge en bruto, se transporta sin refinar y se extrañan cuando reciben dinero a cambio.” (Tácito, Germania, 45, 2)

Amuletos de ámbar, Museo de Ciencia, Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología

Los griegos llamaron al ámbar elektron, palabra cuyo origen es incierto, pero que podría hacer referencia a las propiedades magnéticas de esta brillante resina. Cuando se le aplica fricción, el ámbar se carga negativamente y atrae partículas ligeras como la paja, la pelusa o las hojas secas. Su capacidad de producir electricidad estática ha fascinado a muchos desde tiempos muy antiguos.

“Hay quienes lo conocen con el nombre de harpaga porque, cuando se lo frota con los dedos y se calienta, atrae hojas, pajas y el borde de los vestidos, como el imán hace con el hierro.” (Isidoro de Sevilla, Etimologías, XVI, 8, 7)

En la antigüedad antes de que se desarrollase el vidrio incoloro, algunas piedras preciosas, el cristal de roca e incluso el ámbar podían ser utilizados como materiales transparentes. El ámbar más claro y transparente al que se le daba una superficie curva y se le pulía en profundidad podía llegar a ser utilizado como lupa.

Cabeza femenina en ámbar,
Museo Arqueológico Nacional de Ferrara, Italia

Una vez que al ámbar se le quitan las capas exteriores y se le expone al aire, su color, grado de transparencia y textura superficial pueden cambiar. El ámbar se oscurece por el efecto del oxígeno sobre la materia orgánica. Una pieza casi transparente se volverá amarilla, una de color miel se verá roja, anaranjada o marrón y su superficie se hará cada vez más opaca.

“Existen varios tipos de ámbar. De ellos el más pálido tiene el mejor olor, pero ni este ni el ámbar de color de cera tienen valor. El de color rojizo es más apreciado, sobre todo cuando es transparente, aunque, no debe ser demasiado brillante, sino que brille parecido al fuego. El ámbar más buscado es el de Falerno, llamado así porque recuerda al color de este vino y es transparente y resplandece suavemente como para alcanzar un suave tono de miel cocida.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 47)

Objeto de tocador en ámbar. Museo Británico, Londres

En las gemas antiguas era deseable que existiese una correspondencia entre el color y el tema escogido para representar. El brillo y el color del ámbar se asociaban al resplandor que emanaba de los dioses y héroes desde la época de Homero, que evocaba vitalidad y energía. 

“Marchaba en el desfile procesional sin casco, con la cabeza descubierta, vestido con una clámide teñida de púrpura en la que se representaba con bordados de oro el combate de los Lapitas contra los centauros. La hebilla tenía engastada una Atenea de ámbar que sostenía ante su coraza, a modo de escudo, una cabeza de Gorgona.” (Heliodoro, Las Etiópicas, III, 3, 5)

Anillo en ámbar, Carlisle, Tullie House Museum & Art Gallery Trust,
Inglaterra

El papel del ámbar en el duelo, que se evidencia en su uso funerario, se enfatiza de forma constante en la mitología. En el funeral de Ayax los dolientes amontonan gotas de ámbar en su cuerpo.

“Por todas partes se afanaron alrededor del cadáver; en tomo a él colocaron muchos troncos, y muchas ovejas, mantos de hermosa labor, bueyes de muy gloriosa raza y sus propios caballos, orgullosos de sus velocísimas patas, resplandeciente oro e incontables armas de hombres, cuantas antaño les arrebató a sus víctimas aquel ilustre guerrero; y además, ámbar transparente, que, según cuentan, no son sino las lágrimas de las hijas de Helio, el supremo adivino las que éstas derramaron junto a la corriente del gran Erídano cuando lloraron la muerte de Faetonte, y que Helio, para rendir imperecedero homenaje a su hijo, convirtió en ámbar, un gran tesoro para los hombres; éste lo arrojaron entonces los argivos sobre la pira de extensa superficie, para así glorificar a Ayante, ese ínclito guerrero ya fallecido; en torno a él colocaron también, en medio de grandes gemidos, valioso marfil y plata de color brumoso, e igualmente ánforas de ungüento, y todo lo demás, cuanto acrecienta una gloriosa y espléndida opulencia.” (Quinto de Esmirna, Posthoméricas, V, 620)

Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

El ámbar puede arder debido a su composición orgánica y lo hace con una llama brillante que emite un humo negro y difunde un agradable olor que recuerda a la resina de pino. Era frecuente en la sociedad romana que las mujeres tuvieran una bola de ámbar entre sus manos, la cual con la fricción desprendería un atrayente aroma, además de una sensación fresca si hacía calor y una caliente si el ambiente era frio.

“Un nombre como para que lo señalen unas letras formadas con piedras eritreas, como para que lo señale una gema de las Helíades desgastada por el pulgar; como para que las grullas lo eleven hasta las estrellas escribiéndolo con sus alas; que es digno de resonar únicamente en la casa del César.” (Marcial, Epigramas, IX, 12)

Ámbar ardiendo

El ámbar en la antigüedad, por su color y traslucidez, no se veía solo como un objeto de adorno, sino que se le concedía poder curativo.

“La relación de la historia con el rio Po es muy clara, porque incluso hoy las aldeanas de la Galia Traspadana llevan piezas de ámbar como collares, principalmente como adorno, pero también por sus propiedades medicinales. El ámbar se supone que es un profiláctico contra la tonsilitis y otras afecciones de la faringe, porque el agua de los Alpes tiene propiedades que dañan la garganta humana de varias formas.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 44)

Collares de ámbar, Nuseo Nacional de Dinamarca, Copenhague

En las civilizaciones antiguas los objetos considerados como joyas entre los que se incluían los de ámbar podían tener un efecto protector para el que los llevase y pasar así a ser considerados amuletos. En vida, los amuletos se llevaban como objetos que podían atraer buena suerte, salud, amor, evitar peligros o curar enfermedades.

