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lunes, 23 de junio de 2025

Convivium, cena con espectáculo en la antigua Roma

En casa de Lúculo, pintura de Gustave Boulanger

“Que manteles más blancos que la nieve se extiendan sobre la mesa redonda y que esta se cubra con laurel, hiedra y pámpanos. Apilad grandes cestos con codeso y azafrán, crisantemo salvaje y casia, aligustre y caléndula; adornad el aparador y el lecho con guirnaldas de dulce aroma. Que perfumen tu desordenado cabello con suave bálsamo; que el incienso de Arabia humee hasta el alto techo. Con la noche, que muchas luces cuelguen del brillante techo, que cada lámpara arroje solo llama de bálsamo de Oriente. Que los sirvientes carguen sobre sus hombros viandas dignas de reyes, con sus cuellos doblados por la plata ricamente cincelada. Que se mezcle nardo con vino de Falerno en tazas, copas y jarras; que coronas de rosas cubran trípodes y copas. Pisaremos donde se balancean guirnaldas de muchas jarritas de ungüentos; en círculos laberínticos nuestros miembros lánguidos conocerán el entretenimiento; Por el paso, por la vestimenta, por la voz, cada uno interpretará la temblorosa Ménade. Que Corinto, la que se asienta entre dos mares envíe sus citaristas entrenados en las mejores escuelas para el canto y la danza. Que sus armoniosos dedos acompañen sus melodiosas voces, dejado el plectro a un lado, y hábilmente recorran las cuerdas que recobran vida con su toque.

Danos, también, la flauta de bronce amada del desnudo sátiro; danos tocadores de flauta de sonido profundo para nuestro coro, los cuales soplarán aire a los tubos desde sus carrillos hinchados.

Danos canciones para el trágico coturno y para el cómico zueco; danos la elocuencia de retores y la melodía de poetas, de cada uno lo mejor.”  (Sidonio Apolinar, Epístolas, IX, 13)

En el texto anterior Sidonio Apolinar describe de forma lírica un banquete celebrado entre las élites romanas en el que se incluyen entretenimientos musicales y poéticos.

Fiesta de cumpleaños de Herodes, Pintura de Edward Armitage

En la antigua Roma la hora de la cena llegaba a la caída de la tarde cuando se cerraban los negocios, las actividades laborales, y las estancias en las termas, a la hora octava en invierno y a la hora nona en verano. En un principio para que una cena se considerase decente debía darse por terminada antes de que fuese noche cerrada, aunque la hora en que se terminaba de cenar dependía de que se tratara de una cena sencilla o de un banquete.

“Pues el rico, cuando cena solo con su mujer o con sus allegados, no pone cuidado en mesas de limonero ni en copas de oro, sino que usa lo que tiene a mano, su mujer no lleva oro ni púrpura, se presenta sencilla. Pero cuando se celebra un banquete, esto es, cortejo y teatro, se introduce también el drama de la riqueza:

Saca de las naves lebrillos y trípodes

se agotan los estantes de las luces, se cambian las copas, se cambian las vestimentas de los coperos, todo se mueve, oro, plata, vajilla incrustada de piedras preciosas, confesando que se es rico para otros. Pero se necesita templanza, ya se cene solo, ya se dé una gran fiesta.” (Plutarco, Sobre la riqueza, Moralia, 528b)

Foto Stefano Bianchetti

En las cenas de la mayor parte de la población los comensales serían los miembros de la familia y quizás algún allegado o amigo cercano, pero con la relajación de costumbres en la sociedad romana favorecida por la prosperidad económica, los ciudadanos más acomodados se convertirían en anfitriones de convites en los que se pretendía disfrutar de una diversión amena y renovar lazos sociales con los invitados.

“El comensal viene a participar no sólo de manjares, vino y golosinas, sino también de conversaciones, esparcimientos y afabilidad que acaban en estima.” (Plutarco, Moralia, 660B)

Ya entre las civilizaciones más antiguas era habitual celebrar una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente mientras mantenían animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados. A este momento los griegos lo llamaban symposion (beber en común), porque lo esencial era el consumo del vino, pero los romanos lo llamaron convivium, porque lo relevante de la cena era la convivencia, el acto de reunirse los comensales para comer y hablar de temas literarios, políticos o filosóficos de forma civilizada, y, a veces, disfrutar de entretenimientos ligeros.


Así, por ejemplo, en las cenas ofrecidas por el emperador Trajano se podía tener una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio.

“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Epístolas, VI, 31)

El convivium se convirtió en una parte importante de la vida social y cultural en la antigua Roma que proporcionaba la oportunidad de socializar, conversar sobre temas de interés común y participar como espectadores de diversos entretenimientos como actuaciones musicales o recitales poéticos. Pero, según la forma de ser del anfitrión, su estatus o su riqueza, la cena podía convertirse en una voluptuosa comilona o en un ejemplo de afectividad y sosiego.

Banquete romano, pintura de Pierre Olivier Joseph Coomans

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche:

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epístolas, III, 1)

Mosaico de Tzipori, Israel

Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, que no se diese a una hora intempestiva, que el lugar fuese agradable y cómodo, que la comida estuviese bien cocinada, pero sin extravagancias y los entretenimientos hiciesen disfrutar a los convidados, sin causar disgusto o aburrimiento.

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, Epigramas, III, 45)

Ilustración Sedeslav

Con el tiempo la propia presentación de los platos de la cena llegó a convertirse en una forma de entretenimiento más, pues aparecía ante los convidados como un espectáculo gastronómico, en el que los platos llegaban a la mesa de forma llamativa con el objeto de impresionar a los invitados y mostrar el poder económico y social del anfitrión.

El ejemplo más característico es la sucesión de platos relacionados con los doce signos del zodiaco que ofrece Trimalción a sus invitados, y, que pese a representar una cena ficticia, deja constancia de la extravagancia que algunos anfitriones podían exhibir durante las cenas de la época.

“A la oración fúnebre siguió una bandeja cuyo tamaño no respondía a nuestra expectación; su originalidad atrajo, no obstante, todas las miradas. Era una bandeja circular y tenía representados a su alrededor los doce signos del zodíaco; sobre cada uno de ellos, el artista había colocado el especial y adecuado manjar: sobre Aries, garbanzos, cuya forma recuerda la testuz del borrego; sobre Tauro, carne de ternera; sobre Géminis, testículos y riñones; sobre Cáncer, una diadema; sobre el León, un higo chumbo; sobre Virgo, la ubre de una cerda que no había criado; sobre la Libra, una balanza que de un lado tenía una torta y del otro una tarta; sobre Escorpión, un pescadito de mar; sobre Sagitario, una liebre, sobre Capricornio, una langosta; sobre Acuario, una oca; sobre Piscis, dos barbos.” (Petronio, Satiricón, 35)

Simposio, pintura de Anton von Werner

El momento de la cena llegó a considerarse en la sociedad romana un acto social, en el que ofrecer platos exóticos y sofisticados y proporcionar entretenimientos variados implicaba para el anfitrión ser diferente y estar bien considerado por su interés en complacer a sus invitados. Esto llevaba a una excesiva ostentación y falta de moderación, por lo que en las cenas donde la intención era aparentar y derrochar, no solo los platos servidos constituían un espectáculo, sino que la calidad del vino ofrecido, las vajillas en que se servían los alimento y bebidas, los perfumes con los que se rociaban a los comensales y las coronas de flores que estos lucían resaltaban un ambiente de suntuosidad y sensualidad que convertían la cena en un espectáculo placentero.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Pintura pompeyana, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Sin el néctar de Baco y Dionisos no se podría entender la institución de la comissatio, final del convivium romano, cuando se realizaban libaciones para obtener el favor de los dioses. En ese momento las mesas se apartaban tras la finalización de la cena y teniendo los comensales puestas sus coronas de flores, lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, el cual decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas, pues para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)


El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, la cantidad de vino que había que escanciar en cada copa, y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)

No siempre se cumplían estas normas, como describe Horacio en una sátira, ya que, encontrándose en su finca sabina, se siente más relajado y a gusto por no tener que las reglas en cuanto a la comida y la bebida en otros hogares, por ejemplo, de la misma ciudad de Roma.

“¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! Al gusto de cada cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas: el que es un valiente, las toma bien fuertes, y otro gusta más de remojarse con tragos ligeros.” (Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Imagen Look and Learn

También en esta parte de la cena se hacía entrega, según una costumbre de las clases más altas, de los regalos a los invitados o apophoreta, nombre de la etiqueta que llevarían los obsequios ofrecidos por el anfitrión, y cuyo valor variaba en función de la suerte de cada uno.

