lunes, 30 de abril de 2012

Ascendere lectum, lecho romano en la antigua Roma

Triclinium, Museo Zaragoza


La evolución del lecho en la época antigua nos lleva desde el primitivo uso del suelo cubierto de hojas y paja:"cuando una esposa montaraz extendía un lecho campestre de hojas y paja y pieles de las fieras vecinas..." (Juvenal, sat. 6) al lujoso refinamiento en los materiales y decoración del mueble en el Imperio Romano.

Podemos imaginar el lecho propio de las cabañas de los primeros romanos, humilde y de madera: "En medio de la habitación había un lecho de madera de sauce, cubierto de hojas de árbol. Para adornarle extendieron sobre él un tapiz del que solo se servían en las grandes solemnidades." (Ovidio, Metamorfosis, 8, IV)


Lecho funerario de Flavio Agrícola, Museo de Arte de Indianápolis

Los lechos de los Romanos en los primeros tiempos de la república fueron probablemente similares a los de los Griegos; pero hacia el final de la república y durante el imperio, cuando se introdujo el lujo asiático, la riqueza y magnificencia de los lechos de los romanos ricos sobrepasaron a las de los helenos.

"Conchas de tortuga brillaban, de los mares de la India  con numerosas esmeraldas, joyas costosas, adornado,  y dorado jaspe en los lechos brillaba.
 Las colchas lujosas; la mayoría teñidas más de una vez en las cubas de Tiro habían bebido su jugo: parte emplumada como de oro; parte teñida de rojo, como si los hilos hubieran pasado por la correa de Faros."
(Lucano, X, 127)

Los romanos en un principio se sentaban para comer, pero la influencia de los griegos hizo que adoptaran la costumbre de recostarse en las comidas, aunque las mujeres se sentaban a los pies del lecho o en una silla como hacían los niños. Los más humildes y los esclavos emplearían probablemente un banco (subsellium).

Los romanos utilizaban los lechos para dormir (lectus cubicularis), comer (lectus triclinaris) y trabajar (lectus lucubratorius). Algunos se tendían para meditar, leer y escribir, apoyando el brazo izquierdo sobre los almohadones: 

"Por la mañana, trabaja reclinado en el lecho, cuando llega la hora segunda, pide que le traigan sus calceos y camina durante tres millas, tonificando, así, tanto su espíritu como su cuerpo." (Plinio, Epístolas,  III, 1)

En los dormitorios más comunes se han encontrado lechos empotrados en las paredes de las hornacinas, que podían cerrarse con cortinas o tabiques plegables.

El lectus genialis, tálamo nupcial en honor del Genio, se coloca al principio en el atrio, enfrente de la puerta, por lo que a veces se le llama lectus adversus.

"Pero ved, el lecho matrimonial real se está disponiendo para la diosa en medio del palacio, elaborado con colmillos de la India, cubierto con púrpura del tinte rojo de la concha." (Catulo, 61)


Las Bodas Aldobrandini, Museos Vaticanos







El estilo de diván elegante de los primeros tiempos del imperio se diferenció del modelo heleno, más sencillo y bajo. Los romanos diseñaron un lecho de patas torneadas, con extremos decorados con figuras de animales, como el delfín. Introdujeron el respaldo, pluteus, aunque los lechos para comer carecen de reposabrazos y parte posterior. El lado por el que uno asciende al lecho utilizando un escabel, puesto que eran muy altos, se conoce como sponda.


Lecho y escabel con adornos en hueso y vidrio, Museo Metropolitan de Nueva York

En el mundo antiguo se conocen varias formas de construir un bastidor que sujetase el colchón. En Egipto se utilizaban principalmente las cuerdas de tipo vegetal y las tiras de cuero. Los griegos y los romanos también las usaron, así como un entramado de bandas de bronce.

Los lechos más comunes se fabricaron de distintas maderas, Para recubrimientos se generalizó, ya antes de nuestra era, el uso de maderas caras, marfil y concha de tortuga. Como sustituto barato sirvió el hueso de diversos animales, como el caballo.

"...nadie consideraba seriamente que valiera la pena ninguna clase de tortuga que nadara en las corrientes del océano para fabricarles a los troyúgenas relucientes y noble lecho, sino que en pequeñas yacijas de lisos cortados, el frontal de bronce mostraba la cabeza barata de un rucio coronado, al lado de la que jugaban retozones los críos del campo."


Lecho de bronce, Museos Vaticanos

Los lechos de metales preciosos, oro y plata, y los de bronce de Delos no se diferenciaban de los modelos de madera, aunque parece que no se convirtieron en objeto de lujo hasta comienzos de la era cristiana: 

"El bronce de Delos fue el primero que se hizo famoso, viniendo todo el mundo a Delos a comprarlo; de ahí la atención prestada a su fabricación. Fue en esta isla donde el bronce primero obtuvo celebridad para la elaboración de pies y soportes de triclinios. (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 4)

Se adornaban con incrustaciones de plata, cobre, e incluso, piedras preciosas. Fueron introducidos por Carvilio Polio, aunque no se sabe si éste se dedicaba al negocio de su importación o era solo un ricachón que impuso la moda: 

"Durante mucho tiempo ha estado de moda forrar de plata los lechos de las mujeres y los triclinios. Carvilio Polio, un caballero romano, fue el primero, se dice, en adornar estos últimos con plata, no por completo, ni siquiera siguiendo el modelo de Delos; siendo el modelo Púnico el que adoptó. Fue siguiendo éste último como los adornó con oro también, y no fue mucho después cuando los lechos de plata se pusieron de moda, imitando los de Delos." (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 51)

Unos lechos más sencillos son los llamados Púnicos, más pequeños y bajos, y se conoce el nombre de dos artesanos del siglo I, Archias y Soterichus.

