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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ornamenta gemmarum, joyas con perlas y gemas en Roma antigua



Retrato Fayum, Liebieghaus, foto:FA2010

A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.

Tras las conquistas de Alejandro Magno (356 – 323 a.C.) enormes cantidades de perlas llegaron a los mercados de Occidente desde Oriente. Alejandría, capital del imperio Tolemaico desde el 304 a.C., se convirtió en una rica metrópolis donde incluso perlas de mejillones de Britania se ofrecían a la venta, traídas por los Fenicios que habían llegado hasta las costas británicas en el siglo VII a.C.


Mosaico con retrato femenino, Museo Arqueológico de Nápoles

Tanto Plinio como el Periplo del Mar Eritreo destacaban las perlas del Índico por su calidad y tamaño. Las perlas del Golfo Pérsico y del Mar rojo resaltaban por su blancura. Las del Bósforo eran rojizas y de menor tamaño. Las de la costa de Mauritania eran pequeñas y las perlas británicas sobresalían por ser más oscuras y con tonos áureos. Se decía que no existían dos perlas idénticas porque todas variaban en color, tamaño, forma y peso. Las que poseían mayor valor comercial eran las del Índico.


En efecto, la mejor (perla) es la del Mar Indio y la del Mar Rojo. Pero también las hay en el Océano occidental, donde está la isla de Bretaña. Pero parece que es más o menos dorada y tiene brillos más débiles y apagados. Dice Juba que también las hay en el Estrecho del Bósforo, que son inferiores a las de Britania y su origen no es inferior al de la India y del Mar Rojo. Pero sostiene que la perla de tierra firme india no tiene una naturaleza particular, sino que es el resultado del cristal formado no de los hielos sino del mineral.


Retrato de El Fayum, Museo de Bellas Artes
de Strasburgo
“Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares refulgen sobre las conchas abiertas."
Por lo visto, estas conchas, que son las madres de las antes citadas, se cogen cuando hace buen día y el mar no se mueve. Los buscadores de perlas, una vez que las cogen, extraen de ellas nada más y nada menos que esa perla que hechiza el alma de las lujuriosas.


Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.

La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello, …” (Eliano, Historia de los Animales, L. X)


En el Imperio romano la perla fue asociada rápidamente con el lujo. Así, tanto en el mundo romano como en el bizantino, la posesión y ostentación de perlas se convirtió en distintivo de las élites sociales.

Plinio culpaba a la victoria de Pompeyo sobre Mitrídates y su triunfo en 61 a.C. del gusto de los romanos por las perlas y gemas durante los últimos años de la República, que continuó durante todo el Imperio. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se volvieron a dar las condiciones que posibilitaron un comercio marítimo más seguro a Oriente, esta vez bajo la protección de una flota romana que permitía la reapertura de antiguas rutas o el hallazgo de nuevas.


Pendiente de perla, Museo Metropolitan de Nueva York
“En efecto, puesto que Antonio, considerando que cualquier cosa que se engendrara en el mar, en la tierra o incluso en el cielo había nacido para saciar su propia glotonería, lo dirigía a su boca y sus dientes y, cautivo por esta razón, quería hacer del Imperio romano un reino egipcio, su esposa Cleopatra, que no soportaba ser vencida por los romanos y ni siquiera en el lujo, le apostó que podía gastarse en una cena diez millones de sestercios. Aquello le pareció asombroso a Antonio y sin dilación aceptó la apuesta digna de un mediador como Munacio Planco, que fue elegido árbitro de tan honrada competición. Al día siguiente, sondeando a Antonio, Cleopatra preparó una cena fastuosa, pero no admirada por Antonio, puesto que ciertamente conocía sus lujos diarios todo lo que ofrecía. Entonces la reina, entre risas, reclamó una copa, a la que le añade algo de vinagre amargo, y seguidamente introduce una perla que se había quitado de una oreja, rápidamente se diluye – según es la naturaleza de esta piedra – y se la bebe; y, aunque había ganado en el acto la apuesta sin esfuerzo – había gastado en la propia perla diez millones de sestercios -, sin embargo, dirigió su mano de manera semejante también hacia la perla de su otra oreja; ahora bien, Munacio Planco, un juez severísimo, dictaminó rápidamente que Antonio había perdido. Se pudo observar luego de qué tamaño era aquella perla, puesto que la que quedó, después de vencida la reina y capturado Egipto, se transportó a Roma y se cortó, y se confeccionaron dos perlas de una sola y se le colocaron a una estatua de Venus, según se dice, de monstruoso tamaño en el templo que se denomina Panteón." (Macrobio, Saturnales, Libro III)


Cleopatra, pintura de Frank Dicksee

Los productos lujosos procedentes de China e India tenían numerosos clientes en Roma que podían pagar altos precios en oro y plata por ciertos objetos por simple placer. Este intercambio comercial provocaba, según lamentaba Plinio, la salida de grandes riquezas de Roma a principios del Imperio, aunque no es posible saber el coste real que el comercio de perlas supuso para Roma.
                                                                                                                          
“no es de ahora que la India obtiene menos de cincuenta millones de sestercios de nuestro imperio a cambio de mercancías vendidas entre nosotros por un precio cien veces superior” (Plinio, HN 6.26), a lo que añade posteriormente que “cien millones de sestercios, al cálculo más bajo, salen anualmente de nuestro Imperio por la India, Sérica y la península Arábica” (Plinio, HN 12.41)


Pendientes de perla Pompeya

El hecho de que el Mediterráneo careciera de caladeros propios contribuyó a que además de como un bien de importación adquiriera valor como un bien de prestigio. Por otro lado, la legislación romana trató desde muy pronto de limitar la fuga de capitales por la compra de productos de lujo a pueblos extranjeros, y aunque en muchos casos no se hace mención expresa de las perlas, se vio afectado su comercio como el de otros bienes de lujo. De esta manera, desde muy temprano se instituyeron en Roma una serie de leyes suntuarias destinadas a limitar el número de personas que podían hacer ostentación de joyas, y por tanto de perlas.

“Gelia no jura por los misterios sagrados de Dindimene, ni por el buey de la novilla del Nilo ni, en una palabra, por ningún dios o diosa jura Gelia, sino por sus perlas. A éstas abraza, a éstas cubre de besos, a éstas las llama sus hermanos, a éstas las llama sus hermanas, a éstas quiere más ardientemente que a sus dos hijos. Si por alguna desgracia la pobrecilla se quedara sin ellas, dice que no viviría ni una hora. ¡Ay, qué bien vendría ahora, Papiriano, la mano de Anneo Sereno!” (Marcial, 8, 81)

Ya en época de Julio César se llegó a prohibir a las mujeres, bajo una serie de medidas austeras, el uso de literas, púrpuras y perlas, exceptuando a ciertas personas según su edad, o bien por tratarse de un día festivo.

Pero la aplicación de estas leyes suntuarias al final de la República no fue del todo efectiva, un ejemplo de ello es que Julio Cesar regaló a su amante Servilia, en el año 59 a. C., “una perla que le había costado seis millones de sestercios” (Suetonio, Julio Cesar, 50)





Las perlas formaban parte del patrimonio familiar y la posesión de joyas se equiparaba a tener tierras en propiedad y se apreciaba más que gastarse el dinero en perfumes y vestidos lujosos, por ser estos perecederos. Las joyas se dejaban en herencia, se podían vender o incluso retocar para extraer una pieza y venderla en solitario. Los nuevos ricos presumían de las joyas que regalaban a sus esposas como símbolo de su riqueza y éstas disfrutaban de estos adornos que les hacía “brillar” en la sociedad romana luciéndolas en banquetes y festividades religiosas.

“Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.



Pendientes de oro y perlas, Victoria and Albert Museum

Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.
Claro – dijo Habinas -, como que me has desplumado para poderte comprar estas habas de cristal. ¡Seguro que si tuviera una hija le cortaría las orejas! De no existir las mujeres, los precios estarían por los suelos.” (Petronio, Satyricon, 67)




Estas joyas dentro de las mansiones romanas solían ponerse a buen recaudo por los esclavos de confianza, los atrienses, encargados de guardar las joyas y perlas de la casa, conociéndose incluso en las inscripciones a través de la formula ad margarita.

 Las leyes suntuarias a lo largo del imperio cayeron en desuso de mano de los propios emperadores y los miembros de su familia, siendo las perlas uno de los elementos más visibles de su ostentación.

«Yo he visto a Lolia Paulina, esposa del príncipe Cayo Calígula, cubierta de esmeraldas y de perlas, no en alguna ceremonia de aparato severa y solemne, sino incluso en un banquete corriente de esponsales; entrelazadas alternadamente, las joyas resplandecían por toda la cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando en conjunto cuarenta millones de sestercios. [...] Y no se trataba de regalos de un generoso príncipe, sino del patrimonio de sus antepasados, es decir, del producto del despojo de las provincias». (Plin. NH 9.58.117)


Retrato de El Fayum

El comercio de las perlas se concentró en manos de los “margaritarii”, nombre dado a los buscadores de perlas y a los comerciantes y joyeros también, quienes establecieron sus “officinae margaritariorum” en el Foro Romano. La “margarita” se convirtió en uno de los productos más lujosos, y pasó a denominar objetos queridos o incluso personas amadas, especialmente niños.

Las gemas, valiosos indicadores de cultura y estatus, eran buscadas por las élites griegas y romanas. Una gema es una piedra preciosa o semipreciosa que ha sido cortada, pulida, grabada o alterada de alguna otra forma para ser utilizada como insignia personal para hacer sellos o como decoración. A menudo importadas desde lejos, las gemas antiguas eran verdaderamente exóticas, y sus colores brillantes y luminiscencia incrementaban su valor.

“No mencionaré tus costosos pendientes, tus brillantes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus vistosas esmeraldas verdes, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros,—tonos que hacen volverse a las matronas, y les hace desear su posesión.” (S. Jerónimo, CXXX, 7)

Las gemas utilizadas en joyería ornamental eran tasadas no solo por su grabado distintivo, sino también por la belleza de sus piedras, pero se les concedía propiedades medicinales y curativas basadas en el color de cada piedra. Los médicos las prescribían molidas en un fino polvo mezclado con líquido para remediar algunos males.


Pintura de John William Godward

El cristal de roca procedía según Plinio de la India y los Alpes entre otros lugares. Era símbolo de pureza por su trasparencia y se creía que ayudaba a encontrar el equilibrio del cuerpo. Las piedras rojas como el granate aliviaban enfermedades relacionadas con la sangre. La amatista por su colorido similar al vino se utilizaba para aminorar los efectos de la borrachera. Las de color verde como la esmeralda proporcionaban cura a los problemas estomacales y las azules, como el zafiro reducían las hinchazones asociadas con hematomas. El ópalo por su concentración de colores proporcionaba tratamiento para una gran variedad de enfermedades.



Collar con cristal de roca, Museo Metropolitan de Nueva York

Según Plinio se mejoraba el brillo de las piedras hirviéndolas en miel, especialmente la de Córcega. 

La popularidad del ámbar se debía a las propiedades terapéuticas se le otorgaban y a sus cualidades estéticas. Así, Plinio el Viejo ya refiere el empleo de collares de ámbar contra las enfermedades de la garganta y el pecho, y utilizado frente a fiebres y diversos males (Historia Natural, XXXVII, 44-51). Mientras, en el ámbito funerario parecen pesar también las creencias de que se trata de un material favorecedor del descanso de los difuntos, un ejemplo más del valor mágico-religioso que se le supone ya desde antiguo, en época romana ligado especialmente a los momentos de tránsito.
Con todo, en determinados círculos, a pesar de lo relativamente extendido de su uso, la sucina gemma, como así la llama Isidoro (Etimologías, XX, 5), es vista como símbolo de lujo, a evitar por parte de aquellos que quieren guiarse por la virtud, como podemos ver, por ejemplo, en el Peristephanon de Prudencio a finales del siglo IV.


Sortija de ámbar

Los etruscos y los romanos disfrutaron de joyas y adornos elaborados por artistas especializados en ámbar que transformaban los pedazos que venían del Báltico en bruto en verdaderas joyas de arte. Se hacían camafeos y objetos de lujo finamente tallados. La sociedad romana consideraba el ámbar como símbolo de fertilidad y buena suerte, de ahí que los gladiadores lo llevaran entre sus ropas, como un talismán, cuando salían a luchar.

Otra piedra considerada semipreciosa muy utilizada en diversas épocas desde la edad de Bronce es el azabache, una variedad dura y negra del lignito de alto valor económico y artesanal que, una vez pulida, adquiere un brillo aterciopelado. Este mineral orgánico procede de la madera de árboles fosilizados. En la época romana extraían este material en grandes cantidades, y se utilizaba con frecuencia en amuletos y colgantes, debido a sus supuestas cualidades protectoras y la capacidad de desviar la mirada del mal de ojo. Se le confirió un uso "mágico" a este material britano. Cayo Julio Solino escribió cómo este azabache era muy apreciado para joyas ornamentales y se elaboraba en gran parte en el asentamiento de Eburacum (actual ciudad de York); y el escritor y naturalista Plinio el Viejo sugería algunas propiedades médicas.



Camafeo de azabache, Museo Británico

Según una antigua leyenda, Amatista era el nombre de una bella ninfa que tuvo la desgracia de despertar la admiración de Baco, el rey del vino, en una de sus orgías. Horrorizada ante la idea de tener que compartir la pasión de tal amante rogó con tanta fuerza a la diosa de la castidad que esta la transformó en un cristal puro y frío cuando Baco se acercó a abrazarla. Sorprendido y humillado, Baco vertió su copa de vino sobre el cristal, confiriéndole así un color violeta. Cuando volvió a entrar en razón, Baco le concedió la capacidad de proteger al portador de la embriaguez. De hecho, en una copa color violeta, el agua representa el color del vino, de modo que cualquiera que bebiera de esta copa parecería estar bebiendo vino… así, evitarían emborracharse, virtud atribuida a la amatista.

Amatista con Bacante
Se trata de una amatista tallada con una figura de la diosa Embriaguez personificada y puesta en un anillo que perteneció a la reina Cleopatra (no se sabe cuál, de las muchas que llevaron este nombre en la dinastía macedonia, pero tal vez la hermana de Alejandro Magno, mujer de Alejandro del Epiro, que fue asesinada hacia el 308). La piedra era considerada como amuleto que impedía la ebriedad en quien la llevara, así la diosa, tiene que mantenerse serena por el material en que está tallada y también por la majestad de quien la ostenta.

“Soy Embriaguez y hábil mano talló mi figura
en amatista, piedra con el tema no acorde;
pero, siendo sagrado joyel de Cleopatra, serena,
tiene, aun ebria, que estar la diosa en su mano.”
(Antología Palatina IX, 752)


La esmeralda, del latín smaragdus es una variedad de berilo noble, de color verde a causa del óxido de cromo que contiene. Es una piedra preciosa que una vez tallada presenta un intenso brillo y que es inatacable por los ácidos. Las esmeraldas utilizadas en época romana parece que provenían de las minas egipcias de Marsa Alam, las cuales ya se explotaban en la era Ptolemaica. Plinio describe la esmeralda como una de las piedras preciosas más valoradas, resaltando su agradable color a la vista y su efecto sobre ella, que permitía descansar los ojos cuando se miraba a través de la preciada gema. Explica que cuando la superficie de la esmeralda es plana podía reflejar los objetos como en un espejo y añade que Nerón solía ver los combates de los gladiadores con una esmeralda. En época romana las esmeraldas más consideradas venían de Escitia.


