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sábado, 2 de agosto de 2025

Aquae ductus, acueductos y agua pública en la antigua Roma (II)

Acueducto de Segovia. Foto Samuel López

La construcción de un acueducto y su conservación necesitaba más personal que el que el estado tenía a su servicio, por lo que era habitual recurrir a las empresas privadas que solían encargarse de las grandes obras públicas. Las grandes empresas especializadas en la construcción y conservación de acueductos (redemptores aquarum) firmaban entonces un contrato con el Estado, comprometiéndose a respetar ciertas obligaciones. Se les imponía, por ejemplo, tener permanentemente un número determinado de esclavos destinados a trabajar en las canalizaciones extraurbanas y otro número, también fijo, para el interior de la ciudad; el nombre de esos trabajadores debía figurar en un registro oficial donde se indicaba, igualmente, las obras que se les habían asignado y los barrios y distritos en que esas obras se encontraban.

“El mantenimiento de los acueductos, como pude averiguar, se dejaba a los contratistas, quienes debían emplear un número determinado de trabajadores en los acueductos de fuera de la ciudad, y otro número determinado para dentro de la ciudad; al hacerlo así tenían que introducir en los archivos públicos los nombres de aquellos a quienes tenían intención de emplear en el servicio de cada zona de la ciudad, y el deber de inspeccionar su trabajo correspondía a veces a los ediles y censores, y a veces a los cuestores, como puede verse del voto del Senado que se aprobó en el consulado de C. Licinius y Q. Fabius.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 96)

Acueducto de Saldae (Bèjaïa), Argelia. Ilustración Jean-Claude Golvin

A la hora de construir un acueducto se iniciaba un procedimiento en el que una comisión evaluaba en primer lugar el costo de los trabajos que iban a realizarse y los senadores fijaban el presupuesto. Los censores, o, excepcionalmente los cónsules o los pretores, anunciaban luego una licitación para adjudicar las obras a una empresa, la cual debía recibir el visto bueno de los censores tras una inspección, o bien de los ediles si los censores no seguían en sus cargos.

“En el consulado de M. Valerius maximus y P. Decius Mus, en el décimo tercer año tras el comienzo de la guerra Samnita, el agua del acueducto Apio fue traída a la ciudad por el censor Appius Claudius Crassus, quien luego llevó el sobrenombre del Ciego, quien también se encargó de la construcción de la via Apia, desde la Puerta Capena a la ciudad de Capua. Tuvo como colega a C. Plautius, quien recibió el sobrenombre de Venox (buscador de manantiales), por su búsqueda de las fuentes de esta agua; pero como Plautius dimitió como censor antes de expirar su mandato de dieciocho meses, pensando erróneamente que su colega haría lo mismo, solo Appius disfrutó del honor de dar al acueducto su nombre; y se dice que, por medio de artimañas se las arregló para extender su periodo como censor hasta que hubo completado no solo el acueducto, sino la calzada.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 5)

Construcción de un acueducto. Ilustración Peter Dennis

Durante la República, la gestión de la conducción, distribución y suministro del agua correspondía a los censores, quienes, sin embargo, al ser elegidos cada cinco años por un período de un año y medio, no podían garantizar un control regular del servicio de agua de Roma. En su ausencia, eran habitualmente los ediles quienes permitían la gestión del servicio de agua, incluyendo el mantenimiento de cientos de kilómetros de acueductos, las tuberías subterráneas de la ciudad, la concesión de agua hechas a los particulares, y supervisar las fuentes públicas.

La situación cambia a partir del reinado de Augusto, cuando Agripa acepta, tras el consulado, el cargo de edil; convirtiéndose en “el primer administrador vitalicio” de las construcciones hidráulicas, el primer curator aquarum. Para desarrollar esta actividad tuvo a sus órdenes a todo un cuerpo de trabajadores, los cuales dejó en herencia a Augusto, que se convirtieron en trabajadores estatales (familia publica), pagados por el tesoro público, administrado por el Senado.

“El primer curator aquarum permanente fue M. Agrippa. Él, se podría decir, fue curator principalmente de las obras que él mismo había promocionado. Esto fue después de terminar su cargo como edil; y antes de eso había sido cónsul. En la medida en que la cantidad de agua disponible lo permitía, él fijaba cuánta debería asignarse a las estructuras públicas, cuánta a las cisternas, y cuánta al uso particular. También tenía su cuadrilla privada de esclavos para el mantenimiento de los acueductos, depósitos de distribución y cisternas. Esta cuadrilla se la entregó en propiedad al Estado el emperador Augusto, quien la había recibido en herencia de Agripa.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 98)


En el año 52 d.C. Claudió estableció la familia aquaria Caesaris, cuyos empleados estaban bajo el mando y formación de un procurator, y cuyo gasto estaba a cargo del fiscus, que era el erario del emperador. Tanto los empleados de la familia publica como de la familia Caesaris realizaban las mismas tareas y constituían un cuantioso número de obreros no cualificados que prestaban sus servicios tanto en el interior como en el exterior de la ciudad.

“Antes de hablar del mantenimiento de las conducciones, se debería explicar algo sobre los grupos de esclavos empleados en ello. Hay dos, uno pertenece al Estado, el otro al César. El primero es el más antiguo, que fue, como se ha dicho, legado a Augusto por Agripa, que lo cedió al Estado. Suma hasta 240 hombres. El número del grupo del César es de 460 y fue instituido por Claudio cuando trajo su acueducto a la ciudad.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 116)

Construcción del acueducto de Tarragona. Ilustración de Hugo Prades

Al ser responsable del suministro de agua potable de la población romana, el papel del curator aquarum era vital para la supervivencia de los habitantes. Este era elegido por el emperador entre los cónsules que habían llegado al consulado unos años antes, y su función se consideraba prestigiosa y honorífica. El curator era nombrado por un período indefinido, que iba desde unos pocos meses hasta varios años. Una resolución del Senado especificaba que el administrador debía dedicar, a su misión, una cuarta parte de su tiempo del año.

“El curator aquarum por tanto debería no solo rodearse de asesores, sino obtener experiencia práctica por sí mismo. Debe consultar no solo a los constructores empleados en la obra, sino buscar ayuda de empleados externos con amplios conocimientos, para poder juzgar lo que debe hacerse antes y lo que puede posponerse, además de qué deben hacer los contratistas públicos y qué sus propios trabajadores.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 119)

Construcción de un acueducto. Ilustración de Dall-E

El curator del agua era responsable de supervisar toda la red de suministro de agua, desde la captura hasta la distribución. Su personal era responsable del mantenimiento de los acueductos y de todos los anexos colocados en sus rutas, como arcos de retención, tuberías de sifón y estanques de aguas residuales. También mantenían las torres de agua, cisternas, estanques, fuentes y desagües que les servían. El comisionado luchaba contra los residuos, busca de fugas, anticipación de accidentes de todo tipo, gestionaba los recursos hídricos y garantizaba la coordinación administrativa adecuada de los servicios. También se ocupaba de cuestiones legales relacionadas con el intercambio de agua, los conflictos entre particulares, el fraude y el tráfico ilegal.

“Yo no voy a establecer lo que el curator del agua debe tener en cuenta, ya que existen leyes y decretos del Senado que le sirven de guía. En lo que concierne a la retirada de agua por parte de consumidores particulares hay que saber que para extraer agua del suministro público es necesario un permiso del emperador, y nadie podrá extraer más de lo que se ha concedido. De esta manera, se propone que sea posible que la cantidad de agua que se recupera pueda distribuirse a nuevas fuentes y pueda usarse para nuevas concesiones del César. En cualquier caso, se debe aplicar gran celo para oponerse a las muchas formas de fraude. Los canales de los acueductos fuera de la ciudad deben inspeccionarse con cuidado, uno tras otro, para revisar las cantidades concedidas; lo mismo debe hacerse en caso de los tanques de distribución y fuentes, para que el agua pueda fluir sin interrupción, día y noche, lo cual se ha encargado al curator que lo controle por voto del Senado.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 103)

Ilustración de Midjourney

Originalmente, el curator podía delegar parte de sus responsabilidades en dos asistentes adjuntos, de rango senatorial como él. Estos últimos eran oficiales adscritos al departamento de acueductos y su función era asegurar que el agua se conducía regularmente desde el embalse (castellum) hasta las tuberías que la distribuían por toda la ciudad y a cada distrito de Roma la cantidad exacta que la ley le concedía.

“Los cónsules Q. Aelius Tubero y Paulus Fabius Maximus, habiendo hecho un informe sobre el número de fuentes establecidas por M. Agripa en la ciudad y alrededores, han solicitado al Senado que ordene sobre el tema, por lo que se ha decidido: que el número de fuente públicas que existen actualmente, según el informe de aquellos a los que se ordenó examinar los acueductos públicos y tomar nota del número de fuentes públicas, no será aumentado ni reducido. Además, que los curatores aquarum, que han sido nombrados por César Augusto, de acuerdo con el voto del Senado, se esforzarán en que las fuentes públicas puedan tanto como sea posible proporcionar agua para el uso de la gente día y noche. Hay que destacar la prohibición del Senado de incrementar o disminuir el número de fuentes públicas. Creo que esto se hizo porque la cantidad de agua, que en ese momento llegaba a la ciudad, antes de que lo hicieran los acueductos Anio Novus y Aqua Claudia, no parecía permitir una mayor distribución de agua.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 104)

Aqua Claudia, Roma. Foto Don Zaucker

Como los emperadores pagaban a la mitad del personal que se dedicaba a esas tareas, haciéndose cargo también de los gastos de buena parte de los materiales, que eran bastante costosos, prácticamente consiguieron un dominio absoluto sobre las aguas de Roma. Además, colocaron al lado del curator un procurator, de formación puramente técnica y especializado en hidráulica que, de hecho, no recibía más órdenes que las del emperador, quien logró aumentar su control sobre el servicio.

Tanto el curator como posteriormente el procurator tenían un cuerpo de asistentes técnicos y obreros encargados del buen funcionamiento de la red de conducción y suministro a la ciudad. Algunos parecen haber estado asignados a un espacio específico como puede apreciarse en ciertas inscripciones. En la inscripción siguiente Soter es un esclavo público que trabaja como castellarius (operario en un castellum aquae) en el acueducto Anio Vetus.

“A los dioses Manes. Soter, esclavo público, castellarius del acueducto Anio Vetus hizo este monumento para su esposa que lo merecía, junto a Lucius Calpurnius Flavianus, quien lo hizo para su madre que lo merecía. También lo hicieron para sí mismos y sus descendientes.” (CIL VI 2344)

Ponte della Mola, Acueducto Anio Vetus, Italia. Foto Motzuss

A comienzos del siglo IV, Diocleciano sustituyó al curator y al procurator por un consularis aquarum y un adjunto encargado de los acueductos que dependían directamente del prefecto de la ciudad, pero la importancia del cargo era la misma.

Todos los funcionarios encargados de las aguas recibieron siempre la misma misión: velar por la construcción de los acueductos, mantener en buen estado las canalizaciones y administrar las concesiones del agua.

“De los dos Anios, uno, el Anio Vetus, discurre por un canal inferior a la mayoría de los otros, y mantiene su turbidez para sí. Pero el Anio Novus estropeó todos los otros, porque al venir de una posición mas alta y fluir más abundantemente, se utilizó para compensar el suministro de los otros; pero la ineptitud de los trabajadores, que lo dejaron fluir en otros conductos con más frecuencia de lo necesario, estropeó también las aguas de aquellos acueductos que tenían un suministro abundante, especialmente el Claudia, el cual, al fluir dentro de la ciudad en su propio conducto durante una larga distancia, finalmente perdió sus propias cualidades, como consecuencia de su mezcla con el Anio, al menos lo hizo hasta hace poco. Y hasta ahora las aguas suplementarias no han podido hacer ningún bien al ser traídas imprudentemente por aquellos a cargo de la distribución que no tuvieron un cuidado adecuado.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 91)


Las sociedades de redemptores que trabajaron bajo contrato durante la República siguieron existiendo durante el Imperio, pero cada vez eran más costosas para el Estado, por lo que, a partir, sobre todo, del siglo II, y especialmente en las provincias, el Estado recurrió más asiduamente al ejército.