“Y él un hombre muy instruido y un estoico, cubrió para tal ocasión algunos lechos a la manera Cartaginesa (lectulos punicanos), con pieles de cabrito y exhibió algunas vasijas Samias…”


Mosaico de Centocelle
                                                                                                                                                                   Los lechos griegos y romanos se equipaban con cojines, almohadones, colchas y doseles, que solían ser un lujo accesorio que escondía unas estructuras bastas o unos feos somieres:

"Vestido de verde claro, se tumba en un lecho ocupado y achucha a derecha e izquierda con sus codos a los convidados, apoyado en la púrpura y en los cojines de seda." (Marcial, Epigramas, III, 82)



Exposición Domus 2013, Carranque, Toledo. Foto de Samuel López

En los inicios se cubrirían con pieles de animales y telas de fibra vegetal. De Oriente se importaban las colchas Babilónicas y las sedas también vinieron a los lechos de los más ricos. 

“Dionisio (tirano de Siracusa) pidió a Damocles que se tendiera en un lecho de oro con una colcha hermosamente tejida y magníficamente bordada, y dispuso mesas con oro y plata.” (Cicerón, Tusculanas, 5, 21)
Se decoraban con bordados y color púrpura y el uso excesivo de ésta para la ropa de cama hizo que cayera en desuso para las togas: 

¿Quién no tiene colchas púrpura para sus lechos de banquete? (Plinio, IX,63)


Pintura casa de los Castos amantes, Pompeya

El lino se empleó para recubrir colchones y almohadas, y la lana que sobraba al tratar las ropas (borra) era utilizada para rellenar los colchones: 

"¿Que está el bastidor demasiado próximo a las plumas aplastadas? Toma estos vellones raídos a los capotes militares leucónicos." (Borra leucónica, Marcial, XIV,159) 

Los más pobres se conformaban con rellenos de paja y heno: “ni porque en mis convites se pongan alfombras de púrpura, me juzgaré más feliz, ni al contrario me tendré por desdichado si reposare mi cansada cerviz sobre un manojo de heno, o sobre lana circense, que se sale por las costuras de los viejos colchones.” (Séneca, De la Brevedad de la Vida, 25, 2)

El uso de plumón de aves fue frecuente durante el dominio romano. El plumón de cierta especie de ganso salvaje (gantae) que ya utilizaban los celtas y germanos, encontró favor entre los romanos y alcanzaba un alto precio, ya que cohortes enteras de soldados romanos eran enviadas a buscar las aves a la región de Bélgica: 

"Cansado, podrás descansar en plumas de Amiclas que el plumón interior del cisne te ha dado." (Marcial, Epigramas, XIV, 161)

En los lecti triclinaris, los invitados se acercaban por detrás y ocupaban su lugar, recostándose sobre el lado izquierdo, de cara a la mesa, apoyado sobre el codo izquierdo. La colocación en los divanes seguía una etiqueta; el lugar de honor era el locus consularis, porque si había un cónsul ese lugar siempre se le reservaba a él, y se situaba junto al anfitrión. En cada lecho solían reclinarse tres personas, aunque hay referencias de que algunos podían dar cabida a mayor número de invitados: 

"... después de haber medido cuatro veces un lecho de seis plazas (hexaclinon) de concha de tortuga, se lamentó de que no fuera lo bastante grande para su mesa de cidro." (Marcial, Epigramas, IX, 59)



Al inicio del Imperio se introdujo un nuevo tipo de lecho semicircular para utilizarse con una mesa redonda. Se le llamó sigma, por su parecido a la letra griega C:

"Al final de todo ello, nos encontramos con un amplio lecho semicircular para comer construido con mármol blanco y cubierto por un emparrado." (Plinio, Epístolas, V, 6) 

En mucho autores se encuentra la denominación de stibadium para esta clase de lecho, que parecía tener capacidad para unas siete u ocho personas. 

En muchos autores se encuentra la denominación de stibadium para esta clase de lecho, que parecía tener capacidad para unas siete u ocho personas: 

“Recibe un lecho de media luna incrustado de carey. Caben ocho. Que venga todo el que sea amigo mío.”  (Marcial, Epístolas, XIV, 87). 

El colchón se curvaba por la parte interna del diván, y, aparentemente era compartido por todos los invitados. los lugares de honor estaban los extremos, y el principal, el locus consularis, era el del extremo derecho.

La excentricidad de algunos nobles y emperadores también se vio reflejada a la hora de crear nuevas formas de tenderse para disfrutar de la comida y el ocio. Por ejemplo se describe el uso de flores en esta cita sobre Aelius en la Historia Augusta: 

"El construyó, a saber, un lecho provisto de cuatro altos cojines y cubiertos de una fina red; los llenó con pétalos de rosa a los que quitaron las partes blancas, y después se reclinaba en él con sus amantes, enterrándose bajo un manto de lirios, ungiéndose con perfumes de Persia." (Aelius, 5)

Heliogábalo sentaba a sus amigos más humildes en almohadones de aire en vez de en cojines y dejaba salir el aire mientras cenaban, de forma que los comensales se encontraban finalmente más bajos que la mesa.