“Este bloque, que está formado por múltiples hojas, contiene para ti los quince libros de poemas de Nasón.” (Marcial, Epigramas, XIV, 192 Las “Metamorfosis” de Ovidio en pergamino)

Augusto organizaba subastas de objetos que podían ser de poco valor o piezas de colección, como entretenimiento durante la comissatio.

“Solía también poner a la venta, en el transcurso del banquete, lotes de objetos de lo más dispar, así como cuadros vueltos del revés, y frustrar o colmar las esperanzas de los compradores según el capricho del azar, haciendo que en cada lecho se organizara una subasta y que se comunicaran las perdidas o las ganancias.” (Suetonio, Augusto, 75)

Fiesta de Saturnalia, pintura de Roberto Bompiani

Entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos variados como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos y danzas de todo tipo.

“Exhibió durante sus banquetes tragedias, comedias, atelanas; a tañedores de sambucas, a lectores y poetas, de acuerdo siempre con las circunstancias.” (Historia Augusta, Adriano, 26. 4)

Arpista. Museo del Louvre. Foto Samuel López
(Exposición Músicas en la Antigüedad, CaixaForum, Madrid)

Los anfitriones más austeros y moderados recurrían a lecturas, narraciones históricas, recitales poéticos o musicales, e, incluso, pequeñas piezas teatrales, entretenimientos en los que solían intervenir los propios esclavos de la casa.

“Mientras ceno, si estoy acompañado de mi esposa o de algunos amigos, me hago leer un libro; y después escuchamos una comedia o algo de música; después doy un paseo con los míos, en cuyo número hay algunos bien instruidos. De este modo la tarde se prolonga en variadas conversaciones y, aunque los días son los más largos del año, la jornada se consume rápidamente.” (Plinio, Epístolas, IX, 36, 4)

Ilustración de Angus McBride

Sin embargo, era frecuente que las actuaciones fueran de mimos, bufones o bailarinas que se contoneaban sensualmente, lo que no era del gusto de todos, aunque se recomendaba tolerancia y respeto por los gustos de todos.

“He recibido tu carta, en la que te quejas del aburrimiento que has pasado en una cena, aunque era ciertamente suntuosa, porque entre las mesas deambulaban mimos, danzarines y bufones. ¿Quieres desarrugar un poco el entrecejo? Ciertamente, yo no tengo nada semejante en mi casa, pero soporto a los que lo tienen. ¿Por qué no los tengo? Porque no me deleitan en modo alguno, como si se tratase de una cosa sorprendente o alegre, las obscenidades de un afeminado, ni las desvergüenzas de un bufón, ni las estupideces de un tonto. Pero no te estoy exponiendo una conducta a seguir, sino mis preferencias. Por otra parte, piensa cuántos son los que consideran los entretenimientos que a ti y a mi nos cautivan y atraen, unos ridículos, otros muy aburridos; cuántos, cuando se introduce un recitador, un tocador de lira o un actor piden sus zapatos para irse o se recuestan con un aburrimiento no menor que aquel con el que tú has soportado estas monstruosidades (pues así las llamas). Seamos, pues, tolerantes con las diversiones de los demás, para que ellos lo sean con las nuestras. Adiós.” (Plinio, Epístolas, IX, 17)

Detalle de mosaico de Germanicia, Turquía

Las famosas puellae gaditanae eran unas jóvenes, originalmente procedentes de Gades (Cádiz) que bailaban contoneando su cuerpo al son de ritmos extranjeros y tocando las castañuelas, vestidas con sedas y transparencias proporcionando un espectáculo sensual y sugerente, en el que destacaba la interacción con los asistentes a los que se animaba a acompañar con sus aplausos.

“A lo mejor esperas que las Gaditanas empiecen a excitarte con su armoniosa danza y que, animadas por el aplauso, las jóvenes bajen al suelo sus trémulas nalgas; junto al marido echado, las esposas ven un espectáculo que cualquiera se avergonzaría de describírselo a ellas." (Juvenal, sátira XI)

Detalle de mosaico del Aventino, Museos Vaticanos

Algunos bailes de los que se podía disfrutar durante los banquetes tenían antecedentes griegos, como la danza jonia, que habría tenido en un principio un significado religioso y que acabó como espectáculo de entretenimiento. Lo mismo bailaban hombres y mujeres y consistía en saber moverse haciendo subir la túnica cada vez más arriba del cuerpo, lo que acabó convirtiéndolo en una representación de tipo lascivo y provocativo, muy habitual en las actuaciones de los cinaedi, hombres afeminados que se dedicaban a hacer distintas actuaciones artísticas.

El personaje de Pseudolo hace una parodia de sí mismo al explicar cómo intentó realizar una danza jonia ante algunos comensales durante una cena estando demasiado borracho.

“Los dejé en sus lechos, bebiendo, besándose con sus rameras, y a mi ramera también; los dejé disfrutando con toda su alma. Pero cuando me puse en pie, todos me piden que baile. [Bailando ridículamente] Me adelanté de este modo para complacerlos con gracia, porque aprendí la danza jonia mejor que nadie y, cubierto con el manto, comencé así unos pasos como diversión. Me aplauden sin cesar y gritan «otra», para que lo vuelva a hacer. Empecé de nuevo, de esta manera: no quise repetir lo mismo; me acerqué a mi amiga para que me besase y, al volverme, me caigo: este fue el final de mi espectáculo.” (Plauto, Pseudolo, 1271-1278)

Museo Arqueológico Nacional de Atenas

La aparición de grupos de acróbatas o danzarines hace suponer que estos actuarían en espacios lo suficientemente amplios para que pudiese llevarse a cabo su representación, lo que implica que se haría en triclinia de grandes casas o villas o en jardines.

“Entraron varios bailarines; uno de ellos, insípido y ridículo, enderezó una escalera de mano y ordenó a un muchacho que subiera por ella hasta el último escalón danzando y cantando; le hizo saltar a través de aros encendidos, y le obligó a sostener un ánfora con sus dientes. Trimalcio sólo admiraba esas habilidades, lamentándose que un arte tan hermoso estuviese tan mal retribuido. Para el sólo había dos espectáculos dignos de verse en todo el mundo: el acrobático y el de las luchas de codornices; los demás, bufones inclusive, son verdaderos engañabobos.

—Compré una vez una compañía de comediantes, pero he querido que se limitasen a representar farsas romanas y di orden a mi jefe del coro de que no cantasen más que canciones latinas.” (Petronio, Satiricón, LIII)

Acróbatas. Izda. Colección particular. Drcha. The Walters Art Museum, Baltimore

En las casas de algunos ricos ciudadanos romanos se celebraban a veces espectáculos de combates entre gladiadores, al igual que se hacían representaciones teatrales o recitales musicales. La agresividad tanto del anfitrión como de los invitados se muestra en la avidez por ver sangre y desear la muerte del vencido.

“Los romanos presentaban los juegos de gladiadores, una práctica que les fue dada por los etruscos, no solo en los festivales y en los teatros, sino también en sus banquetes. Es decir, algunas personas a menudo invitaban a sus amigos a comer y a otros pasatiempos agradables, pero además podía haber dos o tres parejas de gladiadores. Cuando todos habían comido y bebido lo suficiente, llamaban a los gladiadores. En el instante en que la garganta de alguno era cortada, aplaudían con placer.” (Nicolás de Damasco, Atlética, 4.153)

Pintura de Francesco Netti

Los siervos del banquete, los ministri, eran escogidos por su buen aspecto y sus rasgos exóticos, pues generalmente procedían de lugares remotos, y los anfitriones los vestían con ropas lujosas, joyas y los ponían a servir las mesas y escanciar el vino para lucirse con vistosidad y permitir al propietario exhibir el lujo que su riqueza le otorgaba.

“Al día siguiente, Aquémenes vino a buscarle siguiendo instrucciones de Ársace para que fuera a servir su mesa. Se puso Teágenes un lujoso vestido persa que ésta le había enviado y se adornó, entre el gusto y la repugnancia a la vez, con brazaletes y gargantillas de oro incrustados de pedrería. Aquémenes intentó mostrarle y enseñarle cómo había que escanciar, pero Teágenes se dirigió a una trébede donde estaban puestas las copas y cogiendo una de las más valiosas dijo:

— No me hacen ninguna falta maestros; sin que nadie me enseñe voy a servir la copa a la señora, y no me daré ninguna importancia por hacer una operación tan fácil. A ti, buen amigo, es la fortuna lo que te ha obligado a aprender esto, pero a mí, son mi naturaleza y mi instinto los que me indican lo oportuno en lo que tengo que hacer.” (Heliodoro, Las Etiópicas, VII, 27, 1-2)

Sirviente de banquete. Casa del Celio, Roma.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

El espacio físico donde se llevaba a cabo la cena formaba parte también del espectáculo ofrecido por un ambicioso anfitrión, al igual que lo hacía la lujosa vajilla, el suntuoso mobiliario, y la elección de los esclavos que se ocupaban del servicio de mesa. Entre los personajes más notables y ricos se impuso decorar los comedores y salones con los materiales más caros, como mármoles y otras piedras que combinando sus colores añadían vistosidad al entorno.

