Mostrando entradas con la etiqueta cliente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cliente. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de agosto de 2015

Captatio testamentorum, cazatestamentos en la antigua Roma


Pintura casa de Julia Felix, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

En los primeros siglos de Roma no estaba permitido al ciudadano con propiedades  disponer libremente de su patrimonio, pues la libertad de testar no era compatible con el régimen de propiedad familiar. Se consideraban como herederos naturales de la casa y, por tanto, del culto familiar a los descendientes varones legítimos (agnati o parientes por línea masculina). El testamento era algo excepcional y sólo se recurría a él cuando no existían herederos legítimos o cuando, aunque los hubiera, se los quería desheredar por causa fundada. Desde el siglo II a.C. se permitió  testar libremente, y el heredero  se designaba en un acto llamado testamentum. Pero solo los ciudadanos romanos con el privilegio del ius civitatis tenían el derecho o capacidad de transmitir su sucesión por testamento o de ser instituidos como herederos.

Retrato funerario de dos jóvenes, El Fayum

El ciudadano romano consideraba que hacer testamento era una obligación que le proporcionaba seguridad en la vejez, dejaba asegurado el futuro de su familia y ganaba el reconocimiento y atención de sus herederos que le brindarían sus alabanzas tras su fallecimiento. El testamento era una forma de control e influencia sobre los hijos adultos que podían ser desheredados por mala conducta y sobre los amigos o captatores que podían perder sus opciones a heredar si no le prodigaban las suficientes atenciones, ni le presentaban costosos regalos. Los romanos pensaban que solo al redactar un testamento podían ser totalmente libres de expresar sus sentimientos, sin tener en cuenta las obligaciones impuestas por las relaciones sociales o de amistad. Podían beneficiar a quienes realmente se hubieran portado bien con ellos y vengarse de quienes les hubieran perjudicado, a pesar de haberles prometido en vida que les tendrían en cuenta en sus últimos deseos. Por eso era imprescindible renovar el testamento para incluir las últimas voluntades reales:

“Además de lo dicho, me apenan las circunstancias en las que ha muerto, pues no ha dejado más que un antiguo testamento que no incluye a los que él más amaba y que favorece a unas personas con las que en los últimos tiempos él está especialmente enfrentado.” (Plin., Ep. V, 5)

Aunque había libertad para testar, no se podían dejar sin herencia a los hijos o herederos legítimos, sin dar alguna razón admisible que justificara tal decisión. Siempre se perseguía asegurar el patrimonio familiar en primer lugar, y que no pasase la herencia a otras familias, además de favorecer a la ciudad o al estado y, en su caso, a un protector o al propio emperador. Las críticas no faltaban cuando el testador no cumplía las expectativas de algunos que se creían con derecho a recibir parte de su herencia.

“Es ciertamente falsa esa creencia general de que los testamentos son el espejo de las costumbres de los hombres, como lo prueba el que Domicio Tulo se haya mostrado como una persona mucho mejor una vez muerto que mientras vivía. En efecto, después de haberse mostrado como una posible víctima de los captadores de herencias, ha instituido heredera a la hija que compartía con su hermano, pues, siendo hija natural de éste último, él la había adoptado como hija suya. Ha mostrado, asimismo, un gran afecto por sus nietos, e incluso por su bisnieto, pues a todos ellos ha dejado numerosos y magníficos legados. En definitiva, en todas las cláusulas de su testamento ha cumplido escrupulosamente con sus deberes hacia su familia, y por eso mismo sus últimas disposiciones han resultado tan inesperadas… Unos lo califican de farsante, de ingrato, de olvidadizo, y mientras lo acusan de todo ello, se traicionan a sí mismos con las más deshonrosas confesiones, pues censuran a quien era padre, abuelo y  bisabuelo, como si hubiese estado privado de descendencia. Otros, por el contrario, celebran con grandes elogios que aquél haya sabido engañar a quienes confiaban en enriquecerse de un modo deshonesto abusando de él, pues dicen que el que hombres así vean de ese modo burladas sus esperanzas responde perfectamente a los nobles valores morales que reinan en nuestra época.” (Plinio, Epis. VIII, 18)


Relieve romano, Museos Vaticanos

Con la expansión del Imperio romano y la suma de nuevos territorios se produjo la llegada de grandes riquezas, pero también la creación de nuevas clases sociales, como una nobleza de origen provincial y un estamento de nuevos ricos formado por comerciantes y libertos con gran poder económico. Todo ello unido a nuevas costumbres como el celibato y la disminución del número de hijos en el matrimonio, dio lugar a la aparición de unos personajes, que ante la falta de perspectiva de lograr un medio de subsistencia honrado y de progresar socialmente se dedicaron a ciertas actividades muy criticadas por su falta de ética, como la de la caza  de testamentos (captatio testamentorum).
 Petronio incluye en su obra satírica una farsa de los protagonistas que gira en torno al engaño y  la caza de un testamento promovida por el comentario de un campesino sobre la actividad más provechosa de su ciudad, Crotona, perseguir a un viejo sin hijos para heredarle o sabiéndose uno con una fortuna apetecida dedicarse a una cómoda vida llena de atenciones y honores por parte de los cazadores de herencias: 

“Ah, señores míos- dijo el campesino-, si sois comerciantes, cambiad de idea y buscaos otro medio de vida. Pero si, en cambio, tenéis una educación superior y podéis manteneros en la mentira, entonces vais derechos al lucro. Pues en esta ciudad no se estima en nada al estudio de las letras, no ha lugar la elocuencia, ni la sobriedad y las buenas costumbres son objeto de estima para que puedan ser cultivadas. Acordaos de esto que os digo: todas las personas que veáis en esta ciudad pertenecen a dos clases, los que tratan de captar una herencia y los que son captados.
En esta ciudad nadie reconoce a los hijos. Al que tiene herederos naturales no se le invita a cenar ni a ver los espectáculos. Se le prohíbe toda clase de diversiones y se ve obligado a esconderse como un pardillo. Los que nunca se casaron, en cambio, y los ue no tienen parientes próximos consiguen los máximos honores. En otras palabras, sólo ellos son considerados como grandes soldados, como los más valientes e incluso los más honrados.” (Satiricón, 116)

A partir del siglo II a. C. se autorizó la libertad para testar y en la época de Augusto la captatio testamentorum se había desarrollado como un verdadero arte. Consistía en adular a un viejo rico o un enfermo casi terminal, sin herederos reconocidos, alabándole y colmándole con regalos, con el objeto de que le fuera legada una parte o el total de su herencia. Aunque esta práctica era constantemente ridiculizada, se realizaba con asiduidad, como se refleja en la literatura latina.


Pintura romana, Museo Galileo, Florencia

Horacio describe en la sátira II, 5 la técnica para convertirse en un cazaherencias  con éxito, mediante un diálogo entre Tiresias y Ulises en el que el primero enseña al segundo qué hacer para recuperar la fortuna perdida a causa de los pretendientes.