 “Fue el primero en colocar un grupo en semi-círculo en el suelo, en vez de en lechos, con el propósito de que los esclavos soltaran el aire de los almohadones.” (Historia Antigua, Heliogábalo, XXV, 2)


Estela funeraria de Lorania


El lecho cubicular se convertía a menudo en lecho fúnebre en el que el difunto era expuesto a las visitas durante el duelo en el hogar antes de ser enterrado. Si el fallecido era una persona notable, su riqueza se extendía hasta su último lecho, como describe Suetonio en el caso de Julio César: 

"... colocaron en ella un lecho de marfil cubierto de púrpura y oro, y a la cabecera de este lecho un trofeo, con el traje que llevaba al darle muerte." (Suetonio, Julio César, 84)

En los sarcófagos y lápidas aparecen los difuntos retratados en sus lechos, solos o acompañados de sus familiares y representados con mesas con alimentos, como si estuviesen en una cena o banquete.


Urna cineraria de M. Domitius Primigenius,
Museo Metropolitan de Nueva York


Bibliografía:

La casa romana, Pedro Angel Fernández Vega, Ed. Akal
Los Romanos, Su Vida y Costumbres, E. Ghul, W. Koner, Edimat libros.


domingo, 4 de marzo de 2012

Mensa, utilidad y lujo de la mesa en la antigua Roma

Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

En las numerosas escenas representadas de banquetes romanos aparece una pieza de mobiliario, la mesa, alrededor de la cual se colocaban los lechos en los que se tienden los invitados. Éstas suelen ser de pequeño tamaño y de forma circular o cuadrada. Su nombre común era "mensa", y solía tener la función de servir de apoyo al repositorio que se traía desde la cocina con la comida y se depositaba en la mesa, desde donde los convidados cogían los alimentos. También se utilizaba para dejar las copas y recipientes de bebida.

"Mesas lujosas en que resplandece el alerce y el marfil, lechos cubiertos con tejidos de oro; grandes copas de un arte tan variado en su elegancia como único en calidad." (Apuleyo, Metamorfosis, II, 19)

Las mesas, con toda probabilidad, no se encontrarían dispuestas delante de los lechos habitualmente, sino que los esclavos las colocaban en ese lugar en el momento de iniciar la comida.

"Marte ama la igualdad - dijo el patrón al ser felicitado por tales finuras. Y añadió-: Por eso mismo, a cada uno de vosotros os he asignado su mesa." (Petronio, Satiricón, 34)



Relieve funerario romano, Museo Nacional de Copenhagen,
foto McLeod

Al retirarse la mesa tras la comida debía dejarse algún alimento para los espíritus. los esclavos y los animales, de forma que el anfitrión no fuera acusado de mezquino y tacaño y fuera alabado por la cantidad de comida presentada a sus invitados. Plutarco escribe que la mesa nunca debería estar vacía en el momento de llevársela:

"Así como esperamos siempre que la Tierra nos proporcione algo delicioso para comer, y que siga produciendo cosas nuevas, también pensamos que la mesa nunca debería verse vacía." (Plutarco, Moralia,  VII, 4)

Cuando la mesa no se cubría con un mantel se limpiaba con una esponja: "Te cae en suerte esta esponja, útil para limpiar las mesas cuando, después de exprimir el agua, se hincha aliviada. (Marcial, Epigramas, XIV, 144))

También se utilizarían paños, aunque, quizás no tan caros como el usado por el esclavo de la sátira de Horacio: "Cuando retiraron esto, un esclavo arremangado limpió la mesa de arce con un paño púrpura." (Sátiras, II, 8)

Las mesas comunales en los primeros tiempos eran redondas. Plutarco escribe: "Pienso que la mesa representa a la Tierra, porque aparte del hecho de que ambas nos proporcionan alimentos, son también circulares."

Cilliba era una mesa cuadrada y luego redonda que se  utilizaba como auxiliar, cuando los lechos todavía se situaban más separados:

"La mesa para comer solía llamarse cilliba, que era cuadrada; el nombre de cilliba proviene de cibus. Después se hicieron redondas, y el hecho de que se pusiera en medio entre nosotros y los griegos, es la razón probable para que se llamase mensa." (Varrón, De lengua latina, V, 118)

A menudo las mesas se hacían con patas ajustables para poderlas bajar o subir. En ocasiones se construían en triclinios y peristilos mesas de obra con una encimera de piedra pulida o mosaico.

"Mensa delphica" se llamaba a la mesa de tres patas con una tabla redonda encima (orbes). Este tipo es de origen griego, aparentemente, y habría sustituido, ya en el siglo IV a. C., a la forma rectangular. 

"Los trípodes llamados Délficos, porque se dedicaban principalmente a recibir las ofrendas que se hacían al Apolo de Delfos, eran normalmente de cobre." (Plinio, XXXIV, 14)

Aparece representada en imágenes de banquetes y en relieves de piedra donde se representan comidas funerarias.


"Resplandecen los lechos con incrustaciones de nácar de primera y unas raras mesas macizas de cidro de Mauritania; una délfica nada sencilla sostiene vajilla de oro y de plata." (Marcial, Epigramas, XII, 67)

Casa de los Castos Amantes, Pompeya

"Observad las mesas de madera de cidro traídas de los bosques de África; recuerdan la púrpura del banquete y los rebaños de esclavos. Sus vetas y taraceas despiden reflejos engañosos de oro que sólo sirve para excitar los sentidos. Esta madera estéril y tristemente famosa convoca en torno a una chusma de gente ebria de vino." (Petronio, Satiricón, 114)

Las mesas de este tipo eran las mensae citrae, que se elaboraban de madera de citrus. La madera venía del árbol de citrus (Callitris quadrivalvis), que crecía en el norte de la costa africana y que, debido a su escasez por el uso excesivo, en la época de Plinio los árboles de mejor calidad quedaron confinados a la Mauritania. Esta madera se consideraba apropiada para las cenas, porque el vino y las salsas servidas no la dejaban marcada. Los ricos patricios romanos pagaban inmensas cantidades de dinero por mesas hechas con esta madera, que era muy cara por el tiempo que tardaban los árboles en alcanzar el tamaño adecuado para poder obtener un tablero en una sola pieza.


