Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 15 de noviembre de 2014

Ars ornatrix, adorno del peinado romano

Mosaico de Venus,  Museo Villa Getty, Los Angeles

Además  de seguir las modas del peinado, las matronas romanas pasaban largo tiempo intentando mejorar su imagen con el cuidado y embellecimiento de su cabello. La aplicación de tintes y ungüentos, la elaboración de rizos y la ornamentación con distintos complementos  eran tareas que ocupaban a las ornatrices y permitían a las señoras vanagloriarse de una belleza  más artificial que natural.

Pero la mayor parte de sus esfuerzos se van en el peinado. Porque algunas no pasarían un juicio favorable sobre sus dones naturales y, por medio de pigmentos que pueden colorear de rojo el pelo para igualar al sol de mediodía, ellas tiñen su pelo con un capullo amarillo como colorean la lana; las que están satisfechas con sus rizos oscuros gastan la fortuna de sus maridos en ungir su pelo con casi todos los perfumes de Arabia; utilizan herramientas de hierro calentadas a fuego lento para rizar su cabello a la fuerza en bucles, y rizos elaborados con estilo traídos hacia las cejas dejan la frente sin apenas espacio, mientras las trenzas por detrás caen orgullosamente hasta los hombros.”  (Ovidio, Amores)

La higiene más simple del cabello consistía en lavarlo con agua caliente, para aplicar después ungüentos para perfumarlos y proporcionar más brillo.  Se podía cortar el pelo no más de la longitud necesaria para poder llevarlo recogido. Que una mujer llevar el cabello corto era signo de dejadez, provocación e indecencia.

Retrato época Flavia, Museos Capitolinos, Roma

Las mujeres que tenían cierta posición económica aumentaban el volumen de su cabellera con postizos o pelucas.  Se recurría a pelucas y postizos para disimular las canas y cubrir la calvicie, o para complicar el peinado impuesto por la moda, ya que el pelo natural era insuficiente para elaborar los voluminosos peinados.

“La mujer se nos presenta con abundantísimos cabellos gracias a su dinero, y de ajenos convertidos en propios, sin avergonzarse de comprarlos en público, a la faz del mismo Hércules y el coro de las Musas.” (Ovidio, A. A. III).

Retrato con peluca, Museo Nacional 
Romano

En los bustos que representan a las emperatrices, podemos ver como Julia Domna llevaba una peluca con ondulaciones artificiales en paralelo a la raya central, que dejaba ver por debajo, a la altura de las mejillas, unos pequeños mechones de pelo natural.

"Además desconozco las cantidades de postizos cosidos y trenzados que os sujetáis, ya a modo de bonete como un cubrecabeza y como cobertura de la coronilla, ya como un moño sujeto en la nuca." (Tertul. Los adornos de las mujeres II, 7)


El capillamentum (peluca entera) o galerus (media peluca o tupé) de pelo natural se montaban sobre un armazón curvo, empleando para ello distintos materiales como el cuero o la piel fina de animales como el corzo, la cera de abejas o alguna resina, sobre el cual se implantaban los cabellos naturales. Los capilli Indici, postizos hechos con cabellos negros procedentes de la India, eran muy apreciados para ocultar las canas y tan demandados que se incluyó un impuesto especial a su importación. Las damas romanas también utilizaron pelucas hechas con el pelo rubio de las cautivas germanas, que se convirtió en una mercancía valiosa.

 “La loción de los Catos (chattica spuma) enciende las cabelleras teutónicas: podrás ir mejor arreglada con cabelleras cautivas." (Marcial, Ep. XIV, 26).

Que los cabellos superpuestos se distinguieran o no de los naturales dependía de la destreza de las ornatrices.

