Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 20 de junio de 2015

Lararium, el culto doméstico de la familia romana

Pintura con lares, Museo Arqueológico de Nápoles

El lararium del hogar , habitáculos donde residían los dioses tutelares de la casa, simbolizaba la expresión del sentimiento religioso, pietas, de la familia romana. El perfecto cumplimiento  de los ritos domésticos garantizaba la fertilidad, prosperidad  y el buen funcionamiento de la domus.
El culto doméstico podría definirse como el conjunto de ritos desarrollados en el interior de la casa por la familia, y que estaban destinados a la veneración de las divinidades encargadas de proteger y garantizar la subsistencia y la perpetuación de todos los miembros.

CARINO.— (Solo, volviéndose a la puerta, de donde acaba de salir)


Lar, Museo Arqueológico de Nápoles
Dintel y umbral de mi casa paterna, yo os saludo y al mismo tiempo os digo adiós; hoy salgo por última vez de mis lares: he terminado he sido despojado del uso y disfrute de esta morada, que me ofrecía albergue, manutención y vestido. ¡Muerto soy! Dioses penates paternos, venerable Lar familiar, a vosotros os encomiendo la guarda de los bienes de mis padres. Yo marcho en busca de otros dioses penates, otro lar, otra ciudad, otra patria; no quiero saber más del Ática, que en un lugar en el que ves crecer por días las malas costumbres, donde no puedes distinguir los amigos fieles de los traidores, donde se te arrebata lo que constituye para ti el colmo de tus deseos e ilusiones, ahí, en un lugar tal, no desearía yo ser acogido como ciudadano, así fuera un reino entero lo que se me ofreciera. (Se va.) (Plauto, Mercader, 834)

Las principales divinidades veneradas eran: los Lares,  divinidades tutelares de la casa que cuidaban de la salud y prosperidad de la familia y su entorno doméstico, incluidos los esclavos. Los Penates, protectores de la despensa. El Genio, espíritu tutelar del pater familias. Los Manes, espíritus de los antepasados familiares. Pero no eran las únicas, pues, como en cualquier otro aspecto de la vida romana, todos los lugares de la casa y todas las actividades cotidianas así como los momentos destacados de la vida familiar (nacimientos, matrimonios…), estaban protegidos por divinidades específicas, a las que en muchas ocasiones se veneraba sólo en momentos puntuales del año.

 “Entonces he comprado este poquillo de incienso y estas coronas de flores, que le pondré a nuestro lar en el hogar, para que haga feliz a mi hija en su matrimonio.” (Plauto, Aulularia, 385)


Larario, John William Waterhouse
El culto privado y de ámbito doméstico entre los romanos estaba  vinculado desde antiguo  a las fiestas de carácter agrícola y familiar, y el pater familias, al que se  reconocía su dominio sobre la religión doméstica, actuaba como sacerdote. Podía organizar el larario como él desease, incluyendo a todos los dioses por los que sintiese una devoción especial.
“Hacía un sacrificio por la mañana en su larario en el que tenia las estatuillas de los emperadores divinizados, aunque solamente una selección de los mejores, y las de seres de gran honorabilidad, entre los que se hallaban Apolonio  y, según el testimonio de un escritor de su época, Cristo, Abraham, Orfeo  y otros personajes parecidos a ellos, y las estatuas de sus antepasados. (Hist. Aug. Alex. Sev. 29, 2)
 La ubicación del lararium solía ser el peristilo o el atrio y  consistía en una pequeña construcción en forma de nicho, con un techo y un frontón soportado por columnas, adosada a los muros de la casa.
El paterfamilias como máxima autoridad religiosa doméstica  podía delegar determinadas funciones en otros miembros de la familia, incluidos los esclavos.

“Todo está callado y en silencio, y raramente una criada el primer día de mes acostumbra a abrir la cerrada capillita de los dioses Lares.” (Propercio, IV, 3, 53)

Otro miembro del hogar podía encargarse del culto y el cuidado del Larario si el pater familias no podía o quería hacerlo. El propio Lar familiaris se encarga de narrar en el Aulularia de Plauto cómo recibía las atenciones de la hija del paterfamilias, ya que éste descuidaba sus obligaciones como oficiante.