Pendiente con perlas y esmeralda, Museo Metropolitan

Estas piedras tan valiosas eran a menudo dignas de ser regaladas como cuenta Marcial en el caso de una mujer que se las regala a su amante entre otras cosas:

“Has regalado, Cloe, al joven Luperco mantos de escarlata de Hispania y de Tiro y una toga lavada por las aguas tibias del Galeso, sardónices de la India, esmeraldas de Escitia y cien monedas de nuestro nuevo señor: pida lo que pida tú le das más y más.” (Marcial, IV, 28)



El ópalo fue una de las piedras más estimadas en época romana. Los comerciantes hicieron creer a los romanos que estas piedras venían de la India, cuando en verdad ellos las adquirían en las minas de los Cárpatos y las hacían llegar a los grandes mercados como provenientes de Oriente, pues en Roma se creía que las gemas maduraban mejor en climas templados y por ello las procedentes de la India se consideraban las más puras. Este engaño pudo deberse a que los mercaderes de ópalos posiblemente tenían la certeza de que de saberse que estas piedras eran originarias de los Cárpatos, especialmente de Hungría y Eslovaquia, los romanos irían y confiscarían las minas.

A partir del año 5. d.C. al ópalo se le llamó ophthalmis lapis, la piedra que ve todo, lo sabe todo y concede a su poseedor la capacidad de predecir el futuro, por lo que se convirtió en una de las gemas más estimadas del Imperio Romano.

Plinio describe el ópalo afirmando “el fuego resplandece en él más que en el carbunclo, la púrpura brilla más que en la amatista, destaca el verde mar de la esmeralda, todo unido para brillar en común”.

Del valor que los romanos daban a esta piedra queda el ejemplo del senador Nonnio que poseía un ópalo valorado en unos dos millones de sestercios y que cuando Marco Antonio le ofreció comprarlo para regalárselo a Cleopatra, se negó, y cuando fue amenazado con perder su riqueza e, incluso, su vida, huyó de Roma, con su preciada posesión, dejando todo lo demás detrás.

Entre las piedras azules que los romanos gustaron lucir podemos ver que el zafiro, procedente mayormente de Sri Lanka y Birmania, era una piedra preciosa que se engarzaba en oro, anillos, pendientes, collares. 

Entalle de aguamarina, con retrato
de Julia Domna
Aguamarinas, piedras protectoras de los marineros, por su tono semejante al agua del mar y piedras de lapislázuli, originarias de Afganistán, fueron utilizadas en lujosas piezas de joyería y ornamentación.

Los cuarzos opacos y translúcidos y las calcedonias, conocidas popularmente como cornalina, el jaspe, el ónice y la sardónica vienen en una variedad de colores. También se pueden realzar artificialmente sus tonalidades mediante una variedad de métodos. La piedra sardónica fue usada por Escipión Africano como sello.

“Severo, mi querido Estela da vueltas en un solo dedo a sardónicas, esmeraldas, diamantes y jaspes. Encontrarás muchas perlas en sus dedos, pero aún más en sus poemas. Por eso, creo, es culta su mano.” (Marcial, V, 11)



Camafeo con sardónices, Christie's Images Ltd. 2010


El diamante procedía de la India y por su especial dureza ya se utilizaba en época romana para cortar otras gemas como el zafiro. Juvenal atribuye a Berenice, princesa de Judea, amante de Tito, antes de ser emperador, la posesión de un anillo de diamante, regalado por su hermano Agripa, y que era objeto de deseo de las mujeres ricas. Juvenal lo pone como ejemplo de ostentoso adorno personal en contraposición al ideal de la virtuosa matrona que no exhibe joyas, al menos en público.


Anillo con cristal de diamante

La referencia de la emperatriz Livia, esposa de Augusto, puede servir para mostrar como una respetable matrona no se mostraba con sus joyas ante los ciudadanos, para seguir la costumbre de la austeridad y sobriedad romanas, como se puede ver en sus retratos, en los que siempre aparece sin joyas y sin embargo mantenía entre sus sirvientes al menos a un orfebre y un engarzador de perlas.



Mosaico, Museo Metropolitan

Algunos emperadores intentaron impedir el gasto excesivo de algunas mujeres de la casa imperial haciendo vender joyas y vestidos e imponiendo medidas para evitar el derroche.

“Vendió todas las piedras preciosas que tenía y el oro de la venta lo ingresó en el tesoro público, diciendo que los hombres no debían hacer uso de ellas y que las matronas reales debían contentarse con una redecilla, unos pendientes, un collar adornado con perlas y una corona para utilizarla cuando ofrecieran sacrificios, un solo manto salpicado de oro y una ciclada que no tuviera más de seis onzas de oro.” (Historia Augusta, Alex. Severo, 41)






Las piedras preciosas también adornaban el cabello, la ropa y el calzado de las damas romanas. Los retratos egipcios del Fayum y los bustos sirios de Palmira nos enseñan cómo lucían diversas joyas de forma exagerada.

“Porqué la mujer, no satisfecha con su encanto natural, finge una hermosura exterior, como si la mano del Señor, su creador, le hubiera concedido un rostro sin terminar, que exige todavía algún otro detalle, ya sea embelleciendo su altiva frente coronada de amatistas engarzadas, ya sea ciñendo su cándido cuello de brillantes collares, o bien colgando de sus orejas pendientes de verdes esmeraldas.” (Prudencio, Hamartigenia)

Las perlas y gemas formaban parte de los regalos del novio a la novia en los esponsales y de la dote que la novia aportaba al matrimonio.



Retrato de mujer con pendientes y collares de esmeraldas

“Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron estas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales”. (Maximino, Historia Augusta)


Retrato de mujer con pendientes de perlas y
collar con perlas y esmeraldas


El ajuar que la novia aportaba como dote al matrimonio incluía dinero, joyas, ropa y algunos enseres domésticos. Todo ello se devolvía a la esposa en caso de divorcio, pero en algunos casos se utilizaba en caso de necesidad económica de la familia. Algunos documentos encontrados muestran que los objetos se listaban en un contrato firmado. En el papiro X 1273 de Oxirrinco se enumeran las joyas que Aurelia Tauseiris lleva al matrimonio y que incluyen piedras preciosas: un collar con una gema, un broche con cinco gemas, un par de pendientes con diez perlas y un anillo.


Collar con esmeraldas, cornalinas, granate y ónice, Museo Metropolitan

“Había comprado, pues, para la joven el ajuar: un collar de piedras de colores y un vestido enteramente de púrpura, que en las partes en que los demás vestidos tienen púrpura tenía adornos de oro. Las piedras competían entre sí. Un jacinto era una rosa en piedra y una amatista una mancha morada cerca del oro. Y entre ambas piedras había otras tres, con una secuencia ordenada de colores. Las tres estaban engastadas juntas, de modo que el extremo de la piedra era negro, el cuerpo central blanco veteado de negro y, a continuación del blanco, el resto remataba en el color del fuego. Y esta piedra, con una guirnalda dorada, imitaba un ojo de oro.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)

Algunas damas romanas de la Bética y otras provincias legaron sus joyas o dinero para adornar estatuas de divinidades femeninas, esperando tener su intercesión en la vida eterna que esperaban. Ello se debía a la devoción que siguiendo los cultos orientales les hacía creer que las estatuas conservaban a la diosa en su interior y a dejar recuerdo de su generosidad y alto status económico que les permitía gastar gran cantidad de dinero en joyas y de su preeminencia social que por ser mujer no podía exhibir de otra forma. En el Museo Arqueológico de Sevilla existe un pedestal de mármol dedicado a Isis por Fabia Fabiana en honor de su nieta.

