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sábado, 16 de julio de 2022

Beatus Ille, vida campestre en la antigua Roma

Toledo Museum of Art, Estados Unidos


Febo, ayuda a estos intentos que no pretenden nada grande,
ni siquiera lo que de ti quiere sacar el vulgo malicioso.
Aleja las riquezas, que los cargos les caigan a esos otros
que los quieren, que a otros los ayude privanza grande;
que este haga de almirante en los navíos o alegre
mande en campamento ajeno con servicial esmero;
que una provincia tema los doce fasces de otro;
oiga el de más allá aplausos sin parar reiterados.
Que yo atienda a un campo de pobre suelo y a versos
despreocupados, y que no pase un día sin un hermano;
que a mi vida descansada le lleguen diversiones
limpias, que mi alma de nada se espante ni nada anhele;
que largo tiempo ignorado me acabe una vejez sin achaques
y mis dos hermanos recojan los huesos en mi sepelio.
 (Antología Latina, 804)

La ciudad en la antigua Roma, según algunos autores, era un espacio de corrupción moral, donde los excesos evitaban que sus habitantes pudieran llevar una vida adecuada y donde incluso los hombres buenos estaban siempre ocupados por las obligaciones profesionales o políticas. Por el contrario, en el campo se podía vivir feliz, despreocupado y dedicado a los placeres de la vida sencilla.

Los campesinos de los que hablan los literatos viven esa sencillez, contentos con sus recursos, aunque estos sean limitados, en un hogar apacible donde la familia juega un papel fundamental con ofrendas a los dioses, principalmente los relacionados con el entorno rústico, para atraer la prosperidad a sus hogares.

"Pero, ante todo, da culto a los dioses y cumple cada año el rito a la gran Ceres oficiando sobre la lozana hierba, cuando ha tocado a su fin el largo invierno, entrada ya la serena primavera. En esta época están gordos los corderos y los vinos entonces se enmollecen, entonces el sueño es dulce y en las montañas la sombra espesa. Que la campesina mocedad se te una a ti para adorar a Ceres, en cuyo honor exprime los panales de miel en leche y vino dulce y por tres veces que la víctima propicia vaya en procesión alrededor de las mieses nuevas, que la acompañen con regocijo la gente y el coro entero y con gritos llamen a Ceres a sus casas y que nadie meta la hoz en las espigas sazonadas, antes de que, en honor de Ceres ceñida la frente con corona de encina, dance en desordenados movimientos y pronuncie los himnos de ritual." (Virgilio, Geórgicas, I, 340)

Pintura de Alma-Tadema


La vida rural se desarrolla alrededor de la agricultura, que es la principal fuente de ingresos, y las necesidades de las cosechas y el ganado rigen la vida en base a las jornadas diarias y las estaciones del año.

La sociedad romana pre-imperial asociaba la pobreza con la virtud, ensalzando al virtuoso hombre pobre como alguien dedicado a su labor, ya fuera la agricultura o el ejército, que se conformaba con tener lo suficiente para subsistir.

"Si en algún tiempo la fría lluvia retiene en su casa al labrador, es ocasión de hacer holgadamente muchas cosas que tendrían luego que ser improvisadas bajo un cielo sereno. El labrador aguza la dura punta de la embotada reja, de troncos de árbol excava las barricas, o empega los ganados o numera sus montones. Otros afilan las estacas y las horcas de dos ganchos y preparan las ligaduras amerias para la flexible vid." (Virgilio, Geórgicas, I, 260)


La imagen tradicional del campesino feliz en la literatura Latina suele incluir a la familia como elemento relevante para conseguir una producción fructífera de la tierra o los animales. Tanto la esposa como los hijos ayudan en las labores del campo.

"¡Cuánto más digno de ser alabado es éste al que, dispuesta su descendencia, la perezosa vejez lo sorprende en su modesta casa! Él mismo sigue a sus ovejas, su hijo a los corderos y su mujer le prepara agua caliente cuando regresa cansado. Así sea yo, y me sea lícito blanquear mi cabeza con canas y, viejo, evocar los recuerdos de un tiempo pasado." (Tibulo, I, 10, 40)



Los intelectuales de la época veían la vida en el campo como un refugio donde olvidar las preocupaciones de la vida en la ciudad. Horacio describe su finca sabina, regalo de su patrono Mecenas, como un símbolo de la tranquilidad necesaria que el poeta necesita para componer su obra.

"En estas cosas pierdo el día de mala manera, no sin formular un deseo: «¡Oh campo!, ¿cuándo he de verte?; ¿cuándo me será permitido, ya con los libros de los antiguos, ya con el sueño y las horas de asueto, lograr el dulce olvido de esta vida agitada?" (Horacio, Sátiras, II, 6, 60)

En el campo la vida gira en torno a lo que realmente importa para llevar una vida sin complicaciones, sin dar importancia a banalidades y temas que solo interesan a los que quieren medrar en la vida social de la ciudad. Por eso el propietario que decide vivir en el campo se rodea de un círculo de amistades que comparte sus mismos intereses y que puede hablar de cualquier asunto con total libertad.

"¡Oh noches y cenas divinas, en las que como con los
míos ante mi propio hogar, y a los traviesos esclavos nacidos en
casa les doy un bocado de cuanto yo pruebo! A l gusto de cada
cual, vacían los comensales copas dispares, libres de leyes absurdas:
el que es un valiente las toma bien fuertes y otro gus-
ta más de remojarse con tragos ligeros. Y entonces empieza la
tertulia, no a cuento de las villas o casas ajenas, ni de si Lepor
sabe bailar o no sabe; sino que tratamos de lo que más nos interesa
a nosotros y es malo ignorar: de si los hombres son felices
por la riqueza o por la virtud; de qué nos arrastra hacia la amis-
tad: el interés o la honradez; y de cuál es la naturaleza del bien,
y cuál su máximo grado."
(Horacio, Sátiras, II, 6, 65)

Mosaico de El Bardo, Túnez

La idea general de los autores de la época es que la gente del campo lleva una vida más moderada y saludable que los que viven en la ciudad, más dependientes de caprichos extravagantes y distracciones mundanas que hacen más difícil su vida diaria.

