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domingo, 31 de marzo de 2024

Vitrum, el vidrio en la antigua Roma (II)

“Mesas lujosas en que resplandece el alerce y el marfil, lechos cubiertos con tejidos de oro; grandes copas de un arte tan variado en su elegancia como único en calidad. Aquí, un vidrio artísticamente tallado; allí, una cristalería sin el menor defecto; más allá, la plata reluciente y el oro deslumbrante, el ámbar maravillosamente vaciado y hasta piedras, para beber: todo lo más inverosímil está allí reunido.” (Apuleyo, El asno de oro, II, 19, 1)

A los romanos acaudalados les gustaba las vajillas lujosas, y especialmente los recipientes hechos de piedras semipreciosas, oro y plata. Vasijas talladas en diferentes formas de calcedonia, especialmente ágata y ónice, se hicieron muy populares, especialmente en la elaboración de ungüentarios, copas y cuencos de varias formas lo que provocó el surgimiento de un mercado de réplicas más accesibles y baratas. El contraste de colores y la cualidad translúcida de estos recipientes fueron copiados por los vidrieros romanos que intentaron imitar en sus objetos de vidrio el mismo efecto. Estos últimos se convirtieron en productos muy codiciados ya que eran mucho más económicos que los elaborados en piedras semipreciosas.

“Los defectos del ópalo son el color que se asemeja a la de la flor del heliotropo, o al del cristal de roca o el granizo, y también la existencia de motas como de sal o manchas que distraen al ojo. No hay piedra que sea más difícil de distinguir del original cuando se falsifica en vidrio por un astuto artesano. La única prueba es con la luz del sol. Cuando se sostiene un ópalo falso entre los dedos en la luz del sol, brilla a través de la piedra un color invariable, mientras que el brillo de la piedra auténtica cambia continuamente y esparce según el momento sus colores más intensamente desde diferentes partes de la piedra, arrojando una luz brillante en los dedos que la sujetan.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 83)


Una de las técnicas empleadas para proceder a la imitación de dichas vasijas tan costosas era la del vidrio mosaico que se realizaba utilizando el fundido sobre molde y requería de una habilidad y experiencia extraordinarias por parte del vidriero. Primero se utilizaba un pequeño haz de varillas de vidrio de distintos colores que se dividía en pequeñas láminas para formar un motivo decorativo que se repetía y ocupaba toda la superficie del futuro recipiente, se aplicaba calor para unirlas; en segundo lugar se situaba la pieza sobre el molde para fundirla; finalmente, la superficie interior se pulía para eliminar las irregularidades del molde.


Los vidrieros romanos desarrollaron la técnica de los vidrios mosaico y crearon una gran variedad de objetos artísticos elaborados a partir de múltiples incrustaciones de pequeñas piezas multicolores, a los que por su llamativa apariencia se les dio en el Renacimiento el nombre de vidrios millefiori. Para obtener el efecto floral que le da nombre se juntaban varias varas formadas por una varilla central que se recubría por otras capas de vidrios de distintos colores que se calentaban hasta que quedaban adheridas. Estas varas se cortaban en discos que se distribuían en un molde de piedra o cerámica y se fundían todos juntos sobre una base de vidrio que servía de fondo.


Cronológicamente estas producciones se desarrollan desde la segunda mitad del siglo i a. C. hasta finales del siglo i d. C., aunque se pueden encontrar piezas (como los millefiori) en siglos posteriores. Los talleres de Alejandría y Siria destacaban como principales centros de su manufactura.

La técnica del vidrio salpicado o moteado puede haberse originado para imitar la decoración del vidrio millefiori, al ser también más fácil y económica su elaboración. Se hacía rodar una burbuja de vidrio sin terminar sobre una lámina de piedra cubierta con trocitos de vidrio de colores que después se calentaría y a la que se daría su forma final soplando. Al expandirse la burbuja, los pedacitos se mezclarían con la superficie y cambiarían su forma según los movimientos que hiciera el vidriero.

“Ribereño Priapo, los que pescan con jábega te han dedicado
estas ofrendas por la ayuda que les prestaste en la costa,
cuando rodeaban con sus mallas de bien trenzado lino los remolinos
de atunes en las resplandecientes corrientes del mar
—una crátera de encina, un banco de brezo hecho a mano
y un cáliz de vidrio para escanciar el vino—,
para que así relajes tus pies fatigados por la danza
y combatas la árida sed.”
(Antología Palatina, Mecio 564)


El vidrio de bandas doradas es otro tipo de vidrio mosaico que se producía mediante la fusión de unas cuantas varillas finas de vidrio de distintos colores. Estas se ponían unas junto a las otras y se calentaban hasta que se formaba un disco sólido. Recalentando con cuidado el disco, el vidriero presionar y tirar del vidrio derretido para que se distribuyera en un diseño a bandas que envolvía el recipiente. Esta técnica se utilizó especialmente para decorar las vasijas destinadas a la cosmética, como ungüentarios o pixides.

Los prósperos ciudadanos romanos de la época de Augusto apreciaban este vidrio por su valor estilístico y su apariencia suntuosa debido a sus tonos dorados.


La técnica de decoración a costillas se empleó en recipientes dedicados a la mesa, especialmente platos y cuencos y su uso se extendió por todo el Mediterráneo mayormente. Su forma y color se fue adaptando a la moda imperante y a la funcionalidad, como fue buscar más estabilidad o preferir colores claros sobre los brillantes que habían pasado de moda. Las últimas explicaciones sobre su elaboración indican que se ponía un disco de vidrio caliente en un molde semiesférico, el cual se giraba sobre un torno. Por su flexibilidad, el vidrio caliente se adaptaba perfectamente al molde, y durante la rotación del torno al borde se le daba forma con una varilla corta y las costillas se formaban con una varilla más larga y estrecha. Este proceso permitía que los recipientes se fabricaran con rapidez, sin perder calidad.

“Contempla aguas de manantial y vasos de vidrio
claros para que hunda su boca y beba el caluroso
mes marcado con el nombre eterno de un monarca,
en el que cuentan que de Latona nació Hécate.” (Antologia Latina, 395, Agosto)


Los artesanos vidrieros inventaban nuevas técnicas de decoración para estimular el interés visual en lujosas y costosas vasijas. Una de estas técnicas es la aplicación de hilos de vidrio, en la que se añadía una línea más o menos fina de vidrio fundido a la superficie del recipiente. El diseño de hilo en forma de serpiente consiste en modelar con herramientas dichos hilos para obtener dibujos diversos con formas geómetricas o a veces figurativas. Se originó en la parte oriental del Mediterráneo, Siria y también Egipto, donde las vasijas suelen ser monócromas, esto es, tanto el recipiente como los hilos aplicados son del mismo color, aunque pueden aparecen imágenes vegetales y animales.


Cuando la técnica pasó a la parte occidental de Europa, la ciudad de Colonia ya se había convertido en un referente de la industria vidriera, ya que su carácter militar hizo que su población con una gran cantidad de altos rangos militares y políticos contase con grandes recursos financieros para encargar y adquirir objetos valiosos como estas vasijas de vidrio. Sin embargo, los vidrieros de esta zona innovaron esta técnica aplicando hilos de colores brillantes que destacaban sobre la superficie del recipiente adaptándose quizás al gusto estético de los consumidores.


La técnica de los cabujones de vidrio consiste en aplicar gotas de vidrio, que pueden ser incoloras, pero también de un solo color o de varios, sobre la superficie externa de las vasijas de forma dispersa o agrupada, en un posible intento de imitar las piedras preciosas que se incrustaban en copas y otros recipientes de metales, como oro y plata. Las vasijas se fabricaban con un vidrio más o menos grueso, transparentey casi siempre incoloro con tonalidades verdes o amarillentas.


Los vasos con aplicaciones de gotas azul oscuro se encuentran en todo el Imperio, aunque suelen tener un origen oriental. En Colonia surgen a partir del siglo IV d.C., aunque ya desde antes allí se aplicaban gotas de distintos colores, que podían ser de color azul, verde, marrón o púrpura.


