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domingo, 30 de octubre de 2022

Mors immatura, duelo por niños y jóvenes en la antigua Roma

Museo Nacional de Dinamarca, Copenhagen

En la sociedad de la antigua Roma las inscripciones funerarias recogen las expresiones de duelo y pena, especialmente las dedicadas a los niños y jóvenes que murieron prematuramente. Lápidas, estelas y altares funerarios eran el soporte físico de los mensajes de amor de afligidos padres o parientes a sus hijos o familiares.

Los romanos pensaban que el fatum, visto como el tiempo que se asignaba a cada persona en la tierra al nacer, truncaba de forma trágica las esperanzas que los padres habían puesto en sus hijos. La tumba de la bebé de seis meses Telesphoris recuerda la precariedad de la vida. Sus padres quisieron perpetuar su memoria como testimonio de su amor y su pena con una suntuosa estela funeraria que incluía el retrato de su hija, de la que no se menciona el nombre, quizás porque lo más importante era destacar su desaparición a tan tierna edad y su comparación con una flor de corta existencia. Este epitafio demuestra que a pesar de haber pasado poco tiempo con su hija, los padres desarrollaron un profundo afecto por ella.

“Telesphoris y su esposo, los padres, a su dulcísima hija.
Hay que lamentarse por esta dulce niña.
¡Oh si no hubieras nacido, cuando fuiste tan amada!
Y sin embargo estaba decidido en tu nacimiento que nos abandonarías,
con gran dolor para tus padres.
Vivió medio año y ocho días. La rosa floreció y pronto se marchitó.”
(CIL XIII, 7113)

Detalle de estela funeraria de la hija de Telesphoris,
Landesmuseum, Mainz. Foto Ortolf Harl

Debido a la alta mortalidad infantil de la época se puede pensar que los padres de la sociedad romana estaban preparados para ver morir a sus hijos y nietos y acostumbrados a pasar por el doloroso trance sin hacer gran exhibición de pena por la pérdida, como así parece indicarlo los escritos de algunos autores que advierten sobre dicha situación.

"La naturaleza nos dice a todos: «A nadie engaño: si tú das hijos a luz, podrás tenerlos hermosos, pero también feos: y si por acaso tienes muchos, uno podrá salvar la patria, otro venderla. No desesperes de que lleguen algún día a gozar de tanto favor que nadie, por causa de ellos, se atreva a ofenderte; mas piensa también que de tal manera pueden mancharse, que hasta su nombre sea un ultraje. No es imposible que te presten los últimos honores y que pronuncien tu elogio; y sin embargo, debes estar dispuesta a depositarlos en la pira, niños, hombres o ancianos, porque los años no importan nada, no habiendo funerales que no sean prematuros cuando la madre los acompaña». Después de estas condiciones, convenidas de antemano, si engendras hijos, libras de toda responsabilidad a los dioses, que nada te han prometido." (Séneca, Consolación a Marcia, XVII,7)

Sarcófago de un niño. Palazzo Massimo, Museo Nacional Romano, Roma. Foto Samuel López

Sin embargo, en contra de la idea de que las muertes sucesivas de sus hijos acostumbraban a los padres a no sentir pena cuando cada uno moría, Frontón demuestra que al menos algunos padres sentían profundo dolor cuando alguno de sus hijos fallecía.

“A Antonino Augusto, Frontón:

Con muchos golpes de este tipo me ha probado la suerte durante toda mi vida. En efecto, para no mencionar otras desdichas mías, he perdido cinco hijos, sin duda, en la más desgraciada circunstancia de mi vida, pues los cinco los perdí como si cada uno fuese el único, soportando esta serie de muertes de tal manera que nunca nacía un hijo sino después de haber perdido al anterior. Y así siempre fui perdiendo los hijos sin que me quedase consuelo alguno y fui engendrándolos en medio de un luto reciente.”
(Frontón, Epistolario, 202)

Sarcófago infantil, Museo Británico, Londres

Según el modo de pensar de los antiguos romanos, las emociones que revelaban el lado irracional de los humanos no deberían mostrarse abiertamente delante de toda la comunidad. Estas emociones iban desde la extrema alegría y entusiasmo hasta la más profunda tristeza, ira, desilusión, dolor y temor. La manifestación excesiva de las emociones iba en contra de los tradicionales valores romanos, que daban gran importancia al autocontrol y al decoro.

Plutarco escribe una carta a su esposa en consolación por la muerte de su hija pequeña. Ambos ya habían sufrido la pérdida de dos hijos, pero el autor se muestra partidario de evitar la excesiva expresión de pena y de los signos de luto.

"Dicen también esto con asombro quienes estuvieron presentes, que ni siquiera te pusiste un manto de luto ni te sometiste tú ni a tus sirvientas a aparecer con signos de duelo y afeamiento, que no hubo ninguna disposición de un panegírico lujoso en tomo a la tumba, sino que todo se hizo ordenadamente y en silencio en compañía de los más allegados." (Plutarco, Escrito de Consolación a su mujer, 609 A)



Los varones romanos de la élite debían poseer ciertas virtudes necesarias para hacer carrera en la política o en el ejército, tales como virtus (valor), fortitude (fortaleza) y continentia (autocontrol). Esta última les distinguía de los varones de grupos sociales inferiores, pero les obligaba a mostrar moderación en la expresión de sus sentimientos. Debido a ello Nerón es criticado por la falta de decoro al morir la niña que tuvo con Popea a los pocos meses de nacer.

“Siendo cónsules Memmio Régulo y Virginio Rufo, tuvo Nerón una alegría extraordinaria, por causa de una hija que le nació de Popea, a quien llamó Augusta, dando también a su madre el mismo sobrenombre. Fue el parto en la colonia de Ancio, donde él también había nacido. Ya de antes había el Senado encomendado a los dioses la preñez de Popea, y hecho públicos votos, que se cumplieron y multiplicaron con el parto, añadiendo procesiones y rogativas, y por decreto un templo a la Fecundidad, y un torneo a ejemplo de la religión de Atenas; que se pusiesen en el trono de Júpiter Capitalino las estatuas de oro de las Fortunas; que así como en Bovile se hacían las fiestas circenses en honra de la familia Julia, así también se celebrasen en Ancio en honor de la Claudia y de la Domicia: que fueron todas cosas de poca duración, muriendo como murió la niña antes de cumplir los cuatro meses. Nacieron otra vez de aquí nuevas adulaciones, decretándole honores divinos, altar, simulacro, templo y sacerdotes. Nerón, así como se mostró extremado en el contento, asimismo lo fue en la muestra de dolor.” (Tácito, Anales, XV, 23)

Retrato de una niña, tumba de Aline,
Hawara, Egipto

Recrearse en el dolor por una joven vida rota se consideraba excesiva e incluso ostentosa. Plinio el Joven critica en una de sus cartas a Régulo por su falta de autocontrol con ocasión de la muerte de su hijo.

“Sin embargo, ahora llora al hijo perdido de una forma insensata. El muchacho poseía muchos ponis de silla y de enganches, tenía también perros de todos los tamaños, tenía ruiseñores, papagayos y mirlos; a todos los sacrificó Regulo delante de la pira funeraria. Aquel no era un auténtico dolor, sino una ostentación de dolor.” (Plinio, Epístolas, IV, 2)

Detalle del sarcófago con Aquiles llorando a Patroclo.
Museo Arqueológico Ostiense, Roma
..
Sin embargo, la actitud del emperador Marco Aurelio ( al que se le murieron varios hijos) ante la muerte de uno de sus hijos, que ya había sobrepasado la más tierna infancia, es considerada digna y ejemplar.

"Por los mismos días de su marcha, cuando descansaba en su retiro de Preneste, perdió a un hijo de siete años llamado Vero César, al sajarle un tumor debajo de la oreja. Guardó luto solamente durante cinco días por él, y, consolando a los médicos que le habían atendido, se entregó de nuevo a la administración de los asuntos públicos. Y, como se estaban celebrando los juegos de Júpiter Óptimo Máximo, no consintió que se interrumpieran con luto público y ordenó que se limitaran a decretar la erección de estatuas en honor de su hijo muerto, que una imagen suya de oro fuera paseada en la procesión de los juegos circenses y que su nombre fuera inscrito en los himnos de los Salios." (Historia Augusta, Marco Aurelio, 21, 3-4)

Busto de Annius Verus, Museo de Arlés,
 Francia. Foto de Elliot Sadourny

También Tácito alaba la reacción del general Agrícola cuando perdió a su hijo de un año ya que demostró un autocontrol típico de militar.

“Al inicio del siguiente verano, Agrícola recibió un duro golpe en la familia, pues murió el hijo que había tenido un año antes. No soportó su pesar como la mayoría de hombres, que presumen de su fortaleza, ni con los lamentos y la tristeza propia de una mujer, y entre su desolación la guerra le resultaba un alivio.” (Tácito, Agrícola, 29)

En los inicios del duelo podía haber cierta comprensión y tolerancia hacia aquellos hombres que no podían dominar sus emociones, por lo que las convenciones sobre la exhibición de las emociones no eran tan estrictas en los primeros momentos de su dolor. Plinio se refiere a esta circunstancia al hablar de la pena de su amigo Fundanus al perder a su hija Minucia.

“Ha perdido, en efecto, a una hija, que se parecía a él no menos en su carácter que en su rostro y su fisonomía, y que era el vivo retrato de su padre con una asombrosa similitud. Por ello, si quieres enviarle una carta con motivo de este dolor tan natural, recuerda que debes ofrecerle consuelo, pero no uno que parezca una reprimenda ni demasiado crudo, sino delicado y comprensivo. El paso del tiempo hará que esté más dispuesto a aceptar esta perdida. Pues como una herida todavía abierta se resiste a aceptar la mano de quien le quiere curar, luego la acepta y por último la reclama, así un dolor aún reciente del espíritu rechaza y huye de los consuelos, después los echa de menos y se calma si le son ofrecidos benignamente.” (Plinio, Epístolas, V, 16)

Sarcófago infantil, Museo de Agrigento, Sicilia. Foto Zde

Ocasionalmente, sin embargo, un varón noble podía  haber sentido la necesidad de dar paso a su dolor por una muerte repentina o por enfermedad y expresarla de forma que no correspondía al concepto elitista de continencia, dando paso a su pena únicamente en la privacidad de su propio hogar.