"Mientras tú quizás andas de aquí para allá sin descanso, Juvenal, por la bulliciosa Subura o te pateas el monte de la soberana Diana; mientras de puerta en puerta de los poderosos te hace aire la toga que hace sudar y, en tu vagar, el Celio mayor y menor te fatigan, a mí, después de muchos diciembres reencontrada, me ha acogido y me ha hecho un campesino mi Bílbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí cultivo perezoso con un trabajo agradable el Boterdo y la Plátea —las tierras celtíberas tienen estos nombres demasiado rudos—, disfruto de un sueño profundo e interminable, que a menudo no lo rompe ni la hora tercia, y ahora me recupero de todo lo que había velado durante tres decenios. No sé nada de la toga, sino que, cuando lo pido, me dan de un sillón roto el vestido más a mano. Al levantarme, me recibe un hogar alimentado por un buen montón de leña del vecino carrascal y al que mi cortijera rodea de multitud de ollas. Detrás llega el cazador, pero uno que tú querrías tener en un rincón del bosque. A los esclavos les da sus raciones y les ruega que se corten sus largos cabellos el cortijero, sin un pelo. Así me gusta vivir, así morir." (Marcial, Epigramas, XII, 18)

Mientras que los ricos habitantes de la ciudad disfrutan de especialidades culinarias presentadas de forma espectacular y de procedencia exótica, sin preocuparse por su calidad como sustento, los residentes en el campo se conforman con una dieta sencilla que comparten con sus invitados y que proviene de sus propias tierras. Horacio se refiere a un conocido suyo, Ofelo, anterior pequeño propietario reconvertido en colono a sueldo:

"Yo nunca me he permitido comer en día que no fuera de fiesta más que verdura con una punta de ahumado pernil; y si tras mucho tiempo un huésped llegaba a mi casa, o bien, si no teniendo trabajo que hacer, en tiempo de lluvias, me acompañaba a la mesa un vecino estimado, nos arreglábamos bien; no con pescado traído de la ciudad, sino con pollo y cabrito. Luego, las uvas que tenía colgadas y las nueces nos proporcionaban el postre, junto con unos higos abiertos. Tras esto, el juego consistía en beber sin otro juez que la culpa; y el vino de las libaciones a Ceres, para que se alzara con una espiga bien alta, distendía las frentes que la inquietud arrugaba." (Horacio, Sátiras, II, 2, 115)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

Plinio el joven describe su villa en el campo como el lugar más propicio donde la aristocracia podía combinar el otium y el negotium fácilmente. Sus tierras son extensas y productivas, con pastos y agua y accesible para el transporte de mercancías a la ciudad y así poder ser de provecho al Imperio.

"El paisaje es hermosísimo. Imagínate un anfiteatro inmenso, como solo la naturaleza puede crear. Una extensa y abierta llanura rodeada por montañas que tienen sus cimas cubiertas por antiguos bosques de altos árboles. Allí la caza resulta abundante y variada. Desde las cumbres bajan por sus laderas bosquecillos de árboles maderables, en medio de los cuales hay colinas fértiles y cubiertas de una abundante capa de humus (pues no es fácil encontrar roca alguna, aunque la busques) que no ceden en riqueza a los campos más llanos, y donde madura una excelente cosecha de cereales, más tardía es cierto, pero no de inferior calidad. Al pie de estos sembrados, por todos lados, se extienden unos viñedos, que, al entrelazarse entre sí, presentan en una ancha y larga superficie una panorámica uniforme, en cuyo límite nacen unos arbustos, que forman, por así decirlo, el reborde inferior de la colina. A continuación, vienen prados y tierras de labor, tierras que no pueden ser roturadas a no ser con enormes bueyes y pesadísimos arados: el suelo es tan compacto que cuando se le abre por primera vez se levanta en grandes terrones, de modo que solo a la novena arada se lo domeña. Los prados, floridos y brillantes coma tachonados de gemas, crían tréboles y otras delicadas hierbas siempre tiernas coma si fuesen nuevos brotes. En efecto, todos estos prados se alimentan de caudales inagotables, pero en las zonas donde más agua fluye no se forma ninguna zona pantanosa, pues la tierra, al estar en pendiente, vierte en el Tíber toda el agua que recibe y no puede absorber. El río, navegable, corre a través de los campos y transporta hasta la ciudad todos los productos de la tierra, pero solo en invierno y primavera; en verano baja de nivel y abandona el nombre de gran rio en su lecho arenoso, que recupera en otoño." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Ilustración Chris Mitchell

Al mismo tiempo proporciona caza para el divertimento de sus residentes y el propietario puede encontrar paz y tranquilidad para dedicarse a escribir y sentirse más sano y dispuesto a la actividad creativa.

"Allí el ocio es más profundo, más sosegado, y por ello más despreocupado: no hay necesidad alguna de ponerse la toga, nadie de la vecindad te molesta, todo es tranquilidad y descanso, circunstancias que añaden mucho a la salubridad de la región, tanto como un cielo sereno, como un aire puro. Es allí donde mi cuerpo, mi espíritu tienen más vigor. Pues ejercito mi espíritu con los estudios, mi cuerpo con las cacerías. Mis sirvientes están también aquí más sanos que en ninguna otra parte; hasta ahora ciertamente no he perdido a nadie de los que he traído aquí conmigo (que los dioses me perdonen por hablar así). ¡Qué los dioses me conserven en el futuro este gozo, y al lugar esta gloria! Adiós." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Escena de caza, Museo Romano de Mérida

Aparte de la caza otra actividad al aire libre que podían practicar los ociosos habitantes de las villas rústicas era la pesca con caña y anzuelo. Plutarco cita una anécdota sobre Marco Antonio y Cleopatra ocurrida mientras él pescaba con la caña:

“Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y haciendo conversación con sus amigos, les rogó que al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña, mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan grande como se puede pensar, “Deja – le dijo -, ¡Oh Emperador!, la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en Canopo; nuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias.” (Plutarco, Antonio, 29)

Mosaico con pescador, Kos, Grecia

En la Roma imperial de la época de Augusto la vida en la ciudad de Roma se había encarecido debido a los altos precios del mercado y a la escasez de algunos productos. Se necesitaban recursos para hacer frente al gasto de las necesidades básicas, como alimentos, o combustible para calentarse y para cumplir las demandas sociales a las que la pertenencia a la ciudadanía obligaba. Por tanto, muchos miraban en la ciudad miraban a sus lugares de origen enclavados en entornos rurales por la posibilidad de tener una mejor vida que en la ciudad, donde tenían que adular a los patronos que les ayudaban a sobrevivir.