En el siglo IV d.C. se produjeron en masa lámparas de vidrio de forma cónica que rápidamente evolucionaron de un uso domestico al uso eclesiástico, y que sustituyeron a las tradicionales lámparas de aceite hechas de arcilla. Las de vidrio porporcionaban más luz si la mecha se atendía correctamente. Estas lámparas de mecha flotante o kandelai que se usaron en Grecia y en la parte oriental del Imperio, cuando el cristianismo se había extendido ya ampliamente, iluminaron y adornaron las iglesias y muchas de ellas llevaban unos vasos de vidrio hechos principalmente con esta técnica que se colgaban de soportes colgados de cadenas. Algunas adaptaban recipientes domésticos para poder ser colgados.

“En la parte central colgaban incluso, sujetas a los altos artesonados por cadenas de bronce, cóncavas lámparas que, a la manera de los árboles, como si fueran vides de flexibles ramas, mueven sus brazos. En lo alto de su cima las varas llevan copitas de cristal como si fueran su fruto y cual si estuvieran en primavera dan la impresión de que empiezan a florecer cuando encienden su luz, al tiempo que imitan las apretadas estrellas merced a su espesa cabellera de llamas. Con sus numerosas luces apartan las pesadas tinieblas y pintan una delicada atmósfera de llamitas en floración, y en su temblor hacen destellar su transparente cabellera; con las llamas siempre encendidas en la difusa neblina de la noche dan un aire ambiguo entre luz y sombra, y con sus reflejos temblorosos turban ese inestable ambiente.” (Paulino de Nola, Poemas, 19, 411)


Un tipo de vasijas que también fue popular consistía en una forma de cuerpo ancho y globular con un borde amplio, cuyo rasgo más característico era presentar múltiples asas colocadas paralelamente, aunque no siempre con el mismo intervalo. Hechas generalmente con dos colores, la variación en el espesor de las paredes y las asas lograba un bello efecto de color, resaltado por las sombras de los colores y la translucidez del vidrio.


La producción de vasijas de vidrio decoradas en facetas o figuras geométricas, como los rombos o hexágonos, comenzó probablemente en el Mediterráneo oriental, con la intención de imitar los carísimos recipientes de cristal de roca, aunque pronto se convirtieron en objetos deseados por sí mismos. En su creación colaborarían dos artesanos, el vidriero que se ocuparía de hacer la vasija de vidrio incoloro, para lo que añadiría agentes decolorantes y un tallador que la decoraría en un torno, utilizando una herramienta para aplicar un abrasivo a la superficie para pulirla, modificarla o tallarla.

“Para pulir las estatuas de mármol, como para cortar y pulir las piedras preciosas, se preferió durante largo tiempo a la piedra de Naxos, siendo tal el nombre de un tipo de esquisto que se encuentra en la isla de Chipre. Últimamente, sin embargo, las piedras importadas de Armenia para este propósito han sustituido a las de Naxos.” (Plinio, Historia Natural, XXXVI, 10)


El vidrio pintado con esmalte surgió en Roma en el siglo I d.C. vinculado a la tradición artística de Oriente y se extendió durante los primeros siglos del Imperio por todo el mundo conocido hasta entonces. El esmalte es un material vítro en polvo que se mezcla con pigmentos u óxidos metálicos para conseguir varios colores y efectos. El proceso de esmaltado implicaba la aplicación del polvo de esmalte a la superficie del vidrio con un pincel y luego se metía en el horno a una baja temperatura (500-700ºC). Ese calor fusionaba el esmalte con el vidrio, fijando los colores y asegurando la durabilidad de su decoración.


El vidrio esmaltado se usaba para decorar por su capacidad de añadir color, diseño y textura a las superficies de vidrio, que podían adaptarse a los gustos estéticos específicos de los clientes. La capa de esmaltado podía ser transparente, permitiendo pasar la luz, u opaca, impidiendo el paso de la luz. La combinación de maestría en la fabricación del vidrio y en la aplicación del esmaltado en sucesivas capas daba lugar a unos exclusivos objetos que destacaban por su belleza y sofisticación. Las tonalidades azules, verdes, amarillas, rojas y blancas creaban un efecto visual muy atrayente, que podía complementarse añadiendo láminas de oro o pan de oro que reforzaban la apariencia lujosa de las piezas.

“No hay materia más apropiada para los espejos ni más acomodada a la pintura que esta.” (San Isidoro, Etimologías, XVI, 16)


Las escenas dibujadas en los vidrios esmaltados romanos muestran el alto nivel de habilidad y atención al detalle de los artesanos. Los diseños geométricos , los motivos florales y las composiciones figurativas se ejecutaban con meticulosidad, creando un complejo diseño que ostraba profundidad visual, delicadeza y refinamiento en su conjunto.

El efecto estético de la producción de vidrio esmaltado refleja las amplias sensibilidades artísticas del imperio romano, que recogen las influencias de varias culturas, entre ellas la egipcia, la helenística y la de Oriente medio y que resulta en un único estilo ecléctico que era inconfundiblemente romano.

El vidrio camafeo es un tipo de vidrio decorado en relieve que imita los recipientes de plata para beber que se decoraban con diversos motivos en relieve. Esta técnica, originaria del Egipto ptolemaico se introdujo en Roma entre fines del siglo I a.C. y el tercer cuarto del I d.C.

El vidriero sumergiría el molde en vidrio, generalmente de color azul, y aplicaría unos trazos de cristal blanco derretido hasta envolverlo por su parte exterior hasta que quedase cubierto de una gruesa capa de vidrio blanco opaco. Durante la fase de enfriamiento, un artista experto en trabajar piedras preciosas esculpiría las imágenes en relieve tallando el vidrio blanco de manera que la luz pasase a través del vidrio azul translúcido. La vasija se terminaría en un torno, donse se haría la talla final y el pulido.


Otra versión que explica su fabricación sostiene que había una primera fase en la que se soplaba una preforma del cuerpo de la pieza, que generalmente era de un vidrio de color azul muy oscuro; aún en caliente, se sumergía esta hasta una altura determinada, en un vidrio fundido de color blanco opaco. Despues se soplaba en un molde para darle su forma definitiva. Venía a continuación la operación más delicada que era la del tallado en relieve de las figuras, en la que se pretendía reducir el espesor de la capa de vidrio blanco opaco para que fuera más o menos translúcido y obtener diferentes tonos según la intensidad del color oscuro del vidrio azul que quedaba por debajo.

“A ningún ladrón le llaman la atención, Flaco, estas copas cinceladas (toreumata) y no se vician con el agua demasiado caliente.” (Marcial, Epigramas, XII, 74)


La elaboración de un vaso diatreta consistía primero en prensar en un molde una forma en bruto de paredes muy gruesas que se recubría por otras tres capas gruesas, separadas entre sí, de vidrios de distinto color que dividían tres zonas diferentes correspondientes a las dos cenefas superiores y una inferior. Sobre la banda de más arriba se marcaban las letras de la inscripción y se trazaban los relieves y los anillos que debían rodear al vaso. Después se comenzaba a tallar las letras y cortar y calar los anillos que formaban la envoltura, a modo de red, que parecía flotar alrededor del vaso y que lo hacía parecer como encerrado en una jaula.


Estos recipientes de complicada fabricación constituían un signo de prestigio y se su uso estaba destinado a la celebraciones donde se consumía vino en abundancia, de ahí que las inscripciones hiciesen referencia al vino y la felicidad. En la famosa copa de Trivulzio hay una inscripción: BIBE VIVA MULTUS ANNIS (Bebe, y vive muchos años), que sugiere su uso para beber y la suposición de que fuera un regalo. Hicieron su aparición hacia finales del siglo II d.c.


Una variante libre de los vasos diatreta la constituye la famosa Copa de Licurgo, cuya principal característica es estar realizada en vidrio dicroico, llamado así porque se diferencia de color según lo ilumine la luz. En este caso, la copa presenta color verde cuando se la ve a la luz del día o se la ilumina desde el exterior, mientras que muestra un color rojo rubí cuando la luz proviene del interior o a través de ella. Este efecto se consigue por la presencia de nanopárticulas de oro y plata en la composición del vidrio, que puede haberse debido a la contaminación con dichos metales dentro del taller donde se fabricó.