“No deben los griegos admirar tanto a aquel padre que, en medio de un sacrificio, al saber la muerte de su hijo, se limitó a mandar callar al flautista, y quitándose la corona de la cabeza, terminó ordenadamente la ceremonia. Así lo hizo el pontífice Pulvilo cuando, al pisar el umbral del Capitolio que iba a consagrar, supo la muerte de su hijo. Fingiendo no haber oído, pronunció las palabras solemnes de la fórmula pontificia sin que un solo gemido interrumpiera la plegaria: oía el nombre de su hijo, e invocaba a Júpiter propicio. Comprenderás que su duelo había de tener término, puesto que el primer impulso, el primer arrebato del dolor, no pudo separar a aquel, padre de los altares públicos, ni de aquella invocación al dios tutelar. Digno era a fe mía de aquella memorable dedicación, digno de aquel sacerdocio supremo, quien no cesó de adorar a los dioses ni cuando se mostraban irritados contra él. De regreso a su casa, sus ojos lloraron y su pecho lanzó algunos gemidos; pero después de tributar los honores acostumbrados a los difuntos, recobró el semblante que tenía en el Capitolio.” (Séneca, Consolación a Marcia, XIII, 1)

Estela funeraria de Tiberius Natronius, Necrópolis del Vaticano.

Hombres reputados son retratados como cercanos a las lágrimas cuando se enfrentan a la muerte de sus hijos o nietos, aunque ello ocurre generalmente de forma privada. Augusto solía besar el retrato de su nieto favorito tras su muerte, puesto que los retratos de los niños en un contexto funerario hacen recordar el tiempo en que sus vidas florecían.

"Germánico tuvo por esposa a Agripina, hija de Marco Agripa y de Julia, que le dio nueve hijos; dos de ellos murieron en su más tierna infancia, y un tercero cuando se estaba ya convirtiendo en un niño de notable encanto; Livia consagró una imagen suya, en la que aparecía caracterizado de Cupido, en el templo de Venus Capitolina, y Augusto colocó otra en su dormitorio, que besaba cada vez que entraba en él." (Suetonio, Calígula, 7)

Retrato de niño. Época Julio-Claudia

La expresión funus acerbum designa al conjunto de ceremonias fúnebres a las que era sometido un individuo fallecido antes de tiempo, es decir, víctima de una muerte prematura, también llamada mors immatura o mors acerba. En este grupo se incluyen los muertos tras el parto o en los días siguientes, y los infantes, pero también todos aquellos que murieron a una edad temprana, como los jóvenes fallecidos antes del matrimonio o las mujeres que perecieron durante el parto. El funus acerbum se celebraba en un principio por la noche en la más estricta privacidad para reducir la visibilidad de tales muertes en la comunidad a la que el infante ya había dejado de pertenecer.

"Bajo el imperio de la naturaleza lloramos cuando nos sale al paso el entierro de una muchacha casadera o se cierra la tierra sobre un niño demasiado chico para el fuego de la pira. Porque, ¿qué persona buena y digna de antorcha iniciática, como el sacerdote de Ceres exige, cree que existe desgracia alguna ajena a sí mismo? Esto nos distingue de las bestias mudas, y por esa razón, habiéndonos cabido en suerte a nosotros solos una inteligencia digna de consideración, capaces como somos de nociones divinas y aptos para inventar y ejercitar las artes, hemos sacado del Alcázar del Cielo un sentimiento de allí enviado, del que carecen las bestias que andan boca abajo y miran a la tierra." (Juvenal, Sátiras, XV, 130)

Pira romana, acuarela IDU Ilustración (Iñaki, Diéguez Uribeondo)

La edad cronológica, así como el status de los difuntos en la comunidad, solía determinar la adopción de ritos específicos relacionados con el momento en que ocurrían las exequias, el tratamiento del cadáver (cremación o inhumación), el lugar donde se depositaban los restos mortales, así como las características de la tumba y del ajuar, además de otros aspectos relacionados, por ejemplo, con la duración del luto.

Los hallazgos arqueológicos parecen demostrar que los bebés fallecidos con menos de un año podían ser enterrados dentro de edificios y/o junto a muros en espacios domésticos o artesanales fuera de las áreas funerarias convencionales.



Según algunos autores clásicos los infantes fallecidos antes de que les hubieran salido los dientes, es decir menores de seis meses de edad, no eran sometidos a la crematio, porque sin dientes no quedaría ningún resto que pudiera regresar a la tierra. Por tanto, estos eran inhumados, lo que suponía una excepción a la práctica de la cremación, predominante en la parte occidental del Imperio romano entre los siglos I a. C. y II d. C.

"No es costumbre de los pueblos la cremación de un hombre antes de que le salgan los dientes." (Plinio el viejo, Historia Natural, VII, 15, 72)


Por norma los infantes menores de un año eran depositados en pequeñas fosas o en contenedores, muchos en posición fetal, y no solían presentar ajuar, sobre todo los fallecidos entre el parto y los días siguientes o los fallecidos con pocos meses de vida. Además raramente solían ser conmemorados, y se recomendaba que no se hiciera luto formal para los niños fallecidos en su primer año de vida.

"No dejará tu recuerdo sin llorar mi planto de buena memoria, hijo mío, el primero que recibió mi nombre; a ti cuya pérdida, cuando intentabas transformar los balbuceos en tus primeras palabras, lamentamos con funerales propios de persona mayor. Tú fuiste colocado al morir en la tumba de tu bisabuelo, para que no sufrieras envidia alguna por tu sepulcro." (Ausonio, Mi hijo pequeño, 10)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Sin embargo, la decisión de erigir una lápida o monumento por un niño menor de un año era algo especial y personal, y, aunque no era habitual incluir palabras de sentimiento por la pérdida de un hijo, sí se mencionaba el nombre del niño, su edad, y el nombre y relación de los dedicantes (generalmente los padres, pero a veces los abuelos o la nodriza). La mención de la edad del difunto podía tener la intención de remarcar el dolor que implicaba una muerte tan temprana.

"A los dioses Manes y a Aelia Secundilla, hija de Publius Aelius Secundus, que vivió 41 días. Publius Aelius Secundus y Flavia Secundilla, los padres lo hicieron." (CIL VI.10978)


"A los dioses Manes. Lucius Cassius Tacitus lo erigió para su hijo Vernaclus, que vivió nueve días." (CIL XIII. 8375)

En cuanto a los restantes infantes, es decir, los fallecidos con uno a seis años, exceptuando algunos casos puntuales, eran sometidos al rito de la cremación. Sus tumbas podían presentar características similares a las de los adultos.

"A los dioses Manes. Para Claudius Hyllus, que vivió cuatro años, siete meses y cinco días. Claudius Tauriscus mandó que lo hicieran para su queridísimo hijo."

Altar funerario de Claudius Hyllus. Foto Sotheby´s

Los pueri, niños de siete a doce años, sí solían ser conmemorados, y en cuanto al duelo, este duraba cerca de diez meses para los fallecidos con siete a nueve años, mientras que a partir de los diez se hacía de igual modo que para los adultos.

"A los dioses Manes.
Para Marcus Carienius Venustus, hijo de Marcus, que vivió 8 años y 10 meses. Marcus Carienius Felix Carienia Venusta, sus infelices padres lo hicieron."
(CIL VI 14402)

Monumento funerario de M. Carienius Venustus.
Royal Ontario Museum, Canadá


Roma tenía regulaciones específicas con relación al duelo por los niños que incluso se recogían por ley.

"Él mismo arregló los duelos por edades y tiempos, como por un niño menor de tres años, que no se haga duelo; por uno de más tiempo el duelo no ha de ser de más meses que años vivió, hasta diez, sin pasar de allí por edad ninguna, sino que el más largo tiempo de duelo había de ser de diez meses." (Plutarco, Numa, 12)

“Por los padres debe hacerse un duelo por un año, como por los niños mayores de 10 años. Los niños hasta tres años deben ser llorados por un mes por cada año que tenían al morir”. (Paulo, Opiniones, I, 21, 13)


Tanto la literatura como la epigrafía proporcionan ejemplos de reacciones individuales que ilustran actitudes diversas ante la pérdida y el dolor. Con respecto a la muerte de niños y jóvenes, en los tiempos más antiguos el duelo era proporcional al tiempo que habían vivido.

Cicerón reflexionó en uno de sus diálogos sobre como los padres que pierden un hijo de menos de un año no han tenido la oportunidad de forjar sus esperanzas para el futuro de estos niños:

“Son las mismas personas las que piensan que, si muere un niño pequeño, hay que soportarlo con ánimo sereno, mientras que, si muere en la cuna, no hay ni siquiera que lamentarlo. Y eso que la naturaleza le ha exigido a éste con mayor crueldad lo que le había concedido. «Él no había gustado aún la dulzura de la vida», se dice, «mientras que el primero tenía ya grandes esperanzas que había empezado a disfrutar».” (Cicerón, Disputaciones Tusculanas, I, 39)

Monumento funerario de L. Julius Thamyrus.
Galería de los Uffizi, Florencia

Ocasionalmente, incluso los bebés que morían antes de recibir su nombre oficial (lo que ocurría a los nueve días) eran conmemorados por su nombre. Sextus Bebius Stolo solo vivió cuatro días y diez horas, pero su tria nomina indica que era ciudadano y nacido libre.

"A los Manes de Sextus Bebius Stolo que vivió cuatro días y diez horas Caius Bebius Hermes, soldado de la flota del Miseno y Aurelia Proba a su dulcísimo hijo." (CIL X.3547)

Retrato de una niña, Hawara, Egipto

Dado que la alta mortalidad entre infantes y niños pequeños en la antigüedad clásica, cuanto más tiempo sobrevivían, más seguros podían sentirse los padres al planear su futuro, pero hacerlo muy pronto no era aconsejable, porque las esperanzas paternas podían verse pronto frustradas.