"Te admiras frecuentemente, Avito, de que yo hable demasiado de pueblos remotos, habiéndome hecho viejo en la capital del Lacio, y de que tenga sed del aurífero Tajo y de mi patrio Jalón y de que añore los campos descuidados de una pequeña torre bien abastada. Me gusta aquella tierra en la que una pequeña hacienda me hace feliz y unos pocos recursos me hacen nadar en la opulencia. Aquí se le da de comer al campo, allí da de comer; el hogar se templa aquí con un fuego maligno, allí luce con una lumbre enorme. Aquí es costosa el hambre y ruinoso el mercado; allí la mesa queda enterrada por las riquezas de su propio campo. Aquí se gastan en un verano cuatro togas o más, allí una sola toga me abriga durante cuatro otoños. Anda, hazles ahora los honores a los patronos, siendo así que todo lo que no te proporciona un amigo puede proporcionártelo, Avito, un lugar." (Marcial, Epigramas, X, 58)


Algunos ciudadanos buscaban el amparo de un patrono que ayudara a cubrir sus necesidades más básicas y algunos soñaban con una propiedad en el campo que les facilitara ser autosuficientes y no incurrir en los gastos habituales de vivir en la ciudad. El poeta satírico Marcial se muestra encantado con la finca que su patrona le regala.

"Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida de los pámpanos vueltos hacia arriba, esta corriente guiada de agua de riego, estos prados y rosales, que no ceden al Pesto de las dos cosechas, y todas las hortalizas que verdean y no se hielan ni en el mes de Jano, y la anguila doméstica, que nada en un estanque cerrado, y esta torre de un blanco resplandeciente que cría palomas de su mismo color, obsequios son de mi dueña. A mi vuelta después del séptimo lustro, Marcela me ha dado estas casas y estos pequeños reinos. Si Nausícaa me concediera los huertos de su padre, podría decirle yo a Alcínoo: Prefiero los míos."  (Marcial, Epigramas, XII, 31)

Ilustración de Jean-Claude Golvin

En algunas obras la descripción idílica de la vida y paisaje campestres son una mera representación de la visión que los residentes en la urbe tienen de lo que debería ser la vida rural. Así es en el caso del personaje Alfio quien aparentemente lleva una plácida vida en el campo, pero que resulta ser una fantasía, porque finalmente se revela que vuelve a su negocio en la ciudad.

“Feliz aquel que, de negocios alejado, cual los mortales de
los viejos tiempos, trabaja los paternos campos con sus bueyes,
de toda usura libre. A él no lo despierta, como al soldado, la
trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas
altivas de los ciudadanos poderosos,
Y así, o bien casa los altos chopos con los crecidos sarmientos
de las vides, o bien, en un valle recoleto, contempla
las errantes manadas de mugientes reses; y cortando con la po-
dadera las ramas que no sirven, otras más fértiles injerta; o exprime
mieles que guarda en limpias ánforas, o esquila a las débiles
ovejas. Y cuando el otoño asoma por los campos su cabeza,
de dulces frutas ataviada, ¡cómo goza recogiendo las
peras que ha injertado y uvas que rivalizan con la púrpura, para
ofrecértelas a ti, Priapo, y a ti, padre Silvano, que guardas los
linderos…………………………………………………………………………….
Mas cuando la invernal estación de Júpiter tenante apresta las
lluvias y las nieves, o bien a los fieros jabalíes acosa de aquí y
de allá, con machos perros, hacia las redes que les cortan la escapada,
o con la percha pulida tiende ralas mallas para engañar
a los voraces tordos; y caza con el lazo la tímida liebre y la
emigrante grulla, trofeos placenteros. ¿Quién no se olvida, en
medio de todo esto, de las malas cuitas que provoca Roma?
…………………………………………………………………………………………..
Ni el ave africana ni el jonio francolín bajarán
más gratos a mi panza que la oliva elegida de las ramas más
pingües de los árboles, o la hierba de la acedera, amante de los
prados, o las malvas saludables para el cuerpo enfermo, o la
cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrebatado
al lobo.
Entre estos festines, ¡cómo agrada ver a las ovejas corriendo
a casa ya pacidas, ver a los cansados bueyes arrastrando el
arado vuelto sobre el cuello lánguido; y a los siervos nacidos
en la casa, enjambre de una finca acaudalada, sentados en torno
a los lares relucientes!
Una vez que dijo todo esto, el usurero Alfio, que estaba a
punto, a punto de hacerse campesino, reembolsó todos sus cuartos
el día de las idus,... y ya busca dónde colocarlos en las calendas.”
(Horacio, Épodos, II, 2)

Villa romana, Ilustración de Jane Brayne

La mayor parte de los autores de la época de Augusto deseaban que con su llegada al poder se volviese a una época de moralidad y simplicidad que acabase con el vicio y la decadencia que se habían implantado en la sociedad romana a partir de la expansión de Roma debida a las conquistas de nuevos territorios. Ansiaban el regreso a una Edad Dorada, un pasado lejano en el que los antepasados vivían una apacible vida campesina antes de que existiesen las ciudades, las armas y las guerras y que se impusiesen los lujos y los excesos como la gula y la impiedad.

