lunes, 9 de julio de 2012

Codex, escribir y leer en la antigua Roma


Casa de Julia Félix, Pompeya

"Contigua a esta zona hay una habitación que adopta una forma curva, a modo de semicírculo, y que sigue el recorrido diario del sol desde todas sus ventanas. En una de sus paredes hay empotrado un armario destinado a servir de biblioteca que contiene una selección de obras no solo dignas de ser leídas, sino de ser leídas continuamente."
(Plinio, Epístolas, II, 17)


Las casas de los romanos ricos incluían estancias habilitadas como bibliotecas. Pequeños retratos de medio cuerpo de antiguos literatos y filósofos indicaban sobre los estantes las subdivisiones por autores:

"Cualquier libro estaba a mano; te podías imaginar mirando a las estanterías de un erudito profesional o a los estantes en el Ateneo o a las librerías de los libreros. la disposición era tal que los manuscritos cerca de los asientos de las mujeres eran de tipo devocional, mientras que los que estaban entre los bancos eran trabajos de los mejores de la elocuencia latina; éstos, sin embargo, incluían ciertos escritos de autores que aunque similares en estilo mantienen diferentes doctrinas; porque era frecuente práctica leer a escritores cuyo arte es del mismo tipo - aquí san Agustín, allí Varrón, aquí Horacio, allí Prudencio. (Sidonio Apolinar, Epístolas)

Reconstrucción de una biblioteca. Foto de Cassius Ahenobarbus

Vitruvio ya mencionó que las bibliotecas deberían incluirse entre las estancias de las casas:

"Las bibliotecas deberán orientarse hacia el este, ya que el uso de estas estancias exige la luz del amanecer y, además, se evitará que los libros se pudran en las estanterías. Si quedan orientadas hacia el sur o hacia el oeste, los libros acaban por estropearse como consecuencia de las polillas y de la humedad. (Vitruvio, De Arquitectura, VI)

Poseer una biblioteca suponía tener cultura y también riqueza y dejar su contenido como legado a familiares, amigos, o instituciones públicas era algo frecuente entre los romanos ricos y digno de admiración para muchos.

“En Sereno Samónico, que fue muy amigo de su padre, tuvo un preceptor muy querido y estimado; tanto que cuando éste murió legó todos los libros de su padre —llamado también Sereno Samónico— que alcanzaban la cifra de sesenta y dos mil, a Gordiano el Joven. Esto le llevó a los cielos, pues, gracias al prestigio de las letras, tras entrar en posesión de una biblioteca de tal magnitud y esplendor, alcanzó la fama entre los hombres.” (Historia Augusta, Gordiano el joven, 18, 2)


Los libros eran un bien de inversión que se revalorizaba con el tiempo y que, a veces, se exhibían como elemento decorativo en comedores, para que los invitados admirasen su importancia. Los estantes y armarios se hacían de maderas nobles con adornos en marfil.

“Busca poemas inéditos y trabajos en borrador, que no los conoce más que uno solo, y que los guarda bajo llave en sus armarios el propio padre de las hojas inmaculadas a las que no ha arrugado el contacto de una barba ruda…” (Marcial, Epigramas, I, 66)


Códice Amiatinus

Los bustos de literatos realizados con caros materiales además de ornamento mostraban la admiración del propietario hacia ciertos escritores. Sin embargo, algunos no dudaron en criticar la falta de cultura de algunos que no distinguían el verdadero valor de los escritores representados:

"¿De qué sirven tantos libros y librerías, si su dueño apenas leyó en toda su vida los índices? La cantidad de libros resulta pesada y no enseña; y así te será más seguro entregarte a unos pocos autores, que errar siguiendo a muchos... Se debe tener, pues, la cantidad suficiente de libros, sin que ni uno solo sea por ostentación...Encontrarás que muchos ignorantes tienen todo lo que se ha escrito de oraciones y de historias, teniendo estanterías de madera de citrus y marfil llenas de libros hasta los techos; porque incluso en los baños se hacen librerías, como lujo forzado en las casas. Lo excusaría si fuera fruto del deseo de estudiar; pero ahora estas exquisitas obras de genios consagrados, con sus imágenes talladas, se buscan para adornar las paredes." (Séneca, De la Tranquilidad del ánimo, IX)

Terencio Neo y su mujer. Casa de Pansa, Museo Arqueológico de Nápoles


La cultura era, por tanto, un producto para disfrutar y para representar el status del dueño de la casa. Los libertos enriquecidos podían alardear ante sus invitados de su afán por la educación y la cultura al mismo tiempo que hacían ostentación de su inmensa riqueza.

“Aquí donde me veis, si no abogo en los estrados, he aprendido las bellas letras por afición, y no creáis que he perdido ya el amor al estudio; por el contrario, tengo tres bibliotecas, una griega y dos latinas y me gusta saber.” (Petronio, Satiricón, 48)


Sin embargo, existía también la idea de que la adquisición y posesión de libros no proporcionaba la formación cultural, sino la forma en que estos se usaban. Por ello había feroces críticas a los ricos que compraban libros indiscriminadamente, sin posibilidad de sacar ningún provecho de ellos.