Recomienda buscar un anciano rico,  al que deberá halagar con obsequios y atenciones, sin tener en cuenta sus condiciones morales:
“Te dan un tordo o alguna otra cosa para uso privado: que vuele adonde brille gran hacienda con amo viejo…
Sea perjuro, descastado, fugitivo, esté manchado…

 Conseguir, por medio de las adulaciones, que el anciano lo instituya como heredero.
Es conveniente que el anciano carezca de hijos  Esto se justifica porque, en el caso de existir herederos naturales, estos podían hacer anular el testamento. Insiste, además, en las manifestaciones de aparente preocupación que debe manifestar el captator acerca del bienestar y la salud del testator. Si no se cumple la regla anterior, se puede admitir que un testator, anciano y viudo, tenga un hijo, a condición de que éste sea enfermizo y hay que lograr, insinuándose muy sutilmente, ser designado segundo heredero o heredero sustituto. De este modo, si el niño muriera, el captator podría convertirse en heredero legítimo:

“Y si alguien cría en la opulencia a un hijo reconocido
A pesar de su poca salud, para que no te delate clara
Obsequiosidad hacia los célibes, deslízate sin que se note con atenciones, en la esperanza de ser nombrado segundo heredero y, si una desgracia se lleva el muchacho al Orco,de ocupar su vacante; muy raramente falla esta jugada.”

Si el testador le ofrece leer el testamento, debe negarse a hacerlo para no parecer interesado, Sin embargo, le aconseja que trate de leer, disimuladamente, la segunda línea, donde se mencionaban los coherederos, a fin de saber si es el único heredero sustituto o si son muchos .
 Si el anciano está dominado por una esposa astuta o un liberto influyente, el que aspira a la herencia debe tratar de ganarse la voluntad de ellos, alabándolos, para que a su vez ellos lo alaben ante el anciano. Pero inmediatamente  rectifica y agrega que resulta más eficaz adular al anciano y tratar de satisfacer todos sus deseos:

“Recomiendo a este respecto: si tramposa mujer
O liberto por ventura manejan a un viejo senil, hazte
Socio suyo; elógialos, para que te elogien en tu ausencia.
Esto también ayuda, pero con mucho lleva antes al triunfo asaltar el bastión principal…”

 Es conveniente que, una vez que haya sido designado heredero, disimule la alegría que este hecho le produce y cuando el testador muera, es preciso que el heredero le ofrezca un espléndido funeral, a fin de que el vecindario alabe su desinterés:

“Hay que ocultar un rostro que delate alegría. Si el sepulcro
Se confió a tu buen juicio, erígelo sin escatimar;
Que la vecindad alabe un entierro hecho espléndidamente.”

Por último si  algún coheredero, anciano y enfermo, desea  parte de la herencia del captator, éste debe cedérsela a un precio irrisorio. Con esto no sólo obtendrá su agradecimiento sino también figurar en su testamento.


Detalle mosaico con perdices para regalo, Museo del Bardo, Túnez

En el caso de los captatores (cazadores), éstos tratan de ganarse el favor del testator,  mediante regalos, invitaciones a comer, atenciones, que en muchos casos se hacían por el mero interés por la herencia. En el caso del testator, éste, aún sabiendo el fingido interés de los captores, sabe sacar el mayor provecho de la situación, aceptando los obsequios.
Ya Plauto describe en su obra Miles Gloriosus la situación al describir la relación de Periplectómeno y sus parientes por línea femenina (cognati) que no son herederos naturales como los agnati (parientes por línea masculina), pero que si pueden ser nombrados herederos. El viejo Periplectómeno es un misógino que animado por Peusicles a casarse y tener hijos se niega por los inconvenientes que las mujeres y los hijos implican y en cambio sugiere que dejarse querer por sus parientes por los beneficios que consigue.

¿Puesto que tengo muchos parientes, qué necesidad tengo de hijos? Ahora vivo bien y satisfactoriamente y como quiero y como le agrada a mi espíritu.
A mi muerte entregaré mis bienes a mis parientes, los repartiré entre ellos:
éstos estarán junto a mí, me cuidarán; verán qué hago, qué quiero; antes de que amanezca, se presentan, preguntan cómo he dormido durante la noche. [En lugar de hijos, tendré a aquellos que me envían regalos.]
Hacen un sacrificio; de allí reservan para mí una parte mayor que para sí, me llevan a la celebración, me invitan a su casa para la comida, para la cena.
Se juzga muy desdichado aquel que me obsequió lo mínimo. Ellos compiten entre sí en cuanto a los regalos: yo susurro en mi  interior:
‘Ambicionan mis bienes, me alimentan y hacen regalos a porfía’.

Séneca, por ejemplo, condena desde el punto de vista ético esta práctica cuando se refiere a la conducta de quienes se preocupan por un enfermo, no movidos por un sentimiento humanitario o por afecto, sino llevados por el interés. En De beneficiis afirma:

“Llamo ingrato al que cuida a un enfermo, porque va a redactar su testamento aquel que tiene tiempo para pensar sobre su herencia y su legado. Aunque haga todas las cosas que debe hacer un amigo bueno y memorioso de sus obligaciones, si la esperanza de lucro está presente en su ánimo, es un pescador y arroja su anzuelo.”  (IV, 20,3)


Detalle mosaico con pesca, Museo del Bardo, Túnez
El símil del pescador que trata de capturar al pez con un anzuelo y un cebo comparándolo con el cazador que usa la adulación y la falsa preocupación como trampas para atraer a su víctima es empleada también por Horacio al referirse a las atenciones y adulaciones que el captador deberá utilizar con el testador, las considera como señuelos o trampas para atraerlo.

“Ya te lo he dicho y te lo digo: se astuto y hazte con
testamentos de viejos por doquier y no pierdas la esperanza ni burlado abandones la práctica, si alguno o un par de astutos escapan del insidiador tras morder el anzuelo.” (Sat. II, 5)

Lo que hace más detestable esta actitud es que por ambición alguien llegue a desear la muerte de una persona, incluso la de un amigo. Compara a los captatores con los empresarios de pompas fúnebres (libitinarii) y con los que disponían todo lo concerniente a los funerales (dessignatores), profesiones consideradas despreciables porque se creía que el contacto con los muertos producía contaminación. A partir de la comparación se demuestra que los captatores son más despreciables que los que ejercían esas profesiones.               
                               
  “¿Acaso no piensas tú que Aruncio y Haterio y los demás que han practicado el arte de captar testamentos tienen los mismos deseos que tienen los que organizan los funerales y los empresarios de pompas fúnebres? Sin embargo, estos últimos no conocen a aquellos de quienes desean la muerte; los primeros desean que muera alguien muy amigo, de parte del cual, a causa de la amistad, existe una mayor esperanza de legado. Nadie continúa viviendo para daño de estos últimos, a los primeros los consume cualquiera que tarde en morir; por lo tanto desean no sólo recibir lo que han ganado con su vergonzosa servidumbre, sino también ser liberados de un pesado tributo.”  (De Ben. VI, 38,4)


Relieve romano, Museo Nacional Romano
Marcial describe en sus epigramas varios casos de captatores y testatores  mostrando las características que ambos tenían y sus diversas actitudes. En su epigrama XI, 44 enumera las particularidades que convierten a un individuo en un testator perseguido: no tener hijos, ser rico y de edad avanzada, mientras advierte que las verdaderas amistades son las que surgen cuando se es joven y pobre, y no las que llegan cuando se aproxima la muerte del  testador.

