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domingo, 30 de octubre de 2022

Mors immatura, duelo por niños y jóvenes en la antigua Roma

Museo Nacional de Dinamarca, Copenhagen

En la sociedad de la antigua Roma las inscripciones funerarias recogen las expresiones de duelo y pena, especialmente las dedicadas a los niños y jóvenes que murieron prematuramente. Lápidas, estelas y altares funerarios eran el soporte físico de los mensajes de amor de afligidos padres o parientes a sus hijos o familiares.

Los romanos pensaban que el fatum, visto como el tiempo que se asignaba a cada persona en la tierra al nacer, truncaba de forma trágica las esperanzas que los padres habían puesto en sus hijos. La tumba de la bebé de seis meses Telesphoris recuerda la precariedad de la vida. Sus padres quisieron perpetuar su memoria como testimonio de su amor y su pena con una suntuosa estela funeraria que incluía el retrato de su hija, de la que no se menciona el nombre, quizás porque lo más importante era destacar su desaparición a tan tierna edad y su comparación con una flor de corta existencia. Este epitafio demuestra que a pesar de haber pasado poco tiempo con su hija, los padres desarrollaron un profundo afecto por ella.

“Telesphoris y su esposo, los padres, a su dulcísima hija.
Hay que lamentarse por esta dulce niña.
¡Oh si no hubieras nacido, cuando fuiste tan amada!
Y sin embargo estaba decidido en tu nacimiento que nos abandonarías,
con gran dolor para tus padres.
Vivió medio año y ocho días. La rosa floreció y pronto se marchitó.”
(CIL XIII, 7113)

Detalle de estela funeraria de la hija de Telesphoris,
Landesmuseum, Mainz. Foto Ortolf Harl

Debido a la alta mortalidad infantil de la época se puede pensar que los padres de la sociedad romana estaban preparados para ver morir a sus hijos y nietos y acostumbrados a pasar por el doloroso trance sin hacer gran exhibición de pena por la pérdida, como así parece indicarlo los escritos de algunos autores que advierten sobre dicha situación.

"La naturaleza nos dice a todos: «A nadie engaño: si tú das hijos a luz, podrás tenerlos hermosos, pero también feos: y si por acaso tienes muchos, uno podrá salvar la patria, otro venderla. No desesperes de que lleguen algún día a gozar de tanto favor que nadie, por causa de ellos, se atreva a ofenderte; mas piensa también que de tal manera pueden mancharse, que hasta su nombre sea un ultraje. No es imposible que te presten los últimos honores y que pronuncien tu elogio; y sin embargo, debes estar dispuesta a depositarlos en la pira, niños, hombres o ancianos, porque los años no importan nada, no habiendo funerales que no sean prematuros cuando la madre los acompaña». Después de estas condiciones, convenidas de antemano, si engendras hijos, libras de toda responsabilidad a los dioses, que nada te han prometido." (Séneca, Consolación a Marcia, XVII,7)

Sarcófago de un niño. Palazzo Massimo, Museo Nacional Romano, Roma. Foto Samuel López

Sin embargo, en contra de la idea de que las muertes sucesivas de sus hijos acostumbraban a los padres a no sentir pena cuando cada uno moría, Frontón demuestra que al menos algunos padres sentían profundo dolor cuando alguno de sus hijos fallecía.

“A Antonino Augusto, Frontón:

Con muchos golpes de este tipo me ha probado la suerte durante toda mi vida. En efecto, para no mencionar otras desdichas mías, he perdido cinco hijos, sin duda, en la más desgraciada circunstancia de mi vida, pues los cinco los perdí como si cada uno fuese el único, soportando esta serie de muertes de tal manera que nunca nacía un hijo sino después de haber perdido al anterior. Y así siempre fui perdiendo los hijos sin que me quedase consuelo alguno y fui engendrándolos en medio de un luto reciente.”
(Frontón, Epistolario, 202)

Sarcófago infantil, Museo Británico, Londres

Según el modo de pensar de los antiguos romanos, las emociones que revelaban el lado irracional de los humanos no deberían mostrarse abiertamente delante de toda la comunidad. Estas emociones iban desde la extrema alegría y entusiasmo hasta la más profunda tristeza, ira, desilusión, dolor y temor. La manifestación excesiva de las emociones iba en contra de los tradicionales valores romanos, que daban gran importancia al autocontrol y al decoro.

Plutarco escribe una carta a su esposa en consolación por la muerte de su hija pequeña. Ambos ya habían sufrido la pérdida de dos hijos, pero el autor se muestra partidario de evitar la excesiva expresión de pena y de los signos de luto.

"Dicen también esto con asombro quienes estuvieron presentes, que ni siquiera te pusiste un manto de luto ni te sometiste tú ni a tus sirvientas a aparecer con signos de duelo y afeamiento, que no hubo ninguna disposición de un panegírico lujoso en tomo a la tumba, sino que todo se hizo ordenadamente y en silencio en compañía de los más allegados." (Plutarco, Escrito de Consolación a su mujer, 609 A)



Los varones romanos de la élite debían poseer ciertas virtudes necesarias para hacer carrera en la política o en el ejército, tales como virtus (valor), fortitude (fortaleza) y continentia (autocontrol). Esta última les distinguía de los varones de grupos sociales inferiores, pero les obligaba a mostrar moderación en la expresión de sus sentimientos. Debido a ello Nerón es criticado por la falta de decoro al morir la niña que tuvo con Popea a los pocos meses de nacer.

“Siendo cónsules Memmio Régulo y Virginio Rufo, tuvo Nerón una alegría extraordinaria, por causa de una hija que le nació de Popea, a quien llamó Augusta, dando también a su madre el mismo sobrenombre. Fue el parto en la colonia de Ancio, donde él también había nacido. Ya de antes había el Senado encomendado a los dioses la preñez de Popea, y hecho públicos votos, que se cumplieron y multiplicaron con el parto, añadiendo procesiones y rogativas, y por decreto un templo a la Fecundidad, y un torneo a ejemplo de la religión de Atenas; que se pusiesen en el trono de Júpiter Capitalino las estatuas de oro de las Fortunas; que así como en Bovile se hacían las fiestas circenses en honra de la familia Julia, así también se celebrasen en Ancio en honor de la Claudia y de la Domicia: que fueron todas cosas de poca duración, muriendo como murió la niña antes de cumplir los cuatro meses. Nacieron otra vez de aquí nuevas adulaciones, decretándole honores divinos, altar, simulacro, templo y sacerdotes. Nerón, así como se mostró extremado en el contento, asimismo lo fue en la muestra de dolor.” (Tácito, Anales, XV, 23)

Retrato de una niña, tumba de Aline,
Hawara, Egipto

Recrearse en el dolor por una joven vida rota se consideraba excesiva e incluso ostentosa. Plinio el Joven critica en una de sus cartas a Régulo por su falta de autocontrol con ocasión de la muerte de su hijo.

“Sin embargo, ahora llora al hijo perdido de una forma insensata. El muchacho poseía muchos ponis de silla y de enganches, tenía también perros de todos los tamaños, tenía ruiseñores, papagayos y mirlos; a todos los sacrificó Regulo delante de la pira funeraria. Aquel no era un auténtico dolor, sino una ostentación de dolor.” (Plinio, Epístolas, IV, 2)

Detalle del sarcófago con Aquiles llorando a Patroclo.
Museo Arqueológico Ostiense, Roma
..
Sin embargo, la actitud del emperador Marco Aurelio ( al que se le murieron varios hijos) ante la muerte de uno de sus hijos, que ya había sobrepasado la más tierna infancia, es considerada digna y ejemplar.

"Por los mismos días de su marcha, cuando descansaba en su retiro de Preneste, perdió a un hijo de siete años llamado Vero César, al sajarle un tumor debajo de la oreja. Guardó luto solamente durante cinco días por él, y, consolando a los médicos que le habían atendido, se entregó de nuevo a la administración de los asuntos públicos. Y, como se estaban celebrando los juegos de Júpiter Óptimo Máximo, no consintió que se interrumpieran con luto público y ordenó que se limitaran a decretar la erección de estatuas en honor de su hijo muerto, que una imagen suya de oro fuera paseada en la procesión de los juegos circenses y que su nombre fuera inscrito en los himnos de los Salios." (Historia Augusta, Marco Aurelio, 21, 3-4)

Busto de Annius Verus, Museo de Arlés,
 Francia. Foto de Elliot Sadourny

También Tácito alaba la reacción del general Agrícola cuando perdió a su hijo de un año ya que demostró un autocontrol típico de militar.

“Al inicio del siguiente verano, Agrícola recibió un duro golpe en la familia, pues murió el hijo que había tenido un año antes. No soportó su pesar como la mayoría de hombres, que presumen de su fortaleza, ni con los lamentos y la tristeza propia de una mujer, y entre su desolación la guerra le resultaba un alivio.” (Tácito, Agrícola, 29)

En los inicios del duelo podía haber cierta comprensión y tolerancia hacia aquellos hombres que no podían dominar sus emociones, por lo que las convenciones sobre la exhibición de las emociones no eran tan estrictas en los primeros momentos de su dolor. Plinio se refiere a esta circunstancia al hablar de la pena de su amigo Fundanus al perder a su hija Minucia.

“Ha perdido, en efecto, a una hija, que se parecía a él no menos en su carácter que en su rostro y su fisonomía, y que era el vivo retrato de su padre con una asombrosa similitud. Por ello, si quieres enviarle una carta con motivo de este dolor tan natural, recuerda que debes ofrecerle consuelo, pero no uno que parezca una reprimenda ni demasiado crudo, sino delicado y comprensivo. El paso del tiempo hará que esté más dispuesto a aceptar esta perdida. Pues como una herida todavía abierta se resiste a aceptar la mano de quien le quiere curar, luego la acepta y por último la reclama, así un dolor aún reciente del espíritu rechaza y huye de los consuelos, después los echa de menos y se calma si le son ofrecidos benignamente.” (Plinio, Epístolas, V, 16)

Sarcófago infantil, Museo de Agrigento, Sicilia. Foto Zde

Ocasionalmente, sin embargo, un varón noble podía  haber sentido la necesidad de dar paso a su dolor por una muerte repentina o por enfermedad y expresarla de forma que no correspondía al concepto elitista de continencia, dando paso a su pena únicamente en la privacidad de su propio hogar.