Copa de Licurgo, Museo Británico, Londres

En esta copa, lo mismo que en los vasos diatreta, los artesanos crearon el conjunto de la figuras y los elementos decorativos rodeando la pieza interior de una envoltura calada con una delgada filigrana de un vidrio de distinto color, tallada en una sola pieza.

Su nombre proviene de la figura de Licurgo, rey de Tracia, quien ataca al dios Dioniso y a su ménade Ambrosía, la cual es convertida, por la madre tierra y para su protección, en una vid que se enrolla alrededor del rey y lo aprisiona. La escena se representa con gran dramatismo y evoca la importancia que tenían las libaciones a los dioses antes de empezar a disfrutar de la comida y bebida en un banquete.

“Te he enviado unas copas tornasoladas de distinto color, que me ofreció a mí el sacerdote del templo y que yo he dedicado de una manera especial a mi hermana y a ti. Mi deseo es que tú las utilices en los convites que ofrezcas los días de fiesta.” (Historia Augusta, Saturnino, 8, 10 De Adriano a Serviano)


El cristal de roca, no es vidrio, sino un cuarzo transparente e incoloro, que se utilizó por los antiguos, quienes creían que se formaba a partir del hielo que se endurecía como una roca por la congelación. Aunque se hacían vasijas con él en Grecia y Egipto desde el segundo milenio a.c., se convirtieron en una rareza durante la época clásica y helenística, hasta que pasó a ser un producto de lujo a comienzos del imperio, fabricado especialmente en los talleres de Alejandría, y admirado por ser translúcido, reflejar la luz, e, incluso, su fragilidad.

“Nerón, al recibir las noticias de que todo estaba perdido, en un exceso de furia, rompió dos copas de cristal de roca, siendo este su último acto de venganza sobre sus congéneres, impidiendo a cualquiera beber de esos recipientes. El cristal de roca, al romperse, no puede ser arreglado. Los recipientes de vidrio han alcanzado un alto grado de similitud con el cristal de roca, y, sin embargo, hay que resaltar que han reforzado el valor del cristal, sin depreciarlo.” (Plinio, Historia Natural, XXXVII, 10)

La dureza de la piedra hacía dificil trabajar con ella pero muy apreciada porque la pieza final adquiría un acabado brillante y resistente a los arañazos. Para ahuecar la vasija, el artesano usaba esmeril molido como abrasivo.


Los romanos perfeccionaron otra técnica de origen sirio o alejandrino que había empezado a producirse en el siglo I y se difundió más ampliamente a partir del siglo III d.C, el vidrio con fondo de oro. El soplador de vidrio aplicaba un lámina de pan de oro a la superficie exterior de una burbuja de vidrio derretido, que podía ser incoloro o de color azul, verde, rojo o púrpura. Con la punta de una aguja se rascaba y punteaba la lámina dorada para crear la decoración. Entonces, el soplador presionaba una segunda burbuja de vidrio incoloro contra la primera, dejando en medio la lámina.

De esta forma se decoraban medallones con retratos, o fondos de vasos y platos con los que se conmemoraba una ocasión especial, como una boda.

“El color y la gracia son propios de Zeuxis, pero fue Satireo el que, pintándome en un diminuto cristal, me entregó como bello obsequio a Arsínoe: soy el retrato
de la reina y no soy en nada inferior a uno de gran tamaño.” (Antología Palatina, Diodoro, 382)


Los motivos podían ser de temática pagana, relativos a la mitología o a acontecimientos sociales del mundo romano, como los juegos circenses o gladiatorios.


Con la plena implantación del cristianismo como religión oficial del imperio en el siglo IV d.C. los vidrios de fondo de oro mostraban motivos referentes a la Biblia, a Cristo, sus enseñanzas y milagros, y a los santos. Muchos de los recipientes se rompieron con la intención de reutilizar los fondos con retratos como indicadores de la identidad de los difuntos en las tumbas y así se han encontrado encastrados en las tapas de los nichos en las catacumbas.


El periodo más fructífero del vidrio en el Mediterráneo oriental fue durante los ultimos siglos del imperio, cuando Egipto, Palestina, Siria, Asia menor y Chipre tenían las industrias vidrieras más florecientes. Las industrias de estas regiones experimentaron un prolongado periodo de crecimiento en términos de producción y tipología. La industria del vidrio en Palestina tuvo su mayor apogeo del siglo IV al V d.C. tras el gobierno de Diocleciano, cuando la región disfrutó de un tiempo de relativa paz, a pesar de la inestabildad económica. Cuando Constantino el Grande se impuso finalmente como único gobernante en el año 324, Palestina se benefició del hecho de que pusiese como objetivo de su programa de reconstrucción a Jerusalem y Tierra Santa. Con el edicto de 337, mucho artesanos experimentados se beneficiaron del progreso económico al quedar exentos de ciertos impuestos.

“El emperador Constantino a Maximus

Ordenamos que los artesanos dedicados a los trabajos mencionados a continuación, y que residen en diferentes ciudades, estarán exentos de todas las obligaciones civiles, especialmente, si su tiempo libre se emplea en perfeccionarse en ocupaciones por las que se hagan más cualificados o en instruir a sus hijos. Se enumeran a continuación: arquitectos, médicos, pintores, escultores, marmolistas, carpinteros, albañiles, … vidrieros….” (Código Teodosiano XIII, 4, 2)

Ilustración de Derek Lucas

De esa época proceden multitud de ungüentarios y balsamarios, entre ellos tubos para contener el kohl que se aplicaba en los ojos que podían ser del tipo más sencillo con un solo contenedor y sin as, uno o dos contenedores con una sola asa, y los que presentan dos o más contenedores con una elaborada y compleja asa, de forma que por su díficil acceso al contenido, parecen tener un uso más ornamental que funcional.

“Escasa es mi fortuna, dueña mía", pero te aseguro que éste que es
                                                                              [tuyo de corazón
mira con desdén de la riqueza de muchos.
¡Venga! Acepta este vestido que se asemeja a la tornasolada
púrpura de una suave colcha de gruesa lana,
estos rosados vellones y este perfume de nardo
custodiado en verde cristal para tu negro pelo,
de forma que la túnica envuelva tu cuerpo, las labores de la lana
prueben la valía de tus manos y la aromática fragancia inunde tus
                                                                        [trenzas.” (
Antología Palatina, Antífilo de Bizancio, 23)


La iridiscencia del vidrio antiguo no es en absoluto intencionada y es causada por el desgaste en la superficie. El efecto de colores cambiantes se debe a la refracción de la luz por finas capas de vidrio desgastado. La cantidad de desgaste en un objeto de vidrio depende principalmente de las condiciones en las que se encontraba mientras estaba enterrado, como humedad, calor y tipo de tierra, y en menor medida en su composición química. Generalmente el vidrio fabricado en las provincias occidentales tienen menor iridiscencia por contener potasa (carbonato potásico), mientras que en las orientales se usaba el natrón (carbonato sódico). La palabra iridiscencia proviene de Iris, la diosa griega del arcoiris, por los colores parecidos que presentan los recipientes de vidrio que cambian según les de la luz.

“Casio dice que los recipientes de vidrio iridiscente no se catalogan como joyas.” (Digesto, XXXIV, 2, 19, 19)


En cuanto al trabajo realizado por los artesanos del vidrio se sabe que al menos existían dos especialistas, el vitrarius y el diatretarius. El primero trabajaba el vidrio soplado y en molde. Cuando soplaban en molde pretendían primero dar forma a la pieza de vidrio y segundo conseguir que se copiara parte de la decoración del interior del molde en su superficie exterior. También utilizaban moldes en dos mitades en el cual se hacían ambas operaciones de una sola vez. Los diatretarii realizaban trabajos de corte, tallado y pulido, aplicando los procedimientos heredados para trabajar el cristal de roca y las piedras preciosas. Su éxito y reconocimiento profesional residían en el hecho de que a los procedimientos necesarios para producir el vidrio añadían un conocimiento amplio de las técnicas artísticas y decorativas, que incluían diseños geométricos, figurativos e inscripciones, que posteriormente desarrollaban en los varios tipos de decoración que se conocen actualmente.