“Un monumento augusto, ingente, no marcado por cien columnas, sino por tantas cuantas podrían sustentar a los dioses y al cielo si Atlante remitiera sus esfuerzos. La morada vecina del Tonante se halla asombrada, y se gozan los dioses de verte a ti instalado en mansión semejante. Pero no te apresures a exceder las alturas de los cielos. Es tan vasto el palacio, y más libre el impulso ascendente de su área, que abarcan muchas tierras y otro tanto de aéreos espacios, mas es menor tan solo que su amo: él llena la morada y con su genio ingente le da la vida. Rivalizan allí con sus fulgores los mármoles de Libia y del Ilión, y compiten las piedras numerosas de Siene y de Quíos y las que rivalizan con la glauca Dóride, y la piedra de Luna, usada solamente para servir de base a las columnas. La vista se eleva a lo lejos: con ojos cansados apenas podrías vislumbrar los techos y los tomarías por artesonados dorados del cielo.” (Estacio, Silvas, IV, 2)

Domus Flavia en el Palatino, Gran Triclinio. Ilustración Jean-Claude Golvin

Séneca describe algunos de los artilugios que se empleaban para sorprender a los invitados, tuberías para dejar salir perfumes con los que enmascarar los posibles desagradables olores procedentes del sudor y vómitos de los asistentes a estas cenas, mecanismos que permitían la entrada y salida de agua para abastecer los canales y cascadas que servían para refrescar el ambiente y la construcción de diferentes techumbres que permitían su intercambio según el momento de la cena.

¿En la actualidad, pues, juzgas acaso más sabio al que inventó el modo de hacer saltar a inmensa altura, por ocultas cañerías, el perfume del azafrán; que inunda los canales con súbita acometida de las aguas o los vacía; que ensambla los artesonados giratorios de los comedores de tal suerte que un panel suceda sin interrupción a otro distinto, y así los techos se muden tantas veces como los servicios de mesa...?  (Séneca, Epístolas a Lucilio, XC, 15)

La decoración del triclinium debía proporcionar a su propietario un entorno estéticamente agradable donde poder celebrar cenas con sus invitados. La mitología estaba presente en pinturas murales y mosaicos y podía hacer referencia a la vasta cultura del anfitrión o al deseo de alardear de su riqueza que le permitía costearse artistas capaces de representar los episodios mitológicos más conocidos, especialmente los que evocaban la cultura griega.

Triclinio de la villa de la Verrerie, Arlés.
Ilustración de Jean-Claude Golvin

Una escena ampliamente usada, sobre todo en mosaicos, fue la de Orfeo tocando su cítara para amansar a las fieras, que recuerda a una cena espectáculo descrita por Varrón en la que se celebra un banquete en una reserva de caza, donde los animales son atraídos por la música de un esclavo disfrazado de Orfeo.

“Yo sí que vi cómo se hacía, allí más bien al estilo tracio”, dice aquél, “cuando estuve en casa de Quinto Hortensio en la región de Laurentum, pues había un bosque, como él decía, de más de cincuenta yugadas con cercado de piedra, al que no llamaba lebrera, sino “reserva de caza”. Había allí un lugar elevado, donde, puesta la mesa, cenábamos, adonde mandó llamar a Orfeo.

Éste, que había venido con estola y cítara, habiéndole pedido que cantara, tocó la trompeta, y tan grande cantidad de ciervos, jabalíes y otros cuadrúpedos nos rodeó que el espectáculo no me pareció menos hermoso que el de los ediles en el Circo Máximo cuando se hacen cacerías sin animales africanos.” (Varrón, Res Rustica, III, 13, 2-3)

Mosaico de Orfeo. Museo Arqueológico Regional de Palermo, Sicilia

Un anfitrión deseoso de impresionar a sus invitados podía buscar un entorno arquitectónico que los impactara y que hablara de su gusto y refinamiento. De esta forma, en el Imperio se puso de moda hacer comedores al aire libre con un triclinium o un stibadium (lecho semicircular) en los que los comensales podían comer rodeados por fuentes o ninfeos en los que cascadas de aguas se precipitarían en estanques rodeados por esculturas y vegetación.

“En la cabecera del hipódromo está el stibadium de blanquísimo mármol, cubierto por una pérgola que está sostenida por cuatro columnas de mármol caristio. Debajo del stibadium el agua sale a chorros, casi como expulsada por los que están sentados encima; el agua se recoge en un canal y pasa a rellenar una pila de fino mármol, regulada de modo invisible para que esté siempre llena y nunca se desborde. Las viandas de mayor peso, si las hay, se apoyan en el borde de la pila, mientras que las más ligeras se llevan flotando en barquitos o aves simuladas. Enfrente hay una fuente que lanza y recoge el agua mediante un juego de cañerías que primero la echa hacia arriba y luego la traga abajo para volver a elevarla después.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración de J. Williamson

A la hora de disfrutar de lugares originales en donde poder disfrutar del placer de la gastronomía en entornos agradables a la vista, se escogían entornos naturales que podían, en sí mismos, constituir un espectáculo para disfrute de los invitados. Así, por ejemplo, el emperador Tiberio mandó habilitar una gruta en Sperlonga para disfrutar del entorno y del agua marina junto a la que se sitúa la cueva. En su interior había numerosas estatuas para amenizar el lugar. Aquí es donde pudo ocurrir el accidente en el que mientras el emperador cenaba con sus invitados se cayeron varias piedras del techo que causaron la muerte a varios de los comensales y sirvientes, aunque Tiberio salió ileso.

“Comiendo en la Espelunca, quinta así llamada entre el mar de Amicla y los montes de Fundi, dentro de una caverna natural, despegándose de improviso las piedras que formaban la boca o entrada, cogieron debajo algunos miembros del banquete y espantaron a todos, poniendo en huida la mayor parte de los convidados.” (Tácito, Anales, IV, 59)

Gruta de la villa de Sperlonga, Italia. Ilustración de Jean- Claude Golvin

Es posible que algunos encontraran más placentero cenar en un ambiente más rustico y sencillo que en un lugar cerrado y profusamente decorado a la moda del momento. Según Plinio, en Licia había un árbol tan grande junto a un arroyo que el legado de la provincia lo utilizó para hacer un banquete con sus invitados.

“Actualmente hay en Licia un plátano famoso, al que va asociado la amenidad de una fuente fresca; colocado cerca del camino, está horadado por una profunda cueva de 81 pies, formando una especie de casa, cuyo tejado es una selva frondosa, ya que está rodeado por vastas ramas tan gruesas como árboles y cubre la campiña con sus largas sombras. Y para que nada falte para asemejarse a una gruta, el interior de su oquedad está tapizado de un revestimiento circular de piedras pómez cubiertas de musgo. La cosa es tan maravillosa que Licinius Mucianus, cónsul por tercera vez y últimamente legado de esta provincia, ha creído deber transmitir a la posteridad que había cenado en su tronco con 17 convidados, sobre lechos de follaje proporcionados generosamente por el propio árbol al abrigo de todos los vientos, sin oír el ruido de la lluvia sobre las hojas; y que él se había recostado más a gusto que entre el brillo de los mármoles, la variedad de las pinturas y el oro de los artesonados.” (Plinio, Historia natural, XII, 9)

Mosaico romano. Colección particular

Con el deseo de ofrecer a sus invitados el espacio más sofisticado y poco común donde relajarse y comer en compañía, el anfitrión podía buscar el lugar más inédito en sus posesiones, aunque el efecto conseguido podía ser contrario al pretendido, impresionar al convidado y que la cena fuera un éxito. Este es el caso del comedor-aviario de Lúculo, cuya pretensión de agradar a los comensales cenando entre aves que entran y salen volando, se ve defraudada porque los invitados no parecen contentos por tener que cenar entre el olor producido por las aves.

“Lúculo deseó tener un aviario diferente, pero que se pareciese a otros, que se hizo en Túsculo; que pudiese tener el triclinium bajo el mismo techo que el aviario, donde pudiese cenar con estilo, y donde pudiese ver algunas aves servidas, y otras volando por las ventanas, pero que no encontró útil, porque las aves volando por las ventanas no son agradables de ver y que el desagradable olor es ofensivo a la nariz.” (Varrón, De Re Rustica, III, 1)

Pintura del triclinium de verano, casa del Brazalete Dorado, Pompeya

En algunas cenas el espectáculo podía llegar por la elección de un tema en el que los protagonistas eran los comensales, que se convertían en parte de la representación. Así ocurrió en una ocasión en la que el joven Octavio ofreció un banquete en el que los comensales asumieron las funciones de los doce dioses olímpicos, siendo él mismo el dios Apolo. Un director escénico los dirigía. Esta cena fue polémica porque se produjo durante una época de escasez de trigo en Roma.