“No deben los griegos admirar tanto a aquel padre que, en medio de un sacrificio, al saber la muerte de su hijo, se limitó a mandar callar al flautista, y quitándose la corona de la cabeza, terminó ordenadamente la ceremonia. Así lo hizo el pontífice Pulvilo cuando, al pisar el umbral del Capitolio que iba a consagrar, supo la muerte de su hijo. Fingiendo no haber oído, pronunció las palabras solemnes de la fórmula pontificia sin que un solo gemido interrumpiera la plegaria: oía el nombre de su hijo, e invocaba a Júpiter propicio. Comprenderás que su duelo había de tener término, puesto que el primer impulso, el primer arrebato del dolor, no pudo separar a aquel, padre de los altares públicos, ni de aquella invocación al dios tutelar. Digno era a fe mía de aquella memorable dedicación, digno de aquel sacerdocio supremo, quien no cesó de adorar a los dioses ni cuando se mostraban irritados contra él. De regreso a su casa, sus ojos lloraron y su pecho lanzó algunos gemidos; pero después de tributar los honores acostumbrados a los difuntos, recobró el semblante que tenía en el Capitolio.” (Séneca, Consolación a Marcia, XIII, 1)

Estela funeraria de Tiberius Natronius, Necrópolis del Vaticano.

Hombres reputados son retratados como cercanos a las lágrimas cuando se enfrentan a la muerte de sus hijos o nietos, aunque ello ocurre generalmente de forma privada. Augusto solía besar el retrato de su nieto favorito tras su muerte, puesto que los retratos de los niños en un contexto funerario hacen recordar el tiempo en que sus vidas florecían.

"Germánico tuvo por esposa a Agripina, hija de Marco Agripa y de Julia, que le dio nueve hijos; dos de ellos murieron en su más tierna infancia, y un tercero cuando se estaba ya convirtiendo en un niño de notable encanto; Livia consagró una imagen suya, en la que aparecía caracterizado de Cupido, en el templo de Venus Capitolina, y Augusto colocó otra en su dormitorio, que besaba cada vez que entraba en él." (Suetonio, Calígula, 7)

Retrato de niño. Época Julio-Claudia

La expresión funus acerbum designa al conjunto de ceremonias fúnebres a las que era sometido un individuo fallecido antes de tiempo, es decir, víctima de una muerte prematura, también llamada mors immatura o mors acerba. En este grupo se incluyen los muertos tras el parto o en los días siguientes, y los infantes, pero también todos aquellos que murieron a una edad temprana, como los jóvenes fallecidos antes del matrimonio o las mujeres que perecieron durante el parto. El funus acerbum se celebraba en un principio por la noche en la más estricta privacidad para reducir la visibilidad de tales muertes en la comunidad a la que el infante ya había dejado de pertenecer.

"Bajo el imperio de la naturaleza lloramos cuando nos sale al paso el entierro de una muchacha casadera o se cierra la tierra sobre un niño demasiado chico para el fuego de la pira. Porque, ¿qué persona buena y digna de antorcha iniciática, como el sacerdote de Ceres exige, cree que existe desgracia alguna ajena a sí mismo? Esto nos distingue de las bestias mudas, y por esa razón, habiéndonos cabido en suerte a nosotros solos una inteligencia digna de consideración, capaces como somos de nociones divinas y aptos para inventar y ejercitar las artes, hemos sacado del Alcázar del Cielo un sentimiento de allí enviado, del que carecen las bestias que andan boca abajo y miran a la tierra." (Juvenal, Sátiras, XV, 130)

Pira romana, acuarela IDU Ilustración (Iñaki, Diéguez Uribeondo)

La edad cronológica, así como el status de los difuntos en la comunidad, solía determinar la adopción de ritos específicos relacionados con el momento en que ocurrían las exequias, el tratamiento del cadáver (cremación o inhumación), el lugar donde se depositaban los restos mortales, así como las características de la tumba y del ajuar, además de otros aspectos relacionados, por ejemplo, con la duración del luto.

Los hallazgos arqueológicos parecen demostrar que los bebés fallecidos con menos de un año podían ser enterrados dentro de edificios y/o junto a muros en espacios domésticos o artesanales fuera de las áreas funerarias convencionales.



Según algunos autores clásicos los infantes fallecidos antes de que les hubieran salido los dientes, es decir menores de seis meses de edad, no eran sometidos a la crematio, porque sin dientes no quedaría ningún resto que pudiera regresar a la tierra. Por tanto, estos eran inhumados, lo que suponía una excepción a la práctica de la cremación, predominante en la parte occidental del Imperio romano entre los siglos I a. C. y II d. C.

"No es costumbre de los pueblos la cremación de un hombre antes de que le salgan los dientes." (Plinio el viejo, Historia Natural, VII, 15, 72)


Por norma los infantes menores de un año eran depositados en pequeñas fosas o en contenedores, muchos en posición fetal, y no solían presentar ajuar, sobre todo los fallecidos entre el parto y los días siguientes o los fallecidos con pocos meses de vida. Además raramente solían ser conmemorados, y se recomendaba que no se hiciera luto formal para los niños fallecidos en su primer año de vida.

"No dejará tu recuerdo sin llorar mi planto de buena memoria, hijo mío, el primero que recibió mi nombre; a ti cuya pérdida, cuando intentabas transformar los balbuceos en tus primeras palabras, lamentamos con funerales propios de persona mayor. Tú fuiste colocado al morir en la tumba de tu bisabuelo, para que no sufrieras envidia alguna por tu sepulcro." (Ausonio, Mi hijo pequeño, 10)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Sin embargo, la decisión de erigir una lápida o monumento por un niño menor de un año era algo especial y personal, y, aunque no era habitual incluir palabras de sentimiento por la pérdida de un hijo, sí se mencionaba el nombre del niño, su edad, y el nombre y relación de los dedicantes (generalmente los padres, pero a veces los abuelos o la nodriza). La mención de la edad del difunto podía tener la intención de remarcar el dolor que implicaba una muerte tan temprana.

"A los dioses Manes y a Aelia Secundilla, hija de Publius Aelius Secundus, que vivió 41 días. Publius Aelius Secundus y Flavia Secundilla, los padres lo hicieron." (CIL VI.10978)


"A los dioses Manes. Lucius Cassius Tacitus lo erigió para su hijo Vernaclus, que vivió nueve días." (CIL XIII. 8375)

En cuanto a los restantes infantes, es decir, los fallecidos con uno a seis años, exceptuando algunos casos puntuales, eran sometidos al rito de la cremación. Sus tumbas podían presentar características similares a las de los adultos.

"A los dioses Manes. Para Claudius Hyllus, que vivió cuatro años, siete meses y cinco días. Claudius Tauriscus mandó que lo hicieran para su queridísimo hijo."

Altar funerario de Claudius Hyllus. Foto Sotheby´s

Los pueri, niños de siete a doce años, sí solían ser conmemorados, y en cuanto al duelo, este duraba cerca de diez meses para los fallecidos con siete a nueve años, mientras que a partir de los diez se hacía de igual modo que para los adultos.

"A los dioses Manes.
Para Marcus Carienius Venustus, hijo de Marcus, que vivió 8 años y 10 meses. Marcus Carienius Felix Carienia Venusta, sus infelices padres lo hicieron."
(CIL VI 14402)

Monumento funerario de M. Carienius Venustus.
Royal Ontario Museum, Canadá


Roma tenía regulaciones específicas con relación al duelo por los niños que incluso se recogían por ley.

"Él mismo arregló los duelos por edades y tiempos, como por un niño menor de tres años, que no se haga duelo; por uno de más tiempo el duelo no ha de ser de más meses que años vivió, hasta diez, sin pasar de allí por edad ninguna, sino que el más largo tiempo de duelo había de ser de diez meses." (Plutarco, Numa, 12)

“Por los padres debe hacerse un duelo por un año, como por los niños mayores de 10 años. Los niños hasta tres años deben ser llorados por un mes por cada año que tenían al morir”. (Paulo, Opiniones, I, 21, 13)


Tanto la literatura como la epigrafía proporcionan ejemplos de reacciones individuales que ilustran actitudes diversas ante la pérdida y el dolor. Con respecto a la muerte de niños y jóvenes, en los tiempos más antiguos el duelo era proporcional al tiempo que habían vivido.

Cicerón reflexionó en uno de sus diálogos sobre como los padres que pierden un hijo de menos de un año no han tenido la oportunidad de forjar sus esperanzas para el futuro de estos niños:

“Son las mismas personas las que piensan que, si muere un niño pequeño, hay que soportarlo con ánimo sereno, mientras que, si muere en la cuna, no hay ni siquiera que lamentarlo. Y eso que la naturaleza le ha exigido a éste con mayor crueldad lo que le había concedido. «Él no había gustado aún la dulzura de la vida», se dice, «mientras que el primero tenía ya grandes esperanzas que había empezado a disfrutar».” (Cicerón, Disputaciones Tusculanas, I, 39)

Monumento funerario de L. Julius Thamyrus.
Galería de los Uffizi, Florencia

Ocasionalmente, incluso los bebés que morían antes de recibir su nombre oficial (lo que ocurría a los nueve días) eran conmemorados por su nombre. Sextus Bebius Stolo solo vivió cuatro días y diez horas, pero su tria nomina indica que era ciudadano y nacido libre.

"A los Manes de Sextus Bebius Stolo que vivió cuatro días y diez horas Caius Bebius Hermes, soldado de la flota del Miseno y Aurelia Proba a su dulcísimo hijo." (CIL X.3547)

Retrato de una niña, Hawara, Egipto

Dado que la alta mortalidad entre infantes y niños pequeños en la antigüedad clásica, cuanto más tiempo sobrevivían, más seguros podían sentirse los padres al planear su futuro, pero hacerlo muy pronto no era aconsejable, porque las esperanzas paternas podían verse pronto frustradas.

El retórico y pedagogo hispano Quintiliano perdió a su esposa, muy joven, y posteriormente a sus hijos de cinco y nueve años. Para este último había hecho ya planes de futuro, entre los que se incluía el matrimonio.