Retrato de mujer con joyas de oro y perlas

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros)

La superstición de los romanos hacía que frente a los malos presagios estuvieran dispuestos a hacer ofrendas con joyas a una divinidad que le propiciara buena suerte.

“Prodigios tan elocuentes como numerosos, habían anunciado a Galba desde el principio de su principado cuál debía ser su fin... Había elegido en el tesoro imperial un collar de perlas y piedras preciosas con el que quería adornar su estatua de la Fortuna, en Túsculo, mas creyéndole digno de una divinidad más augusta lo dedicó a la Venus del Capitolio. A la siguiente noche se le apareció en sueños la Fortuna, se quejó de la ofensa que le había inferido y lo amenazó con quitarle en seguida todo lo que le había dado.” (Suet. Galba, 18)





Los reyes de los países Orientales solían engalanarse con las piedras preciosas que se hallaban en sus territorios o que adquirían de los comerciantes que las traían de los lugares más lejanos. Ni siquiera tras perder su trono renunciaban a adornarse con sus joyas. En la Historia Augusta se relata como la reina Zenobia de Palmira desfiló como prisionera en el triunfo de Aureliano en Roma cargada con sus joyas.


“Desfilaba también Zenobia, adornada con sus piedras preciosas y maniatada con cadenas de oro que otros la ayudaban a llevar.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)



Busto de mujer ricamente enjoyada, Palmira

El regalo de piedras preciosas era un signo de hospitalidad. Ya en la época de la República era normal que los reyes hicieran regalos de joyas con gemas a sus invitados para demostrar su riqueza e importancia.

“Abandonó Tolomeo la alianza con Roma, temeroso del resultado de la guerra; no obstante, le dio naves que le acompañasen hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en oro; y aunque al principio se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera que se marchaba enemistado y se intentase algo contra él durante su viaje en el mar.” (Plutarco, V. Paralelas, Lúculo, III)

La avidez por las piedras preciosas provocó la aparición de gemas falsas por lo que el historiador Plinio proporcionó algunos consejos para diferenciar las verdaderas de sus imitaciones: examinar las piezas a la luz del día, tener en cuenta que las verdaderas eran más pesadas y frías, las falsas solían ser más ásperas. El polvo de obsidiana dejaba una marca en las imitaciones.


(Del ópalo) “No hay piedra que sea imitada por los falsificadores con más exactitud que ésta, en vidrio, siendo la luz solar la única forma de detectarlo.



Sortija con ópalo

Porque cuando un ópalo falso se sujeta entre el dedo y el pulgar y se expone a los rayos del Sol, presenta un único color transparente por todas partes, mientras que el auténtico ofrece varios tonos que se reflejan uno tras otro, como si derramase su brillo luminoso por los dedos.” (Plinio, H. N. XXXVII, 22)

La pasta vítrea se usaba con frecuencia para imitar las gemas coloreándolas de acuerdo a la piedra que se quería copiar; resultaba barato, y las clases menos pudientes podían tener sus propias piedras talladas hechas a molde o con la impronta de una gema grabada.



Collar con cuentas de pasta vítrea

Las piedras preciosas se empleaban además de para el adorno personal para la ornamentación de los vasos de bebida, algo que ya hacían los griegos. Estos recipientes (gemmata potaria) los enviaban los reyes extranjeros al pueblo romano y con ellos los emperadores recompensaban los servicios de sus generales o de sus jefes de tribus germánicas.

“Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.” (Marcial, IX, 59)

Los materiales preciosos y gemas servían para realzar la belleza y el lujo de las mansiones romanas. Varios ejemplos en la literatura latina muestran que estaban presentes en las vidas de los más ricos.



Copa de los Ptolomeos, en sardónice


“El fulgor amarillo del topacio hace brillar las jambas de las puertas, cuyas dos batientes, montadas sobre goznes de plata, están decoradas con porcelana, sardónice, amatista del Caucaso, jaspe indio, piedra de Calcis, esmeralda de Escitia, aguamarina, ágata; al otro lado de las puertas, la sombría entrada refleja el brillo de las esmeraldas del interior. Un espeso revestimiento de ónice recubre el suelo y gracias al tono azulado del jacinto prestan ambos a la laguna un color que armoniza con ella.” (Sidonio Apolinar, Poema 11, Epitalamio de Ruricio e Iberia)

El comercio de joyas entre joyero y cliente se podía hacer de varias formas. El cliente encargaba una pieza a su joyero proporcionando a veces sus propios materiales. También existía la producción de cada joyero para el mercado en la que se exponían los productos en los puestos o se iba de casa en casa para ofrecer sus mercancías. Y por último estaban los fabricantes joyeros que trabajaban para las grandes familias, como la Imperial, ejecutando sus obras según el gusto de sus clientes. En la ciudad de Roma el barrio de los joyeros estaba en la Via Sacra.


Pintura de Ettore Forti

Las gemas mágicas servían como amuletos, cuya posesión aseguraría a sus dueños bienestar alejando las enfermedades y las desgracias, y no se consideraban un bien de lujo por lo que era normal poseer más de uno. Empezaron a tener ese uso a partir del siglo II d. C. a causa del sincretismo religiosos que se produce en esa época con la llegada de religiones orientales y el Cristianismo.
Funcionalmente servían para diferentes propósitos, desde la simple protección piadosa de alguna divinidad, al uso médico para diferentes afecciones y enfermedades, entre las que destacan las dolencias estomacales, oculares, o las hemorragias. De la misma manera, podían tener propósitos más agresivos, como sucede en las gemas mágicas de tipo amoroso, aunque lo cierto es que este tipo de amuletos se caracterizan más por su carácter «defensivo» y «preventivo».

Estas piedras solían estar grabadas por ambos lados y tenían influencia greco-oriental. Por una cara se representaba un tema figurativo y por la otra una inscripción.


Gema mágica, trustees British museum

La inscripción que acompañaba a la imagen solía realizarse en la parte anterior de la gema, de tal forma que al engastarse en un anillo o colgante ―los soportes más comunes― el texto quedara oculto a la vista de los demás. Evidentemente no siempre era así, y observamos en muchos casos cómo la inscripción cubre ambas caras de la piedra e incluso el borde de la misma.


Sus virtudes se ocultaban tanto en las palabras mágicas como en los emblemas grabados. La inscripción, normalmente en caracteres griegos, correspondía palabras o fórmulas mágicas. Entre los emblemas más usados se encontraban las divinidades egipcias como Horus-Harpócrates, divinidades griegas y romanas y formas demoniacas a las que se atribuían la propiedad de evitar el mal de ojo.

En el Papiro Mágico XII se describe cómo se debe hacer un anillo con su correspondiente fórmula mágica: “Tomar un jaspe y gravar una serpiente en un círculo en medio del cual se representará a Selene con dos estrellas en los cuernos, y encima a Helios, junto a Abraxas; y en el otro lado el mismo nombre Abraxas y en el borde escribirás el santo y omnipotente encantamiento, el nombre IAO SABAOTH. Y cuando hayas consagrado la piedra, llévala en un anillo de oro, y cuando lo necesites, siempre que seas puro en ese momento y tendrás éxito en lo que puedas desear.”



