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miércoles, 20 de mayo de 2026

Luxus mensae, lujo en la mesa en la antigua Roma (I)

Mosaico con escena de banquete. Castillo de Boudry, Suiza

“Os doy un consejo: comamos. Es la ley del banquete.

 Después de estas palabras de Trimalción, acudieron al son de la música cuatro servidores danzando y retiraron la parte superior de la bandeja. Al quitarla, vemos debajo - es decir, en una segunda bandeja jugosos pollos, ubres, y en el centro una liebre a la que se habían aplicado unas alas, con lo que recordaba a Pegaso. También observamos junto a cada uno de los cuatro ángulos un Marsias con un pequeño odre de donde una salsa cargada de pimienta caía sobre el pescado, que ahora nadaba como en un nuevo criadero. Estalla un aplauso general, iniciado por la servidumbre de la casa, y, con la sonrisa en los labios, atacamos aquellos manjares selectos. (Petronio, Satiricón, 35-36)

El hombre se ha alimentado a lo largo de la historia con una gran variedad de productos tanto vegetales como animales, elaborados con mayor o menor sofisticación. Cuantos más productos existen, hay más posibilidades para elegir, por lo que en la sociedad romana las clases sociales más altas son las que, gracias a la abundancia de recursos, podían elegir más libremente su forma de alimentación.

Escena de banquete. Grabado de Heinrich Leutemann

En la evolución de la alimentación en la sociedad romana la época más antigua corresponde a la Monarquía, cuyo periodo comprende desde el 735 a.C. hasta el 510 a.C. En la etapa más primitiva la principal fuente de alimentación recae en los frutos de recolección, principalmente la bellota, aunque junto a otros frutos del bosque mediterráneo, como la castaña, el madroño y las bayas silvestres. Son productos que se pueden tomar crudos o elaborados en harinas y conservas.

“Con qué llama subyugó Amor a Dite, arrastrada mediante qué rapto poseyó la soberbia Prosérpina el Caos como dote, por cuántas regiones su angustiada madre anduvo errante en ansiosa carrera, de dónde se les dieron los cereales a los pueblos y cómo, abandonadas las bellotas, la encina de Dodona les cedió su puesto a las espigas recién descubiertas.” (Claudio Claudiano, El rapto de Proserpina, I, 27)

Bellota. Museo de Gales

Los cereales fueron desde los primeros tiempos el alimento romano más importante, que no solamente era la base de la dieta, sino con frecuencia el único alimento consumido, con los que se preparaba la puls, la comida básica de los pastores, el más antiguo grupo de pobladores romanos, que la tomaban sin acompañamiento de carne, salsa u otros productos. Tanto los frutos como los cereales calmaban el hambre y proporcionaban calorías al cuerpo.

“De la alimentación lo más antiguo son las gachas (puls): éstas se denominaron así o bien porque así las denominaban los griegos o bien a partir de donde dice en sus escritos Apolodoro, de que suenan así cuando se echan en agua hirviendo.” (Varrón, De la lengua latina, V, 105)

Estos alimentos componían la dieta básica de los campesinos y pastores que conformaban la mayoría de la población romana de la época. Otros productos como queso, huevos, uvas, miel y carnes de ganado o caza constituirían parte de la alimentación, al menos ocasional, de esa misma población, aunque los ciudadanos de mayor estatus tendrían un mayor acceso a dichos alimentos.

Pintura de la casa de Julia Felix. Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles. Foto de Samuel López

 La siguiente etapa en la evolución del sistema alimentario romano correspondería a la época comprendida entre los comienzos de la República, desde el s. VI a.C. hasta el s. II a.C., momento en el que comenzó la expansión romana en el Mediterráneo. En esta etapa la frugalidad impregnaba la vida cotidiana y estaba considerada una virtud fundamental.

“Si, por ventura, alguien ve la casa de Catón,
las vigas pintadas de minio,
y los huertecillos que Príapo guarda;
asombrado discurre con qué doctrinas
alcanzó tanto saber
un hombre a quien tres pequeñas coles,
media libra de trigo, un par de racimillos
a una teja colgados,
nutren casi hasta el fin de su vejez.”
(Suetonio, Gramáticos, Publio Valerio Catón, versos atribuidos al poeta del siglo I a.C. Bibáculo)

Pintura romana. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

A principios de la República la economía romana era principalmente agrícola y la alimentación de la población se basaba en productos vegetales que los campesinos cultivaban, con una elaboración sencilla, sin refinamiento en la mesa y con comidas celebradas en un entorno doméstico y familiar. Los cereales y las legumbres siguieron conformando la dieta básica de la población y el consumo de las gachas (puls), hechas con harina y agua principalmente, era todavía habitual.

Catón el viejo (234 a. C.-149 a. C.), defensor de la vida campesina y las tradiciones, propuso en su obra De agricultura algunas recetas basadas en la alimentación tradicional del campo, como la harina, el queso, los huevos, la miel y el aceite de oliva, ingredientes que se empleaban para hacer elaboraciones sencillas y nutritivas, como la puls púnica.

“Cuece la papilla cartaginesa de la siguiente manera: echa en agua una libra de alica (harina de farro), haz que se empape bien. Viértela en un recipiente limpio y además tres libras de queso fresco, media libra de miel y un huevo: mézclalo bien todo junto. Échalo así en una olla nueva.” (Catón, De agricultura, 85, receta de puls púnica)

Pintura romana. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

La harina fue parte esencial de la alimentación de la población romana ya que se podía consumir de muy diferentes formas. En primer lugar, las gachas ya mencionadas, en segundo lugar, en forma de tortas, pasteles o empanadas, a los que se añadían otros ingredientes. Algunos de estos productos se utilizaban en actos rituales.

“Haz el libum de la siguiente manera: macháquense bien en el mortero dos libras de queso. Cuando esté bien machacado, echa ahí mismo una libra de harina siligo (candeal) o, si quieres que sea más tierno, sólo media libra de harina similago y mézclala bien con el queso. Añade un huevo y mézclalo todo bien. Haz con ello un pan, ponle debajo unas hojas (de laurel) y cuécelo despacio bajo una teja con el horno caliente.” (Catón, De agricultura, 75)

El pan, aunque conocido de muy antiguo, se convirtió en el sucesor de la puls como alimento de la dieta básica para los romanos. La panificación, que fue uno de los grandes descubrimientos en la historia de la alimentación, permitió que el grano que se tomaba antes en los guisos, en forma de gachas, polenta y sopas, tanto entero o molido en forma de harina, se pudiera digerir mejor, se transportara con facilidad y por lo tanto se distribuyera más eficientemente, y finalmente adquiriera una mayor variedad de usos. Aunque la panificación se fue generalizando desde el siglo III a.C. en Roma, fue en el siglo II con la llegada de los panaderos de origen griego cuando se potenció la industria panadera y el oficio especializado de panadero llegó a un alto grado de perfección.

Pintura casa de Julia Felix, Pompeya. Museo Arqueológico nacional de Nápoles.
Foto de Samuel López

Las élites obtenían sus riquezas de la agricultura y en parte de la ganadería y, aunque sus recursos les permitían acceder a más variedad de alimentos, los autores elogian su apego a la vida en el campo y las tradiciones y son señalados como ejemplo de frugalidad.