Algunos amuletos podían ser para uso permanente como los que protegían del mal de ojo, por ejemplo, la cabeza de Medusa.

“Os aconsejo destruir todos los templos que encontréis. No hagáis votos a los árboles o recéis a las fuentes. Evitad a los encantadores como si fueran veneno del diablo. No os colguéis ni a vuestra familia relicarios diabólicos, palabras mágicas, amuletos de ámbar o hierbas. Quien lo haga que no dude que ha cometido un sacrilegio.” (Cesáreo de Arles, Sermones, 14, 4)

Cabezas de Medusa en ámbar, izda. Museo Getty, Los Ángeles. Drcha. Colección particular

Pero otros podían ser de carácter temporal, como en el caso de las mujeres, que los utilizaban para controlar o aumentar la fertilidad, proteger a los recién nacidos y a todos sus hijos, o asegurar un buen parto.

“El ámbar tiene uso en farmacia, aunque no es por esto por lo que les gusta a las mujeres, sino para proteger a los recién nacidos cuando se les pone como amuleto.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 50)

El amuleto infantil más característico en Roma es la bulla, conocida como Etruscum aurum que en las familias más acomodadas se hacía generalmente de oro, bronce u otros materiales brillantes, como el ámbar, y que, por su forma y color similares al sol en su brillo, se convertía en objeto protector y mágico. 

Bulla romana en ámbar. Museo Británico, Londres

Esta resina tan apreciada a lo largo de los siglos siempre ha sido objeto de un intenso negocio, lo que implica la necesidad de su transporte a largas distancias. En un principio existían dos yacimientos principales, el del Báltico y uno de menor productividad en el mar del Norte. La zona principal de explotación se situaba, como en la actualidad, en los alrededores de Kaliningrado, y su distribución salía hacía el puerto de Marsella, cruzando la región del Elba, del Rin inferior y al llegar al Ródano, seguía rio abajo hasta llegar a Marsella.

“Nos satisface saber que habéis oído de nuestra fama, y habéis enviado embajadores que han recorrido tantas naciones extranjeras para buscar nuestra amistad.

Hemos recibido el ámbar que nos habéis enviado. Sabéis que recogéis esta sustancia tan ligera de las costas del océano, pero no sabéis cómo llega hasta ahí. Pero, como un autor llamado Cornelius [Tácito] nos informa, se recoge en las islas más interiores del océano, y se forma originalmente del jugo de un árbol (de ahí su nombre succinum), y poco a poco se endurece con el calor del sol.

Se convierte así en un metal exudado, una blandura transparente, a veces brillando con el color del azafrán, a veces resplandenciendo con la claridad de una llama. Después se desliza hasta la orilla del mar, y entonces se purifica con el ir y venir de las mareas, y llega hasta vuestras costas para ser allí depositado. Hemos pensado que sería mejor decirlo, por si creíais que vuestros supuestos secretos habían escapado a nuestro conocimiento.

Os enviamos algunos obsequios con nuestros embajadores, y nos alegrará recibir más visitas vuestras por la ruta que habéis abierto, y mostraros futuros favores.” (Casiodoro, Cartas, V, 3, De teodorico a los Aesti)

Hojas de laurel en ámbar con la inscripción An(num) N(ovum) F(austum) F(elicem)
[Feliz y Próspero Año Nuevo], Museo Arqueológico Nacional de Aquileia

Otra vía salvaba el rio Vístula y atravesaba la región de Kiev hacia el mar Negro hata llegar a la ciudad comercial griega de Olbia, donde esta ruta oriental enlazaba con las antiguas vias interurbanas que unían el cercano Oriente con Asia central, lejano Oriente y la India. Pero entre estas rutas la que más destaca es la que salía del mar del Norte o del Báltico, atravesaba el Vístula, llegaba a las orillas del Danubio en Carnuntum, rodeaba los Alpes orientales y llegaba a la ciudad de Aquilea, que era un relevante centro comercial en la parte norte del Adriático.

El ámbar podía viajar por vias marítimas saliendo del norte de Europa con destino a los centros comerciales de la cuenca mediterránea o del cercano Oriente.

Embarcación en ámbar, Museo Getty, Los Ángeles

El ámbar era un material apreciado por su color y brillo, pero además era caro porque acceder a él implicaba contar con las legiones que debían proteger su transporte por tierras a veces hostiles.

Roma tenía presencia militar constante en Germania y las legiones jugaban una parte importante en la economía de la región. Plinio cuenta la historia de un caballero romano enviado a Germania para traer ámbar para los juegos de gladiadores de Nerón consiguiendo tanto material que se pudo decorar todo el espectáculo con el ámbar.

“La distancia desde Carnuntum en Panonia hasta las costas de Germania desde las que nos llega el ámbar es de unas 600 millas, un dato que se ha confirmado hace poco. Todavía vive un caballero romano al que Julianus, el editor de los juegos gladiatorios de Nerón, encargó traer ámbar. Este cabllero viajó por la ruta comercial y las costas y trajo tanta cantidad que las redes que se usaron para alejar a las fieras del parapeto del anfiteatro estaban anudadas con piezas de ámbar. Además, muchos de los elementos usados en un día, cuya exposición se variaba cada día, tenía guarniciones de ámbar.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 45)

Colgante con casco de gladiador en ámbar.
Museo de Arqueología de Londres

La Ruta de Ámbar se asentó definitivamente en época flavio-trajanea y se mantuvo sin variación hasta el siglo III d.C. cuando la presión que los pueblos germanos no podía ser contenida por Roma. A partir de ese momento, la ciudad de Aquileia en Italia se convirtió en el lugar donde el ámbar en bruto se transformaba y se distribuía como producto elaborado.