Gema mágica de jaspe, Museo Thorvaldsen

Abraxas era una divinidad gnóstica del siglo II que se representaba con una cabeza de gallo y unas piernas simulando serpientes y armado con un látigo y un escudo.

Las piedras que se empleaban y que ya gozaban de poderes mágicos por sí mismas son el jaspe rojo, verde y amarillo, el heliotropo, un jaspe rojo con manchas verdes, la cornalina y la calcedonia.

Lucir costosas joyas fue costumbre que se mantuvo incluso tras la conversión al Cristianismo del Imperio Romano, como se puede constatar en los escritos de los autores cristianos, que suelen criticar el abuso que hacían hombres y mujeres de las joyas, pero demuestran que las mismas piedras preciosas que siglos atrás habían apetecido los acaudalados miembros de la sociedad romana seguían gustando a los ciudadanos ricos del Bajo Imperio.



Detalle de mosaico de la villa romana
de la Olmeda, Palencia
“Es propio de chiquillos quedarse absorto ante las piedras preciosas, ya sean opacas o verdes, ante Ios desechos del mar y las raeduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas, sobre sus múltiples colores, y las baratijas de vidrio, es propio de insensatos que se dejan arrastrar por lo que sólo es apariencia impresionante. Es como cuando los niños, después de observar el fuego, se lanzan sobre él, inducidos por su fulgor, sin darse cuenta — por su inconsciencia— del grave riesgo que representa tocarlo. Lo mismo les ocurre a las mujeres necias con las piedras preciosas de las cadenas que rodean el cuello: las amatistas engastadas en los collares, las keraunitas, el jaspe, el topacio y la esmeralda de Mileto el objeto más preciado.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)

Pendiente con perla y zafiro
Los últimos años del Imperio Romano no trajeron una disminución del uso de perlas y piedras preciosas entre los ciudadanos. Las representaciones artísticas nos muestran que tanto los hombres como las mujeres recargaban de forma ostentosa su cuerpo e indumentaria.

“Cuando estabas en el mundo amabas las cosas mundanas. Usabas colorete para las mejillas y albayalde para blanquear tu tez. Te peinabas con un tocado alto y trenzas postizas. No mencionaré tus caros pendientes, tus perlas relucientes de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros, - colores que hacen volverse a las matronas que desean poseerlos.” (San Jerónimo, Epis. CXXX, 7)

Los nobles bizantinos adornaban sus ropas con gemas y los retratos de los emperadores y sus esposas reflejan el lujo propio de los príncipes de Oriente, como se puede ver en los mosaicos de Justiniano y Teodora en Rávena, donde la emperatriz luce en la cabeza la corona llamada stemma y alrededor del cuello el maniakis, prenda incrustada de joyas de origen persa y que ya aparece en las pinturas egipcias.

“Las piedras indias adornan en relieve tu vestimenta y preciosas hileras de esmeraldas verdean prolongadas. Se encuentra allí la amatista y el resplandor del oro ibero modera el azul del zafiro con sus fuegos misteriosos. Y no fue suficiente en tal tejido la simple hermosura; la aguja aumenta su mérito y tiene vida la obra bordada con hilos de metal. Abundante jaspe vivifica los adornos y las perlas de las Nereidas respiran en variadas figuras.” (Claudiano, IV Consulado de Honorio)



Retrato de la emperatriz Teodora, Rávena, Italia

Bibliografía:

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www.igme.es/boletin/2012/123_2/5_ARTICULO%204.pdf, Comercio de perlas entre los siglos II a. C. y X d. C., D. Sevillano-López y D. Soutar Moroni
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=fabia-fabiana
rodin.uca.es/xmlui/bitstream/handle/10498/11403/14086505.pdf?...1, Un aspecto de la magia en el mundo romano. Las gemas mágicas, Mª Dolores López de la Orden
grbs.library.duke.edu/article/viewFile/2981/5825, Cleopatra's Ring, Kathryn J. Gutzwiller
www.um.es/cepoat/.../wp-content/.../antiguedadycristianismo_24_19.pdf, ELEMENTOS DE INDUMENTARIA Y ADORNO PERSONAL, J. Vizcaíno Sánchez
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https://www.britishmuseum.org/pdf/6%20Drauschke%20p%20rev-opt-sec.pdf,
Byzantine Jewellery? Amethyst Beads in East and West during the Early Byzantine Period, Jörg Drauschke
The world of Opals, Allan. W. Ecker, Google Books
Ancient Jewellery, Jack Ogden, Google Books










domingo, 1 de febrero de 2015

Adornatus, joyas masculinas en la antigua Roma


Retrato de El Fayum, Museo Británico
En el mundo romano una joya se usaba para simbolizar un status, además de para adornar.   De la sencillez de los primeros tiempos de roma se pasó con las sucesivas conquistas en Oriente a la pasión por el lujo y el exceso debido a la influencia de los gustos asiáticos.

El anillo reflejaba la clase social a la que se pertenecía y, con posterioridad, el nivel económico del portador.
Según la costumbre antigua, heredada de los etruscos, los ricos patricios llevaban en la mano derecha una sortija de hierro. Durante la República, el anillo de oro se reservaba para ciertas ocasiones y personas. Los enviados al extranjero en una embajada llevaban un anillo de oro como muestra de su dignidad, pero una vez de vuelta lucían el de hierro otra vez. Los nobles con puestos oficiales y sus descendientes masculinos tenían el privilegio de lucir el annulus aureus desde el 321 a. C. y los caballeros (equites) desde el 216 a. C. Cuando se produjo la tercera guerra púnica los tribunos militares tenían ya el derecho a llevarlo. Augusto, según Dión Casio, otorgó el derecho a llevarlo al médico que consiguió curarle, Antonio Musa. Con Tiberio fue concedido a los ciudadanos libres y poseedores de 400.000 sestercios, lo que supuso que la distinción fuera perdiendo su valor. El emperador Septimio Severo, en el año 197 d. C., permitió a todos los soldados llevar anillos de oro con lo que dejó de ser un signo de mérito social. A finales del Imperio todos los ciudadanos libres podían llevar un anillo de oro, los libertos uno de plata y los esclavos uno de hierro. Para distinguirlo de otros anillos adornados con diversas piedras, que podían llevar todos los hombres o mujeres de todas las clases, el anillo de oro mantuvo su forma original inalterada por la moda.

La función asignada principalmente al anillo en su origen fue la de sello para firmar documentos oficiales y privados.

“Él (Augusto) les dio también  a Agripa y Mecenas tanta autoridad en todos los asuntos que podían incluso leer con antelación las cartas que escribía al Senado y cambiar lo que querían. Con este fin recibieron un anillo con el que podían firmarlas otra vez, ya que había hecho duplicar el sello que usaba, cuyo diseño era una esfinge en los dos. No fue hasta más tarde que hizo grabar su propia imagen en su sello, que fue el utilizado por los emperadores posteriores excepto  Galba, que usó un sello de sus antecesores, con un perro asomado a la proa de un barco.” (Dión Casio, LI, 3)

Pero también hay testimonios de su uso como recipiente de veneno para quitar la vida propia o ajena. Plinio recoge en su Historia Natural que el guardián del templo de Júpiter Capitolino se suicidó con el veneno de su anillo para evitar ser torturado, cuando 2000 libras de oro fueron robadas de un compartimento secreto dentro del trono de Júpiter durante el tercer consulado de Pompeyo el Grande.