“Pero qué, cada vez se ocupaba menos de mí y me hacía menos ofrendas. Yo por mi parte hice exactamente lo mismo, o sea que se murió tan pobre como había vivido. Dejó un hijo, que es el que vive actualmente aquí en la casa, que es de la misma condición que el padre y el abuelo, y tiene una hija única que no deja pasar un día sin venir a rezarme, me ofrece incienso, vino o lo que sea y me pone coronas de flores”. (Plauto, Aulularia, Prólogo)

Catón recoge en su obra que las obligaciones religiosas recaían en el villicus y la villica (el capataz o su esposa) en ausencia del dominus en una villa rustica en el campo.

Los Lares recibían muestras de piedad por parte de la familia en sus actividades cotidianas a la vez que eran objeto de veneración periódicamente, en las calendas, nonas e idus de cada mes y en la fiesta anual de las Caristia.

 “Vosotros también, custodios de un campo feliz en otro tiempo y ahora pobre, tenéis vuestros regalos, dioses Lares. Entonces una ternera inmolada purificaba innumerables terneros; ahora, en cambio, una cordera es la modesta víctima de un exiguo campo. Una cordera os será sacrificada para que alrededor de ella la juventud campesina grite: «¡Ea, dadnos trigo y buen vino!".  (Tib. I, 1)



“Este era aplacado bien si alguien le había libado con uva o le había dado una guirnalda de espigas para su sagrada cabellera y alguien, cumplido su voto, le llevaba en persona pasteles y detrás, acompañándolo, su hija pequeña miel pura.” (Tibulo, I, 10)

Las ofrendas del larario eran variadas, pero principalmente consistían en flores y guirnaldas para decorarlo, vino para tomar en honor del genio, incienso, cereales, además de miel, perfumes, frutas,  pastelillos o sacrificios de animales. El señor de la casa les dedica una plegaria: “Que este hogar sea para nosotros  una fuente de bienes, de bendición de felicidad y de buena suerte.” (Plauto, Los tres escudos)

Mediante la celebración de los ritos preceptivos ante el larario, la familia buscaba la protección de su propiedad, que incluía inicialmente el campo del que dependía la subsistencia y se restringió posteriormente a la casa; buscaba también la protección del alimento, así como de los medios de los que dependía y de su lugar de almacenaje; buscaba, igualmente, garantizar la perpetuación de la estirpe.
“Si a los cielos levantas abiertos tú los brazos,
Al nacer de la luna, Fidile campesina;
Si a tus Lares aplacas con humo del incienso,
Y a los Lares ofrecen tus manos, en las palmas,
Tortas de trigo puro; si una ávida lechona
Inmolas en honor de los cielos -, tus vides
No sentirán del Abrego jamás la pestilencia,
Ni los hongos parásitos han de volver estériles
Las cañas de tus mieses. (Horacio, Odas, III, 23)

Alejandro Helios, Walters Museum
Cada familia contaba con sus dioses propios, intransferibles, que debían pasar por transmisión hereditaria de padres a hijos y que existían mientras la línea familiar se mantuviese.

Las divinidades protagonistas del culto doméstico están también ligadas a los orígenes míticos de Roma. Los Lares, según narraba Ovidio, se consideran hijos del dios Mercurio, identificado con el Hermes griego, y cumplían algunas de las  funciones que se adjudicaban a esta divinidad.
En cuanto a sus atribuciones, parece que el Lar familiaris entró en la casa como un numen dedicado a la protección y la vigilancia que proporcionaba bienestar y prosperidad, a la vez que defendía la morada de intrusos  y era el representante divino de la familia.