iDichoso aquel que llegó a conocer las causas de las
cosas y puso bajo sus pies los temores todos, la creencia
en un destino inexorable y el estrepitoso ruido del Aqueronte
avaro! ¡Pero también dichoso el que supo de los
dioses de los campos, y de Pan y del viejo Silvano y
de las hermanas Ninfas! A ese tal, ni las fasces con-
cedidas por el pueblo, ni la púrpura de los reyes le hicieron
doblegarse, ni la discordia que subleva a los hermanos
sin fe; o el dacio, que desciende desde el Istro conjurado,
ni los negocios de Roma, ni los reinos destinados
a perecer; ése no se dolió, compasivo, del pobre, ni envidió
al que tiene. Los frutos que las ramas, los que los
mismos campos, sin cultivo, generosos produjeron, no tuvo
más que cogerlos; ni vio las leyes inflexibles, la locura
del foro, ni los archivos del pueblo."
 (Virgilio, Geórgicas, II, 490)


Para que un propietario pueda dedicarse al otium necesita disponer de alguien en quien confiar para dirigir su hacienda. Esta labor solía recaer en el villicus, capataz que se encargaba de repartir las tareas y vigilar a los esclavos. En el caso de la finca sabina de Horacio, el villicus, que antes desarrollaba sus tareas como esclavo en la ciudad parece echar de menos su vida en la ciudad con sus diversiones urbanas. Horacio, quien antes disfrutaba de su estancia en la urbe, pero que se ha acostumbrado a la vida sencilla del campo, le reprocha sus quejas y le recuerda que otros esclavos le tendrán envidia por las ventajas que le reporta su puesto actual. El poeta concluye que cada uno debe dedicarse a la labor a la que está destinado.


"Yo llamo feliz al que vive en el campo, y tu al que
en la urbe. El que gusta de la suerte de otro, no es de extrañar
que aborrezca la suya. Igual de necios el uno y el otro, echan
la culpa al lugar, sin razón ni justicia: la culpa es del alma, que
nunca logra escapar de sí misma.
Tú, cuando eras un criado cualquiera, en tus calladas plegarias
ansiabas el campo; ahora que eres capataz añoras la urbe,
sus juegos y baños. Sabes que yo soy consecuente, y que a disgusto
me voy cada vez que los odiosos negocios a Roma me
llevan a rastras. No nos gustan las mismas cosas, y por eso no
estamos de acuerdo.
………………………………………………………………………………………
Vamos, pues, y escucha ahora qué es lo que impide que nos
entendamos. A aquel al que tan bien le caían las togas finas y
los cabellos brillantes; el que tú sabes que, sin dar nada a
cambio, gozó del favor de Cinara la avariciosa, y desde el
mediodía andaba bebido de claro falemo, le gustan las cenas
ligeras y la siesta a la orilla del río, sobre la hierba; y no se avergüenza
de cuanto se ha divertido, mas sí lo haría de no poner un
final a la juerga. Ahí nadie amarga mi bienestar con aviesa mirada,
no lo envenena con el oscuro mordisco del resentimiento;
eso sí, los vecinos se ríen al verme voltear terrones y piedras.
Tú prefieres roer con los siervos la diaria ración de la urbe, y
en tus deseos corres a convertirte en uno de ellos; mas el mozo
de cuadra, que es tan charlatán, te envidia el que puedas disfrutar
de la leña, el ganado y el huerto. El perezoso buey querría
gualdrapas, y arar querría el caballo; mi parecer será que el
uno y el otro hagan a gusto el oficio que saben."
 (Horacio, Epístolas, I, 14)

Museo Nacional Palazzo Massimo, Roma

El clima era un motivo importante para el retiro en el campo. Huir del calor sofocante del verano en la ciudad anima a los ricos hacendados romanos a trasladarse hasta sus villas rurales, donde el ambiente normalmente más fresco y la tranquilidad permite disfrutar del ocio y las actividades propias del campo.

"Te metes conmigo por quedarme en el campo, yo podría con más razón quejarme de que tú permanezcas en la ciudad. La primavera a deja paso al Verano; el sol ha completado su trayecto hasta el trópico de Cáncer y ahora avanza en su viaje hacia el polo. ¿Por qué debería desperdiciar palabras sobre el clima que tenemos aquí? El creador nos ha situado de tal forma que estamos expuestos a los calores vespertinos. Es decir, todo resplandece; la nieve se está derritiendo en los Alpes; la tierra está cosida a grietas. Los vados no son sino grava seca, las orillas duro barro, los llanos polvo; los arroyos languidecen y apenas pueden correr; en cuanto al agua, caliente no es la palabra; hierve. Todos sudamos en sedas ligeras y linos; pero allí estás en Ameria todo envuelto en tu amplia toga, hundido en un sillón, y diciendo entre bostezos: Mi madre era una Samia a alumnos más pálidos por el calor que por temor a ti. Puesto que amas tu salud, aléjate en seguida de tus sofocantes callejones, únete a nuestro hogar como el más bienvenido de todos los huéspedes, y en este, el más atemperado de los retiros evita al intemperado Sirio." (Sidonio Apolinar, Epístolas, II, 2)



Bibliografía

Rasgos de la vida hispanorromana en la Celtiberia, Miguel Dolç
Gaudia Verae Vitae y carpe diem en los Epigramas de Marcial, Aurelio González Ovies
All Country Roads Lead to Rome: Idealization of the Countryside in Augustan Poetry and American Country Music; Alice Lyons
Aristocracy and Agriculture: How Vergil’s "Georgics" Inspired a Wave of Agrarianism and Imperialism; Isabel M. Lickey
The Foliate Lyre: The Use of the Countryside In Horace's Odes; Andrew Michael Goldstei
Horace, Martial, and Rome: two Poetic Outsiders read the Ancient City; Stephen L. Dyson and Richard E. Prior
Otium as Luxuria: Economy of Status in the Younger Pliny´s Letters; Eleanor Winsor Leach
The Simple Life in Vergil's "Bucolics" and Minor Poems; Elizabeth F. Smiley
The Cambridge Companion to Horace, Town and country; Stephen Harrison

sábado, 1 de agosto de 2015

Captatio testamentorum, cazatestamentos en la antigua Roma


Pintura casa de Julia Felix, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

En los primeros siglos de Roma no estaba permitido al ciudadano con propiedades  disponer libremente de su patrimonio, pues la libertad de testar no era compatible con el régimen de propiedad familiar. Se consideraban como herederos naturales de la casa y, por tanto, del culto familiar a los descendientes varones legítimos (agnati o parientes por línea masculina). El testamento era algo excepcional y sólo se recurría a él cuando no existían herederos legítimos o cuando, aunque los hubiera, se los quería desheredar por causa fundada. Desde el siglo II a.C. se permitió  testar libremente, y el heredero  se designaba en un acto llamado testamentum. Pero solo los ciudadanos romanos con el privilegio del ius civitatis tenían el derecho o capacidad de transmitir su sucesión por testamento o de ser instituidos como herederos.