"Bien merecidos tengo los tormentos y pensamientos que día y noche me asaltan. ¿Conque te he venido a perder cuando, adoptado por un cónsul, y destinado para ser yerno de un pretorio, tío tuyo, fundabas las esperanzas de un padre no menos con la de tus honores venideros que con las muestras de que aspirabas a la gloria de la elocuencia ática, trocándose todo esto en daño mío? Tome, pues, venganza de un padre que pudo vivir después de perdido un hijo, ya que no el deseo de la vida, a lo menos el sufrimiento e infelicidad con que la paso." (Quintiliano, Instituciones Oratorias, VI)

Tapa de sarcófago de un niño. Termas de Diocleciano, Museo Nacional Romano, Roma


Para referirse a la muerte prematura (mors acerba) se recurría a la metáfora de la fruta no madura, ya que acerbus significa sin madurar. Por ejemplo, en el epitafio de Nymphe, una niña de cinco años cuenta su corta vida, comparándola a una manzana en un árbol, recogida antes de tiempo. La muerte detuvo el ciclo natural de su vida antes de cumplir sus expectativas como mujer.

“A los manes de Nymphe. Achelous y Heorte (lo mandaron hacer) para su dulcísima hija. ¡Saludos! Tú, que estás ahí y ves mi sepulcro, contempla qué vida más indigna me fue concedida. Por cinco años (…) los padres. Cuando me acercaba al sexto año, mi vida acabó. No os enojéis, padres: tenía que morir. El tiempo de mi vida se apresuró, de esta manera lo quiso mi destino. Igual que las manzanas cuelgan del árbol, nuestros cuerpos ya caen al suelo cuando maduran o, rápidamente se desploman, aún inmaduros. Te pido, losa, que descanses ligera sobre mis huesos, si no quieres ser una pesada carga para una tierna edad. ¡Adiós!” (CIL XI 7024)

Busto de niña. Villa Getty, Los Ángeles

Los sentimientos de amor parental y ternura familiar parecen haberse empezado a expresar solo a partir de mediados del siglo I a.C. A partir de ese momento, los niños se convirtieron en un tema de arte funerario, y proliferaron las muestras de amor y afecto por ellos en los epitafios. El epíteto dulcissimus or dulcissima se elegía para conmemorar a los niños pequeños e indicar una cálida relación afectiva.

“A los dioses Manes
A Anthus. Lucius Julius Gamus, el padre a su dulcísimo hijo”

Altar funerario de Anthus. Museo Metropolitan, Nueva York


La palabra “dulcissimus” se empleaba generalmente para niños más pequeños, mientras que “carissimus” y “pietissimus” se utilizaban para caracterizar a los niños mayores de cinco años. Carissimus hace referencia al afecto que los padres mostraban por sus hijos y pietissimus (o pientissimus), que se puede traducir como el más devoto u obediente, haría referencia al cumplimiento del deber filial y a la obediencia por parte de los hijos.

"Decimus Cornelius Herma y Cornelia Tyche, de Ravenna, los desgraciados padres lo hicieron para sus muy devotas hijas Cornelia Helpidis que murió a los 18 años, Cornelia Helpiste que murió a los 19, y Restuta que murió a los 7, y para sus libertos, libertas y sus descendientes."

Retrato de niña época flavia.
Museo Metropolitan, Nueva York

Las muestras de dolor por los niños o jóvenes no solo provenían de los afligidos padres, sino que los amos de esclavos nacidos en su casa exhibían la pena que sentían al morir estos, a los que habían visto nacer y crecer, y a los que en caso de muerte de sus propios padres habían criado, a veces como si fueran sus propios hijos.

“¿Qué delito, qué error es el que purgo con castigo tan grave? He aquí que se me arranca un niño que tenía mis entrañas y mi alma en sus brazos murientes; que no era, ciertamente, de mi estirpe, ni llevaba mi nombre, ni tenía mis rasgos; no lo había engendrado, pero mirad mis lágrimas y mis mejillas lívidas, y creed en el llanto de un hombre abandonado… ¿Podría no llorarte, niño amado? Mientras estuvo a salvo, no ansié tener hijos, desde su nacimiento, al punto su llanto me envolvió y traspasó, yo le enseñé palabras y sonidos, e interpreté sus llantos y sus penas secretas, y cuando gateaba, agachándome hasta el suelo lo elevé hasta mis besos, y acogía en mi seno cariñoso, en el momento mismo, sus mejillas de grana y le atría los amables sueños. Mi nombre fue el primero que supo pronunciar, mi risa, el primer juego para sus tiernos días, de mi rostro nacía su alegría….” (Estacio, Silvas, V, 5)


Martial era un esclavo menor de tres años y su amo le quería hasta el punto de encargar una costosa pieza de mármol en su honor, quizás como parte de un monumento funerario.

"Al dulcísimo Marcial, esclavo, que vivió dos años, diez meses y ocho días. Para él, que lo merecía, Tiberius Claudius Vitalis lo mandó hacer."

Busto del niño Marcial. Villa Getty, Los Ángeles

Las imágenes de niños que se representaban en estelas y altares funerarios podían evocar distintos mensajes. Uno de ellos era la indicación de status social y de la romanitas de la familia, como es el caso de mostrar al niño con bulla y toga como signo de su nacimiento libre. El tema de la muerte prematura se trata con la alusión a los dioses, especialmente, a los relacionados con los difuntos y la conmemoración de su pasada existencia junto a la referencia a lo que podía haber llegado a ser en su vida sino hubiera fallecido a tan temprana edad, podía dar la esperanza a los parientes afligidos de que la vida continuaba, aunque alterada por el destino. La idealización de las cualidades de los hijos difuntos ayudaría a sus padres y parientes a aliviar su pena.

En la estela de Marcianus, el niño es representado con túnica, toga, bulla y una bolsa con libros, y es el propio Marcianus el que expresa su propio epitafio en verso, destacando su dulzura y elocuencia, haciendo referencia a su destino controlado por las Parcas y haciendo ver su status por la asistencia masiva a su funeral.

“En esta tumba Descanso yo, Marcianus, para toda la eternidad.
No esperaba contemplar todavía los reinos de Proserpina.
“Nací en el segundo consulado de Severo con Fulvus, y desde el principio fui muy dulce. Cuando llegué a los seis años, mi salud decayó. ¡Oh, el noveno día que amaneció para mis padres me alejó de sus lamentos! ¡Qué grandes habían sido mis expectativas, si los hados lo hubieran permitido! Las musas, me habían dado a mí, un niño, el don de la elocuencia. Láquesis me envidió, la cruel Cloto me mató, y la tercera Parca no me permitió recompensar la devoción de mi madre. ¡Qué diligentemente, venía la gente llorando por la Vía Sacra para asistir al funeral! Lo llamaron `el día de los Muertos, por la solemne reunión, ya que a nadie tan joven le roban sus años con una engañosa esperanza. Todo el vecindario vino, también, de todas partes para verme morir por el destino en la flor de la vida. ¡Tú, que vives por siempre, conforta a los buenos, conserva sus vidas, y continúa protegiéndolos!”
(CIL VI, 7578)

Estela funeraria de Marcianus, Vigna Amendola, Roma


Otra referencia simbólica a la muerte prematura es la representación de los niños como más mayores de lo que eran cuando fallecieron. Este es el caso de la niña Hateria Superba que habiendo muerto con dieciocho meses aparece en el altar funerario dedicado a su familia llevando túnica, toga y un tocado en el pelo como si fuera una niña de más edad. Sus padres parecen haber sido libertos por sus nombres de origen griego.

“A los dioses Manes, para Hateria Superba que vivió un año, seis meses y veinticinco días. Sus desgraciados padres, Quintus Haterius Ephebus y Julia Zosima, lo erigieron para su hija, para ellos y su propia familia.” (CIL VI 19159)


Las referencias a su vida terrenal aparecen en las figuras de un perrito y un pájaro que podían ser sus mascotas y la alusión a su muerte y a su vida eterna se ven en los erotes que la coronan y la referencia al culto de Isis con las perlas que cuelgan en su frente.

Monumento funerario de Hateria Superba,
Galería de los Uffizi, Florencia

La muerte prematura de los hijos destruye las esperanzas que los padres habían puesto en ellos. Los padres que criaban y se ocupaban de sus hijos esperaban a su vez ser cuidados y mantenidos por ellos en su vejez, pero su descendencia desaparecida nunca llegaría a ser independiente o convertirse en miembros útiles para la sociedad y condenaba a sus parientes a la soledad y la pena.

“Saludos, viajero, pasando por aquí, sin aficción física, detente por un momento y lee esto: por la injusticia de Orcus, que arruinó generaciones, padre y madre tuvieron que hacer por sus desgraciados y dulces hijos lo que había sido el deber de los hijos hacia sus padres, porque ellos no pudieron convencer a los dioses para salvarlos, ni pudieron retenerlos, ni traerlos de vuelta.

Lo que pudieron hacer es, restaurar sus nombres a los celestiales, los nombres de Primigenius, Severus, Pudens, Castus, Lucilla, y Potestas. Esos infelices, abandonados por su prole, dado que habían esperado morir antes que sus hijos, añadieron sus nombres en el mismo lugar, estando todavía vivos, mientras que, nacido bajo un mal hado e injusta suerte, no pudiendo marchar antes que sus hijos, ahora no pueden ni siquiera seguirlos tan rápido como esperaban.

Pero ahora, nosotros, desgraciados, abandonados por nuestros hijos, pedimos a los dioses del cielo y del infierno que permitan a nuestro pequeño nieto, Thiasus, que dejó nuestro hijo Pudens, de corta edad, como una chispa que salta del fuego, heredero de nuestra estirpe, que nos sobreviva: pueda él vivir, ser fuerte, pueda él tener lo que desee. Y ahora te pedimos, nuestro pequeño nieto, servir con deber filial y cuidar la tumba de tus antepasados, y, si alguien te pregunta quién se halla aquí, tú dirás: es Murranus, mi abuelo, porque la desdicha enseña incluso a los bárbaros compasión.”

Monumento funerario de un niño.
Yale University Art Gallery

Las esperanzas de las familias también se veían frustradas en el caso de las jóvenes que fallecían estando en edad de casarse. Puesto que las mujeres no podían destacar con ningún logro político, artístico o social, la única aspiración que tenían era convertirse en madres de ciudadanos romanos que contribuyesen socialmente a la gloria de Roma, por lo cual su temprana desaparición privaba a los padres del único honor que sus hijas podían concederles.