“Hubo, sin embargo, en otro tiempo un obrero que fabricó un vaso de vidrio que no se podía romper. Se le concedió el honor de que lo ofreciese al César, Después de habérselo regalado, tomole de manos del emperador y lo arrojó al suelo con fuerza. El César asombrose grandemente de tal acción; pero el obrero recogió el vaso y vióse entonces que el golpe no le había causado sino una ligera abolladura, como si estuviera fabricado de metal. El obrero entonces, sacando de su cintura un martillito, sin apresurarse, corrigió el defecto, devolviéndole su forma anterior. Esto hecho, creyose transportado al Olimpo con Júpiter, y más al oír que el César le dijo:

—¿Algún otro que tú posee ese secreto? Piensa bien y contéstame francamente.

El obrero contestó negativamente, y Cesar lo mando degollar, pretextando que si se propagase ese arte de fabricar el cristal metalizándolo para evitar su fragilidad, el oro perdería todo su valor.” (Petronio, Satiricón, 51 phialam vitream)

Ilustración Baraldi

A lo largo de la historia se ha intentado atribuir determinadas piezas artísticas de vidrio a un taller vidriero en particular o al menos encontrar su procedencia geográfica. Algunas vasijas llevan un nombre inscrito que lo asocia a uno de los más de un centenar de maestros vidrieros de los que se tiene noticia.

El más famoso es Ennion, cuya firma “Ennion me hizo” aparece en más de veinte recipientes de vidrio soplado a molde. Aunque se desconoce su verdadero origen y periodo de trabajo, se supone que trabajo en Sidón (Fenicia) o cercanías en la primera mitad del siglo I d.C. Hay opiniones de que pudo haber trabajado en la misma Roma, pero no se sabe con certeza. Lo que sí parece cierto es que sus obras se comerciaron por todo el Imperio. Algunas piezas sin firmar, pero muy similares en estilo a las suyas, sugiere que su arte pudo ser imitado por otros artesanos del vidrio.


Para atribuir la elaboración de una pieza a un determinado taller, se busca la repetición de un rasgo distintivo en las piezas que permita identificarlas como producto de un taller al que se le da un nombre descriptivo, como es el caso del “Taller de las asas flotantes”, llamado así por la forma en la que el asa o asas se adhiere al cuerpo de la vasija en un solo punto; la parte inferior del asa no se llega a juntar lo que crea el efecto de que “flota”.

“Dice que los habitantes de Alejandría trabajan el vidrio transformándolo con frecuencia en numerosos tipos de vasos, imitando la forma de toda clase de cerámica traída del mundo entero.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, Epítome del libro XI)


Algunos talleres vidrieros se especializaron en el diseño de recipientes de vidrio que mantuvieron un característico estilo regional, como los vasos con decoración de garra que se fabricaron a partir del siglo V hasta el VII d.C. en la que su específica forma se conseguía con la aplicación, sobre la superficie, de cabujones de vidrio derretido que se estiraban hasta lograr la mencionada forma y sobresalen de forma prominente. La mayoría de ejemplares se encontraron en tumbas aristocráticas de Alemania, Francia y Reino Unido y se cree que provienen de un taller ubicado en Alemania.





Bibliografía


Desarrollo histórico y formal de la escultura en vidrio, Mª Ángeles Villegas Broncano
El vidrio romano en los museos de Madrid, Eduardo Alonso Cereza
Un material antiguo, una nueva tecnología: Botella romana de vidrio soplado, María Ángeles Sánchez
Vidrios romanos en el museo Cerralbo, Luis Palop Fernández
Historia del vidrio, Antonio Sorroche Cruz y Asunción Dumont Botella
Acerca del poema a la fabricación del vidrio (XIII Heitsch) atribuido a Mesomedes Mauricio Fernandez Nuin
La fragilidad en el tiempo. El vidrio en la antigüedad. MARQ
Estudio iconográfico de los vidrios dorados de la Antigua Roma, Lucía Mireya Jiménez Benítez
Traditio Legis y otras representaciones iconográficas a través de objetos de vidrio y vidriados, Juan Carlos Olivera Delgado
El vidrio como materia escultorica: técnicas de fusión, termoformado, casting y pasta de vidrio, Estefanía Sanz Lobo
Pliny on Roman glassmaking, Ian Freestone
Glass of the Ancient Mediterranean, McClung Museum of Natural History & Culture, University of Tennessee
The Glass of the Greeks and Romans, D. B. Harden
Ancient Glass, Kurt T. Luckner
Leaf Beakers and Roman Mold-blown glass Production in the First Century a.C., Corning Museum of Glass
Ennion and the History of Ancient Glass, Christopher S. Lightfoot
Glass, Gold, and Gold-Glasses, David Whitehouse
Early Roman Faceted Glass, Andrew Oliver, Jr
The Boudican Uprising and the Glass Vessels from Cochester, Hilary E.M. Cool
Roman Dichroic Glass: Two Contemporary Descriptions?, David Whitehouse
Early Imperial Roman Glass at the University of Pennsylvania Museum; Stuart J. Fleming
How ancient Roman souvenirs made memories and meanings | Aeon Essays, Maggie Popkin
Reused from Banquet to Grave: Gold Glass, a “Popular” Medium in Late Antiquity?, Chiara Croci
Rock Crystal and the Nature of Artifice in Ancient Rome, Patrick R. Crowley
The Impact of Glassblowing on the Early-Roman Glass Industry, Jonathan David Prior

 








miércoles, 16 de diciembre de 2015

Ornamenta gemmarum, joyas con perlas y gemas en Roma antigua



Retrato Fayum, Liebieghaus, foto:FA2010

A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.

Tras las conquistas de Alejandro Magno (356 – 323 a.C.) enormes cantidades de perlas llegaron a los mercados de Occidente desde Oriente. Alejandría, capital del imperio Tolemaico desde el 304 a.C., se convirtió en una rica metrópolis donde incluso perlas de mejillones de Britania se ofrecían a la venta, traídas por los Fenicios que habían llegado hasta las costas británicas en el siglo VII a.C.


Mosaico con retrato femenino, Museo Arqueológico de Nápoles

Tanto Plinio como el Periplo del Mar Eritreo destacaban las perlas del Índico por su calidad y tamaño. Las perlas del Golfo Pérsico y del Mar rojo resaltaban por su blancura. Las del Bósforo eran rojizas y de menor tamaño. Las de la costa de Mauritania eran pequeñas y las perlas británicas sobresalían por ser más oscuras y con tonos áureos. Se decía que no existían dos perlas idénticas porque todas variaban en color, tamaño, forma y peso. Las que poseían mayor valor comercial eran las del Índico.


En efecto, la mejor (perla) es la del Mar Indio y la del Mar Rojo. Pero también las hay en el Océano occidental, donde está la isla de Bretaña. Pero parece que es más o menos dorada y tiene brillos más débiles y apagados. Dice Juba que también las hay en el Estrecho del Bósforo, que son inferiores a las de Britania y su origen no es inferior al de la India y del Mar Rojo. Pero sostiene que la perla de tierra firme india no tiene una naturaleza particular, sino que es el resultado del cristal formado no de los hielos sino del mineral.


Retrato de El Fayum, Museo de Bellas Artes
de Strasburgo
“Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares refulgen sobre las conchas abiertas."
Por lo visto, estas conchas, que son las madres de las antes citadas, se cogen cuando hace buen día y el mar no se mueve. Los buscadores de perlas, una vez que las cogen, extraen de ellas nada más y nada menos que esa perla que hechiza el alma de las lujuriosas.


Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.

La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello, …” (Eliano, Historia de los Animales, L. X)


En el Imperio romano la perla fue asociada rápidamente con el lujo. Así, tanto en el mundo romano como en el bizantino, la posesión y ostentación de perlas se convirtió en distintivo de las élites sociales.

Plinio culpaba a la victoria de Pompeyo sobre Mitrídates y su triunfo en 61 a.C. del gusto de los romanos por las perlas y gemas durante los últimos años de la República, que continuó durante todo el Imperio. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se volvieron a dar las condiciones que posibilitaron un comercio marítimo más seguro a Oriente, esta vez bajo la protección de una flota romana que permitía la reapertura de antiguas rutas o el hallazgo de nuevas.


