sábado, 10 de enero de 2026

Monstrum (I), monstruos marinos en la antigua Roma

 

Nereida sobre cetus, villa de Posilipo, Museo Nacional Arqueológico de Nápoles

Durante aproximadamente unos 1000 años los barcos griegos y romanos que surcaban el Mediterráneo solían mantenerse relativamente cerca de la costa. Con aguas tranquilas, era un mar fácil para navegar durante los meses de verano, pero como no era así durante el invierno, los barcos permanecían varados durante meses.

“Pues, no es bastante para los hombres este enorme terror de las olas marinas y de la angustiosa navegación, ni las penalidades que ellos sufren cabalgando siempre entre vientos de tormenta de terrible sonido, ni tampoco es bastante para ellos el perecer por -un rápido destino de mar, sino que, además, les aguardan tales convidados, y encuentran sepultura sin tumba, al llenar la caverna de la garganta de una fiera salvaje.” (Opiano, De la pesca, V, 345)

Mosaico de la sinagoga de Huqoq, Israel

Los marineros del Mediterráneo se enfrentaban no solo a los peligros del mal tiempo, las mareas, las rocas y los piratas, sino también al miedo a lo desconocido, a la incapacidad de ver o entender lo que se escondía en las profundidades del mar. Esta incomodidad ante lo desconocido explica cómo surgió la fascinación y el temor de los humanos por los monstruos marinos.

La imaginación de los antiguos desbordada por los relatos de ballenas que hacían naufragar a los barcos, de los pulpos o calamares gigantes que estrangulaban a los hombres y de los tiburones que devoraban a los humanos creó los monstruos marinos más fantásticos y terroríficos.

Mosaico de la sala redonda. Museos Vaticanos. Foto Gary Todd

Las fuentes de la antigüedad muestran cómo los autores de las distintas épocas usaban la imaginación y la observación en la descripción de las diversas criaturas marinas que ellos pensaban que habitaban en las aguas profundas. Hacia el siglo V a.C. los monstruos marinos formaban un elemento clave de las leyendas griegas y fueron incorporados a los mitos romanos, en un intento de encontrar sentido a los fenómenos más ominosos e inquietantes.

“Los “carneros marinos” (probablemente orcas) cuyo nombre está ampliamente difundido y de los que se tiene información poco precisa y limitada casi a reproducciones artísticas, pasan el invierno cerca del estrecho de Córcega y Cerdeña y se limitan a asomar por encima del agua. Alrededor de los carneros nadan delfines de gran tamaño. El macho tiene una franja blanca rodeando su frente (diríase que es como la diadema de Lisímaco o de Antígono o de otro cualquiera de los reyes de Macedonia); la hembra tiene bucles dispuestos debajo del cuello al igual que los gallos tienen barbas. Tanto el macho como la hembra se apoderan de cadáveres de los cuales se alimentan, pero también capturan hombres vivos. Y con el oleaje que producen al nadar, ya que son grandes y de enorme peso, vuelcan navíos. ¡Tamaña es la tempestad que levantan por si solos contra ellos! Se apoderan también de la gente que está en tierra y a su alcance.” (Claudio Eliano, Historia de los animales, XV, 2)

Mosaico de Ostia Antica, Italia, foto de egadsylvia

La naturaleza de las aguas conforma el modo en que los antiguos veían a las criaturas de las profundidades marinas. Por un lado, se las observaba atentamente y se las describía con detalle en obras científicas y literarias de las épocas, por otro lado, como otras criaturas no humanas, servían como espejo del carácter humano y, como otros animales salvajes, eran considerados ejemplos de la naturaleza indomable e incivilizada que debía ser conquistada por la superioridad humana. Aunque había mucha simpatía por las criaturas juguetonas y amistosas, como los delfines, la mayoría de los animales marinos se veían como un reflejo de su misterioso entorno metamórfico, inspirando de tal forma a los monstruos que aterrorizaban y hostigaban a los héroes legendarios.

“En cuanto a los monstruos marinos, de potentes miembros y enormes, maravillas del mar, cargados de fuerza invencible, cuya contemplación causa terror, siempre armados de mortífera rabia, muchos de ellos andan errantes por los inmensos mares en donde están los desconocidos observatorios de Poseidón.” (Opiano, De la pesca, I, 360)

Mosaico de Neptuno, Termas de Itálica, Sevilla

Las criaturas marinas podían mostrar su lado más amable en presencia de las deidades bajo cuya protección se encontraban.

“Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus escondrijos, reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los ágiles caballos con apresurado vuelo y sin dejar que el eje de bronce se mojara conducían a Poseidón hacia las naves de los aqueos.” (Homero, La Iliada, XIII, 28)

Sin embargo, el peligro potencial para los humanos permanecía, especialmente para aquellos que había atraído la cólera de algún dios, el cual mostraba su capacidad de manejar la naturaleza y sus criaturas a su antojo. Evitar la ira de las fuerzas divinas era el método más eficaz de procurar la propia seguridad en los entornos más inhóspitos.

“Dicen que el pez piloto no sólo está consagrado a Poseidón, sino que además es objeto del amor de los dioses de Samotracia. Dicen además que, hace mucho tiempo, este pez castigó a cierto pescador. Es fama que el nombre de éste era Epopeo. Había llegado de la isla de Ícaro y tenía un hijo. En cierta ocasión en que no habían pescado nada, levantó la red y sólo aparecieron capturados peces piloto, que al padre y al hijo sirvieron de comida. Pero poco después la justicia vengadora cayó sobre el padre, pues en presencia del hijo, un monstruo marino atacó al barco y se lo tragó a él.” (Claudio Eliano, Historia de los animales, XV, 23)

Mosaico con el Triunfo de Neptuno, North Africa American Cemetary. Cartago, Túnez

Los monstruos (monstra) eran entre los griegos y romanos seres físicamente anómalos, a menudo gigantescos e híbridos cuyo propósito era amenazar a los humanos y a sus intentos de imponer orden en el mundo natural.

En las civilizaciones mediterráneas los monstruos abarcaban diversos miedos: el poder del caos para vencer al orden; la potencial victoria de la naturaleza contra la invasión de la civilización humana, y de lo irracional sobre la razón. Por ello en las historias se repite la presencia de monstruos que son vencidos por dioses y hombres, que representan el orden, la civilización y la razón que prevalecían en el pensamiento de los antiguos.

 “Es de toda evidencia aquí que el noble Heracles no está emprendiendo uno de sus trabajos ni se puede decir tampoco que Euristeo le haya causado algún problema, sino que, ya en pleno dominio de su valor, puede permitirse afrontar las pruebas que él mismo quiera. Entonces, ¿qué es lo que busca al enfrentarse con este temible monstruo?

Puedes ver sin duda qué enormes son los ojos del monstruo que giran la mirada en círculo, y cómo observan terriblemente, reptando bajo las salvajes cejas cubiertas de espinas; ¡cómo saca de la boca su afilada lengua y muestra su triple fila de dientes puntiagudos!, algunos tienen forma de anzuelo, metidos hacia dentro para retener lo que capturan, otros tienen la punta afilada y se elevan con gran altura; y ¡qué cabeza la que emerge del cuello retorcido y viscoso!

Su tamaño es increíble, si se describe con pocas palabras, pero verlo convencerá a los incrédulos. Su cuerpo no es que esté encorvado todo él, sino que muchas de sus partes se retuercen: las que están bajo el agua se ven con exactitud, aunque la profundidad distorsiona la visión, y las que emergen les parecerían islas a los no experimentados en el mar.

La primera vez hemos visto al monstruo en reposo, pero ahora se ha despertado moviéndose con gran estruendo y golpea el mar levantando olas que rugen; el mar, por el impulso del monstruo, se ha alzado y, por un lado, cubre la parte del monstruo descubierta, envolviéndolo de espuma blanca, a la vez que, por el otro lado, se lanza con fuerza hacia la orilla, mientras el chapoteo de su cola, que se levanta a mucha distancia de la superficie del agua, parece el velamen de una nave, reflejando mil colores.

Sin embargo, aquel hombre extraordinario no se asusta ante eso, sino que tiene a sus pies la piel de león y la maza dispuestas para cuando haga falta, si las necesita; hélo aquí, de pie, desnudo, en actitud de ataque, con el pie izquierdo avanzado para que repose en él el peso del cuerpo y fije su posición ante cualquier embite; el costado izquierdo junto con la mano del mismo lado soportan la tensión del arco, mientras el derecho se echa para atrás al tiempo que la mano derecha acerca la cuerda del arco hacia el pecho.

La razón de todo esto, muchacho, no hace falta investigarla, ya que se ve claramente una muchacha, encadenada en lo alto de aquella roca, que se ofrece como pasto del monstruo; es, no cabe duda, Hesíone, la hija de Laomedonte. ¿Dónde está su padre? En el interior de los muros de la ciudad, creo yo, observando lo que sucede.” (Filostrato, Descripciones de cuadros, III, 12, 1-6)

Mosaico de Hércules y Hesione, Museo Lapidario de Aviñón, Francia

Los monstruos tienden a reflejar varias inquietudes culturales; los diferentes monstruos a lo largo del tiempo y de muchos escenarios pueden representar las cambiantes preocupaciones de la sociedad, pero en conjunto los míticos y legendarios monstruos reflejan los temores y esperanzas sobre los misterios del mundo natural, el lugar del hombre en él y su capacidad para controlar o adaptarse a su entorno.

Para muchas de estas antiguas culturas, lo monstruoso se expresaba en el arte para visualizar los fenómenos mal entendidos que se percibían como reflejo del mal, tales como los desastres naturales y las enfermedades. Entonces cada región creaba sus propios temidos seres, cuya apariencia puede haber sido influenciada en parte por el clima y la fauna de cada una de ellas.

Mosaicos de la villa de Baccano, Campagnano di Roma, Italia

Como cada cultura tiene sus propias inquietudes y miedos, sus gentes tenían diferentes puntos de vista sobre lo que era normal y aceptable, y, por tanto, de lo que era monstruoso.