“Vivid contentos con vuestras chozas y con vuestras colinas, hijos míos” -decían antaño los ancianos marsos, los hérnicos y los vestinos- “ganemos con el arado el pan que baste a nuestras mesas. Lo alaban los dioses campesinos, con la ayuda y la asistencia de los cuales, desde el don concedido de la agradable espiga el hombre puede despreciar los frutos de la encina añosa.” (Juvenal, Sátiras, 14, 165)

Mosaico con escena de faenas agrícolas. Museo Arqueológico de Trípoli, Libia

En cuanto a la vida urbana en esta época, los mercados romanos en los siglos VI-V a.C. eran lugares bien abastecidos y por tanto muy concurridos, que proporcionaban suministros a los habitantes de la ciudad y a los campesinos que acudían a vender los excedentes de sus cosechas, fruto de la recolección, caracterizada como hemos visto por la temporalidad, lo que traía abundancia en unas épocas y escasez en otras. Como el suministro que llevaba consigo la celebración de mercados no era suficiente, la producción alimentaria se completaba gracias al autoabastecimiento, que era posible gracias a la existencia de los huertos domésticos –rústicos o urbanos-, que proporcionaban sustento a las familias.

“Había junto a la choza un huerto al que protegían unos
pocos juncos y fina caña siempre renovada, pequeño, pero
rico en variadas plantas. Nada le faltaba de lo que exigen
las costumbres del pobre. A veces era el rico quien pedía
al pobre más productos. Su cultivo no [suponía] gasto de
nada sino norma de trabajo: cuando las lluvias o los días
festivos lo retenían libre en su choza, cuando el esfuerzo
del arado cesaba, estaba el trabajo del huerto. Sabía plantar
hortalizas diversas, enterrar las semillas y conducir
por todas partes el agua de los arroyos vecinos en el momento
adecuado. Aquí la berza, las acelgas que derraman
sus largos brazos, la fecunda acedera, las malvas y las énulas
verdeaban; aquí la chirivía, los puerros que deben el
nombre a su cabeza, la lechuga, grato descanso de manjares
nobles, (aquí serpentea el pepino) y se desarrolla en
punta su rastra y la pesada calabaza tendida en su ancho
vientre. Pero no del dueño (pues quién más parco que
él?), sino del pueblo era esta cosecha y cada nueve días
llevaba al hombro hasta la ciudad manojos para vender,
de allí volvía a casa ligero de cuello, pesado de monedas,
casi nunca acompañado de compra del mercado de la ciudad.
Una rojiza cebolla y el puerro que se arranca de su
plantación sacian el hambre, y lo mismo, el mastuerzo que
hace contraer el rostro al morderlo, la endibia y la oruga
que reanima a Venus Perezosa.”
(Apéndice Virgiliano, El almodrote, 60-84)

Mosaico del Gran Palacio de Estambul, Turquía. Foto de Samuel López

A partir de la Segunda Guerra Púnica, con las conquistas y la expansión por el Mediterráneo oriental, se inició un nuevo orden social que difería en gran medida del de la sociedad romana arcaica, con una aristocracia senatorial en lo más alto, seguida del orden ecuestre constituido por los caballeros. Además, se produjo la decadencia del campesinado en Italia, surgió una nueva clase, la de los nuevos ricos y los esclavos se convirtieron en la nueva mano de obra.

Las costumbres, que fueron evolucionando progresivamente, y la llegada de productos de territorios lejanos influyeron en la forma de vida y por tanto en la forma de comer. Los romanos empezaron a valorar productos que procedían de determinadas zonas del exterior, incluso cuando podían encontrarse como suministro local. Por ejemplo, el cerdo de la Galia y Galia Cisalpina era muy apreciado, aunque también se criaba en Italia.

“Se dice que el ganado de cerda lo ha ofrecido la naturaleza para el banquete, y que por ello se les dio la vida y de la misma manera la sal para conservar la carne. De ellos, los galos acostumbraron a hacer los mejores y mayores perniles. Señal de su excelencia es que incluso ahora cada año se importan en Roma de la Galia perniles y paletillas de los comacinos (Marsella) y cavaros (Narbona).” (Varrón, De Agricultura, II, 4, 10)

Lararium pintado. Museo de Terzigno, Italia. Foto de Samuel López

El conocimiento de las culturas orientales y helenísticas, mucho más sofisticadas y alejadas de las tradiciones romanas, influyeron enormemente en la gastronomía y en la celebración de banquetes en la antigua Roma. La alimentación de las élites romanas se hizo más variada, y su riqueza les permitía disfrutar los alimentos en cantidades más que suficientes, aunque la variedad y cantidad de comida en la mesa excedía por lo general los límites de la necesidad.

Macrobio describe el menú que degustaron los asistentes a una comida realizada para celebrar el pontificado de Metelo en el siglo I a.C. poniendo el foco en la cantidad y variedad de platos presentados.

“Entre los hombres de mayor prestigio, para que lo sepáis, tampoco faltó el lujo fastuoso. Doy el relato de una comida pontifical, celebrada hace muchísimo tiempo, que se encuentra descrita en el cuarto registro de aquel Metelo que fue pontífice máximo…

He aquí el menú: como entrantes, erizos de mar, ostras crudas a voluntad, ostiones, cañadillas, tordo sobre fondo de espárragos, pollo cebado, pastel de ostiones, mejillones negros y blancos; de nuevo cañadillas, vieiras, ortiguillas de mar, becafigos, lomos de corzo y de jabalí, pollo cebado rebozado en harina, becafigos, múrices y pórfidos; como platos, ubres de cerda, sesos de jabalí, pastel de pescado, pastel de ubre de cerda, patos, cercetas hervidas, liebres, pollo asado, crema y pan del Piceno». ¿Dónde se podía ya denunciar entonces el lujo excesivo, cuando una cena pontifical estuvo atiborrada de tantos platos? Por otro lado, en lo que se refiere a los tipos de manjares, ¡cuánto sonrojo causa sólo mencionarlos! (Macrobio, Saturnales, III, 13, 10-13)

Mosaico de la villa de Tor Marancia, cerca de Roma. Museos Vaticanos

Los nuevos sabores y alimentos necesitaban de un profesional que supiese acertar en la elección, la condimentación y presentación de los platos, por lo que un experto cocinero se convirtió en un bien codiciado y un lujo, y, a veces un artista, aunque para los antiguos romanos había sido el más vil de los esclavos.

“Así vea yo crecer, no mi cuerpo, sino mi patrimonio, como es cierto que mi cocinero ha hecho todo esto de carne de cerdo. No puede existir un hombre más precioso que él. Si quisierais os haría de la vulva de una cerda un pez; de la grasa, palomas; del jamón, tórtolas, de los intestinos, una gallina; por eso mi ingenio le ha adjudicado un nombre que le viene como anillo al dedo; le llamo Dédalo. Para recompensar su mérito le he hecho traer de Roma cuchillos magníficos de acero nórico.” (Petronio, Satiricón, 70)

Pintura con escena de cocina. Museo Getty, Los Ángeles. EEUU

En esta etapa de la evolución alimentaria en Roma que durará hasta pasados los tiempos de Augusto se introducirán productos que eran hasta entonces desconocidos por los romanos y que delataban un gusto por el exotismo de alimentos procedentes de territorios lejanos accesibles por las conquistas y también un excesivo deseo de ostentación y exhibición de riqueza por parte, sobre todo, de los miembros de las nuevas clases sociales.

“Los excesos en la mesa (luxus mensae) que, durante cien años, desde la batalla de Accio hasta los violentos sucesos en los que Servio Galba se apoderó del Imperio, se practicaron con desorbitados gastos, han ido remitiendo poco a poco. Interesa investigar las causas de este cambio. En otros tiempos las familias ricas de la nobleza y las más conocidas por su renombre se arruinaban en su afán de suntuosidad, ya que todavía entonces era lícito tratar de atraerse a la plebe, a los aliados y a los reyes y ser atraído por ellos. En la medida en que cada cual se hacía notar más por sus riquezas, su mansión o su forma de vivir, así, gracias a su renombre y a sus clientelas, era considerado más ilustre.” (Tácito, Anales, III, 55)

En la primera mitad del s. I d.C.  Persio censuró las costumbres griegas y las nuevas comodidades llegadas.