 No tienes hijos y eres rico y nacido durante el consulado de Bruto:
¿crees que tú tienes amistades verdaderas?
Son verdaderas las que tenías siendo joven, las que tenías siendo pobre aquel que es un nuevo amigo desea tu muerte.

 Marcial sigue con las advertencias frente a los captatores hipócritas que solo desean la muerte del testator:
                                                      
“Quien te da regalos, Gauro, a ti, rico y anciano,
si eres inteligente y te das cuenta, te dice esto: “Muérete”. (VIII,  27)


Relieve del sarcófago de Valerio Petroniano, foto de Giovanni Dall'Orto.

En su epigrama XI, 55 sugiere al testador no creer al cazador, cuya técnica lo lleva a aconsejar al testador hacer  lo contrario de lo que él realmente desea, como que tenga hijos:

“Eso de que te anima Lupo a ser padre, Úrbico,
no te lo creas. No hay nada que menos quiera él.
El arte del cazador de testamentos consiste en
dar a entender que quiere lo que no quiere: desea
que no hagas lo que te está rogando que hagas.
Que tu Cosconia diga sólo que está encinta:
Lupo se pondrá ya más pálido que una
parturienta. Pero tú, para dar a entender que has
seguido los consejos del amigo, muérete de
forma que él piense que has sido padre.”          

Esta actitud hipócrita del captator  le lleva a hacer promesas para que un amigo enfermo mejore, cuando realmente desea que muera para poder heredar. Marcial se refiere a otra actitud hipócrita de los captatores: el hacer promesas para que un amigo enfermo recobre su salud, cuando en realidad desean su muerte a fin de heredarlo:

 “Por un amigo anciano, que sufría una grave y abrasadora fiebre terciana, Marón hizo, pero en voz alta, la promesa de que, si el enfermo no fuera enviado a las sombras estigias, se inmolaría una víctima agradable al magno Júpiter.
Los médicos han comenzado a prometerle una segura curación. Ahora Marón hace promesas para no cumplir su promesa.”  (XII, 90)

Al  saber que sus esperanzas de heredar se desvanecen porque el enfermo se va a curar, Marón, intenta encontrar el modo de no cumplir lo que prometió, con lo que deja al descubierto sus verdaderos sentimientos.
 Marcial extiende sus críticas al individuo que esconde sus verdaderas intenciones haciéndose pasar por una persona generosa y de gran corazón, cuando lo que verdaderamente pretende es engañar a los viejos y viudas con regalos, como se engaña a los peces con un cebo,  para quedarse con sus herencias.

“Porque envías grandes regalos a los viejos y a las
viudas ¿quieres, Gargiliano, que te llame generoso?
No hay ser más avaro ni persona más abyecta que tú
y sólo tú, que puedes llamar regalos a tus insidias.
Así de complaciente es el anzuelo falaz con los
peces ansiosos, así engaña a las estúpidas fieras
un astuto cebo. Qué es ser generoso, qué es hacer
regalos, voy a enseñártelo, por si no lo sabes: hazme
regalos a mí, Gargiliano.” (IV, 56)          

Muchas son las quejas de los propios captatores por la  esclavitud  a la que los testadores les sometían ante la perspectiva de dejarles como herederos, haciéndoles víctimas de engaños o de falsas promesas  y mostrando deslealtad por no agradecer  los obsequios recibidos.

“Como jurabas por lo más sagrado y por tu vida
que me tenías, Gárrico, como heredero de la
cuarta parte de tus bienes, me lo creí —pues,
¿quién va a desaprobar gustosamente sus propios
deseos?— y alimenté mi esperanza incluso
haciéndote regalos; entre ellos te envié un jabalí
laurentino de un peso poco corriente: podrías
pensar que era el de la etolia Calidón. Pero tú,
sin pérdida de tiempo, invitaste a cenar lo mismo
al pueblo que a los senadores: todavía la
pícara Roma está eructando mi jabalí. Yo
mismo, —¿quién lo creería?— no me incorporé
ni como el último de los invitados, pero tampoco
se me ofreció una costilla ni se me envió la
cola. De tu cuarta parte, ¿qué esperanzas
puedo tener, Gárrico? De mi jabalí no me ha
llegado ni una onza.” (IX, 48)


Mosaico con jabalí, Museo el Bardo, Túnez

Los cazadores de testamentos son el símbolo del fin del valor de  la amistad basada en las relaciones de afecto entre amigos, o entre patrono y cliente. Se busca un falso afecto por necesidad y por dinero. Se hace un regalo a cambio de ser nombrado heredero y  se pide la pronta muerte del testador para evitar la ruina por los gastos del captator.

“Las treinta veces que has firmado en este año,
Carino, tu última voluntad, te he enviado unas
tartas empapadas en miel de tomillo del Hibla.
No puedo más, ten compasión de mí, Carino,
haz testamento menos veces o haz de una
vez lo que continuamente disimula tu tos. He
agotado mi bolsa y mis reservas. Aunque hubiera
sido más rico que Creso, sería más pobre
que Iro, Carino, si otras tantas veces comieras
mis habas”. (V, 39)

El deseo de la pronta muerte del testator lo refleja Marcial en el hartazgo del captator por tener que acompañar y soportar a su futura fuente de ingresos, sin recibir nada a cambio, solo la incierta promesa de ser recompensado a la muerte del testador.

Mientes, te creo; recitas malos poemas, te
aplaudo; cantas, canto; bebes, Pontiliano, bebo; te
pees, disimulo; quieres jugar a las damas, me dejo
ganar. Una sola cosa hay que haces sin mí, y me
callo. Sin embargo, nada en absoluto me das. “A
mi muerte”, dices, “te trataré bien”. No quiero
nada, pero muérete. (Epigramas, XII, 40)

El acoso al testador enfermo  que al final deja al captator, quien muestra una falsa preocupación por su salud, sin la herencia deseada,  aparece en  una epístola de Plinio el Joven, dirigida a su amigo Calvisio:

“Veleyo Bleso, el antiguo cónsul sumamente rico, se hallaba en una fase terminal de su enfermedad y quería cambiar su testamento. Régulo, que confiaba en poder obtener algún beneficio de las nuevas disposiciones testamentarias, pues había comenzado a ganarse  recientemente el favor del enfermo, exhorta a los médicos y les ruega que prolonguen por todos los medios a su alcance la vida de Bleso. Después que fue firmado el testamento, adopta una nueva postura y a los mismos médicos de antes les habla ahora en estos términos: “¿Hasta cuándo vais a continuar torturando a este desdichado? ¿Por qué no permitís que muera tranquilamente aquel a quien no podéis conceder la vida?” Muere Bleso y, como si hubiese oído todo esto, no deja un solo as a Régulo.” (Ep. II, 20)

Retrato funerario de dama, EL Fayum

Tampoco las mujeres ricas se veían libres de los aduladores que las seguían a todas partes e intentaban complacerlas con la esperanza de verse recompensados en el reparto de la herencia.