"Te estoy escribiendo esta carta en medio de una gran aflicción: la hija menor de nuestro querido amigo Fundano ha fallecido… Aún no había cumplido los trece años, y ya tenía la prudencia de una mujer de edad y la dignidad de una madre de familia, conservando sin embargo el encanto de la juventud junto con una inocencia virginal… iOh, qué trágico y prematuro funeral! iOh, ese instante de la muerte más cruel que la propia muerte! Ya había sido prometida a un distinguido joven de buena familia, ya había sido señalado el día de los esponsales, y nosotros ya habíamos recibido las invitaciones para el acto. iEn qué profunda tristeza se ha cambiado tanta alegría!" (Plinio, Epístolas, V, 16)

Tapa de sarcófago. Villa Getty, Los Ángeles

Los testimonios indican que la edad apropiada de las niñas para ser prometidas en matrimonio era alrededor de los trece años.

"No había bastado que estos desafortunados padres vivieran con un único dolor, porque ya antes habían perdido a una hija: helos aquí ahora con otra hija enterrada que les renueva el mismo dolor, pues las dos desdichadas fueron a morir ya casi en su edad nupcial. Y qué dolor tan grande nos has dejado, Armonía Rufina, después de vivir con nosotros trece años, seis meses y veintiséis días. Y nosotros, vuestros padres, estamos deseosos de acercarnos a vosotras, yo, vuestro padre Harmonio Jenaro, junto con vuestra madre, Claudia Trófime, que llora y vive sin dejar de lamentarse. Y no dudamos, desde luego, en abandonar la vida y morir." (Epitafio a Armonía Rufina, CIL X, 2496)

Una de las quejas más comunes a la hora de lamentar la muerte de los niños o personas jóvenes era la interrupción de su ciclo natural de vida. Algunos retratos de niños en un contexto funerario idealizado recordaban a los que los veían que hubo un tiempo en que completaron ciertas etapas como la infancia y tuvieron las vivencias propias de su edad.

Sarcófago de M. Cornelius Statius, Museo del Louvre. Foto Ilya Shurigin

Como uno de los principales motivos de erigir un monumento funerario desde el más simple hasta el más elaborado es mantener el recuerdo al difunto, los afligidos padres o parientes se centraban en resaltar las características particulares o los rasgos más sobresalientes de sus seres queridos. Para ello los niños y las niñas solían ser mostrados de forma diferente en sus monumentos funerarios. Los niños aparecían con un aspecto mayor de lo que eran y frecuentemente vestidos con una toga y un rollo de papiro semejando un orador, pues la educación era un medio de alcanzar riqueza y status, que era lo que los padres habían deseado para sus hijos. En el caso del niño poeta Quintus Sulpicius Maximus se incluye una composición poética en griego del propio difunto que leyó en los terceros juegos Capitolinos del año 94 d.C., para indicar lo que ya valía a su temprana muerte, once años.

"Dedicado a los dioses Manes.
A Quintus Sulpicius Maximus, hijo de Quintus, de la tribu Claudia, de Roma, que vivió 11 años, 5 meses y 12 días. En el tercer concurso quinquenal, entre 52 poetas griegos, recibió el favor del público debido a su talento natural a tan temprana edad, lo que le distinguió del resto. Sus versos se han escrito debajo, para que sus amantes padres no sean considerados como exagerados a causa de su afecto. Quintus Sulpicius Eugramus y Licinia Januaria, sus desgraciados padres, erigieron este monumento para su leal hijo, para ellos, y para sus descendientes."

Altar funerario de Q. Sulpicius Maximus,
Central Montemartini, Roma

Algunos padres destacaban las cualidades en las que sobresalían sus hijas, teniendo en cuenta, sobre todo, su educación. Los epitafios con referencias a la mitología o personajes legendarios pueden indicar la importancia que los progenitores daban a la educación y cultura.

"Procura el descanso de las sombras y los alabados espíritus de los piadosos, que guardan los sacros lugares del Erebos, lleva a la inocente Magnilla por los bosques y valles directamente hasta los campos Elisios. Ella fue arrebatada en su octavo año por los temibles Hados, mientras disfrutaba de su tierna infancia. Ella era hermosa, admirable en su razonamiento, sabia para su edad, decente, dulce y encantadora. Una niña tan infeliz a la que se le ha privado de vida tan pronto debería ser llorada con lamentos y lágrimas eternas. ¿O deberíamos decir feliz porque ha evitado la desgraciada ancianidad? Así Pentesilea lloró menos que Hécuba."


Ocasionalmente las niñas podían ser representadas también con elementos que denotaban su educación, como puede verse en la estela funeraria de Avita, que murió con diez años.

Estela funeraria de Avita,
Museo Británico, Londres

Las niñas se veían reflejadas en sus monumentos funerarios destacando su dulce carácter y belleza y las más mayores con referencia a sus cualidades para convertirse en matronas, o en caso de libertas podían indicarse sus virtudes artísticas o laborales.

"Éucaris, liberta de Licinia, docta doncella, instruida en todas las artes, vivió 14 años. Detén tu paso, tú que con mirada errante observas las mansiones de la muerte, y lee entero mi epitafio, que el afecto de un padre dedicó a su hija, para que se depositaran allí los restos de su cuerpo. Cuando aquí mi juventud florecía abundantemente con las artes y, con el paso del tiempo, ascendía hacia la gloria, la triste hora de mi destino llegó hasta mí e impidió que el aliento de
la vida avanzase más allá. Culta, educada casi por la mano de las musas, yo que hasta hace poco adorné con mi baile los espectáculos de los nobles y aparecí
como la más distinguida ante el público en la escena griega, he aquí que las hostiles Parcas han depositado mis cenizas en este túmulo con un poema. La
dedicación, cuidado y amor de mi patrona, mis glorias y mi éxito se desvanecen, incinerado mi cuerpo, y guardan silencio en la muerte. He dejado lágrimas
para mi padre, a quien he precedido en la muerte, a pesar de haber nacido después. Ahora mis catorce años están retenidos conmigo en la oscuridad eterna
de la morada de Dis. Te pido que, al alejarte, digas que la tierra me sea ligera."
(CIL VI, 10096)

Estatua de una joven. Museos Capitolinos, Roma

En las tumbas de los niños, al igual que en las de los adultos, se depositaba un ajuar funerario, que consistía en los elementos domésticos que formaban parte de la vida del difunto durante su corta vida. En el sepulcro de Crepereia Tryphaena se encontró junto a sus restos una muñeca articulada y varios artículos de joyería.

Parte del ajuar de Crepereia Tryphaena, Central Montemartini, Roma

Una estela del siglo I d.C. describe de manera muy precisa el drama familiar que se produce al ocurrir una muerte infantil por el descuido de los adultos. Las referencias a las lamentaciones tras la muerte y al destino son constantes.

“El sol ya se había sumergido en la morada [de la noche], cuando, tras la cena, mi tío materno me llevó a lavar. Las Moiras entonces me hicieron sentar sobre el pozo. Porque yo me había escapado y la malvada Moira guiaba mis pasos. Cuando la divinidad me vio
allí abajo, me entregó a las manos de Caronte. Mi tío oyó el ruido que hice al caer en el pozo. Al punto echó a correr mi tía, que me andaba buscando. Pero yo ya no tenía ninguna esperanza de volver a vivir entre los hombres, y ella comenzó a desgarrar su túnica. También mi madre empezó a correr, más se paró dándose golpes en el pecho. Luego mi tía cayó de rodillas ante Alejandro que, cuando la vio, sin vacilar al momento saltó dentro del pozo. Me encontró allí abajo sumergido, y me sacó en un cesto. Al instante, mi tía me arrebató de sus manos, empapado como
estaba, mirando si aún me quedaba algo de vida. Pero vio que, desdichado, ya nunca vería yo una palestra, y que con solo tres años la malvada Moira me había ocultado”
 (GV 1159)

Clotilde en la tumba de sus nietos, Pintura de Alma-Tadema

Algunos niños son retratados en estelas funerarias con su madre también fallecida e incluso con ambos padres.

"Lucius Passienus lo hizo.
A los dioses Manes.
Para Passienia Gemella, su queridísima y muy devota esposa y liberta, y su hijo Lucius Passienius Doryphorus, y su hijo y liberto Sabinus, los más puros."


Lucius Passienius Saturninus dedica este altar a su esposa y liberta, y a su hijo Doryphorus, que nacería cuando su madre era ya libre, por lo tanto, nació libre, y a su hijo Sabinus, que nacería mientras su madre era todavía esclava, y, por consiguiente, él nació esclavo y fue liberado posteriormente por su propio padre.

Monumento funerario de Passienia Gemella y sus hijos. National Museums Liverpool, Inglaterra

Muchos monumentos funerarios muestran retratos que no se parecen a la descripción que se detalla en el epitafio y esto se debía principalmente a la necesidad de recurrir a uno que estuviese en stock en algún taller, en vez de adquirir uno por encargo, por haberse producido el fallecimiento de forma repentina y por tener que proceder al entierro o cremación con rapidez.

En el caso mostrado abajo se puede ver un relieve con el rostro de un niño de unos diez a doce años, mientras que en la inscripción en griego se puede leer una dedicatoria a una niña de tres años.

"A los dioses Manes. Para Agripina, nuestra hija, que vivió tres años, un mes, y veintisiete días, nosotros, sus padres lo mandamos hacer en su memoria."

Monumento funerario de Agripina,
Villa Getty, Los Ángeles

Las diversas clases sociales, el nivel de riqueza e incluso el lugar de procedencia de los padres contaba a la hora de elegir un monumento funerario conmemorativo para los hijos. Desde los sarcófagos bellamente esculpidos pertenecientes a la clase senatorial hasta las sencillas lápidas toscamente labradas sin el nombre del difunto en ellas que estaban comisionadas por gente humilde.


"A los dioses Manes
Blescius Diovicus erigió esta lápida a su propia hija que vivió 1 año y 22 días."

Museo de Arqueología y Antropología. 
Universidad de Cambridge



A los dioses Manes
Para Maconiana Severiana la más dulce hija.
Marcus Sempronius Proculus Faustinianus, varón excelentísimo y Praecilia Severina, dama excelentísima, sus padres hicieron este monumento.