“Hete aquí lo que ocurre: desde que la sabiduría ajena llegó a nuestra ciudad junto con la pimienta y los dátiles y la nuestra no cruzó nunca el mar, nuestros segadores han emponzoñado las gachas con manteca espesa.” (Persio, Sátiras, 6, 36-39)

Mosaico de Bosra, Siria

Se importaban productos que no se cultivaban o producían localmente tal como el aceite de oliva en Britania o los dátiles en Italia. Este tipo de alimentos estaban menos disponibles o eran más difíciles de adquirir, haciendo improbable que fueran parte de la dieta diaria de la mayoría de la población, además en algunas provincias habría sido casi imposible conseguir el mismo sabor, olor y textura de ciertos productos que en su lugar de origen, como, por ejemplo, el dulzor de las pasas o higos secos en Britania o Germania.

“Estos que te han llegado envasados en un tarro redondo y cónico, pequeños higos (cottana) de Siria, si fueran más gordos, serían higos.” (Marcial, Epigramas, XIII, 28)

Pintura con higos. Villa de Cicerón, Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Foto de Samuel López

A consecuencia de este cambio de costumbres surgieron durante la época de la República varias leyes conocidas como suntuarias que pretendían evitar los excesivos gastos que ciertos miembros de la sociedad tenían para satisfacer sus gustos. Con el pretexto de salvaguardar las costumbres tradicionales y volver a la austeridad y frugalidad de los antiguos romanos se promulgaron varias leyes con distintos contenidos o con correcciones de las anteriores, aunque por los hechos conocidos, sabemos que no lograron su objetivo, principalmente porque encontraron gran oposición y no llegaban a cumplirse.

Entre ellas destaca la ley Ley Fannia sumptuaria, del año 161 a.C., propuesta por el cónsul Cayo Fanio Estrabón, que consistía en limitar en ciento veinte ases la cantidad máxima que podía gastarse en cada cena (treinta ases por día durante diez días del mes y diez ases el resto), salvo que dicho gasto fuere en legumbres, harina y vino. Este último debía ser producido en Italia, no importado del extranjero. También prohibía utilizar en la mesa vajillas y objetos de menaje por un peso superior a cien libras de plata.

Pintura con mensa vasaria. Tumba de Vestorius Priscus. Foto de Samuel López

Excepcionalmente, la norma permitía el gasto de hasta cien ases en sumptus (centum assibus) diarios en caso de determinados festivos: los Ludi Romani, los Ludi Plebei, las Saturnalia y algunos otros no especificados. Además, añade la limitación de quince talentos anuales de carne ahumada, como la inexistencia de límite alguno para el consumo de productos de la tierra como hortalizas y legumbres. En materia de comensales e invitados, la ley prescribía que no se recibiese a más de tres personas en días ordinarios y a no más de cinco en día de Mercado (que se celebraba tres veces al mes).

“Después de este decreto senatorial, fue promulgada la Ley Fannia, según la cual, durante los Juegos Romanos, los Juegos Plebeyos, las Saturnales y algunos otros días, se permitía gastar cien ases diarios, al igual que hacer una inversión de treinta ases durante otros diez días de cada mes y de sólo diez ases diarios en los días restantes.” (Aulo Gelio, Noches Áticas, II, 24, 3)

La ley también establecía la prohibición de consumir aves en los banquetes excepto gallinas no cebadas, ya que las cebadas, muy deseadas por los romanos, eran muy caras debido al cebado del animal. Esta limitación se mantuvo de igual manera en normas suntuarias posteriores. Por tanto, la norma defendía una economía natural, basada en la producción doméstica, propia de la tradición antigua romana, frente a una economía mercantil, asociada propiamente al lujo y a lo extranjero, que es el objeto de las restricciones legislativas.

“Ticio, en su discurso a favor de la ley Fannia, reprocha a sus contemporáneos que sirvan en la mesa «puerco a la troyana», así llamado porque estaba, por así decirlo, preñado de otros animales encerrados en su vientre, tal como el famoso «caballo de Troya preñado de guerreros.” (Macrobio, Saturnales, III, 17, 13)

Mosaico romano con cerdo y setas. Museos Vaticanos

La ley Cornelia suntuaria fue propuesta por Cornelio Sila en el 81 a.C. y establecía que en calendas, idus, nonas y otras festividades importantes, así como en días de juegos, el gasto en lujo no podía exceder de trescientos sestercios y en el resto de días, de treinta. No limitaba el fasto ni la gula, pero sí el precio de las viandas que se podían consumir durante los banquetes.

Es posible que Sila pretendiera restringir el lujo para evitar la competitividad entre nobles a la hora de ser el más ostentoso, pero no acabar con la extravagancia, que ya era un fenómeno social en la época.

“Sigue a éstas la ley Cornelia, igualmente una ley suntuaria, propuesta por el dictador Cornelio Sila. En ella no se prohibía el fasto en los banquetes ni se ponía límite a la gula, sino que se rebajaban los precios de las viandas. ¡Y qué viandas, buen dios! ¡Y qué géneros de delicias exquisitas y casi desconocidas! ¡Qué peces, qué manjares allí se mencionan! ¡Y, no obstante, la ley fijó precios rebajados! Osaría decir que el bajo precio de los alimentos estimularía el ánimo de los hombres a procurarse grandes provisiones de vituallas y que incluso aquellos que disponen de escasos recursos podrían dejarse dominar por la gula. Diré abiertamente lo que pienso. Ante todo, me parece entregado al lujo y a la prodigalidad aquel a quien sirven en su mesa tan gran abundancia de viandas, aunque no cuesten nada. Por consiguiente, nuestra generación es hasta tal punto más inclinada a toda moderación, que de la mayoría de las viandas mencionadas en la ley de Sila como conocidas por todo el mundo, ninguno de nosotros ha oído siquiera hablar de ellas.” (Macrobio, Saturnales, III, 17, 11-12)

Pintura de la casa de los Ciervos, Herculano. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

En los primeros tiempos de la República la presencia del pescado en la dieta de los romanos estaba prácticamente restringida a las poblaciones situadas en zonas cercanas al mar o a los ríos. Pero el cambio en la alimentación, motivado por la influencia griega, sufrirá un impulso en el siglo II a.C., y será más visible entre los ricos en la celebración de sus banquetes. Sin embargo, aunque la mayor parte de la población continuó alimentándose fundamentalmente con aquello que les era más accesible y asequible, comenzaron a tomar pescado, sobre todo, en salazón o conserva, gracias a su precio más barato, por su aporte de proteínas, al no poder adquirir la carne que era más cara.

“No te gusta, Bético, ni el salmonete ni el tordo y nunca te agrada la liebre ni el jabalí. Tampoco te petan los canapés ni los daditos de pastel. Ni Libia ni Fasis te envían sus aves. Los alcaparrones y las cebollas que nadan en una salmuera putrefacta y la magra de una paletilla rancia, eso lo devoras, y te chiflan las sardinas saladas y el atún de piel blanca en escabeche; bebes vino empegado y evitas el falerno. Sospecho que tu estómago tiene no sé qué vicio bien oculto, pues, ¿por qué, Bético, comes carroña?” (Marcial, Epigramas, III, 77)

Mosaico con peces, Museo Nacional Romano, Roma

Hacia finales de la República el pescado, principalmente, el de mar, se había convertido en un destacado símbolo de riqueza y estatus en Roma, donde, como en Grecia, se lo consideraba como una exquisitez que por su alto precio solo los muy acomodados podían permitirse con cierta regularidad.