“Yo soy el dios lar de esta familia de aquí, de donde me habéis visto salir ahora mismo. Ya hace muchos años que estoy instalado en esta casa y encargado de su tutela, en tiempos ya del padre y del abuelo del que vive ahora en ella.” (Plauto, Aulularia, Prólogo)


Pintura con lar, Museo de Minneapolis

Las primeras fuentes se refieren a él en singular y, sólo a partir de finales de la República, en plural. Inicialmente, las imágenes de culto se realizaban con materiales modestos, madera, y posiblemente, terracota, pero son las hechas en bronce y piedra, así como las pinturas, las que han llegado hasta la actualidad.

“Lares de mis antepasados, sálvadme: vosotros sois los mismos   que me criaron, un chiquillo corriendo delante de vosotros.
  No sintáis vergüenza por estar hechos de madera antigua:   Así erais cuando vivíais  en casa de mi abuelo.  En aquellos tiempos se mantenía mejor la fe, cuando un dios de madera pobremente vestido, se guardaba en un estrecho nicho.” (Tibulo, Lib. I, 10)

Generalmente se representa a los Lares bajo la figura de esbeltos adolescentes con  atributos característicos en sus manos, un rhyton (cuerno para beber), una patera o una sítula, una cornucopia o cuerno de la abundancia. Sus piernas a veces aparecen simular un movimiento de danza. Su indumentaria, como conviene a las divinidades ágiles, suele ser corta.


Dioses Lares, Museo Arqueológico de Nápoles
El romano dirigía al lar su plegaria de la mañana y en las comidas le reservaba una parte de cada plato.  Es al Lar al primero al que el pater familias saluda al entrar en el hogar. Cada acontecimiento feliz,  nacimiento, boda o retorno de un viaje sin sobresaltos, implica la ofrenda de un sacrificio a los dioses lares ante el fuego, verdadero punto neurálgico que no debía extinguirse nunca puesto que simbolizaba el alma de la casa.

Los Penates eran los espíritus protectores de la despensa y procuraban que no faltara el alimento. Se los llama dioses troyanos porque Eneas los trajo de Troya durante el periplo que le llevó a Roma. En la Eneida, Virgilio recoge la tradición según la cual Eneas huyó de Troya en su viaje hacia la Península Itálica llevándose consigo no sólo a su padre y a su hijo, sino también a los dioses de su familia, los Penates, a lo cuales rindió culto al desembarcar en el Lacio (Virg., Aen. VIII, 121).

“¿Hay algo más sagrado y más protegido por toda la religión que la casa de cada ciudadano? En ella se encuentran los altares, el fuego, los dioses penates; en ella tienen lugar los sacrificios, las prácticas religiosas y las ceremonias; es un refugio tan sagrado para todos que está prohibido arrancar a nadie de él”. (Cic. De su casa)

Los Penates llegaron a personificar cualquier divinidad que, a ojos del paterfamilias, pudiera ofrecer protección a la casa y la familia, y por su ambigüedad original pudieron adoptar cualquier forma divina, e incluso humana. Sufrían las vicisitudes de la familia y estaban unidos de forma indisoluble a la casa. También pasaron a tutelar los negocios y las profesiones.

“Númenes habitadores de estas mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi postrer salutación. Aunque embrazo tarde el escudo después de recibir la herida, no obstante libertad ni destierro del odio que me persigue, y decid al varón celestial el error de que fui víctima, no vaya a juzgar mi falta un odioso crimen. Lo que vosotros sabéis, sépalo asimismo el autor de mi castigo; porque aplacando a este dios, ya no puedo llamarme desdichado." Tal plegaria dirigí a los dioses; mi esposa estuvo más insistente y entrecortaba con los sollozos sus palabras. Postrada ante los Lares y los cabellos en desorden, besó con sus trémulos labios los fuegos extintos y elevó a los adversos Penates cien súplicas que no habían de reportar ningún provecho a su desventurado esposo.” (Ovidio, Tristes, I, 3)

Su vínculo con el penus , la despensa, pudo verse reducido, cuando la familia, por efecto de la evolución de la sociedad, dejó de depender únicamente de los alimento almacenados en ella. Asimismo su lugar de culto se trasladó junto al fuego desde el atrio a la cocina cuando la nueva distribución de las casas se impuso.

