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sábado, 21 de junio de 2014

Janua, la puerta de la casa en la antigua Roma

Portada de entrada a los almacenes, Ostia, Italia

La puerta de una casa particular era el paso por el que, desde el mundo exterior, se ingresaba en el ámbito privado de la familia que en ella habita y que ha encomendado el interior de la morada a la protección de sus propios dioses familiares.

La puerta romana  constaba del umbral (limen inferum),  las jambas (postes) y el dintel (limen superum). La puerta desde el exterior se denominaba foris y la hoja, valva. Las puertas solían constar de dos hojas y el espacio dejado al abrir una sola era suficiente para pasar una persona. El soporte de la puerta era en realidad un cilindro de madera maciza, algo más largo que la puerta y con un diámetro algo mayor que el grosor de la puerta, que terminaba con unos pivotes en la parte superior e inferior. Estos pivotes encajaban en dos agujeros arriba en el dintel y abajo en el umbral. La puerta se ajustaba a este cilindro, para que el peso combinado de la puerta con el cilindro recayera sobre el pivote de abajo.


Puerta de entrada con vestíbulo, Casa de Octavio Cuarto, Pompeya

La puerta de entrada se denominaba janua. El vano de acceso en la fachada se enmarcaba con frecuencia por medio de pilastras decoradas con capiteles corintios o cúbicos y rematadas con arquitrabes y hasta con frontones. En general se trata de puertas altas en madera, ocasionalmente bronce, tachonadas con clavos de hierro o bronce.
La puerta de entrada a una habitación solía llamarse ostium y en algunos casos una cortina (velum) la sustituía.
Las puertas se abrían hacia dentro, y las que daban acceso al exterior se aseguraban por la noche  con barras (serae) y cerrojos (pessuli). 

Fedromo: ¡Cerrojos, ay cerrojos! Con qué alegría os saludo, os amo, os quiero, os pido y os ruego, dad gusto, gratísimos amigos, a este enamorado, convertíos por mi bien en saltimbanquis extranjeros. Saltad, os lo ruego, y dejad que ella salga, la que ha apurado al triste enamorado que soy cada gota de su sangre. ¡Mira cómo duermen estos cerrojos cerriles! ¡No tienen prisa por hacerme el favor!


Puerta original, Casa del Tabique de madera, Herculano

El dios Jano (Ianus) es el protector de las entradas y por ello es también el dios tutelar de los comienzos, del principio y del fin, de los cambios que se producen en el tiempo, como el paso de joven a adulto. Su fiesta es el primero de enero. Se le representa con dos cabezas o dos caras mirando en sentido opuesto:

"Toda puerta posee dos frentes gemelas, a un lado y a otro, de las cuales, la una mira a la gente y la otra, en cambio, al lar. Y de igual modo que vuestro portero, sentado junto al umbral de la  entrada principal, ve las salidas y las entradas, así yo, portero de la corte celestial, alcanzo a ver a un tiempo la parte le Levante y la parte de poniente." (Ovidio, Fastos, I)

Los dioses de la puerta eran Forculus, Limentinus y Cardea. San Agustín proporciona información sobre ellos en el Libro IV de la Ciudad de Dios, criticando el hecho de que existieran tantísimas deidades protectoras incluso para las cosas más nimias: 

“Todo el mundo pone un único portero  en su casa, y porque es un hombre, es bastante. Pero los romanos tenían tres dioses para la tarea: Forculus para la puerta, Cardea para los goznes y Limentinus para el umbral. Forculus, sin duda, era incapaz de vigilar los goznes y el umbral al mismo tiempo que la puerta."

La puerta era el vehículo de comunicación entre dos mundos, exterior e interior, público y privado. Pero también se convierte en un símbolo de la imagen pública del individuo cuando se le quiere honrar con un reconocimiento. En el caso a continuación el honor es la concesión de abrir las puertas hacia fuera, cuando lo normal era que se abriesen hacia dentro.

“En verdad le asalta  a uno la reflexión de cuán pequeñas en proporción a estas mansiones (los palacios de Calígula y Nerón) eran las casas construidas por el estado para los generales invictos. El máximo signo de honor era éste: que, por una cláusula de un decreto público, las puertas de sus casas se abrieran hacia fuera y las hojas de la puerta giraran en dirección al público. Ese era el símbolo más insigne para distinguir las casas triunfales.” (Plinio, H.N. 36,249)

Para celebraciones y conmemoraciones se ponían  adornos en las puertas.
 “Allí aplacaré al Júpiter doméstico y echaré incienso a los Lares paternos y tiraré a puñados coloridas violetas. Todo reluce, la puerta sostiene largos ramos y la fiesta se oficia con lámparas mañaneras.” (Juvenal, Sat. 12)

Pintura con puerta, Villa Poppea, Oplontis, Italia

El cumpleaños del emperador debía ser celebrado por los ciudadanos colgando laurel de las puertas.
El senado concedió a Octavio el honor de adornar con laurel las jambas de su puerta y colgar una corona cívica, hecha de roble, por convertirse en libertador perpetuo y vencedor de los enemigos de la República:

“En virtud de ese acto meritorio fui llamado, por decisión del Senado, Augusto, y fueron revestidas públicamente con laureles las jambas de mi casa y se colocó la corona cívica sobre mi puerta.”  (Gestas de Augusto, 3.4.1)

Los eventos sociales domésticos también exigían el ritual de colocar símbolos en forma de coronas o ramas en las puertas para anunciarlos socialmente. Se colocaban coronas en las jambas en los nacimientos: 
“…adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel  y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo el mirmillón.” (Juvenal, 6)

Dar a conocer una defunción se hacía con ramas de ciprés o abeto delante de la puerta, mientras ésta permanecía cerrada en señal de duelo. En las ceremonias de boda se colgaban ramas de mirto en honor de la diosa Venus y la novia ataba las jambas de la puerta de su nuevo hogar con cintas de lana,  además de untar los goznes con grasa de lobo originariamente, con manteca de cerdo después y posteriormente con aceite.