La rareza y precio de ciertos pescados contribuyó a su clasificación como producto de lujo. Al final de la república y al principio del Imperio, el precio y el tamaño de un pescado tenía más valor que su sabor. La compra competitiva, era un pasatiempo favorito de los gastrónomos romanos, y se conseguía gran prestigio pagando un precio desorbitado en las subastas de pescado.

Mosaico con peces. Museo de Susa, Túnez

Séneca cuenta una anécdota sobre un caso de subasta de un salmonete.

“Tiberio César, a quien le fue enviado un salmonete de un tamaño descomunal, habiendo ordenado que lo llevaran a vender al mercado – mas ¿por qué no añado su peso e incito la gula de algunos?; decían que fue de cuatro libras y media de peso-: “Amigos – dijo-, mucho me equivoco si ese salmonete no lo llegan a comprar o Apicio o P. Octavio.” La conjetura sobrepasó a lo que esperaba. Se sacó a subasta, venció Octavio y entre los suyos consiguió la inmensa gloria de haber comprado por cinco mil sestercios el pescado que César había vendido y ni siquiera Apicio lo había comprado. Vergonzoso fue para Octavio el pujar en tan gran cantidad, no para aquel que lo había comprado para enviarlo a Tiberio, aunque yo también lo hubiese censurado, [ya que] se admiró de una cosa de la que creyó que César [era] digno.” (Séneca, Epístolas, XCV)

Los pescados y mariscos se convirtieron en uno de los productos más demandados por los anfitriones de grandes cenas que procuraban encontrar los mejores ejemplares del mercado para satisfacer a sus comensales. Se apreciaba su calidad según su procedencia, la cual a veces era señalada por los propios anfitriones.

“La comadreja marina de Clupea aventaja a todas; 
en Eno hay muchos mejillones; en Abido abundan las
rugosas ostras. Hay peines de mar en Mitilene y también
en Caradro, en la región de Ambracia. En Brindisi
es bueno el sargo; adquiérelo, si es de gran tamaño.
Has de saber que el mejor jabalí de mar es el de Tarento;
compra el esturión en Sorrento y en Cumas el escualo
azul. ¿Cómo he podido pasar por alto el escaro,
manjar casi digno del supremo Júpiter (el más grande
y sabroso se pesca cerca de la patria de Néstor), el
melanuro, el tordo, la mérula y la sombra de mar? En
Córcira, el pulpo, las suculentas cabezas de róbalo, los
caracolillos, los múrices, los mejillones y también los
sabrosos erizos de mar.”
(Apuleyo, Apología, 39, 3 citando los versos de Ennio)


Mosaico con Peces. Museo Arqueológico de Tarragona. Foto de Samuel López

La demanda de pescado fresco para satisfacer las necesidades del mercado generó un lucrativo negocio aprovechado por algunos romanos emprendedores que criaron varias especies en estanques llenos de agua dulce o salada.

En la costa al sur de Roma surgieron viveros de pescados en los que se criaban rodaballos, róbalos, morenas, mújoles y salmonetes, muy apreciados en los banquetes de las familias más adineradas de Roma, y, que a pesar de no tener la misma calidad que los criados en libertad servían para abastecer la creciente demanda de la capital. Además, los consumidores de pescados de piscifactoría, podían disfrutar en cualquier época del año de estas exquisiteces, que mantenían sus sabores característicos a pesar de su cautiverio.

“Si alguna vez Nereo siente la tiranía de Eolo, la mesa, segura con lo suyo, se ríe de las tempestades: una piscina cría los rodaballos y las lubinas en la propia casa, la delicada morena acude nadando hasta su cuidador, el nomenclátor cita a un mújol conocido y, a la orden de que se acerquen, acuden los viejos salmonetes.” (Marcial, Epigramas, X, 30)

Pintura de la casa de los Ciervos, Herculano.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

A Lucio Licinio Murena le concede Plinio el haber inventado los estanques para peces con agua salada, ya que los que tenían agua dulce ya estaban funcionando anteriormente. Estos los podían mantener cualquier persona, pero los de agua salada eran caros de construir y salía muy costoso mantenerlos y tener los peces en buen estado, por lo que solo los ricos podían permitírselos.

“El ejemplo de Murena, cuyo nombre se supone que provenía de la crianza de las morenas, fue seguido por otros nobles romanos como Quinto Hortensio, Gayo Hirrio y Lucio Licinio Luculo. A Lúculo se le conoce por haber hecho construir un canal que atravesaba una montaña para permitir la entrada del agua del mar a sus estanques y remover el agua para evitar la podredumbre, por lo cual se ganó el sobrenombre de Jerjes togado, ya que el general persa había mandado hacer un canal en el istmo del monte Atos para que pasara su flota.” (Varrón, De Agricultura, III, 17)

La degustación de ostras fue habitual en las refinadas mesas romanas y la demanda para abastecerlas se convirtió en un negocio lucrativo. Sergio Orata fue el primero en instalar lechos de ostras en Baia en la costa de Campania durante el siglo I a.C. Llevó a cabo una obra extensiva a alto coste para cercar el lago Lucrino para preservar la tranquilidad de sus aguas y proporcionar las mejores condiciones para criar las ostras. Su inversión parece haber sido muy provechosa porque tales ostras gozaban de fama por su excelente sabor. Por ello se llevaban a Baia desde otras regiones para que al ser alimentadas en el lago Lucrino, donde cogían su sabor único.

“Fue éste el primero que atribuyó a las ostras del Lucrino el sabor superior, ya que las mismas especies de animales acuáticos son mejores unas en un lugar y otras en otro, como las lubinas en el río Tiber, entre los dos puentes, el rodaballo en Ravena, la morena en Sicilia, el élope en Rodas e igualmente otras especies, para no hacer un repaso exhaustivo de cocina. Todavía no estaban sometidas las costas de Britania, cuando Orata ya estaba ensalzando las ostras del Lucrino. Después se consideró de igual interés ir a buscar las ostras a Brundisio, al último confín de Italia y recientemente, para zanjar la discusión entre los dos sabores, se ideó calmar en el Lucrino el hambre del largo trayecto desde Brundisio.” (Plinio, Historia Natural, IX, 54 [79])


Era bien conocida la capacidad de del molusco para provocar intoxicaciones, por lo que evitar esta mediante el uso del vinagre resultaba clave. La elaboración comenzaba con el lavado del recipiente que las iba a contener. Esto se realizaba con vinagre, o bien se lavaban las mismas ostras con vinagre. Si las ostras se sumergían en vinagre a modo de escabeche, la duración del molusco en buenas condiciones se prolongaba algo con respecto a su duración sin el ácido. También se sabía que el frío ayudaba a su conservación por lo que se mantenían en hielo hasta el momento de su consumo.

“Estando el emperador Trajano en Partia y a una distancia de muchas jornadas del mar, Apicio le envió ostras frescas conservadas por medio de un ingenio propio.” (Ateneo, El Banquete de los eruditos, 1, 7D)

Otro producto considerado de lujo, aunque no tan costoso y que también se criaba en vivero fue el de los caracoles. Varrón ofrece unos cuantos consejos sobre su cuidado en la granja y Plinio explica que los viveros de caracoles se crearon para abastecer la creciente demanda y da indicaciones sobre su origen y calidad. Evidencia de su consumo hay en las cucharas diseñadas especialmente para su degustación, las ligulae.