“Aquileya, al ser una importantísima ciudad, ha contado de antiguo con una numerosa población del país. Como puerto comercial de Italia adonde concurren todos los pueblos ilirios, suministra al comercio marítimo mercancías traídas del interior por tierra y por los ríos, y expide a los pueblos del interior los artículos traídos por mar que les son necesarios y que los territorios ilirios no producen debido a sus fríos inviernos.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, VIII, 2, 3)

Anillo, cabeza dionisiaca y dado en ámbar. Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

Los artesanos que trabajaban el ámbar no tendrían que hacerlo en exclusiva sino que con toda probabilidad serían expertos en tallar otros materiales orgánicos como la madera, el marfil o el cuerno, incluso los talladores de gemas podrían haberse dedicado a ello también. La fragancia que emana del ámbar haría más agradable su manipulación.

“Hermosa figura -con una mente a la antigua- que yaces aquí enterrada, motivo por ello de llanto, tú que con perfume de nardo y ámbar proferías con palabra diligente los dogmas a la manera de los filósofos. Destacabas entre todos por la propia gracia del diaconado tú, retoño tan admirable procedente de la espléndida descendencia del ínclito origen romúleo, por parte de cualquiera de tus padres. Con estas cualidades, él prefirió morir antes que vivir de manera hipócrita y eligió y grabó en su mente todos sus propósitos.” (Poesía epigráfica latina, 796)

Si se trabajaba el material en bruto habría que quitar cualquier materia orgánica o no que se hubiera quedado adherida sobre la superficie mediante algún objeto afilado, polvos abrasivos y agua. El agua actúa como refrigerante y lubricante al modelar la resina que puede reblandecerse o derretirse al aplicar mucha fricción.

Entalle con figura en ámbar

Las piezas de ámbar pueden además haber sido raspadas, talladas, e incluso grabadas, hasta lograr el objeto deseado. El pulido final con aceites, un abrasivo o un mismo paño, liberaría su perfume natural, que podría haber sido reforzado untando aceites perfumados.

Izda. Jarra en ámbar Museo Metropolitan, Nueva York. Drcha. Perfumero en ámbar,
Museo Arqueológico Nacional de Aquileia, Italia

Los griegos también llamaron elektron a una aleación natural compuesta de unas cuatro partes de oro y una de plata con trazas de otros metales como platino o cobre. Este metal se utilizó en la antigüedad con asiduidad y los griegos lo denominaban oro blanco porque su brillo no era tan intenso como el del oro.

“Menos reluce el auténtico ámbar que su amarillo metal y su feliz aleación de plata supera al níveo marfil.” (Marcial, Epigramas, VIII, 50)

Anillo en electrum (aleación) con figura de Paris. Colección particular

El ámbar como los metales preciosos y algunas especias era reconocido en todas las civilizaciones como un objeto prestigioso y lujoso, apropiado para intercambio, obsequio o exhibición de estatus. Por su valor sería depositado en ajuares funerarios y legado como herencia familiar.

“¡Qué desgraciada es la custodia de un gran capital! Lícino, el multimillonario, ordena a su cuadrilla de esclavos vigilar toda la noche con una batería de cubos contra el fuego, obnubilado con la protección del ámbar, las estatuas y las columnas frigias, el marfil y la enorme concha de carey: la tinaja del Cínico no arde.” (Juvenal, Sátiras, XIV, 305)

Izda. horquillas para pelo, Autun, Francia. Centro, Jarrón con tema báquico, Museo Británico, Londres. Drcha. Muñeca articulada de ámbar, Museo de Albacete, España

Los artesanos vidrieros romanos consiguieron dar a algunas de sus trabajos un color parecido al del ámbar antes de su oxidación, lo que permitiría tener objetos similares a los realizados en la resina fósil pero mucho más baratos.

“Había allí numerosos invitados y, como es de suponer, con la aristocrática señora estaba la flor y nata de la ciudad. Mesas lujosas en que resplandece el alerce y el marfil, lechos cubiertos con tejidos de oro; grandes copas de un arte tan variado en su elegancia como único en calidad. Aquí, un vidrio artísticamente tallado; allí, una cristalería sin el menor defecto; más allá, la plata reluciente y el oro deslumbrante, el ámbar maravillosamente vaciado y hasta piedras, para beber: todo lo más inverosímil está allí reunido.” (Apuleyo, Metamorfosis, II, 19)

Izda. Taza de ámbar de Hove. Museums of Brighton & Hove, Inglaterra. 


Bibliografía


Ancient Carved Ambers in the J. Paul Getty Museum, Faya CauseyFrom Aqvileia to Carnvntvm: Geographical Mobility along the Amber Road, Felix Teichner
La ruta del ámbar, Walter Raunig
The gold of the north: Amber in the Roman Empire in the first two centuries AD, Olle Lundgren
The Magic of Amber, Aleksandar Palavestra y Vera Krstić
Objetos de ámbar del ‘ajuar de La Antigua’ (Mérida, España)

jueves, 22 de noviembre de 2018

Fascinum, amuletos contra el mal de ojo en la antigua Roma

Relieve de Leptis Magan, Libia, foto Association for Roman Archaeology on Twitter

Existía entre los romanos la superstición suscitada por el temor al mal de ojo que consistía en el funesto poder, que se atribuía a ciertas personas, de provocar daño a otros por medio de su mirada. El bien ajeno hacía surgir en algunos individuos, posiblemente ruines y desgraciados, un estado anímico que los llevaba a envidiar el destino, que ellos consideraban más favorable, de aquellos sobre los que ejercerían su propio fascinum o aojamiento.

“Habiendo recaído la conversación durante la cena sobre los que se dice que aojan y tienen una mirada que produce mal del ojo, los demás menospreciaban el hecho y se burlaban de él por completo, pero Mestrio Floro, que nos agasajaba, dijo que los hechos apoyaban admirablemente esta creencia y que, por la dificultad de encontrar su causa, se desconfiaba sin razón de estas historias, cuando de miles que tienen una entidad evidente la explicación de su causa se nos escapa.”
(Plutarco, Moralia, 680 C)

Cabeza de Medusa, ámbar, Museo Getty

Como se pensaba que la capacidad para desencadenar el mal de ojo la poseían además de seres míticos y animales, las propias personas, había la creencia de que familias completas nacían con esta aptitud, que se transmitía por herencia. 