Los Penates mantenían el vínculo de las divinidades domésticas con la continuidad de la estirpe, pues son llamados paternos o patrii en diversas fuentes literarias, en referencia a que se transmitían por herencia, como dioses de la familia, de padres a hijos a través de las generaciones.

“Veranio, el preferido para mí entre todos mis trescientos mil amigos, ¿has regresado a casa, a tus penates y a tus queridísimos hermanos y tu anciana madre? Has regresado. ¡Noticia dichosa para mí!” (Catulo, IX)

Los Penates domésticos  no tenían una iconografía concreta, sino que todos los dioses del panteón romano podían aparecer representados en las capillas domésticas como Penates e, incluso, personajes considerados por el paterfamilias como modelos a seguir.


Lares, Genio, Penates y Mercurio, Pompeya

Los Penates eran venerados en el momento del banquete, en el que se unían señores, hijos y siervos y les agradecían la comida y la bebida a punto de ser ingeridas, mediante la ofrenda en el fuego de una pátera llena de sal y harina, o bien arrojando a éste su parte correspondiente de los víveres, acción a través de la cual quedaban todos bendecidos.

El Genius era, en el mundo romano, el principio generador, la esencia y la fuerza vital de todo ser, lugar o cosa. Su origen se encuentra, como el de los Lares, en las etapas formativas de Roma. Estaba íntimamente ligado a la perpetuación de la estirpe y a la continuidad del nombre de la familia, conceptos que se encontraban en la base de la religión romana, como el propio Genius. Todas las personas contaban con esta especie de alter ego, incluidas las mujeres, protegidas por la Iuno . Sin embargo, según una concepción únicamente romana, la familia se perpetuaba solo por línea patrilineal, precisamente porque se consideraba que su esencia se encontraba, desde su origen, en el Genius del paterfamilias. El Genius, por tanto, se perpetuaba en el hijo tras la muerte del padre y así sucesivamente. Según Cicerón: "conservar los ritos de la familia y de los padres es como conservar una religión transmitida por los dioses, porque la antigüedad se aproxima mucho a los dioses." (De Las Leyes, II, 11)


Genio, Museo Arqueológico de Nápoles

Como fuerza procreadora, el Genius se convirtió en la manifestación de las facultades relacionadas con la juventud y la inteligencia. Se identificaba, asimismo, con todo acto bueno y agradable. Estaba vinculado al lectus genialis, el lecho matrimonial, en el que se
materializaba la continuidad familiar, y presidía el acto de la generación, manifestándose especialmente el día del nacimiento. Era él quien determinaba el carácter del recién nacido y protegía su existencia.

“Muy antiguo es, Póstumo, aquello de violar el lecho ajeno y burlarse del Genio que preside la sagrada cámara nupcial.” (Juvenal, VI)

El  Genius del paterfamilias se  representaba  como un hombre maduro vestido con una toga, normalmente praetexta, que le cubría  la cabeza, en actitud de oficiante. Los atributos que portaba  podían variar, siendo los más comunes una cornucopia, en la mano izquierda, y una patera, en la derecha. En cuanto a la Iuno, en las escasas ocasiones en las que aparece representada, lo hace como una mujer madura, vestida con túnica larga y con una palla sobre ella, con la que se cubre la cabeza en actitud piadosa.

 En el culto del Genius del paterfamilias participaban todos los miembros de la familia, lo cual reforzaba la autoridad del pater y dominus, a la vez que servía para rendirle pleitesía y mostrarle fidelidad, especialmente por parte de los miembros no de sangre (esclavos y libertos).

Ven aquí, festeja al Genio con juegos, al Genio con danzas y rocía sus sienes con mucho vino y que  de su resplandeciente cabello destilen perfumes y lleve ensortijadas guirnaldas en la cabeza y el cuello”. (Tib. I, 7)

Genio, Walters Museum
El Genius podía ser objeto de veneración cotidiana,  pero, como fuerza vital de cada persona, su fiesta principal era el natalicio del  paterfamilias, momento en el que recibía ofrendas incruentas, como vino, incienso, guirnaldas y  pasteles de miel.