“En esto, otro prodigio más importante y harto más pavoroso nos sobreviene, tristes de nosotros, y trastorna nuestros desprevenidos corazones.
Laoconte, designado en suerte sacerdote de Neptuno, estaba en el altar acostumbrado sacrificando un corpulento toro. Hete aquí que de Ténedos
sobre el hondo mar calmo -me horrorizo al contarlo dos serpientes de roscas gigantescas se vuelcan sobre el piélago y hermanadas tienden hacia la orilla.
El pecho entre las ondas enhiesta y su cresta sanguinolenta señorea el Ponto. 
El resto de su cuerpo se desliza sobre el agua en enormes espiras ondulantes.
Brama a su paso el mar espumeante. Alcanzan ya la orilla.
Con los ojos ardiendo en sangre y llamas, sus vibrátiles lenguas
van lamiendo los belfos silbantes.
Escapamos al verlas sin sangre en nuestras venas.
Derechas a Laoconte van las dos.
Pero primero abraza cada una el tierno cuerpo de uno de sus hijos y lo ciñen en sus roscas, y a mordiscos se ceban en sus miembros desdichados.
Después, al mismo padre que acudía en su auxilio dardo en mano
lo arrebatan y en ingentes barzones lo encadenan. Y enroscadas dos veces a su tronco y plegando sus lomos escamosos otras dos a su cuello, aun enhiestan encima las cabezas y cervices erguidas. Él forcejea por desatar los nudos con sus manos -las ínfulas le chorrean sanguaza y negro tósigo- al tiempo que va alzando
al cielo horrendos gritos cual muge el toro herido huyendo el ara cuando de su cerviz sacude la segur que ha errado el golpe.
Los dragones en tanto huyen reptando hasta la altura de los templos camino del alcázar de la cruel Tritonia y a los pies de la diosa se ocultan bajo el ruedo de su escudo.
Entonces sí que cunde un pavor nunca visto por los ánimos aterrados de todos.
Dicen que Laoconte ha pagado la culpa que su crimen merecía por profanar el roble sagrado con su hierro, disparando la impía lanza contra su flanco.”
(Virgilio, La Eneida, II, 199) 

Estatua de Laooconte, Museos Vaticanos. Foto de Samuel López

Las monstruosas criaturas no humanas de las mitologías griegas y romanas casi invariablemente habitaban fuera de las áreas urbanas, como montañas, rocas, cuevas, acantilados y otros lugares naturales, apenas conocidos para los humanos. Cuanto más lejos de los mayores centros urbanos se iba, más probabilidad había de encontrar un monstruo. Más allá de los límites de la civilización conocida abundaban extrañas y amenazantes criaturas.

“Ya desde hace tiempo ven que han dejado a sus espaldas el día y el sol, y — desterrados de los confines conocidos del orbe, audaces por ir a través de tinieblas no permitidas hacia el borde de la realidad y las orillas últimas del mundo— ven que ahora se alza éste, el Océano, el que lleva en sus inertes olas descomunales monstruos, el que por todas partes lleva feroces ballenas y perros marinos entre los barcos que ha atrapado. E l propio estruendo acumula terrores. Ya creen que la flota encalla en el fango y que la ha abandonado el soplo que la impulsaba, y que ellos, por culpa de los hados inactivos, están a merced de las fieras marinas, que ahora, en su infortunio, van a despedazarlos. Y alguien, erguido en lo alto de la popa, empeñado en romper con su vista obstinada el aire ciego, cuando nada logró distinguir en el mundo que se les había arrebatado, derrama estas palabras de su pecho angustiado: «¿Dónde nos llevan?

El propio día huye, y el extremo de la naturaleza cierra en perpetuas nieblas el mundo que nos queda. ¿O es que buscamos unos pueblos situados más allá, bajo otro polo y otro mundo que no han tocado (las guerras)? Los dioses nos llaman de vuelta, y prohíben a los ojos mortales conocer el final de las cosas. ¿Por qué violamos con nuestros remos mares ajenos y aguas sagradas, y perturbamos las apacibles moradas de los dioses?” (Séneca el viejo, Suasorias, I, 15)


Detalle de mosaico con puerto marino. Ferrell Collection

Un elemento primordial en la creación de un monstruo es la imposibilidad de identificarlo con un ser ya conocido, y se logra con la suma de parte animales y humanas y, generalmente con la exageración de algún rasgo.

El ketos (ceto, cetus) es uno de los monstruos marinos más destacados en la antigua tradición literaria y mitológica. Su representación iconográfica muestra diferentes formas, pero suele tener una apariencia de lo que actualmente conocemos como dragón, o como una serpiente, con morro alargado, cresta picuda que recorre su cuerpo en parte o totalmente y cola terminada en aleta partida.

Mosaico con un cetus , Museo Nacional de la Magna Grecia, Reggio di Calabria, Italia

En latín la palabra cetus puede referirse a cualquier cetáceo marino, tales como la ballena, el delfín o la marsopa. También se refiere al monstruo marino al que Andrómeda es expuesta atada en una roca.

La reina Casiopea se vanaglorió de que su hija Andrómeda era más hermosa que las nereidas, por lo que Poseidón, encolerizado, envió al monstruo marino Cetus para atacar Etiopía. El rey Cefeo consultó un oráculo que dijo que para aplacar la ira de Poseidón debían sacrificar a su hija Andrómeda al monstruo. Perseo que volvía de vencer a Medusa, pasó por el lugar y, enterado de la situación, se ofreció a terminar con el monstruo a cambio de casarse con la princesa.

“Aún no le había relatado todo cuando las olas resonaron fragorosamente y un monstruo surgió del inmenso mar, recubriendo con su pecho una vasta superficie de agua. La virgen grita. El padre, enlutado, se hallaba presente junto con la madre, afligidos ambos, pero ella con más razón. No le prestaban auxilio alguno, sino sólo lágrimas y lamentos dignos de tal circunstancia, y se aferraban a su cuerpo encadenado. Entonces el extranjero dijo: «Para llorar os quedará mucho tiempo, pero para ayudarla tenemos muy poco. Si yo la pidiera en matrimonio, yo, Perseo, hijo de Júpiter y de Dánae, a la que Júpiter fecundó con su lluvia de oro cuando estaba encerrada, yo, Perseo, que he vencido a la gorgona de cabellera de serpiente y que oso viajar por los espacios etéreos con el batir de mis alas, sin duda me preferiríais como yerno antes que a cualquier otro. Además, a todas estas dotes, si los dioses me asisten, intentaré añadir también mis propios méritos. Que sea mía si mi valentía consigue salvarla, ése es el trato». Sus padres aceptan lo pactado (¿quién dudaría?), le suplican y le prometen, además, un reino en dote. Y he aquí que como una nave surca veloz las aguas hundiendo la proa en las olas, empujada por jóvenes brazos sudorosos, así el monstruo, hendiendo las olas con el empuje de su pecho, se encontraba a tanta distancia de los escollos como la que podría recorrer por el aire una bala de plomo arrojada por una honda baleárica; entonces, de repente, el joven se dio impulso con los pies y se lanzó audaz hacia las nubes. Cuando su sombra se proyectó sobre la superficie del mar, la fiera se ensañó con la sombra que veía; como el ave de Júpiter que ha visto en campo abierto una serpiente que ofrece su dorso lívido a los rayos del sol, y se lanza sobre ella desde atrás y le clava las ávidas garras en el cuello cubierto de escamas para que no pueda volver sus crueles fauces, así el descendiente de Ínaco se arroja en rápido vuelo cruzando el vacío y cae sobre el lomo de la fiera que se debate, y en el hombro derecho le clava la corva espada hasta la empuñadura. Atormentada por la profunda herida, la bestia unas veces se yergue elevándose en el aire, otras se sumerge en el agua, otras se revuelve como un feroz jabalí al que acosara una manada de perros ladrando a su alrededor. Él rehúye sus voraces mordiscos con la velocidad de sus alas, y allí por donde encuentra vía libre le asesta golpes con su espada falciforme, ora en el lomo cubierto de cóncavas conchas, ora por los flancos hasta las costillas, ora en donde la parte más delgada de la cola termina en una aleta de pez. La fiera vomita chorros de agua mezclados con purpúrea sangre. Las alas cogen peso, salpicadas por el agua; sin atreverse a confiar más en las sandalias empapadas, Perseo ve un escollo cuya cima sobresalía cuando el mar estaba en calma y quedaba sumergida cuando estaba agitado: allí se posa, y sujetándose con la mano izquierda a los salientes más cercanos atraviesa repetidamente, tres, cuatro veces, los ijares del monstruo con el filo de su espada.” (Ovidio, Las Metamorfosis, IV, 687)

Pintura con el mito de Perseo, Andrómeda y el cetus.
Villa de Agripa Póstumo en Boscotrescase.
Museo Metropolitan, Nueva York

Entre las características de este ser monstruoso está su descomunal tamaño, una boca enorme y unos dientes amenazadores. Manilio escribe una descripción de este mismo episodio mitológico en el que se puede ver que el monstruo marino se asemeja a una ballena real. Sin embargo, en las representaciones artísticas la criatura marina aparece representada siempre como el ser híbrido descrito más arriba.

"Con rapidez traza un camino en el aire, reanima a los llorosos padres con la promesa de la vida y, tras prometerse en matrimonio, vuelve a la playa. En ese momento el mar, hinchado, había empezado a levantarse y las olas en larga línea escapaban de la masa del monstruo que las agitaba. Hendiendo las olas Perseo saca la cabeza por encima de las aguas y las escupe de su boca; el mar resuena en sus dientes y, formando remolinos, se mete incluso en su boca; a continuación se levantan los enormes repliegues del monstruo formando inmensas espirales, y su dorso ocupa todo el mar. Por doquier resuena Forcis e incluso los montes y los peñascos tiemblan ante el ataque del monstruo.

Desgraciada muchacha, a pesar de tener un defensor tan valiente, ¡cómo era entonces tu aspecto! ¡Cómo voló al aire tu aliento! Al ver tú misma desde las huecas rocas tu destino, así como el monstruo nadando y el mar que lo acercaba a ti, ¡cómo desapareció la sangre de tus miembros por completo, qué pequeña presa fuiste para el mar! En aquel momento vuela Perseo batiendo las alas y se lanza desde el aire cual dardo contra el enemigo, clavando su espada teñida con la sangre de la Górgona. El monstruo sale desde abajo contra él y, girando su cabeza desde el fondo, la eleva y, apoyándose en sus retorcidos pliegues, sale con rapidez a las alturas y avanza con todo su cuerpo levantado. Pero Perseo, cuantas veces se levanta el monstruo atacando siempre desde el fondo, las mismas vuelve a volar y se burla de ella en el amplio aire, golpeando la cabeza del cetáceo en el momento en que se eleva. Con todo no cede ante el héroe, sino que lanza con furor mordiscos al aire, crujiendo en vano sus dientes por no producir ninguna herida. El mar arroja el agua hacia el cielo y sumerge al veloz monstruo en sus olas llenas de sangre, a la vez que las pulveriza hacia los astros." (Manilio, Astronómica, V, 580)

Mosaico con Perseo, Andómeda y el cetus. Zeugma,
Museo de Gaziantep, Turquía. Foto de Dosseman

Esta apariencia es la que se puede ver en las imágenes antiguas al mostrar el episodio de la Biblia en el que se relata cómo Jonás es engullido por la “ballena”, tras huir y desobedecer al Señor y después de escuchar Dios su plegaria es expulsado por la misma.