“Asimismo, en África, según Isígono y Ninfodoro, hay algunas familias de hechiceros por cuyos elogios perece el ganado, se secan los árboles y mueren los niños. Añade Isígono que hay gente de la misma clase entre los tribalos y los ilirios, que hacen hechizos incluso con la mirada y matan a aquellos a los que contemplan largo tiempo, especialmente con los ojos encolerizados; su maleficio se deja sentir con más facilidad en los adultos, y lo más notable es que tienen dos pupilas en cada ojo.” (Plinio, Historia Natural, VII, 2, 16)

Es por ello que las desgracias podían atribuirse por ciertas personas al mal de ojo o mirada envidiosa de alguien que les deseaba el mal por no poseer lo que ellos sí tenían. Una de sus características principales es precisamente que podía producirse de manera involuntaria e inconsciente, y, aunque se considere una manifestación sobrenatural, ésta se produce sin intervención de los dioses y sin necesidad de recurrir a agentes externos para la invocación.

“C. Furio Crésimo, un liberto, era envidiado y había quien creía que se apropiaba de las cosechas de otros mediante magia, ya que en un terreno muy pequeño él obtenía mucha más producción que sus vecinos con mayores terrenos. Por ello fue acusado por el edil curul Sp. Albino. Temiendo una condena cuando se requirió la presencia de las tribus para votar, él hizo traer al foro todos sus enseres domésticos, junto a sus esclavos- que estaban, según dice Pisón, bien atendidos y vestidos- y sus herramientas de hierro, sus azadones y arados y sus grandes bueyes. Entonces dijo: Estos son mis mágicos hechizos, conciudadanos, pero no puedo mostraros o traeros al foro, mis tareas nocturnas, mis horas sin dormir, o mi sudor.” Fue absuelto por voto unánime.” (Plinio, Historia Natural, XVIII, 41)

En este caso el éxito que provoca la envidia era público pues todos podían ver que sus cosechas eran mejores, así como sus herramientas y esclavos. Crésimo fue acusado por usar magia, pero quienes provocaron la acusación actuaron movidos por la envidia. 

Cualquier ciudadano, con independencia de su status o condición social podía ser afectado por el mal de ojo, aunque los más vulnerables eran los recién nacidos, las madres recién paridas, los niños, y las personas dotadas de belleza o con el éxito. Este mal (oculus malignus, inuidus, fascinatio) podía ser provocado con el simple deseo, manifestado a través de la mirada y se rehuía especialmente a los que sufrían alguna deformidad física, los aquejados de problemas en la vista, los extranjeros y los pervertidos. 


Casa del Mal de ojo, Museo de Hatay, Antioquía, Turquía

En 197 d.C. un ciudadano romano de Antinopolis llamado Gemelo Horion, un propietario de tierras de Karanis, envió varias peticiones al estratego solicitando que se hiciera un informe oficial de un incidente que tenía que ver con la envidia y el mal de ojo para poder presentarlo en una audiencia con el epistratego. Según él sus vecinos Julio y Sotas habían llegado a su propiedad con la intención de tomar posesión de ella, ya que “ellos le despreciaban por su débil vista”. En respuesta a esta conducta Gemelo envió una petición al prefecto, Quinto Emilio Saturnino, quien autorizó a Gemelo a verse con el epistratego. Entretanto, Sotas murió, y Julio, junto a su esposa y un hombre llamado Zenas, vino a su tierra con un feto, para poder “rodear a su arrendatario con envidia maliciosa (phthonos)”. Después de atemorizar al arrendatario de Gemelo robaron las cosechas que había estado recogiendo. Cuando Gemelo y dos oficiales del pueblo inquirieron a Julio sobre el incidente, Julio arrojó el feto a Gemelo en presencia de los oficiales, dado que, según Gemelo, querían también rodearle con phthonos. Julio recuperó el feto y se llevó el resto de las cosechas.


Dios griego de la envidia, Phthonos, Chipre, Museo Británico

La consecuencia que se puede sacar es que Sotas y Julio creían que Gemelo podría provocar el mal de ojo debido a su defecto en la vista y que habría traído la desgracia a su comunidad, por lo que para contrarrestar su efecto adverso llevaban el feto cuando fueron a quedarse con sus tierras en compensación.

En Grecia la envidia tenía una divinidad propia el dios Phthonos que simbolizaba los celos y la envidia por la buena fortuna de los demás. Solía representarse como un hombre delgado de aspecto algo grotesco.

“La dirige un hombre pálido y feo, de mirada penetrante y aspecto análogo al de quienes consume una grave enfermedad: podría suponerse que es la Envidia.” (Luciano, De Calumnia, 5)

Además en la iconografía aparece agarrándose la garganta para estrangularse debido al insoportable dolor que siente por su envidia hacia lo que poseen los otros.

¡Qué ingente caterva de monstruos se aloja por estas salas y monta guardia, aterrando a los manes con sus gritos confusos! El Duelo voraz y la Delgadez compañera de las enfermedades malignas, la Tristeza que se alimenta del llanto, la exangüe Palidez, las Preocupaciones y las Insidias; de un lado la quejumbrosa Vejez, del otro la Envidia que se estrangula a sí misma con ambas manos; la Pobreza, abominable mal que empuja al crimen, el Error con su paso inseguro y la Discordia que disfruta enredando el mar y el cielo…” (Silio Itálico, La Guerra Púnica, XIII, 579)

En un mosaico en Cefalonia, Grecia aparece la figura de un envidioso (que podría ser el propio dios Phthonos) estrangulándose a sí mismo de la envidia que tiene al contemplar la hermosa domus que le rodea, pues no la puede soportar, y siendo atacado por leones. Es un aviso a los visitantes para que no traigan su envidia al interior describiendo lo que puede pasarles si no lo hacen. 