En el s. I a.C. no era usual llevar más de un anillo: Plinio dice: “Al principio era costumbre llevar anillos en el cuarto dedo solamente; después el dedo pequeño y el segundo también estaban ocupados por ellos, sólo el dedo del centro quedaba libre. Algunas personas se ponían todos los anillos en el dedo más pequeño; otros sólo ponían un anillo en él para distinguir que lo usaban para sellar.”

Retrato de Ammonius, Museo del Louvre
 Pero pronto cambió la costumbre. Marcial habla de un hombre que llevaba seis anillos en cada dedo día y noche.

“Carino lleva seis anillos en todos y cada uno de sus dedos y no se los quita ni por la noche ni al bañarse. ¿Preguntáis cuál es el motivo? —No tiene “estuche de anillos”. (Epigramas, XI, 59)

Para guardar los anillos usaban unos cofres llamados dactyliothecae. La gente rica tenía juegos de anillos; más ligeros para el verano, más pesados para el invierno. Existían dactyliothecae públicos y privados en Roma, donde se exhibían los camafeos traídos a casa procedentes de guerras extranjeras. Escaro poseía una colección de camafeos entre sus tesoros de arte griego. César dio seis colecciones de la misma clase al templo de Venus Genetrix.

“Muchas veces un anillo pesado resbala de los dedos con ungüentos; segura estará, sin embargo, tu joya bajo mi custodia” (Marcial, XIV, 123)

Anillo de oro con granate, Museo Metropolitan
 Muy común fue el gusto por los anillos adornados con gemas y camafeos, en los que los romanos gastaban enormes fortunas.  Expertos artistas griegos fueron los artífices de piezas exquisitas. Los hombres y mujeres romanos solían cubrir sus dedos con anillos de esta clase, usados en parte para sellar, en parte para adornar. Algunos ricos pecaron de un gusto excesivo por la ostentación, que algunos literatos criticaron.

“Zoilo, ¿por qué te gusta engastar una gema en toda una libra [de oro] y echar a perder una pobre sardónice? Ese anillo, les hubiera venido a la medida a tus piernas: pesos así no les van bien a los dedos”. (Marcial, XI, 37)

Entalle con retrato de Tiberio

El hecho de que un individuo eligiera la efigie de su emperador para llevarla en un anillo muestra admiración hacia su figura. El desarrollo del retrato individual es uno de los principales logros del arte romano, a pesar de que los artistas solían ser griegos, pero, al trabajar bajo un patronazgo romano, su trabajo respondía a las necesidades y gustos romanos. El retrato fue siempre valorado por los romanos, la reproducción de un rostro en una gema o una moneda y regalarla como colgante, insignia o anillo permitía su difusión entre sus contemporáneos.




El anillo bien pudo convertirse en un obsequio entre enamorados entregado como símbolo de fidelidad y recordatorio de amor eterno, como queda patente en este texto de Ovidio:  

"Anillo que has de ceñirte al dedo de mi hermosa dueña, y cuyo valor lo fija el amor de quien lo regala, corre a su casa como un grato obsequio que reciba con franca alegría; deslízate rápido por sus flexibles articulaciones, y ajústate como ella a mí, a la medida exacta de su dedo, sin dañarlo. Feliz anillo, serás el juguete de mi ama; yo mismo, desgraciado, tengo envidia de mis regalos. Si pudiera de repente convertirme en mi propio regalo por la magia de Ea o del viejo de Cárpatos, entonces intentaría rozar el pecho de mi amada cuando, su mano izquierda penetrase bajo la túnica, y por más sujeto que estuviera, resbalaría del dedo, y libre, gracias a mi destreza, me posaría sobre su seno". (Amores)




Transcurridos 8 días para las niñas y nueve para los niños, al recién nacido se le imponía un nombre y se le colgaba al cuello una pequeña cápsula de metal, cóncava, en forma redonda, de corazón o de luna creciente, en cuyo interior había alguna sustancia considerada portadora de virtudes mágicas para ahuyentar el mal de ojo y evitar la envidia, entre otras. 

El origen etrusco de la bulla, a la que se conocía también como Etruscum aurum era opinión extendida en Roma. Plutarco se hace eco de una leyenda en la que la valentía de Tarquino, aún muy niño, le valió de su padre una distinción honorífica consistente en una bulla de oro. También Plinio remonta el origen a Tarquinio Prisco, que recompensó a su hijo, aún con la toga praetexta, con una bulla áurea por haber matado a un enemigo.


Niño con bulla, Museos Vaticanos

Inicialmente la bulla era privilegio de los jóvenes patricios cuyos padres hubieran sido magistrados con distinción curul. Solo después de la Segunda  Guerra Púnica se permitió su uso a todos los recién nacidos de origen libre. La bulla era el primer regalo que un padre hacía a su hijo. Y éste la portaría consigo hasta que cumpliera los 17 años, momento en que junto con la toga praetexta, la consagraría a los Lares o a Hércules. Persio alude a su mayoría de edad, en el momento en que, “por primera vez, azorado mozalbete, dejó de protegerme la toga pueril, y mi bulla colgó consagrada a unos Lares auténticamente romanos.” (Sat. 5, 30)

Bulla de oro, Museo Thornvaldsen, Dinamarca
La bulla habitualmente era metálica: de oro, la de los hijos, de los patricios; de plata, cobre o bronce, e incluso a veces de cuero, la de los hijos de los plebeyos o de libertos. La gente muy humilde se limitaba a llevar por bulla un nudo en el cinturón. De ahí que Juvenal en su sátira V contraponga la clase social patricia a la clase social más humilde aludiendo a quien en su niñez le cupo en suerte la bulla de oro etrusca, y a quien solo le fue dado un nudo, modesto distintivo de cuero.

“Los padres en tanto, estaban muy contentos viendo a sus hijos ir a la escuela muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sartorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los romanos llaman bullas.” (Plutarco, 14, Vida de Sartorio)

Una especie de bulla-amuleto era lo que se colgaban también al cuello los generales victoriosos en su desfile triunfal, no tanto como distintivo, cuanto para protegerse de las envidias, de las maldiciones y del mal de ojo que, sin duda alguna, les dirigían sus enemigos. También las emplearon los cristianos, aunque intentaron proporcionarles un nuevo sentido grabando en ellas los símbolos de su religión.

Por algunos restos encontrados la bula podía estar hueca y contener una resina perfumada que proporcionaba un agradable olor en contacto con la piel.


Amuletos fascinus, Museo Saint Remi, Reims

Otro amuleto favorito de los romanos fue el fascinus (falo). Los genitales eran especialmente venerados como fuerzas creadoras de la naturaleza y los amuletos que los representaban eran llevados para liberar al hombre de los males humanos y divinos.

“Incluso llevaba joyas en sus zapatos, algunas veces encastadas – una práctica que incitaba a la burla de todos, como si, en verdad, el grabado de famosos artistas pudiese verse en joyas pegadas a sus pies. Gustaba llevar también una diadema enjoyada para incrementar su belleza y que su cara se pareciese más a la de una mujer y en su propia casa la llevaba puesta”. (Historia Augusta, Heliogábalo)

Retrato de El Fayum, sacerdote de Serapis

Suetonio menciona varios tipos de coronas otorgadas por el Senado como distinción en el campo de batalla. La corona cívica con hojas de roble por salvar vidas de ciudadanos romanos, la corona triunfal, de laurel, un signo de victoria para el general en su triunfo; la corona mural, almenada, para el que escalaba una muralla enemiga; la corona castrense en forma de vallado se concedía al primer soldado en penetrar en el campo enemigo y la corona naval, que se otorgaba al primero que abordaba una galera enemiga, se adornaba con proas de barcos. A Claudio se le concedió las coronas naval y cívica tras sus victorias en Britania.