El retórico y pedagogo hispano Quintiliano perdió a su esposa, muy joven, y posteriormente a sus hijos de cinco y nueve años. Para este último había hecho ya planes de futuro, entre los que se incluía el matrimonio.

"Bien merecidos tengo los tormentos y pensamientos que día y noche me asaltan. ¿Conque te he venido a perder cuando, adoptado por un cónsul, y destinado para ser yerno de un pretorio, tío tuyo, fundabas las esperanzas de un padre no menos con la de tus honores venideros que con las muestras de que aspirabas a la gloria de la elocuencia ática, trocándose todo esto en daño mío? Tome, pues, venganza de un padre que pudo vivir después de perdido un hijo, ya que no el deseo de la vida, a lo menos el sufrimiento e infelicidad con que la paso." (Quintiliano, Instituciones Oratorias, VI)

Tapa de sarcófago de un niño. Termas de Diocleciano, Museo Nacional Romano, Roma


Para referirse a la muerte prematura (mors acerba) se recurría a la metáfora de la fruta no madura, ya que acerbus significa sin madurar. Por ejemplo, en el epitafio de Nymphe, una niña de cinco años cuenta su corta vida, comparándola a una manzana en un árbol, recogida antes de tiempo. La muerte detuvo el ciclo natural de su vida antes de cumplir sus expectativas como mujer.

“A los manes de Nymphe. Achelous y Heorte (lo mandaron hacer) para su dulcísima hija. ¡Saludos! Tú, que estás ahí y ves mi sepulcro, contempla qué vida más indigna me fue concedida. Por cinco años (…) los padres. Cuando me acercaba al sexto año, mi vida acabó. No os enojéis, padres: tenía que morir. El tiempo de mi vida se apresuró, de esta manera lo quiso mi destino. Igual que las manzanas cuelgan del árbol, nuestros cuerpos ya caen al suelo cuando maduran o, rápidamente se desploman, aún inmaduros. Te pido, losa, que descanses ligera sobre mis huesos, si no quieres ser una pesada carga para una tierna edad. ¡Adiós!” (CIL XI 7024)

Busto de niña. Villa Getty, Los Ángeles

Los sentimientos de amor parental y ternura familiar parecen haberse empezado a expresar solo a partir de mediados del siglo I a.C. A partir de ese momento, los niños se convirtieron en un tema de arte funerario, y proliferaron las muestras de amor y afecto por ellos en los epitafios. El epíteto dulcissimus or dulcissima se elegía para conmemorar a los niños pequeños e indicar una cálida relación afectiva.

“A los dioses Manes
A Anthus. Lucius Julius Gamus, el padre a su dulcísimo hijo”

Altar funerario de Anthus. Museo Metropolitan, Nueva York


La palabra “dulcissimus” se empleaba generalmente para niños más pequeños, mientras que “carissimus” y “pietissimus” se utilizaban para caracterizar a los niños mayores de cinco años. Carissimus hace referencia al afecto que los padres mostraban por sus hijos y pietissimus (o pientissimus), que se puede traducir como el más devoto u obediente, haría referencia al cumplimiento del deber filial y a la obediencia por parte de los hijos.

"Decimus Cornelius Herma y Cornelia Tyche, de Ravenna, los desgraciados padres lo hicieron para sus muy devotas hijas Cornelia Helpidis que murió a los 18 años, Cornelia Helpiste que murió a los 19, y Restuta que murió a los 7, y para sus libertos, libertas y sus descendientes."

Retrato de niña época flavia.
Museo Metropolitan, Nueva York

Las muestras de dolor por los niños o jóvenes no solo provenían de los afligidos padres, sino que los amos de esclavos nacidos en su casa exhibían la pena que sentían al morir estos, a los que habían visto nacer y crecer, y a los que en caso de muerte de sus propios padres habían criado, a veces como si fueran sus propios hijos.

“¿Qué delito, qué error es el que purgo con castigo tan grave? He aquí que se me arranca un niño que tenía mis entrañas y mi alma en sus brazos murientes; que no era, ciertamente, de mi estirpe, ni llevaba mi nombre, ni tenía mis rasgos; no lo había engendrado, pero mirad mis lágrimas y mis mejillas lívidas, y creed en el llanto de un hombre abandonado… ¿Podría no llorarte, niño amado? Mientras estuvo a salvo, no ansié tener hijos, desde su nacimiento, al punto su llanto me envolvió y traspasó, yo le enseñé palabras y sonidos, e interpreté sus llantos y sus penas secretas, y cuando gateaba, agachándome hasta el suelo lo elevé hasta mis besos, y acogía en mi seno cariñoso, en el momento mismo, sus mejillas de grana y le atría los amables sueños. Mi nombre fue el primero que supo pronunciar, mi risa, el primer juego para sus tiernos días, de mi rostro nacía su alegría….” (Estacio, Silvas, V, 5)


Martial era un esclavo menor de tres años y su amo le quería hasta el punto de encargar una costosa pieza de mármol en su honor, quizás como parte de un monumento funerario.

"Al dulcísimo Marcial, esclavo, que vivió dos años, diez meses y ocho días. Para él, que lo merecía, Tiberius Claudius Vitalis lo mandó hacer."

Busto del niño Marcial. Villa Getty, Los Ángeles

Las imágenes de niños que se representaban en estelas y altares funerarios podían evocar distintos mensajes. Uno de ellos era la indicación de status social y de la romanitas de la familia, como es el caso de mostrar al niño con bulla y toga como signo de su nacimiento libre. El tema de la muerte prematura se trata con la alusión a los dioses, especialmente, a los relacionados con los difuntos y la conmemoración de su pasada existencia junto a la referencia a lo que podía haber llegado a ser en su vida sino hubiera fallecido a tan temprana edad, podía dar la esperanza a los parientes afligidos de que la vida continuaba, aunque alterada por el destino. La idealización de las cualidades de los hijos difuntos ayudaría a sus padres y parientes a aliviar su pena.

En la estela de Marcianus, el niño es representado con túnica, toga, bulla y una bolsa con libros, y es el propio Marcianus el que expresa su propio epitafio en verso, destacando su dulzura y elocuencia, haciendo referencia a su destino controlado por las Parcas y haciendo ver su status por la asistencia masiva a su funeral.

“En esta tumba Descanso yo, Marcianus, para toda la eternidad.
No esperaba contemplar todavía los reinos de Proserpina.
“Nací en el segundo consulado de Severo con Fulvus, y desde el principio fui muy dulce. Cuando llegué a los seis años, mi salud decayó. ¡Oh, el noveno día que amaneció para mis padres me alejó de sus lamentos! ¡Qué grandes habían sido mis expectativas, si los hados lo hubieran permitido! Las musas, me habían dado a mí, un niño, el don de la elocuencia. Láquesis me envidió, la cruel Cloto me mató, y la tercera Parca no me permitió recompensar la devoción de mi madre. ¡Qué diligentemente, venía la gente llorando por la Vía Sacra para asistir al funeral! Lo llamaron `el día de los Muertos, por la solemne reunión, ya que a nadie tan joven le roban sus años con una engañosa esperanza. Todo el vecindario vino, también, de todas partes para verme morir por el destino en la flor de la vida. ¡Tú, que vives por siempre, conforta a los buenos, conserva sus vidas, y continúa protegiéndolos!”
(CIL VI, 7578)

Estela funeraria de Marcianus, Vigna Amendola, Roma


Otra referencia simbólica a la muerte prematura es la representación de los niños como más mayores de lo que eran cuando fallecieron. Este es el caso de la niña Hateria Superba que habiendo muerto con dieciocho meses aparece en el altar funerario dedicado a su familia llevando túnica, toga y un tocado en el pelo como si fuera una niña de más edad. Sus padres parecen haber sido libertos por sus nombres de origen griego.

“A los dioses Manes, para Hateria Superba que vivió un año, seis meses y veinticinco días. Sus desgraciados padres, Quintus Haterius Ephebus y Julia Zosima, lo erigieron para su hija, para ellos y su propia familia.” (CIL VI 19159)


Las referencias a su vida terrenal aparecen en las figuras de un perrito y un pájaro que podían ser sus mascotas y la alusión a su muerte y a su vida eterna se ven en los erotes que la coronan y la referencia al culto de Isis con las perlas que cuelgan en su frente.

Monumento funerario de Hateria Superba,
Galería de los Uffizi, Florencia

La muerte prematura de los hijos destruye las esperanzas que los padres habían puesto en ellos. Los padres que criaban y se ocupaban de sus hijos esperaban a su vez ser cuidados y mantenidos por ellos en su vejez, pero su descendencia desaparecida nunca llegaría a ser independiente o convertirse en miembros útiles para la sociedad y condenaba a sus parientes a la soledad y la pena.

“Saludos, viajero, pasando por aquí, sin aficción física, detente por un momento y lee esto: por la injusticia de Orcus, que arruinó generaciones, padre y madre tuvieron que hacer por sus desgraciados y dulces hijos lo que había sido el deber de los hijos hacia sus padres, porque ellos no pudieron convencer a los dioses para salvarlos, ni pudieron retenerlos, ni traerlos de vuelta.

Lo que pudieron hacer es, restaurar sus nombres a los celestiales, los nombres de Primigenius, Severus, Pudens, Castus, Lucilla, y Potestas. Esos infelices, abandonados por su prole, dado que habían esperado morir antes que sus hijos, añadieron sus nombres en el mismo lugar, estando todavía vivos, mientras que, nacido bajo un mal hado e injusta suerte, no pudiendo marchar antes que sus hijos, ahora no pueden ni siquiera seguirlos tan rápido como esperaban.

Pero ahora, nosotros, desgraciados, abandonados por nuestros hijos, pedimos a los dioses del cielo y del infierno que permitan a nuestro pequeño nieto, Thiasus, que dejó nuestro hijo Pudens, de corta edad, como una chispa que salta del fuego, heredero de nuestra estirpe, que nos sobreviva: pueda él vivir, ser fuerte, pueda él tener lo que desee. Y ahora te pedimos, nuestro pequeño nieto, servir con deber filial y cuidar la tumba de tus antepasados, y, si alguien te pregunta quién se halla aquí, tú dirás: es Murranus, mi abuelo, porque la desdicha enseña incluso a los bárbaros compasión.”