Peinado romano, Museo Nacional Romano

 “Cipasis, tan entendida en dar mil formas a una cabellera, que merecías dirigir el tocador de las diosas.” (Ovidio, Tristias)

"¿Todavía ahora imitas insensata a los pintados britanos y coqueteas con tu cabeza teñida con brillo extranjero? Tal y como la naturaleza la dio, así es ideal toda belleza: feo es el color belga para los rostros romanos. ¡Que surjan bajo tierra muchos males para la doncella que cambia su cabello con artificio inapropiado! ¿Es que si una tiñera sus sienes con tinte azul, por eso esa belleza azulada le sentaría bien?" (Propercio, Elegías, II, 18b)

Pintura de Pompeya, Museo Nacional de Nápoles

Teñirse el pelo llegó a ser común entre las damas romanas muy pronto. En una época tan antigua como la de Catón se había introducido en Roma la costumbre griega de colorear el pelo de amarillo rojizo, pero las largas guerras contra los germanos acentuaron el deseo de imitar las rubias cabelleras de las esclavas apresadas. De entre los tintes más utilizados hay que destacar las pila mattiaca, bolas hechas con la tierra rojiza del entorno de Mattiacum, antigua ciudad con aguas termales que corresponde a la actual Wiesbaden y que daba al cabello un color rubio encendido:
“Si a teñir te dispones ya canosa, tus longevos cabellos, toma -¿a dónde te llegará la calva? Unas bolas mattiacas. (Marcial, XIV, 27)

La spuma batava era otro tinte que procedía de Mattium, en la actual Holanda, que proporcionaba el rubio rojizo deseado. Estos colorantes eran muy agresivos y podían producir fuertes y dolorosas inflamaciones.
Para teñir el pelo de rojo se hacía uso de la henna, sustancia vegetal procedente de Egipto y de las provincias orientales. Incluso utilizaron el minio y otros productos minerales para obtener el color apropiado. 
“aunque mostrabas un color rojizo como si hubieras sido teñida a fondo con minio, aquel color tuyo era de sangre, esa es la verdad” (Ov. Am. I, 14)

Detalle mosaico de Villa romana de La Olmeda,
Palencia
Los romanos utilizaron un tinte hecho con cenizas de haya y sebo de cabra (sapo)  que elaboraban los esclavos galos para teñir de rubio.

“El sapo, también, es muy útil para este propósito, una invención de las Galias, para dar un tinte rojizo al cabello. Se prepara con sebo y ceniza, de las que las mejores son las de haya y carpe: hay dos tipos, el sapo sólido y el líquido, ambos muy utilizados por los pueblos germanos, por los hombres más que por las mujeres.” (H.N. XXVIII, 51)

Opciones más baratas para el pelo rubio era machacar pétalos de flores amarillas y polen. 

Para teñir el pelo de negro se utilizaba una mezcla de aceite de oliva y cáscara de nuez, además de otros ingredientes.
¡Ay, tarde llamo al amor y tarde a la juventud!
Cuando la ancianidad canosa impregna  una cabeza vieja,
Entonces llega el momento de cuidar la figura,
Entonces se tiñe el cabello para ocultar
Los años tintándolo  con la verde corteza de una nuez” (Tib. Elegías, I, 8)


Plinio, de nuevo, dejó algunas recetas en las que se empleaban unos ingredientes un tanto peculiares: “Las sanguijuelas dejadas pudrir en vino tinto durante 40 días tintan el pelo de negro.” (H.N. XXVIII, 29)

Se puede apreciar la ironía del escritor cristiano Tertuliano cuando describe a las mujeres que intentan buscar la eterna juventud al teñirse de negro las canas.
“Veo que algunas incluso se tiñen el cabello de color rubio azafrán. Hasta les avergüenza, su país, porque no han nacido ni en Germania, ni en la Galia. Así cambian de patria con el cabello (…) Las que se esfuerzan en hacerlo negro de blanco son las que  lamentan haber vivido hasta la vejez. ¡Qué temeridad! (Tertuliano, Los adornos de las mujeres, II, 6)

Retrato Exposición Historias de Tocador,
Barcelona
Una cabellera lisa podía convertirse en rizada y repleta de tirabuzones recurriendo al calamistrum, un instrumento formado por dos tubos: uno hueco de metal, que se calentaba al fuego, y otro de menor tamaño en el que previamente se enrollaba el pelo que se quería rizar y que se introducía en el interior del tubo caliente. Los esclavos que se ocupaban de su utilización se llamaban ciniflones o cinerarii.

Más sencillo era el empleo de pinzas de grandes dimensiones cuyos extremos, una vez calentados al fuego, servían para moldear y ondular el cabello.
Para fijar el peinado elaborado y marcar los rizos, la ornatrix aplicaba en ocasiones clara de huevo batida o goma arábiga mezclada con agua.