Corona de oro con Serapis,  Tesoro de Dush, Museo del Cairo

Heliogábalo llevaba una corona enjoyada cuando realizaba las funciones de sacerdote del dios Sol. Domiciano lucía una corona con las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva cuando presidía la ceremonia dedicada a Júpiter Capitolino. Los sacerdotes que le acompañaban llevaban coronas con la imagen del emperador. 

Dión Casio cuenta que Augusto tuvo el privilegio de llevar la corona triunfal en todos los festivales.

Museo Petrie, Egipto
De las coronas de flores que los comensales acostumbraban a ponerse en los banquetes para aliviar el efecto de la borrachera y evitar olores desagradables, se pasó, con el gusto por el lujo y la ostentación, al obsequio de regalos suntuosos como joyas y coronas de oro para que los invitados las lucieran en las cenas más extravagantes.

“Y he aquí que desde el artesonado baja de repente un aro enorme, sin duda sacado de un gran tonel. Por todo alrededor colgaban coronas de oro y frascos de alabastro con perfume. Entretanto se nos animaba a que recibiéramos estos obsequios como regalos del patrón….” (Petronio, Satiricón, 60)

La diadema, que en el periodo helenístico significaba el poder, no se adoptó como insignia oficial de la Roma Imperial hasta la época de Constantino el Grande.

Torque, Museo de Palencia

El objeto de joyería más valioso para los celtas era el torques. Se trata de un collar rígido que nobles, guerreros, y otros personajes de la sociedad llevaban alrededor del cuello. Los torques se realizaban en una gran variedad de materiales y tamaños. Algunos consistían en un tubo hueco, y eran tan ligeros y flexibles que podían ser abiertos y retirados del cuello. Otros, en cambio, estaban hechos de gruesas varillas de oro retorcidas, o de hilos de plata, y eran tan grandes y pesados y estaban tan ricamente decorados que se reservaban para ritos ceremoniales.

Los etruscos y persas también solían llevar torques. Las estatuas de dioses solían adornarse con estos collares y también las de guerreros muertos en batalla eran representados con ellos.


Tito Livio describe una batalla contra los Boii cerca del lago Como tras lo cual el victorioso ejército romano recogió un enorme botín incluyendo un gran torque de oro de gran peso que fue regalado a Júpiter en el Capitolino.

El romano Tito Manlio en el 361 a. C. retó a un galo a un combate, lo mató y se llevó su torque. Como siempre lo llevaba puesto, recibió el apodo de Torcuato que fue adoptado por su familia como sobrenombre. A partir de ese momento los romanos otorgaban el torque a los soldados que se distinguían en las batallas en tiempos de la República. 

"(Manlio) dejó el cadáver de su enemigo caído intacto, a excepción de su torques, que se puso en el cuello aún manchado de sangre. El asombro y el miedo dejaron inmóviles a los galos; los romanos corrieron impacientes desde sus líneas para encontrarse con su guerrero y, entre aclamaciones y felicitaciones, lo llevaron ante el dictador. En los versos improvisados que cantaban en su honor le llamaban Torcuato (adornado con torques), y este apodo se convirtió con posterioridad en un orgulloso nombre familiar. El dictador le dio una corona de oro y, delante de todo el ejército, aludió a su victoria en los términos más elogiosos." (Ab Urbe Condita, VII, 10)

Torque del tesoro de Snettisham, Museo Británico, Londres


Quintiliano relata que los galos regalaron a Augusto un torque que pesaba 100 libras romanas (casi 33 kilos) por lo que queda patente que este tipo de ornamento al no poder ser lucido por su destinatario debido a su peso debía ser tomado como una ofrenda hecha a los dioses o como un reconocimiento de la superioridad del que lo recibe.

Fíbulas romanas, Museo de Conimbriga, Portugal

La fíbula es un objeto metálico diseñado para sujetar las prendas de vestir. Para tal fin posee un mecanismo que le permite abrir y cerrar múltiples veces, y abrir lo suficiente como para ensartar las ropas cómodamente y cerrar de forma segura para mantener lo sujetado, pudiendo ser accionada cuantas veces se necesite. Un resorte relaciona la aguja que engancha la prenda y el arco que mantiene la tensión y aporta el sistema de cierre. El componente estético recae también en el arco. 

Fíbula de oro con camafeo y gemas, Museo Metropolitan, Nueva York

Su tamaño está en consonancia con la prenda a que se destina y su diseño refleja el gusto y la posición económica del propietario. Podía adornarse con diversas técnicas, como la filigrana, la incrustación de gemas, el esmaltado y la aplicación de pasta vítrea, hueso o coral. 

Fíbula con escena de caza

Además de ser un objeto de uso cotidiano y un adorno, la fíbula tenía un valor simbólico, dado que las figuras y formas representadas en su diseño podían significar los gustos, el rango militar o la pertenencia del dueño a la élite ecuestre o guerrera. Se han hallado fíbulas con escenas de caza, de gladiadores luchando y de temas heroicos y mitológicos. La clámide y el paludamentum de los militares (capas) solían asegurarse con una fíbula en el hombro. 

Retrato de Vespasiano con fíbula

Como objeto de adorno la fíbula acabó convirtiéndose en un producto de lujo y, por tanto, un exponente de riqueza, sometido a la influencia de las modas y la continua variación de tipos y formas. Su función práctica llevó a la continua evolución de algunos de sus elementos para lograr que la pieza permaneciese en la posición más indicada a la hora de sujetar con firmeza la prenda . Su triple valoración como objeto útil, decorativo y simbólico ha permitido que actualmente se conozca su tipología por haber sido reflejada en relieves conmemorativos, retratos, efigies monetarias y en lápidas funerarias, además de mosaicos y otras obras artísticas. 

Mosaico de las Tiendas, Museo Romano de Mérida

Se han conservado también como excelentes obras de orfebrería realizadas en bronce y oro, acompañando a los difuntos en sus tumbas desde los tiempos de las sociedades prerromanas hasta muchos siglos después. 

"(Escipión) le dio como regalo, un anillo de oro, una túnica con ancha banda, un manto Hispano con una fíbula de oro…" (Tito Livio, XXVII, 19)


Hebilla de cinturón


Para ser vestida con propiedad la túnica militar requería un cinturón que los romanos tomaron de los galos y que era un importante símbolo de identidad del soldado. Realizado en cuero o metal se adornaba con placas o hebillas, profusamente decoradas con joyas a finales del Imperio. Antes del siglo I se llevaban dos cinturones, uno para la espada y otro para la daga, y posteriormente solo uno para ambas armas.

"Llevaba joyas en sus zapatos, usaba solo una fíbula enjoyada y a menudo un cinturón con joyas también". (Carinus, Historia Augusta)


Que los hombres llevaran joyas se consideraba afeminado, pero algunos personajes históricos llevaron su excentricidad y afán por el lujo y la ostentación hasta la exageración de adornar sus ropas y calzado con metales y piedras preciosos. Calígula llevaba sandalias cosidas con perlas, según cuenta Plinio el Viejo.


Entalle con escena de caza, Museo Metropolitan
Ya en el 5000 a. C. artesanos de Mesopotamia solían trabajar en materiales como piedra, madera, vidrio o piedras preciosas para tallar figuras en las que únicamente se perfila su contorno, es decir, se crea una imagen remarcando los bordes del dibujo y rebajando el material. Esta es la técnica del entalle o intaglio. Los antiguos artesanos de Egipto, Grecia, Etruria y Roma también aplicaron esa técnica a la joyería. Desde el año 250 a.C. se desarrolló una nueva técnica en la que se recortaba un área en torno a una figura, donde los artesanos formaban imágenes en relieve, lo que daba lugar al camafeo o cameo. Los diferentes tonos se explotaban para reforzar la apariencia de profundidad con composiciones de múltiples colores. 