Pendiente de perla, Museo Metropolitan de Nueva York
“En efecto, puesto que Antonio, considerando que cualquier cosa que se engendrara en el mar, en la tierra o incluso en el cielo había nacido para saciar su propia glotonería, lo dirigía a su boca y sus dientes y, cautivo por esta razón, quería hacer del Imperio romano un reino egipcio, su esposa Cleopatra, que no soportaba ser vencida por los romanos y ni siquiera en el lujo, le apostó que podía gastarse en una cena diez millones de sestercios. Aquello le pareció asombroso a Antonio y sin dilación aceptó la apuesta digna de un mediador como Munacio Planco, que fue elegido árbitro de tan honrada competición. Al día siguiente, sondeando a Antonio, Cleopatra preparó una cena fastuosa, pero no admirada por Antonio, puesto que ciertamente conocía sus lujos diarios todo lo que ofrecía. Entonces la reina, entre risas, reclamó una copa, a la que le añade algo de vinagre amargo, y seguidamente introduce una perla que se había quitado de una oreja, rápidamente se diluye – según es la naturaleza de esta piedra – y se la bebe; y, aunque había ganado en el acto la apuesta sin esfuerzo – había gastado en la propia perla diez millones de sestercios -, sin embargo, dirigió su mano de manera semejante también hacia la perla de su otra oreja; ahora bien, Munacio Planco, un juez severísimo, dictaminó rápidamente que Antonio había perdido. Se pudo observar luego de qué tamaño era aquella perla, puesto que la que quedó, después de vencida la reina y capturado Egipto, se transportó a Roma y se cortó, y se confeccionaron dos perlas de una sola y se le colocaron a una estatua de Venus, según se dice, de monstruoso tamaño en el templo que se denomina Panteón." (Macrobio, Saturnales, Libro III)


Cleopatra, pintura de Frank Dicksee

Los productos lujosos procedentes de China e India tenían numerosos clientes en Roma que podían pagar altos precios en oro y plata por ciertos objetos por simple placer. Este intercambio comercial provocaba, según lamentaba Plinio, la salida de grandes riquezas de Roma a principios del Imperio, aunque no es posible saber el coste real que el comercio de perlas supuso para Roma.
                                                                                                                          
“no es de ahora que la India obtiene menos de cincuenta millones de sestercios de nuestro imperio a cambio de mercancías vendidas entre nosotros por un precio cien veces superior” (Plinio, HN 6.26), a lo que añade posteriormente que “cien millones de sestercios, al cálculo más bajo, salen anualmente de nuestro Imperio por la India, Sérica y la península Arábica” (Plinio, HN 12.41)


Pendientes de perla Pompeya

El hecho de que el Mediterráneo careciera de caladeros propios contribuyó a que además de como un bien de importación adquiriera valor como un bien de prestigio. Por otro lado, la legislación romana trató desde muy pronto de limitar la fuga de capitales por la compra de productos de lujo a pueblos extranjeros, y aunque en muchos casos no se hace mención expresa de las perlas, se vio afectado su comercio como el de otros bienes de lujo. De esta manera, desde muy temprano se instituyeron en Roma una serie de leyes suntuarias destinadas a limitar el número de personas que podían hacer ostentación de joyas, y por tanto de perlas.

“Gelia no jura por los misterios sagrados de Dindimene, ni por el buey de la novilla del Nilo ni, en una palabra, por ningún dios o diosa jura Gelia, sino por sus perlas. A éstas abraza, a éstas cubre de besos, a éstas las llama sus hermanos, a éstas las llama sus hermanas, a éstas quiere más ardientemente que a sus dos hijos. Si por alguna desgracia la pobrecilla se quedara sin ellas, dice que no viviría ni una hora. ¡Ay, qué bien vendría ahora, Papiriano, la mano de Anneo Sereno!” (Marcial, 8, 81)

Ya en época de Julio César se llegó a prohibir a las mujeres, bajo una serie de medidas austeras, el uso de literas, púrpuras y perlas, exceptuando a ciertas personas según su edad, o bien por tratarse de un día festivo.

Pero la aplicación de estas leyes suntuarias al final de la República no fue del todo efectiva, un ejemplo de ello es que Julio Cesar regaló a su amante Servilia, en el año 59 a. C., “una perla que le había costado seis millones de sestercios” (Suetonio, Julio Cesar, 50)





Las perlas formaban parte del patrimonio familiar y la posesión de joyas se equiparaba a tener tierras en propiedad y se apreciaba más que gastarse el dinero en perfumes y vestidos lujosos, por ser estos perecederos. Las joyas se dejaban en herencia, se podían vender o incluso retocar para extraer una pieza y venderla en solitario. Los nuevos ricos presumían de las joyas que regalaban a sus esposas como símbolo de su riqueza y éstas disfrutaban de estos adornos que les hacía “brillar” en la sociedad romana luciéndolas en banquetes y festividades religiosas.

“Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.



Pendientes de oro y perlas, Victoria and Albert Museum

Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.
Claro – dijo Habinas -, como que me has desplumado para poderte comprar estas habas de cristal. ¡Seguro que si tuviera una hija le cortaría las orejas! De no existir las mujeres, los precios estarían por los suelos.” (Petronio, Satyricon, 67)




Estas joyas dentro de las mansiones romanas solían ponerse a buen recaudo por los esclavos de confianza, los atrienses, encargados de guardar las joyas y perlas de la casa, conociéndose incluso en las inscripciones a través de la formula ad margarita.

 Las leyes suntuarias a lo largo del imperio cayeron en desuso de mano de los propios emperadores y los miembros de su familia, siendo las perlas uno de los elementos más visibles de su ostentación.

«Yo he visto a Lolia Paulina, esposa del príncipe Cayo Calígula, cubierta de esmeraldas y de perlas, no en alguna ceremonia de aparato severa y solemne, sino incluso en un banquete corriente de esponsales; entrelazadas alternadamente, las joyas resplandecían por toda la cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando en conjunto cuarenta millones de sestercios. [...] Y no se trataba de regalos de un generoso príncipe, sino del patrimonio de sus antepasados, es decir, del producto del despojo de las provincias». (Plin. NH 9.58.117)


Retrato de El Fayum

El comercio de las perlas se concentró en manos de los “margaritarii”, nombre dado a los buscadores de perlas y a los comerciantes y joyeros también, quienes establecieron sus “officinae margaritariorum” en el Foro Romano. La “margarita” se convirtió en uno de los productos más lujosos, y pasó a denominar objetos queridos o incluso personas amadas, especialmente niños.

Las gemas, valiosos indicadores de cultura y estatus, eran buscadas por las élites griegas y romanas. Una gema es una piedra preciosa o semipreciosa que ha sido cortada, pulida, grabada o alterada de alguna otra forma para ser utilizada como insignia personal para hacer sellos o como decoración. A menudo importadas desde lejos, las gemas antiguas eran verdaderamente exóticas, y sus colores brillantes y luminiscencia incrementaban su valor.

“No mencionaré tus costosos pendientes, tus brillantes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus vistosas esmeraldas verdes, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros,—tonos que hacen volverse a las matronas, y les hace desear su posesión.” (S. Jerónimo, CXXX, 7)

Las gemas utilizadas en joyería ornamental eran tasadas no solo por su grabado distintivo, sino también por la belleza de sus piedras, pero se les concedía propiedades medicinales y curativas basadas en el color de cada piedra. Los médicos las prescribían molidas en un fino polvo mezclado con líquido para remediar algunos males.


Pintura de John William Godward

El cristal de roca procedía según Plinio de la India y los Alpes entre otros lugares. Era símbolo de pureza por su trasparencia y se creía que ayudaba a encontrar el equilibrio del cuerpo. Las piedras rojas como el granate aliviaban enfermedades relacionadas con la sangre. La amatista por su colorido similar al vino se utilizaba para aminorar los efectos de la borrachera. Las de color verde como la esmeralda proporcionaban cura a los problemas estomacales y las azules, como el zafiro reducían las hinchazones asociadas con hematomas. El ópalo por su concentración de colores proporcionaba tratamiento para una gran variedad de enfermedades.