“Masurio cuenta que los antepasados daban la palma a la grasa de lobo. Este era el motivo según él de que las recién casadas ungieran con ella las entradas de las puertas para que no pudiera entrar nada nocivo.” (Plinio, H.N. 28,142)

Siendo el pueblo romano tan supersticioso, la puerta de la casa se convirtió en el soporte de los remedios contra los maleficios y elementos sobrenaturales que provenían del exterior. De esta forma se colgaban los más extraños objetos que se creían con poderes benéficos. Plinio ha dejado algunos ejemplos en su obra: 

“Niegan que los remedios maléficos puedan entrar, o al menos que puedan provocar daño, si hay una estrella marina untada con sangre de zorro y clavada al dintel de la puerta con un clavo de bronce.” (Plinio, H.N. 32,44)

Puerta con relieves, Museos Vaticanos

El lamento del amante ante la puerta cerrada de la amada se convirtió en un tópico de la poesía amorosa, conocido como paraclausithyron. Muchos autores trataron este tema en sus obras:

“¡Puerta de un amo inaccesible que la lluvia te azote, que te alcancen los rayos enviados por mandato de Júpiter! Puerta, ojalá te abras ya para mí solo, vencida por mis lamentos, y no resuenes al abrirte girando furtivamente el  quicio. Y si mi locura lanzó contra ti insultos, perdónalos: pido que caigan sobre mi cabeza. Debes acordarte de todo lo que he perseguido con voz suplicante, cuando dejaba floridas guirnaldas a tu puerta.” (Tibulo, Elegías, I, 6)

El umbral estaba consagrado a Vesta, de ahí que se mantuviera la costumbre de que la novia no lo pisara porque podría ser signo de mal augurio. Algunos autores hacen derivar la palabra vestibulum, de Vesta, por ser ahí donde se consideraba que empezaba el hogar.

Detalle mosaico entrada Casa del oso herido, Pompeya.
(Foto Pompeiipictures)
El vestíbulo parece haber sido el espacio entre la calle y la puerta de entrada a la casa. Es el lugar donde los clientes y visitas esperaban a ser anunciados al señor. Allí se exponían, a veces. objetos que proclamaban la importancia del dueño e incluso su árbol genealógico. Se disponía a veces un banco para sentarse que podía ser de obra. Podía estar techado o no. Para dar la bienvenida se pavimentaba con un mosaico con un saludo como Have o Salus.

En la obra de Petronio, El Satiricón, encontramos una escena que muestra lo que un visitante podía ver nada más  llegar al vestíbulo de  la casa de un señor rico:

“En la jamba había un cartel con esta inscripción: Todo esclavo que salga fuera de esta puerta sin permiso del amo recibirá cien azotes. En la misma entrada había un portero vestido con una túnica verde, sujeta por un cinturón color cereza. Que mondaba guisantes en una fuente de plata. Del dintel colgaba una jaula de oro, desde la que una urraca pinta saludaba a los que entraban… Todos los que entraban podían ver a su izquierda y no lejos del cuarto del portero, un enorme perrazo pintado en la pared. Encima, en letras capitales, había un letrero con este aviso “Cave canem”.

Junto  a este lugar, en las casas acomodadas, se encontraba la cella ostiaria o cuarto del  janitor o portero, que en los primeros tiempos solía estar encadenado, para que no abandonase la vigilancia de la puerta. Posteriormente, ya sin cadenas,  cumplía la función de anunciar a los visitantes. Se le representa a veces como insolente y antipático en su función de custodio de la intimidad del hogar y consciente de su poder a la hora de admitir la entrada a determinados personajes no deseados. Si estos se presentaban con algún obsequio, serían mejor recibidos.

“¿No ha de llegar el sabio a las puertas guardadas por un áspero y desabrido portero?  Si se ve obligado por una necesidad, probará llegar a ellas, amansando primero con algún regalo al que las guarda como perro mordedor, sin reparar en hacer algún gasto, para que le dejen llegar a los umbrales; y considerando que hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se indignará por pagar algo, y perdonará al que se lo cobra, sea quien sea, pues vende lo que está expuesto a venderse. De corto ánimo es el que se ufana porque habló con libertad al portero y porque rompió la vara y entrando le pidió al dueño que lo castigara.” (Séneca, De la Constancia del Sabio, 14)

El portero vigilante aparece en la literatura como protector de la honra de la casa o como el que impide al amante acceder hasta su amada. Este suplica para ser admitido y espera que le ayude en su propósito de entrar en la casa para ver a la que ama.

“Portero amarrado, ¡oh indignidad! A la dura cadena, haz girar sobre sus goznes esa puerta tan difícil de abrir. Te pido poca cosa, entreabrirla solamente. Y por su media abertura penetraré de lado… Como lo deseas, las horas de la noche vuelan; corre el cerrojo del postigo, córrelo presto; así quedes por siempre libre de tu dura cadena, y en adelante no bebas jamás el agua de los esclavos… ¿Me engaño, o sus hojas resuenan al girar los goznes, y su ronco son me da la señal apetecida? (Ovidio, Amores, VI)


Mosaico de entrada, Casa del Poeta trágico, Pompeya

 Para ayudarle en su tarea estaba el perro guardián, que aparece reflejado en numerosos mosaicos atado con una cadena y con la inscripción Cave Canem (Cuidado con el perro). La imagen del portero se complementa con el bastón o virga para ahuyentar a los visitantes no deseados y la llave que abre y cierra la puerta.
Los ciudadanos nobles no solían salir de su casa con la llave encima. Si tenían un portero él la guardaba y si no era un esclavo el que la llevaba. Es por ello que Marcial cuenta la anécdota de cómo un individuo que pasa por rico se delata al caérsele una llave que él lleva consigo, cuando al menos podría haberla llevado un esclavo, si lo hubiera tenido.

“Mientras Euclides, vestido de púrpura, clama que sus fincas de Patras le rentan doscientos mil sestercios y más todavía las de los alrededores de Corinto; mientras hace remontar su árbol genealógico hasta la hermosa Leda y protesta ante Lato que quiere levantarlo, a nuestro caballero presumido, noble y rico, de pronto, se le cayó del seno una gran llave. Nunca una llave, Fabulo, fue más nefasta.” (Marcial, V, 35)

LLaves época romana

El posticum o puerta de servicio puede haber sido la que se utilizaba por los esclavos para entrar y salir de la casa. Situada en la parte posterior o en un lateral con salida a un callejón, serviría al señor en el momento que quisiera escabullirse de los visitantes a los que no deseaba encontrar, sin atravesar el atrio o el vestíbulo donde estos esperaban.

“Di tú con cuántos quieres cenar; déjalo todo y da esquinazo por la puerta de atrás al cliente que espera en el atrio. (Horacio, Epis. I, 5)


Posticum, Casa de los Jarrones de cristal, Pompeya, (Foto Pompeiipictures)

Bibliografía:

dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2010894.pdf, Ritos y creencias de la antigua Roma relacionados con las puertas, Manuel Antonio Marcos Casquero
https://ia801702.us.archive.org/27/items/jstor-289473/289473.pdf, The Paraclausithyron as a Literary Theme, H. V. Canter.
http://www.jstor.org/stable/310454, The Fauces of the Roman House, J. B. Greenough
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, Akal ediciones

sábado, 3 de mayo de 2014

Lapis specularis, iluminación interior de la casa romana

Ventana romana, En mi estudio, Alma-Tadema

El lapis specularis o piedra especular es una variedad del mineral del yeso que se utilizó en época romana para permitir la iluminación de interiores con luz natural y proteger de las inclemencias atmosféricas.
Su gran resistencia hacía de la piedra especular un material muy resistente, superior incluso al vidrio, lo que permitía instalarlo en lugares expuestos a fuertes lluvias y granizo. Además se conocían sus propiedades como aislante acústico y térmico.