Recurrir al ejército para la construcción y reparación de obras a gran escala suponía una gran ventaja, ya que aportaba experiencia, mano de obra cualificada y organizada y el acceso a herramientas y materiales específicos. Requeridas por la autoridad civil, las legiones, desplegadas en todas las provincias del Imperio, tendrían la oportunidad de emplear, en las traídas de agua, la competencia de leñadores, carpinteros, herreros, albañiles que servían en sus filas. Se recurrió a ese ejército, bien entrenado y dotado de técnicos especializados en gestión, economía y construcción, para enviar destacamentos de las legiones con el fin de intervenir en las construcciones y reparaciones civiles de las ciudades que solicitaban su ayuda por falta de recursos propios.



Un destacamento de la legión Décima Fretensis participó en la ampliación del acueducto de Herodes en Cesarea, Israel, durante el reinado de Adriano alrededor del año 130 d.C.

“El emperador César Trajano Adriano Augusto lo levantó con un destacamento de la legión X Fretensis.” (PL. XLI)

El papel desempeñado por la tropa en la construcción y reparación de acueductos fue, sin duda, destacado, como muestra el ejemplo del orador y retórico Eumenes, quien en el año 298 agradeció en un discurso al emperador Constantino el despliegue del ejército para reparar el acueducto en Autun (Galia).

“Nos envían las legiones más generosas, sin recurrir a su invencible fuerza (…), queriendo en reconocimiento por nuestra acogida, emplearlas en nuestro beneficio para hacer que vuelva a correr el agua, cuyo suministro se había interrumpido, y que nuevas fuentes viertan agua sobre las estructuras vitales casi secas de nuestra exhausta ciudad.” (Eumenius, Oratio pro instaurandis scholis, oratio 4)

Inscripción dedicada a Adriano y emblema de la legión X Fretensis. Caesarea Maritima, Israel.
Foto Carole Raddato

Según se desprende de la Lex Ursonensis, de la Colonia Genetiua Iulia Ursonensis (Osuna), ordenada por César y llevada a cabo en el 43 a.C., y de la Lex Irnitana, ley del municipio Flavii Irnitani sancionada en el 91 d.C., los encargados de controlar la construcción o reparación de un acueducto en municipios que sí poseían recursos suficientes para acometer sus propias obras públicas eran los magistrados locales o duunviri, a quienes correspondía únicamente la labor ejecutiva, pues la propuesta acerca del trayecto del mismo y de las tierras a expropiar debía ser elevada previamente al ordo decurionum, estando presentes dos tercios de sus miembros. Sería también la curia local la encargada de aprobar el presupuesto, como ocurría en cualquier obra pública.

Acueducto Aqua Virgo. Ilustración de Midjourney

Por lo general, era la propia administración municipal la encargada de adquirir los terrenos por los que pasaba el acueducto, aunque en ocasiones eran los propietarios de los mismos quienes los donaban de forma gratuita. Aunque Frontino especificaba que en lo posible la delimitación del trazado del acueducto debía hacerse sin perjudicar a terceros, el capítulo XCIX de la Lex Ursonensis preveía la posibilidad del embargo forzoso, vinculado seguramente al principio que establecía que todo el suelo provincial era propiedad del pueblo romano.

“Con respecto a cualquier conducción pública de agua que llegue a la colonia Genetiva: los duunviros en cargo harán una propuesta a los decuriones, cuando dos tercios de los mismos estén presentes, sobre las tierras por las que se puede llevar la conducción legalmente. Será legal y de derecho traer un conducto de agua por las tierras que los decuriones determinen, siempre que no se traiga agua por una construcción que no se haya hecho con tal propósito, y nadie podrá hacer nada para evitar que una conducción se haga.” (Ley de Urso, 99)


Cuando los acueductos y otras construcciones con similar finalidad eran sufragadas por la iniciativa privada, el ordo examinaba la propuesta y la encauzaba mediante el correspondiente decreto. Y si se trataba de trabajos públicos, debían ser igualmente ordenados por un decreto del senado local. Los magistrados, en estas gestiones, según nos da a conocer el Edictum Augusti de aquaeductu Venafrano, anterior al año 11 a.C., actuaban sólo como mero poder ejecutivo, pues tanto para la distribución, como para la venta de agua, así como para la erección de acueductos, debían contar con la previa decisión decurional, aprobada por la mayoría de los miembros del ordo, estando al menos dos tercios presentes.

“Con respecto al agua que fluye o se lleva a la colonia de Venafro: se ordena que se confiará la autoridad y el poder de adjudicar y distribuir dicha agua por venta, o imponer y determinar la tarifa, al duunviro o duunviros a cargo de esta tarea por un decreto de la mayoría de los decuriones de la colonia, siempre que no haya menos de dos tercios de los decuriones presentes cuando dicho decreto se apruebe; y por el decreto de los decuriones, que se haya aprobado como se ha descrito, él tendrá el derecho y la autoridad para establecer una regulación correspondiente.”

Acueducto de Antioquia de Psidia, Turquía. Foto de Feridun F. Alkaya

Las leyes eran estrictas acerca del uso del agua por parte de los particulares, el derecho de conducción de las aguas (ius ducendae aquae). Las antiguas leyes romanas prohibían el encauzamiento por personas privadas de todas aquellas aguas que rebosasen de los depósitos, la denominada aqua caduca. Generalmente solo los baños y las lavanderías contaban con este tipo de concesiones para usar el agua caduca, y, de acuerdo a la ley Ursonensis para que un particular obtuviese una licencia de uso y conducción del aqua caduca debía presentar su solicitud ante el duumviro, que a su vez la elevaría a los decuriones, cuando estuviesen reunidos al menos cuarenta de ellos; la decisión debía ser aprobada por mayoría.

“En el caso de un colono que desee conducir el aqua caduca a su propiedad privada y se presente ante un duunviro y demande que el asunto se lleve ante los decuriones: entonces dicho duunviro ante el que se presenta la demanda expondrá el asunto ante los decuriones estando al menos cuarenta presentes. Si una mayoría de los decuriones presentes resuelven que el aqua caduca se conduzca a la propiedad privada, su propietario tendrá el derecho y la capacidad para usar dicha agua de tal forma, siempre que no se perjudique a individuos particulares.” (Ley de Urso, 100)

Acueducto de Sette Bassi, Roma. Parque Arqueológico de la Via Appia Antica

Estas concesiones que podían cederse a cambio del pago de unas tasas, o venderse, eran llevadas a cabo en época republicana en la ciudad de Roma por los censores o, en su defecto, por los ediles. Por ejemplo, Catón, junto con Valerio Flaco prohibieron que el agua pública se utilizase en casas y fundos privativos.

“Los censores quitaron todos los suministros públicos de agua desde los acueductos hasta las casas o tierras particulares, donde los propietarios privados habían construido apoyándose en edificios o sobre suelo público, se obligó a demoler las construcciones en un plazo de treinta días.” (Tito Livio, Ab Urbe Condita, XXXIX, 44)

Imagen creada con Fotor

Aunque los suministros desde las conducciones públicas podían suponer un alto coste, existía la posibilidad de conceder permisos de utilización gratuita a un ciudadano, pues son relativamente frecuentes las inscripciones en las que se hace especial hincapié en el agradecimiento por el acceso gratuito a la misma, como la de C. Annio Praesio de Ipolcobulcula (Carcabuey, Córdoba) que agradece el honor del sevirato y el uso gratuito del agua erigiendo una estatua a Antonino Pio.

“Estatuas sagradas del Emperador Cesar Tito Aelio Adriano Antonino Augusto Pio y del César Marco Aurelio Vero y Lucio Aurelio Cómodo, hijos del Augusto, nietos de Augusto.

Cayo Annio Prasio, ipolcobulculense, residente en Apuaclea, por el honor del sevirato y por haber restituido el uso gratuito de agua, que muchas veces perdimos…”. (CIL II, 1643)

Acueducto de Baelo Claudia, Playa de Bolonia, Cádiz. Foto Samuel López

En la etapa imperial se produjo un cambio en el procedimiento, pasando a ser el emperador quien decidía acerca de la concesión.

“Quien desee extraer agua para uso privado debe buscar una concesión y traer al curator un escrito del soberano; el curator debe entonces ejecutar la concesión del César, y nombrar a uno de los libertos de César como su curator ayudante. Tiberio Claudio parece haber sido el primer hombre en nombrar uno, después de haber construido el aqua Claudia y el Anio Novus.”  (Frontino, Los Acueductos de Roma, II, 105)

Acueductos Aqua Claudia y Anius Novus, Roma. Foto Nicolas Janberg

A esto se une la resolución del Senado por la que se estableció que aquellos que contasen con una concesión imperial para desviar agua, debían hacerlo directamente desde los castella y no desde los conductos públicos. Para ello se establecía que el delegado nombrado por el curator aquarum debía encargarse de que los libratores supervisasen que la desviación de esa agua se hiciese mediante el calibre autorizado, además de prohibirse el empleo de tubos de una anchura mayor de la permitida.

“Los cónsules, Q. Aelius Tubero y Paulus Fabius Maximus habiendo hecho un informe sobre que algunos particulares y entidades privadas toman agua directamente de los conductos públicos, han pedido al Senado que ordene sobre el tema; y así se ha ordenado: No se permitirá a nadie privado extraer agua de los conductos públicos; y a los que se les ha concedido el derecho de extracción, la sacarán de los tanques de distribución, siendo los curatores aquarum los que indicarán en que puntos, dentro y fuera de la ciudad, los particulares pueden construir tanques de distribución para sacar agua, bajo concesión; y nadie a quien el derecho de extraer agua le haya sido concedido, tendrá derecho a usar una tubería más grande de una quinaria para un espacio de quince pies desde el tanque del que se extraerá el agua.” (Frontino, Los Acueductos de Roma, II, 106)

Acueducto de Valente, Estambul, Turquía. Foto Pedro Jiménez

Las concesiones imperiales eran derechos personales, otorgadas a individuos, no a las tierras y duraba solo el tiempo que el concesionario estuviera en posesión de la propiedad que recibía el agua concedida. Por lo tanto, el derecho de agua no era heredable ni podía ser transmitido al comprador o nuevo propietario de la finca. Durante el reinado de Augusto, el Senado aprobó leyes que sancionaban con multas dinerarias los daños causados a los acueductos.

“El derecho de concesión del agua no pasa a los herederos, ni al comprador, ni a ningún nuevo ocupante de la tierra. Los baños públicos tenían desde los tiempos antiguos el privilegio de que el agua una vez concedida debería ser suya para siempre. Sabemos esto por los viejos votos del Senado, de los cuales yo doy uno abajo. Actualmente cada concesión de agua se renueva para cada nuevo propietario.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 107)

Los propietarios de las casas que podían permitirse disponer de agua corriente contrataban un servicio por una cierta cantidad, que venía asegurada por el mayor o menor diámetro de la tubería de acceso. Esto también daba lugar a intentos de fraude cambiando el calibre de la canalización. Para evitarlos se ideó el "calix", una tubería unida a una carátula que se empotraba en la pared y tenía una decoración, para evitar su falsificación o manipulación.

Calix romano. Museo de Burdeos

No muchas de las concesiones privadas abastecían a propiedades fuera de la ciudad donde la tierra debía cultivarse, y el número de estas concesiones no se incrementó mucho hasta el siglo II d.C. El limitado número de concesiones imperiales y el persistente problema de las tomas ilegales en los acueductos de la ciudad demuestran que la demanda de agua en las áreas cerca de la ciudad era superior al suministro. Por esta razón, el control de los recursos de agua en tierras particulares fue crítico con los propietarios de terrenos rurales a finales de la república y principios de la época imperial. La falta de un adecuado suministro público de agua intensificó la competencia por el agua en áreas fuera de la ciudad. Algunos dueños de propiedades rurales suplementaron su suministro con agua de uno de los acueductos de la ciudad, ya fuera legalmente o no. Esta agua se usaba tanto para baños y fuentes como para riego.