Retrato funerario de dos jóvenes, El Fayum

El ciudadano romano consideraba que hacer testamento era una obligación que le proporcionaba seguridad en la vejez, dejaba asegurado el futuro de su familia y ganaba el reconocimiento y atención de sus herederos que le brindarían sus alabanzas tras su fallecimiento. El testamento era una forma de control e influencia sobre los hijos adultos que podían ser desheredados por mala conducta y sobre los amigos o captatores que podían perder sus opciones a heredar si no le prodigaban las suficientes atenciones, ni le presentaban costosos regalos. Los romanos pensaban que solo al redactar un testamento podían ser totalmente libres de expresar sus sentimientos, sin tener en cuenta las obligaciones impuestas por las relaciones sociales o de amistad. Podían beneficiar a quienes realmente se hubieran portado bien con ellos y vengarse de quienes les hubieran perjudicado, a pesar de haberles prometido en vida que les tendrían en cuenta en sus últimos deseos. Por eso era imprescindible renovar el testamento para incluir las últimas voluntades reales:

“Además de lo dicho, me apenan las circunstancias en las que ha muerto, pues no ha dejado más que un antiguo testamento que no incluye a los que él más amaba y que favorece a unas personas con las que en los últimos tiempos él está especialmente enfrentado.” (Plin., Ep. V, 5)

Aunque había libertad para testar, no se podían dejar sin herencia a los hijos o herederos legítimos, sin dar alguna razón admisible que justificara tal decisión. Siempre se perseguía asegurar el patrimonio familiar en primer lugar, y que no pasase la herencia a otras familias, además de favorecer a la ciudad o al estado y, en su caso, a un protector o al propio emperador. Las críticas no faltaban cuando el testador no cumplía las expectativas de algunos que se creían con derecho a recibir parte de su herencia.

“Es ciertamente falsa esa creencia general de que los testamentos son el espejo de las costumbres de los hombres, como lo prueba el que Domicio Tulo se haya mostrado como una persona mucho mejor una vez muerto que mientras vivía. En efecto, después de haberse mostrado como una posible víctima de los captadores de herencias, ha instituido heredera a la hija que compartía con su hermano, pues, siendo hija natural de éste último, él la había adoptado como hija suya. Ha mostrado, asimismo, un gran afecto por sus nietos, e incluso por su bisnieto, pues a todos ellos ha dejado numerosos y magníficos legados. En definitiva, en todas las cláusulas de su testamento ha cumplido escrupulosamente con sus deberes hacia su familia, y por eso mismo sus últimas disposiciones han resultado tan inesperadas… Unos lo califican de farsante, de ingrato, de olvidadizo, y mientras lo acusan de todo ello, se traicionan a sí mismos con las más deshonrosas confesiones, pues censuran a quien era padre, abuelo y  bisabuelo, como si hubiese estado privado de descendencia. Otros, por el contrario, celebran con grandes elogios que aquél haya sabido engañar a quienes confiaban en enriquecerse de un modo deshonesto abusando de él, pues dicen que el que hombres así vean de ese modo burladas sus esperanzas responde perfectamente a los nobles valores morales que reinan en nuestra época.” (Plinio, Epis. VIII, 18)


Relieve romano, Museos Vaticanos

Con la expansión del Imperio romano y la suma de nuevos territorios se produjo la llegada de grandes riquezas, pero también la creación de nuevas clases sociales, como una nobleza de origen provincial y un estamento de nuevos ricos formado por comerciantes y libertos con gran poder económico. Todo ello unido a nuevas costumbres como el celibato y la disminución del número de hijos en el matrimonio, dio lugar a la aparición de unos personajes, que ante la falta de perspectiva de lograr un medio de subsistencia honrado y de progresar socialmente se dedicaron a ciertas actividades muy criticadas por su falta de ética, como la de la caza  de testamentos (captatio testamentorum).
 Petronio incluye en su obra satírica una farsa de los protagonistas que gira en torno al engaño y  la caza de un testamento promovida por el comentario de un campesino sobre la actividad más provechosa de su ciudad, Crotona, perseguir a un viejo sin hijos para heredarle o sabiéndose uno con una fortuna apetecida dedicarse a una cómoda vida llena de atenciones y honores por parte de los cazadores de herencias: 

“Ah, señores míos- dijo el campesino-, si sois comerciantes, cambiad de idea y buscaos otro medio de vida. Pero si, en cambio, tenéis una educación superior y podéis manteneros en la mentira, entonces vais derechos al lucro. Pues en esta ciudad no se estima en nada al estudio de las letras, no ha lugar la elocuencia, ni la sobriedad y las buenas costumbres son objeto de estima para que puedan ser cultivadas. Acordaos de esto que os digo: todas las personas que veáis en esta ciudad pertenecen a dos clases, los que tratan de captar una herencia y los que son captados.
En esta ciudad nadie reconoce a los hijos. Al que tiene herederos naturales no se le invita a cenar ni a ver los espectáculos. Se le prohíbe toda clase de diversiones y se ve obligado a esconderse como un pardillo. Los que nunca se casaron, en cambio, y los ue no tienen parientes próximos consiguen los máximos honores. En otras palabras, sólo ellos son considerados como grandes soldados, como los más valientes e incluso los más honrados.” (Satiricón, 116)

A partir del siglo II a. C. se autorizó la libertad para testar y en la época de Augusto la captatio testamentorum se había desarrollado como un verdadero arte. Consistía en adular a un viejo rico o un enfermo casi terminal, sin herederos reconocidos, alabándole y colmándole con regalos, con el objeto de que le fuera legada una parte o el total de su herencia. Aunque esta práctica era constantemente ridiculizada, se realizaba con asiduidad, como se refleja en la literatura latina.