Mosaico de Cefalonia, Grecia, foto de Luz Neira

Todas las civilizaciones antiguas imaginaron todas las medidas posibles para librarse del mal de ojo, con el objetivo de obligar a la mirada fascinadora a desviarse, entre las que se encuentran los gestos o la utilización de objetos.

“Tenemos la costumbre de escupir, por ejemplo, para evitar la epilepsia, o en otras palabras, repeler el contagio, también así repelemos la fascinación y los malos presagios al encontrar una persona coja de la pierna derecha.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 7)

El método más común de defenderse contra este mal fue, también en el mundo romano, el uso de amuletos, a los que se atribuían valores propiciatorios y apotropaicos.

“Por ello también creen que los llamados amuletos los ayudan contra la envidia, ya que por su rareza es atraída la vista, de suerte que se clava menos en los que la sufren.” (Plutarco, Moralia, 682)



Amuleto contra el mal de ojo,
Museo John Hopkins University

Entre los siglos II a.C y II d.C. se empleó la imagen del miembro viril en el mundo romano como elemento protector contra el mal de ojo (fascinum), bien porque al ser un símbolo de fertilidad contrarrestaba sus efectos nocivos, bien porque su representación grotesca e, incluso, obscena obligaría al aojador a apartar su mirada.

La veneración del falo fue algo común en toda la antigüedad, en Egipto, India, Asia Menor y Grecia, desde donde pasó a Roma. El falo, como símbolo fértil de la naturaleza creadora, protegía a quien lo llevase y lo defendía del atacante, por lo que era un símbolo sagrado y venerado. Se asimilaba al dios Fascinus. Su representación en lugares públicos era algo normal en la vida cotidiana romana y no se lo consideraba una imagen obscena, sino mágica que alejaba a los malos espíritus del lugar. Adquirió un valor erótico con la llegada del cristianismo, que convirtió al falo en símbolo de placer. Aparecía a modo de relieve y pintura en las fachadas de los edificios, en las esquinas de las calles, en las tiendas, en las termas, en los puentes y en las señales de los caminos con la intención de ser visto por todos.

“¿Debemos creer nosotros que es correcto que se haga a la llegada de un extraño o que, si mira a un bebé dormido, la nodriza escupa sobre él tres veces? Aunque a éstos los cuida Fascino, protector también de los generales, no sólo de los niños, divinidad cuyo culto entre los ritos religiosos romanos es atendido por las Vestales y que, médico del mal de ojo, ampara los carros de los triunfadores colgado debajo de éstos y, como remedio similar a una voz, les ordena mirar atrás para conseguir a su espalda la benevolencia de la Fortuna, verdugo de la gloria.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 39)





Como la envidia era un poder maléfico que cualquiera podía sentir y realizar provocando la ruina de un hogar o una cosecha era habitual en la sociedad romana colocar en las entradas de las viviendas y de muchos edificios públicos mosaicos con escenas e inscripciones que pretendían evitar la entrada de la envidia en su interior y contrarrestar el efecto del mal de ojo.

En un mosaico de Beirut, Líbano se halla un mosaico con un inscripción que pretende evitar el mal de ojo a los habitantes de la casa:

"La envidia es un mal, sin embargo tiene algo de belleza, se come los ojos y el corazón de los envidiosos."


Mosaico con inscripción, Museo de Beirut, Líbano, foto de Emna Mizouni (retocada)

En un mosaico en Antioquía, por ejemplo, los animales que se lanzan contra el ojo son dos perros, una serpiente, un escorpión y un ciempiés. El ojo también está siendo amenazado por el miembro de un personaje itifálico y ha sido ya atravesado por un tridente y una espada. La inscripción KAICY sígnifica “y tú también” ( en griego) y responde a la idea de que el que entra en la casa obtenga lo mismo que él desea, ya sea algo bueno o malo. 


Casa del mal de ojo, Antioquía, Turquía

En un mosaico de Themetra (Túnez) fechado a finales del siglo II d.C., se aprecia un falo en el centro de la imagen apuntando hacia un ojo abierto; en los laterales del mosaico se puede leer INVIDIOSIBVS QVOD VIDETIS B(ONIS) B(ENE) M(ALIS) M(ALE) –“para los envidiosos lo que ves. El bien para los buenos. El mal para los malos”–, por lo que, sin duda alguna, se trata de un mosaico apotropaico.

En el vestíbulo de la actual basílica Hilariana (Roma), que en el siglo II d.C. era un santuario dedicado a Cibeles y Atis, se encontró un mosaico en blanco y negro en el que un ojo atravesado por una lanza es rodeado y atacado además por un conjunto de animales que simbolizan distintas divinidades del panteón romano: una serpiente (Saturno), un ciervo (Diana), un león (Cibeles), un toro (Neptuno), un escorpión (Mercurio), un lobo (Marte), una cabra (Júpiter), un cuervo (Apolo) y una paloma (Venus). Sobre el ojo se sostiene un ave que podía ser una lechuza, animal simbólico de la diosa Atenea o Minerva, muy relacionada en Roma con la magia y brujería y considerada ave de mal agüero, que por su capacidad para aojar ella misma podía atacar al propio ojo maligno para desviar su poder. En la inscripción se puede leer la dedicatoria con el deseo de que los dioses sean propicios a los que allí entran.



Basílica Hilariana, Roma

Similar al de Themetra es el mosaico que apareció en una villa romana en Mokhnine (Túnez), en donde se representa a un ojo sobre el que se abalanzan dos serpientes y un miembro viril.





