Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 1 de agosto de 2015

Captatio testamentorum, cazatestamentos en la antigua Roma


Pintura casa de Julia Felix, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

En los primeros siglos de Roma no estaba permitido al ciudadano con propiedades  disponer libremente de su patrimonio, pues la libertad de testar no era compatible con el régimen de propiedad familiar. Se consideraban como herederos naturales de la casa y, por tanto, del culto familiar a los descendientes varones legítimos (agnati o parientes por línea masculina). El testamento era algo excepcional y sólo se recurría a él cuando no existían herederos legítimos o cuando, aunque los hubiera, se los quería desheredar por causa fundada. Desde el siglo II a.C. se permitió  testar libremente, y el heredero  se designaba en un acto llamado testamentum. Pero solo los ciudadanos romanos con el privilegio del ius civitatis tenían el derecho o capacidad de transmitir su sucesión por testamento o de ser instituidos como herederos.

Retrato funerario de dos jóvenes, El Fayum

El ciudadano romano consideraba que hacer testamento era una obligación que le proporcionaba seguridad en la vejez, dejaba asegurado el futuro de su familia y ganaba el reconocimiento y atención de sus herederos que le brindarían sus alabanzas tras su fallecimiento. El testamento era una forma de control e influencia sobre los hijos adultos que podían ser desheredados por mala conducta y sobre los amigos o captatores que podían perder sus opciones a heredar si no le prodigaban las suficientes atenciones, ni le presentaban costosos regalos. Los romanos pensaban que solo al redactar un testamento podían ser totalmente libres de expresar sus sentimientos, sin tener en cuenta las obligaciones impuestas por las relaciones sociales o de amistad. Podían beneficiar a quienes realmente se hubieran portado bien con ellos y vengarse de quienes les hubieran perjudicado, a pesar de haberles prometido en vida que les tendrían en cuenta en sus últimos deseos. Por eso era imprescindible renovar el testamento para incluir las últimas voluntades reales:

“Además de lo dicho, me apenan las circunstancias en las que ha muerto, pues no ha dejado más que un antiguo testamento que no incluye a los que él más amaba y que favorece a unas personas con las que en los últimos tiempos él está especialmente enfrentado.” (Plin., Ep. V, 5)

Aunque había libertad para testar, no se podían dejar sin herencia a los hijos o herederos legítimos, sin dar alguna razón admisible que justificara tal decisión. Siempre se perseguía asegurar el patrimonio familiar en primer lugar, y que no pasase la herencia a otras familias, además de favorecer a la ciudad o al estado y, en su caso, a un protector o al propio emperador. Las críticas no faltaban cuando el testador no cumplía las expectativas de algunos que se creían con derecho a recibir parte de su herencia.

“Es ciertamente falsa esa creencia general de que los testamentos son el espejo de las costumbres de los hombres, como lo prueba el que Domicio Tulo se haya mostrado como una persona mucho mejor una vez muerto que mientras vivía. En efecto, después de haberse mostrado como una posible víctima de los captadores de herencias, ha instituido heredera a la hija que compartía con su hermano, pues, siendo hija natural de éste último, él la había adoptado como hija suya. Ha mostrado, asimismo, un gran afecto por sus nietos, e incluso por su bisnieto, pues a todos ellos ha dejado numerosos y magníficos legados. En definitiva, en todas las cláusulas de su testamento ha cumplido escrupulosamente con sus deberes hacia su familia, y por eso mismo sus últimas disposiciones han resultado tan inesperadas… Unos lo califican de farsante, de ingrato, de olvidadizo, y mientras lo acusan de todo ello, se traicionan a sí mismos con las más deshonrosas confesiones, pues censuran a quien era padre, abuelo y  bisabuelo, como si hubiese estado privado de descendencia. Otros, por el contrario, celebran con grandes elogios que aquél haya sabido engañar a quienes confiaban en enriquecerse de un modo deshonesto abusando de él, pues dicen que el que hombres así vean de ese modo burladas sus esperanzas responde perfectamente a los nobles valores morales que reinan en nuestra época.” (Plinio, Epis. VIII, 18)