Sarcófago de Maconiana, Villa Getty, Los Ángeles. Foto Marshall Astor




Bibliografía


La muerte de los niños en el occidente del imperio romano. Siglos I-III d.C. Aprontes para una discusión, Andrés Cid Zurita y Leslie Lagos Aburto
Una mirada bioantropológica sobre el funus acerbum: el caso de Augusta Emerita en época altoimperial, Filipa Cortesao Silva
Vita Brevis: consideraciones sobre las emociones en los epitafios de niños y niñas en el mundo romano, Andrés Cid Zurita
‘Too Young to Die’ Grief and Mourning in Ancient Rome, Diana Gorostidi Pi
A Part of the Family: Funerary Preparations for Children and Adolescents in Late Ptolemaic and Roman Egypt, Branson Dale Anderson
Archaeological and epigraphic evidence for infancy in the Roman world; Maureen Carroll
Infant death and burial in Roman Italy, Maureen Carroll
Cold Comfort: Speeches to and from the Prematurely Deceased in Early Roman Verse-Epitaphs, Allison Boex
Constructing Childhood on Roman Funerary Memorials, Janet Huskinson
Images of Eternal Beauty in Funerary Verse Inscriptions of the Hellenistic and Greco-Roman Periods, Andrzej Wypustek
A life unlived: the Roman funerary commemoration of children from the first century BC to the mid-second century AD, Barbara Nancy Scarfo
Mother and infant in Roman funerary commemoration, Maureen Carroll
The Boy Poet Sulpicius: A Tragedy of Roman Education, J. Raleigh Nelson

viernes, 30 de octubre de 2015

Funus romanorum, ritos funerarios de la antigua Roma

Desde los tiempos más antiguos los romanos desearon tener una muerte digna y un lugar donde sus restos pudiesen descansar en paz. El miedo a que su alma estuviera destinada a volver para atormentar a los vivos por no haber seguido el ceremonial tradicional en el momento del duelo y del entierro llevaba a todo romano pudiente a dejar dispuesto antes de morir los ritos funerarios que sus familiares y herederos debían dedicarle y también el lugar en el que debía ubicarse su tumba.

Mosaico romano de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Los romanos pensaron de forma mayoritaria que sus muertos seguían viviendo en la tumba, donde el alma, en forma de sombra, se mantenía en relación directa con el cuerpo, habitando para siempre su eterna morada. De ahí la importancia de la sepultura, del ajuar funerario y por supuesto de las ofrendas periódicas realizadas por los parientes más próximos.

Adriano escribió, según la Historia Augusta, un pequeño poema sobre el destino de su alma, lo que podría servir para ver la importancia que los romanos daban a lo que acontecería a su alma tras la muerte.

“Pequeña alma blanda y tierna,
Huésped y compañera de mi cuerpo,
A qué regiones te dirigirás ahora
Paliducha, rígida y desnudita.
Ya no bromearás, como de costumbre.” (Adriano, Historia Augusta, XXV, 9)

También la familia poseída por el temor de que los espíritus de sus antepasados viniesen a atormentarles tras su fallecimiento entendía como una obligación celebrar el ritual funerario necesario y encontrar una sepultura digna, dotada del ajuar que el difunto necesitaba para su vida en el más allá.

Relieve funerario, Museo Nacional Romano

El poeta Propercio dejó escritas disposiciones para su propio funeral en una de sus elegías en las que no faltan los elementos más características de un típico funus romano, como el cortejo, el lamento, la urna con las cenizas, el epitafio y la visita de una persona cercana a la tumba.

“Cuando llegue, pues, la hora en que la muerte cierre mis ojos, escucha como debes disponer mi funeral: no se alargue entonces el cortejo fúnebre con gran desfile de imágenes, ni la trompeta se lamente inútilmente por mi muerte, ni se me extienda entonces un lecho de pies de marfil, ni descanse mi cadáver sobre un catafalco digno de Atalo. Que me falte una hilera de bandejas con esencias y tenga las exequias insignificantes de un funeral plebeyo. Suficiente es mi cortejo, si hay tres libritos, que ofrecer a Perséfone como regalo especial. Tú, en cambio, me seguirás arañándote el pecho desnudo, y no te cansarás de invocar mi nombre, pondrás el último beso en mis labios helados, cuando se me ofrende una caja de ónice llena de perfumes sirios. Después, cuando la llama prenda debajo y me convierta en ceniza, una pequeña urna reciba mis restos, póngase un laurel sobre mi exigua tumba, cuya sombra cubra el lugar de mi cadáver quemado, y haya dos versos:
EL HOMBRE QUE AHORA YACE COMO EL POLVO DESAGRADABLE, ESE FUE EN OTRO TIEMPO ESCLAVO DE UN SOLO AMOR.
La fama de mi sepulcro no será menos conocida que lo fue la tumba cruenta del héroe de Ptía. También tú, si alguna vez se cumple tu destino, acuérdate, recorre este camino, ya encanecida, hacia la lápida que te recuerde. Entre tanto, no desprecies mi sepultura, la tierra no es enteramente inconsciente de la verdad.”
 (Propercio, Elegías, II, 13)

Tapa de sarcófago, Museos Vaticanos, foto Samuel López

La tradición exigía que un familiar recogiera el último aliento del fallecido con un beso para que su alma no fuera atrapada por malos espíritus o fuera víctima de encantamientos o maldiciones. El mismo familiar que lo recogía, cerraba los ojos del difunto, tras lo cual los parientes llamaban al muerto por su nombre para hacerle volver del mundo de los muertos  y lloraban  por él, lo que se volvía a repetir varias veces hasta que el cuerpo era enterrado o incinerado (conclamatio).  Continuaban los lamentos y se depositaba el cuerpo en el suelo como  símbolo de su regreso a la tierra. El cuerpo se lavaba, amortajaba y perfumaba con ungüentos, se le vestía con una toga si era un importante ciudadano y se le cubría con un sudario blanco. Los pobres solo vestían un túnica oscura.


Jarrita para ungüentos, Museo Nacional de Nápoles, 
foto Samuel López
“Y ahora, Estico, tráeme la mortaja en que quiero me lleven envuelto a la tumba. Trae también el perfume y un poco de ungüento de aquella ánfora con el que mando que laven mis huesos.

Sin hacerse esperar, Estico trajo al comedor la mortaja blanca y la praetexta. Palpad- nos ordenó Trimalción- y ved de qué buena lana están hechas.” (Petronio, Satyricon, 77-78)

 Al difunto se le colocaba una corona en la cabeza, si había merecido llevar una en su vida y se le ponía una moneda en la boca para pagar al barquero  Caronte su trayecto al más allá y después era expuesto con los pies dirigidos hacia la puerta, como símbolo de su salida de este mundo, en el atrio o en otra habitación en caso de no haberlo.

"Tan arraigado está todo esto entre la mayoría, que, cuando muere algún miembro de la familia, lo primero de todo exponen su cadáver poniéndole un óbolo en la boca, destinado a ser el pago para el barquero por la travesía, sin pararse a pensar antes qué moneda es la que se cotiza y se maneja en el mundo subterráneo, y a ver si tiene validez allí el óbolo ático o macedonio o egineo, o si no sería mucho más práctico no tener que pagar el pasaje; así, si el barquero no lo recibiera, llegarían o podrían ser enviados de nuevo arriba a la vida. Después los lavan -como si para bañarlos allí abajo no hubiera suficiente agua en la laguna-, perfuman con la mejor mirra su cuerpo, que inicia ya una descomposición forzosa, los coronan con flores lozanas y los exponen primorosamente vestidos: está claro para que no tiriten de frío en el camino y para que no los vea desnudos Cerbero. Lamentos por ellos, quejidos de mujeres, llanto por doquier, pechos golpeados, cabelleras desgarradas y mejillas enrojecidas; vestidos que se rasgan de arriba abajo, polvo que se esparce por la cabeza y unos vivos que mueven más a compasión que el muerto. Ellos se retuercen por la tierra muchas veces y arañan sus cabezas contra el suelo; el muerto, en cambio, guapo y bien arreglado, coronado hasta la exageración, está allí expuesto engalanado y solemne, ataviado como para ir a una procesión." (Luciano, Del Luto)

Sarcófago romano, Museo Británico, Londres

Cuando se trataba de una familia pudiente, la preparación del cuerpo para su exposición y los preparativos para el funeral eran generalmente confiados a los empresarios  de pompas fúnebres (libitinarii). En la ciudad de Roma el templo de Libitina, diosa de los entierros, proporcionaba los enseres necesarios para celebrar un funeral digno. Los pollinctores eran los encargados de embalsamar o ungir con aceites los cuerpos y  por su contacto permanente con la muerte y los cadáveres  no eran  hombres libres, ya que su oficio se consideraba funesto.

“Mientras se preparaba la pira de Libitina con papiro para que ardiera ligera, mientras la esposa compraba llorosa la mirra y la canela, ya preparada la fosa, ya el lecho, ya el embalsamador, Numa me nombró su heredero: se ha curado.”  (Marcial, Epi. X, 97)

Si el difunto había desempeñado una magistratura se le podía hacer una máscara de cera en la que se reflejaba de forma muy realista su rostro y que se guardaba como un bien preciado en la familia.
Para anunciar la defunción se colgaba de las jambas de la puerta una rama de ciprés, árbol consagrado a Plutón, dios de los muertos, o ramas de otros árboles. La puerta se mantenía cerrada para comunicar que no se debería solicitar la atención de la familia para ningún negocio y que ésta, junto a la casa, permanecería impura hasta que se celebrara la ceremonia de purificación tras las exequias.

"Para colmo de todo eso, llega el banquete ritual. Asisten los parientes y se dedican a consolar a los padres del difunto; los persuaden para que prueben la comida, y la toman no sin apetito, por Zeus, ni porque los fuercen ellos, sino porque están desfallecidos después de tres días ininterrumpidos sin probar bocado.
Y van diciendo: «¿Hasta cuándo, oye tú, nos lamentaremos? Deja ya descansar a los espíritus del bienaventurado difunto. Y si has decidido llorar y llorar, por eso precisamente te conviene no estar sin comer, para que tengas fuerzas para hacer frente a un dolor tan fuerte." (Luciano, Del luto)

A continuación comenzaba el velatorio, cuya duración podía oscilar entre uno y siete días, pues los romanos temían que el difunto despertase de lo que habría sido una muerte aparente. El cuerpo se disponía sobre un lecho fúnebre, vestido lujosamente si la familia del difunto tenía dinero para ello, y era velado por sus parientes, mientras plañideras profesionales lloraban al desaparecido con expresiones repetitivas, que incluían cánticos alabando sus méritos y virtudes, y se mesaban los cabellos, golpeándose el pecho con gritos desgarradores. Guirnaldas y coronas de flores rodeaban el lecho, junto a antorchas, velas, lucernas  y quemadores de perfumes, para alejar el olor de la muerte y de la gente,  y algún músico tocando la flauta.