Lapis specularis de Ossa de la Vega, Cuenca

El lapis specularis se conoce como espejuelo porque cuando la luz natural o artificial incidía sobre el mismo, brillaba, literalmente, como en un espejo. Por este efecto se empleaba como ornamento para bóvedas, paredes y pavimentos en edificaciones públicas y privadas.
Según el historiador Plinio, en Hispania se desarrolló un complejo minero en la provincia de Cuenca para la extracción del lapis specularis, que conoció un gran auge y dio lugar a la ciudad de Segóbriga.

“Efectivamente, estas piedras se pueden cortar, en cambio, la especular, a la que también se califica como piedra, tiene unas características que permiten cortarla con mayor facilidad en láminas todo lo finas que se quiera. Antiguamente sólo se encontraba en la Hispania Citerior, y no en toda ella, sino exclusivamente en un área de cien mil pasos alrededor de la ciudad de Segóbriga.” (Plinio, H.N. XXXVI, 160)

Minas de lapis specularis, Torrejoncillo del Rey, Cuenca

El material, una vez extraído de la mina, se cortaba con sierras, se separaba en láminas y se embalaba para su distribución y exportación.
Las láminas se montaban en bastidores ajustables al tamaño de los vanos de las edificaciones. Los armazones se hacían principalmente en madera, aunque también se usaba cerámica y metal.
Con acristalamiento de yeso especular, se construyeron invernaderos para proteger las plantas y obtener cosechas fuera de temporada:

“Para que tus plantas de azafrán llenas de flores no teman al invierno o una recia brisa dañe el tierno bosque, unas vidrieras especulares evitan el cierzo invernal y dejan pasar el limpio sol y la luz sin sombra…” (Marcial, Epis. VIII, 14)

El emperador Tiberio cultivaba en la isla de Capri pepinos, a los que era muy aficionado. Los hortelanos del Emperador, en invierno, ponían la producción al amparo de vidrieras e invernaderos de lapis specularis.
Otras aplicaciones de esta piedra son las vidrieras en ventanales o celosías,  o ventanas de literas de transporte, además de elemento decorativo en espectáculos o banquetes.

“Después de un breve intervalo, Trimalción mandó servir los postres. Los esclavos retiraron todas las mesas y pusieron otras. Espolvorearon el suelo con serrín coloreado de azafrán y cinabrio, y – cosa nunca vista por mí – con piedra especular en polvo.” (Pet. Satyricon, 68)

Plinio describe la aplicación de piedra especular en los juegos circenses, extendiéndola en forma de virutas sobre el suelo del Circo Máximo, para conseguir una agradable blancura.
Otras piedras similares también se utilizaban con el propósito de proporcionar luminosidad a las construcciones. Suetonio cita la fengita o lapis penghites (variedad de mineral de silicio de color plateado y brillo nacarado) al escribir sobre la obsesión de Domiciano a ser asesinado:

“Cada vez más angustiado hizo revestir de brillante fengita las paredes de los pórticos por los que solía pasear para poder vigilar, mediante las imágenes reflejadas en su superficie pulida, lo que acontecía por detrás de él.” (Suetonio, Vida de los Doce Césares, Domiciano)

El alabastro, piedra de aspecto marmóreo, dúctil y translúcido se utilizó en la arquitectura paleocristiana y bizantina en lugar del vidrio para cubrir ventanas, pero es más delicado que la piedra especular. En el mausoleo de Gala Placidia, siglo V d.C. se pueden ver ventanas de alabastro.

Ventana de alabastro, Mausoleo de Gala Placidia, Rávena, Italia

Bibliografía

El comercio del lapis specularis y las vías romanas en Castilla-la Mancha; María José Bernárdez Gómez & Juan Carlos Guisado di Monti; Vías de comunicación romanas en Castilla-la Mancha; Gregorio Carrasco Serrano (Coord.)
www.lapisspecularis.org/PALLAS%202.pdf; Las referencias al lapis specularis en la Historia Natural de Plinio el Viejo, María José Bernárdez Gómez y Juan Carlos Guisado di Monti
http://www.lapisspecularis.org/pdf/LA%20MINER%C3%8DA%20DEL%20LAPIS%20SPECULARIS%20Y%20SU%20RELACI%C3%93N%20CON%20.pdf; La minería del lapis specularis y su relación con las ciudades romanas de Segóbriga, Ercávica y Valeria;  María José Bernárdez Gómez y Juan Carlos Guisado di Monti

viernes, 15 de noviembre de 2013

Sedere in cathedra, sentarse cómodo en la antigua Roma

Mujer sentada en una cátedra, Boscoreale, Museo Metropolitan  de Nueva York

Entre los romanos, el tipo primitivo de asiento era el taburete o el banco de cuatro patas perpendiculares y sin respaldo. El taburete (sella) era el asiento habitual de una persona, utilizado por hombres y mujeres cuando descansaban o trabajaban, y también por los niños y esclavos en sus comidas.

Mujeres sentadas en banco (subsellium)

El banco (subsellium) sólo se distinguía del taburete por acomodar a más de una persona. Lo usaban los senadores en la curia, los jurados en los tribunales y los niños en la escuela, así como en casas privadas. Una forma especial de sella era la famosa silla curul (sella curulis), con patas curvas de marfil. 
Mujer sentada en silla curul, Pompeya, Museo de Nápoles

La utilizaban los altos cargos públicos, políticos y militares. La silla curul se plegaba para facilitar su transporte y tenía tiras de cuero en la parte superior para soportar el cojín que formaba el asiento.

Solium, San Juan de Letrán, Roma

La primera mejora sobre la sella fue el solium, una silla rígida, recta, que se corresponde con el thronos griego.  De respaldo alto y sólidos brazos; parecía como cortado de un solo bloque de madera y era tan alto que un escabel era tan necesario para subirse a él como con la cama. Había dos tipos el scamnum y el scabellum, siendo el primero más alto que el segundo por lo que podía servir como asiento a su vez.
Como también se empleaban materiales macizos y pesados, se han encontrados algunos elaborados en mármol, que pertenecerían a alguna persona importante. 
 Los poetas representaban a los dioses y reyes sentados en ese tipo de asiento y se guardaba en el atrium para uso del patrono cuando recibía a sus clientes.
“Pues en el pasado se les abordaba tanto en el paseo como cuando estaban en su casa, sentados en su sillón (solium), y no solo para consultarles sobre cuestiones de derecho, sino también sobre el casamiento de una hija, el cultivo de un campo, la compra de una finca, en fin, sobre cualquier actividad o negocio.  (Cicerón, Sobre El Orador, L.III, 133)

Afrodita y Eros, Villa Farnesina, Museo Nacional Romano

“Venus estaba sentada en su trono (solium) resplandeciente, arreglando su peinado.” (Claudiano, Epitalamio de Honorio y Maria)

La cathedra era una silla con un respaldo curvo fijado a veces con una suave inclinación, lo más parecido a un asiento cómodo que conocían los romanos. Por la utilización de cojines se consideraba demasiado lujosa para los hombres, por lo que al principio sólo la utilizaban las mujeres, pero su uso acabó por generalizarse para todos, como puede deducirse de la carta de Plinio El Joven (II, 17,21), donde describe un gabinete con un lecho y dos sillas, en este caso del tipo cathedra. Para este tipo de asiento describe Plinio en su Historia Natural el uso del mimbre del sauce.