Monumento funerario de un niño.
Yale University Art Gallery

Las esperanzas de las familias también se veían frustradas en el caso de las jóvenes que fallecían estando en edad de casarse. Puesto que las mujeres no podían destacar con ningún logro político, artístico o social, la única aspiración que tenían era convertirse en madres de ciudadanos romanos que contribuyesen socialmente a la gloria de Roma, por lo cual su temprana desaparición privaba a los padres del único honor que sus hijas podían concederles.

"Te estoy escribiendo esta carta en medio de una gran aflicción: la hija menor de nuestro querido amigo Fundano ha fallecido… Aún no había cumplido los trece años, y ya tenía la prudencia de una mujer de edad y la dignidad de una madre de familia, conservando sin embargo el encanto de la juventud junto con una inocencia virginal… iOh, qué trágico y prematuro funeral! iOh, ese instante de la muerte más cruel que la propia muerte! Ya había sido prometida a un distinguido joven de buena familia, ya había sido señalado el día de los esponsales, y nosotros ya habíamos recibido las invitaciones para el acto. iEn qué profunda tristeza se ha cambiado tanta alegría!" (Plinio, Epístolas, V, 16)

Tapa de sarcófago. Villa Getty, Los Ángeles

Los testimonios indican que la edad apropiada de las niñas para ser prometidas en matrimonio era alrededor de los trece años.

"No había bastado que estos desafortunados padres vivieran con un único dolor, porque ya antes habían perdido a una hija: helos aquí ahora con otra hija enterrada que les renueva el mismo dolor, pues las dos desdichadas fueron a morir ya casi en su edad nupcial. Y qué dolor tan grande nos has dejado, Armonía Rufina, después de vivir con nosotros trece años, seis meses y veintiséis días. Y nosotros, vuestros padres, estamos deseosos de acercarnos a vosotras, yo, vuestro padre Harmonio Jenaro, junto con vuestra madre, Claudia Trófime, que llora y vive sin dejar de lamentarse. Y no dudamos, desde luego, en abandonar la vida y morir." (Epitafio a Armonía Rufina, CIL X, 2496)

Una de las quejas más comunes a la hora de lamentar la muerte de los niños o personas jóvenes era la interrupción de su ciclo natural de vida. Algunos retratos de niños en un contexto funerario idealizado recordaban a los que los veían que hubo un tiempo en que completaron ciertas etapas como la infancia y tuvieron las vivencias propias de su edad.

Sarcófago de M. Cornelius Statius, Museo del Louvre. Foto Ilya Shurigin

Como uno de los principales motivos de erigir un monumento funerario desde el más simple hasta el más elaborado es mantener el recuerdo al difunto, los afligidos padres o parientes se centraban en resaltar las características particulares o los rasgos más sobresalientes de sus seres queridos. Para ello los niños y las niñas solían ser mostrados de forma diferente en sus monumentos funerarios. Los niños aparecían con un aspecto mayor de lo que eran y frecuentemente vestidos con una toga y un rollo de papiro semejando un orador, pues la educación era un medio de alcanzar riqueza y status, que era lo que los padres habían deseado para sus hijos. En el caso del niño poeta Quintus Sulpicius Maximus se incluye una composición poética en griego del propio difunto que leyó en los terceros juegos Capitolinos del año 94 d.C., para indicar lo que ya valía a su temprana muerte, once años.

"Dedicado a los dioses Manes.
A Quintus Sulpicius Maximus, hijo de Quintus, de la tribu Claudia, de Roma, que vivió 11 años, 5 meses y 12 días. En el tercer concurso quinquenal, entre 52 poetas griegos, recibió el favor del público debido a su talento natural a tan temprana edad, lo que le distinguió del resto. Sus versos se han escrito debajo, para que sus amantes padres no sean considerados como exagerados a causa de su afecto. Quintus Sulpicius Eugramus y Licinia Januaria, sus desgraciados padres, erigieron este monumento para su leal hijo, para ellos, y para sus descendientes."

Altar funerario de Q. Sulpicius Maximus,
Central Montemartini, Roma

Algunos padres destacaban las cualidades en las que sobresalían sus hijas, teniendo en cuenta, sobre todo, su educación. Los epitafios con referencias a la mitología o personajes legendarios pueden indicar la importancia que los progenitores daban a la educación y cultura.

"Procura el descanso de las sombras y los alabados espíritus de los piadosos, que guardan los sacros lugares del Erebos, lleva a la inocente Magnilla por los bosques y valles directamente hasta los campos Elisios. Ella fue arrebatada en su octavo año por los temibles Hados, mientras disfrutaba de su tierna infancia. Ella era hermosa, admirable en su razonamiento, sabia para su edad, decente, dulce y encantadora. Una niña tan infeliz a la que se le ha privado de vida tan pronto debería ser llorada con lamentos y lágrimas eternas. ¿O deberíamos decir feliz porque ha evitado la desgraciada ancianidad? Así Pentesilea lloró menos que Hécuba."


Ocasionalmente las niñas podían ser representadas también con elementos que denotaban su educación, como puede verse en la estela funeraria de Avita, que murió con diez años.

Estela funeraria de Avita,
Museo Británico, Londres

Las niñas se veían reflejadas en sus monumentos funerarios destacando su dulce carácter y belleza y las más mayores con referencia a sus cualidades para convertirse en matronas, o en caso de libertas podían indicarse sus virtudes artísticas o laborales.

"Éucaris, liberta de Licinia, docta doncella, instruida en todas las artes, vivió 14 años. Detén tu paso, tú que con mirada errante observas las mansiones de la muerte, y lee entero mi epitafio, que el afecto de un padre dedicó a su hija, para que se depositaran allí los restos de su cuerpo. Cuando aquí mi juventud florecía abundantemente con las artes y, con el paso del tiempo, ascendía hacia la gloria, la triste hora de mi destino llegó hasta mí e impidió que el aliento de
la vida avanzase más allá. Culta, educada casi por la mano de las musas, yo que hasta hace poco adorné con mi baile los espectáculos de los nobles y aparecí
como la más distinguida ante el público en la escena griega, he aquí que las hostiles Parcas han depositado mis cenizas en este túmulo con un poema. La
dedicación, cuidado y amor de mi patrona, mis glorias y mi éxito se desvanecen, incinerado mi cuerpo, y guardan silencio en la muerte. He dejado lágrimas
para mi padre, a quien he precedido en la muerte, a pesar de haber nacido después. Ahora mis catorce años están retenidos conmigo en la oscuridad eterna
de la morada de Dis. Te pido que, al alejarte, digas que la tierra me sea ligera."
(CIL VI, 10096)

Estatua de una joven. Museos Capitolinos, Roma

En las tumbas de los niños, al igual que en las de los adultos, se depositaba un ajuar funerario, que consistía en los elementos domésticos que formaban parte de la vida del difunto durante su corta vida. En el sepulcro de Crepereia Tryphaena se encontró junto a sus restos una muñeca articulada y varios artículos de joyería.

Parte del ajuar de Crepereia Tryphaena, Central Montemartini, Roma

Una estela del siglo I d.C. describe de manera muy precisa el drama familiar que se produce al ocurrir una muerte infantil por el descuido de los adultos. Las referencias a las lamentaciones tras la muerte y al destino son constantes.

“El sol ya se había sumergido en la morada [de la noche], cuando, tras la cena, mi tío materno me llevó a lavar. Las Moiras entonces me hicieron sentar sobre el pozo. Porque yo me había escapado y la malvada Moira guiaba mis pasos. Cuando la divinidad me vio
allí abajo, me entregó a las manos de Caronte. Mi tío oyó el ruido que hice al caer en el pozo. Al punto echó a correr mi tía, que me andaba buscando. Pero yo ya no tenía ninguna esperanza de volver a vivir entre los hombres, y ella comenzó a desgarrar su túnica. También mi madre empezó a correr, más se paró dándose golpes en el pecho. Luego mi tía cayó de rodillas ante Alejandro que, cuando la vio, sin vacilar al momento saltó dentro del pozo. Me encontró allí abajo sumergido, y me sacó en un cesto. Al instante, mi tía me arrebató de sus manos, empapado como
estaba, mirando si aún me quedaba algo de vida. Pero vio que, desdichado, ya nunca vería yo una palestra, y que con solo tres años la malvada Moira me había ocultado”
 (GV 1159)

Clotilde en la tumba de sus nietos, Pintura de Alma-Tadema

Algunos niños son retratados en estelas funerarias con su madre también fallecida e incluso con ambos padres.

"Lucius Passienus lo hizo.
A los dioses Manes.
Para Passienia Gemella, su queridísima y muy devota esposa y liberta, y su hijo Lucius Passienius Doryphorus, y su hijo y liberto Sabinus, los más puros."


Lucius Passienius Saturninus dedica este altar a su esposa y liberta, y a su hijo Doryphorus, que nacería cuando su madre era ya libre, por lo tanto, nació libre, y a su hijo Sabinus, que nacería mientras su madre era todavía esclava, y, por consiguiente, él nació esclavo y fue liberado posteriormente por su propio padre.

Monumento funerario de Passienia Gemella y sus hijos. National Museums Liverpool, Inglaterra

Muchos monumentos funerarios muestran retratos que no se parecen a la descripción que se detalla en el epitafio y esto se debía principalmente a la necesidad de recurrir a uno que estuviese en stock en algún taller, en vez de adquirir uno por encargo, por haberse producido el fallecimiento de forma repentina y por tener que proceder al entierro o cremación con rapidez.

En el caso mostrado abajo se puede ver un relieve con el rostro de un niño de unos diez a doce años, mientras que en la inscripción en griego se puede leer una dedicatoria a una niña de tres años.

"A los dioses Manes. Para Agripina, nuestra hija, que vivió tres años, un mes, y veintisiete días, nosotros, sus padres lo mandamos hacer en su memoria."