Relieve del sepulcro de los Haterii, Museos Vaticanos

Fue costumbre romana en los primeros tiempos que los funerales se realizaran por la noche a la luz de las antorchas que los encabezaban, y los de los niños y los pobres siguieron siendo nocturnos.
La música  de trompas y flautas acompañaban junto a las plañideras al cortejo fúnebre, según la costumbre tomada de los etruscos.

“Luego suena la trompeta, se encienden las candelas y, en fin, nuestro señorito, bien compuesto en el elevado lecho y empapado de ungüentos aceitosos extiende sus pies rígidos hacia la puerta, y los que desde ayer son quirites se cubren la cabeza y se llevan el cadáver.”(Persio, Sat. III)

El feretrum solía ser portado por los hijos, los familiares más próximos, los amigos o los libertos, mientras los más pobres  eran llevados  hasta su última morada por los vespilliones en una caja de bajo coste (sandapila).

Se iniciaba el traslado hasta el lugar de enterramiento, la llamada pompa funebris, con  un pregonero que anunciaba públicamente la ceremonia cuando el difunto era importante, y a partir de este momento se organizaba la procesión más o menos lujosa, según los medios de cada familia, la cual vestía con ropas negras. Las mujeres además de llevar vestiduras oscuras, iban sin joyas y habitualmente con el cabello suelto. Durante el Imperio algunas mujeres vistieron de color blanco durante el funeral.

“Y aunque la mente se conserve vigorosa, tendrá con todo que sacar los entierros de sus hijos, ver la pira de la esposa amada, o la del hermano, y urnas llenas con sus hermanas, ese es el castigo que le cae a los que viven demasiado: por culpa de las muertes sin cesar repetidas van haciéndose viejos entre muchas lamentaciones y revestidos de negro luto entre penas inacabables.” (Juvenal, sat. X)

En caso de personajes notables podían desfilar la imágenes en cera de los antepasados, que se guardaban en lugar visible de la casa, llevadas por actores vestidos apropiadamente para la ocasión.


Máscara romana, Egipto, Museo Universitario de Pensilvania

En las exequias de los patricios romanos de mediados del siglo II a.C. descritas por Polibio si el difunto era importante su cuerpo se disponía en los rostra en el foro, en posición erguida o reclinada, y allí se hacía un elogio del difunto (laudatio funebris), en la que se describía la historia de la familia y se alababa su vida pública y privada, con más o menos exageraciones delante de los ciudadanos.

“El cónsul Antonio hizo que, en vez del elogio fúnebre, fuesen leídos por un heraldo los senadoconsultos que otorgaban a César todos los honores divinos y humanos, y el juramento, además, que obligaba  a todos por la salud de uno, por su parte añadió muy pocas palabras a esta lectura.” (Suetonio, Vida de Julio César, LXXXIV)


Discurso de Antonio en el funeral de Julio César, William Holmes Sullivan,
crédito foto Royal Shakespeare Company Collection

Hacia el final de la República surgió una alternativa a la máscara funeraria, se esculpía un busto en la tumba. En algunos funerales se describen las imágenes rodeando el lecho funerario.

Tapa de sarcófago romano con efigie del difunto y busto, Museo Nacional Romano, 
foto Samuel López

Cuando el cortejo fúnebre llegaba al lugar de la inhumación o incineración se realizaba el rito de arrojar un poco de tierra sobre el cuerpo y en caso de haber cremación se cortaba una parte del cuerpo, normalmente un dedo, para ser enterrado (os resectum). En cuanto a la inhumación los pobres eran depositados directamente en la tierra, generalmente  extendidos totalmente, y pocas veces doblados, en simples fosas, o en baldas excavadas en la pared (loculi) en las catacumbas.

Los ricos eran metidos en sarcófagos de mármol, piedra, arcilla, plomo o madera, ricamente esculpidos. Los de plomo se introducían normalmente en otros de madera o piedra. Con frecuencia se echaba yeso (gypsum)  sobre el cuerpo, formando un molde y a veces  conservando fragmentos de la tela en la que había sido envuelto. Los sarcófagos se podían ubicar en cámaras funerarias, bajo túmulos o ser enterrados.
La cremación del cuerpo y del lecho en el que reposaba tenía lugar, bien donde se iban a enterrar las cenizas (bustum) o bien en un lugar reservado especialmente para las incineraciones (ustrinum). La pira era un montón rectangular de leña, a veces mezclado con papiro para que ardiese más fácilmente. Luego se depositaba el cuerpo en la pira junto a regalos y pertenencias personales del difunto que le servían para hacerle sentirse como en casa en su vida en el más allá, así como objetos relativos a su rango, insignias y armas para los militares, herramientas para los artesanos, husos para las matronas y juguetes para los niños.

Piezas de ajuar infantil, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Se abrían los ojos del difunto porque se consideraba nefasto  no mostrarlos al cielo y sus familiares le llamaban por su nombre por última vez. Se encendía la pira con la llama de las antorchas y cuando el fuego había ya consumido el cuerpo, los familiares recogían las cenizas, que solían ser regados con vino antes de guardarlas en urnas de diferentes formas y materiales, más sencillas para los que no tenían recursos y muy elaboradas y decoradas para los más poderosos. Las de los primeros se guardaban en casa o se enterraban en tumbas en el suelo cubiertas con losas de piedra o tejas (tegulas) colocadas formando un tejadillo a dos aguas y las de los segundos se ponían en altares en la casa o en cámaras funerarias, aunque los menos pudientes las dejarían en columbarios.

“Antistio Rústico ha muerto en las crueles tierras de los capadocios. ¡Oh tierra culpable de un crimen detestable! Nigrina ha repatriado en su regazo las cenizas de su amado marido y se ha quejado de que los caminos no hayan sido suficientemente largos. Y al dar la urna sagrada a la tumba —de la que siente envidia—, luego de haberle arrebatado a su marido, le parece que ha enviudado dos veces.” (Marcial, Epi. IX, 30)


Urna funeraria, Museo de Linares, Jaén, foto Samuel López

La cremación propiamente dicha era por regla efectuada por los ustores, mientras la excavación de la fosa correspondía a los fossores. Los dessignatores eran probablemente maestros de ceremonias para las exequias de los ricos, tanto hombres como mujeres que dirigían todo el ceremonial.

"Porque también acompañé contigo la solemnidad de su cortejo fúnebre: el féretro del niño, esa abominación que vio nuestra ciudad. Y he contemplado los dolorosos cúmulos de incienso consagrado al difunto y su alma llorosa sobrevolando su propio funeral, y a tí, que superabas los gritos de los padres y el plañir de las madres cuando, asido a su pira, te proponías aspirar sus llamas: a duras penas pude retenerte y, reteniéndote, participé igualado con tu duelo, te lastimé." (Estacio, II, 1)

Cicerón y Plinio indican que el rito habitual en la Roma primitiva era la inhumación. En el siglo V a.C., sin embargo, se alternan las inhumaciones e incineraciones y a fines de la República e inicio del Imperio se podía hablar de que la incineración era el rito más empleado. 

Escena de cremación en tapa de sarcófago, Museos Capitolinos, Roma, crédito foto Raia 2005

Los romanos recurrieron al rito de la incineración preferentemente debido quizás al gran incremento demográfico que sufrió Roma, al tiempo, de que este rito resultaba menos costoso que la inhumación, por lo que se hizo rápidamente más popular entre las clases más desfavorecidas. Cada familia sepultaba a sus muertos según sus posibilidades y la forma empleada, cremación o inhumación podía depender de una  elección  personal,  la tradición familiar o la costumbre local. Las sepulturas que guardaban los cuerpos inhumados solían tener más espacio para depositar los ajuares funerarios con los objetos que recordarían al difunto su vida terrenal, además de proporcionarle los utensilios domésticos que le ayudarían a alimentarse en el más allá, como platillos y vasijas.

Algunos ciudadanos ricos o de familias aristocráticas se mantuvieron fieles a la antigua costumbre funeraria de la inhumación, conocida desde la época etrusca. Desde el siglo III a.C. la ilustre familia de los Escipiones solía enterrar a sus muertos hasta que el dictador Cornelio Sila exigió que su cuerpo fuera incinerado ante el temor de que sus enemigos desenterraran y deshonraran sus restos, igual que él había hecho con su adversario político Mario. En época de Augusto casi todos los cadáveres se incineraban, y Tácito indica que en el funeral de Nerón el año 65 d.C. se usó la incineración que era una costumbre romana.

A comienzos del siglo II d.C., especialmente desde el reinado de Adriano, comenzó a extenderse de nuevo la inhumación,  debido quizás a la predicación en Roma del cristianismo que propugnaba la resurrección de la carne y por la propagación de algunos cultos semitas, que preferían garantizar la integridad del cuerpo para una supuesta vida en el más allá.

 Precisamente a este periodo se corresponden la mayor parte de los sarcófagos conocidos del mundo romano, en los que hay diferencias entre los paganos y  los cristianos. Los sarcófagos cristianos se suelen identificar bien, puesto que utilizan una iconografía relacionada con las sagradas escrituras.

El embalsamamiento se reservó para algunos personajes notables y con dinero, por el alto coste que suponía el proceso y los productos utilizados.

“No fue quemado su cuerpo según la costumbre romana,sino como usan los reyes extranjeros, embalsamándolo con sustancias olorosas, y se puso en el sepulcro de los Julios. Se le hicieron aún así exequias públicas, y en ellas el mismo Nerón, en la plaza llamada de los Rostros, que es donde se suelen hacer semejantes oraciones, alabó su gran hermosura, que había merecido ser madre de una niña divina, y de otros dones de fortuna en lugar de virtudes.” (Tácito, Anales, XVI, 6)

Elaborado sarcófago romano, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Los niños de menos de cuarenta días eran siempre sepultados, y en los primeros tiempos los más pequeños  solían ser enterrados en las propias casas. También eran inhumados los esclavos, cuyo entierro era costeado por su señor.

“Por Hércules, que lo pasamos muy bien. Escisa dio un espléndido banquete de novena en honor de un pobrecito esclavo suyo a quien había hecho liberto en la agonía. Y creo que tendrá que añadir un respetable tanto por ciento a los recaudadores, pues el muerto ha sido valorado en cincuenta mil sestercios. De todos modos, fue muy agradable, si bien nos vimos obligados a derramar la mitad de las libaciones sobre sus pobres huesos.”