“Los viveros de caracoles los instituyó Fulvio Lipino en el territorio de Tarquinios, poco antes de la guerra civil que se entabló contra Pompeyo Magno, distinguiendo desde luego sus distintas clases, de modo que estuviesen por separado los blancos, que nacen en tierras de Reate y, también por separado, los ilíricos, que tienen más tamaño, los africanos, que tienen más fertilidad y los solitanos426, que tienen más categoría. Y, además, se le ocurrió engordarlos con arrope, farro y otros productos con la idea de que los caracoles cebados hicieran llenar, de paso, las tabernas; por la excelencia de esta técnica testimonia Marco Varrón que las conchas de cada especie alcanzaron tal tamaño que tenían ochenta cuadrantes de capacidad.” (Plinio, Historia Natural, IX, 173)

Mosaico con caracoles, Basílica de Santa María Assunta, Aquileia, Italia. Foto Carole Raddato

Los lirones se criaban también en viveros, metidos en tinajas donde se les hacía engordar. Su consumo se hizo habitual en los banquetes más sofisticados, como puede verse en el de Trimalción que presenta lirones con miel y espolvoreados de semillas de adormidera.

“Se ceban en tinajas, que muchos tienen incluso en sus casas; los alfareros las hacen muy diferentes de otras, porque en sus paredes hacen canales y un agujero para poner el pienso. En estas tinajas se echan bellotas, nueces o castañas. Cuando se coloca la tapadera en la tinaja, engordan en la oscuridad.” (Varrón, De agricultura, III, 15, 2 lirones)

Glirarium, Museo Británico, Londres

En la antigüedad la carne fresca era una rareza, que estaba disponible solo para los más ricos. El sacrificio de animales implicaba una gran cantidad de carne que debía ser conservada, lo que, en algunas zonas, como la zona cálida del Mediterráneo era complicado, por lo que se recurrió a salarla. Así, se hacía con la carne de cerdo, especialmente la pierna, que para conservarla más tiempo y darle más sabor se curaba o ahumaba, dando lugar al jamón, que se convirtió para los romanos en un manjar que se servía en ocasiones especiales. También se cocinaba con frutas, miel o vino.

“Del propio Pirene, la vertiente ibérica es rica en árboles de toda especie y en particular de hoja   perenne, pero la céltica está desnuda, y en cuanto a la zona central, configura valles con buenas condiciones de habitabilidad. Los ocupan en su mayor parte los cerretanos, de raza ibérica, entre los cuales se preparan excelentes jamones que rivalizan con los de Cibira y proporcionan no pocos ingresos a sus gentes.” (Estrabón, Geografía, III, 4, 11)

Reloj solar en forma de jamón, villa de los Papiros, Herculano.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto de Samuel López

Para que la población urbana más humilde consumiera carne debía esperar a una distribución pública de carne, visceratio, que en Roma tenía lugar en diferentes ocasiones sociales, por ejemplo, funerales de personajes importantes o triunfos. Su origen puede encontrarse en el reparto de la carne de las víctimas inmoladas en los sacrificios rituales del que se beneficiaría parte de la población.

La primera distribución de carne de la que hay noticia data del 328 a. C, cuando M. Flavius distribuyó una ración de carne (visceratio) a todos aquellos que asistieron a la procesión del funeral de su madre. Tito Livio dice que este reparto de comida fue lo que hizo a Flavius ganar las elecciones para tribuno de la plebe.

“Vino a continuación un año no señalado por ningún acontecimiento en el exterior ni en el interior, …. si exceptuamos el reparto de carne al pueblo efectuado por Marco Flavio en los funerales de su madre. Había quien interpretaba que, con el pretexto de honrar a su madre, pagaba al pueblo una recompensa que se había ganado porque lo había absuelto del delito de violación de una madre de familia por el que los ediles habían presentado demanda contra él. La distribución de carne concedida como agradecimiento por el pasado favor del juicio fue incluso motivo de honor para él, y en las siguientes elecciones al tribunado de la plebe, aun estando ausente, fue preferido a los candidatos presentados.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, VIII, 22, 2-4)

Mausoleo de Claudio Ermete, Catacumbas de San Sebastián, Roma

En la Roma de Augusto, gracias a la Pax Augusta, se extendió la moda de importar aves de países lejanos, desconocidas para los romanos hasta entonces, y que empezaron a servirse en las mesas que exhibían el nuevo lujo que se estaba implantando en los banquetes.

El pavo real, por ejemplo, pasó de ser una mascota exótica tras su introducción en Roma con la conquista de Grecia a ser servido como alimento de lujo en las más ostentosas cenas romanas.

Sin embargo, algunos escritores satíricos criticaron que se sirviese en las mesas más por la vistosidad de su plumaje que por la exquisitez de su carne, que no sobrepasaba a la de otras aves.

“Y, sin embargo, a duras penas podré disuadirte de que, si te
sirven un pavo, prefieras mimarte el gusto con él mejor que con una
gallina, corrompido como estás por las vanidades, porque aquella
ave rara se vende a precio de oro y despliega el colorido espectacular
de su cola; como si eso tuviera que ver con lo que
nos importa. ¿Te comes acaso esas plumas que tanto encareces?
¿Es que una vez guisado conserva la misma belleza? Con todo,
aunque en la carne no hay diferencia ninguna, admitamos que
prefieras ésta que aquélla, engañado por la distinta apariencia.”
(Horacio, Sátiras, II, 2)



Pintura de Alfred Scheverell

Entre las quejas por el consumo de aves exóticas los autores expresaban su malestar por no apreciar en la mesa las aves que están al alcance y sí deleitarse con las que vienen de fuera.

“Aves como el faisán –importado de Fasia, en Cólquide– o la pintada africana son sabrosas a nuestro paladar porque no es nada fácil conseguirlas. En cambio, la oca blanca o el pato, con las variables tonalidades de sus abigarradas plumas, saben a plebeyo... Lo que escasea es siempre lo mejor” (Petronio, Satiricón, 93, 2)

En la época de los Severos el faisán se servía en las mesas durante las celebraciones festivas como un alimento apreciado y posiblemente costoso.

“En los días de fiesta se servía un ganso, pero en las calendas de enero, en las fiestas de Cibeles, madre de los dioses, en los juegos en honor de Apolo, en el banquete sagrado en honor de Júpiter, en las Saturnales y en otras solemnidades similares ofrecían en su mesa un faisán, pero en alguna ocasión la invitación incluía dos faisanes, a los que se añadían dos pollos.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 37, 6)

Mosaico con faisanes

Apicio en su recetario explica cómo preparar las recetas para aves, incluidas las más exóticas como el avestruz, la grulla o el flamenco.

“Desplomar un flamenco, lavarlo y preparar para echar en la cacerola. Poner agua, sal, eneldo y un poco de vinagre. A media cocción, atar un manojo de puerro y de coriandro, dejando que hierva junto. Antes de llegar al punto de cocción, añadir defrito para que coja color. Machacar en un mortero pimienta, comino, coriandro, raíz de benjuí, menta, ruda, rociar con vinagre, añadir dátiles y rociar con el propio jugo. Vaciarlo en la cacerola y envolver con almidón. Derramar la salsa, y servir. Lo mismo se hará con el papagayo.” (Apicio, Cocina romana, VI, 6, 1)

Mosaico con flamenco. Museo del Bardo, Túnez


Bibliografía


Ars cibaria: cultura y alimentación en la sociedad romana, Almudena Villegas Becerril
Las leyes suntuarias y la regulación del lujo en el Derecho Romano, Carlos Crespo Pérez
Cenas de pobres, cenas de ricos: la comida como marcador de categorías sociales en los epigramas de Marcial, Amalia Lejavitzer
El consumo de aves en la Roma de Augusto: luxus y nefas, Santiago Montero Herrero
Juvenal, Horacio y el uso de contenidos culinarios en la sátira: el tópico del tenuis victus, Adolfo Egea
Moderation, refined luxury, or extravagance? Fattened animals and ancient Roman norms and Values, Kim Beerden
Same Taste, Different Place: Looking at the Consciousness of Food Origins in the Roman World, Erica Rowan
What Romans ate and how much they ate of it. Old and new research on eating habits and dietary proportions in classical antiquity, Dimitri van Limbergen
A Conspicuous Meal: Fattening Dormice, Snails, and Thrushes in the Roman World, Kim Beerden
Discourse 18A-B: On Food, William O. Stephens
‘The reinterpretation of luxuria during the reign of Tiberius: From Sallust and Livy to Tacitus.’, Iliana Androutsopoulou









domingo, 21 de agosto de 2016

Vinum amoris, vino y placer en la antigua Roma

Detalle de mosaico, villa romana de Carranque, Toledo

El vino se encuentra siempre asociado, entre los poetas latinos, a las celebraciones, la música, la buena comida, la inspiración poética y al amor.
Sin el néctar de Baco y Dionisos no es posible entender una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad: el symposium griego o convivium romano, es decir, el momento de beber juntos, pero de un modo civilizado.  