“El Señor envió un gran pez para que se tragase a Jonás, y allí estuvo Jonás, en el vientre del pez, durante tres días con sus noches. 2Jonás suplicó al Señor, su Dios, desde el vientre del pez: 3«Invoqué al Señor en mi desgracia y me escuchó; | desde lo hondo del Abismo pedí auxilio | y escuchaste mi llamada. 4Me arrojaste a las profundidades de alta mar, | las corrientes me rodeaban, | todas tus olas y oleajes se echaron sobre mí. 5Me dije: “Expulsado de tu presencia, | ¿cuándo volveré a contemplar tu santa morada?”. 6El agua me llegaba hasta el cuello, | el Abismo me envolvía, | las algas cubrían mi cabeza; 7descendí hasta las raíces de los montes, | el cerrojo de la tierra se cerraba | para siempre tras de mí. | Pero tú, Señor, Dios mío, | me sacaste vivo de la fosa. 8Cuando ya desfallecía mi ánimo, | me acordé del Señor; | y mi oración llegó hasta ti, | hasta tu santa morada. 9Los que sirven a ídolos vanos | abandonan al que los ama. 10Pero yo te daré gracias, | te ofreceré un sacrificio; | cumpliré mi promesa. | La salvación viene del Señor». 11Y el Señor habló al pez, que vomitó a Jonás en tierra firme.” (Biblia, Antiguo Testamento, Libro de Jonás, 2)

Jonás engullido y expulsado por el monstruo marino. Cleveland Art Museum, Ohio, EEUU

Muchas de las historias sobre los hombres atemorizados por la idea de ser devorados por una criatura monstruosa pueden deberse al miedo a ser consumidos, que no tiene que referirse al hecho de ser “comido· literalmente, sino probablemente a estar consumidos por el miedo o ser incapaces de controlar su propio destino. Así, por ejemplo, en el caso de Jonás, al ser un profeta, su temor es la desobediencia a Dios.

Una vívida descripción de un encuentro de los griegos con ballenas reales se encuentra en la obra de Arriano al relatar cómo los hombres de Alejandro Magno sienten temor cuando navegando ven un fenómeno desconocido para ellos, los chorros de vapor que salen por los orificios nasales de las ballenas cuando salen a la superficie para respirar.

"En el Océano viven ballenas colosales, y peces mucho más grandes que los de este Mar Interior. Nearco dice que cuando salían desde Cyza vieron al amanecer que el mar parecía saltar en chorros de agua como si fuese lanzado violentamente a lo alto por la acción de unos fuelles. La alarmada tripulación preguntó a los timoneles qué era eso y qué causaba este fenómeno, y ellos contestaron que las responsables eran las ballenas nadando raudas por la superficie del mar y lanzando chorros de agua por un orificio. Los marineros habían quedado atemorizados ante el espectáculo, dejando que los remos se les cayeran de las manos. Nearco se dirigió a ellos y les levantó el ánimo; y acercándose a cada uno de sus barcos, ordenó a los hombres enfilar directamente contra las ballenas como si de una batalla naval se tratara, elevando un fuerte grito de guerra, y remando tan rápido como pudieran y haciendo tanto ruido como fuera posible. Recuperando el coraje, las tripulaciones de todos los barcos comenzaron a remar al unísono a la señal dada. Cuando llegaron cerca de los animales, gritaron tan fuerte como pudieron, tocaron las trompetas, y armaron el mayor ruido posible golpeando el agua con los remos. Las ballenas que acababan de ser avistadas por la proa de los barcos se espantaron, zambulléndose enseguida hacia el fondo marino, y poco después salieron de nuevo a la superficie por el lado de la popa de las naves, y continuaron su camino lanzando chorros de agua a gran distancia. Un fuerte aplauso se escuchó entre los marineros por esta inesperada liberación, y muchas alabanzas para Nearco por su audacia y sabiduría." (Arriano, Anábasis, VII, 30)

Mosaico de Lod, Israel

En contra de algunos textos griegos y romano que muestran a las criaturas marinas como temerarias y hostiles a los humanos y dedicadas a atacarlos, algunos otros autores piensan que estos inmensos seres son gigantescas maravillas de la capacidad generativa y productiva de la Naturaleza en vez de bestias feroces guiadas por los poderosos dioses marinos; sin menospreciar su potencial agresividad con respecto a otros seres marinos, como las orcas, por ejemplo.

“Las ballenas penetran incluso hasta nuestros mares. En el océano Gaditano dicen que no se ven antes del solsticio de invierno, que se ocultan en épocas fijas en un golfo tranquilo y espacioso, y que les agrada extraordinariamente parir allí. Añaden que esto lo saben las orcas, que es la bestia enemiga de ellas, cuyo aspecto no podría representarse mejor por ninguna otra imagen que por la de una terrible mole de carne con dientes. Por eso irrumpen en sus retiros, desgarran a mordiscos a sus crías o incluso a las hembras recién paridas o aún preñadas y en la arremetida les dejan unas marcas como las de los espolones de las libúrnicas, Las ballenas, sin movilidad para revolverse, sin fuerzas para rechazarlas, sobrecargadas por su propio peso, pues justamente entonces están pesadas del vientre y agotadas por los dolores del parto, no tienen más remedio que escapar a alta mar y defenderse en pleno océano. Por el contrario, las orcas procuran cortarles el paso, colocarse frente a ellas, despedazarlas cuando quedan encerradas en lugares estrechos, empujarlas hacia los bajíos y hacerlas chocar contra las rocas. Se contemplan estos combates como cuando el mar está irritado consigo mismo sin que corra la menor brisa en la ensenada, pero con unas olas, al compás de los jadeos y los golpes, como ningún ciclón las levanta.

También se vio una orca en el puerto de Ostia contra la que luchó el emperador Claudio. Había llegado precisamente cuando éste estaba construyendo el puerto, incitada por un naufragio de pieles importadas de la Galia. A fuerza de hartarse durante varios días se había hecho un foso en el vado y había sido enterrada por las olas hasta el extremo de que no tenía forma de darse la vuelta y, cuando iba detrás de la comida que las olas arrastraban a la orilla, formaba una protuberancia enorme con su dorso sobresaliendo sobre las aguas como una barca que ha capotado. El César ordenó que se tendieran múltiples redes entre las bocas del puerto, y él en persona, partiendo con las cohortes pretorianas ofreció este espectáculo al pueblo romano, pues los soldados arrojaban las lanzas desde los navíos que realizaban las acometidas; a uno de ellos lo vimos hundirse envuelto por una ola producida por el bufido de la bestia.” (Plinio, Historia Natural, IX, (6) 12-15)

Detalle de un mosaico de Milreu, Portugal. Foto wiseguy71

En el cristianismo, siguiendo lo dicho en el Génesis, se pensaba que los grandes animales marinos, por los que los humanos sentían tanto terror como admiración, eran creación de Dios, puesto que unos animales tan gigantescos y feroces, que podían causar tantos males a los hombres, solo podían ser una creación divina.

“Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies.” (Biblia, Génesis, I, 21)

Aunque las ballenas no solían cazarse para comer, su carne sí se consumía en alguna ocasión. En el siglo VI d.C. el famoso cetáceo Porfirio, que sería posiblemente una orca, aterrorizó a los habitantes de Bizancio durante décadas, hundiendo barcos. Cuando el cetáceo se aproximó tanto a la costa que no pudo volver a alta mar, fue arrastrado hasta la playa y la gente lo mató con hachas y algunos consumieron su carne. Su sacrificio puede considerarse como el triunfo del ser humano sobre la naturaleza salvaje.

“También por entonces fue capturado el cetáceo que los bizantinos llamaron Porfirio y que estuvo causando problemas en Bizancio y en los alrededores más de cincuenta años, aunque no de forma continua, sino que a veces entre una aparición y otra pasaba mucho tiempo. Hundió muchos barcos y a las tripulaciones de otros muchos les causaba un gran espanto y los obligaba a alejarse de allí lo más posible. Así, atrapar a este animal se había convertido en motivo de preocupación para el emperador Justiniano, pero no encontró ningún medio para poder cumplir su propósito. Voy a explicar cómo vino a ser capturado ya en esa ocasión. Coincidió que había en la mar calma chicha y una gran cantidad de delfines afluyó a las cercanías de la boca del Ponto Euxino. De repente, al ver al cetáceo, huyeron, cada uno como pudo. La mayoría llegó cerca de la desembocadura del Ságaris y, en efecto, a algunos de ellos los alcanzó el cetáceo y tuvo la fuerza suficiente para devorarlos en un instante. Ya fuera por hambre o incluso por instinto no paró de perseguirlos, hasta que sin darse cuenta quedó a una distancia muy cerca de la tierra. Allí dio con un légamo muy profundo y aunque se esforzó, moviéndose para todas partes, en salir del sitio lo antes posible, no pudo escapar de aquel fondo cenagoso, sino que aún se hundió más en el lodo. Cuando la noticia llegó a todos los lugareños, fueron derechos a la carrera hacia el animal y, aunque le estuvieron golpeando con sus hachas sin descanso por todos lados, ni así consiguieron matarlo y tuvieron que arrastrarlo con gruesas maromas. Lo montaron en carros y descubrieron que medía unos treinta codos de longitud y diez de anchura. Se dividieron entonces en grupos y unos se comieron la parte que les correspondió en aquel mismo momento y otros decidieron curarla.” (Procopio, Historia de las guerras, VII, 29, 9-16)

Mosaico bizantino, Qasr Lybia, Libia

Los antiguos griegos identificaban a las mujeres con el lado más salvaje de la naturaleza y las consideraban irracionales y exageradamente emocionales, lo que explica que una gran parte de los monstruos legendarios sean mujeres. Criaturas como Medusa, Escila o las Arpías hablan del miedo de los hombres al poder destructivo de las mujeres, por lo que en muchas historias y mitos aparece un héroe masculino venciendo a un monstruo femenino.