El uso de colgantes con amuletos fálicos fue generalizado entre los romanos, y se llevaban colgados, normalmente, del cuello. Todos los medios para alejar el mal de ojo se inspiraban en la idea de obligar a cambiar la mirada a quien quería hacer el mal por lo que se hacían gestos profilácticos como cerrar la mano derecha colocando el pulgar entre los dedos índice y medio y extenderla hacia la persona que amenazaba, en un gesto que simulaba la unión de los órganos genitales de los dos sexos, los cuales se consideraban como portadores de una gran energía y por ello dotados de un alto valor apotropaico. La representación figurativa de ese gesto se llamaba mano impúdica o higa (mano fica). La unión del falo y la higa ayudaría a repeler con más fuerza a la mirada fascinadora.


Mano fica

Los tintinnabula eran campanillas de bronce que servían de adorno o de ayuda en algunos rituales religiosos romanos, ya fuesen realizados en templos o en las propias casas. En muchos casos su motivo principal era la representación de un falo, simple o múltiple, del que cuelgan una serie de campanillas. Se creía que servían de hechizo contra los demonios. Parece que el sonido metálico era especialmente efectivo para ahuyentar embrujos y toda clase de efectos perniciosos sobre el animal que los portaba o la estancia de la que pendían. Estos amuletos solían estar situados a la entrada de una tienda o de una casa o en los pórticos. En el primer caso, el sonido que producían al ser golpeadas por la puerta le indicaba al dueño, situado en la trastienda, la presencia de un nuevo cliente. Pendientes del techo y siempre junto a la puerta, intentaban alejar los malos espíritus y atraer la buena suerte gracias al sonido de las campanillas, símbolo del poder creador, sobre todo si eran de bronce.


Tintinnabula de bronce

La figura del dios Mercurio se podía representar con una bolsa de dinero para atraer la prosperidad a la tienda o a la casa, y al mismo tiempo se le representa con un enorme miembro viril para protegerlas de cualquier amenaza sobrenatural.



Representaciones itifálicas de Mercurio

Otro tipo de amuleto romano que se llevaba al cuello era la bulla, un colgante que podía adquirir diferentes formas y ser fabricado en distintos materiales como oro, bronce, hueso o cuero. 




La más representativa, similar a las encontradas en la cultura etrusca, consistía en la unión de dos placas metálicas, oro o bronce, de forma convexa, que se unían a punta de martillo o con una cadena o cordel y que en su interior contenía un amuleto que podía ser un manojito de hierbas, piedras mágicas, o escritos con conjuros para protección contra el mal de ojo. Se desprendían de ella cuando llegaban a la edad viril y la ofrecían a los dioses Lares o Hércules, mientras que las niñas lo hacían a la diosa Juno. Solo los hijos de ciudadanos romanos podían llevarla y únicamente los hijos de senadores y caballeros tenían el privilegio de la bulla de oro, mientras que los más humildes la llevaban de cuero.



Los niños, que eran los más vulnerables a ser afectados por el mal de ojo, llevaban desde su nacimiento anillos y bullae con todo tipo de sortilegios y materiales para su autoprotección, aunque los adultos no escapaban a esta tradicional superstición.

“Así; conocemos, en efecto, a personas que por mirar a los niños les causan muchísimo daño, al ser desviada y movida por ellos a lo peor su constitución a causa de su humedad y debilidad, en tanto que los caracteres firmes y ya compactos padecen esto menos.” (Plutarco, Moralia, 680D)





Las niñas y algunas mujeres cambiaban la bulla tradicional por una lúnula, colgante en forma de luna creciente

"Pero luego, Tarquinio Prisco, hijo del exiliado corintio Demarato, llamado también Lucumón, según algunos, tercer rey a partir de Hostilio, quinto a partir de Rómulo, celebra un triunfo sobre los sabinos. En esta guerra, elogió ante la asamblea a un hijo suyo, de catorce años de edad, porque había dado muerte con sus propias manos a un enemigo, y le recompensó con la bulla de oro y la pretexta, distinguiendo a un niño con un valor superior a sus años con galardones propios de la edad viril y de las magistraturas. En efecto, igual que la pretexta era la vestimenta de los magistrados, la bulla era el atributo de los triunfadores, quienes la portaban sobre el pecho, tras haber encerrado allí dentro los amuletos que creían más eficaces contra la envidia. De aquí se ha derivado la costumbre de que la pretexta y la bulla fueran empleadas por los niños nobles, a modo de presagio y deseo de llegar a adquirir un valor semejante al de aquel crío al que, en sus primeros años, correspondieron tales recompensas." (Macrobio, Saturnales, I, 6, 8-9)





Además de en la bulla las piedras y fórmulas mágicas escritas se guardaban en pequeños recipientes que a menudo se fabricaban como verdaderas joyas (colgantes, anillos, brazaletes) y que también, según creían sus poseedores, proporcionaban protección contra los diversos males que les podían perjudicar.

Algunos amuletos utilizaban como protección figuras de seres mitológicos de formas irreales y monstruosas, demonios, figuras grotescas u obscenas e incluso animales malignos, como la serpiente o el escorpión, en la creencia de que asustarían a los malos espíritus, protegiendo con ellos a las personas y las propiedades.




Uno de los numerosos seres míticos que se emplearon a menudo en la Antigüedad para proteger a los hombres con su figura, cuyos efectos benéficos contrastan evidentemente con la sensación que causa la visión directa de su figura monstruosa, es la Gorgona Medusa, cuya efigie (gorgoneion) se mantuvo con el mismo significado al menos desde la Grecia arcaica hasta el Bajo Imperio romano. Los antiguos, particularmente los militares, y sobre todo los emperadores romanos y sus soldados, estaban convencidos de que alejaba los peligros, por lo que sus representaciones formaban parte de los adornos habituales en las prendas militares.