"Cerca del monte Atlas está Mauritania, donde abunda el árbol del citrus, que dio lugar a la manía por las mesas elegantes, una extravagancia que las mujeres reprochaban a los hombres, cuando éstos se quejaban de su ostentación con las perlas. se conserva actualmente una mesa que perteneció a Cicerón, por la que pagó, a pesar de no ser inmensamente rico, no menos de un millón de sestercios..." (Plinio, Historia Natural, XIII, 29)

Cuanto más nudos tenía la madera, más valorada y cara era: "Veo mesas de madera, que valen lo que una fortuna senatorial, y que cuantos más nudos tenía el árbol, más apreciadas son." (Séneca, De Beneficiis)

Estas carísimas mesas podían hacerse con el tablero enteramente de madera de citrus o simplemente con una cubierta de este material:

"La mesa más grande que se ha hecho de una sola pieza de madera es la que toma su nombre de Nomius, el liberto de Tiberio. El emperador tenía una mesa que solo estaba cubierta con una capa de madera de citrus, mientras que la que pertenecía a su liberto era tan cara, porque solo se empleó madera con nudos." (Plinio, Historia Natural, XIII, 29)

El valor de esta madera no solo radicaba en su belleza, sino en el valor que la superstición le daba, como proveedora de buena suerte, ya que de ella se extraía el incienso utilizado por los sacerdotes.

El tablero redondo, orbes, era un artículo de lujo hecho de maderas nobles, como la ya citada de citrus, además de nogal, ciprés, roble y arce. Se apoyaba en un solo pie (trapezophorum) o en un trípode que podía ser de bronce, mármol, madera o marfil, con una talla lisa o labrada con motivos florales o zoomorfos.

"En cambio ahora los ricos no experimentan ningún deleite en cenar, a nada les sabe el rodaballo, a nada el gamo, parece como si perfumes y rosas les apestaran, si no sostiene sus anchas mesas un rampante leopardo con sus fauces abiertas, labrado en el grueso marfil de los colmillos que envían acá la Puerta de Siene y los moros corredores y el indio más moreno que el moro..." (Juvenal, Sátiras, 11)


Detalle de pintura de la villa de Popea, Oplontis

El monopodium era un velador o mesa auxiliar de un solo pie, que también se decoraba con profusión. Cneo Manlio introdujo las mesas de un solo pie tras su triunfo en las campañas de Asia. 

Con los emperadores empezó a utilizarse la mesa semicircular, mensa lunatae o sigmata, que se rodeaba de un lecho, también semicircular, stibadium, en el que se podían reclinar 7 u 8 personas.

Las mesas originalmente se hacían de madera procedente  principalmente del país itálico, como escribe Juvenal:

"Aquellos tiempos vieron mesas fabricadas en casa y con maderas del país, para tales usos se guardaba el tronco, si por acaso, el vendaval derruía un nogal añoso." (Juvenal, Sátiras, 11)

"No soy veteada, desde luego, ni soy hija de un bosque moro; pero conocen también mis maderas manjares espléndidos." (Marcial, Epigramas, XIV, 90)

Otras maderas citadas en la literatura son el haya y el arce, muy apreciadas aunque no tan costosas:

"Tú sostienes tus veladores líbicos en colmillos indios; mi mesa de haya se apoya sobre unos ladrillos." (Marcial, Epigramas, II, 43)



Casa del Tabique de Madera, Herculano

Cartibulum es la mesa con tablero rectangular y cuatro patas que se colocaba en el atrio y que servía de apoyo para las posesiones valiosas de la familia, especialmente las vajillas de metales preciosos. En Pompeya y Herculano  todavía pueden verse en su lugar de origen.

Las mesas de los pobres también solían tener tres pies, como la de Baucis y Filemón : "Baucis preparaba la mesa, pero una de las tres patas era más corta, y le puso un trozo de cerámica para calzarla." (Ovidio, Metamorfosis, VIII)

Para celebrar no hacía falta tener una mesa propiamente dicha, pues a veces otros elementos hacían esa función, como en los triclinios ubicados en jardines: 

"Esta agua cae sobre una piedra excavada con este fin y va a parar a una pila de un mármol muy fino. Allí es regulada de tal modo por un sistema que permanece oculto a los ojos de los comensales, que llena en todo momento la pila sin llegar nunca a rebasarla. En los bordes de la pila se colocan las bandejas con las entradas y los platos más consistentes, mientras que los platos más ligeros pasan de unos comensales a otros flotando en el agua sobre figuras que representan pequeñas naves y aves de todo tipo." (Plinio, Epístolas, V, 6)

Las mesas podían cubrirse con mantel: “Que lienzos felpudos cubran con toda distinción tu cidro; en mi mesa redonda, un tapete circular puede bastar.”  (Marcial, Epigramas, XIV, 138)

La mesa que se ponía en las cocinas para sostener las vasijas del agua se llamaba urnarium.

viernes, 6 de enero de 2012

Vasa escaria, la vajilla de la domus en la antigua Roma


Tesoro de Berthouville, Museo Getty, Los Ángeles, USA

Vasa escaria es el nombre que se da al conjunto de recipientes y utensilios utilizados por los romanos en su mesa a la hora de comer. Formaba parte del ajuar familiar y representaba una de las posesiones más preciadas de la familia. 