Aunque los intaglios son cóncavos y los cameos son convexos la técnica aplicada era la misma. El grabado se realizaba por incisión que se practicaba sobre la superficie de las piedras: piedras semipreciosas o gemas, piedras duras y, más habitualmente, piedras preciosas. Sobre estas piedras actuaban puntas de diferentes formas según el diseño que se quería realizar. Las puntas antiguamente se utilizaban a mano y para facilitar el movimiento de la punta, entre ésta y el material que había de ser sometido a incisión se introducía una mezcla de polvo abrasivo mezclada con aceite.

Camafeo con retrato de Caracalla en amatista
Los camafeos se elaboraban en piedras polícromas que poseían varias capas, unas claras alternando con otras oscuras, especialmente la que sirve de fondo de la imagen, para conseguir efecto de profundidad y variedad de color. Las piedras más empleadas fueron las calcedonias, ágatas y sus variedades, el jaspe y más raramente el lapislázuli. Sin embargo, se hacían también camafeos en ámbar, coral, azabache, etc. La talla de piedras preciosas en época romana fue primero un simple complemento a la elaboración de la joyería, para más tarde convertirse en un arte conocido actualmente como glíptica. Antes de la conquista romana, las piedras grabadas era un lujo en las regiones de la Galia, Britania y el Danubio, pero después de la conquista no solo se convirtieron en un objeto personal, sino en un elemento de adaptación e integración en el modo de vida romano.







La función primitiva de estas piezas era la de sello, utilizado por gobernantes, comerciantes o ciudadanos para dar autenticidad a documentos. Las gemas con entalles estampados en cera o arcilla eran la única forma efectiva de firmar. 

“Pero si ves todos los tribunales llenos de semejantes querellas, si tras leer diez veces los pagarés la parte contraria, aseguran los otros que no son válidos los autógrafos de unas tablillas sin cumplimentar aunque queden convictos por su propia letra y por el sardónice (la primera de las gemas, que se guarda en joyeros de marfil)” (Juvenal, XIII,139)


Estas piedras, que en la República y a principios del Imperio solo estaban disponibles para la élite y se usaban principalmente como sellos, se hicieron más accesibles, y perdieron el valor que tenían de único objeto identificador de productos y posesiones. 

Varias circunstancias favorecieron el uso más amplio de estas piedras: la Pax Romana aumentó el número de clases sociales e hizo que las materias primas fueran más fáciles de obtener. La mayoría de las gemas, sobre todo, la preciada cornalina, provenían de la India, aunque algo se extraía de la provincia de Noricum (Austria). La piedra sardónice, procedente de la India y Arabia, se hizo particularmente popular por su color y por la característica de evitar que la cera se quedase adherida al sello cuando se estampaba en las tablillas.

"El primer romano que llevó sardónice, según Demostratus, fue Escipión el Africano, y por eso desde su época esta piedra se han tenido en gran estima en Roma." (Plinio, XXXVII, 23)


Los entalles adquirieron un carácter más ornamental, siendo utilizados, sobre todo, engarzados en anillos como objetos de adorno. La función original como sello quedó reservada casi exclusivamente para el anillo imperial o de los personajes de alto rango que tenían que emplearse en los documentos oficiales. También tuvieron desde antiguo ciertas propiedades que proporcionaban protección frente a maleficios y conjuros según el tipo, color y calidad de las piedras en las que fueron tallados. 

Anillo con figura de Némesis

Figuras de deidades protectoras, tales como Mercurio, la diosa Fortuna o Salus, o animales y símbolos que se creía, daban buena suerte se representaron con asiduidad. En los camafeos se representaban figuras humanas y fundamentalmente retratos, representados en pequeña miniatura.
Uno de los temas que era elegido para ser llevado grabado en la gema era el retrato imperial. 

Camafeo con retrato de Claudio

Plinio cuenta que el emperador Claudio dio permiso para llevar su retrato grabado en un anillo de oro y, por este motivo, han llegado hasta nosotros numerosos retratos imperiales en gemas engarzadas en anillos.
Los entalles su utilizaron a menudo como insignia personal o como recuerdo de la tradición familiar. Julio César tuvo un anillo de sello grabado con Venus Genetrix, supuestamente antecesora de su familia.

En Grecia se produjeron los más artísticos y perfectos camafeos, y los conservados en Roma fueron hechos principalmente por artistas helenos.


El tallador de gemas griego Solón (70-20 a.C.) trabajó en círculos imperiales romanos, modelando retratos idealizados del emperador Augusto y su hermana, junto a imágenes de figuras mitológicas. Dioskourides (65-30 a.C.) fue un maestro tallador de Aigeai en Asia Menor y es uno de los pocos tallistas mencionados en la literatura. 

Sardónice con retrato de Augusto
Parece que diseñó el sello personal del emperador Augusto : “En cartas de recomendación, documentos y cartas personales, al principio usaba una esfinge como sello, después un retrato de Alejandro Magno, y finalmente su propio retrato, tallado por la mano de Dioskourides; éste último lo utilizaron los siguientes emperadores”. (Plinio, Historia Natural)

En la Roma Imperial, las piedras grabadas despertaban auténtica pasión y llegaron a formarse grandes colecciones de gemas y camafeos, aplicados con profusión a anillos, broches, vestidos, candelabros, vasos y otros utensilios.

Hacia la segunda mitad del siglo II, la demanda de entalles fue incluso mayor debido a un mundo en crisis en el que la religiosidad se vio influido por el aumento de la superstición. El arte de tallar las gemas se estandarizó, excepto en los talleres que trabajaban para la corte. Se hizo más difícil obtener los materiales y los que querían joyas elegantes tenían que recurrir a usar entalles antiguos.
Entalle cristiano con barco
La llegada del Cristianismo animó a no llevar joyas para alejarse del lujo, pero si se permitió llevar un solo anillo con función de sello y en el que se aconsejaba no mostrar ídolos paganos, sino motivos cristianos:

“Nuestros sellos deben llevar la imagen de una paloma, de un pez, de un navío a pleno viento; de una lira, de la que se servía Polícrates o de un ancla que Seleuco hizo grabar en su anillo.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III, 11) 

Anillo estilo franco,, siglo VI, Museo Metropolitan
En el siglo IV d. C. el arte del grabado se mantuvo en la corte y en algunas ciudades, quizás en Tréveris o en Colonia. Las gemas ahora apenas llegaban del Este y la demanda había caído, aunque todavía había una rica clientela. Aparecieron unos nuevos clientes, los jefes bárbaros, que al contactar con la civilización romana, pronto vieron los entalles y camafeos, como un signo de distinción. Los tesoros hallados de finales del siglo IV revelan entalles antiguos montados en anillos de la época; a veces las piedras se recortaban sin consideración por el grabado anterior. Esta costumbre continuó en los siglos V y VI.

Justiniano, San Vitale, Ravenna, Italia

Las joyas que vemos reflejadas en el arte bizantino muestran un mayor gusto por el exceso y podemos ver que coronas, broches, pendientes y coronas aparecen con piezas que cuelgan aparatosamente de ellos y la cantidad de piedras preciosas y perlas aumentan.


Ver entrada Ornamenta gemmarum sobre joyas en la antigua Roma



Bibliografía:
El arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar ... José Amador de los Ríos, Google Libros.
Glíptica: camafeos y entalles de la Universitat de València, Google Libros.
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