El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel, pero en el que los alimentos, las vajillas, los perfumes y las flores se sumaban al ambiente de lujo y placer que se creaba.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Los perfumes y las flores se utilizaban para disimular los olores y porque creían que retrasaban los efectos de la borrachera. Por ello no se ungían ni coronaban con flores hasta después de la cena.

“Que ahora invitados de blanco entren en un bosque tranquilo, rosas seductoras cuelguen de mi cuello, se escancien vinos fermentados en las presas de Falerno, y el perfume azafranado de Ciiicia bañe mi cabello.” (Propercio, IV, 6)

Pintura de Alma Tadema

El convivium terminaba con la comissatio, sobremesa en la que se servía el vino para que todos bebieran por igual y momento en que empezaban los entretenimientos. Había que beber en compañía, nunca solo, pues de esta forma se estimulaba la conversación y las relaciones sociales.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)

Según los antiguos, el vino ayudaba  a recobrar la fuerza y el valor, hacía olvidar el hambre, la sed, las fatigas y las preocupaciones, devolvía  la alegría y soltaba la lengua, de modo que el que lo tomaba  no sería capaz de guardar ningún secreto. También traía el sueño y ayudaba al descanso.

Pero el  abuso del vino podía provocar un estado mental de pérdida del valor y del autocontrol llevando a los individuos a comportarse de una forma enloquecida e incivilizada rechazando las normas establecidas. Aunque se pensaba que beber vino no era malo en sí mismo, si lo era hacerlo de forma excesiva, provocando un comportamiento irracional y cruel, del que luego uno se podría arrepentir.

“Propio de tracios es en los festines
Luchar como enemigos y arrojarse
Copas que deben ser don de alegría.
Rechazad ese signo de barbarie,
Y no queráis que Baco se avergüence
De sangrientos combates.
Al claro resplandor de las antorchas
Y del zumo que tiñe los cristales,
¡qué mal parece, amigos,
El siniestro fulgor de los alfanjes!
Deponed vuestros gritos belicosos,
Y, reclinados, conversad afables.” (Odas, I, 27)

Ser abstemio tampoco constituía una buena opción en tanto que podía aislar al individuo, no solo de sus conciudadanos sino también de los dioses, haciéndoles enfadar negándoles las libaciones que les correspondían en las celebraciones y fiestas religiosas.

“Pero reclamad los dones de Baco. ¿A quién de vosotros le gustan las copas vacías? Hay acuerdo en plan de igualdad y Líber no mira mal a aquellos que lo adoran y junto con él al vino alegre. [No viene irritado en demasía ni en demasía severo]: quien teme el gran poder de un dios irritado, que beba. (Tibulo, III, 6)

Además, para evitar la ofensa al anfitrión de la cena y responder a su hospitalidad se debía beber con moderación y evitar cualquier exceso. La embriaguez solo, hasta el punto de aliviar las penas, era admisible.

Pintura de casa de los Castos Amantes, Pompeya

Pero, ¿cuál es la cantidad apropiada? ¿Cuándo hay que dejar de beber? Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de la cantidad aceptable de copas que podrían beberse para no llegar a la ebriedad:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio
a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para
aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera,
para el placer; la cuarta para la locura’.” (Florida, XX, 1)

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.
Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que deberían servir para no caer en ella.

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Séneca, Epis., X, 83)


Mosaico con Baco ebrio, Museo Romano-Germánico de Colonia

 Beber excesivamente traía consecuencias tales como sufrir accidentes por caídas tras abandonar el banquete:

“Volviendo el convidado Filóstrato de las aguas
de Sinuesa, empujado por la noche, a su
apartamento alquilado, por poco si se enfrenta a
un cruel destino imitando a Elpénor, al rodar
de punta cabeza por las escaleras de la primera a
la última. No hubiera sufrido, Ninfas, tan
grandes peligros, si hubiera bebido él, mejor,
vuestras aguas.” (Marcial, XI, 82)

La vinicultura era  sinónimo de civilización y los romanos creían que lo que los diferenciaba de los bárbaros era el modo de beber el  producto proporcionado por Baco. Así, mientras los romanos lo bebían mezclado con agua y especias (el vino puro sin mezcla, merum, estaba exclusivamente reservado para las libaciones religiosas), los bárbaros, los locos o los malvados lo bebían sin mezclar, es decir, puro. El tratamiento adecuado del vino consistía en añadirle agua, puesto que era necesario rebajar la alta concentración alcohólica que presentaba debido a las uvas maduras que utilizaban en su elaboración.

“Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes
veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.” (Marcial, I, 11)

En los espectáculos de gala se obsequiaba a los asistentes con diez bonos, para diez copas de vino, que se mezclaban con agua caliente, pero Sextiliano no quiere agua.

Pintura de Alma Tadema
Cuando los comensales tenían puestas sus coronas lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, quien decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas.

¿A quién elegirá Venus
rey del festín que te brindo? (Horacio, Odas, II, 8)

Las mezclas más normales eran tres partes de agua y dos de vino, o tres de agua y una de vino. El ritual de la mezcla garantizaba, por otra parte, una mayor duración del festejo y las proporciones variaban en función del momento del acto y de la importancia de los participantes. De no hacer esta mezcla, el vino llevaría rápidamente a la borrachera y a una conducta incivilizada. Beber vino sin diluir no se consideraba socialmente correcto y menos si se hacía abundantemente y estaba muy mal visto por los miembros de la sociedad que bebían con moderación. Para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

Estico.— .Prefieres tu ejercer el mando sobre el dios de las fontanas o sobre Baco?
Sa.— !Qué pregunta!, sobre Baco. Pero mientras que nuestra común amiga acaba de venir y mientras que se arregla, vamos a divertimos nosotros. Yo te nombro presidente de nuestro festin.
Est .— Me hace gracia pensar cuanto más nos va a la moda de los cínicos cuando tenemos que sentamos en los taburetes que no aquí en los divanes.
Sa.— Si, desde luego, aquí se está mucho más a gusto. Pero, a ver, tú, el presidente, ¿por qué no circula entre tanto la copa? Mira a ver cuántas copas bebemos.
Est .— Tantas cuantos dedos tienes en la mano, como dice la copla esa griega: bebe cinco o tres, pero no cuatro.
Sa.— (Echa vino en la copa.) A tu salud. Échale una décima parte de agua, si tienes cabeza. (A los espectadores)
¡A vuestra salud, a la nuestra, a la tuya, a la mía, y también a la de nuestro Estefanio!
Est .— !Venga, bebe ya, si es que vas a beber! (Plauto, Estico, V,4)

Debía decidir cuánto agua fría o caliente mezclar con el vino. Marcial se queja de que se hierva el agua que luego se deja enfriar para vinos flojos.