“Crees que vas a parecer ser alguien en el mundo de la cultura, porque te afanas en comprarte los mejores libros. Los tiros, sin embargo, van por otro lado, y eso, en cierto modo, es una prueba de tu incultura. Y, sobre todo, no compras los mejores, sino que te fías del primero que te los pondera y eres toda una presa fácil de quienes andan soltando mentiras en asuntos de libros, y un tesoro bien a punto para sus vendedores. Porque, ¿desde cuándo crees que te sería posible discernir cuáles son antiguos?, ¿cuáles son valiosos?, ¿cuáles no merecen la pena y están remendados?, a no ser que saques las conclusiones por el número de picaduras y cortes que presentan y admitas a los gusanos como consejeros a la hora de proceder a ese examen. Pues, ¿qué capacidad tienes tú para discernir sobre la exactitud y ausencia de erratas que haya en ellos?” (Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros, 1)


Pintura de Alma Tadema

Lúculo es considerado un precursor del coleccionismo de libros al crear una biblioteca privada en el siglo I a.C., que se abrió a todos, pues antes de las bibliotecas públicas, hubo colecciones particulares que los nobles romanos buscaban y se procuraban a gran precio o se llevaban de las ciudades griegas conquistadas y este afán continuó activo en los demás siglos del Imperio.

"El primero que introdujo en Roma gran cantidad de libros fue Emilio Paulo, después de la derrota de Perseo, rey de los macedonios; después de él, Lúculo, como parte del botín del Ponto." (Isidoro de Sevilla, Etimologías, VI, 5)

En la villa de los Papiros, en Herculano, perteneciente a Lucio Calpurnio Pisón Cesonio, suegro de Julio César se encontraron casi 2000 rollos de papiros carbonizados, escritos principalmente en griego. Los papiros se guardaban en una habitación con estantes en las paredes y una estantería exenta de madera de cedro en el centro. Para leer los rollos, se llevaban a un patio contiguo para tener luz suficiente.


Papiros carbonizados. Villa de los Papiros, Herculano


La primera noción de libro entre los romanos fue el volumen, que originalmente era un rollo hecho de papiro, formado por varias hojas, hasta formar una tira larga de varios metros, donde los romanos podían escribir textos amplios. En este formato la escritura se hacía en forma de columnas cuidadosamente alineadas que iban formando las “páginas” del volumen. Pero para leerlo había que desplazar horizontalmente el rollo, sosteniéndolo el lector con la mano derecha, mientras que con la izquierda tiraba para desenrollarlo. Para poder consultar algo en una página anterior había que desenrollarlo de nuevo e ir enrollándolo del otro extremo.

“¿Qué esperanza tienes puesta en los libros, que estás constantemente enrollándolos, pegándolos, arreglándolos y borrándolos con azafrán y cedro, recubriéndolos con pastas, poniéndoles ribetes, como si estuvieses gozando, en cierto modo, de ellos?” (Luciano, Contra un ignorante que compraba muchos libros, 16)


Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

El formato rotulus se desplegaba de forma vertical y la escritura se generaba de forma paralela al lado corto de la tira del rollo.



Antes de que los romanos utilizaran el papiro como material de escritura, se utilizaron otros soportes que Plinio cita en su obra.

“Primero se solía escribir en la hoja de las palmeras; a continuación, en la corteza de algunos árboles; más tarde se comenzaron a redactar los documentos oficiales en volúmenes de plomo, y después también los privados en rollos de tela o en tablillas de cera.” (Plinio, Historia Natural, XIII, 69)

Diplomas militares

El papiro, planta procedente de Egipto, era cortado por los antiguos egipcios que se metían en el río en pequeñas barcas. Allí cortaban las plantas por el tallo y las iban empaquetando en fardos, y una vez en tierra las limpiaban. Arrancaban las hojas y la parte exterior del tallo, que es la más dura, porque lo que se utilizaba era la médula de la planta. Luego la partían en finas láminas que después colocaban horizontalmente, y por encima de forma transversal. Más tarde se prensaban con pesos y entonces los tallos soltaban una savia pegajosa, que servía de pegamento, y posteriormente se dejaba secar la hoja de papiro durante varios días. Para hacer más fina la hoja y mejorar su calidad se pulía con una piedra.

“El «papel» se confecciona a partir del papiro, escindiéndolo con una aguja en láminas muy finas y lo más anchas que se pueda. La primacía la tiene la del centro y después las cortadas sucesivamente desde él… Se teje cada una de estas clases en una tabla humedecida con agua del Nilo: el limo del agua sirve como cola. En primer lugar, se extienden sobre la tabla las láminas en posición vertical, por su parte anterior, de la mayor longitud que pueda dar el papiro, después el entramado se acaba con otras láminas trasversales una vez recortadas ambas partes. Se comprime después con prensas y las hojas de «papel» se secan al sol y se unen entre sí, disminuyendo siempre la calidad de las siguientes hasta llegar a la peor. Nunca un rollo tiene más de veinte.” (Plinio, Historia Natural, XIII, 74-77)

Facsímil relativo al cultivo y tratamiento del papiro. Museo Metropolitan, Nueva York

