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jueves, 22 de noviembre de 2018

Fascinum, amuletos contra el mal de ojo en la antigua Roma

Relieve de Leptis Magan, Libia, foto Association for Roman Archaeology on Twitter

Existía entre los romanos la superstición suscitada por el temor al mal de ojo que consistía en el funesto poder, que se atribuía a ciertas personas, de provocar daño a otros por medio de su mirada. El bien ajeno hacía surgir en algunos individuos, posiblemente ruines y desgraciados, un estado anímico que los llevaba a envidiar el destino, que ellos consideraban más favorable, de aquellos sobre los que ejercerían su propio fascinum o aojamiento.

“Habiendo recaído la conversación durante la cena sobre los que se dice que aojan y tienen una mirada que produce mal del ojo, los demás menospreciaban el hecho y se burlaban de él por completo, pero Mestrio Floro, que nos agasajaba, dijo que los hechos apoyaban admirablemente esta creencia y que, por la dificultad de encontrar su causa, se desconfiaba sin razón de estas historias, cuando de miles que tienen una entidad evidente la explicación de su causa se nos escapa.”
(Plutarco, Moralia, 680 C)

Cabeza de Medusa, ámbar, Museo Getty

Como se pensaba que la capacidad para desencadenar el mal de ojo la poseían además de seres míticos y animales, las propias personas, había la creencia de que familias completas nacían con esta aptitud, que se transmitía por herencia. 

“Asimismo, en África, según Isígono y Ninfodoro, hay algunas familias de hechiceros por cuyos elogios perece el ganado, se secan los árboles y mueren los niños. Añade Isígono que hay gente de la misma clase entre los tribalos y los ilirios, que hacen hechizos incluso con la mirada y matan a aquellos a los que contemplan largo tiempo, especialmente con los ojos encolerizados; su maleficio se deja sentir con más facilidad en los adultos, y lo más notable es que tienen dos pupilas en cada ojo.” (Plinio, Historia Natural, VII, 2, 16)

Es por ello que las desgracias podían atribuirse por ciertas personas al mal de ojo o mirada envidiosa de alguien que les deseaba el mal por no poseer lo que ellos sí tenían. Una de sus características principales es precisamente que podía producirse de manera involuntaria e inconsciente, y, aunque se considere una manifestación sobrenatural, ésta se produce sin intervención de los dioses y sin necesidad de recurrir a agentes externos para la invocación.

“C. Furio Crésimo, un liberto, era envidiado y había quien creía que se apropiaba de las cosechas de otros mediante magia, ya que en un terreno muy pequeño él obtenía mucha más producción que sus vecinos con mayores terrenos. Por ello fue acusado por el edil curul Sp. Albino. Temiendo una condena cuando se requirió la presencia de las tribus para votar, él hizo traer al foro todos sus enseres domésticos, junto a sus esclavos- que estaban, según dice Pisón, bien atendidos y vestidos- y sus herramientas de hierro, sus azadones y arados y sus grandes bueyes. Entonces dijo: Estos son mis mágicos hechizos, conciudadanos, pero no puedo mostraros o traeros al foro, mis tareas nocturnas, mis horas sin dormir, o mi sudor.” Fue absuelto por voto unánime.” (Plinio, Historia Natural, XVIII, 41)

En este caso el éxito que provoca la envidia era público pues todos podían ver que sus cosechas eran mejores, así como sus herramientas y esclavos. Crésimo fue acusado por usar magia, pero quienes provocaron la acusación actuaron movidos por la envidia. 

Cualquier ciudadano, con independencia de su status o condición social podía ser afectado por el mal de ojo, aunque los más vulnerables eran los recién nacidos, las madres recién paridas, los niños, y las personas dotadas de belleza o con el éxito. Este mal (oculus malignus, inuidus, fascinatio) podía ser provocado con el simple deseo, manifestado a través de la mirada y se rehuía especialmente a los que sufrían alguna deformidad física, los aquejados de problemas en la vista, los extranjeros y los pervertidos. 


Casa del Mal de ojo, Museo de Hatay, Antioquía, Turquía

En 197 d.C. un ciudadano romano de Antinopolis llamado Gemelo Horion, un propietario de tierras de Karanis, envió varias peticiones al estratego solicitando que se hiciera un informe oficial de un incidente que tenía que ver con la envidia y el mal de ojo para poder presentarlo en una audiencia con el epistratego. Según él sus vecinos Julio y Sotas habían llegado a su propiedad con la intención de tomar posesión de ella, ya que “ellos le despreciaban por su débil vista”. En respuesta a esta conducta Gemelo envió una petición al prefecto, Quinto Emilio Saturnino, quien autorizó a Gemelo a verse con el epistratego. Entretanto, Sotas murió, y Julio, junto a su esposa y un hombre llamado Zenas, vino a su tierra con un feto, para poder “rodear a su arrendatario con envidia maliciosa (phthonos)”. Después de atemorizar al arrendatario de Gemelo robaron las cosechas que había estado recogiendo. Cuando Gemelo y dos oficiales del pueblo inquirieron a Julio sobre el incidente, Julio arrojó el feto a Gemelo en presencia de los oficiales, dado que, según Gemelo, querían también rodearle con phthonos. Julio recuperó el feto y se llevó el resto de las cosechas.


Dios griego de la envidia, Phthonos, Chipre, Museo Británico

La consecuencia que se puede sacar es que Sotas y Julio creían que Gemelo podría provocar el mal de ojo debido a su defecto en la vista y que habría traído la desgracia a su comunidad, por lo que para contrarrestar su efecto adverso llevaban el feto cuando fueron a quedarse con sus tierras en compensación.

En Grecia la envidia tenía una divinidad propia el dios Phthonos que simbolizaba los celos y la envidia por la buena fortuna de los demás. Solía representarse como un hombre delgado de aspecto algo grotesco.

“La dirige un hombre pálido y feo, de mirada penetrante y aspecto análogo al de quienes consume una grave enfermedad: podría suponerse que es la Envidia.” (Luciano, De Calumnia, 5)

Además en la iconografía aparece agarrándose la garganta para estrangularse debido al insoportable dolor que siente por su envidia hacia lo que poseen los otros.

¡Qué ingente caterva de monstruos se aloja por estas salas y monta guardia, aterrando a los manes con sus gritos confusos! El Duelo voraz y la Delgadez compañera de las enfermedades malignas, la Tristeza que se alimenta del llanto, la exangüe Palidez, las Preocupaciones y las Insidias; de un lado la quejumbrosa Vejez, del otro la Envidia que se estrangula a sí misma con ambas manos; la Pobreza, abominable mal que empuja al crimen, el Error con su paso inseguro y la Discordia que disfruta enredando el mar y el cielo…” (Silio Itálico, La Guerra Púnica, XIII, 579)

En un mosaico en Cefalonia, Grecia aparece la figura de un envidioso (que podría ser el propio dios Phthonos) estrangulándose a sí mismo de la envidia que tiene al contemplar la hermosa domus que le rodea, pues no la puede soportar, y siendo atacado por leones. Es un aviso a los visitantes para que no traigan su envidia al interior describiendo lo que puede pasarles si no lo hacen. 



Mosaico de Cefalonia, Grecia, foto de Luz Neira

Todas las civilizaciones antiguas imaginaron todas las medidas posibles para librarse del mal de ojo, con el objetivo de obligar a la mirada fascinadora a desviarse, entre las que se encuentran los gestos o la utilización de objetos.

“Tenemos la costumbre de escupir, por ejemplo, para evitar la epilepsia, o en otras palabras, repeler el contagio, también así repelemos la fascinación y los malos presagios al encontrar una persona coja de la pierna derecha.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 7)

El método más común de defenderse contra este mal fue, también en el mundo romano, el uso de amuletos, a los que se atribuían valores propiciatorios y apotropaicos.

“Por ello también creen que los llamados amuletos los ayudan contra la envidia, ya que por su rareza es atraída la vista, de suerte que se clava menos en los que la sufren.” (Plutarco, Moralia, 682)



Amuleto contra el mal de ojo,
Museo John Hopkins University

Entre los siglos II a.C y II d.C. se empleó la imagen del miembro viril en el mundo romano como elemento protector contra el mal de ojo (fascinum), bien porque al ser un símbolo de fertilidad contrarrestaba sus efectos nocivos, bien porque su representación grotesca e, incluso, obscena obligaría al aojador a apartar su mirada.

La veneración del falo fue algo común en toda la antigüedad, en Egipto, India, Asia Menor y Grecia, desde donde pasó a Roma. El falo, como símbolo fértil de la naturaleza creadora, protegía a quien lo llevase y lo defendía del atacante, por lo que era un símbolo sagrado y venerado. Se asimilaba al dios Fascinus. Su representación en lugares públicos era algo normal en la vida cotidiana romana y no se lo consideraba una imagen obscena, sino mágica que alejaba a los malos espíritus del lugar. Adquirió un valor erótico con la llegada del cristianismo, que convirtió al falo en símbolo de placer. Aparecía a modo de relieve y pintura en las fachadas de los edificios, en las esquinas de las calles, en las tiendas, en las termas, en los puentes y en las señales de los caminos con la intención de ser visto por todos.

“¿Debemos creer nosotros que es correcto que se haga a la llegada de un extraño o que, si mira a un bebé dormido, la nodriza escupa sobre él tres veces? Aunque a éstos los cuida Fascino, protector también de los generales, no sólo de los niños, divinidad cuyo culto entre los ritos religiosos romanos es atendido por las Vestales y que, médico del mal de ojo, ampara los carros de los triunfadores colgado debajo de éstos y, como remedio similar a una voz, les ordena mirar atrás para conseguir a su espalda la benevolencia de la Fortuna, verdugo de la gloria.” (Plinio, Historia Natural, XXVIII, 39)





Como la envidia era un poder maléfico que cualquiera podía sentir y realizar provocando la ruina de un hogar o una cosecha era habitual en la sociedad romana colocar en las entradas de las viviendas y de muchos edificios públicos mosaicos con escenas e inscripciones que pretendían evitar la entrada de la envidia en su interior y contrarrestar el efecto del mal de ojo.