“Si cualquiera en el futuro con la audacia de locura prohibida desease perjudicar los intereses de esta ciudad desviando agua de un acueducto público hacia su propia finca, que sepa que dicha finca será señalada por el fisco para la proscripción y será añadida a Nuestro tesoro privado.” (Constantinopla, año 389, Código Teodosiano, XIV, 381-382)

Acueducto romano de Almuñécar, Granada

Las quejas por el uso del agua con finalidad recreativa se hicieron pronto evidentes, y ya en el siglo I d.C. las tomas hechas en el entorno rural detraían agua de la ciudad. Según Plinio, los propietarios de villas y fincas suburbanas cogían agua de los acueductos urbanos motivados por la ostentación y la avaricia.

“El agua del acueducto Marcia es muy superior en sabor mientras que el del acueducto Virgen es frío al tacto, aunque Roma ha perdido desde hace tiempo estas cualidades, porque el deseo de ostentación y la avaricia han desviado estos medios de salud pública a fincas suburbanas y rurales.” (Plinio, Historia natural, XXXI, 25 {42})

Acueducto en el terreno de la villa de los Quintilios, Roma. Foto Carole Raddato

Desde los tiempos más antiguos en Roma la propiedad privada de los ciudadanos era inviolable y no era habitual la expropiación forzosa por causa de utilidad pública. Por ello, cuando la construcción del acueducto requería su paso por terrenos de los particulares, respetando la propiedad privada, se optó, en ocasiones, por comprar todo el terreno al particular y revendérselo después, guardando solo la parte prevista para la construcción y mantenimiento del acueducto, reduciendo así los gastos.

“Porque nuestros antepasados, con equidad digna de admiración, ni siquiera expropiaban a los particulares de los terrenos afectados por el interés común: por el contrario, cuando ellos construían los acueductos, si un propietario se resistía a vender una parcela, le pagaban la totalidad del campo, y después de haber delimitado el terreno necesario, se lo revendían a fin de que, en la medida de lo posible, dominio público y dominio privado tuvieren cada uno sus plenos derechos.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 245)

Sin embargo, en la época de mayor expansión del Imperio y debido a la falta de suelo pudo haberse recurrido a la expropiación forzosa de terrenos para la construcción de obras públicas.

Acueducto de Zaghouan, Túnez

Por otra parte, los propietarios de los terrenos por donde pasaba un acueducto debían aceptar las servidumbres ligadas a la utilización del agua impuestas en provecho de la colectividad (utilitas publica), que en su caso eran los derechos de abrevadero, de toma de agua y de conducción de agua. Además debían respetarse un derecho de paso para el mantenimiento y reparación de los acueductos, así un senadoconsulto del año 11 a.C. lo recordaba e insistía en que ejercer tal derecho no debía causar daño a la propiedad.

“Durante las reparaciones de conductos, canales y arcos (…) será posible, en las fincas privadas, recoger, tomar, extraer o transportar, conforme a una estimación honrada, tierra, arcilla, piedras, ladrillos, arena, madera, y todo cuanto fuere necesario para las obras, siempre que cada uno de esos materiales, en la cantidad requerida para las reparaciones y sin perjuicio de los particulares, pueda tomarse, extraerse o llevarse; asimismo, para el transporte de dichos materiales y para las reparaciones, se concederá a hombres y vehículos, cada vez que haga falta, el libre derecho de paso por las propiedades particulares sin ocasionar a éstas perjuicio alguno.”

Acueducto Cornelio de Termini Imerese, Sicilia. Foto Rideadly

Más adelante se estableció una franja de seguridad a cada lado de los acueductos (de 15 pies fuera de la ciudad y de 5 dentro de ella), en la que se prohibía construir edificios o monumentos funerarios y plantar árboles, ya que sus raices constituían una seria amenaza para estas costosas obras de ingeniería.

“Los hombres a través de cuyas fincas pasan los acueductos deben saber que pueden tener árboles a la derecha  y a la izquierda de los acueductos a partir de una distancia de quince pies. El personal de tu departamento implementará la regulación por si estos árboles crecen se forma exuberante en cualquier momento, serán cortados, para que sus raices no puedan dañar la estructura del acueducto.” (Código Teodosiano, 15, 2, 1)

Acueducto de Caesarea, Cherchell, Argelia. Ilustración Jean-Claude Golvin

El aqua profluens, una vez recogida en el curso público a través de acequias o canales, se convertía en privata pero, aunque teóricamente el derecho de propiedad sobre ella correspondía tan sólo al dominus del fundo en que la derivación se iniciaba, esta situación podía ser modificada mediante la constitución de una servidumbre de acueducto en favor de otro u otros. Las características de la conducción determinaban, como es natural, quiénes y con qué intensidad podían servirse de ella. Ahora bien, quien adquiría el derecho a llevar agua a su fundo, sólo podía hacerlo en favor de aquellas tierras para las que se hubiese acordado. Este derecho de servidumbre podía comprarse al propietario y persistía, aunque la propiedad cambiase de dueño, lo cual podía considerarse una afrenta a sus derechos de propiedad.

“Mummius Niger Valerius Vegetus, un hombre de estatus consular construyó su propio acueducto (Aqua Vegetiana), para canalizar el agua que venía de la finca Antonina más grande de Publius Tullius Varro. Después de haber comprado y transmitido el lugar donde el arroyo nacía, construyó (el acueducto) atravesando 5,95 millas hasta su propia villa Calvisia, que está cerca del acueducto Aqua Passerianae, después de que las tierras y derechos de acceso fueran comprados y transmitidos a él por los propietarios, cada uno de su propia finca, a través de los cuales el acueducto arriba descrito se construyó, a través de una franja de tierra de diez pies de ancho para los arcos y seis pies de ancho para las tuberías. Se construyó a través de las fincas Antoninas más grandes y más pequeñas de Publius Terentius Varro y las fincas Baebia y Philinia de Herennius Polybius, la finca Fundania de Caetennus, la finca Cuttolonia de Cornelius Latinus, la finca Serrana de Quintinus Verecundus, la finca Capitonia de Pistranus Celsus, el lado izquierdo de la via pública, la via Ferentiensis y la finca Scirpia de Pistrania Lepida y la via Cassia  hasta su propia villa Calvisia, y además a través de caminos y derechos públicos de paso por los campos por una concesión según un decreto del Senado.” (CIL XI, 3003)

Acueducto de Mylasa, Turquía

La inscripción aporta datos interesantes no solo sobre las características de la conducción, también sobre la compra de los terrenos en los que se ubicaba la fuente y la de aquellos por los que tendría que pasar la canalización, o la satisfacción de los necesarios derechos de paso, enumerando las diferentes propiedades y vías públicas que el canal atravesaba. Además, recuerda que Mummius Niger Valerius Vegetus, el propietario de la villa Calvisiana, compró la tierra que rodeaba a un arroyo y un corredor de tierra, que atravesaba nueve fincas, indicando los nombres de sus propietarios, para facilitar la construcción de un acueducto con la intención de regar su finca. Vegetus puede haber optado por comprar el arroyo y la tierra sobre la que se construiría el acueducto tierra y el arroyo, en vez de establecer un derecho de servidumbre, porque su posesión le aseguraba un monopolio sobre dicha fuente de agua. La inscripción da a conocer su derecho de propiedad y su poder legar para hacer cumplir esos derechos.

Restos de las termas del Bacucco, alimentadas con el agua del acueducto de Vegetius,
Viterbo, Italia

Las relaciones sociales eran un importante medio para regular el suministro local de agua haciendo que los vecinos llegasen a acuerdos satisfactorios. Cuando no ocurría así se podía recurrir a medios legales. Existió un caso sobre un litigio relativo a una servidumbre que implicaba a T. Statilius Taurus, un eminente miembro de la sociedad, bien relacionado con el emperador, y los vecinos de su propiedad en Sutrium, en el sur de Etruria. Los vecinos de Taurus habían estado canalizando agua desde un manantial de su propiedad, pero este se había secado y no se podía seguir utilizando. Cuando el agua volvió a fluir, volvieron a canalizarla, pero Taurus puso objeciones, debido a que él probablemente tomó posesión de la propiedad después de secarse el manantial y no conocía las costumbres y usos locales, por lo que los vecinos solicitaron la intervención del emperador, quien decidió en su favor.

“Atilicinus dice que el emperador respondió a Statilius Taurus con estas palabras: <Aquellos hombres, quienes por costumbre canalizaban el agua desde la granja en Sutrium, se dirigieron a mí y me explicaron que no pudieron usar el agua que habían usado durante años procedente de un manantial en la granja de Sutrium, porque el manantial se había secado, y que después, el agua empezó a fluir de nuevo de este manantial. Me pidieron restaurarles el derecho, porque no habían perdido su derecho por falta de uso o por causa suya, sino porque no había podido canalizarla. Dado que su petición me pareció justa, pensé que debería ayudarles. Por lo tanto, decidí que el derecho que tenían cuando el agua dejó de fluir debería ser restaurado.” (Digesto, VIII.3.35)

Taurus parece haber reclamado que sus vecinos no tenían derecho de servidumbre y por tanto que no tenían derecho a canalizar el agua. A su vez, los vecinos intentaron demostrar que tenían derecho en base a una práctica extendida en el tiempo, para lo cual debían probar que tenían derecho legal al agua o que la habían usado durante un largo tiempo de buena fe, es decir, no a la fuerza, con fraude o en secreto, por lo que creían que tenían derecho a hacerlo. Según el informe del caso los vecinos consiguieron probar su caso y el emperador dictó sentencia a su favor dando reconocimiento legal a una práctica informal basada en el uso de una servidumbre, que, aunque en desuso por un tiempo, había anteriormente sido reconocida por largo tiempo.

Acueducto de Gier, Lyon, Francia

Una servidumbre podía causar resentimiento porque el derecho se conservaba incluso después de que la propiedad se vendiese, como parece ser que ocurrió en el litigio contra Taurus.

Podían existir leyes autóctonas relativas al regadío y la gestión del agua en ciertas regiones antes de que la influencia de Roma se extendiera por ellas, como puede verse en la comunicación de los emperadores romanos Arcadio y Honorio a Asterius, gobernador de Oriente, animando a que los ciudadanos autóctonos conservaran sus antiguos derechos sobre el agua, sin ser perturbados por cualquier innovación o cambio.

“Decretamos que los antiguos derechos del agua que se han obtenido por propiedad extendida en el tiempo permanecerán en posesión de los ciudadanos propietarios y no serán molestados por ninguna innovación. De esta forma cada uno obtendrá la cantidad que ha recibido por derecho de antigüedad y por la costumbre que se extiende hasta la actualidad.” (Código de Justianiano, XV, 2, 7)

Acueducto de Nicópolis, Grecia. Foto Pericles Merakos

En época tardía, con los cambios del mundo urbano, y, sobre todo, a raíz de la transformación de la administración municipal tras Diocleciano y Constantino, las curias municipales dejaron de tener suficientes recursos como para mantener los acueductos y demás monumentos públicos y, como recogen los códigos de Teodosio y Justiniano, los acueductos se mantuvieron en parte gracias a la beneficencia imperial y en parte a la semi-privatización del suministro.

Para ayudar a sufragar los gastos de mantenimiento de los acueductos, a partir del siglo V los cónsules al inicio de su cargo debía contribuir con 100 libras de oro y la legislación mantenía que esta ayuda consular al suministro público de agua era una forma más efectiva de ganar el favor popular que la práctica de arrojar monedas a la gente.