El excesivo uso de los tintes y del calamistrum fue una de las causas de la pérdida del cabello y  nos han quedado varios ejemplos literarios, como la elegía XIV de Ovidio, donde reprocha a la amada el quedarse casi calva por ese motivo:
”... Entonces sus trenzas eran suaves como el amanecer. Con cuanta frecuencia he presenciado su tortura, al obligarlas, pacientemente, a resistir el hierro y el fuego, para que formaran pequeños bucles. No, tuyo es el delito, y tuya fue la mano que derramó el veneno en tu cabeza. Ahora Germania te enviará la cabellera de una esclava; una nación vencida proporcionará tus ornamentos.”

Los aceite hechos de plantas y flores como el mirto y la rosa eran ingredientes empleados para dar color, frenar la caída  o alisar el cabello. Las cenizas del ajenjo mezcladas  con ungüentos y aceite de rosas servían para colorear el cabello de negro.

“También detienen la caída del cabello las lagartijas reducidas a ceniza, con la raíz de una caña recién cortada, finamente troceada para que se consuma al mismo tiempo, a lo cual se añade aceite de mirto”. (Plinio, H. N. XXIX)


Galeno en su obra De Compositione Medicamentorum  recoge la siguiente receta sacada de la Cosmética de Kleopatra: “Contra la pérdida de cabello, hacer una pasta de rejalgar (una forma natural de mono sulfato de arsénico) y mezclarla con resina de roble, aplicarlo a un paño y ponerlo donde ya se haya limpiado bien con natrón (una forma natural de carbonato de sodio). Yo mismo (Galeno) he añadido espuma de natrón a la receta anterior, y funcionó de verdad.”

Era costumbre también perfumar los cabellos con ungüentos:
“permite que los perfumes goteen de su brillante cabello, y deja que dulces guirnaldas rodeen cuello y cabeza” (Tibulo, I, 7)

El mirobálano es un fruto semejante a una almendra que se produce en la India y se importaba desde Egipto, con el que se hacía un ungüento para el pelo:
“Esto, que ni Virgilio ni Homero nombran en sus versos, se compone de perfume y nuez (de bálano)”. (Marcial, XIV, 146)

Retrato con acus crinalis, El Fayum, Egipto

Con el  nombre de acus crinalis se denominaba a la horquilla para sujetar el cabello. Suele estar realizada con hueso, bronce o marfil. A veces podía dejarse hueca para introducir perfume. Todas las aci presentan un esquema similar compuesto por una cabeza muy bien diferenciada, y el cuerpo alargado y en forma de huso con extremo más o menos puntiagudo; su diferenciación radica en la forma o decoración de la cabeza: cabeza lisa, bien de forma esférica o tallada en facetas, y las decoradas tanto con temas geométricos como figurados (serpientes, piñas,  manos o bustos femeninos).

Agujas para el pelo, Exposición Historias de Tocador, Barcelona

Se empleaba el acus como aplicador de tintes y cosméticos y para moldear, cardar, alisar, enrollar, levantar o rizar cabellos. El acus discriminalis o discerniculum servía para separar los cabellos en el peinado.
Tu pelo no se merece que lo quemes; el cabello mismo se moldea con las horquillas que se le aplican. (Ovid. Am. I, 14)

 “¿Acaso crees que por ti se arregla la cabellera
O que se alisa su delicada melena con denso peine.” (Tib. I, 8)

Peine romano, Museo Británico

Entre los objetos que las mujeres empleaban en su aseo y proceso de embellecimiento está el peine (pecten), que podía ser de madera, especialmente de boj, hueso, marfil e incluso bronce.

“Crees que ella arregla su pelo para ti, peina sus finas trenzas con el acero de finos dientes?” (Tibulo, I, 9)

“¿Qué hará si no encuentra ya cabellos este trozo de boj que con tantos y tantos dientes te regalo?” (Marcial, XIV, 25)

En la literatura latina encontramos una cierta esclavitud del espejo tanto de las mujeres como de los hombres. Ver el resultado final tras un largo proceso de embellecimiento con una imagen reflejada en el espejo suponía una muestra más de vanidad.