 “Digamos palabras favorables: el Cumpleaños llega a los altares. Cualquiera que esté presente, hombre o mujer, calle su lengua. Que se quemen los píos inciensos en los hogares, que se quemen los perfumes que el exquisito árabe envía desde su opulenta tierra. Que el Genio en persona asista para ver sus ofrendas, que delicadas guirnaldas ornen su sagrada cabellera, que sus sienes destilen nardo puro y esté saciado con la ofrenda y ebrio de vino y te conceda, Cornuto, cualquier cosa que le pidas.” (Tib. II, 2)

Pero también en las fiestas de los muertos, en las Larentalia y Parentalia, se veneraba a los Genii de los antepasados con ofrendas propiciatorias (Ov., fast. II, 545-547)

Domiciano como Genio,
 Museos Capitolinos
El culto al emperador también estaba presente en el larario:

“Pasa el día el labriego en sus colinas ligando vides a desnudos troncos; vuelve alegre al hogar, y allí se invita, igual que a un dios, a su banquete sobrio.

Te invoca en sus preces. De su copa vierte en tu honor el vino generoso;y te asocia a los Lares, como Grecia a Cástor y a su Hércules heroico. (Hor. Odas IV, 5)

La diosa Fortuna formó también parte de las divinidades merecedoras de culto privado. Los romanos consideraban la fortuna como una fuerza nacida con el ser humano que le acompaña hasta la muerte y que de forma caprichosa puede serle  propicia o desfavorable en sus cometidos privados y públicos, por lo que merecía las atenciones proporcionadas a los demás dioses protectores del hogar.

“Cuando la fortuna nos ayuda y sonríe con benévola faz, todos siguen al esplendor de las riquezas; pero así que truena la tormenta, todos huyen y desconocen al mortal poco antes asediado por una turba de aduladores. Esta verdad que conocí en los ejemplos de los antepasados, ahora me la confirma la experiencia de mi propia desventura.” (Ovid., Tristes, I, 5)

Antes de que la casa fuera la morada de los Lares o los Penates, ésta fue sagrada por contener a la primera y más sensible forma divina, el fuego del hogar. La sacralización del fuego se remonta a los tiempos prehistóricos, en los que éste era garante de luz, de calor, de alimento o de protección, y al que había que conservar por la propia dificultad de obtenerlo. La reunión alrededor del hogar, en el que se mantenía siempre vivo, hizo que se convirtiera en símbolo de unión de la comunidad y de la familia. Así, como centro de la vida, llegó a la cultura romana, en la que simbolizó, tanto en la esfera privada como pública, la perpetuación de la estirpe, pues, al igual que el fuego debía mantenerse encendido  de forma continua, lo mismo debía hacerse con la llama de la familia.

“Y que ventura si la honrada esposa
Cuidado de hijos y de hogar comparte,
Como la mujer Sabina o la de Apulia
Tostada por el sol y por el aire;
Si ella con secos leños
Aviva el fuego, al declinar la tarde, para el marido que rendido vuelve del campo a sus penates…” (Horacio, Epodos, II)

Ofrenda a los lares, John William Waterhouse

La divinidad identificada de forma más directa con el fuego  ha sido tradicionalmente Vesta, encargada de cuidar el hogar en el que ardía. El fuego de Vesta fue, con toda probabilidad, cuidado y atendido por las hijas o la mujer del paterfamilias. En él, la diosa recibía un plato con alimentos  y otras ofrendas similares a las de los demás dioses domésticos.

Los Manes eran los espíritus de los muertos, objeto de veneración y de terror porque salían para atormentar a los vivos. Los romanos pensaban que los espíritus podrían castigarles si no les rendían culto, por lo tanto se ocupaban de mantener las tumbas y ofrecer flores y alimentos como leche, miel, vino puro o huevos.  Por ello se hacían ritos nocturnos de purificación para alejarlos. En las lápidas sepulcrales se encuentran las inscripciones DIS MANIBUS (D.M.), como fórmula de consagración del difunto a los Manes divinos.
El culto a los antepasados tenía su escenario principal en la tumba. Sin embargo, los ancestros gozaban también de un espacio en la casa como protectores de la familia y se les rendía culto.