“Mientras que, ¡por Hércules!, personas que no tenían la más mínima relación con su abuela, para mostrar su respeto por Cuadratila (me avergüenzo de haber utilizado la palabra “respeto” a propósito de gente como ellos), con la deferencia propia de los aduladores se apresuraban a acudir al teatro, saltaban de alegría, aplaudían, daban muestras de admiración y después repetían ellos mismos ante la gran dama cada uno de los gestos de los actores acompañándose de los mismos cánticos que se cantaban en las piezas. Éstos, como pago por sus actuaciones teatrales, recibirán ahora unos ínfimos legados por parte del heredero que nunca quiso asistir a ellas.” (Plinio, VII, 24)

Para asegurarse el afecto de su entorno durante lo que le restase de vida y conseguir ser llorado tras su muerte, el testador podía leer su testamento en presencia de sus allegados y darles a conocer sus correspondientes legados. En el Satiricón de Petronio, Trimalción notifica su última voluntad durante la cena ante sus invitados y manda traer el testamento para leerlo entero con el objeto de ganarse la admiración de la servidumbre y los otros agraciados.

“Amigos,- dijo Trimalción, halagado por este desafío-, sabed que también los esclavos son hombres. Han mamado la misma leche que nosotros, a pesar de la mala suerte que pesa sobre ellos. Pero, por mi vida, que pronto beberán el agua de la libertad. En una palabra, en mi testamento les concedo la manumisión a todos ellos. A Filargiro le dejo en herencia una finca y su compañera. A Corión una manzana de casas, el porcentual para pagar al fisco su rescate y, además, un lecho con la lencería necesaria. A mi querida Fortunata la nombro heredera universal, encomendándola a todos mis amigos. Y hago público todo esto para que mi servidumbre me quiera ya desde ahora, como si ya estuviese muerto”. ( Petr. Satiricón, 71)


Joven con rollo, Casa del Apartamento, Pompeya, Museo de Nápoles
La caza de testamentos parece haber sido un tópico literario que reflejaba una situación social la de la falsa o fingida amistad de la que ambas partes, el testador y el  captador tenían como objetivo lograr un beneficio mutuo para cumplir con la solidaridad que proclamaba la civilización romana. Ello no impedía que existieran la amistad y preocupación verdaderas entre los ciudadanos de Roma, como relata Plinio al hablar del fallecimiento de Silio Itálico:

“Muchos acudían todos los días a presentar sus respetos a su casa y lo honraban con todo tipo de presentes. Él los recibía generalmente reclinado en su lecho de trabajo, y su despacho estaba siempre lleno de gente, y no precisamente por sus riquezas.”(Plin., III, 7)

BIBLIOGRAFÍA:

http://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/3083/captatiomansillacecco.pdf (Una profesión insólita y lucrativa: la captatio  testamenti, Elda Edith Cecco, Angélica Margarita Mansilla)
http://ecommons.luc.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1035&context=classicalstudies_facpubs (Tacitus, Roman Wills and Political Freedom, James G. Keenan)
http://scholar.princeton.edu/sites/default/files/Why%20Wills_0.pdf (Creditur Vulgo Testamenta Hominum Speculum Esse Morum: Why the Romans Made Wills, Edward Champlin)

sábado, 7 de marzo de 2015

Vocatio ad cenam, cortesía y compromiso social en la antigua Roma

Vaso griego con symposium

"Mañana a su humilde casa, queridísimo Pisón,
te invita a las nueve tu camarada caro a las Musas
para el banquete anual de la vigésima. Si dejas exquisiteces y vinos de Quíos, en cambio verás amigos sinceros y escucharás discursos mucho más dulces que aquellos del palacio de los feacios.
Si, por tanto, Pisón, quieres volver la mirada hacia nosotros, celebraremos, en lugar de una modesta fiesta de la vigésima una más opulenta." (Filodemo de Gádara, el Epicúreo (I a. C.)

La celebración de una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente con animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados ya era costumbre entre las civilizaciones más antiguas, y los griegos la mantuvieron en el llamado symposium.

Symposium, pintura griega,  Paestum, Italia

Cuando a la caída de la tarde cesaban los negocios, se cerraban los tribunales o terminaban su paseo o sus estancias en las termas, los romanos eran invitados a cenas o se convertían en anfitriones de convites tan elaborados como permitieran sus posibilidades económicas, por el hecho de poder permanecer juntos más rato por el grandísimo placer de reunirse y hablar de temas literarios, filosóficos o políticos. La invitación se debía en otros casos a motivos familiares como aniversarios, bodas, natalicios, y llegadas o despedidas de amigos.
Las celebraciones nupciales parece que reunían a muchos invitados debido a que se juntaban familias, amigos y convidados que respondían a compromisos sociales.

“Tales fiestas son no solo amistosas, sino también familiares, al mezclar con la familia otra casa; y lo que es más importante que esto, al unirse dos casas en una sola, ya que tanto el que acepta como el que da piensan que hay que acoger con bondad a los familiares y amigos de uno y otro, duplican el número de invitados…se recibe e invita a los demás, la gente, por temor a olvidarse de alguien, invita a todos los íntimos, familiares y los que de alguna manera están emparentados con ellos.” (Plutarco, Moralia, IV, 3)



 En las villas del campo los invitados llegaban de las villas vecinas o los amigos paraban inesperadamente para descansar y disfrutar de la diversión durante la noche de viaje. También había estancias de varios días en las que los amigos invitados disfrutaban de la exquisita hospitalidad del  propietario.

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche: 

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epístolas, III, 1)

Pintura romana, Catacumba de San pedro y San Marcelino, Roma

La mayoría de cenas eran parecidas a reuniones familiares cotidianas con un número limitado de invitados, en las que participaban la esposa y los hijos del anfitrión, algunos parientes y amigos cercanos  y sólo se buscaba la diversión sana y las relaciones sociales.

Tabla con invitación, Vindolandia, Gran Bretaña

"Claudia Severa a su Lepidina saludos. El 11 de Septiembre, hermana, por la celebración de mi cumpleaños, te envío una cordial invitación para asegurarnos de que vienes, para alegrarme por tu llegada, si estás presente. Saluda a tu Cerial. Mi Aelio y mi hijo pequeño le Mandan sus saludos. (segunda caligrafía) Te espero hermana. Adiós, mi querida hermana, Salud". 

En las tablas de Vindolandia se ha recuperado la invitación a un cumpleaños, que una matrona envía a otra, esposa de un prefecto.

La invitación por parte del anfitrión podía deberse a diversos motivos, desde la simple relación de amistad, al más puro interés en obtener beneficios políticos o económicos, pasando por el mantenimiento de los vínculos de clientelismo, o la responsabilidad contraída con libertos y parásitos. La cena se convierte así en un acto de renovación de lazos sociales en medio de un relajado ocio.