Al parecer se creía que cuanto más terrible fuese la expresión de la máscara representada, más grande era la energía protectora que de ella derivaba. Se la puede encontrar pintada, dibujada, esculpida o cincelada en toda clase de objetos: rostros exentos para colocar en los edificios, tumbas, sarcófagos, vestidos, armas, vasos, copas, monedas, paramentos, placas. También se llevaba colgada al cuello como joya o amuleto y, aunque en las piezas griegas y etruscas se buscaba más la fealdad y el horror de la mueca, en las romanas se acentuaba más el patetismo de su destino que el valor apotropaico de la máscara horrorosa y fiera del monstruo mitológico.





La máscara de Gorgona era un signo mágico «triple» que unía tres elementos poderosos que se juntaban para formar una figura horrible que fascinaba con la mirada y dejaba petrificados a quienes la miraban de frente, pero que a la vez protegía por el poder de la magia de las serpientes que componían su cabellera y por el poder mágico del nudo que formaban los cabellos recogidos bajo su barbilla. La serpiente es, sobre todo, un ser benéfico, benévolo y protector, adorado por multitud de pueblos en todo el mundo. Los nudos simbolizaban un poder letal que encadenaba a las criaturas mortales y a los dioses, interfiriendo su voluntad e imponiendo sus deseos. El triple poder de la Gorgona Medusa dejaba a cualquier mortal petrificado por su mirada que fascina, espantado por las serpientes y atado o ligado por los nudos mágicos, impidiéndole influir a los demás cuando lanzaba su mal de ojo. 

"Cuenta la leyenda que, cuando Perseo se llevó la cabeza cortada de la Gorgona, su repugnante sangre cayó sobre Libia, y es por ello que la tierra se inundó de serpientes como las de Medusa." (Silio Itálico, la guerra púnica, III, 310)



Los amuletos se realizaban sobre diferentes soportes y muy especialmente las piedras semi-preciosas y otros materiales que por sus características se consideraban mágicos, como el coral que se petrifica al contacto con el aire.

“La apresadora de botín (Atenea) le otorgó fuerza ilimitada para proteger a los pueblos cuando van al combate que hiela el corazón, o si alguien emprende un largo camino llevándolo consigo, o surca el divino mar en una nave de sólido puente. Pues, escapar de la rápida lanza del belicoso Enialio (Ares), de la emboscada que tiende los piratas homicidas, y del blanco Nereo turbulento, son los preciosos beneficios que ofrece a los mortales la fuerza del coral.” (Lapidario Órfico, 578-584).




Así por ejemplo se han hallado falos tallados en coral, cabezas de medusa en azabache y ámbar, etc. Se creía que dichos materiales aparte de su poder apotropaico tenían la capacidad de curar o aliviar enfermedades, y de proporcionar el éxito en acciones emprendidas.

"Si graba un flamenco en la piedra llamada hefaistita, también llamada pirita, y bajo sus patas un escorpión, y si pone una raíz de una planta pequeña bajo la piedra, obtendrá buena protección contra todos los animales venenosos. También le guardará de todas las apariciones nocturnas. Es también eficaz para los que sufren el mal de la piedra. Aparta toda influencia maligna." (Kyranides, I. 7, 17-21)

Los soldados, los aurigas o gladiadores portaban durante sus actividades distintos tipos de amuletos para protegerse del mal de ojo, de lesiones o incluso de la muerte.

"Arabia obtiene también malaquita, de un verde más denso que la esmeralda. capaz de contrarrestar con su poder innato los peligros de la infancia." (Solino, Colección de hechos memorables, XXXIII, 20)



Casco de gladiador en ámbar,
encontrado en Inglaterra

Los caballos, cuya finalidad primordial en el mundo antiguo era la carrera o la guerra, tenían una fuerte vinculación con las divinidades y sus carreras en el circo se dedicaban a los cultos de diferentes dioses por lo que eran objeto de protección contra el mal de ojo, ya que se veían también expuestos a la envidia por sus triunfos y acostumbraban a llevar entre sus herrajes y adornos amuletos que les protegieran sobre los conjuros que se grababan en las tablas de execración y que pedían su fracaso e incluso su muerte, además de servir como talismán para su éxito.

"Te conjuro, demon, quienquiera que seas, tortura y mata, desde esta hora, este día y este momento, a los caballos de los equipos verde y blanco; mata y destroza a sus aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano. No dejes aliento en ellos. Te conjuro por el que te ha entregado, en cierto momento, el Dios del mar y el aire: láo, Iasdao...a e ¡a."



Adorno con lunula para caballerías

En el mundo antiguo tenía gran importancia la imagen del dios de tal forma que llevar un amuleto con un dios grabado potenciaba la eficacia de la piedra utilizada como soporte ya que la divinidad representada le transfería su poder. 

“Coge dicha piedra (el topacio) y graba en ella a Poseidón con un carro, con las bridas en la mano izquierda y unas espigas de trigo en la derecha. Que esté también Anfítrite sobre el carro. Consagrada y llevada como amuleto, da a su poseedor mucho amor y numerosos bienes. Preserva a aquel que la lleva de los peligros del mar y le asegura ganancias considerables en el comercio”. (Kerygma, 8)





Para reforzar el poder que tenían las piedras mágicas para rechazar el mal de ojo se añadían inscripciones con palabras dirigidas contra la envidia y los aojadores. En una gema con la imagen de una lechuza de Hadria (Túnez), se puede leer una advertencia contra la envidia

“Envidia envidiosa, no hay nada que puedas hacer contra un alma que es pura e inmaculada.”





En el ámbito doméstico aparecen varios elementos apotropaicos. En fachadas y dinteles se pueden encontrar relieves con falos exentos, en atrios y otras estancias, mosaicos con la cabeza de Medusa, acompañada a veces con una inscripción advirtiendo contra la envidia, y pinturas con la imagen de Príapo con un miembro viril enorme y entre los enseres domésticos se encuentran las representaciones del falo, la cabeza de medusa, el ojo maligno siendo atacado, las serpientes, en lucernas, figurillas y otros objetos.