“Nuestros señores el emperador Constantino el grande, piadoso, exitoso y victorioso y Flavio Julio Crispo y Flavio Claudio Constantino, los más nobles césares, han ordenado que el acueducto de la fuente Augustea que se había deteriorado por el largo abandono y el paso del tiempo sea restaurado a su costa por su habitual grandeza y generosidad, y le han devuelto su uso a las siguientes ciudades (Puteoli, Nápoles, Nola, Tella, Cumas, Acerra, Baia y Miseno). Inaugurado por Ceionius Julianus, el más noble señor, gobernador de Campania. Hecho por Pontianus, el más excelente señor y curator del dicho acueducto.” (CIL, X, 1805)

Acueducto de Minturno, Italia. Foto Carole Raddato

Hasta el Bajo Imperio, el propietario de una conducción (tanto pública como privada) era responsable de su mantenimiento. Sin embargo, debido a la falta de presupuesto municipal, durante la Antigüedad Tardía fue necesario modificar estas leyes.

“Deseamos que los terratenientes por cuyas tierras transcurra el curso de los acueductos estén exentos de tasas extraordinarias para que, a cambio, mantengan los acueductos limpios de mugre, ni habrá para con estos dueños ningún otro requerimiento, no sea que estando ocupados en otras cosas dejen de limpiar el acueducto”. (Código Teodosiano, XV, 2. 1)

Las modificaciones de la administración urbana en el siglo IV causaron muchas de las transformaciones que se advierten en el siglo V, entre ellas la escasa inversión en mantenimiento de acueductos. La falta de fondos municipales y de incentivos políticos a finales de los siglos IV y V son, quizás, la principal causa del mal estado de los acueductos.



Acueducto de Caesarea Maritima, Israel. Foto Carole Raddato

Bajo el reinado de Teodorico (rey de Italia 493-526) el estado trató de mantener la administración de las aguas creando la comitiva formarum Urbis, que se encargaba de mantener los acueductos en buen estado, así como de asegurar que no había irregularidades en la distribución, ni robos de aguas, que se basa en las leyes del bajo imperio y responde al periodo de descuido en la red de aguas, que desde tiempos de Honorio y Estilicón no había sido reparada a gran escala. Las funciones explícitas de la comitiva eran las siguientes: mantenimiento de los canales (sin reparar en gastos), del suministro a los baños, de la pureza de las aguas, del suministro doméstico y eliminar los árboles a 10 pasos de un acueducto.

“Por lo cual, tras una meditada consideración, te confiamos para este periodo con la Comitiva Formarum, para que con celo te esfuerces en lograr lo que el mantenimiento de tan nobles estructuras requiere. Especialmente en cuanto a los dañinos árboles que estropean los edificios, [introduciendo sus raíces entre las piedras y] abatiéndolos con la fuerza de un carnero: queremos que sean arrancados de raíz, dado que no sirve de nada tratar un mal de este tipo sino desde su origen. Si una parte se está derrumbando por el tiempo, que se repare en seguida: el gasto es lo de menos. La rehabilitación de los acueductos constituirá tu mejor baza para nuestro favor, y será el medio más seguro de determinar tu fortuna. Actúa con habilidad y honestidad, y evita prácticas corruptas con respecto a la distribución del agua. (Casiodoro, Variae VII, 6)

Imagen creada con Fotor

Como en los siglos IV y V únicamente se llevaron a cabo el mantenimiento y limpieza básicos de los acueductos, y eso en el mejor de los casos, es posible que la demanda de ingenieros especializados y capacitados se fuese reduciendo, y, a consecuencia de ello, cuando comenzó el periodo de renovación urbana de finales del siglo VI no quedaban ya ingenieros que pudieran reparar daños importantes en los acueductos. Esto significó que estas estructuras, que tenían en su mayoría más de cuatrocientos años, eran ya imposibles de rehabilitar.

“La famosa ciudad de Heraclea, que está situada en la costa próxima, la que se llamó Perinto (antaño la consideraron la primera ciudad de Europa, y ahora le otorgan el segundo lugar después de Constantinopla), padecía, hasta hace poco, escasez de agua y una pertinaz sequía, y no porque en su entorno no había agua, ni tampoco porque los que construyeron la ciudad en tiempos pasados se habían desentendido de este problema (porque Europa abundaba en manantiales y los hombres de pasadas épocas se habían preocupado de construir acueductos), pero el tiempo, que impone su rutina, había destruido el acueducto de la ciudad, bien porque menospreciaba una edificación anticuada, bien porque, dado el desinterés de los heraclitanos por aquél, los inducía a su destrucción. A causa de esto faltó poco para que Heraclea se despoblara. Y el tiempo tuvo esta misma consecuencia respecto al palacio del lugar, que era una construcción digna de consideración. Pero cuando el emperador Justiniano contempló la ciudad, no a la ligera, sino más bien del modo que corresponde a un emperador, la dotó en abundancia de agua potable cristalina, y de ningún modo permitió que la ciudad desdijera de la dignidad del palacio, emprendiendo su reconstrucción total.” (Procopio, Los Edificios, IV, 9)

Acueducto de Side, Turquía. Foto Ali Çilesizoglu

Este abandono de la infraestructura de suministro de agua no implica, sin embargo, que las ciudades se quedaran sin agua. Algunas áreas de las ciudades se quedaron sin agua corriente, pero esta estaba aún disponible (como lo había estado en los periodos anteriores) a través de pozos y cisternas.

“Con pozos oportunamente preparados a través del territorio llamado «falto de agua», que mantienen ocultos a los otros pueblos, huyen sin peligro a ese territorio. Ellos, como conocen las aguas escondidas y las descubren, disponen de abundante bebida; pero los otros pueblos que los persiguen, escasos de agua por el desconocimiento de los pozos, los unos perecen por la falta de agua y los otros, se ponen a salvo en casa con dificultad, después de mucho sufrimiento.” (Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, II, 48, 2)

Cisterna en Humeima, Jordania


Bibliografía



Los acueductos de Hispania: construcción y abandono, Elena Sánchez López y Javier Martínez Jiménez
Aqua publica y política municipal romana, Juan Francisco Rodríguez Neila
Algunas implicaciones jurídicas de la conducción del agua a la Roma Antigua, María de las Mercedes García Quintas
La administración del agua en la Hispania romana, José María Blázquez Martínez
El regadío en la Hispania romana. Estado de la cuestión, Francisco Beltrán Lloris y Anna Willi
Gardens and neighbors: Private Water Rights in Roman Italy, Cynthia Jordan Bannon y otros
Ownership and Exploitation of Land and Natural Resources in the Roman World, Paul Erdkamp, Könraad Verboven y Arjan Zuiderhoek
Fresh Water in Roman Law: Rights and Policy, Cynthia Bannon
Irrigation Communities in the Roman World Through Epigraphic Sources and Justinian’s Digest, Lauretta Maganzani
A Short Introduction to Roman Water Law, Cynthia J. Bannon
Roman Law and Archaeological Evidence on Water Management, Sufyan Al Karaimeh
Pooling Resources - The Use of Water for Social Control in the Roman Empire, S. Ellis

 

martes, 16 de julio de 2024

Aquae ductus, acueductos y agua pública en la antigua Roma (I)

 

Acueducto de las Ferreras, Tarragona. Foto Samuel López

Desde la fundación de la ciudad de Roma y durante siglos sus habitantes se conformaron con consumir el agua que extraían del Tíber y la que proporcionaban los pozos y los manantiales urbanos.

“Desde la fundación de la ciudad durante 441 años los romanos se contentaron con el uso de las aguas que extraían, bien del Tíber, o de los pozos, o de los arroyos. Los arroyos han tenido, hasta el momento actual, el nombre de cosas sagradas y son objeto de veneración, teniendo reputación de sanar a los enfermos; como, por ejemplo, los arroyos de las ninfas proféticas (Camenae), de Apolo, y de Yuturna.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 1, 4)

Acueducto de Gorze, Metz, Francia. Ilustración Jean-Claude Golvin

Roma está rodeada de aguas subterráneas, lo que facilitó enormemente el suministro de la ciudad. El agua de manantiales era considerada la de mejor calidad entre los romanos, aunque se sabía que este tipo de aguas no siempre tenía garantizada su pureza.

“A estas ventajas, a este encanto tan solo le falta el murmullo del agua corriente, aunque tiene pozos, mejor aún manantiales, pues están muy cerca de la superficie. En verdad que, es una sorprendente característica de este litoral que en cualquier parte que remuevas el suelo, al momento brota un agua pura y sin la menor huella de contaminación a pesar de la proximidad del mar.” (Plinio, Epístolas, II, 17, 25)

Fuente de Fordingianus, Cerdeña

Las aguas de los pozos se consideraban buenas y se empleaban habitualmente, pero eran normalmente destinadas a uso individual y particular, y no como fuente de captación de agua para las conducciones de abastecimiento a poblaciones, ya que la elevación del agua costaba mucho dinero, y la maquinaria de elevación manejada necesitaba mantenimiento y explotación continuamente. Ocasionalmente el pozo se pinchaba con una tubería que dirigía el agua drenada del pozo a un depósito, o directamente a una conducción.

“¿Qué agua, entonces, de todas las que hay será más probable que sea buena y sana? El agua de pozo, sin duda, si juzgamos del uso general que se hace de ella en las ciudades: pero solo en el caso de pozos en que se mantiene en continua agitación por las repetidas extracciones, y que se depura con la tierra como filtro. Estas condiciones son suficientes para asegurar la salubridad del agua: con respecto a la frescura, el pozo debe estar a la sombra, y el agua no expuesta al aire.” (Plinio, Historia Natural, XXXI, 23)

Pintura de Ettore Forti

Desde muy antiguo existía un modelo de abastecimiento de aguas en ciudades por el que se recogía el agua de lluvia en cisternas. En algunas ciudades se alternaban las cisternas públicas y privadas como principal medio de aprovisionamiento para suplir las necesidades hídricas de la población.

“En el aljibe central se colocarán unas cañerías, que llevarán el agua hacia todos los estanques públicos y hacia todas las fuentes; desde el segundo aljibe se llevará el agua hacia los baños, que proporcionarán a la ciudad unos ingresos anuales; desde el tercero, se dirigirá el agua hacia las casas particulares, procurando que no falte agua para uso público.” (Vitruvio, De Arquitectura, VIII, 6, 2)

Cisterna llamada Piscina Mirabilis, Nápoles. 

Cuando los nuevos hábitos de aseo personal y ocio de la población se hicieron más sofisticados y demandaban cada vez mayor cantidad de agua, los sistemas tradicionales de captación de agua quedaron obsoletos, lo que obligó a nuevas inversiones en conducción de agua a las ciudades.

La gran mayoría de las ciudades romanas se asentaban sobre la ribera de un río, normalmente caudaloso, pero todas ellas tenían en común con Roma que no usaban esas aguas del río para consumo humano; preferían construir grandes acueductos o conducciones, a pesar del coste, para traer el agua de otro lugar, ya que buscaban aguas limpias, puras y lo más sanas y agradables al gusto y tacto. Para buscarlas iban a manantiales de montaña o a ríos de montaña donde había pocos lodos y material en suspensión y las aguas eran transparentes.

“... Los médicos investigan qué tipos de aguas son los más adecuados para el consumo. Condenan con razón las estancadas e inmóviles, considerando mejores las que fluyen, que se purifican y mejoran con el recorrido y la agitación... También tienen que reconocer que las aguas de los ríos no son las mejores, como tampoco la de algunos torrentes, y que la mayor parte de los lagos son saludables. Entonces, ¿cuáles y de qué tipos son las mejores? Unas en unos sitios y otras en otros ...” (Plinio, Historia Natural, XXXI, 21, 31)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Una vez hallado ese manantial, río o cualquier fuente de aguas puras y saludables, la ingeniería hidráulica romana se ponía en marcha para que en vez de que corrieran montaña abajo, poder encauzarlas para llevar el río de montaña a la ciudad, canalizarlo y distribuirlo; pero siempre intentando mantener las condiciones en que se encontraba el agua en la montaña, esto es corriendo y fluyendo continuamente. Para ello, había que evitar que el agua entrara en contacto con el exterior, e impedir que estuviera estancada; pero controlando las velocidades altas para que no erosionasen y arrastrasen material en suspensión. Todo ello condicionó la red entera de abastecimiento a las ciudades, que fue evolucionando a lo largo de la extensa historia de la antigua Roma, a la vez que el propio uso que los romanos hacían de ella.