Relieve romano, Museos Vaticanos

Con la expansión del Imperio romano y la suma de nuevos territorios se produjo la llegada de grandes riquezas, pero también la creación de nuevas clases sociales, como una nobleza de origen provincial y un estamento de nuevos ricos formado por comerciantes y libertos con gran poder económico. Todo ello unido a nuevas costumbres como el celibato y la disminución del número de hijos en el matrimonio, dio lugar a la aparición de unos personajes, que ante la falta de perspectiva de lograr un medio de subsistencia honrado y de progresar socialmente se dedicaron a ciertas actividades muy criticadas por su falta de ética, como la de la caza  de testamentos (captatio testamentorum).
 Petronio incluye en su obra satírica una farsa de los protagonistas que gira en torno al engaño y  la caza de un testamento promovida por el comentario de un campesino sobre la actividad más provechosa de su ciudad, Crotona, perseguir a un viejo sin hijos para heredarle o sabiéndose uno con una fortuna apetecida dedicarse a una cómoda vida llena de atenciones y honores por parte de los cazadores de herencias: 

“Ah, señores míos- dijo el campesino-, si sois comerciantes, cambiad de idea y buscaos otro medio de vida. Pero si, en cambio, tenéis una educación superior y podéis manteneros en la mentira, entonces vais derechos al lucro. Pues en esta ciudad no se estima en nada al estudio de las letras, no ha lugar la elocuencia, ni la sobriedad y las buenas costumbres son objeto de estima para que puedan ser cultivadas. Acordaos de esto que os digo: todas las personas que veáis en esta ciudad pertenecen a dos clases, los que tratan de captar una herencia y los que son captados.
En esta ciudad nadie reconoce a los hijos. Al que tiene herederos naturales no se le invita a cenar ni a ver los espectáculos. Se le prohíbe toda clase de diversiones y se ve obligado a esconderse como un pardillo. Los que nunca se casaron, en cambio, y los ue no tienen parientes próximos consiguen los máximos honores. En otras palabras, sólo ellos son considerados como grandes soldados, como los más valientes e incluso los más honrados.” (Satiricón, 116)

A partir del siglo II a. C. se autorizó la libertad para testar y en la época de Augusto la captatio testamentorum se había desarrollado como un verdadero arte. Consistía en adular a un viejo rico o un enfermo casi terminal, sin herederos reconocidos, alabándole y colmándole con regalos, con el objeto de que le fuera legada una parte o el total de su herencia. Aunque esta práctica era constantemente ridiculizada, se realizaba con asiduidad, como se refleja en la literatura latina.


Pintura romana, Museo Galileo, Florencia

Horacio describe en la sátira II, 5 la técnica para convertirse en un cazaherencias  con éxito, mediante un diálogo entre Tiresias y Ulises en el que el primero enseña al segundo qué hacer para recuperar la fortuna perdida a causa de los pretendientes.

Recomienda buscar un anciano rico,  al que deberá halagar con obsequios y atenciones, sin tener en cuenta sus condiciones morales:
“Te dan un tordo o alguna otra cosa para uso privado: que vuele adonde brille gran hacienda con amo viejo…
Sea perjuro, descastado, fugitivo, esté manchado…

 Conseguir, por medio de las adulaciones, que el anciano lo instituya como heredero.
Es conveniente que el anciano carezca de hijos  Esto se justifica porque, en el caso de existir herederos naturales, estos podían hacer anular el testamento. Insiste, además, en las manifestaciones de aparente preocupación que debe manifestar el captator acerca del bienestar y la salud del testator. Si no se cumple la regla anterior, se puede admitir que un testator, anciano y viudo, tenga un hijo, a condición de que éste sea enfermizo y hay que lograr, insinuándose muy sutilmente, ser designado segundo heredero o heredero sustituto. De este modo, si el niño muriera, el captator podría convertirse en heredero legítimo:

“Y si alguien cría en la opulencia a un hijo reconocido
A pesar de su poca salud, para que no te delate clara
Obsequiosidad hacia los célibes, deslízate sin que se note con atenciones, en la esperanza de ser nombrado segundo heredero y, si una desgracia se lleva el muchacho al Orco,de ocupar su vacante; muy raramente falla esta jugada.”