“Se hablo mucho también de una cena muy secreta que dio, y que todo el mundo llamaba de los doce dioses; en ella los convidados se sentaron a la mesa disfrazados de dioses y diosas y el propio Augusto ataviado como Apolo, como le reprochan no solo las cartas de Antonio, que enumera con la mayor mordacidad los nombres de todos ellos, sino también estos versos anónimos y muy conocidos:

Tan pronto como la mesa de esos desaprensivos contrató a un director escénico y Malia vio a seis dioses y a seis diosas, mientras Cesar representaba su impía imitación de Febo, mientras se banqueteaba con! nuevos adulterios de los dioses, todas las divinidades se alejaron de la tierra y el mismo Júpiter abandonó su dorado trono.

 La extrema escasez y el hambre que por entonces padecía Roma aumentaron las murmuraciones sobre esta cena, y al día siguiente se elevaron gritos de protesta de que los dioses se habían comido todo el trigo y de que Cesar era realmente Apolo, pero Apolo el Verdugo, sobrenombre con el que era venerado este dios en una parte de la ciudad.” (Suetonio, Augusto, 70)

Versión coloreada de una ilustración de W. Friedrich

Los esclavos son también usados como parte del espectáculo, esta vez porque su indumentaria recuerda a la de los dioses del Olimpo, como es el caso de la cena de Domiciano, descrita por Estacio en sus Silvas.

“Allí, cuando César invita a los próceres hijos de Rómulo, legión purpurada, a que se acomoden en torno a mil mesas, Ceres en persona, su veste ceñida, y con ella Baco, se afana en prestar sus servicios.” (Estacio, Silvas, IV, 2)


Mosaico romano con coperos, Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Foto Samuel López

La cena o el banquete podía llegar a ser un evento estrafalario e inquietante si el anfitrión tenía un carácter autoritario e imprevisible. Tal es el caso de la cena en la que Domiciano reunió a importantes senadores y caballeros para conmemorar a los muertos en las guerras de la Dacia y decidió atemorizarlos y mantenerlos en vilo durante toda la velada, convirtiendo a los invitados en parte del espectáculo, cuya verdadera intención es resaltar la humillación y la sensación de miedo que experimentan. El decorado, la servidumbre, las viandas, los regalos, todo hace referencia a la muerte que los invitados llegan a pensar que no evitarán.

“En otra ocasión invitó a los más notables de entre los senadores y caballeros del modo siguiente: Dispuso una sala completamente negra por todas sus partes, techo, paredes y suelo, y preparó sofás del mismo color colocados sobre el suelo descubierto; a continuación, invitó a sus huéspedes solos, por la noche, sin sus sirvientes. 2 Y dispuso primero junto a cada uno de ellos una losa con forma de lápida, conteniendo el nombre del invitado, así como una pequeña lámpara, como las que cuelgan en las tumbas. Entonces llegaron muchachos desnudos, igualmente pintados de negro; entraron como fantasmas y, tras rodear a los invitados con una especie de danza terrorífica, ocuparon sus lugares a sus pies. 3 Tras esto, se dispuso frente a los invitados todas aquellas cosas que habitualmente se ofrecen en los sacrificios a los espíritus que parten y de la misma manera, todas ellas negras y colocadas en platos del mismo color. Así pues, todos y cada uno de los invitados temieron y temblaron, siendo mantenidos en la expectación constante de ver cortadas sus gargantas al momento siguiente; y tanto más cuanto, por parte de todos excepto Domiciano, se mantenía un silencio de muerte, como si ya se encontrasen en el reino de los muertos, con el propio emperador conversando únicamente sobre asuntos relativos a la muerte y las matanzas. 4 Finalmente los despidió; pero hizo retirar primero a sus esclavos, que habían quedado en el vestíbulo, e hizo acompañar a sus invitados por otros esclavos, a los que no conocían, para que los llevaran en carruajes o literas, llenándoles mediante esto con el mayor de los miedos. Y apenas había llegado cada invitado a su casa y empezaba a recuperar el resuello nuevamente, como se suele decir, cuando le llegaba aviso de la llegada de un mensajero del Augusto. 5 Mientras esperaban a continuación perecer ya en aquel momento, una persona entraba la lápida, que era de plata, y luego otros por turno, llevando diversos artículos, incluyendo los platos que se les habían ofrecido durante la cena, que estaban hechos del más caro material; y, al final del todo, llegaba aquel preciso muchacho que había sido como el espíritu familiar del invitado, ahora lavado y adornado. Así, habiendo pasado toda la noche aterrorizados, recibieron los regalos.” (Dión Casio, Epítomes, LXVII, 9)

Ilustración de Midjourney

En algunos banquetes la parte de espectáculo podía tener un final trágico debido al exceso con un tinte sádico de algún personaje excéntrico, como el emperador Heliogábalo, que, aunque exagerado su carácter por algunos historiadores, es descrito como una persona que se deja llevar por sus instintos más bajos y por las ideas más estrambóticas con las que pretendía causar la mayor impresión sobre sus invitados. En una ocasión construyó un comedor con un falso techo que al abrirse dejó caer un torrente de pétalos de flores sobre sus invitados, en tal cantidad que algunos de los comensales, se asfixiaron antes de poder salir del manto floreado que les había caído encima sin esperarlo.

“En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 21, 5)

Las rosas de Heliogábalo, pintura de Alma-Tadema

Aunque la crueldad se manifiesta de forma más extrema en el caso de los emperadores más viles, como, por ejemplo, Calígula, que presenciaba ejecuciones mientras se desarrollaban cenas ofrecidas por él mismo. Es posible que su idea de espectáculo como forma de impresionar a sus invitados consistiese en demostrar su poder mediante la tortura y la muerte.

“Incluso cuando daba expansión a su espíritu y se entregaba al juego y a los banquetes mostraba la misma crueldad en sus actos y en sus palabras. Muchas veces, mientras almorzaba o se entregaba al placer, se celebraban en su presencia severos interrogatorios recurriendo a la tortura, y un soldado, especialista en decapitaciones, cortaba la cabeza de los prisioneros que fueran.” (Suetonio, Calígula, 32, 1)

Ilustración de Heinrich  Leutemann

Bibliografía


Performing Culture: Roman Spectacle and the Banquets of the Powerful, John H. D´Arms
A Spectacular Feast: Silvae 4.2, Martha Malamud
The Greco-Roman Banquet as a Social Institution, Dennis E. Smith
Changing Places: The Archaeology of the Roman Convivium, Nicholas F. Hudson
Dazzling dining: banquets as an expression of imperial legitimacy, Simon Malmberg
Dining as Spectacle in Late Roman Houses, John Stephenson
Dining in a Classical Context, William J. Slater, ed.
Plutarch’s Septem sapientium convivium: An Example of Greco-Roman Sympotic Literature, Matthias Becker
The Roman Banquet: Images of Conviviality, Katherine M. D. Dunbabin
Comida, ética y estructura social entre Romanos y Germanos: de la Germania de Tácito a la Antigüedad tardía, Guillermo Alvar Nuño










jueves, 23 de febrero de 2023

Venatio, animales en la arena en la antigua Roma (I)

Mosaico de Lod, Israel

“Vi todas las clases de animales, las níveas liebres, también jabalíes bien armados con alces, tan raros incluso en los bosques que los crían, y toros de erguida cabeza y con fea joroba en el lomo o con crines hirsutas por toda la cerviz o también con pescuezo poblado de barba erizada o papada cubierta de trémulas telas.Y no me fue dado tan sólo estos monstruos silvestres contemplar, mas terneros marinos luchando con osos y una especie deforme a que el nombre se da del caballo y que nace en el río famoso que envía en los meses invernales al campo vecino sus aguas crecidas.
iAh, cuántas veces temblando yo vi que del circo una parte giraba y se abría un abismo en el suelo y surgían las fieras o bien de las mismas cavernas áureos madroños brotaban con súbita lluvia!”
(Calpurnio Sículo, Égloga VII)


La aparición de animales en los espectáculos romanos se debió probablemente a varios factores, por un lado, la evolución y transformación de ciertas celebraciones oficiales, y por otro, a la adopción y adaptación de actividades de caza de otras culturas y civilizaciones con las que estuvo en contacto Roma y que terminaron incluyéndose en el modo de vida de la sociedad romana de la época, adquiriendo sus propios rasgos y que fueron modificándose con el objetivo de hacer disfrutar al pueblo romano.