“(Me gusta) la pesada plata de mi rústico padre sin el nombre del artífice.” (Seneca)

Durante los primeros tiempos, la vajilla romana de mesa se distingue por la sencillez propia de un pueblo campesino, utilizándose sobre todo la madera y cerámica.  Las vasijas de cerámica, al fabricarse en todo el Imperio y ser accesibles a todas las clases sociales, no faltaron en ninguna mesa romana y aunque en los hogares más humildes se utilizaban producciones sencillas y corrientes, en los más prósperos, eran habituales las cerámicas finas.



“¡Sedme propicios, dioses, y no despreciéis las ofrendas de una mesa pobre ni de unas sencillas vasijas de barro! En otro tiempo, el antiguo campesino hizo para sí los vasos de barro y los modelos de blanda arcilla.” (Tibulo, Elegías, I, 1)

Pero a lo largo del siglo II a. C. las influencias helenísticas y orientales enriquecen y transforman las costumbres culinarias romanas y los hábitos de la mesa, lo que implica el uso de una gran variedad de utensilios y recipientes, muchos de ellos heredados del mundo etrusco y griego, incrementándose así el número de piezas de la vajilla, con nuevas formas y materiales.

Coincidiendo con las diversas fases de la conquista y de la romanización del Mediterráneo central y occidental, y paralelamente a la pérdida de la fuerza de la colonización griega, aparecen las cerámicas campaniense o de barniz negro, que abarcan la edad helenística y republicana hasta época augustea.





Derivan muy directamente de las cerámicas griegas y sus imitaciones itálicas, manteniendo el barniz negro típico de aquellas producciones.
La producción de cerámica de paredes finas se inicia en el siglo II a.C., llegando hasta el siglo II d.C.






Bajo el gobierno de Augusto habrá un cambio definitivo en las cerámicas de lujo, apareciendo la primera familia de las cerámicas sigillatas, la aretina.

"La vajilla aretina no la desprecies demasiado, te lo aconsejo. Un exquisito era Pórsena con sus cacharros etruscos." (Marcial, Epigramas, XIV, 98)




La cerámica de terra sigillata se denominaba así debido a los sellos que se imprimían en ella con el nombre del fabricante y caracterizada por su brillante color rojo coral y con refinados diseños y decoración lisa o en relieve.

Hacia los años 30-40 a.C. comienza a fabricarse la primera cerámica sigillata en Arezzo. La producción es doble, con formas lisas y formas decoradas logradas a molde, con estilo y temas típicos del arte oficial de la época de Augusto. Toda la producción se encuentra sellada con las marcas de los talleres, alfareros y decoradores.


Hacia el año 20 d.C. comienzan su producción los talleres de sigillata sudgálica, de gran calidad, en la que se observa una evidente evolución e industrialización de la producción aretina a la que imitan.






La península Ibérica recibe en gran escala estos productos, más baratos que los itálicos por su menor coste de transporte. A partir del año 50 d.C. se hace corriente la producción de sigillata hispánica. Se conocen los talleres del Valle del Ebro, de la Bética, o de Mérida.





A finales del siglo I comienza la última familia de las cerámicas de lujo imperiales llamada sigillata clara y que va a extenderse hasta el siglo VI d.C. A partir de fines del siglo I d.C., comienza a destacar la denominada sigillata africana procedente de talleres norteafricanos, que con gran variedad de formas, tipos y técnicas productivas llega a dominar en todos los mercados, perdurando hasta el final de la antigüedad clásica.



La producción de costosas vajillas de cerámica se extendió y su precio podía ser tan alto como las de metales preciosos:

 “La ciudad de Tralles, en Asia y Mutina en Italia tienen sus respectivas fábricas de cerámica y son famosas por ello; sus producciones, con la ayuda del torno se llevan por tierra y mar a cualquier parte del mundo… Vitelio, cuando era emperador, mandó hacer una fuente que costó un millón de sestercios, y para cuya fabricación hubo de erigirse un horno en el campo. Se llegó a tal exceso de lujo como para vender la cerámica a un precio superior que el de los vasos de murrina." (Plinio, Historia Natural, XXXV, 46)

La producción de piezas en serie convirtió al vidrio en un producto práctico y utilitario que fue utilizado por todas las clases sociales. En cuanto al diseño se imitaban los modelos existentes en plata y bronce. La ligereza, transparencia y elegancia de los vasos de vidrio, contribuyeron al incremento de su uso en las cenas romanas.
A mediados del siglo I a.C. Roma ya dominaba Egipto y una parte considerable de las costas del Mediterráneo oriental, lo que supuso que muchos artesanos vidrieros se asentaran en Roma desde el siglo I a. C., los cuales introdujeron nuevos procedimientos para la fabricación de recipientes de vidrio. Los vidrieros procedentes de Alejandría introdujeron procedimientos como el tallado, el pulido o las técnicas mille fiori.




Aquellos procedentes de colonias como Sidón y otros enclaves orientales aportaron la técnica del vidrio soplado. Con la profusión de talleres y la producción de piezas en serie, el vidrio perdió su carácter suntuario adquiriendo un gran valor práctico y utilitario hasta el punto de convertirse en un producto de consumo que se extendió a todas las clases sociales. Los artesanos romanos estaban divididos en vitrearii que trabajaban el vidrio por soplado y moldeado, y los diatretarii, que se especializaban en corte, tallado y pulido.