Si el testador le ofrece leer el testamento, debe negarse a hacerlo para no parecer interesado, Sin embargo, le aconseja que trate de leer, disimuladamente, la segunda línea, donde se mencionaban los coherederos, a fin de saber si es el único heredero sustituto o si son muchos .
 Si el anciano está dominado por una esposa astuta o un liberto influyente, el que aspira a la herencia debe tratar de ganarse la voluntad de ellos, alabándolos, para que a su vez ellos lo alaben ante el anciano. Pero inmediatamente  rectifica y agrega que resulta más eficaz adular al anciano y tratar de satisfacer todos sus deseos:

“Recomiendo a este respecto: si tramposa mujer
O liberto por ventura manejan a un viejo senil, hazte
Socio suyo; elógialos, para que te elogien en tu ausencia.
Esto también ayuda, pero con mucho lleva antes al triunfo asaltar el bastión principal…”

 Es conveniente que, una vez que haya sido designado heredero, disimule la alegría que este hecho le produce y cuando el testador muera, es preciso que el heredero le ofrezca un espléndido funeral, a fin de que el vecindario alabe su desinterés:

“Hay que ocultar un rostro que delate alegría. Si el sepulcro
Se confió a tu buen juicio, erígelo sin escatimar;
Que la vecindad alabe un entierro hecho espléndidamente.”

Por último si  algún coheredero, anciano y enfermo, desea  parte de la herencia del captator, éste debe cedérsela a un precio irrisorio. Con esto no sólo obtendrá su agradecimiento sino también figurar en su testamento.


Detalle mosaico con perdices para regalo, Museo del Bardo, Túnez

En el caso de los captatores (cazadores), éstos tratan de ganarse el favor del testator,  mediante regalos, invitaciones a comer, atenciones, que en muchos casos se hacían por el mero interés por la herencia. En el caso del testator, éste, aún sabiendo el fingido interés de los captores, sabe sacar el mayor provecho de la situación, aceptando los obsequios.
Ya Plauto describe en su obra Miles Gloriosus la situación al describir la relación de Periplectómeno y sus parientes por línea femenina (cognati) que no son herederos naturales como los agnati (parientes por línea masculina), pero que si pueden ser nombrados herederos. El viejo Periplectómeno es un misógino que animado por Peusicles a casarse y tener hijos se niega por los inconvenientes que las mujeres y los hijos implican y en cambio sugiere que dejarse querer por sus parientes por los beneficios que consigue.

¿Puesto que tengo muchos parientes, qué necesidad tengo de hijos? Ahora vivo bien y satisfactoriamente y como quiero y como le agrada a mi espíritu.
A mi muerte entregaré mis bienes a mis parientes, los repartiré entre ellos:
éstos estarán junto a mí, me cuidarán; verán qué hago, qué quiero; antes de que amanezca, se presentan, preguntan cómo he dormido durante la noche. [En lugar de hijos, tendré a aquellos que me envían regalos.]
Hacen un sacrificio; de allí reservan para mí una parte mayor que para sí, me llevan a la celebración, me invitan a su casa para la comida, para la cena.
Se juzga muy desdichado aquel que me obsequió lo mínimo. Ellos compiten entre sí en cuanto a los regalos: yo susurro en mi  interior:
‘Ambicionan mis bienes, me alimentan y hacen regalos a porfía’.

Séneca, por ejemplo, condena desde el punto de vista ético esta práctica cuando se refiere a la conducta de quienes se preocupan por un enfermo, no movidos por un sentimiento humanitario o por afecto, sino llevados por el interés. En De beneficiis afirma:

“Llamo ingrato al que cuida a un enfermo, porque va a redactar su testamento aquel que tiene tiempo para pensar sobre su herencia y su legado. Aunque haga todas las cosas que debe hacer un amigo bueno y memorioso de sus obligaciones, si la esperanza de lucro está presente en su ánimo, es un pescador y arroja su anzuelo.”  (IV, 20,3)


Detalle mosaico con pesca, Museo del Bardo, Túnez
El símil del pescador que trata de capturar al pez con un anzuelo y un cebo comparándolo con el cazador que usa la adulación y la falsa preocupación como trampas para atraer a su víctima es empleada también por Horacio al referirse a las atenciones y adulaciones que el captador deberá utilizar con el testador, las considera como señuelos o trampas para atraerlo.