La siempre cambiante apariencia del agua influyó en la concepción de las criaturas marinas femeninas al igual que lo hizo en las masculinas. Tales criaturas se componían de diferentes animales biológicos y se convertían en seres híbridos, pero cuya naturaleza les impelía a atacar a los humanos.

 “Escila monta guardia a la derecha; a la izquierda Caribdis, la insaciable, quien desde el fondo de su hirviente sima

va aspirando tres veces hacia el abismo las ingentes olas,
y de nuevo las lanza una tras otra hacia los aires
y azota con su espuma las estrellas.
Escila está encerrada en el ciego recinto de su cueva de donde saca el rostro
y atrae a los navíos a sus rocas. Su parte superior tiene hasta las caderas
forma humana con el pecho de una hermosa muchacha;
la de abajo de pez, dragón marino de monstruoso cuerpo
que remata su vientre de lobo en colas de delfines.
Más vale recorrer dando un rodeo el cabo del Paquino siciliano
que ver solo una vez en su antro ingente a la monstruosa Escila y los peñascos
donde van resonando los aullidos de sus cerúleos perros.”
(Virgilio, Eneida, III, 420-432)

Placa de terracota con Escila. Museo de la Magna Grecia de Reggio Calabria

Dos monstruos marinos de la mitología griega son Escila y Caribdis, las cuales personifican el peligro del mar al que los marineros griegos temían enfrentarse cuando navegaban por primera vez por las desconocidas aguas del Mediterráneo occidental.
Cada una habitaba en un lado de un estrecho (posiblemente el de Mesina) por lo que, si un barco evitaba el encuentro con una, caía irremediablemente en manos de la otra.

Caribdis era un monstruo sin forma, un remolino de agua que engullía inevitablemente al barco que quedaba atrapado en ella.


"El peñasco de enfrente es, Ulises, más bajo, y se opone al primero a distancia de un tiro de flecha; en él brota
frondosísima higuera silvestre y debajo del risco
la divina Caribdis ingiere las aguas oscuras.
Las vomita tres veces al día, tres veces las sorbe
con tremenda resaca y, si ésta te coge en el paso,
ni el que bate la tierra librarte podrá de la muerte."
(Homero, Odisea, XII, 101)

Ulises pasando entre Escila y Caribdis, pintura de Alessandro Allori

Escila no siempre fue un monstruo. Era una ninfa marina a la que un día una deidad marina menor, Glauco, cuya apariencia asemejaba a un pez, por una metamorfosis, vio y pretendió. Escila le rechazó debido a su aspecto y Glauco pidió ayuda a la maga Circe para que Escila se enamorara de él, pero como la propia Circe lo amaba, sintió celos de ella y envenenó su baño con una poción. Cuando Escila se sumergió en el agua, empezó su metamorfosis y su andadura como monstruo marino que ataca a los barcos que se aproximan al lugar donde reside.

El relato de Ovidio es el que se corresponde con la imagen más conocida que ha llegado hasta nuestros días, un personaje híbrido con cuerpo de mujer y de cintura para abajo unas cabezas de perro en lugar de piernas. En sus manos suele aparecer un remo, una espada o un tridente.

 “Había una pequeña sima, diseñada en forma de un curvado arco, grato descanso para Escila; allí se retiraba huyendo del oleaje del mar y del calor del cielo cuando el sol era más fuerte en mitad de su órbita y producía desde su altura las más pequeñas sombras. La diosa contamina de antemano tal sima y la corrompe con sus prodigiosos venenos; aquí esparce jugos obtenidos al presionar una dañina raíz y murmura veintisiete veces con su boca de maga un sortilegio oscurecido por el enigma de desconocidas palabras. Llega Escila y se había sumergido hasta el vientre cuando contempla que sus ingles se afean por unos monstruos ladradores; y al principio, creyendo que aquéllas no eran partes de su cuerpo, se escapa y se aleja y teme las horribles bocas de los perros, pero arrastra consigo a los que esquiva y, al buscar la forma humana de sus muslos y de sus piernas y de sus pies, encuentra en lugar de aquellas extremidades hocicos propios de Cérbero y se alza por la furia de los perros, y sujeta con sus mutiladas ingles y con el vientre que sobresale los lomos de las fieras que están bajo ellos.

Lloró el enamorado Glauco y escapó de la unión con Circe, que había hecho uso del poder de las hierbas con excesiva hostilidad. Escila permaneció en el lugar y, tan pronto como se le dio la oportunidad, privó a Ulises de sus compañeros por odio a Circe; después ella misma habría sumergido las barcas teucras si no hubiese sido transformada antes en el escollo que ahora todavía se alza en forma de roca; también los marineros evitan ese escollo.” (Ovidio, Metamorfosis, XIV, 52-74)

Escila, detalle de pintura en Villa Ariana, Stabia, Italia

Aunque su morfología e iconografía varían según las épocas, el primer testimonio conservado es el relato de Homero en la Odisea, en el cual las cabezas de perro no aparecen y la única referencia a los perros es el grito que sale de su boca parecido al de un cachorro.


“Tenebrosa caverna se abre a mitad de su altura
orientada a las sombras de ocaso y al Erebo: a ella
puesto el caso acostad, noble Ulises, el hueco navío.
Ni el más hábil arquero podría desde el fondo del barco
con su flecha alcanzar la oquedad de la cueva en que Escila
vive haciendo sentir desde allí sus horribles aullidos.
Se parece su grito, en verdad, al de un tierno cachorro,
pero su cuerpo es de un monstruo maligno, al que nadie
                                                                      [gozara
de mirar, aunque fuese algún dios quien lo hallara a su paso;
tiene en él doce patas, pero todas pequeñas, deformes,
y son seis sus larguísimos cuellos y horribles cabezas
cuyas bocas abiertas enseñan tres filas de dientes
apretados, espesos, henchidos de muerte sombría.
La mitad de su cuerpo se esconde en la cóncava gruta;
las cabezas, empero, por fuera del báratro horrible
van mirando hacia el pie de la escarpa y exploran su presa,
sean delfines o perros de mar o, quizá., algo más grande,
un cetáceo entre miles que nutre la aullante Anfitrite.
Los marinos jamás se ufanaron de haber escapado
con la nave sin daño de allí, que con cada cabeza
siempre a un hombre arrebata aquel monstruo del barco
                                                                     [azulado”
(Homero, Odisea, XII, 80)

Este aspecto puede tener cierta similitud con algunas criaturas marinas con muchas patas como el calamar o el pulpo, quizás de gran tamaño, los cuales serían avistados con frecuencia por los marineros griegos.


Escila atrapando a los marineros de Ulises. Museo Vaticanos

En la Odisea se describe el momento en el que Ulises debe decidir si navegar cerca de Caribdis o Escila, eligiendo esta última, ya que quedar atrapado por Caribdis implicaba una muerte segura, mientras que acercarse al lado de Escila podía asegurar que parte de la tripulación sobreviviera.



“Navegábamos ya por el paso exhalando gemidoscon Escila a este lado, al de allá la divina Caribdis.
Espantosa tragábase ésta las aguas salobres
y al echarlas de sí borbollaban en gran torbellino
como en una caldera que hierve a un buen fuego; la
                                                               [espuma
salpicaba a lo alto y caía en los dos farallones.
Cuando luego sorbía la resaca las aguas marinas
las veíamos bullir allá dentro y en torno mugía
fieramente el peñón; divisábase al fondo una tierra
con arenas oscuras; el lívido horror se adueñaba
de los míos. Mirábamos sólo a Caribdis temiendo
la ruina y Escila, entretanto, raptónos seis hombres
que arrancó del bajel, los mejores en fuerza y en brazos.
Yo, volviendo la vista a la rápida nave y mi gente,
alcancé a contemplar por encima de mí el remolino
de sus manos y pies que colgaban al aire. Mi nombre
pronunciaban por última vez dando gritos de angustia,
Cual se ve al pescador sobre un cabo empuñar larga caña
y arrojar en el mar, con un cuerno de vaca campera,
el engaño del cebo a los míseros peces que luego
palpitantes extrae de las aguas, así entonces eran
por la escarpa sacados mis hombres convulsos de muerte.
Devorólos Escila en las bocas del antro y chillando
me alargaban los brazos aún en su horrible agonía:
nunca tuve a mis ojos tan triste visión entre todas
cuantas he padecido en el mar descubriendo sus rutas.”
(Homero, Odisea, XII, 234)

Ulises pasando entre Escila y Caribdis, grabado en madera de 1880

Con el tiempo estos dos monstruos marinos pasan de ser dos criaturas míticas a un accidente geográfico en el caso de Escila y un fenómeno meteorológico en el de Caribdis, convirtiendo el mito en la respuesta al miedo de los navegantes a ser atacados por monstruos cuando se aventuraban por tales lugares considerados peligrosos.