En un mosaico de Beirut, Líbano se halla un mosaico con un inscripción que pretende evitar el mal de ojo a los habitantes de la casa:

"La envidia es un mal, sin embargo tiene algo de belleza, se come los ojos y el corazón de los envidiosos."


Mosaico con inscripción, Museo de Beirut, Líbano, foto de Emna Mizouni (retocada)

En un mosaico en Antioquía, por ejemplo, los animales que se lanzan contra el ojo son dos perros, una serpiente, un escorpión y un ciempiés. El ojo también está siendo amenazado por el miembro de un personaje itifálico y ha sido ya atravesado por un tridente y una espada. La inscripción KAICY sígnifica “y tú también” ( en griego) y responde a la idea de que el que entra en la casa obtenga lo mismo que él desea, ya sea algo bueno o malo. 


Casa del mal de ojo, Antioquía, Turquía

En un mosaico de Themetra (Túnez) fechado a finales del siglo II d.C., se aprecia un falo en el centro de la imagen apuntando hacia un ojo abierto; en los laterales del mosaico se puede leer INVIDIOSIBVS QVOD VIDETIS B(ONIS) B(ENE) M(ALIS) M(ALE) –“para los envidiosos lo que ves. El bien para los buenos. El mal para los malos”–, por lo que, sin duda alguna, se trata de un mosaico apotropaico.

En el vestíbulo de la actual basílica Hilariana (Roma), que en el siglo II d.C. era un santuario dedicado a Cibeles y Atis, se encontró un mosaico en blanco y negro en el que un ojo atravesado por una lanza es rodeado y atacado además por un conjunto de animales que simbolizan distintas divinidades del panteón romano: una serpiente (Saturno), un ciervo (Diana), un león (Cibeles), un toro (Neptuno), un escorpión (Mercurio), un lobo (Marte), una cabra (Júpiter), un cuervo (Apolo) y una paloma (Venus). Sobre el ojo se sostiene un ave que podía ser una lechuza, animal simbólico de la diosa Atenea o Minerva, muy relacionada en Roma con la magia y brujería y considerada ave de mal agüero, que por su capacidad para aojar ella misma podía atacar al propio ojo maligno para desviar su poder. En la inscripción se puede leer la dedicatoria con el deseo de que los dioses sean propicios a los que allí entran.



Basílica Hilariana, Roma

Similar al de Themetra es el mosaico que apareció en una villa romana en Mokhnine (Túnez), en donde se representa a un ojo sobre el que se abalanzan dos serpientes y un miembro viril.





El uso de colgantes con amuletos fálicos fue generalizado entre los romanos, y se llevaban colgados, normalmente, del cuello. Todos los medios para alejar el mal de ojo se inspiraban en la idea de obligar a cambiar la mirada a quien quería hacer el mal por lo que se hacían gestos profilácticos como cerrar la mano derecha colocando el pulgar entre los dedos índice y medio y extenderla hacia la persona que amenazaba, en un gesto que simulaba la unión de los órganos genitales de los dos sexos, los cuales se consideraban como portadores de una gran energía y por ello dotados de un alto valor apotropaico. La representación figurativa de ese gesto se llamaba mano impúdica o higa (mano fica). La unión del falo y la higa ayudaría a repeler con más fuerza a la mirada fascinadora.


Mano fica

Los tintinnabula eran campanillas de bronce que servían de adorno o de ayuda en algunos rituales religiosos romanos, ya fuesen realizados en templos o en las propias casas. En muchos casos su motivo principal era la representación de un falo, simple o múltiple, del que cuelgan una serie de campanillas. Se creía que servían de hechizo contra los demonios. Parece que el sonido metálico era especialmente efectivo para ahuyentar embrujos y toda clase de efectos perniciosos sobre el animal que los portaba o la estancia de la que pendían. Estos amuletos solían estar situados a la entrada de una tienda o de una casa o en los pórticos. En el primer caso, el sonido que producían al ser golpeadas por la puerta le indicaba al dueño, situado en la trastienda, la presencia de un nuevo cliente. Pendientes del techo y siempre junto a la puerta, intentaban alejar los malos espíritus y atraer la buena suerte gracias al sonido de las campanillas, símbolo del poder creador, sobre todo si eran de bronce.


Tintinnabula de bronce

La figura del dios Mercurio se podía representar con una bolsa de dinero para atraer la prosperidad a la tienda o a la casa, y al mismo tiempo se le representa con un enorme miembro viril para protegerlas de cualquier amenaza sobrenatural.



Representaciones itifálicas de Mercurio

Otro tipo de amuleto romano que se llevaba al cuello era la bulla, un colgante que podía adquirir diferentes formas y ser fabricado en distintos materiales como oro, bronce, hueso o cuero. 




La más representativa, similar a las encontradas en la cultura etrusca, consistía en la unión de dos placas metálicas, oro o bronce, de forma convexa, que se unían a punta de martillo o con una cadena o cordel y que en su interior contenía un amuleto que podía ser un manojito de hierbas, piedras mágicas, o escritos con conjuros para protección contra el mal de ojo. Se desprendían de ella cuando llegaban a la edad viril y la ofrecían a los dioses Lares o Hércules, mientras que las niñas lo hacían a la diosa Juno. Solo los hijos de ciudadanos romanos podían llevarla y únicamente los hijos de senadores y caballeros tenían el privilegio de la bulla de oro, mientras que los más humildes la llevaban de cuero.



Los niños, que eran los más vulnerables a ser afectados por el mal de ojo, llevaban desde su nacimiento anillos y bullae con todo tipo de sortilegios y materiales para su autoprotección, aunque los adultos no escapaban a esta tradicional superstición.

“Así; conocemos, en efecto, a personas que por mirar a los niños les causan muchísimo daño, al ser desviada y movida por ellos a lo peor su constitución a causa de su humedad y debilidad, en tanto que los caracteres firmes y ya compactos padecen esto menos.” (Plutarco, Moralia, 680D)





Las niñas y algunas mujeres cambiaban la bulla tradicional por una lúnula, colgante en forma de luna creciente

"Pero luego, Tarquinio Prisco, hijo del exiliado corintio Demarato, llamado también Lucumón, según algunos, tercer rey a partir de Hostilio, quinto a partir de Rómulo, celebra un triunfo sobre los sabinos. En esta guerra, elogió ante la asamblea a un hijo suyo, de catorce años de edad, porque había dado muerte con sus propias manos a un enemigo, y le recompensó con la bulla de oro y la pretexta, distinguiendo a un niño con un valor superior a sus años con galardones propios de la edad viril y de las magistraturas. En efecto, igual que la pretexta era la vestimenta de los magistrados, la bulla era el atributo de los triunfadores, quienes la portaban sobre el pecho, tras haber encerrado allí dentro los amuletos que creían más eficaces contra la envidia. De aquí se ha derivado la costumbre de que la pretexta y la bulla fueran empleadas por los niños nobles, a modo de presagio y deseo de llegar a adquirir un valor semejante al de aquel crío al que, en sus primeros años, correspondieron tales recompensas." (Macrobio, Saturnales, I, 6, 8-9)





Además de en la bulla las piedras y fórmulas mágicas escritas se guardaban en pequeños recipientes que a menudo se fabricaban como verdaderas joyas (colgantes, anillos, brazaletes) y que también, según creían sus poseedores, proporcionaban protección contra los diversos males que les podían perjudicar.

Algunos amuletos utilizaban como protección figuras de seres mitológicos de formas irreales y monstruosas, demonios, figuras grotescas u obscenas e incluso animales malignos, como la serpiente o el escorpión, en la creencia de que asustarían a los malos espíritus, protegiendo con ellos a las personas y las propiedades.




Uno de los numerosos seres míticos que se emplearon a menudo en la Antigüedad para proteger a los hombres con su figura, cuyos efectos benéficos contrastan evidentemente con la sensación que causa la visión directa de su figura monstruosa, es la Gorgona Medusa, cuya efigie (gorgoneion) se mantuvo con el mismo significado al menos desde la Grecia arcaica hasta el Bajo Imperio romano. Los antiguos, particularmente los militares, y sobre todo los emperadores romanos y sus soldados, estaban convencidos de que alejaba los peligros, por lo que sus representaciones formaban parte de los adornos habituales en las prendas militares.

Al parecer se creía que cuanto más terrible fuese la expresión de la máscara representada, más grande era la energía protectora que de ella derivaba. Se la puede encontrar pintada, dibujada, esculpida o cincelada en toda clase de objetos: rostros exentos para colocar en los edificios, tumbas, sarcófagos, vestidos, armas, vasos, copas, monedas, paramentos, placas. También se llevaba colgada al cuello como joya o amuleto y, aunque en las piezas griegas y etruscas se buscaba más la fealdad y el horror de la mueca, en las romanas se acentuaba más el patetismo de su destino que el valor apotropaico de la máscara horrorosa y fiera del monstruo mitológico.





La máscara de Gorgona era un signo mágico «triple» que unía tres elementos poderosos que se juntaban para formar una figura horrible que fascinaba con la mirada y dejaba petrificados a quienes la miraban de frente, pero que a la vez protegía por el poder de la magia de las serpientes que componían su cabellera y por el poder mágico del nudo que formaban los cabellos recogidos bajo su barbilla. La serpiente es, sobre todo, un ser benéfico, benévolo y protector, adorado por multitud de pueblos en todo el mundo. Los nudos simbolizaban un poder letal que encadenaba a las criaturas mortales y a los dioses, interfiriendo su voluntad e imponiendo sus deseos. El triple poder de la Gorgona Medusa dejaba a cualquier mortal petrificado por su mirada que fascina, espantado por las serpientes y atado o ligado por los nudos mágicos, impidiéndole influir a los demás cuando lanzaba su mal de ojo. 

"Cuenta la leyenda que, cuando Perseo se llevó la cabeza cortada de la Gorgona, su repugnante sangre cayó sobre Libia, y es por ello que la tierra se inundó de serpientes como las de Medusa." (Silio Itálico, la guerra púnica, III, 310)



Los amuletos se realizaban sobre diferentes soportes y muy especialmente las piedras semi-preciosas y otros materiales que por sus características se consideraban mágicos, como el coral que se petrifica al contacto con el aire.