Las láminas de papiro se podían unir superponiendo los bordes más o menos 1 cm y pegarlas con una pasta de harina y agua para formar un rollo largo. Para hacer más fina la hoja y mejorar su calidad se frotaba con un abrasivo y se pulía con hueso, marfil, piedra pómez u otro material. También solía blanquearse con tiza, según el gusto del comprador y a los rollos más caros se les podía espolvorear con pigmentos de colores. Los rollos medían entre 13 y 30 cm de alto y su longitud iba de 10 m en adelante. En el rollo, el texto se disponía en columnas; la longitud de la línea variaba dependiendo del tipo de literatura, siendo la oratoria el género con líneas más cortas. En un rollo estas líneas eran continuas de principio a fin con secciones, a veces, marcadas como capítulos y segmentos más breves con sentido unitario, señalados por un guion en el margen, llamados paragraphos.

“El Sota de Ennio que me has devuelto me parece que está escrito sobre un papiro más pulido, en un rollo mejor y con una letra más cuidada de lo que lo había sido antes.” (Frontón, Epístolas, 22)


Fragmentos de papiro


La hoja de papiro preparada para escribir se denominaba charta y la primera hoja del rollo se llamaba protocolo y se dejaba generalmente en blanco, sirviendo para proteger el rollo.

"No tienes por qué considerarlos regalos pequeños, cuando un poeta te regala folios en blanco." (Chartae maiores, Marcial, XIV, 10)

Retrato de Herculano, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

La hoja de papiro se escribía por una sola cara, la interior que se pulía, mientras la cara posterior se untaba con aceite de cedro para protegerlo, perfumarlo y teñirlo de un tono amarillento. Una vez acabado el rollo (scapus), la última hoja se pegaba a una varilla (umbilicus), generalmente torneada en los extremos, alrededor de la cual se enrollaba el volumen; sus extremos, en los volúmenes más lujosos se pintaban y se les añadían unos discos llamados cornua, que generalmente eran de marfil. Los márgenes laterales se alisaban con piedra pómez, ya que el papiro se deshilachaba con frecuencia.


“Decid, Piérides, con qué presente sería honrada
Neera, si bien ya mía o, si bien me engaño, sin embargo
querida. «Las hermosas son cautivadas con la poesía, las
avariciosas con dinero. Que ella se alegre, como merece,
con tus versos. Ahora bien, que una envoltura amarilla
recubra el librito, se pula con la piedra pómez y corte
antes sus blancas barbas y cubra la parte superior del
pequeño volumen para que un título escrito indique tu
nombre, y que se pinten, entre el doble frente, las 
varillas (umbilici): así conviene, en efecto, enviar una obra elegante». (Tibulo, Elegías, III, 1)

Fresco, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Foto Ken Welsh

Para identificar el rollo se le sujetaba una etiqueta (titulus) de marfil o pergamino (algunos tituli solían escribirse en minio, es decir, en tono anaranjado o escarlata), a la hoja o al umbilicus en la que se anotaba el contenido del libro, a menudo la primera línea del texto, que servía para informar al lector sobre lo que incluía el volumen sin tener que desenrollarlo entero, ya que en una primera época no se les ponía nombre a los libros.

“Pequeño librito (y no te desprecio por ello), sin mí irás a la ciudad de Roma, ¡ay de mí!, adonde a tu dueño no le está permitido ir. Ve, pero sin adornos, cual conviene a un desterrado: viste, infeliz, el atuendo adecuado a esta desdichada circunstancia. Que no te envuelvan los arándanos con su color rojizo, ya que ese color no se aviene muy bien con los momentos de tristeza; ni se escriba tu título con minio, ni se embellezcan tus hojas de papiro con aceite de cedro, ni lleves blancos discos (cornua) en una negra portada. Queden esos adornos para los libritos felices; por tu parte, no debes olvidar mi triste condición. Que ni siquiera alisen tus cantos con frágil piedra pómez, a fin de que aparezcas hirsuto, con las melenas desgreñadas. No te avergüences de los borrones: el que los vea pensará que han sido hechos con mis propias lágrimas.” (Ovidio, Tristes, I, 1)



El aceite de cedro se usaba como conservante para los rollos de papiro y éstos se guardaban en cajas de madera de ciprés, dura y resistente. El cedro y el ciprés son árboles de madera noble y aromática:

"¿Podemos esperar que se creen poemas dignos de aceite de cedro y de cajas de pulido ciprés?" (Horacio, Arte Poética)

Para transportar los rollos se guardaban en una cesta redonda de piel con una tapa, que se llamaba capsa.


Capsa

En las estanterías se metían en unos casilleros (nidi) con capacidad para diez rollos y por eso obras como la Historia de Roma de Tito Livio se dividen en décadas, grupos de una docena de volúmenes.


Detalle de relieve de sarcófago, Ostia, Italia

En un inicio los rollos de papiro se guardarían en el tablinum o despacho del pater familias en un mueble con estantes, que podía tener diversos nombres (scrinium o armarium, por ejemplo) y con la ampliación de las casas más lujosas se depositarían en habitaciones dedicadas únicamente a albergar todos los volúmenes.