“En ese estrecho está el escollo Escila e igualmente el remolino Caribdis, ambos famosos por su peligrosidad.” (Plinio, Historia Natural, III, 8 (27)

Grabado de Caribdis



Bibliografía



Conceptions of the Watery World in Greco-Roman Antiquity, Georgia L. Irby
Dragon Myth and Serpent Cult in the Greek and Roman Worlds, Daniel Ogden
Divine Nature and the Natural Divine: The Marine Folklore of Pliny the Elder, Ryan Denson
Monsters and the Monstrous: Ancient Expressions of Cultural Anxieties, Debbie Felton
Sea Monsters in Antiquity: A Classical and Zoological Investigation, Alexander L. Jaffe
A Ketos in Early Athens: An Archaeology of Whales and Sea Monsters in the Greek World, John K. Papadopoulos and Deborah Ruscillo
Scylla: Hideous monster or femme fatale?, Mercedes Aguirre Castro
Los monstruos marinos en Plinio el Viejo, Marina Camino Carrasco
Monstruos y Monstruosidades: Ballena y salsa de pescado: la cotidianeidad de un monstruo en Manilio, Martín Pozzi
Las Escilas de Virgilio y Ovidio, Dulce Estefanía
La iconografía de Escila: de hermosa ninfa a temible monstruo, Raquel Rubio González
Cetus, Scylla, Charybdis (Wikipedia)

 



 



viernes, 7 de noviembre de 2025

Venatio, captura de animales en la antigua Roma (II)

 

Mosaico con captura de osos, Túnez, Getty Museum, Los Ángeles

“Tú, Clío, ve suplicante a Trivia a la cima del Taigeto y al frondoso Ménalo. Que la hija de Latona, no despreciándote cuando le supliques, favorezca la pompa del anfiteatro. Que ella misma escoja hombres audaces que enlacen con habilidad los cuellos de las fieras y que claven sus venablos con un golpe certero. Que ella misma guíe a las bestias terribles y a los monstruos cautivos desde sus guaridas y que deje por un tiempo su arco sediento de matanza. Que vengan osos, a los que, cuando se precipiten con su gran mole, admire desde los astros de Licaón la fiera Hélice y que los leones rujan heridos mientras el pueblo empalidece, leones como los que Cibeles desearía enfrenar en su carro migdonio y los que los brazos de Hércules preferirían haber estrangulado. Que rápidos como el rayo se apresuren al encuentro de las heridas los leopardos nacidos de razas mezcladas, cuando por casualidad un adúltero macho de color verde fecundó el vientre, más noble, de una leona: los hijos recuerdan a su padre en sus manchas y a su madre en su vigor. Que yazca en el anfiteatro todo lo que cría Getulia en sus llanuras pobladas de fieras, todo lo que se oculta en la nieve de los Alpes y si algo teme la selva de la Galia. Que la arena se empape de generosa sangre. Que los espectáculos dejen desolados todos los montes.” (Claudiano, Consulado de Manlio Teodoro, 290-310)

Mosaico de la caza, Villa romana de la Olmeda, Palencia, España

Los romanos fueron grandes aficionados a las cacerías y siempre disfrutaron de los espectáculos violentos, por lo que cuando Roma empezó a crecer y extender sus territorios los editores que se encargaban de la organización de los espectáculos trasladaron su realización a las plazas, foros o el circo de la ciudad al interior de la ciudad y las cacerías de animales que se podían ver en dichos lugares se llamaron venationes en las que originalmente se cazaban animales autóctonos, como jabalíes, ciervos y osos, a los que con la conquista de nuevos territorios se añadieron animales exóticos anteriormente desconocidos por los romanos.

 “Hubo en Roma, durante el principado de Gordiano, treinta y dos elefantes (de los que el mismo había enviado doce y Alejandro diez), diez alces, diez tigres, sesenta leones domesticados, treinta leopardos domesticados, diez belbi o hienas, mil parejas de gladiadores de propiedad imperial, seis hipopótamos, un rinoceronte, diez leones salvajes, diez jirafas, veinte asnos salvajes, cuarenta caballos salvajes y otros animales de este tipo, innumerables y variopintos, que Filipo, en los juegos seculares, o regalo o mato. Gordiano, preparaba todas estas fieras, las domesticas y las salvajes, para el triunfo sobre los persas; pero su imperial deseo no prevaleció, pues Filipo exhibió todas ellas en los espectáculos, en los juegos seculares y en el circo, cuando celebro el milenario de la fundación de la Ciudad en el consulado que compartió con su hijo.” (Historia Augusta, Los tres Gordianos, 33, 1)

Mosaico de Antioquía, Siria. Museo de Honolulu

Los animales exhibidos a finales de la República parecen haber sido suministrados por estados sujetos al dominio romano o territorios conquistados como parte de los tributos debidos a Roma. Durante el Imperio fue una práctica común que los reyes extranjeros regalaran animales procedentes de sus territorios a los emperadores romanos. Dicha costumbre se extendió hasta el final del Imperio.

“Pero Augusto, por su parte, regresó a Samos y una vez más pasó el invierno allí. En reconocimiento por su hospitalidad, garantizó la libertad a los habitantes y también atendió muchas cuestiones de gobierno. Un gran número de embajadas se presentó ante él, y los indios, que ya habían hecho propuestas, ahora concertaron un tratado de amistad, enviando unos tigres entre otros regalos, los cuales fueron vistos entonces por vez primera por los romanos y creo que también por los griegos.” (Dión Casio, Historia romana, LIV, 9, 7)

Detalle de mosaico de la Villa Adriana, Tïvoli.
Altes Museum, Berlín

Sin embargo, la mayoría de animales tenían que ser capturados en sus hábitats locales e importados por los editores con mucha antelación para que estuviesen en el lugar previsto para la celebración de las venationes a tiempo.

Los encargados de capturar a los animales llegaban hasta los lugares más remotos e inhóspitos con tal de encontrar las especies más reclamadas por el público que solían ser las desconocidas y exóticas por su procedencia. Llegaban para ello a las regiones más lejanas del norte de Europa, África y Asia.

“A precio de oro se va a las selvas en busca de fieras, se explora el último rincón de Hammón en África para que no nos falte el monstruo cotizado por sus mortíferos colmillos; se amontonan en nuestras naves animales exóticos hambrientos, y el tigre desfila en jaula de oro a beber sangre humana ante los aplausos del pueblo.” (Petronio, Satiricón, 119)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Los editores de las venationes procuraban hacer uso de sus numerosos contactos en distintos territorios del Imperio para hacerse con animales tanto salvajes agresivos, por ejemplo, los felinos como los herbívoros más dóciles. Se puede citar al senador romano Símaco, quien se encargó de organizar los juegos que celebrarían la llegada de su hijo Memio a la pretura, y que recurrió a un alto cargo de la administración provincial del África proconsular, donde él mismo había sido proconsul Africae, para que le envíe inofensivos antílopes y gacelas que eran también muy apreciadas en las venationes.

“Preparamos los juegos de la pretura, cuyo ornato echa en falta animales exóticos para que el espectáculo romano resplandezca con un lujo novedoso. Por lo tanto, deseo que por (tu) diligencia se me proporcionen antílopes y gacelas; la frontera cercana os los suministra en abundancia. En consecuencia, dígnate unir en alianza nuestra amistad por medio de una prenda votiva; no seré incapaz de corresponderte si igualmente exige algo tu provecho.” (Símaco, Cartas, IX, 144)

Detalle del mosaico de la caza pequeña, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Cuando la organización de las venationes se hizo más compleja la responsabilidad del suministro de los animales recayó en los magistrados que estaban en campaña electoral. Así, por ejemplo, Marcus Caelius Rufus, cuando optaba al cargo de edil y debía organizar una venatio en Roma, escribió insistentemente a Cicerón gobernador de Cilicia entonces, solicitando un envío de panteras (nombre dado a varios tipos de felinos entre los romanos).

“En casi todas mis cartas te he hablado de las panteras. Sera un baldón para ti si a Patisco, que ha enviado diez panteras a Curión, no lo superas con creces. Curión a su vez me las ha regalado y ha añadido otras diez de África, a fin de que no vayas a creer que solo sabe regalar fincas rústicas. Solo con que te acuerdes y hagas traer las panteras de Cibira y con qué además envíes una petición a Panfilia (pues dicen que allí la caza es más abundante), conseguirás lo que quieras. Me afano ahora con particular empeño en esto porque creo que voy a tener que hacer frente a todos los preparativos con independencia de mi colega. Haz tuyo, por favor, este encargo. Te gusta estar habitualmente ocupado, mientras que yo por lo general no me ocupo de nada. En este asunto solo tienes que preocuparte de hablar, es decir, dar una orden y un recado. Pues, en cuanto las tengas capturadas, para su alimentación y transporte dispones de los agentes que he enviado para la deuda que ha de cobrar Sición. Pienso incluso, a la menor esperanza que me des por carta, en enviarte a otros.” (Cicerón, Cartas a familiares, VIII, 9)

De la respuesta de Cicerón a una de estas cartas se puede saber que la captura de los animales estaba costando, a pesar de ser trabajadores especializados los que están encargados de ello, por la escasez de animales por la zona.

“En cuanto a las panteras, los cazadores profesionales cumplen mi orden con diligencia, pero hay una asombrosa escasez, y las que quedan se quejan vivamente, según cuentan, de que, en mi provincia, salvo ellas, ningún otro ser corre peligro. Por tanto, han decidido —siguen contando— dejar nuestra provincia para ir a Caria. Con todo, se está actuando a conciencia, y, sobre todo, por parte de Patisco. Todo lo que haya, será para ti; pero de qué se trate, ciertamente no lo sé. Tu edilidad, te lo prometo, me preocupa sobremanera. La fecha misma me lo recuerda, y es que te escribo precisamente durante los Juegos Megalenses.” (Cicerón, Cartas a familiares, II, 11)

Mosaico de la villa romana de las Tiendas, Museo Nacional de Arte Romano, Mérida, España

Los editores de los juegos pretendían ofrecer los mejores juegos posibles ya que se jugaban su futuro político y se esforzaban en superar a los celebrados anteriormente por sus antecesores, pero debían hacer frente ellos mismos a los gastos de su organización lo que suponía un alto coste, y en el caso de las venationes conllevaba la obtención de los animales, su captura, traslado, alimentación y exhibición, además del impuesto al que estaba sujeto el tráfico de animales, gravados con el portorium, tasa que debía pagar todas las mercancías que provenían de otras circunscripciones aduaneras.

“Los cuestores de nuestro orden nunca han pagado derechos de aduana por sus fieras: en efecto, a nuestros antepasados les pareció oneroso que se sumase un gasto desmesurado a quienes soportaban las cargas de la dignidad senatorial. Hace muy poco, cuando preparaba un espectáculo de gladiadores, se me otorgó a mí esta prerrogativa, más en nombre del pueblo romano que en el mío propio. Ahora se exige a mi hermano Cinegio, varón clarísimo y candidato a la cuestura, el impuesto de la quincuagésima, que únicamente se debe admitir para los tratantes de osos, puesto que están dedicados a ese negocio. El resultado de esta situación de injusticia espera tu intervención.” (Símaco, Cartas, V, 62)

Según Símaco, el impuesto era injusto porque el traslado de los osos no le proporcionaba ningún beneficio, sino que entraba dentro de las obligaciones del cargo para el que había sido nombrado.

Museo del Bardo, Túnez

Es por ello que los editores se esforzaban en lograr donaciones u obsequios de animales, bien de parte del emperador, bien de amistades o algunos contactos influyentes, mostrando posteriormente su agradecimiento.

“Aportas a la celebración de nuestros juegos algo habitual y algo inusitado; así, como eres generoso en los actos tradicionales e inventor de novedades, piensas en todo para conciliarle a nuestro cuestor el favor de la plebe, como ha probado ahora la ofrenda de siete perros escóticos, que tanto admiró Roma el día de los juegos preliminares que pensó que habían sido traídos en jaulas de hierro.” (Símaco, Cartas, II, 77)

Para poder llevar a cabo una venatio se debía atrapar a los animales con vida y transportarlos desde su lugar de origen hasta la arena donde se iba a desarrollar el espectáculo.

