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lunes, 23 de junio de 2025

Convivium, cena con espectáculo en la antigua Roma

En casa de Lúculo, pintura de Gustave Boulanger

“Que manteles más blancos que la nieve se extiendan sobre la mesa redonda y que esta se cubra con laurel, hiedra y pámpanos. Apilad grandes cestos con codeso y azafrán, crisantemo salvaje y casia, aligustre y caléndula; adornad el aparador y el lecho con guirnaldas de dulce aroma. Que perfumen tu desordenado cabello con suave bálsamo; que el incienso de Arabia humee hasta el alto techo. Con la noche, que muchas luces cuelguen del brillante techo, que cada lámpara arroje solo llama de bálsamo de Oriente. Que los sirvientes carguen sobre sus hombros viandas dignas de reyes, con sus cuellos doblados por la plata ricamente cincelada. Que se mezcle nardo con vino de Falerno en tazas, copas y jarras; que coronas de rosas cubran trípodes y copas. Pisaremos donde se balancean guirnaldas de muchas jarritas de ungüentos; en círculos laberínticos nuestros miembros lánguidos conocerán el entretenimiento; Por el paso, por la vestimenta, por la voz, cada uno interpretará la temblorosa Ménade. Que Corinto, la que se asienta entre dos mares envíe sus citaristas entrenados en las mejores escuelas para el canto y la danza. Que sus armoniosos dedos acompañen sus melodiosas voces, dejado el plectro a un lado, y hábilmente recorran las cuerdas que recobran vida con su toque.

Danos, también, la flauta de bronce amada del desnudo sátiro; danos tocadores de flauta de sonido profundo para nuestro coro, los cuales soplarán aire a los tubos desde sus carrillos hinchados.

Danos canciones para el trágico coturno y para el cómico zueco; danos la elocuencia de retores y la melodía de poetas, de cada uno lo mejor.”  (Sidonio Apolinar, Epístolas, IX, 13)

En el texto anterior Sidonio Apolinar describe de forma lírica un banquete celebrado entre las élites romanas en el que se incluyen entretenimientos musicales y poéticos.

Fiesta de cumpleaños de Herodes, Pintura de Edward Armitage

En la antigua Roma la hora de la cena llegaba a la caída de la tarde cuando se cerraban los negocios, las actividades laborales, y las estancias en las termas, a la hora octava en invierno y a la hora nona en verano. En un principio para que una cena se considerase decente debía darse por terminada antes de que fuese noche cerrada, aunque la hora en que se terminaba de cenar dependía de que se tratara de una cena sencilla o de un banquete.

“Pues el rico, cuando cena solo con su mujer o con sus allegados, no pone cuidado en mesas de limonero ni en copas de oro, sino que usa lo que tiene a mano, su mujer no lleva oro ni púrpura, se presenta sencilla. Pero cuando se celebra un banquete, esto es, cortejo y teatro, se introduce también el drama de la riqueza:

Saca de las naves lebrillos y trípodes

se agotan los estantes de las luces, se cambian las copas, se cambian las vestimentas de los coperos, todo se mueve, oro, plata, vajilla incrustada de piedras preciosas, confesando que se es rico para otros. Pero se necesita templanza, ya se cene solo, ya se dé una gran fiesta.” (Plutarco, Sobre la riqueza, Moralia, 528b)

Foto Stefano Bianchetti

En las cenas de la mayor parte de la población los comensales serían los miembros de la familia y quizás algún allegado o amigo cercano, pero con la relajación de costumbres en la sociedad romana favorecida por la prosperidad económica, los ciudadanos más acomodados se convertirían en anfitriones de convites en los que se pretendía disfrutar de una diversión amena y renovar lazos sociales con los invitados.

“El comensal viene a participar no sólo de manjares, vino y golosinas, sino también de conversaciones, esparcimientos y afabilidad que acaban en estima.” (Plutarco, Moralia, 660B)

Ya entre las civilizaciones más antiguas era habitual celebrar una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente mientras mantenían animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados. A este momento los griegos lo llamaban symposion (beber en común), porque lo esencial era el consumo del vino, pero los romanos lo llamaron convivium, porque lo relevante de la cena era la convivencia, el acto de reunirse los comensales para comer y hablar de temas literarios, políticos o filosóficos de forma civilizada, y, a veces, disfrutar de entretenimientos ligeros.


Así, por ejemplo, en las cenas ofrecidas por el emperador Trajano se podía tener una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio.

“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Epístolas, VI, 31)

El convivium se convirtió en una parte importante de la vida social y cultural en la antigua Roma que proporcionaba la oportunidad de socializar, conversar sobre temas de interés común y participar como espectadores de diversos entretenimientos como actuaciones musicales o recitales poéticos. Pero, según la forma de ser del anfitrión, su estatus o su riqueza, la cena podía convertirse en una voluptuosa comilona o en un ejemplo de afectividad y sosiego.

Banquete romano, pintura de Pierre Olivier Joseph Coomans

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche:

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epístolas, III, 1)

Mosaico de Tzipori, Israel

Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, que no se diese a una hora intempestiva, que el lugar fuese agradable y cómodo, que la comida estuviese bien cocinada, pero sin extravagancias y los entretenimientos hiciesen disfrutar a los convidados, sin causar disgusto o aburrimiento.

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, Epigramas, III, 45)

Ilustración Sedeslav

Con el tiempo la propia presentación de los platos de la cena llegó a convertirse en una forma de entretenimiento más, pues aparecía ante los convidados como un espectáculo gastronómico, en el que los platos llegaban a la mesa de forma llamativa con el objeto de impresionar a los invitados y mostrar el poder económico y social del anfitrión.

El ejemplo más característico es la sucesión de platos relacionados con los doce signos del zodiaco que ofrece Trimalción a sus invitados, y, que pese a representar una cena ficticia, deja constancia de la extravagancia que algunos anfitriones podían exhibir durante las cenas de la época.

“A la oración fúnebre siguió una bandeja cuyo tamaño no respondía a nuestra expectación; su originalidad atrajo, no obstante, todas las miradas. Era una bandeja circular y tenía representados a su alrededor los doce signos del zodíaco; sobre cada uno de ellos, el artista había colocado el especial y adecuado manjar: sobre Aries, garbanzos, cuya forma recuerda la testuz del borrego; sobre Tauro, carne de ternera; sobre Géminis, testículos y riñones; sobre Cáncer, una diadema; sobre el León, un higo chumbo; sobre Virgo, la ubre de una cerda que no había criado; sobre la Libra, una balanza que de un lado tenía una torta y del otro una tarta; sobre Escorpión, un pescadito de mar; sobre Sagitario, una liebre, sobre Capricornio, una langosta; sobre Acuario, una oca; sobre Piscis, dos barbos.” (Petronio, Satiricón, 35)