“Pues allí es donde yo escribo más, y no cultivo el campo que no poseo, sino a mí mismo con mis estudios, y allí puedo mostrarte una estantería lleno de manuscritos, como en otros lugares podría mostrarte un granero repleto de grano.” (Plinio, Epístolas, IV, 6)

Exposición Romanorum Vita. Foto Sebastiá Giralt


El pergamino (membrana) se hace con la piel tratada de una res y podría tener su origen en Pérgamo. Se limpiaba de suciedad, se eliminaba el vello y los restos de grasa, dejando una capa muy fina. Se dejaba unos días en cal y luego se extendía y tensaba en un bastidor para secarla. por último se alisaba con piedra pómez. Era más caro, pero duraba más y podía escribirse por las dos caras, y fabricarse en cualquier parte.

"Piensa que son ceras, aunque éstas se llamen pergamino. Borrarás cuantas veces quieras renovar lo escrito." (Pugillares membranei, Marcial, Epigramas, XIV, 7)

El pergamino era más caro, pero duraba más y podía escribirse por las dos caras, y fabricarse en cualquier parte. Además, lo escrito podía borrarse con una esponja y utilizarse el mismo pergamino para volver a escribir, lo que se llamó palimpsesto.

“En cuanto a lo de reutilizar el pergamino, alabo desde luego tu espíritu ahorrador, pero me intriga qué había en aquellas hojas que has preferido borrar antes que renunciar a lo que has escrito, salvo que fuesen tus fórmulas. Porque no creo que borres mis propias cartas para volver a escribir sobre ellas.” (Cicerón, Cartas a Familiares, VII, 18)

Fragmentos de pergamino

Para facilitar la venta del libro algunos editores incluían el retrato del autor en la primera página.

¡Qué pequeño pergamino ha dado cabida al inmenso Marón! La primera página lleva su propio retrato. (Virgilio en pergamino, Vergilius in membranas, XIV, 186)

Códice de Virgilio. Biblioteca Apostólica Vaticana

Ya implantado el cristianismo se hizo habitual la confección de libros en pergamino tintado de púrpura y escrito con letras doradas o plateadas, especialmente aquellos dedicados al uso de emperadores, nobles y altos cargos eclesiásticos. Algunos escritores cristianos arremetieron contra su uso por ir en contra de la austeridad impuesta por Cristo.

“Permitid a aquellos que los quieren tener libros antiguos o libros escritos en oro o plata sobre pergaminos purpura o en lo que comúnmente se llama letras unciales- estorbos escritos (los llamo yo) más que libros.” (San Jerónimo, Prefacio al libro de Job)

Codex Petropolitanus Purpureus, Biblioteca Nacional Rusa, San Petersburgo


El codex o códice estaba en su origen formado por varias tablillas unidas, pasando después a denominar el conjunto de hojas de papiro o pergamino que se doblaban en cuadernillos, unidos por una costura. En un principio se usaba para designar el libro de cuentas y otros documentos oficiales como testamentos.

“Había hecho su testamento bajo el consulado de Lucio Planco y Cayo Silio, el tercer día antes de las nonas de abril, un año y cuatro meses antes de su muerte (3 de abril de 13 a.C.); escrito en dos códices, en parte por él mismo y en parte por sus libertos Polibio e Hilarión, había sido depositado en poder de las vírgenes vestales, que lo sacaron ahora a la luz junto con tres rollos igualmente sellados. Todos estos documentos fueron abiertos y leídos en el Senado.” (Suetonio, Augusto, 101, 1)

Tablillas de Durres, Albania. Foto Edouard Shebi

Este tenía ventaja sobre el rollo porque era más fácil encontrar un pasaje, al no tener que desenvolver todo, se podía guardar más cómodamente en una biblioteca y admitía decoración con miniaturas. El avance del cristianismo supuso el impulso del códice sobre el rollo y su progresiva utilización dando nombre a las distintas compilaciones de leyes hechas por sucesivos emperadores.

“Tú, que deseas que mis libritos estén contigo en todas partes, y buscas tenerlos como compañeros de un largo viaje, compra los que en pequeñas páginas oprime el pergamino.” (Marcial, Epigramas, I, 2)


Códices de Nag Hammadi

Las extensas obras de algunos autores se escribían en códices de pergamino porque ocupaban menos espacio que los rollos de papiro y a la larga también eran más baratos.

“En unas exiguas pieles se condensa el inmenso Livio, que no cabe entero en mi biblioteca.” (Marcial, Epigramas, XIV, 190)

La tabula cerata era una pequeña plancha de madera, un poco rebajada por el centro, en la que se vertía cera de abeja, normalmente tintada de negro. Cuando la cera se endurecía, se podía escribir sobre ella mediante un punzón, por lo tanto, la escritura se grababa. En el centro de cada página se ponía un pequeño taco de madera que impedía que las superficies enceradas se tocasen. A veces se adornaban con materiales lujosos como el marfil, el oro y las piedras preciosas.