“Yo nunca digo que no cuando me invitan a comer. Es una desgracia que no se use ya la forma de invitar que había, en mi opinión.  !Hércules!, pero que estupenda y sabia en grado sumo  que era antes:  Ven a tal y tal sitio a cenar, venga, acepta, no te niegues, ¿Te viene bien? Anda, ven, digo, no consentiré que dejes de venir. Hoy en día, en cambio, se ha puesto de moda en su lugar otra forma de hacer la invitación, necia, Hércules, e inepta por demás: Te invitaría a cenar, si no  cenara yo fuera hoy !Mal rayo parta a la dichosa frasecita y ojalá que reviente el embustero que la dice, si es que cena en casa! Esta nueva manera de expresarse me obliga a coger usos barbaros, y a ahorrarme el pregonero y anunciar yo mismo la subasta de mi venta”. (Plauto, Estico, acto II, esc.II)

En época muy lejana la hospitalidad, o acogida que una comunidad dispensaba a un extranjero, a un mendigo o a un suplicante, tenía un importante valor jurídico- diplomático y al mismo tiempo un significado religioso. El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel.

“Nieto de Etruscos reyes, ¡oh Mecenas!:
Ha días ya que un delicioso vino
Te reservo en tonel nunca tocado,
Y rosas y perfumes exquisitos
Con que te unjas el cabello. Acude.” (Horacio, odas, III, 29)

Mosaico de la casa de la Ménade, Zeugma. Museo de Gaziantep, Turquía

Las cenae romanas podían ser muy diferentes según las circunstancias, el temperamento de cada anfitrión o su calidad moral; según el romano que la ofreciera, la cena podía convertirse en una grosera comilona o en un ejemplo de distinción y delicadeza. La costumbre era cenar después del baño, al término de la hora octava en invierno y de la nona en verano.  La hora en que se terminaba de cenar difería según se tratara de una cena sencilla o de un banquete de gala. En principio una cena decente debía terminar antes de que se hubiera hecho noche cerrada. Un invitado podía decidir no asistir a la cena a la que había sido invitado si no iban a guardarse las normas sociales establecidas o si lo que se ofrecía no correspondía a su gusto:
“Acepto tu invitación a cenar en tu casa. Pero desde ahora te pongo esta condición: que sea sencilla, que sea frugal, que abunde únicamente en conversaciones filosóficas y que también por lo que a éstas se refiere observe la medida justa… No obstante, por lo que a nuestra cena se refiere, ésta debe caracterizarse por la moderación, tanto en su suntuosidad y en su coste, como en duración.” (Plinio, Epístolas, III, 12)

Convivium, Pintura romana, Palacio Massimo, Museo Nacional Romano

El anfitrión debía demostrar la espléndida situación económica de la que disfrutaba, pero al mismo tiempo tenía que evitar que su patrimonio se viese dañado por el gasto excesivo. Tanto el  derroche irresponsable como la tacañería eran criticados con severidad por los moralistas.

“Ayer, lo confieso, diste un perfume exquisito a tus convidados, pero no trinchaste nada. ¡Es cosa curiosa oler bien y morirse de hambre! El que no cena y lo perfuman, Fabulo, creo en verdad que está muerto.” (Marcial, Epigramas, III, 12)

El anfitrión en su papel de patrón debía extender su generosidad a sus clientes y a sus benefactores, así como a los denostados gorrones, siempre en busca de la deseada cena con la que aliviar su hambre. Estos se dejaban ver por lugares públicos, como el foro, mercados, termas y pórticos a la caza de un posible anfitrión.

“Selio no deja nada sin probar, nada a lo que no se atreva, cuando se ve al fin en la necesidad de tener que cenar en casa. Corre al pórtico de Europa y alaba sin cesar tu persona, Paulino, y tus pies dignos de Aquiles. Si en el pórtico de Europa no ha resuelto nada, marcha a los Septa, por si el hijo de Filira o el de Esón le proporcionan algo. Decepcionado también aquí, se hace asiduo de los templos de la diosa de Menfis y se sienta, oh ternera triste, junto a las cátedras de tus devotos. De aquí se dirige hacia el techo sostenido por cien columnas y desde allí al monumento donación de Pompeyo y a sus dos arboledas. Y no desdeña ni los baños de
Fortunato ni los de Fausto, ni las tinieblas de Grilo o el antro eólico de Lupo; porque en las termas públicas se baña una vez y otra y otra. Después de haberlo probado todo, pero sin la anuencia de los dioses, una vez bañado, corre de nuevo a los bujedos de la templada Europa, para ver si anda por allí algún amigo retrasado. Por ti y por tu hermosa joven, lascivo portador, te lo suplico, toro, invita a Selio a cenar.”

Para  ser admitido como comensal  en una cena, el gorrón utilizaba todo tipo de artimañas: ofrecer sus habilidades para ser exhibidas durante la cena, como contar chistes, alabar al potencial anfitrión de forma exagerada, o  arrimarse como una sombra a alguna persona anteriormente invitada.

“Oye a Selio alabarte, cuando le echa las redes a una cena, tanto si recitas como si defiendes un pleito:
¡Así se hace!, ¡fenómeno!, ¡vamos!, ¡bravo!, ¡magnífico!, ¡así me gusta!, “ya has conseguido la cena: cállate.” (Marcial, Epigramas, II, 27)

Mosaico de orfeo, Zippori, Israel

La figura social y jurídica del patrón y cliente, unidos por lazos religiosos y de parentesco,  se había mantenido con fuerza hasta los últimos años de la república, pero a finales del siglo I d.C. se había convertido en una relación carente de sentido y, sin apenas obligación. La salutatio o saludo matutino había sido el deber más importante del cliente y la sportula, una aportación económica, era la principal obligación del patrón. La invitación a la cena ofrecida por el patrón era uno de los favores esperados por el cliente para seguir manteniendo un cierto nivel de aceptación social. El gasto de la invitación a ciertos clientes que nada aportaban  era algo que muchos patrones no soportaban de buen grado.

“Métete bien en la cabeza que cuando te invitan a comer estás recibiendo la entera paga de antiguos servicios prestados. El producto de tu amistad con un grande es una comida, tu patrón te la echa en cara y, aunque te la dé pocas veces, te la echa en cara sin embargo. Conque si después de dos meses le parece bien incluir a su cliente olvidado, no vaya a ser que le quede libre una de las tres colchonetas en el lecho incompleto, te dice “Ven a casa”. Es el colmo de tus deseos. ¿Qué más pretendes? … Tú te crees un hombre libre y el invitado de tu patrón: él te considera prisionero del olor de su cocina.” (Juvenal, sat. V)

 El vínculo que el señor contraía con el liberto incluía la invitación a cenar, que a veces podía suponer un compromiso desagradable para el que fuera esclavo con anterioridad porque le podía hacer recordar su origen y dependencia del patrón. Ya en el transcurso de la comida, los ciudadanos libres y los libertos podían llegar a enfrentarse y llegar a rudas peleas.

Mosaico con escena de banquete, Museo del Bardo, Túnez

Al considerarse el acto de la cena como una especie de rito social, muchos anfitriones consideraban que ofrecer una comida sofisticada y un entretenimiento original  les haría diferenciarse de los demás y ser mejor vistos. Por tanto la ostentación y el exceso eran elementos a tener en cuenta en los convites en los que faltaba la moderación e imperaba  el desorden.