“Bebes vinos de Espoleto o los encubados en las
bodegas marsas. ¿Para qué quieres el noble frescor del agua hervida?” (Marcial, XIV, 116)

Vajilla para bebidas, tumba de Vestorius Priscus, Pompeya

El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, el número de cyathus (0,0456 litros) que había que escanciar en cada copa, que variaba de uno a once y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)


Pintura encontrada cerca de Pompeya, Museo Británico, Londres

“Mezcla, Cesto, honor de la mesa, los vinos setinos: me parece a mí que hasta el niño, hasta el macho cabrío están sedientos. Que fijen el número de ciatos las letras de Instancio Rufo, pues él es quien me ha hecho regalo tan grande. Si viene Teletusa y me trae los goces prometidos, me reservaré para mi amada con tu triente, Rufo. Si anda con dudas, llegaré hasta siete. Si me deja plantado como amante, para ahogar mis penas, me beberé los dos nombres juntos.” (Marcial, Epigramas, VIII, 50)

El número de copas lo marca el nombre de Instancio Rufo; pero a Marcial se le presentan tres posibilidades: acogerse a las cuatro letras del cognomen, Rufo; a las siete del nombre, puesto en vocativo, I[n]stanti, y sin pronunciar “n” ante “s”; o sumar las once letras del nombre completo.

“Escancia, siervo, aprisa,
Que por la Luna nueva
Y por la media noche
Quiero beber, y por el gran Murena.
O tres o nueve veces,
Según lo pida el caso,
Has de llenar las copas, para los brindis hechas.
El que a las nueve Musas
Cantos de amor ofrenda,
Nueve veces el vino
Renovará, si ha de cumplir con ellas.
Mas las desnudas Gracias
Sólo quieren tres brindis
Temerosas de excesos y de bajas reyertas.” (Odas, III, 19)


Escena de esclavos escanciando vino, mosaico de Dougga, túnez, foto de Dennis Jarvis

El poeta amante de las Musas puede tomar una mayor proporción de vino, bebida relacionada en la antigüedad con la inspiración, mientras que las Gracias se identifican,  con la conversación agradable propia de quienes no poseen cualidades poéticas.
Los más privilegiados podrían mezclarlo con nieve o utilizar ésta para filtrarlo. El vino se echaba desde las ánforas a una gran crátera donde se añadía el agua. Después se trasvasaba a las jarras desde las que los esclavos llenaban las copas de los invitados. 

"Vino setino y nieves y tercios sin pausa
de mi dueña! ¿Cuándo podré beberos sin que
me lo prohíba el médico? ¡Tonto y desagradecido
e indigno de semejante regalo el que prefiere
ser heredero del rico Midas! Que posea los trigales
de Libia, el Hermo y el Tajo, y que beba agua
caliente, quien me envidie." (Marcial, VI, 86)

El filtrar el vino mediante una manga de lino era necesario porque nunca quedaba limpio del todo y, con el tiempo, criaba posos que lo enturbiaban al removerlo. En las ánforas el vino mermaba porque las vasijas de tierra cocida, por su porosidad, van perdiendo su contenido con el paso del tiempo. La porosidad de los recipientes de barro, a pesar de los intentos para disminuirla recubriéndolos con pez, favorecía la evaporación del agua y el aumento relativo del alcohol, de modo que el vino se convertía en un líquido pastoso y a veces amargo, no especialmente grato al paladar.

"Desde las riberas del Etna se me devuelve, Flaco, a Terencio Prisco: que una perla blanca como la leche señale este día, que se escancie y que se aclare con el lino flexible un ánfora turbia, disminuida por cien consulados. ¿Cuándo le tocará a mi mesa una noche tan feliz? ¿Cuándo se me concederá entonarme con un vino tan merecido? Cuando la citerea Chipre me devuelva tu persona, Flaco, habrá un motivo tan bueno para mi regalo." (Marcial, VIII, 45)

Jarra cincelada, Museo Getty

Algunos anfitriones pretendían servir vinos selectos en sus cenas, pero en verdad los vinos eran de peor calidad, por lo que los comensales se quejaban.

“Tú, desde luego, siempre sirves vinos setinos o
másicos, Pápilo, pero corre el rumor de que tus
vinos no son tan buenos. Se dice de ti que con esta
garrafa te has quedado viudo cuatro veces. Ni lo
pienso ni lo creo, Pápilo, ni tengo sed.” (Marcial, Epigramas, IV, 69)

Plinio el viejo critica a aquellos de sus coetáneos que sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres. Plinio el joven censura a algunas de sus amistades porque en las cenae que ofrecen, queriendo para sí los mejores manjares y dejando para los demás las pobres pitanzas, guardan el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacan unos u otros según la dignidad de los invitados.

“Había distribuido el vino dentro de pequeñas vasijas en tres categorías, no para que hubiera la posibilidad de elegir, sino para que no existiese la oportunidad de rechazar lo que se ofrecía: una, para él y nosotros, otra, para los amigos inferiores (pues tiene a los amigos clasificados por grados), y otras, para sus libertos y los nuestros.” (Plinio, Epístolas, II, 6)


Leyendo a Homero, pintura de Alma Tadema

Algunos poetas alabaron los efectos del vino  por ser una fuente de inspiración que favorecía la expresión de hermosos  versos. Horacio era un claro defensor de beber para escribir, pues, según él, el vino ayudaba a canalizar las emociones, alegraba o entristecía según la disposición del ánimo  o invitaba al sueño:

“Ánfora, cual yo nacida
en tiempo del cónsul Manlio;
ya nos reserves pesares
o regocijos o llanto,
ya pendencias enojosas
y amores desatinados,
o ya, benigna, prefieras
un fácil sueño prestarnos…” (Odas, III, 21)

Según Horacio solo el poeta ebrio era capaz de componer versos que gustasen porque solo ellos estaban inspirados por las Musas y recomendaba a los que solo bebían agua abstenerse de escribir poesía.

“Si das crédito, docto Mecenas, al viejo Cratino,
No pueden gustar ni durar mucho los poemas que escriben los bebedores de agua. Desde que a los insensatos poetas encuadró Líber en su equipo de sátiros y faunos, a vino huelen a menudo de mañana las dulces Camenas.
Por sus loas al vino se supone borracho a Homero.
El propio padrecito Ennio nunca se lanzó a cantar combates sino bebido. “Hago saber: ocúpense de la Bolsa y el Foro los abstemios. Deje de cantar la gente seria.” Desde que publiqué este edicto, los poetas no han dejado de empinar a porfía por la noche ni de apestar por el día… (Horacio, Epístolas, I, 19)


Escena griega de banquete

Ya en Grecia se creía que algunos poetas solo eran capaces de hacer hermosas composiciones cuando habían bebido, como se refleja en la Antología Palatina.

"Desde el alba a la noche: y de nuevo otra vez hasta el alba bebe Socles en tinas de cuatro coes, pero luego de pronto se va; sin embargo, beodo compone cosas mucho más dulces que Sicélidas y es también escritor de más peso; y tan grande es tu gracia, amigo, que te ruego que escribas mientras bebes."

El poeta Socles es un bebedor irregular: en ciertas ocasiones toma grandes cantidades, pero de pronto suele retirarse del vicio. Ahora bien, cuando realmente resulta buen escritor es cuando esta beodo: el poeta le aconseja, pues, que no abandone los festines.

Horacio se deja llevar por el dios del vino Baco y emplea diferentes vinos para diferentes ocasiones, uno griego de Lesbos para disfrutar de la Naturaleza y del amor, sin peleas.