"¡Así que mis astutas tablillas se han perdido, y, por tanto, muchos buenos textos también! Estaban muy gastadas por el uso de mis manos, y buscaron la buena fe al no estar selladas. Además, sabían cómo pacificar a las chicas, y pronunciar palabras elocuentes, sin mí. Ningún adorno de oro las hacía preciosas; eran de cera sin lustre sobre madera de boj ordinaria. Tales como me eran fieles así permanecieron, y siempre produjeron un grato efecto.” (Propercio, Las tablillas perdidas, III, 23)


Museo Arqueológico de Nápoles

Las tablas podían ser simples, pero también se unían mediante finas correas de piel, como un libro y se le llamaba duplices, triplices, multiplices:

"Entonces no considerarás mis triples tablillas regalos sin valor: cuando tu amiga te escriba que está al llegar." (Triplices, Marcial, XIV, 6).


Tablillas múltiples

Las tablillas enceradas se usaban para registrar actuaciones legales, actas de nacimiento y documentos de manumisión de esclavos, así como para anotaciones personales, recordatorios, correspondencia, prácticas de caligrafía y ejercicios escolares. Se podían sellar con cordones y sellos de plomo para garantizar su autenticidad o para salvaguardar la información que había en su interior.

“Hallándose esta misma Dinea haciendo testamento, Opiánico, que había sido su yerno, le tomó las tablillas y borró con el dedo sus legados; y como esto lo había hecho en varios pasajes, una vez que ella murió, con el fin de que no pudiese ser impugnado el testamento por causa de las raspaduras, transcribió el testamento a otras tablillas y lo selló con sellos falsos.”  (Ciceron, En defensa de Aulo Cluencio, 41)


Tabula cerata

Se utilizaban distintas variedades de madera como pino, boj, nogal…pero también otros materiales más suntuosos, como el marfil.

“Para que las ceras descoloridas no oscurezcan tus ojos cansados, letras negras tinten para ti el níveo marfil.” (Tablillas de marfil [Pugillares eborei], Marcial, XIV, 5)

Tablillas. Museo del Louvre

El punzón para escribir se llamaba stilus o graphium; la punta era afilada para escribir y el otro extremo era romo para borrar. Sobre las tablillas enceradas lo más que se podía hacer era apisonar la cera con el mango del punzón para tapar la incisión. Esto valía para corregir unas pocas letras, pero era inviable para toda la tablilla.

“Pero como hasta el final del capítulo tendría que seguir una exposición compleja, y ya hemos llenado las tablillas de cera, baste haber dictado hasta aquí; porque la palabra que no se pule estilo en mano, siendo ya de por sí descuidada, resulta aún más desagradable si a su pesadez propia se añade la prolijidad. Además, estoy aquejado con dolor de ojos y sólo dispongo para el estudio de los oídos y de la lengua.” (Jerónimo, Carta a Dámaso, XVIII)


Tabula cerata y stilus. Foto Elena Gallardo

Los estilos se guardaban en estuches que podían ser un regalo oportuno en las Saturnales.

"Tuyos serán estos plumieres provistos de sus estilos; si se los das a tu niño, será un regalo importante." (Graphiarium, Marcial, XIV, 21)


Otros instrumentos para escribir era el calamus, un trozo de caña que se utilizaba sobre papiros y pergaminos, se cortaba un extremo en forma oblicua mediante un corta plumas. Penna scriptoria eran las plumas de las alas de las aves.

“Están ya en la mano el libro, el pergamino a dos tintas y perfectamente rasado, el papiro y la pluma nudosa. Pero entonces nos quejamos de que el líquido es denso y de que nos cuelga del cálamo... si echamos agua el negro de sepia se desvanece. Y nos lamentamos de que la caña suelte de dos en dos las gotas diluidas. ¡Oh desventurado! ¡Más desgraciado cada día que pasa!” (Persio, Sátiras, III, 10)


Fresco de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Pompeya

La tinta para escribir, atramentum librarium, se hacía con hollín proveniente de la combustión de resinas, mezclado con goma.

"Se hacía con hollín de varias formas, con resina quemada o pez: y para este propósito se construyen hornos, que no dejan escapar el humo. Se hace de esta forma con madera de pino: se mezcla con hollín de los hornos o de los baños y se usa para escribir los rollos de los papiros. A veces se hace tinta hirviendo y escurriendo los posos del vinagre."


A partir del siglo III d.C. empieza a usarse tintas de base mineral, uno de los procedimientos de elaboración consistía en picar agallas de encina o roble, mezclar el polvillo resultante con agua, y añadir finalmente sulfato de cobre o de hierro. Las de origen vegetal se elaboraban macerando la corteza de espino y sometiendo el jugo a sucesivas cocciones hasta formar una pasta a la que se añadía vino, tras nuevas cocciones la pasta producida se secaba al sol.
Cuando se tenía que escribir se tomaba la cantidad necesaria de pasta seca y se disolvía en vino o agua.