Entre las primeras cristalerías que aparecieron en lugares romanos están los platos y copas de mosaico de finales del siglo I. d. C. A pesar del laborioso proceso en su realización, los recipientes de mosaico de la era de Augusto realizados con mezcla de ámbar y vidrio blanco y que imitaban los caros modelos tallados en piedras como el ónice y el ágata, fueron muy populares entre la clase media y ensombrecieron la importancia que el vidrio soplado iba a tener.


La innovación de la técnica del soplado en la fabricación del vidrio permitió crear formas gráciles inspiradas generalmente en prototipos metálicos, acercando estas costosas piezas a las clases populares. Por otra parte, la ligereza, transparencia y elegancia de los recipientes de vidrio, contribuyeron a su gradual incremento en la mesa romana:

“Las frutas nadando en cristal, parecen más bellas de lo que son.” (Séneca, Cuestiones Naturales, I. 6)


El color de las vajillas de vidrio fue también innovador, siendo el verde esmeralda y el azul pavo real los más comunes, seguidos por el azul oscuro y el azul aguamarina.

"Me gustaría mostrar a Posidonius un cristalero, que con su aliento moldea el cristal de formas diferentes, que apenas podría ser tallado por las manos más hábiles.” (Séneca, Cartas a Lucilio, XC, 31)


Las clases altas hacían gala de su riqueza utilizando durante los banquetes vajillas de lujo, sobre todo, de plata, para resaltar su posición social y provocar la admiración de sus invitados. 

“En el reino de Claudio, uno de sus siervos, Drusilo Rotundo, que era tesorero en la provincia de España, tenía una fuente de 500 libras de peso, que necesitó una fábrica para hacerlo, y había otras ocho que pertenecían al mismo set, que llegaban a pesar 250 libras de peso. ¿Nos preguntamos, ¿cuántos esclavos se necesitarían para llevarlos y a cuántos invitados entretendría?" (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 53)




Los nuevos ricos, como Trimalción en su extravagante banquete, se dedican a elogiar sus vajillas y el alto valor de la plata de la que están hechas, además de hacerse inscribir su nombre en las piezas que la forman.

“En una fuente, destinada a los entremeses, había un asno esculpido en bronce de Corinto, con una albarda que contenía de un lado olivas verdes y de otro, negras. En el lomo del animal dos pequeños platos de plata tenían grabados; en el uno, el nombre de Trimalción, y en el otro, el peso del metal.” (Petronio, Satyricon, 31)


La vajilla de plata, argentum, se heredaba y además de su valor sentimental servía como inversión por su alto precio, por lo que su pérdida conllevaba una gran desgracia para su dueño. 

Juvenal escribe sobre un casi naufragio en el que un tal Catulo debe desprenderse de su vajilla de plata para salvar la vida:

“Desparramad todas mis pertenencias, decía Catulo, queriendo arrojar incluso las más valiosas …Y no dudaba él a la hora de tirar la plata (argentum), bandejas (lances) hechas para Partenio, una jarra (cratera) con una arroba de capacidad, …añade jofainas (bascaudas) y mil platillos (escaria), mucha obra de orfebrería (caelati), donde había bebido el artero comprador de Olinto." (Sátira XII)


El tesoro Mildenhall, Museo Británico, Londres

A veces la austeridad se imponía y se prefería la cerámica a la plata como en el caso del cónsul Catón Elio, que cita Plinio:

“Lo mismo con el ejemplo del cónsul Catón Elio, quien después de recibir a los embajadores etolios tomando su desayuno en cerámica común (fictile), rehusó aceptar las vasijas de plata (vasa argentea) que le enviaron; e, incluso, no tuvo nunca nada de plata, excepto dos copas que le regalo su suegro, L. Paulo, como reconocimiento de su valor en la conquista del rey Perseo.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 50)


A diferencia de lo que sucedía en Grecia, donde los alimentos estaban ya servidos en las mesas cuando los esclavos las colocaban, la costumbre romana era utilizar un pequeño mueble llamado repositorium, que consistía en una caja de madera, redonda o cuadrada, y a veces hecha de varias maderas y con lujosos adornos:

“Fenestella, que murió al final del reino de Tiberio, nos dice que en ese periodo el repositorium, adornado con concha de tortuga, se había puesto de moda; sin embargo, un poco antes se hacían de madera sólida, en forma redonda, y no mucho más grandes que nuestras mesas. Dice, por otra parte, que cuando era niño, se había empezado a hacer los repositorios cuadrados, y de diferentes piezas de madera, incluso de arce o citrus; y, que posteriormente, se introdujo la moda de adornar las esquinas y las juntas con plata.” (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 52)


Mosaico de Cartago, Túnez. Museo del Louvre, París

Esta se dividía en pisos, unos encima de otros, y cada uno con una bandeja separada para los platos. Los esclavos colocarían el repositorium vacío en una mesa grande y traerían desde la cocina cada servicio de comida (ferculum) para depositarlo en las bandejas.

“No bien hubo dicho estas palabras aparecieron cuatro bailarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos sabrosos y ubres de cerda, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se pareciese a Pegaso.” (Petronio, Satyricon, 36)


Por tanto, la utilidad de la mesa grande era sostener el repositorio; la de las pequeñas que los comensales pudieran dejar en ellas sus platos y vasos para tomar a voluntad los manjares del repositorio, sin la ayuda del esclavo. Hasta que no se terminaba la comida en el repositorio no se traía más de la cocina.