Mujer sentada en una cátedra, Museo Capitolino, Roma

 Las patas podían ser torneadas y con adornos en metal y marfil. Las tallas en forma de garra o cabeza eran comunes en la cultura mediterránea. En la parte que estaba en contacto con el suelo se solía poner un pequeño cilindro o rodillo para proteger la talla o el adorno.
“Teniendo ya encerrada tu sexágesima cosecha y resplandeciendo tu cara, blanca por tu poblada barba, andas sin rumbo fijo por toda la ciudad y no hay un asiento matronal (cathedra) a donde, sin poder estarte quieto, no lleves de mañana `tus buenos días’. (Marcial, Epi. IV, 79)

Ni el solium ni la cathedra estaban tapizados, pero se utilizaban cojines o cobertores con los dos igual que con los lecti y proporcionaba oportunidad para una lujosa decoración.
El bisellium era un asiento sin respaldo con capacidad para dos personas que solía destinarse a los magistrados de las ciudades provinciales y para honrar a algunos ciudadanos, como se puede ver en la inscripción de Naevolia Tyche y Gaius Munatius Faustus:

“Naevolia Tyche, liberta de Lucius, construyó esta tumba para sí misma y para Gaius Munatius Faustus, Augustalis y habitante del campo, a  quien, por sus méritos, el consejo ciudadano, con la aprobación del pueblo, decretó la concesión de un bisellium (asiento honorífico). Naevolia Tyche construyó este monumento para sus libertos y libertas y para los de Gaius Munatius Faustus  durante su vida.”

Tumba de Gaius Munatius Faustus, Pompeya

domingo, 4 de marzo de 2012

Mensa, utilidad y lujo de la mesa en la antigua Roma

Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

En las numerosas escenas representadas de banquetes romanos aparece una pieza de mobiliario, la mesa, alrededor de la cual se colocaban los lechos en los que se tienden los invitados. Éstas suelen ser de pequeño tamaño y de forma circular o cuadrada. Su nombre común era "mensa", y solía tener la función de servir de apoyo al repositorio que se traía desde la cocina con la comida y se depositaba en la mesa, desde donde los convidados cogían los alimentos. También se utilizaba para dejar las copas y recipientes de bebida.

"Mesas lujosas en que resplandece el alerce y el marfil, lechos cubiertos con tejidos de oro; grandes copas de un arte tan variado en su elegancia como único en calidad." (Apuleyo, Metamorfosis, II, 19)

Las mesas, con toda probabilidad, no se encontrarían dispuestas delante de los lechos habitualmente, sino que los esclavos las colocaban en ese lugar en el momento de iniciar la comida.

"Marte ama la igualdad - dijo el patrón al ser felicitado por tales finuras. Y añadió-: Por eso mismo, a cada uno de vosotros os he asignado su mesa." (Petronio, Satiricón, 34)



Relieve funerario romano, Museo Nacional de Copenhagen,
foto McLeod

Al retirarse la mesa tras la comida debía dejarse algún alimento para los espíritus. los esclavos y los animales, de forma que el anfitrión no fuera acusado de mezquino y tacaño y fuera alabado por la cantidad de comida presentada a sus invitados. Plutarco escribe que la mesa nunca debería estar vacía en el momento de llevársela:

"Así como esperamos siempre que la Tierra nos proporcione algo delicioso para comer, y que siga produciendo cosas nuevas, también pensamos que la mesa nunca debería verse vacía." (Plutarco, Moralia,  VII, 4)

Cuando la mesa no se cubría con un mantel se limpiaba con una esponja: "Te cae en suerte esta esponja, útil para limpiar las mesas cuando, después de exprimir el agua, se hincha aliviada. (Marcial, Epigramas, XIV, 144))

También se utilizarían paños, aunque, quizás no tan caros como el usado por el esclavo de la sátira de Horacio: "Cuando retiraron esto, un esclavo arremangado limpió la mesa de arce con un paño púrpura." (Sátiras, II, 8)

Las mesas comunales en los primeros tiempos eran redondas. Plutarco escribe: "Pienso que la mesa representa a la Tierra, porque aparte del hecho de que ambas nos proporcionan alimentos, son también circulares."

Cilliba era una mesa cuadrada y luego redonda que se  utilizaba como auxiliar, cuando los lechos todavía se situaban más separados:

"La mesa para comer solía llamarse cilliba, que era cuadrada; el nombre de cilliba proviene de cibus. Después se hicieron redondas, y el hecho de que se pusiera en medio entre nosotros y los griegos, es la razón probable para que se llamase mensa." (Varrón, De lengua latina, V, 118)

A menudo las mesas se hacían con patas ajustables para poderlas bajar o subir. En ocasiones se construían en triclinios y peristilos mesas de obra con una encimera de piedra pulida o mosaico.

"Mensa delphica" se llamaba a la mesa de tres patas con una tabla redonda encima (orbes). Este tipo es de origen griego, aparentemente, y habría sustituido, ya en el siglo IV a. C., a la forma rectangular. 

"Los trípodes llamados Délficos, porque se dedicaban principalmente a recibir las ofrendas que se hacían al Apolo de Delfos, eran normalmente de cobre." (Plinio, XXXIV, 14)

Aparece representada en imágenes de banquetes y en relieves de piedra donde se representan comidas funerarias.


"Resplandecen los lechos con incrustaciones de nácar de primera y unas raras mesas macizas de cidro de Mauritania; una délfica nada sencilla sostiene vajilla de oro y de plata." (Marcial, Epigramas, XII, 67)

Casa de los Castos Amantes, Pompeya

"Observad las mesas de madera de cidro traídas de los bosques de África; recuerdan la púrpura del banquete y los rebaños de esclavos. Sus vetas y taraceas despiden reflejos engañosos de oro que sólo sirve para excitar los sentidos. Esta madera estéril y tristemente famosa convoca en torno a una chusma de gente ebria de vino." (Petronio, Satiricón, 114)

Las mesas de este tipo eran las mensae citrae, que se elaboraban de madera de citrus. La madera venía del árbol de citrus (Callitris quadrivalvis), que crecía en el norte de la costa africana y que, debido a su escasez por el uso excesivo, en la época de Plinio los árboles de mejor calidad quedaron confinados a la Mauritania. Esta madera se consideraba apropiada para las cenas, porque el vino y las salsas servidas no la dejaban marcada. Los ricos patricios romanos pagaban inmensas cantidades de dinero por mesas hechas con esta madera, que era muy cara por el tiempo que tardaban los árboles en alcanzar el tamaño adecuado para poder obtener un tablero en una sola pieza.