“Escanciando de Lesbos
aquí a la sombra el inocente vino,
riñas no has de temer de Baco y Marte…” (Odas, I, 17)

Pero para celebrar la derrota de la reina Cleopatra elige un Cécubo:

“Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.” (Odas, I, 37)

El Falerno le lleva a disfrutar de la vida ya ofrezca alegrías o adversidades:

“Sé igual si la desgracia te persigue
que si del prado en el confín, tendido,
en tus felices ocios saboreas
claro Falerno, en tu bodega antiguo.” (Odas, II, 3)

Copa Barber, Museo Británico

En primavera invita a Virgilio a apagar su sed con el vino de Cales y a dejarse llevar porque la vida es breve:

“Viento primaveral, a cuyo soplo
el mar queda tranquilo, empuja ya las velas.
El tiempo trae la sed. Mas, si calmarla
te apetece, Virgilio,
con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
por nardos del Oriente
has de cambiar mi vino…
Evita dilaciones
y no temas el gasto a que te invito.
Piensa que al fin la pira nos aguarda.
Y ahora, que nos es lícito,
locura breve a la razón mezclemos:
es dulce alguna vez perder el juicio.” (Odas, IV, 12)

Para concluir, Horacio aconseja el vino para olvidar las penas, enfrentarse a la vida con valentía y disfrutar del amor:

“Nada en Tíbur y en torno del fundo de Catilo
plantes, oh Varo, antes que la cepa sagrada.
Da un dios a los abstemios los más atroces males, y sólo el vino libra de las cuitas amargas.
¿Quién, habiendo bebido, teme pobreza o guerra?
¿Quién a ti, padre Baco, o a ti, Venus, no canta?...” (Odas, I, 18)

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que pierden la compostura y se ponen en ridículo.

“... consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (El Pedagogo, II)


Pintura de la casa de los Castos Amantes, Pompeya

Desde siempre el vino se ha relacionado con una larga y buena vida, con el trabajo duro, con los climas severos. Pero por el vino se pierde la belleza, por el vino se consume la juventud, y a menudo por el vino la amada no conoce a su compañero.

“¡Ay, maldito quien descubrió el vino puro
y el primero que contaminó el agua clara con néctar.
Con el vino se aja la belleza, con el vino se marchita la juventud, con el vino a menudo la amante no reconoce a su amado.” (Propercio, II, 33)

Sin embargo, Séneca recurre a la embriaguez como una especie de remedio purificador, y sólo por este motivo es aconsejable caer en ella. Pero hasta en el exceso, voluntario y buscado, hay que conducirse con moderación:

“No pocas veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no como para ahogarnos, sino para apaciguarnos; pues borra las preocupaciones y remueve a fondo el espíritu y remedia la tristeza, así como algunas enfermedades, y Líber se llama así no por la licenciosidad de la lengua, sino porque libera el espíritu de la esclavitud de las preocupaciones y lo sostiene y reanima y lo hace más atrevido para cualquier empresa. Pero lo mismo en el vino que en la libertad es saludable la moderación.” (De la tranquilidad del ánimo, 8-9)

Pintura de Alma Tadema

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que por sí solos desaconsejan hartarse de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Epis. X, 83)

Según los poetas latinos, el vino, a la vez que las preocupaciones, se lleva consigo los convencionalismos y artificios sociales, las reglas de urbanidad, y nos deja a cambio la naturalidad y la espontaneidad, favoreciendo las relaciones amorosas y convirtiéndose en el mejor aliado o el peor enemigo para los amantes.

¿Me preguntas qué consejo te doy sobre el don de Baco?, contarás con mis consejos en menos tiempo de lo que esperas. El vino predispone el espíritu para Venus, siempre que no lo tomes en gran cantidad, de forma que te deje atontado el cerebro, ahogado por el mucho alcohol. El fuego se aviva con el viento y con el viento se apaga; una ligera brisa alimenta las llamas, otra un poco más fuerte acaba con ellas. O ninguna embriaguez, o que sea tanta que te libre de preocupaciones: si está en medio de ambos extremos, es perjudicial. (Ovidio, Remedios de amor, 803)

Y si al amor y al vino le añadimos la noche, tendremos el trío idóneo para el goce total, para la pérdida absoluta de la razón. Este trío noche, vino y amor lo encontramos ya en Plauto:

“Nada puede haber más cautivador para un joven que la noche, la mujer y el vino”. (Báquides, 87-88)


Pintura de Alma Tadema

Pero la espontaneidad proporcionada por el vino permite expresar los sentimientos de forma tan intensa que puede llegar a la agresividad, e, incluso, a la pelea entre los amantes.

"Cuando presa de furor por el vino empujas la mesa y con mano furiosa arrojas contra mí copas llenas, sin duda se me dan avisos de un fuego verdadero: pues ninguna mujer sufre si el amor no es intenso." (Propercio, III, 8)

También cuando la relación amorosa se rompe y llega la tristeza, el vino puede ser un buen remedio para aliviar el dolor:

“Ahora, Baco, nos arrodillamos humildes ante tus altares: concédeme, ya sereno, propicias velas. Tú puedes reprimir el orgullo de la insensata Venus, pues con tu vino se obtiene remedio para las desventuras.” (Propercio, III, 17)

Otro de los efectos del vino en la relación erótica, es cuando, aún sin ser consumido, puede ser de gran ayuda para los amantes. Por un lado, induciendo el sueño en el marido, y proporcionando así la oportunidad deseada al poeta amante:

“Pídele a tu marido continuamente que beba, pero no acompañes con besos tus súplicas, y mientras bebe, a escondidas, añádele vino puro si puedes. Cuando, bien cargado de sueño y de alcohol, se quede dormido, el momento y el lugar nos dirán qué debemos hacer.” (Ovidio, Amores, I, 4)

Por otro, favoreciendo la promiscuidad y facilitando las relaciones sexuales al eliminar las inhibiciones y los prejuicios.

“Hay un a tal Fílide, vecina de Diana Aventina:
 sobria es poco agradable, bebida todo le sienta bien;
hay otra, Teya, en los bosques de Tarpeya, hermosa, pero, si bebe, no tendrá bastante con uno.
Decidí llamarlas para pasar bien la noche y renovar amores furtivos en placeres desconocidos.
 Sólo había un pequeño lecho para los tres en un rincón apartado del jardín; ¿preguntas por mi puesto? Me puse entre las dos. Lígdamo se encargó de las copas, vajilla de verano de vidrio y aromático vino griego de Metimna.” (Propercio, IV, 8)


Pintura etrusca de Tarquinia

Por eso Ovidio, el mejor praeceptor amoris de la literatura latina, recomienda no beber en demasía si en el banquete te han puesto al lado una mujer hermosa.

"Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica al padre Nictelio y a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza." (Ovidio, Arte de Amar, I)

 El culto a Baco se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas. Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas. Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y solo se permitió el culto a Baco cuando se decidiese que ayudaba a la prosperidad de Roma, que debía demostrarse ante el pretor urbano y con su celebración autorizada por el Senado.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXXIX, 8)


Culto a Baco,pintura de Alma Tadema


https://mospace.umsystem.edu/xmlui/bitstream/handle/10355/8100/research.pdf?sequence=3, WHEN TO SAY WHEN: WINE AND DRUNKENNESS IN ROMAN SOCIETY, Damien Martin
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748; Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana; Cristina MARTÍN PUENTE
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58880, Vino y amor en la literatura latina, Mª Luisa L. Harto Trujillo
www.elcantodelamusa.com/docs/2012/agosto/doc2_elvino.pdf, El vino: un legado romano, Pedro S. Hernández Santos
www.academia.edu/.../Eros_y_Dioniso_sexo_y_vino_en_la_elegía_latin..., Eros y Dioniso: sexo y vino en la elegía latina, Carlos Cabanillas
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3028557.pdf, EMBRIAGUEZ Y MODERACIÓN EN EL CONSUMO DE VINO EN LA ANTIGÜEDAD, Carmen Amat Flórez
La vida en la antigua Roma, Harold W. Johnston, Alianza editorial