“La apresadora de botín (Atenea) le otorgó fuerza ilimitada para proteger a los pueblos cuando van al combate que hiela el corazón, o si alguien emprende un largo camino llevándolo consigo, o surca el divino mar en una nave de sólido puente. Pues, escapar de la rápida lanza del belicoso Enialio (Ares), de la emboscada que tiende los piratas homicidas, y del blanco Nereo turbulento, son los preciosos beneficios que ofrece a los mortales la fuerza del coral.” (Lapidario Órfico, 578-584).




Así por ejemplo se han hallado falos tallados en coral, cabezas de medusa en azabache y ámbar, etc. Se creía que dichos materiales aparte de su poder apotropaico tenían la capacidad de curar o aliviar enfermedades, y de proporcionar el éxito en acciones emprendidas.

"Si graba un flamenco en la piedra llamada hefaistita, también llamada pirita, y bajo sus patas un escorpión, y si pone una raíz de una planta pequeña bajo la piedra, obtendrá buena protección contra todos los animales venenosos. También le guardará de todas las apariciones nocturnas. Es también eficaz para los que sufren el mal de la piedra. Aparta toda influencia maligna." (Kyranides, I. 7, 17-21)

Los soldados, los aurigas o gladiadores portaban durante sus actividades distintos tipos de amuletos para protegerse del mal de ojo, de lesiones o incluso de la muerte.

"Arabia obtiene también malaquita, de un verde más denso que la esmeralda. capaz de contrarrestar con su poder innato los peligros de la infancia." (Solino, Colección de hechos memorables, XXXIII, 20)



Casco de gladiador en ámbar,
encontrado en Inglaterra

Los caballos, cuya finalidad primordial en el mundo antiguo era la carrera o la guerra, tenían una fuerte vinculación con las divinidades y sus carreras en el circo se dedicaban a los cultos de diferentes dioses por lo que eran objeto de protección contra el mal de ojo, ya que se veían también expuestos a la envidia por sus triunfos y acostumbraban a llevar entre sus herrajes y adornos amuletos que les protegieran sobre los conjuros que se grababan en las tablas de execración y que pedían su fracaso e incluso su muerte, además de servir como talismán para su éxito.

"Te conjuro, demon, quienquiera que seas, tortura y mata, desde esta hora, este día y este momento, a los caballos de los equipos verde y blanco; mata y destroza a sus aurigas Claro, Félix, Prímulo y Romano. No dejes aliento en ellos. Te conjuro por el que te ha entregado, en cierto momento, el Dios del mar y el aire: láo, Iasdao...a e ¡a."



Adorno con lunula para caballerías

En el mundo antiguo tenía gran importancia la imagen del dios de tal forma que llevar un amuleto con un dios grabado potenciaba la eficacia de la piedra utilizada como soporte ya que la divinidad representada le transfería su poder. 

“Coge dicha piedra (el topacio) y graba en ella a Poseidón con un carro, con las bridas en la mano izquierda y unas espigas de trigo en la derecha. Que esté también Anfítrite sobre el carro. Consagrada y llevada como amuleto, da a su poseedor mucho amor y numerosos bienes. Preserva a aquel que la lleva de los peligros del mar y le asegura ganancias considerables en el comercio”. (Kerygma, 8)





Para reforzar el poder que tenían las piedras mágicas para rechazar el mal de ojo se añadían inscripciones con palabras dirigidas contra la envidia y los aojadores. En una gema con la imagen de una lechuza de Hadria (Túnez), se puede leer una advertencia contra la envidia

“Envidia envidiosa, no hay nada que puedas hacer contra un alma que es pura e inmaculada.”





En el ámbito doméstico aparecen varios elementos apotropaicos. En fachadas y dinteles se pueden encontrar relieves con falos exentos, en atrios y otras estancias, mosaicos con la cabeza de Medusa, acompañada a veces con una inscripción advirtiendo contra la envidia, y pinturas con la imagen de Príapo con un miembro viril enorme y entre los enseres domésticos se encuentran las representaciones del falo, la cabeza de medusa, el ojo maligno siendo atacado, las serpientes, en lucernas, figurillas y otros objetos.




La implantación del cristianismo por todo el imperio romano trajo la condena de los hombres de la Iglesia a la envidia y un aviso de sus consecuencias a los fieles. Basilio de Cesarea en el siglo IV d.C. enumera los perniciosos aspectos de la envidia y del mal de ojo.

“Ningún sentimiento más dañino está implantado en el alma humana que la envidia… Como el óxido estropea el hierro, la envidia corroe el alma que habita. Incluso, consume el alma que la alumbra, como las víboras que dicen nacen comiendo el vientre que las concibió. Ahora bien, la envidia es el dolor causado por la prosperidad del vecino. Una persona con el poder de aojar siempre tiene causa para la pena y el abatimiento. Si la tienda de su vecino es fértil, si la casa de su vecino tiene abundancia de todos los productos de esta vida, si, él, su señor, disfruta de una continua amabilidad de corazón- todas estas cosas agravan la debilidad y se añaden al dolor de aojador… ¿Qué podía ser más fatal que esta enfermedad? Esto arruina nuestra vida, pervierte nuestra naturaleza, levanta el odio por el bien concedido por Dios, y nos sitúa en una relación hostil con él.” (Basilio de Cesarea, Homilía contra la Envidia)

Los pensadores y predicadores cristianos en la Antigüedad Tardía tuvieron una postura inicial de condena radical de la costumbre pagana del uso de los amuletos o talismanes (llamados phylakteria) argumentando que los amuletos, por tratarse de objetos de naturaleza demoniaca que no podían ser eficaces para alcanzar los objetivos deseados y, que, por el contrario, dañaban tanto al cuerpo como al alma. Sin embargo, la Iglesia siguió la política de sustituir o combinar los signos o textos de origen pagano que, a veces, acompañaban los amuletos, por otros textos o signos de carácter cristiano, llegando a aceptar y recomendar su uso a los fieles bajo una forma que podría denominarse cristiana, lo que implicó que el término “filacteria” terminase por designar los objetos que contenían las reliquias de santos, los relicarios, desde los años finales del siglo IV d.C.

“¿No ves a las mujeres y a los niños pequeños colgar en su cuello libritos conteniendo los evangelios como protección poderosa y llevarlos allí donde van?” (Juan Crisóstomo, Homilías, 19, 4, Sobre las estatuas) 





El problema principal para combatir estas creencias radicaba en que eran compartidas por paganos, judíos y cristianos por lo que pronto se planteó la cuestión de cómo distinguir entre los amuletos cristianos o cristianizados y los de otro origen. Como las creencias en que se sustentaba el uso de amuletos estaban muy arraigadas, se optó por la sustitución de otros amuletos que pudiesen ser asumidos o interpretados como cristianos, como la cruz, el pez o el crismón.






El primero y el más utilizado fue la cruz. Fue Constantino el primero que dio una especie de carácter oficial a la cruz como amuleto o talismán al convertirla en el símbolo protector de todo el Imperio.

Es muy significativo de las transformaciones que se produjeron en la mente de algunos pensadores cristianos en lo referente a los amuletos, el caso de Juan Crisóstomo, pues, aunque condenaba el uso de textos evangélicos como phylakteria, defendió el uso de la cruz con tal fin, y dejó un antiguo testimonio de la rápida difusión de la costumbre de llevar colgados al cuello fragmentos de la Vera Cruz como reliquias protectoras:

“Después de recibir una astilla de este leño, tantas personas, tantos hombres y mujeres la encastran en oro y la cuelgan al cuello como ornamento” (Juan Crisóstomo, Contra los judíos, 9-10)





Otro testimonio del uso de la cruz como phylacterion es el proporcionado por Gregorio de Nisa hacia el año 380 en el elogio de su hermana Macrina. Cuando el obispo capadocio se dispuso a preparar el cuerpo de su hermana para la sepultura con la ayuda de su compañera Veciana, ésta le mostró una cruz de hierro y un anillo del mismo metal con una cruz grabada que Macrina había llevado siempre colgados de un cordón junto a su pecho como phylakteria. Ambos objetos llevados bajo la ropa suponen elementos de piedad y superstición al mismo tiempo. La mejor forma de protegerse contra el mal sería adoptar un objeto significativo de la religión practicada como amuleto.

“Veciana, arreglaba aquella santa cabeza con sus propias manos. Cuando pasó su mano por el cuello, dijo mirándome: `He aquí el adorno que pende en torno al cuello de la santa´. Y mientras decía esto, desatando el lazo por detrás, extendió la mano y me mostró una cruz de hierro y un anillo de la misma materia. Ambos, colgados de un ligero cordón, estaban siempre sobre el corazón.