Simposio, pintura de Anton von Werner

El momento de la cena llegó a considerarse en la sociedad romana un acto social, en el que ofrecer platos exóticos y sofisticados y proporcionar entretenimientos variados implicaba para el anfitrión ser diferente y estar bien considerado por su interés en complacer a sus invitados. Esto llevaba a una excesiva ostentación y falta de moderación, por lo que en las cenas donde la intención era aparentar y derrochar, no solo los platos servidos constituían un espectáculo, sino que la calidad del vino ofrecido, las vajillas en que se servían los alimento y bebidas, los perfumes con los que se rociaban a los comensales y las coronas de flores que estos lucían resaltaban un ambiente de suntuosidad y sensualidad que convertían la cena en un espectáculo placentero.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Pintura pompeyana, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Sin el néctar de Baco y Dionisos no se podría entender la institución de la comissatio, final del convivium romano, cuando se realizaban libaciones para obtener el favor de los dioses. En ese momento las mesas se apartaban tras la finalización de la cena y teniendo los comensales puestas sus coronas de flores, lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, el cual decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas, pues para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)


El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, la cantidad de vino que había que escanciar en cada copa, y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)

No siempre se cumplían estas normas, como describe Horacio en una sátira, ya que, encontrándose en su finca sabina, se siente más relajado y a gusto por no tener que las reglas en cuanto a la comida y la bebida en otros hogares, por ejemplo, de la misma ciudad de Roma.

“¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! Al gusto de cada cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas: el que es un valiente, las toma bien fuertes, y otro gusta más de remojarse con tragos ligeros.” (Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Imagen Look and Learn

También en esta parte de la cena se hacía entrega, según una costumbre de las clases más altas, de los regalos a los invitados o apophoreta, nombre de la etiqueta que llevarían los obsequios ofrecidos por el anfitrión, y cuyo valor variaba en función de la suerte de cada uno.

“Este bloque, que está formado por múltiples hojas, contiene para ti los quince libros de poemas de Nasón.” (Marcial, Epigramas, XIV, 192 Las “Metamorfosis” de Ovidio en pergamino)

Augusto organizaba subastas de objetos que podían ser de poco valor o piezas de colección, como entretenimiento durante la comissatio.

“Solía también poner a la venta, en el transcurso del banquete, lotes de objetos de lo más dispar, así como cuadros vueltos del revés, y frustrar o colmar las esperanzas de los compradores según el capricho del azar, haciendo que en cada lecho se organizara una subasta y que se comunicaran las perdidas o las ganancias.” (Suetonio, Augusto, 75)

Fiesta de Saturnalia, pintura de Roberto Bompiani

Entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos variados como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos y danzas de todo tipo.

“Exhibió durante sus banquetes tragedias, comedias, atelanas; a tañedores de sambucas, a lectores y poetas, de acuerdo siempre con las circunstancias.” (Historia Augusta, Adriano, 26. 4)

Arpista. Museo del Louvre. Foto Samuel López
(Exposición Músicas en la Antigüedad, CaixaForum, Madrid)

Los anfitriones más austeros y moderados recurrían a lecturas, narraciones históricas, recitales poéticos o musicales, e, incluso, pequeñas piezas teatrales, entretenimientos en los que solían intervenir los propios esclavos de la casa.

“Mientras ceno, si estoy acompañado de mi esposa o de algunos amigos, me hago leer un libro; y después escuchamos una comedia o algo de música; después doy un paseo con los míos, en cuyo número hay algunos bien instruidos. De este modo la tarde se prolonga en variadas conversaciones y, aunque los días son los más largos del año, la jornada se consume rápidamente.” (Plinio, Epístolas, IX, 36, 4)

Ilustración de Angus McBride

Sin embargo, era frecuente que las actuaciones fueran de mimos, bufones o bailarinas que se contoneaban sensualmente, lo que no era del gusto de todos, aunque se recomendaba tolerancia y respeto por los gustos de todos.

“He recibido tu carta, en la que te quejas del aburrimiento que has pasado en una cena, aunque era ciertamente suntuosa, porque entre las mesas deambulaban mimos, danzarines y bufones. ¿Quieres desarrugar un poco el entrecejo? Ciertamente, yo no tengo nada semejante en mi casa, pero soporto a los que lo tienen. ¿Por qué no los tengo? Porque no me deleitan en modo alguno, como si se tratase de una cosa sorprendente o alegre, las obscenidades de un afeminado, ni las desvergüenzas de un bufón, ni las estupideces de un tonto. Pero no te estoy exponiendo una conducta a seguir, sino mis preferencias. Por otra parte, piensa cuántos son los que consideran los entretenimientos que a ti y a mi nos cautivan y atraen, unos ridículos, otros muy aburridos; cuántos, cuando se introduce un recitador, un tocador de lira o un actor piden sus zapatos para irse o se recuestan con un aburrimiento no menor que aquel con el que tú has soportado estas monstruosidades (pues así las llamas). Seamos, pues, tolerantes con las diversiones de los demás, para que ellos lo sean con las nuestras. Adiós.” (Plinio, Epístolas, IX, 17)

Detalle de mosaico de Germanicia, Turquía

Las famosas puellae gaditanae eran unas jóvenes, originalmente procedentes de Gades (Cádiz) que bailaban contoneando su cuerpo al son de ritmos extranjeros y tocando las castañuelas, vestidas con sedas y transparencias proporcionando un espectáculo sensual y sugerente, en el que destacaba la interacción con los asistentes a los que se animaba a acompañar con sus aplausos.

“A lo mejor esperas que las Gaditanas empiecen a excitarte con su armoniosa danza y que, animadas por el aplauso, las jóvenes bajen al suelo sus trémulas nalgas; junto al marido echado, las esposas ven un espectáculo que cualquiera se avergonzaría de describírselo a ellas." (Juvenal, sátira XI)

Detalle de mosaico del Aventino, Museos Vaticanos

Algunos bailes de los que se podía disfrutar durante los banquetes tenían antecedentes griegos, como la danza jonia, que habría tenido en un principio un significado religioso y que acabó como espectáculo de entretenimiento. Lo mismo bailaban hombres y mujeres y consistía en saber moverse haciendo subir la túnica cada vez más arriba del cuerpo, lo que acabó convirtiéndolo en una representación de tipo lascivo y provocativo, muy habitual en las actuaciones de los cinaedi, hombres afeminados que se dedicaban a hacer distintas actuaciones artísticas.

El personaje de Pseudolo hace una parodia de sí mismo al explicar cómo intentó realizar una danza jonia ante algunos comensales durante una cena estando demasiado borracho.

“Los dejé en sus lechos, bebiendo, besándose con sus rameras, y a mi ramera también; los dejé disfrutando con toda su alma. Pero cuando me puse en pie, todos me piden que baile. [Bailando ridículamente] Me adelanté de este modo para complacerlos con gracia, porque aprendí la danza jonia mejor que nadie y, cubierto con el manto, comencé así unos pasos como diversión. Me aplauden sin cesar y gritan «otra», para que lo vuelva a hacer. Empecé de nuevo, de esta manera: no quise repetir lo mismo; me acerqué a mi amiga para que me besase y, al volverme, me caigo: este fue el final de mi espectáculo.” (Plauto, Pseudolo, 1271-1278)

Museo Arqueológico Nacional de Atenas

La aparición de grupos de acróbatas o danzarines hace suponer que estos actuarían en espacios lo suficientemente amplios para que pudiese llevarse a cabo su representación, lo que implica que se haría en triclinia de grandes casas o villas o en jardines.