“Enrolla, Musa, este campo de papiro y que el trazo de caña de Cnido no siga avanzando a través de los caminos del cálamo de pie hendido, pintando lo que queda de la seca página con las negras hijas de Cadmo. O que la esponja de color de leche borre de todos los versos a la vez la oscura sepia.” (Ausonio, Epístolas, XIII, 50)


Casa de Marco Lucrecio, Pompeya

Se utilizaba la tinta de sepia y la tinta roja, de minio o bermellón, se usaba para escribir el título y los comienzos de libro. Los encabezamientos de leyes se hacían de rúbrica (ocre rojo). Suetonio menciona que parte de los poemas que Nerón recitaba en Roma se escribían con letras doradas (aureis litteris), y se consagraban a Júpiter Capitolino.

“Admitía a sus ejercicios en el Campo de Marte incluso a la plebe, y muy a menudo declamaba en público; daba también lectura a sus poemas, no solo en palacio, sino incluso en el teatro, con un regocijo general tan considerable, que, por una de estos actos, se decretaron acciones de gracias a los dioses y el fragmento que había leído fue dedicado en letras de oro a Júpiter Capitolino.” (Suetonio, Nerón, X, 2)

En Vindolanda se encontraron planchas de maderas locales (abedul) plegadas y escritas con tintas con base de carbón. La madera se cortaba de los árboles en primavera, cuando circula la savia, para que se pudiera plegar. Además, se podían encalar y volver a utilizar. En ellas se han descifrado textos de diversa índole como la invitación de Claudia Severa a una amiga para celebrar un cumpleaños. Están datadas entre los siglos I y II d. C.

“Claudia Severa saluda a su Lepidina. El 11 de septiembre, hermana, para celebrar mi cumpleaños te envío una cordial invitación para asegurar que vendrás y hacer el día más agradable para mí con tu llegada, si estás aquí (?). Saluda a tu Cerial. Mi Elio y mi hijito le mandan sus saludos.”


Tablillas de Vindolanda, Reino Unido

El atramentarium o tintero se realizaba en marfil, hueso calcinado o madera termoalterada (de sarmiento de viña). Se han encontrado cajas de madera con las paredes interiores impermeabilizadas con pez, algunos en cerámica, e incluso metales nobles.

Atramentaria (tinteros). Museo Metropolitan, Nueva York



Bibliografía:

https://www.academia.edu/23085606/Book_Formats_4._Archaic_and_Exotic_Forms; Book formats 4. Archaic and exotic forms; Ana B. Sánchez-Prieto
https://www.academia.edu/23031469/Book_Formats._Scroll; Book formats. 2. Roll; Ana B. Sánchez-Prieto
https://www.academia.edu/23408717/Book_Formats_2._Codex; Book formats 2. Codex; Ana B. Sánchez-Prietohttps://revistas.um.es/myrtia/article/view/159381; Libros, libreros y librerías en la Roma antigua; José Luis Vidal
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3761481; El libro en Roma; Ibor Blázquez Robledo
http://www.tyndalehouse.com/tynbul/library/TynBull_2006_57_1_07_Barker_OxyrhynchusLibraries.pdf; CODEX, ROLL, AND LIBRARIES IN OXYRHYNCHUS; Don C. Barker
A History of Reading; Steven R. Fischer; Reaktion Books
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio; Jerôme Carcopino; ed. Temas de Hoy

lunes, 30 de abril de 2012

Ascendere lectum, lecho romano en la antigua Roma

Triclinium, Museo Zaragoza


La evolución del lecho en la época antigua nos lleva desde el primitivo uso del suelo cubierto de hojas y paja:"cuando una esposa montaraz extendía un lecho campestre de hojas y paja y pieles de las fieras vecinas..." (Juvenal, sat. 6) al lujoso refinamiento en los materiales y decoración del mueble en el Imperio Romano.

Podemos imaginar el lecho propio de las cabañas de los primeros romanos, humilde y de madera: "En medio de la habitación había un lecho de madera de sauce, cubierto de hojas de árbol. Para adornarle extendieron sobre él un tapiz del que solo se servían en las grandes solemnidades." (Ovidio, Metamorfosis, 8, IV)


Lecho funerario de Flavio Agrícola, Museo de Arte de Indianápolis

Los lechos de los Romanos en los primeros tiempos de la república fueron probablemente similares a los de los Griegos; pero hacia el final de la república y durante el imperio, cuando se introdujo el lujo asiático, la riqueza y magnificencia de los lechos de los romanos ricos sobrepasaron a las de los helenos.

"Conchas de tortuga brillaban, de los mares de la India  con numerosas esmeraldas, joyas costosas, adornado,  y dorado jaspe en los lechos brillaba.
 Las colchas lujosas; la mayoría teñidas más de una vez en las cubas de Tiro habían bebido su jugo: parte emplumada como de oro; parte teñida de rojo, como si los hilos hubieran pasado por la correa de Faros."
(Lucano, X, 127)

Los romanos en un principio se sentaban para comer, pero la influencia de los griegos hizo que adoptaran la costumbre de recostarse en las comidas, aunque las mujeres se sentaban a los pies del lecho o en una silla como hacían los niños. Los más humildes y los esclavos emplearían probablemente un banco (subsellium).