Casa de Julio Polibio, Pompeya

Las representaciones pictóricas del lararium presentan a los lares, solos o acompañados, y frecuentemente en actitud danzante y situados de forma simétrica en torno a una escena. Entre ellos aparecen altares, en ocasiones con serpientes que se enroscan en su fuste, o más frecuentemente el Genius haciendo el sacrificio. A la  escena  se puede sumar un flautista, un esclavo que lleva a la víctima propiciatoria e incluso la figura de la Juno. Sus diferentes tamaños representan su posición jerárquica. También se dibujan alimentos  y objetos de uso cotidiano. La parte inferior de estas escenas, perfectamente separada, suele estar reservada a la representación de una o dos serpientes, que se acercan o se enroscan alrededor de un altar con ofrendas en su parte superior.

Pero muchas otras divinidades, con la función de Penates, aparecen también representadas
en las pinturas de lararios, junto a los Lares y al Genius o en composiciones independientes: Apolo, Mercurio, Baco, Venus, Hércules, Vesta, Fortuna, o divinidades orientales como Isis.

En cuanto a su cronología, si bien algunas de ellas son de comienzos del gobierno de Augusto, la mayoría fueron realizadas a lo largo del siglo I d.C., coincidiendo con la difusión del IV Estilo.

Los lararia en forma de nicho suelen estar realizados con estuco, con una losa de piedra o, más frecuentemente, con una tegula (teja), que sobresale de la pared creando un repisa en la que colocar las estatuas u objetos de culto. Existen casos en los que un larario pictórico engloba un nicho, el cual forma parte de la propia escena representada.



Larario, Boscoreale

La aparición de un altar marca un lugar destinado al culto y a la veneración de los dioses. Suele  estar realizado en mampostería y, menos frecuentemente, en piedra.


Larario, Casa de Narciso, Pompeya

Las formas son también diversas, bien cuadrangulares o rectangulares, bien cilíndricos, pudiendo aparecer exentos o adosados a la pared. En la parte superior presentan pulvini laterales y un focus para el fuego o una depresión en la superficie que actúa como tal. La mayoría de los altares aparecen revestidos de estuco o pintados, con una decoración variada: imitaciones de mármol, objetos religiosos, como guirnaldas o candelabros ; motivos vegetales, como flores; escenas de serpientes acercándose a un altar; etc.


Larario, Casa de los Amorcillos dorados, Pompeya
La palabra aedicula  en el ámbito doméstico se refiere al tipo de larario que sigue la forma de un templo (aedes) en miniatura, con dos partes diferenciadas: un templete con columnas y frontón y su basamento. Aparecen adosados a la pared en uno o dos de sus lados.  Su decoración es variada, pintura con colores lisos, lastras de mármol auténticas  o de imitación y motivos figurados más o menos complejos.
Otro tipo es el edículo que presenta un bloque macizo de mampostería con un interior hueco en forma de nicho. 


Larario exterior en una casa pompeyana
Los que combinan la madera con la mampostería solían utilizarse también como armarios para guardar enseres domésticos.

“Y en el ángulo un gran armario en cuya hornacina había unos lares de plata, una Venus de mármol y una naveta de oro, no pequeña, en la que, según nos dijeron, se guardaba la barba del patrón.” (Petronio, Satir., 29)

El sacrarium privado de una domus  se trata de una habitación reservada por entero al culto, de dimensiones variables pero, por lo general, no muy grande. En su interior puede haber nichos, altares, basamentos para estatuas, pinturas e incluso edículos, así como mesas o bancos corridos para el asiento de los participantes en el ritual, formando todo ello el conjunto del larario. Algunos aparecen ricamente decorados con pinturas, estucos y mosaicos.