“Entraron varios bailarines; uno de ellos, insípido y ridículo, enderezó una escalera de mano y ordenó a un muchacho que subiera por ella hasta el último escalón danzando y cantando; le hizo saltar a través de aros encendidos, y le obligó a sostener un ánfora con sus dientes. Trimalcio sólo admiraba esas habilidades, lamentándose que un arte tan hermoso estuviese tan mal retribuido. Para el sólo había dos espectáculos dignos de verse en todo el mundo: el acrobático y el de las luchas de codornices; los demás, bufones inclusive, son verdaderos engañabobos.

—Compré una vez una compañía de comediantes, pero he querido que se limitasen a representar farsas romanas y di orden a mi jefe del coro de que no cantasen más que canciones latinas.” (Petronio, Satiricón, LIII)

Acróbatas. Izda. Colección particular. Drcha. The Walters Art Museum, Baltimore

En las casas de algunos ricos ciudadanos romanos se celebraban a veces espectáculos de combates entre gladiadores, al igual que se hacían representaciones teatrales o recitales musicales. La agresividad tanto del anfitrión como de los invitados se muestra en la avidez por ver sangre y desear la muerte del vencido.

“Los romanos presentaban los juegos de gladiadores, una práctica que les fue dada por los etruscos, no solo en los festivales y en los teatros, sino también en sus banquetes. Es decir, algunas personas a menudo invitaban a sus amigos a comer y a otros pasatiempos agradables, pero además podía haber dos o tres parejas de gladiadores. Cuando todos habían comido y bebido lo suficiente, llamaban a los gladiadores. En el instante en que la garganta de alguno era cortada, aplaudían con placer.” (Nicolás de Damasco, Atlética, 4.153)

Pintura de Francesco Netti

Los siervos del banquete, los ministri, eran escogidos por su buen aspecto y sus rasgos exóticos, pues generalmente procedían de lugares remotos, y los anfitriones los vestían con ropas lujosas, joyas y los ponían a servir las mesas y escanciar el vino para lucirse con vistosidad y permitir al propietario exhibir el lujo que su riqueza le otorgaba.

“Al día siguiente, Aquémenes vino a buscarle siguiendo instrucciones de Ársace para que fuera a servir su mesa. Se puso Teágenes un lujoso vestido persa que ésta le había enviado y se adornó, entre el gusto y la repugnancia a la vez, con brazaletes y gargantillas de oro incrustados de pedrería. Aquémenes intentó mostrarle y enseñarle cómo había que escanciar, pero Teágenes se dirigió a una trébede donde estaban puestas las copas y cogiendo una de las más valiosas dijo:

— No me hacen ninguna falta maestros; sin que nadie me enseñe voy a servir la copa a la señora, y no me daré ninguna importancia por hacer una operación tan fácil. A ti, buen amigo, es la fortuna lo que te ha obligado a aprender esto, pero a mí, son mi naturaleza y mi instinto los que me indican lo oportuno en lo que tengo que hacer.” (Heliodoro, Las Etiópicas, VII, 27, 1-2)

Sirviente de banquete. Casa del Celio, Roma.
Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

El espacio físico donde se llevaba a cabo la cena formaba parte también del espectáculo ofrecido por un ambicioso anfitrión, al igual que lo hacía la lujosa vajilla, el suntuoso mobiliario, y la elección de los esclavos que se ocupaban del servicio de mesa. Entre los personajes más notables y ricos se impuso decorar los comedores y salones con los materiales más caros, como mármoles y otras piedras que combinando sus colores añadían vistosidad al entorno.

“Un monumento augusto, ingente, no marcado por cien columnas, sino por tantas cuantas podrían sustentar a los dioses y al cielo si Atlante remitiera sus esfuerzos. La morada vecina del Tonante se halla asombrada, y se gozan los dioses de verte a ti instalado en mansión semejante. Pero no te apresures a exceder las alturas de los cielos. Es tan vasto el palacio, y más libre el impulso ascendente de su área, que abarcan muchas tierras y otro tanto de aéreos espacios, mas es menor tan solo que su amo: él llena la morada y con su genio ingente le da la vida. Rivalizan allí con sus fulgores los mármoles de Libia y del Ilión, y compiten las piedras numerosas de Siene y de Quíos y las que rivalizan con la glauca Dóride, y la piedra de Luna, usada solamente para servir de base a las columnas. La vista se eleva a lo lejos: con ojos cansados apenas podrías vislumbrar los techos y los tomarías por artesonados dorados del cielo.” (Estacio, Silvas, IV, 2)

Domus Flavia en el Palatino, Gran Triclinio. Ilustración Jean-Claude Golvin

Séneca describe algunos de los artilugios que se empleaban para sorprender a los invitados, tuberías para dejar salir perfumes con los que enmascarar los posibles desagradables olores procedentes del sudor y vómitos de los asistentes a estas cenas, mecanismos que permitían la entrada y salida de agua para abastecer los canales y cascadas que servían para refrescar el ambiente y la construcción de diferentes techumbres que permitían su intercambio según el momento de la cena.

¿En la actualidad, pues, juzgas acaso más sabio al que inventó el modo de hacer saltar a inmensa altura, por ocultas cañerías, el perfume del azafrán; que inunda los canales con súbita acometida de las aguas o los vacía; que ensambla los artesonados giratorios de los comedores de tal suerte que un panel suceda sin interrupción a otro distinto, y así los techos se muden tantas veces como los servicios de mesa...?  (Séneca, Epístolas a Lucilio, XC, 15)

La decoración del triclinium debía proporcionar a su propietario un entorno estéticamente agradable donde poder celebrar cenas con sus invitados. La mitología estaba presente en pinturas murales y mosaicos y podía hacer referencia a la vasta cultura del anfitrión o al deseo de alardear de su riqueza que le permitía costearse artistas capaces de representar los episodios mitológicos más conocidos, especialmente los que evocaban la cultura griega.

Triclinio de la villa de la Verrerie, Arlés.
Ilustración de Jean-Claude Golvin

Una escena ampliamente usada, sobre todo en mosaicos, fue la de Orfeo tocando su cítara para amansar a las fieras, que recuerda a una cena espectáculo descrita por Varrón en la que se celebra un banquete en una reserva de caza, donde los animales son atraídos por la música de un esclavo disfrazado de Orfeo.

“Yo sí que vi cómo se hacía, allí más bien al estilo tracio”, dice aquél, “cuando estuve en casa de Quinto Hortensio en la región de Laurentum, pues había un bosque, como él decía, de más de cincuenta yugadas con cercado de piedra, al que no llamaba lebrera, sino “reserva de caza”. Había allí un lugar elevado, donde, puesta la mesa, cenábamos, adonde mandó llamar a Orfeo.