“… aparecieron cuatro danzarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos suculentos y ubres de puerca, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se asemejase a Pegaso.
En los lados del repositorio pudimos ver también cuatro  Marsias. De sus odrecillos escurría garo con pimienta sobre unos pescaditos que parecían nadar en un canalillo. Aplaudimos todos, siguiendo el ejemplo de la servidumbre, y a grandes carcajadas nos lanzamos a tan exquisitos manjares.” (Petronio, Satiricón, 36)


 Aún así, en la mayoría de cenas y banquetes se guardaban las convenciones sociales que exigían la moderación en el gasto de los alimentos, el buen gusto en los divertimentos y una actitud adecuada en lo referente al consumo de bebidas, puesto que la embriaguez era considerada como una falta de moral en la antigüedad.
Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que  los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la  hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, una hora no intempestiva y un triclinium lo suficientemente amplio para acomodar a todos los invitados con comodidad. Por último, se deseaba una comida bien cocinada y abundante, pero sin artificios.

“Le anuncian sus devotos a la ternera de Faros la hora octava y la cohorte de lanceros ya se retira y recibe el relevo. Esta hora templa las termas, la anterior exhala excesivos vapores y la sexta da calor en las desmesuradas termas de Nerón. Estela, Nepote, Canio, Cerial, Flaco, ¿venís? Mi sigma tiene siete plazas; somos seis, añade a Lupo. Mi cortijera me ha traído malvas, para aligerar el vientre, y los variados productos que tiene mi huerto, entre los cuales está la lechuga de asiento y el puerro de corte; y no falta la menta, que hace eructar, ni la hierba afrodisíaca; huevos cortados coronarán el pez lagarto  aderezado con ruda y habrá tetas de cerda maceradas en salmuera de atún. Con esto, los entrantes. La pequeña cena se servirá en un solo servicio: un cabrito arrancado de las fauces del lobo feroz y bocaditos que no necesiten el cuchillo del trinchante y habas, comida de artesanos, y berzas vulgares. A esto se añadirá un pollo y un pernil superviviente ya a tres cenas. Una vez hartos, os daré fruta en sazón y vino sin zurrapas de una cántara nomentana que cumplió dos trienios en el consulado de Frontino. Vendrán después bromas sin malicia y una libertad que mañana no será de temer y nada que quisieras haberte callado: Que mis invitados hablen de los verdes y los azules y mis copas no sentarán a nadie en el banquillo.” (Marcial, Epigr. 10,48)

Mosaico romano, Museo Nacional Romano

Resultaba altamente indelicado rehusar la invitación de un amigo, y se habría faltado gravemente a la cortesía aceptando una invitación a la que no se acudiese ulteriormente, pues si en tal caso no se aducían excusas suficientemente convincentes el desairado quedaba convencido de que se había dejado de ir a su casa por culpa de otro convivium mejor.

“Pero, ¿qué te ocurre? ¡Me prometes acudir a una cena en mi casa, y no te presentas! Esta es mi sentencia: has de pagarme una multa equivalente al dinero que me ha costado la cena hasta el último as, y no es una cifra pequeña. Había preparado una lechuga por persona, tres caracoles y dos huevos; había además gachas de espelta aderezadas con vino mulso y nieve (pues también este gasto lo añadirás a tu lista y es más, lo incluirás entre los primeros, pues se echó completamente a perder sobre tu plato), aceitunas, acelgas, calabazas, cebollas y muchos otros manjares, no menos de mil ni menos deliciosos. Habrías visto además actuar a un cómico, o quizás habrías escuchado a un recitador, o puede que hubieses asistido a un recital de lira, o incluso habrías disfrutado de los tres espectáculos, pues a tanto alcanza mi magnificencia. Y sin embargo, preferiste ostras, vientre de cerda, erizos de mar y bailarinas en casa de algún otro. ¡Me las pagarás!, no te digo cómo de momento. Tu comportamiento no tiene excusa. Te has portado muy mal, no se si también contigo mismo, pero desde luego conmigo, y sí también contigo. ¡Cuánto nos habríamos divertido juntos!, ¡cómo nos habríamos reído!, ¡qué conversaciones tan interesantes habríamos mantenido! Puedes cenar más suntuosamente en casa de muchos otros, pero en ninguna de ellas disfrutarás de tanta alegría ni cordialidad, ni te sentirás tan libre de preocupaciones como en la mía. En fin, te ruego que hagas la prueba, y si a continuación sigues prefiriendo aceptar las invitaciones de los demás antes que las mías, lo mejor es que me hagas llegar tu renuncia definitiva a asistir a mis convites.” (Plinio, Epístolas, I, 15)

En el caso de los anfitriones con poco dinero podía darse el caso de que hicieran una invitación pidiendo al propio invitado que corriese con los gastos del banquete por no poder hacerse cargo. A lo sumo se ofrecía algún regalo, como un perfume.

“Cenarás bien, querido Fabulo, en mi casa
Dentro de unos días, Dios mediante,
Si traes contigo buena y magnífica
Cena, sin olvidar a una linda muchacha,
Vino, sal y todo el humor que puedas.” (Catulo, 13)

Pintura romana, Casa de los Castos Amantes, Pompeya

En las cenas ofrecidas por el emperador podía tener lugar una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio en la casa de Trajano.

“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Epístolas, VI, 31)

 La tendencia a la  moderación en las costumbres se propugnaba desde el círculo de Trajano, y se reflejaba en las obras literarias de la época, en las que se animaba a tener una vida feliz alejada de los excesos.

“Si me pones boletos y jabalí como si no valieran nada y crees que no es ése mi deseo, lo acepto; si crees hacerme feliz y pretendes ser inscrito como heredero gracias a cinco lucrinas, adiós. Espléndida, sin embargo, es tu cena, lo confieso, muy espléndida; pero no será nada mañana, más aún, hoy, más aún, en este mismo instante, nada que no conozca la desgraciada esponja de un palo asqueroso, o un perro cualquiera y un urinario al borde de la calle. De los salmonetes y de las liebres y de las tetas de cerda éste es el final: un color de azufre y un dolor insoportable de pies. No tenga yo a tan alto precio ni los festines albanos  ni los banquetes del Capitolio y de los pontífices. Que un dios en persona me haga partícipe del néctar: se volverá vinagre y vino picado y aguado de una tinaja vaticana. Busca otros invitados, maestro en cenas, a los que conquiste la regia suntuosidad de tu mesa. A mí invíteme un amigo a unos filetillos improvisados: una a la que puedo corresponder es la cena que me gusta.”(Marcial, Epigramas, XII,48)

Cuando el anfitrión era un patrón egoísta o avaro que solo invitaba por compromiso social y no sentía aprecio por sus clientes solía servir unos alimentos y bebidas para sí mismo y sus invitados especiales que eran diferentes a los que proporcionaba a sus clientes o invitados libertos.  Este hecho es frecuentemente criticado por los literatos, poniéndose en el lugar bien del anfitrión que no está de acuerdo con ello o en el cliente que se siente humillado por tal actitud.


“Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo sorbo un mejillón habiéndome cortado la boca. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo”. (Marcial, Epigramas, III, 60)

En algunos convites  el anfitrión obsequiaba a los comensales con algunos regalos de mayor o menor valor, pero algunos invitados mostraban un comportamiento indecoroso, como robar enseres de la vajilla o servilletas. Suetonio cita una ocasión en la que el emperador Claudio descubrió que uno de sus invitados había robado una copa de oro, y cuando volvió a tenerlo a su mesa le ofreció el vino en copas de arcilla para que se diese cuenta que sabía lo que había hecho.