Anfiteatro de Poitiers, Francia. Ilustración de Jean-Claude Golvin

Los animales podían verse en los espectáculos de Roma de varias formas: estaban las venationes o caza de fieras, las exhibiciones de animales, por ejemplo, en las pompas triunfales o circenses, o la utilización de animales salvajes en las ejecuciones de condenados a muerte llamadas damnatio ad bestias.

Las primeras venationes publicas podrían estar relacionadas con los resultados de la Segunda Guerra Púnica, donde generales como Escipión el Africano se familiarizaron con la caza de animales nativos y los mismos pudieron ser utilizados en las arenas de Roma.

Museo de Djemila, Argelia


Ptolomeo Filadelfo, en el siglo III a. C. en Alejandría, utilizó animales en la Gran Procesión como demostración de su poder como rey y como dios.

“Desfilaban todo tipo de animales, asnos, elefantes tirando de carros, machos cabríos, antílopes, avestruces, ciervos, mulos, camellos, perros de numerosas razas, periquitos, pavos reales, gallinas de Guinea, faisanes y otras aves, ovejas, vacas, un oso blanco, leopardos, panteras, linces, cachorros de leopardo, una jirafa, un rinoceronte etíope.” (Ateneo, Banquete de los eruditos, V, 197-203)

Sarcófago con el triunfo de Dioniso, Walters Art Museum, Baltimore, Estados Unidos

Los animales, para Roma, eran un trofeo de guerra, como también lo eran las personas capturadas y el botín. Como tal, por lo tanto, debían ser mostrados al pueblo romano y las exhibiciones tenían como objetivo demostrar el dominio y poder de Roma sobre los nuevos lugares que pasarían a formar parte del Imperio.



Los primeros animales que aparecieron en escena fueron los elefantes, no para ser cazados, sino para su exhibición y fue M. Curio Dentato en el 275 a. C. quién mostró cuatro elefantes que le habían sido arrebatados a Pirro en Beneventum.

“Ese mismo individuo contaba que Metelo, cuando marchaba en triunfo tras derrotar a los cartagineses en Sicilia, fue el único entre todos los romanos que llevó delante de su carro ciento veinte elefantes cautivos.” (Séneca, Sobre la brevedad de la vida, XIII, 8)

Triunfo romano. Pieter Paul Rubens. National Gallery, Londres

Otro ejemplo de la utilización de animales exóticos con este fin fue con ocasión del deseo de Pompeyo de entrar en Roma, en su desfile triunfal, tras la victoria del 80 a. C., con un carro tirado por 4 elefantes, pero las puertas eran demasiado estrechas y tuvo que abandonar la idea.

“Pompeyo, según dicen, con la intención de irritarlos aún más, intentó hacer la entrada montado sobre un carro tirado por cuatro elefantes, ya que traía muchos de Libia, capturados en la guerra contra los reyes”. (Plutarco, Pompeyo, XIV, 6)

El triunfo de Pompeyo, Gabriel de Saint Aubin, Metropolitan Museum of Art, Nueva York

Durante la República (antes del 44 a. C.) los animales aparecían con motivo de los triunfos y con el tiempo terminaron vinculados con las luchas de gladiadores.

“En el 176 a. C., Escipión el Africano, tras su victoria en Zama, en la celebración por las calles de Roma, varios elefantes lo siguieron.” (Apiano, Guerras Púnicas, 66)

La missio en la antigua Roma no era un enfrentamiento de un hombre contra un animal, sino en realidad, una lucha entre las propias fieras. El método consistía en atarlas juntas y dejar que ellas mismas actuasen siguiendo sus instintos. Por lo tanto, el hombre no desempeñaría todavía ningún tipo de papel como luchador.

“Con frecuencia nos divertimos en los espectáculos matinales de la arena, al ver la lucha de osos y toros encadenados juntos: se desgarran mutuamente, y allí está esperando el que ha de rematarles.” (Séneca, De la ira, III, 43)

Museo Arqueológico de Manisa, Turquía

La referencia más antigua de una missio como espectáculo la dio Tito Livio, y tuvo lugar en el 186 a. C., ochenta años antes que la primera lucha de gladiadores. Marco Fulvio ofreció una celebración durante diez días por su victoria sobre los griegos en la guerra etólica en la que se llevó a cabo una cacería de leones y panteras entre otros muchos entretenimientos enmarcados dentro de los Ludi Taurei.

“Por la fecha en que llegaron de Hispania estas noticias se celebraron durante dos días los Juegos Taurios por motivos religiosos. A continuación, Marco Fulvio ofreció durante diez días, preparados con gran pomposidad, los juegos que había prometido con voto en la guerra etólica. Con motivo de esta solemnidad acudieron de Grecia muchos artistas. También asistieron los romanos, por primera vez entonces, a una competición atlética, se ofreció una cacería de leones y panteras, y se celebró la fiesta con una abundancia y una variedad casi propia de la época actual.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXXIX, 22, 1-2)




Durante los dos últimos siglos de la república, las venationes, violentos espectáculos con animales, incrementaron su popularidad al mismo tiempo que la complejidad en su elaboración y desarrollo. Ello motivó que, debido a su utilidad como propaganda política, se decretara una efímera prohibición senatorial sobre la importación de animales de África, que estuvo en vigor entre el año 186 a.C., el año del espectáculo de Nobilior, y el año 170 a.C., porque algunos miembros del Senado sentían que los magistrados más ambiciosos podían usar la popularidad obtenida de una venatio exitosa para ascender en su carrera. Buscaban, por tanto, dificultar la llegada de animales exóticos a Roma. Sin embargo, fue un tribuno, Cneo Aufidio, representante de la plebe, el que logró revocar la ley.

“Hubo un antiguo senadoconsulto que impedía trasladar panteras africanas a Italia. Cneo Aufidio, tribuno de la plebe, presentó al pueblo una propuesta de ley contra este y así permitió importarlas para el circo.” (Plinio, Historia Natural, VIII, 24)

Gallería Borghese, Roma

En el año 169 a. C. se vuelve a hacer una exhibición de animales en la que un gran número procede del continente africano.

“Se dejó constancia escrita de que en los juegos circenses organizados por los ediles curules Publio Cornelio Escipión Nasica y Publio Léntulo intervinieron sesenta y tres panteras y cuarenta osos y  elefantes” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XLIV, 18,8)

Los magistrados de los últimos tiempos de la república encargados de ofrecer espectáculos de fieras intentaron mantener el interés de los espectadores aumentando el número y la variedad de animales que participaban, incluyendo, además, elementos más violentos al entretenimiento. Entre estas innovaciones se introdujo las peleas de animales que anteriormente solo habían aparecido en exhibiciones no violentas, o peleas que presentaban combinaciones de animales nunca vistas antes.

“Fenestela cuenta que (los elefantes) lucharon en Roma por primera vez en el circo en la edilidad curul de Claudio Pulcro, en el consulado de Marco Antonio y Aulo Postumio, el año seiscientos cincuenta y cinco de la fundación de Roma (99 a.C.) e igualmente contra unos toros veinte años después, en la edilidad curul de los Lúculos (79 a.C.)." (Plinio, Historia Natural, VIII, 19)



En el año 104 a.C. los ediles Craso y Escévola ofrecieron el primer combate con muchos leones en Roma.

“Escévola, hijo de Publio, fue el primero que, en su edilidad curul, ofreció en Roma una lucha de muchos leones." (Plinio, Historia Natural, VIII, 20)

Los primeros animales que se dejaron sueltos en la arena para ser cazados fueron 100 leones y fue Lucio Sila, ya que hasta entonces solo aparecían atados, esto ocurrió en el año 93 a. C., durante su pretura, y fue el propio rey Boco de Mauritania quién envió tanto a las bestias como a sus lanceros para abatirlos.

"¿No dejarás tal vez que cualquier otro se preocupe de que L. Sula fuera el primero que en el Hipódromo ofreció un espectáculo de leones sueltos, pues antes se presentaban atados, al tiempo que el rey Boco envió unos lanceros para matarlos?” (Séneca, La brevedad de la vida, XIII, 6)



A los espectáculos no les faltaban peligros también para el público, pues, en el año 55 a. C., para celebrar la inauguración del primer teatro de piedra de Roma, Pompeyo soltó una veintena de elefantes africanos en el circo para ser cazados por varias personas, era la primera vez que se realizaba este tipo de espectáculo, aunque los elefantes ya eran bastante familiares, como hemos podido ver. Debido a lo dificultoso del espectáculo se tomaron medidas para evitar desgracias entre el público. Se instalaron unas rejas de hierro. Los cazadores, que eran gétulos, pueblo nómada del desierto, cazaban lanzando un venablo hacia el párpado inferior de la fiera que, alcanzada en el cerebro, caía, o bien los paralizaban atravesando las patas con la misma arma. Uno de los elefantes, herido de esta forma, se arrastró con las rodillas hasta uno de los cazadores, con la trompa le arrancó el escudo y lo lanzó al aire. El pueblo de Roma se enardeció. Los elefantes, en cambio, asustados, en un momento dado intentaron salir de estampida, pero viendo que no era  posible huir comenzaron a emitir un sonido lastimero, como de súplica, que conmovió a los espectadores y al propio emperador que les perdonó la vida.