Éste, que había venido con estola y cítara, habiéndole pedido que cantara, tocó la trompeta, y tan grande cantidad de ciervos, jabalíes y otros cuadrúpedos nos rodeó que el espectáculo no me pareció menos hermoso que el de los ediles en el Circo Máximo cuando se hacen cacerías sin animales africanos.” (Varrón, Res Rustica, III, 13, 2-3)

Mosaico de Orfeo. Museo Arqueológico Regional de Palermo, Sicilia

Un anfitrión deseoso de impresionar a sus invitados podía buscar un entorno arquitectónico que los impactara y que hablara de su gusto y refinamiento. De esta forma, en el Imperio se puso de moda hacer comedores al aire libre con un triclinium o un stibadium (lecho semicircular) en los que los comensales podían comer rodeados por fuentes o ninfeos en los que cascadas de aguas se precipitarían en estanques rodeados por esculturas y vegetación.

“En la cabecera del hipódromo está el stibadium de blanquísimo mármol, cubierto por una pérgola que está sostenida por cuatro columnas de mármol caristio. Debajo del stibadium el agua sale a chorros, casi como expulsada por los que están sentados encima; el agua se recoge en un canal y pasa a rellenar una pila de fino mármol, regulada de modo invisible para que esté siempre llena y nunca se desborde. Las viandas de mayor peso, si las hay, se apoyan en el borde de la pila, mientras que las más ligeras se llevan flotando en barquitos o aves simuladas. Enfrente hay una fuente que lanza y recoge el agua mediante un juego de cañerías que primero la echa hacia arriba y luego la traga abajo para volver a elevarla después.” (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración de J. Williamson

A la hora de disfrutar de lugares originales en donde poder disfrutar del placer de la gastronomía en entornos agradables a la vista, se escogían entornos naturales que podían, en sí mismos, constituir un espectáculo para disfrute de los invitados. Así, por ejemplo, el emperador Tiberio mandó habilitar una gruta en Sperlonga para disfrutar del entorno y del agua marina junto a la que se sitúa la cueva. En su interior había numerosas estatuas para amenizar el lugar. Aquí es donde pudo ocurrir el accidente en el que mientras el emperador cenaba con sus invitados se cayeron varias piedras del techo que causaron la muerte a varios de los comensales y sirvientes, aunque Tiberio salió ileso.

“Comiendo en la Espelunca, quinta así llamada entre el mar de Amicla y los montes de Fundi, dentro de una caverna natural, despegándose de improviso las piedras que formaban la boca o entrada, cogieron debajo algunos miembros del banquete y espantaron a todos, poniendo en huida la mayor parte de los convidados.” (Tácito, Anales, IV, 59)

Gruta de la villa de Sperlonga, Italia. Ilustración de Jean- Claude Golvin

Es posible que algunos encontraran más placentero cenar en un ambiente más rustico y sencillo que en un lugar cerrado y profusamente decorado a la moda del momento. Según Plinio, en Licia había un árbol tan grande junto a un arroyo que el legado de la provincia lo utilizó para hacer un banquete con sus invitados.

“Actualmente hay en Licia un plátano famoso, al que va asociado la amenidad de una fuente fresca; colocado cerca del camino, está horadado por una profunda cueva de 81 pies, formando una especie de casa, cuyo tejado es una selva frondosa, ya que está rodeado por vastas ramas tan gruesas como árboles y cubre la campiña con sus largas sombras. Y para que nada falte para asemejarse a una gruta, el interior de su oquedad está tapizado de un revestimiento circular de piedras pómez cubiertas de musgo. La cosa es tan maravillosa que Licinius Mucianus, cónsul por tercera vez y últimamente legado de esta provincia, ha creído deber transmitir a la posteridad que había cenado en su tronco con 17 convidados, sobre lechos de follaje proporcionados generosamente por el propio árbol al abrigo de todos los vientos, sin oír el ruido de la lluvia sobre las hojas; y que él se había recostado más a gusto que entre el brillo de los mármoles, la variedad de las pinturas y el oro de los artesonados.” (Plinio, Historia natural, XII, 9)

Mosaico romano. Colección particular

Con el deseo de ofrecer a sus invitados el espacio más sofisticado y poco común donde relajarse y comer en compañía, el anfitrión podía buscar el lugar más inédito en sus posesiones, aunque el efecto conseguido podía ser contrario al pretendido, impresionar al convidado y que la cena fuera un éxito. Este es el caso del comedor-aviario de Lúculo, cuya pretensión de agradar a los comensales cenando entre aves que entran y salen volando, se ve defraudada porque los invitados no parecen contentos por tener que cenar entre el olor producido por las aves.

“Lúculo deseó tener un aviario diferente, pero que se pareciese a otros, que se hizo en Túsculo; que pudiese tener el triclinium bajo el mismo techo que el aviario, donde pudiese cenar con estilo, y donde pudiese ver algunas aves servidas, y otras volando por las ventanas, pero que no encontró útil, porque las aves volando por las ventanas no son agradables de ver y que el desagradable olor es ofensivo a la nariz.” (Varrón, De Re Rustica, III, 1)

Pintura del triclinium de verano, casa del Brazalete Dorado, Pompeya

En algunas cenas el espectáculo podía llegar por la elección de un tema en el que los protagonistas eran los comensales, que se convertían en parte de la representación. Así ocurrió en una ocasión en la que el joven Octavio ofreció un banquete en el que los comensales asumieron las funciones de los doce dioses olímpicos, siendo él mismo el dios Apolo. Un director escénico los dirigía. Esta cena fue polémica porque se produjo durante una época de escasez de trigo en Roma.

“Se hablo mucho también de una cena muy secreta que dio, y que todo el mundo llamaba de los doce dioses; en ella los convidados se sentaron a la mesa disfrazados de dioses y diosas y el propio Augusto ataviado como Apolo, como le reprochan no solo las cartas de Antonio, que enumera con la mayor mordacidad los nombres de todos ellos, sino también estos versos anónimos y muy conocidos:

Tan pronto como la mesa de esos desaprensivos contrató a un director escénico y Malia vio a seis dioses y a seis diosas, mientras Cesar representaba su impía imitación de Febo, mientras se banqueteaba con! nuevos adulterios de los dioses, todas las divinidades se alejaron de la tierra y el mismo Júpiter abandonó su dorado trono.

 La extrema escasez y el hambre que por entonces padecía Roma aumentaron las murmuraciones sobre esta cena, y al día siguiente se elevaron gritos de protesta de que los dioses se habían comido todo el trigo y de que Cesar era realmente Apolo, pero Apolo el Verdugo, sobrenombre con el que era venerado este dios en una parte de la ciudad.” (Suetonio, Augusto, 70)

Versión coloreada de una ilustración de W. Friedrich

Los esclavos son también usados como parte del espectáculo, esta vez porque su indumentaria recuerda a la de los dioses del Olimpo, como es el caso de la cena de Domiciano, descrita por Estacio en sus Silvas.