“Ya te lo he dicho y te lo digo: se astuto y hazte con
testamentos de viejos por doquier y no pierdas la esperanza ni burlado abandones la práctica, si alguno o un par de astutos escapan del insidiador tras morder el anzuelo.” (Sat. II, 5)

Lo que hace más detestable esta actitud es que por ambición alguien llegue a desear la muerte de una persona, incluso la de un amigo. Compara a los captatores con los empresarios de pompas fúnebres (libitinarii) y con los que disponían todo lo concerniente a los funerales (dessignatores), profesiones consideradas despreciables porque se creía que el contacto con los muertos producía contaminación. A partir de la comparación se demuestra que los captatores son más despreciables que los que ejercían esas profesiones.               
                               
  “¿Acaso no piensas tú que Aruncio y Haterio y los demás que han practicado el arte de captar testamentos tienen los mismos deseos que tienen los que organizan los funerales y los empresarios de pompas fúnebres? Sin embargo, estos últimos no conocen a aquellos de quienes desean la muerte; los primeros desean que muera alguien muy amigo, de parte del cual, a causa de la amistad, existe una mayor esperanza de legado. Nadie continúa viviendo para daño de estos últimos, a los primeros los consume cualquiera que tarde en morir; por lo tanto desean no sólo recibir lo que han ganado con su vergonzosa servidumbre, sino también ser liberados de un pesado tributo.”  (De Ben. VI, 38,4)


Relieve romano, Museo Nacional Romano
Marcial describe en sus epigramas varios casos de captatores y testatores  mostrando las características que ambos tenían y sus diversas actitudes. En su epigrama XI, 44 enumera las particularidades que convierten a un individuo en un testator perseguido: no tener hijos, ser rico y de edad avanzada, mientras advierte que las verdaderas amistades son las que surgen cuando se es joven y pobre, y no las que llegan cuando se aproxima la muerte del  testador.

 No tienes hijos y eres rico y nacido durante el consulado de Bruto:
¿crees que tú tienes amistades verdaderas?
Son verdaderas las que tenías siendo joven, las que tenías siendo pobre aquel que es un nuevo amigo desea tu muerte.

 Marcial sigue con las advertencias frente a los captatores hipócritas que solo desean la muerte del testator:
                                                      
“Quien te da regalos, Gauro, a ti, rico y anciano,
si eres inteligente y te das cuenta, te dice esto: “Muérete”. (VIII,  27)


Relieve del sarcófago de Valerio Petroniano, foto de Giovanni Dall'Orto.

En su epigrama XI, 55 sugiere al testador no creer al cazador, cuya técnica lo lleva a aconsejar al testador hacer  lo contrario de lo que él realmente desea, como que tenga hijos:

“Eso de que te anima Lupo a ser padre, Úrbico,
no te lo creas. No hay nada que menos quiera él.
El arte del cazador de testamentos consiste en
dar a entender que quiere lo que no quiere: desea
que no hagas lo que te está rogando que hagas.
Que tu Cosconia diga sólo que está encinta:
Lupo se pondrá ya más pálido que una
parturienta. Pero tú, para dar a entender que has
seguido los consejos del amigo, muérete de
forma que él piense que has sido padre.”          

Esta actitud hipócrita del captator  le lleva a hacer promesas para que un amigo enfermo mejore, cuando realmente desea que muera para poder heredar. Marcial se refiere a otra actitud hipócrita de los captatores: el hacer promesas para que un amigo enfermo recobre su salud, cuando en realidad desean su muerte a fin de heredarlo:

 “Por un amigo anciano, que sufría una grave y abrasadora fiebre terciana, Marón hizo, pero en voz alta, la promesa de que, si el enfermo no fuera enviado a las sombras estigias, se inmolaría una víctima agradable al magno Júpiter.
Los médicos han comenzado a prometerle una segura curación. Ahora Marón hace promesas para no cumplir su promesa.”  (XII, 90)

Al  saber que sus esperanzas de heredar se desvanecen porque el enfermo se va a curar, Marón, intenta encontrar el modo de no cumplir lo que prometió, con lo que deja al descubierto sus verdaderos sentimientos.
 Marcial extiende sus críticas al individuo que esconde sus verdaderas intenciones haciéndose pasar por una persona generosa y de gran corazón, cuando lo que verdaderamente pretende es engañar a los viejos y viudas con regalos, como se engaña a los peces con un cebo,  para quedarse con sus herencias.