"Cerca del monte Atlas está Mauritania, donde abunda el árbol del citrus, que dio lugar a la manía por las mesas elegantes, una extravagancia que las mujeres reprochaban a los hombres, cuando éstos se quejaban de su ostentación con las perlas. se conserva actualmente una mesa que perteneció a Cicerón, por la que pagó, a pesar de no ser inmensamente rico, no menos de un millón de sestercios..." (Plinio, Historia Natural, XIII, 29)

Cuanto más nudos tenía la madera, más valorada y cara era: "Veo mesas de madera, que valen lo que una fortuna senatorial, y que cuantos más nudos tenía el árbol, más apreciadas son." (Séneca, De Beneficiis)

Estas carísimas mesas podían hacerse con el tablero enteramente de madera de citrus o simplemente con una cubierta de este material:

"La mesa más grande que se ha hecho de una sola pieza de madera es la que toma su nombre de Nomius, el liberto de Tiberio. El emperador tenía una mesa que solo estaba cubierta con una capa de madera de citrus, mientras que la que pertenecía a su liberto era tan cara, porque solo se empleó madera con nudos." (Plinio, Historia Natural, XIII, 29)

El valor de esta madera no solo radicaba en su belleza, sino en el valor que la superstición le daba, como proveedora de buena suerte, ya que de ella se extraía el incienso utilizado por los sacerdotes.

El tablero redondo, orbes, era un artículo de lujo hecho de maderas nobles, como la ya citada de citrus, además de nogal, ciprés, roble y arce. Se apoyaba en un solo pie (trapezophorum) o en un trípode que podía ser de bronce, mármol, madera o marfil, con una talla lisa o labrada con motivos florales o zoomorfos.

"En cambio ahora los ricos no experimentan ningún deleite en cenar, a nada les sabe el rodaballo, a nada el gamo, parece como si perfumes y rosas les apestaran, si no sostiene sus anchas mesas un rampante leopardo con sus fauces abiertas, labrado en el grueso marfil de los colmillos que envían acá la Puerta de Siene y los moros corredores y el indio más moreno que el moro..." (Juvenal, Sátiras, 11)


Detalle de pintura de la villa de Popea, Oplontis

El monopodium era un velador o mesa auxiliar de un solo pie, que también se decoraba con profusión. Cneo Manlio introdujo las mesas de un solo pie tras su triunfo en las campañas de Asia. 

Con los emperadores empezó a utilizarse la mesa semicircular, mensa lunatae o sigmata, que se rodeaba de un lecho, también semicircular, stibadium, en el que se podían reclinar 7 u 8 personas.

Las mesas originalmente se hacían de madera procedente  principalmente del país itálico, como escribe Juvenal:

"Aquellos tiempos vieron mesas fabricadas en casa y con maderas del país, para tales usos se guardaba el tronco, si por acaso, el vendaval derruía un nogal añoso." (Juvenal, Sátiras, 11)

"No soy veteada, desde luego, ni soy hija de un bosque moro; pero conocen también mis maderas manjares espléndidos." (Marcial, Epigramas, XIV, 90)

Otras maderas citadas en la literatura son el haya y el arce, muy apreciadas aunque no tan costosas:

"Tú sostienes tus veladores líbicos en colmillos indios; mi mesa de haya se apoya sobre unos ladrillos." (Marcial, Epigramas, II, 43)



Casa del Tabique de Madera, Herculano

Cartibulum es la mesa con tablero rectangular y cuatro patas que se colocaba en el atrio y que servía de apoyo para las posesiones valiosas de la familia, especialmente las vajillas de metales preciosos. En Pompeya y Herculano  todavía pueden verse en su lugar de origen.

Las mesas de los pobres también solían tener tres pies, como la de Baucis y Filemón : "Baucis preparaba la mesa, pero una de las tres patas era más corta, y le puso un trozo de cerámica para calzarla." (Ovidio, Metamorfosis, VIII)

Para celebrar no hacía falta tener una mesa propiamente dicha, pues a veces otros elementos hacían esa función, como en los triclinios ubicados en jardines: 

"Esta agua cae sobre una piedra excavada con este fin y va a parar a una pila de un mármol muy fino. Allí es regulada de tal modo por un sistema que permanece oculto a los ojos de los comensales, que llena en todo momento la pila sin llegar nunca a rebasarla. En los bordes de la pila se colocan las bandejas con las entradas y los platos más consistentes, mientras que los platos más ligeros pasan de unos comensales a otros flotando en el agua sobre figuras que representan pequeñas naves y aves de todo tipo." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Las mesas podían cubrirse con mantel: “Que lienzos felpudos cubran con toda distinción tu cidro; en mi mesa redonda, un tapete circular puede bastar.”  (Marcial, Epigramas, XIV, 138)

La mesa que se ponía en las cocinas para sostener las vasijas del agua se llamaba urnarium.

viernes, 6 de enero de 2012

Vasa escaria, la vajilla de la domus en la antigua Roma


Tesoro de Berthouville, Museo Getty, Los Ángeles, USA

Vasa escaria es el nombre que se da al conjunto de recipientes y utensilios utilizados por los romanos en su mesa a la hora de comer. Formaba parte del ajuar familiar y representaba una de las posesiones más preciadas de la familia. 

“(Me gusta) la pesada plata de mi rústico padre sin el nombre del artífice.” (Seneca)

Durante los primeros tiempos, la vajilla romana de mesa se distingue por la sencillez propia de un pueblo campesino, utilizándose sobre todo la madera y cerámica.  Las vasijas de cerámica, al fabricarse en todo el Imperio y ser accesibles a todas las clases sociales, no faltaron en ninguna mesa romana y aunque en los hogares más humildes se utilizaban producciones sencillas y corrientes, en los más prósperos, eran habituales las cerámicas finas.



“¡Sedme propicios, dioses, y no despreciéis las ofrendas de una mesa pobre ni de unas sencillas vasijas de barro! En otro tiempo, el antiguo campesino hizo para sí los vasos de barro y los modelos de blanda arcilla.” (Tibulo, Elegías, I, 1)

Pero a lo largo del siglo II a. C. las influencias helenísticas y orientales enriquecen y transforman las costumbres culinarias romanas y los hábitos de la mesa, lo que implica el uso de una gran variedad de utensilios y recipientes, muchos de ellos heredados del mundo etrusco y griego, incrementándose así el número de piezas de la vajilla, con nuevas formas y materiales.

Coincidiendo con las diversas fases de la conquista y de la romanización del Mediterráneo central y occidental, y paralelamente a la pérdida de la fuerza de la colonización griega, aparecen las cerámicas campaniense o de barniz negro, que abarcan la edad helenística y republicana hasta época augustea.