“Asinio Marrucino, no empleas bien
Tu mano izquierda entre las bromas y el vino:
Robas las servilletas de los más despistados.” (Catulo, Poemas, 12)

Pintura catacumba San Calixto, Roma

Ciertos invitados faltaban a las buenas maneras porque además de llevarse comida de sobra para comer otro día, la guardaban para venderla.

"No hay nada más miserable ni más glotón que Santra. Cuando llega corriendo invitado a una cena en toda regla, que ha estado buscando tantos días y noches, pide tres veces criadillas de jabalí, cuatro veces lomo, y ambos muslos de una liebre y sus dos brazuelos, y no se ruboriza por jurar en falso acerca de un tordo y arramblar con las descoloridas mollas de las ostras...  Pero cuando la servilleta ya revienta con sus mil y un hurtos, esconde al calor de su seno unas costillas mordisqueadas y una tórtola trinchada, luego de devorar su cabeza. Y no considera vergonzoso el recoger con su larga diestra cualquier sobra que hasta los perros han dejado. Y no le basta a su gula un botín comestible: por detrás de la mesa rellena de vino aguado una damajuana. Cuando cargó con esto hasta su casa por doscientas escaleras y, angustiado, se encerró en su buhardilla bien atrancada, el glotón aquél, al día siguiente, lo vendió." (Marcial, Epigramas, VII; 20)

Algunos invitados se quejaban de tener que soportar soporíferos recitales de poesías o larguísimas lecturas de libros a pesar de recibir una buena cena:

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, Epigramas, III, 45)

La invitación a cenar podía llegar a veces solo por parte del anfitrión para corresponder a los regalos que un posible invitado estaría obligado a enviarle. Si esto no se producía, no habría la invitación esperada. Por tanto en algunos casos el egoísmo estaría por encima de la amistad o el compromiso social.

“Me invitabas a tu banquete de cumpleaños a pesar de no ser, Sexto, amigo tuyo. ¿Qué ha sucedido, me pregunto, qué ha sucedido de repente, después de tantas prendas entre nosotros, después de tantos años, que he sido preterido yo, tu viejo camarada? Pero sé la causa. No te ha llegado de mi parte ni una libra de plata hispana depurada ni una toga ligera ni un manto nuevo. No es la espórtula la que es objeto de negocio: alimentas regalos, no amigos. Ya,  vas a decirme: “Que azoten al encargado de las invitaciones” (Marcial, VII, 86)

Pintura de Catacumba de San Pedro y San Marcelino, Roma

Las cenas que seguían los convencionalismos de una forma rígida no permitían que los invitados se sintieran cómodos. Corresponder a los favores recibidos podía provocar el odio hacia la persona a la que se los debía.  Los más humildes criticaban el trato desigual por parte del anfitrión y éste ante la obligación de convidar se sentiría más rodeado  de gente solo guiada por el interés que por amigos de verdad.

“Debes examinar con quiénes comes y bebes antes de conocer qué vas a comer y beber, porque llenarse de carne sin un amigo es vivir la vida del león o del lobo. Esto no lo conseguirás si no te retiras; de otra suerte, tendrás los comensales que el nomenclátor haya seleccionado entre la multitud de los clientes. Se equivoca, en efecto, quien anda buscando un amigo en el vestíbulo y lo pone a prueba en el banquete.” (Séneca, Epístolas, 19)

El exceso de halagos por parte de los invitados podía ser mal visto por el anfitrión que consideraría al convidado excesivamente adulador y como una persona interesada al que no podía llamar amigo de verdad, ya que no sabía lo que realmente pensaba su comensal de él y de su convite.

“Sabido es que el orador Celio era muy irascible. Dícese que una noche cenaba con un cliente suyo, hombre de rara paciencia; pero era muy difícil a éste, estando solo con el orador, evitar una discusión con él. Consideró, por tanto, que lo mejor sería aplaudir cuanto dijese, y desempeñar el papel de lisonjero. No pudiendo Celio soportar la aprobación, exclamó: Hazme la contra, para que seamos dos. Pero aquel hombre que se encolerizaba porque no se irritaba el otro, se calmó en seguida careciendo de adversario.” (Séneca, De Ira, III, 8)

Esos invitados, de todas formas, pagaban su convite con el saludo matutino, acompañando al patrón en sus paseos y cuidando de su seguridad, con sus halagos.

¿Ese  a quien han convertido en amigo tuyo la mesa y la comida, crees que es un corazón de amistad leal? Aprecia el jabalí y los mújoles y la ubre de cerda y las ostras, no a ti? (Marcial, Epigramas, IX, 14)

La invitación a cenar se convirtió en un tópico literario en la literatura griega y latina. En el poema convencional de invitación el poeta rechaza o se confiesa incapaz de proporcionar los platos más lujosos, típicos de los banquetes suntuosos, pero se citan los elementos de la cena con los que se intentará satisfacer al invitado para que este se encuentre a gusto y que cumplan las convenciones sociales establecidas. Se tratará de evitar los vicios tan criticados del lujo excesivo y avaricia.

“Cenarás bien, Julio Cerial, en mi casa; si no tienes ninguna invitación mejor, ven. Podrás estar al tanto de la hora octava; nos bañaremos juntos: ya sabes qué cerca están de mi casa los baños de Estéfano. De entrada se te servirá lechuga, útil para mover el vientre, y ajetes cortados a sus propios porros; luego conserva de atún joven y mayor que un delgado pez lagarto, pero con guarnición de huevos sobre hojas de ruda. No faltarán los otros huevos, cocidos por unas delicadas brasas, ni queso curado al fuego del Velabro  y olivas que han sentido los fríos del Piceno. Esto bastará para el aperitivo. ¿Quieres conocer el resto? Te mentiré, para que vengas: pescados, moluscos, tetas de cerda y unas aves cebadas, de corral y de las marismas, que ni Estela  acostumbra a ponerlas sino en contadas cenas. Más te prometo yo: no te recitaré nada, aunque tú nos vuelvas a leer de punta a cabo tus Gigantes o tus Geórgicas, próximas al inmortal Virgilio.” (Marcial, Epigramas, XI, 52)

En el epigrama 11, 52, Marcial empieza por la invitación propiamente dicha con la posibilidad de acudir a los baños antes de comer. Su propuesta para la cena es modesta, por lo que le excusa de aceptarla si recibe otra proposición mejor.
La segunda parte del epigrama incluye la descripción detallada de la cena que  piensa ofrecer a su amigo, con platos indispensables en cualquier banquete caracteri­zado por la sencillez.
En lo relativo a los entretenimientos, Marcial propone a su amigo recitaciones poéticas, aunque promete no  intervenir en ellas para que su huésped  acceda a ir a su casa y pueda leer sus Gigantes y sus Geórgicas. El principal objetivo de estos banquetes entre literatos era presentar ante los amigos las obras escritas para que dieran su opinión,  por lo que la cena suponía un agradable preludio, durante el que se conversaba animadamente, a las discusiones literarias. El hecho de que Marcial ofrezca como único entretenimiento lecturas poéticas implica que el objetivo principal del banquete era revisar y corregir los poemas de Julio Cerial, motivo por el que éste accede encantado a la propuesta. Sin embargo, entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos  y danzas de las famosas bailarinas gaditanas.