Yo dije: `Que este bien nos sea común Coge tú la protección de la cruz; a mí me bastará el haber recibido en suerte el anillo´. También sobre el anillo estaba grabada una cruz. La mujer lo observó y me dijo de nuevo: `Has hecho la elección de este bien con buen sentido. El anillo está hueco en su engarce, y dentro está escondido un fragmento del árbol de la vida. Lo que está grabado en el exterior, con la propia figura, manifiesta lo que hay en el interior´.”
(Gregorio de Nisa, Vida de Macrina, 30, 1-2)






Bibliografía

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https://repositorio.unican.es/xmlui/handle/10902/13610; De ‘cuentos de viejas’ a objetos sagrados: la ‘cristianización’ del amuleto-phylakterion en la Iglesia antigua; Ramón Teja
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:ETFSerie2-DBE3633E-E32C-71D5-7FED-636EF8B372DC&dsID=Documento.pdf; Clasificación funcional y formal de amuletos fálicos en Hispania; Javier del Hoyo y Ana María Vázquez Hoys
http://www.musarqourense.xunta.es/wp-content/files_mf/pm_2008_04esp.pdf; Higa romana de Santomé; Xulio Rodríguez González
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:ETFSerie2-6D146FC3-1169-C4B5-956C-4238B116374D/Documento.pdf; La Gorgona y su triple poder mágico (Aproximación a la magia, la brujería y la superstición. II); Ana María Vázque Hoys y Javier del Hoyo Calleja
https://www.academia.edu/14458866/Riesgo_pirático_y_amuletos_mágicos_en_el_Imperio_romano; Riesgo pirático y amuletos mágicos en el Imperio Romano; Antón Alvar Nuño
https://www.academia.edu/35456917/Superstición_magia_y_otras_creencias_en_el_arte_de_la_Hispania_romana; Superstición, magia y otras creencias en el arte de la Hispania romana; Laura Sanjuán del Olmo
https://clbsj.org/resources/elliott-evil-eye.pdf; The Evil Eye, John H. Elliott
Beware the Evil Eye: The Evil Eye in the Bible and the Ancient World, Volumen 2 Greece and Rome, John H. Elliott, Google Books


viernes, 4 de marzo de 2016

Magicae II, conjuros y prácticas mágicas en la antigua Roma



Papiro griego mágico, Oslo

Las prácticas mágicas tenían una parte hablada, con repetición de palabras o fórmulas vocales (voces magicae) que normalmente no tenían sentido en sí mismas, sino que buscaban un efecto sonoro determinado. Se utilizaban palabras orientales o nombres de dioses extranjeros y extrañas series de frases, comúnmente sin significado, que tendían a la repetición de un sonido. Para apoyar la práctica mágica se usaban alfabetos extranjeros (como el hebraico) o signos inventados por los magos, formando combinaciones o palabras raras que ayudaban a guardar el secreto de los ritos mágicos.

“Práctica mágica. Toma cera amarilla y jugo de aérea y de hiedra lunar, mézclalo y moldea un Hermes hueco por debajo que con la mano izquierda sostenga un caduceo y con la derecha una talega. Escribe en un papiro hierático estos nombres y verás que es incesante: «chaibchen outibilmemnoubth, atrauich, da a este lugar ganancia y éxito, porque aquí habita Psentebeth. Mete esto en el hueco de la figura y tápalo con cera de la misma clase; ponlo después en una pared, de manera que no se vea; ponle una guirnalda por la parte exterior, ofrécele un gallo y haz una libación con vino egipcio; después, enciende en su honor una lámpara que no esté pintada de rojo.” (Papiro Mágico Griego)

El mago en los textos mágicos no manifiesta respeto por los dioses y los démones. Los llama de forma familiar, los provoca, los requiere de manera imperiosa, apela a ellos en voz alta, con tono altanero; primero a uno, luego a otro, los convoca, los manda reunir, los mezcla, los vuelve a llamar, por sus nombres reales o por sus apodos, y concentra tanto sus propias fuerzas como las de las potencias convocadas.
 El mago impone con un lenguaje reiteradamente imperativo una secuencia de órdenes dictadas a mucha velocidad.



Gema mágica, Museo Walters, Baltimore


Otro elemento habitual en las peticiones que se encuentra de forma muy explícita en la magia es la amenaza si no se da o si no se cumple lo que se quiere, en contrapartida a las ofrendas con que se agradece el favor obtenido. Según la mentalidad existente en la época se consideraba que, si los hombres necesitan de los dioses, también éstos tienen necesidad de aquéllos.
Los papiros mágicos advierten con frecuencia de la necesidad de guardar secreto del conocimiento poderoso que en ellos se encierra.
El estilo de los textos mágicos es, a veces, muy simple, parecido al de las recetas de cocina, a veces muy adornado y retórico, como en las fórmulas de execración, a veces muy reiterativo, parecido a las fórmulas jurídicas.
En Roma, la Ley de las Doce Tablas constituye el más antiguo documento sobre la magia itálica. En él se sancionan y condenan prácticas y medios mágicos que dañan la salud, que atentan contra los bienes materiales y contra la reputación de los ciudadanos, de los cuales la más universal y directa es la utilización del malum carmen, el encantamiento y la fórmula mágica. A veces es difícil rastrear estas fórmulas en los textos antiguos, muchas de las cuales se consideraban parte de la medicina curativa. Son muy reproducidas las contenidas en un texto de Varrón:


"Si hay una luxación, toma una caña de cuatro o cinco pies de larga, pártela por la mitad y que dos hombres las sostengan cerca de sus muslos. Comienza a decir la fórmula « Moetas uaeta darles dardaries asiadarldes una petes» hasta que las partes se junten o bien Motas uaeta darles dardares astatarles dissunapiter. Cuando se hayan juntado, el miembro sanará. Y repite además cada día «Huat hauat huat Ista pista slsta dannabo dannaustra» o bien «Huaf haut haut Istasis tarsls ardannabou dannaustra".



Es muy importante emplear en las fórmulas mágicas el nombre verdadero de las cosas, describirlas exactamente y nombrarlas por su nombre, así como conocer el nombre verdadero de los dioses, ya que, entre las cosas, las personas o los dioses y sus nombres existe una relación esencial. Por ello las fórmulas mágicas están llenas de frases incomprensibles y nombres desfigurados de divinidades extranjeras, que deben repetirse cuidadosamente aunque no se entiendan. Son los barbariká onómata a los que se alude constantemente en los textos, sobre todo en los papiros mágicos de Egipto. 

"Después de hacer una ofrenda consistente en harina de trigo, moras maduras, sésamo y hierbas que no han tocado el fuego, añádele acelgas y serás el dueño de tu propia sombra, de tal manera que se pondrá a tu servicio. Dirígete en la hora sexta del día hacia el Oriente a un lugar solitario, provisto de un cesto tejido con negros juncos nuevos, y en la cabeza la banda roja de un sudario y en la oreja derecha el ala de un halcón, y en la izquierda la de un ibis.
Después de poner el pie en el lugar, arrodíllate, extiende las manos y recita esta fórmula: «Haz que ahora esté a mi servicio mi sombra; porque conozco tus nombres santos y tus signos y símbolos y quién eres en cada momento y cuál es tu nombre. Tras decir esto, recita de nuevo la fórmula que aparece arriba y, en caso de que no te escuchare, di: «Pronuncio tus nombres santos, tus signos y tus símbolos. Por ello, señor, haz que esté a mi servicio mi sombra.» Y en la hora séptima se acercará a ti desde el lado opuesto y, hablándole a ella, di: Sígueme a todas partes. Tú mira, no vaya a ser que te deje."


Tabla de defixión encontrada en Aquae Sulis, Museo de Bath

Estas palabras mágicas son frecuentemente repeticiones que parecen onomatopeyas: amrakarara, por ejemplo. En los papiros mágicos suelen ponerse palabras en otro idioma, bien porque se busca que el profano no entienda, bien porque no pueden cambiarse o no pueden traducirse.
Los papiros, entre numerosas recetas de toda clase, recogen abundantes prácticas de carácter erótico, que van desde breves fórmulas acompañadas de un gesto, un beso en la láminilla, un suspiro frente a una mujer, ungüentos que se aplican en los genitales, invocaciones a Afrodita, diosa protectora del amor, o largas y explícitas fórmulas de "atracción".

"Milagroso hechizo amoroso. Toma cera o barro de una pella, de la que sirve para modelar, y moldea dos figurillas, masculina y femenina; al hombre represéntalo armado como Ares, sujetando la espada con su mano izquierda y golpeándola en la clavícula derecha; a la mujer, con los brazos a la espalda y sentada, y ata la entidad mágica sobre su cabeza o sobre su cuello.
Escribe sobre la figura de la mujer que estás seduciendo: sobre su cabeza: isee Iao ithi oune broo lathion neboutosoyaleth; y sobre el oído derecho: ouer mechan; sobre el izquierdo: libaba oimathotho; sobre su rostro: amounabred; sobre su ojo derecho: orormothio aeth; sobre el otro: choboue; sobre el hombro derecho: adeta merou; sobre el brazo derecho: ene psa enesgaph; y sobre el otro: melchiou melchiedia; sobre las manos: melchamelchou ael; sobre el pecho, el nombre materno de la mujer a la que quieres atraer, y sobre el corazón: balamin Tout; y en la parte inferior del bajo vientre: aobes aobar; y sobre su sexo: blichianeoi ouóia; y sobre el ano: pissadara; y en la planta derecha del pie: elo; y en la otra: elóaioe. Toma trece agujas de bronce y clávale una en el cerebro diciendo: 'Yo te atravieso el cerebro, fulana', y dos en los oídos y dos en los ojos y una en la boca y dos en las entrañas y una en las manos y dos en los órganos sexuales y dos en las plantas de los pies, diciendo cada vez: 'Atravieso tal miembro de fulana, para que no se acuerde de nadie, sino sólo de mí, fulano.



Gema mágica con Abraxas,
 Museo Thornvaldsen, Copenhague
Toma también una lámina de plomo y graba en ella la misma fórmula y recítala y, atando la lámina a las figurillas, con un hilo sacado de un telar y haciendo 365 nudos, di luego como ya sabes: 'Abrasax, sujeta'; y cuando el sol se oculte, ponlos junto a una tumba de uno muerto antes de tiempo o de uno muerto de forma violenta; y añade a ello también las flores propias del tiempo. Ésta es la fórmula que se graba y se recita: »Yo deposito cerca de vosotros esta atadura, dioses de la tierra Uesemigadon y Core Perséfone Eresquigal y Adonis el Barbarita, Hermes subterráneo, Tout phokenta- mzepseu aerchathou mi sonktai kalbanachambre y el poderoso Anubis psirinth, el que tiene las llaves de los que están en el Hades, dioses y démones de la tierra, los que han muerto demasiado pronto, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, por los años de los años, los meses de los meses, los días de los días, las horas de las horas.

Conjuro a todos los démones de este lugar para que ayuden a este demon.