Monumento funerario de Agripina,
Villa Getty, Los Ángeles

Las diversas clases sociales, el nivel de riqueza e incluso el lugar de procedencia de los padres contaba a la hora de elegir un monumento funerario conmemorativo para los hijos. Desde los sarcófagos bellamente esculpidos pertenecientes a la clase senatorial hasta las sencillas lápidas toscamente labradas sin el nombre del difunto en ellas que estaban comisionadas por gente humilde.


"A los dioses Manes
Blescius Diovicus erigió esta lápida a su propia hija que vivió 1 año y 22 días."

Museo de Arqueología y Antropología. 
Universidad de Cambridge



A los dioses Manes
Para Maconiana Severiana la más dulce hija.
Marcus Sempronius Proculus Faustinianus, varón excelentísimo y Praecilia Severina, dama excelentísima, sus padres hicieron este monumento.


Sarcófago de Maconiana, Villa Getty, Los Ángeles. Foto Marshall Astor




Bibliografía


La muerte de los niños en el occidente del imperio romano. Siglos I-III d.C. Aprontes para una discusión, Andrés Cid Zurita y Leslie Lagos Aburto
Una mirada bioantropológica sobre el funus acerbum: el caso de Augusta Emerita en época altoimperial, Filipa Cortesao Silva
Vita Brevis: consideraciones sobre las emociones en los epitafios de niños y niñas en el mundo romano, Andrés Cid Zurita
‘Too Young to Die’ Grief and Mourning in Ancient Rome, Diana Gorostidi Pi
A Part of the Family: Funerary Preparations for Children and Adolescents in Late Ptolemaic and Roman Egypt, Branson Dale Anderson
Archaeological and epigraphic evidence for infancy in the Roman world; Maureen Carroll
Infant death and burial in Roman Italy, Maureen Carroll
Cold Comfort: Speeches to and from the Prematurely Deceased in Early Roman Verse-Epitaphs, Allison Boex
Constructing Childhood on Roman Funerary Memorials, Janet Huskinson
Images of Eternal Beauty in Funerary Verse Inscriptions of the Hellenistic and Greco-Roman Periods, Andrzej Wypustek
A life unlived: the Roman funerary commemoration of children from the first century BC to the mid-second century AD, Barbara Nancy Scarfo
Mother and infant in Roman funerary commemoration, Maureen Carroll
The Boy Poet Sulpicius: A Tragedy of Roman Education, J. Raleigh Nelson

viernes, 11 de septiembre de 2015

Puer et puella, la niñez en la época de los antiguos romanos


Cerámica romana, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

La edad infantil se consideraba en la época romana un simple paso a la etapa en la que se entraba a una vida de servicio a la sociedad.
Comenzaba en el momento del parto, cuando la partera que había asistido a la madre en el alumbramiento depositaba al recién nacido en el suelo para que el padre, que ostentaba en solitario la patria potestad, o un representante decidiera aceptar al bebé como legítimo y lo reconociera como su hijo. Si era un niño, éste era levantado y mostrado a los presentes, si era niña podía simplemente dar la orden de que se la alimentase.

Si el padre no reconocía al niño, bien por su origen bastardo, por deformidad, por tener un número excesivo de hijas  o por carecer de medios para su sustento, se abandonaba en un basurero para dejarlo morir de hambre o para que fuera recogido por alguien que quisiese hacer cargo de él o para ser criado como esclavo. Esta práctica era seguida por todas las clases sociales y correspondía al derecho sobre la vida y la muerte de los hijos que la Ley de las Doce Tablas otorgaba al padre.

“Destruimos los fetos monstruosos, también a nuestros hijos, si nacen enfermos o con malformaciones, los ahogamos; pero no es la ira, sino la razón, la que separa a los inútiles de los elementos sanos.” (Seneca,  De Ira, I, XV, 2)


Los padres que eran pobres y no abandonaban a sus hijos los consideraban como una inversión para el futuro, cuando serían un apoyo para la vejez y podrían aportar un ingreso económico.

En una carta de la época de Tiberio encontrada en Oxirrinco, el egipcio Hilarión, un padre preocupado por el próximo parto de su esposa, le escribe en estos términos: 

“Te pido y te ruego que cuides del niño y, si recibo pronto mi paga, te la enviaré. Si tienes el niño antes de mi regreso y es varón, déjalo vivir; si es una niña, exponla” (Papiro de Oxirrinco, 744)

Niña en bronce, Museo Getty, Estados Unidos

La propia fundación de Roma se asocia al nacimiento de unos niños y su posterior abandono. Rómulo y Remo, fruto del amor adulterino o ilícito de la vestal Rea Silvia con Marte fueron expuestos precisamente para ocultar el desliz de la joven.  Condenados a morir ahogados, los amamantó una loba, y los recogió el pastor Fáustulo.

Algunos emperadores impulsaron decretos para eliminar  esta costumbre considerándola un infanticidio y estableciendo ciertas penas para los culpables, pero no fue hasta el año 374 d. C. que los emperadores Valente y Graciano dictaron pena de muerte para los responsables de tal práctica.
El niño, una vez aceptado,  era llevado al lararium para ser presentado a los dioses como nuevo miembro del hogar. Hasta el día en que el recién nacido era dado un nombre se le denominaba pupus, y pupa si era niña. Entretanto se empezaba la celebración por el natalicio colgando coronas u hojas de laurel en las jambas de las puertas para anunciarlo a todos:

“Levantemos largos palcos por estrechos callejones, adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo  el mirmilón.” (Juvenal, Sátiras, VI)


Pintura de Guglielmo Zocchi

Entre las familias acomodadas y ricas el niño era alimentado por una nodriza, una esclava o una mujer contratada, aunque los médicos de la época recomendaban a las madres alimentar a sus propios hijos. Los primeros días se daba a los niños un poco de miel con agua, por que se consideraba que el primer calostro no era bueno para el bebé. En los casos que no se podía amamantar al recién nacido se le alimentaba con un recipiente de cerámica o vidrio (guttus), provisto de una parte ancha donde se recogía la leche y un extremo alargado y en punta perforada para facilitar la salida de leche hacia la boca del niño, antecedente del moderno biberón.

Antiguo biberón romano, Museo Británico

 A los recién nacidos se les lavaba y se les envolvía en mantas sujetadas con vendas que evitaban que los niños se arañaran y sufrieran golpes. Los niños alimentados por esclavas se criaban como hermanos de leche de los hijos de sus nodrizas. Los nacidos libres se llamaban liberi y los esclavos criados en casa verna.

“Habiéndole nacido un hijo, nada había para él de mayor importancia, como no fuese algún negocio público, que el hallarse presente cuando la mujer lavaba y fajaba al niño. Ésta lo criaba  con su propia leche, y aun muchas veces, poniéndose al pecho los niños de sus esclavos, preparaba así para su propio hijo la benevolencia y amor que produce el ser hermanos de leche.” (Plutarco, Catón, III, 20)


Mosaico de Nacimiento de Alejandro, Baalbeck, Líbano, foto de Gloria Rodríguez Leal

Para entretener a los recién nacidos y que empezasen a desarrollar sus capacidades sensoriales se elaboraban sonajeros o crepitacula, unos objetos de madera, cerámica o metal en los que se metían piedrecitas o semillas secas para que sonaran al moverlos y atrajesen su atención.

Sonajero de bronce, Museo de Tarragona, foto de Samuel López


Los niños eran a veces atendidos por un esclavo que se ocupaba de cuidarle y dirigirle en sus tareas cotidianas y de acompañarle cuando salía a la calle. Este esclavo al igual que la nodriza podía permanecer junto al niño hasta su edad adulta, recibiendo el cariño de su pupilo o quizás siendo una molestia para él si se entrometía demasiado en su vida.

“Fuiste, Caridemo, el mecedor de mi cuna y el guardián y compañero asiduo de mi infancia. Ya se ennegrecen los paños del barbero con la barba que me corta y mi chica se queja porque se pincha con mis labios. Pero para ti no he crecido.” (Marcial, Epigramas, XI, 39)

Las enfermedades y accidentes que podían afectar a los más pequeños y débiles eran una preocupación para la familia con un recién nacido en el hogar, por lo que los romanos, supersticiosos por naturaleza invocaban a una gran cantidad de deidades protectoras que velaban por cada una de las actividades cotidianas en las que el bebé se veía envuelto.


Pintura de Guglielmo Zocchi

Vitumnus le daba vida al niño en el momento de nacer, Vaticanus le enseñaba a iniciar el llanto, Rumina le cuidaba cuando era amamantado, Cunina le mecía en la cuna, Fabulinus y  Locutius le enseñaban a hablar y Statilinus le ayudaba a mantenerse en pie… y así con todo lo que iniciaba el niño.
Esa misma influencia de la superstición llevaba a los miembros de la familia a realizar ciertas prácticas que creían podrían proteger la vida del recién nacido del mal de ojo.

“Mira cómo una abuela o una tía materna llena de supersticiones levanta de su cuna a un niño y con el dedo infame y saliva lustral empieza por purificarle la frente y los húmedos labios, pues es experta en conjuros contra el aojamiento. Luego sacude al lactante con sus manos,  y su voto ferviente osa empujar la frágil esperanza hacia los latifundios de Licino y los grandes palacios de Craso: «Que el rey y la reina le deseen como yerno, que las jóvenes se lo arrebaten, que allí donde haya pisado nazcan rosas». Pero yo estos votos, no se los confío a una nodriza. ¡Niégaselos, Júpiter, aunque te los haga vestida de  blanco!” (Persio, Sátiras, II)

El dies lustricus era el día en que el niño se honraba públicamente con ofrendas a los dioses, se le presentaba oficialmente a los Lares para recibirle como nuevo miembro de la familia y de la sociedad, se le obsequiaba con  regalos y el padre ofrecía un banquete para los invitados.  Se esperaba unos días tras el nacimiento para ver si el recién nacido salía adelante y no había que lamentar su pérdida.