“No se te presentarán las viandas en mesas adornadas de pedrería ni la púrpura de Asiría cubrirá tu sigma. Tampoco desenfundaré piezas de una plata ennegrecida sacándolas a través de múltiples cajones de un aparador resplandeciente; ni se te presentará aquí una copa cuyos lados cincelados estén recogidos por un retorcido fuste de oro rojizo.
Mi vajilla es mediocre y no ha sido elaborada de manera que un grado sumo de arte pueda suplir la pobreza de la materia. La mesa rústica de tu amigo galo no acogerá los panes que suelen dorarse en la Sirte líbica.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 67)


La tradición hacía que toda familia poseyera algo de plata, como un salero (salinum) y una patera o patella, derivada del griego phiala, que se usaba para el vino y ofrendas de alimentos. 

“Con poco vive el que en su mesa reluce el salero paterno.” (Horacio, Odas, II, 16).

También se disponía de costosos recipientes para especias, como la pimienta y de botellitas o recipientes para servir el aceite y el vinagre.

Pimentero, Tesoro de Hoxne, Museo Británico, Londres

Acetabulum parece ser la palabra que designa el recipiente que puesto sobre la mesa recogía el vinagre en el que se mojaban las carnes, verduras y pescados servidos en el banquete. Su forma era similar a la de la patella, más ancho por arriba y con un reborde grueso.

De la hermosa decoración y del lujoso material que se empleaba en las diferentes piezas de una vajilla queda un magnífico ejemplo en este epigrama de Marcial:

“El trabajo de quién es la escudilla (phiala)? “El del maestro Mis o el de Mirón? ¿Es ésta la mano de Méntor o la tuya, Policleto? No pierde su color oscurecida por humareda ninguna y no teme su cuerpo central a las llamas que lo recorren. Menos reluce el auténtico ámbar que su amarillo metal y su feliz aleación de plata supera al níveo marfil. El trabajo no desdice del material: así cierra su disco la luna llena cuando brilla con toda su luz. Hay un macho cabrío cubierto con el vellocino eolio del tebano Frixo…” (Epigramas, VIII, 50)





Había una extensa gama de platos de presentación empleados según la necesidad, fuentes lisas u hondas, con bordes o sin ellos para sujetar los alimentos y salsas. Paropsis es una bandeja con el borde levantado, indicada para carnes y pescados en su salsa. Scutella es un plato liso, mazonomun, un plato grande y lanx es una fuente para servir que podía ser de diferentes formas y debía tener un tamaño lo suficientemente grande para traer pescados y mariscos bien presentados a la mesa y un borde que impidiera que se derramase la salsa que los acompañaba..

“Así llena Cecilio sus perolas (gabata) y sus bandejas (paropsis), sus lisas escudillas (scutella) y sus fuentes hondas (lanx). A esto lo llama magnificencia, esto lo considera elegante: servir tantos platos (ferculum) por un solo as.” (Marcial, Epigramas, XI, 31)



Existían platos o bandejas especiales para determinados alimentos. Como la destinada a servir los boletus (boletaria).

“Aunque los boletos me hayan dado tan glorioso nombre, estoy al servicio, ¡ay qué vergüenza!, de las coles de primavera.”


Había cuencos hondos, como el catinus o catillus, tazas como el tryblium o la gabata. Los potajes y sopas se servían en estos platos:

“Resulta que yo he sido el primero en servir en platos limpios esta uva con manzanas, así como allec y pimienta blanca y salsa gorda molidas.” (Horacio, Sátiras, II, 4)




La patina es el plato en el que se cocinaba y luego se servía la comida en la mesa. No era tan plano como la patera, ni tan honda como una olla: 

“Se trajo anguila servida en una fuente (patina) nadando entre quisquillas." (Horacio, Sátiras, II, 8)

Quizás el ejemplo literario más conocido de una patina sea el famoso “Escudo de Minerva” de Vitelio, citado por Suetonio:

“El más famoso (banquete) fue la cena que le dio su hermano el día de su entrada en Roma; se dice, en efecto, que sirvieron en ella dos mil peces de los más exquisitos y siete mil aves. Su hermano colmó aquel día su esplendidez con la inauguración de un plato (patina) de enormes dimensiones, al que llamaba fastuosamente “Escudo de Minerva Protectora”. (Suetonio, Vida de Vitelio, XII)





Platos de oro, plata y bronce se fabricaban en formas diversas como de pez, flores y sobre todo conchas, aunque los había redondos con el borde decorado con dibujos en relieve:

“En los bordes de la pila se colocan las bandejas con las entradas y los platos más consistentes, mientras que los platos más ligeros pasan de unos comensales a otros flotando en el agua sobre figuras que representan pequeñas naves y aves de todo tipo.” (Plinio, Epístolas, V, 6)












         



Vasa caelata son costosos platos de plata con adornos de oro que podían arrancarse y ponerse como decoración en otros:

“Y gusta más la fruta arrancada de la rama que la del plato tallado (caelata lance)” (Ovidio, Pónticas, III, 5, 20)

Este tipo de platos debían ser muy apreciados y deseados por su exquisita decoración, como demuestra el siguiente extracto del caso de Cicerón contra Verres, durante su gobierno en Sicilia:

“Hay un hombre llamado Cneo, Pompeyo Philo, nativo de Tindaris; ofreció a Verres una cena en su villa en el campo, cerca de esta ciudad; hizo lo que ningún otro siciliano se atrevía a hacer, pero al ser ciudadano de Roma, pensó que podía hacerlo con impunidad, le presentó un plato en el que había unas figuras extraordinariamente bellas. Verres, en cuanto lo vio decidió robar a la mesa de su anfitrión el recuerdo de sus Penates y los dioses de la hospitalidad. Pero, debido a su gran moderación, ya mencionada, él le devolvió la plata tras arrancar las figuras, ¡así se ve su falta de avaricia! (Cicerón, Contra Verres, IV, 22)





Chrysendeta son los recipientes de plata que llevan figuras en oro grabadas o en relieve.