En casa de Lúculo, Gustave Boulanger

Los nuevos ricos de la época romana son retratados como personajes fatuos que hacen ostentación de su inmensa riqueza ante sus invitados y que no saben comportarse según las normas sociales de los aristócratas y moralistas romanos. En el Satiricón de Petronio hay varios episodios donde se refleja esta nueva forma de conducta social, por ejemplo la llegada de un nuevo comensal, cuando ya se ha iniciado el banquete.

“En este momento golpeó las puertas del comedor un lictor y entró un nuevo comensal, todo vestido de blanco y acompañado de un gran séquito. Cómo sería mi miedo ante tan impresionante majestad que creí había entrado el pretor en persona. Mi reacción in mediata fue levantarme poniendo los pies descalzos en el suelo. Agamenón, riéndose de mi temblor, me dijo:
Calma, idiota, calma. Es el séviro Habinas, un marmolista, por cierto, que pasa por el mejor creador de lápidas funerarias.
Confortado con estas palabras, volví a recostarme para poder contemplar lleno de asombro la entrada de Habinas. Avanzaba ya borracho y tambaleándose, puesta ambas manos en los hombros de su mujer. Llevaba varias coronas y el ungüento le chorreaba desde la frente  los ojos. Se aposentó en el lugar del pretor, pidiendo a continuación vino y agua caliente.” (Petronio, Satiricón, 65)

Otra crítica a la conducta de estos nuevos ricos se debe a que alardean de lo mucho que poseen, sacando a relucir las joyas que han comprado a sus mujeres.

“Faltó tiempo para que Fortunata encontrara un pretexto para quitarse las pulseras de sus amorcillados brazos y las exhibiese a la admiración de Cintila. Terminó quitándose también las ajorcas del tobillo, y la redecilla de oro puro contrastado. Trimalción seguía la escena con los ojos fijos y mandó que le llevaran todas las joyas…
Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.”  (Petronio, Satiricón, 67)

Simposio funerario, Necrópolis de Antioquía, Worcester Art Museum, Massachusetts

La tradición establecía un protocolo de colocación en los lechos según el afecto o amistad del anfitrión, o bien la posición social del invitado. Se imponía la voluntad del dominus de la casa y su preferencia, al igual que en la elección de alimentos y trato durante la comida, dependiendo del nivel social de cada uno. Un trato desigual reforzaba la idea de jerarquías diversas y dominio. Un trato más equitativo conllevaba un sentimiento de gratitud y amistad. Ofrecer un comedor amplio con un número justo de invitados se consideraba un signo de hospitalidad y consideración hacia ellos, en caso contrario el anfitrión podía ser el blanco de todas las críticas.

“Se da, en efecto, creo, un exceso de hospitalidad cuando ésta no omite a ningún comensal, sino que los arrastra a todos como a un espectáculo o audición. A mí, al menos, me parece que, aunque faltara pan o vino a los invitados, nada deja tan en ridículo al que los invita como la falta de espacio y sitio, que siempre hay que tener de más para forasteros y extraños que se presenten no invitados, sino espontáneamente.” (Plutarco, Moralia, V, 5)

 Una invitación a cenar exigía por tanto guardar una conducta decorosa, demostrar buen humor, no entrar en disputas  y beber en la medida adecuada, asumiendo las consecuencias de la embriaguez. El anfitrión podía temer el comportamiento de algunos convidados que bebieran demasiado y manifestaran un comportamiento bochornoso con maliciosos comentarios o disputas entre unos y otros que acabaran en verdaderas peleas con lanzamientos de cacharros.

“Entonces Vibidio dijo a Balatrón: 

Si no bebemos a mogollón, moriremos sin venganza.
Pidió copas mayores y la palidez empezó a mudar
La cara del patrón, que nada temía tanto como a bebedores agudos, porque se les libera demasiado la lengua, o porque hirvientes vinos ensordecen el sutil paladar.
Vuelcan jarras enteras de vino en copas de Alifas
Vibidio y Balatrón; les imitaron todos los comensales
Salvo el grupo del anfitrión, que no le dio al vidrio.” (Horacio, Sátiras, II, 8)



Escena de banquete, Mosaico de Cartago, Túnez

Un pasaje de Luciano describió cómo un nuevo cliente podía sentirse al ser recibido como invitado de honor en un festín donde se va  a convertir en el centro de atención, mientras se siente desconcertado por si su comportamiento es el correcto, o qué impresión causará entre los demás convidados si el anfitrión le dedica alguna atención. Refleja el temor del individuo de  clase inferior que desconoce el protocolo de este tipo de cenas y el miedo al ridículo ante los demás.

 “Empezaré, si te parece, por el primer banquete, al cual es de suponer que seas invitado, como en prenda de tus futuras relaciones. Por de pronto, viene a invitarte a la cena un esclavo no del todo grosero, y para tenerlo propicio, y no parecerle incivil, tienes que ponerle en la mano lo menos cinco dracmas… Te pones el mejor vestido, y lavado y compuesto cuanto te es posible, acudes, no sin temor de llegar el primero, lo cual parecería poco elegante, así como se te tacharía de soberbia si llegases el último. Eliges, pues, un término medio, y entras. Te reciben con suma distinción y te hacen sentar un poco más arriba del rico, cerca de dos de sus antiguos amigos… todo es para tí desconocido y extraño y todos los convidados observan tus acciones… de los diversos manjares, colocados ante ti con cierto orden, no sabes a cuál alargar primero la mano. Tienes, pues, que mirar a hurtadillas a tu vecino, imitarle y aprender así el orden del banquete… el brindis del rico te granjea la animadversión de muchos de los antiguos amigos: sólo por el sitio que ocupaste en el banquete, ofendiste a algunos, irritados de la preferencia dada a un advenedizo sobre las personas sometidas a una esclavitud de largos años. En seguida dirán de ti los tales: ¡Sólo nos faltaba vernos pospuestos a los recién llegados! ¡Sólo para estos Griegos se abre la ciudad de Roma! (Luciano, De los que viven a sueldo, 15-17)

Luciano exige la  libertad del invitado y respeto para él por parte de esclavos y comensales ante la arrogante actitud y los caprichosos deseos del anfitrión.

Banquete de Baco, Museo del Bardo, Túnez, foto de Giorces
       

Bibliografía:
www.academia.edu/2965917/Paideia_nutricia_las_artes_del_saber_y_del_comer_en_Luciano, Pilar Gómez Cardó
dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3401707.pdf, Un ejemplo del nuevo concepto de otium en roma tras la caída de la dinastía julio-claudia: el epigrama 11, 52 de Marcial. Francisco Javier Mañas Viniegra
sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/.../Documento_completo.pdf?.. Horacio: Las cuatro cenas del Libro II de las Sátiras, Buisel, María Delia
www.convivialiteraria.net/repository/El banquete en la sátira romana, Jesús Muñoz Morcillo 1996.pdf
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748, Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana, Cristina Martín Puente