Pintura romana, Museo Galileo, Florencia

Horacio describe en la sátira II, 5 la técnica para convertirse en un cazaherencias  con éxito, mediante un diálogo entre Tiresias y Ulises en el que el primero enseña al segundo qué hacer para recuperar la fortuna perdida a causa de los pretendientes.

Recomienda buscar un anciano rico,  al que deberá halagar con obsequios y atenciones, sin tener en cuenta sus condiciones morales:
“Te dan un tordo o alguna otra cosa para uso privado: que vuele adonde brille gran hacienda con amo viejo…
Sea perjuro, descastado, fugitivo, esté manchado…

 Conseguir, por medio de las adulaciones, que el anciano lo instituya como heredero.
Es conveniente que el anciano carezca de hijos  Esto se justifica porque, en el caso de existir herederos naturales, estos podían hacer anular el testamento. Insiste, además, en las manifestaciones de aparente preocupación que debe manifestar el captator acerca del bienestar y la salud del testator. Si no se cumple la regla anterior, se puede admitir que un testator, anciano y viudo, tenga un hijo, a condición de que éste sea enfermizo y hay que lograr, insinuándose muy sutilmente, ser designado segundo heredero o heredero sustituto. De este modo, si el niño muriera, el captator podría convertirse en heredero legítimo:

“Y si alguien cría en la opulencia a un hijo reconocido
A pesar de su poca salud, para que no te delate clara
Obsequiosidad hacia los célibes, deslízate sin que se note con atenciones, en la esperanza de ser nombrado segundo heredero y, si una desgracia se lleva el muchacho al Orco,de ocupar su vacante; muy raramente falla esta jugada.”

Si el testador le ofrece leer el testamento, debe negarse a hacerlo para no parecer interesado, Sin embargo, le aconseja que trate de leer, disimuladamente, la segunda línea, donde se mencionaban los coherederos, a fin de saber si es el único heredero sustituto o si son muchos .
 Si el anciano está dominado por una esposa astuta o un liberto influyente, el que aspira a la herencia debe tratar de ganarse la voluntad de ellos, alabándolos, para que a su vez ellos lo alaben ante el anciano. Pero inmediatamente  rectifica y agrega que resulta más eficaz adular al anciano y tratar de satisfacer todos sus deseos:

“Recomiendo a este respecto: si tramposa mujer
O liberto por ventura manejan a un viejo senil, hazte
Socio suyo; elógialos, para que te elogien en tu ausencia.
Esto también ayuda, pero con mucho lleva antes al triunfo asaltar el bastión principal…”

 Es conveniente que, una vez que haya sido designado heredero, disimule la alegría que este hecho le produce y cuando el testador muera, es preciso que el heredero le ofrezca un espléndido funeral, a fin de que el vecindario alabe su desinterés:

“Hay que ocultar un rostro que delate alegría. Si el sepulcro
Se confió a tu buen juicio, erígelo sin escatimar;
Que la vecindad alabe un entierro hecho espléndidamente.”

Por último si  algún coheredero, anciano y enfermo, desea  parte de la herencia del captator, éste debe cedérsela a un precio irrisorio. Con esto no sólo obtendrá su agradecimiento sino también figurar en su testamento.


Detalle mosaico con perdices para regalo, Museo del Bardo, Túnez

En el caso de los captatores (cazadores), éstos tratan de ganarse el favor del testator,  mediante regalos, invitaciones a comer, atenciones, que en muchos casos se hacían por el mero interés por la herencia. En el caso del testator, éste, aún sabiendo el fingido interés de los captores, sabe sacar el mayor provecho de la situación, aceptando los obsequios.
Ya Plauto describe en su obra Miles Gloriosus la situación al describir la relación de Periplectómeno y sus parientes por línea femenina (cognati) que no son herederos naturales como los agnati (parientes por línea masculina), pero que si pueden ser nombrados herederos. El viejo Periplectómeno es un misógino que animado por Peusicles a casarse y tener hijos se niega por los inconvenientes que las mujeres y los hijos implican y en cambio sugiere que dejarse querer por sus parientes por los beneficios que consigue.

¿Puesto que tengo muchos parientes, qué necesidad tengo de hijos? Ahora vivo bien y satisfactoriamente y como quiero y como le agrada a mi espíritu.
A mi muerte entregaré mis bienes a mis parientes, los repartiré entre ellos:
éstos estarán junto a mí, me cuidarán; verán qué hago, qué quiero; antes de que amanezca, se presentan, preguntan cómo he dormido durante la noche. [En lugar de hijos, tendré a aquellos que me envían regalos.]
Hacen un sacrificio; de allí reservan para mí una parte mayor que para sí, me llevan a la celebración, me invitan a su casa para la comida, para la cena.
Se juzga muy desdichado aquel que me obsequió lo mínimo. Ellos compiten entre sí en cuanto a los regalos: yo susurro en mi  interior:
‘Ambicionan mis bienes, me alimentan y hacen regalos a porfía’.

Séneca, por ejemplo, condena desde el punto de vista ético esta práctica cuando se refiere a la conducta de quienes se preocupan por un enfermo, no movidos por un sentimiento humanitario o por afecto, sino llevados por el interés. En De beneficiis afirma:

“Llamo ingrato al que cuida a un enfermo, porque va a redactar su testamento aquel que tiene tiempo para pensar sobre su herencia y su legado. Aunque haga todas las cosas que debe hacer un amigo bueno y memorioso de sus obligaciones, si la esperanza de lucro está presente en su ánimo, es un pescador y arroja su anzuelo.”  (IV, 20,3)


Detalle mosaico con pesca, Museo del Bardo, Túnez
El símil del pescador que trata de capturar al pez con un anzuelo y un cebo comparándolo con el cazador que usa la adulación y la falsa preocupación como trampas para atraer a su víctima es empleada también por Horacio al referirse a las atenciones y adulaciones que el captador deberá utilizar con el testador, las considera como señuelos o trampas para atraerlo.