Levántate para servirme a mí, quienquiera que seas, varón o mujer y dirígete a todo lugar, a todo camino, a toda casa y tráela y átala; induce a fulana, cuya entidad posees, a que me ame a mí, fulano, hijo de mengano; que no tenga relaciones sexuales por delante ni por detrás, ni busque el placer con otro varón, sino únicamente conmigo, fulano; de manera que fulana no pueda beber, ni comer, ni amar, ni sufrir, ni gozar de salud; que fulana no consiga dormir sin mí, fulano; porque yo te conjuro, por el nombre del terrible y aterrador, cuyo nombre al oírlo la tierra se abrirá, cuyo terrible nombre al escucharlo los démones se llenarán de pánico, cuyo nombre al oírlo los ríos y las piedras se romperán.



En los textos mágicos no sólo se influye en el destino de un hombre, sino que se manipula por igual a espíritus, démones o a los mismos dioses, con el fin de someter su voluntad a la de los magos, muchos de los cuales eran pintorescos charlatanes, cuyo saber era meramente superficial.

Tanto los romanos, como los griegos, creían que se podía maldecir a alguien a través de la palabra aún sin estar presente la víctima de dicho maleficio, y por tanto se generaron durante siglos toda una serie de ritos cuyo objetivo era crear un vínculo con las divinidades infernales para lograr el fin deseado. 
Las defixiones o tablillas de execración (tabella defixoria) son unas finas láminas de plomo u otros materiales sobre las que se inscribe un texto que tiene como objeto causar un perjuicio al destinatario por medio de un ritual mágico. Los textos a veces forman figuras geométricas o van escritas en cuadrado. Las letras o el sentido de la escritura podían invertirse e ir acompañadas de signos mágicos y de dibujos de figuras humanas o de animales. Tras pronunciar una serie de fórmulas y de palabras mágicas que invocaban a las divinidades requeridas, se exigía al espíritu, utilizando un lenguaje coactivo, cumplir el deseo inmediatamente. Las laminillas se enrollaban y cuando contenían un texto con una maldición solían atravesarse con uno o varios clavos. Después se depositaban en tumbas, o en otros lugares, como fuentes.



 El plomo era el material habitualmente empleado por ser maleable y fácil de obtener, y porque al ser frío, pesado y gris se vinculaba con la muerte.
Estas tablillas de maldición solían enterrarse en cementerios, preferiblemente junto a las tumbas de aquellos que habían muerto de forma prematura o violenta, los «muertos vivos», a los que se invocaba con especial intención para «someterlos» y utilizarlos en el fin mágico. También se depositaban en santuarios, normalmente dedicados a alguna divinidad infernal o relacionada con la magia, como Hécate o Perséfone, o bien en fuentes de agua, como pozos o cursos fluviales, a los que se veía como un puente hacia el mundo subterráneo u otros lugares significativos para el hechizo (por ejemplo, junto a la puerta de casa de la víctima o bajo su lecho).

Las defixiones constituían un modo de comunicarse con potencias sobrenaturales, las cuales no hacían distinción entre los humanos, y a los que ayudaban a repartir la buena fortuna que le había tocado en suerte a cada uno. Se puede decir que en todos los casos el practicante pretendía tomar el control sobre una situación que involucraba a una o más personas en particular.
La composición de las tablillas dependía de una tradición y unas fórmulas en las que se hacía constar los objetivos concretos del defigens (la persona que iniciaba el proceso mágico) y el método que se utilizaría para llevar a cabo el ritual, ya fuera realizado por el propio defigens o por un mago o hechicero contratado.
En la magia maléfica recogida en las defixiones había que expresar claramente lo que se deseaba e identificar con la mayor exactitud posible a la víctima para conseguir el cumplimiento del maleficio, porque de no hacerse así, el conjuro podría volverse contra el propio autor.

Tabla de defixión, Via Appia
Los motivos por los que se podría iniciar una defixión eran variados, siendo uno de los principales el amoroso o sexual, con la pretensión de unir o separar una pareja. Otros eran los que, ante un proceso judicial, querían impedir que los oponentes defendieran sus causas; también los que deseaban perjudicar los negocios de los rivales, o evitar que ganasen en competiciones deportivas. En ocasiones también se buscaba la reparación de un mal pidiendo la restitución de un objeto robado o la venganza.
Una de las particularidades que pueden observarse en un gran número de tablillas de diferentes épocas y procedencias es el hecho de que el defigens –esto es, el que realiza para sí o encarga a un profesional el rito de la defixio– maldice al defixus –el individuo objeto de la maldición– haciendo referencia a su cuerpo. En numerosas oportunidades el defigens es más preciso y además del cuerpo de su víctima, se fija en cualidades de su personalidad o bienes (simbólicos o materiales) que posee, tales como su prudencia, fuerza, salud, éxito y riquezas. Ciertas veces se nombran solo partes específicas de la anatomía del defixus o se mencionan las necesidades corporales de la víctima, como el hambre, el sueño, ...

(…) te encargo que (…) le envíes algunos
demonios (…) infernales para que no le
sea permitido (…) despreciarme, sino que
haga lo que sea que yo quiera.
Que Vetia, a quien parió Optata, con
vuestra ayuda, no duerma por amor a mí,
que no pueda tomar alimento ni comida.
Quito de Vetia, a quien parió Optata, el
sentido, la inteligencia y el juicio y la
voluntad, para que me ame a mí, Félix,
a quien parió Fructa, a partir de este día,
a partir de esta hora, para que se olvide
de su padre y de su madre y de todos los
suyos y de todos sus amigos y de todos
los hombres por mí, Félix, a quien parió Fructa.
Que Vetia, a quien parió Optata, me tenga
a mí solo en su mente, demente, despierta;
que se queme, se fría (…)
Arda Vetia, a quien parió Optata (…), por
amor y deseo de mí.

En esta tablilla el defigens, un hombre, Félix, realiza el rito mágico para lograr atraer el amor de una mujer, Vetia, en contra de su voluntad. Esta lámina muestra lo que se pretendía conseguir a través de las tablillas de maldición: someter a la víctima a la voluntad de quien ordena la realización de la defixio. Se busca provocar en el cuerpo de Vetia procesos característicos de las situaciones amorosas, como la falta de sueño y apetito, así como que la amada sólo se centre en el hombre que la desea, es decir, se persigue que la voluntad de la amada se centre en favorecer los intereses del defigens. Se utiliza la fórmula de repetir una y otra vez el nombre de la defixus, con la pretensión de que los dioses invocados no se equivoquen en la mujer sobre la que se realiza la maldición. También se menciona continuamente el nombre de la madre tanto en el caso de la mujer como en el del hombre, porque así se garantizaba quienes eran los verdaderos defigens y defixus.


Tabla de defixión, área funeraria de Via Latina, Museo Nacional Romano, foto de Jastrow



Defixión contra Rhodine: “Así como el muerto que está aquí enterrado no puede hablar, así muera Rhodine por lo que a Marco Licinio Fausto concierne y no pueda hablar. Así como el muerto no es recibido ni por los dioses ni por los humanos , así pueda ser recibida por por Marco Licinio y tener tanta fuerza como el muerto aquí enterrado. Te confío Padre que sea siempre odiosa a Marco Licinio Fausto. También a Marco Hedio Anfio. También Gayo Popilio Apolonio. También Venonia Hermina. También Sergia Glicina."

Así como las maldiciones se inscriben casi exclusivamente sobre plomo, en los filtros de amor se pueden emplear otros metales, como el cinc, minerales, como la magnetita, hojas de papiro, e incluso conchas marinas, tan relacionadas con Afrodita. 

"Coge una concha marina y escribe los nombres sagrados con sangre de asno negro.
Fórmula (…) trae a fulana, hija de mengana -aquí el deseo que tengas- no esperéis, traedla.
(Palabras mágicas)" el momento más adecuado es "cuando la luna creciente esté en Aries o
Tauro".

Cuando la intención del defigens era maldecir al defixus no se dejaba al dios invocado decidir el destino del receptor de la maldición, sino que él mismo intentaba controlar su vida y anular su voluntad de forma que no pudiese ni siquiera hacer frente a sus necesidades físicas hasta que hubiera reparado el daño hecho. En el siguiente ejemplo se trata de alguien que no se sentirá satisfecho hasta que se devuelva un objeto robado:

“Bico da a Mercurio lo que perdió. Ya sea varón, ya hombre [sic]. Que no mee, que no cague, que no hable, que no duerma, que no esté despierto. Y que no tenga ni salud ni sanidad, a menos que lo traiga al templo de Mercurio. Y que no soporte la conciencia de este robo a menos que yo interceda”. (DFX 3.22/5)


Tabla de defixión, Museo Británico, © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons

Muchas de las láminas encontradas reflejan el deseo de que el destinatario de la maldición sea perjudicado en su salud, trabajo y relaciones personas, y algunas incluso llegan a pedir su muerte.

El defigens, en el siguiente texto, sin especificar la razón, expresa claramente que le desea a Plotio lo peor. El texto se compone de un exhaustivo recorrido por el cuerpo de este personaje, cada una de cuyas partes es entregada por separado a la diosa Proserpina, la cual ha de asegurar su destrucción. El defigens de esta tablilla agrupa las partes del cuerpo según las funciones vitales que realizan con el fin de bloquear cada una de ellas y que dejen de funcionar, y haciéndola incapaz de interpretar y explicar sus propias dolencias. De ese modo, se vuelve vulnerable e indefensa y se acelera el proceso de su destrucción. Una vez que se ha adueñado del poder y se ha ubicado en una posición jerárquica superior, el defigens está en condiciones de hacer con su víctima lo que le plazca: forzarla a realizar una acción, hacerle sentirse de determinada manera, o incluso destruirla.