Durante la República era costumbre sepultar solo una parte del cuerpo incinerado, por ejemplo un dedo. Esto se debía a que no se consideraba sagrado el lugar de la incineración hasta que se hubiera echada la tierra por encima.

“Antes de que se eche la tierra sobre los huesos, aquel lugar donde ha sido incinerado el cuerpo no tiene carácter religioso; una vez echada la tierra, entonces queda inhumado según derecho y el sepulcro recibe tal nombre y entonces adquiere finalmente muchas prerrogativas de carácter sagrado.” (Cicerón, De Las Leyes, L. II)

Tumbas en el entorno de la villa romana de Puente Genil, Córdoba, foto Samuel López

El obvio  peligro  de incendios obligó a realizar las quemas y enterramientos en campo abierto. Los emperadores Diocleciano y Maximiano continuaron con la prohibición en la ley XII del Código sobre los lugares sagrados.  Los emperadores cristianos como Teodosio dictaron normas  para evitar los perjuicios que suponían para los cultivos en los campos los enterramientos y las incineraciones sin control.

“Hay además dos leyes acerca de los sepulcros, de las cuales una cuida de los edificios de particulares, otra de los sepulcros en sí. En efecto, la prohibición de que “una pira u hoguera incineratoria se construya a menos de sesenta pies de una casa ajena contra la voluntad de su dueño”, parece ser por temor a un incendio del edificio; igualmente prohíbe el pebetero de incienso. A su vez el prohibir que el fórum, esto es, el vestíbulo de la tumba, y la pira sean objeto de usucapión, mira por el derecho de los sepulcros.” (Cicerón, De Las Leyes, L. II)

Todos los entierros debían celebrarse fuera de la ciudad. Esta norma establecida en la Ley de las XII tablas se observó hasta el final del Imperio, aunque había excepciones para algunas personas, como los emperadores. La precaución sanitaria y el temor a la contaminación explicaban esta ley.
Durante la República la zona este del Esquilino era el lugar donde se tiraban todos aquellos desperdicios que no eran arrastrados por las cloacas. Allí también estaban las fosas (puticuli) donde eran enterrados los pobres. Sólo eran agujeros en el suelo, sin ningún revestimiento. Allí se arrojaban los cadáveres de los pobres sin familia ni amigos, y sobre ellos se tiraban los cuerpos de los animales muertos, junto con la porquería y basura de las calles.

Las fosas se dejaban abiertas, sin cubrirlas incluso cuando estaban llenas, y el hedor y la contaminación ocasionada convertían la colina en un lugar absolutamente inhabitable. En época de Augusto el peligro sanitario de infecciones para la ciudad se hizo tan grande que los basureros fueron trasladados más lejos. Entonces el Esquilino, con sus fosas y su suelo de una profundidad de unos ocho metros, fue convertido en un parque llamado Horti Maecenatis.

“Aquí es donde antes traían desde sus estrechas celdas cadáveres de esclavos que un consiervo hacía poner en modesto ataúd. Era fosa común para mísera plebe, para el gorrón de Arrambla y el manirroto de Nomentano. Un mojón asignaba aquí mil pies de frente y trescientos de fondo: 
ESTE MONUMENTO NO PASARÁ A LOS HEREDEROS.
Ahora se puede vivir en un Esquilino salubre y pasear al solecito por la terraza desde donde poco ha triste se veía un campo desfigurado por huesos blancos.” (Horacio, Sat. I, 8)

Los miles de cuerpos que eran enterrados en el vertedero de Roma pertenecían a los extranjeros, esclavos abandonados, las víctimas que morían en la arena, criminales proscritos y los cuerpos sin identificar. Los condenados a muerte no eran enterrados y sus cuerpos eran abandonados a los buitres y otros animales carroñeros en el mismo lugar de la ejecución cerca de la Puerta Esquilina.
Brigadas de esclavos recogían por la noche los cadáveres de los desvalidos que se encontraban en las calles y los llevaban a enterrar, previa cremación, en esas fosas comunes.

"Cuatro siervos marcados transportaban el cadáver de un pobre, como los que recibe a millares la pira de los desvalidos."(Marcial, VIII, 75)

Monumento funerario, Via Appia, Roma, foto Samuel López

Las familias patricias romanas adoptaron la práctica de enterramiento a lo largo de los caminos que confluían en Roma y algunos de estos conservan los nombres correspondientes a aquellas: Vía Appia, Vía Aurelia, .... Los emperadores Domiciano y Septimio Severo fueron enterrados en las Vías Autina y Appia respectivamente y el propio emperador Adriano tuvo que volver a prohibir los enterramientos dentro de Roma ante la reincidencia de esta práctica. Mientras, el pueblo llano tenía hogueras públicas y sepulturas comunes en fosas o pozos profundos. El emperador Antonino reguló el abuso de los enterramientos en todo el Imperio.

Los ricos propietarios  se hacían enterrar con frecuencia en sus propias fincas, donde podían elegir el emplazamiento y rodear la tumba con huertos y jardines que alegraran la vista de los visitantes y sirvieran de gozo al fallecido mientras descansaba en la vida eterna.

¿Qué dices de todo esto, amigo carísimo? – dijo Trimalción, dirigiéndose a Habinas-. ¿Sigues en erigirme el mausoleo tal y como te lo encargué? Te ruego encarecidamente que a los pies de mi estatua aparezca mi perrita, unas coronas, perfumes y todas las peleas de Petraites. ¡Que por tu parte pueda yo seguir viviendo para la posteridad! Ítem más: que la fachada sea de cien pies de largo y doscientos de fondo, pues quiero que rodeen mis cenizas toda clase de frutales y grandes viñedos. Es totalmente absurdo estar preocupado por tener en vida casas elegantes y cómodas, sin ocuparnos de aquellas que hemos de habitar más tiempo...” (Petronio, Satyricon, 71)

Retrato funerario, El Fayum, Egipto
Algunas leyes y normas regulaban el gasto realizado al celebrar funerales privados, principalmente en cuanto a la ostentación en los cortejos fúnebres. También se estableció la lista de personas que tenían la obligación de celebrar los ritos funerarios: en primer lugar, el amigo, a quien el muerto hubiera designado en su testamento como encargado para hacerlo, en caso de no existir tal caso sería una persona designada por los amigos del difunto, y en caso de no darse ninguno de los casos anteriores, el heredero, si el fallecido había sido el cabeza de familia, y, de no ser así, el propio cabeza de familia sería el encargado.  También se regulaba en quien debía recaer el gasto de las exequias, el heredero, principalmente, y, en caso de no haber sido designado, el cabeza de familia; el padre de una mujer casada si ella no tenía dote para pagarlo; y, en su heredero o su esposo si ella se había emancipado de su padre.

“Con razón, pues, derramo lágrimas en honor de la muerte de Celso, lágrimas que él derramó por mí estando vivo, cuando partí para el destierro: con razón te dedico estos versos, que atestiguan tu singular modo de comportarte, para que quienes vivan en un futuro lean tu nombre, Celso.  Esto es lo que puedo enviarte desde los campos géticos: aquí solo esto es lo que me es lícito tener. No pude asistir a tus funerales ni ungir tu cuerpo, y de tu pira me separa todo el orbe. Quien pudo, Máximo, a quien tú en vida considerabas como un dios, cumplió todos sus deberes para contigo. Él te hizo unas exequias y un funeral de gran distinción y derramó el amomo sobre tu frío pecho y afligido diluyó ungüentos con sus abundantes lágrimas y enterrando tus huesos los cubrió con tierra próxima.” (Ovidio. Pónticas,  I, 9)

Como un entierro podía conllevar grandes gastos,  si alguien, sin ser el heredero, se hacía cargo del entierro podía exigir ser resarcido por su coste. Se consideran gastos del entierro todo lo que se invertía  en la preparación del cuerpo: ungüentos, precio de la sepultura, impuestos, si existían, etc.,  y estos gastos se deducían siempre de la herencia. Si alguien recibía un legado con la condición de construir una tumba, le era reducido parte de su legado en la cuantía fijada para la tumba.

La muerte era tenida por algo funesto, y  tras la inhumación o incineración se sacrificaba un cerdo  y se celebraba  el banquete funerario (silicernium) junto a la tumba para honrar al muerto, y después se hacía necesaria una profunda purificación (suffitio), con agua y fuego, de todo aquello que se había visto afectado por la misma, incluidos la familia, quienes habían tenido algún tipo de contacto con el cadáver y el hogar. 


Pintura funeraria de Ammonius, Villa Getty, crédito foto Mary Harrasch

Cada persona era rociada con una rama de laurel o de olivo (ambos árboles de fuerte contenido simbólico, relacionado entre otros aspectos con la inmortalidad) y debía saltar un fuego en el que se habrían quemado previamente sustancias diversas de carácter depurador. Hasta que terminaban los ritos de purificación comprendidos en las llamadas feriae denicales, hasta nueve días después del sepelio, la familia entera se mantenía bajo un luto riguroso, vistiendo ropajes negros (lugubria), símbolo de su carácter funesto. Las mujeres solían guardar el luto por un periodo comprendido entre diez meses y un año. Un año les fue decretado por el senado a las mujeres de Roma tras la muerte de Augusto y otro tras la de Livia.

“Nuestros antepasados establecieron un año de luto para la mujer, no para que no se lamentaran por ese tiempo, sino para que no lo hicieran ya más; para los hombres no hay ningún tiempo determinado por la ley, porque no hay nada de deshonesto. Sin embargo, ¿cuál de aquellas mujercitas me presentarás que apenas separadas de la pira, apenas arrancadas del cadáver, al que le duraron las lágrimas todo un mes? Ninguna cosa se hace repulsiva más pronto que el dolor, el cual estando reciente, encuentra un confortador y atrae hacia sí a algunos, pero haciéndose por hábito, mueve a risa, y no sin razón, pues es o simulado o necio.” (Séneca, LXIII, 13)

Para terminar de purificar el hogar se sacrificaba un carnero al Lar familiar, se volvía a abrir la casa a la comunidad y se hacía una nueva comida, la cena novendialis, junto a la tumba, en la que se renovaban las ofrendas con la sangre de los animales inmolados, vino, miel, leche y otros alimentos que a veces podían ser aprovechados por los hambrientos que merodeaban por las tumbas. Se dejaban flores, rosas o violetas, y además se vertía una libación a los Manes sobre el lugar de enterramiento.