“Ya te lo he dicho y te lo digo: se astuto y hazte con
testamentos de viejos por doquier y no pierdas la esperanza ni burlado abandones la práctica, si alguno o un par de astutos escapan del insidiador tras morder el anzuelo.” (Sat. II, 5)

Lo que hace más detestable esta actitud es que por ambición alguien llegue a desear la muerte de una persona, incluso la de un amigo. Compara a los captatores con los empresarios de pompas fúnebres (libitinarii) y con los que disponían todo lo concerniente a los funerales (dessignatores), profesiones consideradas despreciables porque se creía que el contacto con los muertos producía contaminación. A partir de la comparación se demuestra que los captatores son más despreciables que los que ejercían esas profesiones.               
                               
  “¿Acaso no piensas tú que Aruncio y Haterio y los demás que han practicado el arte de captar testamentos tienen los mismos deseos que tienen los que organizan los funerales y los empresarios de pompas fúnebres? Sin embargo, estos últimos no conocen a aquellos de quienes desean la muerte; los primeros desean que muera alguien muy amigo, de parte del cual, a causa de la amistad, existe una mayor esperanza de legado. Nadie continúa viviendo para daño de estos últimos, a los primeros los consume cualquiera que tarde en morir; por lo tanto desean no sólo recibir lo que han ganado con su vergonzosa servidumbre, sino también ser liberados de un pesado tributo.”  (De Ben. VI, 38,4)


Relieve romano, Museo Nacional Romano
Marcial describe en sus epigramas varios casos de captatores y testatores  mostrando las características que ambos tenían y sus diversas actitudes. En su epigrama XI, 44 enumera las particularidades que convierten a un individuo en un testator perseguido: no tener hijos, ser rico y de edad avanzada, mientras advierte que las verdaderas amistades son las que surgen cuando se es joven y pobre, y no las que llegan cuando se aproxima la muerte del  testador.

 No tienes hijos y eres rico y nacido durante el consulado de Bruto:
¿crees que tú tienes amistades verdaderas?
Son verdaderas las que tenías siendo joven, las que tenías siendo pobre aquel que es un nuevo amigo desea tu muerte.

 Marcial sigue con las advertencias frente a los captatores hipócritas que solo desean la muerte del testator:
                                                      
“Quien te da regalos, Gauro, a ti, rico y anciano,
si eres inteligente y te das cuenta, te dice esto: “Muérete”. (VIII,  27)


Relieve del sarcófago de Valerio Petroniano, foto de Giovanni Dall'Orto.

En su epigrama XI, 55 sugiere al testador no creer al cazador, cuya técnica lo lleva a aconsejar al testador hacer  lo contrario de lo que él realmente desea, como que tenga hijos:

“Eso de que te anima Lupo a ser padre, Úrbico,
no te lo creas. No hay nada que menos quiera él.
El arte del cazador de testamentos consiste en
dar a entender que quiere lo que no quiere: desea
que no hagas lo que te está rogando que hagas.
Que tu Cosconia diga sólo que está encinta:
Lupo se pondrá ya más pálido que una
parturienta. Pero tú, para dar a entender que has
seguido los consejos del amigo, muérete de
forma que él piense que has sido padre.”          

Esta actitud hipócrita del captator  le lleva a hacer promesas para que un amigo enfermo mejore, cuando realmente desea que muera para poder heredar. Marcial se refiere a otra actitud hipócrita de los captatores: el hacer promesas para que un amigo enfermo recobre su salud, cuando en realidad desean su muerte a fin de heredarlo:

 “Por un amigo anciano, que sufría una grave y abrasadora fiebre terciana, Marón hizo, pero en voz alta, la promesa de que, si el enfermo no fuera enviado a las sombras estigias, se inmolaría una víctima agradable al magno Júpiter.
Los médicos han comenzado a prometerle una segura curación. Ahora Marón hace promesas para no cumplir su promesa.”  (XII, 90)

Al  saber que sus esperanzas de heredar se desvanecen porque el enfermo se va a curar, Marón, intenta encontrar el modo de no cumplir lo que prometió, con lo que deja al descubierto sus verdaderos sentimientos.
 Marcial extiende sus críticas al individuo que esconde sus verdaderas intenciones haciéndose pasar por una persona generosa y de gran corazón, cuando lo que verdaderamente pretende es engañar a los viejos y viudas con regalos, como se engaña a los peces con un cebo,  para quedarse con sus herencias.

“Porque envías grandes regalos a los viejos y a las
viudas ¿quieres, Gargiliano, que te llame generoso?
No hay ser más avaro ni persona más abyecta que tú
y sólo tú, que puedes llamar regalos a tus insidias.
Así de complaciente es el anzuelo falaz con los
peces ansiosos, así engaña a las estúpidas fieras
un astuto cebo. Qué es ser generoso, qué es hacer
regalos, voy a enseñártelo, por si no lo sabes: hazme
regalos a mí, Gargiliano.” (IV, 56)          

Muchas son las quejas de los propios captatores por la  esclavitud  a la que los testadores les sometían ante la perspectiva de dejarles como herederos, haciéndoles víctimas de engaños o de falsas promesas  y mostrando deslealtad por no agradecer  los obsequios recibidos.

“Como jurabas por lo más sagrado y por tu vida
que me tenías, Gárrico, como heredero de la
cuarta parte de tus bienes, me lo creí —pues,
¿quién va a desaprobar gustosamente sus propios
deseos?— y alimenté mi esperanza incluso
haciéndote regalos; entre ellos te envié un jabalí
laurentino de un peso poco corriente: podrías
pensar que era el de la etolia Calidón. Pero tú,
sin pérdida de tiempo, invitaste a cenar lo mismo
al pueblo que a los senadores: todavía la
pícara Roma está eructando mi jabalí. Yo
mismo, —¿quién lo creería?— no me incorporé
ni como el último de los invitados, pero tampoco
se me ofreció una costilla ni se me envió la
cola. De tu cuarta parte, ¿qué esperanzas
puedo tener, Gárrico? De mi jabalí no me ha
llegado ni una onza.” (IX, 48)


Mosaico con jabalí, Museo el Bardo, Túnez

Los cazadores de testamentos son el símbolo del fin del valor de  la amistad basada en las relaciones de afecto entre amigos, o entre patrono y cliente. Se busca un falso afecto por necesidad y por dinero. Se hace un regalo a cambio de ser nombrado heredero y  se pide la pronta muerte del testador para evitar la ruina por los gastos del captator.