Museo del Bardo, Túnez. Foto Andy Hammond

Opiano describe la captura de una osa utilizando perros y redes a los que se atan cintas y plumas con las que atraer la atención del animal, técnica llamada formido. Los capturadores se esconden y hacen sonar una trompeta que hace salir al animal de su guarida y la dirigen hacia la red donde acaban por atraparla y encerrarla en una jaula.

“Una gran muchedumbre acude a las sombrías espesuras de la selva, hombres hábiles con perros de aguzado olfato en traílla, para buscar las confusas huellas de las mortíferas bestias. Pero, cuando los perros observan las huellas de sus plantas, las siguen, y guían a los rastreadores con ellos, manteniendo sus largas narices pegadas al suelo. Y si después ven alguna huella fresca, en seguida corren ansiosos y exultantes, dejando en olvido la huella anterior. Y, cuando llegan al final de su tortuoso rastreo y a la astuta guarida de la fiera, al punto, un perro arde en deseos de saltar de la mano del cazador, y ladra con gañidos, con inmensa alegría en su corazón. […] el cazador, refrenando su ímpetu con correas, vuelve contento a unirse a sus camaradas. Y les muestra la espesura, y donde él y su ayudante se emboscaron y dejaron a la salvaje bestia.

Ellos apresuradamente hincan sólidas estacas, despliegan las redes grandes, y arrojan alrededor las redes de bolsa; en las dos alas ponen dos hombres, en los extremos de la red, bajo un montón de ramas de fresno. Desde las alas mismas y los jóvenes que vigilan la entrada tienden por la izquierda una bien retorcida y larga cuerda de lino, un poco alzada del suelo, como a la altura del ombligo de un hombre; de ella penden cintas de muchos colores, variadas y brillantes, alarma para las bestias salvajes; y de ella cuelgan incontables y brillantes plumas, las bellas alas de las aves del aire, de buitres, de blancos cisnes y zancudas cigüeñas.

A la derecha colocan emboscadas en las hendiduras de la roca, o techan cabañas rápidamente con verdes hojas, a poca distancia unas de otras, y en cada una de ellas esconden cuatro hombres, cubriendo completamente sus cuerpos con ramas. Tan pronto como todo ello está dispuesto en orden, suena la trompeta su bronca nota, y la osa brinca desde la espesura con terrible rugido, y su duro aspecto se asemeja al rugido.

Los jóvenes corren en bloque, y de cada lado vienen sus batallones en contra de la bestia, y la hostigan. Ella, abandonando el estruendo y los hombres, corre directamente al lugar donde ve un espacio vacío de campo abierto. Luego, por turno, se levanta una emboscada de hombres por detrás, y alborotan con formidable griterío, conduciéndola hacia el frente de la cuerda elevada y la polícroma alarma. Y la infortunada fiera está totalmente desconcertada, y huye aturdida, y teme todo al mismo tiempo: la emboscada, el estrépito, la trompeta, el vocerío, la inquietante cuerda. Pues con el restallante viento las cintas ondean arriba en el aire, y las plumas oscilantes silban estridentemente. Por lo cual la osa, mirando a todas partes en derredor, se aproxima a la red, y cae en la emboscada de linos.

Entonces, los que están situados en los extremos de la red saltan, y rápidamente tiran por arriba del cordel de esparto con que se cierra la red, y amontonan las redes paño sobre paño, porque entonces los osos muestran su rabiosa furia con sus mandíbulas y sus terribles zarpas, y, a veces, huyen inmediatamente de los cazadores, escapan de las redes, y hacen la caza inútil.

Y en ese mismo instante, algún hombre fornido pone un grillete en la garra derecha de la osa, y la despoja de toda su fuerza, y la ata hábilmente y amarra a la bestia a las estacas de madera, y la encierra en una jaula de encina y pino, después de que ella ha practicado toda clase de contorsiones y vueltas.” (Opiano, De la caza, IV, 360)

Museo de la Civilta romana, Roma

La caza de felinos suponía un reto para los capturadores pues debían atrapar a los animales vivos y entregarlos al editor de la venatio o su intermediario en la mejor condición física, teniendo cuidado en no ser heridos ellos mismos durante la captura.

En el caso de los leones y leopardos, preferidos entre el público romano, hay que tener en cuenta que son depredadores nocturnos, que suelen cazar en solitario, excepto las leonas que actúan en grupo. Por su velocidad, agudo olfato, naturaleza cautelosa y potencial agresividad la captura de produciría mediante un cebo, un pequeño animal que se ataba en algún lugar cercano donde merodeaba el felino, y los captores esperaban hasta que aparecía y le hacían caer en su trampa, reduciendo el riesgo de ser heridos por un león furioso y permitiendo atraparlo sin dañarlo.

“En primer lugar, van y marcan un sitio donde vive cerca de las cuevas un rugiente león de abundante melena, inmenso terror para los bueyes y los mismos pastores. Después observan el anchuroso sendero con las huellas gastadas de la bestia salvaje, por donde ella va a menudo al río a beber una dulce bebida.  Allí cavan un redondo hoyo, ancho y grande, y en medio de la fosa colocan un gran pilar recto y alto. En la parte superior de éste cuelgan un cordero lechal, arrancado de su madre recién parida. Y por fuera rodean el hoyo con un vallado construido con piedras amontonadas, para que el león no pueda ver el engañoso agujero cuando se acerque.

Y el corderillo colgado en lo alto bala, y su sonido sacude el hambriento corazón del león, que corre en su busca con exultante ánimo, buscando el rastro del balido y escudriñando aquí y allá con fieros ojos; y rápidamente se acerca a la trampa, y da vueltas alrededor, hostigado por la fuerza del hambre; en seguida, obedeciendo el impulso de su estómago, salta por encima de la valla, y le recibe la ancha boca de la fosa, y cae sin darse cuenta en el fondo del imprevisto abismo. Da vueltas en todas direcciones, corriendo siempre hacia atrás y hacia adelante, como un veloz caballo de carreras en torno al poste de meta, constreñido por las manos del conductor y por la brida.

Y los cazadores, desde su puesto de observación a distancia lo ven, y corren presurosos; y con bien cortadas correas atan y bajan una bien trenzada y ensamblada jaula, en la que ponen una pieza de carne asada. Y el león, creyendo que va a escapar en seguida del hoyo, salta alegremente; pero para él ya no hay preparado ningún regreso. Así acostumbran a cazar en la aluvial y sedienta tierra de los libios.” (Opiano, De la caza, IV, 80)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Así describe Opiano, la caza del león en África, pero también relata cómo se solía hacer en Mesopotamia con el método de perseguir al felino hasta conducirlo a un cercado y atraparlo con redes.

“Pero junto a las riberas del Éufrates de hermosa corriente, los cazadores aprestan caballos de brillantes ojos, de fuerte corazón, para la guerra de la caza. Puesto que los caballos de ojos brillantes son más rápidos en la carrera, y osados para luchar valerosamente, y son los únicos que se atreven a hacer frente al rugido del león, mientras los otros caballos tiemblan y apartan sus ojos, temiendo la fiera mirada de su señor, como dije anteriormente cuando canté a los caballos.

Hombres a pie extienden un seto circular de cuerdas de lino, levantando las redes sobre estacas muy juntas, y a cada lado avanza tanto el ala como se dobla el cuerno de la luna nueva. Tres cazadores emboscados se echan cerca de las redes, uno en el medio, los otros dos en las esquinas, a tal distancia que, cuando el hombre que está en el centro los llame, los hombres de las alas pueden oírlo. Los otros ocupan su puesto como es costumbre en la sangrienta guerra, llevando en sus manos en cada sitio ennegrecidas antorchas resplandecientes. Cada uno de los hombres sostiene un escudo en su mano izquierda -el estruendo del escudo provoca inmenso terror entre las mortíferas bestias- y en la derecha llevan una llameante antorcha de pino; porque extraordinariamente teme el poder del fuego el león de abundante melena, y no es capaz de mirarlo sin acobardarse. Y cuando los cazadores ven a los leones de valiente corazón, corren juntos todos los hombres a caballo, y les siguen los hombres a pie, metiendo ruido, y el estruendo llega al cielo.

Y las bestias no permanecen allí, sino que se dan la vuelta y huyen, rechinando sus dientes de cólera, pero evitando la lucha. […]  los reyes de las bestias cierran sus ojos, y, entonces, aterrados por el estrépito de los hombres y la llama de las antorchas, por propia iniciativa, se aproximan a los trenzados costados de las redes.” (Opiano, De la caza, IV, 115)

Mosaico de la Hippo Regius romana, Argelia

Para atrapar a los cachorros de felinos se utilizaba entre otros, un ardid que consistía en capturar todos los cachorros de una camada y mientras la leona o la tigresa perseguían al hombre montado a caballo, este soltaba uno de los animalillos y mientras la madre volvía a la guarida con su cachorro para ponerlo a salvo (solo pueden transportarlos de uno en uno puesto que lo hacen con la boca), el captor huía con el resto de la camada. Esto proporcionaba varias ventajas al comerciante: por un lado, tener varias crías por si alguna moría durante el viaje, minimizando riesgos económicos, y por otro, que creciesen durante el trayecto de forma que ocupaban poco lugar en las embarcaciones, se adaptaban al ser humano, comían menos, eran más manejables y terminaban siendo adultas a su llegada a destino, listas para participar en la arena.

“Los hircanos y los indios tienen el tigre, animal de una velocidad temible y especialmente demostrada cuando se le roban todas sus crías, que siempre son numerosas. Se las captura al acecho con el caballo más veloz y después se pasa a otro de refresco. Cuando la fiera recién parida encuentra vacío su cubil — pues los machos no cuidan de su prole— se precipita tras él, siguiendo sus huellas por el olfato. El raptor, al acercarse el rugido, suelta a uno de los cachorros, ella lo coge con la boca e, impulsada aún más rápidamente por el peso, regresa, y de nuevo vuelve a la persecución, y así una y otra vez, hasta que, cuando el cazador vuelve a la nave, la fiera se enfurece en vano en la costa”. (Plinio, Historia Natural, VIII, 25, 66)

Detalle de mosaic con escena de catura de una tigrse y sus crias.
Worcester Art Museum, Massachusetts

Otro favorito en las venationes era el avestruz, no tan peligroso de capturar, pero sí bastante complicado. Por la velocidad que obtienen al correr, era difícil su persecución a caballo, y parece que hostigarlas con perros hasta encerrarlas en un cercado era el método más utilizado. Por su facilidad para vivir fuera de su entorno, en época del Imperio parece que se criaban avestruces en cautividad para exhibirse en las venationes.