“En cinco días fueron liquidados cincuenta leones, y dieciocho elefantes lucharon contra combatientes equipados con armamento pesado. De los elefantes, unos murieron enseguida, otros no mucho después. Efectivamente, a algunos los protegió, contra la opinión de Pompeyo, la compasión popular, pues cuando recibían una herida abandonaban el combate, se ponían a dar vueltas con las trompas levantadas al cielo y lanzaban tales gemidos que dieron lugar al comentario de que no actuaban al azar, sino invocaban los juramentos bajo cuya fe hicieron la travesía desde África e impetraban venganza de la divinidad.” (Dión Casio, Historia Romana, XXXIX, 38, 2-4)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Tras su victoria en la Guerra Civil, César en el 46 a. C., celebró un espectáculo en el que durante 5 días se realizaron luchas contra bestias, incluida una batalla militar con elefantes en el Campo de Marte, lugar probablemente mal acondicionado para esta actividad puesto que murieron muchas personas esos días, incluidos dos senadores, debido a lo multitudinario del espectáculo. En esos festejos se celebraban los 4 triunfos de Julio César: sobre la Galia, Egipto, Ponto y Libia.

"Durante cinco días se dieron espectáculos de caza y por último se libró un combate entre dos formaciones, enfrentándose de uno y otro bando quinientos soldados de infantería, veinte elefantes y treinta jinetes… Para asistir a todos estos espectáculos fue tan grande la afluencia de público procedente de todas partes, que muchos forasteros paraban en tiendas colocadas en medio de las calles o de las calzadas, y con frecuencia, debido a la multitud, se produjeron muchas víctimas por aplastamiento y asfixia, entre ellas dos senadores." (Suetonio, Julio César, 39, 2-4)

Grabado, 1865

Los extravagantes espectáculos de Pompeyo y César sirvieron como modelo para los sucesivos emperadores, mostrando todas las posibilidades que había cuando un editor de los juegos movilizaba contactos y recursos por todo el territorio romano. Ellos fueron además los primeros organizadores de espectáculos que anunciaron con toda intención sus conquistas al pueblo romano mediante la elección de los animales que aparecían en ellos. En los juegos del año 55 a.C. Pompeyo exhibió los primeros monos etíopes y el primer rinoceronte que se vieron por primera vez en Roma para resaltar la amplia influencia que él había ganado en África y Oriente por medio de sus exitosas campañas militares. De igual modo, César presentó un jirafa y toros de Tesalia para simbolizar su victoria en Egipto y sobre Pompeyo en la batalla de Farsalia en el 48 a.C.

"La primera vez que se vio una jirafa en Roma fue en los juegos circenses del dictador César." (Plinio, Historia Natural, VIII, 27)

Art Institute of Chicago


En los últimos años de la república, dejando aparte las excepciones de los comandantes romanos victoriosos, como Pompeyo y César, las venationes y otros eventos con animales eran espectáculos promovidos por los ediles y pretores de forma rutinaria, pero con la llegada de los emperadores, estos los tomaron a su cargo, y dichos espectáculos fueron más frecuentes y tuvieron un mayor componente de propaganda imperial gracias a un mayor control por parte del emperador a la hora de su celebración, que se unió a la de los enfrentamientos de los gladiadores. Los emperadores romanos, naturalmente, usaban los espectáculos, entre ellos, las venationes, para anunciar sus conquistas militares y la expansión de la influencia política romana por todos los territorios conocidos.

A medida que fue avanzando el tiempo la magnificencia de la caza era mayor. Sabemos que Augusto superó a todos sus antecesores; en total dio 26 espectáculos con animales y con él murieron en la arena un total de 3.500 animales.

"Ofrecí al pueblo veintiséis cacerías de animales de África, bajo mi nombre o bajo el de mis hijos o nietos, en el circo, en el foro o en los anfiteatros. En ellos murieron cerca de tres mil quinientas fieras." (Augusto, Res Gestae, 22, 3)

Anfiteatro de Lyon, Ilustración Jean-Claude Golvin

Se reservaron diez días a finales de diciembre cada año para la realización de juegos, aunque también tenían lugar varias veces al año para conmemorar acontecimientos especiales y a partir del 20 a.C. se llevaron a cabo cada año para celebrar el cumpleaños del emperador.

A partir de Domiciano, todos los juegos, incluidas las cacerías de animales debían ser puestos en escena solo por el emperador o por sus oficiales. Cualquier magistrado o ciudadano particular debía obtener el permiso del emperador para celebrar unos juegos.

Ilustración Jean-Claude Golvin

En una regulación sobre los deberes de un cónsul elegido podemos ver el programa que debía presentar ante el pueblo en el que todavía se incluye la cacería y matanza de los animales.

“Así, pues, hemos mandado que todo lo que compete que se de por el que por nosotros es elegido cónsul por un año con respecto a todas las espórtulas, distribuciones y gastos se agregue a esta nuestra sacra ley, comprendiéndolo en una relación. Pues esto lo establecemos en forma de ley, para que también al transgresor se le imponga cierta pena competente. Pero queremos que sean siete sus salidas. Porque si esto se creó para que se le den al pueblo espectáculos para recreo de su ánimo, y aquellos han sido limitados por nosotros a los juegos del circo, a los espectáculos de las fieras, y al disfrute de coros de música, nuestro pueblo no será privado de ninguna de estas cosas. Hará él su primera salida cuando se encargue del consulado y esté en posesión de sus credenciales, en las calendas de enero. Después de esto dará el segundo espectáculo de lucha de caballos, al que llaman mappa (pañuelo). El tercero que se denomina cacería teatral, que solo se representará una vez, y después el que se dice de todo un día, llamado monhemerium (un poco de todo), en el cual el pueblo disfrutará mucho del pancarpum (imitación de un bosque) con los hombres luchando con las fieras, venciendo por su audacia y matando a las fieras.” (Justiniano, Novela, 105)

Relieve con venatio, Museo de Estambul, Turquía

A Augusto le gustaba ver los animales exóticos y controlaba lo que se exhibía en los juegos que promocionaba ante el pueblo de Roma. Dión Casio menciona la diversidad de animales que murieron en la arena, cuando Augusto celebró en Roma su triunfo sobre Egipto en el 29 a. C.

“Se mataron bestias y animales domésticos de todas clases; entre aquellas hubo incluso un rinoceronte y un hipopótamo, animales que por primera vez se veían en Roma.” (Dión Casio, Historia Romana, LI, 22, 5)

Aquinum, Italia

Utilizó tigres en la dedicación del teatro Marcelo, una enorme serpiente frente al Comicio y cocodrilos en una piscina en el circo Flaminio, algunos de estos animales llegaron hasta Roma traídos por embajadores procedentes de la India como símbolo del interés romano por el subcontinente indio.

“Pero Augusto, por su parte, regresó a Samos y una vez más pasó el invierno allí. En reconocimiento por su hospitalidad, garantizó la libertad a los habitantes y también atendió muchas cuestiones de gobierno. Un gran número de embajadas se presentó ante él, y los indios, que ya habían hecho propuestas, ahora concertaron un tratado de amistad, enviando unos tigres entre otros regalos, los cuales fueron vistos entonces por vez primera por los romanos y creo que también por los griegos." (Dión Casio, Historia Natural, LIV, 9, 7)

Domus de la Fortuna Annonari, Ostia, Italia. Foto Ostia Antica Atlas


La enorme cantidad y variedad de animales que se trajeron a Roma para diversos eventos, y particularmente las fieras grandes y peligrosas demostraban el poder del emperador para doblegar la naturaleza a su antojo. Los emperadores exhibían su dominio sobre los animales forzándolos a luchar y morir en la arena.

Claudio utilizó a la caballería pretoriana, con él como prefecto, en una venatio contra fieras africanas en el Circo Máximo.

“Además de carreras de cuadrigas, presentó juegos troyanos y fieras africanas, que se encargaba de abatir un escuadrón de jinetes pretorianos comandado por sus tribunos y con el mismo como prefecto; exhibió asimismo jinetes tesalios, que persiguen por la arena del circo a toros salvajes, saltan sobre ellos cuando los han agotado, y los tiran a tierra agarrándolos por los cuernos”. (Suetonio, Claudio, XXI, 3)

Museos Vaticanos

También Nerón, por ejemplo, exhibió una venatio en la que pudieron haber muerto 300 leones y 400 osos.