“Las treinta veces que has firmado en este año,
Carino, tu última voluntad, te he enviado unas
tartas empapadas en miel de tomillo del Hibla.
No puedo más, ten compasión de mí, Carino,
haz testamento menos veces o haz de una
vez lo que continuamente disimula tu tos. He
agotado mi bolsa y mis reservas. Aunque hubiera
sido más rico que Creso, sería más pobre
que Iro, Carino, si otras tantas veces comieras
mis habas”. (V, 39)

El deseo de la pronta muerte del testator lo refleja Marcial en el hartazgo del captator por tener que acompañar y soportar a su futura fuente de ingresos, sin recibir nada a cambio, solo la incierta promesa de ser recompensado a la muerte del testador.

Mientes, te creo; recitas malos poemas, te
aplaudo; cantas, canto; bebes, Pontiliano, bebo; te
pees, disimulo; quieres jugar a las damas, me dejo
ganar. Una sola cosa hay que haces sin mí, y me
callo. Sin embargo, nada en absoluto me das. “A
mi muerte”, dices, “te trataré bien”. No quiero
nada, pero muérete. (Epigramas, XII, 40)

El acoso al testador enfermo  que al final deja al captator, quien muestra una falsa preocupación por su salud, sin la herencia deseada,  aparece en  una epístola de Plinio el Joven, dirigida a su amigo Calvisio:

“Veleyo Bleso, el antiguo cónsul sumamente rico, se hallaba en una fase terminal de su enfermedad y quería cambiar su testamento. Régulo, que confiaba en poder obtener algún beneficio de las nuevas disposiciones testamentarias, pues había comenzado a ganarse  recientemente el favor del enfermo, exhorta a los médicos y les ruega que prolonguen por todos los medios a su alcance la vida de Bleso. Después que fue firmado el testamento, adopta una nueva postura y a los mismos médicos de antes les habla ahora en estos términos: “¿Hasta cuándo vais a continuar torturando a este desdichado? ¿Por qué no permitís que muera tranquilamente aquel a quien no podéis conceder la vida?” Muere Bleso y, como si hubiese oído todo esto, no deja un solo as a Régulo.” (Ep. II, 20)

Retrato funerario de dama, EL Fayum

Tampoco las mujeres ricas se veían libres de los aduladores que las seguían a todas partes e intentaban complacerlas con la esperanza de verse recompensados en el reparto de la herencia.

“Mientras que, ¡por Hércules!, personas que no tenían la más mínima relación con su abuela, para mostrar su respeto por Cuadratila (me avergüenzo de haber utilizado la palabra “respeto” a propósito de gente como ellos), con la deferencia propia de los aduladores se apresuraban a acudir al teatro, saltaban de alegría, aplaudían, daban muestras de admiración y después repetían ellos mismos ante la gran dama cada uno de los gestos de los actores acompañándose de los mismos cánticos que se cantaban en las piezas. Éstos, como pago por sus actuaciones teatrales, recibirán ahora unos ínfimos legados por parte del heredero que nunca quiso asistir a ellas.” (Plinio, VII, 24)

Para asegurarse el afecto de su entorno durante lo que le restase de vida y conseguir ser llorado tras su muerte, el testador podía leer su testamento en presencia de sus allegados y darles a conocer sus correspondientes legados. En el Satiricón de Petronio, Trimalción notifica su última voluntad durante la cena ante sus invitados y manda traer el testamento para leerlo entero con el objeto de ganarse la admiración de la servidumbre y los otros agraciados.

“Amigos,- dijo Trimalción, halagado por este desafío-, sabed que también los esclavos son hombres. Han mamado la misma leche que nosotros, a pesar de la mala suerte que pesa sobre ellos. Pero, por mi vida, que pronto beberán el agua de la libertad. En una palabra, en mi testamento les concedo la manumisión a todos ellos. A Filargiro le dejo en herencia una finca y su compañera. A Corión una manzana de casas, el porcentual para pagar al fisco su rescate y, además, un lecho con la lencería necesaria. A mi querida Fortunata la nombro heredera universal, encomendándola a todos mis amigos. Y hago público todo esto para que mi servidumbre me quiera ya desde ahora, como si ya estuviese muerto”. ( Petr. Satiricón, 71)


Joven con rollo, Casa del Apartamento, Pompeya, Museo de Nápoles
La caza de testamentos parece haber sido un tópico literario que reflejaba una situación social la de la falsa o fingida amistad de la que ambas partes, el testador y el  captador tenían como objetivo lograr un beneficio mutuo para cumplir con la solidaridad que proclamaba la civilización romana. Ello no impedía que existieran la amistad y preocupación verdaderas entre los ciudadanos de Roma, como relata Plinio al hablar del fallecimiento de Silio Itálico:

“Muchos acudían todos los días a presentar sus respetos a su casa y lo honraban con todo tipo de presentes. Él los recibía generalmente reclinado en su lecho de trabajo, y su despacho estaba siempre lleno de gente, y no precisamente por sus riquezas.”(Plin., III, 7)

BIBLIOGRAFÍA:

http://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/3083/captatiomansillacecco.pdf (Una profesión insólita y lucrativa: la captatio  testamenti, Elda Edith Cecco, Angélica Margarita Mansilla)
http://ecommons.luc.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1035&context=classicalstudies_facpubs (Tacitus, Roman Wills and Political Freedom, James G. Keenan)
http://scholar.princeton.edu/sites/default/files/Why%20Wills_0.pdf (Creditur Vulgo Testamenta Hominum Speculum Esse Morum: Why the Romans Made Wills, Edward Champlin)