“Consideremos cuánto añade la riqueza de las aguas a la belleza de la ciudad de Roma. ¿Dónde estaría la belleza de nuestras termas, si esas dulces aguas no llegasen hasta ellas?

La más pura y deliciosa de todas las corrientes corre por el acueducto Aqua Virgo, nombrado así porque ninguna suciedad la corrompe. Porque mientras todas las demás, tras copiosas lluvias muestran alguna contaminación con tierra, solo esto por su siempre pura corriente nos haría creer que el cielo estaba siempre azul sobre nosotros. Y, ¿cómo expresar estas cosas con las mejores palabras? El acueducto Aqua Claudia fluye por encima de una mole tan alta que, cuando alcanza el monte Aventino, cae desde arriba sobre esa alta cumbre como si estuviera regando un valle inferior. Es verdad que el rio Nilo, creciendo en ciertas estaciones, inunda la tierra con sus aguas bajo un cielo sin nubes; pero es mucho más hermosa una vista del acueducto Aqua Claudia con una corriente continua sobre todas esas cumbres sedientas, trayendo el agua más pura por una multitud de tuberías a tantos baños y casas. Cuando el Nilo se retira, deja barro detrás; cuando llega inesperadamente trae un aluvión. ¿No nos atreveremos a decir que nuestros acueductos superan al famoso Nilo, el cual supone a menudo una amenaza para los habitantes de sus riberas, bien por lo que trae o por lo que deja detrás?”  (Casiodoro, Variae, VII, 6)

Acueducto Aqua Claudia, Roma. Foto Chris 73

La ingeniería romana hidráulica se adaptó en todo momento a las riquezas naturales de agua en el lugar, desarrollando toda una serie de técnicas de captación, pero en el momento de elegir la mejor opción se tenía en cuenta la calidad del agua a transportar, y la cantidad de agua demandada.

A la hora de construir un acueducto el primer factor que se analizaba era la calidad de las fuentes, para lo que se llevaban a cabo exámenes prácticos recogidos por Vitruvio, quien afirma que las fuentes debían ser visiblemente puras y limpias, estar libres de musgo y cañas, y que, además, se debían examinar las condiciones físicas generales de los habitantes de los alrededores, por haber sido eventuales consumidores de dicha agua.

“Deben realizarse las siguientes experiencias y pruebas para detectar la calidad del agua. Si se trata de aguas corrientes y al descubierto, antes de emprender su conducción, obsérvese y examínese atentamente la constitución de los miembros de las personas que viven en sus alrededores; si poseen cuerpos robustos, un color fresco de la piel, unas piernas sin defectos y ojos limpios, el agua será de inmejorable calidad.” (Vitruvio, De Arquitectura, VIII, 4)

Pintura de Henryk Siemiradzki

Una vez seleccionada la fuente los constructores del futuro acueducto examinaban el terreno por el que discurriría el trazado. Debían evitarse tanto los desniveles hacia arriba como los valles demasiado extensos y, como debía haber una pendiente, la correcta elección de la zona podía significar mucha diferencia en el precio final de la obra.

Como resultado de estos cálculos, y teniendo especialmente en cuenta los problemas provocados por los diferentes obstáculos que presentaba el terreno sería el librator el responsable de decidir la profundidad que debían tener las zanjas en los tramos de canal enterrado o semienterrado, o la altura de los muros y las arcadas en el caso de que el canal tuviese que ser elevado por encima de la cota de suelo. Para hacerlo marcaba la ruta con estacas de madera para calcular la distancia y la diferencia de altitud que había entre el punto de partida y el de llegada.

Medición con groma. Foto De Agostini

En época imperial romana, a mediados del siglo II d.C., trabajaba en Numidia, la actual Argelia, Nonio Dato como ingeniero de la Legio III Augusta estacionada en Lambesis. El año 137 fue reclamado a una ciudad cercana en la costa, Saldae (hoy Bajaia), para horadar un monte con el fin de llevar agua a la ciudad mediante un acueducto de 21 km: el túnel previsto tenía una longitud de 482 m. Nonio hizo el proyecto de forma que la excavación se iniciase por las dos bocas. Después volvió a Lambesis. Pero diez años después, cuando el proyecto estaba en fase de realización, fue llamado de nuevo a Saldae. El gobernador de la Provincia, Vario Clemente, escribió al comandante de la legión para pedirle que le enviara de nuevo a su oficial pues todo iba mal en el túnel. Una larga inscripción grabada en las bocas de la galería se  ha conservado con el relato de los hechos. 

“La perforación de las dos galerías, en estado ya muy avanzado, se había alargado más de lo que era la anchura de la montaña. Estaba claro que ambas galerías se habían desviado del trazado proyectado... Desde ambos extremos habían equivocado la dirección. Esta había sido fijada mediante estacas clavadas sobre el monte... Yo me puse a distribuir las tareas con detalle de manera que cada uno supiese con exactitud cuál era el trecho del monte que le correspondía. Así pues, organicé una especie de competición entre los marineros y los soldados de las tropas auxiliares galas, para que estos se encontraran a mitad de la montaña. De esta forma, yo, que desde el inicio había estudiado los niveles y había establecido las direcciones, tomé medidas para que el trabajo se llevase a cabo de acuerdo con los planos del proyecto que había entregado al procurador Petronio Celer. Así se culminó mi trabajo y cuando el agua comenzó a fluir, el gobernador Vario Clemente inauguró el acueducto (151-152 d.C)” (CIL VIII, 2728)

Ruinas de Lambesis (Tazoult), Argelia. Foto Tripadvisor

Asimismo, los técnicos se servían de instrumentos para asegurarse de los desniveles necesarios en el terreno a fin que el agua corriese:  la groma era el principal aparato para comprobar alineaciones y corregir las perpendiculares. Consistía en una pértiga vertical que soportaba un travesaño que podía girar en el plano horizontal. Cada brazo de este travesaño soportaba en su extremo una plomada; la dioptra es una groma perfeccionada usada para medir ángulos horizontales y verticales. La herramienta constaba de un tubo de observación unido a un soporte giratorio; la libra era una niveladora de agua que más tarde serviría para nivelar los diferentes sectores de la galería; el chorobates, que Vitruvio tenía como el instrumento más preciso para nivelar el campo, constaba de un tronco de unos seis metros de longitud, que servía para la medición de niveles, gracias a unas plomadas y a una ranura horadada en la superficie, que se llenaba de agua.

“El primer paso es un estudio del nivel del terreno. El nivel se fija con la ayuda de la dioptra, con niveles de agua, o bien con un corobate. El mejor método es usar un corobate, pues la dioptra y los niveles de agua fallan en ocasiones. El corobate es una regla con una longitud aproximada de veinte pies. En sus extremos posee unos brazos transversales que se corresponden con exactitud, poseen la misma medida y están fijados en los extremos de la regla, formando un ángulo recto; entre la regla y estos brazos van unos travesaños sujetos por medio de espigas, que tienen unas líneas trazadas en perpendicular, con toda exactitud; además, lleva unos hilos de plomo suspendidos en cada uno de los extremos de la regla; cuando la regla está en su correcta posición, si los hilos de plomo rozan de manera idéntica a las líneas trazadas, es señal de que el corobate está perfectamente nivelado.” (Vitruvio, De arquitectura, VIII, 5, 1)

Chorobates, Ilustración de Jean-Pierre Adam

Después había varios equipos de trabajo que se encargaban de la construcción. El aquilex era un experto en la construcción de acueductos que tenía a su cargo en algunos casos a obreros ciertamente especializados y, en otros, mano de obra no cualificada, entre ellos los cunicularii, encargados de cavar las zanjas.

El canal por donde iba el agua se adaptaba al terreno por distintos procedimientos y por tanto las conducciones tanto de transporte de agua hacia la ciudad como cuando se entraba dentro de la población y se distribuía, podían hacerse de cuatro formas básicas: subterráneas, abiertas, sobre puentes y muros a media ladera. De todas ellas, las conducciones abiertas eran las menos frecuentes, pues podía echarse a perder la calidad del agua y a la vez hacer proliferar vegetación en ella. Por lo tanto, eran solamente aptas cuando se usaban para agricultura, minería e industria.

“… Si la conducción se hiciese por zanjas o canales, las obras de albañilería deben ser lo más sólidas posible y con una pendiente de no menos de un cuarto de pulgada por cada cien pies de longitud, siendo además necesario que la construcción esté cubierta con bóveda, a fin de que el sol no toque de ningún modo el agua…” (Vitruvio, De Arquitectura, VII, 2)

Ilustración romanaqueducts.info

Las conducciones subterráneas eran las más frecuentes y parece, que, en un principio, los romanos soterraron los canales por varias razones, entre ellas, para evitar la contaminación, la sustracción ilegal de agua y su interceptación por los enemigos.  

“Los antiguos trazaron los acueductos a una elevación inferior, bien porque no habían resuelto el arte de la nivelación de forma correcta, bien porque hundieron sus acueductos a propósito en el suelo, para que a los enemigos no les fuera fácil bloquearlos, ya que todavía se daban guerras frecuentes entre los italianos.” (Frontino, Los acueductos de Roma, XVIII)

Además, las conducciones cuando entraban en la ciudad, y especialmente distribuyéndose en ella eran más prácticas que se hicieran subterráneas, para no entorpecer el resto de los servicios e infraestructuras.

Acueducto de Gadara, Jordania. Foto Pafnutius

La conducción de agua que se hacía bajo tierra, por canales, suponía un inmenso trabajo colectivo, pues una vez fijado el recorrido, se excavaban una serie de pozos a 70 metros de distancia entre sí, y, cuando se alcanzaba la profundidad deseada, empezaba la construcción del canal, o specus. Los pozos servían para retirar la tierra en cestas y para bajar el material constructivo.

Ilustración Dea/Album

Mediante una grúa se descolgaban los bloques de piedra, que podían traerse de una cantera cercana. Estos se unían sin argamasa y configuraban de este modo las paredes del túnel. Para impermeabilizar el canal generalmente se aplicaba como revestimiento una capa de opus signinum, una argamasa fabricada con fragmentos de tejas y ánforas desmenuzadas.

Cuando el caudal a conducir era menor, y por tanto la sección necesaria era menor, solía enterrarse una tubería de piedra o de cerámica, que podía conducir el agua rodada en mejores condiciones de estanqueidad. Las tuberías de arcilla cocida fueron frecuentemente empleadas, pero las de plomo, aunque nocivas, eran de mayor calidad y soportaban mejor las presiones y los movimientos provocados por la presión en los sifones.

“La dimensión de éste debe adecuarse al volumen del agua. Si atraviesa una llanura, la planta tendrá una inclinación insensible de pie y medio entre cada tramo de sesenta o cien pies, a fin de que el agua pueda adquirir potencia de deslizamiento. Si hubiera algún monte interceptándolo, se traerá el agua flanqueando sus laderas, o bien se harán túneles a nivel del agua por los que pasará el acueducto. Pero si hubiera entremedias una depresión, se construirán pilares y arcos debidamente elevados hasta el curso del agua, o bien se dejará que descienda metida dentro de caños de plomo, remontándola al terminar el valle.” (Paladio, Tratado de agricultura, IX, 11)


La conducción abierta a media ladera encauzaba el agua entre la ladera y el muro que podía hacerse de sillería, ladrillo o esculpido en la propia roca del monte. Su construcción solamente se destinaba para lugares inaccesibles o controlados, y solamente en trechos pequeños. En ocasiones, el canal, o specus, también se tapaba, y esto era frecuente a la entrada de la población.