"Buena, hermosa Proserpina, esposa de Plutón, o Salvia, si así debo llamarte, arrebata la salud, el cuerpo, el color, las fuerzas y las virtudes de Plotio. (…) Entrégalo a Plutón, tu marido. Que no sea capaz de escapar (a esta maldición) con salida alguna (…) Oh Proserpina, o Aquerusia si así prefieres ser llamada, convócame al tricípite can para arrancar el corazón de Plotius. Prometo ofrecerte tres ofrendas –dátiles, higos y un cerdo negro- si este completa este sino antes del final del mes de marzo (…)   Te doy la cabeza de Plotio, hijo de Avonia, Proserpina Salvia, te doy la frente de Plotio, Proserpina Salvia, te doy las cejas de Plotio, Proserpina Salvia, te doy los párpados de Plotio, Proserpina Salvia, te doy las pupilas de Plotio, Proserpina Salvia, te doy las narinas, los labios las orejas, la nariz, la lengua, los dientes de Plotio, para que no pueda decir Plotio de qué sufre; el cuello, los hombros, los brazos, los dedos, para que no pueda ayudarse en nada; el pecho, el hígado, el corazón, los pulmones, para que no pueda entender de qué sufre; los intestinos, el vientre, el ombligo, los costados, para que no pueda dormir; la espalda, para que no pueda dormir saludable; la vejiga, para que no pueda orinar; las nalgas, el ano, los muslos, las rodillas, las pantorrillas, las tibias, los pies, los talones, los dedos, las uñas, para que no pueda estar de pie por su propia fuerza. (…) No importa lo que haya escrito, grande o pequeño, lo mismo que él ha escrito una execración y la ha dirigido (contra mí), te entrego y consigno a Plotius con el fin de que te lo lleves en el mes de febrero. Que perezca de mala manera, que se vaya de mala manera, que desaparezca de mala manera. Entrégalo, confíalo para que no pueda mirar, ver, contemplar otro mes."


Tabla de defixión, Museo Arqueológico de Munich

Esta defixio es una acción en respuesta a una maldición que dicho individuo habría encargado contra el defigens con anterioridad, y, contiene un votum, la promesa de pago u ofrenda a la divinidad, que se llevará a cabo cuando ésta haya cumplido lo que se le ha solicitado.

Cuando el texto de la tablilla se centra en una parte del cuerpo, ésta suele tener una relación funcional con el motivo de la maldición. Así por ejemplo en el caso de litigios judiciales se apunta a la lengua con el objeto de dejar mudo al oponente durante el juicio y que no pueda defenderse.

"De Sextiliano y Gula Pudente y Pacora Acuto y los hijos de Marco… de Silvano y Sextiliano y Lucio Cecilio Magno. Atad las lenguas de estos que escribí arriba, para que no puedan responder en contra nuestro."

Otro aspecto de la magia erótica maléfica es el que busca herir a la víctima en lo que más daño le puede causar, ya sea privándole de actividad sexual, ya del matrimonio y/o de descendencia.

“Hago una atadura mágica a Saturnina; ataré a su espíritu (...), la ato a ella en su descendencia personal. Que a Saturnia (sic) le sucedan cosas amargas y funestas hasta que Saturnina esté al borde de la muerte. (...) destruyo a Saturnina por medio de la locura desde el momento presente, ya, hasta la eternidad. Ya, ya, ya, rápido, rápido, rápido. La corto en pedazos por toda la eternidad. Rápido, rápido, rápido.”


 Con frecuencia, el defigens acompañaba su tabella con una pequeña figura de plomo, arcilla o cera modelada en representación de la víctima a las que se le solía insertar clavos en puntos delicados del cuerpo ―corazón, garganta, genitales, etc.―, de tal forma que la víctima real sintiera igualmente el dolor en esa zona.

"Deposito junto a vosotros esta maldición, dioses del mundo subterráneo, Plutón y Kore Perséfone, Eresquigal, Adonis, Barbaritha y Hérmes subterráneo, Toth, Fokensepseu Erektathou misonktaik y el poderoso Anubis, Pseriphtha, que tiene las llaves de los que están en el Hades, y los démones subterráneos, los muertos y muertas antes de tiempo, los mancebos y las vírgenes, año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, noche tras noche. Conjuro a todos los démones de este lugar para que asistan a este demon, a Antinoo. Levántate para mí y ve a todo lugar, a todo callejón, a toda casa y constriñe (encadena) a Ptolemais, a la que parió Aia, la hija de Orígenes, para que no pueda tener relaciones sexuales ni sea sodomizada, ni obtenga placer de ningún otro hombre a excepción de mí, Sarapamón, al que parió Area, y no la dejes comer, ni beber, ni disimular, ni salir, ni conciliar el sueño apartada de mí, Sarapamón, al que parió Area. Te conjuro, demon de muerto, Antinoo, por el nombre temible y aterrador, por aquél nombre que cuando la tierra lo escucha se abre, el nombre a cuyo terrible sonido los espíritus se aterrorizan, el nombre que cuando los ríos y las piedras lo escuchan tiemblan horrorizados. Yo te conjuro, demon de muerto Antinoo, por nombres mágicos. No me falles, demon de muerto Antinoo, sino levántate para mí y ve a todo lugar, a todo callejón, a toda casa y tráeme a Ptolemais, a la que parió Aia, la hija de Orígenes. Retenle la comida, la bebida hasta que venga a mí, a Sarapamón, al que parió Area, y que ella no reciba a ningún otro hombre para el placer si no a mí solo, a Sarapamón. Agárrala de los pelos, de las entrañas, hasta que no esté junto a mí, Sarapamón, al que parió Area, y la tenga obediente a mí a ella, a Ptolemais, a la que parió Aia, la hija de Orígenes, por todo el tiempo de mi vida, queriéndome, teniendo relaciones sexuales conmigo y diciéndome todo lo que tenga en mente. Si haces esto, te liberaré."


Muñeca de defixión, Museo del Louvre, París

Este conjuro presenta el nombre del demon, Antinoo, el espíritu del muerto que debe ayudar al defigens, Sarapamón, a conseguir que Ptolemais se sienta atraída sexualmente solo por él. Esta laminilla, plegada repetidamente, se encontró junto a una muñequita de barro conservada en el museo de Louvre. Conserva entre la línea 22 y 23 un agujero que probablemente sirvió para fijar la tablilla a la figurita. Las 13 agujas que la perforan coinciden casi exactamente con la fórmula del PGM IV 296-328. Ambos conjuros se componen, además, de una fórmula coercitiva que obliga al muerto a actuar bajo la amenaza de no liberarlo y perturbar su eterno descanso, alterado por la magia del conjuro.
Las figuritas depositadas junto a las tablillas no se limitaban solo a la magia maléfica: podían tener también fines "positivos", como favorecer el parto y la fecundidad, la cura y prevención de enfermedades o propiciar buenas cosechas.

La magia de protección también sirvió para satisfacer las aspiraciones sociales de las personas. La promoción social pasaba primeramente por una prosperidad económica importante que se intentaba mejorar mediante conjuros. Por ello son abundantes los ejemplos de prácticas e invocaciones para hacer mejorar un negocio, una casa o una empresa. Suelen estar asociados a la figura de Hermes al que se le utiliza como mediador por ser protector de los comerciantes, y en las fórmulas mágicas se emplean a menudo elementos que dan una imagen de riqueza o negocio: pedazos de pan, monedas, alforjas, etc.


“Fórmula eficaz y fórmula de invocación sobre un taller o una casa o cualquier lugar donde la sitúes: teniéndola te enriquecerás, tendrás suerte, pues Hermes la hizo para Isis cuando andaba vagando; es maravillosa y se la llama ((pequeño pedigüeño)). Toma cera que no haya estado al fuego, la que se llama goma de abeja, y modela una figura de hombre que tenga la mano derecha en actitud de pedir y en la izquierda sostenga una alforja y un báculo.
Que haya una serpiente enroscada al báculo; la figura debe tener un ceñidor y estar, como Isis, sobre una esfera que tenga una serpiente enroscada. Lo levantarás y colocarás en el tronco de un enebro, con una thérmouthis (aspid) de la tierra y un cesto cubierto por encima. Modela la figura en luna nueva, conságrala con ánimo alegre y recita la fórmula que hay sobre sus partes, dividiéndola cuatro veces en tres partes. Escribe una tablilla para cada parte en papiro hierático, con cinabrio, jugo de artemisa y mirra.
Cuando la hayas erigido en el lugar elegido, ofrécele en sacrificio un onagro con la frente blanca, quemándolo totalmente; asa las entrañas en varas de mimbre y cómetelas así.”

En los papiros encontramos una práctica de sometimiento, con fines principalmente eróticos, dirigida y dedicada a Eros y Afrodita, cuyas figuras se moldeaban o grababan en piedras preciosas para otorgar protección.


Gema con Afrodita, Museo de Bellas Artes, Boston
"Espada de Dárdano. Práctica llamada «Espada», a la que nada iguala por su fuerza; pues doblega y conduce derechamente al alma a donde quieras si pronuncias la siguiente oración: «Yo someto el alma de fulano. Toma un pedazo de magnetita, la piedra que tiene pneuma, y graba en ella la imagen de Afrodita sentada a horcajadas sobre Psique a la que sujeta con su mano derecha, con los cabellos atados, y sobre su cabeza: achmage rharpepsei.  Debajo de Afrodita y de Psique pon a Eros en pie sobre el polo, sosteniendo una lámpara encendida, intentando quemar a Psique. Debajo de Eros estos nombres: achapa Adonáis basma charako Jacob Iao e, pharpharei; en la otra cara de la piedra, Psique y Eros entrelazados y, bajo los pies de Eros, lo siguiente: sssssss, y debajo de Psique: eeeeeee.
Una vez que la piedra esté grabada y consagrada, úsala de esta manera: ponla debajo de la lengua, dale una vuelta hasta que quieras y recita esta fórmula: «Te llamo a ti, el engendrador primero de toda generación, el que extiende sus alas sobre todo el universo, a ti el inabordable y el inconmensurable, tú que infundes en todas las almas un pensamiento generador de vida, tú que todo lo armonizas con tu propia fuerza… Te invoco a ti, el inexorable, con tu nombre más grande: azarachtharaza latha iathal, y y y lathai, athallalaph (vocales) ouerieu, legeta, rhamaiama, rhatagel dirige el alma de fulana hacia mí, fulano, para que me quiera, para que me ame, para que me dé todo lo que tiene en sus manos. Que me diga lo que hay en su alma, porque yo he invocado en mi auxilio tu gran nombre."