Los romanos utilizaban los lechos para dormir (lectus cubicularis), comer (lectus triclinaris) y trabajar (lectus lucubratorius). Algunos se tendían para meditar, leer y escribir, apoyando el brazo izquierdo sobre los almohadones: 

"Por la mañana, trabaja reclinado en el lecho, cuando llega la hora segunda, pide que le traigan sus calceos y camina durante tres millas, tonificando, así, tanto su espíritu como su cuerpo." (Plinio, Epístolas,  III, 1)

En los dormitorios más comunes se han encontrado lechos empotrados en las paredes de las hornacinas, que podían cerrarse con cortinas o tabiques plegables.

El lectus genialis, tálamo nupcial en honor del Genio, se coloca al principio en el atrio, enfrente de la puerta, por lo que a veces se le llama lectus adversus.

"Pero ved, el lecho matrimonial real se está disponiendo para la diosa en medio del palacio, elaborado con colmillos de la India, cubierto con púrpura del tinte rojo de la concha." (Catulo, 61)


Las Bodas Aldobrandini, Museos Vaticanos







El estilo de diván elegante de los primeros tiempos del imperio se diferenció del modelo heleno, más sencillo y bajo. Los romanos diseñaron un lecho de patas torneadas, con extremos decorados con figuras de animales, como el delfín. Introdujeron el respaldo, pluteus, aunque los lechos para comer carecen de reposabrazos y parte posterior. El lado por el que uno asciende al lecho utilizando un escabel, puesto que eran muy altos, se conoce como sponda.


Lecho y escabel con adornos en hueso y vidrio, Museo Metropolitan de Nueva York

En el mundo antiguo se conocen varias formas de construir un bastidor que sujetase el colchón. En Egipto se utilizaban principalmente las cuerdas de tipo vegetal y las tiras de cuero. Los griegos y los romanos también las usaron, así como un entramado de bandas de bronce.

Los lechos más comunes se fabricaron de distintas maderas, Para recubrimientos se generalizó, ya antes de nuestra era, el uso de maderas caras, marfil y concha de tortuga. Como sustituto barato sirvió el hueso de diversos animales, como el caballo.

"...nadie consideraba seriamente que valiera la pena ninguna clase de tortuga que nadara en las corrientes del océano para fabricarles a los troyúgenas relucientes y noble lecho, sino que en pequeñas yacijas de lisos cortados, el frontal de bronce mostraba la cabeza barata de un rucio coronado, al lado de la que jugaban retozones los críos del campo."


Lecho de bronce, Museos Vaticanos

Los lechos de metales preciosos, oro y plata, y los de bronce de Delos no se diferenciaban de los modelos de madera, aunque parece que no se convirtieron en objeto de lujo hasta comienzos de la era cristiana: 

"El bronce de Delos fue el primero que se hizo famoso, viniendo todo el mundo a Delos a comprarlo; de ahí la atención prestada a su fabricación. Fue en esta isla donde el bronce primero obtuvo celebridad para la elaboración de pies y soportes de triclinios. (Plinio, Historia Natural, XXXIV, 4)

Se adornaban con incrustaciones de plata, cobre, e incluso, piedras preciosas. Fueron introducidos por Carvilio Polio, aunque no se sabe si éste se dedicaba al negocio de su importación o era solo un ricachón que impuso la moda: 

"Durante mucho tiempo ha estado de moda forrar de plata los lechos de las mujeres y los triclinios. Carvilio Polio, un caballero romano, fue el primero, se dice, en adornar estos últimos con plata, no por completo, ni siquiera siguiendo el modelo de Delos; siendo el modelo Púnico el que adoptó. Fue siguiendo éste último como los adornó con oro también, y no fue mucho después cuando los lechos de plata se pusieron de moda, imitando los de Delos." (Plinio, Historia Natural, XXXIII, 51)

Unos lechos más sencillos son los llamados Púnicos, más pequeños y bajos, y se conoce el nombre de dos artesanos del siglo I, Archias y Soterichus.

“Y él un hombre muy instruido y un estoico, cubrió para tal ocasión algunos lechos a la manera Cartaginesa (lectulos punicanos), con pieles de cabrito y exhibió algunas vasijas Samias…”


Mosaico de Centocelle
                                                                                                                                                                   Los lechos griegos y romanos se equipaban con cojines, almohadones, colchas y doseles, que solían ser un lujo accesorio que escondía unas estructuras bastas o unos feos somieres:

"Vestido de verde claro, se tumba en un lecho ocupado y achucha a derecha e izquierda con sus codos a los convidados, apoyado en la púrpura y en los cojines de seda." (Marcial, Epigramas, III, 82)



Exposición Domus 2013, Carranque, Toledo. Foto de Samuel López

En los inicios se cubrirían con pieles de animales y telas de fibra vegetal. De Oriente se importaban las colchas Babilónicas y las sedas también vinieron a los lechos de los más ricos. 