Collar con cristal de roca, Museo Metropolitan de Nueva York

Según Plinio se mejoraba el brillo de las piedras hirviéndolas en miel, especialmente la de Córcega. 

La popularidad del ámbar se debía a las propiedades terapéuticas se le otorgaban y a sus cualidades estéticas. Así, Plinio el Viejo ya refiere el empleo de collares de ámbar contra las enfermedades de la garganta y el pecho, y utilizado frente a fiebres y diversos males (Historia Natural, XXXVII, 44-51). Mientras, en el ámbito funerario parecen pesar también las creencias de que se trata de un material favorecedor del descanso de los difuntos, un ejemplo más del valor mágico-religioso que se le supone ya desde antiguo, en época romana ligado especialmente a los momentos de tránsito.
Con todo, en determinados círculos, a pesar de lo relativamente extendido de su uso, la sucina gemma, como así la llama Isidoro (Etimologías, XX, 5), es vista como símbolo de lujo, a evitar por parte de aquellos que quieren guiarse por la virtud, como podemos ver, por ejemplo, en el Peristephanon de Prudencio a finales del siglo IV.


Sortija de ámbar

Los etruscos y los romanos disfrutaron de joyas y adornos elaborados por artistas especializados en ámbar que transformaban los pedazos que venían del Báltico en bruto en verdaderas joyas de arte. Se hacían camafeos y objetos de lujo finamente tallados. La sociedad romana consideraba el ámbar como símbolo de fertilidad y buena suerte, de ahí que los gladiadores lo llevaran entre sus ropas, como un talismán, cuando salían a luchar.

Otra piedra considerada semipreciosa muy utilizada en diversas épocas desde la edad de Bronce es el azabache, una variedad dura y negra del lignito de alto valor económico y artesanal que, una vez pulida, adquiere un brillo aterciopelado. Este mineral orgánico procede de la madera de árboles fosilizados. En la época romana extraían este material en grandes cantidades, y se utilizaba con frecuencia en amuletos y colgantes, debido a sus supuestas cualidades protectoras y la capacidad de desviar la mirada del mal de ojo. Se le confirió un uso "mágico" a este material britano. Cayo Julio Solino escribió cómo este azabache era muy apreciado para joyas ornamentales y se elaboraba en gran parte en el asentamiento de Eburacum (actual ciudad de York); y el escritor y naturalista Plinio el Viejo sugería algunas propiedades médicas.



Camafeo de azabache, Museo Británico

Según una antigua leyenda, Amatista era el nombre de una bella ninfa que tuvo la desgracia de despertar la admiración de Baco, el rey del vino, en una de sus orgías. Horrorizada ante la idea de tener que compartir la pasión de tal amante rogó con tanta fuerza a la diosa de la castidad que esta la transformó en un cristal puro y frío cuando Baco se acercó a abrazarla. Sorprendido y humillado, Baco vertió su copa de vino sobre el cristal, confiriéndole así un color violeta. Cuando volvió a entrar en razón, Baco le concedió la capacidad de proteger al portador de la embriaguez. De hecho, en una copa color violeta, el agua representa el color del vino, de modo que cualquiera que bebiera de esta copa parecería estar bebiendo vino… así, evitarían emborracharse, virtud atribuida a la amatista.

Amatista con Bacante
Se trata de una amatista tallada con una figura de la diosa Embriaguez personificada y puesta en un anillo que perteneció a la reina Cleopatra (no se sabe cuál, de las muchas que llevaron este nombre en la dinastía macedonia, pero tal vez la hermana de Alejandro Magno, mujer de Alejandro del Epiro, que fue asesinada hacia el 308). La piedra era considerada como amuleto que impedía la ebriedad en quien la llevara, así la diosa, tiene que mantenerse serena por el material en que está tallada y también por la majestad de quien la ostenta.

“Soy Embriaguez y hábil mano talló mi figura
en amatista, piedra con el tema no acorde;
pero, siendo sagrado joyel de Cleopatra, serena,
tiene, aun ebria, que estar la diosa en su mano.”
(Antología Palatina IX, 752)


La esmeralda, del latín smaragdus es una variedad de berilo noble, de color verde a causa del óxido de cromo que contiene. Es una piedra preciosa que una vez tallada presenta un intenso brillo y que es inatacable por los ácidos. Las esmeraldas utilizadas en época romana parece que provenían de las minas egipcias de Marsa Alam, las cuales ya se explotaban en la era Ptolemaica. Plinio describe la esmeralda como una de las piedras preciosas más valoradas, resaltando su agradable color a la vista y su efecto sobre ella, que permitía descansar los ojos cuando se miraba a través de la preciada gema. Explica que cuando la superficie de la esmeralda es plana podía reflejar los objetos como en un espejo y añade que Nerón solía ver los combates de los gladiadores con una esmeralda. En época romana las esmeraldas más consideradas venían de Escitia.


Pendiente con perlas y esmeralda, Museo Metropolitan

Estas piedras tan valiosas eran a menudo dignas de ser regaladas como cuenta Marcial en el caso de una mujer que se las regala a su amante entre otras cosas:

“Has regalado, Cloe, al joven Luperco mantos de escarlata de Hispania y de Tiro y una toga lavada por las aguas tibias del Galeso, sardónices de la India, esmeraldas de Escitia y cien monedas de nuestro nuevo señor: pida lo que pida tú le das más y más.” (Marcial, IV, 28)



El ópalo fue una de las piedras más estimadas en época romana. Los comerciantes hicieron creer a los romanos que estas piedras venían de la India, cuando en verdad ellos las adquirían en las minas de los Cárpatos y las hacían llegar a los grandes mercados como provenientes de Oriente, pues en Roma se creía que las gemas maduraban mejor en climas templados y por ello las procedentes de la India se consideraban las más puras. Este engaño pudo deberse a que los mercaderes de ópalos posiblemente tenían la certeza de que de saberse que estas piedras eran originarias de los Cárpatos, especialmente de Hungría y Eslovaquia, los romanos irían y confiscarían las minas.

A partir del año 5. d.C. al ópalo se le llamó ophthalmis lapis, la piedra que ve todo, lo sabe todo y concede a su poseedor la capacidad de predecir el futuro, por lo que se convirtió en una de las gemas más estimadas del Imperio Romano.

Plinio describe el ópalo afirmando “el fuego resplandece en él más que en el carbunclo, la púrpura brilla más que en la amatista, destaca el verde mar de la esmeralda, todo unido para brillar en común”.

Del valor que los romanos daban a esta piedra queda el ejemplo del senador Nonnio que poseía un ópalo valorado en unos dos millones de sestercios y que cuando Marco Antonio le ofreció comprarlo para regalárselo a Cleopatra, se negó, y cuando fue amenazado con perder su riqueza e, incluso, su vida, huyó de Roma, con su preciada posesión, dejando todo lo demás detrás.

Entre las piedras azules que los romanos gustaron lucir podemos ver que el zafiro, procedente mayormente de Sri Lanka y Birmania, era una piedra preciosa que se engarzaba en oro, anillos, pendientes, collares. 

Entalle de aguamarina, con retrato
de Julia Domna
Aguamarinas, piedras protectoras de los marineros, por su tono semejante al agua del mar y piedras de lapislázuli, originarias de Afganistán, fueron utilizadas en lujosas piezas de joyería y ornamentación.

Los cuarzos opacos y translúcidos y las calcedonias, conocidas popularmente como cornalina, el jaspe, el ónice y la sardónica vienen en una variedad de colores. También se pueden realzar artificialmente sus tonalidades mediante una variedad de métodos. La piedra sardónica fue usada por Escipión Africano como sello.

“Severo, mi querido Estela da vueltas en un solo dedo a sardónicas, esmeraldas, diamantes y jaspes. Encontrarás muchas perlas en sus dedos, pero aún más en sus poemas. Por eso, creo, es culta su mano.” (Marcial, V, 11)



Camafeo con sardónices, Christie's Images Ltd. 2010


El diamante procedía de la India y por su especial dureza ya se utilizaba en época romana para cortar otras gemas como el zafiro. Juvenal atribuye a Berenice, princesa de Judea, amante de Tito, antes de ser emperador, la posesión de un anillo de diamante, regalado por su hermano Agripa, y que era objeto de deseo de las mujeres ricas. Juvenal lo pone como ejemplo de ostentoso adorno personal en contraposición al ideal de la virtuosa matrona que no exhibe joyas, al menos en público.