Derivan muy directamente de las cerámicas griegas y sus imitaciones itálicas, manteniendo el barniz negro típico de aquellas producciones.
La producción de cerámica de paredes finas se inicia en el siglo II a.C., llegando hasta el siglo II d.C.






Bajo el gobierno de Augusto habrá un cambio definitivo en las cerámicas de lujo, apareciendo la primera familia de las cerámicas sigillatas, la aretina.

"La vajilla aretina no la desprecies demasiado, te lo aconsejo. Un exquisito era Pórsena con sus cacharros etruscos." (Marcial, Epigramas, XIV, 98)




La cerámica de terra sigillata se denominaba así debido a los sellos que se imprimían en ella con el nombre del fabricante y caracterizada por su brillante color rojo coral y con refinados diseños y decoración lisa o en relieve.

Hacia los años 30-40 a.C. comienza a fabricarse la primera cerámica sigillata en Arezzo. La producción es doble, con formas lisas y formas decoradas logradas a molde, con estilo y temas típicos del arte oficial de la época de Augusto. Toda la producción se encuentra sellada con las marcas de los talleres, alfareros y decoradores.


Hacia el año 20 d.C. comienzan su producción los talleres de sigillata sudgálica, de gran calidad, en la que se observa una evidente evolución e industrialización de la producción aretina a la que imitan.






La península Ibérica recibe en gran escala estos productos, más baratos que los itálicos por su menor coste de transporte. A partir del año 50 d.C. se hace corriente la producción de sigillata hispánica. Se conocen los talleres del Valle del Ebro, de la Bética, o de Mérida.





A finales del siglo I comienza la última familia de las cerámicas de lujo imperiales llamada sigillata clara y que va a extenderse hasta el siglo VI d.C. A partir de fines del siglo I d.C., comienza a destacar la denominada sigillata africana procedente de talleres norteafricanos, que con gran variedad de formas, tipos y técnicas productivas llega a dominar en todos los mercados, perdurando hasta el final de la antigüedad clásica.



La producción de costosas vajillas de cerámica se extendió y su precio podía ser tan alto como las de metales preciosos:

 “La ciudad de Tralles, en Asia y Mutina en Italia tienen sus respectivas fábricas de cerámica y son famosas por ello; sus producciones, con la ayuda del torno se llevan por tierra y mar a cualquier parte del mundo… Vitelio, cuando era emperador, mandó hacer una fuente que costó un millón de sestercios, y para cuya fabricación hubo de erigirse un horno en el campo. Se llegó a tal exceso de lujo como para vender la cerámica a un precio superior que el de los vasos de murrina." (Plinio, Historia Natural, XXXV, 46)

La producción de piezas en serie convirtió al vidrio en un producto práctico y utilitario que fue utilizado por todas las clases sociales. En cuanto al diseño se imitaban los modelos existentes en plata y bronce. La ligereza, transparencia y elegancia de los vasos de vidrio, contribuyeron al incremento de su uso en las cenas romanas.
A mediados del siglo I a.C. Roma ya dominaba Egipto y una parte considerable de las costas del Mediterráneo oriental, lo que supuso que muchos artesanos vidrieros se asentaran en Roma desde el siglo I a. C., los cuales introdujeron nuevos procedimientos para la fabricación de recipientes de vidrio. Los vidrieros procedentes de Alejandría introdujeron procedimientos como el tallado, el pulido o las técnicas mille fiori.




Aquellos procedentes de colonias como Sidón y otros enclaves orientales aportaron la técnica del vidrio soplado. Con la profusión de talleres y la producción de piezas en serie, el vidrio perdió su carácter suntuario adquiriendo un gran valor práctico y utilitario hasta el punto de convertirse en un producto de consumo que se extendió a todas las clases sociales. Los artesanos romanos estaban divididos en vitrearii que trabajaban el vidrio por soplado y moldeado, y los diatretarii, que se especializaban en corte, tallado y pulido.




Entre las primeras cristalerías que aparecieron en lugares romanos están los platos y copas de mosaico de finales del siglo I. d. C. A pesar del laborioso proceso en su realización, los recipientes de mosaico de la era de Augusto realizados con mezcla de ámbar y vidrio blanco y que imitaban los caros modelos tallados en piedras como el ónice y el ágata, fueron muy populares entre la clase media y ensombrecieron la importancia que el vidrio soplado iba a tener.


La innovación de la técnica del soplado en la fabricación del vidrio permitió crear formas gráciles inspiradas generalmente en prototipos metálicos, acercando estas costosas piezas a las clases populares. Por otra parte, la ligereza, transparencia y elegancia de los recipientes de vidrio, contribuyeron a su gradual incremento en la mesa romana:

“Las frutas nadando en cristal, parecen más bellas de lo que son.” (Séneca, Cuestiones Naturales, I. 6)


El color de las vajillas de vidrio fue también innovador, siendo el verde esmeralda y el azul pavo real los más comunes, seguidos por el azul oscuro y el azul aguamarina.

"Me gustaría mostrar a Posidonius un cristalero, que con su aliento moldea el cristal de formas diferentes, que apenas podría ser tallado por las manos más hábiles.” (Séneca, Cartas a Lucilio, XC, 31)


Las clases altas hacían gala de su riqueza utilizando durante los banquetes vajillas de lujo, sobre todo, de plata, para resaltar su posición social y provocar la admiración de sus invitados. 

“En el reino de Claudio, uno de sus siervos, Drusilo Rotundo, que era tesorero en la provincia de España, tenía una fuente de 500 libras de peso, que necesitó una fábrica para hacerlo, y había otras ocho que pertenecían al mismo set, que llegaban a pesar 250 libras de peso. ¿Nos preguntamos, ¿cuántos esclavos se necesitarían para llevarlos y a cuántos invitados entretendría?" (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 53)




Los nuevos ricos, como Trimalción en su extravagante banquete, se dedican a elogiar sus vajillas y el alto valor de la plata de la que están hechas, además de hacerse inscribir su nombre en las piezas que la forman.

“En una fuente, destinada a los entremeses, había un asno esculpido en bronce de Corinto, con una albarda que contenía de un lado olivas verdes y de otro, negras. En el lomo del animal dos pequeños platos de plata tenían grabados; en el uno, el nombre de Trimalción, y en el otro, el peso del metal.” (Petronio, Satyricon, 31)


La vajilla de plata, argentum, se heredaba y además de su valor sentimental servía como inversión por su alto precio, por lo que su pérdida conllevaba una gran desgracia para su dueño. 