Sacellum abierto al atrio, Villa San Marco, Stabia, Italia

Los sacella privados se consideran equiparables a los sacraria y a los lararia. Podían ubicarse en espacios abiertos o en el interior de las casas.

Estos espacios de culto doméstico podían encontrarse en casi cualquier ambiente, desde los atrios hasta las cocinas, pasando por peristilos, cubicula o zonas de paso. De todos ellos, son los peristilos y viridaria (jardines interiores), las cocinas y los atrios las zonas en las que más lararios se han encontrado. Las casas podían, además, tener más de un larario, con independencia de la riqueza de la domus.


Casa del Larario del Sarno, Pompeya

Los lararios más monumentales coinciden, por tanto, con las zonas públicas de la casa, pues esta exposición a  la vista de todo el mundo implicaba que el dominus deseaba que se supiese que observaba los ritos de forma estricta y que respetaba la tradición familiar. La ostentación decorativa de  algunos lararia podría responder más a la importancia que se daba a la representación social que a un sentimiento religioso verdadero.

El larario privado incluyó a todo tipo de dioses e incluso personajes a los que el señor de la domus debía admiración o favores.

“Fue tanto el honor que tributó a sus maestros, que mantenía imágenes suyas de oro en su larario.” (Hist.  Aug, Antonino, III,5)

El culto a los dioses domésticos continuó durante todo el Imperio a pesar de la introducción de nuevas religiones y ritos procedentes de otros países que no tenían nada que ver con la religión tradicional romana.

Diosa Isis, Walters Museum
“¿De qué me sirve ahora, Delia, tu Isis? ¿De qué aquellos sistros tañidos tantas veces por tu mano? ¿O de qué, mientras cumpliste los ritos sagrados con piedad, lavarte en agua pura y —aún lo recuerdo— acostarte en casto lecho? Ahora, diosa, ahora acude en mi ayuda —pues que puedes curar está claro por los muchos frescos pintados en tus templos—, de forma que mi Delia, cumpliendo sus votivas plegarias, se siente ante las puertas sagradas cubierta de lino y dos veces al día con los cabellos sueltos deba entonarte alabanzas, resplandeciente entre la multitud de Faros. Pero que a mí me sea dado rendir honor a los Penates patrios y entregar el incienso de cada mes al antiguo Lar.” (Tib. I, 3)

Descanso ante el lararium, J.W. Waterhouse
Cuando el cristianismo estaba ya ampliamente extendido por el Imperio, los lararios mantuvieron y aumentaron su importancia en la casa romana incrementando la riqueza se su decoración. Por lo que la veneración de los dioses del hogar continuó hasta el siglo V d.C., cuando el Codex Theodosianus lo prohibió expresamente. De este testimonio se puede deducir que compartiendo espacio con personajes diversos, los Lares, los Penates y el Genio seguían recibiendo las mismas ofrendas que los romanos, desde sus orígenes como pueblo, les habían dedicado:

 “Ninguna persona, de ninguna clase u orden, ya sean ciudadanos o dignidades, ocupe una posición de poder o haya revestido tal honor, sea poderoso por nacimiento o humilde en linaje, posición legal y fortuna, sacrificará una víctima inocente a imágenes sin sentido en ningún lugar y en ninguna ciudad. No venerará, mediante sacrificios más ocultos, su lar con el fuego, su genius con vino, sus penates con fragancias; no encenderá fuegos en su honor, no colocará incienso delante de ellos ni colgará guirnaldas para ellos”. (Cod. Theod., XVI; 10,12)

BIBLIOGRAFÍA:

La Casa Romana, Pedro Ángel Fernández Vega
Aspectos de la «Fortuna Privata»: Culto individual y doméstico. Popularización del culto como protección mágica, Marta Bailón García, revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/viewFile/4453/4292
El culto en la casa romana, María Pérez Ruiz, http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3680119
El Culto Privado en la Religión Romana, Paulo Donoso Johnson, dialnet.unirioja.es/descarga/ articulo/3621504.pdf