Anillo con cristal de diamante

La referencia de la emperatriz Livia, esposa de Augusto, puede servir para mostrar como una respetable matrona no se mostraba con sus joyas ante los ciudadanos, para seguir la costumbre de la austeridad y sobriedad romanas, como se puede ver en sus retratos, en los que siempre aparece sin joyas y sin embargo mantenía entre sus sirvientes al menos a un orfebre y un engarzador de perlas.



Mosaico, Museo Metropolitan

Algunos emperadores intentaron impedir el gasto excesivo de algunas mujeres de la casa imperial haciendo vender joyas y vestidos e imponiendo medidas para evitar el derroche.

“Vendió todas las piedras preciosas que tenía y el oro de la venta lo ingresó en el tesoro público, diciendo que los hombres no debían hacer uso de ellas y que las matronas reales debían contentarse con una redecilla, unos pendientes, un collar adornado con perlas y una corona para utilizarla cuando ofrecieran sacrificios, un solo manto salpicado de oro y una ciclada que no tuviera más de seis onzas de oro.” (Historia Augusta, Alex. Severo, 41)






Las piedras preciosas también adornaban el cabello, la ropa y el calzado de las damas romanas. Los retratos egipcios del Fayum y los bustos sirios de Palmira nos enseñan cómo lucían diversas joyas de forma exagerada.

“Porqué la mujer, no satisfecha con su encanto natural, finge una hermosura exterior, como si la mano del Señor, su creador, le hubiera concedido un rostro sin terminar, que exige todavía algún otro detalle, ya sea embelleciendo su altiva frente coronada de amatistas engarzadas, ya sea ciñendo su cándido cuello de brillantes collares, o bien colgando de sus orejas pendientes de verdes esmeraldas.” (Prudencio, Hamartigenia)

Las perlas y gemas formaban parte de los regalos del novio a la novia en los esponsales y de la dote que la novia aportaba al matrimonio.



Retrato de mujer con pendientes y collares de esmeraldas

“Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron estas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales”. (Maximino, Historia Augusta)


Retrato de mujer con pendientes de perlas y
collar con perlas y esmeraldas


El ajuar que la novia aportaba como dote al matrimonio incluía dinero, joyas, ropa y algunos enseres domésticos. Todo ello se devolvía a la esposa en caso de divorcio, pero en algunos casos se utilizaba en caso de necesidad económica de la familia. Algunos documentos encontrados muestran que los objetos se listaban en un contrato firmado. En el papiro X 1273 de Oxirrinco se enumeran las joyas que Aurelia Tauseiris lleva al matrimonio y que incluyen piedras preciosas: un collar con una gema, un broche con cinco gemas, un par de pendientes con diez perlas y un anillo.


Collar con esmeraldas, cornalinas, granate y ónice, Museo Metropolitan

“Había comprado, pues, para la joven el ajuar: un collar de piedras de colores y un vestido enteramente de púrpura, que en las partes en que los demás vestidos tienen púrpura tenía adornos de oro. Las piedras competían entre sí. Un jacinto era una rosa en piedra y una amatista una mancha morada cerca del oro. Y entre ambas piedras había otras tres, con una secuencia ordenada de colores. Las tres estaban engastadas juntas, de modo que el extremo de la piedra era negro, el cuerpo central blanco veteado de negro y, a continuación del blanco, el resto remataba en el color del fuego. Y esta piedra, con una guirnalda dorada, imitaba un ojo de oro.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)

Algunas damas romanas de la Bética y otras provincias legaron sus joyas o dinero para adornar estatuas de divinidades femeninas, esperando tener su intercesión en la vida eterna que esperaban. Ello se debía a la devoción que siguiendo los cultos orientales les hacía creer que las estatuas conservaban a la diosa en su interior y a dejar recuerdo de su generosidad y alto status económico que les permitía gastar gran cantidad de dinero en joyas y de su preeminencia social que por ser mujer no podía exhibir de otra forma. En el Museo Arqueológico de Sevilla existe un pedestal de mármol dedicado a Isis por Fabia Fabiana en honor de su nieta.

Retrato de mujer con joyas de oro y perlas

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros)

La superstición de los romanos hacía que frente a los malos presagios estuvieran dispuestos a hacer ofrendas con joyas a una divinidad que le propiciara buena suerte.

“Prodigios tan elocuentes como numerosos, habían anunciado a Galba desde el principio de su principado cuál debía ser su fin... Había elegido en el tesoro imperial un collar de perlas y piedras preciosas con el que quería adornar su estatua de la Fortuna, en Túsculo, mas creyéndole digno de una divinidad más augusta lo dedicó a la Venus del Capitolio. A la siguiente noche se le apareció en sueños la Fortuna, se quejó de la ofensa que le había inferido y lo amenazó con quitarle en seguida todo lo que le había dado.” (Suet. Galba, 18)





Los reyes de los países Orientales solían engalanarse con las piedras preciosas que se hallaban en sus territorios o que adquirían de los comerciantes que las traían de los lugares más lejanos. Ni siquiera tras perder su trono renunciaban a adornarse con sus joyas. En la Historia Augusta se relata como la reina Zenobia de Palmira desfiló como prisionera en el triunfo de Aureliano en Roma cargada con sus joyas.


“Desfilaba también Zenobia, adornada con sus piedras preciosas y maniatada con cadenas de oro que otros la ayudaban a llevar.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)



Busto de mujer ricamente enjoyada, Palmira

El regalo de piedras preciosas era un signo de hospitalidad. Ya en la época de la República era normal que los reyes hicieran regalos de joyas con gemas a sus invitados para demostrar su riqueza e importancia.

“Abandonó Tolomeo la alianza con Roma, temeroso del resultado de la guerra; no obstante, le dio naves que le acompañasen hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en oro; y aunque al principio se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera que se marchaba enemistado y se intentase algo contra él durante su viaje en el mar.” (Plutarco, V. Paralelas, Lúculo, III)

La avidez por las piedras preciosas provocó la aparición de gemas falsas por lo que el historiador Plinio proporcionó algunos consejos para diferenciar las verdaderas de sus imitaciones: examinar las piezas a la luz del día, tener en cuenta que las verdaderas eran más pesadas y frías, las falsas solían ser más ásperas. El polvo de obsidiana dejaba una marca en las imitaciones.


(Del ópalo) “No hay piedra que sea imitada por los falsificadores con más exactitud que ésta, en vidrio, siendo la luz solar la única forma de detectarlo.



Sortija con ópalo

Porque cuando un ópalo falso se sujeta entre el dedo y el pulgar y se expone a los rayos del Sol, presenta un único color transparente por todas partes, mientras que el auténtico ofrece varios tonos que se reflejan uno tras otro, como si derramase su brillo luminoso por los dedos.” (Plinio, H. N. XXXVII, 22)

La pasta vítrea se usaba con frecuencia para imitar las gemas coloreándolas de acuerdo a la piedra que se quería copiar; resultaba barato, y las clases menos pudientes podían tener sus propias piedras talladas hechas a molde o con la impronta de una gema grabada.



Collar con cuentas de pasta vítrea

Las piedras preciosas se empleaban además de para el adorno personal para la ornamentación de los vasos de bebida, algo que ya hacían los griegos. Estos recipientes (gemmata potaria) los enviaban los reyes extranjeros al pueblo romano y con ellos los emperadores recompensaban los servicios de sus generales o de sus jefes de tribus germánicas.

“Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.” (Marcial, IX, 59)

Los materiales preciosos y gemas servían para realzar la belleza y el lujo de las mansiones romanas. Varios ejemplos en la literatura latina muestran que estaban presentes en las vidas de los más ricos.