“Si alguien persigue al avestruz, no se arriesga a remontar el vuelo, sino que echa a correr desplegando las alas. Y, si corre el riesgo de ser capturada, con las patas dispara hacia atrás las piedras que encuentra en su camino.” (Claudio Eliano, Historia de los animales, IV, 37)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

La gran demanda de animales para exhibir en las venationes, que se produjo tras la llegada del Imperio debido a la necesidad de los nuevos gobernantes de ganar popularidad y promocionar su imagen como monarcas generosos y deseosos de complacer a su pueblo, implicó que aumentara el número de individuos dedicados a la captura y traslado de los animales.

“Una causa votiva merece el apoyo de tu espíritu esclarecido. (El espectáculo) de la pretura espera una ofrenda nueva con la ayuda de Dios. Los precedentes de otros y mi propio entusiasmo me empujan a exhibir en ella ante los ciudadanos cocodrilos y numerosos animales exóticos. Dígnate por ello acoger benévolamente bajo tu cuidado a mi amigo Ciríaco, para que promueva las empresas. Contarás para el futuro con un deudor que no olvidará una gracia tan grande.” (Símaco, Cartas, IX, 151)

Lo más habitual sería que el editor de la venatio contratase a una compañía que funcionaría como intermediaria, ya que pagaría a nativos conocedores de los animales que se requerían para el espectáculo y que eran expertos en atraparlos. Una vez capturados los animales se trasladarían en caravanas organizadas por dichas compañías a las ciudades de destino o puertos de embarque.

Izda. Mosaico del Baptisterio, Mount Nebo, Jordania. Drcha. Mosaico de Urfa,
Museo de los Mosaicos HaleplibahÇ, Turquía

Además, existen testimonios de que el ejército participaría en partidas de captura de animales por mandato de los oficiales que debían satisfacer los pedidos de los editores o del propio emperador. Según algunos autores esta actividad serviría como entrenamiento militar para los soldados romanos.

“Siempre que el oficial al mando esté entrenando con su ejército y toma la decisión de dirigir una cacería, lleva a la infantería entera en una persecución en uniforme de batalla. Los rastreadores de estas poderosas bestias habrán informada de antemano del avistamiento de un lugar donde un león está acechando.  Por tanto, inician su ataque con sigilo; se ponen en círculo, un hombre junto al otro, protegiéndose con sus escudos, unidos unos a los otros, de forma que su solapamiento crea la imagen de azulejos. Las trompetas suenan y los hombres dejan escapar un grito al unísono. La asustada bestia salta desde su guarida y al ver tanto el muro de hombres armados y las antorchas encendidas que portan (porque los soldados las llevan en vez de lanzas), se queda donde está sin moverse y no salta sobre la cerrada hilera de escudos. Donde la pendiente del terreno es más favorable, se coloca una máquina y encima una jaula amplia, abierta y con un cabrito dentro Detrás del león, hombres totalmente armados gritan, usando palos para golpear pieles secas que llevan. El león, atemorizado por el ruido, el espectáculo, y el griterío, carga contra la jaula, con los hombres escondidos detrás de la máquina para no ser vistos por el león, y los que rodean la jaula se protegen con altos maderos. De esta forma, el león, creyendo que la jaula es la única via de escape, es capturado.” (Julius Africanus, Cestes, VII, 14)

Grabado de Jan Collaert

Una inscripción de la ciudad de Montana en Moesia (actual Bulgaria) indica como varios animales fueron capturados por el ejército para una venatio en Roma, probablemente la que presentó Antonino Pio en el año 148 d.C. para celebrar el 900 aniversario de la fundación de Roma. La inscripción, dedicada a la diosa Diana, menciona a Tiberius Claudius Ulpianus, tribuno de la primera cohorte Cilicia, además de destacamentos de la primera legión Itálica, la décimo primera legión Claudia, y la flota Flavia Moesia, todas las cuales fueron asignadas por el gobernador de Moesia, Claudius Saturninus, para capturar osos y bisontes para una venatio imperial.

“A Diana, Tiberio Claudio Ulpiano tribuno de la I cohorte de Cilicia con destacamentos de la I legión Itálica, de la undécima legión Claudia y de la flota Flavia Moesia por una venatio cesariana encargada por Claudio Saturnino, legado augustal y propretor, consagró con osos y bisontes felizmente capturados, siendo cónsules Largo y Mesalino.” (AE 1987, 00867)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Según testimonios epigráficos varias unidades militares serían asignadas por sus superiores para capturar animales salvajes para los juegos y los vivaria imperiales. Algunos de los soldados se consideraban venatores immunes, cazadores especializados que estaban exentos de algunas rutinas militares a cambio de su labor en la captura de animales y la vigilancia de los vivaria del ejercito o imperiales.

“A la salud del emperador César Marcus Antonius Gordianus Pius Félix Augustus y Tranquilina Sabina Augusta, los venatores immunes con vigilancia de los vivaria Pontius Verus, soldado de la sexta cohorte pretoria, Campanius Verax, soldado de la sexta cohorte pretoria, Fuscius Crescentio, guardián del vivarium de las cohortes pretoriana y urbana, lo erigieron por un voto a Diana a su costa.” (CIL VI, 130, año 241)

Mosaico de los Horti Liciniani, Centrale Montemartini, Roma. Foto Carole Raddato

Algunos cazadores podían especializarse en la captura de un animal en exclusiva, como, por ejemplo, el oso. Una inscripción de Colonia recoge la actividad de estos cazadores.

“Tarquitius Restutus Pisauro de la legión I Minerva informa de la captura de cincuenta osos en un periodo de seis meses.” (CIL XIII, 8174)

Inscripción de Tarquitius Restutus Pisauro

Los vestigiatores eran posiblemente los rastreadores que localizaban a los animales en sus guaridas y facilitaban la labor de los captores.

Después de la captura de los animales salvajes había que facilitar su transporte hasta su destino, las ciudades africanas donde se celebraban venationes o a los puertos donde serían embarcadas a las ciudades de destino. Aunque los animales para los juegos debían ser transportados por tierra en algunas circunstancias, el método preferido era por mar, que solía ser más rápido y barato.

Mosaico de Isola Farnese. Badisches Landesmuseum Karlsruhe, Alemania

Se intentaba que el viaje por mar fuera lo más corto posible, ya que los animales podían ponerse enfermos y era difícil alimentarlos en mar abierto. El mal tiempo podía causar retrasos y que los animales no llegasen a tiempo para las venationes previstas o que incluso llegasen sin vida.

“Has actuado de forma egregia, al haber dado el espectáculo de una forma tan condescendiente, tan generosa, pues a través de estos actos se revela también los grandes espíritus. Me hubiera gustado que las panteras africanas, que habías comprado en gran cantidad, hubiesen llegado el día previsto; pero, aunque faltaron al quedar detenidas por el mal tiempo, tú has merecido sin duda que se reconozca que no dependió de ti el que no se hayan exhibido. Adiós.” (Plinio, Epístolas, VI, 34)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Para el transporte por tierra las jaulas se cargarían en carros tirados por bueyes y para el transporte por río o mar se embarcarían en naves con diseño especial para albergar a dichos animales. Los barcos estarían especialmente preparados para alojar a animales voluminosos y deberían ir sujetos, probablemente en jaulas, para no herirse durante el viaje y no causar accidentes.

El poeta Claudiano describe poéticamente en su panegírico dedicado a la aceptación de Estilicón de su consulado en el año 400, el transporte de animales exóticos para la venatio que se celebraría en su honor.

“Todo lo que es temible por sus colmillos, destacado por sus crines, respetuoso por sus cuernos, o de erizadas cerdas, es capturado, toda la belleza y terror de las selvas.  No las oculta su cautela, ni sus fuerzas hacen frente con su corpulencia, ni su agilidad las sustrae en rápida carrera. Unas gimen enredadas en las trampas, otras van encerradas en prisiones de encina. No hay suficientes carpinteros para alisar las maderas; se construyen frondosas jaulas con hayas y fresnos sin pulir. Una parte iba por mares, por ríos, en embarcaciones repletas; lívida se paraliza la mano de los remeros y temía el marinero la mercancía que llevaba. Otra parte es transportada por tierra sobre ruedas y en larga caravana obstruyen los caminos las carretas llenas de los despojos de las montañas; las cautivas fieras son arrastradas por agitados bueyes, con los que antes saciaban su hambre, y cuantas veces las han contemplado vueltos hacia atrás, asustados se retiran de la lanza del carro.” (Claudiano, Consulado de Estilicón III, 315-330)

Detalle del mosaico de la Gran Caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

El comercio de animales entre Italia y África parece haber sido organizado predominantemente por compañías navieras en los puertos norteafricanos a donde llegaban las caravanas que los traían tras su captura y los representantes de dichas navieras en el puerto de Ostia, desde donde se organizaba su traslado a Roma y otras ciudades en las que se celebraban las venationes.

El transporte por tierra de los animales podía conllevar algunos problemas burocráticos ya que las exigencias de los encargados del traslado podían chocar con la disposición de quienes debían proveer los servicios para el alojamiento y manutención de las personas y los animales que formaban parte de la caravana. Un edicto de Teodosio y Honorio del año 417 restringe la estancia de las caravanas en una misma ciudad a siete días. El gasto de alimentación de tantos animales debía suponer un gasto enorme para ciertas ciudades, sobre todo, las menos ricas, especialmente si las caravanas pasaban por ellas más de una vez al año.