"En los juegos que ofreció, hombres a caballo dieron muerte a toros mientras cabalgaban a su lado, y los caballeros que servían en la escolta de Nerón derribaron con sus javalinas a cuatrocientos osos y trescientos leones." (Dión Casio, Historia Romana, LXI, 9, 1)



Otra forma de manifestar su dominio sobre las fieras era obligarlas a realizar ciertos trucos o actuaciones como podía ser que los animales terrestres luchasen el agua, como ocurrió durante los juegos de inauguración del anfiteatro Flavio en el año 80 d.C.

"Tito llenó repentinamente este mismo anfiteatro con agua y llevó dentro caballos, toros y otros animales domesticados a los que se había enseñado a moverse en el líquido elemento como si estuviesen en tierra." (Dión Casio, Historia Romana, LXVI, 25, 1)

Ilustración Diccionario de Teatro Pougins

Durante la celebración de la apertura del anfiteatro Flavio se cazaron hasta unas 9000 fieras en una sola venatio, en la que pudieron intervenir mujeres, según Dion Casio.

"La mayor parte de cuanto hizo no se caracterizó por nada digno de mención, excepto en la dedicatoria del anfiteatro y de los baños que llevan su nombre, cuando ofreció maravillosos juegos. Hubo un combate entre grullas y otro entre cuatro elefantes; se dio muerte a nueve mil animales, tanto salvajes como domesticados, y las mujeres (aunque ninguna de alcurnia, sin embargo) tomaron parte en herirlas."

Mosaico expuesto en el Coliseo romano. Foto Jastrow

En esta época se pudieron ver enfrentamientos entre animales grandes en los que se ponía a prueba su fuerza y su capacidad para imponerse al otro. El epigramista Marcial fue testigo de esos feroces combates durante los reinados de los emperadores Flavios.

"Un toro estimulado con fuego iba por toda la arena lanzando los peleles hasta las estrellas. Sucumbió al fin, no pudiendo resistir a otro cuerno más potente, por creer así de fácil quitar de en medio a un elefante." (Marcial, Espectáculos, XIX)

Museo Pio-Clementino, Vaticano

Domiciano, tras la guerra Sármata, en el 93 d. C. organizó una caza donde participaron tigres.

“El cazador del Ganges, que huye pálido en un caballo de Hircania, no vio en los campos orientales tantos tigres, como ha visto por primera vez tu Roma, oh Germánico, sin poder contar sus delicias. Tu arena, César, supera los triunfos que ha visto la India, los recursos y las riquezas del dios vencedor, pues cuando Baco traía detrás de sus carros a los indios cautivos, se contentó con un par de tigres.” (Marcial, Espectáculos, XXVI)

Museo de los Mosaicos del Gran Palacio, Estambul, Turquía. Foto Samuel López

Las venationes más grandes pudieron verse en la primera mitad del siglo II d.C., cuando Roma alcanzó su máxima extensión territorial y su mayor prosperidad. Trajano lanzó a la arena 11.000 animales tras su triunfo en la Segunda guerra Dacia, las celebraciones duraron 123 días.

"Al regreso de Trajano a Roma, llegaron a él diversas embajadas de naciones bárbaras, entre ellas de los indios. Ofreció espectáculos durante ciento veintitrés días, durante el transcurso de los cuales se dio muerte a unos once mil animales, tanto salvajes como domésticos." (Dión Casio, Historia Romana, LXVIII, 15, 1)

Ilustración Antonio Niccolini

Cuenta Dion Casio que Adriano, durante el aniversario imperial, utilizó en la arena un enorme número de leones y el mismo número de leonas.

“El día de su cumpleaños dio el habitual espectáculo gratis y se mataron muchas bestias salvajes, de forma que, por ejemplo, cien leones y un número similar de leonas murieron en esa ocasión.” (Dión Casio, Historia Romana, LXIX, 8, 2)

Museo Nacional Romano, Palazzo Massimo, Roma

También en la época de los emperadores Antoninos se dieron venationes con muchísimos animales de muy diversas especies y procedentes de diferentes partes del imperio.

“Organizó unos juegos en los que exhibió elefantes, hienas, tigres y rinocerontes, cocodrilos e hipopótamos, y toda clase de fieras de todas las partes del mundo. Hizo correr también a cien leones acompañados de tigres en una sola carrera.” (Historia Augusta, Antonino Pio, X, 8)

Galería Borghese, Roma

Pero, sin duda, el emperador más aficionado a las venationes fue Cómodo, que no solo las organizó para sus súbditos, sino que llegó a participar en ellas, para emular las proezas cazadoras de su modelo Hércules. Aunque muchos autores veían tal participación como una conducta impropia de su cargo, los ciudadanos de a pie encontraban su exposición ante las fieras edificante, aunque algo muy distinto era su actuación como gladiador lo que les disgustaba, ya que lo veían como un comportamiento degradante.

“Cómodo entonces, ya sin ningún freno, ordenó la celebración de espectáculos públicos, anunciando que daría muerte con su propia mano a todo tipo de animales salvajes y que como un gladiador se enfrentaría a los jóvenes más fuertes. Cuando la noticia se divulgó, acudieron gentes de toda Italia y de las provincias vecinas para ver lo que antes ni habían visto ni oído. Y era tema de conversación su excelente puntería y su preocupación por no errar al arrojar un dardo o disparar una flecha. Eran sus maestros los más certeros arqueros partos y los mejores lanceros mauritanos, a todos los cuales aventajaba en destreza. Llegó el día del espectáculo y el anfiteatro se llenó. Se había dispuesto una barrera circular para protección de Cómodo, de suerte que no corriera peligro al combatir de cerca a las fieras, sino que, disparando desde un lugar elevado y seguro, hiciera una demostración de su puntería más que de su valor. A ciervos y gacelas y a otros animales con cuernos, a excepción de los toros, acosándolos en su carrera, los hostigaba cortándoles el paso y les daba muerte con certera puntería. A leones y panteras y a otros nobles animales corriendo alrededor de la cerca los mataba con sus dardos lanzados desde arriba. Y nadie vio que hiciera un segundo disparo ni otra herida que la mortal. En el momento de la arremetida del animal le asestaba en la cabeza o en el corazón, y nunca apuntó a otro blanco ni a ninguna otra parte del cuerpo alcanzó su dardo de manera que la herida no fuera mortal.

De todos los países se traían animales para él. Entonces ciertamente pudimos ver bestias que antes sólo habíamos tenido ocasión de admirar en los grabados. Animales de la India y de Etiopía, del Sur y del Norte, si antes eran desconocidos, los mostraba a los romanos a la vez que les daba muerte. Todo el mundo quedaba asombrado por su puntería. En una ocasión, por ejemplo, usó flechas cuyas puntas tenían forma de media luna contra avestruces de Mauritania, que se mueven rapidísimamente no solo por la velocidad de sus patas sino también por el aleteo de sus alas. Les disparaba contra la parte superior de su cuello y las decapitaba de tal forma que, con las cabezas cortadas por el impacto, todavía seguían corriendo como si no les hubiera pasado nada. Otra vez, cuando un leopardo en veloz carrera se abalanzaba sobre una víctima que atraía su atención, Cómodo con su dardo se anticipó a la fiera en el instante en que iba a hincar sus colmillos; la mató y salvó al hombre. La punta de la lanza ganó al filo de los colmillos. En otra ocasión cien leones soltados al mismo tiempo salieron de los subterráneos y con idéntico número de dardos acabó con todos, de suerte que, allí mismo, tendidos los cuerpos en el suelo en larga hilera, todo el mundo pudo contarlos tranquilamente y comprobar que ni un solo dardo de más había disparado.” (Herodiano, Historia del Imperio Romano, I, 15, 1-6)



Tanto las exhibiciones de animales como las cacerías en el anfiteatro continuaron mientras existió el Imperio Romano.

“Tuvo también hipopótamos, un cocodrilo, un rinoceronte y todos los animales de Egipto que eran aptos, dada su naturaleza, para ser exhibidos.” (Historia Augusta, Heliogábalo, XXVIII, 3)

A finales del siglo III d.C. en alguna venatio se permitió entrar a la gente a la arena para tomar su parte de los despojos de los animales muertos en la cacería.