“Dionisio (tirano de Siracusa) pidió a Damocles que se tendiera en un lecho de oro con una colcha hermosamente tejida y magníficamente bordada, y dispuso mesas con oro y plata.” (Cicerón, Tusculanas, 5, 21)
Se decoraban con bordados y color púrpura y el uso excesivo de ésta para la ropa de cama hizo que cayera en desuso para las togas: 

¿Quién no tiene colchas púrpura para sus lechos de banquete? (Plinio, IX,63)


Pintura casa de los Castos amantes, Pompeya

El lino se empleó para recubrir colchones y almohadas, y la lana que sobraba al tratar las ropas (borra) era utilizada para rellenar los colchones: 

"¿Que está el bastidor demasiado próximo a las plumas aplastadas? Toma estos vellones raídos a los capotes militares leucónicos." (Borra leucónica, Marcial, XIV,159) 

Los más pobres se conformaban con rellenos de paja y heno: “ni porque en mis convites se pongan alfombras de púrpura, me juzgaré más feliz, ni al contrario me tendré por desdichado si reposare mi cansada cerviz sobre un manojo de heno, o sobre lana circense, que se sale por las costuras de los viejos colchones.” (Séneca, De la Brevedad de la Vida, 25, 2)

El uso de plumón de aves fue frecuente durante el dominio romano. El plumón de cierta especie de ganso salvaje (gantae) que ya utilizaban los celtas y germanos, encontró favor entre los romanos y alcanzaba un alto precio, ya que cohortes enteras de soldados romanos eran enviadas a buscar las aves a la región de Bélgica: 

"Cansado, podrás descansar en plumas de Amiclas que el plumón interior del cisne te ha dado." (Marcial, Epigramas, XIV, 161)

En los lecti triclinaris, los invitados se acercaban por detrás y ocupaban su lugar, recostándose sobre el lado izquierdo, de cara a la mesa, apoyado sobre el codo izquierdo. La colocación en los divanes seguía una etiqueta; el lugar de honor era el locus consularis, porque si había un cónsul ese lugar siempre se le reservaba a él, y se situaba junto al anfitrión. En cada lecho solían reclinarse tres personas, aunque hay referencias de que algunos podían dar cabida a mayor número de invitados: 

"... después de haber medido cuatro veces un lecho de seis plazas (hexaclinon) de concha de tortuga, se lamentó de que no fuera lo bastante grande para su mesa de cidro." (Marcial, Epigramas, IX, 59)



Al inicio del Imperio se introdujo un nuevo tipo de lecho semicircular para utilizarse con una mesa redonda. Se le llamó sigma, por su parecido a la letra griega C:

"Al final de todo ello, nos encontramos con un amplio lecho semicircular para comer construido con mármol blanco y cubierto por un emparrado." (Plinio, Epístolas, V, 6) 

En mucho autores se encuentra la denominación de stibadium para esta clase de lecho, que parecía tener capacidad para unas siete u ocho personas. 

En muchos autores se encuentra la denominación de stibadium para esta clase de lecho, que parecía tener capacidad para unas siete u ocho personas: 

“Recibe un lecho de media luna incrustado de carey. Caben ocho. Que venga todo el que sea amigo mío.”  (Marcial, Epístolas, XIV, 87). 

El colchón se curvaba por la parte interna del diván, y, aparentemente era compartido por todos los invitados. los lugares de honor estaban los extremos, y el principal, el locus consularis, era el del extremo derecho.

La excentricidad de algunos nobles y emperadores también se vio reflejada a la hora de crear nuevas formas de tenderse para disfrutar de la comida y el ocio. Por ejemplo se describe el uso de flores en esta cita sobre Aelius en la Historia Augusta: 

"El construyó, a saber, un lecho provisto de cuatro altos cojines y cubiertos de una fina red; los llenó con pétalos de rosa a los que quitaron las partes blancas, y después se reclinaba en él con sus amantes, enterrándose bajo un manto de lirios, ungiéndose con perfumes de Persia." (Aelius, 5)

Heliogábalo sentaba a sus amigos más humildes en almohadones de aire en vez de en cojines y dejaba salir el aire mientras cenaban, de forma que los comensales se encontraban finalmente más bajos que la mesa.

 “Fue el primero en colocar un grupo en semi-círculo en el suelo, en vez de en lechos, con el propósito de que los esclavos soltaran el aire de los almohadones.” (Historia Antigua, Heliogábalo, XXV, 2)


Estela funeraria de Lorania


El lecho cubicular se convertía a menudo en lecho fúnebre en el que el difunto era expuesto a las visitas durante el duelo en el hogar antes de ser enterrado. Si el fallecido era una persona notable, su riqueza se extendía hasta su último lecho, como describe Suetonio en el caso de Julio César: 

"... colocaron en ella un lecho de marfil cubierto de púrpura y oro, y a la cabecera de este lecho un trofeo, con el traje que llevaba al darle muerte." (Suetonio, Julio César, 84)

En los sarcófagos y lápidas aparecen los difuntos retratados en sus lechos, solos o acompañados de sus familiares y representados con mesas con alimentos, como si estuviesen en una cena o banquete.


Urna cineraria de M. Domitius Primigenius,
Museo Metropolitan de Nueva York


Bibliografía:

La casa romana, Pedro Angel Fernández Vega, Ed. Akal
Los Romanos, Su Vida y Costumbres, E. Ghul, W. Koner, Edimat libros.