 “¿Por qué a los niños varones les dan nombre a los nueve días y a las niñas a los ocho?
¿Acaso el hecho de que a las niñas se les dé primero tiene por motivo su naturaleza? Pues lo femenino crece, madura y llega a su perfección antes que lo masculino.
De los días toman los que siguen al séptimo; pues el séptimo es peligroso para los recién nacidos, entre otras razones, también por la del cordón umbilical. Pues en la mayoría de los casos se separan el séptimo día, y hasta que queda libre, el recién nacido se asemeja más a una planta que a un niño.” (Plutarco, Cuestiones  Romanas, 102)

En ese día, el octavo para las niñas y el noveno para los niños,  se les otorgaba su praenomen, nombre con el que serían  conocidos en su entorno, y se les colocaba la bulla al cuello, una cápsula o saquito conteniendo amuletos que les protegerían durante su infancia. Las niñas podían lucir un objeto en forma de media luna llamado lunula con la misma función protectora. 

Niño con bulla, Museos Vaticanos, foto de Samuel López

“Pero- ¡oh el más preclaro de los jóvenes! Te dirijo un reproche nada fácil y hasta me irrito, en tanto en cuanto pueden irritarse a aquellos que se quieren: ¿he merecido yo conocer una nueva tan gozosa por lo que cuenta el vulgo? Y, cuando profería sus berridos tu tercer hijo, no vino a darme cuenta sin demora una noticia escrita a toda prisa para invitarme a encender en mis aras fuegos festivos, a engalanar mi lira, a coronar mis puertas, a sacar una jarra ennegrecida por el humo de Alba y a marcar con un canto esta jornada, en lugar de, tardío y perezoso, cantar hoy, al final, mi buen deseo? Es culpa tuya, y tuya la vergüenza.
Mas no debo alargar por más tiempo mis reproches: he aquí que te rodea la multitud alegre de los tuyos y a su padre defiende. ¿A quién no vencerás con tales huestes?” (Estacio, Silvas, IV, 8)

Se invocaban en estas ceremonias a los dioses para que protegiesen al  niño y se rogaba por la familia para que proporcionasen al niño las directrices que le permitiese un próspero  futuro en el que pudiese servir a Roma según la función que cada uno tenía asignada: las niñas como honradas matronas y los niños como ciudadanos ejemplares al servicio del Estado.


“Guardad, patrios penates, con sus vástagos, a esta familia: formen parte de aquellos que prestando su voz y sus recuerdos, sostengan nuestra urbe, agobiada del paso de los años y de sus avatares numerosos, y la conserven con su verde nombre.”
Que su padre les muestre su talante amble y su abuelo su generosa esplendidez, y uno y otro su amor por la belleza de la virtud. Sin duda sus recursos y su cuna permiten a la niña, en sus primeras nupcias, trasponer unas puertas patricias, y a sus hermanos en el umbral apenas de sus años viriles, a poco que los guarde la deidad, favorable a los buenos, del invencible César, trasponer los umbrales del Senado romuleo.”
 (Estacio, Silvas, IV, 8)

Pintura de Guglielmo Zocchi

Además de la bulla a los niños se les podía poner una cadenita con colgantes que representaban distintas figuras hechas de metal y que sonaban al golpearse entre sí, además de ser un talismán contra los maleficios. Este objeto se llamaba crepundia y servía para identificar al niño en caso de pérdida, secuestro o exposición, ya que algunos de los colgantes podían indicar el nombre del bebé o el de uno o ambos padres.

Hay unos dijes. …
DÉ.— ¿Cómo son? ve describiéndolos en detalle.
PA.— Hay primero una espadita de oro con una inscripción.
DÉ.— Di, pues, qué es lo que pone la inscripción.
PA.— El nombre de mi padre. Después, al lado, hay un hacha pequeña de doble filo, también de oro y con inscripción; ahí en el hacha, va el nombre de mi madre.
 DÉ.— Un momento. Di en la espada cuál es el nombre de tu padre.
PA.— Démones. …
DÉ.— Di ahora cuál es el nombre de tu madre que está aquí en el hachita.
PA.— Dedálide. …
PA.— Después hay una pequeña hoz de plata  y dos manitas entrelazadas y una cerdita. …
PA.— También hay una bolita de oro que me regaló mi padre un día de mi cumpleaños.
DÉ.— Ella es, seguro. No puedo contenerme de abrazarla. Hija mía, salud: yo soy tu padre, yo
soy Démones, y Dedálide, tu madre, está ahí dentro, en casa.
PA.— ¡Salud, padre, que no esperaba volver a ver!
 DÉ.— ¡Salud, hija, qué alegría poder abrazarte!
(Plauto, La Maroma)

Crepundia, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

Para el pater familias preocupado por su honor  la mayor prueba de la legitimidad de su descendencia era que sus hijos se pareciesen a él. El parecido físico y moral al padre daba testimonio de la castidad de la madre, pero esa ideología tan conservadora se criticaba en la literatura satírica.

“Quiero que un Torcuato pequeñito, desde el regazo de su madre alargando sus tiernas manos, dulce ría a su padre con su labio entreabierto; que sea semejante a su padre, Manlio, y fácilmente por todos los ajenos sea reconocido, y el pudor de su madre indique en su rostro”. (Catulo, Poemas, LXI)

La obsesión por el parecido con el padre delataba  el miedo al adulterio porque debía ser una  práctica habitual, al menos en algunos estamentos sociales.

Pintura de Guglielmo Zocchi
El periodo de la infancia, que se prolongaba hasta más o menos la caída de los primeros dientes,  era considerado como una etapa difícil y triste en la que el niño nada más nacer era abandonado en un mundo lleno de peligros tras haber estado protegido en el vientre de la madre, por lo que lo primero que hacía era ponerse a llorar.

“Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado
en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males.” (Lucrecio, De Rerum Natura, 222)

De acuerdo a los médicos de la antigüedad los niños pequeños eran propensos a tener accesos de ira, por lo que sus mentes, todavía moldeables, debían acostumbrarse a obedecer y conformarse y si protestaban debían ser reprendidos e, incluso, golpeados. Galeno recomendaba que se les bañara antes del desayuno. Los primeros alimentos sólidos eran cereales o pan mojados en miel, agua o vino. Para el dolor de dientes, cuando los pequeños los están echando, uno de los momentos más dolorosos de la infancia, Plinio tiene varias recetas: 

“Las encías frotadas con leche de cabra y sesos de liebre hacen denticiones más fáciles” (Historia natural, XXVIII, 259).

Los malos cuidados, la nutrición inadecuada, las infecciones  y, también, la poca exposición al sol provocaban una alta mortalidad entre los niños durante sus primeros meses de vida, por tanto muchos padres intentaban no encariñarse demasiado con sus hijos recién nacidos. Algunos mostraban indiferencia ante la frecuencia  de su pérdida o extremaban sus atenciones con el objeto de evitar lo irremediable.

Retrato infantil, El Fayum

En el caso de la muerte de los niños de días o pocos meses los enterramientos se producían sin que apenas se enterase nadie y a unas horas en las que pasaban inadvertidos, además de no dedicar ningún epitafio a su recuerdo, porque se pensaba que por su corta edad no habían entrado a formar parte de la sociedad.
En el caso de niños que ya habían superado un año  estos suponían una alegría para la familia, pero  una pena al morir para sus padres que se reflejaba en los recordatorios que se pueden encontrar en las obras literarias y en las inscripciones funerarias que les dedicaban a sus pequeños.

El escritor Quintiliano expresa su tristeza ante la pérdida de uno de sus hijos:

Escultura romana, County Art Museum, 
Los Angeles
 “No quiero recrearme en mis desgracias ni quiero aumentar las causas de mi dolor, ¡ojalá hubiera razones para disminuirlo! Pero, ¿cómo puedo olvidar la gracia de su rostro, la alegría de su charla, la pizca de ingenio que brillaba en sus ojitos, la solidez de su plácido y ya entonces profundo pensamiento? Sé que es difícil de creer: un niño como él, como cualquier otro así, merece nuestro amor. ” (Institución oratoria VI,  7).


Los niños hasta la edad de siete años permanecían al cuidado de la madre y los sirvientes, dedicados al juego y a aprender a relacionarse con los suyos. A partir de esa edad los niños pasaban a ser tutelados por el padre, quien se encargaba de enseñarles sus primeras nociones y les adoctrinaban sobre las costumbres y tradiciones familiares y sociales. Se aconsejaba poner  grandes esperanzas sobre los hijos porque así los padres se esforzarían en su educación.

Detalle de mosaico de la caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

“Cuando ya empezaba a comprender, él mismo (Catón) se encargó de enseñarle las primeras letras, aunque tenía un esclavo llamado Quilón, bien educado y que enseñaba a muchos niños; porque no quería que a su hijo, como escribe él mismo, le reprendiese o le tirase de las orejas un esclavo, si lento en aprender, ni tampoco quería agradecer a un esclavo tal enseñanza. Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo, sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra  las corrientes y los remolinos de los ríos. Dice, además, que le escribió la historia de su propia mano, y con letras grandes, para que el hijo pudiera aprovecharse de los medios de su casa para el uso de la vida, de los hechos de la antigüedad y de los de su patria.” (Plutarco, Vida de Catón, III, 20)

Durante la infancia se intentaba potenciar la obediencia a la autoridad del padre y el cariño y respeto por la madre que debía prolongarse hasta la edad adulta. Como muchos niños quedaban huérfanos de madre por la muerte en los partos y de padre por las guerras ese respeto se derivaba a veces a las nodrizas y esclavos encargados de su crianza y educación, aunque el futuro de esos huérfanos a veces era motivo de preocupación para el entorno de los niños.

“¡Qué triste y cruel ha sido el destino de las hermanas Helvidias! Ambas murieron como consecuencia de sus partos, ambas después de haber dado a luz una hija. Estoy abatido por el dolor, y sin embargo, no creo que mi sentimiento sea exagerado… Me preocupa vivamente la suerte de esas niñas que han quedado huérfanas de sus madres nada más nacer.” (Plinio, Epístolas, IV, 21)



Los niños se consideraban los herederos naturales  del patrimonio de la familia y transmisores de la virtud heredada de los antepasados. La familia atendía su educación para que posteriormente pudiera servir al Estado con su carrera política o militar o con su trabajo en el sector agrícola y artesanal. Tanto los ricos como los pobres esperaban que sus descendientes se encargasen de prepararles un enterramiento y ritual funerario digno y por ello en las lápidas se encuentra a menudo la dolorida queja de unos padres que han enterrado a unos hijos que debían haberse ocupado de sus tumbas:

“Y quienes debían preparar la sepultura de sus padres, esos han muerto y se ornan con las imágenes que han elegido sus dolidos padres.”