“No poseamos vajilla de plata en la que se haya incrustado el cincelado de oro macizo, pero no pensemos que es indicio de frugalidad vernos privados de oro y plata.” (Séneca, Cartas, I, 5)



En el periodo bajo imperial (siglos III-IV d.C.), las grandes dimensiones de los platos y escudillas responden a una transformación de los hábitos en la mesa, menos individuales y más colectivos, es decir, los comensales, en vez de utilizar un plato individual, comen de un recipiente común más amplio. Surgen entonces nuevos diseños como el discus, plato redondo de grandes dimensiones.


Plato de Baco, Tesoro de Mildenhall, Museo Británico, Londres

Los platos para servir eran símbolo de clase y podían alquilarse cuando se necesitaban:

“Siempre le ponen platos damasquinados a Calpetano, ya coma fuera ya en su casa de la ciudad. Así cena también siempre en el albergue; así, en el campo. ¿No tiene, entonces, otra vajilla? Ni mucho menos, no tiene vajilla suya.”  (Marcial, Epigramas, VI, 94). 

Las clases más altas del Imperio Romano dispusieron ya de complejas vajillas con múltiples tipos de cucharas destinadas a alimentos muy específicos. La cuchara pequeña y puntiaguda o coclear, que se empleaba para vaciar y recoger huevos, mariscos y caracoles; la ligula, algo mayor, usada para tomar sopas y purés; y la trulla, especie de cazo, con capacidad de un decilitro, que tenía como función trasvasar líquidos.



En el Imperio Romano de Oriente e Imperio Bizantino, cuya existencia se prolongó hasta el final de la Edad Media, apenas evolucionó el diseño de la cuchara y se continuaron empleando los mismos modelos que en la Roma clásica. Si bien, como ocurría en esta última, las mesas de las personas de clase baja habían de conformarse con una escudilla de madera o barro, que se llevaban a los labios para beber, o de la que los comensales tomaban el alimento con las manos. Las cucharas más valiosas, como las de plata, llevaban adornos labrados con formas zoomorfas o inscripciones.



Aunque en las mesas romanas era habitual traer los alimentos desmenuzados y comerlos con las manos, se utilizaba el tenedor para servir la comida y el cuchillo era una posesión muy valiosa que los convidados podían traer de sus casas para cortar los alimentos. Para los mangos se utilizaban distintos materiales:

“Es más, hasta los mangos de mis cuchillos son de hueso.” (Juvenal, Sátiras, XI, 133)


El mismo Marcial enumera varios objetos utilizados en la mesa romana cuando nos cuenta los regalos recibidos cada año por las fiestas, que han sido menos valiosos año tras año:

“El sexto año llegamos a una escudilla (scutula) de ocho onzas. Después de este se me dio raspando la media libra en forma de jícara para medir (cotyla). El octavo envió una cucharilla (ligula) de un sexto. El noveno trajo apenas un sacacaracoles (cocleare) más ligero que una aguja."

Con la llegada del cristianismo muchos autores criticaron el exceso de lujo y el empleo de oro y plata en los enseres domésticos, y, a pesar de que muchos seguidores se deshicieron de sus costosas pertenencias y algunos las repartieron entre los más pobres, no pudieron impedir que la ostentación y el gasto en vajillas y banquetes desapareciesen.

“Las fuentes, las salseras, las poncheras, los platos y demás enseres de oro y de plata, que sirven tanto para comer, como para otros usos que me avergüenza decir; … artículos todos que denotan un lujo de mal gusto; preponderancia que conlleva envidia y molicie. Pues bien, todo eso hay que desecharlo, como si careciera del más mínimo valor.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 3)



Tesoro de Moregine, Pompeya

Los textos literarios escritos tras la caída de Roma nos dejan evidencias de los recipientes que seguían usándose en las mesas del Imperio romano:

“Un hinchado cuenco de plata (gabata) recoge los dones de carne donde la verdura nada en un grasiento caldo.
Un plato de mármol (discus) trae lo que nace en el huerto, cuyo sabor a miel fluye en mi boca.
¡Una bandeja de vidrio (scutella) cargada de pollos, sin plumas, con tanto peso!
Frutas llegan en cestos pintados, y su dulce olor me llena.”
(Venancio Fortunato, Poemas)




 


Bibliografía:

http://www.penn.museum/sites/expedition/scutella-patella-paterna-patina/; Scutella, Patella, Paterna, Patina. A Study of Roman Dinnerware; Kenneth D. Matthews
http://www.man.es/man/dms/man/actividades/pieza-del-mes/historico/2005-ajuar-de-cocina-y-ajuar-de-mesa-la-alimentacion/7-Octubre/MAN-Pieza-mes-2005-10-Taza-romana.pdf; Taza romana, Mª Ángeles Sánchez
Pompeii, The History, Life and Art of the Buried City, Marisa Ranieri Panetta (ed.)
Los Romanos, Su Vida y Costumbres, E. Ghul, W. Koner, Edimat libros.
http://www.ceramologia.org/gestion/archivos/109ponen.pdf; Recipientes cerámicos para aceite y vino en la Antigüedad. Arqueología e Iconografía; José Pérez Ballester
https://www.metmuseum.org/pubs/bulletins/1/pdf/3257460.pdf.bannered.pdf; The Significance of Roman Glass, Ray Winfield Smith