“Un rizo, sólo uno, había salido defectuoso. Una horquilla mal puesta se había soltado. Lalage estampó en su esclava el espejo que le había revelado la fechoría, y Plecousa se desplomó, inmolada a esta terrible cabellera”. (Marcial, Epigramas)

Pintura de John William Godward

El espejo se hacía de metal pulido por una cara para que reflejase la imagen y por la otra podía estar finamente decorado con figuras, o no,  y tener mangos de estilos diversos o carecer de ellos.

Espejo romano, Museo Nacional
de Nápoles
Los primeros espejos manufacturado se comenzaron a elaborar en materiales como el cobre, plomo o bronce, y según Plinio, fue Praxíteles, importante cincelador de espejos, quien introdujo por primera vez los espejos fabricados en plata en tiempos de Pompeyo Magno. Este autor describe el proceso de elaboración de los espejos de plata y admira la excelente falsificación de este preciado metal recurriendo a una mezcla de estaño y cobre.


Séneca relata la historia de los espejos desde que eran ofrecidos espontáneamente por la naturaleza hasta convertirse en objeto de lujuria y ostentación.

“Pues bien, después se utilizaron otros elementos terrestres no menos malos, cuya superficie lisa ofreció a quien se ocupaba de otra cosa su propia imagen; y este la vio en una copa, aquel en el bronce preparado para otros usos; a continuación se fabricó un círculo exclusivamente para este menester (…) Posteriormente, dominándolo todo el lujo, se cincelaron espejos de cuerpo entero en plata y oro; después, adornados con piedras preciosas."  (Séneca, Cuestiones Naturales, I)

Algunos autores exaltan su valor para reflejar la belleza femenina, y por otro lado, lo condenan porque no se corresponde con una imagen real y auténtica de la persona reflejada.
Otros complementos empleados para resaltar la belleza de la cabellera eran las redecillas, que podían ser de oro, para mantener recogido el pelo; la diadema que podía adornarse con piedras preciosas, las coronas de flores y las cintas que podían ser de lana o seda  de distintos colores, como el púrpura.

"La redecilla (reticulum) es la que recoge la cabellera, y se llama así porque retiene los cabellos para que no aparezcan despeinados." (San Isid. Etim. XIX, 31)

"La diadema es un ornamento propio de la cabeza de las mujeres; está confeccionada a base de oro y piedras preciosas; se ata por la parte de atrás  abriendo sobre sí mismo los extremos." (San Isid. Etim. XIX, 31)

Retrato con diadema, Museo de Arte Walters

Las coronas de flores se utilizaban en fiestas y celebraciones y podían ser de rosas u otras flores olorosas o de plantas como el laurel.

Detalle con mosaico de diosa, Villa de Materno, Carranque, Toledo

“Hay en mi hermoso jardín preciosas flores
Para ornar tus cabellos
Y hiedra para hacerte una corona” (Horacio, L. IV, Oda XI, A Filis)
Venus del Esquilino, Museo 

 Las vittae crinalis (cintas) podían llevarlas las vírgenes o las mujeres casadas y eran símbolo de buena reputación. Podían adornarse con piedras preciosas y también las utilizaban los sacerdotes y vestales.

"Las vittae son las cintas que se entrelazan en los cabellos y con las que se atan los cabellos sueltos. Taenia es la extremidad de esas cintas, que cuelga y presenta diferentes colores." (San Isid. Etim. XIX,31)


Bibliografía:


Cosmetics & Perfumes in the Roman World, Susan Stewart
http://www.academicroom.com/article/hair-and-artifice-roman-female-adornment, Hair and the Artifice of Roman Female Adornment, Elizabeth Bartman.
http://www.nature.com/jidsp/journal/v10/n3/pdf/5640231a.pdf%3Forigin%3Dpublication_detail, Hairstyles in the Arts of Greek and Roman Antiquity, Norbert Haas, Francoise Toppe, and Beate M. Henz.
http://www.academia.edu/3777852/La_estetica_capilar_en_la_antigua_Roma_a_traves_de_las_representaciones_numismaticas, La estética capilar en la antigua roma a través de las representaciones numismáticas, Alejandro Fornell Muñoz.
http://www.rhm.uni-koeln.de/150/Watson2.pdf, A matrona makes up, Fantasy and Reality in Juvenal, Sat. 6,457–507, Pat Watson.
El arreglo del cabello femenino en época romana. Evidencias arqueológicas en la Bética occidental. Milagrosa Jiménez Melero.




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