Canal romano, LLamas de Cabrera, León

Las conducciones sobre puentes o arcos, son las más conocidas y admiradas, y han tomado el nombre en latín de la conducción completa: “Acueductos” (aquae ductus). Suponían una parte importante del total de la longitud de las conducciones que abastecían la ciudad de Roma. Cuando una conducción de agua tenía que atravesar un valle o depresión y el rodeo encarecía la obra se elevaba el canal sobre arcos para permitir superar el obstáculo sin que la conducción añadiese a la dificultad inicial la de perder la pendiente adecuada. Se componía básicamente de un puente de arcadas sobre el que iba el canal cerrado, normalmente con bóveda. Los puentes, o acueductos, podían ser de una hilera de arcos, de dos hileras o hasta tres.

“Pero ahora, siempre que un conducto de agua se ha deteriorado por el tiempo, para conservar longitud, en ciertas partes se pone bien sobre un muro de albañilería o sobre arcos, evitando al mismo tiempo las curvas subterráneas que se encuentran en las cabeceras de los valles. El acueducto Anio Vetus, que ocupa el sexto lugar en altura, podría suministrar agua a las partes más altas de la ciudad si se levantase sobre muros de obra o arcos, donde la situación de los valles y lugares bajos lo hicieran necesario.” (Frontino, De los acueductos de Roma, I, 18)

Acueducto de Segovia. Foto Samuel López

Cuando un acueducto llegaba a una depresión muy profunda que era imposible atravesar se prefería dar un rodeo, pero si esto era imposible, se utilizaba el sifón, por el que se hacía descender al agua velozmente hacia el fondo de la depresión para que posteriormente el agua pudiera ascender. Este sistema era muy complejo, ya que la velocidad debía estar muy bien calculada, pues si había poca el agua no llegaría de nuevo arriba, pero, por otra parte, un exceso provocaba que el agua saltara al llegar arriba, siendo imposible que continuara por el "specus" (conducto).

“Si no resultara excesivamente largo hacer un camino alrededor, se hará un circuito; pero, si encontramos valles muy profundos, se dirigirá el curso del agua siguiendo la parte en declive. Cuando las tuberías lleguen al fondo del valle, se elevará un puente no muy alto, lo suficiente para mantener el nivel del agua en la mayor longitud posible; esta construcción formará una especie de «vientre», que los griegos llaman «coelia». Cuando el agua alcance la pendiente de enfrente, aumenta su volumen ligeramente después de atravesar la longitud de este «vientre» y se ve forzada a elevarse y a remontar hasta la cima de la pendiente.” (Vitruvio, De Arquitectura, VIII, 6, 5)

Sifón, Patara, Turquía. Foto Facebook Traianus

Tras la captación, y antes de canalizar las aguas a las conducciones que la transportaban hasta la ciudad, se aseguraba que ésta fuese lo más pura y transparente posible; pero en muchas ocasiones llegaba muy turbia y con mucho material en suspensión, entonces los ingenieros hidráulicos romanos construían balsas de decantación de las arenas y lodos, esto es; se hacía pasar el agua por unos desarenadores, piscinae limariae. Frontino comenta que así se hizo con la conducción del Anión Nuevo, tras su captación.

“Se capta el agua del Anio Nuevo en la via Sublacense, en el cuadragésimo segundo miliario, en los Montes Simbruinos, y del rio, que fluye embarrado y descolorido incluso sin el efecto de las tormentas, porque hay tierras ricas y cultivadas en la vecindad, y, como resultado, orillas no fijas. Por ello, desde las bocas de captación del conducto se intercaló un depósito de decantación en donde el agua en el espacio que hay entre el río y la galería de conducción, pudiese sedimentarse y aclararse.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 15)

Otras veces estos se establecían en los lugares de llegada del agua a la ciudad, y muchas otras eran los propios depósitos de distribución los que actuaban de decantadores.

Foto e ilustración de la piscina limaria del acueducto de Segovia.
Fuente: leticiateguiaporsegovia.com

Los ingenieros romanos regulaban el caudal del agua mediante los resaltos hidráulicos, las cascadas, y las escaleras hidráulicas, cuya finalidad era regularizar la pendiente media de la conducción, aumentar el oxígeno disuelto en el agua para su autodepuración y acomodarse al terreno para conseguir la mínima pérdida de carga. Los ingenieros, aparte de regular el caudal mediante depósitos intermedios, situaron dos equipos más: los aliviaderos laterales, que en la mayoría de las ocasiones servían de fuentes surtidores; y los desviadores que eran cuartos de regulación.

Los pozos de registro, de inspección o arquetas, tenían como finalidad la aireación del canal, de acceso para su inspección y de aliviadero de seguridad para que el canal no entrase nunca en carga.

“Resulta práctico levantar unos depósitos a intervalos de veinticuatro mil pies, con el fin de que, si se produjera alguna ruptura en alguna de las partes de la conducción, no sea preciso abrir toda la obra, ni toda la estructura y con facilidad se descubra el lugar donde ha sucedido la avería.” (Vitruvio, De Arquitectura, VIII, 6, 7)

Pozo de registro del acueducto de Albarracín-Cella. Foto Traianus

En los tramos donde el acueducto iba enterrado, se ponía la señalización correspondiente al eje del canal, llamado cippus que tenía dos objetivos: indicar la trayectoria de la conducción subterránea; y advertir al usuario de que debía dejar a ambos lados una franja de protección donde no se podía construir, plantar árboles etc.

“Los cónsules Q. Aelius Tubero y Paulus Fabius Maximus habiendo hecho un informe sobre que los derechos de paso de los acueductos que llegan a la ciudad han sido ocupados con tumbas y construcciones y han sido plantados árboles, han solicitado al Senado qué ordenan al respecto: que, con el propósito de reparar los canales y conductos de obra, y generalmente todas las estructuras públicas que pudiesen destruirse, se decreta que se guardará un espacio libre y sin ocupar de quince pies a cada lado de los arroyos, arcos, y muros; y que sobre los conductos subterráneos y canales, ambos dentro de la ciudad y junto a la ciudad, si hay edificaciones cerca, habrá un espacio vacante de cinco pies; y no se permitirá construir una tumba en estos lugares a partir de ahora, ni ninguna estructura, ni plantar árboles. Si hubiera árboles dentro de este espacio actualmente serán arrancados de raíz excepto cuando estén en una finca rural o dentro de edificios. Quienquiera que contravenga estas provisiones pagará una multa por cada infracción de 10.000 sestercios, de los cuales la mitad se dará como compensación al demandante por cuyas acciones el violador de este voto del Senado habrá sido condenado; la otra mitad se pagará al tesoro público. Sobre estos asuntos los curatores aquarum juzgarán y tendrán competencias.” (Frontino, De los acueductos de Roma, II, 127)

Acueducto de Gier, Lyon, Francia.
Ilustración Jean-Claude Golvin

Estas piedras o hitos llevaban una inscripción que normalmente estaba compuesta por tres elementos:1) Nombre de la conducción, 2) Emperador, o autoridad en su caso, 3) Número del hito, y distancia en pies al siguiente. El siguiente ejemplo muestra cómo era. (CIL VI 40879)



Cippus del acueducto Aqua Marcia

En la ciudad el acueducto desembocaba en el castellum aquae, construcción que garantizaba la distribución del agua hacia diversas derivaciones, y del que había dos tipos diferentes, unos que únicamente distribuían el agua, y otros que al mismo tiempo permitían almacenar una determinada cantidad de la misma. Entre estos últimos se pueden distinguir tres estructuras diferentes: el lacus, probablemente un embalse natural; la piscina que estaba a cielo abierto y el depósito, una cisterna que podía presentar distintas formas. 

Fuera cual fuera la tipología de estos depósitos, debían estar localizados sin duda en una zona sobreelevada con respecto a su área de distribución para garantizar que el agua alcanzara satisfactoriamente todos aquellos lugares a los que estaba destinada a abastecer.

“Cuando el agua llegue a los muros de la ciudad, se construirá un depósito y tres aljibes, unidos a él para recibir el agua; se adaptarán al depósito tres tuberías de igual tamaño que repartirán la misma cantidad de agua en los aljibes contiguos, de manera que cuando el agua rebase los dos aljibes laterales empiece a llenar el aljibe de en medio.” (Vitruvio, De arquitectura, VIII, 6, 1)

Castellum aquae, Nimes, Francia. Foto Przemyslaw Sakrajda

En la ciudad de Roma fue habitual que dentro de ella o en sus proximidades, se hiciesen acueductos que soportasen dos y hasta tres canales, uno encima de otro.

Entre los años 144 y 140 a.C. el pretor Q. Marcius se encargó de la construcción del acueducto Aqua Marcia, que canalizaba agua destinada principalmente al consumo personal por su buena calidad. Por encima de él se construyeron los acueductos Aqua Tepula y Aqua Julia, que compartían trayecto y estructura en algún tramo en su camino a la ciudad. En 125 a.C. los censores G. Servilius Caepio y Lucius Cassius Longinus terminaron el Aqua Tepula, por el que fluía agua templada y que por su limitada capacidad y peor calidad de agua se destinó especialmente a consumo industrial. En el año 33 a.C. Marco Agripa se hizo cargo de la construcción del Aqua Julia, cuya canalización iba por encima del Aqua Tepula y del Aqua Marcia y destinado a usos públicos, siendo por su mayor altura capaz de abastecer a muchas más regiones de la ciudad. 

Estructura con las tres canalizaciones,
Aqua Marcia (abajo), Aqua Tepula (medio), Aqua Julia (arriba)

El agua del Aqua Tepula se añadió al del Aqua Julia en el año 33 a.C. cuando se cruzaban unos kilómetros antes de cruzarse ambos con el Aqua Marcia. Los tres tenían partes que circulaban bajo tierra y otras sobre arcos.

El carácter práctico de los romanos les hizo tener en cuenta que usar el mismo trayecto de un acueducto ya hecho ahorraría tiempo, trabajo y materiales, y, además, usar las mismas estructuras aseguraba que los cálculos para su correcto funcionamiento serían correctos.

“Cuando M. Agripa era edil, después de su primer consulado, el duodécimo miliario desde la ciudad cerca de la via Latina, en un cruce de caminos dos millas a la derecha según se va desde Roma, captño las fuentes de otro manantial, y aprovechó la conducción del acueducto Tepula. El nuevo acueducto se llamó Julia por el hombre que lo planeó, sin embargo, siendo el suministro tan repartido, el nombre de Tepula no se perdió. La conducción del Julia tiene 15426 pasos y medio de largo, de los cuales hay 7000 en arcos sobre el suelo; muy cerca de la ciudad, empezando en el séptimo miliario, 528 van en una estructura de obra; en otros arcos hay 6472 pasos.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 9)

Acueducto Aqua Marcia con restos de los otros acueductos, Roma. Foto Chris 73

Los romanos siempre supieron que era esencial mantener en óptimo estado el suministro hidráulico, por lo que contaban con un grupo de trabajadores especializados o aquarii, que se encargaban del buen funcionamiento y limpieza de los acueductos. Estos técnicos estaban al frente de un servicio de reparaciones y limpiaban regularmente los canales para evitar las obstrucciones y el deterioro de la calidad del agua.

Los técnicos romanos intentaban evitar que el suministro de agua se viera afectado por las averías durante largo tiempo.  

“Nadie pondrá en duda, pienso yo, que los conductos más vigilados deben ser los que están más próximos a la ciudad, es decir, los que se asientan sobre piedra tallada a partir de la séptima milla, porque no sólo son una obra de enorme dimensión, sino porque cada uno soporta muchas conducciones. Y si fuese menester interrumpirlos, dejarían a la ciudad privada de la mayor parte del aprovisionamiento de agua.