“Allí, cuando César invita a los próceres hijos de Rómulo, legión purpurada, a que se acomoden en torno a mil mesas, Ceres en persona, su veste ceñida, y con ella Baco, se afana en prestar sus servicios.” (Estacio, Silvas, IV, 2)


Mosaico romano con coperos, Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Foto Samuel López

La cena o el banquete podía llegar a ser un evento estrafalario e inquietante si el anfitrión tenía un carácter autoritario e imprevisible. Tal es el caso de la cena en la que Domiciano reunió a importantes senadores y caballeros para conmemorar a los muertos en las guerras de la Dacia y decidió atemorizarlos y mantenerlos en vilo durante toda la velada, convirtiendo a los invitados en parte del espectáculo, cuya verdadera intención es resaltar la humillación y la sensación de miedo que experimentan. El decorado, la servidumbre, las viandas, los regalos, todo hace referencia a la muerte que los invitados llegan a pensar que no evitarán.

“En otra ocasión invitó a los más notables de entre los senadores y caballeros del modo siguiente: Dispuso una sala completamente negra por todas sus partes, techo, paredes y suelo, y preparó sofás del mismo color colocados sobre el suelo descubierto; a continuación, invitó a sus huéspedes solos, por la noche, sin sus sirvientes. 2 Y dispuso primero junto a cada uno de ellos una losa con forma de lápida, conteniendo el nombre del invitado, así como una pequeña lámpara, como las que cuelgan en las tumbas. Entonces llegaron muchachos desnudos, igualmente pintados de negro; entraron como fantasmas y, tras rodear a los invitados con una especie de danza terrorífica, ocuparon sus lugares a sus pies. 3 Tras esto, se dispuso frente a los invitados todas aquellas cosas que habitualmente se ofrecen en los sacrificios a los espíritus que parten y de la misma manera, todas ellas negras y colocadas en platos del mismo color. Así pues, todos y cada uno de los invitados temieron y temblaron, siendo mantenidos en la expectación constante de ver cortadas sus gargantas al momento siguiente; y tanto más cuanto, por parte de todos excepto Domiciano, se mantenía un silencio de muerte, como si ya se encontrasen en el reino de los muertos, con el propio emperador conversando únicamente sobre asuntos relativos a la muerte y las matanzas. 4 Finalmente los despidió; pero hizo retirar primero a sus esclavos, que habían quedado en el vestíbulo, e hizo acompañar a sus invitados por otros esclavos, a los que no conocían, para que los llevaran en carruajes o literas, llenándoles mediante esto con el mayor de los miedos. Y apenas había llegado cada invitado a su casa y empezaba a recuperar el resuello nuevamente, como se suele decir, cuando le llegaba aviso de la llegada de un mensajero del Augusto. 5 Mientras esperaban a continuación perecer ya en aquel momento, una persona entraba la lápida, que era de plata, y luego otros por turno, llevando diversos artículos, incluyendo los platos que se les habían ofrecido durante la cena, que estaban hechos del más caro material; y, al final del todo, llegaba aquel preciso muchacho que había sido como el espíritu familiar del invitado, ahora lavado y adornado. Así, habiendo pasado toda la noche aterrorizados, recibieron los regalos.” (Dión Casio, Epítomes, LXVII, 9)

Ilustración de Midjourney

En algunos banquetes la parte de espectáculo podía tener un final trágico debido al exceso con un tinte sádico de algún personaje excéntrico, como el emperador Heliogábalo, que, aunque exagerado su carácter por algunos historiadores, es descrito como una persona que se deja llevar por sus instintos más bajos y por las ideas más estrambóticas con las que pretendía causar la mayor impresión sobre sus invitados. En una ocasión construyó un comedor con un falso techo que al abrirse dejó caer un torrente de pétalos de flores sobre sus invitados, en tal cantidad que algunos de los comensales, se asfixiaron antes de poder salir del manto floreado que les había caído encima sin esperarlo.

“En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 21, 5)

Las rosas de Heliogábalo, pintura de Alma-Tadema

Aunque la crueldad se manifiesta de forma más extrema en el caso de los emperadores más viles, como, por ejemplo, Calígula, que presenciaba ejecuciones mientras se desarrollaban cenas ofrecidas por él mismo. Es posible que su idea de espectáculo como forma de impresionar a sus invitados consistiese en demostrar su poder mediante la tortura y la muerte.

“Incluso cuando daba expansión a su espíritu y se entregaba al juego y a los banquetes mostraba la misma crueldad en sus actos y en sus palabras. Muchas veces, mientras almorzaba o se entregaba al placer, se celebraban en su presencia severos interrogatorios recurriendo a la tortura, y un soldado, especialista en decapitaciones, cortaba la cabeza de los prisioneros que fueran.” (Suetonio, Calígula, 32, 1)

Ilustración de Heinrich  Leutemann

Bibliografía


Performing Culture: Roman Spectacle and the Banquets of the Powerful, John H. D´Arms
A Spectacular Feast: Silvae 4.2, Martha Malamud
The Greco-Roman Banquet as a Social Institution, Dennis E. Smith
Changing Places: The Archaeology of the Roman Convivium, Nicholas F. Hudson
Dazzling dining: banquets as an expression of imperial legitimacy, Simon Malmberg
Dining as Spectacle in Late Roman Houses, John Stephenson
Dining in a Classical Context, William J. Slater, ed.
Plutarch’s Septem sapientium convivium: An Example of Greco-Roman Sympotic Literature, Matthias Becker
The Roman Banquet: Images of Conviviality, Katherine M. D. Dunbabin
Comida, ética y estructura social entre Romanos y Germanos: de la Germania de Tácito a la Antigüedad tardía, Guillermo Alvar Nuño










domingo, 21 de agosto de 2016

Vinum amoris, vino y placer en la antigua Roma

Detalle de mosaico, villa romana de Carranque, Toledo

El vino se encuentra siempre asociado, entre los poetas latinos, a las celebraciones, la música, la buena comida, la inspiración poética y al amor.
Sin el néctar de Baco y Dionisos no es posible entender una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad: el symposium griego o convivium romano, es decir, el momento de beber juntos, pero de un modo civilizado.  

El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel, pero en el que los alimentos, las vajillas, los perfumes y las flores se sumaban al ambiente de lujo y placer que se creaba.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Los perfumes y las flores se utilizaban para disimular los olores y porque creían que retrasaban los efectos de la borrachera. Por ello no se ungían ni coronaban con flores hasta después de la cena.

“Que ahora invitados de blanco entren en un bosque tranquilo, rosas seductoras cuelguen de mi cuello, se escancien vinos fermentados en las presas de Falerno, y el perfume azafranado de Ciiicia bañe mi cabello.” (Propercio, IV, 6)

Pintura de Alma Tadema

El convivium terminaba con la comissatio, sobremesa en la que se servía el vino para que todos bebieran por igual y momento en que empezaban los entretenimientos. Había que beber en compañía, nunca solo, pues de esta forma se estimulaba la conversación y las relaciones sociales.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)

Según los antiguos, el vino ayudaba  a recobrar la fuerza y el valor, hacía olvidar el hambre, la sed, las fatigas y las preocupaciones, devolvía  la alegría y soltaba la lengua, de modo que el que lo tomaba  no sería capaz de guardar ningún secreto. También traía el sueño y ayudaba al descanso.