“Por la queja del personal del gobernador de Eufrates, sabemos que aquellos a quienes la oficina ducal ha asignado para la tarea de transportar animales permanecen, en vez de siete u ocho días, tres o cuatro meses en la ciudad de Hieropolis, en contra de la norma general de delegaciones, y además de los gastos por tanto tiempo exigen jaulas, lo que ninguna costumbre permite que se proporcione. Por tanto, decretamos que, si algún animal es enviado por el duque de la frontera a la corte imperial, no permanecerán más de siete días dentro de ningún municipio. Los duques y sus asistentes sabrán que, si actúan de forma contraria, pagarán una multa de cinco libras cada uno al fisco. (Código Teodosiano, 15.11.2)

Museo Británico, Londres. Foto Mary Harrsch

El hecho de tener que depender de intermediarios o agentes encargados por los editores de las venationes de negociar la compra o captura de los animales y su traslado hasta la sede de los juegos hacía desconfiar a los editores de sus intenciones y la sospecha de engaño o fraude estaba presente durante el proceso de organización de la venatio. Por ello recurrían una vez más a sus contactos para que supervisasen distintas etapas de ese proceso, como entregar los animales que realmente se habían solicitado o procurar que no hubiese retrasos en su entrega.

“Sé que conduce a testimoniar amistad que yo acepte dar parte a tu lealtad de nuestra necesidad. Te ruego por ello que acojas como un encargo cómodo lo que deberías atender en favor del afecto mutuo aun cuando no se te rogara. Nos transportan desde Dalmacia muchísimos osos para la celebración de nuestros juegos y deseamos que aparezcan rápidamente para el provecho del espectáculo próximo. Dígnate por ello tomar su paso a cargo de tu celo y dedicación, y ejerce al mismo tiempo tu vigilancia, para que por un codicioso fraude no me los cambien. Y sobre todo deben cortarse los retrasos, porque la cercanía del día de la función no da lugar a treguas en disponer los preparativos.” (Símaco, Cartas, VII, 121)

Museo Arqueológico de Sfax, Túnez

Uno de los mayores temores que tenían los editores en cuanto a los animales que deseaban exhibir en la venatio, aparte de que llegaran a tiempo, era que los animales estuvieran enfermos o que enfermaran durante su cautividad antes de su salida a la arena, con el perjuicio económico que les suponía tras la gran inversión realizada y el desprestigio social que implicaba el no poder cumplir con el espectáculo ofertado al no poder presentar los animales anunciados.

“Pero sobre los demás recursos del fantástico espectáculo destacaban unos osos enormes que él compraba en cantidad, agotando con ellos todas las posibilidades de su hacienda. Pues a los que él mismo había capturado en sus cacerías particulares, a los que había adquirido en costosas compras, se añadían los que, a porfía, le regalaban de todas partes sus amigos. El sostenimiento de esos animales era costoso y él les daba una alimentación esmerada.

Pero tanto lujo y esplendor en los preparativos de un festejo público no podía escapar a la maligna mirada de la Envidia. Pues la prolongada cautividad restó vigor a los osos; además adelgazaron con el calor estival; y a esto añádase el decaimiento producido por la inmovilidad e inacción. De pronto cogieron una peste y no sobrevivió casi ninguno.” (Apuleyo, Las Metamorfosis, IV, 13-14)

Mosaico, Casa del oso herido, Pompeya, Italia

Los animales tanto autóctonos como exóticos necesitaban un espacio que fuese lo suficientemente grande como para pasar el tiempo desde que llegaban hasta la ciudad sede de la venatio hasta el momento que se trasladaban al edificio donde se celebraba el espectáculo. Estos lugares se llamaron entre los romanos vivaria. Los vivaria originales eran parques de animales, al estilo de los que tenían los reyes mesopotámicos, donde se albergaban animales de todo tipo para esparcimiento de sus propietarios o como coto privado de caza para ellos.

“Edificó una casa que llegaba desde el Palatino hasta el Esquilino y a la que llamó primero Transitoria y luego, después de ser consumida por un incendio y restaurada, Dorada. […] albergaba […]  un estanque tan grande como un mar, rodeado de edificios que parecían ciudades, y, además, grandes extensiones de terreno, que incluían campos, viñedos, pastos y bosques, con una multitud de animales domésticos y salvajes de todo tipo.” (Suetonio, Nerón, 31, 1)

Mosaico del Baptisterio, Mount Nebo, Jordania

Ciudadanos particulares muy ricos podían permitirse la posesión de un vivarium, pero cuando la necesidad de un gran número de animales para las venationes de época imperial creció, los vivaria eran propiedad casi exclusivamente del emperador, aunque algunos eran administrados por el ejército que se hacía cargo de los animales en diversos territorios.

“Se dice que esta calamidad la predijo Arsacius, que era un soldado persa empleado en el cuidado de los leones del emperador; pero durante el reinado de Licinio se convirtió en un notable confesor, y dejó el ejército.” (Sozomenos, Historia Eclesiástica, IV, 16)

Los vivaria que recogían a los animales que posteriormente serían utilizados en los espectáculos, se hallarían adecuadamente situados cerca de los edificios de espectáculos, pero lo suficientemente alejados de los habitantes para evitar la insalubridad del lugar, así como posibles escapes de animales que eran potencialmente peligrosos como osos, leones, panteras, tigres… Se encontraba extramuros de la ciudad de Roma, alejados de los lugares neurálgicos de la ciudad romana, sobre todo del edificio del Senado, el foro, el palacio o la Curia.

“Así pues, los antiguos romanos habían construido alrededor de ella y por fuera otra pared de poca longitud, no por razones de falta de seguridad pues no tenía, en efecto, ni el refuerzo de unas torres, ni tampoco habían sido construidas allí almenas ni ninguna fortificación que permitiera rechazar el ataque de posibles enemigos contra las murallas-, sino a causa de un lujo indecente: para tener encerrados y mantener allí a leones y otras fieras salvajes. Por esta razón precisamente este sitio recibía el nombre de Vivario, pues de este modo llaman los romanos al lugar donde se suele cuidar a los animales que no han sido domesticados.” (Procopio, Guerras Góticas, V, 23, 16)

Mosaico de Ostia Antica, residencia presidencial de Castel Porziano, Italia

Los vivaria no solo permitían a los emperadores alojar a los animales que estaban destinados a morir en la arena, sino que también les permitía retener a los animales que deseaban que viviesen. Allí los animales eran entrenados y preparados para su actuación en los juegos. Algunos se convertían en dóciles animales perdiendo su agresivas, por lo menos con sus entrenadores, aunque el peligro, por su naturaleza salvaje siempre existía.

“Habituado a lamer la mano de su despreocupado domador, un tigre, gloria suprema de los montes de Hircania, ha despedazado cruelmente con sus rabiosos colmillos a un feroz león. Cosa inaudita y sin parangón en todos los siglos pasados. Nunca intentó nada igual mientras vivía en el interior de las selvas: ha acrecentado su ferocidad desde que está con nosotros.” (Marcial, Libro de los Espectáculos, XVIII)

Detalle del mosaico de Orfeo, Museo de Zaragoza, España

Algunos de estos animales lograron sobrevivir e, incluso, algunos obtuvieron cierta celebridad. Un emperador podía ganar popularidad incorporando tales animales aclamados en sus espectáculos.

Los emperadores también podían donar animales de sus vivaria entrando en una red de favores recíprocos que servía como fuente de animales para los editores menos pudientes. En el siguiente texto Símaco agradece a Estilicón que el emperador Honorio le haya donado unos leopardos.

“Prosigues tu consulado con generosidad hacia mí, y como un padre del pueblo estimulas la generosidad imperial igualmente hacia los futuros magistrados. ¿Con qué lenguaje debo yo celebrar entonces a una persona que justamente visible en la cima de los honores organiza incluso las solemnidades de las preturas? Sin duda piensas que también las obligaciones de los particulares deben concordar con los demás bienes de la época. Y así infundes siempre entusiasmo por hacer el bien en nuestro señor el augusto Honorio, de estirpe divina, y enseñas al príncipe invicto a estimular con dones la modesta condición de los senadores. Entre todos, el único que puede darle las gracias en mi nombre eres tú, que has sido el inspirador de un beneficio tan grande. Yo atestiguaré en la exhibición de los juegos de mi hijo a quién se deben un aplauso más justo y alegres voces de aprobación cuando la carrera de los leopardos llene el anfiteatro romano.” (Símaco, Cartas, IV, 12)

Mosaico de Ostia Antica, residencia presidencial de Castel Porziano, Italia

A finales del imperio se impuso el monopolio imperial sobre ciertos animales, especialmente los leones, que pasaron a ser de su sola propiedad y existían leyes para impedir su caza sin autorización. Los emperadores controlaban así que animales podían exhibir sus súbditos en sus propios espectáculos.

“Añade si te place lo que te tengo solicitado, que la autoridad sacra me autorice la compra de otros animales líbicos. Una vez logrado esto, consideraré un don la obtención de todo.” (Símaco, Cartas, VII, 122)

Colección particular

Las expediciones para realizar la caza eran costosas, ya que, además, la captura indiscriminada provocó que cada vez fuera más difícil encontrar los animales adecuados para estos certámenes y que las caravanas tuvieran que alejarse cada vez más para dar con su presa. A esto hay que sumar la destrucción de su hábitat natural a fin de ganar nuevas tierras para la agricultura. Así durante la segunda mitad del siglo IV, ya era imposible localizar hipopótamos en Egipto.

“Y desde entonces, durante muchas generaciones, se han traído con frecuencia hipopótamos a Roma, aunque ahora es imposible encontrarlos, ya que, según piensan los habitantes de esas regiones, los hipopótamos tuvieron que emigrar a Blemia debido al elevado número de cazadores que los perseguían.” (Amiano Marcelino, Historias, 22.15.24)

Escena nilótica con caza de hipopótamos, Museo Arqueológico Nacional Palazzo Massimo, Roma


Bibliografía


La editio quaestoria en el Bajo Imperio: el ejemplo de Quinto Memio Símaco, Enric Beltrán Rizo y Juan Antonio Jiménez Sánchez
Animalia in Spectaculis: Animales, fieras y bestias en espectáculos romanos, María Engracia Muñoz Santos
Venationes y poder en la Roma imperial: poesía panegírica y crítica, Vicente Flores Militello
La crisis de las venationes clásicas. ¿Desaparición o evolución de un espectácuro tradicional romano?, Juan Antonio Jiménez Sánchez
The Capture of Animals by the Roman Military, Christopher Epplett
Animal Spectacula of the Roman Empire, William Christopher Epplett
The Emperor and his Animals: The Acquisition of Exotic Beasts for Imperial Venationes, Nicholas Lindberg
The Venatores, Duncan B. Campbell
Exotics for Entertainment: A Reconstruction of the Roman Exotic Beast Trade (First to Third Centuries AD), Jordon Alex Houston
Venationes Africanae: Hunting spectacles in Roman North Africa: cultural significance and social function, A. Sparreboom