Copa de los Ptolomeos, en sardónice


“El fulgor amarillo del topacio hace brillar las jambas de las puertas, cuyas dos batientes, montadas sobre goznes de plata, están decoradas con porcelana, sardónice, amatista del Caucaso, jaspe indio, piedra de Calcis, esmeralda de Escitia, aguamarina, ágata; al otro lado de las puertas, la sombría entrada refleja el brillo de las esmeraldas del interior. Un espeso revestimiento de ónice recubre el suelo y gracias al tono azulado del jacinto prestan ambos a la laguna un color que armoniza con ella.” (Sidonio Apolinar, Poema 11, Epitalamio de Ruricio e Iberia)

El comercio de joyas entre joyero y cliente se podía hacer de varias formas. El cliente encargaba una pieza a su joyero proporcionando a veces sus propios materiales. También existía la producción de cada joyero para el mercado en la que se exponían los productos en los puestos o se iba de casa en casa para ofrecer sus mercancías. Y por último estaban los fabricantes joyeros que trabajaban para las grandes familias, como la Imperial, ejecutando sus obras según el gusto de sus clientes. En la ciudad de Roma el barrio de los joyeros estaba en la Via Sacra.


Pintura de Ettore Forti

Las gemas mágicas servían como amuletos, cuya posesión aseguraría a sus dueños bienestar alejando las enfermedades y las desgracias, y no se consideraban un bien de lujo por lo que era normal poseer más de uno. Empezaron a tener ese uso a partir del siglo II d. C. a causa del sincretismo religiosos que se produce en esa época con la llegada de religiones orientales y el Cristianismo.
Funcionalmente servían para diferentes propósitos, desde la simple protección piadosa de alguna divinidad, al uso médico para diferentes afecciones y enfermedades, entre las que destacan las dolencias estomacales, oculares, o las hemorragias. De la misma manera, podían tener propósitos más agresivos, como sucede en las gemas mágicas de tipo amoroso, aunque lo cierto es que este tipo de amuletos se caracterizan más por su carácter «defensivo» y «preventivo».

Estas piedras solían estar grabadas por ambos lados y tenían influencia greco-oriental. Por una cara se representaba un tema figurativo y por la otra una inscripción.


Gema mágica, trustees British museum

La inscripción que acompañaba a la imagen solía realizarse en la parte anterior de la gema, de tal forma que al engastarse en un anillo o colgante ―los soportes más comunes― el texto quedara oculto a la vista de los demás. Evidentemente no siempre era así, y observamos en muchos casos cómo la inscripción cubre ambas caras de la piedra e incluso el borde de la misma.


Sus virtudes se ocultaban tanto en las palabras mágicas como en los emblemas grabados. La inscripción, normalmente en caracteres griegos, correspondía palabras o fórmulas mágicas. Entre los emblemas más usados se encontraban las divinidades egipcias como Horus-Harpócrates, divinidades griegas y romanas y formas demoniacas a las que se atribuían la propiedad de evitar el mal de ojo.

En el Papiro Mágico XII se describe cómo se debe hacer un anillo con su correspondiente fórmula mágica: “Tomar un jaspe y gravar una serpiente en un círculo en medio del cual se representará a Selene con dos estrellas en los cuernos, y encima a Helios, junto a Abraxas; y en el otro lado el mismo nombre Abraxas y en el borde escribirás el santo y omnipotente encantamiento, el nombre IAO SABAOTH. Y cuando hayas consagrado la piedra, llévala en un anillo de oro, y cuando lo necesites, siempre que seas puro en ese momento y tendrás éxito en lo que puedas desear.”



Gema mágica de jaspe, Museo Thorvaldsen

Abraxas era una divinidad gnóstica del siglo II que se representaba con una cabeza de gallo y unas piernas simulando serpientes y armado con un látigo y un escudo.

Las piedras que se empleaban y que ya gozaban de poderes mágicos por sí mismas son el jaspe rojo, verde y amarillo, el heliotropo, un jaspe rojo con manchas verdes, la cornalina y la calcedonia.

Lucir costosas joyas fue costumbre que se mantuvo incluso tras la conversión al Cristianismo del Imperio Romano, como se puede constatar en los escritos de los autores cristianos, que suelen criticar el abuso que hacían hombres y mujeres de las joyas, pero demuestran que las mismas piedras preciosas que siglos atrás habían apetecido los acaudalados miembros de la sociedad romana seguían gustando a los ciudadanos ricos del Bajo Imperio.



Detalle de mosaico de la villa romana
de la Olmeda, Palencia
“Es propio de chiquillos quedarse absorto ante las piedras preciosas, ya sean opacas o verdes, ante Ios desechos del mar y las raeduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas, sobre sus múltiples colores, y las baratijas de vidrio, es propio de insensatos que se dejan arrastrar por lo que sólo es apariencia impresionante. Es como cuando los niños, después de observar el fuego, se lanzan sobre él, inducidos por su fulgor, sin darse cuenta — por su inconsciencia— del grave riesgo que representa tocarlo. Lo mismo les ocurre a las mujeres necias con las piedras preciosas de las cadenas que rodean el cuello: las amatistas engastadas en los collares, las keraunitas, el jaspe, el topacio y la esmeralda de Mileto el objeto más preciado.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)

Pendiente con perla y zafiro
Los últimos años del Imperio Romano no trajeron una disminución del uso de perlas y piedras preciosas entre los ciudadanos. Las representaciones artísticas nos muestran que tanto los hombres como las mujeres recargaban de forma ostentosa su cuerpo e indumentaria.

“Cuando estabas en el mundo amabas las cosas mundanas. Usabas colorete para las mejillas y albayalde para blanquear tu tez. Te peinabas con un tocado alto y trenzas postizas. No mencionaré tus caros pendientes, tus perlas relucientes de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros, - colores que hacen volverse a las matronas que desean poseerlos.” (San Jerónimo, Epis. CXXX, 7)

Los nobles bizantinos adornaban sus ropas con gemas y los retratos de los emperadores y sus esposas reflejan el lujo propio de los príncipes de Oriente, como se puede ver en los mosaicos de Justiniano y Teodora en Rávena, donde la emperatriz luce en la cabeza la corona llamada stemma y alrededor del cuello el maniakis, prenda incrustada de joyas de origen persa y que ya aparece en las pinturas egipcias.

“Las piedras indias adornan en relieve tu vestimenta y preciosas hileras de esmeraldas verdean prolongadas. Se encuentra allí la amatista y el resplandor del oro ibero modera el azul del zafiro con sus fuegos misteriosos. Y no fue suficiente en tal tejido la simple hermosura; la aguja aumenta su mérito y tiene vida la obra bordada con hilos de metal. Abundante jaspe vivifica los adornos y las perlas de las Nereidas respiran en variadas figuras.” (Claudiano, IV Consulado de Honorio)



Retrato de la emperatriz Teodora, Rávena, Italia

Bibliografía:

www.academia.edu/11647695/La_venta_de_perlas_en_la_ciudad_de_Roma_durante_el_Alto_Imperio, Jordi Pérez González
www.igme.es/boletin/2012/123_2/5_ARTICULO%204.pdf, Comercio de perlas entre los siglos II a. C. y X d. C., D. Sevillano-López y D. Soutar Moroni
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=fabia-fabiana
rodin.uca.es/xmlui/bitstream/handle/10498/11403/14086505.pdf?...1, Un aspecto de la magia en el mundo romano. Las gemas mágicas, Mª Dolores López de la Orden
grbs.library.duke.edu/article/viewFile/2981/5825, Cleopatra's Ring, Kathryn J. Gutzwiller
www.um.es/cepoat/.../wp-content/.../antiguedadycristianismo_24_19.pdf, ELEMENTOS DE INDUMENTARIA Y ADORNO PERSONAL, J. Vizcaíno Sánchez
https://openaccess.leidenuniv.nl/bitstream/handle/1887/20510/RMA%20Thesis%20Andrea%20Raat_repositorium.pdf?sequence=1, Diadems: a girl’s best friend? Jewellery finds and sculptural representations of jewellery from Rome and Palmyra in the first two centuries AD , Andrea Raat
https://www.britishmuseum.org/pdf/6%20Drauschke%20p%20rev-opt-sec.pdf,
Byzantine Jewellery? Amethyst Beads in East and West during the Early Byzantine Period, Jörg Drauschke
The world of Opals, Allan. W. Ecker, Google Books
Ancient Jewellery, Jack Ogden, Google Books