Hay, sin embargo, soluciones para afrontar incluso dificultades de este tipo: se construye un andamio y se le eleva hasta la altura del conducto dañado, luego un lecho con canalizaciones de plomo se empalma a través del espacio del acueducto interrumpido.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 124)

Se prestaba especial atención al mantenimiento de las arquerías, que era el que presentaba mayores inconvenientes.

“La acción del paso del tiempo o la inclemencia de los temporales la padecen ordinariamente las partes de los acueductos que están sostenidas sobre arcos o las que están adosadas a las laderas de las montañas y, entre las arcadas, aquéllas que pasan a través de un río. Y precisamente por este motivo, las reparaciones pertinentes deben ejecutarse con diligente rapidez. Las partes subterráneas, que no se encuentran a merced de los rigores de las heladas ni de los calores, son las que menos daños soportan.”

Acueducto Pont du Gard, Francia. Ilustración Jean-Claude Golvin

Las autoridades romanas pronto se dieron cuenta de que debían vigilar que no hubiera captaciones clandestinas de agua por particulares que sobornaban a los aquarii.

“Una segunda discrepancia se debe a que una cantidad de agua se capta junto al depósito de toma, otra, considerablemente inferior, se encuentra en las arquillas y finalmente la más pequeña, en el lugar de la distribución. La causa de este hecho es el fraude de los fontaneros, a los que he sorprendido desviando el agua de los conductos públicos para provecho de los propietarios, al borde de cuyas tierras pasa el acueducto, agujerean las estructuras de los canales, de donde resulta que los conductos públicos interrumpen su recorrido normal en beneficio de particulares o para uso de sus jardines.” (Frontinus, Los acueductos de Roma, II, 75)

Recreación de la utilización de una cisterna. Villa romana de Arellano.
Universidad de Navarra

Un objetivo principal de los acueductos fue satisfacer la demanda de agua de las ciudades y sus habitantes para así garantizar que estos pudieran desarrollar el modo de vida al que se aspiraba en el periodo romano. Una parte importante del agua que traían tenía como finalidad garantizar el ocio y el esparcimiento, principalmente a través de los baños públicos, donde era utilizada para el llenado de las diferentes piscinas y el desarrollo de las actividades que tenían lugar en estos espacios. Los acueductos también garantizaban la supervivencia de los jardines y abastecían los juegos de agua de las numerosas fuentes ornamentales, e incluso permitían el funcionamiento de construcciones tan extravagantes, como la Naumaquia construida por Augusto en Roma, abastecida por el Aqua Alsietina.

“No se exactamente los motivos que llevaron a Augusto, el más prudente gobernante, a traer el agua alsietina, llamada Augusta, dado que no tiene nada que elogiar, ya que, por el contrario, es tan insalubre, que por esta causa no se distribuye para consumo humano; a menos que, cuando emprendió la construcción de su naumaquia, trajese esta agua para evitar extraerla de mejores fuentes de suministro, y dejase el excedente de la naumaquia para los jardines adyacentes, y para el riego por parte de particulares. Es costumbre, sin embargo, extraer agua de ahí en emergencias, y así compensar el suministro de las fuentes públicas en los barrios más allá del Tíber, siempre que los puentes estén en reparación y no se pueda distribuir el agua desde ese lado del rio.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 11)

Fuentes romanas de Pompeya. Fotos Samuel López

Las actividades productivas que se llevaban a cabo dentro de las ciudades exigían, en algunos casos, un importante abastecimiento hídrico. Es el caso, por ejemplo, de las fullonicae, talleres de teñido y abatanado de telas para los que el agua suponía un recurso esencial. Según Frontino, en Roma se prohibía que estas instalaciones derivasen agua directamente de los acueductos, debiendo limitar su abastecimiento al agua que desbordaba de las fuentes públicas. Sin embargo, la mención de Frontino indica que existían casos en los que los propietarios de estas instalaciones se debieron saltar la ley.

“Tenemos que indicar además cuál es la ley con respecto a canalizar y conservar las aguas; la primera trata de la limitación de las concesiones a los particulares, y la segunda al mantenimiento de los conductos. Al examinar lo que se decía en los documentos antiguos sobre estos asuntos en las leyes que se habían promulgado, encontré algunas cosas diferentes con nuestros antepasados. Para ellos todo tipo de agua era de uso público, y según la ley los particulares solo podían canalizar el agua que rebosaba de las fuentes, la llamada agua caduca, y solo para uso de baños y batanes; y estaba sujeto a un impuesto que se pagaba y revertía al tesoro público. Alguna cantidad de agua se concedía a las causas de ciudadanos notables, en caso de no hubiera objeciones.” (Frontino, Los Acueductos de Roma, 94)

Fullonica romana, Vaticano. Foto Ministerio de Cultura de Italia

Otra actividad industrial que precisaba agua fue la producción de salazones de pescado. Para garantizar el suministro del preciado líquido, las factorías contaron con diferentes sistemas de abastecimiento: pozos para extraer el agua desde el nivel freático; cisternas para almacenar agua de lluvia, o directamente un ramal del sistema urbano de abastecimiento.

Factoría de salazones, Baelo Claudia (playa de Bolonia), Cádiz. Foto Samuel López

Otros negocios también necesitaban suministro extra de agua aportada por un acueducto, como puede ser el caso del acueducto-puente de Pont d´Aël, en el valle de Aosta, construido para abastecer de agua a la recién fundada colonia de Augusta Pretoria, actual Aosta. En la inscripción sobre su lado norte se indica que su construcción en el año 3 a.C., se debió a Caius Avillius Caimus, miembro de una rica gens, que poseía recursos para invertir en la actividad minera que permitía extraer de las canteras locales el mármol bardiglio, muy utilizado en los monumentos públicos y privados de la ciudad romana de Aosta. El acueducto sirvió para traer el agua necesaria a la extracción y elaboración del mármol de las canteras próximas.

“Cuando el Emperador César Augusto era cónsul por décimo tercera vez Caius Avillius Caimus, hijo de Caius, de Padua (construyó este puente-acueducto) con fondos privados.”

El monumento tenía una doble función de puente y acueducto y se presenta, de hecho, dividido en dos niveles: un conducto superior pavimentado por el paso del agua, y un pasaje en la parte inferior, de alrededor un metro de ancho, que permitía el tránsito de personas y animales.

Acueducto-puente de Pont d´Aël, Aosta, Francia. Foto Turismo, valle d´Aosta

Debido precisamente a los múltiples usos del agua dentro de las ciudades, cuando en estas existían más de un acueducto se empezó a tener en cuenta la procedencia y calidad que circulaba por cada uno de ellos, para así distribuirlas según las necesidades. Es decir, las de mejor sabor y más limpieza se destinarían al consumo humano, y las de peor calidad se empleaban para los riegos, baños y usos industriales.

“El Anio Novus contaminaba a los demás porque, al llegar con un nivel muy elevado y sobre todo con mucho caudal, remedia la insuficiencia de los otros. Los fontaneros incompetentes lo desviaban a los conductos de los otros acueductos con más frecuencia de lo necesario, ensuciando incluso los acueductos dotados de suministro suficiente, y en especial el Aqua Claudia que venía por su canal independiente a lo largo de muchas millas y en la misma Roma se mezclaba con el Anio, perdiendo así su gran calidad.

Hemos descubierto que incluso la misma Marcia, muy agradable por su frescor y claridad, suministraba su agua a baños, batanes e incluso menesteres indignos de ser mencionados.

Así pues, se resolvió la separación de todos los acueductos y la distribución de cada uno de forma que, sobre todo la Marcia, pudiese utilizarse enteramente para la bebida y que cada uno de los restantes se destinasen a usos adecuados con su cualidad característica. Así, por ejemplo, el Anio Viejo, que por muchas razones y precisamente por captarse a un nivel inferior es menos salubre, debería ser utilizado para el riego de los jardines y para los servicios más perjudiciales de la misma ciudad.” (Frontino, Los acueductos de Roma, 91-92)

Porta Maggiore con los conductos del Aqua Claudia y Anio Novus, Roma. Foto Roger Ulrich

La provisión, uso y disfrute del agua fue siempre para Roma un elemento de civilización que formaba parte del proceso de romanización implantado en los territorios conquistados y los propios. La visión de la tecnología utilizada en la construcción de los sistemas de conducción del agua y su llegada a numerosas ciudades impresionaba a los habitantes locales que contemplaban el enorme poder que Roma desplegaba.

“Comenzó (Tarquinio) también a excavar las cloacas por las que toda el agua que confluye de las calles deriva al Tiber, realizando unas obras admirables e indescriptibles. Al menos yo, entre las tres construcciones más magníficas de Roma, por las que principalmente se muestra la grandeza de su poder, colocó los acueductos, los pavimentos en los caminos y las obras de las cloacas, y esta opinión no se refiere sólo a la utilidad de la construcción, sobre lo que hablaré en el momento oportuno, sino también a la magnitud de los gastos.” (Dionisio de Halicarnaso, III, 67, 5)
Acueducto Pont du Gard, Francia. Foto Samuel López

Durante la República la necesidad de obtener más agua y mejor llevaba al Senado a ordenar la construcción de un acueducto, la cual se encargaba a un alto magistrado que veía en el proyecto una forma de alcanzar prestigio político y social y ser recordado tras su muerte por ello.

El acueducto Aqua Appia, que transcurría principalmente subterráneo, fue el primer acueducto como tal, y su construcción en el año 312 a.C. se debió al cónsul Apio Claudio, cuya inscripción funeraria lo incluye junto a sus logros políticos y militares.

“Apio Claudio, el Ciego, hijo de Cayo, censor, cónsul dos veces, dictador, magistrado entre reyes tres veces, pretor dos veces, edil curul dos veces, cuestor, tribuno militar tres veces. Capturó varias ciudades a los samnitas, dirigió un ejército de sabinos y etruscos. Evitó la paz con el rey Pirro. En su censura pavimentó la via Apia y construyó un acueducto en Roma. Construyó el templo de Bellona.” (CIL 11.1827)

Los acueductos construidos durante la República mostraron el poder civilizador de Roma a otros pueblos de Italia y supusieron un elemento importante en la agenda política de la aristocracia de la época, la cual incrementó su prestigio al encabezar la construcción de edificios civiles, entre ellos los acueductos, que traían agua de lugares alejados de la ciudad y satisfacían las necesidades básicas de beber, bañarse, y cocinar entre otras, de la población, pero, que principalmente suministraban el agua necesaria para hacer funcionar la fuentes y ninfeos que embellecían sus fastuosas mansiones, gracias a que se les concedía acceso privado al agua de las conducciones públicas.

“Hay en Bitinia una ciudad, que lleva el nombre Helena, la madre del emperador Constantino, porque dicen que Helena procedía de esta ciudad, que antiguamente había sido una aldea insignificante. Constantino, como pago de su crianza en ella, obsequió a este lugar con un nombre y una dignidad de ciudad, sin que se le hiciera edificación alguna que denotara su grandiosidad imperial; antes bien, permaneció externamente como en su anterior estado, y la ciudad se enorgullece únicamente con recibir el apelativo de tal y se gloría por la denominación de la nutricia Helena. Pero nuestro emperador, como si tratara de justificar la equivocación de su antepasado imperial, cuando vio, en primer lugar, que la ciudad estaba agobiada por la escasez de agua y dominada totalmente por una sed terrible, improvisó un acueducto un tanto admirable, con una dotación de agua que no se esperaba ver, suficiente no sólo para que bebiera la población, sino incluso para que se lavara, y para todo aquello con que los hombres se deleitan cuando tienen en exceso abundancia de agua. También hizo, además, para ellos un baño público, que antes no existía, y reconstruyó otro que se hallaba ruinoso y yacía abandonado, y que estaba ya deteriorado por la escasez de agua, como he dicho, y por el descuido.” (Procopio, Los Edificios, V, 2)

Acueducto de Aspendos, Turquía. Foto Samuel López

En ocasiones, los acueductos eran sufragados por grandes personajes que durante el ejercicio de sus funciones políticas emprendían obras civiles en las ciudades donde desarrollaban su actividad.