Juvenal escribe sobre un casi naufragio en el que un tal Catulo debe desprenderse de su vajilla de plata para salvar la vida:

“Desparramad todas mis pertenencias, decía Catulo, queriendo arrojar incluso las más valiosas …Y no dudaba él a la hora de tirar la plata (argentum), bandejas (lances) hechas para Partenio, una jarra (cratera) con una arroba de capacidad, …añade jofainas (bascaudas) y mil platillos (escaria), mucha obra de orfebrería (caelati), donde había bebido el artero comprador de Olinto." (Sátira XII)


El tesoro Mildenhall, Museo Británico, Londres

A veces la austeridad se imponía y se prefería la cerámica a la plata como en el caso del cónsul Catón Elio, que cita Plinio:

“Lo mismo con el ejemplo del cónsul Catón Elio, quien después de recibir a los embajadores etolios tomando su desayuno en cerámica común (fictile), rehusó aceptar las vasijas de plata (vasa argentea) que le enviaron; e, incluso, no tuvo nunca nada de plata, excepto dos copas que le regalo su suegro, L. Paulo, como reconocimiento de su valor en la conquista del rey Perseo.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 50)


A diferencia de lo que sucedía en Grecia, donde los alimentos estaban ya servidos en las mesas cuando los esclavos las colocaban, la costumbre romana era utilizar un pequeño mueble llamado repositorium, que consistía en una caja de madera, redonda o cuadrada, y a veces hecha de varias maderas y con lujosos adornos:

“Fenestella, que murió al final del reino de Tiberio, nos dice que en ese periodo el repositorium, adornado con concha de tortuga, se había puesto de moda; sin embargo, un poco antes se hacían de madera sólida, en forma redonda, y no mucho más grandes que nuestras mesas. Dice, por otra parte, que cuando era niño, se había empezado a hacer los repositorios cuadrados, y de diferentes piezas de madera, incluso de arce o citrus; y, que posteriormente, se introdujo la moda de adornar las esquinas y las juntas con plata.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 52)


Mosaico de Cartago, Túnez. Museo del Louvre, París

Esta se dividía en pisos, unos encima de otros, y cada uno con una bandeja separada para los platos. Los esclavos colocarían el repositorium vacío en una mesa grande y traerían desde la cocina cada servicio de comida (ferculum) para depositarlo en las bandejas.

“No bien hubo dicho estas palabras aparecieron cuatro bailarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos sabrosos y ubres de cerda, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se pareciese a Pegaso.” (Petronio, Satyricon, 36)


Por tanto, la utilidad de la mesa grande era sostener el repositorio; la de las pequeñas que los comensales pudieran dejar en ellas sus platos y vasos para tomar a voluntad los manjares del repositorio, sin la ayuda del esclavo. Hasta que no se terminaba la comida en el repositorio no se traía más de la cocina.

“No se te presentarán las viandas en mesas adornadas de pedrería ni la púrpura de Asiría cubrirá tu sigma. Tampoco desenfundaré piezas de una plata ennegrecida sacándolas a través de múltiples cajones de un aparador resplandeciente; ni se te presentará aquí una copa cuyos lados cincelados estén recogidos por un retorcido fuste de oro rojizo.
Mi vajilla es mediocre y no ha sido elaborada de manera que un grado sumo de arte pueda suplir la pobreza de la materia. La mesa rústica de tu amigo galo no acogerá los panes que suelen dorarse en la Sirte líbica.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 67)


La tradición hacía que toda familia poseyera algo de plata, como un salero (salinum) y una patera o patella, derivada del griego phiala, que se usaba para el vino y ofrendas de alimentos. 

“Con poco vive el que en su mesa reluce el salero paterno.” (Horacio, Odas, II, 16).

También se disponía de costosos recipientes para especias, como la pimienta y de botellitas o recipientes para servir el aceite y el vinagre.

Pimentero, Tesoro de Hoxne, Museo Británico, Londres

Acetabulum parece ser la palabra que designa el recipiente que puesto sobre la mesa recogía el vinagre en el que se mojaban las carnes, verduras y pescados servidos en el banquete. Su forma era similar a la de la patella, más ancho por arriba y con un reborde grueso.

De la hermosa decoración y del lujoso material que se empleaba en las diferentes piezas de una vajilla queda un magnífico ejemplo en este epigrama de Marcial:

“El trabajo de quién es la escudilla (phiala)? “El del maestro Mis o el de Mirón? ¿Es ésta la mano de Méntor o la tuya, Policleto? No pierde su color oscurecida por humareda ninguna y no teme su cuerpo central a las llamas que lo recorren. Menos reluce el auténtico ámbar que su amarillo metal y su feliz aleación de plata supera al níveo marfil. El trabajo no desdice del material: así cierra su disco la luna llena cuando brilla con toda su luz. Hay un macho cabrío cubierto con el vellocino eolio del tebano Frixo…” (Epigramas, VIII, 50)





Había una extensa gama de platos de presentación empleados según la necesidad, fuentes lisas u hondas, con bordes o sin ellos para sujetar los alimentos y salsas. Paropsis es una bandeja con el borde levantado, indicada para carnes y pescados en su salsa. Scutella es un plato liso, mazonomun, un plato grande y lanx es una fuente para servir que podía ser de diferentes formas y debía tener un tamaño lo suficientemente grande para traer pescados y mariscos bien presentados a la mesa y un borde que impidiera que se derramase la salsa que los acompañaba..

“Así llena Cecilio sus perolas (gabata) y sus bandejas (paropsis), sus lisas escudillas (scutella) y sus fuentes hondas (lanx). A esto lo llama magnificencia, esto lo considera elegante: servir tantos platos (ferculum) por un solo as.” (Marcial, Epigramas, XI, 31)



Existían platos o bandejas especiales para determinados alimentos. Como la destinada a servir los boletus (boletaria).

“Aunque los boletos me hayan dado tan glorioso nombre, estoy al servicio, ¡ay qué vergüenza!, de las coles de primavera.”


Había cuencos hondos, como el catinus o catillus, tazas como el tryblium o la gabata. Los potajes y sopas se servían en estos platos:

“Resulta que yo he sido el primero en servir en platos limpios esta uva con manzanas, así como allec y pimienta blanca y salsa gorda molidas.” (Horacio, Sátiras, II, 4)




La patina es el plato en el que se cocinaba y luego se servía la comida en la mesa. No era tan plano como la patera, ni tan honda como una olla: 

“Se trajo anguila servida en una fuente (patina) nadando entre quisquillas." (Horacio, Sátiras, II, 8)

Quizás el ejemplo literario más conocido de una patina sea el famoso “Escudo de Minerva” de Vitelio, citado por Suetonio:

“El más famoso (banquete) fue la cena que le dio su hermano el día de su entrada en Roma; se dice, en efecto, que sirvieron en ella dos mil peces de los más exquisitos y siete mil aves. Su hermano colmó aquel día su esplendidez con la inauguración de un plato (patina) de enormes dimensiones, al que llamaba fastuosamente “Escudo de Minerva Protectora”. (Suetonio, Vida de Vitelio, XII)





Platos de oro, plata y bronce se fabricaban en formas diversas como de pez, flores y sobre todo conchas, aunque los había redondos con el borde decorado con dibujos en relieve:

“En los bordes de la pila se colocan las bandejas con las entradas y los platos más consistentes, mientras que los platos más ligeros pasan de unos comensales a otros flotando en el agua sobre figuras que representan pequeñas naves y aves de todo tipo.” (Plinio, Epístolas, V, 6)












         



Vasa caelata son costosos platos de plata con adornos de oro que podían arrancarse y ponerse como decoración en otros:

“Y gusta más la fruta arrancada de la rama que la del plato tallado (caelata lance)” (Ovidio, Pónticas, III, 5, 20)

Este tipo de platos debían ser muy apreciados y deseados por su exquisita decoración, como demuestra el siguiente extracto del caso de Cicerón contra Verres, durante su gobierno en Sicilia:

“Hay un hombre llamado Cneo, Pompeyo Philo, nativo de Tindaris; ofreció a Verres una cena en su villa en el campo, cerca de esta ciudad; hizo lo que ningún otro siciliano se atrevía a hacer, pero al ser ciudadano de Roma, pensó que podía hacerlo con impunidad, le presentó un plato en el que había unas figuras extraordinariamente bellas. Verres, en cuanto lo vio decidió robar a la mesa de su anfitrión el recuerdo de sus Penates y los dioses de la hospitalidad. Pero, debido a su gran moderación, ya mencionada, él le devolvió la plata tras arrancar las figuras, ¡así se ve su falta de avaricia! (Cicerón, Contra Verres, IV, 22)





Chrysendeta son los recipientes de plata que llevan figuras en oro grabadas o en relieve.

“No poseamos vajilla de plata en la que se haya incrustado el cincelado de oro macizo, pero no pensemos que es indicio de frugalidad vernos privados de oro y plata.” (Séneca, Cartas, I, 5)



En el periodo bajo imperial (siglos III-IV d.C.), las grandes dimensiones de los platos y escudillas responden a una transformación de los hábitos en la mesa, menos individuales y más colectivos, es decir, los comensales, en vez de utilizar un plato individual, comen de un recipiente común más amplio. Surgen entonces nuevos diseños como el discus, plato redondo de grandes dimensiones.


Plato de Baco, Tesoro de Mildenhall, Museo Británico, Londres

Los platos para servir eran símbolo de clase y podían alquilarse cuando se necesitaban:

“Siempre le ponen platos damasquinados a Calpetano, ya coma fuera ya en su casa de la ciudad. Así cena también siempre en el albergue; así, en el campo. ¿No tiene, entonces, otra vajilla? Ni mucho menos, no tiene vajilla suya.”  (Marcial, Epigramas, VI, 94). 

Las clases más altas del Imperio Romano dispusieron ya de complejas vajillas con múltiples tipos de cucharas destinadas a alimentos muy específicos. La cuchara pequeña y puntiaguda o coclear, que se empleaba para vaciar y recoger huevos, mariscos y caracoles; la ligula, algo mayor, usada para tomar sopas y purés; y la trulla, especie de cazo, con capacidad de un decilitro, que tenía como función trasvasar líquidos.



En el Imperio Romano de Oriente e Imperio Bizantino, cuya existencia se prolongó hasta el final de la Edad Media, apenas evolucionó el diseño de la cuchara y se continuaron empleando los mismos modelos que en la Roma clásica. Si bien, como ocurría en esta última, las mesas de las personas de clase baja habían de conformarse con una escudilla de madera o barro, que se llevaban a los labios para beber, o de la que los comensales tomaban el alimento con las manos. Las cucharas más valiosas, como las de plata, llevaban adornos labrados con formas zoomorfas o inscripciones.



Aunque en las mesas romanas era habitual traer los alimentos desmenuzados y comerlos con las manos, se utilizaba el tenedor para servir la comida y el cuchillo era una posesión muy valiosa que los convidados podían traer de sus casas para cortar los alimentos. Para los mangos se utilizaban distintos materiales:

“Es más, hasta los mangos de mis cuchillos son de hueso.” (Juvenal, Sátiras, XI, 133)


El mismo Marcial enumera varios objetos utilizados en la mesa romana cuando nos cuenta los regalos recibidos cada año por las fiestas, que han sido menos valiosos año tras año:

“El sexto año llegamos a una escudilla (scutula) de ocho onzas. Después de este se me dio raspando la media libra en forma de jícara para medir (cotyla). El octavo envió una cucharilla (ligula) de un sexto. El noveno trajo apenas un sacacaracoles (cocleare) más ligero que una aguja."

Con la llegada del cristianismo muchos autores criticaron el exceso de lujo y el empleo de oro y plata en los enseres domésticos, y, a pesar de que muchos seguidores se deshicieron de sus costosas pertenencias y algunos las repartieron entre los más pobres, no pudieron impedir que la ostentación y el gasto en vajillas y banquetes desapareciesen.

“Las fuentes, las salseras, las poncheras, los platos y demás enseres de oro y de plata, que sirven tanto para comer, como para otros usos que me avergüenza decir; … artículos todos que denotan un lujo de mal gusto; preponderancia que conlleva envidia y molicie. Pues bien, todo eso hay que desecharlo, como si careciera del más mínimo valor.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 3)



Tesoro de Moregine, Pompeya

Los textos literarios escritos tras la caída de Roma nos dejan evidencias de los recipientes que seguían usándose en las mesas del Imperio romano:

“Un hinchado cuenco de plata (gabata) recoge los dones de carne donde la verdura nada en un grasiento caldo.
Un plato de mármol (discus) trae lo que nace en el huerto, cuyo sabor a miel fluye en mi boca.
¡Una bandeja de vidrio (scutella) cargada de pollos, sin plumas, con tanto peso!
Frutas llegan en cestos pintados, y su dulce olor me llena.”
(Venancio Fortunato, Poemas)




 


Bibliografía:

http://www.penn.museum/sites/expedition/scutella-patella-paterna-patina/; Scutella, Patella, Paterna, Patina. A Study of Roman Dinnerware; Kenneth D. Matthews
http://www.man.es/man/dms/man/actividades/pieza-del-mes/historico/2005-ajuar-de-cocina-y-ajuar-de-mesa-la-alimentacion/7-Octubre/MAN-Pieza-mes-2005-10-Taza-romana.pdf; Taza romana, Mª Ángeles Sánchez
Pompeii, The History, Life and Art of the Buried City, Marisa Ranieri Panetta (ed.)
Los Romanos, Su Vida y Costumbres, E. Ghul, W. Koner, Edimat libros.
http://www.ceramologia.org/gestion/archivos/109ponen.pdf; Recipientes cerámicos para aceite y vino en la Antigüedad. Arqueología e Iconografía; José Pérez Ballester
https://www.metmuseum.org/pubs/bulletins/1/pdf/3257460.pdf.bannered.pdf; The Significance of Roman Glass, Ray Winfield Smith