En las tablillas de maleficio, por ejemplo, es obligatorio escribir los nombres de las víctimas, pero es, en cambio, excepcional que contengan el nombre del embrujador, quien no deseaba comprometerse, como es natural, descubriéndose a sí mismo. Sin embargo, sí se cita el nombre del defigens en las tablillas amorosas, puesto que se exige ser correspondido y para ello debe estar identificado.
Para potenciar el ritual se solía dejar junto a la tablilla algo que hubiera estado en contacto con la víctima, o mejor aún, restos de pelo o uñas de la misma, ya que, se pensaba que aquello que una vez estuvo en contacto lo seguiría estando después de su separación, de forma que lo que se hiciera sobre esa sustancia, se haría igualmente sobre la víctima. A veces la maldición se extendía a los allegados a la víctima para intentar causar el mayor daño posible.


Contenedores metálicos para defixiones de Anna Perenna
Pero no sólo estas acciones propiciadoras de muerte fueron llevadas a cabo a través del depósito de estos textos execratorios escritos. En la fontana de Anna Perenna han salido a la luz numerosas lucernas, que contenían además defixiones enrolladas en algunas de ellas como si de una mecha se tratara. Dichas lucernas, sin usar o poco usadas, tienen por tanto un carácter mágico y han sido convincentemente interpretadas como ofrendas sustitutivas de víctimas humanas: la acción de arrojar una lucerna en una cisterna subterránea sería un ritual de homicidio simbólico. En el mismo lugar se han encontrado contenedores metálicos con láminas de maldición enrolladas y figuritas en su interior.

Una inscripción de Lambaesis (Túnez) documenta bien claramente que se creía realmente en los efectos mortales de la maldición procurada por un enemigo a través de defixiones. Se trata del epígrafe dedicado por Proculinus, tribuno de la III Legión Augusta, a su esposa Aelius tras 13 años de matrimonio, contraído cuando ella cumpliera quince (CIL VIII 2756; DT p. CXXI):

“Aquí yace Fructuosa… / …, que no recibió la clase de muerte que merecía. Execrada por conjuros, yació muda largo tiempo y su vida le fue arrebatada violentamente antes que dada a la naturaleza. Que los Manes o los dioses celestiales venguen este execrable crimen que se ha perpetrado”.

Entre las divinidades invocadas en las tabellae se encuentran las pertenecientes al ámbito infernal, a las que se suele referir como Dis Inferis, aunque también se invoca a los señores del inframundo, Plutón (Hades) y Proserpina (Perséfone), además de los manes y espíritus de los muertos prematuros. De entre el panteón grecolatino destacan Júpiter, Mercurio, Diana o Némesis o ciertas deidades idóneas para cumplir con los objetivos del defigens, como sería el caso de Muta Tácita, a la que se apela para silenciar a las víctimas ante un inminente proceso judicial, o el de Caco, que invocado junto a Mercurio debía atrapar a un ladrón.
Las divinidades indígenas también encontraron un hueco porque la mayoría de la población posiblemente se fiaría más de ellos que los dioses impuestos por el Imperio.

El tercer grupo de divinidades invocadas en las defixiones está formado por potencias orientales como Cibeles, Atis, Isis, Seth, Cristo o el daemon Abraxas, entre otras, cuyos cultos se asentarán en Roma a partir de finales del S. III d. C. A estas menciones, hay que añadir las documentadas en las tabellae altoimperiales del Norte de África donde hay una tendencia a apelar a démones en lugar de dioses, preferencia que quizá podría tener su origen en la magia greco-egipcia, donde estas potencias desempeñan un papel esencial. Mediante estas apelaciones, los defigentes se estarían dirigiendo de forma directa al difunto que ocupaba la tumba empleada como depósito de la tabella o a los espíritus que vagaban por los alrededores.


Lamella de Billingford, Inglaterra

A diferencia de la magia agresiva de las defixiones existía la magia preventiva, y una representación se hacía con las lamellae, inscripciones mágicas sobre unas finísimas láminas de metal precioso o no, que simbolizaba efecto positivo, oro, plata, bronce o cobre. Se enrollaban y se convertían en un amuleto destinado a proteger y prevenir de todo mal al poseedor de la misma, al mismo tiempo que servían como remedio de dolencias provocadas por los démones. El individuo debía llevarlo colgado del cuello o en contacto con alguna parte del cuerpo. La fórmula utilizada urgía a la potencia mágica, en el mismo tono imperioso que las defixiones,  el cumplimiento del deseo.


Retrato el Fayum con joven luciendo amuleto con lamella

Se podía pedir protección para no ser afectado por los encantamientos y los demonios.


“(Signos mágicos) Protege a Juliana de todo hechizo y de todo sufrimiento pasivo, y de toda influencia activa y aparición demoníaca por el día o por la noche; ahora, ahora; rápido, rápido; pronto, pronto, pronto.” (Lámina de plata, Beroea, Siria, s. II-III)

Pero también se podía solicitar a los dioses o espíritus su ayuda para superar una dolencia o tener un buen parto, por ejemplo.
“Símbolos y nombres mágicos. Haced con vuestros sagrados nombres que Fabia a la que Terencia, su madre, parió, gozando de buena salud, consiga dar a luz felizmente; que el nombre del Señor y Gran Dios sea por siempre eterno.” (Lamella, Museo Británico)


Lamella de oro, Museo Británico

Carácter preventivo poseían las gemas mágicas en las que por un lado se grababa una imagen y por el otro un texto, los cuales invocaban a los espíritus para que sus poderes sirvieran de protección al que lo utilizase, es decir, se convertía en un amuleto protector. En caso de engastarse en un anillo o colgante el texto quedaba oculto. En algunos casos la inscripción cubría ambos lados y no aparecía ninguna imagen. En los papiros se indica el proceso ritual a seguir para grabar una gema, su utilidad y la fórmula mágica a pronunciar para que todo sea efectivo.

“Hace a los hombres famosos, grandes, admirables y ricos gracias a su poder, o proporciona amistad con hombres así. El anillo es sin interrupción para ti justo en todo y da suerte. Encierra un nombre hermosísimo.
Se graba un sol en una piedra de heliotropo de esta manera: una serpiente gruesa con la boca mordiéndose la cola en forma de corona. Dentro de la serpiente debe haber un escarabajo sagrado despidiendo rayos. El nombre se graba en la parte posterior de la piedra por medio de signos sagrados como dicen los profetas. Una vez que hayas realizado el rito, llévalo con pureza… Abrirá puertas y romperá ataduras y piedras el que lleva la piedra, es decir, la gema tallada, y si pronuncia el nombre esculpido debajo."



Por la mañana temprano ponte frente al sol, sujeta la piedra bien proporcionada, de hermosa hechura, divina, sagrada, útil, económica, compasiva, la que proporciona revelaciones, armoniosa y apropiada y di:
 «Dios supremo, el que sobrepasa todo poder, te invoco ai ti, el Iao, el Sabaot, el Adonáis, el Eiloein, el Seboein, el Talam, el Caunaum, Sagenam Elenmedor Capsuti, el Setora, el Safta, el Nuquita, el Abraham, el Isaac, el Jacob, el Catatic, el Zeupein, el Nefigor, el Astafeon, el Catacernef, el Conteon, el Catut, el Cerideu, el Marmariot….
 Te he invocado a ti, supremo dios, y a través de ti al Todo, para que concedas una divina y suprema fuerza a esta piedra esculpida y hagas que tenga poder y fuerza en todo y permita cambiar almas, mover espíritus, someter enemigos, fundar amistades, … Sí, señor, señor, realiza totalmente esta consagración.
Cuando hayas terminado esta fórmula, dila tres veces cada día en la hora tercera, sexta y novena. Esto durante catorce días empezando a partir de la tercera fase de la luna. Procura que la diosa esté en Tauro o en Virgo, en Escorpión, en Acuario o en Piscis.
Al hacer la consagración ofrece en cada invocación la libación prescrita, así como ungüentos de cualquier clase, excepto incienso. Al terminar la consagración debidamente, toma un gallo de doble cresta, blanco o rubio, pero guárdate de uno negro…
Cuantas veces quieras dar órdenes al dios, dirígete al muy grande Ufor, dale órdenes y él las cumplirá…. por él están vigorizadas las figuras modeladas y esculpidas y talladas. Porque éste es el verdadero; los demás en cambio dan largos rodeos, hablan con engaño y alcanzan una duración inútil. Guarda esto también en secreto, como un gran misterio. Ocúltalo, ocúltalo. Así es.”

Las inscripciones eran de menor extensión, si las comparamos con las de papiros y defixiones, debido a la evidente falta de espacio. En este sentido se encuentran muy comúnmente gemas mágicas con inscripciones breves, cortas y directas de una o pocas palabras, en las que por lo general el poseedor de la piedra se dirige, imperativamente, y a través de numerosos epítetos, a un demon o divinidad en busca de protección o influencia benéfica.

En las gemas mágicas medicinales las inscripciones se dirigen directamente a la enfermedad en cuestión o al órgano o miembro del cuerpo afectado para que funcione correctamente. Típicos ejemplos de este género son las inscripciones «estomacales», para tener una correcta digestión, o las inscripciones referidas a las dolencias de espalda. En otros casos, como las gemas de tipo «uterino», se persuade al órgano para que funcione correctamente, es decir, que se dilate o contraiga en los tiempos establecidos, para no verse influenciado por démones malignos, que provoquen hemorragias, abortos o embarazos indeseados.

En la medicina mágica el mago combate el mal desde dos frentes: puede curar con medicamentos, o puede expulsar la fuente que causa el mal, esto es, el demon maligno. El enfermo puede sanar entonces por obra de un mago, o bien mediante la incubatio, por la cual un enfermo se dirigía al santuario de una divinidad a pasar allí la noche para que durante el sueño el dios le revelase la forma de curar su mal.