La implantación del cristianismo por todo el imperio romano trajo la condena de los hombres de la Iglesia a la envidia y un aviso de sus consecuencias a los fieles. Basilio de Cesarea en el siglo IV d.C. enumera los perniciosos aspectos de la envidia y del mal de ojo.

“Ningún sentimiento más dañino está implantado en el alma humana que la envidia… Como el óxido estropea el hierro, la envidia corroe el alma que habita. Incluso, consume el alma que la alumbra, como las víboras que dicen nacen comiendo el vientre que las concibió. Ahora bien, la envidia es el dolor causado por la prosperidad del vecino. Una persona con el poder de aojar siempre tiene causa para la pena y el abatimiento. Si la tienda de su vecino es fértil, si la casa de su vecino tiene abundancia de todos los productos de esta vida, si, él, su señor, disfruta de una continua amabilidad de corazón- todas estas cosas agravan la debilidad y se añaden al dolor de aojador… ¿Qué podía ser más fatal que esta enfermedad? Esto arruina nuestra vida, pervierte nuestra naturaleza, levanta el odio por el bien concedido por Dios, y nos sitúa en una relación hostil con él.” (Basilio de Cesarea, Homilía contra la Envidia)

Los pensadores y predicadores cristianos en la Antigüedad Tardía tuvieron una postura inicial de condena radical de la costumbre pagana del uso de los amuletos o talismanes (llamados phylakteria) argumentando que los amuletos, por tratarse de objetos de naturaleza demoniaca que no podían ser eficaces para alcanzar los objetivos deseados y, que, por el contrario, dañaban tanto al cuerpo como al alma. Sin embargo, la Iglesia siguió la política de sustituir o combinar los signos o textos de origen pagano que, a veces, acompañaban los amuletos, por otros textos o signos de carácter cristiano, llegando a aceptar y recomendar su uso a los fieles bajo una forma que podría denominarse cristiana, lo que implicó que el término “filacteria” terminase por designar los objetos que contenían las reliquias de santos, los relicarios, desde los años finales del siglo IV d.C.

“¿No ves a las mujeres y a los niños pequeños colgar en su cuello libritos conteniendo los evangelios como protección poderosa y llevarlos allí donde van?” (Juan Crisóstomo, Homilías, 19, 4, Sobre las estatuas) 





El problema principal para combatir estas creencias radicaba en que eran compartidas por paganos, judíos y cristianos por lo que pronto se planteó la cuestión de cómo distinguir entre los amuletos cristianos o cristianizados y los de otro origen. Como las creencias en que se sustentaba el uso de amuletos estaban muy arraigadas, se optó por la sustitución de otros amuletos que pudiesen ser asumidos o interpretados como cristianos, como la cruz, el pez o el crismón.






El primero y el más utilizado fue la cruz. Fue Constantino el primero que dio una especie de carácter oficial a la cruz como amuleto o talismán al convertirla en el símbolo protector de todo el Imperio.

Es muy significativo de las transformaciones que se produjeron en la mente de algunos pensadores cristianos en lo referente a los amuletos, el caso de Juan Crisóstomo, pues, aunque condenaba el uso de textos evangélicos como phylakteria, defendió el uso de la cruz con tal fin, y dejó un antiguo testimonio de la rápida difusión de la costumbre de llevar colgados al cuello fragmentos de la Vera Cruz como reliquias protectoras:

“Después de recibir una astilla de este leño, tantas personas, tantos hombres y mujeres la encastran en oro y la cuelgan al cuello como ornamento” (Juan Crisóstomo, Contra los judíos, 9-10)





Otro testimonio del uso de la cruz como phylacterion es el proporcionado por Gregorio de Nisa hacia el año 380 en el elogio de su hermana Macrina. Cuando el obispo capadocio se dispuso a preparar el cuerpo de su hermana para la sepultura con la ayuda de su compañera Veciana, ésta le mostró una cruz de hierro y un anillo del mismo metal con una cruz grabada que Macrina había llevado siempre colgados de un cordón junto a su pecho como phylakteria. Ambos objetos llevados bajo la ropa suponen elementos de piedad y superstición al mismo tiempo. La mejor forma de protegerse contra el mal sería adoptar un objeto significativo de la religión practicada como amuleto.

“Veciana, arreglaba aquella santa cabeza con sus propias manos. Cuando pasó su mano por el cuello, dijo mirándome: `He aquí el adorno que pende en torno al cuello de la santa´. Y mientras decía esto, desatando el lazo por detrás, extendió la mano y me mostró una cruz de hierro y un anillo de la misma materia. Ambos, colgados de un ligero cordón, estaban siempre sobre el corazón.

Yo dije: `Que este bien nos sea común Coge tú la protección de la cruz; a mí me bastará el haber recibido en suerte el anillo´. También sobre el anillo estaba grabada una cruz. La mujer lo observó y me dijo de nuevo: `Has hecho la elección de este bien con buen sentido. El anillo está hueco en su engarce, y dentro está escondido un fragmento del árbol de la vida. Lo que está grabado en el exterior, con la propia figura, manifiesta lo que hay en el interior´.”
(Gregorio de Nisa, Vida de Macrina, 30, 1-2)






Bibliografía

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http://rabida.uhu.es/dspace/handle/10272/6727; Envidia y fascinación: el mal de ojo en el Occidente romano; Antón Alvar Nuño
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http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:ETFSerie2-DBE3633E-E32C-71D5-7FED-636EF8B372DC&dsID=Documento.pdf; Clasificación funcional y formal de amuletos fálicos en Hispania; Javier del Hoyo y Ana María Vázquez Hoys
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https://clbsj.org/resources/elliott-evil-eye.pdf; The Evil Eye, John H. Elliott
Beware the Evil Eye: The Evil Eye in the Bible and the Ancient World, Volumen 2 Greece and Rome, John H. Elliott, Google Books