“Ofreció al pueblo de Roma espectáculos realmente célebres pues se distribuyeron también congiarios. Celebró un triunfo sobre los germanos y los blemios, haciendo preceder a la pompa triunfal cuerpos de tropas de todos estos pueblos de hasta cincuenta hombres. Ofreció una soberbia cacería en el circo permitiendo que el pueblo se disputara la posesión de todos los despojos. El espectáculo se presentó de esta forma: los soldados arrancaron a cuajo robustos árboles y los clavaron a bigas entrecruzadas a lo largo y a lo ancho y después cubrieron este entramado con tierra, de tal forma que todo el circo, plantado como un bosque, se cubrió de follaje adquiriendo un extraño verdor. Después, se soltaron por todos los accesos mil avestruces, mil ciervos y mil jabalíes; a continuación, gamos, cabras montesas, ovejas salvajes y otros animales herbívoros, cuantos pudieron ser cazados o alimentados. Y, a renglón seguido, se dejó entrar a la gente del pueblo y cada cual cogió lo que quiso.” (Historia Augusta, Probo, XIX, 2-3)



Las venationes en la ciudad de Roma continuaron hasta el 523 d. C. cuando el magistrado romano Anicio Máximo patrocinó la que parece ser la última cacería celebrada allí.

“A ti, cuyo deber es mostrar tales escenas a la gente, te mando que abras tu bolsa y saques el dinero para que puedas ofrecer a los desgraciados una respuesta a sus oraciones. Si no, es un acto de extrema extorsión no conceder los regalos rituales mientras ordenas las odiosas muertes. Y, así, lo que desde antiguo se ha convertido en una costumbre tradicional, se lo vas a conceder al peticionario sin demora. Porque hay delito de homicidio en ser tacaño con los que han sido atraídos por tus juegos a la muerte.” (Casiodoro, Variae, V, 42)

Díptico de marfil, Museo del Louvre, París. Foto The Byzantine Legacy

Las cacerías que se representaban ante el pueblo no solo incluían animales exóticos procedentes de lugares lejanos, sino que también se podían ver imitaciones de las persecuciones que sufrían animales más cercanos, como los cérvidos o jabalíes, por parte de los perros de caza a los que los ociosos y ricos señores azuzaban contra ellos. Para la plebe que no tenía opción de asistir a dichas cacerías, también suponía un espectáculo nuevo e igualmente violento.

“Huyendo rápido un gamo de unos veloces molosos y usando de mil estrategias para retardar su captura, se detuvo a los pies de César, suplicante y en actitud del que ruega, y los perros no tocaron su presa... Este favor lo obtuvo por reconocer al emperador. César es dios, sagrado es su poder, creedlo, sagrado: las fieras no saben mentir.” (Marcial, Espectáculos, XXX)

Mosaico de Montevenere, Museo Nazionale Etrusco, Chiusi, Italia

En otros casos animales pequeños o mansos eran perseguidos por fieras salvajes a la manera en que en los territorios de caza eran atrapados por perros amaestrados.

"Sin embargo, pasa de ellos, como cosa sin importancia, quienquiera que ve las cazas humildes de los leones, fatigados por la rapidez temerosa de las liebres. Las sueltan, las vuelven a coger, les gusta tenerlas cogidas, y en su boca está más segura una presa a la que se complacen en ofrecerle sus fauces abiertas y transitables y en contener tímidamente la dentellada, porque les da vergüenza triturar una presa tan tierna, cuando hace nada acaban de derribar toros. Esta clemencia no se adquiere con la doma, sino que los leones saben a quién sirven." (Marcial, Epigramas, I, 104)

Detalle del mosaico de Lod, Israel

La crisis que sobrevino al imperio en el siglo III d.C. provocó que los gobernantes no tuvieran los fondos e infraestructuras necesarios para abastecerse de animales procedentes de lugares exóticos y lejanos como lo habían hecho sus predecesores, por lo que tuvieron que recurrir a los animales que se encontraban en un entorno más cercano.

Cuando a finales del imperio se prohibieron las luchas de gladiadores, las venationes sí incrementaron su popularidad, por lo que los organizadores de los espectáculos tuvieron grandes dificultades en proveer a los juegos con una amplia variedad de animales. La parte occidental del imperio fue perdiendo gran parte de su territorio durante los siglos IV y V d.C., incluyendo el norte de África con su rica vida salvaje, a manos de los bárbaros. Por tanto, en esa época los cazadores humanos ya no intentaban tanto matar a los animales con los que se enfrentaban, sino que se dedicaban más a entretener al público evadiendo los ataques, mediante distintos medios como utilizar una pértiga para voltear sobre el animal o eludir a los animales con elaboradas piruetas o utilizando distintos artefactos, como cestos, que los protegían de los zarpazos y dentelladas.

“Un hombre fijó una pértiga en el suelo, y lanzándose por el aire dio una voltereta, y con sus ágiles pies pasó por encima de la bestia que corría hacía él. No lo atrapó; la gente aplaudió fuerte y el hombre escapó.” (Antología Palatina, IX, 533)

Thyna, Túnez

Las últimas venationes que se dieron en el siglo VI d.C. apenas se parecían a las que se pudieron ver en los siglos precedentes. Sin embargo, el gusto de los espectadores por la violencia de la lucha contra y entre animales no desapareció como demuestra el espectáculo de hostigamiento de osos que continuó durante muchos siglos.

Aun así, existió también una tendencia a tener en cuenta el peligro que corrían los venatores en su enfrentamiento con las fieras y a desear que salieran indemnes de la lucha.

“Arquero, señor de las Musas, Febo, experto tirador, dile a tu hermana que enfurezca a las poderosas bestias lo justo para tocar los cuerpos de los hombres ligeramente y hacer que la gente grite contenta con cantos sagrados. No permitas, que yo, que me siento en el trono de Júpiter el Piadoso, contemple la muerte de un hombre.” (Antología Palatina, 581)

Díptico consular de Aerobindus, Museo Suizo de Zurich

El cristianismo, por boca de sus autores más representativos, criticó en general todos los espectáculos, y en especial aquellos en los que había derramamiento de sangre como los gladiatorios y las venationes. Asimismo, denunciaron el peligro de tratar con animales salvajes y el riesgo que suponía para los ciudadanos que estos escaparan y sembraran el terror entre ellos.

"Hay también entre los hombres otra manía y enfermedad del alma que los lleva a soportar tantos juegos llenos de sevicia y crueldad. ¿A cuántos ociosos la vanidad no los hizo gladiadores, pereciendo luego a causa de las heridas? ¡Cuántos otros, llevados del entusiasmo, luchan con las mismas fieras y se juzgan más distinguidos cuantas más mordeduras y cicatrices ostentan!
“¡A cuántos otros devoraron las fieras, y no sólo en la selva sino en el mismo centro de las ciudades, por haberse escapado de sus encierros!”
(Tertuliano, Exhortación a los mártires, 50)

Perspectiva de un anfiteatro, Viviano Codazzi y Domenico Gargiulo, Museo del Prado, Madrid

La sociedad de la antigua Roma no veía el sacrificio de los animales en las venationes como violencia hacia ellos, sino como una demostración de la eliminación de la violencia que dichos animales suponían para el hombre. El triunfo de los venatores en la arena representaba el triunfo de los hombres sobre las amenazas del entorno que les rodeaba. Se puede ver en las representaciones artísticas que la violencia y también la sangre aparecen en las víctimas sin ningún reparo.

Bad Kreuznach, Alemania. Foto Carole Raddato

Dar caza a los animales salvajes implicaba liberar del peligro que suponían a los habitantes de los territorios por donde dichas fieras se movían además de permitir que se obtuviesen más tierras para cultivar. Por tanto, las venationes en el anfiteatro remedaban las cacerías hechas con tal propósito y mostraban a los espectadores que eran los animales salvajes los que debían temer al hombre y su poder sobre ellos.

“Distantes límites Nasamones de Libia, nunca más serán azotadas vuestras llanuras por las manadas de bestias salvajes, o resonarán, incluso más allá de las arenas de los Nómadas, los rugidos de los leones del desierto. Porque el joven César ha atrapado a toda esa hueste y la ha puesto delante de sus lanceros. Ahora las montañas que una vez fueron las guaridas de las fieras proporcionan pastos a los hombres.” (Antología Palatina, VII, 626)

Bad Kreuznach, Alemania, Foto Carole Raddato



Bibliografía


Animalia in spectaculis: Animales, fieras y bestias en espectáculos romanos; María Engracia Muñoz Santos
La crisis de las venationes clásicas. ¿Desaparición o evolución de un espectáculo tradicional romano?; Juan Antonio Jiménez Sánchez
Los deportes y espectáculos del imperio romano vistos por la literatura cristiana, Pablo Arredondo López
Animal Spectacula of the Roman Empire; William Christopher Epplett
The Masters of the Universe? Animals in the Roman Arena; Andrew Fear
Venationes Africanae: Hunting spectacles in Roman North Africa: cultural significance and social function; A. Sparreboom
Venationes Caesarum: Hunts of the Caesars; Luke Hagemann
Spectacles in the Roman World: A Sourcebook; Siobhán McElduff