Visita al Templo de Esculapio, John William Webster

 El exorcismo es una forma compleja de magia, en la que se convocan a cierto número de dioses o démones para que combatan y expulsen a otro demon, que, alojado en su cuerpo y en su mente, está atormentando a una persona. Este proceso solo puede ser realizado por un experto mago-exorcista, quien, ante la imposibilidad de maltratar a un poseído, solo puede vencer al malvado espíritu con la fuerza de la palabra, apelando a la autoridad de unos poderes superiores para que le ayuden y creando una presión mediante órdenes imperativas dirigidas al demonio para que abandone el cuerpo de forma inmediata. Tras la expulsión del demon y la reubicación del mismo en otro cuerpo, el exorcista pasa a otras fases del exorcismo menos violentas: primero, la práctica mágica de ayuda, consistente, por ejemplo, en la imposición de manos, la recitación piadosa de oraciones, soplar sobre el poseso o tocarlo mediante ramas o amuletos, así como la aspersión de agua o la unción con aceite. Finalmente, una vez expulsado el mal, el exorcista puede proceder a una acción profiláctica que se realizaba sobre el cuerpo y la mente del enfermo con la colocación de un amuleto (por ejemplo, una cruz) para proteger al individuo recién liberado de la posibilidad de ser ocupado de nuevo por un demon maligno.

"Práctica perfecta para expulsar démones: Fórmula que se recita sobre su cabeza (del poseso).
Arroja delante de él ramas de olivo, te pones detrás de él y dices:
(En copto:) «Salve, dios de Abraham; salve, dios de Isaac; salve, dios de Jacob; Jesús Chrestos, el Espíritu Santo, el Hijo del Padre; El que está por encima del Siete, el que está dentro del Siete. Invoco a Iao Sabaoth; del que emana todo poder, (citar nombre del endemoniado), hasta que gobierne al sucio demonio Satán que está dentro de él.
Te conjuro, demon, quien quiera que seas, por este dios (vox magica); ¡sal, demon, quienquiera que seas, y aléjate de fulano, pronto, pronto, ya, ya!
¡
Sal, demon, pues te ato con cadenas de acero indisolubles y te entrego al negro caos para tu total destrucción!
Preparación: Toma siete ramas de olivo, ata seis de ellas de punta a rabo, una por una, y, con la que queda, golpea al hacer el conjuro. Mantenlo oculto.
Ya se ha probado. Después de echarlo (al demonio), rodea al individuo con el amuleto, que se le colgará al enfermo después de arrojar al demon; sobre la hoja de estaño escribe lo siguiente: «(voces magicas), guarda a fulano». También tiene otro amuleto en el cual aparece este signo S."


Cristo sanando una mujer, Catacumba de Marcelino y Pedro

 La frecuencia de las actuaciones de Jesús, de sus discípulos y otros santos cristianos como exorcistas indica que estaba muy extendida la creencia de que los espíritus malignos o destructivos podían entrar en una persona y causar su ruina, atacando a su cuerpo y a su mente. Posiblemente muchos de estos «encantamientos» fuesen crisis epilépticas. La posesión demoníaca se produce en mentes enfermas que no saben reaccionar ante algo para lo que no tienen respuesta, como una pesadilla.

“Y Apolonio, levantando su mirada hacia él, dijo:
-No eres tu quien te comportas con ese descaro, sino el demon que te impulsa sin tu saberlo.
Estaba efectivamente poseido por démones el jovencito. Pues se reía con lo que ningún otro, y pasaba al llanto sin tener motivo. Además, conversaba y cantaba para sí mismo. La gente creía que era su juventud retozona la que le impulsaba a aquello, pero realmente era el intérprete del demon y daba la impresión de estar embriagado, con el comportamiento propio de un borracho que tenía entonces. Al verlo Apolonio, el espectro prorrumpió en cuantos gritos de pavor y cólera son propios de quienes se están quemando o sometidos a tormento, y juraba que saldría del jovencito y que no se apoderaría de ningún hombre. Pero al hablarle Apolonio con cólera, como un amo a un esclavo pícaro, ruin, descarado y demás, y al exhortarle a que se marchara dejando constancia de ello, dijo:
-Tumbaré tal estatua -aludiendo a una de las de junto al Portico Real, ante el que esto sucedía.
Cuando la estatua osciló primero, luego cayó, ¿cómo podría pintar alguien el alboroto consecuente, y como aplaudían por el prodigio?
EI jovencito, como acabado de salir del sueño, se frotó los ojos y miró hacia los rayos del sol. Le entró vergüenza al tener, todos, la atención vuelta hacia él, y ya no se mostraba desvergonzado, ni tenía la mirada perdida, sino que volvió a su propia naturaleza mejor que si hubiera usado un bebedizo.” (Filostrato, Apolonio de Tiana, IV, 20)

 La creencia en las virtudes de los afrodisiacos existe desde la más remota antigüedad, y por ello el hombre que deseaba aumentar su vigor y excitación sexual, recurría a su uso como se puede comprobar en la receta de un ungüento para la mujer, que se recoge en un papiro egipcio, y que lo relaciona con la magia porque además de exigir su efecto inmediato se reclama que la mujer se someta únicamente al deseo del hombre que lo utilice.

"Toma un huevo de corneja y el jugo de la planta "pata de corneja" y hiel de un torpedo de río; mézclalo todo bien con miel y pronuncia la fórmula al triturarlo y untar tu sexo. Ésta es la fórmula que se pronuncia: "a ti te hablo, útero de fulana, ábrete y recibe el semen de fulano y el semen impotente de iarphe arphe. Escríbelo. Que me ame fulana durante todo el tiempo de su vida, como amó Isis a Osiris; que me permanezca fiel como Penélope a Odiseo. Y tú, útero, recuérdame durante todo el tiempo de tu vida, porque yo soy Alcarnactas". Di esto al triturarlo y cuando untes tu sexo, y acuéstate con la que quieras; te amará solamente a ti y no será nunca poseída por nadie. Sólo por ti".



Pintura con erinias (malos espíritus), Pompeya

La expansión del culto cristiano y la prohibición de prácticas mágicas por parte de los emperadores no frenaron la necesidad de solicitar los servicios de los magos y hechiceras.

“Hechizar hierbas para encantamientos e invocar los nombres de los demonios al hacerlo, ¿qué otra cosa es sino culto al diablo?” (Martín de Braga, Sermón contra las supersticiones rurales, s. VI)

No sólo los papiros o los amuletos demuestran que, efectivamente, había cristianos que recurrían a la magia. Las propias fuentes cristianas hablan de la práctica de exorcismos aún en vida de Jesús, de la invocación de su nombre como arma poderosa y de la utilización del símbolo de la cruz para asegurarse la protección divina. Incluso a los sacramentos, especialmente al bautismo, se les suponía un cierto poder milagroso. Quienes hacían uso de la magia querían creer que tenían la posibilidad de alterar el Destino.


Pintura de San Pedro y San Pablo, Iglesia de Santa Tecla

El Cristianismo recurrió a los monjes santos para contrarrestar la acción y la atracción que sobre las masas de la época ejercían magos, hechiceros, curanderos y adivinos. El resultado fue el paso de las supersticiones tradicionales, ligadas a los cultos paganos, a una nueva forma de superstición de signo cristiano mediante la transformación del dios pagano en demonio y del mago en santo. San Jerónimo relata un suceso en su obra sobre la vida de San Hilarión que da cuenta de cómo se seguía haciendo uso de la magia para obtener el amor que no era correspondido.

"Un joven del mismo mercado de Gaza amaba perdidamente a una virgen de Dios que habitaba cerca. No había tenido éxito ni con sus frecuentes halagos, ni con gestos, ni silbidos, ni otras cosas semejantes que suelen ser el comienzo de la muerte de la virginidad. Entonces se fue a Menfis para revelar su herida de amor, regresar y ver a la doncella armado con artes mágicas.
Después de un año, instruido por los sacerdotes de Esculapio, que no cura las almas, sino que las pierde, vino con el propósito de realizar el estupro que había anticipado en su imaginación. Enterró bajo el umbral de la casa de la doncella ciertas palabras y figuras extrañas grabadas en una lámina de bronce de Chipre. Repentinamente la virgen enloqueció, arrojó el velo, se soltó la cabellera, y rechinando los dientes llamaba a gritos al joven. La vehemencia del amor se había convertido en locura.
Los padres de la joven solicitan la ayuda del santo para expulsar al demonio que la posee."

El hecho de que un cristiano recurriera a la magia, a pesar de conocer sus nefastas consecuencias es una prueba más de que la necesidad provocaba la comunicación con la divinidad. Se pensaba que la oración era un canal de comunicación abierto por el Señor para que su pueblo solicitara bienes espirituales, por lo que pedir la ayuda de ciertos espíritus, aunque fueran paganos, no distaba mucho de ese pensamiento.


Pápiro mágico copto, Museo Kelsey, Universidad de  Michigan

Las razones para iniciar un conjuro seguían siendo las enfermedades propias o de los seres queridos, el deseo sexual, la venganza, y la necesidad de protección frente a espíritus hostiles. Se mantenía la técnica de la repetición o la pretensión de que Dios actuase de forma poco ética.

“Oh, Señor, mi Dios, por quien yo me preocupo, que se sienta en el carro del Querubín y se rodea por el Serafín que monta en las cuatro criaturas, Miguel, Gabriel, los Arcángeles, el Querubín y el Serafín, Rabuel….
El que se sienta en el trono con su amado hijo junto con los que he mencionado, y el lugar donde esto (el amuleto) se depositará y el ángel de la Iglesia:
Debes aplastar rápidamente a Prestusia y Tnounte y Ebonh por completo y debes destruirlos como ellos lo destruyeron (al cliente). ¡Debes descargar en ellos tu ira y tu brazo alzado!... (Texto mágico copto, nº 90)

El cristianismo, por tanto, al convertir a los dioses paganos en demonios, dio razones a las masas populares para creer en esos poderes infernales o celestiales que hasta entonces habían invocado con gran éxito las artes mágicas tradicionales.



Gema mágica con Cristo crucificado

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Textos griegos de maleficio, Amor López Jimeno, Google Books
Curse Tablets and Binding Spells from the Ancient World, John G. Gager, Google books
Ancient Christian Magic: Coptic Texts of Ritual Power; Marvin Meyer, Richard Smith, eds.
TEXTOS DE MAGIA EN PAPIROS GRIEGOS, José Luis Calvo Martínez y Mª Dolores Sánchez Romero, Editorial Gredos