“Porque envías grandes regalos a los viejos y a las
viudas ¿quieres, Gargiliano, que te llame generoso?
No hay ser más avaro ni persona más abyecta que tú
y sólo tú, que puedes llamar regalos a tus insidias.
Así de complaciente es el anzuelo falaz con los
peces ansiosos, así engaña a las estúpidas fieras
un astuto cebo. Qué es ser generoso, qué es hacer
regalos, voy a enseñártelo, por si no lo sabes: hazme
regalos a mí, Gargiliano.(IV, 56)          

Muchas son las quejas de los propios captatores por la  esclavitud  a la que los testadores les sometían ante la perspectiva de dejarles como herederos, haciéndoles víctimas de engaños o de falsas promesas  y mostrando deslealtad por no agradecer  los obsequios recibidos.

“Como jurabas por lo más sagrado y por tu vida
que me tenías, Gárrico, como heredero de la
cuarta parte de tus bienes, me lo creí —pues,
¿quién va a desaprobar gustosamente sus propios
deseos?— y alimenté mi esperanza incluso
haciéndote regalos; entre ellos te envié un jabalí
laurentino de un peso poco corriente: podrías
pensar que era el de la etolia Calidón. Pero tú,
sin pérdida de tiempo, invitaste a cenar lo mismo
al pueblo que a los senadores: todavía la
pícara Roma está eructando mi jabalí. Yo
mismo, —¿quién lo creería?— no me incorporé
ni como el último de los invitados, pero tampoco
se me ofreció una costilla ni se me envió la
cola. De tu cuarta parte, ¿qué esperanzas
puedo tener, Gárrico? De mi jabalí no me ha
llegado ni una onza.” (IX, 48)


Mosaico con jabalí, Museo el Bardo, Túnez

Los cazadores de testamentos son el símbolo del fin del valor de  la amistad basada en las relaciones de afecto entre amigos, o entre patrono y cliente. Se busca un falso afecto por necesidad y por dinero. Se hace un regalo a cambio de ser nombrado heredero y  se pide la pronta muerte del testador para evitar la ruina por los gastos del captator.

“Las treinta veces que has firmado en este año,
Carino, tu última voluntad, te he enviado unas
tartas empapadas en miel de tomillo del Hibla.
No puedo más, ten compasión de mí, Carino,
haz testamento menos veces o haz de una
vez lo que continuamente disimula tu tos. He
agotado mi bolsa y mis reservas. Aunque hubiera
sido más rico que Creso, sería más pobre
que Iro, Carino, si otras tantas veces comieras
mis habas”. (V, 39)

El deseo de la pronta muerte del testator lo refleja Marcial en el hartazgo del captator por tener que acompañar y soportar a su futura fuente de ingresos, sin recibir nada a cambio, solo la incierta promesa de ser recompensado a la muerte del testador.

Mientes, te creo; recitas malos poemas, te
aplaudo; cantas, canto; bebes, Pontiliano, bebo; te
pees, disimulo; quieres jugar a las damas, me dejo
ganar. Una sola cosa hay que haces sin mí, y me
callo. Sin embargo, nada en absoluto me das. “A
mi muerte”, dices, “te trataré bien”. No quiero
nada, pero muérete. (Epigramas, XII, 40)

El acoso al testador enfermo  que al final deja al captator, quien muestra una falsa preocupación por su salud, sin la herencia deseada,  aparece en  una epístola de Plinio el Joven, dirigida a su amigo Calvisio:

“Veleyo Bleso, el antiguo cónsul sumamente rico, se hallaba en una fase terminal de su enfermedad y quería cambiar su testamento. Régulo, que confiaba en poder obtener algún beneficio de las nuevas disposiciones testamentarias, pues había comenzado a ganarse  recientemente el favor del enfermo, exhorta a los médicos y les ruega que prolonguen por todos los medios a su alcance la vida de Bleso. Después que fue firmado el testamento, adopta una nueva postura y a los mismos médicos de antes les habla ahora en estos términos: “¿Hasta cuándo vais a continuar torturando a este desdichado? ¿Por qué no permitís que muera tranquilamente aquel a quien no podéis conceder la vida?” Muere Bleso y, como si hubiese oído todo esto, no deja un solo as a Régulo.” (Ep. II, 20)

Retrato funerario de dama, EL Fayum

Tampoco las mujeres ricas se veían libres de los aduladores que las seguían a todas partes e intentaban complacerlas con la esperanza de verse recompensados en el reparto de la herencia.

“Mientras que, ¡por Hércules!, personas que no tenían la más mínima relación con su abuela, para mostrar su respeto por Cuadratila (me avergüenzo de haber utilizado la palabra “respeto” a propósito de gente como ellos), con la deferencia propia de los aduladores se apresuraban a acudir al teatro, saltaban de alegría, aplaudían, daban muestras de admiración y después repetían ellos mismos ante la gran dama cada uno de los gestos de los actores acompañándose de los mismos cánticos que se cantaban en las piezas. Éstos, como pago por sus actuaciones teatrales, recibirán ahora unos ínfimos legados por parte del heredero que nunca quiso asistir a ellas.” (Plinio, VII, 24)

Para asegurarse el afecto de su entorno durante lo que le restase de vida y conseguir ser llorado tras su muerte, el testador podía leer su testamento en presencia de sus allegados y darles a conocer sus correspondientes legados. En el Satiricón de Petronio, Trimalción notifica su última voluntad durante la cena ante sus invitados y manda traer el testamento para leerlo entero con el objeto de ganarse la admiración de la servidumbre y los otros agraciados.

“Amigos,- dijo Trimalción, halagado por este desafío-, sabed que también los esclavos son hombres. Han mamado la misma leche que nosotros, a pesar de la mala suerte que pesa sobre ellos. Pero, por mi vida, que pronto beberán el agua de la libertad. En una palabra, en mi testamento les concedo la manumisión a todos ellos. A Filargiro le dejo en herencia una finca y su compañera. A Corión una manzana de casas, el porcentual para pagar al fisco su rescate y, además, un lecho con la lencería necesaria. A mi querida Fortunata la nombro heredera universal, encomendándola a todos mis amigos. Y hago público todo esto para que mi servidumbre me quiera ya desde ahora, como si ya estuviese muerto”. ( Petr. Satiricón, 71)


Joven con rollo, Casa del Apartamento, Pompeya, Museo de Nápoles
La caza de testamentos parece haber sido un tópico literario que reflejaba una situación social la de la falsa o fingida amistad de la que ambas partes, el testador y el  captador tenían como objetivo lograr un beneficio mutuo para cumplir con la solidaridad que proclamaba la civilización romana. Ello no impedía que existieran la amistad y preocupación verdaderas entre los ciudadanos de Roma, como relata Plinio al hablar del fallecimiento de Silio Itálico:

“Muchos acudían todos los días a presentar sus respetos a su casa y lo honraban con todo tipo de presentes. Él los recibía generalmente reclinado en su lecho de trabajo, y su despacho estaba siempre lleno de gente, y no precisamente por sus riquezas.”(Plin., III, 7)

BIBLIOGRAFÍA:

http://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/3083/captatiomansillacecco.pdf (Una profesión insólita y lucrativa: la captatio  testamenti, Elda Edith Cecco, Angélica Margarita Mansilla)
http://ecommons.luc.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1035&context=classicalstudies_facpubs (Tacitus, Roman Wills and Political Freedom, James G. Keenan)
http://scholar.princeton.edu/sites/default/files/Why%20Wills_0.pdf (Creditur Vulgo Testamenta Hominum Speculum Esse Morum: Why the Romans Made Wills, Edward Champlin)

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