Pero el  abuso del vino podía provocar un estado mental de pérdida del valor y del autocontrol llevando a los individuos a comportarse de una forma enloquecida e incivilizada rechazando las normas establecidas. Aunque se pensaba que beber vino no era malo en sí mismo, si lo era hacerlo de forma excesiva, provocando un comportamiento irracional y cruel, del que luego uno se podría arrepentir.

“Propio de tracios es en los festines
Luchar como enemigos y arrojarse
Copas que deben ser don de alegría.
Rechazad ese signo de barbarie,
Y no queráis que Baco se avergüence
De sangrientos combates.
Al claro resplandor de las antorchas
Y del zumo que tiñe los cristales,
¡qué mal parece, amigos,
El siniestro fulgor de los alfanjes!
Deponed vuestros gritos belicosos,
Y, reclinados, conversad afables.” (Odas, I, 27)

Ser abstemio tampoco constituía una buena opción en tanto que podía aislar al individuo, no solo de sus conciudadanos sino también de los dioses, haciéndoles enfadar negándoles las libaciones que les correspondían en las celebraciones y fiestas religiosas.

“Pero reclamad los dones de Baco. ¿A quién de vosotros le gustan las copas vacías? Hay acuerdo en plan de igualdad y Líber no mira mal a aquellos que lo adoran y junto con él al vino alegre. [No viene irritado en demasía ni en demasía severo]: quien teme el gran poder de un dios irritado, que beba. (Tibulo, III, 6)

Además, para evitar la ofensa al anfitrión de la cena y responder a su hospitalidad se debía beber con moderación y evitar cualquier exceso. La embriaguez solo, hasta el punto de aliviar las penas, era admisible.

Pintura de casa de los Castos Amantes, Pompeya

Pero, ¿cuál es la cantidad apropiada? ¿Cuándo hay que dejar de beber? Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de la cantidad aceptable de copas que podrían beberse para no llegar a la ebriedad:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio
a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para
aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera,
para el placer; la cuarta para la locura’.” (Florida, XX, 1)

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.
Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que deberían servir para no caer en ella.

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Séneca, Epis., X, 83)


Mosaico con Baco ebrio, Museo Romano-Germánico de Colonia

 Beber excesivamente traía consecuencias tales como sufrir accidentes por caídas tras abandonar el banquete:

“Volviendo el convidado Filóstrato de las aguas
de Sinuesa, empujado por la noche, a su
apartamento alquilado, por poco si se enfrenta a
un cruel destino imitando a Elpénor, al rodar
de punta cabeza por las escaleras de la primera a
la última. No hubiera sufrido, Ninfas, tan
grandes peligros, si hubiera bebido él, mejor,
vuestras aguas.” (Marcial, XI, 82)

La vinicultura era  sinónimo de civilización y los romanos creían que lo que los diferenciaba de los bárbaros era el modo de beber el  producto proporcionado por Baco. Así, mientras los romanos lo bebían mezclado con agua y especias (el vino puro sin mezcla, merum, estaba exclusivamente reservado para las libaciones religiosas), los bárbaros, los locos o los malvados lo bebían sin mezclar, es decir, puro. El tratamiento adecuado del vino consistía en añadirle agua, puesto que era necesario rebajar la alta concentración alcohólica que presentaba debido a las uvas maduras que utilizaban en su elaboración.

“Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes
veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.” (Marcial, I, 11)

En los espectáculos de gala se obsequiaba a los asistentes con diez bonos, para diez copas de vino, que se mezclaban con agua caliente, pero Sextiliano no quiere agua.

Pintura de Alma Tadema
Cuando los comensales tenían puestas sus coronas lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, quien decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas.

¿A quién elegirá Venus
rey del festín que te brindo? (Horacio, Odas, II, 8)

Las mezclas más normales eran tres partes de agua y dos de vino, o tres de agua y una de vino. El ritual de la mezcla garantizaba, por otra parte, una mayor duración del festejo y las proporciones variaban en función del momento del acto y de la importancia de los participantes. De no hacer esta mezcla, el vino llevaría rápidamente a la borrachera y a una conducta incivilizada. Beber vino sin diluir no se consideraba socialmente correcto y menos si se hacía abundantemente y estaba muy mal visto por los miembros de la sociedad que bebían con moderación. Para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

Estico.— .Prefieres tu ejercer el mando sobre el dios de las fontanas o sobre Baco?
Sa.— !Qué pregunta!, sobre Baco. Pero mientras que nuestra común amiga acaba de venir y mientras que se arregla, vamos a divertimos nosotros. Yo te nombro presidente de nuestro festin.
Est .— Me hace gracia pensar cuanto más nos va a la moda de los cínicos cuando tenemos que sentamos en los taburetes que no aquí en los divanes.
Sa.— Si, desde luego, aquí se está mucho más a gusto. Pero, a ver, tú, el presidente, ¿por qué no circula entre tanto la copa? Mira a ver cuántas copas bebemos.
Est .— Tantas cuantos dedos tienes en la mano, como dice la copla esa griega: bebe cinco o tres, pero no cuatro.
Sa.— (Echa vino en la copa.) A tu salud. Échale una décima parte de agua, si tienes cabeza. (A los espectadores)
¡A vuestra salud, a la nuestra, a la tuya, a la mía, y también a la de nuestro Estefanio!
Est .— !Venga, bebe ya, si es que vas a beber! (Plauto, Estico, V,4)

Debía decidir cuánto agua fría o caliente mezclar con el vino. Marcial se queja de que se hierva el agua que luego se deja enfriar para vinos flojos.

“Bebes vinos de Espoleto o los encubados en las
bodegas marsas. ¿Para qué quieres el noble frescor del agua hervida?” (Marcial, XIV, 116)

Vajilla para bebidas, tumba de Vestorius Priscus, Pompeya

El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, el número de cyathus (0,0456 litros) que había que escanciar en cada copa, que variaba de uno a once y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)


Pintura encontrada cerca de Pompeya, Museo Británico, Londres

“Mezcla, Cesto, honor de la mesa, los vinos setinos: me parece a mí que hasta el niño, hasta el macho cabrío están sedientos. Que fijen el número de ciatos las letras de Instancio Rufo, pues él es quien me ha hecho regalo tan grande. Si viene Teletusa y me trae los goces prometidos, me reservaré para mi amada con tu triente, Rufo. Si anda con dudas, llegaré hasta siete. Si me deja plantado como amante, para ahogar mis penas, me beberé los dos nombres juntos.” (Marcial, Epigramas, VIII, 50)

El número de copas lo marca el nombre de Instancio Rufo; pero a Marcial se le presentan tres posibilidades: acogerse a las cuatro letras del cognomen, Rufo; a las siete del nombre, puesto en vocativo, I[n]stanti, y sin pronunciar “n” ante “s”; o sumar las once letras del nombre completo.