Pintura de Oliver Rhys
 En los orígenes de Roma la educación de los niños en la familia  se basaba en el respeto hacia los mayores y la modestia en sus acciones ante ellos. Muchos pensaban en ellos como  charlatanes y atrevidos, que no muestran respeto y  juegan y se pelean con gran ruido, por lo que debía reprimirse este comportamiento con severidad y disciplina.

“Se escogía alguna pariente de edad avanzada, a cuya probidad y acreditada conducta se encargaba el gobierno de toda la familia, en cuya presencia, ni se permitía hablar con torpeza, ni hacer nada indecoroso, y no solo moderaba con cierto respeto los estudios y tareas, sino también los momentos de ocio y los juegos de los más jóvenes.” (Tácito, Diálogo de los Oradores, XXVIII)


Pero con el tiempo y el olvido de las viejas tradiciones las quejas se derivaban hacia las consecuencias que una vida demasiado cómoda podía suponer para los niños en su vida adulta y existía la creencia de que permanecer mucho tiempo bajo el cuidado de la madre podía enternecer o afeminar el espíritu de los niños varones, por lo que se recomendaba evitar los mimos, los regalos y los lujos para acostumbrar a los pequeños a las dificultades de la vida. La idea era que las malas costumbres se aprendían en casa durante la niñez  y se mostraban en los actos públicos durante la edad adulta.

“¡Ojalá no corrompiéramos nosotros las costumbres de nuestros hijos! Desde el principio hacemos muelle la infancia con regalos. Aquella educación afeminada, que llamamos condescendencia, debilita el alma y el cuerpo. ¿Qué mal deseo no tendrá cuando grande, el que no sabe aún andar y se ve ya vestido de púrpura? Aún no comienza a hablar, y ya entiende lo que es gala y pide vestido de grana. Les enseñamos el buen gusto del paladar antes de enseñarlos a hablar. Crecen en sillas de manos, y si tocan en tierra, por ambos lados hay criados que los levanten en los brazos. Si prorrumpen en alguna desenvoltura mostramos contento de ello. Aprobamos con nuestra risa, y aun besándolos, varias expresiones que se les sueltan, que aun en medio de la licencia de Alejandría serían intolerables. No es extraño: nosotros se las enseñamos y a nosotros nos las oyeron.” (Quintiliano, Inst. Oratoria, I, 2, 1)

Mosaico romano, Museo Palacio de Estambul

De la infancia se pasaba a una etapa en la que los niños se denominaban pueri, puer el niño y puella la niña. Si durante la anterior edad el niño (infans), de hasta siete años,  no era responsable de sus acciones, al puer se le consideraba capaz de ir tomando poco a poco responsabilidades hasta asumir las del matrimonio con doce años las niñas y catorce los niños, como edades legales.

Niña romana, Museo Nacional Romano, Palazzo Massimo, Roma, foto de Samuel López

Las niñas a partir de los diez u once años se dedicaban junto con las madres a realizar las tareas propias de las matronas, que deberían desempeñar tras su casamiento, como aprender a hilar y tejer y dirigir a los esclavos en sus tareas domésticas.  Todavía en época cristiana San Jeronimo en su carta 107 a Leta da consejos de cómo educar a su hija entre los que incluye la dedicación a tareas propias de su sexo, como saber utilizar el huso y la rueca.
Se intentaba que las niñas aprendiesen desde muy temprano a comportarse como lo hacía una mujer casada y se valoraba que adquiriese las virtudes propias de una matrona digna de la más alta consideración. Cuando llegaba el momento de su matrimonio, si este se realizaba cuando aún era una adolescente, alrededor de los doce a catorce años, abandonaba sus juguetes y los presentaba como ofrenda a los lares. La sociedad sabía apreciar la educación que los padres proporcionaban a las hijas resaltando las cualidades que la llevarían a conseguir un buen casamiento.


Retrato de niña, El Fayum
Plinio expresa la pena que le produce la muerte de la jovencísima hija de un amigo cuando iba a casarse y exalta las virtudes que la caracterizaban:

“No había cumplido aún trece años y ya mostraba la sabiduría de una anciana y la dignidad de una madre de familia, al mismo  tiempo que conservaba, no obstante, la dulzura de una niña y el pudor propio de una joven virgen. ¡Qué muerte tan cruel y prematura! ¡Y aún más desgraciado que la propia muerte fue el momento en el que ésta le sobrevino! Estaba ya comprometida con un excelente joven, se había elegido ya la fecha de la boda, los familiares y amigos habíamos sido ya invitados. ¡En qué tristeza se trocó esa alegría! (Plinio, Epístolas, V, 16)

Algunos de los niños nacidos de padres esclavos en la domus de un noble patricio o un adinerado miembro de la sociedad  se criaban como los propios hijos del dominus y algunos gozaban de un trato  y cariño especial.

 “Aún están recientes las cenizas de Eroción, a quien la dura ley de los peores hados arrebató en su sexto invierno, pero no cumplido, a ella que era mi ternura, mi gozo, mis delicias. Y mi amigo Peto me prohíbe estar triste y, al par que se da golpes de pecho y se mesa los cabellos, me dice: “¿No te da vergüenza de llorar así la muerte de una esclavita, nacida en tu casa?” (Marcial, Epigramas, V, 37)

Los niños varones de clase alta podían acompañar a sus padres  cuando salían a cumplir con sus obligaciones sociales en el foro, la basílica o el senado, e, incluso, a visitar patronos o clientes,  para aprender a tener en cuenta los valores propios de su clase social.

“¿Ves cómo el pequeño Régulo, con tres años todavía no cumplidos, elogia también él a su padre al oírlo y deja el regazo materno cuando ve a su progenitor y entiende como suyas las alabanzas a su padre? Al nene le gusta ya el clamor y el tribunal de los centunviros y la gente apiñada haciendo corro y la basílica Julia.” (Marcial, Epigramas, VI, 38)

Joven romano, Museo Metropolitan, Nueva York
Tanto los niños como las niñas asistían a las fiestas religiosas públicas y participaban en los ritos domésticos celebrados ante el lararium. Los niños comían con los padres en las cenas familiares y en casos de banquetes o celebraciones a veces se sentaban a los pies de los lechos de los padres en el triclinium, siguiendo una tradición que venía desde antiguo.

“Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes de ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos.” (Suetonio, Claudio, XXXII)

Los niños y niñas vestían la toga praetexta hasta que los primeros empezaban a vestir la toga virilis en su mayoría de edad alrededor de los diecisiete años. Las niñas lo hacían hasta el momento de su matrimonio en que cambiaban sus vestidos por los de la mujer casada.

“Cuando estuve recientemente en mi ciudad natal, acudió a presentarme sus respetos el hijo de uno de mis paisanos, vestido con la toga praetexta. Le pregunté si estaba estudiando. Me respondió que sí.” (Plinio, Epístolas, IV, 13)

Los hijos de los artesanos aprendían el oficio familiar y ayudaban en el negocio y los hijos de los campesinos trabajaban en el campo para contribuir a la economía de la familia.

 En el siglo I d. C. surgieron en Roma fundaciones benéficas dedicadas a proporcionar alimentos  a niños y niñas de familias pobres. Tuvieron su punto culminante en el siglo II y empezó a decaer en el III d. C. para desaparecer en el IV con la creación de otras fundaciones cristianas.
En cuanto al modo de funcionamiento de las fundaciones alimentarias (alimenta)  habría que hacer una distinción entre las privadas y las públicas, como la de Trajano, que son las mejor documentadas.  En éstas el emperador entregaba de su patrimonio, parece ser que del Tesoro, unos préstamos en metálico al 5% o 6% anual –su cantidad podría depender de cada ciudad- a propietarios de tierras que entregaban en garantía hipotecaria éstas, para que con los intereses que se ingresaban directamente en la caja de la ciudad, se distribuyeran, periódicamente,  alimentos o dinero a los niños y niñas de la localidad, hasta los 18 años para los varones y los 14 años para las niñas. Estas ayudas se destinaban a los niños nacidos libres y principalmente eran los varones los destinatarios mayoritarios.
La distribución de estos alimentos parece haber debido al intento de fomentar la estancia de las familias campesinas en el campo en vez de emigrar a la ciudad, y al pensamiento ético de los dirigentes  de ser reconocidos y agradecidos por sus compatriotas, ya  que serían así eternamente recordados por su labor solidaria. El que los varones fueran más beneficiados  respondía con toda probabilidad a  la necesidad de los emperadores de aumentar la población para poder tener soldados que reclutar para las continuas campañas bélicas que emprendían.

“Fueron casi cinco mil niños, nacidos libres, padres conscriptos, a los que buscó, encontró e incluyó en la lista de los beneficiarios de la munificencia pública la liberalidad de nuestro Príncipe. Estos a los que el Estado cría a sus propias expensas se convierten en su más firme sostén en tiempo de guerra y en su ornamento más preciado en la paz, y aprenden, así a amar la patria, y no sólo como su patria, sino también como su nodriza.”  (Plinio, Panegírico de Trajano, XXVIII)

Relieve con reparto de alimentos de Trajano, Museo de la Civilización Romana

 La beneficencia privada que intentaba ayudar económicamente a los niños más desfavorecidos también estaba implantada en la sociedad romana. Se hacían aportaciones a comunidades o municipios para que repartieran alimentos a los niños necesitados buscando quizás un reconocimiento social en vida, o bien se destinaba una parte del legado testamentario a la distribución de dinero entre los niños de un lugar durante unos días o tiempo determinado.
Plinio el Joven aconseja a un amigo como legar una cantidad de dinero a los residentes de su municipio al igual que él hizo con los niños y niñas nacidos de padres libres del mismo municipio.