Por ejemplo, Agripa, yerno y general de Augusto, como edil y como cónsul hizo construir en Roma dos acueductos, el Aqua Julia y el Aqua Virgo, empleando los recursos mineros que él controlaba para fabricar las tuberías de plomo. Desde la época de Augusto, los emperadores figuraron entre los donantes habituales de estas costosísimas infraestructuras. Pero la tarea la emprendían los gobiernos municipales, que delegaban en los magistrados para llevar a cabo la construcción, normalmente con dinero público.

Agripa fue edil, en el año 35 a.C., en que levantó un acueducto de nombre Iulia, que vertía el agua en el llamado Aqua Tepula, aunque este segundo nombre se mantuvo, y este mismo año acometió la reparación de los acueductos Aqua Appia, Anio Vetus y Aqua Marcia. El año 19 a.C. después de la terminación de las Guerras Cántabras, en las que había participado activamente y 12 años después de haberse construido el Aqua Julia, de 18 km de recorrido, Agripa financió la construcción del acueducto llamado Aqua Virgo, con 26 km de longitud, que alimentaba de agua las nuevas termas del Campo Marzio.

“Con sus propios fondos prolongó el acueducto que recibe el nombre de Virgen hasta la ciudad y le dio el nombre de Augusto. Y este estaba tan satisfecho por aquella previsión que, en cierta ocasión en la que escaseaba el vino y los hombres hacían circular rumores terribles, afirmó que Agripa había tomado las previsiones necesarias para tal contingencia que no habrían de morir de sed.” (Dión Casio, Historia romana, 4, 11)

Restos del acueducto Aqua Virgo, Roma

Con la llegada del Imperio el uso de los acueductos permitió a los emperadores controlar el suministro de agua con el que evitaban la sed al pueblo, facilitaba el baño en las termas públicas, proporcionaba entretenimiento con espectáculos en los que el agua era esencial y embellecía las ciudades con fuentes monumentales. Sin embargo, el emperador no podía mantener una atención constante en todo lo que ocurría en las provincias, y, por tanto, dependía de los gobernadores provinciales para hacerse cargo del control de las obras civiles. Como gobernador de Bitinia con Trajano, Plinio el joven consultó al emperador acerca de la construcción de un acueducto para Nicomedia, solicitando un ingeniero. El permiso del emperador era necesario para las obras que implicaban una contribución de fondos municipales, con el fin de evitar que se dilapidara dinero público en proyectos no válidos.

“[1] Los nicomedios, señor, han gastado tres millones trescientos dieciocho mil sestercios en la construcción de un acueducto que luego ha sido abandonado sin haber sido terminado, e incluso ha sido demolido; luego se han gastado en otro acueducto doscientos mil sestercios. Puesto que éste también ha sido abandonado, es necesaria una nueva inversión para que éstos, que han malgastado tanto dinero, puedan tener agua. [2] Yo mismo he inspeccionado una fuente purísima de la que me parece que puede traerse el agua, como en un principio se había intentado, por medio de una construcción sostenida por arcos, para que no llegase solamente a las partes llanas y bajas de la ciudad. Quedan todavía unos pocos arcos; otros pueden ser levantados con sillares que han sido extraídos de la obra anterior; una parte de ella, según me parece, puede construirse de ladrillo, pues esto sería más fácil y más barato. [3] Pero sobre todo es necesario que me envíes un experto en canales o un arquitecto, para que no suceda de nuevo lo que ocurrió. Yo sólo me limito a asegurar que no sólo la utilidad de la obra, sino también su belleza, son dignísimas de tu reinado”. (Plinio, Epístolas, X, 37)

Acueducto de Alinda, Turquía. Foto Carole Raddato

Este control del agua implicaba así el control de la vida social de la ciudad, resaltaba la munificencia del emperador que a veces costeaba la obra y demostraba su poder sobre los individuos particulares que debían pedir su permiso para acceder de forma privada al suministro público del agua.

“Tengo —y hago votos para que, con tu protección, César, sea por mucho tiempo— una mínima casa de campo y tengo un pequeño hogar en la ciudad. Pero un encorvado cigoñal eleva desde un pequeño valle unas trabajosas aguas para dárselas a mis huertos sedientos; mi casa, seca, se lamenta de no beneficiarse de agua alguna, aunque el agua Marcia resuena con su caudal en mi vecindad. El agua que dieres, Augusto, a mis penates, ésa sería para mí la fuente de Castalia o la lluvia de Júpiter.” (Marcial, Epigramas, VI, 18)

Acueducto Aqua Marcia, Roma. Foto Chris 73

La construcción de obras públicas como los acueductos contribuyó a que la propaganda imperial llegase a todas partes y el recuerdo del emperador perdurase en la memoria del pueblo, sobre todo si el propio emperador la financiaba y la obra ofrecía la oportunidad de traer el agua desde un lugar alejado del de consumo, lo que constituía un hito de la civilización expansionista de Roma.

“Y no tuvo bastante el Emperador con haber restablecido el volumen y calidad de los otros acueductos que también entrevió la posibilidad de eliminar las deficiencias del Anión Nuevo. Así dio la orden de abandonar la captación del agua del río y buscarla a partir del lago situado encima de la villa de Nerón, en Subiaco, en donde el agua es más clara.

De este modo, al tener ahora el Anión su fuente en la parte de arriba de Treba Augusta, ya sea porque desciende a través de rocosas montañas con muy pocas tierras cultivadas en torno a esa plaza fuerte, o bien porque decanta sus sedimentos en los estanques en los que es recibido, y por estar cubierto, además, por la sombra de los bosques circundantes, llega hasta allí muy frío y limpio.

Esta peculiaridad tan excelente de su agua, que le lleva a igualar a la Marcia en todas sus propiedades e incluso a superarle en caudal, reemplazará el agua sucia y turbia de antes, mientras una inscripción hará mención del emperador César Nerva Trajano Augusto como su reciente constructor.” (Frontino, Los acueductos de Roma, XCIII)

Acueducto de los Milagros, Mérida, España. Foto Samuel López

El efecto benefactor que sobre el pueblo tenían los acueductos era la mejor publicidad que gobernantes y potentados podían hacerse en aquella época, y, por supuesto, no desaprovechaban la ocasión de perpetuar el hecho en inscripciones colocadas al efecto.

“Tiberio Claudio César Augusto Germánico, hijo de Druso, pontífice máximo, en su décimo segundo año de poder tribunicio, cónsul por quinta vez, emperador veintisiete veces, padre de la patria, se encargó de que a sus expensas se trajera el acueducto Aqua Claudia desde el miliario 45, desde los manantiales que se llaman Caeruleus y Curtius, y que el Anio Novus se trajera desde el miliario 62 a la ciudad de Roma.” (CIL VI 1256)

Las obras de conducción de las aguas, desde su lugar de origen hasta el lugar de distribución o depósito, suponían una gran complejidad técnica y un gran coste económico. Pero la población, no apreciaba convenientemente estas realizaciones si finalmente quedaban ocultas, como ocurría la mayoría de las veces, por lo que quizás con frecuencia se prefería una obra más monumental y cara, pero con un efecto propagandístico mayor. En muchos casos las grandes arquerías podrían haberse sustituido por sifones mediante tuberías, igualmente eficaces y más baratos de construir, y en el caso de proximidad a núcleos habitados se optaba por las arquerías, cuya visión asombraba a la población y hacía que perdurara la memoria del promotor durante generaciones de forma más efectiva que cualquier otra. Esto dio lugar a que primara la necesidad de prestigio personal de un evergeta, ya fuera el propio emperador o un ciudadano particular, sobre la necesidad de paliar la real escasez de agua.

Ese parece ser el caso del acueducto de Pollio en Éfeso, donde se optó por la construcción de una estructura espectacular, en vez de una alternativa más barata con tuberías y un sifón, pero que no habría sido tan vistoso ni habría contribuido tan brillantemente a la gloria de sus patrocinadores.

“C. Sextillius Pollio hizo construir esta estructura junto a su esposa Ofillia Bassa y el hijo de esta C. Ofillius Proculus con sus propios fondos en honor de Augusto, Tiberio y Artemis efesia.”

Acueducto de Pollio, Éfeso, Turquía

Por tanto, los acueductos se convirtieron en una más de las obras que los evergetas locales procedieron a financiar no solo para obtener prestigio personal, sino también para embellecer sus comunidades y aumentar al mismo tiempo el prestigio de estas al incorporar elementos que emularan y repitieran los ya existentes en comunidades de mayor estatus o en la propia Roma.

“A la memoria de su marido Marco Fulvio Moderato y de su hijo Marco Fulvio Victorino y para cumplir el testamento de ellos, Annia Victorina, hija de Lucio, hizo este acueducto, a toda su costa, con sus arcos, cañería, depósitos y demás arreos, y lo dedicó religiosamente poniendo mesa y dando de comer a todo el pueblo.” (CIL II, 3240)

Los acueductos romanos funcionaron durante siglos con un alto grado de eficacia, permitiendo el bienestar de la población y la supervivencia de una civilización muy avanzada en todos los campos de la ciencia. Sin embargo, es verdad que necesitaban continuas reparaciones y mantenimiento, a lo que hacía frente en ocasiones el propio emperador.  Como, por ejemplo, en el caso del acueducto de Roma, Aqua Marcia, construido por Quintus Marcius Rex entre los años 144-140 BCE, a quien el Senado había comisionado para reparar algunos de los acueductos ya hechos y traer a la ciudad otras aguas tan lejos como pudiese, lo cual costó una enorme suma de dinero, y que luego fue renovado en tiempos de Vespasiano doscientos años después.

“El emperador Tito César Vespasiano, hijo del divino Vespasiano, pontífice máximo, en su noveno año de poder tribunicio, emperador quince veces, censor, cónsul por séptima vez, cónsul designado por octava vez, reparó el canal del acueducto Aqua Marcia, que estaba fuera de servicio por el paso del tiempo y devolvió el agua que se estaba canalizando al exterior ilegalmente.” (CIL VI 1246)

El Aqua Marcia cruza por dos veces el Aqua Claudia



Bibliografía


Libratio Aquarum: El arte romano de suministrar las aguas, Isaac Moreno Gallo
Sistemas romanos de abastecimiento de agua, José Manuel de la Peña Olivas
Los acueductos de Hispania: construcción y abandono, Elena Sánchez López y Javier Martínez Jiménez
La obra maestra de la ingeniería romana: Acueductos, Isabel Rodá
Aqua publica y política municipal romana, Juan Francisco Rodríguez Neila
Algunas implicaciones jurídicas de la conducción del agua a la Roma Antigua, María de las Mercedes García Quintas
Fuentes literarias aplicadas al estudio de la ingeniería hidráulica romana, Alejandro Egea Vivancos
La administración del agua en la Hispania romana, José María Blázquez Martínez
Modelos de abastecimiento urbano de aguas en la Bética romana: las cisternas, María del Mar Castro García
Roman Water Supply Systems: New Approach, Isaac Moreno Gallo
Roman Law and Archaeological Evidence on Water Management, Sufyan Al Karaimeh
A Short Introduction to Roman Water Law, Cynthia Bannon
The Inscriptions of the Aqueducts of Rome: The Ancient Period, Rebecca R. Benefiel
Gardens and Neighbors: Private Water Rights in Roman Italy: Cynthia J. Bannon
Ownership and Exploitation of Land and Natural Resources in the Roman World, ed. Paul Erdkamp, Koenraad Verboven, Arjan Zuiderhoek
Fresh Water in Roman Law: Rights and Policy, Cynthia Bannon
A Roman Engineer's Tales, Serafina Cuomo
Aqueducts and Euergetism in the Roman Republic, Solomon Klein
Water, power and culture in the Roman and Byzantine worlds: an introduction, Andrew Wilson