“Escancia, siervo, aprisa,
Que por la Luna nueva
Y por la media noche
Quiero beber, y por el gran Murena.
O tres o nueve veces,
Según lo pida el caso,
Has de llenar las copas, para los brindis hechas.
El que a las nueve Musas
Cantos de amor ofrenda,
Nueve veces el vino
Renovará, si ha de cumplir con ellas.
Mas las desnudas Gracias
Sólo quieren tres brindis
Temerosas de excesos y de bajas reyertas.” (Odas, III, 19)


Escena de esclavos escanciando vino, mosaico de Dougga, túnez, foto de Dennis Jarvis

El poeta amante de las Musas puede tomar una mayor proporción de vino, bebida relacionada en la antigüedad con la inspiración, mientras que las Gracias se identifican,  con la conversación agradable propia de quienes no poseen cualidades poéticas.
Los más privilegiados podrían mezclarlo con nieve o utilizar ésta para filtrarlo. El vino se echaba desde las ánforas a una gran crátera donde se añadía el agua. Después se trasvasaba a las jarras desde las que los esclavos llenaban las copas de los invitados. 

"Vino setino y nieves y tercios sin pausa
de mi dueña! ¿Cuándo podré beberos sin que
me lo prohíba el médico? ¡Tonto y desagradecido
e indigno de semejante regalo el que prefiere
ser heredero del rico Midas! Que posea los trigales
de Libia, el Hermo y el Tajo, y que beba agua
caliente, quien me envidie." (Marcial, VI, 86)

El filtrar el vino mediante una manga de lino era necesario porque nunca quedaba limpio del todo y, con el tiempo, criaba posos que lo enturbiaban al removerlo. En las ánforas el vino mermaba porque las vasijas de tierra cocida, por su porosidad, van perdiendo su contenido con el paso del tiempo. La porosidad de los recipientes de barro, a pesar de los intentos para disminuirla recubriéndolos con pez, favorecía la evaporación del agua y el aumento relativo del alcohol, de modo que el vino se convertía en un líquido pastoso y a veces amargo, no especialmente grato al paladar.

"Desde las riberas del Etna se me devuelve, Flaco, a Terencio Prisco: que una perla blanca como la leche señale este día, que se escancie y que se aclare con el lino flexible un ánfora turbia, disminuida por cien consulados. ¿Cuándo le tocará a mi mesa una noche tan feliz? ¿Cuándo se me concederá entonarme con un vino tan merecido? Cuando la citerea Chipre me devuelva tu persona, Flaco, habrá un motivo tan bueno para mi regalo." (Marcial, VIII, 45)

Jarra cincelada, Museo Getty

Algunos anfitriones pretendían servir vinos selectos en sus cenas, pero en verdad los vinos eran de peor calidad, por lo que los comensales se quejaban.

“Tú, desde luego, siempre sirves vinos setinos o
másicos, Pápilo, pero corre el rumor de que tus
vinos no son tan buenos. Se dice de ti que con esta
garrafa te has quedado viudo cuatro veces. Ni lo
pienso ni lo creo, Pápilo, ni tengo sed.” (Marcial, Epigramas, IV, 69)

Plinio el viejo critica a aquellos de sus coetáneos que sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres. Plinio el joven censura a algunas de sus amistades porque en las cenae que ofrecen, queriendo para sí los mejores manjares y dejando para los demás las pobres pitanzas, guardan el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacan unos u otros según la dignidad de los invitados.

“Había distribuido el vino dentro de pequeñas vasijas en tres categorías, no para que hubiera la posibilidad de elegir, sino para que no existiese la oportunidad de rechazar lo que se ofrecía: una, para él y nosotros, otra, para los amigos inferiores (pues tiene a los amigos clasificados por grados), y otras, para sus libertos y los nuestros.” (Plinio, Epístolas, II, 6)


Leyendo a Homero, pintura de Alma Tadema

Algunos poetas alabaron los efectos del vino  por ser una fuente de inspiración que favorecía la expresión de hermosos  versos. Horacio era un claro defensor de beber para escribir, pues, según él, el vino ayudaba a canalizar las emociones, alegraba o entristecía según la disposición del ánimo  o invitaba al sueño:

“Ánfora, cual yo nacida
en tiempo del cónsul Manlio;
ya nos reserves pesares
o regocijos o llanto,
ya pendencias enojosas
y amores desatinados,
o ya, benigna, prefieras
un fácil sueño prestarnos…” (Odas, III, 21)

Según Horacio solo el poeta ebrio era capaz de componer versos que gustasen porque solo ellos estaban inspirados por las Musas y recomendaba a los que solo bebían agua abstenerse de escribir poesía.

“Si das crédito, docto Mecenas, al viejo Cratino,
No pueden gustar ni durar mucho los poemas que escriben los bebedores de agua. Desde que a los insensatos poetas encuadró Líber en su equipo de sátiros y faunos, a vino huelen a menudo de mañana las dulces Camenas.
Por sus loas al vino se supone borracho a Homero.
El propio padrecito Ennio nunca se lanzó a cantar combates sino bebido. “Hago saber: ocúpense de la Bolsa y el Foro los abstemios. Deje de cantar la gente seria.” Desde que publiqué este edicto, los poetas no han dejado de empinar a porfía por la noche ni de apestar por el día… (Horacio, Epístolas, I, 19)


Escena griega de banquete

Ya en Grecia se creía que algunos poetas solo eran capaces de hacer hermosas composiciones cuando habían bebido, como se refleja en la Antología Palatina.

"Desde el alba a la noche: y de nuevo otra vez hasta el alba bebe Socles en tinas de cuatro coes, pero luego de pronto se va; sin embargo, beodo compone cosas mucho más dulces que Sicélidas y es también escritor de más peso; y tan grande es tu gracia, amigo, que te ruego que escribas mientras bebes."

El poeta Socles es un bebedor irregular: en ciertas ocasiones toma grandes cantidades, pero de pronto suele retirarse del vicio. Ahora bien, cuando realmente resulta buen escritor es cuando esta beodo: el poeta le aconseja, pues, que no abandone los festines.

Horacio se deja llevar por el dios del vino Baco y emplea diferentes vinos para diferentes ocasiones, uno griego de Lesbos para disfrutar de la Naturaleza y del amor, sin peleas.

“Escanciando de Lesbos
aquí a la sombra el inocente vino,
riñas no has de temer de Baco y Marte…” (Odas, I, 17)

Pero para celebrar la derrota de la reina Cleopatra elige un Cécubo:

“Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.” (Odas, I, 37)

El Falerno le lleva a disfrutar de la vida ya ofrezca alegrías o adversidades:

“Sé igual si la desgracia te persigue
que si del prado en el confín, tendido,
en tus felices ocios saboreas
claro Falerno, en tu bodega antiguo.” (Odas, II, 3)

Copa Barber, Museo Británico

En primavera invita a Virgilio a apagar su sed con el vino de Cales y a dejarse llevar porque la vida es breve:

“Viento primaveral, a cuyo soplo
el mar queda tranquilo, empuja ya las velas.
El tiempo trae la sed. Mas, si calmarla
te apetece, Virgilio,
con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
por nardos del Oriente
has de cambiar mi vino…
Evita dilaciones
y no temas el gasto a que te invito.
Piensa que al fin la pira nos aguarda.
Y ahora, que nos es lícito,
locura breve a la razón mezclemos:
es dulce alguna vez perder el juicio.” (Odas, IV, 12)

Para concluir, Horacio aconseja el vino para olvidar las penas, enfrentarse a la vida con valentía y disfrutar del amor:

“Nada en Tíbur y en torno del fundo de Catilo
plantes, oh Varo, antes que la cepa sagrada.
Da un dios a los abstemios los más atroces males, y sólo el vino libra de las cuitas amargas.
¿Quién, habiendo bebido, teme pobreza o guerra?
¿Quién a ti, padre Baco, o a ti, Venus, no canta?...” (Odas, I, 18)

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que pierden la compostura y se ponen en ridículo.

“... consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (El Pedagogo, II)


Pintura de la casa de los Castos Amantes, Pompeya

Desde siempre el vino se ha relacionado con una larga y buena vida, con el trabajo duro, con los climas severos. Pero por el vino se pierde la belleza, por el vino se consume la juventud, y a menudo por el vino la amada no conoce a su compañero.

“¡Ay, maldito quien descubrió el vino puro
y el primero que contaminó el agua clara con néctar.
Con el vino se aja la belleza, con el vino se marchita la juventud, con el vino a menudo la amante no reconoce a su amado.” (Propercio, II, 33)

Sin embargo, Séneca recurre a la embriaguez como una especie de remedio purificador, y sólo por este motivo es aconsejable caer en ella. Pero hasta en el exceso, voluntario y buscado, hay que conducirse con moderación:

“No pocas veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no como para ahogarnos, sino para apaciguarnos; pues borra las preocupaciones y remueve a fondo el espíritu y remedia la tristeza, así como algunas enfermedades, y Líber se llama así no por la licenciosidad de la lengua, sino porque libera el espíritu de la esclavitud de las preocupaciones y lo sostiene y reanima y lo hace más atrevido para cualquier empresa. Pero lo mismo en el vino que en la libertad es saludable la moderación.” (De la tranquilidad del ánimo, 8-9)

Pintura de Alma Tadema

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que por sí solos desaconsejan hartarse de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Epis. X, 83)

Según los poetas latinos, el vino, a la vez que las preocupaciones, se lleva consigo los convencionalismos y artificios sociales, las reglas de urbanidad, y nos deja a cambio la naturalidad y la espontaneidad, favoreciendo las relaciones amorosas y convirtiéndose en el mejor aliado o el peor enemigo para los amantes.

¿Me preguntas qué consejo te doy sobre el don de Baco?, contarás con mis consejos en menos tiempo de lo que esperas. El vino predispone el espíritu para Venus, siempre que no lo tomes en gran cantidad, de forma que te deje atontado el cerebro, ahogado por el mucho alcohol. El fuego se aviva con el viento y con el viento se apaga; una ligera brisa alimenta las llamas, otra un poco más fuerte acaba con ellas. O ninguna embriaguez, o que sea tanta que te libre de preocupaciones: si está en medio de ambos extremos, es perjudicial. (Ovidio, Remedios de amor, 803)

Y si al amor y al vino le añadimos la noche, tendremos el trío idóneo para el goce total, para la pérdida absoluta de la razón. Este trío noche, vino y amor lo encontramos ya en Plauto:

“Nada puede haber más cautivador para un joven que la noche, la mujer y el vino”. (Báquides, 87-88)


Pintura de Alma Tadema

Pero la espontaneidad proporcionada por el vino permite expresar los sentimientos de forma tan intensa que puede llegar a la agresividad, e, incluso, a la pelea entre los amantes.

"Cuando presa de furor por el vino empujas la mesa y con mano furiosa arrojas contra mí copas llenas, sin duda se me dan avisos de un fuego verdadero: pues ninguna mujer sufre si el amor no es intenso." (Propercio, III, 8)

También cuando la relación amorosa se rompe y llega la tristeza, el vino puede ser un buen remedio para aliviar el dolor:

“Ahora, Baco, nos arrodillamos humildes ante tus altares: concédeme, ya sereno, propicias velas. Tú puedes reprimir el orgullo de la insensata Venus, pues con tu vino se obtiene remedio para las desventuras.” (Propercio, III, 17)

Otro de los efectos del vino en la relación erótica, es cuando, aún sin ser consumido, puede ser de gran ayuda para los amantes. Por un lado, induciendo el sueño en el marido, y proporcionando así la oportunidad deseada al poeta amante:

“Pídele a tu marido continuamente que beba, pero no acompañes con besos tus súplicas, y mientras bebe, a escondidas, añádele vino puro si puedes. Cuando, bien cargado de sueño y de alcohol, se quede dormido, el momento y el lugar nos dirán qué debemos hacer.” (Ovidio, Amores, I, 4)

Por otro, favoreciendo la promiscuidad y facilitando las relaciones sexuales al eliminar las inhibiciones y los prejuicios.

“Hay un a tal Fílide, vecina de Diana Aventina:
 sobria es poco agradable, bebida todo le sienta bien;
hay otra, Teya, en los bosques de Tarpeya, hermosa, pero, si bebe, no tendrá bastante con uno.
Decidí llamarlas para pasar bien la noche y renovar amores furtivos en placeres desconocidos.
 Sólo había un pequeño lecho para los tres en un rincón apartado del jardín; ¿preguntas por mi puesto? Me puse entre las dos. Lígdamo se encargó de las copas, vajilla de verano de vidrio y aromático vino griego de Metimna.” (Propercio, IV, 8)


Pintura etrusca de Tarquinia

Por eso Ovidio, el mejor praeceptor amoris de la literatura latina, recomienda no beber en demasía si en el banquete te han puesto al lado una mujer hermosa.

"Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica al padre Nictelio y a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza." (Ovidio, Arte de Amar, I)

 El culto a Baco se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas. Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas. Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y solo se permitió el culto a Baco cuando se decidiese que ayudaba a la prosperidad de Roma, que debía demostrarse ante el pretor urbano y con su celebración autorizada por el Senado.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXXIX, 8)


Culto a Baco,pintura de Alma Tadema


https://mospace.umsystem.edu/xmlui/bitstream/handle/10355/8100/research.pdf?sequence=3, WHEN TO SAY WHEN: WINE AND DRUNKENNESS IN ROMAN SOCIETY, Damien Martin
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748; Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana; Cristina MARTÍN PUENTE
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58880, Vino y amor en la literatura latina, Mª Luisa L. Harto Trujillo
www.elcantodelamusa.com/docs/2012/agosto/doc2_elvino.pdf, El vino: un legado romano, Pedro S. Hernández Santos
www.academia.edu/.../Eros_y_Dioniso_sexo_y_vino_en_la_elegía_latin..., Eros y Dioniso: sexo y vino en la elegía latina, Carlos Cabanillas
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3028557.pdf, EMBRIAGUEZ Y MODERACIÓN EN EL CONSUMO DE VINO EN LA ANTIGÜEDAD, Carmen Amat Flórez
La vida en la antigua Roma, Harold W. Johnston, Alianza editorial