“Toda la organización de esta parte del derecho de los pontífices manifiesta profundo sentido religioso y respeto por las ceremonias. Y no es necesario que expliquemos cuál es el límite del duelo de la familia, que clase de sacrificio se ha de hacer al Lar con carneros, de qué forma debe cubrirse de tierra el hueso extraído y cuáles son las normas que rigen el sacrificio obligado de la cerda, en qué momento una sepultura empieza a serlo y entra en el ámbito de la religión.” (Cicerón, De Las Leyes, L.II)

Para la  celebración de estas comidas se equipaban los cementerios con lechos y mesas que se cubrían con mosaicos que representaban los alimentos a consumir y con cisternas y tubos para conducir la comida y la bebida a las tumbas. 

Tabla de mesa funeraria de mosaico, foto de Panoramio

Otras tumbas más sencillas muestran unas lápidas con repisas para depositar los alimentos que podían ser auténticos o representados por figuras en piedra o arcilla. Se han hallado epitafios que hacen referencia a estas ofrendas alimenticias que siguieron haciéndose cuando el Cristianismo ya se había implantado en el Imperio, a pesar de las críticas de autores cristianos como Tertuliano que advertía contra estas prácticas propias de paganos que festejaban con los dioses. A continuación hay un epitafio encontrado en la provincia de la Mauritania Sitifense (actual Argelia) que hace alusión a esta costumbre.

“A la memoria de Aelia Secundula
Todos enviamos muchas cosas dignas para su funeral.
Muy cerca del altar dedicado a la Madre Secundula.
Nos complace colocar una mesa de piedra en la que al poner comida y copas, recordamos sus muchos grandes actos para aliviar la pena que corroe nuestro pecho, libremente contamos historias hasta tarde,y elogiamos a la buena y casta madre, que descansa en su vejez.
Ella, que nos alimentó, descansa para siempre.
Vivió hasta los setenta y cinco años y murió en el año 260 de la provincia.
Hecho por Statulenia Julia."

Durante el periodo de duelo no se encendía el fuego del hogar que se mantenía apagado hasta que no se consumiese la pira funeraria. Además la familia mantenía un ayuno que terminaba con el banquete fúnebre.

Relieve con comida funeraria, Palmira, crédito foto Mary Harrasch

Si el cuerpo del difunto no podía ser enterrado por no haberse encontrado, como en el caso de naufragios o muerte en batalla, se construía un cenotafio para proporcionar al alma del difunto de un lugar en el que habitar tras la muerte y a la que se invitaba a entrar llamándola por el nombre del fallecido tres veces. Un monumento llamado honorarium sepulcrum se podía erigir para recordar a alguien, cuyos restos se habían enterrados en otro lugar.

A comienzos del Imperio se formaron asociaciones toleradas por el estado con la finalidad de afrontar los gastos funerarios de sus miembros, ya fuera para inhumación o incineración, o para construir columbarios. Estas asociaciones  (collegia funeraticia) comenzaron originalmente entre personas que desempeñaban el mismo oficio, pero también entre esclavos. Hacían una provisión para sus gastos funerarios necesarios en el futuro pagando una cuota común cada cierto tiempo. Cuando moría un miembro se sacaba del tesoro una cantidad establecida para su funeral, un comité se encargaba de que las ceremonias se realizaran correctamente y en los momentos del año fijados la sociedad presentaba ofrendas corporativas a los muertos y se reunía para celebrar una comida juntos. Los restos de los miembros de un mismo collegium solían descansar en un columbario común.

Ser recordado una vez muerto era un deseo de muchos romanos que dejaban escritas las últimas voluntades en cuanto a cómo debía ser su tumba para ser reconocida y admirada y como debía  procederse a su mantenimiento. Había que destacar principalmente que el difunto había alcanzado gran prestigio social  y poseía grandes riquezas con magníficos relieves o grupos escultóricos y un digno y aparentemente merecido epitafio.

 “Te recomiendo asimismo que en mi tumba hagas representar barcos navegando a velas desplegadas. Te pido también que no te olvides de ponerme sentado en el tribunal y vestido con la praetexta, con mis cinco anillos de oro y repartiendo un saco de dinero al pueblo. Por lo demás, sabes muy bien que di un banquete espléndido al pueblo y dos denarios por comensal. Puedes representar, si te parece, el comedor y la gente banqueteando a placer...En el centro, un reloj para que todo el que vea la hora, quiéralo o no, pueda ver también mi nombre.”

Lápida con busto femenino, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

Muchas lápidas fueron erigidas por los familiares o amigos del difunto que cumplían con el deseo de todo romano de que su recuerdo no se perdiese en el tiempo. Pagaban la tumba y mandaban escribir el nombre del fallecido, su edad, su ocupación, la causa de su muerte y la pena que su muerte había provocado, además de pedir a los que por allí pasaban alguna ofrenda para el difunto. En Tarraco hay un epitafio dedicado al joven auriga Eutyches que murió por enfermedad en vez de hacerlo corriendo en las carreras del circo.

“A los dioses Manes
A Eutyches
Auriga de 22 años
Flavio Rufino y Sempronio Diofano rindieron tributo
A esta memoria a sus servicios beneméritos.
En este sepulcro descansan los huesos de un fuerte auriga nada ignorante en coger las riendas aunque fueran de dos caballerías sujetaba o dirigía los caballos. La cruel fatalidad tuvo envidia de mis años, la fatalidad a la que hubiera querido oponerme.
No me fue concedido morir con gloria en el circo
Y la turba o multitud no piadosa lloraría por mí.
Las enfermedades ardientes en el interior de mis entrañas me hicieron morir, a las que no pudieron poner remedios las manos de los médicos.
Viajero esparce tiernas flores sobre mi busto, que quizás estando yo vivo hubieras hecho.

Relieve funerario, Museo de Córdoba

Algunos epitafios literarios ofrecen una visión más suave de la tragedia que suponía una muerte. Como ejemplo Ausonio deja unas líneas no tan tristes en un epitafio dedicado a un hombre feliz:

“Vierte vino y aceite de fragante nardo sobre mis cenizas, trae bálsamo, también, extranjero, con rosas carmesí.
Sin lágrimas, mi urna disfruta de una eterna primavera.
No he muerto, solo he cambiado de estado.” (Ausonio, Epitafio XXXI)

Urna funeraria, Museos Capitolinos, Roma, foto Samuel López

Los soldados muertos en el campo de batalla eran inhumados o incinerados de forma colectiva. Los gastos de los funerales de los que morían en acto de servicio eran pagados por los propios compañeros, que aportaban parte de su paga para ello. A los generales y emperadores se les podía honrar con una marcha o cabalgada alrededor de la pira o el cenotafio.

A los benefactores del Estado se les dedicaba un funus publicum que se pagaba con dinero del tesoro. Se les dedicaba un elogio y un canto fúnebre. También los prisioneros extranjeros célebres tenían derecho a esta ceremonia. Asimismo en las provincias los ciudadanos que habían prestado un importante servicio a otras ciudades podían recibir un funeral público. En época de la República durante los funerales de un personaje público podían realizarse combates de gladiadores, además de otros juegos y festejos que pagaban las familias de los difuntos para todos los ciudadanos. En el año 183 a.C. en el funeral de Publio Licinio lucharon ciento veinte hombres.

Algún personaje podía tener un funeral digno de un emperador a pesar de no haberlo sido nunca, como en el caso de Druso que murió en el año 9 a. C. que fue traído por Tiberio, que hizo el camino a pie, y a cuyo encuentro salió el propio Augusto para acompañarlo hasta la capital. Las imágenes de los antepasados del fallecido rodeaban su lecho fúnebre en el cortejo. El cuerpo fue llevado al Foro, donde se le lloró y Tiberio le dedicó un elogio.  Augusto le dedicó otro en el Circo Máximo. Equites trasladaron su cadáver al Campo de Marte, donde fue incinerado, y sus cenizas se depositaron en el Mausoleo de Augusto.

Urna cineraria, Museo Nacional Romano, foto Samuel López

El funus imperatorum se dedicaba a los emperadores, aunque no todos recibieron los mismos honores. Suetonio relata el funeral de Octavio Augusto que murió en Nola y hubo de ser transportado a Roma.

“Trasladaron su cuerpo de Nola a Boville, llevándole los decuriones de los municipios y de las colonias y viajando de noche a causa de la estación (Agosto). En Boville fue entregado a los caballeros, que lo condujeron a Roma, depositándolo en el vestíbulo de su casa. El Senado quiso honrar su memoria, celebrando sus funerales con pompa extraordinaria; se presentaron al objeto numerosas proposiciones, unos querían que el cortejo pasara por el arco de triunfo,... Se pusieron, sin embargo, límites a tales proposiciones. Sobre sus restos  fueron pronunciados dos elogios fúnebres: uno por Tiberio, delante del templo de Julio César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de arengas; fue llevado en hombros por los senadores hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira... Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; lo había rodeado de bosque, quedando desde aquella época convertido en paseo público.” (Suetonio, Vida de Augusto, C)


Camafeo con apoteosis de Claudio, Museo del Louvre

Se estableció la costumbre entre los romanos  de hacer dioses  a los emperadores en una ceremonia que se denominaba apoteosis. Se enterraba el cuerpo del emperador muerto igual que el  resto de los hombres, aunque con un funeral mucho más fastuoso. Herodiano describe la ceremonia que se dedicó al emperador Septimio Severo.

“Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación  semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las máscaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses.” (Herodiano, Historia del Imperio romano, IV)

Pedestal con apoteosis de Antonino Pío y Faustina, Museos Capitolinos, Roma

Ver entrada: Dis Manibus, el descanso de los difuntos en la antigua Roma
Ver entrada: Parentalia, días de los difuntos en Roma

Bibliografía: 

Death and Burial in the Roman World, J.M.C. Toynbee, Google Libros
Las Prácticas Funerarias en la Hispania Romana. Síntesis de su ritual. María Luisa Ramos Sáinz. Actas de los XIII Cursos Mono gráficos sobre el patrimonio histórico, Google Libros
http://ceipac.gh.ub.es/biblio/Data/A/0276.pdf, Aspectos legales del mundo funerario romano. José Remesal Rodríguez
oppidum.es/numeros/oppidum_01/pdfs/op01.03_perea.pdf, Imago Imperatoris, Ad Sidera! El funeral de los emperadores romanos, la apoteosis y el “cuerpo doble, Sabino Perea Yébenes
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