 “Me pides mi opinión sobre la mejor manera de conseguir que también después de tu muerte los habitantes de nuestro querido municipio continúen disponiendo de una suma de dinero como la que tú ahora les has donado para la celebración de banquetes públicos… No encuentro, ciertamente, nada más adecuado que lo que yo mismo hice: con el deseo de  asegurar los quinientos mil sestercios que había prometido destinar a la alimentación de los niños y niñas de nuestro municipio nacidos de padres libres, mediante una venta ficticia por esa cantidad cedí al agente del tesoro municipal uno de mis terrenos allí valorado en mucho más que ese dinero, y seguidamente lo arrendé por una suma anual de treinta mil sestercios.” (Plinio, Epístolas, VII, 18)


Niño, Museo de Trípoli,  Líbano
Foto de Sebastiá Giralt
En el caso de Fabia Hadrianilla, de Hispalis, ella deja un legado de 50.000 sestercios para que se efectuase una distribución de dinero entre un conjunto de niños llamados iuncini y de niñas, los días 1 de Mayo y 25 de Abril,  día de su natalicio.
Algunos niños nacidos libres eran introducidos en el mercado laboral mediante un contrato de aprendizaje en el que el propietario de un taller o negocio firmaba junto a los padres o tutores del niño o niña un contrato por el que el menor trabajará y aprenderá el oficio del patrón a cambio de un salario y la manutención.

“ En el año 13 d. C.  en Tebtynis, nomo de Arsinoite, provincia de Egypto:
Orsenouphis (también llamado) Psosneus, hijo de Kalales, tejedor, reconozco que estoy en la obligación de enseñar a Helena, la esclava de Herakleon, hijo de Eirenoios, el oficio de tejedora, como yo lo conozco, durante dos años y seis meses a partir de Phamouthi del presente año de César, para que Helena sea alimentada y vestida durante el tiempo dicho. Yo daré una túnica de ocho dracmas de plata. Y si no la enseño, o se considera que no sabe lo que se le ha enseñado, se le enseñará a mi costa. Herodes, hijo de Herodes, lo escribió porque se lo pidió ya que no sabe escribir; (de otra mano) Yo, Herakleon, hijo de Eirenaios ha dejado como aprendiza la mencionada esclava como se citó anteriormente.” ( Papiro de Oxirrinco, Apis record: Michigan. Apis.3178)

Niño con cucullus, Museo Nacional
Romano, Foto Carole Raddato
Los campesinos optaban en caso de necesidad  por vender a sus hijos a algún señor de la ciudad para evitarles la miseria y las fatigosas tareas del campo, además de recibir ellos algún dinero para subsistir. Casiodoro describe la feria de San Cipriano en Lucania donde los padres vendían a sus hijos en el mercado.

“Allí de pie estaban los chicos y chicas con los atributos propios de su sexo y edad, para los que su libertad y no cautividad impone el precio. Son vendidos por sus padres por una buena razón, ya que ellos mismos ganan se benefician de su servidumbre. Porque no se puede dudar de que ganan incluso como esclavos, al pasar de los esfuerzos de los campos al servicio en la ciudad.” (Casiodoro, Variae, VIII, 33)

De los papiros de Oxirrinco también se conoce la existencia de instituciones (gymnasia)  que acogían a jóvenes procedentes de las élites urbanas en las que aprendían a convertirse en buenos ciudadanos al tiempo que conservaban los valores de su grupo social. El entrenamiento en actividades deportivas y la enseñanza de los principios de la educación grecorromana les ayudaban a perpetuar su identidad social y mostrar su aptitud para convertirse en ciudadanos ejemplares cuando llegasen a adultos. Las relaciones establecidas durante su estancia en el gymnasium podrían ayudarles a tener éxito en sus carreras profesionales.  
Los juguetes de los niños romanos se hacían de distintos materiales, cerámica, madera, tela y otros y algunos estaban hechos de forma tosca y otros finamente elaborados según el nivel social de sus propietarios.


Muñeca articulada,Museo Arqueológico
 de Tarragona
Los niños tenían juguetes relacionados con las actividades que deberían desempeñar en el futuro, como armas, carros o animales como el caballo. Las niñas jugaban con muñecas  de trapo o articuladas hechas en terracota o marfil, además de con cacharros en miniatura a imitación de los usados en la cocina o comedores.

“Para que acabe con rapidez  sus tareas recompénsala con un ramito de flores, una pieza de bisutería o una bonita muñeca.” (San Jerónimo, Epístolas, 128)

Los niños de ambos sexos usaban para su diversión aros que empujaban con una vara, yo-yos, peonzas, o carritos atados a animales. Juegos con más actividad como hacer carreras, tirar la pelota o el escondite parecen haber formado parte de los momentos de ocio de estos niños. Incluso imitar a los adultos con juegos de guerra y saltar y hacer acrobacias sobre los toros hacían las delicias de los niños y jóvenes romanos.

“Mira cómo salta estos chiquillos sobre unos mansos novillos y cómo un toro se complace dócilmente con su carga. Éste se cuelga de la punta de los cuernos, aquél corretea por sus lomos y blande sus armas de cabeza a cola del buey.” (Marcial, Epigramas, V, 31)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Los animales como ponies, perros y aves de colores o parlanchinas formaban parte de los entretenimientos de los niños ricos.
Plinio relata como al morir un jovencito su padre manda quemar todos los animales de su propiedad en la pira funeraria de su hijo.

“El joven poseía muchos caballitos galos tanto de tiro como de silla; poseía también perros, grandes y pequeños; poseía ruiseñores, papagayos y mirlos. A todos estos animales Régulo los ha hecho sacrificar alrededor de la pira funeraria.” (Plinio, Epístolas, IV, 2)

Aunque no eran juegos específicamente infantiles el de las nueces, las tabas y los juegos de mesa servían para entretener a los más pequeños.

“Al niño, triste ya por dejar sus nueces, vuelve a llamarlo el maestro chillón…” (Marcial, Epigramas, V, 84)


Relieve de niños jugando con nueces, Museos Vaticanos

Los juegos de los niños en las ciudades se desarrollaban en el ámbito doméstico, principalmente los atrios y jardines, o por las calles. 


"Que el atrio gira y alrededor corren las columnas, hasta tal punto es así que lo creen los niños, cuando dejan de dar vueltas, que apenas se creen entonces que el edificio entero no se les caerá encima". (Lucrecio, De Rerum Natura 4,401)

Los niños  que jugaban en la calle no estaban exentos de riesgos que podían ser peligrosos.

Cerca de las Cien columnas, por donde unas esculturas de fieras adornan el paseo de los plátanos, llama la atención una osa. Jugando con ella, el hermoso Hilas le tocaba sus fauces abiertas e introducía en la boca su tiernecita mano. Pero en el interior del muerto bronce se escondía una rabiosa víbora, con un alma peor que la de la fiera. No advirtió el niño que era una trampa hasta que sintió la mordedura y murió. ¡Qué pena que no era una osa de verdad! (Marcial, Epig. III, 19)

En algunos hogares acomodados el dominus tenía un niño esclavo favorito el puer delicatus, que podía haberse criado en la casa, y  al que, gracias a su belleza y sus gracias,  podía tratar como alguien a quien mimar y permitir un comportamiento atrevido y libre, que no se autorizaba a los propios hijos. Se le mimaba y se le hacía regalos y  también podía conseguir la manumisión.  Podía dedicarse al servicio de los banquetes, como copero y hacer compañía al señor. Algunos eran destinados a satisfacer sexualmente a su dueño y  solo cuando se convertían en adultos abandonaban esta función. Este tipo de relación estaba implantada en la sociedad y el límite se encontraba en los niños nacidos libres, porque la ley los hacía intocables sexualmente, aunque algunos podían verse tentado por algún adulto, para lo que se les sometía a vigilancia por parte de padres o cuidadores.

Retrato de Eustyches, Museo
 Metropolitan, Nueva York
Algunos señores lamentaban enormemente la pérdida de estos pueri  dedicándoles elegías y epitafios  de los que han quedado variados ejemplos.

“Aquel conocido liberto de Mélior, que murió entre el dolor de Roma entera, breve deleite de su querido patrón, Glaucias, yace inhumado bajo esta losa en un sepulcro junto a la vía Flaminia. Casto por sus costumbres, íntegro por su pudor, rápido de ingenio, afortunado por su hermosura. A sus doce mieses recién cumplidas, apenas añadía el muchacho un solo año. Caminante que lloras estas pérdidas, ojalá no llores nada.” (Marcial, Epig., VI, 28)


Bibliografía:

Children´s play as social ritual, chapter 4, Cornelia B. Horn, Late Ancient Christianity, Virginia Burns (ed),  Google Libros.
Children in the Roman Empire: Outsiders Within, Christian Laes, Google Libros.
Historia de la Infancia. Itinerarios educativos, Paloma Pernil Alarcón, Aurora Gutiérrez Gutiérrez, Google Libros.
Vida religiosa en la Antigua Roma, Xavier Espluga, Mónica Miró i Vinaixa, Google Libros.
Morir ante suum diem, Alberto Sevilla Conde, Niños en la Antigüedad: estudio sobre la infancia en el Mediterráneo antiguo. Daniel Justel Vicente (ed.), Google Libros.
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, Akal ediciones.
La infancia en Roma.“Mientras viví, jugué” Rosario López Gregoris, Las edades del hombre, Rosa Hernández Crespo y Adolfo J. Domínguez Monedero ( eds).
servicios.educarm.es/templates/portal/ficheros/websDinamicas/134/Aetateshominis.pdf
paidesblog.wordpress.com/2014/11/25/being-a-girl-in-roman-oxyrhynchos/
paidesblog.wordpress.com/2014/11/08/its-worth-a-stay-at-the-gymnasium/
http://local.droit.ulg.ac.be/sa/rida/file/2010/22.Tamayo.pdf, 'Alimenta', una institución a caballo entre la munificencia y la propaganda,  José Ángel Tamayo Errazquin